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No me permito dudar de tu amistad

¡Lo que se inventa la gente! Recibo esta mañana un correo electrónico de Pedrito el Pelos.
Me dice en la primera línea que lea con atención, porque a los tres minutos de abrirlo el
mensaje se autodestruirá y no dejará rastro alguno, ni siquiera para los sabuesos informáticos
más avezados. ¿Y qué leo? Pues que si –patatín patatán…– no se permite desconfiar de
nuestra amistad y está convencido de que le voy a echar una mano en un asunto de vital
importancia. ¡Qué gracia! Lo que sabe el muy capullo es que me tiene agarrado por unos
favorcillos que me ha hecho y que si habla, la que me cae encima es gorda, pero bien gorda. Y
sigue con que, como el alcalde de Fonterriente es un buen amigo mío que no me negará nada,
vaya a verlo y consiga la adjudicación de la contrata del mantenimiento de las instalaciones
deportivas del municipio para la empresa de un amigo suyo. Y, para más inri, me dice que salga
corriendo porque hoy mismo se reúne la comisión que debe proponer la empresa seleccionada
al pleno del ayuntamiento.
Pues nada, ¡un amigo es un amigo! Subo al coche y piso el acelerador para plantarme
cuanto antes ante Fermín Boscolargo, mi viejo amigo alcalde de Fonterriente. En cuanto me
ve entrar su secretaria, que debe olerse las cosas que nos llevamos entre manos, me hace
pasar al instante a su despacho.
- Fermín, no tengo tiempo, es un asunto urgente, casi de vida o muerte, necesito que me hagas
un favor y no se me ha pasado por la cabeza la más leve sospecha de que rehúses. No hace
falta que te recuerde todo lo que nos une y nuestra vieja amistad. Abre bien las orejas porque
te lo voy a decir una sola vez y en voz baja, que hasta las paredes oyen últimamente por aquí.
Fermín me mira con una ligera sonrisa, entre guasona y cómplice, dándome a entender que
no me crea que es tonto, que sabe muy bien lo agarrado por los favorcillos que le hecho,
porque si me diera por cantar…
- Pues suelta ya lo que quieres, que un amigo es un amigo.
- Por una serie de razones que te conviene ignorar, necesito imperiosamente que tu
ayuntamiento adjudique la contrata de mantenimiento de las instalaciones deportivas a la
empresa de un amigo.
- ¡Acabáramos! Como te puedes imaginar, he recibido unas cuantas visitas como la tuya, y con
más educación, no como tú, que entras aquí en tromba para pedirme que amañe un concurso
unas horas antes de que se reúna la comisión.
- Seguro que te inventarás algo y compensarás a los demás en otro momento. Estoy
convencido que nuestra amistad está muy por encima de cualquier cosa.
Sigue mirándome ligeramente burlón, sugiriendo son su silencio que si me va a echar una
mano, no es por nuestra sacrosanta amistad sino porque, sencillamente, no quiere darme el
más mínimo motivo para que me vaya de la lengua.
- No se diga más. Tu dime qué empresa es y yo me encargo del asunto.
Entonces, ya más tranquilo, busco en mis bolsillos el mensaje de Pedrito para darle el
nombre. ¡Vaya sorpresa! ¡No encuentro nada, me pongo nervioso! Y de pronto lo entiendo
todo al recordar el maldito correo electrónico autodestruible. Hago memoria, ya tengo en la
punta de la lengua el nombre, pero no hay nada que hacer, no me sale: se me ha olvidado.
- Bueno, ¿qué?, suelta ese maldito nombre, que necesito algún tiempo para consultar los
dossiers y prepara mi estrategia.
- Tranquilo, tranquilo, Fermín: dame media hora para que vaya a casa y vuelva con el nombre
de la empresa. Últimamente, todas las precauciones son pocas, y el truco está en que, para no
dejar pistas, solo se puede saber el nombre de la empresa cuando hay seguridad de que se va
a conseguir la adjudicación.
No sé si se lo ha tragado. Parece sorprendido de que no sepa todavía para quién pido el
favor, aunque, a la vista de la que está cayendo, puede que también le encuentra algún
sentido a lo que le digo.
- Vale, pues, dice Fermín. La comisión se reúne a primera hora esta tarde; tienes hasta la hora
de la comida para traer ese dichoso nombre.
Salgo en tromba con un eso está hecho que queda resonando en las paredes, bajo como
una flecha las escaleras, entro en el coche y piso el acelerador a casa de Pedrito el Pelos,
porque me da cosa tratar el asunto por teléfono. Llego en unos minutos, toco el timbre y mi
buen amigo me abre la puerta en batín, con una copa en la mano, ligeramente ebrio, tal vez
con compañía en el dormitorio. Desde luego, ¡poco le preocupaba que no pudiera hacerle yo
hoy el favor!
- Pero Carlitos, ¡cuánto tiempo! ¿va todo bien? Te veo un poco apurado. Me lo suelta con voz
de achispado y una pícara mirada de complicidad.
- Sí, no te preocupes, ya lo tengo todo en el bote, lo único es que no me acuerdo del nombre
de la empresa; con eso del mensaje autodestruible te has pasado de frenada.
- Pues bien que te lo había escrito, ¡joder!, estás perdiendo facultades. Antes pillabas las cosas
al vuelo y hacías favores incluso antes de que te los hubieran pedido. ¡Qué tiempo aquellos!
- Venga no te enrolles. El nombre, que me largo.
- Pues lo más gracioso es que yo tampoco me acuerdo.
- ¿Cómo que tú tampoco te acuerdas?
- No me acuerdo, no. Estaba escrito en un correo electrónico autodestruible que me ha
enviado un amigo. Tenía la cara dura de decirme que no se permitía dudar de mí, por la larga
amistad que nos ha unido, que sabía que yo era amigo tuyo, que tú eras amigo del alcalde de
Fonterriente, que tú no podías negarme nada a mí, que el alcalde no podía negarte nada a ti, y
bla bla bla…; aunque él y yo sabemos que lo que pasa es que estamos agarrados unos a otros
por donde sabes. Además, lo conoces, es Eduardín el Trenzas; la verdad no sé por qué no se ha
dirigido directamente a ti.
Eduardín el Trenzas es efectivamente un buen amigo que también ocupa un lugar en la
cadena de los que nos tenemos agarrados unos a otros. Así que no hay nada que discutir.
Pedrito deja la copa, se viste decentemente, se despide en voz baja de alguien el dormitorio, y
ya estamos pisando el acelerador para llegar cuanto antes a la casa de Eduardín, que el tiempo
pasa rápido.
- Oye, Eduardín, ¿cuál era la empresa de que me hablabas en tu correo de ayer por la noche?
Parece que ya está arreglado, pero el nombre se ha perdido por el camino. He venido con
Pedrito, como ves, para acelerar las cosas todo lo que se pueda, que la comisión técnica se
reúne en unas horas.
¡Y cuál es mi sorpresa cuando Eduardín, que parece un poco molesto de que la hayamos
interrumpido su partida de play station, nos suelta que no se acuerda el tampoco del nombre!
La noche anterior, cuando estaba tomando unas copas, un amigo de todos nosotros –que no
se permitía dudar de su amistad y, ¡maldita sea! lo tiene bien agarrado– le pidió el favor. Le
dijo el nombre de la empresa al oído. Cuando llegó a casa, Eduardín lo escribió en un correo
electrónico autodestruible. Y una vez que lo envió a Pedrito, confiando en su buen hacer, se
olvidó del asunto; y tanto que ahora ya no tiene ni remoto recuerdo del nombre de la
empresa.
Como se trataba de Luisillo Tripero, un buen amigo de todos, fuimos a verlo al instante a su
restaurante. Y de ahí, con una historia parecida cada vez, visitamos unos cuantos amigos
comunes, entrado en tromba en sus despachos y negocios, hasta que, por fin, cuando ya eran
casi las dos, dimos con el nombre de la empresa. Nos lo dijo Feliciano el Manquito, buen
conocedor de lo que todos nos debemos a todos, y seguro de que no le defraudaríamos.
Feliciano tiene un amigo que está blanqueando pasta de otros negocios y necesita la contrata
para unos trapicheos, de los que no quisimos saber más. Era cuestión de vida o muerte.
Así que, por fin en posesión del dichoso nombrecito, sudando como un cerdo de no haber
parado en todo el día y acordándome de la madre de todos esos amigos que no se permiten
desconfiar de ti, piso otra vez el acelerador y me planto ante el alcalde, justo en el momento
en que se iba a comer.
- ¡Menos mal que has llegado! Diez minutos y ya no me encuentras.
Le digo el nombre al oído: Mantemientos La Caña. Se queda perplejo y me dice: “No puede
ser, acabo de revisar el expediente y esa empresa no ha presentado su candidatura aquí”.
Todavía no he tenido tiempo de manifestar mi estupefacción cuando de pronto, con una
sonrisa cómplice y burlona, me dice: “Ya sé lo que ha tenido que pasar. Casualmente, el
ayuntamiento del pueblo de al lado, Fonteniebla, tiene también esta tarde un pleno, después
de la comisión técnica, para adjudicar la contrata del mantenimiento de las instalaciones
deportivas. Como nuestro mundo es un pañuelo y el alcalde es un buen amigo mío, he
conseguido que arregle el asunto para adjudicárselo todo a la empresa de mi cuñado.
Queriendo hacer las cosas bien, ya hemos estudiado –en privado, como entenderás– los
presupuestos que presentaban las empresas: cuestión de afinar el baremo –que la normativa
lo permite– para que la oferta de mi cuñado sea la mejor valorada. Por eso sé que
Mantenimientos la Caña se ha presentado en Fonteniebla y no aquí en Fonterriente.
-Tío, ¡no me dejes tirado! Seguro que puedes hacer algo y tu cuñado lo entenderá. No me
permito dudar de la amistad que nos une…
-Yo tampoco, me dice con algo de sorna. Pero no nos queda apenas tiempo, vayamos
corriendo a Fonteniebla, que está aquí al lado, a ver si cazamos a nuestro amigo alcalde antes
de la comida, y así lo arreglamos todo para que las cosas estén bien atadas en la comisión.
Fonteniebla no estaba tan cerca. Llegamos al restaurante cuando ya iban por el café. Me
quedé discretamente en la calle. Al rato salió Fermín con una ancha sonrisa.
- ¡Arreglado en el último minuto, pero arreglado y bien arreglado! He insistido en que no podía
dudar de nuestra amistad. Y él lo ha solucionado todo, dándome a lo que tú y yo sabemos. “La
empresa, la eliges tú”, me ha dicho, “lo mismo me da que sea Mantemientos la Caña , la de tu
cuñado o la de abuela!
Y entonces sentí que me invadía una inmensa satisfacción, una dulce tranquilidad que
alcanzaba las zonas más profundas de mis sentimientos, de mis pensamientos, de mi alma. Yo
sí que soy la caña, ¡narices! ¡El esfuerzo ha valido la pena! Y con emoción hasta el final: si
llegamos unos minutos después al restaurante, habría sido demasiado tarde. ¡Unos segundos
entre la desgracia total y la felicidad general! He conseguido en un tiempo récord repartir
alegría a un montón de amigos, he reforzado la red que nos une a todos, gracias a mí el mundo
funciona mejor, la Tierra da vueltas en redondo con más suavidad. ¡Y todos los amigos
estamos solidariamente agarrados unos a otros un poco más que ayer!

Blauni

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