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Historia de la Arqueología en el Perú

del siglo XX
&mémoires

34
Historia de la Arqueología
en el Perú del siglo XX
actes

Henry Tantaleán &


Lima, diciembre de 2013 César Astuhuamán
(Eds.)
Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú N° 2013-16273
Ley 26905 - Biblioteca Nacional del Perú
ISBN: 978-9972-623-83-7

Derechos de la primera edición, diciembre de 2013

© Instituto Francés de Estudios Andinos, UMIFRE 17, CNRS/MAE


Av. Arequipa 4595, Lima 18 - Perú
Teléf.: (51 1) 447 60 70 Fax: (51 1) 445 76 50
E-mail: postmaster@ifea.org.pe
Pág. Web: http://www.ifeanet.org
Este volumen corresponde al tomo 34 de la colección Actes & Mémoires de l’Institut
Français d’Études Andines (ISSN 1816-1278)

© Institute of Andean Research, New York

Imprenta Tarea Asociación Gráfica Educativa


Pasaje María Auxiliadora 156 - Breña

Foto de la carátula: Reconstrucción del lado oeste del Ushnu, Huánuco Pampa, agosto de 1965
Foto: Craig Morris, cortesía de la División de Antropología, American Museum of Natural
History
Composición de la carátula: Iván Larco
Cuidado de la edición: Anne-Marie Brougère, Vanessa Ponce de León
Índice

34
&mémoires

Prólogo 11
Thomas C. Patterson

Una introducción a la historia de la arqueología en el
Perú del siglo XX 17
Henry Tantaleán & César W. Astuhuamán Gonzáles
actes


Parte I. Etapas o periodos de la arqueología en el
Perú en el siglo xx 29

Richard E. Daggett
Un panorama de la arqueología peruana: 1896-1930 31

Ann H. Peters, Luis Alberto Ayarza


Julio C. Tello y el desarrollo de los estudios andinos en los
Estados Unidos: intercambios e influencias (1915-1950) 43

Richard L. Burger
Un panorama de la arqueología peruana (1976-1986) 85

Henry Tantaleán
Una perspectiva sanmarquina de la arqueología en el Perú de
los años 1990 127

Luis Jaime Castillo Butters


110 años de arqueología Mochica: cambios paradigmáticos y
nuevas perspectivas 157
Parte II. Teorías y métodos arqueológicos en el
Perú del siglo xx 207

Jorge E. Silva S.
Teoría y método en la arqueología del Perú: primera mitad
del siglo XX 209

Gabriel Ramón Joffré


La Escuela de Berkeley y los Andes precoloniales: génesis del
método (1944-1965) 237

John W. Rick
El rol de procesualismo en la arqueología peruana en la
segunda mitad del siglo XX 253

Luis Guillermo Lumbreras


La arqueología marxista en el Perú. Reflexiones sobre una
teoría social 277

Rafael Vega-Centeno Sara-Lafosse


Una aproximación posprocesual en la arqueología del Perú:
Garth Bawden y el fenómeno mochica 289

Parte III. Las misiones científicas y/o


investigaciones extranjeras en el Perú del
siglo XX 301

Danièle Lavallée
La arqueología francesa en el Perú 303

Elmo León Canales


Un siglo de investigación arqueológica alemana en el Perú:
arqueología pionera e interdisciplinaria 333

Yuji Seki
La búsqueda del origen de la civilización por la expedición
japonesa: época dirigida por Seiichi Izumi 361

Giuseppe Orefici
La arqueología italiana en el Perú 395

Colin McEwan, Bill Sillar


La arqueología británica en el Perú en los siglos XIX y XX 409
Racso Fernández Ortega, Anderson Calzada Escalona
La relación de los investigadores cubanos con la arqueología
peruana (1953-2008) 443

Parte IV. Personajes de la arqueología en el


Perú del siglo xx 469

Peter Kaulicke
Entre el Perú antiguo y el Perú moderno: los trabajos de
Uhle en el Perú y su impacto 471

César W. Astuhuamán Gonzáles


Tras los pasos perdidos de Julio C. Tello, 1909-1919 483

Henry Tantaleán, Miguel Aguilar Díaz


La etapa cusqueña de Luis E. Valcárcel y la arqueología
del Altiplano andino 509

Pedro Novoa Bellota


Una aproximación a la obra de Rebeca Carrión Cachot
entre 1947 y 1960 529

Monica Barnes
John Victor Murra, arqueólogo accidental: de Cerro
Narrío a Huánuco Pampa 551

Gustavo G. Politis
Desde Huánuco a La Plata: Augusto Cardich y su
contribución a la arqueología del poblamiento de los
Andes peruanos y de la Patagonia argentina 575

Epílogo 601
Margarita Díaz-Andreu
Últimas reflexiones y nuevas propuestas 603

Sobre los autores 617


Prólogo

Prólogo

Thomas C. Patterson

Esta es una recopilación largamente esperada. El libro es, simplemente,


la exploración más detallada del desarrollo histórico de las investigaciones
arqueológicas realizadas en el Perú que ha aparecido hasta la fecha. Esta se
divide en cuatro partes. Los autores son peruanos, así como de otras partes del
mundo. Los trabajos que aparecen en la primera parte examinan el panorama
de la arqueología peruana y su desarrollo desde finales del siglo XIX; ellos
localizan nuestra creciente comprensión del pasado histórico de la sociedad
andina en el contexto forjado por arqueólogos individuales y las agendas de
investigación de instituciones tales como la Universidad Nacional Mayor
de San Marcos. En la segunda parte, los autores examinan los desarrollos
teóricos y metodológicos y los debates que han sustentado y conformado
la naturaleza de las investigaciones durante el siglo XX, por ejemplo, el
procesualismo, el posprocesualismo y el pensamiento social marxista. Los
autores en la tercera parte del libro consideran las contribuciones de las
misiones científicas de otros países, en particular, Francia, Alemania, Cuba,
Japón, Italia y Gran Bretaña. En la cuarta parte, los autores consideran las
contribuciones de arqueólogos en particular, especialmente las de Max Uhle, 11
Julio C. Tello, Luis Valcárcel, Rebeca Carrión Cachot, Augusto Cardich
Thomas C. Patterson

y John Murra. El epílogo de Margarita Díaz-Andreu analiza e integra los


temas desarrollados previamente en el libro y los ubica en el contexto de la
historia de la Arqueología de la manera en que esta se desarrolló en otras
partes del mundo.
Una característica que hace al libro tan importante es que los temas
desarrollados en una sección, a menudo, se superponen o se articulan con
los desarrollados en otras partes del mismo. En consecuencia, la práctica de
la arqueología en el Perú no se encuentra fragmentada en temas tales como el
método y la teoría arqueológica, los contextos sociopolíticos en los que esta
fue y es practicada, o los aportes de las diversas tradiciones nacionales que,
a menudo, desarrollan temas para audiencias fuera del Perú. Por ejemplo,
muchos arqueólogos son conscientes de las aportaciones de Julio C. Tello
en el desarrollo de la disciplina en el Perú, pero pocos, sospecho, conocen la
relación de Tello con Nelson Rockefeller, la creación y el temprano desarrollo
del Institute of Andean Research de Nueva York, o el impacto que Tello y el
instituto tuvieron sobre las perspectivas respecto del desarrollo del pasado
andino en los Estados Unidos. Incluso, pocos arqueólogos en los Estados
Unidos saben, por ejemplo, que Tello fue un miembro del congreso peruano,
o que Luis Valcárcel fue ministro de Educación, que inició importantes
cambios en su sistema educativo a principios de 1940. Pocos arqueólogos
realmente se han comprometido a este nivel de la política nacional a excepción
de Alfonso Caso e Ignacio Bernal en México o Carlos Ponce Sanginés en
Bolivia. Fuera de América Latina, los que me vienen a la mente son, quizás,
Bruce Trigger en Canadá, Colin Renfrew en Gran Bretaña, Robert McC.
Adams en los Estados Unidos, Mogens Trolle Larsen de Dinamarca o Yigael
Yadin en Israel.
Una segunda característica que lo hace importante es el reconocimiento
explícito de que nuestra comprensión de la historia del Perú desde el presente
hacia el pasado lejano nunca ha sido conformada por una única perspectiva
teórica. En su lugar, esta se ha desarrollado y se sigue desarrollando en el
contexto de un diálogo entre personas que tienen diferentes interpretaciones
de la Arqueología y sus relaciones con otras disciplinas; las que tienen diferentes
puntos de vista sobre la naturaleza de la historia (es decir, ¿es su historia
formada por algún motor que la conduce inevitablemente al capitalismo o es
esta trayectoria solamente el resultado de un accidente histórico tras otro?);
y puntos de vista diferentes acerca de las estructuras culturales y sociales (es
12 decir, ¿son estas homogéneas y compartidas por todos en la comunidad o
Prólogo

personas con ubicaciones diferentes tienen diferentes puntos de vista y


comprensiones de las relaciones sociales que forman la vida cotidiana?).
La profesionalización de la Arqueología transformó el discurso sobre la
arqueología peruana, tanto en casa como en el extranjero a principios del
siglo pasado. El escenario en el cual esta se produjo pasó gradualmente de
una arqueología que estaba abierta a los no especialistas a otra en la cual
la participación se limitó cada vez más a los investigadores académicos
certificados. Los arqueólogos profesionales introdujeron un lenguaje técnico
elaborado que involucró nuevos conceptos: estratigrafía, asociaciones,
contextos funerarios, descripciones detalladas de objetos y lugares, y
reconstrucciones. El nuevo lenguaje eliminó las afirmaciones que eran
justificadas por referencia a la posición social del hablante por las del que tenía la
competencia profesional. Los autores en este volumen señalan repetidamente
cómo este nuevo código lingüístico llegó a ser cada vez más importante para
el reforzamiento de argumentos que sustentaron o refutaron las posiciones a
las cuestiones sociales más amplias de la época; sin embargo, ellos también
hacen reiteradas alusiones a la emergencia de un nuevo código lingüístico
en las últimas décadas: uno que pone atención a las comprensiones de las
comunidades indígenas o regionales. Esto está tomando lugar en un contexto
que ahora está siendo conformado crecientemente con sus preocupaciones
por el patrimonio cultural y sus interacciones con los diferentes niveles del
aparato estatal de arqueólogos, expertos en desarrollo, y el Ministerio de
Cultura. El escenario del discurso se ha ampliado rápidamente mucho más
de lo que este era en el siglo XX. Varios autores, tanto en este libro como
en otros, reconocen los cambios en el código lingüístico a medida que las
nuevas partes interesadas expresan sus puntos de vista-perspectivas que solo
pueden ser ignorados a expensas de la existencia continuada de la profesión
misma. Este volumen que tiene que ver con la historia de la arqueología
peruana también contiene el marco para el desarrollo de nuevas perspectivas,
así como también de las habilidades interpersonales y de negociación que
serán requeridas en el futuro.
Una tercera característica es que los investigadores en este libro reconocen que
el centro de gravedad sobre el pasado histórico del Perú, así como también
la forma en la que hablamos acerca de este, se encuentra en el Perú mismo;
sin embargo, ellos también entienden que el discurso está conformado por
su interacción con los acontecimientos, las presiones y los puntos de vista
interpretativos que están surgiendo en otras partes del mundo. Estas corrientes 13
Thomas C. Patterson

resuenan con los discursos arqueológicos que se dan en la actualidad: por


ejemplo, las que surgieron sobre las arqueologías indígenas y las voces que
aparecieron en el primer World Archaeological Congress (WAC) en 1986 y
que han sido centrales en la agenda de esa organización desde entonces. Así,
mientras que el discurso de la arqueología peruana es, en última instancia,
determinado por los acontecimientos y las corrientes que se producen en el
Perú, este puede tener diferentes significados en los diferentes estados-nación.
Esto, por supuesto, desafía a la idea de que la ciencia —fuera de los Estados
Unidos, Asia oriental o la Eurozona— es imitativa y no innovadora. Esto
también desafía al pensamiento tradicional sobre la relación entre centro
y periferia en la distribución del conocimiento o, incluso, la noción de la
distinción entre centro y periferia en sí misma.
Otra razón para ubicar el centro de gravedad del discurso sobre la
arqueología en el Perú es que, al menos durante el siglo XX, los arqueólogos
peruanos han sido en general más receptivos o, al menos, escuchados más
respetuosamente, a las ideas e interpretaciones de los no arqueólogos. Otra
forma de decir esto es que el área del discurso ha sido, en mi experiencia,
más abierta que en los Estados Unidos. Los arqueólogos de Perú estuvieron
más abiertos a las opiniones de los aficionados y los intelectuales —como
Emilio Choy, Herman Buse o Frederic Engel— de manera que les resultaba
cada vez más difícil de hacer y ser a los arqueólogos en los Estados Unidos
después del fin de la Segunda Guerra Mundial. La razón de esto ha sido
el interés principal de estos últimos por el establecimiento de normas de
certificación profesional con el fin de excluir a los aficionados y deslegitimar
no solamente sus actividades sino también sus ciertas formas de discurso. Al
sugerir que el centro innovador del discurso sobre la arqueología peruana
y su historia se encuentra en el Perú, quiero decir que esto implica que es
inmune a las fuerzas e influencias externas, tales como el cientificismo de
los «equipos SWAT científicos», que ven la realidad como un orden natural
y despojan a los hechos de sus contextos sociohistóricos; las luchas de las
comunidades locales y regionales con los distintos niveles del Estado sobre
el desarrollo económico y el patrimonio cultural; o la privatización de la
mayoría de la investigación arqueológica que llevó a la creación de una
«literatura gris» —los informes que casi nunca se publican—, pero que son
vagamente conocidos por otros profesionales.
En suma, aunque los autores de este importante libro sobre la historia de la
14 arqueología en el Perú no se refieren a algunos de los problemas descritos
Prólogo

anteriormente, sus contribuciones ofrecen tanto datos como puntos de


vista acerca de cómo lidiar con ellos. Otra forma de decir esto es que este
libro, ostensiblemente preocupado por la historia de la arqueología peruana,
también sitúa su práctica en el presente y proporciona herramientas para
pensar sobre su futuro.

15
Una introducción a la historia de la arqueología en el Perú del siglo XX

Una introducción a la historia de la


arqueología en el Perú del siglo XX

Henry Tantaleán & César Astuhuamán

La historia de la arqueología en el Perú es un tópico inevitable en casi todas


las reuniones formales e informales de los investigadores del pasado, ya sea en
el Perú o fuera de este. En estas conversaciones revivimos a diferentes actores
y actrices dentro de sus propios contextos sociales en los que vivieron y en
los que aún viven dichos intelectuales. Claramente, existe una historia oficial
pero, sobre todo, muchas otras historias no oficiales al respecto, quizás estas
últimas son las que más apasionan a sus comentaristas. Esta inquietud natural
que tenemos los investigadores por conocer y comentar la historia de nuestra
propia disciplina y la forma en la cual esta ha llegado a constituirse, es algo
imprescindible para entendernos en el presente pues, al fin y al cabo, somos los
herederos de toda esa historia. Sin embargo, a pesar que esta inquietud siempre
está presente, los editores de este libro pensamos que era necesario trasladar todas
esas conversaciones a un escenario académico que las analizase críticamente con
la perspectiva que ofrece el tiempo transcurrido. Asimismo, creimos justo rendir
un tributo a los investigadores que han contribuido, y siguen contribuyendo, a
darle forma a nuestra disciplina practicada en esta parte del mundo.
Como muchos otros, este es un libro que tiene una historia propia, la 17
cual comenzó a gestarse como un proyecto serio hace unos ocho años
Henry Tantaleán, César Astuhuamán

desde el reencuentro de los editores en Londres mientras cada uno estaba


desarrollando sus estudios doctorales. Desde ese momento comenzamos a
buscar la forma, a las personas e instituciones que podrían ayudarnos a darle
vida a esta propuesta. Ambos, uno desde Londres y el otro desde Barcelona,
habíamos llegado a sentir y creer que había llegado el momento en el cual
debíamos sentarnos con nuestros colegas de diversas generaciones y países
para conversar acerca de cómo se había formado la arqueología en el Perú y
como esta formación tenía implicancia en el presente en el que nos habíamos
formado y al que asistíamos y veíamos un poco alejados desde la perspectiva
que ofrecía el distanciamiento, temporal, de nuestro país de origen.
A lo largo de esos años seguimos conversando y afinando este proyecto y
buscando socios que nos permitieran llevar a buen puerto esta reunión.
Ese momento llegó, finalmente, en el año 2010 cuando ambos ya nos
encontrábamos de regreso en el Perú con nuestros flamantes doctorados y
buscando reinstalarnos aquí. La situación que posibilitó la realización de
la reunión que dio origen a este libro fue auspiciada por el IFEA donde
Henry consiguió una beca como investigador y el apoyo económico del
Institute Cotsen of Archaeology UCLA, principalmente. Alrededor de estas dos
instituciones pudimos conseguir finalmente los fondos tan esperados para
concretar este proyecto. Lo demás fue llegando de manera más fácil gracias al
apoyo y a la solidaridad de nuestros colegas.
De esta manera, durante los días 10, 11, 12 y 13 de agosto de 2011 se celebró
en la ciudad de Lima el Simposio Internacional «Historia de la arqueología
en el Perú del siglo XX». Durante esos intensos cuatro días se dieron reunión
tanto arqueólogos nacionales como de diferentes países (Estados Unidos,
Alemania, Italia, Francia, Polonia, Japón, España y Argentina) para dialogar
acerca del desarrollo de la Arqueología en el Perú durante el siglo pasado. Se
ofrecieron 24 ponencias de especialistas en el tema, que los coordinadores
invitamos para este efecto dada su trayectoria, conocimiento del tópico y sus
publicaciones relacionadas con la historia de la arqueología o su relación con
instituciones o proyectos extranjeros en el Perú, lo cual, como esperábamos,
generó una visión bastante amplia y crítica de la historia de la arqueología
en el contexto peruano. Asimismo, tuvimos un promedio de 120 asistentes
durante cada sesión del simposio, los cuales fueron inscritos previamente bajo
un sistema de selección que priorizaba su interés en la reunión.
El objetivo principal fue reunir a la mayor cantidad de especialistas de diferentes
18
nacionalidades y posiciones teóricas y metodológicas para conocer la forma
Una introducción a la historia de la arqueología en el Perú del siglo XX

tan especial en la que se ha


construido la arqueología en
el Perú. Justamente, la imagen
que se eligió para el poster de
la reunión, cedida gentilmente
por el American Museum of
Natural History de Nueva
York, fue la del momento de
la reconstrucción del ushnu o
plataforma principal del centro
Inca de Huánuco Pampa en la
década de 1960, liderada por
John Victor Murra, la cual
puede servir como una imagen
metafórica sobre cómo se ha
construido la arqueología
en el Perú, bloque a bloque,
por parte de investigadores
de diferentes procedencias,
diversas posiciones teóricas
y hasta con compromisos
políticos disímiles (fig. 1).
Asimismo, como en el caso de
la reconstrucción de Huánuco
Pampa por Murra que nos
Figura 1 – Poster del Simposio
recuerda Monica Barnes en
este libro, la construcción de la arqueología en el Perú tampoco está ni debe
estar exenta de críticas. De esta manera, por primera vez, aunque con algún
antecedente previo en una reunión que abordaba el tema de la arqueología en
el Perú durante el siglo XIX, nos reunimos en esta ocasión para historizar de
manera orgánica y sistemática a la arqueología peruana.
Los coordinadores de este certamen entendíamos que el estudio del
desarrollo histórico de la práctica y del pensamiento arqueológico había sido
motivo de debates nacionales e internacionales, publicaciones e intereses
tanto dentro de la academia como fuera de ella (Morales, 1993; 1997;
Patterson, 1994; 1997; Silva, 1995; Castillo & Mujica, 1995; Oyuela-
Caycedo et al., 1997; Kaulicke, 1998; Politis, 2003; Gänger, 2006; Bonavia,
2006; Burger, 2009, entre otros). Sin embargo, la tradición clásica de hacer 19
Henry Tantaleán, César Astuhuamán

historia de la arqueología se distanció «respetuosamente» de sus personajes


claves y terminó en muchos casos mitificando su figura, convirtiéndolos
en los agentes sobresalientes en la construcción de genealogías de la
historia de la arqueología peruana. De esta manera, casi siempre se había
terminado narrando, y reproduciendo, una historia oficial en la que los
grandes pioneros de la arqueología habían transformado o revolucionado
el pensamiento arqueológico, y ensombreciendo con su figura a otros
individuos o colectivos que terminan siendo invisibilizados en esas grandes
historias de la arqueología en el Perú (Mejía, 1948; 1964; 1967; Rowe,
1954; Lumbreras, 2006).
Los coordinadores del certamen eramos conscientes que esta perspectiva
tradicional estaba presente en la academia nacional, pero también
observábamos que una nueva generación de arqueólogos y arqueólogas había
comenzado a reflexionar acerca de este proceder y había profundizado en
las causas que generaron la existencia de ciertos fenómenos sociales en los
cuales se encontraban involucrados los arqueólogos e investigadores del
pasado prehispánico (Astuhuamán & Daggett, 2005; Aguirre-Morales, 2005;
Ramón, 2005; Mesía, 2006; Burger, 2009; Tantaleán, 2010). Estos estudios
más detenidos también hicieron patente que muchos de los planteamientos
de los investigadores más prominentes del siglo XX ya habían sido puestos en
práctica en otros lugares del mundo, con diferentes consecuencias, por lo cual
desligarnos de su contexto más amplio sesgaba sus aportes e influencias en la
disciplina, dejando de lado una perspectiva comparativa entre los arqueólogos
peruanos y sus colegas extranjeros.
Por todo lo anteriormente reflexionado, los coordinadores del Simposio
consideramos que se hacía necesario revisitar la historia de la arqueología por
diversas razones que ya han sido planteadas en la última década (colonialismo
académico, relación entre política y arqueología, y muchos otros más), a
partir de aproximaciones y métodos novedosos, como por ejemplo el estudio
de la correspondencia y documentos administrativos, documentación que
antes no había sido tomada en cuenta y que nos ha permitido conocer otras
dimensiones de quienes investigan el pasado (Castillo & Moscoso, 2002;
Astuhuamán & Daggett, 2005).
Sin embargo, la anterior perspectiva tradicional no pretendió ser desplazada
en el Simposio sino que, más bien, se articuló y confrontó con otra en la
que se hizo evidente que otros actores y actrices contribuyeron a formar
20
esa amalgama de teorías y prácticas llamada arqueología en el Perú. De esta
Una introducción a la historia de la arqueología en el Perú del siglo XX

manera, esperábamos que se pudiese vislumbrar un paisaje más diverso y


menos esquemático que el que poseíamos, lo cual definitivamente devendrá
en nuevas líneas de investigación sobre la historia de la disciplina arqueológica.
En ese sentido, nuestro Simposio convocó a investigadores e investigadoras
que nos ayudaron a comprender ese frondoso bosque llamado arqueología
en el Perú a través de su historia, situando a los diferentes actores y actrices
dentro del contexto histórico al que pertenecieron y ayudaron a reproducir
sin abandonar la perspectiva y percepción de ellos dentro de la disciplina. De
esa manera, pudimos contar con una perspectiva externalista e internalista de
la historia de la arqueología en el Perú durante el siglo XX, lo cual, sin duda,
nos ayudará a entender la práctica arqueológica de nuestros días.
Para organizar las ponencias por temas con el fin de analizar la historia de
la arqueología en el Perú del siglo XX se establecieron los siguientes ejes
temáticos:
• Teorías, concepciones, representaciones y aproximaciones a la historia de la
arqueología en el Perú.
• Tendencias y/o escuelas teórico-prácticas en la arqueología en el Perú.
• Las misiones científicas y/o investigadores extranjeros en el Perú.
• Grandes personajes de la arqueología en el Perú del siglo XX y su contexto
histórico.
• Personajes regionales de la arqueología en el Perú y su aporte al desarrollo
de la disciplina: hacia una historia regional de la arqueología peruana.
• Balance y perspectivas de la historia de la arqueología en el Perú.
Así, el día miércoles 10 de agosto de 2011 en el Salón de Grados, antigua
Capilla de Nuestra Señora de Loreto del Centro Cultural de la Universidad
Nacional Mayor de San Marcos se desarrolló la ceremonia de inauguración
y la ponencia inaugural ofrecida por el Dr. Richard Daggett, que contó
adicionalmente con la presentación de dos libros auspiciados con fondos de
la República de Francia: Moche: pasado y presente (Uceda & Morales, 2010) y
Huaca de las Balsas Túcume: arte mural de Lambayeque (Narváez & Delgado,
2011) y a la que asistieron sus autores y comentaristas. La ceremonia estuvo
presidida por la, entonces, embajadora de Francia en el Perú, Cécile Pozzo di
Borgo. Asimismo, las palabras de bienvenida estuvieron a cargo del entonces
director del IFEA, Georges Lomné y de los coordinadores del Simposio. 21
Henry Tantaleán, César Astuhuamán

Al día siguiente, jueves 11 de agosto, las mesas por ejes temáticos comenzaron
en el Salón General del Centro Cultural de la Universidad Nacional Mayor
de San Marcos. Ese día se desarrollaron dos mesas. La primera se denominó
Teorías, concepciones, representaciones y aproximaciones a la historia de la
arqueología en el Perú y tenía como objetivo principal ofrecer un panorama
de los principales momentos, temas, conceptos e ideas que fueron vividos
y desarrollados por parte de los investigadores y arqueólogos en el siglo XX
en el Perú. En esta mesa expusieron sus temas los investigadores, Richard
Daggett, Ann Peters y Alberto Ayarza, Monica Barnes, Henry Tantaleán y
Luis Jaime Castillo. Al final de la mesa, Gabriel Ramón realizó importantes
comentarios a las ponencias expuestas (fig. 2). Para este libro reunimos
en la primera sección a todas las contribuciones que nos llegaron bajo el
mismo título de la mesa. Así, contamos con los textos de Richard Dagget
(Un panorama de la arqueología peruana: 1896-1930), Ann Peters y Luis
Alberto Ayarza (Julio C. Tello y el desarrollo de los estudios andinos en los
Estados Unidos: intercambios e influencias [1915-1950]), Richard Burger
(Un panorama de la arqueología peruana [1976-1986]), Henry Tantaleán
(Una perspectiva sanmarquina de la arqueología en el Perú de los 1990) y Luis
Jaime Castillo (110 años de arqueología mochica: cambios paradigmáticos y
nuevas perspectivas).

22 Figura 2 – Desarrollo del Simposio en Salón General del Centro Cultural de la Universidad
Nacional Mayor de San Marcos
Una introducción a la historia de la arqueología en el Perú del siglo XX

La siguiente mesa se denominó Tendencias y/o escuelas teórico-prácticas en la


arqueología en el Perú y tenía como objetivo presentar las principales teorías
y metodologías arqueológicas que se habían desarrollado en el Perú. Si bien,
este es un mundo lleno de diversos planteamientos, quisimos abordar las
teorías que, a nuestro parecer, habían sido características o más difundidas en
el Perú y practicadas por arqueólogos nacionales y extranjeros. Así tuvimos
las ponencias de Jorge Silva, John Rick, Ruth Shady, Rafael Vega-Centeno y
Gustavo Politis. La mesa se cerró con los comentarios a las ponencias por parte
de Henry Tantaleán. Para este libro, en la segunda sección, reunimos estas
contribuciones ya trabajadas como capítulos bajo el título de Teorías y métodos
arqueológicos en el Perú del siglo XX. En esta sección, el lector podrá encontrar
los importantes textos de Jorge Silva (Teoría y método en la arqueología del
Perú: primera mitad del siglo XX), Gabriel Ramón (La escuela de Berkeley y
los Andes precoloniales: génesis del método [1944-1965]), John Rick (El rol de
procesualismo en la arqueología peruana en la segunda mitad del siglo XX), Luis
Guillermo Lumbreras (La arqueología marxista en el Perú. Reflexiones sobre
una teoría social) y el de Rafael Vega-Centeno (Una aproximación posprocesual
en la arqueología del Perú. Garth Bawden y el fenómeno mochica).
Los días viernes 12 y sábado 13 de agosto, el Simposio se trasladó al auditorio
principal del Centro Cultural Ricardo Palma de la Municipalidad de
Miraflores. Las sesiones del día viernes se enfocaron en los aportes, influencias
y contribuciones de los investigadores extranjeros a la arqueología del Perú y
fue denominada Las misiones científicas y/o investigaciones extranjeras en el Perú
del siglo XX. La primera ponencia, y como un homenaje a su trayectoria, estuvo
a cargo de la Dra. Danièlle Lavallée. Posteriormente ofrecieron sus ponencias
Elmo León, Kzrysztof Makowski y Yuji Seki. Los comentarios estuvieron a
cargo de Denise Pozzi-Escot. Por la tarde y, siguiendo esta temática, tuvimos las
importantes ponencias de Giussepe Orefici (leída por el codirector del Proyecto
Nasca, Ángel Sánchez), Pedro Castro-Martínez, Colin McEwan y Bill Sillar y
Charles Stanish. Para esta parte de la mesa, los comentarios estuvieron a cargo de
Carlos del Águila. Estas ponencias y otras fueron agrupadas en la tercera sección
del libro con el mismo título y allí encontrarán las contribuciones de Danielle
Lavallée (La arqueología francesa en el Perú), Elmo León (Un siglo de investigación
arqueológica alemana en el Perú: arqueología pionera e interdisciplinaria), Yuji
Seki (La búsqueda del origen de la civilización por la expedición japonesa: época
dirigida por Seiichi Izumi), Giuseppe Orefici (La arqueología italiana en el Perú),
Colin McEwan y Bill Sillar (La arqueología británica en el Perú en el siglo XX) y, 23
finalmente, hemos incluido un texto de Racso Fernández Ortega y Anderson
Henry Tantaleán, César Astuhuamán

Calzada Escalona (La relación de los investigadores cubanos con la arqueología


peruana [1953-2008]).
El sábado 13 de agosto por la mañana, en la mesa denominada Personajes
regionales de la arqueología en el Perú y su aporte al desarrollo de la disciplina:
hacia una historia regional de la arqueología peruana, esperábamos vislumbrar
las contribuciones de otros investigadores menos referidos en la historia de
la arqueología en el Perú. Asimismo, el objetivo era entender, aunque sea de
manera sintética, como se había desarrollado la arqueología paralelamente a la
que se hacía en la capital del Estado peruano. Aquí tuvimos las contribuciones
de Gabriel Prieto y Santiago Uceda y Pedro Novoa. Los comentarios
estuvieron a cargo de César Astuhuamán.
Por la tarde dedicamos las ponencias a las grandes luminarias de la arqueología
en el Perú en la mesa titulada Grandes personajes de la arqueología en el
Perú del siglo XX y su contexto histórico. En esta mesa tuvimos la fortuna de
contar con Peter Kaulicke, César Astuhuamán, Segundo Vásquez y Gabriel
Ramón. Ambas mesas redondas fueron reunidas en la cuarta sección del
libro con el título de Personajes de la arqueología en el Perú del siglo XX.
Aquí se encuentran los capítulos preparados para esta ocasión por Peter
Kaulicke (Entre el Perú antiguo y el Perú moderno: los trabajos de Uhle en
el Perú y su impacto), César Astuhuamán (Tras los pasos perdidos de Julio C.
Tello; 1909-1919), Henry Tantaleán y Miguel Aguilar (La etapa cusqueña
de Luis E. Valcárcel y la arqueología del altiplano andino), Pedro Novoa (Una
aproximación a la obra de Rebeca Carrión Cachot entre 1947 y 1960), Monica
Barnes (John Victor Murra, arqueólogo accidental: de Cerro Narrío a Huánuco
Pampa), y Gustavo Politis (Desde Huánuco a La Plata: Augusto Cardich y
su contribución a la arqueología del poblamiento de los andes peruanos y de la
Patagonia argentina).
Finalmente, el Simposio se cerró al término de la tarde con los comentarios
y balances realizados por Richard Daggett, Gustavo Politis, Henry
Tantaleán y César Astuhuamán (fig. 3). Para este libro hemos preferido
que sea un especialista de la historia de la arqueología la que, desde su
perspectiva externa, comente los capítulos del libro. Así, decidimos que esta
responsabilidad recaiga en Margarita Díaz-Andreu quien con sus acertadas
críticas, comentarios y reflexiones cierre de manera magistral este libro
colocándolo dentro de una perspectiva global de los estudios de la historia
de la arqueología en el mundo.
24
Una introducción a la historia de la arqueología en el Perú del siglo XX

Figura 3 – Mesa final (de izquierda a derecha): César Astuhuamán, Richard Dagget, Gustavo
Politis y Henry Tantaleán

Al final, los editores nos sentimos recompensados con este libro que, si bien
reúne una importante cantidad y calidad de investigadores, todavía dista de
ser la historia total de la arqueología en el Perú que todos esperamos. De
hecho, el Simposio fue mucho más ambicioso y, por tanto, la meta también.
Sin embargo, creemos que, por el momento, es un texto suficiente que en
vez de concluir esta discusión la alimentará y esperamos que en adelante
podamos seguir creciendo como comunidad, reuniéndonos para conversar
acerca de esta historia como siempre hemos hecho, en un diálogo que nos
enriquezca a todos y nos haga sentir parte de una historia mucho más grande
que la propia e individual: una historia de la que formamos parte todos en
este fabuloso país que nos ha cautivado y seguirá cautivando a muchos más
durante las próximas generaciones.

Agradecimientos
Es imposible agradecer a todas las personas e instituciones que nos han
apoyado a lo largo de estos años para la realización del simposio y la
publicación del libro que se desprendió de aquel. Sin embargo, hay algunas a
25
las cuales no queremos dejar de mencionar aquí. Así, queremos agradecer al
Henry Tantaleán, César Astuhuamán

Centro Cultural de la UNMSM y en especial a su entonces director, Carlos


del Águila, por su apoyo constante a nuestra iniciativa y ser un anfitrión de
lujo durante las dos primeras sesiones del evento. Charles Stanish apoyó a
esta reunión por medio del Cotsen Institute of Archaeology UCLA. Asimismo,
el Institute of Andean Research contribuyó económicamente y queremos
aprovechar aquí para agradecer a John Topic y a Richard Burger por haber
creído en este evento desde un principio. Por su parte, la Municipalidad de
Miraflores cedió el auditorio del Centro Cultural Ricardo Palma para los
dos últimos días del Simposio; en especial quisiéramos agradecer a Denice
Guevara Cavero, la coordinadora de actividades culturales. Asimismo, la
Unidad Ejecutora 003 Zona Arqueológica de Caral y dirigida por la Dra.
Ruth Shady también apoyó a la reunión. A la vez queremos agradecer a
Ada Medina quien a través de su empresa de arqueología Asesoría y Servicios
Especializados S. A. (ASE) nos posibilitó contar con los refrigerios durante las
sesiones del simposio. Finalmente, la embajada de la República de Polonia en
el Perú apoyó decididamente a la realización del mismo. Un agradecimiento
especial va para Juan Roel quien diseñó el afiche, los trípticos y las carpetas
que se utilizaron en el evento.
Además, queremos agradecer de forma especial al entonces director del
IFEA, Georges Lomné, por su apoyo constante desde que le presentamos este
proyecto de evento académico hasta la finalización y proceso de publicación
de las actas. Dicho agradecimiento también se extiende a los demás miembros
del IFEA que nos apoyaron y aconsejaron en el camino como Anne-Marie
Brougere, Alina Wong, Nora Araujo, Jean-Pierre Chaumeil, Audrey Laval y
Nicolas Goepfert. Además del personal del IFEA, un grupo de entusiastas
estudiantes de la escuela de Arqueología de la UNMSM permitió que todas
las actividades planificadas y el mismo desarrollo del Simposio se diesen con
éxito. No queda más que agradecer a todos los ponentes que asistieron al
evento y a quienes por diversas razones no pudieron llegar a la reunión pero
que nos apoyaron para la realización del Simposio. Asimismo, los asistentes al
evento merecen un agradecimiento por generar un espacio de encuentro para
seguir conversando sobre lo que más nos apasiona: la Arqueología.

26
Una introducción a la historia de la arqueología en el Perú del siglo XX

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28
Un panorama de la arqueología peruana: 1896-1930

Parte I
Etapas o periodos de la
arqueología en el Perú
del siglo XX

29
Richard E. Daggett

30
Un panorama de la arqueología peruana: 1896-1930

Un panorama de la arqueología
peruana: 1896-1930

Richard E. Daggett

Las excavaciones estratigráficas de Max Uhle en las extensas ruinas de


Pachacamac cerca a Lima, en la Costa Central, en 1896, marcan el inicio de
la práctica de la arqueología en el Perú (Rowe, 1954: 1, 6-7). En 1900, Uhle
excavó en las grandes ruinas de Moche en el valle del mismo nombre, en la
Costa Norte y posteriormente realizó trabajos en varios sitios en la Costa Sur.
A partir de su trabajo propuso una cronología cultural para la totalidad del
antiguo Perú; siendo las culturas más antiguas Moche y Nazca en la Costa
Norte y Sur, respectivamente (Uhle, 1903: 784).
Durante el cambio de siglo el gobierno del Perú tomó la tarea de crear un
nuevo museo nacional; el primero había sido destruido durante la Guerra
con Chile décadas antes (Tello & Mejía, 1967: 46). El Museo Nacional de
Historia fue creado en 1906 y su cuerpo inspector, el Instituto Nacional
de Historia, fue creado en 1905. A fines de ese año, Uhle acordó tomar la
dirección de las secciones de Antropología y Arqueología de este nuevo museo
nacional (Tello & Mejía, 1967: 59-60). Inmediatamente desarrolló una serie
de excavaciones en el valle de Lima y en los valles vecinos del Norte y el Sur
(Anónimo, 1906a; 1906c; 1906d; 1907; Rowe, 1954: 12). 31
Richard E. Daggett

En 1906, Uhle también asistió a la primera conferencia pública de un


estudiante de medicina llamado Julio C. Tello, quien estaba reportando los
hallazgos arqueológicos que había realizado en la parte alta del valle de Lima
(Anónimo, 1906b). En los años siguientes Uhle condujo investigaciones
arqueológicas principalmente en la Sierra y Costa Sur (Rowe, 1954: 13).
También propuso una ley que tenía por finalidad frenar la comercialización
del patrimonio nacional, ya que su puesto era ser director del Museo Nacional
(Uhle, 1917: 406).
A inicios de 1909, las ruinas de Choquequirao en la región Cuzco fueron
redescubiertas y Tello, meses después de recibir su grado de la Escuela de
Medicina de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, fue designado
para ayudar a Uhle en las excavaciones de ese lugar (Maguiña, 1909). Un
fallido golpe de Estado complicó los asuntos y afectó la estabilidad de la
nación y el futuro de Tello. La excavación propuesta nunca se desarrolló. El
futuro de Tello estaba inicialmente asegurado gracias a una beca de dos años
de estudios de Antropología en la Universidad de Harvard (Mejía, 1948: 9)
y luego mediante una renovación pudo obtener un año más de estudios en
Europa (Mejía, 1964: 81).
Tello retornó a Lima a comienzos de 1913 y Uhle estaba trabajando para
el gobierno de Chile. En la política del Perú, vientos pronorteamericanos
habían empezado a soplar. El contrato de Uhle no fue renovado; finalmente,
él había sido reemplazado, no por un científico extranjero propuesto, sino por
un historiador peruano, Emilio Gutiérrez de Quintanilla. Tello había sido
nombrado a su propia petición para supervisar las secciones de Antropología
y Arqueología en el Museo Nacional. Gutiérrez estaba entonces en el proceso
de redireccionar el eje del Museo de Historia hacia una orientación en la cual
se apreciaran las Bellas Artes. Vio, además, que el nombramiento de Tello
era un peligro y empezó así una batalla para asegurarse el control del museo.
A pesar que Tello tenía el apoyo de las altas esferas, Gutiérrez contaba con
su propio apoyo y Tello finalmente cedió el control del museo a Gutiérrez a
comienzos de 1915 (Tello & Mejía, 1967: 79-100).
De inmediato, Tello participó en una expedición hacia el Sur. Visitó las
extensas ruinas bolivianas de Tiahuanaco, varias ruinas cercanas al lago
Titicaca y algunas ruinas de la ciudad del Cuzco y sus alrededores. Luego
realizó una exploración de los valles de la Costa Sur, principalmente de
Nazca, donde trabajó con huaqueros quienes habían sido entrenados por
32
Uhle y habían recolectado muchos artefactos en su representación para el
Un panorama de la arqueología peruana: 1896-1930

Museo Nacional. A su regreso a Lima, Tello interactuó con un grupo de


coleccionistas, principalmente con un médico quien ofreció venderle su
colección de textiles debido al interés que él tenía sobre estas piezas (Tello,
1959: 37-47). Finalmente, obtuvo ayuda de dos amigos para comprarla
(Mejía, 1964: 92).
Las actividades de Tello habían llamado la atención de un grupo de coleccionistas
(Gutiérrez de Quintanilla, 1922: 57), inclusive de Jorge Corbacho (Gutiérrez
de Quintanilla, 1922: 131-132), quien años atrás formó una sociedad que
defendía su «derecho» a recolectar. A fines de 1915, Tello fue designado por el
gobierno para representar al Perú en Washington, en las reuniones del Congreso
Científico Panamericano y el Congreso Internacional de Americanistas
(Anónimo, 1915). En dicho encuentro panamericano, Tello presentó una
ponencia (Tello, 1917) en la cual reportó lo que había descubierto en el valle
de Nazca. Ilustró su charla con dibujos de diseños de felinos y cabezas trofeo
que decoraban las vasijas encontradas en ese valle. Luego de las reuniones en
Washington, Tello hizo dos cosas: vendió en representación de sus compradores
algunos de los textiles que ellos recientemente habían obtenido (Daggett,
1991: 38) e intentó atraer el interés de Harvard en conducir excavaciones en
el valle de Nazca1. El no conseguir suficiente respaldo financiero ocasionó que
Tello fuera forzado a tomar parte, en cambio, en una exploración de Harvard
al norte del Perú en 1916 (Mejía, 1964: 93).
Mientras todo esto se desarrollaba en Estados Unidos, Tello recibió noticias
del Perú sobre la derrota del plan que había elaborado (Palma, 1949: 426-
427). La idea era darle al Rector de la Universidad de San Marcos el poder
de supervisar el Museo Nacional de Historia. Una petición para este efecto
fue introducida en la Cámara de Diputados pero esta moción había sido
derrotada por un grupo liderado por Corbacho (Anónimo, 1916).
En 1917, la curul del representante de la provincia de Huarochirí estaba
vacante en la Cámara de Diputados. Tello postuló y ganó (Mejía, 1948: 10-
11). A pesar de un intento de negarle su victoria por asuntos técnicos, Tello
asumió su curul e inmediatamente envió para su aprobación un proyecto
de ley que podría darle al gobierno un mayor control sobre el patrimonio
nacional (Tello & Mejía, 1967: 106). Esta propuesta de ley fue archivada

1«Carta de Alfred Tozzer a Charles Currelly fechada el 2 de marzo de 1916» (Archivo del Royal 33
Ontario Museum).
Richard E. Daggett

pero Tello retomó su discusión el siguiente año. A continuación se desarrolló


un agrio debate entre Tello y los partidarios de Gutiérrez, principalmente
Corbacho. Al final Tello ganó y sintió que había tenido el suficiente apoyo
en el Poder Ejecutivo del gobierno para asegurar su aprobación, pero estaba
equivocado (Editor, 1918).
En 1918, el Rector de la Universidad de San Marcos estuvo de acuerdo con
el plan de Tello para la creación del Museo de Arqueología de la universidad.
Este fue creado en la Escuela de Ciencias y Tello presentó su tesis doctoral
para poner este plan en efecto (Mejía, 1967: 4). Su tesis (Tello, 1918) trataba
acerca de las cabezas trofeo precolombinas que había encontrado en la Costa
Sur en 1915. Discutió sobre estas cabezas en el contexto de la existente
práctica de los cazadores de cabezas de la floresta tropical en Sudamérica y
en el contexto de la práctica precolombina de decorar artefactos con cabezas
trofeo en asociación con deidades.
A comienzos de 1919, Tello dirigió su primera expedición arqueológica.
En representación de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos,
esta expedición se concentró en el norte del departamento de Ancash.
Específicamente se focalizó en el sitio de Chavín de Huántar donde una larga
y tallada estela exhibida en el Museo Nacional había sido encontrada a fines
del siglo pasado (Carrión, 1948: 11-12). Esta estela estaba tallada con un
conjunto de intrincados diseños que había atraído el interés de investigadores
como el historiador inglés Sir Clements Markham (1969 [1910]: 33-36)
quien se había encontrado con Tello en Londres en 1912 (Palma, 1912).
Markham (1969 [1910]: 21-39) había planteado que los sitios de Chavín y
Tiahuanaco databan de un periodo megalítico, de una antigüedad similar.
En conversaciones con los representantes del gobierno durante sus dos años
de enfrentamientos con Gutiérrez, Tello planteaba que había descifrado los
diseños que decoraban la estela Chavín (Tello & Mejía, 1967: 101) indicando
que su interés en dicha iconografía databa al menos de 1914.
Durante su expedición de 1919 tuvo éxito al incrementar notablemente el
corpus de la iconografía Chavín tallada en roca, mucha de la cual fue traída
a Lima. También descubrió un conjunto de estatuas de roca de una cultura
distinta en los alrededores del Callejón de Huaylas que fueron dejadas in situ.
Compró y se prestó ejemplares de vasijas Recuay decoradas con las imágenes
de deidades y cabezas trofeo (Castillo, 1919). A su retorno se contactó con un
34 representante de Víctor Larco Herrera (Tello & Mejía, 1967: 117).
Un panorama de la arqueología peruana: 1896-1930

Larco fue un próspero benefactor (Parker, 1967 [1919]: 335-336) y


deseaba que Tello lo ayudase a crear un museo privado de arqueología con
anticipación a la celebración por el centenario de la nación. Tello aceptó y
empezó a comprar colecciones privadas en representación de Larco a lo largo
del país (Tello & Mejía, 1967: 118-119). Esto dio acceso a Tello a una gran
colección de artefactos y especialmente a la cerámica Moche, de la Costa
Norte, y Nazca, de la Costa Sur, decoradas con escenas míticas inclusive de
deidades y cabezas trofeo.
En 1920, Tello publicó una cronología basada en su trabajo de campo. Lo
hizo en el prólogo de la versión española del libro The Incas of Peru publicado
por Markham en 1910. Markham había distinguido dos eras o épocas, una
arqueológica y otra histórica. Tello subdividió la época arqueológica en tres
periodos culturales: Arcaico, Medio y Alto. También planteó un cuarto
periodo, más temprano que el Arcaico, un periodo primitivo de desconocida
duración por la ausencia de información.
Tello publicó un folleto en 1921 y desarrolló sus ideas acerca de la
prehistoria peruana. Reconocía que Uhle fue el fundador de la práctica de
la ciencia arqueológica en Perú. Planteó, además, que el Perú era una tierra
de contrastes que incluían zonas de Costa, Sierra y Selva proporcionando
variadas topografías caracterizadas por variaciones en el clima, la altitud, la
flora y fauna (Tello, 1976 [1921]).
En 1920, Uhle, quien trabajaba en Ecuador, publicó un cuadro cronológico
en el que consideró la existencia de culturas en la Costa Central y Sur, aun
más tempranas que Moche y Nazca. Su trabajo en Pachacamac había sido
inspirado por la Geología; no sorprende que su tabla fuera representada como
capas estratificadas.
Tello, entrenado por un naturalista en la Universidad Nacional Mayor de San
Marcos (Sebastián Barranca), propuso su diagrama cronológico en forma de
árbol. Utilizó líneas, punteadas y llenas, subdivididas o no, oscuras y claras y
flechas para explicar su visión de la constante interacción entre las culturas de
la Costa, Sierra y Selva (Tello, 1976 [1921]).
A mediados de 1921, Tello renunció a su cargo de director del Museo Larco
debido a desacuerdos (Tello & Mejía, 1967: 121). Una semana antes, Philip
Ainsworth Means, de Harvard, había hecho lo mismo, renunció a su cargo de
director del Museo de Arqueología (Anónimo, 1921). Permítanme explicarles.
A comienzos de 1919, Tello y el presidente Leguía discutieron la posibilidad 35
de separar a Gutiérrez de la supervisión de las colecciones científicas del
Richard E. Daggett

Museo Nacional, por las cuales mostraba poco interés2. Means fue nombrado
con poca reacción negativa de Gutiérrez a fines de 1920 (Anónimo, 1920),
pero pocos meses después fue obligado a renunciar debido a los escasos
medios proporcionados (Bard, 1921).
Nuevamente Gutiérrez estaba a cargo de las colecciones antropológicas y
arqueológicas de la nación. Tello continuó batallando contra Gutiérrez en
la Cámara de Diputados (Tello & Mejía, 1967: 108-109). Finalmente,
Gutiérrez en lugar de continuar con la publicación de la historia del Museo
Nacional publicó un libro lleno de acusaciones contra Tello.
Esto ocurrió en 1922 y luego de un tiempo, Tello señaló el uso ilegal del
dinero del gobierno para publicar acusaciones, difamatorias en naturaleza,
contra miembros del congreso (Anónimo, 1922). Durante el debate que se
desarrolló, Tello fue acusado de vender ilegalmente artefactos mientras se
encontraba en los Estados Unidos durante 1915 y 1916. Específicamente
los textiles mencionados anteriormente. Esta acusación se basó en entrevistas
que Corbacho tuvo con individuos que representaban a las instituciones que
los habían comprado (Gutiérrez de Quintanilla, 1922: 131-137).
A comienzos de 1920, Corbacho y otros conspiraron con Gutiérrez para
reunir información en contra de Tello, que a su vez fue relacionado con la
separación, de Gutiérrez, de los artefactos a su cargo como director del Museo
Nacional. Tello estaba en control de la situación y el debate. A pesar que
no era legal lo que Gutiérrez había hecho, retuvo la dirección del museo.
Además, en 1923 Tello empezó a enseñar en la Universidad Nacional Mayor
de San Marcos (Carrión, 1947: 38-39) y recibió apoyo para una revista
antropológica, lo que sugiere que algún tipo de acuerdo fue logrado entre el
gobierno de Leguía y Tello.
En 1923 publicó «Wiracocha» en el primer número de la nueva revista
antropológica que tituló Inca. Tello discutió la data arqueológica y folclórica
que había reunido. Aquí publicó sus interpretaciones sobre la iconografía del
estilo Chavín que decoraba los monolitos de esta cultura. También publicó
sus interpretaciones sobre la iconografía de los estilos Moche, Recuay y
Nazca. Finalmente, combinó estas interpretaciones con las de varias historias
populares que habían sido registradas por los cronistas y etnógrafos a través

36 2«Carta de Philip Means a Alex Hrdlicka fechada el 27 de marzo de 1921» (National Anthropological
Archives, Smithsonian Institution).
Un panorama de la arqueología peruana: 1896-1930

de América del Sur y así elaboró su entendimiento del sistema de creencias


precolombino a través del tiempo y el espacio. Tello había trabajado en esta
obra por muchos años, probablemente desde 1914 (Tello, 1923a; 1923b). A
fines de 1914 y comienzos de 1915, tuvo un debate público con el historiador
Horacio Urteaga acerca de los derechos de los científicos e historiadores para
explorar las creencias antiguas a través del estudio de la antigua iconografía,
especialmente la iconografía Nazca (Urteaga, 1914; 1915). Urteaga,
profesor de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, y Tello tenían
interpretaciones de la data muy disímiles.
En 1923 Urteaga llegó a ser el director del Museo Larco y empezó la edición
de una revista arqueológica para competir con Inca. Debido a que tuvo acceso
a la gran colección Nazca del museo, Urteaga publicó nuevas y ampliadas
versiones de sus artículos (Urteaga, 1924a; 1924b).
En 1924 Tello dictó su primer seminario en Arqueología y preparó a sus
estudiantes en el trabajo de campo y el laboratorio (Carrión, 1947: 39). En
diciembre de ese año el gobierno compró el Museo Larco, renombrándolo
como Museo de Arqueología Peruana, asignando a Tello como director
(Tello & Mejía, 1967: 128-129). Posteriormente, Gutiérrez pidió que se
transfirieran todos los artefactos antropológicos y arqueológicos bajo su
cuidado a este nuevo museo (Tello & Mejía, 1967: 136-137). Esto puso fin a
las disputas con Tello. De esta manera, Tello se convirtió en la cara visible de
la arqueología en el Perú y, por tanto, los demás arqueólogos debían obtener
su aceptación y contemporizar con él.
Uno de los primeros en hacerlo fue Alfred Kroeber, quien venía en
representación del Chicago Field Museum en 1925 a continuar con el trabajo
de Uhle. Kroeber había publicado las colecciones que Uhle había realizado en
beneficio de la Universidad de California en Berkeley. Los planes de Kroeber
fueron impedidos por el fenómeno de El Niño y con la ayuda de Tello, trabajó
en Lima y alrededores. Posteriormente viajó al valle de Cañete donde Tello y
sus asistentes del Museo Universitario estaban realizando trabajos.
Tello ofreció ayudar a Kroeber y, de esta manera, podría explorar la Costa
Norte y Sur en adelanto del trabajo que planeaba realizar en estas localidades
el año siguiente. Mientras estaba en la península de Paracas, Kroeber
redescubrió la fuente de una colección de textiles que Tello había comprado
en 1915 (Kroeber & Collier, 1998: 29; Rowe, 1962: 403-404). Luego, Tello
y Samuel K. Lothrop también redescubrieron este lugar (Daggett, 1991: 40). 37
Paracas llegó a ser un centro para la investigación de Tello y su equipo del
Richard E. Daggett

Museo Nacional. Luego de meses de excavaciones hizo planes para conducir


a un equipo de la Universidad de San Marcos y a estudiantes de doctorado
hacia Paracas para realizar estudios especializados.
Un explorador norteamericano y su fotógrafo fueron autorizados a tomar parte.
Pero desafortunadamente hizo público el descubrimiento de importantes sitios
de la península, y sugirió que él y Tello habían hecho los descubrimientos.
Tello respondió que no era así al publicar detalles e interpretaciones que
presentaría en el próximo Congreso Internacional de Americanistas (Daggett,
1991: 44-45). Tello publicó su visión, en la cual la más temprana de estas tres
culturas era pre-Nazca, pero similar temporalmente a Chavín. Concluyó que
las culturas Chavín y Paracas databan del periodo Arcaico temprano y que
fueron las culturas más tempranas del Perú precolombino (Tello, 1926).
En 1928 Tello participó en el XXIII Congreso Internacional de Americanistas
y disertó acerca del periodo Arcaico temprano en general y de sus
descubrimientos en el departamento de Ancash, en el Callejón de Huaylas y
Chavín, en 1919 (Tello, 1968 [1930]). En 1929 publicó una ponencia en la
que incluyó nuevos detalles de las culturas tempranas de Chavín y Paracas.
En 1929, el presidente Leguía firmó la ley que creaba el Patronato Nacional,
un tributo a la larga batalla legislativa de Tello para proteger el patrimonio de
la nación (Tello & Mejía, 1967: 158).
A fines de 1929, Tello y su equipo prepararon la exhibición, en el Museo
Nacional, de los cientos de fardos Paracas de 1927. Tello aprovechó la
presencia de Leguía para presionar por más fondos y las crecientes necesidades
del museo (Daggett, 1994: 56-57).
Para 1930, Tello planeó conducir investigaciones extensivas en Paracas y
retornar a trabajar a Chavín (Tello, 1930). Pero estos planes se frustraron
debido a sus críticos y las cosas se tornaron difíciles para él (Daggett,
2007: 90). Posteriormente, los efectos de la depresión económica mundial
condujeron al golpe de Estado contra Leguía.
El editor del periódico Libertad tenía una rivalidad con Tello. Había
planteado que los asiáticos trajeron la idea de civilización al Perú, una idea
que iba contra todo lo que Tello había aprendido en sus investigaciones
arqueológicas. Aunque Tello evitó la confrontación, sufrió las consecuencias.
Este editor fue ayudado por un ex empleado de Tello al que este había
despedido recientemente. Tello expuso las acusaciones en su contra en las
38 páginas de Libertad. Desafortunadamente esto no fue suficiente y las cosas
Un panorama de la arqueología peruana: 1896-1930

no terminaron bien para Tello, siendo reemplazado como director del Museo
Nacional (Daggett, 1991: 48-49). Aunque la infraestructura arqueológica
que creó ha sobrevivido, Tello enfrentó cinco duros años para recuperarse
antes de dársele la oportunidad de buscar la ayuda de los Estados Unidos y
resucitar la carrera que nosotros celebramos hoy.

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41
Julio C. Tello y el desarrollo de los estudios andinos en los Estados Unidos (1915-1950)

Julio C. Tello y el desarrollo de los


estudios andinos en los Estados Unidos:
intercambios e influencias (1915-1950)

Ann H. Peters
Luis Alberto Ayarza

Introducción
La vida, la producción intelectual y las influencias recibidas y extendidas
por el Dr. Julio César Tello Rojas han recibido gran reconocimiento en los
últimos años empezando por los minuciosos estudios de Richard Daggett,
seguido por las investigaciones de César Astuhuamán y Jurgen Gölte, la
colección de ensayos sobre Tello y por el mismo Tello, en un libro producido
por el Institute of Andean Research (Burger, 2009). En este último, John
Murra nota que la gran influencia de Tello fue reconocida al final de su vida a
nivel nacional e internacional, demostrada por las reseñas escritas por Toribio
Mejía Xesspe en la Revista del Museo Nacional (1948) y por Samuel Lothrop
en American Antiquity (1948), a las que podemos añadir la reseña profesional
y ensayos bibliográficos de Mejía Xesspe (1947) y Espejo Núñez (1948), y un
homenaje publicado por William Duncan Strong (1948).
Sin embargo, en la literatura producida en inglés en los EE. UU. en esos
mismos años, son comunes las críticas a Tello y a sus ideas, y hay quienes no 43
Ann H. Peters, Luis Alberto Ayarza

citan su influencia intelectual en las primeras generaciones de arqueólogos


andinistas en Norteamérica. Más bien, hay varios ensayos que citan a Max
Uhle como el padre de la arqueología andina, seguidos por los que enfatizan
la gran influencia de Alfred Kroeber y las ideas fundacionales que fueron
publicadas por Wendell Bennett y Gordon Willey en 1948. Las siguientes
generaciones de jóvenes andinistas en EE. UU. ven a sus propios compatriotas
como los proponentes las ideas más importantes sobre la prehistoria andina y,
además, como los que establecieron las pautas de trabajo de campo sistemático
y de largo aliento.
El libro del Institute of Andean Research, editado por Burger, propone responder
a la falta de acceso a las ideas de Tello en la literatura andinista en inglés. Además
de traducir o republicar una serie de ensayos importantes escritos por Tello,
los tres ensayos introductorios escritos por Daggett (2009), Murra (2009)
y Burger (2009) presentan un resumen de sus investigaciones, sus aportes
en la construcción de marcos institucionales para proteger e investigar el
patrimonio arqueológico y lo novedoso y fundamental de sus planteamientos.
Sin embargo, aún dejan fuera de nuestro conocimiento la principal forma y
contexto en el cual Tello transmitió sus ideas, lo que sucedió en los ámbitos del
trabajo de campo compartido, la planificación de este trabajo, el diálogo entre
colegas y las charlas de museo, en el campo y las conferencias.
Tello enseñó sobre todo en el diálogo y en la práctica, características bien
andinas o muy peruanas, que fueron documentadas en un pequeño libro,
poco citado, escrito por Hernán Ponce (1957). Lo importante del homenaje
de Ponce a Tello no reside en que las historias incluidas sean ciertas o falsas,
míticas o exageradas, sino en su carácter general que nos trasmite algo de
la esencia de cómo y cuánto Tello inspiró y educó a quienes trabajaron
con él. Si bien el trabajo del historiador es evaluar el registro textual, la
del arqueólogo, y también el de la historia social, es trazar además lo que
ha quedado fuera del marco de la historia oficial. Buscamos aquí mostrar
las evidencias de la real escala de la influencia de Tello en sus colegas
norteamericanos y también proponer algunas ideas sobre la curiosa escasez
de reconocimiento de esta influencia.
Por otro lado, en los discursos y textos sobre Tello como fundador de la
arqueología profesional peruana y gran defensor del patrimonio del país,
no se enfatiza la importancia de su formación profesional en Harvard en
una antropología «universal» —o sea etnografía, historia, lingüística y
44
biología, además de métodos arqueológicos—. Poco se menciona su puesto
Julio C. Tello y el desarrollo de los estudios andinos en los Estados Unidos (1915-1950)

como antropólogo asociado al Museo Peabody de Harvard o sus relaciones


con otros museos, o los ciclos de charlas que dió durante sus viajes a los
EE. UU. Tampoco se mencionan sus estrechas colaboraciones con colegas
internacionales, sobre todo norteamericanos, durante toda su carrera. Al no
examinar con cuidado el carácter de su práctica científica internacionalista,
se le deja expuesto a acusaciones ligeras de «vende patria». Aquí esperamos
esclarecer un poco esta visión tan contradictoria de Tello, al trazar historias
concretas que muestran que la realidad es más compleja, más noble y más
humana de lo que hemos pensado.
Más adelante, nos apoyamos en la cuidadosa cronología de Daggett (2009),
para indagar con mayor detalle en las interacciones entre Tello y sus colegas
norteamericanos, basándonos también en archivos de la Universidad Nacional
Mayor de San Marcos, la Pontificia Universidad Católica, el Museo Nacional
de Antropología, Arqueología e Historia del Perú, el Museo Peabody de
Harvard University, el Institute of Andean Research, la University of Pennsylvania
Museum y en los documentos de Honour McCreery, actualmente en proceso
de entrega a la Pontificia Universidad Católica del Perú. Trazamos una serie
de relaciones personales y profesionales, que se traslapan en el tiempo y en los
temas, pero que tienen caracteres diferentes:
1. Tello y sus compañeros de Harvard, especialmente William Curtis Farabee
y Philip Ainsworth Means.
2. Tello y sus colegas del «Este», especialmente Aleš Hrdlička del Museo
Nacional/Smithsonian y Samuel Lothrop de la Heye Foundation.
3. Tello y sus colegas del «Oeste», Alfred Kroeber de la Universidad de
California en Berkeley y Edgar Lee Hewett de la Universidad de Nuevo
México.
4. El proceso de formación del Institute of Andean Research, con las
intervenciones de Alfred Kidder Sr. y Wendell Bennett.
5. Las influencias directas, indirectas y truncadas en un grupo de estudiantes,
Alison Guernsey, J. Honour McCreery, Barbara Loomis y Donald Collier,
que vinieron al Perú en 1937 por medio del Institute of Andean Research
para trabajar con Tello.
6. La relación con un nuevo grupo de colegas quienes organizaron
investigaciones en los países andinos durante la Segunda Guerra Mundial,
entre ellos William Duncan Strong, John Rowe y Gordon Willey. 45
Ann H. Peters, Luis Alberto Ayarza

1. Las historias
Tello fue a Harvard con una beca del gobierno peruano de $ 100 por mes
(JCT 98[1].1 Folio 11) y logró ser eximido de pagar la matrícula, utilizando
mucho de su beca para comprar libros y suscribirse a las principales revistas
profesionales existentes en la época. Desde entonces, luchó durante toda su
vida para poder mantener sus suscripciones y mantenerse actualizado en la
literatura profesional.
Mientras estaba en Harvard, ya en 1910, el médico Albert Ashmead le estaba
consultando sobre temas arqueológicos y, especialmente, pidió información
en relación a la venta de unos textiles extraordinarios, provenientes de la
colección de Manuel Montero de Pisco, que fueron comprados por donantes
para el Museo Americano de Historia Natural en la ciudad de Nueva York
(JCT 98[1].1 Folio 95-86). Se trata de la primera colección conocida de los
que más tarde se denominan bordados de estilo Paracas o Nazca Temprano, la
primera que salió del Perú y la primera que se transfirió a un museo público en
Norteamérica. En este momento, Tello conocía relativamente poco sobre el
tema de textiles o de la Costa Sur, y más bien estaba profundamente ocupado
en sus estudios antropológicos en Harvard, los que abarcaron tanto lo que
hoy se llamaría bioantropología, como lingüística, etnohistoria, etnografía
y arqueología. Tello estaba estudiando la práctica arqueológica en otras
áreas del mundo, especialmente en las zonas áridas del suroeste de EE. UU.
(Daggett, 2009); pero ya era visto por otros como un personaje mediador,
un antropólogo peruano que estudiaba un posgrado en la universidad más
prestigiosa de los EE. UU. con una beca de su gobierno.
En EE. UU., Tello investigó una colección de cráneos trepanados para su
tesis de Maestría, la colección particular de un tal Dr. Muñiz que se había
dispersado entre museos universitarios y el Museo Nacional de Historia
Natural (Tello, 1912; Daggett, 2009). Cuando su gran colección de restos
humanos y objetos asociados no fue aceptada para formar parte de un museo
en el Perú, su mentor, Ricardo Palma (padre), y su amigo y colega R. Palma
(hijo), organizaron el traslado de algunos materiales como donación al
Museo Peabody de Harvard (JCT 98[1].1 Folio 191). Al volver al Perú dos
años después, Tello fue nombrado antropólogo asociado al Museo Peabody,
un puesto modestamente pagado, con la expectativa de que Tello siguiera
contribuyendo a las colecciones del Museo. Mandó un grupo de esqueletos y
46 cadáveres en 1914 (JCT 98[1].1 Folio 368).
Julio C. Tello y el desarrollo de los estudios andinos en los Estados Unidos (1915-1950)

Las cartas de esta época demuestran su amistad y relaciones personales con


los colegas que compartían noticias de sus vidas. En Europa, durante 1911 y
1912, Tello se escribió con sus amigos de San Marcos, entre ellos el médico
Francisco Graña, y del mismo modo, cartas más cortas con sus amigos de
Harvard, entre ellos el profesor de antropología William Curtis Farabee.
Llegó a conocer al antropólogo Aleš Hrdlička del Museo Nacional de
EE. UU. (Smithsonian Institution), y luego de volver al Perú en 1913 viajaron
junto a Yauyos para hacer una colección de cráneos y otras evidencias de los
restos físicos de los pobladores andinos, para expandir la colección del Museo
Nacional en Washington. Mantuvieron, antes y después de este viaje, una larga
y amable correspondencia, y Hrdlička se esforzó por invitar a Tello al comité
organizador del XIX Congreso de Americanistas, postergado por la Primera
Guerra Mundial, e incentivarlo para que viajara a Washington cuando se
realizaron conjuntamente la reunión anual de la American Anthropological
Association y el Segundo Congreso Científico Panamericano a fines de 1915.
Daggett (2009: 16-18) ha descrito cómo los primeros años del regreso de Tello
al Perú estuvieron marcados por conflictos con los historiadores Gutiérrez y
Urteaga sobre la presencia de Antropología y Arqueología como sección de
un museo nacional. En estos debates, por primera vez Tello sufrió la acusación
de ser incompetente por la prensa y aprendió también a usar este medio
para presentar sus planteamientos acerca de la ciencia y los propósitos de
un Museo Nacional. Cuando en 1915 las colecciones fueron desmanteladas
y tuvo que renunciar a su puesto, Tello encontró su simpatía y respaldo en
cartas del profesor Putnam, ex director del Museo Peabody, y un estudiante
de posgrado que estaba trabajando en los archivos de historia andina, Philip
Ainsworth Means (JCT 98[1].2 Folio 395). Pero en 1915 falleció Putnam y
terminó su asociación al museo y el modesto sueldo que recibía de Harvard
(Daggett, 2009).
Los años de la Primera Guerra Mundial fueron difíciles: no había dinero para
las instituciones y se cancelaron o postergaron las reuniones profesionales
internacionales. Tello se desarrolló como arqueólogo con viajes de investigación
al Sur, visitando sitios de la región circum Titicaca, Cusco y Arequipa, y
luego la Costa Sur, donde consiguió datos, organizó excavaciones en Nazca y
estableció buenas relaciones con coleccionistas allí y en Ica y Pisco. Durante
este viaje, el médico Enrique Mestanza de la localidad de Pisco ofreció vender
su gran colección de textiles bordados y otros artefactos, y Tello llegó a
comprarla con la colaboración financiera de dos antiguos amigos y colegas, 47
Francisco Graña y Gonzalo Carvajal. Cuando logró viajar a Washington a
Ann H. Peters, Luis Alberto Ayarza

fines de 1915 para las conferencias, Tello iba como representante oficial del
Perú al Segundo Congreso Científico Panamericano, donde reportó sobre
sus investigaciones en la Costa Sur y propuso una secuencia cronológica
de Pre-Nazca, Nazca, Tiahuanaco y lo relacionado a lo Inca (Tello, 1917).
Pudo también asistir al XIX Congreso de Americanistas (ICA), donde su
amigo Means presentó un esquema cronológico general de la historia andina
basado en textos sobre los Incas y en las categorías de Uhle (Means, 1917).
El antropólogo Alfred Kroeber, profesor de la Universidad de California en
Berkeley, presentó una charla acerca de los pueblos indígenas de ese Estado.
En Washington, Tello también presentó una exhibición de textiles bordados
de las colecciones de su socio Carvajal, los que fueron comprados por el
Dr. Ditman Ross para el Museo de Bellas Artes en Boston. Tello había retenido
una parte de la colección Mestanza para la creación de un Museo Nacional
de Antropología y Arqueología en el Perú, y más tarde la donó al Museo de
Arqueología de San Marcos (Tello, 1959). Luego de las reuniones, Tello viajó
a los EE. UU. y Canadá con el apoyo financiero del American Association
for International Conciliation, del Carnegie Endowment (JCT 98[1].3
Folio 459). En sus viajes, Tello dejó una colección de cráneos y otra de
cerámica del Dr. Huidobro en Harvard (JCT 98[1].3 Folios 470, 474, 491) y
se reunió con CT Turrelly, director del Royal Ontario Museum, para planificar
un intercambio de artefactos, en el que un museo del Perú enviaría piezas y
a cambio dicho museo peruano recibiría colecciones provenientes de Egipto,
el Mediterráneo, el Medio Oriente, la India, Europa y Gran Bretaña. Más
tarde, Turrelly escribió que la colección de Graña había llegado a Ontario y
que se iba a quedar, declarando que él sentía mucho las malas circunstancias
del proyecto del museo en el Perú, pero sin perder la esperanza en la idea del
intercambio entre museos que se había planteado (JCT 98[1].3 Folios 464-7,
479). En este periodo, Tello reforzaba sus relaciones profesionales, en parte,
mediante sus esfuerzos para hacer llegar colecciones de terceras personas a
museos en el exterior. ¿Cuáles fueron sus motivos? Aunque a veces parecen
contradictorias, todas las evidencias apuntan a que su meta siempre fue
construir un gran Museo Nacional de Antropología y Arqueología en el Perú.
Al volver al Perú, Tello fue nombrado antropólogo de una expedición de
Harvard a Piura, en 1916. Desafortunadamente, los profesores más antiguos de
medicina y zoología que lideraban esa expedición lo trataron como un simple
coordinador de logística, trato que chocó con sus experiencias anteriores de
48 respeto y colaboración con colegas internacionales. A sus quejas sobre la falta
Julio C. Tello y el desarrollo de los estudios andinos en los Estados Unidos (1915-1950)

de remuneración, el trato poco profesional y las decisiones arbitrarias de los


profesores de Harvard, Thomas Barbour le respondió apoyando la autoridad
y las prioridades del Dr. Moss, el profesor principal y entonces considerado
el líder de la expedición:
Mira, Tello, como viejo amigo tuyo te hablo francamente. Tú
sabes que es algo que nosotros aprendemos aquí en Harvard y que
siempre hacemos con los demás. Todos en el Museo Peabody están
impresionados y emocionados al escuchar de tu descubrimiento de las
dos nuevas ciudades [incas, Caxas y Huambos o Huancabamba] y de
tu gran fortuna en conseguir el texto y vocabulario Aguaruna…1.
Y continuó explicando que los profesores nombrados en la expedición no
recibieron sueldo durante este viaje y que él tampoco lo debía esperar (JCT
98[1].3 Folios 476, 506, 533).
Frente a más conflictos con el historiador Gutiérrez en el Museo Nacional y
con el coleccionista Corbacho (Daggett, 2009), Tello emprendió su carrera
política como diputado por Huarochirí en 1918. Sus amigos Means y Farabee
respondieron inmediatamente con felicitaciones y propuestas de montar
proyectos en el Perú (JCT 98[1].3 Folios 573, 584). Con la presentación
de una tesis doctoral acerca de la representación de cabezas preparadas en el
antiguo Perú, Tello logró entrar a dictar clases de arqueología en la Universidad
Nacional Mayor de San Marcos y consiguió apoyo del rector Javier Prado para
establecer un Museo (Daggett, 2009). Con esta base institucional, en 1919
Tello montó la expedición al valle de Huarmey que lo llevó hasta el callejón de
Huaylas, el callejón de Conchucos y Chavín de Huántar (Tello, 1942; 1960;
Daggett, 2009). Los descubrimientos en este viaje, especialmente en la zona
de Chavín, constituyen la colección fundacional del Museo de Arqueología
de San Marcos.
Al saber de la iniciativa del agricultor industrialista y coleccionista Víctor Larco
Herrera de crear un Museo de Arqueología a nivel nacional, Tello empezó a
trabajar con Larco en la compra de colecciones particulares para este museo
(Daggett, 2009). Pero a la vez, Tello montaba un proyecto paralelo con Philip

1 You see, Tello, as an old friend I am speaking perfectly frankly with you. You know that is
something which we learn here at Harvard always to do with one another. Everyone in the Peabody
Museum is delighted and excited at hearing of your discovery of the two new cities and of your
great good fortune in getting the Aguaruna text and vocabulary… (traducción del inglés al español 49
realizada por los autores).
Ann H. Peters, Luis Alberto Ayarza

Ainsworth Means, en el que este sería nombrado por el gobierno peruano como
director de un nuevo Museo Nacional, mientras discretamente desarrollaba los
detalles del nuevo museo en conjunto con Tello (JCT 98[1].3 Folios 654, 655,
659, 669). Means también juntó material para un manual de arqueología, con
Tello, que sería publicado en inglés. Cuando Means fue nombrado director
del Museo Nacional de Arqueología, inmediatamente buscó financiar una
«Revista Arqueológica». Otro de los primeros actos de Means fue escribir a
todos los directores de museos en EE. UU. pidiéndoles que desistan de comprar
artefactos saqueados en el Perú que fueran ofrecidos a la venta en Nueva York
por sus diplomáticos y agregados militares (SAS 10 [1]).
En 1920, Means estaba viviendo en Barrios Altos, montando vitrinas y
planificando el guión del nuevo Museo Nacional. Escribió una carta a Tello, en
inglés, en la que resumía con un esquema histórico lo que habían conversado.
Se presentaba en términos de épocas o periodos con una cronología absoluta
bastante teórica, 35 años antes del invento de los fechados «absolutos» por
carbono 14. Lo novedoso del esquema son las tres etapas del «Arcaico» (Archaic)
sin mucho contenido en la carta de Means, que terminan «en el comienzo
de nuestra era» [por el año 1 a. C,/d. C.]. La fase I de la «Época Media»
(Middle Epoch) estaba constituida por el «Proto Chimú» y el «Proto Nazca» de
Uhle, y Mountain I estaba constituida por partes de Tiahuanaco y la cultura
del Callejón de Huaylas. La fase II, de 300 a 600 d. C., estaba constituida
por otros materiales también considerados «Proto Chimú», Proto Nazca y
Tiahuanaco. La fase III se caracterizaba por la gran influencia de la Sierra en
las culturas de la Costa y las manifestaciones de «Tiahuanaco» en esta última.
El «Periodo Final» IV, de 900 a 1400 d. C., incluye las culturas Chimú y
Nazca de Uhle, y el desarrollo de numerosos Estados en la Sierra, entre ellos
los Chankas, Collas e Incas. La fase V representa el dominio del imperio Inka
(JCT 98[1].4 Folios 680-1).
Al observar los cuadros tempranos de cronología andina, muchas veces nos
enfocamos en donde «se equivocan», ya sea por no precisar la cronología
absoluta por no existir todavía la tecnología que la permitiese o por usar
términos que hoy no se emplean de la misma manera. Pero si se sustituye los
términos «Formativo» por Archaic, «Azapa» por «Arica» o «Ica-Chincha» por el
«Nazca» de Uhle, no estamos tan lejos de los esquemas actuales, aunque faltan
todas las categorías creadas por los arqueólogos posteriormente. El concepto de
una temprana «cultura Chavín» era entonces emergente para Tello y el término
50 «Paracas» no existía todavía. Nótese que Tello había planteado el esquema
Julio C. Tello y el desarrollo de los estudios andinos en los Estados Unidos (1915-1950)

cronológico al conversar con Means, quien lo puso en papel y tinta, el día


siguiente, según su memoria e interpretación. Lo que hubiera sido la base del
guión del Museo y lo que tenemos en esta carta, es entonces una versión de
Means de las ideas de Tello, en el año 1920. Aquí observamos los planes para
una primera presentación pública del esquema Tello del desarrollo autóctono
en el área andina (véase Ramón Joffré, en este volumen).
Durante años habíamos notado la concordancia entre los esquemas de
Means, desde lo publicado en el Congreso de Americanistas de 1915 hasta
sus planteamientos posteriores y los esquemas de Tello. Dadas las fechas
de publicación, pareciera que Means haya sido quien originara el cuadro
cronológico, aunque su área propia de investigación se enfoca más bien en
documentos del tiempo de la Conquista. Solamente luego de trazar su amistad
con Tello desde años anteriores en Harvard se percibe la influencia mutua,
en que Means inspiraba a Tello en los estudios comparativos de documentos
coloniales, o lo que hoy se llama Etnohistoria, y Tello ayudaba a Means en
concebir las etapas históricas conocidas a través de la Arqueología. Aunque
por las fechas de sus ensayos publicados daría la impresión que los esquemas
se originaban con Means, al conocer más acerca de sus diálogos y de las áreas
de conocimiento de cada persona, percibimos las ideas que provienen de
Tello. Eso sería un patrón recurrente en otras relaciones profesionales entre
Tello y sus colegas norteamericanos.
Frente a esta campaña contra la venta de objetos arqueológicos por parte de
los diplomáticos, la mayoría de los museos norteamericanos reorientaron su
política coleccionista hacia el financiamiento de investigaciones en campo.
G. B. Gordon, director del Museo de Arqueología y Antropología de la
Universidad de Pennsylvania, designó a William Curtis Farabee, profesor de
Tello en Harvard que tenía amplia experiencia etnográfica en la Amazonía y
previa experiencia en el Perú, para que venga con el fin de excavar y conseguir
ejemplares de la vistosa cerámica Nazca, textiles bordados y adornos de oro
laminar que todos los grandes museos de EE. UU. competían por conseguir.
Farabee llegó al Perú en 1922 y por medio de Tello consiguió el permiso oficial
para excavar y exportar sus materiales excavados (SAS 10 [2]). Primero siguió
los contactos recomendados por Tello en Pisco, Ica y Nazca, donde exploraba
los puquios y canales subterráneos, emocionándose tanto que tomó el agua de
un puquio, se enfermó gravemente y nunca se recuperó por completo. Su esposa
lo rescató apenas vivo en Ica y trató de recuperarse en Chosica y Arequipa.
51
Meses más tarde volvió en barco a Pisco, donde también conversó con unos
Ann H. Peters, Luis Alberto Ayarza

norteamericanos que abastecían a sus mineros en las islas guaneras con agua
fresca proveniente de los manantiales de Paracas. Visitó a los coleccionistas
J. Ramón Montero y Domingo Cánepa, y excavó en La Puntilla.
El 24 de octubre de 1922, Farabee alquiló un velero, cruzó la bahía y subió a
Cerro Colorado. Escribía en su diario:
El bote – envié hombres a San Andrés para conseguir un velero para
cruzar la bahía a Cerro Colorado.
25 de Octubre – Crucé y encontré encima de una colina de 100 pies de
altura, a media milla del mar, un cementerio donde se habían realizado
anteriormente excavaciones – parece ser un basural hasta diez pies de
profundidad pero sin evidencia de casas – con conchas de varias clases,
fragmentos de maíz, camote, yuca, guayaba, ceniza fina, etcetera,
compacto y endurecido pero posible de excavar con una pala.
Muchos esqueletos se encontrabajan esparcidos alrededor por
excavadores previos – todos los craneos con aplanamiento posterior
y amarre – habrían tenido vestimienta fina, como las colecciones de
Montero y Cánepa que vinieron de aquí (¿?).2 (SAS 13a Folder 11 [3]:
6).
Evidentemente Farabee había encontrado sectores de los cementerios de
Cerro Colorado que incluían materiales parecidos a los famosos mantos
bordados ya en colecciones en los EE. UU. Pensaba volver para excavar,
pero siguió enfermo. Aparentemente al volver a Lima le contó a Tello sobre
sus observaciones, pero después de esta expedición se retiró del Museo de la
Universidad de Pennsylvania y falleció luego de dos años (Mason, 1926).
Como eventual director de varios museos y profesor en la Universidad
Nacional Mayor de San Marcos, y por sus contactos en los congresos
internacionales, durante la década 1915-1925, Tello recibió un caudal de
cartas pidiendo todo tipo de colaboraciones, algunas desde provincias en
el Perú, otras de los directores de museos en Argentina o en Colombia,

2Boat Sent men to San Andrés to get sail boat to cross bay to Cerro Colorado.
Oct 25th Crossed and found on hill top 100 ft high half miles from sea a burial place where
excavations had previously been made – appears to be refuse heap got to 10 ft deep but no evidence
of houses ---- shells of various classes, fragments of corn, camotes, yucca, guayavas – dust ashes etc.
well cemented together but possible to dig out with shovel.
52 Many skeletons were scattered about by previous diggers —all the skulls were flattened behind and
wrapped— these had fine clothing as Canepa’s + Montero’s collections came from here (?).
Julio C. Tello y el desarrollo de los estudios andinos en los Estados Unidos (1915-1950)

Inglaterra o Alemania, pero mayormente procedentes de las universidades


en los EE. UU. Le pedían opiniones, recomendaciones para estudiantes,
identificaciones de artefactos, colecciones de mariposas, todo tipo de favores
apropiados o no a su puesto y sus conocimientos. Tello vivía en el centro
del mundo de las ciencias en el Perú y también del mundo creciente de los
movimientos intelectuales indigenistas. En 1923, Tello fundó la revista Inca,
donde escribe «Wira Kocha», un ensayo de análisis iconográfico inspirado
por comparaciones entre textos de mitos andinos e imágenes provenientes de
sus estudios en Chavín (Tello, 1923a; 1923b). Desde entonces mantuvo una
ortografía arqueológica basada en transcripción lingüística, distanciada de las
formas hispanas de escribir términos andinos.
En 1923, el coleccionista Cánepa exhibió una colección de textiles
supuestamente provenientes de un solo entierro en una galería en Lima. Los
vistosos bordados causaban furor entre los artistas y arquitectos de corrientes
indigenistas y los precios subían precipitadamente, hasta que solamente
Larco pudo comprar una selección de las piezas más completas. Fragmentos
de algunos textiles bordados se dispersaron, terminando en las colecciones
de museos nacionales y universitarios en los EE. UU., Europa y Argentina
(Isabel Iriarte, comunicación personal, 2006). Tello logró pedir prestado
un complejo tocado para estudiarlo y fue el primero en proponer que el
«textil Paracas» tiene una organización que sugiere referencias calendáricas
(Tello, 1959). Pero Larco envió las piezas para exhibirlas en París, donde
fueron estudiadas y publicadas por otros investigadores (Levillier, 1928;
D´Harcourt, 1934), donde terminaron siendo vendidas y, las principales,
donadas al Museo Brooklyn, en un distrito de Nueva York.
El proyecto de un museo nacional con Means quedó truncado, pero la estrategia
de Tello funcionó en otro sentido: Larco vendió su museo al Estado peruano
en 1924 y Tello fue nombrado director del nuevo Museo de Arqueología
Peruana. Consolidaba allí las colecciones antropológicas y arqueológicas que
había tenido bajo su cargo, excepto por las de la Universidad Nacional Mayor
de San Marcos. Con cautela, mantuvo las dos plataformas institucionales.
En 1924, Alfred Kroeber publicó con William D. Strong dos estudios de los
documentos y colecciones de Ica y Chincha que Max Uhle había mandado a
la coleccionista Phoebe Hearst, quien tuvo la intención de fundar un Museo
de Antropología y Arqueología en el área de San Francisco. Como etnógrafo,
Kroeber tuvo interés en estudios del estilo de artefactos y Strong era entonces
53
su estudiante doctoral. Además de ser heredero de la colección de Uhle en el
Ann H. Peters, Luis Alberto Ayarza

museo que pasaba a formar parte de la Universidad de Berkeley, también en


1915 Kroeber había conocido los textiles bordados de la colección Mestanza,
en Washington. Por ello, Kroeber escribió a Tello y pidió su ayuda para
montar una expedición arqueológica en el Perú.
Cuando Kroeber llegó a Lima, Tello le presentó a los investigadores
que trabajaban activamente en la arqueología del valle del Rímac, el más
prominente entre ellos, Jacinto Jijón y Caamaño de Ecuador, gran amigo de
Uhle. Kroeber quiso investigar en la Costa Norte, pero estaba lloviendo; visitó
Huancayo, pero sufrió de soroche y volvió pronto. Sus colegas rápidamente
descubrieron que tenía poco conocimiento de los métodos de excavación.
Pero se llevaba muy bien con Tello, quien le invitó a trabajar al sur de Lima,
donde estaba dirigiendo excavaciones de rescate en Huaca Malena y esperaba
encontrar materiales relacionados a Nazca y Tiahuanaco. En 1925, Kroeber
excavó en Cerro del Oro en Cañete, donde contaba con un socio de Tello,
Antonio Hurtado, como supervisor de las excavaciones y con obreros de
Huarochirí. Kroeber dejó a Hurtado a cargo para visitar la Costa Sur, donde
visitó sitios en Nazca, conoció a coleccionistas en Ica y Pisco y, aparentemente,
escuchó rumores de entierros en la península de Paracas (Kroeber & Collier,
1998: 19; Daggett, 1991; 2005).
Al volver a los EE. UU., Kroeber publicó en American Anthropologist un
famoso ensayo titulado «Coast and Highland in Prehistoric Peru», cuyos
planteamientos se parecen curiosamente a los que Tello venía manejando por
más de una década (Kroeber, 1927). Kroeber estaba planificando una siguiente
expedición proyectando grandes descubrimientos en la cultura «Proto Nazca»
con apoyo del Field Museum y William Egbert Schenck para dirigir las
excavaciones, cuando recibió la noticia que Tello se le había adelantado.
Poco después de la partida de Kroeber a EE. UU. en 1925, Samuel Lothrop
retornó de sus investigaciones en Argentina. Tello lo conoció en Harvard,
pero en este momento Lothrop trabajaba para la Heye Foundation Museum
of the American Indian, una institución que no había acatado el principio de
no comprar objetos arqueológicos a los diplomáticos. Sin embargo, Lothrop
siempre fue un buen colega y amigo de Tello y en esta ocasión le ofreció
apoyo logístico para compartir un viaje de reconocimiento en la península
de Paracas. Tello volvió de nuevo en agosto con el auto y la compañía del
historiador y diplomático argentino Roberto Levillier y su esposa Jean, para
examinar con más detalle las zonas de huaqueos anteriores (Tello, 1959; Tello
54
& Mejía, 1979).
Julio C. Tello y el desarrollo de los estudios andinos en los Estados Unidos (1915-1950)

De esta forma, con el apoyo de diferentes colegas internacionales, Tello


logró montar un plan para investigar el sitio para el Museo de Arqueología
Peruana, con la supervisión técnica de Hurtado, nombrado en el Museo como
conservador general. Iniciaron los trabajos de levantamiento topográfico
y cateos en 1926. Estas investigaciones en Paracas son el primer proyecto
de investigación por y para un museo nacional peruano que, junto con
las investigaciones en Chavín, representa un cambio en el paradigma del
liderazgo de las expediciones y el destino de las colecciones excavadas.
Cuando se alistaban para partir en enero de 1926, William Montgomery
McGovern, especialista en difusión de charlas populares sobre Tibet, pidió
visitar el sitio con un cinematógrafo alemán que lo acompañaba (JCT
98[1].5 Folios 1183-4). Ya en febrero de 1926, McGovern se presentaba en
declaraciones al New York Times como codescubridor de una gran ciudad
en Paracas, de tal manera que esto afectaba a Means y seguramente a otros
colegas. La noticia inició una ruptura entre Tello y los mismos colegas que lo
habían apoyado en su larga lucha para establecerse en la dirección de un museo
nacional. Means, desde México, creía que el anuncio era una estafa y escribió
una carta al New York Times en términos ofensivos a Tello (JCT 98[1].5 Folio
1187). Levillier pidió permiso para fotografiar la cerámica excavada, pero de
repente Tello se lo negó, causando una reacción brusca, una carta ofendida y
una ruptura violenta entre ellos (Daggett, 2005; JCT 98[1].5 Folio 1206).
Dos años más tarde, Jean Levillier publicó un pequeño libro en inglés, en
París, acerca de los textiles del entierro Cánepa a la luz de las experiencias en
su visita a Paracas con Tello en 1925 (Levillier, 1928).
Unos colegas norteamericanos escribieron para proponer un proyecto en
Paracas en conjunto con Tello, tanto Marshall Saville del Heye Foundation
como Kroeber (JCT-98.1.V Folios 1192, 1194). Al llegar al Perú en 1926,
Kroeber fue a Paracas esperando un tour guiado de los descubrimientos pero
no encontró a nadie en el campamento. Tello suspendió los trabajos en Paracas
y en septiembre se fue con su equipo a trabajar a Nazca con Kroeber. Después
de trabajar juntos en Cahuachi y despachar las colecciones de Kroeber al Field
Museum, Kroeber viajó con Tello a la Costa Norte para visitar juntos sitios
asociados a la cerámica que Tello denominaba Muchik (Kroeber & Collier,
1998: 19-33).
Como señalamos anteriormente, en 1927, Kroeber publicó en American
Anthropologist un famoso ensayo titulado «Coast and Highland in Prehistoric
55
Peru», cuyos planteamientos se parecen curiosamente a los que Tello venía
Ann H. Peters, Luis Alberto Ayarza

manejando por más de una década. Entonces, cuando Tello fue al XXIII
Congreso de Americanistas en Nueva York, en 1928, en vez de presentar sus
descubrimientos de las Necrópolis de Wari Kayan en Paracas, presentó y publicó,
en inglés, un ensayo que sintetiza planteamientos geográficos y cronológicos
y que tituló «Andean Civilization: some problems of Peruvian archaeology»
(Tello, 1930b). Sus esquemas gráficos se parecen mucho al cuadro de desarrollo
histórico preparado para la Exposición Iberoamericana de Sevilla (JCT III-
24.4.2), una revisión del esquema de 1920 que incorpora Paracas (fig. 1). Sin
embargo, por las fechas de publicación, el ensayo de Kroeber parece ser el
antecedente. En 1930, Kroeber publicó «Archaeological Explorations in Peru:
the Northern Coast», en el que da poca importancia a las recomendaciones,
explicaciones y visitas guiadas por su amigo y colega Tello (Kroeber, 1930).
Como si esto no fuera suficiente, en este tiempo surgieron tensiones entre Toribio
Mejía y Antonio Hurtado, los dos supervisores que estuvieron trabajando juntos
al descubrir los cementerios «Necrópolis» en Paracas. Al volver con el camión
en 1928, se bajó una llanta y Hurtado hizo un viaje misterioso y aparentemente
innecesario a Lima, desatando una serie de dudas y acusaciones que terminaron
con su despido. Inmediatamente después de traer los materiales de Paracas a
Lima hubo un conflicto violento con Victor Larco Herrera, sobre un terreno al
lado del Museo de Arqueología Peruana que Tello estaba usando para conservar
y restaurar materiales excavados (Daggett, 2009: 28).
Tello había conseguido fondos del gobierno peruano para el masivo rescate
de los entierros intactos de las Necrópolis, ofreciendo aportar con momias y
mantos bordados al pabellón del Perú en la Exposición Iberoamericana de
Sevilla, planificada para 1929. Al inicio, la Comisión de Sevilla pidió todo
el cementerio, pero luego aparece una solicitud del Ministerio de Relaciones
Exteriores el día 10 de enero 1929 con una lista de seis entierros con su código
de excavación, de los anotados como los más importantes o interesantes y da
media hora para subir los fardos al camión (AT 162; AT 171 cuadernillo
2; JCT-III-37-2). Tello llegó a entender que estos fueron estudiados por
Hurtado, dentro del Ministerio de Relaciones Exteriores, antes de mandarlos
a ser exhibidos en Sevilla (AT 167). Tello acusó a Hurtado de haber robado
un manto bordado del museo y hubo un juicio legal con acusaciones entre
Hurtado y Tello de robar y vender materiales de los entierros de las Necrópolis
(AT 171 cuadernillo 1; TMX 765; JCT 100[3].13).
Tello y su equipo prepararon una exhibición de 1 380 objetos (sin incluir materiales
56
provenientes de los seis entierros Necrópolis) para Sevilla (JCT III-37-2). Dos de
Julio C. Tello y el desarrollo de los estudios andinos en los Estados Unidos (1915-1950)

Figura 1 – Tríptico del Perú Antiguo preparado por el Museo de Arqueología Peruana para el pabellón del Perú en la Exposición Iberoamericano de
Sevilla, 1929

57
Ann H. Peters, Luis Alberto Ayarza

los fardos fueron a Sevilla, mientras los materiales contenidos en los cuatro
fardos abiertos en el Ministerio de Relaciones Exteriores fueron devueltos
al Museo Nacional en 1932 (Catálogo del Museo Nacional, 1932). El
comisionado de la exposición de Sevilla fue Francisco Graña, y Tello logró
saber algo sobre cómo habían sido exhibidos los fardos parcialmente abiertos.
Tello fue obligado a quedarse en Lima para presentarse en un Congreso de
Turismo y aprovechó para publicar Antiguo Perú: primera época, un libro de
difusión basado mayormente en sus investigaciones en Chavín y Paracas y
diseñado no solamente para demostrar los logros de una arqueología nacional,
sino también definir un periodo histórico anterior a la secuencia planteada
por Uhle (Tello, 1929).
Mientras tanto, en 1929, Tello había gestionado un proyecto de ley que
establece a los sitios arqueológicos como patrimonio del Estado (Astuhuamán
& Daggett, 2005) y se estableció el Patronato de Arqueología para vigilar los
sitios registrados. Pero luego, en 1930, Tello fue destituido de su cargo como
director del Museo luego del golpe de Sánchez Cerro, siendo reemplazado
por el Dr. Luis Valcárcel, y luego atacado extensamente en la prensa por una
alianza de la derecha golpista con políticos coleccionistas, y en los mismos
medios, por Hurtado (Daggett, 2009; Tello, 1930a). Tello logró mantener el
acceso para investigar su colección de Paracas al mantener buenas relaciones
con Valcárcel, pero cuando su socio Eugenio Yacovleff pasó a trabajar con
Valcárcel e inició con el joven Jorge Muelle investigaciones propias y publicó
sobre Paracas, Tello criticó en la prensa a la nueva dirección del Museo
Nacional (Daggett, 2009). Si bien, estos contratiempos y conflictos no tienen
una relación obvia con las relaciones entre Tello y sus colegas norteamericanos,
forman parte de las tendencias a la competencia, la envidia, la desconfianza y
el conflicto abierto desatados a nivel nacional e internacional por las nuevas
prácticas institucionalizadas en el proceso de investigar Paracas.
Ya en 1931, Tello logró establecer un Centro de Investigaciones Arqueológicas
con sede propia bajo la supervisión del Museo Nacional y luego organizó
nuevas aperturas de fardos Paracas como eventos diseñados para reconstruir
sus alianzas a nivel nacional e internacional. Means renovó la buena relación
con Tello y manejó datos generales acerca de Paracas que le sirvieron de mucho
para escribir (Means, 1932) sobre los textiles bordados del Museo de Bellas
Artes en Boston (parte de la colección Mestanza). Participó en la apertura
del fardo mortuorio 12 en 1933 en el nuevo Centro de Investigaciones
58 Arqueológicas (AT 180 cuadernillo 2).
Julio C. Tello y el desarrollo de los estudios andinos en los Estados Unidos (1915-1950)

Tello buscaba entre sus colegas internacionales posibilidades de financiar el


mantenimiento de su centro y sus investigaciones. En el año 1935, presentó
en Lima una serie de charlas y visitas al campo para un viaje educativo acerca
de las culturas y la arqueología andina organizado por el profesor Edgar Lee
Hewett de la Universidad de Nuevo México. Este «semestre en el exterior»
(semester abroad) era novedoso para esta época: Hewett llevó a sus estudiantes a
Tiahuanaco, a La Paz y luego a Cuzco, donde visitaron el Museo Universitario,
las principales estructuras Incas en la ciudad, Chinchero, Ollantaytambo y
Machu Picchu. De regreso a Lima, Hewett se reunió de nuevo con Tello y
se volvieron a ver en octubre de 1935 en el Congreso de Americanistas en
Sevilla, donde confirmaron planes para una serie de charlas que Tello daría en
Nuevo México el año siguiente (JCT 99[2].8 Folio 2101).
Hewett tenía cierto parecido con Tello. Arqueólogo residente en el árido y
transcultural suroeste de los EE. UU., infatigable investigador de terreno
y profesor de métodos, fundó el Museo de Nuevo México y la School for
American Research (SAR). Entró en la política para gestionar la Antiquities Act,
ley federal que protegía a los sitios arqueológicos como patrimonio del Estado.
Aunque gestionó los programas académicos de la Universidad de Nuevo
México y la University of Southern California, fue menospreciado por Boas
y otros colegas de las universidades del Noreste. Cuestionaron su doctorado
de la Universidad de Ginebra por ser una tesis basada en sus publicaciones
previas, calificándolo como demasiado político y poco académico, con escaso
marco teórico y sin publicaciones en American Anthropologist. Pero entrenó a
los arqueólogos profesionales del Suroeste con amplia experiencia en el trabajo
de campo, documentando el pasado Anasazi; siendo gran amigo también de
sus descendientes, promocionando las magníficas artesanías de los pueblos de
Santa Clara.
En 1936, Tello viajó a EE. UU. y fue primero a Nuevo México (fig. 2), donde
dio el ciclo de charlas y visitó las excavaciones del School for American Research
en el Cañón de Chaco. Tello ya proponía la formación de un instituto de
investigaciones andinas para coordinar investigaciones colaborativas y
recaudar fondos, y consideró la propuesta de Hewett de ser parte del School for
American Research. En Gallup, Nuevo México, conoce a la Sra. Truxton Beale,
una persona pudiente aficionada a la arqueología, que hablaba fluidamente el
español y financiaba investigaciones arqueológicas. Ella aconseja a Tello que
se reúna con Mildred y Robert Woods Bliss en California, y que creáse una
institución en EE. UU. con la participación de sus colegas arqueólogos, pero 59
sugirió que ellos no debían constituir su directiva (JCT 99(2).8 Folio 2105).
Ann H. Peters, Luis Alberto Ayarza

Figura 2 – Julio C. Tello en Nuevo México en 1936


Foto del archivo JHM, cortesía de Felicia Schaps Tracy

J. Honour McCreery, arqueóloga egresada con Maestría de la University of


Southern California que había participado en el viaje educativo de 1935,
estaba excavando con Hewett en Chaco y acompañó a Tello en el tren a
California. Desde entonces mantuvo una correspondencia con Tello y supo de
la formación del Institute of Andean Research cuando Tello se reunía después
con sus colegas en Nueva York el 13 de septiembre de 1936 (JCT 99[2].8
Folio 2133). El plan tentativo con Hewett y la directiva recomendada por
Beale se habían abandonado. El 22 de septiembre, el antropólogo Lealie Spier
de la Yale University había escrito a Kroeber con copia a Tello, declarando que
si Tello se asociaba a Hewett no tendría apoyo y participación de otros colegas
60
(JCT 99[2].8 Folios 2110, 2111).
Julio C. Tello y el desarrollo de los estudios andinos en los Estados Unidos (1915-1950)

En su biografía, Alfred Kidder Sr. declara que el Institute of Andean Research


fue fundado por su propia iniciativa, al volver de excavar en el Suroeste, y que
había recomendado a Tello con la filántropa Mrs. Beale (Woodbury, 1973).
Mason (1967) cita como fundadores a Lothrop y a Kroeber, que no estaba
presente pero pidió ser su primer presidente, y a Wendell Bennett, que asumió
el cargo de secretario-tesorero. También menciona a Tello como partícipe en
este acto y representante del Institute of Andean Research en el Perú, pero
ningún texto aclara que Tello había llegado a EE. UU. con el plan de fundar el
mencionado instituto; aunque el acuerdo inicial trataba de la creación de una
institución de carácter internacional con Tello como director de campo (Field
Director). Para fines de su incorporación como entidad sin fines de lucro en
EE. UU. se modificó el plan y se formó una directiva estadounidense, con
Tello como Peruvian Counselor and Representative, nombrado por un año.
El 19 de enero de 1937, Bennett escribió a Tello para explicar los cambios,
declarando que su nueva posición era otra manera de decir «director de
campo» y que al presentar un plan de investigaciones a la directiva del Institute
of Andean Research y que fuese aprobado, organizarían el apoyo financiero
(IAR [1]). Tello respondió con cartas a Bennett, Lothrop y Kroeber pidiendo
que se aclare el cambio de carácter del instituto, de internacional a nacional, y
las responsabilidades del Peruvian Counselor (JCT 100[3].13 Folios 4258-9,
4261, 4262). Tello percibió que los cambios efectuados después de su partida
tendrían efectos importantes en las relaciones de poder y funcionamiento del
instituto, lo que resultó acertado.
El Institute of Andean Research destinó apoyo financiero para la participación
de estudiantes recomendados por sus miembros. Las jóvenes arqueólogas
Honour McCreery y Barbara Loomis fueron recomendadas por Hewett para
el primer grupo de estudiantes enviados a trabajar con Tello en la Expedición
al Marañón, pero no recibieron apoyo del instituto. Sin embargo, llegaron a
Lima en mayo de 1937 y pasaron un mes allí antes de partir en la expedición.
Durante este mes fueron testigos de la visita de Nelson Rockefeller, su
conversación con Tello y la decisión de mandar cuatro fardos mortuorios a
Nueva York, considerando que convenía al Perú que el magnífico arte textil
de Paracas fuera exhibido en un museo de renombre mundial, como el Museo
Metropolitano (Resolución Suprema 433, 17 de junio, 1937; JCT III-40-I
Folios 8108-8111). Al entender su contexto histórico, se puede entender este
acto —aparentemente contradictorio— como parte integral de los planes de
Tello de construir en Nueva York una institución transnacional que apoyaría 61
a su centro de investigaciones.
Ann H. Peters, Luis Alberto Ayarza

La joven McCreery mantenía un diario en el que anota la hospitalidad de Tello


y su familia, quienes dieron acceso a los estudiantes a su biblioteca personal.
Allí estudiaron las fuentes publicadas, las de Kroeber entre ellos, y también
trabajos inéditos de Tello. Las notas de McCreery incluyen dos documentos
fascinantes, que describen un esquema histórico-geográfico novedoso que
concibe knots («nodos») como centros de interacción en distintas zonas
altoandinas, conectados por sistemas fluviales que emanan a la Costa, Sierra
y Selva. No representa un mapa literal, sino un esquema conceptual de
nudos de unión entre rutas que canalizaban relaciones históricas entre áreas
socioculturales estructuradas por la geografía andina (fig. 3).

Figura 3 – «Nudos de interacción» en los Andes, representado


62 en los apuntes de J. Honour McCreery (JHM [1]), 1937
Julio C. Tello y el desarrollo de los estudios andinos en los Estados Unidos (1915-1950)

Un dibujo más detallado representa un sistema que emana del sitio de


Chavín (fig. 4). Escrito en un inglés traducido del español, estos esquemas
khipuformes están seguidos por un mapa detallado de ríos principales y sitios
arqueológicos parecidos a los manejados por investigadores posteriores, que
detrás lleva una lista de sitios escritos en los términos y sistema ortográfico
de Tello.

Figura 4 – Esquema detallando el nudo de interacción


alrededor del sitio de Chavín, en los apuntes de J. Honour
McCreery (JHM [1]), 1937

63
Ann H. Peters, Luis Alberto Ayarza

Otra norteamericana no tuvo tan buena acogida: procedente del Museo


Peabody de Harvard y apoyada por el Institute of Andean Research, Isabel
Guernsey fue destacada para aprender conservación y análisis textil con Rebeca
Carrión, trabajando específicamente con textiles de Paracas. Considerando
que Guernsey no tenía suficiente experiencia previa, Carrión le asignó a
trabajar exclusivamente con textiles de Ancón. Por las cartas preocupadas
de Guernsey a Bennett (IAR [2]) y el comentario indignado de A. V. Kidder
Jr., quien consideraba que Guernsey debería haberse encargado de poner en
orden la colección Paracas y abrir fardos (IAR [4]), esta correspondencia deja
la impresión que la habían mandado al Perú con la tarea específica de obtener
información detallada acerca de Paracas, proyecto que quedó frustrado. En
1938, Guernsey ayudó a A. V. Kidder Jr. en el estudio de un fardo Paracas en
Harvard, antes de desaparecer de la historia de la arqueología andina.
McCreery y Loomis salieron al campo junto con otro estudiante de Nueva
York, Donald Collier, que iba como fotógrafo de la expedición. Otros jóvenes
apoyados por el Institute of Andean Research, Blair y Danielson, fueron con
un excelente equipo fotográfico pero estuvieron por poco tiempo; Lothrop
había escrito a Tello declarando que Blair y Danielson llevarían equipo de
alta calidad para dejarlo con Tello, pero quizás no irían al incomodarse si
estaban las chicas del Suroeste (JCT 99[2].8 Folio 2289). En el valle de
Casma trabajaron en un complejo de sitios que hoy se conoce con el nombre
de Sechín. Mientras las norteamericanas registraban entierros intrusivos
del periodo Intermedio tardío, los trabajadores del Museo con Tello, Mejía
y el dibujante Pedro Rojas Ponce excavaban y registraban los contextos
arquitectónicos tempranos cubiertos por un antiguo huayco, y reubicaron las
rocas paradas grabadas. Collier escribió a Bennett comentando que las chicas
del suroeste trabajaban bien (IAR [3]), y sus notas de campo lo reflejan.
Loomis y McCreery aprovecharon los domingos para explorar con Pedro
Rojas y conocer bien los diferentes aspectos del sitio (JHM [2]). Se llevaron
bien con todos, pero les parecía muy rara la actitud de Collier, que se volvió
más ansioso en la medida que los descubrimientos en Sechín hacían que Tello
replanteara el calendario para completar bien las obras. Cuando se trasladaron
a Moxeke y descubrieron otra arquitectura con frisos maravillosos, Collier se
veía sumamente infeliz.
En septiembre de 1937, McCreery volvió a EE. UU. para casarse, y Loomis
decidió que sería inoportuno quedarse, siendo la única mujer. Tello apoyó sus
64 decisiones y su esposa y Carrión les brindaron apoyo logístico en Lima. Collier
Julio C. Tello y el desarrollo de los estudios andinos en los Estados Unidos (1915-1950)

abandonó el proyecto una semana después y partió a Chavín (JHM [3]).


Pero Loomis, que estudiaba fotografía y hacía películas, se organizó con
Rebeca Carrión para mandar un fotómetro a Tello, que posibilitase la toma
de buenas fotos durante el resto de la expedición al Marañón (JCT 100[3].13
Folio 4308-9). Desde los EE. UU., Loomis y McCreery se escribían mientras
desarrollaban su informe para Tello, lamentando que la falta de las fotografías
prometidas por Collier empobrecía sus resultados. La correspondencia que
mantuvieron entre ellos y Tello también nos ofrece visiones personales
sobre el rol de Wendell Bennett en organizar la participación de estudiantes
estadounidenses en la Expedición al Marañón y los posibles motivos.
Loomis emprendió un viaje a Nueva York en 1938, cuando consideraba iniciar
un posgrado en Yale. Se entrevistó con Bennett poco tiempo después que los
cuatro fardos de Paracas Necrópolis, destinados al Museo Metropolitano, se
habían destacado al American Museum of Natural History, y dos de ellos ya
habían sido abiertos y estudiados por Bennett. Loomis escribió a McCreery:
En cuanto a las momias Rockefeller: Busqué a Dorothy Bennett en
el American Museum, y supe por ella que las momias se encontraban
allí. No creo que ella haya sabido cómo pasó, y no profundicé mucho
en el tema. También supe por ella que W. C. Bennett había estado
incómodo porque César nos estaba llevando. Lothrop obviamente le
escribió al Dr. Tello, como le fue indicado, sin saber realmente cuál
era el trasfondo del asunto. Evidentemente, W. C. B. había estado
contando a todo el museo lo que decía la carta de Lothrop a Caesar:
acerca de los jóvenes que querían «trabajar en serio» y todas esas cosas
(No se me ocurre por qué no le mencioné a Dorothy sus estudios
en Inglés y Arte). Concluí que D. Bennett y F. Leon habían estado
tratando de convencerlo de que no erámos simplemente un par de
tontas delicadas.
Aparentemente W. Bennett había estado dando a entender que
el Dr. Tello no había estado cooperando con el Instituto […] Me
pregunto si él realmente pudo haber tenido la tonta idea de que el Dr.
Tello estaba allí para traicionarlo, y estaba actuando de acuerdo a eso.
De otro modo encuentro difícil de comprender en un hombre en su
posición tanta aparente estupidez y falta de interés real por el desarrollo
de la arqueología. Le dejé a Dorothy tan claro como me fue posible que
el Instituto significaba mucho para el Dr. Tello y que él no había tenido
65
intención alguna de no cooperar con este; y de ahí fui a ver a W. C. B.
Ann H. Peters, Luis Alberto Ayarza

Aprendí varias cosas en el curso de la entrevista, y salí muy segura de


que la idea de W. B. de que el Dr. Tello está allí para traicionarlo está
basada en una tendencia a juzgar a otros en base a su propia condición.
Él quiere ser el más grande en el campo, y la arqueología per se es
secundaria. Pero si él no puede ni darse cuenta de lo que pasa cuando
trata de jugar un juego de indirectas con un hombre listo que ha
tenido que lidiar con ese tipo de cosas durante cuarenta años o más—
bueno…! (JHM [4])3.
Es decir que a un año de haberse fundado el Institute of Andean Research, y
luego del primer año de trabajos desarrollados bajo su auspicio, ya resaltan
las diferencias en expectativas. Tello quiso fundar la institución para crear
un marco de colaboraciones donde él no siguiera apareciendo como director
de logística o agilizador de trámites, sino como director de proyectos con
financiamiento internacional. Aparentemente, sus colegas querían usar el
instituto no solamente para mandar estudiantes al Perú para aprender de
Tello y sus colaboradores, sino también para obtener datos específicos para el
presidente Kroeber y el secretario Bennett.
Loomis menciona que Bennett quería dar la impresión que él había sugerido
que Rockefeller se reuniera con Tello, e incluso que la propuesta de mandar
fardos Paracas a Nueva York era un arreglo previo en que él había estado

3 As regards the Rockefeller mummies: I looked up Dorothy Bennett at the American Museum,
and learned from her that the mummies were there. I do not think she knew how it happened,
and I did not go into the matter much. I also learned from her that W. C. Bennett had been on his
tin ear because Caesar was taking us. Lothrop obviously wrote Dr. Tello as he was told to, without
really knowing what was back of the matter. W. C. B. had evidently been telling the museum
in general just what Lothrop’s letter told Caesar: about the boys who wanted to «serious work»,
and all that. (I can not think why I did not happen to mention their English and Art majors to
Dorothy.) I gather that D. Bennett and F. Leon had been trying to convince him that we were not
just a couple of feminine nincompoops.
Apparently W. Bennett had been letting it be understood that Dr. Tello had not been cooperating
with the Institute. […] I wondered if he could really have gotten some fool notion that Dr. Tello
was out to double-cross him, and was acting accordingly. Otherwise, I found it hard to account
for so much apparent stupidity and lack of real interest in the advancement of archaeology, from
a man in his position. I made it as clear as I possibly could to Dorothy that the Institute meant a
great deal to Dr. Tello, and that he had had no idea of not cooperating with it, and then went up
to see W. C. B.
I learned several things in the course of the interview, and came away fairly sure that W. B.’s
premise that Dr. Tello is out to double-cross him is based on a general tendancy [sic] to judge
others by himself. He wants to be the big bug in the field, and archaeology per se, is secondary.
66 But if he can not even realize what happens when he tries to play a game of indirections with a
clever man who has had to cope with that sort of thing for forty years or more-- well…! (JHM [4]).
Julio C. Tello y el desarrollo de los estudios andinos en los Estados Unidos (1915-1950)

involucrado —aunque nuestras fuentes en los archivos no apoyan esta


versión—. Loomis añade, «Bennet mencionó que él le había sugerido a
Rockefeller que ayude a Tello a publicar»4. En contraste, Kroeber y Bennett en
su correspondencia en 1937 expresan la preocupación que el financiamiento
directo de parte de Rockefeller hubiera dado a Tello demasiado libertad,
debilitando el control del Institute of Andean Research. Le critican por no
rendir cuentas detalladas de los gastos de la expedición (IAR [5]), aunque
no la habían financiado, mientras Tello se estaba preocupando más por los
informes científicos que el suponía estaban destinados a ser publicados en
EE. UU. (JHM [5], JCT 100.13 Folios 4376-7).
Loomis también nota que Bennett aparentemente conocía muchos detalles
acerca de los trabajos de campo en Casma.
No parecía ser mucho lo que le faltaba conocer de Sechín, Moxeke o
Pallca. Sobre su escritorio había un juego de las fotos tomadas por Blair-
Danielson. Estas no incluían gran parte de la piedras de Mayanish,
de las que le permití ver dos o tres. Él brincó como si hubiera sido
pinchado con un alfiler, luego preguntó si yo tenía los negativos. Dije
que Donald [Collier] los había tomado. «¿Los negativos de Donald?».
No lo contradije: Donald los había tomado. Otra foto ante la que
él se entusiasmó fue la de una de las piedras antes de ser excavada.
Estaba sorprendido por cuánto de ella se mostraba. Obviamente, es un
tema delicado para él que el Dr. Tello pudo hallar cosas donde él no5
(JHM [5]; JCT 100[3].13 Folios 4376-7).
Mientras Loomis escribía a McCreery, Bennett había renunciado a su
posición como secretario del Institute of Andean Research y partió en una
expedición al Perú, donde obtuvo permiso oficial para sus investigaciones
en el Callejón de Huaylas. McCreery y Loomis lograron mandar sus
informes a Tello en 1938, y, al responder, Tello expresaba su desilusión con

4 Bennett said that he had suggested to Rockefeller that he help Tello publish.
5 There did not seem to be very much that he did not know about Sechin, Moxeke or Pallca.
There was a set of Blair-Danielson pictures on his desk. They happened not to include the most
Mayanish of the stones, which was with two or three that I let him look at. He jumped as if
he had been pricked with a pin, then asked if I had the negatives. I said Donald took them.
«Donald’s negatives?» I did not contradict him: Donald did take them. Another picture that he
reacted to was one of the stones before it was excavated. He was amazed that so much of it was
showing. Obviously it is a very sore point with him that Dr. Tello can find things where he can not 67
(JHM [5]; JCT 100[3].13 Folios 4376-7).
Ann H. Peters, Luis Alberto Ayarza

los colegas de Nueva York, señalando su acuerdo con las inquietudes que
ellas le habían expresado6.
I. A. R.- Desde mi retorno a Lima, luego de un viaje de seis meses, me
apresuré en enviar vía correo aéreo, al Presidente, Secretario y a dos de
mis mejores amigos en Harvard, un Reporte Preliminar de los resultados
de la expedición. Consideré apropiado enviar solo un informe sintético,
mientras desarrollo y amplío el trabajo o reporte que preparé en Casma,
y que deseo finalizar con las observaciones que hice en Cajamarca y en
el [valle del] Marañón. Esperé ansiosamente recibir respuesta a estas
cartas. Tres meses pasaron sin la menor de las noticias, así que me vi
obligado a escribirle a mi amigo L, pidiéndole muy directamente que
me informe acerca de mi situación en relación al I. A. R.
Mientras tanto, B. ya había arribado a Lima. Con él comprendí que la
Directiva del I. A. R. había cambiado; que L. era el nuevo Presidente
y que B. no solo había renunciado como Secretario, sino que se había
separado del I. para explorar algunos lugares que le interesaban en el
Perú- sin afectar en lo mínimo el trabajo que yo estaba realizando.
Luego recibí, solo una semana después, un breve resumen o reporte
del I. A. R. acerca del trabajo arqueológico realizado en el año 1937-
1938, mimeografiado y no destinado a ser publicado. En este aparece
un informe de D. C.; y otro de I. Guernsey; otro de Alfred Kidder
II, y el muy breve reporte que le envié al Dr. K, junto con unas pocas
imágenes reproducidas a partir de aquellas que publiqué en algunos
periódicos de Lima.
En este reporte del nuevo Presidente, comprendí que yo seguía como
Consejero y Representante Peruano, que el Dr. y la Sra. B. habían
llegado al Perú enviados por el I., y que D. C. reporta, según su estilo,
lo que él ha visto durante nuestro trabajo en Casma y durante su viaje
por Chavín y Huánuco Viejo. La Srta. I.G. comenta brevemente acerca
de sus actividades en Lima. Estos breves reportes informan, excepto el
de D. C. —que posee algunos errores— muy exactamente los hechos»7
(JHM [5]; JCT 100[3].13 Folios 4376-7).

6 En la nota que sigue, I. A. R. o I. se refiere al Institute for Andean Research; L. se refiere a Lothrop;
B. a Bennett; K. a Kroeber; D. C. a Donald Collier e I. G. a Isabel Guernsey.
68 7 I. A. R.- Upon my return to Lima, after the six month trip, I hurried to send via air mail to the

President, Secretary and two of my principal friends at Harvard, a Preliminary Report on the results
Julio C. Tello y el desarrollo de los estudios andinos en los Estados Unidos (1915-1950)

Tello advierte que Bennett había obtenido un permiso muy amplio para
investigaciones arqueológicas y que luego de pasar cierto tiempo en el
Callejón de Huaylas, su objetivo declarado, había partido a Chavín cuando
disminuyeron las lluvias:
Parece que los arqueólogos también tienen, al igual que otros humanos,
grandes ilusiones. Chavín es ahora el centro de atracción, la meta de
las aspiraciones arqueológicas de algunos, como B. Doering, quien
también sólo espera que B. deje Chavín para establecerse ahí. Como
sospeché desde el comienzo que esta era la intención de B,; le dije,
cuando me preguntó acerca de mis planes, que pensaba trabajar en
Chavín en Mayo o Junio, y para ese tiempo esperaba que él tuviera
unos días libres, para viajar juntos no sólo a Chavín, sino a otros lugares
cerca. Esta sugerencia mía no fue de su agrado, porque el respondió de
un modo muy exagerado, que confirmó mi opinión. Ahí lo tienen,
desde el comienzo de la primavera, en Chavín haciendo trincheras
en el mismo lugar en el que hallé fragmentos de cerámica Chavín8
(JHM [5]; JCT 100[3].13 Folios 4376-7).

of the Expedition. I believed it appropriate to send just a synthetic news piece, while I developed
and expanded the work or report that I prepared in Casma, and that I wished to complete with
the observations made in Cajamarca and in the Marañon [valley]. I waited anxiously to receive a
response to these letters. Three months went by without the least news, so I was obliged to write my
friend L., asking him very laconically that he respond regarding my situation in respect to the I. A. R.
Meanwhile, B. had already arrived in Lima. From him I learned that the Directive of the I. A. R.
had been changed; that L. was the new President and that B. not only had resigned as Secretary
but that he had separated from the I. in order to explore some places in Peru that interested him –
without in the least harming the work that I was carrying out.
I later received, only a week ago, a brief summary or report of the I. A. R. regarding the archaeological
work carried out in the year 1937-1938, mimeographed and not destined to be published. In this
appears a report from D. C.; another from I. Guernsey; another by Alfred Kidder II, and the very
brief report that I sent to Dr. K., together with a few images reproduced from those I published
in some Lima newspapers.
In this report of the new President, I have learned that I continue as Peruvian Counsellor and
Representative, that Dr. and Mrs. B. have come to Peru sent by the I. and that D.C. reports
according to his fashion what he has seen during our work in Casma, and during his trip through
Chavín and Huánuco Viejo. Miss I.G. briefly tells something about her activities in Lima. These
brief reports express except that of D.C. —that contains some errors— the facts quite accurately
(JHM [5]; JCT 100[3].13 Folios 4376-7).
8 It appears that archaeologists also have, like other humans, grand illusions. Chavín is now the

center of attraction, the goal of archaeological aspirations of some, like B. Doering, who likewise
only waits for B. to leave Chavín to establish himself there. As I suspected from the beginning that
this was B.’s intention, I said when he asked me about my future plans, that I thought to work 69
in May or June in Chavín, and at that time I hoped that he might have a few days free, to travel
Ann H. Peters, Luis Alberto Ayarza

Tello se enteró que uno de los cuatro fardos mandados a Nueva York había sido
estudiado por Bennett y otro por Alfred Kidder, Jr., pero no sabía que había
sucedido con los otros dos fardos, aunque había logrado que se comprometieran
en mandarle fotos y detalles de las «disecciones» de los fardos. Efectivamente,
Tello supo exigir a sus colegas estadounidenses sus informes (TMX 607;
JCT III-40-1). En el archivo Tello están las fotografías e inventario de los
materiales asociados a dos fardos abiertos por Bennett en el American Museum
of Natural History, y también el informe detallado desarrollado por Kidder
y sus estudiantes de postgrado en Harvard. La publicación de este informe
fue frustrado por la Segunda Guerra Mundial, y cuando Kidder pidió apoyo
financiero de Rockefeller, recibió una respuesta de que este tenía un esquema
a escala más grande para un apoyo a la arqueología en el Perú (PMAE [2]).
En 1938, Tello se reunía con Lothrop y Strong para hacer planes de
campañas de investigación en la Costa Central, aparentemente parte de un
plan maestro en el que diferentes colegas del Institute of Andean Research
montarían investigaciones abarcando Costa y Sierra en el norte, centro y sur
de los Andes Centrales. Este concepto de investigaciones para trazar historias
regionales sigue los precedentes de Tello en sus trabajos en la costa sur y en
la región Casma-Marañón, y tiene evidente relación al desarrollo de sus ideas
acerca de «nudos de interacción» y sectores geográficos transandinos con una
historia compartida. Sin embargo, con la guerra, la influencia de Rockefeller
se nota en el financiamiento de arqueólogos por el Departamento de Estado
de los EE. UU. para montar expediciones en diferentes países de interés para
recoger información de inteligencia; por ejemplo observar movimiento en los
puertos y las simpatías políticas con el eje italo-alemán. Bennett trabajó en
Colombia, Collier con Murra en el Ecuador y Gordon Willey, W. D. Strong,
J. M. Corbett y J. H. Rowe en el Perú.
Strong, Willey y Corbett dedican la publicación de su informe a Tello:
Al Dr. Julio C. Tello, de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos,
en Lima, y del Museo de Antropología [MNAAHP], en Magdalena. Esta
monografía es dedicada en reconocimiento al hecho de que la fundación
del Institute of Andean Research fue el resultado de la estimulación y

together not only to Chavín but also to other places nearby. This suggestion of mine was not to
his liking, because he responded in a very exaggerated fashion that confirmed my opinion. There
70 you have him from the beginning of Spring in Chavín, putting a trench in the same place where I
found fragments of Chavín pottery (JHM [5]; JCT 100[3].13 Folios 4376-7).
Julio C. Tello y el desarrollo de los estudios andinos en los Estados Unidos (1915-1950)

sugerencia del Dr. Tello durante su visita a los Estados Unidos, en 1936;
y también en reconocimiento a la importancia de las décadas de sus
exploraciones en su país natal. Estas exploraciones han servido como base
para las investigaciones arqueológicas que el Institute of Andean Research,
así como otras instituciones norteamericanas para el conocimiento, han
sido capaces de auspiciar en años recientes para una serie de jóvenes
investigadores, para el desarrollo mutuo de los intereses intelectuales y
lazos culturales de Perú y Estados Unidos»9 (Strong et al., 1943: v).
A continuación, agradecen a Tello por sus consejos científicos sagaces y gran
ayuda profesional y personal, y luego también a Luis Valcárcel, [Cirilo]
Huapaya, Rebeca Carrión, Toribio Mejía y [Julio] Espejo (Strong et al., 1943:
vii). Constituye la declaración más abierta publicada acerca de la importancia
de Tello para los investigadores norteamericanos.
Luego de 1942, debido en parte a la Segunda Guerra Mundial, a la alianza
establecida entre los norteamericanos y Rafael Larco Hoyle, y a una
enfermedad terminal, Tello quedó más aislado, trabajando con el personal del
Museo y estudiantes en preparar los libros prometidos para documentar los
datos de campo y gabinete de Chavín y Paracas. Tello organizó con Carrión
y Mejía en 1945 una serie de prácticas en la apertura de fardos Paracas y
preparaciones para su exhibición, para una nueva generación de estudiantes
universitarios peruanos, pero en este proyecto no participaban estudiantes,
colegas u observadores extranjeros.
Kroeber había vuelto al Perú en 1942 y buscaba los datos para un gran
trabajo sobre Chavín y Paracas, lo que fue frustrado en gran parte por la
reticencia de Tello en permitirle el acceso a las colecciones. Al publicar su
estudio años después, Kroeber (1953) notaba con evidente frustración que
las ilustraciones fueron limitadas a los objetos que él pudo fotografiar en las
colecciones del Museo Nacional gracias a Valcárcel y a fotografías que Tello

9 To Dr. Julio C. Tello of the University Mayor de San Marcos in Lima and the Museo de
Antropología in Magdalena, this monograph is dedicated, in recognition of the fact that the
founding of the Institute of Andean Research was the result of stimulation and suggestion by Dr.
Tello during his visit to the United States in 1936; and in appreciation also of the importance of
his decades of archaeological exploration in his native country. These explorations have served as a
basis for the archaeological investigations which the Institute of Andean Research, as well as other
North American institutions of learning, have been able to provide for a series of younger scholars
in recent years, to the mutual enhancement of the intellectual interests and cultural linkage of Peru 71
and the United States (Strong et al., 1943: v).
Ann H. Peters, Luis Alberto Ayarza

había dejado en su visita a los EE. UU. en 1935. En 1942 y 1944 se llevaron


a cabo dos reuniones en la hacienda Larco en Chiclín, cuyos resultados
fueron publicados en el primer libro de arqueología por el Viking Fund,
relacionado a la Fundación Wenner-Gren. Kroeber (1944) expresa allí la
apreciación crítica de Tello, como analista «intuitivo» sin tener o mostrar los
datos suficientes para comprobar sus planteamientos. Cuando Tello falleció
en 1947, Kroeber ya estaba gestionando una conferencia en Nueva York
para repensar la arqueología en el Perú, reunión también financiada por
Wenner-Gren.
Los resultados, recopilados por Bennett y publicados por la Society for
American Archaeology y el Institute of Andean Research, incluyen el famoso
ensayo en que Willey (1948) presenta el concepto de «horizontes» definidos
en base a la amplia distribución de técnicas de producción parecidas,
mientras que Bennett (1948) presenta su famoso concepto de regiones de
un desarrollo histórico interrelacionado en la «cotradición peruana». Aunque
estos argumentos parecen tener antecedentes implícitos en el pensamiento de
Tello, los términos son novedosos y no citan su influencia. Más bien, en su
ensayo, Strong (1948b) critica a Tello por mezclar el útil concepto científico
de estratigrafía excavada (ironía aparente para los que conocen los niveles
arbitrarios que usaba Strong) con ideas de secuencia histórica (véase el cuadro
geográfico-temporal en Bennett & Bird, 1949), mientras Kroeber (1948) le
critica por no acatar los principios de secuencia estilística, en que los estilos
débiles o decadentes como la cerámica de Paracas Necrópolis no pueden
haber sido previos a una cerámica vigorosa y clásica como la de Nazca.
Dos años más tarde, este grupo se reunía de nuevo en el Congreso de
Americanistas de 1949, en Nueva York. Carrión viajó para abrir el fardo 49
de Paracas Necrópolis como homenaje a Tello y para establecerse como su
sucesora en las investigaciones del Museo Nacional, pero queda sorprendida
al descubrir que este acto no había sido incluido oficialmente en el congreso
(Carrión, 1949). Entonces lo abrió en el American Museum of Natural
History, donde los materiales fueron estudiados por Joyce Mahler Lothrop
antes de devolverlos al Perú. No fueron publicadas las Actas de este congreso,
solamente un grupo de ensayos escogidos (Tax, 1951) con una introducción
por Bennett y un ensayo por Willey en el que redenomina las etapas históricas
en los Andes con términos como Floreciente y Expansionista (Willey, 1951).
El único sudamericano incluido en la publicación de ponencias escogidas
72 de ese Congreso es el antiguo contrincante de Tello, Jorge C. Muelle. Su
Julio C. Tello y el desarrollo de los estudios andinos en los Estados Unidos (1915-1950)

ensayo parte de un comentario sobre una vasija huaqueada y comprada en


una tienda de Lima para alabar los aportes de arqueólogos norteamericanos,
quejarse sobre la ausencia o poca calidad de arqueólogos profesionales en el
Perú y pedir la intervención de los norteamericanos para salvar la arqueología
nacional (Muelle, 1951).
A partir de 1951, con un apoyo durante varios años de la comisión Fulbright
para Intercambio Educativo entre los Estados Unidos y el Perú, entró el
equipo de Berkeley bajo la dirección de John H. Rowe, también con los
aportes del historiador de arte canadiense Alan Sawyer, para ocupar los
terrenos y los temas de Chavín y Paracas. Se reinició la práctica de exportar
las colecciones de los arqueólogos andinistas para su estudio en los museos
en el extranjero. Los debates arqueológicos sobre la historia andina fueron
publicados casi exclusivamente en los EE. UU. y se utilizaban los datos de
Tello pero sin citar sus obras, excepto como fuente fotográfica.

Conclusiones
Queda claro que Julio C. Tello tuvo una influencia enorme sobre la visión
general y conocimientos específicos de la arqueología andina en las primeras
generaciones de «andinistas» en Norteamérica. Tello les orientaba a su llegada
al Perú, presentando sus ideas en detalle en encuentros formales e informales,
les proporcionaba consejos y contactos en las regiones donde querían
investigar, y los llevaba a conocer las colecciones y los mismos sitios. Los
descubrimientos de Tello en Chavín, Paracas, Wari, Casma y Nepeña, y todo
el viaje al Marañón planteaban los temas y definían lugares importantes para
los proyectos futuros de sus colegas internacionales. Además, los conceptos
de Tello acerca de la historia autóctona de los Andes y las problemáticas de
su análisis geográfico y temporal canalizaban los planes de investigación
desarrollados en conjunto con los investigadores del Institute of Andean
Research —los que llevaban a sus planteamientos de 1948. Lo que no queda
claro son las razones de la falta de reconocimiento—.
Puede haber sido por las formas en que Tello transmitía sus ideas. Si bien
se quejaron con justicia que él no había publicado los detalles de sus
investigaciones, sus colegas del norte tampoco lo estaban haciendo, sino que
publicaban noticias breves sobre sus descubrimientos y ensayos con grandes
teorías. Para esos años, la publicación detallada de datos existe en el caso de
proyectos con gran financiamiento en el mundo mediterráneo o del Medio 73
Ann H. Peters, Luis Alberto Ayarza

Oriente, además de solamente un par de libros acerca de investigaciones en


Norteamérica. Tello publicaba en las Actas de los Congresos de Americanistas,
su principal foro internacional, pero no en American Anthropologist, la revista
oficial de la profesión en los EE. UU. Para crear un interés y respeto hacia
la arqueología en el Perú, publicó en los periódicos nacionales y plasmó sus
ideas en las exposiciones de un museo. Tello enseñaba constantemente en la
clase, el museo y, sobre todo, en los viajes y el trabajo de campo. Sus colegas
asumían sus métodos y sus conceptos, frecuentemente sin citar la fuente.
Puede haber sido por racismo. En la primera mitad del siglo XX en los
EE. UU., las prácticas cotidianas marginaban a toda persona «de color»,
entre ellos las personas de raíces indígenas. Pero Tello tuvo una extraordinaria
capacidad de sobrellevar las tendencias al racismo; y con su brillante
conversación, calidez y don de hospitalidad creaba amistades duraderas con
investigadores y administradores de museos y otras instituciones, quienes le
escribían durante años, compartiendo noticias personales, y pidiendo —o a
veces ofreciendo— multitud de favores profesionales. En general, Tello fue
incluido con gran entusiasmo en el gremio.
Puede haber sido por resentimiento. Tello llegó a ser tan importante para
sus colegas norteamericanos que estos no podían trabajar en el Perú sin
que él les agilizara los permisos y les proporcionara contactos, consejos y
ayuda logística. Con Valcárcel llega una alianza alternativa, especialmente
para trabajar en Cusco o Puno, y luego alianzas con Rafael Larco Hoyle,
que facilitaban investigaciones en la Costa Norte. Pero en la medida en que
Tello empezó a insistir en que todo tipo de colección debiera quedarse en
el Perú (PMAE [1]), sus colegas norteamericanos quedaron frustrados por
no poder llevar el material para estudios posteriores, y esto aumentaba su
resentimiento.
Puede haber sido por necesidad. Las críticas a Tello se parecen a las dirigidas a
Edgar Lee Hewett, también un gran director de excavaciones, constructor de
instituciones y protector de sitios arqueológicos en el suroeste de los EE. UU.
Este poco aprecio al «hombre de campo» proviene de investigadores que
pueden ir al campo solo por unas semanas al año. Para complementar sus
investigaciones necesitan acceder a los datos más detallados de sus colegas
locales, y a base de ellos lanzar interpretaciones sintéticas. El comportamiento
de los profesionales académicos responde a las expectativas institucionales
y a la organización del proceso educativo y proceso laboral en ellas. Los
74
arqueólogos o antropólogos que ascienden en este sistema son los que saben
Julio C. Tello y el desarrollo de los estudios andinos en los Estados Unidos (1915-1950)

aprovecharse de las investigaciones de sus estudiantes y colegas, para producir


planteamientos estratégicos dentro de los debates actuales en su disciplina.
Otra forma efectiva involucra una especie de parasitismo intelectual, en que
se adoptan o se adaptan los planteamientos de colegas quienes trabajan en
otro ámbito geográfico o institucional. Las diferencias en idiomas ayuda a
facilitar este tipo de estrategia porque la mayoría de los colegas que comparten
intereses teóricos, pero no necesariamente geográficos, no llegan a leer los
informes y publicaciones de sus colegas en otra región.
Puede haber sido por una ideología subyacente de intrínseca superioridad.
Las relaciones de trabajo y estrategias intelectuales de los arqueólogos
estadounidenses tienen una curiosa similitud al imperialismo económico, o
sea la extracción de materia prima a relativamente bajo costo para procesarlo y
aumentar su valor en un centro hegemónico, y luego reexportar los artefactos
elaborados a una provincia o país «subdesarrollado», reproduciendo las
desigualdades económicas y, además, un dominio simbólico que los naturaliza.
La ideología que acompaña este proceso plantea una relativa discapacidad
de las instituciones o poblaciones de la periferia, comprobada por la baja
calidad de sus productos. Tanto las críticas insistentes a Tello como a Hewett
se podrían explicar como producto y alimento de una ideología expansionista
aplicada a la arqueología.
Pero también puede haber sido porque las ideas básicas de Tello estaban tan
imbricadas en el pensamiento «andinista» que sus colegas las asumían sin
identificarlas con un autor. Su esquema de un desarrollo autóctono en los
Andes con grandes épocas caracterizadas por técnicas y prácticas ampliamente
distribuidas y su concepto de historias regionales canalizadas por rutas de
comunicación entre la Costa, Sierra y Selva fueron desarrolladas en los
primeros años de su carrera y luego enriquecidas por los sitios descubiertos
y estudios más detallados. Para los arqueólogos andinistas norteamericanos
«post-Bingham», Tello y sus ideas eran parte del paisaje existente cuando
llegaron a trabajar en el Perú. Eso puede explicar por qué expresaron sus
planteamientos en el marco de una crítica a Tello: en que buscaban diferenciar
sus propios planteamientos de conceptos anteriormente establecidos. Los
mismos norteamericanos quizás no fueron capaces de percibir la proporción de
sus propias ideas, que habían absorbido no solamente de Tello directamente,
sino también de su influencia en otros colegas. Los sectores geográficos de
interacción y las etapas históricas concebidas a través de la difusión de técnicas
de producción de cerámica, estilos, íconos y otras prácticas, son reconcebidos 75
Ann H. Peters, Luis Alberto Ayarza

a nivel de argumentos teóricos y metodológicos, y reciben nuevos nombres


por Willey, luego por Rowe, antes de ser repensados y replanteados por
Lumbreras (1969; 1974; 1981).
Esta historia de conflictos e influencias demuestra que las competiciones
entre sudamericanos —y entre norteamericanos— son tan importantes como
los del eje norte-sur. Las tensiones entre colegas en el Perú, por ejemplo entre
Tello y Uhle, Hurtado, Levillier, Valcarcel, Yacovleff y Muelle, además de
los rencores de otros investigadores de menos calidad profesional, creaban
dificultades, pero también oportunidades para sus colegas de Norteamérica.
Algunos llegaban a aprovecharse de estas divisiones para poder acceder a
colecciones o investigar en sitios conocidos por los trabajos anteriores de Tello.
Del mismo modo, las divisiones y competición entre los norteamericanos
tuvo gran influencia en el desarrollo de los estudios andinos, no solamente en
su propio país y sus instituciones, sino también en las peruanas.
Tello era tan astuto como sus colegas «gringos», pero su posición estructural
y, consecuentemente, sus estrategias para establecer su posición e influencia
dentro de esta profesión arqueológica en formación eran diferentes de las
de los norteamericanos. Como el primer arqueólogo profesional peruano,
y además un serrano, sus enemigos principales eran los coleccionistas,
huaqueros y comerciantes de antigüedades, aliados con los elementos de la
sociedad criolla tradicional que buscaban mantener su estatus mediante el
racismo y las antiguas formas de explotar los recursos del Perú. Sus enemigos
buscaron destruir a Tello repetidamente y de múltiples formas durante toda
su carrera, mayormente mediante maniobras para destituirlo de un cargo,
ataques en la prensa y juicios legales.
Los aliados de Tello eran los líderes de la industria y profesionales
modernizantes, quienes compartían sus metas de establecer prácticas e
instituciones científicas en el Perú (Tello, 1928), influidos por un nacionalismo
inclusivo de toda la historia, geografía y población del país. Los jóvenes
médicos, los coleccionistas eruditos, los grandes capitalistas y políticos como
Larco y Leguía que buscaban implementar infraestructuras de modernidad
en el país, y los colegas nacionales e internacionales en historia y ciencia
social eran sus aliados y con frecuencia sus amigos. Pero son alianzas llenas de
tensiones y a veces conflictos agudos, porque no solamente Tello sino muchos
eran ambiciosos, y con ideas, estrategias y planteamientos propios. Por eso,
cada persona que aparecía como un aliado de Tello en un momento, luego
76
parecía traicionarlo en otro.
Julio C. Tello y el desarrollo de los estudios andinos en los Estados Unidos (1915-1950)

El comportamiento profesional de Tello debe ser visto dentro de las normas


cambiantes de esta historia de formación y transformación de las prácticas
profesionales y conceptos de patrimonio. Cuando Tello trabajaba activamente
en mediar la compra de colecciones particulares y su transferencia a museos
institucionales, sean de un gobierno o una entidad particular, dentro del
Perú o en el extranjero, lo hacía dentro del marco de las normas y prácticas
vigentes entre 1910 y 1920, cuando todo arqueólogo excavaba para crear la
colección de un museo, y además el comercio internacional de antigüedades
era masivo, abierto y dominante. El traslado de colecciones particulares a
museos públicos era entonces la mejor forma de conservar los materiales y
hacerlos accesibles al investigador.
Cuando los colegas en los EE. UU. o en el Perú le lanzan críticas por trabajar
como curador para el Museo Peabody de la Universidad de Harvard, entre
otros, lo hacen sin entender el marco histórico y social. El joven Tello se movía
dentro de estas prácticas vigentes, buscó aliados entre los mejores profesionales
de universidades y museos en Norteamérica, Sudamérica y Europa, y a través
de estas alianzas logró establecer su importancia en su propio país. Pero Tello
no quedó conforme con esta realidad y luego, entre 1920 y 1930, la buscaba
transformar. Para sus fines, tanto las alianzas políticas dentro del Perú como
las alianzas profesionales fuera del Perú eran claves.
Esperamos haber ayudado a esclarecer cómo Tello podía ser a la vez promotor de
una visión indígena de la historia, patrimonio, y quehacer del país, y científico
modernizante; cómo podía ser a la vez nacionalista e internacionalista; cómo
era un colega leal pero tuvo tantos conflictos con sus colaboradores cercanos;
cómo transformó sus propias prácticas profesionales y sus expectativas del
actuar de sus colegas dentro del marco de las transformaciones históricas en
la antropología y la arqueología; y lo que era la escala real de su aporte a
nuestros esquemas de la historia profunda del área andina.
Nosotros también trabajamos dentro del marco de normas y prácticas vigentes,
y entre las relaciones profesionales e institucionales llenas de tensiones,
ambiciones y, a veces, conflictos abiertos. Nuestro comportamiento profesional
forma parte de esta historia cambiante y de alguna medida influencia su
rumbo. El reflexionar sobre el aporte intelectual de Tello y la suerte tan
variable de sus colegas, aliados, estudiantes, ayudantes y sus planteamientos
e iniciativas de fundar revistas, museos, asociaciones profesionales, reservas
arqueológicas, archivos y colecciones, nos puede ayudar a orientar nuestras
propias prioridades y práctica profesional. 77
Ann H. Peters, Luis Alberto Ayarza

Dedicatoria
Escrito en homenaje a John Victor Murra, cuya clase de Historia de la Antropología
veía el desarrollo de nuestra disciplina a través de las relaciones entre las personas y
sus cambiantes lealtades institucionales.

Agradecimientos
Agradecemos al personal de los archivos del Museo de Antropología y Arqueología
de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, del Instituto Riva-Agüero de
la Pontificia Universidad Católica del Perú, del Museo Nacional de Antropología,
Arqueología e Historia del Perú, del Institute of Andean Research, el departamento
de Antropología del American Museum of Natural History, del Peabody Museum of
Archaeology and Ethnology de Harvard University y del University of Pennsylvania
Museum of Archaeology and Anthropology. Un agradecimiento especial a Felicia
Schaps Tracy, la hija de J. Honour McCreery, que supo reconocer la importancia de
lo que Honour había apreciado en el Dr. Julio C. Tello y que nos ha buscado para
compartirlo, y a Richard Daggett, que nos ha inspirado y aconsejado. Cualquier
error será nuestro: queda mucho por hacer en trazar la historia de Julio C. Tello.

Referencias citadas

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JCT 100(3).13 Dr. Tello correspondencia 1925-1939
Archivos del Museo de Antropología, Arqueología, e Historia del Perú, 79
Archivo Tello (AT):
Ann H. Peters, Luis Alberto Ayarza

AT 162 Paracas Necrópolis Inventario, cuaderno 6


AT 167 Paracas y Sevilla 1929 Inventario
AT 171 cuadernillo 1 Historia del Robo de un Manto Bordado de Paracas
AT 171 cuadernillo 2 Objetos de Paracas Remitidos a Sevilla 1929
AT 180 cuadernillo 2 Paracas Necrópolis: Aperturas de Fardos Funerarios
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84
Un panorama de la arqueología peruana (1976-1986)

Un panorama de la arqueología peruana


(1976-1986)*

Richard L. Burger

Introducción: nacionalidad y arqueología en el Perú


La arqueología peruana es un campo internacional en el que diversas
corrientes de investigación coexisten. El siguiente es un panorama de las
distintas corrientes y logros de la investigación en la arqueología peruana entre
1976 y 1986 (Kauffmann, 1985; Matos, 1986; Ravines, 1983b; Schaedel &
Shimada, 1982; Silva, 1980). Debido a las diferentes tradiciones nacionales de
la práctica arqueológica en el Perú, la situación es particularmente compleja.
La mayoría de los proyectos autorizados por el, entonces, Instituto Nacional
de Cultura del Perú habían sido iniciados por investigadores de los Estados
Unidos, aunque la arqueología llevada a cabo fue resistente a la mayoría de
las corrientes teóricas de la arqueología procesual anglo-estadounidense. Las
leyes nomotéticas y las «explicaciones» evolutivas y ecológicas del cambio
cultural no generaron el entusiasmo en el Perú como sucedió en los EE. UU.

*Versión revisada y ampliada por el autor de su texto de 1989: An Overview of Peruvian Archaeology,
1976-1986. Traducido por Henry Tantaleán. Este texto fue publicado originalmente en el Annual 85
Review of Anthropology, n.° 18.
Richard L. Burger

La supuesta dicotomía entre «arqueología científica» e investigación histórica


descrita por Lewis Binford y otros también encontró poco apoyo entre los
arqueólogos que trabajaban en el Perú en esa época.
Como era practicada hasta 1986, gran parte de la arqueología peruana
tenía un carácter distintivo derivado de su temática única, su historia
intelectual particular, el contexto político, y las figuras dominantes que
le habían dado forma. En su clasificación de las tradiciones arqueológicas
regionales, Bruce Trigger (1984) distinguió entre el tipo de arqueología
imperialista, la característica de los actuales EE. UU. y Gran Bretaña, y el
tipo nacionalista, muy extendida en el Tercer Mundo. En el Perú, como
en México, los cimientos de la arqueología autóctona fueron nacionalistas,
y esta tradición continuó dando forma a gran parte de la investigación
arqueológica. Desde el trabajo pionero de Julio C. Tello y Luis Valcárcel, la
arqueología peruana ha estado relacionada con la historia y la antropología
sociocultural y, aunque rara vez se ha mencionado, uno de sus objetivos ha
sido la forja de una identidad nacional compartida y el fortalecimiento del
sentimiento patriótico. Las civilizaciones prehispánicas proporcionaron un
sentido de dignidad nacional, algo que frecuentemente estaba ausente en las
desfavorables circunstancias económicas y políticas del Perú de esas décadas.
La arqueología fue una fuente inagotable de símbolos para todo, desde
los partidos políticos (por ejemplo, el águila Chavín del APRA) hasta las
bebidas gaseosas (por ejemplo, Inka Kola, Chavín Kola). Como no ha sido el
caso en los EE. UU., la arqueología tiene un lugar especial entre las ciencias
históricas y sociales del Perú, ya que, como el historiador Pablo Macera
(1977) observó, el pasado del Perú sin recurrir a la prehistoria peruana es
poco más que un relato desde una perspectiva colonial.
Los investigadores de los EE. UU. han desempeñado un papel especialmente
importante en la conformación de la arqueología peruana contemporánea.
De hecho, la generación de investigadores peruanos que tenían posiciones
de autoridad en esos tiempos en la comunidad arqueológica, en particular,
Duccio Bonavia, Rosa Fung, Luis Lumbreras, Ramiro Matos y Rogger
Ravines, fueron fuertemente influenciados por especialistas norteamericanos
en arqueología peruana (Valcárcel, 1981). Cuando Tello murió en 1947, el
vacío intelectual que dejó solo fue parcialmente llenado por Rebeca Carrión
Cachot y Jorge Muelle. Durante las siguientes décadas, investigadores
como John Rowe, Richard Schaedel, Edward Lanning y John Murra
86 fueron responsables de muchas de las ideas que definieron el discurso
Un panorama de la arqueología peruana (1976-1986)

dentro de este campo. A pesar de que representaban perspectivas distintas


y, a veces incompatibles, estos investigadores estuvieron profundamente
comprometidos con una arqueología integrada con la historia y la etnografía.
Su orientación académica común se combinó con un profundo compromiso
personal con el Perú y su gente. Esto queda reflejado en los largos períodos
de tiempo que pasaron allí, su enseñanza y la docencia en universidades
peruanas, y la disponibilidad de sus artículos en revistas científicas peruanas.
Estos investigadores de los EE. UU. interiorizaron elementos de la tradición
autóctona de la arqueología peruana mientras la estaban transformando.
Como resultado, su trabajo alcanzó un público más amplio en el Perú que en
los EE. UU. Por ejemplo, John Rowe y John Murra fueron condecorados con
la Orden del Sol, el más alto galardón civil en el Perú.
Tres de los centros más influyentes de la arqueología peruana florecieron
en la Universidad de California, Berkeley, la Universidad de Texas, Austin,
y Cornell. Los investigadores formados en estas instituciones fueron menos
receptivos a las corrientes contemporáneas en la arqueología convencional de
los EE. UU. que otros arqueólogos norteamericanos debido a que aceptaron
muchas de las prioridades de la tradición peruano-nacionalista. Irónicamente,
los peruanos que trabajaron en la arqueología en las décadas de 1970 y 1980
fueron inusualmente receptivos a las nuevas ideas de los EE. UU., como puede
ser observado en los experimentos de Rogger Ravines sobre la estimación
de los costos laborales en Garagay (Ravines, 1979), el análisis ecológico de
Ramiro Matos en Junín (Matos, 1976), y el uso de los estudios de reducción
lítica por Bonavia (1982) para reevaluar la secuencia precerámica de Lanning y
Patterson de la costa central. Betty Meggers y Clifford Evans en el Smithsonian
Institution, y Marcia Koth de Paredes en la Comisión Fulbright permitieron
a esos jóvenes peruanos llevar a cabo investigación doctoral y posdoctoral en
la arqueología peruana en instituciones de los EE. UU., donde estuvieron
expuestos a las nuevas tendencias en la arqueología anglo-estadounidense.
La estrecha relación entre las comunidades arqueológicas de los EE. UU.
y el Perú también estuvo reflejada en el uso generalizado de Los Pueblos y
las Culturas del Antiguo Perú de Luis Guillermo Lumbreras, traducción de
la arqueóloga del Smithsonian Institution, Betty Meggers. Este volumen ha
tenido 6 ediciones en inglés en 13 años. Durante el mismo período, por
lo menos, la mitad de los artículos de arqueología en la prestigiosa Revista
del Museo Nacional fueron escritos por académicos de los EE. UU., y los
manuales de historia de educación secundaria en el Perú mencionaban los 87
Richard L. Burger

nombres y los descubrimientos de varios arqueólogos extranjeros (Macera,


1983). Inclusive existe un término local («peruanistas») para los académicos
extranjeros especializados en la arqueología peruana y otros aspectos de su
cultura e historia.
Me he tomado el tiempo para describir la situación peruana de ese momento
histórico porque este fue muy diferente al de otras partes de América Latina.
Según el arqueólogo José Luis Lorenzo (1981), por ejemplo, «México se ha
convertido en un campo de batalla académica en la que varios arqueólogos
de los EE. UU., y las tendencias arqueológicas luchan con más ruido que
justificación». Los arqueólogos mexicanos eran descritos como trabajando
de forma independiente de esas corrientes, por lo general siguiendo un
paradigma arqueológico poco relacionado al de sus colegas extranjeros. Por el
contrario, la división de la arqueología peruana en dos campos hostiles sobre
la base de la nacionalidad era inconcebible en ese momento (Kauffmann,
1985; Matos, 1986).
Sin embargo, el empobrecimiento de las instituciones peruanas que
se encargaban de la formación y administración arqueológica generó
invariablemente cierto conflicto. La frustración de los investigadores
peruanos que no tenían acceso a fondos de investigación y las diferencias
inherentes entre las necesidades de investigación a corto plazo de los
investigadores extranjeros y los objetivos de administración a largo plazo de
las instituciones culturales del Perú fueron las fuentes de fricción que existían
a pesar de la semejanza o compatibilidad intelectual de los paradigmas de las
dos comunidades arqueológicas.
En el Perú, el principal centro de formación arqueológica era la Universidad
Nacional Mayor de San Marcos, a pesar que existían otros programas que
otorgaban títulos en otras partes de Lima y en provincias. Fung, Lumbreras
y Matos fueron las principales fuerzas en el programa de San Marcos en la
década de los 1970 y 1980. Lumbreras se desempeñó como Director del
Museo Nacional de Antropología y Arqueología desde 1973 hasta 1979, y en
su enseñanza y escritos (Lumbreras, 1981b) defendió el uso del materialismo
histórico en el análisis arqueológico. Esta perspectiva también fue explorada
en los influyentes ensayos del desaparecido Emilio Choy (1979). El interés
en la aplicación de la teoría marxista en la prehistoria en el Perú antecedió
a esta tendencia en los EE. UU. (Gero, 1986; Patterson, 1983; 1985) y fue
parte de una preocupación más amplia con la teoría marxista en la historia
88
y las ciencias sociales en el Perú, Chile y México. Sin embargo, la continua
Un panorama de la arqueología peruana (1976-1986)

popularidad del paradigma marxista entre los arqueólogos peruanos más


jóvenes (Deza, 1986; Morales, 1977; 1982) no produjo la ruptura tajante
en la práctica arqueológica que la arqueología procesual precipitó en los
EE. UU., puesto que esta se basaba en los métodos de la historia cultural
adoptados por la generación anterior de arqueólogos.

1. Economía, política y tendencias arqueológicas


Durante la década de 1970 y 1980 muchas tendencias arqueológicas
significativas fueron el resultado directo de las cambiantes realidades
económicas y políticas de la nación peruana. Lima había cuadruplicado su
tamaño desde 1961, y en el proceso destruyó cientos de sitios. Existía, por
entonces, una conciencia creciente de que se debían tomar medidas para
documentar las ruinas que quedaban (Matos & Williams, 1986; Ravines,
1984). Solo en raros casos fue posible llevar a cabo excavaciones de emergencia
(Flores, 1981; Ravines, 1983a; Ravines & Isbell, 1976; Stothert, 1980) y
conservar partes de las ruinas como parques dentro del espacio metropolitano.
Algunos investigadores trataron de compensar parcialmente esta pérdida
mediante el estudio de informes inéditos y colecciones de sitios destruidos
que se guardaban en los museos de la capital (Agurto, 1984; Bonavia, 1985;
Shady, 1983a).
El crecimiento de ciudades de provincia como Huaraz y Trujillo, así como
la construcción de carreteras, presas, canales y otros grandes proyectos de
obras públicas, derrumbaron sitios fuera de la capital. Un caso bien conocido
fue el corte de una carretera a través del centro de Huari en 1974, aunque
el daño hecho a sitios importantes como Conchopata o Pomakayán por la
construcción de viviendas auspiciadas por el gobierno no fue menos trágico.
Incluso, mientras se escribía este texto originalmente, partes del sitio de
Chongos en Paracas estaba siendo arrasado para construir una granja modelo
de cerdos y el sitio de Garagay estaba siendo ocupado por un asentamiento
humano. La comunidad arqueológica en el Perú por lo general carece de
poder político para proteger estos sitios (Bonavia, 1984; Bonavia et al.,
1980; Matos & Williams, 1986), aunque su preocupación se manifiesta en
periódicos y protestas oficiales. Ya en la década de 1980, signos positivos
de que una política gubernamental de gestión de recursos culturales estaban
surgiendo, tales como prospecciones de valles auspiciadas por el gobierno y
la confección de inventarios completos de sus sitios arqueológicos (Ravines, 89
1985; Ravines & Matos, 1983).
Richard L. Burger

Los lazos internacionales que apoyaban el crecimiento económico del Perú


tuvieron un impacto directo en la investigación arqueológica. El papel de
las empresas europeas en el desarrollo económico creó oportunidades en la
arqueología peruana para una nueva generación de investigadores europeos.
El Proyecto de la Represa de Gallito Ciego, construido por una empresa de
ingeniería de, la entonces, República Federal Alemana, ayudó a financiar
las excavaciones de sitios en peligro en el valle medio de Jequetepeque por
arqueólogos alemanes, cuya formación previa fue en prehistoria del Viejo
Mundo. Eventualmente, el Proyecto Gallito Ciego cubriría con agua 645 sitios
arqueológicos conocidos, solo pocos de los cuales habían sido intensamente
estudiados (Keatinge, 1980); cerca del 80 % de estos probablemente fueron
destruidos. La prospección, mapas y excavaciones de Ravines en 1980 y 1981
ofrecieron el registro más completo de esa pérdida (Ravines, 1982a).
El interés en la arqueología peruana expresada por el primer ministro alemán
y su esposa durante la visita que hicieran al Perú en esa época estuvo en
consonancia con el trabajo arqueológico colaborativo alemán-peruano
con el apoyo financiero de la Fundación Volkswagen (Cárdenas, 1979;
Samaniego et al., 1985). Las actividades continuas de antiguos peruanistas
como Trimborn (1977, 1985) y Bischof (1984) y el renovado interés en el Perú
de jóvenes investigadores alemanes resultó en un aumento de publicaciones en
revistas alemanas como Indiana, Archiv Baessler y Beiträge zur Allgemeinen und
Vergleichenden Archaeologie (Bankman, 1980; Golte, 1985; Hecker & Hecker,
1982; Kaulicke, 1980; 1981). Los arqueólogos alemanes trajeron consigo la
preocupación por la estratigrafía y las técnicas de excavación por sondeos
(«sondage») que son una característica de la arqueología europea. Cuando
esta fue aplicada en el Perú, estos dieron algunos resultados importantes,
como la exposición horizontal de la arquitectura doméstica perecedera en
Montegrande (Tellenbach, 1986) y la datación de las esculturas de piedra
de Cerro Sechín (Samaniego et al.,1985). La participación alemana en la
arqueología peruana se extendió a la formación de estudiantes peruanos en
Alemania y al financiamiento y publicación de la investigación arqueológica
en Alemania por peruanos (Alva, 1986; Alva & Meneses, 1982; Samaniego,
1980). El gobierno alemán también colaboró en la creación del Museo Max
Uhle, un museo arqueológico en Casma.
Mientras que el amplio apoyo alemán para la investigación arqueológica
peruana era relativamente reciente, los gobiernos de Francia (Bonnier, 1983;
90 Chauchat, 1976; 1979; Julien, 1981; Lavallée, 1979; Lavallée & Julien,
Un panorama de la arqueología peruana (1976-1986)

1976; 1983; Lavallée et al., 1984 y también ver Lavallée en este volumen)
y Japón (Terada, 1979; Terada & Onuki, 1982; 1985 y también ver Seki
en este volumen) habían apoyado consistentemente a la investigación
arqueológica como parte de su política exterior en el Perú desde la década de
1960 e incluso antes. Otros países, como Cuba (Nuñez, 1986; Tabío, 1977
y ver Fernández en este volumen), Canadá (Topic, 1986; Topic & Topic,
1978; 1983; 1986), España (Alcina, 1976) y Polonia (Krzanowski, 1983;
Zaki, 1983), de forma esporádica, también han patrocinado investigaciones
arqueológicas.
La UNESCO ha tenido más impacto en la arqueología peruana que
muchas naciones individuales. Esto respondía a lo que era percibido como
una amenaza a las ruinas incas en Cuzco y sus alrededores por el turismo
y el desarrollo económico; por lo tanto, se lanzó un proyecto de largo
plazo de varios millones de dólares dirigido por Sylvio Mutal. Estudios de
sitios arqueológicos en la región de Cuzco (PER 71/539) y programas de
capacitación en la excavación y conservación complementaron el trabajo de
la UNESCO sobre la infraestructura turística y la conservación de las ruinas
en Cuzco. A pesar de la participación de toda una generación de arqueólogos
peruanos en los proyectos patrocinados por la UNESCO en Machu Picchu,
Ollantaytambo, Pisac, Coricancha, Tambomachay y otros sitios, pocas
publicaciones académicas resultaron hacia finales de 1980.
Sin embargo, los proyectos de la UNESCO fomentaron una visión pan-andina
de la prehistoria en la que la arqueología del Perú fue solo un componente.
Las fronteras modernas eran tratadas como divisiones arbitrarias recientes que
oscurecían la unidad básica del desarrollo andino prehispánico. Los vínculos
de intercambio entre áreas distantes, tales como el intercambio de spondylus,
y los debates sobre el comercio marítimo en las fuentes etnohistóricas
tomaron una nueva importancia en ese contexto. La expresión más clara de
esa tendencia se hizo evidente en dos síntesis de la arqueología andina (no
solo peruana) de Lumbreras y Ravines (Lumbreras, 1981a; Ravines, 1982b)
y el establecimiento en 1983 de la Gaceta Arqueológica Andina y la Revista
Andina, las cuales publican artículos sobre prehistoria andina. Esta literatura
intentó superar los obstáculos interpretativos creados en la arqueología por
la política, a veces antagónicos, de los modernos estados (Burger, 1984;
Lumbreras, 1981a; Mujica, 1985).
A pesar del ambiente cada vez más internacional en la arqueología peruana
91
producida por la UNESCO y por los numerosos proyectos extranjeros, los
Richard L. Burger

centros locales de investigación arqueológica en las principales ciudades de las


provincias del Perú siguieron prosperando (Benavides, 1979; Campana, 1983;
Gonzáles, 1984; González & Bragayrac, 1986; González et al., 1982; Oberti,
1983; Valencia, 1982). De hecho, hacia finales de 1980, las universidades de
Cuzco, Ayacucho, Trujillo y la, ahora desaparecida, en Arequipa concedían
más grados en arqueología que San Marcos (UNMSM), la universidad más
conocida en el Perú.
El saqueo de sitios arqueológicos del Perú para el mercado mundial del arte
ha recibido la atención internacional y la condena generalizada, pero no se
ha detenido. Los huaqueros en los valles de Jequetepeque y Zaña sacaron
a la luz un importante estilo de cerámica, conocido como Tembladera, el
cual ocupa un lugar destacado en los libros y catálogos del arte del antiguo
Perú (Lapiner, 1976). Por desgracia, los cementerios que los produjeron
fueron completamente destruidos antes que pudiesen ser estudiados por los
arqueólogos (Ravines, 1982a). El acuerdo bilateral de 1983 entre los EE. UU.
y el Perú que requería la devolución de su patrimonio nacional, incluyendo
los artefactos prehispánicos, fue uno de los pocos indicios de progreso hacia
la restricción de estas actividades ilegales a finales de la década de 1980
(Truslow, 1983).
La gran cantidad de descubrimientos hechos por saqueadores de tumbas
no pudo ser igualada por la investigación arqueológica autorizada. El
reconocimiento de esa situación por los investigadores justificó los estudios
de los materiales saqueados, como la colección de objetos de metal Moche
de Loma Negra (Jones, 1979; Lechtman et al., 1982; Schaffer, 1985), las
máscaras y vasos de oro de los entierros de la élite en Batán Grande (Carcedo
& Shimada, 1985), los textiles pintados de estilo Chavín del cementerio de
Karwa (Conklin, 1978; Cordy-Collins, 1977; 1979), y los cuencos y tazones
Cupisnique tallados en piedra de Limoncarro (Salazar-Burger & Burger,
1983). También cabe destacar la publicación o re-análisis de colecciones más
antiguas depositadas en museos del Perú, Europa y los EE. UU. (Bird et al.,
1985; Engel, 1984; Gordon, 1985; Kaulicke, 1983; Mejía Xesspe & Tello,
1979; Menzel, 1976; 1977; Ríos & Retamozo, 1978; 1982; Schjellerup,
1986; Shady, 1983b).
La situación política en el Perú siempre ha desempeñado un papel importante
en la determinación del número y la localización de los proyectos. En la
década de 1970, el gobierno del general Juan Velasco Alvarado siguió una
92
política nacionalista que produjo un ambiente que algunos arqueólogos de
Un panorama de la arqueología peruana (1976-1986)

los EE. UU. encontraron difícil o incómodo para trabajar; la participación


más amplia de los investigadores de los EE. UU. en la arqueología ecuatoriana
en ese momento fue parcialmente una reacción a la situación peruana.
Cuando Velasco fue removido y reemplazado por el general Francisco
Morales Bermúdez, una política arqueológica fue instituida lo que alentó
la participación de investigadores extranjeros, y los ocho años que siguieron
fue un período de abundante actividad arqueológica. Entre 1977 y 1983, un
promedio de 23 proyectos fueron autorizados anualmente por el Instituto
Nacional de Cultura; más de dos tercios de estos fueron dirigidos o codirigidos
por investigadores extranjeros.
El aumento de la participación de los EE. UU. en la arqueología peruana llevó
al establecimiento de una Conferencia Anual del Noreste sobre Arqueología
y Etnohistoria Andina en 1982. Esta se complementó con la reunión
anual del Instituto de Estudios Andinos en Berkeley, fundada en 1960, y
la Conferencia del Medio Oeste sobre Arqueología Andina y Amazónica y
Etnohistoria, que se inició en 1972. El creciente número de simposios sobre
el Perú presentados cada año en la Society for American Archaeology (SAA) y
la American Anthropological Association (AAA) también refleja esta tendencia.
En el Perú, un papel análogo ha sido jugado por el Congreso Peruano del
Hombre y la Cultura Peruana celebrado cada cuatro años. La difusión de
la investigación de campo ha sido facilitada por Willay (un boletín que
comenzó en 1978 como NORPARG) y la publicación de las ponencias de
la Conferencia Anual del Noreste sobre Arqueología y Etnohistoria Andina
(Kvietok & Sandweiss, 1985; Sandweiss, 1983; Sandweiss & Kvietok, 1986),
llevando a la publicación de Andean Past en 1987.
El ambiente agradable para los investigadores extranjeros que trabajaron
en el Perú entre 1975 y 1983 contrastaba claramente con la situación en
México y Colombia, donde las regulaciones gubernamentales crearon
mayores obstáculos a la investigación arqueológica. En consecuencia, muchos
arqueólogos de los EE. UU. interesados en las sociedades complejas comenzaron
a buscar oportunidades de investigación en el Perú, aunque muchos de estos
no habían estudiado en los centros tradicionales de formación doctoral en
arqueología peruana como Harvard o la Universidad de California, Berkeley.
Al mismo tiempo, Ramiro Matos en la Universidad Nacional Mayor de
San Marcos y de la de San Antonio Abad del Cusco (UNSAAC) estableció
vínculos con arqueólogos extranjeros. Uno de los resultados de sus esfuerzos
fue que especialistas en la arqueología mesoamericana como Jeffrey Parsons, 93
Richard L. Burger

Kent Flannery y Joyce Marcus de la Universidad de Michigan comenzaron


a trabajar en el Perú y enviaron a sus estudiantes avanzados para realizar
sus investigaciones doctorales. En 1977, Timothy Earle, un graduado de la
Universidad de Michigan, inició un proyecto a largo plazo de investigación
de la University of California, Los Ángeles (UCLA) en el valle del Mantaro;
como Flannery y Parsons, su contacto con Matos le llevó a seleccionar un área
en el departamento de Junín como el foco de atención. Estos investigadores
y sus alumnos han sido los principales responsables de la introducción de
conceptos y métodos relacionados con la «arqueología procesual» en el Perú.
Su participación marca una nueva era, en la que la arqueología que se llevó
a cabo tuvo otros fines además de los de la comprensión de la prehistoria
peruana. Para estos investigadores, el Perú fue un laboratorio en el que los
problemas de la evolución cultural general podían ser aislados y estudiados
(Earle & D’Altroy, 1982; Earle et al., 1980; Parsons & Matos, 1978; Rick,
1980; Wilson, 1981; 1983).
Durante la década de 1970 y principios de 1980, la estabilidad política
permitió seleccionar la localización de los proyectos bajo criterios puramente
académicos. Ambiciosos proyectos de construcción de carreteras generaron
un área cada vez más amplia al alcance de los vehículos motorizados, y los
altos Andes ya no quedaron olvidados por razones logísticas. De hecho, más
de la mitad de los proyectos autorizados se centraron en la sierra peruana.
Los investigadores comenzaron a llenar los principales vacíos geográficos y
cronológicos en la prehistoria peruana con investigaciones en Cajamarca
(Terada & Onuki, 1982; 1985), Chota (Kaulicke, 1976; 1981; Morales, 1979;
Rosas, 1976), la parte superior del Chicama (Krzanowski, 1983), Otuzco,
las cabeceras de la cuenca del Huaura (Krzanowski, 1986), Huamachuco
(Czwarno, 1985, Thatcher, 1976; 1979; Topic, 1986, Topic & Topic, 1986),
el Callejón de Huaylas (Burger, 1985; Burger & Salazar-Burger, 1980; 1986;
Grieder, 1978; Grieder & Bueno, 1985; Terada, 1979), Huánuco (Bonnier,
1983; Pinilla & García, 1981), Apurímac (Grossman, 1985; Meddens,
1984) y Cuzco (Mohr, 1981). Incluso fue posible extender la investigación
sobre las laderas orientales y examinar la zona fronteriza en la que los pueblos
de la sierra y de los bosques tropicales han competido durante miles de años
(Kauffmann, 1980; Raymond, 1985; Shady & Rosas, 1980).
Cuando Richard MacNeish (MacNeish, 1977; MacNeish et al., 1980; 1981)
decidió ampliar su investigación sobre los orígenes de la agricultura en el
94
Perú, no dudó en elegir el valle de Ayacucho como un lugar ideal a pesar de
Un panorama de la arqueología peruana (1976-1986)

su relativo aislamiento y empobrecimiento. Del mismo modo, William Isbell


(Isbell, 1985) consideró que era posible reiniciar la investigación arqueológica
a gran escala en Ayacucho con el fin de rastrear los orígenes del urbanismo
y el Estado con un reconocimiento de superficie y excavaciones en Huari en
1974, 1977-1978 y 1979-1980.
Esta situación favorable comenzó a cambiar en 1980 cuando el movimiento
revolucionario Sendero Luminoso inició su campaña de lucha armada para
derrocar al gobierno elegido democráticamente. En un primer momento,
la única zona afectada fue Ayacucho, donde el Proyecto Historia Urbana
de Huari llegó a un final prematuro. Poco a poco, la violencia de Sendero
Luminoso, el Movimiento Túpac Amaru y las fuerzas militares del Perú se
extendió por gran parte de la sierra, desalentando el inicio de nuevos proyectos
allí. Algunos proyectos extranjeros, como los de Huamachuco, Junín y
Tantamayo continuaron a pesar de las hostilidades esporádicas en estas áreas,
y la arqueología se siguió desarrollando en Ayacucho por Benavides, Gonzáles
Carré y otros investigadores del, ahora extinto, Instituto Nacional de Cultura
y la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga (González &
Bragayrac, 1986; González et al., 1982; Pozzi-Escot, 1985). Las áreas de la
sierra sin problemas por la actividad guerrillera, tales como Cuzco y el Valle
del Colca, fueron objeto de investigaciones por los proyectos extranjeros y
peruanos (Malpass, 1986), pero el trabajo de los extranjeros en la mayor parte
de la sierra disminuyó considerablemente.
El aumento del terrorismo estuvo acompañado de una depresión económica
general y un aumento del crimen. En 1983 la combinación de estos factores
dio lugar a una disminución general del trabajo de campo por parte de
extranjeros y un correspondiente aumento en el análisis de datos. La
promulgación en septiembre de 1985 de las nuevas normativas que rigieron a
la arqueología y su estricto cumplimiento por el gobierno del APRA frenó la
investigación de campo aún más. La mayoría de las investigaciones en curso
se centraron en los valles de la árida costa.
Una revisión de la investigación arqueológica en dicha zona revelaba una
curiosa regularidad cíclica. En la década de 1940, las investigaciones se
centraron en la costa norte. La atención se desplazó en 1950 hacia la costa
sur y luego a la costa central en la década de 1960. La investigación llegó
a cerrar el círculo en la década de 1970 cuando una serie de importantes
proyectos se establecieron en la costa norte, sobre todo, el Proyecto Chan
95
Chan-Valle de Moche (1969-1974), el Proyecto de Pampa Grande (1973,
Richard L. Burger

1975) y el Proyecto Riego Antiguo (1976-1979). Aunque el trabajo en el


norte se mantuvo en Batán Grande (Shimada, 1981; Shimada et al., 1983),
Pacatnamú (Donnan & Cock, 1986) y Manchán (Mackey & Klymyshyn,
1982; Moore, 1982), el interés en la década de 1980 se centró nuevamente
en la costa sur donde nuevos proyectos se iniciaron en los valles de Moquegua
(Watanabe, 1984), Acarí, Nasca (Silverman, 1985), Cañete (Marcus et al.,
1986), Pisco, Topará (Wurster, 1984) y Chincha.

2. Asentamiento y economía en la investigación arqueológica


El estudio de patrones de asentamiento del valle de Virú de Gordon Willey
puso al Perú en la vanguardia de los estudios arqueológicos sobre el cambio
socioeconómico. Se suponía, en general, que había una relación bastante
clara entre la ubicación del sitio y los recursos naturales y que los cambios en
los patrones de asentamiento reflejaban directamente las modificaciones en
las estrategias económicas y/o la organización sociopolítica. La popularidad
del enfoque de patrón de asentamiento en el Perú se comprueba por las
prospecciones arqueológicas en la costa y en la sierra (Amat, 1976; Earle et al.,
1980; Feltham, 1984; Parsons & Matos, 1978; Proulx, 1985; Silva et al., 1983).
Muchas de estas prospecciones adoptaron los procedimientos sistemáticos de
cobertura total empleados por Jeffrey Parsons y otros en el valle de México,
y se produjo el consecuente aumento en el número de sitios arqueológicos
descubiertos. En la sección inferior del valle de Santa, por ejemplo, 1 246
sitios fueron documentados (Wilson, 1983). A fin de facilitar las inferencias
significativas de los datos de la prospección, se prestó una creciente atención
a los detalles del medio ambiente moderno y de la distribución, cantidad y
calidad de los recursos que podían haber sido explotados por las poblaciones
humanas en el pasado (Hurtado de Mendoza, 1984; Lavallée & Julien, 1976;
1983; Matos, 1976). Este trabajo estuvo basado en gran medida en el enfoque
de la ecología cultural, popular en la arqueología de los EE. UU. durante la
década de 1970.
Algunos arqueólogos que trabajaban en el Perú eran, con justificación,
escépticos sobre las inferencias económicas realizadas casi exclusivamente
sobre la base de datos de asentamiento. West (1979), por ejemplo, regresó
al valle de Virú e ilustró cómo la excavación selectiva y el análisis de
materiales orgánicos requería la modificación de algunas de las conclusiones
96 iniciales sobre la economía de la prehistoria y el uso de la tierra. Moseley
Un panorama de la arqueología peruana (1976-1986)

(1983) demostró la conclusión aún más preocupante que los patrones de


asentamiento observados arqueológicamente en la costa fueron algunas
veces, a lo mucho, el resultado de la destrucción diferencial de los sitios y su
entierro por fuerzas naturales, como de cambios en los patrones de actividad
prehistórica. Además, se argumentó que, debido al levantamiento de la costa
y El Niño, la topografía había pasado por un proceso de transformación
radical a lo largo de la prehistoria; en consecuencia el potencial económico
de esta área había cambiado a través del tiempo (Moseley, 1983b; Nials et al.,
1979). La documentación científica de las fluctuaciones en la temperatura
y las precipitaciones durante el Holoceno en el Perú son igualmente
incompatibles con la hipótesis de una estabilidad medioambiental (Cardich,
1976; Thompson et al., 1985; Wright, 1984) implicada por el uso del medio
ambiente moderno en la reconstrucción de los sistemas de subsistencia extintos.
Algunos investigadores estaban muy impresionados por el dinamismo medio
ambiental y sostuvieron que los cambios tectónicos y climáticos pudieron
ser la causa principal de muchos de los grandes cambios socioeconómicos y
políticos en la prehistoria peruana (Cardich, 1976; Feldman, 1983; Isbell,
1978; Moseley, 1983b; Paulsen, 1976; Petersen, 1980).
Un fuerte aumento en el análisis de los restos macrobotánicos de plantas
(Cohen, 1979; Hastorf, 1986; Pearsall, 1980; Pozorski, 1979; 1982; Smith,
1980; Ungent et al., 1983; West & Whitaker, 1979) y los materiales faunísticos
(Altamirano, 1983; Lavallée et al., 1984; Miller, 1984; Pires-Ferreira et al.,
1976; Pozorski, 1982; Pozzi-Escot & Cardoza, 1986; Ravines et al., 1984;
Shimada, 1985; Shimada & Shimada, 1983; Wheeler, 1984; Wing, 1977)
durante la década de 1980 permitió realizar inferencias más directas sobre
la dieta prehistórica y la subsistencia que las realizadas con los estudios de
patrón de asentamiento. El polen extraído de los coprolitos, campos agrícolas
y lugares de habitación también proporcionó una fuente complementaria útil
de evidencia sobre la dieta y la economía (Kautz & Keatinge, 1977; Weir &
Bonavia, 1985; Weir & Dering, 1986; Weir & Eling, 1986), al igual que
el análisis de isótopos estables de carbono (Hastorf & DeNiro, 1985). En
unos pocos casos (Hastorf, 1986), los estudios de patrón de asentamiento
estuvieron integrados con análisis de excavaciones de basurales y rasgos
económicos de nivel local para proporcionar una visión multifacética de la
subsistencia prehistórica.
La dieta de las sociedades prehispánicas peruanas, en última instancia, deben
ser entendidas dentro del contexto más amplio de la salud y la nutrición 97
Richard L. Burger

humana (Antúnez de Mayolo, 1981; Browman, 1981). Algunos de los


trabajos de la década de 1980 más interesantes en el Perú se han centrado
en los restos óseos en lugar del estudio de los residuos de la dieta. El objetivo
de esta investigación era aislar los problemas de salud de estas poblaciones
antiguas y determinar el grado en que estos fueron específicos de regiones,
períodos o estrategias de subsistencia particulares (Benfer, 1986; Castro de la
Mata & Bonavia, 1980). El análisis osteológico reveló, a menudo, los tipos
de trauma, estrés nutricional y patologías presentes en el Perú prehispánico
(Vreeland & Cockburn, 1980).
El análisis de los tejidos blandos de los enterramientos humanos disecados de
la región costera árida ofreció oportunidades extraordinarias para determinar
la causa de la muerte con cierta confianza. Un estudio de las momias peruanas,
por ejemplo, reveló que una causa común de muerte en la época prehispánica
eran las enfermedades respiratorias. Esto habría sido imposible de diagnosticar
a partir de material óseo (Allison, 1984). El análisis de coprolitos proporcionó
evidencias de la infestación por parásitos prehispánicos, así como también
datos importantes sobre la dieta temprana (Patrucco et al., 1983).
El éxito de los sistemas económicos indígenas encontrados por los españoles en
el Perú no se puede comprender sin entender la tecnología y la infraestructura
sobre la que esta se basaba (Donkin, 1979). La remodelación de los valles
interandinos con terrazas y sistemas de irrigación, y la transformación de los
desiertos costeros en oasis fértiles utilizando estanques de agua y embalses,
fueron aspectos centrales de la economía Inca. Los arqueólogos han presumido
que los logros Incas estaban basados en las tradiciones anteriores. La década
de 1980 fue testigo de una gran cantidad de estudios empíricos sobre canales
y sistemas de terrazas pre-Incas e Incas tanto en los valles de la costa como
en los valles interandinos, así como en las empinadas laderas orientales de
los Andes (Eling, 1986; Farrington, 1983; Farrington & Park, 1978; Kus,
1984; Malpass, 1986; Moseley, 1983b; Moseley & Day, 1982; Ortloff et
al., 1982; Parsons, 1978; Pozorski & Pozorski, 1982). El vasto inventario
de la tecnología agrícola andina prehispánica también incluyó a los campos
elevados (Erickson, 1985; Lennon, 1984) en las punas y campos hundidos
en la costa (Knapp, 1982; Smith, 1979). En muchas regiones, los sistemas de
canales, terrazas y camellones han permitido cultivar la tierra por lo menos
un 35 % más que en la actualidad. Si esta discrepancia es debida a factores
sociales, tecnológicos, económicos o ambientales es una cuestión de interés
98 tanto para el gobierno peruano como para los arqueólogos.
Un panorama de la arqueología peruana (1976-1986)

3. Tecnología andina prehispánica


La prosperidad del Perú prehispánico ofrece un fuerte contraste con el Perú
moderno. Los sistemas agrícolas indígenas fueron solamente un aspecto del
complejo sistema tecnológico responsable del éxito a largo plazo y la estabilidad
de la sociedad prehispánica. Un creciente interés en las características de la
tecnología de los Andes Centrales dio a luz dos importantes recopilaciones de
artículos (Lechtman & Soldi, 1981; Ravines, 1978). Para lograr su objetivo,
estos artículos recurrieron a una amplia gama de enfoques, incluyendo
la etnografía, la historia, el análisis de materiales, la arqueología y los
experimentos de replicación.
En tiempos de los Incas, el almacenamiento de productos agrícolas y otros
era casi tan importante como su producción, según los cronistas españoles.
Los estudios arqueológicos de los sistemas de almacenamiento Inca de la
sierra (D’Altroy & Earle, 1985; Earle & D’Altroy, 1982; Morris, 1981) han
comprobado la enorme magnitud de estas instalaciones. En Huánuco Pampa,
por ejemplo, habían 480 estructuras con una capacidad de almacenamiento
de 39 700 m3 en las que miles de toneladas de papa, maíz y otros productos
fueron depositados (Morris & Thompson, 1985). Casi un millar de años antes,
el almacenamiento a gran escala de los excedentes estaba siendo practicado en
Pampa Grande, un sitio de Moche V en el extremo norte de la costa del Perú
(Anders, 1981). Los estudios de almacenamiento pre-Inca e Inca arrojaron
luz sobre el contexto de almacenamiento dentro de economías sin mercados
desarrollados del Perú prehistórico, así como también la documentación de
las técnicas específicas de almacenamiento utilizadas. Los administradores
de los complejos de almacenamiento y otras instalaciones públicas Inca
mantuvieron registros con cuerdas anudadas y de color, conocidas como
quipus. Ya en la década de 1980 se demostró que instrumentos pre-Incas
similares a los quipus eran utilizados en el imperio Huari (Conklin, 1982).
La construcción y mantenimiento de los sistemas viales prehispánicos facilitó
el movimiento de productos y de información en el accidentado terreno de los
Andes Centrales. Una prospección de la red Inca reveló, por lo menos, 23 139 km
de caminos y la red completa probablemente incluyó aproximadamente 40 000
km de caminos (Hyslop, 1985). Naturalmente, muchos de esos caminos
existían antes de la conquista Inca y fueron simplemente subsumidos dentro
de la red estatal. Al igual que los quipus y el almacenamiento del gobierno,
sistemas de caminos de gran escala fueron documentados para el Horizonte
99
medio (Schreiber, 1984; Topic & Topic, 1983).
Richard L. Burger

La tecnología andina prehispánica fue fundamentalmente diferente a la del


Viejo Mundo, en parte debido a las opciones tecnológicas que, a menudo,
expresaron las estructuras y valores más profundos de estas sociedades andinas
(Lechtman, 1984). La mayoría de los estudios de la metalurgia andina y
textiles se centraron en la reconstrucción de las historias del desarrollo de
estas tecnologías (Conklin, 1978; Lechtman, 1980) y en la delimitación
de tradiciones tecnológicas regionales (Conklin, 1985; Lechtman, 1981;
Lechtman et al., 1982; Rowe, 1984; Wallace, 1979). Gran parte de esta
literatura se basa en la documentación detallada de los procesos utilizados
para crear los artefactos recuperados por los arqueólogos y saqueadores
(Tushingham et al., 1979). Un buen ejemplo de este tipo de estudio fue el
descubrimiento de Heather Lechtman de que la superficie de oro de muchos
artefactos de metal de la costa norte se lograba mediante un sofisticado proceso
de reemplazo electroquímico (Lechtman et al., 1982). Con menor frecuencia,
los estudios buscaron comprender los procesos productivos al enfocarse en
los residuos dejados en las canteras (Protzen, 1985) y talleres (Lechtman,
1976; Shimada et al., 1982) en vez de análisis de laboratorio de los objetos
acabados. Con algunas excepciones importantes (Morris & Thompson, 1985;
Shimada, 1978) el contexto socioeconómico de la producción enfatizado en
la investigación etnohistórica de Murra (1978) fue pasado por alto.

4. Iconografía e ideología
El interés por la iconografía fue renovado en la década de 1980 por una
mayor conciencia de la importancia de la ideología entre los arqueólogos
orientados antropológicamente y por una creciente apreciación del mundo
precolombino por los historiadores del arte (Cordy-Collins, 1982; Grieder,
1978; Paul & Turpin, 1986; Schaffer, 1985). Como se había hecho
previamente, la mayoría de la investigación se centró en el arte de los Moche,
debido a su estilo naturalista, aunque los estilos relacionados con Chavín
(Cane, 1986; Cordy-Collins, 1977; 1979; Kauffmann, 1979; Lathrap,
1977; Morales, 1982; Ravines, 1984; Reinhard, 1985; Roe, 1982; Salazar-
Burger & Burger, 1983), Paracas (Dwyer, 1979a; 1979b; Paul & Turpin,
1986), Recuay (Bankman, 1980; Grieder, 1978; Reichert, 1982), y Chancay
también recibieron atención.
Avances sustanciales fueron realizados en la delimitación de los temas básicos
100 representados en el arte Moche, en parte como resultado de la creación
Un panorama de la arqueología peruana (1976-1986)

de un archivo de iconografía Moche por Christopher Donnan (1976).


Aparecieron detallados análisis de motivos, escenas e individuos particulares
y su importancia (Benson, 1982; Berezkin, 1981; Bruhns, 1977; Donnan,
1984; Donnan & McClelland, 1979; Hocquenghen & Lyon, 1981). Aunque
el arte Moche arrojó una luz indirecta en la vida cotidiana (Campana, 1983;
Golte, 1985; Jiménez Borja, 1985), en ese entonces, este fue visto como la
representación de la mitología y el ritual. Su interpretación, por lo general, fue
intentada mediante una combinación de análisis contextual y la analogía con
las crónicas coloniales y descripciones etnográficas modernas. En la década
de 1980, las interpretaciones estructuralistas de la ideología y la arqueología
prehispánica por etnógrafos y etnohistoriadores llegaron a ser bastante
influyentes en los estudios iconográficos (Isbell, 1976; Urbano, 1982; Urton,
1982; Zuidema, 1982). Por ejemplo, Anne Marie Hocquenghem intentó
ir más allá de las interpretaciones tradicionales del arte Moche al crear un
modelo estructuralista general de la ideología y el ritual prehispánico del Perú
basado en gran parte en las descripciones del siglo XVI de la sociedad Inca en
la sierra. Ella trató de utilizar este modelo para explicar la iconografía Moche
(Hocquenghem, 1979), a pesar de la considerable brecha ecológica y temporal
entre ellas. Lathrap propuso modelos cosmológicos aún más imaginativos
pretendiendo que sean aplicables a los Andes Centrales prehispánicos,
Mesoamérica y más allá (Lathrap, 1982; 1985). Por último, la codificación
de la política, así como de la ideología religiosa en el arte andino y el uso de
este arte en la legitimación y la aplicación de la fuerza coercitiva también
comenzó a recibir la atención que merecían (Cook, 1983).

Conclusión
Aunque progresos sustanciales fueron realizados hacia una mejor comprensión
de la prehistoria peruana entre 1976 y 1986, la arqueología peruana
estaba todavía en su infancia. La participación de un mayor número de
investigadores que representaban a diversas escuelas de arqueología mundial y
el establecimiento de nuevos canales de comunicación entre los investigadores
fueron señales positivas para el futuro. Por otro lado, la situación política
cada vez más violenta e inestable en el Perú, resultado de la lucha armada
entre Sendero Luminoso, el MRTA y las fuerzas armadas del gobierno
nacional, fue un factor negativo cuyos efectos a largo plazo no podían ser
pronosticados en ese momento. A medida que la violencia se intensificaba a
101
finales la década de 1980, muchos proyectos en el extranjero decidieron que
Richard L. Burger

no era seguro continuar con las investigaciones. Esto fue particularmente


cierto para los que trabajaban en la sierra donde la violencia fue más intensa,
sobre todo en Ayacucho, donde los estudios sobre la agricultura temprana
de MacNeish y los del urbanismo del Horizonte Medio en Huari de Isbell
fueron suspendidos abruptamente. De manera similar, la productiva
investigación sobre el asentamiento temprano de los Andes y el proceso de
domesticación de camélidos en la Puna de Junín de Matos, Rick y Lavallée
(ver en este volumen) también fueron suspendidos. John y Teresa Topic
también encontraron imposible continuar su pionera investigación en la
sierra de Huamachuco, debido a las amenazas de Sendero Luminoso. Algunos
investigadores extranjeros eligieron trasladar su investigación de la sierra a la
costa, tal como hicieron Burger y Salazar al cambiar su enfoque del Callejón
de Huaylas al valle de Lurín. Tales tipos de soluciones a veces probaron ser de
corta duración debido a la propagación gradual del conflicto a los valles de
la costa, como fue el caso del proyecto abortado de Craig Morris y Heather
Lechtman en el valle de Pisco. Varios conocidos peruanistas eligieron iniciar
proyectos en países vecinos, como Michael Moseley y Alan Kolata en Bolivia,
Terence D’Altroy en Argentina, Tom Lynch en Chile, Scott Raymond en el
Ecuador y Jeffrey Quilter en Costa Rica, mientras que otros, como John Rick,
reorientaron sus esfuerzos de investigación en sus países de origen. Aquellas
áreas que permanecieron relativamente libres de violencia, sobre todo la costa
norte y, en menor medida, la costa central, continuaron siendo el foco de la
investigación arqueológica. Por ejemplo, Tom y Shelia Pozorski continuaron
su investigación en los centros del Período Inicial en el valle de Casma sin
interrupción, de la misma manera como lo hicieron Burger y Salazar. Sin
embargo, el financiamiento internacional para la investigación llegó a ser
cada vez más difícil de adquirir debido a los riesgos percibidos y el volumen
total de las investigaciones arqueológicas disminuyó notablemente. Debido a
que la sierra fue particularmente afectada por la violencia política de los años
1980 y principios de 1990, la visión parcial que hacía más prominente a la
costa en la arqueología peruana se hizo aún más grave.
Otra consecuencia de la guerra interna en el Perú fue el creciente rechazo
por los arqueólogos del marxismo como un modelo teórico debido a su
asociación con Sendero Luminoso y el MRTA. La caída del Muro de
Berlín en 1989 y la posterior disolución de la Unión Soviética en 1990,
del mismo modo minaron el atractivo de una posición teórica defendida
102 por Estados-nación que habían fracasado. Aunque la teoría marxista
Un panorama de la arqueología peruana (1976-1986)

había desempeñado un papel central en la formación de arqueólogos en la


Universidad Nacional Mayor de San Marcos y otras universidades peruanas
antes de 1980, su importancia en la mayoría de los programas de arqueología
disminuyó considerablemente tras la derrota de Sendero Luminoso.
De este modo, la década de 1980 puede ser vista como una línea divisoria
en la historia de la arqueología peruana. Tras la estela dejada por la salida de
muchos proyectos extranjeros, el papel de las universidades nacionales y los
investigadores peruanos creció en importancia y contribuciones. Una nueva
generación de investigadores peruanos llegó a ser cada vez más importante e
inició ambiciosos proyectos de largo plazo, por lo general, con financiamiento
local. Este proceso fue particularmente evidente a lo largo de la, relativamente
tranquila, costa norte, donde las excavaciones de Walter Alva de las «Tumbas
Reales de Sipán» se iniciaron en 1987 atrayendo la atención internacional y
condujo a varias décadas de productiva investigación de campo en la cuenca
del río Lambayeque. No menos impresionantes fueron los importantes
proyectos conducidos en la Huaca de la Luna en el valle de Moche, dirigido
por Santiago Uceda, iniciado en 1991 y el de San José de Moro en el valle de
Jequetepeque dirigido por Luis Jaime Castillo iniciado el mismo año (ver en
este volumen). Con la captura de Abimael Guzmán en 1992 y el retorno de
la tranquilidad en el campo durante los años siguientes, un nuevo período de
investigación arqueológica se inició. Este se levantó sobre las bases asentadas
durante los años 1970 y principios de 1980, pero también reflejaron las
transformaciones fundamentales en la arqueología que habían ocurrido a
finales de la década de 1980 y a principios de la década de 1990.

Agradecimientos
Quiero agradecer a Lucy Salazar-Burger y Jeffrey Quilter por su ayuda con el
manuscrito. También agradezco a Henry Tantaleán por haberme sugerido publicar
este trabajo y haberlo traducido del inglés.

103
Richard L. Burger

Figura 1 – En 1976, dos grandes trincheras fueron excavadas en la aldea del Precerámico
Medio de La Paloma en el Valle de Chilca bajo la dirección de Jeffrey Quilter, Robert Benfer y
Bernadino Ojeda

Figura 2 – En 1976, Richard Burger llevó a cabo excavaciones a pequeña escala en el pueblo
moderno de Chavín de Huántar con el objetivo de determinar la cronología relativa y absoluta
104 del sitio y rastrear los cambios económicos y el patrón urbano asociado con el famoso
complejo de templos del Horizonte Temprano
Un panorama de la arqueología peruana (1976-1986)

Figura 3 – En 1985, el centro en forma de U de Cardal del Periodo Inicial fue


investigado con el objetivo de contrastar las hipótesis de Carlos Williams de que
este fue un ejemplo de «templos-chacras y huertas-sagradas»
La excavación en el sitio vista en la fotografía no encontró los canales propuestos en
la hipótesis de Williams y por esta y otras razones, la hipótesis fue rechazada

Figura 4 – En 1979, Richard Burger y Lucy Salazar excavaron grandes excavaciones


horizontales en el sitio de Huaricoto en el Callejón de Huaylas, Ancash
Esta fotografía muestra la presencia de fogones rituales de la tradición religiosa Kotosh
debajo de las ruinas de la iglesia moderna de Marcara la cual fue destruida en el gran 105
terremoto de 1970
Richard L. Burger

Figura 5 – En 1987, Burger y Salazar regresaron a Cardal para conducir excavaciones a gran
escala con la participación de estudiantes de la UNMSM y la PUCP
Entre las estructuras descubiertas existieron una serie de pequeños patios circulares hundidos
como el que muestra esta fotografía

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125
Una perspectiva sanmarquina de la Arqueología en el Perú de los años 1990

Una perspectiva sanmarquina de la


arqueología en el Perú de los años 1990
Henry Tantaleán

Los historiadores no pueden ni deben prescindir del


presente.
¿Cómo escribir sobre la utopía andina sin tratar de la
violencia que en estos momentos convulsiona a la región
de Huamanga, a esos mismos territorios que fueron el
escenario del Taqui Onqoy? Nuevamente, al igual que
en el Siglo XVIII, la violencia quiere recubrirse bajo el
velo de lo incomprensible. Hace falta recurrir, entonces,
a ese elemento vertebral del razonamiento histórico que
es el método crítico: cotejar las fuentes, ponderar su
veracidad, reconstruir los acontecimientos, establecer
una cronología y al final no soslayar el juicio moral
(Flores Galindo, 1986)

Introducción
Como muchos de los capítulos que componen este libro, tomó como eje
principal de este texto, mi experiencia vital. En mi caso, comienzo este capítulo
en torno a la época de mis estudios en la Escuela Académico Profesional de
Arqueología de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en Lima entre
1992 y 1996 y termino mi exposición resaltando algunos espacios sociales 127
donde realicé mi práctica arqueológica inicial en el Perú a finales de esa
Henry Tantaleán

misma década. Aun cuando este texto está inspirado y, consecuentemente


condicionado por mi subjetividad, esta exposición está atravesada por hechos
históricos objetivos recientes que creo relevantes para explicar la situación de
la arqueología en los años de 1990 y su proyección en la primera década del
siglo XXI. Dicha forma de exposición se acerca a lo que se ha denominado en
los últimos tiempos una egohistoria, un formato expositivo que me pareció
práctico para poder enfocar desde mi perspectiva algunos momentos que creo
relevantes para la formación de la Arqueología en la década que nos ocupa1.
De todas maneras, si el lector o lectora quiere ver una historia intelectual de
la Arqueología en el Perú de la década de los años 1990, lo puedo remitir al
detallado y erudito análisis de la investigación y producción arqueológicas en
el Perú desde una perspectiva norteamericana realizado por Terence D’Altroy
(1997). Asimismo, dicha contribución puede ser muy bien complementada
por la reciente síntesis publicada por Shimada & Vega Centeno (2011).
Adicionalmente, textos críticos y propositivos acerca de la situación de la
Arqueología en el Perú de los años 1990 han sido proporcionados por Luis
Jaime Castillo & Elías Mujica (1995) y por Álvaro Higueras (1995).
Así, en este capítulo me gustaría enfocarme en la explicación de lo que sucedió
en la Arqueología de los años 1990 en el Perú, centrando mi texto desde
la perspectiva de un estudiante de arqueología de la Universidad Nacional
de San Marcos y un joven profesional en busca de un espacio académico y
laboral hasta 1999, año en el que viajé a España para realizar mis estudios
de posgrado. Aprovecho este lugar y tiempo vivido, pues, como algunos
investigadores sociales han comentado, esta Universidad podría tomarse como
el reflejo de la sociedad peruana («El pulmón del Perú») o, al menos, de la
sociedad limeña2. Asimismo, me pareció relevante hacerlo así, porque en la
década de los años 1990, San Marcos fue uno de los principales lugares donde
se formó una generación de arqueólogos que ahora son sobresalientes en esta

1 También ver Rodríguez Pastor (2004) para una egohistoria desde su experiencia como estudiante
de Antropología en la PUCP y San Marcos a finales de los años 1950 y comienzos de los años 1960.
Asimismo, el «testimonio de parte» de Pedro Espinoza (2011) de su experiencia como estudiante
de arqueología en la década de 1990, también me ha servido como un «elemento intersubjetivo»
para contrapesar mis recuerdos sanmarquinos.
2 Para mayores datos objetivos sobre los cambios en la composición social y económica de los

sanmarquinos e, incluso, sobre su percepción acerca de la formación profesional en las últimas


128 décadas se pueden consultar Sandoval (2002a), Vargas (2005), Yalle (2008) y Degregori &
Sandoval (2009).
Una perspectiva sanmarquina de la Arqueología en el Perú de los años 1990

disciplina en el Perú.
Otras historias de la Arqueología desde universidades como la Universidad
Nacional de Trujillo, la Universidad Nacional San Antonio Abad del Cusco
y la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga de Ayacucho están
todavía por escribirse y espero que este texto sirva para comenzar a reflexionar
acerca de la construcción, desde dentro y desde abajo, de la Arqueología en
cada uno de esos centros de enseñanza, justamente en una época en que,
como veremos, muchas de estas universidades fueron intervenidas por el
Estado y, consecuentemente, sus autoridades fueron impuestas desde fuera3.
En el caso de Lima, donde tenemos tres universidades que ofrecían la carrera
de Arqueología, podemos encontrar un bosquejo de dicha situación en el
trabajo de Miguel Aguilar (2004). Sin embargo, para el caso de la PUCP, no
hemos podido encontrar algún texto similar.

1. Hacia una historia (auto)crítica de la Arqueología en el Perú


reciente
Antes de pasar a hablar sobre la Arqueología de los años 1990 en el Perú
desde mi perspectiva, quisiera exponer algunas cuestiones relacionadas con
mi forma de ver la historia de la Arqueología. Desde hace un tiempo he
intentado explicar los fenómenos sucedidos en la arqueología peruana desde
una perspectiva externalista o contextual claramente inspirada en la de
Bruce Trigger, específicamente la desarrollada en su Historia del Pensamiento
Arqueológico (Trigger, 1992. También ver Moro Abadía, 2007; 2010).
Tempranamente, en la década de los años 1990, pude tomar conciencia
gracias a ese texto que la Arqueología era parte de un contexto social mucho
más amplio que solamente el de la propia disciplina. De este modo, para mí,
el desarrollo de la Arqueología en el Perú debería tener una explicación que va
más allá de las paredes de la universidad y la academia. Más importante aún,
me di cuenta que, a pesar que se propugnaba el seguimiento de una ciencia
positiva que esperaba desvincularse de su contexto político y de sus propias
ideas y acciones en el mundo real, casi siempre sus ideas acerca del mundo
terminaban deslizándose en su práctica y su forma de hacer y reproducir la

3Sobre estas realidades particulares se pueden revisar el Informe de la CVR y, en especial, para la 129
Antropología, a Degregori & Sandoval (2009).
Henry Tantaleán

Arqueología, incluso la que se presentaba como académica y apolítica.


De esta manera, para efectos de este capítulo, sostengo que la Arqueología
de la década de 1990 no puede entenderse sin tomar en cuenta una serie
de fenómenos socioeconómicos y sociopolíticos acontecidos en la historia
reciente del Perú. Asimismo, planteo que los actores y actrices que ejercieron
la arqueología en este tiempo también tomaron una posición implícita
o explícita con respecto a la situación histórica que les tocó vivir. Si bien,
como veremos más adelante, esta fue una década difícil para hacer evidentes
las posturas políticas, especialmente las de izquierda, estas siguieron
manteniéndose a otros niveles dentro y fuera de la universidad (Yalle, 2008).
Fundamentalmente, esta fue la época del gobierno de Alberto Fujimori
quien fuera elegido democráticamente como presidente de la República del
Perú en 1990 y que, casi desde el mismo inicio de su mandato, instauró
un modelo económico neoliberal en el estado peruano (Murakami, 2007:
243). Asimismo, en dicho gobierno también se dieron una serie de reformas
en la estructura del Estado que le permitieron sostener una lucha frontal
contra los movimientos subversivos que estaban asolando al país. Tanto el
factor de la reformulación de la economía nacional como la lucha contra los
movimientos subversivos impactaron en la forma de hacer arqueología en el
Perú, una cuestión que también ya había señalado Santiago Uceda (2000) en
su ensayo enfocado en la arqueología norteña. Sin embargo, como veremos
más adelante, en la década de 1990, la violencia también fue ejercida de
diferentes formas y a distintos niveles por parte del estado peruano (Wiener,
2001; Sandoval, 2002b; Bowen & Holligan, 2003; Uceda, 2004; Burt, 2009,
entre otros).
En ese contexto, la universidad pública peruana fue uno de los campos donde
también se libró la lucha por la pacificación del Perú. Por ello, un buen pulso de
las reformas que se dieron en esta década sería la Universidad Nacional Mayor
de San Marcos, donde me formé como arqueólogo entre los años 1992 y 1996.
Dicha casa de estudios, incluso, fue intervenida y controlada directamente por
el gobierno durante toda la década, perdiendo la relativa autonomía que había
recuperado tras el fin del gobierno militar de los años 19704.
Asimismo, de la mano de la economía neoliberal implantada, un nuevo

130 4Autonomía relativa porque ya desde 1987 las fuerzas policiales hacían operativos en la Universidad
de San Marcos deteniendo a gran número de estudiantes.
Una perspectiva sanmarquina de la Arqueología en el Perú de los años 1990

fenómeno apareció hacia finales de esa década en la Arqueología en el Perú: la


arqueología de contrato o de impacto ambiental. Pero antes de ir a la década
de los años 1990 me gustaría hacer eco de la voz de la década anterior.

2. La voz de los años 1980


Como Richard Burger muy bien ha señalado en el capítulo anterior, el Perú
de la década de 1980 claramente estuvo teñido por el conflicto interno que, a
finales de esa época, ya estaba instalado en la misma capital del estado peruano.
Siguiendo a Burger, esos años pueden verse como una «época oscura» para la
investigación arqueológica que más se ejercía, que era la anglosajona. Por ese
ambiente de conflicto interno se dejaron de conducir muchos proyectos de
investigación importantes e, incluso, muchos investigadores se trasladaron a
otras regiones y hasta tuvieron que cambiar sus temas de investigación.
El lúcido análisis de la sociedad peruana hasta la primera mitad de la década
de 1980, especialmente, de la sociedad limeña de José Matos Mar (1986)
acerca de lo que denominó el «desborde popular» anunciaba mucho de
lo que estaba por suceder en esa década. Por ello, tampoco sorprende que
en ese lapso se haya vivido la época de mayor radicalización política en la
Universidad pública peruana (ver también Lynch, 1990 y Yalle, 2008), algo
que también se puede explicar como resultado de la nueva composición
social de los estudiantes sanmarquinos, muchos de ellos hijos de provincianos
(Montoya, 2005). Asimismo, la crisis económica que se agudizó durante el
primer gobierno de Alan García claramente impactó en todos los sectores
sociales, especialmente los de menores ingresos económicos. Fue la época en
la cual una gran cantidad de personas emigró hacia Lima o al extranjero, un
problema social que generó la fuga de un importante capital humano y, en
general, la pérdida de la confianza en el Estado para resolver los problemas
políticos y, sobre todo, los económicos5.
Así, la depresión económica de la década de los años 1980 posibilitó una
reacción social que se manifestó como violencia que pudo ser canalizada por
grupos subversivos en contra de ese estado que se había mostrado incapaz de

5Con respecto a la UNMSM, según el Informe de la CVR (2003: 634): «Entre 1987 y 1988 la
crisis económica y social se profundizará. Este hecho tendrá un impacto sobre la matrícula
universitaria que en el lapso de un año cae a 26,028 estudiantes, luego de esta fecha el número 131
de estudiantes se mantendrá en ese promedio incluso hasta el final de la década de los ‘90.»
Henry Tantaleán

solucionar su propia crisis y las demandas locales históricamente irresueltas.


Dicho desencanto con el gobierno en el cual participaban además, del partido
aprista, los demás «partidos tradicionales», generó un descontento popular
hacia este sistema provocando su «colapso» a mediados de la década de 1990
(Tanaka, 1999: 7).
Por ello, este periodo sería la época en la que se dirimiría esta contradicción
entre la evidente violencia subversiva y la estructura ineficiente y corrupta del
estado peruano. Al medio de estos dos grandes frentes se encontraba la gran
mayoría de la sociedad peruana, especialmente las clases sociales bajas tanto del
campo como de la ciudad6. La manera en la que se trató de «solucionar» esta
situación por parte del Estado impactó en diferentes espacios e instituciones
sociales, especialmente en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos,
adonde a principios de la década de 1990 ya se había trasladado la formación
de cuadros políticos subversivos.
Sin embargo, la subversión no era el único problema que tenía que afrontar
el presidente electo Alberto Fujimori sino uno más presente, sobre todo, en
los hogares limeños: la crisis económica heredada del gobierno del presidente
Alan García.

3. El fujimorato: la implementación de la economía neoliberal y


la lucha contra los movimientos subversivos
«!Que dios nos ayude¡». Con este epílogo que depositaba el destino de un
país a lo divino y vía señal abierta en la televisión nacional, el 8 de agosto de
1990 nos llegaba de la propia boca del ministro de economía, Juan Carlos
Hurtado Miller, la implantación de un programa económico funesto para
la gran mayoría de las familias peruanas y contra la cual muchas de ellas
habían votado en contra previamente. Dicho programa económico trajo

6Un hecho observado durante una viaje que realizamos un grupo de compañeros de la universidad
a la localidad de San Pedro Cusi, en el valle alto de Cañete, provincia de Yauyos, puede ayudar
a ilustrar cómo la población rural se hallaba entre «dos fuegos». Cuando llegamos a ese pueblo a
mediados de 1992, no existían autoridades políticas allí. Los comuneros nos contaron que hubieron
autoridades elegidas democráticamente pero que habían venido los terroristas y los habían matado
en la misma plaza del pueblo después de un «juicio popular». Luego que los subversivos dejaron
el pueblo imponiendo nuevas autoridades, llegó el ejército y se llevó a las autoridades puestas por
132 Sendero Luminoso. De esta forma, nadie quería aceptar ningún cargo pues se arriesgaban a ser
asesinados o encarcelados.
Una perspectiva sanmarquina de la Arqueología en el Perú de los años 1990

consigo un gran desajuste en las economías familiares y marcó a gran parte de


mi generación. Nuestra economía nacional, que se había mantenido estable
a base de subsidios estatales, no pudo soportar más el desajuste con un
mundo de libre mercado, el cual era impulsado desde diferentes instituciones
financieras multilaterales desde la década de 1980 e impuesto en otros
estados de Latinoamérica (Honorio, 2009: 67). Así pues, en un corto plazo
nuestra balanza comercial tuvo que actualizarse al ritmo real del mercado
internacional. Claramente, familias pobres como la mía tuvieron que realizar
grandes esfuerzos para poder subsistir en dicha situación7. La educación ya no
era la prioridad sino la lucha día a día por la supervivencia, obviamente, sin
mayor expectativa a mediano o largo plazo.
Más adelante, el autogolpe del 5 de abril de 1992 que disolvió al Congreso
de la República e intervino al Poder Judicial, mostró la verdadera cara del
gobierno de Fujimori que pasó a tener poderes plenos para ejercer su política
económica y de lucha contra la subversión. A pesar de dicha ruptura en la
historia democrática del país, la población en su mayoría aprobó tal medida
(Mauceri, 1995: 7; Degregori, 2012 [2000]: 32). La llamada al orden social
perdido por las continuas acciones de Sendero Luminoso y el Movimiento
Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) fue una justificación del gobierno
que la masa social encontró satisfactoria (también ver Burt, 2006: 34).
Asimismo, una gran desilusión por los partidos tradicionales, por el lado
de la población y una gran corrupción, por el lado de la burocracia estatal,
hacía evidente que algún cambio debía realizarse en lo que el mismo Fujimori
denominó como «la dictadura de los ineptos y los corruptos»8. Siguiendo con
la idea central del ensayo de Cecilia Méndez (2006) sobre el autoritarismo en el
Perú republicano, también podríamos plantear que Fujimori, en su rol de jefe de
las fuerzas armadas, se convirtió en un caudillo, pues, fue quien personalmente
encabezó la lucha contra los movimientos subversivos y a la que apoyó gran

7 Una clásica solución para levantar las economías domésticas en esa década fue la proliferación
de actividades solidarias. Entre ellas, una de las más populares, incluso en el ámbito universitario,
fueron las denominadas «polladas», las cuales tenían como propósito la recaudación de dinero
en torno a una fiesta bailable en la que se consumía pollo frito y abundante cerveza. Un estudio
detallado de este fenómeno antropológico puede ser encontrado en Béjar & Álvarez, 2010.
8 Frase dicha por Alberto Fujimori en su conferencia ante la Asociación de Exportadores (ADEX)
133
poco tiempo después de su autogolpe.
Henry Tantaleán

parte de la población urbana y campesina, incluso luchando directamente de


la mano del ejército9 (también ver Mauceri, 1997). Ese apoyo mayoritario
de la población también se justifica, porque el bien estudiado manejo de sus
actividades públicas en los medios de comunicación le concedió una gran
popularidad entre la población peruana (Oliart, 1999: 404), convirtiéndose
también en un «líder carismático» (Durand, 1996). Posteriormente, un Congreso
Constitucional Democrático (CCD) generó una nueva constitución, la cual
con algunas modificaciones sigue vigente. Más importante, la Constitución
Política de 1993 permitía la re-elección directa, con lo que Fujimori consiguió
tal resultado en 1995. No debemos olvidar tampoco que, tras bambalinas, el
asesor de Fujimori, Vladimiro Montesinos, también jugó un rol fundamental
en mucha de la re-estructuración de las redes de poder en el estado peruano
(Bowen & Holligan, 2003).
De la mano de esta economía neoliberal tuvo que solucionarse el problema
de los grupos terroristas, Sendero Luminoso y MRTA. Ambos grupos que
hunden su propia historia en partidos políticos democráticos (Adrianzén,
2011) y sin los cuales no se pueden entender totalmente, generaron sus
facciones más radicales en la década de los años 1980 cuando los gobiernos
peruanos no pudieron frenar esos movimientos que tenían como propósito
fundamental alcanzar el poder político del estado peruano, pues, allí veían la
única fórmula para poder llevar al Perú a una «nueva era»10.
Existen sendos trabajos como el del recientemente desaparecido Carlos Iván
Degregori (1990), así que no abundaré más en esto11. Asimismo, el tan
discutido Informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR) hace
algunos cálculos que pueden ayudar a vislumbrar la verdadera dimensión en
cifras de tal situación de violencia, la cual no solamente se dio en el campo
sino que también se trasladó a la ciudad. Justamente uno de esos escenarios
fue la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en especial, la Ciudad
Universitaria, a la cual ingresé en el año 1992 y que no se parecía a nada a lo

9 En esa lucha frontal las «rondas campesinas» jugaron un rol muy importante (ver por ejemplo,
Fumerton, 2001).
10 Pese a que ambos grupos subversivos aportaron su propia cuota de violencia durante la década

de 1980 e inicios de 1990, sus historias particulares difieren y en el caso del MRTA merecen un
estudio un poco más detallado de los que se dispone en la actualidad. Un esfuerzo en ese sentido
es el desplegado por Mario Meza (2011).
134 11 También se pueden consultar al respecto a Gorriti; 2008, Rénique, 2003; Roncagliolo, 2005;

Starn, 1995; Stern 1998.


Una perspectiva sanmarquina de la Arqueología en el Perú de los años 1990

que yo había imaginado cuando me preparé para ingresar con tanto esfuerzo.
4. La Universidad Nacional Mayor de San Marcos en los años 1990
En paralelo a los cambios en la estructura del estado peruano, la universidad
pública que era, históricamente, un espacio significativo donde reflexionar
sobre la situación política y plantear la respectiva crítica, fue intervenida.
Con las reformas curriculares y las purgas de profesores, a lo que se añadía la
desilusión en la política, se convirtió en un lugar donde solamente se aprendía
a ser profesional y ya no un científico social comprometido con la sociedad
como se había estado dando décadas atrás. Eso generó un alejamiento de sus
estudiantes de los problemas sociales del Perú, salvo contadas excepciones de
algunos grupos de ellos.
Si bien para 1992 el ambiente ya no era el de los años 1980, todavía San
Marcos seguía claramente convulsionada. De hecho, un año antes (mayo
de 1991) el mismo presidente Alberto Fujimori se presentó en la Ciudad

Figura 1 – Vista de Google Earth de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en 2001
Se indica a la Facultad de Ciencias Sociales dentro del ovalo. Destacan la Huaca San Marcos, el
estadio, las diversas facultades y el comedor universitario

12Es importante señalar que, hasta finales de la década de 1980, Fujimori había ejercido como
Decano y Rector en la Universidad Nacional Agraria La Molina y había sido presidente de la
Asamblea Nacional de Rectores. Es decir, que para cuando fue presidente conocía desde dentro 135
cómo funcionaba realmente la universidad peruana.
Henry Tantaleán

Figura 2 – Facultad de Economía vista desde la Facultad de Ciencias Sociales


Foto de Víctor Bustamante en la documentación de la CVR

Universitaria para ver con sus propios ojos lo que sucedía allí dentro12. Las
medidas del gobierno no se hicieron esperar13: la Universidad fue intervenida
por las fuerzas del orden, llegándose a acuartelarse contingentes del ejercito en
el campus mismo14 (también ver Burt, 2006: 47). En 1992, durante mi primer
ciclo de estudios, pude ser testigo del arresto de estudiantes y profesores que
salían maniatados por las puertas de nuestras facultades15. Nosotros mismos,
éramos obligados a salir de nuestras clases cuando había algún «rastrillaje» en

13 Como nos recuerda Rubén Quiroz (2005: 88): «[…] es el atentado de la calle Tarata, en
un distrito limeño y “alto” como Miraflores, que sirve de pretexto a Fujimori para intervenir las
universidades».
14 El segundo piso del comedor universitario de la ciudad universitaria de la UNMSM fue el

lugar elegido por el ejército para instalar un «cuartel». Uno de los detalles que más me llamaba la
atención de esta situación, era que un soldado uniformado me entregaba la cuchara con la cual
posteriormente tomaría mis alimentos allí.
15 Justamente, el 18 de julio de 1992 el denominado «Grupo Colina» apoyado por la base del

ejército allí destacada detuvo a un catedrático y nueve estudiantes en el campus de la Universidad


Enrique Guzmán y Valle «La Cantuta». Casi un año después, en 1993 se encontrarían restos de sus
cuerpos enterrados en la quebrada Chavilca en Cieneguilla.
136 16 En esa misma década, también, muchos agentes del Servicio de Inteligencia Nacional (SIN) se

podían ver «camuflados» entre la población estudiantil (también ver Ponce, 2002: 33).
Una perspectiva sanmarquina de la Arqueología en el Perú de los años 1990

la Ciudad Universitaria16. La imagen más vivida que tengo es la de estar en


mi salón de clases y ver cómo se desplegaba una línea de soldados totalmente
equipados para una acción bélica. Pocos minutos después de dejar nuestras
aulas, pasábamos a formar largas filas para ver si nuestros nombres se hallaban
en alguna lista de subversivos o comprometidos políticamente de alguna
manera con «ellos»17. En esos instantes, nuestro mundo se separaba entre los
que podían regresar a sus hogares y los que subían a un vehículo militar sin
destino conocido. No es necesario decir que nuestra principal preocupación
en ese entonces, ya no era simplemente estudiar, sino regresar a nuestras casas
sin contratiempos18. El cuadro se completaba con los constantes apagones,
cochebombas19, levas del ejército20 y toques de queda que restringían nuestra
capacidad de movimiento por la ciudad de Lima.
En ese contexto, las prácticas y el pensamiento neoliberal (económico y
político)21 también se asentaron dentro de la universidad a partir de esa época.
Dicho pensamiento neoliberal promovió la tecnificación del estudiantado,
dentro de lo que algunos han denominado el pensamiento «antipolítico»
(Lynch, 2000: 23; Degregori, 2012 [2000]) o «política pasiva» (Ponce,

17 Mis recuerdos coinciden con la situación señalada por la CVR (2003: 655): «La presencia de
la base militar también implicó que se organizaran operaciones de rastrillaje durante las horas de
clases. En estas operaciones se detenía a diversos estudiantes, y para ello los militares contaban
con listados en los cuales se consignaba los nombres de los estudiantes supuestamente
involucrados en actividades subversivas».
18 Interesantemente, y de igual modo como con otras medidas autoritarias, algunos estudiantes

sanmarquinos estaban de acuerdo con la intervención de la universidad al imponer el orden dentro


de la universidad (ver testimonios en Ponce, 2002: 25-27).
19 En octubre de 1993, mientras me reunía en casa de unos amigos en el distrito de Miraflores

explotó un cochebomba a unas cuantas cuadras de donde estábamos. Fue el atentado frente al
antiguo cine El Pacifico en el ovalo de Miraflores. Esto es un ejemplo de que tan cercanas teníamos
ya a las acciones terroristas en Lima.
20 Por ejemplo, una noche a inicios de 1992, el bus en el que viajaba hacia la universidad fue

interceptado por un contingente del ejército. En esa época no contaba con libreta electoral, pues
tenía 17 años, y solo tenía mi libreta militar. Como todavía no me habían entregado mi carnet
universitario, no pude acreditar que era estudiante (tampoco creo que eso hubiera servido) así que
me subieron a un camión del ejército y fui detenido durante dos días en la base militar colindante
al Grupo Aéreo número 8, cercano al aeropuerto Jorge Chávez. Afortunadamente, mis padres
pudieron sacarme de ese lugar en el que se nos amenazaba a un grupo de, por lo menos 50 jóvenes
como yo, con enviarnos a la zona de conflicto en Ayacucho como parte del ejército.
21 Sin embargo, como señalan Degregori & Sandoval (2009: 48), a pesar de que se planteó una

«reforma neoliberal» de la universidad pública por parte del Estado, al final lo que se institucionalizó
fueron las pasadas prácticas clientelistas y corporativistas de las autoridades y sus asociados políticos, 137
truncando de esta manera la supuesta reforma y modernización de la universidad.
Henry Tantaleán

2002). Esta forma de comportamiento sería consecuencia del desencanto


de los jóvenes por los partidos políticos e ideales críticos y libertarios,
especialmente de la izquierda por anacrónicos y fracasados, la situación de
represión en las universidades y el asentamiento de la percepción (alimentada
por los medios de difusión) en la sociedad de que el activismo político en sí
mismo es negativo o, en el mejor de los casos, es innecesario como parte de la
formación profesional y ciudadana.
Todo esto que sucedía dentro de la Ciudad Universitaria también tenía su
contraparte en la opinión pública jalonada por los medios de comunicación
que reproducían ciertas percepciones de la realidad. Así, como se puede leer
en el Informe final de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación del Perú
(2003: 633):
La extendida y perniciosa idea de pensar que todo sanmarquino
es terrorista, fue precisamente la falsa convicción que justificó que
la opinión pública apoyara en gran medida y viera con buenos ojos
las cruentas y represivas acciones del Estado y la instalación de una
base militar en esta como en otras universidades sindicadas como bases
terroristas.
En ese sentido, la persecución de todo pensamiento crítico, sobre todo,
orientado hacia la izquierda y más aún la militancia en partidos organizados
generó la ausencia de tomas de posiciones políticas, pues se entendía que esto
era peligroso, generando lo que algunos han denominado la «Generación
X». Sin embargo, esta generación no se parecía en nada a la que se podía
ver en la película Reality Bites dirigida por Ben Stiller sino más bien una
generación X sanmarquina carente del romanticismo y nihilismo del parangón
cinematográfico. No obstante, en ambos casos el desencanto era algo que las
unía22. En el caso sanmarquino, un desencanto y apatía por la participación
política, sobre todo en la izquierda, invadió a los estudiantes (también ver
Oliart, 1999: 410) y un pensamiento pragmático e individualista se asentó
en esa comunidad gracias a las prácticas económicas y políticas neoliberales
impulsadas desde el Estado.
Más adelante, el 25 de mayo de 1995, la implantación de la Comisión

22Una narrativa que recoge mucha de esta desilusión en la juventud limeña de finales de los años
138 1980 y comienzos de 1990 se puede encontrar en la novela de Martín Roldán titulada Generación
Cochebomba.
Una perspectiva sanmarquina de la Arqueología en el Perú de los años 1990

Reorganizadora presidida por Manuel Paredes Manrique (Miró Quesada &


Vargas, 2002) no hizo más que hacer efectivo el control de esta casa de estudios
por docentes cercanos a Fujimori23 (Quiroz, 2005: 89), haciendo que la
oposición del estudiantado al régimen se controlase y redujese drásticamente
(también ver Burt, 2006), llegando hasta la expulsión de alumnos de la
universidad. De esta manera, la participación estudiantil se tornó casi
inexistente en las decisiones que afectaban directamente al estudiantado y al
gobierno de la casa de estudios. En ese sentido, es importante ahora echar una
mirada a la escuela de Arqueología durante esta época.

5. La arqueología en San Marcos en la década de los años 1990


La Universidad Nacional Mayor de San Marcos tiene una de las escuelas de
Arqueología más antiguas del Perú que comenzó a funcionar como tal en 1975.
Si bien antes de esa fecha tenemos generaciones de antropólogos especializados
en arqueología desde la década de 1960, como Luis Lumbreras, Rosa Fung o
Ramiro Matos, tanto en número como en programa académico, la arqueología
como profesión no se da hasta la década de 1970, específicamente en 1975
cuando se separa a la Arqueología de la Antropología que estaban juntas en
el mismo Instituto y se crea el Programa Académico de Arqueología en la
UNMSM por gestión de Pablo Macera y Ramiro Matos (Bonavia & Matos,
1992: 126, Shady, 2008: 11). Todo esto fue la culminación de un proceso
histórico que se sustentó sobre las bases de las actividades de investigación y
académicas de Julio C. Tello, como por ejemplo, la fundación del Museo de
Arqueología de la UNMSM en 1919, las de Luis E. Valcárcel quien fundó
el Instituto Etnológico en 1946 o Pablo Macera quien fundó el Seminario
de Historia Rural Andina en 1962. En ese proceso no debemos dejar de
mencionar a Emilio Choy, importante intelectual que desde su marxismo
impulsó diferentes iniciativas académicas y profesionales.

23 Según Vargas (2005): «[…] El gobierno y el Congreso de mayoría fujimorista mediante ley
n.° 26457, ordena la “reorganización” de dos importantes universidades nacionales de Lima. La
citada norma establece en su décimo artículo que “El proceso de reorganización a que se refiere
esta Ley se iniciará con la Universidad Enrique Guzmán y Valle y la Universidad Nacional
Mayor de San Marcos”, y encarga al Poder Ejecutivo mediante Decreto Supremo la designación
de Comisiones Reorganizadoras, cargos que fueron asumidos por docentes que avalaban la
intervención y guardaban simpatía por la política fujimorista. En San Marcos, se nombró una
comisión interventora conformada por cierto grupo de profesores sin ninguna o discutible calidad 139
académica que, sin ser generales o brigadieres, estaban dispuestos a cumplir el mismo rol».
Henry Tantaleán

Al comienzo de la profesionalización de la Arqueología, se vivía la segunda


fase del gobierno militar dirigido por Morales Bermúdez y la década de l980,
ya en democracia, también asistió a la eclosión de las acciones efectivas de
Sendero Luminoso, la cual se encarnizó a lo largo de la década, llegando hasta
Lima. Como vimos, los años 1990 heredaron esta situación y la Facultad
de Ciencias Sociales fue una de las plazas más importantes para los grupos
terroristas para captar simpatizantes y militantes.
Claramente, hacer arqueología en el Perú, en general, y en San Marcos,
en particular, era complicado. De hecho, el legado de la violencia interna
había hecho que para la década de 1980 muchos proyectos extranjeros hayan
decidido dejar las zonas donde la confrontación era evidente, como por
ejemplo, nos recuerda Richard Burger en el capítulo anterior (también ver
Starn, 1991). Asimismo, como nos señala Santiago Uceda (2000) para la
costa norte:
En menos de 5 años, de cerca de casi 20 misiones extranjeras en el
norte peruano, solo continuaron cuatro en 1992, tres en la costa y una
en la sierra.
Esta es una imagen que también se puede reconocer en otras partes del país
donde, efectivamente, la investigación de arqueólogos extranjeros disminuyó
o desapareció24.
Asimismo, de la mano de la intervención militar en la Ciudad Universitaria y
la imposición de la Comisión Reorganizadora más adelante, el plan de estudios
de la carrera de arqueología, y en general de las ciencias sociales25, fueron
reformados. En los nuevos planes de estudio, o por medio de modificaciones,
desaparecieron la mayoría de las asignaturas relacionadas con el pensamiento
social crítico (también ver Degregori & Sandoval, 2009). Así, a comparación
del Plan de estudios de arqueología de la UNMSM aprobado en 198726 y que

24 En esta ocasión presento un indicador de la disminución de las publicaciones por parte de


arqueólogos norteamericanos sobre el Perú: los artículos publicados en la revista Latin American
Antiquity. En esa década en dicha revista se publicaron un total de 187 artículos de los cuales
solamente 39 correspondieron a investigaciones arqueológicas hechas en el Perú y de las cuales solo
11 se hicieron en la sierra (Cajamarca, Junín, Cusco y Puno) y la gran mayoría se realizaron en la
costa norte y sur (28).
25 Paralelamente con la Comisión Reorganizadora se instaló como Decano en la Facultad de

Ciencias Sociales el Dr. Víctor Medina Flores.


140 26 Este plan de estudios sufrió diferentes modificaciones a partir de 1996 con resultados poco

óptimos para la formación del estudiantado. Lo anterior se puede colegir de los documentos de la
Una perspectiva sanmarquina de la Arqueología en el Perú de los años 1990

tenía hasta 6 asignaturas explícitamente vinculadas con el marxismo (Bonavia


& Matos, 1992: 286) para 1992, solo teníamos un solo curso relacionado con
este. De hecho, el único curso relacionado con la filosofía («Introducción a la
Filosofía») que se enseñaba en la Facultad de Ciencias Sociales, ya no incluía
al marxismo. Un anacronismo en esos años, tal vez, fue el curso denominado
«economía política» y que, todavía, usaba como libro de texto un famoso
manual de pasta roja de autor soviético (Nikitin). En ese mismo contexto, la
literatura relacionada con el marxismo fue extirpada de las bibliotecas y llevar
encima un libro de estos podía suponer un vínculo con los grupos terroristas.
Así las cosas, no era fácil hablar de ciertos autores y mucho menos recuperar
los planteamientos de arqueólogos marxistas como Luis G. Lumbreras y otros
tantos que, solo unos pocos años antes, encabezaban las listas de los libros
más leídos e influyentes para los estudiantes de Arqueología, según el estudio
de Duccio Bonavia & Ramiro Matos (1992).
Los principales profesores que enseñaban en la escuela de Arqueología de la
UNMSM, en ese entonces, eran Hernán Amat, Alberto Bueno, Ruth Shady,
Jorge Silva, Daniel Morales. Sin embargo, para la década de 1990 muchos de
los arqueólogos más renombrados a nivel nacional e internacional se alejaron
por diversas razones de esta casa de estudios. De hecho, para inicios de esa
década uno de los arqueólogos más influyentes en el Perú y el extranjero
como Luis Guillermo Lumbreras ya se había retirado de esta universidad y se
encontraba fuera del país en un periplo que lo llevó por Europa.
Aun así, se podría decir que se contaba con un cuerpo de docentes suficiente
que podría llevar hacia adelante los estudios de pregrado aunque, también
hay que decirlo, existían asimismo serias deficiencias en su propio desarrollo
académico y profesional (Shady, 1998)27 que podrían ser explicadas por la
situación de ese momento en la universidad y por la falta de una debida
atención al financiamiento de las investigaciones en las Ciencias Sociales por

Escuela de Arqueología denominados «Propuesta de cambio curricular discutida y aprobada por el


comité de la Escuela Académico Profesional de Arqueología de la Universidad Nacional Mayor de
San Marcos» con fecha del 21 de noviembre de 2001 y «Balance y Perspectivas. Evaluación del Plan
de Estudios de la E.A.P de Arqueología» firmado por Daniel Morales en abril de 2007. Debo toda
esta información a Augusto Bazán quien ha estudiado este problema de la escuela de arqueología
de la UNMSM en mayor profundidad.
27 Sin embargo, un análisis sociológico más profundo de ese capital humano escapa a los objetivos
141
de este texto.
Henry Tantaleán

parte del Estado28. De igual manera, un elemento importante que no podemos


dejar de mencionar aquí y que explicaría ciertas carencias en la formación fue
que la misma universidad, en la década de 1990, amplió el número de plazas
de ingresantes. Por ejemplo, junto conmigo ingresaron otros 59 compañeros
a estudiar Arqueología y aunque nuestro régimen era anual y, por tanto, el
ingreso también, esto hizo que la carga académica para los docentes fuese
desbordada. Si a esto se le suma que ya se tenían problemas logísticos, la
consecuencia fue que no se pudiese formar adecuadamente a los alumnos.
Como punto de comparación de esta situación precaria en la formación y la
inserción de los estudiantes en la investigación, podríamos ver lo que pasaba
en la Universidad Nacional de Trujillo. En esa misma década, la escuela de
Arqueología de esta casa de estudios tenía por lo menos proyectos arqueológicos
donde los alumnos podían realizar sus prácticas pre-profesionales. El principal
proyecto arqueológico era, y es, el de la Huaca del Sol y de la Luna que, desde
mayo de 1991, conducía la Facultad de Ciencias Sociales (Uceda & Morales,
2010: 15). Mientras tanto la escuela de Arqueología de la UNMSM no tenía
ningún proyecto arqueológico directamente vinculado, a excepción de las
excavaciones restringidas en el denominado «Sector 11», un área arqueológica
asociada a la «Cultura Lima» ubicada en la parte posterior de la Facultad de
Ciencias Sociales y algunos proyectos de profesores de la universidad que
incluían a algunos de sus alumnos aunque sin apoyo económico o de algún
tipo de la misma casa de estudios29. Mucho menos, dichas investigaciones
culminaron en la elaboración de tesis de licenciatura.
Ya en los años 1990, alrededor de Lima eran pocos los proyectos arqueológicos
y luego describiré algunas experiencias vitales que pueden ayudar a ilustrar la
situación de la época. Pese a ello, el proyecto arqueológico Huaca Pucllana en
Miraflores o las excavaciones arqueológicas de colegas que hacían sus tesis en
algunos sitios de Lima como Chira Villa o puestas de valor en sitios como Huaca
San Borja me permitieron a mí y a otros compañeros realizar algunas prácticas
arqueológicas. Así por ejemplo, casi de manera casual terminé aprendiendo
a ilustrar artefactos arqueológicos en el local del Centro de Investigación de
Zonas Áridas con Bernardino Ojeda. Un espacio que también empezó a ser

28 Con respecto al exiguo financiamiento económico por parte del Estado a la Universidad pública,
sobre todo, en la década de 1990, ver Sandoval (2002a) y Degregori & Sandoval (2009).
142 29 Como vimos, es solamente a finales de esa década cuando el proyecto Caral y el proyecto Huaca

San Marcos comienzan a funcionar. Ambos proyectos fueron dirigidos por la Dra. Ruth Shady.
Una perspectiva sanmarquina de la Arqueología en el Perú de los años 1990

reutilizado por los sanmarquinos fue el Museo de Arqueología en el local del


parque universitario («La Casona») que comenzó a actualizar sus inventarios
en 199630. Poco tiempo después, con la dirección de la Dra. Ruth Shady,
cobró nuevamente vida, e incorporó a sus estudiantes en la investigación de
sus colecciones y al naciente proyecto arqueológico Caral y, posteriormente, al
proyecto arqueológico Huaca San Marcos, aunque este último proyecto recién
a partir del 1999 pudo brindar espacios para que algunos estudiantes realizarán
sus prácticas profesionales (Narváez, 1999).
Justamente, y a propósito de la falta de investigación y al consecuente retraso en
la titulación de arqueólogos sanmarquinos, como una salida a dicha situación,
en el año 1996 se realizó el primer examen de licenciatura. Dicho mecanismo
para licenciarse como arqueólogos permitió que muchos colegas que ya
venían haciendo investigación y eran profesionales reconocidos pudieran
acceder a un nuevo status. Sin embargo, este proceso de titulación también
posibilitó que otros colegas con menos experiencia como investigadores, entre
los que me incluía yo en ese entonces, accedieran rápidamente a dicho status.
Para no entrar en más detalles acerca de la disminución de la investigación
y producción científica en nuestra escuela, puedo remitirlos al análisis que
recientemente ha publicado Alex Gonzales Panta (2010) y al análisis de
Augusto Bazán (2011)31. Lo único que sí quiero apuntar aquí es que este
mecanismo, independientemente de la calidad académica de sus titulados, ha
generado una gran cantidad de licenciados que claramente tuvieron y tienen
mayores facilidades para ingresar al campo laboral que sus contrapartes de
otras universidades tanto en Lima como en provincias.
Por todo lo anteriormente descrito, las carencias en la formación profesional en
la década de 1990 tenían que ser superadas en otros espacios. Personalmente,
un lugar que me asistió sobremanera en mi formación fue la biblioteca del
Instituto Francés de Estudios Andinos (IFEA) que, junto con la del Museo
Nacional de Arqueología, fueron los lugares donde realmente estudié la
literatura arqueológica adecuada para mis intereses estudiantiles. Esta es la
ocasión para resaltar y reconocer el importante trabajo que ha hecho y hace

30 En ese año, junto con otros compañeros de mi generación, colaboramos con el inventario
de los materiales arqueológicos depositados en el «museo» e, incluso, con montar una muestra
arqueológica con los escasos recursos aportados por la Universidad. En esa época, el museo era
prácticamente dirigido por Nélida Gamero.
31 Para una base de datos elaborada por la misma UNMSM de la producción científica de los
143
últimos años, también se puede consultar Peña et al., 2011.
Henry Tantaleán

Benjamín Guerrero quien, a pesar de las carencias y vaivenes administrativos


del Museo, nos provee de los materiales bibliográficos necesarios para nuestro
trabajo arqueológico. Para mí y muchos otros colegas, ambas bibliotecas
fueron la mejor «base de datos» que se podían consultar en la década de 1990
cuando internet era algo todavía alejado de nuestra realidad. No es necesario
decir que en esa década la biblioteca de la Facultad de Ciencias Sociales
estaba lejos de ser un lugar ideal para hacer investigación y aunque existía una
biblioteca en la escuela de Arqueología esta fue menguando paulatinamente
con el correr de los años hasta prácticamente desaparecer.
Dado este panorama local no muy halagüeño, muchos de mis compañeros
tuvieron que hacer realmente trabajo arqueológico de la mano de los pocos
arqueólogos peruanos que hacían investigación o de los extranjeros que
seguían trabajando en los Andes. Puesto que cada uno de nosotros accedió de
diferentes formas a diversos proyectos arqueológicos casi de manera personal o
a través de contactos, estas historias vitales no podrían ser resumidas aquí. Por
ello, y por el espacio con el que cuento aquí, solamente me gustaría compartir
con ustedes dos ejemplos que conocí muy de cerca y que me ayudaron a
comprender de primera mano lo complicado pero, a la vez, gratificante que
era y es hacer arqueología en el Perú: el Programa Contisuyu en Moquegua y
el Proyecto de Investigaciones Arqueológicas Chincha (PIACH).

5. 1. El programa contisuyu
Fundado en Moquegua en 1982 por Michael Moseley y Luis Watanabe, el
Programa Contisuyu fue la cobertura institucional bajo la cual diferentes
arqueólogos norteamericanos y algunos peruanos desarrollaron un estudio
sistemático y diacrónico de un valle costero. Claramente, la década de 1980
fue el momento de auge de este programa, sobre todo, porque Moquegua
era una ciudad tranquila y los movimientos subversivos no habían calado
fuertemente allí, como si lo hicieron en la zona serrana y altiplánica vecina.
Los volúmenes denominados Trabajos Arqueológicos en Moquegua, Perú
(Watanabe et al., 1990) y la publicación del reciente homenaje a Michael
Moseley (Marcus & Williams, 2009) son solo dos muestras de la gran
cantidad de investigaciones realizadas en esa década y que se proyectaron aún
en la década siguiente.
Asimismo, muchos colegas de la Universidad Católica de Santa María de
144 Arequipa que hasta esa década poseía la carrera de arqueología pudieron
Una perspectiva sanmarquina de la Arqueología en el Perú de los años 1990

insertarse en dichos proyectos. Adicionalmente, estudiantes de San Marcos y


la PUCP también pudieron involucrarse con las investigaciones realizadas en
dicho Programa. Así a mediados de 1995, la arqueóloga moqueguana Bertha
Vargas, que había trabajado largamente en la zona y estaba afiliada al Programa
Contisuyu, a pedido de Bruce Owen, me dio a mí y algunos compañeros de San
Marcos, la PUCP y la Católica Santa María la oportunidad de hacer nuestras
primeras prácticas arqueológicas en el famoso sitio de Chen-Chen, un yacimiento
Tiwanaku de las fases IV y V, aunque con otras ocupaciones posteriores muy
cercanas, en ese entonces, a la ciudad de Moquegua. La fundación de esta
colonia costera Tiwanaku, junto con la de Omo, representan los ejemplos más
claros en el territorio peruano de poblaciones altiplánicas movilizándose para
producir en áreas ecológicas diferentes a las de su lugar de origen confirmando
el modelo de complementariedad ecológica de John Murra.
En específico, la temporada de investigación del 1995 en Chen-Chen
tenía como objetivo seguir conociendo el sitio pero, sobre todo, recuperar
contextos funerarios en el extenso cementerio que ya había sido reconocido
por la misión japonesa liderada por Eiichiro Ishida a finales de la década de
1950 (ver Ishida, 1960). Además, el proyecto arqueológico en Chen-Chen en

Figura 3 – Excavaciones en Chen-Chen, Sector Necropólis en julio de 1995 145


En la foto Joaquín Narváez y Santiago Morales
Henry Tantaleán

el que participé se hizo necesario por la afectación de la zona por el proyecto


hidráulico Pasto Grande y por la inminente expansión urbana de la ciudad
de Moquegua. Tal como se anunciaba ya en esa época, en la actualidad los
visitantes de la ciudad de Moquegua pueden disfrutar de un parque donde
antes se extendían las excavaciones que realizamos en los años 1990. Salvo
algunos sectores que no llegarán al 5 % del sitio, el resto prácticamente ha
desaparecido. Indudablemente, el Programa Contisuyu permitió recuperar la
historia de esta zona del valle que, sin esta intervención, habría desaparecido
irremediablemente. Asimismo, el Programa Contisuyu permitió poseer un
Museo Arqueológico Regional y un espacio de investigación donde numerosos
investigadores han podido desarrollar sus trabajos.

5. 2. El proyecto de investigación arqueológica chincha (PIACH)


Fundado en los años 1980 por Craig Morris y Luis G. Lumbreras, el proyecto
Chincha, para la década de los años 1990, estaba enfocado especialmente en
excavar el sitio de Tambo de Mora. El ajuste entre la evidencia etnohistórica
y arqueológica para la sociedad Chincha fue un motivo importante y
transdisciplinario que posibilitó una investigación más histórica, en el
sentido amplio de la palabra, del asunto Chincha. Desde 1995, participé en
este proyecto, con un equipo mínimo de egresados sanmarquinos y con un
humilde presupuesto aportado por el Museo de Historia Natural de New
York. Recuerdo con especial afecto dicha primera temporada de investigación
en la pirámide de Tambo de Mora donde excavamos en un sector superior de
las pirámides y que había sido reutilizado como basural.
En aquella temporada, el equipo estaba dirigido por Carlos del Águila
y contaba entre sus integrantes a Fernando Fujita y Juan Paredes Olvera.
Otro sitio excavado paralelamente pero valle arriba fue el de Pampa de la
Pelota, en ese caso con otro equipo mínimo dirigido por Javier Alcalde. El
PIACH, por sus siglas, contaba con un pequeño laboratorio que almacenaba
y donde se analizaban las colecciones del proyecto. Ese mismo lugar, durante
la siguiente temporada de 1996, fue un lugar donde reforcé mi vocación
como arqueólogo. Por primera vez con la gente del Indea, entendí que mi
opinión podía ser importante para generar estrategias de investigación y que
un equipo de verdad es uno en el cual se toma parte activamente.

146
Una perspectiva sanmarquina de la Arqueología en el Perú de los años 1990

Figura 4: Excavaciones de 1996 en el Sector Chacra de Tambo de Mora


En la foto Belén Portasany, Fernando Fujita y Henry Tantaleán

Sé que después de esas dos temporadas de campo, cuando me tuve que alejar
de Chincha, muchas generaciones de sanmarquinos y colegas de la Pontifica
Universidad Católica del Perú se han seguido formando allí. Creo, sin temor
a equivocarme, que mucho se le debe a este proyecto en la formación de
generaciones de arqueólogos de las universidades de Lima. Para mí, fue un
lugar donde realmente entendí lo que era investigar científicamente y, debo
ser honesto, donde por primera vez entendí cómo hacer arqueología no de
forma teórica sino práctica: una arqueología verdaderamente dialéctica.

6. Comentarios finales
En este capítulo he tratado de revisitar una serie de fenómenos económicos y
políticos que afectaron el desarrollo de la enseñanza de la Arqueología en el
Perú de los años 1990, enfocándolos desde mi experiencia sanmarquina. Si
bien este no es un análisis exhaustivo ni mucho menos estrictamente objetivo,
creo que he podido destacar una serie de puntos necesarios cuando se quiere
abordar esta década, no solo desde la faceta académica sino también desde la
historia del Perú reciente.
La llegada de la democracia en la década de 1980 generó un espacio social en
147
el cual muchas de las reivindicaciones políticas pudieron ser canalizadas de
Henry Tantaleán

forma legal y democrática. Pese a ello, grupos políticos de la izquierda radical


también optaron por seguir un camino más violento replegándose a los
Andes donde el campo era fértil para la canalización de las demandas sociales
irresueltas históricamente. En ese contexto algunos grupos de estudiantes
optaron por la radicalización y eligieron un sendero alejado de la democracia
y más bien vinculado a la ortodoxia, el dogmatismo partidario y la exaltación
y mitificación de la personalidad del líder.
Más adelante, Lima se convertiría en el escenario de la lucha por la captura
del poder político. En ese escenario, la Universidad Nacional Mayor de San
Marcos jugó un rol importante para generar un movimiento social relacionado
con estos grupos radicales dada su tradición política y la composición
socioeconómica de su población estudiantil.
La llegada al poder de Alberto Fujimori en esa década trajo consigo a las
políticas de contrasubversión y San Marcos, como otras universidades del Perú,
tuvo que afrontar una serie de tácticas ejecutadas por el ejército y la policía para
establecer el orden por parte del Estado en esa casa de estudios. En particular,
esta universidad ya tenía un gran problema económico y sus funcionarios
también habían ingresado a un alto nivel de enquistamiento y corrupción, lo
que justificaba el cambio ya reclamado previamente por los estudiantes. Sin
embargo, la intervención de San Marcos no tuvo como único objetivo mejorar
la educación sino también controlar a la población estudiantil y alejarla de
los discursos subversivos y/o contrarios al régimen de Fujimori. Así, de una
universidad casi completamente politizada a nivel de docentes, trabajadores y
estudiantes en las décadas de 1980, tras la intervención, la purga, y hasta la
desaparición de estudiantes, el ambiente en la primera parte de los años 1990
se tornó complicado para la explicitación de las posturas políticas de izquierda
o cualquier otro pensamiento crítico. Esta situación tuvo como consecuencia el
abandono de las posiciones críticas con la realidad social, casi siempre vinculadas
con la izquierda. En ese sentido, hay que recordar que Sendero Luminoso y el
MRTA eran dos grupos radicales de izquierda pero también existía toda una
variedad de agrupaciones políticas que, incluso desde dentro de la izquierda,
criticaban y combatían efectivamente a esos dos grupos mencionados32. Con
la intervención de la universidad pública todos los movimientos políticos de
izquierda fueron perseguidos sin establecer su especificidad y carácter. Sin

148 32Incluso, para 1996, Sendero Luminoso ya había asesinado a 300 prominentes izquierdistas
peruanos (Ron, 2001: 570).
Una perspectiva sanmarquina de la Arqueología en el Perú de los años 1990

embargo, a medida que se fue extinguiendo dicha década y la popularidad de


Fujimori fue menguando, los estudiantes sanmarquinos nuevamente volvieron
a cobrar protagonismo en la crítica a dicho gobierno.
Asimismo, a pesar que la lucha contra los grupos subversivos y el control
de la universidad por el gobierno trajo un ambiente de tranquilidad y
regularidad en las funciones de la casa de estudios, esta nueva situación no
trajo consigo necesariamente un mejoramiento de la calidad académica o la
infraestructura educativa (entrevista a Germaná, 1996 en Vargas, 2005). Así,
muchos sanmarquinos y, para nuestro caso, los arqueólogos, tuvieron que
buscar espacios alejados del ambiente universitario para complementar su
formación académica. Como hemos visto, para los estudiantes de arqueología
sanmarquinos estos espacios eran reducidos, optándose por los proyectos
arqueológicos extranjeros o financiados por sus instituciones, trabajar para
el Estado en el Instituto Nacional de Cultura33 y para la Comisión de
Formalización de la Propiedad Informal (Cofopri) que apareció en 1996
para solucionar los problemas de las tierras en Lima y provincias, entre ellos
los que tenían que ver con sitios arqueológicos, como parte de las políticas
populistas de Fujimori.
Claramente el panorama que tenía al frente un estudiante en la década de los
años 1990 no es el mismo que el que tiene un estudiante en la actualidad,
incluyendo aquí al estudiante de arqueología. Quizás las motivaciones son
diferentes y hasta opuestas. La década de 1990 exigía una serie de compromisos
con la realidad social, una cuestión que se había venido planteando desde la
universidad pública en el Perú, sobre todo, desde la década de los años 1960,
teniendo su clímax en la década de 1980. La militancia partidaria que era
una faceta importante de la vida social de las generaciones de estudiantes
sanmarquinos comenzó a ser abandonada por desencanto y por represión en
la década de 1990.

33En febrero de 1997 comencé a trabajar para el Instituto Nacional de Cultura, entidad que
dependía del Ministerio de Educación. Primero en el alejado Instituto Regional de Cultura de
Puno y, posteriormente, en 1998 en la Dirección General de Patrimonio Arqueológico en la Sede
Central en Lima. En esos mismos años, también comenzó la contratación de arqueólogos por la
Cofopri. En ambos lugares, la solución de los problemas legales que surgían entre la existencia
de sitios arqueológicos y las ocupaciones humanas modernas sobre estos, generaron una serie
de contradicciones que eran resueltas de diferentes maneras, casi siempre en detrimento del
patrimonio arqueológico. De hecho, para estas épocas el uso de los sitios arqueológicos ya estaba 149
en sintonía con la perspectiva neoliberal del patrimonio cultural.
Henry Tantaleán

Asimismo, de la mano del neoliberalismo implantado como política


económica nacional por el Estado, un nuevo panorama para la arqueología
peruana se había asentado y ya se podía vislumbrar claramente a finales de
los años 1990 cuando muchos arqueólogos pasaron a trabajar primero como
operarios y luego como empresarios prestando sus servicios a las compañías
mineras y constructoras, especialmente cuando comenzó el denominado
«boom minero» en lo que se ha venido en denominar la «arqueología de
contrato» o la «arqueología de impacto» (Del Águila, 2007 [1998]; Shady,
2000). Esta es una historia cercana y, por lo tanto, todavía difícil de valorar
aunque ya existen intentos por hacerlo (Bazán et al., 2008; Monteverde,
2008-2009; Gonzales, 2010; Lane 2012). Como hemos visto, mucho de lo
que ha sucedido en la primera década del siglo XXI claramente posee una
explicación en lo que hemos podido ver sintéticamente en este capítulo.
Para acabar, este capítulo ha tomado en consideración principalmente
mi experiencia vital; sin embargo, creo que mucho de lo presentado aquí
servirá para revivir o recordar una situación política y económica que ya es
(o debería ser) parte de la memoria histórica del Perú en general y también
ser parte de la historia de la arqueología hecha en el Perú, en particular. Este
capítulo y el volumen en el que está incluido, es parte del trabajo por alcanzar
este objetivo y dependerá de muchos otros esfuerzos para que podamos
reconstruir y reconstituir la historia de la Arqueología en el Perú para vernos
autocríticamente y mejorar las relaciones sociales en nuestro gremio así como
generar esa necesaria proyección hacia la sociedad de la cual procedemos,
comprendiéndola en el presente y evitando repetir errores del pasado para
construir un futuro mejor.

Agradecimientos
A Alex Gonzales Panta, Augusto Bazán, a Eberth Serrudo, Julissa Ugarte, Miguel
Cabrera Arana, Carlos Zapata Benítes, Miguel Aguilar y otros tantos colegas y amigos
que se han sentado conmigo para recordar y ayudarme a escribir este «textimonio».

150
Una perspectiva sanmarquina de la Arqueología en el Perú de los años 1990

Referencias citadas

ADRIANZÉN, A. (ed.), 2011 – Apogeo y Crisis de la Izquierda Peruana.


Hablan Sus Protagonistas, 611 pp.; Lima: IDEA Internacional,
Universidad Antonio Ruiz de Montoya.
AGUILAR, M., 2004 – La Universidad Peruana y los Partidos Políticos: Medios,
Fines y Corrupción. Disponible en http://antropologia2004unfv.
pe.tripod.com/universidadypartidos.htm
BAZÁN, A., 2011 – Situación del Departamento de Arqueología,
Sus Implicancias en la Formación de Pre Grado y Desafíos del
Estudiantado por Cambiar Estas no muy Gratas Realidades. Ponencia
leída en la Semana de Arqueología 2011: «El Desarrollo Histórico de
la Arqueología en San Marcos»; Lima: Universidad Nacional Mayor
de San Marcos, 21-25 de noviembre.
BAZÁN, A., GONZÁLES, A., CRUZADO, E. & ZEGARRA, M., 2008 –
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155
110 años de arqueología Mochica: cambios paradigmáticos y nuevas perspectivas

110 años de arqueología Mochica:


cambios paradigmáticos y nuevas
perspectivas

Luis Jaime Castillo Butters

Como cualquier área regional o cultural en el estudio de las sociedades antiguas


de nuestro país, la arqueología Mochica es una disciplina reciente que es fruto
de la contribución intelectual de numerosos estudiosos e investigadores, tanto
nacionales como extranjeros. Nuestras reconstrucciones e interpretaciones de
las sociedades antiguas no son conocimientos revelados, sino que son la suma
de nociones y datos adquiridos en el campo y laboratorio, en los estudios de
colecciones en museos y depósitos arqueológicos, que se han dado gracias
a las contribuciones de arqueólogos y especialistas de áreas tan diversas
como la arqueología, la arquitectura, la conservación, la bioarqueología,
la paleoetnobotánica, o la paleometalurgia y muchas otras formas de
aproximarnos a los restos del pasado. Estos especialistas e investigadores,
y los arqueólogos que han dirigido las investigaciones y excavaciones en
particular, han trabajado a lo largo de los años bajo la influencia e inspiración,
consciente o inconsciente, de un conjunto de ideas y teorías en relación a
las cuales han comparado sus hallazgos y elaborado sus interpretaciones. Por
ejemplo, dos nociones que han estado presentes a lo largo del desarrollo de
157
la arqueología Mochica han sido la idea que las sociedades antiguas eran
Luis Jaime Castillo Butters

centralizadas y que tenían lideres altamente eficientes y poderosos, o la noción


que todo cambio social devino del uso de la fuerza, y que por lo tanto la
guerra y la conquista militar fueron las principales fuentes de transformación
social y cultural. Concepciones ideales y referentes como estas son las bases
ontológicas de nuestro conocimiento y se constituyen en verdaderos referentes
paradigmáticos, creando modelos ideales de lo que las sociedades fueron, o
debieron ser, en el pasado. Nuestras interpretaciones hacen referencia a estas
concepciones ideales, y en realidad tenemos poca capacidad de cambiarlas
hasta que no se acumule suficiente información empírica como para alterar
los paradigmas (Kuhn, 1962).
Como se tratará de explicar aquí, la arqueología Mochica no solo ha cambiado
por los grandes descubrimientos de templos y tumbas o por los cambios
naturales de una generación de investigadores a otra, sino que las bases
paradigmáticas mismas de nuestro conocimiento se han ido transformando
a lo largo de los 110 años de arqueología Mochica, influidos por cambios
en muchos aspectos de nuestro entorno social y cultural que nos han hecho
reconocer factores en los procesos sociales que quizá antes ignorábamos
o desconocíamos. Este proceso, la natural evolución de la ciencia y el
conocimiento, no debe sorprender a nadie. Estas transformaciones, además,
han devenido de cambios en la forma como se realizaron las investigaciones,
en la escala y duración de los programas de investigación, en la introducción
de modelos y teorías que han aportado arqueólogos y antropólogos y otros
científicos sociales y naturales. Es decir que en este tiempo no solo hemos
aprendido más cosas, generado más datos, y hecho más hallazgos, sino que
nuestro conocimiento también ha crecido cualitativamente.
La arqueología Mochica es, en realidad, un área de investigación relativamente
reciente, puesto que no se inició propiamente sino hasta 1899 (Castillo &
Quilter, 2010). En realidad sería más apropiado llamarla la arqueología acerca
de los mochicas, y quizá debería incluir otras sociedades contemporáneas,
puesto que como sujeto de estudio se plantea el desarrollo de las sociedades
complejas y estatales en la costa norte del Perú entre el final del Periodo
Formativo y el final del Horizonte Medio (100 a. C. a 1200 d. C.). Para
los investigadores esta subdivisión tiene sentido puesto que no solo hay
una comunidad académica investigando estos temas y existe una enorme
bibliografía sobre los mochicas. Además, parece conveniente subdividir la
prehistoria andina en particiones temporales y espaciales para poder enfatizar
158 el estudio de ciertos fenómenos. Así, para citar las más conspicuas áreas
110 años de arqueología Mochica: cambios paradigmáticos y nuevas perspectivas

de especialización cronológicas, existen dentro de la arqueología andina


especialistas y áreas temáticas que enfatizan el Periodo Formativo, el Imperio
Wari y el Horizonte Medio, los Nazca y, por supuesto, el Imperio de los
Incas; estos últimos pueden ser tanto arqueólogos como etnohistoriadores
especializados en los periodos prehispánicos tardíos y coloniales. A fin de
comprender la evolución de nuestra área temática, en este breve ensayo se
postula que, en los poco más de 110 años que han transcurrido desde sus
inicios, la arqueología enfocada en el estudio de los mochicas y de otras
sociedades complejas de la costa norte del Perú ha pasado por tres fases
de desarrollo. Una primera fase, que llamaremos aquí de los Pioneros,
comprende desde el arribo de Uhle a las Huacas de Moche, hasta el final
del Proyecto Arqueológico Virú, en 1946. La segunda fase, de Expansión,
va desde 1946 hasta el hallazgo de la tumba del Señor de Sipán, en 1987. La
tercera fase, la Actual, comprende desde 1987 hasta el presente. Esta división
es evidentemente arbitraria, pero se basa en hitos fácilmente definibles en la
historia de la arqueología Mochica. A través de estas tres fases quisiera dar a
entender que ha existido una evolución en los criterios y bases teóricas en el
desarrollo de una de las más fecundas áreas de investigación en la arqueología
peruana. También, al plantear la existencia de fases, quisiera dar a entender
que la arqueología Mochica ha tenido momentos distintos en la forma cómo
se ha realizado, en las bases teóricas de las investigaciones, en los resultados
obtenidos, y en última instancia en sus postulados paradigmáticos. Narrar
estos 110 años como una línea continua en el tiempo, sin divisiones, y solo
como una sucesión de eventos y descubrimientos, hubiera hecho más difícil
argüir una naturaleza evolutiva y cambiante de la arqueología Mochica.

1. Fase de los Pioneros, 1899 a 1946 (fig. 1)


Si bien el interés por las sociedades antiguas de la costa norte del Perú se puede
remontar a los inicios de la Colonia, no es sino hasta 1899, con la llegada
de Max Uhle a las Huacas del Sol y de la Luna, en las afueras de Trujillo,
que verdaderamente se inició la arqueología en esta región (Uhle, 1915). Las
antigüedades de la costa norte, sus impresionantes huacas y ciudades de barro,
habían llamado la atención a una gran cantidad de viajeros y exploradores,
desde los primeros tiempos de la Colonia, y quizá deberíamos decir que
fueron ellos, los cronistas, los primeros interesados en averiguar acerca de
las civilizaciones que habían habitado estas regiones. Por supuesto, el interés
159
y la curiosidad no siempre se dieron por las mismas razones y no siempre
160
Luis Jaime Castillo Butters

Figura 1 – Fase de los Pioneros, 1899 a 1946


110 años de arqueología Mochica: cambios paradigmáticos y nuevas perspectivas

con buenas intenciones, como lo demuestran los documentos de cómo se


huaquearon sin misericordia ni tregua las grandes huacas del norte desde el
primer día que los conquistadores castellanos pusieron pie en esta rica región
del Perú (Zevallos Quiñones, 1994; Delibes, 2010). Miguel Cabello de Balboa
(1586), Pedro Cieza de León (1518-1554), Antonio de la Calancha (1639),
entre otros, recogieron informaciones valiosísimas acerca de los usos y las
costumbres de los pobladores de las Yungas, de sus sistemas de organización,
de sus estructuras de poder, de sus increíbles canales y sistemas hidráulicos.
Destaca entre los cronistas tempranos el padre Fernando de la Carrera, quien
en 1939 [1644] compuso el Arte de la Lengua Yunga, o la gramática de la
lengua Muchik, recogida en Reque cuando esta lengua estaba perfectamente
en uso por las poblaciones oriundas de estas regiones (Cerrón Palomino,
1995). Poco sabemos, en comparación, de la otra lengua imperante en la costa
norte, el Quingnam, del que no se ha conservado una gramática con el nivel
de detalle que se tiene para la lengua Muchik. A fines del siglo XVIII, casi
al final del periodo colonial, el obispo Baltazar Martínez Compañón (1735-
1797), hombre culto e ilustrado, recopiló una suerte de enciclopedia de las
tradiciones, usos y costumbres del Obispado de Trujillo en base a acuarelas
de increíble valor documental, que es para la arqueología y antropología de
la costa norte lo que la crónica de Felipe Guamán Poma de Ayala (1613) es
para las sociedades andinas del sur. En las acuarelas encargadas por Martínez
Compañón encontramos los primeros planos de restos arqueológicos como
las Huaca del Sol y de las ciudadelas de Chan Chan, los primeros dibujos de
tumbas antiguas con todas sus asociaciones minuciosamente detalladas, las
primeras ilustraciones de los multicolores textiles que se encontraban entonces
en las tumbas, y numerosos artefactos metálicos y cerámicos prehispánicos.
Numerosos estudiosos del siglo XIX y principios del siglo XX contribuyeron
al conocimiento de estas sociedades, sea a través de la recolección de datos
lingüísticos o del registro del estado de los monumentos en esas épocas.
Nombres como Ernst Middendorf (1892), Heinrich Brüning (2004), George
E. Squier (1877), Federico Villareal (1921), y el propio Rafael Larco en sus
anotaciones tempranas (1938; 1939), recogieron información que hoy es
imprescindible para entender el proceso cultural de la costa norte del Perú.
Pero la arqueología Mochica, propiamente dicha y generando sus
interpretaciones en base a documentos originales obtenidos a través de
procedimientos de campo, no se inició hasta 1899. Max Uhle, investigador
alemán que años antes había realizado importantes trabajos arqueológicos 161
en Pachacamac (1903), fue quien inició la primera fase de la arqueología
Luis Jaime Castillo Butters

Mochica. Uhle llegó a la costa norte del Perú contratado por la Universidad de
California, bajo el patrocinio de la Sra. Phoebe A. Hearst, aparentemente para
constituir una serie de colecciones comparativas para el recientemente creado
museo de esta universidad. El lugar que escogió para realizar sus primeros
trabajos fue las grandes huacas del Sol y de la Luna, en la campiña de Moche
al sur de la ciudad de Trujillo (Uhle, 1915). A juzgar por las fotografías que
Heinrich Brüning tomó de la Huaca de la Luna pocos años antes de la llegada
de Uhle, el huaqueo no se había ensañado aún con estos monumentos, o al
menos no en la escala que se desencadenó después de que Uhle realizó sus
trabajos (fig. 2). Tal cual había acordado con sus patrocinadores, Uhle realizó
excavaciones en diversos sectores de las Huacas, particularmente al pie de la
Huaca de la Luna, a fin de encontrar tumbas ricas en artefactos que despachó
a San Francisco. Las tumbas del Sector F, como llamó a esta concentración,
aparentemente se encontraban en lo que actualmente se denomina la
Plataforma Uhle, al pie del ángulo suroeste de la Huaca de la Luna (Uceda &
Morales, 2010). Uhle muy posiblemente contrató huaqueros para ubicar y
excavar estas tumbas, de cuyo contenido tenemos esencialmente la lista de los
artefactos y algunos croquis inexactos de las cámaras funerarias. Los escasos
datos acerca de los contextos funerarios, de sus asociaciones y disposición
en las cámaras mortuorias y la carencia de dibujos o fotos, contrastan con la
prolijidad con la que Uhle realizó sus otras excavaciones en el sitio.

Figura 2 – Fotografía de Heinrich Brüning de la Huaca de la Luna antes de 1899


162 Nótese que entonces no existían perforaciones en la cara oeste de la huaca, ni se puede ver
huecos de huaqueros en la ladera del Cerro Blanco
110 años de arqueología Mochica: cambios paradigmáticos y nuevas perspectivas

Paralelamente a la excavación de tumbas, Uhle realizó un minucioso


levantamiento topográfico de todo el complejo, incluyendo el Cerro Blanco,
en la cima del cual también realizó excavaciones. Sus trabajos iban más
allá del objetivo contratado, puesto que reflejan el interés de lograr una
comprensión de todo el complejo, enfatizando sus aspectos cronológicos.
Un corte en la cara oeste de la Huaca de la Luna le permitió comprender la
compleja estratigrafía del monumento, así como la densidad, y por lo tanto
la extensión de su ocupación. Uhle realizó otro hallazgo importante en la
plataforma sur de la Huaca del Sol. Este estaba conformado por un conjunto
de vasos decorados con diseños polícromos de estilo semejante al que, años
antes, había encontrado en Pachacamac. Las figuras polícromas en estos vasos
presentaban a una divinidad en posición frontal, con elementos radiantes
emanando de su rostro, lo que le recordó al dios de los báculos de la Puerta
del Sol de Tiahuanaco. Sellando toda la ocupación del sitio se encontraban
restos de la cerámica negra pulida que caracterizaba al sitio de Chan Chan,
capital del Imperio Chimú.
Con estos elementos de juicio, superposiciones, estratigrafías y conjuntos
de tumbas con artefactos que compartían los mismos estilos, Uhle tenía
todos los ingredientes que le permitían tener una comprensión cabal de la
secuencia ocupacional del complejo. Recuérdese que antes de los trabajos
de Uhle la cerámica precolombina de la costa norte, en general, era llamada
Yunga, y no se distinguía en ella más que características regionales (véase
Urteaga, 1923; 1924 y otros en la Revista de Arqueología, órgano del Museo
Víctor Larco Herrera, 1923-1924). Las excavaciones que Uhle condujo y, en
particular, su énfasis en el estudio estratigráfico, le permitieron identificar que
los constructores y habitantes del complejo habían usado una cerámica de
pasta predominantemente roja, que habían antecedido a los chimú, por lo
que la llamó Proto-Chimú. Estos habían sido sucedidos por una intrusión
de sociedades serranas emparentadas con el fenómeno Tiahuanaco, por lo
que llamó a este segundo momento el periodo Tiahuanacoide. Sobre estos
se habría establecido la ocupación Chimú, fácilmente reconocible por su
típica cerámica negra pulida que abundaba en sus grandes monumentos en la
margen opuesta del río Moche. Finalmente, a través de fuentes documentales,
se sabía que los incas habían controlado esta región luego de la conquista de
Tupac Inka Yupanqui, lo que explicaría el hallazgo de cerámica Chimú Inca
o Inca en las últimas capas de ocupación de los sitios (Kroeber, 1925). Si
bien, Uhle aisló y distinguió el fenómeno Mochica del Chimú, no pudo darse 163
Luis Jaime Castillo Butters

cuenta de su carácter singular. Uhle no estudió las colecciones que obtuvo en


sus excavaciones, las que, como se dijo, fueron embarcadas sumariamente a
San Francisco, y salvo un breve artículo publicado en 1915 en el Boletín de la
Sociedad de Americanistas, en realidad parece no haberse interesado mucho más
por el tema. Del estudio de las colecciones de Uhle se encargarían, años después
Alfred Kroeber (1925) y sus alumnos y luego John Rowe y los suyos (ver, por
ejemplo Burger, 1976; Donnan, 1965); sin embargo, sus trabajos en Moche
le permitieron reconstruir con gran certeza una larga secuencia cultural para
los Andes Centrales, además de demostrar que algunos fenómenos culturales
como su Tiahuanacoide o el periodo Inca, tenían un gran impacto en regiones
tan disímiles como el altiplano puneño y la costa norte (Rowe, 1998).
El trabajo pionero de Uhle no fue seguido por otros intentos sistemáticos
de entender la prehistoria del norte, esencialmente por que no existía una
comunidad de arqueólogos en esta región o en el Perú, y por que los pioneros
hicieron poco o nada para formarla. Aparentemente, y no necesariamente
ocasionado por los trabajos de Uhle, se desató en todo el norte, pero en
especial en el Valle de Moche, un renovado interés en las antigüedades, que
ocasionó una multiplicación del huaqueo. Esa vez los huaqueros no solo
estaban interesados en el oro y la plata, sino en la alfarería fina que tenía
gran demanda entre las incipientes colecciones que se estaban formando.
Colecciones importantes se constituyeron en esta época, como la que Víctor
Larco Herrera, filántropo trujillano, constituyó en Lima a principios de los
años 1920, en el museo que llevaba su nombre y que tuvo como director a
Horacio Urteaga (1923; 1924). El Museo de Arqueología, a sugerencia de
Tello, fue adquirido en 1924 por el estado peruano, y constituyó la base sobre
la que se creó el Museo Nacional de Arqueología y Antropología.
Las colecciones de cerámica «yunga» de estos museos fueron estudiadas por
Seler (1912; 1915) y Tello (1923; 1924), quien las llamó cerámica Muchik,
en alusión a la lengua Yunga o Muchik que imperaba en el norte al momento
de la Conquista. Estos investigadores inauguraron a principios del siglo
XX la segunda rama de la arqueología Mochica, que se abocaba al estudio
de los artefactos y su decoración, prescindiendo casi completamente de su
información contextual. Había nacido el ámbito de los estudios estéticos,
la historia del arte y la iconografía Mochica. Su principal postulado era
que las imágenes del arte Mochica eran una suerte de fuente ilustrada de
la vida y la religión de esta sociedad, del mundo natural de animales y
164 plantas que los mochicas habrían explotado, de sus formas de organización
e instituciones políticas. Un capítulo aparte eran las ilustraciones de dioses
110 años de arqueología Mochica: cambios paradigmáticos y nuevas perspectivas

con grandes colmillos y garras, representados interactuando en toda suerte


de actividades. Pero el efecto de estos primeros estudios del arte Mochica,
y de su peculiarmente acrítica aproximación a las representaciones, fue la
creación de la imagen de una sociedad donde las élites habían gozado de un
inusitado poder y riqueza, de sacerdotes a cargo de un complejo culto que
incluía sacrificios humanos, de un sistema social ordenado y basado en rígidas
adscripciones funcionales. Nacía con esta corriente una concepción idealista,
o idealizada de las sociedades pasadas, muy consecuente con las ideas del
indigenismo que imperaba en esas épocas, y que preconizaba una visión de
las sociedades antiguas como ideales y ordenadas, centralizadas y basadas en
principios morales de orden y bien común, pero rígidamente administradas
por clases gobernantes con un alto grado de legitimidad. Estas sociedades
idealizadas del pasado contrastaban con las corruptas y degradadas sociedades
del presente, desordenadas, anárquicas y contrarias al legítimo derecho de las
élites de gobernarlas. El idealismo se oponía al anarquismo y al sindicalismo
incipiente de principios del siglo XX, y la Arqueología servía para demostrar
cómo todo lo pasado fue mejor.
La Arqueología a principios del siglo XX, en el Perú y el mundo, atravesaba
por su fase Histórica Cultural, siendo su objetivo la reconstrucción de
secuencias cronológicas y establecimiento de seriaciones y tipologías. Para
explicar fenómenos de desarrollo cultural se recurría frecuentemente a
nociones difusionistas, por lo que determinar el origen, el centro de difusión
eran tareas imperativas. Tiwanaku, el Cusco Imperial y, posteriormente,
Chavín de Huantar recibieron esta denominación de origen de todos los
adelantos y las tendencias estilísticas desarrolladas posteriormente por otra
sociedades menores en los Andes. La búsqueda del origen de las cosas, fuera
de la sociedad y no como respuesta a necesidades sino a simples procesos de
préstamos y copias, por supuesto, estaba basada en el principio de que las
sociedades locales habían sido incapaces de generar por sí solas las respuestas
adaptativas a sus necesidades. Sea a través de «Círculos Culturales» o de
grandes «Focos Civilizatorios», este paradigma explicativo tuvo un impacto
del que aún no se libera la arqueología que se practica en los Andes centrales.
Esta noción era consecuente con la práctica arqueológica imperante a
principios del siglo XX, entendida por las elites intelectuales de la época, no
como una tarea de campo, sino como la especulación a partir de documentos
y hallazgos fortuitos. De ahí que la experiencia de Uhle, basada en un trabajo
de campo de primera mano, fuese tan rara y hasta cierto punto por debajo de 165
los estándares académicos.
Luis Jaime Castillo Butters

Los años que siguieron a los trabajos de Uhle en la costa norte son un tanto
misteriosos. Si bien de vez en cuando se anunciaban algunos hallazgos que
capturaban la imaginación de los lectores de periódicos (ver edición del
4 de diciembre de 1909 en The London Illustrated News), ningún intento
sistemático de continuar con los estudios iniciados por Uhle se llevó a cabo
en el norte. Esto contrastaba con las diversas misiones de investigadores
extranjeros, que en la misma época realizaban increíbles hallazgos en otras
regiones del Perú, con el nacimiento de la arqueología en el Cusco, con los
trabajos pioneros de Tello, etc. Para Uhle los descubrimientos de las Huacas
de Moche fueron sucedidos por otras excavaciones en la costa y por cargos
en la administración pública, por lo que el estudio de sus colecciones recayó
en otros investigadores, particularmente Alfred Kroeber de la Universidad de
California, quien se hizo cargo del Museo de Antropología de esta institución
(1925). Kroeber estudió las colecciones de Uhle desde la perspectiva de las
«Áreas Culturales», núcleos territoriales donde se había desarrollado una
sociedad y en los cuales debíamos encontrar una dispersión de los artefactos
típicos, así como de otros rasgos culturales. Esta noción, que equipara a la
distribución de la cultura material, por ejemplo los estilos cerámicos con
la extensión de una sociedad, esta aún en uso en la arqueología peruana,
por encima de cualquier otro mecanismo que genere la distribución espacial
de un estilo o tipo de artefacto. El comercio, condenado por las fuentes
coloniales, los tributos, el movimiento de poblaciones, o el botín, nunca
fueron considerados como suficientemente importantes como para alterar
patrones de distribución de artefactos.
Rafael Larco Hoyle, hijo de Rafael Larco Herrera y sobrino de Víctor Larco
Herrera, inició sus actividades de investigación en la costa norte a fines de la
década de 1920. Antes que él tanto su padre como su tío habían sido ávidos
coleccionistas de artefactos precolombinos, el primero cediendo su colección
al Museo de América de Madrid y el segundo fundando el Museo con su
nombre en Lima. Sobre Rafael Larco se han escrito numerosos ensayos,
muchos de los cuales están reunidos en un volumen especial de la revista
Arqueológicas del MNAAHP (ver por ejemplo Castillo, 2001; Evans, 1968).
Larco vivió sus primeros años entre el Valle de Chicama, Lima y el extranjero.
Si bien Larco realizó excavaciones en diversos sitios de los valles de Chicama,
Moche y Santa, y seguramente otros, su centro de operaciones fue la hacienda
Chiclín, en la parte sur del valle de Chicama, donde en 1926 fundó el Museo
Rafael Larco Herrera. Larco reunió en su propiedad una de las más grandes
166 colecciones de artefactos de las diversas sociedades que habitaron la costa
norte, producto de sus propias excavaciones, de las que encargó a otros
110 años de arqueología Mochica: cambios paradigmáticos y nuevas perspectivas

(como Enrique Jacobs o Max Díaz de Trujillo) y, mayoritariamente, de las


colecciones que adquirió a lo largo de su vida, concentrando las medianas
y pequeñas colecciones dispersas que seguramente existían entonces en las
casas de las familias pudientes de Trujillo y Chicama. Su colección, que llegó
a ser la más grande que existe en el mundo de artefactos de esta región, fue
un invalorable recurso para el tipo de investigaciones que Larco emprendió,
tanto las que enfatizaron lo cronológico como las que intentaron interpretar
el modo de vida y las creencias de los mochicas, sus formas de organización y
estructura social, sus tecnologías y formas de comportamiento.
El aporte más importante que Larco hizo a la Arqueología fue su estudio
minucioso de la secuencia cultural de las sociedades que se desarrollaron
en la costa norte. Quizá sin proponérselo, Larco inauguró el estudio de la
arqueología regional en el Perú, que se concentra en el desarrollo cultural
de un área restringida, en su caso la Costa Norte. Este tipo de aproximación
difería de otras, sobre todo del paradigma difusionista, puesto que veía el
desarrollo de las sociedades como un proceso interno que, a su vez, generaba
una identidad regional distinta a las que se daban paralelamente en otras
regiones. Desde esta perspectiva no era tan importante definir de dónde
venían las cosas, sino cuál había sido su función en el desarrollo de las
sociedades. Este trabajo llevó a Larco a dos caminos complementarios y que,
seguramente, se dieron de manera simultánea. Primero, tuvo que reconocer
las diferentes tradiciones que existían en la costa norte, caracterizar cada una
de ellas, en base a sus aspectos formales y estilísticos, sus tecnologías y materias
primas y sus esquemas cromáticos, particularmente las que se reflejaban en la
cerámica contenida en su enorme colección (Larco, 1941; 1944; 1945; 1946;
1948; 1963; 1965; 1967; Larco et al., 1945). Es así que Larco «descubre»
las culturas Mochica, Salinar, Virú, Cupisnique, Huari Norteño y Vicús,
así como contribuye al estudio de las culturas del Callejón de Huaylas con
su cultura Santa y al estudio de la cultura Lambayeque. Cada una de estas
tradiciones tuvo que ser caracterizada individualmente y las relaciones entre
ellas tuvieron que determinarse de manera que se estableciera una sucesión
o secuencia. Para explicar este desarrollo Larco no echó mano de influencias
externas, sino que trató de explicar el derrotero cultural mediante un proceso
evolutivo, muy acorde con el desarrollo de la arqueología norteamericana
de la época. El segundo esfuerzo consistió en tratar de establecer una
secuencia interna en cada una de estas tradiciones, dividiendo su colección
en fases estilísticas que, a su vez, reflejaran diferentes periodos cronológicos
en el desarrollo de las culturas (Larco, 1948). Si bien las cinco fases de la 167
cerámica Mochica son las más conocidas, Larco subdividió cada uno de los
Luis Jaime Castillo Butters

fenómenos estilísticos que estudió, es decir que desarrolló una percepción de


cada una de estas tradiciones como un complejo proceso que en el tiempo
había pasado por cambios y transformaciones. Por estas razones el aporte de
Larco a la arqueología peruana puede ser tipificado como una de las primeras
incursiones de la teoría evolucionista.
Paralelamente a su trabajo cronológico, Larco condujo reconocimientos
de sitios y de sistemas de irrigación, pero su interés principal fueron
los cementerios y las tumbas que excavó en ellos (1945; 2001). En sus
publicaciones consignó detallados mapas con la ubicación de todos los sitios
Mochicas reconocidos en los valles de Chicama a Nepeña. Sin embargo, todas
las excavaciones que Larco condujo personalmente, o que otros hicieron para
él, fueron, aparentemente, de carácter funerario. Larco desarrolló un método
de excavación y registro que, quizá, no es equiparable con los registros
modernos, pero que se basaba en la elaboración de una ficha por tumba, en
la que consignaba información sobre profundidades y tamaños, estratigrafía,
restos humanos, artefactos contenidos, y otras asociaciones (2001). Hasta
donde sabemos, Larco nunca pudo excavar una tumba verdaderamente
importante, como las que se excavaron en varios sitios de la costa norte a
partir del 1987, pero fue la cantidad de contextos que pudo excavar lo que
le dio una particular capacidad de deducir aspectos fundamentales para
comprender a la sociedad Mochica.
Larco estudió la sociedad Mochica en base al análisis de las representaciones
que aparecían en su cerámica y otros materiales. En base a ellos, Larco
pudo escribir entre 1938 y 1939, una suerte de enciclopedia Mochica, que
detalladamente trataba numerosos aspectos de esta sociedad, su modo de vida,
sus características físicas, sus numerosas manifestaciones artísticas, su religión
y sus divinidades, etc. Como hemos planteado en otros artículos (Castillo &
Donnan, 1994), la reconstrucción que Larco hizo de la sociedad Mochica
pasó por una serie de concepciones elementales, que eran particularmente
coherentes con la naturaleza de la información con la que contó. Es decir que,
en base a las colecciones que Larco logró reunir en su museo, en su inmensa
mayoría de la tradición Mochica Sur, la imagen de la sociedad Mochica que
se desprendía era de un estado o monarquía, centralizada y unitaria, con una
capital y un solo régimen de administración y, evidentemente, evolucionando
en el tiempo a través de una sola secuencia o línea cronológica. Esta secuencia
única se reflejaba en la cronología de cinco fases que había planteado para la
168 cerámica Mochica. Tratándose de una sociedad que se desarrolló a través de
110 años de arqueología Mochica: cambios paradigmáticos y nuevas perspectivas

casi 700 años, imaginarse una línea cronológica ininterrumpida es un tanto


utópico, así como asumir que en esta sociedad existió un poder con absoluta
legitimidad y sin resistencia alguna. Larco resumió en el siguiente párrafo su
visión de la organización política de la sociedad Mochica:
Gobierno: --- Los vestigios de construcciones urbanas y rústicas,
la expansión agrícola, los grandes trabajos de irrigación, las
obras arquitectónicas monumentales y las redes viales, hablan
elocuentemente de una vida organizada mediante métodos de gobierno
ya experimentados y en plena maduración. Además, la presencia de
las maravillosas producciones artísticas, nos comprueban que los
gobernantes no solamente se dedicaron a la realización de grandes
obras materiales, sino que influyeron poderosamente en la difusión de
la cultura. En los documentos dejados encontramos bien definidas las
organizaciones militares y las organizaciones culturales.
Estimulando a su pueblo por un lado y castigando con severidad todas
las faltas, el gobierno mochica, dinástico y omnipotente, forjó, al calor
de una fe robusta y bien orientada, esta civilización que es hoy orgullo
de nuestro pasado pre-histórico (Larco, 1944: 22-23).
Para cerrar el capítulo de los Pioneros solo resta mencionar la importantísima
contribución del Proyecto Arqueológico Virú a la arqueología peruana y
mundial, que reunió en la costa norte a un grupo notable de investigadores
norteamericanos, con el propósito de estudiar una región en toda su extensión
y a través de todos sus monumentos. No solo esto, bajo la influencia de
Julian Steward, el proyecto Virú asumió el paradigma de la ecología cultural,
donde las relaciones entre las sociedades y sus recursos, el balance entre los
ecosistemas y el desarrollo social son fundamentales. Este tipo de aproximación
requería, sin embargo, una forma de conducir la investigación arqueológica
que difería completamente de lo que se había hecho hasta entonces. No se
trataba de investigar un solo sitio, como lo había hecho Uhle, ni de investigar
artefactos en museos, sino de definir en el campo la ubicación de todos los
sitios que correspondieran a un periodo en particular, estudiar su dispersión
y las relaciones jerárquicas entre ellos a fin de poder establecer un «Patrón
de Asentamiento». Esta tarea recayó en Gordon Willey, joven investigador
y luego profesor de la Universidad de Harvard, que usando extensamente
las fotografías aéreas tomadas por la misión Shippee Johnson de 1931, pudo
ubicar todos los sitos arqueológicos en el valle y, luego de asignarles un
169
periodo de ocupación, pudo trazar un derrotero de la historia adaptativa de
Luis Jaime Castillo Butters

las diferentes sociedades que ocuparon Virú (Willey, 1953). Para entender la
relación entre los asentamientos y los recursos, Webster McBride, geógrafo de
la misión, estudió la ecología del valle de Virú, a la vez que Duncan Strong y
Clifford Evans hacían las inspecciones de campo y conducían excavaciones en
sitios selectos (1952). James Ford (1949) y Donald Collier (1955) analizaron
las colecciones cerámicas, usando el método que el primero había establecido
para aprovechar la gran cantidad de materiales en superficie y sus relaciones
porcentuales. Mientras esto ocurría en el valle de Virú, Junius Bird realizaba
excavaciones en la Huaca Prieta, en el valle de Chicama, a fin de complementar
el estudio con los periodos más tempranos (1985) y John Gillin realizaba un
estudio etnográfico del pueblo de Moche (1947).
La comunicación entre los miembros del Proyecto Virú y la familia Larco fue
muy fluida y culminaron con la realización, en 1946, de la Mesa Redonda
de Chiclín donde ambos grupos plantearon sus ideas y coincidieron en que
tenían la misma visión de las cosas (Willey, 1946). Para Larco, la coincidencia
de ideas con los miembros del Proyecto Virú fue muy importante, puesto que
sus nociones cronológicas, en particular se veían refrendadas ahora en mérito
a excavaciones estratigráficas y estudios de secuencias cerámicas. Más aún,
tanto para Larco como para los miembros del Proyecto Virú, el gran motor de
cambio en la historia de las sociedades de la costa norte había sido la guerra,
pues a través de conquistas militares los mochicas habían anexado el valle de
Virú, y una guerra había permitido que los huari penetraran en la costa norte,
derrotando y expulsando a los mochicas. El imperio Chimú se había forjado a
sangre y fuego, y en última instancia, todo este territorio había sido presa de
la expansión militar del Imperio de los incas.
El primer periodo de la arqueología Mochica se puede resumir en los
siguientes cuatro puntos.
• Durante esta fase se dio el reconocimiento del fenómeno Mochica,
caracterizado como distinto de Chimú e inserto en una secuencia cultural
compleja. La caracterización del fenómeno Mochica se logró básicamente
en base a colecciones y muy pocas excavaciones.
• Establecimiento de la cronología Mochica que permitió determinar el origen
y la difusión del fenómeno. La cronología Mochica fue concebida como una
secuencia única y universal en base al estudio de colecciones. La noción de
una secuencia universal permitía hacer extrapolaciones de las características
170 del fenómeno sin que se requirieran confirmaciones de campo.
110 años de arqueología Mochica: cambios paradigmáticos y nuevas perspectivas

• En última instancia se formó la noción del Estado Teocrático Mochica,


caracterizado por el centralismo político y administrativo, la existencia de
una religión común y compartida que es indistinguible de su estructura
política y social, con un rígido sistema de prácticas rituales, y de un sistema
social jerárquico y estamental.
• A nivel del desarrollo de la arqueología Mochica se puede ver una débil
institucionalidad nacional e internacional, la carencia de un cuerpo de
conocimiento y de una comunidad científica dedicada a la prehistoria de la
costa norte del Perú y la inexistencia de escuelas de formación nacional y de
programas de estudio sostenidos.

2. Fase de Expansión, 1946 a 1987 (fig. 3)


La segunda fase de la arqueología Mochica se inició con el fin del Proyecto
Virú, en 1946. Aproximadamente en la misma época, Rafael Larco dejó de
publicar sus monografías dedicadas a las sociedades prehistóricas del Norte
del Perú, publicaciones que no retomó hasta 1963. Al inicio de esta fase se
publicaron los informes de los diversos trabajos realizados por los miembros
del Proyecto Virú, que no solo marcaron una nueva pauta y definieron
nuevos estándares en la metodología arqueológica, sino que además hicieron
a la arqueología de la costa norte del Perú asequible al público académico
internacional. La influencia de estos trabajos, particularmente el estudio de
los patrones de los asentamientos en el valle de Virú, publicado por Willey,
influyó en la práctica arqueológica en todo el mundo y contribuyó a la
transformación de la disciplina que, años más tarde, llevó a la creación de la
escuela de la Nueva Arqueología en Norteamérica.
Lamentablemente, ninguno de los arqueólogos que trabajó en la primera fase
de la arqueológica Mochica se propuso formar una escuela arqueológica que
tuviera un efecto sobre el desarrollo de las investigaciones en esta región. Si bien
ya se había fundado en Lima el programa de antropología de la Universidad
de San Marcos, en Trujillo este no aparecería sino hasta finales de la segunda
fase. Las décadas de los años 1950 y 1960 fueron un tanto silenciosas, y si
bien se dieron algunos programas de investigación en la región, estos fueron
más bien de pequeña escala y poco impacto. Algunos arqueólogos trujillanos,
como Máximo Díaz, condujeron algunas investigaciones restringidas. Pero,
en realidad, el paradigma imperante fue el de la escuela Histórico Cultural
planteado por Larco y de alguna manera confirmado por el Proyecto Virú. 171
172
Luis Jaime Castillo Butters

Figura 3 – Fase de Expansión, 1946 a 1987


110 años de arqueología Mochica: cambios paradigmáticos y nuevas perspectivas

Hacia mediados de esta fase, a fines de la década de 1960 y en la de 1970


se produjo un renacer de la arqueología Mochica, esta vez de la mano de
una serie de investigadores extranjeros, particularmente formados en las
universidades de California, Berkeley, y en Harvard, y con otro grupo que
participó activamente en el Proyecto Chan Chan Valle de Moche, bajo
la dirección de Michael Moseley y Carol Mackey. Por el origen de estos
investigadores, que en su mayoría se formaron en departamentos académicos
de Antropología, y por las transformaciones que sufría la Arqueología en todo
el mundo, las investigaciones de esta fase se distinguen profundamente de las
que se dieron durante la primera fase. El interés por entender los procesos
culturales propios de esta región, es decir de la secuencia de eventos y de
sus relaciones, entendidos dentro de un paradigma sistémico, donde cada
parte es una suerte de engranaje entrelazado con otros, cambió radicalmente
la aproximación al trabajo arqueológico. Los arqueólogos ya no estaban tan
interesados en estudiar las tumbas o los grandes templos, sino en entender las
complejas relaciones entre, por ejemplo, los recursos, la subsistencia y el grado
de complejidad de la sociedad, las relaciones entre la ecología y el desarrollo
cultural, las tecnologías de producción más que los objetos producidos, las
instituciones que habían permitido el funcionamiento de las sociedades,
más que a los lideres mismos. Investigadores con sólidas formaciones en
arquitectura, botánica, antropología física, hidráulica o zoología comenzaron
a desarrollar nuevas investigaciones, más sistemáticas, con objetivos más
explícitos y en el marco de procesos más rigurosos de establecimiento de
inferencias. Esta nueva forma de ver la Arqueología, y por ende las sociedades
del pasado, eliminó una buena parte del idealismo que había caracterizado a la
primera época de la arqueología, la hizo más pragmática y más científica. Por
otro lado, los investigadores ya no tomaban partido por las sociedades sino
que se limitaban a plantear reconstrucciones en base a los datos obtenidos
como resultado de sus trabajos. Las sociedades no tenían que haber sido de
una manera u otra, sino que el arqueólogo tenía la tarea de entender, a través
de métodos y procesos de investigación explícitos, cómo habían sido en
realidad, o al menos tratar de acercarse a una reconstrucción. No se partía de
supuestos axiomáticos o normativos, como la grandeza y el poder de las élites,
se trataba de medir cuán efectivas habían sido estas, por ejemplo al proveer
a sus sociedades con los recursos que necesitaba. Esta nueva generación de
arqueólogos, compuesta por investigadores como Michael Moseley, Carol
Mackey, Christopher Donnan, Teresa y John Topic, Sheila y Tom Pozorski,
Garth Bawden, Donald Proulx, Kent Day e Izumi Shimada, replanteó 173
Luis Jaime Castillo Butters

completamente las bases de la arqueología de la costa norte. De todos los


mencionados, sin embargo, el único investigador que dedicó su carrera al
estudio de los mochicas fue Christopher Donnan.
Los más de 20 años de hiato que mediaron entre 1946, cuando terminaron
las actividades de campo del proyecto Virú, y fines de los años 1960, cuando
Christopher Donnan realizó su estudio de los patrones de asentamiento
Mochicas en el valle de Santa, fue un periodo donde prácticamente no
hubieron investigaciones de campo enfocadas en esta sociedad. Como Donnan
mismo lo ha afirmado, se pensaba entonces que ya se sabía básicamente todo
lo que se iba a saber sobre los mochicas; que sumando los trabajos de Uhle,
Larco y el Proyecto Virú, virtualmente ya se podía cerrar el capítulo de las
investigaciones Mochicas. Más aún, entonces existía la sospecha que los
huaqueros habían acabado con toda posibilidad de estudiar sistemáticamente
los sitios arqueológicos Mochicas. Sin embargo, muchos museos en el mundo
guardaban colecciones inmensas de cerámica y otros artefactos Mochicas,
no solo el Museo Larco. Por ejemplo, el museo de antropología de la
Universidad de California en Berkeley, donde John Rowe ocupaba la cátedra
en arqueología andina, y donde Donnan, Mackey, Burger, y otros realizaron
sus estudios doctorales, contenía la colección de Uhle excavada en 1899 en
las Huacas de Moche.
En contraste con la falta de investigaciones de campo, floreció en esta fase
una aproximación alternativa al pasado de la sociedad Mochica, basada
en el estudio de la rica iconografía contenida en todo tipo de artefactos,
pero particularmente en la cerámica pictórica Mochica. El estudio de la
iconografía Mochica había sido iniciado por investigadores como Julio C.
Tello, con su famoso artículo en la revista Inca (1923), y Horacio Urteaga,
con su estudio de la expresión en los huacos retratos (1923) y había sido la
base de buena parte de las interpretaciones y reconstrucciones hechas por
Larco (1938-1939). Sin embargo, este tipo de estudios tuvo un desarrollo
inusitado a partir de una sucesión de propuestas teóricas y metodológicas
singulares e innovadoras que elevaron el estudio del arte Mochica por encima
de aproximaciones a otros corpus artísticos prehispánicos. En la segunda fase
de la historia de la arqueología Mochica se puede trazar una línea de desarrollo
en las investigaciones iconográficas que se inició con los trabajos de Gert
Kutscher, que publicó compilaciones de imágenes extraídas de los huacos
pictóricos (1954; 1983) y estudió una serie de imágenes interpretándolas
174 como representaciones de rituales religiosos, particularmente el ritual que
110 años de arqueología Mochica: cambios paradigmáticos y nuevas perspectivas

llamó el Badminton Ceremonial (1950, 1958). En 1972 Elizabeth Benson,


siguiendo la tradición de Rafael Larco, publicó un libro pionero sobre la
sociedad Mochica combinando la información arqueológica disponible
con la información que ofrecían las imágenes representadas en cerámica
para intentar una de las primeras síntesis de esta sociedad en su tiempo.
La mayoría de edad de la iconografía Mochica, sin embargo, llegó con las
investigaciones de Christopher Donnan, quien a partir de la década de los años
1970, desarrolló en la Universidad de California, Los Ángeles, el archivo de
fotografías de artefactos Mochica más extenso que existe. El Archivo Moche,
que actualmente se encuentra en Dumbarton Oaks, le sirvió para avanzar el
estudio de la iconografía Mochica con la noción de que estaba compuesta
por las representaciones de un número limitado de temas, que los artistas
Mochicas representaron en versiones más o menos complejas y detalladas.
Larco había organizado su extensa colección en base a un criterio análogo al
de los temas, pero sin derivar de él una propuesta metodológica para estudiar
el arte Mochica. Para Donnan, cada tema era en realidad un conjunto de
imágenes que representaban un ritual o, incluso, un acontecimiento histórico
(Donnan & McClelland, 1979). El ritual podía ser estudiado a partir de
la suma de las representaciones. Donnan ejemplificó su idea a partir de
un minucioso estudio de lo que llamó el Tema de la Presentación (1975;
1978), en el que se ilustraba el sacrificio de prisioneros y la presentación de
su sangre ante una divinidad suprema en unas copas peculiares. Sus estudios,
al intentar clasificar las representaciones en diferentes temas, forzosamente
creó una taxonomía de personajes y divinidades, como su «Wrinkle Face», o
Cara Arrugada, que sería análogo al personaje que Larco llamó Aia Paec, o
el personaje C, que ha devenido en ser llamado la Sacerdotisa. En los años
sucesivos, y con la ayuda de su colaboradora Donna McClelland (Donnan &
McClelland, 1999; McClelland el al., 2007), quien elaboró una gran cantidad
de dibujos extraídos de la cerámica Mochica, Donnan emprendió el estudio
de otros temas como el del Entierro (1978), la Danza (1982b), la Cacería
(1982a), etc. Todos estos estudios influyeron en las investigaciones de campo
que Donnan realizó paralelamente, en sitios como Chotuna-Chornancap,
buscando el origen de la cultura Lambayeque y su posible correlación con el
fenómeno Mochica, y excavaciones en sitios como Pacatnamú, San José de
Moro, Dos Cabezas y Mazanca.
Una vertiente paralela, pero muy diferente en sus postulados básicos se
desarrolló con Anne Marie Hocquenghem, investigadora francesa del CNRS, 175
quien llevó el concepto de los temas a su siguiente nivel de inferencia,
Luis Jaime Castillo Butters

planteando que estos se ordenaban de acuerdo a un calendario ritual,


estructuralmente semejante a los calendarios ceremoniales registrados por los
cronistas para las prácticas religiosas Incas (1987). Para esta investigadora,
todas las sociedades andinas, de la sierra o de la costa, del presente o el
pasado, habían compartido un mismo sistema cosmológico, y los mismos
criterios esenciales de organización dual y tripartito, lo que hacía que sus
sistemas ceremoniales fueran coherentes y compatibles. De allí la posibilidad
de interpretar la iconografía Mochica en base a fuentes etnohistóricas y
etnológicas que se recogieron siglos después que los mochicas se hubieron
extinguido. En esta misma vertiente estructuralista se enmarcan los trabajos
de Krzysztof Makowski (ver por ejemplo 2000; 2003) y de Yuri Berezkin
(1980), cuyo principal aporte ha sido al estudio de la estructura del panteón
de divinidades Mochicas. Finalmente, una serie de aproximaciones recientes
(Castillo, 1989, 1991; Quilter, 1997), recogiendo la supuesta naturaleza
narrativa del arte Mochica, plantean la existencia de una lógica narrativa en las
representaciones, lógica que se puede aplicar a las imágenes para reconstruir
las narraciones que les dieron origen. Es decir que las imágenes de un mismo
tema, no solo corresponden a una unidad de representación, se ordenan de
acuerdo a una estructura cosmológica y estructurada, sino que además se
refieren a una estructura narrativa que se puede reconstruir paso a paso en
base a las pequeñas diferencias entre una imagen y otra, permitiéndonos
adentrarnos en el mundo mítico y ritual Mochica. Lamentablemente los
estudios sobre la iconografía Mochica se realizaron bajo el supuesto de que
la cultura y sociedad mochica fueron una, indistinta y continua, y que por
lo tanto la extrapolación era posible. Es decir que lo que sabemos para una
región y periodo se aplicaría a todos los mochicas en todas sus regiones
y en todos sus periodos y fases. Este supuesto fundamental ignoraba una
fuente fundamental de distorsión: la enorme variabilidad que deviene de los
casi setecientos años de existencia de esta sociedad, y de las variaciones que
devienen de una organización en entidades regionales independientes. Es
decir que algunas imágenes pudieron ser solo privativas del mundo mítico y
ritual de un grupo de mochicas en una región determinada y en un periodo
temporal definido. Como veremos, en la última fase este punto se ha vuelto
central para nuestra comprensión de los mochicas.
Durante la segunda fase, los proyectos de investigación arqueológica se
multiplicaron, pero con dos denominadores comunes: mayormente estuvieron
176 a cargo exclusivo de investigadores extranjeros y fueron de corta duración. Lo
primero, lamentablemente se debió a la falta de interés en que fuera diferente
110 años de arqueología Mochica: cambios paradigmáticos y nuevas perspectivas

y a la carencia de oportunidades de formación y de financiamiento para los


investigadores peruanos y a una burocratización incipiente de la arqueología
peruana a manos del recientemente fundado Instituto Nacional de Cultura
(INC). En él, los jóvenes arqueólogos peruanos asumieron las funciones
de supervisores de los trabajos de los extranjeros y, a lo sumo, ejecutores de
trabajos de rescate o conservaciones, o usando la frase que se acuño entonces,
programas de «puesta en valor». La corta duración de la mayoría de proyectos
de investigación tiene muchas explicaciones, y, como todo, tienen que ser
interpretado en el contexto de su tiempo. Por un lado, los recursos con los que
contaban los proyectos extranjeros, a cargo de jóvenes investigadores, no eran
muy grandes. En segundo lugar, los investigadores extranjeros tenían solo
los meses de verano para realizar excavaciones en el Perú, y más importante
aún, la arqueología de los años 1970 y 1980 explícitamente planteaba la
conveniencia de realizar excavaciones de bajo impacto en muchos sitios a fin
de trazar cuadros de carácter regional al estudiar cualquier tipo de fenómeno.
Las prospecciones y reconocimiento de superficie llegaron a encumbrarse
por encima de las tradicionales, y costosas excavaciones arqueológicas. Los
sitios no se debían excavar intensivamente, sino que debían ser sujetos de
muestreos muy bien definidos que rentabilizaran el tiempo y los recursos
disponibles. En realidad no se veía la conveniencia de mantener un proyecto
de larga duración en el mismo sitio, pensando que rápidamente se caía en un
redundancia de información que no hacía provechoso el trabajo.
Dos proyectos destacados que se realizaron a fines de los años 1960 a
y principios de la década de 1970 fueron los estudios de patrones de
asentamiento que Christopher B. Donnan condujo en el valle del Santa,
enfocados específicamente en los sitios de filiación Mochica (1968; 1973),
y el que Donald Proulx realizó en el valle de Nepeña (1968; 1973). Ambos
estudios exploraron la frontera sur del fenómeno Mochica y su peculiar
implantación en una zona donde fue claramente foráneo. Los resultados de
estos dos trabajos documentaron cómo la expansión Mochica en estas regiones
los había llevado al encuentro de las sociedades del Callejón de Huaylas y con
poblaciones locales de filiación Virú. Dadas estas condiciones tan distintas
a las que habían enfrentado en los valles de Moche, Virú o Chicama, los
mochicas desarrollaron en estas regiones estrategias muy diferentes de
relaciones con la poblaciones locales y de implantación en el territorio. En el
valle del río Santa la ocupación parece haberse concentrado en la parte sur, en
la región de Lacramarca, lo que habría implicado que los mochicas tendrían 177
que haber desarrollado una compleja infraestructura de irrigación para poner
Luis Jaime Castillo Butters

a esta zona en producción. Mientras tanto en Nepeña la ocupación Mochica


fue muy reducida y se concentró alrededor de un enorme centro ceremonial
levantado rápidamente en Pañamarca.
El proyecto de investigaciones de campo más ambicioso realizado durante la
segunda fase de la arqueología Mochica fue, sin duda, el proyecto Chan Chan
Valle de Moche (CCVM), dirigido por Michael Moseley, entonces profesor de
la Universidad de Harvard y Carol Mackey, joven doctora de la Universidad de
California, Berkeley. El Proyecto CCVM se propuso replicar lo que veinticinco
años antes había realizado el Proyecto Virú, y para este fin se escogió el Valle
de Moche, aledaño al valle de Virú. El valle fue cuidadosamente prospectado
y se hicieron excavaciones en diversos sitios, aunque la mayor atención del
proyecto se concentró en dos sitios excepcionalmente monumentales: Chan
Chan, la capital del Imperio Chimú localizada en la parte norte del valle, y las
Huacas de Moche, en la parte sur del valle. El proyecto CCVM también trató
de dar una aproximación multidisciplinaria a su investigación, abordando
el estudio de esta región desde diversas áreas y perspectivas de análisis, para
lo cual incorporó a un nutrido número de jóvenes investigadores, entre los
que destacaron Moseley y Mackey, Donnan, los esposos Pozorski y Topic,
Bawden, Day, Conrad, Kolata, Brennan, Mujica, Chauchat, entre otros.
Como puede verse, prácticamente una generación entera de investigadores
norteamericanos pasó por este proyecto, formándose y conduciendo trabajos
muy novedosos, como el estudio de los adobes y la organización del trabajo
de las Huacas de Moche (Moseley, 1975), la pintura mural en la Huaca de la
Luna (Mackey & Hastings, 1982), o las prácticas funerarias a lo largo de los
periodos de ocupación del valle (Donnan & Mackey, 1978).
Si el proyecto Virú había sido en su tiempo el primer paso a una arqueología
científica y profesional en la costa norte, el proyecto CCVM fue el inicio
de los grandes proyectos multidisciplinarios en esta región. Los resultados
individuales de este proyecto son muy relevantes aún hoy, particularmente las
tesis doctorales, lamentablemente de casi imposible acceso para generaciones
de investigadores y estudiantes peruanos que quisieron poner al día sus
conocimientos. Los estudios de Theresa Topic sobre las excavaciones en
Moche (1977) y Sheila Pozorski, sobre la dieta y subsistencia en el valle de
Moche (1976) fueron muy innovadores en su tiempo y todavía son referencias
obligadas. La recopilación de los contextos funerarios excavados en todos los
sitios explorados por el proyecto, que publicaron Donnan & Mackey (1978)
178 es uno de los mejores ejemplos de estudio de prácticas funerarias para los
110 años de arqueología Mochica: cambios paradigmáticos y nuevas perspectivas

Andes centrales aún hoy día y uno de los libros que marcó un estándar en la
publicación de información funeraria. Los estudios de hidráulica emprendidos
por Ortloff fueron también muy reveladores (Ortloff et al., 1986).
Ahora bien, en conjunto, es decir como proyecto de investigación ejecutado
bajo un único permiso otorgado por las autoridades peruanas, los resultados
del Proyecto CCVM no pueden ser juzgados con la misma benevolencia.
Algunos de los métodos empleados, particularmente las excavaciones de la
planicie que existe entre las Huacas del Sol y de la Luna usando maquinaria
pesada son, francamente imperdonables en el presente y también lo fueron
en el pasado, sobre todo a la luz de los recientes hallazgos hechos por el
Proyecto Huaca de la Luna (Uceda & Morales, 2010). Es evidente que estas
excavaciones, de las que no hay ninguna documentación, destruyeron una
densa superposición estratigráfica que increíblemente los investigadores
no vieron. Asimismo, las inferencias que se hicieron sobre estas huacas,
por ejemplo la idea de que una fue un centro ceremonial y la otra un
centro administrativo, son a la luz de la información con la que contamos
actualmente, un tanto estrechas. A nivel general, quizá la mayor limitación de
este mega proyecto, considerando el nivel académico de cuantos estuvieron
involucrados, fue la incapacidad de producir un informe final, o siquiera
un compendio de la investigación. La única publicación conjunta, el libro
Chan Chan, Andean Desert City, editado por Michael Moseley & Kent Day
(1982) al final del proyecto es un resultado muy limitado considerando todo
el trabajo realizado, y ciertamente no es comparable con los resultados y
el impacto que tuvo el Proyecto Virú, veinticinco años antes, con muchos
menos medios y personal. Un éxito que si debe reconocer a este proyecto y
una valiosísima contribución a la arqueología andina es que en él se formó
una generación joven de investigadores que generosamente dedicaron, en
adelante, su vida académica al estudio del pasado prehispánico.
Al final de esta segunda fase y como consecuencia de las investigaciones
emprendidas por el Proyecto CCVM, dos de sus integrantes, Kent Day y Garth
Bawden, continuaron con investigaciones en dos sitios claves para explorar
el misterioso fin de los mochicas. Garth Bawden, realizó sus investigaciones
doctorales en el sitio Mochica V de Galindo, ubicado en el cuello del valle de
Moche (1977; 1982a; 1982b). Bawden realizó en este sitio una excavación
selectiva pero sorprendentemente reveladora para la historia de los últimos
días de los mochicas en el valle de Moche. Lo que su estudio demostró fue que
Galindo había sido ocupado por un periodo de tiempo relativamente breve al 179
Luis Jaime Castillo Butters

final de la historia Mochica, posiblemente luego de que las Huacas de Moche


fueron abandonadas. En las formas de las viviendas y en los pequeños restos
de cerámica, madera y metales que contenían, Bawden detectó las claves para
definir una compleja estratificación social, de hasta cuatro niveles. El sitio, en
general, permitía ver una gestión muy controlada de los accesos y tránsitos en
el sitio, donde los ricos y poderosos controlaban los alimentos y recursos, así
como las posibilidades de acceso que los diferentes segmentos sociales tenían
a lugares estratégicos, como templos o grandes espacios públicos, a los que
llamo «cercaduras». El trabajo de Bawden demostró que las condiciones de
vida al final del periodo Mochica se habían impregnado de una gran tensión
social (también ver Vega-Centeno en este volumen).
El segundo proyecto que vale la pena destacar es el que dirigió Kent Day en el
sitio de Pampa Grande, en el cuello del valle de Chancay, en el departamento
de Lambayeque. El interés en este sitio se debía a que uno de los postulados
del Proyecto CCVM, fue que Pampa Grande había sido el lugar donde las
élites de las Huacas de Moche habrían buscado refugio luego de que tuvieron
que abandonar su valle (Shimada, 1994). A fin de confirmar o rechazar esta
hipótesis, el proyecto de Day se propuso realizar el mapa de todo el sitio
y conducir excavaciones restringidas de algunos sectores dada la magnitud,
más de cuatro kilómetros cuadrados, del sitio. Para este fin contó con la
colaboración de algunos destacados jóvenes investigadores como Martha
Anders (1981), Izumi Shimada (1976; 1978) y Jonathan Haas (1985),
quienes estudiaron los sistemas de almacenamiento, las zonas de producción
y las áreas residenciales y ceremoniales de las grandes pirámides. Para su
sorpresa, en el sitio se combinaban dos tradiciones cerámicas aparentemente
irreconciliables, la cerámica Mochica V, con sus típicas botellas con decoración
geométrica y asas triangulares, y la cerámica Virú, del más típico estilo Castillo
inciso. El sitio, por otro lado, había sido construido muy rápidamente y
habitado por un periodo de tiempo muy corto. Lamentablemente, Kent
Day nunca publicó los resultados de sus investigaciones, las que estuvieron
a punto de quedar inéditas. Afortunadamente Izumi Shimada (1976; 1994)
publicó parcialmente los resultados de este proyecto. Sin embargo, mucha
información valiosísima, por ejemplo de un recinto decorado con astas de
venados, se perdió de esta manera.
Muchos otros proyectos de menor envergadura se realizaron en la segunda
mitad de esta fase de la arqueología Mochica. La prospección de los sistemas
180 de irrigación del valle de Jequetepeque, a cargo de Herbert Eling es, a mi
110 años de arqueología Mochica: cambios paradigmáticos y nuevas perspectivas

juicio, una de las más importantes contribuciones al estudio de la hidráulica


Mochica, aún cuando no se enfoca necesariamente en este periodo (1987).
Su trabajo ha sido la base sobre la que, entre otros, el Proyecto Arqueológico
San José de Moro ha podido desarrollar una estrategia regional para explorar
el periodo Mochica tardío en este valle (Castillo, 2010). Las excavaciones
de David Chodoff en San José de Moro, aún cuando básicamente inéditas,
iniciaron el estudio de este sitio (1979). Las prospecciones sistemáticas de
David Wilson en el valle del Santa, y su monumental publicación son un
aporte, solitario pero sustantivo a la arqueología Mochica (1988). El proyecto
Alto Piura a cargo de Peter Kaulicke (1994) y Krzysztof Makowski (1994), de la
Universidad Católica, intentó develar el misterio de la relación entre mochicas
y vicús, en los albores de esta tradición y en su frontera norte. Numerosos sitios
arqueológicos fueron catalogados y prospectados por diferentes proyectos,
algunos en el ámbito del desarrollo regional, como el Proyecto Chavimochic,
ejecutado por el Instituto Nacional de Cultura (ver, por ejemplo Uceda,
1988; Carcelén & Ángulo, 1999). En el marco de este tipo de proyectos se
estudiaron algunos sitios que estaban condenados a desaparecer por las obras
de infraestructura de riego, como el sitio de Cerro Oreja.
La segunda fase de la arqueología Mochica culmina en octubre de 1987,
cuando Walter y Susana Alva descubren la tumba del Señor de Sipán, en el
valle de Lambayeque. Este descubrimiento significó no solo un hito en la
historia de la arqueología peruana, sino que inició una era de descubrimientos
e investigaciones sostenidas en la costa norte del Perú que serán motivo de la
siguiente sección.
El segundo periodo de la arqueología Mochica, mucho más complejo que
el primero y poblado de muchas más contribuciones y eventos, es difícil de
resumir, pero los siguientes cinco puntos parecen corresponder con lo que
sucedió en esta época.
El Proyecto Virú tuvo un enorme impacto teórico y metodológico en la práctica
arqueológica, particularmente en el estudio de los materiales arqueológicos,
la dimensión regional de la investigación, los estudios multidisciplinarios
de campo, el estudio de patrones de asentamiento y las excavaciones
estratigráficas. El Proyecto Virú ratificó muchos de los postulados de Rafael
Larco y enfatizó la enorme importancia de lo coercitivo en la transformación
de las sociedades.
En esta fase hubo un gran avance en los estudios iconográficos, que 181
consideraron a las imágenes como documentos de sociedades del pasado. Se
Luis Jaime Castillo Butters

desarrollaron diferentes perspectivas, la aproximación temática, calendaría y


narrativa, y la función cosmológica de los sistemas de imágenes. Se afianzó la
idea del arte al servicio del Estado (los estilos de estado), con una producción
artesanal controlada y difundida desde «un» centro.
Se emprendieron numerosos estudios de patrones de asentamientos regionales,
sistemas de irrigación, patrones funerarios y múltiples sitios pequeños y
medianos.
El Proyecto CCVM fue una gran oportunidad para la arqueología del norte
del Perú y en él se formó a una nueva generación de investigadores, cuyos
resultados individuales son excepcionales; sin embargo como conjunto fue
una oportunidad perdida.
A nivel de la arqueología peruana, fue el inicio de la institucionalización
(INC), y las primeras bases de la formación profesional de arqueólogos
especializados en el norte. Sin embargo, aún persistió una débil comunidad
científica basada en la región.

3. La Fase Actual, a partir de 1987 (fig. 4)


La tercera fase de la arqueología Mochica se inició con el descubrimiento de
las tumbas de Sipán, y con el enorme impacto que estos descubrimientos
tuvieron en el posterior desarrollo de la arqueología de la costa norte. Para
asombro de todos, a este hallazgo siguieron otros de espectacular magnitud.
Tumbas reales Mochicas se excavaron en Sipán (Alva, 2004), La Mina
(Narváez, 1994), San José de Moro (Castillo et al., 2008), Dos Cabezas
(Donnan, 2007), el Brujo (Franco, 2008) y en Úcupe (Bourget, 2008).
Templos de enormes proporciones, ciudades, sistemas de irrigación, pueblos
de campesinos, talleres de artesanos, depósitos, artefactos de todo tipo y
clase, textiles bordados y decorados, artefactos de metal de increíble belleza
y complejidad técnica se han excavado en varios sitios, particularmente en
las Huacas de la Luna (Uceda & Morales, 2010) y en El Brujo (Mujica,
2007). Pero estos hallazgos son solo lo más visible de la arqueología reciente
en la costa norte. Resulta muy difícil resumir la tercera fase de la arqueología
Mochica, particularmente porque es aún un proceso en marcha y por la
cercanía temporal a los hechos que habría que narrar. Adicionalmente, los
arqueólogos que participan en esta tercera fase aún están activos y muchas de
182 las conclusiones que podríamos sacar, evidentemente están sujetas a cambios
en los programas de investigación que se pueden dar en los próximos años.
110 años de arqueología Mochica: cambios paradigmáticos y nuevas perspectivas

Figura 4 – La Fase Actual, a partir de 1987

183
Luis Jaime Castillo Butters

En esta tercera fase la cantidad, duración y complejidad de los proyectos de


investigación se han multiplicado, por lo que tratar de dar cuenta, incluso
de manera parcial de ellos extendería este capítulo mucho más allá de lo
razonable. Sería lamentable, sin embargo, tener que sacrificar algunas de las
contribuciones por falta de espacio. Creo, por lo tanto, que a diferencia de
los periodos anteriores no vale la pena hacer un recuento detallado y crítico
de lo que ha sucedido desde que en octubre de 1987 se descubriera la tumba
del Señor de Sipán. Me parece importante, empero, tratar de explorar una
serie de derroteros para ir definiendo algunas de las líneas que ha seguido
la arqueología en esta tercera fase, lo que será de utilidad en la evaluación
que podamos hacer en el futuro. La tercera fase de este capítulo, entonces,
quedará incompleta y pendiente para una reescritura en el futuro. Remito
los lectores a algunas recientes publicaciones especializadas que tratan el
desarrollo de la arqueología Mochica en los últimos años (Castillo & Uceda,
2008; Chapdelaine, 2011; Quilter, 2002).

3. 1. La era de los grandes proyectos de investigación


La tercera fase de la arqueología Mochica está marcada por una serie de
grandes proyectos de investigación, de larga duración y gran complejidad, en
los que se han involucrado muchísimo investigadores peruanos y extranjeros,
en los que se han formado numerosos alumnos e investigadores y que,
paradójicamente, tienen en común el hecho de que estuvieron dirigidos
por arqueólogos peruanos y se financiaron casi exclusivamente con fondos
nacionales. Me refiero en particular al Proyecto Sipán, que se inició en 1987
bajo la dirección de Walter Alva, con la colaboración de Susana Meneses y Luis
Chero (Alva, 1988; 1990; 2004; Alva & Donnan, 1993), y con el respaldo
institucional del Museo Nacional Brüning de Lambayeque y, posteriormente,
del Museo de las Tumbas Reales de Sipán; al Proyecto Complejo El Brujo, que
se inició en 1990 bajo la codirección de Regulo Franco (Fundación Wiese)
y César Gálvez (INC La Libertad), y con la participación como codirector
de Segundo Vásquez (UNT) en su primera fase (Franco, 2008; Franco et al.,
1994; 2001; 2003; Mujica, 2007); al Proyecto Huaca de la Luna, iniciado
en 1991 bajo la codirección de Santiago Uceda y Ricardo Morales, ambos
profesores de la Universidad Nacional de Trujillo (Uceda, 2000; 2001; 2008;
Uceda & Morales, 2010; Uceda et al., 1994) y al Programa Arqueológico
San José de Moro, también iniciado en 1991 bajo la dirección de Luis Jaime
184
Castillo, de la Pontificia Universidad Católica del Perú y con la codirección
110 años de arqueología Mochica: cambios paradigmáticos y nuevas perspectivas

de Christopher Donnan (UCLA) durante sus dos primeros años (Castillo,


1993; 2001; 2011; Castillo et al., 2008; Castillo & Donnan, 1994a).
Estos proyectos, que a la fecha tienen al menos veinte años continuos de
investigaciones, han marcado un cierto ritmo a las investigaciones que se
realizan en la costa norte, por su continuidad y estabilidad, por sus enormes
colecciones de artefactos y su documentación de los contextos excavados, por
ser espacios para la formación de largo plazo de jóvenes investigadores, etc.
Evidentemente, a lo largo de los años estos proyectos han ido evolucionando
en sus objetivos y métodos, a medida que las oportunidades y los retos que
se fueron presentando y que los hallazgos mismos determinaron cursos
inesperados en sus desarrollos.
Pero estos proyectos de investigación no han sido los únicos operando en
la costa norte en los últimos 25 años. Paralelamente a estos programas de
investigación se han dado otros ligeramente menores en su complejidad y
cuya duración quizá no ha sido tan larga. Entre estos programas destacan
las investigaciones conducidas por Christopher Donnan en la Huaca Dos
Cabezas (Donnan, 2007); las excavaciones de Claude Chapdelaine en la zona
urbana de la Huaca de la Luna (1997; 2001) y posteriormente en el Proyecto
Santa de la Universidad de Montreal (Chapdelaine, 2008); las excavaciones
de Brian Bilman en diferentes sitios del Valle de Moche (Billman, 1999;
Billman et al., 1999); las investigaciones de Steve Bourget en Huancaco
(2003; 2010) y Huaca del Pueblo, Úcupe, y las investigaciones del Proyecto
Jatanca Huaca Colorada a cargo de Edward Swenson, Jorge Chihuala y John
Warner (2010). Centenares de otros sitios más se han prospectado, mapeado
y excavado en los últimos 25 años, muchos en el marco de los grandes
proyectos de investigación, como las investigaciones de Jeffrey Quilter de los
pozos Mochicas de el Brujo (Quilter et al., ms) o del asentamiento colonial
adyacente a la Huaca Cao (Quilter, 2011), o como programas doctorales de
investigación afiliados a estos.
En el mapa adjunto (fig. 5) se pueden ver los sitos que fueron investigados
en las tres fases de la arqueología Mochica. En la tercera fase la cantidad
de sitios es sustantivamente mayor a los que se investigaron en los 85 años
previos. Pero no solo se han multiplicado los sitios estudiados; prácticamente
todos los valles de la costa norte han sido sujetos de prospecciones regionales,
siguiendo el ejemplo de Willey en el valle de Virú y Donnan en el Santa,
por lo que contamos a la fecha con información muy valiosa para ubicar
los diferentes asentamientos y poder abordar el desarrollo de las sociedades 185
antiguas de manera regional.
186
Luis Jaime Castillo Butters

Figura 5 – Sitios arqueológicos excavados durante las tres fases del desarrollo de la arqueología Mochica
110 años de arqueología Mochica: cambios paradigmáticos y nuevas perspectivas

Un denominador común de estos proyectos, pero en general de casi todos


los esquemas de investigación que se realizan en la costa norte es su aspecto
multidisciplinario. Algunos proyectos se diseñaron como proyectos que
involucraban múltiples disciplinas, como el proyecto Huaca de la Luna que
desde sus inicios se concibió como un programa de investigación arqueológica
y conservación de los monumentos y artefactos. En otros casos los proyectos
han contado con la participación de equipos de investigadores en áreas afines.
Debemos reconocer la particular participación de John Verano y sus estudiantes,
quienes han aportado el análisis bioarqueológico a varios de los proyectos.
Elsa Tomasto, de la PUCP, y Richard Sutter, de la Universidad de Purdue-
Fort Wayne y otros bioarqueólogos han sido parte de estos esfuerzos. Carole
Fraresso y Véronique Wright, investigadoras francesas en arqueo materiales
han conducido investigaciones en paleometalurgia y pinturas murales usando
materiales de diversos proyectos. En el ámbito de la paleoetnobotánica y
zoología han participado muchos investigadores, destacando el esfuerzo llevado
a cabo por Teresa Rosales y Víctor Vásquez para implementar el laboratorio
de «Arqueobios» en la UNT. Entre los arquitectos que han contribuido a las
investigaciones de monumentos y asentamientos ha destacado José Canziani.
Y son muchos más los expertos que han aportado su área específica de
conocimiento en la comprensión global del fenómeno Mochica.
Otro aspecto que ha caracterizado a los programas de investigación que se han
realizado en la costa norte en esta tercera fase ha sido el carácter formativo que
han tenido para una nueva generación de arqueólogos peruanos y extranjeros.
De diferentes maneras y en proporciones variadas, los grandes proyectos, por
su estabilidad y la complejidad de sus esquemas de investigación han acogido
grandes números de jóvenes estudiantes de arqueología de universidades del
Perú, Norteamérica y Europa. Esto, evidentemente, ha sido más posible en
los proyectos directamente vinculados con las instituciones de educación
superior, que en muchos casos se han constituido como escuelas de formación
de campo. Es interesante anotar cómo en el pasado este tipo de formación
solo se daba en el contexto de los proyectos extranjeros, y a ellos acudían
los estudiantes peruanos para lograr una experiencia práctica de campo.
No solo se ha revertido esta situación, sino que ahora los grandes proyectos
nacionales acogen a grandes números de jóvenes estudiantes e investigadores
extranjeros, tanto de pregrado como estudiantes que conducen programas
de investigación doctoral. A través de su participación en los proyectos de
investigación los estudiantes están encontrando las oportunidades que 187
requieren para el desarrollo de sus carreras de investigación, familiarizándose
Luis Jaime Castillo Butters

con métodos y técnicas de campo, estableciendo redes con jóvenes de otras


nacionalidades e iniciándose en una carrera profesional como investigadores
asociados a estos proyectos. Muchos de los que fueron estudiantes en este
contexto han iniciado o culminado estudios de maestría y doctorado en
universidades de todo el mundo.

3. 2. Conferencias y publicaciones
Es imposible que un campo de investigación avance si los resultados de los
programas de trabajo no son publicados a tiempo y de manera sustantiva,
si no existen espacios para que los diferentes investigadores puedan exponer
sus ideas y recibir críticas, recomendaciones o simplemente el apoyo de sus
pares. Las investigaciones que se hacen en la soledad de la biblioteca, para el
beneplácito exclusivo de quien las realiza, o las excavaciones que no producen
resultados públicos, en realidad no contribuyen al avance de la ciencia y
el conocimiento. Lamentablemente, en el Perú ha existido una tradición
muy nociva por la que los resultados de las investigaciones nunca se hacían
públicos, y muchos investigadores nunca compartían los resultados de sus
trabajos. Celo, temor a que sus ideas fueron plagiadas o tergiversadas, falta
de formación o disciplina, o simple holgazanería están entre las razones de
esta agrafia tan común entre los arqueólogos peruanos. Este no es el caso de
la arqueología Mochica, afortunadamente. En años recientes no solo hemos
visto cómo se multiplicaban las publicaciones, sino que se ha comenzado
a utilizar nuevos medios, como las publicaciones electrónicas para difundir
los resultados de las investigaciones de manera eficiente y rápida (ver por
ejemplo: http://www.huacadelaluna.org.pe, http://sanjosedemoro.pucp.
edu.pe). Asimismo, se ha vuelto una práctica común que los proyectos de
investigación compartan sus informes de campo, haciéndolos asequibles no
solo a los funcionarios públicos del Ministerio de Cultura, sino a los colegas y
a los estudiantes que verdaderamente los pueden aprovechar (ver por ejemplo:
http://www.mapageweb.umontreal.ca/chapdelc,http://individual.utoronto.
ca/eswenson/Ed-Webpage-pubs-and-courses.html, http://sanjosedemoro.
pucp.edu.pe/04i_informes.html).
Un conteo rápido de las publicaciones, tanto en libros como artículos, en
la primera fase nos da 157 títulos. Durante la segunda fase se publicaron
478 títulos y en la tercera fase se han publicado ya más de 1700 libros o
artículos. Esto quiere decir que no solo nuestro conocimiento respecto
188 a estas sociedades se ha incrementado, sino que también ha aumentado el
110 años de arqueología Mochica: cambios paradigmáticos y nuevas perspectivas

acceso a los resultados de las investigaciones. Estos números no nos deben


sorprender considerando que el número de proyectos y sitios investigados se
ha incrementado progresivamente.
Muchas de las publicaciones derivaron de grandes conferencias especializadas
en el tema de la arqueología Mochica, luego de pacientes procesos de
organización de los eventos y edición de las contribuciones. La primera de
estas conferencias fue precisamente la Mesa Redonda de Chiclín, al final de
la primera fase de la arqueología Mochica. Esta mesa redonda, sin embargo
quedó prácticamente inédita y de ella solo sabemos lo que Willey recogió
en una breve nota publicada en 1946. La siguiente conferencia sobre
arqueología Mochica fue, 47 años después, el Primer Coloquio sobre la
Cultura Moche organizada en Trujillo por Santiago Uceda, Ricardo Morales
y Elías Mujica en 1993, que culminó con la publicación del libro Moche
Propuestas y Perspectiva (Uceda & Mujica, 1994). En 1999 Joanne Pillsbury
organizó la siguiente gran conferencia Mochica en la Galería Nacional de
Arte, en Washington DC, que culminó con la publicación Moche Art and
Archaeology in Ancient Peru (Pillsbury, 2001); a esta siguió, el mismo año, el
Segundo Coloquio sobre la Cultura Moche, que culminó con la publicación
Moche, Hacia el Final del Milenio (Uceda & Mujica, 2003). En 2003 Steve
Bourget organizó en la Universidad de Texas la conferencia que culminó con
la publicación The Art and Archaeology of the Moche (Bourget & Jones, 2008).
En 2004 se llevaron a cabo dos conferencias sucesivas sobre la arqueología
Mochica. La primera, a cargo de Jeffrey Quilter (Dumbarton Oaks), Andrés
Álvarez Calderón (Museo Larco) y Luis Jaime Castillo (PUCP) se centró
en la indagación de la organización política Mochica y culminó con la
publicación New Perspectives on Moche Political Organization (Quilter &
Castillo, 2009). Pocos días antes de este evento Luis Jaime Castillo, Hélène
Bernier, Greg Lockard y Julio Rucabado organizaron la Primera Conferencia
Internacional de Jóvenes Investigadores de la Cultura Mochica, que culminó
con la publicación Arqueología Mochica, Nuevas Perspectivas (Castillo et al.,
2008). Es importante mencionar que este tipo de conferencia que culminó
con una publicación sustantiva ha tenido impacto en ámbitos cercanos como
la conferencia y publicación sobre la cultura Gallinazo, organizada por Jean-
François Millaire (Millaire & Morlion, 2009). La tradición y buena práctica
de reunir a investigadores en áreas afines y de permitirles presentar sus ideas
más recientes ante un auditorio especializado ha sido muy conveniente y ha
creado un sentido de comunidad académica. Quizá el más reciente esfuerzo 189
de este tipo fue la organización de una mesa redonda específicamente sobre
Luis Jaime Castillo Butters

el tema de la cronología Mochica, bajo el titulo «Times of Change, Changes


of Time, An Inquiry of Absolute and Relative Chronologies of the Moche
from Northern Peru». Esta tuvo lugar en Dumbarton Oaks, en noviembre
del 2011 y fue organizada por Joanne Pillsbury, Claude Chapdelaine y Luis
Jaime Castillo.

3. 3. Museos y exhibiciones
En los últimos 10 años, y como consecuencia de un renovado interés del
público a raíz, entre otras cosas, de los hallazgos realizados por los grandes
proyectos que se han mencionado anteriormente, así como de un cambio
de mentalidad de los arqueólogos ahora interesados en acercarse más a la
comunidad, se ha producido una verdadera transformación en los museos que
presentan materiales de la costa norte y en las exhibiciones que se organizan
alrededor de estos temas. El Museo Arqueológico Rafael Larco Herrera, el
más antiguo de los museos Mochicas, ha sido recientemente renovado y
modernizado, y es hoy uno de los mejores museos de Lima, particularmente
en materia de la arqueología de la costa norte. Afortunadamente su director
ejecutivo, Andrés Álvarez Calderón y la curadora de colecciones y museóloga,
Ulla Holmquist han sabido mantener las peculiaridades de esta muestra, que
como se dijo fue la base de estudio de Rafael Larco. Aún es posible visitar
los depósitos donde se puede ver la inmensa colección de ceramios que le
permitieron a Larco aproximarse a esta sociedad. El Museo de las Tumbas
Reales de Sipán, en Lambayeque alberga los tesoros excavados en las tumbas
de Sipán y presenta los descubrimientos del equipo liderado por Walter Alva,
y se complementa con un nuevo Museo de Sitio en Sipán mismo, a cargo
de Luis Chero. En la misma región el Museo Nacional Brüning, a cargo de
Carlos Wester La Torre, El Museo de Sitio de Túcume, dirigido por Bernarda
Delgado, y el Museo Nacional de Sicán, liderado por Carlos Elera ofrecen la
posibilidad de apreciar el desarrollo de la cultura Lambayeque que sucedió
a los mochicas. Estos museos se han concebido como grandes centros de
investigación y no solo como depósitos de artefactos. En y desde ellos se está
produciendo una verdadera revolución en la arqueología de Lambayeque.
Adicionalmente, estos museos son la principal atracción de Chiclayo, y han
permitido que el turismo se convierta en esta región en uno de lo motores del
desarrollo sostenible. En el sitio de El Brujo se ha construido un museo de
sitio modernísimo, que presenta los hallazgos de 20 años de investigaciones
190
y en particular los restos y tesoros de la Señora de Cao. Finalmente, el
110 años de arqueología Mochica: cambios paradigmáticos y nuevas perspectivas

museo de sitio y complejo de investigación de las Huacas de Moche se ha


erigido en el más moderno de los museos de arqueología de la costa norte.
Este museo, diseñado por José Canziani y con el desarrollo museográfico
de Ulla Holmquist, ofrece un panorama integral de las investigaciones del
Proyecto Huaca de la Luna desde 1991, a través de una muestra que es
enteramente producto de las excavaciones arqueológicas. Últimamente la
arqueología de la costa norte está atrayendo la atención, incluso de museos
que previamente no mostraron ningún interés, y hasta un cierto desagrado,
por las culturas precolombinas. El Museo de Arte de Lima ha organizado
de manera prácticamente sucesiva dos exhibiciones cuyos temas han sido la
arqueología de la costa norte: en 2009-2010 la exhibición «De Cupisnique a
los Incas. El Arte del Valle de Jequetepeque», curado por Cecilia Pardo y Luis
Jaime Castillo, en base a la Colección Rodríguez Razetto (Castillo & Pardo,
2009), y en 2011-2012 la muestra «Modelando el Mundo. Imágenes de la
Arquitectura Precolombina», curado por Pardo, Castillo y los arquitectos
José Canziani y Paulo Dam (Pardo, 2011). Incluso, desde hace varios años
existe en el Cusco una sede del Museo Larco dedicado exclusivamente al arte
precolombino.

Conclusiones
En este capítulo he tratado de brindar un recuento resumido del desarrollo de
la arqueología Mochica en sus tres fases. Muchos detalles de esta historia, sin
embargo, requerirían del lector una revisión de las fuentes que se citan para
lograr una comprensión cabal de cómo fueron evolucionando nuestras ideas
con respecto a esta sociedad precolombina. Como se dijo en la introducción,
la evolución de la arqueología Mochica no solo ha significado un avance
cuantitativo de nuestro conocimiento, que en los últimos años ha sido de
carácter exponencial, sino se ha transformado cualitativamente nuestra
comprensión de esta sociedad y las bases paradigmáticas a partir de las cuales
creamos nuestras imágenes sobre esta sociedad. Creo que, en este momento,
el principal aporte de la Arqueología al estudio de la sociedad Mochica, o
para este efecto de cualquier otra sociedad antigua, es el que nos hayamos
percatado que se trata de fenómenos mucho más complejos, menos unitarios
y centralizados de lo que antes habíamos asumido. Así, nuestra percepción
esencial de los mochicas ha cambiado, puesto que donde veíamos un origen
único desde un centro de irradiación cultural hoy vemos múltiples procesos
191
de desarrollo y convergencia que afirman las relaciones de los mochicas con
Luis Jaime Castillo Butters

sus ancestros cupisniques, salinar y virú; donde veíamos una sola sociedad,
hoy vemos a muchas; donde antes pensábamos que existía una única línea de
evolución, hoy vemos una multitud de diferentes caminos que se entrecruzan
y complementan; donde veíamos a una sociedad aislada de los fenómenos
que ocurrían a la vez en otras regiones de los Andes, ahora vemos a una
sociedad que se integró de manera selectiva.
Hoy asumimos, por ejemplo, que los mochicas nunca fueron un estado
centralizado, con una capital o una administración central, y ciertamente no
fueron un imperio. Más bien, recientes investigaciones revelan cómo entre los
años 200 y 850 d. C. muchas entidades políticas Mochicas coexistieron en la
costa norte, de una manera análoga a decenas de ciudades estados Mayas que
se desarrollaron en Mesoamérica en la misma época. Las sociedades Mochicas
parecen haberse organizado en dos grandes grupos regionales, uno al norte y
el otro al sur, y tuvieron diferentes tamaños y configuraciones. Mientras que
en la región Mochica norte (Castillo & Donnan, 1994b) parecen haber sido
pequeños estados locales, en la región Mochica sur parece ser que estos estados
locales tempranos se congregaron para formar un estado regional con sede en
las Huacas de Moche. Desde este centro, alrededor de los años 450 y 650
d. C. se expandieron, conquistando territorios al sur y norte. Por un tiempo,
cuando abandonamos la noción de un solo estado Mochica centralizado,
asumimos que cada valle contuvo una unidad política, pero ahora parece más
plausible que más de una entidad política se desarrolló en los grandes valles de
la costa norte. Económicamente algunos estados Mochicas se especializaron
en la explotación de recursos costeros, otros estaban más dedicados a la
agricultura, otros parecen haber controlado rutas estratégicas de comercio,
y mientras que unos estuvieron aislados de las sociedades y acontecimientos
de su tiempo, otros desarrollaron el comercio de larga distancia e intensas
relaciones internacionales con sociedades de la sierra. En las artes algunas
de las sociedades Mochicas se destacaron en la producción de cerámica,
mientras que otras produjeron artefactos de metal con formas y tecnologías
nunca antes vistas. La mayoría de sociedades Mochicas parecen haber sido
gobernadas por elites que manipularon símbolos religiosos comunes, sobre
todo relacionados con la ceremonia del Sacrificio, para lograr legitimidad y
poder, y entre ellas algunas parecen haber sido regidas por sacerdotisas de un
culto que incluía sacrificios humanos (DeMarrais et al., 1996). Para complicar
las cosas aún mas, es evidente que durante los 550 años de su existencia
192 los estados y sociedades Mochicas tuvieron mucho tiempo para cambiar y
110 años de arqueología Mochica: cambios paradigmáticos y nuevas perspectivas

reinventarse, para emerger de sus ancestros Virú y Cupisnique, para crecer en


base a grandes programas de irrigación y desarrollo de la tierra agrícola, para
confederarse en unidades más grandes, para hacer alianzas entre ellos o con
sociedades foráneas, para desbandarse o desaparecer. Por lo tanto, el mapa de
los mochicas fue rehecho muchas veces así como nuestras interpretaciones
acerca de esta sociedad.

Agradecimientos
A César Astuhuamán y Henry Tantaleán va mi agradecimiento por su
iniciativa que nos obligó a reflexionar sobre aspectos de nuestro quehacer
que muchas veces pasamos por alto, y a Dumbarton Oaks, el agradecimiento
por crear las condiciones para poder escribir en paz. Este capítulo se basa en
el curso sobre arqueología de la costa norte que dicto desde hace años en
la Universidad Católica. Mis estudiantes, particularmente Gabriel Prieto,
Carlos Rengifo, Ana Cecilia Mauricio, Luis Muro, Solsiré Cusicanqui,
Francesca Fernandini, con sus preguntas y contribuciones han permitido
que el curso se vaya enriqueciendo y que tome el camino hacia una reflexión
ontológica. Pero en esta reflexión en realidad ha sido un diálogo continuo
con mis colegas, quienes han sido fuente inagotable de buenas experiencia
y vivencias compartidas, particularmente Christopher B. Donnan, Donnan
McClelland, Santiago Uceda y Ricardo Morales, Jeffrey Quilter, Claude
Chapdelaine, Joanne Pillsbury, Krszysztof Makowski, Edward Swenson,
Michelle Koons, Greg Lockard, y nuestro nuevo doctor, Henry Gayoso.
Mónica, mi esposa, fue, en el asilamiento de Georgetown, casi la única
lectora de este texto y su correctora más escrupulosa. Va a ella dedicado con
mi agradecimiento y cariño.

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205
Teoría y método en la arqueología del Perú: primera mitad del siglo XX

Parte II

Teorías y métodos
arqueológicos en el Perú
del siglo XX

207
Jorge E. Silva S.

208
Teoría y método en la arqueología del Perú: primera mitad del siglo XX

Teoría y método en la arqueología del


Perú: primera mitad del siglo XX

Jorge E. Silva S.

Introducción
Para muchos, la década de 1850 marca la consolidación de la Arqueología
como ciencia en el mundo en la medida que para esa década existía un claro
entendimiento de los principios fundamentales de la estratificación geológica
y la evolución biológica. Como se recordará, a comienzos de la década de
1830 Charles Lyell (1875) publicó su emblemática contribución Principles of
Geology que, conjuntamente con sus investigaciones en torno al origen de la
tierra, sirvieron para que se le reconozca como «padre de la geología». A este
evento se agrega el opus magnum de Charles Darwin (1859) On the Origin
of Especies by Means of Natural Selection que por primera vez apareció para el
público un 24 de noviembre de 1859 en Londres y cuyos 2 500 ejemplares se
agotaron ese mismo día (Leakey & Lewin, 1977: 30).
Asignar a la arqueología científica una fecha y lugar de nacimiento supone,
sin embargo, más de una complicación; veamos algunos ejemplos. En 1784,
Thomas Jefferson hizo excavaciones arqueológicas en los túmulos funerarios
de Virginia, y de acuerdo a Willey & Sabloff (1974: 36) sus estudios se
basaron en la premisa que
… la arqueología debe llevarse a cabo partiendo de problemas,
realizando excavaciones, presentando los datos, y respondiendo a
209
preguntas…
Jorge E. Silva S.

Tales investigaciones tienen un gran significado si tomamos en cuenta que no


existía Arqueología como ciencia en EE.UU. en el siglo XVIII.
Es también relevante ese trabajo pues identificó la estratificación cultural a
partir de los restos documentados en la trinchera hecha por el citado tercer
presidente de EE.UU., más aún si el propio Jefferson señaló que «… la
excavación se hizo no para encontrar objetos, sino para resolver un problema
arqueológico» (Willey & Sabloff, 1974: 37). Sin embargo, a pesar que
Jefferson es por muchos considerado el «padre de la arqueología de EE.UU.»,
Willey y Sabloff tienen la precaución de advertir que Jefferson es una gota
de agua en el desierto habida cuenta que para la década de 1840 en EE.UU.
aún no había surgido la Arqueología. Por otro lado, admitieron que debieron
transcurrir varios años antes que los aportes de Ch. Lyell fueran aprovechados
en EE.UU. en beneficio de las excavaciones arqueológicas.
Por otra parte, a pesar que los estudios de Lyell tuvieron amplia difusión en la
década de 1840 en Europa, M. Wheeler (1961: 15) hizo hincapié en el hecho
que una serie de excavaciones realizadas en esa década en Inglaterra ignoraron
la aplicación de los dos principios más fundamentales de la estratificación.
Es el caso de las excavaciones hechas en agosto de 1844 en el cerro Kent,
valle de Maidstone, el cual contenía restos romanos. Wheeler lo calificó de
una «excursión-picnic» antes que una excavación propiamente hablando
en la medida que quienes participaron en esas excavaciones declararon en
diciembre de 1852 para Gentleman’s Magazine:
… pero nosotros, que no éramos excavadores en absoluto, hicimos lo
que mejor pudimos para entretenernos a la mayor satisfacción de todo
el grupo… Nos ingeniamos para pasar el rato, en los intervalos entre la
excavación y el picnic, con juegos de diversos tipos… y en otras clases
de entretenimientos… (Wheeler, 1961: 15).
En contraste, el citado autor remarcó la aislada contribución de Meadows
Taylor, un oficial del ejército británico destacado en India central, quien en
1851 condujo excavaciones arqueológicas en sitios funerarios del centro y
sur de la India aplicando los principios fundamentales del método científico.
Wheeler lamenta, sin embargo, que la arqueología británica en la India no
se hizo eco de las experiencias metodológicas, serias, del citado funcionario
británico.
Por lo brevemente expuesto no es pues sencillo señalar una fecha o lugar para
210 todo el mundo. El Perú muestra también esta problemática y mientras que
Teoría y método en la arqueología del Perú: primera mitad del siglo XX

para unos fue M. Uhle el fundador, para otros fue J. C. Tello. Personalmente
asigno ese mérito a ambos pues partimos de la noción que la ciencia
arqueológica se consolidó como resultado de un continuum. De manera que,
para los efectos de este capítulo, nos avocaremos a trazar aquellos hechos que
se relacionan con las bases teóricas y metodológicas de la ciencia arqueológica,
procurando a la vez insertarla en el surgimiento y desarrollo de la antropología
en términos globales, en particular para ese período entre fines del siglo XIX
y la década de 1950.

1. Reflejos europeos, estadounidenses y peruanos


Si bien el punto inicial de la arqueología científica en el Perú se asocia al
investigador alemán Max Uhle, debemos situar ese hecho también a la sombra
de más de un impulso, en la medida que anglosajones y franceses habían
recuperado a lo largo del siglo XIX una importante información sobre el
hombre antediluviano y sobre costumbres extrañas y exóticas de numerosos
pueblos del lejano oriente y el hemisferio sur, incluyendo Perú, México y
Centro América.
En esa segunda mitad del siglo XIX se consolidaba también en Europa la
antropología al definir su espacio frente a la biología, la historia y la geología
entre otras disciplinas. A su acentuado etnocentrismo destacará igualmente
su visión generalizadora basada en el evolucionismo lineal, su interés por
reliquias y monumentos espectaculares, y el manejo de una terminología o
conceptos entre los que destaca la acepción o vocablo cultura. Por esos años
ya se había difundido el esquema de L. Morgan quien publicó en Nueva
York su monumental investigación titulada Ancient Society (1877) en la que
describe los tres principales estadios de evolución: Salvajismo, Barbarie y
Civilización, asignando el Tawantinsuyo a la etapa superior de la Barbarie.
De manera pues que cuando M. Uhle llegó al Perú al promediar la segunda
mitad de la última década del siglo XIX, como enviado especial del Museo
Etnográfico de Berlín, dirigido entonces por A. Bastian, introdujo con pleno
conocimiento de causa los principios fundamentales de la Arqueología como
ciencia en el Perú y según J. Rowe (1954) también en América. Como se
recordará, el citado investigador (Rowe, 1954) publicó en la década de 1950
un detallado estudio sobre la vida y la obra de M. Uhle. Al aplicar el método
estratigráfico y la noción de la cultura en sus primeras aproximaciones al
pasado del antiguo Perú, Uhle volcó igualmente en la práctica las bases teóricas 211
Jorge E. Silva S.

y metodológicas que caracterizaban a la arqueología de Europa occidental de


ese entonces.
Resulta difícil admitir que Uhle estuvo al margen de los lineamientos teóricos
que se pregonaban, o de los debates que existían. Advertimos, sin embargo,
que a través de sus estudios se desprende una preocupación fundamental que
se relaciona particularmente con la cronología y, a partir del estudio de los
restos, admitió y propuso que «los tipos pueden cambiar» (Willey & Sabloff,
1974: 80). Estos conceptos, de acuerdo a sus biógrafos, derivaron de su
cercana relación académica con Flinders Petrie quien defendió la idea según
la cual era posible esbozar los llamados micro cambios culturales.
M. Uhle, no solamente aplicó el método estratigráfico en sus excavaciones,
sino también pudo discriminar superposiciones de diversas clases de artefactos
y construcciones que le sirvieron de soporte para formular la existencia de
culturas que se sucedieron en el tiempo, las cuales fueron ordenadas en una
columna tomando en cuenta la posición estratigráfica de los materiales, las
mismas que se relacionaron con las características expresadas en los estilos
alfareros y arquitectónicos. Como resultado, logró plantear la ocurrencia de
lo que más tarde se conocerá con el nombre de culturas arqueológicas y
horizontes estilísticos que aparecen descritos en su esquema de desarrollo
cultural que comprende Imperio Inka (dividido en Histórico y Legendario),
Culturas Locales, Estilos Epígonales derivados de Tiahuanaco, Cultura
Tiahuanaco, Culturas Protoides del Litoral y Pescadores Primitivos de la Costa.
Seguramente fiel a su formación teórica, defendió la concepción según la
cual existe un centro y una periferia, la primera como creadora y la segunda
como receptora. Esta idea que también conocemos como difusionismo,
que predominó en la arqueología de la primera mitad del siglo XX, fue
compartida por más de un antropólogo contemporáneo de Uhle, entre ellos
F. Boas, que no necesariamente aceptaban el evolucionismo lineal de Morgan.
Por otro lado, el Director del Museo Etnográfico de Berlín era nada menos
que A. Bastian quien, según R. Lowie (1981 [1946]), tenía un pensamiento
controvertido sobre la práctica antropológica de aquellos años.
Bastian se resistía al evolucionismo de Darwin con el argumento que nadie
había visto «un caso de cambio de una especie en otra» (Lowie, 1981 [1946]:
45). Fue pues un empirista, si se quiere extremo, pues «el deber primordial…
era el de recoger datos» (Lowie, 1981 [1946]: 48), aunque a la vez que creía
212 en la difusión, aceptaba la invención independiente.
Teoría y método en la arqueología del Perú: primera mitad del siglo XX

No queremos afirmar que Uhle acogió literalmente sus concepciones teóricas,


pero pudieron motivarlo de alguna manera, sobre todo en la necesidad de
recopilar y acumular datos. Por su parte, Willey & Sabloff (1974: 74) lo sitúan
en la etapa Descriptiva Clasificatoria (1850-1914) de la ciencia arqueológica
para América del Norte, y a pesar de su extremado difusionismo, Willey y
Sabloff reconocen que, juntamente con otros investigadores de fines del siglo
XIX, contribuyeron a forjar una nueva era en la Arqueología de América.
Los trabajos de Uhle en el Perú fueron, sin embargo, de carácter solitario y
a pesar de aquella memorable aseveración «el pueblo que estudia y conserva
su pasado se honra a sí mismo», no invirtió tiempo en tareas académicas y
formación de arqueólogos peruanos de manera que se formen cuadros de
profesionales dedicados a continuar sus estudios luego que partiera del Perú en
1912 para trasladarse a Chile primero y al Ecuador después. Permaneció en este
último país hasta 1933 antes de regresar a Alemania. Al respecto, P. Kaulicke
(1998) publicó una amplia revisión de las investigaciones arqueológicas de M.
Uhle en el territorio peruano, y puso de relieve la preocupación de Uhle por
aplicar la «estratigrafía horizontal» (Kaulicke, 1998: 29) en un esfuerzo por
entender la distribución espacial de los entierros. Por eso, sugiere profundizar
la lectura sobre la obra de Uhle para conocerlo mejor y despolitizarlo, de
suerte que se produzca «un encuentro más directo» con sus investigaciones
(Kaulicke, 1998: 33 y también ver Kaulicke en este volumen).
Revisando otros análisis sobre los estudios de M. Uhle en el Perú recogemos
visiones no siempre coincidentes con lo comentado en el párrafo que
antecede aunque se reconoce su postura científica. D. Morales (1993: 17),
por ejemplo, al compararlo con J. C. Tello asevera que mientras el primero
aplicó «estratigrafía vertical», Tello es «precursor de la estratigrafía horizontal»
y precisamente por eso visualizó a Chavín desde el principio como una
cultura. Igualmente, agrega Morales (1993: 17) que M. Uhle:
fue partidario de una arqueología de sitio para buscar el ordenamiento
cronológico de los tipos y estilos en fases y períodos, escuela que será
continuada por arqueólogos norteamericanos y peruanos a la muerte
de Tello.
A la contribución de Uhle se agrega la que se conoce como la tradición
boasiana de la que derivaron algunos nombres o corrientes que se llaman
a veces culturalismo, método histórico directo, histórico cultural, que se
asignan al período Histórico Clasificatorio (1914-1940) de Willey & Sabloff 213
(1974). Aunque con evidentes elementos teóricos y metodológicos europeos,
Jorge E. Silva S.

la antropología delineó su propio rumbo en América del Norte destacando


entre algunos de sus principales mentores a Franz Boas.
Esa base teórica y metodológica se aplicó tanto en México como en el Perú
a lo largo de la primera mitad del siglo XX, situación que prosigue hasta
el presente bajo otros postulados y corrientes de pensamiento. Esa postura
teórica que se suele resumir en la frase «escuela americana» predominó en la
investigación de las antiguas culturas de América y en particular del territorio
peruano, pero no fue la única pues convivió con la propuesta de J. C. Tello y
la lejana, pero no menos importante, perspectiva derivada de los postulados
de G. Childe en torno al surgimiento de la civilización formulados a partir de
datos arqueológicos procedentes del Cercano Oriente y Europa.
La «escuela americana» sentó sus reales en el Perú y, aunque no lo admitamos,
su sombra nos alcanza a todos, a unos más que a otros (ver por ejemplo
Lumbreras, 1974; Morales, 1993). Se la conoce también por la denominación
«reconstrucción histórico-cultural» (Sharer & Ashmore, 1980: 478) y se
asocia a la concepción normativa de la cultura y la estrategia inductiva de la
investigación impulsada por Boas en respuesta a la visión generalizadora del
evolucionismo lineal que defendía una perspectiva deductiva. Boas proponía
recoger los restos primero y desarrollar modelos e interpretaciones luego de
someterlos a los análisis correspondientes. Esta aproximación recibe también
el nombre de «empirismo histórico» o «particularismo histórico».
Al desarrollarse esta tendencia en América no se disponía de un armazón
cronológico, ni siquiera preliminar de la era precolombina, y ante la resistencia
por aceptar la del Viejo Mundo la alternativa entre otras fue primero
recuperar el «dato duro» o plenamente convincente, mediante exploraciones
y/o excavaciones, en base al cual se proceda a dar cuenta de los hechos de
la prehistoria. Esta tendencia es contemporánea también con la «revolución
estratigráfica» en América, separable en dos momentos importantes. El
primero se manifestó con las excavaciones de Uhle en Ancón, Bellavista,
Pachacamac, a fines del siglo XIX; el segundo con Manuel Gamio en México,
Nels Nelson primero y A. Kidder después en el suroeste de EE.UU. en las
primeras dos décadas del siglo XX. De manera pues que da la impresión que
tanto los alemanes como los avances en materia de técnicas de excavación en
Francia e Inglaterra, aunque algunos regionalistas podrían ser renuentes en
aceptarlo, ejercieron una saludable y temprana influencia en el nacimiento de
214 la arqueología científica en América.
Teoría y método en la arqueología del Perú: primera mitad del siglo XX

M. Gamio, como estudiante de Boas (judío alemán emigrado a EE.UU.),


excavó en Atzcapotzalco en 1911 justamente a instancias de Boas para
resolver un problema sobre la antigüedad de un estilo alfarero, que no era ni
Azteca, ni Teotihuacano, para lo cual debía aplicarse el método estratigráfico.
Para ese entonces se hallaba estudiando la misma zona Eduard Seler, un
alemán, que tenía especial interés en tipologías e iconografía. Gamio, a pesar
de su conocimiento del método estratigráfico excavó por niveles arbitrarios y
construyó una secuencia que retrocede al Pre Clásico en la cuenca de México
(Willey & Sabloff, 1974: 91).
Por su parte, Nelson también recibió entrenamiento en el método estratigráfico
bajo la sombra europea de Obermeier y Breuil quienes realizaban excavaciones
en cuevas paleolíticas de Francia y España. Previamente había participado en
excavaciones bajo la dirección de M. Uhle en los conchales de la bahía de
San Francisco. Es por eso que, al retornar de Europa, Nelson emprendió
excavaciones entre 1913 y 1915 en la cuenca de Galisteo, New México,
en donde aplicó aquellos frescos y renovadores procedimientos técnicos
aprendidos en el Viejo Mundo. A diferencia de Gamio, Nelson fue más allá y
aplicó la noción de la superposición natural de los estratos para identificarlos
y sus estudios sirvieron para proponer cronologías de alcance regional, antes
que de sitio. Por ello, ambos arqueólogos marcan un break point o punto de
quiebre en lo que a excavaciones en América del Norte se refiere.
Otro representante de esta corriente fue A. Kidder quien a comienzos del
siglo XX fue «sembrado» por su profesor o mentor Edgar Hewett junto con
otro estudiante en medio del desierto del SW de EE.UU. con la siguiente
directiva:
… Exploren esta región. Regresaré en seis semanas. Es mejor que se
consigan unos caballos (Sharer & Ashmore, 1980: 480).
Cierta o no esa aseveración, sirve para pensar cómo se realizan los proyectos
actualmente y, aunque no podemos generalizar, no siempre los estudiantes
tienen la suficiente flexibilidad aceptando situaciones o condiciones propias
del trabajo de campo, sobre todo en lo que concierne a las intensas caminatas
que necesariamente deben hacerse al explorar una zona, o el hecho de avenirse
a las carencias que normalmente existen cuando uno se encuentra en medio
de la nada, o en zonas alejadas de una población relativamente grande, con
servicios mínimos que no siempre satisfacen los estándares de quienes no son 215
de la localidad.
Jorge E. Silva S.

Pero Kidder no solo aprendió de esa experiencia (ver por ejemplo Willey &
Sabloff, 1974; Sharer & Ashmore, 1980), luego estuvo en Egipto en donde
participó en excavaciones estratigráficas con George Reisner, un egiptólogo
que utilizaba las técnicas más modernas en las excavaciones; ese conocimiento
fue aplicado después por A. Kidder en América. Sus estudios en el NE de
Arizona en 1914 le sirvieron para plantear la existencia de tradiciones culturales
separadas según la distribución diferenciada de los estilos arquitectónicos
y los tipos de artefactos. Por eso mismo, Kidder es reconocido por ser el
primero aplicando en gran escala el método estratigráfico en las excavaciones.
Su mayor contribución deriva de un largo proyecto, 1915-1929, en Pecos,
New México, en la medida que este lugar seguía habitado al llegar los
españoles a la zona tras el descubrimiento de América por C. Colón. Sus
objetivos consistieron en documentar una secuencia cultural con excavaciones
estratigráficamente controladas, y aplicando el «método histórico directo»
relacionaría los restos más recientes con los de los estratos más profundos.
Aquí nos encontramos ante el empleo de las analogías etnográficas en su
concepción pura o clásica, una cualidad de la arqueología de aquellos
tiempos. Esta estrategia la utilizó también en la floresta lluviosa del Petén en
Guatemala y en Chichen Itza o la árida Yucatán.
La aproximación histórico cultural previamente comentada nos permite
acceder, a pesar que no hemos agotado la bibliografía, a las premisas teóricas y
metodológicas de la arqueología de aquellas primeras cinco décadas del siglo
XX que fueron expuestas a fines de la década de 1950 por G. R. Willey & P.
Phillips (1975), y posteriormente por otros investigadores (ver por ejemplo
Willey & Sabloff, 1974; Sharer & Ashmore, 1980). Tomando en cuenta
dichas publicaciones y nuestra propia percepción ofrecemos seguidamente
los alcances de lo que se consideró fueron los fundamentos más notables del
método, la síntesis y la interpretación de la corriente Histórico Cultural.
En cuanto al método, este se distingue por el uso de la estrategia inductiva que
parte de la idea que luego de recoger los datos del sitio o zona seleccionada,
se optan por aquellos que permitan trazar secuencias temporales. En este
proceso, las tipologías y las seriaciones alfareras son fundamentales. Luego de
establecida la secuencia se prosigue con nuevas excavaciones para corroborar
y refinar la cronología previamente formulada. De esa manera se construyen
subdivisiones cronológicas llamadas complejos para cada categoría de
artefactos (cerámica, líticos, etc.). Después se procedía a la correlación de
216
los complejos con lo cual se proponía la fase cultural correspondiente.
Teoría y método en la arqueología del Perú: primera mitad del siglo XX

Ciertamente, en la medida que la cerámica cambia más rápidamente que la


arquitectura por ejemplo, entonces la cerámica fue la categoría principal que
se empleaba como criterio de primer orden para formular una cronología.
Todo esto basado también en la estratigrafía que permitía verificar una
secuencia tipológica. Es obvio que la situación se complicaba si no se lograba
recuperar muestras alfareras significativas.
La síntesis histórico cultural por su parte consiste en extender los resultados
logrados en un sitio a toda una región, para lo cual se repite el procedimiento.
Es decir, los nuevos datos que se recuperan se comparan con la secuencia
ya establecida permitiendo el ordenamiento cronológico de los sitios. De
este modo se identifican nuevos tipos y complejos que igualmente deberán
ordenarse en la columna cronológica que se definió anticipadamente. Por este
medio es posible también situar en el tiempo y en la región los tipos y los
complejos identificados creándose lo que se llama la «trama espacio-temporal»
(Sharer & Ashmore, 1980: 486). En última instancia lo que se logra es definir
el área cultural (que se propuso mediante semejanzas culturales sobre una
región luego de estudios etnográficos).
Por otro lado, en la medida que se construían secuencias fue necesario contar
con una terminología. Por eso, se incorporaron los vocablos de horizonte,
tradición, co tradición. Basados en estos conceptos, Willey & Phillips
(1975) propusieron en 1958 un cuadro de síntesis histórico cultural dividido
en Lítico, Arcaico, Formativo, Clásico y Post Clásico. En el caso peruano
los dos últimos fueron reemplazados por otros términos en la secuencia que
propuso Lumbreras (1969b) a fines de la década de 1960.
La interpretación histórico cultural, a su vez, adopta carácter descriptivo,
no explicativo, tomando en cuenta el culturalismo o la visión normativa de
la cultura. Esta corriente identifica y describe las variables que intervienen
en el cambio cultural mas no intenta describir las interrelaciones entre las
variables o identificar las causas concretas del cambio. Al mostrar orientación
diacrónica, los modelos interpretativos priorizaban estabilidad cultural o,
ausencia de cambios, a través del tiempo. En cualquier caso, o se explicaban
los cambios por la propia dinámica evolutiva de la cultura (invención,
revivalismo, variación inevitable, selección cultural, cultural drift), o factores
externos (difusión, migración, invasión, conquista, comercio, o ambientales).
En lo que corresponde al caso peruano a lo largo de casi toda la primera mitad
del siglo XX se construyeron cuadros de desarrollo cultural y, al esquema 217
cronológico de M. Uhle, se añadieron otros desde la cantera «americana»
Jorge E. Silva S.

basados en investigaciones de campo emprendidas por A. Kroeber, W. C.


Bennett, W. D. Strong, y otros especialistas entre las décadas de 1920 y 1940,
destacando entre otros esfuerzos la síntesis de A. Kroeber (1944) sobre la
arqueología en el Perú. Ciertamente las décadas de 1940 y 1950 marcan
logros significativos para el conocimiento del antiguo Perú, sobre todo en
el ordenamiento temporal de las culturas prehispánicas. A este se agregan el
descubrimiento del Radio Carbono 14 en 1949 por W. Libby, y los aportes
iniciales en torno al análisis de los patrones de poblamiento prehistórico en
la costa norte del Perú por G. R. Willey (1953). En relación a estos temas E.
Lanning (1967: 21) manifestó lo siguiente:
… En 1946, el Instituto de Investigación Andina envió nuevamente al
Perú varios arqueólogos para que concentren sus esfuerzos en el valle de
Virú, costa norte. Este proyecto tuvo numerosos resultados importantes.
Propició el descubrimiento y excavación de los primeros asentamientos
precerámicos identificados en el Perú. Por primera vez se exploró total
y sistemáticamente un valle para conocer su historia cultural. Algunos
años después, permitió determinar las primeras fechas radiocarbónicas
para el Perú. Sin embargo, posiblemente su aporte más importante
fue la publicación de la historia sobre patrones de poblamiento en el
valle de Virú de Gordon R. Willey. Este libro cambió el curso de la
investigación de la prehistoria peruana. Antes del Proyecto Valle de
Virú, la arqueología peruana se concentró preponderantemente en la
elaboración de cronologías alfareras y la excavación de algunos sitios
seleccionados. Willey trazó la historia de los asentamientos humanos
en el valle de Virú relacionándolos con el entorno ambiental, el
crecimiento poblacional, la guerra, las interrelaciones con valles
vecinos, sus necesidades agrícolas y el desarrollo de los sistemas de
cultivo y otros hechos históricos y ambientales. En otras palabras,
intentó estudiar totalmente la historia cultural del valle al interior de
su escenario geográfico…
Agrega E. Lanning que el citado proyecto no solamente incrementó el
conocimiento sino también inspiró la presentación de los datos en estadios
de desarrollo destacando el esquema de W. D. Strong (1948) dividido en
Imperial, Fusión, Floreciente, Formativo, Evolutivo, Pre-Agrícola. A su vez J.
H. Steward (1948) propuso una secuencia compuesta por Conquista, Imperio,
Floreciente Regional, Formativo Regional, Desarrollo Básico Inter-Áreas,
218 Inicios de la Agricultura, Pre-Agrícola. Por su parte, W. C. Bennett & J. Bird
(1949) plantearon una secuencia dividida en Imperialistas, Constructores de
Teoría y método en la arqueología del Perú: primera mitad del siglo XX

Ciudades, Expansionistas, Maestros Artesanos, Experimentadores, Cultistas,


Agricultores Tempranos. No podemos dejar de mencionar en este contexto la
secuencia de R. Larco (1948) a partir de sus investigaciones en la costa norte
dividida en Precerámico, Inicial de la Cerámica, Evolutivo, Auge, Fusional,
Imperial, Conquista.
Con los aportes del Radio Carbono 14 y los nuevos datos arqueológicos
recuperados en las décadas de 1950 y 1960, dichas secuencias fueron
modificadas al añadirse otras denominaciones. G. H. S. Bushnell (1956)
acogió el cuadro de Bennett y Bird pero cambió el nombre de Maestros
Artesanos por Clásico, y antecediendo a Agricultores Tempranos propuso el
de Período de Cazadores Tempranos. Años después el propio Bushnell (1963)
amplió dicho esquema e incluyó los nombres Clásico y Post Clásico con el
propósito de homogeneizar y correlacionarla con Mesoamérica.
En 1957 J. A. Mason incorporó a su esquema denominaciones de W. D.
Strong y W. C. Bennett y delineó un cuadro que comprende Agrícola
Temprano, Formativo, Cultista, Experimental, Floreciente, Expansionista,
Urbanista, Imperialista. Dos años después, en 1959, J. Steward & L. Faron
dividieron la cronología para los Andes Centrales en Cazadores, Recolectores
y Pescadores, Agricultura Incipiente, Formativo (estados teocráticos), Estados
Regionales (Diferenciado), Estados Regionales (Floreciente), Conquistas
Cíclicas, Imperio Inca.
En 1956 J. H. Rowe (1960; 1962) hizo una primera revisión de los cuadros
basados en estadios de desarrollo; más tarde, E. Lanning (1967) planteó
también sus cuestionamientos en torno a ese tema. La observación más
relevante consistió en que no siempre los hechos sociopolíticos se producen
simultáneamente y con la misma magnitud en todas las regiones. En
consecuencia, Rowe propuso un esquema que sirva principalmente para
ubicar la alfarería en una columna cronológica, sin considerar aspectos
evolutivos o de evolución sociopolítica, por lo que planteó una secuencia que
comprende dos grandes estadios, Prealfarero y Alfarero. El segundo lo dividió
en Período Inicial, Horizonte Temprano, Intermedio Temprano, Horizonte
Medio, Intermedio Tardío, Horizonte Tardío.
En cuanto al esquema previamente descrito, Ravines (1970: 21) remarcó que
en las décadas de 1940 y 1950 «el aporte peruano» fue significativo en la
construcción de cronologías, con las propuestas hechas primero en la Mesa
Redonda de Chiclín de agosto de 1946, en la que intervino activamente R. 219
Larco, prosiguiendo en Lima en la Primera Mesa Redonda de 1953, en la
Jorge E. Silva S.

Mesa Redonda de Ciencias Antropológicas en enero de 1958, la Segunda


Mesa Redonda como parte del II Congreso Nacional de Historia del Perú,
Época Prehispánica, en agosto de ese mismo año, y la Quinta Mesa Redonda
realizada en el marco de la Semana de Arqueología Peruana, 9-14 de
noviembre de 1959, y organizada por el Instituto de Etnología y Arqueología
de la Universidad de San Marcos. Agrega Ravines que fue precisamente
en la reunión de la Segunda Mesa Redonda, Época Prehispánica, del año
1958, que se expuso el esquema de Rowe el mismo que apareció publicado
definitivamente en 1962 con precisiones concretas, en particular con fechas
estimadas (Rowe, 1962).
A mediados de la década de 1960 Lumbreras (1969a; 1969b) expresó sus
reparos a la secuencia de J. Rowe y sostuvo que:
… Rowe, lamentablemente, en su afán de desvirtuar al evolucionismo
como realidad consecuente de los datos que la arqueología proporciona,
confunde el reconocimiento del proceso —los cambios sociales— con
el método operacional de establecimiento de una secuencia. Quiere
demostrar que el problema central de la Arqueología es el de establecer
secuencias temporales y pretende que los evolucionistas buscan eso a
través de la formulación de los «stages… (Lumbreras, 1969a: 148).
Por eso, alternativamente desarrolló una secuencia que se inicia en Lítico,
Arcaico, Formativo, Desarrollo Regional, Imperio Wari, Estados Regionales,
Imperio Tawantinsuyu.
En realidad, ambos cuadros de desarrollo cultural, el de J. Rowe y el de
Lumbreras, son los que hoy se utilizan como marcos de referencia temporal.
Fueron diseñados particularmente para el territorio peruano y, si bien,
cumplen su cometido en lo que al Perú atañe, no se aplican para los países
vecinos pues estos cuentan también con sus respectivas periodificaciones
culturales.
Este análisis sería, sin embargo, incompleto si investigadores como M.
Wheeler, K. Kenyon, G. Childe fueran ignorados. En efecto, es innegable que
en cuanto a nuestra generación se refiere, a riesgo de convertir este comentario
en un testimonio muy personal, los citados autores fueron lectura obligada
en el proceso de formación profesional que se siguió en la Universidad de
San Marcos a fines de la década de 1960 y comienzos de la década de 1970
y cada quien desarrolló sus propias ideas y preferencias hacia alguno de estos
220 investigadores.
Teoría y método en la arqueología del Perú: primera mitad del siglo XX

Es así que M. Wheeler fue percibido como el arqueólogo preocupado sobre


todo por el registro sistemático de los restos, desde una posición inductiva.
En su clásico libro sobre métodos de campo, originalmente publicado en
1954, aseveró que «el principio vital» de la arqueología es «la extracción de las
pruebas más que su interpretación» (Wheeler, 1961: 13). De modo pues que
no es casual que el citado investigador afirmara metafóricamente que dicha
obra tenía «sabor terroso, no apto para manos oficinescas» (Wheeler, 1961:
7). Por eso mismo, no se podía desconocer el método Wheeler-Kenyon y el
registro tridimensional en una excavación, sistema aplicado en las décadas
de 1920 y 1930 en el Cercano Oriente. Como se recordará, más tarde, en la
década de 1970, otro anglosajón, E. M. Harris (1979), introdujo la llamada
Matriz Harris.
Por su parte, K. Kenyon (1962) una arqueóloga dedicada al estudio de las
antiguas culturas de Inglaterra y el Cercano Oriente afirmaba en 1952 que no
se trata simplemente de desempolvar pueblos perdidos en puntos recónditos
de la tierra, sino más bien de visualizar al ser humano y la sociedad detrás
de los objetos que se desentierran. Pero más importante aún aseveraba que
«rara vez se obtiene información completa si antes no se excava» (Kenyon,
1962: 15). De manera que, al igual que Wheeler, anteponía la recuperación
de los datos a la interpretación, y enfatizaba que ninguna lectura sustituye a
la experiencia misma de excavar.
En cambio V. G. Childe fue leído particularmente por sus propuestas en torno
a los procesos involucrados en la evolución social. A pesar que su esquema
basado en los tres estadios de desarrollo de L. H. Morgan (1877), ampliamente
descrito en 1936 en su libro Orígenes de la Civilización (título orginal: Man
makes himself), no apareció mencionado en sus posteriores estudios, sus tesis
sobre el origen de la agricultura, la revolución neolítica, la revolución urbana,
el surgimiento del Estado y la ciudad sirvieron para mantener y enriquecer el
debate en torno a los mecanismos que propiciaron la evolución sociopolítica
en diversos puntos del mundo, incluyendo los Andes Centrales.
Pero el aporte de Childe no se limitó a la argumentación y el debate teórico
sobre el surgimiento y desarrollo de la civilización en el Viejo Mundo,
sino también en el manejo de una terminología para el adecuado manejo
y tratamiento de los vestigios. En la medida que no es posible ofrecer una
completa discusión sobre el tema en mención, es suficiente revisar dos
textos que considero fundamentales, Piecing Together the Past (1958 [1956])
221
y A short Introduction to Archaeology (1982 [1956]). El primero identifica
Jorge E. Silva S.

plenamente al autor y su concepción sobre lo que debe hacer la Arqueología.


En tal sentido, deben destacarse términos tales como asociación, contexto,
testimonio arqueológico, corología, tipo fósil, y otros que todo arqueólogo
conoce y aplica en su cotidiano trajinar por el pasado.
Es indudable que paralelo a esta incompleta imagen se perfiló lo que la
mayoría de peruanistas identifican como el pensamiento de J. C. Tello,
que lo distancia particularmente de los planteamientos de M. Uhle. Pero
su concepción teórica y su contribución van más allá de esas diferencias. A
su formación de médico en la Universidad de San Marcos logrado a partir
de investigaciones sobre patologías en el Perú prehispánico, se agregó la que
recibió en la Universidad de Harvard en virtud de una beca concedida por
el gobierno de A. B. Leguía obteniendo el grado de Master en la especialidad
de Antropología de dicha universidad en junio de 1911. De manera que
desde 1908, año en que presentó su tesis de Bachiller sobre la sífilis en el
antiguo Perú, y acceder al grado de médico cirujano, en 1909, en la Facultad
de Medicina de San Marcos hasta poco antes de su muerte en 1947, J. C.
Tello volcó todas sus energías a la investigación arqueológica de las antiguas
culturas peruanas.
¿Cuál o cuáles fueron las bases teóricas que perfilaron la formación
antropológica de J. C. Tello? ¿Qué propuestas defendió? ¿Cómo impactó
su trabajo en la sociedad peruana y en la arqueología peruana? Una somera
revisión de lo que se ha escrito sobre J. C. Tello revela más de una lectura. Es
natural que quizá todos remarquen su posición monogenista, indigenista y
autoctonista con respecto al surgimiento y desarrollo de la civilización andina.
Kauffmann (1980: 147), por ejemplo, lo presenta como un «obstinado
auctoctonista» que dejaba traslucir un evidente «sentimiento nacional o
patriótico» en sus interpretaciones.
En cambio Lumbreras (1976: 8) hizo hincapié en el hecho que «su incansable
investigación lo convirtió en una figura popular y legendaria» que a nadie
sorprendía cuando se descubría un nuevo lugar y se exclamaba que «ni
siquiera Tello estuvo aquí». El citado autor nos ofrece más de una referencia
sobre J. C. Tello, por ejemplo en 1972 ubica a Tello, conjuntamente con L.
E. Valcárcel, como los protagonistas fundamentales en el desarrollo de la
Arqueología y la Etnología y, a la vez, reconoce también la contribución de
J. C. Muelle, R. Larco, P. E. Villar Córdova, Rebeca Carrión Cachot, Toribio
Mejía Xesspe, Julio Espejo Núñez, Manuel Chávez Ballón (Lumbreras,
222
1974: 142).
Teoría y método en la arqueología del Perú: primera mitad del siglo XX

Ese mismo año, junio de 1972, con motivo de un homenaje a J. C. Tello,


Lumbreras (1974: 156) lo situó en una etapa en la que surgió la ciencia social en
el Perú asociada en un primer momento al desarrollo del pensamiento político
sobre la realidad peruana. En efecto, en la década de 1920 se fundaron en el
Perú el partido Socialista por J. C. Mariátegui y el APRA por V. R. Haya de La
Torre. La repercusión de los estudios de J. C. Tello en la sociedad peruana de
ese entonces tuvo significativo impacto en la medida que el APRA incorporó
a su parafernalia política la figura de una falcónida del centro ceremonial de
Chavín de Huántar (Lumbreras, 1974: 159). Al respecto, esa figura, el Dios
de los Báculos o Estela Raimondi, aparecía como solapera en el ojal del saco
de los militantes del citado partido allá por la década de 1950 (Marcos Yauri
Montero, comunicación personal, octubre de 2011).
Pero la década de 1920 se relaciona también con el Oncenio de Leguía (1919-
1930) cuyo lema Patria Nueva no fue sino un proceso en el que el Perú pasó
a depender cada vez más de la esfera de influencia de EE.UU. En aquellos
tiempos, además de Tello, figuran también otros pensadores y académicos
como L. A. Sánchez, y poco después J. Basadre, R. Porras. Según Lumbreras
(1974: 157) «la arqueología de Tello fue una parte de la lucha de clases»
que se vivía en el Perú y mediante sus excavaciones demostró que el indio
marginado fue capaz de crear una civilización, con sus propios recursos, sin
ayuda externa.
Lumbreras (1974: 160, 161) lamenta a su vez que luego del fallecimiento de
Tello sus hipótesis no fueron cuestionadas, o más bien no tomadas en cuenta,
deviniendo la arqueología en el Perú a contribuciones individuales y aisladas
que priorizaron la cronología bajo una evidente presencia de arqueólogos de
EE.UU., algunos de los cuales reestudiaron los materiales que Uhle dejó,
y otros emprendieron diversos proyectos en la costa peruana arribando a
secuencias culturales que se generalizaron y aún utilizamos (Lumbreras, 1974:
162). Por eso mismo, el citado autor (Lumbreras, 1974: 134) asevera que la
Arqueología se desarrolló «a la manera norteamericana» orientada hacia la
investigación y la docencia muy distinta a la pregonada por J. C. Tello quien
ponía de relieve la creatividad del indio, defendía una arqueología que, según
lo aseverado en junio de 1972 por Lumbreras (1974: 164) tenía que ver con
la explicación del proceso histórico y que «Una arqueología así, social, fue
iniciada por Tello». Al respecto, en enero de 1972 Lumbreras (1974: 152)
afirmó que E. Choy inició en el Perú la arqueología social, inspirada por V. G. 223
Childe, y lo reconoció como uno de sus «maestros más queridos».
Jorge E. Silva S.

En un reciente artículo, Lumbreras (2006) remarca otra vez que J. C. Tello se


inserta en una etapa de la realidad peruana en la que el «problema del indio»
preocupaba a más de uno siendo la Arqueología la llamada a revertir la errada
idea sobre el indígena. Por eso, Lumbreras destaca el planteamiento de J. C.
Tello en la formación de museos que sirvan para educar antes que para deleitar.
Posición que sus contemporáneos no solamente no querían entender, sino
también combatieron. Posiblemente esas adversas circunstancias (Lumbreras,
2006: 214) lo impulsaron a materializar su viejo proyecto de fundación del
Museo de Arqueología y Etnología en la Universidad de San Marcos en 1919
y a promover políticas que en última instancia concluyeron con la Ley 6634
de Conservación de Monumentos Arqueológicos con fecha 13 de junio de
1929.
Daniel Morales identifica a Tello sobre todo como antropólogo a quien no
solamente le interesaba estudiar el pasado sino también el denominado Perú
profundo, desarrollando por eso un perspectiva reivindicadora en la que
relacionaba el medio ambiente y la cultura para lo cual «usa la etnología vigente,
costumbres, mitos, en analogía con la iconografía. Sustenta la continuidad de
la cultura andina, por eso habla de una cultura viva, sin hacer historia de
fases, tipos y estilos… Tello representa el nacionalismo de una arqueología
comprometida con el presente» (Morales, 1993: 19). Morales remarca por
otro lado que, después de la muerte de Tello, la arqueología en el Perú tomó
otros rumbos destacando la línea teórica de los arqueólogos estadounidenses
quienes en su mayoría priorizaron el «ordenamiento cronológico de los tipos
y estilos… en función a períodos de tiempo…» (Morales, 1993: 22).
Con motivo de la publicación del volumen sobre Paracas por el Museo
de Arqueología de la Universidad de San Marcos, C. Astuhuamán & R.
Dagget (2005) ofrecen una detallada revisión de la vida y obra de J. C. Tello
remarcando su protagonismo luego que se trasladó a Lima para continuar su
educación a partir del Cuarto de Primaria. Los citados autores ponen de relieve
el interés de Tello por el estudio de la cirugía precolombina en parte motivado
por circunstancias personales acaecidas en su niñez. De manera pues que sus
primeros análisis tratan sobre trepanaciones craneanas que sirvieron de base
para su tesis de bachiller en Medicina sustentada en 1908 en la Universidad de
San Marcos. Destacan además que, precisamente en esos primeros estudios,
se vislumbra lo que poco después será su tesis autoctonista (Astuhuamán &
Daggett, 2005: 16, 17). Ambos coinciden también con otros investigadores
al indicar que en EE.UU. consolidó su formación antropológica orientada a
temas óseos, linguísticos, museísticos, en tiempos que más de uno se hallaba
224
tras la búsqueda de ciudades y pueblos perdidos.
Teoría y método en la arqueología del Perú: primera mitad del siglo XX

Otros temas que Astuhuamán & Daggett (2005: 29, 30, 32) rescatan se
refieren a su interés para que los museos no sean simples repositorios de
objetos antiguos, sino más bien sirvan para educar y «fortalecer la identidad
nacional». Esa tarea fue de la mano con el dictado del curso de Arqueología
Centroamericana y Peruana en la Facultad de Letras y Ciencias Humanas
de la Universidad de San Marcos, y su concepción sobre la misión de la
universidad cuyo objetivo último debería ser la formación de profesionales
que contribuyan a solucionar los problemas del país. Para ello se necesitaba
impulsar la investigación como uno de los pilares fundamentales del quehacer
universitario.
Recientemente, Burger (2009: 75) remarcó que hoy en día es imposible
imaginar una síntesis sobre el antiguo Perú ignorando su aporte sobre sitios
emblemáticos como Kotosh, Chavín, Sechín, Paracas, Huari, y por eso mismo
lamenta (Burger, 2009: 72) que en el siglo XXI ese aporte sea incomprendido
y quien sabe hasta considerado irrelevante cuanto más nos alejamos del área
andina.
J. C. Tello fundamentó sus interpretaciones en el «monogenismo entendido
como una especie de creación propia, nativa, en interacción con las
condiciones particulares de los Andes —al que llamó región geo-étnica— en
la medida que un solo grupo étnico predominó a lo largo de su territorio y a
través del tiempo. Por consiguiente, advirtió que las diferencias observadas en
los estilos alfareros no deben ser vistas como parte de culturas independientes
o exóticas» (Silva, 2000: 18).
¿Qué alcance teórico tuvo el monogenismo en tiempos de J. C. Tello? Una
somera revisión del término y su uso nos conduce a escenarios ligados al
surgimiento de la Antropología en el siglo XIX y la controversia suscitada entre
esta concepción y el poligenismo. Según Barnard (2006) el monogenismo
u origen único de la humanidad fue defendido por James C. Prichard, T.
Hodgkin, Sir T. F. Buxton. En cambio, R. Knox y luego J. Hunt abogaban
por más de un origen en términos biológicos. Hoy la paleontología humana
ha demostrado fehacientemente que la especie humana tiene un solo origen
en sentido biológico, siendo África cuna de la humanidad. Lo que existen son
culturas distintas y debemos asumir que J. C. Tello así lo entendió.
A comienzos del siglo XIX el monogenismo se asociaba al pensamiento liberal
de ese tiempo; en 1837 se creó la Sociedad de Protección de los Aborígenes o
APS dedicada a la defensa de los derechos humanos, y en 1843 la Sociedad 225
Etnológica de Londres o ESL que surgió de la primera como una vertiente
Jorge E. Silva S.

científica. Muchos de los líderes de ambos fueron cuáqueros. Entre sus


objetivos figuraba poner de relieve la dignidad humana y los nativos; en tal
sentido Hodgking contribuyó a la creación de la etnología en Francia, Buxton
al convertirse en parlamentario se dedicó a desarrollar políticas para mejorar
las condiciones de vida de los nativos en las colonias que los británicos tenían
en África.
Lo expuesto previamente nos lleva a pensar que J. C. Tello encontró suficientes
fundamentos teóricos tanto en EE.UU. como en Europa que sirvieron para
reforzar su vocación indigenista y nacionalista, pero también deja abierta
la opción para obtener otra lectura en torno a su pensamiento y sus líneas
teóricas. Durante su estadía en Harvard se formó con profesores que tenían
una significativa preparación en lo que hoy llamamos tradición boasiana.
¿Qué características tuvo la investigación antropológica de F. Boas? R. Lowie
(1981 [1946]) destaca la preocupación de Boas por conocer el idioma del
grupo a estudiar para que se recuperen datos fidedignos en idioma indígena,
y si ello no era posible recomendaba trabajar con intérpretes de manera que
no existan traducciones libres pues consideraba que las traducciones literales
eran las más auténticas. Así, como remarca Lowie (1981 [1946]: 164) el
etnógrafo «llega a interpretar la vida indígena desde dentro», un aspecto del
que Boas se percató; por eso motivó a James Teit, un blanco que vivía con una
india de Columbia Británica, para que recogiera información que fue la base
de excelentes estudios sobre los nativos salish.
Boas proponía que un nativo con formación de la cultura occidental, que
sabía escribir y leer, aprenda pautas básicas para que escriba espontáneamente
en su idioma todo aquello que tenía que ver con las costumbres y tradiciones
de su cultura, recurriendo a la ayuda de personas con quienes creció. En
última instancia, Boas trataba de conocer la vida de los nativos desde dentro
con participación de ellos mismos. Destaca por ejemplo a William Jones, de
origen Fox, quien recogió en idioma nativo costumbres Fox u Ojibwa. A su
vez, consciente que entre los pueblos nativos la división por sexos es marcada
fomentó la formación de mujeres antropólogas de suerte que tuvieran mejores
posibilidades para introducirse en el universo cultural de las mujeres nativas y
así lograr una visión más confiable de la cultura en su totalidad.
Boas tenía también el convencimiento que para mejorar la información se
hacía necesario motivar a los nativos para que escribieran o contaran sus
226 memorias, o escriban una autobiografía, pues a través de este procedimiento
la posibilidad de mejorar el entendimiento de los patrones culturales de una
Teoría y método en la arqueología del Perú: primera mitad del siglo XX

sociedad es muy grande. En la base de esta concepción destaca su propuesta


por el trabajo de campo intensivo combinando estudios de antropología
física, etnografía, lingüística y arqueología, es decir una aproximación que
cubra los diversos aspectos de una cultura.
¿Cómo encaja J. C. Tello en esa orientación que mostraba la antropología
en América del Norte? Considero que el pensamiento de Boas reforzó los
suyos, por ejemplo el particularismo histórico se ajustaba muy bien a su idea
de una cultura propia o autóctona en los Andes Centrales que desde el punto
de vista geográfico mostraba también sus peculiaridades, o su «unicidad»,
que Tello identificó como región «geoétnica». La necesidad de combinar más
de una disciplina es igualmente un rasgo que nos permite hacer paralelos
con los propugnados por Boas. En su estudio sobre los incas Tello empleó
datos arqueológicos, fuentes escritas e información etnográfica sobre la vida
tradicional de los indígenas (Burger, 2009), aunque debe recalcarse que
no concedía crédito total a las crónicas toda vez que reflejaban la visión
parcializada de los españoles.
Un hecho que revela una saludable predisposición a la cooperación
internacional, en este caso con colegas de América del Norte, quedó sellado
al crearse en Nueva York en octubre de 1936 el Instituto de Investigaciones
Andinas a propuesta de J. C. Tello pues, según Murra (2009: 59), tenía el
pleno convencimiento que la arqueología debía enseñarse no solamente para
complementar la formación humanista, sino también para que tenga aplicación
práctica y concreta (también ver en este volumen el capítulo de Peters y Ayarza
sobre la relación de Tello con sus colegas norteamericanos). Tello no dudaba
que el pasado tenía una relación estrecha con la herencia cultural de una
nación y remarcaba que la arqueología profesional debería formar expertos
para conservar, investigar y enseñar el pasado. Ese postulado se fundamentaba
en el principio defendido por Tello (Burger, 2009: 71) para quien la ciencia se
halla en la capacidad de corregir pre concepciones equivocadas y prejuiciosas
sobre todo en lo que a la antigüedad y la originalidad de las culturas peruanas
se refiere, las mismas que eran pregonadas por la clase dominante no indígena.
Tello encontraba a la arqueología una función práctica, útil, para la etapa
que le tocó vivir, función que en nuestros tiempos mantiene su vigencia,
desde una visión indigenista o nacionalista étnica que debería estar al servicio
de la población mayoritariamente nativa y mestiza, pues de lo que se trata
es de reivindicar al indio. En tal sentido, Tello coincide con Clark (1965:
227
255) quien, al referirse al contenido social de la arqueología en la década de
Jorge E. Silva S.

1930, manifestaba que su «valor social» residía en el hecho de contribuir a


la «solidaridad y la integración social» en la que ser «consciente de compartir
un pasado común» es el factor primordial, en la medida que la arqueología
«proporciona justamente la evidencia que se necesita para reforzar el sentido
de pertenencia» (Clark, 1965: 256). Por ello, añadía el autor que nuestra
disciplina es un soporte de primer orden en lo que a construir sentimientos
nacionales se trata.
Tal posición no tenía nada que ver con la que hoy los colegas llaman «arqueología
social» pues esta parte de otros parámetros en su análisis. Haciendo un poco de
historia y si hemos leído bien a Trigger (1982: 133, 134) el término social en
Childe tiene otro significado toda vez que su uso se relacionaba a la necesidad
de preguntarse no por «de dónde» proviene una cultura, sino por «de qué modo
se había desarrollado». En efecto, para Childe era más importante averiguar
«la dinámica del cambio social» y «las tendencias… de la vida social» (Trigger,
1982: 133). En otras palabras, la sociedad en permanente dinámica detrás de
los artefactos. En este caso, el término social va más allá del contenido étnico,
nacionalista. Por eso, no podríamos ubicar a Tello en la línea de la «arqueología
social» que más de uno pregona hoy. Como se recordará, Lumbreras (1974) y
Shady (1997) le han concedido ese atributo. Al respecto, la arqueología social
fue definida por más de un investigador y si hemos entendido bien existe más
de una propuesta en lo que corresponde a la esencia de su línea de acción que,
debido a su complejidad, no discutiremos aquí (ver por ejemplo Redman et
al., 1978; Renfrew & Bahn, 1991).
Todos coinciden en señalar que J. C. Tello enarboló el indigenismo a través
de sus investigaciones sobre el antiguo Perú. En la semblanza que J. Murra
(2009: 63) le dedica, concuerda con A. Kroeber quien en 1944 puso de
relieve su contribución al demostrar que Chavín no solamente constituía una
cultura, sino también antecedía a Tiahuanaco, Moche, Nasca, con lo cual
desvirtuaba el origen foráneo de la civilización andina. Tal redefinición, según
Burger (2009: 76) resolvió a su vez un debate cronológico convertido en tema
central o preocupación primordial de la arqueología de la primera mitad del
siglo XX, más aún si tomamos en cuenta que esa corrección se produjo antes
del Radio Carbono 14.
Murra asevera que la posición indigenista de Tello se advierte en diversos
textos y declaraciones que formuló a lo largo de su vida incluyendo su
testamento firmado 4 días antes de su muerte en 1947. En efecto, en dicho
228
documento se ratificó en su firme convicción sobre el genio creativo del
Teoría y método en la arqueología del Perú: primera mitad del siglo XX

indígena peruano, base de la nacionalidad (Murra, 2009: 61). Tello defendió


esa postura y encontraba una ligazón pasado-presente en una época en que se
asumía, según Burger (2009: 68), que «la arqueología pertenecía al mundo de
la investigación neutral, distinta de los temas del presente».
En las décadas de 1960 y 1970 la obra de Tello inspiró a más de uno para
proseguir con sus ideas originales destacando en este caso las investigaciones de
D. Lathrap (1970) en el oriente peruano quien añadió nuevos componentes
al definir las culturas de la «Floresta Tropical». Esas décadas fueron realmente
interesantes toda vez que estaban frescas las ideas de Tello y más de uno de sus
asistentes y discípulos, Manuel Chávez Ballón, Julio Espejo Núñez, Marino
Gonzáles M., Pedro Rojas Ponce, Luis Cossi Salas, Félix Caycho, todavía
seguían con nosotros.
Pero también se plantearon modelos interpretativos distintos motivados por
la fuerte influencia de las ideas de Tello en lo concerniente al origen de la
civilización. En este sentido, a diferencia de Tello, R. Fung (2004: 209) decía
en la década de 1970 que
… el problema del surgimiento de la civilización andina no sólo
reside en reconocer las direcciones de las influencias, sino de buscar,
dentro de tales movimientos, la explicación de cómo una determinada
organización social se impuso…
Fung (2004: 218) propone que aún admitiendo que la selva fue una «donante
cultural», la costa no fue marginal pues la evolución y la complejidad
sociopolítica la encontramos en sitios tales como Río Seco (Chancay), Aspero
(Supe), Aldas (Casma).
En los últimos años, Daniel Morales conduce estudios arqueológicos
y etnoarqueológicos en el oriente peruano inspirado, según propia
manifestación, en la necesidad de hacer una «arqueología viva» propugnada
por J. C. Tello, y precisamente por eso el colega P. Kaulicke califica a D. Morales
como el arqueólogo neo indigenista. La aproximación etnoarqueológica de
D. Morales se aplicó en el Chambira, un tributario de Marañón, y en el
bajo Ucayali. En su definición admite que la etnoarqueología a pesar de la
imposibilidad de lograr la reconstrucción total de una cultura, tal perspectiva
«se desarrolla bajo el concepto… que la cultura material es el resultado de
determinado comportamiento social y podemos observarlo y estudiarlo en
sociedades nativas o tradicionales que aún están usando los mismos tipos de
objetos o cultura material» (Morales, 2009: 213). 229
Jorge E. Silva S.

Conclusiones preliminares
Los primeros 50 años del siglo XX fueron fructíferos en términos de
resultados y de marcos teóricos y su culminación coincide con el deseo de
fomentar los estudios del pasado soportando en sus espaldas el peso de las
posturas interpretativas de M. Uhle y J. C. Tello en torno a los orígenes
de la civilización en el Perú. En esa línea de pensamiento, aunque menos
vehemente, figura R. Larco quien por ejemplo atribuyó a Chavín otro origen
y pensaba que Huari no solamente era diferente a Tiahuanaco, sino también
constituyó una estructura imperial. Por su parte, la «escuela americana»
incursionó menos en ese acápite en la medida que propugnaba recoger datos
y hacer teoría después. Ese legado quedó impregnado hasta nuestros días
particularmente en la secuencia cultural de la cual hoy disponemos y cuyos
primeros pasos fueron marcados por Uhle y luego por Tello.
En este sentido, las periodificaciones de J. Rowe y L. Lumbreras, que hoy
utilizamos, fueron construidas recogiendo los lineamientos primordiales de
los fundadores de la arqueología y de aquellas propuestas que aparecieron en
las décadas de 1940 y 1950. Como se recordará, asociados a ese interés por
la construcción cronológica se desarrollaron también marcos conceptuales
de tratamiento de los datos, entre ellos Cultura, Horizonte, Estilo, aplicados
correctamente por Uhle, Tradición, Co Tradición, Tipo, etc., términos que
no han desaparecido y continuarán utilizándose ante cada aproximación
a nuestro objeto de estudio: las culturas del pasado, sin importar que nos
presentemos como arqueólogos simbólicos, contextuales, modernos,
posmodernos, o cualesquier otra etiqueta que inventemos.
Pero también es remarcable que a mediados de la segunda década del siglo
XX se logró aclarar una concepción en torno al origen y desarrollo de la
civilización en América del Sur. En efecto, el etnocentrismo inicial de la
antropología propició y apoyó en muchos sentidos la idea según la cual
los pueblos del hemisferio sur debían civilizarse pues no habían logrado
progresar de la misma manera que los países industrializados del hemisferio
norte. A esta afirmación casi apodíctica se añadía quizá sutilmente la imagen
que el impulso civilizatorio en tiempos prehispánicos derivó de Mesoamérica.
Como fuera señalado en anteriores oportunidades esa idea e imagen se
trastocaron al demostrarse que los restos de Chavín antecedían a las culturas
protoides, y a la vez sentaron las bases para que, más tarde, con suficientes
elementos de juicio y evidencias contundentes, se sustente el hecho que las
230
antiguas civilizaciones mexicanas y peruanas no solamente fueron distintas,
Teoría y método en la arqueología del Perú: primera mitad del siglo XX

sino también se desarrollaron en aislamiento. En añadidura, Mesoamérica y


los Andes constituyeron dos áreas o núcleos civilizatorios comparables a los
del suroeste de Asia.
Retomando lo manifestado a comienzos del primer párrafo de estas
conclusiones, debe remarcarse que tras la Segunda Guerra Mundial, en 1946,
se creó el Instituto de Etnología y Arqueología en la Facultad de Letras y
Ciencias Humanas de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos bajo la
conducción y dirección de Luis E. Valcárcel, a partir del cual se profesionalizó
la formación de antropólogos y arqueólogos en el Perú siguiendo el modelo
americano y las bases teóricas y metodológicas de la corriente boasiana. Sin
embargo, debe destacarse que L. Lumbreras (1974: 11) puso de relieve la
participación del Dr. Valcárcel al frente del citado Instituto toda vez que
contribuyó a la construcción de la ciencia social y la antropología en el Perú
enarbolando el indigenismo, concepción que lo llevó a la arqueología para
descubrir al indígena y su legado. Su aproximación a la realidad del antiguo
Perú partió de la convicción que la Etnología y la Arqueología disponían de
los instrumentos teóricos y metodológicos idóneos para aproximarse al indio
del pasado y del presente.
Entre sus objetivos destacaban la investigación y la formación de profesionales
en antropología cultural para cuyo efecto se formaron las secciones de
etnología y arqueología. En aquellos tiempos el adiestramiento de los futuros
profesionales partió de una concepción integral en la enseñanza de las
materias o asignaturas toda vez que etnólogos y arqueólogos compartieron el
mismo plan de estudios. Fue también en este contexto que se estableció una
colaboración cercana con la Comisión Fulbright que auspició el intercambio
estudiantil y docente. Es así como se consolidaron también los postulados
teóricos y metodológicos de la «escuela americana».
La selección por una u otra sección, etnólogo o arqueólogo, se definía en el
último año académico previamente a la selección del tema a investigar y el
profesor asesor correspondiente para preparar la tesis del grado de Bachiller.
Posteriormente devendría la tesis para el grado de Doctor en Antropología
con mención en la especialidad anticipadamente escogida. Al emitirse una
nueva Ley de Educación en 1969 el Instituto desapareció no sin antes crearse
los Programas Académicos de Ciencia Social y el Departamento de Ciencias
Histórico Sociales, a los cuales se integraron las secciones de Antropología y
Arqueología. Pero esta es otra historia que no revisaremos aquí.
231
Jorge E. Silva S.

La contribución de quienes nos antecedieron no quedó en el olvido a pesar de


los años transcurridos. Si bien responden al state of the art de los tiempos que
les tocó vivir, sus concepciones constituyen motivaciones legítimas diseñadas
en busca de la verdad del pasado. En el momento actual compartimos
igualmente esas metas, por eso cabe preguntar ¿qué nos acerca o nos aleja
de los ideales de nuestros predecesores? ¿Solo queda completar la imagen
que ellos empezaron a cincelar? Afirmativa o negativa la respuesta, nuestra
responsabilidad tiene que ver también con la necesidad de dotar a nuestra
disciplina de instrumentos teóricos y metodológicos idóneos a la hora de
aproximarnos a la vieja historia de nuestro país.
Finalmente, a poco más de 100 años de arqueología científica en el Perú, esta
se ha cimentado vigorosamente y ha logrado convertirse en una especialidad
y una profesión como cualquier otra. Esta imagen se percibe no solamente
porque nos ofrece una voluminosa información sobre el antiguo Perú que
ha permitido configurar las bases fundamentales de la civilización en los
Andes Centrales, sino también porque ha tejido un nexo más cercano con la
comunidad y el público no especializado, y en particular con el Estado y los
medios de comunicación. De manera que aún siendo su objeto de estudio el
pasado, sus resultados son útiles hoy en día tanto para incrementar nuestro
conocimiento sobre las viejas culturas prehispánicas, como para señalar una
identidad que permita situarnos en el contexto de las restantes áreas nucleares
de civilización que surgieron en el mundo.
Por eso, a pesar que el Estado muestra una concepción sesgada sobre el
patrimonio arqueológico del Perú, toda vez que prioriza su atención a centros
monumentales como Macchu Picchu, esa visión derivará más temprano que
tarde a la investigación y la conservación de la herencia cultural del país, más
allá de las agendas políticas y de coyuntura de los gobiernos de turno.

232
Teoría y método en la arqueología del Perú: primera mitad del siglo XX

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236
La Escuela de Berkeley y los Andes precoloniales: génesis del método (1944-1965)

La Escuela de Berkeley y los Andes


precoloniales: génesis del método (1944-1965)1

Gabriel Ramón Joffré

1. Introducción
La teleología es la doctrina de las causas finales. Por extensión, una concepción
teleológica de la historia sería aquella que pretende reconocer las supuestas
causas finales en el proceso. En sus Tesis de filosofía de la historia Walter
Benjamin realizó una crítica radical a este tipo de concepciones (Benjamin,
1978 [1940]). Benjamin mostró que incluso las tendencias más progresistas de
su época recurrían a un equivalente del cielo/paraíso para explicar el proceso
histórico aunque —simultáneamente— pretendían negarlo. En consecuencia,
este epílogo divino acababa modificando la narración histórica del conjunto,
otorgándole una supuesta causa final. Como sabemos, las célebres tesis fueron
redactadas durante el trágico año 1940 y solo póstumamente publicadas,
quedando como un programa de trabajo2.

1 Este capítulo se nutre de conversaciones dispersas con arqueólogos e historiadores peruanistas,


vinculados a, y/o interesados en, Rowe. Por ello agradezco a Daniel Dávila, Christopher Donnan e
Idilio Santillana. Thomas Patterson y Karen Spalding tuvieron la gentileza de facilitarme material
de sus clases con Rowe, y un cuadro cronológico, respectivamente. Este texto es una continuación
de otros previos sobre periodificación (Ramón, 2005; 2010).
2 La primera tesis es bastante ilustrativa (Benjamin, 1978 [1940]: 177). En sus comentarios
237
paralelos Benjamin (2003 [1940]: 401) agregó «En la idea de la sociedad sin clases, Marx
Gabriel Ramón Joffré

La enorme tarea pendiente esbozada en las tesis benjaminianas se vincula


directamente a todo proyecto narrativo del pasado que intente distanciarse
de los prejuicios teleológicos. Por ejemplo, la construcción de una
periodificación del pasado precolonial andino. En este contexto, deseo
mostrar cómo el arqueólogo norteamericano John Rowe (1918-2004) y sus
colaboradores (en adelante la escuela de Berkeley) elaboraron una propuesta
coherente que incorpora las interrogantes benjaminianas. Esta escuela
planteó una relectura de conjunto del pasado precolonial andino exenta
de causas finales, que acabaría teniendo impacto nacional y continental
(Ramón, 2005: 20-1)3. Un indicio temprano del proyecto que abordaremos
está en los cuestionamientos frontales de Rowe a las unidades narrativas
básicas de un renombrado manual arqueológico de fines de los años 1940,
Andean Culture History:
Podemos hacer coincidir, de algún modo, los datos de la arqueología
peruana con el marco de la co-tradición; (...) En perspectiva más
amplia, aceptar la idea de co-tradición implica aceptar el concepto
de área cultural de Kroeber y un grado muy considerable de orden y
dirección (i.e. evolución) en historia cultural. De otro lado, rechazar
la base teórica de la idea de co-tradición implica rechazar la idea de
área cultural, si deseamos ser consistentes. No estoy convencido de
que haya suficiente orden ni dirección en la historia cultural para
justificar el concepto de área cultura de Kroeber, en general ni para
ningún área; por tanto me resisto a toda la idea de co-tradiciones
(Rowe, 1951b: 356; énfasis agregado)4.
Afortunadamente el brío que sustentaba estas críticas no se limitó al
manifiesto inicial: por más de una década y media Rowe y sus colaboradores

secularizó la idea del tiempo mesiánico. Y eso fue bueno. Fue sólo cuando los social-demócratas
elevaron esta idea a un ‘ideal’ que comenzaron los problemas». Aunque situados en puntos
distintos del ciclo divino, paraíso y cielo son conceptos interconectados (ver Eliade, 1987, VI:
37-46, XI: 184-189).
3 Sobre Arqueología y teleología ver Mamzer & Ostoja-Zagórski, 1994. Sobre periodificación y

teleología sigo la introducción de Spitzlberger & Kerning, 1973.


4 En adelante, para citar los textos de Rowe se sigue el listado oficial (http://www.lib.berkeley.

edu/ANTH/emeritus/rowe/pub/index.html). Luego del año de publicación va una letra que


indica su ubicación específica en el listado: así 1951b es “Andean culture history: an apology
and clarification”. Para evitar una bibliografía innecesariamente extensa, en adelante, se remite al
lector al listado oficial, salvo cuando el texto citado no está allí incluido, como la transcripción de
238 las conferencias de Rowe en Lima, o el material depositado en las bibliotecas Luis Ángel Arango
(Bogotá) y Universidad de Berkeley (California).
La Escuela de Berkeley y los Andes precoloniales: génesis del método (1944-1965)

se dedicaron a sistematizar teóricamente y sustentar empíricamente su


sofisticada lectura del mundo andino. Abordaré ese intenso momento
inicial de la escuela de Berkeley a fin de reconstruir la génesis de su método
de trabajo, ya que siguiendo a Dorothy Menzel (2006: 231) considero que
constituye un paradigma (sensu Kuhn) soslayado pero omnipresente en los
estudios arqueológicos andinos5.

2. Sentido y corpus
En la literatura arqueológica andina podemos observar dos grandes modos
de narrar el pasado precolonial: desde la totalidad y desde el fragmento. El
primero es típico de autores como Julio C. Tello quien aludía a las «épocas
andinas», es decir estadíos (unidades de semejanza cultural), como base de
su discurso. Esta ha sido también la forma más usada en los guiones de
museos y los manuales de divulgación, ambas labores preferidas por Tello.
El segundo modo es frecuente en la obra de autores como Max Uhle y
se vincula a los periodos (unidades de contemporaneidad). Se trata de
extremos de una gama, de tendencias no necesariamente exclusivas, aunque
siempre es posible caracterizar a cada arqueólogo según su relación con ellas.
Rowe (1962g) fue el primero en formalizar estas diferencias de énfasis entre
sus colegas, y, adicionalmente, en percibir que ellas no solo afectan el relato
sobre el pasado precolonial sino también nuestra explicación de la historia
de la arqueología. En ambos casos, Rowe buscó aplicar un programa que
evitara el fórceps teleológico que caracterizaba buena parte de la arqueología
andinista. Por todo ello —me atrevo a sugerir— su obra se ubica al centro
del evento que nos convocó y del cual se desprende esta contribución.
Para sustentar mi argumento comenzaré discutiendo las críticas de Rowe a
las propuestas previas, particularmente el proyecto Virú; su visión madura

5 Brevemente, la escuela (arqueológica) de Berkeley fue el conjunto de estudiantes/colegas que


trabajó bajo la batuta de Rowe, profesor en esa universidad, desde inicios de los cincuenta.
El listado debe comenzar por Dorothy Menzel, Lawrence Dawson, Eugene Hammel, David
Robinson, Edward Lanning, Thomas Patterson, Warren DeBoer, Donald Proulx, Patricia Lyon,
Christopher Donnan, y más recientemente Catherine Julien y Susan Niles. Aunque en los Andes
es difícil reconocer a sus discípulos, la introducción más completa a los planteamientos de esta
escuela es Fung (1965). Pese a su enorme valor testimonial en el número homenaje de Ñawpa
Pacha (2008) se trata poco del aporte teórico de Rowe, en el que incidiremos, siguiendo a Menzel 239
(1969; 1971; 2006) y Hammel (1969).
Gabriel Ramón Joffré

del pasado precolonial; y finalmente su modo de abordar la historia de la


arqueología. Mi corpus se concentra entre inicios de los cincuenta y mediados
de los sesentas: reseñas sobre manuales de arqueología y artículos vinculados
a la reflexión resultante de la seriación estilística de las colecciones de
cerámica de Ocucaje (Ica). Incidentalmente aludiré a estudios posteriores,
que son más bien resultado de este periodo temprano y llegan incluso hasta
su artículo póstumo sobre la lógica de las secuencias en Uhle (Rowe 2005).
Véase una aproximación cuantitativa inicial a la producción bibliográfica de
Rowe en el periodo estudiado en el cuadro 1.
Cuadro 1 – Publicaciones de Rowe (1944-1965), según el listado oficial
(http://www.lib.berkeley.edu/ANTH/emeritus/rowe/pub/index.html)

artículos (p) reseñas (p) noticias (p) libros (p) Total (p)

1944 2 11 1 70 81
1945 1 20 1 3 23
1946 1 148 148
1947 4 31 31
1948 4 39 1 2 41
1949 5 17 8 15 32
1950 7 52 3 7 1 2 61
1951 5 29 4 11 4 9 49
1952 4 22 5 13 5 75 110
1953 3 46 3 9 5• 8 63
1954 3 28 7 16 4 10 1 134 188
1955 10 89•• 4 5 1 8 102
1956 6 88 3 5 93
1957 2 60 4 7 67
1958 5 48• 1 1 49
1959 4 48 1 3 51
1960 9 97• 5 8 2 5 110
1961 5 80• 2 4 84
1962 5 70• 1 2 1 3 1 40 115
1963 4 41 1 2 43
1964 1 19 2 3 1 384 406
1965 3 32 32
240 Total 94 731 56 116 17 112 4 628 1979
La Escuela de Berkeley y los Andes precoloniales: génesis del método (1944-1965)

Como toda aproximación cuantitativa a la producción intelectual este cuadro


es solo referencial. Al lado de cada categoría va el número de páginas (p).
El rubro artículos incluye las entradas para enciclopedia, que en ciertos
casos han sobredimensionado esa categoría, como en 1955: son 4 de los 10.
El rubro noticias comprende las Notes and news del listado oficial y otros
escritos menores, como las ayudas bibliográficas. Los límites entre categorías
pueden ser difusos: el artículo de 1946, bien podría ser clasificado como
libro; a su vez el libro de 1962, podría ser un artículo dada su brevedad. Se
excluyen las diversas traducciones realizadas por Rowe y se incluyen sus textos
en coautoría. El símbolo • indica que un artículo, u otro tipo de publicación,
fue excluido por haber sido impreso dos veces el mismo año (e.g. las dos
bibliografías de Kroeber, 1961) o en fechas muy próximas (“Technical aids in
anthropology”, 1953; 1954).

3. La disección de los manuales


Rowe publicó su tesis de doctorado sobre arqueología cuzqueña el mismo año de
la muerte de Uhle, en 1944. En 1946 apareció su célebre estudio sobre los incas
en el Handbook of South American Indians, que cimentó su fama. Desde 1949
Rowe trabajó como profesor en la Universidad de Berkeley, iniciando tres años
más tarde el estudio de las colecciones de su Museo de Antropología. Aunque,
en general, la obra de Rowe se caracteriza por un amplio marco geográfico y
temático, puede observarse que esta coyuntura implicó un desplazamiento
desde el Cuzco hacia la costa sur, con un intermedio etnográfico en el Cauca
colombiano: del centro incaico a las periferias. Paralelamente, este periodo
significó una transformación metodológica6.
Como cerrando una etapa inicial, entre su doctorado y los estudios sobre
colecciones de Ica, Rowe dedicó algunos artículos a la cronología absoluta
Chimú e Inca basado en fuentes documentales (1945a; 1948b; 1948c). Sin
embargo, donde mejor puede seguirse la génesis de su propuesta es en sus
reseñas de manuales de arqueología y antropología, como los de Bennett y Bird,
Bennett, Canals Frau, Horkheimer, Ubbelohde-Doering, Bushnell, Uhle, entre

6 Ya la bibliografía temprana de Rowe muestra su diversidad temática. Además de arqueología


incluye: etnografía (1944c; 1947b; 1950c; 1952h; 1955e; 1955f; 1955g; 1955m; 1956d; 1964a;
1965b; y los papeles en la biblioteca L. A. Arango (Bogotá), historia (1942b; 1945a; 1946a; 1948b;
1948c; 1950b; 1955l; 1956f; 1957b; 1958d; 1959a; 1960i), historia del arte (1951a; 1961e; 241
1962d) y lingüística (1943b; 1947a; 1950a; 1950h; 1951d; 1953c; 1954c; 1955i; 1955k).
Gabriel Ramón Joffré

otros (1949m; 1950j; 1951b; 1951k; 1951l; 1952ll; 1952m; 1953k; 1953l;
1954i; 1956g; 1957d; 1958g; 1960o; 1961h; 1962i). Sus reseñas le permitían
dar cuenta de la estructura de los manuales: analizar las diversas estrategias de
periodificación del pasado precolonial empleadas por sus colegas7.
Entre las reseñas tempranas a manuales destacan los tres textos dedicados a
la obra más popular surgida del proyecto arqueológico Virú, Andean Culture
History, escrita por Wendell Bennet y Junius Bird en 1949. En diversos sentidos
este proyecto de mediados de los años 1940 fue innovador. Convocó a notables
arqueólogos para escribir la historia cultural de un pequeño valle costero
norperuano usando sus vestigios materiales, principalmente arquitectura y
cerámica. Para el análisis alfarero el renombrado James Ford fue convocado y
comenzó a trabajar con un sistema de clasificación que respetaba las diferencias
entre tiempo y estilo, tratando de distinguir las manifestaciones locales de Virú
y aquellas de otros valles (Rowe, 1959: 5-6). Sin embargo, pronto el rumbo se
modificó: los investigadores del proyecto Virú fueron invitados a participar en
la Mesa Redonda de Chiclín (1946) organizada por Rafael Larco. Este ingeniero
agrícola con abrumadora experiencia en arqueología costera presentó su sistema
de etapas de evolución de la cultura (basado en el valle de Chicama) que impactó
a los participantes norteamericanos, especialmente a Duncan Strong. Como
resultado, los arqueólogos norteamericanos adoptaron la terminología de Larco
para el Virú. Lo más grave fue que estos autores proyectaron luego la secuencia
evolutiva de un valle a todos los Andes, lo cual se materializó en el libro Andean
Culture History.
Por todo ello, Rowe dedicó dos reseñas y un comentario a ese manual.
Combinaba así sus dos intereses principales de entonces, la periodificación del
pasado precolonial y las formas de clasifica alfarera. Cuestionó la proyección de
la secuencia del Virú más allá de ese valle, demostrando que no correspondía a
los datos; y el concepto de co-tradición, ya que carecía de sentido explicativo, y
solo servía para justificar una homogeneización artificial del mundo andino. En
suma, como ya indicamos, Rowe no atacaba el libro, ni el proyecto Virú sino el
intento de imponer el esquema «torta helada» en los Andes (Ramón, 2010: 115).
Como una de las posibles soluciones sugería el uso de secuencias de referencia
según regiones, por ejemplo una para la costa norte, otra para la sierra sur. Las

7En perspectiva, esto formó parte de su interés general por sistematizar la información arqueológica,
242 etnográfica, lingüística e incluso organizar las bibliotecas antropológicas (1947d; 1949b; 1951d;
1954c; 1955i; 1959c; 1963c; 1965a; 1966c).
La Escuela de Berkeley y los Andes precoloniales: génesis del método (1944-1965)

críticas de Rowe fueron tan contundentes y didácticas, que Bird no dudó en


modificar su cuadro cronológico incorporando algo de la variabilidad sugerida.
Lamentablemente, ese fue el único cambio del manual, ya que su contenido
permaneció idéntico para la siguiente edición. Complementariamente, un
estudiante de Rowe, Bennyhoff (1952), realizó un estudio minucioso de los
materiales del Virú, lo que le permitió cuestionar la secuencia de Ford y confirmar
las limitaciones del método tipológico (Rowe, 1959c: 319). La siguiente etapa
puede concebirse como una materialización coordinada de estas críticas en un
método más coherente para lidiar con la cerámica y la periodificación.

4. Las nuevas reglas de juego


Si en la etapa anterior Rowe principalmente cuestionó esquemas de periodificación,
este segundo momento se caracteriza por la síntesis: aparecen seriaciones alfareras y
cuadros cronológicos preliminares, que acabarían revolucionando la arqueología
andina. Esta intensa arremetida no resultó de excavaciones extensivas, sino que
partió desde el gabinete, usando los datos de campo como un complemento de
confirmación, principalmente para documentar superposiciones estratigráficas.
La base informativa estuvo constituida por las colecciones peruanas de Uhle,
depositadas con sus notas de campo en el Museo de Antropología de la
Universidad de Berkeley. Estas habían sido previamente estudiadas por Alfred
Kroeber, discípulo de Franz Boas.
Al menos tres proyectos paralelos pueden ser identificados en esta etapa. Primero,
desde 1952, Lawrence Dawson, supervisado por Rowe, fue elaborando una
seriación cronológica del estilo Nazca empleando las asociaciones arqueológicas
y las colecciones de Uhle, y todas aquellas disponibles en los Estados Unidos y
el Perú. El resultado fue una secuencia de nueve fases presentadas en la Semana
de Arqueología Peruana, en 1959 (Rowe, 1960h)8. Segundo, Dorothy Menzel
realizaba su tesis doctoral sobre el estilo Ica tardío asesorada por Rowe (defendida en
1954, y publicada en 1976), complementada por sus estudios sobre cerámica Wari
e Inca (Menzel, 1958). Tercero, entre 1956 y 1957 Dawson elaboró la seriación
cronológica de la cerámica del estilo Paracas. Esta investigación preliminar estuvo
basada en asociaciones de lotes funerarios sin contar con datos estratigráficos (Rowe,
1958e: 9) y sus primeros resultados (fases T-1 a T-4) fueron presentados en 1958.

8En 1968 Proulx, alumno de Rowe, publicó un refinado estudio sobre Nazca en la misma dirección, 243
basado en su tesis doctoral.
Gabriel Ramón Joffré

De este modo se iba construyendo la secuencia completa de Ica, i.e. la secuencia


maestra. Como enfatizó Rowe al presentar las seriaciones de Dawson (sobre Nazca
y Paracas) se trataba de investigaciones en curso. Precisamente, un par de años
más tarde, Menzel comentó que la secuencia Paracas tenía algunas limitaciones,
por ejemplo, T-3 era una mezcla de varias fases (Menzel, 1971 [1960]: 30). La
primera síntesis de las actividades de la escuela de Berkeley en el Perú elaborada
por Menzel (1971 [1960]) incluye una seriación de seis fases Paracas y un
cuadro preliminar de la secuencia de Ica. Esta serie de avances tuvo al menos dos
resultados mayores. Primero, The Paracas pottery of Ica (1964b), con la secuencia
completa del estilo, y la aplicación de los principios de esa escuela. Segundo, la
serie de artículos teóricos de Rowe, que situaban los avances obtenidos por su
equipo en relación a las investigaciones precedentes y proponían herramientas
más claras y comprehensivas (1959b; 1959d; 1960d; 1960l; 1961f; 1962g;
1962h). El artículo sobre los periodos y estadíos (1962g) puede considerarse
como la cima de este grupo9.
Una forma de calibrar los cambios progresivos en este periodo es comparar los
cuadros cronológicos consecutivamente propuestos. Primero, aquel bastante
general de la expedición al sur peruano de 1954-1955 (Rowe, 1956c: 138).
Segundo, un cuadro más completo de 1958, articulando diversas regiones según
horizontes e intermedios (Rowe, 1960 l: 16). Tercero, el mencionado cuadro
preliminar elaborado por Menzel en 1960 (1971: 161). Cuarto, la secuencia
maestra articulada a otras regiones (Rowe & Menzel, 1967, también en Lanning,
1967). A diferencia del indicado cambio en el cuadro cronológico del manual de
Bennett y Bird, en este caso las modificaciones en los cuadros iban en paralelo
con las investigaciones. Sintetizaban los pasos de la escuela de Berkeley hacia una
nueva lectura del pasado precolonial.
Todo el trabajo anterior resultó en una serie de reglas de juego, entre las cuales
podemos indicar:
a. criterios y terminología: por tradición los arqueólogos andinistas se habían
limitado a aplicar principios sin definirlos, o sugerir principios sin emplearlos.
Rowe propuso una terminología, revisando viejas definiciones y proponiendo

9 Un tercer producto mayor sería el conjunto de tesis doctorales de los estudiantes de Rowe,
especialmente las de Menzel, Lanning, Patterson y Proulx, todas publicadas salvo la de Lanning.
He podido ver uno de los tantos ejercicios de la época: en 1993 Thomas Patterson me envió uno
244 de sus trabajos para el seminario de Rowe sobre la cerámica de Cerro Trinidad (Chancay, Lima),
donde discutía la propuesta de Uhle.
La Escuela de Berkeley y los Andes precoloniales: génesis del método (1944-1965)

nuevas, e.g. horizonte. Los criterios empleados debían ser explícitos, claros y
documentados. Sobre los dos primeros puntos, criticando una obra de Kubler,
Rowe indicaba que este autor «tenía en mente criterios específicos para [definir]
‘edad sistemática’ que pudo comunicar a sus estudiantes. Lamentablemente,
no son presentados en este libro» (Rowe, 1963f: 705). Sobre el tercer punto
(documentación), agregaba: «Basado en la gran información acumulada
[Tello] propuso algunas grandilocuentes teorías de interpretación, pero nunca
publicó un simple reporte que hiciera accesible a otros interesados en el tema,
las observaciones en las que sustentaba sus conclusiones» (Rowe, 1957c:
392)10.
b. comparatividad y pluralismo: «No me parece necesario que todo el mundo
utilice los mismos términos, ni que todo el mundo piense en la misma forma,
pero sí, es muy necesario que nos entendamos» (Rowe, 1959: 1).
c. variabilidad intra-andina: «... se ve cada día más claro [que] el desarrollo de
las culturas en el Perú antiguo, no es una cosa sencilla de etapas uniformes
que se encuentran en todas partes, sino que en cada zona hay una historia
distinta» (Rowe, 1959: 6, énfasis agregado). Por tanto, Rowe estaba en las
antípodas de las «épocas» de Tello y la «co-tradición» de Bennett.
d. el estilo carece de leyes de desarrollo: no hay orden preconcebido en las secuencias
(punto clave para evitar narrativas teleológicas): «El argumento de todos ellos
[secuencias de Uhle, Gayton, Kroeber y Yacovleff ] carece de valor científico,
porque no existe ninguna ley ni lógica del arte que establece el sentido de su
desarrollo» (1960h: 29) o «... no existe ninguna ley del arte que determine
el sentido de su desarrollo, ni del realismo al convencionalismo, ni del
convencionalismo al realismo» (1960h: 37). Por tanto, toda secuencia debe
partir de extremos conocidos.
e. distinguir tiempo y estilo: El análisis estilístico debe comenzar dándonos un
orden cronológico, y posteriormente pasaremos al análisis cultural. Este punto
es crucial, ya que diversos autores han acusado apresuradamente a Rowe y
sus discípulos de centrarse en las cronologías (e.g. Lumbreras, 1969:149). La
secuencia es un requisito de la narración coherente: «Los procesos culturales
deben ser una meta para nuestras investigaciones, no algo que asumimos al
momento de tratar de poner estilos alfareros en orden cronológico» (Rowe,
1960d: 627).

10Un buen modelo de la aplicación de las recomendaciones terminológicas de Rowe, en el manual 245
de Lanning (1967: 19-38).
Gabriel Ramón Joffré

f. rasgos antes que tipos: para obtener mayor resolución cronológica en las
secuencias alfareras es preciso usar rasgos no tipos como unidades de
clasificación en la alfarería. Los tipos suelen cambiar muy lentamente, mientras
que podemos identificar rasgos que se modifican más rápidamente, es decir
son diagnósticos. El arqueólogo debe atender a constelaciones de rasgos y
sistematizarlas (Rowe, 1959c: 319-22) 11.
Esta serie de reglas se articuló alrededor de un concepto mayor, la secuencia
maestra. Ella resume el modo de aproximarse al pasado presentado en las obras
citadas (la secuencia de Paracas y los textos teóricos). Con ellas se cerraba un
ciclo, y se iniciaba otro en la arqueología andina (ver las reseñas de Lathrap, 1966
y Shepard, 1966). Posteriormente aparecerían un par de obras complementarias
de los miembros de esta escuela, incluyendo dos textos de referencia, el manual
universitario compilado por Rowe & Menzel, y Peru before the Incas de Lanning,
ambos en 196712.
La mejor manera de calibrar el avance que significó esta etapa inicial de la
escuela de Berkeley es pensarlo en relación a productos de uso actual. Como
por ejemplo, el «periodo formativo» (sensu Kaulicke, 1994), una ilustrativa
incongruencia teórica (ver Ramón, 2005: 22-23; Silverman, 1997: 104).
Primero, técnicamente el formativo no es un periodo sino un estadío (regla
a, Rowe, 1962g). Segundo, si asumimos la variabilidad interna en los Andes
(regla c) no se deberían asignar fechas fijas a los estadíos ya que podría variar
según las regiones. Tercero, habría que tener un marco de cronologías relativas
muy completo, y luego compararlas (regla e), para solo después caracterizar los
diversos formativos andinos no necesariamente contemporáneos. Como bien ha
anotado Neves (2004: 122, 132-137) en el caso de la selva amazónica brasileña
(es decir, buena parte de Sudamérica) el término formativo carece de sentido
diagnóstico, ya que estaría caracterizando un lapso enorme: desde un milenio
antes de nuestra era hasta la invasión europea. Lo que me interesa destacar aquí
es que la incongruencia del «periodo formativo» no se determina a partir de
análisis recientes, sino simple y llanamente volviendo a las reglas de la escuela
de Berkeley. Ello demuestra su pertinencia actual. Como ya lo enfatizara Rowe

11 Esta lista podría expandirse, aquí me he remitido a los puntos básicos de la propuesta temprana
de Rowe. Sobre este tema ver también Menzel 1969.
12 La propuesta de Rowe rebasa la arqueología andina, ya que sugiere un modo de lidiar con la

246 cultura material en general enfatizando en la cronología relativa. Sobre este último punto ver
Ginzburg, 1982; Gräslund, 1976.
La Escuela de Berkeley y los Andes precoloniales: génesis del método (1944-1965)

(1962g: 12) este tipo de conceptos da una falaz seguridad que permite tener la
respuesta incluso antes de realizar el análisis: si un tipo de evidencia es calificada
de «formativa» solo por su estilo, técnicamente ya le estamos atribuyendo un
valor cultural/social, sin querer queriendo13.

5. La historia de la arqueología
Las observaciones precedentes no se limitan a la arqueología precolonial sino que
también fueron pensados en relación a la historia de la Arqueología, tema que
atraviesa toda la obra de Rowe.
Durante el periodo abordado Rowe produjo, al menos, una docena de textos
sobre el tema: artículos biográficos de arqueólogos (1947c; 1958c; 1960b; 1961a;
1961d; 1962a), reseñas a libros de historia de la disciplina (1954j; 1954l), historia
de la Antropología (1964a; 1965b), un cuadro sobre exploraciones arqueológicas
en el Perú (1959c) y el libro sobre Uhle (1954d). Para nuestro arqueólogo no
se trataba de campos separados (arqueología/historia de la arqueología) sino de
un mismo tema: incluso sus artículos más teóricos están directamente vinculados
a la historiografía de la disciplina. Rowe siempre ponía sus hallazgos teóricos
en perspectiva, y paralelamente buscaba rescatar autores que pese a su enorme
contribución habían sido ignorados, como Worsaae (1962h). Incluso su texto
teórico más renombrado (1962g) está organizado en este sentido: recorrer los
aportes previos sobre periodificación, sistematizarlos y presentar su propuesta,
que a su vez modifica nuestra lectura de todas las anteriores. La historia de la
Arqueología era un requisito analítico.
No hemos tenido acceso al probable texto programático temprano sobre historia
de la disciplina (la conferencia ‘Problems in the history of archaeology’, 1954e)
pero conviene comentar un persuasivo ejemplo más tardío: la reseña de Rowe
(1975d) al libro sobre historia de la arqueología americana de Willey & Sabloff,
1974. Fiel a su método analítico Rowe se centra en la estructura narrativa de la

13Para entender a cabalidad el problema del «periodo formativo» basta compararlo con un par de
conceptos: medioevo y feudalismo. El primero es un periodo (es decir, una unidad temporal). El
segundo, un estadío, o un modo de producción si se quiere. ¿Son equivalentes? No. Puede haber
cierta coincidencia cronológica entre ambos para ciertas zonas europeas, pero los rasgos feudales no
son exclusivos del medioevo. Y no todas las sociedades ubicadas dentro de los límites cronológicos
medioevales fueron feudales (ver la iluminadora discusión de Barceló, 1988). Al convertir el
formativo en periodo justamente se anula la posibilidad de distinguir entre estilo y tiempo, punto 247
básico no solo de la escuela de Berkeley (regla e), sino de la Arqueología en general.
Gabriel Ramón Joffré

obra, particularmente en la relación entre datos y periodificación. Los autores


habían dividido la historia de la arqueología americanista en cuatro «periodos»:
especulativo (1492-1840), clasificatorio-descriptivo (1840-1914), clasificatorio-
histórico (1914-1960) y explicativo (desde 1960). La crítica tuvo tres partes.
Primero, según Willey y Sabloff su «periodo explicativo» se vinculaba a la entonces
naciente «nueva arqueología» (sensu Binford) que tendría como elemento clave el
proceso: la explicación de la variabilidad en el registro arqueológico. Rowe cuestiona
ese reduccionismo sugiriendo que había diversas corrientes previas de arqueología
americana interesadas en ese tema. Por tanto, el interés en el proceso no sería un
rasgo típico de la «nueva arqueología». Así los nombres atribuidos a los «periodos»
comenzaban a flaquear.
Segundo, para Rowe el punto débil del libro era precisamente la explicación: sus
autores no podían dar cuenta de los cambios en el pensamiento y el procedimiento
arqueológico. Para sustentar esta crítica Rowe usó un ejemplo de la historia de
la arqueología americana: la revolución estratigráfica de inicios del siglo veinte.
Según Willey y Sabloff el atraso en la aceptación del método estratigráfico se debía
al rechazo boasiano del pensamiento evolucionista en arqueología americana.
Rowe mostraba lo contrario citando dos casos. Por un lado, el de Manuel Gamio,
el primer arqueólogo en aplicar el método estratigráfico en México asesorado por
Boas. Por otro, las excavaciones con los mismos principios, a cargo de Nels Nelson
en el sudoeste norteamericano. Nelson fue asesorado por Clark Wissler discípulo
de Boas. Esto le permitió a Rowe sustentar que fue precisamente la quiebra de los
dogmas evolucionistas promovida por Boas la que hizo posible la aceptación de las
excavaciones estratigráficas en Norteamérica.
Tercero, Rowe cierra su análisis dándole vuelta a todo el libro reseñado: los supuestos
«periodos» de Willey y Sabloff eran realmente estadíos a priori. Esto explicaría
la pobreza de sus interpretaciones y le permite al crítico generalizar su consigna:
«el evolucionismo cultural que usa un marco de estadíos para organizar datos
arqueológicos o históricos parece sentir que asignar un evento al estadío apropiado
sería toda la explicación necesaria». Bien visto, este es el mismo cuestionamiento
que Rowe había hecho a libros como Andean Culture History.

Conclusiones
En su relectura del concepto de paradigma, Agamben (2009: 11) recuerda sus
248 dos acepciones. Primero, como «matriz disciplinaria» es decir el conjunto de
técnicas, modelos y valores a los cuales un grupo se adhiere. Segundo, un elemento
La Escuela de Berkeley y los Andes precoloniales: génesis del método (1944-1965)

particular de ese conjunto que sirve de ejemplo común y permite formular una
tradición de investigación. Si el conjunto de escritos de la escuela de Berkeley calza
con la primera acepción, para la segunda el candidato perfecto es la secuencia
maestra. Este concepto sintetiza una visión del pasado comparativa, interactiva,
relacional y posteleológica (o a-teleológica).
A pesar de su relativo éxito (p.e. en los cuadros de los museos) la recepción de los
escritos de la escuela de Berkeley en los Andes ha tropezado con, al menos, un par de
obstáculos. Primero, debemos recordar que las propuestas teleológicas para narrar
la historia siguen siendo exitosas gracias a su fácil endose populista. En los Andes
este importante factor meta-académico explica buena parte del éxito de autores
como Tello. La lectura del pasado de la escuela de Berkeley mina los nacionalismos
fáciles. Segundo, hay ciertas limitaciones en la presentación y transmisión de los
resultados, ya observadas por Lathrap (1966) en sus críticas a The Paracas Pottery of
Ica. Por un lado, indicó que los autores de este libro asumieron erróneamente que
sus lectores estaban familiarizados con los aportes teóricos de Rowe, presentados
en sus artículos previos. Por otro lado, Lathrap observó que para leer la obra en
cuestión era preciso tener un armario de artículos y libros sobre arqueología andina
al lado, ya que se hacían múltiples referencias a imágenes no incluidas en ella o
rápidas alusiones a publicaciones poco accesibles. Las críticas de Lathrap resumían
dos puntos que aún afectan la recepción de la mencionada escuela en los Andes14.
Como han enfatizado quienes profundizaron en su obra, Rowe minaba las
distinciones entre arqueología e historia, leyendo la cultura material como si se
tratase de documentos (Fung, 1965; Hammel, 1969; Menzel, 1969). Y a ello
podemos agregar el procedimiento complementario: buscaba en el testimonio
escrito indicios del mundo material. Para moverse en ambas direcciones además
era preciso conocer los antecedentes de la disciplina por lo cual era imprescindible
ubicarse historiográficamente. Esta interdisciplinariedad constitutiva no solo
le permitió adelantarse a su tiempo, sino generar un modo radicalmente nuevo
de aproximarse al pasado precolonial. Como he tratado de mostrar, esta lectura
también impactó nuestra aproximación a la historia de la Arqueología.

14A esto podría agregarse el factor traducción: con excepción del libro de Menzel sobre el Horizonte
Medio (que es en realidad un artículo) y la reciente compilación de escritos cuzqueños de Rowe,
no hay obras de esta escuela en castellano. La traducción de los artículos teóricos de Rowe se limitó 249
al mimeógrafo sanmarquino.
Gabriel Ramón Joffré

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250 15Para evitar extender está bibliografía innecesariamente remito al lector al listado oficial de las
publicaciones de Rowe; ver las observaciones en el cuadro 1.
La Escuela de Berkeley y los Andes precoloniales: génesis del método (1944-1965)

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WILLEY, G. & SABLOFF, J., 1974 – A history of American archaeology,
252 pp.; Londres: Thames and Hudson.

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El rol del procesualismo en la arqueología peruana en la segunda mitad del siglo XX

El rol del procesualismo en la


arqueología peruana en la segunda mitad
del Siglo XX
John W. Rick

Introducción
Para quienes pasaron por las décadas de los años 1960 y 1970 pensando y
trabajando en la Arqueología, es fácil reconocer que este fenómeno llamado
Arqueología Procesual estuvo presente no solo en el mundo anglófono,
sino en la mayor parte del mundo, y sin duda, con influencias significativas
en el Perú. Por otro lado, se debe comprender también que la arqueología
procesual no fue una escuela de pensamiento fácilmente identificable con una
sola teoría coherente y una sola metodología asociada. Consistía en una gran
diversidad de perspectivas teóricas y tendencias metodológicas y, más aún,
de diversas actitudes académicas tomadas por sus muchos adherentes. Quien
pretendiera abarcar todos estos aspectos del procesualismo en un trabajo corto
se estaría engañando y, sin duda, ofendería quizás a la mayoría de lectores por
las omisiones o por caracterizaciones cuestionables. El enfocarse solo en el
marco de la arqueología peruana ayuda mucho a evitar este problema dado
que, como presentaré aquí, el Perú no fue el ambiente más propicio para
la entrada de la arqueología procesual, y así, no todas sus tendencias están
bien representadas en los proyectos arqueológicos, personalidades y trabajos 253
escritos. A la vez, propongo que el efecto de la arqueología procesual, si bien
John W. Rick

podemos aislarlo de otras «escuelas», es trascendental y fundamental en el


trayecto de la arqueología peruana y en aspectos todavía visibles de esta área
de estudios.
En este trabajo propongo, brevemente, las dimensiones teóricas,
metodológicas, históricas y sociopolíticas de esta tendencia en su ambiente
de origen. Obviamente un tratamiento comprensivo necesita más espacio
y hay varias versiones valiosas que pueden ser consultadas (por ejemplo,
Binford, 1972; Trigger, 1989; Willey & Sabloff, 1993). Luego analizaré las
condiciones del medio ambiente intelectual andino para la llegada, aceptación
(o rechazo) y crecimiento de esta tendencia. Finalmente mencionaré estudios
que demuestran el impacto del procesualismo, no sin antes reconocer
algunos estudios que se anticiparon, de manera precoz, a algunos aspectos
del procesualismo andino. Sin embargo, no es el propósito de este aporte
realizar un catálogo comprensivo de «quien-es-quien» dentro de la tendencia,
por falta de espacio y utilidad de un tratamiento bibliográfico. Tampoco
pretendo duplicar a los varios autores que abarcan más tiempo, área, y espacio
intelectual en la historia de la arqueología sudamericana (como Politis, 2003;
Oyuela-Caycedo, 1994 y especialmente para una visión amplia y bibliográfica,
Shimada & Vega-Centeno, 2011).
El presente trabajo fue originalmente contemplado meses antes y parcialmente
escrito, presentado solo algunos meses después de la muerte de Lewis R.
Binford, quien sin controversia puede ser reconocido como el padre del
procesualismo. Más que en muchas otras revoluciones académicas, él impulsó
los cambios, aceptó y tomó el rol, conscientemente, del líder del movimiento.
Además fue reconocido como uno de los arqueólogos más influyentes del
siglo XX, y publicó gran número de obras. Entre ellas la considerada como la
‘biblia’ temprana del movimiento (Binford & Binford, 1968), tres compendios
de sus artículos (Binford, 1972; 1983; 1989), y como su estilo de escribir era,
a veces, más que un poco opaco, más adelante publicaron un libro traducido
a lenguaje más asequible (Binford et al., 1983). Era una persona carismática,
controversial y de gran inspiración para quienes lo conocieron.

1. Procesualismo y la New Archaeology


Para definir a la arqueología procesual tenemos que confrontar su relación
con la New Archaeology. Mayormente se usan los dos términos en forma
254 intercambiable, preferentemente el primero en las últimas décadas. No puedo
El rol del procesualismo en la arqueología peruana en la segunda mitad del siglo XX

evitar pensar, irónicamente que este cambio en parte se debe a la facilidad de


usar el término «arqueología posprocesual» en vez de algo como «arqueología
posnueva arqueología», ¡algo parecido a «posposmodernismo»! Sin embargo,
pensar en la relación entre procesualismo y New Archaeology es importante,
dado que el primero sugiere que el enfoque de este conjunto de tendencias
es eminentemente teórico más que metodológico, lo cual es sumamente
equivocado. También deja de lado el contexto político-académico que fue de
gran importancia para el nacimiento de la New Archaeology.
Desconozco por completo cualquier nacimiento de algo llamado Arqueología
Procesual1. Este término no trata de los orígenes del fenómeno, que fue
llamado así, una vez que maduró lo suficiente como para tener nombre,
New Archaeology. Uso el término en inglés desde el principio porque es
importante la ortografía en dicho idioma. Al comienzo, muchos adherentes
de la tendencia usaron la palabra «archeology» (omitiendo la segunda «a»)
de manera muy intencional para separarlo de una supuesta arqueología
tradicional, que usaba la acostumbrada palabra ‘archaeology’. Este cambio en
la palabra no fue permanente, pues también fue adoptado por las entidades
arqueológicas, especialmente del gobierno de los Estados Unidos que no
fueron vistas como miembros legítimos. Así, «archeology» perdió su poder de
diferenciación. Aunque es solo uno de los muchos contrastes promocionados
por los New Archeologists, sirve para subrayar lo más importante: que no fue
otra cosa más que un movimiento, revestido de significado y especialmente de
identidad para los participantes. Hablaremos luego al respecto.
Arqueología procesual refiere principalmente a una orientación teórica
que enfatiza la investigación y explicación de procesos fundamentales,
generalmente asociados al cambio o evolución de la condición y organización
humana. Esto puede contrastar «teoría alta» con «teoría de rango medio» y
otras teorías que no abarcan fines tan globales, aunque no creo que algún
arqueólogo hubiera negado un interés en explicaciones de nivel alto, lo
cual implica que la atención a procesos fundamentales no es patrimonio
exclusivo del procesualismo. Así, el «procesualismo» no solo no trata de la
amplia gama de novedades del nuevo movimiento, sino que no establece una

1 Notablemente, el distinguido arqueólogo Bruce Trigger, en el índice de su importante libro sobre


la historia de Arqueología (1989), tiene la entrada «processual archaeology, See New Archaeology», 255
así indicando una clara preferencia para el segundo término.
John W. Rick

diferencia clara; es así una definición inadecuada para el fenómeno. Por otro
lado, New Archaeology sugiere a la novedad como su rasgo sobresaliente, a
pesar de haber nuevas escuelas de pensamiento y quizás movimientos nuevos
cronológicamente. Así, New Archaeology es un arcaísmo.
Mi propósito es incorporar aspectos de teoría, metodología y actitud académica
en el análisis presentado aquí. La acogida que tuvo la New Archaeology tenía
mucho que ver con el contexto político de su nacimiento, así como las
diversas formas de metodologías, en términos de estrategias de investigación,
procedimientos científicos, desarrollo o adopción de métodos específicos
de analizar los datos y materiales arqueológicos, y de énfasis en el análisis
cuantitativo. Estos nuevos enfoques metodológicos tuvieron un impacto tan
fuerte como el de la teoría misma. De esta forma, usaré el acrónimo P-NA
para el complejo que sirve como acrónimo para el «Procesualismo y la New
Archaeology»2.

2. Aspectos y elementos del P-NA


Quizás más que cualquier otra figura en la historia de la Arqueología, el
recientemente fallecido Lewis R. Binford tuvo mucho que ver en la formación
original de lo que ahora conocemos como procesualismo. Las raíces de su
pensamiento se encuentran en el neoevolucionismo, especialmente en las obras
de Leslie White (1959) y en el positivismo de Carl Hempel (1965) y otros.
Una tendencia funcionalista, especialmente en términos medioambientales,
se derivaba de Julian Steward (1955) y su simpatía con la escuela de ecología
cultural. Varios aspectos holísticos parecen estar relacionados con el discutido
Walter Taylor (1948), de décadas anteriores a los primeros trabajos de Binford.
No tengo la menor duda de que Binford fue un científico social convencido
de que sus planteamientos fueron acertados. Sin embargo, no hay manera
de divorciar su teoría y metodología evolutiva de la actitud realmente
revolucionaria que él sentía, lo cual dejó en claro con palabras muy personales
(Binford, 1972). En este sentido de generar algo nuevo, de desprestigiar a
la vieja escuela y dejarla por detrás, encontró a muchos jóvenes aprendices

2 La abreviación «PN-A» tiene la forma plural «PN-As», en referencia a los adherentes a este
movimiento. Pronunciado en español, el plural suena peligrosamente cercano a la expresión en
256 inglés pain-in-the-ass, pero no necesariamente es el propósito del autor asociar tal expresión con
miembros del movimiento.
El rol del procesualismo en la arqueología peruana en la segunda mitad del siglo XX

dispuestos a tomar las armas con él. En las décadas de los años 1960 y 1970,
el acercamiento a la ciencia fue un acto radical en la Arqueología, buscando
un sentido de verdad absoluta y comprobable que rechazaba al sentido y a la
realidad de una arqueología antigua, basada en percepciones y métodos no
explícitos. La nueva ola sintió que, en la arqueología tradicional, la reputación
y perfil del arqueólogo era tan importante como la lógica y coherencia de
sus conclusiones. Sin embargo, es obvio que recurrir a la ciencia como la
máxima autoridad implica que la ciencia en sí es uniforme y monolítica en
su configuración, lo que claramente no es cierto. Quizá no sea muy necesario
recordar que en los Estados Unidos, el tiempo en el que se desarrolló el P-NA
estuvo marcado por conflictos sociales antes desconocidos, por lo menos en
el último siglo, y que para los P-NAs las líneas de lucha con la arqueología
tradicional fueron tan reales y personales como un conflicto bélico. Existió
un sentido de alianza con el movimiento ambientalista y hasta una idea de
compartir simpatías con tendencias anti-establecimiento, o sea en contra de
una real o imaginaria colaboración entre la industria, los militares, y quizá el
gobierno. Una versión de materialismo, a veces casi explícitamente marxista,
existía dentro del P-NA, dando un sentido izquierdista a la New Archaeology,
por lo menos en los Estados Unidos. En total, había un sentido de militancia,
de identificación fuerte y personal con el movimiento en forma muy novedosa
para un área de estudios como la arqueología, que caracterizaba fuertemente
a los P-NAs.
En términos teóricos, el P-NA es más coherente en su perspectiva sobre lo que
es cultura en comparación con otros aspectos. La arqueología tradicional o
histórico-cultural vio a la cultura como una serie de rasgos «pasivos» resultados
de ideas, mayormente tradicionales o hereditarias, las que fueron compartidas
por un grupo de gente. En esta perspectiva, la variabilidad es vista como la
desviación de un promedio central, incluso «correcto», lo cual es un artefacto
histórico (porque viene como descendencia de sus antepasados) sin muchas
implicaciones funcionales. En cambio los seguidores del P-NA usaron una
definición de cultura funcional de referencia evolucionista, implicando
que la cultura era el medio extra somático de adaptación humana. Así, más
que un artefacto histórico, de tradiciones y descendencia, la cultura es vista
como una cosa activa, calculada o derivada para ser efectiva frente a desafíos
medioambientales, naturales o sociales, con implicancias obvias en relación a
la supervivencia. Entonces se puede percibir una separación de puntos de vista
históricos y le da un sentido de universalismo; lo que es una buena adaptación 257
en un contexto debe servir en otro ambiente parecido, sin importar en qué
John W. Rick

parte del mundo se encuentra o a qué tradición cultural pertenece. Una


extensión de este pensamiento pone un valor fuerte y una prioridad funcional
a los aspectos de cultura que llevaban al éxito en el mundo material. Esto no
quiere decir que el P-NA no tuvo interés ni optimismo en poder investigar
áreas de ideología y organización, sino que tenían la tendencia de ver estos
aspectos como secundarios, a veces apoyados por adaptaciones económicas.
Netamente, motivos individuales para decisiones y acciones fueron vistos
como adaptativos, en vez de resultado histórico, o de interés personal o de
agencia. Así, la perspectiva materialista hacía referencia general a la sociedad
más que a personas específicas y sus objetivos.
A partir de esto, había diversas divisiones entre arqueólogos que buscaron,
coherentemente, regularidades específicas entre condiciones, formaciones
y respuestas culturales que se podrían formular como leyes culturales de
manera literal (ver Flannery, 1967; 1982). En algunos casos, estas llegaron
a ser explícitas, como por ejemplo: ‘en condiciones X, los humanos
tomarán la acción Y’. Otro grupo de arqueólogos se fijó en regularidades
de interrelaciones de sistemas humanos con ecosistemas obedeciendo a una
interpretación particular de teorías de sistemas. Las relaciones e interacciones
entre las diversas entidades culturales y no-humanas podrían ser organizadas
en perspectivas de sistemas, y procesos tales como regulación, control,
incoherencia y manipulación que podrían ser tratados íntegramente siguiendo
esta perspectiva (Flannery, 1972). Problemas de sistemas cerrados y una
tendencia de priorizar procesos de equilibrio, tuvieron como consecuencia
la dificultad de entender los cambios evolucionarios en tales sistemas. Había
diferentes grados de militancia en estas perspectivas, variaciones entre ellas y
también ideas de corte más idiosincráticos. Algo en común, aunque ligado
más a quienes favorecían la búsqueda de leyes culturales, era la idea de que
la Arqueología es relevante en el presente en el sentido notable de poder
identificar regularidades en respuestas culturales a problemas que podrían
aplicarse a situaciones actuales.
A partir de las ideas del funcionalismo y la adaptación, había una fuerte
atención en el P-NA a las relaciones ecológicas de las culturas del pasado. Esta
tuvo implicancias en la importancia del análisis de los restos de organismos
derivados del medio ambiente en el sustento de los individuos. Basándose
parcialmente en las perspectivas de los antropólogos White y Steward
antes citados, había una tendencia en priorizar aspectos tecnoeconómicos
258 y materialistas de las culturas del pasado. Sin embargo, por otro lado, el
El rol del procesualismo en la arqueología peruana en la segunda mitad del siglo XX

mismo Binford reconoció aspectos económicos, sociales e ideológicos en


los datos arqueológicos, enfatizando que la Arqueología podría acceder
a cualquier aspecto de la cultura, por lo cual sus seguidores se negaron a
ser limitados exclusivamente a los aspectos materiales de la cultura. Es en
este optimismo relativo a los aspectos no materiales que hay cierta base para
el posprocesualismo y posiciones idealistas, con más perspectiva histórica.
Algunos PN-As lograron inclusive sugerir la prioridad de factores idealistas
en la explicación de la evolución de la complejidad a largo plazo (Flannery,
1972), pero poniendo una función importante en los rasgos culturales
resultados de la ideología, sin regresar a la posición tradicional de rasgos
‘inactivos’.
Sin embargo, estas bases teóricas que enfatizaron el orden y la predictibilidad
fueron naturalmente compatibles con procedimientos científicos que usaban
el método hipotético-deductivo. En ellos, las predicciones o hipótesis derivadas
de fórmulas, modelos o sistemas podrían ser explícitamente evaluados
mediante datos recogidos específicamente dirigidos al tema (Fritz & Plog,
1970). En mis años de «activismo» usé muchas veces en los debates la siguiente
declaración: «los datos recolectados sin un problema en mente no pueden
resolver nada». Esto es una ilustración de lo dogmático a que llegaban ser los
seguidores del P-NA. De manera muy importante, la formulación de hipótesis
debería tomar en cuenta múltiples aspectos del contexto, pero generalmente,
la historia y/o tradición no fueron aspectos aceptados en este ambiente, otra
vez, negando este aspecto importante de la cultura, implicando una debilidad
para el P-NA que abría puertas a sucesivas escuelas de pensamiento. Por otra
parte, la necesidad de poner a prueba las predicciones implicaba la colección
sistemática de datos, y así una metodología de trabajo de campo más dirigida,
organizada y calculada que lo normal para la arqueología tradicional. Aunque
no es generalmente reconocido, el mismo Binford (1972) enfatizó que un
sentido general de usar una metodología superior de campo acompañó al
nacimiento de la New Archaeology.
Willey & Sabloff (1993) proponen una evolución del P-NA en la cual
muchos de los aspectos mencionados arriba pertenecen a una primera
fase; en la segunda hay una creciente sofisticación de la aplicación de
metodología científica. Mucho de ello tenía que ver con el establecimiento
de una conexión entre evidencia arqueológica y acciones, comportamientos
o estados de sistemas culturales activos y dinámicos. Hay muchas rutas
hacia esto, algunas basadas en la formulación de modelos de formación de 259
John W. Rick

sitios (Schiffer, 1976), otras en proposiciones teóricas de la relación entre


comportamientos y restos arqueológicos específicos (teoría de «rango
medio») (Watson et al., 1971), y también el uso formal de la analogía entre
formaciones culturales históricas y las del pasado arqueológico. De lo último
surgió la metodología de la etnoarqueología, que buscaba regularidades entre
condiciones etnográficas conocidas y restos «neo-arqueológicos», resultando
de estas observaciones, comportamientos y, obviamente, restos arqueológicos
estructuralmente parecidos a las condiciones observadas. Estos aspectos muy
importantes del P-NA pueden resumirse como el establecimiento de una
conexión lógica y hasta comprobada entre los restos fosilizados y estáticos del
registro arqueológico y los dinámicos sistemas culturales del pasado. O, más
sencillo aún, como la respuesta a la interrogante «¿Cómo sabes?» frente a una
inferencia del significado de los restos arqueológicos.
En suma, ¿cuáles son las características que podemos esperar de los individuos
o proyectos asociados con P-NA? Por la misma diversidad que enfatizo aquí,
es obvio que no se encontrarán todas las siguientes características, aunque por
lo menos algunas de ellas:
• Una atención teórica a procesos significantes, o sea cambios o continuidades
culturales, y atención a su explicación.
• Una definición de cultura como agente activo de importancia en la
adaptación humana. Por lo menos que esta idea sea implícita en las
perspectivas del investigador(es).
• Una perspectiva evolucionista, o sea, atención en la derivación de formas
posteriores provenientes de formas anteriores, con implicancias en la
supervivencia de formas de mayor efectividad en alguna medida.
• Un intento de generalizar hacia la importancia universal humana y no solo
histórica o en contextos limitados.
• Una perspectiva derivada de la teoría de sistemas, buscando interrelacionar
en forma sistemática a humanos con procesos naturales, sociales e
ideológicos.
• Atención principal a la función del material cultural como resultado de acciones
intencionales antes que reflejos de identidad o herencia histórica-cultural.
• Actitud positivista; que la investigación es capaz de producir resultados
que se acercan a la realidad, a pesar de otras influencias individuales,
260
contextuales o culturales del investigador.
El rol del procesualismo en la arqueología peruana en la segunda mitad del siglo XX

• Una tendencia hacia el procedimiento formal científico, muchas veces


reflejando el método hipotético-deductivo.
• Un énfasis en aspectos económico-materialistas, especialmente en
relaciones ecológicas, de subsistencia y tecnología extractiva en la obtención
de necesidades vitales.
• Un optimismo relativo a que la Arqueología pueda generar resultados sobre
cualquier aspecto de la cultura, desde la economía hasta sistemas sociales y
mundos ideológicos.
• El uso de comprobación sistemática y numérica, buscando evidencias
lógicamente relacionadas con el fenómeno investigado, y muchas veces
usando pruebas estadísticas.
• Una formalización del muestreo, buscando representatividad que permita
que una muestra pequeña sirva para comprobar o refutar una hipótesis.
• Formulaciones lógicas y explícitas de la relación entre restos arqueológicos
y su interpretación en términos de condiciones culturales del pasado,
usando analogía etnográfica, etnoarqueológica y teoría de formación del
registro arqueológico.

3. El contexto centro andino para el P-NA


El P-NA fue una tendencia tan fuerte en Norteamérica e Inglaterra que sería
sorprendente que no hubiera tenido un impacto significante en la arqueología
andina, la cual cuenta con la presencia de investigadores de estas naciones. Sin
embargo, dado que el P-NA era en parte el resultado de procesos políticos y
tendencias específicas en los Estados Unidos de Norteamérica (Trigger, 1989),
es también inevitable que el contexto no fuera completamente compatible en
regiones que cuentan con realidades distintas, tal como el Perú.
En contraste con la fuerte influencia científica en la metodología del P-NA en
el extranjero, la arqueología existente en el Perú fue un contexto muy distinto
en su actitud hacia el rol de las ciencias naturales en las ciencias sociales. La
arqueología tradicional peruana, desarrollada por investigadores nacionales e
internacionales, fue muy pocas veces científica en metodología o en teoría,
tampoco fue muy cuantitativa o estadística en orientación. Estos aspectos
estaban integrándose notablemente desde antes del P-NA en el caso de los
EE.UU. y del Reino Unido. En parte esta diferencia se debía a la riqueza de 261
los datos en la mayoría de las investigaciones andinas. Cuando se encuentra
John W. Rick

arquitectura amplia, objetos diversos y bien conservados, o iconografía muy


desarrollada y compleja, las tareas de descripción e interpretación son en
cierta forma más directas, obvias y exigentes. No se necesitaba calibradores
ni activación de neutrones para hacer un análisis de cerámica Moche, por
lo menos al principio, y los conteos y porcentajes fueron generalmente los
límites de los métodos «numéricos» andinos. En parte por influencia del
reconocido John H. Rowe, la cronología se basaba fuertemente en el análisis
estilístico, aunque una teoría del estilo no fue muy aparente en estos trabajos
(también ver Ramón en este volumen).
Las metodologías de fechado provenientes de las ciencias naturales, que ayudaron
a establecer cronologías como esquemas temporales relativamente confiables
en otras partes del mundo, no fueron tan aceptadas ni de tan fácil alcance
entre todos los investigadores en el Perú. Cabe resaltar también la ausencia (la
mayoría del tiempo) de laboratorios especializados y la falta de disponibilidad
de fondos para análisis especializados. Es ampliamente reconocido que la etapa
previa al P-NA en las Américas se caracterizó por establecer la presencia de
entidades culturales en espacio y tiempo, requiriendo a la cronología como
base. Esta arqueología tradicional, antepasado y hasta reconocido adversario
del P-NA, fue a la vez, en cierto sentido, un paso preliminar y necesario para
poder realizar los estudios procesuales y analíticos del P-NA.
Probablemente la barrera más fuerte para la aceptación de todo el «paquete»
del P-NA en el Perú fue el factor de la historia, en varias dimensiones. En
primer lugar, fue innegable la influencia histórica con la información tan
directa proveniente de las fuentes históricas relacionadas a los incas y otras
entidades culturales andinas. Había conocimientos detallados, especialmente
relevantes a los aspectos intangibles de las sociedades de épocas tardías en
la arqueología del Perú que hicieron aparentemente innecesarios ciertos
aspectos del P-NA. Por ejemplo, el énfasis fundamental de Binford en buscar
la función de los artefactos en las esferas económicas, sociales o ideológicas
no fue tan necesario para una gran parte del material cultural andino, cuya
función es interpretable a través de los cronistas o de la continuidad de las
culturas andinas del presente. También había, y aún hay, tanta atención a los
restos arqueológicos en colecciones de la cultura reciente y actual peruana,
que abunda un sentido de saber mucho sobre el pasado, siendo esto verdad o
mitología moderna.
En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, había cierta tendencia
262
en ver las culturas andinas como un trayecto separado y especial, cuyo valor
El rol del procesualismo en la arqueología peruana en la segunda mitad del siglo XX

no se reducía en servir como ejemplo de procesos universales, sino como


un caso especial. Sabios influyentes, como por ejemplo John Murra (1962;
1975), buscaban lo especial y único en el carácter de lo andino, más no la
búsqueda de regularidades a nivel mundial. Sin duda el Indigenismo como
tendencia, el cual refuerza la idea de diferenciación y hasta superioridad de
ideas autóctonas, fomentaba cierto desagrado por las ideas universalistas tan
notables en el P-NA. Finalmente, el énfasis en la historia dentro de la teoría
marxista llevó a una contradicción con el P-NA, lo cual encajaba de manera
armónica con la desconfianza de materialismos nacientes en un contexto tan
fuertemente capitalista como el desarrollado en los Estados Unidos.
Por otro lado, en una región de gran diversidad ecológica como los Andes
Centrales, y de tanto desafío de condiciones extremas, el P-NA tenía un rol
clave que jugar. La tendencia del P-NA en priorizar relaciones materiales
y adaptación al medio ambiente iba a tener un buen rol que jugar bajo
estas condiciones ecológicas. Probablemente la tendencia en ver sistemas
de subsistencia dentro de esta diversidad, desde cazadores-recolectores
hasta agricultores incipientes, terminando en varios sistemas intensivos de
producción de alimentos domesticados, es el rol más obvio que pudieron
tomar los adherentes al P-NA.
Los Andes Centrales, centro de desarrollo de agricultura y formaciones
sociopolíticas complejas, es obviamente propicio para el análisis procesualista,
que trata de buscar explicaciones de largo plazo de estos procesos clave no solo
para la región, sino a nivel mundial. Además, procesos como interacción e
intercambio deberían figurar notablemente en la diversidad medioambiental
de los Andes. El control vertical de Murra (1972) es, quizás, el estereotipo
de lo potencial de esta perspectiva, aunque puede ser visto como precursor o
resultado de atención al medio ambiente, que obviamente no fue restringido
a la arqueología, sino más bien fue derivado en buena parte del desarrollo de
esta escuela en la antropología misma.
Por lo tanto, habían estas dos perspectivas que influyeron en forma positiva
para el P-NA en los Andes: la adaptación al medio ambiente y el desarrollo
de estados y otras formaciones sociopolíticas complejas en el área. Además, la
arqueología andina también tenía algunas de las condiciones que favorecían
un cambio hacia nuevas escuelas de pensamiento y metodologías novedosas.
Aunque irónicamente no ofrecido tan explícitamente como revolución, la
atención explicita a la teoría, especialmente en los trabajos de orientación
263
marxista de Luis G. Lumbreras (1972; 1974) creó un ambiente de cambio
John W. Rick

en el cual podría ser más aceptable nuevos puntos de vista con algo en
común. Compartieron perspectivas generales con énfasis en la explicación de
fenómenos culturales a gran escala, y una sistematización de pensamiento y
análisis que buscaba, a su vez, la confiabilidad ofrecida por la ciencia en sus
diferentes formas.

4. La presencia del P-NA en la arqueología centro andina


No es sorprendente que el P-NA se introdujo principalmente a partir de
investigadores norteamericanos. En busca de precursores, es inevitable
preguntarse si el proyecto Virú (Willey, 1953) era antecedente de posteriores
direcciones tomadas por los adherentes del P-NA; para mí la respuesta es
claramente afirmativa. Aunque limitado en la atención explícita a recursos
naturales rigurosamente cuantificables, la significancia de las distribuciones
de yacimientos en términos de evolución de sistemas políticos complejos, la
relación con recursos clave como el agua y su manipulación, y una tendencia
hacia una explicación formal de desarrollos a largo plazo, distinguen a este
proyecto como una flecha apuntando a direcciones del futuro entre los
arqueólogos del P-NA. Más interesante es su impacto no muy inmediato en
estas direcciones; la semilla fue sembrada, pero la planta no creció con rapidez.
Por las mismas razones, otros proyectos posteriores que involucraban catastros
amplios y análisis de patrones de asentamiento, han sido en muchos casos
relacionados al P-NA. Los reconocimientos de Parsons et al. (2000) en la
sierra central o Wilson (1988) en el valle bajo del Santa son descendientes en
muchos sentidos del Proyecto Virú, pero con atención todavía más explícita a
la zonificación ecológica y a los procesos de cambio a través de tiempos largos.
Asimismo, tampoco sorprende que las direcciones hacia el P-NA fueran
precoces y fuertes en estudios relativos a sociedades más ampliamente ligadas
al mundo natural, tales como las del Precerámico. En este punto tal atención
era más uniforme entre extranjeros y nacionales. Por ejemplo Cardich (1958)
pensaba claramente en las dimensiones medioambientales de las ocupaciones
de las cuevas de Lauricocha, aunque era distante del P-NA en tiempo y
espacio, y también en muchos aspectos metodológicos (también ver Politis
en este volumen). Lanning (1963) se enfocaba en el uso de las lomas y otras
dimensiones ecoeconómicas en sus trabajos en Ancón, y buscaba explicación
de cambios culturales en variabilidad climática y consecuentemente, en los
264 recursos naturales. Thomas Lynch (1971) formuló una visión de trashumancia
precerámica entre zonas de recursos estacionales, siguiendo la misma
El rol del procesualismo en la arqueología peruana en la segunda mitad del siglo XX

línea de relaciones medioambientales como fuente de estructura de la vida


económica humana para cazadores-recolectores. Por su parte Rick (1983)
eventualmente cuestionaría la lógica de la trashumancia costa-sierra, además de
la reconstrucción de la vida en Ancón, usando la misma lógica. Seguidamente
Moseley (1972) relacionó recursos y cambios demográficos en un análisis del
precerámico costeño. Sin embargo cabe preguntarse si es que esta atención
se debía a una dirección teórica consciente, o si era quizás resultado de la
ausencia de un abundante repertorio de material cultural, motivando que los
estudios se elaboraran en las direcciones posibles para dar un sentido de validez
y profundidad. Probablemente dicha atención sea una combinación de ambos
factores y creo que es razonable contemplar el arribo del P-NA como legítimo a
estos estudios de sociedades tempranas, dando un campo intelectual evolutivo
y de adaptación suficiente para promocionar dicha área de estudios.
Las debilidades de estos estudios, frente a los militantes del P-NA, estimularon
fuertemente a estudios más profundos acerca del Precerámico. En mi caso,
encontré algo inadecuada la forma tan fácil con la que otros arqueólogos
calificaban de muy marginales a los recursos y potencial de apoyo para
los grupos humanos de la puna central del Perú, estimulando algo más de
formalidad en la cuantificación de tales recursos y generando modelos e
hipótesis más formales sobre el carácter de la ocupación Precerámica de la
puna (Rick, 1980; 1983). Llegué al Perú con todo el paquete: la necesidad
de cuantificar, presentar pruebas formales y llegar a un punto de aceptar o
descartar las suposiciones basadas completamente en un supuesto uso racional
de recursos que se podría aplicar a cualquier parte del mundo donde existieron
similares constelaciones de especies, estacionalidad, comportamientos y
productividades. Busqué la lógica de sedentarismo dentro de cazadores-
recolectores sencillos como un proceso de adaptación (Rick, 1988), y hasta el
arte rupestre fue visto por mí como una adaptación al medio ambiente (Rick,
2000). Modelos formales, en forma de simulaciones de la caza de vicuñas
fueron empleados para pronosticar, de manera muy hipotético-deductiva,
qué se puede esperar de restos de fauna resultados de diferentes maneras de
cazar este recurso importante (Rick & Moore, 1999; 2001). La variabilidad
en las formas de las puntas de proyectil, en vez de ser una variación estilística
sin explicación o referencia temporal, era vinculada a la dimensión de
la organización social, reflejando el optimismo que cualquier fenómeno
humano puede ser observable por el arqueólogo (Rick, 1996). Explícitamente
vinculé los resultados de mis estudios con la condición de la sociedad actual 265
y la habilidad humana de adaptarse exitosamente a recursos susceptibles a la
John W. Rick

sobreexplotación, sin referencia a una tradición explícitamente andina. Sería


difícil encontrar un ejemplo más directo de la presencia del P-NA, en muchas
de sus dimensiones, en los Andes.
Sin embargo, al mismo tiempo M. Moseley (1975) estaba formulando algo
muy parecido para el Precerámico Tardío de la costa, basado en consideraciones
de la potencia marina para abastecer y estimular formaciones complejas. Su
planteamiento llegó a ser una de las hipótesis o modelos más reconocidos.
Sin mucha sorpresa, pronto aparecieron competidores desafiando la idea
de la productividad o capacidad productiva frente a las posibilidades
de la agricultura temprana en los valles costeños. Enseguida hubo una
cuantificación antes desconocida de recursos y productividades, debates
de representatividad de muestras y otras evidencias de un universalismo
en las cuales las dimensiones medioambientales forman la esencia de los
argumentos (Osborn, 1977; Quilter, 1991; Raymond, 1982). Lo interesante
con esta controversia es que fue realizada entre arqueólogos del P-NA; así
sugiere cierta madurez a esta tendencia, que ya fue capaz de definir las reglas
de batalla en los Andes. El trabajo de Cohen (1977) está en cierto modo
relacionado, tratando de demostrar qué límites productivos, combinados con
la capacidad de crecimiento de las poblaciones humanas en los Andes, eran
suficientes para explicar las transiciones fuertes de subsistencia, tales como
los orígenes de la agricultura. En ambos casos, el proceso ‘civilizatorio’, y los
orígenes de la agricultura, vemos una redirección hacia procesos de interés
mundial, claramente un reflejo de tendencias P-NA.
Es notable que no hubiera en el Perú, entre los peruanistas dedicados (para
no incluir a Cohen), alguien que explique el fenómeno de los orígenes de la
agricultura con una teoría fuerte y reconocida a nivel mundial. R. Carneiro
(1970), notablemente, usó la realidad limitante de espacio cultivable en
valles costeños centro andinos para sustentar su idea de circunscripción. No
obstante, hasta ahora destaca la ausencia de trabajos monográficos acerca de
los orígenes de la agricultura en el Perú. La domesticación de camélidos ha
merecido más atenciones relacionadas con las perspectivas del P-NA, dejando
modelos variados que incluyen modelización y hasta simulación relativamente
formal (Pires-Ferreira et al., 1976; Wheeler, 1999).
Los sistemas agrícolas ya existentes han sido vistos en varios contextos bajo
la influencia medioambiental. Buenos ejemplos incluyen a la agricultura
en el altiplano del Titicaca, no solo por la capacidad productiva de formas
266
tales como los campos elevados, sino también por su susceptibilidad de fallar
El rol del procesualismo en la arqueología peruana en la segunda mitad del siglo XX

cuando las condiciones climáticas cambian (Binford et al., 1997). Asimismo, la


susceptibilidad de sistemas agrícolas de colapsar bajo inestabilidades y desastres
ha sido sujeto de importantes estudios, así respondiendo no solo a fluctuaciones
predecibles, sino también a condiciones anormales (Moseley, 1977).
Para el caso de la sierra, los estudios explícitamente cuantitativos fueron de
gran influencia, aunque no netamente arqueológicos. Desarrollados por Baker
& Little (1976), Winterhalder & Thomas (1978) y otros, estudiaron pueblos
indígenas de los Andes desde una perspectiva netamente científica. Estos
trabajos cuantificaron los factores energéticos de manera científica, dando
espacio a los arqueólogos para entrar en consideraciones más serias acerca de
la naturaleza de los modelos relacionados con la teoría de sistemas. A pesar de
que estos estudios no fueron arqueológicos en sí, representan fundamentos y
mediciones sin los cuales el P-NA no podría funcionar con seriedad.
Es obvio que en una región como el Perú, el desarrollo del Estado viene a
ser uno de los procesos de mayor importancia y, de por sí, un enfoque de
atención para los seguidores del P-NA. Los argumentos formulados para los
orígenes del Estado generalmente reflejan puntos de vista en algo teóricos,
y en ellos han figurado perspectivas que tratan de teoría de sistemas, de
procesos demográficos o de control de recursos. Vale la pena plantearse la
siguiente pregunta: ¿en qué trabajos y proyectos ha habido una consideración
explicita de la evolución del Estado? Creo que junto a los pocos ejemplos
de esfuerzos verdaderamente marxistas —o sea, los que llevan más que unas
cuantas palabras superficiales sobre el tópico— son los proyectos de tendencia
P-NA los que más han desarrollado nuestros conocimientos acerca de esta
transición trascendental. Más aún, al exigir un análisis de factores explícitos
(pruebas tangibles) han dado una base de ciencia social a la arqueología
andina. Los trabajos que podrían ser en algo identificados con el P-NA, sin o
con el acuerdo de sus autores, son demasiado numerosos para ser detallados
aquí. Tres ejemplos serán suficientes para ver que el problema de orígenes
del estado era explícitamente importante para los arqueólogos P-NA. El más
directo es el trabajo de Isbell & Schreiber (1978), dedicado directamente
a decidir si Wari era un estado o no. Los otros dos son libros colectivos,
parcialmente o totalmente dedicados a los comienzos de estados en los Andes
centrales (Haas et al., 1987; Jones & Kautz, 1981).
Por otro lado, es notable que los arqueólogos P-NA del área andina en cierto
modo contribuyeron sorprendentemente poco al tema central de por qué se
267
desarrollaba el Estado en los Andes. Es verdad que escribieron sobre el proceso,
John W. Rick

o las características de los estados andinos, o hasta factores influyentes en el


proceso. Pero, es notable que de las teorías ‘clásicas’ para la explicación del
estado, el único notable que trata del Perú, pero solo en parte, es el de Carneiro
(1970) antes mencionado, y él no era andinista. Hay la posible excepción de
posiciones marxistas, pero por un lado, a nivel mundial los del Perú no son
generalmente reconocidas como posiciones o teorías universales y aplicables
en otras partes, y por otro lado, no son en sí del P-NA. Es posible que el
universalismo tan fuerte del P-NA lo condujo a formular teorías globales,
aunque obviamente no fueron la primera escuela en hacerlo. Otra razón que
puede influir en el caso del Estado es la atención fuertemente enfocada en el
proceso de urbanismo, quizás más que para el Estado. Es más fácil identificar
una ciudad o procesos urbanísticos, que el Estado en sí. Puede ser una razón
por la cual la cultura Moche, que podría ser considerada como una buena
posibilidad para los comienzos del estado andino, haya escapado sin tanta
atención explicita al asunto.

5. Presente y ausente. ¿Qué aspectos del P-NA llegaron al Perú?


Es innegable que el P-NA tuvo, y tiene, una presencia en el Perú, pero
más interesante es ver qué partes de este complejo de ideas fueron mejor
representados en los Andes Centrales, y por qué. Aquí me limito a unas
observaciones generales, y quizás provocadoras.
El complejo de atención al medio ambiente, junto con conceptos de
adaptación, y atención a un ‘núcleo’ de factores económicos está muy bien
representado en estudios P-NA andinos, como se pudo ver en la sección
anterior. La diversidad ecológica, la importancia de la domesticación, las
conocidas economías andinas mitigaron a favor de esta presencia, y quizás
ciertas simpatías, si no isomorfismos con perspectivas marxistas probablemente
son algo responsables por este énfasis. Muy interesante en este sentido es la
falta en su mayoría de una explícita consideración de la cultura como medio
de adaptación. Creo que la predominancia tradicional de estudios de arte
y estilo en materiales arqueológicos no favorecieron a una alternativa que
buscase explicación menos emotiva y más objetiva.
Los grandes procesos sí recibieron atención notable del P-NA, documentado
anteriormente. Esto requería de por lo menos un tratamiento modesto
teórico, pero pocas veces llegaba a un tratamiento teórico extendido. La
268 norma para los artículos P-NA fuera de los Andes llevaba un largo preámbulo
El rol del procesualismo en la arqueología peruana en la segunda mitad del siglo XX

teórico, generalmente contextualizando el estudio dentro del marco mundial


teórico. En el caso de los arqueólogos del P-NA andinistas, es mucho más
raro este rasgo. Mucho más presente es una contextualización dentro de lo
conocido de los Andes —patrones y conocimientos que explican la condición
observado en los datos—. En este aspecto la tendencia original de tratar a los
Andes como un caso especial controlaba al universalismo del P-NA, y se ve
muy poco de una orientación evolucionista comparada con lo que pasó afuera
del país. Así no deja sorprender, tampoco, la ausencia de generalizaciones
como leyes de comportamiento, o formulaciones substanciales de teoría de
sistemas. En el caso teórico se la podría ver como una mezcla de influencias,
con ausencias notables.
En términos metodológicos, el P-NA tuvo un impacto notable, pero
incompleto. Los métodos científicos se propagaron más, bajo la presencia
del P-NA, pero sería imposible insistir que era solo a base de esta influencia.
La atención a la función de los materiales culturales dentro de las sociedades
antiguas ha sido tocado, pero no con profundidad en muchos casos. Todavía
menos notable fue el énfasis numérico-estadístico comparado con, por
ejemplo, estudios en los EE.UU. El manejo de bases de datos y análisis en
computadora ha estado presente, tanto como la ilustración digital. Lo que
faltaba casi por completo, lamentablemente, ha sido la atención al muestreo
y a la representatividad. La falta de muestras representativas probablemente se
debe mucho a la escala de sitios y materiales que resultaban de la investigación:
¿quién puede muestrear una subregión o un sitio urbano andino? ¿Cómo
realizar una muestra aleatoria de Chan Chan? Las metodologías del P-NA
de muestreo fueron desarrolladas generalmente para sitios de escalas
relativamente modestas, y con pocos restos superficiales de arquitectura clara.
Más común que la pregunta «¿cuál es la estructura del sitio y su diversidad
interna?» ha sido «qué podemos determinar de las estructuras de tipo X?».
Pero la falta de representatividad ha implicado menos uso de comprobación
numérica de hipótesis, ya que la validez de los datos es menor frente a muchos
aspectos investigatorios.
Es cierto que los estudios que usan cuantificación y pruebas estadísticas
formales, y hasta hipótesis explícitamente formuladas, han disminuido
últimamente en correlación con las tendencias mundiales. Cada vez más
los arqueólogos están usando datos dimensionales directos, en formas de
distribuciones locales o regionales, modelos en 3D, utilizando el GIS y otras
metodologías gráficas. Esto demuestra la riqueza, a veces poco profunda pero 269
John W. Rick

tecnológicamente capaz que tenemos y podemos esperar crecer en el futuro.


Perdida hasta ahora en este proceso se encuentra la siguiente pregunta:
¿cómo sabemos diferenciar cuando nuestra percepción tiene razón, y cuándo
simplemente estamos siguiendo nuestras preconcepciones? Esta interrogante
es suficiente para hacer extrañar los esfuerzos del P-NA en establecer el
concepto de comprobación de proposiciones e hipótesis, tan cerca del corazón
mismo de este movimiento.
Finalmente, el área de menos impacto ha sido el de la epistemología y la
metodología de investigación. El Positivismo, por ejemplo, es pocas veces
mencionado, y tampoco otras alternativas —es más bien una falta general
de importancia sobre perspectivas tan amplias—. El extremo hipotético-
deductivismo, que estructuraba muchos trabajos de investigación en los
EE.UU. tanto como sus publicaciones, está realmente ausente en los trabajos
P-NA andinos. ¿Cuántas veces en arqueología peruana se ve una formulación
detallada de hipótesis, una consideración explícita de la información necesaria
para ponerlos a prueba, y después el llegar al rechazo o aceptación de la
validez de ellas? Esta rigidez, pienso personalmente, no fue necesariamente
la fuerza del P-NA, y su ausencia quizás se debe más por la demora en llegar
al Perú y a las influencias de los peruanistas en los arqueólogos P-NAs —y se
moderó relativamente rápido, inclusive entre quienes se consideran todavía
procesualistas—.

Conclusión
La introducción explícita del P-NA en los Andes centrales ha sido sentida de
manera muy diferente según el aspecto contemplado, pero en general, muy
pocos proyectos reflejan un amplio rango de las características propias de esta
«escuela». Lo más importante es claramente una atención al medio ambiente
y una perspectiva con atención a la adaptación a las abundancias, escaseces
y características de las zonas andinas. Incluso la idea de verticalidad refleja
esta perspectiva, sin embargo, es muy interesante que el funcionalismo de
varios tipos haya sido de mucha menor importancia. Aún más raros son los
trabajos que siguen los planteamientos de la teoría de sistemas, o que buscan
«leyes culturales»; así los aspectos universalistas del P-NA están presentes de
manera irregular en el Perú. Sin embargo, en términos del análisis de procesos
de gran implicancia, no se puede negar una apertura a consideraciones que
270 incluyen teorías importadas de fuera de la zona, y cierta integración a análisis
El rol del procesualismo en la arqueología peruana en la segunda mitad del siglo XX

similares de otras partes del mundo. La metodología científica ha tenido


una acogida más o menos fuerte en términos de la adopción de métodos de
análisis científico, mucho más que el procedimiento general de la ciencia.
Quizá incluso de más importancia sea la propia visión de cultura que tenían
los P-NAs. Muy pocas veces es explícita como consideración, pero en sí, ¿se
puede identificar tendencias idealistas o funcionalistas como en las escuelas
tradicionales o P-NA de los EE.UU.? La fuerte tradición de clasificación de
cerámica, la cual ha sido quizás la característica más notoria de la arqueología
peruana, y también los esfuerzos notables de arqueólogos importantes en el
escenario local, tales como J. Rowe, B. Meggers, L. G. Lumbreras, R. Shady,
P. Kaulicke, R. Burger y otros, es casi intrínsecamente idealista y cualquier
tendencia de ver en la cerámica una tendencia estratégica, de adaptación o
cualquier intento funcionalista, ha sido muy poco enfatizada. De igual forma
se puede referir a actitudes relativas a la arquitectura, aunque sin duda los
estudios de patrones de asentamiento buscan una explicación basada en las
distribuciones netamente funcionales de los sitios en el marco de sus medio
ambientes y relaciones geográficas.
Entonces, la arqueología P-NA ha tenido un impacto muy diferencial entre
la constelación de características del movimiento. Por razones notables y
complejas, su difusión ha sido limitada, pero no así su impacto. Es difícil
imaginar cómo estaríamos si nunca hubiese existido un movimiento
P-NA. La presencia del P-NA contribuyó fuertemente a la formalización,
sistematización, y teorización de la arqueología en el mundo anglófono, y creo
que también tuvo influencias parecidas en el mundo andino. Una tendencia
hacia la ciencia y la explicación de fenómenos culturales importantes es
evidente, y creo, duradera. Aspectos de la P-NA ya se sienten arcaicos, y las
‘nuevas perspectivas’, antes el dominio de la P-NA, siguen llegando. Superar
los límites de la P-NA ha sido beneficioso, pero hay mucho que no ha sido
descartado, y se hace muy incómodo contemplar cómo hubiera sido mi
vida intelectual vivida bajo las limitaciones de la arqueología ‘tradicional’.
Consciente o no, muchos de nosotros seguimos siendo P-NA en gran parte.
Una observación general es que la llegada del P-NA al Perú no tuvo el
significado revolucionario que había en los EE.UU. donde la revolución era
novedosa mientras que en el Perú había cambios de perspectiva fuertes ya
en proceso, aunque tampoco tan revolucionarios en su impacto. Por eso,
nunca hubo peleas fuertes y a veces personales y teóricamente polarizadas
271
entre el P-NA y la arqueología tradicional andina. Soy testigo de fricciones
John W. Rick

fuertes, principalmente entre norteamericanos, sobre detalles de estrategias


de investigación que se manifestaron en el momento de reseñas de becas y
publicaciones. Pero en el mundo andino nunca vi tales conflictos. Nunca
vi una pelea vengativa entre por ejemplo, Lumbreras y Binford. No estoy
seguro, pero no creo que Binford haya estado presente en el Perú; en el caso
que hubiera existido un enfrentamiento entre las visiones del P-NA y la
arqueología marxista-peruana, creo que los protagonistas hubieran llevado
sonrisas en el combate (fig. 1) por lo que tenían en común, en términos
intelectuales e históricos. Es un contexto diferente, y especial. Por algo
referimos a estos lares como «el mundo andino».

Figura 1 – Enfrentamiento imaginario entre Luis G. Lumbreras y Lewis R. Binford


Creado por Miguel Ortiz para este artículo

Agradecimientos
Estoy muy agradecido a los organizadores del evento original por mi inclusión, y
especialmente por la paciencia mostrada en la preparación del documento. El texto
se ha beneficiado mucho de las atenciones editoriales e ideas prestadas por Rosa
272 M. Rick y Augusto Bazán, y la ilustración genial de Miguel Ortiz. Aprendí mis
primeras lecciones del P-NA de John M. Fritz, a quien puedo culpar por mi interés
El rol del procesualismo en la arqueología peruana en la segunda mitad del siglo XX

a largo plazo en este movimiento. Kent V. Flannery fue mi influencia más fuerte
en mi formación profesional; creo que con él la revolución maduró notablemente,
permitiendo su continuada existencia en varias formas.

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276
La arqueología marxista en el Perú. Reflexones sobre una teoría social

La arqueología marxista en el Perú


Reflexiones sobre una teoría social1

Luis Guillermo Lumbreras

Este capítulo es una reflexión en torno a una postura teórica sobre la


Arqueología. Nosotros asumimos que la Arqueología es una disciplina cuyo
objetivo es rescatar la información que existe sobre antiguas culturas de
nuestro pueblo. Esta es una postura que tiende a mostrarnos una imagen
de nosotros como resultado de anteriores culturas. Esto está organizado
de tal manera que cuando pensamos en las viejas culturas rescatadas por la
arqueología, pensamos absolutamente en abstracto de qué cultura somos
herederos. ¿Podemos algunos de nosotros considerarnos herederos de una
cultura Chavín o de lo que se ha encontrado en Caral?, ¿somos herederos y
representantes de estas culturas? Yo creo que comemos distinto, pensamos
distinto, somos distintos.
Evidentemente dentro de esta concepción que nos aproxima a nuestra
historia a través de esta abstracción llamada cultura, existe un contenido muy
singular. ¿Se han puesto a pensar por qué causas desaparecieron las culturas
en el Perú el día que llegó Francisco Pizarro? Hablamos del antiguo Perú con

1Este texto está basado en la conferencia dictada en la Cátedra Tello y que apareció publicada en
2010. La versión aquí presentada fue revisada en marzo de 2012 por el autor conjuntamente con 277
Henry Tantaleán.
Luis Guillermo Lumbreras

cosas como estas: Primero las culturas del Precerámico, luego de Chavín,
Nasca, hasta los incas, pero el día que llegó Pizarro y sus huestes, se acabaron
las culturas. ¿Qué pasó con ellas? ¿Desaparecieron de pronto las culturas?
¿Ya no hay más cultura en Ayacucho o en Cusco? Ni siquiera hablamos de
una cultura, digámosle, colonial. Como que desapareció la categoría analítica
cultura y desde la llegada de Pizarro comenzamos a hablar de las guerras entre
los españoles, que fue una cosa concreta. Comenzamos a hablar dentro de
nuestra propia historia cómo se fue levantando la ciudad de Lima, Huamanga,
etc. Comenzaron a crearse una serie de obras públicas concretas en todo el
Perú. Se acabaron las culturas. ¿Acaso se acabó esa historia antigua de indios,
individuos abstractos de los cuales teóricamente nos sentimos orgullosos? Yo
no sé si nos sentimos orgullosos, si de pronto tenemos vergüenza de esto.
De niño, a mí me enseñaron a tener vergüenza del color de mi piel, de la
forma de mi cabello, del color de mis ojos, teníamos vergüenza de hablar
el quechua. Más bien nos sentíamos orgullosos de hablar bien el castellano.
Es más, lo perfeccionábamos; con ello íbamos adquiriendo una conciencia
más afín a España, a Europa, que a nosotros mismos. Por eso a España se
le llama la «madre patria». ¿Y estos indios? ¿Y esta larga historia que se ha
ido recuperando con el tiempo en donde descubrimos culturas cada vez más
viejas, cada vez más ricas? Lo más importante es que descubrimos pueblos, y
no culturas, que fueron capaces de darle la vuelta a este país. Este país que es
difícil, con montañas, desiertos y quebradas profundas, donde la gente tuvo
que habituarse a vivir sobre los 4 mil m de altura. Pero somos personas que
nos adaptamos a esas condiciones, que nos adaptamos al desierto, a la altura,
a la puna. Intervenimos sobre los desiertos y los convertimos en jardines,
intervenimos sobre las montañas y allí creamos obras que permitieron
aumentar la producción de plantas de altura y de animales. Nosotros
transformamos y convertimos las rocas en escultura hermosas; y la tierra
en objetos de arte que hoy todos admiramos. Nos admiran en el mundo
porque esos indios, a los que nos enseñaron a despreciar, transformaron este
territorio, lo habilitaron para ser habitado. Esas gentes que cuando nos dicen
que somos sus descendientes sentimos vergüenza, que solo las conocemos
como culturas y no como gentes.
Los españoles cuando llegaron recibieron un país hecho. A mí me da mucha
cólera cuando escucho que el Perú es un país joven, que es un país en
278 transición, que lo estamos construyendo. Es una vergüenza que pensemos de
esa manera. ¿Qué de nuevo tiene un pueblo que desde hace 10 mil años fue
La arqueología marxista en el Perú. Reflexones sobre una teoría social

dándole vuelta a este territorio, construyendo recursos tecnológicos altamente


eficientes? Recursos tecnológicos que solo son producto de la capacidad del
ser humano para transformar la naturaleza en su beneficio. Repito, no nos
adaptamos, nosotros adaptamos la tierra para que el ser humano pueda vivir.
Como resultado de esa adaptación pudimos gozar de un territorio totalmente
hecho. Los actuales valles de la costa no existían, los convertimos en valles a
través de un conjunto de obras que fuimos progresivamente desarrollando.
Con el sistema de riego les dimos la forma de deltas que actualmente tienen.
Toda la actual rica zona de Lambayeque no existiría en absoluto si no se
hubiera logrado hacer el canal de Taymi, si no hubiéramos logrado unir el
cauce de dos ríos y formar esa cosa inmensa que es todo casi un departamento-
valle, desde Reque hacia el norte. Lima, que es Lurín, Rímac y Chillón, es
una unidad importante si la vemos en términos de la transformación. Si no
existiera eso, nos estuviéramos muriendo de malaria, no tendríamos donde
sembrar, esto era un lodazal, ciénagas, un conjunto de desechos que traían de
otras partes, tal como sucede ahora, y que vuelcan sobre el mar.
Esto es lo que la arqueología necesita comprender a través de una transformación
básica de las categorías analíticas con las que trabajamos los arqueólogos. Si
vemos el pasado a partir de las categorías que se derivan del concepto «cultura»,
vamos a encontrar que ese concepto desdibuja nuestra relación efectiva con las
condiciones materiales de nuestra existencia. Estas condiciones materiales son
las que acabo de mencionar: desiertos, quebradas, montañas, altura, etc., en
las cuales el ser humano se instaló. Si queremos entender lo que somos hoy y lo
que podemos hacer en adelante, lo que obviamente debemos tener en cuenta
es la naturaleza de esas condiciones. He dicho que esas condiciones materiales
se transformaron gracias a la intervención humana que creó una serie de
instrumentos y recursos con los que convirtió los cerros en un conjunto de
terrazas agrícolas que no existían en la naturaleza. Este es un país dibujado.
Por eso los artistas se sienten bien aquí. Es un país que hemos transformado de
manera tal que se hace a nuestras necesidades de forma orgánica y estructural.
Ese hacerse es el resultado de una relación implícita que existe en el mundo.
Esa relación es entre las condiciones materiales concretas, podemos llamarle
medio natural, la población que actúa sobre ese medio, y los recursos o
instrumentos de producción. Estos tres elementos son los que han realizado
estas transformaciones de las que estamos hablando.
Estas transformaciones solo se activan efectivamente gracias a que se 279
establecen relaciones entre personas. Algo que olvidamos siempre es que
Luis Guillermo Lumbreras

la historia siempre nos habla de relaciones entre grupos humanos, entre


personas individuales. En alguna etapa de la historia esto va a representar la
relación que existe entre grandes grupos sociales diferentes, como las clases
sociales, y en otros como grupos de distinto tipo que se manejan de una
u otra manera. En todos los casos nuestra acción sobre la naturaleza y la
relación que establecemos de transformación de los recursos naturales son
acciones de trabajo. El mecanismo mediante el cual el hombre interactúa con
la naturaleza es el trabajo; y el trabajo es el que genera el tipo de relaciones
con las cuales nosotros operamos.
En Arqueología nos hemos habituado, a raíz de manejarnos con el concepto
de cultura, a pensar todo esto desde una perspectiva ligeramente distinta.
Cuando un arqueólogo excava una tumba, lo que rescata en realidad son
eventos, hechos sociales concretos, donde intervinieron muchas personas,
reales, en un rito que tenía como propósito poder socializar, establecer
relaciones entre ellos. Ese rito es el que excava el arqueólogo. Pero en la
arqueología tal como la practicamos, pensamos que excavamos un elemento
cultural. Y eso se traslada a la abstracción general de los tipos de sepultura que
pertenecen a la cultura X. Inmediatamente trasladamos lo concreto y real,
que es la tumba de una persona que se murió, a la normativa que establece lo
que las personas hacen al momento de morir.
Cuando vemos una casa o un ceramio, inmediatamente pensamos en la
cultura. Un ceramio no nace de la cultura, nace de individuos concretos que
hicieron este objeto, con relaciones sociales muy complejas. Un ceramio es el
resultado de un proceso de trabajo muy largo donde interviene mucha gente.
Primero, las personas que extraen la arcilla porque saben de donde obtener
arcilla, de qué tipo, qué aditamentos se requieren para que no sea grasoso,
etc. Segundo, los que transforman el recurso natural en materia prima, en un
objeto preparado para ser utilizado en el proceso de producción; asimismo,
encontramos una serie de relaciones específicas entre estos productores, por
ejemplo, sus antepasados, porque ellos no nacieron sabiendo cómo se hace un
vaso de arcilla, aprendieron del entorno social en el cual viven. Cuando trabaja,
no solo lo hace con instrumentos que él no inventó, sino establece relaciones
sociales con otras personas o grupos sociales, contemporáneos y anteriores.
Uno nunca hace las cosas para el presente, sino para el futuro. Se hacen
las cosas en función de los servicios que esto puede prestarme a mí, a mis
contemporáneos y a las próximas generaciones. Esa es la razón por la cual
280 todo objeto, una casa, por ejemplo, después de haberlo hecho, será usado en
el futuro.
La arqueología marxista en el Perú. Reflexones sobre una teoría social

Entonces, la relación que se establece en los materiales que rescatamos los


arqueólogos, es una relación que se establece con el pasado, que son los
antecedentes de trabajo acumulado, y luego con el trabajo de uno mismo, que
está añadiendo un componente activo nuevo. Es una relación bien compleja.
Pero lamentablemente no todo está dicho dentro del concepto cultura.
El concepto cultura fue una categoría creada durante la etapa de desarrollo
más intenso del colonialismo. Este concepto nace junto con la Antropología,
que es la disciplina que se constituye a partir del desarrollo colonial en el
Viejo Mundo. Los antropólogos heredaron el viejo interés, que proviene
desde Herodoto, de estudiar a los pueblos primitivos. El resultado de esos
estudios era para las metrópolis. Esta disciplina tiene una figura interesante:
si yo tomo bajo mi dominio a un pueblo en calidad de colonia, para poder
coexistir, dominar o manejar a ese pueblo, lo que necesito es conocer sus
costumbres, sus comportamientos. Consecuentemente se debe construir una
disciplina para eso. Uno de los etnólogos más brillantes que hemos tenido
en los orígenes de la construcción literaria del Perú es Cieza de León. Un
etnólogo describe con mucho detalle, las costumbres, las reacciones, el
lenguaje, los hábitos domésticos y la capacidad productiva de la gente. Y
esos son los elementos básicos con los cuales construimos el corpus de la
Antropología.
Esta antropología requería de una categoría teórica que le permitiese encuadrar
todos estos conocimientos sueltos (religión, economía, producción) en uno
solo. En Francia existía una palabra asociada a los campesinos franceses con
la cual se conocía sus costumbres, la palabra era culture. Más adelante, eso
fue tomado por un alemán y le llamó kultur a ese conjunto de costumbres
que tienen personas raras que no vivían en las ciudades, sino en el campo.
En Inglaterra a este conjunto se le llamaba Folklore. El teórico británico
Edward Tylor tomó estos conceptos y le llamó culture, lo que nosotros hemos
traducido literalmente como «cultura».
La cultura era fundamentalmente el comportamiento de los «otros». Y se
trasladó a «nosotros» solo como la parte exquisita de nuestro comportamiento.
Cultura viene de cultivo, y cultivo es lo que se hace, lo que se produce. Esa
acepción fue trasladada al análisis de los «otros» pueblos y se quedó, en el
caso nuestro, para referirse a las elites cultas, que tenían un comportamiento
cultivado. Es por eso que se les llamaba «cultos» a estos personajes, porque
nadie habló de los indios cultos. Los cultos somos «nosotros».
281
Luis Guillermo Lumbreras

Esto es lo que determina una configuración crítica y analítica del concepto


«cultura» que a mí siempre me incomodó. El concepto cultura nace como
una forma de examinar analíticamente los comportamientos y, por lo
tanto, los divide en segmentos. Estos segmentos los convierte en entidades
críticas, a partir de las cuales se puede explicar el comportamiento humano.
En la Antropología, el concepto cultura se convirtió en el eje de definición
y descripción de todo el comportamiento humano. Es a tal punto que
hablamos en términos generales que la cultura es la obra del ser humano en su
conjunto, es todo lo que hace el ser humano. Por lo tanto, podemos entender
al ser humano como cultura.
La incomodidad surgió entre nosotros porque no estábamos en condiciones de
entender el comportamiento humano a partir de una abstracción de este tipo,
que partía de la división del comportamiento para explicarlo en su conjunto. Lo
que sirvió mucho a los arqueólogos fue la división que se hizo entre universales
de la cultura, cosas comunes a todos los pueblos, y la singularidad de los
diversos pueblos, lo particular de cada pueblo. Los arqueólogos comenzamos
a trabajar con el concepto cultura a partir de estas dos variables: lo universal,
que nos permitía inferir costumbres, y la particularidad de comportamientos,
que nos permitía clasificar y organizar las cosas.
Pero, llegó el momento en que comencé a pensar que lo que estábamos
excavando no eran solo restos culturales, sino hechos históricos concretos. A
raíz de mi formación inicial como historiador con el Dr. Porras Barrenechea
comencé a cuestionarme el tema del hecho histórico como un fenómeno
singular e irrepetible, que es lo que se sostenía en la formación historiográfica
clásica. Los hechos históricos se dan y no se repiten nunca más, pero son el
conjunto de hechos históricos los que permiten construir una historia, los
procesos históricos. Cuando comencé a ver que no teníamos historia sino
luego de Francisco Pizarro, y que lo anterior a él era pura y simple antropología,
es decir, que se hablaba de culturas y abstracciones muy generales y no de
personas, pensé que era necesario incorporar otras formas de analizar este
proceso histórico.
Tenía un serio conflicto porque viví en un contexto de muchos conflictos en
el país. Cuando estudiaba en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos,
la preocupación nuestra no estaba tanto en la Arqueología, pues ésta era
casi un deporte de personas con suficientes recursos para vivir sin tener que
trabajar. La preocupación central era cómo transformar este país que tantos
282
problemas tenía. Y más aún, con la Arqueología ¿qué transformo, si lo único
La arqueología marxista en el Perú. Reflexones sobre una teoría social

que rescato son viejas costumbres o acontecimientos que ya no me sirven para


nada? ¿Qué tengo que ver yo con Chavín o con Wari? En cambio, al parecer
sí tenía mucho que ver con la historia que introdujeron los españoles aquí
en relación a las fronteras, al manejo económico y a la herencia que tenemos
desde aquella época. Decidí dejar de estudiar arqueología hasta que un día
me encontré, tras mis estudios de filosofía2 con el materialismo histórico y
dialéctico que me decían otra cosa distinta a lo que me decía la Antropología.
El centro ya no era la cultura, sino los grupos humanos, la gente concreta.
Y que los estudios de las guerras eran en el fondo guerras de personas contra
personas, a partir de ideas que estaban ligadas a sus intereses de grupo. Incluso
hasta cuando aparecían los indios también lo hacían como grupos concretos.
Por ejemplo, cuando el pueblo de Sicuani se levantó contra tales condiciones
y en tal momento, ya no era la «cultura» de Sicuani y su cerámica específica.
Ahora, es cierto que sabía que se producía cerámica de alta calidad en Quinua
o en Santa Ana. Todas las cosas que la teoría decía que eran cultura, para
mí tenían formas concretas. Entonces me pregunté ¿por qué no ver de esta
misma manera lo anterior?
Me sirvió mucho ser ayudante de cátedra de los cursos de sociología en San
Marcos, entre ellos el del profesor Aníbal Ismodes. Así pude estudiar otra
manera de analizar la sociedad en su conjunto, ya no a partir del concepto
cultura, sino del concepto sociedad. Y cuando comencé a ver la cosa política y
filosófica entendí que había cuestiones diferentes a lo que venía haciendo. Había
preocupación por las cosas concretas: tierra, hombre y relaciones que establecía
el hombre con la tierra mediante instrumentos. Todo esto se movilizaba en
torno al trabajo. Las relaciones entre personas era una relación de trabajo, la
relación entre el hombre y el medio era una relación de trabajo, etc. Y a raíz
de las relaciones de trabajo se establecían todas las demás relaciones, incluso
las que son aparentemente naturales (madre-hijo, por ejemplo), porque tienen
que ver con la capacidad de generar fuerza de trabajo.
Al tratar de leer Arqueología con esta perspectiva, me pareció que todo lo que
había hecho hasta ese momento era una tontería. Me dedicaba a contar tiestos,
a dibujar la cerámica, describía mis excavaciones, pero me preguntaba ¿y todo
eso para qué? Al mirarlas de otra manera, comenzó a tener sentido el poder
organizar las formas en relación al producto y el poder articular una pieza de

2Estos estudios también se complementaron con conversaciones con Emilio Choy, Alberto Chen, 283
Víctor Carrera y Héctor Béjar, entre otros,
Luis Guillermo Lumbreras

cerámica con la infinidad de datos que me daban sobre la sociedad, más que
sobre la cultura. Comencé a ver que un vaso tenía un papel importante para
la gente que lo elaboraba, se hacía para algo. Esa función estaba asociada con
el tipo de relaciones sociales que establezco con el grupo.
Estaba rodeado de amigos antropólogos porque mi título es de arqueólogo
y etnólogo, mis maestros eran antropólogos. Pero me di cuenta que hacía
una doble vida. Mi vida profesional y publicaciones eran de arqueología con
base cultural; mi otro campo era la preocupación por construir un proyecto
revolucionario que permitiese transformar las estructuras sociales en formas
donde el socialismo sea la pauta de existencia. Encontré que las dos cosas no
eran compatibles. Tuve que decidir por una, y eso no fue difícil. Encontré
mucha gente que pensaba igual que yo, uno de ellos era el australiano Gordon
Childe, el otro era Carlos Marx. Con estos personajes descubrí que lo que me
parecía obvio ya lo habían ellos sistematizado.
Todo esto me llevó a plantear una tesis para la Arqueología: la Arqueología
debe situarse en un espacio de la realidad en donde trate con individuos,
con grupos sociales, y el concepto cultura que sirva solo para referirse al
comportamiento y las costumbres.
En 1972 me invitaron a dar un curso de Arqueología a sociólogos en la
Universidad de Concepción en Chile, lo que a mí me pareció terrible
porque por el lado político yo estaba en contra de la sociología positivista
y la antropología tradicional. Mi maestro, el antropólogo John Murra era
un enemigo acérrimo de los sociólogos, pero aún así tenía muchos amigos
sociólogos como Aníbal Quijano o Julio Cotler. Fui a dar el curso a Chile
y me inventé un tema: «La arqueología como ciencia social». Le robé el
título y la idea, como siempre hacemos los investigadores, al arqueólogo
australiano Gordon Childe. Hice algunas notas para la clase porque no me
atrevía a publicar estas ideas puesto que en ese momento estaba en la lucha
por hacer la revolución y no quería que se enteraran que andaba usando
estas ideas de Marx, Lenin o Mao. Estas clases que di en Chile las tomaron
y publicaron en mimeógrafo en la Universidad de Concepción. Se divulgó
y llegó hasta la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde los
estudiantes lo reimprimieron, lo mismo que en Cajamarca, en Huamanga,
etc. El tema ya no era tan clandestino, más bien todos comenzaron a tocar
el tema. En 1974, todos estos escritos se publicaron como libro (Lumbreras,
1974). Pensé que nadie iba a leerlo, ni mis amigos, porque uno escribe libros
284
para que generalmente los lean los amigos. Pero el libro fue un éxito, recibí
La arqueología marxista en el Perú. Reflexones sobre una teoría social

cartas, invitaciones, etc. En 1975, en México José Luis Lorenzo convocó


a una convención para tratar el tema de la arqueología social. Para mí el
nombre era nuevo y un reto. Estuvimos presentes arqueólogos de diversos
países latinoamericanos (José Antonio Pérez Gollán, Julio Montané, Eduardo
Matos Moctezuma, entre otros) y nos pronunciamos en torno a la necesidad
de trabajar sobre ese tema.
Sinceramente, no sabía en lo que me había metido. Solo después me di cuenta
que el discurso tenía un compromiso teórico mucho más serio del que me
había propuesto. Al principio para mí era solo un alegato ¿por qué hablamos
de culturas solo para referirnos a lo anterior a Francisco Pizarro? En ese libro
(Lumbreras, 1974) le dedico la primera parte a darle de alma a la cultura. Pero
ahora que lo leo, me resulta bastante ingenuo, con cosas muy obvias. Poco
tiempo después, cuando se produjo un movimiento de gente que trabajó
lo mismo en México y Europa, estos investigadores, como Julio Montané,
Felipe Bate o Manuel Gándara, comenzaron a preguntar cosas que yo no
estaba en condiciones de responder. Yo no era un teórico marxista. Recién ahí
me puse a trabajar sobre esto que se llamó arqueología como ciencia social, a
partir del título de mi libro.
El resultado fue que a lo largo de los años descubrí que efectivamente no
solo es un reclamo sobre cómo se maneja la Arqueología en general, sino
cómo manejamos las categorías arqueológicas. Algo se publicó en un reciente
libro mío Arqueología y Sociedad (Lumbreras et al., 2005) donde recuso la
Antropología como mecanismo de apropiación teórica con la cual podamos
trabajar los arqueólogos. Creo que el concepto cultura, como lo hemos
manejado, no nos sirve, por lo que no tenemos que utilizarlo o hacerlo de
otro modo. En mis últimos trabajos, a modo de ensayo, trato de no usar el
término cultura, y más bien estoy usando categorías como formación social,
que nos permitan entender la relación hombre-tierra-instrumentos. Eso
alarma a los que no saben lo que es el marxismo, pues a los marxistas nos han
tildado de todo, tanto de terroristas como de enemigos de la paz y la armonía.
Eso hace difícil la difusión de estas ideas.
Ahora estoy reflexionando sobre un tema que ya desde el primer libro me
comenzó a preocupar. ¿Uno excava marxistamente? Pues a estas alturas,
creo que sí. He llegado a esa perversa conclusión. Solo aplicando de manera
rigurosa los argumentos teóricos y metodológicos que hacen posible una
teoría materialista dialéctica con todas sus implicancias, es posible llegar a una
285
arqueología capaz de entregar un conjunto de conocimientos instrumentales
Luis Guillermo Lumbreras

para poder participar en la transformación de las estructuras de nuestro


tiempo. Así fui descubriendo categorías como la de «unidad arqueológica
socialmente significativa» (Lumbreras, 1984a; 1984b), que en un principio no
la manejaba con soltura. Se refiere directamente a hechos sociales. Entonces,
descubrí que excavar un basural es excavar la información que contiene la vida
doméstica de unas gentes que dejaron en un lugar determinado los desechos
de su vida diaria. Lo que debemos hacer los arqueólogos es buscar eso para
rescatar los contextos y unidades socialmente significativas, y procesarlas para
recuperar la información de lo que ocurría en ese tiempo.
Hace mucho escribí un libro que se lo di como regalo de navidad a mi hijo
Luis (Lumbreras, 1972). No tenía dinero para darle un regalo, así que le escribí
un libro. Me lo publicó Carlos Milla Batres y fue mi libro más divulgado
en el país. Es el único libro que me ha dado plata. Ese libro tuvo casi 120
mil ejemplares vendidos, hasta lo han pirateado. Quise volver a escribirlo
nuevamente porque estaba organizado dentro de esa tímida perspectiva entre
antropológica y materialista histórica, sin definirse totalmente. Lo reescribí
en España, pero no me salió bien. Hice una nueva revisión, que se publicó en
la forma de 10 pequeños librillos3, pero me he dado cuenta que si no lo hago
dentro de una perspectiva directamente marxista, pues no me va a salir nada.
Es muy difícil escribir «en clandestino».
La Arqueología ahora para mí tiene una orientación definida: o es materialismo
histórico o no, es muy débil al desarrollarla teóricamente en otra dirección.
Mucha gente tomó posición de esta perspectiva, e incluso creyeron que yo
estaba en la obligación de formar un partido político. No se trata de eso. En
la parte científica y académica nos debemos comportar como tales, al más
alto nivel, y defender la postura marxista como una ciencia con todos los
elementos de rigor que tiene y exige.
Finalmente, a la conclusión que he llegado es que la arqueología social es
una forma de aproximarnos. No se imaginan las peleas que he tenido con
otros arqueólogos sociales. Con uno de mis más queridos amigos, Luis Felipe
Bate, he tenido debates fuertes sobre, por ejemplo, el «modo de producción».
Él dedicó un libro entero a defender el concepto cultura (Bate, 1998), con
el que no estoy totalmente conforme. Nos distanciamos. Está bien que se

286 3 Una colección que fue titulada Formas Históricas del Perú publicada por el IFEA y Lluvia editores.
La arqueología marxista en el Perú. Reflexones sobre una teoría social

den esos debates. Creo que la autocrítica y la capacidad de debatir, donde


uno exponga sus ideas sin dogmas, son buenas. Es tan bueno que creo que
es lo que debe practicarse. No hay una «escuela de arqueología social» para
decepción de muchos. No existe.
La arqueología como ciencia social es una forma de enfrentar el conocimiento
científico a través de la Arqueología, que se sustenta en la construcción de la
historia de un pueblo a partir del reconocimiento de los hechos en los cuales
ese pueblo está envuelto a lo largo de su existencia. Al recoger esto, uno
se siente profundamente vinculado con las gentes de Chavín, Wari, los que
recorrieron el Qhapaq Ñan, etc. Lo que tengo es una relación básica con
gente de un país que fue construido por ella. Estoy ligado, no a su cultura,
sino a su capacidad creativa para transformar los objetos naturales que ahora
uso para vivir. Eso lo aprendí con la Arqueología entendida y asumida como
ciencia social.
He recibido una serie de invitaciones a lo largo de los años para participar en
eventos teóricos de la Arqueología. Quiero decirles que yo no soy un teórico
de la Arqueología, soy un consumidor de teoría arqueológica. Además,
considero que se ha avanzado tanto en la investigación arqueológica, que
sinceramente hay cosas que desconozco. A raíz de esto considero que mi
tiempo y el de mi generación es el tiempo superado, y creo que el debate
actual es mucho más rico que el que nosotros pudimos nutrir. Hace poco
fui a un simposio de Arqueología en Brasil, donde la discusión era la teoría
en arqueología y la arqueología como ciencia social. Desde luego, fui con
mucho interés, no participé, pero terminado el evento me dije: «Yo no vuelvo
más». Porque hay cosas nuevas que ya no entiendo. Me alegro que así sea y se
avance. No me imaginé nunca, desde que di ese curso en Chile, hace casi 40
años, que esta postura pegara tanto. Hay arqueólogos sociales en África, en
Asia, sobretodo en Japón y Corea, hay en la India, en España, en EE.UU y en
casi todos los países latinoamericanos.
Me da gusto porque eso quiere decir que se ha despertado. Pero debo aclarar
que esto no es un partido político, no es una corriente cerrada, al contrario,
parte de la autocrítica y se abre a construir nuevas alternativas teóricas. Es
más, así como es la evolución de todos los procesos, es de desarrollo desigual
y combinado. Es de fuente hologénica, nace en cada quien que quiere avanzar
en esa dirección.
287
Luis Guillermo Lumbreras

Referencias citadas

BATE, L. F., 1998 – El Proceso de Investigación en Arqueología, 278 pp.;


Barcelona: Crítica.
LUMBRERAS, L. G., 1972 – Los Orígenes del Estado en el Perú, 153 pp.;
Lima: Milla Batres.
LUMBRERAS, L. G., 1974 – La Arqueología como Ciencia Social, 231 pp.;
Lima: Histar.
LUMBRERAS, L. G., 1984a – La Unidad Arqueológica Socialmente
Significativa (I). Gaceta Arqueológica Andina, 1 (10): 3.
LUMBRERAS, L. G., 1984b – La Unidad Arqueológica Socialmente
Significativa (II). Gaceta Arqueológica Andina, 1 (11): 3.
LUMBRERAS, L. G., GONZÁLEZ CARRÉ, E. & DEL ÁGUILA, C.,
2005 – Arqueología y Sociedad, 320 pp.; Lima: Instituto de Estudios
Peruanos, Museo Nacional de Arqueología y Antropología, INDEA.

288
Una aproximación posprocesual en la arqueología del Perú: Garth Bawden y el fenómeno Mochica

Una aproximación posprocesual en la


arqueología del Perú: Garth Bawden y el
fenómeno Mochica
Rafael Vega-Centeno Sara-Lafosse

Introducción
A diferencia de la arqueología procesual, que se puede definir como una
corriente de pensamiento con un marco teórico y programa medianamente
definidos, lo que suele llamarse arqueología posprocesual no involucra un solo
programa o propuesta, sino que corresponde más bien a un conglomerado
de pensamientos y reflexiones críticas relacionadas con las limitaciones que se
percibían en la propuesta procesual (Kohl, 1993; Preucel, 1991).
Las críticas posprocesuales involucraban diferentes aspectos de la llamada
«Nueva Arqueología». En términos epistemológicos, se cuestionaba la
convicción de un acercamiento objetivo al registro arqueológico, libre
de agendas políticas o de trasfondos del momento histórico que vivían
los investigadores (Shanks & Tilley, 1987). Otra crítica se centraba en la
influencia de la perspectiva antropológica en la arqueología en la academia
norteamericana, así como el llamado «cientificismo» que la arqueología
procesual le daba a sus aproximaciones. A juicio de diferentes autores, la
combinación de ambas perspectivas orientaba a la disciplina en búsqueda
de la definición de procesos y la formulación de leyes de valor nomotético, 289
Rafael Vega-Centeno Sara-Lafosse

prescindiendo de lo que, a juicio de los colegas posprocesuales, era la labor


fundamental del arqueólogo: la reconstrucción de la historia de los pueblos
del pasado (Hodder, 1986).
Esta crítica venía acompañada del cuestionamiento que se daba al entendimiento
de la sociedad como un sistema, es decir, un ente autoregulado y con un
propósito con tendencia al equilibrio. Para la arqueología posprocesual, era
necesario entender a la sociedad como un escenario de grupos con agendas
diferenciadas y antagónicas, donde el cambio sociocultural no se explicaba
como un suceso necesariamente adaptativo, sino como el resultado de la acción
social de grupos con intereses propios, cuyas consecuencias eran contingentes
y generaban trayectorias históricas específicas (Yoffee, 1993: 63-65).
Es así que, desde finales de la década de 1980, varios autores empezaron
a explorar el rol de la acción social autónoma (la «agencia») en el devenir
histórico. Encontramos así propuestas que ponían de relieve el protagonismo
de individuos específicos con ambiciones y capacidades especiales (los
aggrandizers), en el proceso de surgimiento de la complejidad social (Clark
& Blake, 1994; Hayden, 1995), así como en la elaboración de diferentes
estrategias de poder (Earle, 1991). En contraste, otros autores se han
preocupado por entender la acción social en el marco de los procesos de
estructuración social, tomando como referencia los postulados de pensadores
sociales como Anthony Giddens o Pierre Bourdieu (p.e. Blanton, 1998).
Si bien este tipo de aproximaciones han tenido una significativa repercusión
en la Arqueología a nivel internacional, su presencia dentro de la arqueología
peruana no ha tenido la misma trascendencia. Sin embargo, dentro
de las investigaciones arqueológicas del Área Andina, existen algunas
contribuciones, a menudo poco estudiadas en profundidad, que arrojan
luces sobre las posibilidades y limitaciones de este tipo de reflexiones, así
como de su contribución al desarrollo de la arqueología en el Perú. El caso
de la propuesta de Garth Bawden para entender la aparición de la cultura
material que denominamos «Mochica» en la historia prehispánica (Bawden,
1994; 1995), es quizás uno de los casos más prominentes de este tipo de
aproximación, que vale la pena analizar en detalle.
El análisis irá precedido por una breve revisión biográfica del autor, seguida
por una revisión histórica del desarrollo de las investigaciones sobre la Cultura
Mochica.
290
Una aproximación posprocesual en la arqueología del Perú: Garth Bawden y el fenómeno Mochica

1. Vida y trayectoria de Garth Bawden


Garth Bawden nació en el condado de Cornwall, al suroeste de Inglaterra. Sus
primeros estudios fueron en medicina, en su país de origen y, posteriormente,
viajó a realizar estudios de posgrado en Antropología en la Universidad de
Harvard. Es así que participa en el proyecto Chan-chan Moche, dirigido por
Michael Moseley, en compañía de otros jóvenes arqueólogos como Thomas
Pozorski, Shelia Pozorski, John Topic, Theresa Lange Topic, Geoffrey Conrad,
Alan Kolata, Christopher Donnan, entre otros.
La participación de Bawden dentro del Proyecto Chan-Chan Moche estuvo
enfocada en el estudio del asentamiento de Galindo, ubicado en la margen
norte del valle medio de Moche. Producto de excavaciones realizadas entre
1971 y 1973, Bawden elaboró su tesis doctoral (Bawden, 1977). Luego,
pasó a trabajar en el Museo Peabody de la Universidad de Harvard. Para
entonces, se embarcó en investigaciones en el Cercano Oriente, excavando
en el oasis de Tayma, al noreste de Arabia Saudita. La vida lo llevó en 1985
a dirigir el Museo Maxvell de la Universidad de Nuevo México y a integrar
el departamento de la misma universidad, con las cátedras de Arqueología
Andina y Arqueología del Cercano Oriente.
Puede especularse que, tanto su exposición inicial al universo académico
británico, como la incursión en la problemática del Cercano Oriente,
pudieron darle a Bawden un panorama académico alternativo al de sus
pares norteamericanos, quienes suscribieron en gran medida las propuestas
neoevolucionistas que caracterizaron a la arqueología procesual. Una primera
manifestación de estas diferencias se puede observar en la reseña que Bawden
redactó con motivo de la publicación del libro Los Orígenes y Desarrollo
del Estado Andino, editado por Jonathan Haas, Shelia Pozorski y Thomas
Pozorski (Haas et al., 1987). Bawden tituló su reseña «El Estado Andino
como un Estado de la Mente» (Bawden, 1989). En dicho texto, Bawden
plantea una crítica severa a los límites de los enfoques evolucionistas para
entender la dinámica de los procesos sociopolíticos en el mundo andino.
Es así como, en 1994 Bawden publica en el volumen Moche. Propuestas y
Perspectivas, un texto titulado «La Paradoja Estructural. Moche como
Ideología Política», publicado en inglés al año siguiente en Latin American
Antiquity (Bawden, 1995). Este es el texto donde Bawden desarrolla su
propuesta para entender el mundo mochica, propuesta que pasamos a revisar.
291
Rafael Vega-Centeno Sara-Lafosse

2. La cultura material mochica a lo largo del siglo XX


Puede decirse que desde su identificación y posterior caracterización, el
repertorio de objetos y artefactos que identificamos como «mochicas» fue
conceptualizado a partir de la noción de cultura desarrollada fundamentalmente
dentro de la escuela antropológica norteamericana a inicios del siglo XX
(también ver Castillo en este volumen). Esta conceptualización tenía varias
implicancias. En primer lugar, el conjunto de patrones y recurrencias en el
repertorio de objetos, que solemos llamar cultura material, era considerado la
«representación material» de un grupo humano que compartía un territorio,
un conjunto de patrones de comportamiento y un mismo sistema de
creencias. Dicho de otra forma, una cultura material se manifestaba como
el reflejo integral de una cultura humana, entendida como un conjunto de
prácticas, valores y creencias compartidos por cierto grupo de habitantes en
un momento y un espacio dados en la historia. Una implicancia adicional de
este razonamiento era que dicha cultura se constituía además en un recurso
identitario. No es de extrañar que, a partir de estas consideraciones, fuese
posible hablar tanto de Cultura Mochica como de «Los mochicas» (p.e.,
Larco, 1938), haciendo una equivalencia entre cultura y grupo étnico.
Siendo considerado como un grupo, era claro que debía contar con un
centro que fue rápidamente ubicado en el sitio de Moche, en el valle del
mismo nombre. La asignación de Moche como centro fue en gran medida
el resultado de que las primeras aproximaciones a la definición del estilo
Mochica se hiciesen a partir de los lotes cerámicos recuperados en los trabajos
de Max Uhle (1913) en dicho sitio, así como por la posterior sistematización
de sus colecciones por Alfred Kroeber (1925). A esto debía sumarse que la
monumentalidad de las huacas del Sol y la Luna sugerían esta centralidad sin
mayores cuestionamientos. El conjunto de evidencias que se fueron sumando
al corpus mochica lo hacían en relación con Moche, dentro de un esquema
de centro-periferias.
Bajo esta perspectiva, el hallazgo de otras manifestaciones materiales como
las llamadas culturas Vicús o Gallinazo-Virú, que ponían en evidencia cierto
grado de coexistencia con los materiales mochica, pasaron a ser rápidamente
consideradas como el reflejo de grupos étnicos vecinos, muy probablemente
rivales y, eventualmente, conquistados y dominados por los mochicas.
Otra consecuencia de esta perspectiva fue que, al considerar la cultura
292 material como conjunto de patrones uniformes, todo tipo de variabilidad
en el estilo de la cerámica fue explicado en un sentido cronológico. Fue
Una aproximación posprocesual en la arqueología del Perú: Garth Bawden y el fenómeno Mochica

relevante aquí la propuesta de secuencia estilística de 5 fases hecha por Rafael


Larco (1948). Esta secuencia construyó además un esquema de desarrollo
estilístico cargado de implicancias normativas: de lo sencillo-esquemático
(Mochica I-II) a lo complejo-figurativo (Mochica III-IV), concluyendo con
una «barroquización» del estilo (Mochica V).
Con el advenimiento de los enfoques procesuales, la Cultura Mochica, como
ente homogéneo, pasó a ser evaluado en función del tipo de formación social
que habría constituido. La combinación de la propuesta cronológica de Larco
con este enfoque, basada en el mapeo de los materiales correspondientes a las
5 fases, originó la imagen de una Cultura Mochica en proceso de expansión
entre las fases I a IV, con un posterior repliegue durante la fase V (p.e.
Donnan, 1973; Lumbreras, 1969). Sobre esta base, se empezó a considerar
que estábamos ante un tipo de formación estatal expansiva en el marco de
un proceso evolutivo gradual, cuya piedra fundacional se encontraba en la
llamada «Conquista del Valle de Virú» y la consiguiente dominación sobre los
vecinos Gallinazo-Virú (Strong & Evans, 1952).
Así, el esquema de jefatura a estado quedaba claro dentro del desarrollo
sociopolítico de la costa norte. Más aún, para algunos autores, la fase V
guardaba espacio para un hito evolutivo más, al concentrar las primeras
«ciudades» de la región en Pampa Grande y Galindo, que habrían tenido
como antecedentes a los centros urbanos teocráticos de las fases anteriores
(Canziani, 1989).
Así, uniformidad cultural y linearidad evolutiva eran elementos que permitían
una caracterización de lo Mochica en sintonía con las expectativas de los
modelos y paradigmas de la época.

3. La propuesta de Bawden
Si podemos resumir en una oración la propuesta de Garth Bawden, esta
podría ser, parafraseando al autor: «La Cultura Mochica es la manifestación
simbólica de una ideología política» y, en tal sentido, «La existencia de
la Cultura Mochica nos habla de un fenómeno histórico; a saber, de la
constitución, mantenimiento y eventual ocaso de una ideología de larga
duración» (Bawden, 1994: 390, 410-412).
Para llegar a esta definición, Bawden parte de una crítica a los enfoques
existentes, antes resumidos. En primer lugar, con relación al concepto 293
Rafael Vega-Centeno Sara-Lafosse

de Mochica o Moche como cultura, Bawden nota la inconsistencia en la


diferenciación entre Vicús y Gallinazo-Virú con lo que se conocía como
Mochica. En el caso de Gallinazo-Virú, las semejanzas en patrones funerarios,
patrones arquitectónicos, alfarería utilitaria e, incluso, algunos componentes
de la cerámica de uso ritual-funerario con los repertorios Mochica,
evidenciaban que la diferencia entre ambos repertorios de cultura material
no se condecía con una supuesta diferenciación de tipo étnico e, incluso,
sugerían que ni siquiera se podría hablar de dos «grupos culturales» diferentes
(Bawden, 1994: 396-398).
Por otra parte, Bawden destaca las diferencias existentes entre las diferentes
manifestaciones mochicas a nivel regional y cómo la supuesta secuencia de
cinco fases estilísticas podría estar revelando, antes que variabilidades en
sentido cronológico, variabilidades dentro del espectro regional de la costa
norte.
En otras palabras, la Cultura Mochica no representaba ni un universo
claramente diferenciable de sus expresiones «vecinas» y, por otro lado,
tampoco representaba un universo homogéneo de patrones culturales.
Al no existir un repertorio material mochica en los ámbitos comunes y
cotidianos de las poblaciones de la Costa Norte, Bawden hace resaltar que
«lo mochica» se restringe a cerámica ritual-funeraria, ornamentos de metal
—también de naturaleza ritual— e imágenes plasmadas en edificios de
naturaleza ceremonial. Esta recurrencia en el espacio de manifestación de lo
mochica lleva a Bawden a identificarlo como un repertorio con un propósito
específico y que, por otro lado, no se encuentra al alcance de todo el espectro
social en las poblaciones de la costa norte.
Se trata pues de un repertorio material accesible para una élite y que, por
encima de todo, se vuelve el soporte de un nuevo universo de imágenes y
conceptos previamente inexistentes. La explicación entonces se desprende
claramente: se trata de un repertorio producido para materializar un discurso
de poder de dichas élites, que no serían otra cosa que las élites de los mismos
grupos Gallinazo-Virú, Vicús u otros, que en cierto momento de la historia
estarían adoptando un discurso común y, como consecuencia, el repertorio
simbólico que lo sustentaría.
Bawden avanza, por otro lado, indicando cambios y acomodos del discurso
en cuestión y su reflejo material a través del tiempo, desde un énfasis en el
294 culto a los ancestros divinizados (con Sipán como máxima expresión), hacia
Una aproximación posprocesual en la arqueología del Perú: Garth Bawden y el fenómeno Mochica

discursos individualizantes (en el desarrollo de las «vasijas retrato» de los sitios


mochica del sur) y readaptaciones y relecturas en tiempos de crisis (expresados
en la reorganización de asentamientos como Galindo y Pampa Grande en el
siglo VI d. C.) (Bawden, 1994: 400-409). Como Bawden señala al principio
de su propuesta, se trata de delinear una historia, antes que un proceso. Vale
decir, un devenir de acontecimientos y contingencias antes que una secuencia
evolutiva lineal.

4. El trasfondo de la propuesta. Nuevas perspectivas de análisis e


interpretación
No es el objetivo de esta presentación involucrarse en los debates pasados
y presentes sobre la naturaleza de lo que llamamos Cultura Mochica. Han
pasado ya 18 años desde la primera publicación de las propuestas de Bawden
y es seguro que los expertos en Mochica han tenido tiempo de revisar y
ponderar su contribución y, sobretodo, ir más allá de ella. Lo que en cambio
queremos hacer resaltar son las implicancias teóricas y metodológicas que el
enfoque de Bawden aportaba.
Un primer aspecto es, sin duda, el hecho de repensar la noción de cultura
arqueológica. Bawden cuestiona el manejo conceptual de cultura como
conjunto o agregado de rasgos que representa a un universo social y lo
diferencia de otros equivalentes. Esta visión taxonómica es reemplazada en
su propuesta por otra donde la cultura es vista como una práctica (o un
conjunto de prácticas) con contenido simbólico que es trasmitido y apropiado
por grupos humanos que lo hacen suyo a partir de las prácticas mismas. La
cultura no es pues, aquí, un reflejo pasivo, sino un ente activo en la generación
y reproducción de realidades sociales.
Es por otro lado, algo susceptible de ser apropiado en forma diferenciada
por determinados segmentos de una sociedad que accede a dicha cultura
de manera desigual. En tal sentido, la propuesta de Bawden rompe con las
implicancias de la noción clásica de cultura, como una unidad clasificatoria
discreta y holística, que cubre la totalidad social y, por ende, permite diferenciar
nítidamente grupos humanos en sentido horizontal. En la perspectiva que
ofrece Bawden, una cultura material no necesariamente abarca o representa
a la totalidad social, sino a los segmentos involucrados con ella en tanto
práctica social. Así, puede involucrar grupos que tengan diferencias étnicas,
295
sociopolíticas o que se diferencien por otro tipo de prácticas sociales.
Rafael Vega-Centeno Sara-Lafosse

La propuesta de Bawden subraya, a su vez, el tema de la práctica social,


entendida como acción autónoma de los seres humanos. Bawden asume
una posición claramente inspirada por pensadores como Anthony Giddens
(1984) o Pierre Bourdieu (1977), en el sentido de que la acción social no
es simplemente determinada por la ubicación estructural o sistémica de los
individuos que la llevan a cabo, pero tampoco es algo que se lleve a cabo
en entera libertad o albedrío, sin considerar los condicionamientos sociales.
Bawden resalta el contexto estructural de las prácticas universales andinas,
pero no lo hace desde la idea de «esquemas mentales» sino de principios
ordenadores generados a través de siglos por la repetición continua de prácticas
sociales. Es así que va a destacar la capacidad de las élites que están emergiendo
del contexto premochica, de partir de dicha base estructural para incorporar
nuevos elementos desde una estrategia de poder cuyo derrotero puede ir
cambiando en la historia. Así, Bawden nos brinda un escenario bastante más
dinámico que el que nos han ofrecido los enfoques evolucionistas clásicos.
Un tercer aporte significativo, bastante relacionado con el anterior, es la
posibilidad que brinda Bawden de apostar por la reconstrucción histórica
liberada de modelos de evolución preconcebidos. No se trata de regresar a
una perspectiva particularista o relativista, sino de reconocer el papel de las
contingencias en la historia, de las trayectorias a partir de condicionantes y
posibilidades y, del rol de los agentes sociales en la historia. Nos lleva a una
mayor exigencia como investigadores de la historia, de profundizar en nuestra
reconstrucción del tiempo histórico en detalle antes de establecer o extrapolar
esquemas procesuales. Antes que una propuesta conclusiva, la propuesta de
Bawden para entender el fenómeno mochica se convirtió en una apertura de
posibilidades.

5. A manera de conclusión
Si tenemos que resumir las implicancias de la propuesta de Bawden, habría
que poner en relieve dos aspectos fundamentales.
En primer lugar, es claro que el paradigma de cultura que ha gobernado la
arqueología del siglo XX y, de forma clara, en los Andes, asumía una correlación
entre cultura, identidad étnica, totalidad social y entidad política, en forma
sugerentemente semejante a cómo se han definido los Estados-Nación
modernos. Así, dicho en forma coloquial, «Un mochica tenía identidad
296 mochica, vivía como mochica y formaba parte del estado o reino mochica».
Una aproximación posprocesual en la arqueología del Perú: Garth Bawden y el fenómeno Mochica

La oración anterior se podría reproducir con nazcas, recuays, cajamarcas o


waris. El valor de las ideas de Bawden es que demuestran fehacientemente
las debilidades e inconsistencias de este paradigma y nos invitan a repensar
en forma creativa la naturaleza y dinámica de formación y reproducción de
aquello que llamamos cultura material.
En segundo lugar, el siglo XX (sobre todo la segunda mitad), se ha
caracterizado por la recurrencia de enfoques evolucionistas que han elaborado
explicaciones generalizadoras para entender procesos históricos. En el
extremo de estos enfoques, el estudio de dichos procesos se circunscribía a
la asignación de realidades específicas a categorías elaboradas a manera de
taxones de complejidad. Bawden pone de manifiesto la insuficiencia de
este enfoque para abordar realidades históricas donde la acción social y las
estrategias de poder generan un dinamismo con importantes implicancias
para entender el derrotero histórico de una población. Es una invitación a
abordar la reconstrucción histórica en toda su complejidad.
Han pasado 18 años de la publicación de «La Paradoja Estructural» y la
novedad de su enfoque, hasta cierto punto, se mantiene vigente. Bienvenido el
posprocesualismo cuando se desarrolla en diálogo sincero con las complicadas
y fascinantes realidades culturales del mundo andino.

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299
La arqueología francesa en el Perú

Parte III

Las misiones científicas


y/o investigaciones
extranjeras en el Perú
del siglo XX

301
Danièle Lavallée

302
La arqueología francesa en el Perú

La arqueología francesa en el Perú

Danièle Lavallée

Iniciaré este capítulo acerca de la investigación francesa en el Perú con algunos


recuerdos históricos, presentando los pocos trabajos realizados durante los treinta
primeros años del siglo XX. Tuvieron, científicamente hablando, resultados
limitados pero conllevaron, me parece, dos consecuencias importantes.
La primera fue llamar la atención de los franceses sobre el pasado del Perú y
estimular la curiosidad hacia su increíble riqueza arqueológica. Por supuesto,
trajeron también algunas consecuencias negativas, como el hecho de
constituir colecciones de objetos arqueológicos traídas luego a Francia; pero
otras consecuencias fueron positivas, pues esta curiosidad será el origen de la
vocación de una primera generación de arqueólogos profesionales peruanistas.

1. Primera parte (1903-1934). Una arqueología «galonada»


La arqueología francesa en el Perú empezó «galonada». Fue el capitán Paul
Berthon, desde 1903 instructor de la misión militar francesa y responsable
del servicio de topografía, quien se vio, en 1907, encargado de una misión
arqueológica por el Ministerio francés de Instrucción Pública. La primera
misión del género.
Poseía de antemano una formación sólida en geología y mineralogía, estaba
303
provisto de una gran curiosidad científica, y adquirió rápidamente en París
Danièle Lavallée

los rudimentos de las técnicas arqueológicas (¡practicadas en la época!). Una


vez en Lima, excursionó a lo largo de la costa central, en Ancón, Maranga,
Nievería y otras huacas de Lima, Pachacamac, luego Ica y Nasca. Acumuló
a lo largo de sus «excavaciones» 9 cajas —con cerca de 2 000 objetos— que
a su regreso a Francia depositó en el Museo Nacional de Historia Natural de
París, y solicitó de inmediato una nueva misión, esta vez recibida con mucho
recato referente a sus aptitudes. Curiosamente, obtuvo la misión pero no los
fondos, así que trabajó con su propio dinero. Notamos, de paso, que no se
había solicitado permiso alguno a las autoridades peruanas cualesquiera que
sean. Que yo sepa, no existía todavía una legislación nacional al respecto.
Paul Berthon vuelve a Francia en 1908. Su colección se exhibió durante
algunos días en el museo de Etnografía del Trocadero (futuro Museo del
Hombre) y Berthon esperaba que contribuyese a la creación de un «Museo
americano». Pero la idea no estaba al orden del día en Francia. Todas sus
piezas terminan finalmente en el Museo del Trocadero en 1930.
Debemos reconocer a Paul Berthon su inquietud por el «orden minucioso
que debe dirigir las excavaciones». Escribe en 1904:
Me instalaré ante una mesa al borde mismo de la excavación, tomaré
nota de cada objeto, sin apuro, en una ficha duplicada, uno de cuyos
ejemplares ira con el objeto y el otro conservaré conmigo (Berthon,
1904).
Precisa también a próposito de sus excavaciones en Pachacamac:
No solamente deben recogerse las piezas de museo sino a menudo los
menores objetos pequeños: piedras corrientes, alimentos o desechos de
cocina (Berthon, 1911: 28).
La misión de Paul Berthon es la última que mandó al Perú el Servicio de las
Misiones Científicas de nuestro ministerio de Instrucción Pública. Como lo
nota Pascal Riviale (2000: 186)
(…) el argumento de mayor peso fue probablemente la aprobación
y puesta en vigencia, en ciertas repúblicas latinoamericanas, de una
legislación eficaz orientada a proteger su patrimonio histórico.
Este argumento, y algunos otros de naturaleza más trivial, de presupuesto.
Europa, y especialmente Francia, atravesaron en este periodo años muy duros.
304 Al final de la primera Guerra Mundial en 1918, se reactivó paulatinamente el
La arqueología francesa en el Perú

interés sobre las investigaciones científicas, y entre otras las arqueológicas, una
vez atenuados los traumatismos de la Guerra y sus consecutivos problemas
económicos.
En 1933, el general Louis Langlois —nuevamente un militar encargado
de una misión científica—, visitó y estudió el imponente sitio de Kuélap en
la región del Utcubamba (dpto. de Amazonas) (fig. 1). Estas ruinas habían
sido descubiertas desde 1843 por un morador local, cuya descripción no se
publicó antes de 1892 (Boletín de la Sociedad Geográfica de Lima). Luego
recibieron varias visitas, entre otras las de Tschudi, Raimondi, Middendorf,
y el francés Wiener y, finalmente, Adolfo Bandelier quien levantó un primer
plano. Todos señalaban varios conjuntos de ruinas pero Louis Langlois, el
primero, las estudió con precisión, levantó un detallado plano y revisó muchos
de los otros sitios señalados en los alrededores, a veces con condiciones algo
arriesgadas. No excavó, se limitó a examinar los restos arquitectónicos visibles,
y sus observaciones se publicaron en Lima en 1934 y 1939 (Langlois, 1939-

Figura 1 – Ciudadela de Kuélap (dpto de Amazonas) construida por


los chachapoyas durante el siglo IX d.C. Ignorada después de la
Conquista, fue redescubierta y estudiada por Louis Langlois en los 305
años 1930
Danièle Lavallée

1940). De nuevo empieza un periodo de más de diez años durante el cual los
franceses van a «tener otras cosas en la cabeza».
Durante los años 1940, Francia estará ausente del ámbito científico peruano,
precisamente cuando empieza un decenio durante el cual se producen en la
arqueología peruana cambios teóricos importantes, mayormente inspirados
por los norteamericanos. Es el caso, en especial, del sistema elaborado por John
Rowe de clasificar los tiempos prehispánicos a base de Horizontes y Periodos,
y también el famoso Proyecto Virú (un proyecto ambicioso, holístico, que se
propone estudiar un valle costero en todos sus aspectos y toda su historia, con
la idea implícita que los resultados serán representativos de todos los valles).
En este momento, solo trabajan en el Perú arqueólogos norteamericanos.
Sin embargo, durante estos años oscuros se encuentra en el Perú el francés
Bertrand Flornoy, un joven «explorador» como él mismo se definió, quien
había organizado una expedición con dos compañeros y, en noviembre de
1941, localiza precisamente el origen del río Marañón (Niñococha, en la
cordillera de Huayhuash).Veremos más adelante cómo su expedición tendrá
consecuencias arqueológicas (figs. 2, 3).

Figura 2 – Bertrand Flornoy, Jean de Guébriand y Fred Matter (de izquierda a


derecha) en 1936, durante su primer viaje al Perú
Foto no identificada, extraida de B. Flornoy, 1951 [1939]: 101.
306
La arqueología francesa en el Perú

Figura 3 – Laguna de Niñococha, origen del río Marañón


Foto B. Flornoy

2. Segunda Parte (1945-1999). Del final de la Segunda Guerra


Mundial al final del siglo: una arqueología profesional
Después del final de la Segunda Guerra Mundial, a partir de 1945, la
situación francesa de la investigación americanista cambió del todo. Por una
parte, en razón de la acción del antropólogo Paul Rivet en el Museo del
Hombre en París. Por otra parte, por la reactivación del Centro Nacional de
Investigación Científica (CNRS).
- Paul Rivet no trabajó nunca directamente en el Perú pero muchas de sus
innumerables publicaciones estuvieron dedicadas al Perú prehispánico,
trátese de colecciones de objetos, de técnicas (entre otras la metalurgia), de
música, de lingüística, etc. Él fue director del Museo del Hombre, suscitó
y estimuló las investigaciones americanistas y organizó misiones para varios
investigadores, hasta su muerte en 1958. Aquí unos recuerdos personales: yo
era entonces estudiante en Prehistoria y Antropología, trabajaba en el Museo
del Hombre y, con mis compañeros, conocíamos bien al Sr. Director, por
quien sentíamos un gran afecto y un inmenso respeto. Fue él quien, por
307
primera vez, me habló del Perú.
Danièle Lavallée

- En cuanto al Centro Nacional de Investigación, creado justo antes de la


guerra pero imposibilitado durante años, se reactivó y financió nuevamente
las actividades de investigación.
Es así como Henry Reichlen, investigador reclutado por el CNRS en 1945,
llegó al Perú en 1947 como «miembro de la Misión etnológica francesa»
organizada por Paul Rivet. Él y su esposa Paula son en aquel entonces los
únicos arqueólogos europeos aceptados en el Perú.
Realizaron reconocimientos y excavaciones en el sureste del departamento
de Cajamarca, región cuyo pasado arqueológico está, hasta entonces, poco
conocido. Se recordaba solamente las observaciones de Louis Langlois
sobre las ruinas de Kuélap. Reichlen trabajó en los sitios de Wayrapongo,
Las Torrecitas, La Vaquería, Chondorko. La secuencia en 5 fases que logró
establecer en base a la cerámica de Cajamarca y una parte de la sierra norte
todavía es válida (Reichlen & Reichlen, 1949). La Fase I, que Reichlen bautiza
«Torrecitas», corresponde a una tradición cercana a la de Chavín pero las dos
fases siguientes 2 y 3, sobre todo la Fase 3, se caracterizan por un estilo de
cerámica que Reichlen describe por primera vez, el «estilo Cajamarca cursivo»,
que parece desprovisto de antecedentes locales. Investigaciones en la misma
región no serán reactivadas antes
de los trabajos de Kazuo Terada y
su equipo japonés en Huacaloma,
en 1979.
Dos meses después, Henry y
Paula Reichlen efectuaron otra
misión en el valle del Alto Utcu-
bamba. Excavaron en los sitios de
Kuélap y San Pedro de Washpa.
En los de Chipurik y Revash,
descubrieron monumentos fune-
rarios antropomorfos, y pequeñas
casas funerarias, encaramadas en
las anfractuosidades de los bar-
rancos (figs. 4, 5) (Reichlen &

Figura 4 – Monumento funerario del sitio de


Chipurik, valle del Alto Utcubamba
308 Foto H. Reichlen, extraida de H. y P. Reichlen,
1950: pl. X
La arqueología francesa en el Perú

Figura 5 – Monumento funerario del sitio de Revash, valle del Alto


Utcubamba
Foto H. Reichlen, sacada de H. y P. Reichlen, 1950: pl. X

Reichlen, 1950). Reichlen presentó sus descubrimientos al Primer Congreso


de Peruanistas en 1951. Todos estos monumentos de la región de Chacha-
poyas han sido «re-descubiertos» varias veces; son ahora bien conocidos y
atraen cada día a más turistas alrededor de Leymebamba, la Laguna de los
Cóndores y otros lugares.
Para terminar con la obra de Henry Reichlen (fallecido en 2000), tengo ganas
de decir, con mucho cariño, que él se equivocó de siglo. Fue un arqueólogo del
siglo XX, pero con espíritu y afición de un viajero del siglo XIX, a semejanza
de Charles Wiener. Tenía curiosidad de todo, con una formación doble en
ciencias naturales y ciencias humanas. Sus escritos, sean los que tratan de
Cajamarca o del Alto Utcubamba, empiezan con descripciones de la población
local, del hábitat y de las vestimentas, de la agricultura y de las técnicas, de la
medicina vernacular, de las creencias y supersticiones populares. Solo después
aborda los temas arqueológicos. Otro punto resaltante, apreciaba más que
todo «las regiones aisladas de difícil acceso, casi inhabitadas y recubiertas
309
por densas florestas». El mismo escribe eso, hablando del Alto Utcubamba
Danièle Lavallée

(Reichlen & Reichlen, 1950: 219). Las fotos que tenemos de él lo muestran
a menudo montado, vestido y ensombrerado como un campesino. Entre los
objetos personales, recuerdos de sus expediciones en el Perú pero también
en la pampa Argentina o en Tierra del Fuego, hay ponchos, lazos, machetes
y estuches de carabina. De todo esto, tan evocador y dejado en el IFEA, su
esposa Paula me hizo en 1970 el suntuoso y conmovedor regalo.
Era también, aunque siempre a la moda del siglo XIX, un hombre de museo
y de gabinete, con una erudición sin falla, revolviendo los archivos del Museo
del Hombre para descubrir y publicar antiguos documentos y notas inéditas.
Fue mi padrino cuando integré el CNRS en 1963. Con mis compañeros de
estudio, lo llamábamos la «Enciclopedia con patas».
Debo volver atrás pues, durante la estadía de los Reichlen en el Perú, aconteció
algo de importancia, la creación del Instituto Francés de Estudios Andinos
(IFEA). En esta época, el etnólogo Jehan Vellard, el geógrafo Marc Pieyre,
ambos profesores en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, y Henry
Reichlen, decidieron crear un centro de investigación sobre el mundo andino.
El IFEA se inauguró oficialmente el 14 de mayo de 1948, su primer director y
único investigador oficialmente nombrado fue Jehan Vellard. Por suerte estuvo
también presente Henry Reichlen, quien se instaló en el local del IFEA en el
Edificio Rímac (Paseo de la República) y llevó algo de vida a esa triste casona,
depositando periódicamente cajas y cajas de materiales de sus excavaciones.
Casi todas las investigaciones francesas en el Perú, especialmente arqueológicas,
se desarrollaron de aquí en adelante bajo los auspicios del IFEA y gozaron
de su acogida y ayuda logística, ambas siempre generosas. Tenemos aquí
un gabinete de trabajo, un vehículo para alquilar y, más importante aún, la
posibilidad de publicar nuestros trabajos. El IFEA constituye también un
incomparable centro de documentación.
Seguimos con la historia. En 1954 llega al Perú Frédéric Engel, nacido en
Suiza de una familia francesa. No era arqueólogo, había seguido estudios
de derecho, economía y algo de antropología. Su instalación en Lima no se
debió en nada a motivos científicos pero rápidamente, muy interesado por la
arqueología y gozando de apreciables recursos financieros, empezó a recorrer
la costa. En la primera de sus publicaciones (Engel, 1955), Engel hace una
descripción de los conchales existentes en la costa entre Ancón y el río Ica.
Determina que estos conchales representan un tipo de instalación basada
310 principalmente en la alimentación marina, la cual es complementada
por un aporte agrícola (Velarde, 2002-2003: 95).
La arqueología francesa en el Perú

En 1957 publica un inventario de sitios sin cerámica localizados entre


Chicama y Camaná (Engel, 1957, 1958).
Algunos de estos sitios los habían descubiertos otros arqueólogos, y/o han
sido ampliamente estudiados después (entre otros Las Aldas, Culebras,
Áspero, Río Seco, Chilca y Asia, Otuma, etc.). Leonid Velarde escribe (2002-
2003: 95) que «este reconocimiento e inventario de sitios ha sido uno de sus
principales aportes a la arqueología peruana».
Al inicio, Engel quería encontrar «sitios paleolíticos» pero encontró, en estos
primeros trabajos, solo sitios con algodón, con maní y frejoles, en resumen
sitios «neolíticos» (empleo sus propios términos, sus referencias eran todas
europeas). Estimó entonces que había fracasado y concentró sus trabajos en la
región de Paracas (Engel, 1963). Sus excavaciones en un osario en la península
proporcionaron unos de los datos únicos en su género para la región y para el
Perú (fig. 6).
No voy a entrar en el detalle de
los trabajos de Frédéric Engel. Me
limitaré a decir que, a pesar de sus
debilidades metodológicas, consti-
tuyen referencias obligatorias para
todos los que estudian las ocupa-
ciones antiguas de las costas cen-
tral y sur del Perú. Por razones per-
sonales que me permitirán obviar,
prefiero concluir en cuanto a él con
las palabras de una personalidad
de su comunidad peruana, el prof.
Figura 6 – Fondo de una vivienda precerámica en la Pampa de Duccio Bonavia quien escribe (en
Santo Domingo, Paracas 2005):
Foto: F. Engel
Entre los años 1950 y 1987
trabajó en Perú un personaje muy discutido, Andrés Frédéric Engel,
francés. De él se han escrito las mejores y las peores cosas. Su actividad
principal eran las finanzas, pero era un apasionado de la arqueología
[…]. En el Perú, aprovechando que tenía acceso a considerables
fondos, se dedicó a estudiar los yacimientos precerámicos y para
ello contrataba a arqueólogos jóvenes, entre los que cabe recordar a
Henning Bischof, Chris Donnan, Edw. Lanning y Claude Chauchat. 311
Los dos graves defectos de Engel fueron, de una parte su falta de
Danièle Lavallée

preparación científica y por otra parte la no aceptación de aquellos


hallazgos que no habían sido efectuados por él mismo […] Así que
se perdió mucha información valiosa. Además, como él sabía mover
sus influencias en las esferas del poder, lograba neutralizar a aquellos
que podían hacerle sombra. Mirando fríamente las cosas, sin embargo,
hay una parte de los trabajos de Engel que es rescatable si es que se los
analiza con criterio crítico, pero sobre todo él nos ha dejado una lista
impresionante de yacimientos precerámicos que están a la espera de ser
estudiados (Bonavia, 2005-2006: 154-155).
Ha llegado el momento de evocar brevemente mi propia experiencia durante
los años 1960. Como no me gusta hablar tanto de mí, mencionaré solamente
algunos momentos que han marcado estos primeros años en el Perú. Llegué
por primera vez a fines de 1959, estudiante en arqueología de la Universidad de
Paris-Sorbona y «rica» (en sentido metafórico) gracias a una beca de estudios,
con el cargo de «lectora de francés» en la Universidad Nacional Mayor de San
Marcos. Estaba preparando una tesis de doctorado en arqueología peruana
y, siguiendo los consejos de Henry Reichlen, había escogido como tema la
cerámica mochica. Eso me dio el privilegio de ser recibida en el Museo de La
Magdalena por su director el Dr. Jorge C. Muelle; nunca olvidaré su atención,
su generosidad y su extrema gentileza.
En 1964, durante una segunda estadía, una vez integrada en el CNRS, me
reuní con mucha timidez con la Dra. Rosa Fung quien me recibió en sus
excavaciones de la Huaca San Marcos y me integró a los trabajos de limpieza
y conservación que ella dirigía con estudiantes de la Universidad San Marcos.
Ella fue mi primera mentora, y mi primera amiga aquí. Luego realicé unos
trabajos puntuales que me había confiado el Patronato Nacional, análisis de
material cerámico de los Andes centrales (1966), de Pachacamac (1968) y
de industria lítica de Chavín (1968). Todos están publicados en la Revista
del Museo Nacional, y quisiera aprovechar la oportunidad para subrayar la
labor de la Dra. Rosalía Avalos de Matos quien dirigía la Revista y acogía con
máxima generosidad los trabajos de los arqueólogos extranjeros, publicados
en castellano por supuesto.
Este mismo año de 1968, tuve también la suerte de visitar junto a Rosa
Fung algunos de los más importantes sitios formativos del valle de Casma.
Se hablaba en los círculos diplomáticos de crear una misión arqueológica
francesa permanente y, siendo en este momento la única representante de la
312
disciplina en el Perú, acompañé otra vez de visita a un «gran elefante blanco»
La arqueología francesa en el Perú

enviado desde París y especialista de México. Por suerte, este proyecto no


trajo cola…
En 1968 por fin, llega Claude Chauchat como «cooperante» (una manera
bastante cómoda de cumplir con el servicio militar francés, obligatorio en
aquella época, en el marco de una cooperación internacional). Empieza
trabajando para Frederic Engel, quien le encarga el estudio de las colecciones
líticas conservadas en su gabinete de la Universidad Agraria en La Molina.
Chauchat estudió la industria procedente de las cuevas de Quiqche y Tres
Ventanas excavadas por Engel en el alto valle de Chilca. Estableció una
«lista tipológica» que le permitió, primero, efectuar el análisis cuantitativo
del material, y luego comparar sus observaciones con otras sobre sitios de
la sierra, como la cueva de Lauricocha (Chauchat, 1972). Este mismo año,
tiene la oportunidad de examinar un material recolectado en los alrededores
de Trujillo por Paul Ossa (integrante del Chanchan Moche Valley Project de la
Universidad de Harvard). Un material singular, muy diferente del material
característico de los Andes, y cuya existencia en la región de Cupisnique
había sido señalada desde los años treinta por Heinrich Doering, luego re-
descubierta por Rafael Larco Hoyle y
Junius Bird. Lo caracteriza una punta
pedunculada de gran tamaño, la «Punta
de Paiján». Doering, y Bird también,
pensaban que había sido utilizada por
«cazadores de megafauna» pues aparecía
asociada, superficialmente, con huesos
de fauna fósil.
Finalmente, Chauchat puede examinar
piezas líticas encontradas por Edward
Lanning cerca de Lima, en el Cerro
Chivateros, y que éste consideraba
testimonio de una cultura muy antigua
de «hachas de mano». Opina Chauchat
que dicho material, en realidad, se
parece al de Cupisnique, donde piezas
similares no son más que esbozos y
preformas de puntas. Claude, excelente
Figura 7 – Una «punta de Paiján» descubierta en surperficie en especialista en tipología lítica que había
la pampa de Paiján estudiado con el profesor François 313
Foto: Cl. Chauchat
Danièle Lavallée

Bordes en Francia, elaboró entonces un proyecto de investigación en la


Pampa de los Fósiles (La Libertad) para definir mejor la industria de Paiján
que todavía no llevaba el nombre de «Paijanense» (fig. 7). Como señala Elmo
León (2007: 92), «es uno de los más fascinantes temas de investigación
precerámica», que intentaré resumir:
Entre 1972 y 1979, Chauchat evidenció en la Pampa una serie de asentamientos
humanos fechados aproximadamente entre 10000 y 7000 años. Descubrió
instalaciones todas superficiales entre las cuales logró distinguir canteras,
talleres y campamentos. Demostró que, en aquella época, el mar se encontraba
a unos veinte kilómetros más alejado, y que los paijanenses no eran pescadores
sino cazadores, muy móviles, que se desplazaban entre costa y cordillera.
Sus presas eran pequeños mamíferos, roedores, grandes lagartos o cañanes, y
también peces de mar que arponeaban con las famosas puntas (aunque esta
hipótesis está en debate). En todo caso, no cazaban la fauna fósil, desde hace
mucho tiempo extinguida. En 1979, Chauchat y su equipo descubren también
dos tumbas, la de un adolescente y la de un adulto. Este último, el «Hombre
de Paiján» resulta, hasta la fecha, el más antiguo peruano (10200±180 a. P.)
(fig. 8). Una monografía pionera se publicó en Francia en 1992, luego en
2006 en Lima, actualizada y traducida (Chauchat (dir.), 2006).

314 Figura 8 – El «Hombre de Paiján»


Foto: Cl. Chauchat
La arqueología francesa en el Perú

Las investigaciones prosiguen hasta fines de los años 1990. En colaboración


con el Dr. Jacques Pelegrin, otro especialista francés de tecnología lítica, e
investigadores peruanos, Chauchat realiza la excavación exhaustiva del taller
«Pampa de los Fósiles 14», donde logra reconstruir la «cadena operativa» de
fabricación de las puntas. Este concepto de «cadena operativa» había sido
elaborado en Francia por mi maestro André Leroi-Gourhan desde 1965,
luego fue largamente difundido por Jacques Tixier. La excavación del Taller
14 ha sido publicada en inglés en 2004 (Chauchat & Pelegrin, 2004).
Dejo nuevamente la palabra a Duccio Bonavia (2005-2006: 161) para
concluir sobre el tema:
Al final se reevaluó el problema del Paijanense in toto. Al mismo tiempo,
se pudo explicar que la industria que había encontrado Lanning en
Chivateros en la Costa Central, en la década de los 60, en el fondo no
era más que una facies del Paijanense.
Desde entonces, se ha identificado el Paijanense en varios puntos de la costa
peruana, desde Cupisnique hasta Ica, a lo largo de casi 900 kilómetros. Lo
que, escribe Elmo León (2007), «hace de esta cultura una de las más extensas
en el marco internacional entre el Pleistoceno terminal y el Holoceno medio». 
Unas palabras más, a propósito de Claude y yo, quienes trabajamos uno al
lado de otro en el Perú desde hace 40 años, al inicio sin conocernos, quisiera
regresar a un punto de vista más personal sobre nuestras dos trayectorias.
Mientras Claude estudiaba en la Universidad de Burdeos con el famoso
profesor Bordes, yo casi al mismo tiempo estudiaba en París con el no menos
famoso profesor Leroi-Gourhan. Existía desde hace años una rivalidad entre
las dos escuelas. En cuanto a los métodos, François Bordes privilegiaba en
sus excavaciones, y fundaba sus análisis, sobre el método estratigráfico y
la tipología, que consiste en definir, al interior de conjuntos de industria
lítica, las piezas características que, luego, servirán para identificar las capas
sucesivas de las cuales proceden. André Leroi-Gourhan insistía antes que todo
sobre los métodos de excavación y la necesidad de excavar horizontalmente,
siguiendo los pisos de ocupación. Decía él, en 1950 «los hombres no vivían
como moscas pegadas a una pared».
Una verdadera divergencia conceptual, pero que nosotros los estudiantes
habíamos transformado en rivalidad. Cuando llegaba a París un estudiante
de Bordes, era mirado con desdén, y recíprocamente, por supuesto. Durante
los años 1970, nos encontramos con Claude en el Perú. Él trabajaba en 315
Danièle Lavallée

Cupisnique, y yo cerca de Moya, en los Andes de Huancavelica. De vez en


cuando nos cruzamos en Lima y, por supuesto, nos miramos tontamente con
desconfianza, hasta que nuestros encuentros y discusiones, y ante todo el
sentido común, transformaron esta antipatía «heredada» en amistad y estima,
profundas y compartidas.
En estos inicios de los años 1970 llegaron también al Perú otros jóvenes
arqueólogos franceses, pero en un marco no estrictamente científico. Eran,
como Chauchat dos años antes, «cooperantes».
Jean-François Bouchard (de 1972 a 1974) dictó cursos de francés en la
Alianza francesa y preparó al mismo tiempo una tesis de doctorado sobre la
arquitectura inca. Evidentemente, este tema ya era bien conocido, pero el
mérito de Jean-François es haberlo mirado con ojos de arquitecto, como lo
harían unos años después Graziano Gasparini y Luise Margolies. Su análisis

Figura 9 – Análisis de Jean-François Bouchard Figura 10 – Análisis de Jean-François


sobre reagrupaciones por oposición y simetría. Bouchard sobre reagrupaciones por
316 Combinación 1 oposición y simetría. Combinación 2
Dibujos sacados de Bouchard, 1983: fig. 22 Dibujos sacados de Bouchard, 1983: fig. 23
La arqueología francesa en el Perú

tecnológico pretendió reconocer,
al nivel de las asociaciones de
edificios, constantes formales
que testimoniasen principios de
planificación constructiva (figs.
9, 10). Su tesis fue publicada en
Francia (Bouchard, 1983) pues
lo que buscaba Jean-François era
hacer conocer dicha arquitectura
allá. Por esta razón quedó ignorada
en el Perú.
Otro «joven», Jean Guffroy tuvo
también que dictar cursos en la
Alianza pero, muy astuto, consi-
guió transformarlos en cursos de
¡cocina francesa! Él también pre-
paró una tesis, sobre los Petroglifos
de Checta, en el valle del Chillón
(fig. 11). Apoyándose en los estu-
dios etnohistóricos de la Dra. María
Rostworowski, demostró que este
conjunto de más de 400 rocas gra-
badas se relacionaba con áreas de
cultivo y trayectos de intercambio
Figura 11 – Petroglifos de Checta, valle del Chillón y distribución de la coca, durante
Fotos: J. Guffroy (1999, carátula) el Intermedio Tardío. Sus resulta-
dos fueron publicados en Lima en
1977 (Guffroy, 1977; 1999; 2009).
Vuelvo ahora a mi propio trabajo en la sierra de Huancavelica. En 1970, inicié
con la Dra. Michèle Julien un proyecto de investigación sobre las ocupaciones
tardías. Eso por sugerencia de nuestro colega etnólogo Henri Favre, quien
deseaba que vayamos a averiguar en el terreno la existencia de los ayllus
prehispánicos enumerados en un documento español con fecha de 1647, que
él mismo había estudiado. Dichos ayllus hubieran constituido el curacazgo de
los asto. En agosto, llegamos a Huancayo donde nos recibió de manera muy
simpática el Dr. Ramiro Matos Mendieta, y pronto salimos, primero por el
pequeño ferrocarril de vía estrecha, hasta Tellería, en seguida a Moya, y luego 317
Danièle Lavallée

Figura 12 – Reconocimiento de sitios arqueológicos por D. Lavallée y M. Julien,


sierra de Huancavelica, 1970
Foto: D. Lavallée

a pie por los senderos pedregosos de la Cordillera, con dos mochilas, dos
pequeños baúles, dos carpas, y algunos burros. Un campesino de Moya nos
acompañó pero no se quedó más que 3 días con nosotras. Seguimos solas, de
sitio en sitio, de cima en cima pues los sitios ocupaban siempre la cumbre de
los cerros (fig. 12). No entro
en el detalle de nuestras
peregrinaciones a pie, a
lomo de acémilas o caballos,
en esta parte de los Andes
de relieve escarpado donde,
durante tres meses logramos
localizar 27 sitios de los
que levantamos el plano
y estudiamos la inserción
en el medio ambiente, la
repartición en el espacio
y la disposición interna,
analizando las viviendas, el
Figura 13 – Conjunto de habitaciones del pueblo asto de Kuniare
318 equipo técnico, etc. (figs. (4100 m, siglo 12)
13, 14, 15) El año siguiente Foto: D. Lavallée
La arqueología francesa en el Perú

Figura 14 – Una mañana algo fría debajo de la Figura 15 – Piso de una habitación en el pueblo asto
nieve, en el sitio asto de Laiwe (3 900 m) en 1970 de Chuntamarca (4 000 m, siglo 12)
Foto: D. Lavallée Foto: D. Lavallée

continué sola sobre el territorio del cacicazgo colindante de los chunku, y en


1972 con Henri Favre, sobre el de los laraw. Nuestro estudio del cacicazgo
Asto se publicó en 1973 en el IFEA y nuevamente, en castellano, en el IEP
en 1983 (Lavallée, 1973; Lavallée & Julien, 1973; 1983).
En 1974, tuve la suerte de ser reclutada como «pensionnaire» en el IFEA, lo que
me permitió radicar en el Perú. Había decidido volver a mi tema predilecto,
la «prehistoria» (en el Perú, el estudio del Arcaico, o Precerámico). Desde los
primeros encuentros con el profesor Ramiro Matos se había forjado una amistad y
él me propuso asociarme con el «Proyecto de investigaciones arqueológicas Punas
de Junín» que acababa de organizar. Un equipo norteamericano encabezado
por John Rick excavaba la
cueva de Pachamachay, Peter
Kaulicke estudiaba el abrigo
de Uchkumachay, Ramiro
Matos trabajaba en el sector
de Ondores. Nosotras fuimos
a explorar la cuenca del río
Shaka-Palcamayo, alrededor
de San Pedro de Cajas,
buscando otro sitio arcaico
para excavar (Lavallée &
Julien, 1975). A partir de
1974, San Pedro de Cajas fue
«nuestro pueblo» y la familia
Figura 16 – Abrigo de Telarmachay, al pie del acantilado, a del maestro tejedor César 319
la derecha (4 420 m) Yurivilca «nuestra familia».
Danièle Lavallée

Figura 17 – Telarmachay. Campamento bajo la nieve (1979)


Foto: D. Lavallée

La excavación del abrigo de Telarmachay, a más de 4400 metros de altura, fue


una difícil pero apasionante aventura (fig. 16). Difícil, porque nuestro campa-
mento estuvo a menudo enterrado bajo nieve, y porque no resulta muy agra-
dable dormir en carpa a -10° (hasta -17 una vez) bajo cero (fig. 17). Es difícil
también excavar un suelo congelado, lavar huesitos en agua helada (si algunos
de los que participaron leen esto, deben acordarse). Pero apasionante porque,
por primera vez, habíamos aplicado en un yacimiento andino la técnica, muy
diferente a la de una excavación en pozos o trincheras, del «decapado» sobre
amplias superficies de un piso de ocupación, dejando sin tocar todos los ves-
tigios hasta el momento del registro y «desmontaje» del piso (figs. 18, 19). Lo
que permite observarlo más o
menos en el estado como lo
han dejado sus antiguos ocu-
pantes, miles de años antes.
Excavaciones así controladas
han puesto en evidencia una
secuencia de siete fases de
ocupación, desde el Holo-
ceno temprano hasta el Pre-
cerámico tardío, entre 9000 y
3500 a. P.

320 Hemos logrado reconstruir Figura 18 – Telarmachay. Hilera de excavadores (1978)


cómo se utilizaron los dife- Foto: D. Lavallée
La arqueología francesa en el Perú

Figura 19 – Telarmachay. Acumulación de restos óseos de


camélidos (nivel VI, ca 7000 B. P.)
Foto: D. Lavallée

rentes ambientes del abrigo a través del tiempo. En términos generales, he-
mos concluido que se trataba de ocupaciones estacionales ocurridas durante
los meses de invierno, y que paulatinamente se había desarrollado una caza
especializada, la cual se convirtió, según las observaciones de la Dra. Jane
Wheeler, en una verdadera domesticación de camélidos alrededor de los 5000
años a. P.
En cuanto a los análisis del material cultural, especialmente lítico, el empleo
del método de las cadenas operativas nos permitió una reconstrucción vasta
de las actividades de los ocupantes del abrigo, es decir los patrones de la vida
cotidiana, el uso del espacio vital, el desarrollo de la tecnología en sus diversas
formas y la evolución de estos a través del tiempo.
Los utensilios fueron también analizados mediante análisis de las micro-
huellas de uso (o traceología), lo que hizo posible la identificación de su
función y utilización.
Concluiré con palabras del Dr. Bonavia, quien escribe (2005-2006: 161-162):
(…) utilizando la técnica del decapage de la escuela de Leroi-Gourhan,
el yacimiento fue examinado con una prolijidad poco común y con
resultados verdaderamente sorprendentes. Se logró no solo un análisis
de todos los restos de artefactos encontrados y de diferentes materiales,
sino que se llegó a deducir su función y la técnica de fabricación. Se
pudo hacer una reconstrucción del espacio, sabiendo con certeza en
cada época de ocupación del abrigo cómo vivía el hombre, qué tareas 321
realizó y dónde las llevó a cabo.
Danièle Lavallée

Las excavaciones en Telarmachay se publicaron en Francia en 1985 (Lavallée


(dir.), 1985) y luego en Lima (IFEA) y en castellano, en 1995 (Lavallée et al.,
1995). Y ahora, basta de bombos y platillos.
Mientras nos congelabamos en Telarmachay, dos estudiantes nuestras,
Elisabeth Bonnier y Catherine Rozenberg, recorrieron el mismo valle del
Shaka-Palcamayo, entre San Pedro de Cajas y Palcamayo, y lograron identificar
una veintena de asentamientos del Intermedio Tardío, como lo habíamos hecho
algunos años antes en los asto (fig. 20) (Bonnier & Rozenberg, 1978). Son
pequeños pueblos en cumbres y a menudo fortificados, pero a diferencia de
aquellos, los edificios son a menudo de planta rectangular y tienen dos pisos. La
tesis de Elisabeth y Catherine se sustentó en París en 1982 pero, entre tiempo,
las dos habían emprendido otro proyecto de investigación en el departamento
de Huánuco, en la región de Tantamayo. Así que no se publicó esta tesis.

Figura 20 – Sitio fortificado de Shukimarka, vallee del Shaka-Palcamayo


(dpt. Junín, siglo XII)
Foto: E. Bonnier

Eso me da la oportunidad de evocar unas de estas singulares trayectorias,


que no se caracterizan por una labor continua pero que, saltando los años,
podemos seguirles el hilo durante más de cuarenta años. Así fue la que yo
evocaba empezando mi presentación, iniciada por el explorador Bertrand
Flornoy en el Alto Amazonas.
Bertrand no era arqueólogo, más bien etnólogo aunque él prefería calificarse
322
de «explorador». Sus primeras expediciones en los años 1940 le llevaron a
La arqueología francesa en el Perú

Ecuador y luego al Perú. En 1947, durante


una nueva estadía, recorrió el Alto Marañón
y visitó varios conjuntos de ruinas. Bien
conocidos por los campesinos locales, estos
sin embargo no figuraban en los mapas.
Observó y describió casas con 4 o 5 pisos,
agrupadas y protegidas por altas murallas.
De regreso a Lima, depositó en el Museo
de La Magdalena sus notas y dibujos.
Estos «descubrimientos» lo llevaron a
emprender un nuevo viaje, como encargado
de una misión por el Museo Nacional de
Historia Natural de París. Obtuvo una
autorización del Ministerio de Educación
del Perú para realizar excavaciones.
Recorrió primero la margen derecha del
Alto Marañón, desde su nacimiento hasta
la región de Huánuco y visitó 101 sitios
en la región de Jesús, Rondos y Chavinillo.
En 1957, se quedó durante varios meses en
Figura 21 – Tantamayo. Edificiios de varios pisos con
escaleras interiores y techos de piedra la región de Tantamayo y visitó 25 sitios
Foto: Roberto Accinelli Tanaka. donde nuevamente observó estas formas
arquitectónicas peculiares: edificios de 10
metros de altura, con escaleras interiores y techos de piedra (fig. 21). Los
sitios más notables se llaman Rapallán, Susupillo, y Piruru (Flornoy, 1957).
En 1959 sin embargo, Bertrand «entró en la política» en Francia y abandonó
sus investigaciones en el Perú, pidiendo a Louis Girault que las continúe.
Louis Girault tampoco era arqueólogo profesional, al menos al inicio.
Su trayecto, como lo escribe Thierry Saignes (1979) «se aleja mucho de
las etapas clásicas que jalonan la vía real hacia la Ciencia y la Universidad
[con mayúscula]. Louis Girault se hizo solo» (Saignes, 1979). Ceramista
de formación, viajó de manera regular a Bolivia donde trabajó en una
triple dirección: etnomusicología, etnografía y arqueología (participó en
las temporadas de excavación de Tiahuanaco dirigidas por Carlos Ponce
Sanjinés). Con motivo de un viaje al Perú, se encontró con Frédéric Engel y
participó en unas de sus investigaciones de sitios costeros precerámicos. Es en
aquel entonces que Bertrand Flornoy le propone reanudar sus trabajos en el 323
Danièle Lavallée

Alto Amazonas. Louis escoge el sitio


de Piruru (distrito de Tantamayo),
que supuestamente se remontaría al
Intermedio Tardío (fig. 22). Louis
trabaja en Piruru en 1968, 1970
donde, inesperadamente, descubre
en los estratos más profundos de
los pozos estratigráficos que ha
excavado al pie de los edificios altos
(estratos 3 y 4), unos niveles que
estima ser «precerámicos» (Girault,
1981). Lo anterior fue confirmado
por varios fechados radiocarbónicos
escalonados entre 4050 y 3430
años a. P.
Louis falleció brutalmente en La
Paz, en 1975, sin haber podido
terminar las excavaciones en
Piruru, sin tener conocimiento de
los fechados, y dejando inédito un
Figura 22 – Carátula del libro de E. Bonnier, 2007 montón de documentación. Todo
su material ha sido depositado en
la Universidad de Huánuco (25  813 tiestos, 1  571 objetos líticos, con los
minuciosos inventarios y planos correspondientes). Cuatro años después,
Bertrand Flornoy, amigo mío desde muchos años atrás, me pregunta si estaría
dispuesta a excavar nuevamente en Piruru. Estando recién ocupada por lo
de Telarmachay, no acepto pero le presento a mis dos estudiantes: Elisabeth
Bonnier y Catherine Rozenberg. Aquí empieza la tercera etapa de lo que
llamo la «trayectoria Tantamayo».
En 1980, el mismo año del fallecimiento de Bertrand Flornoy (que no llegó a
conocer el resultado final de sus descubrimientos), Catherine Rozenberg revisó
lo que quedaba de las colecciones cerámicas dejadas por Girault en Huánuco
e identificó en el material procedente de Piruru, «formas tradicionales del
periodo formativo […] que, a través ciertos tipos de decoración, parecen
asemejarse a fragmentos encontrados en Chavín» (Rozenberg, 1982: 132).
Elisabeth y Catherine reiniciaron las excavaciones en 1981 y, en siete
324 temporadas sucesivas hasta 1988 (interrumpidas entre 1985 y 1988 «en
La arqueología francesa en el Perú

consideración a una situación política inestable» —es un eufemismo—),


confirmaron ampliamente las intuiciones de Girault.
En 1988 Elisabeth Bonnier organizó y presidió el simposio «Prehispanic
architecture and civilization in the Andes» dentro del 46˚ Congreso
Internacional de Americanistas, realizado en Amsterdam (Holanda). Este
reunió a arqueólogos de dos escuelas —la americana y la europea—, cuyas
diferencias, tanto en la práctica como en la interpretación arqueológica,
enriquecieron el debate y se complementaron. No solo trataron el tema del
estudio de la arquitectura en los Andes peruanos, sino también la evolución
de las técnicas constructivas, el análisis de la forma y la funcionalidad de la
construcción a través del tiempo y del espacio. Las actas de este simposio
fueron finalmente publicadas en 1997 con la ayuda del Dr. Henning Bischof y
la Sociedad Arqueológica peruano-alemana del Reiss-Museum de Mannheim
con el título Arquitectura y civilización en los Andes.
Elisabeth Bonnier nos dejó en 2009, pero tuvo tiempo de publicar lo esencial
de sus investigaciones que permitieron definir, durante el Precerámico (o
Arcaico) final, la tradición arquitectural monumental y ceremonial «Mito»
(identificada por primera vez en Kotosh), «caracterizada por, escribe Elisabeth,
el empleo de arcilla roja en la construcción, el valor sagrado de la superficies
adentro de los santuarios, la presencia de un fogón para quemar ofrendas, la
función de altar que se le puede atribuir al piso de los templos, y el proceso de
entierro ritual de las estructuras ceremoniales» (Bonnier, 1998; 2007). 
Sus investigaciones han hecho de Piruru uno de los grandes sitios con
arquitectura precerámica de los Andes norteñas del Perú.

3. Epilogo provisional
Casi llegamos al final del siglo XX. En los últimos diez años, investigadores
franceses iniciaron varios programas de los cuales algunos no están terminados,
así que resulta difícil hacer un balance. Los proyectos terminados a veces
no están todavía publicados, con excepción de las excavaciones del Cerro
Ñañañique, cerca de Chulucanas en el alto valle del río Piura, conducidas por
Jean Guffroy entre 1987 y 1989, en el marco de un programa de cooperación
entre la Universidad Católica y la ORSTOM (hoy IRD) (fig. 23) (Guffroy
et al., 1989; Guffroy (dir.), 1994). Durante largo tiempo esta región había
sido considerada como una verdadera frontera sociocultural, separando dos 325
regiones de evolución contrastada, el Norte del Perú y el Sur de Ecuador.
Danièle Lavallée

Figura 23 – Cerro Ñañañique, centro ceremonial formativo estudiado por J. Guffroy


(1987-1989). Reconstitución axonométrica de los edificios
Dibujo sacado de J. Guffroy, 1994: 83, fig. 12

Al contrario, las investigaciones de Guffroy mostraron que había sido


el escenario de contactos y fuertes interacciones: desde el siglo X antes de
nuestra era, un centro ceremonial se levantó en la cumbre del cerro, y el
material cerámico colectado, que cuenta desde el inicio con piezas de estilos
diversos, singulariza esta implantación, obra, según parece, de grupos étnicos
o culturales de diferentes orígenes.
El sitio estuvo abandonado al inicio
del IV siglo antes de nuestra era, de
manera brutal (huellas de incendios)
y quedó despoblado durante cerca de
1500 años, antes de su reocupación
entre los siglos XIII y XIV de nuestra
era. En todo caso, parece que la
región nunca estuvo aislada y que
su ocupación estaba estrechamente
ligada al desarrollo de sistemas de
intercambios de bienes, materiales
326 y no materiales, a partir del segundo
milenio antes de nuestra era (fig. 24). Figura 24 – Sitio de Ñañanique, excavado por J. Guffroy
La arqueología francesa en el Perú

Podemos también considerar como arqueológico, o colindante con la


arqueología, el proyecto o mejor dicho los proyectos desarrollados desde 1986
bajo la dirección, o a la iniciativa, de la Dra. Anne Marie Hocquenghem, en el
extremo norte del Perú y el sur de Ecuador. En términos generales, se proponen
reconstituir la historia ambiental de esta vasta región, desde 12000 BP hasta
nuestros días. Una meta muy ambiciosa pero con resultados todavía dispersos.
Terminaré mi presentación resumiendo nuestro propio proyecto —para mí
el último— que iniciamos con Michèle Julien en 1994. Descubrimos y
excavamos un campamento de pescadores-recolectores de moluscos, ocupado
entre 10000 y 6000 BP aproximadamente, en la Quebrada de los Burros
(departamento de Tacna) (fig. 25). Los trabajos de campo finalizaron en
2009. Varios artículos han sido ya publicados en castellano y la monografía
fue publicada por el IFEA en 2012 (Lavallée & Julien (dir.), 2012). Uno
de los resultados sobresalientes es el descubrimiento de un entierro humano
con fecha de 9870 BP, lo que hace de él, después del Hombre de Paiján
descubierto por Claude Chauchat, el segundo más antiguo peruano.

Figura 25 – Excavación en Quebrada de los Burros, dpto de Tacna


Foto: P. Béarez

Conclusión
Para concluir, habrán visto que varios de nosotros tuvimos trayectorias
disociadas, pasando de un terreno a otro, de una época a otra. Es el caso de
Claude Chauchat, que pasó de Paiján a Moche, de los cazadores-recolectores
a los Señores de Moche, de los análisis de industria lítica a los de las tumbas
sepultadas al pie de la Huaca de la Luna en la plataforma Uhle. Claude
trabaja ahora en el marco del «programa internacional Moche» dirigido por
el Dr. Santiago Uceda, desde 1999, razón por la cual no evoqué el detalle de
327
su trabajo.
Danièle Lavallée

Lo mismo para Michèle Julien y yo, quienes hemos bajado de la punas


al borde del mar. Del estudio de cacicazgos tardíos al de las más antiguas
ocupaciones humanas del Arcaico temprano.
Estos cambios, o mutaciones, se deben más que todo al hecho que se trata
de proyectos de investigación individuales, aún si un equipo se organiza
alrededor.
La arqueología francesa en el Perú nunca fue una arqueología de grandes
proyectos, con equipos muy numerosos y muchos recursos. En Francia
misma, las investigaciones americanistas ocupan un lugar muy modesto,
comparándolas con los trabajos en arqueología «clásica» (Próximo Oriente,
Egipto, Grecia y Roma). Ellas se benefician de recursos, y personal,
incomparables.
Hemos visto también que una parte importante de las investigaciones se han
desarrollado en el campo del periodo Arcaico y sus manifestaciones culturales.
¿Por qué?
Porque Francia es, en este dominio, un actor pionero. La ciencia prehistórica
ha nacido en Francia en el siglo XIX y sigue siendo un componente mayor de
la arqueología nacional, con las enseñanzas de François Bordes, André Leroi-
Gourhan, Jacques Tixier, y sus seguidores. Es en Francia que se elaboraron
los conceptos de cadena operativa, de paleoetnología, de arqueología
experimental, entre otros.
De un punto de vista conceptual, por fin, nuestra visión de la investigación
arqueológica difiere de la de la escuela norteamericana, en particular la
derivada de la «New Archaeology». Para esta, se debía primero concebir
una hipótesis, detallar las consecuencias que debía haber entrenado en los
hechos perceptibles y luego, solamente luego, buscar sus huellas en el terreno.
Método «hipotético-deductivo».
En Francia, la prioridad es dada a la investigación empírica antes de toda
modelización. La excavación, la observación rigurosa de los datos (por
ejemplo, la de los «pisos de ocupación», de las relaciones entre los artefactos)
prevalecen, antes de la elaboración de hipótesis explicativas fundadas sobre
los hechos observados. Lo que no impide proponer después, modelos
comparativos.
Para nosotros también, la reconstrucción de los gestos de la vida cotidiana, de
328 los modos de vida, de las estrategias de subsistencia, son más importantes que
La arqueología francesa en el Perú

la búsqueda de un «más antiguo» o de un «scoop» que se publicará en Science.


Podemos decir que el hombre está en el centro de nuestras preocupaciones en
todas sus manifestaciones.
Una nueva generación de arqueólogos franceses nos reemplaza. A Patrice,
Alex, Tania, Carole, Nicolas, Fanny, Thibaud, les deseo muchos éxitos, y que
continúen una fructífera colaboración con los colegas y amigos peruanos, a
pesar de un contexto mundial de crisis económica muy dura.

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331
Un siglo de investigación arqueológica alemana en el Perú: pionera e interdisciplinaria

Un siglo de investigación arqueológica


alemana en el Perú: arqueología pionera
e interdisciplinaria
Elmo León Canales

Introducción
En el marco de las actividades y aportes de arqueólogos e investigadores
foráneos en el Perú, si bien es evidente que los estadounidenses han estado
y vienen estando aún mucho más presentes que cualquier otra nacionalidad,
los alemanes, incluso con presencia numérica relativamente baja, han dejado,
sin lugar a dudas, aportes excepcionales y sustanciales, literalmente cimientos
en algunas áreas clave de nuestra arqueología.
Presentamos aquí una breve síntesis de la actividad germana en el Perú,
básicamente centrada en el siglo XX. La relación de ellos es una especie de
bitácora de trabajo, para que el lector tenga una idea del aporte de ellos en
orden cronológico, por etapas, a modo historiográfico. Se consignan datos
biográficos muy breves y luego lo más importante de la obra de ellos, para luego
hacer un balance del aporte sensu lato. El objetivo de este trabajo es presentar
una síntesis apretada de la historia de estos aportes y de la trascendencia
de ellos en la arqueología peruana, por extensión en Altamerikanistik. En
general, se trata de aportes pioneros de gente, tal vez sin ser arqueólogos, que
333
de una u otra forma han estado ligados al mundo de la Arqueología, empero,
Elmo León

con el matiz de americanista, vale decir, andinista, puesto que arqueología


andina no existe como carrera en Alemania (Kaulicke. 2000). Vamos ahora
a examinar la historia de la investigación arqueológica alemana en el Perú
durante el siglo XX. No obstante, recomendamos al lector precisamente esta
obra antemencionada (Kaulicke, 2000) puesto que proporciona el contexto
histórico en un sentido más amplio de la presencia alemana en el amplio
espectro de la arqueología andina en Latinoamérica.

1. Los germanos descubren a la arqueología peruana: 1875-1910.


Berlín como punto de partida
1. 1. Wilhelm Reiss y Adolph Stuebel: Ancón como punto de partida
Wilhelm Reiss nació en 1838 en Mannheim y estudió en la academia de minas
en Freiburg. Posteriormente se trasladó a Berlín y Bonn para estudiar ciencias
naturales, lo que le llevó a un doctorado en geología en 1864. Solo un año
después conoce a Alphons Stuebel. Este había nacido en 1835 en Dresden.
Tiempo después, en 1860, se doctoró en la Universidad de Heidelberg en
especialidades como mineralogía y física, aunque su interés principal era la
vulcanología (Meyer, 1905).
Entre 1868 y 1876 ambos, por peculio propio, fueron expedicionarios
científicos en Sudamérica, recolectando rocas y antigüedades (Wagner, 1904).
Es durante este proceso que ellos se van interesando in crescendo por la
Arqueología. Dentro de la gama de intereses, sobre todo geológicos, de ambos
investigadores, se hallaba la Arqueología, de modo que excavan en Ancón
entre 1875 y 1876, para luego publicar su obra fundamental Das Todtenfeld
von Ancon (Reiss & Stuebel, 1880-1887). El trabajo está dividido en tres
volúmenes. Mientras que el primero da cuenta de los trabajos, el medio, las
momias y sus objetos asociados y decoraciones, el segundo se centra sobre
todo en los innumerables restos textiles que incluyen desde ponchos, pasando
por lienzos hasta bordados.
Finalmente el tercer tomo aborda otros materiales como metales, cerámica,
objetos de hueso, madera, etc. recuperados de las excavaciones en un intento
de trabajo interdisciplinario que se observa en las intervenciones de expertos
en temas como antropología física, como en el caso de Rudolph Virchow en el
estudio de los cráneos, Nehring en análisis de los mamíferos y Wittmack para
334 el estudio de las plantas del sitio. Se puede decir que esta obra es probablemente
Un siglo de investigación arqueológica alemana en el Perú: pionera e interdisciplinaria

pionera en su naturaleza y aspiración de dar a conocer exhaustivamente un


sitio arqueológico peruano, lección por antonomasia, pues curiosamente
se trata de un mero trabajo científico en ausencia de monumento público,
vale decir, con interés puro en la ciencia. Adicionalmente, el legado de las
colecciones de Ancón ha registrado más de 73 000 especímenes en el Museo
de Antropología de Berlín, lo que ha sido objeto de estudio e interés por parte
de Uhle o Seler, verdaderos pioneros de la arqueología americana (Kaulicke,
2000: 166).

1. 2. Max Uhle (1856-1944): Primer sistematizador de la arqueología


peruana
Max Uhle fue sin lugar a dudas, el más prolífico de los alemanes que se
dedicaron a la arqueología peruana (fig. 1). Su vinculación llegó a tal extremo
que llegó a ser funcionario estatal del Perú, en calidad de director del museo
nacional e incluso ha sido denominado como «padre de la arqueología
peruana». Uhle nació en Dresden un 23 de marzo de 1856. Trabajó bajo la
tutela de Adolph Bastian y Alphons Stuebel en
el Museo de Berlín y en 1892 viaja a Sudamérica
donde hizo excavaciones en muchos sitios
de la costa peruana, entre ellos, Pachacamac
(cf. Ravines, 1989). Su libro de reporte de las
excavaciones de este santuario, es aún un manual,
en cierta forma, moderno de excavaciones y
análisis arqueológicos (Uhle, 1903) y como bien
lo señala Bonavia (2005) es el primer trabajo
estratigráfico de América.
Como resultado de su trabajo, establece el pri-
mer cuadro de cronología prehispánica peruana
(innovando comparaciones de estilos y simul-
táneamente estratigrafía). De modo que Uhle es
pionero al introducir el concepto de «Horizonte»
a más de emplear precozmente en América los
métodos de campo con eficiencia y con gran pre-
Figura 1 – Max Uhle
cisión para el registro arqueológico (Uhle, 1902).
Foto original en posesión del Ibero- John Rowe (1954) ha mencionado que Uhle es el
Amerikanisches Institut (IAI). Preussischer primero en establecer una cronología americana. 335
Kulturbesitz, Berlín (cortesía del IAI)
Elmo León

Además, en sus análisis hace uso de otras ciencias, tales como la Etnobotánica,
Zooarqueología, la Lingüística, la Etnohistoria, incluso Arqueoastronomía,
pero sobre todo la Etnología, procedente de la tradición de formación
universitaria germana. Uhle también se percata muy tempranamente de
la importancia del concepto de tumbas y concepto funerario en el Perú
prehispánico, confiriéndole un especial valor en el conjunto de los análisis
arqueológicos.
No cabe duda pues que después de un record de más de 280 publicaciones
científicas, el aporte académico de Uhle es trascendental. Su voracidad
científica le condujo a publicar sobre temas que van desde quipus (Uhle, 1897),
pasando por deformaciones craneanas (Uhle, 1901), hasta conchales (Uhle,
1906). Además, culturas como la mochica, por sus excavaciones en Huacas
de Moche (Uhle, 1913), cerámica Nasca (Uhle, 1914), y varios trabajos de
síntesis sobre la arqueología peruana (e.g. Uhle, 1939). No obstante, uno de
sus más principales aportes es el de haber hecho la colección de arqueología
andina que atrajo una pléyade de estudiantes de arqueología y antropología
que dedicaron sus investigaciones a la arqueología peruana. De esta manera
sirvieron para difundir nuestro patrimonio, nacional e internacionalmente.
Es pues un «punto de quiebre» en la historia de la arqueología andina.

2. La fascinación por la iconografía y las momias: 1910-1930


2. 1. Eduard Georg Seler (1849-1922)
Es probable que Eduard Seler sea identificado mayormente con la arqueología
mesoamericana, empero también tuvo un aporte en el contexto peruano. Fue
otro americanista, andinista, estuvo interesado en la etnología y arqueología
tanto mesoamericana como andina. Seler nació en Croasen, al margen del
Oder y posteriormente estudió en la Universidad de Breslau. Kaulicke (2000:
167) ha relacionado a Seler con Uhle, con la única diferencia que mientras que
Uhle se dedicó a la arqueología andina, Seler se consagró a la mexicana por
lo que algunos le consideran «padre de la Mexicanística Alemana» y además
tuvo la ventaja de contar con un mecenas que le financió 6 expediciones
arqueológicas y le garantizó una cátedra en Berlín, mientras que Uhle fue
errante, sin rumbo fijo a sueldo estable.
Entre 1904 y 1922 fue director de Koenigliches Museum fuer Voelkerkunde
en Berlín. Luego de un estudio de cerámica Nasca, publica de manera pionera:
336 Die buntbemalten Gefässe von Nazca im südlichen Peru und die Hauptelemente
Un siglo de investigación arqueológica alemana en el Perú: pionera e interdisciplinaria

ihrer Verzierung (Seler, 1923). Con esta obra Eduard Seler podría considerarse
como el auténtico «Padre de la arqueología iconográfica peruana».
Otra contribución de Seler, fue su trabajo de campo en el Perú, el cual es poco
difundido. En 1910 hace un reconocimiento de las ruinas de Tiahuanaco,
Cajamarquilla, Pachacamac, Chan Chan, haciendo algunas observaciones.
Además halla restos de una pintura mural en Huaca de la Luna (Seler, 1912).

2. 2. Hans Heinrich Bruening (1848-1928)


Hans Heinrich Bruening nació en Hoffeld, a unos 20 km al suroeste de Kiel,
al norte de Alemania. Un resumen de su vida ha sido publicado por Corinna
Raddatz (1990), de modo que nos basaremos brevemente en este. Si bien su
formación académica es poco conocida (parece que llevó cursos en la escuela
técnica de Hanover y devino posteriormente en ingeniero), sí es claro que llegó
al Perú a sus 27 años e inmediatamente a Eten, en Lambayeque, donde hará
sus mayores contribuciones. Su afán por el registro se observa en sus diarios
donde desde un inicio anota religiosamente la temperatura cada ciertas horas.
Luego, desde inicios de la última década del siglo XIX empieza ya a publicar
artículos sobre su tema de interés principal: la etnografía. Por ese tiempo
Bruening ya contaba con una colección arqueológica de 800 objetos. En su
primer artículo de 1893 demuestra una versatilidad «moderna», por cuanto
su expertisse en discriminar entre objetos arqueológicos y falsificaciones
modernas, lo que resulta en precoz para su época.
Sus contribuciones posteriores dan fe de su trabajo documental, que si
bien incidió mayormente en la etnografía y lengua del departamento de
Lambayeque (Bruening, 1922), han dejado como legado una importante
colección y artículos de índole arqueológica (Bruening, 1911a; 1911b; 1912;
1922), necesario punto de referencia para toda investigación de esta región de
la Costa Norte. La importancia del trabajo de Bruening en Arqueología radica
fundamentalmente no solo en que trató de evitar los saqueos arqueológicos
en la Costa Norte, sino también de acumular una colección que hacia 1920
contaba ya con 5 000 piezas, a más de haber excavado personalmente en la
Hacienda Pomalca. Como resultado de su trabajo, hoy en día existe el museo
que lleva su nombre (el primer museo regional fundado en 1921) y que
contiene una colección trascendental de piezas arqueológicas peruanas, una
gran contribución de su parte que había vendido al estado peruano en 1922.
Hay que mencionar que mucha parte de su obra recopiladora y coleccionista 337
Elmo León

permanece aún inédita (Kaulicke, 2000: 168) de modo que aquí hay un
campo por explorar.

2. 3. Arthur Baessler (1857-1907)


Arthur Baessler nació en cuna de familia sajona
(fig. 2). Baessler fue uno de los más notables
etnólogos del Museo Voelkerkunde de Berlín,
quien desde joven se dedicó a coleccionar
objetos de diversos continentes, entre ellos el
americano.
Baessler hizo probablemente el primer
estudio de unas momias a través de Rayos
X: Peruanische Mumien (Baessler, 1906a)
aunque no hay que olvidar que el tema de
momias peruanas era ya de interés de los
colegas germanos, como en el caso de cráneos
y trepanación (e.g. Broeski, 1880; Albu,
1889). Años antes Baessler había publicado su
monumental obra de 4 tomos profusamente
ilustrados: Altperuanische Kunst. Beiträge zur
Archaeologie des Inca-Reiches (Baesler, 1902-
Figura 2 – Arthur Baessler 1903) aunque como otros autores alemanes
Foto original en posesión del Ibero- posteriormente, tuvo un interés también en
Amerikanisches Institut (IAI). Preussischer artefactos de metal prehispánicos (Baesler,
Kulturbesitz, Berlín (cortesía del IAI)
1906b).

2. 4. Guenther Tessmann (1884-1969)


Un investigador poco conocido por sus aportes en la arqueología peruana es
Guenther Tessmann. Nació en Lubeck y estudió botánica y etnología. Entre
1920 y 1926, bajo la dirección del geólogo Harvey, Baessler estuvo viajando
y explorando en la Amazonia sudamericana.
A su retorno, Tessmann devino en etnólogo de la Universidad de Stuttgart
y preparó reportes de sus excavaciones, una de las cuales se desarrolló a
orillas del Lago de Yarinacocha (Pucalpa) de donde extrajo vasijas de estilo
338 Tutishcainyo, de modo que es un precursor de la arqueología de nuestra ceja
de Selva (Tessmann, 1930). Su papel en esta zona, aún es poco reconocido.
Un siglo de investigación arqueológica alemana en el Perú: pionera e interdisciplinaria

2. 5. Max Schmidt (1874-1950)


Fue un etnólogo alemán, jefe de la sección sudamericana del Museo de Berlín.
Se dedicó a hacer viajes de investigación en Sudamérica entre 1900 y 1931,
año este último en el que arriba al Paraguay donde se dedicará el resto de su
vida a la investigación. Es de este momento cuando surgen publicaciones sobre
decoración prehispánica peruana (Schmidt, 1909) o textiles (Schmidt, 1911).
Posteriormente, Schmidt publica un estudio sobre arte y cultura prehispánica
peruana (Kunst und Kultur von Peru) en 1920 en Berlín. En este trabajo detalla
y analiza sobre todo al arte prehispánico peruano, donde destaca el mochica,
por ejemplo incidiendo en atuendos y otros objetos que incluyen hasta el
tema inca. Es interesante además que haya hecho colecciones comparativas
de plantas en el Perú, las que hoy forman parte de las colecciones del Museo
de Berlín, junto a las de Uhle y son base de cualquier estudio etnobotánico.

2. 6. Walter Traugott Hartmut Erdmann Lehmann (1878-1939)


Walter Lehmann fue un americanista de importancia
quien no solo tuvo grandes contribuciones para
Mesoamérica, sino también importantes aportes para
el Perú (fig. 3). Nace en Berlín y estudiaba medicina,
cuando empieza a tomar clases con Eduard Seler en
1902, quien influye sobre el con la Americanística y
Etnología. En 1910 se le nombra conservador de la
colección del museo etnográfico de Munich. En los
años siguientes, hace carrera en el museo de Munich
con un programa de investigaciones que llevaba
a cabo ya en calidad de Profesor en la Universidad
de Munich, donde permanecerá hasta su muerte en
calidad de Privatdozent (Riese, 1983).
Las contribuciones de Lehmann en torno al Perú
prehispánico, en la primera década del siglo XX,
están dedicadas por ejemplo a analizar cerámica
documentando lepra (Lehmann, 1906) y luego
Figura 3 – Walter Lehmann sífilis y uta (1910). Posteriormente Lehmann (1924)
Foto original en posesión del Ibero-
Amerikanisches Institut (IAI). Preussischer
presenta una contribución importante (junto a
Kulturbesitz, Berlín (cortesía del IAI) Heinrich Ubbelohde Doering): «The Art of Old 339
Peru» (colección Gaffron de Berlin), donde se
Elmo León

proponen cuadros cronológicos de la época prehispánica peruana de manera


pionera. Lo peculiar en el trabajo de Lehmann es el abordar la investigación
desde una perspectiva psicológica, tratando de interpretar el arte prehispánico,
así como también establecer puntos de contactos entre el Perú y México
(Lehmann, 1938), lo que era de esperar, debido a su amplia experiencia con
Mesoamérica y México.

3. El papel del «Altamerikanistik»: Trabajos de campo y ensayos


de síntesis (1930-1990)
3. 1. Heinrich Ubbelohde-Doering (1889-1972)
Es probable que después de Uhle, Heinrich Ubbelohde-Doering sea el
alemán que más ha contribuido con la arqueología peruana (fig. 4). Este
autor ha hecho tanto trabajos de campo como varias publicaciones sobre
diversos tópicos de la arqueología peruana entre 1923 y 1983, vale decir 50
años de producción arqueológica.
Ubbelohde-Doering nació en Bonn y estudió
en la Universidad de Marburg desde inicios
de la década de 1920. Precisamente es en ese
periodo de su vida cuando conoce a Walter
Lehmann, quien le inspira el interés por la
historia del arte precolombino. Su entrega al
estudio de nuestros Andes se materializa en
1923 al presentar su tesis doctoral llamada
«Cultura del periodo incaico en la cordillera
sudamericana».
Ubbelohde inicia sus contribuciones a base
de estudios de colecciones de cerámica
peruana en el Forschungsinstitut fuer Vol-
kerkunde Berlin, lo que termina en su pri-
mera publicación en 1926, donde trata de
la iconografía de la cerámica prehispánica.
Por este tiempo visita también a Seler, reco-
nocido americanista que vivía en las inme-
diaciones de Berlín, a quien hemos tratado Figura 4 – Heinrich Ubbelohde-Doering
brevemente líneas arriba. Foto original en posesión del Ibero-Amerikanisches
340 Institut (IAI). Preussischer Kulturbesitz, Berlín
(cortesía del IAI)
Un siglo de investigación arqueológica alemana en el Perú: pionera e interdisciplinaria

A fines de la década de 1920, se introduce en la arqueología andina con


colecciones de París y Goteborg. Es en Magdeburg donde aprende a excavar,
lo que le serviría para su futuro trabajo de campo en el Perú. Por esta época
publica algunos trabajos concernientes tanto a cerámica (1927) y textiles,
sujeto de interés por otros investigadores de la época.
Es así que emprendió una primera temporada de exploraciones y trabajos de
campo entre 1931 y 1932. En esa oportunidad excavó en los cementerios de
Huayurí, Nazca. Taruga y Poroma en la costa sur. Luego se dirige a la costa
norte, donde hace reconocimientos de sitios arqueológicos: ruinas de Moche,
Chan-Chan, San José, Chiquitoy, El Brujo (1933; 1934).
Ubbelohde luego viajó a Bolivia lo que le proporcionó una idea de la
topografía andina, elemento clave en la interpretación de nuestra arqueología
y que luego aplicará en sus escritos. La intención de Ubbelohde-Doering era
la de conocer el tipo de tumbas donde se hallaba la cerámica decorada Nasca,
lo cual delata el ansia del autor en contextualizar los hallazgos, principio
básico en la arqueología.
Posteriormente, en 1938 junto con Hans Dietrich Disselhoff, del Museo
de Antropología de Berlín, Ubbelohde-Doering realizó excavaciones en los
valles de Jequetepeque, Chicama y Moche, especialmente en los yacimientos
arqueológicos de Pacatnamú, Facala y Huaca la Campana. Excava tumbas de
caña y textiles mochica, únicos hasta el día de hoy.
Luego, en 1939 regresa a Munich y en 1941 publica Auf den Koenigstrassen
der Inka, el cual debido a su éxito, se tradujo al inglés como On the Royal
Highways of the Inca. En 1952 publica su visión del arte prehispánico peruano
en su libro Kunst im Reiche der Inka.
En 1953 conduce una nueva expedición, excavando en Pacatnamú, Virú, y
visitando el Callejón de Huaylas (1958; 1960). Entre 1961 y 1963 asume
un cuarto trabajo de campo nuevamente en Pacatnamú. Luego de una vida
prolífica en investigaciones, fallece en 1972, dejando un gran legado a la
arqueología peruana.

3. 2. Hans Horkheimer (1901-1965)


Hans Horkheimer nació en Stuttgart y estudió en las universidades de
Heidelberg, Muenchen y Erlanger. En 1939 Horkheimer, en medio del
Nacional Socialismo que ejercía el poder en Alemania de ese entonces, emigra 341
llegando al Perú. Al poco tiempo firma un contrato con la Universidad de
Elmo León

Trujillo, por medio del cual deviene en docente y a la vez, desarrolla trabajos
de campo. En 1940 publica preliminarmente la excursión llevada a cabo
en Tantarica (Contumazá) y en 1942, explora la región noroccidental de
los departamentos de Cajamarca y La Libertad. En 1944 publica su Vistas
arqueológicas del Noroeste del Perú, un libro resultado de sus primeros trabajos
en esta región.
Sus trabajos de campo son luego ampliados por sus conocimientos
bibliográficos. Es así como publica en 1947 su Breve bibliografía del Perú
prehispánico, fuente importante de investigación para todo arqueólogo
andinista. Este trabajo es complementado por su Guia bibliográfica de los
principales sitios arqueológicos del Perú (1950), vale decir una serie de trabajos
compilados y en balance después de una década de investigación en Perú, lo que
además resulta evidente en su ensayo de manual de arqueología prehispánica
(1950), un esfuerzo impresionante de síntesis donde Horkheimer despliega
recursos etnográficos, geográficos y arqueológicos para caracterizar a las
principales culturas prehispánicas peruanas desde un punto de vista holístico.
Horkheimer en la década de 1950-1960 se dedica a explorar yacimientos en
otras partes del Perú como Huancayo (1951), valle de Utcubamba (1959) e
incluso cerámica Huari (1960a).
Posteriormente (Horkheimer, 1960b) publica La Alimentación en el
Antiguo Perú, obra pionera en esta índole donde hace gala de una serie de
aproximaciones al tema que incluyen no solo vestigios botánicos y zoológicos,
sino también referencias etnohistóricas y etnográficas.
Entre 1961-1962 conduce el proyecto de Chancay definiendo la secuencia
que hasta hoy rige en la zona, por lo cual se demuestra su vigencia en la
investigación moderna (Horkheimer, 1961; 1962), aun cuando no haya
podido publicar debido a que la muerte lo sorprendió (Bonavia, 2007).
Como premonición del final de su vida, nos entrega nuevamente un trabajo
de síntesis sobre sitios arqueológicos peruanos (1965a), incluso una síntesis
de la reciente descubierta Cultura Vicús (1965b).
La obra de este investigador, pues nos demuestra un cierto ritmo de trabajo,
en el cual se observa la acumulación de trabajo de campo, para luego redactar
síntesis, lo que se observa bastante disciplinado. La obra en que se puede ver su
formación Altamerikanistik es la sobre los recursos comestibles prehispánicos,
texto magistral donde se aprecia a Horkheimer como el gran conocedor de
342 fuentes que manejaba a cabalidad. La publicación de sus investigaciones de
Un siglo de investigación arqueológica alemana en el Perú: pionera e interdisciplinaria

la Costa Central, se vio lamentablemente truncada debido a que la muerte le


sorprendió en 1965.

3. 3. Hermann Trimborn (1901-1986)


Nació en Bonn en 1901 (fig. 5). Trimborn estudió Derecho y Ciencias políticas
en las universidades de Bonn y Muenchen. Desde un inicio se observa su
pasión por los Andes, pues de doctoró con la tesis: «Der Kollektivismus der
Inkas in Peru». Su interés se centraba en las normas y leyes del antiguo Perú.
En 1929 se inauguró en la Universidad de Bonn la cátedra de arqueología
y etnología de la América Precolombina y en 1933 una similar en Madrid.
Seguramente como resultado de esta experiencia publicó un estudio de la
cerámica prehispánica peruana de este museo (Trimborn, 1935). A final de
esta fase, Trimborn se interesa por la Etnohistoria y publica por primera vez
muy precozmente, una traducción al alemán de la obra de Francisco de Ávila,
Dioses y Hombres de Huarochirí (Trimborn, 1939).
A partir de 1948 organizó el Seminar fuer
Voelkerkunde en Bonn que se destacaba por su
vocación hacia la etnología y arqueología andina.
La colección de objetos en la misma casa de
estudios la inició en 1954, hoy en día convertida
en parte de la colección del instituto.
En sus clases de las décadas de 1960 y 1970, se
centra en el estudio de los sitios arqueológicos
andinos y economía de mercado. El resultado
de sus investigaciones lo lleva a publicar cerca de
200 contribuciones científicas en campos como
antropología, etnología jurídica y metodología
etnológica. Ya sea visto desde la perspectiva del
humanismo de este investigador (Bonavia, 1987)
o desde su producción académica (Hartmann,
1987), se trató de uno de los principales
promotores y apasionados del tema andino.
Es autor de importantes publicaciones entre las
Figura 5 – Hermann Trimborn
Foto original en posesión del Ibero-
que destacan la arqueología de las costas norte y
Amerikanisches Institut (IAI). Preussischer sur (Trimborn, 1969; 1969-1970; 1972; 1974; 343
Kulturbesitz, Berlín (cortesía del IAI) 1979), en valles como Sama y Caplina (Trimborn,
Elmo León

1978) y su conocido estudio de Quebrada de la Vaca en Arequipa (Trimborn,


1985). En sus trabajos de Tacna es acompañado por americanistas como Otto
Kleeman y también Juergen Wentscher y Wofgang Wurster, ambos del proyecto
Cochasqui en Ecuador. Es importante remarcar que Trimborn recibe soporte
económico para sus trabajos de parte del Servicio Alemán de Intercambio
Académico (DAAD).

4. Tiempos de posguerra: la fascinación por la iconografía y la


arqueología peruana
4. 1. Hans-Dietrich Disselhoff (1899-1975)
Nació en Trebbin, Brandenburg y posteriormente
estudió minería en Freiberg (fig. 6). Con el tiempo
se interesó en la Altamerikanistik, historia del
arte, etnología y romanística pasando por varias
universidades germanas. Su carrera lo llevó en
1931 a que se le nombre curador en el Voelkerkunde
Museum Berlin. En los años siguientes, se asoció a
Heinrich Ubbelohde-Doering, como hemos visto,
un peruanista neto.
Sus primeras publicaciones las dedicó a la
iconografía prehispánica, como muchos otros
alemanes interesados en ese tema, llámese chavín
(1940), chimú (1941), mochica (1951) o recuay,
aunque también publicó sobre pinturas rupestres
(1955).
En la década de 1950 realizó trabajo de campo. Figura 6 – Hans-Dietrich Disselhoff
En 1953 devino en conservador del Voelkerkunde Foto original en posesión del
Museum de Munich. Luego viajó al Perú y Ibero-Amerikanisches Institut (IAI).
Preussischer Kulturbesitz. Berlín
excavó el sitio de San José de Moro en el valle de (cortesía del IAI)
Jequetepeque (Disselhof, 1958). El mismo año
publica Geschichte der Altamerikanischen Kulturen, donde pioneramente
observa el C14 en los Andes (Diselhoff, 1953).
En 1966 publica Vida cotidiana en el antiguo Perú, donde vuelca todos sus
conocimientos para la reconstrucción desde el medio ambiente hasta los
344 rostros de los antiguos peruanos. El mismo año excava en Nazca, Vicús,
Yecalá, Loma Negra. Logró determinar la cronología del estilo negativo
Un siglo de investigación arqueológica alemana en el Perú: pionera e interdisciplinaria

(Disselhof, 1969). Tal como nos recuerda Kaulicke (2000: 169) en el trabajo
de Vicús, obtuvo la colaboración del joven Henning Bischof, a quien veremos
más adelante.

4. 2. Georg Petersen (1898-1985)


Georg Petersen (fig. 7) nació en Flensburg,
muy cerca de la vecindad danesa y en las
inmediaciones de los famosos fiordos
nórdicos. De modo que no es difícil
imaginar al joven Petersen mirando al
mar, como previendo que haría un largo
recorrido que lo llevaría al Perú, donde
tendría su principal residencia. A sus 20
años inició sus estudios superiores en la
Universitaet Kiel interesado principalmente
en la Geología y otras ciencias.
Bajo contrato para trabajar en exploración
y explotación de petróleos, llega a la
localidad de Zorritos (Tumbes). Desde
ese momento, Petersen se dedica a hacer
investigación en una serie de campos,
donde la Arqueología, evidentemente, Figura 7 – Georg Petersen
Cortesía de Richard Petersen
destaca. Su alta productividad académica
resultó en al menos 200 publicaciones (Petersen, 1962), abordando temas
que van desde la ruta original de Francisco Pizarro, pasando por minerales,
paleoclimatología, hasta que publica su obra cumbre: la minería y metalurgia
prehispánica del Perú (Petersen, 1970). En este trabajo, Petersen se muestra
en toda su capacidad por medio de un estudio interdisciplinario teniendo
como fuente de información a los metales y minerales prehispánicos. Petersen
incluye información etnohistórica, arqueológica, marina, sedimentológica,
etnográfica, vale decir, un estudio holístico en este sentido.
Sus amplios conocimientos fueron llevados también al mundo universitario,
primero en la Universidad Nacional de Ingeniería, y luego en la Pontificia
Universidad Católica d