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La Constitución de 1991: 25 años de un proyecto

humanista y democrático
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José Gregorio Hernández

¿Cuáles fueron los aciertos y cuáles los errores de la Carta Política que rige a
los colombianos? ¿En qué circunstancias se dio su creación hace un cuarto
de siglo? ¿Cómo ha cambiado después de las 42 reformas que se le han
hecho?
José Gregorio Hernández*

Una Constitución de paz


Aunque las labores de la Asamblea Nacional Constituyente concluyeron el 4 de julio de 1991
y ese día se llevó a cabo el acto de firma de los constituyentes y juramento de sus presidentes
(Álvaro Gómez Hurtado, Horacio Serpa y Antonio Navarro Wolf), la vigencia de la Constitución
empezó el 7 de julio, día en que el texto se publicó en la Gaceta Constitucional.

La Constitución de 1991 nació no solamente por la necesidad de reestructurar el Estado y el


sistema jurídico colombiano tras 104 años de vigencia de la Constitución de 1886, o como
instrumento de reivindicación de libertades, garantías y derechos hasta entonces limitados,
sino como respuesta institucional a las varias formas de violencia que asolaban al país.

Uno de los motivos primordiales de la Asamblea Constituyente fue la necesidad de buscar la


paz y restablecer el orden público, gravemente perturbado por las acciones del narcotráfico y
de las organizaciones subversivas. De hecho, en la Sentencia con la cual la Corte Suprema
aprobó que el pueblo acudiera a las urnas para impulsar la enmienda constitucional fue citada
la frase del jurista italiano Norberto Bobbio según la cual “las constituciones son tratados de
paz con mayor vocación de permanencia”.

Vale la pena señalar que precisamente en este vigésimo quinto aniversario de la Constitución
del 91 se estén abriendo paso nuevas reglas de juego (aunque todavía no las conocemos)
para favorecer la paz y poner punto final al conflicto armado entre el Estado colombiano y las
FARC-EP.

Las reformas

Durante estos veinticinco años, la Constitución ha sido reformada 42 veces (la reforma de
2003 fue aprobada por el pueblo en referendo, pero las demás se hicieron mediante acto
legislativo del Congreso), en la mayoría de los casos sin necesidad, ni utilidad, y más bien
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respondiendo a objetivos políticos coyunturales y a metas de corto plazo.

Algunas de las reformas de la Constitución han sido declaradas inconstitucionales, unas


veces por vicios de trámite y otras porque la Corte Constitucional consideró que con ellas se
buscó sustituir valores o principios esenciales de su configuración original.

Diferente fue el caso de la reforma de la justicia tramitada en 2011. Este fue un acto
legislativo muy criticable, aprobado en los ocho debates exigidos así como en los debates de
conciliación por las plenarias de Senado y Cámara, pero hundido por voluntad presidencial en
sesiones extraordinarias (improcedentes y por tanto inválidas).

Un número tan alto de enmiendas constitucionales demuestra una gran


inestabilidad institucional.
Aunque ninguna constitución es irreformable porque ninguna es perfecta y la sociedad
enfrenta nuevos desafíos que exigen adaptar el ordenamiento jurídico, un número tan alto de
enmiendas constitucionales (y sobre todo la falta de coherencia y las contradicciones entre
ellas) demuestra una gran inestabilidad institucional, además de una lamentable tendencia a
la improvisación por parte de quienes tienen a su cargo el poder de reforma.

Esta situación conduce a la progresiva desvalorización y fragilidad de las normas


fundamentales, las cuales, a pesar de estar consignadas en un texto escrito, se convierten en
elementos manipulados sin la madurez que acompaña los cambios constitucionales en los
sistemas consuetudinarios.

Que un desayuno ofrecido a los congresistas, las prebendas o las cuotas burocráticas definan
la suerte de una reforma constitucional habla muy mal de la seriedad de los reformadores y
deja en entredicho la justificación y la verdadera necesidad de estas reformas.

Sus logros
A pesar de su innecesaria extensión (que tiende a crecer con las reformas) y algunos defectos
de redacción, vacíos y contradicciones, la Constitución de Colombia es rica en valores y
principios.

Hay que reconocer que los constituyentes lograron en muy poco tiempo (seis meses) diseñar
un cuerpo normativo importante, que, sobre la base de fundamentos democráticos, pluralistas
y participativos:

Consagró reglas novedosas,


Renovó las instituciones,
Acogió las tendencias internacionales en materia de derechos humanos y libertades
públicas,
Reivindicó los derechos de las minorías y de los grupos tradicionalmente discriminados
o marginados,
Procuró brindar herramientas jurídicas a los ciudadanos para asegurar la intangibilidad
de sus derechos, y
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Logró un perfil moderno y progresista que, pese a los reiterados intentos de retroceso,
aún se mantiene.

La del 91 es una constitución que delimita el poder, inclusive durante los estados de
excepción y hace valer los derechos humanos y el derecho internacional humanitario. Se trata
de una constitución humanista, cuya preceptiva, por definición, rechaza la razón de Estado,
las vías de hecho y la arbitrariedad en el ejercicio del poder.

Es una constitución que recalca, como punto esencial de su fundamentación política y base
necesaria del sistema jurídico, el respeto a la dignidad de la persona, y el reconocimiento por
parte del Estado de valores insustituibles como la libertad, la igualdad, la paz, el trabajo y la
familia. Los delegatarios del 91 no ahorraron tinta cuando se trató de dejar en claro que este
es un Estado social y democrático de derecho, participativo, pluralista, y que uno de los
objetivos principales de la organización estatal es garantizar la efectividad de los derechos,
libertades, garantías y deberes de los asociados.

Para nuestros constituyentes, así como para la Corte Constitucional, guardiana de la


integridad y supremacía de la Carta Política, un derecho puramente teórico o una garantía
apenas formal no debería tener cabida en el sistema jurídico colombiano. Sin embargo, este
propósito no ha sido comprendido ni desarrollado por los órganos y funcionarios del país, lo
cual ha dado como resultado que derechos fundamentales como la salud, la educación, los
derechos de la mujer, los derechos de los niños, los derechos de los indígenas, la seguridad
social, la intimidad, el trabajo dignamente remunerado y la no discriminación, entre otros,
sigan siendo en buena parte teóricos y lejanos.

La salvaguarda de los derechos

La Asamblea Nacional Constituyente, autora de la Constitución de 1991, ha sido reconocida


en el mundo por haber creado una moderna carta de derechos al tiempo que establecía los
mecanismos judiciales idóneos para su protección.

Y a lo largo de este cuarto de siglo la Corte Constitucional, mediante su jurisprudencia, ha


procurado que tales derechos y garantías no se queden en el papel y que, por el contrario,
cobijen a la población y puedan ser reclamados ante los jueces. Con instituciones como la
tutela, las acciones populares, las acciones de cumplimiento y la acción pública de
inconstitucionalidad, los ciudadanos han entendido que la Constitución es suya y que está
para la garantía de sus derechos y libertades.

Debido al Artículo 93 se ha dado valor prevalente a los tratados internacionales sobre


derechos humanos ratificados por Colombia, y gracias al Artículo 85 se han establecido
derechos de aplicación inmediata que no requieren una ley para ser reclamados ante los
jueces. El Artículo 94 de la Carta, por su parte, subraya el carácter fundamental de los
derechos y sus garantías aunque no estén expresamente consagrados. Al respecto declara:

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“La enunciación de los derechos y garantías contenidos en la Constitución y en los convenios
internacionales vigentes, no debe entenderse como negación de otros que, siendo inherentes
a la persona humana, no figuren expresamente en ellos”.

Los ciudadanos han entendido que la Constitución es suya y que está para la
garantía de sus derechos.
Por ello la Corte Constitucional ha definido el bloque de constitucionalidad como una unidad
jurídica compuesta por normas y principios contemplados en tratados internacionales sobre
derechos humanos, en el derecho internacional humanitario, en la propia Constitución, en
leyes estatutarias y en otras disposiciones integradas con el propósito de amparar
efectivamente los derechos fundamentales. Estas son reglas jurídicas que, aun sin aparecer
formalmente en los artículos de la Carta, son utilizadas como criterios y parámetros del control
de constitucionalidad de las leyes y decretos con fuerza de ley.

Tales preceptos han sido normativamente integrados a la Constitución por diversas vías y por
mandato de la propia Carta. Se trata entonces de verdaderos principios y reglas de valor y
jerarquía superior: normas situadas en el nivel constitucional aunque no estén incorporadas a
la Constitución en estricto sentido.

Por todas estas razones la de 1991 es una constitución humanista, democrática y


genuinamente protectora de los derechos y su vigencia e intangibilidad deben ser defendidas
con los mismos principios democráticos que inspiraron a los delegatarios hace veinticinco
años.

Lástima que en muchos aspectos no se cumpla y que a veces el poder público no haga valer
sus postulados.

*Cofundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic en este enlace.

@josegreghg

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