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¿Es necesario regular a la Inteligencia Artificial?

Por mucho tiempo se consideró a la inteligencia un atributo exclusivamente humano. En


las últimas décadas, se caracteriza a la inteligencia por su capacidad de resolver
problemas, crear soluciones y productos propios de un entorno sociocultural determinado
(Gardner, 1990). Se puede observar que estos rasgos inteligentes se pueden encontrar en
animales y plantas. Estas dos especies naturales poseen capacidades de resolver
problemas y crear objetos que sirven para confrontar sus actividades diarias. Según la
Dra. Sandra Sánchez, investigadora de la Escuela Politécnica Nacional, una conclusión
parece irrefutable: plantas y animales también son inteligentes. Las abejas, por ejemplo,
han desarrollado a través de la danza, la capacidad de orientar a otras compañeras de su
especie en la búsqueda del lugar donde está ubicado, con exactitud, el polen de las más
diversas flores; del mismo modo, las plantas, procesan en sus raíces estrategias de
adaptación al entorno natural.

Por otra parte, el investigador norteamericano Howard Gardner, presenta una teoría que
revoluciona nuestra comprensión sobre la inteligencia. Propone nueves tipos distintos de
inteligencia: lingüística, matemática, naturalista, espacial, intrapersonal, interpersonal,
musical, corporal y existencial. Estos distintos tipos de inteligencia se pueden evidenciar
entre plantas y animales. Inteligencia naturalista entre las hormigas, por ejemplo, que les
permite crear un complejo sistema de agricultura y de salud pública. La inteligencia
natural, propia de los humanos, los animales y las plantas se muestra como el factor
fundamental que ha empujado el desarrollo técnico, tecnológico y científico del planeta.
¿Podrá la inteligencia natural desarrollar formas artificiales de inteligencia?, ¿cuáles
serán las consecuencias sociales, económicas, culturales y morales que este invento traerá
consigo?

La inteligencia artificial, el conjunto de procesos capaces de simular conductas humanas


inteligentes, parece incontenible, y, más temprano que tarde será parte cotidiana de
nuestra realidad y la modificará de modo indefectible. Por ello, la humanidad debe fijar
parámetros sociales, culturales y morales que maticen esta creación de la humanidad en
su favor y no en su contra. Las máquinas han ido remplazando al ser humano, esto, en el
campo económico y social ha tenido serias repercusiones. El auge de las tecnologías de
la comunicación, que emplea algoritmos de inteligencia artificial, ha generado una nueva
forma de concebir las relaciones culturales entre las personas. Uno de los atributos de los
que se dota a la inteligencia artificial es la toma de decisiones en las más diversas
situaciones, desde un aviso vía correo electrónico hasta el conflicto de vulnerar una vida
humana, son dilemas morales a los que las máquinas se enfrentarán y la humanidad debe
resolverlos con responsabilidad. La ciencia suele responder el qué frente al conocimiento;
sin embargo, considero necesario también resolver el para qué de la inteligencia artificial;
esta respuesta permitirá gestionar este invento humano en pro de nuestra especie. A lo
largo de este ensayo iremos deshilando las complejas tramas sociales, culturales y morales
de la inteligencia artificial.

Desde la Revolución Industrial las máquinas han ido remplazando las tareas humanas en
los más diversos campos. Este desarrollo tecnológico, que ha empujado la bonanza
económica de los países industrializados, ha tenido como contrapartida el remplazo
irremediable de miles y millones de seres humanos por una máquina. Si bien esta práctica
económica se ha concentrado en el trabajo físico, la inteligencia artificial amenaza ahora
al trabajador intelectual: médicos, profesores, ingenieros y otros profesionales, podrían
quedar sin una oportunidad laboral frente al desarrollo avasallante de las máquinas. Marco
Benalcázar, profesor investigador de la Escuela Politécnica Nacional, asegura que “para
el 2030, ochocientos millones de personas perderán su empleo” (2018). Este panorama
proyecta una pregunta muy inquietante, ¿quién se encargará de sustentar a los millones
de parados que serán removidos de sus puestos por la inteligencia artificial? Por ello, es
fundamental legislar desde ya para que la inteligencia artificial respalde el trabajo humano
y su desarrollo, pero que no lo remplace o lo jubile.

Y la inteligencia artificial atraviesa las normas culturales de la convivencia humana de


modo profundo y sistemático. Poco a poco nos hemos abandonado a las nuevas dinámicas
laborales que las máquinas nos imponen: el celular, la tablet o la laptop, por ejemplo, nos
saturan todos los días con una carga de correos electrónicos de colegas, amigos y
compañeros, mensajes por whatsapp de nuestros jefes y una cola de Quipux con los
documentos pendientes por entregar. Skype, Facebook, Whatsapp, YouTube, Twitter e
Instagram reúnen a varios miles de millones de usuarios en el mundo entero. Diariamente
se comparten por estos medios enlaces, fotografías, memes, videos, extensos archivos de
documentos, música y comentarios mientras un algoritmo matemático va refinando las
búsquedas y sugiere a los internautas temas, recursos y otros espacios virtuales afines a
sus intereses. Del mismo modo, los sistemas educativos han ido incorporando las
tecnologías de la comunicación a las aulas: plataformas interactivas, portales virtuales,
blogs sobre los más amplios temas e intereses, aulas interactivas, correo electrónico y
grupos educativos en redes sociales son cotidianos en la educación actual: millones de
niños y jóvenes pasan conectados las veinte y cuatro horas del día a máquinas inteligentes
que organizan, reformulan e inclusive generar dependencias que limitan de modo
alarmante sus vidas. Esta forma de comunicación global e interactiva, ha modificado las
interacciones culturales de nuestra especie: hábitos de trabajo, sistemas educativos,
acceso a la industria musical, la televisión y el entretenimiento, trastornos y enfermedades
propias de la era de internet.

Por otro lado, ¿cuál será le decisión que tome un vehículo inteligente cuando se encuentre
comprometida una vida humana? Si la decisión ya está pre-programada y el algoritmo se
basa en un principio de eficiencia, es muy probable que frente a la optimización de un
proceso la vida humana quede expuesta. Las decisiones de las personas, en contrapartida,
son más que cálculos algorítmicos, pues, matizan sus acciones desde las emociones,
fundamento de nuestros valores morales. La autoinmolación de los padres, por ejemplo,
en pos de salvar la vida de sus hijos, es una decisión que se toma desde el corazón. Las
máquinas; sin embargo, no replican sentimientos, en consecuencia, la inteligencia
artificial manejará un sistema de toma de decisiones que será controversial con las
prácticas éticas humanas. La vida, desde entonces, cambiará de sentido.

En la década del treinta, un laboratorio alemán logró sintetizar el átomo y comprender sus
principios radioactivos. ¿Para qué fueron empleados estos conocimientos?, para construir
un aparato apocalíptico que desintegró en segundos la vida de doscientos ochenta mil
niños, mujeres y ancianos japoneses de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Si la
inteligencia artificial será el catalizador que remplace al ser humano en el trabajo y lo
condene al caos social, ¿qué sentido tiene desarrollarla? El descubrimiento del láser
permite aplicaciones médicas que ayudan a salvar vidas; sin embargo, también gracias a
los mismos principios científicos del láser se dirigen los misiles que ahora mismo asolan
ciudades enteras. Por ello, ya que no podemos detener el desarrollo de la inteligencia
artificial, al menos deberíamos fijar parámetros morales que regulen este invento en favor
inexcusable de las personas. Hardy, (2001) se hace estas reflexiones:
¿Es el hombre el “creador” de todo este arsenal? ¿entiende sus creaciones? Tal vez
el hombre sólo haya descubierto lo que “ya estaba allí”. Quizás Dios sólo haya
descubierto al hombre ¿qué entiende Dios del hombre después de todo? puede que
lo único que haya creado el hombre sea Dios. Es decir ¿cuánto puede entender el
hombre de sus creaciones, o sus descubrimientos, y, por ende, de todas estas
máquinas?

Es suma; considero fundamental fijar parámetros socioeconómicos que impidan que las
personas sean remplazadas por la inteligencia artificial: las máquinas deben optimizar
procesos, no desplazar a las personas de sus trabajos. El acceso a la inteligencia artificial
ha ido modificando nuestras prácticas culturales, estas, sin embargo, no deberían
subordinar ni generar dependencia entre niños y jóvenes. Las decisiones que tomen las
máquinas deben tener como filtro un sistema que se asemeje a nuestras concepciones
morales, caso contrario, el sentido de la existencia será remplazada por principios de
automatismo y eficiencia. Por eso es fundamental preguntarnos ¿en qué y cómo vamos a
emplear la inteligencia artificial? Si este invento será regido por las normas corporativas
de las empresas globales que generen inteligencia artificial, los estados deben ser los
encargados de poner límites sociales, económicos, culturales y morales al desarrollo y el
empleo de estas máquinas. Los parámetros que regulen a la inteligencia artificial deben
considerar el respeto a todas las formas de la inteligencia natural, complementarse con
ella, pero jamás remplazarla o superarla.