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La Vida en Cristo

LA VIDA EN CRISTO
1. Objetivo: profundizar el conocimiento de nuestra relación con Cristo, como acceso y
participación de la vida trinitaria. Es decir, nuestro ser y vivir en Cristo, como “vida nueva”
que nos trae el Misterio Pascual y nos lleva a vivir la vida de hijos y hermanos en Dios.

2. Punto de partida: El don que Dios hace de sí mismo, entregándonos aquello que le es más
propio y querido: su Hijo único.

Es verdad que todo el AT. atestigua el amor constante de Dios al hombre, pero la encarnación
y la obra de Cristo en el NT llevan a su máxima expresión el amor y la donación de Dios al
hombre.

Hay muchos textos del NT. que nos hablan de la “entrega” de Jesús, como entrega de Dios a
los hombres: “el Hijo del hombre va a ser entregado” (Mt 26,2; Lc 22,19); “(El Padre) lo entregó
por todos nosotros” (Rm 8,32) El mismo Jesús lo dice: “El Hijo del hombre… ha venido a dar su
vida como rescate por muchos” (Mt 20,28) Pero quizá el texto más completo y revelador sea
el de Jn 3, 16:
“Porque tanto amó Dios al mundo
que le dio a su Hijo único,
para que todo el crea en él no perezca,
sino que tenga vida eterna.”

Aquí tenemos una síntesis de la vida espiritual cristiana en clave trinitaria.

Estructura: Iniciativa amorosa del Padre – Donación salvadora del Hijo y él como fuente de
vida divina – Vida del creyente en el Espíritu Santo.

Observar: Es algo que el hombre no se puede dar por sí mismo; es don ofrecido por el amor
de Dios (Padre). Es algo que el hombre puede aceptar al creer, o bien puede rechazar. Si
acepta, lo lleva a participar de la vida divina, la “vida eterna”. Lo ofrecido es la salvación: la
participación eterna en la vida divina.

Conclusión: La vida espiritual, o la vida en Cristo, consistirá en ir al Padre, por Cristo, en el


Espíritu Santo. O si quieren, consistirá en glorificar al Padre, en el Espíritu Santo, por medio
de Cristo; que es lo que hacemos en la Liturgia. Es decir, es una vida esencialmente trinitaria.

- La “entrega” de Jesús tiene como finalidad principal:


+ El perdón de los pecados (“se entregó a sí mismo por nuestros pecados” Gal 1,4)
+ Darnos la “vida nueva”, que es la vida misma de Cristo (“la vida que vivo al presente
en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí”
Gal. 2,20) y

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+ El amor (“y vivan en el amor, a ejemplo de Cristo que nos amó y se entregó por
nosotros como ofrenda y sacrificio agradable a Dios” Ef 5,2) (“Les doy un mandamiento
nuevo: Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. Jn 13,34)

- Pero, a la “entrega” de Jesús está asociado el envío del Espíritu Santo, que es quién nos
garantiza nuestra comunión vital con la Trinidad (Jn 3, 4-8; Rm 8,15; Gal 4,6): “les conviene
que yo me vaya; porque si no me voy el Paráclito no vendrá a ustedes; pero si me voy yo se los
enviaré” (Jn 16,7)

- Por lo tanto, nuestra vida espiritual, nuestra vida en Cristo, nace del amor del Padre, se
realiza en nuestra unión con Cristo y es posible gracias a la acción del Espíritu Santo en
nosotros.

3. El Bautismo: Nuestra incorporación a Cristo y a la Iglesia.


- La autodonación de Sí mismo de Dios es primeramente dado a la Iglesia como Esposa y
Sacramento de Cristo, a través de la cual Él comunica la salvación y la vida divina a sus
miembros. Por eso el mandato misionero de Cristo fue: “Vayan por todo el mundo, y hagan
que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he enseñado.” (Mt 28,19-20)

- Esto nos permite distinguir dos aspectos desde donde podemos considerar el don de Dios
que es su gracia:
o Objetivo: el de la Iglesia con sus sacramentos: “economía sacramental”, por medio de
los cuales recibimos las diferentes gracias y dones de la salvación. El Bautismo es el
primero y la “puerta” a los demás.
o Subjetivo: es el que corresponde al individuo como cristiano, hijo de Dios, en relación
personal con Cristo y por su medio con la Trinidad. Es el ámbito subjetivo donde se
da la vida en Cristo. Es el propio de la vida espiritual.

- San Pablo, para explicarlo, utiliza la imagen del rito del bautismo de agua de los judíos, lo
vincula a la muerte y resurrección de Jesús, como verdadero bautismo en el Espíritu, en el
que el sumergirse en el agua equivale al morir con Cristo del bautizado, y el salir del agua
simboliza el resucitar con Cristo, de tal modo que el bautizado se “injerta” en Cristo, en su
Misterio Pascual de muerte y resurrección, y comienza a vivir en él. Es hecho una “nueva
criatura”; un “hombre nuevo”, un “nacido de Dios” para san Juan (Jn 3,5). Dice Pablo:
“¿O es que ignoran que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su
muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que
Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros
vivamos un vida nueva.” (Rm 6, 3-4; ver Col 2,12)

“En Cristo habita corporalmente la plenitud de la divinidad, y ustedes participan de esa plenitud
de Cristo, que es Cabeza de todo Principado y toda Potestad. En él fueron circuncidados, no por

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mano de hombre, sino por una circuncisión que los despoja del cuerpo carnal, la circuncisión
de Cristo. En el bautismo, ustedes fueron sepultados con él, y con él resucitaron, por la fe en el
poder de Dios que lo resucitó de entre los muertos. Ustedes estaban muertos a causa de sus
pecados … ,pero Cristo los hizo revivir con él , perdonando todas nuestras faltas.” (Col 2, 9-13).

- El Bautismo, entonces, además de perdonarnos de nuestros pecados, nos hace hijos


adoptivos de Dios (Gal 4, 4-5), nos hace participar de la vida divina (2 Pe 1,4), nos hace
miembros de Cristo (1Co 6, 15), coherederos con él de la vida eterna (Rm 8,17) y templos
del Espíritu Santo (1 Co 6,19). Imprime un “sello” espiritual indeleble (carácter) de
pertenencia a Cristo, que ni el mismo pecado puede borrar.

4. La inhabitación de la Trinidad en el cristiano:


A - Contexto: Tema vinculado bíblicamente vinculado al de la Presencia de Dios en el mundo
y al del Templo.

PRESENCIA: Dios está presente en el mundo de diferentes maneras: a) Por “inmensidad”:


porque es creador de todas las cosas (el artista en su obra). Por las obras podemos descubrir
a Dios: conocimiento natural de Dios. b) Por “gracia”, de orden sobrenatural, por la
autocomunicación que Dios mismo hace al hombre de sí mismo en la efusión del Espíritu
Santo, pasando a habitar en su Esposa, la Iglesia y en el corazón de los cristianos: por
inhabitación. Ella es una manera particular de estar Dios presente en sus hijos.

TEMPLO: Es el “lugar” donde Dios habita y está presente. En la Biblia tiene un largo
desarrollo en el cual se puede ver una creciente interiorización de la presencia de Dios, desde
lugares más materiales como la zarza ardiente (Ex 3, 2-3), la Tienda de reunión y el arca (Lev
16,2; Ex 25, 2; Num 7, 89; 1Re 8), el Templo de Jerusalén, etc. hasta llegar a la máxima
interiorización en el AT., la cual se da como consecuencia del destierro cuando ya no hay más
templo; aquí la Sabiduría y la Ley pasan a ser la presencia interiorizada de Dios en el israelita:
Eclo 24; 7-22 y Bar 3, 36-4,4.
En el NT, Jesús será el “Emmnuel” (Dios con nosotros) y su cuerpo pasará a ser el Nuevo
Templo habitado por la plenitud del Espíritu (Jn 2, 19-22) y ahora, después de su Pascua, el
Cuerpo glorificado de Cristo es el Nuevo Templo, al cual se unen los cristianos como “piedras
vivas” en las que, por el Espíritu Santo, Dios mora en ellos (Pentecostés y nuestro Bautismo).

B - El hecho: La presencia de Dios en nuestros corazones es un “hecho”; una realidad dada,


revelada en la Escritura, testimoniada por la vida de los santos y tratada de explicar por los
teólogos.

LA ESCRITURA: Principalmente san Pablo y Juan.


▪ Pablo:

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▪ Hablando del “edificio” que formamos con Cristo dice: “¿No saben ustedes que
son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Si alguno destruye
el templo de Dios, Dios lo destruirá a él. Porque el templo de Dios es sagrado, y
ustedes son ese templo” (1 Cor 3, 16-17)
▪ De aquí la “sacralidad” del mismo cuerpo del cristiano, como realidad material
contenedora de la presencia de Dios: “¿… no saben que sus cuerpos son templo
del Espíritu Santo, que habita en ustedes y que han recibido de Dios? Por lo tanto,
ustedes no se pertenecen, sino que han sido comprados, ¡y a qué precio!,
glorifiquen entonces a Dios en sus cuerpos". (1 Cor 6, 19-20)
▪ Esta conjunción de espíritu y cuerpo habitado por Dios en nosotros, es lo que
posibilita para Pablo que toda nuestra vida, hagamos lo que hagamos, pueda
ser un verdadero culto a Dios, a condición de que lo ofrezcamos: “Por lo tanto
hermanos, yo los exhorto por la misericordia de Dios a ofrecerse ustedes mismos
como víctima viva, santa, y agradable a Dios: este es el culto espiritual que deben
ofrecer” (Rom 12, 1)
▪ La inhabitación del Espíritu es la que asegura la caridad, nuestra filiación con
Dios y la alegría de vivir con y de Dios: “Nuestra esperanza no quedará
defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones
por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado.” (Rom 5,5) “Todos los que son
conducidos por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido
un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos
adoptivos, que nos hace llamar a Dios ¡Abba!, es decir, ¡Padre! El mismo Espíritu
se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios” (Rom
8,14-16) y “… el fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz, longanimidad,
afabilidad, …. Si vivimos animados por el Espíritu, dejémonos conducir también
por él.” (Gal 5, 22 ss)
Como vemos, para san Pablo la inhabitación de Dios por el Espíritu es la realidad
fundamental del cristiano; todo el carácter propio del cristiano y el desarrollo de la
vida espiritual se basa en ella. Para él, el culmen de la vida en Cristo es “ser de Cristo”,
“ser habitado por Dios”; dice: “… no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal
2,20)

o San Juan:
▪ Enseña lo mismo pero desde su propio lenguaje y teología. Habla de “estar”,
“permanecer”, “guardar”, “amar”, “conocer”… Enfatiza la comunión y la
relación con las Personas divinas.
▪ La Persona del Hijo nos es dada por el gran amor del Padre: “A Dios nadie lo ha
visto jamás: el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn
18). Y “Tanto amó Dios (Padre) al mundo, que le dio a su Hijo Unigénito, para
que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Espíritu
Santo)” (Jn 3, 16). Y el don de la Persona del Espíritu Santo se nos concreta

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como don del fruto de la Pascua de Jesús y de su pedido orante al Padre, si le


amamos: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre y él
les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la
verdad” (Jn 14,16) … “ustedes lo conocen, porque él permanece con ustedes y
estará en ustedes. (Jn 14,17).
▪ Fruto de esta donación del Hijo y el Espíritu es que podamos llegar a conocer
el misterio de la Trinidad como comunión de amor recíproco entre nosotros y
las Personas divinas: “Aquél día comprenderán que yo estoy en mi Padre y que
ustedes están en mí y yo en ustedes.” (Jn 14, 20). “… el que me ama, será amado
por el Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él… El que me ama será fiel a mi
palabra y mi Padre lo amará, iremos a él y habitaremos en él. (Jn 14, 21- 23)
▪ Pero es un amor, una vida de amor, que tiende a la unidad en la comunión de
destino entre la Trinidad y todos los hijos de Dios: “Que todos sean uno: como
tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros…Yo les he
dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno,-yo
en ellos y tú en mi- para que sean perfectamente uno… Padre, quiero que los que
tú me diste estén conmigo donde yo esté.”(Jn 17, 21-24) Es la oración final de
Jesús al cumplir su misión y volver al Padre.
San Juan es quién más ha profundizado este misterio, no limitándose a la mera
presencia de la Trinidad en nosotros, sino también a las relaciones que nosotros
tenemos con cada una de las Personas divinas y a la transformación que ellas
operan en nosotros.
TESTIMONIO DE LOS SANTOS: La inhabitación de la Trinidad es un hecho en todo cristiano, pero en
los santos, especialmente los místicos, es donde ha quedado mejor atestiguada. Los testimonios son
innumerables; veamos algunos:
a) Tradición cisterciense: Todo el tema de la “visita”.
b) Santa Teresa: “Estando con esta presencia de las tres personas que traigo en el alma, era con tanta luz que no puedo
dudar el estar allí Dios vivo y verdadero” (Cuenta de Conciencia 42)

“El martes después de la Ascensión, habiendo estado un rato en oración … Comenzó a inflamarse mi alma, pareciéndome
que claramente entendía tener presente a toda la Santísima Trinidad en visión intelectual… Y así me parecía hablarme
todas estas tres Personas y que se representaban dentro de mi alma distintamente, diciéndome que desde este día vería
mejor las cosas, que cada una de estas Personas me hacía merced: la una, en caridad y en padecer con contento, en sentir
esta caridad con encendimiento en el alma. Entendía aquellas palabras que dice el Señor, que estarán con el alma que está
en gracia las tres divinas Personas, porque las veía dentro de mí por la manera dicha.” (CC14)

c) San Juan de la Cruz: “El Verbo Hijo de Dios, juntamente con el Padre y el Espíritu Santo, esencial y presencialmente
está escondido en el íntimo ser del alma (Cántico 1,6)

“Dios mora secretamente en el seno del alma, porque en el fondo de la sustancia del alma es hecho este dulce abrazo… Mora
secretamente, porque a este abrazo no puede llegar el demonio, ni el entendimiento del hombre alcanza a saber cómo es.
Pero al alma misma, en esta perfección no le está secreto, pues siente en sí misma este íntimo abrazo.” (Llama 4,14)

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d) Santa Isabel de la Trinidad: “Le dejo a Ud. mi fe en la presencia de Dios, de Dios todo amor, que mora dentro de
nuestras almas; a Ud. Se lo confío: esta intimidad con Él dentro de mí es lo que constituyó el sol hermoso e irradiador de mi
vida toda, cambiándola en un cielo anticipado; es asimismo lo que me sostiene en medio de mis dolencias; ya no me inspira
miedo mi flaqueza; antes bien, acrecienta mi confianza porque el Fuerte mora en mí.” (Carta 115)

EXPLICACIÓN TEOLÓGICA: Hay varias. Siguiendo a Sto. Tomás (Suma I. q.43. a 3), la inhabitación
no es solo “presencia” de Dios en el hombre, sino que incluye “relacionalidad”, porque se trata de
presencia en seres personales que conocen y aman. Conocer y amar es la manera en que
recíprocamente se dan los seres personales. Por lo tanto, la Trinidad está presente en la persona,
como lo conocido en el que conoce, o como el amado en el amante, pero para que esto ocurra, Dios
mismo tiene que capacitarnos y movernos a conocer y amar. Cuando esto ocurre, Dios mismo está
actuando en el hombre y nos lleva a participar de su vida divina mediante la comunión con Él por
medio de las Personas divinas: es lo que se llama la “divinización”.

5. Hijos en el Hijo: la vida filial

La autodonación de Dios nos hace entrar en comunión con el ser divino (divinización),
participando en la vida del Hijo: el Bautismo nos “injerta” en el Hijo, somos hechos hijos en
el Hijo. Sufrimos un cambio ontológico de nuestra persona al comenzar a participar de la
filiación del Hijo de Dios.

Al decir de san Pablo: “ya no vivo yo, sino que es Cristo quién vive en mí” (Gal 2,20), no en el
sentido de que anule mi personalidad, sino en el sentido de participar relacionalmente con
la Persona del Hijo y, desde ella, con la del Padre y la del Espíritu Santo. Cristo es la puerta a
la Trinidad.

Quien posibilita esto en nosotros es el Espíritu Santo: Dice Pablo: “… la prueba de que ustedes
son hijos, es que Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama a Dios
llamándolo ¡Abba!, es decir, ¡Padre! Así, ya no eres esclavo, sino hijo, y por lo tanto, heredero
por la gracia de Dios” (Gal. 4, 6-7). Y, visto desde nosotros, esto se hace posible gracias a la fe
y el bautismo: “Porque todos ustedes, por la fe, son hijos de Dios en Cristo Jesús, ya que todos
ustedes, que fueron bautizados en Cristo, han sido revestidos de Cristo.” (Gal 3, 26-27)

Son muchos los textos del NT que nos hablan de la filiación en Cristo. Tanto la doctrina de
Pablo, Pedro y Juan, son concordes en afirmar la filiación, expresándola cada uno desde su
propio lenguaje y teología. Para Juan será la necesidad de “renacer” por el agua y por el
Espíritu (Jn 3, 3.5); para Pedro será una verdadera “participación en el ser divino” del Hijo:
“Gracias a ella, (a la gracia de la gloria de Cristo), se nos han concedido las más grandes y
valiosas promesas, a fin de que ustedes lleguen a participar de la naturaleza divina,
sustrayéndose a la corrupción que reina en el mundo a causa de los malos deseos.” (2 Pe 1, 4)

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Es importante advertir que la filiación es un don de Dios: algo que Dios nos da y
nosotros por nosotros mismos no podemos ser. Es una realidad que se acepta y se vive.
Nuestra tendencia es concebir la filiación a modo humano, a partir de la experiencia humana
que hemos hecho de ser hijos. Pero esto normalmente no coincide con el ser “hijo” de Jesús.
Somos hijos en el Hijo, por lo tanto quién nos muestra lo que es un hijo es Jesús-Hijo. Él es el
“Primogénito” y la realización más plena de los hombres. El camino para descubrir la filiación
es estudiar en el evangelio las palabras, los hechos y los comportamientos de Jesús como
Hijo.

Sintéticamente encontramos:
- Ser hijo es ser engendrado: recibir el ser y la vida de otro. Es una actitud esencialmente
receptiva, de acogida. Nosotros no nos hacemos hijos, es Dios quién nos lo hace.
- Implica una cercanía e intimidad con el Padre que se expresa en una comunión de bienes, de
actuación y de destino: “No vengo por mi cuenta”, “No actúo por mi cuenta”, “No hablo por mi
cuenta”: Jn 5,19; 7,16-18.28; 8,25-30; 12,49-50; 14,10.24.31; 15,15; 17,7-8 Jesús es un hijo
totalmente orientado al Padre. Su “obediencia” es expresión de su amor y comunión radical
con su Padre.
- La filiación es una relación entre adultos: se da, a partir de decisiones conscientes, libres y
deliberadas, las cuales requieren una cierta madurez humana. Jesús entrega minuto a minuto
deliberadamente su vida. Su entrega en la cruz es el acto supremo de su ser hijo, en el cual
se manifiesta la totalidad de su amor filial al Padre.
- Ser hijo significa parecerse al padre en la conducta y en la actividad: el hombre se hace hijo
de Dios, en la medida en que va siendo capaz de amar gratuita y generosamente como el
Padre. “Sean perfectos como su Padre que está en el cielo” (Mt 5, 49)
El contenido de la relación filial, básicamente es:
- Conocer al Padre: es el sentido de la búsqueda de Dios: Dios es Padre. A Él se lo conoce por
Cristo: “Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocen a mí, también conocerán a mi Padre;
desde ahora lo conocen y lo han visto.” (Jn14, 6-7). Implica gracia –sólo Dios nos lo puede
hacer conocer- pero también amor filial que se empeña en buscar y descubrir su rostro.
- Amor y confianza al Padre: como fuente de la vida y de destino que nos acompaña y asiste en
la vida. “El mundo ha de saber que amo al Padre “ (Jn 14, 31) y “No anden preocupados por sus
vidas… pues ya sabe el Padre celestial que tienen necesidad de todo eso” (Mt 6,25ss)
- Glorificar al Padre: es el sentido del culto y la adoración, que no se limita a la Liturgia sino a
todo nuestro quehacer en la vida: “Yo te he glorificado en la tierra llevando a cabo la obra que
me encomendaste.” (Jn 17,4)
- Vivir orientados y en comunión con el Padre: “Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también
sean uno en nosotros. (Jn 17,21). La Trinidad es nuestra casa.
- Cumplir la voluntad del Padre: “No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el reino de los
Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial.” (Mt 7, 21) Quién ama, desea
complacer al amado.
- Imitar al Padre: “Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6, 36)

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Solo los hijos reproducen los rasgos de los padres.

Pero somos hijos en el Hijo; por eso Cristo en cuanto Hijo marca y da forma a nuestra
filiación. Cristo es la “imagen” del Dios invisible, es la imagen del Padre que no se ve; nuestra
filiación es llegar a ser lo más posible esa imagen (Rm 8,29) dejándonos trasformar por el
Espíritu Santo: dice Pablo: “Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como
en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más
gloriosa: así es como actúa el Señor, que es espíritu.” (2 Cor 3,18). Esto implica la aceptación
del don filial y la colaboración con el Espíritu de Cristo que nos “cristifica”, es decir, nos
despoja del hombre viejo y nos reviste del hombre nuevo (Col 3, 9_10). La Ratio lo expresa
diciendo: (ingresando en la vida cisterciense)”El compromiso bautismal adquiere un nuevo
sentido, y desde ese momento el itinerario monástico se orienta a la transformación
progresiva de la persona a semejanza de Cristo, mediante la acción del Espíritu Santo”. (RI,
3) Es decir, hacerse hijo.

Si queremos ver la razón última de todo esto, la savia que lo vivifica todo, veremos
que es el amor: amor dado y recibido, que a su vez pide darse. Su fundamento y su modelo
es la vida de la Trinidad. Dios es esencialmente amor: el Padre ama paternalmente dando
todo al Hijo, y el Hijo ama filialmente acogiendo todo del Padre devolviéndoselo
amorosamente. Ese amor mutuo es la Persona del Espíritu Santo, amor del Padre y del Hijo.

San Juan lo expresa así: “Como el Padre me amó, yo los he amado a ustedes (amándonos, Jesús
como hijo reproduce al Padre). Permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos,
permanecerán en mi amor, como yo cumplí los mandamientos de mi Padre y permanezco en su
amor” (Jn 15, 9-10) Este es mi mandamiento: Ámense los unos a los otros como yo los he amado”
(Jn 15, 12), es decir, con el mismo amor de Hijo que Jesús pone en nosotros para que a nuestra
vez reproduzcamos al Padre amando. Así somos hijos.

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