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Pontificia Universidad Javeriana

Seminario: San Agustín – el signo.


Profesor: Alfonso Flórez.
Nombre: Miguel Ángel Vencé Duran.
19 de septiembre de 2018

SIGNOS Y COSAS

La segunda parte del De Magistro que comprende los parágrafos veintiuno a treintaicinco,
se ocupa de la relación de las palabras con las cosas, es decir, de la función semántica del
lenguaje. En el presente escrito se llevará a cabo un recorrido de esta parte del diálogo,
haciendo énfasis en algunos puntos de importancia para así tener una mejor comprensión del
texto.

Comenzando esta parte del texto, se recuerda la suma importancia que tiene el estudio del
lenguaje como camino hacia la verdad, es decir hacia Dios. Sobre esto Castañares dice lo
siguiente: “el problema, como en las obras anteriores que hemos comentado, sigue siendo el
de la verdad, pero ya no de cómo se justifica, sino de cómo se adquiere” (225). Ya desde esta
instancia se puede notar, gracias a un aparente arrepentimiento por no abordar el tema desde
un principio, el énfasis que se le quiere dar al examen de las cosas significadas, poniéndolo
por encima del examen de los signos. Pasado esto se entra de lleno a hablar sobre la relación
entre signo y la cosa que este significa, a saber, el significable. Para comenzar se pone el
ejemplo de la palabra ‘hombre’, y con esta se formula la siguiente pregunta: “dime si
‘hombre’ es hombre” (De Magistro, 22). De la discusión generada a raíz de la respuesta a la
pregunta, se llega a la conclusión de que se pueden distinguir dos sentidos diferentes en las
palabras: el sentido fonético y gramatical, y el sentido semántico. Sin embargo, la razón
siempre optara, al menos en primera instancia, por darle un sentido semántico a las palabras.

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Esto debido a que la razón de manera orgánica y natural una vez oídas las palabras, tiende a
dirigirse de manera inmediata a las cosas que aquellas significan.

Luego de esto, teniendo ya claro que al presentarse un signo se ha de prestar atención a lo


que por él es significado, se puede afirmar también que las preguntas se responden en virtud
de las cosas significadas con sus palabras. Sin embargo, la cuestión es problematizada por
un ejemplo de una conversación en la que inicialmente se pregunta si las cosas que decimos
salen de nuestra boca, a lo que de manera obvia hay que responder que sí. Con el curso de la
charla, uno de los interlocutores profiere la palabra león, de lo que se concluye que ha echado
un león por su boca, una conclusión absurda. La solución a dicha cuestión reside en que
realmente de la boca no sale todo lo que se habla, porque al hablar se significa. Así pues, lo
que se profiere son signos de las cosas significadas, mas no las cosas significadas en sí
mismas. Pasada esta cuestión se ha de resolver el problema que habita en la expresión “tú no
eres hombre” (De Magistro, 24). Y para ello se debe recordar el sentido gramatical y
semántico que se ha mencionado anteriormente, pues el truco de la frase está en que ´hombre’
participa de los dos sentidos. Ya que, por un lado, gramaticalmente es un nombre y por el
otro lado, semánticamente, es un animal1. Así pues, es ambas cosas, pero se deberá
determinar como una o como otra de acuerdo con la pregunta que se realice respecto a él. En
principio si alguien pregunta ¿Qué es un hombre? Por la naturaleza de la razón mencionada
anteriormente, se responderá con la cosa significada por la palabra, se responderá que un
hombre es un animal. Para que la respuesta se vea dada en el sentido gramatical, la pregunta
necesariamente deberá dirigirse a dicho aspecto, de lo contrario la naturaleza de la razón
seguirá respondiendo semánticamente. Así, para que se diga que ‘hombre’ es un nombre y
no un animal, se deberá preguntar ¿Qué parte de la oración es ‘hombre’? Dicho lo anterior,
no deberá ser considerada una ofensa la expresión “tu no eres hombre”, pues desde uno de
los dos sentidos ya mencionados es forzosamente cierto.

Luego de resueltos estos dos equívocos, la atención se dirige hacia una jerarquización de
las cosas, los signos y el conocimiento de estos. El capitulo IX que aborda esta cuestión,
permite observar dos posturas respecto al orden de importancia: la de Agustín y la de
Adeodato. La agustiniana sugiere a las cosas por encima de todo, a estas le siguen sus signos

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También se define a hombre como “animal racional mortal”.

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o nombres, luego sigue el conocimiento de las cosas y por ultimo el conocimiento de los
signos o nombres de esas cosas.

Agustín mantiene la preeminencia de las cosas por sobre los signos y respectivamente,
del conocimiento de las cosas por sobre el conocimiento del nombre. De este modo,
entabla una relación de subordinación según el principio de que todo lo que sustituye algo
más vale menos que aquello a lo que está sustituyendo. (Gramigna, 84).
Adeodato por su lado sostiene algo distinto pues afirma que existen ciertos casos en los
que el signo de la cosa, su nombre tiene mas valor que la cosa significada (coenum)2 y, por
ende, el conocimiento del nombre tiene mas valor que el conocimiento de la cosa significada
por este. Sin embargo, la postura de Agustín se mantiene y se ve reafirmada con la respuesta
que da Adeodato a la pregunta que aquel le realiza: ¿con que propósito dice uno ‘coenum’?
Pues, se afirma que al decir este nombre se busca indicar la cosa que este significa, con el fin
de recordarla o enseñarla. Así pues, el nombre surge en función de la cosa y no al revés,
haciendo a la cosa superior a este. Pues, “aquello que es por otra cosa, sea menos valioso que
la cosa para la que es” (De Magistro, 26). Las palabras entonces (el habla), como se vio en
el ejemplo, se usan para enseñar y su uso vale más que ellas por sí mismas. Así pues, se puede
decir que de la misma manera que se come para vivir, mas no se vive para comer, se habla
para enseñar, mas no se enseña para hablar (De Magistro, 26).

Por último, la postura de Adeodato también se ve refutada con el análisis de las palabras
‘vicio’ y ‘virtud’. Análisis del que una vez más, se concluye que el conocimiento de las cosas
significadas es más importante “si no que el conocimiento de los signos, si al menos que los
signos mismos” (De Magistro, 28). El problema del nexo signo-cosa y la relación de
subordinación de uno respecto del otro se deja abierto y será retomado después en el tercer
capítulo de la obra De Doctrina Christiana (Gramigna, 85).

Dejada atrás esta cuestión, se entra al tema de las cosas que se enseñan sin signos.
Inicialmente se afirma que únicamente el habla y el enseñar se pueden mostrar sin signos.
Empero, puesto que para enseñar se debe significar y el habla misma es un signo, hasta este
punto no se ha encontrado nada que parezca poder enseñarse sin signos. Hasta este punto del
diálogo se ha comprobado que no hay nada que se pueda enseñar sin signos y que se debe

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Este ejemplo es puesto para mostrar como existen casos donde se prefiere al signo que, a la cosa misma,
pues es preferible escuchar la palabra, que tener la percepción de la cosa con los otros sentidos.

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valorar mas el mismo conocimiento que los signos con los que se conoce, aunque no todas
las cosas que se significan puedan ser más valiosas que sus signos (De Magistro, 31). Dando
así respuesta a tres de las cuatro cuestiones que se están indagando en el ejercicio dialéctico.
Siendo la cuarta, una suerte de objeción de Agustín hacia Adeodato, enmascarada bajo la
pregunta de si estas tres cosas que se han comprobado han sido descubiertas de tal forma que
sean indudables, a lo que inmediatamente después, en el siguiente parágrafo se responderá
que no.

Lo descubierto hasta el momento no es indudable, y ello se ve reflejado en que a esta


instancia aparecen un montón de cosas que se muestran y se aprenden sin signos. El ejemplo
inicial es la acción de cazar, acción que, si quien la observa es lo suficientemente inteligente,
podrá entender perfectamente sin intervención de signo alguno y aprender de manera
satisfactoria. Sin embargo, luego de este ejemplo aparecen muchas otras cosas que tambien
se muestran por si mismas como el sol, la luna, los astros los seres vivos, la tierra, el mar y
muchísimas más. Tantas, que se llega a la afirmación de que quizá no se halle nada que se
aprenda por sus signos, pues cuando el asunto es analizado más a detalle se comprende que
al recibir un signo, si no se sabe de qué cosa es signo, dicho signo no puede enseñar nada; y
si se sabe de que cosa es signo dicho signo, se está aprendiendo de aquella cosa, mas no del
signo mismo (De Magistro, 33). Luego, “se aprende el signo por la cosa conocida más bien
que la cosa misma por el signo ofrecido” (De Magistro, 33). Y, si del signo no se conoce la
cosa que este significa, dicho signo será solo un conjunto de letras vacío.

Así pues, el significado de las palabras se aprende por la percepción de las cosas. Porque
los signos como ya se ha dicho antes, constan de un sonido o parte fonético-gramatical y de
un significado o parte semántica, y es evidente que el significado no se aprenderá gracias a
la percutividad del signo percibida por el oído. En palabras de Agustín:

Nada aprendemos por los signos llamados ‘palabras’. Pues, como he dicho,
aprendemos la fuerza de la palabra3, es decir, el significado que está latente en el sonido,
después de conocida la cosa misma significada, más bien que percibimos la cosa por tal
significado (De Magistro, 34).

3
Tema tratado en el De Dialectica.

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Finalmente, se menciona que las palabras a pesar de no enseñar pueden incitar a buscar.
Pues, se les presta atención a ellas con el propósito de apoyarse de las mismas para buscar
con la mirada el objeto a observar y conocer. Así, luego de esto, continua la oratio perpetua
que tuvo su inicio en el parágrafo treinta y dos. En esta tercera y última parte se tratará la
función pragmática del lenguaje.

Referencias

Domínguez, Atilano (2003). De Magistro. (Trad. Atilano Domínguez). Trotta. Madrid, España.

Pinborg, Jan (1975). Augustine De Dialectica, (Trad. Jackson, B. Darrell). D. Reidel Publishing Co.
Dordrecht, Holland.

Rincón, Alfonso. (1992). Signo y lenguaje en San Agustín: De Magistro. Bogotá, Colombia: Universidad
Nacional.

Castañares, Winceslao. (2014). Historia del pensamiento semiótico, Vol. I: La Antigüedad Grecolatina.
Madrid, España: Trotta.