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Teoría poética de Bécquer.

Para Bécquer en el mundo existe lo poético, es decir, la poesía tiene existencia objetiva
independientemente del poeta que la capta, dicho de otro modo, la onda existe sin la
antena. En Bécquer existen tres mundos perfectamente delimitados. En mi primer lugar, el
mundo de lo sensible: imágenes, luces, sonidos, perfumes. En segundo lugar, el mundo
del misterio: origen de la vida, destino de la humanidad, un universo desconocido. Y por
último, el mundo del sentimiento, del corazón y la cabeza, esperanzas y recuerdos, el
amor. El poeta hace suyos esos mundos a partir del sentimiento que quiere decir amor, ya
que el amor está desde la primera ley del universo, que todo lo gobierna y rige, hasta la
criatura racional. Para Bécquer la poesía es lo hermoso, por tanto la mujer es poesía:
“poesía eres tú” dice una de sus rimas. Para él, la mujer tiene una cosmovisión del mundo
no conceptual mientras que el hombre lo ve a través de la razón, por tanto, tiene que
llegar a ella a partir del mundo de los sueños y de la fantasía; de los espacios interiores
del alma. La mujer es más espiritual y el espíritu siente y no razona; y el hombre llega a la
poesía a partir del éxtasis estético. Uno de los principales temas, por no decir obsesiones,
que aparecen en Bécquer es la incapacidad de expresar adecuadamente el caudal de
experiencias sentimentales que invaden constantemente el espíritu del escritor. Para
Bécquer, el torrente de su vida sentimental no puede ser expresado en palabras y toda su
obra es un lamento repetido ante la insuficiencia del ropaje verbal para vestir el mundo
interior que le desborda. Resulta paradójico que el más fino prosista de su siglo y el
primer poeta indiscutible sea quien más eche de menos su capacidad para comunicarse
plenamente, mas para él, el sentimiento esencial de toda poesía es inefable. Solo la
riqueza interior halla insuficientes formas con que logra revestirla. Estas fueron algunas de
las hermosas palabras con las que nuestro autor describía su poética: “ yo no niego que
suceda así, yo no niego nada. Pero por lo que a mí me toca puedo asegurarte que
cuando siento no escribo si en mi cerebro escritas como en un libro misterioso las
impresiones que han dejado en él su huella al pasar estas dijeras y ardientes hijas de la
sensación duermen allí agrupadas en el fondo de mi memoria hasta el instante en que
puro, tranquilo sereno y tú, así de un poder sobrenatural mi espíritu los evoca y tienden
sus alas transparentes que bullen con un zumbido extraño y cruzan otra vez a mis ojos
como en una visión luminosa y magnífica, entonces ya lo siento con los nervios que se
agitan con el pecho que se oprime con la parte orgánica y material que se conmueve al
rudo choque de las sensaciones producidas por la pasión y los afectos de una manera
que podía más artificial vivo como el que copia de la página que ya está escrita, dibujo
con el pintor que reproduce el paisaje que se dilata ante sus ojos y se pierde entre la
forma de los horizontes”. Los poetas románticos habían hablado hasta el hartazgo de la
llama de la inspiración y pretendían hacer creer que escribían poco menos que en trance,
una realidad que se diluía en una espontaneidad farragosa y desordenada. Las palabras
de Bécquer nos dicen que supera esta actitud y aboga por un principio de orden que debe
moderar la inspiración, establecer un equilibrio entre pasión e inteligencia y propone una
labor consciente que debe seguir a la sedimentación de la experiencia sentimental. En
Bécquer impera un severo esfuerzo de ajuste y precisión; la sobriedad, la contención, la
ausencia de retórica. El poder de la sugerencia, las emociones reales originarias habrían
tejido la tela, pero luego el poeta habría hecho de su capa un sayo. Lo que en realidad
quería transmitir en su obsesión era la inmensa distancia que existía en él entre lo que
sentía y lo poco que él mismo creía decir. Para él era imposible escribir en el instante en
que vivía la pasión, Bécquer decía: “todo el mundo siente pero solo algunos seres les he
dado el guardar un tesoro la memoria viva de lo que han sentido y estos son los poetas,
es más, únicamente por esto lo son”. Es decir, lo que distingue al poeta del resto de los
hombres es su inmensa capacidad para conservar y hacer revivir las emociones más
intensas y sentados en su pupitre y de una forma más tranquila las puedan dar orden y
elevarlas literariamente. Para Bécquer hay dos emociones: la originaria, la del hombre
que siente la pasión en un momento determinado y la del poeta, que la revive después de
un tiempo y en calma le da forma con las palabras. El poeta requiere la colaboración del
lector porque lo que le importa no es el poema escrito en cuyo logro y perfección no cree,
sino en la vibración humana y personal del poeta que lo imagina y lo desea. Pero
entonces, ¿dónde queda el signo poético, ese precioso objeto estético independiente de
la experiencia vital que es artificialmente elaborado en un orden de emoción estrictamente
artístico? En alguna de sus rimas podemos ver precisamente la antítesis entre la
inspiración y la razón, un problema capital en la poética de Bécquer, el equilibrio ideal
solamente puede lograrlo el genio y no tiene recetas para conseguirlo, es decir, es una
ciencia que no se aprende, es el poder o la facultad de expresar adecuadamente con
palabras los sentimientos y las fantasías de la imaginación. La grandeza de Bécquer
reside en su tragedia humana, si la poesía es comunicación en su forma más
humanamente intensa, para conseguirla con plenitud necesaria, es preciso que lo que se
comunica lleve una auténtica carga emocional y, por eso, Becker tiene poemas altamente
sugestivos, perfectos, los más admirados que, sin embargo, no bastarían para su gloria. Y
luego tenemos al Bécquer que descuella entre sus contemporáneos y puede ser hoy, a
distancia de más de un siglo, actual como entonces, sobre todo el Bécquer de las rimas
trágicas. Bécquer corregía, procedía por eliminación y condensación hasta dejar tan solo
en sus versos lo esencial poético, pero casi todos lo hacían. Lope también corregía,
Bécquer, que sabía mucho de poesía y poseía la más fina para captarla, luchaba a brazo
con el instrumento verbal para llegar a la delgada sencillez que era su meta. Gustavo
Adolfo era muy buen conocedor de la herramienta que manejaba y buscaba servirse de
ella con total eficacia. Ningún escritor escribe a la buena de Dios como no se puede pintar
sin saber de pintura. Dámaso Alonso decía de Bécquer que era poeta y crítico a la par, no
se contempla fríamente en su dolor sino que se entrega a él. Si analizamos algunos
recursos estilísticos encontramos correlaciones si bien no hay mayor artificio, ya que las
pluralidades no pasan nunca de la bimembración, algo que puede ser connatural al
pensamiento humano, es decir, se puede usar de forma intuitiva e inconsciente. Sin
embargo, el paralelismo es en Bécquer muy frecuente y muchos autores se dieron cuenta
de que esta oleada, en muchas ocasiones, no es más que una variante del procedimiento
reiterativo y lo utiliza de forma gradualmente ascendente para ir ponderando la
emotividad, de esta forma hace subir la temperatura del sentimiento que el poeta lleva en
su interior. Sin embargo, la reiteración no parece un artificio técnico demasiado esotérico,
sino más bien un recurso de la lengua cotidiana; los paralelismos no implican una
excesiva intromisión de lo racional en los dominios del arte, por eso, un poeta
esencialmente emotivo como él, puede, desde su romántica sentimentalidad, oponerse
con ese artificio al desorden del romanticismo anterior puro. Esto nos indica que además
de la técnica poseía algo que la crítica pretende negar, inspiración, una cualidad que no
se adquiere en la farmacia y consiste en decir lo que se pretende después de la primera
corrección o de la enésima porque la inspiración no radica en decir bien las cosas a la
primera vez sino a la última, a diferencia de los que careciendo de inspiración cuanto más
corrigen más estropean. Cuando Bécquer corrige lo hace para alcanzar esa naturalidad y
brevedad que compara con una chispa eléctrica y que se exhibe desnuda de artificio
porque Bécquer conoce las tentaciones de la amplificación y de la retórica que nos
arrebatan la naturalidad y que queremos desmochar estéticamente hasta lograr la forma
desnuda y libre. El arte técnico de Bécquer va encaminado a desembarazarse de
artificios, a ser más natural, jamás ha falsificar o a enmascarar lo que siente.