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LA CASA

(El Último Romántico de aquí)

Santiago Elordi
"El hombre que no siente en su corazón el
dulce gusto del amor está muerto."
Bertrán de Born

"Ni por mar ni por tierra encontraras el


camino que lleva a la región de los hielos." .
Píndaro
A Kate Macdonal
PRIMERA PARTE

“¡Por las abejas asesinas!”, gritó anoche Gerardo Arroyo


destapando la champaña mientras Matías Valenzuela tocaba
el piano.
—Morenas de fuego —aullaba uno.
—Diosas inalcanzables —respondía otro.
No dejaban de reír, aunque fue la tristeza lo que los hizo
continuar:
—Por ellas estamos aquí — improvisaba uno.
—Dispuestos a dar la vida — turno del otro.
—Salud, por los "putos muñecos"—gritamos arrojando las
copas por la espalda.
Debes saber, somos amigos, muy amigos, algo así como
una banda romántica, tal vez pasados de moda, pero nos da lo
mismo lo que digan de nosotros en estos tiempos. Vero,
verísimo, como dice nuestra querida Mecenas, la Baronesa.

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El sello de estos tiempos. ¿La revolución informática? ¿Los


alimentos tatuados con códigos de barra y fecha de
caducidad? En el siglo veintiuno, la marca continúa siendo la
guerra de los sexos. ¿Puedes verlas? Son presidentes de la
república, obreras de fábrica, vendedoras de seguros. Mujeres
aspirando libertad y dejando solos a sus hombres. Y los
hombres persiguiendo poder y abandonando a sus mujeres.
Oh Dios, y pensar que en el principio de los tiempos,
hombre y mujer fueron un andrógino, un solo cuerpo flotando
entre los astros. Eso dice el mito y el desafío es recuperar la
unidad perdida. En eso consiste el a-mor: sagrada experiencia
que cantaban ayer los trovadores y trovadoras en las cortes de
Provenza. Ellas llevaban el corazón del guerrero bordado en
el vestido. Ellos la imagen de su amada en el anverso del
escudo de batalla.
Es el principio inspirador de nuestras acciones: basados en
la poesía, volveremos a fundar el ideal del a-mor en estos
tiempos que corren.
Y me imagino los días que todavía no llegan. Ellas traerán
sus almas y sus cuerpos en un viaje en tránsito. Ellas recibirán
nuestros servicios para curar sus heridas, y como
consecuencia, sanaremos las nuestras. Entonces desde
nuestros respectivos fracasos volveremos a creer en el a-mor.

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Amanece, el pálido sol de invierno no alcanza a secar los


charcos en el camino que conduce al pueblo. La pequeña
ventana de mi torre, mira al cerro, y puedo distinguir a
Silvestre Corrales, uno de los cuatro integrantes de esta
empresa. Su pequeña figura mas allá del sendero de jóvenes
cipreses, en las conejeras, eligiendo algunos ejemplares
alimentados con pastos tiernos. Seguramente, luego en la
cocina, los dejará remojando en vinagre para servirlos esta
noche con una salsa de caramelo. Abajo, en los jardines,
ahora la lluvia deja anillos en la piscina. Y yo te escribo en
una antigua underwood que subí hasta aquí como se suben los
sueños.

El jardinero es la única persona que hemos dejado entrar a La


Querencia. “Prudencio Órdenes Parra, nacido y criado en
Santa Marta de Liray”. Eso dijo cuando se presentó estirando
la mano el primer día, cuando terminamos las construcciones.
Viene tres días a la semana: corta el pasto, barre las hojas,
riega y desinfecta las rosas en el invernadero. Aparece
temprano y regresa en su bicicleta por la tarde al pueblo, a
solo dos kilómetros. Habla poco. Un tipo al que no le interesa
andar metiendo las narices en asuntos ajenos.

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En caso de que hayas abandonado la tierra, permíteme


describirte nuestro asentamiento. La Querencia se llama
nuestra propiedad, y está ubicada en un pueblo a 40
kilómetros al norte de la ciudad de Santiago. Al pie de los
majestuosos Andes, tiene una vista hermosa hacia el río Azul,
donde se cimbra un puente colgante, y un alto muro de piedra
que nos separa del camino.
Levantada en sólo un pocas hectáreas, La Querencia
es una modesta pero proporcionada versión de una Villa
Italiana enclavada entre montes de cactus, y te puede parecer
enorme porque a nada se entra directamente: los accesos
aparecen luego de curvos caminos de jóvenes cipreses como
si fuese una ciudad laberinto.
Todas las entradas y salidas han sido previstas
estratégicamente. Por ejemplo, junto a un totem mapuche, al
fondo del jardín, a un costado del invernadero, un corto túnel
conduce directamente a una quebrada, en caso de que algún
día las cosas se compliquen.
Sin presumir, el nombre La Querencia se me ocurrió a
mí luego de arduas sesiones creativas en las que participamos
todos los amigos, o "los putos muñecos", como también nos
llamamos en broma. Si abres el diccionario, comprobarás que
el nombre para esta empresa cae como anillo al dedo.
Querencia: acción de amar o querer bien.
La mágica sincronía de los nombres; con el paso del
tiempo se van acomodando a la materia, y la materia se va

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transformando en su significado. Ahora en La Querencia todo
se ve dispuesto para recibir a las mujeres, pero el día en que
llegamos sólo había maleza y zarzamoras, el camino era una
trocha de barro intransitable, pasamos mas de un año
durmiendo en las barracas con los albañiles. Te hablo del
tiempo cuando traíamos el agua de las quebradas, antes de
que el arquitecto terminara los planos de mi torre, mucho
antes de que el piano se les cayera a los de la empresa de
mudanza.
Interminable es la tenacidad humana cuando tiene detrás
un ideal que la empuja. Y entonces el sueño tarde o temprano
se cumple. Entonces aparece la casa, el sendero de cipreses, el
invernadero, la pista de vuelo donde despega y aterriza la
avioneta.
Palacios de Oriente, cortes provenzales, modernos moteles
de carretera, han sido concebidos para disfrutar del placer, el
ocio y la belleza. El salón en La Querencia es un amplio
espacio capaz de transformarse en habitaciones, mediante
cortinas que se suben y bajan. Estos nidos desmontables, los
hemos concebidos como altares de placer, y han sido
provistos con almohadones confortables, licores y
candelabros para ambientar las noches de placer.
Sin embargo, no te imagines que La Querencia ha sido
concebida exclusivamente como un centro de prestaciones
sexuales. La principal función de nuestra empresa es que las
mujeres se sientan a gusto, satisfacer todos sus deseos, para
así, poco a poco, acercarnos a nuestro objetivo: curar sus
heridas de amor para que vuelvan a comenzar. Entonces

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mientras más recursos tengamos, mucho mejor. Y estos irán
desde paseos por el jardín, masajes, música, banquetes, baños
en la piscina cuando llegue el verano.
Hay un lugar que definitivamente nos diferencia de todos
los prostíbulos imaginables en el mundo: la biblioteca. Un
cubo de vidrio enclavado en el pequeño bosque de cipreses.
Contiene tesoros de todas las épocas que hemos traído luego
de arduas selecciones.
Te explico brevemente: creemos en el poder de la palabra
fundadora. En pocas palabras, La Querencia es una empresa
de poesía aplicada al servicio de las emociones, y estamos
convencidos de que el Decamerón leído a la hora del ocaso es
un estupendo afrodisíaco contra el stress, que las Epístolas de
Horacio reparan los despechos amorosos, que la lectura de
Safo será capaz de mitigar la culpas que cargan los cuerpos y
las almas.
Bendice entonces esta empresa.

Esta tarde, en la terraza, con mi vieja Leica fotografié a todos


los integrantes de La Querencia. Parados de derecha a
izquierda aparecen Gerardo Arroyo, siempre vital, traje a
rayas, peinado hacia atrás con gomina; sobre una silla para
ganar altura lo abrazaba Silvestre Corrales; a su lado Matías
Valenzuela con un clavel en la solapa; con los pinceles en la
mano, Gonzalo Duncan cierra el encuadre. Sólo faltó nuestra
querida Baronesa de Vicencio para completar el equipo.

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Pienso que será una foto legendaria. Mañana iré a Santiago
a revelar el rollo. Si el tiempo me alcanza pasaré a ver a mi
hijo, mi adorado y único hijo. Si me encuentro con Sara, su
madre, esta vez le soltaré la verdad. Tragaré saliva, y le diré
que por ella soy parte de los “putos muñecos”.

“Me he casado siete veces; yo sí que puedo hablar de amor”.


“Mentira”, le diremos a la actriz cuando entre a La Querencia,
y la seguiremos escuchando. “Me he casado sólo una vez, yo
sí que puedo hablar de amor”. “Mentira”, gritaremos a la
moralista y seguiremos sirviendo su copa con champaña. “La
pareja debe permanecer unida”, dirá una monja religiosa.
"Mentira , tu solo amas a Dios”, le diremos. Mentira, mentira,
el mundo habla desde sus condicionamientos. El verdadero a-
mor también es una religión en sí misma y así lo viven los
enamorados. Y así lo cantaron ayer Leonor de Aquítania,
Ricardo Corazón de León, los apasionados Minnesinger. A-
mor como una gracia inmerecida, la unidad del andrógeno,
una entrega total. Si en estos tiempos la caída del ideal es un
hecho manifiesto, no es culpa del amante ni la despechada.
En esta Era de la Técnica globalizada, transformaron el
misterio del a-mor en un producto de mercado. Eso les
diremos a nuestras clientas una vez que crucen el puente
colgante.

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De vez en cuando, salgo a caminar en dirección al pueblo


buscando rastros humanos en el paisaje. Campesinos
bebiendo en los potreros, escaladores y deportistas que llegan
de Santiago en bicicleta. En sus ojos puedo ver el amor que ha
dejado heridas con fuego. Todos los seres en este mundo
hemos sufrido las quemaduras y buscamos un consuelo.
Gentes buscando amor y nadie lo encuentra porque perdimos
el ideal. Pero aquí estamos nosotros, un puñado de amigos,
muy amigos, preparando una nueva posibilidad para su
advenimiento.
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Permíteme presentarte a mis amigos, a los putos muñecos, o


los últimos románticos como también nos gusta llamarnos.
Son cuatro los integrantes de La Querencia. Te hablaré de
ellos solo en relación a esta empresa.
“No todos saben cantar, no todos saben ser manzana y
rodar a los pies de los demás”. Estos versos de Esenin
resumen a Matías Valenzuela. Su sobre nombre: Manzana, y
por las noches lo puedes ver dejando caer sus desordenados
cabellos sobre las teclas del piano, improvisando nostálgicos
acordes que nos hacen volar al tiempo de las cortes
medievales. A ese mundo refinado, donde un puñado de
ardientes trovadores creó una nueva religión fundada en la
pasión de la llama doble. El a-mor que hoy convertimos en
letra muerta, frío intercambio de hormonas, arrancado del

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fuego original. Manzana Valenzuela es el duplicado fiel del
Príncipe Idiota de Dostoievski, posee un elevado olfato para
los asuntos del espíritu. Al amanecer, permanece inmóvil,
sentado en la posición del loto, con la vista perdida, en el
bosque de jóvenes cipreses, cuando el sol se esconde tras los
montes, baila alrededor del tótem de madera. Manzana
Valenzuela además posee una capacidad extraordinaria para
sentir el misterio del tiempo como solo un poeta metafísico
podría vivirlo. En todas las cosas es capaz de percibir la
fugacidad del instante: una mirada, el perro ladrando, el río
azul que baja de la montaña. Quieres conocer su herida de
amor, la razón de porque esta con nosotros aquí? Son los
encuentros que en vísperas de su coronación son devorados
por el gusano. Hijo de una familia tradicional de campo de la
zona central de Chile, en su infancia se enamoró de una prima
hermana con la que termino casándose. Pero el mismo día de
la fiesta de matrimonio el mundo se le vino abajo. Sorprendió
en el baño a la novia con las narices cubiertas de polvo
blanco, mientras hacia el amor con un tío de la familia.
El segundo integrante de La Querencia se llama
Gerardo Arroyo, y es el antípoda de Matías Valenzuela. Es el
médico de La Querencia y el piloto de la avioneta que nos
sirve para llegar a Santiago. Lo recuerdo en los tiempos de
adolescencia entrando a las fiestas con una chaqueta de piloto,
o cuando le robaba la avioneta a su padre y hacia vuelos
rasantes sobre una exclusiva playa para impresionar a las
chicas. Más tarde, en un viejo Mustang en los tiempos que
estudiaba medicina y los libros de anatomía saltando en los

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asientos. Esa época en que todos vivíamos sin freno pero
nunca tan triunfantes como Gerardo Arroyo. Recibido de
médico, se fue a ejercer a consultorios de provincia. La herida
comenzó en la ciudad de Temuco, al sur de Chile, cuando se
casó con la auxiliar del consultorio: una chica dulce y
humilde que padecía de la enfermedad de los celos. Magalli
vaciaba billeteras, registraba cajones, olía la ropa buscando
rastros de infidelidad en su marido. Un día Gerardo la
encontró muerta en el baño del consultorio. La autopsia revelo
sobredosis de antidepresivos. Mi amigo enloqueció, comenzó
a hablar una lengua extraña, lo internaron en un sanatorio
durante dos anos. Desde que salió comenzó a usar corbatas de
seda. Hace una semana que Gerardo no suelta La naranja
mecánica. La ha leído mil veces, y en muchos aspectos te
diría que es bastante parecido al protagonista Dogo de la
novela, en versión inofensiva, desde luego. Para el Dr.
Delirio, como también lo llamamos, la mayoría de las
patologías de orden mental o fisiológico tienen su causa en la
falta de sexo. Los movimientos pélvicos estimulan los ritmos
del cerebro y contribuyen a la sensación de bienestar.
Presume, en caso de que sea necesario, estar en perfectas
condiciones para atender a varias mujeres a la vez. Hoy salió
temprano a volar en la avioneta sobre los cerros. Despegó con
un impecable traje bañado como siempre con perfume de
mujer. “Así las llevo siempre conmigo”, asegura riendo.
El tercer integrante de esta aventura se llama Silvestre
Corrales. Si por las tardes recorres el camino de piedras que
conduce al establo podrás encontrarlo cazando mariposas.

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Como el escritor Nabokov, el pequeño y sordomudo Silvestre
Corrales colecciona mariposas, y cuando no llueve, recorre
los cerros con una malla de seda. Lo conocí años atrás, en el
tiempo cuando nos amábamos con Sara, vivíamos la unidad
de las almas, y fuimos a pasar un año nuevo al legendario
puerto de Valparaíso. Entre la multitud, mientras un DJ hacía
retumbar todas las cabezas, destacaba un pequeño hombre que
con sonidos guturales, saltaba como un bufón en el muelle.
Supe que era sordomudo cuando terminó la fiesta, y de
amanecida, para recuperarnos del alcohol, nos fuimos al
antiguo mercado por una sopa marina. En un momento nos
separamos y me pasó una tarjeta. Al día siguiente de vuelta en
Santiago la encontré en mi chaqueta. Decía: Silvestre
Corrales, Chef de Cuisine, y por el anverso había escrito: “mi
sopa marina es mejor que la del mercado”. Luego de leer la
tarjeta me quedé de una pieza. Erial de perplejidad. Un
sordomudo capaz de escribir es algo que aun no me lo puedo
explicar. ¿Pero quién ha dicho que debemos explicarnos las
cosas en esta vida? ¿Cuál es la herida de Silvestre que lo trajo
a ser parte de La Querencia?, te estarás preguntando. Si miras
al fondo de sus ojos te darás cuenta. Como todos los hombres
pasados los treinta, una sombra esconde su mirada.
El sueño de todas las mujeres es ser alguna vez
modelo de un artista. Y en La Querencia podemos satisfacer
ese deseo. Alto, de larga cabellera, silencioso, Gonzalo
Duncan es el cuarto integrante de esta empresa. Pintor
colombiano, lo conocí hace más de veinte años, en los
tiempos mis tiempos de viajero por América, cuando recién

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terminado el colegio, decidí, como los personajes de Conrad,
traspasar fronteras mentales a través de las geografías. Un día
encontré al viejo Duncan bebiendo en una cantina del sucio
puerto fluvial de Leticia, Colombia. Juntos remontamos el
amazonas en un carguero, y desde entonces, aunque dejamos
de vernos durante años, hemos mantenido nuestra amistad por
correspondencia. A diferencia mía, que por un tiempo senté
cabeza con Sara, el viejo Duncan nunca ha dejo de viajar.
Hace solo una semana se incorporó, apenas le avisé que
estábamos listos para comenzar esta empresa. Apareció con
su caja de pinceles, atril, tubos de óleo, y con un hermoso
regalo luego de un viaje por Oriente: un puñado de semillas
de rosas oscuras que el jardinero ha hundido en los almácigos
del invernadero. “Seré el muralista del primer prostíbulo al
servicio del cuerpo y del alma”, dice riendo mientras uno tras
otro bebe cubas libres sin nunca perder el sentido. Artista
prolífico e inagotable, desde que llegó a La Querencia,
Gonzalo Duncan se pasa el día pintando murales con temas de
parejas mientras no llegan las clientas, visitantes, pacientes o
como quieras llamarlas. Gran bebedor, como en los libros del
polaco Joseph Roth, en la borrachera encuentra un tipo de
santidad.
No me pidas descripciones fisonómicas, antecedentes
sociales, detalles más profundos de la personalidad de mis
compañeros. Serían irrelevantes en relación a su
participación en La Querencia. A su manera, todos mantienen
con la realidad la distancia necesaria para ser poetas aunque
no escriban. Ninguno aspira a la fama, el dinero, al poder en

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ninguna de sus expresiones. Todos están entre los treinta y los
cuarenta, estudiaron en buenos colegios, inteligencias
sensibles y lucidas, "los idiotas de la familia" como dijo
Sartre en su biografía sobre el solitario y enamorado Flaubert.
Sin duda, miembros anónimos de este país de poetas entre la
cordillera y el mar.
Para concluir, agrego que felices lo harían con una
clienta menstruando.
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Aclaración importante: si en estas cartas cito nombres de


libros, autores, pasajes o versos, no es por presunción erudita.
Lo hago para fijar un contexto, profundizar un matiz, buscar
una complicidad contigo como lector. La condición humana
es una cadena de acciones y arquetipos que se repiten en
distintos tiempos, y la literatura es una herramienta efectiva
para describir ese movimiento. Creo habértelo dicho, la poesía
es el fundamento de nuestras acciones. Te confieso un
pecado, desprecio a la gente educada que pasa por alto la
literatura. Sin imaginación, se hunden demasiado en el
mundo. Te hablo de los serios lectores de periódicos, notas
financieras, devoradores de manuales técnicos, libros de
autoayuda. Prefiero mil veces a los ignorantes analfabetos
como el jardinero, que mientras desinfecta los cipreses junto a
mi torre, escucha rancheras en una radio a pila que cuelga de
la escalera. Vieras cómo disfruta cantando las historias de
amor y de abandono. Pareciera que flotara por el aire. Y eso
que el hombre no es de andar sacando los pies de la tierra.

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¿Puedes escuchas el sonido del río azul al otro lado del muro
de piedra? Arranca de la profundidad de los Andes y colinda
con nuestra propiedad. No tiene peces, arrastra palos y
botellas plásticas, y es azul por los deshechos que despide una
mina de cobre al interior de la montaña. Caudalosa corriente
de veneno entre quebradas de bosques nativos y cactos.
¿Puedes leer mi mente? Las heridas de amor son también un
desequilibrio de la naturaleza Dirás en tu favor: “Al hombre le
di libertad”. No te sorprendas entonces si en el transcurso de
estas cartas, en una línea te ignoro, y en la siguiente celebro tu
creación.
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Carta aparte merece la presentación de Francesca de


Vicencio, la querida Baronesa, Mecenas de La Querencia.
Elegante, de mediana edad, traspasada por una frágil
luminosidad, la conocí hace tres años, al poco tiempo de
haberme separado de Sara, y desde un comienzo me recordó a
la heroína del Gran Meaulnes. La conocí en una plaza del
centro de Santiago, un día de frió invierno, mientras mi
pequeño hijo Vicente se columpiaba, y yo leía sentado en un
banco Una Temporada en el Infierno. De pronto, la mujer se
sentó a mi lado. “Te ves triste, herida de amor, lo sé, pero
renacerás”, agregó la perceptiva mujer. Con la confianza que
nos dan los desconocidos comencé a desahogarme, y le hablé
sobre las promesas y su hundimiento en el remolino del

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tiempo.
En algún momento la clarividente debió pedirme que la
acompañara, porque sin darme cuenta, con mi hijo Vicente,
nos encontramos en un auto con chofer atravesando distintos
barrios de la ciudad. En ese entonces, la Baronesa vivía en
una casa colonial en las afueras de Santiago, con muchas
habitaciones, y un parque de centenarias palmeras, o
araucarias, no recuerdo bien, donde mi hijo comenzó a jugar
con unos gatos mientras yo permanecía con ella. Me llamó la
atención un cuadro en el salón, mostraba una pareja desnuda y
traspasada de luminosidad, no se miraban ni se tocaban, pero
permanecían unidos como la consumación del ideal de a-mor.
Mi gentil anfitriona me explicó que se trataba de la obra de un
pintor renacentista de la corte de Ferrara: Dossi Dosso, y que
pertenecía por generaciones a su familia. El nombre del
cuadro me fascinó: Alegoría de la fortuna, y de inmediato
presentí que encerraba una secreta conexión con el futuro.
Hoy, como un gran símbolo, cuelga sobre la chimenea de
piedra de La Querencia.
La Baronesa en ese tiempo era la embajadora de Italia en
Chile. De una belleza delicada y sensual, en un momento me
confesó que era viuda de un general siciliano, y hasta hoy
mantiene con su difunto esposo un pacto de fidelidad
inclaudicable. Romántica, fiel a la tradición del a-mor,
esperaba las noches para reunirse con su esposo en los sueños.
También me dijo que padecía de cáncer, su vida pendía de un
hilo, y no quería dejar este mundo sin traspasar su experiencia
de a-mor al mundo. Antes de despedirse, me invitó a regresar

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cuando quisiera, y me estiró la mano que besé con absoluta
devoción, intuyendo, que a partir de ese gesto, de alguna
forma mi destino estaría unido al de ella.
No me dejé esperar, y al día siguiente volví a su casa en
compañía de Gerardo Arroyo y Manzana Valenzuela. No nos
separamos hasta el día de su partida de Chile, un año después,
cuando la destinaron en misión diplomática a Marruecos.
Como una llave que encuentra la cerradura, veo a mis
compañeros, en casa de la Baronesa, extendiendo los planos
de La Querencia sobre una mesa de mármol. “Para
complacerlas deben aprender los compases del alma y del
cuerpo”, nos repetía. Con esmerada paciencia nos fue
enseñando el arte de los vinos, los secretos de la danza y los
perfumes. Había noches que nos leía poemas de amor de
Virgilio, Catulo, Ovidio: la miel del siglo de oro romano, y
bailaba alrededor del tótem de madera que ahora esta frente al
invernadero.
Imagínate, para nosotros, jóvenes de un país
encerrado entre el mar y la cordillera, en ese entonces conocer
a la Baronesa fue abrir la puerta a un mundo inaudito.
Recuerdo conversaciones junto al fuego de la chimenea,
donde cada uno iba mostrando sus heridas de amor. “Del
dolor nace un mundo nuevo”, nos repetía. . Idealista,
desinteresada, creativa, al momento de dejar Chile, a punto
de terminar las construcciones de La Querencia, sólo nos
exigió una condición: que trabajáramos al límite de nuestra
entrega para devolver al mundo la esperanza del amor
perdido.

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La Querencia entonces es la proyección del generoso
corazón enamorado de una gran mujer que quiere ver el
mundo enamorado. La comparo con un libro en acción. Sus
memorias en cada piedra de la casa o árbol de jardín. Si,
detrás de esta empresa hay una abeja reina y nosotros somos
los artífices porque a pesar de nuestras heridas rimamos con el
mismo ideal.
Y aquí estamos preparados para cumplir la promesa.
Y sólo falta que lleguen las clientas, que estacionen en el
camino, crucen el puente colgante, atraviesen los jardines para
comenzar nuestra misión.

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“En estos tiempos, para alcanzar el éxito, toda empresa


necesita una estrategia de marketing”, escuché que decía en la
tele, un mal actor que hacía de empresario en una telenovela
nacional. Aunque el comentario no venga al caso, lo escuche
esta mañana cuando pasaba por la cocina. Don Prudencio,
nuestro jardinero, no sacaba la vista de la pantalla.
En su momento nosotros también hicimos promoción de
La Querencia.. Concluida las construcciones, nos colgamos al
teléfono para informar a nuestras posibles mensajeras:
amigas, mujeres de la familia, antiguos amores.
Otra estrategia la nombramos “Misión Diamante”, y
consistió en la publicación de un libro con nuestras fotos que
dejamos en peluquerías de mujeres, gimnasios, tiendas de
modas, centros de belleza, recepciones de hoteles. Los textos

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fueron redactados por mí, y te cito un pasaje: Si quieres volver
a recuperar la magia con tu pareja, si no tienes pareja y
anhelas vivir el amor verdadero, La Querencia es un centro
de operaciones emocionales, donde un calificado grupo de
expertos alquimistas te preparara para el logro de tus
deseos. Marca el 7451095 y te diremos cómo llegar.
Aseguramos absoluta privacidad.
Pero en la tercera estrategia de promoción es donde hemos
depositado las mayores esperanzas.
Se trata de una página web especialmente diseñada con
cuadros de todas las épocas, poemas cortesanos y fotos de
parejas. Si escribes www.querencia.com, podrás acceder a
todos nuestros servicios: La Noche de la Dicha, Masajes,
Lecturas en los Jardines, etc. El sitio dice cosas como: Poesía
aplicada al servicio de las emociones. Un calificado equipo
de técnicos, expertos en poesía, alimentación y prácticas
amatorias, por primera vez vuelca su experiencia, para que
usted, a través del placer, sea preparada para vivir la mayor
de las aventuras humanas: el amor de pareja. Una
posibilidad de sentir la eternidad en esta vida pasajera.
¿No te parece una invitación atractiva?

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Estamos listos para comenzar. Los espejos del salón nos


entregarnos la mejor imagen de nosotros mismos. Una nueva
conciencia acecha en el sendero de cipreses mientras el
jardinero barre las hojas.

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Me he pasado el día buscando mi bastón con empuñadura de


plata. ¿Dónde lo habré dejado?

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Al final del sendero de cipreses está mi torre donde me


encuentro ahora. Es un cilindro de piedra de tres pisos, donde
me encierro a leer, y a lo lejos practico algunos pases de
alquimia.
Probetas, alambiques y ollas viejas, son algunos de los
objetos que podrás encontrar aquí, si subes por la escalera de
caracol que conduce al ultimo piso bajo una bóveda vidriada.
Eso si, no pienses que soy un alquimista ni mucho menos.
Soy apenas un aficionado que le apasiona la lectura de los
principios de Hermes Trimegistro, las recetas de Raimundo
Lulio, los tratados de Paracelso, con su fascinante nombre;
Aureolus Philipus Teofrastus Bombastus von Hoheimheim.
Soy nada más que un curioso autodidacta, que así como en
mi búsqueda de a-mor, encuentra en la alquimia una forma de
trascendencia. Por ejemplo, se sabe que los pasos del Opus
alquímico son doce, van del detritus hasta alcanzar el oro, la
más alta conciencia, y yo nada mas he llegado a la tercera
etapa. Pero no creas que por eso me siento decepcionado, por
el contrario, cuando ocurrió, fue una experiencia
emocionante.
Fue en los tiempos de la dictadura militar en Chile, los

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tanques recorrían las calles, y para no hundirnos en la
violencia contingente, con mis amigos Gerardo Arroyo y
Matías Valenzuela, decidimos abrir una ventana espiritual y
practicar alquimia. En una pieza oscura del centro de Santiago
comenzamos a armar un laboratorio, a derretir termómetros y
precipitar fórmulas. Recuerdo que una noche la solución de
mercurio y piedra de azufre tomó la forma de tres capas
perfectamente discernibles, y nos abrazamos como si
hubiésemos encontrado la llave al país de la felicidad. Esa
misma noche, los militares destruyeron el laboratorio
creyendo que fabricábamos explosivos.
¿Juego? ¿Curiosidad? ¿Búsqueda de trascendencia?.
Como la experiencia del a-mor, la alquimia es otra forma de
ligarse contigo que humildemente practico en mi torre. Espero
que me entiendas, esta carta es un susurro al oído, tu
presencia sigue aquí…Luego te sigo escribiendo, siento
golpes en la puerta...

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Amanece en La Querencia, desde mi torre escucho el canto de


los gallos. Pero volvamos a la noche de ayer. ¿Recuerdas que
mientras te escribía golpearon la puerta de la torre?. Eran
golpes desesperados, inmediatamente bajé las escaleras.
Afuera, estilando bajo la lluvia encontré a Silvestre Corrales
que señalaba unas luces al otro lado el río.
Interpreté su alegría como la señal esperada, lo abracé

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emocionado, y seguí al invernadero. Escondidos entre las
plantas estaba al resto de los putos muñecos. Cargaban las
viejas escopetas de caza. Ruca, nuestro perro, ladraba
descontrolado.
—¿Y si fueran? —pregunté a mis amigos que permanecían
expectantes.
—Son otra vez los cuatreros —murmuró Gerardo Arroyo.
—Dios — fue todo lo que exclamé al tiempo que las luces
de un vehículo se apagaban afuera en el camino.
Nos ha pasado otras veces, confundimos las esperanzas
con los ladrones de caballos. Al alba, el ruido de un motor se
perdió por el camino que baja al pueblo.

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¿Te conté que tengo pésima memoria? Tal vez sea otra razón
de por qué te escribo, como los perros que orinan en las
paredes para dejar rastros.

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Mi desayuno: tortillas de algas, flores de la pasión y píldoras


de ajo para fortalecer la potencia amatoria. Durante la espera
es necesario estar en forma. En cualquier momento
comienzan a llegar las mujeres, las clientas, las pacientes.

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20

Hace un rato llegué de Santiago donde fui a revelar las fotos


donde aparecen mis amigos. Es un retrato legendario.
También pasé a ver a mi pequeño hijo. Sara no estaba en
casa, y Vicente estaba al cuidado de la empleada. Lo acosté,
le leí el cuento de la Bella Durmiente que despierta con un
beso, repetimos el rezo del ángel de la guarda. Al terminar
me dijo muy contento que un nuevo amigo de su madre lo
llevará al circo ruso. La idea lo tiene muy excitado. Yo, en
todo caso, ya lo llevé una vez al circo ruso. Lo que pasa es
que Vicente era muy chico y no se acuerda de nada. Antes de
quedarse dormido le pregunté por el nombre del nuevo amigo
de Sara. Me dijo que le dicen “Lobo”. “Es muy simpático,
papá”, agregó antes de cerrar los ojos. ¿Te parece que un tipo
al que le dicen Lobo puede ser realmente simpático?

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Es medianoche y en el jardín brillan las luciérnagas. Bajo la


luna, los coirones proyectan sombras sobre las baldosas. Traje
blanco, peinado como si una vaca hubiese pasado la lengua
por su cabeza, Gerardo Arroyo se pasea por la terraza con un
Martini.

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22

A veces pienso que el culpable de mi mala memoria ha sido el


alcohol. ¿Te conté que hace un tiempo empinaba el codo
como un cosaco? Dos años atrás, cuando Sara me dejó me
tomaba hasta el agua de los floreros. Oh Dios, y la herida
todavía no cierra.
23

¿A partir de qué momento es peligroso seguir enamorándose?


¿Los cuerpos se desafinan con la infidelidad? ¿Dónde buscar
las virginidades perdidas? Son algunas de las preguntas que
intentaremos resolver cuando ellas aparezcan.

24

Dios ha muerto, repiten los seguidores de Nietzsche. Es una


invención humana, una metáfora de la conciencia, aseguran
los destructores de mitos.
¿Porque te escribo?, me pregunté esta mañana
mientras veía caer la lluvia desde mi torre. Abajo, en el
invernadero, Don Prudencio, el jardinero con su mameluco
amarillo, regaba apaciblemente las plantas que escalan el aire
buscando la luz.
Experiencia íntima aseguran los místicos, energía
que anima el universo, yo te escribo porque tú también tienes
parte en el ideal del a-mor.
“Sólo creen en lo divino quienes son ya dioses”, dijo el

23
poeta Holderlin. Uno de los grandes románticos. ¿Conoces
sus bellos poemas a su amada Diotima? Era hijo de un pastor
protestante. Enloqueció por una pena de amor.
A propósito de pena de amor, como si fuese hoy, siento
los fuertes pasos de mi amigo Gerardo Arroyo entrando a la
habitación de Sara. Hace justo dos años atrás, una tarde de
invierno, Gerardo fue a decirle a Sara que no tenía por qué
echarme de su casa cada vez que yo tenía un problema con su
hijo. “Vive en otro mundo, cierto, en los poemas medievales,
quiere ser escritor, pero te quiere”, escuché que le decía
Gerardo a Sara mientras tendida en su cama, con una bandeja
de comida, no sacaba la vista de una telenovela.

25

—¿Será que mis lecturas terminaron por aburrirla? — le


pregunté hace unos días a Manzana Valenzuela. Es de
todos nosotros, el más perceptivo. Es de alguna forma
nuestro jefe espiritual, un vidente.
—Frío, malamemoria — me respondió con su habitual
serenidad.
— ¿Será que la quise demasiado? - continué.
—Frío, malamemoria —volvió a repetir.
—En esto hay dos posibilidades —respondió con tono de
precisión.
—¿Dos posibilidades? - pregunté.
—La primera es que ella nunca te quiso, o bien, realmente
tú vives en otro mundo, y eso la atemorizaba.

24
Para mí la historia con Sara sigue siendo un enigma. ¿Y
que sentido tiene resolverlo si ya no está conmigo?

26

Cualquier cosa que me pidan las clientas se las daré. Menos


subir a mi torre. Este lugar de retiro será fundamental para
mantener la inspiración en las funciones.

27

Como ellas tenemos el corazón herido. Es la verdadera razón


por la que estamos aquí. Una aclaración: no somos una secta;
sólo un grupo de buenos amigos que comparten esta empresa
de poesía aplicada al servicio de las emociones. Vero,
verísimo, como dice la Baronesa.

28

¿Te he hablado en estas cartas de mi bastón con empuñadura


de plata? Me lo regaló Sara, pertenecía a un tío de su familia.
Perfectamente podría ser otro integrante de La Querencia.
Desde que Sara me lo regaló nunca se ha separado de mí. ¿Lo
puedes ver? Descansa sobre la litera de la torre, su curva
cabeza de plata duerme sobre la almohada. Cuando bebo me
encargo de rociarlo con gotas de vino.

25
29

Nuestra Mecenas, la querida Baronesa, Francesca de


Vicencio, sigue todas las acciones desde su residencia en
Tánger. Sin embargo, desde hace tres semanas que no
podemos comunicarnos con ella. El correo electrónico esta
vacío. ¿Qué pasara con su cáncer? ¿La habrán hospitalizado?
¿Por qué no nos informa nada?

30

Tener mala memoria es como un perro al que le tiras un palo


y vuelve con una pelota ¿Te conté que tengo un hijo? Se
llama Vicente, como yo. Mi adorado hijo gracias a Dios,
perdón, gracias a ti, bueno, gracias a Sara.

31

Somos poetas del a-mor, monjes tántricos, putos muñecos,


llámanos como quieras. Vamos a curar las heridas con
nuestros servicios. En esta misión entregaremos hasta la
última gota de imaginación. Oh Dios, vamos a pintar la
palabra esperanza en el cuerpo de las mujeres, a soltar pájaros
de ternura. Y aquí estamos, parapetados, como francotiradores
del a-mor esperando a que crucen el puente colgante para
comenzar.

26
32

Oh Dios, creo que ha llegado el tiempo de presentarme. Nada


de fechas y anécdotas. No te aburriré con ambientaciones
espaciales, contextos sociales, casas con oscuros sótanos,
empleadas mapuches, tías canosas con zapatos ortopédicos
Como la de mis amigos, intentaré redactar una biografía breve
y en relación al tema del a-mor.
Pienso que sería prudente comenzar así: me llamo Vicente
Concha. Como todas las personas en Chile, tengo un
sobrenombre: me dicen “malamemoria”. Me gustan los
relojes antiguos, las comidas livianas, soy un lector
compulsivo de literatura, de todos los tiempos, desde la
epopeya de Gilgamesh hasta ciencia ficción. Pero mi
debilidad son las antologías de poesía de amor cortesano, y
los tratados de alquimistas medievales, que en sus versos y
laboratorios, también buscaban a Dios. Aunque estoy cerca de
los cuarenta, camino con un bastón con empuñadura de plata.
Como cantaba el Dante, ‘me encuentro en la mitad del camino
de mi vida, perdido en una selva oscura’, como un Bardo
herido de a-mor, aquí estoy, en La Querencia, donde me he
propuesto escribirte todos los días una carta para contarte esta
aventura.
Permíteme un primer acercamiento al tema del amor.
¿Puedes ver la fotografía en blanco y negro pegada a la curva
pared de mi torre? Es del ano 1969, el mismo año en que los
astronautas llegaron a la luna. El hombre triste y gris que se
ve al fondo, bajo el quitasol de líneas amarillas, es mi padre.

27
Murió en la cama de casa como mi madre. La del centro es
una de mis hermanas. Vive en Buenos Aires, cuatro hijos,
separada como casi todo el mundo. Se supone que yo soy el
niño con el balde rojo que observa con absoluta veneración
las piernas de una amiga de mi madre como si fuese una diosa
inalcanzable. Se sabe, ellas emanan un fluido poderoso,
misterioso, irresistible. En la composición de hormonas ellas
son XX y nosotros XY. ¿Porque entonces las buscamos si las
llevamos dentro? Creo que en el misterio del amor también
hay espacio para la procreación.
Soy el menor de cinco hermanos de una familia
convencional chilena. Sin embargo - cuando nos iniciamos en
la lectura aparecen ocultos progenitores- y como
consecuencia natural, de muy chico veía en las criadas de
casa damas de compañía de una Corte, el pequeño patio con
un níspero era un parque, el living donde mi querida madre
tejía interminables bufadas, parte de un castillo medieval En
resumen, provengo de un mundo donde había que
reinventarlo para que coincidiera con los libros. Nada
espectacular ni sórdido que recordar. Aparte de la transmisión
de valores de sobriedad, nunca vi a mis padres realmente
enamorados bajo las montañas. A propósito de montañas,
tengo una teoría, en Chile, la cordillera de los Andes es en
parte culpable del fracaso del a-mor. Su presencia se impone
aplastando la imaginación, el asombro, la construcción de
cualquier ideal. La cordillera de los Andes como un libro
imposible de leer, porque es demasiado imponente,
demasiado alta, intimidante, lejos en el cielo impide la

28
civilización.
Algo fundamental en mi autobiografía: desde la infancia
quise ser poeta. Mas tarde quise ser escritor pero mi intento
sucumbió. En todo caso la fascinación por la palabra sigue
viva como una obsesión.
Mi madre me contaba que yo apenas hablaba cuando
quedé hipnotizado con el silabario donde aprendían a leer mis
hermanas. Todavía no llegaba la televisión a Chile y con
hipnótica fascinación pasaba horas observando las letras en el
silabario. Parafraseando el poema de las vocales del
alquimista Rimbaud, para mi la A era como una larga
cabellara femenina, la E mi madre con sus generosos brazos
abiertos, la I una de las piernas de la empleada mapuche de
casa, la O una boca infinita en el espacio, la U la curvatura de
unas sensuales caderas. A todas las letras les atribuía
connotaciones femeninas físicas, sospechando que esas letras
algún día podían construir otro mundo del que me rodeaba y
sentía prisionero. Si, desde niño me sentía prisionero en el
mundo, como los peces del acuario que tenemos en biblioteca
de La Querencia, que Don Prudencio alimenta con láminas de
pellets que caen lentamente hasta el castillo submarino donde
duerme una sirena.
¿Porque abandoné la ilusión de ser escritor?, te estarás
preguntando si era mi pasión natural. Esto tiene que ver
precisamente con mi sobrenombre: "Malamemoria". Por
ejemplo, aun paso horas buscando las llaves del auto cuando
quiero ir a Santiago a ver a mi hijo. La memoria me falla
cuando se trata de ordenar las acciones, pero paradójicamente,

29
en el universo de las palabras esta brilla con emorme
intensidad. Vero, verísimo, como dice La Baronesa, sin el
menor esfuerzo, soy capaz de recordar poemas enteros, citar
frases famosas, registrar sutiles giros en una conversación.
Contradicción absoluta, estarás pensando, porque la escritura
se hace con palabras, ¿verdad? Déjame explicarte, es muy
simple, cuando quise ser escritor, podía perfectamente
inventar escenas y hacer hablar personajes, pero de nada me
servía, olvidaba el hilo del argumento, y me era imposible
seguir adelante con el relato.
Estas cartas por suerte son diferentes. Por primera vez en
mi vida puedo golpear las teclas de la vieja underwood,
dejando fluir mi pensamiento en relación a los recuerdos y
hechos que van aconteciendo día a día en La Querencia.
¿Qué otros elementos esenciales en mi biografía? Estudié
en un colegio de hombres y curas jesuitas; y esa fue una
experiencia determinante. Nunca vi chicas en los patios, y así
se transformaron en seres distantes, diosas inalcanzables.
Debo tener unos nueve anos en el colegio de jesuitas, Miss
Marcia era la profesora de religión, tenía un cuerpo tan
pequeño que, cuando llovía, pensaba que perfectamente se
podía ahogar. Durante la clase imaginaba que se subía a mis
espaldas, y atravesábamos juntos los charcos del patio como
si fueses mares. “Concha, otra vez, ¿qué mira por la
ventana?”, solía preguntarme. Yo volvía al mundo sin
responder. “¿Quiere saber qué miro por la ventana?”, le dije
un día en que volvió a sorprenderme en blanco. “La miro a
usted, estoy enamorado de usted, Miss Marcia”, le dije

30
tragando saliva y armándome de valor. La campana sonó y la
profesora salió turbada. Ese mismo año Miss Marcia se casó,
y yo fui. el único del curso que no fue a la ceremonia. El año
de la graduación, encontré a Miss Marca en la enfermería. Le
ponían hielo sobre un hematoma en su frágil rostro. Me
confesó llorando que su marido la maltrataba.
Tengo dieciséis años, y estoy bailando con una chica
de trenzas colorinas en la fiesta de graduación. Le digo:
“vámonos al palacio de la luna”. “Escríbeme, te estaré
esperando”, me dijo años después, convertida en mi novia,
cuando nos despedimos llorando en el aeropuerto. Como todo
hijo de familia, me iba de Chile a viajar por un tiempo, no
quería estudiar, quería saber qué pasaba al otro lado de la
cordillera. Al poco tiempo Magdalena me escribió que tenía
un nuevo amor y que se casaría con él. “Entiéndelo, te la
pasas leyendo, nosotras las mujeres necesitamos un nido,
hombres prácticos”, me decía la mucama del viejo hotel de
París donde yo limpiaba los baños. ¿La puedes ver en el
tiempo? Era la bella heroinómana rusa que se masturbaba en
la recepción. Me hablaba de una amiga en Moscú, una chica
solitaria y bella que leía poesía. Sin conocerla me enamoré de
aquella chica, y comencé a escribirle cartas. Es perfectamente
posible, muchos trovadores se enamoraron, sin siquiera
haberla conocido. Como Jaufré Raudel, que se sin haber visto
nunca a la condesa de Tripoli (esposa del alquimista
Raimundo Lulio), partió a ofrecerle su amor y, al llegar murió
en sus brazos. Aunque inspirado en esta historia, mi caso fue
diferente: un día recibí una carta de la chica rusa donde me

31
confesaba que era lesbiana, echando por tierra mi sueño.
Continúo recordando, sombras chinescas, bellezas
que matan, diosas generosas que inventamos para sembrar un
suelo estéril. ¿Te has enamorado alguna vez? Ahora debo
tener unos dieciocho años, y voy navegando por el río
Amazonas en un tronco hueco. Hay una hermosa fotógrafa
americana a bordo que contemplo con mayor entusiasmo que
los enormes ceibos de tupidos follajes en la orilla. No me
quiero mirar a la fotógrafa, dirigirle la palabra, en silencio
rezo el Padre Nuestro para que ella se fije en mí. Tiempos de
juventud, donde sentía que tras cada uno de los millones de
gestos, que serán devorados por el tiempo, se escondían
maravillosas historias de amor que me estaban esperando. Y
en mis viajes golpeaba muchas puertas. A veces abrían
mujeres seductoras. Otras llenas de compasión me daban de
beber. Cuando preguntaban mi nombre, les decía: Bertrand de
Born, Jaufré Rudel, señor de Pons y de Begerac. Me gustaba
sentirme de paso y como un poeta cangrejo viajar hacia atrás
en el tiempo. Y pensaba, siempre pensaba, que un día
cualquiera, entre las millones de puertas la iba a encontrar.
¿Me sigues? Mi biografía es la historia del encuentro con el
amor y su pérdida. Saltos, entradas, despedidas. No hay Itaca
porque se fue la chica de las trenzas colorinas. Y un día decidí
volver a mi país y conocí a Angélica. Ella hizo que las
montanas de los Andes volvieran a su sitio, otra vez
inalcanzables como el cielo. Para nuestro matrimonio, mis
amigos leyeron un poema de Yeats que habla de un hombre
pobre, que sólo tenia sueños, y los derramaba a los pies de su

32
amada. ¿Puedes ver en el tiempo cuando me arrestaron luego
de chocar el auto de Angélica? Esos convictos tras los
barrotes, mirando las fotos de sus mujeres. Con Angélica el
paraíso se vino abajo por una causa doméstica. Como ahora,
en ese entonces, yo no quería trabajar, quería pasarme el día
leyendo y soñaba con ser escritor.
Mis viejos amigos me ayudaron a curar esa herida.
Desde el fondo del tiempo veo el auto de Gerardo Arroyo a
toda velocidad camino al puerto de Valparaíso. Vamos otra
vez con el porvenir en la cabina tomando cervezas. Noches de
fiesta en los burdeles leyendo los poemas de Holderlin a su
amada Diótima. “Mami, en Chile ya no quedan mujeres para
nosotros. Las chicas solo quieren formar familias”, le decían
mis amigos a la vieja cabrona del burdel de Valparaíso.
“Tocaremos el sol”, le prometí años mas tarde a
Antonia, la modelo. La chica histérica y hermosa como un
camino intransitable. Antonia mi andrógino, mi nueva
religión. Y esta vez cn ella decidí cambiar de plan. Trabajaba
como un perro en una agencia de publicidad redactando
slogans. La idea era ser un proveedor para que Antonia nunca
se fuera. Pero la tempestad llegó una noche en que luego de
hacer el amor, Antonia me dijo que necesitaba encontrarse a
sí misma aunque tuviésemos el refrigerador lleno. “El amor
no es suficiente”, dejó escrito con su rouge en la pared. ¿Te
das cuenta? El centro de la llama doble fue apagado con
nieve.
Pero hay una herida mayor que todas las que te he
descrito. Es tan honda que cuando la abro, puedo mirar mi

33
alma en oscuridad total. Su corte es tan doloroso que aun no
puedo hablarte de ella. Y pensar que yo estaba dispuesto a
cortarme un brazo por ella. Sara mi andrógeno, mi religión
perdida.
Termino mi biografía con un fragmento de Juan de
Mena: Quién nos dio tanto lugar/ de robar/ la hermosura del
mundo/ que es un misterio segundo/ tan profundo/ que no lo
se declarar.
33

De nada sirve prender velas y rezar si no tienes un a-mor. De


nada sirve luchar por la defensa de los bosques nativos si no
tienes un a-mor. De nada sirven las alarmas y los seguros de
vida sino vives el a-mor. Para los antiguos trovadores y
trovadoras, a-mor significaba sin muerte. Sin muerte, inmortal
en esta tierra cuando descubres tu unidad perdida. Y eso les
diremos a las mujeres desde nuestras heridas.
¿Por qué no aparecen ¿Será que el invierno las
espanta? ¿Debemos esperar la llegada de la primavera?

34
Pasan los días, las clientas no aparecen, y no recibimos
noticias de la Baronesa. Hace un rato estuve leyendo en la
biblioteca una novela moderna: Blaide Runner, trata de un
detective que se enamora de una muñeca creada por una
compañía. Otro replicante antes de morir te pregunta:
"¿Todos estos momentos se perderán como lágrimas bajo la
lluvia?"

34
35

Por momentos siento que estas cartas son el monólogo de un


torpe muñeco hablando frente a un espejo roto.

36

Nuestra mente ha comenzado a llenarse de imágenes estáticas


donde las acciones son tragadas por la espera. Aislados en
esta galería vacía, seguimos nuestras propias sombras,
anticipando un mundo radiante que nos mueve la sangre.
Trascender esta espera significa sobreponernos en aras de un
espejismo. ¿Nosotros mismos?

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Como arañas que han tejido redes inútiles en el aire donde no


vuelan los insectos, nos estamos terminando todas las
botellas, las pastas, los higos secos.

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No para de llover. Los brotes de rosas oscuras que asoman sus


cabecitas en los almácigos del invernadero parecen viudas de
invierno. El camino que sube desde el pueblo está anegado. El
viento ha derribado el tendido eléctrico. Sólo los frescos de
Gonzalo Duncan en las paredes soportan esta espera
interminable.

35
39

Si no fuese por el viento que agita los coirones, pensaría que


el mundo se ha detenido. Estas montañas oprimen. Sin nada
que hacer, erráticos fantasmas, matamos el tiempo tumbados
sobre los almohadones. Cuando despertamos, encontramos
botellas vacías, manchas de orina en las paredes. Entonces
nos ponemos a limpiar La Querencia para volver a destruirla
de noche.
40

Presiento que escribo desde un lugar que nunca tuvo


comienzo. El jardinero con su mameluco amarillo realiza su
trabajo como si nada pasara. Recoge las hojas, desinfecta los
jóvenes cipreses, prende la estufa en el invernadero. Parece el
reverso de nuestra desesperación. ¿Dónde habita? Bastaría un
paso para desaparecer en su mundo de hojas.

41

He bebido durante todo el día vino anejo. Las teclas de la


Underwood se quedan pegaaadasss a mis dedosss. Cuando
hablo conmigo hablo contigo. Estoy vaacío como una
calabaza. Si no te lo dijera, sería un lobo disfrazado de
cordero. Soy todos mis estados. Un borracho guerrero abatido
por las flechas de la pasión. La espera matta. Que traspasen
esta puerta las mujeres solitarias para comenzar nuestros
servicioss. ¿Vendrá algún día Sara?

36
42

En cualquier momento asoman sus grandes ojos verdes sobre


el remolino del tiempo. “Quedaste encandilado como las
polillas con las ampolletas”, me dice Gerardo cuando me
sorprende mirando el vacío. Sara sigue estando en todo lo que
veo. No es justo, mejor dicho, no entiendo nada. Uno de estos
días me va a explotar la cabeza. No llegan las clientas, y como
van las cosas, esto se está convirtiendo en una terapia para
desesperados.
43

Anoche recibimos un tranquilizador mensaje de la Baronesa.


Finalmente ha dado señales de vida. “Mis adorables muñecos,
tengan paciencia y retiren nuevo giro en el banco, los amo
tantísimo”. Recibimos el mensaje a tiempo porque hace una
semana no para de llover, el camino que conduce al pueblo
esta intransitable, el techo de la biblioteca se ha levantado con
el viento, y apenas quedan fardos en el establo para los
caballos. Al menos, el giro de nuestra Mecenas apaciguará
esta exasperante espera.
Gerardo Arroyo partió esta madrugada, muy temprano en
la avioneta a Santiago a recoger el dinero. A todos nos pilló
por sorpresa cuando lo vimos encumbrarse sobre los cerros.
Aunque sabemos que es un experimentado piloto estamos un
poco preocupados, el día esta muy cerrado y la avioneta no
cuenta con instrumentos para vuelos no visuales. Solo a un
osado delirante como Gerardo, se le ocurre volar este día,

37
donde nuevamente ha comenzado llover.

44

Anochece y Gerardo no regresa. Pienso que tres son las


pruebas del abatimiento:
1) La falta de sueño.
2) La pérdida del sentido del cuerpo.
3) La creencia de habitar un mundo que no existe.
Y esto nos está pasando a todos. Y nos da lo mismo tener
los ojos abiertos, porque cada vez vemos menos.

45

La noche avanza, mi mala memoria es un perro, pero ahora le


tiro una pelota y aparece con un reloj de arena.

46

No deja de llover y nada sabemos de Gerardo que partió en la


avioneta a Santiago. No sabemos que hacer. Gerardo es un
experimentado aviador capaz de aterrizar en un cubo de hielo
con viento cruzado, pero no aparece y continúa lloviendo.
Hemos prendido todas las luces de la pista de aterrizaje,
intentado comunicarnos por radio.
¡Oh!, Dios, te ruego que regrese pronto aunque sea para
hundirnos todos juntos en esta interminable espera.

38
47

Los verdaderos derrumbes nunca se presentan de manera


estridente. Desmoronan por dentro, paulatinamente. Esta es
mi visión y métetela bien en la cabeza si es que tienes cabeza.
Gerardo Arroyo, el Dr. Delirio, el experimentado piloto, el
amigo de toda la vida, finalmente ha dado señales de vida. No
lo podemos creer. Nos ha traicionado. Hoy llamó de Santiago
para decirnos que no volverá a La Querencia, se ha ido con el
dinero de la Baronesa y no volverá.
Hemos descolgado la obra Alegoría de la Fortuna de Dossi
Dosso, embalado los libros, soltado los caballos al cerro.
Y yo te digo con los ojos llenos de lágrimas, adiós.
Oh Dios, nunca dejaste comenzar nuestro bello sueño.

39
SEGUNDA PARTE

48

Si los derrumbes nunca se presentan de manera estridente, las


buenas noticias tampoco. Nos costó creerlo; estábamos
bebidos, durmiendo sobre los almohadones del salón.
“Despierten los putos muñecos”, sentimos que nos decía
Gerardo mientras nos lanzaba un chorro de agua fría.
La primera en entrar a la La Querencia fue la rumana
Ileana Radulescu seguida de tres adorables chicas. Imagínate,
fue un doble motivo de alegría, Gerardo regresaba, y con un
grupo de mujeres.
Te explico brevemente, su traición finalmente resultó ser
una broma; bastante pesada por cierto. El mismo día en que
partió en la avioneta a Santiago a recoger el giro en el banco,
la Baronesa le ordenó pasar a recoger a unas extranjeras.
Gerardo quería darnos una sorpresa pero un accidente lo
obligó a permanecer una semana en Santiago. Durante el
vuelo un ave se enredó en la hélice de la avioneta, realizó un
aterrizaje de emergencia...Una descripción la verdad
irrelevante luego de su feliz aparición.
No te imaginas lo beneficioso que ha sido para todos el
encuentro con las extranjeras. Jóvenes, robustas, son dos

40
rumanas, y una checa. Ileana Radulescu, es la gerente de las
chicas, y como nosotros, siente verdadera devoción por
nuestra mecenas. “Toda una dama; nos ayudar a salir de
Europa después de caída de muro", repite vez que puede.
Ileana conoció a la Baronesa años atrás en Rumania, en la
embajada de Italia en Bucarest. En ese tiempo ella se
presentaba en las fiestas con un grupo de bailarinas.
Ileana Radulescu tiene un oscuro lunar sobre el labio
superior, lleva una bata de seda oriental, y como una geisha se
pasea por el jardín sacudiendo un abanico. Su objetivo es
instalar un elegante prostíbulo en el barrio oriente de
Santiago, y la Baronesa le pidió que antes pasara unos días en
La Querencia como en un campo de entrenamiento.
Razón de sobra tenía nuestra visionaria Mecenas: de día
les enseñamos a las extranjeras castellano en sesiones de
lectura y escritura, y de noche, bajamos las cortinas del salón
y ensayamos distintas técnicas amatorias. La idea es alcanzar
nuestro óptimo nivel para cuando lleguen las clientas.
Que extranjeras más adorables: Olga es la hermosa
campesina de Chechenia que toca el piano, Sonia, una
morena de pechos perfectos que bebe vodka durante la
jodienda, Teresa, la descomunal trigueña de Praga que ejecuta
arriesgados mortales en el tablón de la piscina. Dolor han
vivido estas chicas de Europa del Este, y no conocen la queja,
el freno ni la vergüenza.
Esta noche haremos una gran cena de despedida a Ileana
Radulescu y sus chicas. Han estado una semana en La
Querencia y mañana deben partir a Santiago.

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49

!Aleluya! !Cifra mágica! Finalmente La Querencia ha abierto


sus puertas. Curiosamente, a los pocos días que se fue la
Ileana Radulescu y sus chicas, no han parado de llegar nuevas
mujeres. Aparecen de noche y de día, estacionan sus autos en
el camino, tocan la campana, cruzan el puente colgante. En un
principio suelen presentarse tímidas, luego sueltan sus
confesiones, lloran, beben, bailan. Cargan enormes heridas
desde los ojos hasta la punta de los pies.
No encuentro palabras para describirte la emoción
que nos brinda nuestra tarea. Hasta la fecha los casos han ido
desde soledades extremas, a vírgenes ansiosas y mujeres
maduras insatisfechas con experiencias de absoluta
promiscuidad. Dios mío, ¡cuántos corazones rotos!
¿Y cuál es la causa de todas las heridas? No queremos
entender que el amor, como un poema, es un invento, una
construcción espiritual que requiere de una preparación de la
conciencia. En un principio Cupido arroja su flecha, vero,
veríssimo, pero luego es necesario “prender las velas”, le dije
ayer a una desconsolada y dulce treintona separada de un
vendedor de seguros.
Oh Dios, aplaude a la Baronesa, con toda tu fuerza. A
través de la historia, como una ecuación directamente
proporcional a sus resultados, mecenas y artistas se han unido
para crear las obras. Piensa en los príncipes y músicos de las
cortes. En las reinas y exploradores que han pintado los

42
mapas. Visionarios capaces de inventar un mundo nuevo. Y
eso estamos haciendo en La Querencia.
Nada más que agregar en esta ocasión.

50

Catalina se llamó mi primera clienta o paciente, y llegó a La


Querencia vestida con un uniforme de colegiala.
Estoy recordando el inocente brillo de sus ojos, su
encantadora manera de mascar el chicle, la posición que
adoptaron nuestros cuerpos mientras se desangraba sobre los
fardos del establo, y lo mas importante, su confianza en que la
virginidad del alma no se pierde con la entrega de la carne.
En un momento paseábamos por el jardín, y me confesó la
razón de su visita que me dejó sin aliento: “Quiero darle a mi
pololo lo mejor que puedo hacerlo. Lo amo. Vengo a aprender
como sienten los hombres.", me dijo.
Me explicó que su novio era un chico tímido que tocaba el
violín en una orquesta de cámara, y misteriosamente no se
atrevía a dar el paso para hacer el amor con ella. Tal vez se
trataba de un joven puro que prefería amarla en el sublime
universo de la música. Sea como sea, se trataba de un caso de
amor absoluto, y la virgen había llegado para acortar esa
distancia.
Por un momento me sentí Safo de Lesbos, la poeta que
hace mas de mil años, en una isla del mediterráneo, les
enseñaba a los jóvenes el arte de amar para prepararlos para el

43
matrimonio.
En un momento le propuse salir a cabalgar al cerro
pensando que la naturaleza era el mejor lugar para atender
este caso de ingenuidad casi inverosímil. ¿Por que a mi?, no
dejaba de preguntarme mientras cabalgábamos por las
quebradas. ¿Por qué me había tocado iniciarme en el servicio
con un caso tan conmovedoramente difícil? ¿Como era
posible que en este mundo de intercambios livianos, aún
quedaran chicas capaces de amar tan intensamente, y
dispuestas a aprender el arte del sexo para complacer a sus
amados en su primera entrega?
El caso abría un mundo de esperanzas. Estaba tan
emocionado que no supe qué hacer. Subíamos las quebradas y
los cactus afirmados a las rocas, me hicieron recordar un
cuento de Lawrence, donde una mujer desesperada de amor se
interna a caballo en el desierto mexicano. Entre los riscos
desembocamos en unas termas a orillas de un río y nos
bañamos sin tocarnos. En un momento vimos lo que parecía
una cueva en lo alto de la quebrada. Se extendía varios metros
al interior de la montaña y nos fuimos al fondo para explorar
los rincones oscuros. De pronto, en la penumbra, la chica se
desnudó y quedé paralizado.
Con mi primera clienta, desnuda, frente a mi, supe lo
difícil que seria para mí y todos los integrantes de La
Querencia nuestra función. Necesariamente entrar en el
corazón de una mujer significaría tomar contacto con nuestra
propia fragilidad masculina. En la fría oscuridad de la caverna
no pude más que estrecharla en mis brazos.

44
—¿Qué te pasa? —preguntó confundida.
—Nada —le dije, recordando con nostalgia la primera vez
que lo había hecho enamorado.
—¿Por qué lloras entonces?
—No importa, pequeña, no importa —repetí, pensando
que la vida con sus golpes termina por quitarnos la bendita
inocencia que mostraba Catalina.
Al cabo de un rato salimos de la cueva y comenzamos a
descender la quebrada en dirección al valle. Mientras
cabalgábamos, no podía dejar de pensar en el chico que
tocaba el violín, en novio de la virgen que había venido sin
complejos a aprender el arte del amor como una preparación
para entregarle lo mejor.
Al atardecer llegamos de vuelta a los establos. Esta vez
Catalina volvió a desnudarse, y sobre el heno esparcido en el
suelo me pidió que la iniciara en el misterio de los cuerpos.
Inocente criatura, pequeña pluma, Lolita de mis entrañas.
"Quiero saber que les gusta a los hombres. No quiero
defraudar a mi novio, quiero darle lo mejor." insistió. Le
insinué que si su novio la quería de verdad el secreto estaba
en que ella misma disfrutara con el sexo.
Debes creerme, nunca fui como el pederasta Humbert
Humbert de la novela Nabokov. Catalina era un ave de paso y
me esforcé por no retenerla a pesar de su belleza que mataba
como diría el delicado poeta Rilke. En fin, le enseñé dentro de
mi posibilidades, o mejor dicho, compartí con ella - mas que
técnicas amatorias como el uso de la lengua o posiciones
inspiradas en la tradiciones hinduistas que no es el momento

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de describirlas, a sentir que el cuerpo es un vehiculo natural y
placentero para el contacto de las almas. Le advertí mientras
compartíamos los cuerpos que en los momentos de placer
intenso, sintiera que yo no era yo, sino su novio sobre el heno
del establo. En su momento lo hizo sin esfuerzo, yo solo
ocupaba el lugar de una superficie. Por mi parte mientras
iniciaba a la chica intentaba borrar todo rastro de placer
egoísta, y cerraba los ojos como si yo mismo fuese aquel
chico violinista que por primera vez entraba en su cuerpo. Fue
una entrega espiritual de desdoblamientos mutuos. Desde ese
momento, comprendí que para el éxito de los servicios de La
Querencia solo serian posible si nos manteníamos fiel al
principio de ser solo medio y nunca fin.
Antes de despedirse, Catalina, la virgen, me puso en
las manos un pasto del establo manchado con su propia
sangre. Lo amarre a mi muñeca, y mas tarde cuando se fue lo
até a la antena de radio de la avioneta. Desde entonces es para
mi una invisible bandera en la pista de vuelo.

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Mi segundo caso fue menos desconcertante que el primero.


Gerardo Arroyo explica que se trató de un complejo de
Himenestra. Para mi fue la exacerbación de una idiosincrasia
nacional que padecen las mujeres de la clase alta; una mezcla
entre tradición católica y regalonería.
Sea como sea, nuestra tarea no es clasificar patologías

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psicológicas en las visitantes, sino inventar soluciones rápidas
e imaginativas. A diferencia de mis compañeros, más
sensuales, sobre todo Gerardo Arroyo, mi tendencia para
resolver los casos es irme por el lado de la lectura de poesía.
Soy un creyente en que el verbo poético restituye el desorden
tanto del cuerpo y del alma, y nos enfrenta al asombro, nos
prepara para amar. La lectura de un poema de cualquier época
es comparable al cuerpo de una mujer. Una sublime metáfora
puede ser unos pechos hermosos, un lunar sobre el labio, una
aliteración desconcertante.
Yendo al grano, la chica de mi segundo caso, se llamaba
Virginia. Bordeaba los veinticinco, y sin embargo tenía
pánico de perder la virginidad. Solo dejaba que se lo hicieran
por la puerta trasera. Extrañamente, por decirlo de alguna
forma, para ella la retaguardia no implicaba ningún
compromiso con la virginidad.
Su caso me hizo recordar la novela Justine, del libertino
marqués de Sade. De pronto, como una medicina, se me vino
otro libro a la mente: Hojas de hierba de Walt Whitman. El
poeta que tuvo que inventarse un personaje, el “cosmos de
Manhattan”, para levantar uno de las más vigorosas
celebraciones sobre el cuerpo y el alma humana.
Partí a la biblioteca en busca de Hojas de hierba y
encontré un ejemplar, en la sección erótica, entre los lúcidos
Trópicos de Miller y las Rubaiyat de Omar Jayam. Cuando
volví Virginia permanecía vestida y expectante, como una flor
agónica, en el salón miraba perdidamente el jardín a través de
la ventana. Comencé a leerle el poema Canto a mí mismo. No

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pasó mucho tiempo y corría en el jardín, alzando los brazos,
completamente liberada.
. Terminamos acostándonos como solo los humanos
podemos hacerlo entre todas las especies del reino animal:
mirándonos a los ojos durante el acto.

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Mi tercer caso me recordó el primero sino fuese por una


considerable diferencia de edad. En un comienzo entendible,
luego se transformó en un desafió incontrolable.
Un auto con chofer la esperó en el camino durante su
estadía. Menuda y encorvada, llevaba un vestido oscuro; mas
tarde supe que se debía a un duelo eterno. A pesar de sus
años su mirada despedía un brillo intenso como el prendedor
de plata que amarraba sus blancos cabellos. Lo primero que
hizo cuando traspasó la puerta con pasos cansados, fue
observar detenidamente con sus lentes de aumento el cuadro
que donó la Baronesa, Alegoría de la Fortuna. Era como si la
enamorada y joven pareja del pintor renacentista Dossi Dosso
despertara en la anciana claves traspasadas de nostalgia.
Al sacar la vista del cuadro, sin dar explicaciones la
anciana me pidió que le leyera cuentos infantiles. Me advirtió,
debido a su sordera que lo hiciera con voz fuerte.
Cuidadosamente la recosté sobre los almohadones, y mientras
Gonzalo Duncan le hacía un retrato, me pasé la tarde
leyéndole cuentos de los hermanos Grimm y de Perrault. La

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abuela cerraba los ojos y disfrutaba las historias. Al final de la
sesión soltó una frase muy verdadera. Dijo: “sólo los niños y
los viejos enfrentamos la vida sin adornos”.
La acompañe por el jardín hasta la salida, al camino junto
al río. Satisfecha, Adelaida llevaba bajo el brazo un retrato de
Gonzalo Duncan donde aparecía junto a una manada de
leones en una playa.
Pero la despedida no fue posible. Mientras la llevaba del
brazo, la anciana de pronto me dirigió una incisiva mirada y
traspasada de deseo. Me temblaron las piernas. Fiel a mis
servicios, regresamos a la casa, bajé las cortinas que sirven de
separadores en el salón, apagué la luz. En la penumbra la
anciana me pidió que la ayudara a desabrocharse los zapatos,
y con dificultad se sacó el vestido. Frente a mí, tenía un
puñado de carne y huesos, y sin saber como reaccionar me
dejé llevar esperando una pista que rompiera mi inmovilidad.
Entonces, Adelaida me sugirió que la mirara fijamente a los
ojos. De un azul profundo comenzaron a despedir un hechizo
hipnótico, y comencé a recorrer su cuerpo con mis manos.
Cada grieta era como internarse en un paisaje lunar, cada
arruga tenía una cautivante historia. Desafiando las leyes de la
materia de pronto el cuerpo de la anciana recobró una
sorprendente vivacidad. En un momento abrió las piernas, y
como una araña me atrapó en antiguas redes hasta llevarme a
una dimensión donde perdí toda noción del tiempo y la
materia.
En la mañana le pregunté por qué durante la noche me
había llamado varias veces Urbano. Era el nombre de su

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marido muerto me dijo. A través mío, había venido a prender
las cenizas.
Oh Dios, descubrí algo que nunca imaginé: los cuerpos
despiden feromonas hasta llegar a la tumba.

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Si durante varios días comes huevos hervidos con mirra,


canela y pimienta, verás enormemente aumentado el número
de tus erecciones. Al punto de que creerás que el miembro no
volverá nunca más al reposo.

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Nacieron hace más de cuatrocientos años con Basho: ese


poeta pobre que recorría los pueblos del Japón medieval. Uno
de los más hermosos dice así:
Sobre la montaña
La luna también ilumina
A los ladrones de flores
La operación de los haikus consiste en escoger cualquier
punto en la naturaleza y observar minuciosamente lo que
acontece: las hojas de un árbol mecidas por el viento, el vuelo
de una mosca, la enredadera que trepa por las paredes. Por un
instante sientes que se detiene el tiempo, y abres una puerta
secreta hacia la percepción de las pequeñas cosas.
Hacer haikus es una forma de corregir la mala visión que
tenemos de la realidad. Normalmente, cuando observamos,

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agrupamos los objetos en áreas de semejanza en vez de
resaltar las sutiles diferencias.
Buscando un ejemplo en los terrenos del amor y nuestra
tarea, el cuerpo de una mujer no es solo un trozo de carne
turgente, tampoco un territorio para recorrer solo en busca de
placer. El cuerpo de una mujer es la representación de un
universo desconocido, aterrador y fascinante. En la frontera
del tacto, puedes terminar tragado por arenas movedizas,
exterminado por rayos de plutonio, bajo una lluvia de ceniza.
Lejos de ser devotos practicantes del Zen, a excepción de
nuestro hiperquinético amigo Gerardo Arroyo, los integrantes
de La Querencia de vez en cuando nos abandonamos a la
práctica de los haikus, y si vienes aquí, cualquier día puedes
encontrar a Silvestre Corrales ensimismado observando las
rozas oscuras del invernadero, o a Manzana Valenzuela, con
la boca abierta, estudiando el micro universo de las hormigas
en el jardín.
Creo habértelo dicho, junto a las técnicas amatorias, la
comida, la música, nuestro plato de fondo es la palabra, y me
gusta llamar a La Querencia una empresa de poesía aplicada.
Toda poesía: mística, abstracta, moderna, sitúa a las almas en
un lugar de origen. Condición espiritual necesaria para la
entrega en el misterio del a-mor.
Hace poco rato a Manzana Valenzuela le tocó atender a
una chica histérica. Apenas cruzó la puerta se subió el vestido,
tendió en el suelo, y dijo que nunca se había enamorado
porque aun no encontraba un hombre capaz de satisfacerla
plenamente en el sexo.

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No me preguntes cómo, Manzana Valenzuela, o el vidente
de La Querencia como también lo llamamos, logró calmarla
y sacarla al jardín. Permanecieron horas observando la
corriente del río. Al despedirse la mujer se veía muy serena y
dijo:
Cuando el fuego quema,
es bueno detener la mente,
para la llegada del amante.

Sin ir muy lejos, la semana pasada aparecieron tres gordas


deliciosas, solteras, funcionarias del Ministerio de Educación.
Se dieron varios rodeos antes de soltar el motivo de su visita.
Habían venido a vencer un falso trauma. Se quejaron de que
los hombres las prefieren delgadas. Pero nosotros creemos
que todos los cuerpos son hermosos, que la verdadera
obesidad reside en la mente, y con Manzana Valenzuela
inventamos una estrategia basada en los haikus.
Nada de dietas sino todo lo contrario, les ofrecimos una
cena opípara: cordero con salsa de menta, camarones al pilpil
regado con vinos gruesos. A la hora del postre Silvestre
apareció con bandejas de uvas y profiteroles.
¡Cómo disfrutaban las gordas! Satisfechas y embriagadas,
en un momento las ayudamos a pararse, y mediante un
sistema de poleas que colgamos de los árboles, logramos
subirlas desnudas al fuselaje de la avioneta donde terminaron
bailando como plumas sobre el aeroplano.
Confiamos en que la experiencia disolverá la grasa cultural
de sus representaciones y se transformaran en unas gordas

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livianas como el viento. Asunto de fe como todos nuestras
apuestas. Creemos que lo logramos porque antes de irse,
dejaron escrito esta maravilla en una servilleta:
Sobre el aeroplano brillaba la luna
Y nosotras cual plumas
Regresamos felices a la ciudad.

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Ha llegado la primavera a La Querencia. Hoy en la piscina


había dos chicas iguales con biquinis iguales, rojos. Cuando
una se tiraba al agua, la otra salía. Era como si la misma chica
estuviera dentro y fuera de la piscina al mismo tiempo. Por las
noches ponemos música desde Big Bands de los años veinte, a
Le Grande Voci del Passat, con las mejores arias del tenor
Caruzzo.

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El maquillaje de la mujer de anoche era una aureola liquida


alrededor de sus ojos. No paraba de llorar mientras me
contaba que su novio la dejó por otro hombre. En un
momento me pidió que también le contara mi herida en el
amor. Pero la herida de Sara yo no se la muestro a nadie.

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Transcribo algunas notas extraídas del libro de cocina de


Silvestre Corrales:
Azafrán: Utilizado como afrodisíaco por asirios, griegos,
fenicios, árabes. Estimula el útero y la circulación sanguínea.
Traer esta semana del mercado.
Trufas: Alto contenido de hormonas masculinas feromonas.
Chocolate: La teobromina ayuda a combatir la fatiga.
Mantiene la insuperable perfomance del Dr. Arroyo. Sube las
habituales bajas del romántico colega Concha.
Ostra: El más efectivo de todos los afrodisíacos.
Efectivamente, las ostras son la base de nuestra cocina.
Una vez a la semana viene una camioneta del sur con ostras
frescas. Como todos nuestros proveedores, estaciona afuera,
el jardinero sube las cajas a una carretilla, y atraviesa el
puente colgante hasta vaciarlas en una tina con agua de mar.
En la última entrega Silvestre devolvió la partida por
considerar que no estaban frescas. Sin presumir te digo: en
todos nuestros servicios utilizamos productos de primera
calidad.

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Greta se llama la mujer, apareció con un perro pequinés entre


los brazos. De mediana edad traspasó la puerta con una mini
de pantera y un rouge intensamente rojo descorrido en unos
labios gruesos. Tendida sobre los almohadones, acariciaba
lascivamente a su mascota y nos fue contando su vida.
Su historia era la de una mujer sin freno en el sexo, y que
como un fruto maduro se resiste a caer del árbol del tiempo.
Hija de un pirquinero del desierto del norte de Chile que se
enriqueció al descubrir una veta de oro, a los quince años
medía el mismo metro cuarenta de ahora, pero su edad y
estatura nunca fueron impedimento para apagar la hoguera
que ardía entre sus piernas. Fiebre uterina en una palabra.
Entre sus anécdotas nos contó que cuando su padre subía a
la mina, ella saltaba al tren que pasaba por su pueblo y
durante kilómetros por la pampa recorría los vagones follando
con todos los mineros. “Tout pour sport”, decía con mal
acento francés mientras besaba la dura piel de su mascota.
“Más tarde, murió mi papi, heredé una fortuna y me fui a
vivir a Francia”, agregó con voz chillona.
En un lujoso departamento de París, Greta, la diminuta
viciosa, organizaba interminables orgías. Rica, lujuriosa, esta
auténtica máquina devoradora de falos, una mañana despertó
mojada luego de un sueño que cambió su vida. Había sido
poseída en el sueño por un animal mitológico, y poco a poco,

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hechizada por el sueño, comenzó a apagarse su interés por los
hombres. Un día, recorriendo una calle de París, descubrió la
nueva fascinación de su vida. Dormía en una vitrina de una
tienda de mascotas. “Apenas vi a Jean Pierre caí enamorada”,
comentó acunando a su perro entre sus enormes pechos de
silicona. Una pasión colindante con el delirio.
—¿Chiflada por ese diminuto can oriental? —exclamó a
riendo toda voz Gerardo Arroyo.
—Nadie ha sido capaz de complacerme como Jean Pierre
—contestó la mujer al tiempo que el perro, como un bebé,
continuaba chupando sus pezones.
—Nada me pide, es silencioso. Me muero por el. A los
hombres los conozco demasiado. Es perfectamente posible
enamorarse de un animal. Lo puedo afirmar en carne propia.
— agregó con devoción
Obsesivamente la mujer no paraba de enumerar las
bondades de su mascota: su fidelidad, buen entrenamiento,
misterio animal, la lengua que con arte supremo sabía meter
por cada orificio de su cuerpo.
—Si es tan rico el perro ese, ¿a qué diablos has venido a
La Querencia ? —preguntó Gerardo Arroyo.
— Llevamos más de diez años juntos, Jean Pierre es
irremplazable pero está envejeciendo. No quiero ser una viuda
triste. Tal vez ustedes me devuelvan el interés por los
hombres —murmuró con nostalgia.
La confesión nos dejó mudos. La depravada había
desplazado el misterio del amor por una mascota, y ahora nos
pedía un camino de vuelta. De pronto, Silvestre la tomó de la

56
mano, se echó el perro al hombro, y salió con ella afuera.
Vi cómo se alejaron devorados por la oscuridad. Estamos
todos a la espera de que va a pasar con ella…

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Te cuento un caso maravilloso que hoy me toco presenciar


como espectador. Acababa de desayunar un concentrado de
algas marinas, y me tendí en la hamaca de la terraza a leer
poemas cortesanos. Son mi debilidad, mas que la poesía
moderna, son el gran motor de esta empresa. De pronto me
dieron ganas de ir al baño, y al
abrir la puerta, presencié una de las imágenes más sublimes
desde que inauguramos esta aventura.
¿Has visto la tinta china que tenemos en el baño? Veamos
si el nombre te dice algo. Se llama Carlos Fernández de Soto
con una mujer. Es una reproducción de un dibujo de Picasso
que muestra una pareja masturbándose recíprocamente.
En el baño estaba Silvestre Corrales con una joven
haciendo lo mismo. El sol andino entraba por la ventana
iluminando sus cuerpos embriagados de lujuria. Como los
modelos de Picasso, Silvestre aspiraba una pipa, y movía el
clítoris de la joven que bebía champaña, mientras se iba de
este mundo.
Pero la representación no termina aquí. Gonzalo Duncan
había instalado su caballete dentro de la tina, y pintaba la
escena.

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¿Te das cuenta? Picasso, Silvestre Corrales, la chica,
Duncan. Copias y originales, como un juego de espejos
interminable es La Querencia. Compruebo de que en esta
empresa, Arte y Vida son barcos arrastrados por la misma
corriente.
La representación de esta mañana en el baño tenía sus
razones, desde luego. Se trataba de una artista que atravesaba
una crisis creativa. Absolutamente bloqueada, se había
encerrado en su crisis y no podía abrirse a una relación de
pareja. A Silvestre se le ocurrió montar aquella representación
como un exorcismo creativo para desbloquear a la paciente.
¿No te parece otro buen ejemplo de un caso desafiante, y
de cómo los putos muñecos, cada uno a su manera, estamos
usando toda nuestra intuición imaginativa?

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Cuando llegó pensamos que no tenía arreglo. Nunca nos


imaginamos que la zoofílica terminaría encantando La
Querencia.
Hace más de una semana que Greta permanece con
nosotros y tenía toda la razón: Jean Pierre es un maestro
cuando pasa la lengua por entre las piernas de las visitantes
pero no es el momento de describir su trabajo.
Explicación aparte merece la relación que han establecido
nuestra nueva huésped y Silvestre Corrales. Los he visto
sobre la paja de la pesebrera, el perro a los pies, pasan las

58
noches en silencio, abrazados, mirando las estrellas entre las
tejas rotas del techo.
Pequeños ambos, durante el día, se sientan sobre el muro
que nos separa del camino, con las piernas colgando como
personajes salidos de un cuento infantil. Como una pareja
sonada Silvestre entra al huerto a pillar sus mariposas
mientras Greta lo espera bajo un paraguas para protegerse del
sol.
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No sé cuánto tiempo ha transcurrido desde que te escribí la


última vez. En esta entrega pierdes la noción del tiempo.
Pasas de un cuerpo a otro, de un alma a otra, como un
astronauta viajando por universos inauditos.

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Hace unos días duermo con la misma visitante. Se trata de una


rubia de grandes ojos azules descendiente de alemanes.
Sensual inocencia, distancia seductora, durante la noche se
sienta al piano y toca sonatas de Beethoven. Se llama Úrsula
Müller, y no entiendo como siendo tan joven y tan bella no ha
encontrado un chico fuera de aquí. Se lo he preguntado y no
responde. ¿La curiosidad mató al gato?
A pesar del buen sexo que disfrutamos, sublime es la
palabra, atravieso por hondas reflexiones que me hacen sentir

59
como un gusano. ¿Entiendes lo que quiero decirte?
—Huevadas, Vicente— me dijo Gerardo cuando me
encontró cavilando mientras Úrsula dormía en la hamaca de la
terraza.
—Una conchita nueva, qué delicia —exclamó.
—¿Has entrado por atrás? —agregó con una carcajada.
Sin mala intención mi amigo suele provocarme con su
estilo mordaz y desenvuelto. Son las diferencias entre seres de
acción y reflexión. Tal vez mi amigo tenga razón, y me he
estado complicando más de la cuenta con la chica que
permanece días conmigo. No lo sé. Ningún caso es para
tomárselo a la ligera.
—He estado pensando, debes marcharte, preciosa —le
dije a Úrsula cuando despertó de la hamaca. Me clavó una
mirada desafiante.
—Me quieres, admítelo —aseguró.
—No se trata de eso, preciosa.
—¿De qué se trata entonces, Vicente?
—No basta con levantar buenos polvos. El desafío consiste
en que el cuerpo enganche con el alma.
—Tú no sabes nada de nosotras las mujeres.
—Creo que debes buscar un chico para ti, empezar de
cero, en serio.
—Yo se que me quieres y te niegas a aceptarlo—
continuó.
(Guardé silencio.)
—Perro machista —concluyó y se largó a llorar.
Al rato Úrsula tomó las tijeras para cortar el pasto que el

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jardinero había dejado en la terraza y se me vino encima. No
pasó nada, logré controlarla. Pero, Dios mío, qué manera de
reaccionar la chica.
Dos nuevas conclusiones a la fecha:
A.- Una empresa al servicio de las emociones sufre altos
riesgos e imprevistos.
B.- No debemos olvidar el principio fundamental que rige
nuestras acciones: somos medio y nunca fin.

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Se murió Jean Pierre, Ruca lo mató, el primer día le había


echado el ojo. De sus fauces lo sacamos convertido en un
trapero, y por más que Gonzalo Arroyo curó sus heridas no
hubo manera de reanimarlo. Enterramos al pequinés en el
bosque de cipreses junto al túnel que conduce a las quebradas.
Fue una verdadera procesión cruzando el jardín: Greta
adelante del brazo de Silvestre, atrás los demás llevábamos
velas. También se sumaron a la procesión algunas visitantes.
Manzana Valenzuela hizo un fuego junto al tótem, y leímos
elegías griegas.
Al día siguiente Greta se marchó sin su mascota.
Silvestre la acompañó hasta el puente colgante. Oh Dios, sentí
que anoche volaron ángeles sobre la tumba de Jean Peare.

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Templos de jade, vulvas sagradas, visión prohibida, bálsamo


para el alma y el cuerpo. Peladas, peludas, de azúcar y
manzana. Vastas como el océano, imponentes como la
cordillera de los Andes. Tornasoladas, cambiantes, ingrávidas,
ilusorias, insaciables, veleidosas como muñecas de goma.
Sedientas, hechizantes, arrebatadas, ambiciosas, altivas,
manipuladoras, tiernas, inconquistables. Esclavas azotadas,
injuriadas, generosas y abiertas como flores al sol.
La han llamado de muchas maneras en los poemas de
amor. Yo las celebro, y trabajo para que encuentren la órbita
perdida. Finalmente nuestro propio sol.

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Sara es un incendio que finalmente se apagó y sin embargo


continúa quemando.

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No quiso tenderse sobre los almohadones ni tampoco aceptar


una taza de té. Durante un largo rato permaneció en silencio,
y de pronto, súbitamente comenzó a soltar un polémico
cuestionario que no calzaba con su apariencia de beata.
—¿Por qué sólo reciben mujeres? ¿Una empresa
heterosexual no te parece retrógrada en estos tiempos? ¿No te
parece? — preguntaba.
— Nuestra opción se basa en el ideal de la unidad perdida
— le dije.
Luego le pedí que me esperara un momento y fui a la
cocina por te. De vuelta me quedé observándola a través de un
hueco que dejaban las cortinas. La mujer sacó una pequeña
grabadora de su cartera, comprobó su correcto
funcionamiento, y la volvió a guardar. Subí las cortinas y le
ofrecí nuevamente una taza de té. Esta vez aceptó y comencé
a contarle un mito taoísta.
Dicen que en el principio del No Comienzo hubo una
guerra entre el sol y el demonio de las tinieblas, donde se
rompieron los cielos. Del mar surgió una reina, la divina
Niuka, que fundiendo el arco iris en su caldera mágica
reconstruyó el cielo.
—¿Y qué tiene que ver la reina del mar con esta casa de
putos? —interrumpió.
—Momento, tesoro —le dije, y continué narrando el mito.

63
Le dije que la divina Niuka, en su trabajo, se olvidó de
tapar dos agujeros del cielo. Así comenzó el dualismo del
amor en el mundo. Dos almas en el tiempo que no reposarán
hasta volver a completar el Universo.
Al terminar la historia comprobé los efectos del té. La
mujer se veía más tranquila. Flotaba en una atmósfera serena
y encantadora. Cuando terminó la taza comenzó a desnudarse.
Con las cortinas abajo le serví otra taza de té.
Oh Dios, a veces el mundo marcha a tropezones entre las
tinieblas de la vulgaridad. Mientras tanto, bebamos una taza
de té, y dejémonos arrastrar por la belleza de los mitos.

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Hemos descubierto un termómetro para medir la temperatura


del amor. Es cuando el hombre queda hechizado, oliendo en
sus dedos, el fuerte aroma que dejó la concha de su amante.
Su tiempo de degustación depende del tamaño del amor.
Una despechada morena, Jennifer Orrego, secretaria del
Ministerio de la cultura llegó porque estaba a punto de casarse
pero no estaba segura si su novio realmente la quería.
Le pregunté si alguna vez lo había sorprendido oliéndose
los dedos con el perfume de su sexo. Jennifer recordó que una
vez viajaban en auto por un largo camino pegado a la costa.
Su novio tomaba el manubrio con una mano, y con la otra
acariciaba su concha. “Me fui mirando el mar” —recordó la
chica.
—¿Y?

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—La verdad es que luego el Mario durante kilómetros no
paró de olerse los dedos. Parecía transportado. Me decía que
nunca más se iba a lavar las manos en su vida. Super tierno—
dijo.
—Puedes irte tranquila —le aseguré a la preciosa sin
necesidad de aplicar otros servicios. Me miró incrédula
—¿Ves esa maleta? —agregué.
La chica trajo la maleta. La abrí. En su interior brillaron
algunas joyas que en su tiempo nos donó la Baronesa.
—Si es mentira lo que te aseguro, vuelves y te las llevas
todas —concluí cerrando la maleta.
Mi apuesta la hizo recuperar su confianza. La honrada
chica se alejó por el puente. No ha regresado.

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Hace días que paseo por los jardines de La Querencia con


Hojas de hierba bajo el brazo. En su tono provocativo, mi
amigo Gerardo Arroyo bromea diciendo que estoy convertido
en un moralista predicador esperando rescatar almas perdidas.
Como la ceremonia del té, el vasto poema de Whitman es otra
herramienta de servicio, eso es todo.
Pero a veces puedes tener oro entre las manos y nadie lo
percibe. Esto fue lo que pasó hace unos días con Beatriz
Bitervo. Así se llamaba la chica que vino a vencer otro
ridículo complejo. Según ella, sus pechos eran demasiado
pequeños, y se había convencido de que ningún hombre la

65
deseaba.
Pensé, que la solución a su problema, podría volver a
encontrarla en la lectura de los poemas de Whitman, donde se
exalta la belleza de todos los cuerpos sin exclusión alguna. La
llevé al invernadero, y envueltos por el perfume de las rosas
oscuras, comencé a leerle algunos poemas , pero Beatriz no
prestaba la menor atención, miraba el techo, y en un momento
se echó a llorar desconsoladamente.
Absurdo porque los pechos de Beatriz Bitervo estaban
llenos de gracia. La senté en mis rodillas y suavemente
comencé a acariciarlos.
—“Acompáñame, aquí tenemos un médico que puede
ayudarnos” —le dije cerrando su blusa y me siguió.
En el salón descorrí una cortina que hace de separador, y
encontramos al Dr. Delirio en plena faena. En su servicio de
utilidad pública montaba a una gorda de pechos
monumentales como si estuviera domando una yegua salvaje.
La chica mordía los pliegues de la cortina y luego de un
ultimo galope, acabaron la carrera.
Orgulloso, Gerardo abrazó a la mujer como si fuese un
trofeo, y al tiempo que se incorporaba del suelo preguntó:
—¿Puedo ayudarlos en algo? Ya sé, quieren una tortilla
entre cuatro —aventuró mirando maliciosamente a Beatriz,
mi clienta.
—No, sufre porque las quiere tener grandes como ella —le
dije señalando los enormes pechos de su acompañante.
—Tengo un remedio para ti.
—¿Cuál? —preguntó mi clienta entre sollozos.

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— Desabróchate la blusa, muñeca —gritó Gerardo.
Mis desconsolada clienta mostró sus pequeños botones.
Gerardo continuó:
—Muñeca, lo que tú necesitas es que te las chupen. Nada
más. Las sentirás como estas. Mmm, deliciosas —dijo
lamiendo los grandes pechos de su paciente.
—Y ahora váyanse —concluyó con una carcajada. Y cerró
las cortinas para continuar su tarea.
Pechos grandes, pechos pequeños; todo tipo de ilusiones
acontecen diariamente. Y soluciones ofrecemos en La
Querencia.
69

Hace una semana sufro una inflamación en los testículos.


Gerardo, el Dr. Delirio, en su estilo, me recetó un remedio en
base a saliva femenina. Hace un rato seguí sus indicaciones:
una animadora de televisión casada con no sé qué presidente
latinoamericano, se llamaba Cecilia, y terminó lamiéndome
los huevos. Pero su famosa lengua no sirvió de mucho,
porque aun los tengo inflamados.

70

Recuerdo una clienta que vino hace unos días, y dijo que del
complemento de la pareja depende el armónico futuro de la
especie y la sobrevivencia del planeta. Totalmente de acuerdo.
En todo caso, te aclaro que la definición de sodomía que
aparece en el pequeño Larousse Ilustrado me parece

67
inaceptable. Dice así: “perversión sexual contra natura”.
71

Cada día el jardín luce más hermoso gracias al esmero del


hombrecito de mameluco amarillo que aparece todas las
mañanas y se marcha cuando cae el sol. Hoy, a mediodía,
mientras le mostraba a una paciente los establos, me detuve
por un momento a observar su oficio. Arrastraba la máquina
de cortar el pasto con pequeños pasos. Parecía que traspasaba
una imaginaria frontera entre el viento y las hojas.
Don Prudencio ejerce una extraña fascinación que
aumenta a medida que pasa el tiempo, como si la fuerza de su
presencia estuviese en pasar inadvertido.

72

En La Querencia no atendemos a nadie por teléfono. Para eso


están los ordinarios servicios eróticos de la compañía de
teléfonos. Pero esta mañana una llamada me dejo
desconcertado. En un momento pensé cortar pero me contuve
pensando que cualquier empresa con un mínimo de decencia
debe incorporar los reclamos. Ha sido el primero desde que
inauguramos nuestros servicios.
“Fui a buscarlo y no me lo diste.” —me confesaba una
chica al otro lado de la línea. Reconocí su voz, se llamaba
Laura, tenía un lunar junto al ombligo. Curiosamente cuando
nos acostamos gritaba como si se acabara el mundo, y ahora

68
me estaba largando esta nueva confesión. Al rato, Laura,
agregó por teléfono: “no fue culpa tuya, Vicente, la verdad es
que nunca he tenido un orgasmo en mi vida”.
Recordando un proverbio taoísta que dice: “una estaca se
rompe ante el viento mientras que una vara de bambú resiste”,
le pedí su número y colgué. Buscando estrategias les comenté
el caso a mis amigos que desayunaban en la terraza.
—La muñeca gritaba como salvaje y era de mentira —
exclamó Gerardo Arroyo al tiempo que se devoraba tres
huevos crudos.
—Yo la abría hecho alcanzar el cielo — presumió luego
tocando sus genitales.
Concluimos que la solución era que la chica antes que
nada requería calibrar su propio sexo. En pocas palabras
necesitaba jugar al solitario.
La llamé de vuelta y le propuse que necesitaba soltarse y
se tomara unos whiskys. No pasó mucho rato y sonó el telé-
fono. Noté su voz traposa y le pregunté dónde se encontraba.
Me dijo que sobre la cama, le propuse que cerrara los ojos,
que comenzara a masturbarse, y durante el acto me fuera
describiendo todo lo que iba sintiendo e imaginando.
—He intentado antes y no me resulta- me dijo al otro lado
de la línea.
Prueba otra vez, nada pierdes, debes alcanzar el orgasmo
por ti misma.
Comenzó tímidamente: “en este momento estoy abriendo
las piernas, chupo mis dedos, toco mis pezones, se levantan.”
—Sigue, por favor, sigue —insistí.

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—Me imagino que es de noche, una calle vacía, se acerca
un hombre, alto, decidido. No puedo, lo siento. El hombre
tiene el rostro de mi padre—continuó.
—No te detengas, vamos, lo que vaya creando tu
imaginación.
—El hombre ahora levanta mis manos, me pone contra un
muro, sube mi vestido, comienza, me duele —continuó la
chica casi llorando.
—Olvídate del hombre, siente tu cuerpo —le dije.
—Está bien, el hombre se va, estoy en mi cama, abro las
piernas, comienzo a mover mi clítoris, lento, rápido. ¡Ay! es
rico, rico, mi cuerpo, me voy.
Laura comenzó a gritar como una loca al otro lado de línea
y esta vez no disimulaba. Había alcanzado el orgasmo. Estaba
tan excitada que soltó el teléfono. Al otro lado de la línea
pude escuchar el estertor de su último gemido.
Muchas hijas de esta tierra padecen el trauma de la
frigidez. Nunca más volvió a llamar.

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73

¿Recuerdas a la mujer que vino hace tiempo de un mes, y


escondía una grabadora en la cartera? Resulto ser una famosa
escritora que ganó un concurso internacional de novela. La
reconocimos en televisión donde en un programa cultural
daba una entrevista.
Su novela ganadora del concurso internacional, llamada
"Hay casos y casos", narra la existencia de un utópico
prostíbulo ubicado en los contrafuertes cordilleranos de
Santiago de Chile, atendido por hombres muy refinados (una
versión masculina de las tradicionales Geishas japonesas) ,
donde mujeres sin ningún tipo discriminación, y en forma
gratuita gracias a un mecenazgo anónimo, pueden disfrutar de
variados y placenteros servicios con el objetivo de sanar sus
penas en el campo del amor de pareja.
¿Qué me dices? ¿Escritora vampiro? Para nada, nos
sentimos muy orgullosos de que La Querencia también pueda
servir de inspiración para ficciones literarias.

71
74

Hace pocos días Gonzalo Duncan se vio envuelto en una


historia muy graciosa.
Apareció una chica el cielo de guapa. Alta, curvilínea, una
blusa transparente mostraba unos pechos hechos a mano.
Apenas traspasó la puerta besó la estatua del falo, y se dirigió
donde Gonzalo Duncan estaba pintando. Posaban para él, una
morena desnuda, y Manzana Valenzuela, taciturno, casi
ausente, la tomaba por la cintura.
La bella y descomunal mujer contemplaba al pintor
Duncan como si se tratara de un Dios recreando el mundo.
Absorta miraba sus fuertes manos moviendo los pinceles
sobre la tela.
En un momento la chica abrió las piernas, se subió el
vestido hasta la cintura, y para sorpresa de todos nosotros
mostró un abultado paquete bajo unos calzones rojos. Riendo
comenzó a mover sus genitales como si sacudiera una
manguera. “Huichipirichi, los engañé,” cantaba. Luego se
hincó en el suelo y le rogó a Gonzalo que le hiciera un retrato.
—Encantado, termino con esta pareja y sigo contigo —
respondió cortésmente nuestro pintor.
—Eres adorable, querido, yo también soy un artista, sabes
—dijo.
—¿También pintas?
—No, soy escritor. Soy el primer escritor gay reconocido

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de Chile.
—Divino, es un chico divino, tiene cara de santo, de poeta
—comentó el travesti mientras Manzana Valenzuela posaba
junto a la chica.
—Es nuestro jefe, le decimos el vidente —confesó Duncan
con orgullo.
—¿Te gustaría si poso así? —dijo el travesti levantando
provocativamente el trasero.
—¿O mejor así? —prosiguió soltando besos al cielo como
una diva.
La verdad es que se trataba de una persona con gracia,
desenvuelta. Mientras Gonzalo pintaba, hablaba con ingenio y
leyó algunos de sus poemas mostrando una reluciente y
blanca dentadura. Algunas visitantes se le acercaron, con la
cómplice confianza que producen los homosexuales, que no
presentan la amenaza de ser amantes, comenzaron
desinhibidamente a confesarles sus insatisfacciones amorosas.
Naturalmente, el travesti se vio rodeado de mujeres que
conversaban y reían con él en la terraza, celebrando su blusa
de encajes, sus zapatos de tacones. Te confieso que hacía su
tarea de consejero sentimental incluso con más gracia que
nosotros.
En un momento dio un viraje en trescientos sesenta
grados, cambió su cordial actitud con el entorno y comenzó a
insultar a Gonzalo Duncan. Sin explicaciones le gritó: “ Sé
que no me quieres pintar, pintor heterosexual básico, chileno
cerdo machista, macho clasista”. De su cartera sacó una
pequeña banderita chilena, y sin llegar nunca a entenderlo, la

73
dejó caer al suelo, y comenzó a orinar sobre ella.
Mientras el escritor gay realizaba su performance pensé
algunas cosas: “sufre por amor el gay, el heterosexual, la
gente pobre y rica. Un verdadero artista verdadero no excluye
a nadie el dolor”.
La visita alcanzó su clímax cuando el moreno travesti se
abalanzó sobre Duncan, intentando besarlo mientras este
corría por toda la casa. Sin poder alcanzarlo, “el primer
escritor gay reconocido de Chile” dejó La Querencia.

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A Manzana Valenzuela anoche le tocó atender a una mujer


que tenía un disco volante tatuado en el trasero. No es la
primera chica que habla del fin del mundo, preparación de
conciencia, y de la venida de salvadores extraterrestres.
Había construido sobre el techo de su casa una pirámide
faro para captar la llegada de los extraños. “Seres más
evolucionados que vendrán por mí”, comentaba mientras
Manzana Valenzuela le sacaba los calzones.
La mujer se había impuesto una serie de tareas antes de
abandonar nuestro planeta. Viajar a Isla de Pascua, subir las
pirámides mayas, visitar un ashram en India. Sólo le quedaba
pendiente un compromiso en sus predicciones esotéricas:
acostarse con un hombre porque luego del orgasmo vendrían
a buscarla los extraterrestres. ¿Porqué la chica no lo hizo con
cualquier hombre de la calle y vino aquí? No quiso
responderlos, y eligió a Manzana para cumplir su profecía.

74
“Son buenos, vendrán por mí”, repetía mientras mi amigo
la sacaba al jardín. Bajo la luna la abrazó, y le dio a entender
algo así como que si la humanidad no arregla este mundo,
nadie lo hará. La mujer se echó a llorar emocionada. Confesó
haber sido influida por una secta. Buscaba una nueva
salvación entre nosotros.
Oh, Dios, te cuento este caso porque yo pienso lo mismo
que Manzana Valenzuela. Tal vez seamos el basurero del
Universo, una raza maldita de destructores atrapados en la
materia. Pero cualquier salvación no vendrá de afuera, ni de
ti, ni de nadie. Llegará cuando hombres y mujeres estemos
dispuestos a entregarnos al misterio del amor.

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Cuando observo a las mujeres tendidas en los almohadones


que quieren olvidar a un hombre, a un hombre que ya han
perdido para siempre, no puedo dejar de pensar en Sara.

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Atrás quedaron las noches de borracheras. Esos interminables


aquelarres de invierno, cuando ninguna mujer llegaba.
Consecuencia de este nuevo mundo luminoso, nos hemos
transformado en adeptos al té.
Ha resultado ser un remanso para las desesperadas, un
freno para las ansiosas, un cable a tierra para las mujeres
demasiado soñadoras. Por algo en la antigua China al té lo

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llamaron “líquido sagrado”. Los taoístas y sabios alquimistas
lo consideraban un componente del elíxir de la inmortalidad.
Apenas les cuento esto a mis clientas, inmediatamente me
piden otra taza.
En Japón hicieron del té una religión estética: el teísmo, un
culto a lo bello por sobre la vulgaridad de la existencia
cotidiana. Las rimas entre el rito del té y nuestra empresa
continúan. La noble bebida también tiene que ver con una
filosofía de la sonrisa. Hace unos días leí un libro de Okakura
Kakuzo y decía que todos los humoristas verdaderamente
originales, como Thackeray y Shakespeare, pueden ser
considerados filósofos del té. En los cipreses hemos colgado
ropa interior de algunas visitantes como recuerdos. ¿No es
gracioso ver como el viento mueve los calzones entre las
hojas como las sagradas banderas del Tibet?
El culto del té definitivamente es una obra de arte.
Necesita la mano de un maestro para manifestar sus
cualidades. En este sentido, Silvestre Corrales es un auténtico
artista. Para su elaboración, utiliza agua de vertiente traída de
las quebradas y que almacena en unos cántaros de greda. Para
hervirla sigue los procedimientos de la escuela china,
descritos por el poeta Luwuh en el libro Chakin, la Biblia del
té.
Según el Chakin, existen tres estados de ebullición para
preparar el té. El primero es cuando las burbujas parecen ojos
de peces que flotan en la superficie del agua; en el segundo,
las burbujas son perlas de cristal que nadan en una fuente, y
luego se vierte un chorro de agua para “fijar el té y devolver

76
el agua a su juventud”.
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Como no todos las heridas de amor sangran por el cuerpo, no


fue necesario acostarse con Helena. Cenábamos en la terraza
y comenzó a revelar su desventura.
Casada con un poeta, cada vez toleraba menos el mundo
irreal de su marido. “Se pasa la noche tomando, vive de la
caridad de los amigos; y lo peor de todo es que ya no
escribe”, se lamentaba la mujer mientras Silvestre llenaba su
copa con vino.
En resumen, Helena llevaba a los niños al colegio,
mantenía la casa, hacia todo el trabajo sucio mientras su
marido el poeta se pasaba mirando el techo.
Cuando terminamos de cenar, Helena se tendió en los
almohadones Recordé algunos versos de El matrimonio del
cielo y del infierno, de Blake.
La desoladora imagen que proyectaba la mujer, no era algo
nuevo para mí. ¡Oh, Dios!, además que imagínate adónde
vino a parar, a La Querencia, donde un grupo de amigos cree
que la poesía es el motor que mueve el mundo.
En un momento Manzana Valenzuela descolgó un espejo
de una pared y lo puso ante los ojos de la mujer. Helena
comenzó a mirarse. Luego, mi compañero concordó con
Helena que debía ser muy duro ser mujer en este mundo. Pero
le recordó que también es duro ser una mente, cualquier cosa
que respire con emoción sobre esta tierra.

77
Helena soltó el espejo. Cayó quebrándose en mil pedazos.
Volvió a llorar.
Oh Dios, en el misterio del amor muchas veces lo que nos
atrae nos espanta, ¿verdad? Normalmente los poetas no son
vistos ni por sus hijos, ni por sus esposas. Por algo el ruso
Esenin decía: “Soy el mejor poeta de Rusia y mi madre no lo
sabe”.
Hablándole, como si pisara sobre sus sueños, mi
compañero le sugirió que se diera el tiempo de leer biografías
de artistas. Le servirían como un nuevo espejo para mirar y
entender su matrimonio. Helena volvió a repetir que la vida
era dura. Gerardo Arroyo interrumpió con su desenfadado
tono de costumbre:
—¿Ha publicado alguna vez el hijo de puta?
—Hace muchos años, sus libros se encuentran en librerías
viejas— contestó la mujer.
—Busca un libro suyo, muñequita —sugirió Gerardo.
Helena lo miró sin entender.
—Luego vuelves a casa, y comienza a leerle al flojo de tu
marido sus propios poemas. Da lo mismo si es buen o mal
poeta. Tu relación correrá sobre ruedas.
La propuesta tenía sentido y me extraño que proviniera de
Gerardo. Se trataba de poner al sol en órbita Luego el Dr.
Delirio comenzó a hacer tiburones en el suelo. Helena volvió
a llorar. Ojalá nuestras intuiciones den en el blanco y Helena
no regrese.
Termino esta carta recordando un poema de Ezra Pound:
“Oh, Dios, si estamos condenados a brotar como sueños y no

78
como hombres, seamos entonces sueños que sacudan al
mundo”.
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Nuestra leyenda ha cruzado la cordillera de los Andes.


—He venido a comprobar vuestras virtudes —fue lo
primero que dijo con aire de soprano.
—¿Y esta de qué se las da? —comentó Gerardo mientras
se rascaba los genitales.
—Tiempo al tiempo —susurró Manzana Valenzuela con
su paciencia acostumbrada.
—Del cielo penden los astros y mi vida es una tragedia.
Llamadme Luna —continuó la mujer. Hablaba como
siguiendo un libreto con voz ronca y envolvente.
—¿Cuántas brujas aparecen en Macbeth? Si lo saben
tendrán una fiesta inolvidable, queridos —dijo estirando la
mano.
Siguiéndole el juego, como quien saluda a una reina,
Silvestre besó su anillo.
La bella mujer pasó al salón. Llevaba un vestido blanco
apretado al cuerpo, y el cabello tomado discretamente en un
moño. Sin aviso comenzó a recitar unos sonetos de
Shakespeare en inglés. Al terminar, hizo una exagerada venia
y aplaudimos.
—¿Una copa de champaña? —Gerardo galante como de
costumbre.
—Encantada— dijo.

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Mientras Gerardo se dirigía al bar, nuestra visitante
comenzó a representar un monólogo. Esta vez se había
convertido en la fiel amante Desdémona cuando, en su
dormitorio del castillo, le suplica a Otelo que no le quite la
vida. Su actuación era limpia. Emocionada, la mujer se llevó
las manos al corazón y lloró.
Oh, Dios, ¿te parece extraño representar Otelo en estos
alejados paisajes de fin de mundo? Luna, era una famosa
actriz anglo-argentina, vivía en Londres, donde había
representado varias obras de Shakespeare, y mientras duró su
visita a La Querencia no dejó de actuar. Nunca supimos si lo
hacía por juego o porque estaba loca.
Cuando Gerardo Arroyo volvió del bar la diva levantando
su copa dijo: Santé por ustedes, chicos, son bárbaros.
Aprovechando su presencia le propusimos entretenernos
montando una obra.
—La fierecilla domada sería perfecta esta noche—
comentó seriamente Luna.
—El rey Lear —gritó Gerardo poniendo cara de loco.
—Romeo y Julieta —propuse por mi parte. El amor
absoluto y eterno, tú me entiendes.
Cada petición calzaba con nuestro carácter. Finalmente,
Manzana Valenzuela, profundo y trágico, fue a la biblioteca y
volvió con Macbeth. Era una edición de Chancellor Press en
tapa dura, y comenzamos a organizar la función.
Para simular una corte prendimos los antiguos candelabros
de la Baronesa, colgamos alfombras de las vigas, y a nuestro
perro Ruca lo tendimos sobre una mesa. También llenamos

80
con maceteros una parte del salón para convertirlo en un
bosque. Abrimos el baúl de los disfraces, y cuando cada uno
eligió su papel, Duncan comenzó a maquillarnos.
Manzana Valenzuela como Macbeth.
Luna como Lady Macbeth.
Gerardo Arroyo como Macduff.
Yo hice de Banquo, las brujas y todos los demás
personajes. Duncan no hizo de rey Duncan, instaló su
caballete junto al piano y se dedicó a pintar la tragedia que
interpretamos a nuestra manera. Silvestre no participó por
razones obvias. Bajo las aspas del ventilador, el sordomudo
miraba disfrazado de arlequín, aunque en la obra no figura
ninguno.
A su turno, cada uno se pasaba el libro para representar su
papel. Luna fue la única que actuó de memoria los
parlamentos de Lady Macbeth. Estuvimos toda la noche
divirtiéndonos. Representamos los cinco actos de la tragedia.
Sublime resultó la tenebrosa escena en que Hécate reprende a
las brujas por haber profetizado el funesto destino sobre el
reino de Escocia. La función concluyó cuando Lady Macbeth
apareció muerta y ensangrentada sobre la cama del castillo. El
pequeño Silvestre se encargó de cubrirla con ketchup, que
caía como una baba al suelo.
Como finalmente supimos que eran tres las brujas de la
obra, bajamos las cortinas, y Luna cumpliendo su promesa,
se tendió desnuda sobre los almohadones.
Hasta la fecha ha sido el único caso que hemos tomado
como un servicio de diversión. Mi compañero Manzana

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Valenzuela besó sus pechos, Silvestre Corrales y Gerardo
Arroyo la clavaron por delante y por atrás. ¡Cómo trabajaron
mis amigos para satisfacer a la diva!
Por mi parte, no pude participar de la última obra que
llamamos: “Tortilla voladora”. En los últimos días ha
aumentado considerablemente el dolor en mis testículos.

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Me gustaba cuando Sara me mostraba las fotos de su familia.


Su madre de joven esquiando en Suiza, en la opera de
Londres, su abuelo en un casino de Buenos Aires. Desde la
cama sentía que la cordillera de los Andes bajaba de altura.

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—La belleza es un problema —decía esta mañana una chica


con un lunar bajo la boca.
—De todas maneras —replicaba su amiga, una hermosa
rubia de ojos achinados.
—En el fondo los espantamos con nuestra belleza.
—De todas maneras...
Hablaban como si flotaran dentro de un globo; una se
llamaba Dominique y la otra Camila. Llegaron juntas en un

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auto deportivo. Se habían recostado sobre el pasto del jardín,
relajadamente, como si tomaran sol en una playa con
palmeras mientras el gran Manzana las escuchaba paciente.
No deben haber tenido más de treinta años. Pequeñas arrugas
comenzaban a dibujarse en sus rostros, lo que les aportaba
mayor belleza, el instante donde se pierde la juventud, la fruta
madura a punto de caer del árbol.
Con Gerardo Arroyo escuchamos desde la terraza.
—Trabajo en una revista de moda —explicaba ahora la
rubia a mi compañero.
—Yo tengo mi propia boutique.
—Te juro, los hombres sólo quieren seducirnos.
—Es una lata, no puedes establecer nada profundo.
Y esas cosas hablaban las preciosas tendidas en el pasto
mientras nuestro místico amigo las escuchaba.
—Veamos qué hace Manzana. Yo me hubiera tirado
encima —me comentó de pronto Gerardo.
—Tú siempre quieres tirarte encima. Paciencia —
le dije.
—Sabes, tu problema “Mala Memoria”, es que piensas
demasiado, ¿todavía quieres ser escritor? —me dijo sin sacar
la mirada de las chicas.
—No, renuncié desde la separación con Sara — concluí
En un momento, Manzana Valenzuela, del bolsillo de su
pantalón, sacó un pequeño libro y comenzó a leerles una
historia a las preciosas.
Contaba la vida de una monja budista de nombre Ryonen.
Su genio poético y su seductora belleza eran tan grandes que a

83
los diecisiete años entró al servicio de la emperatriz como una
de las damas de la corte. A tan temprana edad ya le estaba
prometida la fama. Pero un día la emperatriz murió
súbitamente y los sueños de Ryonen se disiparon. Tuvo así
aguda conciencia de cuán impermanente es la vida en este
mundo. Entonces nació en ella el deseo de estudiar el Zen. Se
rapó la cabeza y llegó a la ciudad de Edo. Allí pidió a
Tetsugyú que la aceptara como discípula. A la primera mirada
el maestro la rechazó, porque era demasiado bella. Ryonen
acudió entonces a otro maestro, Hakúo, quien se rehusó por el
mismo motivo, diciendo que su belleza sólo causaría
trastornos. Ryonen se procuró un hierro rojo y se lo aplicó en
la cara. En un momento su belleza se había esfumado para
siempre. Hakúo la admitió entonces como discípula. Para
celebrar esta ocasión, Ryonen escribió un poema en el dorso
de un espejito:
Sirviendo a la emperatriz quemé
perfume de incienso para mis finos ropajes;
mendicante sin hogar hoy quemo mi rostro
para entrar en el templo Zen.
Cuando mi gran amigo terminó la historia, las chicas
tenían un nudo en la garganta. Rendidas ante el misterio del
espíritu, se levantaron del pasto, lo besaron en la frente, y se
alejaron en silencio.

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Un principio inviolable de esta empresa reza: con los hijos no


se juega.
Expertos en todas las épocas han inventado recetas para las
mujeres que no quieren embarazarse sin consumirse en las
hogueras de la abstinencia, desde luego. El papiro de Kahun,
escrito en Egipto hacia 1900 a.C, es el texto de medicina más
antiguo que se conoce, y en él se encuentra una fórmula
anticonceptiva a base de goma de “auyt” (que hasta hoy nadie
sabe qué es). Por no haberse cuidado, el faraón Ramsés II
engendró más de 170 hijos. Para Raban Yohanan, un médico
judío del siglo III, lo mejor era alumbre líquido y azafrán. En
el siglo V, el médico Plinio, aconsejaba cubrir de pimienta el
cuello del útero.
Jugando con la tradición, el medico de La Querencia,
Gerardo Arroyo nos receto un ungüento según el muy
efectivo en base a miel y ruda. Pero luego de esparcirlo por el
miembro terminamos como los perros pegados a las
visitantes.
Después de la experiencia, decidimos dejarnos en las
manos de la tecnología. En pocas palabras, volvimos al uso de
condones.

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Te juro que nunca más volveré a tomar tequila en mi vida.


Amanecí con un túnel en el alma y no sé cómo atravesarlo.
Me he tragado cuatro aspirinas y no encuentro la salida.
¡Dios mío, y todo por seguir a la mexicana que chupaba
como si se acabara el mundo!
Nos sentamos a “platicar” en la barra del salón mientras
Silvestre hacía de barman. En un momento la mexicana pidió
un tequila y me quedó mirando. Le dije que yo sólo tomaba
vino. Pero ahí estaba ella taconeando con sus botas vaqueras.
“Órale, mano carnal”, decía, “si no te metes en mi pedo no
recorreremos el mismo camino”. No tuve escapatoria y
terminamos bajándonos dos botellas de tequila.
Luego de esta escena no recuerdo casi nada. Vagamente
alcanzo a registrar la pesebrera, unos fardos de paja, algunos
sorbos de una botella, como si una tempestad de arena
hubiese arrasado La Querencia.
En el estado en que se encontraba, no entiendo cómo la
mujer se alejó por el camino. Tampoco sé cómo yo volví a
entrar en la casa. ¡Ah, sí, Duncan me encontró botado entre la
zarzamora!
“¡México, cabrones!”, gritaba anoche la chica de las botas
vaqueras entre cada trago de veneno. Creo que me dijo que
era de San Miguel de Allende.
Conoci San Miguel de Allende en mis tiempos de viajero,

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el pueblo donde Neal Cassidy, el héroe de las novelas de
Kerouac, murió de un infarto en la estación de trenes. San
Miguel, donde en mis anos de viajero, en la biblioteca pública
encontré el sorprendente libro La conjura de los necios, de
John Kennedy Toole. Ese genio que dicen se suicidó a los
treinta y dos por no encontrar un editor, pero yo creo que fue
por no haber encontrado un amor en este mundo.
La chica mexicana de anoche. La cabeza se me parte.
Bajaré de mi torre a la cocina por una cerveza.

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Hemos amarrado un cuaderno a las patas del piano. Una vez


por semana recogemos los mensajes. Algunas frases
memorables.
“Llegué ciega y me fui viendo”.
“Me llevaría tu lengua, Silvestre”.
“Muera el vino. Viva el té”.
¡Oh Dios! ¿Te das cuenta las infinitas lecturas que puede
tener una obra?

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Cristina se presentó con un paño de seda anudado a la cabeza


y un ramo de flores de regalo. Hablaba moviendo
graciosamente sus manos Dijo ser diseñadora de interiores y
nos pidió recorrer La Querencia. No paró de alabar la
decoración del salón, los murales de Gonzalo Duncan.
Su aflicción: un marido polero con el que se aburría como
una ostra. Un hombre que como ella no disfrutaba de la ópera
ni la acompañaba a las exposiciones de pintura. “Sólo me
habla de caballos”, repitió.
Manzana Valenzuela la llevó un momento afuera. Hizo un
fuego, hirvió una olla con hojas de floripondio. Le dio de
beber a Cristina la sopa liviana. Al rato Silvestre se acerco de
ls establos con el potro negro.
En la silenciosa noche lunar, pude ver cómo Cristina
acariciaba el potro, lo besaba, entrando en el espíritu de la
bestia.
Necesitaba sumergirse en el fondo de la materia y desde
allí sacar una porción de infinito. Como dijo el alquimista
Rimbaud: “La eternidad es la mar mezclada con el sol”.

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Aunque somos enemigos de cualquier prohibición, decidimos


suspender las fotografías en La Querencia. Aunque somos
arte y vida, debemos mantener nuestros servicios cerca de la
clandestinidad. Por eso, respetuosamente revisamos las
carteras de las visitantes antes de entrar.

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No debe haber tenido más de quince. Apareció a mediodía en


una motocicleta que estacionó en el camino, al otro lado del
puente colgante. Bajo el sol abrasador llevaba una chaqueta
de cuero con el dibujo de una calavera en la espalda.
—Cobro 50 mil por la chupada, 100 mil el polvo, 200 mil
toda la noche —afirmó con acento profesional.
—Mijita, aquí nosotros ponemos las reglas —le aclaró
Gerardo Arroyo.
—Calla, cabrón de mierda —respondió la chica como en
esas traducciones españolas de los cuentos de Carver, que
dicho sea de paso, avanzan a toda velocidad cortando muy
adentro en el tema del amor.
—¿Cuántos años tienes, cariño? —le gritó Duncan desde
el fondo del salón.
— ¿Y a ti que te importa? Por que no te metes tus pinceles

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por el culo —respondió la chica.
—No te enojes. Amorcito, tenemos que preguntarte, no
somos pervertidores de menores —respondió el pintor. A ver
si por el lado de la ternura la chica soltaba su duro guión.
—Veinte —respondió increpante.
En eso apoyó su antebrazo en la estatua del falo y abrió
provocativamente las piernas. Tenía perfecta conciencia de
que su gesto era capaz de derribar un imperio.
A la hora de tomar cualquier decisión, yo siempre voy un
paso atrás respecto a mis amigos, pero esta vez algo me decía
que debía desobedecer nuestros principios, y me dirigí
inmediatamente a la biblioteca para seguirle el juego a la
chica de la moto. En la biblioteca guardamos una caja fuerte:
la abrí y tomé un fajo de billetes nuevos.
Cuando volví la chica de la moto se abalanzó sobre mí y
comenzó a contar el dinero. Era más del doble de la tarifa que
pedía y no te imaginas lo contenta que se puso.
—Si es plata lo que necesitas, ya puedes irte —le dije. Me
quedé pensando en mi frase moralista y sentí vergüenza.
. La chica metió el dinero en un banano. Cuando yo ya
pensaba que lo había estropeado todo, me tomó de la mano, y
me condujo tras las cortinas que forman los dormitorios
desmontables.
No quiero superar mi culpa con evasiones de ningún tipo.
Me confieso: con la chica de la moto lo hice buscando mi
propio placer.

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Hay un esteriotipo de mujeres que vivieron la revolución de


los sesenta, el gobierno socialista de Chile. Yo era muy chico,
pero recuerdo el vuelo de los aviones bombardeando el
palacio de gobierno.
Con infinita nostalgia estas mujeres recuerdan tiempos
donde en el mundo se soñaba. Fueron hippies de verdad,
activistas, reformistas.
Ayer justamente me tocó a atender a una de estas
representantes. Se llamaba Rosario Mecerano, socióloga de
hablar cadencioso, durante un largo rato estuvo explicándome
su trabajo en no sé qué departamento de las Naciones Unidas.
Sonrió cuando en la terraza apareció nuestro abstraído
Manzana despeinado y en calzoncillos.
—Espere un poco —interrumpí en un momento.
—¿A dónde vas?
—Espere —repetí.
Regresé con el poema que el sacerdote nicaragüense
Ernesto Cardenal dedica a Marilyn Monroe. Comencé a
leérselo, Rosario se puso contenta, me pidió una cuba libre.
Dijo que había vivido muchos años en México, y que había
conocido personalmente al comandante Marcos, el Robin
Hood latino y su pasamontañas.
—¿Tienes dónde ponerla? —continuó, pasándome una
cinta con música revolucionaria.

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—No, pero si quiere escuchar música cubana, espere —
dije por tercera vez.
Puse un disco de viejos sones cubanos. De su cartera, la
mujer sacó un pito de marihuana. Le dio unas pitadas y
comenzó a bailar sola. Intenté acercarme, tomarla por la
cintura, pero ella me apartaba.
—No entiendo a qué ha venido, Rosario —comenté.
—Información. Estoy haciendo un estudio sobre sociedad,
erotismo y revolución en Latinoamérica.
—Vaya.
—Mañana viajo a Brasil para visitar burdeles en las
fabellas —agregó mientras continuaba moviéndose al ritmo
de la música.
—Los héroes hoy pueden ser otros, ¿ha pensado—
agregué.
Rosario Mecerano se sacó sus anteojos, y despectivamente
me hecho una ojeada como solo un intelectual puede mirar a
un bicho frívolo. Siguió bailando y continuó bebiendo ron.
Cada cierto tiempo tomaba notas en un cuaderno. En un
momento cayó tumbada sobre los almohadones. La tapé y
cerré las cortinas para que durmiera tranquila.
Por la mañana Silvestre le preparó un batido de hierbas y
jugo de carne. La acompañé al camino, se subió a un auto con
patente diplomática, y levantando una nube de polvo, arrancó
a toda velocidad, como si anduviera de safari.

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Generalmente nuestras clientas no vuelven. Lo que


interpretamos como un éxito. No estamos aquí para que nos
agradezca nadie, créeme, es lo que menos nos importa.
Sin embargo hoy recibimos una visita muy especial. Nos
hizo caer en la cuenta que ha transcurrido tres meses desde
que inauguramos La Querencia.
¿Recuerdas a Catalina mi primera clienta? La hermosa
colegiala que perdió su virginidad en el establo. Apareció con
su pareja, el chico violinista. Se veían plenos, la unidad
perdida y encontrada en dos cuerpos y dos almas. Pasamos un
rato agradable tomando té. Duncan los pintó como la
consumación del amor en este mundo.
.
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Esta aventura goza de buena salud. Los días transcurren


provistos de encuentros sorprendentes. Consagrados en
nuestros servicios, pasamos por alto la menor presencia de
sombra. Anoche, sin ir muy lejos, caminaba con una chica del
brazo, y ví un pájaro muerto colgando de uno de los faroles.
El jardinero me explicó que él mismo había puesto la trampa
para cazar al peumo que se comía nuestras gallinas. Todas las
tardes se escuchan ladridos de perros a lo lejos. Son ladridos

93
de perros a lo lejos.
91

Apareció como si el tiempo se hubiese detenido. Se acercó


pisando como cuchillo entre las flores. Sus hombros rectos y
desnudos.
¿Cuando te conté mis antiguos amores te mencioné en
algún momento a Antonia? Tengo que haberte hablado de
ella. La chica que se fue para encontrarse a sí misma. La chica
que hace más de diez años escribió con rouge en la pared: “el
amor no es suficiente”.No me extrañó su aparición. Desde que
abrimos La Querencia, sabía que vendría. En el condado de la
pasión los caminos dan vueltas, como la sabrosa corvina que
Silvestre movía en la parrilla. Le ofrecí una copa de vino.
“Salud, Vicente”, dijo clavándome los ojos.
Y ahí estaba con su largo cabello salvaje. Incluso el tiempo
la había hecho más bella.
—¡Qué bien te ves! —dijo desenvuelta. Supe que por
dentro estaba nerviosa. Nos pusimos a caminar.
—Te has convertido en un mito viviente, sabes, todas
quieren acostarse contigo —me susurró al oído.
Me hizo sentir una especie de guerrillero sexual escondido
entre los cerros.
—Me acuerdo mucho de ti —continuó intentando ser
natural.
—¿De qué te acuerdas?
—Por ejemplo que pasabas las noches escribiendo como si

94
yo no existiera. A ninguna mujer le gustaría eso —dijo
confundiendo los tiempos de la oración.
—Quería ser escritor.
—¿Y?
—La vida me llevó a otro lado. ¿Y tú? —pregunté
mientras recorríamos el jardín.
—Viajes, distintos amores. ¿Te sigo siendo atractiva? —
preguntó.
Antonia, era una herida cicatrizada, y ahora venía a
provocarme a La Querencia.
En un momento se tendió en el pasto, de un bolso sacó un
papelillo con cocaína, y mecánicamente comenzó a aspirar
con un billete enrollado como un tubo. Me dijo que había
tenido una hija con un pintor norteamericano, instalador
corrigió. Mientras hablaba recordé unos árboles, noches en
que bailaba desnuda sobre una alfombra.
—Siempre fuiste un buen amante, debo reconocerlo —dijo
intentando halagarme pero yo ya no sentía nada por Antonia.
Luego observó mi vestimenta: mi camisa blanca y los
pantalones grises de siempre.
—Sigues igual, Vicente.
—Nunca me gustó la ropa, tú sabes.
—Pero ahora no te afeitas, y mira —apuntó mis pies
descalzos.
—Me gusta andar descalzo—dije por decir algo.
—La naturaleza, aquí, bajo las montañas, entiendo. Pero
sabes, el hombre mezcla entre inocencia y cowboy Malboro
pasó de moda, mira—continuó cada vez más trabada por la

95
cocaína. Sacó un paquete de cigarrillos. Me estiró uno.
—¿Fumas?
—No, gracias.
—¿Tomas?
—A veces, como todo el mundo.
—Estás hecho una lata, Vicente —soltó una carcajada.
Entonces, tendida sobre el pasto, subió su vestido y se
llevó las manos al sexo.
—Estoy excitada, ven —dijo sin soltarme la mirada.
—¿No te importaría hacerlo con otro?
—Preferiría contigo.
—No puedo, sabes, hace un tiempo que sufro una
inflamación en los huevos. Gerardo me ha recetado
abstinencia —le dije.
—¿Gerardo también está metido en esto? Ustedes son
inseparables. No lo he visto por ninguna parte.
— Hay un lindo día. Salió a volar en la avioneta.
— ¿Y que pasó con su esposa Magali? Eran la pareja
perfecta.
—Todo acabó, su esposa se suicidó, sufría de depresión.
—Qué horror, pobre Gerardo.— dijo estirando coqueta-
mente sus piernas sobre el pasto.
—Siempre te gustó, ¿o no? — comenté.
—Pero era tu mejor amigo. ¿Todavía siguen llamándose
los “putos muñecos”? —preguntó entre mordaz y nostálgica.
—Todavía.
—Dile que venga —ordenó.
En ese momento aterrizaba la avioneta. Volví con

96
Gerardo. Se tendió a su lado. Comenzaron a hacerlo sobre el
pasto como ardientes mamíferos.
Sin sentir el menor remordimiento, sentí que si había
podido liberar el pasado, debía ser capaz de liberar el
presente. A los pocos pasos me di media vuelta, desnudé y
entré en el juego. Fue como si un mar violento nos hubiese
revolcado hacia playas desconocidas, y comprobé que cuando
el amor termina, después de hacerlo, el cuerpo queda vacío.
Cuando llegó la noche acompañé a Antonia al camino. Me
pidió que la abrazara. Antes de subir a su auto soltó unas
lágrimas. Todavía no puedo saber de qué lugar provenía su
llanto.
92

Durante la semana nos entregamos con todo el poder de la


imaginación; fue la promesa que un día le hicimos a la
Baronesa de Vicencio, pero los domingos bajamos las
cortinas de este teatro para mirarnos por dentro.
Manzana Valenzuela pasa el día contemplando la corriente
del río Azul, Silvestre Corrales recorre el jardín cazando
mariposas, Gerardo Arroyo lustra sus zapatos, limpia sus
trajes, frente al espejo practica movimientos seductores.
Como todo artista, para Gonzalo Duncan no hay descanso, y
ya no hay paredes en La Querencia para sus murales. Por mi
parte, me encierro en mi torre, para leer, jugar a la alquimia,
escribirte esta carta.

97
93

Ayer recibimos la sorpresiva visita de dos ilustres mujeres al


mismo tiempo. Miss playa V región, Elizabeth Catrileo, una
linda de morena de ojos penetrantes, y Marjorie Plaza,
ganadora del primer concurso de poesía de nuestro pueblo,
“Santa Marta de Liray”.
—Están lindas, don Prudencio —le comenté al jardinero
mientras pasaba la máquina de cortar pasto
Sonrojado, bajó la vista y permaneció en silencio.
—Mi trabajo es mantener el jardín y no andar mirando
chiquillas, Don Vicente —continuó luego con reservada
dignidad.
—Pero una miradita no le hace mal a nadie, don Prudencio
—continué en su lenguaje.
—Estoy viejo para eso, Don Vicente—terminó diciendo
mientras se alejaba arrastrando su máquina por el pasto. Me
quedé pensando en el comentario del hombre reservado y
bondadoso.
¡Cómo crece nuestra leyenda al otro lado del río azul! Si
incluso han comenzado a llegar visitantes por razones ajenas a
nuestros servicios. Por ejemplo, Miss playa V región,
apareció porque le rumorearon que aquí había un adivino,
Manzana Valenzuela, y quería saber su futuro en el concurso
nacional de belleza. Sin ser adivino, si me preguntas, pienso

98
que la chica tiene grandes opciones para coronarse Miss Playa
Chile. Pude comprobar su inteligencia, simpatía y maravilloso
cuerpo mientras tomaba sol en la piscina.
Marjorie Plaza, llegó por otro motivo. En el pueblo se
corre el rumor de que La Querencia es una comunidad de
poetas, y la chica se presentó con un pequeño cuaderno de
poemas de amor bajo el brazo. Los leí en el sendero de
jóvenes cipreses, bellos, románticos, estaban escritos con una
simpleza y profundidad difícil de encontrar en estos tiempos.
Dicen que Chile es una tierra de poetas, y por momentos,
Marjorie me hizo pensar en la gran Gabriela Mistral: otra niña
profunda y larga como una escoba, que nunca encontró el
amor en los polvorientos valles del norte chileno.
Muy diferentes en apariencia, ambas chicas estaban
tocadas por la gracia, como si fuese un encuentro entre la
belleza y la poesía. Para celebrarlo Silvestre le hizo un
almuerzo, preparó sus famosos espárragos de Madame
Pompadour.
¿Qué les sucederá a nuestras visitantes cuando dejan La
Querencia? ¿Resistirán el mundo ordinario de afuera?

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94

Las personas que aman sin esperanza no deben desesperar. En


las páginas del Kamasutra, se encuentra la receta de un
hechizo infalible: “Si un hombre embadurna a una mujer con
polvo de espinas de euforbio, ella no podrá amar a ningún
otro”.
Otra oportunidad la ofrece Obrerón, el rey de las hadas,
del Sueño de una noche de verano de Shakespeare. El
malicioso rey se sirve de una poética flor, el pensamiento,
cuyo néctar es infalible. Para causar daño a su enemiga
Titania, Obrerón piensa: “…esperaré que Titania se duerma y
se lo verteré en los ojos. Cuando despierte, el primer ser que
encuentre, ya sea león, lobo, toro, o una mona inquieta, lo
perseguirá con ansia de enamorada”.
Desde hace días Silvestre Corrales trabaja en la
elaboración de un filtro mágico en base a flores silvestres
Hoy realizó su primer experimento con aceptables resultados.
Nuestro perro Ruca dormía en la terraza y derramó el néctar
de en sus párpados. Cuando Ruca despertó lo primero que vio
fue uno de los pavos reales, y enloquecido de pasión comenzó
a perseguirlo por el jardín.
Hoy también le sugerimos, a una mujer desesperada, que
utilizara el filtro mágico hecho por Silvestre pero finalmente
desistimos. Era una respetable señora casada con un famoso
empresario de vinos que sufría de “falopausia”, y luego de

100
cuarenta anos de matrimonio, su marido estaba a punto de
dejarla por su secretaria. El malagradecido, se había
hipnotizado con su joven y ambiciosa secretaria. La
respetable señora era la candidata perfecta para el filtro. Debía
untar los ojos del marido mientras este estuviese durmiendo
de noche. En la mañana, apenas abriera los ojos, el hombre
quedaría loco de amor por ella. Cuando se iba recordé por un
instante las palabras del rey Obregón en sueño de una noche
de verano de Shakespeare.
—“...León, lobo, una mona inquieta...” —murmuré entre
dientes.
—¿Qué dice, joven? —preguntó la señora.
—Me imagino que usted es la primera persona que su
marido ve cuando abre los ojos en la mañana —continué.
—No, con Ernesto dormimos en piezas separadas—
contestó con pena.
La cosa comenzó a complicarse.
—¿Dónde desayuna su marido?
—Todas la mañana la empleada entra a su pieza con una
bandeja —contestó con inocencia.
De un tirón le arranqué el frasco con el filtro hasta
derramarlo sobre el suelo.
¡Qué malo era Oberón! Y que útil la literatura para
conducir esta aventura del amor.

101
95

“Cuéntame tú, ahora”, me dijo una nueva visitante


cuando le mostraba la rozas oscuras del invernadero.
A veces imagino que cruza el puente colgante para
acortar la distancia. Sara, nadie más que Sara. La herida
aún es demasiado profunda para poder contarte nuestra
historia.

96

¿Cuántas visitantes han llegado desde que abrimos las


puertas? Hemos perdido la cuenta. Buscando la senda perdida,
han dejado fantasmas pegados a los muros, en cada grieta de
mi bastón con empuñadura de plata.

97

Es domingo, y esta noche cenaremos sólo entre nosotros, una


comida basada en una famosa receta de un cuento de la
escritora danesa Karen Blixen.
Como en el cuento, donde los comensales, en una playa de
Noruega, acaban por evocar amores que podían haber sido y
no fueron, nos dejaremos llevar recordando los nuestros.
Seguramente Manzana Valenzuela evocará el triste día de

102
su casamiento: el matrimonio con aquel ángel que duró sólo
una noche. Con la misma nostalgia, Gerardo entrará en un
consultorio de provincia donde vio colgada a su esposa
Y yo lo de siempre, intentaré contar la historia con Sara,
pero no podré terminar.

98

Somos los que somos: un cuerpo y un alma arrojados al


misterio de las mujeres. Somos el sol de este verano, incienso,
un frasco de perfume. Somos los “putos muñecos” que
encienden el oscuro teatro del mundo.

99

Preciosa, piernas largas como un venado. ¿Eran verdes o


azules sus ojos? Se llamaba Olga Sorokova, era diseñadota de
vestuario, y estuvimos horas bebiendo vodka en la terraza.
—Cuéntame tu infancia.
—Nací en Moldavia, en una ciudad que se llama Kishinev,
a 1.200 kilómetros de Moscú…
—Cuando te miro pienso en esas muñecas rusas. ¿Cómo
se llaman?
—Matriuskas.
—Me imagino que de niña jugabas con ellas.

103
—De niña nunca jugué a las muñecas. Yo prefería jugar
con los niños, me gustaba jugar a la guerra.
— ¿Cómo llegaste a Chile?
—Tengo una tía, es la bailarina principal del Ballet
Municipal de Santiago. La vine a ver desde Rusia y me quedé.
—Estaba mirando tus manos, son muy lindas.
—Gracias.
—¿Cómo se dice gracias en ruso?
—Spasibo.
—¿Qué es lo que más te gusta de los hombres?
—Me gustan los hombres niños, que hacen bromas. Los
rusos están siempre jugando.
(Silencio. Una bandada de garzas pasó volando como
todas las tardes sobre la terraza. Olga comenzó a cantar una
bella canción en ruso. Le pregunté de qué trataba.)
—Una niña, su novio tiene que ir a la guerra, ella lo
espera, guarda todas sus cartas.
—¿Tú también esperarías a un amor?
—Por supuesto.
—¿Más vodka?
—No puedo, más tarde debo asistir a un desfile de moda.
—Cuéntame sobre tu primer amor.
—En Moscú, estaba en el colegio, fue con un hermano de
una amiga, él era un año mayor que yo…
—¿Y?
—Quedé herida, él se enamoró de mi mejor amiga, o sea
los dos me traicionaron.
—¿Crees que se pierde algo cuando se pierde la

104
virginidad?
(Siempre le hago esta pregunta a las visitantes. Reconozco
que es una obsesión personal.)
—Para hombres y mujeres perder la virginidad puede ser
algo dramático. Creo que con la sexualidad comienzan
bastantes malentendidos en el mundo.
—Lo que dices también lo pensaba un personaje de
Sallinger, Holden Caufield. ¿Has leído El cazador oculto?
—No, yo no leo, pero creo que cuando nos iniciamos en el
sexo perdemos cierta inocencia para siempre.
—Aquí pensamos que el sexo es una posibilidad aunque
no exclusiva para el desarrollo del amor. En nuestros
servicios integrales, también nos acostamos con las clientas
para su preparación, sabes.
—Pueden estar equivocados. El amor no se entiende y
todo los que hagamos en su favor es una ilusión— dijo sin
seriedad.
—Deja cortes— aclaré.
—Eso sí — aclaró.
(Recordé a Sara.)
—Es extraño, todavía no puedo entender a qué has venido.
—A conversar, nada más, las mujeres también buscamos
el placer de conversar. No hay otra intención.
Nuevos descubrimientos: en el arte de la conversación
somos insuperables.

105
100

Ha llegado el verano a La Querencia. El cielo despejado es el


techo de este viaje hacia el corazón de las mujeres. Pero nos
disgusta cuando algunas visitantes, equivocadamente, llaman
a La Querencia una empresa altruista. Lo pensamos desde un
comienzo: dar para recibir, y como una ecuación directamente
proporcional, la entrega en los servicios va cicatrizando las
heridas de a-mor en el corazón de mis amigos. Obsesionado
en sus prestaciones sexuales, Gerardo Arroyo apenas alude al
recuerdo de su esposa muerta; pacientemente, Matías
Valenzuela se ha esmerado en prestar atención a tantas
frustraciones y fracasos de clientas, que ha comenzado ha
dimensionar sus propias experiencia con sana relatividad. Por
su parte, Silvestre Corrales y Duncan se entregan con
verdadera intensidad en el arte de la cocina y la pintura, y una
alegre serenidad irradia en cada uno de sus gestos.
Extrañamente, soy el único de "los putos muñecos", que
permanece anclado a las sobras del pasado. Inevitablemente,
todas las tardes siento un vació en el estomago, y no puedo
evitar de buscar las razones de mi separación con Sara, sin
encontrarlas.

106
101

Sumado al arte culinario, el pequeño sordomudo tiene una


auténtica fascinación por las invenciones tecnológicas.
Desarma relojes, electro-domésticos, cualquier máquina para
construir nuevos artefactos.
Entre sus últimas creaciones cabe destacar un diminuto
consolador femenino. Una especie de fuelle eléctrico para ser
activado entremedio de las piernas.
Lo inauguramos hace unos días. Una clienta se recostó y
Silvestre introdujo el aparato en su concha. Apretó una
especie de control remoto y enseguida la mujer saltaba como
resorte presa de una carcajada incontrolable.
Dotado de una diminuta hélice, el consolador comenzó a
girar en sentido contrario, provocando un roce hilarante en la
vulva de la clienta. Silvestre terminó desactivando el diminuto
consolador con los dientes.

102

La única receta para el amor verdadero es procurar la


felicidad del otro. Es lo que intentamos transmitirles a
nuestras clientas.

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103

He vuelto a pensar en mi mala memoria y ahora tiene que ver


con el aire. Recuerdo un cuento de Kurt Vonegut, en que un
viajero espacial se pierde en una zona sin gravitación, y no
puede volver a la tierra. Desconsolado mira una fotografía de
su mujer junto a los controles. Siempre que recuerdo este
cuento pienso en Sara. Se supone que hace dos anos nos
separamos y no dejo de pensar en ella.

104

Nuevas impresiones: Silvestre Corrales encontró dos gatos


muertos en el jardín. Los arrojamos al río.

105

Convertida en las “mil y una noches”, esta aventura es ciencia


amorosa. Estamos inventado la Máquina del Tiempo capaz de
cerrar todas las heridas con la precisión de un cirujano. Oh,
Dios, la vida es un montón de objetos dispersos, que sólo
cobran sentido, si los filtramos artísticamente. Nos gusta vivir
en este tiempo utilitario, donde se agotaron las utopías,
porque así nuestro ideal brilla con enorme intensidad. Es aquí
y ahora, en los cuerpos y las almas de las desesperadas donde
se juega la posibilidad de inventar una nueva especie

108
enamorada.
106

Lo he decido: te hablaré de Sara. Es muy posible que los


árboles de la tristeza no me dejen ver el bosque, pero lo
intentaré. Te contaré la historia de nuestro vuelo y nuestra
caída.
Nos conocimos en el tiempo en que yo insistía en ser
escritor, y comenzaba una novela sobre un hombre solitario
que se enamoraba de una oveja. Buscando inspiración,
pasaba una temporada en un hotel del sur de Chile, junto a
un lago de aguas color turquesa, en medio de un bosque de
milenarias Araucarias, gracias al apoyo financiero de mi
amigo Gerardo Arroyo, quien en ese entonces, confiaba en mi
apuesta de artista. En el mismo hotel Sara pasaba sus
vacaciones en compañía de su hijo y su ex marido, un exitoso
empresario que practicaba la pesca con mosca. Una tarde, en
el muelle del hotel, surgió el encuentro divino. Sara
desembarcaba de una lancha, y por un instante mi mirada se
cruzó con sus grandes ojos verdes. Así comenzó nuestra
historia.
Un a-mor a través de los ojos, te das cuenta. A-mor a
partir de una mirada furtiva. Perfecto, el carácter esencial del
a-mor es ser furtivo, en latín furtivo significa ladrón. De un
flechazo quedé cautivado entonces. Mi alma había sido
atrapada, en sus ojos moriría.
Nuestro a-mor no podía comenzar mejor, a pedir de boca
para ser exacto. Desde un comienzo, como en las cortes de

109
Provenza, ella en el hotel del sur tenía la posición dominante,
estaba casada, yo entonces sería su vasallo.
Desde un comienzo ella fue mi dama, mi domina, mi
dueña.
Un día de lluvia, su marido o Señor, volvió a salir de
pesca con su hijo. Sara permaneció en el hotel mirando el
fuego de la chimenea con sus grandes ojos verdes. En un
momento me armé de valor, acerqué a ella, y con voz clara le
recité lo que Dante dice en la Divina Comedia: "La finalidad
de mi amor. !Oh Dama!, se cifra en saludaros, y en ello
consiste mi felicidad, fin de todos mis anhelos." Sara mantuvo
silencio, me hizo una referencia, volvió a quemarme con sus
ojos, y subió a su habitación.
Una semana estuve en el hotel sin volver a dirigirle la
palabra hasta que un día Sara se fue. Así fue, en un principio
no gozaba de la carne de mi Dama, y su deseo me daba un
enorme vació que llenaba mi espíritu.
Meses después, regresé del hotel del sur a Santiago, y en
la órbita del "azar lleno de sentido", encontré un día a Sara en
la fila de un supermercado. Era como reconocerla al interior
de una iglesia. Sin poder contenerme la estreché en mis
brazos, y ella me dijo llorando que se había separado. Ese
mismo día me invito a su casa y decidimos vivir juntos.
Sara vivía en una hermosa casa, herencia de su familia,
con su hijo adolescente, a los pies de los Andes cortada por un
río de turbulento. Por las noches, dejaba caer las medias en la
alfombra, encendía un cigarrillo de marihuana, y como una
abeja reina, se tendía desnuda para que yo con perfumes

110
hiciera masajes en sus pies antes de hacerle el a-mor.
A-mor sublime, a-mor afinado, depurado. De belleza
esquiva, poderosa dama, centro de su familia, devoradora de
novelas. Había noches en que me pedía que le leyera avances
de mi novela sobre el hombre solitario enamorado de una
oveja. Recuerdo en su casa domingos de almuerzos
familiares: su madre, una señora elegante y loca, un delicado
hermano diplomático, tíos escritores, y yo con
devoción sirviendo el vino.
Y pasamos noches sin soltarnos, y de día recorríamos la
ciudad en su auto antiguo, y nos reíamos mucho, protegidos
por la pasión que nos hacía invulnerables.
Nuestro amor era tan intenso que al poco tiempo de
conocernos, decidimos subir la apuesta y tener un hijo.
Oh Dios, debo parar, un nudo en la garganta me hace
imposible seguir escribiéndote.

107

Nuevas conclusiones a la fecha en La Querencia.


Es un arte, pasar la lengua: despacio, rápido, a veces
apretar los dientes, un poco de saliva, chupar cerrar los ojos,
vemos el cielo.
Definitivamente, las mujeres más aptas para vivir el
misterio del amor son las mamafalos como las llama Gerardo
Arroyo. Comparto su juicio pero yo prefiero llamarlas
vestales de Eros.
No levanto un culto a la virilidad, pero las mujeres que

111
poseen el talento innato, junto con encontrar placer, veneran
al hombre. Así los hombres están dispuestos a entregar lo
mejor de nosotros.
Por algo el culto al falo está en los bajorrelieves etruscos,
en Grecia, en Egipto, en los templos mayas. For y nata de
grandes civilizaciones, donde las mujeres eran veneradas
como diosas, y no como ahora, consideradas objetos
coleccionables de placer, herramientas de trabajo.
Junto a la puerta de entrada de La Querencia Silvestre
Corrales, incansable artesano, ha levantado una escultura: un
enorme y vertical bulto de cuero relleno de aserrín. Es un
buen barómetro para medir la temperatura erótica de las
visitantes. Vero, veríssimo, usualmente las mujeres que pasan
sin mirarlo tienen tendencia a la insatisfacción que pueden
transformarse en severos cuadros de frigidez. Si sonríen la
tendencia es a la histeria. Las mujeres que lo miran y guardan
silencio son las reales vestales de Eros.
Las mujeres que no aprenden a mamar el falo, difícilmente
vivirán una experiencia de verdadero amor.
Vieras como Sara lo hacía.

108

Intentaré proseguir la historia de mi herida con Sara. Ojalá la


nostalgia no detenga esta carta. Joy, Joy, repito ahora cuando
la recuerdo. Eran las palabras que usaban los trovadores para
decir que la alegría del amor, una joya, siempre contempla la
presencia de una sombra.

112
Su hermosa casa de piedra a los pies de la cordillera.
A su hijo, como es natural, nunca le gustó la idea de que
un insecto extraño entrara en la colmena, y yo me sentía como
un andinista sin oxígeno intentando conquistar su cumbre.
Sara estaba en la línea de fuego.
Un día su hijo en un ataque de celos, casi destroza mi
Underwood con un bate de béisbol si no es porque llego a
tiempo. Otro día el chico le prendió fuego al manuscrito de mi
novela. Nada se salvó. Sara no dejaba de llorar. Se tocaba la
panza de embarazada y no dejaba de llorar.
—Mi abeja reina, no llores, puedo empezar de nuevo,
además, cuando nazca nuestro hijo, todo cambiará, tu hijo
tendrá un hermano, seré aceptado en la colmena — le decía
lleno de optimismo.

109

Esta mañana una experiencia me dejó vacío como una


calabaza. La chica se movía cadenciosamente como una
culebra, y yo mientras más bombeaba intentando satisfacerla,
sentía que nunca podría llegar a ella. Por un instante sentí que
contigo sucede lo mismo.
¿Quién sabe cómo llegar a ti? ¿Quién puede decir cuánto
eres, de qué clase, cuál es tu tamaño? Tal vez tú no seas
pequeño ni grande, corpóreo ni incorpóreo. Como eres en ti
mismo, no eres una parte del tiempo. Vero, porque cualquier
cosa que es parte del tiempo fue alguna vez producida por
otra cosa. Eres eterno, no necesitas nada. Ilimitado y nada hay

113
que te limite. Inexpresable y nada puede comprenderte. Por lo
mismo, tal vez no exista la forma de hablarte y menos
escribirte.
En todo eso pensaba cuando de pronto mi clienta me dijo:
“¿qué pasa que ya no te mueves?”. Intenté incorporarme,
continuar con mi trabajo. Pero no podía regresar al mundo.
Entonces la chica, como quien intenta despertar un muerto,
comenzó a pasar su lengua por mi falo. Sobre los
almohadones cerré los ojos y comencé a llorar.
—¿Qué te pasa? —volvió a preguntarme la chica.
—Pienso en Dios —le dije.
—Qué manera de perder el tiempo —respondió y comenzó
a vestirse.

110

Esta mañana Gerardo apareció con un saco lleno de pájaros


muertos que encontró cerca de los establos. ¿De qué se trata?
Seguramente el jardinero sabe. Le preguntaré mañana cuando
regrese.

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111

Es probable, que por el orgullo que siento de pertenecer a La


Querencia, en estas cartas haya omitido algunos descuidos y
fallas en nuestros servicios. Para serte sincero, en ocasiones
algunas visitantes se han ido sin haber hallado consuelo a sus
penas de a-mor. Han sido casos aislados, pero existen.
Supongo que el vital Dr. Delirio, Gerrado Arroyo, en
arranques de descontrol alguna vez debe haber abofeteado a
alguna clienta. Se que Manzana Valenzuela ha dejado clientas
sin atender, para internarse en el bosque a mirar las hojas.
Seguramente, el pequeño Silvestre —experto lame conchas—
ha mordido clítoris hasta dejarlos sangrando. Yo mismo, me
confieso, he realizado dos prestaciones en busca de mi propio
placer.
Una excusa sincera: la ejecución de cualquier ideal nunca
es un acontecimiento químicamente puro.

112

Desde hace algunas noches a mi primera mujer, Angélica, le


ha dado por llamarme por teléfono. Como en el pasado me
pide que le cuente cuentos eróticos de la literatura universal.
El que más le gusta es uno de las mil y una Noches, un
príncipe que rapta a una beduina. Le fascina esa parte cuando
la amarra a las palmeras y la posee.

115
Angélica no se atreve a venir aquí y me ha pedido que
vaya a contarle cuentos a su casa. Le dije que en La
Querencia no ofrecemos servicios a domicilio. Claro, una
cosa es que haya decidido tomarme este trabajo como un
apostolado, y otra muy es andar cargando a los muertos.
Hace unos días volví a contarle un cuento y me pregunto
de pronto:
—¿Has escrito alguna novela finalmente?
—No, nunca terminé nada —le dije.
A diferencia de mis amores perdidos en el tiempo, a
Angélica nunca le importó el que yo haya querido ser un día
escritor. Por el contrario, estimulaba mi sueño. Nunca
olvidaré el día en que llegó a casa con la Underwood de
regalo. En honor a ella y como una forma de ir contra estos
tiempos donde todos escriben en computadoras, todavía
conservo la vieja máquina.
El problema de nuestro matrimonio llegó cuando un día
Angélica comenzó a exigirme plazos creativos. “Vicente, mi
amor, por los menos saca un cuento al mes”, recuerdo que
decía. Aquella presión me paralizó al punto que comencé a
responderle con hojas en blanco.
Mis antiguos amores están apareciendo y yo no hago nada
por atraerlos ¿Y Sara? ¿Acaso Sara también se dejará caer
uno de estos días?

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113

Vez que yo tenía un problema con su hijo me pedía que me


fuera de casa y yo aceptaba.
Yo intentaba amar hasta el fin, un amor llevado a sus
límites extremos, entonces para superar los conflictos, me iba
a casa de Gerardo Arroyo, que en ese tiempo vivía en un
oscuro departamento en el centro de Santiago.
Un día le propuse a Sara que nos fuéramos de su casa, que
buscáramos un lugar nuevo, con su hijo, desde luego. Gerardo
estaba dispuesto a cedernos su departamento en el centro.
Miraba a un patio ciego, pero tenía una buena biblioteca, para
que su hijo se metiera algo más que televisión en la cabeza.
En fin, podríamos haber mirado de noche las pocas estrellas
que se ven en la ciudad. ¿Qué más necesita el alma cuando
ama? Pero Sara decidió permanecer en su bella casa, y yo
encerrado en el garaje, volví a comenzar la novela del hombre
solitario que se enamoraba de una oveja. Oh Dios, en ese
entonces yo quería construir un mundo de sentimientos con
palabras donde pudiera habitar Sara, su hijo, nuestro hijo por
nacer, todo el mundo a través de las experiencias de mi
personaje. Una experiencia individual puede ser una parábola
de la condición humana, ¿no te parece?
Una noche cuando Sara estaba embarazada de nueve
meses me soltó:
—Me gustaría que fueses más práctico.
—Mi amor, pero si hoy regué el jardín, recogí los

117
exámenes en la clínica —recuerdo que le dije.
—Cosas que hace todo el mundo, piensa en tus amigos—
aclaró.
—Pero mis amigos no escriben.
—No quieres entenderme —dijo dándose media vuelta y
tratando de acomodar sus nueve meses de embarazo sobre la
cama.

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A las ocho de la mañana aparecieron dos detectives de


Investigaciones. Bigotes, anteojos oscuros, tocaron la cam-
pana junto al puente. Les abrimos sólo la puerta que da al
camino. Dijeron haber recibido denuncias sobre gente perdida
en estas quebradas. Nos preguntaron nuestra actividad. Les
dijimos ser una comunidad agrícola, un centro de estudios
ecológicos o algo por el estilo. También interrogaron al
jardinero. Luego de una hora se alejaron para continuar sus
investigaciones con los vecinos de la zona. Nada de qué
preocuparse, en todo caso. Esto sucede todo el tiempo en los
campos de Chile: hay personas que salen a escalar los cerros y
se pierden. Eso es todo, se pierden por un tiempo y luego los
encuentran.

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115

En la Querencia no corre el dinero. Hace un rato había una


chica en la puerta de la casa, las luces de los faroles
mostraban su rostro satisfecho. Galante, Silvestre Corrales la
despidió levantando su copa. La mujer abrió su cartera, se
apoyó en la mesa de la terraza, extendió un cheque. Al
recibirlo, el pequeño sordomudo lo rompió en mil pedazos.
Es lo que alcancé a mirar con los binoculares desde la
torre. Tiempo de bajar porque veo tres mujeres cruzando el
puente colgante.
Les voy a leer el poema de Pound contra la usura, mostrar
las dulces abejas de Emily Dickinson y los bosques helados
de Neruda.

116

Caigo en la cuenta que vamos a cumplir medio año desde que


inauguramos nuestros servicios. Vladimir Nabokov, en
Definitiva evidencia dice: “Nuestro sentido del tiempo puede
ser el borrador precedente de otra dimensión”.

119
117

Con el embarazo de Vicente, Sara comenzó a hacerse cada día


más distante. Abeja reina al centro de la colmena, llamadas
diarias a su madre, llamadas de las amigas, y por más que
intentaba complacerla no encontraba la llave para acercarla a
mí.
¿Entiendes lo que intento decirte? Era la diosa de
piedra, la abeja reina una vez polinizada que se aísla. Estaba
demasiado dentro de sí misma. Los días comenzaron a
hacerse tristes para mí, perdía las ganas de volver a comenzar
la novela del solitario enamorado de una oveja.
Con el embarazo Sara entró en un definitivo
ostracismo. Nuestro hijo había nacido, había que celebrar el
acontecimiento, pero todo me resultaba extraño.
Te cito unas líneas del trovador Conon de Béthune: que
describen mejor mi sentimiento: La tierra es durísima,/ sin
agua ni humedad/ allí donde prodigue mis cuidados./ Jamás
recogeré en ese lugar/ fruto, ni hoja, ni flor.
Cuando barremos las hojas del jardín, no son las hojas
sino el jardín lo que importa. Pero yo no reaccionaba porque
era las hojas. Sara me estaba matando. O mejor dicho, yo
mismo me estaba matando porque la amaba.

120
118

El cuerpo de las mujeres tiene siete puertas. Eso afirma el


libro Las once mil vergas de Guillaume Apollinaire que
cuenta las licenciosas aventuras del conde Moni Ilescu.
Este personaje se parece mucho a Gerardo Arroyo que en
el último tiempo ha sido atrapado por una obsesión. Apenas
las visitantes cruzan la puerta, lo primero que hace es mirarles
el trasero. Sí, nuestro dandie, ya no repara en el brillo de sus
ojos, ni en la curvatura de sus caderas. En el salón a llenado
copas con vaselina para practicar entradas por la retaguardia.
Para Manzana Valenzuela el asunto del agujero negro no
tiene el menor interés. Nuestro vidente, en raras ocasiones se
acuesta con las visitantes. En su estrategia de no acción,
prefiere permanecer horas con ellas, contemplando la
corriente del río Azul, y en la noche les ofrece conciertos de
piano.

119

Pocos días antes del nacimiento de Vicente, una noche en que


Sara miraba una teleserie comenzó:
—Corro con la mayoría de los gastos de la casa. ¿Te
parece justo?
—Me parece justo, tú organizas fiestas de beneficencia,
yo escribo, mi amor. En todo caso puedo vender el reloj que
heredé de mi padre, algo vale, si nivelar un poco es lo que te

121
tranquiliza— le dije
—No se trata de eso.
—¿Y de qué se trata entonces?
—Fíjate en tus amigos.
—Otra vez mis amigos, ellos no escriben.
Los obstáculos llevan a la exaltación del amor— pensé, pero
guardé silencio.
—Las cosas no están como en un principio —terminó
diciendo cuando acabaron los comerciales y volvió la
telenovela.
El trovador Rudel escribió: "Mi dama es una creación del
espíritu y se desvanece con el alba". Y pensar que su casa
podría haber sido una corte feudal, el gran árbol bajo cuya
sombra yo tejía mis cantos de amor. Sara podría haber sido
como la regia Leonor de Aquitania, y yo el herrero Bernard de
Ventadour, su amante, terminando mi novela del solitario
enamorado de una oveja. Pero lo cierto era que vivíamos en
Chile, donde la cordillera destruye los sueños, y resulta locura
intentar escribir con un hijo a punto de nacer

120

¿Te hablé de mi dolor de testículos? Estoy pensando


suspender por un tiempo mi servicio de prestaciones.

122
121

Hace un rato crucé la vista con el jardinero. Mantiene la


misma actitud reservada desde el primer día. No lo había
notado: en la pera tiene una pequeña cicatriz con la forma de
una flor.

122

Era de noche, Vicente había nacido, y yo llegaba de un viaje


al sur, donde había descubierto una vieja imprenta donde
publicar mi novela. Al entrar a casa Sara daba de mamar a
Vicente con un cuidado excesivo y apenas me saludó. Ni que
pensar en la posibilidad de hacer el amor luego de tantos días
de ausencia. Me fui a dormir a la pieza de los invitados. En un
momento de la noche me desperté, levanté y me dirigí a su
pieza.
—¿Qué pasa? —pregunté prendiendo la luz.
—Nada, mañana hablamos, estoy cansada— murmuro sin
abrir los ojos.
—Vamos, ¿qué pasa?...
(Se incorporó. Tomó el paquete de cigarrillos sobre el
velador. Fumó un largo rato en silencio).
—Tu sueño de ser escritor es algo agotador, nunca llega—
dijo de pronto.
—Todavía no cumplo los cuarenta, hay otros que lo
consiguen antes, es cierto, bueno por ellos, pero ten

123
paciencia, seré famoso, compraré tu casa, seré el dueño de
tu casa —algo así le dije mientras ella fumaba.
—Vives soñando, Vicente, eres agotador.
—Cómo que soñando, encontré una imprenta, voy a
comenzar, deberías estar contenta. Además cambié la novela,
el tipo enamorado de la oveja finalmente termina enamorado
de ti.
—Si yo no existiera escribirías igual, no mientas. No
cambias, esa es la verdad—aclaró.
—¿Por qué hay que cambiar? ¿Acaso no te acepto como
eres, con tus telenovelas, los llamados a tu madre? Cuando
juegas con Vicente nadie te puede hablar y yo no te digo
nada. Tampoco digo nada contra tu hijo. A propósito, ha
vuelto a arrancar las páginas de mi Divina Comedia para
fumar marihuana. No importa, es un buen chico, conseguiré
otra edición.
—Es difícil vivir contigo, dejas la pasta de dientes abierta,
tu desorden me invade— agregó sin escucharme.
—Basta, ¿otra vez me pedirás que deje tu casa?
—Deja de burlarte, he estado pensando durante este
tiempo en que estuviste afuera.
—En lo único en que debieras pensar es en que acaba de
nacer nuestro hijo y nos queremos.
—Ese es el punto.
—Que, ¿ya no me quieres?
—Te quiero, pero no estoy enamorada.
—Pero si ya nos enamoramos una vez, cuando nos
conocimos. ¿Has olvidado el hotel del sur, la playa, tu bikini

124
de leopardo? Está bien, dejaré de escribir y buscaré un
trabajo.
—Quiero que nos separemos, Vicente, es lo mejor, lo he
pensado, todavía podemos guardar momentos felices —dijo
llorando
—Y qué con Vicente, todavía no cumple un año, jugamos
todos los días. Es importante para él, ¿has pensado?
—Lo puedes ver los fines de semanas, no te pondré
problemas, lo sabes.
—Los amo a los dos —insistí desesperadamente.
No pegué un ojo en toda la noche. Al día siguiente, en
silencio, descolgué su foto de la pared, puse en una bolsa mi
ropa, tomé mi vieja Underwood. Fiel al código de honor
cortesano, civilizando mis pulsiones, conservé hasta el final
mis delicados modales, y me despedí de ella, Sin embargo, no
pude resistirme y cerré la puerta de su casa con un fuerte
portazo. Una vez afuera, con lágrimas en los ojos me puse a
caminar. Hasta ahí llegó la historia del a-mor con Sara.

123

Una encantadora señora llegó a soltarnos una verdad


desconcertante. Esperó que nos reuniéramos en el salón, y nos
preguntó el motivo por el que todos los matrimonios duran
tan poco hoy. Dijimos tedio, dijimos infidelidad, falta de fe.
— Jovencitos, escuchen bien, las mujeres no somos bestias
de trabajo, procreadoras, amantes ideales. No podemos

125
estar para todo servicio — comenzó la señora.
—¿Todo servicio? —pregunté sin entender nada de lo que
decía.
Ay, mijito, el parto, piense en el parto— repitió
Recordé el nacimiento de Vicente, Sara sobre el quirófano,
abriéndose llena de sangre, una cabecita asomándose, una
mezcla de espanto y amor por la vida.
—Hace poco estuve en el hospital —continuó la mujer—.
Me había torcido un pie, nos pasa a todas las viejas. Estaba en
la sala de espera, a mi lado había un hombre joven, tenía un
aspecto nervioso.” Me obligan a asistir al parto para que vea
cómo sufre mi mujer. Pero si veo eso, nunca más podré
hacerle el amor”, me dijo el hombre asustado. “Tiene toda la
razón. Váyase”, le dije. Un poco más tarde llamaron al
hombre desde la sala de parto. “Venga, ya ha comenzado”,
gritó una enfermera. El hombre se escapó.
— ¿Le parece bien escaparse de un momento tan
importante, señora? Cuando tenga un hijo seré el
primero en estar en el parto— comentó Gerardo
Arroyo.
—Me parece perfecto escaparse, mijito. Mire, tengo siete
hijas y cuarenta años de feliz matrimonio. ¿Y sabe porque,
mijito? Simplemente porque mi marido nunca asistió a
ninguno de mis partos. Fíjese que en cambio todas mis hijas
están separadas. Mis yernos, jóvenes modernos, entraban al
parto hasta con cámaras de fotos. En estos tiempos todos
ustedes los jóvenes hacen lo mismo. Nos ven sangrar por el
mismo agujero donde nos aman. Nadie entiende, mijito, eso

126
es algo fatal para mantener la pasión viva. ¿También ustedes
los hombres nos quieren ver cuando vamos al baño? Déjennos
parir solas por el bien del amor en el mundo.
Los consejos de la señora me dejaron de una pieza. En mi
historia de a-mor saltó una evidencia: con Sara hacíamos el
amor como ángeles, y apenas nació nuestro hijo Vicente nos
separamos. Desde luego que asistí al parto.

124

A veces me dan ganas de llamar a Sara pero me amarro los


dedos. Vicente, hijo mío, pronto pasaré a buscarte, me tomaré
unos días libres, y nos iremos a caminar por la playa,
nombrando todas las aves que vuelan sobre el mar.

125

Un viento frío de la montaña anuncia el fin del verano.

126

Ayer cumplí cuarenta años y no quise celebrar mi


cumpleaños. Aunque mis amigos insistieron en hacerme una
fiesta, decidí pasar el día solo disfrutando de unos de mis
queridos pasa tiempos, cazando tórtolas en los cerros con mi
vieja escopeta. De regalo Gonzalo Duncan me hizo un retrato
donde aparezco abrazando la sombra de una mujer. ¿Sara?

127
127

Lo tengo decidido, a partir de hoy, voy a aguantar aunque


algunas visitantes me pidan que me vaya. En la biblioteca
encontré un libro de antiguos monjes taoístas. Verdaderos
alquimistas del cuerpo, algunos llegaron a vivir hasta 120
años. Me gustaría vivir 100, 200, 500 años en esta tierra hasta
volver a encontrar un a-mor.

128

Hace unos días nos llenó de orgullo la visita de la famosa


Matilde Duveau, la primera mujer piloto de Chile.
Matilde pertenece al tiempo pionero y romántico de la
aviación, y entre sus proezas se cuenta el peligroso cruce de la
cordillera de Los Andes en un monomotor.
Cercana a los ochenta, llegó manejando a toda velocidad
un viejo Land Rover por la cuesta que sube del pueblo a la
cordillera.
Nos dijo que por su edad había perdido la licencia de pilo
y nos pidió que le concediéramos un deseo: volar en la
avioneta por última vez en su vida. Gerardo la sacó a volar y
en el aire le pasó los controles. Matilde llevaba una chaqueta
de cuero y Con las primeras estrellas volvieron.

En su honor le ofrecimos una cena con ostras y champaña,

128
porque como dijo Melville, si el alimento del alma es luz y
espacio, el del cuerpo es ostras y champaña.
Durante la noche seguimos embelesados sus historias de
vuelos cordilleranos, noches de niebla, islas remotas, faros en
el sur. En un momento nos confesó que nunca había sufrido
por amor, y a sus años se sentía plena.
Desde que inauguramos La Querencia, la aparición de
Matilde Duhart ha sido la gran incógnita.
Tal vez, en el misterio del amor, existan seres que de pura
grandeza permanecen solos.

129

" !Oh Dios mío! ¿Cómo es posible que cuanto mas lejana más
la deseo?" ¿Reconoces este verso en la historia de la poesía?
Fue escrito por Almeric de Belenoi, y a casi mil años de su
creación, interpreta mi dolor.
Anoche me costó quedarme dormido. En cualquier
momento Sara se me viene encima como las montañas o la
foto de ella que guardo en la torre. Muestra un hotel en el sur
de Chile, junto un lago. El mismo hotel donde nos conocimos
y volvimos un tiempo después. Hay una pareja desnuda sobre
la cama. Somos nosotros.
—Hacer el amor contigo, Vicente, es siempre como si
fuera por primera vez —dijo ella mirando hacia el lago.
—Quiero ser escritor, no será fácil nuestra vida.
—Calla, Vicente, tú eres un ángel tocado por la gracia del
amor.

129
Así hablamos con Sara en la pieza del hotel. Y luego del
hotel seguimos hablando así, porque así sentíamos.
Tal vez la señora que nos visitó hace unos días para
hablarnos del amor y su relación con el parto, tenia razón.
Todo se vino abajo de golpe con Sara luego del parto, al que
desde luego asistí.

130

Recuerdo un día nublado, íbamos por la carretera hacia la


playa. Íbamos en mi auto viejo, pero con el porvenir al otro
lado del parabrisas. Todavía no nacía Vicente. De pronto,
subiendo una cuesta nos sobrepasó un flamante Jaguar, y nos
largamos a reír.
—Cuando sea un escritor famoso te voy a comprar uno
como ese, Sara —le dije arrastrando mi tarro por la carretera.
—¡Oh!, como el de Andrés —dijo emocionada pintándose
los labios.
—Mejor que el de tu hermano Andrés.

131

—¿Te acuerdas del hotel antiguo junto al lago? —le


pregunté hace unos días a Sara cuando fui a buscar a Vicente.
—Déjame el cheque —me contestó riendo mientras se
subía al auto con un nuevo amor.
Es posible, sí, lo más posible, que Sara ya no recuerde el

130
hotel. Y si lo recuerda no será más que otro hotel en su vida.
El amor puede transformarse en una larga ruta de hoteles
vacíos.
!Oh Dios, sácame de los recuerdos sangrando hasta
desaparecer en el aire!

132

Amar con fine amour es correr la aventura. Lo tengo decidido,


uno de estos días me armaré de valor, iré a Santiago, y le
llevaré un ramo de flores a Sara. Luego regresaré a La
Querencia.
Te cito nuevas líneas de Conon de Béthune que
interpretan mi dolor: Si la cólera y el delirio/ y la desgracia de
amar/ me hicieron hacer locuras/ y hablar mal del amor,/
nadie debe culparme.

133

El primer dibujo de nuestro mi hijo Vicente. Solo tú sabrás


interpretar su contenido.

131
TERCERA PARTE

134

He comenzado una nueva vida.


Oh Dios, el cielo son sus ojos.
Desde mi torre la vi llegar, radiante cruzó el jardín, y al
instante, mis labios soplaron un poco de aire para pronunciar
una palabra que llegaba desde el origen. “Gata”, le dije sin
saber lo que decía, y luego miré al cielo, y aunque no te pude
ver, te di las gracias.
Oh Dios, el cielo son sus ojos. A diferencia de nuestras
visitantes, no llegó a resolver un problema. Mi a-mor vino a
conocer las rosas oscuras del invernadero. Hechizado ante su
presencia, en un momento la miré a los ojos, me acerqué a su
lado, y con las espinas me clavé un dedo. Sin decir palabra,
ella también se clavó una espina, y juntamos nuestros dedos.
El a-mor es sangre, en un instante se juega la vida, entonces,
empuñando la rosa como una bandera, le pregunté si estaría
dispuesta a morir conmigo, y me dijo que si, inaugurando el
pacto eterno del amor.
. Oh Dios, el cielo son sus ojos Ya te hablaré de su
silencio, de la serena y enigmática atmósfera que irradia su
felina presencia. Desde hace una semana aparece todas las
mañanas, antes que el jardinero, ese hombre bondadoso que
arrastra la máquina de cortar pasto sobre la superficie de esta
tierra enamorada. Aparece todas las mañanas, estaciona su

132
auto en el camino, toca la campana, y yo bajo corriendo de la
torre a recibirla. Entonces pasamos el día en el jardín,
tendidos en el puente, contemplando la corriente del río Azul
que fluye naturalmente entre las piedras como nuestro amor.
Oh Dios, el cielo son sus ojos. Todavía nuestros cuerpos
no se encuentran y no importa. El gran a-mor es espiritual y
comienza por los ojos. Experimento lo que sintió el poeta
Dante, quién solo necesitó mirar una vez a Beatriz para
enamorarse de ella para siempre.
Oh Dios, el cielo son sus ojos.

135

¿Acaso en los poemas de los trovadores, no se retrasa,


constantemente, el momento en el que la amada puede ser
poseída para dejar suspendido el deseo? Una de las canciones
más conocidas de Bertrand de Ventadour dice así:
"…Correría hacia ella, mas el miedo me retiene; porque
nunca he visto cuerpo mejor formado para el amor, tan
lánguido y tan lento en despertar. "

136

He roto una antigua promesa y la he dejado entrar a mi torre.


En este momento duerme en la litera, y parece una burbuja
flotando entre las paredes curvas. Me gustaría poblar los
paisajes de sus sueños.

133
137

Por absoluta fidelidad, desde que mi Gata apareció en La


Querencia, he suspendido todos mis servicios a las clientas.

138

Me ha dicho que trabaja de noche, y no he querido


preguntarle en qué. La verdad es que no necesito preguntarle
nada.

139

Mis amigos celebran su presencia como la consagración de


esta aventura, como el triunfo de la Querencia. Es algo así
como si mi corazón latiera en cada uno de ellos. Lo dijimos al
principio, antes de levantar la primera piedra: “Si uno lo
consigue, será una felicidad para todos.”

140

¿Escuchas el canto de los grillos en el jardín? Es de noche,


y por la ventana entra la luna iluminando una reproducción de
Hieronymus Bosch que he pegado a la pared. Guarda mucha
relación con nuestro a-mor. Es una enigmática fantasía

134
erótica, muestra a una pareja desnuda, dentro de una bola de
cristal, flotando en un paisaje atestado de símbolos
alquímicos. Un pato sobrevuela el cielo, y sobre una Madona
con las piernas abiertas descansa un fruto rojo.

141

Desde que apareció, ha pasado una semana, y hoy posamos


para Gonzalo Duncan. Nos pinta dentro de una burbuja de
fuego, con el perro Ruca a nuestros pies, inmortales, juntos,
desnudos, sin tocarnos, como la enamorada pareja del cuadro
de Dossi Dosso.
Nuestra propia Alegoría de la Fortuna.

142

Su rostro no tiene edad. Lleva un largo abrigo negro con


botones dorados que abre como una flor inexistente.

143

He estado pensado que en vez de continuar escribiéndote, lo


mejor sería escribirle a ella. Cartas para guardar la manera
como en la mañana desabotona su largo abrigo de botones
dorados, duerme desnuda sobre la litera, se viste por las tarde,
baja las escaleras curvas y se aleja por el camino. Cartas para

135
retratar su sonrisa, el brillo de sus ojos, todas las posiciones
que han tomado nuestros cuerpos. Cartas para ser leídas por
todos los amantes del futuro, como una luz que entró a La
Querencia, y tomó la forma de un cuerpo, su propio cuerpo.

144

Con fuerza arrolladora experimento el sentimiento que todos


los sabios y místicos han buscado sublimar, mediante
abstinencia, ayunos, oraciones. Es la energía incontrolable
como el potro de La Querencia, que hace un rato rompió las
puertas de la pesebrera. Te hablo de la fuerza que mueve las
estrellas. ¿Entiendes que intento decirte? Ya no puedo
regresar intacto. Y aquí estoy guardián de su belleza que me
eleva.
145

Ningún elemento de su personalidad calza de manera obvia.


Tras su largo y adusto abrigo negro de botones dorados, se
esconde un cuerpo sensual. Su voz y el brillo de sus ojos,
parecen estar fuera del desgaste de la materia. En esta extraña
zona donde despierta su belleza, persuasiva y cargada de
nostalgia. Responde con dulce asombro a todo lo que la vida
le muestra: las rosas oscuras del invernadero, la corriente del
río Azul, mi bastón con empuñadura de plata. Como si
estuviera en conexión íntima con cada detalle del universo,
espontánea, afable, hay días en que se pasa horas conversando

136
con el humilde jardinero.
146

Seguramente querrás saber aspectos reales de la mujer que


apareció para transformar mi vida. Su nombre, pensamientos,
su forma de hablar, su procedencia. Me niego rotundamente.
Mi Gata es puro presente, y el a-mor es su mejor definición.
Tampoco te revelaré cómo hacemos el amor. Sólo te diré
que desde la carne formamos un andrógino, que entraña esa
chispa divina que cada persona lleva en sí.
Hemos recuperado la unidad perdida.
La he visto en trance como si fuera la misma
Anunciación con los ojos en blanco.

147

Estaría dispuesto a cortarme un brazo por ella. Para probar mi


fidelidad, partiría en dos mi bastón con empuñadura de plata y
me lo enterraría en el pecho, a la antigua usanza de los
amantes romanos.
Subimos vino y frascos de higos secos a mi torre. No
necesitamos nada más para pasar el día.

137
148

Esta tarde mi amor me soltó un descomunal secreto. En el


momento en que se vestía para abandonar La Querencia, me
reveló su verdadero nombre.
No lo vas a creer, mi amor se llama Sabina en el mundo de
afuera, y la conocen por Wendy en su trabajo.
Oh Dios, ¿qué me dices?, ¿coincidencia? Para nada; es el
azar inundado de sentido. Ahora entenderás por qué se
ausenta todas las tardes y regresa en la mañana.
¿No te parece maravilloso? La mujer que hace unas
semanas llegó para transformar completamente mi vida,
también practica el arte de curar las heridas.
Mi amor atiende en su propio departamento ubicado en el
barrio oriente de Santiago. " Estuve muchos años afuera de
Chille, junté suficiente dinero para volver, a mi hijo nunca le
faltó nada”, me dijo esta tarde mientras se vestía.
—¿Cómo se llama tu hijo? - le pregunté.
—Se llama Jordi, como mi padre —contestó orgullosa.
La historia de las María Magdalenas es siempre la misma,
entran al servicio porque deben mantener un hijo. Sin
embargo, te diría que este es el único sello común que Sabina
comparte con la más antigua de las profesiones. Todo lo
demás en mi Gata desborda los rótulos conocidos.
Te juro, perderás tu tiempo imaginándola ambiciosa,
astuta, con palabras y un corazón de piedra. En todo caso, te

138
confieso que si anduviera con una navaja dentro de su
graciosa cartera plástica, igual me moriría por ella.
No se parece en nada a las ambiciosas casquivanas de
Flaubert, a las geishas enredadas con poderosos generales
norteamericanos de los cuentos de Mishima. Nada tiene que
ver con la hermosa india drogadicta del libro Tristessa que
termina rompiéndole el corazón al poeta Kerouac.
No, Sabina no rima con ninguna de las mujeres que hasta
ahora han hecho de prostitutas en la literatura. Y esto me
fascina porque se supone que la literatura es el gran espejo.
Definitivamente Mi gata no es una mujer igual a las
demás. ¿Su tendencia política? ¿Su religión? ¿Su rol como
mujer en el mundo? Nunca hablamos de esas cosas. Su abrigo
de botones dorados cae hasta sus tobillos, y no sigue ninguna
moda. No usa maquillaje. Sus aros de perlas, la suavidad con
que expulsa el humo de los cigarrillos mentolados, su pausada
forma de hablar, con ese gracioso acento castellano,
enriquecido por sus viajes por el mundo, se expresa como si
el destino, en un momento de gracia, hubiese soltado una
insólita e inaudita chispa de vida.
Tímida, sobria, delicada hasta la fragilidad, en Sabina no
encontrarás el menor rastro de amargura, resentimiento, ni
señal de haber sido golpeada por la vida. Por el contrario,
cada uno de sus movimientos está envuelto por un aire de
felina serenidad, que difícilmente encontrarás en mujeres con
vidas más apacibles y afortunadas.
Distante, silenciosa, es una dulce Gata por donde la mires.

139
149

Absorto en mi devoción hacia Sabina, apenas tengo oídos


para escuchar las historias de mis compañeros. Ayer, en su
ausencia, Gerardo Arroyo me contó el caso de una chica
ninfomaniaca, esclava de sus pasiones,. Aparte de disfrutar la
condición de su cliente, no recuerdo qué método específico
ocupó Gerardo para su curación. Solo te agradezco que
Sabina no sufra aquella enfermedad. Vieras su disposición al
sexo, es de una libertad tan maravillosa, que a veces no
necesitamos ni tocarnos para sentir que nos llevamos dentro.

150

En esta carta intentaré diseñar su biografía, “como si pudiera


medir su vida con una cuchara de té” (T. S. Elliot).
Tendida a mi lado, luego de hacer el amor, durante las
tardes Sabina me cuenta su vida.
Su padre fue un viejo anarquista catalán que vendía libros
usados en un pasaje oscuro. Su madre, una hermosa profesora
de escuela asesinada para el golpe militar.
Su infancia la pasó en un pasaje oscuro en el centro de
Santiago jugando con su único hermano, un ano menor que
ella. Un chico hermoso, puro, de mirada ausente por el que
ella sentía verdadera devoción.

140
En el universo encerrado del pasaje, llevados por una
fuerza irresistible, una noche los hermanos traspasaron la
frontera de la sangre, y escondidos en la bodega de libros
viejos, se amaron. Y vinieron otras noches, durante años, en
que volvieron a hacerlo. Un día la inocencia del incesto se
estrelló contra la dura realidad. Sabina con apenas diez y seis
quedó embaraza del hermano. Ella ocultó el pecado diciendo
que la había embarazado su novio de eses entonces: un chico
idealista y de buena familia, un guapo estudiante de medicina
que se aparecía por el pasaje a comprar libros usados, y a
conversar de revolución con su padre, el viejo anarquista.
Corría el año de 1970 en Chile, una época de
transformaciones y sueños de libertad, y una noche de verano
se celebro el matrimonio de Sabina y el estudiante de
medicina en el pasaje oscuro. El pequeño rectángulo de cielo
del pasaje fue techado con sacos viejos, colgaron piernas de
jamón serrano, invitaron a todos los indigentes del barrio a la
fiesta. Un sacerdote obrero ofició los sacramentos. Toda la
noche tocó el acordeón un ciego. Llegados de los
contrafuertes, la familia del novio observaba. Don Jordi Fort,
el padre de Sabina, emocionado, apenas equilibrándose sobre
una silla hizo un encendido discursos sobre el amor que vence
las barreras sociales.
Pero un chico de mirada triste seguía la fiesta desde una
esquina. Era el hermano de Sabina, enamorada de ella,
recordaba noches en la bodega. La fiesta se vino abajo cuando
lo encontraron al fondo del pasaje colgado de una viga.
Hinchado, los ojos abiertos, el falo del suicida parado como

141
una antena. Y dejó escrito en una servilleta entre los dientes:
“Los hermanos también se enamoran”.
Sabina guardó en silencio el secreto del hijo. Llegaron los
años 80, los sueños de libertad se congelaron. Su padre murió,
su madre fue asesinada, su esposo, ahora sin barba
revolucionaria, recibido de médico, con dulce orgullo jugaba
con el niño en una linda casa del barrio oriente de Santiago.
La suerte había cambiado gracias su matrimonio y gracias
a haber mantenido en secreto la procedencia del hijo. No más
el pasaje oscuro. Ahora Sabina era una feliz miembro de una
casta rica y vinculada al poder. La habían aceptado. Era
joven, hermosa, inteligente. Pero su nueva familia estaba
ligada al gobierno militar que había asesinado a su madre, y
aunque todos hacían esfuerzo por soplar las cenizas, estas
todavía ardían.
Ardían al punto que un día terminaron armando un
incendio. Fue en un almuerzo de familia en una casa colonial
de campo: largos corredores, palmeras, empleadas, muchos
hijos, hombres de la banca, sacerdotes, una mesa
interminable. En un momento Sabina señaló al hermoso niño
que se columpiaba entre las palmeras, y dijo la verdad oculta
por años: que era hijo de su hermano.
“Lo hice por honor a mi familia, y el futuro de mi hijo”,
me dijo Sabina. Su marido la abandonó, la bajaron del árbol
de la familia, comenzó a ejercer el milenario oficio para
mantener a su hijo. Para evitar escándalos se fue de Chile,
pasó veinte años con su hijo, como una rueda rodando por
suburbios, moteles de carretera, hoteles de lujo.

142
Digna es mi Gata.
151

Colgué el retrato que nos hizo Duncan en la curva pared de


torre. De noche, cuando Sabina no está, permanezco horas
observando el cuadro: los cielos incendiados de ocre, nosotros
en tonos azules sentados en el banco en el paseo de los
jóvenes cipreses.
A veces el viento abre las ventanas de la torre y escucho
ecos que llegan de los cerros como lejanas voces del pasado.
Ahora puedo interpretar nítidamente las señales: todas mis
heridas de amor, todas las clientas fueron preparativos para
saltar al tejado de mi Gata.
A propósito de clientas, vamos a cumplir un año desde que
inauguramos La Querencia y lo celebraremos con una gran
fiesta en compañía de mi Gata.

152

Esta mañana paseábamos por el jardín, cuando su cartera se


enredó en las ramas de un arbusto, y cayó al pasto un pequeño
libro con aves bordadas sobre la tapa. Rápidamente mi amor
lo cogió y se lo llevó al pecho. Le pedí que me lo enseñara.
Comencé a leer. Es su diario aparece la historia de su vida
entregada al servicio de los hombres. Veinte años haciendo
salir el sol en el oscuro horizonte de los hombres.

143
153

Te conté hace un tiempo, ya no ejerzo mis funciones.


Escucho a la distancia casos que me cuentan mis amigos y los
relaciono inmediatamente con mi Gata. Las dramáticas y
recurrentes experiencias de mujeres dependientes de círculos
pasionales destructivos, casadas por mala fortuna con
machistas, a veces infieles, incluso muchas veces agredidas
físicamente por ellos, que suceden en todos los estratos
sociales de nuestro país, me han dado mucho que pensar estos
días. Gracias a Dios, perdón, gracias a ti, la relación con mi
Gata nunca tendrá la menor sombra de dependencia
destructiva. Entre nosotros las palabras respeto, protección,
armonía, se han convertido espontáneamente en actos. Es su
propia forma de proyectarse como mujer en el mundo.

154

—Si quieres, no lo hago más.


—No me importa, en serio —le dije.
—Me vas a hacer llorar, sabes.
—Cuéntame más de tu vida, tu hijo.
— Mi hijo es maravilloso.
—¿Qué hace?
—Es ejecutivo de una compañía de cereales en Estados
Unidos.
—¿Hace cuánto tiempo que volviste a Chile?

144
—Hace un año.
—¿Y qué te parece este pais?
—No ha cambiado demasiado.
—Sigue estando lejos.
—Muy lejos.
—Yo también viajé durante un tiempo, sabes.
—Lo sé, me lo has dicho, y también querías ser escritor.
—Ah, te hablé de mi sueño.
—Muchas veces.
—Hoy escribo cartas.
—¿A quién se las escribes?
—Le escribo cartas a Dios desde La Querencia.
—¿Y qué le cuentas?
— Todo, todo lo que pasa en La Querencia. Además le
cuento mi vida, mi pasado, los antiguos amores. Pero ya no le
cuento mi pasado…
— Porque ya no, Vicente.
—Ya no miro hacia atrás, ahora solo le hablo de ti.
—¿Y qué le dices?
—Le digo que estamos comenzando de cero.
—Sí, estamos comenzando de cero.
Esto fue parte de lo que hablamos hoy.

155

El hombrecito de mameluco amarillo parece haber alcanzado


la última etapa de la alquimia, donde el corazón humano se
transforma en oro. A veces nos mira hacia lo alto de nuestra

145
torre y sonríe. Nos da alegría observarlo recogiendo las hojas.
Ha convertido el pasto en una verde y suave alfombra donde
durante el día caminamos descalzos con mi Gata.

156

Pensarás que me he vuelto loco, pero he llegado a sentir la


virginidad en ella. Se lo confesé esta tarde mientras
bajábamos de la torre.
—¿En serio? —me dijo alegre y confundida mientras
bajábamos al jardín.
—En serio, es como si lo hiciéramos por primera vez.
—Dicen que los hombres las prefieren jóvenes —continuó
coqueta.
Entonces le juré, de rodillas, que haremos el amor hasta
que nos entierren juntos bajo la dura cáscara del planeta.
Dicen que los grandes amores son imposibles. Durante
milenios, desde la epopeya de Gilgamesh hasta los poemas de
amor desesperados, el hombre ha cantado la fugacidad de la
pasión. Pero nosotros estamos inventando una nueva
posibilidad. Te lo dice cada beso que levantamos como un
faro. La felicidad existe y esta carta es para proclamarla.

146
157

—¿Verdad que no te pones celoso con mi trabajo? —volvió a


preguntarme esta tarde, antes de partir, mientras se abrochaba
los botones dorados de su abrigo.
—Si quieres no vuelvo más, lo entendería perfectamente
—agregó triste en uno de los peldaños de la escalera.
—No sólo quiero que vuelvas, mi amor, quiero que te
quedes aquí para siempre —respondí mirándola fijamente a
los ojos.
Me importa un comino que otros hombres la posean. Ellos
saborean la piel, pero yo me como el fruto.

158

Tímida, introvertida, posee un aire de fría dulzura que, por


instantes, me hace recordar a la Baronesa de Vicencio.
Hay algo en su rostro que me paraliza. Sus ojos poseen
una luz eternamente joven.
¿Te has fijado en sus manos? Escapadas de los siglos, son
vestigios de dedos que arañan mármoles o piedras. Luego de
hacer el amor, comienza a jugar con ellas proyectando
sombras en la pared de la torre.
Por estos días, con más ímpetu que nunca, muerdo sus
orejas, paso mi lengua entre sus piernas, huelo las deliciosas
fragancias que ascienden de su templo.
Sí, a mi Gata le arranco los vestidos, pinto soles, pájaros

147
de fuego.
159

—Prefiero que no me pagues —me repite siempre,


inclinándose junto a la ventana.
—No seas tonta —le digo.
—Te hablo en serio.
—Yo también te hablo en serio.
Cada día, cuando se va, abro la caja fuerte y saco fajos de
billetes. Me gusta dejarlos en los bolsillos de su abrigo de
botones dorados. Si hasta ahora su vida ha tenido que ser
como una caja registradora, quién soy yo para venir a
cambiarla.
El verdadero a-mor acepta al otro como es.
.

160

No hay fórmulas ni estrategias para nuestros acercamientos. A


mi Gata le gusta hacerlo en la torre, sobre el puente colgante,
tendida en la hierba. Es tan enorme esta pasión que, a veces,
antes de alejarse por el camino, bajamos el asiento de su viejo
Mercedes, y levantamos nuevos amores.

161

Mi amor por ella es como si un viento hubiese levantado La


Querencia por el aire.

148
162

Hoy, luego de hacer el amor, mi Gata esparció mi semen


sobre su rostro. Como si fuese leche sagrada, se mojó la
frente, los labios, sus grandes ojos oscuros. Ya no necesito
practicar la alquimia en la torre. Somos la nueva alquimia.

163

Mi devoción es tan grande por ella que cuando está en su


periodo, me hinco bajo sus piernas, hundo mi cabeza y bebo
su sangre. Apenas deja La Querencia en la tarde, a pesar de
que hemos pasamos todo el día amándonos, comienzo a
masturbarme para traerla en mis pensamientos.

164

Prepárate, en esta carta te soltaré una gran sorpresa. Esta


tarde, antes de irse, con lágrimas me dijo que espera un hijo
mío. ¿Te das cuenta? La besé en el vientre, me arrodillé a sus
pies.
Lo hemos decidido: pasaremos juntos el resto de nuestras
vidas. Aun no sabemos donde pero no nos separaremos jamás.
Tal vez ella se venga a vivir aquí o inventemos algo afuera de
La Querencia. La verdad es que por ahora nos da lo mismo la
forma que tome nuestro amor.

149
Sí, tendremos un hijo, hijo de este sueño, un hijo con boca
y pulmones y ojos para contemplar nuestra propia luz.
¿Qué me dices? Mis amigos tampoco pueden creerlo.
—¿Una mujer de cincuenta, pariendo? —preguntó
Gerardo.
—Todo es posible en La Querencia —le respondió
serenamente Manzana Valenzela.
La verdad es que mi amor no representa la edad que tiene.
Además, nuestra diferencia de edad no se nota, aunque soy
diez años menor que ella, contribuyo a acortar las distancias,
en mis tiempos de bebedor mi rostro se lleno de arrugas.
“Mejor, mucho mejor”, me digo mientras acaricio sus
pequeños pechos con mi bastón de plata.

165

No soporto que nadie hable mal de mi amor, y menos


ahora que será la madre de mi hijo.
¿Cómo va la relación con la vieja puta? —me preguntó
esta tarde Gerardo mientras Sabina se alejaba por el jardín.
Inmediatamente quise arrojarme encima de él dispuesto a
borrarlo del paisaje. Pero afortunadamente mis compañeros
Manzana Valenzuela y Duncan lograron controlarme.
En todo caso el altercado termino allí, y al rato nos
estábamos dando un abrazo. Es el estilo que tiene Gerardo de
hablar, pero en el fondo, tu sabes, él nunca esconde malas
intenciones. Por el contrario, Gerardo es muy atento con
Sabina, sin ir mas lejos, ayer la llevó a dar un paseo en la

150
avioneta sobre los cerros.
166

Ya no quedan paredes en La Querencia para que Duncan


continúe filtrando esta maravillosa aventura.
Finalmente ha terminado un nuevo retrato de mi Gata en
tonos verdes, con la perspectiva de los cerros detrás como si
fuera un sueño. Ahora trabaja en un cuadro donde aparece el
jardinero regando las rosas del invernadero. A propósito ¿qué
será del jardinero? No se ha visto en todo el día.
Sabina me ha dicho hoy que se ausentará de La Querencia
por una semana. Debe ir a reunirse con su hijo que viene a
Chile en viaje de negocios.
Mi fe en ella es tan grande que podría esperar mil años su
regreso. Me siento como el trovador Eurico de Lichtestein
quién cortejó a su dama durante diez años antes de haber
logrado una entrevista con ella.
El placer no solo tiene que ver con la satisfacción sino con
la espera.

151
CUARTA PARTE

167

Se escucha el seco sonido de los obturadores. Están al otro


lado del camino intentando entrar con el disparo de sus
flashes. Buscan ángulos, perspectivas, se pasean como leones
cibernéticos, suben cámaras sobre el muro.
Nuestra empresa se ha hecho internacionalmente famosa,
y hace días una dotación de periodistas se ha agolpado afuera
en el camino. Piden entrevistarnos, saber en detalle aspectos
de nuestros servicios. Aunque nos gustaría dar a conocer
nuestra empresa poética, que La Querencia traspase las
fronteras, servir de ejemplo a favor del amor en el mundo, por
el momento, siguiendo las instrucciones de la Baronesa,
hemos decidido mantener a la prensa a distancia.
No queremos correr el riesgo de convertir esta aventura
espiritual en alimento para millones de lectores o
telespectadores. Debemos ser cuidadosos y alertas en nuestra
estrategia de servicio público nos sugirió la Baronesa. Su
imagen en el computador nos produce confianza. Hace un rato
hicimos contacto: nosotros en la biblioteca y ella en su
despacho en la embajada italiana de Tánger. Se veía serena,
radiante, como siempre. El collar de perlas, acariciando un

152
gato sobre las piernas. Nos dijo que no hay nada de qué
preocuparse y que ante cualquier duda mantuviéramos la
abstención de conversar con los periodistas. Comparó las
redes informativas con los barcos fábricas que cambian de
mares buscando alimento. “Será pasajero, mis queridos
muñecos", aseguró riendo.
Extrañamente la presencia de los intrusos periodistas
no ha cortado las visitas. Por el contrario, ha aumentado el
número de pasajeras. En todo caso, pase lo que pase, me tiene
sin cuidado porque desde la aparición de Sabina habito un
mundo nuevo.
En su ausencia, prendo velas, me hinco en el suelo, y
fijo la vista en su abrigo de botones dorados que olvidó antes
de partir. Desde que se fue realizo este rito diariamente. Es
una forma de fijarla en el tiempo y recrearla dentro de mí.

168

Aumenta el número de cámaras sobre el muro, afuera en el


camino, al otro lado del portón eléctrico y del río azul. Es lo
que alcanzo a mirar desde mi torre. Hace días que no hemos
sabido nada del jardinero. Cualquiera de estos días aparece
Sabina.

153
169

Continúo realizando el rito de mirar fijamente su abrigo de


botones dorados. Cuando proyectamos el amor desde el mito,
flotamos en un tiempo sin medida. Esto lo sabían los
trovadores cortesanos, los antiguos alquimistas. Te lo digo de
otra manera: si no me hubiese enamorado de su alma no
podría estar esperándola.

170

La veo en todas partes al mismo tiempo: entre las hojas, sobre


el puente colgante, desvistiéndose en la torre.

171

Cuento el tiempo de regreso con palos de fósforos que guardo


en los bolsillos.

172

¿Le habrá pasado algo? Si al menos tuviera una señal de su


paradero, por entre las cámaras me abriría paso y saldría a
buscarla.

154
173

Francesca de Vicencio, la Baronesa, adorada mecenas, acertó


plenamente en sus pronósticos. Se han ido los periodistas, y
desde hace días el camino que sube del pueblo permanece
vacío.
Sí, nuestra querida Baronesa tenía toda la razón. La verdad
es que siempre la tiene. Si por un instante fuimos una insólita
posibilidad noticiosa (los periodistas hicieron notas, tomaron
fotos desde afuera, entrevistaron mujeres entrando y saliendo
de La Querencia) como no los dejamos entrar, terminaron por
irse. Se fueron los periodistas en busca de otro hueso
noticioso. Los medios son así: con la facilidad que devoran
olvidan.
Ya no somos de interés para la prensa , y menos desde que
el mundo ha puesto los ojos en los atentados musulmanes.
Mejor así. Creemos que sin publicidad la poesía al servicio de
los cuerpos se da mejor. Entonces en La Querencia, todo
vuelve a su normalidad y en cualquier momento aparece mi
Gata.
Salvados los escollos, hoy sabemos que La Querencia está
fuera de todo peligro. Propiedad privada, nadie puede entrar
aquí sin nuestros consentimiento. Solo abrimos el portón
eléctrico a las visitantes que vemos por la pantalla y nos piden
ingresar. Curiosamente, gracias a los paparazzi- periodistas-
fotógrafos, o como se llamen, nuestra clientela ha aumentado

155
considerablemente. A pesar de que mis amigos me piden que
me reincorpore a mis servicios activos, yo no puedo, aunque
quisiera no puedo. Yo insisto en no entregar mi cuerpo por
fidelidad a mi amor que en cualquier momento regresa.

174

Hace poco telefoneó una mujer bastante preocupada. Dijo que


una amiga suya todavía no regresaba a casa. Entregó sus
descripciones. La recordamos perfectamente. Era la profesora
de religión que pedía hacerlo por atrás. La verdad es que no
podemos hacernos responsable de las clientas, una vez que
cruzan el puente.
175

Han vuelto en mayor número y con más tecnología. Como


una red de finos filamentos han plagado el cielo de antenas.
Suben grúas sobre los árboles, desde sus móviles procesan
información para el resto del planeta. Es mas, mucha gente
sube del pueblo. Son curiosos que llegan a pie, a caballo, en
bicicleta. No faltan los que se quedan a pasar la noche bajo
los árboles, y prenden fogatas, toman vino para pasar el frío.
Pero aunque se empinan al otro lado del cerco, no pueden
entrar porque estamos protegidos por los altos muros, el
portón al poniente, la caudalosa corriente del río Azul que
baja de la montaña.
Dios mío, por momentos te confieso que pierdo la fe
pero lucho por recuperarla. “Los tiempos son otros y el ideal

156
de amor desapareció de la tierra”, me sorprendí diciéndome
ayer mientras miraba hacia el camino. Esta mañana dudé en
mirar fijamente su abrigo de botones dorados, pero finalmente
realicé mi rito cotidiano. En cualquier momento desde mi
torre volveré a ver su auto subiendo por el camino. Oh Dios,
la cuerda de este amor no se cortará.

176

Existe un arquetipo nacional amparado por la cordillera y la


furia del mar, camaleónico, solapado, traicionero, que nunca
mira de frente, y se multiplica como alienígena. Es un
escalofriante cruce de razas, engendrado en las profundidades
del bosque nativo, en patios lluviosos de escuelas rurales y
pasillos de ministerios. Es el ladino, el “huacho”, el dictador
que esconde el puñal bajo el poncho. Son los miles de
pequeños tiranos que se emborrachan en cantinas lúgubres,
adoradores de la Virgen del Carmen, y que sin embargo de
vuelta a casa, pueden poseer a sus propias hijas para alimentar
las oscuras fuerzas de la antimateria.
Si en otros pueblos, ante la perplejidad de la vida, los
cantos se hicieron alegres, aquí se siente el peso de la noche y
el lamento andino.
¿Recuerdas al afable jardinero de mameluco amarillo, ese
hombrecito callado y resignado que con arte y paciencia hacía
del jardín de La Querencia un paraíso?
En los bolsillos de mameluco escondía unas tijeras con la
que está cortando nuestro sueño.

157
Finalmente terminó siendo un buitre. Oh Dios, el infeliz
nos ha traicionado llegando demasiado lejos. Anoche lo
vimos en las noticias de televisión, acosado por los
periodistas, frente a las cámaras, aparecía en el pueblo
diciendo ser un inocente que logro escapar de una secta
sexual-orgiástica-oscura. En un momento hasta deslizó la
posibilidad de que aquí podían cometerse abusos y
violaciones.
En todo caso, no perdemos el control, porque una cosa es
lo que diga y otra es la verdad. Sin embargo luego de sus
declaraciones estamos pensando suspender los servicios.

177

Grita furioso un gentío agolpado en el camino. El viento nos


impide distinguir lo que dicen. No pueden entrar, lanzan
piedras y palos al jardín.
Anoche soné con mi amor, Sabina, mi Gata, que
sobrevolábamos en una nave estos cerros con nuestro hijo en
la cabina. Volábamos como cualquier familia del futuro. En
un momento aterrizamos en unas ruinas, zarzamoras trepaban
por una torre, un invernadero destruido, una piscina inundada
de maleza..
—Aquí comenzó nuestro sueño —le dije estrechándola
entre mis brazos.
Nuestro hijo se entretenía buscando plumas entre la
maleza.

158
—Aquí —reiteró ella.

178

A pesar de los acontecimientos, nuestra querida Mecenas, la


Baronesa, nos tranquiliza asegurándonos que, pase lo que
pase, contaremos con todo su apoyo. Un enigmático párrafo
relaciona el cuadro de Dossi Dosso con el presente. Lo he
leído una y otra vez buscando sus claves.
“Más que la posición de la pareja, son sus ojos los que
necesitan mirar para no perder la fe. Observen la pálida
veladura sobre sus delicados ojos. La vida futura depende de
la capacidad de vivir conscientemente en el alma escogida.
Ustedes soy yo, o quizás todos somos alguien que ninguno de
nosotros todavía conoce.”

179

Quisiera dormir todo el día y despertar sólo cuando ella


regrese. Yo que había encontrado la unidad perdida, vivido la
religión del a-mor, estoy perdiendo mis fuerzas. Pero no me
dejaré hechizar por el recuerdo. No permitiré que la duda
incube sus mórbidos huevos. No dejaré que lo nuestro se
transforme en leyenda. Oh Dios, pese a cualquier amenaza
este amor no se romperá.

159
180

Cada uno es libre de hacer lo que quiera. Más gente se agolpa


en el camino. Gonzalo Duncan nos ha dicho que mañana
partirá. Pero el resto de los putos muñecos hemos decidido
quedarnos hasta que las velas no ardan.

181

Los actos pierden su centro, los pensamientos, gravitación, y


las visiones comienzan a distorsionarse. Que Sabina regrese,
te lo ruego. ¿No es en los momentos de peligro donde se
prueba el a-mor?

182

Oh, Dios, temblarás al leer esta carta. Hoy ha llegado una


chica arrastrándose a la casa. Convaleciente, permanece con
nosotros, pero Gerardo Arroyo no asegura que seguirá por
mucho tiempo con vida. Apenas respirando logró contarnos
los hechos siniestros.
El jardinero terminó siendo un horroroso asesino.
En el momento que algunas mujeres abandonaban La
Querencia, el macabro engendro de las tinieblas, se les
acercaba en el jardín, y las invitaba al invernadero a conocer

160
las rozas negras. “No se vaya de aquí sin un recuerdito”, les
decía cariñosamente. “Son muy lindas, Don Gonzalo las trajo
del Oriente”, continuaba.
Y las visitantes curiosas, confiadas en ese tono bajito,
dulce y arrastrado, lo seguían al invernadero, junto al tambor
de las semillas. Y allí encontraban en los almácigos las rozas,
asomando sus morenas cabezas, sus columnas de espinas
dinásticas, estirando sus cuellos, en un viaje vertical hacia la
luz. Y allí quedaban hechizadas en la contemplación de las
damas oscuras, observaban los pliegues aterciopelados, las
cavidades rugosas, los sombríos mantos perfumados, con la
fascinación que provoca una especie única de la naturaleza,
que sólo puede existir en los confines del paraíso. Y con
irresistible afán deseaban acurrucarlas entre sus escotes,
ponérselas en una oreja, para salir al mundo, y poder decir
que ellas también estuvieron en La Querencia.
“Tóquelas no mas, mi amorcito, ahora béselas, a ellas les
gusta eso, se ponen contentas”, continuaba el jardinero. Y las
mujeres sin poder contenerse comenzaban a besar los oscuros
pétalos hasta quedarse dormidas.
Lo comprobamos, la estructura química de las rosas negras
contienen un sedante letal, que se activa inmediatamente al
contacto con la saliva, produciendo un inmediato letargo en
todos los sentidos.
Y cuando las mujeres se quedaban dormidas, el jardinero
las arrastraba en una carretilla hasta arrojarlas a un foso,
escondido entre la maleza, que el mismo había cavado a un
costado del invernadero.

161
Entonces, bajo la tierra, el macabro psicópata realizaba un
rito espeluznante que desembocaba en la muerte. Luego de
violar a sus víctimas, con una navaja comenzaba a dibujar
figuras en los inertes cuerpos. Pequeñas flores, hojas, corolas
en los pechos, pétalos de sangre en una tela dormida. Y como
si esto no bastara, sediento de más sangre, como un artista
demente, prolijamente procedía a mutilar sus cuerpos:
primero una mano, luego una pierna, las orejas, en una
espantosa carnicería.
Muchas ilusiones de amor que llegaron a La Querencia
terminaron muertas bajo la tierra. Mujeres cortadas en mil
pedazos. Sólo entonces, una vez saciado de espanto,
alimentado como buitre hasta el hartazgo, el violento
misógino, concluía su espantoso rito, vertiendo a paladas
aquella mezcla de carne, huesos y tierra en un saco, que luego
procedía a coser, para más tarde, a la luz del día, seguramente,
silbando y con dulce sonrisa, verterlo como abono para todas
las plantas, árboles y flores de La Querencia.
Espanto, ignominia, el asesino ahora es la fulgurante
estrella de la crónica roja. “Alcancé a arrancar de la secta, allí
se cometen asesinatos”, asegura en todos los noticiarios.
Oh, Dios, ¿quién detiene todo esto?
Aterrado, te pregunto, ¿cómo pudiste crear el espantoso
engendro humano?

162
183

Se arman las piezas del aterrador rompecabezas. Los reclamos


por teléfono, la visita de los detectives tenía fundamento.
¿Cuántas serán las desaparecidas? Oh Dios, que horror.
En el pozo bajo tierra reconocí el zapato de la modelo rusa, el
anillo de una chica adorable que bailaba sobre el piano. No
quiero ni pensar en la posibilidad de que mi Gata… ¡No! La
vi alejándose en su auto por el camino.

184

El río ha aumentado su caudal y nadie es capaz de saltar los


altos muros electrificados. No sabemos si dejar todo como
está o arrojar los cuerpos mutilados al río. Ahora en sus
declaraciones el macabro jardinero asegura que La Querencia
es una secta religiosa sexual, cuyos líderes practicaban
rituales orgiásticos con sus adeptos, que incluían sacrificios
donde las mujeres una poseídas debían entregar su vida.
Cualquier día de estos puede entrar la policía, escoltando a un
ministro en visita, en busca de pistas e interrogatorios. No
sabemos si abrir las puertas, entregarnos o permanecer aquí
expectantes. Como un monje de la no acción, Manzana
Valenzuela, nuestro jefe, interpreta señales, enfrenta los

163
acontecimientos en el pequeño bosque de cipreses, sentado en
la posición del loto.
185

Nuevo contacto con la Baronesa. Nos propone que


comencemos la construcción de una balsa. Para fugarnos por
el río en caso de que las cosas se compliquen. Son estrechos y
empinados los cañones por donde cae el río. Nadie podrá
alcanzarnos porque todos los ríos llegan al mar.

186

En cualquier momento los tribunales otorgan una orden de


allanamiento y entra la policía buscarnos. Ninguno de
nosotros quiere verse envuelto en procesos judiciales
intentando demostrar inocencia frente a la justicia. Nos puede
tomar la vida demostrarle a la burocracia que La Querencia
fue construida por A-mor. La ley de los hombres no rima con
los ideales en la tierra. A toda prisa trabajamos en las faenas
de construcción de la balsa, donde por cierto hay un lugar
privilegiado para Sabina.

187

Nada ha cambiado en esta era de la técnica. La consigna es


destruir todo lo que no coincida con los planes de los
matasueños. A la hoguera caen inocentes brujas, laboratorios

164
de alquimia, cuadros del hombre y la mujer apuntando la
estrella más alta. Los inquisidores siguen vivos. Son el lápiz
que no escribe y censura los poemas de los videntes, el color
que no pinta, la boca que no besa y escupe ceniza. Afuera en
el camino ruge la turba. Gritan que si no abrimos van a entrar
a la fuerza vadeando el río.

188

Más gente sube desde el pueblo con velas encendidas. Llevan


palos, trepan por los árboles, intentan echar abajo el muro de
la entrada. Sobre los techos de la casa, Gerardo Arroyo carga
un bidón a sus espaldas. Se mueve como un equilibrista bajo
la luna. Está rociando con bencina los coirones. Es cosa que
prenda un fósforo y este sueño arde por los cuatro costados.

189

Como poetas guerreros nos hemos pintado el rostro con líneas


y estrellas. Miro desde mi torre, en los jardines, como
Gerardo Arroyo se toma los genitales, y en una danza
desenfrenada, provoca a la gente del camino.

190

No pueden entrar, pero gritan consignas y despliegan


pancartas. Leemos: “Abajo la Ciudad de los Putos”. “Chile

165
exige justicia”. “Fuera las sectas asesinas”. Frenética, la
multitud al otro lado del camino, representan distintas
tendencias de la sociedad: movimientos feministas, grupos
religiosos, políticos. Hay cruces, signos de la paz dibujados
en los letreros. Oh Dios, la confusión es la marca de la especie
humana.

190

Veo a La Querencia, como una prolongación de aquellos


legendarios castillos en Montsegur donde monjes y poetas
intentaron convertir el a-mor en una religión y fueron
quemados en la hoguera.
Pero mi Gata volverá.

191

En cualquier momento la chusma rompe el cerco, trepan el


muro, vadean el río Azul y entra con la fuerza de un aluvión.
No sabemos si permanecer tranquilos o enfrentar a la multitud
a tiros de escopeta. Confusión y miedo son las palabras que
rondan nuestras conciencias. No entendemos la situación. No
sabemos porqué no aparece la policía, porqué no han obtenido
una orden judicial para entrar aquí y investigar los asesinatos.
Manzana Valenzuela dice que hay que esperar señales y
permanecer en el ejercicio de la No acción. Confiamos en las
decisiones de nuestro jefe vidente.

166
201

Permanezco en mi torre. Afuera en el camino hay una escena


sorprendente. Un grupo de mujeres que se abren paso entre la
turba insultando a los manifestantes. Decididas se abalanzan
sobre camarógrafos y periodistas. No alcanzo ha distinguirlas
bien, pero no dudo de que se trataba de algunas visitantes, las
valientes que un día encontraron consuelo aquí y ahora nos
devuelven la mano. Agradecemos su apoyo. Busco entre ellas
a Sabina.

202

Aunque estamos sitiados una reacción de exultante optimismo


se ha apoderado de Gerardo Arroyo. Cercano al paroxismo,
con la ayuda de Silvestre ha terminado unos muñecos de trapo
a escala humana. No quiere revelarme de que se trata pero
asegura que servirán para apoyar la fuga de la balsa por el río.

203

La presión se hace insostenible. Los hechos suceden


vertiginosamente. A medida que pasa el día aumenta el gentío
en el camino. Finalmente ha llegado una dotación de la

167
policía pero permanecen afuera. Con perros merodean las
inmediaciones.
204

Desde anoche, un helicóptero de la policía ha comenzado a


sobrevolar nuestras cabezas.

205

Desde mi torre, distingo, entre la enardecida multitud a un


hombre que grita por un megáfono. El viento impide escuchar
su voz. Al parecer intenta negociar una salida.
Lo hemos decidido: nadie saldrá a pactar ninguna salida.

206

Se ha cortado la electricidad. Los acontecimientos se


precipitan vertiginosamente. Hace un rato recibimos una
llamada de la Baronesa. Nos preguntó por nuestro plan de
fuga. Hemos transportado la balsa en una rampa, y soltado en
el río azul donde permanece amarrada a la ribera. Gerardo ha
subido los muñecos a la avioneta. La idea es crear un cortina
de humo, mañana temprano simulará que huimos todos en la

168
avioneta mientras caemos en la basa por el río. Sólo falta que
llegue mi Gata para bajar de la torre y embarcarme.
207

Escondido en este sótano, deliro. A mi mente llegan frases


sueltas. Cuéntame, Musa, la historia del hombre que anduvo
errante. El amor que mueve el cielo y las estrellas. ¿Quién
anda ahí? Soy negro, mis antepasados buscaban amor. No se
cuando estoy dormido ni cuando despierto, si al menos
alguien me lo dijera. Encerrado en este sótano no paro de reír.
Me río de las sombras y del jardinero asesino, y de las buenas
familias, y de las muñecas mutiladas. Me río a todo pulmón,
sin parar, hasta caer al suelo.
Cuando un amigo se muere, quedamos anclados a la
tierra, pensando: “sería mejor si estuviésemos muertos”.
Nunca imaginé que Gerardo terminaría entregándose por
nosotros. Al alba, los gallos cantaban en los tejados
anunciando presagios funestos. Gerardo aspiró el aire, cruzó
el jardín, se subió a la avioneta, comenzó a rodar, despegó
con los cuatro pasajeros de trapo. Todo sucedió tan rápido. Lo
estoy viendo quebrar el cielo sobre las inmediaciones de La
Querencia. Mientras tanto en la balsa anudada a la ribera,
Silvestre Corrales agitaba desesperadamente un pañuelo. Era
un último llamado, pues yo aún permanecía en la torre. Lo
había decidido, pasara lo que pasara, por nada del mundo
partiría sin que apareciera Sabina. Oh Dios, el plan estaba
resultando: los camarógrafos, la turba enardecida, la policía
apostada en el camino, seguían el vuelo de Gerardo mientras

169
mis amigos huían por el río. Me cuesta escribir, mis ojos están
llenos de lágrimas. Nunca lo imaginé: de pronto el vuelo de
Gerardo tomó un curso inesperado, ganó altura y comenzó a
caer. Con esperanza pensé que era una acrobacia, pero la
caída libre no se recuperaba, se venía encima a toda
velocidad. Oh Dios mío, como un kamikaze Gerardo estrelló
la avioneta contra una ladera del cerro. Fue una explosión
donde no quedó nada. La policía derribó el muro del camino,
junto a la turba y los periodistas entraron. Pensando que todos
nos habíamos estrellado en la avioneta, no buscaron por el río,
donde mis amigos se perdieron en la balsa a favor de la
corriente.
¡Oh Dios mío, devuélveme a mi amigo, siéntalo a mi
lado, aquí, en este sótano, lo cubriré con esta alfombra. Una
calavera me cierra los ojos, las ratas devoran restos de
comida.

208

Siento pasos, alcanzo a oír voces, suben a los techos, revisan


información en la computadora, toman huellas, registran cada
rincón de La Querencia buscando pistas. Pero nunca podrán
encontrarnos porque nadie encuentra a los muertos. ¿Me
puedes ver? Estoy escondido en este sótano, bajo la
biblioteca, alcancé a bajar unas latas de comida, mi vieja
Underwood. Cierro los ojos y veo una avioneta estrellándose
contra los cerros. Todos mis amigos se han ido. La balsa se
perdió en el río. Yo no voy allí. Yo floto en este sótano oscuro

170
mientras una rata camina por mi vientre. Espero a que caiga la
noche para salir afuera.
209

No sé cuánto tiempo llevo aquí, en este sótano oscuro. Soy


una bestia que duerme de día y sale de noche cuando se alejan
los intrusos. He visto de noche como horribles gentes del
pueblo saquean La Querencia, se mueven veloces, pelean
entre ellos por los objetos a mascadas. A tirones han
descolgado los gobelinos, las lámparas de lágrimas que
pendían de los techos envigados. Han llenado los sacos
harineros con cristalería y porcelana inglesa, bebido nuestras
botellas de vinos antiguos. Con picos ha arrancado las
baldosas de las terrazas. Desaparecieron los caballos. He visto
con mis propios ojos, escondido entre las sombras, a una
anciana campesina, como si llevara un atado de verduras bajo
el brazo, alejándose con la obra renacentista de Dossi Dosso,
Alegoría de La Fortuna. Solitario habitante de un castillo en
ruinas, en los huesos, sediento, busco comida, de noche
cuando todos se han ido, subo a mi torre desmantelada,
esperando la aparición de Sabina para marcharme con ella de
aquí.

171
210

Debe ser mediodía por el sol en mitad del cielo. De las ruinas
de La Querencia arranqué por el túnel secreto que conecta con
las quebradas. Los policías con sus perros y linternas no
pudieron localizarme. Acabo de abrir los ojos, Ruca duerme a
mis pies. Estoy perdido en estos cerros, escondido en una
caverna, sediento. Logré llegar con el bolso de cartas y este
lápiz tembloroso con el que continúo escribiéndote. Hay luz a
la salida de la caverna pero no veo ninguna salida. A lo lejos
las cumbres nevadas de los Andes son muros infranqueables.
Abajo, lejano, el río Azul avanza en el valle como una culebra
herida. Todos se han marchado. ¿Dónde están? Todo ha
terminado. Ciclo de destrucción. Deseo permanecer aquí, en
esta caverna, ver mi propio cuerpo colgando del techo de
rocas, salir afuera, desfallecer bajo el sol abrasador, que los
cóndores devoren mis ojos hasta el hartazgo. ¿De qué sirve
volver al mundo y contar una derrota? ¿Resistiré? Perdido en
esta caverna busco consuelo. Beberé agua. Volveré a dormir.
Llegarán nuevas visiones. Tendrán que llegar. Es necesario
cerrar los ojos y llegarán nuevas visiones. Existe un espacio
inexplorado de la conciencia. La derrota puede proyectar
nuevas imágenes en el exterior. Resistiré. Lo que imaginamos
es más real que la experiencia. Desde estos cerros bajaré a la
ciudad. Sí, resistiré, bajaré a Santiago con estas cartas.

172
Enceguecido por el sol bajaré estos cerros, guiado por la pena
del abandono, continuaré mi viaje solo a la ciudad. Y cuando
de tristeza me pierda, contra el dibujo del abismo, veré una
balsa flotando en las calles. ¿Porque no? A bordo irán ellos: el
vidente y sus zapatos de corazones rojos, Gerardo Arroyo,
elegante, con perfume de mujer; con un paraguas Silvestre
Corrales atrapando insectos desconocidos, el viejo Duncan
pintará el nuevo encuentro. Será el encuentro de todos los
solitarios buscando un lugar en este extraño planeta. A bordo
de la balsa serán más de lo que imaginas. Entre los pasajeros
aparecerá nuestra Mecenas, la querida Baronesa y dirá:
“nunca se acaba, nunca se comienza". Entonces, de pronto
una luz, una pequeña y lejana luz, apenas rompiendo la
penumbra, comenzará a tiritar en las calles, aturdido enfilaré
hacia ella. Los sistemas del futuro habrán prohibido los
recuerdos pero no lograran detenerme. Pájaros mecánicos
sacudirán las hojas, engendros genéticos poblaran las orillas,
y herido de amor permaneceré en la ruta, luchando por
acercar la pequeña luz a lo lejos, que crecerá hasta detenerse
frente a mis ojos. Será el rostro de mi compañera, el amor
eterno cuando se pierde para siempre, como una piedra que
flota. Entonces, sin dudarlo, de un salto romperé los cristales
de una tienda para robar un abrigo con botones dorados. Sí,
un abrigo con botones dorados para mi Gata, porque el
invierno estará de vuelta, y la cubriré.

Esta es la historia de La Querencia. La historia del


ideal de a-mor que hunde sus raíces en la poesía. Oh Dios, y

173
nunca más te la volveré a contar. Tras los sueños merecemos
el silencio. Otros vendrán mañana y la continuarán.

LONDRES

174
La fosforescente luz que despedía un aviso de publicidad,
entró al departamento de Saint Johns Wood, Londres,
inundando la tarde de soledad.
Vicente Concha, el hombre que había escrito cartas a Dios
desde un prostíbulo, acompañaba a la Baronesa de Vicencio,
una anciana al borde de la demencia, y que sin embargo, en el
naufragio de sus días, aún conservaba el brillo de sus ojos.
Postrada en una silla de ruedas, atravesaba lentamente las
horas, mirando dibujos animados en la televisión, arrojando
sobre la alfombra pedazos de carne cruda.
Desde la destrucción de La Querencia habían pasado
veinte años, y Vicente Concha, como cada uno de los
integrantes y constructores del prostíbulo, cargaba en su
contra acusaciones de abusos sexuales y asesinatos. Desde
entonces, el mundo había entrado en guerra fruto del
calentamiento global. Corporaciones internacionales
luchaban por el control del agua, y en Chile, el país de las
cordilleras y de los ríos, se habían cerrado las fronteras.
Gracias a la Baronesa, Vicente Concha había logrado escapar
de su país y refugiarse en Londres. Volados todos los puentes,
el hombre había perdido todo contacto con el pasado.
Como todas las grandes ciudades, Londres también era

175
víctima de la guerra mundial del agua, pero las corporaciones
habían acordado una tregua. Palas mecánicas recogían las
osamentas de las calles mientras caía la nieve. Era el día de
Navidad, y Vicente Concha y la Baronesa, como todos los
años, se juntaron a cenar en el departamento de Saint Johns
Wood.
En aquella atmósfera final e ingobernable, los muros
agrietados, las alfombras raídas y tapices descolgados, el
exiliado y la excéntrica anciana, se sentían partes de una
historia soterrada, que guardaban celosamente como dos
animales en el fondo de una cueva.
Pero la novedosa aventura que ellos habían emprendido un
día, había sido sepultada por los nuevos tiempos. En todo el
mundo habían proliferado casas de prostitución masculina. En
cualquier esquina había casetas con rayos infrarrojos. Bastaba
pasar el brazo con el código de barras que las mujeres
llevaban tatuado en la piel, para que el servicio se activara. En
momentos de soledad, ellas ahora podían levantar el teléfono
pantalla y, como pizzas a domicilio, se presentaban hombres
de diferentes razas y medidas según la oferta de los catálogos.
Sin embargo, la Baronesa de Vicencio y Vicente Concha,
sentían que lo de ellos había sido distinto. Y esa diferencia,
los mantenía cómplices, orgullosos, vivos aunque perdidos en
el tiempo.
—¿Sigues soñando con ella? —preguntó de pronto la
Baronesa.
—¿Por qué lo pregunta? —contestó el exiliado.
La anciana guardó silencio. En el oscuro salón, un gato

176
mitad máquina, mitad genética, dormía en el respaldo de su
silla de ruedas. Una empleada desaseada como todo en el
departamento, se presentó con una bandeja con cápsulas para
retrasar los efectos del Alzheimer. Con manos temblorosas la
Baronesa las tragó con el aperitivo.
—Debes aceptar la infidelidad, el engaño, la traición —
continuó, moviendo la silla de ruedas en dirección a la
ventana.
Con los labios pintados de rojo encendido, parecido a la
luz que despedía el aviso en la azotea, de un trineo con Santa
Claus cortando el cielo, hablaba con aquella liviana distancia
que presumen algunos ancianos, cuando definitivamente la
vida ha pasado de largo. Como todas las pascuas, Vicente
Concha se dejó llevar por el recuerdo: las cordilleras de
Chile, decorados inalcanzables, una aventura devorada por el
tiempo.
—La nieve es igual en todos lados —exclamó de pronto la
Baronesa alejando su silla de ruedas de la ventana.
— Si usted lo dice—replicó el hombre con exagerado
respeto.
Contiguo al salón había una mesa con candelabros. La
empleada los encendió cerca de la medianoche. Como
fantasmas encerrados en el pasado, la Baronesa y Vicente
Concha se sentaron a la mesa, intentaron probar el pavo,
interrumpidos por los ondulantes movimientos del gato azul
que pasaba la cola entre las bandejas.
En un momento la Baronesa perdió la vista en el aire, y
permaneció inmóvil, como si todo en ella se hiciera de piedra.

177
No era la primera vez que Vicente Concha era testigo de estas
parálisis momentáneas. En trance, como si entrara al mundo
que solo acceden los videntes, la anciana cerró los ojos, y en
la noche de Navidad, como una antena conectada al infinito,
comenzó a enviar señales.
—Las cosas no fueron, querido, como le escribiste a Dios,
en esas cartas que lograste salvar de la destrucción —dijo de
pronto con la vista fija en el techo. Hablaba y luego caía en
largos silencios, como una luz que se prende y apaga en
lúcidos intervalos. Vicente la dejó seguir.
—Afuera cae la nieve, levántate, mira por la ventana.
Vicente se levantó y miró hacia afuera.
—¿Ves alguna pareja en las calles? —preguntó segundos
después.
—Nadie.
—¿Qué dices?, estoy sorda, habla más alto.
—Le digo que NADIE, que no veo a nadie, Baronesa.
—Ecco, sólo espacios vacíos este invierno. Las máquinas
recogen cadáveres. De eso se trata...
—¿De qué se trata?
—El amor, el amor que has buscado toda tu vida, como
consumación espiritual, sólo lo alcanza una pareja en un
millón, querido.
—¿Y el resto?
—¿Qué dices?, habla más alto, perdí los audífonos, se los
comió Brad, recuerda.
—El resto, le pregunto qué pasa con el resto, Baronesa.
—El resto de la humanidad ¿dices?

178
—Sí, ¿cómo viven el amor?
— Digamos, primero un básico instinto de atracción para
el apareamiento, un pacto social para la procreación,
luego una lucha de poder, finalmente una chispa que
se apaga.
—¿Insinúa algo, Baronesa?
—Vicente, lo siento, aunque lo hayas creído, tú nunca
fuiste devorado por la hoguera de la llama doble. Ni con tus
primeros amores ni menos con el último.
—Todavía llevo su pañuelo, colgando de un collar, junto a
mi pecho.
—Una estupidez, querido.
Por primera vez desde que se conocían, la excéntrica y
delicada mujer, dejaba a un lado su dulzura, y sin
condescendencia, a medida que avanzaba la noche, fue
haciendo aparecer un espejo donde Vicente Concha, con
sorpresa y espanto, comenzó a verse a sí mismo. Era una
aterradora imagen, donde los escasos trozos de memoria que
guardaba con nostalgia, comenzaron a quebrarse, fatalmente,
hundiendo de paso, lo poco que le quedaba por delante. La
anciana desde su silla de ruedas, continuó:
—Libros.
—¿Libros?
—Sí, para ti el amor ha sido como los libros. Nunca te has
atrevido a dejarlos, como ese ridículo pañuelo que llevas,
como un escapulario al cuello. ¿Y sabes por qué?
(…)
—Porque si los dejas, estarías obligado a mirar las cosas

179
como son, y eso te espanta.
Vicente Concha miró al gato genético a los ojos. Intentó
probar el pavo. La Baronesa continuó.
— Nunca lo has entendido, los libros sirven en la medida
que nos permiten vivir fuera de ellos. Pero tú habitas en la
literatura como en un refugio. Vicente, por lo mismo nunca
pudiste llegar a ser un escritor, un poeta, menos un artista.
Vicente Concha sintió que las palabras de la anciana
comenzaban a clavarse en su carne.
—Feliz Navidad, Baronesa —dijo el hombre levantando
su copa.
La Baronesa se dio cuenta. Era una manera de defenderse.
—¿Sabes?
—Qué, Baronesa.
—Has leído como alguien que busca el mar sin salir del
dormitorio.
—Podemos viajar con los pensamientos, ¿no cree?
—Estamos en guerra, hace más de veinte años que el
mundo está en guerra, asoma la cabeza por la ventana, ¿ves
los cadáveres en las calles?
—Los veo, nada nuevo, Baronesa.
—Eso, nada nuevo, libros. ¿Qué lees en estos días? —
preguntó automáticamente.
Tenía sólo un zapato en sus pies.
—Lo mismo de siempre, toda mi vida, poemas de amor de
Bertrand de Born, de Guillermo de Aquitania. ¿Cuál es el
problema?
—¿Cuál es el problema? —repitió con sarcasmo la

180
Baronesa.
— Esos poetas con mis héroes, eran caballeros guerreros,
todavía en la tierra existían códigos de honor. Son algo así
como los cowboys, en esos westerns que tanto le gusta ver en
la pantalla mundial antes de dormirse.
—Westerns, dijiste.
—Sí, westerns, Baronesa.
—Ahora prefiero los dibujos animados.
—Está bien, en gustos no hay nada escrito.
— Te equivocas, querido, se ha escrito mucho sobre
gustos. A propósito, me gustaría ver televisión, ¿dónde está el
control remoto?
—No lo sé, tal vez se lo comió Brad. Su gato se come todo
lo que encuentra.
—Brad tiene que alimentarse. Western, western —repitió
la anciana.
Volvió a quedar en blanco, en silencio, inmóvil como una
estatua de sal. Volvió a despertar.
—Mira, querido, tus famosos poetas cortesanos son como
ese reloj —señaló un antiguo reloj de péndulo que tenía las
manecillas detenidas.
—¿Qué tiene que ver, Baronesa?
—Está detenido, querido, ¿te has dado cuenta?
—El reloj está detenido, pero mis héroes aun viven dentro
de mi.
—Respuesta insuficiente. En Italia se diría no calificatto.
Tus héroes cortesanos, tus poetas de todos los tiempos,
llorones en el fondo, siempre doliéndose en el tema del amor.

181
La insatisfacción considerada como esencial del deseo, una
verdad que solo revela la clínica de la histeria. La pareja
constituida por la dama y su amante, sean cual sean los
motivos, es una pareja infernal. No hay más que recordar a los
poetas antiguos y sus amantes.
—No todos los antiguos, Baronesa, en el libro "el arte de
amar", el poeta Ovidio, le asigna gran valor al amor, incluso
lo considera una técnica susceptible de ser enseñada, como
la navegación, o la conducción de un carro — aclaró el
hombre con propiedad académica. . .
—No necesito que me cites siempre libros. ¿Se te olvida
que te llevo mil años de cultura por delante? Efectivamente,
"Ars amandi" como lo vio Ovidio, se trataba de una técnica,
pero una técnica para la seducción del amante. No para
entregar el alma a una pareja, y esas bobadas de la religión de
la unidad. ¿Porque ustedes los sudamericanos interpretan tan
mal la tradición?
—Soy el último romántico en estos tiempos — aclaró
Vicente Concha con orgullo.
—Tú no eres el último romántico, ni el último moderno,
ni post cibernético, ni nada, porca miseria. Tú no eres el
último de nada. Toda la literatura que te has metido en la testa
ha sido superada. Tú eres casi un anciano que apesta. Hoy la
poesía se encuentra en la soledad de las grandes ciudades, la
multitud impersonal de la calles, el rastro del amor en los
pocos productos que ofrecen los supermercados. Despierta de
una vez, querido, estamos en la gran guerra mundial del agua.
Vicente Concha guardó silencio. Intentó cortar un pedazo

182
del pavo sobre la mesa.
—¿Quieres saber lo que dijo mi marido antes de morir?
—¿Qué dijo su marido antes de morir?
—“Culo apretado, lo demás es poesía inútil”. Métetelo en
la testa, bambino.
—No me diga bambino, Baronesa, por favor.
—Lo siento, por estos días se me pegó esa palabra.
—Lo dice la tortuga de los monos animados, usted se pasa
la tardes mirándola.
—¿Por qué no prendes la televisión?
—Baronesa, es la noche de Navidad.
—¿Crees que no lo sé, crees que soy tonta?
Por unos segundos se quedó inmóvil. Orgullosa, luego
levantó la manó. Brilló su anillo de piedra como los ojos
mecánicos del gato.
—Te has pasado la vida buscando la verdad en los libros,
pero no has entendido nada, querido —insistió.
—¿Nada?
La Baronesa abrió los ojos como un búho. Esta vez con
tono enfático:
—Eres incapaz de aceptar la vida sin palabras. El viento,
el fuego, las estrellas no hablan. Ilusión, eres sólo ilusión,
bambino.
—No me diga bambino, por favor, Baronesa.
—Ilusión, dolce bambino —volvió a repetir la mujer.
Silencio. Vicente Concha se llevo las manos a la frente. La
Baronesa lo notó. Continuaba nevando afuera, en la calle.
—Las palabras, una hoja más del gran árbol que es el

183
universo; además, ¿alguien ha dicho o escrito alguna vez la
verdad? — continuó la anciana.
—Ese no es el punto, Baronesa.
—Ese es precisamente el punto, querido. Lo siento.
—¿Qué siente, Baronesa?
—Que así como has creído en las palabras, has creído en
el amor. Y no me llames más Baronesa, te he dicho mil veces
que no me gusta.
—¿Cómo quiere que le diga?
—Francesca, te lo digo siempre y se te olvida.
Con manos temblorosas, la anciana sacó un rouge de su
cartera. Se pintó los labios, torpemente, descorridos.
Continuó:
—¿Qué valor tienen las respuestas que se dan con palabras
y no con la experiencia? Mientras más entiendas esto más
dolor sentirás esta noche.
El hombre prendió un cigarro. Soltó el humo. Una cortina
de humo. Sintió que nadie podía verlo.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué pones esa cara? —preguntó la
mujer.
—¿Qué cara?
—Estás triste, ¿no es así?
—Por un momento creí ver en su rostro todo mi pasado.
—No te escucho, ¿qué dices?
—Nada, Baronesa, nada.
—Eres joven, tienes veinte años menos que yo, no pongas
esa cara, querido.
—No es un asunto de edad, Baronesa.

184
—¿Un asunto de QUÉ?
—De edad, hablo de los años.
—Mejor no contarlos. El verano pasado cumplí ochenta y
cinco, qué horror. ¿Dónde celebramos mi cumpleaños?
¿Todavía sigo aquí?
Pausa. Un olor a muerte inundó el comedor. No lo des-
pedían las camelias en el centro de la mesa. Tampoco el gato
que comenzó a orinar un salero. La Baronesa volvió a cerrar
los ojos y a caer en su trance inmóvil.
—Todavia sigo aquí — dijo despertando.
—Sí, todavía sigue aquí, Baronesa.
—Donde celebramos el año pasado mi cumpleaños.
—Lo celebramos en el restaurante de viejos ladrillos, al
borde del Támesis; Brad se comió la torta.
La Baronesa rió. Era el tipo de humor que le gustaba
escuchar.

—¿Crees que has resistido mejor que otros hombres


llevando ese ridículo pañuelo colgando como una cruz? —
preguntó sin dejar de reír.
—Por favor, Baronesa.
—Por favor, qué.
—Lo llevo bajo la ropa, usted lo sabe. Está bien, ríase de
mí si quiere.
—¿Crees que por eso esta noche de Navidad, para
nosotros deja de ser triste?
—No lo sé.
—¿Crees que la nieve que ahora cae en Londres es menos

185
fría?
—No lo sé, Baronesa.
—No hay redención en las redes que tejemos para amarrar
la vida, Vicente. La vida se va... ¿Todavía sigo aquí? —
preguntó con tristeza.
—Todavía, Baronesa.
—Gracias, querido —dijo recuperando su dulzura.
Volvió a quedar inmóvil, esta vez fijando la vista en el
techo. Pasaron unos minutos. Despertó y continuó:
—Esta noche puedo ver muchas cosas.
—¿Qué cosas ve ahora?
—¿Qué dices? Habla más fuerte si quieres conversar
conmigo.
—Le pregunto que qué ve esta noche, Baronesa.
—No me digas Baronesa, te dije, puedo ver muchas cosas.
—¿Puede ver a mis amigos?
—No todavía.
—¿Qué pasó con ellos? Todos estos años he querido
saberlo. ¿Se ahogaron en el río?
—No insistas, vamos de a poco, querido.
—¿Y qué cosas puede ver entonces, Baronesa?
Sin escucharlo la anciana comenzó a delirar.
—Cuando llegas a vieja todo se vuelve conocido,
aburridamente repetido. Es así, cuando sabes que la nieve que
ahora cae en Londres no es más que nieve, no puede ocurrirte
nada imprevisto. Ya no te sorprende ni lo inusual, ni siquiera
lo horrendo. Este pavo en medio de la mesa, míralo bien, es
un cadáver que no queremos probar. La Navidad es triste,

186
Vicente. Las grandes pasiones son desesperadas, si no, no
serían pasiones, serían acuerdos razonables.
Silencio. La anciana volvió a su estado inmóvil. Vicente
Concha observó que su rostro, poseía todos los rostros,
matices, temperaturas y materias de la tierra. Se paró de la
mesa, se acercó a ella, al fondo de sus pupilas creyó ver
escarpados cerros, un jardín, una avioneta sobre la hierba.
Bajo la sombra de unos cipreses a Sabina.
—El jardinero —gritó de pronto la anciana abriendo los
ojos.
—¿Qué pasa con el jardinero?
—Aquel hombrecillo tenía una mirada dulce.
Vicente sospechó que llegaba una nueva estocada. Miró el
reloj de pared detenido en las doce.
—Dejemos los recuerdos como están, es mejor, créame,
Baronesa.
—¿Dónde está el jardinero? —preguntó la Baronesa esta
vez a la empleada que entraba con frutas frescas.
—Volverá mañana, dijo que volverá mañana, señora—
dijo la empleada.
—Estupideces, nada vuelve, retírate —ordenó.
—Bien, señora, ¿desconecto a Brad?, se ha comido casi
todo el pavo.
—No, déjalo.
—Bien, señora.
—¿En La Querencia había un gato? —continuó la anciana
clavando los ojos en los de Vicente.
—No, había un perro, Ruca, me acompañó cuando todo se

187
vino abajo. Lo traje a Londres. Murió el año pasado.
¿Recuerda? Usted le daba huesos sobre la alfombra.
La anciana no escuchó. O no quiso escuchar. No soportaba
que nadie constatara su senil memoria. Volvió a perder la
mirada en el techo y dijo:
—El jardinero tenía un gato. Nadie lo supo, lo escondía en
los techos.
—¿Está vivo el asesino?—preguntó Vicente aprovechando
los segundos en que la anciana regresaba de su trance.
—No, murió.
—¿Cómo murió?
—Rodeado de sus seres queridos, las contradicciones de
la vida que no entendemos. Nadie pudo probar nada en su
contra. El final no tuvo la magnitud de tragedia que describen
tus cartas. Las víctimas de asesino fueron dos mujeres el resto
de huesos que ustedes encontraron eran de animales. Al
hombrecillo le gustaba cazar zorros y venados.
—Era un asesino — repitió Vicente con repulsión.
La mujer continuó:
—No lo justifico, no diré que matar es la ley de la vida
seria demasiado decir para una mujer escéptica como yo. Era
un misógino violento, pero todos llevamos un asesino dentro.
Son las dosis las que marcan las diferencias.
— Yo nunca he matado a nadie- aclaró el hombre.
— No estés tan seguro, Vicente, también
matamos con nuestros pensamientos. Unos usan cuchillos;
otros, el olvido. Los hombres luchan por olvidar, o destruyen
a sus amores, porque no pueden soportar a las mujeres reales

188
que viven dentro de sus construcciones metales. Distintos
grados, es cierto, pero el mismo móvil de resentimiento. ¿O
acaso nunca le has deseado la muerte a nadie? ¿Acaso te has
convertido en artista? ¿Se han refinado en tu alma todos los
instintos bajos y brutales?
—Nunca he matado a nadie —enfatizó el hombre.
—¡Ay!, querido, ese deseo de ser diferente de quienes
somos: no puede latir otro deseo más doloroso en el corazón
humano —acotó la anciana con sarcasmo.
—Nunca he matado a nadie —volvió a repetir Vicente.
La Baronesa no escuchó. O se hizo la que no lo escuchaba.
—Tenemos que aceptar que nuestros deseos no siempre
tengan repercusión en el mundo, soportar que las personas
que amamos no siempre nos amen, o que no nos amen como
nos gustaría.
—¿Qué dice?
—Traiciones y fidelidades, eso, traiciones y fidelidades.
Vicente miró los jarros de cristal sobre la mesa.
—¿Blanco o tinto? —preguntó.
—¿Quién es ese muerto sobre la bandeja?
—Es un pavo.
—Agua, entonces.
Vicente se paró de su esquina fría y distante. Sirvió agua.
La Baronesa bebió. Volvió a soltar la lengua:
—Yo seguía todos los acontecimientos en detalle. La
Querencia fue mi obra; cada cosa que allí acontecía yo la
cuidaba, como una madre cuida a su hijo...
El hombre apretó los puños. Por un momento perdió el

189
control. Chorreó vino sobre su camisa.
—Baronesa, si todo lo sabe, ¿por qué nunca hemos vuelto
a saber de ellos: ¿dónde están?, ¿qué pasó con Sabina?
—Vamos por parte, no te apures. Antes tienes que saber
algunas cosas, te dolerán.
Los cortes de la Baronesa eran cada vez más profundos.
Vicente Concha sintió que no tenía donde guarecerse esa
noche. Volvió a apretar los puños.
—Tus famosas cartas a Dios— exclamó la anciana.
—¿Qué pasa con ellas?
—¿Recuerdas una en que te dirigías a tu Dios y dudabas
de ti mismo?
—No, la verdad es que esas cartas las escribí hace tantos
años.
—Mentira, las recuerdas perfectamente; las lees todos los
días, una y otra vez como un adicto al pasado. ¿Todavía le
escribes cartas a Dios, bambino?
—Baronesa, por favor, le...
— Calla. Yo recuerdo una carta, al principio, cuando
estabas abatido creyendo que Gerardo los había traicionado y
estaban a punto de abandonar la aventura, le confesaste a tu
Dios: “Por momentos siento que estas cartas son el monólogo
de un torpe muñeco hablando frente a un espejo”. Algo así
dijiste y tenías razón. Vicente, ese fue el único pasaje real de
tus cartas, siempre fuiste eso, nada más que un torpe muñeco.
Te creíste un hombre espiritual porque podías dirigirte a un
receptor divino, pero todas tus cartas no fueron más que la
confesión de un cobarde incapaz de enfrentarse a si mismo.

190
Tu Dios no ha sido más que la metáfora de tu limitada
conciencia. En todo caso esas cartas me pertenecen.
—Yo las escribí —aclaró Vicente turbado.
— Pero me pertenecen. Déjame explicarte. Hace veinte
años llegaste a Londres, cuando todo se te vino abajo,
alojabas en un hotel.
—Un viejo hotel.
—Sí, un hotel de sucios ladrillos que conseguí para ti, en
Hamsted. ¿Recuerdas el número de tu cuarto?
—No, por supuesto que no lo recuerdo.
—Número 5. Tenía una lámpara de lágrimas, cortinas de
terciopelo, miraba al parque, había una laguna.
— Nadaban los patos.
—Nadaban los patos, Londres era una ciudad agradable.
Se veían hombres guapos y bien vestidos. Por las tardes nos
juntábamos a leer tus cartas.
—Era invierno creo, nevaba como hoy.
—Era invierno, querido, tenías los ojos desorbitados, te
habías vuelto loco, auténticamente loco. No podías dormir
pensando qué había pasado con tu último amor, aquella mujer
que entró buscando las rosas oscuras y por la que perdiste la
cabeza. Desde entonces no ha pasado un día sin que dejes de
pensar en ella. Ese ridículo pañuelo que llevas en tu pecho
como una cruz.
—Hay quienes seguimos fieles a los ideales. No le pido
que lo entienda.
—Lo sé, todo está escrito en tus cartas, la religión del
amor, conozco ese delirio. Pero ¿sabes?, mientras me leías tus

191
cartas en ese viejo hotel, mientras yo entraba en los más
íntimos secretos de tu vida, me satisfacía pensando esas cartas
habían sido escritas gracias a mí.
—Pero yo las escribí —insistió el hombre aferrándose a su
orgullo.
—Tú las escribiste, vero, veríssimo, pero se sabe que los
mecenas se quedan con las obras ¿o no, querido?
—Las cartas están en una caja con llave, en mi
departamento en Hide Park.
—El que te he pagado todos estos años. A propósito,
¿arreglaste la filtración de las paredes? Seguramente Miss
Kaufman no ha enviado al plomero. Esa vieja bruja alemana.
Esta noche, en todo caso, puedes dormir aquí si lo deseas.
¿Que estábamos hablando?
— De las cartas que un día le escribí a Dios. Usted dice
que le pertenecen, perolas aun las conservo.
La anciana rió. Sus ojos revelaron un brillo de crueldad.
— Te equivocas. Una tarde, hace veinte añas, cuando
recién habías llegado a Londres, entre al hotel de Hamsted,
seguramente tú habías ordenado la champaña. Como de
costumbre nos pondríamos a leer tus cartas, los fragmentos de
tu pasado, luego saldríamos a cenar a Oxo Tower, arriba de
aquella vieja fábrica que tanto me gustaba. Sin embargo, antes
de entrar en tu cuarto, en las escalas encontré a un botones, le
dije que cuando estuvieses fuera, fotocopiara el sucio paquete
de papeles escondido bajo tu cama, y lo volviera a dejar en su
lugar. “Cuarto número cinco, esto es por ahora”, le dije
dándole una buena propina. Desde entonces tengo tus cartas,

192
Vicente, son mías, entiéndelo, querido, me pertenecen. Para
conservarlas mejor las envié a digitalizar en esos archivos del
tamaño de una cabeza de alfiler. Hasta hoy continúo
leyéndolas en la pantalla mundial como si fuesen una novela.
—La novela de mi vida querrá decir.
—Y de la mía Vicente, de la mía, nunca lo olvides, fui la
mecenas, ¿o no? La parte que más disfruto de las cartas es
cuando me veo reflejada con absoluta veneración; la generosa
mujer detrás de todas las acciones, la mujer pura y
desinteresada que conociste en una plaza de Santiago de
Chile. Vicente, vuelves a confundirte, yo levanté La
Querencia por interés, nada más que por interés.
—¿Interés? ¿Qué interés?
La nieve seguía cayendo al otro lado de la ventana.
Vicente bajó la vista por un momento.
—No pongas esa cara, Vicente. ¿Te decepcionan mis
confesiones? ¿Hay acaso algo innoble en hacer las cosas por
interés? Vicente, pensamos, sentimos, vivimos y amamos por
interés. Lo demás es debilidad, modestia, autoindulgencia.
Digámoslo así: La Querencia fue mi invento, en mi escenario
tú has sido mi muñeco. Entiende, por lo tanto esas cartas,
aunque estúpidas, me pertenecen— aclaró la anciana
complacida.
Vicente tragó saliva. Miró los rastros de caspa en el
vestido de seda de la Baronesa. Parecía nieve en la noche.
—Baronesa.
—Dime, no te pongas tan serio, dime—enfatizó la anciana
cortando la frase con fuerza.

193
—Si las cartas son estúpidas por qué se enorgullece de
poseerlas.
La mujer guardó silencio. Con manos temblorosas acari-
ció su collar de perlas. Se quedó pensando.
—Financié La Querencia para que quedara escrito. Fue mi
aventura.
—¿Quedara escrito? ¿De qué sirve que quedara escrito?
— Las acciones aunque fracasen no desaparecen cuando
se registra.
—Entiendo, usted fue Mecenas, yo su Virgilio— acotó el
hombre buscando una complicidad.
—Ecco, querido; aunque conservemos las proporciones, tú
eres un escritor frustrado, y yo nunca he sido ministro de
César Augusto—señalo la vieja con sarcasmo.
—Pero fundamos juntos una posibilidad —dijo Vicente
buscando ahora una esperanza.
—Nada, no fundamos nada, todo desapareció. Nadie cree
en el amor de pareja en estos tiempos.
Cerró los ojos. Volvió a su estado de ensimismamiento. El
gato se tendió a su lado en la mesa. La empleada irrumpió en
el comedor y dejó caer sobre la mesa un grueso paquete atado
con un elástico.
—Ábrelo, querido —dijo la Baronesa volviendo al mundo.
El paquete sobre la mesa contenía cientos de fotos que
cronológicamente mostraba toda la aventura de la Querencia.
Desde principio a fin. En el jardín, aparecía Gerardo Arroyo,
lleno de vitalidad, riendo, levantando una copa. Manzana
Valenzuela, Silvestre Corrales y el pintor Duncan, abrazados

194
en el salón junto a distintas visitantes. Una visión espantosa
había registrado cada lugar de La Querencia, cada secreto de
la memoria: la avioneta estrellándose contra los cerros, el
jardinero aparecía sonriendo dulcemente en el invernadero,
Sabina desnuda en lo alto de la torre. Eso le dolió al hombre.
Era una sucesión de imágenes aterradoras, nostálgicas y
aterradoras, como una mirada omnisciente que recorría todo
el pasado. ¿Quién había tomado las fotos? ¿Cómo habían
llegado allí? Vicente no quiso preguntar. Otra vez la Baronesa
dejaba caer su inmenso poder.
—La Querencia fue mi creación, mi invento, te lo dije.
Seguía de cerca cada una de las acciones, querido.
—¿Qué hará con las cartas?
—Guardarlas por el momento.
—¿Por qué ahora? ¿Por qué esperó tantos años para
revelar estos secretos? —preguntó el hombre.
—Estoy vieja, pronto voy a morir, puede ser esta misma
noche, quién sabe, y no es bueno irse con los secretos a la
tumba. Los etruscos tenían un dicho: “Los recuerdos de los
muertos sólo alimentan a los gusanos”.
—Hay partes que continúan inconclusas, me gustaría...
—Todo lo sé, dime.
—Qué pasó con mis amigos, ¿qué fue de ellos?
—Los inventaste, como has hecho con todas las personas
en tu vida. Ellos se reían de ti, a tus espaldas, se reían de tu
pureza, de tu torpe irrealidad, de tus lecturas, de tus juegos de
alquimia. Nunca lo supiste, ellos fueron putos muñecos de
verdad. A veces cobraban por sus servicios, ganaron dinero.

195
Sólo tú creías en la redención del amor. Guerras, guerras,
guerras —comenzó a repetir la anciana.
—¿Guerras? —preguntó Vicente al tiempo que se
anestesiaba con otro whisky.
—Otra vez tu débil memoria, no tienes remedio. Sí,
guerras porca miseria, yo crecí con guerras, millones de
cadáveres bajo las calles en nombre de todas las banderas
mientras en Sudamérica seguían viviendo en la era de las
montañas. Hasta cuándo, bambino, el mundo entero está en
guerra. Las malditas corporaciones. Has vivido encerrado en
el recuerdo de un paisaje, a destiempo. Bambino, piccolo
bambino, hace ochocientos años desaparecieron tus queridos
trovadores y alquimistas en Europa. De verdad, te falla la
memoria. Métetelo en tu estúpida testa sudamericana, ellos,
tus amigos, al final, cuando las cosas se pusieron difíciles,
sabían que en tu ciego delirio de amor, tú no dejarías La
Querencia hasta que volviera Sabina. Y se fueron todos
llevándose el dinero que yo les enviaba. ¿Quieres saber más?
—¿Por qué perdimos contacto todos estos años?
—No preguntes estupideces, querido, hace años que
cerraron las fronteras. ¿Acaso no te has enterado de la guerra
mundial del agua?
—¿Dónde están? Usted que todo lo sabe, dígamelo,
¿dónde están?
—Eso, yo todo lo sé, o mejor dicho, casi todo, a propósito,
¿dónde habré dejado las baterías de Brad? Se está quedando
dormido sobre la mesa.
—¿Dónde están? ¿Qué hacen Duncan, Silvestre Corrales,

196
Manzana Valenzuela?—volvió a repetir el hombre con
ansiedad.
—La última vez que supe algo de ellos fue hace un año.
Silvestre Corrales y Matías Valenzuela habían instalado una
casa de putos en Dallas, un buen negocio, como todas las que
existen hoy. Mi adorado pintor Duncan se enamoró de una
modelo negra veinte años más joven que él. Durante un
tiempo compré sus desnudos..
—¿Y el horrible asesino?
—Querido, cuando todo acabó, la policía cargó la culpa
sobre ustedes, los muertos. El caso de los horribles
homicidios de mujeres en Chile se cerró para siempre. La
guerra hizo imposible seguir investigando. Y Gerardo, ¿no me
vas a preguntar nada sobre tu amigo Gerardo Arroyo?
—Todavía sueño con la avioneta estrellándose contra los
techos. Con los muertos no se juega, Baronesa —gritó
Vicente desesperado.
—Nada, la avioneta volaba con muñecos de cartón. Su
vuelo había sido programado desde la tierra, piloto
automático, piloto automático, bambino. Nunca te has dado
cuenta de nada. Gerardo está vivo, se fugó con el resto de tus
compañeros por el río. Solo tú quedaste esperando un amor
que nunca llegó. Entiende, tus amigos no eran estúpidos
idealistas como tú, bambino. Culo apretado y menos poesía
—increpó la anciana.
—Usted también fue idealista, Baronesa, acéptelo, en los
momentos de peligro nos enviaba mensajes de fe. Recuerdo
uno que hablaba de la pareja pintada por Dossi Dosso, los

197
enamorados del cuadro Alegoría de la fortuna.
—Adornos, un poco de poesía no molesta. Pero la verdad
es otra Vicente. Estaba preocupada de que construyeran la
balsa. Las cosas se habían complicado demasiado. Si la
policía hubiese entrado habrían dado conmigo, eso es todo.
Bambino, siempre veías espíritu donde debías ver realidad.
El hombre se largó a llorar. Continuó bebiendo whisky. El
aviso de Santa Claus afuera en la calle proyectaba una luz
más fría y metálica sobre todas las cosas. De pronto se
escucharon detonaciones en la calle, no eran bombas, eran
fuegos artificiales. Entre la algarabía, Vicente creyó sentir la
voz de Sabina. Desde hace años, en cualquier lugar,
repentinamente, creía sentir la sombra de aquella enigmática y
silenciosa mujer que había satisfecho la utopía, y que nunca
más volvió a ver después de que el sueño se vino abajo. La
anciana permanecía inmóvil al otro lado de la mesa. El
hombre no quiso preguntar nada más. Descubrió una señal
que hizo crecer hasta el paroxismo, la exasperante faceta de
poder que la Baronesa, por primera vez, revelaba aquella
noche. En todos sus años en Londres nunca había reparado en
el fondo del corredor del departamento, un túnel en
semisombras. En su nebuloso estado, creyó ver un cuadro que
mostraba una pareja de prístina mirada, traspasada de pasión
ardiente, la coronación de la felicidad. Había sido un
poderoso ideal en los tiempos de servicio. Aturdido, hizo un
esfuerzo y habló:
—Cuando todo se vino abajo, la turba entró a desmantelar
las construcciones...

198
—Qué bien, está funcionando tu memoria, ¿a dónde
quieres llegar?
—Vi con mis propios ojos como una campesina metía
dentro de un saco la obra de Dossi Dosso, Alegoría de la
Fortuna. Pero era una copia ¿no es cierto? —preguntó
señalando con el dedo el fondo del oscuro corredor. La
excéntrica anciana se echó a reír.
—Por supuesto que era una copia, ¿qué crees?, ¿qué iba a
dejar en manos de unos jóvenes sudamericanos una pieza del
arte universal? Desde hace cuatrocientos años la obra viene
navegando por mi familia.
—Usted no tiene hijos, Baronesa, ¿quién se quedará con el
cuadro cuando muera? —preguntó Vicente. La pregunta le
sonó extrañamente frívola. Era un desahogo.
—Lo donaré a un museo.
—Baronesa.
—Dime, querido.
—¿Por qué seguimos juntos?
—Porque has sido parte de mi juego, y yo no rompo los
pactos, eso es todo.
—¿Qué pactos se pueden hacer con un juguete, Baronesa?
—Se puede hacer pactos hasta con una mosca, querido.
—¿Ahora soy una mosca? —preguntó Vicente mirando al
interior del vaso de whisky.
—Entiende, los pactos cuando se rompen terminan por
destruir la confianza en uno mismo. Es lo que te ha sucedido a
ti. Tus amigos, todos tus amores te han dejado. Hasta tu Dios

199
te abandonó — dijo la anciana con nuevo sarcasmo. Le era
imposible contener aquella energía destructora.
—¿Sabes?
—¿Qué?
—Te daré otra estocada, será la última, tal vez sea mortal.
¿Estás preparado?
Vicente guardó silencio. Dejó de nevar. La noche se hizo
más honda.
—Cuando la policía entró, ¿recuerdas?
—Nunca lo olvidaré.
—Comenzaron a buscar en cada rincón. Justo después que
la avioneta se estrelló contra las construcciones para que
ustedes pudiesen fugarse.
—Le dije, nunca lo olvidaré.
—Pero el final fue otro.
El gato cibernético erizó el lomo sobre la mesa. El hombre
miró sus ojos y sintió miedo.
—Te lo diré rápido para evitar el dolor de la espera.
—(...)
—El amor de tu vida, que finalmente encontraste en La
Querencia, sabes, también se acostaba con Gerardo Arroyo.
Por eso nunca te insistió que subieras a la balsa, para no verte
más. Él te quería, Vicente, él era tu amigo; y tu amigo
compartía el cuerpo de tu amante.
Vicente bajó la vista. Llenó otro vaso con whisky. Lo
bebió de un trago.
—Sé lo que sientes.

200
—¿Qué siento?
—No hay proceso anímico más triste que cuando se rompe
una amistad entre dos hombres. Y Sabina, tu amante mística,
como la sigues llamando, logró que tu amigo te traicionara.
Más vino, querido —dijo levantando la copa.
—¿Blanco o tinto? —preguntó Vicente.
—¿Qué son esos cubos sobre la bandeja?
—Son quesos, quesos.
—Blanco, entonces.
Las palabras de la mujer no podían clavarse más adentro
del fatigado corazón de Vicente Concha. El hombre que un
día le había escrito cartas a Dios, pensó en marcharse, en salir
a las calles devastadas de Londres. De pronto se cortó la luz
en el departamento.
—Bombas, más bombas en Londres. La paz dura poco en
estos tiempos. Todos quieren tomar el control del agua. Hay
chinos en cada esquina. Ellos luchan por lo suyo. Nosotros
defendemos nuestro hueso.
—Como perros.
—Los perros son mejores que nosotros. Entiende, La
Querencia estaba llena de oscuridad.
—Como este departamento.
Permanecieron a oscuras. Los mecánicos ojos del gato
apenas servían de referencia. Luego de un rato interminable,
la luz volvió al departamento.
—Tú lo has dicho.
—No he dicho una palabra, Baronesa.
—Pero ha llegado la luz, entiende, todos los paraísos que

201
se construyen en la tierra tienen su origen en la oscuridad. No
es la nostalgia de la luz la que los inventa, sino el miedo a la
oscuridad.
—Pero muchas mujeres que entraron a La Querencia
salieron liberadas.
—Salieron liberadas —repitió la Baronesa con mofa.
—Sí.
—Nada de eso, llegaron por curiosidad, en busca de
placer. Hoy son las mismas solitarias que se dejan seducir por
esos tipos que aparecen en la guía de teléfono. Quedan
algunas cosas.
—¿Qué cosas?
—¿Quieres que tu dolor continúe?
—Dije, ¿qué cosas?
—Volvamos a la mujer que apareció en La Querencia y te
cambió la vida, la prostituta sagrada como tú la llamabas.
Mira, no sólo se acostaba con Gerardo Arroyo, querido. ¿Qué
crees que hacía cuando se quedaba en el salón mientras
Duncan la pintaba desnuda y tú esperabas en tu torre? Sabina
era una puta común y corriente, y a las putas les gusta que se
las jodan. ¿Te queda valor para seguir escuchándome?
Vicente Concha apenas movió la cabeza de arriba abajo.
—¿Estás listo?, ¿verdad?, ahora viene lo peor de la noche,
escucha, tu gata, Sabina o como la hayas querido llamar, tu
amor por la que comenzaste una nueva vida, ¿quieres saber
cuál fue su final?
— Está muerta. Lo he pensado todos estos años. Terminó
en el pozo tapada por las hojas, no siga.

202
—Otra vez te equivocas. Meses después de la caída de La
Querencia me envió un mensaje electrónico. Es verdad, se
quedó embarazada de ti, pero abortó. Natural, la mujer tenía
sus años. Además no estés tan seguro de que el hijo era tuyo.
Sabina se acostaba con todo el mundo, abre los ojos.
—¿Por qué no volvió? ¿Me lo podría haber dicho? Lo
hubiese entendido — afirmó Vicente Concha abatido.
—No quiso volver porque tu mundo le hacía daño.
—¿Daño?
—El mundo que tú proyectabas para ella era demasiado
ideal, hermoso, demasiado perfecto. Algunos tememos tanta
felicidad ordenada.
El hombre volvió a pensar en largarse. Miró al gato con
odio. Sintió ganas de arrojarlo contra la pared y partirlo en
mil pedazos. Estaba completamente vacío. Abatido, bajó la
vista. Luego, al borde de sus fuerzas, desesperado, por un
instante intentó un juego imposible, y se obligó a creer que
todo lo que había escuchado de Sabina eran ecos inexistentes.
Fuera de juego, intentó aferrarse a una desesperada
posibilidad.
—Se equivoca, se equivoca en todo, Baronesa.
—¿Qué dices?
—Una noche en la torre me contó su vida, un oscuro
pasaje en Santiago donde vivía, un hermano muerto por amor,
una madre asesinada, nunca perdió la inocencia. Ella me
quiso.
—¿Le habrá cambiado las baterías la criada? ¿No te parece
que Brad está demasiado lento? —interrumpió la anciana

203
mientras acariciaba al gato azul sobre sus piernas.
—Inocencia, Inocencia —comenzó a gritar llamando a la
sirvienta.
Al segundo apareció la sirvienta.
—¿Señora?
—¿Cambiaste esta mañana las pilas de Brad? —preguntó
la anciana.
—Sí, señora, como todos los días.
—Extraño, lo noto confundido, como los recuerdos de
Vicente —añadió sarcástica la vieja. La sirvienta se retiró.
—Baronesa, era una chica noble, cuando joven dejó a su
marido, por dignidad, no tenía por qué mentirme. Me quiso,
lo sé. ¿Me escucha? —preguntó el hombre mientras la mujer
volvía a cerrar los ojos.
—¿Me escucha? —insistió con la vaga certeza de que la
vieja estuviese loca.
—Escucho cuando quiero, cuando no quiero me hago la
sorda. No intentes levantarte, admítelo, estás en el suelo. Y
ahora escúchame tú. Tu Wendy, Sabina o Gata como te gusta
llamarla, dejó a su marido, vero, veríssimo, porque se había
enamorado de un pariente más rico que trabajaba en la banca.
—Mentira, se fue de Chile, al poco tiempo, con su hijo.
—Verdad, luego enamoró a un empresario que se la llevó
a Argentina. Me parece aceptable, Sabina era una chica
atractiva, inteligente, y si alguien quiere gozar de una
hermosa chica debe pagar. Son las reglas. Eso decía mi
marido.
—Como nosotros, ella remendó muchos corazones.

204
—Otra vez tus ideas. Vicente, entiende, las mujeres se
hacen putas porque les gusta el falo y el dinero. Las que no lo
reconocen viven con la culpa.
—Usted estuvo enamorada un día, Baronesa, recuerde a
su marido muerto, el general siciliano, me lo contó en su casa
de Santiago cuando todo nuestra aventura estaba por delante
—dijo el hombre ya sin saber como ordenar sus ideas
—Vero, verissimo, mi marido era un hombre divino.
Cuando me casé con él era verdaderamente hermoso. Roma,
la guerra, los tiempos del Duce, “Clara Pietacci”, me decía
riendo. Era divertido, no estaba quieto un instante, sabes,
viajando de un lado a otro, así es la vida de los diplomáticos.
Gozaba con la pintura, los autos nuevos. En fin, cambiábamos
de ciudad cada año, y fuéramos donde fuéramos, él parecía
haber nacido allí. Conseguía hacer amigos en todas partes.
Era de esas personas que encuentran sentido en las cosas más
insignificantes, que tienen confianza en la vida, ¿comprendes?
No como tú, Vicente, porca miseria, que has vivido esclavo
de tus ideales.
— Usted también, recuerde los tiempos de Chile, se
mantuvo fiel a su esposo muerto, por ejemplo, nunca quiso
hacer el amor con nosotros en su casa, y en ese entonces
éramos jóvenes y atractivos.
La anciana soltó una burlona carcajada. Vicente Concha
insistió:
— “ Recuperaremos el amor desde el mito original” —
nos decía en su casa en Chile.
—Lo decía para utilizar tu idealismo y entraras en mi El

205
placer que siente el gato cuando atrapa a la rata y juega con
ella, si tu quieres
— La satisfacción de una perversión personal, un deseo
de destrucción, Baronesa.
— Lo entiendo, una mente pura y simplificadora como la
tuya, necesita juzgar los impulsos creativos en términos
morales. Pero yo no iría tan lejos. En mi caso, prefiero
llamarlo diversión, obra hedonista, placer estético, una
arquitectura en el espacio, unos cuerpos, manifestaciones de
una sofisticada y creativa voyeaur, si tu quieres, querido, que
buscaba como todo el mundo expresar su poder. Te dije hace
un momento, el gato que juega con la rata. No te dije nunca el
gato que encuentra placer en la muerte de la rata. A propósito
de libros, tu obsesión, la perversión erótica satisfecha en la
destrucción de Sade, nunca me ha interpretado. En el final de
La Querencia nunca encontré mi placer. Esos toscos policías
con perros en el camino, los periodistas vampiros, la turba
ignorante, como en todas partes, pidiendo victimas en el
patíbulo, me pareció siempre un espectáculo grotesco, carente
de todo atractivo estético y trágico.
—El final fue una auténtica tragedia — exclamó el hombre.
— Bambino, por favor, otra vez intentas justificar tu
romanticismo. Veamos el final de La Querencia, dos mujeres
asesinadas, sucede todo el tiempo, en cualquier calle de
cualquier ciudad del mundo; el jardinero, un psicopata
misógino como abundan por todos lados; tus compañeros, tú
y yo, seguimos con vida. La tragedia no es my cup of tea
como dicen aquí. Soy una mujer de carácter liviana, lúdica,

206
hedonista, querido..
— En ese entonces usted era una mujer joven y seductora,
porqué no quiso hacer el amor con nosotros—insistió el
hombre, turbado, buscando en la anciana alguna entrada
vulnerable.
— Ay querido, nunca hables de hacer el amor, es
demasiado cursi. Conozco tu sobrenombre, ¿pero acaso
olvidaste tus lecciones en La Querencia? El placer del
erotismo exige mas que cuerpo jóvenes. Recuerda tu caso con
Sabina. En el tiempo que vivía en Chile, como durante toda
mi vida, tenía muchos amantes: embajadores, políticos,
artistas. Hombres interesantes, sal y pimienta, no como
ustedes pura leche, una manada de cachorros provincianos. Te
diré algo, cuando me casé con Alessandro yo no estaba
enamorada, nuestro matrimonio fue una decisión de familia.
Hacer algo así no era mi estilo, siempre fui una mujer
emancipada, pero mi padre me pidió que nos casáramos y yo
lo hice, y pienso que es lo mejor que he hecho en mi vida,
verdad. Fuimos felices, créeme, pero escucha Vicente, “mala
memoria” o cómo quieras llamarte, nuestra felicidad nunca
dependió de la fidelidad, o esas ideas de religión del amor y
andróginos que tienes metidas en tu cabeza. Alessandro
siempre tuvo amantes, yo también, nunca nos importó.
Habíamos hecho un pacto, un pacto realista, acompañarnos en
esta vida, y cumplimos el pacto. Es algo que ya no existe en
estos tiempos. ¿Sabes qué quiero decir?
—(...)
—Quiero decir que soy antigua, Sí, y porque soy antigua

207
viví con mi esposo una vida hermosa. Pero los dioses son,
como se sabe, envidiosos, y cuando dan años de felicidad a
los mortales, los patentan como una deuda, y reclaman con
intereses de usurero. Esa es la regla de la vida que un hombre
del nuevo mundo como tú, ignora. Él empezó a encontrarse
mal cuando estuvimos en Egipto, las pirámides se le venían
encima, caía en momentos de vacío, no recordaba quién era.
Es insospechado lo que puede pasar al interior de la
conciencia. En su mente las cosas terminaron patas para
arriba. Intentaba recuperar el interés por la vida, pero cada vez
tenía que empezar desde cero. Al principio los doctores
dijeron que era una cuestión de fatiga, después comenzaron a
hacerle pruebas, seguíamos siendo felices, nos amábamos por
el pacto, es algo que nadie entiende en estos tiempos.
Alessandro, tú sabes, era su nombre.
—Como el nombre del pato de sus caricaturas chinas —
dijo Vicente completamente borracho buscando un nuevo
desahogo.
—Igual de divino que el pato, Alessandro, Alessandro —
se quedó repitiendo la anciana.
—¿Y qué pasó? —preguntó Vicente, buscando encontrar
en la Baronesa una triste complicidad.
—Comenzó a empeorar de forma rápida. En un momento
me dijeron que era necesario que cortara con todo. Fue un
golpe duro, ¿sabes?, hice lo que me decían, lo llevé a una
clínica, a un sanatorio mental en los Alpes suizos. Recuerdo
que le escribía cartas, cartas reales, no como las tuyas que
nadie lee. En verano lo visitaba en el parque del sanatorio. Te

208
hablo después del tiempo de la guerra. Escuchábamos los
combates de boxeo por la radio. A él le gustaba el boxeo. En
fin, nos quedábamos allí, hablábamos poco, Alessandro del
Treviñano, conde de Sicilia, le pellizcaba las nalgas a las
enfermeras. Nos reíamos. Un día la cancillería me envió en
misión a Sudamérica. Tomé una decisión, no lo dejaría solo.
Encontré una clínica en Santiago de Chile. El resto lo sabes,
te lo he contado, murió de un infarto cardíaco mientras jodía
con un chico enfermero de la clínica. Lo enterré para el día de
San Valentino, pero no allá en Sudamérica, lo enterré aquí, en
Europa, en el panteón de su familia, en el cementerio de
Sicilia donde también hay muertos de mi propia familia. Mi
misión diplomática aún no había concluido así es que regresé
a Chile; por ese tiempo nos conocimos.
—En una plaza de Santiago, usted se acercó a mí,
suavemente.
—Tú leías sentado en un banco mientras tu pequeño hijo
jugaba en los columpios. A propósito ¿qué es de tu hijo? , que
chico tan encantador y guapo. Solía venir hasta hace poco a
Londres con su código especial de emigración.
—Está bien, gracias por preguntar, Baronesa, ahora vive
en Cambodia, en un monasterio budista; nos comunicamos
todas las semanas por la pantalla mundial. Se hizo monje
budista hace unos meses, luego de la muerte de su madre en
un accidente en la carretera.
—Todo cambiado tan rápido, demasiado rápido, ¿verdad?
En ningún lugar de este mundo se puede estar a salvo. Si no
son los accidentes automovilísticos, son los chinos, los

209
guerrilleros, las corporaciones transnacionales que combaten
en la gran guerra del agua —continuó la Baronesa.
Vicente cerró los ojos y sintió que todo su pasado le era
ajeno, vivido por otra persona.
—A veces no podemos ser de otra forma, Baronesa —
exclamó bajando la cabeza.
Volvió a mirar al gato. El engendro genético.
—¡Bingo!, como dice la tortuga verde de los dibujos
animados. Por fin has dicho algo sensato. Ecco, no podemos
ser de otra forma. Vero, veríssimo, tú eres sudamericano,
nuevo, sin referencia en el tiempo.
Aturdido, el hombre habló por hablar.
—“Al infinito y más allá” —gritó.
—Así dice mi héroe que tiene una burbuja en la cabeza.
—¿Ve? ¿Usted también tiene héroes?
—¿Qué dices?, habla más alto.
—No se haga la sorda, Baronesa, su héroe que dice "al
infinito y más allá", es americano, como yo, y como la tortuga
que dice Bingo.
—Déjame pensar. Mejor déjame sentir.
—¿Más vino? ¿Blanco o tinto?
—Whisky, quiero whisky, querido.
La anciana tocó una campana. Entró la empleada al
comedor.
—Hielo, por favor, beberé whisky.
—Sí, señora —dijo marchándose la empleada.
—Y no te olvides antes de acostarte de dejar lista la
bandeja con el desayuno del Sr. Concha —ordenó la

210
Baronesa.
Vicente no prestó atención a la orden. En tiempos de
guerra seguían tomando whisky, pensó.
—Esta vieja es italiana… —dijo la Baronesa.
—Etrusca, pagana, lo dice siempre.
—Ecco, las raíces de mi sangre se hunden en los tiempos
paganos.
—La felicidad dura poco, la vida es triste — dijo el
hombre buscando una complicidad con la anciana.
— Nada dura poco o mucho. La vida es lo que es, mi
querido soñador americano.
La empleada entró con hielo. Continuaron bebiendo
whisky.
—Mis cartas fueron sinceras —murmuró el hombre con la
lengua traposa.
—¿QUÉ DICES? Habla más alto.
—Que al menos lo que le escribí a Dios lo sentí, fue
sincero.
—Perdóname, querido, pero esta anciana a punto de partir,
ha comprendido que quien busca el refugio en la sinceridad
teme algo, teme que un día su vida se llene de cosas que no
pueda revelar, de verdaderos secretos inconfesables.
Vicente creyó ver al otro lado de la ventana, que el aviso
en la calle, del trineo manejado por Santa Claus cobraba vida.
Observó el cuerpo otra vez inerte de la anciana con los ojos
clavados en el techo. Sus pensamientos ahora dormían tristes.
Vicente se levantó y la movió.
—Despierte, Baronesa.

211
—¿Qué pasa? ¿Todavía estoy aquí?
—Sí, todavía. Un día levantamos un paraíso, buscábamos
amor, confiese.
—El mundo no cambia, Vicente, tú cambias y no te
pertenece, eso es todo. Esta vieja al final de sus días, inmóvil
en esta silla de ruedas, ha cumplido su tarea. Entiende, La
Querencia fue mi propio juego. Has sido mi escritor y mi
siervo. Dame un cigarrillo, por favor.
Vicente apenas sosteniéndose prendió un cigarrillo, se lo
puso en la boca.
—Nos conocemos hace años, ¿verdad?
—Muchos años, Baronesa.
—Lo sé, déjame calcular.
—VEINTE AÑOS, repitieron juntos.
El aviso publicitario con el trineo de Santa Claus se
prendía y apagaba en la calle. Sobre la mesa, el gato azul
devoraba los últimos pedazos del pavo. Vicente Concha sintió
que el pañuelo de su amor perdido ahora tiraba de su cuello
hasta casi ahorcarlo. La excéntrica anciana estiró las manos
temblorosas:
—Querido, te quiero pedir algo. Eres libre de aceptarlo o
dejarlo. Si no aceptas, seguiré financiando tu vida. No me lo
agradezcas, el dinero me sobra. Incluso en mi testamento te he
dejado algunas casas en el Mediterráneo, aunque
desmanteladas por la guerra algo valdrán. Sé que esta noche
he destruido tu vida. Primero, el recuerdo de tus amigos, tu
ilusorio y cobarde diálogo con Dios, y lo más doloroso de
todo, tu religión de a-mor, tu falsa proyección de Sabina. Pero

212
te quiero pedir algo, continuemos siendo amigos.
—Baronesa, ha destruido mis recuerdos, todo lo que puede
tener un hombre a mi edad, y ahora me ofrece su amistad.
El gato azul levantó la cabeza olisqueando el aire.
—Pronto moriré, curiosamente de vieja y no de cáncer
como se suponía que debía morir. Ahora levántame de esta
silla de ruedas y sácame a bailar — demandó la anciana.
Había dejado de nevar, la noche se hizo más oscura. Los
ojos de Vicente Concha se llenaron de lágrimas. La anciana
apretó en su silla de ruedas una luz violeta y el emisor
musical se encendió en el lugar. Graciosamente, comenzó a
cantar antiguas letras que decían: lovely day tomorrow o my
melancholy baby. El hombre levantó a la anciana de la silla de
ruedas. Parecía un paquete de huesos. Salieron algunas
palabras:
—No has podido nunca.
—Qué no he podido nunca, Baronesa—preguntó Vicente
Concha mientras sostenía a la anciana de la cintura.
—Ser escritor, ¿verdad? La vida no tiene sentido ¿verdad?
—asintió la anciana.
—No tiene sentido —contestó el hombre.
—Hazme un favor cuando termine este baile, llévame a mi
cama en brazos.
Amanecía y afuera en la calle se escuchaban ecos
irreconocibles, como astillas que hubiesen quedado atrás,
rezagadas, y que ahora se apuraban por alcanzar la mañana. A
Vicente Concha comenzaron a tambalearle las piernas, y sin
piernas no se podía llegar muy lejos bailando. Calló al suelo y

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se quedó dormido. La empleada entró al salón, arrastró a la
Baronesa hasta subirla a la silla de ruedas y se la llevó a
dormir.

A medio día, Vicente Concha despertó con unos golpes en


la puerta. La empleada entró, dejó a los pies de su cama una
bandeja con el desayuno.
—¿Cómo amaneció? —preguntó el hombre.
—Está mirando como siempre los monitos en la televisión.
Nos va a enterrar a todos —continuó la empleada y dio media
vuelta
—Espera, dime, Inocencia, ¿extrañas Chile? —preguntó el
hombre antes de que la empleada traspasara la puerta.
—Antes sí, señor, extrañaba el mar y la montaña, ahora ya
no...
—¿Por qué ya no?
—El mundo es igual en todas partes, lo llenaron de antenas
con la guerra—dijo. Luego descorrió las cortinas y cerró la
puerta.

Una luz fría y distante se estrelló contra las paredes.


Vicente Concha se levantó, preparó un baño, hundió su
cuerpo en el agua, y dejó la nariz afuera para respirar. “Lo
llenaron de antenas”, repitió su mente entre burbujas. Bastaba
bajar un poco más la nariz, permanecer un rato bajo el agua, y
desaparecería el mundo con sus millones de antenas. Cerró los
ojos y se hundió. A medida que permanecía bajo el agua, con

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veracidad aplastante, sintió que alguien lo observaba y
también se hundía con él. Entre seguir bajo el agua o salir
afuera no hay diferencia, pensó su ahogada conciencia. Optó
por sacar la cabeza del agua y volver a respirar. Luego
comenzó a reír, sin control ni sentido, hasta terminar con una
gran carcajada espasmódica y liberadora. Estiró las manos, y
alcanzó sus anteojos que habían dejado en el suelo del baño.
Tambaleando volvió a la habitación, y comenzó a escribir una
carta. Al terminarla no supo si romperla, dejarla caer como su
vida al papelero, o entregársela a la Baronesa. Se quedó
pensando un largo rato. Finalmente hizo con la hoja un
pequeño cohete de papel. Abrió la ventana para que volara en
el cielo nevado de Londres.

“Esta noche la llevaré a cenar al viejo restaurante de


ladrillos junto al Thames. Su silla de ruedas vagará por
oscuros corredores. La sentaré a la mesa, ordenaré agua de
marca, una cena liviana. Seguramente en el lugar habrá otras
parejas, y entre toda, una, observando el bosque de antenas
en las secas orillas. " No siempre el río estuvo seco", se dirán
mirándose a los ojos. Oh, Dios, se dirán y no sabrán de
cartas escritas a ti, con la tinta del a-mor, vero verissimo,
como nunca nadie sabe nada de nadie.”

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