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Ejercicios subrayado

Ejercicios:

1. Lee los siguientes párrafos del cuento policial La honradez de Israel Gow, de
Chesterton (Texto), y subraya lo más importante. Compara luego tu subrayado con el
sugerido en la solución.

Solución

2. Lee los siguientes párrafos del cuento policial La cruz azul, de Chesterton (Texto), y
subraya lo más importante. Compara luego tu subrayado con el sugerido en la solución.

Solución

3. Lee los siguientes párrafos del diálogo La República, de Platón (Texto), y subraya lo
más importante. Compara luego tu subrayado con el sugerido en la solución.

Solución

para ir a ver a su amigo Flambeau. al contrario: si aún estaba en alguna parte. sería de otro modo. y parecía el límite del mundo. El castillo cerraba el paso de un barranco o cañada.Texto 1 “Caía la tarde —una tempestuosa tarde color de aceituna de plata— cuando el padre Brown. tan oscuro como una bandada de innumerables cuervos. Y el bosque de pinos que se balanceaba en torno a sus verdes torreones parecía. y la tradición calvinista del destino. acompañado de un empleado oficial. al estilo de los viejos ‘chateaux’ francoescoceses. Esta nota de diabolismo soñador y casi soñoliento no era una simple casualidad del paisaje.” “El sacerdote había robado un día a sus trabajos en Glasgow. así como en el voluminoso libro de los Pares. reina de los escoceses. envuelto en una manta escocesa. una de esas nubes de orgullo y locura y misteriosa aflicción que caen con mayor pesadumbre sobre las casas escocesas que sobre ninguna otra morada de los hijos del hombre.” . hacía pensar a un inglés en los sombreros en forma de campanarios que usan las brujas de los cuentos de hadas. que estaba a la sazón en el castillo de Glengyle. Porque en aquel paraje flotaba. todos los indicios hacían creer que permanecía en el castillo. Sin embargo. No quiero decir que se fue a otro país. y era de creer que ya para la época de la reina Victoria. llegó al término de cierto valle escocés y pudo contemplar el singular castillo de Glengyle. aunque su nombre constaba en el registro de la iglesia. en efecto. Porque Escocia padece una dosis doble del veneno llamado ‘herencia’: la tradición aristocrática de la sangre. haciendo averiguaciones sobre la vida y la muerte del difunto conde de Glengyle. Aquella cascada de techos inclinados y cúspides de pizarra verde mar. en estas cándidas palabras: ‘Como savia nueva para los árboles pujantes. tal es el oro rubio para los Ogilvie. en los secretos de los secretos de aquel palacio de mentiras que se edificó en torno a María. Este misterioso personaje era el último representante de una raza cuyo valor. el último Glengyle cumplió la tradición de su tribu. agotadas las excentricidades. haciendo la única cosa original que le qudaba por hacer: desapareció. Pero. nadie lo había visto bajo el sol.” “Una tonadilla local daba testimonio de las causas y resultados de sus maquinaciones. locura y cruel astucia la habían hecho terrible aun entre la más siniestra nobleza de la nación allá por el siglo XVI. el detective aficionado. Ninguna familia estuvo más en aquel laberinto de ambiciones. el castillo de Glengyle no había tenido un amo digno. por comparación.’” “Durante muchos siglos.

tal es el oro rubio para los Ogilvie. envuelto en una manta escosesa. nadie lo había visto bajo el sol.Solución “Caía la tarde —una tempestuosa tarde color de aceituna de plata— cuando el padre Brown. Ninguna familia estuvo más en aquel laberinto de ambiciones. así como en el voluminoso libro de los Pares.” “Una tonadilla local daba testimonio de las causas y resultados de sus maquinaciones. al estilo de los viejos ‘chateaux’ francoescoceses. y la tradición calvinista del destino. y parecía el límite del mundo. Y el bosque de pinos que se balanceaba en torno a sus verdes torreones parecía. una de esas nubes de orgullo y locura y misteriosa aflicción que caen con mayor pesadumbre sobre las casas escocesas que sobre ninguna otra morada de los hijos del hombre. al contrario: si aún estaba en alguna parte. No quiero decir que se fue a otro país. para ir a ver a su amigo Flambeau. por comparación. aunque su nombre constaba en el registro de la iglesia. el castillo de Glengyle no había tenido un amo digno.” . El castillo cerraba el paso de un barranco o cañada. y era de creer que ya para la época de la reina Victoria. haciendo averiguaciones sobre la vida y la muerte del difunto conde de Glengyle. reina de los escoceses. todos los indicios hacían creer que permanecía en el castillo. Sin embargo. Este misterioso personaje era el último representante de una raza cuyo valor. haciendo la única cosa original que le quedaba por hacer: desapareció. llegó al término de cierto valle escocés y pudo contemplar el singular castillo de Glengyle. locura y cruel astucia la habían hecho terrible aun entre la más siniestra nobleza de la nación allá por el siglo XVI. hacía pensar a un inglés en los sombreros en forma de campanarios que usan las brujas de los cuentos de hadas. Pero. el detective aficionado. Porque Escocia padece una dosis doble del veneno llamado ‘herencia’: la tradición aristocrática de la sangre.” “El sacerdote había robado un día a sus trabajos en Glasgow. Porque en aquel paraje flotaba. agotadas las excentricidades. acompañado de un empleado oficial. sería de otro modo. el último Glengyle cumplió la tradición de su tribu. tan oscuro como una bandada de innumerables cuervos. Aquella cascada de techos inclinados y cúspides de pizarra verde mar.’” “Durante muchos siglos. en estas cándidas palabras: ‘Como savia nueva para los árboles pujantes. en efecto. en los secretos de los secretos de aquel palacio de mentiras que se edificó en torno a María. Esta nota de diabolismo soñador y casi soñoliento no era una simple casualidad del paisaje. que estaba a la sazón en el castillo de Glengyle.

aprovechando el trastorno que por entonces causaba en aquella ciudad la celebración del Congreso Eucarístico. el bote llegó a la costa de Harwich y soltó. y llevaba sombrero de paja con una cinta casi azul. y se prolongaba en una barba negra y corta que le daba un aire español y hacía echar de menos la gorguera isabelina.) “Bajo la cinta de plata de la mañana. Nada hacía presumir que aquel chaqué claro ocultaba una pistola cargada. delgado. nada en él era extraordinario. Fumaba un cigarrillo con parsimonia de hombre desocupado.” “No.” . 1985 La cruz azul y otros cuentos. La policía de tres países había seguido la pista al delincuente de Gante a Bruselas. resultaba trigueño. y llevaba sombrero de paja con una cinta casi azul.” “Flambeau estaba en Inglaterra. Pero Valentin no sabía nada a punto fijo. y el más famoso investigador del mundo. Venía de Bruselas a Londres para hacer la captura más comentada del siglo. el disfraz de eclesiástico menor. salvo el ligero contraste entre su alegre y festivo traje y la seriedad oficial que había en su rostro.” “No. No sería difícil que adoptara. No sería difícil que adoptara. y sobre el reflejo azul del mar. jefe de la Policía parisiense. o persona relacionada con el Congreso.Texto 2: “Bajo la cinta de plata de la mañana. que en aquel chaleco blanco iba una tarjeta de policía. Porque aquel hombre era nada menos que Valentin. aprovechando el trastorno que por entonces causaba en aquella ciudad la celebración del Congreso Eucarístico. o persona relacionada con el Congreso. un chaleco.” (Chesterton. jefe de la Policía parisiense. Pág. G. Y se sospechaba que trataría de disimularse en Londres. y sobre el reflejo azul del mar. Su rostro. un montón de gente. y de Bruselas al Hoek van Holland. 11. y el más famoso investigador del mundo. Vestía un chaqué gris pálido. el disfraz de eclesiástico menor. delgado. para viajar. un chaleco. como enjambre de moscas. y de Bruselas al Hoek van Holland. Pero Valentin no sabía nada a punto fijo. K. Venía de Bruselas a Londres para hacer la captura más comentada del siglo. que en aquel chaleco blanco iba una tarjeta de policía. para viajar. Sobre Flambeau nadie sabía nada a punto fijo. entre la cual ni se distinguía ni deseaba hacerse notable el hombre cuyos pasos vamos a seguir. entre la cual ni se distinguía ni deseaba hacerse notable el hombre cuyos pasos vamos a seguir. Nada hacía presumir que aquel chaqué claro ocultaba una pistola cargada. nada en él era extraordinario. Madrid: Hyspamérica. y se prolongaba en una barba negra y corta que le daba un aire español y hacía echar de menos la gorguera isabelina. que aquel sombrero de paja encubría una de las cabezas más potentes de Europa. Y se sospechaba que trataría de disimularse en Londres. Porque aquel hombre era nada menos que Valentin. como enjambre de moscas. La policía de tres países había seguido la pista al delincuente de Gante a Bruselas. Vestía un chaqué gris pálido. Su rostro. el bote llegó a la costa de Harwich y soltó. un montón de gente. resultaba trigueño. salvo el ligero contraste entre su alegre y festivo traje y la seriedad oficial que había en su rostro.” “Flambeau estaba en Inglaterra. Fumaba un cigarrillo con parsimonia de hombre desocupado. Sobre Flambeau nadie sabía nada a punto fijo. que aquel sombrero de paja encubría una de las cabezas más potentes de Europa.

hijo de Nicias. Céfalo me saludó y dijo: —No vienes con frecuencia al Pireo. el padre de Polemarco. Pero ahora te corresponde venir más menudo. El esclavo nos dio alcance y dijo. donde encontramos a sus dos hermanos. Eso es una novedad. Sin embargo. Fuimos pues a casa de Polemarco. Magnífica me pareció la ceremonia de los pireenses. Tan pronto como me vio. en honor de la diosa? —¿A caballo? —pregunté—. . es preciso quedarse. Estaba sentado en un taburete.Texto 3 Libro I Ayer bajé al Pireo (el puerto de Atenas. Y poco después llegaban Polemarco con el hermano de Glaucón. Saldremos después de la cena para verla y nos divertiremos con varios jóvenes a quienes encontraremos allí. hijo de Aristón. pues. —¿Acaso no hay —respondí yo— otra disyuntiva. Entonces Glaucón dijo: —Por lo visto. Sócrates. habrá que obedeceros. que celebraban por primera vez. ordenó a su esclavo que viniese corriendo hacia nosotros y nos rogara que lo esperásemos. que volvéis a la ciudad. Después de orar y contemplar la procesión. con el fin de elevar mis oraciones a la diosa y para ver cómo iban a realizar la fiesta. hijo de Aristónimo. a Carmántides de Peania y a Clitofonte. También estaba Céfalo.— Esperadlo un momento —Muy bien. hijo de Céfalo. e iría yo mismo a buscarte. Y Adimanto intervino: —¿Ignoráis que al atardecer se efectuará la carrera de antorchas. en taburetes dispuestos en círculo. ubicado a pocos kilómetros de la ciudad). Quedaos. Si yo tuviese fuerzas suficientes para ir a la ciudad. —¿Ves tú cuántos somos? —replicó. pues hacía mucho tiempo que no lo veía. no os hagáis rogar más. te ahorraría el trabajo de venir aquí. y Nicerato. y también al calcedonio Trasímaco. —No te engañas —contesté. pero no menos lucida fue la que hicieron los tracios. Sócrates. —Pues bien. ¿Irán los competidores a caballo y llevarán en la mano antorchas que se pasarán unos a otros con el fin de disputarse el premio? —Sí —contestó Polemarco—. Me volví entonces y le pregunté dónde estaba su amo. —Si así lo has dispuesto —dije—. esperaremos —dijo Glaucón. habéis de poder con nosotros. la de convenceros de que nos dejéis partir? —¿Cómo podréis convencernos —replicó— si no estamos dispuestos a escucharos? —De ninguna manera —dijo Glaucón. Lisias y Eutidemo. tus visitas nos serían gratas. Y habiéndonos visto desde lejos Polemarco. sobre un cojín. Adimanto. tomándome por el manto: —Polemarco os suplica que lo esperéis. tened la seguridad de que no habremos de escucharos. Y Polemarco dijo: —Me parece. emprendimos el regreso a la ciudad. a caballo. y algunos otros que volvían seguramente de la fiesta. —¿Cómo no he de verlo? —Pues bien —dijo— . en camino a nuestra casa. Nos sentamos junto a él. Y además habrá una fiesta nocturna que merecerá contemplarse. y llevaba una corona. en compañía de Glaucón. —Viene hacia aquí —contestó. que me pareció bastante envejecido. o quedaros aquí. porque acababa de celebrar un sacrificio en el patio.

Sófocles. como quien sacude el yugo de un amo apasionado y brutal. Se conduelen de hallarse privados de tan preciosos bienes. Después de orar y contemplar la procesión. Magnífica me pareció la ceremonia de los pireenses. nos reunimos. en compañía de Glaucón. de la bebida. porque si ella fuere la vejez. o llana y cómoda. hijo de Céfalo. probablemente. te diré qué me parece. en camino a nuestra casa. nos corresponda seguir un día. Con respecto a estas quejas de los viejos y a sus pesares domésticos. a medida que los placeres del cuerpo disminuyen y me abandonan. Como ya se encuentran al final de un camino que a nosotros. Céfalo —dije yo— me agrada conversar con los ancianos. tomándome por el manto: —Polemarco os suplica que lo esperéis. En efecto. la vejez es un estado de reposo y de libertad de los sentidos. de la mesa. he conocido a otros de una disposición muy diferente. algunos de la misma edad. Con costumbres apacibles y tranquilas encuentra uno llevadera la vejez. Sócrates. la vejez y la juventud son igualmente difíciles… (Platón 1988 La República. —También a mí. lo dicho por Sófocles se comprueba plenamente: queda uno libre de múltiples y furiosos tiranos. Casi todo el tiempo que paso con ellos se va en quejas y lamentos. ordenó a su esclavo que viniese corriendo hacia nosotros y nos rogara que lo esperásemos. —Viene hacia aquí —contestó. Me volví entonces y le pregunté dónde estaba su amo. y recuerdo que un día que me encontraba con el poeta Sófocles. A mi juicio. Tan pronto como las pasiones se relajan y dejan de hacernos sentir su aguijón. no señalan la verdadera causa de su mal. El esclavo nos dio alcance y dijo. Y como tú estás ahora en esa edad que los poetas llaman "el umbral de la vejez". siento la mayor satisfacción de haberme librado de él. Sócrates —contestó—. ubicado a pocos kilómetros de la ciudad). disfrutar los placeres del amor? ¿Todavía eres capaz de tener relaciones satisfactorias con una mujer?» Y él respondió: «Calla. buen hombre. por parte de sus parientes. y el tiempo no ha modificado mi pensamiento. Has de saber que todos los días. pero no menos lucida fue la que hicieron los tracios. alguien le preguntó: «¿Aún puedes.— Esperadlo un momento . yo y todos los que llegan a mi edad deberíamos sentir los mismos efectos. esta condescendencia. emprendimos el regreso a la ciudad. Recuerdan con tristeza los placeres del amor. y todos los demás de ese carácter de que disfrutaban en otra época. —¡Por Zeus!. Además. Sócrates. no es en la vejez. Ten por mí. que celebraban por primera vez. me será grato oír lo que me digas acerca de ella. Buenos Aires: Eudeba Solución Libro I Ayer bajé al Pireo (el puerto de Atenas. y en la actualidad ya no vivieran. A menudo. hallo nuevos encantos en la conversación. como si la vida que antes llevaban fuera feliz. según el antiguo proverbio. con el fin de elevar mis oraciones a la diosa y para ver cómo iban a realizar la fiesta. sino en el carácter de los hombres donde debemos buscar la causa. Reúnete a estos jóvenes y ven a menudo a visitar a tus devotos amigos.» Juzgué entonces que tenía razón al hablar de esta suerte. si la consideras o no un período desgraciado de la vida. Y habiéndonos visto desde lejos Polemarco. me parece natural obtener informes de ellos acerca de si la ruta es escarpada y penosa. y no cesan de repetir los innumerables males que su avanzada edad les depara diariamente. hijo de Aristón. Con un carácter opuesto. Algunos se quejan de las ofensas a que los expone la vejez. pues.

me parece natural obtener informes de ellos acerca de si la ruta es escarpada y penosa. según el antiguo proverbio. —Pues bien. Nos sentamos junto a él. Lisias y Eutidemo. la de convenceros de que nos dejéis partir? —¿Cómo podréis convencernos —replicó— si no estamos dispuestos a escucharos? —De ninguna manera —dijo Glaucón. ¿Irán los competidores a caballo y llevarán en la mano antorchas que se pasarán unos a otros con el fin de disputarse el premio? —Sí —contestó Polemarco—. Quedaos. Y Polemarco dijo: —Me parece. y todos los demás de ese carácter de que disfrutaban en otra época. si la consideras o no un período desgraciado de la vida. pues hacía mucho tiempo que no lo veía. Si yo tuviese fuerzas suficientes para ir a la ciudad. por parte de sus parientes. Céfalo me saludó y dijo: —No vienes con frecuencia al Pireo. Fuimos pues a casa de Polemarco. es preciso quedarse. que me pareció bastante envejecido. pues. a Carmántides de Peania y a Clitofonte. Y además habrá una fiesta nocturna que merecerá contemplarse. a medida que los placeres del cuerpo disminuyen y me abandonan. o quedaros aquí. o llana y cómoda. de la mesa. te diré qué me parece. hallo nuevos encantos en la conversación. Has de saber que todos los días. de la bebida. Casi todo el tiempo que paso con ellos se va en quejas y lamentos. probablemente. pues. algunos de la misma edad. Saldremos después de la cena para verla y nos divertiremos con varios jóvenes a quienes encontraremos allí. y también al calcedonio Trasímaco. —¿Ves tú cuántos somos? —replicó. —¿Acaso no hay —respondí yo— otra disyuntiva. Eso es una novedad. en honor de la diosa? —¿A caballo? —pregunté—. tus visitas nos serían gratas. Y poco después llegaban Polemarco con el hermano de Glaucón. nos corresponda seguir un día. Y como tú estás ahora en esa edad que los poetas llaman "el umbral de la vejez". Tan pronto como me vio. y algunos otros que volvían seguramente de la fiesta. Entonces Glaucón dijo: —Por lo visto. porque acababa de celebrar un sacrificio en el patio. Sócrates. que volvéis a la ciudad. Se conduelen de hallarse privados de tan preciosos bienes. —Si así lo has dispuesto —dije—. y Nicerato. como si la vida que antes llevaban fuera feliz. También estaba Céfalo. Y Adimanto intervino: —¿Ignoráis que al atardecer se efectuará la carrera de antorchas. —¿Cómo no he de verlo? —Pues bien —dijo— . no os hagáis rogar más. hijo de Aristónimo. Algunos se quejan de las ofensas a que los expone la vejez. Sócrates —contestó—. e iría yo mismo a buscarte. Pero ahora te corresponde venir más menudo. nos reunimos. te ahorraría el trabajo de venir aquí. sobre un cojín. y no cesan de repetir los innumerables males que su avanzada . Adimanto. Recuerdan con tristeza los placeres del amor. a caballo. A menudo. Ten por mí. —No te engañas —contesté. Estaba sentado en un taburete. habrá que obedeceros. hijo de Nicias. —También a mí. Sócrates. habéis de poder con nosotros. y en la actualidad ya no vivieran. y llevaba una corona. —¡Por Zeus!. Sin embargo. me será grato oír lo que me digas acerca de ella.—Muy bien. esperaremos —dijo Glaucón. Reúnete a estos jóvenes y ven a menudo a visitar a tus devotos amigos. esta condescendencia. en taburetes dispuestos en círculo. tened la seguridad de que no habremos de escucharos. Céfalo —dije yo— me agrada conversar con los ancianos. donde encontramos a sus dos hermanos. el padre de Polemarco. Como ya se encuentran al final de un camino que a nosotros.

porque si ella fuere la vejez. la vejez y la juventud son igualmente difíciles… (Platón 1988 La República. Sófocles.» Juzgué entonces que tenía razón al hablar de esta suerte. Sócrates. siento la mayor satisfacción de haberme librado de él. Con un carácter opuesto. he conocido a otros de una disposición muy diferente. Buenos Aires: Eudeba) . En efecto. y el tiempo no ha modificado mi pensamiento. Tan pronto como las pasiones se relajan y dejan de hacernos sentir su aguijón. buen hombre. lo dicho por Sófocles se comprueba plenamente: queda uno libre de múltiples y furiosos tiranos. como quien sacude el yugo de un amo apasionado y brutal. Con respecto a estas quejas de los viejos y a sus pesares domésticos. y recuerdo que un día que me encontraba con el poeta Sófocles.edad les depara diariamente. Sócrates. la vejez es un estado de reposo y de libertad de los sentidos. A mi juicio. disfrutar los placeres del amor? ¿Todavía eres capaz de tener relaciones satisfactorias con una mujer?» Y él respondió: «Calla. yo y todos los que llegan a mi edad deberíamos sentir los mismos efectos. Con costumbres apacibles y tranquilas encuentra uno llevadera la vejez. no es en la vejez. Además. sino en el carácter de los hombres donde debemos buscar la causa. alguien le preguntó: «¿Aún puedes. no señalan la verdadera causa de su mal.