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TRABAJO

FIN DE MASTER

Psicología General Sanitaria

DEPARTAMENTO PERSONALIDAD
EVALUACIÓN Y TRATAMIENTOS PSICOLÓGICOS

Tutora Universitat de València: Castora Silva Silva


Alumno/ Autor: Francisco José Mestre Luján
Título: La representación social de la esquizofrenia en los Medios
de Comunicación.
(Revisión Bibliográfica)

Fecha: Junio de 2017

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Índice Pág.

1.-Introducción……………………………………………………………………..3

2.- Representaciones Sociales y Medios de Comunicación……………………….5

2.2.-Antecedentes teóricos de las Representaciones Sociales………………....10

2.3.-Concepto, Contenidos y funciones de las Representaciones Sociales……12

3.- Influencia de los Medios de Comunicación y Representaciones Sociales……20

4.- Enfermedades Mentales. Esquizofrenia…………………………………….....35

4.1.-Aspectos básicos de la esquizofrenia…………………………………….35

4.2.- Las representaciones sociales de la esquizofrenia………………………39

5.- Diseño de investigación……………………………...………………………...54

6.- Resultados……………………………………………...………………………58

7.-Discusión………….……………………………………...……………………..77

8.-Bibliografía……………………………………………………………………..83

9.-Tablas………………………………………………………………………….100

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1.-Introducción

El objeto de esta investigación es el de explorar cuales son la imágenes, las


representaciones sociales, que en la actualidad tiene la esquizofrenia en los Medios
de Comunicación, sobre todo, en la medida en que existen investigaciones que
apuntan a que los Medios tienen una mayor aportación en la construcción social del
estigma, que incluso el contacto directo con las personas con enfermedad mental
(Pedersen, 2009).
La desinstitucionalización psiquiátrica iniciada en nuestro país con la Ley de
Sanidad de 1986, supuso la existencia de un número importante de personas con
esquizofrenia viviendo en contextos sociales normalizados, en sus entornos
cotidianos, en contacto directo y residiendo con sus familiares, amigos y conocidos,
lo que ha facilitado en gran medida un conocimiento inmediato de la enfermedad y
también, determinados contenidos mediáticos que nos informan de cómo se
representa esa permanencia en el contexto social de las personas con esquizofrenia.

Esta investigación encuentra su justificación en diferentes planteamientos


teóricos que provienen de diferentes áreas de investigación, pero que en este caso,
se relacionan entre sí para generar un conocimiento integrado sobre la esquizofrenia
y como se entiende la misma por los grupos sociales.
En consecuencia, nos apoyamos en las teorías que nos hablan de como el
conocimiento social resulta compartido por los diferentes grupos sociales, a partir
de los Medios de Comunicación. Sobre todo, aquellos enunciados que se derivan de
la teoría de las Representaciones Sociales de Sergei Moscovici (1976), así como su
relación con las teorías que nos informan de cómo el conocimiento que se posee
respecto a la enfermedad y la salud, condiciona nuestro modo de afrontar la misma
y también, la categorización social que, en su caso, se realiza sobre las personas que
la padecen (Angermeyer, 2005; Kingdom, 2004; Crisp, 2000).
Por tanto, ahora, más de cincuenta años después del inicio de los
movimientos reformistas en salud mental de todo el mundo, resulta oportuno e
interesante profundizar en el contenido de ese conocimiento social sobre la
esquizofrenia que, sin duda, puede relacionarse, bien con una mayor facilidad para
la inclusión de las personas que sufren esta enfermedad o por el contrario,
profundizar en ese estigma social de exclusión y perjuicio que ha presidido hasta

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ahora la percepción de la población, respecto a los trastornos psicóticos y en mayor
detalle respecto a la esquizofrenia.
Al objeto de comprobar el estado actual de la cuestión, se ha procedido a
realizar un rastreo bibliográfico de revistas de carácter psicológico, social y médico,
en ocho bases de datos, con las siguientes palabras clave representación, imagen,
estigma, exclusión, prejuicios, esquizofrenia, trastorno mental, enfermedad mental,
psicosis, medios de comunicación, prensa, televisión, periódicos y Mass Media,
tanto en castellano como en inglés, usando combinaciones que incluyan
necesariamente la palabra esquizofrenia.
Los resultados obtenidos se han contrastado entre sí, con el fin de
comprobar la evolución de sus objetos de investigación y de las metodologías
empleadas para conseguir el conocimiento necesario sobre la imagen social e la
esquizofrenia. Finalmente, esta valoración se ha completado con aquellas
indicaciones oportunas que podrían mejorar nuevas investigaciones basadas en la
exploración bibliográfica.
Por tanto, los objetivos de esta investigación se circunscriben a:
-La actualización de conocimientos respecto a las imágenes que tiene la
esquizofrenia en los Medios de Comunicación.

-La contrastación crítica, a lo largo de un período temporal significativo


desde el inicio de los movimientos reformistas hasta la actualidad, de cuál es la
orientación de las informaciones que los Medios difunden en la población, respecto
a la esquizofrenia.

-La aportación de propuestas metodológicas que faciliten aproximaciones


diferentes en la recogida de información, a partir del análisis de contenido de los
Medios de Comunicación y que, en su caso, pudieran enriquecer las investigaciones
vinculadas al análisis de los Medios y su relación con la esquizofrenia.

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2.- Representaciones Sociales y Medios de Comunicación

Los estilos de afrontamiento con que cada persona reacciona de una manera
personal y específica ante los problemas de salud que pueden amenazar su
bienestar, son totalmente heterogéneos y cargados de subjetividad. Entre estas
potenciales respuestas individuales, se suele proceder evaluando sus posibles
causas, su desarrollo y pronóstico, y también por supuesto, tomando las decisiones
más adecuadas sobre aquellas conductas de salud que creemos oportunas para
afrontar la enfermedad y sus consecuencias (Moos, 1977; Leventhal 1982, 1984).
Es obvio, que no siempre la valoración subjetiva de la gravedad o las
creencias individuales sobre el desarrollo de la enfermedad, resultan coherentes con
las decisiones tomadas sobre las conductas de salud, que deben ser asumidas por las
personas enfermas o en riesgo de enfermar. Y es que la “racionalidad” de nuestras
decisiones, se encuentra condicionada, sin ninguna duda, por un proceso sujeto a
sesgos informacionales, pero también, integrada en procesos sociales, emocionales
y experienciales que enmarcan la calidad de este tipo de decisiones.
Ahora bien, en tanto que las personas evolucionamos bajo el imperativo del
lenguaje y la comunicación interpersonal, es necesario constatar la evidencia de que
las decisiones individuales están precedidas e insertas en un marco simbólico
compartido, que de manera “natural”, es asumido como integrante de la normalidad
cotidiana.
El impacto de este marco simbólico y social no puede circunscribirse
solamente a las etapas tempranas del proceso de desarrollo (procesos de
socialización secundaria y terciaria). De hecho, el proceso de socialización y la
adquisición de nuevos aprendizajes, continúa a lo largo de todo el proceso vital del
sujeto, creando, modificando o consolidando una serie de actitudes personales en
torno a objetos sociales de nuestro interés (Berger y Luckmann, 2003).
De este modo, la información disponible es reelaborada a través de procesos
de inferencia social que intentan dar sentido a la realidad. Esta inferencia se
produce cuando las personas tratamos de ir más allá de los datos disponibles, a fin
de constituir valoraciones personales sobre los fenómenos sociales que nos resultan
significativos o intuimos su peligrosidad.
Estos procesos de inferencia social, pueden dividirse en tres grandes
apartados interdependientes que conformaran, a lo largo del proceso de desarrollo

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vital, un conjunto de actitudes sobre cómo afrontar las enfermedades (Fiske y
Taylor, 1984):
-Las inferencias que facilitan un proceso de categorización social.
-Las inferencias causales que buscan la razón o causa de un hecho
observado.
-Las inferencias que buscan las relaciones entre estructuras de información.

Así, la búsqueda de relaciones entre los aspectos sintomáticos más


significativos de nuestro estado físico y las etiquetas que los definen. La posible
existencia de una causa para ese conjunto de cadenas relacionales que dan sentido a
una serie de dolencias o síntomas y finalmente, la inclusión de todo el conjunto en
una categoría médica o social, supone procesos básicos por los cuales llegamos a
mantener unas creencias, valoraciones y conductas determinadas, respecto a un
conjunto de síntomas o una enfermedad dada, y lo que es más significativo,
también llegamos a establecer valoraciones, creencias y conductas que categorizan
socialmente a determinadas personas que sufren algunas enfermedades que han
llegado a ser significativas, por alguna razón, en el contexto social (Jodelet, 1983).
En este sentido y en concurrencia con el conocido modelo de Rosenberg y
Hovland (1960), las actitudes individuales se originan en el marco de la experiencia
individual, pero insertas en un contexto social determinado.

El modelo propugna que si la asociación con el objeto social se da través del


conocimiento del mismo, su resultado será una creencia o un estereotipo. Sin
embargo, si la relación entre el sujeto y el objeto social es una experiencia
emocional negativa, su producto será una valoración de prejuicio. Por añadidura, si
la relación con el objeto proviene de la implicación conductual, tendremos
conductas de discriminación, como puede observarse en la siguiente tabla.

Componentes de las actitudes y sus expresiones

Plano cognitivo: creencias: estereotipos

Plano afectivo: valores: prejuicios

Plano conativo: conductas: discriminación

Tabla 1. Modelo factorial de las actitudes (Rosenberg y Hovland, 1960)

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Así, las actitudes individuales, mediadas en su origen y expresión por el
contexto social, se expresan a través de sus componentes esenciales, las creencias
(plano cognitivo), los valores (plano emocional) y las conductas (plano conativo),
generando con ello marcos de tendencia en cuanto a la adopción de determinados
estereotipos, prejuicios y conductas frente a una enfermedad determinada o
respecto a quien las padece. De hecho estos tres componentes se han identificado
con los elementos primordiales en que se expresa el estigma de las enfermedades
mentales (Uribe, 2007).
Por las conocidas investigaciones de psicólogos como Solomon Hasch
(1958), Stanley Milgram (1978), Robert Zimbardo (1971), Albert Bandura (1977)
o Robert Zajonc (1965) sabemos que la valoración y composición de nuestros
grupos de referencia, la influencia de los grupos de opinión, poder e influencia y la
información disponible, determinan la articulación e interacción de estos tres
elementos de la actitud, así como la coherencia, perdurabilidad y flexibilidad de las
opiniones, creencias y conductas mantenidas.

De este modo, según la presión o el apoyo social percibido hacia las propias
actitudes, éstas se manifestarán de manera diferente y con una coherencia interna
variable. Así, los sujetos pueden mostrar estereotipos muy fuertes pero que apenas
tienen incidencia en sus conductas, dependiendo de las valoraciones de sus grupos
de referencia, o bien, prejuicios no reflejados en sus opiniones o conductas respecto
a determinadas enfermedades, donde el contexto presiona hacia una categorización
social no discriminativa (Rosenberg y Hovland, 1960).

En consecuencia, la fuente primaria de toda actitud, así como el grado en


que se expresa, resulta de la información que nos llega proveniente de nuestros
grupos de referencia más significativos, las propias actitudes previas, el marco de
valores ideológicos, las creencias religiosas, los paradigmas científicos y los medios
de comunicación de masas, a partir de los cuales, se modulan los conocimientos y
valores adquiridos en el proceso de aprendizaje e inferencia social (Kelley y
Michela, 1980).

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Los productos de estas elaboraciones los identificamos como opiniones,
prejuicios, estereotipos, conductas de discriminación o integración y reseñábamos
que es en su articulación, donde nacen las diferencias interindividuales respecto a la
valoración, creencias y conducta frente a un grupo social o una determinada
enfermedad.
De este modo, podríamos resumir el concepto de actitudes individuales,
como aquellas imágenes mentales cargadas de significación emocional, que los
individuos elaboran a partir de la información social recibida, por las que llegamos
a tener un determinado posicionamiento o valoración respecto a un hecho interno o
externo, individual o social (MacGuire, 1985).

En concordancia con los objetivos de nuestra investigación y siguiendo a


Moscovici (1976), la elaboración resultante de todos estos procesos sociales por los
que el sujeto se apropia, explica e integra la información social respecto a la
psicosis, en su propio marco cognitivo para devolverlo a la interacción grupal, lo
denominaremos “representaciones sociales de la esquizofrenia”.

Como veremos, la exploración de ese marco social de creencias y


valoraciones compartidas sobre la salud y la enfermedad, es en sí misma, una
exigencia insoslayable que proviene de la experiencia teórica acumulada en cómo
afrontar los procesos de cambio actitudinal ante la enfermedad en general.

Durante los primeros años del 2000, la forma en que se entendía la


enfermedad obedecía a los parámetros que se deducían del llamado modelo
Epidemiológico-conductual (Gil, M.D. y Gómez, S., 2013). Sus postulados teóricos
orientaban las intervenciones bajo el supuesto de que después de un cálculo
racional e intrasubjetivo de carácter individual, las personas optaban por las
decisiones menos costosas para afrontar la enfermedad. Por tanto, era fundamental
que el proceso contara con la información adecuada e incluso exhaustiva sobre
aquellos aspectos de la enfermedad que pudieran ser decisivos para la toma de
decisiones.

Así, se esperaba que la información que subrayara la percepción de riesgo,


fuera suficiente como para activar la motivación hacia un cambio de
comportamiento.

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De este modo, se pensaba que la intervención en conductas de salud e
integración social, dependía en gran parte de la información disponible, en la
percepción de riesgo que contuviera y en el cambio de las actitudes individuales
que esta percepción pudiera ocasionar.

Finalmente, los cambios conductuales individuales nunca se dieron como


propugnaba la teoría, ni tampoco fueron estables en el tiempo y todo ello debido
fundamentalmente, al olvido de la teoría respecto a la importancia de las influencias
sociales sobre los comportamientos individuales.

El hecho de que los grupos propositivos en los que las personas están social
y emocionalmente insertas, proporcionaran informaciones contradictorias o de
significaciones variables, respecto a una enfermedad dada, supuso la aparición de
un nuevo modelo comprensivo para la relación entre la conducta y el manejo de las
enfermedades.

La nueva orientación recibió el nombre de modelo Antropológico-cultural y


centró todo su interés en como los contextos culturales específicos determinaban el
significado de la información disponible para el sujeto. Ahora, el cambio de las
normas y los valores sociales, como orden simbólico elaborado más allá del
individuo, eran los objetivos que posibilitarían una intervención que fuera capaz de
modificar los comportamientos, respecto a una enfermedad o trastorno
determinado.

Por último, el modelo mostró sus limitaciones cuando evidenció que no solo
está en juego la subjetividad del sujeto o la intersubjetividad social, sino que las
conductas se encuentran moduladas también, por los recursos materiales y
simbólicos desigualmente distribuidos (Modelo Político-social) y producidos por
instituciones sociales, sobre las que la persona no tiene ningún control y muy escasa
influencia, evidenciando así que incluso estos recursos simbólicos, en gran parte
determinan también la disponibilidad de los recursos materiales (Gil, M.D. y
Gómez, S., 2013).

Así, los discursos sociales sobre factores de riesgo, contagio, peligrosidad,


o su vinculación con el orden y la alarma social, determinan en gran medida el trato

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y los recursos que la sociedad aplica sobre determinadas personas con enfermedad
y sobre las propias enfermedades. Pero la consecuencia más importante en torno al
caso que nos ocupa, es la evidencia de que cualquier investigación o intervención
respecto a un trastorno mental, debe tener en perspectiva todos los planos de
conocimiento posibles, es decir, la esfera de actitudes individuales, su relación con
la dimensión simbólica y social de las que emergen y también, las desiguales
condiciones materiales, que se constituyen como consecuencia de la calidad y
heterogeneidad de los discursos sociales, en torno a las enfermedades mentales
(Moscovici, 1976).

Desde este posicionamiento teórico, esta investigación pone el foco de


atención sobre esos discursos sociales que informan sobre la esquizofrenia. Sobre
los contenidos simbólicos que los Medios de Comunicación trasmiten al conjunto
de la población y que por sus poderosas características, pueden llegar a ser
determinantes para la comprensión y el trato de la esquizofrenia y de las personas
que la padecen.

2.2-Antecedentes teóricos de las Representaciones Sociales

Han existido en el pasado diferentes formulaciones que han intentado


describir aquellos productos socio culturales, cuya principal característica es la de
producir espacios simbólicos de consenso, en base a las posiciones sociales que las
personas recorren a lo largo de su ciclo vital.
Formulaciones como Alma colectiva (Gustave Le Bon; Lévy-Bruhl),
Comunidad interespiritual (Gabriel Tarde), Mentalidad colectiva (Georges
Lefebvre), Representaciones o Conciencias colectivas (Émile Durkheim),
Inconsciente colectivo (C. G. Jung) o incluso, el Espíritu de la época, hacen
referencia a un acervo cultural compartido, es decir, están orientadas a definir
conjuntos de experiencias, de recuerdos que determinan que una colectividad dada,
se identifique en un pasado común o mantengan un conjunto de expectativas
compartidas, tratando de definir el conjunto de creencias y sentimientos comunes
de la mayoría de los miembros de una sociedad.
Estas representaciones colectivas, en parte, provienen del pasado y la
tradición, pero también se encuentran vinculadas a las prácticas colectivas de

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construcción de discursos sociales y de expresión de sentido, como son los Medios
de Comunicación.
De todos estos teóricos, fue Emile Durkeim (1898), el que realizó un
considerable esfuerzo al intentar a través de su obra, fundamentar las bases de un
método sociológico que tuviera una amplia comprensión de lo social. Para este
investigador francés, lo social está constituido de hechos observables que no
pueden restringirse a una derivación de la naturaleza individual o a un pacto social
determinado, sino que obedece a la creación de algo nuevo, por encima de las
individualidades subjetivas y que se expresa en su célebre concepto de “conciencia
colectiva”.

En 1961, otro investigador francés, Serge Moscovici, retomará el estudio de


esta “conciencia colectiva”. Para Serge Moscovici (1976), Durkeim no había
precisado la verdadera naturaleza de las representaciones sociales, limitándose a
señalar su existencia en ese intersticio en el que lo individual se transforma en
social, mezclando fenómenos psíquicos y sociales y haciendo extensivo el concepto
de representación social a las creencias, ideologías o mitos. Debido a estas
imprecisiones, el concepto debía ser reformulado, dotándolo de un rigor
metodológico hasta ahora insuficiente.

La tarea de Moscovici es sin duda brillante, aunque en muchos aspectos, no


consiga domeñar suficientemente y con claridad el concepto al que alude. Él
mismo, advierte en su obra de la dificultad de clarificar dicho concepto, que se
observa bien en sus derivaciones sociales, pero que se analiza mal, por su
característica posición “mixta” entre la sociología y la psicología.

El concepto de representación social, nos impulsa a pensar en una


elaboración cognitiva posterior a la percepción de un estímulo. Las ideas serían
representaciones de la realidad que se organizan en esquemas o mapas cognitivos,
estructuras arborescentes que nos ayudan a tomar decisiones, comparar y clasificar
conceptos (Moscovici, 1976).
Sin embargo, cuando aludimos a la representación social en este trabajo, no
nos referimos al estudio de estas elaboraciones individuales, sino más bien, a los

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procesos sociales por los cuales los sujetos se apropian de la información ambigua,
dotando a la realidad social de nuevos significados.

La representación, es social en cuanto ha obtenido validez en su uso


compartido para explicar la realidad a través de la relación de un determinado
grupo o grupos sociales con un objeto social dado. Aunque frecuentemente esta
explicación social de la realidad se justifique en mayor medida, por facilitar la
cohesión emocional, que por sus pretensiones reales de verdad (Moscovici, 1976).
El hecho es que diferentes grupos se refieren y elaboran contenidos de
comunicación, a partir de cualidades de los objetos sociales que son construidas en
la misma interacción grupal y que en la medida en que dicha construcción es
relevante para la sociedad, se disemina y es compartida por personas que no
necesariamente se identifican con los postulados grupales iniciales.

A través de los procesos de comunicación social, las creencias y valores


atribuidos a dicho objeto social, se transforman y se enriquecen con
conceptualizaciones, valores y creencias de otros grupos, creando diferentes
representaciones sociales de la realidad, de manera dinámica y consustancial a la
actividad económica y cultural (Brewer y Cramer, 1985; Doise 1973,1984; Jaspars
y Hewstone, 1984).

2.3 Concepto, Contenidos y Funciones de las representaciones sociales

Durante todo el siglo XIX y mediados del XX, la idea de progreso ha sido
mantenida con vehemencia por multitud de pensadores y filósofos. Las personas,
han confiado en la capacidad de la ciencia y la tecnología para desarrollar todas las
potencialidades del ser humano y aunque las críticas a ese mundo feliz y
tecnológico que auguraba el capitalismo industrial, son cada vez más acervadas y
fundamentadas, la verdad es que muchas personas del siglo XXI se encuentran
sumidas en un intercambio de conceptos técnicos que no comprenden o de los que
poseen un conocimiento fragmentario, este es el caso de las enfermedades mentales
en general y de la esquizofrenia en particular. Políticos, técnicos, filósofos y
periodistas pugnan por explicar ese mundo de chips, átomos, priones y genes sin

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conseguirlo del todo, o dicho de otro modo, cada uno lo hace según sus
conocimientos e intereses, cada uno según su lenguaje.

Las personas inmersas en ese magma de informaciones especializadas, se


esfuerzan en la comprensión del mundo en que viven, e intuyen la necesidad de
aprehender esos nuevos conceptos a fin de calibrar, tomar postura o sencillamente
lograr una adecuada interacción social con sus grupos de referencia.

Durante todo este proceso, los conceptos científicos adquieren otro


significado, son reelaborados en cada conversación, el universo del discurso social
se vuelve fragmentario y las personas acuden a los mediadores autorizados,
legitimados por sus conocimientos o prestigio social y a sus grupos de referencia, a
fin de adquirir una orientación sobre sus propias reflexiones y opiniones o
confirmar sus creencias o conductas.

Los nuevos conocimientos difundidos masivamente por los Media, son


asimilados a las estructuras de conocimientos que cada uno de nosotros ha sido
capaz de generar a lo largo de nuestra biografía y al hacerlo, el conocimiento
indirecto de un hecho social inaprensible a nuestra experiencia directa, se
transforma en certeza, en corpus de conocimiento subjetivo que crece, desaparece o
se trasmuta a partir de nuevas informaciones, nuevas experiencias, nuevos
descubrimientos.

Si nos acercamos a la representación social como producto del proceso


social, la definiremos como corpus de conocimientos sociales no
institucionalizados, cuya coherencia, jerarquía, significación emocional y
permanencia de sus elementos, dependen de la ambigüedad, difusión e importancia
social percibida del objeto al que se refieren.

Como producto y como proceso, las representaciones sociales se han


vinculado con las actitudes individuales, considerándolas como el factor evaluativo
conductual y factor primario de las representaciones sociales (Parales-Quenza,
2007). También se ha explorado la relación de las representaciones sociales y la
construcción de identidad personal y social (García Martínez, 2008; Gezentsvey,

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2011); Con la conducta y la ideología (Howarth, 2014); Con conductas de salud y
solidaridad (Moloney, 2015); Con conductas de comprensión, prevención y
afrontamiento de enfermedades infecciosas como el VIH (Baptist, 2015); Con
factores de riesgo, protección, prevención y consumo de drogas (Martínez
González, 2006); En la construcción de la identidad de género (Lloyd, 2010) y por
supuesto, con las representaciones de la enfermedad mental (Ayestaran y Páez,
1986; Mestre, 2002).

Las representaciones sociales en su génesis, son siempre elaboraciones de


grupos reflexivos, es decir, grupos sociales que se identifican con determinados
postulados, creencias o valores que les definen como grupo homogéneo y que
permiten su identificación por parte de los exogrupos con los cuales interaccionan
(Moscovici, 1984). Por ello, las representaciones sociales no se definen por sí
mismas en tautológicas explicaciones circulares, sino que requieren la acción de
agentes sociales en los que reside su génesis, por lo que no todos los objetos
sociales poseen una representación social.

Por otra parte, los mecanismos de cognición social como la atención,


codificación, memoria e inferencia, citados por Wagner y Elejabarrieta (1995), se
refieren predominantemente, a la cognición fría más que a la significación
emocional de los objetos sociales, diferenciándose cualitativamente de aquellos por
los que las representaciones sociales llegan a existir y desarrollarse: la actitud, la
información y el campo de representación, identificados por Moscovici (1976),
como las tres dimensiones constituyentes de la representación social. Siendo la
objetivación y el anclaje, los procesos por los que el conocimiento social se
transforma en representación social (Jodelet, 1986).

-La objetivación se refiere a la transformación de conceptos extraños,


ambiguos o inaprensibles en imágenes cercanas o compartidas por los sujetos. Se
trata de reabsorber un exceso de significados, materializándolos. Los mecanismos
que actúan en dicho proceso son la descontextualización, la transformación icónica
y la naturalización de la información (Jodelet, 1986).

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La descontextualización reduce y simplifica la información disponible
eliminando parte de la información recibida. Así, el contexto de las nuevas
informaciones desaparece y se concentra en imágenes (transformación icónica),
que fundamentalmente resumen, no la importancia real del objeto comunicado, sino
los rasgos identificados como importantes por el cuerpo social (Palmonari y Doise
1986).
Este proceso culmina con la generación de un núcleo figurativo de la
representación social, que destaca en imágenes, los conceptos y los sentimientos de
mayor representatividad social del objeto.

Al respecto, la locura en este contexto, no aparece como una enfermedad,


sino como un problema de falta de conciencia o autocontrol, que tiene que ver con
una parte del cuerpo, la cabeza, o un lugar indefinido, “los nervios” y que de
acuerdo con los medios de comunicación suele estar involucrada en actos de
agresión a personas.
Una vez aislado del contexto científico, la enfermedad mental adquiere,
naturaleza y ubicación propia y lo que es más sugerente, todo un sistema de
conducta que pretende ser adaptativo, ante el esquema:

Locura:
Nervios-falta de control-agresión-distancia social-institucionalización

La naturalización (Moscovici, 1976), se produce al sustituir los conceptos


teóricos en entidades físicas, lo simbólico pasa ser realidad. No percibimos al
concepto como un conjunto de informaciones sino como una entidad real,
independiente y ontologizada. Preguntas de estudiantes como, ¿qué glándula
endocrina secreta la libido?, o las referencias a la memoria a corto y largo plazo
como entidades físicas, cajas compactas y autónomas, que realmente conforman
orgánicamente el recuerdo, son resultados típicos de este proceso.
Sin embargo, no debemos entender este hecho como parte de una
degeneración de conceptos prístinos que van perdiendo su pureza hasta derivar en
una imagen imperfecta del original, ya que las representaciones sociales son
realmente construcciones sociales nuevas, sobre conceptos que también son

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expresados y originados a partir de la interacción social, afectando con ello hasta
las formulaciones más rigurosas de la ciencia.

-El anclaje es el otro proceso por el que actúan las representaciones sociales.
“Proteico” para Moscovici (1976), excesivamente dúctil para otros investigadores,
supone el proceso de integración cognitiva por el que los nuevos conceptos son
insertados en una red preexistente de significaciones. El anclaje se relaciona
cognitivamente con procesos de inferencia y categorización social.

A través del anclaje se explica además, la asignación de significado de la


representación social. Esta, es una función del proceso de anclaje que nos informa
del campo representacional y de los contenidos resultantes de la interacción entre
grupos, así como de su relación con los elementos culturales de una sociedad. De
este modo, la enfermedad mental puede tener un significado de trastorno y
discapacidad o por el contrario de liberación de la creatividad y fantasía humana, de
curable o crónica y consecuentemente, de su tratamiento a través de fármacos o de
la rehabilitación psicosocial, en la medida que dicha asignación de significado, se
difunda por la sociedad a partir de diferentes enfoques científicos.
La función del anclaje, es determinar las transformaciones que el objeto
representado causa y asume a la vez, a partir de la estructura representacional
existente en el individuo. Al mismo tiempo, intenta explicar la funcionalidad de lo
representado en cuanto a su instrumentalización social.

Puesto que toda representación es un manual de conocimiento práctico, la


instrumentalización dentro del proceso de anclaje, determina la funcionalidad social
de la misma y legitima los procesos de categorización social. Así, podemos
permanecer apartados del enfermo mental o propugnar su reclusión de acuerdo con
la vaguedad, firmeza o significación de la representación social que compartimos.

En otro sentido y en el ámbito descriptivo, el proceso de anclaje explicaría


adecuadamente la instrumentalización que de las representaciones sociales realizan
los grupos según sus fines y creencias. La consecuencia que se deriva de dicha
utilización es el hecho de que las representaciones sociales no sólo expresan
relaciones sociales, sino que también las crean o transforman (Jodelet,1986).

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En cuanto a los elementos de una representación social, se suelen describir
como proposiciones, reacciones y evaluaciones que se expresan en un universo de
opiniones propio de cada grupo social, en este sentido, habrá tantos universos de
opiniones como clases, grupos o mentalidades existan.
Valores, opiniones, creencias, informaciones, imágenes, actitudes,
categorías, esquemas, estereotipos o juicios han sido mencionados por diferentes
investigadores como los elementos más básicos que componen las dimensiones de
la representación social (Moscovici, 1976; Herzlich, 1975; Hewstone,1982; Ibáñez,
1988).
Todos estos elementos interactúan entre sí a través de una estructura
dimensional propia que define la representación social. Moscovici, en su estudio
sobre el psicoanálisis (Moscovici, 1976), identifica tres dimensiones propias de toda
representación, la actitud, la información y el campo de representación.
Siguiendo a Moscovici (1976) la actitud es citada en su estudio como el
componente unidimensional valorativo de la representación. Es un marco de
tendencia conductual, derivado de la implicación emocional que los sujetos o
grupos establecen con el objeto social. El componente actitudinal de la
representación actúa aún en los casos en los que los sujetos no poseen información
suficiente sobre el objeto social, impulsándoles a la acción según la intensidad de su
valoración emocional.
La información modula y organiza el contenido de la representación, así la
cantidad de información que un grupo puede tener sobre un hecho social determina
las características informativas de la representación. La accesibilidad al
conocimiento científico, a los medios de comunicación, al contacto cara a cara, el
tipo de liderazgo ejercido en los grupos o las ideologías y creencias implicadas en
la recogida e interpretación de la información determinan cualitativamente la
representación del objeto social.
El campo de representación supone el concepto más característico de la
representación, ya que las actitudes y el proceso de información no son novedosos
en los tópicos de la psicología social. En cualquier caso, Moscovici señala la
interacción de estos tres elementos y apunta al campo de representación como el
verdadero núcleo organizador y descriptivo de la representación social.

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Esta organización se realiza a partir de un núcleo figurativo (el concepto o
conceptos que forman el sentido más básico y representativo de una
representación) alrededor del cual, se estructuran el resto de elementos. Este núcleo
confiere significado e integra el resto de conceptos, constituyéndose a través del
proceso de objetivación.
En esquizofrenia, podríamos encontrar por ejemplo, como núcleo
central la agresión y alrededor de ella, conceptos periféricos como enfermo,
peligroso, imprevisible, etc. Este sistema periférico sería mucho más sensible al
cambio según la intensidad de su relación con el núcleo central (Abric, 1994).
Las relaciones entre nodo central y el sistema periférico son expresadas
cualitativamente, ya que es el primero quien concede significado al resto de
conceptos periféricos.
Este mismo autor señala la función generatriz y organizadora del núcleo
central cuya característica más saliente es dotar de estabilidad a la representación
social. La organización interna se estructura a través de esquemas conceptuales que
entrelazan los elementos de la representación y permiten explicar la variabilidad
individual dentro de una representación (Flament, 1989).

Todos los elementos de la representación se estructuran en esquemas que


orientan las decisiones y la conducta, expresándose a través de opiniones, actitudes
o creencias y ello no podía ser de otro modo, puesto que el núcleo o sistema central
de una representación según el mismo Abric (1994), proviene de las condiciones
históricas, sociológicas e ideológicas, por los sistemas de normas y por la memoria
colectiva de un grupo social, constituyendo la base común de los grupos para
constituir las representaciones sociales.
En este contexto el análisis viene dado por la significación social del objeto,
al considerar la representación como un producto de los valores de una sociedad
dada. En este sentido es adecuado subrayar que las investigaciones experimentales
que demuestran la existencia de relaciones significativas entre la conducta y las
representaciones que poseen los individuos, tal es el caso entre otros, de los trabajos
de Abric (1971, 1984, 1989), Apfelbaum (1967), Codol (1970 a y b) y Flament
(1971,1979). En este contexto las representaciones sociales aparecen como
procesos que generan o modifican comportamientos, por lo que se recurre al

18
control de variables y a un esquema experimentalista de investigación (Abric, 1984;
Codol 1970; Flament, 1971).
En relación con lo anterior, la presente investigación se enmarca en el
interés de cómo se produce la asignación de sentido social a la esquizofrenia,
partir del anclaje en los productos culturales y sociales preexistentes y como
expresión de determinados valores sociales (Herlich,1969 ; Kaes, 1968), sin que en
las conclusiones de nuestro trabajo, nos sean ajenas las líneas de investigación de
Di Giacomo (1987) o de Doise (1973,1984) ya mencionadas, centradas en los
procesos de cambio social y su relación con las representaciones sociales, o los
trabajos de Bourdieu (1980, 1997).

De lo expuesto hasta aquí podemos deducir algunas de las funciones


esenciales de las Representaciones Sociales señaladas por diferentes investigadores
(Ibáñez, 1988; Páez 1986; Jodelet, 1986a; Abric, 1993).
En primer lugar y de acuerdo con estos investigadores, es destacable el
papel de las representaciones sociales en la conformación de la comunicación
social. Esta depende de un sistema simbólico cotidiano a los interlocutores, pero
también estos deben participar de un fondo común representacional sobre
fenómenos sociales compartidos. La transformación o perdurabilidad de los
contenidos del discurso social también depende de la capacidad de las
representaciones sociales de integrar la información nueva o ambigua que resulte
relevante para los individuos o grupos.
En un sentido bidireccional, las representaciones sociales también están
presentes en los procesos de formación de las identidades grupales y personales y
por tanto en la configuración y objetivos de los agentes sociales.
Por otro lado, la representación de un objeto social orienta nuestra
valoración y conducta sobre el mismo, nos proporciona el marco informativo y
valorativo suficiente sobre la asignación de sentido grupal, sobre el que construir
nuestras actitudes y conductas en interacción con el entorno social.
De lo anterior se deduce que cuando constatamos la existencia de
estereotipos negativos y perjuicios en la imagen de la esquizofrenia en los Medios
de Comunicación, no estamos solamente ante estados de opinión pasajeros, sino
que su continuidad y permanencia, nos abocan a considerarlos inevitablemente
como estructuras de conocimiento estables. Espacios simbólicos de referencia que

19
las personas interiorizan en su actitudes, fundamentalmente desde un elemento
tremendamente emocional y por tanto, de gran compromiso intrapsíquico
(Moscovici, 1976).
Son por ello, procesos de comunicación que por su carácter social influyen
en la preservación o el cambio de los sistemas de creencias existentes y por tanto,
en la conservación de los actuales grupos de poder o su sustitución, así como en la
variabilidad de un determinado orden simbólico y cultural dominante
(Ibáñez,1988).
En resumen, las representaciones sociales estarían implicadas en la
formación de la identidad individual y grupal al proporcionar universos simbólicos
compartidos. En la orientación de nuestra conducta y actitudes al mostrar un marco
valorativo e interpretativo de la esquizofrenia y en la asimilación o reproducción de
las ideologías y creencias dominantes y por tanto, en la legitimación de
determinados grupos profesionales y sociales, o bien, en su sustitución por otros a
partir de la integración de la novedad.

3.- Influencia de los Medios de Comunicación y Representaciones Sociales

Una representación social no es una opinión sobre, sino una verdadera


teoría, un universo de opiniones según las palabras de Moscovici (1976), teorías
con valor de verdad, por las que la práctica social se transforma en pensamiento
individual.
Estos universos de opiniones están sujetos a la presión social (Noelle
Neumann, 1980, p.8), caracterizada por el hecho de que “las personas observan su
propio ambiente social, están atentas a la manera de pensar de las que tienen
cerca, que son conscientes de las tendencias de cambio de opiniones; Los
individuos toman nota de cuáles son las opiniones que ganan terreno
convirtiéndose en dominantes”.
De este modo, los sujetos, en base a preservar su rol social en las
interacciones cotidianas, se vuelven permeables a la asimilación de ideas ajenas o a
la influenciabilidad de las propias por la “opinión pública”, convertida así, en
“opinión dominante que obliga a la conformidad de actitud y comportamiento, en
la medida en que amenaza con el aislamiento al individuo disconforme” (Noelle
Neumann, 1974, p. 52).

20
La presión a la conformidad ejercida por los grupos sociales sobre los
sujetos, ha sido estudiada de modo sistemático desde la década de los cincuenta, a
partir de los trabajos pioneros en este campo de Solomon Asch y otros
investigadores ya aludidos. Estas investigaciones demostraron que la influencia
grupal está mediatizada por variables como, la complejidad perceptiva del hecho, la
dificultad y cercanía de la tarea o el número y la unanimidad de la opinión
mayoritaria.
Es necesario puntualizar que esta influencia no necesariamente conlleva a la
uniformidad de conductas y opiniones, ni el logro de efectos directos y estables
sobre las personas, pero no cabe ninguna duda respecto al hecho objetivo de los
descubrimientos de Asch respecto a que las opiniones coincidentes con nuestros
grupos de referencia o aquellas aceptadas mayoritariamente, se expresan con mayor
libertad por los sujetos, que en la totalidad de los casos encuentran refuerzo y
satisfacción al expresarlas, mientras que las opiniones o conductas minoritarias o
discordantes se canalizan con dificultad y gran esfuerzo en las interacciones
sociales. Así, los grupos sociales potencian o disuaden determinadas formas de
pensar, sentir y actuar.
Por tanto, es posible afirmar que la información en cuanto es compartida por
un mayor número de personas, tiende a crear estados de opinión, creencias, valores
o conductas dominantes y que estos serán estables, en el grado que interactúen con
las características culturales y económicas adquiridas por una sociedad dada, a lo
largo de su proceso histórico, dotándolos de funcionalidad y dinamismo.
Dicho de otro modo, las ideas y valores que alcancen mayor persistencia y
difusión serán aquellas de mayor influencia social (Berger y Lukcmann, 2003).
Desde este punto de vista, la aparición y desarrollo de las representaciones
sociales está influenciada por la difusión de la información que los grupos sociales
impulsan o silencian, de acuerdo a sus intereses y necesidades.

A partir de la década de los sesenta del siglo pasado, la sociedad ha


experimentado un cambio que nos introduce en lo que Castells llama la sociedad
red. Una sociedad en la que la identidad se construye a partir de la disyuntiva entre
lo global y lo local, donde los seres humanos sobre la base de su comprensión y

21
participación en esta era informacional, organizan sus intercambios simbólicos en
el contexto predominante de las tecnologías de la información (Castells, 1997).
La construcción de la propia individualidad se encuentra influida por estos
procesos de comunicación medial, que por su importancia y extensión modula todas
las interacciones de la sociedad red.
Ello no significa que los Medios tengan una influencia tan poderosa que
permitan derribar sin más, la selectividad y filtraje del receptor, sino que debido a
su potencial de penetración y presencia social, la realidad cotidiana, la política, la
religión o la ciencia han quedado atrapadas bajo el dominio de los Medios, dejando
para la marginalidad a todas aquellas expresiones que se encuentren fuera de los
mismos.
Por esta razón, a mi juicio y de acuerdo con Castells (1997), las
Representaciones Sociales junto con los Medios de Comunicación suponen las dos
categorías fundamentales de la sociabilidad de los grupos humanos en esta nueva
era informacional.
Los Media significan una poderosa e influyente herramienta para la difusión
de la cultura. Aún si reducimos la misma a los meros instrumentos y avances
tecnológicos, deberíamos reconocer que ellos mismos en este sentido, son parte
fundamental de la cultura de nuestro tiempo. Pero es la interacción social lo que
fundamentalmente le proporciona el alcance de su influencia y repercusión en la
interpretación de la realidad. Por ello, podemos afirmar que las instituciones
informativas nucleadas en torno a los Medios de Comunicación de masas, proponen
modelos y valores sociales que generan marcos de interpretación de la realidad
asumidos y legitimados por el pensamiento social (Bueno Abad, 1996). Este hecho,
de importancia fundamental, es el que dota de historicidad y sentido al análisis de
las representaciones sociales a través de la influencia de los Medios de
Comunicación.

Las primeras investigaciones sobre los efectos de los procesos de


comunicación en los grupos sociales se remontan a 1896, con los estudios de Le
Bon, que identifica a la masa con una estructura en la que predominan los instintos
primarios frente a los valores sociales, la desindividualización o disolución de la
identidad personal, el contagio como modo de propagación informacional dentro de
la masa de actitudes y emociones colectivas, y por último, la sugestionabilidad de

22
los sujetos, en tanto que participantes en una masa colectiva con las características
irracionales descritas.
McDougall en 1921 y en la misma línea de Le Bon, caracterizará a las
incipientes manifestaciones colectivas de los grupos sociales, como portadoras de
“un pensamiento que se desarrolla en un plano inferior al de los individuos que lo
forman”. En cierto sentido, el grupo opera en el sujeto como degradación de su
individualidad. Las características de la masa para este investigador, se centran en
una similitud de intereses y emociones entre los miembros de la misma y la
existencia de un cierto grado de homogeneidad mental entre sus individuos.
Pasaría algún tiempo para que esta visión del grupo social quedara en
entredicho a través de los trabajos de Sheriff, Asch y Lewin, fundadores de la
psicología social y que demostrarían con sus investigaciones que la división entre
individuo y grupo no es tan nítida y determinante como los modelos anteriores
pretendían, sino que los valores, emociones y normas del propio individuo, se
interiorizan a partir de creaciones ocasionadas en la interacción grupal. Los grupos,
lejos de ser entes sin normas establecidas, tienen objetivos, se rigen por conductas
ritualizadas y mediatizadas por la influencia de sus miembros, su capacidad de
gestionar los conflictos con el entorno, por el estilo de liderazgo y por la capacidad
de potenciar o minimizar las individualidades de las personas que los integran.

Sin embargo, las primeras teorías sobre los efectos de los Medios de
Comunicación, estuvieron presididas por una serie de supuestos nunca demostrados
que obedecían a conceptuar a las nuevas manifestaciones de comunicación social,
como la masa irracional descrita sobre la base de las teorías de Le Bon y
McDougall.
Las teorizaciones de Pareto, Ortega y Gasset y tantos otros, seguían
incidiendo sobre la homogeneidad de la masa social, su vulnerabilidad hacia los
mensajes sencillos y su indefensión por la irracionalidad de su sistema de
pensamiento.
En realidad, existía un pasado todavía latente que traslucía un cierto temor
ante la acción de las masas y una problemática social implícita en la definición de
la libertad y el individualismo, del que encontramos los primeros ecos en las
conferencias de Benjamín Constant en 1819 (Mosse, 1997), sobre la irracionalidad
del pensamiento de Rousseau y el problema de ceder la soberanía a las masas, lo

23
que, según este autor, llevaría directamente a la guillotina de la plaza de la
Concordia. Sobre todo, a aquellos que no supieran diferenciar y asegurar los
distintos saberes, uno racional, egregio y selecto, científico o religioso y otro
devaluado, insustancial, irracional y casi folclórico.

Por otro lado, el periodo de entre guerras y el propio conflicto armado que
supuso la II Guerra Mundial, parecían confirmar esta visión de grandes colectivos
humanos dirigiéndose, por la eficacia de sus líderes y el poder de los Medios de
Comunicación, a una aventura autodestructiva de proporciones planetarias.
Los esfuerzos bélicos centrados en parte, en el objetivo de ganar la batalla
propagandística, y el fortalecimiento de la incipiente sociedad de consumo masivo
de la postguerra, cristalizarían en la obra de Lasswell (1971) en una serie de
presupuestos teóricos dispersos respecto a los Medios de Comunicación a los que se
etiquetó como Teoría Hipodérmica (Wolf, 1974).
Esta teoría presuponía que el comportamiento de los individuos puede ser
determinado por los Medios de Comunicación, de acuerdo con las características de
aislamiento e indefensión de los sujetos que forman las masas pasivas e
irracionales.
Las personas desarraigadas de sus entornos culturales tradicionales y
aisladas en una sociedad urbana homogeneizada, reciben individualmente el
mensaje y reaccionan mecánicamente ante los estímulos informativos. Por tanto, se
pueden generar nuevas actitudes o cambiar las existentes, ya que los receptores del
mensaje forman parte de una masa atomizada y pasiva, ¿No quedó demostrado tal
supuesto con ejemplos tan notorios, como la emisión radiofónica de Wells sobre la
Guerra de los Mundos?.
La década de los treinta significó el apogeo de esta teoría, pero también, el
inicio de nuevas corrientes de investigación. Los primeros estudios de La Piere en
la década de los sesenta del siglo XX, en su análisis de las actitudes ante los
prejuicios raciales, sentarán las reflexiones iniciales que culminarán en un cambio
de paradigma científico.
La Piere (1967), comprobó en su estudio de campo, que las actitudes,
opiniones y creencias de las personas, no necesariamente tienen que coincidir con
las conductas que desarrollan. Esta línea de investigación tuvo su correlato inicial

24
en el modelo jerárquico de los componentes de las actitudes de Rosenberg y
Hovland (1960).
Este modelo al que ya hemos hecho referencia, propugna que la actitud está
formada por tres componentes básicos, de modo que la actitud puede originarse o
bien por un cúmulo de información sobre el objeto, por una relación emocional o
bien, por una interacción conativa o conductual. Recordemos por tanto, que las
personas nos relacionamos con los objetos sociales a través de diferentes planos,
cognitivo, emocional y conductual. El marco valorativo que los interrelaciona es la
actitud en sí.
Lo esencial de este modelo en relación con el objetivo que nos ocupa, está
formado por las consecuencias que se derivan respecto a la influencia de los Media.
A partir de dicho análisis, se puede concluir que un mensaje puede incidir sobre
alguno de los componentes de la actitud, sin que dicho cambio afecte a la conducta
del individuo. Esto significa que sería perfectamente comprensible que un mensaje
medial sobre la esquizofrenia, incidiera sobre las creencias de prejuicio pero no
sobre las conductas de discriminación o a la inversa.
En la década de los cincuenta, Lasswell (Wolf, 1996), iniciará una serie de
trabajos respecto a los Medios de Comunicación que pondrán de relieve la siguiente
conclusión: Los componentes de la audiencia tienden a exponerse a la información
más afín a sus actitudes y a evitar los mensajes que les resultan discordantes.
Estas actitudes son aprendidas en un marco social, donde las interacciones
entre las personas forman un conjunto de significados, quizás diferentes o
antagónicos a los mensajes que provienen de los Media.
Si la investigación había sentado las bases para dudar seriamente de la
relación automática entre modificación de actitud y conducta, además se constataba
que las personas seleccionan los mensajes que confirman sus actitudes y evitan los
discordantes con las mismas.
La teoría Hipodérmica había supuesto la existencia de un impacto directo de
los mensajes sobre los sujetos y como consecuencia de la comprobación de tal
supuesto, comenzaron los estudios de tipo experimental que descubrieron que los
efectos de los Media estaban siendo anulados o mediatizados por diferentes
variables de carácter individual y social (Wolf, 1996).

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Básicamente, los estudios experimentales se centraron en tres aspectos de la
cuestión, el primero se centraba en las diferencias individuales y la forma que estas
podían incidir en la selección de un programa o en la exposición a determinados
mensajes.
El segundo aspecto se centró en las características del mensaje como
vehículo de información (Reardon, 1981).
El tercero hacía referencia a la influencia de los grupos sociales en la
construcción y difusión de la información medial.

Los estudios de esta corriente experimental psicológica de carácter


cognitivo (Wolf, 1996) se pueden sintetizar en los siguientes factores:

A) Factores diferenciales de la audiencia:


1-Interés variable por adquirir información.
2-Exposición selectiva a los mensajes dependiendo de las actitudes
preexistentes.
3-Existencia de un conjunto de significados precedentes en el sujeto que
generan una interpretación del mensaje que realza o disminuye algunas
partes del mismo o le confiere otros significado.
4-Los aspectos de la información coherentes con las propias actitudes y
opiniones son mejor recordados que los demás, esta tendencia se acentúa
con el paso del tiempo, se trata por tanto de una memorización selectiva.
5- Los grupos significativos a los que pertenece la persona, suministran un
marco de valoraciones y experiencias emocionales sobre la información
disponible en el Medio social, que cualitativamente potenciará o disminuirá
su interés y también sus posibilidades de expresión.

B) Factores vinculados al mensaje:


1- La credibilidad y competencia de la fuente, centrada en la reputación y
conocimientos del emisor sobre el tema, aumentará la influencia sobre las actitudes.
2- El orden de los argumentos, variarán los efectos sobre las opiniones si se
presentan en primer lugar o al final de la exposición.

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3- La exhaustividad de las explicaciones, referidas a aquellos mensajes que
contienen por igual los puntos a favor y en contra.
4- La explicitación de las conclusiones, que analizan la eficacia de un
mensaje respecto a clarificar o no cuál es la conclusión o síntesis del mismo.

Si efectuamos una recopilación de las diferentes líneas de investigación,


podemos observar que las primeras teorías hacían posible la manipulación como
efecto de los Medios de Comunicación, y que este concepto es sustituido en el
modelo anterior, por la influencia de los Media a través de la persuasión.
Es evidente que el modelo psicológico al que hemos hecho referencia,
admite la posibilidad de efectos sobre la audiencia, a condición de que el análisis
previo de la misma y las características del mensaje “sorteen las defensas” del
receptor.
Esta teoría sumamente descriptiva, dejaba sin resolver aquellos aspectos que
influencian a la audiencia en aquellos factores que inciden sobre la composición
diferenciada de los públicos. Por otro lado, se basaban principalmente en estudios
de laboratorio de tipo experimental, donde no aparece generalmente una variable
fundamental, aquella que se refiere al contexto social de la situación comunicativa.

Otras orientaciones teóricas cubrieron este olvido en el análisis de la


influencia de los Medios a través de modelos como el de los Efectos Limitados
(Wolf, 1996).
De clara orientación psicosocial, describe cuál es la influencia de los
mensajes en el entorno natural en que se desarrollan. Para este modelo, la
comunicación ejercida por los Medios, se produce en un contexto social
determinado históricamente por otras Instituciones socializadoras, a la vez que es
reelaborado por el sujeto de acuerdo con los grupos en los que se adscribe.
Así, el campo de investigación se centró en variables como los grupos
religiosos, familiares, status socioeconómico, líderes sociales de opinión o
características sociológicas relacionadas con el sexo y la edad. De acuerdo con esto,
Wolf (1994), sostiene que la eficacia de la comunicación de masas está muy
relacionada y depende en gran medida de procesos de comunicación no medial de
la estructura social en la que vive el individuo.

27
La consecuencia fundamental de las teorías mencionadas se resume en el
hecho concreto, de que las actitudes de los sujetos son generadas y modificadas a
través de las relaciones interpersonales y que estas son moduladas por los Medios
de Comunicación.
Así, ambas variables deben ser estudiadas de modo interdependiente, puesto
que mutuamente se relacionan y contribuyen a generar un mundo de significados en
los que el mensaje de los Media es reelaborado de acuerdo a la influencia social
ejercida sobre y por los individuos en los grupos a los que se adscriben (Castells,
1997). La interacción social y la experiencia cotidiana de las personas, implican una
negociación con el entorno del que forman parte los Medios, determinando con
ello, la selectividad diferencial hacia los mensajes, su aceptación o no, la
comprensión y retención de los mismos, así como sus efectos a largo plazo.
De acuerdo con estas variables (Reig, 2013), la influencia de los Media iría
desde la conformidad con el mensaje, que traduciría una adscripción mecánica y
artificial del sujeto con el fin de evitar algún castigo o discriminación del grupo al
que pertenece. La identificación, que implica la aceptación del mensaje tanto
pública como íntimamente, pero al objeto de mantener un rol asignado por el grupo.
Y por último, la internalización en el que el mensaje es aceptado por ser coherente
con su cosmovisión y su sistema de valores.
La influencia por tanto, no es una cuestión del todo o nada, ni afecta a la
conducta necesariamente, ni puede ser obviada del entorno social en la que se
produce. Los efectos de los Media no pueden entenderse totalmente desde una
perspectiva de cambio individual, sino que adquieren su verdadero significado en
un entorno social determinado, donde conforman las Representaciones Sociales que
los sujetos poseen de los objetos sociales.

Sabemos que la influencia de los Media se da a partir de la emisión de


mensajes persuasivos que operan en la modificación de opiniones, pero la
influencia sólo será duradera y global si atañe al entorno social, es decir, si dirige
sus esfuerzos a la modificación o reforzamiento de las Representaciones Sociales
de la enfermedad y la salud, a través de la presentación y difusión de nuevos
paradigmas científicos o la modificación de los actuales desde un poder de difusión
global, continuado y pormenorizado (Moscovici, 1976).

28
De este modo, el cambio de opiniones y actitudes se relaciona con los
intereses y valores de grupos sociales consolidados o emergentes de intereses
grupales contrapuestos y de las Representaciones sociales que emergen de dicha
dinámica social. Si los enfermos con esquizofrenia son percibidos como
amenazadores para los intereses de la mayoría de grupos sociales, y si los grupos
sociales que la definen de manera ajustada, resultan ser minoritarios y poco
influyentes, en esta dinámica simbólica a la que aludíamos, la esquizofrenia
reflejará, sin duda, este tipo de relaciones sociales.
Llegados a este punto, podemos resumir las teorías expuestas al menos,
desde sus limitaciones. Si las primeras teorizaciones sobrestimaban la
influenciabilidad del espectador, las últimas, prácticamente lo conceptúan como el
único sujeto válido y determinante dentro del proceso informacional.

Si los Media ejercen algún tipo de influencia, desde luego no desearían otra
formulación, ya que les permitiría difundir sus mensajes, no como producto de
grupos determinados, sino como mero y fiel reflejo de la realidad, lo que a la postre
legitima en la práctica su influencia.
Sin embargo, los Medios de comunicación permiten el cambio de actitudes
sólo si tienen en cuenta las diferentes condiciones sociales de la audiencia, las
características del mensaje, los grupos de opinión que operan en la sociedad, así
como la información previa que posee el individuo a partir de las representaciones
sociales de la realidad, y sus efectos pueden ser sólo nominales y superficiales o
bien conseguir la interiorización del mensaje.
Obviamente, esto no se consigue siendo exclusivamente el reflejo de una
sociedad dada, como proclama el modelo de Efectos Limitados, sino que implica
una intencionalidad en la modificación de actitudes como principio necesario a
todo mensaje que pretenda ser persuasivo.

Los Media, desarrollan su influencia en el aspecto social, ejerciendo sus


efectos a través del fortalecimiento y difusión de las imágenes y conceptos que sus
respectivas Agendas mediáticas acuerdan, reforzando o relativizando las diferentes
Representaciones Sociales de la realidad, según sus intereses y necesidades.
Estas operan de manera incipiente o estructurada en las redes sociales, como
resultado de la dinámica e interacción de diferentes grupos sociales de los que los

29
propios Medios forman parte. Los mecanismos por los cuales ejercen dicha acción,
están descritos en diferentes modelos de comunicación que inciden sobre la
importancia de la interacción social en el proceso comunicativo. Algunos de los de
mayor relevancia, son modelos como el denominado Agenda Setting (Shawn,1979)
o La espiral de silencio de Noelle Neumann (1974).

Los presupuestos de la Agenda Setting son resumidos por Shaw (1979, pp.
96-105), indicando que como consecuencia de la acción de los Medios, el público
es consciente o ignora, presta atención o descuida, enfatiza o pasa por alto,
elementos específicos de los escenarios públicos.
Los Media determinan una agenda al espectador de lo que es importante,
ordenan los temas respecto a los cuales es conveniente hablar, orientan sobre con
qué o quién alinearse, describen la realidad social de un modo propio, sobre temas
respecto a los cuales las personas no tienen más información que los Medios de
Comunicación. Pero la magnitud de su influencia, será determinada por su
interacción con las redes sociales del sujeto y sus características personales, sin
olvidar que estas redes también están recibiendo el mensaje persuasivo de los
Media.
Wolf (1996) incidiendo sobre este punto, comenta que: “En la medida en
que el destinatario no está en condiciones de controlar la exactitud de la
representación de la realidad social, sobre la base de ningún estándar al margen de
los Media, la imagen que se forma mediante esta representación, acaba siendo
distorsionada, estereotipada o manipulada”. La influencia voluntaria o involuntaria
de los Media por tanto, radica en su capacidad de representación de una sociedad
compleja e inasible para el sujeto en todos sus extremos, y en su poder de
referencia como sistema integral y global de comunicación.
Los Media no proporcionan sólo noticias, sino también las categorías en las
cuales enmarcar el objeto social analizado, proporcionan a las personas los
elementos comunes necesarios para que estas formen las Representaciones Sociales
de aquellos aspectos de la ciencia o de la sociedad que no entienden o no pueden
adquirir de otro modo.
Determinan la importancia de los temas que serán objeto de comunicación
interpersonal y también, la centralidad de los mismos respecto al propio discurso
de los Media. Estos son criterios por los que la influencia social de los Medios de

30
Comunicación se desarrolla. A estas características hay que añadirles la existencia
de algunos mecanismos específicos que tienen que ver con la industria masiva de
comunicación en mayor medida que con una sociedad de masas (Quirós, 1998).
Por lo que las personas, consumen información masiva perfilada por las
condiciones del propio sistema informacional, que por ello ofrece un producto
informativo elaborado, una representación de los hechos que se transforma en
social, en la medida en que es originada, respaldada y asimilada por los grupos
sociales.

Las características de esa industria masiva de comunicación, determinan la


mecánica de la Agenda Setting, que no se define exclusivamente por un
determinado orden de presentación, o la jerarquización y centralidad de sus
contenidos, sino que también comparte las características por las que los Media
intervienen en los contenidos de una determinada cultura, y por las que influencian
el conjunto de conocimientos que forman la realidad social. De acuerdo con Shawn
(1979) los Media intervendrían en ella de forma dinámica, a través de los procesos
caracterizados por:
a-La acumulación
En base a esta característica, los Media se comportan como un sistema
global, capaz de crear y mantener la importancia de un tema gracias a su poder de
repetitividad. Esta repetitividad, es susceptible de generar efectos indirectos y a
largo plazo a partir de la intervención acumulativa en la cotidianeidad.
b-La consonancia
Que implica la similitud de los mensajes emitidos, por las características de
la industria informativa en la adquisición de noticias y que provoca homogeneidad
tanto en la factura de las mismas como en sus contenidos.
c-La omnipresencia
De los mensajes de los Media, ya que están presentes no sólo en todo tipo de
soportes comunicativos, sino también, en la interacción de las personas
independientemente del contexto social que ocupen.
d- El tamaño de las empresas y su capacidad de adquirir noticias
Ya que de esta variable, depende su accesibilidad y capacidad para adquirir
las noticias en los círculos comerciales dedicados tal fin. La necesidad de generar
masivamente noticias para todos los Media de una gran empresa, genera la

31
inclusión de paquetes de información tratados y distribuidos de manera previsible y
de acuerdo con la planificación de la producción, similar a cualquier otro producto
comercial. La escasa capacidad del tamaño empresarial puede, por el contrario,
generar dependencia de otros Medios más poderosos o la especialización en
noticias localistas o caracterizadas por su carga emocional (Sucesos), limitando su
capacidad informativa al seguidismo de otros Medios a los que se tiene por
referencia.
e- Las necesidades de la publicidad
Determina la dependencia de las casas anunciadoras y la influencia de
posibles grupos de presión en la configuración de la agenda y en el contenido,
factura y contexto de la información. Es difícil describir las excelencias de las
fuentes de energía ecológicas, si tu mayor anunciante o incluso el Consejo de
accionistas están presididos por las Eléctricas. Es costoso, aunque no imposible,
enfrentarse al sistema productivo del que se obtienen cuantiosos ingresos o del que
depende la propia permanencia del Medio.
f- El suministro de noticias a los Medios de comunicación
En la relación simbiótica entre las fuentes políticas y económicas poderosas
de información y los Media, tanto por necesidad económica como por reciprocidad
de intereses. Por otra parte, ante el coste y la imposibilidad de cubrir todos los focos
de opinión, los Medios, recurren a otros Medios, Instituciones o Agencias en una
especie de afinidad burocrática que les aleja de los hechos en la medida que el
Medio requiera de esta dependencia.
g- Los profesionales “reforzadores de opinión”
Como la actitud profesional de informar desde lo “políticamente correcto”
ante la posible crítica de anunciantes o el rechazo de la audiencia. Este hecho
destila paulatinamente la presencia de estos profesionales, no legitimados por su
actividad profesional, sino por su propia asiduidad en los diferentes Medios, que
intentan así remedar o sustituir a los líderes sociales de opinión a través de estas
caricaturas opináticas, propias de los programas de tertulias y debates televisivos .
h- El Anticomunismo y el nacionalismo patriótico
Como resultado de la guerra fría cualquier hecho que amenace el libre
mercado suele ser minimizado, esquematizado, o sencillamente ignorado. De este
modo de enfocar la realidad, ha quedado un estilo de presentación un tanto
dramático y desde un punto de vista vinculado al espectáculo, dividiendo la

32
realidad de manera simplista, generalizadora y dicotómica entre buenos y malos, el
bien y el mal, comunistas o izquierdistas y defensores del mundo libre, integristas y
moderados y todo ello desde la defensa de valores nacionalistas, capitalistas y
etnocentristas (Chomsky, N. Y Herman, E.1990; Noelle Neumann, 1973).
Es así como podemos concluir con Fishman (1980), que los Medios de
comunicación de masas, “establecen las condiciones de nuestra experiencia del
mundo, más allá de las esferas de interacciones en las que vivimos”.
En la medida que los “Media crean o potencian un marco social
perceptivo”, los sujetos lo asumen a la vez que lo transforman en conocimiento
común, devolviéndolo a la sociedad y a los propios Medios acomodado a sus
intereses de grupo e individuales.

Los Media asumen, como objeto y sujeto activo, la formación de


representaciones que provienen de grupos científicos, económicos, políticos o
religiosos poseyendo una intencionalidad de influencia manifiesta en la
información que suministran, que en parte, se debe a la interiorización de los
profesionales del marco social en el que viven, a los intereses de las empresas a las
que pertenecen, a sus efectos acumulativos y a los requerimientos técnicos de los
propios Media y su industria.
Esa influencia se halla matizada por los mecanismos de defensa del propio
espectador, que no es un agente pasivo, ni en la recepción ni en la reelaboración y
recuerdo del mensaje, realizando estos procesos de acuerdo con su historia de
aprendizajes, sus grupos de referencia, su sistema de creencias y representaciones y
sus intereses y necesidades.
Por lo que la influencia real de los mensajes de los Media se resume, en su
capacidad para crear, reforzar o minimizar campos de significación que los
individuos y grupos sociales validan o no en su interacción social.
A su vez, esta interacción se halla mediada por los atributos psicosociales,
históricos y socioculturales que poseen los agentes sociales.

Autores como Bordieu (1997a), nos informan de cómo la información


medial no puede solamente reflejar la realidad social, ya que tanto por sus propias
categorías perceptivas, como por los intereses del Medio, se implanta una
construcción medial con características propias al generar representaciones donde:

33
-Se privilegian los sucesos por su mayor impacto emocional.
-Los contenidos deben ser para todos los gustos.
-Se muestran realidades sin contextualizarlas.
-Algunas realidades se muestran dándoles importancia y otras se ocultan
por su importancia.
-Se busca lo sensacional.
-La selección de las noticias y su exposición se realiza a partir de las
categorías de los propios periodistas, es decir se les impone el esquema
perceptivo del mediador.
-Utilización incorrecta del lenguaje.
-Búsqueda de la exclusiva y su consecuencia en la uniformización del
mensaje.
-Lógica comercial por indicadores de audiencia.
-Producción de noticias a partir de “profesionales maleables, o “panelist”,
consagrados por los Medios y no por su área específica de conocimiento.
-Control sesgado de los periodistas, sobre el contenido de los debates y
tiempos de los intervinientes.

A lo anterior es necesario añadir, una cuestión sumamente importante al


tema que nos ocupa y es el valor mediático de la violencia, que implica en la
mayoría de los casos una sobrerrepresentación de los hechos luctuosos que tiñe y
llega a distorsionar cualquier hechos social que pueda relacionarse con ella
(Redondo, 2010).
La influencia de los Media televisivos no escapa de estas limitaciones. Para
Ramonet (1998), la televisión ha extendido su modelo de información, consistente
en:
-Ver es entender.
-La inmediatez y rapidez frente a reflexión.
-La emocionalidad como factor impactante y preponderante de la
noticia.
-La manipulación política de las noticias.

Todo esto supone, dejar de lado la visión e ilusión de una masa social capaz
de construir las interacciones sociales al margen de los Medios de Comunicación.

34
También supone el hecho de que la realidad social es construida desde las
representaciones de sentido común de los grupos sociales y no exclusivamente
desde un ciudadano aislado, atomizado en sus relaciones y vulnerable ante los
mensajes de los Media.
Por otra parte, es necesario tener en cuenta que es difícil que los Media
vayan en contra de los gustos y creencias de sus audiencias, pero a la vez, los
agentes que invierten miles de millones en mantener su influencia sobre la
población, se sienten complacidos en demostrar que los Medios no influyen en lo
social sino que solo reflejan la realidad, como si la misma, sólo se expresara en
singular y existiera al margen de sus intereses y de las creencias de los hombres y
mujeres que la construyen, transforman y transmiten de manera intencional.
Desde este punto de vista, resulta tremendamente atrayente y sobre todo,
especialmente significativa para la integración de las personas con esquizofrenia,
analizar y valorar cuáles son los relatos que nutren el tejido social donde se
desarrolla su cotidianeidad, sobre todo ,cuando los Medios en la actualidad, poseen
una capacidad suficiente como para abarcar y capturar por completo la experiencia
vital de las personas, en donde las apariencias se convierten en la misma
experiencia, de acuerdo con Castells (1997).
Por esto, esta revisión bibliográfica se extiende a lo largo de más de
cuarenta años, situándose en el campo, no de los efectos limitados, sino de la
influencia acumulativa y cultural, donde el interés se desplaza del proceso de
transmisión hacia el proceso de significación, donde se pretende evaluar como los
Medios inciden en el proceso de construcción social de conocimiento al estructurar
a largo plazo las imágenes de la esquizofrenia.

4-Las enfermedades Mentales y la Esquizofrenia

Aspectos básicos de la esquizofrenia


Aunque solo sea a efectos de poder diferenciar la esquizofrenia en sus
aspectos esenciales, de su representación social, cabe subrayar aquellas
características que desde la ciencia definen esta enfermedad mental.
En primer lugar, es necesario mencionar que bajo el concepto de espectro
esquizofrénico se encuentran diferentes tipos de esquizofrenia entre los que
destacan los subtipos paranoide, desorganizado, indiferenciado y residual

35
(Chinchilla, 1996). Cada uno de ellos, con mayor o menor abundancia de
sintomatología positiva (conductas nuevas como alucinaciones o delirios), como de
sintomatología negativa (conductas que la persona deja de hacer, como asearse o
salir a la calle) (Liddle, 1987). Por otro lado, aunque la esquizofrenia siempre
requiere de la aparición de alucinaciones y delirios (Castilla del Pino, 1998), la
enfermedad puede cursar con sintomatología de carácter depresivo o ansioso, e
incluso de una manera específica, como en el trastorno esquizoafectivo (Bipolar o
Depresivo) (Bachrach, 1988). Además, es posible que otros trastornos afectivos o
ansiosos cuenten con alucinaciones o ideación delirante, lo que no supone un
diagnóstico de esquizofrenia.
Para completar el cuadro, también es necesario subrayar que dentro de los
trastornos de personalidad, que casi en todos los casos implican sintomatología
ansiosa, podemos encontrar el trastorno de personalidad esquizoide y también, el
paranoide, que definen rasgos estables de aislamiento social y determinadas
conductas y creencias de carácter deliroide.
Finalmente, a lo anterior hay que añadirle la existencia de trastornos
delirantes, esquizofreniformes, trastornos psicóticos breves, trastornos psicóticos
inducidos por substancias o por una enfermedad, e incluso trastornos psicóticos no
especificados tal y como señala el DSM IV tr.
En general, la esquizofrenia suele aparecer hacia el final de las primeras dos
décadas de vida, generando un cuadro de extrañamiento, desamparo y
desesperanza, tanto en las personas que la padecen como en sus familias.

La frustración y la agresión suelen estar presentes en algunos casos, donde


no hay adhesión al tratamiento farmacológico o bien, la enfermedad cursa con
alguna conducta adictiva, aunque las personas con esquizofrenia no son
especialmente agresivas. En cualquier caso, debe asumirse desde mi punto de vista
que enfermedad mental grave y agresividad están vinculadas de manera frecuente,
aunque no en el modo en que los Medios de Comunicación construyen dicha
relación.

La aparición de la enfermedad suele provocar una ruptura vital que se refleja


tanto en las relaciones interpersonales como en las relaciones familiares o laborales.

36
Su curso es variable, según el tipo de esquizofrenia, tipo de inicio,
conductas de enfermedad y contexto social en el que el enfermo desarrolla su
trastorno.

Remisión parcial sintomatológica en el 30 % de los casos


Evolución defectual y discontinua en un 45 % de los casos
Evolución defectual grave en un 25 % de los casos

Bleuler (1971)

Tabla 2. Evolución defectual en esquizofrenia

La incidencia de la esquizofrenia, es decir el número de nuevos casos que


aparece en el contexto de la población general, se ha mantenido invariable más allá
de características sociales, culturales o demográficas en el 1% de la población.
Por lo demás, la esquizofrenia, al igual que los trastornos de ansiedad suelen
ocupar un lugar preeminente, casi siempre, entre las diez causas más graves
generadoras de discapacidad a nivel mundial.
Por último, las investigaciones sobre las causas de la esquizofrenia son
bastante heterogéneas. Genes, virus y teorías sobre el neurodesarrollo compiten por
explicar las causas de este trastorno.

Su terapéutica ha variado a lo largo del tiempo, dependiendo del modelo de


conocimiento que la intentaba explicar.
Desde el modelo demonológico, hasta la época del encierro en manicomios
y sanatorios y finalmente, al calor de los movimientos de los derechos civiles,
durante la década de los sesenta del siglo pasado, que inició la llamada Reforma
psiquiátrica, y provocó un clima de cambio y desinstitucionalización, que se
extendió por todo el mundo y cuyas figuras más conocidas son F. Bassaglia (1924),
R. D. Laing (1927) y David Cooper (1931) entre otros. Ellos encabezaron el
llamado movimiento antipsiquiatrico, cuyas principales características suponían el
rechazo del hospitalocentrismo y el tratamiento de los enfermos mentales en el
medio social al que pertenecen.
En nuestro país esta reforma se extendió, impulsada como política que
facilitaba el recorte del gasto sanitario, en mayor medida que como consecuencia de
los conceptos sociales y terapéuticos que la animaban. Lo que a la postre, supuso
una desinstitucionalización caótica, lo que se llamó en este período una
socialización de los servicios públicos encubrió una falta absoluta de recursos

37
sociales y asistenciales alternativos y una irresponsable y falta de cualquier ética,
remisión del problema a las familias de los enfermos mentales y a las asociaciones
sobre las cuales tuvieron que articularse, para dar algún apoyo a las personas con
enfermedad mental.
De hecho, el Informe elaborado por la Oficina del Defensor del Pueblo en
1992, caracterizó la Reforma como resultante de medidas de ahorro en gasto
público. En dicho informe se explicaban los problemas que en nuestro país estaba
teniendo la desinstitucionalización psiquiátrica, con una reducción significativa de
camas de larga estancia, cifrada en torno a 23.282 en 1991, respecto a las 41.942
iniciales existentes en 1978, sin que esto hubiera supuesto creación alguna de
recursos sociales alternativos.
A la vez, se constató una falta de homogeneidad en la rehabilitación social
del enfermo esquizofrénico en el Estado de las Autonomías, donde no acababa de
despegar el nuevo modelo de integración comunitaria, ante la escasez de estructuras
alternativas de rehabilitación psicosocial.
En relación con ello, Bueno Abad (2000b), no dudaba en incluir a los
enfermos mentales entre los colectivos afectados por la exclusión social,
calificando su situación como una de las más graves y dependientes para las
personas con enfermedad mental y para las familias con las que conviven.
En este contexto, proliferaron investigaciones como la de Buelga (1993),
donde se señalaban las consecuencias más oscuras de la Reforma Psiquiátrica,
confirmando que las familias con hijos psicóticos tienen un menor apoyo social y
un mayor número de conflictos intrafamiliares y conyugales, incluso que aquellas
familias que viven una situación prolongada de relaciones gravemente estresantes.
Lo que podría valorarse como que la tan ansiada rehabilitación social del enfermo
mental no estaba produciéndose satisfactoriamente. Se constataba que la
integración de la persona con esquizofrenia estaba encontrando resistencias en los
sistemas sociales que podrían estar minimizando los aspectos positivos de la
Reforma, ya que precisamente el apoyo social se constituye en una fuente
moderadora ante la vulnerabilidad al estrés de los enfermos esquizofrénicos
(Barrón, 1992; Välimäki, 2016).
De hecho, la realidad social de la esquizofrenia viene marcada por una
característica suficientemente explícita, consistente en que el 80% de los enfermos
internados en sanatorios psiquiátricos antes de la reforma psiquiátrica, estaban

38
diagnosticados de esquizofrenia, de los que gran parte habían quedado en
situaciones de indigencia y abandono social (Diccionario de Ciencias de la
Educación, Edit.: Santillana, Madrid 1983, Pág. 584). Hecho que provocó que la
resocialización de los mismos, como circunstancia subsiguiente a dicha Reforma y
el curso recidivante y defectual de la misma (Tabla 2), facilitara la aparición en el
campo de la esquizofrenia, de un enfoque psicosocial de la enfermedad, al
considerar claves en su tratamiento la rehabilitación e integración social de estos
enfermos (Liberman, 78; Anthony y Liberman, 1992), en el medio social que los
acoge y al que pertenecen.

4.2.-Las Representaciones de las enfermedades mentales. La esquizofrenia

Si no mantenemos en mente los socorridos manuales nosológicos o nuestra


experiencia profesional, la enfermedad mental grave se nos mostraría como un
campo difuso y contradictorio, donde ya no existen nítidamente ideologías y
creencias “fuertes” que nos orienten en qué es lo bueno para pensar y actuar al
respecto. A lo sumo, encontraríamos en los Medios retazos de información de
carácter emocional, sobre los que construir una teoría propia que raramente sería
confirmada en nuestra vida diaria.
En este contexto de falta de experiencia directa con el problema, y siempre
que el hecho ha despertado nuestro interés, es cuando buscamos la ayuda de los
paradigmas científicos y nuevas fuentes de información. Teorías científicas sobre la
enfermedad mental que se hibridan con otros conocimientos de profesionales,
periodistas o científicos de diferentes áreas del conocimiento y que son tamizados
por nuestros grupos sociales de referencia. El resultado de todo ello es un conjunto
de conocimientos relacionados, pero poco coherentes con la teoría científica inicial,
a los cuales se le añaden valoraciones y creencias y en última instancia, formas de
comportamiento social.

En nuestro caso, se transforman en objeto de investigación para analizar el


contenido y la importancia de la esquizofrenia en nuestra sociedad. Con ello,
pretendemos determinar cuál es el conocimiento popular de esta enfermedad mental
y a la vista de los estudios realizados a tal fin, apuntar los correlatos sociales que se
derivan de dicho conocimiento.

39
El análisis se convierte así, en una cuestión de investigación científica de los
fenómenos psicosociales, pero también se aúna en él, la vertiente terapéutica del
fenómeno, ya que la integración social o la exclusión de este colectivo, incide
directamente sobre su recuperación o cronificación, el empeoramiento de su
pronóstico y la aparición de graves problemas en la vida de los enfermos y sus
familias, así como la aparición de fuertes conductas sociales de exclusión y temor
infundado, ya que el estigma psiquiátrico es tal vez, el factor más significativo que
influye negativamente en el proceso de búsqueda terapéutica, rehabilitación, e
integración social, interfiriendo en el acceso temprano al tratamiento, en la
adhesión a las prescripciones terapéuticas y psiquiátricas y obstaculizando una
progresiva vuelta a la vida normal y a una efectiva integración social (Pedersen,
2009).

La enfermedad mental incluye trastornos muy diferenciados en un abanico


que va desde los trastornos de ansiedad a trastornos de origen orgánico como
algunas demencias. A la vez, en el curso de algunos de ellos, se da la manifestación
de sintomatología psicótica más o menos activa. Estos últimos, son los
identificados por la población como constitutivos de la locura, que obedece en gran
parte de los casos, a los síntomas propios del espectro esquizofrénico, y en menor
medida a la depresión o el trastorno bipolar.
Esta gran variedad de trastornos es posible que aparezca en la prensa y en el
resto de los Medios muy esquematizados, descritos a través de generalizaciones
reduccionistas y mal identificados en la mayoría de los casos, quizás como
consecuencia de la falta de formación y de la escasa especialización de muchos
profesionales del periodismo, lo que facilitaría focalizar estos temas bajo el prisma
del sensacionalismo y la crónica de sucesos.
Nos planteamos el reto de analizar la imagen de la esquizofrenia, sabiendo
que en los Medios se encuentran reflejados sin distinción, las personas con
discapacidad psíquica y las personas con enfermedad mental, las psicosis delirantes
con las neurosis, que permiten una vida más o menos estructurada. Coexisten los
trastornos psicóticos funcionales como la esquizofrenia, con demencias de origen
orgánico como el Alzheimer, la deficiencia mental con “trastornos nerviosos”. Todo
ello englobado bajo el epígrafe de enfermedad mental y enfocado desde aspectos

40
emocionales, legales, científicos, de denuncia social, o sencillamente etiquetado
con rimbombantes conceptos como “neurosis esquizofrénica” o “esquizofrenia
nerviosa”, sin saber exactamente hasta qué punto, los conceptos periodísticos que
las definen, han sido realmente valorados en los trabajos de investigación que se
han analizado.
En cualquier caso, las representaciones de la esquizofrenia, desde el inicio
de la Reforma Psiquiátrica, han supuesto un foco de interés constante de multitud
de investigadores. En este contexto, es esperable que las representaciones sociales y
los estudios al efecto, reflejen en alguna medida los diferentes modelos teóricos que
integran la terapéutica de la esquizofrenia. En este sentido, sabemos que la teoría de
las representaciones sociales, menciona que dichas representaciones se nutren de
los paradigmas científicos existentes.
En relación con ello, sabemos que el modelo biomédico se centra en explicar
la etiología de la enfermedad mental a través de causas endógenas (Buzzard, 1930),
orgánicas (Liddle y cols., 1992; Kay y cols., 1987), infecciosas (Fabregat, 1996;
Mednick, 1988) o de tipo genético (Bishop, 1992; Gotesman, Mcguffin, Farmer y
cols., 1987).
La terapia consiste principalmente, en la atención individual y el tratamiento
farmacológico, siendo el caso clínico el paradigma interventivo dominante. Desde
este enfoque, la enfermedad mental es considerada como “desviación o desajuste
de procesos biológicos”. La neuropsiquiatría, o la psiquiatría y el hospital
psiquiátrico, contra los que se han dirigido los movimientos antipsiquiátricos, serían
los exponentes más claros de esta corriente.
Las explicaciones sobre el origen de la esquizofrenia que hacen hincapié en
el exceso de dopamina en el medio sináptico, disfunciones en el hemisferio
izquierdo y en el cuerpo calloso, hipofrontalidad cerebral o la susceptibilidad
genética, así como la preeminencia otorgada a la terapia farmacológica, formarían
parte de las teorizaciones y prácticas de este modelo. Por tanto, una representación
vinculada con este modelo interventivo subrayaría conceptos como enfermedad,
Hospital, internamiento, antipsicótico, médico, etc., (Sánchez Vidal, 1996).

El modelo psicodinámico, está formado por todas aquellas corrientes


teóricas nacidas de las formulaciones iniciales del psicoanálisis freudiano. Murray,
Jung, Adler o Reich, serían exponentes de esta corriente (Sánchez, 1996). La

41
etiología de la enfermedad mental se refiere a un campo interno de fuerzas
psíquicas de carácter endógeno, resultantes de conflictos no resueltos. El tipo de
terapia dominante es el caso individual y la conceptualización de la enfermedad
mental se concreta en “la incapacidad de la persona para trabajar y para amar”.
La explicación de la esquizofrenia, a partir de conflictos subconscientes y
las teorizaciones sobre la enfermedad como una huida del yo o la no interiorización
de la autoridad paterna, como paso previo a la aceptación del orden en lo real,
obedecen a esta corriente. En consecuencia, una mayor predisposición a
conceptualizar al enfermo mental como responsable de su propia cura, la
importancia del medio familiar, las enfermedades de los “nervios” como estado
permanente de estrés o desajuste, y la presencia de profesionales de la psicología
quizás, también sean conceptos que formen parte de una representación de carácter
psicosocial.

Investigadores como Watson, Skinner y Canfer representan la línea más


pura del tercer modelo de nuestro resumen, el modelo conductista. Es necesario
adscribir en este enfoque a Bandura (Sánchez, 1996; Vallejo, 1997), aunque con un
carácter mucho más cognitivo, sobre todo, a partir de las últimas formulaciones de
sus planteamientos teóricos, ya que en ellos destacan conceptos de carácter
cognitivo como capacidad de afrontamiento, expectativa de éxito o autoestima a
partir de experiencias de logro.
Este modelo, de gran aplicación en la terapia psicológica, concibe la
enfermedad mental como “una respuesta desadaptativa al entorno”, operando a
través de estímulos externos causantes de la aparición de dicha conducta. Es por
tanto, un modelo de etiología exógena y la terapia se basa fundamentalmente en la
manipulación y control de esos estímulos externos.
La esquizofrenia como resultado de un ambiente desestructurado y caótico,
donde castigos y recompensas se producirían sin causa justificable y una historia de
aprendizajes anómalos o prematuros, atendería a una forma social de pensar que,
junto con el anterior modelo, conforman una representación no biomédica de la
esquizofrenia.

Finalmente, solo nos queda señalar el modelo de intervención psicosocial.


Este modelo, que aúna la intervención individual y grupal, intenta influir sobre la

42
salud y la enfermedad como parte de los procesos que se dan en los grupos
humanos con una estructura social determinada. En él, los sujetos son agentes
participantes de su propia recuperación, a la vez que se convierten en
dinamizadores de las redes sociales. Solo una excesiva tecnificación y una
intervención meramente macrosocial, la alejan de la intervención comunitaria,
mucho más centrada en el desarrollo humano integral, equilibrado y multioriginado,
centrando la intervención, preferentemente, sobre la potenciación del ambiente
mesosocial e individual (Sánchez Vidal, 1996).
Dentro de esta manera de entender la esquizofrenia, conceptos como el de
estresor social -percepción de las demandas ambientales, superiores a los recursos
adaptativos de la persona- (Kessler, 1985), y el concepto de vulnerabilidad, están
haciendo referencia a la combinación de concausas del campo etiopatogénico.
En relación con esto, investigadores como Zubin y Spring (1977),
desarrollaron un modelo explicativo de la esquizofrenia a partir de las
investigaciones realizadas hasta el momento, en campos tan dispares como la
bioquímica, psicofisiología, cognición y funcionamiento psicosocial.
Este modelo de vulnerabilidad-estrés, propugna la existencia de una
determinada predisposición a padecer la esquizofrenia a partir de dos factores
generales, así como la existencia de variables sociales moduladoras del curso de la
enfermedad:
-Vulnerabilidad o predisposición a la enfermedad.
-Sucesos psicosociales estresantes que desencadenan y mantienen el trastorno.
Se señala que ninguno de los dos factores es causa suficiente para el inicio
de la enfermedad, sino que ambos son necesarios para la aparición y mantenimiento
del trastorno.
En este sentido, las Representaciones Sociales de la enfermedad mental,
forman parte de esos factores sociales que modulan la gravedad de su curso, ya que
inciden en la elaboración social y cognitiva de conductas de adhesión al tratamiento
de la persona enferma, el manejo adecuado del trastorno por parte de los grupos
primarios y en una instancia macrosocial, a la propia etiología de la enfermedad
mental, al conectarse la misma, con los programas, información y Recursos que
institucionalmente se perfilan y se crean en base a creencias, ideologías y demanda
social y que tienen su correlato, en el perfil y objetivos de las instituciones
sanitarias, sociales, educativas y laborales de una sociedad dada.

43
De acuerdo con este modelo, la aparición de la enfermedad mental no viene
determinada por un solo factor, de modo que tener vulnerabilidad hacia la
esquizofrenia no significa que inevitablemente vaya a aparecer el trastorno, para
ello debe darse también, alguno de los estresores ambientales señalados.
El cúmulo de factores, sus posibles combinaciones y la intensidad con que
cada uno de ellos se presenta, forman el campo bio-psico-social donde se expresan
los diferentes trastornos del espectro esquizofrénico.
De modo que, tanto en la aparición del trastorno, como en la gravedad de
sus síntomas, se reflejaría el peso específico de cada una de las concausas posibles
y su combinación con otros factores etiológicos que obedecen en parte a factores
sociales y culturales.
Si no nos olvidamos de que la falta de conciencia de enfermedad es uno de
los problemas básicos de la esquizofrenia y de que el rechazo social puede justificar
este delirio, si concluimos que las representaciones sociales de la esquizofrenia
regulan los comportamientos de familiares, profesionales y ciudadanos respecto a
este trastorno y que el trato dado a estos enfermos incide necesariamente en su
sintomatología y posibilidades de integración social (Gutiérrez, et al.,2012) , una
revisión bibliográfica como esta, formaría parte ineludible de la terapéutica de la
esquizofrenia.
En este sentido, cabe destacar los trabajos de Ayestaran (1985,1986),
Bellelli (1987), Herzlich (1969), Cabruja (1988), Da Rosa (1984, 1987), Itza,
Pinilla y Páez (1987), Páez (1983, 1986), Jodelet (1983,1986 b, 1989), Martínez y
Herreros (1985), Schurmans (1985), Buendía (1985), o Coudin (1979). Todos estos
estudios se centran en la búsqueda de creencias compartidas y elaboradas por los
grupos sociales respecto a la salud y la enfermedad, ya que este sistema de
creencias y opiniones es utilizado en la interacción social, clasificando y explicando
las características y categorías que describen dicho continúo.
La metodología utilizada en estos estudios ha seguido comúnmente los
procedimientos oportunos para detectar un determinado campo semántico que
describa la representación de la enfermedad mental o de trastornos específicos.
Este campo semántico está formado por respuestas a determinadas
preguntas, estructuradas a partir de diferentes instrumentos como las entrevistas
directivas, semiestructuradas o abiertas, cuestionarios estandarizados y asociación

44
libre de palabras, o bien, en análisis de contenido sobre las noticias o programas
existentes en los Medios de Comunicación.
Las investigaciones de Ayestaran de 1985, a partir de encuestas abiertas,
señalaban que el campo de representación de la enfermedad mental para pacientes,
familiares y profesionales, se definía a partir de categorías como, chiflado, loco y
enfermo mental.
Las hipótesis de partida de este investigador pretendían demostrar entre
otras, la existencia de diferentes representaciones de la enfermedad mental
dependiendo de la proximidad social respecto a la misma y del rol profesional, así
como la posible evolución de la representación de la enfermedad mental a través de
diferentes generaciones.
En sus estudios preliminares (Ayestaran, 1985) y a partir de una revisión
bibliográfica sobre las actitudes frente a la salud mental, que abarcaba los trabajos
realizados en el campo desde 1955 hasta 1981, constató que:
-La población no tiene una representación nítida de la enfermedad mental o la
esquizofrenia.
-Los trastornos mentales son catalogados como enfermedades de los nervios y
diferenciados de la locura verdadera.
-Los enfermos mentales deben ser mayoritariamente encerrados.
-El concepto de enfermedad mental es reservado para trastornos psicóticos graves
(esquizofrenia).
-Ser etiquetado como enfermo mental conlleva una carga de valoración peyorativa.
-El enfermo mental es definido por la conducta irracional e imprevisible, falta de
control y peligrosidad social.

Además, encontró que las representaciones de la enfermedad mental estaban


enmarcadas en tres modelos diferentes:
a) Modelo sobrenatural, donde la enfermedad se debe a un ciclo natural e
imprevisible, ligado a comunidades en desarrollo y al pensamiento mágico.
b) Modelo biomédico, que concibe la enfermedad mental a partir de causas
biológicas e incurables, ligada a un entorno agrícola y urbano.
c) Modelo psicológico-funcional, donde la enfermedad se debe a causas externas,
casi siempre a problemáticas vinculadas a las emociones y al estrés. Concibiendo

45
como posible, la recuperación del enfermo a la que el mismo debe contribuir.
Vinculado de manera minoritaria a contextos urbanos.
En este trabajo Ayestaran (1985), señalaba que dependiendo de la
adscripción a uno u otro modelo o representación, y a su rol profesional, los
técnicos de las Instituciones de salud eran favorables a mantener una cultura asilar
o bien, se potenciaba la autonomía personal y la rehabilitación e integración social
de los pacientes. Por otro lado, los enfermos se representaban dichas Instituciones,
como lugares de encierro y asilo y así mismos, con la misma visión negativa que el
resto de las personas tienen de ellos.
De lo anterior se deduce que la conducta de técnicos, pacientes y familiares
a partir de representaciones biomédicas, estaban incidiendo en los objetivos de las
instituciones, en el comportamiento de los agentes sociales y lo que es más
importante, en el curso y evolución de la enfermedad mental y en este caso hacia la
institucionalización.

La mayoría de las revisiones bibliográficas de la época confirman las


creencias estigmatizantes y de rechazo hacia los enfermos mentales. Se ha indicado
que un cambio en dichos prejuicios podrían mejorar las conductas hacia los
enfermos mentales. Sin embargo, se ha observado que aunque existan creencias
más favorables hacia los enfermos mentales, la discriminación y los temores
continúan presentes en el trato social a los enfermos (Cabruja, 1988). Esto nos
permite constatar que dichas perjuicios se encuentran ligados a conceptos más
holísticos y resistentes al cambio, que se relacionan con las actitudes y conductas
originadas a partir del marco social, histórico y cultural, por su relación con
determinadas representaciones sociales de la enfermedad mental.
En su estudio sobre el campo representacional de la locura, Cabruja (1988),
encuentra y con ello confirma de nuevo, la representación del loco (esquizofrénico)
como:
-Irresponsable.
-Irracional.
-Diferente.
-Imprevisible.
-Amenazante.
-Peligroso.

46
-Sensibilidad especial ante los problemas.
-Causa de humillación para la familia.

Herzlich en su trabajo de 1969, sobre la salud y la enfermedad, no encontró


prácticamente ninguna referencia a la enfermedad mental, a excepción de las
continuas referencias al progreso urbano como causa de la fatiga nerviosa,
depresión y malestar. Esto situaba a las personas entre ambos polos, ya que no se
está enfermo pero tampoco se está completamente sano, sin que se definiera tal
estado como enfermedad, sino más bien, como una consecuencia del progreso en
las ciudades modernas. Esto parece coincidente con la suposición de la mayor
importancia del modelo psicológico funcional en las ciudades y la reserva de
términos como “enfermedades de los nervios” a trastornos que no son realmente
psicosis.
Sin embargo, en el desarrollo de mi trabajo profesional he podido constatar
reiteradamente, cómo familiares y enfermos se refieren a las neurosis y a las
psicosis como enfermedades “de los nervios”, evitando utilizar el concepto de
locura. Por lo que es plausible concluir, que las representaciones sociales varían de
acuerdo con la cercanía de los agentes sociales a las enfermedades mentales
(Gutiérrez Maldonado, J., et al., 2012).
Esto significa que los grupos sociales definen sus relaciones sociales de
acuerdo con la significación social de los conceptos que utilizan y a la inversa,
usando conceptos y asignando significados a la enfermedad mental y a la
esquizofrenia, de acuerdo con su cercanía a la misma, en mayor medida que de
acuerdo con las características reales del trastorno y sin que sea necesario tener
ningún tipo de conocimiento sobre la etiología de las enfermedades mentales
(Ayestaran, 1985; Itza, Pinilla y Paez, 1987).
En este contexto, parece que si se mantienen este tipo de representaciones
sociales, el resultado más que previsible, inevitable, es la reivindicación cíclica de
un modelo biomédico en un círculo vicioso de retorno circular a la hospitalización
y a la institucionalización, donde la red sanitaria se ve como la única alternativa
posible, aun siendo insuficiente en sí misma para erradicar un problema que reside
más allá de las puertas del hospital y que ella misma fomenta en parte, con la
categorización negativa desde el modelo bio-médico que caracteriza a la persona
con enfermedad mental como pasiva y dependiente (Ayestaran, 1985).

47
Jodelet (1983), en su estudio sobre las representaciones sociales de la
locura, nos describe un pequeño pueblo francés llamado d´Ainay-le-Château en una
comarca del centro de Francia, que acoge a enfermos mentales de forma
institucionalizada desde principios de siglo.
En su tesis, Jodelet profundiza en la relación entre las elaboraciones
cognitivas y la adopción de comportamientos concretos. A partir de dicha relación,
se evidencia cómo las familias poseen un ritual higiénico y peculiar en los usos de
los utensilios y de las estancias de la casa para evitar que la locura del huésped,
pueda pasar a la familia por medio del contagio. Así, al establecer una distinción en
el trato, se mantienen las diferencias y los sanos no son asimilados a los locos, a su
vez y a causa de ello, el enfermo mantiene constantemente su estatus de extraño.
De esta forma, la política gubernamental de integración de la población
psicótica en un medio normalizado se transforma en exclusión social, al chocar con
la representación social de la locura y sus correlatos conductuales.
Puesto que los habitantes d´Ainay-le-Château contaban con una
representación social de la esquizofrenia que contenía creencias sobre su etiología,
una tipología lega de los diferentes trastornos mentales y sus síntomas y un código
de conducta que contemplaba, tanto rituales domésticos como sanciones morales,
respecto a comportamientos sentimentales y que afectaban por igual a sanos y
enfermos, podemos concluir que la representación de la esquizofrenia, define las
interrelaciones de los grupos sociales en su conjunto, desbordando a los agentes
directos y extendiendo su representación a todas la interrelaciones del tejido social.

En 2002, una investigación promovida por la Faculta de Psicología de la


Universidad de Valencia, analizaba 1115 artículos periodísticos extraídos de cuatro
diferentes periódicos, tanto de tirada nacional como autonómica. En ella, se
encontró que los artículos se referían especialmente a la esquizofrenia (12%), la
Depresión (11%), los Trastornos de Personalidad / Psicopatías (7%), el Alzheimer
(6%) y los Trastornos de Ansiedad (6%).
Las noticias con mayor presencia vinculadas a la enfermedad mental eran
aquellas referidas a la agresión y a sus consecuencias judiciales (24 y 26 %
respectivamente), el origen de los artículos eran en primer lugar: la agresión
producida por el enfermo (34%) y en segundo lugar: la divulgación científica

48
(24%), sobre todo desde una orientación biomédica (genética, orgánica y
farmacológica), de los trastornos mentales.
En relación con lo anterior el perfil que nos ofrecía la prensa sobre el
enfermo mental, corresponde mayoritariamente al de un varón (38%) calificado
mayoritariamente como enfermo (22%) y agresor (19), como sus características
más distintivas.
En cuanto a las distintas modalidades de agresión que aparecían en prensa
se destacaba que el enfermo mental aparecía preponderantemente como agresor y
no como víctima de la agresión.

-Agresión a terceros. 25%


-Agresión a familiares. 19%
-Autoagresión. 8%
-Agresión recibida. 8%

Además, en las noticias se propugnaban una terapéutica heterogénea, con el


internamiento (13%) y la intervención psiquiátrica (12%) seguida por la
integración social (10%) como políticas a aplicar respecto a los trastornos mentales
(Mestre, 2002).
Como puede observarse, la información contenida en la los Medios va más
allá de una categorización negativa de la esquizofrenia. De hecho, aporta a la
población, perfiles, causas y tratamientos de la misma.

Dentro de estos estudios que han analizado la representación de la


enfermedad mental, es conveniente señalar los trabajos precedentes de Itza, Pinilla
y Páez (1987) que junto a Ayestarán (1985,1986), han contribuido
significativamente en nuestro país, al conocimiento de este campo a partir de sus
investigaciones en los módulos de salud mental de Vizcaya.
En su investigación de 1987, encontraron diferencias significativas en la
representación de la enfermedad mental, constatando que la misma es identificada a
partir de rasgos externos y de conducta, que existen diferencias entre la
representación de la “locura” y la “enfermedad de los nervios” y que el loco
(esquizofrénico) era definido como: imprevisible, irracional, molesto y peligroso.

49
En la muestra utilizada, un 16% de los sujetos no mostraron poseer una
definición concreta de la locura o de una enfermedad de los nervios, lo que no les
impidió poseer una serie de categorías definitorias sobre ambas.
La locura y la enfermedad nerviosa eran explicadas predominantemente a
partir de etiología externa y social, siendo este punto compartido tanto por los
enfermos como por sus familiares. Es importante destacar que las explicaciones de
la locura debida a causas biológicas, suponían un 29 % de las respuestas, frente a
un 39% que abogaban por causas sociales, al mismo tiempo, se puso de relieve que
existe una ligera tendencia en las clases subalternas a conceptualizar la etiología de
la enfermedad mental como biológica. Aunque en este contexto, es importante
señalar que en este estudio, el 47% de los entrevistados (familiares y enfermos), no
reconocían sus síntomas como enfermedad.
Estas conclusiones preliminares en el estudio de las representaciones
sociales de la enfermedad mental y la esquizofrenia, apuntan a una
representación con un campo de representación muy extenso y ambiguo, pero que
sin embargo, se encuentra marcada fuertemente por un comportamiento social
discriminatorio y de una evaluación negativa y estigmatizante del enfermo y su
dolencia.
En cualquier caso, sintetizando las características de la representación de la
enfermedad mental antes de la reforma psiquiátrica es necesario destacar las
investigaciones dirigidas por Ayestarán en 1985, justo al inicio de la Reforma, por
ser un estudio extenso y a la vez referirse a la población española, siendo
contrastado en otras poblaciones europeas, en las que:
-La población no se representa claramente qué es la esquizofrenia.
-La etiqueta de enfermo mental se relaciona con la de loco, teniendo connotaciones
negativas. Las clases subordinadas sólo etiquetan de enfermedad mental la locura o
ante casos muy graves, optando en los mismos, por las medidas más autoritarias.
-Impredicción y peligrosidad parecen homogeneizar la categorización social del
enfermo mental grave vs. Persona con esquizofrenia.
-La desinstitucionalización parecía agravar las actitudes de rechazo ante la
población.
-Los profesionales adoptan dos tipos de roles diferentes:
Asilar: pacientes irracionales, insensibles y peligrosos. Control.
Humanista: Inclinada a estructuras abiertas de rehabilitación.

50
-Los enfermos se ven a sí mismos bajo el rol asilar y con información insuficiente.

No es extraño que en los estudios al efecto, se encontraran datos tan


significativos como el que las personas no acudieran a los terapeutas hasta tres
meses y un año después de aparecidos los síntomas, o que el 73 % de los familiares
encuestados opinaran que la terapia debía pasar por el internamiento y la
farmacología como primera opción. No extraña tampoco, que la opinión
mayoritaria de los familiares de pacientes en institutos psiquiátricos respondiera
con un “no hacer nada” o “soportar la situación como se pueda”.
Otro resultado de esta investigación expresa claramente cómo el
internamiento genera cronificación y aislamiento, ya que al inicio, el 86% de los
familiares quieren que el enfermo internado vuelva a casa, pero después del
internamiento inicial, la mayoría se inclina a prolongar dicho internamiento y al no
retorno del enfermo. Por otro lado, los pacientes se reconocen como enfermos, pero
no como enfermos mentales, sin conciencia de enfermedad y definiéndose a sí
mismos como “personas normales sin problemas” (Martínez y Herreros, 1985;
Arzac, 1985).

La relación entre representaciones sociales y las creencias y


comportamientos de la población ha quedado señalada en multitud de
investigaciones que demuestran que la población general comparte los perjuicios y
representaciones que aparecen en los Medios de Comunicación.

La encuesta realizada en 1998, en Gran Bretaña por el Real Colegio de


Psiquiatras, demostró que los resultados de las 1737 entrevistas, en las que se
preguntaban aspectos vinculados a diferentes trastornos mentales, desde la
esquizofrenia a las demencias o la depresión, abundaban significativamente las
creencias del enfermo mental como una persona peligrosa, imprevisible y asocial,
así como una percepción de ineficacia del tratamiento ambulatorio o farmacológico.
Finalmente, se comprobó que la esquizofrenia recibía un mayor número de
descalificaciones, que ocasionaron que este trastorno se considerase negativamente
en el mismo nivel que el alcoholismo y la drogadicción (Crisp, 2000).

51
En 2007, Uribe realizo un estudio con entrevistas a 16 pacientes y sus
familias que describieron su experiencia como enfermos, como de rechazo,
desconocimiento, y trato con ausencia de respeto y privación de libertad, en
consecuencia, las personas experimentaban con mayor frecuencia, conductas de
evitación y aislamiento. En las familias, los sentimientos más mencionados eran la
frustración, el desconocimiento y el miedo.
Dos encuestas realizadas en 1990 y en 2001, con 2118 y 5025 entrevistas
aleatorizadas, en la ex República Federal de Alemania, comprobaron que el deseo
de distancia social con personas con esquizofrenia había aumentado
considerablemente entre ambas encuestas, muy pocos admitían que una persona
con esquizofrenia fuera su vecino o su inquilino, por ejemplo, independientemente
de su red de relaciones de apoyo (Angermeyer, 2005).

Kingdon (2004), después de recoger una muestra de 2813 cuestionarios


contestados por psiquiatras con contacto con las enfermedades mentales, se
comprobó que el conocimiento directo de la enfermedad mental y una información
coherente presentaban actitudes diferentes a los de la población, ya que pensaban
que la peligrosidad de los enfermos mentales con esquizofrenia estaba exagerada.
Había también una opinión mayoritaria de la excesiva cantidad de diagnósticos de
esquizofrenia en la población negra y del uso excesivo de los psicofármacos
antipsicóticos.

Magallares (2011), nos recuerda a través de la cita de numerosas


investigaciones, como las personas con enfermedad mental, debido a su vinculación
con la violencia, encuentran serian dificultades para hallar o conservar un trabajo
remunerado, ya que tienen menos probabilidades de ser contratadas, así como una
mayor probabilidad de ser despedidas o permanecer en el desempleo a partir de que
se realice un diagnóstico de trastorno mental.

Con motivo de la IV Campaña de Concienciación Social sobre la


Enfermedad Mental Grave (Madrid y Sevilla, septiembre - octubre 2009),
investigadores de diferentes instituciones médicas y universitarias de Madrid,
consiguieron realizar 5473 encuestas, en Sevilla y Madrid, cuyos resultados
determinaron una serie de creencias vinculadas a la estigmatización, a la

52
peligrosidad, al rechazo social, a la falta de información y la escasez de recursos
para las personas con enfermedad mental y especialmente hacia las personas con
esquizofrenia. De igual modo, se concluyó que existe un importante
desconocimiento sobre la sintomatología, ya que la mayoría desconoce síntomas
específicos y resalta los negativos. A pesar de ello, mayoritariamente se mantenía
una categorización negativa y de peligrosidad. De hecho, para la esquizofrenia, se
mencionaron las alucinaciones auditivas y la violencia y la agresividad, como los
síntomas que mejor la definían (Ruiz, 2012).

Las nuevas formas de relacionarse a través de redes sociales como Twitter,


también reflejan estas conductas y creencias de prejuicio. J. Joseph y sus
colaboradoras/es encontraron que había diferencias significativas en el tratamiento
de la esquizofrenia frente a la diabetes. Después de evaluar todos los tweets,
aparecidos durante cuarenta días, se concluyó que “Los tweets acerca de la
“esquizofrenia” tenían más probabilidades de ser negativos, médicamente
inapropiados, sarcásticos y utilizados de forma no médica. El adjetivo
("esquizofrénico") era más a menudo negativo, médicamente inapropiado,
sarcástico y utilizado de forma no médica que el sustantivo "esquizofrenia". Los
tweets de la esquizofrenia tenían más probabilidades de ser negativos y sarcásticos
cuando se usaban de forma no médica y de una manera médicamente inadecuada”
(Joseph, 2015).

Este era el marco social, en diferentes países, durante el inicio y el


desarrollo posterior de los movimientos de reforma psiquiátrica, caracterizada por
la división entre profesionales respecto a los objetivos y formas de desempeñar la
práctica terapéutica en contexto comunitarios; por los cambios de actitudes
prejuiciosas y de mayor resistencia a la inclusión de los enfermos mentales en la
sociedad; por las actitudes proclives a la vuelta a la institucionalización y por la
carencia de información de pacientes y familiares, que contribuía a la falta de
prevención eficaz y por tanto, a la detección tardía y el tratamiento insuficiente de
los trastornos mentales.
Por tanto, pasadas casi seis décadas del inicio de estos movimientos de
Reforma, estamos en un momento propicio para poder evaluar aquellos trabajos que
se han interesado en dar cuenta de la esquizofrenia en los Medios de Comunicación

53
y observar así como la continuidad de las personas con esquizofrenia en el Medio
Social, ha posibilitado o no, algún cambio en la categorización de la esquizofrenia y
de quienes la padecen.

5.-Diseño de la investigación

La investigación se ha desarrollado en base a un rastreo bibliográfico


realizado durante los meses de febrero y marzo de 2017 en aquellas bases de datos
que se encuentran accesibles y sin restricciones para su consulta. Por tanto, se han
consultado ocho bases de datos y directamente dos revistas tal y como se detalla en
la Tabla siguiente:
Base de Datos Registros Art.
Seleccionados
MEDLINE 147 7
LILACS 27 2
DIALNET 15 3
GOGLE 170 2
ACADÉMICO
PUB-MED 215 3
PYSCINFO 4 0
NICE NHS 395 1
EVIDENCE
COCHRANE 11 1
LIBRARY
REVISTA 10 2
SCHIZOPRHENIA
BULLETIN
REVISTA 35 0
PSICOTHEMA
1029 21
Tabla 3. Bases de Datos

La exploración bibliográfica se ha limitado a las revistas, tanto sociales,


psicológicas o médicas, que pudieran contener los indicadores seleccionados. De la
exploración realizada se han extraído 1029 artículos en cuyos abstracts, títulos o
contenido hayan aparecido las palabras claves o una combinación de las mismas.
Es necesario recordar que las palabras claves han sido representación,
imagen, estigma, exclusión, prejuicios, esquizofrenia, trastorno mental, enfermedad
mental, psicosis, medios de comunicación, prensa, televisión, periódicos, películas
y Mass Media. Los términos utilizados se han utilizado por separado y también, a
partir de diferentes combinaciones y tanto en español como en inglés.

54
De estos registros iniciales se han eliminado aquellos artículos cuya
accesibilidad estaba restringida, se pedía alguna compensación económica o
solamente estaba disponible una parte insuficiente y muy limitada del artículo.
Finalmente se han elegido 21 artículos de 18 revistas diferentes, sin ninguna
limitación temporal. Lo que ha supuesto que los artículos seleccionados
comprendan un amplio rango temporal comprendido entre el año 2000 y 2016
como año de publicación, aunque hay que tener en cuenta que, en ocasiones, los
estudios referidos son previos a las fechas señaladas y están referidos a un periodo
anterior al año 2000.
Dado el escaso número final de registros disponibles y los objetivos de la
investigación, resulta necesario que la muestra contenga un número suficiente de
artículos contemporáneos a los inicios de la Reforma Psiquiátrica, o bien,
pertenezcan a un espacio temporal que permita el contraste con los artículos más
actuales, al objeto de valorar el desarrollo de las representaciones sociales que los
Medios ofrecen sobre la esquizofrenia.
Revista Año Publicación
Psychiatryc Bulletin 2000
Psychiatrionline/org. American Psychiatric Association 2003
European Psychiatry 2005
Schizoprhenia Bulletin 2016
Social Psychiatry and Psychiatric Epidemiology 2007
Clínica y Salud 2011
Journal of Psychiatric Practice 2011
BMC Public Health 2011
Journal of Nervous and Mental Disease 2011
Social Psychiatry and Psychiatric Epidemiology 2011
Revista de Psiquiatría Clínica 2012
Psychiatry Investigatión 2012
Psychiatrionline/org. American Psychiatric Association 2012
Mass media interventions for reducing mental health-related stigma 2013
(Review) The Cochrane Collaboration
Psychiatrionline/org. American Psychiatric Association 2013
Tijdschrift Voor Psychiatrie 2014
Revista Asociación Española de Neuropsiquiatría 2015
Journal of behavior therapy and experimental psychiatry 2015
American Journal of Public Health 2015
Revista Criminalidad 2015
Journal of mental health 2016
Tabla 4. Revistas analizadas

Los criterios de inclusión de los artículos han supuesto que los registros
analizados se refieran a los Medios de Comunicación y a la imagen que ofrecen de
la esquizofrenia. En este sentido, es necesario precisar que no todos los artículos
permiten determinar si los Medios distinguen la esquizofrenia claramente del resto
55
de trastornos, o bien, a la llamada psicosis o enfermedad mental, etiquetada de
“grave”. Por tanto, aunque en algunas ocasiones se habla de psicosis o de otros
trastornos mentales, solo se han utilizado aquellos artículos vinculados
directamente con la imagen de la esquizofrenia en los Medios de Comunicación
analizados. El criterio fundamental de exclusión inicial ha sido la no aparición de
los descriptores “esquizofrenia” y “medios de comunicación”, “televisión”,
“prensa”, “periódicos”, “películas o films”.
La combinación de los descriptores ha ocasionado la aparición de un
número de registros preliminares de gran heterogeneidad y todos ellos de
características muy interesantes. En ocasiones, los artículos han estado referidos a
las actitudes en la población respecto a la esquizofrenia, pero la ausencia de
conceptos que los vincularan con los Media, ha hecho que procediera su exclusión.
En otros casos, han aparecido artículos que hacían referencia a la imagen en los
Medios de enfermedades mentales graves o serias, lo que ha supuesto del mismo
modo su exclusión, al no mencionar necesariamente el descriptor “esquizofrenia”.
En consecuencia, la exploración realizada ha resultado más amplia que la detallada
hasta ahora, con 38 artículos iniciales, tanto en revistas, artículos y bibliografía,
pero solo en aquellos aspectos en que el material ha supuesto un soporte para la
confección teórica y metodológica de la investigación, y como tal se encuentran
reflejados en sus contenidos.
Ahora bien, los 21 artículos finalmente seleccionados han sido el “objeto”
especifico de este seguimiento bibliográfico y del análisis posterior, al que están
relacionados los resultados de esta investigación, referida exclusivamente a la
esquizofrenia y su imagen en los Medios de Comunicación.
Se trata de una investigación de carácter cualitativo y opinático, una revisión
bibliográfica adecuada para la exploración de temas emergentes o poco conocidos,
o también muy conveniente para poner al día temas que motiven nuevas y más
amplias investigaciones.
En ese sentido, esta investigación resulta propicia para facilitar de manera
sistemática, un marco de conocimiento, que evitando las referencias irrelevantes,
permitan alcanzar un grado acumulativo y crítico de información, que motive el
interés de otros investigadoras/es, que se encuentren implicados en la investigación
de la esquizofrenia y su representación en los Medios de Comunicación.

56
La pertinencia de los artículos seleccionados corresponden con el análisis
del contenido de los mismos (Hart, 1998), en los que deben aparecer claramente la
relación entre los Medios de Comunicación y la esquizofrenia y que dicha relación
se fundamente en una serie de conceptos, positivos o negativos que definan hechos
acaecidos o protagonizados por personas con esquizofrenia o bien, vengan referidos
a la descripción de la esquizofrenia.
Posteriormente a su valoración inicial, los artículos seleccionados han sido
analizados, recogiendo la información de sus contenidos en diferentes categorías
como título, año de publicación, medio de comunicación, país, periodo temporal
del seguimiento, investigadora/or principal, nº de noticias evaluadas, objetivos de
la investigación, metodología de análisis y resultados. Categorías con las que se ha
confeccionado una pequeña ficha técnica que ha supuesto una herramienta
adecuada para la valoración y contraste de la información contenida en los artículos
de la muestra.

He revisado los artículos bibliográficos haciendo mención de los diferentes


Medios analizados, ya que la televisión puede tener unos efectos diferentes a la
prensa escrita debido la inmediatez, fragmentación, brevedad y
descontextualización en el que se dan las noticias televisivas (MacClure y
Patterson, 1976 en Wolf, 1996). Por otro lado, es necesario tener en cuenta que,
bien como reflejo de la programación televisiva u otras razones, el espectador
asiduo de televisión posee una imagen del enfermo mental como más violento y
agresivo que el resto de la población (Gerbner y Tannenbaum, 1962).
En algunos artículos que cumplían los criterios de inclusión, solo han estado
disponibles pequeños resúmenes o abstracts, con una información tan escasa que
apenas hacían posible un análisis de su contenido. Sin embargo, se han incluido
estos artículos en siete ocasiones, bien por su importancia en cuanto a su contenido,
o bien por su importancia temporal o geográfica. En cualquier caso, se ha preferido
su inclusión al objeto de dar cuenta de su existencia para que, si fuera el caso en el
futuro, otras personas puedan decidir sobre su inclusión o no en nuevas
investigaciones.

De las clasificaciones al uso (Isern, 1994), la presente revisión puede


caracterizarse como una revisión descriptiva y sistematizada, la más adecuada para

57
dar cuenta de conceptos útiles en áreas de continua evolución y mantener un
esfuerzo de actualización de estos cambios (Day, 2005). De contenido narrativo, ya
que contiene la descripción de como se ha realizado la búsqueda, con el objetivo de
analizar, identificar, valorar e interpretar una serie de informaciones vinculadas a
un tema específico. Sin embargo, es necesario subrayar que no posee el nivel de
sistematicidad de una revisión integradora (Coughlan, M, et al., 2013; Whittemore,
R., 2014). Aunque tiene un enfoque crítico, no puede etiquetarse como tal en toda
la plenitud del concepto, en tanto que no posee la profundidad y exhaustividad
necesarias. En contraste con lo anterior, si podría definirse cómo revisión
conceptual, ya que centra su interés en la búsqueda de conceptos que a través del
lenguaje expresen valoraciones, ideologías, representaciones sociales y en suma, un
espacio simbólico compartido que expresa las relaciones de poder que definen un
fenómeno dado y orientan las conductas de los sujetos que participan en el mismo.

En resumen, estaríamos ante un diseño, de investigación social de carácter


cualitativo, cuya muestra responde a un carácter opinático vinculado a los objetivos
de la investigación, al tiempo asignado para la misma y la disponibilidad de las
fuentes. Una revisión sistematizada aunque no sistemática (Manchado Garabito, R;
et al., 2009) que incluye algunos elementos centrales y definitorios de las revisiones
críticas y conceptuales, y que en consecuencia, sus resultados no pueden ser
generalizados más allá de las fuentes citadas, pero que resulta una aportación en
extremo valiosa para la actualización de conocimientos, la exploración (Guirao. J.,
2006) y la descripción conceptual de la situación actual en cuanto a la
representación social de la esquizofrenia en los Medios de Comunicación y la
posibilidad de aportar elementos teóricos o metodológicos que mejoren las futuras
revisiones bibliográficas en este campo.

6.- Resultados

Los resultados se han expuesto con un criterio temporal, que permita ver la
evolución y los diferentes objetivos que han animado las investigaciones que han
podido registrarse. Este planteamiento debe ajustarse a la existencia de estudios
longitudinales que abarcan incluso décadas y que en consecuencia, tienen unos
resultados que se extienden más allá de las investigaciones de carácter anual e
incluso de año de su publicación.
58
Se trata de una descripción narrativa donde se exponen los elementos más
significativos del análisis y que han sido recogidos a partir de la ficha técnica ya
mencionada.
En octubre de 2003, se publicaba una investigación que pretendía explorar
el uso metafórico del concepto de esquizofrenia en cinco grandes periódicos de
tirada nacional de Estados Unidos (Duckworth, 2003). Su objetivo era saber si los
prejuicios negativos para la esquizofrenia eran superiores o no, a otra de las
enfermedades con sentido amenazante y características ambiguas, pero
desvinculada de la enfermedad mental: el cáncer.
Utilizando una base de datos en la que estaban disponibles las noticias de
cinco grandes periódicos de tirada nacional, se seleccionaron inicialmente 1802
noticias en las que figuraban al menos, uno de los dos indicadores: Esquizofrenia o
cáncer. Las noticias correspondían al periodo entre 1996 y 1997.
La esquizofrenia tuvo un uso metafórico en un 28% de las noticias frente al
1% del cáncer. Estas metáforas eran utilizadas de manera despreciativa. En la
mayoría de las noticias la metáfora se refería a conductas contradictorias,
incomprensibles, poco o nada coherentes y con rasgos negativos.
Los investigadores concluyeron que los Medios analizados caracterizaban la
esquizofrenia como una enfermedad vinculada a la doble personalidad, y a las
personas con esquizofrenia con un comportamiento inusual y violento.
Aunque la mayoría de las investigaciones que hemos podido encontrar están
referidas al análisis de contenido cuantitativo en la prensa escrita, una de las
investigaciones de mayor antigüedad, datada en el 2000, tres años después que la
investigación citada anteriormente, hace referencia al análisis de una película: Yo,
yo mismo, e Irene (Byrne, 2000).
El contenido de esta comedia supuso la queja formal de la Alianza Nacional
de la Enfermedad Mental de EUA (NAMI), de la Sociedad Canadiense de
Psiquiatría y de la Asociación Canadiense de Psiquiatras.
En ella se representaba a una persona con esquizofrenia que cuando no
estaba bajo los efectos de la medicación antipsicótica y en ocasiones, aún bajo el
efecto de la misma, presentaba conductas sexualmente desinhibidas, agresividad,
obscenidad e imprevisibilidad.
La esquizofrenia aparecía como una mezcla de sintomatología perteneciente
a trastornos de personalidad múltiple o trastornos del estado de ánimo.

59
Se mostraban píldoras “jellybean” para curar la esquizofrenia, cuyo efecto
secundario principal era la elefantiasis genital. Los personajes que rodeaban al
protagonista exhibían también una especie de personalidad banal, con camisetas
con la leyenda “Soy esquizofrénica, así soy yo”. El propio cartel que anunciaba la
película contenía dos aspectos opuestos de la cara del protagonista. La cara de
Carrey mostraba para el mismo personaje, un Chary bueno y Hank malvado.
En tanto que la película iba dirigida a un público joven, las agencias
mencionadas valoraron que este tipo de películas, banalizaban la situación de los
enfermos mentales, generaba una información distorsionada y facilitaba la
estigmatización de la esquizofrenia al vincularla con la agresión. En consecuencia,
se subrayaba que estas características potencialmente formaban parte de las
creencias sociales que determinaban una búsqueda de ayuda más tardía entre los
jóvenes y una menor conciencia de enfermedad.
Un año más tarde, en 2001, Angermeyer (2005) y sus colaboradores
(disponible solo en abstract), procedían a realizar en Alemania una serie de
entrevistas con un enfoque muy interesante. Los participantes leían los periódicos y
otros veían en programas de televisión, contenidos en los que aparecían personas
con enfermedad mental o noticias que contenían hechos vinculados a ella.
A través de cuestionarios que se pasaron posteriormente a estas
exposiciones diferenciales, se constató que el deseo de mantener la distancia social
con los enfermos esquizofrénicos aumento en mayor medida en cuanto se consumía
más televisión.
En lo que respecta a las personas que leyeron periódicos la distancia social
deseada era mayor que la deseada inicialmente pero de menor magnitud, con
respecto a las personas que habían visto programas de televisión.
Las actitudes ante la enfermedad mental que se deducían de la lectura de
periódicos demostraron una mayor dependencia de las diferencia de las distintas
líneas editoriales.
Los investigadores concluyeron que los Medios ejercían una influencia
constatable sobre la distancia social deseada (conductas de discriminación). Que el
efecto era mayor en los espectadores de televisión y que los mensajes inexactos y
unilaterales deberían ser sustituidos por mensajes precisos y equilibrados.

60
Durante el periodo 2004 a 2005 un equipo de investigadores/as españoles/as
realizó un seguimiento de tres periódicos nacionales y cuatro Cadenas de Radio,
donde se analizaron 6 programas, con una duración total de 3079 minutos.
También, se incluyó el seguimiento de tres cadenas de televisión, una de ellas,
local, con 2284 minutos de visionado, y un total de 7532 unidades informativas
analizadas (Muñoz, 2011).
Se pretendía determinar si los conceptos que describen la enfermedad
mental crónica y grave obedecían a un conjunto de estereotipos negativos o bien no
existían diferencias en el trato dado a las enfermedades mentales. La causa esencial
para esta investigación provenía del hecho de que estos estereotipos negativos
provocaban un agravamiento de las condiciones terapéuticas de los enfermos y una
mayor exclusión social de este colectivo.
El rastreo se codificó con la categorización de 368 términos vinculados a
las enfermedades mentales graves, incluida la esquizofrenia.
Con diferencias significativas las noticias que se registraron en televisión,
vinculaban la enfermedad mental con los sucesos violentos.
La esquizofrenia se utilizó para referirse a enfermedades mentales crónicas
en un 6.3 % de las noticias evaluadas. En general, los términos encontrados para
describir las características de la enfermedad mental eran inespecíficos y/o
peyorativos, las referencias eran incorrectas, incompletas o denigrantes, vinculadas
a actos violentos. En estos aspectos negativos no se encontraron diferencias entre
Medios.
La temática predominante eran la agresión y la escasez de recursos, y los
estereotipos venían referidos a describir al enfermo mental con estereotipos de
peligrosidad (12, 6%), imprevisibilidad (9,1%) y estigmatización (25%).

Un equipo de investigadores portugueses, decidió iniciar una revisión en


cinco periódicos portugueses de gran tirada, cuatro de tirada diaria y uno semanal,
que abarcara un periodo temporal de 2007 a 2013.
El objeto de la investigación era apreciar el uso valorativo que se hacía en
los periódicos de la esquizofrenia. Utilizando esta misma palabra como descriptor,
la investigación encontró 1058 artículos que contenían la palabra esquizofrenia.
Después de un análisis de contenido en el que se tuvo en cuenta, quien firmaba el
artículo, en qué contexto y como se adjetivaban las definiciones de la esquizofrenia,

61
se constató que esta era usada de manera metafórica en el 40% de los artículos (el
90 % de los mismos, con una valoración negativa). En el 22% de los mismos
aparecía vinculada al crimen, donde en el 93 % de las ocasiones, la persona con
esquizofrenia aparecía como agresor (homicidio en el 70% de las noticias), y el 7%
como víctimas.
Los investigadores concluyeron que el uso de las metáforas en esquizofrenia
era un importante vehículo de prejuicios sociales, al utilizarlas como proyección del
miedo y la ignorancia que pueden darse ante enfermedades misteriosas y
amenazantes.
Por otra parte, la investigación subrayó el papel activo de los Medios en el
mantenimiento del estigma y los perjuicios sociales frente a la esquizofrenia
(Rodrigues Silva, 2016).

En 2008 y dentro del periodo temporal coincidente con la investigación


anterior (Magliano, 2011), se desarrollaba en Italia una investigación en la que se
incluyó el rastreo de noticias relacionadas con la esquizofrenia en 222 periódicos
italianos (solo abstract disponible).

La utilización de una Base de Datos en la que figuraban las noticias de un


importante número de periódicos italianos permitió la extensión y heterogeneidad
de la muestra de periódicos que se incluyeron en la investigación. Esta orientación
metodológica permitió la búsqueda informática de términos como “esquizofrenia o
esquizofrénico”, en tan gran número de publicaciones. De los 1087 artículos en que
apareció el descriptor esquizofrenia, en 801 de estos artículos, se realizó un uso
metaforizado que incluyo las categorías de incoherencia/contradicción (682;
85.1%), peligrosidad / agresividad (34; 4.4%) y excentricidad / rareza (84, 10.5%).

De los 209 (55,9%) artículos publicados sobre personas diagnosticadas con


el trastorno esquizofrénico, 117 estaban en la sección de noticias vinculadas a
sucesos, de las cuales 57 (48,7%) se referían a homicidios, 17 (14,5%) a otros
asaltos por parte de las personas con esquizofrenia y 33 (28,2%) a agresiones a las
personas protagonizadas por personas esquizofrénicas.

Esto confirmó el uso denigratorio de las metáforas utilizadas para describir


la esquizofrenia, de la fuerte relación entre esquizofrenia y violencia en la prensa

62
italiana, así como el rol de agresor del enfermo esquizofrénico.
En 2013, Clement y colaboradores /as, iniciaron una investigación que
bien pudiera calificarse como metaanálisis, al explorar en once bases de datos,
ensayos controlados y aleatorios donde podían evaluarse los efectos, tanto sobre
las creencias prejuiciosas como en las conductas de discriminación, de aquellas
acciones sobre los Medios, tendentes a reducir el estigma de las personas con
enfermedad mental.

La investigación finalmente seleccionó 22 intervenciones que abarcaron un


arco temporal retrospectivo considerable (1966-2011), con un total de 4490
participantes y en las que fundamentalmente se trataba de evaluar el impacto de las
acciones que sobre los Medios de Comunicación, se habían diseñado para reducir la
visión negativa de las personas con enfermedad mental.
Los resultados indicaron un efecto pequeño a mediano en los Medios para la
reducción de prejuicios, aunque en este caso, se conseguía reducir por igual los
perjuicios que se relacionaban con la esquizofrenia, como de otras enfermedades
mentales como la depresión mayor.
Sin embargo, el estudio no permitió concluir que los Medios tienen un
impacto sobre la reducción de las conductas de discriminación.
Al efecto, se adujo que la evidencia proporcionada por los estudios
analizados era baja o muy baja al respecto de los objetivos de la investigación.
En cualquier caso, los investigadores concluyeron que las intervenciones
sobre los medios de comunicación masivos pueden reducir las ideas de prejuicio
que categorizan las enfermedades mentales, incluida la esquizofrenia.

Mención especial requiere el estudio desarrollado en Japón, por sus


características en la extensión temporal del seguimiento (1985-2013) y por el nº de
artículos analizados. Se trata de uno de los mayores seguimientos realizados hasta
la fecha, con una cantidad inicial de 22.221,697 artículos, en 4 importantes
periódicos japoneses y un noticiero televisivo con 944. 395 noticias iniciales. De
esta muestra previa finalmente se seleccionaron 51.789 artículos de prensa y 1106
noticias de televisión. Esta cantidad ingente de registros fue posible al poder
utilizarse una empresa que mantenía un servicio de búsqueda de titulares de
artículos y textos, incluyendo términos específicos.

63
Se pretendía comprobar si la esquizofrenia recibía un trato diferente a otra
enfermedad mental como la depresión y también frente a otra enfermedad física de
carácter crónico como la diabetes mellitus.
Además, la investigación contaba con un interés añadido, ya que en 2002 se
había cambiado en Japón el nombre a la esquizofrenia, ya que el concepto
tradicional de por si enunciaba unas connotaciones negativas y hacía referencia a
una escisión de la personalidad. Se trataba de rastrear su impacto buscando las
palabras clave: nuevo y viejo nombre de la esquizofrenia, trastorno depresivo (TD)
y diabetes mellitus (DM).
Se utilizaron seis categorías para agrupar las noticias: criminal o violenta;
suicidio o daño propio; médico o psicológico; peyorativo o negativo; positivo;
neutral. La inclusión en una u otra categoría se desarrolló a partir de un conjunto de
evaluadores interjueces.
Finalmente pudo determinarse que la mayor presencia en las noticias era
para la DM; después para el TD y finalmente para la esquizofrenia. Se constató una
presencia progresivamente mayor, a lo largo del periodo analizado, para las tres
enfermedades.
Los resultados concluyeron con diferencias significativas en el trato
negativos de los diferentes trastornos. El contenido negativo se utilizaba para todas
ellas, pero fundamentalmente caracterizaba a la esquizofrenia con 31, 5%; el tras.
Depresivo con el 16% y la Diabetes Mellitus con un 8, 2% de las noticias
analizadas.
De igual modo, pudo concluirse que el cambio de nombre de la
esquizofrenia no tuvo efecto, al seguirse manteniendo una valoración negativa de
este trastorno. Palabras negativas como delincuente o personas violentas fueron
asignadas para la esquizofrenia en un 31,5 % de las noticias referidas a este
trastorno, frente al 16% para TD y el 8,2 % para la DM.
La categorización para la esquizofrenia implicaba un mayor número de
conceptos vinculados con la violencia interpersonal mientras que la depresión
implicaba un mayor número de conceptos vinculados con el suicidio y la
autoagresión.
La investigación también puso de relevancia que la importancia de la
agresión, no era completada por un interés similar por los antecedentes

64
socioeconómicos, por el entorno en el que se producen esta violencia interpersonal,
e incluso en las características sintomáticas de la esquizofrenia, ni siquiera había
una mención continuada y coherente en relación con las conductas agresivas, de
los problemas de alcohol y drogodependencia, que son factores que determinan en
gran medida la aparición de conductas violentas.

También dentro de estas investigaciones que cuentan con un seguimiento


considerable del espacio temporal, Owen, publicaba en 2012 una investigación
sobre el tratamiento de la esquizofrenia en 41 películas de 70 iniciales.
En esta investigación, es ya un objetivo de investigación, no solo la
existencia de una representación social de la esquizofrenia de carácter negativo y
estigmatizante, sino que recogiendo los resultados de las investigaciones anteriores,
quedó legitimada como objeto de interés, no solo la exploración de los estereotipos
negativos, sino también, la insuficiente información sobre aspectos de la
enfermedad como síntomas, causa, y tratamientos. De hecho, se menciona que en
estudios sobre la representación de la esquizofrenia realizados entre 1990-2003,
solo tres de ellos recogían información sobre las características clínicas de la
enfermedad.
Por tanto, en esta investigación puede darse cuenta de que ya existía una
preocupación consolidada sobre la desinformación que los Medios difunden a la
población general.
La búsqueda de las películas se realizó en bases de datos de internet, con
términos de búsqueda como esquizofrenia, enfermedad, locos, psicosis, etc. En la
adscripción a la esquizofrenia de los personajes, se utilizó el criterio de que, al
menos, se cumplieran dos criterios para la esquizofrenia según el DSM IV. Otras
variables sociodemográficas fueron también recogidas y analizadas, junto con la
heteroagresión o autoagresión.
Se hallaron 42 personajes de películas vinculados con la esquizofrenia, en
los que se valoraron la información sobre síntomas, estereotipos, demografía,
causalidad y tratamiento.
Los resultados, mostraron diferencias significativas tanto para la
desinformación, como para las representaciones negativas de la esquizofrenia.
El comportamiento de estos enfermos era descrito como impredecible y
violento. Un tercio de los personajes eran homicidas y un cuarto suicidas. La

65
investigación acuño un término específico para esta construcción dramática de la
agresión, calificándola de “homicidio maniaco”, como expresión de la violencia
vinculada a la enfermedad mental en las películas, donde la esquizofrenia quedaba
sólidamente asociada al asesino psicópata.
Este comportamiento agresivo era ejecutado por varones caucásicos. La
sintomatología con mayor presencia era la agresión y después, los síntomas
positivos, sobre todo delirios y alucinaciones auditivas y visuales.
La etiología de la esquizofrenia era de carácter psicógeno, con el trauma
como origen de la enfermedad mental. Las disfunciones maritales o familiares
causaban esquizofrenia. Esta podía ser curada a través de las relaciones afectivas.
En lo que respecta al tratamiento, solo en escasísimos personajes la
medicación era vista de manera positiva y eficaz. Finalmente, la distorsión
informativa se completaba con la asociación entre esquizofrenia y genio creador o
intelectual.
También dentro de las características de estas investigaciones vinculadas al
análisis de periódicos o películas durante un largo espacio de tiempo, encontramos
la investigación de Goulden y colaboradoras/es (2011), en Reino Unido.
El seguimiento se realizó entre 1992 hasta 2008. Sin embargo, no se efectuó
un seguimiento completo de este periodo, sino que se tomaron tres años concretos
(1992, 2000 y 2008), como objeto de análisis.
El interés de la investigación residía en valorar los esfuerzos que en ese
momento se estaban haciendo en Inglaterra para reducir el estigma de la
enfermedad mental en los Medios de Comunicación.
El estudio se centró en el análisis de la cobertura de la enfermedad mental,
en cinco periódicos, uno de ellos de tirada regional y cuatro de tirada nacional.
Algunos estudios hablaban de una menor estigmatización para los trastornos
de ansiedad y depresión. El estudio se propuso determinar si esto era cierto también
para la esquizofrenia.
Se exploraron las noticias de la prensa equilibrando la orientación
ideológica de la prensa seleccionada. Este seguimiento se realizó a partir de una
base de datos digital.
Se buscó en titulares y en los párrafos iniciales la existencia de 36 términos
que aludían a diagnósticos psiquiátricos y sus derivados, del tipo esquizofrenia,

66
esquizofrénico, esquizo, psicosis, estrés, desorden mental, ansiedad, asilo,
depresión, fobia, etc.
Se utilizaron pruebas estadísticas para comprobar la significación de las
diferencias. De un total de 7481 artículos iniciales, cumplieron los criterios de
inclusión para el análisis 1361 artículos. Los criterios de inclusión fue que estos
términos aparecieran en un contexto de enfermedad y salud mental. Todos los
artículos fueron categorizados como buenas y malas noticias según su contenido
valorativo respecto a la enfermedad mental.
La metodología incluía un criterio hasta ese momento poco frecuente y es
que la selección de noticias que describían los trastornos mentales se realizó desde
la categorización y correspondencia con los diagnósticos psiquiátricos propios de la
comunidad científica.

En el periodo examinado hubo una cantidad decreciente de artículos


negativos sobre enfermedad mental y un mayor número de artículos de carácter
explicativo o divulgativo. El tratamiento mejoró sensiblemente respecto a la
depresión pero no respecto a la esquizofrenia que, aun en este clima de mejora,
siguió manteniendo su estigma específico.

Los investigadores mencionaron que este pequeño cambio en el tratamiento


de las enfermedades mentales no mejoró las actitudes de las personas en torno a la
enfermedad mental y especialmente, respecto a la esquizofrenia. Por tanto, en las
noticias analizadas se encontró una mejoría ligeramente significativa para el
tratamiento de la depresión y una continuidad negativa en el tratamiento de la
esquizofrenia.

En resumen, durante el periodo estudiado siguió existiendo el mismo


número de informaciones de carácter negativo para la enfermedad, pero
acompañado de un aumento de información que intentaba informar de estos
trastornos de una manera más completa.
En tratamiento mediático de la depresión, ansiedad, trastorno bipolar y
trastornos de la alimentación, mejoraron con el tiempo o siempre fue en gran
medida favorable. En cambio, la esquizofrenia, los trastornos de la personalidad y
las referencias generales a la enfermedad mental, fueron incluidos principalmente

67
en la categoría de "noticias negativas", y vieron poco, o ningún cambio en su
cobertura con el tiempo.
En cuanto a la vinculación de estos trastornos con la agresión, sin duda
supone una característica específica de este trastorno, configurando un verdadero
problema para la esquizofrenia y los trastornos de la personalidad, que rara vez
aparecen en un contexto no relacionado de alguna manera con la violencia, la
tragedia o la desgracia.
Los investigadores concluyeron advirtiendo que la cobertura negativa de la
esquizofrenia pudiera ser mayor ya que gran parte de las noticias vinculadas con la
esquizofrenia se describen con generalidades como trastornos psicóticos o
enfermedades mentales graves, que se encuentran relacionados con el crimen o la
peligrosidad desde estas categorías.
Finalmente, señalaron dos cuestiones reseñables: La continuidad de la
representación negativa de la esquizofrenia y la necesidad de dar una mejor
información al respecto de sus características clínicas y psicosociales.

Otro de los estudios longitudinales que abarcan más de una década, es la


investigación desarrollada por McGinty (2015), sobre la relación de la violencia y
la enfermedad mental grave en los periódicos estadounidenses (Solo disponible
abstract).

La investigación cubrió desde 1997 hasta 2012. Esta vez, esta investigadora
y sus colaboradoras/es nos hablan de una muestra aleatoria del 25 % de noticias
sobre enfermedad mental grave (esquizofrenia-psicopatía) provenientes de 14
periódicos de noticias nacionales y regionales.

Sus resultados informaban que como consecuencia de los tiroteos en masa,


se observó en la población general una actitud muy extendida en etiquetar como
más peligrosas a las personas con enfermedad mental que al uso general de las
armas y en consecuencia, existía una predisposición mayoritaria a mantener un
mayor control sobre estas personas, como causa de la violencia armada, que sobre
las armas en sí.

Atendiendo de manera más especifica la relación entre esquizofrenia y


violencia, Vahabzadeh (2011) y su equipo revisaron todos los artículos de cinco
periódicos de gran circulación de EUA entre 2000 y 2010. Los descriptores eran las
palabras esquizofrenia o esquizofrénica (Solo abstract disponible).

68
Las categorías donde se codificaron las noticias seleccionadas fueron:
educación, referencia incidental, noticias médicas y farmacéuticas, uso metafórico,
caridad, obituario, médicamente inapropiado e interés humano y este último se
dividió en abogacía, crímenes cometidos por personas con esquizofrenia, crímenes
cometidos contra personas que padecen esquizofrenia y temas relacionados con la
mala salud mental.
En este estudio, se observó una disminución significativa de los artículos
que vinculaban esquizofrenia y delito, pero no se observó dicha diferencia en el
sentido negativo del lenguaje metafórico que describe la esquizofrenia. Estos datos,
al menos, en este aspecto de la continuidad de la categorización negativa de la
esquizofrenia, resultan coincidentes con la investigación de Duckworth (2003), que
obtuvo resultados similares después de analizar la prensa estadounidense durante
1996-1997. Sin embargo, no parecen totalmente congruentes con los resultados de
McGinty (2015).
Aunque la relación delito y esquizofrenia respecto a esquizofrenia-agresión
no son términos intercambiables, parece necesaria una mayor información sobre
este punto para determinar las posibles diferencias, su magnitud y significación.

También en un estudio a lo largo plazo de casi una década, en Corea del Sur
se realizó una investigación sobre las imágenes de la esquizofrenia en sus Medios
de Comunicación (Park, 2012).
Al igual que en Japón en 2002, también en Corea del Sur se modificó el
nombre con el que se describía la esquizofrenia, cargado hasta ese momento con
una significación negativa muy extendida y consolidada en el tejido social.
En consecuencia y para determinar sus posibles efectos, se realizó una
investigación que cubrió la tirada de tres periódicos nacionales y tres programas
televisivos nacionales, durante 2001 a 2010.
Como en prácticamente la totalidad de este tipo de investigaciones las
noticias fueron analizadas, calculando porcentajes y frecuencias así como pruebas
estadísticas que comúnmente utilizan Ji cuadrado o similares.
Se analizaron 490 artículos y 257 noticias, el análisis fue de carácter tanto
cuantitativo como cualitativo. Las noticias y artículos fueron asignados a una de las
siguientes categorías basadas en el uso del término "schizophrenia": 1) negativo, 2)
neutro o positivo, 3) incidentales y 4) metafórico.

69
La categorización negativa de la esquizofrenia fue totalmente confirmada de
manera significativa. El punto de vista negativo representó 349 registros (46,7%),
mientras que los puntos de vista neutro y positivo incluyeron 225 incidencias
(30,1%). Los usos incidentales representaron 95 registros (12,7%), y los usos
metafóricos representaron 78 incidencias (10,4%). Tanto si las metáforas eran
empleadas por periodistas o no, su sentido era negativo.
La mayoría de los usos negativos se centraban en la violencia o en los
peligros motivados por las personas con esquizofrenia (137 menciones, 37,8%),
haciendo especial mención de la crueldad o brutalidad de sus acciones, mientras
que los usos metafóricos se centraban principalmente en la idea de mente o
personalidad dividida con 51 menciones (65%).
Las causas de la esquizofrenia se vinculaban en ocasiones, con el servicio
militar y en otras, con causas tan desconcertantes como llevar tacones o
masturbarse.
Las personas con esquizofrenia eran raras o imprevisibles (18%), e
incurables (10%), en consecuencia, no funcionan bien en sociedad (8%) y debían
ser encerrados (6%).

En la comparación entre prensa y televisión, aparecieron diferencias


significativas en cuanto a las valoraciones positivas de las personas con enfermedad
mental, pero hubo una mayor uniformidad en las valoraciones negativas, en las
cuales no hubo diferencias entre los medios analizados.
En la televisión el 64 % de las noticias se clasificaron como negativas,
frente al 37 % de la prensa escrita, del total de noticias analizadas. Es necesario
destacar que los investigadores/as subrayaron que la ciudadanía de ese país cuando
desea informarse de algo lo hace mayoritariamente por la televisión.
Finalmente, se constató que durante el periodo estudiado aumentaron los
términos estigmatizadores respeto a los diez años anteriores, aunque no
significativamente.

Apenas tenemos información disponible sobre este tipo de investigaciones


en Turquía (Solo abstract disponible). Al respecto, Boke (2007), sometió a
seguimiento a 12 periódicos de tirada nacional a lo largo de seis años (2001-2006).
La muestra quedó completada con 878 noticias. De ellas, el 55,9 % venían referidas

70
a la esquizofrenia como trastorno psiquiátrico; el 44,1% se refería a la esquizofrenia
como metáfora.
La investigación pudo concluir que las noticias negativas aparecían cada
2,2 días, frente a las noticias positivas vinculadas a la esquizofrenia, que aparecían
una vez cada 12, 2 días. Esto significó que las categorizaciones negativas de la
esquizofrenia que se encontraban presentes en la prensa turca, eran seis veces
superiores a las categorizaciones neutrales o positivas de la misma.
En Brasil, el análisis de tres periódicos de tirada nacional y dos revistas
semanales, en dos momentos temporales diferentes (2008 y 2011), se propuso
investigar el uso metafórico de la esquizofrenia y en que contextos se utilizaba esta
en los Medios de Comunicación escritos.
Los artículos debían contener los descriptores esquizofrenia o
esquizofrénico y se dividieron en diferentes apartados que intentaban registrar la
información perteneciente a sintomatología, etiología, curso, curación o
tratamiento. Esta búsqueda solo se realizó en el primer año de seguimiento y solo
en torno al 10% de las noticias contenían alguna referencia al diagnóstico, curación
o tratamiento de la esquizofrenia. A la vez, los descriptores se categorizaron en tres
apartados: Como uso médico o científico, como uso no justificado y vinculado a la
violencia y al delito y como metáfora.
Como consecuencia del seguimiento se analizaron 229 noticias, de ellas el
37,5 % se clasificó en la categoría de científicos o salud con tendencia hacia la
imprecisión; el 30,4 % se encontró vinculada a la violencia y a delitos, sin ningún
fundamento para etiquetar a estas personas como esquizofrénicas, aunque a pesar
de ello, con esta palabra eran categorizadas, mientras que el 32,6 % restante se
clasifico como metafóricos de contenido siempre despreciativo.
La investigación destacó como sus resultados más significativos la
banalización del trastorno y la criminalización de la persona con esquizofrenia
(Bevilacqua, 2012).

Desde Bélgica, Thys (2014), inició una investigación que utilizó las páginas
web donde se podían consultar las noticias de siete periódicos flamencos en el
periodo comprendido entre 2008 y 2012. Este investigador, se propuso comparar la
categorización de la esquizofrenia frente a otros trastornos psicológicos crónicos y
parciamente desconocidos como el autismo.

71
Después de analizar 4181 artículos en los que aparecía bien el indicador
esquizofrenia o bien, autismo y sus derivados, se agruparon los artículos en torno a
tres categorías valorativas: positiva, negativa o neutral, y finalmente, una categoría
específica que hiciera referencia a la metaforización del término esquizofrenia o
autismo.
La persona con esquizofrenia fue descrita como impredecible y peligrosa.
La mayor parte de estas noticias se relacionaban con el crimen y los asesinatos
(60%). Apenas se encontró información sobre variables de la enfermedad como
etiología y curso.
Los resultados de la investigación determinaron una mayor presencia del
autismo (64,3%) que de la esquizofrenia (37%).
La categorización positiva del autismo se elevó a 1835 artículos frente a la
esquizofrenia con 142. La categoría neutral del autismo obtuvo 462 noticias frente
a las 329 de la esquizofrenia, y finalmente, la categorización negativa del autismo
se dio en 235 noticias frente a la valoración negativa de la esquizofrenia en 4999
noticias.
El uso metafórico de carácter negativo para el autismo apareció en 151
noticias frente a las 575 de la esquizofrenia.
De acuerdo con estos resultados se concluyó que a pesar de que había
diferencias entre las líneas editoriales de cada periódico, subsistía un grave y
continuado tratamiento estigmatizador de la esquizofrenia.
En el mismo periodo temporal en que se producía la anterior investigación,
en Brasil (Dubugras, 2011; Solo abstract disponible), se desarrollaba una
investigación en la que se realizaba un seguimiento de un solo periódico de tirada
nacional pero a lo largo de dos años (2009-2010). En ella, se utilizó como
indiciador la palabra esquizofrenia. Se hizo un registro inicial de 687 artículos, que
más tarde fueron reducidos a 75.
En este momento, la búsqueda de variables clínicas de la esquizofrenia
estaba ya consolidada. No solo se exploraban los estereotipos negativos de este
trastorno, sino que también interesaba la calidad de la información con la que se
informaba sobre los aspectos de curación, curso, pronóstico o etiología de la
esquizofrenia.
Los temas con mayor número de artículos se centraron en torno a la
categoría general de los trastornos mentales y su relación con la violencia, pero

72
también, aparecieron noticias sobre el tratamiento y la etiología de estos trastornos.
La cobertura abordó factores genéticos, riesgo de psicosis inducida por drogas y
beneficios de los antipsicóticos, lo que puede contribuir a la reducción del estigma
hacia el tratamiento de las personas con esquizofrenia.
Sin embargo, los artículos siguieron divulgando mensajes de
estigmatización, y no abordaron de manera significativa toda la complejidad
clínica del trastorno. La peligrosidad siguió siendo el tema común y caracterizador
de la esquizofrenia.
En 2015, Pérez C. y colaboradora/es, publicaban un artículo referido a una
investigación realizada en los años inmediatamente posteriores a la anterior ( 2013-
2014), en su título se preguntaban esquizofrenia en la prensa, ¿el estigma
continua?.
La investigación había efectuado un seguimiento de 6 periódicos, 4 de ellos
de tirada nacional y dos de carácter regional, en España.
Para esta tarea se había utilizado una serie de buscadores digitales de los
respectivos periódicos, donde el criterio de inclusión era la aparición de la palabra
esquizofrenia.
Una vez registrados los artículos, estos se dividieron en diferentes
categorías:
1) Actos delictivos/violentos.
2) Divulgación científica, tratamientos, investigación.
3) Comentario sobre alguien que padece esquizofrenia.
4) Falta de recursos socio-sanitarios o lucha contra el estigma.
5) Otros.
Se analizaron 497 noticias, de ellas 126 (25,4%) hacían un uso metafórico
del término “esquizofrenia”. De las 371 restantes, 143 (38,5%) trataban sobre
delitos, 105 (28,3%) lo hacían sobre temas de divulgación científica, 40 noticias
(10,8 %) nombraban a alguien con esquizofrenia, 37 (10%) hablaban sobre falta de
recursos o estigma y 46 (12,4%) informaban sobre otros temas.

En las noticias sobre delitos, la persona con esquizofrenia era víctima en


16,1% y causante del delito en 83,9%, en estas descripciones se utilizaban con
relativa frecuencia expresiones estigmatizantes.

73
El uso metafórico se dio en el (25,4) de las noticias, entendidas como
resultado de la consideración de enfermedad desconocida y como expresión de
valoraciones negativas.
En consecuencia, la investigación concluyó con que hay una persistencia
continuada en describir la enfermedad mental y sobre todo, la esquizofrenia, desde
un punto de vista estigmatizante y vinculada con la agresión de un modo totalmente
desproporcionado.
Algunas de las conclusiones del artículo apuntaban a que la estigmatización
de la esquizofrenia, es posible que vaya más allá de los manuales de estilo al formar
parte del lenguaje y de la agenda de los propios Medios. Además, se subrayaba que
debería tenerse más en cuenta la necesidad de informar sobre las variables clínicas
de estos trastornos en los Medios de Comunicación y particularmente, de la
esquizofrenia.
En este mismo periodo, en Estados Unidos, McGinty (2013), volvía a
publicar un trabajo con el objeto de su interés investigador, la relación entre el
control en el uso de las armas y su relación con los asesinatos masivos, esto es
fundamentalmente, las condiciones del uso de armas de fuego y su relación con la
cultura que emerge de los mensajes de los Media.
En su investigación nos ofreció una interesante propuesta metodológica ya
que aunó el uso de artículos de los Media con entrevistas, en la que los participantes
informaban sobre su forma de sentir y sus creencias respecto a las noticias que
previamente habían leído.
Las noticias que contenían las revistas incluidas en la investigación trataban
de diferentes formas y grados los tiroteos protagonizados por personas etiquetadas
como enfermos mentales.
En consecuencia, se pudo observar como los tiroteos masivos aumentaban
las actitudes negativas hacia las personas con enfermedad mental grave, sobre todo,
aquellas etiquetadas como personas con esquizofrenia o trastorno bipolar.
También aumentaban el apoyo al control de armas, especialmente en estas
personas con trastornos mentales graves como la esquizofrenia.
Pudo observarse que la representación social de la esquizofrenia y el uso de
armas se encontró constituida por la polémica “personas peligrosas” frente a “armas
peligrosas”, identificando esas “personas peligrosas” con las personas con
esquizofrenia.

74
Se utilizó una muestra nacional de 1797 personas, los encuestados fueron
aleatoriamente incluidos en grupos de tres historias diferentes y un grupo control.
Finalmente, los resultados fueron desalentadores para todos aquellos que abogan
por una integración social de las personas con esquizofrenia ya que el estudio
demostró que estos mensajes mediáticos hacían que aumentaran las actitudes de
preservar una mayor distancia social respecto a los enfermos esquizofrénicos.
De hecho, se observaron diferencias significativas respecto al grupo control.
El 30% rechazó tener a personas con cualquier enfermedad mental como vecino
(especialmente esquizofrénicos). El 40 % atribuyo una mayor peligrosidad a las
personas con enfermedad mental (especialmente esquizofrenia), que al resto de la
población. El 71% frente al 48% acepto el control de armas especialmente en esta
población.
Hemos visto como la gran mayoría de investigaciones responden a un
análisis de frecuencias teniendo como objeto de estudio una determinada cantidad
de artículos periodísticos. Sin embargo, en ocasiones investigaciones como la de
Thonon (2015) proponen puntos de vista más novedosos de carácter experimental
(solo abstract disponible).
Se trataba de explorar los efectos directos de un documental que contendría
información ajustada de la esquizofrenia en dos condiciones experimentales, donde
los participantes serían asignados aleatoriamente a un grupo en una condición y un
grupo control. Previamente, se habían tomado mediante cuestionario las medidas
correspondientes a cada uno de los participantes en cuanto a sus actitudes ante las
personas con esquizofrenia.
El grupo experimental vería un documental audiovisual donde se darían
respuestas a los síntomas de la esquizofrenia y a sus características fundamentales
como curso y etiología. El grupo control no lo vería.
En el experimento 49 participantes fueron asignados al azar al visionado de
este documental. Los que lo vieron presentaron una disminución significativa de
estereotipos negativos, del deseo de distancia social y de comprensión de la
sociabilidad positiva respecto a las personas con esquizofrenia, mientras que
quienes no lo vieron continuaron manteniendo unas estereotipias y desinformación
muy acusadas.

75
En consecuencia, se concluyó que el estudio revelaba la importancia de las
informaciones adecuadas sobre la esquizofrenia y su capacidad para eliminar los
prejuicios y las falsas creencias sobre este trastorno.
Finalmente y desde el campo de la criminología, Pozueco (2015), publicó
una reflexión sobre el uso de la violencia en los Medios y en el Cine. Su
vinculación con los llamados psicópatas y su inclusión en ese espacio de
ambigüedad de las creencias sociales donde psicopatía, psicosis y enfermedad
mental grave o esquizofrenia se transforman en sinónimos intercambiables.

Se trata de un artículo donde se analiza la representación de la esquizofrenia


que suele entenderse en el cine como personalidad múltiple, paranoia o
sencillamente psicosis, integrado todo ello en la categoría generalizadora del
psicópata. Este investigador trata de desmontar el mito de la peligrosidad y
violencia del esquizofrénico.

El artículo argumenta que la psicopatía no es un trastorno mental que se


manifieste por su condición psicopatológica.
Por otro lado, hace hincapié en la realidad manifiesta de la relación entre el
psicópata exitoso e integrado socialmente y no en esa relación privilegiada por el
cine entre psicópata y criminalidad.
En el análisis se argumenta entre las diferencias entre psicopatía y psicosis y
esta y la esquizofrenia, aduciendo que tal confusión se debe a que dichos trastornos
aparecen en el cine, distorsionados y mal caracterizados.
La violencia producida por los psicópatas se caracteriza por su
insensibilidad, crueldad y falta de empatía. Mientras que los episodios de
agresividad en la esquizofrenia suelen ir precedidos de episodios de gran
significación emocional o de un desajuste emotivo que propicia el brote, siendo de
carácter reactivo e impulsivo.
Se aduce que el psicópata en el cine se presenta tan interesante que queda
ornado con un conjunto importante de características como inteligencia, la falta de
remordimientos, el ser aventurero, seductor, promiscuo, intrigante y trasgresor, que
le hacen ser una mera construcción cinematográfica.
La protagonista de Lo que el viento se llevó. Psicosis, el Resplandor, o el
mismo James Bond tendrían estas características psicopáticas, sin que sepamos a

76
ciencia cierta si estamos ante locos, psicópatas, simuladoras, personalidades
múltiples o personas con esquizofrenia.
La construcción artística de novelistas y cineastas permiten una
construcción absurda de la enfermedad mental como servicio a intereses dramáticos
o argumentales, que se fundamenta en la inclusión de rasgos de personalidad y
sintomatología de diferentes trastornos integrados en entidades caracterológicas
fantásticas, como motivación de determinados personajes malvados.
Los hechos criminales de la persona con esquizofrenia no corresponden a
esta caracterización fantástica. Así, el cine tergiversando la realidad, ayuda a la
propagación de una construcción médico-criminal que atrapa el conocimiento
social de las enfermedades mentales en general y especialmente dela esquizofrenia
y las interpreta de un modo que las vincula directamente con el delito y el asesinato
en el imaginario popular.

7.- Discusión

La revisión realizada ha puesto de manifiesto la existencia de


investigaciones sobre la imagen de la esquizofrenia en los Medios de
Comunicación desde 1966 hasta la actualidad. Esto significa que estamos delante
de un objeto de investigación de más de 50 años de permanencia. En consecuencia,
podemos subrayar que no estamos ante un tema emergente o que implique una
novedad en este campo de investigación.

Las investigaciones han llegado desde once países de situación geográfica y


cultura muy diferentes y sin embargo, en todos ellos subsiste la imagen negativa
de la esquizofrenia y su vinculación con la agresión.

Si acumuláramos los años de seguimiento de los Medios de Comunicación


estaríamos ante un total de 172 años en términos absolutos, con una media
temporal de 8 años de seguimiento por investigación, aunque el periodo más
frecuente es el de un año de duración.

Provenientes de 92 periódicos diferentes, los artículos analizados suman un


total de 22.230.752, en gran parte, por la aportación del estudio de Koike (2016).
Si eliminamos este estudio, para determinar la media de noticias más frecuente,

77
estaríamos en un número aproximado de 503 artículos por investigación y año de
seguimiento.

En las investigaciones referidas han colaborado un total de 6336


participantes. Finalmente, se han analizado 45 películas de cine y programas de 8
cadenas de televisión y de 4 cadenas de radio.

Fundamentalmente, el método más utilizado, como puede observarse


fácilmente, ha sido el análisis cuantitativo de la prensa escrita. En este tipo de
investigaciones, raramente se ha acudido a los periódicos en soporte papel, sino que
se han utilizado descriptores, sobre todo esquizofrenia y sus derivativos, utilizando
bases de datos diseñadas para la búsqueda de noticias periodísticas o bien, las
propias bases de datos de los periódicos seleccionados. De manera mayoritaria, se
ha seguido un proceso de extracción de medidas de tendencia central para luego
buscar diferencias con estadísticos como Ji cuadrado, a partir de la utilización de
programas estadísticos como el SPSS.
Solo una investigación menciona un análisis cualitativo de las noticias
registradas.
Una de las características más llamativas, a mi juicio, es la existencia de
estudios de corte experimental, de los que se mencionan, al menos 22 estudios
(Clement, 2103), además de los desarrollados por Mc Guinty (2013; 2015) y Tonon
(2015). Ello supone un proceso de cambio cualitativo al pasar de la constatación del
estigma en los Medios, a analizar la magnitud de los efectos, sobre las creencias y
conductas de la población general, de los estereotipos negativos sobre las personas
con esquizofrenia.
En este sentido, las investigaciones que han introducido algún cambio
positivo en el contenido de las características que definen la esquizofrenia en los
Medios, han demostrado un efecto significativo en el cambio de estereotipos y un
efecto mucho menor sobre las conductas de discriminación a partir de la medida de
“distancia social”.
La aparición de un enfoque más experimental no es el único cambio
cualitativo que ha experimentado este campo de investigación. De todas las
investigaciones analizadas, al menos 17 (81%), tienen por objeto de estudio la
búsqueda de estereotipos negativos y la constatación de una imagen estigmatizante
de la esquizofrenia en los Medios de Comunicación. En este sentido, se observa

78
incluso la existencia de al menos tres investigaciones donde se compara la
representación de la esquizofrenia frente a otras enfermedades mentales y o
trastornos médicos, encontrando en todos ellos que la esquizofrenia tiene un perfil
estigmatizante característico, más negativo y vinculado a la agresión interpersonal.
Sin embargo, a partir de la última década de 1990, en al menos seis
investigaciones, el interés se extiende, no solo a la constatación de esta
representación estigmatizada sino también, a la calidad y cantidad de información
que los Medios son capaces de difundir respecto a las características clínicas de la
esquizofrenia.
Las causas etiopatogénicas, el curso de la enfermedad, su pronóstico, su
sintomatología, el carácter crónico de la misma y su curabilidad o no, junto a los
tratamientos eficaces y los recursos sociosanitarios disponibles, suponen un cambio
de importantes repercusiones, ya que a partir de las fechas mencionadas, los
estudios al efecto, empiezan a perfilar realmente un ente nosológico llamado
esquizofrenia, más allá de categorizaciones mediáticas aisladas de trastornos
mentales sumidos en lo genérico o en la ambigüedad.
Esta evolución en el objeto de investigación supone un cambio
importantísimo en tanto que se relaciona directamente con las creencias y
conocimientos que son útiles para las personas para afrontar la esquizofrenia.
De hecho, las investigaciones de Moos (1977) y Leventhal (1982, 1984) destacan
que la emisión de conductas de salud adecuadas depende de los conocimientos que
se tengan sobre las causas, curso, pronóstico y tratamiento de la enfermedad
mental.
Ambos investigadores añaden que las conductas que una persona con
enfermedad mental crónica puede asumir, depende de las condiciones relacionadas
con el reconocimiento de los síntomas, a fin de prevenir la aparición de crisis.
Para esto, el significado de la enfermedad, la importancia entre otros
factores de la valoración, normas y expectativas de los otros, de la percepción de
los mismos por el grupo social, se constituye en un factor de primer orden, capaces
de incentivar las conductas de salud o bien, la aparición y refuerzo de conductas de
baja o nula adhesión al tratamiento.
Además, se subraya que la aceptación o no del tratamiento, dependería de la
percepción de la naturaleza de la enfermedad, el desarrollo de la misma, la
complejidad del tratamiento y la importancia de los efectos secundarios del mismo,

79
así como el grado de información general de la enfermedad y sus repercusiones
sobre la estabilidad de las redes sociales y familiares.
En relación con este extremo, es necesario destacar que en las investigaciones
donde se incluyen objetivos de registro sobre las variables clínicas de la
esquizofrenia, los resultados en todas ellas, concluían con una información
insuficiente y distorsionadora.

Otro de los datos que debe subrayarse es la existencia de un trato diferencial de


la esquizofrenia según la línea editorial de la prensa analizada y la continuidad de
una visión mucho más negativa de este trastorno, tanto en el cine como en la
televisión (Muñoz, 2011; Byrne, 200; Angermeyer, 2005; Koike, 2016; Park, 2012;
Owen, 2012; Pozueco, 2015).

La imagen de la esquizofrenia en el cine y la televisión es tremendamente


distorsionante, estigmatizadora y fantástica. Producto de requerimientos dramáticos
más o menos efectistas, se ha confirmado como una de las representaciones más
negativas de la esquizofrenia en particular, y de las enfermedades mentales en
general. Y todo, ello sin haber probado los efectos de presentar en el cine
personajes que, con realismo, desmientan los estereotipos más negativos de la
esquizofrenia.

Finalmente, la característica medial que mayor consistencia ha mostrado y


con mayor continuidad, como resultado de las investigaciones realizadas, se
encuentra centrada en torno a la esquizofrenia y a la violencia interpersonal que se
manifiesta en el homicidio, como principal delito de un enfermo que agrede.
Solo una investigación (Vahabzadeh, 2011), detectó en Estados Unidos una
ligera disminución en la relación entre agresión y esquizofrenia.

En al menos 11 investigaciones (55%), los resultados se relacionan con una


combinación integral de estereotipos negativos, una información incompleta y
distorsionada, con la escasez de información clínica fiable, y la realización de
delitos caracterizados por la agresión y especialmente, por el homicidio.

80
Parece que el estigma sobre las enfermedades mentales continúa hoy con
toda su virulencia, provocando graves dificultades para la búsqueda de ayuda y la
adopción de conductas de salud, así como de adhesión al tratamiento.

A pesar de los resultados de todas estas investigaciones, con una presencia


constante pero escasa desde hace sesenta años. A pesar de la presión de los grupos
sociales para modificar el estilo de los artículos periodísticos, a pesar de la
evidencia de su impacto sobre las actitudes, parece que la relación entre agresión y
esquizofrenia sigue conformando el núcleo central que articula el conocimiento
social sobre esta enfermedad.
Seguramente, estamos delante de un modo de explicar las enfermedades
mentales que responden a intereses que van más allá del estilo periodístico. En
concreto, Mestre (2002), al describir el perfil de las personas con enfermedad
mental que aparecen en prensa lo hacía del siguiente modo:

“Respecto al perfil que nos ofrece la prensa sobre el enfermo mental,


corresponde mayoritariamente al de un varón (38%) integrado en las redes
sociales (23%), de entre 25 y 50 años (16%) y con familia propia (14%). En una
situación de ambiente familiar conflictivo, donde la agresión a terceros y a
familiares son las circunstancias personales más mencionadas (21 y 16%
respectivamente). Este varón es calificado como enfermo (22%) y agresor (19%),
como sus características más distintivas”.

Es obvio que la persona que aparece como agresor, no se corresponde con el


perfil de una persona con esquizofrenia, sino con el de un agresor relacionado con
la violencia intrafamiliar y que, posteriormente, debido a necesidades e intereses de
defensa legal, adquiere la connotación de enfermo mental en la gran mayoría de las
ocasiones.
De ser así, estaríamos ante una construcción social de la enfermedad mental
y de la exclusión de las personas con esquizofrenia, cimentada en un aparato
médico-jurídico-medial, de consecuencias tremendamente estigmatizantes.

De lo analizado hasta aquí, pueden deducirse algunas aportaciones que


mejoren la investigación en este campo. En primer lugar, cabe reseñar la necesidad

81
e introducir información fidedigna sobre las variables médicas que definen la
sintomatología, curso y tratamiento de la esquizofrenia. Sabemos que estos
elementos de conocimiento se relacionan directamente con la adhesión a conductas
de salud.

En segundo lugar, a la vista de las investigaciones realizadas, parece


necesario ampliar el contexto donde se difunden los artículos o programas de los
Medios. Qué líneas editoriales, qué tiradas nacionales o regionales se relacionan en
mayor medida con el estigma. Qué lugar espacial ocupan las noticias que dan
cuenta sobre la enfermedad mental, en qué páginas, en qué secciones, cuales son las
circunstancias que rodean los hechos que relatan estas noticias. ¿Cuantos
periodistas se ocupan de estas noticias?, ¿Existe alguna voluntad de especialización
en los Medios?. ¿Cuál es la extensión de los artículos y qué importancia se le
conceden. ¿Cuáles son los/las profesionales y los colectivos que informan de estos
trastornos con mayor frecuencia?.

Por último, es necesario introducir mejoras metodológicas que no solo


permitan realizar un buen trabajo analítico, sino también, evitar la dispersión de los
resultados, fundamentando adecuadamente un buen trabajo de síntesis.
La recogida de este tipo de información, trasciende la mera búsqueda de
connotaciones negativas sobre la enfermedad mental. Este cambio metodológico
nos acercaría a diseñar de manera más eficaz la información necesaria para
conseguir una mayor comprensión de las enfermedades mentales graves, y una
mayor integración social para las personas con esquizofrenia.

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Tablas Pág.

Tabla 1. Modelo factorial de las actitudes………………………………………….6

Tabla 2. Evolución defectual en esquizofrenia……………………………………37

Tabla 3. Bases de Datos………………………………………………………...….54

Tabla 4. Revistas analizadas…………………………………………………….....55

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