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ALGUNAS REFLEXIONES ACERCA DEL EMBARGO PREVENTIVO EN EL

PROCESO LABORAL.

Las medidas cautelares: marco en el que se inserta el embargo preventivo.

Las medidas cautelares tienen su razón de ser en el tiempo que insume el proceso; de
otro modo su existencia carecería de sentido.
En efecto, sobre el punto señala Fenochietto 1 que el proceso insume tiempo y que éste
no siempre es breve, lo cual puede conducir a que la “…tardanza de la sentencia puede llegar a
atentar contra la oportunidad y aún contra su propia justicia”.
De allí que si el juicio tuviera “…un trámite ideal con una solución instantánea no se
justificaría la existencia de las medidas cautelares”.
En ese orden es de señalar que las medidas cautelares tienen una finalidad auxiliar y
subsidiaria tendiente a asegurar la eficacia y garantía de los derechos para aventar la posible
acción del deudor demandado “…quien durante el curso del juicio se despoja de todos sus bienes
frustrando la efectividad de la futura condena” 2.
En ese marco las medidas cautelares tienden a evitar que mientras la justicia “…se pone
en obra para proveer, la situación de hecho se altere de un modo tal que haga resultar ineficaces
e ilusorias las providencias destinadas así a llegar demasiado tarde cuando el daño sea ya
irremediable…”3, de allí que la finalidad inmediata de las medidas precautorias no sea el interés
directo de administrar justicia sino más bien el de “dar tiempo a la justicia de cumplir
eficazmente su obra”4

El embargo preventivo participa del señalado marco conceptual y genérico de las


medidas cautelares y se trata de una variedad de éstas, de uso frecuente en el proceso laboral y
que viene a cubrir la necesidad asegurativa señalada cuando existe una justificada situación en la
cual el deudor pueda sustraer su patrimonio a la acción de la justicia y con ello tornar ilusorio el
derecho del trabajador a la percepción del crédito que pueda declarar la sentencia.
Así el embargo preventivo se presenta como un acto procesal -por su indudable origen
jurisdiccional5- que tiene la ya mencionada función instrumental de satisfacer la eventual
percepción del crédito que la sentencia pudiera reconocer.
En tales condiciones el embargo preventivo no deja de exhibir, en esa función
instrumental, una cierta tensión entre quien inmerso en una proceso puede encontrarse ante la
situación de que la efectiva realización de su crédito se torne ilusoria pero a la vez en
contraposición con el derecho de quien sujeto por dicha relación procesal en calidad de
demandado, se encuentre constreñido en el uso y disposición de su patrimonio.
Ello así porque cabria suponer, al menos como principio general, que quien se encuentra
llamado a integrar un proceso como reclamado, aún en el supuesto de que pudiera prosperar la
demanda ha de tener “…solvencia para asumir el pago del monto de condena” 6 pero a la vez
pueden existir casos en los cuales tal situación no se verifique por estar ante un deudor del cual
no es esperable tal respaldo al momento del pronunciamiento definitivo máxime si perfila una
conducta tendiente a evadirlo y es precisamente para atender a este supuesto en que el embargo
preventivo exhibe la esencia de su razón de ser.
Y precisamente esa suerte de principio general según el cual cabría presumir que el
deudor respondería, en su oportunidad, ante la eventual sentencia de condena, es que el
embargo preventivo no se torna procedente a la sola voluntad o petición del demandante sino
que requiere que se configure una situación que justifique -con los alcances que serán tratados-
el dictado de una medida que limite al deudor en la disposición de su patrimonio afectando todo
o parte de sus bienes para responder a una eventual sentencia de condena.

El embargo preventivo en el proceso laboral

El embargo judicial, como principio general, tiene por objeto “…individualizar


determinados bienes y conservarlos a fin de que sirvan de garantía a una medida cautelar; o bien

1
FENOCHIETTO, Carlos E., Código Procesal Civil y Comercial de la Nación, Comentado,
Anotado y Concordado con los Código Provinciales, t. I, 1ª ed., Astrea de Alfredo y Ricardo
De Palma S.R.L., Buenos Aires, 1999, comentario del art. 195 del C.P.C.C.N..
2
FENOCHIETTO, Carlos E., ob. cit.
3
FENOCHIETTO, Carlos E., ob. cit., con cita de Calamandrei, en Instituciones.
4
FENOCHIETTO, Carlos E., ob. cit., con cita de Calamandrei, en Instituciones.
5
FENOCHIETTO, Carlos E., Código Procesal Civil y Comercial de la Nación, Comentado, Anotado y
Concordado con los Código Provinciales, t. I, 1ª ed., Astrea de Alfredo y Ricardo De Palma S.R.L.,
Buenos Aires, 1999, comentario del art. 209 del C.P.C.C.N..
6
PIROLO, Miguel A. - MURRAY, Cecilia M. - OTERO, Ana M., Manual de Derecho Procesal del
Trabajo, 2ª ed., Astrea de Alfredo y Ricardo De Palma, Buenos Aires, 2008, pag. 142 y sgts.

1
proceder posteriormente a la transformación de éstos en dinero para satisfacer un crédito
impago”7, ello así “…de conformidad con una decisión judicial que así o ordena” 8.
Pero cabe remarcar que dicha decisión judicial no es procedente al sólo pedido o
arbitrio del deudor dado que lo contrario podría importar, como quedó dicho, una limitación que
no se compadecería con la amplia posibilidad que tiene todo propietario -al menos como
principio general- de disponer libremente respecto de los bienes que integran su patrimonio.
De allí que sea exigible como requisito general de procedencia del embargo preventivo
-que generalmente está presente de modo expreso o tácito en la legislación procesal- que se
verifique la llamada verosimilitud del derecho y el peligro en la demora.
Ello significa que deben mediar circunstancias particulares en las que se exhiba un
derecho de cierta intensidad (“verosimilitud”) de quien demanda y, a la vez, que esa cualidad
del “derecho” -de quien accionada- se pueda encontrar amenazada -en su eventual y concreta
realización- por un peligro que, en esencia, es el que autoriza a no demorar el dictado de la
medida asegurativa para así conjurar el riesgo que perfila la demora por los tiempos judiciales.
Es así que el art. 62 de la ley 18.345 9 establece determinados requisitos para habilitar la
procedencia de las medidas cautelares y, en particular, cuando se trata de la que nos ocupa; es
decir, el embargo preventivo que, en esencia, se encuentra en armonía con los señalados
conceptos.
El supuesto que prevé el inc. a) del referido art. 62 de la L.O. 10 es el denominado
“peligro en la demora” y de ello se deriva que quien pretenda obtener una resolución favorable a
la petición de embargo preventivo, debe acreditar que el deudor actúa de modo tal con su
patrimonio “…que trata de enajenar, ocultar o transportar bienes, o que, por cualquier causa,
se haya disminuido notablemente su responsabilidad en forma que perjudique los intereses del
acreedor”.

El trámite y ponderación de los requisitos del embargo preventivo

Desde el punto de vista práctico cabe señalar que el embargo preventivo puede ser
solicitado mediante la iniciación de una causa autónoma (previa a la demanda) o bien con la
articulación de ésta o durante el curso del proceso al que la misma hubiere dado lugar.
Dicha demostración se puede llevar a cabo mediante la denominada “información
sumaria” que prevé el art. 197 del C.P.C.C.N., la cual autoriza a que la parte peticionante del
embargo preventivo presente el interrogatorio de los testigos conjuntamente con la respuesta de
los deponentes quienes deberán ratificarse firmando en el acto de ser presentado el escrito o en
primera audiencia.
Resulta claro que la finalidad de la disposición procesal es la de simplificar las formas y
con ello favorecer el principio de concentración, economía y celeridad procesal.
De todas maneras no es ocioso recordar que el interrogatorio de los testigos y la
declaración de éstos se debe ajustar a las normas que cita el art. 197 del C.P.C.C.N. (o sea los
arts. 440, 441 y 443 del mismo código).
Ello implica que los testigos deben prestar el juramento de ley, deben responder al
interrogatorio preliminar (o como habitualmente se lo denomina, deben contestar “por las
generales de la ley”), las preguntas no deben contener más de un hecho ni ser indicativas y va de
suyo que deben dar razón de sus dichos pues de otro modo su relato, examinado a la luz de la
sana crítica, puede no brindar el juez el respaldo convictivo necesario para dictar la medida que
se pide.
Si la parte peticionante no ha adoptado el señalado procedimiento, las declaraciones
testimoniales “…se admitirán sin más trámite…” en cuyo caso el juez puede encomendarlas al
secretario (conf. art. 197 del C.P.C.C.N.).
Aún con dicha previsión procesal considero cabe recordar que en el procedimiento
laboral rigen los arts. 57 y 80 de la L.O. que mandan al juez que adopte las medidas adecuadas
para la más económica tramitación del proceso asignándole amplias facultades para disponer en
materia de medidas probatorias y el modo de incorporación de las mismas a la causa.

7
FENOCHIETTO, Carlos E., ob. cit. comentario del art. 209 del C.P.C.C.N.
8
PIROLO, Miguel A. - MURRAY, Cecilia M. - OTERO, Ana M; ob. cit.
9
La ley 18.345, en lo que al punto importa porque no es objeto de análisis en este trabajo cuando
interviene el Estado, “Art. 62 Medidas cautelares. Sin perjuicio de lo dispuesto en el Código Procesal
Civil y Comercial, se podrá decretar, a petición de parte, embargo preventivo sobre bienes del deudor: a) si
se justificare sumariamente que el deudor trata de enajenar, ocultar o transportar bienes, o que, por
cualquier causa, se haya disminuido notablemente su responsabilidad en forma que perjudique los
intereses del acreedor y siempre que el derecho del solicitante surja verosímilmente de los extremos
probados; b) en caso de falta de contestación de demanda…”.
10
“L.O.” es la abreviatura de uso corriente tanto en la Justicia Nacional del Trabajo como en la doctrina
procesal laboral, para referir a la “Ley de Organización y Procedimiento de la Justicia Nacional del
Trabajo”, que es la ley 18.345 con sus modificatorias.

2
En el marco de dichas normas bien puede ocurrir que la parte peticione del embargo
preventivo, sólo ofrezca los testigos con la petición de que se les reciba declaración por el
Tribunal pero aún así considero que esto en modo alguno obligaría al juez en tanto éste podría
ordenar que se acompañen las respuestas a las preguntas y que los deponentes sólo comparezcan
a ratificarlas (conforme el procedimiento del primero y segundo párrafo del art. 197 del
CPCCN).
Así lo considero porque el juez laboral lo podría disponer del señalado modo como
una manifestación concreta de las facultades que establecen las citadas normas de los arts. 57 y
80 de la L.O. para una más rápida y económica tramitación; sin perjuicio de estar siempre
presente la facultad del magistrado de interrogar libremente a los testigos si así lo estima
corresponder (conf. art. 90 de la L.O.).
De las circunstancias particulares de la causa, de las declaraciones testimoniales, lo
demás que pueda obrar en aquella y la información sumaria; debe surgir, como quedó dicho,
que se verifican los supuestos de verosimilitud en el derecho y peligro en la demora.
Ahora bien tales extremos el juez los puede tener por configurados con el alcance de la
sumaria información; ello significa que no es menester la producción de prueba en la que se
exija un rigor o acabada demostración que desnaturalice la finalidad precautoria de la medida.
Ello en tanto se logre formar convicción suficiente en la autoridad judicial de que el
deudor de modo verosímil se encuentra realizando actos, respecto de su patrimonio, del tipo
que prevé, a modo de enunciación, el citado art. 62 de la L.O. y que, en esencia, conducen a la
disminución de su responsabilidad patrimonial en forma que perjudique los intereses del
trabajador demandante.
Lo cual también importa que el juez podrá examinar las diversas situaciones con dicho
prisma para ponderar, por caso, si las acciones del deudor ponen realmente en peligro la eventual
realización del crédito o bien si ya sea por el giro empresario, volumen o magnitud de éste en su
patrimonio, constituye o no un potencial peligro para afrontar una sentencia favorable al
acreedor laboral.
En ese marco también se inserta el requisito de verosimilitud del derecho que, en
esencia, significa que quien solicita el embargo preventivo se encuentre asistido del denominado
“buen derecho” en la pretensión de fondo que se quiere poner a buen resguardo con la cautelar
que se solicita.
Sobre este requisito de verosimilitud del derecho se ha señalado que no es necesaria la
efectiva o plena certeza del mismo sino que es suficiente con la “apariencia de buen derecho”
o también denominado “fumus boni iuris”.
Ello significa que basta con la posibilidad de formular un juicio de probabilidad de la
existencia de buen derecho11 sobre la base de la sumaria información que, en general, establece
nuestra normativa procesal para viabilizar el dictado de la medida que nos ocupa.
También se ha sostenido que ambos de los requisitos señalados (la verosimilitud del
derecho y el peligro en la demora) se encuentran relacionados de tal modo que a mayor
intensidad de uno se pueda ser menos exigente en la fuerza o vigor que se le reclame al otro 12.

Causas procesales objetivas o autónomas

La señalada relación en la intensidad o vigor de los mentados recaudos de verosimilitud


del derecho y el peligro en la demora, justifica la existencia determinadas situaciones que la
legislación procesal establece como causas objetivas que habilitan el dictado del embargo
preventivo relevando de la acreditación de aquellos extremos.
El art. 62, inc. b), de la L.O. establece uno de dichos supuestos al disponer que el
embargo preventivo procede en “..caso de falta de contestación de la demanda”.
Recordemos que dicho estado procesal de falta de contestación de la demanda impone
al juez laboral tener por ciertos los hechos expuestos en el escrito liminar (salvo prueba en
contrario; art. 71 de la L.O.) lo cual conlleva una intensa verosimilitud en el derecho que unida a
la falta de comparecencia a juicio, torna razonable presumir el peligro en la demora.
Todo lo cual conduce al legislador procesal a considerar tal situación como una causa
objetiva que autoriza el dictado del embargo preventivo sin que sea necesaria una mayor
indagación acerca de la verosimilitud del derecho y el eventual el peligro en la demora por
considerarlas configuradas por la situación de “rebeldía” tanto por los efectos de ésta como por
la conducta del deudor que la misma insinúa.
Del mismo modo se establece como causa objetiva que habilita el embargo preventivo a
la llamada rebeldía en la prueba confesional o cuando el actor haya obtenido sentencia favorable
aunque ésta estuviera recurrida (art. 212 del C.P.C.C.N.).

11
FENOCHIETTO, Carlos E., ob. cit. comentario del art. 195 del C.P.C.C.N
12
PIROLO, Miguel A. - MURRAY, Cecilia M. - OTERO, Ana M; ob. cit. pag. 146.

3
En ambas situaciones el legislador procesal también pondera la intensa verosimilitud
que dichos estados procesales proyectan al derecho del demandante lo cual conduce a que se
releve al accionante de demostrar el peligro en la demora.

La intervención del embargado

En ese marco cabe también recordar que si bien las resoluciones cautelares se dictan sin
la intervención de la parte contraria (197 y 198 del CPCCN), dicha situación debe cesar luego
de la ejecución de la medida.
Ello así ya sea porque con la referida ejecución el embargado tomó conocimiento o, si
así no fuere, con el cumplimiento -por parte del embargante- de los dispuesto por el citado art.
198, segundo párrafo, del CPCCN en cuanto manda practicar notificación personal o por cédula
de la respectiva resolución al afectado por la misma.
Asimismo es importante destacar que es una carga del embargante instar dicha
notificación lo cual surge claramente de la disposición del art. 198 del C.P.C.C.N. en cuanto
establece que “…quien hubiere obtenido la medida será responsable de los perjuicios que
irrogare la demora”.
La disposición procesal se justifica en que la causa, hasta dicha notificación, ha
tramitado sin el conocimiento del embargado, y para que éste -desde que se anoticia de la
resolución que lo afecta- cuente con la posibilidad de hacer uso de su derecho de defensa para
cuestionar la medida dictada ya sea para pedir la modificación, sustitución o levantamiento.
De allí que la circunstancia de que el embargado no sea citado al proceso antes del
dictado de la medida cautelar en modo alguno afecta su derecho de defensa en tanto este puede
ser ejercido en la señalada oportunidad posterior.
Por lo demás no es que su derecho a ser oído quede definitivamente vedado sino que su
ejercicio queda postergado para evitar que su intervención pueda obstaculizar la efectividad de
la medida con lo cual a este bien jurídico se le otorga prioridad en el tiempo dando paso a aquél
sólo después de ejecutada la medida (art. 198 del Código Procesal).
El afectado por la medida puede recurrir la resolución tanto por vía de revocatoria o
de apelación (conf. art. 198 del CPCCN) siendo de destacar que este último debe tener -en el
procedimiento laboral- trámite inmediato de conformidad con lo prescripto en el art. 110 de la
L.O.
Ello constituye un supuesto en el que se finca el denominado carácter provisional de las
medidas cautelares en tanto su modificación, sustitución o levantamiento puede ser solicitada
tanto en la oportunidad procesal de tomar conocimiento de su dictado sino también en cualquier
estado del proceso si se modifican o cesan las circunstancias que hubieran motivado el dictado
de aquéllas (conf. art. 202 del CPCCN).

La contracautela

El instituto en el que nítidamente se perfila la particularidad del tratamiento del


embargo preventivo en el proceso laboral, es precisamente la regulación a la denominada
“contracautela”.
En efecto, la contracautela que está establecida en el art. 199 del C.P.C.C.N. no es de
aplicación en el proceso laboral (conf. art. 155 de la L.O.).
Recordemos que la esencia de la norma del citado art. 199 del C.P.C.C.N. es que quien
pretenda obtener una medida cautelar, a la vez otorgue caución suficiente por todas las costas,
daños y perjuicio que pudiere ocasionar ante el eventual exceso o abuso en el derecho para
obtenerla.
Ello porque es principio general que quien pide la medida cautelar a la vez brinde
garantía suficiente de que ha de resarcir los daños y perjuicio que, en el señalado marco, podría
eventualmente producir13.
Ahora bien, en el procedimiento laboral rige el art. 61 de la L.O. que claramente
establece que “…las medidas cautelares siempre se entenderán dictadas bajo responsabilidad del
solicitante” y la norma agrega que “en casos especiales, el juez, por auto fundado, podrá exigir
contracautela”.
De la norma de referencia claramente se desprende el principio general que es que la
cautelar, aún sin manifestación expresa del trabajador solicitante, se entiende siempre dictada
bajo responsabilidad del mismo.
A la vez de dicha norma nítidamente se deriva que el principio general es que la medida
cautelar debe ser dictada -de reunirse los requisitos generales de procedencia: verosimilitud del
derecho y peligro en la demora, o causa procesal autónoma- sin que sea necesario que el
trabajador ofrezca contracautela.

13
Ver FENOCHIETTO, Carlos E., ob. cit. comentario del art. 199 del C.P.C.C.N y PIROLO, Miguel A. -
MURRAY, Cecilia M. - OTERO, Ana M; ob. cit. pag. 146.

4
Esa disposición general sólo puede ceder ante supuestos de excepción en que dicha
contracautela le pueda ser requerida al trabajador pero en tal caso el juez la ha de solicitar por
auto fundado lo cual necesariamente importa una ponderación de una situación de entidad que
autorice al magistrado a apartarse del principio general ya señalado.
Resulta claro que la mentada norma tiene una finalidad tuitiva para el trabajador en
juicio por lo que es un reflejo del principio protectorio al derecho procesal del trabajo dado que
no es necesario un esfuerzo argumental para concluir que ante la insuficiencia o carencia que, en
general, es propia del patrimonio de los trabajadores, para estos se tornaría ilusoria la
posibilidad de acceder a un embargo preventivo -para asegurar sus eventuales créditos contra el
empleador- si se les exigiera afianzar la medida del mismo modo que al acreedor de otro tipo de
contratos o relaciones jurídicas de características distintas a las laborales.

MIGUEL OMAR PEREZ