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MARTÍNEZ HEREDIA, FERNANDO, SOCIEDAD Y POLÍTICA EN AMÉRICA LATINA,

CAPIRO, SANTA CLARA, 2011.

FERNANDO MARTÍNEZ HEREDIA


.apira
Sociedad y política en América Latina
Sociedad y política en América Latina
Fernando Martínez Heredia (Yaguajay, 1939)
Doctor en Derecho. Investigador social e historiador. Ostenta las categorías docente y
científica de profesor e investigador titular. Desde 1966 se ha especializado en temas
latinoame-ricanos, especialmente en los relativos a movimientos populares, algunas de
cuyas actividades ha acompañado. Fue director de la revista Pensamiento Crítico y del
Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana; actualmente es director
general del Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello, donde también
preside la Cátedra Antonio Gramsci. Miembro del Consejo Nacional de la UNEAC. Ha
publicado doce libros; entre los más recientes pueden citarse La revolución cubana del
30. Ensayos (2007), El ejercicio de pensar (2008) y Andando en la Historia (2009).
Sociedad y política
en América Latina
Fernando Martínez Heredia
!apira
Santa Clara CUBA
2011
Edición: Amparo Ma. Ballester y Misael Moya Perfil de colección y diseño: Leonardo
Orozco Ilustración de cubierta: Mural en el Colegio de San Ildefonso, de José Clemente
Orozco Diagramación: Lien Cabrera González Corrección: Rebeca Murga Vicens
® Fernando Martínez Heredia, 2011
o Sobre la presente edición:
Editorial Capiro, 2011
ISBN: 978-959-265-219-4 Editorial Capiro
Gaveta Postal 19, Santa Clara 1, Cuba, CP 50100 E-mail: ecapiro@cenit.cult.cu /
www.cubaliteraria.com
Este libro ha sido procesado en la Empresa Gráfica de Villa Clara y el Taller Gráfico del
Centro Provincial del Libro y la Literatura, en Santa Clara, en el mes de febrero de
2011. La edición consta de 1 000 ejemplares.
Presentación
La independencia de la mayoría de las colonias de América no consiste en un manojo
de fechas famosas a celebrar, sino en un proceso histórico extraordinario que duró un
tercio de siglo, de 1791 a 1824. Su denominador común fue la obtención de la
autodeterminación en las posesiones de España —excepto Cuba y Puerto Rico— y en
el Brasil portugués, y la constitución en ellas de Estados soberanos. Pero su clave, lo
que le da trascendencia, fue la vía utilizada: las revoluciones. En su fragua encontraron
los pueblos la solución para problemas que habían sido imposibles, en ellas se
reunieron los hasta entonces divididos en un mar de castas y particularismos,
aprendieron a elevarse y cambiarse a sí mismos, y juntaron fuerzas suficientes para
vencer. La primera de esas revoluciones, la haitiana, es un ejemplo impar: en la más
rica colonia de Francia, la única revolución de esclavos triunfante de la historia culminó
en una terrible guerra de independencia y en la constitución del primer Estado de
nuestro continente.
Hoy no cabe alabar el Bicentenario como ingenuos ni negarlo como supuestos sabios.
Hoy es imprescindible asumir aquel descomunal evento histórico en su complejidad
real, en su heterogeneidad y su grandeza, para conocerlo, para recuperar su memoria
histórica desde la perspectiva de la causa popular. Esa operación no solo sacará a la
luz a protagonistas olvidados y los modos siempre singulares de integración del hecho
histórico,
también vendrá en ayuda nuestra para comprender mejor el presente y proyectar la
acción necesaria y el futuro.
Insisto mucho en mis escritos en los problemas del colonialismo mental, y es porque su
arraigo y su fuerza se disfrazan y ocultan, y asumen formas de apariencia inocente.
Para el viejo colonialismo, el silencio era la fórmula: las colonias no tienen historia. Pero
los pueblos destruyeron ese colonialismo y la misma madurez del capitalismo mundial
se hizo neocolonialista. La nueva fórmula ha sido la tergiversación, la manipulación, el
sesgo, sin dejar de utilizar las zonas de silencio. La cuestión sería sencilla si se
redujera a relaciones externas, pero lo grave del viejo y del nuevo colonialismo ha sido
su capacidad de reproducirse dentro del colonizado y, lo que es peor, de vivir dentro del
que ya no lo es. Los sistemas de educación, los medios masivos, mil maneras más o
menos sutiles alimentan ese veneno que tiende a debilitar y hacer inermes a los
individuos y las sociedades. El Bicentenario es solo uno más entre los campos de la
crucial Lucha contra el colonialismo mental.
En 2011, América Latina y el Caribe están viviendo un tiempo que puede llegar a ser de
decisiones trascendentales. Después de un final de siglo desolador, la primera década
de este registra avances muy notables en cuanto a la formación de un polo de logros y
atracción de las causas populares, compuesto por movimientos sociales combativos y
gobiernos muy consecuentes, nacidos del apoyo popular. Otros Estados buscan
autonomía res-pecto al imperialismo, y crecen las coordinaciones lati-noamericanas.
Ganan terreno las iniciativas y la idea de la integración de los países de la región. Al
mismo tiempo, ningún análisis serio podrá obviar los innumerables escollos,
insuficiencias y enemigos, adversos a este proceso.
Este libro es una modesta contribución a la necesidad de conocer a nuestra América, y
pensar sus problemas y sus caminos, por lo que pone su acento en las realidades y los
desafíos actuales. Sus textos están articulados por una posición intelectual que tiene
muy en cuenta la interpretación y las totalidades, pero parte de los datos y los procesos
concretos para llegar a sus valoraciones y criterios. A la vez, sigo la antigua costumbre
de los clásicos del pensamiento social: dar mis opiniones, tomar partido, sin que ello
me quite lucidez ni me absuelva de argumentar.
Testimonio de esa posición son mis palabras finales. Opino que si los eventos
latinoamericanos se dirigen a una fase critica, la salida eficaz tendrá que ser la
formación de un nuevo bloque histórico de movimientos populares y poderes
populares, y su capacidad de tejer alianzas más amplias. Y es probable que se
encuentren todos en el remolino de la revolución, esa palanca maravillosa para el
desarrollo de las personas y las sociedades.
Libertad, naciones y justicia social: dos siglos de reuniones y contradicciones1
No estamos conmemorando unas fechas, sino un proceso desarrollado de 1791 a
1824, un tercio de siglo en el que cambiaron a fondo la relación externa de nuestro
continente y, en diferentes medidas, las relaciones sociales y políticas internas. Fue la
más temprana descolonización regional ocurrida en el mundo. Lo determinante en este
proceso fueron revoluciones violentas en la mayor parte de los casos de la América
española, aunque en Centroamérica y Brasil la independencia se estableció a partir de
actos no violentos promovidos desde arriba. Hubo crisis en las metrópolis y en sus
colonias, sin duda, pero solo porque hubo revoluciones pudo producirse la gran
transformación.
En el principio fue la Revolución haitiana. Es una tremenda injusticia histórica la
celebración generalizada del Bicentenario alrededor de 1810. En 1991 no se le hizo
caso al Bicentenario haitiano, cuando todavía se oían ecos de los doscientos años de
la Revolución francesa y se hacía una gran algarabía alrededor de los quinientos años
del inicio del colonialismo en América, disfrazado bajo el nombre mentiroso de
«encuentro de culturas». Los que estamos aquí, y los que son como nosotros,
incluimos siempre la Revolución haitiana e insistimos en
1 Palabras en el Coloquio Internacional «La América Latina y el Caribe entre la
independencia de las metrópolis coloniales y la integración emancipatoria», de la Casa
de las Américas (Sala Che Guevara, 22 de noviembre de 2010). El autor revisó el texto
para esta edición.
esa elemental reparación histórica, pero estamos muy lejos de ser mayoría o tener
suficiente influencia para lograr al menos que los escolares estudien esa revolución, y
para que se celebre el aniversario de la batalla de Vertiéres.?
La nación, como la entendemos hoy, era una idea incipiente cuando sucedió la
independencia en América. Si en Europa era una novedad, en América pudo encontrar
espacio precisamente por las necesidades de autoidentificación que tenían los que se
levantaban contra un orden colonial que, además de su poder material y la inercia de lo
establecido, tenía muchos medios espirituales a su favor. Los insurgentes y los nuevos
políticos tuvieron que aprender a organizar poderes propios, confiar en ellos y hacerlos
permanentes, y aprender a nombrar ese nuevo mundo que iban creando. Durante sus
luchas, los negros y mulatos haitianos se llamaron a sí mismos «indígenas». El
apelativo «americano» fue el más expresivo de la existencia de una nueva identidad;
además, fue el más utilizado por los revolucionarios radicales.
¿Qué carácter tuvieron aquellas revoluciones? La independencia nacional fue la
constante. Aunque no necesariamente fue el punto de partida de cada una, resultó el
punto de llegada en todos los casos. Hubo revoluciones sociales en diferentes lugares
durante el proceso, más o menos victoriosas, inconclusas, parciales o derrotadas. El
continente en que sucedieron esos eventos
2 El 18 de noviembre de 1803 se libró la batalla decisiva de la independencia
haitiana. La guerra revolucionaria de 1803, bajo el mando supremo de Jean Oacques
Dessalines, culminaba frente a la Ciudad del Cabo. Después de la batalla,
Rochambeau, el general en jefe francés, se rindió a Dessalines, que proclamó la
independencia y el nacimiento del nuevo Estado el Io de enero de 1804, en Gonaives.
había sido sometido durante tres siglos a una subordinación colonial completa;
violentados, oprimidos y explotados sin límites sus pueblos, sus culturas y su medio
natural; suprimidas o avasalladas y manipuladas las organizaciones sociales que
existían antes de la colonización; aumentada y transformada la población con enormes
contingentes de africanos y europeos, gran parte de ellos traídos como esclavos. Se
establecieron sistemas muy centralizados de poder y con tendencias unificado- ras
poderosas basadas en el predominio de la cultura material y espiritual de los europeos.
América fue una región indispensable para la acumulación capitalista europea. Desde
las complejas sociedades de dominación resultantes de la larga época colonial cada
país enfrentó la ruptura del orden colonial y la formación de los Estados
independientes.
A mi juicio, la gran lección de hace dos siglos es que solamente la violencia
revolucionaria pudo ser eficaz para conseguir que individuos y grupos sociales se
plantearan negar y trascender su situación de colonizados o su condición servil y actuar
en consecuencia, ser muy subversivos en sus prácticas, sacrificarse, persistir durante
las circunstancias más difíciles, organizarse militar y políticamente, superar hasta
donde fue necesario las divisiones en castas que tenían y tas ideas y sentimientos
correspondientes, cambiarse o reeducarse a sí mismos en buena medida, crear nuevas
instituciones y relaciones, vencer a sus enemigos e instituir países que se reconocieran
y apreciaran como tales y masas de personas que fueran o aspiraran a ser sus
ciudadanos.
Aunque no fue ese el curso de los acontecimientos en todas partes ni los eventos
afectaron a todo el territorio y
las poblaciones, la revolución les dio el tono general a la independencia y a la época en
el continente. En la América del Sur se dio un caso único en toda la historia del mundo
colonial: las guerras de independencia se internacionalizaron a un grado extraordinario,
ejércitos revolucionarios atravesaron distancias enormes, combatieron y vencieron muy
lejos de sus tierras natales, liberaron otros pueblos y participaron decisivamente en su
organización estatal y política. En general, los procesos independentistas se
consideraron parte de una epopeya y un proyecto americanos, y así quedaron fijados
en la conciencia social y en los discursos más influyentes. Moderados, aprovechados y
conservadores americanos tuvieron que adoptar los símbolos de la epopeya
libertadora, incluso los que querían mediatizarla y controlarla.
Sin duda, esa tradición es un aspecto de enorme importancia en la acumulación
cultural latinoamericana y caribeña actual. Pero si examinamos aquel proceso histórico
cabría preguntarse: ¿la independencia de qué, para quiénes, con cuáles participantes y
beneficiarios? Las formas en que se inspiraron mutuamente las luchas por la
independencia nacional y por la justicia social, las uniones, coordinaciones o
contradicciones entre ellas en el interior del campo de los independentistas y entre ellos
y la masa del pueblo de sus países, constituyeron el contenido de la historia real.
Después se fueron integrando y consolidando versiones que se convirtieron en la
historia nacional, como parte de un complejo cultural que respondía, en todo lo
esencial, a la dominación de clase, al Estado y a las representaciones sociales
correspondientes. Igual que las economías locales, los idiomas, las comunidades, y las
diversidades sociales y humanas, la
historia fue cristalizada en un molde nacional. No es posible reducir ese molde a los
arbitrios de los dominantes ni a actos premeditados, pero lo cierto es que excluyó lo
que fuera realmente peligroso para la dominación.
Las historias nacionales de nuestros países constituyen negaciones del colonialismo,
que no admite que los colonizados tengan historia, mas no significan el fin de las
colonizaciones, que persisten en las instituciones, las mentes, los sentimientos y la vida
espiritual. Hasta hoy siguen presentes. Las zonas de silencio, las multitudes sin voz, las
selecciones tendenciosas de hechos, procesos y personalidades, las distorsiones y las
falsedades, han formado parte hasta hoy de las historias nacionales en nuestra región.
Necesitamos liberar el pasado, para que podamos reconocernos mejor, o reconocernos
realmente, para conocer las fuerzas y las debilidades, los enemigos y los caminos, las
experiencias y los saberes del propio pueblo, lo que se ha vivido en el largo camino y,
por consiguiente, los elementos fundamentales para entender el presente, sus rasgos
principales, sus tendencias y potencialidades. Es decir, para guiar nuestras acciones y
nuestros proyectos.
La libertad como ideal general tuvo una enorme relevancia, pero en su asunción por
amplios sectores fue más concretada que su matriz europea —aunque esta había
recibido un impulso decisivo con la Revolución francesa— y expresó diferencias muy
notables en cuanto a ella. Señalo solo tres. La libertad política —sin la renuncia a la
implantación de libertades individuales— tenía otro centro más colectivo, ya que
encarnaba la libertad de un país respecto a la metrópoli y era un anhelo de la gente del
país frente a un enemigo extranjero.
La libertad personal resultaba un problema fundamental de justicia social, más que de
banderas políticas, para la mayoría de los trabajadores y demás individuos sometidos a
la esclavitud y a desigualdades de castas. La clase dominante criolla no podía
enarbolar la libertad personal y las libertades individuales como una bandera
revolucionaria, porque en gran parte estaba ligada al trabajo de los esclavos y a las
prestaciones serviles —o vivía de ellos—, lo que exigía que los oprimidos no gozaran
de libertad personal, o de igualdad formal y ciudadanía plena.
La historia de la independencia americana está llena de contradicciones en el seno de
los grupos sociales, de tensiones y enfrentamientos, de proceres y movimientos que
rompen con fundamentos del orden vigente al abolir la esclavitud y de repúblicas que
después la mantienen; de militancias decididas por razones sociales y no por el lugar
de nacimiento; de respetos y camaraderías imposibles en la vida social previa, nacidos
de tremendas experiencias y sacrificios compartidos; de nuevas instituciones y normas
que resulta muy difícil llevar a la práctica y hacer permanentes; y de promesas
incumplidas.
Apunto algunos datos relativos a la composición de la población. Solo la quinta parte de
los habitantes de la América española era clasificada como blanca, y los africanos y
afrodescendientes eran más de la tercera parte de los habitantes en las actuales
Colombia y Argentina, y más del 60 % en Venezuela y Brasil. Los pueblos autóctonos
eran mayoría en unas regiones y una proporción altísima en otras, a pesar del
genocidio cometido contra ellos. Eran explotados o esquilmados, y considerados seres
inferiores, a pesar de algunos intentos legales metropolitanos en la última fase de la
época colonial.
En general, la construcción social de razas y racismo en las colonias americanas era
una función del modo de producción y el sistema de dominación, pero su plasmación
cultural fue profundamente abarcadora y persistente; si era un factor de gran peso en la
división colonial entre los oprimidos, en las repúblicas siguió siéndolo en gran medida y
ha sido un cáncer crónico hasta hoy.
La primera oleada de levantamientos en las colonias de Tierra Firme, en las últimas dos
décadas del siglo XVIII, fue protagonizada por sectores de los más oprimidos, en su
mayoría no blancos, y en su centro estuvieron demandas de justicia social. Aunque no
conectada con ellos, la Revolución haitiana fue con mucho el mayor movimiento y el
único que triunfó. En una de las colonias más productivas del mundo, una masa
enorme de esclavos se sublevó y obtuvo su libertad. Los revolucionarios de Sainte
Domingue forjaron sus instrumentos y sus objetivos, vencieron a sus dueños, a la
invasión británica y las agresiones de España, a un gran ejército de Napoleón en la
campaña final de 1803, y declararon la independencia nacional. El Io de enero de 1804
se fundó Haití, el primer Estado independiente de la América Latina y el primero sin
esclavitud de las Américas, dos hechos históricos trascendentales. Haití estrenó el
internacionalismo en el continente, influyó en las ideas sociales revolucionarias de
Bolívar y le dio todo el apoyo material que pudo, y fue un ejemplo práctico y un rayo de
esperanza para los esclavizados de América.
En el proceso revolucionario de los quince años que van del Grito de Murillo a la Batalla
de Ayacucho, confluyeron las protestas, las rebeldías y los motines de los humildes con
los movimientos encabezados por personas
y grupos de notables que se propusieron de inicio la independencia o terminaron
impulsándola. La gente de abajo tuvo que hacer a un lado las estrategias de
supervivencia, que suelen primar cuando se vive en situaciones de miseria y
desvalimiento; la fragmentación y la distancia extraordinarias en que se encontraban
sus sectores, muchas veces enfrentados entre sí; la violencia contra ellos mismos, que
es una reacción tan extendida en estos órdenes sociales; el rencor y el rechazo
profundo a los de arriba, que era natural en esas sociedades de castas y opresiones
despiadadas; las concepciones del mundo y de la vida diferentes que muchos de ellos
conservaban, aunque fuera parcialmente; y la posibilidad que tenían de retirarse a
zonas alejadas de los conflictos en un continente que estaba lejos de haber sido
completamente ocupado por las estructuras de colonización. Decenas de miles de
personas humildes dieron los pasos necesarios y militaron en las filas de las
revoluciones, les aportaron su sangre y sus esfuerzos, priorizaron la nueva identidad y
los nuevos valores que asumieron, y adelantaron la integración de naciones y de un
ideal americano a un grado que hubiera sido impensable pocos años antes.
A su vez, los caudillos y apóstoles revolucionarios los condujeron y les abrieron
horizontes superiores a sus actividades y sus sueños, oportunidades de aumentar sus
capacidades, su autoestima y sus lugares sociales, y de pretender libertades
personales y políticas aseguradas y permanentes. Los decretos y las iniciativas de
estos líderes, que abolían la esclavitud, las prestaciones serviles y los tributos,
derrotaban y castigaban a los tiranos y esbirros coloniales, daban paso al mérito militar,
fomentaban la igualdad en el trato y abrían oportunidades
prácticas de tener ingresos y de instrucción, constituyeron gajes concretos de las
revoluciones y ayudaron a instituir individuos y sociedades con expectativas muy
superiores al mundo previo. El resultado de conjunto fue un formidable avance cultural
a escala continental.
La libertad, las naciones y la justicia social han vivido muy dilatados y complejos
procesos en nuestra América desde 1824 hasta hoy. Tenemos que lograr que nadie
crea que todo sucedió como la luz del día sucede a la noche, para que la historia pueda
cumplir sus funciones a favor de los pueblos. La forma republicana de gobierno fue
invocada siempre y terminó predominando, pero las libertades fueron recortadas,
conculcadas o no cumplidas en la práctica en innumerables ocasiones y lugares; la
justicia social siguió siendo negada a las mayorías y las naciones se fueron forjando
paulatinamente, tanto que algunas no se han completado todavía. Sin embargo, en
nombre de estas y del nacionalismo se implantaron regímenes de dominación, se
reprimieron las luchas sociales y de los grupos étnicos oprimidos y se emprendieron
numerosas guerras y conflictos entre países del continente.
Desde la independencia en adelante, las potencias capitalistas de Europa —y Estados
Unidos, según fueron ganando fuerzas a lo largo del siglo xix— jamás dejaron de
buscar y establecer relaciones económicas ventajosas para ellos con los nuevos
Estados, ni de utilizar medios extraeconómicos para esos fines. Fueron numerosas las
invasiones a países, las guerras o las agresiones con fuerzas navales, siempre
dirigidas a imponer sus intereses explotadores y depredadores; también utilizaron
mucho la cooptación de gobiernos y sectores dominantes para
enfrentar a unos países contra otros. Sabían que ya no podrían instaurar de nuevo
colonias en América Latina, pero aprovecharon el tipo de sociedades de dominación
que se establecieron en la región para convertir a sus beneficiarios en socios
subordinados o en cómplices, en dominantes y dominados al mismo tiempo. Estos
sacrificaron los intereses generales de sus sociedades para man-tener los de ellos y los
de sus nuevos mandantes.
Ilustro esa situación histórica con un caso trágico: el aplastamiento del Paraguay, país
que se independizó de España y del Río de la Plata en 1811, y se desarrolló de manera
autónoma durante medio siglo. El poderoso Estado paraguayo liquidó a la oligarquía,
repartió la tierra a los campesinos, tuvo un fuerte sector agrario, canales, riego,
caminos; desarrolló astilleros, fundiciones con su propio hierro, una marina mercante;
instaló el ferrocarril y el telégrafo, contrató técnicos extranjeros; produjo textiles, papel,
pólvora, cañones, con inversión pública y sin contraer deudas; tuvo una moneda fuerte,
controló el comercio exterior y protegió con gran rigor la industria y el comercio
nacionales. Eliminó el hambre y alfabetizó a una población que ascendía a un millón de
personas en 1864. Ningún país sudamericano había logrado tanto.
Paraguay necesitaba salir al mundo por el Río de la Plata. ¿Seria el camino la
colaboración y la alianza con la Argentina en formación, y proteger entre ambos a
Uruguay frente a Brasil? ¿0 quizás formar entre los cuatro Estados una alianza más
amplia? Sucedió todo lo contrario. Las clases dominantes de Buenos Aires y Brasil se
aliaron a la Gran Bretaña, que estaba empeñada en destruir la experiencia y el ejemplo
paraguayos. Con su apoyo
—y con los empréstitos del Banco de Londres, Baring Brothers y Rothschild—, la Triple
Alianza que formaron añadiendo a Uruguay le hizo a Paraguay una guerra de
exterminio entre 1865 y 1870. El pueblo paraguayo peleó heroicamente junto a su
presidente, Francisco Solano López; el 75 % de la población pereció en la guerra. Los
invasores arrasaron el país, le arrebataron 150 000 km2 y aniquilaron su desarrollo.3
No puede ser propósito de estas breves comunicaciones abarcar demasiado, por lo
que desisto de hacer más referencias al contenido del lapso histórico que va de La
independencia a la actualidad. Pero quisiera al menos mencionar tres cuestiones
generales, entre otras muy importantes.
Una, los que han ejercido la dominación les han negado la igualdad real y muchos
derechos en sus repúblicas a amplios sectores de la población, en todo lo que
consideraron necesario y todo el tiempo que han podido hacerlo, para defender y
ampliar sus ganancias, mantener su poder político y social, su propiedad privada y la
forma estatal nacional con un ordenamiento legal y político que los favorezca. Han
preferido no ser clase nacional y, cuando ha sido necesario, han sido antinacionales.
Dos, en su desarrollo mundial, el capitalismo ha seguido imponiéndose en la región de
acuerdo con las características de sus fases sucesivas, aplastando resistencias y
rebeldías, cooptando y subordinando, hasta que en la actualidad su propia naturaleza
ha cerrado la posibilidad de que bajo su sistema América Latina pueda
3 Ver Juuo José CHIAVENATTO: Genocidio Americano: A Guerra do Paraguai,
Editora Brasiliense, Sao Pauto, 1975; Eduardo Galeano: «Del antiguo apogeo a La
humillación de nuestro tiempo», Pensamiento Crítico, (51): 215-227; La Habana, abr.,
1971.
satisfacer las necesidades básicas de sus poblaciones, desarrollar sus economías y
sus sociedades, aprovechar sus recursos y organizar su vida según el medio natural y
mantener sus soberanías nacionales.
Tres, existe una gran acumulación cultural en el continente de capacidades
económicas, cultura política y social, identidades, experiencias e ideas, que es
potencialmente capaz de enfrentar en mejores condiciones que otras regiones del
mundo los males a los que fue sometido en las últimas décadas y la rapacidad y la
agresividad del imperialismo, y de emprender transformaciones profundas que le
permitan hacer posible y convertir en realidad lo que le está impidiendo el sistema
capitalista.
Termino estas palabras con un comentario acerca de aspectos del tema que he
abordado, en la situación actual.
En América Latina ha crecido el rechazo masivo a las políticas neoliberales y la
capacidad de comprender que ellas son también un instrumento ideológico de la
dominación; el comportamiento cívico de millones, en las movilizaciones y las
protestas, y a la hora de votar, evidencia ese avance. Algunos Estados de la región se
han alejado del FMI y muy pocos se permiten invocarlo, aunque lo cierto es que
muchos siguen dentro del campo de las políticas que esa institución y el Banco Mundial
preconizaron e impusieron. Vuelve a ganar terreno la conciencia que identifica el
carácter internacional del sistema capitalista de dominación, ahora con la ventaja de un
nivel masivo de cultura política que hace cuatro décadas no existía. Aumenta también
la convicción de que contra el desastre permanente que implica el sistema para las
mayorías, la resistencia y la viabilidad de los cambios imprescindibles necesitan la
creación de vínculos internacionales.
Numerosos Estados participan en coordinaciones en busca de nexos que les sean
beneficiosos y cierta autonomía respecto a los centros del capitalismo mundial; al
mismo tiempo, los gobiernos tienen más en cuenta que los pueblos cada vez toleran
menos las democracias de entreguismo, negocios sucios y miseria generalizada.
Surgen también situaciones en las cuales ciertos intereses del propio país se fortalecen
y encuentran vehículos políticos y consensos amplios, utilizan los mecanismos
gubernativos y enfrentan urgencias de una parte de los sectores más desposeídos.
Como sucede en los eventos que después serán históricos, en la época que comienza
se está levantando una concurrencia de fuerzas muy diferentes —incluso divergentes
—, a quienes unen necesidades, enemigos comunes y factores estratégicos que van
más allá de sus identidades, sus demandas y sus proyectos.
Quizás haya hoy todavía más optimismo que logros, pero eso no es perjudicial.
Después de décadas de matanzas, represiones, derrotas, engaños, indefensión y
pesimismo, en las que se intentó hacer permanente la sujeción de las mentes y los
sentimientos al dominio del capitalismo en la vida cotidiana y la vida ciudadana,
mientras se sufría en los hechos el capitalismo más brutal y mezquino, hoy millones
sienten que es posible luchar otra vez por la vida y el futuro en América, y se ponen en
marcha. Una internacional de voluntades está convocando al pasado, el presente y el
futuro. A mi juicio, el alcance, las victorias y la permanencia de los procesos de cambio
dependerán en última instancia de la calidad y el peso de las luchas de los
movimientos populares organizados, combativos y conscientes.
El momento es incierto, y prefiero referirme a él mediante algunas preguntas. ¿Se
levantarán en América
Latina y el Caribe nacionalismos enfrentados al imperialismo, capaces de formar
gobiernos y bloques sociales fuertes, ganar legitimidad por sus actos y encontrar fuerza
en la memoria y la cultura de rebeldía, de expresarse a través de políticas, acciones e
ideologías en las que participen las colectividades? ¿Serán capaces esos
nacionalismos de comprender la necesidad de establecer coordinaciones
internacionales antiimperialistas como un requisito para ser factibles, poder luchar,
triunfar, man-tenerse y avanzar? Si eso sucede, ¿qué predominaría: los intereses de
sectores minoritarios, pero con influencia decisiva en la economía y las instituciones, y
hegemónicos en la sociedad; o los intereses de la sociedad, a través de las
movilizaciones, la concientización y las organizaciones populares que luchen por sus
objetivos y se opongan al imperialismo y los sistemas de dominación? ¿0 será que en
la situación actual una o la otra opción solo puede salir adelante coordinándose, o
inclusive uniéndose? Pero, ¿es posible que sostengan ese tipo de relaciones, o una
opción deberá gobernar la otra?
La causa principal actual de las resistencias y las movilizaciones populares es la
injusticia social, más que la cuestión nacional. Quizás la primera necesidad a resolver
para avanzar hacia una integración sea unir ambas culturas de rebeldía, la nacional y la
social, en causas que se pongan al servicio de las necesidades y los anhelos de los
pueblos. Esa tarea es sumamente difícil, y exigirá a las diversas vertientes —entre
otras cosas— superar historias y prejuicios que las separan y hacer análisis muy
críticos de los propios proyectos, las organizaciones, los métodos, el alcance que se da
a los objetivos, los lenguajes. Habrá que aprender bien en qué consiste
el «rescate» de lo nacional, y qué demandas y creaciones resultan imprescindibles y no
postergables en materia de justicia social. Pero serán las prácticas lo decisivo, y como
le sucede a todo el que entra en política en tiempos cruciales, las cuestiones
trascendentales del poder y de la organización aparecerán en toda su centralidad. Y
pronto se abrirá paso una exigencia del proceso: se trata de hacer realmente una
nueva política —no de decirlo—, que deberá ser no solo opuesta, sino muy diferente a
la política que hacen los que dominan.
En el plano más general, opino que una política eficaz deberá tener muy en cuenta: a)
la elaboración de prácticas ajenas al capitalismo; b) estrategias políticas de articulación
entre los movimientos, formación de bloques revolucionarios con los poderes populares
y actuaciones que sean conscientes de las realidades, de acuerdo con lo que cada
coyuntura exija; c) el análisis de las experiencias propias y de las actividades y los
objetivos de los adversarios; d) el debate y la formulación de propuestas de nuevas
relaciones sociales, políticas y económicas, de gobierno y de relaciones con la
naturaleza.
Nuestra América y el águila temible4
Pienso que me han pedido una de las conferencias de este ciclo porque se desea
incluir una visión cubana de la América Latina en la apretada selección que se ven
obligados a hacer. Una visión cubana tiene varios referentes que le son específicos.
Ante todo, procede de un país de nuestra América que desde hace cuarenta y cinco
años ha estado viviendo un proceso revolucionario hecho de gigantescos cambios
espirituales y materiales de las personas, las relaciones sociales y las instituciones, de
esfuerzos, proyectos y esperanzas, de combates por la justicia y la libertad, de
resistencia a fuerzas que han parecido cada vez más todopoderosas; un país que
resulta insólito y es, a la vez, muy familiar. Segundo, vengo de uno de los países de la
llamada América atlántica, en cuya composición étnica y cultural participa de manera
notable el aporte de origen africano —yo mismo soy ejemplo de ello— y donde la
esclavitud, como en Brasil, fue una institución masiva y terrible, colocada en el centro
mismo de la construcción de la riqueza económica y del poblamiento. Un país, el mío,
sumamente sensible para la economía capitalista de Occidente durante toda la larga
época de su expansión americana, formado en sus intereses, sus encrucijadas, sus
dinamismos y sus guerras, y profundamente influido por su cultura.
4 Conferencia en el Ciclo «Ocho visiones de la América Latina», convocado por el
Centro Cultural del Banco de Brasil.
Cuba es también un país de esta América que ha tenido antiguos y muy estrechos
vínculos con la otra América desde la conquista europea, con la colonia británica y
después con Estados Unidos. Este último estrenó el neocolonialismo en el mundo con
nosotros, hace poco más de un siglo, y se convirtió en un adversario jurado de Cuba
desde hace casi media centuria, por habernos liberado de aquella subordinación y del
dominio de una minoría nativa que era su cómplice, explotadora y carente de proyecto
nacional. La nación cubana no nació solamente de la acumulación y la sedimentación
lentas de una comunidad y un complejo cultural determinado —como es usual—, sino,
sobre todo, de la subversión revolucionaria popular contra la esclavitud y el
colonialismo, y de una guerra de masas que se convirtió en un holocausto, sucedido
una generación después del de Paraguay, pero que resultó victorioso en cuanto
creador del Estado y de intensos vínculos espirituales que hasta hoy constituyen el
núcleo de la nación.
En cuanto a vínculos con lo que hoy llamamos América Latina, estos fueron muy
fuertes desde el inicio de la colonización europea del continente, y tan emblemáticos
que la metrópoli hispana llamaba a Cuba «antemural de las Indias y llave del Nuevo
Mundo», dos calificativos que eran referencia directa a su papel militar y de
comunicaciones del imperio. Mientras América luchaba por su independencia política,
entre 1791 y 1824, Cuba vivía las primeras décadas de su gran boom exportador de
azúcar y café —le llamaron entonces la colonia más rica del mundo—, por lo que su
poderosa clase dominante criolla optó por seguir fiel a España y obtener el comercio
libre con Europa y Estados Unidos. Aunque la nueva
realidad que se creó en la región estuvo en su pensamiento, la agenda de esa clase
miraba hacia sus metrópolis. Pero América en revolución estuvo en las ideas y los
afanes de una gama de opositores y resistentes durante aquellos años. No hubo guerra
de independencia en la isla; no obstante, miles de esclavos pusieron su esperanza en
la victoria y el ejemplo haitianos, y hubo rebeldías y conspiraciones de la gente
humilde; no faltaron conspiradores criollos ni voluntarios de Cuba en los ejércitos
americanos. Las nuevas repúblicas fueron un polo atractivo durante cuarenta años, y
cuando en 1868 comenzó la primera revolución por la independencia y la abolición de
la esclavitud en la isla —la Guerra de los Diez Años—, la bandera inicial de los
insurgentes era como la chilena con los colores cambiados de lugar.
En los noventa años siguientes a 1868, sin embargo, se repitió en Cuba una paradoja
latinoamericana. Por una parte, existía sensibilidad, un interés enorme y permanente
en América Latina y una pertenencia espiritual innegable; pero frente a ellos, las
relaciones externas fundamentales eran las sostenidas con el mundo desarrollado, en
nuestro caso sobre todo con Estados Unidos. Aunque cientos de combatientes
intemacionalistas latinoamericanos y caribeños pelearon en las revoluciones cubanas
entre 1868 y 1898, estas contaron con muy poco apoyo de los Estados del continente.
Desde la concepción patriótica republicana y el proyecto de liberación continental de
José Martí hasta los años cincuenta del siglo xx, esta región tuvo siempre un lugar
privilegiado en el mundo de los proyectos de cambio cubanos, porque en las
condiciones del dominio neocolonial y del despliegue del imperialismo, la identidad
nacional buscaba completarse
en un referente mayor que afirmara en sí mismo un proyecto de liberación continental.
El triunfo revolucionario de 1959 produjo un salto portentoso en la relación entre Cuba y
la América Latina y el Caribe. Los impactos y la influencia de la Revolución cubana
fueron extraordinarios en todo el continente, y a través de una historia que registra
cambios y permanencias persisten hasta hoy. Cuba se sintió iniciadora de la segunda
independencia que había preconizado Martí, y ha cumplido con rigurosa consecuencia
su deber intemacionalista. Por otra parte, hoy existe una visión cubana de América
Latina, y ella es un aspecto importante de la cultura nacional. Además, en la política
exterior de Cuba esta es una región de máxima importancia.
Las visiones actuales sobre nuestro continente —cualesquiera que sean su asunto y su
perspectiva— están siempre asediadas por el grado de mundialización a que ha
llegado el capitalismo imperialista en el período reciente. La homogeneización inducida
de los procesos de pensamiento es una de las formas de un proceso mundial de
recolonizaciones que están en curso. La importancia de mantener y profundizar esa
colonización mental es crucial para la ínfima minoría que domina en el planeta, porque
aunque los poderes centralizadores y el alcance mundial del capitalismo actual son
incomparablemente mayores que los de los siglos del xvi al xix, es falso que en
América Latina pueda cerrarse sin más un ciclo de dos siglos de esfuerzos,
experiencias y elaboraciones autónomas, y volver al punto de partida de un tipo
colonial de dominio. Por cierto, la heroica y tenaz resistencia del pueblo iraquí contra
los ocupantes extranjeros demuestra que no solo en América Latina se han constituido
pueblos que aman su soberanía y no volverán a ser colonias y, sobre todo, que el
imperialismo norteamericano no es omnipotente.
Desde la diversidad de criterios que seguramente tenemos acerca de los modos de
abatir la pobreza en las sociedades, garantizar a las personas la libertad y la justicia,
las formas más convenientes de organización política y de gobierno y otras cuestiones,
uno de los motivos fundamentales que nos reúnen aquí es la pertenencia a esa
identidad particular que es América Latina, y la consecuente vocación de pensar entre
todos, con autonomía y para la libertad, un presente y un futuro nuestros.
No resulta posible narrar historias ni detallar datos en una actividad como esta: es
preferible plantear problemas e ideas, y hacer comentarios que pudieran ser útiles. La
dimensión histórica nos es esencial, como a todas las comunidades que han sido
víctimas de colonizaciones, porque en esos casos la especificidad debe ser
demostrada una y otra vez, es objeto de angustias y des-confianzas de sí —como
sucede siempre a los de abajo, por ejemplo, en las construcciones raciales—, y debe
competir siempre con la necesidad de asumir lo que procede de la constante difusión y
el prestigio de lo foráneo, que resulta tan natural. Entonces la identidad depende en
buena medida de tener una historia propia. Pero, ¿qué quiere decir eso de «propia»?
¿De quién y para qué es esa historia? Enseguida que nos asomamos a las identidades
en las comunidades humanas, aparecen los grupos sociales que existen en cada una,
y sus acomodos y conflictos, o para ser más francos, las clases sociales y los
conflictos, relaciones y subordinaciones de clases. Es decir, las identidades no existen
aparte de la constitución
social íntima de cada pueblo ni aparte de las dominaciones que se establecen. Sucede
esto con la historia que se elabore, con los pensamientos acerca de América Latina,
como con casi todo lo demás.
Me valgo del pensamiento y los ideales de José Martí para situar la dimensión histórica
de nuestro problema, no por ser Martí cubano —aunque eso fue algo más que un
accidente feliz—, sino porque este pensador produjo la primera concepción orgánica y
abarcadora de los principales problemas sociales de América Latina y el Caribe, desde
una perspectiva al mismo tiempo moderna y radicalmente anticolonial. Martí identificó
los elementos básicos y los problemas fundamentales de este continente, y distinguió
los procesos civilizatorios de los de liberación; todo esto lo llevó a avanzar mucho en
una crítica de la modernidad. La producción del pensamiento martiano coincidió en el
tiempo con el apogeo de procesos modernizadores en gran parte de los Estados
independientes formados medio siglo atrás en la América española y en Brasil, con
economías basadas en la exportación de productos primarios, con el fin de la
esclavitud y el paso de imperio a república en Brasil, con el rápido crecimiento de
Estados Unidos después de su Guerra Civil, con una nueva fase de auge en la
colonización europea del mundo afroasiático, con el nacimiento de la época imperialista
del capitalismo, y con los triunfos del evolucionismo y del racismo «científico» en las
interpretaciones de la vida social y de la condición humana.
El cubano era un joven de familia de blancos pobres de La Habana, capital de una de
las dos colonias remanentes de España en América. En Cuba había madurado una
formación económica basada en la gran exportación
siempre creciente de azúcar hacia centros del capitalismo mundial, y la esclavitud
masiva de africanos y sus descendientes. Tecnología, mercadeo, consumos y cultura
material y espiritual de minorías eran sumamente modernos, y se estaban priorizando
los vínculos económicos con Estados Unidos. Revolucionario activo desde
adolescente, Martí vivió exiliado casi toda su adultez, en España, México, Guatemala,
Venezuela, pero sobre todo en Estados Unidos. Fue uno de los más grandes poetas de
la lengua española, y también orador, pensador social, literato y periodista, mas dedicó
su genio y su vida a la causa de la libertad con justicia para Cuba y América Latina.
Organizó un partido político ilegal y una revolución democráticos y de base popular, con
el fin de liberar a Cuba de España, cerrarle el paso a la pretensión de Estados Unidos
de dominar la isla y el continente, e iniciar lo que llamó «la segunda independencia» de
América Latina. Murió en combate en Cuba en mayo de 1895, a los tres meses de
iniciada la guerra revolucionaria que promovió. Aún en vida le llamaban «el apóstol».
La elaboración conceptual de Martí nos incita, por una parte, a conocer a través de qué
medios y en qué circunstancias el pensamiento debe cumplir su primer deber, que es
ser superior al medio social en que se produce, y no una mera reproducción más o
menos elaborada de sus condiciones de existencia. Por otra, la concepción de Martí es
un instrumento intelectual muy valioso hoy, porque plantea los problemas centrales
latinoamericanos desde una posición independiente de la corriente principal,
colonialista o colonizada, porque sus temas y las preguntas que despierta resultan
actuales a un grado perturbador, y por ser una piedra miliar en la historia de
la construcción de interpretaciones latinoamericanas de América, y una visión del
mundo desde aquí.
El conocimiento de lo esencial latinoamericano fue la base del alcance asombroso de la
obra de madurez intelectual y política de Martí. Menciono las tesis de su famoso
ensayo Nuestra América, para ilustrar la posición martiana: a) las estructuras coloniales
han permanecido en las repúblicas; b) el liberalismo no es la opción de progreso que
«civilizará» a América Latina; c) el peligro mayor para América Latina es Estados
Unidos; d) nuestra América solo se salvará con soluciones propias y con participación
de la masa de oprimidos; e) la unidad de los que van a luchar no puede ser abstracta.
Ella debe servir para una actuación («la marcha unida»); conquistar la segunda
independencia; levantar a los humildes para una lucha popular que cambie la vida de
todos. Sin este tercer rasgo de la unidad, la liberación no podría vencer, porque no
tendría fuerza suficiente y porque al no ser para el disfrute de todos, no valdría la pena.
En Martí, las necesidades prácticas y conceptuales de la revolución cubana tienen
nexos profundos con su comprensión de la América Latina y su proyecto de liberación.
A diferencia de casi toda América, Cuba no tenía Estado propio a fines del siglo xix,
pero era, en varios sentidos, tanto o más «moderna» que la mayoría de la América
Latina respecto a dinámica económica, niveles técnicos, servicios, comunicaciones,
integración al ca-pitalismo mundial y relaciones con Estados Unidos. Su formación
social combinaba la continuidad de la sujeción colonial y de una sociedad que vivía un
siglo de esclavitud masiva y castas con la discontinuidad aportada desde los años
sesenta en adelante por radicales
cambios económicos, sociales, ideológicos y de vínculos internacionales. Sus
contradicciones eran potencialmente muy virulentas. La posibilidad de que la revolución
cubana fuera el inicio de una segunda revolución continental tenía fundamentos ciertos.
Luchar por la independencia en esas específicas condiciones presentaba problemas
que Martí supo comprender y plantear, e intentó resolver: a) saber qué Estado y qué
nación habría que fundar, y en qué medio internacional real habría que pelear, negociar
y concertar; b) presentar un programa anticolonial beneficioso y atractivo para el
pueblo, sin cuya participación masiva era imposible su proyecto; c) organizar
instrumentos democráticos de combate armado y trabajar en la propia guerra
revolucionaria «de manera que al desceñirnos las armas, surja un pueblo»; y d)
elaborar un proyecto factible de Estado-nación de base y objetivos populares, dados
los fines de su proyecto, que eran liberación nacional más que independencia;
eliminación social, y no solo político-estatal, del colonialismo; inicio de la lucha contra el
neocolonialismo.
La concepción de Martí ha guiado las visiones cubanas de América Latina durante más
de un siglo, hasta hoy. Apunto tres rasgos de su trascendental influencia: a) asocia
fuertemente el nacionalismo cubano con un compromiso latinoamericanista, un rasgo
no muy frecuente entre los nacionalismos de la región; b) exige una vinculación
permanente del patriotismo con la justicia social, las clases populares y una inusual
combinación de militancia y democracia; c) sitúa a Cuba y América Latina como teatros
de proyectos revolucionarios por completar y de ideales no cumplidos aún, es decir,
presenta el futuro como tiempo fundamental de lo político.
nion continental la nultiplicará su fuer- ¡mientos y las ideas rimidos de cada país
nacional, y sean el
mundo, con sus Estados independientes. Sin embargo, las reformas a favor de la
justicia social y la unidad regional seguían siendo sueños. El capitalismo en cada país
daba pasos sucesivos, pero sus vínculos fundamentales no eran con su región, sino
con centros europeos y Estados Unidos, y el continente era insertado una y otra vez
como parte subalterna en el desarrollo del capitalismo mundial. En América Latina se
desplegó el modo neocolonial de universalización capitalista.
Durante el siglo xx, la profunda inconformidad latente se volvió actuante a escala más
general, al menos en dos olas revolucionarias que son identificables como de «los años
treinta» y «los años sesenta». En la primera florecieron movimientos y personalidades
que pusieron a la orden del día nuevos problemas. Los elementos previos de sus
contextos se enriquecieron con la Revolución mexicana, iniciada en 1910, con los
efectos de la Revolución bolchevique y la aparición de un movimiento comunista, y con
el desgaste moral del imperialismo, iniciado con la Primera Guerra Mundial y agudizado
por la más profunda crisis económica del capitalismo, el auge del fascismo y el plano
inclinado que llevó al mundo a una segunda y más terrible guerra mundial. En ese
marco aumentó de manera relativa la autonomía de las forma- dones económicas de la
región, proceso favorecido por la sustitución de importaciones, y se produjeron notables
cambios económicos, sociales, políticos e ideológicos.
Hasta el primer cuarto del siglo xx, la parte decisiva del pensamiento latinoamericano
se sentía más cerca de Europa que de los factores componentes de sus propios
países. Entendió la «civilización» como el modelo a alcanzar, practicó el racismo
«científico» y confió en el
crecimiento económico dependiente, Estados fuertes y educación dispensada por las
élites como cauces sociales apropiados para completar el orden republicano, sin
enfrentar la subordinación al capitalismo mundial ni la manifiesta injusticia social en sus
países. Esa América Latina tuvo que enfrentarse a la época de crisis con un espíritu
que se debatía entre Europa, el sistema político norteamericano y las culturas
autóctonas; entre los dogmas y las creaciones; entre la defensa del orden, la
modernización de la dominación y el ansia de autodeterminación. Dudaba en reconocer
los retos y los cambios, y en valorizar las actitudes de la plebe y los distintos saberes.
Los cruciales años veinte-treinta no culminaron con la liberación plena de ningún
pueblo latinoamericano, a pesar de esfuerzos maravillosos realizados y de la difícil
situación de los imperialistas y la bancarrota de viejos grupos dominantes locales. Pero
dejaron logros extraordinarios, como la inclusión de la diversidad étnica y racial
americana en el pensamiento y las artes, el auge de los movimientos obreros
organizados, la democratización del nacionalismo, la naturalización de las ideas
socialistas y un campo nuevo de experiencias e ideas acerca de los factores reales de
las sociedades con vistas a procesos combinados de liberación nacional y social. La
identidad latinoamericana se volvió más dueña de sí, con sentido de su diferencia y su
especificidad, avances en la identificación de sus enemigos y nuevos elementos que
enriquecieron sus prácticas simbólicas. Los pactos sociales respaldados por los
Estados, aunque renovadores de la hegemonía burguesa, facilitaron cierto bienestar,
sobre todo a sectores urbanos, y espacios más amplios a expansiones y progresos de
la cultura política.
Aprovecho que la segunda ola revolucionaria —«los sesenta»— está más cerca en el
tiempo para no alargar esta charla intentando un balance de ella. Tampoco puedo
comentar aquí el lapso transcurrido entre ambas olas, en el que en apariencia «no
sucede nada», que suele ser olvidado por las historias simplificadoras que atienden
únicamente a los tiempos de revoluciones. Apunto solo dos comentarios. Uno, en «los
sesenta» la identidad latinoamericana fue asociada a que sucedieran cambios muy
profundos, a no seguir siendo lo que éramos. Podía ser cumplir un destino, liberarse
del imperialismo, pasar al socialismo, transformar estructuras insoportables, realizar
reformas radicales o moderadas; existía toda una gama de proyectos, enunciados y
posiciones, y prácticamente todos los implicados querían cambios o reconocían su
inevitabilidad.5 Dos, América Latina se despegó del espejo de su pasado para acabar
de asumirse como era, intentó dotarse de instrumentos para entender y manejar ese
presente suyo, y sobre todo exigió un futuro.
6 La Revolución cubana, con sus hechos y sus formulaciones, las ideas del Che
Guevara, los proyectos de liberación de las organizaciones insurreccionales, pero
también el ambicioso intento transformador de la Unidad Popular de Chile, las reformas
de diferentes alcances y propósitos emprendidas por gobiernos en Perú, Bolivia,
Panamá y algunos otros países. Incluso los que se opusieron a cambios profundos se
declaraban a favor de «reformas agrarias», inspiradas por la Alianza para el Progreso,
o de una «vía no capitalista de desarrollo», como la Democracia Cristiana Chilena.
David Rockefeller reconocía que en América Latina era inevitable la revolución, por lo
que era necesario lograr que «no se haga contra nosotros». En la Nicaragua de los
años sesenta, Luis Somoza Debayle trataba de «civilizar» el somocismo, tomar el PRI
mexicano como modelo político y hacer que el Estado se ocupara en alguna medida de
la economía.
Uno de los sentidos que tuvo la represión abierta, y mayormente la conservatización de
los espacios públicos que ha sobrevenido, ha sido lograr el retroceso de aquellas dos
asunciones latinoamericanas, y reducir la conciencia a un único y mezquino tiempo, el
presente, y a un descreimiento inmovilista.
Entre los años cuarenta y los ochenta, en términos generales, las ideas y las prácticas
asociadas al sistema vigente en los países de América Latina tuvieron sus máximas
expresiones de desarrollo relativamente autónomo, después se sujetaron más al
capitalismo central y por último entraron en decadencia. Los regímenes que
protagonizaron la expansión habían sido en general hegemónicos en sus países —
aunque con promedios más bien altos de autoritarismo—, pero fueron retados por
cuatro procesos coincidentes en el período, si bien diferentes entre sí: el dominio
irrestricto de Estados Unidos, que ha empleado todos los medios para lograrlo;
ampliaciones económicas efímeras, ante la nueva fase económica centralizadora,
parasitaria y excluyente del capitalismo, que ha tenido efectos funestos para la región;
un gran ciclo de protestas y rebeldías populares que llegaron a plantear la liberación
nacional y social, y una represión terrible y sistemática; y la Revolución cubana.6
¿Cómo situarnos hoy ante la identidad latinoamericana y caribeña? La posición de
comprenderla y defenderla desde la cultura tiene arraigo y se ha ganado un espacio
legítimo. En la dimensión personal —que es tan principal— expresa su realidad y su
riqueza de mil maneras,
6 Me refiero más ampliamente a esos cuatro procesos en «Política revolucionaria
e integración latinoamericana», también en este libro.
aquellas en que las siente cada uno. En una ocasión la expuse con estas palabras:
[...] es un paraje íntimo, un lugar del amor más trascendente — por lo general, platónico
—, la esperanza más limpia, nunca maculada y siempre lavada con sangre. Un largo
triángulo escaleno en puntillas, y encima una humareda que se densa y se interrumpe
bruscamente para no ser Estados Unidos. Los juegos y disfraces de nuestros niños,
ciertas malas palabras, las canciones, la hora de los juramentos. El peso de una
cultura, la posibilidad de que la emoción presida al pensamiento, la fuerza misteriosa
que nos legitima frente a tanta modernidad racionalista que nos exige desde su
dominio, nos desprecia por no llegar nunca a ser como ella, y nos seduce desde sus
encantos, que son ciertos, y sus mentiras, que son grandes.7
Sin embargo, al pasar a las dimensiones de los conocimientos útiles, o de las ideas
para trabajar por nuestra identidad, habría que reconocer que —a diferencia, por
ejemplo, de la francesa o la norteamericana— la identidad latinoamericana se
encuentra en riesgo. Otro rasgo advertible es que persiste la propensión a atribuirnos
un destino o a asumir América Latina como un proyecto, y eso se debe a la conjunción
de necesidades acuciantes y de una cultura política acumulada. La necesidad de
defenderse y la de proyecto encuentran en la especificidad regional una fuerza suya, y
en la cultura hallan la expresión por excelencia de lo que les pertenece y de lo que
buscan. Pero hay otra razón, obviamente: la defensa de la identidad desde la cultura
parece ser la única posible.
7 F. Martínez: «Prólogo», en Che, el argentino, Ediciones de Mano en Mano,
Buenos Aires, 1997.
Ante los designios de explotación, depredación y dominio que se imponen en tantos
terrenos a los países de América Latina, y ante las consecuencias terribles que
padecen sus sociedades, quizás la mayor victoria cultural del capitalismo actual sea el
formidable retroceso de lo que se considera posible. Los que asumen funciones y los
que proponen cursos de acción ante la situación suelen desconfiar demasiado de las
propias fuerzas, o llegan a no poder identificarlas, y está sumamente extendida la idea
de que es imposible cambiar ningún aspecto importante del sistema vigente.
Así las cosas, resulta ambigua la asunción de la defensa de la identidad de nuestra
región desde la cultura, y hasta puede ser contradictoria. Es cierto que fortalece la
noción imprescindible de una especificidad consciente de sí, contribuye a paliar la
urgente necesidad de autoconfianza y puede proveer material para resistencias
culturales frente a la guerra cultural mundial que libra el imperialismo. También puede
ser útil para la acumulación de fuerzas propias y la búsqueda de caminos que permitan
avanzar desde la resistencia hacia la proposición de opciones viables y atractivas
contra la dominación, y a su implementación. Pero esa identidad cultural puede no ser
útil, e incluso resultar engañosa, si reduce su ámbito y sus perspectivas a
autorreconoci- mientos, autoctonía y diversidades, y oposición a ir más allá de lo que
parece espontáneo y propio. Lo cultural debe integrar el mundo real en que vivimos, y
desde de él hacerse consciente de las conflictividades y las dominaciones —
ideológicas, sociales, económicas, políticas—, y de la necesidad de crear conciencia y
organización popular, para enfrentarlas con posibilidades de triunfar.
Si no lo hace, será muy débil frente al imperialismo y los que dominan en cada país, o
será una función del predominio de estos. Debo repetir aquí que para los pueblos que
están en nuestras circunstancias, la rebeldía es la adultez de la cultura.
Solo como una aproximación que quiere contribuir a un conocimiento de América Latina
que está en construcción, diría que ella es un complejo social resultante de: a) culturas
autóctonas destrozadas, subyugadas, explotadas, disueltas o apartadas, dominadas
durante siglos, pero persistentes y vivas en diferentes tipos y grados de vinculación
social e institucional, que hoy son más conscientes y están en mejor posición para
luchar por sus derechos; b) sociedades formadas a partir de la coloni-zación ibérica —
excepto una parte del Caribe—, para ser explotadas y dominadas por el capitalismo
mundial, a imagen de Occidente y en gran parte con elementos suyos, si bien después
de lentas acumulaciones consiguieron crear realidades sociales nuevas, y en el entorno
del siglo xix lograron eliminar la condición colonial por sus iniciativas propias, sobre
todo a través de gestas nacionales; c) una región geográfica muy definida del mundo
respecto al resto del planeta, reunida primero por las acciones europeas y de la
acumulación capitalista, después por las necesidades de esas comunidades de ser
efectivamente autónomas, y la comprensión y los sentimientos de que la unión era
indispensable para lograr el triunfo, o era el destino para mantenerse y ser viables. Y
luego disgregada por los particularismos y las rivalidades de sus países, la geopolítica
mundial y la orientación de cada economía hacia centros extrarregionales que las han
subordinado; d) Estados republicanos y procesos
de modernización con una larga historia de esfuerzos, logros y reveses, pero siempre
presos en la incongruencia entre sus fundamentos y sus prácticas, sus objetivos y sus
medios, sus regímenes representativos e ideologías de libertad por un lado y sus
mayorías sin satisfacción para sus necesidades, control ciudadano ni suficientes
derechos garantizados; e) representaciones compartidas por las cuales la mayoría de
los latinoamericanos se identifica como perteneciente a una identidad supranacional no
confundible con ninguna otra, cuyo carácter específico le es familiar, y que considera
sujeta a perfectibili-dad o a realización; una parte de ellos relaciona esas
representaciones con la identificación de los enemigos de su identidad.
Este último aspecto se torna principal a inicios del siglo xxi, porque la combinación de
las profundas limitaciones estructurales del capitalismo actual y la ofensiva mundial del
poder norteamericano no deja ningún espacio para que América Latina aproveche
coyunturas favorables o negocie con alguna ventaja. Las relaciones bilaterales de
saqueo y dominio, sumamente reforzadas por las acciones del FMI y el Banco Mundial,
han llegado a tal punto que, en vez de debatirse los problemas concretos de
desigualdad en las relaciones, un tema principal de discusión actual es si se establecen
o no subordinaciones multilaterales mayores de la región a Estados Unidos. Y no se ha
formado un bloque defensivo latinoamericano que priorice acciones consecuentes a la
conciencia del peligro de ser cada vez más débiles y más inermes. La identificación del
enemigo es esencial para defender la vida de las poblaciones de esta región y la
soberanía de sus países.
El imperialismo norteamericano es, sin duda, el «águila temible» que hace presa de
América Latina. Es cierto, pero ¿está solamente enfrente el águila temible? En realidad,
las sociedades latinoamericanas están hoy profunda e íntimamente intervenidas por el
sistema imperialista. Están desapareciendo los espacios reales que conquistó una
región que ha tenido mayor capacidad que otras de resistencia al neocolonialismo, y de
transculturar con el llamado Primer Mundo con provecho y eficacia. Se pierde la
posibilidad de defender los proyectos nacionales, los recursos naturales, las riquezas
creadas, la autodeterminación de los pueblos —ganada y proclamada aquí más de un
siglo antes de que al fin la Onu la aceptara, y les fuera impuesta a los colonialistas—, y
también se pierde la soberanía de los Estados, que nos declaraba dueños irrestrictos
de los territorios y sujetos plenos del Derecho Internacional. No pueden separarse esos
quebrantos de los retrocesos de las economías —desde las capacidades productivas
hasta el lugar en el comercio internacional—, y sobre todo de dos rasgos funestos de
ellas: su extrema funcionalidad al sistema internacional capitalista, y no a la vida
nacional; y su estrangulamiento por las instituciones y los mecanismos financieros
internacionales, realmente parasitarios y delincuenciales.
Los países están siendo sometidos al trabajo de Sísifo de tratar de pagar los intereses
de la deuda externa mientras se pauperizan. Las políticas sociales cesan o resultan
completamente insuficientes frente al empobrecimiento generalizado y la exclusión que
hizo a Cepal pronosticar para este año 220 millones de pobres, de ellos 95 millones de
indigentes. Pagar y exportar, mientras caen el empleo, las oportunidades —ya no se
habla de ciclos—
y la capacidad negociadora de los que están empleados, se refuerza la explotación y
se precariza el trabajo: el ingreso de los de abajo se contrae, sordo a los éxitos o a los
fracasos de la macroeconomía. Las mayorías no pueden ejercer la mayor parte de sus
derechos ciudadanos, y en muchos casos no sabrían cómo hacerlo. El modelo
educativo que incorporó a tantos millones de personas hace tres décadas, ampliando
bastante la preparación general, está hoy en una crisis que es comprensible si la
miramos desde los intereses de la dominación. Si no va a haber más autonomía, si son
imposibles el desarrollo y aun el moderado crecimiento con equidad que se pedía hace
quince años, ¿para qué preparar tantos jóvenes? De sus promesas políticas, la
democracia solo ha cumplido con mantener la alternancia electoral y un relativo respeto
al estado de derecho, pero ya ni siquiera se hacen promesas sociales. Si Alejandro de
Humboldt escribió en 1814: «México es el país de la desigualdad», hasta Vicente Fox
debió decir, en 2000: «Hay que distribuir la riqueza. De la forma que está, cualquier
crecimiento solo beneficiaría a unos pocos».
Esta situación ha exigido la intemacionalización de la dominación en cada país.
Cuando las políticas económicas y sociales responden a las necesidades y exigencias
de la transnacionalización y el dinero parasitario, y la gestión pública en general no
puede satisfacer el interés nacional ni el popular, es forzoso que la hegemonía tienda a
desnacionalizarse. El propio neocolonialismo «ortodoxo» está decayendo, porque el
imperialismo apela cada vez más a sus propios medios y arbitrios, en un franco
proceso de recolonización selectiva del mundo.
Una guerra cultural planetaria pretende lograr que Las mayorías —hasta una gran parte
de los excluidos—
den su consentimiento a la dominación, para ocultar la realidad de que a la naturaleza
actual del capitalismo le resultan sobrantes una parte de los trabajadores y una gran
parte de la población mundial. La dominación cultural trabaja con medios fabulosos su
gran tarea de homo- geneizar el consumo —o el deseo— de los productos, las
informaciones, la opinión pública, las ideas y los sentimientos que le interesan a ella, y
generalizar una cultura del miedo, la indiferencia, la resignación y la fragmentación.
Intenta prevenir las rebeliones e igualar los sueños, contrapesar la gigantesca y
creciente fractura social del mundo mediante un complejo espiritual «democratizado»
que convierta en naturales las iniquidades sociales, mida con el «éxito» o el «fracaso»
a las personas y los países, haga que la línea divisoria social principal pase entre los
incorporados y los excluidos, y al mismo tiempo tolere, cobije o manipule todas las
diversidades, bajo el principio unificador de que la manera de vivir del capitalismo es la
única factible en la vida cotidiana y el único horizonte posible para la vida ciudadana.8
Pero una dominación imperialista tan abarcadora —ejercida directamente en tantos
terrenos y que introduce tantos elementos externos al complejo cultural de la
dominación de cada país— pone a los sistemas latinoamericanos en un plano
inclinado. Porque no se debilita
8 «La producción cultural de homogeneización conforma todo un sistema mundial
dirigido a la neutralización, canalización y manipulación del potencial de rebeldía
contenido en avances obtenidos por la Humanidad, tales como la creciente conciencia
de tolerancia —política, étnica, de género, etcétera—, la exigencia de formas
democráticas, el rechazo a que exista la miseria, la conciencia ecológica y otros, con el
fin de que ellos no se vuelvan contra el dominio del capitalismo». (F. Martínez: «Nación
y sociedad en Cuba», Contracorriente, (2); La Habana, oct.-dic., 1995.)
solamente la capacidad de reproducción de la vida y de la convivencia social también
decaen la legitimidad de cada régimen y los medios con los que cumple un requisito
hege- mónico fundamental: expresar la identidad del propio país y ser reconocido como
representación institucionalizada de la nación, aun por los que están desacuerdo con
su desempeño. La forma de gobierno democrática que se generalizó en la región hace
unos veinte años fue un avance notable respecto a los retrocesos brutales de las
dictaduras que se llamaron «de seguridad nacional», y abrió un campo promisorio para
la evolución política de las sociedades. Pero hoy, cuando confronta una crisis muy seria
por todos los problemas que hemos señalado y por otros, se encuentra a la vez a
contrapelo de la corriente principal del capitalismo mundial, que con su acción
recolonizadora socava las bases de la democracia en América Latina, y con su ofensiva
cultural debilita esa dimensión nacional que debe estar en la base de la hegemonía de
sus clases dominantes.
Si no es contrarrestada esa tendencia, la democracia y los que gobiernan en cada país
perderán credibilidad, y su política se verá reducida a buscar gobernabilidad. Quizás
los gobernantes de Estados Unidos crean que los de América Latina pueden ser
rebajados a administradores suyos, pero nosotros debemos mirar más profundamente,
y en otra dirección.
El colonialismo, el capitalismo y el imperialismo han sido y son instancias unificadoras
de América Latina, pero también lo han sido y lo son sus identidades —las autóctonas y
las creadas por los contingentes étnicos y sus combinaciones y fusiones—, sus gestas
contra los colonialistas y los invasores, y sus tenaces y abnegadas
luchas sociales y políticas populares contra las opresiones y la explotación, y por la
libertad, la justicia social y una democracia del pueblo. Las naciones y los
nacionalismos, las comunidades, los grupos sociales más diversos, han creado valores
y han foijado instrumentos y representaciones propios, han sido protagonistas de
resistencias y rebeldías. El conjunto constituye una formidable acumulación cultural
latinoamericana, una inmensa fuerza potencial que en mi criterio puede ser la decisiva
para echar adelante los cambios radicales y muy profundos que necesita América
Latina, que es la región del mundo más cargada de contradicciones susceptibles de
quebrar y modificar el orden actual.
Estamos en una hora cruciaL Como en tiempos de José Martí, la cuestión nacional y la
cuestión social se levantan, cada una con su especificidad, e incluso con tensiones y
conflictos entre ambas, pero la salvación y la liberación latinoamericanas pueden
depender de un encuentro y una feliz combinación entre ellas. Existe, además, una
enorme diferencia entre el tiempo de Martí y el nuestro, en las circunstancias y en las
experiencias acumuladas.
A primera vista, el mundo de hoy se parece peligrosamente al mundo de 1904. Como
hace un siglo, viene el imperialismo abiertamente, imponiendo su moneda, su idioma,
sus consumos, sus modas, su fuerza bruta, su racismo, sus modelos y sus temas de
pensamiento. Si miramos con más cuidado, sin embargo, hay diferencias que pudieran
tener un peso decisivo. El imperialismo actual ya no tiene un proyecto de civilización ni
hace promesas de progreso, ya produjo el nazismo y hoy pone en peligro el planeta, ha
dejado de proveer lugares de trabajo y de explotación a una gran parte de
la población mundial, depende demasiado de la especulación financiera y de las formas
de asalto o estafa vinculadas a ella, expandió al fin la democracia después de 1945,
pero logró desgastarla en medio siglo. Y frente al dominio capitalista, el xx fue un siglo
de cultura de autoidentificaciones, protestas y rebeldías de los pueblos, las clases, las
etnias, los géneros; de triunfos de revoluciones sociales y creación de una multitud de
entidades nacionales, de la bancarrota del colonialismo. Un siglo de prácticas e ideales
que involucraron a cientos de millones de personas y que han dejado profundas huellas
de experiencias y esperanzas.
Hoy, una gran parte de la población del globo vive marginada y tratando de sobrevivir,
mil millones son analfabetos, pero la mayoría lo sabe y no quiere vivir así, aunque no
sepa cómo superar su situación, y gran parte de ellos no crea que es posible hacerlo.
En la vida pública, nadie se atreve a sostener que el orden vigente es el orden natural.
Si a aquella que llamaron «la bella época», hace cien años, le esperaban la Primera
Guerra Mundial y la Revolución bolchevique, ¿qué puede esperarle a esta época que
ningún vocero osa considerar hermosa o admirable?
En América Latina existen numerosas señales promisorias para su defensa y para el
avance de proyectos de cambios favorables, señales de una riquísima diversidad,
después de una etapa en que la suma de las represiones, la conservatización, el
desastre social, el retroceso de la economía y la desilusión democrática parecieron
aplastar las voluntades y derrotar las esperanzas. En diferentes lugares de la región se
han producido eventos o están en marcha procesos en los cuales participan
contingentes populares que buscan solución a los problemas de las
sociedades, con Los instrumentos a su alcance y, en algunos casos, creando sus
propias vías; en Venezuela un gobierno de orientación y amplio apoyo popular ha
logrado vencer a la reacción, rescatar 1a soberanía y emprender una política social a
favor de las mayorías. Las contradicciones pueden llevar a intereses latinoamericanos
con expresión estatal a buscar más autonomía respecto al capitalismo mundial.
La motivación fundamental de las protestas y movilizaciones populares —que han
apelado más de una vez a insurrecciones cívicas— son los reclamos sociales. Se abre
un enorme grupo de interrogantes acerca de los objetivos, las vías, las alianzas, las
coordinaciones internacionales que necesitarían o podrían asumir los movimientos
latinoamericanos que luchen por cambios verdaderos, entre otras preguntas. Es bueno
que el pensamiento tome estos datos muy en cuenta, aunque no es el caso que
entremos a discutirlos aquí.
El pensamiento social tiene una coyuntura promisoria en nuestra América. Ha logrado
buenos niveles de profe- sionalización, pero muchos evitaron el abandono «obje-
tivista» de los valores y el apoliticismo. Posee los instrumentos intelectuales del siglo xx
de Occidente, mas ha sabido servirse de ellos en vez de limitarse a servirlos, y llegó a
elaborar teorías y reflexiones propias, desde la economía hasta la teología. Hoy tiene a
su alcance una tradición respetable y una inmensa cantidad de conocimientos
acumulados. Sin embargo, todavía no florece en una nueva etapa que parta de sus
contactos con los problemas básicos de la región y que permita identificar un
pensamiento propiamente latinoamericano, que se conduzca como tal y exprese una
especificidad autocomprendida,
ubicada y esgrimida —es decir, una identidad—, y que formule problemas y proyectos
particulares. En su lugar se debaten —o simplemente coexisten— numerosos cuerpos
de ideas, muchas veces valiosas, acerca de problemas puntuales, o de un país;
además, se consumen o se producen ideas más generales, pero no somos aún
capaces de hacer interpretaciones generales, prever o profetizar, y menos de inspirar
estrategias. Lo esencial latinoamericano sigue en el terreno de las representaciones y
las creencias.
El nuevo conservadurismo liberal, los usos manipuladores del lenguaje, la imitación
colonizada y la espera de la filantropía privada y la compasión del Primer Mundo no
pueden ser nuestras fronteras y motivaciones. Fuimos muy débiles e ignorantes; ahora
solo somos débiles. Existe una formidable acumulación cultural de rebeldías, de
identidades asumidas y de experiencias políticas y sociales. Millones de personas son
capaces de reconocerlas en miles de lugares del continente. Y existe una producción
intelectual valiosa y no pequeña que reta al sistema o se opone a él, poco visible
todavía frente al dominio casi totalitario ejercido por los medios del sistema. Ella
apenas coincide, o tiene insuficiente trato con los movimientos prácticos, que han sido
tan aislados y pelean en gran desventaja. Quizás falte más tiempo del que creo para la
próxima aventura de liberación ameri-cana; si así fuera, resultaría aun más necesario el
avance de un pensamiento radical —que deberá ser anticapitalista para ser viable—
que provea el material de ideas, análisis, estrategias, profecías y sueños de una etapa
de acumulación de fuerzas. Nuestro continente solo se salvará si es capaz de declarar
su segunda independencia de proyecto.
América Latina solo puede realizar el ser suyo si se reconoce a sí misma como una
comunidad plural, de pueblos que no aceptan vivir bajo la opresión, diferente al
Occidente burgués en la forma de relacionarse las personas entre sí y con la
naturaleza, creadora de un nuevo tipo de convivencia social que aproveche los
recursos, reparta equitativamente las riquezas, brinde oportuni-dades a cada individuo
de desplegar su actividad y sus características en un marco apropiado, y tienda a
acabar con todas las dominaciones. En ese camino tendrá que hacer retroceder el
sentido común, y prepararse a derrotarlo, porque se trata de crear libertad y justicia, no
de renovar el orden vigente. El pensamiento tiene que ser capaz de ayudar a prefigurar
esa utopía, es decir, ese más allá que se tornará posible a través de la praxis
consciente, y no menos que eso, porque los tiempos no exigen menos, y la gente
común pronto lo exigirá y se pondrá en movimiento.
Río de Janeiro, junio de 2004
Política revolucionaria e integración latinoamericana
i
¿Cómo es posible pensar la integración de una región del planeta que se extiende
desde el trópico de Cáncer a la Antártica, que tiene más del doble del tamaño de
Europa y en la que existen más de treinta países? ¿Cómo pensarla, si esa región ha
sido encuadrada sucesivamente en los mapas mundiales del capitalismo, desde hace
más de quinientos años hasta hoy, como una región siempre subalterna y en
explotación? El colonialismo y el neoco- lonialismo son dos conceptos claves para
comprender esos encuadres sucesivos, tanto en los análisis que se hagan desde el
ángulo económico como desde los ángulos político y cultural. En los hechos y los
procesos reales, estos tres aspectos están muy interrelacionados y solo pueden
explicarse integrándolos en totalidades de conocimiento, aunque es imprescindible
investigar y profundizar en cada uno de ellos.
Las colonizaciones les confieren un carácter monstruoso a las sociedades. Los
historiadores de la economía han estudiado y explicado las formaciones económicas
que ha vivido este continente, determinadas por esas colonizaciones; ellas van desde
los primeros «pactos coloniales» hasta hoy. Va en 1524, Hernán Cortés le
recomendaba al emperador Carlos V ordenar a sus súbditos que colonizaran a México,
en vez de limitarse a depredar
el país.5 Tres siglos y medio después, Carlos Marx explicaba que el capitalismo no es
sobre todo un modernizador de las sociedades, sino un devorador de ganancias, que
para obtenerlas no desdeña utilizar las formas más brutales o «arcaicas» de
producción y relaciones sociaLes o el saqueo, junto al dinamismo colosal y las
revoluciones continuadas de las condiciones económicas que lo caracterizan.10
América fue sometida a un despoblamiento genocida de sus habitantes autóctonos que
no tiene paralelo, pero también a un poblamiento forzado mediante el mayor traslado
de seres esclavizados de la historia humana, desde África. Sobre la base de este
sistema infame pudo desarrollarse el capitalismo en Europa.
Sin embargo, nuestra historia y nuestras realidades no se reducen a las colonizaciones.
La historia política americana no se ha limitado a una sucesión de creaciones,
conflictos, acomodos y funcionamiento de las relaciones sociales, los poderes y las
instituciones coloniales. Entre 1791 y 1824 se produjo un fenómeno cultural inédito y
trascendental: el estallido de movimientos revolucionarios autónomos que en sus
prácticas y sus alianzas, y a través de las fuerzas desatadas por ellos, convir-tieron en
realidad lo que parecía imposible: a) exigir y pelear sin descanso, hasta obtener la
independencia y la formación de Estados soberanos casi en toda la región,
5 Al final de su cuarta carta de relación, el 15 de octubre de ese año.
En Hernán Cortés: Cartas de relación de la conquista de México, p. 228, Espasa-Calpe
S.A., Madrid.
10 Ver Manifiesto comunista, cap. 1, o en el tomo I de El capital: cap.
8, acápite 5; cap. 13, acápite 9; cap. 24, acápite 6, el que cierra
con la famosa sentencia: «el capital viene al mundo chorreando
sangre y lodo por todos los poros, desde los pies a la cabeza».
organizados en repúblicas, excepto Brasil hasta 1889; b) desarrollar mediante esos
procesos —y a consecuencia de ellos— la autoestima y las capacidades de las
personas que habían vivido en la condición colonial; c) conquistar algunas victorias
importantes contra las formas de servidumbre por razón de las cuales se explotaba y
aplastaba a los pueblos autóctonos y a los esclavos y, ante todo, deslegitimar esas
formas de dominio sobre las personas; y d) dar lugar a identidades nacionales que
fueron coincidentes en cuanto a rechazar la situación colonial y a considerarse a sí
mismas como parte de un conjunto americano, aunque, por lo demás, las entidades
emergentes de la independencia eran muy diferentes entre sí, como lo habían sido los
sectores sociales participantes, los objetivos y la composición del liderazgo, los hechos
concretos y las circunstancias de cada una de las revoluciones.
La primera vez en la historia que se planteó y se avanzó hacia una identidad y una
posible integración de lo que hoy llamamos América Latina y el Caribe fue a partir de
las revoluciones, de sus actos políticos y sus ideas. Esta es una enseñanza invaluable,
y la idea central que mueve este texto es que han sido y siguen siendo las revoluciones
las vías eficaces para lograr poner en marcha una integración continental. Aquella
primera vez no se logró una integración o federación de los nuevos Estados que se
fundaron en la región —el proyecto de Simón Bolívar— ni se plasmaron los objetivos
de los revolucionarios más radicales, sobre todo en cuanto a la justicia social, pero se
crearon nuevas realidades que cuatro décadas antes de 1824 no eran consideradas
posibles, y que muy pocos soñaban.
Añado un comentario que me parece imprescindible, ahora que se acerca el
bicentenario del inicio de la revolución independentista contra el colonialismo español
en Tierra Firme. No es posible seguir olvidando que la revolución en Nuestra América
se inició en Haití, una de las más ricas colonias del mundo, en agosto de 1791, y que el
primer Estado independiente latinoamericano se fundó en Haití, en 1804. Los rebeldes
haitianos derrotaron a las autoridades coloniales, a los soldados de Gran Bretaña y
España, y vencieron en 1803 a un fuerte ejér-cito de Napoleón. Si nos atenemos a sus
participantes y su contenido, fue la más profunda de las revoluciones de América: los
esclavos se liberaron totalmente y para siempre, los oligarcas no pudieron retener el
poder, el liderazgo y el gobierno fueron ejercidos por hombres de las más humildes
procedencias y se puso en práctica el pensamiento social más avanzado de Europa.
Los revolucionarios de Tierra Firme encontraron solidaridad intemacionalista en Haití;
allí ondeó por primera vez la que sería bandera venezolana en una tierra libre, y Bolívar
pudo contar con la ayuda material haitiana. Sus acciones y su victoria eran
inconcebibles para los poderes del mundo, que sometieron a Haití al aislamiento,
enormes exacciones y una gigantesca difamación. En el último siglo ese país ha sufrido
ocupaciones militares e intervenciones casi continuas de Estados Unidos. Hoy padece
los mayores indicadores de pobreza de América, permanece ocupado por una fuerza
armada extranjera y ha sido desolado por un horroroso cataclismo natural.
El proceso histórico de esta región ha producido acumulaciones culturales
extraordinarias que priorizaron y fueron profundizando y enriqueciendo la especificidad
de cada país y la autoconciencia de sus singularidades, sin que a pesar de todo se
perdiera la dimensión latinoamericana de sus identidades. Al mismo tiempo, América
Latina ha sido el continente externo al Primer Mundo más parecido a él y más
ambicioso de desarrollarse siguiendo sus patrones. Asomarnos a esta última cuestión
—que hace tan específica a América Latina dentro del mundo que ha sufrido el
colonialismo y el neocolonialismo— exigiría otro trabajo.
Quisiera llamar la atención acerca del gran alcance que han tenido las ideas y las
prácticas políticas dentro del proceso histórico del continente. En esta región se ha
pretendido mucho en cuanto a transformaciones, y para sintetizar, enumero cuatro
momentos y tendencias del pensamiento y la organización en los que las voluntades y
las actuaciones políticas aspiraron a realizar esos ideales y proyectos: 1) las iniciativas
y los proyectos revolucionarios radicales en el seno de los procesos ¡ndependentistas;
2) las influencias de las ideas revolucionarias europeas más avanzadas; 3) los
movimientos e ideas latinoamericanos de lucha por la soberanía, la economía y las
identidades nacionales; y 4) las corrientes y concepciones anticapitalistas.
En América Latina se han puesto en práctica instituciones democráticas, políticas
sociales a favor de amplios sectores y defensas de las soberanías nacionales, y se han
sentido y pensado todas las formas de conquistarlas o de ampliarlas y perfeccionarlas.
La acumulación cultural política resultante es otra de las características distintivas de
este continente entre los del llamado Tercer Mundo, y constituye un potencial
fundamental de conflicto frente a la dominación que el imperialismo actual ejerce sobre
él,
caracterizada por procesos de recolonización selectiva, cierre de oportunidades para
economías nacionales, exigencia de grandes tributos y saqueo de recursos naturales.
Esa acumulación cultural también puede ser muy útil para la elaboración de nuevas
estrategias opuestas a la dominación y proyectos nuevos de liberación social y
humana, viables y atractivos, que son indispensables en el mundo actual.
Pero debo insistir en mi planteamiento inicial: las relaciones económicas
internacionales principales de cada país se han establecido de forma sucesiva con
centros del capitalismo mundial, y su sentido ha residido en las funciones que han
desempeñado en los circuitos económicos de esos centros y en el carácter siempre
subalterno de la relación. En unos casos, las formaciones económicas han sido
incapaces de impulsar el desarrollo del propio país, y en otros han resultado
francamente contrarias a que exista esa posibilidad. A la vez, los tipos de relaciones y
estructuras económicas establecidos han conspirado con mucha efectividad contra la
integración económica y nacional de cada país. Sea como un enclave o sometiéndose
a existir de maneras distorsionadas, por tener una razón de ser ajena e incontrolable, la
vida económica de los países de la región y sus correlatos sociales, políticos y
culturales implican enajenaciones, inequidades y resultados monstruosos de todo tipo.
Escollos que parecen insuperables se han levantado ante los proyectos o los intentos
de establecer complemen- taciones económicas y coordinaciones estatales y
empresariales de los países de la región entre sí. Destaco dos consecuencias:
a) las estructuras decisivas de cada formación económica y social —y la tradición
de las clases dominantes de
cada país— han sido y son particularistas, y se autoca- lifican de nacionales mientras
privilegian las relaciones subalternas que sostienen con un centro o centros del
capitalismo mundial, que es lo más común, pero también lo hacen cuando se
encuentran en coyunturas en que aumenta su grado de autonomía, o por sus intereses
fomentan empresas, estructuras y proyectos más propios o locales;
b) la mayor parte de las ideas, los movimientos y fuerzas que se han opuesto a las
relaciones de dominación, sea de maneras parciales o totales, lo han hecho con
fuerzas y en el nombre de la nación —de cada nación— y siguiendo proyectos
nacionales autónomos. Los más radicales han dado un paso decisivo: identificar a la
nación con los oprimidos, explotados y humildes en general, y a su causa como de
liberación nacional y social en un solo proceso.
La identidad nacional y el nacionalismo son también, por tanto, conceptos claves para
comprender a América Latina. De un lado, son instancias unificadoras de la amplia
gama de diversidades existentes en el seno de cada sociedad, y de los
comportamientos individuales, y forman complejos simbólicos que dan sentido a
comunidades que no están suficientemente consolida-das por su formación económica
y social. Brindan un referente originario —que en muchos casos incluye una gesta
nacional—, una base ideológica compartida por las mayorías dentro de la compleja
situación actual de cada país y un factor a favor de la formulación de destinos y
proyectos nacionales.
Por otra parte, la identidad nacional y el nacionalismo han servido a las clases
dominantes de cada país
para presentar sus sistemas de dominación como las realizaciones de los intereses y
Los ideales nacionales, mediante ideologías —tradicionales o renovadas— que
reivindican a la patria y esgrimen sus atributos formales.11 Los luchadores y
pensadores realmente opuestos a la dominación les niegan a esas clases dominantes
su pretensión de portar la legitimidad patriótica. La batalla es muy compleja, porque
más de una vez las causas sociales han sido descalificadas o aisladas en nombre de la
patria, el nacionalismo y hasta la seguridad nacional. Pero también se ha cometido a
menudo el error de subestimar la dimensión nacional y el nacionalismo en nombre de
identidades clasistas y de luchas sociales.
El problema de las relaciones entre lo nacional y lo social, y la complicada madeja de
conflictos, tensiones, combinaciones o uniones fructíferas que trae consigo, han sido
desde el siglo xix uno de los campos principales de los eventos y los procesos políticos,
de las organizaciones y las ideologías en América Latina y el Caribe. En el curso del
siglo xx esa importancia se acentuó, y permanece
11 «La dominación social promueve, desalienta, oculta, discierne, dispone el orden
de muchos de los elementos de la cultura nacional, ayuda a famas y decreta olvidos.
La nación ya plasmada implica —igual que una economía 'nacional' y un Estado-nación
— una cultura dominante dentro de la pluralidad cultural, que subordina de maneras
sutiles o no a las demás formas culturales existentes en lo que afecte a su dominación,
como hacen el Estado y la economía nacionales con la diversidad social y las
economías domésticas y de los grupos sociales. Además, aunque lo permanente es
rasgo dominante en este tema, cada nación tiene historia, cambian elementos de lo
nacional en el decurso histórico, y los valores que se les da». (F. Martínez: «En el horno
de los 90. Identidad y sociedad en la Cuba actual», en El corrimiento hacia el rojo, p.
70, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2001.)
hasta hoy. Como en otros terrenos, las influyentes ideas y tendencias procedentes del
Primer Mundo han contribuido a complejizar aún más la cuestión.
En el curso de los últimos dos siglos se han mantenido ideas favorables a la integración
latinoamericana. Quisiera mencionar dos corrientes. Una, la que hasta cierto punto
continuó la primera tradición independentista a
lo largo del siglo xix, a pesar de que durante ese período hubo numerosas guerras
o choques armados y otras confrontaciones y diferencias entre muchos países de la
región. Se suele reducir el viejo latinoamericanismo al Congreso Anfictiónico de
Panamá, en 1826. Si recordamos solamente ese tipo de eventos, se celebraron otros:
en Lima, 1847-1848; en Santiago de Chile, 1856; otra vez en Lima, 1864-1865; y en
Caracas, 1883, año del centenario del nacimiento de Bolívar. En ellos participaron
sobre todo países suramericanos, pero en uno estuvo Guatemala, y en otro El Salvador
y México. Sus objetivos no eran la integración económica, sino la coordinación de
defensa mutua frente a las amenazas y agresiones europeas, y la prevención de
conflictos entre los participantes.12
En la primera mitad del siglo xx, esa corriente favorable a nexos fue renovada en dos
direcciones: la búsqueda de identidades autóctonas y el antimperialismo. El rechazo
cultural al imperialismo —ligado en gran medida a la lengua y la tradición— fue
trascendido desde los
12 Ver Salvador E. Morales: Primera Conferencia Panamericana: raíces del modelo
hegemonista de integración, pp. 22-38, Centro de Investigación Científica «Jorge L.
Tamayo», México, D.F., 1994. También, Edmuno Jan Osmañoyk: Enciclopedia mundial
de relaciones internacionales y Naciones Unidas, p. 853, Fondo de Cultura Económica,
Madrid, 1976.
años veinte por las críticas al imperialismo económico y la formación de tendencias
ideológicas y políticas antimperialistas. La gran crisis económica del capitalismo
desatada al inicio de los años treinta y la Segunda Guerra Mundial favorecieron las
políticas de sustitución de importaciones en cierto número de países y las tendencias a
la autonomía.
El carácter antifascista que asumió la guerra mundial brindó cobertura ideológica
apropiada a una alianza continental liderada por Estados Unidos. Después de aquella
contienda, el gigante norteamericano llegó al apogeo de su dominio en el campo
capitalista y se lanzó a un control total de América Latina. Sin embargo, muchos
Estados de la región se habían fortalecido y las sociedades habían vivido procesos
modernizadores; el imperialismo necesitó un proceso complejo para imponer su
predominio, en el que combinó todo tipo de acciones. De todos modos, en la segunda
mitad del siglo se registró cierto número de iniciativas panlatinoamericanas, ligadas a
pactos económicos tendientes a la integración de regiones; el más antiguo fue el
Mercado Común Centroamericano, de 1960. Se crearon otros órganos con propósitos
de acopiar datos y valoraciones, y proponer estrategias, como la Comisión Económica
para América Latina (Cepal, 1948), de la Onu. Han existido coordinaciones de Estados
con fines de defender áreas económicas y otros intereses compartidos, para mediar en
conflictos, o en su carácter de miembros de agrupaciones de países, como la Onu, el
Movimiento de los No Alineados o agrupaciones de productores.
El latinoamericanismo popular tiene una historia muy larga. Desde el siglo xix, la
mayoría de los movimientos políticos más radicales o patrióticos tuvo en cuenta esa
dimensión, y en varios casos se llegó a experiencias prácticas de combate o de
solidaridad internacional latinoamericanas. José Martí fue un pionero excepcional de
una nueva fase de las ideas de liberación del continente, con sus análisis de países, su
concepción acerca de la naturaleza específica de la región, su historia, su radical
diferencia respecto a Estados Unidos, la necesidad de enfrentar con éxito su expansión
imperialista, y su propuesta de una segunda revolución de independencia de Nuestra
América que acabara con «la colonia que sobrevive en las repúblicas» y creara un
nuevo orden social y político en ellas. Durante el siglo xx, el auge del antimperialismo, y
de las ideas y movimientos de liberación nacional y socialistas, promovió y profundizó
el contenido y el alcance del latinoamericanismo popular, que buscó sus raíces en el
rescate de la memoria histórica revolucionaria continental y asoció sus proyectos a los
de aquellos esfuerzos e ideas. Frente al particularismo de los Estados y el cierre al
ámbito nacional de la política y la economía, numerosos movimientos y corrientes de
pensamiento del campo popular han reivindicado una y otra vez el latinoamericanismo.
En términos generales, las repúblicas burguesas mantuvieron la opresión y la situación
social y cultural de inferioridad de los pueblos originarios de América como parte de sus
sistemas de dominación. En la segunda mitad del siglo xix les arrebataron sus tierras y
medios de vida, en medio de matanzas atroces, muchas veces en el marco de las
llamadas revoluciones liberales. Se ade-lantaban así dos objetivos del capitalismo
latinoamericano: expropiar los medios de vida a los pobres para someterlos más
completamente a relaciones de explotación
y dominación y aumentar las riquezas, las ganancias y el poder; «blanquear» los
países, masacrando pueblos originarios y trayendo cientos de miles de inmigrantes
europeos. Otro curso de acción favorecía el mestizaje, como «adelanto» hada un ideal
«blanco». En el medio ideológico mexicano previo a 1910 se había valorado
positivamente el mestizaje, pero fue la gran revolución que estalló aquel año la que
abatió jerarquías sociales de base étnica, proclamó los aportes inmensos de las
culturas autóctonas e influyó fuertemente en toda la región. La expresión Indoamérica
se popularizó, y movimientos tan diferentes como el Apra peruano o el Ejército
Defensor de la Soberanía Nacional de Sandino reivindicaron a los americanos
autóctonos. Las ideas de José Carlos Mariátegui fueron un aporte extraordinario a un
marxismo que intentaba unlversalizarse en los años veinte-treinta.13
En las últimas décadas, un número creciente de pueblos originarios y sus
descendientes se identifican como tales desde valoraciones positivas, e incluso, con
orgullo, rescatan y reivindican sus culturas, se organizan y defienden su identidad y sus
demandas, a la vez que en muchos casos imponen su presencia en las luchas
populares de sus países. En algunas ocasiones han desempeñado papeles
protagónicos, como en Chiapas con el EZLN, y en dos países en que tienen un peso
poblacional y cultural muy grande, Ecuador y Bolivia; a este último me referiré más
adelante. La autonomía local o regional de comunidades de pueblos originarios tiene ya
una historia de algunas décadas de prácticas o de bregas por implantarlas en cierto
número de países de la región. Las
13 Ver sobre todo Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, de 1928.
reivindicaciones y La presencia efectiva de los pueblos originarios y sus culturas como
parte de La vida y los proyectos de las sociedades del continente, ya son realidades o
demandas para las ideas y los movimientos que pretenden cambios sociales y
humanos profundos, y son influyentes en medios más amplios.
Otra corriente de corte integracionista es el panamericanismo, externo a la región y
dirigido desde su origen a viabilizar La conducción y el control de Estados Unidos sobre
el continente por medios políticos e ideológicos,14 que da al mercado y la inversión
capitalistas el papel protagónico en la dominación. La Primera Conferencia
Panamericana, de 1889-1990, fue un preludio del neoco- lonialismo. Se estableció una
institución permanente con representantes de cada país, radicada en Washington, que
pronto fue conocida como Unión Panamericana.15 Pero esa línea de trabajo
imperialista siempre fue a remolque de las políticas generales. En el primer tercio del
siglo xx la opacaron las políticas del Gran Garrote, las cañoneras y la diplomacia del
dólar. Después vinieron la política del Buen Vecino y la Segunda Guerra Mundial, y
Estados Unidos, ya con las manos libres en América, plasmó en 1948 el llamado
sistema panamericano, con la fundación de La Oea y los tratados militares de
«asistencia mutua». La sujeción se completó con el establecimiento de gobiernos
lacayos, aunque fuera necesario apelar a golpes castrenses. Una gigantesca
combinación de dominio económico, político, cooptaciones, represiones y ofensivas
culturales con-sumó el predominio norteamericano.
u S. E. Morales: ob. cit.
15 Ver E. J. Osmañczyk: ob. cit., pp. 1107-1108.
El complemento cultural latinoamericano del panamericanismo se formó a partir de los
pensadores y publicistas que durante el siglo xix hicieron el elogio de Estados Unidos, y
propusieron la imitación, las relaciones intimas y la sujeción a la «gran república
americana» como la vía idónea para que el continente alcanzara el progreso y la
civilización. Sin duda, fueron variadas sus motivaciones —y algunas de ellas
seguramente loables—, pero el balance fue francamente negativo. El modelo
norteamericano, conservador, plutocrático y racista, resultaba más bien idóneo para ser
ideología de los sectores dominantes de los nuevos Estados que se asociaban de
maneras subordinadas al capitalismo mundial. Aunque estuvieran expuestos a ser
considerados inferiores por los norteamericanos, podían así sentirse superiores a la
masa del pueblo de sus propios países, calificable como seres inferiores a los que
habría que explotar y oprimir mientras se lograba «blanquearlos» e inculcarles
«laboriosidad», «eficiencia», capacidad de juicio político y otras supuestas virtudes.
La historia ulterior de esta corriente se tornó cada vez más fea. Con las
modernizaciones, las experiencias populares de protestas y luchas, el desarrollo del
pensamiento revolucionario, el dominio completo del imperialismo norteamericano
sobre la región, las represiones y las dictaduras, la inconciencia de los ideólogos
pronorteamericanos disminuyó y el papel de los intereses mezquinos y mercenarios se
volvió fundamental. Por otra parte, Estados Unidos ha sido capaz de organizar muy
bien su penetración cultural sistemática, que posee numerosos niveles, vías y medios
diferentes, y utiliza enormes recursos.
El panamericanismo ha sido sobre todo político e ideológico, y nunca auspició
programas para integraciones económicas. Las relaciones bilaterales desiguales han
sido siempre las principales para mantener, ampliar o reformular la dominación del
imperialismo de Estados Unidos en esta región.16 Así sigue siendo hasta el día de hoy.
Los Tratados de Libre Comercio que ha establecido con una parte de los países
latinoamericanos son un instrumento privilegiado de ese tipo de relaciones en la
actualidad, aunque el grado de centralización del poder mundial en manos yanquis en
la década pasada y su abierta ofensiva de aspiración imperial mundial los llevó a la
pretensión de agregar en América Latina una instancia colectiva más completa de su
dominio, a través del proyecto Alca.
II
Entre las décadas quinta y octava del siglo xx, las ideas y las prácticas de políticas de
desarrollo relativamente autónomas de los países tuvieron su máxima expresión; pero
pronto cayeron en decadencia. Los burgueses de América Latina que protagonizaron la
etapa económica expansiva habían sido en general hegemónicos en sus países, mas
fueron retados por cuatro procesos simultáneos, aunque diferentes entre sí:
a) la emergencia de Estados Unidos después de 1945 como el poder decisivo en el
continente y a escala del
16 «El influjo excesivo de un país en el comercio de otro, se convierte en influjo
político [...] Lo primero que hace un pueblo para llegar a dominar a otro es separarlo de
los demás pueblos. El pueblo que quiera ser libre, sea libre en negocios.» (José Martí:
Obras completos, t. VI, p. 160, Editorial Nacional de Cuba, La Habana, 1963.)
capitalismo mundial, lo que le permitió doblegar las resis-tencias, desmantelar las
autonomías e imponer la incorporación de cada país a su dominio político y económico;
b) la extrema centralización del sistema capitalista mediante los procesos de
transnacionalización y el dominio financiero y comercial, la especulación, el gigantesco
parasitismo de la deuda externa, la tiranía ejercida por el Banco Mundial y el FMI. Sus
consecuencias han sido la pérdida del espacio de maniobra de las burguesías
subalternas, la reducción del papel de América Latina en el comercio mundial, quiebras
o deformaciones de ramas industriales y predominio de sectores primarios
exportadores, una gran multiplicación de la entrega de excedente como tributo, la
anulación de la capacidad de los Estados para cumplir sus funciones de factor de
equilibrio social, y la conservatización y el desarme de una gran parte del pensamiento
económico;
c) el gran crecimiento de las luchas sociales y políticas que llegaron a ser radicales
en su actuación y en sus proyectos de cambio del sistema y que deslegitimaron a
numerosos grupos de poder, desafiaron la hegemonía burguesa, proclamaron
proyectos populares y profundizaron el antimperialismo. Estas experiencias llegaron a
ser muy ricas y diversas: movimientos de masas muy combativos, luchas armadas en
una docena de países, el Gobierno de Unidad Popular en Chile de 1970-73 y varios
intentos nacionalistas en otros países;
d) la liberación de Cuba —un país pequeño, pero estratégico del Caribe, con dos
grandes expansiones económicas entre 1780 y 1930 y un extraordinario proceso
revolucionario anticolonial, sometido al neocolonialismo por Estados Unidos desde
fines del xix— de sus ataduras,
mediante una insurrección triunfante y una revolución muy profunda, social, política y
de las conciencias. En Cuba fueron liquidados el poder de la burguesía y el del
imperialismo, y se lograron colosales cambios sociales y económicos que
transformaron las relaciones fundamentales, la vida pública y las instituciones,
aportaron dignidad y bienestar a toda la ciudadanía y la soberanía nacional plena. Esos
ejemplos, y la resistencia y las victorias sobre la agresión y el bloqueo imperialistas
durante medio siglo, han despertado un arco muy amplio de esperanzas, rebeldías,
solidaridad, odio y agresiones. La Revolución cubana ha estado siempre presente
desde 1959 en los asuntos latinoamericanos, por sus actuaciones, por las reacciones
que provoca, por las relaciones que se sostienen con ella y por su influencia en la
política norteamericana hacia los demás países de la región. En la actualidad es un
factor muy importante para las acciones y los proyectos que promueven soberanía,
polí-ticas sociales a favor de los pueblos, autonomía, integración y unidad continental.
Ante las profundas transformaciones que acontecieron en las cuatro décadas citadas,
la política burguesa en América Latina no se dividió entre los arcaicos y los modernos,
los entreguistas y los «nacionales», como suponían la creencia y la esperanza
pertinaces que albergaban fuertes corrientes de pensamiento y organización dentro del
campo popular. En líneas generales, los modernos abandonaron las políticas de cierto
desarrollo autónomo —allí donde las había— y se «integraron» de modo subordinado
al gran capital, y en todo lo esencial al imperialismo norteamericano. En el terreno
político, en vez de entrar en alianzas con los movimientos de rebeldía
o resistencia populares, se plegaron a las exigencias imperialistas, aceptaron las
nuevas dictaduras —los llamados regímenes de «seguridad nacional»— o fueron
incluso coautores en los procesos represivos en numerosos países de la región, que
llegaron hasta el genocidio en algunos casos. En vez de una integración, se llegó a
organizar una internacional del crimen. Los regímenes capitalistas neocolonizados
arrasaron o desmontaron las formas organizativas del pueblo y los instrumentos de la
soberanía nacional de sus propios países, y provocaron fuertes retrocesos culturales
conservadores, daños que han persistido hasta hoy en muchos ámbitos.
La política revolucionaria fue la principal en esta etapa en que las clases dominantes
mostraron su entraña antinacional y fueron verdugos de sus propias sociedades. Por
primera vez en el siglo xx latinoamericano, se pensó y se actuó en busca de una
transformación radical liberadora a una escala de participación notable. Los
revolucionarios intentaron derrocar el sistema de dominación de cada país,
combatieron el imperialismo, plantearon abiertamente la continentalización de las
luchas y practicaron el internacionalismo en la medida en que pudieron. Los avances
conceptuales en cuanto al sistema capitalista y la necesidad del socialismo
contribuyeron también al profundo desarrollo de la conciencia política que sucedió. A
pesar de los sacrificios, las movilizaciones, el heroísmo y la tenacidad que desplegaron,
las extraordinarias luchas populares de esta época no lograron con-vertir en realidad
sus ideales y sufrieron derrotas políticas, no solo represivas. Pero por segunda vez en
la historia latinoamericana fueron la política y el pensamiento re-volucionarios los que
pusieron a la orden del día una
unidad continental basada en un proyecto radical de liberar a la región de la
dominación extranjera y obtener la libertad, la justicia social y la ciudadanía completa
para las mayorías. Al unir ambas metas, proveían una motivación necesaria para la
movilización de los oprimidos y explotados, la mayor fuerza con que cuenta el
continente para generar y realizar cambios que lo beneficien, y planteaban el único
objetivo capaz de hacer viables y darles bases a esos cambios: la liberación del
imperialismo. Y la propuesta se firmó con sangre.
En estas últimas décadas, el imperialismo ha puesto en el centro de su actuación
hegemónica y antisubversiva una guerra cultural a escala mundial, con la que enfrenta
las debilidades en cuanto a sistema de dominación que le acarrean su naturaleza
actual —centralizadora, parasitaria, creadora de miseria y depredadora— y los avances
extraordinarios que durante el pasado siglo multiplicaron las capacidades de los seres
humanos y las colectividades para pretender bienestar, derechos, igualdad, con-
vivencia, respeto de las diversidades, justicia, paz, control y participación popular en el
gobierno, autodeterminación de los pueblos y naciones que fueron colonizados. Esa
guerra cultural consiste en una gigantesca operación de prevención de las rebeldías,
que a la vez trata de ocultar y suplir la incapacidad creciente del sistema para satisfacer
las necesidades perentorias de miles de millones y las aspiraciones de sectores
modestos o medios, para mantener libertades y prácticas democráticas, auspiciar las
iniciativas económicas, reconocer a las naciones y tolerar sus espacios propios. Se
utilizan los más poderosos instrumentos y colosales recursos para controlar de manera
totalitaria y eficaz la información que es consumida, la
formación de opinión pública, e incluso emociones, gustos y deseos. El objetivo es
homogeneizar las ideas y los sentimientos de todos —de los incluidos de algún modo
en el sistema, y de los excluidos también—, según patrones generales que garanticen
su encuadramiento dentro de una cultura del miedo, la indiferencia, la fragmentación y
la resignación. Se ejerce así una terrible y cotidiana violencia, aunque disimulada,
contra los individuos, los diversos grupos y las naciones.17
Entre otros empeños, la guerra cultural combina la demonización y el olvido de los
combates, las experiencias y las ideas de liberación y socialismo del siglo xx. Ella ha
sacado gran provecho a la profunda debilidad de las luchas de clases y de liberación
nacional durante las dos últimas décadas del siglo xx. Su objetivo es despojar a los
pueblos de la inmensa riqueza cultural que aquellas prácticas y pensamientos dejaron,
porque sabe que constituyen un potencial subversivo muy peligroso y una fuente
invaluable de proyectos y de autoconfianza, hoy que el sistema de dominación ha
abandonado las antiguas promesas de la «modernidad», y hasta las ideas de progreso
y de desarrollo.
El proceso latinoamericano de esos últimos veinte años del siglo fue presidido por las
democratizaciones de los sistemas políticos y por un desastre escandaloso de la
situación social de las mayorías. El neoliberalismo como política económica y como
ideología dominante
17 F. Martínez: «Medios, cultura y resistencia» (conferencia en el IV Foro Social
Mundial, en Mumbai, enero de 2004), La Jiribilla de Papel, (18), Instituto Cubano del
Libro, La Habana, febrero de 2004. Una versión revisada apareció en Cine Cubano,
(160/161): 88-94, La Habana, abr.-sep., 2006.
consumó el retroceso de las formaciones económicas y los Estados nacionales, el
colosal deterioro de las sociedades y el entreguismo al imperialismo. Las instituciones y
los servicios que existen para servir o representar a la ciudadanía, las conquistas
obtenidas a lo largo de muchas décadas, cayeron o se debilitaron al extremo. El poder
quedó en manos de los órganos del gran capital transnacional y parasitario, y de
funcionarios no sometidos a controles populares ni legales. El cuadro de des-gracias
puede engrosarse con la catástrofe urbana, la gigantesca delincuencia común —cara
violenta de la miseria y la desesperanza para los humildes, lugar de enormes
ganancias y de crimen y autoritarismo vestido de combate por la «seguridad» para los
poderosos—, el imperio del narcotráfico que corroe las sociedades y la política, y la
corrupción rampante.
Por otra parte, se establecieron un estado de derecho e instituciones políticas que
resultan muy positivas si se las compara con la etapa anterior, y como espacios en los
que encuentran cabida actividades ciudadanas y populares, individuales y de
movimientos sociales. El sistema político y la alternancia electoral fueron concebidos
como teatro de una convivencia pública más bien pacífica y regida por los negocios y
los fastos de la misma política previa, con algunos afeites nuevos. Ellos no debían
trascender jamás las reglas del sistema ni dar paso al control ciudadano sobre sus
representantes o a efectivos equilibrios de poderes. La miseria y la disgregación social
ayudan al modo de dominación, porque minan las iniciativas, las organizaciones y los
liderazgos populares, y facilitan el desmontaje de los órganos de presión, negociación y
confrontación de la sociedad, la cooptación, el
clientelismo y el asistendalismo. En nombre de esa nueva etapa se exaltó la
democrada como un valor abstracto y supremo que permite ser ciego ante la entrega
del país, la indigencia de millones de personas y la profunda inmoralidad del sistema,
promover la desmovilizadón social y anatematizar la violencia en abstrarto en medio de
un mar de violencias. Es decir, la democracia como el calmante político para ocultar,
paliar o acostumbrarse a sufrir tantos males.
Los regímenes de dominación democrática no resolvieron ninguno de los problemas
fundamentales del continente, ni lo defendieron frente a sus poderosos extorsionadores
y saqueadores externos y sus voraces cómplices nacionales. Tampoco dieron ejemplos
nota-bles de transformación de las formas de gobierno en instrumentos de servicio
público, ni de relacionar la política con la ética. Los «apellidos» adjudicados por
muchos analistas a esas democradas aluden a sus graves limitado- nes y su inevitable
crisis crónica, entre las exigendas de los ciudadanos de que cumplan sus promesas —
o al menos sus reglas—, y la persistenda de los poderosos en seguir utilizando la
democrada para conseguir gobemabilidad y manipular a la población, pero sin
permitirle desarrollar sus potencialidades ni aliviar la situación social.
La política se ha regido por la convicción o la creencia de que no es posible suprimir el
yugo que determina el desastre social, y eso la ha llevado a tener muy poca relación
con la vida cotidiana y los problemas reales de las mayorías. La miseria ha sido un
tema ajeno a la política práctica, incluida la de organizaciones que se reclaman o son
de orientación popular. La complicidad o la debilidad de los poderes de cada país ante
la dominación
externa, su incapacidad de mantener políticas sociales, servicios y bases políticas
estables, su imagen ajena a la soberanía y los intereses nacionales, sabotearon la
reformulación de la hegemonía burguesa que es indispensable para estabilizar una
nueva fase de 1a dominación. El predominio de elementos de la cultura del Primer
Mundo en los modelos de vida, la ideología política y la formación de opinión pública —
criaturas de los cen-tros del sistema y de su guerra cultural— completó la incapacidad
de lograr la reformulación de hegemonías burguesas nacionales.
La dominación democrática es la ropa que visten el autoritarismo del lucro y la
dictadura del gran capital, colocados sobre la Ley, el gobierno y la soberanía; ella
disculpa sus flaquezas invocando una fatalidad que tendría origen externo; la supuesta
subordinación inexorable de todos a las llamadas leyes de la economía. El posible éxito
de cada país —como el de las personas— reside en someterse a esas «leyes», y el
éxito es la categoría privilegiada. Su antítesis es «fracasar», otra palabra clave de la
neolengua que pretende imponerse. Se ha estrechado así cada vez más el campo de
la autonomía nacional para la mayor parte de los países. En realidad está en curso un
proceso de recolonización selectiva del mundo, que ha hecho retroceder incluso las
relaciones neocoloniales «ortodoxas» desarrolladas en el curso del siglo pasado, y está
vaciando de contenido la forma democrática de dominación. Ese sería el final de dos
pilares principales del equilibrio y el consenso logrados por el capitalismo de la
segunda mitad del siglo xx.
La internacionalización de la dirección de los procesos y de los medios del control
social —que alcanza
una notable efectividad— es, sin duda, algo muy grave para los países
latinoamericanos, y parece comprometer el destino de la región durante un plazo
impredecible. Sin embargo, otra vez como en 1791-1824, como entre 1959 y los años
setenta-ochenta, la historia y las realidades del continente no se reducen a las
colonizaciones y al dominio capitalista. Aunque no alcancen sus fines más radicales,
las revoluciones verdaderas siempre dejan una herencia invaluable y adelantan los
puntos de partida de los que vienen después. Hoy existe en América Latina y el Caribe
una cultura política incomparablemente superior a la de hace medio siglo. Ante el
debilitamiento de los poderes que dieron continuidad al sistema de dominación, esa
cultura puede brindar bases a la constitución y el desarrollo de fuerzas independientes,
que combatan por cambios sociales a favor de los oprimidos, por la soberanía nacional
y popular, y por cambios de sistema.
III
Hace apenas veinte años —aún sin completarse el proceso continental que llamaron de
democratización— ya se lloraba la «década perdida» para la economía de la región y
moría la esperanza hueca expresada en la consigna del «desarrollo con equidad».
Pero numerosos movimientos populares crecían y se enfrentaban a la desmovilización
que trataban de imponerles los políticos «democráticos». Las protestas sociales nunca
cesaron, aunque con baja efectividad, y se organizaron algunos partidos de raíz y base
popular que, sin embargo, no lograban alterar la esencia del sistema. Cuesta arriba de
las ideologías de la derrota y del neoliberalismo, del posibilismo político, la
desesperanza y la cooptación, el campo popular persistió y resistió durante los duros
años noventa. A veces estallaron abiertas rebeldías, como la del EZLN en Chiapas, en
enero de 1994, que renovó la esperanza en el papel de la revolución; sus protagonistas
son descendientes de los pueblos originarios de América. Cuando el motín del pueblo
de Caracas fue reprimido con un baño de sangre en febrero de 1989, nadie preveía
que en la década siguiente las protestas populares pondrían en crisis el sistema
político, ni que el movimiento bolivaríano de militares de 1992 asumiría una vía cívica
que llevó a su líder, Hugo Chávez Frías, a ganar la presidencia en 1998.
Cada año del nuevo siglo ha ofrecido pruebas del vigor de la protesta contra la entrega
de los recursos naturales y el mal gobierno, como sucedió en el estallido popular en
Argentina, en diciembre de 2001. En Venezuela, Hugo Chávez ha ganado ampliamente
diez consultas electorales, pero también tuvo el pueblo que ganar una prueba de fuerza
decisiva frente al golpe de Estado de la reacción, en abril de 2002.
En Bolivia, el pueblo humilde se puso en pie de lucha desde 2000, en defensa de sus
recursos y contra el mal gobierno, y protagonizó la insurrección cívica de octubre de
2003. Ese nivel de conciencia llevó en diciembre de 2005 a un dirigente social, el
aymara Evo Morales, a la presidencia de la república. Desde puntos de partida muy
difíciles, Evo encabeza un proceso que ha avanzado desde la defensa y el rescate de
las riquezas del país y de su propio pueblo hacia transformaciones profundas de 1a
sociedad y la política. Con un respaldo
popular mayoritario y capaz de actuar y movilizarse, se toman medidas de beneficio
popular y se extienden ideas acerca del bienestar de todos como finalidad superior de
una vida social en concordancia con la naturaleza. Una nueva Constitución, escrita
«por quienes han sido despojados de sus terrenos, de sus costumbres y de su cultura»,
ha proclamado los derechos de todos y un Estado Multinacional. El movimiento
boliviano es abiertamente antimperialista y latinoamericamsta, y el país forma parte del
Alba.
No es necesario para este tema entrar en detalles, pero sí afirmar que lo decisivo en
los casos de Venezuela y Bolivia es la constitución de poderes populares,
comprometidos solo con sus pueblos y con la soberanía nacional. Cada uno en su
circunstancia, brinda ejemplo y esperanza, y ha inaugurado una nueva etapa del
continente en la que se extiende la confianza en que es posible enterrar el
neoliberalismo y plantear metas ambiciosas de autonomía o de liberación.
El gobierno venezolano que preside Chávez respeta las reglas del juego institucional —
el sistema político electoral diseñado para sofocar dentro de su cauce todo intento de
cambio radical—; pero ha emprendido un proceso de justicia social y de
transformaciones tan extraordinario que con todo derecho se denomina revolución. La
política exterior de la Revolución bolivariana favorece cambios muy profundos en la
situación de numerosos países de América Latina y el Caribe, en cuanto a satisfacer
sus necesidades energéticas, fortalecer su autonomía económica y política, y dar
pasos a favor del bienestar de sus pueblos. A escala mundial, Venezuela se ha
convertido en un actor completamente independiente de Estados
Unidos y muy importante por los vínculos que teje y la influencia que ejerce; está
contribuyendo a una elaboración de nexos económicos y políticos que pueden reducir
progresivamente el poder omnímodo mundial que pretende mantener el imperialismo
norteamericano. El mapa económico del orbe se vuelve más complejo y diverso,
variable que tiene un peso muy notable para cualquier proyecto de integración
latinoamericana.
Las relaciones económicas entre Cuba y Venezuela han dado un salto gigantesco en
un plazo muy breve, y siguen profundizándose. El petróleo y sus derivados de
Venezuela, el personal de salud y el equipamiento de esa rama de Cuba son cruciales
para ambos países; pero los intercambios y las inversiones conjuntas en numerosos
campos crecen sin cesar. Sin embargo, la relación cuba-no-venezolana no está basada
en la magnitud y el dinamismo de los negocios, sino en una voluntad política que rige
lazos y acuerdos fraternales, y en la estrategia de poner el bienestar y el ejercicio de
los derechos de sus pueblos por encima de las consideraciones de ganancia e interés.
El 15 de octubre de 2007, Chávez avanzó ideas acerca de la formación de una
confederación entre ambas naciones.18 De este modo, dos países de la región cuyas
relaciones económicas eran insignificantes hace diez años avanzan decididamente en
su integración con grandes beneficios palpables, y le brindan al continente el ejemplo
de que ella es factible si los que emprenden ese camino son realmente soberanos y
dueños de sus recursos y sus proyectos.
18 «Nosotros ahora deberiamos mirar más allá, Cuba y Venezuela perfectamente
pudiéramos conformar en un futuro próximo una confederación de repúblicas, una
confederación, dos repúblicas en una, dos países en uno».
Desde hace medio siglo se han establecido mercados comunes en América Latina y el
Caribe, pero sus acuerdos y prácticas no obtuvieron resultados relevantes para el
desarrollo de los miembros ni para una futura integración de la región, y han estado
sujetos a grandes dificultades y duras críticas. En diciembre de 2004, Venezuela y
Cuba acordaron integrarse en la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra
América. Bolivia se integró al Alba en La Habana, el 29 de abril de 2006, y le aportó su
noción de Tratados de Comercio de los Pueblos.19 El Alba no es una consecuencia de
aquella historia de mercados comunes, porque tiene puntos de partida y contenidos
muy diferentes: en realidad, implica también una alternativa frente a ellos. Además de
sus realidades concretas, el Alba plantea una nueva posición definida respecto a la
integración continental. El rasgo común fundamental de los fundadores del Alba, en mi
opinión, es su forma de gobierno: son poderes populares. El más antiguo, el cubano,
proviene de una revolución socialista de liberación nacional; Venezuela y Bolivia, de los
triunfos electorales de líderes populares. En enero de 2007, el recién electo gobierno
de Nicaragua que preside Daniel Ortega obtuvo el ingreso de ese país en el Alba. En
abril, Ecuador y Haití firmaron acuerdos en Venezuela que los aproximaron al Alba. En
esos días de la V Cumbre del Alba y la primera Cumbre Energética Sudamericana se
evidenció la formación de nexos entre países y
19 Los Tratados de Comercio de los Pueblos (TCP) son instrumentos de
intercambio solidario y complementario entre los países destinados a beneficiar a los
pueblos, en contraposición a los Tratados de Libre Comercio, que persiguen
incrementar el poder y el dominio de las transnacionales.
grupos autónomos respecto a tos centros del imperialismo en ese campo tan vital.
El caso de Ecuador me permite volver sobre la fuerza de los movimientos populares,
fundamental para el impulso de las resistencias y los cambios en el continente. Si llega
a formarse un bloque de movimientos y poderes populares, la alternativa revolucionaria
al dominio imperialista y a los poderes burgueses neocolonizados podrá triunfar.
Quince años de «levantamientos» indígenas en el Ecuador, desde 1990, les dieron alta
conciencia y niveles organizativos a esta masa principal de su población y derribaron
tres gobiernos; aunque no consiguieron cambios significativos en el sistema de
dominación. Este clima favoreció el triunfo electoral del independiente Rafael Correa. El
gobierno iniciado en enero de 2007 desplazó a los grupos políticos tradicionales e inició
un régimen que impulsa cambios sociales y políticos notables y una independencia
efectiva del país.20 Ecuador tiene lazos fraternales con la Revolución bolivariana, y
ambos países firmaron un convenio de integración energética.
Menciono sucintamente el papel de Cuba en estos esfuerzos por un nuevo tipo de
integración. Ante todo, los ejemplos dados por su Revolución, a los que me referí
arriba; a ellos se sumaron su resistencia —que parecía a muchos una tozudez
inadmisible— a rendirse durante La formidable crisis que padeció en 1a primera mitad
de los años noventa, y su capacidad de enfrentar la crisis sin apelar a recetas
neoliberales, sacrificar a su propio pueblo
20 En su discurso inaugural de enero de 2007, Correa llamó a acabar con «el
sistema perverso que ha destruido nuestra democracia, nuestra economía y nuestra
sociedad», y a fundar «un nuevo socialismo del siglo xxi».
y menguar su soberanía nacional. La resistencia de Cuba socialista rinde nuevos frutos
en estos últimos años de ofensiva latinoamericana y caribeña. Sus acciones de servicio
y apoyo a necesidades humanas básicas de decenas de millones de desposeídos son
una expresión práctica, concreta, de que otras relaciones sociales y otra distribución
del bienestar son posibles, si se tiene una conciencia y un poder socialistas.21 La unión
del prestigio singular que posee la Revolución cubana, la solidaridad y los nexos
íntimos espirituales que sostiene con innumerables fuerzas sociales y activistas de la
región, las relaciones estatales que ha sabido tejer, su política de principios y su
enorme flexibilidad táctica, sus capacidades reales de intervención y de mediación,
constituyen factores muy importantes para los nuevos procesos integracionistas de la
región.
El Alba es ya un nuevo polo latinoamericano que avanza, porque tiene una identidad
muy definida y expresa
21 Un ejemplo señero es el despliegue de acciones solidarias y de colaboración en
el campo de la salud, en 97 países, con 46 000 cubanos en el exterior, de ellos 36 000
médicos, formación de jóvenes de los países necesitados como médicos, en Cuba y en
planteles extranjeros en los que Cuba participa, brigadas que acuden ante desastres
naturales y epidemias, equipamiento de salud, asesorías. En América Latina y el Caribe
está el esfuerzo mayor, y dentro de ella en Venezuela, que está realizando la más
amplia y dinámica expansión de los servicios de salud del continente; ningún país
desarrollado realiza tareas como esta, y es muy difícil que pudiera realizarlas. En la
Escuela Latinoamericana de Medicina de Cuba (Elam), que provee formación gratuita,
se han graduado casi 5 000 jóvenes de la región. La «Operación Milagro» es un
gigantesco empeño conjunto de Cuba y Venezuela. Cirujanos cubanos ya le han
devuelto la visión a un millón de personas de 31 países, y Cuba ha donado 37 centros
de cirugía oftalmológica a ocho países.
voluntades políticas que están proponiendo una alternativa de integración continental
basada en el beneficio de los pueblos y la soberanía nacional sobre los recursos y
sobre el proyecto de vida de cada país. Cuenta con recursos y fuerzas propias y los
está utilizando de una manera que resulta escandalosa: sin afán de lucro, sin tener
como motores la búsqueda de mayores ganancias y de ventaja sobre otros, ni de
privilegios. Obviamente, su mera existencia significa un desafío abierto al dominio
imperialista de Estados Unidos, que utiliza contra los países miembros todas las formas
de agresión o socavamiento que están a su alcance, y presiona o amenaza a los que
se acercan al Alba.
Los hechos y la historia de una verdadera integración de los países de este continente
nunca podrán reducirse a la dimensión económica, y durante una etapa que puede ser
prolongada, sus principales dilemas y batallas siempre tendrán aspectos no
económicos. A mi juicio, en las coyunturas de crisis o de grandes alternativas, estos
últimos aspectos serán los decisivos.
Para lograr la integración latinoamericana necesitamos asumir objetivos radicales y
emplear medios eficaces, porque habrá que crear nuevas realidades que hoy no
parecen posibles, pero que ya muchos soñamos. Como hace doscientos años, no
serán las formulaciones y proyectos previos de «alternativas» económicas los que
abran las puertas de las transformaciones necesarias, esas que después de suceder
son consideradas asombrosas. El largo camino recorrido y los combates, experiencias,
sentimientos e ideas atesorados están a nuestro favor. Hoy tenemos una acumulación
cultural y una situación incomparablemente más favorable para emprender el camino
de la liberación americana que las existentes en aquella primera época histórica, en
aquel 1810 en que un cura insurrecto en la Nueva España se proclamó «General de los
ejércitos de América» y un pueblo enardecido en el Río de la Plata forzó a un cabildo
abierto a nombrar nuevas autoridades. Solo después que estaban embarcados en ellas
se dieron cuenta de que lo que hacían eran revoluciones, y que su única opción era
profundizarlas. Opino que ahora son no solamente posibles, sino obligatorios, trabajos
gigantescos y profundas transformaciones sociales y humanas, de las cosas y de las
personas que protagonizarán los cambios. Solo así resultará pensable, y al cabo viable
y realizable, algo que parece tan poco realista como una integración que sea realmente
latinoamericana, una unión de pueblos que sirva realmente a los pueblos del
continente.
La Habana, febrero de 2008
Pensamiento latinoamericano, cultura e identidades22
Cinco siglos de colonización y subordinación al capitalismo mundial en América Latina
y el Caribe han producido un complejo de dominación que estamos obligados a
conocer muy bien, para poder destruirlo y superarlo, y que no pueda renacer y
reproducirse bajo nuevas formas. La reproducción con cambios de la dominación
burguesa e imperialista tiene una historia, que es la de las reformulaciones de su
hegemonía. Para ser eficaz, siem-pre se ve precisada a incluir partes de lo que estuvo
excluido, tiene que utilizar una parte de los símbolos y de las demandas de las
rebeldías que la han combatido. Tenemos que recuperar la historia de las revoluciones
y las rebeldías, la historia de las resistencias múltiples y diferentes a las diversas
formas de opresión de las personas y las sociedades que han formado un todo
finalmente con el capitalismo, y que encuentran su último sentido y su capacidad de
mandar o de sobrevivir en esa dominación capitalista. Pero también nos es
imprescindible recuperar la historia de las adecuaciones y las subordinaciones de las
sociedades y los individuos a la dominación, y conocer el entramado de formas en que
sucede esa supeditación, ver cómo se teje una y otra vez el dominio, identificar los
copartícipesy las complicidades, que van desde
22 Intervención para provocar el debate en la Comisión del mismo nombre, durante
el VIII Taller Internacional sobre Paradigmas Emancipatorios, organizado por Galfisa,
del Instituto de Filosofía. La Habana, 5 de septiembre de 2009.
los criminales, las empresas y los gobernantes corruptos hasta una parte de nuestras
propias actividades, motivaciones e ideas.
Me toca entonces escoger solamente algunos temas. Ante todo, llamo la atención
sobre la colonización mental y de los sentimientos. Nuestro continente ha sido un teatro
privilegiado de la mundialización del capitalismo, que cometió aquí genocidios,
ecocidios, destrucción de culturas, los mayores traslados de poblaciones de la historia
mundial para explotarlas como esclavos. Pero también surgieron en América
sociedades nuevas, fruto de la combinación de culturas muy disímiles, que elaboraron
identidades originales de grupos y nacionales. Este continente ha utilizado las
revoluciones para darse identidades propias y Estados republicanos desde hace más
de dos siglos, proceso que se inició por la más grande y victoriosa revolución de
esclavos de la historia, la haitiana, que venció a las grandes potencias y proclamó una
Constitución más avanzada que la famosa de Estados Unidos. Asimismo, ha sido
nuestra región la primera en sufrir la neocolonización, que es la forma fundamental de
la expansión mundial del capitalismo maduro.
Los regímenes neocoloniales son regidos por el imperialismo y las clases dominantes
de cada país, clases que son, al mismo tiempo, beneficiarías, cómplices y sometidas.
Se han desarrollado contradicciones muy profundas en repúblicas que excluyen a una
parte de sus poblaciones de los derechos ciudadanos y de la riqueza nacional; realizan
esfuerzos civilizatorios y modernizadores que aplastan a comunidades y economías
locales, e imponen idiomas, leyes y costumbres; difunden una ideología del progreso
que ha legitimado esos aplastamientos
y el racismo; y emprenden proyectos de desarrollo que en vez de aportar
independencia del capitalismo internacional explotador han resultado renovaciones de
la integración subordinada a él y formación de nuevos grupos explotadores y de poder
que se suman a los existentes o los desplazan.
Ya es un lugar común decir que América Latina está viviendo un tiempo de cambios.
Pocos se preguntan, sin embargo, cómo hace diez años prácticamente nadie
pronosticaba que ese tiempo estaba próximo a comenzar. Otro tanto pudiera
comentarse de un evento que se desató hace unos veinte años e influyó en todo el
mundo: el final de los regímenes llamados socialistas en Europa y la desaparición de la
URSS. Hace treinta y cinco años, cuando las criminales dictaduras de «seguridad
nacional» se extendían por América Latina, los análisis de los opositores a los sistemas
de dominación todavía tenían fuerza, audacia y diversidad, y discutían entre sí, además
de enfrentar al adversario. Investigadores, profesores y cuadros dedicados a la acción
revolucionaria se leían unos a otros o producían ellos mismos los análisis y las
interpretaciones. El legado extraordinario del pensamiento latinoamericano de aquella
época permanece marginado hoy o se reconoce con admiración, pero sin estudio,
cuando nos hace tanta falta.
Los triunfos represivos conllevaron también derrotas políticas e ideológicas del campo
popular. Una a una desaparecieron las palabras que permitían pensar la subversión
necesaria, aunque también las que permitían analizar las realidades materiales y
espirituales del continente. Temas, conceptos, tesis de la ciencia social comprometida
fueron abandonados o silenciados. Al enorme recorte de los
objetivos políticos populares que sucedió con el establecimiento de la llamada
democratización —o «las democracias»—, le correspondió la aceptación de la cultura
del capitalismo y un desolador empobrecimiento del discurso «de izquierda» o
progresista. Ahora el campo intelectual se conformó con modestas antinomias, como
las de fascistas vs. demócratas y dictadura vs. gobierno civil, que dejaban intangible el
sistema. Primero en formulaciones como las de «los dos demonios», después, más
francamente, fue condenada y tenida por inadmisible toda violen-cia revolucionaria. No
importa que la vida de decenas de millones sea martirizada por innumerables formas
de violencia diaria en este continente, activistas y personas decentes del pueblo
oprimido rechazan y abominan a los que pelean contra el sistema con armas en la
mano. Esta victoria cultural del capitalismo persiste hasta hoy, y lastra iniciativas tan
loables como los foros sociales.
En el último cuarto del siglo xx, el imperialismo se cen-tralizó en un grado muy profundo
y se tornó parasitario, excluyente y más depredador que nunca, por lo que necesitó
modificar sus instituciones y sus ideologías económica y política, decretar el fin del
«desarrollo» del llamado Tercer Mundo y de la idea de progreso, ir reduciendo el
neoco- lonialismo a recolonización selectiva e implantar un sistema totalitario de
información y formación de opinión pública. Los temas trascendentes del pensamiento
social se sometieron a la trivialización o 1a renuncia, y se ensayó la eliminación del
futuro y del pasado. Coincidieron, por último, las necesidades del capitalismo y la
postración del pensamiento opuesto a él.
Dos salidas parecían quedarles solamente a los opositores. Una, ser adversarios éticos
y posibilistas del
neoliberalismo, un poco a la izquierda de «la equidad», «el liberalismo social», «el
rostro humano» y otras lindezas de los políticos y los ideólogos del sistema; mostrarse
«respetables» para ser aceptados por las reglas del juego electoral y de los
comportamientos políticos. La otra opción, mucho menos asumida, era mantener una
pureza dogmática y sectaria que no se contamina con gajes ni ideas del poder, ni hace
alianzas con la mayor parte de los líderes populares, que suelen ser condenados al no
poder pasar el examen de anticapitalistas teóricos. Los primeros son comparsas
reformistas del sistema, los segundos permanecen bajo su techo, pero solos. Aprecio a
los segundos y detesto a los primeros, mas reconozco que ambos resultan funcionales
a los intereses más generales de la dominación.
En la fase inicial de su predominio abierto, el imperialismo norteamericano había
logrado la eliminación de la política económica de sustitución de importaciones y el fin
de algunos gobiernos independientes con apoyo popular. Impuso dos oleadas de
dictaduras para facilitar su implantación, pero en la segunda, retado por el auge de las
protestas y rebeldías, y por el ejemplo cubano, apeló a una represión sistemática que
llegó en algunos lugares al genocidio, aplicada por los esbirros y ejércitos de la región.
Se forjó así una unión criminal, cuya base fueron lazos mucho más íntimos con los
gobiernos, empresarios y partidos del orden. La mayoría de los burgueses
«nacionales» fueron cómplices del imperialismo, pero el nuevo orden económico que
se impuso agravó la supeditación y tendió al desmantelamiento de las eco-nomías y los
proyectos nacionales. Los gobiernos civiles que sustituyeron a las dictaduras de
«seguridad nacional»
en tantos lugares son democracias con apellidos alusivos a sus limitaciones, que más o
menos restauraron o instauraron el estado de derecho y un buen número de libertades
ciudadanas, aunque con mandatarios sin poder real frente al gran capital, alternancia
electoral dentro del sistema y la política como un espectáculo para ocupar el tiempo
libre cívico.
Confiados en la gran represión y en el desplome de las luchas de liberación y de
clases, los dominantes no advirtieron que la cultura política de decenas de millones
había sufrido un gigantesco crecimiento. Mientras retrocedían sin cesar el empleo y los
servicios sociales, se entregaban los recursos naturales, se pagaban enormes tributos,
se generalizaba la miseria y su horror era escándalo en las ciudades, los dominantes
tampoco die-ron importancia a la débil reformulación que hacían de su hegemonía,
desnacionalizada y con una endeble legitimidad. Creyeron en la efectividad en América
Latina de la homogeneización mundial capitalista de las concepciones de la vida
cotidiana y ciudadana, como unificadora del sistema a pesar de los abismos de
injusticia, pobreza y frustraciones que los separaban de las mayorías. Creyeron que se
arraigaría la cultura del miedo, la indiferencia, la resignación y la fragmentación. Se
equivocaron. El desarrollo de la conciencia política de los pueblos y el descontento, el
rechazo y la resistencia frente a la situación a la que se ha llegado, se han ido
reuniendo y ali-mentándose mutuamente, y el continente se ha puesto en marcha.
La subordinación ideológica ha caído en bancarrota a lo largo de las grandes jornadas
cívicas y de movimientos populares de los últimos diez años. Al desandar
el tiempo, hoy advertimos que el primer acto fue en Venezuela en 1998, al ser electo
presidente Hugo Chávez Frías, un militar insurrecto y bolivariano al que nadie conocía
hasta 1992, preso político hasta 1994. El pueblo de Venezuela —marcado a fuego por
la matanza de febrero de 1989— había dejado de creer en el bipartidismo y buscaba
una nueva salida. La «guerra del agua» en Bolivia y el motín del pueblo de Buenos
Aires saludaron el inicio del siglo, pero esta vez no se trataba de las usuales
erupciones periódicas de rabia de los oprimidos ante abusos puntuales. Cada año de la
década que está terminando ha sido testigo de las acciones de los movimientos
populares, y de jornadas cívicas que han establecido y defendido gobiernos diferentes,
y están cam-biando la correlación de fuerzas en la región.
No pretendo hacer ni un somero análisis de las nuevas realidades y los nuevos
proyectos que se están desplegando, solo deseo apuntar que millones de personas
están viviendo cambios positivos en su vida, sus sentimientos y sus ideas, y ellos y
otros millones luchan por tenerlos o avanzar más. Se afianza la conciencia de que el
buen gobierno consiste en que el poder y los recursos estén al servicio del bienestar,
los derechos, las oportunidades y la dignidad de las mayorías. En los escenarios más
avanzados, el mejoramiento humano y el cambio social intentan mancomunarse: que la
persona ocupe el centro de la escena política y social, y que entre todos sea creada
una nueva política y una nueva organización social. Se ha vuelto posible que los países
reconquisten sus riquezas y sus soberanías, y se lancen a hacer viables y factibles el
bienestar de sus poblaciones y una reproducción decente de la vida social que se
ponga también
de acuerdo con la naturaleza. Aumenta la convicción de que América Latina y el Caribe
están llamados a integrarse sólidamente, por un camino en el que el centro de las
alianzas tendría que ser político para lograr autonomía frente a Estados Unidos y el
capitalismo mundial; compartir sus recursos, sus políticas nacionales y sus
potencialidades para que se complementen y fortalezcan; y poder llevar a cabo sus
proyectos y sus sueños.
Tampoco intentaré describir la multitud de problemas, escollos, enemigos e
insuficiencias que tiene ante sí esta puesta en marcha latinoamericana. Nada está
asegurado, y se reúnen contra los avances el peso enorme —a veces insondable— de
la sociedad burguesa neocolonizada y sus monstruosidades con la actividad
sistemática, y más de una vez sagaz, del imperialismo. Pero la situación ya no resulta
abrumadora, porque la acción y la esperanza están predominando, y se están abriendo
paso nociones de hacer política radical, tener el poder y elaborar nuevas leyes para el
pueblo, tomar y utilizar los recursos propios, unirse o aliarse. Así como entra al mundo
de las realidades el «milagro» de devolverle la visión a un millón de pobres, entran
temas que eran inconcebibles hace diez años; energéticos de la región para los países
de la región, a precios bajos y con facilidades de pago; intercambios y
complementaciones económicas; proyectos de seguridad alimentaria. Después de
medio milenio de saqueos e integraciones subordinadas al capitalismo mundial, nuestra
América comienza a probar la opción de ser para sí. La coyuntura es favorable. El
imperialismo se desprestigió a fondo bajo el gobierno de Bush y su grupo, y se
empantanó por la resistencia heroica de los pueblos iraquí y afgano; el joven Obama no
trae cambios
relevantes. La tremenda crisis financiera iniciada en octubre de 2008 hizo obvias tas
debilidades y la naturaleza del sistema capitalista. Crecen las relaciones entre América
Latina y cierto número de países de Asia y Europa con recursos, intereses económicos
y voluntad política de forjar un mundo multilateral.
Por todo eso se ha puesto a la orden del día volver a pensar en grande en América
Latina y el Caribe, pero se hacen palpables la debilidad y el retraso del pensamiento
social. Las teorías y los conceptos acerca de la política, el Estado, los movimientos
sociales, tas formaciones económicas, los sistemas de organización social, los
conflictos y sus soluciones, y tantos otros temas, muestran su inadecuación para servir
como instrumentos o se dan de narices con las realidades, se esgrimen como detentes
religiosos, crujen, o son abandonados. El regreso del socialismo como tema del día y
del futuro cercano —y no solo como lejano ideal—, tan poco tiempo después de su
desastre europeo, es escandaloso y se convierte en un reto para un buen número de
estudiosos. Mientras, Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa y otros líderes
políticos se refieren al socialismo con naturalidad como el camino de la América Latina,
y lo mismo hacen muchos activistas, ideólogos e intelectuales comprometidos con las
causas de los pueblos. V a los cincuenta años del triunfo de su revolución socialista de
liberación nacional —la primera en Occidente—, Cuba socialista forma parte muy
activamente del movimiento y goza de un enorme prestigio latinoamericano.
El pensamiento critico ha dejado de ser asunto de minorías toleradas. Está hoy en un
tiempo de crisis y de urgencias, de elaboración de nuevas preguntas y de
reformulaciones, de creaciones y de echar mano a los logros
que ya tiene en esta región, a mi juicio, la de mayor dinamismo y atención a Los
problemas cruciales en cuanto a los conocimientos sociales.
En nuestra América, las dominaciones han sido combatidas por resistentes y rebeldes
desde hace siglos hasta hoy. Somos Los herederos de esos combates y estamos
obligados a resistir mejor y a inventar, crear las formas de triunfar y de cambiarnos a
nosotros mismos, al mismo tiempo que transformamos las sociedades a través de las
luchas emancipatorias, y que instituimos y sostenemos poderes revolucionarios
capaces de servir como instrumentos para proyectos cada vez más ambiciosos de
Liberación. Una parte importante de esas prácticas es la elaboración y el desarrollo de
un pensamiento revolucionario propio, nuestro, que logre liberarse de las
neocolonizariones mentales y de los sentimientos, y de las fragmentaciones,
confusiones, sectarismos y otras deficiencias que portamos. Está claro que es muy
difícil, pero todas las cosas importantes son muy difíciles.
Tenemos que apoderarnos del lenguaje y liberarlo de subordinaciones, de fronteras,
quitarnos el temor a ser dueños de él y que nos sirva para pensar, porque el lenguaje
es imprescindible para pensar. No hay lenguaje inocente: nuestros enemigos lo saben
bien y tratan de ponerlo a su servicio, sostienen una guerra del lenguaje, como
sostienen en conjunto una gigantesca guerra cultural mundial. El pensamiento
latinoamericano sufrió mucho por las victorias del capitalismo en la última parte del
siglo xx; aunque ya padecía problemas propios muy graves. El lenguaje de la liberación
se perdió en un grado alto. Es cierto que en las etapas peores no es cuerdo hablarles a
todos como si estuviéramos al borde de la
victoria. Me gusta que hayamos usado la palabra «alternativa», porque ha sido un buen
recurso cuando, por una parte, parecía imposible mencionar «revolución»,
«socialismo», «imperialismo» o «liberación», y por otra, muchos tenían una sana
desconfianza de las grandes palabras que no habían podido guiar la resistencia y la
rebeldía hacia triunfos, o al menos defender lo que se había conquistado o conseguido,
mientras que los dominantes tenían una fuerza que parecía todopoderosa y un dominio
cultural muy grande.
Hoy estamos en un momento muy diferente en América Latina y el Caribe. Algunos
poderes revolucionarios actúan y se fortalecen, está ascendiendo la conciencia social y
política de los pueblos, crecen los movimientos populares, existe un grado mayor de
autonomía frente a Estados Unidos que es utilizado por cierto número de países, y
desde diferentes posiciones e intereses avan-zan procesos y conciencia de
coordinaciones continentales. Al mismo tiempo, Estados Unidos —que ahora tiene el
rostro de un joven negro en la proa— se mueve en abierta contraofensiva, como queda
claro con el golpe de Estado en Honduras y el establecimiento público de sus bases en
Colombia, que forma parte de una política militar agresiva que toma posiciones a lo
largo del continente. El recurso de agredirnos está ante nosotros y es el más visible,
pero no es el único. Dividir, confundir, cooptar, chantajear, seguir dominando
culturalmente siguen siendo armas muy efectivas. Para liberar el lenguaje y el
pensamiento no se necesita poseer grandes recursos materiales, y en la medida en
que lo logremos, tendremos una fuerza tremenda a nuestro favor y una capacidad
creciente de desarrollar cada una de nuestras identidades,
proyectos y luchas. Y de unirnos, no de palabra o de buenas intenciones, para que las
ideas y los problemas concretos que nos separan sean más comprensibles y para que
sea más factible superarlos.
El último siglo ofrece a la humanidad un saldo extraordinario para las potencialidades
de emancipación humana y social. En América Latina y el Caribe de hace medio siglo
se levantaron las resistencias y los combates de una ola revolucionaria que formó parte
de la segunda ola mundial del siglo xx, que a diferencia de la primera —la iniciada con
la Revolución bolchevique, en 1917— tuvo su centro en el Tercer Mundo. Pero los
conocimientos y las posiciones de los que combatieron y resistieron eran demasiado
insuficientes. Hoy no es así. Contamos con una inmensa acumulación cultural de
identidades y formas organizativas populares, de experiencias y de ideas de insumisión
y de rebeldías. Por su parte, el imperialismo se ve constreñido, por su naturaleza actual
extremadamente centralizada, parasitaria, excluyente y depredadora, a poner en el
centro su guerra cultural, a conseguir que las grandes mayorías, por mucho que se
desarrollen, permanezcan presas en sus propios horizontes delimitados y fraccionados,
no desafíen los fundamentos mismos de la dominación y acepten de un modo u otro
que la única organización factible de la vida cotidiana o ciudadana es la que rige el
capitalismo.
La estrategia de la dominación resulta entonces compleja, y utiliza una multiplicidad de
formas que están a su alcance. Por el saqueo de los recursos y el ejercicio de su poder
es capaz de todo, como siempre. Ahí está el genocidio en Irak, la ocupación militar
permanente de países, como hacía el viejo colonialismo, en
pleno siglo xxi; aunque está también la lección para todos de que los pueblos que se
levantan a pelear no pueden ser derrotados ni por la potencia militar más grande y
desarrollada del planeta. El imperialismo amenaza con sus bases, golpes y flotas en
nuestro continente; pero sin dejar de armar y sostener a sus servidores y cómplices,
actuar a favor de la división entre los países, sabo-tear los avances de las autonomías,
las alianzas y la integración continental, ofrecer fracciones de lo que ha saqueado y
saquea, presionar y forzar a los que se muestran tímidos y débiles. En otros planos,
trabaja a favor de su dominio —en estrecha unión con los dominantes en cada país—,
valido de un sistema totalitario de información y de formación de opinión pública y de
una parte de los gustos, de su inmensa producción e implantación cultural, del atractivo
que ella conserva, de los avances de una homogeneización mundial controlada que
penetra, anega y socava las culturas de los pueblos. Fomenta una cultura del miedo,
del individualismo, de la conversión de todo en mercancía, de la indiferencia, del
sálvese quien pueda, que permite, por ejemplo, mostrar en un mismo noticiero a una
multitud de víctimas del hambre, índices financieros que nadie entiende y visitas y
anécdotas de los poderosos. Al mismo tiempo, la dominación puede reconocer
multiculturalidades y diversidades, siempre que no afecten sus intereses esenciales,
envenenar el medio en que viven comunidades o despojarlas de él cuando conviene a
sus negocios, cooptar líderes, hacer un poco de filantropía o mandar a matar a díscolos
y rebeldes.
El pensamiento latinoamericano tiene tareas extraordinarias que realizar. Trataré de
sintetizarlas en unos comentarios finales.
a) superar el retraso que tiene, que fue inducido, frente a la nueva situación y a
problemas principales que son más antiguos;
b) retomar el socialismo como horizonte, y asumir críticamente el marxismo que
está regresando, el marxismo de los revolucionarios. No permitir de ningún modo el
regreso del dogmatismo. El pensamiento no debe ser un fetiche ni un adorno para
sentirse bien o para adquirir seguridad;
c) apoyar los esfuerzos contra la subordinación de los movimientos populares y los
oprimidos a la dominación de la burguesía y el imperialismo, comprender las relaciones
que existen entre los medios, identidades, demandas, luchas y proyectos de cada
movimiento y el sistema de dominación como una totalidad, con sus fuerzas, acciones,
ideología y contradicciones. Ayudar a comprender la dominación cultural, y las
reformulaciones de la hegemonía de las clases dominantes;
d) abandonar la soberbia de exigirles a los que luchan que entren en las camisas
de fuerza de concepciones dogmáticas, y, cuando no lo hacen, denunciarlos como
«traidores» y «colaboradores». Partir de las realidades que existen y de su ser real, no
de lo que creamos que deben ser, pero no para adecuarnos o resignarnos a ellas, sino
para participar en el trabajo de cambiarlas a favor de los pueblos y las personas;
e) colaborar en la defensa y la conservación de la autonomía de los movimientos
populares en todos los procesos en que participen. A los poderes populares les será
muy beneficiosa esa autonomía de los movimientos, precisamente para lograr ser
reales poderes populares y avanzar como tales;
f) planteara los movimientos populares la centralidad de lo político, y argumentar y
convencer acerca de esa necesidad. Al mismo tiempo, aprender y desaprender acerca
de problemas fundamentales de lo político, como son la naturaleza de la organización
política; las relaciones entre los activistas y los demás miembros del pueblo; la
necesidad de construir el poder, conocer qué es el poder y cómo puede hacerse
realidad el proceso; las alianzas; los problemas de la estrategia y de las tácticas; la
necesidad de considerar y combinar todas las vías y todas las formas de lucha, incluida
la violencia revolucionaria; las relaciones acertadas entre los cambios y el aumento de
capacidades de las personas y los grupos sociales, y los cambios que debe ir
registrando el movimiento popular revolucionario en su conjunto;
g) desarrollar el pensamiento acerca de temas y problemas que en tiempos
pasados no se veían o no se apreciaban, y que los avances de los movimientos
populares han plasmado y hecho muy clara su importancia;
h) emprender y ganar la guerra del lenguaje, recuperar las nociones que han
formado y desarrollado las culturas de los pueblos, y trabajar con ellas en las nuevas
condiciones y para los nuevos problemas;
i) utilizar nuestros instrumentos de educación para la formación y las tareas que
tenemos, no depender de ellos como si fueran nuestros objetivos;
j) revolucionar las ideas mismas que se han tenido acerca del pensamiento, incluido el
crítico, y sus funciones. No pretender ser la conciencia crítica del movimiento popular,
sino militantes del campo popular. Avanzar hada nuevas comprensiones de las
relaciones entre el pensamiento y los movimientos populares, y en la formación
de nuevos intelectuales revolucionarios. Ser funcionales al movimiento popular, pero
sin perder la autonomía y los rasgos principales de su tipo de trabajo y su producción.
Ejercer realmente el pensamiento, creador, crítico y autocrítico, sin miedo a tener
criterios propios ni a equivocarse. Recuperar la memoria histórica y ayudar a formular
los proyectos de liberación social y humana. Que la ley primera del pensamiento sea
servir desde su especificidad; y
k) ser siempre superiores a la mera reproducción de la vida vigente y de sus
horizontes. Sin dejar de atender a lo cotidiano y a las luchas en curso, contribuir a la
elaboración de estrategias y proyectos, y a la destrucción de los límites de lo posible,
que es la única garantía de que sea viable la formación de nuevas personas y nuevas
sociedades.
Foro Social de las Américas 201023
¿Podría hacer un balance histórico de lo que ha dejado el espado del Foro, surgido en
un momento de incertidum- bres, desilusiones, fracturas, hasta hoy en que el contexto
político es más favorable para esos procesos de transformaciones? Se habla incluso de
nuevas propuestas de socialismo para América Latina. Para su balance me gustaría
apuntarle dos palabras claves: resistencia y construcción de alternativas.
Me hacen muy feliz estos foros regionales, porque hoy el continente es el escalón
fundamental e imprescindible de debate, concientización, estrategias y organización;
aunque no hay que olvidar nunca la dimensión mundial. El primer Foro Social Mundial,
hace diez años, fue una maravilla, porque mostró las fuerzas populares latentes en un
mundo de imperialismo y capitalismo triunfantes, que intentaba que todos aceptaran
romo naturales sus iniquidades más sucias y sus crímenes, hacer tabla rasa con todas
las conquistas y avances humanos y sociales del siglo xx en cuanto pudieran servir
para las liberaciones, y valerse de todos los medios imaginables para asegurar su
poder y sus ganancias. Las ideas revolucionarias y la autoconfianza habían sido muy
quebrantadas por la criminal represión sistemática continental de las rebeldías y las
protestas de las décadas previas, y la conservatización política y social que lograron,
operación de desarme político e ideológico que continuó
” Entrevista de Idania Trujillo para La Jiribilla, agosto de 2010.
bajo formas de gobierno de dominación democrática y de imperio del neoliberalismo.
La crisis de ideales y de resistencia creada por ese proceso latinoamericano fue
agravada por la caída en Europa del sistema de dominación que en nombre del
socialismo existía en la URSS y los países de su campo, lo que conllevó un colosal
desprestigio del socialismo.
Los latinoamericanos que habíamos mantenido levantada la bandera del
anticapitalismo, las resistencias populares y el pensamiento crítico durante la negra
etapa precedente, sentimos la alegría de aquel refuerzo mundializador frente a la
ideología burguesa y colonialista de la globalización. Decenas de miles de participantes
portaban sus identidades, sus demandas y sus ban-deras, y los movimientos populares
combativos se conocían y confraternizaban. Los nuevos resistentes y luchadores,
asistidos por los que nunca abandonaron la causa popular, podían levantar la cabeza,
sentir que estaban vivos y en movimiento, y lanzar nuevas propuestas.
Diez años después las cosas son muy diferentes, y no es necesario detallar los datos.
Sin intentar pasar un balance meditado y fundamentado —que no cabría aquí— me
atengo a tus dos palabras claves para hacer algunos comentarios, con una salvedad
básica: hay extraordinarias diferencias entre los países de América Latina y el Caribe
para el tema que tratamos; por ello, lo que apuntamos son tendencias, casos o
ilustraciones. Es total-mente legítima la óptica continental, pero solo un océano de
luchas y avances logrará hacer una a nuestra América.
Los movimientos populares han seguido creciendo sostenidamente, y hay una novedad
decisiva: poderes
populares en Venezuela y Bolivia y un gobierno que avanza en esa dirección en
Ecuador; lazos muy estrechos entre ellos y la Cuba revolucionaria; el polo atractivo del
Alba, que ha crecido en miembros y en nexos de nuevo tipo. A mi juicio, el enorme
desarrollo de la cultura política de los pueblos de la región ha sido determinante para
que las vías políticas del sistema —recambios electorales de la dominación— se hayan
vuelto contra él. Movimientos combativos y líderes revolucionarios lo han desa-fiado en
su propio terreno en diferentes países, y han vencido. Las constituciones de Venezuela,
Bolivia y Ecuador son pasos más avanzados de afirmación de cambios liberadores
latinoamericanos. En el gigantesco Brasil, Lula y el Partido de los Trabajadores
triunfaron y ejercen el gobierno desde 2003; este ha realizado cierta redistribución que
beneficia a millones de personas, y el papel continental que ha asumido Brasil es un
factor muy positivo en la coyuntura actual. Algunos otros países han ganado autonomía
frente a Estados Unidos, y en general los gobiernos son más sensibles a los reclamos
de políticas sociales favorables a sus pueblos.
Los foros, por consiguiente, han cumplido papeles sumamente importantes, y
favorecieron el auge del movimiento popular en su conjunto. Han expresado muy bien
las resistencias, el despliegue de las identidades y las propuestas sociales de los
sectores y los pueblos, la cultura ligada a todo esto, el pensamiento crítico y los
debates que tanto ayudan a conocerse, potenciar las capacidades y las fuerzas, y
avanzar. Los tres Foros Sociales de las Américas que se han celebrado han permitido
también mayores intercambios, iniciativas comunes, propuestas de alternativas más
concretadas y factibles y, en general, fortalecer la dimensión continental.
El gran déficit en este balance es el relativo a la política. Al inicio, los foros fueron
renuentes a darles entrada como tales a organizaciones y líderes políticos, incluidos los
de izquierda. Esto podía ser comprensible, dada la historia reciente, aunque a mi juicio
siempre fue censurable que tampoco admitieran organizaciones que han reivindicado la
vía armada frente a la feroz violencia sistemática de la dominación. Pero según fue
avanzando 1a década y haciéndose realidad o necesidad que hagamos una nueva
política en América Latina, esas prevenciones se convirtieron en una limitación, que ha
terminado por lastrar los foros y reducir su papel. La cultura revolucionaria que ha
enfrentado al capitalismo, al colonialismo y a sus numerosos y terribles productos
desde el siglo xix —y sobre todo a lo largo del siglo xx— ha sabido reconocer la
centralidad de la política para tener posibilidades de resistir con éxito, combatir y
vencer; los que no lo hicieron, pagaron muy caro su error.
Una cosa es comprender que la política del campo popular cometía muchos errores y
quizás se parecía demasiado a la de sus adversarios, y otra creer que toda política es
perversa, porque eso solo les conviene a los dueños capitalistas de la política. Es como
la idea de que todo poder es perverso: solo sirve a quienes tienen el poder, mientras
los que nunca lo han tenido pierden la posibilidad de equivocarse y aprender
ejerciéndolo, y de crear poder popular.
Desde hace años, voces muy respetables dentro de los foros han señalado esta grave
limitación, que resulta peor precisamente por el establecimiento de dos poderes
populares y el auge de los movimientos combativos en la región. Estos últimos podrían
hacer aportes fundamentales a la nueva política necesaria, con su potencial de
liberación de las personas y los grupos humanos mucho mayor que lo que se había
concebido antes, sus propuestas alternativas más capaces de expresar las
complejidades, necesidades y sueños, y sus experiencias prácticas. Sin descuidar
jamás lo que ha permitido reunirse y mantenerse durante una década, los foros están
obligados, en mi opinión, a discutir lo que es esencial para la liberación, y ayudar a los
pueblos y los órganos que ellos vayan creando a ser capaces y eficaces frente a las
tareas y los desafíos inmensos que se ven venir.
¿En qué medida consideras que se han podido armonizar las iniciativas sociales
locales con los principales problemas que están hoy en pleno desarrollo en América
Latina?
Mi primera respuesta ha sido tan larga que me ayudará a ser más breve en las demás.
Es cierto que la naturaleza de los participantes en los foros pone en primer plano
problemas, aproximaciones a las realidades, visiones, discusiones e iniciativas sociales
muy diferentes entre sí. Se podría hacer un mapa por tipos de movimientos,
identidades, percepciones, estrategias y demandas. Pero la voluntad tan firme de
mantener y desarrollar estos espacios indica claramente que cada uno sabe que es
vital reunirse, practicar la solidaridad, constituir redes y, de ser posible, unirse. También
es cierto que las diferencias nacionales resultan siempre muy significativas, tanto las de
vieja data como las de coyunturas, que marcan condicionamientos específicos a los
movimientos de cada país, y a veces a los de determinadas regiones dentro de los
países.
Ni por un momento subestimo la importancia crucial que tienen las iniciativas, la
conciencia y las formas
organizativas que llamas «locales» en tu pregunta, para que logremos avanzar hacia
una nueva política, nuevos proyectos y procesos de liberación de todas las
dominaciones y creación de vínculos sociales y personales nuevos.
Veo dos aspectos muy positivos en el desempeño de los movimientos populares en la
relación entre las especificidades y el movimiento en su conjunto. Uno es la gran
capacidad que muestran en cuanto a comunicarse e intercambiar experiencias e ideas,
apoyarse en asuntos concretos, y emprender y sostener campañas juntos en
situaciones cruciales para sus países. El otro es la fuerte propensión de muchos a
pertenecer a redes u or-ganizaciones internacionales, sea de su tipo de movimiento o
con un fin determinado. En la medida en que lo político vaya teniendo su lugar en los
movimientos populares, será más factible armonizar sus necesidades y sus iniciativas
con los principales problemas generales del continente. Pero quisiera agregar que es
muy probable que entonces sea cuestionada la procedencia de al-gunos de los
problemas que todavía se consideran principales, y que se establezcan otros que
todavía no se advierten bien.
¿Cómo puede incidir el Foro Social de las Américas en el nuevo contexto político y
social que viven nuestra región y el mundo?
La actividad de numerosos países y gobiernos latinoamericanos está centrada en su
viabilidad económica y también en la defensa de su autonomía. Aumentan las
relaciones y coordinaciones regionales, y aunque las economías siguen ligadas a
negocios y vínculos externos a la región, crece la tendencia a establecer nexos entre
nuestros países. Como te dije antes, el Alba es una realidad y un polo atractivo hacia
1a integración. Esa es la agenda, me parece. La del Foro puede ser eficaz y aportar
mucho, a mi juicio, si pone su centro en tres campos: a) la elaboración de prácticas
ajenas al capitalismo y el análisis de sus experiencias; b) estrategias políticas de
articulación entre los movimientos, formación de bloques revoludonarios con los
poderes populares y actuación consdente en sus realidades políticas nadonales, de
acuerdo con lo que cada coyuntura exija; y c) el debate y 1a formulación de propuestas
socialistas de relaciones sociales, política, economía, gobierno y relaciones con la
naturaleza.
No hay que olvidar la larga historia de controles, cooptaciones y manipulaciones de los
movimientos sociales por parte de los poderes en cada país, ni la historia de presiones
y negociaciones de aquellos para sacarles a los dominantes demandas o ventajas para
sus sectores. Así se han logrado o reformulado también consensos y hegemonías. No
es un toma y daca entre igua-les: el mango de la sartén casi siempre lo ha tenido el
poder. Pero de lo que se trata no es de reformar esa historia, sino de acabar con ella y
crear un nuevo orden de relaciones y avanzar hacia una nueva política y un nuevo
sistema. Los poderes revolucionarios deben evitar la antigua tentación de mandar, y
también abandonar las creencias en que la diversidad social actuante los debilita y
lesiona la unidad. Los movimientos deben defender sus identidades y sus campos de
actuación, aportar su riqueza, aunque priorizando en las grandes luchas 1a liberación
de todos y el poder popular, sin el cual nunca estarán seguros ni irán muy lejos los
avances de cada
uno. En lo que les toca, esa podrá ser también una gran contribución de los foros.
¿Estaremos asistiendo con este nuevo momento en América Latina a un paso de las
resistencias a las ofensivas?
No lo creo así. La escalada agresiva militar de Estados Unidos es una buena
preparatoria para la guerra, si la necesitan, pero estimo que todavía su línea política
principal consiste en presionar, sumar cómplices, chantajear, atemorizar, utilizar a
varios aliados que mantienen, y múltiples resortes que se les facilitan por su antigua y
formidable implantación dominante en la región. Sin duda, se trata de una
contraofensiva, mas dentro de los marcos actuales de los enfrentamientos en este
continente. No excluyo que la situación pueda modificarse y que el imperialismo apele
a agresiones directas, siempre involucrando a fuerzas reaccionarias latinoamericanas.
Sería lógico esperar que Venezuela sea una víctima priorizada, por la importancia y el
peso que tiene ese proceso.
En un plano más general y estratégico, opino que si las alianzas autónomas se
profundizan y los poderes populares avanzan y tienden a extenderse, será inevitable
una escalada imperialista y sobrevendrán conflictos violentos. Ante esa situación, la
radicalización de los procesos será imprescindible para su propia supervivencia. No
solo serían suicidas los retrocesos y las concesiones desarmantes frente a un enemigo
que sabe ser implaca-ble, lo principal es que al nivel que han alcanzado la cultura
política de los latinoamericanos y las esperanzas de libertad, justicia social y bienestar
para todos, los movimientos, los poderes y los líderes prestigiosos y
audaces pueden multiplicar las fuerzas populares si ponen la liberación efectiva de los
yugos del capitalismo en la balanza de sus convocatorias a luchar.
¿Qué puede hacerse hoy, desde el Foro y más allá de sus ámbitos de discusión, para
enfrentarla ideología conservadora?
Tu pregunta envuelve varias cuestiones diferentes, trataré de abordar algunas. La
ideología de la dominación constituye un cuerpo muy complejo, en el que el
conservatismo es solo un aspecto. En mi opinión, la guerra cultural mundial imperialista
de la que tanto he hablado y escrito en estos últimos quince años es el instrumento
fundamental de la dominación. Dentro de ella, la ideología tiene sus contenidos y sus
funciones, pero no es necesariamente lo central. Globalización, nuevas tecnologías,
multiculturalismo, diversidades y otros muchos temas nunca resultan inocentes: pueden
entenderse y utilizarse en contra o a favor de la dominación. Por otra parte, lograr que
una rica y poderosa cultura autóctona de variados factores y orígenes se mantenga
constituye sin duda un triunfo de la resistencia de los de abajo, pero su sola existencia
no traerá ningún avance de La liberación social y humana. Y la madurez y las
necesidades de un sistema que ya no tiene ninguna promesa de progreso y desarrollo
que ofrecer le puede sacar provecho a cierta aceptación de esas ricas y poderosas
culturas, que confunda a los oprimidos y explotados y los anime a creer que conservar
es su tarea o proyecto principal, y no la de convocar a todos a combatir las opresiones
y la explotación.
No será suficiente pelear de riposta. La palabra «alternativa» ha expresado muy bien lo
más ambicioso del campo popular durante una época terrible. Hoy sigue
siendo necesario ser alternativos, y más de una vez expresa lo que podemos lograr.
Sin embargo, la política revolucionaria no podrá conformarse con ser alternativa,
porque sabemos que la naturaleza del sistema lo ha situado históricamente en un
callejón sin salida, pero su poder y sus recursos actuales le permiten maniobrar e
inclusive dejarles un nicho de tolerancia a algunas alternativas, para que se
«naturalicen» como parte de las realidades y se desgasten. La política nuestra no
puede conformarse, sobre todo porque ya aprendimos que ninguna evolución
progresiva llevará a la humanidad a una liberación decretada y ninguna crisis —por
extensa o profunda que sea— será suficiente para acabar con el imperialismo. Por lo
tanto, estamos obligados a ser muy creativos, a convocar todas las cosas espontáneas
que puedan ponerse a nuestro favor; pero al mismo tiempo a hacer cada vez más
intencionada nuestra actuación, más meditada, debatida y consensuada, más hija de
un pensamiento que tenga puntos de partida diferentes, y no solo opuestos a las
dominaciones del capitalismo, y que sea capaz de pensar y actuar en otro terreno. Un
movimiento que comprenda que cada aparente lugar de «llegada» es solo un hito que
señala el camino hacia nuevas y complejas creaciones. Solo así nos acercaremos a la
victoria.
índice
5 Presentación
9 Libertad, naciones y justicia social: dos siglos de reuniones y contradicciones
25 Nuestra América y el águila temible
53 Política revolucionaria e integración latinoamericana
85 Pensamiento latinoamericano, cultura e identidades
101 Foro Social de las Américas 2010
Villa Clara
PEPE MEDINA
Colón, No. 402, entre Gloria y Mujica, Santa Clara
42 205965
Cienfuegos
Dionisio San Román Ave 54, No. 3526, entre 35 y 37
43 525592
Sancti Spíritus
JULIO ANTONIO MELLA
Calle Independencia, No. 67, entre Callejón del Cero y Ave. de los Mártires 41 324716
Ciego de Ávila
JUAN ANTONIO MÁRQUEZ
Calle Independencia, No. 15, entre Simón Reyes y José María Agraraonte 33 222788
Camagüey
MARIANA GRAJALES
Calle República, No. 300, entre San Esteban y Finlay 32 292390 VlET NaM
Calle República, No. 416, entre San Martín y Correa 32 292189
Las Tunas
FULGENCIO OROZ
Calle Colón, No. 151, esq. Francisco Vega 31 371611
Holguín
ATENEO VILLENA BOTEV
Calle Frexes, No. 151, esq. Máximo Gómez 24 427681
Granma
ATENEO SILVESTRE DE BALBOA
Calle General García, No. 9, entre Canducha Figueredo y Antonio Maceo, Bayamo 23
424631 LA EDAD DE ORO
Calle José Martí, No. 242, esq. Antonio Maceo, Manzanillo
23 573055
Santiago de Cuba
AMADO RAMÓN SÁNCHEZ
Calle José Antonio Saco, No. 256, entre Carnicería y San Félix
22 624264
Guantánamo
ÑANCAHUASU
Calle Paseo, No. 555, entre Luz Caballero y Carlos Manuel de Céspedes
21 328063
Isla de la Juventud
FRANK PAÍS
Calle José Martí, s/n, esq. 22, Nueva Gerona 46 323268
ISBN 978-959-265-219-4
Hoy no cabe alabar el Bicentenario como ingenuos, ni negarlo como supuestos sabios.
Hoy es imprescindible asumir aquel descomunal evento histórico en su complejidad
real, en su heterogeneidad y su grandeza, para conocerlo, para recuperar su memoria
histórica desde la perspectiva de la causa popular. Así escribe Martínez Heredia en la
introducción de este libro, significativo por el momento histórico en que se ofrece no
solo al lector, sino a la propia política latinoamericana, urgida de orientaciones preci
-sas para su futuro inmediato.
Con una revisión de los enfoques en torno a libertad, naciones y justicia social en los
dos últimos siglos, y el abordaje de la política revolucionaria y de integración eri el
contexto de la cultura y las identidades, el ideario de Martínez Heredia se irá paso a
paso proyectando hasta las páginas finales del volumen, donde, con tono mucho más
coloquial que ensayístico, hace un balance histórico de lo que ha dejado el Foro Social
de las Américas desde sus iniciales momentos de incertidumbre, fracturas y de
silusiones, hasta hoy en que el contexto político es más favorable para los procesos de
transformación; y respon de interrogantes sobre las nuevas propuestas de socialismo
para Latinoamérica, la necesaria construcción de alternativas o el tránsito eventual de
las resistencias a las ofensivas en la región.
Libro de esencia política y vitalidad orientadora, nunca será más oportuno que en 2011,
cuando América Latina y el Caribe viven momentos que pueden llegar a ser de
decisiones trascendentales.
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