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Salsas, besos y otras delicias

Ligia García García

“Una vida sin prejuicios


siempre sabe mejor”
“Cada cocina sabe su importancia. Ellas están llenas de vida porque forman parte
esencial de cada uno de los momentos de nuestra existencia; por lo tanto llenas de
historias, llenas de amor.
¿Y qué es la vida misma, sino amor?”

Siempre es igual, las ollas empiezan a emitir ese murmullo característico… comentan
unas con otras aquello que nadie sabe. Lo único conocido es que más tarde el
ambiente del lugar se verá transformado, también el espíritu de aquellos que se sienten
a la mesa.

Como cada día, como a cada tiempo, la hora de la comida es ese momento en el que
nos detenemos a respirar más pausado, a tomar un nuevo impulso, o a prepararnos
para otra etapa.

El proceso de preparar la comida siempre, desde que empieza, es una transformación…


de cada uno de los ingredientes, de la cocina, del ambiente cuando se inunda de los
deliciosos vapores que se producen y finalmente, la transformación que perciben dentro
de sí cada uno de los comensales. Dejar de sentir hambre para, un poco más tarde,
sentir todo aquello que lo comido produce en ellos: desde un simple deseo satisfecho
hasta una extraña sensación de pasión descontrolada.

El proceso es así. Ver la mesa detenidamente y recorrerla de punta a punta. En un


instante deleitarse con sólo verla; infinidad de colores y diferentes aromas que hacen
uno solo. Sentarse, reunirse alrededor de la misma mesa que ha visto nacer, crecer y
morir tantas historias, tantas vidas.

Bien dicen que en la mesa empiezan las más bellas y las más crueles historias de la
humanidad. ¿Qué no gira alrededor de una mesa?

Muchos dicen que la vida empieza en la cama, pero antes de llegar a compartir la cama
se comparte la mesa. ¿Qué sería de compartir la cama sin aquella previa conversación,
tomados de la mano, donde los únicos cómplices son dos copas o dos tazas de té?

Aún recuerdo aquella primera vez…mis labios sintieron el sabor, el delicioso sabor a
boca de hombre. Fue alrededor de un simple helado, era de piña y seguramente ha
sido el más delicioso que he probado. Lo rico no fue el helado en sí, seguramente
fueron los besos con los que terminamos de comerlo.

Dicen que hay afrodisíacos…posiblemente; más adelante les contaré mis experiencias
con esos fabulosos “aliados” que nos ayudan a intensificar las vivencias con nuestros
amores. Pero cuando la pasión está encendida un pedazo de pan puede volverse el
afrodisíaco más espectacular.

Volvamos a la mesa, está servida, y aquí empiezan a tejerse las más fascinantes
historias de amor.

No sé por qué pero hay una extraña conexión entre la mesa y la cama. Después de la
mesa, la cama; y después de la cama, la mesa. Siempre es lo mismo, siempre es igual.
Probablemente sea el círculo vicioso más espectacular que se haya dado en la historia
de la humanidad. Quizá ha sido así porque tanto la mesa como la cama nos permiten
sentirnos vivos y estar vivos, de no ser por ellas hubiésemos desaparecido hace
muchísimos años.

Bien usada es esa frase de “darle sabor a la vida”. ¿O no es esa pasión desbordante
que sentimos cuando estamos con el amado lo que da sabor a cada día? ¿O quizá a
cada noche? Qué más da cuándo o dónde sea aunque, por supuesto, en la variedad
está el gusto. Romper la rutina es parte esencial de esta vida. La vida que, aunque
cada día y cada hora nos trae sorpresas, siempre necesita de aquello que cada quien
pone, su propio toque, su sazón. A algunas personas no les gusta la comida muy
condimentada; otros optan por lo sano, a otros nos gusta lo picante, lo que quema, en
fin…

A menudo eso difícil, lo prohibido, el reto, nos hace sentir ese placer que provoca lo que
cuesta, tratar de alcanzar lo que muchas veces creemos no merecer; no sé si nos
introducimos en esos escabrosos caminos para lograr lo anhelado o para sentir el placer
de luchar por algo que parece imposible.

Paciencia es, muchas veces, la clave. A fuego lento logramos los más deliciosos
manjares. El fuego fuerte y arrebatado nos puede echar a perder el mejor de los
banquetes.

Viene a mi memoria la enseñanza que encierra la masa del pan. Después de ponerle la
levadura se deja reposar, parece dormida, olvidada, casi muerta, pero lo único que
sucede en ella es que lentamente se prepara para crecer, más tarde, con toda su
fuerza.

¿Qué es el pan sin levadura? Únicamente la imagen de una época de ayuno desde
tiempos ancestrales. El pan con levadura, en cambio, lo hemos esperado y visto
dormido para luego, en el fuego, verlo despertar con su máxima potencia. Y vaya si la
espera no contribuye con los resultados, ¿quién no ha escuchado la frase “más bueno
que el pan”?

Incomparable es el placer que produce la espera, es una agonía llena de vida. La espera
es una angustia indescriptible pero valiosa, sobre todo cuando el final resulta ser
inesperado y feliz…qué palabra más relativa. Fácil sería la existencia, o talvez muy
difícil, si la felicidad fuera un estado permanente que se puede alcanzar. Pero es tan
volátil, tan momentánea. La búsqueda es más duradera que la felicidad en sí. Son sólo
pequeños instantes los que la conforman; casi me atrevo a decir que no existe. La
felicidad no es un lugar para quedarse, son simples pero intensos momentos. Al igual
que el aroma de la comida, sólo es un instante, y aunque apenas los podemos
contemplar nada serían los alimentos sin esos vapores fugaces que anuncian la delicia
de un manjar.

En la vida todo es fugaz, quizá la misma vida sea fugaz desde el primer momento.
Nacer es vida, pero también es muerte. Todo principio es un fin y cada fin es un nuevo
principio.

En otras palabras, nacer es el primer paso seguro que damos en nuestro camino hacia
la tumba. Nacer es morir y morir es volver a nacer. Hay, en esta vida, muchos muertos
que aún no saben que vivir es más que respirar. Morimos en la noche de cada día y
nacemos al amanecer, para recomenzar.

Morimos al renunciar a nuestra libertad y voluntad por las barreras que encontramos.
Muerto es aquel que no ha sido capaz de encontrar la gloria en las pequeñas cosas;
quien ha perdido la capacidad de enamorarse y se limita por el qué dirán. Ha muerto
quien no sabe disfrutar el valor de una mirada y no ha descubierto el alivio que recibe
el alma al fusionarse con otro cuerpo en un abrazo; quien deja a un lado su
espontaneidad y vive según las normas de la sociedad. Está muerto aquél que no
puede expresarse; el que no se da el derecho de intentar algo nuevo por temor a
fracasar; el que no ve como algo grande un sencillo detalle; quien se limita a ser un
pedazo de materia con funciones biológicas por dentro.

“A menudo nos perdemos las pequeñas alegrías,


mientras esperamos la gran felicidad”

No se puede llamar vida a aquello apagado sin emociones intensas. Para estar vivo es
necesario estar decidido a morir, y arriesgarse a que suceda.

La vida y la muerte, tan cerca y tan lejos, como todos los contrastes. Solamente los
contrastes nos permiten vivir. El blanco existe porque existe el negro; existe lo grande
porque existe lo pequeño.

Sin sufrimiento no hay alegría. Todo aquí es necesario. No sabe el valor del calor quien
no ha sufrido de frío. Entonces podemos darnos cuenta de que es necesario vivir sin
miedo, sin miedo a sufrir. Sólo quien se ha sentido solo tendrá la capacidad de disfrutar
de la compañía. Sólo a quien le han negado un beso será capaz de sentir la
transformación que produce un beso robado. Los besos robados nos hacen sentirnos
tan deseados. Llevan el delicioso sabor de lo no planeado, de lo atrevido, lo no
descubierto.

Descubrir tiene un encanto muy propio. El encanto de descubrir está en dejarse


envolver por el entorno; caminar paso a paso y sentir el ambiente, el olor; observar
detenidamente cada detalle; primero desde lejos y poco a poco más cerca. Sentir el
calor que despide nuestro nuevo territorio… penetrar en él. Introducirnos para que
luego él se introduzca en nosotros y nos posea. Sólo entonces lo habremos
descubierto.

Este proceso hará de cada nueva experiencia algo inolvidable. Para poder dejarnos
envolver por la magia del descubrimiento es necesario llegar vírgenes, sin prejuicios,
sin ideas previas que nos roben el encanto.

Así ocurre, desde un nuevo platillo que vamos a degustar hasta la primera experiencia
con un ser deseado.
Ahora recuerdo la primera vez que probé un flan de caramelo. Lastimosamente llegué
con prejuicios. ¿Huevos y leche con azúcar semi-quemada? No era posible imaginar
semejante descripción. Pero más tarde tuve la intensa experiencia, no de probarlo sino
de prepararlo y realmente fue sin igual. Desde entonces, el flan de caramelo es una de
las formas que uso para acariciar a mis seres queridos mientras ellos me endulzan la
existencia.

Déjese seducir por el placer de descubrir algo nuevo. Tire los prejuicios a la basura (no
he encontrado un mejor lugar en el mundo para ellos). Decídase a explorar y
prepárese. Ésta es la receta del mejor flan de caramelo, o talvez un simple ejercicio de
descubrimiento en el que dejaremos de lado los prejuicios.

“Me enamoré de un ideal, y en el camino hacia él me enamoré del camino”

FLAN DE CARAMELO

Herramientas y ambiente necesarios


Espere el momento propicio, un momento de inspiración. Deje acumular el deseo por
hacerlo durante varias semanas; cuando ya tenga suficiente y sienta que se empieza a
desbordar, entonces estará preparado, la experiencia podrá comenzar.

Asegúrese de llegar virgen a este instante. Sin ninguna otra idea en su mente más que
la de dejarse llevar por la aventura.

Las principales herramientas son sus manos. Las complejas y significativas manos, que
son tan importantes a la hora de cocinar como a la hora de amar. ¿Qué serían estas
experiencias sin ellas? Son algo divino que poseemos, nos permiten crear y dejar
nuestra esencia en lo que hacemos. En la cocina úselas todo lo posible. No se atreva a
sustituirlas por un pedazo de madera, mucho menos por un pedazo de metal. De
hacerlo así no será creación suya. Imagine por un momento dar una caricia con un par
de guantes; o utilizar, para ello, un sofisticado instrumento de metal. Podría matar su
creación antes de haberle dado vida. Déjese seducir por su sentido del tacto. Perciba
la textura a cada momento. Sólo así la experiencia será intensa.
Ingredientes
10 huevos frescos
1 litro de leche
2 tazas ¾ de azúcar
1 barra de margarina
Vainilla (en vaina o en esencia)
Canela en rama
Fuego (el fuego siempre encendiendo pasiones, necesitará bastante)

Ahora los detalles que transformarán estos alimentos en algo sobrenatural.

Empezaremos con los aromas, tan esenciales. Para una mejor exploración de su
territorio, o de su ser amado, intente oler antes de tocar o probar; comer y amar son
experiencias hechas para ser disfrutadas con los cinco sentidos, entonces, ¿por qué
limitarse?

La vainilla y la canela, maravillosa combinación. No sólo le servirán para darle sabor a


este flan, intente masticar una ramita de canela antes de dar un beso y verá qué buena
experiencia, sobre todo diferente. Eso es lo importante, que sea diferente. Inténtelo
también con semillas de cardamomo o, si su gusto es más fuerte, con clavo de olor.

Preparación
Busque un molde refractario de forma rectangular, puede ser de vidrio (pirex) o de
metal.

A fuego lento y en una olla grande ponga a calentar la leche. Procure utilizar una olla
vieja; preferiblemente en la que mamá o abuelita hayan cocinado durante muchos
años. No sólo lleva impregnado el sabor de la tradición sino posiblemente sea el
instrumento que ellas utilizaron para enamorar a su padre o a su abuelo. En otras
palabras, es probable que dicha olla sea incluso responsable de que usted esté hoy aquí
frente a estas líneas. Alguien me dijo que por la cocina se puede conquistar a
cualquiera, haga usted la prueba.

Agregue el azúcar, la canela en raja y, cuando esté a punto de hervir, unas gotas de la
esencia o una vaina de vainilla. Deje enfriar.

Ponga al fuego una olla pequeña, (ahora ya sabe cómo debe ser la olla), y cuando ya
esté caliente, ponga ¾ de barra de margarina a derretir. Agregue, allí mismo, ¾ de
taza de azúcar. Muévalo lentamente con una paleta de madera. En este caso no se le
ocurra usar las manos, se las va a quemar. El azúcar es uno de los alimentos que,
como muchos de nosotros, alcanza temperaturas insospechadas.

Deje que el azúcar se derrita, al calor del fuego lento. Espere un poco más hasta que
tome un color dorado claro (como el color del caramelo). Viértalo rápidamente en el
molde refractario y mueva el molde para que el caramelo se distribuya bien y pueda
cubrir todo el fondo y los lados, si es posible.

Es importante que lo haga rápido porque el caramelo se enfría muy aprisa.


Abra los huevos, colóquelos en un recipiente hondo y bátalos. Vierta los huevos ya
batidos en la leche. Mezcle bien y coloque esta mezcla en el molde refractario.
Colóquelo dentro de otro recipiente refractario y póngalo en el horno a baño María
durante 45 minutos (o hasta que muestre una consistencia ligeramente sólida y un
color dorado). El fuego debe ser fuerte.

Finalmente deje enfriar y desmolde. Para servir, córtelo en rodajas de


aproximadamente ½ pulgada. Sirva frío.

Mientras el flan se enfría, descanse.

Probablemente le siente bien un relajante baño de espuma, intente ponerle aromas


especiales, (más adelante le daré una receta de sales relajantes, muy útiles en este
momento). Prepárese, es muy probable que después de compartir este flan con su
pareja necesite una dosis extra de energía para la segunda sesión de pasión. Aquí todo
es posible. La energía se la dará el flan, del cual no podrá comer sólo una porción; la
pasión necesaria póngala usted y procure llegar a este momento totalmente virgen. Ya
fue suficiente para el flan. Déjelo en refrigeración.

Por hoy estamos en paz. Tenemos esa paz que sólo la da el haber vivido intensamente
cada instante. Mañana volveremos a empezar.

Así es la vida. Vivimos para luego morir al anochecer. A veces a la hora de amar
también morimos momentáneamente, porque entregamos totalmente nuestra vida,
nuestro cuerpo, nuestra alma en un suspiro. Es una bella y relativa muerte en la que
nos despojamos de todo lo que nos pertenece para luego volver a nacer. Y nacer más
felices y más plenos en nuestra existencia. Así es la vida. Morir y nacer, nacer y morir.

“Las cocinas… tan llenas de vida y placer; de historias de amor”