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H istoria

DK LA

I g l e s i a en l a A m é r i c a
española
Desde el Descubrimiento hasta comienzos
del siglo X I X

México. América Central. Antillas


POR

L E O N L O P E T E G U I , S. I.
Profesor de Historia eclesiástica ea la Facultad
teológica de Oña

F E L I X Z U B I L L A G A, S. I.
Profesor de Historia eclesiástica hispanoamericana
ea la Pontificia Universidad Gregoriana (Roma)

MADRID • MCMLXV
I N D I C E G E N E R A L

Págs .

N o t a s o b r e e s t a e d i c i ó n ............................................................................... xxv

S ig l a s y a b r e v i a t u r a s ..................................................................................... xxvn

B i b l i o g r a f í a .......................................................................................... x xix

IN T R O D U C C IO N G E N E R A L A L A «H IS T O R IA D E LA
IG L E S IA E N L A A M E R IC A E S P A Ñ O L A *

C A P IT U LO I.— Preliminares hispano-lusitanos durante la R e­


conquista con vistas al A frica...................................................... 3
Introducción.— Portugal y Castilla durante el siglo xv.— Ara­
gón y Castilla. Tratados y negociaciones.— Portugal.— Co­
mentario.— Antecedentes históricos en Africa y actitud de la
Santa Sede.

CAPITU LO II.— La Santa Sede ante las empresas marítimas


hispano-lusitanas hasta 1492.......................................................... 10
Empresas lusitanas y bulas pontificias.— El hecho y su inves­
tigación histórica.— Ceuta y Marruecos.— Nicolás V (1447-
1455) y Calixto III (1455-1458).— Alfonso V, Juan II y Amé­
rica.— Se interfiere la cuestión de las islas Canarias.— Princi­
pios de la colonización y evangelización en Canarias.— Las
Canarias de 1418 a 1481.— La gran lección de estos hechos
con respecto a América.— Intención de las bulas portugue­
sas. Conclusiones.— Consulta jurídica a Roma.— La preocu­
pación de los descubrimientos en las bulas.— La cuestión del
reino de Fez y de las Canarias. Alcá<;obas.— Neutralidad y
desinterés de la Santa Sede entre España y Portugal.— ¿Y los
descubrimientos ?

CAPITU LO III.— El Estado y la Iglesia en España en 1492. . . . 25


Importancia de este tema para América.— Situación general
de la Iglesia española en esas fechas.— Y en Italia.— El epis­
copado español en 1492.— Los Reyes Católicos y las elecciones
episcopales.— El patronato real en las iglesias de Granada y
Canarias.— Ultimos conatos y logros de los reyes en este
asunto.— La reforma del episcopado.— Reforma general.—
Cisneros.— La Iglesia nacional española.

C A PITU LO IV.— El continente americano. Generalidades---- 34


Impresión geográfica general.— Las razas americanas. Las
razas principales en América del Norte. Las principales ra­
zas en América del Sur.
11.9 de la Iglesia en América
VI Indice general
Pdgs.

CAPITULO V.— La gesta de Cristóbal Colón............................ 39


Colón continúa apasionando.— Su formación, sus planes.— Se
decide el viaje colombino.— Las bulas pontiíicias.

CAPITULO VI.— Las concepciones medievales sobre el poder


temporal pontificio.................................................................... 44
Concepción medieval teocrática: el agustinismo político.—
Desarrollo de la teoría.— Inocencio III e Inocencio IV. Exage­
raciones y realidades.— Bonifacio VIII.— Importancia de las
concepciones de Santo Tomás para plantear y resolver el pro­
blema teocrático.— Después de Santo Tomás.— Defensores
del poder pontificio. Otros más moderados.

CAPITULO VII.— D os modernas interpretaciones de las bulas


alejandrinas: las de don Manuel Giménez Fernández y don
Alfonso García G a llo ............................................................... 53

CAPITULO VIII.— Preferencia de los Reyes Católicos por el


título de donación pontificia de las Indias............................... 62
La mentalidad de Femando el Católico.— Afirmaciones de
Colón a los reyes.— Opinión de los teólogos.

CAPITULO IX.— Algunos problemas especiales planteados a


la Iglesia americana: el de la guerra justa a los naturales y el
de la esclavitud en sus diversas formas.................................. 69
Ideas sobre la esclavitud en la Europa del siglo xv.— El pro­
blema de la guerra en América.— Actitud de Fernando V res­
pecto a indios y negros.— Las juntas con respecto a la escla­
vitud y a la guerra. La junta de Burgos.— El requerimiento.
Juntas con el clérigo Las Casas.— Nuevos rumbos con la con­
quista de Méjico.— Las «Relecciones» del maestro Vitoria.—
«Las leyes nuevas». Juntas de Valladolid de 1542 y de Barcelo­
na.— La polémica de Ginés de Sepúlveda, 1547-1550.—Junta
de Valladolid de agosto-septiembre de 1550.— El protector
de indios.— Resultados de estas juntas y deliberaciones.— La
«conquista» en la legislación de Indias.

CAPITULO X.— Repartimientos, encomiendas, buen trato de


los indios..................................................................................... 92
Distinción entre repartimiento y encomienda.— Algunas va­
riaciones en la historia de la encomienda.— Actitud de San
Francisco de Borja.— Los indios menores de edad, ¿tutelados
perpetuos?—Buena legislación, pero ¿se cumplía?

CAPITULO XI.— Don fray Bartolomé de las Casas, O. P., obis­


po de Chiapas............................................................................ 106
Sus escritos.--Enorme éxito de las obras de Las Casas fuera
de España. - Actitud ante Las Casas en la actualidad.— Hay
Indice general vn
Págs.

que fijar bien las posiciones.— La cuestión de la «Destruición*


más en concreto.— Las Casas como historiador.

CAPITULO XII.— La escuela jurídico-teológica de fray Fran­


cisco de Vitoria, O . P ............................................. ..............
Nombradla universalmente acatada.— Títulos legítimos de la
«conquista».— Sus dificultades.— Impresión general.

CAPITULO X IIÍ— El patronato real y el regio vicariato de In­


dias................................................................................................. I23
Importancia de la obra del padre Egaña.— Explicación de
la actitud de Roma.— Concesión del patronato, 28 de julio
de 1508.— La cuestión de la «determinación de límites».—
Fernando el Católico y Ion comienzos del episcopado ameri­
cano.— Otras concesioiits pontificias decisivas en el siglo x v í
y actitud personal de diversos pontífices en la cuestión de In­
dias.— Patronato real y vicariato o delegación regia.— Funda­
mentos teóricos del vicariato regio.— Interpretación de este
sistema por Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo, arzobispo
de Lima.

CAPITULO XIV.— Las grandes líneas de la teor& y su desen­


volvimiento .................................................................................. 140
Actitud de los reyes de la casa de Austria.— Formulación de
la teoría vicarial.— Don Juan de Solórzano Pereira (1575-
1654).— Villarroel, Frasso, De la Peña Montenegro y Aven-
daño.

CAPITULO XV.— La Congregación de Propaganda Fide y la


teoría vicarial............................................................................... 152
Sus primeros roces con España.— En la segunda mitad del si­
glo xvn y el siglo xvm.— Escritores regalistas de este período.
El Patronato en las leyes de Indias.— Un punto de especial
atención: los diezmos.— Preeminencias del Real Patrono.—
Ultimas manifestaciones.—Epílogo.

CAPITULO XVI.— La administración civil en Indias................. 164


El período colombino.— El Consejo de Indias.— Los repre­
sentantes del rey en Indias.— Virreyes.— Capitanes generales.
Adelantados.— Las audiencias.— ¿Por qué no fue nunca un
rey o príncipe español a Indias?— El municipio y sus autori­
dades.

CAPITULO XVII.—La posición de los indios ante la ley c iv il... 171


Dos sociedades, doble legislación.— La sucesión en las enco­
miendas.Reducciones.— Los corregidores de indios.— El tra­
bajo de los indios.--Tributos de los indios.
viii Indice general
Pdgs.

CAPITULO XVIII.— Organización eclesiástica de las Indias... 176

La nueva sociedad hispanoamericana.— Organización episco­


pal.— Erecciones de diócesis.— Elección y presentación de
obispos.— Influjo de los Romanos Pontífices en Hispanoamé­
rica.— Actitud concreta de algunos papas en los asuntos ecle­
siásticos americanos durante la primera colonización.— El epis­
copado americano del período hispánico.— Cabildos catedrales.
El clero secular y parroquial.— Importancia del clero a prin­
cipios del siglo xix.

CAPITULO XIX.— La Junta magna de 1568. Diversos elemen­


tos de la Iglesia hispanoamericana........................................... 191

Ocasión de la Junta.— Personajes que intervienen.— Pretensio­


nes principales.— La cédula real del Patronato, 1 de junio
de 1474.— Actitud de los obispos ante ella.— Las órdenes reli­
giosas en las Indias occidentales.— Concilios provinciales de
Lima y Méjico.— Los seminarios diocesanos.— El problema
de la riqueza de la Iglesia hispanoamericana.— El régimen
fiscal español y la colaboración eclesiástica en Indias.

LA IGLESIA E N L A AM ERICA DEL N O R TE E SP A Ñ O LA

CAPITULO I.— En las Antillas. Conquista. Algo de coloniza­


ción y evangelización................................................................. 211
Fastuoso recibimiento a Colón en Barcelona.— Recelos del mo­
narca portugués.— Las bulas pontificias.— Los Reyes Católicos
quieren colonizar y evangelizar Ultramar.— Plan de evangeliza­
ción.— Soldados y operarios apostólicos a Ultramar.— En alta
mar: islas, tierra de caribes.— En Puerto Rico.— El primer pue­
blo español de Indias. Situación penosa.— Plan de evangeliza­
ción en la Española: extraños métodos: intérpretes.— Descon­
certante propuesta. Actitud real no definida.— En el valle de
Cibao; pepita de oro.— Castigados los rebeldes.— Aparato
guerrero de la expedición a Cibao. Huyen los nativos.— Trá­
gica situación de la Isabela y Jánico (Santo Tomás).— Quie­
ren capturar al cacique Caonabo. Castigos inhumanos.—
Gobierno colegiado del Nuevo Mundo. Hacia Cuba.— Los ope­
rarios apostólicos. P. Boyl. Limitado celo.— Rebelión organiza­
da. Vuelta a Castilla. El P. Boyl y Margarit. Situación bélica.—
Labor eficaz de los misioneros.— Aspecto religioso de la co­
lonización.

CAPITULO II.— Panorama geográfico, etnológico, cultural y


político-social de U ltram ar....................................................... 222
Campo geográfico. Las Antillas.— Panamá.— Las extensas re­
giones de Nueva España.— Indole de la región.— Población.
Protagonistas de la historia eclesiástica.— Complexión del in­
dio. Desnivel cultural, económico y político-social.— Procrea-
Indice general IX

Pdgs.

ción cultural y religiosa en Ultramar.— Datos demográficos.—


Familias lingüísticas.— Culturas indígenas— Agrupaciones po­
lítico-sociales.

CAPITULO III— Ocupación gradual de las Antillas. Estado bé­


lico. Las cédulas reales................................................................ 23 1
Exploración de Cuba. Ingrato recuerdo.— Descontento en la
Isabela. Ordenes reales que desasosiegan. Empresa apostólica.
Situación bélica. Tributo insostenible. Partidas de esclavos.
Mortandad.— La isla Española sometida a los conquistado­
res.— La ciudad de Santo Domingo.— Informador enviado
por los reyes. Juan de Aguado. Situación vacilante.— Franca
sublevación. Francisco Roldán. Dos métodos de gobierno.—
Cédulas reales. Colonización y evangelización. Gente indesea­
ble.— Tercer viaje colombino. Posición insegura del Almiran­
te. Rddán.— Política de severidad. Finaliza el régimen de
los Colón. Francisco de Bobadilla.

CAPITULO IV.— Actividad eclesiástica limitada por las enco­


miendas. Las primeras diócesis antillanas.............................. 237
Establecimientos españoles.— Poderes otorgados a Bobadilla.
Actuación del gobernador.— Actividad eclesiástica.— Nuevo
gobernador. Franciscanos a la Española. Naufragio. Los in­
dígenas, vasallos libres.— Poblaciones erigidas. Represión san­
grienta.— Hacia el repartimiento de indios. Tributos exigidos
a los indígenas.— Tributo y repartimientos: carácter legal.—
Trabajo forzoso de los indígenas.— Indios dados profusamen­
te en encomienda.— Dan caza a indígenas huidos. Castigos.—
La autoridad civil y las encomiendas.— La actividad apostó­
lica, disminuida por las encomiendas.— Instrucción real pro­
gramática de colonización y evangelización.— Iglesias erigi­
das.— Diezmos concedidos a los Reyes Católicos. Paga anual a
los clérigos.— Primeras diócesis antillanas: erección. Candida­
tos propuestos.— Bula autenticada. Reparos propuestos a
Roma.— El patronato real concedido a los Reyes Católicos.
Construcción de iglesias en Las Antillas.— Activo celador de la
Iglesia antillana.— Las tres diócesis antillanas.

CAPITULO V.— Penetración gradual de la Iglesia. Las enco­


miendas y la capacidad indígena. Juicios discrepantes de los
operarios apostólicos................................................................... 249
Roma y la Iglesia antillana. Poderes otorgados a Diego Co­
lón. Audiencia real.— Capitulaciones de los nuevos obispos
con el rey.— Consagraciones episcopales. En Concepción de
la Vega. El obispo. Ministerios apostólicos.— Dominicos en la
Española. Las Casas, misacantano. Labor silenciosa de los
operarios apostólicos.— En Puerto Rico. Plan de colonización
y evangelización.— Estancias e iglesias. Actuación del señor
obispo. Clase de gramática.— Cuba: conquista y colonización.
Diego Velázquez. Poblaciones erigidas.— Gobierno civil y ecle­
siástico. - Encomiendas y repartimientos. Libertad legal del in-
X Indice general

dígena.— Incompatibilidad de la encomienda con la libertad


del indio.— Los dominicos condenan decididamente las enco­
miendas. Oposición clamorosa.— El rey justifica la institución
de las encomiendas.--Actitud inamovible de los dominicos.
Debate ante el rey. Proposiciones de la Junta de Burgos. Las
leyes de Burgos.—Don Fernando. La regencia de Cisneros.
Jerónimos a la Española para resolver el problema de las enco­
miendas.—Situación eclesiástica en Las Antillas.— Concesión
de la plena libertad a los naturales. Juicios disconformes.—
Los Jerónimos y la libertad de los indígenas.— Completa liber­
tad a los naturales. Intento frustrado.

C A P IT U L O V I.— Posición insegura de la Iglesia en Castilla del


Oro. La Iglesia antillense, algo desarticulada..........................
Santa María la Antigua. Núñez de Balboa, gobernador inte­
rino.— Regiones que se cree abundan en oro. Soldados y pro­
visiones a Santa María la Antigua.— En contacto con indíge­
nas, luchas. Descubrimiento del mar del Sur. Nuevas explo­
raciones.— Pedrarias, gobernador de Castilla del Oro.— Re­
giones de Castilla del Oro. Estructura civil.— Planes de con­
quista espiritual. Patriarca de Castilla del Oro. Obispo de
Nuestra Señora la Antigua: fray Juan de Quevedo.— Las
iglesias de Tierra Firme. Misioneros franciscanos.— Instruc­
ciones a Pedrarias. Colonización y evangelización de los indí­
genas.— Requerimientos para los indígenas. Inaplicabilidad.—
Flota de Pedrarias. El obispo Quevedo. El gobierno de Santa
María la Antigua.— Expediciones frustradas. Indios esclavos.
Situación angustiosa en Santa María la Antigua.— El informe
del obispo Quevedo. Hambre y privaciones. Tanteos explo­
radores sin resultado.—Sustituto de Pedrarias, Lope de Sosa:
muerte. Se retiran los franciscanos. Panamá. Centros colonia­
les de Castilla del Oro.— Descubrimiento de la Florida, Pon-
ce de León. Barrera infranqueable de los indígenas, Tequesta,
Calus. Exito catastrófico de la expedición de Ponce.— En las
costas de Yucatán, Hernández de Córdoba. Los aguerridos
mayas, batalla sangrienta. Perspectiva cartográfica y eclesiásti­
ca.—En la isla Española. El obispo Geraldini. Apropiación
indebida de bienes eclesiásticos. Diócesis. Informe del oidor
Figueroa.— Ambiente político-social de la Española. Indios
libres. Desazón por la libertad concedida a los indígenas. In­
dios en rebelión. Muertes. Víctimas franciscanas. Diócesis de
Santo Domingo y Concepción de la Vega.— La abadía de Ja ­
maica.— La diócesis de Santiago de Cuba.— El obispo Ubite.
Traslado de la catedral de Baracoa.—El obispo fray Miguel
Ramírez. £) gobernador y el prelado, juzgados severamente.
El prelado, en contraste con los franciscanos.-—El obispo
fray Diego Sarmiento. Visita pastoral. Los pueblos de la dió­
cesis cubana, vida eclesiástica. La Iglesia antillense, desinte­
grada.
índice general XI

Págs.

CAPITULO V II— Gérmenes de evangelización en Nueva Es­


paña. Ordenes religiosas. Mundo azteca................................. 284
Hernán Cortés en la isla de Cozumel. Las instrucciones de Ve-
lázquez.— Adoratorio indígena. Idolos destruidos.— Entre los
chontales de Tabasco. Procesión, misa, adoración de la cruz.—
En San Juan de Ulúa. Cempoala. Misa, cruz, imagen de la
Virgen. Predicación. Método atropellado.— En Tlaxcala. Dura
pelea. Instruir antes de quitar ídolos. La cruz.— Tlaxcala. Es­
tado de Cholula. Explicación de la doctrina cristiana.— Tem­
plo del dios de la guerra. Corazones sacrificados. Hedor de san­
gre.— Moctezuma, desagraviado. Capilla, cruz, misa.— Con­
quista del imperio azteca. Furiosa hostilidad indígena. Pánfilo
de Narváez. La noche triste. Vencida la metrópoli.— Se some­
ten las provincias novohispanas. El padre Olmedo. Operarios
apostólicos. Franciscanos.— Cortés pide religiosos para Nueva
España.— Franciscanos a Méjico. Expedición malograda a
Honduras. Sacerdotes seglares.— Expedición franciscana: los
Doce Apóstoles. Bula de Adriano VI.— Primera junta apostó­
lica. Ncrmas para la administración de sacramentos. Enseñan­
za de la doctrina cristiana.— Expedición de religiosos domini­
cos.— Cortés, exonerado del poder. Primera audiencia mejica­
na. Encomiendas.— Fray Juan de Zumárraga, electo de Méjico.
Segunda audiencia.— El virreinato de Nueva España. Atribu­
ciones del virrey. El Real y Supremo Consejo de Indias.—
Erección de las diócesis de Tlaxcala y de Méjico.— Expedi­
ción de religiosos agustinos. Segunda junta apostólica.— El
campo apostólico.— Los aztecas. Religión. Divinidades. Ido­
los.— Culto religioso. Sacrificios. Sacerdotes. Inmortalidad del
alma.— Habitaciones aztecas. Indumentaria. Alimentación.
Bebidas. Terapéutica indígena.— Legislación indígena austera.
Dos culturas.

CAPITULO VIII— Los religiosos en el campo de apostolado.


Los indígenas. Labor fructuosa............................................... 301
Distribución geográfica de los operarios apostólicos. Funda­
ciones franciscanas.— Establecimientos de los dominicos.—
Fundaciones de agustinos.— Agrupaciones misioneras: índo­
le.— Familias indígenas, zapotecos. Númenes.— Cosmogonía.
Vida ultraterrena. La familia, matrimonio.— El sacerdote y el
rey. Arquitectura.— Agricultura, industrias, comercio, caza,
moneda. Comidas. Vestido.— Tarascos. Lengua. Cosmogonía.
Poderes civiles y religiosos.— Gobierno. Organización agraria.
Hogar tarasco. Economía.— Alimentación. Comercio. Artesa­
nos.— Matrimonio. Habitación. Vestidos.— Otomíes. Familia
lingüística. Divinidades.— Cosmogonía. Autoridad. Manifes­
taciones religiosas. Poblaciones. Casas.— Clanes. Agrupacio­
nes. Funcionarios. Vestido. Alimentación. Industria.— Fun­
daciones de diócesis: León de Nicaragua, Oaxaca, Michoacán.
Apostolado franciscano. Evangelización. Bautismos de niños y
adultos.— Fray Martín de Valencia. Fruto consolador. Prepa­
ración prebautismal. El neófito Francisco.— En contacto con
los indígenas. Explicación de la doctrina. En Texcoco y Te-
MI Indice general
Pdgs,

popolco. Predicación catequística.— Numerosísimos bautismos.


Seria instrucción prebautismal: catequistas--Preparación en los
bautismos de adultos. Franciscanos, agustinos, dominicos.—
Razón de la prodigalidad misionera en conceder el bautismo a
los adultos.—-Comprensión misionera en los bautismos. Ce­
remonial simplificado. Elevadas citras de bautismos. Ritos
idolátricos de los neófitos.—Contienda sobre el ceremonial del
bautismo. Rito eclesiástico prescrito por Paulo III.— Los ma­
trimonios indígenas. Jurisdicción de los obispos.— Junta epis­
copal. Proponen los obispos asistir al concilio general. Zumá-
rraga y el concilio. Respuesta del emperador.— El documento
episcopal. Indígenas reunidos en pueblos: ventajas.— Aumen­
to de religiosos y disminución de clérigos: clérigos ejemplares.
Sacerdotes de ciencia a Ultramar.— Petición parcial de diez­
mos a indios. Destrucción de templos e ídolos paganos.—
Templos y oratorios paganos destruidos.

CAPITULO IX.— Organización gradual de la Iglesia nóvohis-


pana. La Iglesia y la libertad de los indígenas.......... ......... 325
Formación etnológica del misionero: dominicos, franciscanos,
agustinos.— Los misioneros y las lenguas indígenas: agustinos,
dominicos, franciscanos.— Encomiendas de indios. Juntas de
Valladolid y Barcelona.— «Leyes nuevas», 1542, y la libertad
de los indígenas. Violenta reacción.— Se promulgan en Nueva
España las «Leyes nuevas»: Francisco Tello de Sandoval. Ame­
nazadora crisis. El Consejo de Indias.—Junta convocada por
Sandoval. Relación sumaria. Las encomiendas consideradas
irremovibles.— Los procuradores mejicanos y las encomien­
das. Las Casas. Revocación parcial de las «Leyes nuevas». En­
comiendas hereditarias.—Junta de obispos. Conclusiones: los
indígenas y la conquista. Obligaciones de los reyes.— Subsana-
miento y restituciones. Normas a confesores. Conviene formar
pueblos de indios.— Deseo de los monarcas. La obra de los re­
ligiosos. Que los indios sean libres.— Las tres sedes arzobispa­
les y las sedes sufragáneas. Zumárraga arzobispo.— Zumárraga
organizador de la Iglesia novohispana.— Zumárraga inquisidor.
Algunos procesos.— Zumárraga y la imprenta de Nueva Es­
paña, carácter eclesiástico de la imprenta.— Zumárraga y la
universidad mejicana. Estudio episcopal: gramática. Insignes
religiosos pedidos para la universidad que convenía erigir. Nega­
tiva de la corte.- Zumárraga protector de indios. Problema de
un pueblo que se abate. Indole de la protectoría.— Los obispos,
defensores de los indios. Las Casas. La protectoría, cargo regio.
Los obispos Garcés y Zumárraga, protectores de indios: intré­
pidos defensores. El protector favorecedor de la paz.

CAPITULO X.— Nuestra Señora de Guadalupe. Por las dió­


cesis novohispanas. Instituciones de beneficencia................. 34c
Las apariciones del Tepeyac.—Problemática guadalupana.
Documentos escritos.- Documentos guadalupanos de Zumá­
rraga.- Obras históricas de indígenas.-- Más documentos gua­
dalupanos. -La tradición oral en las apariciones guadalupa-
Indice general xm

Pdgs.

ñas.— Vacilaciones que suscitan las apariciones: Sahagún, Tor-


quemada, Bustamante.— Los antiguos cronistas. El historia­
dor García Icazb alcetaL a epopeya del Tepeyac: ermita y
templo.— Vasco de Quiroga, oidor. Hospital de Santa Fe.—
Pacificador de Michoacán. Otro hospital de Santa Fe.— Qui­
roga, obispo. Los hospitales: régimen. Obra cristiano-social.
Trabajo y administración colectiva.— Sede diocesana. Colegio de
San Nicolás: ex colegiales ministros del evangelio. Colegio de
niñas.— Bartolomé de las Casas, obispo. Diócesis de Chiapas.
Acogido festivamente.— Situación precaria de la diócesis. Cléri­
gos traficantes Malogrado encuentro.— Defensor acérrimo de
indios. Casos reservados. Actitud descomedida.— El arma de la
excomunión. Prelado irreductible e independiente.— Manifes­
taciones clamorosas. Las Casas sale de la diócesis y renuncia al
obispado. Luz y sombras.— Garcés, obispo de Tlaxcala. Viaje
marítimo. Invitado a ocupar su sede.— El protector de indios.
Optimista concepto del indígena. Paridad de los derechos hu­
manos. Varón apostólico y vida ejemplar.— Zárate, obispo de
Oaxaca. La diócesis. Asistencia religiosa insuficiente. Religio­
sos.— Caos social y económico. Escaso clero. Situación privile­
giada del indio.— El prelado inculpado. Negociaciones de clé­
rigos.— La diócesis de Tierra Florida.— Diócesis de Nueva
Galicia. Distribución topográfica de los indígenas. Guadalajara.
Río Grande y las regiones limítrofes. Apostolado. Sede dioce­
sana.— Los reyes ibéricos y ios límites diocesanos. Poder res­
tringido.— Dificultades en la fijación de límites.— Pleitos sus­
citados por la incierta delimitación de las diócesis.— La Inquisi­
ción en Nueva España. Dominicos. Procesos inquisitoriales.—
Zumárraga, inquisidor apostólico. Causas en el tribunal de la
Inquisición. Proceso contra Carlos Chichimecatecotl.— Hospi­
tales de Nueva España: Jesús Nazareno y Amor de Dios.—
Hospital Real del Señor San José.— Hospital de San Lázaro:
organización. Nuestra Señora de los Desamparados.

CAPITULO XI.— Centros misionales de religiosos. Primer


concilio provincial mejicano, 1555. Vida eclesiástica. Ense­
ñanza, sacramentos, fiestas litúrgicas, cofradías.................... 378
Nuevos conventos franciscanos. Provincia del Santo Evange­
lio.— En las provincias septentrionales. Sinaloa y Sonora. Ex­
ploraciones. Provincia de San Pedro y San Pablo. Méjico, Pue­
bla, Michoacán.— Expansión dominicana: mixtéeos y zapote­
cos. Los indómitos mijes. Provincia de Santiago.— Expansión
agustina.— Primer concilio provincial mejicano. Participantes.
Solemne apertura.— Sacerdotes, clérigos y ordenandos.— El
concilio y la primera tonsura, subdiaconado, diaconado.— Mi-
sacantanos, curas, sacerdotes encargados de indios.— Hones­
tidad de vida en los clérigos. Juegos prohibidos. Compañía de
mujer sospechosa. Concubinarios. Pauperismo espiritual.—
Instrucción religiosa. Catecúmenos bien enseñados en la fe.—
Dos doctrinas. Doctrina a indios.— Moralidad pública. Con­
fesión y comunión. Misa mayor. Fiestas de precepto.— Admi-
nisiración de sacramentos. Comunión a indios. Matrimonios
XIV Indice general
Pdgs.

indios. Libertad en los matrimonios indios.— Libros sospe­


chosos o prohibidos.— Indios encarcelados. Documentos reli­
giosos en lengua indígena.— Fiestas y bailes indios. Forma­
ción de pueblos indígenas.— Música litúrgica moderada. E s­
cuelas y hospitales indios.—Visita de diócesis. Las constitu­
ciones conciliares promulgadas.—Quieren limitar la jurisdicción
de religiosos. Privilegios de religiosos respetados. Cédulas rea­
les.— Indios reunidos en pueblos. Agustinos en Michoacan.
Tiripitío. Contacto con los indios. Sacrificio de la misa.
Planta de la población de Tiripitío. Brazos de abundante agua.
Casa de indios. Oficios mecánicos. Indios vestidos a la espa­
ñola.— Carpinteros y ebanistas. Edificios centrales del pue­
blo.— Iglesia y hospital. Servicio del hospital. El convento.—
Labor social y urbanística en los pueblos de Michoacán.— En
las provincias de Chilapa y Guerrero. Agrupaciones indias.—
Entre los otomíes. Colegio de Santa Fe.— Labor cultural de
los dominicos en la Mixteca. Fray Francisco Marín. Caja co­
munal.— Plan reduccionista de los franciscanos: fray Jeróni­
mo Mendieta.— Pueblos indios en las regiones de Puebla,. Ja­
lisco y Zacatecas.— Pueblos entre los chichimecas y otomíes.
Michoacán, Jalisco, Guanajuato, Querétaro.— Coyoacán: for­
mación selecta de niños. Pueblos otomíes y mejicanos.— Zonas
desatendidas espiritualmente.— Instrucción religiosa metódica.
Escuela de leer y escribir. Selección de indios.— Instruc­
ción dada por los franciscanos. Indios fiscales y mando­
nes: diligente formación. Institución de catequistas.— Educa­
ción a los niños. Hijos de principales.— Porvenir en la educa­
ción de los niños. Indios misioneros. Decepciones. Balance
final. Indias catequistas.— Catecismo de fray Alonso de M o­
lina. Predicación gráfica. Catecismos en imágenes. Catecismo
cantado.— Catecismo de fray Pedro de Córdoba. Esfuerzo de
adaptación. Moralidad de los actos internos.— Predicación ca­
tequística de fray Gonzalo Lucero, O. P. El dogma en lienzos
pictóricos.— Los agustinos y la capacidad espiritual de los in­
dígenas.—Administración de sacramentos. Bautismos. Con­
firmación.— La confesión a los indios. Dificultades iniciales.
Los indios capaces del sacramento.— Concurso extraordina­
rio de indios a la confesión. Las porterías de los conventos.
Integridad de la confesión.— Mixtéeos y zapotecos. Las con­
fesiones de cuaresma.— Comunión. Norma en la comunión
de indios.— La comunión, distribuida solemnemente a los
indios.— Matrimonios religiosos. Suspensión de velaciones.
Funestos efectos. Numerosos matrimonios.— Matrimonios
complicados de indios. Bula pontifical. Validez de los ma­
trimonios indios.— Extremaunción a los indios.— Festividades
litúrgicas solemnes. Misa y procesión. Corpus Christi. Vísperas.
Bailes. -Fiestas de Navidad y Reyes.—Devociones de los
indios: Santísimo Sacramento. La santa Cruz.— Cofradías de
indios.
Indice general XV
Págs.

C A P ITU L O XII.— La Iglesia docente y reformadora............. 414


Representaciones teatrales instructivas y edificantes.— Fruto
apostólico. Valor pedagógico.— Escuelas primarias.— Escue­
las franciscanas.— Instrucción de las doncellas indias. Educa­
ción más que enseñanza.— Escuela de San Juan de Letrán.
Formación más selecta. Enseñanza técnica. Fray Pedro de
Gante.— Industrias. Artesanos nativos. Artistas.— Escultura
decorativa nativa.— Colegios para nativos. Dominicos. Agus­
tinos. Peticiones de colegios.— Colegio de indios: Santiago de
Tlaltelolco. Edificio modesto.— Alumnos. Base económica in­
segura.— Vida de los alumnos. Enseñanza.— Gradual decai­
miento. Frutos satisfactorios. Lingüistas.— Deplorable crisis.
Decepción y oposición. Causas.— Problemática del clero in­
dígena. Hostilidad prevalente. Motivación.— Intento de reli­
giosas nativas.— Nativos excluidos de las órdenes y de la vida
religiosa. Reflexiones de Mendoza.— Universidad mejicana:
fundación. Ci'ma cultural: franciscanos, dominicos, agusti­
nos.— Inauguración. Cátedras y profesores. Fray Alonso de
Veracruz.— Medios económico?. Otras cátedras. Indole de las
cátedras.— Fueros rectorales.— Obtención de grados. Plan de
enseñanza.— La nueva universidad. Aulas y cátedras. Privilegios
de la Universidad de Salamanca.— Cátedra de lengua indígena.
El futuro sacerdote en la universidad.— Ambiente universitario.
Sombras.— Número de alumnos. Estatutos. Significativo balan­
ce.— La universidad y la formación del clero. Sazonados fru­
tos.— El arzobispo Montúfar, inquisidor. Procesos. Campaña
antiluterana.— Inquisición: cédula de fundación. Inquisidores.
Aspiración general.— El pregón de la inauguración. Juramento
colectivo.— Carácter de la Inquisición. Manual práctico. Ri­
guroso secreto.— Tormento y hoguera. Precedentes históri­
cos.— Campaña inquisitorial: diversos autos.— Auto público
de 1574. Procesados y acusaciones. Castigo.— Lucha religiosa.
Herejes extranjeros. Expediciones de hugonotes. Designios
franceses.— Menéndez de Avilés: planes bélicos. Matanzas.
Tráfico creciente.— Inquisidores. Segundo proceso público de
1575. Acusados. Castigos.— Unión de España y Portugal. Ju­
daizantes a Ultramar. La familia Carvajal: gobernador y capitán
general.—Judaizantes a Pánuco. Proceso a Luis de Carvajal.
Doña Isabel. Auto grande de 1596. Rigidismo explicable.— Se­
gundo concilio mejicano y el Tridentino. Participantes. Capí­
tulos decretados.

CAPITULO XIII.— La Florida. La Iglesia antillana................. 449


Jesuítas a la Florida.— Muerte. El padre Martínez.— Los je­
suítas de Montecristi, a La Habana.— Ministerios en La Ha­
bana. Nativos de la Florida.— Guarniciones españolas de Ga-
lus, Tocobaga y Tequesta. El padre Rogel en Calus.— Los
fuertes españoles de la Florida. Tribu calusana: dominios.
El cacique Carlos.— El cacique, hostil a los españoles. El
padre Rogel a La Habana. Muerte de Carlos.— Rogel en To­
cobaga. El nuevo cacique de Calus.— El cacique promete con­
vertirse. Labor apostólica.— Rogel otra vez a La Habana. Trá-
XVI Indice general
Pdgs.

gico fin del fuerte de T o co b a g a .— Catcquesis íluctuante en


Calus. Clima inseguro.— La guarnición de Tequesta. Cate-
quesis. Bautismos. Desenlace trágico.— El adelantado en Es­
paña. Reunión hispalense. Nativos floridanos bautizados.
Nueva expedición jesuítica a la Florida. Clima deprimente en
San Agustín.— Represalia francesa. Domingo Gourges. Los
jesuitas en San Agustín. En contacto con los indígenas. Re­
uniones en La Habana. Distribución misionera.— Ministerios
en La Habana. Enfermos.— En Calus: clima de inquietud.
Quema prematura. Final sangriento.— Intento reorganizador
en Tequesta.— Misiones septentrionales. Guale y Santa Ele­
na.— Los jesuitas en Santa Elena: Orista. Ambiente etnológico
y religioso.— Labor apostólica infructuosa. Final deprimente.
Guale. Campo mísero y costumbres depravadas. Fracaso
misional.— En la isla de Santa Elena. Repliegue. Nuevos mi­
sioneros.— A la provincia de Ajacán. Muertes. Los jesuitas
abandonan la Florida.— Breve permanencia jesuítica en La
Habana.— Isla de Cuba. Población. Discriminación.— Auto­
ridad civil y eclesiástica.— Vida eclesiástica lánguida.— El
obispo Uranga. Decaimiento social y moral.— Obispos. Res­
tablecimiento eclesiástico. Franciscanos y dominicos en La
Habana.— Clérigos y religiosos transeúntes. Hospital en La
Habana.— Autoridades civiles y eclesiásticas: contrastes. Ca­
tedral de Santiago.— La Iglesia en la isla Española. Alonso de
Fuenmayor.— Universidad de dominicos.— Segunda univer­
sidad en Santo Domingo.— Actividad del obispo Fuenmayor.
Monjas clarisas. Lista decepcionante.— Parroquias en la Es­
pañola.— Puerto Rico. Población.— Nativos. Organización so­
cial. Númenes venerados.— Organización eclesiástica. Los na­
tivos, atendidos social y religiosamente.— Protector de indios.
Los nativos doctrinados.— Iglesias parroquiales. Libertad a
los nativos. Vida eclesiástica mezquina.—Jamaica. Isleños.
Iglesia desatendida.— Matrimonios de esclavos.— El abad Már­
quez de Villalobos. Visita del obispo de Cuba. Estado mísero
de la Iglesia.— Atribuciones del obispo de Cuba en Jamaica.—
El abad Márquez de Villalobos. Corsarios y huracán.— Cabe­
zas Altamirano, visitador de Jamaica. La Iglesia, descuidada.

CAPITULO XIV.— La Iglesia de Yucatán................................ 488


Territorio de Yucatán. Fracciones geográficas y culturales ma­
yas.— Lengua. Cacicazgos.— Clases sociales. Indumentaria.—
Panteón maya.— El convento franciscano de Campeche. P. Vi-
llalpando. Escuela. Bautismos.— En Mérida. Catequesis. Ca­
ciques convertidos.— Por los pueblos de la sierra. Catequesis.
Bautismos. Indios absueltos.— Nuevos misioneros. Conventos
erigidos.— Más misioneros que llegan. El P. Landa. Pueblos
erigidos.— Ordenanzas reguladoras.— Expedición de misione­
ros. Yucatán y Guatemala, provincias independientes.— Proceso
contra nativos idólatras. —Libros y esculturas mayas destrui­
dos.— Provisiones y cédula real a favor de los indios. Nativos
congregados en pueblos.— Animosidad antifranciscana. Alcal­
des y gobernadores nombrados por el rey.—"Erección de la
Indice general XVII

Págs.

diócesis de Yucatán.— El obispo Francisco de Toral. Preven­


ción antifranciscana.— Landa en España. Proceso cortesano.
Toral, pesaroso del yerro cometido.— Landa, rehabilitado. Sa­
cudida provechosa. Capítulo provincial.— Yucatán y Guate­
mala, provincias independientes. Landa, obispo.— Tirantez
latente entre el obispo y el gobernador.— Landa a Méjico. Lu­
cha sorda en Yucatán.— Muerte de Landa. El austero prelado.
El nuevo obispo Montalvo. Sistema arancelario.— Montalvo y
el tercer concilio provincial mejicano. Doctrinas franciscanas
pasadas al clero.— Excomuniones intimadas a nativos.— Na­
ves inglesas en las costas de Yucatán.— Disposición real con­
tra el culto idolátrico.— Pueblos indígenas regidos por nati­
vos.— Doctrinas franciscanas en manos de clérigos.

CAPITULO XV.—Junta magna de 1568. Vida eclesiástica de


las diócesis novohispanas........................................................... 5n
Junra magna de 1568. Pío V.— Instrucciones a Toledo. Regio
vicariato de Indias.— Reducción de indígenas. Las órdenes
religiosas.— Las cuatro órdenes. Procuradores generales.—
Planteles para formación de misioneros. Colegios y semina­
rios.— Diezmos. Diócesis de religiosos.— El virrey Enríquez.
Relaciones de las diócesis.— Oaxaca. Región. Pueblos.— Po­
blaciones españolas e indígenas. Conventos dominicos. Clé­
rigos.— Diócesis de T'axcala-Puebla de los Angeles.— Fran­
ciscanos, dominicos, agustinos, clérigos.— Diócesis de Mi­
choacán. Franciscanos, agustinos y clérigos.— Informe del
arzobispo mejicano. Cédula real. Esquema de Ovando. Docu­
mentos remitidos.— Tizayuca. Pueblos y estancias. Vida ecle­
siástica.— Régimen y gobierno. Obstáculos a la evangeliza­
ción.— Tepotzotlán. Sacramentos. Vida mariana. Españoles.
Jalatlaco. Instrucción religiosa. Sacramentos.— Remedios. Pla­
ga funesta.— Documento inapreciable. Dignidades eclesiásti­
cas. Visita de obispos.— Escasez de ministros. Tributos de na­
tivos. Agrupaciones españolas.— En la capital mejicana. Parro­
quias e iglesias. Proselitismo. Actitud exclusiva.— Españoles y
nativos en Méjico. Ministerio apostólico. Soluciones.

CAPITULO XVI.— Nueva orden religiosa a Nueva España........... 538


Tradición de las cuatro órdenes en América.—Jesuítas a Nue­
va España. Instrucciones de San Francisco de Borja.— Viaje a
Ultramar. En Veracruz. Los jesuítas llegan a Méjico.— Hospi­
talizados. Residencia jesuítica. La iglesia construida por indios.
Colegio máximo. Limosnas y donaciones.— Ministerios en Mé­
jico.— Pátzcuaro. Los jesuítas a Guadalajara. En las zonas mi­
neras de Zacatecas.— Ambiente cultural de Méjico.— Colegio
de San Pedro y San Pablo. Erección de colegios: San Gregorio,
San Bernardo, San Miguel, San Lucas.— Humanismo renacen­
tista en Nueva España. Zumárraga, don Vasco de Quiroga, Las
Casas, Julián Garcés.— El humanismo en los planteles de en­
señanza.— Los colegios jesuíticos y el humanismo.— Estudios
de filosofía y teología. Proyección religiosa.— Los jesuitas en
Pátzcuaro. Escuela. Peste. Colegio de San'Nícolás.— En Oaxa-
XVIII Indice general
Pdgs.

ca. Tempestad sosegada. Colegio de San Juan. Congregación


provincial. Estado de la provincia. Valoración. Respuesta ro­
mana. Admisión de criollos en la Compañía. Colegios de indios
y propuesta de clero indígena. Respuesta romana. Excluidos
curatos jesuíticos. Los colegios jesuíticos y la Universidad
mejicana.
CAPITULO XVII.— Restauración eclesiástica. Tercer concilio
mejicano (1585)........................................................................... 5^4
El cabildo eclesiástico.— Elementos indeseables de los cabildos.
Individuos ejemplares en los cabildos.— Clero secular y parro­
quial. Pauperismo cultural y religioso.— Brotes de elevación
cultural y espiritual.— Los colegios jesuíticos, factores de re­
novación espiritual.— Posiciones jesuíticas: Michoacán.— Los
jesuitas en Puebla: colegio.— La Compañía de Jesús en Vera-
cruz.— Los jesuitas con los nativos: Huitzquiluca.— El colegio
jesuítico de Tepotzotlán.— Colegios de nativos en los planes
jesuíticos.— Tercer concilio mejicano. Participantes. Fin del
concilio.— Memorial del obispo de Chiapas. Cristianos viejos y
nuevos.— Nativos idólatras.— Pueblos de nativos.— Formación
religiosa y civil del nativo.— Disminuye la población indígena.
Toros. Castigos a nativos.— Iglesias míseras. El trabajo de los
nativos en días festivos.— Jurisdicción de religiosos. Teoría del
vicariato regio. Decisión conciliar.— Memoriales de Ortiz de
Hinojosa. Instrucción a los nativos.— Administración sacra­
mental a nativos.— Eliminación del culto idolátrico. Mitiga­
ción de leyes.— Valoración de las acusaciones indígenas.— Re­
muneración salarial de eclesiásticos. Participación indígena.—
Promoción a beneficios.— Proyección social y eclesiástica de
Nueva España. Nativos mal retribuidos, rufianes, obrajes, vino
de Castilla.— Clérigos livianos. Mujeres arrebozadas.— Reli­
giosos autonomistas. Aspirantes a beneficios.— Conocimiento
de lenguas indígenas.
CAPITULO XVIII.— El tercer concilio mejicano y la reforma
tridentina (1585)......................................................................... 593
El padre Plaza, colaborador insigne del sínodo. Datos biográfi­
cos.— Memoriales del padre Plaza. Seminarios en Nueva Espa­
ña.— El ordenando en el ideario de Plaza. El sínodo mejicano.
Erección de seminarios. La doctrina cristiana en el ministerio
cural.— Predicación y residencia de los obispos.— Visita epis­
copal de la diócesis.— Los confesores vistos por Plaza en su
múltiple actividad.— La predicación y la catequesis. Insistencia
conciliar. Catecismo aprobado por el sínodo.— Bautismos de
adultos. Clima religioso.— Ordenandos, curas, administración
de sacramentos.— Trascendencia eclesiástica del obispo. Múlti­
ples deberes. Visita episcopal.— Visitadores. Ministerio ecle­
siástico.— Curas de almas y de nativos. Labor desinteresada.—
Preceptos de reforma. Clima moral de los clérigos.— Problemas
conciliares. Los chichimecas. Solución antibélica.— Reparti­
mientos. Injusticias perpetradas. Solución sinodal. Plan de re­
forma. Religiosos autónomos. Doctrinas cedidas a clérigos.—
Dictamen real. Religiosos parcialmente sometidos al obispo.
Indice general XIX

Págs.

C A P IT U L O XIX.— Ampliación del campo de apostolado........ 613


La Iglesia en las regiones septentrionales: Querétaro, Guana-
juato, San Luis Potosí, Zacatecas.— Durango, Sinaloa, Coahui-
la, Chihuahua, Sonora.— Nuevo León, Coahuila. Tejas.— Ta-
maulipas.— Nayarit.— Nuevo Méjico.— Las Californias. Expe­
diciones de Hernán Cortés.— Viaje patrocinado por Mendoza.
Expedición de Sebastián Vizcaíno.— Segunda expedición de
Vizcaíno. Resultados.— A California en busca de perlas.— In­
decisión de la corte.— Comercio de perlas y evangelización.—
Porter Cassanate. Conocimientos cartográficos de California.—
Conatos de evangelización. Atondo y los jesuitas.— Reino de
Nueva España.— Diócesis novohispanas.

CAPITULO X X .- Arte eclesiástico: siglos XVI y X VII............... 631


Las primeras iglesias. Capillas de indios. Posas.— Arquitectura
monástica.— Templos conventuales.— Arquitectura novohispa-
na. — Renacimiento. — La isla Española. — Catedrales. — Ca­
tedral mejicana.— Catedral de Puebla.— Catedral de Guadala-
jara.— Catedral de Mérida.— Catedrales de Oaxaca y Pátzcua­
ro.— Nacionalidad artística mejicana. Conventos de monjas.
Portadas.— Conventos de monjas. Proceso barroco.— El barro­
co poblano del siglo xvn.— Yeserías poblanas.— La arquitectu­
ra del siglo xvn en otras poblaciones.— Arquitectura guatemal­
teca de los siglos xvi y xvti.— Escultura i/enacentista en Santo
Domingo y Puerto Rico: siglos xvt y xvii.— Nueva España: re­
lieves poblanos de influencia indígena.— Nueva España y el es­
tilo peninsular: escultura monumental: siglos xvi y xvn.— Las
imágenes.— Puebla y Oaxaca.— Escultura renacentista en la
América central.— Pintura: Santo Domingo, Cuba y Puerto
Rico.— La pintura en Nueva España: pintura mural y reta­
blos.— Retablos.— Pintura del seiscientos.— El claroscuro. In­
fluencia de Zurbarán. Juan de Valdés Leal.— Escuela po­
blana.— Pintura en Guatemala.

CAPITULO XXI.— En plena restauración eclesiástica............... 649


La persona del obispo. Ciudades.— Sedes vacantes. Los obis­
pos y el progresivo desenvolvimiento de la Iglesia.— Obispos
representativos. Arzobispado mejicano.— Don Francisco Aguiar
y Seijas.— Algunos obispos de Puebla de los Angeles.— Prela­
dos de Oaxaca.— Don Juan de Cervantes.— Pastor asceta, be­
nigno, dadivoso.— El dominico fray Tomás de Monterroso.
Otros obispos.— Obispos de Michoacán.— Fray Marcos Ramí­
rez del Prado.— Obispos de Guadalajara. Estado de la dióce­
sis.— Nueva diócesis de Durango. Instrucciones a los curas
doctrineros.— Obispos de Yucatán. Salazar, apóstol.— Cano de
Sandoval. Escuelas parroquiales.— Obispos novohispanos.—
Cabildos eclesiásticos y clérigos. Apostolado clerical.— Univer­
sidad mejicana. Cátedras y alumnos. Rectores.— Colegios de re­
ligiosos. Proyección cultural y cristiana. Guatemala.— Méjico.
OK-gio de San Ildefonso.— Mérida de \ ucatán. Colegio de San
Javier. Ministerios.— Colegios en San Luis Potosí y Queréta-
XX Indice general
Pdgs.

ro.— Puebla de los Angeles. Colegio de San Ildefonso. Cole­


gio de Veracruz. Generosidad castigada con excomunión. Más
excomuniones.— Colegios de Chiapasy Guadalajara. Cátedras
en los colegios jesuíticos. Actos públicos.— Colegios y universi­
dad. Concordia de estudios.— Proyección moral en los colegios
novohispanos. Clima tridentino. Seminarios tridentinos. Erec­
ción difícil.— Puebla. Seminario palaíoxiano.— Seminario oaxa-
cano.— Seminario en Méjico.— El ideal tridentino en los cole­
gios jesuíticos. Formación moral. - Clima de vocaciones sacer­
dotales, religiosas y sociales.

CAPITULO XXII.— Movimiento intelectual eclesiástico........... 678


Renacimiento novohispano.— Estudios clásicos.— Humanismo.
Cervantes de Salazar. Vasco de Quiroga.— Influencia erasmia-
na.— Renovación teológica.— Producción teológica.— Obra teo­
lógica de fray Alonso de Veracruz.— Teólogos calificados.—
Teólogos jesuitas.— Teólogos de otras órdenes religiosas. Sacer­
dotes seculares.— Estudios bíblicos en Nueva España.— Litera­
tura ascética y mística.— Filosofía escolástica.— Labor filosófica
de las órdenes religiosas.— Estudios filosóficos en el siglo xvn.

CAPITULO XXIII.— Zonas gentílicas agregadas a la Iglesia--- 700


Los tepehuanes. Misioneros jesuitas.— Pueblos cristianos.—
Misión organizada, 1600-1605.— Rebelión indígena. Jesuitas
muertos. — Reorganización misional. — Chichimecas. — Mi­
sión de Parras.— Organización de la misión.— Fin de las misio­
nes, 1652.— Misión de acaxes y xiximíes.— Los xiximíes.—
Misión de Sinaloa. Padre Gonzalo de Tapia.— Reintegración
misional.— Misión de Chínipas. Pueblos erigidos.— Alternati­
vas y fluctuaciones— Tarahumara Baja. Los nativos.— Estable­
cimiento metódico.— Vida cristiana lánguida.— Labor difícil,
aunque fructuosa.

CAPI 1 ULO XXIV.— Iglesia y Estado. Clero, órdenes y con­


gregaciones religiosas.................................................................. y20
Contrastes entre la Iglesia y el Estado.— Aparatoso litigio en­
tre el arzobispo y el virrey. Significado histórico.— Exigencias
pundonorosas del gobernador de Yucatán.— Aspiraciones apos­
tólicas del clero. El obispo Palafox y los franciscanos. Doctri­
nas entregadas a clérigos.— Contienda de Palafox con los je­
suitas.— Ordenes y congregaciones religiosas en la Iglesia de
Ultramar. Carmelitas descalzos.— La Orden de la Merced.—
Los benedictinos. Escaso arraigo. Religiosos de San Antonio.—
Congregación «La Caridad») o de San Hipólito. —Orden hospi­
talaria de San Juan de Dios.-- -Los betlemitas.

CAPITULO XXV. Conquista espiritual de nuevas tierras.. . . 739


La Iglesia se establece en Sonora.— El padre Eusebio Francisco
Kino. —Kino en el campo de apostolado.— Cristiandades fron­
terizas fundadas por Kino. - Ambiente bélico en las cristianda-
Indice general xxi

Pdgs.

des fronterizas.— Métodos misionales de Kino discutidos.—


Kino, explorador. Ampliación del campo eclesiástico.— Kino,
atento siempre a California.— Aguda crisis de la Iglesia sono-
rense.— Kino, figura misional.— Decaimiento de la Iglesia en
Sonora y Pimería.— Los franciscanos en Nuevo Méjico.— En
las márgenes del Río Grande.— Vida eclesiástica en Nuevo Mé­
jico.— Los apaches agregados a la Iglesia.— Sublevación indí­
gena. Víctimas humanas.— Los emigrados. Nuevas rebeliones.
Situación eclesiástica insegura.— California, habitantes.— Pia­
doso fondo de las Californias.— Primeros establecimientos
eclesiásticos.— Dificultades. El padre Ugarte.— Estructura de
la Iglesia califomiana.— Vida eclesiástica califomiana.— Ardua
labor misionera.— Balance eclesiástico.— Yucatán. Estableci­
miento eclesiástico.— Organización civil y eclesiástica.— Cléri­
gos y religiosos en las doctrinas.—Jesuitas en Campeche.

CAPITULO XXVI.— Situación inconsistente de la Iglesia anti­


llana, 1600-1800. Cuba, Santo Domingo, Puerto Rico, Ja­
maica............................................................................................. 767
Cuba, lugar de tránsito.— Ataques de corsarios.— Escaso culto
religioso.— Conventos y religiosos.— La Florida bajo la juris­
dicción de la diócesis cubana.— Vida eclesiástica paralizada.—
La Compañía de Jesús en Cuba.— Universidad de San Jeróni­
mo. Brotes culturales. Inicios de europeización cubana.— Pro­
yección eclesiástica cubana. Grados académicos. Nivel cientí­
fico.— Dificultades en la vida eclesiástica.— Progreso cultural y
espiritual.— Isla de Santo Domingo. Pobre de doctrina y minis­
tros.— Colegio y seminario.— Destrucción y traslado de pobla­
ciones. Diferencias entre autoridades.— Postración intelectual
y eclesiástica.— Los dominicos en la isla Española.— Un prela­
do sinceramente amado por sus súbditos.— Perfil eclesiástico
poco halagador.— Informe dado por jesuitas.— Permiso real
para fundar colegio jesuítico.— Actividad apostólica de los je­
suitas.— La fiesta de la Inmaculada.— El arzobispo Fernández
Navarrete y la labor jesuítica.— Sínodos diocesanos: Proyección
pastoral y apostólica.— El arzobispo Carvajal y Ribera. Panora­
ma eclesiástico.— Situación agobiante. Francia e Inglaterra.
Hospital de San Nicolás.— Renuncia arzobispal. Despoblación.
Prelados del setecientos. Múltiple labor jesuítica.— Nueva uni­
versidad real y pontificia. Terremoto y huracán. Visita pastoral.
Era de rehabilitación. Prosperidad temporal y religiosa.— El
paquebote que recoge a los exiliados jesuitas.— El arzobispo Ro­
dríguez.— Desarrollo económico y eclesiástico.— La isla de
Santo Domingo entregada a Francia.— Puerto Rico. Perfil mul-
tifacético.— Desavenencias. Epidemia. Pobreza.— Proyección
diocesana. Huracanes y guerras.— Hombres de armas. Creci­
miento demográfico. Perfil pastoral y docente.— Intentos de or­
ganización escolar. Ataque inglés frustrado.— Panorama ecle­
siástico.— Hospitales de la isla.— Conventos de religiosos.—
Administración y labor pastoral— Postración educacional y mo­
ral.— Abadía de Jamaica.
xxn Indice general
Pdgs.

CAPITULO XXVII — Arzobispos, obispos, diócesis de Méjico.


Siglo X V III...................................................................................
Prelados y sedes mejicanas.— El benedictino padre Pérez de
Lanziego.— El obispo Juan José Escalona.— El obispo Juan
Ruiz de Cabañas. —Claroscuros en el episcopado mejicano.
Creación lenta de nuevas diócesis.— Responsabilidad episco­
pal. Corporaciones capitulares. Parroquias.— El clero. Clima
pastoral.— El arzobispado mejicano.— La diócesis de Puebla
de los Angeles.— El obispado de Antequera (Oaxaca).— Otra
proyección eclesiástica de la diócesis.— La diócesis de Chiapas.
Escasez de ministros y pobreza.— Conventos y parroquias.—
Plaga de la langosta. Incuria ministerial. Confirmaciones.— Es­
tado de la diócesis.— Diócesis de Guatemala. Ambiente inte­
lectual. Universidad.— Entre los indígenas de la diócesis.— Go­
bernantes indeseables.— Diócesis de Nicaragua y Costa Rica. El
gobernador Pablo de Loyola.— Confirmaciones. Aranceles. In­
cursiones piráticas.— Gobierno eclesiástico. Extralimitaciones
del deán.— Diócesis de Nueva Galicia. Guadalajara.— Parro­
quias. Casas de religiosos. Colegios. Cofradías.— Clero. Dioce­
sanos. Indios.— Diócesis de Michoacán. Desagravios y recon­
ciliaciones.— Limosnas. Contienda con el cabildo. Colegio.—
Perfil eclesiástico. Algunos religiosos y religiosas.— Curatos.
Confirmaciones. Reyertas en el cabildo.— Canónigo recomen­
dable. Doctrinas de indios.— Diócesis de Yucatán. Catedral.
Seminario.— Religiosos y religiosas. Jesuitas. Hospital de in­
dios.— Valladolid y Campeche.— Parroquias. Indios mayas.—
Diócesis de Nueva Vizcaya. Durango.— Catedral. Doctrinas y
misiones.

CAPITULO XXVIII.— Multiforme actividad de las órdenes re-


ligiosas. Siglo XVIII 857
Ordenes religiosas. Luces y sombras.— Colegios apostólicos de
Propaganda Fide.— Mitigado traspaso de parroquias a sacerdo­
tes seglares.— Fundaciones jesuíticas del siglo xvm.— Movi­
miento innovador. Los jesuitas.— Ministerio apostólico y pas­
toral. Los jesuitas.— Claroscuros en la conducta jesuítica.—
Riquezas atribuidas a la Compañía.— Conventos de religiosas.

CAPITULO XXIX.— Arte eclesiástico barroco. Siglos XVII


y XVIII 874
Características del barroco mejicano. Supervaloración decora­
tiva.— La policromía.—Templos de la capital mejicana...-Pue­
bla, ciudad barroca. Yeserías, azulejos, ladrillos, iglesias.— La
iglesia de la Compañía. -Oaxaca. Ambientación barroca.—
Orizaba y Veracruz. Escasos reflejos barrocos.— El templo ba­
rroco yucateco. Iglesias michoacanenses.— Guadalajara en la
dimensión barroca.- Querétaro con personalidad barroca.—
Guanajuato en la exuberancia barroca. León y Zacatecas.—
San Luis Potosí. Méritos barrocos. -El barroco en la isla cu­
bana. —Santo Domingo. - El barroco en la región sísmica.—
Centroamérica. — Guatemala, grande ciudad barroca. — Ar-
Indice general
quitectura lignaria. Antigua Guatemala.— Santuario de Esqui-
pulas. Iglesias. Universidad.— Huellas barrocas: Honduras, San
Salvador, Nicaragua, Costa Rica, Panamá.

CAPITULO XXX.— Regalismo e Ilustración en la Iglesia novo-


hispana. Siglo XVIII......................................................................
Comercio librero.— Sacudida ideológica: expulsión de la Com­
pañía, alborotos libelistas.— Afluencia de libros prohibidos.—
Confesores antirregalistas.— Síntomas de libertinaje e inmora­
lidad.— Afluencia extranjera.— Reorganización militar. Reper­
cusiones ideológicas, religiosas y morales.— Nueva España
ante el intercambio multiforme.— La Inquisición ya no es ár­
bitro.— Pródromos de la expatriación jesuítica de Ultramar. —
Política religiosa de Carlos III.— La Iglesia en la política rega-
lista de España.— La Compañía de Jesús y el regalismo espa­
ñol.— Animosidad antijesuítica. La razón de Estado injusta y
brutal.— Propaganda antijesuítica en Ultramar.— Renuncia in-
aceptada.— Cerradas unas tras otras todas las casas jesuíticas.—
Proporciones de una catástrofe.— Las misiones en situación di­
fícil. -El cuarto concilio provincial mejicano. Política regalis-
ta.— Decretos conciliares.— La secularización de la Compañía
pedida por los padres conciliares.— Los regulares sometidos a
los ordinarios en los planes regios.— Aprobación romana del
concilio considerada innecesaria por la corte.— Agrietamiento
político y religioso.
NOTA SOBRE ESTA EDICION

T aidea de esta H is t o r ia d e l a I g l e s i a e n l a A m é r i c a e s p a ñ o l a
proviene del malogrado P. Pedro Leturia, S. I., fundador y
decano de la Facultad de Historia Eclesiástica de la Universidad
Gregoriana. Colaboran en ella:
El P. León Lopetegui, S. I., en la Introducción general a
ambos volúmenes.
El P. Félix Zubillaga, S. I., en la historia de todo el territorio
hispánico situado al norte del istmo.
El P. Antonio Egaña, S. I., en la historia del territorio com ­
prendido entre Panamá y el estrecho de Magallanes.
Este primer volumen comprende la Introducción general y la
colaboración del P. Zubillaga. El segundo volumen, de próxima
aparición, comprenderá la colaboración del P. Egaña.

Publicaciones de los autores

El P. F é l i x Z u b i l l a g a . residente en Roma desde hace treinta


años largos, ha publicado las siguientes obras:
• La Florida. La Misión Jesuítica (156 6 -157 2) y la coloniza­
ción española. Roma 1941.
• Monumenta Antiquae Floridae (156 6 -1572) vol.69 de la C o ­
lección de documentos Monumenta Histórica Societatis Iesu.
Roma 1946.
• Cartas y escritos de San Francisco Javier. B A C i o i f
Madrid 1953.
• Monumenta Mexicana, en la Colección de Monumenta His­
tórica S. I. antes citada, vols. I, Roma 1956, y II, ibíd. 1959.
• En colaboración con el P. Ernest J. Burrus, S. I., la reedi­
ción de la Historia de la Provincia de la Compañía de Jesús de Nueva
España, del P. Francisco Javier Alegre, S. I., Roma 1956-1960,
en 4 vols.
• Diversos artículos en revistas científicas.

E l P. A n t o n io d e E g a ñ a , residente también en Roma, ha pu­


blicado:
• La teoría del Regio Vicariato español en Indias. Roma 1958.
• Monumenta Peruana, en la Colección de Monumenta Histó­
rica S. I., vols. I, II y III. Roma 1954-1961.
• Una serie de artículos, algunos monográficos, en diversas
revistas.
XXVI Nota sobre esta edición
El P. L e ó n L o p e t e g u i , profesor antes en la Universidad G re­
goriana de Roma, y luego en las Facultades de Teología de Sarriá-
San Cugat del Valles (Barcelona) y Oña (Burgos) y en el Seminario
diocesano de Derio (Bilbao), ha publicado:
• E l P . José de A costa, S. I., y las M isiones. Madrid 1942.
• E l despertar cristiano de A frica. Bilbao 1945.
• Islam y Cristianismo. Bilbao 1946.
• Panoramas misionales postbélicos. Bilbao 1948.
• Cóm o han de progresar las Misiones. Bilbao 1949.

La segunda edición, corregida y aumentada, del M a n ua l
de las M isiones católicas, del P. Francisco Javier Montalbán, S. I.
Bilbao 1952.
• Tres folletos de la «Colección Bérriz» (Vizcaya):
a)Culm ina en la encíclica «Fidei donum», de Pío X I I , un si­
glo de florecim iento misional africano. 1958, 68 pp.
b) O riente y Occidente cristianos. E l Primado Romano en la
historia del cristianismo primitivo. 1960, 104 pp.
c) E l Concilio Vaticano I y la unión de los orientales. 1961, 94 pp.
• Muchos artículos en revistas diversas y colaboraciones en
diccionarios y obras de conjunto.

A l trazar la historia de las jóvenes Iglesias hispanoamericanas


en su primera fase, los autores aprovechan la ocasión para dedicarles
un smcerísimo saludo, con el deseo de un auténtico florecimiento
cristiano. Dentro de pocos decenios, el Continente americano con­
tará, probablemente, con la sección numérica más importante de
fieles dentro de la Iglesia católica.
SIGLAS Y ABREVIATURAS

a ................................ año.
A B Z ..................... A l e g r e , Historia de la provincia ... N. España, ed. B u -
RRUS-ZüBILLAGA.
A H A ................ ..... A n g u l o , Historia del arte hispanoamericano.
A H S I .............. ..... Archivum Historicum Societatis Iesu.
B A M ................ ......B en avid es, A l o n s o pe, Memorial que fray Juan de
Santander...
B B C .................. ......B a l l e s t e r o s B e r e t t a , Cristóbal Colón.
B H S N .....................B a s a le n q u e , Historia de la provincia de San Nicolás
de Tolentino.
B S B ................... ......B e r is tá in de Souza, Biblioteca hispanoamericana sep­
tentrional.
B U C ................. ......B r a v o U g a r t e , Cuestiones históricas guadalupanas.
c .......................... ......capítulo.
C D A O ........... ..... Colección de documentos inéditos... de América y Oceania.
C D U .............. ..... Colección de documentos inéditos... de Ultramar.
C H I M .............. ......C u ev a s, Historia de la Iglesia en México.
C P M P ............ ..... Concilios provinciales primero y segundo.
D A M ................... Descripción del arzobispado de México.
d o c ........................... docum ento.
e d ........................ ..... edición.
f . ........................ ......folio.
G C O A ...................G r i ja l v a , Crónica de la Orden de N. P. S. Augustín.
G D O ......................G e r a r d D ecorm e, La obra de los jesuitas mexicanos.
G H O ......................G a y , Historia de Oaxaca.
G I M C B ........... ......G a r c ía I c a z b a lc e ta , Bibliografía mexicana... N u e v a
edición por A . M i l l a r e s C a r l o .
G R P M ...................G a l l e g o s R o c a f u l l , El pensamiento mexicano en los
siglos X V I y XVII.
G S H C .............. ...... G u e r r a y S á n ch e z, Historia de Cuba.
H C B .......................H e r n á e z , Colección de bulas.
ib id ...........................ibídem (en el mismo lugar).
K M A ............... ......K u b le r , Mexican Architecture.
K M S A ............. ......K in o , Las misiones de Sonora y Arizona.
1........................... ......libro.
l.c..............................lugar citado.
L C H .......................L a s C asas, Obras escogidas, I-II. Historia de Indias.
L C H Y ................... L ó p e z C o g o l l u d o , Historia de Yucatán.
lie............................. licenciado.
L V Q ...................... L e ó n , El limo. Sr. D. Vasco de Quiroga.
M A F .................... Monumenta Antiquae Floridae.
M A U M ........... ..... M é n d e z A r c e o , La Real y Pontificia Universidad de
México.
M H E I .............. ..... M e n d ie ta , Historia eclesiástica indiana.
M H I ................. ..... M e d in a , Historia... de la Inquisición.
M L T I .............. ..... M a n g e , Luz de la tierra incógnita.
M M .................... Monumenta Mexicana.
M PT .............. ..... M e ló n , Los primeros tiempos de colonización.
m s....................... .....manuscrito.
x x v iii Siglas y abreviaturas
M V Q ......................M o r e n o , Don Vasco de Quiroga.
n ............................... número.
N H E ................ ..... N o u e l , Historia eclesiástica... de Santo Domingo.
o .c....................... ..... obra citada.
O . E. S. A .............. O rd in is Erem itarum S. A u gu stin i (agustinos).
O . F . M ............ ..... O rd in is Fratrum M inoru m (tranciscanos).
O . F . M . C a p .. O rd in is Fratrum M inorum C apucin orum (capuchinos).
O . F. M . C onv. O rd in is Fratrum M inoru m C onven tu aliu m (con ven­
tuales).
O . M e r e ............ ..... O rd in is B. M ariae de M ercede (mercedarios).
O . P ............. ........... O rd in is Praedicatorum (dominicos).
P ......................... .....Padre.
p .......................... .....página.
P D E C .............. .....P o r t i l l o y D í e z S o lla n o ,Descubrimientos y explora­
ciones en las costas de California.
P I C C ................ ..... P i c c o lo , Informe... cristiandad de California.
P J G ................... ..... P la z a y Jaén , Crónica de la Real y Pontificia Univer­
sidad.
P O M A ..................P é r e z , Los obispos de la Orden de la Merced en América.
P R C ................. .....P é r e z de R ivas, Coránica... de México.
R C S .................. .....R ic a r d , La «Conquéte spirituelle du Mexique».
R M H Y ............ .....R u b io M a ñ é , Notas y acotaciones a la historia de Yu­
catán.
R O T .............. .... Relación de los obispados de Tlaxcala...
s.......................... .... siguiente.
Fundación de la Compañía de Jesús
S B F .................. .... S á n c h e z B a q u ero ,
en Nueva España.
s . f . ......................... sin fecha.
S H G ..................... Sah agú n , Historia general de las cosas de Nueva España.
S. I ..................... .....Societatis Iesu (jesuitas).
s. 1...................... .... sin lugar.
S P C ..................... Sanctum provinciale concilium Mexici celebratum.
S V E B ............... .... S a n tia g o V e la , Ensayo de una biblioteca iberoamericana.
t .......................... .... tomo.
T A C ..................... T o u s s a in t, Arte colonial en México.
v ......................... .... véase.
V C S D .............. .... V a l l e L la n o , La Compañía de Jesús en Santo Domingo.
Z E I ....................... Z a v a la , La encomienda indiana.
Z L F ................. .... Z ü b i lla g a , La Florida.
Z T C M ................. Z ü b i lla g a , Tercer concilio mexicano.
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libros 9-10 (años 1676-1766). Nueva edición por Emest J. Burrus, S. I.,
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— Historia de los descubrimientos y colonización de los Padres de la Compa­
ñía de Jesús en la Baja California. Madrid 1933.
— Ideales misioneros en los Reyes Católicos: Missionalia Hispanica 9 (1952)
209-231.
— La comunión entre los indios americanos: Revista de Indias 4 (1943)
19 7 -2 5 4 *
— La comunión entre los indios americanos: Missionalia Hispanica 1 (1944)
1 3 -7 2 .
— La medicina y las misiones: Missionalia Hispanica 1 (1944) 363-366.
— Los Cabildos seculares en la América española. Madrid 1952.
— Los clérigos y la extirpación de la idolatría entre los neófitos americanos:
Missionalia Hispanica 3 (1946) 53-98.
— Santa María en Indias. La dei>oción a Nuestra Señora y los descubridores,
conquistadores y pobladores de América. Madrid 1928.
— Ordenes religiosas no misioneras en Indias: Missionalia Hispanica 1 (1944)
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la evangelización de América: Missionalia Hispanica 6 (1949) 379-388.
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B e n a v e n t e , T o r ib io , O . F . M ., v. M o t o l i n í a .
B e n a v id e s, A l o n s o de [O . F . M .], Memorial que fray Juan de Santander,
XXXII Bibliografía
de lu Orden de San Francisco, comissario general de Indias, presenta a la
magestad católica del rey don Felipe quarto, nuestro Señor, hecho por el
Padre fray... Trátase en él de los tesoros espirituales y temporales que la
divina Magestad ha manifestado en aquellas conversiones y nuevos descu­
brimientos, por medio de los Padres desta seráfica Religión. Madrid 1630.
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B e n í t e z , Jo sé R., Morelia. So ilustraciones. México 1936 (-- Monografías
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Biblioteca hispanoamericana septentrio­
B e r is tá in de Sou za, Jo sé M a r ia n o ,
nal, o catálogo y noticia de los literatos que, o nacidos o educados o flore­
cientes en la América Septentrional española, han dado a luz algún escrito
o lo han dejado preparado para la prensa, 1521-1850. 5 vol. en 2 t.
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und Vorgeschichte. IV. Im Selbstverlag des Hamburgischen Museums
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B ia u d e t, H en ry, Les nonciatures apostoliques permanents jusqu’en 164.8.
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epistolarum, decretorum actorumque S. Sedis a S. Leone Magno usque
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4 0 5 -4 1 ' 43'
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sus conventos a Sevilla, pagada por el tesorero de la Casa de la Contrata­
ción: Missionalia Hispanica n.30 (1953) 4 9 5 -5 8 4 1 n - 3 1 (*9 5 4 ) 5 S~13 3 í
n.33 (1954) 417-484.
— Matalotaje, pasaje y Cámaras a los religiosos misioneros en el siglo X VI:
Missionalia Hispanica 9 (1952) 53-74.
— Vestuario, cama y entretenimiento, pagados por la Casa de Contratación
de Sevilla a los misioneros que pasaron en el siglo X V I a Indias y Filipinas:
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en Roma por el papa Sixto V, y mandado observar por el gobierno español
en diversas reales órdenes, ilustrado con muchas notas del R. P . Basilio
Arrillaga, de la Compañía de Jesús, y un apéndice con los decretos de la
Silla apostólica relativos a esta santa Iglesia, que constan en el F a s t i
N o v i O r b is y otros posteriores, y algunos más documentos interesantes,
con cuyas adiciones formará un códice de Derecho canónico de la Iglesia
mexicana. Publicado... Mariano Galván Rivera. Segunda edición en latín
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Concilium mexicanum provinciale III celebratum Mexici anno M D L X X X V
praesió* D. D- Petro Moya et Contreras, archiepiscopo eiusdem urbis, con-
firmatum Romae die X X V II octobris anno M D LX X X IX . postea iussu
regio editum Mexici anno M D C X X II sumptibus D. D. Ioannis Pérez de
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toáoslos colegios de Propaganda Fide de esta Nueva°E^oaña -V , SeTüphtca de
Jranciscanos observantes: erigido con autoridad vontffiZ ' mtsst(mer?s
rejormacíón de los fieles y conversión de los gentiles PT a
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y temples: las Vitorias que de algunas della alcanzaron con las armas los
católicos españoles, quando les obligaron a tomarlas: y las dichosas muertes
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Books in the New World by Rev. Zephyrin Englehardt O. F. M. and a
Technical Appreciation of the first American Printer by Stephen H. Hor-
gan. New York 1928 ( = United States Catholic Historical Society,
Monograph Series X).

Bibliografía especial para la «Introducción general» a la «Historia de


la Iglesia en la América española» (1492-1810)

Además de la bibliografía general del volumen primero, tenemos inte­


rés en añadir estos otros autores para la Introducción general.
A z c o n a , T a r s ic io de, O . F. M. Cap., La elección y reforma del Episcopado
español en tiempo de los Reyes Católicos. Madrid 1960.
B a t a i l l o n , M a r c e l , Le «Clérigo Casas» ci-devant Colon, réformateur de la
colonisaí.on: Bulletin Hispanique 54 (1952) 283-308, etc.
— Cheminement d’une légende: les *Caballeros Pardos» de Las Casas: Sym-
posium 6 (1952) Syracuse University, p.1-21.
— Charles V, Las Casas et Vitoria, en Colloque Charles V et son temps.
París 1959.
D ie g o C a r r o , V e n a n c io , O . P., La teología y los teólogos-juristas españo­
les ante la conquista de América. Madrid 1944, 2 vols.
E g u ílu z , A n t o n io , O . F. M., Itinerario del misionero en América (edición
bilingüe con introducción y notas del libro de Focher, Juan, O. F. M.).
Madrid 1960.
— El «Eínchiridion» y el «Tractatus de Baptismo et Matrimonio» de Fr. Juan
de Focher O. F. M.: Missionalia Hispanica 19 (1962) 331-370.
— Declaratio Litterarum Apostolicarum de Fr. Juan de Focher O. F. M.:
ibíd., 20 (1963) 177-209.
F it a , F id e l, S. I., Primeros años del episcopado en América: Boletín de la
Real Academia de la Historia 20 (1892) 260-300, y en otros varios ar­
tículos en el mismo Boletín.
Las bulas de Alejandro VI y el ordenamiento ju ­
G a r c í a G a l l o , A lf o n s o ,
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Austria. Sevilla 1935-1947.
PÉREZ d e T u d e l a y Bueso, Juan, Estudio crítico preliminar a las «Obras
escogidas de fray Bartolomé de Las Casas»: Biblioteca de Autores Espa­
ñoles, vol.95 p.VII-CLXXXyiII. Madrid 1957. Citamos ordinariamen­
te a Las Casas por esta edición de sus «Obras» en cinco volúmenes.
Les Bulles pontificales et Yexpansión
W i t t e , d e C h a r l e s - M a r c e l , O . S. B ..
Portugaise au X V * siécle: Revue d’Histoire Eccíésiastique de Lou
vain 48 (1953) 683-718; 51 (1966) 413-453 Y 809-836; 53 (10^8) c-a6
y 443-471- - . a *
INTRODUCCION GENERAL A LA HISTORIA
DE LA IGLESIA EN LA AMERICA ESPAÑOLA
POR

L eón L o p e t e g u i , S. I.
CAPITULO í
Preliminares hispano-lusitanos durante la reconquista
con vistas al Africa
Introducción.— La historia de los descubrimientos y conquista
en América empalma directamente con la historia del final de la
reconquista ibérica. Los Estados cristianos peninsulares, a medida
que iban acercándose al sur en sus avances, se planteaban también
el problema de su paso a la costa africana y el modo de prolongar
en aquella orilla las fronteras terrestres que las separaban en E uro­
pa. Sería una continuación de la secular reconquista, ya que se tra­
taba de tierras antiguamente cristianas, arrebatadas a la fe cristiana
y al mundo romano por el empuje agresor de los árabes.
Por eso, antes de tratar directamente de América, hay que exa­
minar, aunque en síntesis, esos intentos y pactos. Como inmediata­
mente después de la conquista de Ceuta por los portugueses (1415),
se busca la intervención del Pontífice Romano para garantizar la
posesión de aquella tierra frente a un posible competidor cristiano,
y aun la ayuda del resto de la cristiandad en los momentos de apuro
para conservarla, nos encontramos desde el principio con vanos de
los elementos que en su evolución nos traerán el sistema de los pa­
tronatos reales para el gobierno y administración espiritual de los
nuevos territorios descubiertos y más o menos colonizados.
Portugal y Castilla durante el siglo XV.— D e este modo, el
problema eclesiástico y misional hispanoamericano no puede enten­
derse con cierta profundidad sin conocer el origen histórico del pa­
tronato real sobre aquella Iglesia, y de lo que algunos autores lla­
maron luego, con ribetes de regalismo de diversos matices, «el v i­
cariato regio».
Porque da la coincidencia de que ambas potencias, Portugal y
Castilla, recurren al Romano Pontífice para asegurar sus respecti­
vas conquistas y descubrimientos marítimos, al mismo tiempo que
fundar y asegurar la Iglesia en aquellos territorios. Fácilmente se
comprende con esto la complicación y entrecruzamiento de estos
problemas, donde lo religioso, lo político y lo económico se hallan
tan ligados entre sí, según la mentalidad de la época y el ambiente
de cruzada que presidía el fin de la reconquista.
A l referir los historiadores y cronistas medievales los éxitos de
San Fernando, recuperando las plazas y ciudades situadas al sur de
Sevilla hasta Cádiz, añaden en seguida el propósito del santo rey
de organizar una expedición a Marruecos, para continuar la recon­
quista cristiana al otro lado del Estrecho 1.
1 Recuerda A. Ballesteros en su Historia de España, vol.3 p.io, que si bien la Crónica de
Alfonso el Sabio niega en cierta forma las conquistas de San Fernando en dirección de Cádiz,
en cambio, la Crónico general (ed. Menéndez Pidal, p.770 col.i) lo afirma. Así se puede expli­
car t-1 propósito de pasar a’ .Vt.ica.
4 /ni reducción general
Lafuente refiere algo enfáticamente cómo se había dado al almi­
rante Bonifaz la orden de preparar la escuadra para la expedición,
mientras se organizaba al mismo tiempo el ejército. El rey de Fez
intenta parar el golpe, tratando de entablar relaciones de amistad
con el rey de Castilla
Es bien conocido cómo en el reinado de Alfonso X el Sabio,
que comenzó como digno hijo de San Fernando, y aseguró, si no
es que lo conquistó por primera vez, el dominio del Guadalquivir
inferior hasta Cádiz, penetrando también por Huelva hasta el cabo
de San V icente, en Portugal, después de haber conquistado el reino
de M urcia siendo príncipe, se enredó al final de su reinado en un
sin fin de guerras civiles y de dificultades dinásticas, que aprovecha­
ron sus vecinos, comenzando por los árabes granadinos, para me­
jorar sus límites territoriales.
Tratándose de Alfonso X, podemos afirmar que no se contentó
sólo con pensar en conquistas en Africa, sino que las inició con
golpes de mano, después de predicar su cruzada, empleando esta
misma palabra. Construye atarazanas en Sevilla, fomenta la marina
del sur, a base de los puertos cántabros desde Guipúzcoa a Galicia,
y legisla en las Partidas sobre navegación y astilleros. A l dar un
privilegio a Alicante, el 10 de abril de 1258, escribe: «E porque es
puerto de mar de los buenos, e de los más sennalados que ha en
Espanna, por o podemos servir a Dios en muchas maneras e senna-
ladamente en fecho de allent mar contra la gente pagana» 3. Hay
indicios de que tomó momentáneamente Tánger y de que el rey
de Granada le hacía ver como muy fácil la toma de Ceuta 4.
En 1260 envió a Salé una flota que se apoderó con facilidad de
ese puerto, vecino a Rabat, y lo dejó a los pocos días trayendo un
gran botín 5. Habla en otras ocasiones de ir «allent mar», idea que
corrobora el rey de Aragón, permitiendo a los suyos ir a auxiliarle
<<ad exaltandam fidem catholicam». En otra ocasión, el mismo
Jaime I de Aragón le responde: «... A los caballeros de nuestro
regno... vos dizienos que nos place muyto que vos ayuden en esta
cruzada, que vos queredes fer predicar contra moros». Y se refiere
a una incursión en Berbería6.
Todo esto desvirtúa las afirmaciones de algún extranjero 7 en
estudio relativamente reciente acerca de estas pretensiones de
Castilla.
Además, hubo una intervención pontificia en esta empresa,
pues años antes el papa Inocencio IV, tan citado ahora en la cues­
tión de los derechos de los papas para conceder tierras de infieles
a cristianos, había «concedido» esa conquista de Salé a la Orden de
Santiago (8 kal. octubre 1246, desde el primer concilio de Lyón),

2 f listaría general de E spañ a (B arcelo na 18 7 7 ) p« 40 í co l.r.


3 L a toma de ,S'alé, p o r A. B a l l e s t e r o s , p .95 : Ai-Andalas 8 ( i Q 4 0 -
^ Ibíd.
5 Ibíd., P . 8 9 - J 2 8 .
6 íbíd-
7 £J P. D e W i t t e , a q u i e n nos r e f er i re mo s en s e g u i d a .
C .l. Preliminares hispano-lusitanos 5

ya que su rey, Zeid Aazon, quería convertirse y ceder su reino a


la dicha O rd en 8.
Datos bien significativos en el asunto general que nos va a
ocupar.
Aragón y Castilla. Tratados y negociaciones.— Según diver­
sos historiadores españoles, ya en 1291, el hijo del R ey Sabio, don
Sancho IV, estipuló en el tratado de Monteagudo (1291) con Jai­
me II de Aragón, «que el M uluya dividiría las esferas de acción de
los dos reinos en Marruecos» 9.
Otros ven en el tratado de Soria, contemporáneo del de M onte-
agudo (1291), entre los mismos reyes, esa misma decisión 10.
Lo que sí es evidente, y al plantearse oficialmente la cuestión con
los portugueses se invocó su vigencia, es que los reyes de C astilla
y Aragón, y especialmente los primeros, se consideraban los here­
deros de los derechos de soberanía de los reyes godos a través de
Pelayo, que los recogió y transmitió Por otra parte, la vecindad
geográfica parecía probar lo mismo, dentro de la mentalidad m e­
dieval cristiana. Unicamente las violentas crisis que atravesaron los
monarcas castellanos hasta los Reyes Católicos, explican cierta in d i­
ferencia suya, no completa ni mucho menos, ante el hecho del esta­
blecimiento de los portugueses en Ceuta, cortándoles, por así d e ­
cirlo, la cabeza de puente necesaria para cualquier empresa hacia
Marruecos.
Especialmente desde fines del siglo x iv y los primeros años
del xv, los monarcas castellanos, con la colaboración a veces de los
aragoneses, trataron de impedir el paso de fuerzas africanas al reino
de Granada a través del Estrecho, con alternativas de éxitos y fra ­
casos. A principios del siglo xv llegaron a causar graves daños a la
ciudad de Tetuán. Además, coincide este tiempo con el largo p e ­
ríodo de guerra (1383-14.10) entre Portugal y Castilla, interrum pida
por largas treguas de seis y diez años antes de la paz definitiva, que
sería la gran ocasión para don Juan I de Portugal de realizar sus
planes sobre Ceuta y Marruecos.
La situación de la península era favorable a Portugal. Enrique III
el Doliente (1390-1406), que había demostrado cierta energía ante
los nobles y los moros, murió dejando como sucesor a un niño de
un año, don Juan II (1406-1454), cuya larga minoría no era m uy
propicia para empresas extranjeras. El regente don Fernando logró
algunos éxitos de importancia, como la toma de A ntequera (1410);
pero, elegido rey de Aragón (1412), la situación de Castilla em peo­
ró en general, sin que de momento hubiera nadie capaz de reclamar
sus derechos hacia el Africa y de interponerse a la em presa portu
guesa. En cambio, Portugal se hallaba pacificada y más unida des
pués de las luchas por su libertad, y sus reyes podían aspirar a em-

icaria igbo) 109.


s descubrimientos geográ-
11 Gt\ M o d e s t o L a f u e n t e , o x \ , •uia 11 2 p.401.
v.uia
6 Introducción general
plear en Marruecos el exceso de sus fuerzas, las ambiciones de los
nobles y el impulso religioso de cruzada, adelantándose a Castilla,
sujetada aún por la empresa granadina y sus luchas internas.

Portugal.— Como algunos de estos elementos se superponen,


creemos más oportuno tratar primero a grandes rasgos de las ini­
ciativas portuguesas, iniciadas desde la toma de Ceuta (1415), y su
consagración, llamémoslo así, por las bulas pontificias que van ja ­
lonando cada uno de los avances más significativos.
Los castellanos, que se han adelantado a la empresa lusitana
por su acción inicial en Canarias, permanecen luego más estacio­
narios en el Atlántico, hasta los Reyes Católicos; mientras que los
de Aragón tienen esporádicamente ciertas iniciativas en la costa
africana mediterránea, que se van conectando con las de sus pose­
siones italianas, Sicilia y Cerdeña. Y su recurso a la Santa Sede es
más espaciado, cuando se presenta alguna ocasión de «cruzada» en
Granada o en el Mediterráneo.
Fijémonos ahora en Portugal y contemplemos rápidamente su
establecimiento en Marruecos y sus descubrimientos por la costa
africana durante el siglo xv, al mismo tiempo que sigue en estrechas
relaciones con Roma, consiguiendo bula tras bula y favor sobre
favor en pro de su empresa, tanto en el orden espiritual como en el
temporal, de parte de los Pontífices, algunos de ellos españoles.
En las vistas de Badajoz (1267) quedó constituido ya el Portu­
gal continental casi como hoy en día, con algunos retoques poste­
riores, con la posesión del Algarve (1250), discutida algunos años
con Castilla-León, después de haberse ésta extendido a toda la
Andalucía septentrional a consecuencia de la batalla de Las Navas
de Tolosa (1212) y de las conquistas de San Fernando. Con ello,
terminada su reconquista, pudo dedicarse durante algún tiempo a
la repoblación interior y al fomento de su marina. Participó tam­
bién en diversas guerras intercristianas de la península y ayudó a
veces contra los moros, como en la batalla del Salado (1340).
El cómputo de población del reino al comenzar el siglo xv sería
inferior a! millón de habitantes. Pues en 1527 sólo era de 1.100.000
a 1.400.000. Una población inferior en un territorio relativamente
extenso no explicaría la expansión portuguesa desde el siglo xv y
su capacidad de armar flotas y ejércitos importantes con cierta con­
tinuidad 12.
A pesar de algunas conjeturas recientes 13 sobre las exigencias
económicas, lo mismo que sobre el despertar pujante de la burgue­
sía mercantil en diversas ciudades, que impulsaron a los portugueses
a su expansión, y sin negar que jugaran un papel importante, como
en toda empresa humana de relieve, creemos que se ha exagerado
su importancia. Una población tan pequeña en 90.000 kilómetros
cuadrados no precisamente estériles y con extensa línea de costa, no

J 2 H f p n á n tdf.z y S á n c h e z - B a r r a , M a r i o , L as tendencias, expansivas portuguesas en la


épr.ca del infante don Enrique: R e v i s t a de Indi as 20 (1960) 13-82; 80 (abri l j uni o) p . 1 8 l y.
i } i b í d . , p 2 í 3 1.
C .l. Preliminares hispano-lusitanos 7

podía estar expuesta al hambre sino por causas momentáneas debi­


das a la intranquilidad pública, sequías, etc., que, por la dificultad
de comunicaciones interiores, podían originar en ciertos años ca­
restías, como en cualquier región de la Europa de entonces.
Com entario.—El interés de todos estos acontecimientos en
nuestro caso, de introducción a la historia eclesiástica americana,
se basa en la comprobación de que en ellos encontramos todos los
rasgos, reunidos después en la pugna hispano-lusitana a raíz del des­
cubrimiento de Colón: rivalidad en descubrimientos, conquistas
africanas, implantación de la Iglesia en ellas y recurso a la Santa
Sede, no sólo para los efectos estrictamente espirituales, sino tam­
bién para la justificación política, económica y humana de tales em­
presas ultramarinas. Por eso es imposible comprender la actuación
de Alejandro VI o de Julio II con respecto a ellas, sin tener en cuen­
ta la historia anterior, y, junto a ella, la mentalidad reinante en la
Santa Sede, teólogos y canonistas católicos, príncipes cristianos y
en los directores de navegaciones, descubrimientos, conquistas y
colonizaciones.
Es un tema que ahora empieza a tener unos contornos algo más
definidos, pero sin llegar a la nitidez que desearíamos y que la im­
portancia del asunto requiere. Se van allegando nuevos documentos
pontificios, reales y de otros organismos interesados; se reúnen y
confrontan opiniones de doctorec y técnicos, se examina la menta­
lidad popular manifestada en mil detalles, y del cotejo de esos ele­
mentos va surgiendo la nueva línea del conocimiento histórico, el
nuevo perfil que va quedando grabado como representación autén­
tica de un pasado discutido y difícil de captar y someter a críticas
y revisiones justificadas.
Por eso es difícil sumarse a los que defienden posturas extremas,
intransigentes, sugeridas en buena parte por posiciones tomadas
de antemano con respecto a personajes o a sucesos, y que se quiere
aplicar con una rigidez que de ordinario no suele conocer la histo­
ria. Aun los personajes más enteros utilizaron en la política una
flexibilidad y una capacidad de adaptación a las circunstancias, v no
en último lugar en la Baja Edad Media, que exigen cautela y" cir­
cunspección continua en su enjuiciamiento y en su presentación
histórica.
Antecedentes hispánicos en A frica y actitud de la Santa
Sede.—Hemos recordado la división de esferas de acción en Africa
entre Castilla y Aragón en 1291. Aunque la reconquista total nos
parece a distancia que estaba aún remota para toda la península no
lo debía parecer tanto a los que iban dando tan grandes
ello en el siglo xm . Por la lentitud de la reconquista en Granada
y por las complicaciones político-religiosas de Europa en aau 'l ’
po, que tuvieron su reflejo en la península, se Ueoó tarH^ J l V
guerra africano, y cuando se intentó prestarle atenS teatrorde
absorbida tanto por las empresas oceánicas en América ^
por las coi'-olicaciones europeas de la nueva dinastía de los \u ^°^n0
8 l ni roda cciú n ge ne mi

La empresa norteafricana se esfumó, o mejor, si así se quiere, quedó


estancada en sus éxitos iniciales.
Sin embargo, durante los siglos xiv y xv fue frecuente la inter­
vención de Aragón y Castilla en intentos de desembarco o de hege­
monía con respecto a los reyes árabes, y en una serie de treguas y
reconocimientos de poder, ayudando en ocasiones a los árabes afri­
canos contra los granadinos.
Es curioso notar cómo en estas ocasiones se recurría ya a la
Santa Sede. Nos cuenta Zurita 14 cómo don Pedro III de Aragón,
«por este tiempo (1281), teniendo el rey en orden su armada, envió
al papa a Galcerán de Ti mor, caballero de la Orden del Hospital,
haciéndole saber que su fin e intento era ir contra los enemigos de
la fe; y suplicábale le concediera la indulgencia que solía dar a los
que iban en semejante expedición, para él y sus gentes, y recibiese
sus reinos y señoríos debajo de su amparo y encomienda, así como
era costumbre de recibir las tierras y Estados de los reyes y prínci­
pes que iban a tales jornadas. Y le ayudase con el dinero de la déci­
ma, que se había cogido de sus señoríos».
El papa no quiso conceder nada de esto, dada la situación en
que se hallaba en favor de la casa de Anjou en Nápoles y Sicilia y
el temor que ya se tenía de Aragón. De todos modos, el testimonio
es importante para conocer la mentalidad del tiempo y los planes
aragoneses con respecto a Africa, aunque en este caso no fueran
los únicos de aquella expedición.
Al desembarcar el rey en Alcoll, entre Bugía y Bona, vuelve
a pedir lo mismo al papa, consultándole al mismo tiempo sobre su
difícil situación. Esta vez el papa responde de palabra algo mejor,
pero insiste en que «el tesoro de la fe no se allegaba para despensar­
lo en Berbería, sino para la conquista de Tierra Santa». No quiso
dar ningún escrito 15.
El resultado es conocido en la historia, pero los problemas que
plantean al historiador quedan ya expresamente concretados. ¿Eran
cruzadas las españolas? ¿Qué poder tenía el papa para «distribuir»
de algún modo tierras reconquistadas a los infieles entre los príncipes
cristianos ?
Claro que la respuesta pontificia en el caso de Pedro III venía
regida por otros imperativos, al menos de modo importante.
Entre los diversos episodios de estas pugnas y cruzadas entre
nosotros, es curioso el caso del acuerdo de 1308 en el monasterio de
Huerta, límites de Castilla y Aragón, entre sus dos reyes, para ha­
cer la guerra al de Granada. Se ofrecía al de Aragón Almería o algo
equivalente 16. Se pidió la cruzada al papa. En 1309 tiene lugar una
conquista del puerto de Ceuta por tropas aragonesas y marroquíes,
contra las granadinas que lo poseían. Se había acordado que los bie­
nes materiales obtenidos fueran para los aragoneses y la plaza para
Marruecos ,7.
14 V o I. í f . 2 4 2 de Anale s de la corona de A ragón, de J e r ó n i m o de Z urita (Zaragoza 1 6 1 0 ) .
J 5 í bí d. , f . 24 5 .
í bí d. , f . 4 3 1 .
' 7 Ibíd., f. 4 3 4 -4 3 ^
C.í. Preliminares hispano-lusitanos 9

Poco después, el rey Jaime II tiene que levantar el sitio de A l­


mería y los castellanos el de Algeciras (1309)- Reunido el concilio
ecuménico de Vienne por el asunto de los templarios, el rey de A ra­
gón pide al papa el establecimiento de la Orden de Calatrava en
sus reinos con los bienes de los templarios y nueva ayuda para la
guerra de Granada
En 13 13 Túnez se declara tributario de Aragón. En 13 17 se
funda la Orden de Montesa con los bienes de los templarios, como
sucedería en Portugal del mismo modo con la de Cristo, tan impor­
tante después en la cuestión de los descubrimientos portugueses.
En 1328 hay treguas con Túnez, mientras que al año siguiente se
confederan otra vez Aragón y Castilla contra Granada, que acepta
vasallaje. Pero en 1333 sitian los moros a Elche y se apoderan de
Gibraltar. Ante nuevas oleadas de moros desembarcados en 1338,
el rey de Aragón pide otra vez auxilio al papa, mientras Génova
ayudaba a los musulmanes. Nuevas uniones contra los moros en 1338
y 1339, aunque en la decisiva jornada del Salado (30 de octubre
de 1340) sólo fueran unidos los reyes de Castilla y Portugal19.
En estas ocasiones se solicitó a obtuvo repetidas veces la ayuda
pontificia en forma de subsidios diversos y gracias espirituales 20.
Durante todo el siglo xv Aragón, que disponía de una de las
marinas mejores del tiempo, organizó alguna que otra incursión a
las costas bereberes, de donde partían incursiones contra los pue­
blos de su extenso litoral marítimo: Sicilia, Cerdeña, Baleares y
Valencia-Cataluña. Pero las empresas italianas originadas por Sici­
lia desviaron su esfuerzo principal de estos intentos, lo mismo que
el genio belicoso de los llamados infantes de Aragón.
Alfonso V de Aragón salió a luchar en Túnez en 1432 y obtuvo
una gran victoria en la isla de los Gelves 21.
En todos estos episodios se está forjando en su última fase la
mentalidad de los pueblos peninsulares con respecto a la reconquis­
ta, a la lucha contra los infieles en general, a la intervención de la
Santa Sede, ya sea como árbitro de sus diferencias o como distri­
buidor y señalador de territorios de infieles a principes cristianos.
Cuando las empresas toman sello mundial a fines del siglo xv y las
consecuencias de sus acuerdos pueden decidir el porvenir de pueblos
remotísimos, intervienen también los mismos tres reinos, va dife­
renciados en sus intereses concretos de navegación y conquistas:
Castilla y Portugal directamente; Aragón por medio de Femando
el Católico, gran personaje de todas esas negociaciones, en las que
intervienen también las pretensiones de la corona de Aragón a Argel
y Túnez. Cuadro complejo que hay que tener en cuenta a la hora
de juzgar lo referente a los planes y realizaciones de Colón y a sus
repercusiones en la sociedad civil y en la Iglesia.
18 lbíd., i.4 43 .
,g lbíd., vol. 2 Í . 1 8 . 3 0 . Q0 . 1 0 3 . 1 3 0 - 1 3 1 . 1 3 2 . 1 4 0 ; y \ U teos, o.e., p . K
“° ZuKITA, vol. I p . 4 3 3 ; vol. 2 p . 1 3 1 , Ote.
: 1 l b í d , vol. 3 f .21 o .
10 Introdu cción general

C A P I TU LO II

L a Santa Sede ante las empresas marítimas hispano-lusitanas


hasta 1492
E m presas lu sit a n a s y bulas p o n t ific ia s

E l hecho y su investigación histórica.—Sobre lo mucho que


desde hace tiempo se había investigado y escrito acerca de este
tema, existe hoy una corriente de creciente interés histórico por
asomarse una y otra vez a este aspecto tan curioso y tan importante
de la historia humana de los últimos siglos.
Tanto la marcha cultural de las naciones, antiguas y nuevas,
empeñadas en conocer lo mejor posible todo lo referente a su evo­
lución política, como las facilidades que brindan al investigador
nuestros archivos y bibliotecas, han hecho proliferar enormemente
el número de los que tratan de resucitar ese pasado, aportando algu­
nos elementos nuevos o analizar mejor los ya conocidos.
El hecho de que un país pequeño y poco poblado se lanzara a
empresas mundiales y las sostuviera durante mucho tiempo causa
admiración. A pesar de todos los elementos favorables para ello,
hay que reconocer muchas y buenas cualidades al pueblo que fue
capaz de realizarlo.
Por otra parte, dada la estrecha relación entre la Iglesia y el
Estado de aquellos tiempos, y más todavía en las empresas oceáni­
cas y ultramarinas por la cuestión de las bulas de concesión y los
patronatos reales, nos interesa extraordinariamente en nuestra his­
toria el recto conocimiento de la gestación y primeros desenvolvi­
mientos de tales fenómenos humanos y religiosos, su recto plan­
teamiento de conjunto, y tras esto las soluciones más razonables
que se puedan aportar a los delicados problemas de orden religioso
y político-so,ial planteados por tales hechos.
Entre los diversos trabajos recientes acerca de la historia y del
significado de los documentos pontificios sobre los descubrimien­
tos y conquistas de los portugueses, podemos hacer destacar las
obras del P. A n t o n i o B r a s i o , C . S. Sp., especialmente Monumenta
Missionaria Africanai, desde 1952, 2.a serie. Hemos visto anunciado
Monumenta Henriciana, del mismo autor y de A . D o m i n g u e s d e
So u s a C o s t a , S. F . M . 1
Junto a ellos, y con relieve especial, hay que citar al benedictino
belga C h a r l e s - M a r t i a l d e W i t t e , O. S. B . , por el magnífico tra­
bajo publicado en la Revue d ’IIistoire Eccíésiaslique, de Lo vaina, en
varias entregas 2.
Producto de una concienzuda investigación en el Archivo Vati­
cano, y conociendo la literatura al respecto, el P. I)e Witte trata
] i ’n f )rc W í t t e , o . c . , n. 2 ( j 9 5 8 ) L U Í p . 4 7 0 .
2 Les Bullen Pontificales et l'expansion Portugaise au X I V siécle (1953) X L V I 1 I 6 8 3 -7 18 ;
( I 954) X L J X 438-46/; (1956) L I 4 í 3 - 4 S3 Y 809 836; (1958) L U I 5 46 y 44 3 -4 7 1. l í a recti­
ficado y completado Jos textos del B n lla riu m Patronalns Rcguiti Par tuga Mae, de L. M . J o r d a o ,
procurando colocar cada bula en el momento histórico con espondiente y con sus linos pre­
cisos. L o s asuntos españoles se tocan continuamente.
C.2. La Sania Sede y las empresas hispano-lusitanas 11

ele reconstruir imparcialmente lo referente a las bulas, breves y


otros documentos, estudiando las motivaciones enviadas, las cir­
cunstancias del momento, el juicio de los escritores, contemporáneos
y modernos, y el resultado de múltiples estudios. El que en algún
que otro momento y de modo suave se muestre un tanto prolusi-
tano en sus roces con España, no altera el valor y la serenidad de
sus aportaciones históricas. Creemos que contribuirá no poco a
comprender mejor también las bulas españolas correspondientes.

Ceuta y Marruecos.—Volviendo a la empresa de Ceuta, nos


interesa recordar su momento histórico.
Era la época en que se celebraba el concilio de Constanza
(1414-1418), momento sin igual en la historia religiosa y aun polí­
tica de la Europa de entonces. Portugal, abandonando al papa de
Aviñón, hacia el que pareció inclinarse momentáneamente, se ha­
bía sometido al de Roma, debido en gran parte a su conflicto con
Castilla y a la alianza inglesa que le facilitó los lauros de Aljuba-
rrota (1385)*
En 1415 Castilla atravesaba una delicada regencia, la de Juan II,
que tenía nueve años, bajo su madre, Catalina de Lancaster. Portu­
gal no podía razonablemente temer interferencias castellanas en sus
planes por esta situación.
Con respecto a Aragón, reinaba allí Femando I, el de Anteque­
ra, anterior corregente de Castilla juntamente con doña Catalina,
que se hallaba entonces muy ocupado con sus asuntos internos desde
su delicada elección al trono, y con la cuestión del cisma de O cci­
dente, por sus relaciones especiales con Benedicto X III (el cardenal
Luna), oriundo del reino. Según Zurita, se temió durante dos años
en el reino de Aragón que los preparativos bélicos portugueses
fueran contra Valencia, en favor del conde de Urgel, con quien se
habrían unido contra don Fernando. Por eso extraña más el hecho
de que el portugués invitara al aragonés a hacer otro tanto.
Todo esto hacía más fácilmente explicable la falta de reacción
castellana, tanto más que hacía poco había comenzado la conquista
de Canarias, y Fernando de Antequera había luchado con éxito
contra los moros granadinos.
Conquistada Ceuta, los legados portugueses enviados por Tuan I
al concilio (1416) prepararon el ambiente para que el nuevo papa
Martín V, terminado prácticamente el cisma, diera una importante
bulai Rex regum (Constanza, 4-4-1418), invitando a los reyes v
pueblos cristianos a unirse contra los moros con el rey de Portueaí
Prescribe a los obispos y otros ordinarios predicar la 'cruzada siem
pre que el rey prepare una expedición y lo pida. Concede indulgen-
cía plenana a los cruzados y a los que hayan facilitado recursos oara
sostener uno o vanos soldados, los cuales gozarán de las e a r a S S
concedidas a los cruzados de Tierra Santa en lo que se refiere a sus
personas y bienes renere a sus
A cerca de toda esta materia es copiosísima la
«em en ta de continuo can nuevas ^ . t a c i o h antl8Ua > m odern a, y se ¡n -
touadorcs portugueses y extranjeros.
12 / iiirodutiióii i>eiunil

Es el contenido típico de una bula de cruzada, que servirá du­


rante bastantes años en circunstancias sucesivas. Refleja un momen­
to optimista de la corte portuguesa y se confía en la continuación
de la empresa.
Nos hemos detenido en estos detalles por tratarse de la primera
bula de este tipo para el occidente africano, y que por lo mismo sir­
vió de ejemplar para otras varias posteriores.
De Witte cita once documentos pontificios sobre la conquista
y defensa de Ceuta en tiempo de Martin V. Algunos de ellos tratan
acerca del comercio con los infieles, prohibido por pontífices ante­
riores desde el siglo xm (v.gr., prohibición de venta de armas, na­
ves. etc.) y autorizado ahora con ciertos límites a los portugueses,
con el fin de preparar mejor sus futuros planes al tener informes
fidedignos sobre la situación de los mismos. Algunos versan sobre
los socorros que necesitaba la ciudad al ser atacada repetidamente
por los moros, repuestos ya de su sorpresa. O sobre la catedral y
diócesis nuevas que se prevén 4.
Fue de interés para la historia posterior el que Juan I quisiera
que su hijo, el infante don Enrique, el futuro Navegante, se hiciera
cargo, el 18 de febrero de 1416, de los asuntos de Ceuta, al mismo
tiempo que empezaba a asegurar para sus hijos la administración
de las órdenes militares. Una bula del 8 de octubre de 1418 nom­
braba a don Juan, penúltimo de los infantes, administrador de la
Orden de Santiago de la Espada en Portugal. Los documentos desea­
dos por De Witte y buscados en vano, han sido hallados después
por los padres Brasio y Domínguez de Sousa Costa 5 en el Archivo
Vaticano. Se trata de dos bulas acerca del nombramiento de don
Enrique como administrador de la Orden de Cristo, tan ligada a
los descubrimientos desde entonces, a lo menos formalmente.
En 1434 se nombró al infante don Fernando administrador de la
Orden de A v is .
Son documentos suficientes para indicar el interés que tomaba
la Santa Sede en las nuevas cruzadas promovidas por Portugal.
Hay en esta época un intermedio de cierta importancia referen­
te a las islas Canarias, tanto en Basilea, durante el concilio, como
ante el papa Eugenio IV, que luego recordaremos en el apartado
sobre Portugal y las Canarias en este tiempo.
El 30 de abril de 1437, Eugenio IV, aleccionado por el episodio
anterior, promulga una nueva constitución, Rex regum (n.15 de W it­
te), que subordinaba las adquisiciones territoriales de Portugal a
los eventuales derechos de Castilla en Africa. Una bula pocos días
posterior, autorizando la cruzada sin restricciones (25 de mayo
Resumiremos sus hallazgos en Ío que presentan garantías de veracidad y exactitud. N o s
interesa especialmente lo relacionado con Roma.
4 Supone JJe Witte, Rí ÍE ( i 95.3) X L V I Í J 600 n. 3, que el P. Leturia, en su artículo Las
^rundes bula\ misionales de A leja n d ro V I : Bibl. I Jisp. Miss. (Barcelona í 4 ^ ; 0 p.235, tiene una
opinión infundada al suponer que el conceder la posesión de las ciudades, etc., a Portugal
era un- garantía contra las pretensiones de (.'astilla. No lo creemos. ( lircunstancias especia­
les hicieron que entonces no se protestara. Pero ya hicimos notar antes cómo desde San F e r­
nando y Alfonso el Sabio se pensaba en la conquista de la orilla africana.
- D a W 'n r L , o.c. f L I Í 470 47/.
C.2. La Santa Sede y las empresas hispano-lusitanas 13

de 1437)» Ptaeclaris tuae, provoca un intercambio de cartas entre


Ufa cortes peninsulares y Roma, exponiendo a los embajadores y al
papa sus puntos de vista 6.
El fracaso de la cruzada contra Tánger en 1437» quedando en
rehenes entre los moros el infante don Fernando, señala una pausa
en la lucha, y contribuye mucho al desenlace de la historia de Por­
tugal, al morir, en parte del disgusto, el rey don Duarte, cuando
su heredero, don Alfonso V, sólo tenía seis años de edad. Durante
los pleitos internos de la regencia, el tema del abandono de Ceuta
se examinó mucho, pero por fin se volvió a seguir la línea anterior 7.
Don Enrique, que entonces parece retirado en Sagres, empieza
desde 1440 otra vez sus descubrimientos. Una bula de 1442 da in­
dulgencia para los participantes en expediciones de la Orden de
Cristo contra los infieles y concede otros favores. Más tarde se con­
siguen otras bulas de cruzada sobre Marruecos 8.
En 1444 concede el papa que pasen a la diócesis de Ceuta las
posesiones que ias diócesis españolas de Túy y Badajoz tenían en
suelo portugués, lo mismo que la exención de las órdenes militares
portuguesas de todo lazo de unión con las de Castilla 9. Eran m o­
mentos graves para el Oriente con las victorias turcas en los B alca­
nes, y al mismo tiempo de esperanzas de unión con la Iglesia etió­
pica 10, que se reflejan también en Portugal. Prescindiendo de las
bulas sobre la administración de la Orden de Cristo concedida al
infante don Enrique y de sus detalles, lo mismo que su posterior
traspaso a la casa real portuguesa Eugenio IV concedió a don
Enrique el poseer islas en el Océano, determinando las facultades
espirituales en ellas. ¿Se trata de las Canarias, pedidas entonces e x ­
presamente por el infante a Castilla? 12.
Nicolás V (1447-1455) y Calixto m (1455-1458) — Otra vez
momentos decisivos en toda esta política de cruzada y descubrimien­
tos. El estado de los Balcanes y en 1453 la caída de Constantinopla
hace que los papas sean muy generosos en cualquier empresa de
cruzada, y Portugal obtiene grandes favores en su política de expan­
sión religiosa y política. Nicolás V concede varias bulas sobre C eu ­
ta y Marruecos, con derechos de conquista sin restricciones sin
aludir a los eventuales derechos de Castilla (14^2).
Pero en 1455 la famosa bula Romanus Pontifex {& de enero^
abre nuevos horizontes. Los portugueses quieren establecer c
nicación con los incitas cristianos y convertir a paganos no lJ"
manes. Creen poder tener comunicación con ellos a
Senegal. Y se conceden a Portugal, «pro ’ « £ e£
suffragio» = como garantía, confirmación de mejor dererh íae
tela, concesiones espirituales y terrenas y monopolio entregos CaU~
D e W i t t e , l.c. (1953^ X L V I 1I 701 - 7 0 8 .7 11 -71 c
7 lbíd., p. 109 y (1954) X L 1X 439-440.
8 lbíd., p .4 4 1.442-443*
l) lbíd., 4 4 4 - 4 4 5 n.4.
10 lbíd., p.446 v 4 5 1 - 4 5 3 -
1 1 lbíd., p. 457-460
12 lbíd., p.-ir 'j.
14 Introducción general

tianos. Aquí es donde aparece ampliado el horizonte antes circuns­


crito a Marruecos; es, por decirlo así, colonial, como contradistinto
de cruzada
Se publicó con toda solemnidad «assy per latín como per lingoa-
gem» (en latín y en traducciones) «en presencia de las comunidades
extranjeras de la ciudad (de Lisboa): franceses, ingleses, castella­
nos, gallegos, vizcaínos»14.
Con Calixto III sigue el fervor de cruzada en Roma. Parece que
el mismo rey Alfonso V pensó ir a pelear contra los turcos, cosa
que bendice el Papa, ardoroso cruzado como español. En este am­
biente se comprende la bula Inter caetera, del 13 de marzo de 1456,
que confirma la anterior de Nicolás V, tan reciente aún, que da la
jurisdicción espiritual de los territorios descubiertos, desde los ca­
bos Nun y Bojador a la Orden de Cristo, «pasando por Guinea y
más allá hacia el sur hasta los indios», territorios que se declaran
«nullius dioceseos». Las concesiones de tierras, etc., se confirman.
Pero no precisa el modo como se ha de establecer la vida cristiana.
Todo estaba aún bastante vago y vaporoso. El infante consigue tam­
bién documentos pontificios para que cada orden militar portugue­
sa tenga casas en Marruecos, cosa que de hecho no se logró 15.
Alfonso V, Juan II y A m érica.—Muerto Calixto II, le sucede
otro papa cruzado, Pío II (1458-1464), pero la muerte del infante
don Enrique (13 de noviembre de 1460), y luego la guerra por la
sucesión de Castilla (1474-1479), paralizaron muchos esfuerzos y
desviaron otros 16.
De todos modos sigue el plan real marroquí de los portugueses.
Hay algunos documentos sobre cambios de titulares en las admi­
nistraciones de las órdenes militares. Se tomó Arcila en 24 de agos­
to de 1471, lo que provocó la caída de Tánger, y hubo multitud
de planes de diócesis, etc., en el nuevo territorio 17.
En tiempo de Juan II (1481-1495) avanzan los descubrimientos
mucho hacia el sur, llegando al Congo y al cabo de Buena Espe­
ranza. La aplicación de algunas de las bulas comienza a adquirir
actualidad :n los dos terrenos, eclesiástico y civil, al mismo tiempo
que se cae en la cuenta de la magnitud de los territorios y mares,
con las consiguientes distancias.
Sin embargo, otro hecho había de revolucionar mucho más todo
lo referente tanto a la cruzada marroquí como a los descubrimien­
tos, con enormes consecuencias en todos los órdenes: el descubri­
miento de América al margen de los esfuerzos portugueses, y como
coronamiento del fin de la reconquista en España. Ahora es cuando
todos los elementos anteriores, tanto los jurídico-doctrinales como
los económico-militares, iban a actuar en una especie de resumen,
incomprensible sin esa lenta y continuada preparación.
J 3 íbíd. (/956) L l 428-435.
1 4 íbíd., p.435.
1 5 Ibíd , p .830-835.
JG íbíd. (^958; L í í í p . i 7.
J 7 ibíd., p .2 í -24.
C.2. La Santa Sede y las empresas hispano-lusitanas 1»
Pero antes hay otra etapa: debemos señalar el problema canario
desde el punto de vista portugués y de sus recursos a la Santa Sede,
finalizados con los acuerdos de Alcágobas (1479) Y corroborados
por Sixto IV (21 de junio de 1481), que confirma las bulas de N i­
colás V y Calixto III, añadiendo el capítulo de las paces hispano-
lusitanas, relativo a los descubrimientos y a la conquista de A fri­
ca 18, a petición de Juan II.

Se in te rfie re la cu e stió n de la s isla s C a n a r ia s

Principios de la colonización y evangelización en Canarias.—


La cuestión de las islas Canarias es de la mayor importancia en los
estudios actuales relacionados con el principio de los descubrimien­
tos marítimos, de la rivalidad hispano-portuguesa durante la misma
época y de la implantación de los sistemas político-económicos y
eclesiásticos en los nuevos territorios. Canarias figura en la historia
de España como una especie de ensayo en pequeño de lo que iba
a ser la gran empresa americana.
Por todo ello, la bibliografía referente a este hecho aumenta sin
cesar y con evidente progreso, a pesar de las inevitables repeticio­
nes o inexactitudes.
Después de las primeras visitas de los genoveses desde princi­
pios del siglo xiv (1312), que consiguieron imponer algunos nom­
bres en Canarias como recuerdo de su paso, hay allí alguna apari­
ción de portugueses hacia 1341, 3 en seguida se presenta en la his­
toria la proyectada expedición de don Luis de España, príncipe de
Fortunia, que obtuvo el apoyo pontificio para una cruzada un poco
romántica a las islas Afortunadas, deshecha antes de ponerse en
marcha por la muerte del príncipe
Sin embargo, los que se habían ido preparando para esta em­
presa no la olvidaron del todo, y así hay durante la segunda mitad
del siglo xiv una serie de expediciones de Mallorca y Cataluña,
económicas y misioneras, que consiguen introducir allí el cristia­
nismo y los primeros elementos de la cultura, dando vida con in­
terrupciones y dificultades al obispado de Teide en la Gran Cana­
ria. Se supone que sus obispos no llegaron a las islas, por diferentes
motivos.
La misión, iniciada con cierto fruto, fue muy probada por ex­
pediciones contrarias diversas. Se habla de la vizcaína, de Martín
Ruiz de Avendaño, en 1377, y otra de andaluces y vizcaínos, parti­
da de Sevilla entre 1393 y 1396, que por sus piraterías y deseo de
hacer cautivos parecen haber provocado la ruina de la misión. A. los
1 8 lbíd., p.35.
1 Sobre este asunto pueden verse diversos documentos originales y explicaciones en
Zunzunecuji, J o s é , L os orígenes de las misiones en ¡as islas C a n a ria s: R e v . E sp. de T e o lo g ía i
( 1 9 4 1 ) 3 6 4 - 3 7 0 ; V i n c k e , I o a n n e s , Der ve.hinderte K reu zzu g. ..: S panischen F o r s c h u n g e n ' i 7
( 1 Q 6 1 ) 1 5 7 - 1 7 1 , v e n otros artículos; W o l f e l , D r . D o m i n i k J o s e p h , Investigación y pro g re­
so V ( i q . u ) . 0 -136 , y en Anthropos, de Viena, 2 5 (1930) 7 1 5 ; R u m é u d e A r m a s , A n t o n i o ,
h l obispado ele Teide (M ad rid -L a s Palmas 1960).
16 /ni rodacción general

siete mártires de 1360 (dos sacerdotes y cinco religiosos) hay que


añadir otros varios durante los referidos ataques 2.
Después de esta especie de prehistoria cristiana en Canarias co­
mienza la fase definitiva, desde 1402, con la expedición de Gadiíer
de la Salle y de Jean de Bethencourt, caballeros normandos, que se
apoderan de Lanzarote y Fuerteventura. Bethencourt, con sus visi­
tas a Aviñón, sede entonces del papado, y a Castilla, consigue su­
plantar a su compañero de empresa, y Gadifer opta por retirarse.
Desde entonces, las Canarias aparecen ligadas a Castilla. Bethen­
court no conquistó propiamente sino la isla de Hierro 3.
El 7 de julio de 1404, Benedicto XIII firma la bula de erección
de la nueva sede episcopal de Rubicón, incipiente localidad del sur
de Lanzarote, y da su autorización para consagrar como su obispo
a fray Alfonso de Barrameda, O. F. M., que no pisó las Canarias.
Al morir él, fue elegido como sucesor suyo fray Alberto de las Ca­
sas. En 27 de enero de 1419, Pierre Le Verrier es nombrado ad­
ministrador apostólico de Rubicón. Siguen unos años de cierta con­
fusión, pues fray Mendo de Viedma, creado por Benedicto XIII,
no fue reconocido por Martín V hasta 1428. Sabemos que trabaja­
ban los franciscanos en la misión. Viedma fue el primer obispo re­
sidente en Canarias, según parece.
Es curioso observar que Benedicto XIII se muestra muy con­
trariado por ciertas violencias de Bethencourt contra los indígenas,
y ie niega los favores antes concedidos, espirituales y pecuniarios,
asunto que se gestionó luego durante varios años.
Fray Mendo de Viedma interviene en favor de los indígenas,
más contra las piraterías y violencias de Alfonso y Guillén de las
Casas que contra las de Maciot de Bethencourt.

Las Canarias de 1418 a 1481.—Esos primeros decenios son


de cierta confusión en el archipiélago. En 1418, el conde de Niebla
consigue carta de donación de los Bethencourt, mientras que Juan II
de Castilla dona las cuatro grandes islas a Alfonso de Casaus en 1420,
donación confirmada por Martín V. Luchas diversas entre las di­
versas facciones. Todo se complica, porque hasta el 1428 no hay
una única obediencia pontificia en las islas 4.
Durante los años siguientes, mientras ejercen algún mando en
las islas, Hernán Peraza y Diego de Herrera, sucesores de los Las
Casas, menudearon las piraterías y los cautiverios contra los indí­
genas, dando lugar a repetidas intervenciones tanto de la Corte ro­
mana como de la castellana, preludio también de lo que pasará en
América.
El nuevo obispo de Rubicón, en Lanzarote, don Fernando Cal-
vetos, aparece el 1 de febrero de r431 apoyado por varias bulas y
favores de Eugenio IV. Han ido a Roma fray Juan de Baeza, cana­
rio franciscano, y Juan Alfonso de Jdubaren, laico de Gran Canaria
- Zr. N’/í NEr.L í, ibíd., P-37J.
4 W o j fí.í., Irtvestigcu.ión y progresa V (\ 9 3 1 ) 1 3 1 - 1 3 2 .
4 W oj f í - l , Anthropos i o í 5 - i o j 8 ; Investigación y p ro g reso : l.c., p . 1 3 2 - 1 3 3 .
C 2. La Sania Sede y las empresas hispano-lusitanas 17

intérprete de los misioneros, y han manifestado al Papa la situación


Je las islas y los deseos del pueblo para el florecimiento del cristia­
nismo, evitando sobre todo cautiverios y pillajes 5. Son buenos in­
dicios del primer cristianismo canario, que ya iba contando con ele­
mentos propios en su Iglesia local.
Eugenio IV toma una posición neta en favor de aquellos neófitos
y da una serie de disposiciones favorables para ellos, excomulgando
a Jos salteadores e imponiendo o recordando obligaciones a las auto­
ridades civiles correspondientes.
El 26 de septiembre de 1436 nombra obispo a fray Francisco,
por muerte de don Fernando Cal vetos. Se comprueba la extensión
de los favores y poderes que recibía, por su enumeración un mes
más tarde, el 29 de octubre 6, y ayudas pecuniarias importantes para
construir su catedral y para otras actividades episcopales. Pocos años
después hay fuertes cargos contra este sucesor de Calvetos7, mien­
tras que los demás, el obispo don Juan Cid, que estaba en la Gran
Canaria y Tenerife antes de 1460, predicando a los infieles; don
Diego de Illescas, nombrado obispo por bulas de Pío II, y fray A n ­
tonio de Bolaños, vicario de las misiones de Guinea, merecen gran­
des elogios.
Desde 1465, los obispos de Canarias y los mismos naturales acu­
den con más frecuencia a la corte de Castilla en pro de sus derechos
violados por los Peraza y los Herrera en repetidas ocasiones. Desde
los Reyes Católicos, la conquista entra en su fase definitiva, y aun­
que se repiten los atropellos de parte de diversas expediciones par­
tidas de Andalucía y luego con los conquistadores Pedro de Vera
y Alonso de Lugo, la protección real se manifiesta constante en pro
de los naturales. La renuncia de parte de Portugal a las Canarias
en el tratado de Alcá?obas y Alcántara (1479) facilitó la interven­
ción real, que logró sus objetivos a pesar de verse solicitada por
tantas otras empresas de primera importancia a lo largo de todo su
reinado
Al incluir Sixto IV los capítulos pertenecientes a las Canarias
y a Fez del tratado de paz de Alcá^obas en su bula Aetem i Regis,
del 21 de junio de 1481, daba una fuerza especial al tratado, pero
abría, por otra parte, la puerta al arreglo que el descubrimiento de
América hará necesario entre los dos Estados peninsulares en mo­
mentos de expansión. El recurso a la Santa Sede parecerá en este
caso la normalidad misma, después de la historia que hemos resu­
mido del siglo xv en torno a Canarias y a diversas costas africanas,
que se completará con el estudio de las bulas pontificias del mismo
siglo a Portugal.
Consignemos como dato curioso para mostrar el crecimiento del
interés por las misiones de Canarias en la península, el hecho de
fundarse en tiempo tic los Reyes Católicos un convento especial en
5 Anthropos, l.c., p .10 18 .
6 lbíd., p . io io .
7 lbíd., p .io ;q .
8 lb í d ., p. 1 1032.
18 Introducción general

Ondárroa, en el límite con Guipúzcoa, para preparar misioneros


franciscanos con destino a las misiones de Canarias 9.
La gran lección de estos hechos con respecto a América.—
Son muchas las lecciones que debemos aprender en la evangeliza­
ción de las islas Canarias con respecto a la de América, porque
comprobamos que siguen las mismas directrices generales. Prescin­
dimos en estos momentos de lo referente al mismo descubrimiento,
desarrollo de la náutica española, gran escala de paso de las arma­
das y la ocasión cié diferentes intervenciones pontificias, religiosas
y políticas, que son el preludio de las mismas fases en el Nuevo
Mundo. Y sólo nos fijaremos en la actitud ante el indígena tanto
de parte de los papas como de ios reyes.
Los papas intervienen muy desde el principio en favor de los
indígenas, salvando siempre su libertad y sus propiedades, fuera de
los casos de guerra justa, entonces admitidos.
Lo hace así ya Benedicto XIII, retirando en 14 1 4 a Bethencourt
los favores y gracias de cruzada concedidos, al enterarse de algunos
abusos 10. Lo repite Eugenio IV en diferentes ocasiones, emplean­
do las censuras eclesiásticas contra los transgresores de sus manda­
tos 11 en tiempo de Calvetos, y luego con su sucesor don Diego de
Illescas. Sixto IV interviene también en favor de los cautivos cana­
rios con los productos de una indulgencia 12. Tal vez haya otras
intervenciones pontificias, aunque desde 1465 son los reyes más bien
los defensores de los indígenas, defensa reflejada en una gran serie
de documentos del Archivo de Simancas 13.
Hay que confesar que las violencias ejercidas en la última fase
de la conquista de las islas, acompañadas de ciertos perjurios de
diversos jefes con los indígenas, no eran el medio más adecuado
para su evangelización y recuerdan escenas desdichadas de Améri­
ca, pero también hay que hacer constar que la corona de Castilla
se pronuncia siempre en favor de los oprimidos, dando una serie de
disposiciones y urgiendo su cumplimiento tanto en las islas como en
la península 14, que nos indican cómo no constituyó para los Reyes
Católicos ninguna novedad el seguir la misma política en América,
aunque costara al principio más el dar con seguridad los primeros
pasos de la colonización y de la penetración evangélica y caer en la
cuenta de la importancia y extensión de los abusos.
Un extranjero, como Wólfel, no pudo menos de rendir tributo
de admiración a la actitud de ambas potestades, la papal y la real,
en el asunto de los indígenas canarios, del mismo modo que recuer­
da las condiciones del derecho de guerra en aquellos tiempos, con
la aplicación del cautiverio a los prisioneros de ambas partes en la
interminable guerra entre moros y cristianos, bien sea en campañas
9 Cf. P O m afxhevarría, Icnacío, O. I\ M ., e n Missionalia Hispanica 14 (iQS?)
p. 5 3 9 - 5 6 0 .
10 W ó l f e l , In v estig a c ió n y p rogreso V
]] Jbícl., A n t h r o p o s , l.c., p . i o r 6 .
1 2 íbíd., Anthropos, l.c., P.IG24.
J 3 fíencht uber eme sludienretse in die A r c h iv e Koms and Sjjaniens: ibíd., p .7 2 0 -72 1.
14 Anthropos, l.c., p.1020.
C.2. La Santa Sede y las empresas hispano-lusitanas 19

abiertas, bien en golpes de mano a puestos sueltos a lo largo de


],is costas, o a las naves que cruzaran sus mares.
Si se admitía la guerra y el cautiverio contra los sarracenos, no
se admitía parecida conducta con infieles que podían ser converti­
dos con relativa facilidad al cristianismo, como se apreció por pri­
mera vez en las Canarias ya desde su zona oriental, donde no había
asentado su planta la secta de Mahoma, a pesar de la cercanía de su
costa a la marroquí.
Hablando de algunos habitantes cautivados en la isla Gomera,
se dice que «los tenían cautivos en hierros como si fuesen moros» 15,
reflejando la situación de hecho y de derecho que guiaba estas ac­
ciones bélicas.
Se repiten expresiones parecidas, concordes con lo que por su
parte nos refieren los tratadistas teólogos o jurisconsultos, al exami­
nar problemas parecidos en todo el Occidente. Se encontraban es­
pecialmente favorecidos los indígenas canarios que habían hecho al­
gunos pactos con los castellanos, reconociendo el señorío de sus re­
yes de algún modc.
Esta comprobación de una actitud tan favorable en la vía legis­
lativa a los nuevos pueblos descubiertos, y proseguida de modo tan
constante, no deja de impresionar a los investigadores imparciales,
sin tratar por lo demás de dejar en la penumbra los abusos que nos
hace ver la práctica demasiadas veces repetida. Sin embargo, se im­
puso p-Dr fin la ley, y los canarios se fusionaron pronto con los
peninsulares en igualdad de condiciones.
Otra importante comprobación de los documentos conservados
en Simancas es la de que se puede seguir con bastante fidelidad la
marcha de la colonización, y especialmente de los «repartimientos»
que se hicieron de los indígenas, y que pronto serviría de modelo
también en América.
En algunos documentos, el rey considera la injuria hecha a los
amenazados indígenas, a sus familias, amigos y vasallos, como he­
cha a sí mismo 16. En mayo de 1481 se dio un privilegio a los habi­
tantes de Gran Canaria, que fue renovado treinta y cuatro años des­
pués por Fernando el Católico, dirigido a los jefes locales indígenas
de la isla, concediéndoles protección e igualdad de derechos con los
demás súbditos de la corona 17. Por eso hay que relegar al mundo
de las fábulas la especie de la desaparición de los indígenas canarios,
aunque es claro que fueron asimilados culturalmente en poco tiem­
po, dada la pequeñez relativa del territorio 18.
15 lbíd., p . 1 0 1 4 .
16 lbíd., p.722.
17 lbíd., p.722.
18 Acerca de este punto conviene tener en cuenta que la población de las islas C an a ria s
ha sido escasa en los tiempos pasados, y sólo a ñnes del siglo x i x y durante el x x comienza a
crecer en gran escala. E n 15S7. un siglo redondo después de la conquista, se contaban 7 .7 4 1 v e ­
cinos. Multiplicando por 5, por término medio, no llegan a 40.000 habitantes. C erc a de dos
siglos después, en 1768, ya se contaban 15 1.8 6 7 habitantes. E n 1860. 2 3 7 .0 3 6 ; en 1900,
358.564. En 1020, ya 4 5 7 -6 6 3 , para pasar en 1940 a 666.777. v en 19 6 0 a 944.34$. E n este
momento ha rebasado el millón. Por lo que hace a las capitales principales, Santa C ru z de T e ­
nerife sólo tenía 7.305 habitantes en 1768, mientras que la ciudad episcopal, desde 1 8 1 9 , y
universitaria de L a Laguna contaba 8.796. L a s Palmas, la antigua sede episcopal única, lie-
Raba a 9.435. L a vida lerna ha cambiado por completo el ritmo de vida canario.
20 Introdticción general

In ten ció n de las bulas portuguesas . C o n clu sio n es

Las bulas pontificias portuguesas miran más hacia Marruecos


que a los descubrimientos marítimos.

Consulta jurídica a Roma.—Después de examinar las preten­


siones de España a dominar la Berbería, como continuación de su
reconquista, su acción en las islas Canarias con el conflicto creado
por los deseos de Portugal a dominar en este archipiélago, vamos
a resumir algunos otros temas sobre la política de cruzada de Por­
tugal del siglo xv, su sentido, su unión con Roma durante ella y
las conclusiones que de todo este despliegue de bulas pontificias
acerca de la cruzada portuguesa pueden desprenderse, ya sobre las
intenciones de los pontífices en sus concesiones, ya sobre la inter­
pretación recibida en Portugal y la que actualmente se suele atri­
buir a aquellos acontecimientos. Su conexión con los problemas que
plantea la conquista y la evangelización de América es demasiado
manifiesta, y nos servirá de aclaración en varias ocasiones.
Uno de los puntos en que más insiste De Witte en su estudio
es que el intento principal de los reyes portugueses, hasta el mismo
don Manuel el Afortunado, se centraba en la conquista del imperio
de Marruecos, siendo el resto inicialmente algo marginal, diríamos
hoy, y que el curso de los acontecimientos hizo que fuera pasando
a segundo término, para eclipsarse después.
Don Juan I había recomendado siempre a sus hijos la cruzada
africana, y ellos quisieron ser fieles a esta recomendación paterna.
Don Duarte intentó la cruzada de Tánger en 1437, con grandes fa­
vores pontificios. Prescindiendo del desastre en que terminó aque­
lla cruzada, fue la ocasión de provocar en Italia un estudio sobre
su licitud, provocado por el mismo don Duarte, que no debía de
ver las cosas demasiado claras, y quiso una respuesta de la Santa
Sede a esta cuestión: «legitimidad de una guerra contra los infieles
y derecho del rey de solicitar con este fin un subsidio al pueblo»
De Witte cita dos de estas consultas que se conservan, de dos juris­
consultos de renombre de Bolonia. Probablemente hubo otras con­
sultas a teólogos, además de las hechas a canonistas.
Eugenio IV expone los principios, pero no da un consejo prác­
tico. No se trata de repudiar la expedición de cruzada ya concedida,
sino de exponer la doctrina general que se profesaba entre los teó­
logos y los canonistas, a los que se ha encomendado el estudio del
asunto, y que se ha visto en consistorio.

1 C f. R H E 4 8 (19 53) P- 700 nota 3 (Bibl. Vat., Cod. lai. 1 9 3 2 , 1 0 0 - 1 1 2 y 1 1 4 - 1 2 2 ) .


L a s dos memorias tienen un mismo título: «Quídam princeps seu rex catholicus, non
recognoscens superiorem, vult inducere bellum contra saracenos, non possidentes nec deti-
nentes térras ipsius regis, sed detinentes térras quae fuerunt aliorum christ:ianorum, quem-
admodum in Barbariam». (Un príncipe o rey católico, que no tiene superior, quiere llevar la
guerra contra Jos sarracenos, que no poseen ni detentan tierras del mismo rey, sino que
poseen tierras que pertenecieron a otros príncipes cristianos, como en Berbería.) Legitim idad
de la guerra, derecho de exigir el servicio militar o contribuciones, responsabilidad de los
homicidios que se cometan, tales eran los puntos principales. No está mal para los que hoy
creen qu¿ entonces se aceptaba todo oso sin más examen.
21
C.2. La Santa Sede y las empresas bis pan o -lusitanas

Este antecedente se presta a comparaciones con las famosas ju n


tas qu<* un siglo después se fueron reuniendo en España p a r a estu­
diar problemas parecidos. La diferencia estribaba en que en A m e ­
rica ya no se trataba de una cruzada contra los musulmanes, sino
de posible guerra contra paganos, generalmente pacíficos, y s i n una
organización militar que los hiciera temibles para la tranquilidad de
los cristianos allí establecidos o ya convertidos de sus errores.
En tiempos de Nicolás V, que continúa la cruzada oriental por
los Balcanes, se dan también diversas gracias a Portugal para sus
empresas. De Witte cree que la bula Dum diversas no es una inci­
tación a los descubrimientos, como quiere el P. Jann, O. F. M . Cap. 2,
sino a la acción contra Marruecos, concediendo al rey un derecho
de conquista sin restricciones.
La preocupación de los descubrimientos en las bulas.
Cuando se abre el horizonte de los descubrimientos portugueses
en las bulas pontificias es con la Romanus Pontifex, del 8 de enero
de 1455 3. Se habla dei Nilo, de paganos, de negros traídos a P o r­
tugal y que se han bautizado; los reyes desean facilidades para la
navegación y monopolio contra otros cristianos. Ya es el período
de grandes descubrimientos, un poco a tientas, que se abre. Se con­
funde a Malí con Etiopía, cuyos representantes han comenzado a
ir a Roma.
En tiempos posteriores, Alfonso V7, el rey que con tanto empeño
disputó luego a los Reyes Católicos la corona de Castilla, siguió
interesándose especialmente por Marruecos, aunque su descabe­
llada empresa peninsular le hiciera perder tanto tiempo, recursos y
hombres inútilmente. Por ese deseo suyo de cruzada recibió varias
bulas favorables y consiguió algunos éxitos en las costas m arro­
quíes.
La cuestión del reino de Fez y de las Canarias. Alcá sobas.__
Arreglados los asuntos marítimos hispano-lusitanos en la paz de
Alcá<pbas, y reservada la conquista del reino de Fez a Portugal
hubo una serie de discusiones entre Portugal y Castilla acerca dé
los límites exactos de este reino, pues España se reservaba la parte
oriental de la Berbería. El problema se agudizó con la conquista
de Granada y fin de la reconquista, que hacía posible pensar en
expediciones más allá del Estrecho.
Algunos han exagerado los riesgos de faltar a la paz de Alcá-
^obas con estos planes. Los reyes estaban resueltos a observarla v
así lo mandaban a sus capitanes y marinos, como lo hicieron tam
bién con Colón. La dificultad que alegaban era de si la costa de la
península de Melilla con el cabo de Tres Forcas, por ejemplo pe
tenecía al reino de Fez. La anarquía reinante en el Mogreb autori~
zaba ciertas dudas, aunque lo más corriente fuera considerar a 1
territorio como parte de aquel reino moro. El tratado de Tord <5
Has (1494) trata largamente sobre Melilla y Cazaza, dudando acerca
2 F.n D ie katholhchen M isio n e n in Iridien , China und ¡u pa n (P a d e rh o r^ n
J D e W i t t e . l.c. ( 1 9 5 6 ' M 428-435. ' i915) p _
22 /utroílui'áón general

de si corresponden al reino de Fez, pero las dejan a la conquista de


Castilla y Aragón4.
Si los Reyes Católicos se mostraban demasiado inclinados a la
negativa, tenían también otra razón que no tienen en cuenta algunos
historiadores extranjeros, generalmente inclinados a Portugal, como
De Wite, aunque está bien claro en Zurita 5 a propósito del Peñón
de los Vélez, nido de piratas, cuando don Fernando hace decir al
rey don Manuel que primeramente Portugal nunca había pensado
hacer expedición alguna al este de Ceuta, y mientras tanto aquellos
puertos servían a los piratas. Que aunque pertenecieran a un prín­
cipe cristiano, él iría a tomarlos, para impedir tanto mal a sus costas.
Y que si luego quería Portugal instalarse allí, lo podría hacer, pa­
gando a Castilla lo que hubiere gastado en su conquista y mante­
nimiento.
No se ha fijado tanto la atención en la bula Redemptor noster
del 12 de noviembre de 1494, parecida a la de la conquista de
Granada en cuanto a los favores obtenidos, para la expedición pro­
yectada para el Africa. Ni tampoco en la del 13 de febrero de 1495
Ineffabilis et Summi, que les hace donación del Africa con el título
de rey, con protesta de los portugueses 6. La realidad comenzaba
a ir hacia América, y la política napolitana del Rey Católico le lle­
varía a adquirir demasiados intereses en Italia para poder atender
a la vez a tantos frentes diplomáticos y militares.
Por lo demás esas bulas africanas de los Reyes Católicos no
iban contra las concesiones hechas a Portugal en Fez, y tanto menos
si tenemos en cuenta que España había auxiliado repetidas veces a
las plazas portuguesas en momentos de apuro de parte de los mo­
ros. La mayor vecindad de España explicaba la rapidez del soco­
rro, v.gr., en 1508 a la plaza de Arcila, y en 1 5 11 a la de Tánger7.
Y así en 1513 se llegó a un acuerdo que colocaba el límite de la
posible conquista entre españoles y portugueses a seis leguas al
occidente del Peñón de los Vélez. Ese límite se respetó siempre,
y así España no presentó reclamaciones a Ceuta hasta que en la
rebelión portuguesa de 1640, y ya en plena guerra, la plaza quedó
unida a España y luego reconocida.
Don Manuel el Afortunado se interesó especialmente por M a­
rruecos, como sus antecesores, reforzó sus guarniciones, obtuvo
en 1496 bulas parecidas a las de los Reyes Católicos y otra para el
comercio con los sarracenos.
Cree De Witte que la bula del 1 de junio de 1497, Ineffabilis et
Summi, que concede a don Manuel las plazas y tierras que conquis­
tara en su proyectada expedición, que no se concreta, se refieren al
Africa, y no a la India, hacia donde partía por entonces Vasco de
4 Cf. D e l a T o r r e , Documentos referentes... P.eyes Católicos vol. 2 ( Valladoli d 1 9 60) p . 42 8 .
5 Z u r i t a , o.c., vol. 6 f. 168.
6 D e W i t t e pretenda, l.c. O 958) L U Í 448, nota 3 (de p. anter.), que la protesta p or t u ­
guesa no era c omo consecuenci a de la bula de r j de febrero en la cuestión del reino de Fez.
Pero él mi s mo recuerda en la página siguiente, 449, c ómo J e r óni mo de Z u r i t a se hace eco
de las protestas de los enviados portugueses que se encontraban entonces en R o m a . L u e g o ,
por lo menos, t ambi én ésa era la causa de sus protestas, aunque tal vez no la única.
7 Z u r i t a , o.c., voJ.6 f . / 6 g y 256.
C.2. La Santa Sede y las empresas bispano-lusitanas 23

Gama, por ser la expedición de éste de descubrimiento y no de


<onquista. Tal vez se pudiera objetar que la primera lo fuera así,
pues iba en plan de exploración, pero que no excluye necesariamente
el que, si las circunstancias fueran favorables en algún sitio deter­
minado, pudiera hacerse algún tratado de vasallaje con algún jefe
local y vendrían otras expediciones a reforzaría, como sucedió.
Habrá que atender a otras razones para resolverlo. Pues Damiáo de
Góes habla luego expresamente también de conquista. La restric­
ción que hace la bula de los derechos posibles de un príncipe cris­
tiano no debe entenderse necesariamente de Africa, y ante todo
de España y sus derechos norteafricanos. Pues desde la bula
Dudum siquidem, del 26 de septiembre de 1493, se había concedido
a los Reyes Católicos la extensión de los derechos concedidos a
América hasta la India, si llegaban allá los primeros, yendo hacia
el Occidente. Aún no podía saberse en Europa si eso era posible 8.
Por lo demás, estamos de acuerdo en no dar demasiada impor­
tancia a consideraciones doctrinales en todo este asunto, donde
flotaban demasiado las consideraciones políticas.
Neutralidad y desinterés de la Santa Sede entre España y
Portugal.—Y del mismo modo hay que hacer constar la neutrali­
dad de la Santa Sede entre España y Portugal, favoreciendo a cada
una de ellas, sin querer decidir cuando ya había algún derecho de
cualquier orden entonces reconocido de cualquiera de las partes.
Unicamente cuando ellas se han puesto de acuerdo, se adelanta
a hacer sus concesiones, con la mirada puesta sobre todo en los
progresos de la religión.
Aún encuentra Portugal durante aquelios tiempos ocasión y m e­
dios de extender sus dominios en Marruecos. Mas no será por
mucho tiempo. Pronto se encontrará en dificultades, aunque sal­
vará durante decenios sus dos plazas del Estrecho: Tánger, que será
ofrecida a Inglaterra, en forma de dote de la infanta doña Catalina,
como compensación por su ayuda a la independencia en 1662, y
Ceuta, que pasará a España en 1640.
Las intervenciones pontificias por medio de sus históricas bulas
en los descubrimientos y conquistas portugueses fueron desintere­
sadas 9, y aunque no espontáneas, sino solicitadas por Portugal,
tampoco fueron ciegas, sino conformes a varias de las directrices
principales de la política de la Santa Sede entonces: la dirección de
la defensa contra el islam, la autoridad del papa sobre los m i?m hrn,
de la cristiandad y la dilatación de la fe 10.
Interviene también en la justificación de ia lucha contra los m „
sulmanes, especialmente en la costa mediterránea, la lucha contr
la piratería fomentada por aquéllos, al menos iniáalmente y lu ^ l
correspondida ñor los rristiannc uc» y lu^g(
24 IntroJiu i ion general

infidelidad, en la manera de hablar de los contemporáneos, sino a


sus ataques armados a la cristiandad, que si bien estaban siendo
vencidos en el Occidente, no así en el Oriente europeo, entonces
precisamente bajo la marea de la invasión turca 11.
Por eso, al encontrarse con paganos tranquilos o no hostiles
directamente, varió también la actitud con respecto a ellos, agrava­
da luego en algunas partes por las condiciones de la conquista o de
la utilización de su trabajo. América será uno de los principales
escenarios de la aplicación de estas concepciones.
¿Y los descubrimientos?—Los descubrimientos propiamente
dichos ocuparían un plano inferior en las preocupaciones de los
reyes portugueses y de los pontífices que acceden a sus peticiones de
bulas 12. Sólo siete, de 6q documentos pontificios del siglo xv con­
cedidos a Portugal, serían propiamente sobre descubrimientos, y,
con todo rigor, sólo dos, de 1442 y de 1455. Con lo que la principal
preocupación se dirige hacia Marruecos. Pero no precisa o pura­
mente por factores económicos. Estos siempre influyen, pero no
siempre determinan acontecimientos de esta índole, como se puede
ver en tantas ocasiones.
Creemos que esta visión general 13 que se quiere deducir de
las bulas del siglo xv disminuye, al parecer con exceso, la preocu­
pación por los descubrimientos. En las dos últimas décadas parece
muy difícil minimizar su realidad y su actualidad acuciante en
Portugal, y mucho más desde el regreso de Colón. Algunos textos
pueden dar aún cierto eco más insistente de concepciones que em­
pezaban a pasar, pero los historiadores contemporáneos parecen
interpretar el sentir general de un modo menos exclusivo.
En cuanto a la propagación de la fe, apareció claramente al en­
trar en contacto los portugueses con paganos desde el Senegal hasta,
el sur, especialmente en el Congo. Allí se intentó crear en seguida
una cristiandad, que si quedó estacionaria fue principalmente por
derivar lo principal del esfuerzo portugués hacia la India y Brasil.
Es cierto que lo relativo a la jurisdicción espiritual, y lo que
constituye propiamente el patronato eclesiástico, no entra tan de
lleno en el pensamiento de los monarcas portugueses, como lo ve­
mos desde un principio en los españoles. Creemos que influyen las
circunstancias peculiares en que tuvieron que actuar los monarcas
españoles con relación a la propia Iglesia española, y particular­
mente la experiencia del patronato en Granada, experiencia que no
tuvieron durante aquel tiempo los portugueses. Con todo, apren­
dieron pronto la lección española y solicitaron a su vez similares
concesiones, obtenidas fundamentalmente el 7 de junio de 1514 de
León X. Desde entonces comienza de veras la intervención patronal
de Portugal, que tanto había de influir en la historia de las misio­
nes asiáticas ,4.
J j lbíd., P 459 nota 2, corrigiendo a (>h. Verl inden.
12 íbíd., p . 4 6 0 .
1 ' íbíd., p 4 6 2 - 4 6 5 .
14 Bu.llarium Patronatus Regum PorlugaU iae: P a i v a M a n s o , I g8 og.
C.3. El Estado y la Iglesia en España en 1492 25

CAPITULO III
El Estado y la Iglesia en España en 1492
Importancia de este tema para América.—Es un punto ab­
solutamente central para comprender el nacimiento de la Iglesia
hispanoamericana. Esta fue durante mucho tiempo un reflejo de Ja
española, con las naturales modificaciones impuestas por las cir­
cunstancias concretas de América, en razas, religiones indígenas,
costumbres, lenguas, mezcladas con el aporte peninsular.
Por eso no podemos entrar a considerar la Iglesia de la América
española sin echar un vistazo a la situación de la metropolitana,
precisamente en el momento en que se terminaba la campaña de
casi ocho siglos con el invasor musulmán, y comenzaba a influir
fuertemente en otros países de Europa, como la misma Italia.
A pesar de carecer aún de una historia bastante aceptable en
sentido moderno de todo aquel período eclesiástico sobre los reinos
peninsulares, van saliendo obras cada vez más acabadas, más mo­
dernas y más científicas, que nos hacen sentirnos en terreno más
seguro, más completo y más crítico acerca de nuestro pasado ecle­
siástico y civil. Gracias a ellos podremos intentar hacer un esque­
ma de aquella situación, tan difícil de comprender para la mentali­
dad moderna.
Ei padre Tarsicio de Azcona. O. F. M. Cap., es uno de los que
más van coadyuvando a esta empresa con sus publicaciones acerca
de los Reyes Católicos o de la reina Isabel.
Aunque su primera obra de importancia se limitara a <la elección
y reforma del episcopado español en tiempo de los Reyes Católi­
cos», de hecho toca casi todos los elementos de la vida eclesiástica
en aquel capital período de la historia, y de modo particular para
los temas que hemos de tratar especialmente en esta parte general,
en la que el patronato tiene tanta importancia. Y bien sabido es que
uno de los puntos principales de ese patronato es el derecho de
presentación de todos los obispados y beneficios de las nuevas
iglesias
Situación general de la Iglesia española en esas fechas.—
Hay que recordar en primer lugar la situación general de la Iglesia
española durante el siglo xv, como consecuencia de los levanta­
mientos, turbulencias y guerras civiles o interpeninsulares que en­
sangrentaron extensos campos, destruyeron o pillaron iglesias y
monasterios e influyeron de modo decisivo en una acentuada des­
organización eclesiástica. En efecto, en tales contiendas intervinie­
ron muchos obispos y hombres de iglesia, mientras que los demás
sufrieron sus consecuencias: relajamiento de la disciplina, diversas
formas de inmoralidad, olvido de los deberes eclesiásticos por in­
tereses políticos o económicos y confusionismo acrecentado en las
relaciones entre la potestad civil y la eclesiástica.
1 E n M a d r i d (: ^ o) X V I I- 3 8 2 p.
26 Introducción general

Y en Italia.—Si nos fijamos en Italia, centro del catolicismo por


la Sede Romana y su administración eclesiástica universal, la situa­
ción no era mejor en el terreno religioso, sino peor, pues a las di­
ficultades provenientes de las convulsiones políticas en una penínsu­
la triturada en una porción de pequeños Estados, enemigos entre
sí y codiciados por los extranjeros, había que añadir las consecuen­
cias morales provenientes de una mejoría económica general y de
la eclosión del movimiento renacentista, que si no fue fundamental­
mente anticristiano, como han querido muchos, no dejó de quedar
influido por movimientos anticristianos que querían escudarse con
los ejemplos de la antigüedad y las posibilidades de la vida mo­
derna. Ese renacimiento fue bien conocido en España no sólo
por los libros y noticias, sino por los muchos eclesiásticos, merca­
deres, militares y funcionarios que vivieron durante algún tiempo
en Italia. La actitud del arte barroco español, al cristianizar los mo­
delos recibidos de Italia, puede aplicarse a casi todos los órdenes
de la vida.
Esas deficiencias de la vida cristiana italiana quedaban amplia­
mente reflejadas en la Curia Romana, que por las circunstancias bien
conocidas del destierro de Aviñón, del cisma de Occidente y de
todos los influjos feudales derivados a la Iglesia, a lo largo de los
siglos, en materia de aseglaramiento del clero y de parte de las reli­
giones, por su participación en el poder político y en la posesión de
la tierra, presentaba a fines del siglo xv una imagen poco conforme
con los mcdelos evangélicos. Pero, por otro lado, resultaba difícil
llevar adelante los incesantes proyectos de reforma aireados conti­
nuamente tanto allí como en toda la Iglesia, por la complejidad de
la vida, de los intereses, de los influjos de todo orden.
Todo esto hay que tener presente para juzgar la actitud de los
Reyes Católicos en todas las cuestiones eclesiásticas directas e in­
directas con que tuvieron que enfrentarse a lo largo de su extenso
reinado.
El episcopado español en 1492.—Había en España en 1492
cinco sedes metropolitanas: Toledo, Santiago, Tarragona, Sevilla y
Zaragoza, y ese mismo año se crearon las de Granada y Valencia.
Tenían como sufragáneos 37 obispados y, además, había otros tres
sujetos inmediatamente a la Santa Sede: Burgos, León y Oviedo.
Acababan de erigirse las diócesis del reino de Granada, mientras
que la de Canarias comenzaba ahora a tener alguna importancia con
la pacificación de todo el archipiélago por los mismos Reyes Ca­
tólicos 2.
Durante el mismo período hubo conatos de división de la sede
primacial de Toledo, que resultaba de mucha extensión y riqueza,
y jugaba un papel político importante, como lo pudieron comprobar
los mismos reyes al principio de su reinado 3 . Diversos conatos de
nuevas diócesis sólo prosperaron años adelante.

2 A z c o n a , o.c p . 2 8 - 3 i.
3 í bíd. , p.^o
27
C.3. El Estado y la Iglesia en España en 1492

Todas estas diócesis tenían entradas de cierta importancia, aun­


que sea muy difícil valorarlo con exactitud. Pero al mismo tiempo
tenían también señoríos civiles, a veces de cierta categoría en aque­
lla organización semifeudal. Y aunque no fueran los obispos prin­
cipes territoriales, como los del imperio germánico, pesaba mucho
su actitud en las contiendas civiles de la baja Edad Media española.
Precisamente en tiempo de los Reyes Católicos se aprecia de un
modo claro el fin de ese período y su sustitución por otro de matiz
mucho más eclesiástico4. Naturalmente, dada la manera de ser de
aquellos tiempos, muchos de los señoríos episcopales poseían sus
castillos y fortalezas, con alcaides y jefes puestos por los obispos
para su vigilancia.
Todo este armazón profano no era precisamente el ideal de una
estructura eclesiástica sana, con la mira puesta sólo en el servicio
de Dios y de las almas, y era uno de los motivos fundamentales de
la decadencia espiritual del clero y, de rechazo, del mismo pueblo
cristiano.
L¿ps^Keyes Católicos y las elecciones episcopales.— Y ello e x ­
plica el deseo de los Reyes Católicos de intervenir en las elecciones
episcopales y en gran parte de la misma vida eclesiástica nacional.
No era ciertamente el único motivo: pesaban mucho los intereses
políticos y económicos, refrendados por una larga tradición, pero
no hay que ocluir los de una sincera renovación cristiana, que te­
nía que partir necesariamente de la mejora de los pastores de almas
antes de alcanzar a la masa del pueblo.
Por otra parte, el sistema de reservas pontificias para los nombra­
mientos eclesiásticos, en contra de la libre elección de los cabildos,
dio durante ese mismo período de la baja Edad Media, o de la
Edad Nueva, como muchos prefieren llamarla ahora, abundante pá­
bulo a abusos de todo orden, queriendo premiar con tales preben­
das a los beneméritos cooperadores de papas y cardenales, o senci­
llamente a parientes y allegados. Todo ello, con la salida de abun­
dante dinero para el extranjero, no podía menos de motivar la in ­
tervención real para oponerse a tales abusos. Sin embargo, no hav
que olvidar que los reyes trataban luego de colocar en las mismas
sedes o beneficios diversos a sus favorecidos, muchas veces sus hiios
ilegítimos, desvirtuando de este modo la sinceridad nlena dV
tuación con la Iglesia. P na ae su ac-
El reinado de los Reyes Católicos, dentro de su mejoría en 1
elección de personas dignas, no está exento de esas lacras con 1 ^
tos y solicitudes demasiado interesadas y escandalosas a v e ^ lT~
reina Isabel, por su mayor honestidad de conducta, está m >fS
nos sujeta a este reproche, pecando tal vez por c o n d p ^ T ^ ° mC~
alguna ocasión con los deseos de su marido. ^ encía en
Martín V había firmado en el concilio de Constan? (
concordato con la nación española (Castilla, Portugal 4 3 , 41 ■ yin
varra), promulgado el 13 de mayo de 1418, q u e e r / e s t ^ 11 ^ ^ a~
4 íbíd., p . 5 3 - 6 2 , etc.
28 lmrod acción general

las elecciones episcopales, reservaba la elección para aquellas sedes


que vacaran estando su titular junto a la Santa Sede o en la Curia
Romana. En los demás casos se harían elecciones canónicas, que se
presentarían al Papa, quien tenía poder para no confirmarlas en
ciertas ocasiones. Esta norma siguió vigente en España, aunque hubo
sus extralimitaciones de parte y parte, con ventaja para el influjo
real y merma de poder de los cabildos, que van perdiendo el dere­
cho de elección. Por todo ello, a lo largo del siglo xv hay muchos
casos de elecciones disputadas, a veces durante largos años, con las
consiguientes consecuencias morales en plan decadente, especial­
mente en Aragón y Castilla.
Fernando el Católico se inició en estos asuntos junto a su padre,
don Juan II de Aragón, gobernante astuto e intrigante, y sigue sus
ejemplos con constancia y tesón. Por lo que hace a Castilla, los reyes
firmaron unas instrucciones a García Martínez de Lerma, a quien
enviaban como embajador a Roma, para pedir a Su Santidad Six­
to IV que no proveyera en las iglesias de sus reinos sino a su pre­
sentación, «según antigua preeminencia y costumbre». Algo más
tarde, la reina envió a Roma al secretario Pedro Colón, para que
comunicara a Su Santidad las medidas que había tomado contra el
rebelde arzobispo de Toledo, Carrillo, apoderándose de sus forta­
lezas, y pide que se le destituyera. Y con esta ocasión volvía a pe­
dir la misma gracia que el anterior embajador procuraba aún en
Roma, alegando, además, ahora la reconquista de los territorios y
la dotación y fundación de las iglesias como título para el derecho
de presentación. En caso contrario se amenazaba con una clara re­
sistencia 5.
Es evidente, y los hechos lo confirmaron, que los reyes no esta­
ban dispuestos a ceder en esta parte, y así lo demostraron en una
serie de vacantes ruidosas (Osma, Cuenca, Salamanca, Sevilla), mien­
tras se buscaban afanosamente las bulas que de algún modo estu­
vieran en favor del patronato real. En 1479, el obispo de Túy llevó
instrucciones parecidas 6.
El patronato real en las iglesias de Granada y Canarias.—
La guerra de Granada fue la gran ocasión que podían desear los
Reyes Católicos para conseguir del Papa los derechos de patronato
que propugnaban, y conseguirlos para aquellos territorios con la
amplitud deseada. Como luego el patronato de América se presentó
como una especie de continuación del de Granada y en circuns­
tancias parecidas, es necesario indicar brevemente su origen y rea­
lización práctica.
En ocasión favorable para los reyes, por su discreta actuación
en Italia favorable al pontificado en asuntos de Nápoles, y por los
triunfos comenzados a alcanzar en el reino de Granada, enviaron
al conde de Tendilla a Roma para conseguir entre otras cosas el
patronato de Granada y Canarias, por la conquista de la tierra y
fundación o dotación de sus iglesias y catedrales. Habían estudiado
5 íbíd ( p . i o O - Í 0 7 . () Ibíd., p. i 1 1 - i Í2.
C.3. El Estado y la Iglesia en España en 1492 29

los precedentes favorables que existían. Dos bulas, Provisionis N os-


trae (15 de mayo de 1486) y Dum ad Mam, de 4 de agosto del mismo
año, concedieron y perfilaron el patronato real de Granada y Cana­
rias, con un sistema de dotación que el padre Azcona llama revo­
lucionario en cuestión beneficial 7. Según esas bulas se llevó a cabo
luego la erección de las sedes episcopales con las dignidades y be­
neficios eclesiásticos correspondientes, después de la conquista,
en 1492.
Y para que no quedaran dudas sobre el derecho de presentación,
se obtuvo de modo claro este derecho para los mismos territorios el
13 de diciembre de 1486, por medio de la bula Orthodoxae fid ei.
De este modo evitaban los reyes para el reino de Granada los con­
tinuos pleitos de las presentaciones hechas para las demás iglesias
de sus reinos.
No podía entonces pensarse en la importancia singular que al­
canzaría este privilegio pocos años después, al presentarse la gran
ocasión de fundar las iglesias de las Indias Occidentales, y proceder
en ellas los reyes conforme al modelo que tan bien había resultado
en la cuestión de Granada. El carácter de cruzada que había reves­
tido la campaña, en un tiempo en que el oriente de Europa se veía
tan duramente amenazado por la invasión turca, que alcanzó mo­
mentáneamente a la misma Italia, facilitaban las concesiones pon­
tificias para cuanto significara poner coto a aquellas invasiones de
territorios cristianos.
Nada más terminar la guerra de Granada pudieron los reyes
firmar las capitulaciones de Santa Fe con Colón junto a Granada,
haciéndose así visible cierta unión material entre ambas empresas.
Ambas pretendían extender los límites de la Iglesia y defenderla
de sus enemigos, conocidos o desconocidos, y estaban gobernadas
por los mismos reyes, que procederían en forma parecida, a no ser
que los enemigos previsibles fueran diferentes. De este modo, la
experiencia granadina preparo magníficamente la ocasión y los m o­
tivos que harían posible pocos años después el patronato universal
de Indias, con derechos parecidos a los de Granada, por la bula de
Julio II Universalis Ecclesiae regiminis, del 28 de julio de 1508. al
tratarse de erigir las primeras sedes episcopales de los nuevos terri­
torios ultramarinos.
Su constancia, habilidad característica y probada fortuna depa­
raron a Fernando el Católico la ocasión de ver cumplidos sus anhe­
los en este punto vital de su política eclesiástica. Aquella adverten­
cia que había hecho en 1479 al obispo de Túy y sus compañeros
de embajada, diciéndoles en sus instrucciones: «Esto (que no se eli­
ja a nadie para obispados sin presentación o sin connivencia de los
reyes) procurad con toda instancia, porque no entendemos dar lu­
gar a otra cosa.. , e desto procuraréis haber bula patente de nromo
sa que así se hará» 8. *
7 lbíd., p.159 .
8 Cf. P. L k t u r i a , S. 1., Relaciones entre la S<i"*<: Sede e H ispa n o am érica u o i
Y Caracas iow ) vol.i r>.8. J-W -a S ^ (Roma
30 Introducción general

Ultimos conatos y logros de los reyes en este asunto.—»


En 1493, al presentarse los primeros conflictos de elección con Ale­
jandro VI en las sedes de Valencia, Cartagena y Mallorca, afirma­
ban los reyes que su provisión había sido «en derogación de nues­
tra preeminencia y posesión inmemorable, en que los reyes de glo­
riosa memoria, nuestros progenitores, y Nos habernos estado y es­
tamos, según la cual se han de proveer las iglesias de nuestros rei­
nos a nuestra suplicación y a personas naturales y nacidas en ellos» 9.
La misma reina Isabel insistió con el embajador de la obedien­
cia a Julio II, Juan López Palacios Rubios, en que defendiera allí
el derecho que tenía a presentar también a los beneficios vacantes
in curia. Se conserva el alegato de aquella ocasión, aunque la muerte
de la reina impidiera el curso normal de la embajada.
Y para demostrar la importancia concedida al tema, en su mis­
mo testamento, tan recordado en la historia, volvía a hacer hincapié
la reina en este punto, de que no se concedieran a extranjeros nin­
gunos beneficios eclesiásticos españoles. Seguía, como Fernando, la
línea acordada y establecida por ambos en 1475.
Durante el corto reinado de doña Juana y don Felipe I en Cas­
tilla, y la nueva gobernación de Fernando V, tuvieron lugar diver­
sos incidentes por estos motivos, llegándose a hechos y dichos de
verdadera violencia, que pudieron ir solucionándose conforme al
deseo real.
Sin embargo, no se consiguió nunca una declaración oficial de
Roma acerca del derecho de presentación universal de los reyes a
todas las iglesias vacantes, etiam in curia. Hubo que esperar a Car­
los V, pocos años después, y una vez que el concordato de 1516
hubo concedido a Francisco I de Francia el derecho de presenta­
ción, y que en el solio pontificio se sentó el antiguo preceptor del
rey, el cardenal Adriano, sexto de este nombre en la lista de los
papas. El 23 de septiembre de 152 3 se dio la bula Eximiae devotionis
affectus, que lo concedía 10.
L a reform a del episcopado.—Con ser importante la cuestión
de la elección del episcopado, y más tal vez en aquellos tiempos,
es más importante aún para la reforma de la Iglesia la reforma de
ese mismo episcopado, cuando es evidente su necesidad como en
ei período que comentamos.
Los cronistas del tiempo y los historiadores amontonan los do­
cumentos en los que aparece de modo categórico este deseo de los
reyes en favor de la reforma del episcopado y los pasos que fueron
dando para ello.
«En el proveer de las iglesias que vacaron en su tiempo ovo
respecto tan recto, que, pospuesta toda afición, siempre suplicó al
Papa por hombres generosos e grandes letrados e de vida honesta;
lo que no se lee que con tanta diligencia oviese guardado ningún rey
de los pasados» 11.
9 A z c o n \, o . c . , p . í 6 8 .
J0 í b íd ., p . f 97.
11 í bí d . , p . 2 0 2 2 0 3 , c i t a n d o a P u l c a r , Crónica p . 2 . ft c . 4 p . 2 5 7 .
C..h El Estado y la Iglesia en España en 1492 31

Parecidos textos, en Marineo Sículo y Galíndez de Carvajal.


Mientras que en el texto clásico tomado del Acuerdo para la goberna­
ción del reino, entre Isabel y Femando, para Castilla, en 1475. se
lee: «Item que las vacaciones de los arzobispados, maestradgos, obis­
pados, prioradgos, abacias e beneficios, suplicaremos comúnmente
a voluntad suya de ella, según mejor paresciere complir al servicio
de Dios e bien de las iglesias e salut de las ánimas de todos, e honor
de los dichos reinos, e los que serán postulados, serán letrados» 12.
Reform a general. Cisneros.—Sin detenernos a explicar ese
punto, que sale, por lo demás, constantemente en la historia de la
reforma general eclesiástica en España durante aquel período, pa­
semos a este otro capítulo tan importante, y que tuvo parte tan de­
cisiva, por un lado, en la conservación católica de España durante
la ruptura protestante, y, por otro, en la evangelización e implan­
tación de la Iglesia en América, a semejanza, en gran medida, de
la de la metrópoli.
Del desorden y anarquía descrito por los cronistas del siglo xv,
se pasa durante los decenios de los Reyes Católicos a una situación
de indudable mejoría en todos los órdenes eclesiásticos 13.
La moralidad del clero y, en especial, del episcopado, que, con
ser probablemente superior a la de varias regiones o naciones de
Europa del mismo período, sufría de indudable decadencia, arras­
trada por el desorden y anarquía civil con sus salpicaduras o des­
viaciones eclesiásticas, va siendo corregida con medidas eficaces y
continuadas.
Los obispos del tipo de Alfonso Carrillo, de Acuña o aun de
don Pedro González de Mendoza, que en su edad madura fomen­
tan las buenas costumbres de su clero y pueblo, van dando paso a
otros, como Hernando de Talavera, Diego de Deza, Francisco J i ­
ménez de Cisneros y otros muchos, que se pueden ver catalogados
en los autores 14. En 1473 y 1478 se celebran los sínodos o concilios
de Aranda de Duero y Sevilla, que toman importantes acuerdos
para asegurar la reforma 15, urgiendo entre otras cosas la residencia
de los obispos y párrocos.
Por lo que toca a los obispos, en 1462 se quejaban en Valencia
de no haber tenido visita de su obispo en treinta años, y aún con­
tinuó esa circunstancia durante bastantes más. Lo mismo se diga
en grado apreciable de otras varias sedes, concedidas a extranjeros
no residentes.
Se querían letrados y de vida honesta, que regularmente habían
de salir más fácilmente de la clase media o más humilde que de la
alta, educada en el ambiente corrompido de la época. Se fundaron
colegios de clérigos o religiosos para educarlos, como una especie
de anticipo de los seminarios tridentinos 1(>. Su disciplina casi mo-
12 Ibíd., p . 2 0 2 - 2 0 3 .
13 Gf. R i c a r d o G a r c í a - V u . l o s l a d a , Historia de la iglesia Católic a v o l . 3 p . 5 9 5 - 6 3 4 .
14 Ibíd., p. 605 ,
15 Ibíd., p.5QQ-6oo.
16 Ibíd., p . 6 3 1 - 6 3 2 .
32 /ntroiinación general

nacal aseguraba la piedad y buenas costumbres de sus clérigos es­


tudiantes, y la renovación paulatina de las costumbres del clero que
fueran sustituyendo en sus funciones aquellas nuevas generaciones.
Sin detenernos a citar nada de otros obispos, como portaestan­
dartes de la reforma eclesiástica, recordemos algunos hechos más
significativos del más ilustre y conocido de ellos: fray Francisco Ji­
ménez de Cisneros, O. F. M., cardenal arzobispo de Toledo, tanto
más que, años después, al suceder como regente en el gobierno a
don Fernando el Católico, hubo de intervenir activamente en las
cuestiones eclesiásticas o ligadas con ellas de las Indias Occidenta­
les en momentos decisivos.
Cisneros (1436-1517), Gonzalo de nombre, que cambió luego en
el de Francisco, nacido en Torrelaguna, ingresado en los francis­
canos ya sacerdote, y después de haber vivido la vida eclesiástica
de su tiempo con singulares peripecias, representa sin duda la má­
xima figura reformadora de la España de los Reyes Católicos.
Pronto llegó a ser guardián del convento de la Salceda, y uno
de los elementos activos del movimiento reformador entre los fran­
ciscanos. Elegido confesor de la reina en 1492, y provincial de Cas­
tilla en 1494, recorrió buena parte de la Castilla de entonces en plan
reformador con gran éxito, dando muestras de energía y autoridad.
Intervino también en la reforma de monasterios de monjas, ayuda­
do por la reina Isabel con igual eficacia.
Muerto el cardenal Mendoza, fue elegido para sucederle en la
sede primacial de Toledo (1495), aunque tardó más de año y medio
en ir a su sede, ocupado en asuntos de los reyes, el 20 de septiem­
bre de 1497. Como pastor de su inmensa archidiócesis, fue el prin­
cipal fautor del movimiento reformador general, de modo parecido
a lo que ya había emprendido con sus hermanos de hábito. Canó­
nigos y párrocos fueron entrando por sus caminos de vida honesta
y piadosa, Jos párrocos conocieron su celo y diligencia desde su
elección hasta los mil incidentes de sus cargos pastorales. Al mismo
tiempo salvó la liturgia mozárabe en su catedral, construyó templos,
favoreció las artes, reunió sínodos en Alcalá y Talavera, dictó unas
Constituciones del arzobispado de Toledo y siguió siempre con aten­
ción la vida espiritual de su diócesis, y aun de España, por sus di­
versos cargos.
Con la fundación de la universidad de Alcalá pretendía favore­
cer los estudios en general, pero especialmente los eclesiásticos. La
Biblia poliglota de Alcalá fue por muchos conceptos un alto expo­
nente de la capacidad científica y de los medios con que contaba
el arzobispo para sus empresas.
En su tiempo (1502) iniciaron los reyes la censura de libros, pro­
vocada por la multitud de ellos, cada día mayor, gracias a las faci­
lidades ofrecidas por la invención de la imprenta. El decreto lo fir­
maron precisamente en Toledo.
Cisneros asistió a un gran florecimiento de la literatura ascético-
místico-espiritual, provocado por la introducción de la imprenta, y»
C.3. El Estado y la Iglesia en España en 1492

en gran parte, lo favoreció, costeando diversas ediciones de los li­


bros que más apreciaba.
Todo esto adelantó la hora de la reforma eclesiástica en España,
vigorizó a la Iglesia y la hizo seguir los caminos de la autoridad
legítima y de la tradición asentada, que impidieron el arraigo de
las doctrinas disolventes de la falsa reforma. Y al mismo tiempo
hizo posible la existencia de muchos religiosos y aun seglares, que
fueran capaces, llegada la ocasión, de figurar entre los apóstoles de
América y los obispos o sacerdotes consolidadores de sus primeras
iglesias locales.
Al mismo tiempo se preparaba la reforma de la teología, que si
bien conoció su época de florecimiento algo después de la muerte
de Cisneros, no hay duda de que éste con sus fundaciones y refor­
mas preparó el terreno donde aquél pudo nacer y desarrollarse 17.
L a Iglesia nacional española.—De todo ello se desprenden
aquellas características de la situación eclesiástica española, que se
han traducido por modernos historiadores como compendiadas en
el episcopalismo y en una Iglesia n<tcicnal española.
La tendencia nacionalista se manifestaba en la exclusión de los
extranjeros, en cierta oposición a la jurisdicción pontificia, con ne­
gación de tasas y servicios, mientras se imponía la reforma con cri­
terios propios. El episcopalismo español, unido a un efectivo auto­
ritarismo regio, da un matiz especial a su Iglesia. No hay asomos
de cisma doctrinal, y las protestas de sumisión al Romano Pontí­
fice se multiplican espontáneamente. Sin embargo, en la realidad se
procuró reunir en los obispos la mayor cantidad de autoridad posi­
ble, cercenando la pontificia, y con la unión y en ocasiones depen­
dencia de los obispos con respecto de la autoridad real, se aumentó
la sensación de cierta Iglesia particularista, que nunca llevaba las
cosas a límites de ruptura, sino que trataba de mantenerse dentro
de la legalidad eclesiástica. Sólo que sus empeños de conseguir y
mantener una gran serie de privilegios de tipo nacional fueron difi­
cultando más tarde cualquier arreglo razonable con la Santa Sede
acerca de las mutuas relaciones, una vez que habían cambiado gran­
demente con el correr de los años y de los siglos las circunstancias
propicias que sirvieron para su concesión. El gran ejemplo en esta
materia queda constituido por el patronato de Indias, cuyo desen­
volvimiento tendremos ocasión de ver más tarde.
Hay que reconocer la gran dificultad que tiene la historia de
España, y tal vez la de la América española del periodo que se
llama colonial, para distinguir bien las esferas de lo civil y de lo
eclesiástico y religioso. Si siempre es difícil ese empeño, no diremos
demasiado si decimos que en nuestro caso lo es de un modo ^
cialísimo. <-pe-
17 P. A zcona, o.c , p.2Q3 ss.

de la Iglesia en América
34 Introducción general

CAPITULO IV
El continente americano. Generalidades
Impresión geográfica general.—El continente descubierto por
Colón, y que pronto sería llamado el Nuevo Mundo, ofrece a sim­
ple vista en un globo terráqueo o un planisferio una impresión fija,
neta, imborrable. Esas dos masas continentales rodeadas por enor­
mes océanos, separadas del resto del mundo por distancias antes
consideradas inmensas, con una lengua de tierra que se va estre­
chando lentamente en su centro y un rosario de islas grandes y
pequeñas en ese mar mediterráneo americano que completa la unión
de las dos grandes masas; su enorme distancia de norte a sur, su
escasa unión con Asia y Europa en su parte septentrional a causa
de los rigores del clima, son detalles impresionantes desde el punto
de vista geopolítico. La impresión se completa con la espina dorsal
de todo el continente desde Alaska al cabo de Hornos, como apo­
yado en las riberas del Pacífico, mientras que hacia el Atlántico ex­
tiende praderas, selvas tropicales y grandes cuencas fluviales, como
indicadoras de la dirección de las comunicaciones naturales, y con
ellas de la riqueza, de la vida política y social, de los movimientos
culturales y religiosos.
Colón no podía soñar con una masa parecida mientras pensaba
en las costas e islas orientales del Asia, que quería alcanzar por
aquella dirección. Todos los horizontes mundiales quedaron ensan­
chados y todas las estructuras en trance de revisión. Y si es cierto
que tuvieron que pasar algunos siglos para que las semillas disper­
sadas entonces fueran fructificando y madurando, se podía prever
ya para tiempos relativamente próximos una ruptura de equilibrio
para el mundo occidental, que ya llevaba la dirección del mundo.
El Oriente ha tenido que adoptar sus experiencias, su ciencia y su
técnica para poder sobrevivir en plan de cierta igualdad cultural y
política con él.
La parte que suponen los descubrimientos inmediatos, los tra­
tados con Portugal, la marcha rápida de los sucesos en los dos im­
perios conquistados al norte y al sur, dieron a la parte hispánica
de América su fisonomía característica, que se conserva en lo fun­
damental hasta el día de hoy. Una larguísima faja de tierra desde
California al extremo de Patagonia, formada en su parte principal
por la cordillera continental antes citada, y con ensanches anchuro­
sos hacia los afluentes del Amazonas o a las llanuras del Plata. Se
invirtió la posición que España y Portugal conservan en Europa, y
así quedó la sección española al oeste y la lusitana al este, con una
serie de ventajas en favor de ésta, que la han ayudado a superar
los límites que primitivamente le correspondían.
La riqueza material de aquellas tierras no hay por qué ponde­
rarla, pues toda la documentación referente a América es una prue­
ba bien clara de ella, ya se refiera a la época colonial, ya a los tiem­
pos actuales, De todos modos hay que tenerla en cuenta, ya que su
C.4. El continente americano 35

búsqueda fue ocasión, cuando no causa, de muchas empresas colo­


nizadoras, y dio mucho que hacer a los moralistas y predicadores
de todos los tiempos. La historia de la Iglesia en América no puede
menos de ocuparse con cierta insistencia de todos estos problemas,
en lo moral, en lo jurídico y en lo social. La actual situación de
Hispanoamérica no se explica bien sin tener en cuenta sus antece­
dentes hispánicos, aunque hayan sido luego influenciados profun­
damente por otras corrientes, por otras ideas y sucesos, con efectos
no pocas veces disolventes.

Las razas americanas.—No vamos a entrar en ninguna disqui­


sición acerca de los problemas planteados por las razas americanas,
o si se quiere, por la raza americana más autóctona, los amerindios,
como los llaman a veces los geógrafos modernos L
Dentro de las grandes diferencias que se aprecian en los prim i­
tivos habitantes de América, situados en tan diferentes condiciones
de clima y con tan distintos regímenes de alimentación y ocupacio­
nes, parece, sin embargo, que se puede admitir cierto fundamento
para poder hablar de una raza americana, en el ¡sentido vulgar de
esta palabra, tan expuesta a diversas interpretaciones. Repetimos el
deseo de no entrar en el fondo científico del asunto. Se conviene
generalmente en advertir en gran parte de sus poblaciones ciertos
rasgos aproximados a los que caracterizan a los mongólidos y a d i­
versas familias de pueblos oceánicos.
Un problema planteado ya por los primeros misioneros y tra­
tadistas hispánicos, y resuelto con algún fundamento y aun con
cierto acierto, fue el del origen del hombre americano. Todos admi­
tían que no era autóctono, aunque no fuera sino por la interpreta­
ción literal de la Biblia. Pero algunos dieron entrada con cierta
facilidad a extrañas explicaciones, como si procediera de los hebreos
desterrados, de los primitivos españoles y otras hipótesis parecidas.
Otros se fijaron con más verosimilitud en su procedencia asiá­
tica, a través de la América septentrional, desconocida o mal cono­
cida entonces en sus zonas polares o semipolares o a través del océa­
no Pacífico 2. De todos modos, estos atisbos o adivinaciones care­
cían de rigor científico, como era natural en aquellos tiempos.
Aunque no se haya llegado a conclusiones aceptadas sin discu­
sión por todos o la mayoría de los investigadores modernos, parece
lo más probable que los primeros habitantes conocidos de América
vinieran a través del estrecho de Behring, probablemente con tem­
peraturas más moderadas que ahora. Pero de todos modos, en pe­
ríodo anterior a la formación de los grandes imperios asiáticos, pues
faltan en América muchos elementos culturales y técnicos dé tales
imperios. ¿Cómo explicar otros elementos que parecen hallarse en
diversas partes de la población? ¿A través de Europa por Islandia
1 Para caer en la cuenta del interés que suscita la etnografía y ia cultura
anterior al descubrimiento de America, basta ver los 51 números de artículo* ,erí. S^nersl»
tema en revistas alemanas entre 1058 y i q .s q , con otros 37 núm eros sobre el f^ J^ a d o s al
Mor al descubrimiento, en Anuario de Estudios Americanos, X V I (Sevilla
2 El 1\ José de Acosta explica bien esta posición a fines del siclo w i \ >
tura! y moral de las Indias (ed. J3 ibl. Aui F.sp., vol.73 [1Q54] p .26-27 ^ ía n a ~
36 Introducción general

y Groenlandia? ¿O también de las islas del Pacífico? ¿Hubo influjo


americano en la Polinesia, como lo pretendió demostrar la balsa
«Kontiki» hace algunos lustros?
Preguntas de difícil solución que sea del todo satisfactoria.
El estudio lingüístico no resuelve tampoco estas cuestiones, pues
hay bastante diversidad entre las lenguas, y no se ven muy claras
aún las semejanzas con lenguas de otros continentes
La cultura de incas, chibchas y aztecas, encontradas por los es­
pañoles en sus primeras invasiones, tiene características bastante
propias, en especial en los dos grandes imperios que se hallaban en
fase de gran expansión y eficacia unificadora, a pesar de las de­
ficiencias de sus medios. A todos los estudiosos de aquellos tiempos
les pareció con toda propiedad un nuevo mundo también en sus
aspectos culturales y políticos.

Las razas principales en América del Norte.—Entre la inextri­


cable maraña de pueblos, razas y lenguas que ha ido descubriendo
el estudio de los indígenas americanos, de los que aún se conservan
con diversa fuerza bastantes de ellos, rodeados por todas partes de
lenguas, razas y culturas europeas con toques de africanismo, vamos
a recordar nada más algunos grupos principales.
En el continente norte, además de los esquimales en las regiones
más extremas y frías, abarca gran extensión el pueblo atapasca, hoy
reducido numéricamente, en el extremo noroccidental de América.
Alguna de sus ramas descendió hasta el Méjico actual, a través de
Oregón y California, donde se ven algunos de sus representantes,
llegando hasta Tejas y Kansas. Apaches y navajos pertenecen a ese
grupo.
Los algonkinos, en sus diversas tribus, interesan menos a His­
panoamérica . Habitaron el Canadá y buena parte de Estados Uni­
dos (zona noreste). Los pueblos moscogis ocuparon buena parte de
lo que los españoles llamaron Florida, incluyendo la actual Georgia
y otros estados del sur. Timicuas o timucuanos, calusas y tekestas
se esparcieron por la península de Florida. Y varios pueblos, entre
ellos los siux, como más conocidos en las praderas del oeste del
Mississipí y Missouri. Shoshones, yumas y otros pueblos por la cuenca
dei Colorado y las zonas montañosas de las Rocosas centrales. Los
indios pueblo, por Arizona y Nuevo Méjico, confinando con apaches
y navajos.
La unidad etnográfica brilla también por su ausencia en el cen­
tro y sur del continente, incluyendo las Antillas. Arauacos y caribes,
venidos del sur, ocupaban las islas al llegar los españoles, sobrepo­
niéndose a las poblaciones primitivas. Algunos de sus restos se
han mezclado con los negros.
El puente etnográfico de Méjico y América Central se halla en­
tremezclado en forma al parecer anárquica e impresionante. La

5 Aprovecharnos dalos d f L . IVricot G a r d a , ^ A n u hitn imUnnui, vol.i, de la Historia


di' ArrtéfKa, dirigida por A . B a i . í (Barcelona c onfiontadn con obras generales,
graí-df"; diccionarios y algunos artículos. adición <*n n¡() i.
C.4. El continente americano 37

conquista los ha fosilizado, por decirlo así, impidiéndole» la libertad


de movimientos masivos de antes, y los ha ido absorbiendo cultu­
ralmente, aunque ya los núcleos indios comiencen a ser más impor­
tantes numéricamente, formando a veces minorías considerables,
como en algunas regiones de Méjico y Guatemala.
El grupo uto-azteca es el más importante de Méjico en el si-
i/lo xvj, y pertenece a la familia de los shoshones antes citada. D es­
cienden desde la actual frontera americana por las costas del Pací­
fico, y en el centro consiguen penetrar hasta la capital y continuar
hasta el golfo de Méjico. Se hallaban en plena expansión conquis­
tadora al llegar los españoles. Hacia el norte de la capital se exten­
dían aún los otomíes, tarascos, totonecas y otros grupos menores,
mientras que por el sur mixtéeos, zapotecas y otras tribus consti­
tuían núcleos considerables.
Los ñauas, nauatis y aztecas forman la base de la población del
imperio azteca, y todo el mundo conoce algunos rasgos de su civi­
lización y vida religiosa, en la que llamaba especialmente la aten­
ción la cantidad de sacrificios humanos ofrecidos continuamente a
sus dioses. Toltecas y ehiehimecas, tan citados por los misioneros,
se prestan a discusiones entre los eruditos.
Otro pueblo de importancia política y cultural en todo el istmo
fue el de los mayas, extendidos por todo el Yucatán, Guatemala y
parte de Honduras. Son conocidos sus monumentos y jeroglíficos,
indicadores de usa fuerte organización y progreso humano. H oy
se calcula en medio millón el grupo maya indio.
El Salvador, Honduras, Nicaragua y parte de Costa Rica esta­
ban pobladas por otras varias tribus de menor importancia, que no
es preciso recordar en este resumen.

Las principales razas en A m érica del Su r.—El grupo chibcha


es el primero que encontramos al venir de Centroamérica, y se ha­
llaba extendido desde Costa Rica al Ecuador, ocupando la mayoría
de la parte central y montañosa de Colombia, con algunas incrusta­
ciones territoriales de otras tribus o familias, como los chocos, y que
tenía su fuerza principal en la región de Bogotá. Sin haber llegado
a la madurez política y cultural de aztecas e incas, formaban uno
de los grupos más importantes del continente hispánico.
Las tribus locales del Ecuador iban siendo dominadas v absorbi­
das lingüísticamente por los quechuas en el momento de la con­
quista. Aún hoy día la población india del Ecuador es muy impor­
tante, aunque sus representantes más característicos se encuentren
entre la cordillera y las llanuras amazónicas, como los jíbaros
En cuanto a los quechuas, el grupo más importante del sur esna
no y el más compacto en la actualidad entre los grupos tineüisticos
del continente, consiguió en poco tiempo un é x i t o sucos
de asimilación y conquista entre los territorios situado *°\ maFj 0
la actual Colombia y el río Bio-Bío, de C'hrk" No ^ ‘ .T ?*
lwsta dónde hubiera llegado su influjo y su Doder J ’ T ar
no hubiera detenido su exnans¡ón, aunque ésta fuera asegurada'*
38 Introducción general

a veces ampliada por los misioneros, que preferían utilizar la lengua


general del Perú, el quechua, para algunos grupos más reducidos de
indios dentro de esos límites. Nuestros misioneros hablan conti­
nuamente de esta lengua, publicaron en seguida gramáticas de ella
(1560, la primera gramática impresa, de fray Domingo de Santo
Tomás, O. P.), y de este modo aseguraron su supervivencia, que
hoy parece más consolidada dentro de las humanas conjeturas.
Los aymaYú-ss forman otro bloque, aún hoy día importante, en­
tre el Perú meridional y Bolivia, casi como una interrupción, un
diafragma entre los grupos quechuas del norte y del sur. Su voca­
bulario es distinto 4, pero su gramática y su fonética tienen grandes
analogías. Junto al lago Titicaca se hallan los uros, muy recordados
por los primeros misioneros de aquellas orillas, y que continúan
aún en número reducido con sus características costumbres. Se dice
que los aymaraes precedieron en cultura y civilización a los que­
chuas, aunque luego fueron suplantados políticamente por ellos.
En Bolivia se calculan en más de un millón los que hablan aymará,
y casi otros tantos el quechua, mientras que en el Perú se habla
de más de tres millones de habitantes que conocen el quechua (de
los que dos terceras partes sólo el quechua) y cerca de 400.000 el
aymará. Por tratarse de grupos compactos y de gran tradición,
constituyen un fenómeno único en la América hispánica, fuera del
guaraní, tan característico del Paraguay. Algunos hablan de 1.200.000
quechuas en c-1 Ecuador 5.
El grupo arauaca, tan importante en la antigüedad, conserva aún
restos dispersos de sus tribus por Venezuela y gran parte de la
Amazonia superior, mientras que los caribes, símbolo de crueldad
y barbarie en los tiempos antiguos, se extienden en restos también
dispersos por la región oriental de Venezuela, las Guayanas y parte
del Brasil septentrional. Algunas de sus tribus tienen aún relativa
importancia, aunque sin formar grupos tan compactos como los
quechuas o aymaraes.
Muy importante es el conjunto de las tribus y lenguas del gru­
po tupí-guaraní, esparcidas por gran parte del Brasil, el Paraguay,
Argentina y Bolivia oriental. En el Brasil van siendo más fácilmen­
te absorbidos los tupíes, que llegaron a formar la lengua general
del país.
En el Paraguay el guaraní conserva toda su pujanza, y aunque el
español es la lengua oficial, el guaraní se habla en todas partes,
llegando a convertirse el país en bilingüe en gran proporción.
Entre los grupos meridionales fueron especialmente conocidos
los araucanos de Chile, por su gran resistencia a los españoles; los
puelches, o indios pampas; los patagones o tehuelches, y otras pe­
queñas tribus meridionales. Los araucanos puros llegarán a ser
unos 50.000 6.
4 <'Á. P e k j c o t , o . c ., p/jío.
A tla s Universal de A gu ija r (M adrid IQ54'» p.fW, la sección de mapas con texto inter-
ca'ado. Los dato*; son los dpi grupo de Atlas d (4 Instituto (¡et)f*rdj¡cn di Agnslini (N ovara, Italia).
(> L a Lfi.■¡LÍopf'dia italiana l i n a n i (vol.2 p.OO;j-g.34) t.iene un buen resumen de antropo­
logía, etnología, lir'gü.stka, et* americana, ion buenas ilustraciones y mapas. La obra de
C.5. La gesta de Cristóbal Colón

La impresión de misioneros y conquistadores, en cuanto a la


gran diversidad de tribus y lenguas de América, se ha visto confir­
mada por los estudios de etnólogos y sabios modernos. Pero la con­
figuración lingüística ha sufrido un cambio completo, pues las
lenguas europeas han suplantado totalmente a las lenguas p ri­
mitivas en la mayor parte del continente, y fuera de los grupos
guaraní, aymará y quechua, son pocas las lenguas que pueden con­
siderarse en la América del Sur como lenguas realmente vitales y
que parezcan contar con un porvenir asegurado para bastante tiem ­
po. El avance de las escuelas oficiales va contribuyendo a arrinco­
nar más y más la mayoría de las lenguas y dialectos, y no pocas han
dejado de hablarse ya o están a punto de extinguirse. Algunos
gobiernos, como Méjico, y recientemente Panamá, han dado a co­
nocer las estadísticas oficiales de sus censos de población, indicando
las lenguas habladas por los indígenas, y se ve la dificultad que
tienen en sostenerse, a pesar de la gran natalidad de algunas de
las tribus.

C A P I T U L O V

La gesta de Cristóbal Colón


Colón continúa apasionando.—Recordadas ya las condiciones
generales del continente americano, después de haber examinado
las líneas de las relaciones mutuas iníerestatales entre Portugal,
Castilla y Aragón, con respecto a sus pretensiones más allá del es­
trecho de Gibraltar, y, en concreto, el conflicto acerca de la pose­
sión y evangelización de las islas Canarias, por su conexión histó­
rica, en el orden civil y en el eclesiástico, con las empresas similares
llevadas a cabo en el Nuevo Mundo, es hora de trazar la semblanza
del personaje que imprime nuevos rumbos a tales relaciones ínter -
peninsularcs y mundiales, Cristóbal Colón.
Hemos recordado también el conjunto de bulas obtenidas por
Portugal en su cruzada africana y en sus descubrimientos, porque
inmediatamente España intentará y logrará otras semeiantes y su
inteligencia y comprensión no pueden lograrse sino a través del co­
nocimiento de las lusitanas.
Pocas biografías han apasionado tanto al público y continúan
apasionándole como la del descubridor Cristóbal Colón. L as pu­
blicaciones sobre este tema continúan conociendo renovados éxitos
de popularidad 1. A cada nuevo libro sobre el almirante parece que
se va a encontrar la solución de los diversos enigmas que aún ro
P. R i v e t Les langucs du M o n d e (Paiis 1024) calcula 26 familias lin gü ísticas r a r a 1 4
septentrional, 20 para la central y 77 para la m eridional; total, 1 2 ! fam ilia r \ r f 4* n^ r i c a
mente, el A tla s universal de A guilar (M adrid IQ54) p.So, calcula, resneetiv* aS lecien t:c'
i? y 4 S las familias lingüisticas para las distintas partes de A m érica. m ente, en 2 2 ,
1 L a obra de Antonio Ballesteros y Beretta Cristóbal Colón y el clescubrim'
es de las más logradas y completas, aunque algunas secciones q u ed en dem »** 4 lérica
ticas y aun con algunas inexactitudes. L a creemos de gran m érito sintf'i-i^ 0 escHietná-
utilizando los manuscritos de Juan Bautista M uño*, de la R . A c ad e m ia i ° r i v a c ^ar^ d o r,
itinerarios de los Reyes Católicos y multitud de documentos. L a Duhluv* ^ i* *~^st ° n a ; los
fcalvat Editores), vo !.i IX -f 55b págs.; v o l.2 V i l f 7 70 págs. n v e lo n a en 1 9 4 5
40 Introducción general

deán su vida, su empresa, sus intenciones, sus viajes, sus conoci­


mientos náuticos, sus aspiraciones y logros, y, con todo esto, su ver­
dadero mérito. A pesar de los evidentes progresos históricos que
suponen las más recientes publicaciones, y de ver cómo se disipan
algunas de las nieblas colombinas, todavía quedan otras varias lo
suficientemente interesantes como para seguir intrigando a los in­
vestigadores no menos que al gran público.

Su formación, sus planes.—Ciñéndonos a lo que nos impone


nuestra misión concreta en este caso, y sin pretender tomar parte
en discusiones enojosas, recojamos sólo estos hechos, hoy general­
mente reconocidos.
Colón, un genovés establecido en su juventud en Portugal, don­
de contrae matrimonio y se relaciona con el ambiente de navegan­
tes, descubridores y comerciantes, que guiaban al país con la in­
tervención directa de la casa real, empeñada fuertemente en la em­
presa de Marruecos, de las islas adyacentes y de la costa africana,
con deseos de llegar a la India, por lo menos en tiempo de Colón,
concibe su magno proyecto de alcanzar las Indias Orientales nave­
gando hacia el oeste, en vez de seguir las costas africanas buscando
el este.
Es difícil conocer los diversos influjos que fue recibiendo hasta
ese momento. Los libros que manejó y cita, los viajes que hizo a
Guinea, el ambiente tal vez de la familia de su mujer, las cartas de
Toscanelli (Paolo del Pozzo) desde Florencia, primero al canónigo
de Lisboa Fernando Martíns y luego al mismo Colón, todo esto
contribuyó a su intuición genial y le hizo adoptar una postura de
gallarda defensa de su idea durante años de pruebas y paciencia,
primero en la corte lisboeta, luego en la española, errante por aque­
llos tiempos entre Córdoba y otras ciudades andaluzas por la gue­
rra de Granada, con viajes de circunstancias a Valladolid, Salaman­
ca y probablemente Valencia y alguna otra ciudad de la corona de
Aragón.
Muchos desconfían de sus planes, pero otros muchos le apoyan
y le favorecen. Va a Huelva, donde residía una cuñada suya; conoce
el monasterio franciscano de La Rábida, en Palos; encuentra allí a
algunos bienhechores, como fray Juan Pérez, antiguo confesor de
la rema Isabel, y a fray Antonio de Marchena, entendido en cosmo­
grafía. Tiene contactos también con los duques de Medina Sidonia
y Medinaceli, potentados andaluces con influjo marítimo, de los
que el segundo parece favorable a la empresa colombina, que es
avocada a sí por los reyes. Los dos soberanos se portan bien con
Colón, especialmente la reina, a quien toca más directamente la
empresa, como propia de su corona. Se hallan triunfantes en su
empresa granadina, pero aún reclama ésta toda su energía y todos
sus recursos, razón principal de la dilación que sufre el sueño del
genovés. Le protegen en forma diversa Alonso de Quintanilla,
contador mayor; el cardenal Pedro González de Mendoza, tal vez
fray Hernando de Talavera, luego arzobispo de Granada; fray Diego
C.5. La gesta de Cristóbal Colón

de Deza, maestro del príncipe don Juan y después arzobispo de


Sevilla; Juana de Torres, ama del mismo príncipe; Beatriz de B o ­
badilla, marquesa de Moya, y un grupo de aragoneses: Santángei,
Coloma, Cabrero, Gabriel Sánchez, algunos de ellos de procedencia
hebrea.
Se decide el viaje colombino.—Después de multiplicadas in­
tervenciones, en 1491 Colón decide marcharse hacia otras cortes don­
de pueda encontrar auxilio para su descubrimiento, pero sus amigos
consiguen volver a introducirle en la corte, en Santa Fe de G rana­
da, y, una vez terminada la conquista de aquel reino, se llega a la
firma de las famosas capitulaciones colombinas. Consigue enormes
derechos para lo que descubriera y conquistara a nombre de los
reyes, ayudas para la organización de su flotilla, y, por fin, puede
embarcarse en Palos de Moguer el 3 de agosto de 1492, camino de
Canarias, donde tiene que detenerse algunas semanas. El 6 de sep­
tiembre sale de Gomer? rumbo al oeste. Descubre tierra en un
islote el 12 de octubre; recorre después ntras islas, especialmente
la de Cuba (que cree ser tierra firme) y Haití, a la que llama la E s ­
pañola y será el primer centro de la colonización, y vuelve a España,
arribando a Lisboa el 4 de marzo de 1493, y a Palos el 13 del m is­
mo mes.
En Lisboa ha sido llamado por don Juan II de Portugal y tiene
con él interesímtes entrevistas que no dejarán de influir en las futu­
ras negociaciones.
La noticia corre en seguida por España y Europa, inaugurando
inmediatamente la gran historia de la América indoeuropea. Colón
prepara otras tres expediciones con el apoyo real, corre una serie
de aventuras y peligros, conoce la humillación y las cadenas y por
fin muere en Valladolid el 20 de mayo de 1506, no precisamente
abandonado de loc. reyes, sino coincidiendo con un tiempo azaroso
para la monarquía castellana desde la muerte de Isabel I (noviem­
bre de 1504) y los vaivenes de la fortuna de Fernando el Católico.
En ese momento se encontraba en pleno forcejeo con sus hijos doña
Juana la Loca, ya enferma, y don Felipe el Hermoso, que fallecería
el 25 de septiembre del mismo año, mientras don Fernando se ha­
llaba camino de Italia. Vuelto el rey, fue favorable a los hijos del
almirante, a los que restituyó gran parte de sus prerrogativas
De Colón nos interesa especialmente su intervención en las bu­
las de concesión y delimitación de las Indias para los reyes, su cor-
ciencia misionera y algo mística en sentido vago, su cristianismo
profundo y pontificio, sus primeras etapas de gobierno, con sus
comienzos de sistemas de trabajos obligados, brotes de esclavitud
y roces diversos, que obligaron a los reyes a variar el régimen colo
nial personal inaugurado por el descubridor, que nronto o,> •
ser viable 2. ' * vl° no

2 Para conocer la mentalidad religiosa de Colón \ los infuiios recibí l a '


«jlRo discutido, del descubridor, ayuda no poco el a ce itad o articu lo de í t n _ este a s p e c t o ,
ideales político-religiosos de O / ” sn su carta institucional del ^M a'vorazg >» r° ^ ~ et:uria, S. I.,
42 Introducción general

Las bulas pontificias.—Una vez llegado Colón a España, los


reyes, noticiosos de su estancia en Lisboa y de las pretensiones por­
tuguesas, recurren inmediatamente a Roma, donde hacía algunos
meses que era sumo pontífice Alejandro VI, de la familia Borja,
de Valencia, y conocido de los reyes por una antigua legación suya
en tiempo de Sixto IV, de 1472 a 1473, y en relaciones familiares
con Fernando por aquellos mismos meses.
En la entrevista celebrada con Juan II de Portugal poco antes,
Colón oyó cómo el rey le felicitaba «de que se hubiese proseguido
desde las islas Canarias en línea recta hacia el poniente, hasta veri­
ficarse el referido descubrimiento», como indicando que había na­
vegado por parajes autorizados Pero en seguida hizo valer sus
derechos a lo descubierto, «que en las capitulaciones que había en­
tre los reyes (de Castilla) y él, que aquella conquista le pertenecía»
(sin duda por creer que se trataba de la India, como lo decía Colón),
añadiendo graciosamente que en la inevitable negociación que se­
guiría a todo aquello «que tenía él por cierto que no habría en esto
menester de terceros» 4.
Naturalmente, Colón y los reyes de España pensaron lo con­
trario, e hicieron inmediatamente intervenir a sus embajadores en
Roma para obtener con respecto a los países descubiertos por Colón
los mismos o parecidos privilegios que los que había obtenido Por­
tugal años atrás, y con la máxima prisa posible, para adelantarse
a las reclamaciones portuguesas y poner a don Juan II ante los
hechos consumados, mientras que, al mismo tiempo, con envíos
mutuos de embajadas, trataban de descubrirse las intenciones res­
pectivas.
Sería harto significativa la instrucción enviada a los embajado­
res en Roma para este asunto. Pero no se conoce aún. De todos
modos podemos fiarnos de lo que escribe el historiador Herrera,
cronista oficial, a fines del siglo xvi.
«Aunque por la posesión que de aquellas nuevas tierras había
tomado el almirante y por otras muchas causas hubo grandes letra­
dos que tuvieron opinión que no era necesaria la confirmación ni
donación del pontífice para poseer justamente aquel nuevo orbe,
todavía los Reyes Católicos, como obedientísimos de la Santa Sede
y piadosos príncipes, mandaron al mismo embajador que suplicase
a Su Santidad fuese servido de mandar hacer gracia a la corona de
Castilla y de León de aquellas tierras descubiertas y que se descu­
briesen en adelante»5.
Después veremos cómo ésa era exactamente la idea de don
Fernando el Católico sobre este asunto, como lo escribió más ex­
tensamente a su embajador en Roma, Jerónimo de Vich, algunos
años después
431 ),donde de paso corrige cierta equivor ida jnt mprefac ión de L ud ovico Pastor sobre una
de Las cláusulas de este documento.
3 L e t ^ i a , o . c . , p. ü )2 n. u 1. 4 Ibíd. 5 Ibíd., p. 1 93.
6 C f. Ojjirit.o Com/je^o de !li';h ))in de /</ Corona de A rayón p. 188-1 Sg, del a t tirulo t
correspondencia interesante: la s carta < de rem a n d o el (.Jatólirn a Jerónimo de Vich, por E u g e ­
nio 3 a ru a r lo Agim relks.
C.5. La gesta de Cristóbal Colón 43

Sin duda alguna que esa instrucción debió de ser especial y ver­
saba sólo o principalmente sobre las Indias, pues la instrucción
conocida, fechada el 4 de abril de 1493 en Barcelona para don Diego
López de Haro, gobernador del reino de Galicia, «que juntamente
con el muy reverendo cardenal de Monte Real y con el arzobispo
de Tarragona y con los otros nuestros embajadores que allí están
den por nos la obediencia a Vuestra Santidad»1 , no tiene referencia
alguna al descubrimiento.
El día anterior, 3 de abril, había sido nombrado embajador don
Diego. Llama, desde luego, la atención la completa ausencia de
indicaciones acerca del descubrimiento indiano, que parece que de­
bería tener entonces el primer plano. Como la petición ya estaba
hecha, pues López de Haro llegó a Roma a mediados de junio 8,
no era necesario repetirla. Pero de todos modos, parece que se de­
bería poder contar con alguna indicación acerca de acontecimientos
tan importantes que se tramitaban en la misma corte pontificia.
Leturia calcula que la primera bula, Inter caetera, fue pedida a
mediados de abril, firmada el 3 de mayo, despachada de Roma
el 17 y llegada a Barcelona poco antes de las nuevas instrucciones
de los reyes a Colón, el 28 de mayo 9. Según Giménez Fernández,
fue extendido e! breve entre el 28 y 30 de abril 10.
La bula Eximiae devotionis sinceritas es para Leturia un recalcar
especialmente la concesión de los mismos privilegios concedidos
antes a Portugal, aunque ya se habían mencionado en el primer do­
cumento. Sé consiguió que apareciera con 1a misma fecha del 3 de
mayo, aunque sepamos ser posterior. Para Giménez Fernández esta
bula sería en realidad del 3 de julio u .
Con la posesión del primer documento pontificio y las explica­
ciones de Colón, los reyes se resuelven a pedir una división de zo­
nas de influencia, llamémoslas así provisionalmente, separadas por
un meridiano de polo a polo. Su idea parece provenir de Colón,
según la carta de los reyes al almirante el 5 de septiembre: «La raya
que vos dijisteis que debía venir en la bula del papa» 12, que concuer­
da con aquellas otras frases del 28 de mayo, al señalar los límites
del almirantazgo que dan a Colón: «el dicho oficio de nuestro al­
mirante de dicho mar océano, que es nuestro, que comienza por
una raya o línea que Nos habernos fecho marcar, que pasa desde
las islas de las Azores a las islas de Cabo Verde, de septentrión en
austro, de polo a polo; por manera que todo lo que es allende de
la dicha linea es nuestro e nos pertenece» 13. Coincide plenamente
con la concesión pontificia, y, por tanto, con la petición de los re-
7 B u c e ta , Erasmo: Contribución al estudio de la diplomacia de los Reyes Católicos. L a
embajada de López de Haro en 1493: Anuario de Historia del Derecho Esp año l V I (10 2 0 )
1 45 -19 8. L a cita en p.t<;7.
8 Ibíd., p .19 7 .
g Leturia, o.c., p.194.
10 G im én ez F e r n á n d e z , M a n u e l , Las bulas alejandrinas de 14 q-j referente* a la* Indias
O v i l l a 1943) p . 24 y ¿ 1 . “
11 I rot L e ó n , A n t o n i o , La Iglesia y loa eclesiásticos españoles en la empresa de Indias
VLSarcclona 1954) p .129. L e t u r i a , o.c.. 196.
12 Ibíd., 107.
1 ' L r .n Ri \, o.c., p.i<)7.
44 Introducción general

yes, pues Roma no estaba capacitada para poder fijar de por sí por
entonces semejantes cuestiones. Parece que los portugueses prefe­
rían un paralelo como límite de descubrimientos y conquistas: el
norte para Castilla y el sur para Portugal. Pero los Reyes Católicos
impusieron su modo de ver, y su propuesta pasó a la bula.
Esta bula, la segunda Inter caetera, cuya tramitación desconoce­
mos, estaba a tiñes de julio en manos de los Reyes Católicos. El 4
de agosto dan a conocer bastante su finalidad inmediata con ella en
carta a Colón: «Ahora es venida (la bula) y vos enviamos un trasla­
do de ella para que todos sepan que ninguno puede ir a aquellas
tierras sin nuestra licencia, y llevadla con vos, porque si a aquella
tierra aportáredes, la podáis mostrar». Idea repetida en carta a Juan
de Fonseca 14. Giménez Fernández calcula el 28 de junio, en vez
del 4 de mayo, la fecha de esta bula.
La bula Piis fidelium fue solicitada por los reyes el 7 de junio
V despachada en la fecha escrita, 25 de junio. Se refiere a la elec­
ción de fray Bernal Boyl, entonces mínimo de San Francisco de
Paula, como jefe de la misión espiritual que se enviaba a las Indias,
y a los poderes que se le confieren.
Finalmente, por influjo indudable de Colón, que creía haber lle­
gado a las Indias Orientales, y para rebatir a los portugueses, que
parece pretendían les estaba reservado este descubrimiento o con­
quista 15, se consiguió otra bula fechada el 26 de septiembre, Du-
dum siquidem, que les facilitaba su conquista o su descubrimiento,
si, yendo hacia el oeste, llegaran allí antes que otros cristianos. G i­
ménez apunta ser de la misma fecha, o mejor del 25 de septiembre 16.

C A P IT U L O VI
L a s concepciones medievales sobre el poder tem poral pontificio

Concepción m edieval teocrática: el agustinismo político.—


El estudio de los problemas jurídicos planteados por el descubri­
miento, conquista, colonización y cristianización de América es uno
de esos temas al parecer inexhauribles que se presentan al historia­
dor, al jurista, al teólogo, y, en vez de perder actualidad con el
transcurso del tiempo, parece que la gana, obligando al depura­
miento de nuestros conocimientos y ganando en hondura, claridad,
sinceridad y comprensión entre los investigadores imparciales y pre­
parados para esta tarea.
Como la mera bibliografía al respecto es ya una selva inextrica­
ble, y, por otra parte, son relativamente pocos los que han dedicado

1 4 Ibíd., p . J 9 7 - í ^ -
15 Ibíd., p. íq 8.
16 Ibíd., p.198. N o estarnos de acuerdo con la famosa ñola 2 de la p.445 ( R 1 IE [1958]
L U I ) del P. D e Witte, acerca de Ja significación de la bula Duclum siquidem, y la exclusión
total del Asia, que cree suponer, en el caso de que Colón o los españoles llegaran allí antes
que los portugueses. Colón creía haber llegado a la Jndia. Era una defensa más de su des­
cubrimiento. A un suponiendo a América continente por sí, el sentido sería parecido al que
1c d ie r o n arnba:¿ partes al llegar 0 las Molucas y a las Filipinas.
C.6. El poder temporal pontificio

al tema una consagración especial que les haya permitido realizar


verdaderos progresos en la materia, sean de tipo histórico, jurídico,
económico o religioso, la perspectiva se ofrece más despejada y me­
nos comprometida. Sin embargo, hay también elementos aprovecha­
bles en trabajos de menor valía científica, que pueden ayudar a
completar esta panorámica americana que tratamos ahora de sinte­
tizar, como en los demás apartados de esta parte introductoria.
Un elemento básico para entender el proceso histórico-jurídico
hispanoamericano en sus primeros tiempos es el de la potestad pon­
tificia directa o indirecta, ya sobre los reinos de la cristiandad, ya
sobre los de los infieles no cristianos.
Comencemos por el recuerdo de una obra, que ha ayudado a
situar mejor toda esta controversia acerca del poder pontificio: S a in t
Grégoire V IL Essai sur sa conception du pouvoir pontifical , por
H.-X. A r q u i l l i é r e (París 1934) XXIV -f 7 °° págs. Complemento
suyo es U Augustinisme politique (París 1934) XIX — 157 págs., del
mismo autor.
El agustinismo político, íundado en diversas expresiones de San
Agustín, especialmente en su obra L a Ciudad de Dios, lleva a un
estado de cosas en que «el derecho natural del Estado es absorbido
en el derecho superior de la Iglesia» i.
Las circunstancias habían ido ayudando al robustecimiento del
poder pontificio en el orden temporal, especialmente desde la cons­
titución de los Estados pontificios, y desde la admisión de la falsa
Donación de Constantino como tina pieza histórica y jurídica legíti­
ma, cosas factibles en el mundo feudal que entonces se iniciaba
con todos sus elementos. Pudo apagarse durante ios graves con­
flictos del período férreo, pero, con la restauración del siglo xi, lle­
gada a gran altura en el período de San Gregorio VII, que ha dado
su nombre a tal restauración, pudo llegarse a la formulación de doc­
trinas concretas, que expresaran la posición espiritual y temporal
del poder papal en el mundo.
Gregorio VII expresó sus ideas en diversas ocasiones y acompa­
ñó su pensamiento teórico con la puesta en práctica de ciertas m e­
didas de gran importancia para toda la Edad Media, como fue la
deposición del emperador y su intervención en muchas otras oca­
siones en diversos asuntos de orden temporal, más o menos mezcla­
dos con el espiritual.
El desarrollo histórico siguiente fue dando ocasiones de perfilar
y sistematizar estos conceptos, entrando poco a poco a formar
te de la ideología general cristiana, que no llegó a saber p l a n t e l
bien los términos de sus problemas jurídicos hasta las Ja
Santo Tomás. Se formó primero la teoría de las dos esoad ^ T 1
dos poderes, terreno y espiritual, Estado e Iglesia d i r í a n ’ u
realeza y sacerdocio. Las dos espadas citadas e n J f T r ° ra;
tiempo de la prisión del Señor en el huerto de las OI' - al
dan las dos al arbitrio de los discípulos de Cri^tn <1 lVr>S’ ^Ue clue'
ro- ^an Bernardo las
1 A rquilliére, Gregorio V i 1 ... P. 5 3 S .
46 Introducción general

concentra en manos de San Pedro, dando forma a las ideas de suj


tiempo, aunque no tratara ex professo del problema de los dos poj
deres 2.
D esarrollo de la teoría.—El símbolo tuvo gnm éxito en los es­
critores posteriores defensores del sistema teocrático, nombre con
que se denomina aquella corriente jurídica. San Bernardo usa ya la
expresión «plenitudo siquidem potcstatis» dada a la Sede Apostóli­
ca aunque hable de la ejercida sobre todas las Iglesias, pues la
trontera de lo temporal desaparecía en gran parte a los ojos de aque­
llas generaciones. San Bernardo llegó a escribir que el Papa estaba
hecho «ad praesidendum principibus, ad imperandum episcopis, ad
regna et imperia disponenda» 4.
Hugo de San Víctor y otros teólogos y canonistas han ido dando
forma más concreta, más técnica a estas ideas 5. Alejandro de Ha-
lés avanza por el mismo camino: «el poder espiritual debe instituir
al poder temporal para que exista y juzgarle si se porta mal». Le
había precedido Juan de Salisbury, alumno de París 6.
Después de la elaboración de la escolástica naciente, dos pontí­
fices influyen especialmente en la formulación y aplicación de las
ideas gregorianas y agustinistas: Inocencio III e Inocencio IV, bien
presentados en esta cuestión 7. Inocencio III usa mucho de su títu­
lo de «vicario de Dios», o «vicario de Jesucristo y sucesor del Prín­
cipe de los Apóstoles», más que vicario de San Pedro, de que gus­
taban más sus antecesores. «Es el plenipotenciario de aquel por quien
reinan los reyes y gobiernan los príncipes y que da los reinos a los
que le parece» 8. «(Cristo) no sólo ha dejado a Pedro toda la Iglesia,
para gobernarla, sino también todo el mundo» (totum saeculum) 9.
Es el primero que afirma, en respuesta a Felipe Augusto, su dere­
cho a intervenir en Francia, no por razón de feudo, sino para juz­
gar acerca del pecado; lo que luego se llamaría ratione peccati 10.
Arquillié-e nos demuestra la cantidad de matices jurídico-teo-
lógicos que hay que tener presentes, no menos que los elementos
históricos exactos de aquel tiempo, para poder juzgar acertadamen­
te acerca de aquellas ideologías y mentalidades.
Inocencio III e Inocencio IV. Exageraciones y realidades.—
Todo el siglo xm es un eco de las enseñanzas de Inocencio III,
especialmente Inocencio IV (1243-1254), el convocador del conci­
lio I de Lyón (1245) y condenador del emperador Federico II, a
quien declara depuesto de su trono imperial. «El Romano Pontífice
puede al menos ocasionalmente ejercer su jurisdicción sobre todo
cristiano, especialmente por razón del pecado» 11. En ambos pontí­
fices parece claro el sentimiento agustinista del poder pontificio.
2 íbíd., p. 49 8.
3 C a r t a 1 3 1 p. 64, en O pe ra nmnia.
4 «... para presidir a los príncipes, para ma n dar a los obispos, para di sponer los reinos €
imperios*» ícarta 2 3 7 : M L 1 8 2 , 4 2 6 ) .
5 A r q u j l l í é r f , l.c., p. 508.
6 íbíd., p . 5 1 1. f) M L 2 1 4 , 7 5 9 .
7 I bí d. f p . 5 1 3 - 5 3 6 . 10 M L 2 1 5 , 3 2 6 .
8 M L 21^,551* 11 A r q i mi .l í I'Hi ;, o.c , p . 5 3 2 .
C.6. El poder temporal pontificio ^

Acerca de lo que significaban Inocencio III e Inocencio IV en


la teoría teocrática pontifical, debemos hacemos eco de unas opi­
niones más recientes, que corrigen la perspectiva en que habían si­
tuado a Inocencio IV algunos autores, como A. J. Carlyle y J. R i-
viére, a los que sigue Arquilliére. J. A. Watt, en recentísimo y do­
cumentado estudio 12, cree que se deben modificar las posiciones
sostenidas desde entonces entre los tratadistas de estos temas, del
siguiente modo:
Inocencio IV parece tener «mala prensa» entre los historiadores,
que le acusan de extremista, y, en especial, los dos citados 13. E l
primero dice: «La teoría canónica de la autoridad temporal ha sido
modificada profundamente por Inocencio IV». Y Riviére: «Como
canonista había interpretado en el sentido más avanzado los textos
del Corpus Iuris». Carlyle dice que «Inocencio IV ha creado de las
incidentales frases y sugerencias de Inocencio III un sistema de
hierocracia»; y Riviére: «los últimos extremistas podrán levantar so­
bre la labor de Inocencio IV el edificio del que él había colocado
las bases y dibujado el plan» 14.
Pacaut, M., por su parte, en L a autoridad pontificia bajo Inocen­
cio I V 15, dice que con él la hierocracia alcanzó su última cima, y
que él fue el creador efectivo de aquel extremismo, que Bonifacio V III
personificó. La Unam, Sanctam , repite en realidad las teorías de
Inocencio IV.
Frente a es*o, Watt cree, después de su reciente examen, que
todo eso es exageración. Inocencio III tiene ya todo lo de Inocen­
cio IV, y por eso constituye la pieza central de la teoría. No son
nada «incidental» sus textos Venerabilem, In Genes i. Per venerabilem,
Solite, Novit, Licet, Vergentis y Excommunicamus.
La bula Unam, Sanctam depende principalmente de San B e r­
nardo y de Hugo de San Víctor. Más contribuyó Inocencio III al
stock del pensamiento canónico, y él es más bien el verdadero ins­
pirador de la bula de Bonifacio VIII. Ni Carlyle ni Riviére cono­
cieron suficientemente la literatura canónica del siglo xm .
Además, aduce Watt ejemplos en los que Inocencio IV distin­
gue más los dos poderes que Inocencio III. Por lo que hace a su
actitud con Federico II, no hace sino repetir lo que ya habían d i­
cho Gregorio VII e Inocencio III.
Sí se puede admitir que en él es novedad el énfasis con eme
emplea la expresión Vicarius Christi, aun en cosas temporales Nada
cae fuera de la jurisdicción apostólica en cosas morales. Los dos
Inocencios añaden la especial unión entre el Papa y el emperad
V también urge Inocencio IV la idea de que el poder papal contí
míaúa «el ministerio pontifical eterno de Cristo», fuera del cual <<t r\ ~
leíM'mina en la gehenna». °
12 W a t t , J. A., T he theory o f papal monarchx m the th ir t e a it h c m h , ■
(Fordham 1964) p. 1 7 9 - 3 1 7 (New York). cn T i a d i t i v
13 K. W . y A . ), C a r l y l i t , A history o f medieval polilical thouí*ht in the \\ > t \
and L o nd on 1928); J. R ivií-re, L e probléme de l'É g lise et de V É ta t an V ni, \ . ^ b u i e h
ju vam 1026).
(Louvain 1020;. * hH i¡tp r
14 La s citas de C a r l y l e en p .324; las de R i v i é r e , 39 y 46.
l í; L e M oyen A g e 66 (1960) 8~ *9.
48 Introducción general

Tiene especial concepto de la realeza de Cristo, y el pueblo


cristiano sigue al de Israel, como pueblo de Dios. La sujeción que¡
había en aquel pueblo a sus sacerdotes sigue ahora en el cristiano^
Lo que no se puede concluir por las razones inferiores de la jurisf-
dicción humana pertenece a la Iglesia.
Fue Inocencio III el gran restaurador de la tradición, que re­
clamaba para la jurisprudencia eclesiástica el concepto unitario del
Cuerpo de Cristo, y le dio lugar regulado en los comentarios canó­
nicos.
Con Inocencio IV, la tradición canónica recibió su primera y
mayor exposición sistemática de lo que ha sido su primer presu­
puesto: la unidad de la sociedad cristiana, que es una porque existe
el papado como principio de unidad. El Papa, que es por antono­
masia juez; la Curia Romana, que es común para todas las naciones
del pueblo cristiano. Las aplicaciones prácticas de este principio
eran: el poder de castigar a los gobernantes, hasta su deposición,
y el ejercicio de la jurisdicción temporal para remediar a los defec­
tos de la justicia secular 16.
Watt afirma ver en la argumentación de Inocencio IV como dos
niveles o planos: el uno, que tiene más aplicación en las controver­
sias, poniendo énfasis en la unidad de la cristiandad bajo su supre­
mo monarca, el Vicario de Cristo; y el segundo, teniendo el debido
miramiento a la estructura política entonces vigente, reconocía la
validez de las jurisdicciones separadas. Ambos datos hay que te­
nerlos en cuenta para comprender la contribución canónica de este
Papa al pensamiento político medieval 17.

Bonifacio V III.—El choque del papado con el poder real fran­


cés, personificado en Felipe II el Hermoso, inaugura con la deca­
dencia del poder de Bonifacio VIII un período no sólo de oposi­
ción de hecho a ciertas pretensiones pontificias, sino también un
estudio mayor ae la personalidad y derechos del Estado como tal,
también entre los cristianos. A pesar de exageraciones y pretensio­
nes absurdas o exageradas, se afirma con todo un principio exacto,
en el sentido de la exclusiv a del poder temporal en sus asuntos pro­
pios, sin dependencia directa de la Iglesia en ellos.
Suponemos conocidos sus principales sucesos, especialmente en­
tre los dos personajes mencionados, que luego se reproduce en otra
forma entre Luis de Baviera y Juan XXII. Al complicarse decenios
más tarde todas estas cuestiones con el cisma de Occidente, tiene
buena ocasión de manifestarse con fuerza la doctrina regalista, fa­
vorecida en varios aspectos por la conciliarista y nacionalista. Y vie­
nen la «pragmática sanción de Bourges» (1438) y los movimientos
de tipo galicano.
En este período tan revuelto, tanto en lo ideológico como en los
acontecimientos exteriores políticos o religiosos, es cuando se van
fijando las posiciones teológico-jurídicas acerca del poder pontificio
J/j W a tt, o.c., 0 2 4 9 .
17 W att, íbíd., p . 2 5 0 .
C.6. El poder temporal pontificio 49

en las cosas temporales, y aplicándolas a las nuevas conquistas o


descubrimientos de españoles y portugueses.
Im portancia de las concepciones de Santo Tomás para plan­
tear y resolver el problema teocrático.—Recordemos por ello
primeramente la importancia de la feliz formulación por Santo T o ­
más de Aquino de una de las bases del derecho natural del Estado:
«El derecho divino, que proviene de la gracia, no destruye el derecho
humano, que proviene de la razón natural»18. En su explicación dis­
tingue los dos terrenos diversos, las dos zonas, espiritual y tempo­
ral, cuyas dos autoridades correspondientes provienen del mismo
Dios; pero, al mismo tiempo, dice Arquilliére, concede demasiado
a la mentalidad de su tiempo, buscando una excepción para el po­
der pontificio, en quien pueden darse los dos poderes, «según la
voluntad del que es a la vez sacerdote y rey» 19.
En España se ha ocupado largamente del tema, tomando pie de
las deducciones de Arquilliére, pero haciendo luego un estudio ex­
haustivo, el padre Venancio Diego Carro, O. P. 20, desmenuzando
el concepto de natural y sobrenatural en el santo Doctor, para lle­
gar a determinar cuáles son los derechos naturales de la persona
humana y de la sociedad. Así se explica luego mejor lo referente
a la esclavitud y se echan los cimientos del «derecho de gentes» 21.
Sin entrar en el detalle de la argumentación, debemos convenir
en que Santo Tom ás coloca los fundamentos de la doctrina, que tan
brillantemente defenderán y expondrán luego sus discípulos a lo
largo de aquellos siglos, y especialmente en el siglo x v i en España,
en la escuela de Vitoria y de Soto. L a sociabilidad humana, la li­
bertad en el pensar y en el creer, la necesidad y legitimidad de la
autoridad humana, aun de la ejercida por príncipes infieles, se in ­
fieren lógicamente en sus razonamientos. Recordemos con el padre
Carro que «tenemos claramente dibujada la actitud de Santo T o m á s
respecto de los dos órdenes jurídicos, el natural y el sobrenatural,
en los principios citados que él nos regala con diferentes m otivos:
Grafía non tollit naturam, sed perfiát (i q .i a.8 ad 2); per
fidem Iesu Christi non tollitur ordo iustitiae, sed magis firm atur (2.2
q.104 a.6); ius dixñnum, quod est ex gratia, non tollit ius humanum.
quod est ex naturali ratione (2.2 q .10 a. 10)» 2~.
Arquilliére encontraría tal vez algo agustinista el modo de ha­
blar de Santo Tomás acerca del poder pontificio, como en su cita
acerca de la obediencia a la autoridad civil en sus materias "meio *
a la eclesiástica, «a menos que los dos poderes estén reunidos^ en
una misma mano, como es el caso para el Papa, que ocupa la cum
bre de uno y otro poder, según la voluntad de aquel que es a la
vez sacerdote y rey» y que puede extenderse en Darte n nt,-L „
presiones suyas. Poro el es el que con más claridad y fundam ento
Tomás, 2 2 q . io a. 1 0; A r q w u . i k . r e . P . 5 S 5 .
18 S ^ n t o
,Q ARQi iLULKr;, íbíd.
20 ¡ a teología v los teólogos españoles ante la co?unii\n¡ \
^ C a r r o , «bid.. p . 1 7 3 vol.,. ' “ dt v M a d u d 10 4 4 ) 2 vols.
^ *bí d- 2 2 l o « *‘ -b - V — '1 10 a - i o ; en C arro, t 1 n , ni
A r q u u .u é r f , o . c . , p .58 6 ; In 1¡ ^ m ten tia ru m d .4 4 q 2 a ¿
50 Introducción general

establece la dualidad de poderes y la misión del poder pontificio


en todo esto. Todo lo referente a los infieles y a sus derechos y
deberes con respecto a los cristianos, se halla resuelto en lo esencial
en él. Y del mismo modo, lo referente a la cuestión de la guerra 24,
otro de los puntos básicos en las controversias de Indias, especial­
mente cuando se trataba de una guerra en defensa de la fe y para
proteger su propagación. Libertad para abrazar la fe, pero admi­
tiendo que puedan darse casos en los que se pueda defender con
las armas a los misioneros de injustas agresiones. El traducir estos
principios en la práctica era más complicado, y los juristas y misio­
neros se verán en aprietos para resolverlo.
El padre Carro sintetiza de este modo la doctrina de Santo T o­
más en esta parte: «La guerra es lícita en defensa de la nación, de
la justicia, de la paz y del bien común, amén de ser el medio último
y único de castigar al injusto agresor cuando los otros medios
fallan» 25.
Después de Santo Tomás. —Después del Doctor Angélico co­
mienza a tomar cuerpo la discusión entre los teólogos y los ca­
nonistas acerca del poder de la Iglesia, y del Romano Pontífice en
concreto, acerca de las cuestiones que iban a ser planteadas de modo
tan rotundo y explícito en las juntas doctrinales españolas con oca­
sión de su aplicación a las Indias descubiertas de fines del siglo xv.
El avance doctrinal de la escolástica, a pesar de no contar con
tan grandes genios como los del siglo xm , lo mismo que la situación
político-religiosa de los siglos xiv y xv en la Europa occidental, se
prestaron maravillosamente al florecimiento de diversas y encon­
tradas tendencias.
Tanto en lo referente a la actitud de los cristianos ante los in­
fieles en sus numerosos aspectos como especialmente en la cues­
tión de la potestad pontificia, hubo bastantes escritores orientados
a los extremismos en las dos direcciones, mientras que otros pro­
curaban mantenerse más en postura de equilibrio, como ocurre de
ordinario.
Fijémonos primero en la disputa enzarzada sobre la cuestión del
poder pontificio, no sólo en la Iglesia, de lo que no se disputa pre­
cisamente en esta ocasión, sino sobre los Estados civiles, y especial­
mente sobre los de los infieles.
Suponemos conocido el ambiente mencionado de luchas entre
diversos pontífices con reyes de Francia e Inglaterra y emperadores
de Alemania, unido todo ello a las especiales circunstancias que su­
pusieron para toda la Iglesia primero el «destierro» a Aviñón de
los papas y luego el cisma de Occidente, que proporcionaban in­
mejorable ocasión para ventilar toda clase de opiniones en favor o
en contra. Al calmarse los espíritus un poco después del concilio
de Constanza (14]4-1418), con la elección de un único papa, co­
mienza la intervención pontificia en forma diríamos sistemática, no
precisamente por iniciativa de los papas, corno lo ha demostrado De
2 4 C a r r o , o.c., p. 2 1 7 . 2 ' Ibíd., p. 226 .
C.6. El poder temporal pontificio

Witte 26, sino de Portugal primero, y luego de España, acerca de


concesiones extraordinarias a los dos países con respecto a sus con­
quistas y descubrimientos, y no sólo precisamente de índole espi­
ritual, sino también, y en grado enorme, de índole temporal. Y al
mismo tiempo que se ejercita de este modo este poder pontificio'
en cuestiones religioso-temporales, se acentúa también en Basilea
el conciliarismo y un ambiente de oposición al papado, que con­
trasta en tanto grado con la afirmación reiterada de su poder en la
práctica de parte de los papas contemporáneos.
Aquí es donde reside la dificultad. ¿Cómo podían unos papas
tan combatidos, no sólo en sus pretensiones temporales, sino tam ­
bién en las espirituales, creer en las teorías que exaltaban tanto su
potestad en los asuntos de orden humano, y para ser ejercitada d i­
rectamente? Y en caso contrario, ¿hay un término medio de vacila­
ción, o de dejarse llevar de una corriente ya iniciada y aun consa­
grada por una práctica, en algún sentido secular ?

Defensores del poder pontificio. Otros más m oderados.—


Los juristas y consejeros de Felipe el Hermoso de Francia, Pierre de
Dubois, Nogaret y Guillermo de Plaisians, profesan inviolablemente
la independencia del Estado con respecto de la Iglesia. Esta doctri­
na, que, contenida en sus justos límites y bien explicada, puede y debe
admitirse, se convirtió en sus escritos y en sus actos en una campa­
ña contra la Iglesia y el Papa sin reparar en medios. Con la muerte
de Bonifacio VIII al mes del asalto de Anagni (i i de octubre de 1 303),
y las posteriores exigencias del rey francés, con los preliminares de
lo que terminará en Aviñón, el concilio ecuménico de Vienne
( i3 i i- i 3 i3 ) y e l aumento del influjo francés en el pontificado, triun­
fó hasta cierto punto no despreciable la posición del rey, y, al plan­
tearse con Juan XXII el conflicto con el imperio de Luis de Bavie-
ra, se trasladó el punto de fricción a tierras más extensas, plantean­
do el asunto del poderío pontificio en relación con el imperio en
un plan revolucionario, al que no faltaron juristas audaces capaces
de darle atrevidas formulaciones, mientras que la actitud del Papa
no fue todo lo universal, pastoral y eclesiástica que hubiera hecho
falta. Entonces se sembraron algunas de las ideas que lue^o reco­
gieron Wicleff en Inglaterra, Huss en Bohemia, los conciliaristas
de muchas partes y, finalmente, los protestantes, extrayendo sus
últimas consecuencias.
Marsilio de Padua, Juan de Jandún y Guillermo de Occam so
los teorizantes del partido imperialista y antipontificio, con c a r ¿ n
ter por un lado democrático, pero sólo para sustituirlo lueeo r> ']
despotismo estatal de los soberanos. ^>or
Estas ideas no hallaron acogida en la península Ibérica
el peligro estuvo más bien en extremar el poder pontificio ' ^ ^ U1
do luego por los reyes en provecho propio y el de la T 1 ’■ 1 I2a
sentido vulgar de ía palabra. Y algo parecido t a m b i é n I t ^ ^
26 Recuérdese lo dicho al final del capítulo sobre Portugal.
52 Introducción general

aunque aquí hubiera representantes de las dos tendencias, como se


habían dado siempre güelfos y gibelinos.
Entre los defensores del poder pontificio en sentido extremoso
se suele citar como una especie de portaestandarte a Enrique de
Susa, cardenal de Ostia, llamado por lo mismo el Ostiense (f 1271),
contemporáneo de Santo Tomás 27.
El padre Carro cita entre los representantes de esta teoría a in­
dividuos de diversos institutos religiosos o del clero secular. «Los
agustinos nos dan a Egidio Romano (f 1316), a Santiago de Viter-
bo (t 1308), Agustín Trionfo (f 1323) o de Ancona, y Alejandro
de San Elpidio. Los franciscanos, a pesar de sus diferencias con
Juan X X II y de contar entre ellos a Guillermo de Occam, pueden
presentar al español Alvaro Pelayo, que se forma en Bolonia. Los
seculares cuentan con Enrique de Cremona (f 1312) y con Gui­
llermo Durando el Joven (t 1328), sin ser los únicos». Entre los
dominicos, Tolomeo de Lucca (f 1327), continuador, al parecer,
aunque poco afortunado, de la obra de Santo Tomás De Regno ad
Regem Cypri, más conocida por el título de De regimine principum;
Juan de Nápoles (t 1330), y San Antonino de Florencia (f 1459) 28.
Entre los dominicos no italianos prevalece la tendencia contra­
ria, como en Juan de París, Durando y Pedro de la Pallu, o Paludano.
Sin entrar en la explicación de su ideología, ya estudiada por
otros autores, resaltaremos sólo algún que otro elemento, que sirve
para entender luego su aplicación a las Indias.
Todos están más o menos imbuidos de la ideología que ahora
llamamos teocrática por antonomasia, manifestada bajo el simbo­
lismo de las dos espadas. Suponen, como Santiago de Viterbo, que
la potestad civil se hace perfecta y depende de la espiritual en su
institución; y que el Papa, aun por derecho humano, por ej., la
Donación de Constantino, tiene un primado sobre toda la Iglesia,
aunque no fuera necesaria esa concesión. La potestad espiritual del
Papa es a modo de causa de la civil y secular. Esta última fórmula
la hacen suya otros, como Agustín Trionfo.
Alvaro Pelayo abunda en parecidos conceptos. La jurisdicción
del Papa es universal en todo el mundo en lo espiritual y temporal,
aunque ésta la ejerce por medio del emperador, reyes y príncipes 2^.
También extiende su poder a los infieles. Con él coinciden Rodrigo
Sánchez de Arévalo f+ 1470), formado en Italia, y otros españoles.
Junto a estos autores hay otros de tendencia contraria, más pró­
ximos a la verdad, procedentes también de varias órdenes religiosas
o del clero, pero dependientes de Santo Tomás. Juan de París
(t 1306) es de los que ya plantean rectamente el problema. Admite
los dos poderes, con cierta diferenciación y autonomía, y aunque
la potestad eclesiástica sea superior por su fin, no quiere eso decir
que la una derive de la otra, sino que las dos vienen de Dios y cada
una en su esfera es superior. Se admite también lo que se llama
potestad indirecta 30. Niega que Cristo en cuanto hombre fuera rey
27 Detalles en C a r p o , t.r p.276 nota. 29 Ibid., p .20 f ~2Q2.
28 Ibíd., p .276-277. 30 íbíd., p .297'302.
53
C.7. Dos interpretaciones de las bulas alejandrinas

temporal ni que transmitiera toda su potestad a San Pedro. En con­


junto, sus teorías representan un fuerte a v a n c e sobre su tiempo.
Juan de Torquemada, O. P., fue lumbrera intelectual del si­
glo xv (1388-1468). Después de explicar la potestad espiritual del
Papa, la sitúa en otro orden o plano que la temporal, y no admite la
teoría causal de la potestad espiritual sobre la temporal, aunque le
concede alguna intervención cuando el bien espiritual lo e x ig e 31.
Luego rechaza las exageraciones de los pontifical istas en lo temporal.
Por lo que hace a la trayectoria en los demás asuntos de Indias,
que constituirán la gran controversia del siglo xvi: el derecho de
propiedad de los infieles, las conversiones forzadas o por lo menos
la evangelización forzada, la esclavitud y el derecho de guerra, los
autores se dividen también entre los que admiten los principios
tomistas, que, distinguiendo los dos órdenes, dan normas para su
aplicación, y los que, siguiendo más bien a Escoto, admiten que el
derecho natural queda como anulado ante el divino o teocrático,
en ciertas ocasiones (bautismo forzado a veces de hijos de infieles,
por ejemplo).
Todo este flujo y reflujo de ideas precisamente durante los m is­
mos siglos en los que tienen lugar las grandes aplicaciones de estos
principios en los casos portugués y español, parecen recobrar una
vigencia especial y hablar de modo especialmente elocuente a los
que se acercan a estudiar la actitud papal ante las peticiones luso-
españolas sobre sus pretensiones en Africa primero y luego en otras
partes del mundo. Porque, además de los casos que presentaban los
musulmanes y judíos de las regiones reconquistadas en la península,
había que tener ya presente el caso de las conversiones en las islas
Canarias, evangelizadas ya parcialmente en el siglo xiv, v especial­
mente toda la costa norteafricana hasta Guinea y Congo durante
el siglo xv.

C A P IT U L O VII

Dos modernas interpretaciones de las bulas alejandrinas: las de


don Manuel Giménez Fernández y don Alfonso García G allo
Entre las interpretaciones relativamente recientes de las bulas
alejandrinas relacionadas con América en 1493 destacan las de M a
nuel Giménez Fernández *, hace ya más de veinte años, y la del
fesor de la Universidad de Madrid, Alfonso García Gallo 2 P^°~
En ellas pueden verse los principales intentos realizados d
investigadores acerca de este tema. Exposición v citas mác
en Garda Gallo. ' “ culda<*°sas

31 Ibíd., P.3TQ-328.

1 N u e va s consideraciones sobre la historia, sentido y v a lo r de las bul-i* i •


referentes a las Indias (Sevilla 1 Q 4 3 ) y en otros trabajos de réplica. al€J a n d r i n a s d e ¿49 3
2 L.as bulas de A lejandro V I y el ordenamiertto ju rídico de la exr>nn ' *
llana en A fr ic a e Indias: Anuario de Historia de1 D erecho español Vn l ° ^ P ° r t uguesa y c a s t e -
5 8 ) P.461-82Q ’ l -2?-2 8 ( M a d r i d
54 Introducción general

Giménez Fernández, como en otros trabajos suyos, aporta nue­


vos documentos o los relaciona entre sí, y por eso su consulta es
necesaria para poder conocer todo el tema. Además, presenta con­
clusiones revolucionarias sobre su interpretación y la actitud de
ciertos personajes. No es extraño que haya sido rudamente comba­
tido, especialmente en algunos puntos concretos García Gallo
nota con discreción, mesura y objetividad los puntos ílojos o falsos
de su sistema y reconstrucción. El apasionamiento no tratado de
disimular por el propio Giménez le dificulta para entender diversos
casos complejos y presentar objetivamente los resultados de la inves­
tigación. Su aversión manifiesta e intensísima a muchos de los per­
sonajes o simpatía hacia otros hace muy difícil la equilibrada ponde­
ración de los juicios. Por otra parte, atribuye enorme importancia
a detalles que no la tienen, o no, por lo menos, en grado notable; deta­
lles con los que quiere cambiar el enjuiciamiento de importantes
asuntos. Todo su empeño en negar finalidad misional al primer
viaje colombino es absolutamente incomprensible. Le costará aportar
en toda la Edad Media un solo hecho de descubrimiento o conquista
de países no cristianos donde no aparezca claramente de un modo
u otro este empeño, sin excluir los demás políticos o económicos
que siempre les acompañan. Sería el colmo de lo imaginable encon­
trarnos con los Reyes Católicos, que tanto en Canarias como en
Granada y en sus empresas norteafricanas siempre hablan de sus
deseos de plantar o extender la fe en esos territorios, y se olvidaran
de eso precisamente en el momento más importante, cuando tienen
perfectamente presentes las finalidades y actuaciones de los portu­
gueses a todo lo largo de Africa para imitarles en lo posible si el
viaje tiene éxito.
Por otra parte, los testimonios del Diario de Colón, los de la
consecución inmediata de las bulas y de la preparación de la segunda
expedición lo están proclamando sin cesar. No es extraño, pues, que
su teoría en ese punto haya suscitado no sólo la unánime repulsa de
todos los misionólogos, sino aun de los investigadores ponderados
y modelos de sensatez, como García Gallo.
La invencible aversión que tiene Giménez al Rey Católico y a
sus principales colaboradores le hace ver con malos ojos cualquier
gesto de agradecimiento que pueda tener Fernando con ellos, y que,
en aquellos tiempos, tenía por costumbre, mejor o peor, otras mani­
festaciones que en nuestros días, aunque en el fondo haya bastantes
coincidencias. Fernando apenas puede tener un acto moral bueno,
o poco menos. En medio de sus innegables defectos y pecados, que
no tratamos de excusar, no hay por qué no admitir que quisiera
sinceramente el aumento de la fe cristiana y su dilatación por todo
el mundo. La psicología humana, especialmente en los que mandan,
presenta innumerables ejemplos de casos más complicados y, sin
embargo, reales: gobernantes pecadores, o prevaricadores a veces,
y sinceros defensores o sostenedores de la Iglesia. No hay motivo
3 Recordemos las sensatas refutaciones de C. Dayle, Zun/.unegui, Vicente Sierra y las
q'jc citamos aquí de G arcía (Jallo.
C.7. Dos interpretaciones de las bulas alejandrinas 55

suficiente para hacer creer que el rey aragonés fuera un verdadero


monstruo de maldad, como lo sería de aceptar todas las frases que le
dedica en sus diversos libros el historiador sevillano.
Repetimos, sin embargo, que el señor Gim énez Fernández es
modelo de laboriosidad, de trabajo en la investigación, y que sus
escritos se van convirtiendo en minas de datos, de documentos bien
aprovechados generalmente y de reconstrucciones positivas con d i­
versos aciertos, que habrá que tener presentes para escribir acerca
de estos temas. Cuando no tiene delante ni amigos ni enemigos que
enjuiciar es cuando aparece verdaderamente en todo su mérito, que
no dudamos en proclamar relevante.
García Gallo ha notado bien los diferentes errores que se le han
escapado acerca de la fecha de las bulas alejandrinas y de algunos
detalles de personajes romanos o españoles que intervienen en ellas.
Por lo que hace a su empeño en suponer que la bula primera
Inter caetera, fechada el 3 de mayo de 149 3, quedó anulada por la
segunda Inter caetera, del 4, es extraño que un canonista no haya
observado la cantidad de expresiones que en esas ocasiones suelen
emplearse para que no quepa duda del intento del siguiente docu­
mento. Además, que G . Gallo hace notar m uy bien cómo aparecen
en otras bulas, como en la Dudum siquidem, del 26 de septiembre
del mismo año (no del 25, como dice Giménez), expresiones tomadas
de la primera y que no están en la segunda, ejemplo de su validez
actual. Las razones de su no empleo en la cancillería castellana tienen
otra explicación nada difícil. A l encontrar en la segunda bula lo
fundamental de las concesiones de la primera, con la añadidura de la
delimitación del océano, es natural que el interés de la primera
disminuyera y a los reyes les interesara presentar la segunda y sola
ella, pues la multiplicación de documentos sobre el mismo asunto
y del mismo tiempo suele ser causa de complicación y malas inteli­
gencias cuando se dirigen a multitudes, y es más sencillo y útil
esgrimir uno solo, muy claro.
Del mismo modo llama la atención el empeño del profesor de
Derecho Canónico de Sevilla en atribuir las bulas prácticamente
sólo al interés económico, familiar y político que tenía Alejandro V I
en estar bien con Fernando el Católico. Una de las conclusiones
más claras del documentadísimo estudio del P. Charles-M artial de
W itte, O. S. B., Les bulles pontificales et Vexpansión portugaise au
X V e siécle 4 es que las bulas de los papas (69 documentos en total)
que ha examinado para la expansión portuguesa, han sido desintere­
sadas. «En realidad ni uno solo de los 69 documentos que hemos
estudiado ha sido redactado por iniciativa de los Soberanos Pontífices,
aun allí donde figura la cláusula <*motu proprio*. Siempre ha habido
intervención prealable; lo más frecuentemente, una súplica de los
reyes de Portugal o de sus príncipes. Añadamos que las intenciones
de los Papas parecen haber sido desinteresadas. N o aparece que

4 C u a ri.e s-VkRTiAi. DE W i t t e , O . S. B .. Les f a lt o pontificales et Vexpansión portugaise


<m X V * sur le: Revue cTHistoire luxlesiastiquc (.Louvain iqs3-iq<;$), que hemos citado
mucho en los capítulos anterv es.
56 Introducción general

hayan sido influenciadas por contingencias, que haya habido jamás


una especie de mercado: donnant-donnant, dando-dando (dando para
recibir). Sucedió alguna vez, al contrario, que se hizo una concesión
en el momento en que el Papa estaba en conflicto con el rey de Por­
tugal (1486) 5. Una sola vez hemos debido hacer notar lo que podía
ser considerado como un abuso. Fue en 1486 cuando Inocencio VIII
exigió que la tercera parte del producto de la cruzada le fuera
remitida para pagar las deudas provocadas por la intervención del
Estado de la Iglesia en las guerras de la península italiana»6. La
frase exacta del Papa en esa ocasión era: «para los gastos de la cruzada
y para la defensa de los derechos de la Santa Sede»7.
Ahora bien, si en vez de Alejandro VI hubiera continuado el
pontificado de Inocencio VIII o de cualquiera de sus antecesores
inmediatos, ¿hubiera cambiado la actitud de la Santa Sede ante la
petición de los Reyes Católicos después del descubrimiento de Co­
lón? ¿No era una conducta uniforme manifestada docenas de veces
en el caso portugués y varias veces en el español? ¿No acababa de
dar Inocencio VIII bulas bien favorables en lo referente a Granada
y Canarias ? Y procedía desinteresadamente, como lo comprueba De
Witte, que por la extrañeza, al menos inicial, que le produce esta
comprobación, parece que esperaba otra actitud más interesada de
parte de la Santa Sede. ¿Y no concedieron grandísimos favores los
pontífices sucesores de Alejandro VI, como Julio II, León X, Adria­
no VI, en lo referente a los descubrimientos?
Ante estas comprobaciones pierden su eficacia las declamaciones
de Giménez Fernández sobre las simonías que pretende ver en las
concesiones de las bulas alejandrinas. De Witte comprueba también
en el mismo lugar que «si las intervenciones de la Sede Apostólica
en esta materia no fueron nunca espontáneas, no fueron tampoco
ciegas. Obedecían en realidad a tres principios, cuyo origen es bien
anterior al siglo xv. Helos aquí, colocados en el orden de su importan­
cia práctica, es decir, de los acontecimientos que los hacían entrar
en juego, orden bastante exactamente inverso del que les atribuiría­
mos hoy en un mundo profundamente cambiado: la dirección de la
lucha contra el islam belicoso; la autoridad del Papa sobre los miem­
bros de la República Cristiana; por fin, el cuidado de la expansión
de la Iglesia y la misión de predicar el Evangelio» 8.
Si pasamos ahora al profesor García Gallo, hay que destacar el
extraordinario valor de su exposición, clara, ordenada, detallista,
rica en datos y citas, teniendo delante las mejores exposiciones sobre
el particular. Va examinando, hecho por hecho y proposición por
proposición, las posturas más sobresalientes, como la de Leturia, a
quien dedica el larguísimo estudio, como al gran maestro que es
de todos, y Giménez Fernández, y de Vander Linden, Staedler y
Hóffner, entre los extranjeros, por no citar .sino a los más destacados.
No adelanta afirmaciones sin pruebas, prefiere confesar su ignorancia

5 E n 1486, j d e fiebre i o, Inocencio V III había escrito una caria dura Juan II tic Poilu-
gal sobre el placel regio portugués de Ja época. ( X ibíd., vol.53 (1958) 4i-
6 Ibíd., p . 4 5 6 . 7 Ibíd., p . 4 2 . 8 Ibíd., p . 4 5 6 4 5 7
C.7. Dos interpretaciones de las bulas alejandrinas 57

o la carencia de datos que experimentamos en tantas ocasiones, a


adelantar opiniones menos fundadas, o mejor, no fundadas en do­
cumentos daros e irrebatibles. Hasta se nos ofrece que carga dem a­
siado el énfasis en calificar de meras conjeturas algunas que son algo
más que meras conjeturas, pues tienen detrás una o varias pruebas
documentales, aunque no tan definitivas que resuelvan el caso, por
decirlo así, sin apelación. Nos da un admirable ejemplo de trabajo
científico, que afortunadamente es imitado por sus discípulos, y que
creemos influirá beneficiosamente en el campo de la investigación
española.
Plantea primero los problemas principales ofrecidos por las bulas
en su aspecto general y en multitud de detalles. Examina una amplia
bibliografía, señalando sus méritos y sus deficiencias, comprobadas.
Estudia las bulas principales portuguesas, y las españolas en cuestión,
con los datos que conocemos sobre los personajes que intervienen,
la discusión de las fechas reales en que se dieron y los motivos que
hubo para ellos, las variantes principales que ofrecen al tocar los
mismos problemas o concesiones.
Puestos estos prenotandos, permítansenos algunas observaciones.
«Las bulas no se ocupan para nada de América» c>. Nos parece exage­
rado. No se va a pretender el nombre, ni siquiera si formaba o no
un continente aparte. Pero no es ése el caso. Hablan de islas y tierra
firme en varias ocasiones, r.on datos elementales proporcionados por
Colón. Colón creía que Cuba era tierra firme. Para las bulas se
trata de tierras nuevas, grandes, pues así se suponían las tierras
firmes, y ya se sabía lo que Africa se estiraba hasta el Cabo de Buena
Esperanza, descubierto pocos años antes. Todo eso es América y a
eso se refieren las bulas, sin aludir para nada a si forman parte o no
de Asia.
Debemos hacer notar un fallo de este estupendo estudio al hablar
sobre las bulas portuguesas, y es el ignorar el trabajo, antes citado
y aprovechado por nosotros, de Charles-Martial de Witte Les bulles
pontificales et Vexpansión portugaise, que le hubiera hecho corregir
algunas de sus afirmaciones y matizar otras. No quiero insistir en
este punto, pero se puede subrayar la idea, por ejemplo, de la enorme
importancia de la empresa marroquí en el plan portugués a todo lo
largo del siglo xv y ciertos puntos de la competencia hispano-lusitana
o lusitano-castellana sobre Canarias y la costa africana, la paz de
Alcá(jobas, Colón... No quiere esto decir que aprobemos todos los
puntos de vista de De Witte al juzgar estos acontecimientos pero
sí que hay que tenerle presente en adelante al estudiarlos. '
Tampoco creemos que será pura hipótesis el porqué de la «lirU
de Colón de Canarias hacia América. El mismo García Gallo indica
algunas de sus razones.
En la página 515 hay un punto de interés acerca de la ;*
de Herrera de que algunos sostenían no ser necesario •r 1 p n
para la posesión legítima de las Indias. G . Gallo cree que es una s u ^
9 O.c., p.478 .
58 lntradiación general

sición o, mejor dicho, se inclina más a creerla tal, a pesar de la con­


firmación por él mismo aportada de Fernández de Oviedo (1. i e.8),
apoyándose en el silencio de Zurita.
Podemos añadir las instrucciones del mismo Fernando V a su
embajador en Roma, Jerónimo de V’ich, en 1510, donde el rey des­
arrolla esta misma idea y que citamos por extenso en el capítulo
siguiente. Resaltamos estas frases: «porque así como algunos quieren
decir (subrayamos nosotros) que para mayor justificación de la dicha
guerra conve mía que Su Santidad, por su bula apostólica, declarase
guerra contra todos los infieles, y nos diese la conquista de todo lo que
Nos adquiriésemos de las tierras de los infieles, porque dicen que de
derecho no es permitido a los príncipes cristianos facer guerra en todas
las tierras de todos los infieles, salvo en el reino de Jerusalén, sino en caso
que los dichos infieles fagan la guerra a los cristianos o que la guerra
sea declarada contra ellos por el Sumo Pontífice, y porque en cosa
tan santa y tan necesaria, como es la dicha empresa contra infieles,
no querríamos que faltase alguna de las que más la pueden justificar,
ni que en ello quedase ningún escrúpulo para el presente ni para
adelante, querríamos que, desde luego, procurásedes de ganar de
nuestro muy Santo Padre una bula en que generalmente declarase la
dicha guerra contra los infieles, y diese a Nos, para Nos y nuestros
sucesores reyes de Aragón, todo lo que con ayuda de Dios Nuestro
Señor conquistásemos de las tierras de los infieles» 10.
Ahí aparece claramente indicada la opinión del rey acerca de
que algunos sostenían no ser necesario, pero sí conveniente, que el
Papa diera la conquista de infieles a príncipes cristianos. Don Duarte,
rey de Portugal, hermano de Enrique el Navegante, opinaba algo
parecido, cuando en Bolonia, en agosto de 1436, pide al Papa por sus
enviados que ie conceda la conquista de las tierras que arrebatará a los
infieles, porque así se animará más a la empresa. Y añade: «Quamvis
enim infidelium loca propria auctoritate plerique debellare et occupare
nit-jntur, nihilominus, quia Domini est térra et plenitudo eius, qui
et Sanctitati Vestrae plenariam orbis totius potestatem reliquit, quae
de auctoritate et permissu Sanctitatis Vestrae possidebuntur, de
speciali licentia et permissione Dei possideri videbuntur». («Aunque
muchos se empeñan en expugnar y conquistar los países de infieles;
sin embargo, porque del Señor es la tierra y su plenitud, que dejó
a Vuestra Santidad el poder pleno de todo el orbe, parecerá que lo
que se posee con autoridad y licencia de Vuestra Santidad se posee
con especial licencia y permiso de Dios omnipotente» 1].)
Ahí se habla también de dos maneras de pensar y de actuar, y la
autoridad papal es para tener especial autoridad y permiso de Dios,
pero no en rigor para una legítima posesión que podría obtenerse
por otros títulos.
García Gallo rebate bien los maquiavelismos que pretende ver
Giménez Fernández en las antedatacioncs de fechas, cuando se
10 S a f k a b l o A g i j a r e j . e s , E u g e n i o , IJn a correspondencia diplo mática interesante: Lüs
ca r ia s de F ernan do el C atólico a Jerónimo de Vich, en V Congreso de Historia de la Corona de
A r a g ó n p. í 8 8 - 1 8 9 .
n D e W j t t e , I.c., p . 7 1 7 del vol . 48 ( r g s O-
C .l. Dos interpretaciones de las bulas alejandrinas 59

indica al margen la fecha real en el original que se enviaba al desti-


rsitario.
Prescindiendo de la negociación con los portugueses de parte de
los Reyes Católicos, G . Gallo comprueba tanto la inexistencia abso­
luta del mínimo rastro acerca de los temores de excomunión experi­
mentados por los reyes, por haber enviado a Colón hacia el oeste, fa l­
tando al tratado de Alcá^obas, como de los deseos de librarse de ella
mediante las nuevas concesiones pontificias. Son puras suposiciones,
aunque el profesor madrileño no se atreva, por deferencia, a calificar­
las así.
Por lo demás, ¿qué inconveniente ni histórico ni psicológico hay
en que Alejandro V I deseara sinceramente la conversión de los
indios? Por lo visto el Sr. Giménez Fernández conoce poco de las
complicaciones demasiado frecuentes del corazón humano en estos
asuntos, en los que no brilla mucho algunas veces la lógica de la
conducta correspondiente a la del pensamiento.
Del mismo modo que no aparece por ningún lado el temor a una
hipotética excomunión de parte de ios Reyes Católicos, tampoco
aparece la anulación de una bula por la sucesiva en estas cinco
de 1493. Es extraño que se pueda sentar una afirmación semejante
cuando en esos casos los documentos multiplican su terminología
jurídica para que no quede ningún resquicio a posibles olvidos o malas
inteligencias, y en este caso todo eso brilla por su completa ausencia.
Admitimos, por supuesto, la refutación de las hipótesis de
Staedler y de su secuaz Hóffner acerca de una activa correspondencia
de borradores y proyectos entre Barcelona y Roma en la tramita­
ción de las bulas, lo mismo que la de suponer que se trataba de un
feudo pontificio en la concesión de las Indias. Como también las
explicaciones poco satisfactorias de algunos acerca de la actitud
de los portugueses en Roma durante esta tramitación.
Pasando a otros puntos de interés, G . Gallo hace ver bien el p en ­
samiento misional de los Reyes Católicos en la empresa americana,
y eso desde el principio, contra la argumentación tan tenaz del cate­
drático sevillano en este punto, que suscita verdadero pasmo en el
lector advertido. Esos mismos Reyes Católicos hablan claramente
de su deseo de evangelizar a los indígenas, en la concesión de la
conquista de Gran Canaria en 1478 a Fr. Juan de Frías, Juan Ber-
múdez y Juan Rejón 12, dato que se recoge en la bula de Inocen­
cio V III, que concede el patronato de las Canarias.
Lo de América se planeó con la misma mentalidad y con los
mismos fines religiosos, económicos y políticos. Es singularmente va­
lioso, contra el argumento aducido por Giménez Fernández del si­
lencio de las capitulaciones de Colón con los Reyes sobre este punto,
el hecho de que el mismo día de esa capitulación de Santa Fe, el
mismo secretario real que la copia y firma, copia al lado de ella, en
el mismo libro registro, una carta de los Reyes Católicos a los
reyes y príncipes cristianos y a lodos los señores..., en donde afirman
12 García Gai • >.*. p .(>/*2 b.o. citando a Fernández de Navarrete, 1 a . 4 p.5^7.
60 Introducción general

que envían a Colón con tres carabelas «pro aliquibus causis et ne-
gotiis, servitium Dei ac tidei orthodoxae augmentum» (por diversas
causas y negocios, el servicio de Dios y el aumento de la fe ortodoxa).
E s precisamente lo que todo el mundo entendía por lo que ahora
llamamos misión, evangelización o ayuda a ellas.
Los Papas intervienen en estas concesiones a los Reyes Católicos,
siempre a petición de éstos, como en el caso de los reyes portugueses,
comprobado por De W itte, y al mismo tiempo consta por documen­
tos tanto portugueses como españoles que esa intervención no se
consideraba necesaria. Esa actuación pontificia aparece en las bulas
como espontánea, motu proprio, término que sirve a Giménez F e r­
nández para algunas suposiciones infundadas, pues es bien extraño
que un canonista tropiece en ellas. Nadie admite que signifique no
haber precedido petición alguna o solicitud del que obtiene la bula.
Se opone a rescripto, que contesta a una cuestión cualquiera. Tenían
de suyo menor autoridad y empleo que las bulas, pero poco a poco
entró la expresión también en las bulas para significar que se hacía
sin consulta de cardenales, y en algunos casos realmente sin petición
del beneficiario, aunque no siempre, ni mucho menos. Ahora es una
cosa más determinada 13. G . Gallo explica cómo «nace, en virtud
de una libre decisión papal, que puede y suele ser provocada, pero
que técnicamente no constituye una respuesta o resolución a lo que
se pide»> 14.
N o es necesario detenernos en la debilidad fundamental de la
obra de W'eckmann: L a s bulas alejandrinas de 1 4 9 3 y la teoría política
del papado medieval. Estudio de la supremacía papal sobre islas,
1 0 9 1 -1 4 9 3 (Méjico 1949). Hace años que leimos esta obra, que nos
decepcionó, aunque contiene algunos elementos sueltos aprove­
chables.
Contentémonos con añadir que G . Gallo pone bien de relieve el
cambio iel espíritu de cruzada, antes imperante, con sus secuelas
de esclavitud, ocupación de tierras, etc., al de misión y evangelización,
que cada vez va desligándose más de los apoyos políticos humanos,
especialmente en muchas misiones.
Se estudia bien lo referente al señorío sobre los infieles, tema
que nos ha salido ya más de una vez, pero que, en el caso portugués,
convendría en algunos momentos explicar y matizar mejor, según
el camino señalado por De W itte. G . Gallo estudia también con
imparcialidad las variantes de las bulas, su sentido claro en el modo
de hablar y de escribir de la cancillería romana de su tiempo, el
elemento espiritual que las informa, y, finalmente, la demarcación
de los señoríos sobre los infieles, sea en Africa, sea en el Océano,
que era «res communis» y no precisamente «nullius», y los resulta­
dos de Tordesillas.
Finalmente, una completa sección documental para tener a
mano los documentos más significativos de este período en el asunto
que nos ocupa.
J 5 D u C a n g e , Glossarium M e d i a ? el ínfima? L a l i n i f a t i s v o l . 5 p.5.33; Dictionnairc Cano-
nique v o l . 6 (París i 957) col.957, por R. Naz. 14 O .c., p.655.
C.7. Dos interpretaciones de las bulas alejandrinas
Una palabra, para terminar, acerca de la teoría de G. Gallo,
expuesta en breves frases, pero no desarrollada. Dice que nadie ha
supuesto hasta ahora como posible que «las tres bulas hayan sido
concedidas, solicitadas y otorgadas simultáneamente, aunque luego
su tramitación haya seguido un curso distinto, y su expedición no
haya sido simultánea, sino sucesiva. Por consiguiente, que estas
bulas no se enmiendan, corrigen o amplían, sino que las tres, den­
tro de una concepción única, se completan entre sí, cumpliendo
cada una una función propia» (l.c., p-563'4)*
Al no ver desarrollada la teoría ni expuestas sus posibles prue­
bas, no podemos dar un juicio completo sobre ella. Con todo, nos
adelantamos a indicar que no nos parece probable. Todos los ele­
mentos traídos hasta ahora de los dispersos documentos que nos
informan sobre la génesis y concesión de las bulas, parecen indicar
pasos sucesivos, regidos por nuevas circunstancias históricas dentro
del plan general, que es único, y que de este modo se camina hasta
la bula final Dudum siquidem, de 26 de septiembre de 1493. De todos
modos, si el señor García Gallo se anima a desarrollar su teoría,
estamos seguros que encontraremos en ella muchos elementos apro­
vechables y una mayor luz sobre todo este problema, a pesar de
que se nos hace muy difícil hacer admitir la teoría de la concesión
simultánea.
Lamentamos no poder aprobar en este punto algunas de las
ideas expuestas por Luciano Pereña 15 acerca de la total vaciedad
de las fórmulas medievales, hechas revivir por las bulas de A le ­
jandro VI, y la manera de hablar de los personajes que intervienen
en ellas. De Femando dice que «utilizaba pragmáticamente la fuerza
de las ideas dominantes en gran parte de la mentalidad europea
para cimentar su ansiado monopolio económico y político de las
tierras descubiertas». Y cita a Giménez Fernández. Después de
lo expuesto arriba se comprenderá mejor la limitación que se impone
a esas afirmaciones. Acerca de Alejandro VI dice: «Tampoco A le ­
jandro VI, al conceder la bula, se ocupó para fundamentarla de
consultar las doctrinas del Ostiense y de San Antonino de F lo ­
rencia, los dos grandes teorizantes del imperialismo cristiano* v
tuvo muy en cuenta lo que podía obtener del monarca español* en
Italia para su seguridad política». Y vuelve a citar a G im é n ^
Fernández ntZ
Y volvemos a preguntar: ¿y el desinterés demostrado a los reves
ue Portugal en tantas bulas por la Santa Sede?, ¿y el desinte
demostrado a los mismos Reyes Católicos en Canarias ? Sería m ^
no utilizar el «universalismo cristiano medieval» y otras exnr '
semejantes fuera del significado real y el alcance que tenían
lo demás, los redactores de las bulas de 140^, confuí ’ ,
Ostiense, tenían muy presentes las bulas portuguesas n 0 no al
>-\En su artículo Crisis del Colonia lismo y la Escuela de F r a n - i ' a
Francisco de Vitoria X l l l ( ig ()0 -ig 6 i) p. 1 5 - 1 6 , co v ito n a : A n u ario
Am bas citas en la p .2 19 de la obra de Giménez F e . nánd ez
62 Introducción general

C A P I T U L O VIII
Preferencia de los Reyes Católicos por el título de donación
pontificia de las Indias
Obtenidas las bulas, los reyes arman con ellas a Colón, para
hacer ver que nadie puede ir allá sin su licencia, y mandan a Fon-
seca que publique esto por Andalucía, al mismo tiempo que en las
negociaciones entabladas con los portugueses exigían que don Juan II
se atuviera también a lo mismo, prometiendo cumplir ellos por su
parte con fidelidad lo acordado en Alcá^obas.
Ya al poco tiempo de recibir las bulas y tomado el almirante a
Sevilla para preparar su segundo viaje (junio de 1493), al llegar los
embajadores portugueses a Barcelona para tratar sobre el descu­
brimiento, «los reyes les daban su disculpa y razón, cómo a Castilla
y no a Portugal el descubrimiento y cuidado de la conversión de
aquestas gentes, mayormente después de la concesión apostólica,
pertenecían L
El 4 de agosto habían escrito a Colón: «Va la bula que a nuestra
petición ha venido de Roma» 2.
Durante el mismo mes de agosto, segunda mitad, mientras
daban prisa a Colón para que comenzara su segundo descubri­
miento, los Reyes alegaban ante los portugueses no sólo la realidad
de su ocupación actual con el fuerte de la Navidad en la isla Es­
pañola, sino las bulas de concesión de Alejandro VI 3.
Avenidos los portugueses a un arreglo, tanto más cuanto que
don Fernando había obtenido la restitución del Rosellón y la Cer-
daña aquel mismo año en sus negociaciones con Francia, se fueron
concretando los puntos, y se llegó a un arreglo, que en lo sustancial
respetaba el plan de Colón de las 100 leguas que aparece en la bula
de Alejandro VI, aunque corre hacia el oeste el meridiano de
división a 370 leguas de las Azores, con beneficio para Portugal
por la disposición geográfica del Brasil, aún desconocido, y, más
aún, por la dirección de las dos grandes cuencas del Amazonas y
del Paraná, que son las que determinaron más que otros factores
el posterior avance portugués hacia el oeste más allá de esta línea
de demarcación.
La mentalidad de Fernando el Católico.—Acerca de lo que
pensaba el Rey Católico sobre los títulos de posesión de tierras de
infieles, es de particular importancia la declaración que hizo en 1510
a su embajador en Roma, don Jerónimo de Vich: «Como quiera que
Dios nuestro Señor es testigo que no nos habernos puesto en la
guerra contra los infieles enemigos de nuestra fe con ningún linaje
ni pensamiento de codicia, sino solamente por la natural inclinación
que tenemos a la dicha guerra por lo de Dios nuestro Señor, y por
J L a s C a s a s , ed. preparada por Pérez de T udela, vol.i p.242.
2 B a l l e s t e r o s , (Udón vol.2 p./.SQ-
3 P a s t e l e s P. en el prólogo a la obra de L e v i l l i e r Organización de la iglesia y OnleTU’S
religiosas en el virreinato del Perú en el siglo X V I (M ad rid i y i g ) p . X X V I X X V I I .
63
C.8. El título de donación pontificia de las Indias

el bien y acrecentamiento de la cristiandad y aún no sabemos l o


que Dios nuestro Señor querrá que podamos facer en la dicha guerra,
pero así porque algunos quieren decir que para mayor justificación
de la dicha guerra convernía que Su Santidad, por su bula apostólica,
declarase guerra contra todos los infieles, y nos diese la conquista
de todo lo que Nos adquiriésemos de las tierras de los infieles;
porque dicen que de derecho no es permitido a los príncipes cris­
tianos facer guerra en todas las tierras de todos los infieles, salvo
en el reino de Jerusalén, sino en caso que los dichos infieles fagan
la guerra a los cristianos, o que la guerra sea declarada contra ellos
por el Sumo Pontífice. Y porque en cosa tan santa y tan necesaria,
como es la dicha empresa contra infieles, no querríamos que faltase
cosa alguna de las que más la pueden justificar, ni para ello quedase
ningún escrúpulo para el presente ni para adelante, querríamos que,
desde luego, procurásedes de ganar de nuestro muy Santo Padre
una bula, en que generalmente declarase la dicha guerra contra
los infieles, y diese a Nos para Nos y nuestros sucesores reyes de
Aragón, todo lo que, con ayuda de Dios nuestro Señor conquistá­
semos de las tierras de los infieles.
Para declarar Su Santidad la dicha guerra, notorias son las
causas que para ello hay de las guerras y cautiverios y daños que
los infieles han fecho y facen contra los cristianos y que son enemi­
gos de nuestra santa fe católica.
Para dar a Nos la dicha conquista hay estas causas: que quitando
lo del reino de Tremecén, que la conquista de él pertenece a los
reyes de Castilla y a sus sucesores, y lo del reino de Fez, que la
conquista de ello pertenece al rey de Portugal, y en estas dos cosas
no fablamos, pero en lo otro de los infieles, no sabemos que esté
adquirido derecho a nadie, sino a Nos, porque, en los tiempos
pasados, fue concedida una bula por la Silla Apostólica a los reyes
de Aragón, nuestros antecesores, por la cual les concede a ellos
y a sus sucesores los derechos de la Silla Apostólica en todos los
lugares que ganaren de los infieles. Demás de esto, sabéis que es
común opinión y fama pública, muchos tiempos ha, que la conquista
del reino de Bugía y del reino de Túnez pertenece a la corona de
Aragón, y que no hubiera estos fundamentos, por estar como están
los dichos reinos de Túnez y Bugía más propinquos y más en confín
de nuestros reinos e islas, si de nuevo la Silla Apostólica hubiese
de dar la dicha conquista, la había de dar a Nos, por la dicha causa
y porque, con el ayuda de Dios, tenemos más voluntad y aparejó
que otros para llevarla adelante.
Y la dicha bula que sobre ello se ha de despachar querríamos que
tuese general, desde el confín del reino de Tremeccn, que está hacia
la parte del levante, o comenzando desde el reino de Bugía v A W r
inclusive, todo lo que está desde allí hacia la parte de lev-ante ’
Por ventura podrían allá poner duda diciendo que en esta oo
nerahdad se entendería todo lo de Grecia y Asia v a 5
mos que no sería inconveniente, que si Dios nuestro Señor n ! f ° í
gracia que ganásemos algo de ello, la Silla
64 Introducción general
diese desde agora, aunque no era menester expresarlo, sino ponerlo
en general, como habernos dicho. Cuánto más que, como sabéis, la
conquista de Jerusalén pertenece a Nos, y tenemos el título de aquel
reino, y de derecho, como dice Bartolo, aquel a quien pertenece la
conquista de Jerusalén, lícitamente puede tomar las tierras que po­
seen los turcos, aunque ellos no tengan a Jerusalén. Porque, según
él dice, sin ganar de las dichas tierras, Jerusalén no se puede con­
quistar, ni, después de conquistado, conservar, y a quien se concede
una cosa se conceden todas aquellas sin las cuales aquélla no se puede
facer. Asimismo la Iglesia permite que para la defensión de los
cristianos se pueden tomar los infieles y sus tierras si las tierras de
los infieles dañan a las tierras de los cristianos vecinos. Síguese que,
por evitar este daño, los cristianos más vecinos lícitamente pueden
tomar las tierras de los infieles, y que así a los que están más en con­
fín pertenecería propiamente la conquista de ellas, pues padecen
mayor daño. De ser más propincuos mis reinos a las dichas tierras de
infieles que los otros reinos es notorio»... 4
Nótese bien aquella expresión: «pero así porque algunos quieren
decir que para mayor justificación de la dicha guerra convernía que
Su Santidad, por su bula apostólica, declarase guerra contra los
infieles y nos diese la conquista de todo lo que Nos adquiriésemos
de las tierras de infieles». De modo que él mismo reconoce la diver­
sidad de sentencias en este asunto.
En cambio, en la discusión con los portugueses, como éstos
también se hallaban muy favorecidos con las bulas pontificias en
sus empresas africanas y pronto asiáticas, no se discutía el funda­
mento de la intervención pontificia, antes se solicitaba, como lo
volveremos a ver en Tordesillas, al resolver la división de las in­
fluencias en el Nuevo Mundo.
Por lo que hace al pueblo, los reyes no intentaron al principio
buscar otra justificación, fuera del descubrimiento a su costa, ade­
lantamiento en la ocupación y concesión pontificia. Como ésta en sus
expresiones era la más clara y comunicaba cierta impresión de cosa
sagrada por la intervención del Papa, era la más apta cuando se habla­
ba en general ante el pueblo, y a él recurrieron con cierta preferencia.
Sólo más tarde se planteó el problema en sus propios términos, y los
reyes quisieron averiguar el fundamento doctrinal de tal teoría y de
todos los demás títulos justificativos invocados.
Recuérdense algunas fórmulas empleadas en la correspondencia
real con Colón o algunos de sus principales colaboradores o alguna
disposición general.
«Al almirante enviamos un traslado de la bula que nos vino de
Roma agora para esto de las islas y tierras descubiertas y por descu­
brir, para que se publique allá, porque todos sepan que ninguno
puede ir sin nuestra licencia» 5.
4 Fernando el C atólico a su embajador, Jerónimo de Vich, de M ad rid , el 28 de febrero
de 1 5 1 0 , en el V Congreso de H istoria de la Corona de A ra gó n p. 188 -189 , del artículo Una
correspondencia interesante: las cartas de F ernan do el Católico a Jerónimo de Vich, por Eugenio
S e m b l o Aguareles, p. 17 7 -19 4 .
5 B A E 75, Obras de M a r t í n F ern án dez de N a v a r r e t e vol.i p-354; carta del 4 de agosto &
Juan de F onseca.
65
C.8. El título de donación pontificia de las Indias

«Ya sabéis cómo vos hobimos escrito que el rey de Portugal en­
viaba a Nos sus mensajeros a entender sobre lo que le hobimos
escrito con Lope de Herrera, que ficiese pregonar en su reino que
ninguno fuese a la parte que es nuestra y pertenece a Nos, los cuales
vinieron aquí, y con ellos se ha mucho platicado en el negocio, y
creemos que no se podrá concertar, porque ellos no vienen informa­
dos de lo que es nuestro...» 6.
Se refieren principalmente a las bulas, pues en seguida proponen
al mismo Colón cambiar la bula, si cree que así conviene para sus
mutuos intereses 7: «porque si conviniere y os pareciere que aquello
es negocio cual acá piensan que será, se enmiende la bula».
Por eso alude Isabel la Católica en su famoso testamento a esta
concesión: «e porque el dicho reino de Granada y las islas de Canana
y Tierra Firme del mar Océano, descubiertas e por descubrir, gana­
das e por ganar, han de quedar en estos mis reinos de Castilla e de
León, según que en la bula apostólica a Nos sobre ello concedida
se contiene... 8, y en el codicilo a dicho testamento: «Item, por cuan­
to al tiempo que nos fueron concedidas las islas e Tierra Firm e del
mar Océano, descubiertas e por descubrir, nuestra principal inten­
ción fue, al tiempo que lo suplicamos al papa Alejandro V I, de buena
memoria, que nos hizo la dicha concesión»... 9.
El mismo cronista insiste en la concesión al hablar de este capítulo
de la historia de sus señores y emplea varias veces la palabra con­
cesión o conceder 10.
En cambio, como vemos casi siempre en la aplicación de estas
concesiones o donaciones, los reyes cristianos no se sentían demasia­
do ligados al Pontífice cuando llegaban a un acuerdo entre sí, como
en el clásico ejemplo del tratado de partición del mar Océano en
Tordesillas, el 7 de junio de 1494, cuando después de indicar cómo
juraron los que negociaron el tratado su observancia, «cesante todo
fraude, cautela, engaño, ficción y simulación, y no lo contradirán
en tiempo alguno, ni por alguna manera, bajo el cual dicho juram en­
to juraron de no pedir absolución ni relajación de ello a nuestro muy
Santo Padre ni a otro ningún legado ni prelado que la pueda dar,
y aunque de propio motu la den, ni usarán de ella»; pero añadiendo
a continuación el peso que daban a la confirmación papal de este
acuerdo suyo, como había sucedido en Alcágobas: «antes por esta
presente capitulación suplican en el dicho nombre a nuestro muv
Santo Padre, que Su Santidad quiera confirmar v aprobar esta dicha
capitulación, según en ella se contiene, y mandar expedir sobre ellos
sus bulas a las partes o cualquier de ellas que las pidiere e incor­
porar en ellas el tenor de esta capitulación, poniendo sus’ c
sus censuras
o p u X n 0n,ra C“ a fUCren ° pasaren en cualquier tiemP° que sea
6 Ibíd., p.364; carta de los Reyes a Colón, «; de seotiemhrc Ar. .
8 ClrÁnirn í\c> 1i'í'í i Al i/vio A 1 _j" o Cíe
de los Reyes Católicos, de A lo n so 'd e'S an ta c V ^ e d ^ n ^ n • 7 I b i d " P- 3 6 4 -
Ibld., p.353. e a - M a t a C a r n a z o , vol.i p . 3 3 5
*0 I b íd ., c .15 : «Cómo los R eyes Católicos enviaron n P n m 1
diese lns islas que hablan descubierto». 1 K o m a - al p a p a , p a r a q u e les c o n c e
11 F. de N a v a r r e t e , o .c ., 385. E so último demuestra u •
sobre el deseo de prescindir del papa, en estos asuntos, d c s d c T o r d c s i U ^ ^ 35 a c u s a c i^
II a d e la I p j e s i i en A m e n e a
66 Introducción general

Es decir, se da una extraña fluctuación entre el deberlo todo o lo


principal a la concesión pontificia o a sus descubrimientos y ocupa*
ciones. Véanse algunas expresiones en la real provisión de 10 de
abril de 1495 l2.

Afirmaciones de Colón y los reyes.— Por lo que hace a Colón,


que quería las bulas para contrarrestar las de los portugueses, habla
en diversas ocasiones como si él hubiera donado las Indias a los reyes.
Claro que estas expresiones no están directamente en oposición a la
concesión pontificia, y se compaginan muy bien las dos cosas; pero
indican una cierta fluctuación por lo menos formal. Dice Colón
en su testamento: «El rey e la reina, nuestros señores, cuando yo les
serví con las Indias; digo, serví, que parece que yo por la voluntad
de Dios nuestro Señor se las di, como cosa que era mía, puédolo
decir, porque importuné a SS. A A . por e lla s...» 13.
Y antes, en 1502, en el mes de febrero, en carta al Papa: «Beatissi-
me Pater: Luego que yo tomé esta empresa, y fui a descubrir las
Indias, propuse en mi voluntad de venir personalmente a Vuestra
Santidad con la relación de todo. Nasció a ese tiempo diferencia
entre el señor rey de Portugal y el rey y la reina, mis señores, diciendo
el señor rey de Portugal que también quería ir a descubrir y ganar
tierras en aquel camino hacia aquellas partes, y se refería a la justicia.
El rey e la reina, mis señores, me reenviaron a priesa a la empresa
para descobrir y ganar todo; y ansí no pudo haber efecto mi venida a
Vuestra Santidad. Descubrí deste camino y gané mil e cuatrocientas
islas y trescientas y treinta y tres leguas de la Tierra Firm e de
A s ia ...» 14.
En la célebre carta al ama del príncipe don Juan, al volver preso:
«Yo debo ser juzgado como capitán que fue de España a conquistar
fasta las Indias a gente belicosa y muchas y de costumbres y secta
muy contraria, donde por voluntad divina he puesto so el señorío
del rey e de la reina, nuestros señores, otro mundo, y por donde la
España, que era dicha pobre, es la más rica» 15.
Los reyes le escribieron cierta vez, el 16 de agosto de 1494: «... y
damos muchas gracias a Dios Nuestro Señor por todo ello, porque
con su ayuda este negocio vuestro será causa que nuestra sancta
fe católica sea mucho más acrecentada. Y una de las principales cosas
porque esto nos ha placido tanto es por ser inventada, principiada
y habida por vuestra mano, trabajo e industria»
Fernando el Católico, en su carta del 12 de marzo de 1 5 1 2 , vuelve
a aludir a la concesión pontificia: «y vista la gracia y donación que
nuestro muy Santo Padre Alejandro sexto nos hizo de todas las islas
e Tierra Firme descubiertas y por descubrir en esas partes, cuyo
traslado autorizado irá con la presente...»; «... y aun creyendo que
no teníamos donación de esa isla y de las otras tierras de esas partes

I 2 íbíd., p. 399; en carta a Colón, p .4 10 ; en la confirmación de rnercetlen a Colón, p .4 17 , etc.


II íbíd , p.490.
14 íb íd., p .469.
ftfrras de IM? Cnsas, ed. (Je P>Af'l, preparada por P ér e z de Tíldela, vol.i p,486.
íb íd ., Histfrtia de las Indias vol.r \y.2Hy.
C.H. Tú título de donación pontificia de las Indias 67

de nuestro m uy Santo Padre, como la tenemos...»; «salvo para d ecir


cómo, si ellos estaban en aquella opinión, era por no estar inform ados
del derecho que tenemos a esas islas...» (se refiere a los dom inicos
de la Española) J7.
O pin ió n de los teólogos.— E l padre provincial de los dom ini­
cos, con los informes recibidos del rey, reafirma esta misma idea:
«Y dado que vuestras proposiciones se pudieran ver y fiar en otra
materia, pero en este caso, si bien miráis, no ha lugar, pues que estas
islas las ha adquirido su alteza iure belli, y Su Santidad ha hecho al
rey, nuestro señor, donación de ello» 18.
Si nos fijamos en la posición doctrinal que al iniciarse esta c o n ­
troversia toman los contendientes, veremos que en España se declara
ferviente partidario de la teoría temporal pontificalista el d octor
Palacios Rubios, según se ha indicado, y no hay duda de qu e
así pensarían otros muchos juristas seculares. Por lo que hace a los
religiosos, el Padre Carro, en la disección de la teoría del padre
Matías de Paz 19, De dominio regum Hispaniae super indos 20, deduce
que, según ese profesor, el Papa tiene el supremo dominio universal
sobre todo el orbe de fieles o infieles, como querían los defensores de
la teoría teocrática.
En el padre Paz se nota el influjo de Santo Tom ás, y, en conjunto,
razona mejor que otros contemporáneos. Con todo, admite que, con
la autoridad del Papa,, y sólo con ella, puede el rey de Castilla d o ­
minar sobre dichos indios, no evangelizados antes y que no son
opresores de católicos, para dilatar la fe. Tales indios pueden d e ­
fenderse lícitamente si no se les propone antes la doctrina cristiana.
Podría darse una guerra justa por ambas partes. E l Papa puede, con
todo, desposeer a los príncipes infieles por su infidelidad, pero no de
la propiedad de sus bienes.
Para el gran cardenal dominico Cayetano de Vio ( 1 4 6 9 - 1 5 3 4 ) , la
potestad del Papa no es directa respecto de las cosas temporales, y se
extiende a éstas en cuanto que se ordenan a lo espiritual. Explica
bien la libertad de la fe, y los problemas que de ahí se derivan en
cuanto al bautismo. Admite algunas causas de guerra justa contra
los infieles, pero no para ocuparles sus tierras y bienes. L a predica­
ción debe ser pacífica. Las Casas se entusiasma con él au n au e n n
coinciden del t odo21.
Cerramos este repertorio de autores con otro extranjero que
como profesor en París, tuvo discípulos españoles e influyó en ellos 22>
Se trata de John Mayr, o Maior, como lo latinizaron sus contemDO-
ráncos, muerto en 1550. Tiene la particularidad de ser el nri
teólogo extranjero que estudió el caso español de las Indias recién
17 C arro , o.c ., vol. i 1x58 59.
1H lbíd., p.63.
,Q lbíd., p .367-379.
20 L a Ciencia Tom ista, t.40 (1929) 1 7 3 1 9 0 . Estudio del n a d r r ,
rcdia, O , P,, tan benemérito en esta clase de trabajos. ícen te B e l t r á n d e H e -
21 C auro , o ,c ., p .397-402.
22 L a s Casas, Obras, l.c., vo l.2 p.286-287, donde cuenta con o 1
Carlos de Aragón, licenciado parisiense, el proviso* que mandó n ' P ^ P e c i a s de don
de la Espartóla su primer obispo. Se manift*«4ó m uy adicto a las ens* " d e Concepción
tranzas de M a i o r .
66 Introducción general

Es decir, se da una extraña fluctuación entre el deberlo todo o lo


principal a la concesión pontificia o a sus descubrimientos y ocupa­
ciones. Véanse algunas expresiones en la real provisión de 10 de
abril de 1495 12.

Afirm aciones de Colón y los reyes.— Por lo que hace a Colón,


que quería las bulas para contrarrestar las de los portugueses, habla
en diversas ocasiones como si él hubiera donado las Indias a los reyes.
C laro que estas expresiones no están directamente en oposición a la
concesión pontificia, y se compaginan m uy bien las dos cosas; pero
indican una cierta fluctuación por lo menos formal. D ice Colón
en su testamento: «El rey e la reina, nuestros señores, cuando yo les
serví con las Indias; digo, serví, que parece que yo por la voluntad
de D ios nuestro Señor se las di, como cosa que era mía, puédolo
decir, porque importuné a SS. A A . por e lla s...» 13.
Y antes, en 1502, en el mes de febrero, en carta al Papa: «Beatissi-
me Pater: Luego que yo tomé esta empresa, y fui a descubrir las
Indias, propuse en mi voluntad de venir personalmente a Vuestra
Santidad con la relación de todo. Nasció a ese tiempo diferencia
entre el señor rey de Portugal y el rey y la reina, mis señores, diciendo
el señor rey de Portugal que también quería ir a descubrir y ganar
tierras en aquel camino hacia aquellas partes, y se refería a la justicia.
El rey e la reina, mis señores, me reenviaron a priesa a la empresa
para descobrir y ganar todo; y ansí no pudo haber efecto mi venida a
Vuestra Santidad. D escubrí deste camino y gané mil e cuatrocientas
islas y trescientas y treinta y tres leguas de la Tierra Firm e de
A s ia ...» 14.
En la célebre carta al ama del príncipe don Juan, al volver preso:
«Yo debo ser juzgado como capitán que fue de España a conquistar
fasta las Indias a gente belicosa y muchas y de costumbres y secta
m uy contraria, donde por voluntad divina he puesto so el señorío
del rey e de la reina, nuestros señores, otro mundo, y por donde la
España, que era dicha pobre, es la más rica» 15.
Los reyes le escribieron cierta vez, el 16 de agosto de 1494: «... y
damos muchas gracias a Dios Nuestro Señor por todo ello, porque
con su ayuda este negocio vuestro será causa que nuestra sancta
fe católica sea mucho más acrecentada. Y una de las principales cosas
porque esto nos ha placido tanto es por ser inventada, principiada
y habida por vuestra mano, trabajo e industria» 16.
Fernando el Católico, en su carta del 12 de marzo de 1512, vuelve
a aludir a la concesión pontificia: «y vista la gracia y donación que
nuestro muy Santo Padre Alejandro sexto nos hizo de todas las islas
e Tierra Firm e descubiertas y por descubrir en esas partes, cuyo
traslado autorizado irá con la presente...»; «... y aun creyendo que
no teníamos donación de esa isla y de las otras tierras de esas partes

1 2 Ibíd., p. 399; en carta a Colón, p.410; en la confirmación de mercedes a Colón, p.417, e *c '
1 3 ib id., p . 4 9 0 .
34 Jbíd., p.469.
15 O bra s de L a s C a sa s, ed. de B A E , preparada por Pérez de Tudela, vol.i p.486.
16 Ibíd., H isto ria de las In dias vol.r
C.H. El título de donación pontificia d e las Indias OÍ

de nuestro m uy Santo Padre, como la tenem os...»; «salvo para d e cir


cómo, si ellos estaban en aquella opinión, era por no estar inform ad os
del derecho que tenemos a esas islas...» (se refiere a los dom in icos
de la Española) 17.
O pinión de los teólogos.— El padre provincial de los d o m in i­
cos, con los informes recibidos del rey, reafirma esta m ism a idea:
«Y dado que vuestras proposiciones se pudieran ver y fiar en otra
materia, pero en este caso, si bien miráis, no ha lugar, pues q u e estas
islas las ha adquirido su alteza iure belli, y Su Santidad h a h ech o al
rey, nuestro señor, donación de ello» 18.
Si nos fijamos en la posición doctrinal que al iniciarse esta c o n ­
troversia toman los contendientes, veremos que en España se d eclara
ferviente partidario de la teoría temporal pontificalista el d o cto r
Palacios Rubios, según se ha indicado, y no hay duda d e q u e
así pensarían otros muchos juristas seculares. Por lo que hace a los
religiosos, el Padre Carro, en la dilección de la teoría del p ad re
Matías de Paz 19, De dominio regum Hispaniae super indos 20, d ed u ce
que, según ese profesor, el Papa tiene el suprem o dom inio universal
sobre todo el orbe de fieles o infieles, como querían los defensores d e
la teoría teocrática.
En el padre Paz se nota el influjo de Santo T om ás, y, en conjunto,
razona mejor que otros contemporáneos. C on todo, adm ite que, con
la autoridad del Papa, y sólo con ella, puede el rey de C astilla d o ­
minar sobre dichos indios, no evangelizados antes y q u e no son
opresores de católicos, para dilatar la fe. T ales indios pueden d e ­
fenderse lícitamente si no se les propone antes la doctrina cristiana.
Podría darse una guerra justa por ambas partes. E l Papa puede, con
todo, desposeer a los príncipes infieles por su infidelidad, pero no de
la propiedad de sus bienes.
Para el gran cardenal dominico Cayetano de Vio (1469-1534), la
potestad del Papa no es directa respecto de las cosas tem porales, y se
extiende a éstas en cuanto que se ordenan a lo espiritual. E xp lica
bien la libertad de la fe, y los problemas que de ahí se derivan en
cuanto al bautismo. Adm ite algunas causas de guerra justa contra
los infieles, pero no para ocuparles sus tierras y bienes. L a p red ica­
ción debe sei pacífica. Las Casas se entusiasma con él, aunque no
coinciden del todo 21.
Cerramos este repertorio de autores con otro extranjero que
como profesor en París, tuvo discípulos españoles e influyó en ellos 22
Se trata de John M ayr, o M aor, como lo latinizaron sus contempo­
ráneos, muerto en 1550. 1 icne la particularidad de ser el primer
teologo extranjero que estudió el caso español de las Indias recién
17 C a r r o , o .c ., v o l . i p . s S - s o ,
18 Ib íd ., p.63.
19 Ib íd ., P . 3 6 7 - 3 7 Q .
20 L a C i e n c i a T o m i s t a , t . 4 0 ( i Q 2 0 >) j ,
rcdia O P „ tan benemérito en esta clase de trábiios P e í c e n t e B eltránde H e -
21 C arro , o .c., p .397-402. u<toajos.
^ L a s C a sa s, Obras, l.c., vo l 2 d a j
C arlos de A ra g ó n , licen ciad o parisien se H c u c n ta c o n g r a c ia las p e r ip e cia s d e d o n
de la E spañ ola su prim er obispo. Se im n ife& tó n^a n d ó a la d ió cesis d e C o n c e p c ió n
0 mu> a d lc t o a las e n se ñ a n z a s d e M a io r .
68 Introducción general

descubiertas en un libro impreso en 1510, es decir, cuando va a


plantearse el problema de la conquista en España 23,
Para él no es exacta la doctrina teocrática del poder temporal
pontificio. El Papa tiene sólo la potestad espiritual. Tam poco el
emperador tiene tal potestad universal. D istingue dos clases de
infieles: los que habían arrebatado territorios cristianos y los que
poseían sus tierras con justo título. Y de estos últimos, los que
permitían la predicación y los que la impedían por la fuerza. La
infidelidad no da títulos para arrebatar sus tierras a los infieles. A d m i­
te la guerra contra los usurpadores de tierras cristianas, y, en cuanto
a los que se oponen a la predicación usando de la violencia, admite
un mandato de la Iglesia a un príncipe cristiano para someter a tales
infieles.
N o procede con absoluta lógica en sus raciocinios. Propone el
caso concreto de los españoles en América. L o admite por la barbarie
de sus habitantes. Las armas fueron necesarias al no entenderse
mutuamente, y al no admitir los indígenas a los predicadores, y para
costear los grandes gastos de la expedición. U na vez pacificados, se
puede consentir la existencia de los príncipes indígenas que se con­
viertan.
Volviendo a la controversia suscitada por la valiente actitud de los
dominicos de la Española, representada en su famoso sermón de
adviento de 1511, se pasa principalmente al campo de la esclavitud,
de la guerra justa, de la encomienda, y se examina menos el título
de la concesión pontificia, aunque se consigna su existencia en distin­
tas partes, como en Palacios Rubios, el licenciado Gregorio, el padre
M atías de Paz, hasta las famosas Relecciones del padre Francisco
de Vitoria.
Es el origen de las célebres juntas de teólogos y juristas, que,
consideradas a distancia, ofrecen el singular caso de una nación que
examina al pormenor el problema que se plantea con sus conquistas
y colonizaciones, un examen del que no resultan muy bien librados
muchos de sus administradores y oficiales reales, para no hablar de
los individuos particulares.
Es un caso único, y por ello excita ahora más la curiosidad y el
deseo de conocerlo por sus características absolutamente singulares.
A u n los peores enemigos de la colonización, y de aquella colonización
en particular, no podrán menos de admirar la entereza y generosidad,
junto a un alto grado de responsabilidad en la administración de la
justicia, que significan aquellas reuniones, donde no se trató de
presentar los hechos de la vida real en Indias bajo los suaves tintes
de leyendas blancas o rosadas, sino dando más bien la sensación,
en muchos casos, de recargar las tintas y ofrecer buenos materiales
a los posibles constructores de otras leyendas más oscuras sobre
aquellos acontecimientos.
Sin poder detenernos en sus pormenores, nos ocuparemos sufi­
cientemente de ellas, mientras recomendamos al lector los estudios

23 L e t u p í a , o.c., «Relaciones entre la Santa Sede e Hispanoamérica», vol.i p . 259-298,


69
C.9- Problemas de la Iglesia americana

va conocidos del padre Carro, de Silvio Zavala 24 , d e Y b o t L e ó n ,


de O ts Capdequí y de tantos otros en la actualidad, basados en buena
arte en los relatos de Las Casas. N os contentaremos con una d is ­
creta enumeración de las fases principales, en cuanto n o s sirven para
situarnos mejor ante los pormenores de la historia eclesiástica de las
Indias españolas.

C A P I T U L O IX

A lgu n o s problemas especiales planteados a la Iglesia am erican a,


el de la guerra justa a los naturales y el de la esclavitud en sus
diversas formas

Ideas sobre la esclavitud en la Europa del siglo X V .— H em o s


dicho que se trata de dos de los problemas más graves con los q u e se
encontró la Iglesia naciente de Am érica, si es que no eran en realidad
los más graves y comprometidos: la licitud de la guerra a los naturales
y la esclavitud.
En la licitud de la guerra va envuelta ia cuestión de la donación
pontificia, que ya hemos recordado, y todos ios problem as relaciona­
dos con la defensa de la fe o de su predicación, cuestión llevada
a posiciones extremas desde las Cruzadas.
En el problema de la esclavitud se incluye naturalm ente el del
buen trato de los indios descubiertos y la espinosa cuestión de la
encomienda, que fácilmente llevaba a una veiada esclavitud de hecho,
aunque no propiamente de derecho. Y además, el problem a de los
negros importados, con los que se usaban sin distingos las palabras
esclavitud y esclavos como las más apropiadas para expresar la rea­
lidad de su condición.
La Iglesia católica había ido suavizando las leyes concernientes
a la esclavitud en el Imperio romano, y desde C onstantino asistim os
a una mitigación continuada de su estado y a una facilitación d e la
libertad en muchos casos, ya por la incitación a hacerlo a los señores
que los poseyeran, ya por el mero hecho de profesar la m ism a religión,
que era igual para unos y otros e igualm ente necesaria para la salva­
ción. D el mismo modo, la doctrina eclesiástica suavizaba tod o lo
referente a la guerra y limitaba su necesidad y licitud.
La invasión de los pueblos bárbaros, germánicos al principio
y más tarde eslavos, magiares, normandos o tártaros, que fueron
dando una configuración política constantemente cambiante a la
w T ÍÍ i mP,°$ H ° S' Y más aún la invasi™ m usulm ana
1-01 todo el sin y este del antiguo Im perio rom ano, q u e conserva
aun la mayoría de sus posiciones entonces conquistadas a pueblos
ya cristianizados, cambió en gran manera esta forma de ten sar
renovando otra vez la existencia de la a pensar,
nuevas cuestiones al problema de la euerra y PreseJltai}4 0
un nuevo cariz al iniciarse h W a que Pronto adquinó
niciaist. ia ienta reconquista europea de los
24 Servidumbre natural y libertad cristiana rn.
envión española en A m h k a (Buenos Aires i 9 4 4 ) S Alres lc>44 ): Ensayos sobre la co lo n i-
70 Introducción general

países invadidos por los musulmanes: sur de Francia, toda la penín*


sula Ibérica y el sur de Italia, con sus islas. L a eternización de esta
guerra hizo que la mentalidad agresora y de defensa armada de la
te de los invasores sarracenos contaminara también la de los cristia­
nos, que rechazaban ese ataque por motivos tanto políticos, de libe­
ración de sus patrias, como religiosos, enfrente de un enemigo que
a la larga asfixia la vida cristiana de los pueblos que conquista.
Por eso no es extraño encontrar a fines del siglo xv, en el momen­
to del descubrimiento colombino o, si se quiere antes, al iniciarse la
conquista de Ceuta y otras plazas del norte de Africa, por un lado,
y, por otro, la de Canarias, una doctrina generalizada acerca de la
licitud de la guerra contra el infiel invasor y, en algún sentido, de
su santificación al convertirse en cruzada, animada y propugnada
por la Iglesia con todas sus fuerzas durante bastante tiempo, con
toda suerte de favores espirituales y no pocos materiales a los que
participaran en ellas.
L a legislación del siglo x v correspondía plenamente a esta situa­
ción: reconocía la legitimidad de guerras y cruzadas contra los inva­
sores musulmanes y la licitud de la esclavitud con los apresados en
estas guerras.
Los españoles se encontraron, al llegar a las Canarias, con un
pueblo gentil, pero no musulmán, donde por lo mismo no podían
aplicarse las leyes generales de la guerra contra aquellos invasores.
En realidad de verdad, como ya lo hemos indicado, se dieron mu­
chas injusticias en aquellas guerras desde la invasión de Bethencourt
y de La Salle y con sus sucesores hispánicos, con intervención repeti­
da tanto de la Santa Sede como de los monarcas españoles, especial­
mente de los Reyes Católicos, en favor de la libertad de los canarios
y reconocimiento de sus derechos.
Los españoles llegaron a Am érica con la experiencia de su re­
conquista terminada recientemente y de la conquista de las Canarias,
que se estaba terminando por aquellos mismos tiempos. Pertenecían,
además, a una sociedad feudal, aunque no tanto como los pueblos
del norte de Europa. Y no tiene que extrañar a nadie que trataran
de implantar en las nuevas tierras descubiertas sus sistemas de vida,
de poblamiento, de trabajo y sus leyes de guerra.
Pero especialmente en este último punto se daba la gran diferen­
cia con el Occidente. A llí no había musulmanes, y, por lo tanto, no
podían aplicarse a sus habitantes las leyes de la reconquista o de la
esclavitud vigentes en Europa con respecto a los tales. ¿Qué hacer?

E l p ro b le m a d e la guerra en A m é r ic a .— Las bulas de conce­


sión de las Indias a los Reyes Católicos por la Santa Sede dicen:
«Así que todas aquellas islas y tierra firme descubiertas y que se des­
cubrieren..., con todas las tierras, ciudades, castillos, lugares, villas,
con sus derechos y jurisdicciones y todas sus pertenencias, damos,
concedemos y asignamos a perpetuidad a vosotros y a vuestros
herederos y sucesores, reyes de Castilla y de León; y a vosotros
y a vuestros herederos y sucesores antedichos hacemos, constituimos
C.9- Problemas de la Iglesia americana 71

y diputamos señores de ellas, con potestad, autoridad y ju risd icció n


plena, libre y omnímoda» ( Inter caetera, 4 de m ayo d e 1493) 1*
Para entender el pleno sentido de estas palabras h ay q u e leer
toda la bula, con sus expresiones características y sentido espiritual,
al que se orientan estas concesiones. Pero para la gente im perita, y
aun para todos, después de algún tiempo y desconociendo las circu n s­
tancias, sugerían la idea de conquistas y propiedades con plen o d e ­
recho y tranquilidad de conciencia, prescindiendo de la reacción
de los naturales de las Indias.
Supuesta la mentalidad de la época y sus costumbres bélicas,
era de prever que pronto se llegara a choques sangrientos en tre
los nuevos inmigrantes que venían en plan de señores y las p o b la ­
ciones indígenas, que, al no entender la lengua de sus nuevos e
incómodos huéspedes y verse invadidos y obligados a un n u e vo
régimen de vida en lo político, en lo civil y en lo religioso, reaccio ­
narían violentamente en muchas ocasiones. Y así sucedió, por d e s ­
gracia, ya desde la primera expedición colombina.
Por todo esto, y al ver Jos primeros misioneros el rum bo q u e
iban tomando las cosas, se hacía inevitable el replanteamiento d e
todo el asunto de la conquista, y de sus consecuencias sociales y
políticas en la práctica, pero para resolverlo satisfactoriamente había
que subir a la esfera doctrinal y examinar los principios jurídicos
que debían presidir a toda aquella portentosa modificación.
Despué? de los azarosos intentos de gobierno colom bino, con
sus inevitables dificultades económicas de todo orden en unas islas
donde todo estaba por hacer, dificultades que explican m ejor el
deseo de obtener compensaciones en el trabajo más o menos fo r­
zado de los indígenas, con la secuela natural de resistencias, p a siv i­
dades y recursos a la fuerza, agravados en los sucesivos intentos de
nuevos decubrimientos por todas las costas del mar Caribe, in ter­
vienen más directamente los reyes en la gobernación.
A sí se vio que la mentalidad «esclavista» de Colón, m anifestada
ya en su primer viaje en frases de su Diario y en su carta a San -
tángel, le indujo a enviar centenares de esclavos a la península
que, en buena parte, perecieron pronto 2. L a reina Isabel cortó ei
tráfico en lo fundamental al contemplar en el puerto de Sevilla la
llegada de 300 de ellos a principios de 1500, ordenando, por cédula
real del 20 de mayo de 1500, que se pusiera en libertad a los indios
que quedaban de los traídos de las Indias por C olón en tre los
que da la coincidencia de encontrarse uno en poder de L a s C asas
bien poco preocupado entonces de lo que sería lueeo la r%k " - ’
angustiosa de toda su vida 4 . * obsesión
Todavía en 1544, al tornar a Indias Las Casas com o K*
de Chiapa, se urgió la repatriación de tales indios v fut'ror. ° lu^°
los que se presentaron al obispo en Sevilla m uchos

* H e r n á e z , C o lecció n de B a la s ... ( B r us e l a s 1 8 7 9 ) v o l . i p . 1 3 .
D a t o s e n G i m é n e z F e r n á n d e z . B a rto lom é de las C a s a s II *
Colee\ doc. ined. f íis t . A m n\ v o l . 3 p . 4 3 9 . ^ 5 9 ~4 0 2 *
G i m é n e z F e r n á n d e z , o . c . , 11 462. L a s C a s a s , O b r a s I n P í w \r
tiene el almirante para dar - nadie mis vasallos?» * ' I • « ¿ Q u é poder mío
- í b í d . , II 4 6 5 .
72 Introducción general

En otra cédula real, de 20 de diciembre de 1503, se recuerda


el mandato anterior, excluyendo de esta medida a los caníbales
aprisionados en sus agresiones. Se autoriza al mismo tiempo a venir
a servir libremente a España a los naturales que así lo desearan 6,
A l morir Isabel el 26 de noviembre de 1504, y bajo el gobierno
de Nicolás de Ovando, los descubrimientos conocían una gran
actividad, con varios intentos de establecerse sólidamente en Tierra
Firme. Habían llegado también quejas diferentes sobre las inhuma­
nidades cometidas, como quedó reflejado en el testamento de la
reina, donde, después de afirmar su principal intención en Indias:
la conversión a la fe católica de sus habitantes, y recomendarlo a sus
sucesores» les pide «no consientan ni den lugar a que los indios,
vecinos y moradores de las dichas islas y Tierra Firme, ganados
y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas y bienes, mas
manden que sean bien justamente tratados»7.

Actitud de Fernando V respecto a indios y negros.— Con


Fernando el Católico, en su período más personal (1504-1516)
y en una etapa tan decisiva como la de la obtención del patronato
universal eclesiástico de las Indias y del establecimiento formal
de sus primeras diócesis, bases fundamentales en la orientación
de la política eclesiástica del Estado español en América, se siguen
en este punto del intento principal, igual a conversión de los natu­
rales, las mismas líneas directrices. A unque el problema sobre la
libertad personal, admitida al principio, sufre diversas interpreta­
ciones y evoluciones, plantea claramente en su tiempo la discusión
doctrinal en toda su amplitud, con las secuelas prácticas que en­
trañaba.
Fernando V escribió en abril de 1511 (sin día determinado)
una real cédula a Cristóbal de Cuéllar, firmada en Sevilla. L e dice
a Cuéllar, contador en la Casa de la Contratación de la ciudad an­
daluza: «Vi lo que escribís en la pragmática de los confesos y de la
seda, que son dañosas para nuestra hacienda, y tengo en servicio
lo que decís, porque es con buena intención, pero yo quiero dar
lo que toca al servicio de Nuestro Señor y al bien de esa tierra,
que no el interese sólo de nuestra hacienda, y por eso torno a man­
dar que se guarde y ejecute» 8.
Con todas las restas que se quieran hacer a este documento, y
que las tiene, se hace con él evidente que el R ey Católico sabía
sobreponerse al deseo de equilibrar sus presupuestos con dinero
fácil, cuando creía que iba en ello el interés de la religión.
El 3 de mayo de 1509 firma Fernando una instrucción al almi­
rante en 42 capítulos acerca del gobierno de sus territorios, mien­
tras espera informes de G il González Dávila, de las Antillas. Al
llegar éstos poco después, autoriza repartimientos de indios hasta
por tres años, pero no perpetuos, y no como esclavos, sino como

6 C e d u la r io cubano, de C h a c ó n y C a l v o (Madrid 1029) p.40-50.


7 C a r p o , o . c ., p.44. Esta obra tiene una 2.a edición en Salamanca en 1951 .Nosotros cita­
mos por la primera.
8 C e d í do rio cubano, I.c.,p. 25O.
C.9- Problemas de la Iglesia americana
73

naborías, o criados de servicio. Autoriza al mismo tiempo a traer


indios de ot ras islas a la Española, medida más expuesta a abusos.
Confirma a los dos años esto último en Sevilla, 21 de ju lio
de 1511 9- . ,
Por el mismo tiempo había comenzado la im portación de escla­
vos negros, inaugurando esta triste y lamentable página de la h is­
toria del O ccidente en Am érica. E l tráfico interesaba a E sp añ a
particularmente en aquellos primeros tiempos, por m ás q u e se
verificara de modo principal a través de comerciantes italianos o
portugueses. O vando llevó en 1502 algunos negros residentes en
Sevilla, como se lo permitía su instrucción. El 29 de ju n io d e 1503
se contestó a Ovando aprobando su propuesta de no enviar m ás
esclavos negros, porque los que había se habían fugado 10. E sta
cédula la firmó la reina Isabel el 20 de marzo en Alcalá, y el rey
en Zaragoza, el 29 del mismo mes.
En cambio, el 15 de septiembre de 1505, aprobó el rey el e n v ío
de 100 esclavos negros pedidos por Ovando.
M ás tarde, el 22 de enere de 1510, mandó a los oficiales reales
de Sevilla el envío de 50 negros para las minas, pues son más r e ­
sistentes que los indios.
Si el problema de los esclavos negros no aparece con tanta fre ­
cuencia en los primeros años del R ey Católico, en su segunda etapa
de gobierno en Castilla, lo referente a los indios, esclavos o en c o ­
mendados o repartidos, es frecuentísimo. Se urge el buen tratam ien­
to, tal vez demasiado como un estribillo, se corrigen algunos abusos,
pero se admite el sistema y se dan indios a diversos oficiales reales
residentes en España, confirmando con ello más los abusos. Se
pueden comprobar estos hechos en la documentación p u b licad a
por algunos escritores, como el Cedulario cubano que estamos c i­
tando (Madrid 1929) n .
En 1514 se previenen los males que pueden provenir del e x c e ­
sivo número de los negros 12, y se advierte la importancia del c o n ­
trabando, que tiende a introducirlos fraudulentamente en las A n ­
tillas, con la extensión que empezaban a adquirir algunos tu rb ios
negocios. Las Casas no hizo en 1516 sino mencionar, sin más, u n
uso ya admitido, y como medida temporal, aunque tam bién de
esto se acusó después humildemente, y lo combatió de m odo p are­
cido a como lo hizo con la esclavitud o trabajo forzado de los in dios
aunque con menos insistencia 13.
En 1517 se autorizó una licencia de importación de 400 esclavos
negros a don Jorge de P o rtu gal14, cosa que im pidió C isn e ro s
Muerto éste, se inició otra vez el tráfico en cantidades m enores
Hasta los comisarios jerónimos enviados por el cardenal propon í
una licencia general de importación de negros 15, ju zgán d o se en
Q (.celulario cubano P.T41-156 y 167-169, L a confirmación en p.^6^-^64
10 Ibíd., p. 73, '
11 Acerca del tráfico de esclavos negros estos años consúltese G im é k p ^
o r •» P-552, con amplia documentación. rERN a n d e s ,
í¿ lbíd’ 14 Ibíd d esc
u Ihld., nota 1828. 15 p'557!
/ ntroJ acción ¿Kit

U .L IV JO V v l l w v j V I V M ^ # - - j • .

Es u n p r o b l e m a q u e a h o r a a tr a e la a t e n c i ó n d e lo s e r u d i t o s 18,
A mediados de siglo, en 1 5 5 3 » se ofreció una ocasión que nos
ilustra un poco sobre esta clase de asuntos. Hallándose Carlos V
en graves apuros económicos durante sus últimas campañas, envió
una llamada urgente a su hijo el príncipe don Felipe, que actuaba
como gobernador, solicitando el inmediato envío de i .000.000 de
escudos contra las rentas de Flandes. Se comprende que sus conse­
jeros aprovecharan cualquiera buena ocasión para satisfacerle. Por
ese mismo tiempo, un «cambio de la corte», o banquero autorizado,
don Hernando de Ochoa, propone al príncipe, y lo obtiene, un
asiento de negros para 23.000 de ellos, y un monopolio de su tras­
lado durante seis años, con óptimas condiciones para el banquero,
pero no para la Casa de Contratación y otros elementos económicos.
Firmado el acuerdo, por el que las arcas reales recibían 184.000 du­
cados, el príncipe sintió escrúpulos y consultó a varios teólogos,
cuyas respuestas se conservan. Creen injusto y por lo mismo invá­
lido el contrato, pero no por razones de libertad de los negros, sino
por lesión de intereses de otras entidades 19.
El tráfico se fue regularizando y prosperando, especialmente a
finales de siglo y principios del siglo xv n , cuando ejerció entre
ellos su heroico apostolado San Pedro Claver (f 1654) durante
cuarenta años, bautizando a unos 300.000 de ellos. Pero ya la cues­
tión de la libertad o de la esclavitud de los negros no provoca los
rayos de un Las Casas. La gente se ha ido acostumbrando al es­
pectáculo, y les parece a casi todos lo más natural la situación ética
y social de aquellos infelices.
Las cédulas reales referentes a la esclavitud, la encomienda, el
traslado de los indios de unas islas a otras se suceden constante­
mente en las cédulas reales del período fernandino, con recuerdo
periódico del buen trato que se les debe dar, pero que era muy
difícil de urgir en la práctica.
La creación de la Audiencia Real de Santo Domingo, el 5 de
octubre de 1511, fue un paso importante para toda la administra­
ción de la justicia, que, en los nuevos países, debía versar en fornw
creciente sobre estas cuestiones laborales, base de la economía
americana y de la mayor parte de su sistema administrativo.
Habían llegado poco antes los dominicos a Indias, y por su
ormación teológico-jurídica, imbuida en los principios de Santo
romas, cayeron pronto en la cuenta de la conculcación de derechos
humanos que tenía lugar ante sus ojos en aquella incipiente, difícil

1 7 íbíd ., p.5()\ .
1 * Se p u e d e n c o n s u l t a r sol
da la raza africana m <d N uevo ¡
y d e G e o r o e s S r . k j . l e , L a traíi
I19
V FF enl irri/lMO r'm
ciano C ereceda,
.
recer de vario > teólogos sobre su
75
C.cj, Problemas de la Iglesia americana

narte por lo m ism o cruel socied ad in d ian a. Y v in ie ro n


y en gran parte 1 A n to n io de M on tesin o s, las d e n u n cia s, la
los sermones M on tesinos a explicarse ante el r e y y su s su p e -
a E¿ pnane|,0 la ocasi6n de las fam osas ju n ta s d e te ó lo g o s y
v u e lta
ñores y . es fue en com en dan do la corte el e stu d io d e to d a s
JU," r' ü o n e s y la form ulación d e la legislación c o n v e n ie n te .
Recordemos sus principales fases en cuanto a la e s c la v itu d y al
derecho de guerra, unido con las conquistas.

Las juntas con respecto a la esclavitud y a la gu erra. L a J u n ta


de B u r g o s — Recibidas las prim eras quejas y oídas am b as p a rte s ,
se reúne la Junta de Burgos, donde aquel año 15 12 resid ió m u c h o
tiempo la corte por la conquista de N avarra y ten tativas d e in v a sió n
de Francia por Fuenterrabía con auxiliares ingleses. In te rv in ie ro n
Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de P alencia y p resid en te n a to
de lo que llegó a ser el C onsejo de Indias, d esde sus co m ien zo s;
Hernando de la Vega, los licenciados L u is Z ap ata, S antiago y G r e ­
gorio con el doctor Palacios R u b ios, m ás los pad res d o m in ico s
Tomáá Durán, Matías de Paz y P edro de C o v a rru b ia s. L o s citam o s
por tratarse del primer ejem plo en este cam po, y p o r la im p o rta n cia
de sus nombres en esta cuestión.
El 27 de diciembre de 1512 se concretaron en las O rd en a n za s
o Leyes de Burgos los resultados de aquellas d eliberacion es. H u m a ­
nizaba el trato a los indios, pero no im ped ía los rep artim ien to s,
sino que en algún sentido los confirm aba. E ran 35 leyes 20.
Se trataba de un éxito m oderado de los d om in icos,
as Casas, al historiar estos sucesos, tien e ocasión de exp layar
argamente tanto sus puntos de vista doctrinales com o su op in ió n
díarw* PersonaJes de la corte, y especialm en te d e los q u e en ten -
se llamó °r neg° C1j S de A m érica* agrupados bien pron to en el q u e
se llamo Consejo de Indias 21. M

consub^don Tuant T6 ^ c° ns£ltad? s este año al em in en te ju r is -


natural de esa vi 11 ° PieZ • ^a^acios R u b io s, así llam ado por ser
real, consultor de los ^ lman^ n a /;2- G ra n partidario del p atro n ato
defensor del poder H> 1 1 ? cn los m ás d elicad os asu n to s,
sino también de lo ^ ° s . aPas>n ° sólo al tratarse de países in fieles,
quista de Navarra Ianos* aplicándolo cn con creto a la c o n ­
s ta n c ia s del rev cnn« ° C a tó llco en un h bro e scrito a
P°r el Rey Católico asrm* ° ^ ,asuntos am ericanos esp ecia lm en te
'os mdios CQmo d-u n to s.en os q u e defiende tanto la lib e rta d
¡ ¡ am°so requerimiento r, c ® ^ p a n o le s a la co n q u ista ; au tor
rse una entradi m ’ *^UC a^la clue hacer a los in d io s al
reconocieran voh mt n(?uista 0 descubrim iento d e tierras para
d e E sp a5 a y
CU !os asun"t; f ’ f hgura es verdaderamente re-
* iniciales que planteaba la
vol.a 1.
;■ P.lSi-
Fernandez, E lo y p
L° '“' ^ doctor P a l a d ,ve
76 Introducción general

colonización del nuevo continente. Las Casas le recuerda en su


Historia de las Indias 2\ en que le acusa de seguir el error del
Ostiense, «y cierto que, si sobre aquella errónea y aun herética
opinión sólo estribara el derecho de los reyes a las Indias, harto
poco les cupiera jurídicamente de lo que en ellas hay».
El licenciado Gregorio admitía la esclavitud como pena de los
pecados contra naturaleza y de la idolatría de los indios 24. El padre
Bernardino de Mesa, O . P., admitía la esclavitud cuando los señores
de tales esclavos eran personas calificadas 25. Mientras que el padre
Matías Paz, O . P., escribió todo un tratadito para explicar su posi­
ción: D e dominio regum Hispaniae super indos, que antes recorda­
mos 26, siguiendo una argumentación de base tomista, aunque ceda
demasiado al ambiente del momento. En su argumentación y en
sus conclusiones puede figurar como un antecesor del padre Vitoria,
aunque no perfilara la doctrina tan a fondo y sobre bases tan sólidas.
Mejor salvado queda el derecho de propiedad de los infieles y la
libertad de vasallos libres de la Corona.
Sería difícil no ver señales de buena voluntad tanto de parte
del rey como de sus consejeros y teólogos en esta reunión. El mismo
Las Casas da óptimas calificaciones, aun a quienes modernos his­
toriadores tratan incansablemente de depredadores de las Indias
en sus formas más cínicas, continuadas y crueles, como Hernando
de Vega y el licenciado Zapata 27, por ejemplo.
Las decisiones no podían contentar del todo al grupo de M on­
tesinos, pero constituían un avance, y daban al mismo tiempo una
fórmula de conversaciones y reuniones entre letrados y consejeros,
que podría traer fructuosas consecuencias, y que, efectivamente,
comenzó a tenerlas al utilizar este sistema en forma intensa durante
medio siglo, y con intermitencias y menos aparato exterior durante
los períodos siguientes de la historia hispánica en América y sin
un protagonista tan llamativo como Las Casas.
Se admitía la libertad de los indios, su derecho a la instrucción
religiosa sin impedimentos por su trabajo, con condiciones más
humanas para éste y tratando de acentuar la convivencia de las
dos razas o pueblos. ¿Y la encomienda? Quedaba por resolver de
forma clara y taxativa. Hubo escritos del padre Matías de Paz, O . P.,
antecesor en la cátedra del padre maestro Vitoria. Y con todo, la
formulación legislativa de aquellos acuerdos, después de los infor­
mes particulares del licenciado Gregorio, clérigo, y del padre Ber­
nardo de Mesa, O. P., en 32 leyes redactadas por el Consejo y apro­
badas por el rey el 27 de diciembre de 1512, se prestaba a contra­
puestas interpretaciones en la práctica. Pues se admitía la enco­
mienda, aunque se suponía que fuera benigna, apta para la ins­
trucción religiosa y civil, y con trabajo retribuido. Los que cono­
cían la realidad americana se mostraban menos optimistas sobre la
23 Ohra<: I.3 c - 7 p. 1 84.
24 C a p r o , o . c ., p . 3 6 5 ; L a s C a s a s , i b í d . , c . J 2 p . i g g .
25 Ibíd., p . 3 6 7- 37 8; L as C asas, ibíd., c.g p . i g o .
26 íbíd., p.372.
27 / b o t , o . c ., r e ú n e a l g u . i o s d e e s o s j u i c i o s e n p . 2 r8; L a s C a s a s , p . 1 8 4 .
C.9. Problemas de la Iglesia americana
77

efectividad de aquellas medidas, a pesar de los dos visitadores q u e


«e designaban para urgir su ejecución.
Fray Pedro de Córdoba, O . P., con m uchos de sus herm anos
de hábito, negociaron con el rey, y obtuvieron la convocación de
una nueva junta en Valladolid, en 1513, que, después de estudiar
principalmente la cuestión de la encomienda, añadió cuatro nuevas
resoluciones a las ordenanzas de meses antes. T re s referentes a las
mujeres y niños, y la cuarta a los hombres, que deberían trabajar
nueve meses, quedándoles tres para el descanso o sus asuntos p a r­
ticulares. Los participantes en estas reuniones y resoluciones c re ­
yeron haber agotado los caminos de la justicia y de la actitud c ris ­
tiana ante los nuevos pueblos 28. Las nuevas cuatro leyes fu ero n
promulgadas el 28 de julio de 1513.
Era el momento en que la colonización rebasaba los a rch ip ié ­
lagos antillanos y se asentaba en T ierra Firm e por el D a rié n ,
llegando Vasco N úñez de Balboa a descubrir el Pacífico, el m ar
del Sur, en 1513. Por entonces se envía tam bién la famosa e x p e d i­
ción de Pedrarias Dávila, que durante más de diez años estaría al
frente de los descubrimientos, conquistas y abusos de T ie rra F irm e,
dando un raro ejemplo de perm anencia en un cargo, que hasta
entonces no tenía similar en Indias.
Las Casas trata de salvar la buena intención del R e y C ató lico
en este asunto: «De aquí parece que el R ey C atólico quedó sin
culpa ni obligación alguna de los daños y muertes y despoblación,
que por estas leyes en estas islas se com etieron, porque hizo, to d o
lo que en sí era, poniendo en Consejo el rem edio de ellas, y tod a
cargó sobre los de su Consejo; y esto es cierto, que si le aconsejaran
según debían, los indios salieran de la tiránica servidum bre q u e
con los españoles padecían y se pusieran en libertad, y otro cu a l­
quiera remedio que para ellos conviniera, desde entonces quedaran
todas las Indias remediadas, extirpada del todo aquella tiranía
que llamaban repartimiento» 29.
En otras ocasiones procede Las Casas en form a parecida 30 %
A l mismo tiempo facilitó el rey la empresa misional que deseaba
,y Pedro de Córdoba en Tierra Firm e, en la actual costa v e n e ­
zolana.

E l re q u e rim ie n to .— Com o símbolo y resumen de la m entali-


aa remante entre los españoles tras estas leyes con respecto a los
m/V»r)S ii0 m^™ca’ se sue^e aducir el texto del fam oso requerí-
Pedrería ^ f ñadl0 e] rf Y Fernando a ^ instrucciones dadas a
de la, ^ ° le em ’16 en , s '< 1 T ierra en una
AmériM ^ n ' T nT er° SaS y s>Snifi<»tivas que zarparon para
b|-es con qu istador^ " V* n ° S ^ deSPUé$ fa e r° n céle'
28
20
78 Introducción general

E l requerimiento quería ser una justificación de la entrada de


los españoles, basando sus motivos cn la donación del Papa, señor
universal instituido por Dios, a los reyes españoles. Mezclando los
motivos políticos y religiosos, se exhortaba a los indígenas a reco­
nocer aquel señorío temporal y el religioso de la Iglesia, dándoles
algún tiempo de consideración i ~. D e no aceptarlo, se seguiría la
guerra y la conquista, y los indios serían los causantes de los males
que se siguieran de ellas. Leído el requerimiento, se tomaría acta
oficial por el escribano.
Las Casas, al exponer todos estos detalles en el lugar indicado,
pone en ridículo el requerimiento y sus circunstancias concretas
con fáciles argumentos, demasiado visibles a los mismos conquista­
dores. Sin embargo, dentro del intento de fondo que animaba aque­
lla experiencia, hay un deseo de justificación, que, por cándido y
no totalmente sincero en muchas de sus partes y de sus ejecutantes,
no deja de tener una significación real y digna de tenerse en cuenta.
Las polémicas posteriores y las nuevas juntas de teólogos y juristas
suprimieron pronto tal práctica en su forma literal, pero su espíritu
siguió sirviendo de base a muchas negociaciones y tentativas de
incorporación pacífica de pueblos indios a la nueva entidad política
que se iba creando por todo el continente.
Por lo que hace al tema en sí, fue objeto de estudio durante las
dos primeras estancias del clérigo Las Casas en España (15 15 -15 17
y 1518-1520), pero más en forma de buscar remedios prácticos para
hacer cesar la opresión de los indios que de estudiar sus fundamen­
tos teóricos, aunque se traen naturalmente a colación, especialmente
los referentes a la esclavitud en general y a sus aplicaciones en aque­
llos tiempos. Como todas estas cuestiones eran conocidas por mu­
chos consejeros reales, obispos, religiosos, teólogos, juristas y colo­
nizadores, se fue poco a poco creando un clima de inquietud doc­
trinal, de conciencia social y humana, de búsqueda de remedios,
que, a pesar de todas las claudicaciones prácticas y de todas sus
deficiencias teóricas, prepararon el terreno para las futuras disputas
sobre asuntos de Indias, participando como principales actores varios
de los que hemos visto hasta ahora, desde el rey-emperador hasta
Las Casas.
Anotemos también en 1514-1515 la primera experiencia en
Indias de una misión sin armas, por medio de algunos dominicos,
misión que fracasa por las peripecias de un barco español; y otra
misión de dominicos y franciscanos algo después, que tampoco
cuajó por parecidos motivos de violencias ocasionales, que no pre­
disponían a los indios a escuchar con simpatía el Evangelio.
Coincidiendo con el primer repartimiento oficial de Rodrigo
de Albuquerque Cr5 de noviembre de 1514) y los primeros resul­
tados de la expedición de Pedrarias a Tierra Firme, tiene lugar

32 Hay que notar que el requerimiento era una costumbre que ya había sido utilizaba
en la Península contra los enemigos, como luego, al saltar la conquista a las i sl as Canarias y a
América. Cf. M e n é n d e z P j d a l , o.c., p.258. Se conoce la frase de Diego Colón a Diego V d á z -
quez instándole a apaciguar a Jos cubanos, «haciéndoles sus requerimientos en forma».
C.9- Problemas de la Iglesia americana 79

I conversión de Las Casas (la anuncia con cierta solem nidad el


de agosto de 1514) 33, quien al año siguiente determina venir a
F'spaña con el padre M ontesinos para inform ar a la corte y luchar
contra la encomienda y la esclavitud en todas sus formas.
Juntas co n el clé rig o Las Casas.— Indiquemos más b reve­
mente la sucesión histórica de las demás juntas congregadas en el
período por así decirlo lascasiano, ya que el clérigo es el personaje
que más tiempo y más veces asiste a ellas y las prom ueve y orienta
más eficazmente.
En la de 1516, en M adrid, donde residía frecuentem ente C is ­
neros, se reunió L as Casas con el cardenal gobernador, con A d rian o
de Utrecht, representante de don Carlos y adjunto a la gobernación
en forma especial, con varios doctores y oidores, sin la presencia
del poco grato a Las Casas, Rodríguez de Fonseca. Entre el clérigo
y el padre M ontesinos examinaron las ordenanzas de 1512 -1513
y las corrigieron, y sus correcciones fueron aprobadas en consejo.
Gran mejora en las condiciones de trabajo, comida, descansos;
impedir traslados a otras islas y facilitar la liberación económica
fueron sus principales méritos.
Para llevar a ejecución tales ordenanzas se planeó una expedición
de tres padres jerónimos, que se consideraban limpios de todo interés
de Orden o de personas en Indias, se les dieron instrucciones ade­
cuadas y Las Casas vuelve a plasmar en realidad sus proyectos.
Por muchas circunstancias no imprevisibles del todo falla la
expedición jeronimita, vuelve Las Casas otra vez a España, y al
morir Cisneros (8-XI-1517) y venir el joven Carlos I, de sólo dieci­
siete años, a gobernar sus reinos personalmente con su corte de
flamencos, cambian las circunstancias para los asuntos de Indias,
pero no el influjo de Las Casas 34.
Junta de 1 5 1 8 .— Consiguió introducirse en la confianza de los
consejeros flamencos y mantenerse en ella, utilizando especialmente
al canciller Jean le Sauvage, y al morir éste, a La Chaulx (Lassao),
que por motivos que no nos toca ahora examinar podían inclinarse
más fácilmente a las ideas lascasianas.
Planeó llevar centenares de labradores castellanos a Indias a
servir de modelos a los indígenas; se reunió una junta de 13 dom ini­
cos en Salamanca para tratar acerca de la racionalidad de los indios
oe modo extraoficial, y poco después, otras en Barcelona entre los
predicadores reales y el Consejo, con conclusiones de tipo lascasiano,
confirmadas en otras reuniones con el obispo de Darién, fray Juan
e Quevedo, no muy bien tratado por Las Casas en su historia,
que versó más sobre la esclavitud y el buen tratamiento de los indios,
y a restitución a que estarían obligados los encomenderos que no
* Icran cumplido lealmente sus deberes para con los indios. E n
10 os e|l°s. Las Casas nos presenta su actuación en pleno triunfo, con
a consiguiente confusión de sus contrarios.
a4 j ' AS ^ As' s. Oí>rns, ibíd., c.70 p.358.
cn1eu.nstancias de su vicla e intervenciones más o menos oficiales están contadas
a " largo de los numerosos capítulos de este libro 3 de su Historia cié las Indias.
80 Introducción general

Junta de La Coruña.— lia el deambular de la corte por las diversas


capitales y luego en el viaje hacia Alemania, don Garlos terminó por
reunir Cortes en Santiago y La Coruña, donde hubo diversas reunió-
nes acerca de temas de Indias, como la predicación evangélica sin
armas, obteniendo Las Casas la cesión de gran parte de las costas
de Venezuela y Colombia actuales para sus proyectos. Las empresas
violentas de diversos exploradores por las mismas tierras arruinaron
la misión casi antes de comenzarla, con muertes y expulsión momen­
tánea de los colonizadores.
T o d o esto hizo que Las Casas se decidiera a entrar en la Orden
dominicana, y con ello, durante unos años ricos en acontecimientos
sensacionales de descubrimientos y conquistas, no suena el nombre
del protector de los indios en la documentación oficial ni en los
consejos reales.
N u evo s ru m b o s con la conquista de M é jic o .— La rápida
conquista de Méjico, mientras se decidía en Europa la contienda
entre Carlos V y Francisco I y se daba la primera vuelta al mundo
por Magallanes-Elcano, marca una etapa decisiva en la historia
española de América. Caído su primer imperio y unidas las diversas
partes de Firme Tierra y Centroamérica con la capital azteca, la im­
portancia hasta entonces poseída por las Antillas comienza a despla­
zarse hacia el continente y los problemas se colocan en unas dimen­
siones mucho mayores, sin límites previsibles en el avance terrestre
y con nuevos pueblos y culturas a los que presentar el mensaje
evangélico y la aceptación de la tutela española.
Una real cédula, de 26 de junio de 1523, intenta evitar la implan­
tación de la encomienda en Méjico, pero llega tarde; hay que buscar
luego atemperarse al hecho consumado, y después de un período
de intensa evangelización, por un lado, y de abusos con los indígenas
por otro, se llegó, hacia 1531, a unas condiciones más aceptables con
el primer obispo y arzobispo de Méjico, Fr. Juan de Zumárra-
ga, O. F. M ., y la nueva Audiencia presidida por el obispo Sebastián
Ramírez de Fuenleal. Pronto le sucedió el primer virrey de Méjico
en la responsabilidad suprema del país, don Antonio de Mendoza,
y la Nueva España se va organizando en país cristiano y en vías de
hispanización. Méjico conoció también lo equivalente de las juntas
de teólogos de España hasta que se celebraron sus primeros concilios
provinciales.
El gran número de proyectos de conquista o de descubrimientos
en plan de poblamiento presentados entonces, con las noticias de
lo que iba sucediendo, determinaron a Carlos V a la provisión real
de Granada, de 17 de noviembre de 1526, declarando los principios
jurídicos y las normas de conducta de los descubrimientos 35, Se da
gran influjo a los religiosos que asistan, se tendrá una especie de
requerimiento mejorado con intérpretes, no se harán esclavos donde
no haya resistencia; en fin, parece imperar un espíritu casi rigurosa­
mente lascasiano en ella.
3 5 M e n é n d e z P í d a l , H padra L as (lasa s p/> } 64
C.9. Problemas de la iglesia americana

Pero las expediciones que se hicieron con sus norm as utilizan la


labra «conquistar» junto a las de descubrir, pacificar, poblar.
A Pizarro se le encargó m ucho (29-VI-1529) el buen tratam iento
¿ e los indios, recordando y especificando, en cuanto al m odo d e
realizarse, en otras varias ocasiones, hasta las ordenanzas a P izarro
de 20 de noviembre de 1536, que concretan m ucho lo q u e se entendía
por aquella expresión y previenen fuertes castigos a los transgresores.
La historia del Perú, con sus luchas civiles después d e una
accidentada conquista y penetración, llegando hasta C h ile y el R ío
de la Plata, ocupó ahora los espíritus en España de un m odo p a rticu ­
lar. Las Casas había vuelto a hacer acto de presencia con su am o n es­
tación al Consejo de Indias del 20 de enero de 1531; em p ieza a
moverse en Santo D om ingo, Puerto Plata y otros puestos d e la
Española; trata de embarcarse para el Perú, cuando una serie de
circunstancias le llevan a Nicaragua y a Guatem ala, donde in ten ta
poner en práctica sus principios de evangelización pacífica sin ap o yo
militar, y termina en M éjico su viaje por asuntos de la O rd en d o m i­
nicana. A fines de 1539 emprende su vuelta a España, la prim era
como religioso, y fomenta la celebración de juntas, aunque éstas ya
se hallaban en gestación en el momento de su venida.
La bula «Sublimis Deus».— Por esos años había tenido lugar en
Nueva España la iniciativa de fray Bemarcüno de M in aya, O . P .,
que, después de diversos incidentes, consiguió obtener del papa
Paulo III la bula Sublimis Deus, del 2 de jun io de 1537. Según lo
que narra el mismo protagonista, fue la real cédula de 20 de febrero
de 1534, derogando otra de 1530 contra la esclavitud, la que desató
el movimiento en favor de los indios 36.
Hay que hacer notar que, acerca de la tesis de la irracionalidad de
los indios achacada a algunos conquistadores, H anke y otros escrito­
res anglosajones exageran el significado real de algunas expresiones
castellanas, como, por ejemplo, perro indio y otras parecidas. N a d ie
creía en el significado real o equivalente de estas expresiones 37.
La bula Sublimis Deus, del 2 de junio de 1537, térm ino de las
gestiones proindias en Roma, fue precedida en algunos días (29 de
mayo de 1537) p0r la carta apostólica de Paulo III al cardenal Juan
de Tavera, arzobispo de Toledo, ordenándole prohibir bajo pena
de excomunión, ipso facto incurrenda, el reducir a los indios a la
esclavitud de cualquier forma y por cualquiera 38.
Esta intervención pontificia, un poco a espaldas de la corte y del
cardenal Loaysa, dominico y presidente del Consejo de Indias, irritó
arlos V, que ordenó recoger las bulas y consiguió de Paulo III
que derogara el breve concedido al cardenal Tavera, en cuanto lesiva
t os derechos patronales del emperador, o tam bién perturbadora
c a paz en las Indias. Una curiosa querella entre el Papa y el em pe-
82 Introducción general

rador en aquellos momentos decisivos en que se estudiaba la convo­


cación del famoso concilio que definiera el campo doctrinal católico
frente a la seudorreforma protestante.
Nótese bien que el Papa anuló sólo el breve al cardenal Tavera
por otro breve de 19 de junio de 1538— Non indecens videtur— , pero
no la bula o las bulas sobre la racionalidad de los indios y diversas
disposiciones disciplinares 39.

Las «Relecciones» del maestro Vitoria.— Esta intervención


del emperador y las Relecciones, del maestro Vitoria, poco después,
principios de 1539, De Indis, y el 19 de junio, De Iure belli, volvió a
encender el asunto y las cuestiones jurídico-teológicas de Indias.
Carlos V creyó que se atacaban sus derechos soberanos a los nuevos
países, y ordenó al padre prior de San Esteban de Salamanca hacer
una información circunstanciada de todo lo que se había explicado
en clases o sermones acerca de estos temas, con los escritos que lo
recogieran, para examinarlo todo por sus delegados. Y prohibió
que se tratara de esta cuestión, ni se imprimiera nada tocante a tal
materia sin su permiso. Era orden del 19 de noviembre de 1539,
desde Madrid.
Cualquiera hubiera podido imaginarse que la actitud real se
endurecía y que la «causa de los indios» iba a sufrir las consecuencias
de este endurecimiento, con gran regocijo de esclavistas o encomen­
deros de todos los matices. Sucedió en realidad lo contrario.
Ignoramos quiénes fueran exactamente los maestros o predica­
dores tenidos en cuenta por el rey con su mandato a San Esteban.
Algunos hablan del padre Vitoria, mientras que otros le libran de
ello. Tam bién el padre Carranza, el futuro arzobispo de trágico des­
tino, tuvo relecciones de asuntos indios por la misma época. Espere­
mos que los doctos sucesores de aquellos maestros en las mismas
aulas nos vayan dilucidando estos pormenores.
Las Relecciones del maestro Vitoria no se imprimieron por enton­
ces, es cierto, pero su autor fue consultado con honor en 1541 sobre
Indias, y siguió influyendo en las ideas referentes a aquel continente.
Se ve que el disgusto del emperador por el modo de proceder del
padre Minaya en sus negociaciones en Roma y en la divulgación de
los documentos pontificios que había obtenido le hicieron mirar con
prevención todo lo referente a airear esos temas americanistas, siem­
pre vidriosos, y más entonces con las revueltas del Perú. Por algo
ordenaba ese año de 1539 al virrey Mendoza, de Méjico, advirtiera
a los obispos de su virreinato no intentaran dirigirse directamente
a Roma en demanda de gracias, sino que escribieran a la corte real,
39 En H A r c h iv o Vaticnno se conserva la "Cassatio litterarum i n forma brevis o i u s d e m
Pontificis, per íjuhs oriri poterat perturba! io índiarum oc.cidentalium et meridionalium»
(Arch. Secrr. Vat., arm.4r M o , epist.543), mientras que se conserva también un ejemplar e n
el A r c h r . ' O de indias de Sevilla (Patronato 1 ramo 39). ( "arlos I pidió la anulación del breve,
y a e\o se reííere también el ejemplar del Vaticano. Pero I lanke ha creado una gran confusión
acarea de este incidente. Pues si propuso bien el asunto una ve/, luego parece haberse olvidado
de ello, y en su obra «L: lucha por la Justicia» supone repeí idamente anulada la bula Sublim is
D eus y lo comenta desfavorablemente. Véase acerca de esto A i.w * r t o nr- l a H i - h a , E l d cn rh n
de lo'j indios a la libertad y a la Je, L a bula Sublim is D cus y los problemas indianos que la m o ti­
varon : Anuario ríe Historia del Derecho Español X XV I (1956) 80-181,
C.9. Problemas de la Iglesia americana

donde se vería si la petición era pertinente, y entonces se negociaría


con el Papa. T o d o ello hizo que el placet regio se urgiera p articu lar­
mente desde entonces.
En su nuevo viaje por Europa, donde encontraba tem as mas e s­
pinosos tanto en lo político como en lo religioso, Carlos V com enzó
a sosegarse y a manifestarse otra vez favorable a los dom inicos
salmantinos, a los que encomendó una misión ultramarina, p recisa­
mente por poseer «personas calificadas, de buenas y sanas letras» 40.
Y el 31 de marzo de 1541 se le consulta a Vitoria sobre los bautism os
sin instrucción suficiente en la N ueva España. Su buen nom bre q u e ­
daba totalmente justificado con esta muestra de la confianza real.
Verificadas las necesarias consultas con los mejores profesores
de la Universidad salmantina, se dio el informe el 1 de julio de 15 4 1,
conformándose a la costumbre de la Iglesia.
El destierro de la palabra «conquista» en los docum entos oficiales,
no total, pues se dan algunos casos aún en tiem pos de F elip e II,
pero sí bastante constante y general, tiene lugar entre 15 4 1-154 2 ,
empujado, en parte, por la nueva actitud adoptada por Carlos V ante
las pretensiones de explorar y descubrir tierras en A m érica del N o rte
de Francisco I de Francia. Carlos V escribió al cardenal de T o le d o ,
Tavera (7-V -1541), «diciéndole que era preciso hacer valer ante el
Papa el hecho de que los reyes de España habían «descubierto,
conquistado y poblado» aquella tierra a costa de grandes gastos
y que la habían ocupado y poseído pacíficamente sin interrupción» 41,
pero sin insistir mucho en la concesión de la Santa Sede, pues
Francia no hacía caso de eso. ¿Influyó la actitud y los m em oriales
de Las Casas en esta postura ? Puede ser, aunque es difícil confirm arlo
expresamente, como en otras materias.

L as « L eyes nuevas». Juntas d e V a lla d o iid d e 1542 y d e B a r ­


celona.— Desembarcado el emperador en Cartagena (4 de noviem bre
de I 5 4 0 . pudo atender personalmente a los asuntos de Indias. H asta
las Cortes de Castilla le pidieron que examinara el asunto de la c ru e l­
dad usada en Indias. Carlos V lo prometió, com enzando inm ediata­
mente la visita del Consejo de Indias (22-V-1542) y rem oviendo a a l­
gunos de sus oidores. El Consejo, reformado y reforzado con algunos
consejeros de Estado, comenzó el,exam en de las quejas presentadas
oyendo al padre Las Casas el material informativo, al que pronto da-
na forma en la Destruirían de ¡as Indias aquel mismo año y en otros
tratados contemporáneos. Propuso sus remedios, de los q u e sólo
imprimió en 1552 el octavo, sobre la libertad de los indios incorpo-
1actos a la corona real, sin género ninguno de encom ienda. L o s coñ ­
u d o s dieron soluciones muy distintas a los problem as planteados.
r e d u c á ®xamfnar a?Unt° en, Barceíona ante una consulta más
Lows i , " U'r PA ',ment,C el cntcr¿° Iaf=»si“ o en las llamadas
»qu - h capital1 20 noVlembrc de > 5 4 2 por Carlos V en

MfNÚNDEZ Pu ní., O . C. , p , 1 2 Q .
“1 Ibíd., p.x4I.
84 Introducción general

Las Casas no las aprobó totalmente ni mucho menos, pues,


a pesar de las limitaciones señaladas, la encomienda subsistía aún
con ciertas condiciones. Y en febrero de 1543 escribió un largo
memorial al emperador contra lo que quedaba de injusto en relación
a la libertad de los indios en las Leyes nuevas 42. Examinadas sus
quejas, todavía se dictan algunas disposiciones suplementarias, fir­
madas por el príncipe Felipe el 4 de junio de 1543, y todo ello se
imprime en Alcalá el 8 de julio del mismo año.
Las Casas influyó mucho en estas Leyes nuevas, pero ellas no
constituían su ideal, y mucho menos al ver la reacción bélica del
Perú, dirigida por Gonzalo Pizarro. Esta lucha y más tarde las repre­
sentaciones de Méjico, después de sus juntas de I544> con asistencia
de Las Casas, determinaron a Carlos V a revocar parcialmente las
Leyes nuevas, en cuanto a la concesión de nuevas encomiendas y la
hereditariedad de las antiguas (Malinas, 20 de octubre de 1543,
y Ratisbona, 6 de abril de 1546).
Ese año de 1546 hubo nuevas juntas de prelados y teólogos en
Méjico, con motivo de las consecuencias de las Leyes nuevas. Las
Casas mantuvo su posición de siempre: libertad para todos. Otros
replicaron que ni la letra ni la idea llegaban a tanto.
Una real cédula de 20 de febrero de 1548 decretaba la libertad
sin excepción a todas las mujeres y a los niños de menos de catorce
años cuando fueron hechos esclavos. Para los otros, la prueba de que
fueron hechos esclavos en guerra justa y con todos los requisitos;
de lo contrario, había que aplicar la legislación española y las Leyes
nuevas. Algunos prefirieron libertarlos, cobrando el precio que les
costó. También recomendaba la corona a las Audiencias que nom­
braran procuradores para solicitar judicialmente la libertad de los
indios. Fue nombrado el licenciado Melgarejo el primero de los
de este género, en 1551, preguntando en seguida a España por la
solución de algunas dudas. Fueron llegando provisiones cada vez
más benignas. Los últimos esclavos se presentaron ante la Audiencia
en 1561.
Según estadísticas mandadas hacer por Melgarejo, se dio libertad
en Méjico a unos 3.000. El licenciado Lebrón de Quiñones libertó a
unos 600 en Colima, y hay cifras parecidas en otras ciudades.
La recopilación de 1680 recoge una ley prohibiendo de modo
general la esclavitud en paz o en guerra, con la excepción de los
indios permanentemente belicosos, como los caribes, araucanos,
mindanaos 43.
Todo esto preparó despacio el ambiente para la libertad de los
negros. Las guerras del norte de Nueva España hicieron que durara
la esclavitud y hubiera muchas variaciones de aplicación. Esas gue­
rras continuaron luego con la república mejicana. Pero tanto antes
como después de ella hubo movimientos abolicionistas aun para tales
casos 44.

44 Z a v a l a , S / l v j o , La colonización española en Indias c. 6.


42 íbíd., p. j «50 r58.
43 L e y 1 tít. 2 1.0 , y íeyes 1 2 . 1 3 . 1 4 y 16 d d m i s m o l i bro y t í t ul o.
C.9. Problemas de la Iglesia americana 85

L a polém ica de G inés de Sepúlveda. I 547_I55°»— L as c ir­


cunstancias indianas cambian otra vez. Se va consolidando la paz
en el Perú, se extiende el dominio a toda la parte occidental de
gudam érica en sus líneas básicas y fundamentales y en sus com un i­
caciones estratégicas, mientras en el norte seguía la expansión de la
Nueva España y aun se acometían expediciones hacia la especiería
(Villalobos, 1542-1546). Se habían corregido al mismo tiem po a lg u ­
nos de los excesos más llamativos de aquella penetración, a veces v io ­
lenta y a veces pacífica; se estaba formando con éxito el arm azón
de su Iglesia por medio de nuevos obispados, nuevas provincias y
casas religiosas, nuevas doctrinas o parroquias de indios.
En ese momento se suscita la polémica Sepúlveda-Las C asas,
último episodio llamativo y exterior de la lucha entablada entre
los partidarios de la absoluta libertad de los indios y de los q u e no
acababan de convencerse de que los días de la esclavitud estaban
contados por lo que hace a los indios americanos, y que la m ism a
encomienda iría extinguiéndose con muerte lenta pero segura.
Aún quedarían trazas de abusos y de coacciones laborales, com o la
mita, pero con mayores posibilidades de mejoría que en los cru d o s
tiempos de la primera colonia, centrada alrededor de la E spañola.
Las Casas había actuado poco tiempo como obispo en C h iap a.
Su labor es considerada como un fracaso por muchos en su a c tiv i­
dad de pastor de almas responsable de una diócesis en form ación;
otros le defienden, echando la culpa a sus sempiternos enem igos.
Creemos sinceramente que Las Casas no era el hom bre a propósito
para dirigir largo tiempo estas empresas apostólicas entre los m ism os
indios. N o era allí donde lograba sus éxitos, sino en la corte, en las
juntas de teólogos o juristas, en la elaboración de sus innum erables
capítulos de defensa india.
Juan Ginés de Sepúlveda, buen humanista a la italiana y sin
duda también buen jurista, intentó publicar una obra, Dem ocrates
alter, sive de iustis causis belli apud indos (El segundo Dem ocrates,
o sobre las justas causas de guerra con los indios) . N i el C on sejo d e
Indias ni el de Castilla se decidieron a concederle el perm iso de
impresión y dilataban la solución. N o eran tiem pos aquellos para
excitar más los ánimos en semejante asunto, y menos después
del esfuerzo realizado con las leyes nuevas, a pesar de las podas
subsiguientes. Se propuso el asunto a las universidades de Sala­
manca y Alcalá. Estaba Sepúlveda a punto de conseguir su visto
bueno, cuando volvió de Nueva España fray Bartolom é d e L a s Casas
y puso todo el empeño posible, que no era poco, en im ped ir taí
permiso, pidiendo nuevo examen de parte de A lcalá y Salam anca
que no concedieron la licencia después de m ovidas reuniones Sin
embargo & púlveda alcanzó permiso en Rom a para publicar, com o
niZo a,u» su Apología pro libro de iustis causis belli en 1550*5.
,1,045 l‘^cc,'ca *a discusión con Sepúlveda pueden consultarlo u i u • ••
- sobre Las Casas, L osada , A noei .. )xum Cines de S ^ ú l Z l a a ^ Z obras mdica-
v nuciim 'j _s <1 través de su Epistolario

944 )-
86 bit rodu ccit>n ge ne ral

Sin meternos a detallar las opiniones en lucha, basta indicar


que Sepúlveda exagera la línea que hoy se llama imperialista, aunque
nosotros no aprobemos el alegre y cómodo uso que de esta palabra
hacen muchos para descalificar a cualquiera en un inmenso con­
fusionismo. A pesar de que la aprobación romana de Sepúlveda
algo significa acerca de la ortodoxia de su doctrina, es cierto que su
favor a formas más o menos claras de esclavitud, su no grande estima
de los indios, la facilidad en conceder guerras justas, y a éstas, la
imposición de duras condiciones con los vencidos, especialmente
a los llamados «bárbaros», debían provocar una reacción fuerte en
España, que oficialmente apoyaba más bien las tendencias contra­
rias y mucho más conformes con las enseñanzas evangélicas. A un
así, la polémica hubiera sido sin duda menos llamativa y dura, caso
de haber continuado Las Casas en América.
N o creo que nadie tome a la letra las acusaciones del ardiente
protector de los indios contra el humanista cordobés, aun conce­
diéndole la razón en los puntos más fundamentales. Le sirvió de
buen apoyo el célebre padre Melchor Cano. Se sucedieron cartas,
trataditos y otros escritos sobre los puntos debatidos, hasta que el
emperador resolvió encomendar a una nueva junta la solución de
aquellos espinosos problemas.

Junta de Valladolid de agosto-septiembre de 1550.— La for­


maron 14 maestros conocidos de diversos centros, presididos por
fray Domingo de Soto, a quien acompañaban otros varios domi­
nicos de renombre. A llí se presentaron los dos contendientes prin­
cipales, explanando y defendiendo sus respectivas posiciones. Más
largo y difuso Las Casas, manejando conceptos cien veces expuestos
y desarrollados por él en diversas formas; más escueto y frío Se­
púlveda, que difícilmente podía esperar un triunfo en tal ocasión
y ante semejante jurado, doctrinalmente mejor preparado y con
mayor sentido cristiano de las cosas. Llamó la atención la síntesis
que hizo Domingo de Soto de la argumentación de los contendien­
tes, que se publicó en 1552.
Casas pudo volver a exponer sus puntos de vista acerca de la
evangelización pacífica, de los derechos concedidos por el papa a
los reyes de España en plan misional y no propiamente político,
aunque los constituyera como una especie de emperadores de las
Indias para la dilatación de la fe y su defensa, suponiendo el reco­
nocimiento de los indígenas. Punto algo utópico en el que incurrió
en más de una contradicción, concediendo a veces a los reyes de
E,spaña lo que negaba en otras, apurando los argumentos y las
palabras. Sepúlveda, aunque contaba con muchos argumentos en
la cuestión de la defensa ocasional de la fe, al ser injustamente agre­
didos sus predicadores, acentuaba demasiado este apoyo y la poca
capacidad de los indígenas americanos. También razonaba bien
en contra de los sacrificios humanos, punto en el que Las Casas
profesaba algunas ideas un poco extrañas, él que tanto clama contra
el menor derramamiento de sangre por parte de los colonizadores.
87
C.9- Problemas de la Iglesia americana

A principios de 1551 volvieron a reunirse estas juntas, tratan d o


fji pecialmente de la cuestión de la guerra con m otivo de la id olatría
v de pecados contra la ley natural, m anteniendo cada cual sus p o si­
ciones con cierta acritud. N o se llegó a una votación com pleta en
esta ocasión _
El punto de que se trataba, sobre el m odo de propagar i a ie en
Indias, y «qué forma puede haber cómo quedasen aquellas gentes
sujetas a la majestad del emperador nuestro señor, sin lesión de
su real conciencia, conforme a la bula de Alejandro», n o q u ed ó d el
todo dilucidado, y si ya años antes parece que Carlos V , cuan d o
la discusión de las Leyes nuevas había pensado en abandonar el
Perú, luego desaparece esa preocupación, y se sigue in vocan d o la
concesión de Alejandro V I como fundam ental para el d om in io d e
las Indias en la legislación general y en otras ocasiones, y no p recisa ­
mente en el sentido que le daba el padre L as C a s a s 47.
En cambio, desaparece cada vez más la palabra y aun la id ea
de conquista en la fraseología oficial, aunque alguna rara v e z se
introduce de nuevo.
Para más detalles de este com plejo asunto, véanse los autores
ya citados (Carro, Teodoro A n d rés M arcos, Pérez de T u d e la ,
Menéndez Pidal, Beltrán de Heredia, etc.).

E l p ro te cto r d e in d ios.— A lgunos autores han estudiado de


propósito este punto, en especial el padre Constantino Bayle, S. I.,
con la abundancia de docum entación en él característica, aunque
no siempre sistematizada. U tilizando la categoría de «miserables»
o merecedores del amparo público com o ya lo hacía el derecho,
pronto cayeron en la cuenta gobernantes y misioneros de que los
indios necesitaban protectores especiales, investidos com o tales ante
la ley, ya que ellos, por su situación especial de desarrollo m ental
y anímico y, en muchísimos casos, sin experiencia de vida política
o civil de alguna categoría, caían realmente bajo el calificativo de
miserables recordados por las leyes, o de niños o adolescentes q u e
necesitan de tutoría. Los textos abundan y pueden verse acu m u la­
dos en Bayle 48.
Llama la atención la machacona insistencia con que la legisla­
ción española o las instrucciones a los gobernantes recomiendan el
buen trato de los indios o naturales. Por muchas faltas que hubiera
contra esta recomendación o mandamiento, es cierto q u e en otros
muchos casos tuvo efectividad, y, en el peor de ellos, p or el tem or
c las sanciones legales, que tarde o tem prano term inarían ñor
nacerse sentir.
Los padres jerónimos enviados por Cisneros a la Española
esnVm? m \SlÓn ™uy particular Pueden pasar com o los protectores
exL u md1los’ y a <3 ue llevaban como principal m isión la de
aminar bien sobre el lugar toda esta materia y disponer en conse-

47 \ TrN^x’r' F7; Pttm t., o . c . , p . 2 1 5 - 2 1 7 .


<8 N,::K' I1E? PlOAI., O. C. , p.247.
'-I I » n i r r , n , Je indios (Sevilla 1045),
88 Introducción general

cuencia 49. L o mismo Las Casas, que influyó en aquel envío y des­
de entonces puede considerarse como protector nato de los indígenas,
recibiendo poco después consagración oficial50, mientras procuraba
que hubiera otros en aquellas partes. T u vo también paga del Estado
por ello, pues dice que le hicieron ya en 1516 «procurador y protector
universal de los indios de las Indias», con el salario de 100 pesos
de oro cada año. Otra vez se llama «universal procurador de todos
los indios». Menéndez Pidal sospecha que se trate de una fantasía
del «protector», y que el salario tal vez se le daba por sus informa­
ciones a los jerónimos y sus consejos a la corte 51.
El título de «procurador de indios» se dio a otros varios religiosos.
Por sus mismos cargos eran tales las primeras autoridades: virre­
yes, gobernadores, Audiencias Reales. Y no digamos los obispos
y los párrocos. Se repite esto en los concilios provinciales de Lima
y M éjico, 1583 y 1585 52. Los obispos lo fueron ya por oficio todos
hasta 1560; pero como no se determinaban bien sus funciones,
hubo a veces roces y conflictos. Las 14 leyes del título 6 del libro 6
de la Recopilación de Indias se ocupan del protector de indios, sin
definirlo, según su costumbre.
R esultados de estas juntas y deliberacion es.— Carlos V, des­
pués de la tregua que se había impuesto en 1550 con motivo de la
contienda Casas-Sepúlveda en punto a nuevos descubrimientos y
entradas53, desde Bruselas, 24 de diciembre de 1555, da orden al
Consejo de Indias para que autorice al virrey del Perú, marqués
de Cañete, a hacer «nuevas conquistas y descubrimientos». Reapa­
rece la palabra «conquista», como se ve 54. A l poco tiempo abdica
el emperador, y su hijo Felipe II da poder al mismo virrey para
emprender nuevos descubrimientos. Ese mismo día, el Consejo
de Indias envía al virrey una larga instrucción sobre los nuevos descu­
brimientos y poblaciones tanto por tierra como por mar. Se apoya en
la donación pontificia, y conserva una especie de requerimiento.
Si se resisten, se podrá emplear la fuerza, consultando a la A udien­
cia 55.
Las capitulaciones siguientes se hacen conforme a esa instruc­
ción, como en 1564, sobre el Darién con don Juan de Villoria Avial,
llevando armas, para que la pacificación «se haga con toda paz y
cristiandad» y con encomiendas 56.
El 10 de julio de 1569 aparece la palabra conquista en la capi­
tulación con Juan Ortiz de Zárate 57, y no desaparece expresamente
hasta las ordenanzas de Ovando, 1573 58.
El 24 de septiembre de 1559, en la primera instrucción para la
40 Tbíd , p. r 2 - 14.
'' O Irra-, v o l . 2 I.3 c . q o p . .387.
;:j I b í d . , y en M í - n é n l i - . z P í í > a l , o . c . , p.2r 22.
Ybot, o . c ., p.286.
': ; En M e n é n d e z P i d a l , o . c ., p.244-247.
M a n z a n o , Juan, ¡ m iru nrpam cinu de Ins Iriditis (1048) p.202 nota 87.
f5 íbíd., p.203-207
^ C'ol. Doc. ín¿d f fist. T.rItr. vol.23 (18 7 0 J>?4 >41
57 IMd., p.MO-^.SV
5# M ai -nT/ANO, O. c ., p.209-2 10.
C.9. Problemas de la Iglesia americana 89
míe luego sería la expedición de Legazpi a Filipinas, sólo se habla del
«descubrimiento de las islas del poniente hacia los M a lu c o s ..., para
que se entienda si es cierta la vuelta» (a N ueva España). E n la in s­
trucción que se dio a Legazpi se decía en el número 25: «Y para
llegar a ellas y conseguir el fin que su magestad principalm ente p re ­
tende de traer a los naturales de aquellas partes al conocim iento
de nuestra santa fe católica y descubrir la navegación de la vu elta
a esta Nueva España para el acrecentamiento de su patrim onio y c o ­
rona real de Castilla, así por vía de contratación y rescates com o por
otras que sean lícitas y que con buena conciencia se puede p rosegu ir
y que se pueda traer alguna especiería y de las demás riquezas q u e
hubiere» 59.
Parece como si hubieran intervenido en su redacción algun os d is ­
cípulos del padre Vitoria, pues tanto reflejan sus ideas esas palabras
en un caso concreto.
En cuanto al período posterior, podemos decir, en general, q u e
estas orientaciones siguieron rigiendo los distintos descubrim ientos
y entradas en tierras de indígenas. En la Recopilación de 1680 se
conservó la real cédula de Carlos V (Valladolid, 31 de d iciem bre
de 1549), que prohibía a toda persona de cualquier estado o co n d i­
ción hacer entradas o rancherías en ninguna isla, provincia o parte
de las Indias sin expresa licencia del rey, bajo pena de m uerte 60.
Era quitar de raíz la principal causa de excesos y desórdenes en
tales casos: la iniciativa privada actuando por su cuenta.
Se habla en la Recopilación largamente sobre descubrim ientos
y pacificaciones, indicando a veces los métodos concretos que había
que utilizar para ganarse la amistad de los indios y prevenirles para
recibir bien la predicación evangélica.
En el libro 3, título 1, ley i . a, se afirma: «Por donación de la
Santa Sede Apostólica y otros justos y legítimos títulos somos señ o ­
res de las Indias Occidentales, islas y T ierra Firm e del mar O céano,
descubiertas e por descubrir, y están incorporadas en nuestra real
corona de Castilla»... 61.
Es muy expresiva la manera de hablar de la posible guerra con
los indios. Después de recordar en la ley i . a del libro 3, títu lo 4,
«que ninguno pueda hacer en las Indias entrada ni ranchería», sé
afirma en la ley 8.a «que los indios alzados se procuren atraer d e
paz por buenos medios» (Valladolid, 23 de septiem bre d e 1543 v
27 de noviembre de 1548). Esta ley usa términos m uy expresivos
de benevolencia para con los indios. Recuérdese que corresponde al
Periodo último que hemos reseñado de las discusiones de Indias
ante los Consejos.

deti I? ?«; T J ?■ !“ í cr guerrJa 3 los indios se «uarde la forma


7
bre do , ’ i o f ^ de jumo de 1523 y Toledo, 20 de noviem-
dico flFotal I P° r 7
POr CarloS 11 y la reina gobernadora),
a . «Lstablecemos y mandamos que no se pueda hacer guerra a los

“ * " ■ « • El » I■
> . . -72 .
de Filipinas p .71
* • Kn 1» «I. de Kfadrid fot,»,,™ de U de , Consejo de la Hispanidad. p.s
523*
90 Introducción general

indios de ninguna provincia para que reciban la santa fe católica


o nos den la obediencia, ni para otro ningún efecto; y si fueren agre­
sores y con mano armada rompieren la guerra contra nuestros va­
sallos, poblaciones y tierra pacífica, se les hagan antes los requeri­
mientos necesarios una, dos y tres veces y las demás que convengan
hasta atraerlos a la paz que deseamos...» (p.565-566). L ey 10: «Que
no se envíe gente armada a reducir indios, y siendo a castigarlos, se
conforme a esta ley» (p.566).
Bastan estas muestras en la sección destinada a la legislación
sobre la guerra en la Recopilación para ver que siguen vigentes las
leyes dadas en el período de las grandes juntas que hemos recordado,
señal de que su esfuerzo no había sido baldío.
La consulta de otros títulos más directamente relacionados con
nuestro tema en la Recopilación nos depara comprobaciones pareci­
das. Así, por ejemplo, en el libro 6, cuyo primer título es «Los indios»;
el 2.0, «La libertad de los indios»; el 6.°, «Protectores de los indios»;
el 8.°, «Repartimientos, encomiendas y pensiones de los indios»;
10, «Del buen tratamiento de los indios».
La ley 1 .a de este título 2 del libro 6 («Que los indios sean libres
y no sujetos a servidumbre») cita las cédulas reales de Carlos V de
9 de septiembre de 1526, 2 de agosto de 1530, 13 de enero de 1532,
5 de noviembre de 1540, 21 de mayo de 1542 y 24 de octubre de 1548.
Com o se ve, se funda toda la ley en lo legislado en el período que
hemos examinado algo más de cerca. Las otras 15 leyes de este
título son también firmes y expresivas.
L a «conquista» en la legislación de Indias.— Examinada la
documentación que vamos manejando y muchos testimonios diversos,
es evidente que la «conquista de América», en el sentido vulgar de la
palabra, lejos de ser la meta de todos los descubrimientos y entradas,
fue frenada muchas veces con estas disposiciones de la corona.
D e haber excitado los reyes y el Consejo de Indias el afán de con­
quista, con los emolumentos que se esperaban y la nombradla que
aseguraba a los participantes, es claro que los Pizarro y los Cortés
de vía estrecha, entre otras cosas, porque ya no quedaban imperios
propiamente dichos, se hubieran multiplicado. Bástenos para esto
recordar el caso de la ciudad de Nueva Sevilla, tan necesaria por su
posición para la defensa y explotación de la costa atlántica de las
actuales repúblicas de Guatemala y Honduras y evitar el futuro
quiste de la Honduras británica, y que, sin embargo, fue despoblada
y destruida por el presidente Alonso López de Cerrato (1547-1548)
por orden del príncipe Felipe, para garantizar el experimento pa­
cífico de la Vera Paz 62.
Todo este freno a conquistas y expansiones, exigido repetidamen­
te por las leyes, es lo que detuvo en su expansión la conquista que
en los años anteriores había crecido tan rápidamente. Pero esto no
es considerado por los censores de aquella conquista, que, si tuvo
sus lados oscuros y negros, se inspiraba también en otros principios
6 2 C f . M e n 6 n d e z P i d a l , o . c . , p . 28 0- 28 1 .
C.9. Problemas de la Iglesia americana 91

de respeto a los pueblos existentes y de prevención de agresiones


más o menos justificadas, según las ideas dominantes en m uchos 63.
Se legisla acerca de los descubrimientos y pacificaciones en los
primeros títulos del libro 4 de la Recopilación. Y a en la prim era ley
se insiste en que el «fin principal que nos mueve a hacer nuevos d e s­
cubrimientos es la predicación y dilatación de la santa fe católica,
y que los indios sean enseñados, y vivan en paz y policía...», según
las ordenanzas 32 y 33 ¿ e Poblaciones de Felipe II.
En la ley 6.a se insiste en suprimir la palabra «conquista», usando
en vez de ella las de «pacificación» y «población» (ordenanza 29 d e
Felipe II; Felipe IV, el 11 de junio de 1621, y Carlos II y la reina
gobernadora). L a razón alegada por la ley dice: «pues habiéndose d e
hacer con toda paz y caridad, es nuestra voluntad que aun este n o m ­
bre, interpretado contra nuestra intención, no ocasione ni dé co lo r a
lo capitulado para que se pueda hacer fuerza ni agravio a los indios».
Se insiste, como siempre, en el buen tratamiento de los indios de
parte de los descubridores, conforme a las instrucciones que llevan
(ley 12).
Parecidos principios rigen el título 4, sobre pacificaciones , com o
se puede ver por los siguientes escuetos enunciados de las leyes.
Ley 2 .a: «Que hecha amistad con los naturales, se les predique la
santa fe, conforme a lo dispuesto».
Ley 3.a: «Que habiendo religiosos que quieran entrar a descubrir,
se les dé licencia y Lo necesario a costa del rey».
Ley 4 .a: «Que si fueren bastantes los predicadores para la p a c i­
ficación, no entren otras personas» (Felipe II, orden 147, de P o b la ­
ciones. En Guadalupe, a 1 de abril de 1580).
Ley 6.a: «Que siendo la gente doméstica, pueden dejar en la
tierra al sacerdote que se quisiere quedar» (don Felipe II, ordenan­
za 17, de Poblaciones).
Ley 8.a: «Que no se consienta que a los indios se les haga guerra,
mal ni daño, ni se les tome cosa alguna sin paga» (el em perador don
Carlos, ordenanza 8, de 1523).
El intento pacificador aparece evidente. A sí se com prende m ejor
cómo después de aquel extraordinario avance de las primeras décadas
del siglo xvi, la «conquista» parece perder bríos, estancarse, y no con o­
ce ya cierta clase de hazañas. El avance se realiza gradualm ente y.
en parte, una vez que los misioneros van convirtiendo a las tribus
limítrofes.
Fi Principios del siglo x v n se da un fenómeno en parte inverso.
Consejo de Indias continúa impulsando el descubrim iento y avance
en California a Sebastián Vizcaíno y anima a otros personajes, com o
Juan de Oñate, hacia N uevo M éjico. Pero el virrey, m arqués de
ontesclaros, es enemigo de aventuras y piensa más bien en sus
P ovechos personales, en negociaciones de otro estilo, y le estorbaban
\ tonalidades tan relevantes como las citad as64.

64 P 2Q2-291.
™ ¡é£S£ g S S A ? 8 3 i» S E S E i *
92 Introducción general

CAPI TUL O X

Repartimientos, encomiendas, buen trato de los indios

N o se comprende el grave problema de la esclavitud en las In­


dias españolas sin conocer al mismo tiempo lo relativo al problema
de los repartimientos de indios y de las encomiendas.
Se habla de encomiendas continuamente en las obras de historia,
sociología, política, economía y religión sobre la América española.
Es una palabra que cuenta con «muy mala prensa» desde los ataques
repetidos y vigorosos de Las Casas contra ella. Para mucha gente,
especialmente en el extranjero, el recuerdo de Las Casas suscita
inmediatamente junto a él el de la encomienda, el del encomendero,
como representante genuino de crueldad destructora, de crímenes sin
fin, de pertinacia en la maldad contra su prójimo, «encomendado a él».
Ciertamente, bajo el nombre de encomienda se ha cometido un
sinnúmero de graves injusticias, y no hay más que recorrer las
referencias de historiadores, juristas y misioneros, sin hablar de las
relaciones de los gobernantes, para convencerse pronto de ello. Pero
su realidad no correspondía siempre y en la vida diaria a la imagen
pintada por Las Casas, especialmente pasados los primeros decenios.
«Hubo repartimientos de indios para la prestación de servicios
personales antes de que se implantase en las Indias el sistema de
encomiendas», nos dirá Ots 1, indicando la diferencia de las dos
formas de servicio personal.
Pronto concibieron los primeros colonos españoles de América
el deseo de utilizar el trabajo de los indios en provecho propio.
A l verlos tan lejos de una cultura avanzada y mucho menos aún de
la técnica, y con las ideas de conquista mejor o peor entendidas que
llevaban de su patria, y de ciertos géneros de esclavitud, más o m e­
nos mitigada, conformes a las ideas de su tiempo, el trabajo de los
indios, desacostumbrados a él por el clima; la facilidad de obtener
ciertos productos naturales y su falta de ambiciones especiales en su
limitado horizonte, no sólo no les parecía injusto, sino que más bien
creyeron al principio que quedaba justificado por los diversos cono­
cimientos que proporcionaba al indígena para la construcción de
ciudades, pueblos, edificios útiles, puertos, caminos, laboreo de m i­
nas y agricultura 2.
Pero donde entra la codicia, y en gente de escasa preparación
intelectual y falta de recursos más aún, pronto se pasa al abuso direc­
to, a los atentados a la libertad, a la verdadera explotación del trabajo
de los indígenas, con poquísimo provecho para ellos y mucha fatiga.
Añádanse las separaciones de la propia familia para ir a trabajar
lejos; las enfermedades, algunas no conocidas en las Indias y de

1 Instituciones p.65.
2 Demetrio Ramos, en su obra H istoria de ¡a colonización española en A m érica (Madrid
1947), explica bien lo referente a la encomienda desde las determinantes ideológicas y econó­
micas hasta las características fundamentales del sistema. Luego, una parte histórica de la
evolución del sistema hasta su extinción.
C.10. Repartimientos, encomiendas

efecto epidémico destructor, como la viruela y otras varias m ortales;


las deportaciones a tierras o islas distintas de las propias, con una
medicina rudimentaria, y no nos extrañaremos de los fatales resulta-
jos derivados de estos factores, sin acudir necesariam ente tanto
como Las Casas a la mala voluntad, al deseo de matar y perjudicar
a los indígenas. Si tanto esperaban sacar de ellos, parece m ás
bien que deberían interesarse por su salud y bienestar para q u e
duraran muchos años en su servicio.
Como pago del primer tributo impuesto por Colón en la E sp añ o ­
la se llegó al acuerdo de pagarlo con su trabajo, parcial o totalm ente.
Hubo revueltas indígenas complicadas con otras de españoles; v i­
nieron los repartimientos de indios a españoles, aceptados por C o ló n ;
la protesta de la reina Isabel, ordenando a O vando que libertara a los
repartidos, señalando sólo tributos asequibles, y finalmente, otro
cambio innovador con la instrucción real de 3 de marzo de 1503 3,
ordenando reducir a los indios a pueblos, bajo el cuidado de un
español, donde pudieran ser instruidos y trabajaran con salario, tod o
lo cual quedó concretado en la provisión real de M edina del C am p o
(20 de diciembre de 1503), autorizando de hecho los repartim ientos.
Se recordó su carácter temporal por el rey: «deben señalarse por
plazos renovables de uno a tres años, y no como esclavos, sino com o
naborías» 4, que eran indios ocupados en el servicio dom éstico.
Autorizado D iego Colón para un repartimiento, de hecho general
en la Española en la misma fecha, se concretaron los modos, el
número de indios asignables, la obligación de instruirles en la fe
y de defenderlos, pagando al mismo tiempo al fisco por cada indio
en esta forma encomendado o repartido 5.
Según Herrera, «en cumplimiento de esta orden (del 8 de enero
de 1504) Nicolás Ovando dio a cada castellano de los que le p a ­
reció..., y esto llamaron repartimiento, con una cédula que decía:
a vos, fulano, se os encomiendan tantos indios, en tal cacique, y e n ­
señadles las cosas de nuestra santa fe» 6. El reparto más célebre fue
el efectuado por Alburquerque el 15 de noviem bre de 1514. Se
repartieron 32.000 indios, de los que estaban destinados al servicio
(no viejos ni niños) 23.344 7-
Las siguientes cédulas reales o instrucciones tocan frecuentem en­
te estos puntos, total o parcialmente, según los casos, y pronto se
constituyó en forma estable el sistema, con tendencia al abuso y a la
explotación, abandonando bastante lo referente a la instrucción
religiosa.
Hemos recordado algunas de las juntas más im portantes que
es lidiaron, sobre todo, la cuestión de la esclavitud, de la guerra
contia los indios, con sus causas y condiciones para que pudiera ser
justa, y de las posibilidades de intervención armada en defensa de
°s predicadores del Evangelio. La cuestión de la encom ienda y de
4 n ° ' C/>'^n ^c l'*o c ' Inéd. Ultramar M i n.6 p.156-174.
5 ih [j ''VPDEQL" ’ o c - P-£>7 -

7 ) 't'KKKUA, / lisiaría década 1 177.


a v a l a , S i l v i o , Im encom ienda indiana.
94 Introducción general

los repartimientos se mezclaba con todas ellas de alguna manera,


especialmente cuando actuaba personalmente Las Casas.
A l irse extinguiendo los indios de las Antillas, siendo sustituidos
por negros de Africa, la encomienda halló un campo de acción mayor
y por un período más largo en el continente, pues se descubrieron
dos imperios indios en plena expansión: el azteca, en M éjico, y el
inca, en el Perú, con poblaciones de cultura superior a la antillana
y con indígenas más belicosos, como lo demostraron especialmente
los de Méjico. D e modo paradójico, desde ciertos puntos de vista,
pero no desde otros, esos Estados más progresivos fueron los prime­
ros en sucumbir ante los pequeños grupos de Cortés, Alvarado,
Pizarro o Jiménez de Quesada.

D istin ció n entre repartim iento y en co m ien d a. — Las pala­


bras repartimiento y encomienda no son equivalentes, como no lo
fueron las circunstancias históricas de su aparición en la vida de la
primera factoría de tipo colonial de Colón y sus inmediatos sucesores.
Según O ts Capdequí, «hubo repartimientos de indios para la prestación
de servicios personales antes de que se implantase en las Indias el
sistema de encomienda, y persistieron estos repartimientos no a
título de encomienda aun después de implantada en las Indias esta
última institución.
«Por otra parte, si bien es cierto que el título originario de adqui­
sición de las primeras encomiendas fue el repartimiento, no lo es
menos que, en los casos de encomienda vacante, por muerte o cese
en su disfrute del encomendero, se adjudicaron estas encomiendas
nuevamente— cuando no se estimó oportuno su incorporación a la
corona— por cédula real de gracia o merced, o, a partir de 1536
aplicando los principios de la llamada ley de sucesión en las enco­
miendas de indios» 8.
La encomienda, esta variante americana del feudalismo •español
de la Edad Media, acabó por cristalizar y durar. Razones sociales,
políticas y aun religiosas influyeron en ello con más o menos sin­
ceridad.
No se practicaba del mismo modo en las distintas regiones, pues
había disposiciones particulares, que, en parte, se recopilan en 1680.
Se comprende la enemiga de tantos contra esta institución, pues
al poner en manos del encomendero a los indios para su servicio
personal en una u otra forma, se abría amplio portillo a los abusos
de todo género. Incluso se creyó muchas veces ser mejor perpetuar la
encomienda, pues así el encomendero tenía más interés en la conser­
vación y buena salud de sus encomendados que si los tenía sólo
por tres años.
Entrado el siglo xvm , Solórzano definió así la encomienda: «Un
derecho concedido por merced real a los beneméritos de las Indias
para recibir y cobrar para sí los tributos de los indios que se le enco­
mendaren por su vida y la de un heredero, con cargo de cuidar de

8 Ots, o .c ., p . 5 5 - 5 6 .
C.10. Repartimientos, encomiendas 95

los indios en lo espiritual y defender las provincias donde fueren


encomendados» 9. . .
La Recopilación desciende a detalles que nos parecen nim ios
v meticulosos acerca de su funcionamiento, difíciles de com prender
para nuestros contemporáneos. Después de las primeras dificultades,
parece que su funcionamiento fue más regular. E l hecho de que no
se perpetuaba indefinidamente ayudaba a la resolución de un p ro b le­
ma tan espinoso. D e hecho, los indios fueron convirtiéndose en
vasallos directos de la corona aun en lo económico.

Algunas variaciones en la historia de la encom ienda.


El régimen español se afianzó pronto allí donde encontró estructuras
políticas y sociales de alguna consistencia y fue avanzando le n ta ­
mente por las tribus marginales, abundantes aún fuera de su influjo
y del cristianismo al terminar la era española. Esta diversidad y la
experiencia antillana llevó por derroteros algo diversos el sistem a
de la encomienda en los distintos países.
Influyó muchísimo Hernán Cortés, cuando, al térm ino de su
extraordinaria conquista (sin canonizarla, pero sin execrarla tam ­
poco en la forma y medida de algunos escritores), faltó a las órdenes
recibidas, y formó «depósitos de indios» = encomiendas algo trans­
formadas. O bligó a los beneficiarios a catequizar a los indios, a la
defensa de la tierra y a residir en ella. Lim itó tam bién los tributos
y prestaciones de los encomendados, sometiéndolos a la m ediati-
zación de las justicias, y excluyendo, en principio, el trabajo m i­
nero 10.
En 1529 hay una intervención del Consejo Real presidido por el
arzobispo Juan Pardo de Tavera, comprobando que las mejores leyes
no bastaban para el buen tratamiento de los indios. Por esta razón,
el Consejo Real se pronunciaba por la extinción de cualquier repar­
timiento, aunque tal vez podrían constituirse señoríos como en
España.
En 1530 se ordenaba a la Audiencia de M éjico extinguir las
encomiendas adjudicadas por su antecesora y todas las que vacasen.
Los tributarios, incorporados a la corona, se colocarían bajo un
español, como corregidor, para que hasta en el nom bre se viera
que no eran señores, sino administradores de los indios n .
No está del todo estudiado este episodio y sus causas. Se supone
que relacionado con la mala administración de la primera A u d ie n ­
cia, de tan mal recuerdo en N ueva España. El obispo R am írez de
uenleal, presidente de la segunda Audiencia, halló una fórm ula
media, como años antes, en otra forma, Cortés. N o adm itió ni
C° m° Cn Castilla’ con jurisdicción parcial, ni exclusión
esnn ? Paí C de l° S indios dc toda dependencia con respecto a los
indi S' ara cl!° ’ dc parte de la corona> cesión de un tributo
gena en especie o en servicios para ciertos benem éritos, con

'"'Ut' %'■indiana 118-


Xvm Tude,'a’ La 8mn rcforma catóUca de hls Indias ™ ¡ 542: Revista de Indias
lL)icl., c i t a n d o a S. Z a v a l a , L a encomienda indiana P. 40SS.
96 Introducción general

una tasa revisablc cada tres años por la Audiencia, conjugando de


esta manera intereses reales de parte y parte 12.
Hay que insistir en que, con un mismo nombre se ocultan reali­
dades a veces bastante distintas. La misma Recopilación establece
algunas distinciones para algunas regiones. Com o los trabajos he­
chos hasta ahora son bastante incompletos, es difícil darse cuenta
de su alcance total.
A principios del siglo xvn , fray M iguel A gía establece una gran
distinción entre las regiones de servicio personal regulado y tasado,
y los de explotación ilimitada 13.
En M éjico se logró mejor la concordancia entre la doctrina y la
práctica legal. D e Chile se afirma que las cédulas reales referentes
al servicio personal de los indios «naufragaban» en el Atlántico
más que las demás. Se regía por las ordenanzas de Lasso de la Vega,
de 1635, y prevalecían a veces los intereses regionales frente a los
mandatos metropolitanos 14.
Con motivo de la extinción de la encomienda en Venezuela,
poseemos algunas noticias de interés sobre la situación concreta
de la institución en aquel territorio, que no adquirió completa
unidad jurisdiccional hasta la institución de la capitanía general,
independiente del virrey de Nueva Granada, en 1773.
Su Majestad Católica dio una cédula real el 20 de junio de 1686
prohibiendo el servicio personal de los indios en Venezuela. Como
fue cumplida, por lo visto, con rapidez, José Ramírez de Arellano,
sargento mayor, como procurador de la provincia venezolana, pro­
testó, presentando un memorial «sobre la pronta ejecución dada
a la real cédula de S. M ., de 20 de junio de 1686» 15. Hace una breve
historia de la institución, justificando su origen por la debilidad y
rusticidad de los indios y los beneficios que traía para todos. Todo
proviene, según él, de la enemiga de los franciscanos y otros ecle­
siásticos contra los encomenderos, para dominar ellos por completo
en los pueblo-, de indios y en las misiones.
Hubo ya órdenes de extinción de la encomienda en 26 de junio
de 1609, 3 de julio de 1627 Y 27 de junio de 1662, pero no se
pusieron en ejecución.
En agosto de 1672 llegó fray Antonio González de Acuña como
obispo electo de Caracas, con aquellas órdenes, repetidas el 28 de
mayo de 1672. Se hicieron consultas en Caracas y se decidió dejar
las cosas como estaban. Pero una nueva acusación de los francisca­
nos determina la última real cédula de 1686, que se aplica comple­
tamente en 1687, haciendo desaparecer la encomienda en su ser
anterior.
Arellano dice que la encomienda en su tiempo era muy suave,
sólo tres días de trabajo a la semana, excluyendo a mujeres y niños:

12 Ibí d.
13 Pérez de Tudela, E studio prelim inar a las «O bras de L as Casas», l.c., p.CXXXlV*
14 C abrjllana, F.-N., en la recensión de un artículo de G ó n g o r a , M a r i o , N o ta s sobre
la encomienda chilena 'ardía (1959): Rev. de indias 20 (1960) n.8r-8?, p.333.
15 Of. M o r ó n , G u i l l e r m o , U na defensa de los encomenderos: Rev. de Indias 17 (1957)
I2 3 - M 4 -
C.10. Repartimientos, encomiendas 07

a los mayores de sesenta años. Y sólo duraba dos vidas. Y tenía


m u c h o s gravámenes, de lo s que cita 12, exclamando: «y finalm ente
to d o carga sobre el pobre encomendero». Sería curioso observar la
r e a c c ió n que hubiera tenido Las Casas al llegar a ese punto del

m e m o r ia l. .
Se dice que los resultados de la supresión fueron desastrosos
para la economía venezolana. Los indios no querían trabajar; m u ­
chos no querían ir a misa, porque ya eran libres, y se volvieron m u y
viciosos. A pesar de reconocer que algunos encomenderos com etían
delitos, creía que la prevención general contra ellos en las altas esferas
era injusta. D a algunos datos de cómo quedaron diversos pu eb los
de las cercanías de Caracas, con los indios que habitaban en ellos.
Para Arellano los encomenderos eran algo así como los huesos de
la República.
Con todo eso cambió la encomienda en cuanto a sujeción d i ­
recta de indios, con sus mitigaciones, pero no cambió el régim en
de propiedad de las tierras.

A ctitu d d e San F ra n cisco d e B o r ja .— D esde un punto de


vista más «doméstico», para nosotros es de interés exam inar el
estado de ánimo de algunos de los primeros misioneros jesuitas
que se dirigieron al Perú (1568). Era un período de estabilización
en aquel país después de sus guerras civiles, y se dirigía allí su gran
virrey don Francisco de Toledo, con una serie de comisiones reales,
que en su mayor parte pudo llevar a cabo. L a Com pañía de Jesús,
institución reciente en la Iglesia y del todo en Am érica, no había
participado en las discusiones de los demás eclesiásticos acerca de
todos estos puntos vidriosos de esclavitud, guerras, pacificacio­
nes, encomiendas y demás puntos que estamos estudiando; por lo
tanto, su actitud inicial es independiente, pero refleja al m ism o
tiempo el estado de ánimo de los eclesiásticos en España y el m odo
de enfrentarse ante aquellas realidades que les aguardaban en sus
nuevos destinos.
San Francisco de Borja, general entonces de su O rden, que
había conocido bien la corte de Carlos V y ejercido algunos cargos
de primera importancia, como el de virrey de Cataluña, dio en esta
ocasión pruebas de su conocimiento de las cosas y de su prudencia.
Escribe así al primer provincial del Perú, Jerónimo R u iz del
Portillo, cuando iba ya a embarcarse: «Ya he avisado y torno a e n ­
comendar, por ser muy importante, que no se determine en absolver
ni en condenar a los primeros conquistadores de las Indias y su ce­
sores de la India, etc., porque tienen m uy honesto título para e x i­
mirse de este cargo, diciendo que las religiones, que tantos años
'tan estado en las Indias, hallan dificultad en la determ inación y
hio SCTv temeridad que nosotros, acabando de llegar, quisiésem os ¡er
.1 cees. Y con esto pueden estar mucho tiempo mostrándose indiferen-
es, hasta que, como se pretende, haya determinación de universida-
1 es y letrados, que, por orden de Su M ajestad, lo averigüen» averigüen» 16
(|r
M o
Monumenta Peruana
1 S. 1. (Roma >QM) t . p . 4> > 4 4 ; desde Roma, d 13 de atjo.
.........* u i m i i n i;. . v i\ a m i l a I V V 4 / 1 1 L M 4 <- l á l ' l_* _______ i

agosto
96 Introducción general

una tasa revisable cada tres años por la Audiencia, conjugando de


esta manera intereses reales de parte y parte 12.
Hay que insistir en que, con un mismo nombre se ocultan reali­
dades a veces bastante distintas. La misma Recopilación establece
algunas distinciones para algunas regiones. Com o los trabajos he­
chos hasta ahora son bastante incompletos, es difícil darse cuenta
de su alcance total.
A principios del siglo xvn , fray M iguel A gía establece una gran
distinción entre las regiones de servicio personal regulado y tasado,
y los de explotación ilimitada 13.
En M éjico se logró mejor la concordancia entre la doctrina y la
práctica legal. D e Chile se afirma que las cédulas reales referentes
al servicio personal de los indios «naufragaban» en el Atlántico
más que las demás. Se regía por las ordenanzas de Lasso de la Vega,
de 1635, y prevalecían a veces los intereses regionales frente a los
mandatos metropolitanos 14.
Con motivo de la extinción de la encomienda en Venezuela,
poseemos algunas noticias de interés sobre la situación concreta
de la institución en aquel territorio, que no adquirió completa
unidad jurisdiccional hasta la institución de la capitanía general,
independiente del virrey de Nueva Granada, en 1773.
Su Majestad Católica dio una cédula real el 20 de junio de 1686
prohibiendo el servicio personal de los indios en Venezuela. Como
fue cumplida, por lo visto, con rapidez, José Ramírez de Arellano,
sargento mayor, como procurador de la provincia venezolana, pro­
testó, presentando un memorial «sobre la pronta ejecución dada
a la real cédula de S. M ., de 20 de junio de 1686» 15, Hace una breve
historia de la institución, justificando su origen por la debilidad y
rusticidad de los indios y los beneficios que traía para todos. Todo
proviene, según él, de la enemiga de los franciscanos y otros ecle­
siásticos contra los encomenderos, para dominar ellos por completo
en los pueblo-, de indios y en las misiones.
Hubo ya órdenes de extinción de la encomienda en 26 de junio
de 1609, 3 de julio de 1627 y 27 de junio de 1662, pero no se
pusieron en ejecución.
En agosto de 1672 llegó fray Antonio González de Acuña como
obispo electo de Caracas, con aquellas órdenes, repetidas el 28 de
mayo de 1672. Se hicieron consultas en Caracas y se decidió dejar
las cosas como estaban. Pero una nueva acusación de los francisca­
nos determina la última real cédula de 1686, que se aplica comple­
tamente en 1687, haciendo desaparecer la encomienda en su ser
anterior.
Arellano dice que la encomienda en su tiempo era muy suave,
sólo tres días de trabajo a la semana, excluyendo a mujeres y niños:

12 Ibíd.
13 P é r e z de Tudela, Estudio preliminar a las «Obras de Las Casas», l.c., p .C X X X lV -
14 C a b r í l l a n a , F.-N., cn la recensión de un artículo deG ó n g o r a , M a r i o , Notas sobre
la encomienda chilena lardía (1959): Rev. de Indias 20 (1960) n.8r-8?, p.333.
15 Cf. M o r ó n , G u i l l e r m o , Una dejema de los encomenderos: Rev. de indias 17 (1957)
123-1:34-
CAO. Repartimientos, encomiendas 97

a los mayores de sesenta años. Y sólo duraba dos vidas. Y tenía


muchos gravámenes, de los que cita 12, exclamando: «y finalm ente
do carga sobre el pobre encomendero». Sería curioso observar la
r e a c c ió n que hubiera tenido Las Casas al llegar a ese pun to del

memorial* ( .
Se dice que los resultados de la supresión fueron desastrosos
para la economía venezolana. Los indios no querían trabajar; m u ­
chos no querían ir a misa, porque ya eran libres, y se volvieron m u y
viciosos. A pesar de reconocer que algunos encomenderos com etían
delitos, creía que la prevención general contra ellos en las altas esferas
era injusta. D a algunos datos de cómo quedaron diversos pu eb los
de las cercanías de Caracas, con los indios que habitaban en ellos.
Para Arellano los encomenderos eran algo así como los huesos de
la República.
Con todo eso cambió la encomienda en cuanto a sujeción d i­
recta de indios, con sus mitigaciones, pero no cambió el régim en
de propiedad de las tierras.

A ctitu d de San F ra n cisc o d e B o rja .— D esde un punto de


vista más «doméstico», para nosotros es de interés exam inar el
estado de ánimo de algunos de los primeros misioneros jesuitas
que se dirigieron al Perú (1568). Era un período de estabilización
en aquel país después de sus guerras civiles, y se dirigía allí su gran
virrey don Francisco de Toledo, con una serie de comisiones reales,
que en su mayor parte pudo llevar a cabo. La Com pañía de Jesús,
institución reciente en la Iglesia y del todo en Am érica, no había
participado en las discusiones de los demás eclesiásticos acerca de
todos estos puntos vidriosos de esclavitud, guerras, pacificacio­
nes, encomiendas y demás puntos que estamos estudiando; por lo
tanto, su actitud inicial es independiente, pero refleja al m ism o
tiempo el estado de ánimo de los eclesiásticos en España y el m odo
de enfrentarse ante aquellas realidades que les aguardaban en sus
nuevos destinos.
San Francisco de Borja, general entonces de su O rden, que
había conocido bien la corte de Carlos V y ejercido algunos cargos
de primera importancia, como el de virrey de Cataluña, dio en esta
ocasión pruebas de su conocimiento de las cosas y de su prudencia.
Escribe así al primer provincial del Perú, Jerónimo R u iz del
1 ortillo, cuando iba ya a embarcarse: «Ya he avisado y to m o a en ­
comendar, por ser muy importante, que no se determine en absolver
m en condenar a los primeros conquistadores de las Indias y suce­
sores de la India, etc., porque tienen m uy honesto título para exi-
W ,SC d e ,este cargo- diciendo que las religiones, que tantos años
' , , o en ,las Indias, hallan dificultad en la determ inación, y
iu o rr^ v temendad Clue nosotros, acabando de llegar, quisiésem os ser
tes V ’ f con esto pueden estar mucho tiempo mostrándose indiferen-
j ’ v , f qif ’ como se Pretende, haya determinación de universida-
y letiados, que, por orden de Su M ajestad, lo averigüen» 16.
()r ^ M o n u m e n t a Peruana S. 1. (Roma 1054) t i P.14.V 14 4; desde Roma, el 13 de agosto

A? /,^/r.\iii o } Af e c t i v a
98 Introducción general

En ese mismo volumen puede verse la interesante exposición


del estado de ánimo en esta parte del padre Bartolomé Hernández,
rector del colegio de Salamanca y destinado en 1568 al Perú en
la flota del nuevo virrey. Había estudiado en Salamanca, donde
fue discípulo dc los padres Domingo de Soto y Pedro de Sotoma-
yor, O . P., con quienes trató estos asuntos de Indias. Consultando
una vez «si absolvería una persona que había traído hacienda de
Indias, el consejo fue éste: Padre, tome mi consejo, y huya de estos
indianos, si no quiere correr peligro de su alma» 17. Desde entonces
no deseaba la misión de las Indias; sólo por obediencia iba a ella.
D e ahí el trágico aspecto para muchos de las discusiones en
torno a la perpetuidad de las encomiendas, que vemos reflejarse en
algunas cartas de esos primeros misioneros. Escribe uno de ellos,
de carácter algo especial: «Y lo que peor es, que como los que ha­
bían de dar doctrina, por nuestros pecados, buscamos nuestros inte­
reses más que a Dios, están divididos en diversas opiniones, que
no hallarán hombre que concierte con hombre. Unos favorecen las
cosas de los españoles; aquéstos llevan un camino tan ancho que
entradas, castigos, pacificaciones, tributos, coca, corregimientos y
otras mil cosas las bonifican y asiguran. Otros van por tanto rigor
que a nadie quieren oír ni confesar, y a todos echan al infierno.
Quién acierte a tomar el medio, no hallo; quién saque de tantas
dificultades, no lo sé»18. Es una descripción exagerada, pero re­
fleja la realidad, entendida con la mesura debida.
El capítulo de la perpetuidad de las encomiendas fue uno de
los que dieron más que hacer a juristas, teólogos y gobernantes
durante muchos años; renacía continuamente con las nuevas situa­
ciones. Sin embargo, iban en disminución. Lo nota Silvio Zavala
para Méjico, donde, en 1597, apenas quedaban de las primitivas
de cuatro una. Se iban poniendo en la corona real por una serie
de motivos, y lo mismo se puede decir de otras partes 19.
Todo esto preparó su extinción durante el siglo xvn , por medio
de varios sistemas: por la táctica de gravámenes sobre los encomen­
deros, a los que, disminuyendo sus ingresos, les hacía desentenderse
más fácilmente del sistema. En 1701 se suprimen todas las enco­
miendas de ausentes, mientras que en los años siguientes se fuerzan
los gravámenes 20.
Y , finalmente, el 23 de noviembre de 1718, se da la primera dis­
posición que extingue prácticamente las encomiendas en Indias,
pasando todas las vacantes a la corona con pocas excepciones. Se
aducía como razón que sus titulares, después de recibir las enco­
miendas como recompensa de servicios de conquista y coloniza­
ción, no habían hecho nada para seguir mereciendo esa gracia.
Se prometió en 1720 una indemnización parcial, se exceptuaron

17 Ibíd. r p . 2 2 8 - 2 3 0 .
18 íbíd., p . 3 2 9 - 3 3 0 ; carta del P. L u is L ó p e z a San Francisco de Borja, Lima, 29 de di­
ciembre de 1569.
19 Ramos, Demetrio, o.c., p.3ro.
20 R a m o s , o .c ., p . 3 / 2 - 3 1 3 .
C.W. Repartimientos, encomiendas 99

aún las encomiendas de Yucatán y Chile, pero ya era el ocaso de la


institución21. , , .
Se completó la medida con las disposiciones de 12 de ju lio
de 1720 y 31 de agosto de 1721 22.
Aún perduraron en algunas comarcas, como afirma Silvio Z a -
vala y se comprueba documentalmente, en la segunda m itad del
siglo x v i i i , pero como excepción. Por eso, como recuerda el h isto ­
riador mejicano, «puede afirmarse de modo general que el régim en
español extinguió la institución de las encomiendas, porque en los
escritos del movimiento de independencia de las colonias en los
primeros años del siglo x ix , se encuentran pocas o ningunas alu sio ­
nes a encomiendas, y, en cambio, muchas (como en los escritos de
Abad y Queipo en N ueva España) relativas al tributo que los indios
pagaban a la corona, en el cual se habían refundido las antiguas
rentas encomendadas. El movimiento filosófico del siglo de las
luces combatió el tributo de los indios por estimarlo un vestigio
de las instituciones de vasallaje, poco com patible con la dignidad
individual 23.
Los indios menores de edad, ¿tutelados perpetuos?— Toda
la legislación hispanoamericana se basa, puede decirse casi sin d is­
tingos, en un decidido apoyo a los indígenas, que se puede ir com ­
probando a todo lo largo de las leyes. Se les considera más necesi­
tados de apoyo, más miserables, y por ello se m ultiplican precaucio­
nes y preceptos en su favor. En cambio se les supone en un estado
de minoría de edad, que se fue prolongando demasiado en las regio­
nes donde la colonización y la conversión a la fe eran demasiado
antiguas y arraigadas.
Resumamos por lo mismo esta cuestión tan im portante en esta
sección general.
La misma ley los consideraba «personas miserables y de tan
débil natural que fácilmente se hallan molestados y oprim idos, y
nuestra voluntad es que no padezcan vejaciones y tengan rem edio
y amparo conveniente por cuantas vías son posibles» (ley 13 tít.7 l.i) .
Todo el tono de los textos corresponde a este enunciado, com o
esta ordenación de los tribunales: «Los fiscales de nuestras Audien cias
sean protectores de los indios y les ayuden y favorezcan en todos
los casos y cosas que, conforme a derecho, les convenga para alcan ­
zar justicia, y aleguen por ellos en todos los pleitos civiles y crim in a­
os, de oficio y partes, con españoles, demandando o defendiendo,
V así lo den a entender a los indios...» (ley 34 tít.18 I.2).
Otras leyes velaban para que no se les cargaran los gastos en
estas ocasiones, ni se dilataran los pleitos, al mismo tiem po que se
Gs c°nservaban sus costumbres legítimas. Y se castigaba con m ayor
u gor a los españoles que maltrataran a los indios que si hubieran
cometido los mismos delitos con españoles, declarándolos delitos
Públicos (ley 21 tít.io 1.6 ).
21 Ibíd., o.c ^
100 Introducción general

Sin embargo, como contrapartida a esta legislación, hay que notar


que su «paternalismo», tan poco grato a los modernos, se prolongaba
más de lo debido, y se ejercitaba exageradamente, dando lugar a
que los mismos be noticiados, los indios o muchos de ellos, acabaran
por creer en la poco menos que imposibilidad de salir de tal estado
de tutoría en mucho tiempo.
El que conoce un poco América cae en la cuenta de que algunas
tribus más aisladas de toda vida civilizada necesitan algún tiempo
para ir asimilando los principios de una vida humana de cierta
altura y con cierta solidez. Y esto ahora que se cuenta con tal can­
tidad de elementos educativos fácilmente disponibles y con el con­
tacto con gente culta. Entonces el progreso era incomparablemente
más lento, y los escritores contemporáneos no tienen que hacer
muchos esfuerzos para convencernos de ello. Pero no se comprende
con nuestra mentalidad de hoy la prolongación exagerada de este
período, que quitaba a los indios la posibilidad de demostrar los
progresos alcanzados y de vencer, por el ejercicio, las dificultades
inherentes a estos cambios.
Estas limitaciones se instalaron también en el campo propia­
mente eclesiástico, por ejemplo, acumulando prohibiciones y, cuando
menos, dificultades de importancia para la ordenación sacerdotal de
ios indios y aun de los mestizos. Claro que la realidad, siempre más
fuerte que los conceptos algo preconcebidos, se fue imponiendo,
y la ordenación sacerdotal de individuos de raza india plenamente
asimilada se fue haciendo más corriente en el siglo xvn y bastante
en el xvm .
Este mismo concepto de minoría explica en parte la legislación
laboral con respecto a los indígenas, con todas sus clases de trabajos
y servicios forzados, reglamentados: «Considerando que también
importaba para su propia conveniencia y aumento, no permitir en
ellos la ociosidad y dejamiento a que naturalmente son inclinados,
y que mediante su industria, labor y granjeria debíamos procurar el
bien universal y particular de aquellas provincias...» (ley i tít.12 1.6).
Gran parte de la legislación del libro 6, dedicado a los indios,
se ocupa en el detalle de los servicios que deben prestar y el modo
de hacerlo, procurando al mismo tiempo salvaguardar su buen tra­
tamiento y la ausencia de todo rasgo de esclavitud. Cosas difíciles
de obtener en la realidad y en aquellas circunstancias concretas, en
una naturaleza con frecuencia dura y con inmigrantes que querían
resarcirse de las fatigas y sufrimientos soportados para llegar a los
puestos que ocupaban.
Las ordenanzas de población trataban de impresionar a los
indios en su primer contacto con los peninsulares, con la exhibición
algo ingenua de sus virtudes cívicas y de los resultados obtenidos
con ellas: «En todas las provincias que están debajo de nuestra
obediencia, los mantenemos en justicia, de manera que ninguno
pueda agraviar a otro; y los mantenemos en paz para que no se
maten, ni coman, ni sacrifiquen, como en algunas partes se hacía;
C.10. Repartimientos, encomiendas

y puedan andar seguros por todos los caminos, andar y contratar


y comerciar. , , .
»Háseles enseñado policía, visten y calzan y tienen otros m ucnos
bienes que antes les eran prohibidos. Héseles quitado las cargas y
servidumbres; háseles dado el uso de pan, vino, aceite y otros m u ­
chos mantenimientos, paño, seda y lienzo, caballos, ganados, h erra­
mientas, armas y todo lo demás que en España ha habido, y en se­
ñado los oficios y artificios con que viven ricamente» 24.
No se les dejaba entrar en las ciudades en construcción hasta
que no se pudiera fiar en su adecuada defensa, y de m odo q u e los
indios se persuadieran de que los nuevos pobladores venían a esta ­
blecerse allí de modo fijo.
Entonces podrían influir todos: los sacerdotes y religiosos con
el esplendor posible del culto y la enseñanza de la religión, com ún
a todos, benéfica, en consonancia con las exigencias tanto racionales
como sentimentales del hombre; los escasos maestros de los tiem pos
primeros, que raramente podían encontrarse fuera de las ciudades
principales, los comerciantes y obreros de las diversas especialidades.
Sólo que entonces comenzaban a interferirse los intereses de cada
cual, y entre el afán de un lucro rápido y las cortapisas de la co n ­
ciencia y de la legislación civil, fácilmente quedaban en la som bra
los altos principios de moralidad y de altruismo que en un principio
parecían señorear las intenciones de los nuevos pobladores, cuando
no conquistadores.

B u en a legislación , p ero ¿se cu m p lía ? — Es la gran piedra de


toque en este asunto. Cuantos se acercan a estudiar con deteni­
miento lo que llevamos tratado sumariamente en estos apartados,
comienzan a sentir que desaparecen gran parte de sus prevenciones
cuando las traían, y a ver que el conjunto de la colonización en
Indias, con todas sus lacras y deficiencias, dista mucho de ser, com o
muchos se lo figuran, lo equivalente de los cuadros de horror d es­
critos por Las Casas, como la imagen más acabada de aquella co m ­
pleja realidad histórica.
Se habla mucho de que no se cumplían aquellas leyes, y no es
uiticil hallar testimonios que corroboren esa afirmación.
V, sin embargo, ¿se concibe una legislación, repetida año tras
an°, que vemos cumplirse cotidianamente en muchas de sus p a r­
es, y qUe s¿i0 en ¿sta a ser a j - a conculcada, sin que la auto-
' uiacl lograra nunca imponer su criterio y hacer cum plir sus m an-
lUt os ?
«i j emos bien las tretas de todo género prodigadas por tantos
'muíanos» para esquivar el texto de las leyes más o menos abierta­
mente, como ocurre, por desgracia, siempre. Concedam os tam bién
la ’ n 'i mu°b °s casos, por la lejanía de la autoridad que las im ponía,
n S°, y apartamiento casi generales de toda vida civil próxim a'
cí \U ° S creyeran más fácil hacer caso omiso de textos que entorpe-
n su a^ n de lucro, de venganza, de ambición. Pero ¿no vem os
¿4 (' i
d o r . inóil. U l t r a m a r , v o l . 8 y 1 6 ; e n O t s , o .c ., 2 S - ¿ 6 .
102 Introducción general

también los juicios de residencia de las autoridades, que si no siem*


pre fueron lo rigurosos que la justicia hubiera deseado y exigido,
sí fueron lo suficientemente peligrosos para afrontarlos alegremente?
¿Y que había gente interesada en atacar a los gobernantes feneci­
dos, y que no repararía en estas negligencias, caso de darse de modo
punible? Las leyes, y más cuando se urgen periódicamente, acaban
por forjar una opinión, una conciencia, una norma de conducta,
y esto indudablemente se dio también en las Indias Occidentales
en un grado apreciable, especialmente cuando, después de las pri­
meras guerras, se entró en un período de paz y de prosperidad
relativa, sólo turbada algo entre los indios salvajes de las fronteras,
antes de que pudieran irse cristianizando y entrando por los rieles
de la vida civil.
Es evidente que la legislación española fue la primera en reco­
nocer a los indígenas como vasallos libres de la corona como los
demás, con cierta igualdad jurídica, coartada por la diferencia de
cultura y de formas de vida, según lo hemos indicado en los apartados
anteriores 25.
Demasiado conocido es, por lo demás, el hecho de que en la
documentación aparece siempre mucho más lo que se falta que lo
que se cumple de lo legislado, pues se trata de poner remedio al mal,
o de castigar las infracciones.
N o es necesario recurrir a «leyendas doradas», como tantas veces
repiten ahora algunos para desfigurar los hechos en esta parte.
Esas se darán en una u otra forma entre los más exaltados, entre
los que se dedican a la literatura destinada a jóvenes, y que no van
a hacer un recuento de inobservancias y de prevaricaciones. La
misma exageración y acritud de las acusaciones contrarias, que
parecen no ver sino lo negro, acentuándolo siempre que pueden,
explica en parte estas reacciones.
Si nos ponemos en un plan de desapasionamiento, sin tratar
de ensalzar ío que no merece alabanza, o de henchir vanidades na­
cionales sin motivo ni límites, o aun de presentar la vida de los
hombres de la Iglesia libre de tacha y en el cumplimiento poco
menos que total de sus deberes sacerdotales o religiosos, habrá
posibilidad para todo, y especialmente para enjuiciar la realidad de
la historia hispanoamericana de aquellos tres primeros siglos con
la suficiente serenidad, pero también comprensión, como para tra­
zar líneas y perfiles que en sus grandes rasgos tengan parecido con
los dibujados por la realidad histórica.
N o son los escritores misionales los menos sinceros en el re*
cuento de las crueldades, rapiñas o prevaricaciones de todo género
que ejercitaron muchos de los españoles en Indias, sin tener que
recurrir al inevitable Las Casas. Aunque también en ellos encon­
tramos sinceras alabanzas a obispos, clero secular o regular, virre­
yes o gobernadores y autoridades de cualquier género, no menos
que a los simples particulares.
^ A i t a m i p a , I l i s f ( , r in de la civ iliza ció n ('-.pañola, H . p.?8o; ( I ó m f // H o y o s , o.C#»
p . 1 1 5 ; F a h i í :, ím ayo histófi<a sobra la legislación de Imitas p.XX VIi.
C.W. Repartimientos, ewomiendas 103

El padre A vendaño, bastante claro y decidido en sus ex p re-


.* «es hace notar esta com probación personal: «Q uam vis certo
sK-hi c o n s te t, in supremis magistratibus zelum talís observantiae
fív e re e t t u m eos, tum regía praetoría, omnia quae ad indos spec-
tanl cum omni pietate tractare, et ut rescripta regia executiom
rn an d en tu r urgere» («Aunque a mí me consta con certeza q u e está
ferv ien te e n los supremos magistrados el celo de tal observan cia
y que tanto ellos como las Audiencias Reales tratan con tod a p ied ad
todo lo que toca a los indios, y que urgen el cum plim iento d e las
cédulas reales»)26- , .
Como se ha indicado bien, los mismos nimios detalles de ciertas
ordenanzas, Jas consultas continuas a virreyes o gobernadores, y
de éstos a M adrid, con la repetición machacona de las m ism as d is ­
posiciones, indican bien que se cumplían en grado apreciable.
¿Por qué iban, de lo contrario, a intentar im pedir estas legislaciones,
cuando lo podían, los que tenían intereses contrarios, ofreciendo a
veces grandes sumas? Eso se ve bien en varios de los prim eros p o ­
bladores de las Antillas, al tratar de evitar la legislación que ib a
haciéndose tras las famosas Juntas de que nos hem os ocupado.
Y se citan los millones ofrecidos por los encom enderos del Perú a
Felipe II, aún príncipe (a quien su padre urgía por envíos de dinero
a sus tierras imperiales), para conseguir resultados parecidos durante
la crisis abierta por las Leyes Nuevas.
Véase otro ejemplo en lo que escribe en agosto de 1 555 el padre
Las Casas a fray Bartolomé de Miranda, confesor del rey F elip e II
(de Inglaterra entonces por su matrimonio con doña M aría la C a tó ­
lica), refiriéndose a la actitud de ciertos encom enderos de N u eva
España durante el debate acerca de esas mismas leyes:
«Desengáñese del todo vuestra paternidad y los que a V . P. e n ­
gañan y al rey, con decir que, no dándole (a los encom enderos]
jurisdicción civil ni criminal sobre los indios, estarán estos rem e­
diados, que fue la cautela y maldad con que ciertos que vinieron
de Nueva España engañaron al confesor {de Carlos V , el padre
Pedro de Soto, O . P.], y al Emperador, habiendo tres veces p ed í-
doles que no hablasen de los repartimientos, y habiendo ven id o
de las Indias, salariados de los tiranos de M éjico contra los indios
(al menos dándoles un ducado para comer cada día), y los d e s d i­
chados de los indios desamparados sin que nadie viniese a d e fe n ­
derlos... Y así alcanzaron una cédula y cédulas quebrantando las
eyes cuya tinta aún no enjuta no estaba, y que expirasen las e n c o ­
miendas en la primera vida, como disponían las leyes, y otras cosas
•nicuas; que el día que ambos murieren verán la candela q u e para
a mar el camino del ciclo entonces adquirieron» 27.
j I rescindiendo por ahora del modo de enjuiciar todo esto de
-as (_asas, el hecho cierto es que se hacían esfuerzos para i m r * v h ‘ r
rS !?yes» se^al de que se cumplían en grado apreciable.
conocido escritor de las Instituciones jurídicas indianas O ts
TI 1,
2; h ilit us (Ambones i6h8) 11 i.
' A de la edición de Pérez de Tudela, U A L .
104 Introducción general

Capdequí, estudia la eficacia de las sanciones impuestas a las auto­


ridades coloniales, y dice: «Nadie, por elevado que fuera su puesto,
podía sentirse libre de una orden punitiva llegada desde España.
L o mismo se castigó a los regidores y alcaldes ordinarios, que a los
gobernadores, oidores de las Audiencias, presidentes y virreyes,
sin excluir a las autoridades eclesiásticas. Unos y otros fueron objeto
de amonestaciones y reprensiones públicas, de multas en cuantía
mayor o menor, de suspensiones de empleo y sueldo, así como de
la obligación de reintegrar a la Real Hacienda cantidades indebida­
mente percibidas o satisfechas indebidamente» 28.
Reconoce que esto aparece principalmente en las faltas de ca­
rácter fiscal. Y da la importancia debida al control de la burocracia
colonial mediante las visitas y los juicios de residencia. Todo esto
se hallaba rígidamente dispuesto y detallado, y se aplicaba con cierto
rigor.
Fredick B. Pike estudió hace algunos años «algunos aspectos
de la ejecución de las leyes municipales en la América española
durante la época de los Austrias», y saca como conclusión que «un
examen de conjunto nos ofrece una imagen más bien favorable.
La protección que el cabildo dispensaba a los residentes de la
ciudad en sus derechos sobre la propiedad constituye uno de los
más interesantes aspectos de la estructura colonial española. La
distribución y regulación del uso de la tierra eran llevados tan há­
bilmente por el consejo de la ciudad, que los individuos rara vez
consideraron necesario apelar a las autoridades superiores para la
resolución de disputas o el arreglo de querellas suscitadas en asun­
tos referentes a la propiedad inmobiliaria. Mediante una política
en la cual quedaban celosamente salvaguardados los derechos de los
vecinos a vivir pacífica y ordenadamente, el cabildo coadyuvó eficaz­
mente al mantenimiento de esta situación.
«Sin embargo, los intentos del cabildo de elevar el nivel moral
de ios ciudadanos fueron, generalmente, menos afortunados... Esto
no implica, sin embargo, una merma de la efectividad general de
las actividades policiales del cabildo, pues la naturaleza humana
ha resistido siempre con testarudez a los intentos de perfecciona­
miento a través de la legislación y de la coacción externa» 29.
Trabajos parecidos irán proporcionando los elementos necesa­
rios para un mejor conocimiento del cumplimiento de las leyes
generales, que ahora sólo puede basarse en datos esporádicos y
en impresiones demasiado vagas y personales.
El mismo Ots Capdequí examina en su último capítulo propia­
mente dicho el problema del indio, en el que dedica especial aten­
ción al urgimiento de parte de los supremos poderes del Estado
del cumplimiento de ias leyes o disposiciones vigentes. El 20 de
agosto de 1739 se ordenaba que se corrigieran los abusos que los
caciques cometían con sus indios, anulándose «los tributos y vasa­
llajes que hubieran sido impuestos tiránicamente», y respetando
2* In iitui i ' m r , <ln la I li lorid Aw r ) i < a (Madrid I M 4 . V 'S .
¿,) £‘>n K«;vi:,l.idr Indj.i:, 18 J.O\
C.10. Repartimientos, encomiendas 105

vio «los cíue tu v^eran antigüedad y justo título, pero m oderán­


dolos y tasándolos si fueren excesivos» 30. H ay diversos casos en
Mueva Granada en que se ve la aplicación de lo legislado.
Acerca de los servicios personales, el cabildo de la ciudad de
San Cristóbal del Espíritu Santo de la G rita había denunciado la
desenfrenada libertad en que vivían los indios, atribuyendo la
causa de estos excesos a la abolición de los servicios personales.
Una real cédula, de 18 de septiempre de 1702, ordena a la A u d ie n ­
cia que se corrigieran estos abusos, pero manteniendo la abolición
de los servicios 31.
De ser cierto que las leyes no se urgían ni cumplían, estos
vecinos no hubieran tenido necesidad de acudir a la corte para
conseguir una licencia, que ya ellos de por sí poseían, para hacer
trabajar a los indios.
Muchas disposiciones del siglo x v m se pronuncian contra los
trabajos forzosos, aunque recomiendan u ordenan el trabajo sala­
riado y voluntario.
Para no multiplicar las referencias que pueden hallarse en los
autores que examinan más expresamente estas cuestiones damos
fin a esta parte. Pero resaltamos por su gran interés, como prueba
de que el Estado iba cayendo en la cuenta de la mayoría de edad
adquirida por la población de origen indio, la disposición de la
real cédula de 11 de septiembre de 1766, ordenando con carácter
general qué «los indios sean admitidos en las religiones, educados en
los colegios, promovidos según sus méritos y capacidad a dignidades
y oficios públicos, y atendidos en todo lo posible* 32.
El problema indio, complicado con el mestizo y mulato en todos
los grados, no recibió en aquellos siglos una solución satisfactoria
total. Pero se puede preguntar: Después de siglo y medio de inde­
pendencia, y con la ayuda de todos los medios y técnicas modernas,
con una población mucho mayor y con una incomparable facilidad
de comunicaciones, ¿puede decirse que los jóvenes Estados de aquel
continente lo han resuelto? A ún queda, y bien vivo, en algunas de
aquellas naciones, a pesar del gran auxilio que han recibido para
este problema de las misiones, provenientes en gran parte, a veces
en su máxima parte, de naciones europeas.
Parece que este hecho nos debería hacer más prudentes en el
enjuiciamiento de los problemas referentes a los indios durante el
,rio<"° colonial. H ay sus deficiencias, como en general en todas las
iviclades humanas, a escala nacional o continental. Hemos hecho
0 ar algunas de ellas, que luego aparecerán mejor en diferentes
ar es de esta historia, cuando se concretan los hechos, se perfilan
vj' Pers<->najes y las situaciones, y se trata dc encontrar en la realidad
ncsC,a c .lmPact° de las leyes, que trataban de mejorar las condicio-
trij.c 1 .Vlda, de cultura, de religión, de bienestar de las numerosas
gentT lnc^genas establecidas desde California hasta la Pampa ar-

31 Ibíd., p.SIQ. 32 Ibíd., p.532.


10« Introducción general

C A P I T U l. O X I
D o n fray Bartolomé de las Casas, O . P., obispo de Chiapa

L a figura y la acción de fray Bartolomé de las Casas son insepa.


rabies de la historia de la América hispana en sus primeros decenios,
no menos que de todo el criticismo que entonces y ahora trata de
abordar los orígenes tic la colonización española en las indias occi*
dentales.
Pero da la casualidad de que esa figura, centro de tantos estudios
y publicaciones, no acaba de definirse y de quedar colocada dentro
de su real marco histórico, con los valores o deficiencias que le
hicieron tan célebre entonces, y ahora tan amado o criticado.
Por eso continúa siendo un verdadero problema histórico e ideo­
lógico, que, si tiene solucionados muchos de sus interrogantes,
aguarda aún la solución que pudiera llamarse casi definitiva y que
pudiera ser admitida por la mayoría de los estudiosos.
Nació en Sevilla en 1474 y murió en M adrid en 1566. En esos
noventa y dos años de vida activísima asistió a la creación de la
España moderna, con los Reyes Católicos, y de la América hispánica,
en sus rasgos generales, que no parece que llegara a comprender
y penetrar como un fenómeno irreversible y por muchos siglos
definitivo, sin posibilidad de restauraciones indígenas que tanto
parecía desear.
Licenciado en leyes, se embarcó en Sevilla en 1502 en la flota
de Nicolás de Ovando, la más importante de las que hasta entonces
se habían dirigido a América. Iban transcurridos diez años desde
el descubrimiento, y ciertamente ricos en sucesos históricos, orien­
taciones descubridoras y colonizadoras y tentativas de introducción
del cristianismo en las Antillas. Después de los primeros ensayos
mineros comienza la encomienda, y el licenciado don Bartolomé
conoce sus primeros pasos en la Española entre 1502 y 1512 como
encomendero, tomando parte en las luchas y en el botín, y aunque
él no tratara mal a los indios encomendados, tampoco se preocupaba
por su cristianización ni por los demás deberes que le incumbían.
En 1510 llegaron los dominicos a la Española, o Santo Domingo-
Haití, y en 1511 predicó el padre Antonio Montesinos su famoso
sermón del cuarto domingo de Adviento, condenando el régimen
imperante con los indios. Es el planteamiento oficial de la contienda
sobre el trato debido a los indios americanos, que pasa en seguida
a la corte española y condiciona durante varios decenios decisivos
la política de la corte y del Consejo de Indias, como ya lo hemos ifl'
dicado.
Por esa época se ordena de sacerdote Las Casas, tal vez el pri­
mero en América >. Al principio siguió en forma parecida, defen*
diendo las encomiendas y practicándolas, sin que le lograra conven*
1 r !f. Oím^np;'/ Fí/,r>NÁribf,,7, M., Pnirlnlorné ií(J Lis O /w s (Srvilln Pftnrz T)F Tuf>l?T*A»
preliminar a la s vO/m/s de Las ( iasfis» vol.r h;S7) p .X I .- X I J ; H a y i k, C-»
)(]nñn<ln v dónde w m d m ó liarlolonH* de las Ojsí/sí'; Mminnalia I liip;mj<u I (1944)
hal ía íJ('j;i'lo *iiri rvsolv<'f !;i pn'U.mfa
C .u . Bario lomé de las Casas 107

cr un fraile dom inico de lo contrario, hasta su «conversión», P e n ­


te co sté s de 1514* D esde entonces se convirtió en lo que siempre
ontinuó siendo: el enemigo número uno d c toda d ase d e enco­
miendas, esclavitud y explotación de los indios americanos. T e n ía
cu a re n ta años y le esperaban otros cincuenta y dos de con tin uo
batallar en pro de su idea fija y obsesionante.
Se unió a los dominicos, y, en 1515, ante el poco éxito con los
encomenderos, viene a España, en su primera vuelta, con el pad re
Montesinos. D esde entonces será un personaje conocido en la corte,
lo mismo con Fernando el Católico, que con Cisneros, C a rlo s V ,
cardenal Adriano, Felipe II y los consejeros de Indias. C h o ca con
el poderoso don Juan Rodríguez de Fonseca, obispo de B u rgos,
y alma del embrionario Consejo de Indias. Deja en mejor lu gar al
rey don Fernando 2, negocia luego con el cardenal C isneros y c o ­
mienza su infatigable vida como agente en la corte, bien a títu lo
propio, bien como agente especial, procurador de indios, obispo d e
Chiapa. Lo que fue esa actuación en diversas etapas ha com enzado
a interesar profundamente a la moderna historiografía sobre los
primeros años del dominio español en Am érica, y eso tanto entre los
investigadores españoles como entre los extranjeros, y se ha m ani­
festado en una toma de posiciones favorables o desfavorables a L a s
Casas, pues apenas se conocen atisbos de posturas medias con tan
representativo personaje 3.
Lo muflo en muchos casos, o en la mayoría de ellos, es que el
principal testigo e historiador, que es el mismo Las Casas, bien
como clérigo, como dominico o como obispo, es al mism o tiem po
testimonio y parte abiertamente interesada, y ha conseguido hasta
ahora encontrar más bien benevolencia y generalmente m uy p ro ­
nunciada en su favor, olvidando o dism inuyendo los factores a d ­
versos que llaman la atención en su testimonio.
Cisneros trató con él benévolamente y preparó la misión in ves­
tigadora y fiscalizadora de los padres jerónim os a la Española. L a s
Casas mereció ser nombrado informador de los reyes y consejero
de los jerónimos. U n antecedente de su posición futura de protector
o procurador de los indios, que dice com enzó entonces m ism o d e
lorma oficial *.
No convivieron mucho como amigos el clérigo y los jerónim os.
primero se les enfrentó

nnn,r. n° tr,umí f tanto con los consejeros españoles, no cesa d e


•trar a los flamencos que le favorecen.
108 Introducción gcnt’nd

Resumiendo su vida desde entonces, vuelve a fines de 1520 a las


Antillas con unos fantásticos planes sobre la costa de Cumaná, que
fracasan por las violencias de algunos conquistadores, algunas de­
ficiencias de la empresa colonizadora-evangelizadora y los ataques
de los indios.
Poco después entra en la orden dominicana, ganado por el padre
Betanzos, y tiene unos años de retiro, en los que se dedica más al
estudio, pero de los que tenernos pocos informes, hasta 1531, a
pesar de la importancia de la provisión general de Carlos V en Gra­
nada (17 de noviembre de 1526), en todo lo referente a los temas
principales de la conquista, evangelización y encomiendas en Indias.
Tiene alguna intervención en I53 i-i534 en Santo Domingo y resta­
blece su correspondencia con el Consejo de Indias, en la forma y con
los argumentos con que la llenará incansablemente el resto de su vida.
Pensó ir al Perú, pero se desvió a Nicaragua en 1535 y luego a
Guatemala, suscitando algunos incidentes y escribiendo diversos tra­
tados, como De único vocationis modo (1537). Misiona en Tezulutlán,
parte de la futura Verapaz, pasa a Méjico y, con algunas cartas de
recomendación, se embarca para España, adonde llega a principios
de 1540. Como el emperador había partido para Flandes, espera en
España más de dos años, tomando parte activa en la polémica indiana
que, con las Relecciones del padre Francisco de Vitoria, O. P., en
Salamanca, había entrado en una interesantísima fase.
En ese tiempo escribió la Brevísima relación de la destruición de
las Indias (1541, con retoques en 1542 y 1546), el libro más discutido
de Las Casas, y el único conocido durante mucho tiempo, junto
con otros tratados breves.

Sus escritos.— Vuelto Carlos V a España, y aprovechando las


diversas consultas del Consejo durante aquellos años, dictó el 20 de
noviembre, en Barcelona, las llamadas Leyes nuevas, en las que apro­
baba algunas de las ideas, o mejor tendencias, de Las Casas en favor
de los indios, pero sin su totalitarismo y exageraciones, y se produce
con ello una grave crisis en América, llegando a la rebelión armada
en el Perú. A pesar de que el dedo popular las atribuía a Las Casas,
éste se mostró muy insatisfecho (febrero de 1543) en el momento
mismo en que comenzó a negociarse un obispado para él en Indias.
No admitió el del Cuzco, Perú (diciembre de 1542), pero sí el de la
Chiapa, con la Verapaz futura, el 1 de marzo de 1543.
No había cumplido con ciertos deseos del obispo de Méjico,
fray Juan de Zumárraga, O. F. M ., del padre Betanzos y de otros
que pensaban en misiones por las lejanas costas del Pacífico asiático.
Después de una estancia tan laboriosa en España emprendió su
cuarto y último viaje a América el 4 de mayo de 1544. Su carácter
episcopal daba un nuevo sesgo y eficacia a su acción, pero se enfrentó
con redobladas dificultades, no sólo en la Española, donde estuvo
de paso, sino especialmente en su diócesis de Chiapa y misión de
Verapaz, debidas especialmente a su rigorismo con los encomende­
ros, manifestado en su Confesonario. Sólo duró un año en su dióce-
C .ll. Bartolomé de las Casas 109

• que no quedaba del todo pacificada a su partida para M éjico ,


S)Spi in c ip io s de 1546. Participó en varias reuniones con religiosos
t o b is p o s con diversos roces, dio algunas disposiciones sobre su
d ió ce s is y volvió a España a principios de 1547, alcanzando a la
corte en Aranda de Duero. Y a no volverá a salir de España.
C o n s i g u e diversos favores para la Verapaz, continúa en la r e ­
d a c c ió n de sus libros y memoriales, renuncia a su obispado en I 5 5 °>
dos años después de que se ordene por el Consejo de Indias reco ger
su Confesonario, y participa en las famosas juntas de V alladolid c o n ­
tra Sepúlveda en 1550 y 1551.
En 1552 edita ocho trataditos en Sevilla, entre ellos el fam oso
de la Destruición y el Confesonario, sin licencia, aprovechando los
meses de estancia, mientras despide a una expedición de m isioneros,
y desde entonces alterna entre Valladolid y M adrid, interviniendo
ante el Consejo como protector de indios, escribiendo sus v o lu m i­
nosos escritos, recibiendo cartas de Am érica con informes diversos
y manteniendo firme la postura adoptada de absoluta rigidez en
punto a guerras a los indios, encomiendas, derechos de los caciques
indios a su señorío político y económico y falta de base del dom inio
español, fuera de una soberanía especial, casi de sólo nom bre, fu n ­
dada en el derecho a la evangelización concedido por A lejandro V I .
A l publicarse sus primeros escritos, sobrevino la polém ica contra
él de parte de fray Toribio de Benavente, M otolinía, O . F . M .,
y aun, en parte, de algunos dominicos, aunque éstos más bien
estaban con él.
Tiene correspondencia con el famoso arzobispo Carranza, se
entera de las nuevas dificultades de su antigua diócesis, donde trata
de mantener sus principios sobre la conquista y la evangelización,
escribe en el mismo sentido al papa dominico San Pío V (1565-
*5 72), y hasta su muerte, a la muy avanzada edad de noventa y dos
años, continúa en la brecha, siguiendo una misma dirección id eoló­
gica e influyendo de algún modo en las cuestiones relacionadas con ía
administración eclesiástica y civil americana.

Enorme éxito de las obras de Las Casas fuera de España 5.—


£1 éxito de la Brevísima relación de la destruición de las Indias, ú n ico
libro o folleto suyo que interesó durante bastante tiem po, fue en o r­
me fuera de España. Y se comprende bien. Pues daba una serie de
argumentos de primera fuerza contra la «tiranía española» allí donde
esta era combatida, especialmente en los Países Bajos, A lem an ia,
nglaterra, Francia e Italia. Ediciones y traducciones se sucedieron
con rapidez en las lenguas dc todas estas naciones y en latín, con el
c ccto que es de suponer en los lectores. Tenía la gran ventaja de
SLr e testimonio de un religioso y dc un obispo, que había residido
™Uj 0 tic™P° cn Am érica y que había intervenido en los consejos
lca es de España. Además aparecía como testigo en m uchos casos
y como especialmente bien informado cn otros. L o demás les tenía

^'f- el c.o, «Exito de posteridad», de \a obra de Mcncndez Pidul.


110 Introducción general

sin cuidado a los divulgadores de esta obra, la más demoledora sobre


España y escrita por un español de sus especiales características.
L o que menos importaba en el extranjero era el hacer la crítica
de la obra. ¿Para qué, viniendo de quien venía, y siéndoles imposible
a ellos el hacerla en aquellos primeros siglos?
En los primeros setenta años hubo 21 ediciones en holandés,
8 en italiano, 6 en francés, 4 en alemán, 2 en inglés y 2 en latín.
En Barcelona se imprimieron en 1646 los folletos publicados en 1552
por Las Casas en Sevilla, con ocasión de su levantamiento (1640-
I^59) por el mismo motivo.
Hubo traducciones diversas del folleto «Sobre los indios que se
han hecho esclavos», mientras que el corsario Richard Hawkins,
prisionero en Lima, quería traducir a diversas lenguas los folletos
lascasianos que conoció durante su cautividad, pensando conseguir
con ello más fama que Lutero 6.
Menéndez Pidal ha hecho resaltar bien el hecho de que en cada
ocasión de guerras o levantamientos contra España se ha recurrido
al mismo arsenal lascasiano para preparar los ánimos a las hostilida-
des. Eso se vio especialmente durante la independencia de los países
hispanoamericanos y, durante la guerra de Cuba, en los Estados
Unidos. Más tarde, por obra del nazismo y del comunismo, con
distintos fines.
Ninguna de las ediciones mencionadas ha tenido el mínimo em­
peño de examinar la verdad de los hechos delatados. Sólo más re­
cientemente han comenzado algunos autores extranjeros a hacer
resaltar especialmente sus exageraciones, aunque sin ir nunca al
fondo del asunto, ni siquiera los que más obligados parecía que esta­
ban a ello, como el norteamericano Lewis Hanke o M arcel Batailloni7,
Y ¿en España?
El virrey don Francisco de Toledo, el más insigne de los virre­
yes sudamericanos, mandó recoger en el Perú de su mando las obras;
impresas en 1552 por Las Casas, y pidió a España su prohibición
y recogida en 1573, por las dificultades que creaban. Estas obras
influyeron en las investigaciones históricas mandadas hacer era su
virreinato por Toledo, para examinar los títulos de soberanía de tos.
incas y caciques y consolidar mejor los de España.
Ya antes de recibirse la petición del virrey Toledo, el 3 de no­
viembre de 1571, una real cédula firmada en Madrid por Felipe II'
ordenaba recoger todos los libros y papeles que fueron de Las;
Casas y se conservaban en el colegio de San Gregorio de Valladolid,,
y el 30 de diciembre de ese mismo año se aprueba la recogida efec­
tuada por Toledo en el Perú.
La Destruición de las Indias fue prohibida en 1659 por la Inqui-
6 I b íd . , p .3 6 5 .
7 H a n k e , L ., en la obra citada y en Barto lom é de las C a s a s , pensador, político, antropólogo,
versión es pa ñ o l a d e A n ton io Hernández T rav ie so (L a Habana 1 940) ; B a t a i i i o n , M a r c e l ,
L e clerigo-Casas, ci-devant colon, reformateur de la colonisation: Bullctin H ispanique 54
^* 9 5 3 ) 276-3^0» L a Vera P a z , Román et ílislo ire: Bulletin H isp an iqu e 53 (195.3) 2;l*¡-300;
Ims Casas et le licentié Cerratn: ibíd., (J953) 8 4- 8 6; L a herejía de Francisco de la C r u z v
la reacción antrlascasiana: Miscelánea dedicada a ( ' o r nando Q r t i z (L a Habana 1 95 5 ) P . J 3 5 -
¿46, etc.
C .ll. Bartolomé de las Casas 111

jción española, a raíz de las desastrosas guerras sostenidas d u ran te


años en diversos continentes y en la m ism a pen ín sula
a q u e llo s

JIbérica.
Las Casas tuvo diversos contradictores en Vargas M ach u ca ( i 5 9 7 "
1612), que no logró publicar su libro, y más tarde en L eó n P inelo,
don Juan de Solórzano Pereira y Fernando A vila Sotom ayor 8.

Actitud ante Las Casas en la actualidad.— Y a es bien sabid o


que, en general, Las Casas ha tenido una acogida m u y favo rab le
durante el último siglo y medio, tanto fuera como dentro de E spaña,
y tanto de parte de eclesiásticos como de seglares, y aun de los e n e ­
migos del catolicismo. Com o también es conocido que han sid o
pocos los que han conocido y leído sus obras más im portantes y
voluminosas. Tanto la vida de don A ntonio M aría Fabié 9, com o
antes la del poeta don M anuel José Quintana 10 son laudatorias, con
ciertas reservas sobre su actitud antiespañola y el vértigo d e los
números. Entre las numerosas vidas o artículos publicados en el
extranjero, el tono laudatorio rara vez abandona a los adm iradores
incondicionales de Las Casas, prácticamente todos. Sólo más recien ­
temente se han hecho tímidas correcciones y reservas.
Entre los extranjeros que siguen la línea admirativa, pero recuer­
dan también determinados reparos que hacer a Las Casas historiador
o a sus escritos, hay que contar a Lew is Hanke, en diversas obras
y artículos, y a M arcel Bataillon n , buenos historiadores y con oce­
dores de la Am érica hispana, pero arrastrados, tal vez dem asiado,
en conjunto, por su fervor lascasista. Su contribución al co n o ci­
miento de la vida y de los escritos del protector de los indios es
considerable, con aciertos dignos de tenerse en cuenta. Pero creem os
que también con ellos valen las observaciones que hace don R am ón
Menéndez Pidal en su nueva obra.
Entre los españoles, podemos contar entre los recientes p an e­
giristas de Las Casas, especialmente a don M anuel G im énez F e r ­
nández y al padre M anuel M aría M artínez, O . P., en su obra F ray
Bartolomé de las Casas, el gran calumniado 12. Sin dedicarse del tod o
a su personaje, ha intervenido también bastante en su favor el
padre Venancio D . Carro, O . P. 13
Merece destacarse el Estudio preliminar, de don Juan P érez
de Tudela, a las Obras escogidas de fray Bartolomé de las Casas 14.
Pertenece al grupo lascasista, aunque hace notar determ inados erro­
res de su biografiado, o exageraciones o desviaciones tanto en el
mismo fray Bartolomé como en sus biógrafos. Es un estudio que
nay que tener en cuenta, tanto en su aportación histórica com o en
* MENftNPEz. PlTVM„ O.C., p .* 6 o .
1879) 2Av o Í ; A n t o N I ° M ar1a- Vidil y escritos Je don fray B artolom é de las C asa s ( M a d r i d

vol., 9 c k ' J a W b í ' d e ^ A u ^ W i n ñ ' e$pa¡ '° lcs F™ v Bartolomé de las Casas
1^1^ Pf nota 7.
Lspan. 433-475 apend.scM-^o.
* -v
n Madrid 1955- Demasiado apologista.

u .1 V..I 05 de la B A . E. (M adrid ios7> P T X -C L X X N V 1.


112 IntruJhiáón gencrjl

el estudio de la personalidad del discutido obispo. Cierta dureza


de estilo y prurito de filosofar oscurecen un poco las líneas del
estudio, haciendo más fatigosa su lectura; pero, en definitiva, es
una buena aportación a estos estudios.
Existe el grupo antilascasista, como gustan de llamarlo hoy los
defensores, frecuentemente exagerados, de Las Casas, pero que
generalmente tratan de hacer con él el criticismo que tanto prac­
ticó Las Casas con las cuestiones referentes a las Indias y las per­
sonas que intervinieron en ellas y tanto ponderan sus adictos.
Creemos que es un deber histórico el hacerlo, con tal que se haga
únicamente con argumentos y de modo digno, como lo pide la
materia.
Sólo que, de hecho, surge inevitablemente la polémica. Y no
sabemos por qué haya de haber una especie de intangibilidad para
un personaje discutido, que, a muy grandes méritos, une también
algunos deméritos. Debería llegarse a un honrado examen del pro­
blema, sin acudir en seguida a expresiones injuriosas para los que
disientan de nuestro parecer, como se ve, por desgracia, con no
rara frecuencia. A sí habría modo de entenderse y de llegar mejor
a conclusiones históricamente aceptables y dentro de los respetos
debidos a personas e instituciones.
Por lo que hace a los que ponen graves reparos al valor histó­
rico de la Destruición y, en parte, a otros de sus escritos, así como
hacen resaltar el daño sobrevenido a España con su publicación,
su lista es fuerte en España e Indias desde el siglo xvi, y, en otras
partes, en tiempos más recientes.
Fray Toribio de Benavente (Motolonía), en Méjico, 1555, Ber-
nal Díaz del Castillo, fray Vicente Palatino de C u rió la 15, dálmata
misionero en América, el virrey don Francisco de Toledo, el anó­
nimo de Yucay 16, Juan de Castellanos, y el mismo padre fray
Antonio de R em esal17, por no hablar luego de León Pinelo o
Bernardo Vargas Machuca.
Entre los modernos, Menéndez Pelayo 18, Serrano y Sanz,
Jerónimo Bécker, Angel Altolaguirre, Menéndez Pidal, académicos
de la Historia, a los que habría que añadir el padre Constantino
Bayle y el padre Sáenz de Santamaría 19. Fuertes reservas en Ybot
y Llorca 20.
Entre los modernos americanos son muchos también los que
ponen serios reparos a Las Casas. Bayle cita a Carlos Pereira,
Lucas Alamán, Mariano Cuevas, Otero d ’Acosta, Riva Agüero,

1 5 En el Tratado del derecho y justicia de la guerra que tienen los Reyes de España contra
las naciones de la India occidental (1559). Sin publicar hasta 1943.
10 Col. doc. inéd. Hist. España, XIIÍ O 848) 425-469.
17 Gran admirador de Las Casas; sin embargo, ve en él algunas limitaciones.
1 * En S'obre los historiadores de Colón. Ed. Nacional, XÍI (1942) p.91 ; y en el prólogo a
la edición de Sepúlveda.
1 ,y Se ve su manera de pensar en Valor histórico de la D estruición de las Indias: Razón y Fe
147 953) 379-391- Sobre el P. Santamaría, ibíd., vol. 168 (1963) 488 494: E l /\ I,as C asas
de don Ram ón M enén dez P id a l.
20 Ybot en algunas partes de su obra, con moderación, como en el capítulo 6, «Las enco­
miendas. El Buen Tratamiento». El IJ. Llorca en su M a n u a l de H istoria eclesiástica 5.a rd,
(Barcelona 1960; p.53*-532.
C .ll. Bartolomé de las Casas 113

Porras Barrenechea, Enrique de Gandía, Barón y Castro y C a r-


bia 21>a l° s 9 ue se Pue<^e añadir F élix Restrepo y R oberto L evillier,
ta m b ié n académicos en sus patrias, o escritores de renom bre 22.
3 por lo demás, aun los «lascasistas», contribuyen tam bién al
criticismo de que venimos hablando. Entre los hispanoamericanos,
se cita a A gustín Yáñez y José M aría Chacón y C alvo 23.
Entre los españoles, ya desde el mismo poeta don José M aría
Q u in ta n a , don José Larra, A ntonio M aría Fabié, don A n to n io
B a lle ste r o s 24, don Juan Pérez de T u d ela 25, señalan graves defectos
h istó r ico s o personales, al tratarse de sus ideas fijas principales con
re lació n a los indios y españoles, aunque no, v.gr., cuando h abla
de Colón 26.
H a y q u e fijar b ien las p osicion es.— Es frecuente en esta p o ­
lémica no fijar bien las posiciones respectivas, y con ello se hace
tanto más difícil la convergencia de opiniones. Especialmente cuan ­
do se trata de católicos, y, más aún, de sacerdotes o religiosos, se
debería llegar a un mínimum de entendimiento en fijar las posicio­
nes respectivas y a un máximum de caridad en interpretar ai p ró ­
jimo, sin extrañarse de que haya discordancias de pensar, pero sí
de que se trate tan duramente, como a veces se ve, a los que disien­
ten del parecer propugnado por cada autor.
Por lo que hace a los extranjeros que tratan estos asuntos, fuera
de los que se dedican de veras a ellos (Scháfer, Bataillon, Hanke, etc.),
que van siendo cada vez más numerosos, es frecuente encontrar en
ellos una ignorancia bastante caracterizada de las cosas españolas,
históricas o aun actuales. Apenas han leído más que algunas pági­
nas de la Destruición, o lo que dicen diversos historiadores suyos,
que, generalmente, no son, ni mucho menos, autoridad en la m a­
teria. Y , además, casi siempre tienen cierta animosidad consciente
o inconsciente a lo hispánico; se dejan llevar de la simpatía al o p ri­
mido, sin fijarse bien en las características de la opresión com batida
por Las Casas y de los medios con que lo hace. En los medios am e­
ricanos, por creerle un campeón de su independencia, lo han ideali­
zado demasiado. Ahora comienzan muchos de ellos a conocerle
mejor.
En cuanto a los españoles, el problema es más complejo. Son
pocos los que admiten sin más la verdad histórica de la Destruición,
uera de algunas líneas generales del cuadro. A lgunos se dejan
arrastrar por la admiración al héroe de los oprimidos, sin descen-
er a detalles, o llevados de algunas lecturas favorables. O tros, por
! '1\ R :l7Ón y Fe vol. t 47 (195:0 381.
. /1i-n e ni '>ez PioAi., o.c., p.182; Rev. de Indias 23 (1963) 1 1 1 - 1 2 2 .
24 i .'VY1K' il c - cn n»ta IQ p.380-382.
25 ,. general de España vol.3 p.(>oo y en otras ocasiones.
26 i>n 811 trat>ajo citado cn la nota 14.
dedica 26,¡vES-rER° S’ Colón y el descubrim iento de A m érica (Barcelona IQ 4O •> vols
t-olón I '¡8ma.s « examinar la vida y escritos de Las Casas, por ser fuente de la historia de
’ ^ lr u ie ti, ™ , T ' í n SU V,d,a cs laudatoria- Pef ° al 1JeSar a la p .4 7 , donde habla de la
* 'asas T r .ó 1 • • • ras^ muy duras contra cstc llbro >' eontra algunos otros de L as
% m as exprlsionés'Tl x ¥ ent ndcz PelaY° y ^ en,éndez P‘da1' V aunque le parecen fuertes
opresiones, él añade otras a continuación (p.51-54).
114 Introducción general

afán de revisionismo histórico, o por tendencias doctrinales, o


por la figura del héroe, constante en su batallar y en su postura
doctrinal y práctica a pesar de ciertos ligeros retoques de ocasión,
que se supone perseguido por los encomenderos y víctima propicia
de su causa humanitaria. Pero, en conjunto, hay que confesar que
estuvo más bien protegido por los poderosos, especialmente en la
corte.
Resumiendo la impresión que nos produce el gran personaje
histórico y eclesiástico que ciertamente es Las Casas, hay que
contar, entre sus cualidades y logros positivos, un gran amor al
indígena y un gran deseo de su cristianización y salvación. Es el
eje y el motor al mismo tiempo de su acción de cincuenta años en
los campos más diversos y en las situaciones personales más varia­
das. Una constancia invencible, tenacidad en el trabajo y en la
consecución de sus planes, inventiva para defender su causa y pre­
sentarla a la mejor luz posible, gran laboriosidad, tanto en el estudio
y composición de sus libros, folletos, memoriales, cartas, etc.,
como en asistir a consejos, reuniones, conversaciones privadas y
públicas, sermones y disputas, siempre sobre el mismo tema de las
Indias, de su perdición y del modo de salvarlas. Cierto desinterés
personal, sugestión eficaz para persuadir sus ideas y aptitud subje­
tiva para la controversia, dentro de la cual cree poder dar la medida
de su compleja personalidad.
Junto a estas indudables cualidades, que explican sus éxitos,
hay que colocar otras que las desvirtúan en parte, a veces impor­
tante, y esterilizan también parcialmente en diversa medida los
frutos que pretendía conseguir en favor de la Iglesia católica, de
sus protegidos y aun de España.
Creemos que el que haya leído la obra de Menéndez Pidal,
por más que no quiera admitir todas sus consecuencias y limite
diversas afirmaciones del ilustre polígrafo, no tendrá más remedio
que reconocer una parte de realidad a cualidades negativas, tanto
por lo que hace a la vida eclesiástica o religiosa, que aspira al amor
universal y a la perfección por Dios, cuanto a las circunstancias,
móviles y comportamientos en aspectos más humanos y terrenos.
Difícil será negar cierta autoestimación y suficiencia personal,
algo pronunciada en ocasiones (poco concorde con la humildad
religiosa y aun cristiana a secas), y un apasionamiento constante
y unilateral. Las Casas da con frecuencia la impresión de no dis­
tinguir sino dos géneros de hombres: los que admiten aunque sea
con limitaciones la encomienda y diversos géneros de esclavitud
con los indios americanos y los que las niegan rotundamente. Y la
calificación de las personas parece estar dominada por esa misma
preocupación: los malos, los encomenderos y allegados, y los bue­
nos, los otros. Teniendo buenas cualidades de historiador, como lo
demuestra cuando no tropieza directamente con el problema del
trato de los indios, v.gr., en la historia de Colón en sus principios
y en otras diversas ocasiones en que es escrupuloso y concien­
zudo, sin que pueda admitirse la tesis de Carbia de falsificación a
C .ll. Bartolomé de las Casas 115
hiendas, se ciega muchas veces cuando se cruza este problem a y
Sus protagonistas, y parece poco capaz de com prender la postura
v los argumentos de sus contrarios, que, en la práctica, no siem pre
estaban tan desviados del recto camino como él da a entender.
e Recurrió en diversas ocasiones a proceder sin licencia expresa
de sus superiores, o la consiguió en forma rara, com o cuando
pide, el 15 de diciem bre de 1540, a Carlos V, entonces en F lan -
des, que encargue al provincial de los dominicos mande a L as Casas
esperar en España el regreso de Su M ajestad 27.
Tiene rasgos de profetismo, teniendo como tema preferente
la amenaza de la destrucción de España por su acción en Indias.
No puede ocultar cierta aversión a sus paisanos, de los que no parece
ver más que lo malo, sin tratar de buscar atenuantes, ni m enos
excusas o justificantes en su favor.
Se podrá discutir sobre el alcance de todos estos capítulos n ega­
tivos, y ahí sí admitimos la dificultad de pronunciarse con acierto,
por tratarse de un caso tan singular. Pero no de su existencia en
algún grado, a veces pronunciado.
L a cuestión de la « D estru ició n » m á s en c o n c re to .— E ste
opúsculo es el que merece una acusación especial de casi todos los
que estudian a Las Casas en España, y, ahora, de bastantes hispa­
noamericanos, con algunos extranjeros.
No es sólo M enéndez Pidal el que estudia de modo más siste­
mático el asunto y concluye en forma especialmente negativa para
Las Casas en este punto. D el mismo modo, aunque no tan «ex pro-
fesso», se pronuncian M enéndez Pelayo, Serrano y Sanz, Bayle,
Santamaría, Ballesteros, y en forma no tan dura, pero también
explícita, Ybot, y aun Pérez de Tudela y otros lascasistas, como
Hanke 28.
No se pudo haber escrito libro más demoledor para España,
como bien lo hicieron ver M otolinía, Bem al D íaz del Castillo, el
anónimo de Yucay (1571) y otros contemporáneos, y la realidad se
encargó de demostrar. Aquella serie de crueldades sin cuento, sin
mas motivo que el placer de matar o mortificar y de modo uniforme,
en todas partes, repitiendo, a veces con una especie de juram ento,
la absoluta inocencia de los indios, o de que sólo dice una de m il
cosas que hubo 29, y todo ello proviniendo de un religioso y obispo
que se presenta como testigo de vista en muchas ocasiones, basta
para echar por tierra todo intento de eliminar la llamada leyenda
negra, por lo menos para lo que hace a aquella época, si se adm iten
como históricas. La «enormización» de las cifras, el em peño en
sostener errores geográficos sobre el tamaño y el número de islas,
ll0s 0 ciudades, el intento de no hallar un solo conquistador que
27
28 iJa.k';
r . A ...... —
u t ‘ F-spañ. v
qou p
p..UO.
68.
hablando de la Apologética Historia, dicc: «La historia de la exageración hu-
’ : ’ ’ ' Historia» («Thestrugle for Justice in the
........ ... De la Destruición d i c e : «La Brevísima
popular aiif 1 ! s, as como cscntor polémico, pero no como historiador*. «El concepto
Rinda v en n T ™ sus obras se deriva de un tratado suyo, utilizado como vía de propa-
Kepitv ivuwifU' ° n.co' *e tltu,a Brerh,n^ relación de las D fru ic ió n de las Indias».
\ teiu os conceptos. C f. B a y l e , a.c. cn nota 19.
116 Introducción general

mereciera gracia, condenando o poco menos a los que sabemos


que murieron como cristianos, como a Hernando de Soto 30, el deseo
de explicar siempre por causas peyorativas lo que a veces tenía
justificación o por lo menos atenuantes, quitan valor histórico a este
libro, fuera del marco general de los sucesos.
D ecir que sólo se imprimió para que lo leyera mejor el príncipe
don Felipe, y llevarlo inmediatamente a América, sin licencia de
impresión, es más que excesivo. Y suponer que ese impreso no se
iba a conocer inmediatamente en el extranjero, ofreciendo la mejor
arma, más barata y más fácilmente creíble a toda propaganda de
las naciones en conflicto con España, es bastante candoroso e inge­
nuo. Y no menos decir que de todos modos se iban a saber las cosas,
pues lo mismo se podía ver en muchos memoriales, cartas y relacio­
nes de misioneros y aun de otros personajes.
A qu í tratamos de historia, de lo que de hecho sucedió, y de hecho
la leyenda negra se apoyó principalmente en este libro, siempre
publicado oportunamente en las naciones afectadas por un conflicto
con España por la razón que fuera. ¿Qué necesidad tenían de buscar
y componer otros panfletos, cuando éste les daba todo lo deseable
con la abundancia y apariencia de veracidad apetecibles? Sin este
libro, el tono de las acusaciones, la abundancia de datos y su exa­
geración y desfiguración no hubieran alcanzado jamás la extensión
y el crédito que alcanzaron, ni la rapidez con que lo consiguieron 31.
L a s Casas co m o historiador.— ¿Hay falsedades en Las Casas?
¿Adultera textos? En plan de directa falsificación, no. Pero sí en
cuanto exagera, abulta, generaliza. Ha fijado una regla: «los cris­
tianos siempre hicieron en los indios... crueldades, matanzas y opre­
siones abominables, siendo los indios inocentes» 32.
A l explicar el título jurídico de posesión de las Indias por la
bula de Alejandro VI, en su «Historia de las Indias» 33, da el texto
de esta bula, intercalando continuamente a las frases del Pontífice
otras suyas de explicación aclaratoria, que son claramente contra­
rias en ocasiones a lo que dice el Papa. Prescindamos ahora del
poder que tenía o no tenía para la concesión. Pero Las Casas no
aduce ese texto en el sentido natural que tiene, y en otras ocasiones
29 M e n é n d e z P i d a l , o . c . , p. 1 0 9 - i i o .
30 Ibíd., p.i 12-113.
31 Ibíd., P.105SS. Una recensión alemana de un libro alemán en Rheinischer Merkur
7-XJI-1962, nos sirve de índice para juzgar cómo miran los extranjeros estos asuntos. Un
tal J. Schwarzembach hace la recensión de la obra de Alexander von Randa E l Im perio mun­
d i a l R ie s g o y com etido de Europa en los siglos X V I y X V I I . El autor estudia largamente y con
benevolencia k s empresas de España y Portugal. El recensor advierte que, hasta ahora , la
historia de los descubrimientos se identificaba con una piratería sin límite; pero que Randa
prueba ahora con documentos cómo al mismo tiempo vino la protesta de los misioneros y
la gran labor de Carlos V y Felipe ÍI en introducir en toda aquella empresa el derecho cris­
tiano. Habla bien de esta labor colonizadora y evangelizadora en general, pero el recensor
se ha creído en el deber de poner como título a su juicio «Las Casas no estaba solo». Confiesa
oue para él, por lo visto, hasta ahora, Las Casas era un héroe solitario clamando cn el desier­
to por la justicia. En un artículo que, en resumidas cuentas, es favorable a la España del si­
glo xvi y xvn, se cree imprescindible deber dar compañeros a Las Casas para que parezca
que la labor de España pueda justificarse. En la parte positiva, bien; pero a esos escritores
no s e les ocurre hablar de la parte exageratjva o unilateral, no infrecuente del polemista.
32 Destruición, en Obras vol.5 0.141; M en é n d e z Píd al, o . c . , p.108.
33 H istoria de las Indias, en O bras vol.i p.236*237; M e n é n d e z P i dal , p. i i 8 - i 20.
C .ll. Bartolomé de las Casas 117

lia expresamente las palabras referentes a la concesión o a su


Motivación total.
Menéndez Pidal emplea una palabra fuerte, llam ando «para­
noico» a Las Casas. N o nos sentimos llamados a ju zgar técn ica­
mente de esta acusación, pero nos parece fuerte en una personalidad
tan destacada. Diversos indicios favorecen esta exposición de M en é n ­
dez Pidal, que tiene por lo menos el valor de explicar bien su postura
peyorativa. Pero una paranoia permanente en el punto concreto
de las Indias parece, a simple vista, excesivo. Explicaría bien algunos
puntos, pero suscitaría otros. Escritores más peritos podrán d ar
más luz en este caso y ayudar a su solución en lo hum anam ente
posible. D e todos modos habrá que tener en cuenta el m odo de
presentar las cosas del presidente de la Academ ia de la L en gu a,
para tener una recta interpretación de la personalidad de L as C asas.
Es lástima que un apóstol como Las Casas, a pesar de sus fra ­
casos personales como tal en Cum aná y, en parte, en su diócesis d e
Chiapa, donde sólo permaneció un año, para refugiarse en la corte,
que era donde se sentía más dueño de sus recursos, tenga esta parte
desfavorable en su haber de gran promotor de la hum anización
de las leyes de Indias en favor de los indígenas. Sin su violencia,
apasionamiento, estrechez de horizontes mentales en que se m ueve
al tratar ciertos temas con respecto a sus paisanos y al resto del m un ­
do, figuraría sin discusión y unánimemente en la lista de las figuras
más nobles de la humanidad. Su rigidismo en favor de los nativos
se abre paso hoy en todo el mundo como doctrina universal, aunque
la realidad de ciertos países, y no sólo de los sometidos a los com u­
nistas, no sea precisamente la del dominio pleno del reconocim iento
de la personalidad humana sin distinción de razas ni castas. Pero, a
veces, el adelantarse a su tiempo significa estar desconectado de él,
y por lo mismo, ser menos eficiente en su acción concreta y en los
campos que le señaló la Providencia.
¿Es esto ser antilascasista ? N o lo creemos, hablando propia­
mente, o, si se quiere, con respecto a la exageración, que es siem pre
una cualidad negativa. Pero, en lo fundamental de Las Casas, en
su amor al indio, y, en general, al hombre oprimido por una causa
u otra, en un grado u otro, estamos con él, admiramos su celo y
reconocemos que, a la larga, ha contribuido poderosam ente al
triunfo de la dignidad humana y del reconocimiento de su persona­
lidad, esté donde esté representada, en cualquier raza o en cualquier
nncón del mundo. Ese título, de fundamento cristiano auténtico,
hay que reconocerle como propio por muchos méritos. Y en eso
no creernos que nadie se excluya de ser lascasista, al m enos entre
0s cristianos 34

wisscmrK-jf^ oU/bHc7'c!° cn la revista Zeitschrift für Missionswissenschaft und Relieions-


título (,Q64) ^ í 76' 1? 1’ r | rtícul° del P- B™ ° M Biermann. O P con el
<lo Me,u>nc£. Pidal’ Gc,ste*kr(,nber?' «ue P ren d e ser una refutación general de! libro

? T pafreC£ ° 'co* ido un camino apto para ello. Propia-


Paranoia,como lo ¿ ' po>(Sraf°- Es fáo1 ^ue tenga razón el P. Biermann en lo de la
con sus ÚH™ l01hemos expuesto antes: pero en vez de hacer un resumen exacto v total
' 0 posiliws .v nogatnws, y refutar entonces lo que verdaderamente lo merezca se
118 Introducción general

C A P I T U L O XII
L a escuela jurídico-teológica de fray Francisco de Vitoria, O . P,
Nombradla universalmente acatada.— En medio de la ba­
raúnda y agitación jurídico-teológica sobre los problemas planteados
a la conciencia católica española por el descubrimiento y colonización
de las Indias occidentales, hay un nombre que todos salvan hoy día
por encima de medianías y eminencias, como el de un gran iniciador
doctrinal, fijador de los términos exactos en los que debían plan­
tearse aquellos problemas y del modo de resolverlos: el padre
Francisco de Vitoria, O . P.
En torno a él se ha desarrollado ya una gran literatura doctrinal
e histórica, y cada vez se hace más patente lo profundo y claro de
su saber y el surco que marcó en la ciencia de su tiempo 1.
Teniendo que limitarnos forzosamente a los términos esenciales
de su actuación doctrinal, recogeremos brevemente las enseñanzas
de los principales investigadores, especialmente del padre Beltrán
de Heredia, y, junto a él, de los padres Getino, Carro, Leturia.
Vitoria, brillante estudiante en la Universidad de París (1507-
1513) y maestro de artes (1513-1516) y de teología en el colegio
de Santiago (1516-1523), editor de comentarios de su profesor Pedro
Crockart (Petrus Bruxellensis, O . P.), volvió a España para ser
profesor, primero, en Valladolid (1523) y en seguida en Salamanca
desde el 7 de septiembre de 1526 a 1546. Supo crear escuela y hacer
seguir sus métodos a sus discípulos.
La cuestión referente a las Indias la trató en dos de sus famosas
Relecciones, con algunos apuntes esporádicos en algunas de sus lec­
turas o lecciones ordinarias.
mantiene en afirmaciones bastante generales y con elementos sueltos de juicio, en las que
tiene parcialmente razón, pero no toda la razón, y en las que no hay una verdadera discusión
de los temas debatidos. Prescindamos de algunos errores sueltos: que en 1506 vino Las
Casas a España y Roma y volvió como sacerdote (p.i 80-181); que no cita Menéndez Pidal
la obra principa del P. Carro sino una sola vez (p.178 nota 5), y lo hace por lo menos cuatro
veces 'p.4.119.222 y 229); que nadie se sentía ligado por las leyes en los territorios espa­
ñoles (p.186). N o explica bien las críticas a la D estruición (p.183) ni el episodio de Caonao
(p.190) con sus versiones diferentes (16-17 y 107 en Menéndez Pidal), etc.
Por ello creemos que serán pocos los que aprueben su resumen final, al afirmar que la
obra de Menéndez Pidal «no es una biografía, sino la caricatura de una biografía» (p.i9i)*
Se podrán citar deficiencias, errores o afirmaciones más aventuradas; pero quien siga exami­
nando detenidamente la nueva producción pidaliana tendrá cualquier otra impresión, menos
la de estar ante una caricatura de biografía.
Hay que introducir más equilibrio, más serenidad y más atención a los argumentos pre­
sentados en esta clase de refutaciones.
M u y otro es el tono del eminente historiador argentino Roberto Levillier en su artículo
U na nueva imagen de L a s Casas y el arte crítico de M en én d ez P id a l, en Revista de Indias 23
(19 63 ) p.i 1 r *122. Sin ser tampoco un estudio detallado y a fondo, la tendencia es totalmente
contraria. St. hace difícil creer que sólo con una caricatura de biografía se convenza a quien
lleva unos cuarenta años de fecunda labor de historia hispanoamericana.
Es muy importante también para todo este asunto el artículo del P. Carmelo Sáenz de
Santamaría, S. I., en la misma revista y volumen, E l licenciado don Francisco M arroquín,
p nm er jefe de la conquista espiritual de G ua tem a la (1 5 2 8 -1 5 6 3 ) (p.29-97), donde se tocan con
erudición crítica vyrios de los temas lascasianos. Este mismo autor ha enjuiciado la obra de
Menéndez Pidal en la revista Razón y Fe í68 (1963) p.488-494.
1 A l g u n a s o br a s s obr e V i t o r i a : A l o n s o G l t í n o , L u í s G . , O. P., E l maestro Francisco
de Vitoria ( M a d r i d 1930); B e l t r á n d e H e r e í m a , i n c an s a bl e i nv e s t i g a d or , O . P. , L os m anus­
critos del maestro Francisco de Vitoria, y m u c h o s otros t rabajos. L e t u r i a , P e d r o , S. I., M a io r y
V itoria ante la conquista de A m érica ( es t udi o 9. 0, en o.c. ) p . 2 5 9 - 2 9 8 ; D. C a r r o , V e n a n c i o , O . P. ,
L a teología y 1os teólogos juristas españoles ante la conquista de A m érica (Madrid 1944), etc*
C.12. Escuela jurídico-teológica de Vitoria 119

Relección, en el lenguaje académico de entonces, era igual q u e


r e p e tic ió n , y se aplicaba «a las disertaciones o conferencias que p ro ­
n u n c ia b a n los graduandos y los catedráticos ante su respectiva facu l­
tad o ante toda la U niversidad sobre algún punto d octrinal» 2.
Eran algo parecido a lo que antes habían sido las cuestiones disputa­
das, en las que se solían tocar los puntos principales tratados en las
lecciones ordinarias.
Antes de Vitoria solían hacerlo con algunas notas o apuntes los
profesores afectados, pero él las escribió totalmente ya d esde su
segunda relección, preparándolas cuidadosamente. Las dos q u e m ás
nos interesan, De indis prior, y De indis posterior seu de iure belli,
se pronunciaron la primera hacia comienzos de enero d e 1 5 3 9
(tal vez a fines de 1538), y la segunda el 19 de junio de 1539 3.
Antes de Vitoria y de sus compañeros dominicos, que d esd e el
padre Montesinos plantearon en nueva forma los problem as in d ia ­
nos, el primero que se había referido a cuestiones teológico-jurídicas
de las Indias en escritos de corte escolástico fue John M ayr o M aio r,
escocés, que desde los veintitrés años aparece en el colegio de Santa
Bárbara, y luego en el de M onteagudo, donde se doctoró en 1505.
Vitoria le conoció, sin duda, y tal vez fue alumno suyo, o asistió a
algunas lecciones suyas como mero oyente ocasional, pero le cita
muy pocas veces, y no influye, al menos conscientemente, en sus
Relecciones de Indias4. Coincide con él en algunos puntos, pero se
separa en otros, y especialmente plantea ei asunto en form a m ás
completa y orgánica y no como una cuestión m arginal que se
ofrece en las explicaciones de un atareado profesor parisiense.
Vitoria había sido ya consultado en cuestiones de Indias, esp e­
cialmente acerca de los difíciles problemas planteados a los prim eros
peruleros, a los que acababan de regresar del Perú inm ediatam ente
después de la conquista y con rico botín, como se ve por su carta
al padre M iguel Arcos, del 8 de noviem bre de 1534 5.
Se ve que quedó impresionado por la m agnitud del asunto y que
trató de ello con distintas personas, mientras iba madurando, len ta­
mente sin duda, la doctrina que luego manifestó en sus Relecciones.
Decía al padre Arcos que si atacaba el derecho de conquista le
decían que iba contra el poder del Papa, y otros que contra el
del emperador: «Itaque fateor infirmitatem meam (así que confieso
mi flaqueza) y que huyo cuanto puedo de no romper con esta gente,
lero si omnino cogor (si me veo obligado en absoluto) a responder
categóricamente, al cabo digo lo que siento». D a ahí buenos indicios
Para manifestarnos tanto su actitud personal como su doctrina.
En varias ocasiones adelanta ideas que luego irá aprovechando
0 perfeccionando sobre nuestro asunto. Por ejemplo, en De potestate
cm li (Navidad de 1528), que se aclara en De potestate ecclesiastica
ipnncipio de 1532). En 1534-1535 trató acerca de si los infieles
Pueden tener poder y dominio sobre los fieles, sobre si pueden ser

j nf,HTRAN ™ ™ C.ÍVKÍ* Tomista 36 (1027) 330-373. la cita en p -541


5 * P-373. 4 L e t u r i a , o . c ., 1 p . 2 Q 8 .
R e t i n o , E l maestro Frim cisco de V itoria (1930) 144-145.
120 l ntroJunión general
forzados a la fe, etc, b Poco después, en De temperantia ( 1 5 3 7 “1538)
discurre sobre la licitud de los sacrificios humanos y sobre la licitud
de una guerra promovida por esta causa por otros príncipes.
Son cuestiones todas en las que aparece la mente de Vitoria ante
los problemas de siempre de la Iglesia ante el poder civil y ante los
mismos infieles, que debe evangelizar según el mandato de Cristo 7.
Preparado de este modo, pudo dar su mente completa sobre los
problemas principales planteados por la conquista y evangelización
de las Indias, en las dos Relecciones indicadas. Rechaza primero los
títulos ilegítimos de conquista que alegaban algunos; por ejemplo, la
condición salvaje de los indios, su infidelidad e idolatrías, los pecados
contra naturaleza. Vitoria niega que alguien pueda castigar un delito
sin la potestad de jurisdicción, que, aplicado al problema presente,
niega al Papa o al emperador esa jurisdicción que les convertiría en
jueces de los infieles por tales pecados. Tendrían que darse otros
motivos para justificar la intervención. Ni por derecho natural ni por
derecho de gentes puede un príncipe entrometerse a castigar los crí­
menes y pecados de los no súbditos, mientras que el Papa, por derecho
divino, sólo tiene autoridad sobre los fieles cristianos, según Soto 8.
Aunque hubo algunos que opinaran diversamente, especialmente
al principio de las discusiones de Indias, como Gregorio López,
Alfonso de Castro, Sepúlveda y algunos otros, con sus divergencias
parciales, la doctrina tomista más pura se fue imponiendo, y desde
Vitoria se convierte en general entre los tratadistas eclesiásticos y aun
los juristas, perfeccionando cada vez mejor la doctrina hasta las elu­
cubraciones de Báñez y Suárez.
T ítu lo s legítim os de la «conquista».— La parte positiva, la de
los títulos legítimos, necesarios para justificar en lo posible la empresa
indiana, una vez que se rechazaba de plano la potestad civil del
Papa o del emperador sobre las tierras de los infieles, como lo repite
hasta la saciedad Las Casas y con escueta claridad Vitoria, dan la
medida constructiva del maestro salmantino en su mejor momento.
Cuatro de ellos pertenecen al orden natural, o tal vez cinco,
si se añade el octavo, que se pone como dudoso. Los otros tres son
de orden sobrenatural. El primero, entre los de orden natural,
sería la sociabilidad natural, el deseo de comunicarse con otros hom­
bres, a lo que no se opone la variedad de naciones y Estados que
contemplamos en el mundo. Y deduce como primera conclusión:
«Los españoles tienen derecho a recorrer aquellas provincias y per­
manecer allí sin que puedan prohibírselo los bárbaros, pero sin daño
de ellos» 9. Lo pide la libertad del comercio, la explotación de las
riquezas naturales sin gravamen para los naturales, etc.
El segundo título puede ser la propagación de la religión cris­
tiana; se entiende sin violencia ni fuerza. Se examinan las circuns­
tancias e incidentes posibles.
(} \j. df, JJni'DDJA, Ciencia Tomista 41 (1930) r45;-1 (>S-
7 M a n a r í c ú a , A . d e , E l Estado misional y el Derecho misional en Francisco de Vitoria, O . P . :
M i s s i o n a l i a H i s p a n i c a 6 (1940) 4 1 7 - 4 5 4 .
* C a r r o , o . c . , v o l . 2 c. 5 p. 2 ¿ s s y 41-4 $.
9 V i t o r / a , Helettio de Indis ( M a d r i d 1 765) P-.IS?; P. C a r r o , l í 156.
C.12. Escuela jurídico-teológica de Vitoria 121
El tercer título provendría del ejercicio del segundo. E n el caso
de que algunos de los naturales quisieran convertirse al cristianismo,
sus príncipes, por fuerza o miedo, los quieran volver a la idolatría,
los españoles podrían forzarles a no usar de esa injusta violencia
V guerrear contra los pertinaces.
El cuarto título puede ser: Si una buena parte de los nativos se
hubiera hecho cristiana, justa o injustamente, es decir, supuesto que
por amenazas, temores, etc., con tal de que verdaderamente fueran
cristianos, podría el Papa, pidiéndolo ellos o no, darles un príncipe
cristiano y quitarles los infieles.
El quinto título sería, a causa de la tiranía de sus señores propios,
o por leyes tiránicas con injuria de inocentes, como los sacrificios
humanos de inocentes o cosas parecidas, pues los españoles pueden
defender a los inocentes de una muerte injusta.
El sexto podría ser por una verdadera y voluntaria elección del
rey de España de parte de los naturales, tanto del pueblo como de
sus príncipes.
El séptimo, por causa de los amigos y aliados, como en el caso
de los tlascaltecas contra los mejicanos, ayudando a Cortés.
El octavo no es tan seguro, y puede discutirse acerca de él, por
lo cual no se atreve ni a aprobarlo ni a rechazarlo, y es: Q u e siendo
los naturales de aquellas tierras no en absoluto sin juicio ni razón,
pero ciertamente no distantes de los tales, no parecen m uy aptos
para constituir o administrar un Estado legítimo de nivel humano
y civil. Y por ello no pueden tener leyes convenientes, ni magistrados,
artes, literatura, industria, etc. Con lo que alguno podría decir que
sería mejor que los españoles tomaran su administración y civilizar­
los. Como sería con los niños, que necesitarían estar bajo tutela. Pero
tiene la dificultad de saberse con exactitud los límites de estas con ­
diciones y el peligro fácil de abusos.
A l final nota cómo, aunque cesaran estos justos títulos de m odo
que los indígenas no dieran ocasión de guerra justa ni quisieran
príncipes españoles, cesaría toda la navegación y el comercio y los
ingresos de los príncipes, cosas que no es justo soportar. Responde
que es verdad y que pueden encontrarse modos de beneficiar a todos,
y de todos modos, una vez convertidos muchos a la fe, no conviene
que el príncipe cristiano abandone aquellas tierras 10.
De la atenta lectura de esta Relección se ve en seguida la diferen­
cia con algunas de las ideas más caras a Las Casas: el sentir alta­
mente de los indios de éste es disminuido constantemente con el
apelativo de bárbaros, parecidos a los dementes o niños por la dism i­
nución de sus facultades mentales, la rudeza de algunas de sus costum -
^ es, su falta de civilización y varias otras cosas. L o mismo la posibili­
dad de algunas guerras justas, no para propagar la fe, sino con ocasión
c la Propagación de la fe. N o es extraño que en este punto se sus­
citen cuestiones aún ahora entre los defensores o no de Las Casas.
Sus dificultades.— Debemos hacer constar, por otra parte, las
c 1 «cuitados y limitaciones que implican los títulos aducidos, que no
Und., P.22Q-245.
122 Introducción general

son absolutos, sino condicionados al bien general o al bien particular


de la nación o tribu de que se trata. La libertad de viajar, comerciar,
emigrar y otros derechos parecidos deben compaginarse con los que
tienen las sociedades adonde se pretende ir, con su subsistencia
y sus peculiaridades. Vitoria se detiene menos en este punto, que en
su tiempo tenía menos aplicación o posibilidad de aplicación que
hoy en día, cuando tales posibilidades en cualquier dirección son
viables. Por eso se deben usar con mucha cautela.
Y no hemos querido recordar tampoco la doctrina que plantea
y defiende Vitoria, al principio de su relección, sobre una serie de
puntos, acerca de si los pecadores, herejes, bárbaros, niños, pueden
ser o no dueños legítimos de sus bienes y territorios, a los que sigue
la negación de una serie de títulos ilegítimos que algunos alegaban
para justificar la conquista de América, como el dominio universal
del emperador o del Papa, o el deber de oír la predicación del Evan­
gelio, o el valor del requerimiento que se les hiciera de hacerse
cristianos, o la justicia de intervenir contra ellos por razón de sus
pecados, en cuanto tales.
En la segunda relección: De indis, sive de iure belli hispanorum
in barbaros n , se estudian los diversos motivos de guerra, primero
en general, entre cualesquiera naciones, aun cristianas, y luego en
particular, entre una cristiana y otra infiel, estudiando de modo
concreto y desde el punto de vista jurídico y teológico-moral la va­
riedad de cuestiones que este problema suscita siempre. A pesar
del título general, de indis, esta segunda relección no tiene matiz
americano, sino más bien europeo, en sus comparaciones y ejem­
plos, y es de tipo general. De todos modos se establece la posibili­
dad de guerras justas, la legitimidad de las naciones, del Imperio
y otras conclusiones parecidas.
Im p resión general.— Leyendo a Vitoria y a toda la pléyade de
escritores de aquel siglo que analizan tan meticulosamente los títu­
los de dominio de los cristianos con respecto a los países no cristia­
nos, pacíficos o agresores, y los derivados especialmente de la pre­
dicación del Evangelio, que todos ellos tratan largamente, compren­
demos pronto el cambio de mentalidad que el sucederse de circuns­
tancias y de perspectivas históricas nos ha ido imponiendo, entran­
do en conceptos más evangélicos en su pleno sentido, menos de­
pendientes del empleo de medios humanos puros, especialmente
los ligados de alguna manera al empleo de la fuerza, en la defensa
de los ministros del Evangelio o de los neófitos.
«Si los indios permiten la predicación, no se puede hacerles la
guerra, aunque no quieran convertirse, pero, si la impiden y persi­
guen a los que se convierten, pueden ya los españoles declarar la
guerra a los indios y conquistarlos» 12. Así es como resume un tra­
tadista esta parte de la doctrina de Vitoria. «A pesar de este derecho,
debe usarse de moderación y buscar, ante todo, el bien de los in­
dios» concluye el Maestro.
i J I bí d , p . 246-280. 12 C a k k o , o . c ., II 408,
C.lÜ. v.l patronato real y el vicariato de Indias 123

Con todo, a ese derecho más o menos bélico se une la doctrina


obre la legitim idad en derecho de los bautismos de los hijos de
infieles; la libertad de la predicación y la actuación de los poderes
católicos en la defensa de los misioneros. En varias cosas hubo sus
discrepancias entre los teólogos y juristas, aunque no propiam ente
en cuanto a la libertad en la aceptación de la fe, sino en cuanto a
su predicación y a la actitud de los infieles ante ella, cuando se h a ­
cía con medios pacíficos. Sus doctrinas consiguen introducirse en
los Consejos del reino y en las conciencias de los gobernantes y de
muchos de sus ejecutantes, como se vio bien en la primera cristian i­
zación de las Filipinas, cuyo centenario se conmemora ahora (1565)»
y contribuyen a la formación del derecho internacional hoy vigente.

C A P I T U L O XIII
El patronato real y el regio vicariato de Indias
Pocas cuestiones referentes a la historia hispanoamericana han
suscitado más la atención de los historiadores y aun de m uchos
otros escritores como las referentes al regio patronato de Indias.
Ayudaba el hecho de su supervivencia en algunas de las repúblicas
herederas de España, y, aunque es cierto que ello proporcionó a l­
gunos estudios tanto históricos como jurídico-canónicos de interés,
también lo es que no se había entrado de lleno en la línea que con ­
duciría a resultados más positivos.
Fue sin duda el padre Pedro Leturia el que encauzó definitiva­
mente su estudio, llegando a resultados m uy apreciables, tanto en cuan ­
to al origen como en cuanto al ocaso del patronato español en A m é ri­
ca. Él había comenzado a interesarse por el ocaso, pero para com ­
prenderlo, tuvo que interesarse por su origen, y así fue investigando
ambos extremos históricos de la institución, con algunos excursus
por la zona intermedia, como sus relaciones con Propaganda F ide.
Leturia aclaró muchas cuestiones, rectificó detalles y puntos de
vista y señaló los caminos y orientaciones más indicadas para su in ­
vestigación futura. Además, orientó a varios de sus discípulos,
guiándolos por este camino desde su puesto de decano de la F acuL
tad de Historia Eclesiástica de la Pontificia U niversidad G regoriana
de Roma, y facilitándoles sus primeros pasos por tan interesante
senda. El nuevo florecimiento de los estudios hispanoamericanos
en España, con sus órganos especializados Revista de Indias y M is-
swnalia Hispanica, han contribuido al mismo resultado, no menos
que la Escuela de Estudios Americanos de Sevilla, incom parablem en­
te situada para estos empeños por su proximidad al A rch ivo de In ­
ulas. Todo esto ha creado un ambiente propicio para la investiga­
ron , cuyos resultados se pueden ir ya palpando en diversas p u b li­
caciones.
Como se trata de una materia inmensa, estudiada sólo parcial-
mente y sujeta a diversas interpretaciones, vamos a procurar trazar
un resumen de estos resultados, en orden a aclarar la Historia ecle­
siástica de la Am érica española hasta el siglo x ix .
124 1ntroducáón general

Además de las indicaciones hechas ya con respecto a la política


eclesiástica general que propugnaron en España, y, en concreto, de
la consecución del patronato para los beneficios eclesiásticos del
reino de Granada y de las islas Canarias, debemos recordar ahora
algunos conceptos necesarios para la recta interpretación del patro­
nato y luego del vicariato en América.
El patronato es, según el Derecho canónico, «la suma de privi­
legios, con algunas cargas, que competen por concesión de la Igle­
sia a los fundadores católicos de iglesia, capilla o beneficio, o tam­
bién a aquellos que tienen causa con ellos» (can. 1448).
Prescindamos de entrar en detalles acerca de la división en real
y personal. M ás importancia tiene la de eclesiástico, laico o mixto,
según que el título por el que alguien goza del derecho de patronato
sea eclesiástico, laico o mixto, lo mismo que la de hereditario, fa­
miliar, gentilicio o mixto; casi todo ello entra de algún modo en el
patronato americano l .
Es de interés notar que el Derecho canónico actual no admite
la posibilidad de constituir en adelante derechos de patronato en la
Iglesia, sustituyendo de otro modo las muestras de agradecimiento
a los fundadores o bienhechores de iglesias o beneficios y centros
benéficos (can. 1450).
El mismo Derecho cita como el primero entre los privilegios de
los patronos el de presentar un clérigo para la iglesia o beneficio va­
cante (can.1455 § 1). Se dan también otros. En el caso hispanoame­
ricano evidentemente fue también éste el más estimado y en el que
más insistían los reyes y los juristas, siendo los principales conflic­
tos entre ambas potestades acerca de este punto.
Por lo que hace en concreto al patronato regio, en la Iglesia orien­
tal ya aparecen los rasgos principales de su vigencia en el siglo vi,
y en la occidental, entre el v y vi. Toda la Edad Media fue un for­
cejeo entre la Santa Sede y los soberanos o jefes de Estado y territo­
rios en torno a las pretensiones al privilegio de la presentación a las
dignidades y beneficios eclesiásticos. El concilio de Trento abolió
los derechos de patronato provenientes de privilegios y no del de­
recho, pero estableció una excepción para los soberanos 2.
El patronato regio de Indias era oneroso, debiendo sustentar al
clero, facilitar los viajes a la misión de los religiosos, construir igle­
sias, hospitales y otros centros benéficos. Se le facilitó su tarea con
la concesión de los diezmos en 1501.
Tanto en el caso portugués, con sus numerosas bulas pontificias
para su expansión ultramarina, como en el español, no quedaron bien
definidas durante los primeros lustros (en el caso portugués durante
todo el primer siglo) las funciones propiamente dichas de patronato,
tal como se entendía, canónicamente hablando, de las de cierta di­
rección de la obra religiosa y misional encomendada a los reyes
(más indirectamente en Portugal, al principio, mediante la Milicia
de Cristo) de lo que, andando el tiempo, vino a ser llamado por di-
1 C f . el C ó d i g o de D e r e c h o c a n ó n ico , cán. H 4 8 - 1472.
2 E n c k ijp p jlia C a tin lica ( R o m a , Cit.ta del V a tic a n o ) v o l .t) P.Q78 (>82.
C.13. El patronato real y el vicariato de Indias 125

versos a u t o r e sespañoles vicariato o delegación regia, que convertía


les r e y e s en una especie de delegados, vicarios de Su Santidad, ha-
ien d o s u s veces en el establecimiento de la nueva Iglesia y en la
evangelización d e los naturales.

Im portancia de la obra del padre Egaña. — El trabajo más


completo y más sereno y objetivo llevado a cabo hasta el presente
acerca de este tema es el del padre Antonio Egaña, S. I., gran colabo­
rador de la presente obra de la B A C , discípulo de Leturia, con su
libro La teoría del regio vicariato español en Indias (Roma 1958). En
él estudia cronológicamente todo el origen y desenvolvimiento de la
teoría, examinando sus fases principales y analizando la mentalidad
de sus principales protagonistas y escritores 3. Da a conocer tam ­
bién la bibliografía principal originada por tan interesante cuanto
complicado asunto.
Es evidente que el cúmulo de concesiones otorgadas por A le ­
jandro VI a los Reyes Católicos desbordaba ampliamente los lím i­
tes generales de un patronato ordinario, a pesar de carecer de la
concesión típica de la presentación a los beneficios eclesiásticos. La
bula Inter caetera, del 3 y 4 de mayo de 1493 4, les mandaba, en vir­
tud de santa obediencia, enviar a las tierras descubiertas a varones
probos y temerosos de Dios, doctos, peritos y experimentados p»ara
instruir a los naturales y habitantes de ellas en la fe católica e im­
buirlos en buenas costumbres, y esto poniendo en ello toda la di­
ligencia debida. Esto adquiría toda su significación con la bula
Eximiae devotionis, antedatada al 4 de mayo de 1493, reconociendo
a España las mismas concesiones ya hechas a Portugal y que la bula
comprende bajo los nombres de «libertades, inmunidades, exencio­
nes, facultades, letras e indultos» (apostólicos); algo más tarde ha­
bla de «gracias, prerrogativas y favores», y al fin se recogen otra vez
todas estas expresiones 5.
Aunque algunos de los términos empleados en las bulas portu­
guesas parecen referirse a los derechos patronales, no conceden ese
privilegio en forma explícita, y hubo que esperar al año 1514, cuan­
do León X lo concedió a Portugal, que se benefició del ejemplo
español de 1508 y del tenaz empeño de Femando el Católico en
asegurar aquel patronato universal, que el no menos tenaz pontífice
Julio II se resistía a conceder.
Prescindiendo de lo que significaba la bula Piis fidelium (25 de
junio de 1493), concediendo facultades especiales a fray Bemal
ü°yl, primer delegado pontificio enviado a América a establecer y
organizar su Iglesia, el punto definitivo de las concesiones de A le-

(,An' l>^a S*^° en Ia colección de la Pontificia Universidad Gregoriana intitulada


n ]^ lecta Gregoriana» vol.95; en la serie de la Facultad de Historia Eclesiástica, sección B,

>4 Hernáez, Coforton de Bulas (Bruselas 1879), la del 4 de mayo vol.i p. 12-14, v la
del ?n,LEvauER. R., Organización de la Iglesia y Ordenes religiosas en el Virreinato
GinJ»11 ^ K'nd 10 u>) P- 2 -* P- 7 - U . la del 3 de mayo, y 12-16 la del 4 de mavo de 14Q3.
tamli ' VVcrn^nc^C7' cn su °k |a sobre las bulas alejandrinas da los textos de la^ bulas- v
"oien (.«arela Gallo.
^iERNÁKZ, O.C., 1 1 5 - 1 6 .
126 Iutrodunión general

jandro VI se redondeó el 16 de noviembre de 1501 con la donación


de los diezmos a los Reyes Católicos, con la obligación de fundar y
dotar convenientemente a los eclesiásticos encargados de aquellas
iglesias6.

Explicación de esta actitud de R o m a . — Hay que tener en


cuenta que Roma no estaba preparada entonces para una acción
continuada de sustentación, dirección y control de las misiones
que iban a fundarse en los inmensos países nuevos abiertos a la
evangelización. Las misiones habían sido atendidas esporádicamen­
te, según se presentara la ocasión, y habían corrido a cargo princi­
palmente de las órdenes religiosas o de los obispos de las zonas li­
mítrofes con el paganismo. Esto se había ido haciendo más difícil
con el avance del Islam por todo el oriente europeo y el occidente
asiático. No se conocía aún nada parecido a las congregaciones ro­
manas permanentes que establecerá más tarde Sixto V. Y se confiaba
en una ampliación del cristianismo, de modo parecido a como se
iba verificando en Granada, Canarias y otros territorios de reciente
cristianización, sin intervenciones extraordinarias de Roma, aun­
que se contara con sus poderes y su vigilancia genérica.
Tampoco contaba con los recursos materiales necesarios para
una obra tan inmensa. Tenía además que contar con la benevolen­
cia y ayuda de los reyes para asegurar viajes regulares y baratos
hacia tan lejanas tierras, y con cierta seguridad contra posibles ata­
ques. La mentalidad misionera general se hallaba aún en sus co­
mienzos.
Por otra parte, la realidad eclesiástica del renacimiento italiano
y de la posición de los Romanos Pontífices en los conflictos ítalo-
europeos de entonces, agravados pocos decenios más tarde con la
ruptura religiosa y las guerras con los protestantes, disminuían aún
más las posibilidades de una dirección pontificia eficiente en la
marcha de las nuevas misiones.
No queremos decir con esto que Roma no hubiera podido llegar
después de unos años a una capacidad suficiente para encargarse
con éxito y con un sentido eclesiástico más completo y más apostóli­
co de la dirección del apostolado misionero, como sucedió después
con Propaganda Fide. Decimos que de momento no se encontraba en
esa disposición y que agradecía el que soberanos católicos la suplie­
ran con los resultados que pronto se vieron. Tampoco quiere esto
decir que los Papas pensaran inhibirse del todo de la dirección de
aquella empresa apostólica al conceder tantos favores a los reyes.
Esperaban, sin duda, poder intervenir libremente cuando lo cre­
yeran oportuno, a medida que se fueran estableciendo las nuevas
iglesias, y efectivamente lo intentaron en repetidas ocasiones, aunque
sin resultado por lo que hace al control permanente e inmediato.
Concesión del patronato, 28 de julio de 1508.— Ese día corona
Fernando el Católico el edificio jurídico que tan trabajosamente ha-
* Ibíd. L e v i l l í e r , o .c ., I 35- 36.
C .l3. El patronato real y el vicariato de Indias 127

IV ido elevando para la dirección y control real de las nuevas cris-


T ndades. Todo lo había realizado con privilegios de los Papas.
Aun alegando para ello los méritos contraídos en el descubrimien-
to d e las tierras y en la fundación de sus primeras comunidades
cristianas, reconoce, sin embargo, que los privilegios eclesiásticos
tan amplios de que dispone se los debe a la largueza de los Rom a­
nos Pontífices. Esta fue, generalmente, nota distintiva de las pre­
ten sio n es del patronato español, aun en el período más claramente
regalista, a pesar de algunos intentos más galicanistas.
Superado el primer período de tanteos en las Antillas, tanto en
el campo civil, económico y político como en el religioso, creyeron
los Reyes Católicos llegado el momento de solicitar de Roma la
creación de las primeras sedes episcopales para la Española: un ar­
zobispado en Yaguata y dos sufragáneas en Magua y Baynúa.
Accedió a ello Julio II, y el 15 de noviembre de 1504, unos días
antes de la muerte de la reina Isabel, firmó la bula de erección de
aquellas primeras diócesis (en el papel, porque luego no lo fueron)
de América.
Al llegar la bula a manos de Fernando durante el delicado in­
terregno de su primer gobierno de Castilla, a la muerte de la reina,
y del forcejeo con su yerno Felipe el Hermoso, observó en seguida
que no se hacía mención del derecho de patronato real sobre ellas.
No sabemos exactamente lo que se negoció entonces en lo del patro­
nato. Tal vez, con los antecedentes de Granada y de las Canarias,
el rey esperaba esta concesión como sobrentendida. El hecho es que
la falta de afirmación directa de este derecho hizo que el 13 de sep­
tiembre de 1505 manifestara su pensamiento a su embajador en
Roma, Francisco de Rojas, con toda la claridad deseada: «Yo man­
dé ver las bulas que se expidieron para la creación y provisión de
arzobispados y obispados de la Española; en las cuales no se nos con­
cede til patronazgo de los dichos arzobispados y obispados, ni de
las dignidades y canonjías, raciones y beneficios con cura y sin cura
que en la dicha isla Española se han de eregir. Es menester que Su
Santidad conceda el dicho patronazgo de todo ello perpetuamente a mí
Y a los reyes que en estos reinos de Castilla y de León sucedieren,
aunque en las dichas bulas no haya sido hecha mención de ello,
como hizo en las del reino de Granada»7. La bula no se entregó al
embajador sino el 8 de julio, a pesar de su fecha, ocho meses an ­
terior.
No contento con esto el rey, exige del Papa estas tres concesio-
nes: «concesión perpetua del patronato para la erección y provisión
P^ipetuas de todos los beneficios eclesiásticos; orden de que los
0 ispos y beneficiados no percibirían más que aquella parte de los
jjezmos que constaran en la donación de ellos que los reyes les
Ce ' CrCv pod-er de que el rey pudiera precisar los límites de las dio-
sed^' A t? d° ell° no sól° p.a ra la isla E sPañola, sino para las otras
s dc «las otras islas y tierra firme del mar Océano que son y

dc la \ PrimT S añ0$ del er :f opado en América: Boletín de la R. Academia


l u, l a 20 ( 1 8 9 2 ) 2 7 2 ; L e t u r i a , o.c. , 1 13.
128 Introducción general

fueren erigidas*8. Y manifestaba su absoluta resolución en no ad*


mitir otras componendas.
Siguieron tres años de espera. Fernando, abandonando Castilla
a su hija y yerno, se retiró a Aragón e Italia, y a su vuelta como triun­
fador volvió a urgir sus mismas pretensiones. Julio II, por su parte,
que creía poder resistir al Rey Católico, se vio precisado en 1508,
por el cambio de circunstancias políticas, a acceder a los deseos
de Fernando, y el 28 de julio de 1508, por medio de la bula Univer-
salís Ecclesiae regitninis, concedía el enorme privilegio, que comple­
taba en lo fundamental las aspiraciones reales.
Es sabido que no se halla el original de esta bula. El padre Le­
turia estudió el asunto en varios de sus trabajos 9, publicando por
tin la edición crítica de la copia antiquísima de Simancas, del si­
glo xvi, después de un estudio histórico de sus vicisitudes.
Otros escritores, como monseñor Sergio Méndez, ahora obispo
de Cuerna vaca (Méjico), trabajaron, con orientaciones de Leturia,
para aclarar más este punto, con resultados negativos, aunque su­
ficientes para creer en la autenticidad de la bula.
Esta concede el derecho de presentación pedido para todas las
tierras descubiertas y además da la génesis histórica y la naturaleza
intima de este patronato universal, describiendo la presentación
«como parte y consecuencia del derecho exclusivo de patronato,
que competía al rey como fundador y sustentador de todas las igle­
sias indianas», derecho derivado, a su vez, de la cruzada evangélica
que la corona real llevaba a cabo por la dilatación de la fe 10 como
antes de la liberación del territorio nacional de los moros.
La bula, en cambio, no habla de los diezmos y de los límites de
las diócesis. Pero lo primero lo obtuvo Fernando de Julio II en 1510
y 151 1, exceptuando los metales y piedras preciosas de los diezmos
que habían de percibir las iglesias.

L a cuestión de la «determinación de límites».— Por lo que


hace a la determinación de los límites de las diócesis, que Fernando
no tuvo tiempo de obtener con otras intervenciones, se fue consi­
guiendo de hecho años después, con ciertas variantes en las con­
cesiones, pero nunca de modo formal y explícito para todos los ca­
sos. Generalmente se les concedía fijar los límites de las nuevas dió­
cesis, pero no la facultad de cambiarlos. Carlos V comienza a reser­
varse en sus cédulas ejecutoriales (de las nuevas erecciones) y hacer
reservar al obispo en el auto de erección la facultad de mudar los
límites. También recibió la facultad de cambiar los límites para
algunas diócesis determinadas (Popayán, erigida el 27 de julio de
1546; Asunción, el 1 de julio de 1547, y Guadalajara, el 13 ele junio
de 1548), lo mismo que sus sucesores, de Paulo III, y de La Plata
(Chuquisaca), de Julio III (27 de junio de 1552); pero no para las
diócesis antiguas. Pío IV concedió a Felipe II la facultad de señalar

* Lr/nnvfA, iblH., n 13 J4
f> íbíd., f'/rHj'iios í ", H.n, y <n la ción de "Víiim» c| i.°
]0 íhí<l., p. 1 4 1 S
C. 1.3. El patronato real y el vicariato
i . límites de la Imperial y de Concepción, y ® o > S íe r e s e r v ó todc
•ambio de límites que señalase Felipe II a la dSjreás d ? fu § m p ^ r \ .
j?l rey pudo cambiar también los límites de A reqgfla, como Ilfcgj
los de Manila.
Felipe II, al pedir la erección de las diócesis 3f
T r illo , en el Perú, se refirió a la «cercanía», expedienteW ítnwfo
desde Carlos V para tener las manos libres en la cuestión de los
límites. Se concedían quince leguas alrededor de la sede episcopal
al obispo en propiedad, y las otras, si las había, en «cercanía», pro­
visionalmente, al obispo más próximo o a los más próximos 1 1 .
Por eso no parece exacto lo afirmado por Herrera 12 que el año
1543 se concedió por la Santa Sede al rey la facultad general de cam ­
biar los límites. De ser así, no se explicarían las peticiones repetidas
que hay de ese privilegio, tanto de Carlos V como de Felipe II.
Solórzano alega el testimonio de Herrera.
Otra cosa es que en la práctica los reyes se comportaran como
si tuvieran en todos los casos esa petición. Roma no conocía sino
vagamente las condiciones geográficas de las tierras americanas y
filipinas, y tenía que atenerse a los datos que le presentaba la corte
española para las nuevas diócesis o desmembraciones de las anterio­
res. Con la práctica general del patronato y con estas concesiones
particulares repetidas generalmente pudieron creer algunos que se
había llegado a una concesión universal, que no aparece, y más
bien pruebas de que ao existía en esa forma.
Por lo demás, fuera del siglo xvi, las nuevas erecciones no son
muy numerosas y se fue generalmente por los procedimientos de
las anteriores sin problemas especiales.
Hay un detalle curioso en estos primeros pasos del episcopado
hispanoamericano. Como las circunstancias de la colonización ha­
bían cambiado aquellos años, se cambió también la sede de las pri­
meras diócesis, erigiéndose en vez de aquéllas, desplazadas ya como
capitales de relativa importancia, las de Santo Domingo, la Concep­
ción y San Juan de Puerto Rico. Además, no se trataba de una nue­
va provincia eclesiástica, sino de diócesis sueltas vinculadas a la
metropolitana de Sevilla. Había un inconveniente, ya que la conce­
sión del patronato venía vinculada a la erección de la provincia
eclesiástica de Santo Domingo o la Española. En vez de obtener una
nueva bula de patronato con estas modificaciones, bula siempre di-
icu de obtener, se contentó el consejo y el rey con que en cada erec-
cion de nuevas sedes episcopales se reconociese expresamente el
patronato, como se hizo en efecto ya desde las primeras, en aeosto
ele 1 5 1 3 13 ' &

‘ l'isi (m il1' -' 1 * Std cues,'ión- coir' ° Par» las demás relacionadas con la cuestión de las sedes
*'>■! 1>1■ n % amSri4™ as entre 1504 y 1570. hemos recurrido a la tesis manuscrita (ia-t 8 )
Vaticano V ' « T ° 1 Z A rcco - ho>' obisP ° Cuemavaca. en M éjico, a base del A rchivo
,,h'sn¡ulos v i, ? numerosas fechas y hechos acerca del problema general de aquellos
'■l>isrnlvili0 \i i 0 ,™ s muchos particulares y detallistas. L a tesis se intitula Primer siglo del

11 \a ! ' de la Embalada de España ante la Santa S ed e .


,, M é n d e z , S„ |.c „ P . i 8 8 - i 8 q .
1 ITA, o.c., 2Q8
11 9 dt U Iglesia en América
132 Introducción general

confirmó ciertas concesiones anteriores, aunque luego trató de esta­


blecer determinadas limitaciones. Conocido es el interés de San
Pío V por los problemas misionales americanos, sus cartas a deter­
minados nuevos gobernantes y su fundación de la primera, aunque
efímera, Congregación de Propaganda Fide, de poca eficacia por la
oposición de España 18.
Gregorio XIII (1572-1585) concedió un importante privilegio
el 15 de marzo de 1573, admitiendo que las causas eclesiásticas se
terminaran en Indias por las enormes dificultades de su transmisión
a tribunales eclesiásticos de Europa.
Sixto V, franciscano (1585-1590), concede al comisario francis­
cano de Indias, cargo establecido en el pontificado anterior por em­
peño de Felipe II, voz y voto en los capítulos de su Orden.
Diversas concesiones obtenidas por el padre Alonso Sánchez, S. I.,
durante aquellos años (1589-1592), quedaron prácticamente sin en­
trar en vigor, por diversos motivos, entre ellos la muerte del citado
padre y cierto cambio de circunstancias 19.
La Santa Sede continuó durante los siglos xvn y xvm concedien­
do favores y privilegios diversos para América, que no rompen la
línea establecida a lo largo del siglo xvi en la práctica del patronato.
Generalmente se refieren a aplicaciones más bien de concesiones
anteriores y confirmaciones o erecciones de universidades y obras
diversas. Su intento de penetrar más en el gobierno eclesiástico
directo por medio de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide
no consiguió su objetivo y hubo de limitarse a recibir esporádicas
informaciones de obispos o misioneros. Pero la ocupación efectiva
de sus territorios, tanto en América como en Filipinas, por parte de
España y su desinterés en no extender el ámbito de su patronato fuera
de sus territorios efectivamente controlados evitó en sus roces con
Propaganda Fide el carácter de agria contienda y multiplicados
sinsabores que trajo consigo el intento de ejercitar el patronato
lusitano en casi toda el Asia meridional y extremo-oriental.
Patronato real y vicariato o delegación regia.— Quien consi­
dere el enorme cúmulo de privilegios de que gozaban los reyes de
España en la administración eclesiástica de sus tierras de Ultramar
no podrá menos de advertir en seguida cómo ese conjunto desborda
y rebasa por todas partes la noción común de patronato, y que, por
lo mismo, necesita una consideración especial y diríamos un apartado
especial dentro de los sistemas jurídicos de la Iglesia. Se trata de un
caso absolutamente fuera de serie, juntamente con el lusitano, aun­
que, como hemos indicado, la historia y desenvolvimiento posterior
de ambos patronatos sea muy diferente, con la excepción del Brasil
y de las escasas tierras efectivamente ocupadas por Portugal en
Africa y Asia durante aquellos siglos.
Prácticamente, toda la administración eclesiástica de Indias esta-
18 C f . L o p e t e g u i , L . , S a n Francisco de Borja y el plan misional de S a n P ío V : Archivu m
Historicum Societatis íesu X í (1942) 1-26.
19 C f Labor evangélica... de la Com pañía de Jesús... en las islas Filipin as, por el P. F r a n ­
c i s c o C o l í n , edición del P. P a b l o Pa stf.i.ls, S. I. (Barcelona iyoo) vol.r p .469-501.
C.13- El patronato real y el vicariato de Indias 133

ba controlada por el rey y sus ministros o consejos. Son típicas las


frases del obispo del Cuzco, Gregorio Montalvo de Coca, O . P.,
en la relación que hizo el padre Nicolás de Ova lie, provincial de la
Merced, con motivo del concilio IV de Lima (1591): *A esto res­
ponde eí obispo de Cuzco que el rey, por su cédula, no es intérprete de
el concilio ni de las bulas del Papa, dando a entender no se debe
se g u ir el orden de la dicha cédula, y asimismo dice que es luteranismo
decir que para que se guarden y ejecuten los breves que vienen de
Roma es menester que sean primero pasados por vuestro Real C o n ­
sejo, y asimismo dice el dicho obispo que lo que hace el Consejo
Real de Castilla y de las Indias, en tomar los breves que vienen de
Roma y el detenerlos, que es luteranismo; y diciéndole yo que mirase
que no se podía presumir de que los Consejos hiciesen una cosa
tan fuera de orden como la que él decía, si no tuvieran fuerza de
privilegio o costumbre que se lo permitiera, a esto respondió el
dicho obispo que no tenían título ninguno y que por no escandalizar
al mundo no los declaraba el Papa por excomulgados. Item, ha dicho
el dicho obispo delante de algunas personas, que podré señalar por su
nombre, que en las Indias casi no hay Iglesia, porque Vuestra M ajes­
tad se lo es todo, palabras no poco escandalosas y ofensivas para quien
las entendiere...» 20.
Distinguiendo naturalmente tiempos y lugares y haciendo las
salvedades pertinentes, hemos de confesar que el buen obispo no
discurría mal, y que realmente ésa era la impresión que debía de
recibir quien no estuviera tan inmerso en aquel ambiente que estas
cosas le parecieran naturales. No digamos nada de los observadores
de nuestros días. De todos modos, esa descripción gráfica nos señala
de modo indeleble la impresión de cierto señorío sobre la Iglesia que
daban el rey y el Consejo de Indias al que examinara de cerca el
funcionamiento de aquel sistema.
De ahí que poco a poco comenzara a levantar cabeza la teoría que
se ha venido llamando vicariato regio de Indias o delegación regia,
como si el rey fuera un vicario o delegado del Papa para el gobierno
de la Iglesia de Indias. En Roma siempre sonó mal esa expresión,
que parecía tener resonancias un poco cismáticas o peligrosas y p o r­
que el Papa nunca había concedido m terminis, de modo explícito,
tal título o categoría al rey. Por lo demás, tampoco los reyes se lo
apropiaron oficialmente hasta el ocaso del dominio español, en tiem ­
pos de Carlos III, y apenas hicieron uso de él.
oon demasiado claras las dificultades provenientes de la condi-
Cl°'1 taica del rey y de sus ministros para poder participar de la j u ­
risdicción eclesiástica propiamente dicha, v nos contentamos ahora
con sólo señalarlo.
, ^ecorda remos antes las definiciones de patronato necesarias para
* entrarnos en toda esta cuestión. Debemos hacer lo mismo con la
n? v.lcario, delegado y sus derivados. Según el Código de Derecho ca-
onico, «la potestad de jurisdicción o de régimen, que se halla en la

1- F 1UR1A, O.C., I I2i) 1 30; L e V U . U E R , O.C., I 522.


134 Introducción general

Iglesia por divina institución, una es de foro externo y otra de foro


interno, o de conciencia, sea sacramental o extrasacramental» (ca­
non 196).
La potestad de jurisdicción ordinaria es la que, por el mismo
Derecho, se halla vinculada al oficio; delegada, la que se da a la
persona (can. 197 § 1).
§ 2. La potestad ordinaria puede ser o propia o vicaria.
Es decir, la palabra vicario implica siempre ejercitar el cargo
de que se trate en nombre de otro, con poderes recibidos de otro
y actuando como tal; pero, según el Derecho, es potestad ordinaria,
aunque no propia. La potestad delegada incluye, en cambio, la
relación a la persona y no al oficio.
Los autores de los siglos xvi al xix usan indistintamente ambos
términos, o al menos sin especificarlos demasiado. Más que a la
propiedad de las palabras miraban al significado general que incluían
y que todos los medianamente cultos podían entender en su genera­
lidad. De ahí que casi siempre haya alguna confusión entre patrona­
to, vicariato y delegación entre los autores, confusión que únicamente
en nuestros días se trata de evitar, distinguiendo bien lo que se
comprende por dichos términos.

Fundamentos teóricos del vicariato regio.— Gomo la nota


característica del patronato regio de Indias, en toda su amplitud,
es basarse en concesiones pontificias por medio de bulas, breves
o confirmaciones papales diversas, y no precisamente en las exigen­
cias de pretendidas regalías de la corona, vamos a recordar los pun­
tos principales de esos documentos pontificios en que se fundamen­
taban las teorías vicariales, según sus tratadistas.
Recordemos desde el principio que, de haber funcionado en el
tiempo del descubrimiento de América la Sagrada Congregación
de Propaganda Fide, tal como la conocemos desde 1622, la historia
de la evangelización americana hubiera sido muy distinta de lo que
ha sido. Nadie podría decir si más rápida, más completa y mejor
consolidada de lo que fue en realidad; pero, de todos modos, sí que
hubiera sido distinta.
Mas la Santa Sede carecía de otros medios de acción que no fue­
ran acudir a las órdenes religiosas, especialmente a las mendicantes,
dar poderes y facultades a los misioneros y controlar de modo ocasio­
nal sus actividades. Todo esto lo veía facilitado si la evangelización
estaba respaldada por el poder político efectivo de una potencia
católica.
De ahí la que hoy nos parece excesiva facilidad con la que la
Santa Sede fue dejando de hecho y, en gran parte, de derecho en
manos de España y Portugal los cuidados de la evangelización. Con­
cedió para ello grandes favores, frecuentemente a perpetuidad, y al
tratar más tarde de recuperar la dirección eclesiástica que en un prin­
cipio había cedido, se encontró con formas de vida eclesiástica, de
acción apostólica, de envío y control de misioneros, que habían ido
consolidándose y vigorizándose, y con que el deseo romano de dirigir la
C.J i. El patronato real y el vicariato de Indias 135

bra misional se considerara en M adrid y Lisboa como una falta a la


°alabra dada y un desligarse unilateralmente de las obligaciones
c o n tr a íd a s . Nuestros teorizantes doctrinales y los consejeros de
Indias no quisieron admitir que la Iglesia no podía desposeerse para
siempre de intervenir directamente y según lo juzgara oportuno de
la dirección eclesiástica de todo un continente, ni que las concesiones
hechas abarcaran tan desmesurada e irrevocable dejación de facu l­
tades espirituales. De ahí cierto antagonismo continuo entre M adrid
y Roma a propósito de las Indias, que por no trascender dem asiado
al exterior no impresionaban al pueblo, como lo hubiera hecho ahora
en condiciones semejantes.
Así como la bula del patronato propiamente dicho es la de
Julio II, Universalis Ecclesiae, de 28 de julio de 1508, que se recorda­
ba y confirmaba en una forma u otra en las erecciones de los nuevos
obispados, el primer fundamento de la teoría vicarial se colocaba
en las concesiones de Alejandro VI, especialmente en este párrafo
de la Inter caetera, del 4 de mayo de 1493: *Y además os mandamos,
en virtud de santa obediencia (según lo prometéis y no dudamos de
que lo haréis, según vuestra grandísima devoción y regia magnani­
midad), que debáis enviar (destinare) a las tierras e islas predichas
a varones probos y temerosos de Dios, doctos, peritos y experim en­
tados, para instruir en la fe católica a los naturales y habitantes
antedichos e imbuirlos en buenas costumbres, empleando toda la
debida diligencia en las cosas dichas» 21.
Eso es más que un mero patronato y supone un contrato oneroso,
para cuyo cumplimiento se conceden grandes favores espirituales
y temporales. Incorpora al rey a la empresa misionera. A pesar de
ello, ni entonces ni hasta mucho más tarde los monarcas españoles
tuvieron conciencia de poseer poderes vicariales en Indias, y lo
demuestran acudiendo a la Santa Sede siempre que se ofrece alguna
gracia que solicitar en favor de la evangelización, desde las facultades
pedidas para fray Bernal Boyl en 1493 y concedidas en la bula
Pns fidelium (25 de junio de 1493). Los reyes insisten en ese caso
y en los demás parecidos en el derecho de presentar ellos las personas
aptas, pero la concesión de los poderes la solicitan del Papa en
cada caso.
Tampoco acudieron los reyes a las concesiones de las bulas portu­
guesas para los casos concretos de sus Indias, a pesar de haberlo así
concedido Alejandro VI el 4 de mayo (bula antedatada).
Roma demostró que no intentaba renunciar a la dirección ecle-
siastica de los asuntos americanos más que suficientemente, con sus
-cntos de enviar nuncios especiales a aquellas tierras, periódi-
n on o!° ITn° VAJd0Sxíi°sde 108 días dcl primcr PaPa de asuntos ame-
M ulHH o J ro Y 1» °» *l menos>dc 5lue se confiara al nuncio en
1 >a el conocimiento de sus negocios eclesiásticos.
sei« X 1T ráí^ CaJtcní Z.X consecuentemente perpetuada por el Con­
de Indias de dirigir toda la acción eclesiástica americana, con-
21
U e r n á e z , o .c ., 1 1 3 - 1 4 ; L e t u r i a , o .c ., u o ; E g a ñ a , o .c ., 5.
136 /ntrodim wn general

tentándose sólo con pedir autorización a Roma en determinadas


ocasiones, suplicar las nuevas erecciones de diócesis o presentar
a sus elegidos para los obispados, creó poco a poco una tradición
terriblemente fuerte, que supo salvar siempre su modo de actuar
a lo largo de tres siglos ante la corte romana.
Es decir, casi se podría decir que lo que luego fue la Sagrada
Congregación de Propaganda Fide para las misiones católicas
adonde llegaba directamente su influjo, lo fue para las de las Indias
españolas el Consejo de Indias y el rey. Cualquiera ve el contraste
tan marcado entre una institución secular, con poderes civiles y
militares omnímodos en la gobernación de aquellos países, que,
además, dirigía su vida eclesiástica, y una Congregación cardena­
licia, bajo la mirada y dirección inmediata del mismo Papa, con
poderes únicamente espirituales y con aspiraciones únicamente evan­
gélicas, que trata de liberar la actividad misional de todo lo que
hoy llamaríamos tinte, marca, sabor o relente colonialista.
En el siglo x v m se establecían así las causas del patronato real
de Indias, según los regalistas: i.°, el derecho de accesión de los
dominios de Indias a la corona de España; 2.°, la propiedad del
suelo; 3.0, los títulos de edificación, dotación y fundación; 4.0, la
redención por la que los reyes de España sacaron de manos de los
infieles aquellos territorios; 5.0, la comunicación con los reyes de
Portugal 22.
Nunca acudieron, de hecho, los reyes de España al 5.0 título.
En cambio, es bien expresivo el modo de hablar de Felipe II, en
su célebre cédula real de 1 de junio de 1574: «Como sabéis, el
derecho de patronato eclesiástico nos pertenece en todo el Estado
de las Indias, así por haberse descubierto y adquirido aquel Nuevo
Orbe y edificado y dotado en él las Iglesias y monasterios a nuestra
costa y de los Reyes Católicos nuestros antecesores, como por ha­
bérsenos concedido por bulas de los Sumos Pontífices, de su propio
motu»> 23.
En tiempo de Solórzano se argüía que, aunque no existieran
las concesiones pontificias, el hecho de haberse procedido tanto
tiempo como si hubieran existido hubiera justificado plenamente la
prescripción del derecho en favor de la corona 24. Pero, en cambio,
no admitía ésta que hubiera podido prescribir ningún otro patro­
nato en Indias, que fuera en mengua del real, como lo manda Fe­
lipe II en la cédula citada25.
Para combatir la extrañeza de entregar tal grado de administra­
ción eclesiástica a un laico, por ilustre que fuera, decía Solórzano
que el Papa <puede entregar a los príncipes u otras personas secu­
lares las causas eclesiásticas y hacerlos capaces de juzgarlas, darles
voz y asiento en la elección de prelados y aun nombrar los canónigos
en algunas catedrales, y que en ellas usen sobrepelliz, ocupen asiento
22 G ó m e z Z a m o r a , F r . M a t í a s , O . P. , Refiio P atron ato español c indiano ( M a d r i d 1 897)
c.8 p . 289; S o l ó r z a n o , D c Indiarwm in te v o l . 2 I.3 c. 2 p . 508- 509.
23 í bí d. , v o l . 2 I.3 < 2 p . 5 08; cita el t e x t o es pañol .
24 í b í d . , v o l . 2 I.3 c.2 p . 5 1 1 .
25 í b í d. , v o l . 2 I.3 c.2 p . 5 1 1 .
C. 13. El patronato real y el vicariato de Indias 137

el coro con ios demás prebendados, como los reyes de España


usar en las catedrales de Toledo, Burgos y León
T n ía n c o n c e d i d o
fías tres fundadas por el rey San Fernando), y en esta última tam­
bién los marqueses de Astorga. Del mismo modo, la autoridad
p o n tific ia podía conceder a los seglares capacidad para excomulgar
v c o n fe r ir beneficios eclesiásticos, como el rey de Francia en todas
las catedrales de su reino, sede vacante» 26.
Interpretación de este sistema por Santo Toribio A lfonso de
Mogrovejo, arzobispo de L im a. — N o tratamos de exponer todo
el asunto, trabajo bien realizado por el investigador don V icen te
Rodríguez Valencia, pbro., en varios de sus escritos sobre el santo
arzobispo limeño, y, de modo más preciso, en cuanto a este pun to,
en El patronato regio de Indias y la Santa Sede en Santo Toribio
d e Mogrovejo (15 8 1-16 0 6 ) (Roma 1957 )*
La santidad del personaje, sus vínculos especiales con R om a,
que llamaban la atención de sus contemporáneos, la época de c o n ­
cilios provinciales ordenados por el concilio de Trento que le to có
vivir, y, por la implantación plena del patronato real, los incidentes
que estos hechos le proporcionaron para definirse en este asunto,
hacen que su actitud sirva como de medida extrema de una época
que, a través de él, se conoce con más exactitud, haciendo desta­
carse a los principales personajes del patronato-vicariato: R ey, C o n ­
sejo de Indias, obispos americanos, Roma.
A l llegar el santo a Lim a (mayo de 1581) acababa de dejar el
famoso virrey don Francisco de Toledo de reorganizar al Perú
en todos sus aspectos, incluso en el religioso, teniendo especial
cuidado en dejar bien establecido el patronato regio y en recuperar
los derechos reales que él creía habían sido arrebatados por los
obispos y religiosos en contra de esta prerrogativa. E l 1 de m ayo
de 1581 había salido del Callao don Francisco de Toledo, de vuelta
a la península; el 4 llegaba allá el nuevo virrey, don M artín E n rí-
quez, y el 11 entraba en el Perú el nuevo arzobispo. Gran cam bio
de autoridades. D e los cinco virreyes con los que convivió, Santo
loribio sólo tuvo encuentros desagradables con don García de
Mendoza, segundo marqués de Cañete.
, Va cédula del patronazgo, firmada el 1 de junio de 1574 en
-1 Escorial, determinaba ya para mucho tiempo la forma de llevar
a la práctica su ejecución, especialmente en la provisión de las
parroquias y doctrinas, que, por ser los casos más frecuentes y los
mas directamente dejados en manos de las autoridades de U ltra -
™at, más interesaban a éstas. Indiquemos nada más que el nudo
cnt !T°blCma durante much° tiempo lo constituyó el conflicto
a s 10 obispos, párrocos seculares y párrocos religiosos, en punto
U’eiil110?"'bramicnto- a la sujeción o no a los obispos de los párrocos
y el t lrCS’ espccialmcnte cn cuanto al examen de su vida privada,
<l'ie ési'SPUS° dc SUS doctrinas 0 parroquias a los seculares a medida
■ll>s crecían en número o se creían capacitados para sustituirlos.
v o l . 2 1.3 C-2 p . 5 1 3 ; Y b o t , o .c ., p.3 05.
138 Int roJu cáó n general

Hubo diversas oscilaciones en la legislación pertinente, que fto


nos interesa ahora desmenuzar, y con ello diversos recursos, sea al
rey sea a Roma, en busca de soluciones favorables a las diversas
partes en litigio.
La acción del virrey Toledo había enconado mucho los ánimos,
y por eso hubo momentos borrascosos en el tercer concilio dc
Lima, que aceptó el patronazgo después de muchas explicaciones
y discusiones, «con harta contradicción de los sufragáneos» de
Lima 11.
En los decretos se acepta el patronato regio; pero en las dos
cartas colectivas del episcopado al rey se dicen cosas que parecen
contradecir esa actitud. Por ejemplo: «Don Francisco de Toledo
dejó a los eclesiásticos en tanta opresión con pedir a vuestra majestad
enviase la cédula del patronazgo, que es totalmente contra la erec­
ción hecha con bula apostólica»...
Santo Toribio, sin escribir su parecer doctrinal sobre el patro­
nato, que aceptaba tal como lo encontró, se trazó una manera propia
de entenderlo en la práctica, y por ello tuvo diversas cuestiones
tanto con las autoridades americanas y sus mismos sufragáneos
como con Madrid y Roma, en busca de explicaciones en la segunda
y por medio de explicaciones y defensas en la primera de las dos
capitales. En él prevalece lo pastoral de su conciencia episcopal,
escrupulosa en lo que entendía ser su deber, frente a ciertas prácti­
cas ya establecidas y ampliadas en su aplicación por las autoridades
civiles, que chocaban con su rectitud y su celo de las almas.
La Santa Sede no puso enmiendas a la aceptación del patronato
hecha en el concilio tercero de Lima, al confirmar los decretos con­
ciliares, aunque suavizó expresiones que no sonaban bien en Roma,
por subrayar la dependencia de la Iglesia respecto de la autoridad
civil 28.
Se acusó al arzobispo ante el Consejo de Indias de no guardar
el patronato en la provisión de los curatos, pero el provisor Val-
cázar, que conocía mejor los hechos, le defendió en la corte con
éxito. Sin embargo, quería que se cambiara el sistema de provisión
de los párrocos, por los inconvenientes que ocasionaban las tar­
danzas en las presentaciones reales, de lo que pronto tuvo amplia
experiencia 29, pero eso con consentimiento del rey.
Del mismo modo, sin rechazar el famoso recurso de fuerza
del todo, se opone a algunas de sus prácticas, pues, de lo contrario,
sobraban los obispos y los concilios provinciales, si ninguna mano
les dejaba la autoridad civil, virrey o Audiencia 30.
Como, por lo demás, conocía Felipe II la fidelidad insoborna­
ble del arzobispo, bien manifestada en muchas ocasiones, media
entre las autoridades limeñas y el Consejo de Indias, sin enfrentarse
directamente con el arzobispo, sino procurando o defenderle o
suavizar las medidas propuestas por sus consejeros.

27 C f . v a r i o s p a s a j e s d e L f v í l i . i f r en o. c. , y en R . V a j j : n c : i a , o . c ., p.f>5¡.
28 R . V a l e n c /a , i b í d . , p . 6 8 - 6 g .
Ibíd., p . 7 6 - 7 7 . 30 J b í d ., p . 8 2 .
C .l3■ El patronato real y el vicariato de Indias 139

por otra parte, el deseo de Santo Toribio de celebrar concilios


rovinciales cn los plazos establecidos por el concilio de Trento,
fue causa dc disgustos con sus sufragáneos y con los virreyes.
D e ahí el fracaso de los concilios cuarto y quinto de Lima, por no
contar con el beneplácito oficial para ello. Y las acusaciones llevadas
a Madrid contra él, al parecer con algún influjo, tergiversado
probablemente, del virrey don García de Mendoza. Aun entonces
trató de defenderle Felipe II, y de suavizar la actitud de sus conse­
jeros de Indias; pero noticiosos éstos, por confesión del arzobispo
y otras fuentes, del frecuente carteo del santo con las autoridades
romanas en busca de solución a sus dudas, presionaron tanto, que
el 19 de diciembre de 1595 el rey sugirió al Consejo el examen de
la satisfacción que habría que dar al arzobispo si eran falsas las acu ­
saciones 31. Los consejeros insistieron con dureza en la reprensión
que merecía, mientras que Felipe II sólo admitió una reprensión
secreta hecha por el virrey, mirando a ia dignidad del prelado.
El hecho, tergiversado y mal contado en las historias desde ciertas
confusiones de Solórzano, ha sido puesto en claro por Rodríguez
Valencia, y tuvo lugar el 14 de marzo de 1598 en Lima. La repren­
sión fue motivada no por las tres acusaciones que decían en Roma
habían sido presentadas allá por Santo Toribio, cosas en que se
defendió bien, sino por el mero hecho de su correspondencia
romana, sin pasar a través del tamiz del Consejo de Indias, que
ya se encargaría de dejar pasar lo que creyera innocuo a sus desig­
nios 32.
Santo Toribio continuó sus contactos directos con Roma, a los
que no puede renunciar. Pero el conjunto de su actitud, examinado
objetiva y desapasionadamente, como lo ha hecho Valencia en su
cuidadoso estudio, servirá para poner en su justa perspectiva la
realidad del patronato en los tiempos de Felipe II y Felipe III.
Es cierto que los prelados posteriores, que se encontraron con una
tradición ya muy arraigada y no en sus comienzos (al menos en el
rerú), como Santo Toribio, no mostraron los mismos reparos que
el Santo, y creyeron más conveniente seguir con lo establecido
que buscar eclesialismos más puros, más romanos, más purificados
de tanto contacto secular, de tanto proteccionismo de resultados un
anto asfixiantes, un tanto comprometedores para los días de un
uturo problemático y aun revolucionario. Pero, en la historia, el
juicio es de lo realizado y realizable en circunstancias concretas.
una gran figura puede salir de marcos rígidos con realizaciones
n HlVaS y fruct*feras, celebramos su aparición y deseamos conti-
t uadores de su talla, pero sin negarnos a ver lo bueno y fructífero
™ len dentro y a pesar de cierto rigidismo exterior, cuando no
< a sino que infunde asimismo vitalidades de auténtico cristia-
140 Introducción gene mi

CAPITULO XIV
Las grandes líneas de la teoría y su desenvolvimiento

Actitud de los reyes de la casa de Austria.— Coloquemos en


primer lugar, junto a las concesiones pontificias para la interven­
ción real en el amplísimo coto llamado patronazgo real o regio,
y más tarde patronato real, la intervención práctica de los reyes en
aquel gobierno eclesiástico, que fue contribuyendo decisivamente
a la creación de la mentalidad eclesiástica de la Iglesia hispano­
americana.
Aunque Carlos V fuera menos centralista que Fernando V
y Felipe II, delegando al mismo tiempo más funciones en el Consejo
de Indias, se ve su intervención eclesiástica en las instrucciones a
virreyes y gobernantes, presentaciones de obispos, capitulaciones,
etcétera. Invade a veces el campo de las censuras eclesiásticas,
aunque con relación a causas o efectos civiles. Examina vidas de
clérigos y les da licencias para pasar allá. Hay también órdenes reales
a diversos obispos sobre cuestiones de sacramentos, disputas entre
obispos y religiosos, vigilancia de libros. Sin tener clara conciencia
vicarial, insiste en hacer pasar por su corte todo lo que fuera a
Roma, y en practicar el «placet regio» sobre los documentos prove­
nientes del Papa o de sus altos empleados. Este aspecto religioso
de su gobierno en Indias, tal vez originado por su misma vida y
actuación en la rebelión protestante, destaca con cierta intensidad
en sus actos.
Felipe II (1556-1598), que ya de príncipe suplió a su padre en
la gobernación hispanoamericana, es el que, de modo sistemático,
estudia personalmente, organiza de modo estable y consigue hacer
triunfar su modo de gobierno eclesiástico indiano en todo lo funda­
mental y característico que tiene.
Resucita la idea del patriarcado efectivo de Indias, ideado por
Fernando V, y casi abandonado por Carlos V (que admitió el mera­
mente titular), y, al no conseguirlo, elimina a su vez todo intento
de nunciaturas romanas ni controles de ningún género que no
fueran a través de su embajador y de Madrid.
Examinó en la llamada ahora Magna Junta de 1568 varios de
los principales problemas americanos, en gran parte eclesiásti­
cos, donde quiere definir su política y actitud general: Patro­
nato, diezmos, obispos, órdenes religiosas con comisarios generales
en Madrid, patriarcado, etc.
A pesar de este centralismo, no trata de sujetar sino parcialmen­
te a la Iglesia americana, la defiende con eficacia y se esfuerza en
vivificarla. Aparece él más eclesiástico y suave que sus consejeros.
Se acude a Roma en lo que es puramente espiritual.
Caso típico para conocer su actitud y su actuación es el de Santo
Toribio, que hemos indicado, pero examinándolo a fondo, y no sólo
con cuatro frases, aunque sean ciertas.
Con todo, no se puede hablar aún de conciencia de vicariato,
C.14. Las grandes líneas de la teoría 141

nque sí de un patronato extensísimo, de una participación cons­


tante en ios problemas de la evangelización y de un cuidado exqui­
sito en qúe Roma no tuviera canales directos de intervención en
Indias sin pasar por Madrid. Con ello se explica que la amplitud
de las concesiones pontificias, y la práctica aún mayor de la inter­
vención real, fuera dando ocasión a teorías que reflejaran jurídica­
mente aquella situación especialísima, según se iban presentando
problemas de jurisdicción eclesiástica.
S ig l o Los reyes del siglo xvn no tienen la categoría de
x v i i .—

los del siglo xvi, y su intervención personal se esfuma en gran parte,


para refugiarse en la de sus validos. Por esto mismo, también el
Consejo de Indias da la sensación de gobernar más efectivamente,
con el refrendo de los validos. En este período, la teoría queda ya
formulada, y las intervenciones regias se canalizan hacia la defensa
de determinados escritores, más o menos regalistas, y a la elimina­
ción de Propaganda Fide del campo de acción de las misiones y
aun de toda la Iglesia indiana.
Por eso podemos sintetizar su acción recordando sus instruc­
ciones a los gobernantes de Indias y a sus embajadores en Roma;
pero sólo en bloque, en breves líneas, pues lo contrario nos llevaría
demasiado lejos.
Por lo que hace a los gobernantes, son de una importancia
extraordinaria, prescindiendo ya de los casos reales de su actuación,
lo que nos dicen las relaciones que dejaban por orden real los virre­
yes a sus sucesores, al dejar el mando, sobre el estado general de
sus respectivos virreinatos. La parte de defensa del patronato real
ocupa siempre una posición de gran relieve en la mente y en la actua­
ción de los virreyes, y pocos documentos hallaremos más expresivos
que estas confidencias de última hora, al abandonar sus gobiernos,
de las personas que más debían intervenir en la aplicación y en la
vigilancia del real patronato.
Don Francisco de Toledo, gran virrey, pero exigente y quejum ­
broso, comienza esa sección de su relación hablando de abusos
eclesiásticos, especialmente contra el patronato, y por eso dice que
«lo primero que hice fue sacar de poder de los dichos obispos y
pielados la presentación y nombramiento de los clérigos y curas
para las doctrinas, y restituyendo a V. M . en el real patronazgo
que tenían usurpado, hacer que por vuestros ministros se presen -
asen en vuestro nombre y se les diesen sus provisiones y presenta­
ciones...»!
^o^tinúa hablando de lo mal que estaba la evangelización y lo
inst ° para descargo de la real conciencia. Recuerda también las
iucciones que recibió sobre los acuerdos de la Junta de 1568 y
D ° Tre?P°ndier°n a sus dudas y preguntas. Es de 1581.
suceson j dc Vcíasco (1596-1604) escribe sobre este tema a su
1, conde de Monterrey (p.36): «Patronazgo real y necesidad
,0K de las memorias o relaciones que escribieron
'■>» «cerca del estado en que dejaban las cosas generales del reino ( M a d r i d 1021)
14*2 Uttyoducaóu general

do mirar por él: El patronazgo real en este reino está muy impugna,
cío y combatido de todo el clero, y en particular de los prelados
(eran los últimos años dc Santo loribio, muerto en 1606), que lo
procuran excluir y evitar en todo cuanto pueden, especialmente
poniendo y quitando beneficiados por modo de ínterin, por no va»
car los beneficios para que se provean en la forma debida, y S. M. no
goza de la preeminencia que tiene dc presentar, y porque V. S. ha
dc tener perpetua guerra con ellos es bien hacer esta advertencia# 2,
Don Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros, hace
al príncipe de Esquilache, don francisco de Borja, en 1615, una
curiosa historia, diciendo que el patronato no existía de hecho hasta
la Junta de 1568, los procedimientos del virrey Toledo y la cédula
de 1^73. explicando en detalle durante varias páginas cómo se pro­
cede de hecho, y añade: <<Ya hemos dicho que el uso del patronazgo
está en los gobernadores y presidentes; resta saber que los reyes
procedieron tan recatadamente que nunca extendieron la con­
fianza a más de aquello que fue preciso para que por falta de ejer­
cicio no se perdiese o menoscabase su posesión: tan celosos son los
reyes de este derecho, que aun no querían que sus ministros, vesti­
dos de autoridad real, se valiesen de la representación para ningún
articulo de esta materia que no fuese inexcusable y muy forzoso...
Quisieron también los reyes que las religiones de las Indias les
hiciesen reconocimiento de patrones, que, a la verdad, si esto faltase,
muy corto se quedaría su derecho» 3.
Y en otro escrito al mismo, el 11 de mayo de 1616, resumen de
todo, le dice: «El patronazgo eclesiástico que la corona de Castilla
tiene en las Indias ha sido y debe ser de mucho precio y estimación,
y así los reyes viven más celosos y recatados de la conservación de
este derecho que de otro de los muchos que posee su monarquía* *.
Palabras tal vez las más expresivas en esta materia.
Don Francisco de Borja, por su parte, en su relación de 1621,
se o.upa del gobierno eclesiástico en los números 98-118, y pondera
lo que hizo con obispos, religiosos, capítulos religiosos, etc., em­
pleando a veces la fuerza. Fue muy religioso y, en conjunto, su go­
bierno se distinguió por aparecer como tal. Pero véase la razón de
alabar a), fin de esa sección al arzobispo de Lima: «si bien me ha pa­
recido no omitir aquí la buena correspondencia que he hallado siem­
pre con el arzobispo de esta ciudad, y puedo afirmar que es un gran
prelado, muy quieto y amigo de quien gobierna, y que donde se atra-
✓ie.>a t- servicio de S. M., se acuerda siempre más que es su vasallo
que prelado exento; y así convendrá que V. E. le comunique con
esta segundad, que pienso la debe y puede tener» 5.
bi del eru pasamos a Méjico, hallaremos el mismo tono y los
f-ntrr'>/ A°f aS m's™as Pre1f“nsiones. El 22 de octubre de 1673
í dor Pídrr Toledo, marqués de Manccra,
c i t d< : Z ^ ! 1" <k »« ™ ceso r, la r e ía -
■)> y en la sección del gobierno eclesiástico, con CU-
2 , P / \m <<<\n\,i rs dc* f f;74. 4 I Lf I
' , p. í ' I l r; r llm l., p .2 0 4 .
Ibíd., p , 2 7 o .
C.14. Ims grandes líneas de la teoría 143

riosas noticias concretas tanto acerca del clero secular como del re-
ffuiar, aparece la misma mentalidad patronal rigiendo a la Iglesia.
H a b la n d o del deseo de los nuncios de Madrid de intervenir en In­
dias, cuenta cómo, con ocasión del jubileo con ced id o por Clem en­
te X al subir a las Silla de San Pedro, «el breve en que se contenía
esta concesión le recibió cierto prelado del reino por mano del nun­
cio d e España, y, sin reparar en tan sospechosa circunstancia [!j, ni
en q u e le faltaba el paso del Consejo, ni en que debía comunicarle
al g o b ie r n o antes de tomar sobre él resolución, hizo en su confor­
m idad publicar solemnemente el edicto y fijarle en las iglesias, de que
fue reprehendido en real cédula de 10 de junio de 1652, cuya copia
se e n tr e g a a V. E. con cédula de la misma fecha dirigida a mí, y
será b ie n que V. E. mande verlas» 6.
Toda esa sección es un buen modelo de la intervención estatal
en la Iglesia, con buena voluntad de ordinario, supuesta ya la teoría
y la práctica entonces establecidas y admitidas.
Por lo que se refiere a los embajadores en Roma, tanto en las
instrucciones que se les daban como en los informe» por ellos rem i­
tidos, se pueden sorprender noticias y detalles de gran interés para
comprender las respectivas posiciones en tom o a los problemas
eclesiásticos planteados tanto en España como en Indias.
Roma continuaba en 1620 en la misma postura, reforzada, que
el siglo anterior. El duque de Alburquerque escribid el 27 de octu­
bre de ese año a Madrid, acerca de limitar las entradas económicas
de los regulares en Indias, «porque la dificultad de remitir esta y
otras cosas a S. M. no estriba en otra cosa que, por ser jurisdicción
eclesiástica, no querer Su Santidad dependa de ningún príncipe* 7;
del mismo modo que pocos meses después contestaba a Felipe III
acerca de la dificultad de obtener de S. S. el que el rey pudiera d e­
terminar una persona concreta que se posesionara de la jurisdicción
eclesiástica 8.
En confirmación de esta actitud mutua, recuerda las instruccio­
nes dadas al nuncio el 5 de abril de 1621, y al embajador de España
26 de octubre de 1622 de parte del nuevo rey Felipe IV. Com o
^sc mismo año se fundara la Sagrada Congregación de Propaganda
’ide, pronto tuvieron lugar las dos cortes, romana y madrileña, de
"Jar sus mutuas posiciones de recelo y de no permitir novedades
i’n el régimen eclesiástico de Ultramar por parte del Consejo de In ­
dias *>. A l crearse los nuevos vicarios apostólicos franceses para el
Asia oriental, Madrid se puso de nuevo en guardia, y tanto el em-
j'liador en Roma como el Consejo de Indias expusieron su punto
((‘ vista de no admitirlos en sus dominios
l'ia, sin duda, poco agradable para los embajadores españoles
^ Roma tener que oponerse continuamente a los deseos legítimos
l’apa de intervenir más de cerca en las iglesias indianas, o re-
l-*1‘‘sentar cosas y peticiones que conocían demasiado bien sonar

* *°l. doc. ¡n. I-fist. FftpaiSa t .í i p.473-474.


'• Lúsaña, o .c ., 1)101102. g lbld., 0.103-103.
11,1,1 • «04. ‘O lbld., D.200.
146 introducción general

se encomienda a los mendicantes»16. Es ya conceder facultades vi-


canales legislativas, aunque suponemos que sólo trata de un ámbito
limitado y exterior.
El segundo, o tal vez el primero en cuanto al tiempo, por estos
caminos fue otro eminente profesor y escritor de temas americanos
en la segunda mitad del siglo xvi, el padre Alonso de la Ve-
racruz, O. S. A . (1504-1584). Su obra más conocida es el Speculum
coniugiorum (Espejo de matrimonios), en 1556. Veracruz había venido
a la corte española para representar a su Orden agustina en la co­
misión que los religiosos de Méjico enviaban para defender la causa
de sus privilegios y exenciones frente a los obispos. Se conserva el
informe redactado entonces por Veracruz; «Apología pro religiosis
trium Ordinum...» Según Veracruz, Alejandro VI hizo a los Reyes
Católicos y a sus sucesores sus legados para el envío de misioneros,
tal como si los enviara el mismo Papa. Y , naturalmente, como al
que se concede lo más también se le concede lo menos, se les otor­
gan facultades en lo necesario para cumplir el fin del envío misio­
nal, y así pueden decidir muchas cosas: exclusivo derecho de los
regulares a ser ministros de los indios, etc.
Sigue avanzando, y atribuye al rey facultades parecidas a las del
Papa en la cuestión misional, ya que se le da facultad de mirar por
los ministros evangélicos, y eso por obediencia 17. Usa a veces la
palabra vicario y a veces la de patrono. Aunque insiste en que es
privilegio, en ocasiones parece tratarse más bien de obligación y de­
ber. ¿Y los obispos? Les compete subsidiariamente la provisión del
personal misionero, y a los reyes principalmente, con lo que los obis­
pos, ¡gran consuelo!, quedan más descargados.
De todo ello saca una serie de consecuencias para el problema
que entonces tenía que tratar en la corte, de la exención de los reli­
giosos en sus misiones, hasta admitir que les bastan las licencias
regias para administrar los sacramentos legítimamente.
En el apéndice a su obra Speculum coniugiorum, llega a afirmar:
«Como a V. A. [el rey] competa en este Nuevo Orbe no sólo lo tem­
poral, pero lo espiritual, por especial comisión hecha por Su Santi­
dad a los Reyes Católicos por Alejandro V I... 18. Si tiene escrúpu­
los en ello, pida a Su Santidad que así lo provea». Por todo esto se
ve cómo ya en concreto Veracruz avanza más que Focher en sus
consecuencias.
La principal objeción, de que siendo el rey un laico no puede
dar facultades espirituales, la esquivan diciendo que en el rey hay
dos personalidades, una temporal y otra de delegado pontificio.
Como un obispo puede nombrar a un laico para provisor, del mis­
mo modo el Papa a un delegado in spiritualibus. Pero él mismo cae
bien en la cuenta de que no convencerá demasiado. Tiene por lo
menos el mérito de haber planteado de modo explícito y claro las
principales cuestiones 19.
Play luego otros varios franciscanos que contribuyen en las dé­
cadas siguientes a una mayor formulación y extensión de la teoría;
16 lbld., p.75. '» Ibkl., p.86.
17 Ibíd., p.8o. «« lbld., p.8a.
C.14. Jms grandes líneas de la teoría 147

son fray Jerónimo de Mendieta (f 1604), fray Manuel Rodríguez


J,. ¡613), y fray Luis Miranda (f desp. de 1627).
Mendieta tiene reminiscencias de Focher: «Ser enviado del rey
Jo mismo es que si fuesen enviados del Papa» 20. El rey debe tener
el cuidado de la salvación de los indios.
Fray Manuel Rodríguez, O . F. M ., portugués ( f en Salaman­
ca en 1613), en una obra publicada en 1598, distingue lo que es ser
delegado y ser vicario. El rey es lo primero y no lo segundo en In ­
dias, y por privilegio, no ex lege. Sus derechos son mayores que
los del patrono. Por eso puede hacer volver a Europa al eclesiástico
no ejemplar, porque impide la conversión. Pero no puede meterse
a interpretar leyes generales, como las del concilio Tridentino, etc.
Debe mucho a Veracruz, siendo más claro que su antecesor.
El padre Luis Miranda, O. F. M ., ocupó diversos cargos en
España y Roma, donde publicó en 1615 su obra Directorium sive
manuale praelatorum regularium. Dice que los Romanos Pontífices
«constituyeron a los dichos reyes sus legados y comisarios*. Y en­
vían misioneros «tanquam veri in hac re Sedis Apostolicae delegati
et vicarii» (como verdaderos delegados y vicarios en esto de la Sede
Apostólica) 21.
Hasta el historiador dominico padre Antonio de Remesal, O. P.,
tan conocido por su Historia de la provincia de San Vicente de C hia­
pa y Guatemala (Madrid 1619), tiene expresiones como éstas: «Lo
cual es mucho de notar, y así ahora son privilegios apostólicos todas
las cédulas reales concedidas por los reyes de España en favor de
los religiosos» (p.474)... «De donde se colige que los reyes de Espa­
ña en estas tierras tienen mayor poder que el que el Derecho canó­
nico concede a los patronos, porque usan de oficio de delegados del
Papa en cuanto a la conversión de estos pueblos» 22.
Y el franciscano Juan de Silva ( f p.1631): «En aquellos estados
de las Indias, además de ser el rey en lo temporal en el modo co­
mún de monarquía, es V. M. procurador, patrono y como legado
de lo espiritual, que fue el fin que llamó a los Reyes Católicos a
conquistas tan extrañas y peregrinas, para los cuales los Sumos
pontífices los hicieron como vicarios suyos...» Ellos deben llevar a
tas almas al cielo en forma parecida a la de los Papas, y «son inme­
diatos administradores de la predicación y conversión de aquellos
naturales...» 23 ,
Se ve bien, de lo expuesto hasta aquí, que la teoría nace en In-
•as entre los religiosos, especialmente franciscanos, y halla eco
Pronto en España y Roma entre sus cofrades. Todo es a base de
concesiones pontificias, haciendo a los reyes delegados, vicarios o
ministradores suyos. En parte se explica por el deseo de ciertos
"'Celios regulares de captar la benevolencia real en sus discusiones
22 |bíd • P-88- 21 Ibíd.. p.06.
Mairooi f1° 0 23 cit' por Egaña- o c - P-9 8 El presbítero cn cuestión al fin de esa pág. es
kh\¡n V a y no Mallorquín, como dice por errata. Cf. también G ó m e z H o y o s . R a f a e l La
' J? p f ' " 0''1'" en las Leyes de Indias (Madrid 1961) p.28-29.
iend,u e ; ht5A* A- o c - P . 9 9 - 1 0 0 ; G ó m e z H o y o s c a m b i a a l g o el t e x t o y c i t a : S i l v a . Advar-
^ 0 . O. c . , p .
148 Introducción general

sobre la administración de misiones y doctrinas, y la dependencia


jurisdiccional en cuanto a sus facultades espirituales de parte de los
obispos. A unque los reyes, al principio, les fueron favorables, más
tarde cambiaron de procedimientos, y, sin ser hostiles a los religio­
sos, favorecieron más bien su dependencia directa de los obispos.
Estos escritos, al caer sobre un terreno preparado por la práctica
extensísima y casi exclusiva del patronato real sobre las Indias, sus­
citó una pléyade de juristas seglares, que se apropiaron de tales
teorías, partiendo en general de otros intereses.
Recordemos sólo a los más principales.

D o n Juan de Solórzano Pereira (1575-1654).— Es el más


conocido y, en conjunto, el de más valía de los autores seglares que
estudiaron los problemas jurídicos indianos, incluidos los religio­
sos, y el que tuvo mayor influjo tanto en los gobernantes como en
los demás escritores de tales temas. Nadie que haya escrito algo de
mediano valor histórico-jurídico sobre la Am érica española ha po­
dido desde 1630 dejar de utilizar a Solórzano. Sus obras, en primer
lugar, pero también su larga preparación de oidor en Indias y su
actuación de consejero real en M adrid durante largos años, no me­
nos que su misma condenación parcial, le rodearon de una aureola
única. Su modo mesurado de hablar, su respeto y veneración verbal
de todo lo pontificio y más de lo real, su gran erudición y experien­
cia le han hecho acreedor a este continuado magisterio de genera­
ciones de hispanoamericanos de todas las tendencias.
El madrileño formado en Salamanca es enviado a Lim a con una
misión concreta: componer una obra sobre gobierno y legislación
de Indias. Para facilitarle las cosas, no llamar la atención y hacerle
vivir los problemas, se le hizo oidor de la Audiencia de Lima y
tuvo otros cargos. Solórzano derrochó sin duda laboriosidad y ta­
lento y se hizo acreedor a la confianza en él depositada por el rey y
el Consejo de Indias. Y aunque al principio pareció como que se
olvidaban de él en Madrid, su llegada a la corte con el manuscrito
de su primer volumen, De indiarum iure, le ganó por completo el
apoyo y las simpatías del rey y de los gobernantes de Indias, que
le abrieron las puertas de los consejos y le facilitaron sus tareas
literarias. El Consejo de Indias imprimió su obra, y la defendió
más tarde contra la condenación romana. El segundo volumen vio
la luz en 1639, y Política indiana, en 1647.
Solórzano, partiendo de las concesiones pontificias y del derecho
general, desmenuza como nadie todas sus particularidades, analiza
todos sus derechos, privilegios y facultades, emplea enorme erudi­
ción libresca y de hechos particulares para sus deducciones, explota
documentos oficiales de los consejos reales. De todo ello deduce
que en los laicos no hay defecto de capacidad para el vicariato pon­
tificio; que los reyes de España son vicarios papales tanto fuera de
las Indias (antes los godos; ahora por la Monarchia sicula) como en
las Indias: «veluti vicarios Romani Pontificis», y desmenuza luego
los derechos que Ies confiere ese vicariato especial.
C.14. Las grandes líneas de la teoría 149

Insiste más en el derecho de patronato, dejando el de vicariato


0mo en reserva para determinados casos. Su aplicación es inmensa,
de modo que se justifica la intromisión real en el gobierno total,
p o r decirlo así, de la Iglesia americana.

A provecha muy bien cuantas citas de eclesiásticos conoce a pro­


pósito de esta materia, apareciendo él casi como un mero compilador
de sus dichos y sistematizador más concreto y consecuente de los
c o n c e p to s que aquéllos le han proporcionado.
Lo fuerte en Solórzano y, en general, en los tratadistas laicos
es su empeño en suponer que, aunque el patronato proviene de
c o n c e s io n e s pontificias, una vez concedido, ya es inalienable, que­
dando incorporado a la corona como regalía 24 de enorme im portan­
cia y aplicación. Algunos gobernantes españoles de Indias la cali­
fican como la mayor y más preciosa de las de su majestad católica.
Se concibe que en Roma esta presentación de la teoría patronal
y vicarial, untuosa y meliflua cuando habla de la Santa Sede y de
su devoción a ella, lo mismo que la de los reyes y gobernantes, en
los momentos mismos en que las aspiraciones romanas a intervenir
eficazmente en el gobierno directo de las misiones comenzaban a
ser una feliz realidad por medio de la Sagrada Congregación de
Propaganda Fide y se estancaban en gran parte por la oposición
de la corte española, causara profunda y pésima impresión.
Para no dejar pasar en balde la ocasión propicia de asestar un
golpe significativo contra una teoría y unos procedimientos que le
habían dejado amargo recuerdo durante su estancia en la nunciatu­
ra de Madrid como fiscal de la Cámara Apostólica, se hallaba en
Roma Antonio Lelio de Fermo, quien hizo un estudio a fondo de
Solórzano y consiguió su condenación, de modo absoluto para el
libro 3 del tomo 2, y para los demás libros «hasta que se corrijan* 25.
Además, se encargó Lelio de imprimir en edición aparte la fuerte
censura contra la obra de Solórzano que acababa de presentar a la
Congregación del Indice, con éxito completo.
Es evidente que el resumen final de Lelio es demoledor para So­
lórzano, cuyos puntos flacos deja bien al descubierto. Tanto esta
censura como otro informe anónimo que se fija especialmente en
a teoría del vicariato, son de tal fuerza que se comprende que no
se Quisiera su publicación por España o Indias. El hacer al rey
«como vicario del Papa» 26 o que «las cédulas reales, en virtud de
elegación apostólica, se dice que tienen fuerza en las cosas espiri-
uales», y que los virreyes dan la provisión de oficios y beneficios
ec esiásticos, con otras frases parecidas, se hacen resaltar en forma
^Presionante. Por lo demás, el apoyarse en la Monarchia sicula era
as ante en Roma para provocar una merecida condena.
1 e comprende la actitud del rey y del Consejo de Indias, tanto
cuanto que Urbano VIII, en la larga guerra que sostenían Es-
24 p
25 |.'|°[V°tUn derecho mayestático. Más adelante se explica el concepto.
l,n;> Rran mK|Una 1°8ró/ t>construir lo relativo a la condenación de Solórzano. trazándonos
de Lelio de Fermo. Cf. o.c.. p.335-4o8. Resumen en Ec.aña, o.c..
1.. 1 C.J
150 Introducción ge ueral

paña y la casa dc Austria contra los protestantes apoyados por Rj.


chelieu, no se había mostrado demasiado favorable a España y ha­
bían abundado, con diversos motivos, puntos de fricción. Además
la condenación llevaba expresiones más fuertes que de ordinario:
el omnino ( del todo ) de Lelio y el absolute ( absolutamente ) que aña­
dió la Sagrada Congregación. Pero nótese que no se condena expre­
samente la teoría vicarial, por hallarse también otras cosas erróneas
en lo condenado sin especificar más.
En España no se admitió la condena y hubo petición de explica­
ciones a Roma, no exentas de cierta amenaza. Quedémonos con es­
tas frases de Felipe IV, el 25 de marzo de 1647, al mandar recoger
la condena: «porque prohibir dicho libro tercero es virtualmente
dudar y oponerse a todos los derechos que me pertenecen en las
Indias por concesiones y bulas apostólicas, y ambos tomos son de
los más aplaudidos que hay en estos reinos y fuera de ellos, por
ser tan doctos y conforme a los sagrados cánones y leyes civiles»27.
Si recordamos las desagradables cuestiones de jurisdicción que
durante todas aquellas décadas habían envenenado las relaciones
entre M adrid y Roma, tan amargamente aprovechadas por el his­
toriador Pastor en su Historia de los Papas 28, y de las publicaciones
de Jerónimo de Cevallos, Francisco Salgado de Somoza y otros más
o menos regalistas, comprenderemos las mutuas actitudes de Ma­
drid y Roma al ver compendiadas aquellas doctrinas en Solórzano
en forma mucho más capaz de penetrar en todas partes y encontrar
inmensa aplicación en Indias y, de rechazo, en España misma y
otras partes de Europa.

Villarroel, Frasso, D c la Peña Montenegro y Avendaño.—


Es de gran interés recordar a estas alturas brevemente a algunos
escritores del siglo xvn , obispos y eclesiásticos, para calcular cómo
había calado la mentalidad vicarial en el pensamiento y en la prác­
tica católica de las Indias españolas.
Fray Gaspar de Villarroel, O. S. A . (1587-1665), americano
criollo nacido en Quito, con entronque guatemalteco y venezolano,
obispo de Santiago de Chile y Arequipa y arzobispo de La Plata,
o Chuquisaca, parece representar en su vida a todas las regiones
hispanoamericanas. En Santiago compuso su obra Gobierno ecle­
siástico pacífico (2 vols.) en 1646. Su distintivo diríamos que es la
paz, la concordia, la conciliación entre la jurisdicción real y la ecle­
siástica. Es «realista» como el más convencido español peninsular.
Para él la continua intervención del rey se legitimaría en virtud de
concesiones privilegiadas, o de un uso inmemorial no protestado
por el Papa, o por el poder tuitivo del rey sobre sus vasallos, grato
a Solórzano. Cuando alguno de estos poderes no parezca suficiente,
se echa mano del regio vicariato 2<). Tiene enorme veneración por
el r e y , por el Consejo de Indias y por el señor Solórzano. S e g u ra -

27 E o a n a , o.c., p . r s o , c i t a n d o a L k t u k i a , K! R e & o Vi c a r i a t o P.175SS.


2H A veces p a r e c e q u e ése es el ú n i c o a s u nt o i mp o i t a n t e de tales rel aci ones.
29 Hx a n a , o .c ., p.í.58.
C .l4. Las grandes líneas de la teoría 151
ente que no conocía mucho de la impresión causada por este
Escritor en Roma por aquellos mismos años y de su condenación
por el Indice romano.
Ve las dificultades reales y concretas del sistema, pero trata de
exp licarlo todo con benignidad extraordinaria. Y se trata de un
obispo criollo escribiendo para otros obispos.
El oidor de la Audiencia de Lima, Pedro Frasso, en su obra
de 1671-1679 De regio patronatu indiano, prohibido en Roma en
1688, afirma el regio vicariato llamando al rey cuasicomisario o de­
legado de la Santa Sede, a quien ella confió la gobernación eclesiás­
tica o espiritual en Indias. Él énfasis con que desarrolla este pensa­
miento hizo que su influjo creciera en América, donde ya se iba
creando una tradición literaria vicarialista más o menos declarada,
repitiendo los mismos argumentos con algunas variantes y con apli­
caciones a casos concretos 30.
Lo mismo defiende Juan Francisco Montemayor y Cuenca,
oidor en Méjico después de ocupar diversos cargos en Santo Domin­
go, que escribió su Propugnaculum pro regia iurisdictione en 1667.
Repite las mismas fórmulas, como cosa ya normal y corriente.
Don Alfonso de la Peña Montenegro, obispo de Quito, llega a
escribir en su Itinerario para párrocos de indios (Madrid 1668): «Y
más siendo en las Indias los Reyes Católicos cuasi vicarios del Sumo
Pontífice, porque Alejandro VI puso sobre sus hombros y encomen­
dó a su buena diligencia la conversión de estos bárbaros, y por esta
causa autores gravísimos llaman a nuestros piísimos reyes, minis­
tros, vicarios, comisarios o delegados del Sumo Pontífice» 31.
Menos pronunciado es en esta dirección el padre Diego de Aven-
daño, S. I., que pasó al Perú con Solórzano, y en 16 12 entró en la
Compañía de Jesús, ocupando diversas cátedras y cargos de gobier­
no en su Orden. Publicó Thesaurus indicus, donde parece a veces
admitir la delegación o cuasi delegación de que hablan los autores,
pero casi siempre limita su alcance, y a veces bastante. Tiene el rey
más poder y privilegios que los patronos ordinarios. Pero ciertas
frases de algunos autores «hay que recibirlas con la debida modera­
ron, pues nuestros reyes no se atribuyen a sí mismos ese poder
y por eso recurren con frecuencia a la Santa Sede, lo que no sería
necesario si existiera esa facultad»
En otra ocasión se enfrenta también a los que exageraban tales
^'osas, y no admite el nombre de vicario ni de delegado sino con
a debida moderación y explicaciones, «y sin pretender adular a los
clLU' prefieren ser hijos de la Iglesia más que mandar sobre
L a, usando con moderación el poder que ella les confiere»
c l, su Auciarhm (entre 1672-1678) queda algo más indeciso al
to i* U ^/cn*ccMi' sin aprobarlo ni rechazarlo explícitamente. De
<K os lrt°dos, la postura de Avendaño es más ecuánime y exacta

' 1 V ' ° MK7 H o y o s , o . c ., 3 8 ; E c.a ñ a , o .c ., p . 1 6 2 - 1 6 5 .


i> «- c . , iv 1 6 8 .
11 t *v | 7 i ; en el t í t . 4 c . 1 2 n.Q9 del T h esa u ru s .
U' ki. , 1 7 2 .
152 Introducción general

que la de la mayoría de los tratadistas de entonces, religiosos, ecle­


siásticos, obispos o laicos
Podemos suponer que con esta literatura jurídica tan favorable
a sus pretensiones el rey y el Consejo de Indias seguían intervi­
niendo cada vez más en las cosas eclesiásticas americanas, como se
puede ver comprobado en la historia particular de aquellas regiones.

CAPITULO XV
L a Congregación de Propaganda Fide y la teoría vicarial

L a Congregación de Propaganda Fide demostró ser desde su


fundación el órgano adecuado que hacía falta a la Santa Sede para
la dirección ordinaria y permanente de las misiones católicas en
toda su enorme complejidad.
Sus primeros roces con España.— Nacida en un primer mo­
mento del fervor misional y universal de San Pío V y de las conver­
saciones que mantuvo con San Francisco de Borja, al informarle éste
sobre las misiones que dirigían sus súbditos1, perdió gran parte de su
posible importancia inmediata ante la oposición de Felipe II y vegetó
con alternativas, hasta que, más maduras las cosas, pudo empezar a
funcionar con energía en 1622, de modo similar a las otras Congre­
gaciones cardenalicias fundadas por Sixto V 2.
Pero para entonces se había formulado ya la teoría vicarial, y
ante la negativa romana a conceder un patriarcado efectivo de las
Indias occidentales, M adrid se decidió en forma definitiva a oponer­
se a todo envío de nuncios o de otras personas con parecida finali­
dad y a no permitir al nuncio en M adrid ocuparse de los asuntos
ultramarinos. Por esto se podía prever que la nueva y definitiva
Congregación de Propaganda Fide no había de encontrar ambiente
muy favorable en Madrid, por lo que tenía de comunicación directa
de las misiones con Roma sin pasar por el Consejo de Indias.
Esto no pudieron comprenderlo nunca los que no habían vivido
la realidad de los hechos en España o Indias, como le pasó al celoso
y activo primer secretario de la Congregación, Francisco Ingoli,
que a pesar de tener razón en lo fundamental que pretendía, ha­
blando en abstracto y en lo doctrinal, no pudo conseguir nunca
realizar sus más caras pretensiones, fuera de esporádicas in fo r m a c io ­
nes conseguidas al principio de parte de diversos misioneros. La
cuestión del Japón, presa de gran persecución desde hacía varios
años, al fundarse Propaganda Fide, y sin esperanzas inmediatas de
mejora, ocupó mucho las primeras sesiones de la C o n g r e g a c i ó n
34 La figura del P. A v en d añ o, aireada poi Leturia cn 1 9 2 9 (cf. o.c., p . 4 5 4 - 4 6 7 ) y p o r su
discípulo el P. Egaha en E l P. Dm{<) de A vendarlo y la tesis teocrática «Papa, dominas orbi$":
A r c h iv u m H istoricum Societatis Iesu X V I IÍ ( i 9 4 9 ) 1 9 5 - 2 2 . 5 , donde puede verse lo l u n d a m e n
tal de su vida y obras, merecería mayor atención de parte de los estudiosos.
1 C f. n.;8 del capítulo sobre el Patronato y Vicariato.
2 C f. L. P a c i o r . Historia de los Papas, trad. españ. de L. M o n ts e r r a t , vo l. 2 1 (Barcelona)
p . 209-236.
C .l5. La C. de P. Fide y la teoría vicarial 153

y aunque no pudo llevar a la práctica sus resoluciones,


c a r d e n a lic ia ,
reco g ió la enseñanza principal acerca de la doctrina del clero indí-

^ I n g o l i, en sus roces continuos con la corte española, dueña tam ­


bién de las Indias portuguesas y donde el problema del patronato
real era más delicado por tratarse de imperios de más cultura e im ­
portancia que los americanos y no estar ocupados por los europeos,
tropezó pronto con la pretensión del vicariato o delegación apostó­
lica que se arrogaban nuestros gobernantes y escritores, y se opuso,
en consecuencia, en muchas ocasiones a tales manifestaciones. Pero
se mantuvo demasiado rígido en sus posiciones, a pesar de la razón
fundamental que le asistía, y tal vez por ello fracasó también más
de lo que al principio pudieran algunos esperar o temer. Sin e m ­
bargo, su actitud fue beneficiosa para el futuro, hablando en general.
En lo doctrinal de la teoría, la oposición de Propaganda Fide fue
clara y decidida desde el principio, especialmente con ocasión del
libro del padre Juan Bautista, O . F. M ., Advertencias para confesores,
examinado en 1633, que le sirve para negar que las bulas de A le ­
jandro VI concedan el patronato si no es de aquellas iglesias que
fundan, y no son legados ni delegados de la Sede Apostólica 3.
En 1644 volvió a reafirmar más explícita y largamente su argu­
mentación, claramente contra las pretensiones vicariales, y en parte
contra las mismas patronales. Los cardenales aceptaron esas nega­
tivas. Hubo roces diversos con la corte, se recibieron algunos infor­
mes de misiones o iglesias americanas, hasta que el rey y su C o n ­
sejo contestaron en forma decidida que la obra de la evangelización
marchaba bien a su cuidado y que ellos la proveerían 4.
Además, una parte de los religiosos que habían defendido la
teoría vicarialista, esperando que la corona les defendería a su vez
sus exenciones en Indias y los privilegios de la Omnímoda, de A d ria ­
no VI, al ver que el rey en el siglo x v ii se inclinaba más hacia los
obispos y a entregar al clero secular las doctrinas fundadas por aqué­
llos, comenzó a abandonar el campo real para pasarse al pontificio,
y asi se vio a algunos religiosos presentar quejas a Propaganda
ride, como el padre Diego Ibáñez, O. F. M ., que después de n u ­
merosas odiseas pudo llegar a Roma y exponer en diversos m em o-
nales sus quejas contra la práctica del patronato-vicariato. D espués
e muchas consideraciones, el padre Ibáñez venía a proponer que
^ I apa declarara oficialmente que el rey no era delegado de la Santa
' edc» sino que sólo tenía el cargo de enviar misioneros a aquellas
ierras. No hay que decir que Ingoli apoyó estos intentos, con el re-
' ^ , 0 antes apuntado. L a Congregación se pronunció contra la
,toria vicarial el 15 de junio de 1643 5, como antes el 9 de febrero
ae I6346

su Ia segu n da m itad del siglo XVII y el siglo X V III.— A pe-


'1 todo, en la práctica no se llegó a publicar ninguna resolución,

4 o c > 18 9 -19 0 , 5 E g a ñ a . o .c .. p . 2 0 1-2 0 7 .


• P 'O .v 6 G ó m e z H o y o s , o .c ., p .4 5 .
154 Introduaión general

y la misma Propaganda Fide tenía que acudir a M adrid en multitud


de casos. Cuando años más tarde fueron enviados a Oriente por tie­
rra algunos vicarios apostólicos franceses, según la nueva forma
que desde entonces empieza a ser frecuente en las misiones, el re­
celo de M adrid fue en aumento, y Propaganda tropezó con mayores
dificultades para sus objetivos. Com o contrapartida, la gravedad de
la situación en los territorios de Portugal, nuevamente independien­
te desde 1640, hizo que los roces con la corona española parecieran
pequeños al lado de la gravedad que revestían las dificultades de
Propaganda Fide en China, Indochina y parte de la India.
En mayo de 1684 la Congregación volvió a alarmarse y quiso
estudiar «los gravísimos inconvenientes que todos los días perjudi­
can a la fe católica en las Indias occidentales» 7. Tiene informacio­
nes de cuatro obispos y del canónigo romano Juan Bautista Goggi,
que anduvo por aquellos países.
M ás tarde intervino menos, contentándose a veces con informar
al nuncio de España. Pero a éste no le permitía el Consejo el más
mínimo movimiento en asuntos de Indias, como se volvió a ver una
vez más en 1689, en que Roma había encargado al nuncio escribir a
los prelados de las Indias sobre contribuir a la guerra contra los turcos
con un donativo. El Consejo se alarmó y recordó anteriores prohi­
biciones con el camino que había que seguir en tales asuntos 8.
El siglo x v n i forma en la historia de España y de sus Indias una
unidad bastante completa y con características propias. Iniciado con
el cambio de dinastía y la guerra de Sucesión, se prolonga hasta las
guerras napoleónicas y de la Independencia, con un marcado influjo
francés en lo cultural, político y económico. Por lo que hace al cam­
po eclesiástico e ideológico, tal influjo no es menor. Para ceñirnos
a nuestro caso, baste recordar que es el tiempo del regalismo español,
jansenizante, que se esfuerza en ocasiones en separarse de los cami­
nos antes seguidos de fundar sus privilegios en las co n c e sio n e s
pontificia.-?, y marchar por los de los derechos nacionales natos. Es
el siglo de las Regalías, con mayúscula.
Recordemos algunas nociones. Para Menéndez Pelayo la palabra
regalía es «asaz vaga y elástica y que puede prestarse a varios y con­
tradictorios sentidos. De regalismo o de regalías hablan las Partidas,
entendiendo por ellas los derechos mayestáticos, v.gr., el acuñar
moneda, mandar ejércitos, etc., pero generalmente se toma en una
significación más limitada, que concierne sólo a negocios e c le s iá s ti­
cos, esto es, por los derechos que corresponden a los monarcas o a
la realeza por razón de tal en materias eclesiásticas» Q.
Los tratadistas que se apoyan en el Derecho romano insisten en
que el monarca «goza de una serie de derechos que le c o r r e s p o n d e n
por derecho propio, como inherente a su naturaleza de potestad
civil; para el Derecho canónico el monarca es siempre un sú b d ito
de la Iglesia, y sus derechos en materias eclesiásticas están radical-

7 K g a ñ a , ibíd., p . 2 0 9 - 2 ío.
8 íbíd., p . 2 í 4 - 2 J 5 .
9 VA. Nacional, vol.39 37 (M ad rid f 9 4 7 )•
C .iy La C. de P. Pide y la teoría vicarial 155
mente sometidos a su potestad espiritual, que es esencialmente in ­
alienable, y manteniéndose siempre, respecto del Estado, aun des-
oués de las concesiones que tal vez le otorgare, como potestad per­
fecta e independiente» 10.
Por eso rigurosamente no puede hablarse de regalías dentro del
terreno del Derecho canónico.
Por la guerra de Sucesión renuncian los Borbones españoles a
Italia, aunque pronto intentan volver en otra forma, y en parte lo
c o n s ig u e n . Origen de nuevas dificultades con la Santa Sede. Es la
o casió n para los ministros regios de España de manifestar quejas
en tono ya claramente regalista, como el obispo de Córdoba y virrey
de Aragón don Francisco de Solís, contra la curia romana.
Melchor Rafael de Macanaz, influyente en esta época, abundaba
en las mismas ideas, basándolas en la historia y en las nuevas teo­
rías.
En Roma se llegó en este tiempo (1722), al tratarse de una p eti­
ción del arzobispo de Méjico sobre parroquias de regulares, a citar
con loa a Frasso, mientras se estudiaba el poder del rey en ese asun­
to, tan distinto según se mirara desde Roma o desde Madrid-Méjico-
Lima.
Otros obispos españoles arguyen en plan regalista poco después,
y, con todo, Benedicto X IV se manifestó más tolerante y aun bené­
volo en algunos detalles patronales, alabando a los reyes españoles
por su gran observancia de los cánones sagrados (1746) 1!.

Escritores regalistas de este período.— Los principales escri­


tores de este período regalista son Antonio José Alvarez de Abreu,
marqués de la Regalía, como premio bien expresivo a su celo. Fue
a Indias con encargo de estudiar- diversos asuntos administrativos,
provisto de varios cargos que desempeñó en Caracas (1715-1725).
Con la información adquirida escribió su conocido libro Víctima le­
gal, en que la víctima es la corona respecto de la Iglesia, que la p ri­
vaba de los frutos de las vacantes de aquellas iglesias americanas.
Para Abreu, la gran institución jurídico-eclesiástica es la Aíonar-
chia sicula, por la que el rey era «legado a latere de la Santa Sede en
aquel reino», y trata de ampliar a Indias «/a misma autoridad» 1-.
^gún él, «en virtud de especiales concesiones, indultos y privilegios
apostólicos están cometidos y encargados a nuestros reyes en las
ndias sin limitación alguna, y no obstante lo que un romano escritor
•ntentó oscurecer, todas las veces y autoridades de Su Santidad, y en
cuenta de delegados de la Silla Apostólica y sus vicarios generales
constituidos por la bula alejandrina del año 1493 y sus referentes,
que les elevaron y sublimaron a esta autoridad, ejercen la eclesiástica
y espiritual gobernación de aquellos reinos, así entre sectil a res como
cntie regulares, con plenaria potestad para disponer todo aquello que
s pareciere más conforme y seguro en el espiritual gobierno, en
t e n a conseguir, ampliar, establecer y promover la religión cató-
10 / v >.
ii ,, kVl(,n<u 10 Esposa t.50 p. 12 2 -1 25.
«‘•(UÑA, o.r., p . 22(>. 1: Ibí d. , p . 2 3 1 .
156 Introducción general

lica y el aumento espiritual de los fieles y conversión de los infieles


que habitan en ellos, en cuya consecuencia y con conocimiento de
esta preeminente jurisdicción lo han ejecutado sus majestades siem­
pre con inexorable aplicación y desvelo, como lo explican las pías
y santas leyes que se han acordado en esta razón y las muchas cédu­
las expedidas, que expende a este intento el regente Frasso» 13,
El escritor romano es Lelio, naturalmente, como lo hace obser­
var en nota significativa Abreu. Ese párrafo con la frase: «con tal
seguridad se procede por su majestad en la práctica y uso de la re­
galía de este vicariato » 14, y otras deducciones, representa la mentali­
dad de aquellos escritores, que tan abiertamente hacen al rey pon­
tífice de la Iglesia americana, aunque aún se funden básicamente en
las concesiones papales.
Para don Pedro de Hontalva y Arza, que escribió en 1737 un
Manifiesto canónico-legal, basta para quitar cualquier escrúpulo el
examen que hace de esta regalía (palabra no usada por el citado) el
ilustrísimo Villarroel, y «el título y facultad de vicario legado apos­
tólico que dan a los señores Reyes Católicos para todo el gobierno de
las Indias los autores más clásicos y religiosos» 15. Es un rasgo co­
mún a nuestros regalistas el hablar con gran respeto de la Santa Sede
en el momento mismo que tratan de disminuir o anular su influjo
real.
El caso típico del regalismo dieciochesco es el de Antonio Joa­
quín de Ribadeneira, mejicano (1710-177?), regalista y monárquico
hispanista de corazón, cuyo libro Manual compendio de el regio pa­
tronato (1755) pasó a ser el catecismo de muchos de sus contempo­
ráneos en estas materias. Los reyes, dice, son dueños únicos de los
diezmos y señores absolutos de las Indias, por concesiones apostólicas
y por ser protectores natos, sin olvidar los derechos que tienen por
su naturaleza al patronato de las iglesias de su nación.
Se apoya en unas frases benévolas de Benedicto XIV sobre algu­
nos autores para suponer poco menos que canonizado todo lo que
ellos afirman. A la dificultad de que se trataba de cosas espirituales,
ajenas a un laico, responde que son cosas más bien anejas a las espi­
rituales. Nuestros reyes son delegados de la Santa Sede y vicarios
generales 16, y con ello entran en todo lo espiritual sin entorpecer
la autoridad eclesiástica. En cuanto a abusos, los ha habido de arri­
bas partes, junto con grandes bienes. Las determinaciones regias
han de equipararse a las letras papales, y los reyes no han de ser
tenidos sólo como laicos, sino también como eclesiásticos.
Tuvo ocasión de manifestar su mentalidad cuando actuó como
asistente real en 1771 al cuarto concilio provincial mejicano, en
plena euforia del regalismo de Carlos I I I , preparador in c o n s c ie n te
de las futuras realidades hispanoamericanas después de la próxima
convulsión emancipadora. Los hombres formados en ese ambiente,
al recibir luego libremente las corrientes de ideas modernas de ori­
gen francés o anglosajón, se sintieron arrastrados por unos aconte-
1 3 Ibí d. , p. 233 15 íbí d. , p . 2 } 6 .
1 4 í b í d. , p. 234. 1 6 Ibíd. , p. 243.
C.l y La c. de P. Pide y la teoría vicarial 157
cimientos que superaban su capacidad de dirección y más aún de
superación, e inauguraron el período de dolorosa incertidumbre
que aún se manifiesta tan frecuentemente en nuestros días.
El patronato en las leyes de Indias.— De lo dicho anterior­
mente puede deducirse la importancia que un tema como este del
patronato debía de tener en las leyes de Indias. El libro primero de
la Recopilación , con sus 21 títulos y más de 600 leyes, se ocupa
todo él de temas eclesiásticos. Para el que ahora tratamos del pa­
tronato se destina el título 6, con 51 leyes, que abarcan práctica­
mente las particularidades de su ejercicio desde lo más alto a lo
más bajo, desde la presentación de los obispos y fundación de cate­
drales hasta el nombramiento del último párroco de indios.
Una casuística muy perita en esta clase de negocios va precisan­
do los casos principales que se presentan, y dando normas para su
resolución legal, poniendo en juego a todas las autoridades civiles
de los territorios de Ultramar. Diezmos, Inquisición, religiosos,
sepulturas, Santa Cruzada, limosnas, universidades, seminarios, li­
bros que se imprimen en Indias, todo va pasando ante los ojos de
este legislador minucioso, detallista, experimentado, que trata de
prever todos los casos e impedir la entrada de ningún elemento
perturbador de su armónico edificio legislativo ni de su puesta en
práctica.
U n p un to de espécial atención : los d iezm o s.— Recordamos
ya cómo los concedió en 1501 el papa Alejandro V I a los Reyes
Católicos en forma onerosa.
La interpretación de este punto, en cuanto a su verificación
histórica, se presta a divergencias de apreciación. Según algunos,
«en realidad, la corona gastó mucho más en la Iglesia, culto y clero,
de lo que los tales diezmos montaron, durante trescientos años de
esfuerzo permanente en la difusión del Evangelio» 17.
Otros, como el padre Mariano Cuevas, S. I., insisten más en
el lado contrario que creen percibir: «tal sistema traía notables
inconvenientes para la Iglesia, porque se veía privada de la libre
administración de sus rentas, y sujeta a una especie de servidum bre...
° mo al monarca se le exigió que dotase convenientemente las
iglesias, cedió a la Iglesia casi todos sus diezmos; pero se reservó los
os novenos de cada media entrada, o lo que es lo mismo, casi la
octava parte de los bienes de la Iglesia» 18.
Creemos que, en realidad, no se llegaba a eso ni remotamente,
Pues hay que descontar los pagos al personal empleado, los alm ace­
nes y depósitos y mil otras cuestiones engorrosas. En muchas oca-
cl¡°nCS’ rcy ayudaba a la Iglesia de diversos modos, fuera de los
tj.e7'mos* y, por supuesto, en las ocasiones catastróficas, etc. C on ce-
d muchas excepciones. Sin ser amigos de este sistema ni de su
Huonamiento, creemos que hay que juzgar las cosas con equidad,
°mendonos en ambiente y en las circunstancias concretas del
U ) , ' U' T ' o c ’ P- 3 I 5 -
lsl<nu¡ de iü Iglesia en M é x ico (El Paso 1928) vo l.2 p.47.
158 Introducción general

tiempo, que opinaba acerca de estas cuestiones con criterios dis­


tintos de los nuestros y no todos peores.
Creemos también que aún no se ha hecho, ni se puede hacer
sin varios estudios preliminares, un trabajo sobre todo el conjunto
de los diezmos en la América española y sobre la cooperación efec­
tiva de la corona al sostenimiento de las misiones y de la Iglesia en
general. Entonces se podrá juzgar con la relativa objetividad de la
historia la parte de ventaja o desventaja económica que supuso el
sistema, tanto para la corona como para la Iglesia.
Los reyes demostraron en su organización una atención meticulo­
sa, con un reparto equitativo y proporcional, determinando de un
modo bastante fijo, después de otros ensayos, su modalidad prác­
tica en las reales cédulas de Madrid de 3 de octubre de 1539, 6 de
julio de 1540 y 31 de febrero de 1541 19. Son del tiempo precedente
a las Leyes nuevas, a las que nos hemos referido anteriormente más
de una vez.
Ingresaban de este modo en las arcas reales dos novenos del
50 por 100 total.
El libro 1, título 16 de la Recopilación, trata en 31 leyes de los
diezmos cobrados por los oficiales de la Real Hacienda. Todo está
determinado. Hay benignidad en muchísimos casos, especialmente
para los indios. Y , cosa curiosa, no hay excepción ni para las cose-
siones reales. «De todas las haciendas y granjerias que en las Indias
tenemos y por tiempo tuviéremos, los oficiales de ellas hagan pagar
y paguen el diezmo, según y de la forma que lo pagan los demás
vecinos» 20. De este modo nadie podía excusarse.
Preeminencias del real patrono.— En unos tiempos tan pa­
gados de preeminencias y precedencias en los actos de culto y de la
vida social, tanto el rey como sus ministros se sentían muy ligados
a las reglas de un protocolo demasiado tieso y estirado. Virreyes,
gobernadores, capitanes generales, miembros de las Audiencias, pro­
vocaron con frecuencia incidentes y pleitos puntillosos muy caracte­
rísticos, reflejo de modos de ser bien distintos de los actuales en
diversos rasgos, y especialmente en ciertos ambientes laicos, o mejor
laicistas.
De ahí la necesidad de reglamentarlo todo, y aun así no se podían
evitar olvidos y tacañerías. Nuestras sonrisas de conmiseración ante
tales situaciones sólo tendrían su equivalente en las que nos ob seq u ia ­
rían nuestros antepasados si nos vieran en ciertas circunstancias de
la vida moderna, no muy explicables para ellos.
Ultimas manifestaciones.— Por lo demás, es curioso observar
cómo el período de máximo florecimiento de la idea vicarial, en
que la corona, oficialmente, pasa a reconocerla como n o r m a ele
gobierno, coincide con el de su ocaso cronológico.
En España se había llegado al concordato de 1753, que extendió
a la metrópoli el patronato universal, a imitación de G r a n a d a L

19 C u e v a s ,o.c;., v o l . 2 c . 5 d e J;i p. 1 . a p. 12 1 ; Y i i o t , o . c . , p. ;u(>.


Y b o t , ibíd., ]) / ', m j ; r n R c c o j n l m 10). t í t . 16 del l . i ley 16,
C .l5. La C. de P. Pide y la teoría ticarial 159

Indias. Parecía que al exterior las cosas religiosas seguían como


antes en líneas generales; pero no faltaban síntomas delatores de la
in tr o d u c c ió n d e ideas y prácticas anticatólicas más o menos disimu­
ladas: galicanismo, febronianismo, Enciclopedia, masonería, etc.
La facilidad de comunicaciones, una mayor relación ideológica
con Francia, la mejoría económica, con una mayor cultura de tipo
humano-práctico, fueron abriéndose paso, con efectos beneficiosos
en muchos aspectos, no tanto en otros. Son los reinados de Carlos III
y Carlos IV, con varias guerras generales que entrecortan la disposi­
ción generalmente pacifista del país, a remolque de intereses, en
gran parte extranjeros; un aumento del bienestar y una tendencia a
la autocrítica, endémica ya desde entonces en España. Con la revolu­
ción industrial entonces entronizada se corría a una nueva era huma­
na profundamente revolucionaria.
Nuestros vicarialistas parecen encontrarse entonces en una posi­
ción bastante irreal, fuera del curso de los acontecimientos que
darán al traste con sus teorías, que no conservarán generalmente
más que el aspecto negativo de usurpación estatal en materias ecle­
siásticas.
El Consejo corregía constituciones sinodales, como las de 1698,
del obispado de Venezuela, al reimprimirse en 1761; Carlos III pro­
clamaba oficialmente ser vicario y delegado de Su Santidad con la
amplitud de funciones eclesiásticas que por ello le correspondían 21,
y según se ha indicado, después de corregir el cuarto concilio provin­
cial mejicano de 1771, se pretendía que Roma lo confirmara, a pesar
de su tono subidamente regalista en tantas ocasiones. En la Junta
nombrada para preparar el Nuevo Código de las leyes de Indias,
incorporando a él las leyes dadas en el último siglo, tras varios años
de sesiones y votaciones se llegó a admitir el enunciado claro y
explícito del vicariato regio. Había habido mucha oposición por falta
de pruebas, hasta que se encontró la famosa cédula real de Carlos III
en que lo afirmaba. Todo eso quedó en mero proyecto porque los
acontecimientos se precipitaron, y en forma bastante distinta a la
que hubieran soñado aquellos incansables junteros.
Así se explica que durante el siglo xix, en que el real patronato
seguía vigente en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, los humos vicariales
pareciesen extinguidos, ahuyentados por tantas otras ideas y tantos
otios sucesos gravísimos de guerras, revoluciones e independencias.
U'i embargo, el 15 de marzo de 1856, en pleno bienio progresista,
se encuentra una última manifestación en cierta real orden de Isa-
el 11 al gobernador general de Puerto Rico, invocando la declaración
^endonada ya de Carlos III de que «asiste a los reyes de España la
'stinguida cualidad de vicarios y delegados de la Silla Apostólica,
,virtud de la cual les compete intervenir en todo lo concerniente al
o° icino espiritual de las Indias con tanta amplitud...» 22,
c. ,'n m°dio de esta baraúnda de acontecimientos decisivos y de
c 1Qs ideológicos sólo puede figurar como una nota de color el
, , [¡«AÑA, o.c., p.2S6,
. P.288.
160 Inlr od u ir i ó n g en e ral

recuerdo de la posición mantenida en Italia a fines del siglo xvin


por un distinguido jesuíta desterrado por Carlos III tan injusta como
cruel y sañudamente, el padre Domingo Muriel (Morelli en Italia
para disimular algo su verdadero nombre).
A pesar de su situación personal no trata de aprovecharse del
momento para restar privilegios a la corona, aunque diste mucho
de hablar como un Ribadeneira al uso. Cita a los autores que tienen
al rey como legado y cree que el padre Avendaño se escandalizó
sin motivo de aquel nombre de legado tratándose de un laico. Aun­
que, claro, no es legado a latere, sino privilegiado. El siglo que le
separaba de su antecesor había ido haciendo más viables esos nom­
bres que al principio chocaban un tanto. Pero no admite, como otros,
el argumento que intentaban deducir de las cartas de San Pío V
a don Francisco de Toledo y a otros gobernantes; y con plena razón,
porque si algo pretendía Pío V en ese caso, además del bien espiritual
de las misiones, era el de intervenir más personalmente como Papa
en su desarrollo y dirección.
Tampoco admite el padre Muriel una legación universal, sino
dependiente de constituciones particulares o de legítima costumbre 23.
En cambio, el padre Pedro Josef de Parras, O. F. M ., es de cuño
regalista marcado. Después de desempeñar algunos cargos en Amé­
rica volvió a España y escribió en 1775 Gobierno de regulares de la
América. Deriva el patronato para el rey del hecho de ser monarca,
y luego por los privilegios apostólicos, etc. Es la más preciosa regalía
de la corona, frase ya consagrada con unas palabras u otras en mu­
chos autores. Y se le junta el título del vicariato.
Manifiesta su regalismo en el modo de concebir la posición del
comisario general de los franciscanos, de las apelaciones de los
súbditos religiosos a un tribunal laico, de la necesidad del pase
regio para que obliguen en conciencia las órdenes de los superiores
para Indias, etc. 24
El panameño Manuel Josef de Ayala (1728-1805), que vivió en
Madrid toda su vida activa, dejando ordenado un arsenal de docu­
mentos y noticias de gran utilización hoy día, demuestra también
una veneración sentida y elocuente hacia la persona del rey y a su
oficio de protector de la Iglesia, aunque no parece recurrir al título
de legación o vicariato.

E pílo go. — Después de tan larga disquisición, podemos pregun­


tarnos: ¿Por qué no quiso Roma declarar paladinamente cuál era su
posición en este punto de una manera pública y oficial que quitara
todas las dudas posibles?
Es ponernos fuera de la realidad y actuar con nuestra mentalidad
contemporánea en cosas que entonces, en muchas ocasiones, se
prefería dejar resolver al tiempo, esperando una oportunidad, quC
a la larga sí llega, como en este caso. Pero ¿mientras tanto?
En primer lugar creemos que Roma, a pesar de continuos roces
23 MoRRLLf. Fasti N o v i Ortm 67; G ó m e z H o y o s , o .c ., p.37.
24 Gó m e z H o y o s , o .c ., p . 37-3 8 ; E g a n a , o .c ., p.262-270.
C.Ly La C. de P. Fide y la teoría vicarial 161
1 ]7spaña en lo tocante a jurisdicciones, pases regios en una u otra
f «na, intromisiones diversas y exageración de las facultades reci­
b i d a s / que tanto irritan la pluma del historiador alemán Pastor al

tropezar con ellas, advertía siempre que la corte española, fuera de


raras ocasiones en el siglo x v m , no invocaba de ordinario para sus
privilegios sino las concesiones pontificias y demostraba en su d e­
fensa una sincera, aunque con frecuencia equivocada, idea de las
relaciones entre la Iglesia y el Estado. La correspondencia de nuncios
y embajadores no deja lugar a dudas en esto, a pesar de ciertas frases
fuertes en ocasiones. Nunca se llegaba a la ruptura, y cuando rara
vez se llegó a interrumpir las relaciones temporalmente fue por
motivos políticos, al favorecer el Papa, por la razón que fuera,
a los enemigos del monarca español en guerra.
Además, Roma necesitaba de España en Europa para la defensa
del catolicismo de una manera imperiosa durante los siglos x v i y x v n ,
y en cierta manera también en el x v m . Y eso tanto por lo que hace
a los ataques armados de países protestantes como de los turcos
y moros. Necesitaba también de ella imperiosamente para su expan­
sión en América, Africa y Asia. A l unirse Portugal a España, ese
motivo fue más poderoso aún.
España era también la nación que por diversos conceptos más
dinero enviaba a Roma durante aquellos siglos.
Por otra parte, no abusó de su posición preponderante durante
dos siglos, dominando todo el sur y parte del norte de la península
italiana, para suponer un peligro para los Estados pontificios, sino
más bien una garantía, contra lo que había ocurrido con otras
potencias en siglos anteriores.
Los libros españoles que iban a parar al Indice no eran de los
peligrosos para la fe por sus herejías, sino por motivo de jurisdicción
y regalismos «a la española», nunca de tan graves consecuencias
ideológicas como tantos otros que veían la luz no sólo en los países
nórdicos y Francia, sino también en la misma Italia.
Y con todos esos motivos Roma veía que, a pesar de los roces
y desagrados, la Iglesia española se mantenía en general viva y
Pujante, con grandes muestras de reforma religiosa, y que sus m i­
siones iban siempre prosperando.
Todos estos motivos la aconsejaban no dar estado oficial y público
a las divergencias que las cancillerías respectivas iban registrando
c°n matemática periodicidad, pero que la mayoría del pueblo igno-
<l’ P ° r lo menos cn cuanto a la gravedad que pudieran tener. D e
modo era preferible tolerar ciertas cosas y tratar de remediarlas
conversaciones directas entre los dos poderes más que lleván-
° 'ls a 1^ plaza pública o a la prensa. Los hechos parecen indicar
<|Ut COn sus inconvenientes inevitables, esa postura fue mejor que
a 1uptura abierta, de imponderables consecuencias.
'Os dos poderes deseaban sinceramente desde el concilio de
• u l|;o y Ia reforma de la curia romana la mejora de costumbres, la
,Ror>zaeión de la Iglesia en Europa y la extensión de la fe en el
la Iglesia en América 6
162 /Htrodu c c í ó h general

mundo. Y eso se iba consiguiendo, con graves contratiempos a veces


como en el Japón. ’
Hoy día no puede caber duda alguna de que nuestros escritores
y nuestros gobernantes exageraron el alcance de las facultades con­
cedidas por la Santa Sede en orden a la evangelización de las Indias
occidentales, y mucho menos de que Roma pretendiera privarse in.
detenidamente de toda intervención directa en la evangelización y
dirección de las iglesias nuevas. Tampoco puede haber duda de que
en el siglo xv y gran parte del xvi concedió muy grandes facultades
al rey para esa tarca. Por el ambiente especial de la época y el silencio
del Papa, por ignorar lo que pasaba entre bastidores entre los dos
poderes, pudieron suponer muchos autores, con relativa buena fe,
que la teoría de la delegación o vicaría del Papa concedida al rey
en algún grado tenía algún buen fundamento, sin que podamos
acusarles de regalismo demasiado culpable y consciente. En otros
es más difícil una indulgencia tan amplia, especialmente en el si­
glo X V III.
En cuanto a la cuestión de derecho, ¿podían los Papas conferir
una legación o vicariato tan amplio, como pretendían muchos auto­
res, a los reyes de España indefinidamente? 25
El derecho canónico tiene a los laicos, aun emperadores y reyes,
como incapaces de jurisdicción eclesiástica, y la Iglesia ha llegado a
prohibirles esa inmixtión en sus asuntos 26.
Sin embargo, por no ser incapacidad de derecho divino, puede la
Iglesia dispensar en esto, pero sólo el Papa, por acto expreso y dando
jurisdicción no ordinaria, sino delegada. El doctor Hoyos cita al
padre Suárez cuando escribe: «No creo que el régimen ordinario de
una Iglesia pueda confiarse a los reyes o laicos, porque fue establecido
por derecho divino que fuera regida por los obispos» 27.
Por eso deducen los autores que los Papas no podían conceder
una legación de la amplitud jurisdiccional que querían los escritores
mencionados, y por eso sería nula en todo caso.
Pero ¿confirieron de hecho los Papas o lo intentaron tal delega­
ción? Hay que decir que no. Sólo violentando los textos se puede
llegar a esa conclusión, como lo vieron claramente cuantos acudieron
a confrontar los textos mismos de Alejandro VI. En Roma no hubo
jamás duda a este respecto, y aunque la crítica, por ejemplo, de un
Ingoli es a veces demasiado negativa en este punto, tiene demasiada
razón en el punto principal. Se encargó a los reyes, y con m andato
formal, el envío de misioneros y muchas cosas unidas con ese envío,
como su selección. También los diezmos de las iglesias de las In-
dias, con la obligación de proveer a su sostenimiento. Se incluía
naturalmente la protección de misiones y misioneros. Pero de ahí
a una legación a latere, como se escribía a veces, o universal, o a una
total dependencia de las cosas eclesiásticas respecto del soberano,
incluso de transmisión de jurisdicciones eclesiásticas, era desorbitai
el asunto.
^ Góm f,/ Hoyo*;, o . c ., p.^r-4;>.
20 Jbid. , p. 42. 27 ibíd., cn SuArkz, De imnmnilate 1-4 c.2 n.i 2 *
C.l y La C. de P. Pide y la teoría vicarial 163
Aun así, tampoco acusamos de mala fe , sin más, a los propugna-
a res de cierta delegación o vicariato, que, en sus circunstancias con-
etas, no llamaba tanto la atención como sucedería, por ejemplo,
f ¿ a> Estaban demasiado acostumbrados a determinadas prác­
ticas, que en parte se habían acentuado al ver ciertos excesos de la
curia romana en la presentación de individuos no dignos a muchos
b en eficios de España, sin poder residir, y acumulando, además,
otras prebendas y beneficios. Desde mediados del siglo xvi eso se
fue corrigiendo, y la administración curial comenzó a revivir m uchí­
simo más el espíritu eclesiástico. Con la fundación de Propaganda
Fide parecía llegado el momento de iniciar una sincera revisión de
la dirección eclesiástica de las misiones católicas, y con buena vo ­
luntad, paciencia y discreción hubiera podido llegarse a un modus
vivendi aceptable. La cuestión era ya muy difícil de resolver, y de
hecho no se resolvió, por la rigidez excesiva de Madrid y por cierta
falta de flexibilidad de algunos dirigentes romanos ante la actitud,
que confesamos equivocadla, pero que, psicológicamente, pedía una
mayor circunspección y delicadeza en su tratamiento, de la que, de
hecho, se usó.
Para terminar, séanos lícito emitir un'deseo. Hoy es bastante fre­
cuente el estudio y publicación de temas relacionados con el patro­
nato real de Indias no sólo en España, sino también en el extranjero.
¿No sería conveniente que los que se lanzan a esta empresa, no
ciertamente fácil, y en la que es casi inevitable una toma de posición
crítica con respecto a pretensiones nacionales, a personajes discutidos,
a errores reales como los que estamos indicando y reprobando, pero
también con respecto a actitudes no siempre malintencionadas, y
casi siempre de buena fe en obispos y misioneros ignorantes de los
secretos de las cancillerías, hicieran un esfuerzo sincero para ponerse
un poco en la situación de aquellos cuya historia intentan tejer?
¿Sería mucho pedirles un poco de conocimiento, si no muy
abundante por lo menos exacto, del funcionamiento de las institu­
ciones, de los intereses en juego (no siempre ni únicamente los
evangélicos), de las psicologías nacionales, de ciertos antecedentes
históricos o jurídicos?
Algunos parecen suponer que el régimen del patronato regio es
una rebelión contra algo ya establecido en el gobierno misional de la
g esia, cuando, en realidad, es la dificultad de un régimen ya tradi­
cional, ya consolidado y que puede presentar sus frutos en renunciar
d una serie de privilegios en trance de superación después de haber
o objeto de interpretaciones exageradas. No defendemos esa obs-
^nauón, sostenemos que no supo ser flexible y modificarse con el
TrK^0' COn ctuc hubiera prestado, sin duda, un buen servicio a las
^Mas locales de las distintas repúblicas, erigidas luego sobre lo
eo ^i U° torritori° de patronato real. Pero eso no es lo mismo que una
L„ ^ ^ o n prácticamente total, sin atenuantes apreciables, y con
ei\ T'slón simplista de los hechos, como la que vemos frecuentemente
a pmos de los estudiosos del patronato real durante las últimas
Uc^(iaaS.
164 Introducción general

CAPITULO XVI

L a Administración civil cn Indias

E l período colom bin o.— No se puede conocer bien la marcha


de la Iglesia y de sus misiones en las Indias españolas sin conocer
el funcionamiento de los poderes civiles, a los que correspondía poner
en práctica, en nombre del rey, todo lo referente al patronato y a los
otros elementos religiosos o mixtos, tan frecuentes en un Estado
íntimamente unido con la Iglesia.
Es un asunto estudiado por varios especialistas 1 en España y por
otros en América, logrando grandes éxitos de acarreo de materiales
documentales y de trabajos de síntesis. Sin tratar de entrar en mu­
chos detalles ni en cuestiones aún controvertidas, podemos sintetizar
sus resultados, sin intento de darles en todo valor definitivo, cuando
los mismos especialistas más destacados confiesan las incertidumbres
que aún se ciernen sobre numerosos pormenores, tanto acerca del
origen de las instituciones como de su mismo funcionamiento.
Prescindiendo del gobierno colombino, cuyas características tan
especiales suscitan la atención de los historiadores y juristas por sus
típicos aspectos y por ser los primeros que se intentaron implantar en
América, nos bastará enunciarlo antes de pasar a tratar de situaciones
más estables y definitivas 2.
Colón fue el almirante por excelencia, cuando de Indias se trataba,
y al mismo tiempo virrey y gobernador, con carácter hereditario y en
una extensión enorme, indeterminada, que el porvenir se encargaría
de ir sacando a luz. La vida de Colón, ocupada simultáneamente en
el gobierno y dirección económica y política de sus «dominios» y en
el descubrimiento de nuevas tierras hacia donde extender su juris­
dicción personal y la de sus descendientes, va íntimamente ligada
desde el descubrimiento a la realización, o mejor al fracaso, de lo que
ahora nos parece evidente desde el principio de su co n sid e ra ció n :
de sus sueños de un gobierno hereditario, extensísimo, autónom o
en muchas cosas y dominante hasta en la economía. La realidad de­
bía hacer ver pronto que eso era imposible y fijar los rumbos de
América por otros caminos 3.
Dispuestos los Reyes Católicos a cambiar de gobierno en las
Antillas y Tierra Firme descubiertas y ocupadas, es natural que
echaran mano de los cargos de gobierno que ya regían en España,
especialmente en Castilla. Prescindamos de los lugartenientes de
Colón o de su consejo, no menos que del adelantado (su herm ano
don Bartolomé) y sus capitanes.

1 E n España por O t s C a p d e q u í, Ballesteros, Ramos, G ar c ía G allo , etc. .


2 E l ^erna interesa especialmente en las An tillas, com o es natural, y por referirse a J ^
C olón , a muchos investigadores. L a participación de L a s Ca sas como encomendero, protccto
de indios, asistente a Juntas de estudio y remedio y com o historiador añade otro motivo ^
interés a tales estudios. • en
3 For eso nos parece irreal y algo incompleta la visión del señor G im é n e z F e rn a n d e z
el asunto colombino, abordado en diferentes escritos, aunque los datos que aporta con s
tenaz labor hay que tenerlos en cuenta, y lo rnism.) algunas de sus conclusiones.
C.16. La Administración civil en indias 105
Bobadilla fue gobernador y juez pesquisidor. También fueron
g o b e r n a d o r e s Ovando, Hojeda y Nicuesa, mientras que otros no
pasaron d e «capitanes», mientras se preparaba la etapa definitiva.

El Consejo de Indias.— La autoridad suprema del gobierno


¿e América la constituyó durante el régimen español el Consejo
Real y Supremo de las Indias.
Como antecedente suyo se cita el Consejo Real, que funcionaba
en Castilla desde don Juan I, luego llamado de Castilla. Hubo otros
no territoriales, como el de la Hermandad y el de la Inquisición,
y uno territorial, limitado, el de las Ordenes militares, al ser incor­
poradas a la corona real, y desde la unión personal, el de Aragón
(1494), origen de otros, como el de Italia (1555). Además, los de
Flandes (1588), Portugal (1580-1665).
En un principio, las Indias dependieron del Consejo de Castilla
como los demás territorios de la península y Canarias, que entonces
se comprendían bajo ese nombre, pero los reyes delegaron de hecho
en uno de los consejeros, don Juan Rodríguez de Fonseca, arcediano
de Sevilla y obispo sucesivamente de Badajoz, Córdoba, Palencia y
Burgos. Con pocas interrupciones, según el auge o no de la estrella
de don Fernando el Católico desde la muerte de Isabel, y después
con sus sucesores (doña Juana y don Felipe, el cardenal Cisneros co­
mo regente y los primeros años de Carlos V7), Fonseca conoce y
preside las vicisitudes nativas del famoso futuro Consejo. Ocasio­
nalmente al principio, y luego más de asiento y fijos se fueron agre­
gando otros consejeros para el estudio y despacho de los asuntos,
especialmente desde que las protestas venidas de la Española acer­
ca del mal trato de los indios complicaron lo pertinente a aquella
especie de ministerio de Ultramar hasta que tomó su forma d e fi­
nitiva con don Carlos V.
Los historiadores no han sido demasiado benévolos con el dis­
cutido obispo en su asesoramiento y gobernación de las Indias, aun­
que todos le conceden grandes cualidades para preparar flotas y
despachar otros asuntos. El que más duro se muestra con él, con
fundamento, sin duda, pero con exageración y se puede decir que
casi sin atenuantes, es el señor Giménez Fernández, que no disi­
mula una invencible prevención contra este personaje, como contra
casi todos los que él califica de clan fernandino o fonsequista 4. Para
Un juicio que pueda llamarse relativamente definitivo hay que es-
pciar a más estudios, más serenos e imparciales y más profundos.
I > * * * crea°ión del Consejo de Indias, propiamente dicho,
a de la Casa de la Contratación, de Sevilla, por real cédula de 20 de
tner° 1503» que, según Ots Capdequí, «fue al mismo tiempo
que el organismo rector del comercio peninsular con las Indias,
Un'1 lnstitución de gobierno con atribuciones políticas— singular-
^ente en el orden fiscal— , una pieza importante en el ramo de la
‘i l u s t r a c i ó n de justicia y un factor poderoso para el estudio de
Reografía colonial y de la ciencia náutica de la época»
4 p^
s :sivcialivicnte en sus dos gruesos volúmenes sobre Bartolomé de las Casas.
P-2Q7.
166 Introducción general

La realidad tue especificando mejor las atribuciones de la nueva


entidad administrativa, en sus roces con Fonseca y demás altos em­
pleados regios, y su modo de funcionar. Prescindiendo de lo refe-
rente a la ciencia náutica, tuvo gran importancia la real provisión
de 26 de septiembre de 1511, concediendo a esta Gasa jurisdicción
civil y criminal en casos del comercio y navegación a las Indias.
Por lo que hace a la Iglesia, los misioneros y, en general, los ecle­
siásticos que partían a las Indias, tuvieron mucho que ver con este
organismo tanto para lo relacionado con los viajes, como con los
pagos y suministros para las mismas iglesias y misiones. Después
de la fundación oficial del Consejo de Indias, la Casa de la Contra­
tación quedó sometida a él, según las disposiciones que fueron dán­
dose para regular esta dependencia.
En 1722 se trasladó de Sevilla a Cádiz, mejor situada entonces
para el comercio que Sevilla, por las dificultades del Guadalquivir,
y fue extinguida en 1790, en el ocaso mismo del imperio.
La Junta de Indias, como un órgano más del Consejo de Casti­
lla, con uno u otro nombre, fue funcionando durante los primeros
lustros del siglo xvi. Según Ots, una real cédula de 14 de septiem­
bre de 1519 creó, dentro del Consejo de Castilla, una sección espe­
cial con el nombre de Consejo de Indias 6, que adquirió su comple­
ta autonomía el 1 de agosto de 1524, bajo el cardenal Loaysa, como
presidente.
Giménez Fernández adelanta algo la fecha de la fundación del
Consejo por frases de Las Casas, y lo supone un triunfo de Fonseca
con el señor de Chiévres (Xebres) 7.
No nos interesan demasiado las atribuciones cambiantes ni el
modo de funcionar que tuvo, que pueden verse en Ots 8, ni el nú­
mero d e consejeros, secretarios y demás cargos de que constaba.
Pero sí indicar el gran arraigo y poder que consiguió y m an tu vo
para todo lo relacionado con la administración de la Iglesia y del
regio patronato de Indias, aunque disminuyera su influjo directo
en otros campos, como el militar, por ejemplo. El Archivo de In­
dias, especialmente, conserva la historia de su actuación, farragosa,
detallista y sensata en general, aunque se ve también el influjo de
partidismos o parcialidades d if e r e n t e s en los diversos campos de
su actuación. Hubo también cierta pugna con los reyes más perso­
nalistas, como Felipe II (típico caso el de Santo Toribio de M o g r o ­
vejo) o con los validos.
En lo eclesiástico, el Consejo es partidario acérrimo del real pa­
tronato, procurando ensanchar su interpretación todo lo p o sib le,
estorbar la «injerencia') (tal les parecía) de Roma en la administra­
ción eclesiástica americana fuera de su control, y defender al mis­
mo tiempo con sinceridad la expansión y conservación del c a to li­
cismo en todas partes. Fuera de estas líneas generales, es aún pre'
6 íbíd., p.299.
7 Bartolom é de L as C n ,as v o l . 2 p . 205- 206, c o n i mp o r t a n c i a p a r t i c ul a r de sus n otas.
8 O t s , o.c., p.299-305; R a m o s , o .c ., p . 7 4 - 8 4 y 1 0 9 - 1 1 2 , d e p e n d i e n t e s d e la gran <»
de E. ScfiAFhR, L l C o n e j o Real y Supremo da las Iritlias (Sevilla 193.5 * 9 -17 )-
C.l 6. La Administración civil en Indias 167
turo hacer juicios más completos de toda ía labor del Consejo
sus diversas épocas de actuación.
El rey podía intervenir en ella constantemente, e impedir abu­
sos por medio de «visitas» cuando lo creía oportuno. M uchos de los
Consejeros pasaron a ser también consejeros de Castilla.
La Historia del Real y Supremo Consejo de Indias, de Ernst Schá-
fer es de gran importancia para todo lo relacionado con él, pero
puede aún ser completada en muchos casos, detalles y aun juicios.
Está escrita con rigor metódico y amplitud de criterio y conservará
indudablemente gran prestigio entre los tratadistas.
No hay que recordar que los diversos intentos legislativos de
reco p ila ció n , y, finalmente, la misma Recopilación de leyes de Indias,
de 1680, fue preparada, dispuesta y dirigida en último término por
el mismo Consejo, que intentó todavía en el siglo x v m completarlo
y preparar nuevas ediciones suyas.
Los representantes del rey en Indias.— Los gobernadores en ­
viados hasta 1513 dependían de algún modo del de la Española,
o Santo Domingo. Desde 1513, con el nombramiento de Pedrarias
Dávila, se prescinde de esta dependencia, subordinándola directa­
mente a los Consejos de Castilla 9. Con ello se da comienzo a la
pluralidad de gobernaciones, entre sí autónomas y dependientes d i­
rectamente de España.
Hoy día se van estudiando más al detalle los títulos que llevan
los diversos encargados de la gobernación y las indicaciones preci­
sas que se les hacen, señalándoles la amplitud de sus atribuciones.
Los gobernadores autónomos se ven en algunas cosas sometidos
luego a las Audiencias (Santo Domingo, en 1 5 1 1, aunque no co­
mienza en realidad hasta 1526, al cesar el gobierno de los Colón).
Más tarde, con la creación de los virreinatos, se somete a ellos a d e­
terminados gobernadores, mientras otros siguen más independientes.
V irreyes.— El virrey ocupaba el primer puesto en la escala
del gobierno indiano. Indudablemente depende de la institución ya
existente en Castilla, aunque con atribuciones y duración no tan
definidas como luego, y de las de la corona de Aragón, que, por cir­
cunstancias especiales, se prestaban más a este cargo en Europa.
Se fundó el virreinato de Nueva España en 1535, y el del Perú
tn 15 4 2 -1543. El primero, después de la conquista y gobierno corte­
sano y el desgobierno de la primera Audiencia. La importancia del
,Tlpeno mejicano ayudó sin duda a crear este modo de gobierno más
autorizado, lo mismo que poco después, en el Perú, la herencia de
s meas y las primeras guerras civiles de este país. En realidad se
'ató de pequeñas cortes, remedos de la de España en el nuevo con-
uente, representando el virrey en todo la persona, las atribuciones
ceremonial protocolario del rey, salvadas las debidas distancias.
c|° lay duda de que la modalidad de gobierno cuajó bien durante
n0*X n °^° esPai'l°l» siendo buenos auxiliares del rey, sin oposicio-
s n' deslealtades, hasta las guerras de la emancipación.
Hamos, o.c., p.go.
168 /m ro d u a ión general

Los virreinatos comprendían varias gobernaciones menores


pero sin abarcar del todo el territorio español, en el que algunas
regiones continuaron dependientes de sus capitanes generales o go.
bernadores.
Los virreyes eran los presidentes de las Audiencias que radica­
ban en la capital de su virreinato, quedando bien determinadas sus
funciones y sus atribuciones como tales.
La potestad virreinal, que podía parecer casi excesiva, quedaba
limitada en la práctica por el período de su mandato, unos cuantos
años, y su sometimiento al Real Acuerdo, formado por algunos
miembros de la Audiencia con el virrey, para algunos casos más
graves o urgentes. De hecho, la Audiencia, con sus funciones espe­
ciales, jugaba en América el papel de moderador del poder virrei­
nal, por lo que no era raro que hubiera conflictos entre sus repre­
sentantes, que interpretaban las leyes o las circunstancias concretas
de modo diferente.
En el siglo xvm se crearon otros dos virreinatos: el de Nueva
Granada (actual Colombia), en 1717, suprimido en 1722 y resta­
blecido en 1739; y el de Buenos Aires, o el del Río de La Plata,
en 1776, reflejo de la importancia adquirida por estas regiones du­
rante los dos primeros siglos.
Capitanes generales.— Los virreyes y muchos gobernadores
tenían el título de capitán general; pero hubo también regiones
donde el nombre típico del encargado de su gobierno fue corrien­
temente el de capitán general, especialmente, en Guatemala, Bue­
nos Aires (mucho tiempo), Chile y Venezuela.
En pequeño y en su jurisdicción respectiva, llenaban parecidas
funciones a las del virrey, cuando se trataba de capitanes o gober­
nadores independientes. Durante algún tiempo fue precisa una ac­
tuación militar más intensa en esos territorios, por ejemplo, con
los araucanos en Chile, hasta el fin del régimen español, y por eso
tuvieron esa denominación.
Adelantados.— El cargo de adelantado, bastante frecuente en
el siglo xvi, era parecido al del mismo nombre de Castilla, donde
al principio fue el cargo oficial más importante, según las Partidas 10-
Luego tuvo especial relieve en las fronteras. Bartolomé Colón reci­
bió ese título de su hermano, pero no le fue reconocido por la co­
rona, que se reservó su colación. Luego fue Balboa, adelantado del
mar del Sur «debajo de vuestra gobernación» (de Pedrarias). Con
frecuencia tenía el adelantado otros títulos al mismo tiempo, com o
gobernador, capitán general, etc. n . En la Recopilación se determi­
nan sus funciones (ley 14 til;.3 I.4) con jurisdicción civil y crim in a l
en grado de apelación, considerándole como juez inmediato al Con­
sejo de Indias. Tenía también facultades civiles y militares.
Las audiencias.-- Es tal vez la más típica de las instituciones
españolas en el Nuevo Mundo, y que ha influido decisivamente en

10 R amos, o. c , p. 54. 11 Ibld., p.93.


C.16, La Administración civil en Indias 169
ja c r e a c ió n de algunas de las nuevas repúblicas americanas (E cua­
dor, Bolivia, Guatem ala...).
Tenían sus antecedentes en las chancillerías de Valladolid y G ra ­
nada, que, en el período de los Reyes Católicos, se dividieron ju d i­
c i a l m e n t e el territorio castellano, separado por el río Tajo.

Sin embargo, la Audiencia americana tiene mucha mayor sig­


nificación y eficacia administrativa que un simple tribunal judicial,
por alto que se le suponga. Porque las Audiencias tenían poderes
ejecu tivos, en el caso del fallecimiento del virrey o de sus ausencias,
al mismo tiempo que formaban el Real Acuerdo con el virrey, para
los asuntos más importantes y urgentes. Se podía apelar ante la
Audiencia contra virreyes y gobernadores, detenía bulas papales
no venidas a través del Consejo, fiscalizaba a alcaldes y regidores
mediante la visita de sus oidores, nombraba jueces pesquisidores y
tenía otras importantes funciones en hacienda y gobierno.
Era el elemento de equilibrio entre la fuerza ejecutiva del virrey,
del gobernador o capitán general. L a Audiencia abarcaba de ordi­
nario varias circunscripciones, llamadas vagamente provincias. Era
como un senado consultivo. Debía informar al rey sobre los actos
del virrey.
Constaba de presidente, oidores (jueces civiles), fiscales, escriba­
nos, receptores, registradores, etc. El virrey era el presidente nato
de las Audiencias, que radicaban en las capitales de sus virreinatos.
Se evitaba con rigor el influjo de familiares y la recepción de rega­
los entre los funcionarios.
Según una división que se atribuye a diversos autores, se divi­
dían las Audiencias en virreinales, pretoriales y subordinadas; las
pretoriales eran las radicadas en una ciudad cabeza de una capitanía
general, y subordinadas las restantes, constituyendo una jerarquía
poco más que nominal. Las más importantes, como Méjico y Lim a,
llegaron a contar con doce magistrados. En la segunda categoría de
Audiencias estaban las de Santa Fe de Bogotá, Guatemala, Manila
y Santo Domingo.
En 15 11 se fundó esta última, siguiéndola Méjico en 1527, P a ­
namá en 1535, Lima en 1542, Guatemala en 1543, Guadalajara
^ *5 4 $. Santa Fe en 1549, Charcas, La Plata o Chuquisaca en 1559,
Quito en 1563, Manila en 1583, Santiago de Chile en 1609, Buenos
•res en 1661-1671, Caracas en 1786, Cuzco en 1787.
En el siglo x v m se crearon diversas secretarías que dism inuye-
r^m c| influjo del Consejo de Indias, suprimido a su vez en 1823,
I ?.Caso de las luchas emancipadoras. El cargo de cronista de las
, 'as Pasó en 1744 a la Academia de la Historia, de reciente fun ­
dición.
Una novedad borbónica fue la creación de intendentes, imitación
en nt Sa ensayada en la península y puesta en marcha en Indias
^ara dar unicidad a la administración, sustituyendo a los
[ ‘ Adores y adelantados, e incluso, a veces, a los corregidores,
do nombre de intendentes, con otras funciones, se ha conserva-
algunas partes, como en la Argentina.
170 Introdacción general

Se ha hablado mucho recientemente del proyecto de enviar in.


fantes de España a regir las Indias por encima de los virreyes, pr0.
puesto por Motolinia a Carlos V, vuelto a recordar en 1687 por el
marqués de Barinas, y con más fuerza por el conde de Aranda
en 1783, a raíz de la independencia de los Estados Unidos, claro
indicio de por dónde habían de rodar dentro de pocos decenios las
cosas. Por fin, Godoy, en 1804, en momentos más críticos, con la
experiencia de la Revolución en Francia, las guerras imperiales, uni­
dos a Francia (que acababa de arrebatar Santo Domingo a España)
contra los ingleses, que asaltaron Trinidad e irían a Buenos Aires,
volvió a la misma idea, que hubiera anticipado a la América espa­
ñola el caso fugaz de la monarquía en el Brasil por el destierro for­
zado de la familia real portuguesa a Río de Janeiro.

¿Por qué no fue nunca un rey o príncipe español a Indias?—


Porque era dificilísimo. En el siglo xvn apenas hubo príncipes, fue­
ra de míseros herederos. En el xvm , casi lo mismo, hasta el fin del
siglo, y entonces eran niños. Aparte del problema para la metrópoli
durante la ausencia, peligraba la vida del rey o príncipe por la na­
vegación, los posibles ataques de los piratas o barcos extranjeros,
la insalubridad de muchas regiones. Los viajes reales eran lentísi­
mos en la península ¿qué sería en América? Y ¿adonde ir? ¿Sólo
a una región o a varias? Se comprenden perfectamente las dificul­
tades, y las dudas y más bien negativas de los consejeros reales.

E l municipio y sus autoridades.— En cuanto a la administra­


ción inferior, el municipio tuvo desde el principio gran importan­
cia. Se derivaba del español, pero sin el peso de las tradiciones que
dificultaban a veces cambios oportunos, y sin conocer el régimen
señorial. Así como lo material era, en general, totalmente nuevo,
también lo era lo moral, el ambiente, la acomodación a las circu n s­
tancias concretas de tan diversas regiones como componían las In­
dias. Las leyes de Indias son de una gran minuciosidad en lo refe­
rente a la fundación de las nuevas ciudades, tanto en su distribu­
ción material como en lo referente a los deberes y derechos de au­
toridades y ciudadanos.
Hubo ciudades metropolitanas, diocesanas o sufragáneas, villas
y lugares, según su diversa importancia y categoría. Se legisló
muy pronto y luego se recopiló el modo de nombrar a las autorida­
des municipales.
Apareció pronto el cargo de corregidor y alcalde mayor unidos,
más utilizado en e l Perú e l primero y en Nueva España el segundo.
No es necesario indicar los demás cargos concejiles, que se pueden
ver en los autores dedicados a reseñar y estudiar en particular estos
regímenes.
Por no tener representación en Cortes, que, por lo demás, protv
to dejaron de tener importancia decisiva en la metrópoli, hubo a
veces juntas o congresos de ciudades, especialmente ;il primip10’
con mandamiento real y para exponer sus peticiones.
C.17. Posición de los indios ante la ley civil 171

0 cabildo municipal tuvo gran importancia siempre para los


intereses locales, y en el momento de la independencia, también
U tico. Había cabildos ordinarios, como en España, y cabildos
abiertos para los actos trascendentales, llamando a los vecinos a
participar.
Los pueblos de indios y las reducciones, especialmente en el es­
tadio inicial y con mayor separación de los pobladores españoles
para atraer más a los indígenas y poderles cristianizar con menos
dificultad, llenan grandes volúmenes documentales de nuestros ar­
chivos civiles y religiosos. Dentro de unas finalidades comunes, el
desarrollo adquirido y las características descollantes tienen gran
variedad de tipos y realizaciones, desde California hasta el Paraguay.
La legislación no podía olvidar función tan importante en lo reli­
gioso y en lo civil, para la incorporación gradual de estos poblados
a la sociedad general que se iba formando.

CAPITULO XVII

L a posición de los indios ante la ley civil

Aunque los reyes urgieron en los primeros años de la coloniza­


ción el principio de que los indios eran sus vasallos, y hay frases
que pudieran significar una igualdad de derechos fundamentales,
en la práctica pronto se vio que se trataba de dos sociedades, una
dominante y otra dominada, que sólo con el transcurso del tiempo,
el mestizaje, la creación de las ciudades, la extensión de la cultura
y todos los demás elementos unificadores de la convivencia social
se irían amalgamando en una única sociedad, como las que conoce­
mos hoy generalmente en las diversas naciones.
Ya recordamos la enconada lucha librada a propósito de la liber­
tad de los indios, tanto en el orden doctrinal como en el práctico,
especialmente durante la primera mitad del siglo xvi. Desde en­
tonces se percibe claramente un núcleo indígena, el principal nu-
mencamente, encuadrado ya en las instituciones hispano-índicas,
núcleo en el que iban entrando con relativa facilidad los grupos
humanos más próximos a los principales virreinatos y gobemacio-
nes>y l°s grupos «de frontera» a lo largo de lo que hoy son las fron-
etas de las diversas repúblicas con el Brasil, el sur de Chile y A r ­
gentina, y el norte de Nueva España, con islotes indios más re­
ce ta rio s en algunas regiones. El avance en estas partes es más len-
>Y aun hoy día, después de más de un siglo y medio de indepen-
^ ncia> c°n muchísima mayor población y elementos de todo or-
n>no se ha acabado de concluir el proceso de asimilación cultural
UV]l entonces iniciado,
por I 1 rca^ ad de los hechos y la situación privilegiada alcanzada
ih i conclu*stad °res, sus descendientes y los nuevos colonos que
'legando lentamente cié Europa, hizo que la legislación espe-
a sobrc los indígenas fuera nutridísima.
172 IM r o i l t m 'ión g e n e r a l

Evidentemente hay una discriminación, si no en los derechos


fundamentales, tanto religiosos como los referentes a la vida, a la
libertad y a ciertos bienes, sí en la aplicación de esos derechos y a
veces en la misma legislación, demasiado paternalista, y por lo mis­
mo, menos apta para crear en los indios más rápidamente sus res­
ponsabilidades cívicas y religiosas.
D os sociedades, doble legislación.— El buen trato de los indios
es el motivo base de toda la legislación, pero con un sobrentendi­
do de minorennidad bastante permanente. De ahí la facilidad con
que oradores populares y demagogos han podido encontrar en esa
misma legislación y en muchos hechos concretos reconocidos y a
veces alabados por los historiadores, elementos para sus campañas
de oposición a la Iglesia, al Estado español y a lo que de ambas en­
tidades superiores ha pasado a las actuales generaciones hispano­
americanas.
Y de ahí también la dificultad de generalizar fácilmente sin
inducir a error, si no se tienen en cuenta las circunstancias con­
cretas de cada momento, las posibilidades reales existentes, los in­
tentos de mejora, así como la dificultad de establecer medidas re­
volucionarias sin poner en peligro todo el conjunto de las institu­
ciones existentes. La política general de continuar por los caminos
trillados y conocidos encontraba en todo esto fuertes argumentos
para desconfiar de las innovaciones no experimentadas de algún
modo. Pero hubo avance bien palpable en el siglo xvm .
H ubo repartimientos de indígenas para servicios personales
(como los hubo ya en Canarias) antes de que se implantase en las
Indias la encomienda, «y persistieron estos repartimientos no a tí­
tulo de encomienda, aun después de implantada en las Indias esta
última institución» ( O t s , 65).
L a sucesión en las encomiendas.— Recordemos brevemente
su historia. Después de sucesivos ensayos en las Antillas, Tierra
Firrne y en Nueva España, las instrucciones que se dieron al primer
virrey, don Antonio de Mendoza, autorizando prácticas señoriales
con algún tributo a la corona fuera de las principales ciudades y
villas, parecían olvidar la política proindia anterior, que fue pron­
to restablecida al año siguiente (1536) por otra real provisión sobre
el modo de tributar y la ausencia de regímenes feudales, volviendo
al sistema de la encomienda por dos vidas: el primer agraciado y su
heredero.
Desde entonces se entabló una prolongada lucha en favor y en
contra del sistema, en favor y en contra de la perpetuidad. Las
Leyes nuevas de 1542 y su parcial derogación inmediata no resolvie­
ron el asunto, que siguió dando que hacer a autoridades y legislado­
res. Aunque teóricamente no hubo encomiendas de servicios per­
sonales y sí sólo de tributos, la realidad siguió en muchas partes
casi como antes. Y las encomiendas rigieron por tercera y cuarta
vida, en muchos casos por vía de disimulación *, y otras veces se ad-
1 O t s , o.c., p 79 8o.
C.J7. Posición de los indios ante la ley civil 173

• dicaban a otras personas, al extinguirse el derecho de la primera.


I Co.no siempre, hubo también en todo esto una fuente de ingresos
; r ales por ofrecimientos de unos y de otros.
¡ La abolición general de las encomiendas se decretó el 23 de n o -
i vjembre de 1718 y se completó en 1720 y 1721. Sin embargo, de
hecho, por inercia o por descuido, se fueron dando casos aún duran-
| te muchos años, disminuyendo cada vez más durante el siglo x v m .

| Reducciones. — Algunas autoridades, y especialmente los m i-


I sioneros de fronteras, lucharon denodadamente por que las reduc-
I ciones de indios que iban fundando quedaran libres de la inter-
I vención directa y personal de los españoles, pobladores o comercian-
I tes en ellas. Caso especialmente típico y de éxito a este respecto es
\ el del Paraguay.
f Bien sabido es que fuera de los imperios azteca, maya o inca
i apenas había lo que buenamente pudieran llamarse pueblos de al-
\ guna importancia entre los indios, y ninguno en las inmensas selvas
ecuatoriales. Por eso el principal trabajo inicial de los misioneros y
I aun de las autoridades civiles era la reducción de los indios a pobla­
do. Don Francisco de Toledo dio un gran ejemplo en esta parte
durante su enérgico gobierno en el virreinato del Perú, tanto por
medio de disposiciones legales como de ejemplo práctico.
No todas las reducciones pudieron tener la apariencia de pue­
blos cultos y civilizados que tuvieron en muchas regiones de M é ji­
co, California, Venezuela, Perú, Paraguay. Pero existía de todos
modos un ideal que se esforzaban por alcanzar, y que cuando no se
enfrentaban a guerras destructivas o invasiones, llegaban a suficiente
madurez.
En las reducciones había autoridades indígenas, escuelas, obra­
jes o talleres y campos cultivados en común o en pequeñas propie­
dades bajo la vigilancia de los misioneros. Las iglesias eran con fre­
cuencia espaciosas y bien construidas. Era una preparación m uy
buena para la vida autónoma, que diferentes circunstancias pro-
ongaron tal vez demasiado.
Las reducciones más antiguas y con suficiente población debían
contar con un párroco o doctrinero y otros empleados civiles y ecle­
siásticos. Se procuraba que tuvieran elementos de subsistencia y
P° icia. No se podían mudar a otro sitio, y los indios debían per­
manecer en ellas de no contar con autorización de trasladarse. Se
amcntó de este modo toda la vida de las reducciones.
m^ ° s corregidores de indios.— Esta fue una de las instituciones
pref'Cr-ltl]ca<^a?!; S°n muchos los escritores y misioneros que afirmaban
<v^,. erir, mismos indios estar bajo los encomenderos que baio sus
R e gid o res.
sobet°r ''° C1UC í’vace a l ° s antiguos jefes indios, los caciques, cuya
C a - n,a C^ect'va con tanto brío y perseverancia defendió Las
r'd;id R° conservó Ia institución indígena, reglamentando su auto-
1ema VC,°mo Puede verse en la Recopilación, 1.6 tít.7, dedicado a este
cargo se transmitía hereditariamente, procurando acomodar-
174 Introducción general

se en lo posible a las costumbres indígenas, para lo cual se hicieron


averiguaciones históricas. Los mestizos estaban incapacitados para
la sucesión. Los caciques no podían intitularse señores. Intervenían
en el trabajo de los suyos y quedaban libres de impuestos y
otras cargas. Abusaron indudablemente de su poder, como se
comprueba en muchos documentos, y hubo que reglamentar su
jurisdicción.
Solórzano se hizo cargo de las quejas 2. Los corregidores eran los
encargados de cobrar el tributo de los indios, con sus odiosidades y
abusos, dándose también a veces renuncias de este cargo por esas
mismas razones. Se les acusaba asimismo de hacer crecidos reparti­
mientos y establecer precios excesivos. Era difícil apreciar la verdad
en cada caso, lo mismo que la cuantía de los excesos, pues era natural
que su cargo les llevara por necesidad a hacer violencias ocasionales
contra la desidia de muchos indígenas.
Escribíamos hace años: «El establecimiento de corregidores de
indios hacia 1565 por el gobernador Castro [en el Perú], si bien
plausible en su intento, falló en la práctica por falta de personal
apropiado»3. Y citábamos a Vargas U garte4, que cita, a su vez,
al obispo de Charcas: «No aborrecernos tanto el señor arzobispo
y yo los corregidores de indios como vuestra señoría piensa, no
porque no sean necesarias las justicias entre los indios, que cierto
lo son y mucho, para ejecutar la instrucción tan santa que vuestra
señoría les dio en casi todos los capítulos, sino porque aquel nego­
cio es de tanta calidad y confianza, que no se ha de cometer sino a
personas tan cristianas y experimentadas que no las hay en esta
tierra».
El padre José de Acosta opinaba lo mismo, pero quería que,
mientras existieran tales autoridades, ayudaran lo posible al bien
espiritual de los indios 5.
E l trabajo de los indios.— En todo lo referente a los indios se
interfiere durante el período español la cuestión del trabajo, que,
a su vez, se ve matizada casi siempre con alguna obligatoriedad.
La legislación ataca las formas de esclavitud indígena, pero favorece
un ordenado «trabajo forzado», aunque con mitigaciones, garantías,
salarios justos, trato humano y defensa posible de la libertad indi­
vidual.
E n la vida real y concreta era difícil evitar casos, aun generali­
zados, de abusos que lindaban con la esclavitud durante períodos
más o menos largos.
Basta recorrer los títulos del libro 6, sobre los indios, en |a
Recopilación, y partes de otros libros que contienen m a t e r i a s aná­
logas, para convencerse de la gran importancia de esta cuestión Y
de la dificultad práctica de conjugar todos los intereses: los de Ia

2 Ots, o.c., p . 5 2 5 ; S o l ó r z a n o , D e Jndíarum íure v o l . 2 l.i c . 2 6 n . 1 2 - 1 6 p . i Q 2- i 93 *


3 fil P. José de A cnsta y las Misiones ( M a d r i d 1942) P ■
4 J Ir loria da! P n ú. Virreinato p . 41.
s ( 'A. I t o b r a d e la n o t a m nof.a 8 }. D e procurando Indorum salutr ( ¡ 5Q6) 1.3
C.l 7. Posición de los indios ante la ley civil 175
crjs tia n iz a c ió n , la libertad personal, un trabajo moderado y humano,
las c o d ic ia s o apuros económicos de los encomenderos, directores
de minas, obras públicas y obrajes diversos.
Machos comprenden bajo el nombre de mita, institución pe­
ruana, lo que significa alquiler forzoso, equivalente a lo que en
Méjico se designaba por cuatequil. Los incas la utilizaban para
rnuchas cosas, y los españoles continuaron esa tradición, acomodán­
dola a su tiempo. Como no se veía el modo de obtener una sociedad
tan característica como la hispanoamericana con otros modos de
s u b s is te n c ia , se trató de mejorar el sistema, mientras se llegaba
a una mayor asimilación de las distintas capas sociales y a un mayor
avance técnico.
Los misioneros, los estudiosos de la vida indígena, muchos
empleados de la administración española y diversos historiadores
nos describen la realidad de esas instituciones y su evolución p ro­
gresiva. Finalmente, la Recopilación de Indias se refiere continua­
mente a su funcionamiento, con derechos y obligaciones, pero sin
darnos, como es su costumbre, la definición de las instituciones,
sino sólo su funcionamiento y los abusos que hubiera que corregir
0 castigar.
Citemos únicamente la mita minera, especialmente la del Perú,
legislada fundamentalmente por el virrey Toledo, que tenía enorme
importancia por las minas de Huancavelica y Potosí, base mayor
de la aportación anual de plata a la península durante muchos
años 6.

T rib u to s de los indios.— Se fueron estableciendo pronto, ya


desde Colón, con variaciones locales ante las nuevas circunstancias.
Los primeros colonos debieron pagar un peso de oro p o r cada indio
repartido. Se recomienda insistentemente que se moderen los tri­
butos directos de los indios, se les exime de ellos durante varios
años (diez en general) desde su conversión, y sólo más tarde, esta­
blecido ya en sus líneas generales el nuevo estado de cosas, se pueden
f'jar mejor sus condiciones, como se ve en la Recopilación. Ya en la
primera ley del título quinto (1.6 ) se resume así: «Que repartidos
y reducidos los indios, se les persuada que acudan al rey con algún
moderado tributo». Se especifica luego que tributen los mitimaes,
Yanaconas (de servicio personal), los que han cumplido dieciocho
anos, los hijos de indias y negros, los que trabajen en agricultura,
0 ,lc\K's, estancias, los que tuvieren algún oficio, etc. Luego se deter­
minan detalladamente cuantías y procedimientos.
i a se puede suponer lo que todo eso contenía de odiosidad,
j-onio en casi todas partes, y más cuando se tributa a una casta o
l^'on dominante, y los trabajos de los misioneros en conseguir
t[ v n'lc’ ° ,Cs condiciones para sus indios, tanto de cantidad como
1 U)ndieiones de pago. Las tasaciones de tributos fueron siempre
ac°ntecimiento.
"''lis',*! ^AMos, o.c., p.324-330, con buena síntesis. Con más extensión en los trabajos refe-
n n Us ‘ Vll,!v v T o l e d o y en Polo de O nd eg ard o, Acosta, C o b o , relaciones d e virreyes, m isio -
’ ' c l' s ui\ tt'tna constante de información o consulta.
176 hitrodacción general

Participaban también los indios en los diezmos, aunque con


miramientos legislativos.
En la Recopilación se obligó a tributar a los negros y mulatos
que por cualquier motivo hubieran conseguido la libertad, fiján­
dose su cuantía en «un marco de plata en cada un año más o menos»
Es natural que este tema sirviera de causa o pretexto para diver­
sos levantamientos, como ocurrió también en España, y más, una
vez iniciada la campaña por la independencia, hasta que las Cortes
de C ádiz decretaron su abolición. Pero, naturalmente, ningún erario
público puede vivir sin impuestos en una u otra forma, y, en gene­
ral, se puede decir que, si muchos criollos y algunos de los otros
elementos sociales ganaron con la independencia, al administrar
ellos sus propios presupuestos, los indios en general no consiguie­
ron apreciables mejoras durante largos períodos de tiempo.
En el siglo x v m se urgió el tributo a los indios que vivían al
servicio de eclesiásticos en el P e rú 7 y hubo dificultades diversas
por pagos en especie y no en dinero.

C A P I T U L O X V I I I

Organización eclesiástica de las Indias

L a nueva sociedad hispanoamericana.— Las vicisitudes de la


conquista y colonización indiana habían transformado en pocos
decenios profundamente el aspecto humano del continente. Es uno
de los rasgos americanos que no debemos perder de vista al historiar
la labor de la Iglesia por las tierras de Colón.
El mestizaje hispanoamericano, o si se quiere europeoamericano,
en plan más general, pues hubo bastantes representantes de diver­
sos países europeos entre los marinos, conquistadores, misioneros,
comerciantes y colonos desde los primeros años del d e sc u b r im ie n to ,
se fue desarrollando no sólo en el aspecto humano o racial, sino
también en el religioso, cultural, artístico y económico, fenómeno
que continúa mucho más fuertemente desde el siglo xix.
Ya a los cuarenta años de la conquista del Perú, el país había
sufrido una transformación fundamental. Por eso creemos que son
de interés ciertos datos suministrados por el cosmógrafo del C o n se jo
de Indias, Juan López de Velasco, referentes a los años 1571 al 1 574 »
en su Geografía y descripción de las Indias
«En todo lo descubierto y poblado hasta el año setenta y cuatro,
cuando se acabó esta suma de recopilar, había doscientos pueblos
de españoles, ciudades y villas con algunos asientos de minas en
forma de pueblos, y en ellos y en las estancias de ganados y otras
granjerias, cerca de treinta y dos mil casas de vecinos e s p a ñ o l e s ,
los tres mil encomenderos, y los otros, pobladores mineros, tratantes
y soldados; y ocho o nueve mil poblaciones, naciones o parcialida-
7 O ts, o c ., p . 49 5-494.
1 Publicada por Justo Zaragoza en 1894, Madrid.
C.18. Organización eclesiástica de las Indias 177

jes de indios, que no se pueden sumar, porque la mayor parte


están por reducir a pueblos, en los que y en todo lo que está de paz,
en cuanto buenamente se ha podido averiguar por las tasaciones,
hay millón y medio de indios tributarios sin sus hijos y mujeres,
y sin los viejos y por casar, y sin los muchos que se esconden y se
dejan de contar en las tasaciones por no tributar, y sin los que no
están pacíficos, los cuales todos están repartidos como en tres mil
y setecientos repartimientos de su majestad y de particulares, de
quienes son la mayor parte, y como cuarenta mil negros esclavos,
y mucho número de mulatos y mestizos» 2.
Para ver la amplitud del mestizaje en aquellas primeras décadas,
vemos que fray Antonio de Zúñiga calculaba en 1579 que, de
3.000 niños de las escuelas en Q uito, 2.000 eran mestizos 3.
Durante los dos siglos siguientes continuó el proceso, al m ism o
tiempo que aumentaba sustancialmente el porcentaje de los negros
en las Antillas, costas tropicales y diversos otros puntos.
Comparemos, por ejemplo, estos datos para la ciudad de Lim a.
Se calculaban en
1570 1791 = 52.627 habitantes

62,5 por 100 indios 32 por 100 españoles


30 por 100 negros 6 por 100 indios
7,5 por 100 españoles 45 por 100 mestizos
17 por 100 negros
En 1931, después de un siglo largo de independencia, las p ro ­
porciones de 1791 continuaban casi del mismo modo, con la e x ­
cepción de añadir amarillos a los negros. D e un censo de 275.908 h a­
bitantes, eran
94.998 = 34,4 por 100 blancos
15.719 = 5,7 por 100 indios
8.244 = 3 Por 100 negros
12.417 = 4,5 por 100 amarillos
144.527 = 52,4 por 100 mestizos4.
El enorme aumento de población de las ciudades de la A m érica
hispánica durante los últimos decenios, debido más a la fuerte
natalidad que a la inmigración extranjera y al éxodo rural en las
mismas naciones, habrá modificado fuertemente algunos de esos
porcentajes.
Se calcula en unos quince millones, tal vez hasta diecinueve,
e'* número de habitantes de las Indias occidentales españolas en
momento de su independencia, de los que unos ocho millones
SCI ian indios y seis millones mestizos. El elemento español y criollo
predominaba en las ciudades, fenómeno general en las coloniza-
1 l°nes, pero impulsado en este caso fuertemente por la legislación,
jlue coartaba mucho o imposibilitaba la permanencia de los peninsu-
a,Cí c >Ure los pueblos y reducciones de indios.
; ¡bid. p .a s -a 6 .
*1 p | c - *n - Hist. España, vol.94 p .87-121.
O lien d o en Ibero-Amerikanisches A rchiv 10 (1936-1937) 318-322.
178 Introducción general

Organización episcopal.— Llama la atención la rapidez con


que se fueron creando nuevas sedes episcopales en la A m é r ic a
española, en marcado contraste con su lentitud en las posesiones
portuguesas durante el siglo xvi.
Ya en 1574 podía escribir el cosmógrafo López de Velasco
(o.c. [44-45] p.2 y 458): «El estado espiritual se divide en cuatro
arzobispados y veinticuatro obispados y una abadía, en los cuales
todos hay trescientos y sesenta monasterios» 5. El arzobispado más
extenso, Lima, contaba con las sedes sufragáneas de Nicaragua,
Panamá, Quito, El Cuzco, Los Charcas, Tucum án, Santiago de
Chile e Imperial.
Hemos indicado, al hablar del patronato real, el origen de las
primeras sedes episcopales americanas, de accidentada historia por
la concesión del patronato. Concedido éste, presentó el cardenal
protector una relación en el consistorio del 8 ó del 14 de agosto
de 1511 para suplicar y motivar la erección de Santo Domingo,
Concepción y San Juan de Puerto Rico, con la supresión previa
de las tres anteriormente fundadas 6.
D on Fernando el Católico concedió en un acuerdo de Burgos
la redonación de los diezmos a los nuevos obispos, el 8 de mayo
de 1512. Pero fray García de Padilla, el primero de los tres nom­
brados obispos americanos, el primero en consagrarse, y designado
para Santo Domingo, no pasó a Indias. Por eso el primer obispo
que llegó efectivamente allá a posesionarse de su sede fue don
Alonso Manso, el que ordenó de presbítero, según parece, a fray
Bartolomé de las Casas, que le recuerda luego en su Historia 7.
M urió el 27 de septiembre de 1539 8.
La diócesis de La Concepción estuvo unida durante mucho
tiempo a la de Santo Domingo por bula de Clemente VII.

E reccio n es de diócesis.— La lista de las erecciones e p isc o p a le s


de lo s primeros setenta años se divide así por pontificados:

Julio II: Santo Domingo, Concepción de la Vega y San Juan de


Puerto Rico (días 8-13 de agosto de 1511).
León X: Panamá (9 de septiembre de 1513) (Santa María de Darién
al principio).
Jamaica (abadía) (15 de mayo de 1515).
C u b a (1 r de febrero de 1517).
Puebla (24 de enero de 1519).
Tierra Florida (5 de diciembre de 1520).
Clemente VIí: Patriarcado (11 de mayo de 1524).
Méjico (2 de septiembre de 1530).
Nicaragua (26 de febrero de 1531).
Venezuela (21 de junio de 1531).
Comayagua (6 de septiembre de 1531).

5 O.c. (44-45) p-2 y 458.


6 S e r o j o M é n d e z , o . c . (ms. ) p . 6 9 l.;j c . i . .,
7 Obras v o l . 2 ( M a d r i d 1 ^57) p . J 7 J : «éste c o g n o s c l y o m u c h o y era m u y r el i gi os o y tcma<
por justo, p u e s t o q u e e n las cosas t e mp o r a l e s n o m u y expert o». Y en otras o c as i ones .
8 Sergio M éndez, o p. 74.
C.18. Organización eclesiástica de las Indias 179
Santa Marta (10 de enero de 1534)-
Cartagena (24 de abril de 1534)-
Paulo III: Guatemala (18 de diciembre de 1534).
Oaxaca (21 de junio de 1535).
Michoacán (18 de agosto de 1536).
El Cuzco (8 de enero de 1537)*
Chiapas (19 de marzo de 1539).
Lima (14 de mayo de I541)-
Quito (8 de enero de 1546).
Arzobispados (11 de febrero de 1546) 9.
Popayán (27 de agosto de 1546).
Asunción (1 de julio de 1547 )-
Guadalajara (13 de julio de 1548).
Julio III: La Plata (27 de junio de I 55 2)-
Pío IV: Santiago de Chile (27 de junio de 1561).
Verapaz (27 de junio de 1561).
Yucatán (19 de noviembre de 1561).
Concepción (22 de marzo de 1564).
Santa Fe (22 de marzo de 1564) y arzobispado.
Pío V: Tucumán (10 de mayo de iS7°)-
Gregorio XIII: Arequipa (15 de abril de 1577).
Trujillo (15 de abril de 1577).
Manila (6 de febrero de 1579).

Desde entonces se señala una pérdida de velocidad en las erec­


ciones de nuevas sedes, hasta 1595, en que se crea la provincia
eclesiástica de Manila, con las sufragáneas de Cebú, Nueva Segovia
y Cáceres, que constituye la jerarquía filipina por más de dos
siglos. Con Felipe III hay nuevas erecciones en los pontificados
de Clemente VIII y Paulo V: en 1605, Santa C ruz de la Sierra;
en 1608, L a Paz; en 1609, Huamanga (hoy Ayacucho), y en 1620,
Buenos Aires y Durango en la Nueva España. Sigue luego una larga
interrupción hasta el reinado de Carlos III, en que se reanuda el
proceso de nuevas erecciones: 1777, N uevo León (Méjico) y M é-
nda de Venezuela; 1779, Sonora (hoy Hermosillo, en M éjico);
*786, Cuenca (Ecuador); 1787, La Habana; 1790, Santo T om ás
de la Guayana, hoy Ciudad Bolívar, en Venezuela; 1805, M aynas,
hoy Chachapoyas, Perú; 1806, Salta (Argentina).
En cuanto a las sedes metropolitanas, a las cuatro de Am érica
del siglo xvi se agregaron otras cuatro: Charcas (hoy Sucre), en
1609; Guatemala, en 1743; Santiago de Cuba y Caracas, en 1803.
Estos últimos datos nos hacen ver que, desde fines del si­
g lo x v i i i , se había emprendido de nuevo el proceso de erigir nuevas
sedes episcopales, como una confirmación oficial del rango que
•ban adquiriendo las nuevas ciudades y del aumento de población
y de riqueza que se iba observando en el continente. L o que sin
duda hubiera llevado a cabo el anterior régimen, de haber durado
a‘gun tiempo más, lo emprendieron pronto las nuevas naciones

h¡ ° j n Anuario Pontificio (1062. etc.) dice: Lim a, 12 febrero 1546; Santo D om ingo, arzo-
P>Klo, 1545; metropolitana, 25 septiembre 1 9 5 3 -
180 Introducción general

originadas de la desmembración hispánica, varias de las cuales no


contaban aún con provincia eclesiástica propia, entre ellas la Argen­
tina. H oy día, con el enorme crecimiento de la población, no igua-
lada ni remotísimamente con el aumento del clero, las sedes ame­
ricanas se multiplican a un ritmo extraordinario, dandQ la sensa­
ción de acaparar buena parte de los Acta Apostolicae Sedis para
constancia de sus cambios territoriales en circunscripciones ecle­
siásticas.

Elección y presentación de obispos.— El problema general


de la elección del episcopado americano no ha sido acometido
aún en toda su complejidad, aunque se van publicando libros o
artículos que, en forma monográfica, nos van dando partes impor­
tantes de su evolución y de sus principales características.
Monseñor Sergio Méndez nos proporciona un estudio bien
hecho acerca de la tramitación de las nuevas sedes y presentaciones
a los obispados hispanoamericanos 10.
El rey tenía el derecho de suplicación, y sólo esor para la erec­
ción de las nuevas sedes episcopales. Además de su facultad para
admitir o no esas demandas (Gregorio XIII negó en 1573 la eleva­
ción a metropolitana de Guatemala en el consistorio, por creer
que la tasa adjudicada para ello no correspondía a la riqueza de la
sede), el Papa podía dar o negar al obispo presentado la facultad
de erigir dignidades dentro de su diócesis, y se reservó la de cam­
biar los límites dicesanos fuera de los casos en que expresamente
había concedido tal facultad al rey. A éste quedaba reservada la
dotación de las diócesis en las erecciones, concedida por Alejan­
dro VI y concretada en la aplicación de los diezmos bajo Julio II,
con la excepción de los metales, piedras y objetos preciosos.
Con la aquiescencia del rey a las órdenes o concesiones de
Roma, y la ejecución por parte del primer obispo del decreto
pontificio, comenzaba la vida legal y jurídica de la nueva diócesis.
Con algunas modificaciones coincidentes con el fin del concilio
Tridentino, y especialmente con la profunda innovación introducida
por Sixto V el 22 de noviembre de 1588, con la creación de las mo­
dernas Congregaciones cardenalicias, la administración eclesiástica,
y, naturalmente, el asunto de las erecciones de nuevas sedes y de la
presentación de los nuevos obispos, conoció otras formas de pre­
paración y tramitación. Como ya lo indicamos en otra ocasión, la
actitud de Felipe II después de la Junta Magna de 1568 y de la
cédula real de 1574 sobre el patronato, respondió también a una
definida toma de posición en las relaciones de Madrid con r e s p e c to
a Roma en lo tocante a la Iglesia hispanoamericana.
La tramitación en Roma de nuevas sedes episcopales y de pre­
sentación de nuevos obispos seguía en el siglo xvi, hasta Sixto V,
un complicadísimo camino, síntesis de los esfuerzos hechos para
impedir falsificaciones, llevar con claridad los asuntos, poder com-
10 Sergio M é n d e z en los capítulos 2 y 4. mientras que en el 3 traza en síntesis la historia
de las erecciones hasta 1579.
C .l8, Organización eclesiástica de las Indias 181

robar siempre bien todos los trámites, cobrar oportunamente las


j^sas establecidas y vigilarse mutuamente unos empleados a otros.
jvra una complicación burocrática, pero la historia había enseñado
que no había más remedio que recurrir a ella para seguridad de
todos y evitar abusos.
«El embajador (español) en cargo recibía una cédula firmada
por el r e y , contrafirmada por el secretario real para el Consejo de
Indias y rubricada por los miembros del Consejo. En ella se le
hablaba brevemente del asunto, y se le decía que, con la carta de
credencia adjunta, se presentase al Papa a suplicarle, en nombre
del re y, se dignase erigir la nueva iglesia. Esta cédula ya tenía un
sabor formulístico en tiempos del rey Fernando. Todas las de
Felipe II son idénticas. El rey tiene un gran deseo de la conversión
de los indios; existe una provincia que el rey ha mandado o manda
poblar y no tiene al presente ninguna iglesia episcopal; presenta
para obispo a una persona de quien tiene muy buena información,
y su p lic a al Papa que erija un obispado; encarga al embajador la
mayor brevedad posible» 11.
Así se envía a Roma toda una serie de documentos necesarios
para cada parte de lo que se pide: memoriales, estado del territorio
en cuestión, cualidades de la persona designada con los diferentes
comprobantes y todo lo que exigía la burocracia, tanto del rey
como la del Papa. Si éste aceptaba dar curso a la petición, comenzaba
la tramitación en Roma por medio del cardenal protector de Castilla
(España tenía entonces cardenal protector también para Aragón
y Nápoles, y luego para Portugal).
Había que comprobar que todo estaba en regla y la veracidad
de las informaciones, con la dificultad de encontrar en la Ciudad
Eterna quien conociera América o los asuntos americanos. Había
que evitar también reclamaciones de terceros.
Después venía la relación consistorial, hecha por el cardenal en
el consistorio de turno, en dos días diferentes para poder pensar lo
propuesto y votar el segundo día. Los cardenales presentaban sus
reclamaciones y no se privaban con frecuencia de cierta dureza
al presentar o requerir sus exigencias sobre el asunto. Consta que
en varias ocasiones insistieron para que se reclamase ante Felipe II
contra el recurso de fijar siempre la tasa mínima para las iglesias
^dias, cosa aceptable al principio, pero no al desarrollarse las
sedes, especialmente las principales.
Se procuraba el secreto con rigor. Se asentaban los acuerdos en
']S^aCtas h is t o r ia le s . Este documento «nos da el año, el mes y
^ cua de la semana, el lugar del palacio en que se celebró, muchas
Cces los nombres o el número de los cardenales asistentes, el car-
l enal relator, el modo de la designación (súplica real, etc.). M ás o
nos nbreviadas tenemos las cláusulas de los privilegios conce­
j o s . En todas se deberían poner las tasas y los frutos» 12.
°n ía mucho influjo el cardenal camarlengo, puesto ocupado
11
1
S \ 1'
\ i p-30.
L‘ N W Í 7. . O. C .,
o.c., p.38-30.
182 ¡HlroJutiiÓH general
por turno por Ion cardenales durante un uño. «Las acta* conjunto,
ríales son un complemento necesario ele las bulas de erección y
provisión de nuestras diócesis, porque nos dan la acción que pre.
cedió al decreto, para la cual son en la mayor parte de lo» cano,
una fuente única» 1
Después del consistorio, el cardenal protector hacía redactar
la cédula consistorial, y comenzaba el largo camino de redacciones
y confrontaciones y añadiduras de todos los elementos indispensa­
bles para la valide/ de las bulas, sus copias, catalogación y archiva-
ción, en todo lo cual entraban muchos personajes, desde el agente
real y el vicecanciller que autorizaba, en nombre del Papa, la expe­
dición de las bulas, hasta los últimos copistas y confrontadores K
Por lo demás, no es necesario insistir en lo que significan la»
noticias e informes consignados en las bulas. Es lo que se ha reco­
sido de los informes, sin asegurar demasiado su exacta veracidad,
En cuanto al registro propio de la cancillería, es el hoy llamado
Lateranense, donde fueron registradas todas las bulas de erección
de las diócesis de Indias en el siglo xvi, fuera de la metropolitana
de Santa le .
Para los pagos necesarios se iba a la Cámara Apostólica.
Todo esto aseguraba el buen funcionamiento de la máquina
administrativa romana y explica algunos retardos inculpables, con
la natural impaciencia de los interesados, en un siglo de lentas
comunicaciones.
Añadamos a todo esto el problema de la dotación de las nuevas
sedes, que produjo numerosos roces entre las cortes romana y
española, queriendo aquélla subirlas al cabo de unos años y esfor­
zándose la madrileña por mantener las antiguas. No es extraño
que con las noticias, cada día en aumento, de las riquezas de Méjico
y más de las del Perú desde la explotación intensiva de las minas
de Potosí, y de las riquezas que traían a Sevilla las flotas indianas,
no creyeran los empleados romanos en la pobreza de aquellas sedes.
Todo ese forcejeo es un buen elemento para el historiador que quiere
entrar en el detalle de los intereses mutuos, e ilumina muchos otros
aspectos de las relaciones diplomáticas entre España y el pontificado
durante aquellos tiempos l5.
Influjo de los Romanos Pontífices en Hispanoamérica.-"
Traslaciones de sedas diocesanas. Ya se sabe que la Iglesia no cons­
tituye sedes episcopales en los tiempos modernos sino en ciudades
de cierta importancia, normalmente las que ya son cabeza de cir-
conscripciones civiles, llámense provincias, departamentos, estados,
cantones, etc., a no ser que algunos de esos territorios sean muy ex­
tensos y poblados, y entonces hay que proceder a subdivisiones. Uní'
camente en países misionales, y, espec ialmente, en aquellos donde
no existían ciudades propiamente dichas hasta hace pocos decenio1*'
1 * IhíH , p 40,
14 J U ' i , \) y ; (#'i Al » ! p u i ' í l r n I m I I . i í c Irr, í l H , i l l r . ni/in i n l r i r N í i n l r N n n l m* l¡r> ImiIíi» Y 81
t , inferno*-; y f / l r m o M
l* íntrr<’';#<nfr'i ' ,4 |> \h'j 18$,
C.lff. Organización eclesiástica de las indiat 183
han erigido sede» episcopales en localidades que, dentro de la
dignificación del país, prometían llegar a convertirse en centros na-
jonale» o regionales. ,
En América, al principio, pasaba lo mismo en ca«r todas partes.
Sólo Méjico y el Perú conocían ciudades que pudieran llamarse tales.
Por eso no es extraño que en las primeras décadas se pensara en
erigir, y erigieran de hecho, sede» episcopales en aldeas que pro­
metían convertirse en ciudades, pero que por un motivo u otro fue­
ron vencida» en la preeminencia civil por otras mejor situadas o con
más recurso» humanos que las hicieron prosperar.
fin cuanto se iban estableciendo cristiandades de alguna impor­
tancia , los reyes pensaron establecer allí sedes episcopales propias,
como una medida de importancia no sólo para la vida religiosa, como
es evidente, sino aun para la civil, que ganaba prestigio, cultura
y movimiento.
Por eso la mayoría de las traslaciones de sedes tienen lugar
al principio, en el primer medio siglo de episcopado eficiente, porque
más tarde era más fácil acomodarse a las circunstancias locales.
En todo esto la iniciativa procedía del rey y del Consejo de
India», que a su vez recibían informes e impulso de los personajes
establecidos en las regiones de que se trataba, autoridades u otras.
No se conocen casos de iniciativa pontificia por falta de informes
directos.
Kn la isla de Cuba, el obispado del mismo nombre, establecido
al principio en Asunción, fue trasladado a Santiago de Cuba por
Adriano VI, por breve firmado en Zaragoza el 28 de abril de 1522.
I'l de Yucatán se traslada a Tenuxtitlán o al lugar que el empe­
rador designare, según concesión de Clemente VII, con facultad al
mismo Carlos V de determinar durante dos años la sede de las diócesis
t:ri|riduB por este Papa.
No se conoce ni la fecha exacta ni el documento pontificio que
autorice el traslado de Santa María de la Antigua (Darién) a Panamá.
Se hizo nueva erección para Castilla del Oro, que no existía como
ciudad.
la sede de Michoacán desde Tzintzuntzán a Pátzcuaro
Se t r a s la d ó
111 autorizada por Julio III cn 8 de julio de 1550.
1 laxcala se trasladó a Puebla. No Re conoce la bula, y sí la fecha
dd decreto del obispo en 1539, y la de la cédula real de 1543.
Compostela, en Nueva Galicia, se trasladó a Guadalajara, según
Parece, en 1570. Hubo petición real.
t Pío V dio facultad para trasladar otra vez la sede de Michoacán a
•uayanguareo, y luego a Valladolid, hoy Morelia. La Corte española
■" uso recibo del permiso romano en 6 de mayo de 1572.
^ueatán se trasladó a Mérida.
'-n época posterior se trasladó la sede de la Imperial, en Chile,
Slr,u'tfil í>or Í()Hacúcanos, a Penco, próximo a la actual Concepción,
‘ 7 <u- febrero de 1603, y a Concepción el 8 de diciembre de 1754.
1 sede de Venezuela, establecida en Coro al principio, pasó a
■-l|ac'as el 20 de julio de 1637.
184 Introducción general

La, erección catedralicia .— Así era llamada la erección de los be­


neficios y dignidades de cada diócesis hecha por el obispo como
comisario apostólico, la distribución de los diezmos y los estatutos
diocesanos. Se decía también «auto de erección»
Estaba reservado al Papa la erección de las dignidades de un
capítulo y la misma institución colegial; al obispo, el erigir las canon­
jías y los demás beneficios.
Los Papas no cedieron en dejar al arzobispo de Sevilla, sino a los
mismos primeros obispos de las sedes americanas, la erección de lo
que creyeran conveniente para el bien de las almas, aunque sí a que
ningún beneficio fuera erigido sin consentimiento real. Fuera de
esto, poco intervinieron efectivamente los Papas en las erecciones
de América.
Una cuestión episcopal que preocupó a Felipe II fue la de hacer
obispados de regulares la mayoría de las de América, quedando sólo
para el clero secular los grandes obispados, como Méjico y Lima.
Los Pontífices se opusieron a esto y la cosa siguió como antes.
Actitud concreta de algunos Papas en los asuntos eclesiás­
ticos americanos durante la primera colonización.— La actitud
de los primeros pontífices que tuvieron que intervenir en la organi­
zación episcopal americana puede quedar incompleta y erróneamente
concebida si se urge demasiado el hecho, también cierto, pero con
sus debidos límites, de la omnipresencia del patronato real en Indias.
Los Papas tenían conciencia de su poder y jurisdicción también
en América, y no pensaban ceder en las cuestiones más eclesiásticas,
aunque por el patronato ya concedido y la costumbre bastante ge­
neral no se inmiscuyeran directamente en los asuntos diarios. Como,
por otra parte, los reyes continuaron pidiendo siempre a Roma los
permisos o poderes necesarios para las innovaciones, las confirmacio­
nes de los concilios, las presentaciones de los nuevos obispos, las
súplicas para las nuevas sedes, etc., los Papas estudiaron en cada caso
las razones que hubiera para acceder a las diversas peticiones y re­
chazaron bastantes de ellas.
León X, bastante fácil en admitir las nuevas sedes episcopales
pedidas, se negó a conceder la de Paria, pedida por Carlos V, y cn
varios de los documentos se pueden ver asomos de oposición a la
práctica del patronato, tanto en lo que dice más o menos veladamen-
te como en lo que omite. Intentó inútilmente enviar «colectores»
a Indias 17, como unos nuncios menores, que, además de proveer
a los recursos económicos de la Santa Sede, pudieran informarle
más directamente.
Adriano VI, por su cargo de agente de Carlos V en España antes
de la venida del rey, y luego como regente, conoció los asuntos de las
Indias y trató de ellas en los Consejos. Por eso se esperaba m u ch o
de su acción en esta parte, tanto más cuanto que su espíritu e clesiá s­
tico y reformador no hubiera permanecido ocioso ante sus problemas.
Lo más sonado de su breve pontificado para América fue el famoso
i*» M éndez , p.20i. 1 7 l b l c l ,, p.215-216
C.ltí. Organización eclesiástica de las Indias 189
kreve Exponi Nobis, llamado Omnímoda, acerca de los privilegios
je los religiosos misioneros, con exención de los ordinarios de lugar.
A u to r iz ó diversas medidas y deseó tener noticias de allá.
Clemente VII, en dura y fatal lucha con Carlos V al principio,
e r i g i ó numerosas sedes nuevas y parece conceder mucho a veces

como en la erección de Méjico, mientras que se opone a la de


Túmbez, en el Perú.
Paulo III erige varias sedes y, del mismo modo, los primeros arzo­
bispados. Es más conocido ahora por su bula Sublimis Deus, cuyas
peripecias tocamos en otra parte.
Julio III exigió aumento de las tasas de las Indias occidentales,
que interpretan algunos como deseo de más recursos de Indias para
el fausto de la Santa Sede. No sabemos su reacción ante las peticiones
de algunos indígenas de representantes papales, interpretando, sin
duda, más la mente de sus misioneros que la suya propia.
La rigidez de Paulo IV y sus luchas con España le privaron de la
ocasión de intervenir con eficacia en Indias durante sus cuatro años
de pontificado, mientras que su sucesor Pío IV erige muchas diócesis,
concede diversas peticiones reales y se niega a otras.
El Papa misionero de esta época es Pío V, por su interés personal
en favor de la labor misional de entrambas Indias. Establece la
primera Congregación de Propaganda Fide y escribe cartas exhorta­
torias a diversos nuevos gobernadores o virreyes. Se opone a algunas
peticiones de Felipe II, concede facultades para cambios de límites,
sin abandonar del todo su facultad de intervenir. Su sucesor, G re­
gorio XIII, favorece del mismo modo las misiones, sin mostrarse, por
lo demás, favorable a ciertas peticiones de la Junta Magna. Se mues­
tra equidistante entre una poco menos que entrega a los deseos del
rey y una oposición intransigente. Durante su pontificado cristaliza
definitivamente el sistema eclesiástico americano, en parte contra
sus deseos.
Creemos, con Méndez, que la actividad demostrada por los Papas
en asuntos americanos rara vez responde a una conciencia misional
activa en este período, sin negarla en algún grado. Por eso, el aumen­
to de la jerarquía eclesiástica y la fundación de nuevas misiones o
centros diversos benéfico-docentes no llevan la impronta de una
lniciativa romana, sino o local o española. En cambio, los Papas se
muestran siempre dispuestos a toda iniciativa generosa propuesta
Por reyes, obispos y misioneros, ayudan a veces a ellas en las Indias
occidentales y desean mayor comunicación con las iglesias ultrama-
’ >nas. Generalmente son desprendidos y no buscan intereses mate-
•íalcs fuera de algunos momentos en que, por otra parte, una mayor
contribución de las nuevas Iglesias a los gastos generales de la curia
comenzaba ya a ser posible, y hubiera facilitado otros contactos
b¡tS CsP*l ^uales ° eclesiásticos. Las noticias de Indias eran muy
, °n recibidas en Roma, lamentando sólo una escasez difícil de
toinprender.
T
U . '°s episodios de oposición a medidas que parecían pasar los
'ttites ya amplios de un patronato tendente a la absorción demues-
186 Introducción general

tran que los Pontífices continuaban siendo los rectores supremos de


la Iglesia, no pensando en abdicar o disminuir lo que les restaba de
facultades interventoras.

E l episcopado americano del período hispánico.— Son fre­


cuentes ahora los estudios históricos acerca de muchas de las perso­
nalidades más relevantes de aquel episcopado o de las mismas dió­
cesis interesadas. Esto hará viable el día de mañana la redacción de
la gran historia, exacta en lo posible en estas materias, que todos
aguardan con impaciencia.
A n te una impresión de conjunto podemos adelantar algunas
id eas, en las que vemos coincidir a historiadores y tratadistas 18.
El episcopado hispanoamericano, en general, es digno, religioso,
celoso de las almas, de su clero y de la Iglesia, y contribuye aprecia-
blemente a la buena marcha de los asuntos eclesiásticos y civiles.
Algunos descuellan por su cultura, erudición, formación teológica
o jurídica, por su amor a las artes y ciencias, y aun desempeñan
cargos civiles.
U na buena parte, especialmente durante los primeros tiempos,
proviene de las órdenes religiosas, cuya reforma, donde hizo falta,
había sido ya acometida oportunamente en España desde los tiempos
de los Reyes Católicos, y se perfeccionó durante la restauración
católica que siguió al concilio de Trento.
Era muy frecuente que el presentado, según se hizo notar hablan­
do del patronato, fuera directamente a Indias antes de haber reci­
bido las bulas, y allí, a instancias del Consejo de Indias y del rey,
que «rogaba y encargaba» al cabildo catedral correspondiente a que
le aceptaran como subdelegado suyo mientras llegaban las bulas
pontificias, gobernaba la diócesis hasta que pudiera ser consagrado
obispo. Era una de las «curiosidades» del ejercicio del Patronato.
Se le entregaba una copia del real patronato para que lo cum­
pliera con exactitud. Basta ver el índice del libro primero de la
Recopilación de Indias, dedicado todo él a asuntos religiosos, para
caer en la cuenta de la parte tan importante que dedica la legislación
a ío relacionado con el episcopado, y de la manera de introducirse
en cuestiones eclesiásticas, en algunas de ellas de modo exclusivo,
de la autoridad civil. Consejos, exhortaciones, órdenes, aun amenazas,
aunque en lenguaje generalmente mesurado, todo entra en aquellas
leyes.
En Nueva España descollaron durante el siglo xvi tres insignes
obispos. Don fray Juan de Zumárraga, don Pedro Moya de Contreras
y don Vasco de Quiroga; en Méjico, los dos primeros; el tercero, en
Michoacán. Los demás no fueron en conjunto de tanta altura. No
conocían demasiado las lenguas indígenas y a algunos les acusan
de ser influidos por sus parientes o de promover pleitos.
Durante el siglo xvrf, el episcopado mejicano, tal vez más uni­
forme fuera de pocas excepciones, parece más mediocre, 110 reúne
concilios a pesar de los deseos manifestados por Felipe III en 1621.se
Cuevas, Ciarcía ícazbalcela, García Irigoyen, Vargas Ugarte, A la m ed a, Zuretti.
C .l8. Organización eclesiástica de las Indias 1S1
modan más ai patronato (tal vez por haberse ya impuesto la cos-
tienen choques con algunos virreyes por interpretaciones del
a^m b r e ) ,
tronato, edifican catedrales y templos y puede decirse que son dig­
nos del honor que reciben del pueblo cristiano. Las cosas se han esta­
bilizado más y no hay tantos choques. Veinticuatro de ellos han
nacido en América, la mayoría en Méjico, proporción bastante ele­
vada para aquellos tiempos. Algo parecido puede decirse de los del
siglo xviii, de los que cuatro fueron virreyes durante algún tiempo.
A veces aparecen con demasiado fausto, dan muestras de servilismo
ante el poder, tienen más comunicación con Roma, enviando sus
relaciones «ad limina».
Con sus defectos y todo, aquel episcopado fue asentando el ca­
tolicismo mejicano, creando sus instituciones benéficas y docentes,
algunos seminarios, asentando la vida parroquial, incorporando a la
vida eclesiástica las regiones de indios que iban siendo más evange­
lizadas, y asegurando la fe y la piedad en el territorio.
Una de las calamidades de aquel período en la cuestión episcopal
fueron las largas vacantes, que si tienen una excusa relativa por las
distancias, no se justifican en tanto grado casi nunca. Se calculan
para el arzobispado de Méjico unos cuarenta y seis años de sede
vacante, treinta y nueve para la sede de Chiapas, treinta y cinco para
la de Michoacán, treinta para la de Yucatán, treinta y dos para la de
Guadalajara, veintinueve para la de Oaxaca, trece para la de Puebla
y quince para la de Durango, en ochenta años. Son números, a todas
luces, excesivos, sobre todo Méjico y Chiapas. Y no puede negarse
que muchas veces intervenía el interés material en prolongarlas,
pues los frutos o iban al monarca o éste los asignaba al cabildo o a
otra entidad o persona.
Es evidente que la formación clerical mejora con los siglos, de
modo que en el xvii y en el xvm hay más abundancia de eclesiásticos
escritores y eruditos. Había más colegios y mejor dotados, y se ini­
ciaban los seminarios y universidades propias.
Lo que decimos de Méjico se puede decir en su tanto del Perú
y otras regiones sudamericanas 1Q.
También allí hubo algunos grandes prelados en el siglo xvi,
desde fray Jerónimo de Loaysa, O. P., primer arzobispo de Lima,
y especialmente Santo Toribio de Mogrovejo (1581-1606), perso­
naje excepcional en la galería de grandes obispos y probablemente
Y Pnmero entre los hispanoamericanos, distinguiéndole, además
su santidad y celo por las almas, especialmente de sus indios,
0 ^os que confirmó centenares de millares, su comunicación directa
c°n Roma (Papa y cardenales), dando un ejemplo de romanidad tan
^lacterístico como el de su lealtad a las autoridades, pero con un
^crupuloso e independiente criterio de obediencia a las leyes ecle­
siásticas generales.
1 Kí"aS caracteráticas episcopales son las mismas indicadas para
l> Ueva- España, encontrándonos con los mismos pleitos, los mismos
v n( ^ Historia de la Iglesia en el Perú del padre V a r g a s U c . a r t e (Burgos 1 9 5 8 - 1 9 6 ’ )
's A ñ ó n a l e s parecidas.
138 Introducción general

roces patronales, el mismo boato circunstancial, las mismas constru


ciones y favor a las ciencias o artes. c

C abildos catedrales. — La erección de la sede, luego metro


politana, de M éjico, ha dado lugar a sospechas de parte de los hi,s
toriadores 20. Deán, arcediano, chantre, maestrescuela y tesorero
fueron las dignidades instituidas por Zumárraga, más diez canoni­
catos. En 1 574 se completó el cabildo, sin aumentar el número de
canónigos.
E l cabildo celebraba reunión dos veces por semana y era el con­
sejero nato del obispo. Contribuía, además, en el coro al esplendor
del culto divino catedralicio. A l principio costó instaurar la vida ca­
pitular plena, como no es de extrañar; hubo casos de capitulares
duramente juzgados por Zumárraga y otros prelados, aunque parece
que en el siglo xv n , y más en el x v m , fueron mejorando las cosas.
Pueden verse detalles muy curiosos en los informes publicados por
los historiadores. Se destinaba la cuarta parte de los diezmos a los
capítulos catedralicios. Por lo demás, no es necesario insistir en ¡os
muchos personajes que dejaron fama de virtud y buenas obras entre
los miembros capitulares de Indias, disminuyendo los pleitos y su
gravedad al pasar el tiempo.

E l clero secular y p arroq u ial.— Algunos historiadores han


iniciado la historia del clero secular en Hispanoamérica 21, tan nece­
saria para comprender la labor de la Iglesia en general, que tiende
a estar regentada por él de forma ordinaria en cuanto una región
tiene ya los elementos necesarios para una vida religiosa normal y
continuada.
Según el padre Cuevas, el día 16 de agosto de 1541 se proveyó la
institución de las parroquias por el cardenal fray García de Loay-
sa, O . P., gobernador del reino durante la ausencia del emperador22.
Pronto vinieron sacerdotes seculares a las diversas regiones ame­
ricanas, reconstituyendo más allá de los mares el espectáculo de un
clero numeroso, no siempre bien formado (con deseo de volver pron­
to de Indias), provisto de capellanías y prebendas, que se contempla­
ban en España. Pero entre ellos había otros muchos que eran el ver­
dadero nervio de la conservación de la fe en pueblos y ciudades,
ayudados por los religiosos.
M uchas de ¡as primeras experiencias del clero secular americano
no fueron felices desde el punto de vista espiritual. Hay que acha­
carlo a la novedad de las circunstancias, al aislamiento inicial, a los
ejemplos vistos, al deseo de regresar pronto con qué vivir en España
y a la escasa formación intelectual y ascética de muchos dc ellos.
A medida que la cristiandad se fue estabilizando m e j o r a r o n
también las condiciones del clero, y mucho más cuando, como uno

20 C u e v a s , o .c ., II p. 107-109 . . ,F7
21 B a y l e , C . , E l C le ro secular y la evan g eliza ción de A m érica ( M a d r i d 1 050); K o d k
V a l e n c i a , V i c e n t e , E l cler>, secular en Sudam erica en tiempo de S a n io T o iib io de Mogrox
A n th o lo g i c a A n n u a V (Rom a 1 9 5 7 ) 3 1 .3 - 4 »5 -
22 Q c , , If p . r j í .
C.18. Organización eclesiástica de las Indias 189
¿e los mejores frutos de la restauración católica tridentina, se in i­
ciaron los seminarios, se fundaron colegios y la Universidad misma
mejoró enseñanza y medios de cultura.
Los obispos Zumárraga, Hoja-Castro de Puebla, el virrey M en­
doza, los concilios mejicanos y limenses, nos dan muestras y pruebas
de esas afirmaciones, con frases a veces fuertes y por las razones in­
dicadas. Pero no hay que olvidar nunca el otro lado, que también
ap arece vigoroso y cada vez más pujante y lozano.
Ya en 1575 había ciento cincuenta y ocho clérigos en la archi-
diócesis de Méjico. Llama la atención que ya entonces se cuenten
entre ellos setenta y ocho del país, junto a setenta y uno peninsulares
y nueve extranjeros. En toda Nueva España habría a fines del si­
glo xvi unas cuatrocientas setenta parroquias, muchas de ellas regi­
das por religiosos.
En la querella con el clero religioso acerca de sus. privilegios y
del traspaso de sus parroquias al clero secular, un provincial francis­
cano, en respuesta a diversas acusaciones de sus contrincantes, les
desafía ante el rey a presentar uno solo que haya escrito una cartilla,
que sepa lenguas, que confiese sin intérpretes, mientras que ellos
tienen cinco estudios (dos de gramática, dos de artes y uno de
teología) 23.
A medida que fue habiendo más clero natural del país, especial­
mente mestizo y aun indio, con el tiempo fue desapareciendo la
dificultad de las lenguas, mejorando la formación y el ejemplo de
vida.
Los colegios de la Compañía de Jesús contribuyeron a lo mismo,
pues muchos de los futuros sacerdotes habían recibido en ellos su
primera formación y conocido entonces su vocación sacerdotal. Así
se explica que en el siglo xvn ya empiezan a florecer congregaciones
de sacerdotes seculares, con reglamentos aptos para llevar una vida
ejemplar y apostólica. Mientras que otros, no pocos salidos de las
órdenes religiosas, daban que hacer a la Inquisición.
Durante el siglo x v m se nota más el aumento numérico de las
parroquias y el paso paulatino de muchas de ellas al clero secular,
cn especial en las regiones septentrionales. Así, en 1755 se contaban
844 parroquias, correspondiendo 202 al arzobispado de Méjico

y 150 al obispado de Puebla, las dos diócesis mejor provistas.


Se ha hablado no pocas veces de las riquezas de este clero,
nabría algunas parroquias mejor provistas por diversos motivos.
V0n todo, véase lo que dice la relación de la visita «ad limina»,
hmiada el 20 de junio de 1767 y enviada a Roma por el arzobis­
po don Manuel Rubio y Salinas:
«Las iglesias parroquiales de la diócesis, que por todas son
c°scicntas dos, como no reciben parte ninguna de los diezmos
ni t'cnen haciendas o réditos, viven tan solamente de limosnas

lin 1' P - I 5 5 - 1 5 7 . Ca rta d c frav Pedro de San Sebastián a F e li p e II. M é j ic o , d c 10 j u -


ll>' isX6.
190 Introducción general

eventuales, y, siendo la mayor parte de ellas tan exiguas, no hay


esperanza de que su pobreza se remedie» 24.
Los prelados de grandes sedes, muchas dignidades catedrali-
cias y diversos beneficiados gozaban de mejores entradas, pero
tampoco les taltaban deducciones y cargas, que restaban no poco
a los números escuetos.
D e todos estos números y relaciones va saliendo una lista de
clérigos beneméritos de la oscuridad en que yacía y dándose a
conocer en diversas historias o escritos con sus virtudes y buenas
obras, cuyos ecos hallarán los lectores en la presente historia.
Si nos fijamos un poco en el Perú, veremos que la situación
numérica del clero era plenamente satisfactoria en muchas partes,
contra lo que se observa hoy día en proporciones casi trágicas.
El virrey G il y Lemos hizo el censo del Perú en 1792, y para la
actual república, más o menos, se dan los datos siguientes: 1.076.122
habitantes en 7 intendencias, 54 partidos, 483 doctrinas y 977
anexos.
La archidiócesis de Lima, según los datos de don Cosme Bueno,
tenía 355.739 habitantes en 139 curatos. La capital, Lima, 52.627 ha­
bitantes.
Según la Guía política, eclesiástica y militar del virreinato, tenía
la archidiócesis, en 1797, 153 curatos y 161 párrocos. En sólo Lima
se contaban 36 beneficiados. El clero secular se componía en total
de 660 individuos en la archidiócesis; es decir, uno para cada 5 1 0
habitantes 25.
Y este clero, según manifestaciones del historiador Vargas Ugar-
te «en su mayor parte estaba formado... por nativos, así fueran
criollos, mestizos y aun indígenas, pues por este tiempo ya algunos
de ellos habían llegado a recibir las órdenes sagradas...»
Desde otro punto de vista, de su posición social dentro de aque­
llas nuevas sociedades políticas en formación, darán idea estos datos
escuetos referentes a la Argentina.

Im portancia del clero a principios del siglo X IX .— En el


momento de la independencia, la importancia numérica, cultural
y espiritual del clero era extraordinaria. El 22 de mayo de 1810,
en el cabildo abierto de Buenos Aires, del que salió el primer go­
bierno nacional, había veintidós sacerdotes. En el primer parlamen­
to convocado en 1812, de treinta y tres diputados eran quince los
eclesiásticos. En el congreso de Tucumán de 1816, que a p r o b ó la
independencia, de veintinueve congresistas, los sacerdotes fo rm a b a n
la mayoría con dieciséis. La fórmula de la independencia fue re­
dactada por el presbítero Antonio Sáenz y firmada por otro pres­
bítero, Castro Barros, como presidente. Otro sacerdote firmó en 1814
el decreto sobre la bandera argentina, mientras que la primera

2 4 C u e v a s , o . c . , vo l.4 p- 9 9 - D
25 V a r g a s U g a r t e , H istoria de la Iglesia en el Perú v o l.5 (Burgos 1962) p.2-3. KcCU o6o.
g u e e n la diócesis ó t D u r a n g o (M éjico) había e n 1765 hasta 257 sacerdotes seculares; en 19
sólo jo i, con una población mayor
C.19- La Junta Magna de 1)68 191

i n s t it u c i ó n , de 1819, está firmada por nueve eclesiásticos, siendo


„ djnfor
Si l Utwi
el famoso
_
deán_ Funes 26. _

Datos semejantes, si no siempre tan importantes numérica­


mente, se dieron en Méjico y en otras de las nuevas repúblicas.

CAPITULO XIX
La Junta M agna de 1568. Diversos elementos de la Iglesia
hispanoamericana
Ocasión de la Junta.— Entre otros méritos que tuvo el padre
Leturia en el estudio de temas hispanoamericanos, fue uno el de
descubrir la importancia que tuvo esta Junta en la vida eclesiástica
de Hispanoamérica y en el reinado de Felipe I I 1.
Después de él han aportado nuevas ilustraciones a su historia
José de la Peña Cámara, en cuanto a la participación de don Juan
de Ovando y de sus ideas, y especialmente don Juan Manzano y
Manzano 2, acerca del problema de la reunión misma de la Junta,
sus componentes y su influjo en la recopilación de Indias, que ya
estaba planeando Ovando.
La parte religiosa, que es la que nos interesa, no ha sido mo­
dificada en sus líneas generales desde 1928, y es lo que trataremos
de resumir para una idea más exacta de las relaciones de la Iglesia
y del Estado en Indias en el momento en que van a fijarse para dos
siglos y medio.
Fue don Diego de Espinosa, obispo de Sigüenza, presidente del
Consejo de Castilla e inquisidor general, que alcanzaría la púrpura
cardenalicia en marzo de 1568, poco antes de la reunión de la Junta,
quien la promovió y aun la provocó al pedir al bachiller Luis Sán­
chez, presbítero, que había vivido en Indias, especialmente en el
Perú, dieciocho años, y que por un motivo u otro se había puesto en
relación con el obispo, que le hiciera un informe de todo lo que
creyera conveniente para remedio de las Indias.
Luis Sánchez escribió un Memorial sobre la despoblación y des­
trucción de las Indias 3. Después de un cuadro fuerte de sus impresio-
nes propone como remedio «una grande junta como conviene a ne­
gocio ^tan importante, donde esté presente su majestad o vuestra
señoría y el propio Consejo de Indias y otros grandes theólogos to-
os por jueces». La idea estaba lanzada y hacia su realización se ca­
mina durante aquellos dos años, culminando por fin en la célebre
Junta que durante cinco meses, a intervalos, fue celebrando sus
tcu monos en un momento decisivo del reinado de Felipe II.
Había pasado ya más de un decenio del gobierno de Felipe II,
centrado sobre España, Flandes e Italia, con las ramificaciones que
pi ° ^uP °nía cn aquel momento. Se iniciaba una nueva etapa en
andes con el duque de Alba, se asistía a la última rebelión de los
^-•1. A l a m e d a , o.c., d. 115,
1 i-i/* * ^
2 .j P 59-100 y 205-232.
\ 0í'?íl dc las Recopilaciones de Indias (Madrid 1050) p.61-107.
^ C)|- doc. in. Hist. Esp. XI (M adrid 1869) 163-170.
192 Introducción general

moriscos y a los últimos grandes esfuerzos marítimos de los turco


se estaba implantando la legislación conciliar de Trento, recién
promulgada, y por lo que hace al Nuevo Mundo, podía considerarse
que entraba en una etapa de paz y asentamiento en todos los órde­
nes. Buena ocasión para un rey, ya experimentado en el gobierno
que ha dado una capital estable a su rein