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destino, suerte y fortuna

Se dice que la suerte consiste en que ocurra algo favorable o adverso que cae fuera del alcance
de una previsión efectiva. Existe pues una diferencia significativa entre la suerte y la fortuna.
Un individuo es afortunado siempre que le ocurra algo bueno siguiendo el curso normal de las
cosas. Sin embargo, tiene suerte cuando el beneficio le llega.
A pesar de ser dudoso y especialmente si ocurre a pesar de ser poco probable y contra toda
expectativa razonable. Una persona que hereda una gran cantidad de dinero que le va a
permitir poder viajar en primera es afortunada, pero, en sentido estricto, no se puede decir
que esta persona tenga suerte.
Por el contrario, el pasajero de un avión al que la tripulación le cambia de su asiento de turista
a primera clase, sí se puede afirmar que ha tenido suerte. Por regla general, el destino y la
fortuna tienen que ver con las condiciones y circunstancias específicas de nuestras vidas,
mientras que la suerte está en el ámbito de lo bueno o malo que nos acontece por pura
casualidad.
Nuestra capacidad y talentos innatos están del lado de la buena fortuna; las oportunidades
que la casualidad nos pone en nuestro camino para desarrollarlos del lado de la suerte. Coger
un resfriado es una desgracia, le pasa a mucha gente normalmente, pero que le ocurra a
alguien en una noche de estreno es tener mala suerte.
Las cosas positivas y negativas que nos acontecen en el devenir normal, incluido la propia
herencia, ya sea biológica, médica, social o económica, la capacidad y el talento, las
circunstancias que marcan el tiempo y el lugar en el que a uno le toca vivir (pacífico o caótico),
todo ello entraría en la categoría de destino o fortuna.
No podemos decir que la gente que no tiene suerte porque sean tímidos o tengan mal
carácter, son simplemente desafortunados. Sin embargo todo lo positivo y lo negativo que nos
vamos encontrando por el camino por pura casualidad e imprevisto azar, por ejemplo:
encontrar un tesoro, o salir ileso de un accidente mortal son asuntos que hay que atribuir a la
suerte.
Podemos decir, que Ernesto Luna es relativamente afortunado por poseer una navaja. Pero no
cabe duda de que tuvo suerte al llevarla encima el día que se encontró con una serpiente.
(Normalmente no la llevaba, pero por cosas del azar la cogió ese día).
Tienes que heredar una inmensa fortuna gracias a un destino favorable, pero se puede decir
que eres un tipo con suerte si la heredas justo a tiempo para salvarte de la bancarrota.
La suerte y la casualidad constituyen dos caras de una misma moneda. Pero el destino es algo
distinto, algo que carece de azar. Supongamos que se descubre que un enorme meteorito, que
no ha sido detectado, está a punto de colisionar contra la tierra. El destino de la humanidad
está marcado. Durante un determinado número de días, la tierra estará cubierta por una nube
impenetrable de polvo que hará imposible la continuación de la vida para los mamíferos. ¡Qué
catástrofe!
En estas circunstancias podremos decir que la extinción de la especie humana, estrictamente
hablando, es una desgracia, pero no podríamos decir que hemos tenido mala suerte. Es el
elemento de la sorpresa, de la casualidad y de lo impredecible, lo que nos permite distinguir la
suerte del destino, o de la fortuna en general.
Lo peligroso de la suerte significa que en interacciones donde una parte corre con todos los
riesgos, sólo uno puede tener suerte. Los patrocinadores de la lotería están destinados a
ganar, pero sólo los jugadores pueden tener suerte.
Lo mismo se puede aplicar a los casinos donde las cosas están organizadas de tal modo que la
banca “siempre gana”. De la misma manera, podemos ser afortunados, en ciertas
circunstancias, por ser pelirrojos (en caso de que esta peculiaridad nos haga elegibles para la
obtención de un determinado beneficio), sin embargo, no podemos decir que uno tenga
suerte por el hecho de serlo. No obstante, los individuos pelirrojos sí tienen suerte si el
patrocinador decide que sean ellos los beneficiarios de su generosidad.
La suerte en si misma es imprevisible. Y esto se refleja a su vez en la inconsistencia y lo variable
de la suerte. Un proverbio escocés de 1721 dice: "Detrás de la mala suerte viene la buena." (Lo
contrario es también cierto). Hay otra vieja máxima que dice: “La única cosa segura de la
suerte es que cambia.”
Únicamente si creemos que nos toca una vida en suerte, como si se tratara de un reparto al
azar, podemos interpretar el destino global de una persona en términos de suerte. En ese caso
la suma total de todo lo bueno y lo malo que le acontezca a un individuo queda reducida, de
manera global y automática, a un asunto de asignación azarosa. Evidentemente parece poco
realista.
Así pues, se considera que una persona es afortunada por estar especialmente dotada en el
campo de las matemáticas, pero no podemos decir que esta persona tenga suerte con
respecto a las matemáticas porque la casualidad no está implicada. Su don y su capacidad son
partes integrantes de dicha persona; no es algo que el azar le proporcione y que se añada a su
identidad actual.
Una persona tiene suerte si encuentra en su vida a una persona que le estimule o le ayude a
desarrollar sus propias capacidades. Pero el hecho de tener dicha capacidad tiene que ver con
la fortuna y no con la suerte.
No tiene sentido establecer comparaciones entre el destino personal y los juegos de azar,
porque en el caso de los juegos existe siempre antes un jugador que entra en una competición,
mientras que en el caso de la gente nunca existe un antecedente, un individuo privado de
identidad que obtiene todo por tener una cualidad especial.
La distinción que nos ocupa no es pura y totalmente un tener que dar cuenta de los distintos
usos de los términos “suerte” y “fortuna”.
Es necesario, hacer algunas aclaraciones de carácter lingüístico. Cuando le preguntamos a una
chica que nos dice que se acaba de comprometer: "¿Quién tiene esa suerte?", habría que
utilizar la palabra fortuna y preguntar: ¿Quién es el afortunado?, siempre que queramos evitar
cualquier otro tipo de sugerencia que nos haría pensar que ha sacado el nombre del susodicho
de un sombrero.
Habría que hablar pues de fortuna y no de suerte. La distinción entre ambas, teniendo en
cuenta que la segunda conlleva un elemento azaroso del que carece la primera, a veces no
está presente en el uso común donde se detecta alguna infracción ocasional.