UNO

1 Después tendría que completar los detalles con la imaginación, pero desde que llegó al café, la había asaltado un mal presentimiento. Como otras veces, eligió una mesa junto a la ventana, pidió un café con sal, y abrió la novela que leía en esos días, pero fue inútil. No pudo leer ni siquiera media página. Era como si las paredes, la calle, el semáforo de la esquina, todo se hubiera movido de su lugar. No mucho. Unos milímetros. Lo suficiente como para hacer que esa media hora que se daban de plazo se alargara tanto que más de una vez se sorprendió mirando por la ventana. Una pareja se abrazaba frente a una agencia de viajes, dos amigos discutían enfáticamente junto al quiosco de periódicos, un hombre delgado esperaba el cambio de luz para cruzar Diagonal, pero Fernando no llegaba. La noche parecía tranquila. Se diría que era un jueves cualquiera en Miraflores. Sin embargo, había algo en el ambiente, una vibración, un perturbador silencio que le impedía esperar al menos probable de sus amigos. Cuando la llamó al instituto para invitarla al cine, Fernando había propuesto el Risorgimento, donde acababan de inaugurar un café adjunto al restaurante, pero Eva se negó. No podía imaginarse sentada a una de esas mesas donde las cuentas se pagaban con tarjeta de crédito. Menos aún en un restaurante cuyo afán de exclusividad se proclamaba con una placa de bronce, develada ante cámaras de televisión, donde se podía leer en letras cursivas el silogismo acuñado por un ensimismado poeta a principios de los 80: El Perú es Lima, Lima es Larco, y Larco es el Risorgimento; por lo tanto, el Perú es el Risorgimento. —Lo que pasa —dijo Fernando— es que mi viejo me está esperando allí. Me ha hecho llamar. —Entonces te vas a demorar. —Ni hablar, sólo quiero hacer acto de presencia, es todo. —En ese caso —dijo Eva—. Te espero en el lugar de siempre, a las seis. No hacía falta nombrar al Café del ángel, cuyo propietario, en un acto de excéntrica grandeza, había dotado del único vitral público de Miraflores: un ángel vengador que blandía una espada flamígera sobre el ventanal. Y a veces era tentador pensar que aquel café, con sus mesas de madera, su inconfundible aroma a café recién pasado, sus paredes adornadas con fotografías en sepia de una soñolienta Miraflores de los años 40, era un diminuto Paraíso para ellos dos. Pero esa noche no se sentía a gusto ni siquiera en su mesa preferida. No sabía cómo explicarlo. Quizá era culpa de los expedientes que había leído todo el día. Sorbió su café tratando de alejar la mala sensación. Cuando ya llevaba esperando veinte minutos se dijo que no tenía razón alguna para estar preocupada. Le habría bastado caminar dos cuadras para verlo en el Risorgimento, sentado a la mesa de su padre, escuchándolo con esa reverente atención que lo hacía verse más joven, el mismo chiquillo que ella había conocido de la manera más improbable hacía casi cinco años. Improbable, porque aquella lejana noche, huyendo de los gruesos tomos de Derecho Procesal, había ido a refugiarse al café de Letras, donde nadie la conocía, y donde podía leer en paz. En una de las mesas del fondo, se había entregado a la lectura de El corazón de las tinieblas, pero cuando el narrador todavía estaba a orillas del Támesis, la distrajo un chiquillo que acababa de entrar en el café. Caminaba con tanta confianza que las conversaciones de los asistentes, inclusive del ruidoso grupo de estudiantes que fumaba en la primera mesa, se suspendieron por un instante, y se diría que se iba a sentar a la mesa de las dos muchachas que lo miraban entre coquetas e ilusionadas, pero el chiquillo, después de sonreírles, siguió de largo hasta llegar a la mesa de Eva, donde se sentó sin ser invitado. No era la primera vez que le ocurría. Los seductores eran una molestia que una mujer aprendía a manejar durante el primer año de universidad. El método más sencillo era ignorarlos como se ignora una mosca que ha caído del fluorescente; pero era un método con pocas posibilidades de éxito, porque los seductores, como perros de presa, no se desalentaban fácilmente. Lo peor era que los más desorientados

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confundían el silencio con la turbación. De modo que optó por otra táctica. Después de fingir que terminaba un párrafo importante, dejó el libro en la mesa, boca abajo, como quien interrumpe la lectura sólo por unos instantes. El muchacho, quizá de unos diecinueve, la miraba sonriendo. No se podía negar que era atractivo. El pelo negro, ligeramente ondulado, contrastaba con sus ojos sepia. Quizá si fuera mayor, quizá si hubiera dejado que ella lo invitara a sentarse, pero esas circunstancias, no había más remedio que librarse de aquel chiquillo que en un exceso de confianza se había atrevido a sentarse en la mesa de una mujer. —¿Eres mi alumno? Era suficiente para que la mayoría de seductores de bolsillo, entre avergonzados y asustados, se pusieran de pie, muchas veces tropezando con su propia silla, antes de alejarse con una fingida soltura. Pero éste no se movió. —No —dijo, negando con la cabeza, luego se inclinó para leer el título del libro—. Pero contigo sería capaz de aprender cualquier cosa? —Imposible —dijo Eva—. Lo que yo enseño no lo aprenderías nunca. —Ponme a prueba. Ella lo miró. Había cierta gracia en su forma de sonreír, la gracia de las facciones levemente exageradas de los adolescentes, aunque de lejos, por la confianza con la que actuaba, quizá podía pasar por adulto. —Lección número uno —dijo Eva—. Los seductores y los dinosaurios sólo existen en los museos. Lo dijo con naturalidad. La reacción usual era una mirada de macho herido, movimientos bruscos, tirando la silla si cabía, luego la media vuelta antes de alejarse gruñendo un insulto que no se habían atrevido a decirle en su cara. También había de los otros, los que se ponían de pie con una mirada despectiva, como diciendo, tú te lo pierdes, nena. Pero la reacción del muchacho la sorprendió. Por un instante, esa expresión de confianza casi adulta desapareció, dejando en sus facciones adolescentes una mirada de inmenso desamparo. Inclusive, en el fondo de sus ojos, Eva creyó ver a un niño triste, arrodillado, que no hacía mucho había llorado sin que nadie pudiera consolarlo. Se puso de pie, sonriendo incómodo, y devolvió la silla en su lugar. —Discúlpame —dijo—. Tienes razón, con permiso… Se despidió inclinando la cabeza, pero sin exagerar, luego se dirigió a la puerta, ignorando a las muchachas que lo seguían con la mirada. Eva se preguntó si se trataba de un consumado actor. Tenía compañeras que aguantaban niños crecidos sólo por un mal desarrollado instinto maternal. Ella jamás lo haría. Cuando el muchacho ya salía, Eva levantó la mano, un simple gesto que recordaría en los años por venir, y lo llamó. El muchacho dudó, como si temiera una humillación, pero al final decidió regresar, caminando otra vez con esa confianza adulta que le salía tan natural. —Siéntate —dijo Eva, señalando la silla—. Disculpa la brusquedad, es que hay cada tipo… El muchacho extendió la mano. —Fernando —dijo—. Fernando Robles. —Eva Franco —dijo ella—. ¿De literatura? —Nada que ver. Ingeniería. —¿Qué haces por acá? ¿Te perdiste? —Por allá nunca pasa nada —dijo Fernando, aceptando la broma—. Pasaba por aquí, y… —Viste una mujer sola y decidiste atacar. —Discúlpame —dijo—. Hay veces en que no sé cómo actuar. Eva lo miró sonriente. Era un hombrecito cuya confianza no tenía la madurez sino del hecho de haberlo tenido todo en la vida. Nunca nadie le había dicho que no. —Así que aprenderías cualquier cosa, ¿no? —¿Sonó muy cursi? —Pasadito de moda —dijo Eva—. Es algo que habría dicho mi padre.

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Esa misma noche, tomándose un café, Eva comprendió que la diferencia de edad, unos seis años, no era nada comparada con los mundos diferentes de los que venían. Ella se pagaba los estudios trabajando como profesora suplente, llegaba a la universidad en microbús y los únicos placeres que podía pagarse era un par de tragos de vez en cuando y un libro cada fin de mes. Fernando, por el contrario, estudiaba ingeniería a tiempo completo, manejaba su propio auto, y no había discoteca donde no lo conocieran por su nombre, ni fin de semana que no lo pasara en alguna playa del sur. También había otra diferencia. Eva estudiaba abogacía porque tenía la vaga esperanza de defender inocentes algún día. Fernando sólo necesitaba el título porque ya tenía el futuro asegurado en el negocio de su padre. De no haber sido por aquel encuentro fortuito, improbable, ella habría terminado abogacía un año después sin haberlo visto jamás: no habría sido parte de su historia, ni habría tenido en el futuro aquel cargo de conciencia por haber cumplido una promesa. Pero ella había estado leyendo en aquel café, Fernando había elegido su mesa, y, después, cuando todavía podían ser dos extraños que pasan por la misma universidad sin verse jamás, ella lo había llamado. Desde esa noche, sin proponérselo, ambos entablaron esa amistad inusual, no exenta de atracción física, que de vez en cuando se da entre un hombre y una mujer. El saber que no llegarían a ser otra cosa les permitía tratarse como amigos. Estoy aquí, contigo, para compartir el momento presente, sin la presión ni el cálculo de motivos ulteriores. Había distanciamientos. Cuando Fernando estrenaba una novia celosa. Cuando Eva salía con alguien. Pero pronto volvían a encontrarse, y era como si se hubieran visto el día anterior. Fue así como supo que el carácter expansivo, bullicioso, al parecer muy seguro de sí mismo de su amigo, era una especie de abrigo con el que se protegía. Cierto, venía de una familia acomodada. Su padre era hijo de un capataz trujillano que gracias a un matrimonio afortunado había heredado una inmensa hacienda arrocera. La Reforma Agraria los había dejado sin propiedades, pero el padre de Fernando, ajustándose a la situación, se había mudado a Lima con los ahorros familiares, que no eran pocos. Probó sin fortuna un negocio pesquero que casi lo deja en la ruina, pero logró establecer una fábrica de barquillos que le dio suficiente holgura económica. La madre de Fernando era la segunda hija de un empresario minero de origen italiano. Y aunque el noviazgo tuvo visos de escándalo, seguido por los fotógrafos de SOCIALES de los años 60, la pareja se casó en la Catedral de Lima, y tuvo dos hijos. Pero la historia siempre quedaba trunca. A Fernando le costaba trabajo completarla. Eva, piezando comentarios, miradas y oraciones no terminadas, supo que la personalidad extrovertida protegía al niño de ocho años que una noche, después de escuchar una pelean en el cuarto de sus padres, había visto por la ventana el Alfa-Romeo rojo de su madre, alejándose por la Salaverry, el pañuelo verde revoloteando con el viento. Al día siguiente, desde esa misma ventana, había visto el Alfa-Romeo con los faros reventados, el capó abollado, remolcado por la grúa que lo dejó frente a la casa. Ella era la única que sabía aquella parte de la historia del muchacho que entre tragos en el Trovadicción de Barranco, películas en algún cine club que ella elegía, largas caminatas por Miraflores, se había convertido poco a poco en el hombre joven que ahora la hacía sentirse un poco vieja a los treinta. Se encontraban en todas partes, pero desde hacía un tiempo el Café del ángel, a media cuadra del Parque Kennedy, se había convertido en el punto de reunión obligado. Lo frecuentaban tanto que el mesero se acercó a preguntarle: —¿Don Fernando no llega? Usaba la formalidad bromista que Fernando había correspondido desde el primer día. Eva iba a responder que no, no llegaría esa noche, porque ella lo había esperado ya media hora, el plazo razonable que permite ser generoso sin estrujar el alma. De modo que sólo le quedaba pagar el café e irse. Ya tendría tiempo de jalarle las orejas. Sin embargo, aquella noche no se sintió disgustada por el plantón. Es más, haciendo una excepción única, qué sólo podría comprender después, en retrospectiva, decidió quedarse en aquella mesa diez minutos más. Diez minutos que en términos siderales no son nada, pero que en términos humanos pueden serlo todo, porque ahora estaba segura de que esos diez minutos le habían

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salvado la vida al menos probable de sus amigos. 2 Cinco semanas después, Fernando salía del Trento, un pequeño restaurante de comida italiana que quedaba en el corazón mismo del barrio que en San Francisco llamaban Little Italy. Todavía no era medianoche, pero ya los comercios de Columbus Street habían cerrado, dejando encendido el aviso de neón: CLOSED. Cruzó la calle, pasó frente al Café Roma, todavía oloroso a café recién tostado, y mientras avanzaba, oyendo el quejido de los rieles del tranvía para turistas, pensó en la ironía de haber viajado tan lejos para llegar al barrio más parecido a Miraflores que se podía encontrar en San Francisco. No sólo era el hecho de que Columbus Street cortara Washington Square en diagonal. También al otro lado de las copas de los árboles había una iglesia católica como la iglesia del Parque Kennedy. Era como si el destino quisiera que no olvidara. Más de una noche le había bastado levantar la mirada hasta las torres de la iglesia para caer por el tobogán de la memoria. De nada le servía regresar por Beach Blanket Babylon, luego Grant, sólo para evitar Washington Square. Cuando llegaba a la esquina de Stockton y Filbert, el campanario aparecía otra vez, recortado contra el cielo nocturno por los reflectores montados en la reja de hierro. Entonces tenía que apretar los dientes, alejar la mirada, esperar que la realidad concreta, la hilera de buzones de correo, por ejemplo, lo salvara. Por otro lado, la urgencia de recordar no duraría para siempre. Se lo habían dicho en el Trento. Con el tiempo, la noche de Miraflores no sería más que un recuerdo, un momento que lo había marcado, pero que dejaría de doler, eventualmente, como decía Gretchen. No le quedaba más remedio que creerles porque en cinco semanas todavía no le había tocado su primera cuota de olvido. Seguía recordando con porfiada exactitud hasta los detalles más inútiles, como si el aire caliente, cúprico, le hubiera sensibilizado la memoria. Todavía podía ver, por ejemplo, los círculos de fieltro verde pegados a las patas de las sillas caídas. Todavía recordaba el olor picante a vino que hierve en alguna parte. Más de una vez se sorprendió mirando el reloj cuando faltaban diez minutos para las siete. Pero aun si quisiera olvidar, la cicatriz, esa línea rosada que le recorría del reverso de la mano, del nudillo del dedo meñique hasta la base del pulgar, se lo recordaría siempre. Estoy aquí, parecía decirle de vez en cuando, porque soy el camino que te llevará siempre a aquella noche. Llegó a la esquina de Stockton y Filbert, pero en lugar de detenerse y levantar la mirada, lanzó una bocanada de aire que se condensó con el frío. No quería ver el campanario aquella noche. Dobló la esquina, y avanzó calle arriba hasta llegar al edificio de tres pisos donde ahora vivía. Mientras subía las escaleras de mármol, tratando de no hacer ruido, supo que lo mejor sería acostumbrarse a su nueva vida. Quizá debía buscar su propio departamento. Se mudaría, empezaría a comprar muebles, ocuparía su tiempo con las necesidades pequeñas, pero urgentes: compras en el supermercado, lavandería los fines de semana, una cita los lunes por la noche. Cosas que también ocupaban la mente de sus compañeros de trabajo en el Trento. Llegado el caso, podía recurrir a la cirugía para que le borrara la cicatriz, quizá así podría empezar de nuevo. Los vecinos tenían ya las luces apagadas. Su hermano, que en Lima había sido un trasnochador de primera, se acostaba temprano porque dictaba su primera clase a las ocho de la mañana. De vez en cuando, sin embargo, encontraba despierta a Matilde, su cuñada, con quien compartía una cerveza, escuchándola hablar con su delicioso acento español sobre su adolescencia en Madrid. Esa noche encontró el departamento en silencio, apenas alumbrado por la lámpara de la sala. Dormía en el sofá cama, y cuando tenía suerte, si el Trento se llenaba de parroquianos, llegaba lo suficientemente cansado como para caer en un sueño tan profundo que ni siquiera los escuchaba cuando salían a trabajar. Había veces, sin embargo, en que las horas pasaban lentas. Ésas eran las noches que odiaba. Tan pronto cerró la puerta notó que lo esperaba una sorpresa. La lámpara de la sala iluminaba un

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sobre de reborde rojiblanco apoyado en el plato de cerámica de las manzanas. Era extraño que la visión de un sobre le produjera esa sensación tan cercana a la alegría. Una especie de velocidad interior. Decidió posponer el placer. Dejó su mochila en el closet, fue a la cocina para sacar una cerveza de la refrigeradora, y bebió un sorbo contemplando el sobre que resplandecía en la penumbra de la sala. Desde allí podía ver que era grueso. Una carta larga, llena de detalles, una carta que le haría creer, mientras la leía, que todavía estaba en Lima. Se sentó junto a la lámpara, y tomó otro trago largo antes de abrir el sobre. Lo sorprendió encontrar una carta breve. Lo que hacía bulto era un recorte de periódico cuidadosamente doblado. Mucho después se preguntaría que habría pasado si aquella carta se perdía, como a veces también ocurría en el correo gringo. Quizá habría seguido viviendo en San Francisco. Washington Square habría seguido recordándole el Parque Kennedy, Columbus Street le habría hecho pensar en Diagonal, la iglesia católica le habría hecho pensar en la Iglesia Virgen Milagrosa. Sin embargo, con el tiempo, con los nuevos amigos, quizá con los nuevos amores, los recuerdos habrían empezado a perder sus contornos afilados. Habría llegado a ser un inmigrante más, como Ernesto, como Samuel, como Gretchen, sus compañeros del Trento que también habían llegado a San Francisco huyendo de recuerdos que quizá nunca llegarían a olvidar. Pero aquel recorte puso en marcha un mecanismo imposible de detener. Un mecanismo que había estado oculto en algún pliegue interior, esperando, contando los días, hasta que una señal lo recobrara a la vida. 3 Querido Fernando: Dudé mucho antes de enviarte esta carta. Pero como te hice una promesa, la estoy cumpliendo. No sé si hago bien. No sé si los amigos deban cumplir todas las promesas: algunas son abismos. De todas maneras, allá va la noticia que apareció hoy en El Comercio. Si estás viendo noticias del Perú, cosa que dudo, sabrás que Vanguardia Roja sigue avanzando. No es que estén controlando la «cuarta parte» del país como dicen, pero están cada día más presentes en nuestras vidas. Los apagones que antes eran un accidente mensual son ahora un problema semanal. Todos los negocios han comprado generadores de electricidad. Supongo que pensarán que mientras ellos tengan luz el resto del país se puede hundir en las tinieblas. Muchos empiezan a preguntarse qué va a pasar si ganan. ¿No te parece absurdo? Inclusive los generalotes que están perdiendo la guerra se preguntan qué diablos va a pasar si la llamada «gran ofensiva» de Vanguardia Roja llega a Lima como predicen sus agoreros subterráneos. Los que pueden han empezado a comprar casas en Miami, por si acaso, pero nosotros, los ciudadanos de a pie, no sé qué vamos a hacer. Sólo sé que no ganarán. No pueden ganar. No hay lógica en esto. Sólo fe. Lo que trato de decirte sin lograrlo es que hasta ahora, a pesar de la incertidumbre, cada vez que se apagan las luces me alegro de que por lo menos uno de mis amigos más queridos esté lejos. Es por eso que me siento tan estrujada por dentro; atrapada entre mi palabra empeñada y mi cariño de amiga. Sólo puedo pedirte que tomes esta noticia con la distancia necesaria. Son nuestras circunstancias las que nos dan las opciones pero somos nosotros quienes tomamos las decisiones. Te quiere, Eva 4
LIMA (Andina). El día de ayer, a las 8:05 de la mañana, en momentos en que se aprestaba a salir de su

domicilio, el juez Demetrio Ayala Iguiñez fue ultimado por uno de los denominados «grupo especial de aniquilamiento» de Vanguardia Roja. Los dos miembros de la Policía Nacional que lo acompañaban

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trataron de repeler el ataque pero cayeron abatidos por el superior fuego combinado de los atacantes. Según testigos oculares, dos delincuentes subversivos huyeron en un Volkswagen, mientras el tercero se quedó para rematar al juez antes de huir corriendo. Era el tercer atentado contra la vida del juez Ayala Iguiñez. Después de recibir la Orden del Sol por haber condenado a más de mil delincuentes subversivos, el juez Ayala Iguiñez había propuesto la transferencia de todos los casos de terrorismo al Tribunal Militar, recomendando, además, se tipificara dicho delito como traición a la Patria, para el cual el Código de Justicia Militar contempla la pena capital. Fuentes autorizadas informaron que la Policía Nacional ha identificado a tres de los seis vanguardistas que participaron en el sangriento atentado. Se trata de Clara Baldomero, alias camarada Luz, ex estudiante de la Universidad Nacional de Ingeniería, acribillada por efectivos de un patrullero de la Policía Nacional en momentos en que se dirigía en motocicleta al lugar de los hechos, presumiblemente en su calidad de unidad de repaso, de acuerdo al modus operandi de dicha organización subversiva. También cayó abatido René Soldevilla Pillaca, alias camarada Eduardo, ex obrero de Lanatex. El tercer vanguardista identificado es Antonio Toledo Rabassa, alias camarada Abel, también ex estudiante de la Universidad Nacional de Ingeniería. En categoría de primicia, este diario ha confirmado por fuentes fidedignas que Antonio Toledo Rabassa fue uno de los dos delincuentes subversivos responsables del coche bomba que hace poco más de un mes cobrara veinte muertos y más de doscientos heridos en Miraflores. Antonio Toledo Rabassa, así como los otros dos subversivos no identificados, se encuentran prófugos. (J. PERALTA)
LA SOMBRA DEL FUEGO EL CAMINO DE REGRESO / FILENAME \* MERGEFORMAT 101.DOC / PAGE 7 DATE \@ "D' DE 'MMMM' DEL 'YYYY"28 DE SEPTIEMBRE DEL 2006 ( NUMWORDS \# #,#3,698 PALABRAS)

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