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BrianjCade ___

William Hudson O'Hanlon

Guía breve de
terapia breve

PA I DOS
Mteteti
Título original: A brief guide to brief therapy
Publicado en inglés por W. W. Norton and Co., Nueva
York

Traducción de Jorge Piatígorsky

Cubierta de Mario Eskenazi

Quella» ligi irosamente pmhibklas, sin ia a uso riccioli esenta de los ttiukrcs del «copyright». bajo las aiinciones
t.siablecidas «n !:is leyes, la reproducción total o paretai ile cita obra por cuakjuier metodo o p illaidirmeli io,
comprai didos la i<;pn)i;rafi'a y ci (l'itiinucmo int'oiiiijirko. y la distriUitióii de tjt-niplares Jc ella mcdiiintc <ikjuik'r
o piisramo piiblicos.

© 1993 by Brian Cade y William Hudson O'Hanlon © 1995 de todas


las ediciones en castellano,
Ediciones Paidós Ibérica, S.A.,
Mariano Cubí, 92 - 08021 Barcelona
y Editorial Paídós, SAICF,
Defensa, 599 - Buenos Aires
. http://www. paid os. com

ISBN: 84-493-0172-6 Depósito


legal: B-36.998/2001

Impreso en Novagrafik, S. L.
Vivaldi, 5 - 08110 Monteada i Reixac (Barcelona)

Impreso en España - Printed in Spain


A los dos nos gustaría dedicar este libro a nuestras
respectivas familias. Ninguno de nosotros comprende por
qué demonios nos aguantan.
SUMARIO

Agradecimientos..................................................................................... 11
Prefacio ................................................................................................... 13
Introducción ........................................................................................... 15

1. Enfoques breves/estratégicos de la terapia: una visión ge-


neral ................................................................................................. 19
Historia de los primeros tiempos: algunos hitos importantes. . 19
Definiciones ................................................................................. 22
Los dos enfoques principales ..................................................... 23
Intervención terapéutica ............................................................ 27
Entrenamiento ............................................................................ 33
Conclusión .................................................................................. 34
2. ¿Qué es lo que sucede entre oreja y oreja?................................... 37
La operación básica.................................................................... 38
Los constructos personales ........................................................ 40
Figura/fondo: los efectos de la tendencia del observador . . . . 45
3. La realidad de la «realidad» (o la «realidad» de la realidad): «¿qué es
lo que está ocurriendo realmente?»............................................... 49
4. ¿Cómo comprendemos las emociones? ......................................... 61
5. Negociando el problema ................................................................. 69
6. Neutralidad y poder, sugerencias, tareas y pesuasiones. . . 83
Influencia y pericia..................................................................... 83
La neutralidad ............................................................................ 85
Sugerencias, tareas y persuasiones ........................................... 87
7. Menos de lo mismo.......................................................................... 97
Libertad, ¿para quién? .............................................................. 104
8. Excepciones, soluciones y enfoques al futuro ............................... 111
Excepciones................................................................................. 114
La pregunta del milagro ............................................................. 118
Ubicación en una escala .............................................................. 122
Enfocando al futuro .................................................................... 125
9. Intervenciones de enmarcado: modificando la visión del pro-
blema ............................................................................................... 127
10. Intervención en la pauta: modificando la acción del proble-
ma .................................................................................................... 139
Intervención en la pauta ............................................................ 142
11. El uso de la analogía ....................................................................... 149
Sobre la analogía ........................................................................ 150
Anécdotas, parábolas y relatos.................................................. 152
Utilizando las aptitudes naturales del cuerpo .......................... 154
La metáfora mediante la acción .......................... 156
Tareas metafóricas ..................................................................... 157
«He conocido una familia que...» .............................................. 157
12. Las intervenciones paradójicas...................................................... 159
La paradoja reconsiderada: empatia, no trampa .................... 168
13. Exceso y defecto de responsabilidad: las dos caras de la mo-
neda .................................................................................................. 171
Tres niveles de responsabilidad................................................. 173
Experiencias formativas............................................................. 174
El continuum responsabilidad-irresponsabilidad . . . . . . . . . 176
Sistemas de constructos personales........................................... 183
«El que compra un perro no sigue ladrando»........... 184
Conclusión................................................................................... 189
Una historia final........................................................................ 190

Epílogo..................................................................................................... 192
Bibliografía ............................................................................................. 195
índice de nombres................................................................................... 204
índice analítico........................................................................................ 206
AGRADECIMIENTOS

Nos gustaría reconocer la ayuda de nuestro amigo y colega Michael


Durrant, por sus valiosos consejos, su apoyo, su constante exhortación a
que no abandonáramos, sus frecuentes y gratas invitaciones a tomar un
vaso de vino (ofrecido a Brian, no a Bill, que vivía demasiado lejos) y,
finalmente, por su pericia con los ordenadores.
También deseamos expresar nuestro agradecimiento a los directores de
los periódicos que nos autorizaron a reproducir o adaptar la totalidad o
partes de los siguientes artículos:

Cade, B. (1982), «Some uses of metaphor», The Australian Journal o f


Family Therapy, 3: 135-140. Cade, B. (1984), «Paradoxal techniques in
therapy», Journal o f Child
Psychology and Psychiatry, 25: 509-516. Cade, B. (1986), «The reality of
"reality" (or the "reality" of reality)»,
The American Journal o f Family Therapy, 14: 49-56. Cade, B. (1987),
«Brief/strategic approaches to therapy: A commentary»,
The Australian and New Zealand Journal o f Family Therapy, 8: 37-44.
Cade, B. (1988), «The art of neglecting children: Passing the respon-
sability back», Family Therapy Case Studies, 3: 27-34. Cade, B. (1989),
«Over-responsability and under-responsability: Opposite
sides of the coin», A celebration o f family therapy-Wth anniversary
issue o f The Journal o f Family Therapy, Primavera, 103-121. Cade, B.
(1992), «A response by any other.,.», Journal of Family Therapy,
14: 163-169.
Cade, B. (1992), «I am an unashamed expert», Context: A News Magazine
o f Family Therapy, Verano, 30-31. Cade, B. y Seligman, P. (1981),
«Nothing is good or bad but thinking
makes it so», The Association for Child Psychology and Psychiatry:
Newsletter, n. 6, Primavera, 4-7.
Finalmente, queremos agradecerle su infinita paciencia y comprensión,
y su buen humor, que seguramente algunas veces se vio afectado, a Susan
Barrows Munro, de la editorial Norton. Y a su nueva ayudante, Margaret
Farley, deseamos expresarle nuestra admiración por el rápido desarrollo
de sus habilidades para la «compaginación breve».
PREFACIO

Los autores se conocieron en Cardiff, Gales, a principios de la década


de 1980. Bill dirigía unas sesiones de trabajo auspiciadas por The Family
Institute, en el que estaba empleado Brian. Descubrimos considerables
afinidades. Los dos tocábamos la guitarra y habíamos escrito canciones.
Otrora ambos habíamos llevado el pelo largo (aunque, en el caso de Brian,
ya andaba algo escaso de ese bien), además de camisas floreadas y
abalorios. Encontramos que nuestras ideas sobre la terapia breve y el
modo en que la practicábamos tenían mucho en común, aunque con
algunas diferencias de énfasis. Coincidíamos en que la influencia de Milton
Erickson había sido de suma importancia en el desarrollo de nuestra
práctica y de nuestras ideas acerca de la terapia, aunque sólo Bill le había
conocido personalmente.
Muy pronto decidimos colaborar en un libro que resumiría los prin-
cipales elementos, las ideas, los principios, las actitudes y las técnicas
asociadas con la terapia breve. Cada uno de nosotros había practicado y
enseñado este enfoque desde mediados de la década de 1970, y nos parecía
que teníamos algo significativo que decir. El libro iba a reflejar tanto las
semejanzas como las diferencias de nuestro trabajo.
, Sin embargo, escribirlo nos llevó más tiempo del que habíamos pen-
sado. Esto se debió, en parte, a que no podíamos seguirle el paso a los
desarrollos que se producían en nuestro campo (y en nosotros); en buena
medida, la causa fue que los dos somos personas ocupadas; también a que
estábamos escribiendo demasiadas otras cosas; de pronto, Brian emigró a
Australia, y etcétera, etcétera. El proyecto finalmente levantó el vuelo
cuando, por casualidad, descubrimos que los dos habíamos comprado
ordenadores compatibles y programas también compatibles para el
procesamiento de textos, y que, además, ambos teníamos fax.
Entonces surgió un problema que no habíamos previsto. ¿Qué está-
bamos haciendo en terapia, y qué pensábamos acerca de ello? En los días
impetuosos de finales de la década del 70 y principios de la del 80,
nosotros, junto con la mayoría de nuestros colegas breves/estratégicos,
trabajábamos con relativa certidumbre. Éramos buenos tácticos, nos
basábamos en concepciones claras, centradas en los procesos, acerca del
modo en que se mantenían y evolucionaban los problemas; además,
disponíamos de energía y entusiasmo ilimitados, y de una verdadera
cornucopia de ideas perspicaces para las intervenciones.
Ahora somos tácticos con menos certidumbres, menos audaces, menos
abrazados a modelos simplistas, y mucho menos impresionados por
nuestra sagacidad. Nos interesan mucho más los recursos de nuestros
clientes y procuramos evitar enfoques que, abierta o encubiertamente, los
debiliten. Nos interesa más el desarrollo de un enfoque cooperativo. No
obstante, seguimos siendo un tanto escépticos con respecto ai modo
santurrón con que algunos colegas niegan la validez de la pericia
profesional y afirman que es posible y deseable no ejercer ninguna forma
de influencia. Nosotros pensamos que es imposible no influir, pero «...hay
un modo de estar abiertos para que los clientes influyan en nosotros como
terapeutas. Podemos escucharlos a ellos en lugar de escuchar a nuestras
teorías. Podemos validar su experiencia y permitirles que nos enseñen lo
que da y lo que no da resultado para ellos» (O'Hanlon, 1991, pág. 109).
Sin duda, nos habría resultado mucho más fácil escribir este libro
cuando se nos ocurrió la idea y mientras aún disfrutábamos de un grado
considerable de certidumbre acerca de lo que pensábamos y de lo que
poníamos en práctica. Pero, con suerte, lo que finalmente hicimos quizá
sea más útil.
INTRODUCCIÓN

En las últimas tres décadas, considerablemente influido por la publi-


cación en 1963 de Strategies o f Psychotherapy, de Jay Haley, y el trabajo
ulterior del Centro de Terapia Breve de Palo Alto (Watzlawick y otros,
1974; Weakland y otros, 1974), se produjo un rápido crecimiento del
interés en el desarrollo de enfoques terapéuticos breves/estratégicos. En
contraste con la mayoría de los modelos que entonces prevalecían,
evolucionó un enfoque más activo,jiifficírisijpara el cual la terapia consistía
primordialmente enfprofóover el cambio, y ya no el crecimiento, la
comprensión o el imight^WrÁpe&cá^ volvía mucho más útil como agente
generador del cambio.
Gran parte del primer ímpetu del desarrollo de este enfoque reflejaba
el interés por la innovación y el descubrimiento de mejores técnicas para
producir cambios. En los años siguientes, resultó cada vez más claro que la
terapia exitosa podía ser mucho más corta que lo que suponían los
profesionales que operaban en el marco de principios más tradicionales.
Esta perspectiva fascinó a cantidades crecientes de profesionales y equipos
en todo el mundo, que empezaron a experimentarla. Les atraía el
optimismo y el enfoque pragmático, tanto la creatividad como la
aportación a una terapia eficaz. Siguió una oleada exponencial de artículos,
capítulos y libros; cada vez era mayor la riqueza de ideas y técnicas. Más
recientemente, la posibilidad de realizar intervenciones breves pero
eficaces se ha popularizado entre diversas fuentes de recursos económicos,
compañías de seguros, y los muchos organismos de ayuda que no pueden
proporcionar servicios a cantidades crecientes de clientes, dado que sus
presupuestos se reducen rápidamente.
Pero en los últimos años se está empezando a dirigir una mirada más
sobria y más crítica al enfoque, a las consecuencias de muchas de las
técnicas desarrolladas, y a algunos de los supuestos subyacentes que
orientaron la práctica de la terapia breve que ésta, alternativamente, ha
sido acusada de ignorar o pasar por alto. Siempre hubo críticos externos,
pero ahora el campo en sí está considerando con mayor detención la
dirección de su marcha anterior y el punto al que ahora se encamina.
Entre los principales ámbitos de preocupación parecen estar:

• el empleo de técnicas encubiertas y manipulativas (por ejemplo, las


intervenciones paradójicas), en particular cuando éstas suponen
proyectos encubiertos del terapeuta o del equipo y, a veces, diversos
grados de engaño deliberado;
* el abuso implícito o explícito de la posición de poder y control del
terapeuta para definir la dirección y el resultado, en particular
cuando éstos quedan fuera de la conciencia del cliente;
• el enfoque conductual estrecho y, en gran medida, pragmático
asumido por esta aproximación, y su aparente desinterés por las
variables intrapsíquicas o emocionales de la vida del cliente;
* la perspectiva un tanto frivola que parece haberse adoptado en
cuanto a la importancia o existencia de una realidad o verdad
identificable en los asuntos humanos;
« el hecho de que no se encararan con seriedad las variables socio-
políticas que afectan la vida de los clientes, en particular las rela-
cionadas con el género.

A lo largo de este libro tocaremos muchos de estos temas, aunque no


prometemos resolver todos los dilemas suscitados. No pretendemos negar
que, a veces, los terapeutas breves han aparecido como profesionales de
enfoque estrecho, antagónicos y falaces en su trabajo, en algunos casos
impúdicamente. Pero creemos que los buenos terapeutas breves siempre
han prestado mucha atención a las preocupaciones de los clientes (lo cual
también supone respetar sus sentimientos), han considerado las
restricciones contextúales más amplias, y han valorado y respetado los
propios recursos del cliente. También creemos que el campo ha
evolucionado significativamente desde aquellos días impetuosos y
ofuscados de principios de la década de 1970, cuando los escritos omitían
mencionar estos factores.
Estamos de acuerdo con Steve de Shazer, quien, al ser interrogado
acerca de la reputación manipulativa/no ética que los terapeutas breves se
habían ganado, respondió:
Hemos descubierto que no hay ninguna necesidad de inventar
esas trampas, esos recursos engañosos que algunos de nosotros
solíamos utilizar en el pasado. Nuestras técnicas preferidas son
ahora francas y correctas, y estamos utilizando el material que nos
proporciona la familia. De hecho, retrospectivamente, supongo que
todas aquellas técnicas provenían de las familias con las que
trabajábamos. Pienso que las preocupaciones que tienen algunas
personas surgen del modo en que nosotros, los autores, escribimos
sobre lo que estábamos haciendo, y quizá escribíamos de un modo
que no lo reivindicaba. Si lo hubiéramos escrito de otra manera,
podríamos haber dicho: «¡Dios mío, vaya si son astutos estos
clientes!» (Cade, 1985b, pág. 97).

Nosotros ya no utilizamos el paradigma sistémico como nuestro modelo


principal. El único que puede actuar y reaccionar ante las circunstancias es
el individuo. Preferimos el términointeracciónala la palabra sistémico, en
cuanto el primero lleva á considerar procesos , repetitivos y potencialmente
observables, en los cuales las personas reaccionan sécuencid y
recíprocamente. La palabra «sistémico» puede ser demasiado estática y
carente de especificidad, además de prestarse a la reificación. .
Por razones tanto pragmáticas como estéticas, también nos hemos
guiado por el principio de economía de Occam. El hermano Guillermo de
Occam, un filósofo inglés del siglo XTV, sostenía que para explicar
cualquier fenómeno había que partir de la menor cantidad posible de
supuestos. Basándose en la idea de que «es vano hacer con más lo que
puede lograrse con menos», diseccionó como con una navaja todos los
marcos de referencia. Como dijo más tarde Bertrand Russell, «...si en una
ciencia todo puede interpretarse sin suponer ésta o aquella entidad
hipotética, no hay ninguna base para suponerla» (Russell, 1979, pág. 462).
Tras una visión histórica general, nuestro plan es llevar al lector a un
recorrido razonablemente amplio por los diversos aspectos de este campo
tal como lo vemos en la actualidad. (Al principio, Bill quería que el libro se
titulara «Una guía de la terapia breve para turistas que hacen autoestop»,
pero finalmente prevaleció la reserva británica de Brian.) Por cierto, no
será un recorrido exhaustivo ni, esperamos, agotador. Evitamos plantear
las cosas como si fueran recetas de cocina, aunque algunas secciones tengan
ese aspecto. Tratamos de no escribir un manual totalmente teórico, aunque
intercalamos alguna teoría.
Esperamos que este libro refleje la tendencia actual a un enfoque que, de
manera marcada y transparente, sea más cooperativo y respetuoso.
También esperamos haber logrado comunicar nuestro entusiasmo
continuo y nuestro compromiso con el potencial de los enfoques breves,
aunque reduciendo al mínimo o evitando por completo el celo
fundamentalista que quizá se habría deslizado si hubiéramos escrito el
libro cuando lo planeamos inicialmente.
Deseamos dejar en claro desde el principio que ía «terapia breve» de la
que hablamos deriva de la tradición de la.terapia familiar y de la obra de
Milton Erickson. Hay otra rama de la «terapia breve», procedente de
Freud y de la tradición psicodinámica, que es, por lo general,
considerablemente más prolongada que la que describimos aquí. Lo
advertimos para que el lector tenga la seguridad de haber dado con el libro
correcto, a la manera de las azafatas, que anuncian el destino del vuelo
antes de cerrar las puertas del avión. Si no es éste el tipo de terapia breve
al que el lector quiere llegar, ahora tiene la oportunidad de bajarse
rápidamente del avión.
1. ENFOQUES BREVES/ESTRATÉGICOS DE LA TERAPIA: UNA
VISIÓN GENERAL

Si se me pidiera que explicara brevemente la psicoterapia


estratégica... respondería: «Los pacientes intentan dominar sus
problemas con una estrategia que el terapeuta cambia, porque
no es eficaz. Todo lo demás es comentario».
RABKIN (1977, pág. 5)

MiltojftH. Erickson, doctor en medicina, fue el primer


terapeuta estratégico. Se le podría incluso considerar el primer
terapeuta, puesto que fue el primer clínico importante que se
concentró en la manera de cambiar a las personas.
HALEY (1985, pág. vii)

HISTORIA DE LOS PRIMEROS TIEMPOS: ALGUNOS HITOS IMPORTANTES

La influencia de Milton Erickson sobre el desarrollo de los enfo-


ques breves/estratégicos ha sido enorme. Sus actitudes y su genio inven-
tivo ejercieron una influencia considerable durante el desarrollo tem-
prano de los enfoques de la comunicación, centrados inicialmente en
el proyecto de investigación de Gregory Bateson. Éste empezó en 1952
con un estudio de las paradojasdejaj^ comunica-
ción, para lo cual utilizó la teoría de los tipos lógicos (Whitehead y Russell,
1910-1913). Bateson colaboró en éste proyecto junto con John Weakland,
Jay Haley y William Fry, Jr. Otras importantes influencias tempranas
fueron las de la obra de Norbert Weiner sobre cibernética (la ciencia de la
comunicación, aún en desarrollo, y el control de los sistemas) (Weiner,
1948), y el trabajo de Shannon y Weaver, que desarrollaba una
matemática del intercambio y el flujo de la información (1949).
Al mismo tiempo, Don Jackson, un psiquiatra, estaba elaborando sus
ideas acerca de la homeostasis familiar (1975). Empezó a trabajar en
estrecha colaboración con el grupo de investigación de Bateson y más tarde
se incorporó a él. «En la investigación se utilizaron diversos tipos de datos:
hipnosis, ventriloquia, entrenamiento animal, películas populares, la
naturaleza del fuego, el humor,'la esquizofrenia, la comunicación
neurótica, la psicoterapia, los sistemas familiares y la terapia familiar»
(Haley, 1963, pág. ix).
A lo largo de los diez años que duró este proyecto, sus miembros
consultaron a menudo a Milton Erickson para examinar aspectos de la
hipnosis y la terapia, y también en busca de supervisión en sus propios
casos. Recientemente se han publicado las transcripciones de muchas de
esas consultas en tres volúmenes compilados por Jay Haley (1985).
En 1956 apareció el trabajo clásico y seminal titulado Toward a Theory
o f Schizophrenia, en el que se elaboraba la etiología de la esquizofrenia
sobre la base de la teoría del doble vínculo (Bateson y otros, 1956).
Don Jackson fundó en 1958 el Mental Research Institute (MRI) en Palo
Alto, California, y se le unieron John Weakland, Jay Haley, Jules Riskin,
Virginia Satir y Paul Watzlawick. George Greenberg ha escrito un
excelente homenaje a la influencia y las ideas de Don Jackson (Greenberg,
1977).
En 1963, Haley publicó su brillante obra Strategies ofPsychoterapy, que
destacaba la naturaleza paradójica de toda terapia y también demostraba
la influencia de Milton Erickson en su pensamiento.
En 1966, Richard Fisch iniciaba en el MRI el proyecto de terapia breve
que iba a tener un profundo efecto sobre el desarrollo de los enfoques
breves/estratégicos.
Dos obras importantes vieron la luz en 1967: el trabajo de Haley
titulado Toward a Theory o f Pathological Systems, que trataba sobre la
influencia de las coaliciones transgeneracionales (el triángulo perverso) en
el desarrollo de la patología (Haley, 1967a), y el libro Pragmatics o f Human
Communication: A Study o f ínteractional Patterns, Pathoíogies, and
Paradoxes (Watzlawick, Beavin y Jackson, 1967).
En 1967, Haley pasó a la Philadelphia Child Guidance Clinic, donde se
unió a Salvador Minuchin y Braulio Montalvo, interesándose cada vez más
por la estructura y la jerarquía. En 1973 se publicó Uncommon Therapy:
The Psychiatric Techniques o f Milton H. Erickson; allí Haley introdujo la
expresión «terapia estratégica» y elaboró sus ideas sobre el enfoque
ericksoniano de los problemas que aparecían en las diversas etapas del
ciclo vital de la familia. Como observa Lynn Hoffrnan, este libro
representa la culminación de la preocupación inicial de Haley por el
proceso. Dice esta autora: «Al escribir sobre la terapia estratégica, Haley
se atiene principalmente al lenguaje de los procesos. Tras su decisión de
unirse a Minuchin en Filadelfia... comenzó a restar importancia al empleo
de las técnicas hipnóticas y las directivas paradójicas (aunque sin dejar de
atribuirles importancia), para concentrarse en un modelo más
organizacional de la terapia» (Hoffrnan, 1981, pág. 280). Él paso de Haley
del interés en los procesos al interés en la forma resulta muy claro en sus
obras ulteriores, Problem Solving Therapy (1976) y Leaving Home: The
Therapy o f Disturbed Young People (1980b).
En 1971, Mará Selvini Palazzoli, Luigi Boscolo, Gianfranco Cecchin y
Giuliana Prata empezaron a trabajar juntos en Milán y en 1974 publi-
caron un artículo, The Treatment o f Children Through the Brief Therapy
ofTheirParents. Aunque algunos autores presentaban su enfoque como
breve/estratégico (Stanton, 1981), Hoffrnan ha observado que «los aso-
ciados de Milán, aunque influidos por el grupo de Palo Alto, evolucionaron
en una dirección totalmente diferente, creando una forma singular y lo
bastante distinta como para que se la pueda considerar una escuela por
derecho propio» (Hoffrnan, 1981, pág. 285). Estamos de acuerdo con la
observación de esta obra, y no incluimos a los asociados de Milán en el
campo de los enfoques «breves/estratégicos», si bien reconocemos la
brillantez táctica de su trabajo y la influencia que su modo de pensar, su
preocupación por el contexto, el estilo de sus intervenciones y su empleo de
las intervenciones «paradójicas» sisté-micas han ejercido sobre muchos
terapeutas breves/estratégicos.
En 1974, miembros del proyecto de terapia breve del MRI publi-
caron dos obras importantes: el libro Change: Principies o f Problem
Formation and Problem Resolution (Watzlawick y otros, 1974) y el ar-
tículo «Brief Therapy: Focused Problem Resolution» (Weakland y otros,
1974). Estos trabajos tuvieron un impacto inmediato y espectacular en
el campo de la terapia familiar, y contribuyeron de modo profundo a
la ulterior difusión rápida del interés por los enfoques breves/estraté-
gicos. Este grupo ha continuado perfilando sus ideas sobre la terapia
en trabajos posteriores, que se concentraron mucho menos en elabo-
rar la teoría y más en la práctica de la terapia breve centrada en pro-
blemas (Fisch y otros, 1982). - ---------
Otra figura temprana importante es Richard Rabkin,;quien demostró
su estilo singular en Strategic PsychóJherdpyrBnéfdhd Symptomatic
Treatment (1977); allí utiliza como analogía el ajedrez, y divide las etapas
del tratamiento en apertura, medio juego y final.
DEFINICIONES

Haley definió la terapia estratégica como sigue:

La terapia puede denominarse estratégica si el clínico inicia lo


que sucede durante ella y diseña un enfoque particular para cada
problema... [El terapeuta] debe identificar los problemas resolubles,
establecer metas, diseñar intervenciones para alcanzar esas metas,
examinar las respuestas que recibe para corregir su enfoque y, en
última instancia, examinar el resultado de su terapia, a fin de ver si
ha sido eficaz. El terapeuta debe ser agudamente sensible y receptivo
al paciente y a su campo social, pero éí mismo tiene que determinar
su modo de proceder (Haley, 1973, pág. 17).

Richard Rabkin diferencia los enfoques estratégicos respecto de las


terapias que «buscan sabiduría e iluminación», definiéndolos como
«usualmente breves» e interesados en «cambiar la perspectiva que tienen
los pacientes de sus problemas y síntomas» (1977, págs. 6-7).
Para describir su enfoque, Weakland y otros prefieren la expresión
«terapia breve» a «terapia estratégica» (Weakland y otros, 1974); lo mismo
que Peggy Papp (1983), pero Rabkin considera que esa denominación «no
es lo bastante específica» (1977, pág. 7).
Típica del terapeuta breve/estratégico es la evitación de una teoría
elaborada de la personalidad o la disfunción, sea en el nivel individual,
familiar, o del sistema global. Las formulaciones diagnósticas tienden a
representar, en cada caso, la visión más simplificada de la evolución y el
mantenimiento de los problemas, a fin de permitir el desarrollo de una
intervención eficaz. A los terapeutas breves/estratégicos les interesa
intervenir del modo más rápido y económico posible; realizan una
exploración y una elaboración sostenidas de sus propias conductas o
actitudes que tienden a facilitar al máximo la resolución rápida de los
problemas.
En los escritos más recientes de Jay Haley y Cloé Madanes, la expre-
sión «terapia estratégica» ha pasado a vincularse mucho más a las preo-
cupaciones estructurales/jerárquicas/centradas-en-el-poder que aparecen
en el trabajo de estos autores. En consecuencia, en los capítulos siguientes
emplearemos el término «breve», y no «estratégico», para referirnos a los
enfoques, primordialmente centrados en los procesos, que constituyen el
interés de la mayor parte de este libro.
La terapia breve se atiene esencialmente a fenómenos observables, es
pragmática y se relaciona con la creencia de que los problemas son
producidos y mantenidos:

1. por los constructos a través de los cuales se ven las dificultades


(Kelly, 1955), y
2. por las secuencias conductuales repetitivas (personales e inter-
personales) que rodean a tales constructos; estas secuencias, desde
luego, pueden incluir los constructos y los aportes de los terapeutas.

LOS DOS ENFOQUES PRINCIPALES

Aunque en todos los casos hay acuerdo acerca de la importancia de


identificar las secuencias conductuales repetitivas, los enfoques bre-
ves/estratégicos pueden dividirse en dos grupos principales, según el modo
en que tiende a utilizarse la información:

A. Los enfoques (que defiriiremos como terapias estratégicas) inte-


resados en el modo en que las secuencias repetitivas revelan y
reflejan la forma. Por lo general, se considera que lo^síntornas
cumplen una función en la farn^ayjmqrja^ meta-
fórica sobre la disfuncióñ jerárquica (Haley, 1976; Madanes,
l"981a, 1984; Papp, 1983). Se observan las secuencias para tra-
zar el mapa de la organización familiar.
B. Los enfoques (que definiremos como terapias breves) para los
cuales el análisis de las ideas y de las secuencias repetitivas que
rodean a los síntomas constituye un nivel de explicación sufi-
ciente; se consideran innecesarias las inferencias sobre su pro-
pósito, su función, o la estructura familiar (Cade, 1985; de Shazer,
1982; 1985,1988; Fisch y otros, 3982; O'Hanlon, 1982; O'Hanlon
y Weiner-Davis, 1989; Weakland y otros, 1974). Las secuencias
se observan para identificar pautas de pensamiento y conduc-
tas que se autorrefuerzan.
Los enfoques interesados en la forma y la función

El enfoque de Haley, tal como aparece apuntado en Problem Solving


Therapy (1976), se basa en la creencia de que los síntomas son signos de un
sistema en el cual el ordenamiento jerárquico es constantemente ambiguo o
bien involucra coaliciones reiteradas que cruzan los límites generacionales
u organizacionales. Esa ambigüedad o confusión se cartografía observando
los modos repetitivos en que los miembros del sistema se tratan entre sí,
particularmente con respecto a la conducta-problema. Por ejemplo, un
progenitor podría sentirse exasperado por un hijo, expresar cólera o
desesperación y pedir ayuda, pero proteger continuamente al jovencito de
los intentos del cónyuge tendentes a imponer disciplina. En otro caso
posible, un abuelo actúa constantemente en connivencia con un nieto
contra sus padres, o lo protege de ellos, y de tal modo socava los esfuerzos
de estos progenitores por alentar o dar vigencia a lo que consideran
conductas apropiadas. Al mismo tiempo, ese abuelo o abuela quizá culpe
de las conductas perturbadoras del niño a la incompetencia o indiferencia
de los padres. Los problemas tienden a ser más graves cuando la confusión
jerárquica es encubierta y/o desmedida. Desde esta perspectiva, la terapia
supone cambiar esas secuencias, de modo tal que se corrija la jerarquía y
se reduzca la ambigüedad o confusión.
Madanes comenta:

Se espera que los progenitores estén a cargo de sus hijos, y las


coaliciones transgresionaíes, como la de un progenitor que toma
partido por un niño contra el otro progenitor, estén bloqueadas. Hay
también una preocupación cautelosa por el lugar del terapeuta..., de
modo que él o ella no forme coaliciones inadvertidas con los
miembros que ocupan posiciones inferiores en la jerarquía, contra
los que están en niveles más altos (Madanes, 1981b, pág. 22).

Los síntomas se consideran una comunicación metafórica sobre un


problema más importante, y también una solución disfuncional de ese
problema. Se los analiza como contratos entre personas o como tácticas en
las luchas de poder. Dice Madanes:

En el caso de un hombre deprimido que no hace su trabajo, se


supondría que éste es el modo en que ese hombre y su esposa (y/o su
madre, su padre, sus hijos y otras personas) se comunican acerca de
ciertas cuestiones específicas, como la de si la esposa aprecia a su
marido y el trabajo que éste desempeña, o si el esposo tiene que hacer
lo que quieren la mujer o la madre, etcétera. Es posible que la pareja
se vuelva inestable en torno al problema presentado, y que entonces
un hijo tenga que desarrollar un síntoma que obligue al padre a
participar activamente en su cuidado, en lugar de mantenerse
deprimido o incompetente (Madanes, 1981b, pág. 21).
De modo que, para este enfoque, los síntomas tienen funciones de
grqtecciórt*© estabilización. Papp habla de tener presentes interrogantes
como ^Qu^ foricíón cumple este síntoma en la estabilización de la
familia?», y'«¿Cuál es el tema central en torno al que está centrado el
problema? «V-Esta autora habla de cambios en el ciclo vital de la familia
que activan «conflictos domüdos.^_ej5QjSLjcorj^c1as, en lugar de resolverse, se
expresan a través de un síntoma» (Papp, 1983, págs. 18-19). Se considera
que el propósito del síntoma es defender a la familia de los cambios o,
alternativamente, ayudar a negociarlos, forzando a la familia a
reorganizarse.

Los enfoques que se centran en el proceso y los


circuitos de feedback

El modelo de terapia breve del MRI se basa en la creencia de que los


problemas se originan y son mantenidos por el modo en que un cliente o las
otras personas involucradas perciben y abordan las dificultades normales
de la vida. Las soluciones intentadas, que derivan de un cierto marco de
creencias aplicado a la dificultad, quizá no generen ningún cambio o
incluso exacerben el problema. Dicho problema se agrava mientras se
aplican de modo repetido y creciente soluciones, o aparentes soluciones, del
tipo «más de lo mismo», que llevan a «más del mismo» problema, lo cual, a
su vez, genera «más de las mismas» soluciones intentadas, y así
sucesivamente... (Watzlawicky otros, 1974). Se entiende que lo que
mantiene los problemas es la aplicación continuada de esos intentos de
solución, «erróneos» o frustrados, que entoiv ees se convierten en el
problema en sí. Desde luego, el mismo fenómeno puede producirse en la
terapia, cuando «más del mismo» enfoque terapéutico o «más de las
mismas» técnicas derivadas de un cierto marco o modelo generan «más del
mismo» problema, etcétera, etcétera... Una reacción insuficiente a una
dificultad, o su negación, pueden tambien constituir «soluciones
intentadas» capaces de perpetuar esa dificultad y convertirla en un
problema.
La aplicación repetida de soluciones «erróneas» o desafortunadas
conlleva así la dificultad en una pauta de autorrefuerzo que mantiene el
statu quo. Por ejemplo, los miembros de The Brief Therapy Center
describen como sigue la pauta común que se desarrolla entre una persona
deprimida y sus íntimos:
Cuanto más intentan animarlo y hacerle ver los aspectos
positivos de la vida, probablemente más se deprimirá el paciente:
«Ellos ni siquiera me comprenden». La acción destinada a aliviar la
conducta del otro, en parte la agrava; la «cura» es peor que ía
«enfermedad» original. Lamentablemente, los involucrados, por lo
general, no advierten este hecho, e incluso se niegan a creerlo si
cualquier otro intenta señalárselo (Weakland y otros, 1974, pág. 149).

Un progenitor que trata de controlar a un adolescente lo impulsa a


realizar más actos de rebeldía, que provocarán más intentos de control, y
así sucesivamente. Un insomne se esfuerza cada vez con más empeño en
dormir, fenómeno éste que sólo puede producirse de modo espontáneo; ese
esfuerzo frenético por dorirtir se convierte en la razón misma de que el
sueño le resulte tan elusivo. En este enfoque, la cronicidad es vista como
persistencia de una dificultad repetidamente mal manejada. No se extraen
inferencias sobre disfunciones individuales o familiares subyacentes. Al
síntoma no se le atribuye ningún propósito o función. No se considera que
sean necesarios o útiles conceptos tales como los de homeostasis,
enfermedad mental o ventaja interpersonal de los síntomas.
Fisch y otros comentan:

Las personas suelen persistir en acciones que inadvertidamente


mantienen los problemas, y a menudo lo hacen con la mejor de las
intenciones... Se atienen con mucho cuidado a mapas mal trazados, lo
cual es de esperar en personas comprensiblemente angustiadas en
medio de dificultades. La creencia en tales mapas también hace
difícil que se vea que no sirven como guías eficaces... (1982, págs. 16-
18).

En este enfoque, la terapia se centra en las «soluciones intentadas», en


detener e incluso invertir el tratamiento usual que ha servido para
exacerbar la situación, por más lógico que ese tratamiento parezca. El
supuesto de base es que, una vez bloqueado el circuito de realimentación
que mantiene el problema, se tiene acceso a una mayor gama de conductas.
En contraste con la sabiduría convencional, según la cual «si no tienes
éxito la primera vez, sigue intentándolo», Fisch y otros recomiendan que,
«si no tienes éxito la primera vez, puedes intentarlo una segunda, pero si
vuelves a fracasar, intenta algo diferente» (pág. 18). Ellos resumen su
enfoque como sigue:
Si la formación y el mantenimiento del problema se ven como
partes de un círculo vicioso, en el cual la bienintencionada conducta-
solución mantiene el problema, entonces alterar esa conducta debe
interrumpir el ciclo e iniciar la resolución, es decir, la cesación de la
conducta-problema, puesto que ya no es provocada por otras
conductas del sistema de interacción (1982, pág. 18).

Entonces «menos de lo mismo» puede llevar a «menos de lo mismo», y


así sucesivamente.

INTERVENCIÓN TERAPÉUTICA

Aunque los distintos enfoques breves/estratégicos se basan en algunos


supuestos diferentes, hay muchos modos de intervención comunes a todos
los terapeutas breves. Está implícito en lo que ya hemos dicho que los
terapeutas breves se identifican más por el modo en que actúan que por
sus formulaciones teóricas. Milton Erickson parecía trabajar más a partir
de una teoría implícita de la intervención que basándose en una teoría de
la personalidad o de la disfunción claramente articulada. Lankton y
Lankton han confeccionado una lista de los principios que sustentan el
enfoque idiosincrásico de Erickson. Éstos pueden verse como implícitos en
el trabajo de la mayoría de los terapeutas breves.

1. Las personas actúan sobre la base de sus mapas internos, y no de


su experiencia sensorial.
2. Las personas realizan la mejor elección para ellas en cualquier
momento dado.
3. La explicación, la teoría o la metáfora utilizadas para relacionar
hechos concernientes a una persona no son la persona.
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4. Respeta todos los mensajes del cliente.
5. Enseña a elegir; nunca excluyas la elección.
6. Los recursos que eí cliente necesita están en su propia historia
personal.
7. Encuéntrate con el cliente en su propio modelo del mundo.
8. La persona con la mayor flexibilidad o posibilidad de elección será
el elemento que controle el sistema.
9. Una persona no puede no comunicar.
10. Si es trabajo duro, divídelo en partes.
11. Los resultados se determinan en el nivel psicológico (Lankton y
Lankton, 1983, pág. 12).

El genio de Erickson para construir intervenciones singulares y a


menudo brillantes se ha hecho legendario. En nuestra opinión, no menos
importante era el profundo respeto que tenía por sus pacientes, por sus
creencias, por su capacidad para cambiar a pesar de sus problemas agudos
o crónicos, y la preocupación por proteger su integridad.
La terapia apunta hacia todos o algunos de los objetivos siguientes:

A. Modificar los marcos de creencias o constructos del cliente (indi-


viduo o familia) que se pueden considerar relacionados con el
modo en que se perciben, encaran y mantienen las dificultades.
B. Modificar las sentencias repetitivas que rodean el problema,
derivadas de aquellos marcos.
C. Modificar las posiciones y enfoques del terapeuta que se vuelvan
partes de un patrón que se autorrefuerza entre el terapeuta y el
cliente.
D. Modificar la relación del cliente (y quizá del terapeuta) con los
sistemas globales de la familia, el vecindario o la profesión.

Las pautas como hábitos

El enfoque breve asume el supuesto de que las personas hacen lo mejor


que está a su alcance en vista de las situaciones y las restricciones de los
constructos (Kelly, 1955) a través de los cuales han llegado a ver sus
dificultades (véase el capítulo 2). No se supone que los síntomas reflejen
hipotéticos problemas subyacentes irresueltos. El enfoque no se basa en un
modelo de déficit. La opinión de los autores es que la mayoría de los
problemas están insertados en hábitos de reacción y respuesta, no
necesariamente más complejos que, por ejempío, el, hábito de fumar o de
comerse las uñas, aunque sus ramificaciones pueden tener consecuencias
de mucho mayor alcance. Y así como una persona puede empezar a fumar
mucho como respuesta a un período particularmente tenso de su vida, y
después le resulte difícil romper el hábito aunque ese período de tensión
haya concluido mucho tiempo antes, del mismo modo, decimos, las
reacciones y respuestas emocionales y conductuales habituales que se
convierten en partes de los contextos-problema pueden verse como hábitos
que sobreviven mucho tiempo a los estímulos originales que los han
desencadenado. Igual que muchos hábitos, éstos suelen ser difíciles de
romper, debido a los ciclos de autorrefuerzo en los que quedan atrapados.
A nuestro juicio, no es necesario inferir un sustrato más fundamental y
profundo de cuestiones irresueltas, motivaciones inconscientes, resis-
tencias, etcétera.

Etapas de la vida

Los terapeutas a los que les interesa la forma consideran los síntomas
como indicación de que una familia no está pasando de una etapa a la
siguiente del ciclo vital familiar con éxito. Se supone que la terapia ayuda a
las familias a negociar esa transición y a reorganizarse adecuadamente
para la etapa siguiente. Pueden ser especialmente difíciles las etapas en las
que alguien se suma al sistema o desaparece de él —por ejemplo por
nacimiento, divorcio, muerte, y cuando los hijos crecen y empiezan a irse
del hogar (Haley, 1973, 1980b).
Para los terapeutas a los que les interesa el proceso, esos puntos de
transición también son importantes. Fisch y otros comentan:

Los problemas comienzan en alguna dificultad ordinaria de la


vida, de las que nunca faltan. Esa dificultad puede provenir de un
acontecimiento inusual o fortuito. Pero, las más de las veces, es
probable que el origen sea una dificultad común asociada con una de
las transiciones que se experimentan regularmente en el curso de la
vida (1982, pág. 13).

El proceso que lleva a ver la situación de determinada manera, y a


manejaría mal inadvertidamente, por medio de la aplicación reiterada de
soluciones desafortunadas, puede convertir muy pronto una dificultad en
un problema «cuya dimensión y naturaleza finales quizá tengan poca
relación aparente con el obstáculo original» (pág. 14).
Cambio, ¿en qué?

Ya hemos indicado que todos los enfoques breves/estratégicos, sea que


se interesen en el proceso o en la forma, consideran que el cambio surge de
la ruptura de las pautas de pensamiento y acción, de la interrupción de las
secuencias que se repiten.
También interesa directamente el problema presentado, aunque las
distintas opiniones sobre lo que ese problema refleja o representa pueden
diferir mucho. Como observa Haley,

...al concentrarse en los síntomas, el terapeuta obtiene el mayor


poder y la mejor oportunidad para generar cambios. Lo que más le
interesa al cliente es eí problema presentado: cuando el terapeuta
trabaja con esto, puede obtener una gran cooperación... La meta no
es proporcionarle a la familia conocimientos sobre su sistema, que
funciona mal, sino cambiar las secuencias familiares para que se
resuelvan los problemas presentados (1976, pág. 129).

Los terapeutas interesados en el proceso centran su atención en las


soluciones intentadas, tratando de bloquearlas o mvertirlas. Por ejemplo:

Un hombre pidió ayuda porque cada vez era más incapaz de


mantener la erección. Esto le provocaba un considerable malestar y
generaba alguna tensión en sus relaciones con su novia. Hubo una
entrevista conjunta y el hombre dijo que necesitaba aprender a
controlar mejor la conducta de su pene. Como primer paso hacia el
aprendizaje de este control, se le pidió a la joven que esa
nocheintentara todo lo que pudiera para excitar al novio. A él se le
indicó que tratara de impedir que su pene entrara en erección o
permaneciera erecto. Fracasó (Cade, 1979, pág. 92).

Weakland y otros observan:

En general sostenemos que el cambio se puede lograr con más


facilidad si su meta es razonablemente pequeña y está claramente
enunciada. En cuanto el paciente ha experimentado un cambio
pequeño pero definido en la naturaleza aparentemente monolítica del
problema que es más real para él, esa experiencia conduce a más
cambios autoindu-cidos en ese ámbito de su vida, y a menudo
también en otros. Es decir, se inician círculos benéficos (1974, pág.
150).
Los terapeutas interesados en la forma tienden a planificar su terapia
en etapas y a concentrarse directamente en la organización disfuncional de
la familia. A menudo, como primer paso en el camino a una organización
disfuncional, conducen a la familia a una organización disfuncional
diferente. Por ejemplo, una pauta que incluye a un progenitor que
participa en exceso podría llevar a un patrón en el cual el otro progenitor,
más periférico, deba tomar todas las decisiones importantes sobre los hijos.
Ése sería el paso inicial, antes de que ambos padres pasen a actuar juntos
con mayor eficacia. Los encargos asignados a las familias con respecto a
este tipo de metas tienden a controlarse con algún vigor en las sesiones
ulteriores.
Los terapeutas interesados en el proceso, aunque piensan mucho la
planificación de las intervenciones, no operan desde una posición
normativa que fije de antemano una organización obligada y, por lo tanto,
tienden a tomar cada sesión tal como viene. Si la familia no cumple con un
encargo, el terapeuta tiende a considerar que se trata de un error de
cálculo suyo, más bien que de resistencia del cliente (individuo o familia).

Directivas

Los enfoques breves/estratégicos son a menudo directivos, en cuanto al


cliente o a la familia se le dan ideas o incluso instrucciones sobre cómo
comportarse en determinadas situaciones. A veces, las directivas requieren
cambios específicos en las conductas, y otras, que los cambios sean evitados
o pospuestos. Los terapeutas interesados en el proceso tienden a
concentrarse en directivas que se deben llevar a cabo entre sesiones;
utilizan la entrevista para reunir información y desarrollar el tipo de
rapport necesario para una relación respetuosa y cooperativa. Los
terapeutas interesados en la forma también dan directivas para el tiempo
entre sesiones, pero también en las entrevistas se le suele indicar a la
familia que haga algo diferente de lo habitual. Por ejemplo, a un
progenitor se le pide que controle en ese mismo momento a un niño
destructivo, mientras el terapeuta bloquea cualquier intento de intromisión
del abuelo o la abuela, o de otro de los hijos. La sesión sirve para ensayar
los cambios que la familia tendrá que realizar en el hogar. Estas sesiones a
veces se vuelven muy dramáticas.
Madanes observa:
El enfoque supone que toda terapia es directiva y que el
terapeuta no puede evitar serlo, puesto que incluso son directivos los
temas que escoge comentar y su tono de voz (1981b, pág. 23).
Por lo tanto, el terapeuta debe adquirir la habilidad de influir sobre las
personas y llevar al máximo la probabilidad de que las directivas sean
aceptadas o realizadas. Cade ha observado:

Lo típico es que el terapeuta no considere la motivación


simplemente como algo que existe en los miembros de la familia [sino
como] una función del intercambio entre la familia y el terapeuta. Lo
más útil es ver la falta de motivación como una respuesta a la
respuesta del terapeuta a la familia (1980b, pág. 95).

También es importante considerar cómo hay que responder al modo en


que las personas abordan las directivas. ¿Las han seguido, modificado,
ignorado u olvidado? ¿Se han opuesto a ellas? Para determinar el próximo
paso, el terapeuta debe guiarse por ese feedback. Por ejemplo, si las
directivas se siguieron tal como se pidió, lo indicado podría ser dar más
directivas del mismo tipo; si hubo oposición, lo indicado serían directivas
«paradójicas». Si las directivas son olvidadas o ignoradas, el terapeuta
debe considerar cuidadosamente su propia posición. A menudo estará más
motivado para el cambio que el cliente o la familia, y debe prepararse para
adoptar una posición subordinada más cauta y respetuosa.
También típica de la mayoría de los terapeutas breves/estratégicos es la
creencia de que, en cuanto a los significados que es posible atribuir a los
hechos, no existe ninguna realidad absoluta, sino sólo cons-tructos (Kelly,
1955) o «mapas mentales» por medio de los cuales las personas dan sentido
a su experiencia, y que gobiernan sus reacciones, sus respuestas y lo que
piensan sobre tales experiencias. Estos terapeutas parten del supuesto de
que si se puede cuestionar y modificar una manera de ver el mundo,
también es posible cambiar el significado y sus consecuencias
experienciales y conductuales. Esta creencia ha llevado a atribuir
importancia al empleo del reenmarcado y el re-etiquetado.
Los terapeutas breves/estratégicos también hacen un uso considerable
del arte de comunicarse por medio de analogías. Para facilitar la terapia se
utilizan anécdotas, parábolas, relatos y cuentos huraorísticos. En capítulos
ulteriores consideraremos más detalladamente estos aspectos, así como el
desarrollo reciente de los enfoques centrados en el futuro o la solución, que
se basan en lo que los individuos ya están haciendo y les da resultado (Berg
y Miller, 1992; de Shazer, 1985,1988; de Shazer y otros, 1986; Dolan, 1991;
Furman y Ahola, 1992; Ofianlon y Martin, 1992; CHanlon y Weiner-
Davis, 1989; Waltery Peller, 1992; White y Epston, 1990).
ENTRENAMIENTO

Los puntales teóricos básicos de las terapias breves/estratégicas son


relativamente fáciles de aprender, lo mismo que muchas de las habilidades
básicas para la intervención. No obstante, el empleo respetuoso, creativo y
eficaz del enfoque resulta extremadamente difícil de adquirir e integra una
parte muy importante del resto de la vida del terapeuta.
Haley apunta varios criterios para la selección y el entrenamiento. Son
los siguientes:
1. Sugiere que, como el enfoque «subraya los problemas del mundo
real, lo mejor es escoger estudiantes con experiencia de ese
mundo». Él prefiere estudiantes maduros con hijos, y no personas
jóvenes.
2. El estudiante debe tener tanto inteligencia como una gama amplia
de conductas: capacidad para ser «autoritario, a veces juguetón, a
veces presumido, a veces severo y serio, a veces desamparado, y así
sucesivamente».
3. Se debe evitar el aprendizaje de varios enfoques a la vez.
4. Idealmente, el estudiante debe aprender haciendo terapia y guiado
desde el principio por un supervisor con experiencia que emplee
técnicas de supervisión en vivo. La representación de roles con
ensayo de técnicas específicas puede ser útil antes de ponerlas a
prueba con un cliente (individuo o familia).
5. El aprendizaje en grupo optimiza las oportunidades de apren-
dizaje, por el mayor número de casos que se ven, la gama de ideas
a las que se tiene acceso y el apoyo de los pares.
6. Debe acentuarse más la práctica que la teoría; más que discutir la
terapia, hay que observar y presentar sesiones de terapia.
7. El entrenamiento debe concentrarse en lo que hay que hacer con
las cuestiones que surgen en el trabajo presente del estudiante. De
esta manera, él se sentirá motivado para aprender.
8. El supervisor debe enseñar al estudiante a ser directivo y motivar.
(A nuestro juicio, paradójicamente, también es importante
aprender a ser directivo para poder optar por ser no directivo.)
9. La terapia debe orientarse hacia problemas y soluciones más bien
que hacia métodos, y hay que escoger casos en los que sea posible
brindar oportunidades de aprendizaje sobre los temas específicos
en que los estudiantes individuales están encontrando dificultades.
10. Se le debe requerir al estudiante que controle el resultado de su
trabajo y aprenda a realizar seguimientos.
11. El contexto del entrenamiento debe respaldar el enfoque y el estilo
de la formación, además de contar con el equipamiento técnico
apropiado —por ejemplo, espejos falsos, videograbación y/o
facilidades para realizarla (Haley, 1976, págs. 179-194).

CONCLUSIÓN

El campo de la terapia breve/estratégica se ha estado expandiendo


rápidamente, y las técnicas han proliferado de tal modo que es casi
imposible hacer justicia a su riqueza y diversidad. Esta visión general ha
procurado identificar los principales temas y desarrollos.
Los enfoques breves/estratégicos parecen tener una aplicabilidad muy
amplia. Madanes observa que, «puesto que en la terapia estratégica se
diseña un plan terapéutico específico para cada problema, no hay ninguna
contraindicación en cuanto a la selección de los pacientes y la
adecuabilidad» (Madanes, 1981b, pág. 27). Stanton enumera una vasta
gama de desórdenes que han sido eficazmente tratados con estos enfoques,
desde dificultades conductuales directas, delincuencia, problemas
matrimoniales, hasta trastornos más serios, neuróticos y psicóticos (1981,
págs. 368-369). Este autor dice que «no es tan probable que los terapeutas
estratégicos rechacen tipos particulares de familias-problema, como que
eludan situaciones en las que el contexto no permite ejercer más que poca o
ninguna influencia» (pág. 369).
Stanton sostiene que «los investigadores de la terapia estratégica han
sido más activos que los de otros enfoques de la terapia familiar en lo que
concierne al estudio controlado o comparativo de los resultados» (pág.
369). Ha llamado, sobre todo, la atención acerca del trabajo de Parsons y
Alexander, al confrontar un enfoque estratégico con otros tres enfoques del
tratamiento de la delincuencia, demostrando que el primero es
notoriamente más eficaz (Parsons y Alexander, 1973).
Para poner fin a este capítulo con una nota más cauta, diremos que
muchos terapeutas jóvenes, recién formados, se sienten atraídos por la
excitación y la promesa de los enfoques breves/estratégicos y por la
«brujería» demostrada en talleres o en la literatura. Asimismo, como
señala Greenberg, «se supone que, como la terapia es breve, es sencilla de
realizar». Greenberg añade:

Terapeutas recién llegados a la perspectiva se suelen ferniliarizar


con la literatura e intentan precipitadamente aplicar los principios y
técnicas breves, sin la particular información necesaria para la
evaluación y el tratamiento. El equipo de novicios también tiende a
intentar «intervenciones de libro de cocina», basadas, sobre todo, en
las descripciones de la literatura... (Greenberg, 1980, pág. 320).

A menudo los principiantes se concentran excesivamente en la técnica,


en idear intervenciones «astutas», prestando una atención insuficiente al
respeto, la comprensión y la validación. En cierta medida, éste podría ser
también el defecto de quienes escriben sobre los enfoques
breves/estratégicos (entre ellos nosotros mismos), que a veces han prestado
una atención excesiva a las técnicas de intervención, subestimando la
importancia de las actitudes y valores básicos, de la prudencia, la
integridad y la contención, áando por sentado que el lector ya valoraba de
por sí estas cualidades. Los terapeutas breves/estratégicos tampoco han
sabido describir el trabajo básico, paciente, penoso y a menudo agotador,
que suele preceder a las intervenciones «brillantes», ni los muchos casos en
los que los cambios significativos son generados por una labor constante y
competente, y no por «fuegos de artificio». La sabiduría no se desarrolla de
la noche a la mañana ni puede aprenderse en un taller, por mejor
conducido que esté. Se desarrolla a lo largo de años rigurosos de ensayo y
error.

2. ¿QUÉ ES LO QUE SUCEDE ENTRE OREJA Y OREJA?

Un universo adquiere ser cuando se divide o fragmenta un .


espacio. La piel de un organismo vivo separa un exterior de un
interior. Lo mismo hace el perímetro de un círculo en un plano.
Rastreando el modo en que representamos esa separación,
podemos comenzar a reconstruir, con una precisión y un
alcance que parecen casi sobrenaturales, las formas básicas que
subyacen en nuestra ciencia lingüística, matemática, física y
biológica, y también empezar a ver de qué modo las leyes
familiares de nuestra propia experiencia se desprenden
inexorablemente del acto inicial de separación.
SPENCER-BROWN (1979, pág.
xxix)

...ninguna de nuestras explicaciones puede ser verdadera...


en cierto sentido no hay ninguna verdad final accesible a
nosotros, por la sencilla razón de que hemos realizado un corte
en el Universo, a fin de realizar el experimento. Tenemos que
decidir qué es lo pertinente y qué es lo no pertinente.
BJROHOWSKI(1978, pág.
69)

...sin sus invenciones, tanto teóricas como instrumentales, el


hombre estaría al mismo tiempo desorientado y ciego. No
sabría qué mirar o cómo ver.
KELLY (1969, pág. 94)

El más profundo de los sentimientos es que tiene que haber


algo más.
HARRISON (1986, pág. 2)

En los últimos años se ha expresado una preocupación creciente porque


los terapeutas breves habitualmente demuestran estar poco interesados en
lo que sucede entre oreja y oreja. La analogía de la «caja negra» ha sido
criticada porque ignora las experiencias vividas por el cliente, que
constituyen un factor motivante significativo del modo en que responde a su
mundo, y una componente crucial de su sentido continuo del sí mismo
(Duncan, 1992). Es cierto que los terapeutas breves están, por lo general,
más interesados en los fenómenos observables. En lo esencial, comcidimos
en cuanto a la importancia de concentrarse en lo observable y de reducir al
mínimo las inferencias y los supuestos cuando se trata de comprender la
conducta humana. No obstante, tenemos cerebro, y no cabe duda de que en
él sucede algo. Con un mínimo de supuestos, queremos presentar
brevemente algunos marcos relacionados (por lo menos, relacionados en
nuestras mentes). Los hemos encontrado útiles al considerar el modo en
que las personas dan sentido a su mundo y discriminan para sí mismas las
«realidades» únicas con las que cada uno vive y responde, tanto conductuál
como afectivamente.

LA OPERACIÓN BÁSICA

El bloque constructivo de toda vida que no se encuentre en el nivel más


primitivo (las amebas, ciertos políticos, etc.), es la célula nerviosa, que
opera siguiendo estrictamente un principio de «todo o nada»: emite una
descarga o no lo hace. Una distinción más básica: está ENCENDIDA o
APAGADA. La decisión de cada célula de transmitir o no se basa en su
particular y constante umbral de excitabilidad; no puede comunicar
información de ninguna otra manera que no sea con la frecuencia con que
se descarga (por ejemplo, no puede recurrir a variar la intensidad de sus
respuestas). El proceso de la evolución hacia formas superiores de
funcionamiento se basa primordialmente en «tender» conexiones sinápticas
cada vez más ricas y variadas entre un creciente número de células
nerviosas básicas, cada una de las cuales sólo sigue siendo capaz de indicar
dos estados posibles.
Spencer-Brown dice que la operación básica es trazar una distinción
que, una vez establecida, crea dos espacios o estados, separados por un
límite y susceptibles de marcarse (nombrarse) (Spencer-Brown, 1979, pág.
1). El hecho de que esta operación se realice implica que existió primero
una distinción entre el observador y el campo de observación. Sea cual
fuere el impulso a trazar una distinción, ésta determinará qué lado del
límite será el más significativo, de modo que el otro se convierte en lo que
no es el primero.
Está claro que, cuanto más primitiva es una forma de vida, menos
distinciones necesitará para funcionar dentro de los parámetros definidos
por su forma: distinciones, por ejemplo, entre lo caliente y lo no caliente, lo
frío y lo no frío, lo oscuro y lo no oscuro, la luz y la no luz, lo húmedo y lo
nó húmedo, lo seco y lo no seco, lo comestible y lo no comestible, lo seguro y
lo no seguro, lo peligroso y lo no peligroso, etcétera. Cuanto más compleja
sea la forma de vida, mayor será la cantidad y variedad de las distinciones
que podrá trazar. Cuanto más complejos sean el aparato sensorial y el
sistema nervioso, más sutiles y variadas serán las distinciones que esa
forma de vida sabrá establecer.
Sin duda, es posible trazar distinciones dentro de las distinciones. Por
ejemplo, la respuesta de un organismo que traza la distinción entre lo
comestible y lo no comestible se verá afectada por la distinción que ese
mismo organismo establece entre lo cercano y lo no cercano, entre estar
cansado y no cansado, o tener hambre y no tener hambre. Las distinciones
que definen el grado de urgencia e intensidad con que se ven otras
distinciones pueden llevar a organizarías en una variedad de
ordenamientos jerárquicos. Por ejemplo, un hambre intensa podría
impulsar a un animal cansado a perseguir algo no cercano pero comestible.
A la inversa, un cansancio intenso puede determinar que un animal
hambriento pase por alto algo comestible pero no cercano. Algo cercano y
comestible podría no suscitar ninguna respuesta en un animal que no está
cansado pero tampoco tiene hambre. Aunque éstos son ejemplos un tanto
simplificados, a través de ellos puede verse que, incluso cuando la gama de
distinciones es mínima, se vuelve posible un grado considerable de
complejidad en la experiencia del organismo y en sus respuestas al medio.
El tamaño y la capacidad del cerebro humano, la complejidad de
nuestro aparato sensorial y nuestro sistema nervioso, y nuestra aptitud
para el pensamiento abstracto, determinan que la gama y complejidad
jerárquica de las distinciones que podemos trazar resulte prácticamente
infinita.
A pesar de los intentos de los sociobiólogos de explicar en todo lo
posible nuestra conducta como determinada genéticamente, se diría que se
la puede considerar basada en la «conexión» de relativamente sólo unos
pocos rasgos básicos. Nuestra dotación genética parece impulsarnos a
comer, a defendernos, a huir cuando es necesario, a reunir-nos en
agrupamientos sociales, a reproducirnos y a cuidar a nuestra prole.
También parecemos dispuestos a reír, a menudo en relación con el ejercicio
de nuestra curiosidad casi insaciable por la naturaleza de lo que nos rodea,
con su interminable provisión de enigmas. En este sentido no somos muy
diferentes de los chimpancés, que pueden describirse de un modo muy
parecido. Lo distinto es que, con nuestros cerebros más grandes, según
Chomsky, tenemos también una red de conexiones para el desarrollo del
lenguaje simbólico, y a través del lenguaje hemos podido comprender y
articular una multitud de mundos, que van desde el básico y más práctico
hasta el más abstracto y meta-físico (Chomsky, 1972, 1975).
Las distinciones que trazamos y los significados que atribuimos se
articulan, interpretan y reinterpretan a través de la riqueza del lenguaje
simbólico en el proceso evolutivo continuado de construcción de nuestras
«realidades». Lo hacemos por medio de diálogos internos e interpersonales.
Como observan Goolishian y Anderson,
...en el sentido hermenéutico, los seres humanos construyen mun-
dos porque participan en el lenguaje, en las prácticas sociales, en las
instituciones, y en otras formas de acción simbólica. Estas acciones
sociales presuponen, exijen y recompensan las mismas construcciones
del mundo y el sí mismo corrientes en esa participación (1992, pág.
11).

LOS CONSTRUCTOS PERSONALES

El psicólogo George Kelly propuso un marco para la comprensión de la


conducta humana, basado principalmente en el establecimiento de
distinciones (Kelly, 1955). A nuestro juicio, este marco parece postular un
proceso básico semejante a la «operación básica» de Spencer-Brown, y
también sigue el principio de economía de Guillermo de Occam en cuanto a
la formulación de hipótesis. Describiendo la aportación de Kelly a las
diversas teorías de la personalidad, Schultz comenta:

Es poco lo que la teoría de Kelly comparte con los otros enfoques.


Él mismo nos advierte que no encontraremos muchos de los términos
y conceptos familiares de las otras teorías de la personalidad en su
sistema. Después de esto, procede a sacudirnos, señalando cuántos de
tales términos faltan en su enfoque: inconsciente, necesidad, impulso,
estímulo, respuesta, refuerzo y (esto es lo más sorprendente)
motivación y emoción (1990, pág. 380).
El postulado esencial de la teoría de Kelly es que a las situaciones se les
da sentido por medio de la aplicación de una variedad de «cons-tructos»
que constituyen el modo singular en que cada uno de nosotros traza
distinciones y categoriza sus experiencias, lo cual incide en la manera en
que prevemos los hechos futuros. Con el paso del tiempo, todos
desarrollamos una variedad de dimensiones, o conjuntos de categorías, que
nos resultan de particular importancia para analizar el mundo y responder
a él. Esas categorías reflejan nuestras variadas experiencias hasta el
momento (según las recordamos e interpretamos en el presente), nuestras
preocupaciones actuales por los principios. No sólo afectan nuestra
percepción de las situaciones presentes y las respuestas que les damos, sino
también nuestra previsión del futuro probable y nuestra preparación para
él. Los constructos existen primordialmente en el ojo del observador; por lo
tanto, no deben considerarse entidades como un ser real. Son
interpretaciones de la realidad objetiva, y no reflejos de ella.
Continuamente se los somete a revisión. En el capítulo 3 consideraremos
algunos de los problemas que surgen cuando se tratan las abstracciones
como si fueran entidades concretas. Toda percepción personal es altamente
selectiva e individual (aunque las personas de la misma familia, con iguales
antecedentes étnicos, fe religiosa, convicción política, género, etcétera, pue-
den, desde luego, compartir muchos constructos, que confirman por medio
de los rituales y el diálogo sostenido).
Los constructos pueden sacarse a luz, por ejemplo, pidiéndole al sujeto
que confeccione una lista de diez a quince personas con las que tiene
distintos tipos de relación significativa (padre, madre, hermano, maestro,
sacerdote, amigo, amante, extraño, etcétera); alternativamente, esa lista
puede proporcionarla el experimentador. A continuación, tomando tres
ítem de la lista por vez, se le pregunta al sujeto qué dos de los tres
seleccionados son más semejantes entre sí, y en qué difiere de ellos el
tercero. Examinando las diferentes combinaciones, es posible identificar las
características preferidas, y representar en un gráfico las dimensiones a lo
largo de las cuales el sujeto tiende a establecer distinciones cuando evalúa a
las personas. Argyle señala que «las diferentes personas utilizan diferentes
rasgos... Se vuelven más precisas al evaluar las cualidades que más les
importan...» (Argyle, 1983, pág. 107).
Para Fransella y Bannister, el constructo es una discriminación, no un
rótulo verbal:
Kelly ofrece varias definiciones del constructo. Por ejemplo, dice
que es «un modo en que se asemejan dos o más cosas y por lo tanto
difieren de una tercera cosa, o de otras».... En todas estas definiciones,
Kelly conserva la noción especial de que los constructos son bipolares.
Su argumento es que nunca afirmamos nada sin negar
simultáneamente algo-No siempre, ni siquiera a menudo,
especificamos el polo contrastante, pero Kelly dice que extraemos
sentido de nuestro mundo observando simultáneamente las
semejanzas y las diferencias. La utilidad del constructo reposa en el
contraste» (1977, pág. 5).

Aunque los científicos no están aún seguros de cómo se almacenan los


recuerdos, parece claro que el proceso supone la acumulación de pautas
asociativas entre los impulsos sensoriales. Este almacenamiento de pautas
—y no el almacenamiento secuencial de cada acontecimiento sensorial
aislado— es lo que nos permite operar con cantidades limitadas de
información. El acceso a una parte de una pauta nos hace posible una
apreciación casi instantánea del modo de completar dicha pauta sobre la
base de asociaciones aprendidas previamente, del agrupa-miento
cartográfico de los datos que ingresan en pautas almacenadas en la
memoria. (Es fácil advertir las ventajas evolutivas que representa la
capacidad para responder de este modo.)
Peter Russell dice que «la información se registra en vastas redes
interconectadas. Cada idea o imagen tiene centenares, quizá miles de
asociaciones, y está conectada con muchos otros puntos de la red mental»
(1979, pág. 105).
Las vías asociativas recorridas con más frecuencia tienden a reforzarse.
Las utilizadas con menos frecuencia, aunque no desaparezcan,
probablemente tienden a perder importancia y «olvidarse», del mismo
modo que las sendas que atraviesan una selva son cubiertas de nuevo por la
vegetación, a menos que el tránsito reiterado por ellas las mantenga
abiertas.
A medida que quedan establecidas pautas de asociaciones, éstas tienden
a influir en la selección y flujo de la información subsiguiente. Como ha
señalado de Bono, «las pautas se extraen del ambiente sólo sobre la base de
la familiaridad, y a través de tal selección se vuelven cada vez más
familiares» (1971, pág. 124). De este modo desarrollamos jerarquías de
pautas de distinciones dentro de las distinciones, que tienden a gobernar el
modo en que nos vemos a nosotros mismos, a nuestro mundo y a cómo le
atribuimos significado a nuestras experiencias.
A las estructuras que creamos a partir de esas abstracciones las defi-
niremos como «realidad». Sin duda, las distinciones necesarias para
preservar la vida y la seguridad tienen una importancia primordial. Las
distinciones pueden basarse en constructos articulados con relativa
facilidad y ser accesibles a la introspección en los recuerdos de experiencias
y condicionamientos más profundamente enterrados, o incluso en nuestros
instintos más básicos y menos articulables. También en este caso, la
organización jerárquica depende del contexto instantáneo. Si un adulto ve a
un niño en peligro, sin pensar en absoluto (o con independencia de lo que
piense), es capaz de enfrentarse a algo que, en un contexto diferente, le
provocaría una fobia irracional o un terror razonable.
Otras dimensiones importantes en el establecimiento de distinciones son
las que nos permiten definir diversas categorías de «ellos» y «nosotros»:
por ejemplo, familia, tribu, raza, género, color, creencia religiosa, clase
social y la multitud de otros agrupamientos que pueden adquirir una
importancia profunda y duradera, o bien transitoria, en nuestra vida.

...después de que los hechos han sido asignados a una categoría


global, las observaciones ulteriores sobre ellos tienden a ser
tendenciosas... tienden a ser asignados a conductas incluso sobre la
base de poca información... Después de haber aplicado rótulos
globales, puede resultar difícil refutarlos y descartarlos. Además, si
una cultura comparte ampliamente y utiliza de modo habitual vastas
categorías de rasgos, puede llegar a verlos como descripciones
intuitivamente adecuadas de conductas a las que en realidad no se
adecúan bien.
A menudo se ha encontrado que, después de que ün individuo
cate-goriza o agrupa los estímulos, tiende a retener esa categoría
incluso frente a pruebas en sentido contrario, prestando menos
atención a la nueva información y concentrándose, en cambio, en la
información que confirma su categoría (Mischel, 1968, pág. 58).

A veces, sólo predominan unas pocas dimensiones primarias. Entonces


muchas otras dimensiones potenciales son absorbidas por las pocas que se
consideran más inclusivas, y puede desarrollarse una rigidez de actitudes y
respuestas durante un período breve o más prolongado. Por ejemplo,
dimensiones tales como la bondad o la maldad, el estatus, la inteligencia, el
atractivo, pueden ser notablemente afectadas cuando se las construye
viéndolas a través del cristal de dimensiones jerárquicamente superiores
(para nosotros) tales como la familia, la tribu, el color, la religión,
«parecerse al tío Jack», etcétera. En un nivel mucho más trivial, las
distinciones que se trazan comúnmente entre los pelirrojos y el resto de
nosotros pueden afectar nuestra actitud y nuestra tolerancia respecto de los
estallidos de ira. Bajo presión (y lo que se experimenta como presión, en
medida considerable, está en el ojo del observador), es probable que
cualquiera de nosotros reduzca su enfoque a esas dimensiones, que parecen
las más importantes para la supervivencia inmediata. Ciertas posiciones
fundamentalistas políticas y religiosas pueden actuar como «agujeros
negros» en los que permanentemente desaparecen verdaderos universos de
dimensiones, bajo el imperativo de unos pocos temas dominantes. Como
observa de Bono,

...de la tendencia a tratar las cosas en términos de polos opuestos


surge el peculiar peligro de que estos polos se alejen tanto como sea
posible... Entonces cualquier distinción se magnifica hasta convertirse
en una distinción absoluta. Exactamente el mismo efecto explica el
proceso en el cual una descripción parcial reemplaza a la descripción
total. Es fácil tildar a un político de corrupto, o a una mujer de
ramera, aunque sólo una pequeña parte de su conducta justifique tal
descripción. Pero si esta pequeña parte es la única distintiva, se la
toma como representativa del todo» (1971, págs. 201-202).

Schultz señala que los constructos van desde los que son permeables y
«suceptibles de revisarse y ampliarse a la luz de nuevas experiencias», hasta
los que parecen impermeables y «no susceptibles de revisión o reemplazo,
sean cuales fueren las nuevas experiencias accesibles... Una persona puede
tolerar algunas incongruencias subordinadas sin descartar o modificar el
constructo general» (Schultz, 1990, págs. 390-391). De modo que la
complejidad cognitiva (que puede definirse en función del mayor número
de dimensiones independientes accesibles para su uso en el trazado de
cÜstmciones en cualquier momento) es defendiblemente equiparable a la
flexibilidad, la responsabilidad, la tolerancia, la comprensión, la
creatividad, etcétera. Presumiblemente, habrá todo un complejo de factores
personales, interpersonales, de pertenencia grupal (incluso la raza y el
género), históricos y sociopolíticos que afectarán, en cada uno de nosotros,
a la constancia o inconstancia relativas de cualquier grupo particular de
constructos relacionados.
FIGURA/FONDO: LOS EFECTOS DE LA
TENDENCIA DEL OBSERVADOR

Así pues, en cualquier campo que atraiga la atención, ciertos aspectos


de la situación se destacarán en una relación de figura/fondo sobre los otros
aspectos.
Hace muchos años, un amigo de uno de nosotros compró un dibujo
Victoriano que era más bien una imagen, ejecutada con habilidad, de figura
y fondo reversibles, del tipo que ilustra con frecuencia las obras sobre
psicología de la percepción. El dibujo podía verse como una joven desnuda
o como un conjunto de cráneos humanos. Este amigo solamente había visto
la primera figura, y no pudo ver la otra hasta un tiempo después de que le
fuera señalada. Varios días más tarde estaba mirando distraídamente la
imagen, cuando de pronto vio por primera vez las calaveras. Está claro que
en los dibujos de este tipo la emergencia de uno u otro tema depende de dos
interpretaciones totalmente diferentes acerca de qué líneas y qué zonas
sombreadas constituyen la figura en torno a la cual el resto se convierte en
el fondo. Los dos temas no pueden ser simultáneos para ningún observador
(aunque, cuando uno ha aprendido a verlos, se pueden alternar rápida-
mente). Examinando el fenómeno de la figura/fondo en un capítulo sobre la
percepción, Adcock comenta que «en la porción considerada como figura
son observables los detalles, mientras que el fondo tiende a ser más bien
homogéneo» (1964, pág. 142).
Como han demostrado los estudios de Rosenthal y sus colaboradores
sobre los efectos de las tendencias del experimentador, el sentido que le
damos a las cosas, lo que escogemos como figura y como fondo, y nuestras
predicciones acerca del futuro, no sólo inciden sobre nuestras propias
conductas, sino que pueden también afectar profundamente las conductas
de los otros (Rosenthal, 1966; Rosenthal y Jacobson, 1968). En uno de sus
experimentos, a un grupo de maestros se les informó que los niños de sus
clases habían pasado un test de inteligencia para prever cuáles de ellos era
probable que destacasen. Además se les dieron los nombres de quienes
supuestamente habían obtenido puntuaciones altas. En realidad, los «niños
especiales» habían sido elegidos al azar. De modo que la diferencia entre
esos «niños especiales» y el resto sólo existía en la mente de los maestros. Al
cabo de un año,
...apareció una significativa ventaja de expectativa, especialmente
grande entre los niños del primer y el segundo grado. La ventaja de
los que se esperaba que descollaran fue evidente con estos niños más
pequeños en el CI total, el CI verbal y el CI de razonamiento. Los
niños del grupo control progresaron bastante en su coefiente
intelectual: el 19 por ciento ganó 20 o más puntos de CI total. Pero,
entre los niños «especiales», realizó ese mismo progreso el 47 por
ciento» (Rosenfhal y Jacobson, 1968, pág. 175).

Otros investigadores han subrayado los efectos de nuestras expec-


tativas, no sólo sobre el modo en que se ven las cosas, sino también sobre las
acciones, como consecuencia de las distinciones establecidas. Rosenhan ha
informado sobre la investigación que demostró convincentemente la
imposibilidad de distinguir, de modo fiable, a cuerdos de enfermos en los
hospitales psiquiátricos, en los que se construye una realidad tal que
cualquier conducta, por más normal que sea, puede llegar a verse como un
signo evidente de enfermedad. En la historia clínica de uno de los
investigadores/seudopacientes, que había estado escribiendo extensa y
abiertamente sobre su experiencia, apareció el comentario siguiente: «El
paciente presenta conducta escritural». Aparentemente, ningún miembro
del personal le preguntó qué era lo que escribía (Rosenhan, 1973).
Como uno de nosotros ha dicho en otro lugar,

...cuando nuestras pautas de asociación quedan establecidas de un


modo particular, tienden a influir en el procesamiento de las
experiencias subsiguientes... De este modo, desarrollamos marcos de
creencias o «tendencias» mentales que determinan el modo en que nos
vemos a nosotros mismos y vemos nuestro mundo, atribuimos
significado y respondemos a esas experiencias. En nuestras relaciones
con los otros, tendemos a desarrollar pautas de conductas conjuntas
que reflejan nuestras tendencias mentales y las de las personas con las
que interactuamos; esas tendencias van confirmándose por la
repetición, aunque pocas veces estas pautas se desarrollan
conscientemente (Cade, 1991, pág. 35).

Este proceso ha sido descrito sucintamente por Zukav:

La realidad es lo que tomamos como cierto. Lo que tomamos


como cierto es lo que creemos. Lo que creemos se basa en nuestras
percepciones. Lo que percibimos depende de lo que buscamos. Lo que
busca-

mos depende de lo que pensamos. Lo que pensamos depende de lo


que percibimos. Lo que percibimos determina lo que creemos. Lo
que creemos determina lo que tomamos por cierto. Lo que tomamos
por cierto es nuestra realidad (1979, pág. 328).

No pretendemos que todo esto represente la verdad sobre lo que


sucede entre oreja y oreja. Se trata de los marcos más austeros para
comprender los procesos mentales basados en la operación básica de
nuestros bloques constructivos básicos, con el menor número posible de
supuestos.
3. LA REALIDAD DE LA «REALIDAD» (O LA «REALIDAD» DE
LA REALIDAD): «¿QUÉ ES LO QUE ESTÁ OCURRIENDO
REALMENTE?»

...el razonamiento sobre las causas y efectos es muy difícil...


Ya nos ha costado mucho establecer una relación entre un
efecto tan obvio como un árbol carbonizado y el rayo que le
prendió fuego, de modo que rastrear cadenas de causas y
efectos a veces interminables me parece tan necio como tratar
de erigir una torre que toque el cielo.
El nombre de la rosa, Eco (1983)

Algunos trabajos recientes han iniciado en nuestro campo un debate


sobre la naturaleza de la realidad. Watzlawick (1984) compiló un libro
titulado The Invented Reality, en el que los colaboradores sostienen de
diversa manera que la realidad no es más que una construcción, una
invención, que surge del modo en que cada observador ve el mundo. Speed,
por otra parte, ha defendido lo que ella llama una posición constructivista:
la realidad existe; nuestras construcciones la reflejan de un modo más o
menos adecuado, y están en una relación de interpretación con ella (1984a,
1984b, 1991).
Aquí trataremos de subrayar algunos problemas que, a nuestro juicio,
pueden surgir en este debate, como consecuencia de que no se diferencie
con claridad entre dos niveles: 1) el nivel de las cosas y los hechos, y 2) los
significados que se les atribuyen. También propugnaremos una posición
anarquista, en el sentido de que, por un lado, aunque hubiera una realidad
absoluta, es mejor no creer en ella, y, por otra parte, cualquier visión de la
realidad, por absurda que parezca, puede merecer que se crea en ella en
uno u otro momento. En otras palabras, no debemos creer en nada y creer
en todo, al mismo tiempo. Hacer menos puede llevarnos a las múltiples
posiciones absurdas que vemos en torno a nosotros, en nuestro mundo
aparentemente loco y suicida.
Las COSAS y los HECHOS se limitan a observaciones y descripciones de base
sensorial de lo que percibimos, o recordamos haber percibido, a través de
nuestros sentidos; son lo que está sucediendo o lo que ha sucedido.
Los SIGNIFICADOS son interpretaciones, conclusiones, creencias y
atribuciones derivadas de, impuestas a, o relacionadas con, esas cosas y
hechos percibidos.

Comencemos con el nivel de la realidad que involucra a las cosas y los


hechos. Para la mayoría de nuestros fines, parece sensato que aceptemos
ese nivel de realidad. Aunque esto podría no ser así con otras formas de
vida aún no descubiertas, en general todos estamos de acuerdo acerca de la
existencia y las dimensiones de las cosas particulares, y en cuanto a que,
dentro y entre las cosas, a lo largo de ciertas escalas temporales, se
producen cambios que nosotros podemos observar y medir. Las
diferencias, a veces espectaculares y de gran alcance, aparecen en la
interpretación y en la atribución de significados a aquellas cosas.
Esto ha sido muy bien subrayado en un artículo de Scheflen, «Susan
Smiled: On Explanation in Family Therapy» (1978). Sin duda todos los
observadores del hecho mencionado en el título de ese artículo (la sonrisa
de Susan) estarán de acuerdo, si se les da tiempo para el análisis, en que los
labios de Susan se movieron de cierto modo en un cierto momento y en una
relación cronológica con las conductas de las otras personas que estaban en
la habitación. Pero esos mismos observadores pueden diferir en la selección
de las cosas y hechos significativos, y en la atribución de significados. En el
grupo de discusión descrito en el artículo, tales diferencias de
interpretación parecieron llevar a poco más que un examen interesante y
prolongado de los significados posibles de la sonrisa de Susan. En otros
contextos, este mismo fenómeno (el fenómeno de que las cosas y los hechos
pueden verse de muchos modos, a veces conflictivos) puede conducir al
desarrollo de toda una gama de problemas humanos, que van desde
tendencias relativamente menores hasta la persecución religiosa, las
grandes guerras y, quién sabe, quizá incluso la aniquilación planetaria
total.
En este punto hay que admitir que, al descender en la escala hasta los
niveles subatómicos, tropezamos inmediatamente con.problemas
relacionados con la definición de la realidad. Por sólido que parezca un
trozo de roca cuando se tiene la experiencia de él a través de los sentidos
humanos desnudos, si se lo sondea en el nivel subatómico se vuelve más
bien insustancial y elusivo. Parece estar formado por relaciones entre
partículas minúsculas que existen brevemente en un mundo de
probabilidades (y que quizá sólo adquieren existencia en virtud del proceso
mismo de la observación). Como dice Capra, «el concepto de materia en la
física subatómica... es totalmente distinto de la idea tradicional de
sustancia material de la física clásica. Lo mismo vale respecto de conceptos
tales como espacio, tiempo, o causa y efecto» (1976, pág. 15). El físico
Henry Pierce Stapp, en un artículo inédito citado en la fascinante obra de
Zukav, titulada The Dancing Wu-Li Masters, señala que:

Si la actitud de la mecánica cuántica es correcta, en el sentido


fuerte de que no es posible una descripción más completa que la que
esta mecánica proporciona de la subestructura que subyace en la
experiencia, entonces no hay ningún mundo físico sustantivo, en el
sentido habitual de la palabra. Ésta no es la conclusión débil de que
podría no haber un mundo físico sustantivo, sino de que
definitivamente no hay un mundo físico sustantivo» (1979, pág. 105).

No obstante, a nuestros fines, permaneceremos un tanto por encima del


nivel subatómico; nuestro plano es el de las cosas y acontecimientos que
experimentamos en el ambiente, y que pueden considerarse
razonablemente «allí afuera».
A veces, Watzlawick parece asumir una posición un tanto extrema,
sosteniendo que no existe ninguna realidad «allí afuera», sino sólo la que en
«el sentido más inmediato y concreto» (1984, pág. 10) es construida por el
observador. Al no diferenciar claramente entre los niveles, entre las cosas y
los hechos y los significados que se les pueden atribuir, este autor parece
adoptar una posición tan solipsista, que sería interesante invitarlo a
elaborarla en profundidad frente a un oso polar enfurecido. ¿Está
«realmente» allí la criatura? Sin embargo, la discusión entre un peletero,
un esquimal, un aficionado a la caza mayor en busca de trofeos y un
ambientalista, bien podría demostrar que, aunque ninguna de esas
personas cuestione la realidad de tales animales, quizá difieran
radicalmente en su modo de verlos y tratarlos.
Desde luego, como ha demostrado Rosenthal, las creencias y expec-
tativas de un observador pueden ejercer una influencia directa y de
automcumplimiento sobre la conducta de las personas o criaturas obser-
vadas (que es lo que también parece ocurrir con las partículas subató-
micas) (Rosenthal, 1966). La selección tendenciosa de las percepciones
conduce a respuestas peculiares del observador, que transmiten
información capaz de promover y reforzar ciertas conductas en los
observados, alineadas con las expectativas del observador y, por lo general,
en gran medida fuera de la percatación consciente de las partes. Por lo
tanto, la actitud del observador respecto de los osos polares puede incidir
en el modo en que el oso se comporte con él, y en consecuencia «construir»
un aspecto de la realidad. Pero el oso polar físico existe con independencia
del proceso de la observación (y, de todos modos, si no en un sentido
absoluto, en el nivel de la realidad física que nosotros habitamos es
prudente creer en su existencia).
Speed, por otro lado, cae en el error opuesto. Tampoco ella diferencia
con claridad los diferentes niveles, y parece equiparar, por ejemplo, la
estructura física perfectamente definible de una montaña, con una
presunta «realidad» o «verdad» igualmente absoluta y definible de lo que
sucede en una familia, realidad a la cual, refmando progresivamente sus
modelos, el observador podría acercarse cada vez más. Esta autora dice
que las hipótesis sobre las familias son útiles porque son «verdaderas» (o
más bien, según se rectifica a continuación, porque «son reflejos o modelos
relativamente más adecuados de la realidad»).
La «realidad» de la familia es algo un tanto complejo. En un nivel, la
mayoría de los observadores se pondrían de acuerdo en cuanto a la
cantidad de participantes, su sexo, su altura, y otras facetas del aspecto
físico, y sobre los hechos que se produjeron entre los diversos miembros
(por ejemplo, la madre giró 180 grados y levantó la voz en varios
decibelios; pronunció un cierto número de palabras; el padre, a la cuarta
palabra, giró rápidamente 170 grados y salió de la habitación; cuando él
estaba a dos metros de la puerta, aparecieron lágrimas en los ojos de la
hija; la madre se acercó a ella y le pasó el brazo sobre los hombros,
etcétera; estos análisis pueden realizarse en un nivel microscópico, instante
por instante, o en un nivel menos detallado, durante lapsos más largos). No
obstante, cuando se trata de aplicar significados a los hechos, todo se
vuelve mucho más complejo:

En cualquier situación dada, hay facetas potencialmente


ilimitadas de la gestalt total de experiencias de origen externo e
interno utilizables para recrear las condiciones originales capaces de
llevar a la «recuperación» de toda una gama de recuerdos y
asociaciones. Que sean unas u otras de estas facetas de la experiencia
las realidades en un momento dado, contra el enorme trasfondo de
las asociaciones potenciales, depende de las peculiares
preocupaciones, conscientes o menos conscientes, que tenemos en ese
momento... En otras palabras, nuestras preocupaciones peculiares,
los peculiares enfoques derivados de nuestros marcos para la
aplicación de significados, separarán, por medio de la intensificación,
ciertos rasgos o aspectos de la experiencia, respecto de la riqueza
implícita o potencial de las asociaciones posibles. Cuando las pautas
de asociación queden establecidas de determinada manera, tenderán
a influir, en consecuencia, en el procesamiento de las experiencias
subsiguientes (Cade, 1991, pág. 35).

En todo hecho o serie de hechos que involucran a varias personas, la


situación es infinitamente más compleja; se constituye una complicada red
de distinciones trazadas, recuerdos, asociaciones y relaciones entre los
procesos de selección y agrupamiento pautado de cada participante, todo
ello influido por los mitos individuales, familiares, culturales, religiosos y
raciales sobre lo que es y lo que ha sido, por qué debió o pudo haber sido, y
lo que debe ser; esa trama, a su vez, sólo es observable mediante un
proceso análogo del observador.
Veamos un ejemplo simplificado. Un hombre, en virtud de todo un
complejo de condicionamientos, experiencias, prejuicios, mitos, etcétera,
puede haber desarrollado la idea de que no se puede confiar en ciertas
mujeres (o en ninguna mujer), y de que ellas tratan siempre de controlar a
los hombres por medio de ardides femeninos e intrigas. Tenderá a percibir
las acciones de toda mujer con la que tiene alguna relación a través de este
conjunto de constructos (y a reaccionar en consecuencia). Supongamos
que, en una relación anterior, este hombre llegó a ver a la mujer como
«perseguidora» y «tramposa», en virtud de constructos probablemente
derivados de un complejo de «condicionamientos» tanto personales como
sociales. Nuestro sujeto habría reaccionado finalmente en consecuencia
(desde su perspectiva).
Una mujer que, por su parte, ha desarrollado la idea de que algunos
hombres (o todos los hombres) son incapaces de comprometerse
emocionalmente e intentan dominar y controlar como si tuvieran derecho a
hacerlo, tenderá a percibir bajo esta luz las acciones de cualquier varón
con el que se relacione (y a reaccionar en consecuencia). Entre estos dos
individuos la pauta de la interacción se desarrollaría a partir de tales
reacciones y contrarreacciones (originadas en parte o en gran medida en
los «constructos» de las generaciones precedentes, así como en los de las
normas sociales prevalecientes). Decidimos nuestro modo de actuar en
concordancia con los constructos (o diálogos internos) a través de los cuales
cada uno de nosotros ve y «da sentido» a lo que sucede en cualquier
relación o conjunto de relaciones (con independencia de que estemos en lo
cierto o no, y suponiendo que esto pueda llegar a determinarse).
Durante algún tiempo, el hombre puede experimentar a esta mujer
como distinta de la mujer de su relación anterior y, por lo tanto, actuar
también él de distinto modo. Pero es posible que, si la relación entre ellos se
prolonga, los constructos generales de él acerca del modo en que se
comportan las mujeres en las relaciones largas, comiencen a incidir en la
interpretación que les da a algunas de las conductas de ella, viéndolas como
«persecución» y «trampa». Entonces iniciaría un repliegue, dando
precisamente paso a la gama de conductas más temibles desde la
perspectiva de la mujer. Consideremos ahora las cosas desde el lado de
ella. Aunque inicialmente experimentara al hombre de modo diferente, su
constructo general según el cual «la mayoría de los hombres se distancian
emocionalmente» podría llevarla a esperar y, por lo tanto, interpretar
aspectos de las conductas subsiguientes del compañero como los primeros
signos de una retracción que la asusta y la lleva a «perseguir», con lo cual
suscita precisamente la gama de conductas de él que ella más teme.
Actuamos en concordancia con los motivos y proyectos que atribuimos
a las acciones de los otros y que usamos para explicarlas (correcta o
erróneamente), y también en concordancia con nuestros propios proyectos
(de los que en cada momento somos más o menos conscientes). Sin darse
cuenta, las personas se atrapan recíprocamente en «juegos» (a veces de
consecuencias trágicas) mientras tratan de promover y proteger sus
intereses (y quizá también los de los otros, aunque erróneamente
percibidos o representados).
Desde luego, esto también es válido con respecto al modo en que
experimentamos las acciones de nuestras parejas (y sus parientes y los
nuestros) en sus relaciones con nuestros hijos, y también las acciones de
nuestros hijos en su relación con nosotros y nuestros cónyuges (y con todos
los otros parientes).
Una multitud de factores gravitan en el modo en que interpretamos
esas acciones. Entre ellos se cuentan aspectos del desarrollo de nuestras
relaciones familiares y matrimoniales (a nuestro juicio), los con-
dicionamientos y mandatos (recibidos en nuestra propia experiencia
familiar) sobre la naturaleza del matrimonio y lo que se puede esperar de
él, y sobre el lugar de los hijos, de cada uno de los sexos, en la relación
matrimonial, así como los imperativos y estereotipos sociales al respecto.
Tratamos de reaccionar en concordancia con los motivos y proyectos que
atribuimos a esas acciones; por ejemplo, quizá atribuyamos móviles
«sucios» a nuestro cónyuge, a nuestro hijo, o a ambos, y a otras personas
(Palazzoli y otros, 1989), además de tener nuestros propios motivos y
proyectos. Entra en juego el poder del efecto «Pigmalión», la profecía de
autocumplimiento, que genera su propia realización.
A su vez, los niños recogen constructos sobre ellos mismos (también
tomados de la familia y de los valores y actitudes sociales), que incluyen, en
las familias con problemas crónicos, la posibilidad de muchas ideas
autodenigratorias. Entre esos constructos (que vemos como «existentes» en
una jerarquía compleja de temas entrelazados) habrá ideas sobre los roles
que deben adoptar en relación con padres y hermanos, con la familia
global y la sociedad: «salvador», «ángel», «aliado», «favorito», «villano»,
«perseguidor», «víctima», «éxito», «fracaso», etcétera. Cuanto más nos
comportamos respecto de alguien como si él fuera algo, más probable es
que él se convierta en eso. Cuanto más nos comportamos como si nosotros
mismos fuéramos algo, más probable es que nos convirtamos en eso.
Basta con añadir a la mezcla más de la misma pauta repetidamente
actuada e identificada, continuamente influida por la aplicación de más de
los mismos modos de construir lo que sucede, lo que conduce a más de las
mismas atribuciones relacionadas con las acciones de los otros participantes
en el juego, y así sucesivamente.
En la posición de Speed parece estar implícita la creencia en pautas o
estructuras concretas que existirían en la familia y en sus relaciones
internas y externas; Speed también parece creer en una estructura oculta
pero explícita para el individuo, y en procesos inconscientes compartidos,
que escogen y agrupan en pautas las experiencias a partir de las cuales los
participantes responden y reaccionan entre sí.
Welwood dice:

Según el modelo tradicional del inconsciente en la psicología pro-


funda, parecería que tiene una estructura explícita, que los impulsos,
deseos, represiones o arquetipos existen en forma explícita; que el
inconsciente es una especie de alter ego autónomo... Lo inconsciente
son los pautamientos holísticos, que se pueden explicar de muchos
modos diferentes y en muchos niveles diferentes de la interrelación
organismo/ ambiente (1982, pág. 133).

En el reino de la atribución de significados, el hecho de que un mapa,


modelo o marco de creencias sea adecuado, no significa en ningún sentido
absoluto que sea de algún modo verdadero o esté más cerca de una
«verdad» absoluta que otro modelo adecuado. Todo lo que puede decirse es
que las pautas de asociaciones seleccionadas, las conexiones realizadas y los
significados atribuidos (tal vez sería más exacto decir «impuestos») por
medio de esos marcos, son más o menos útiles o funcionales para ciertos
propósitos (por ejemplo, son útiles para la explicación y predicción). Speed
habla de «la realidad de las pautas de la familia»; en este caso, comete un
error fundamental al confundir niveles de realidad. Las pautas son
conexiones entre elementos, entre cosas y hechos, establecidas por un
observador. Desde luego, para la mayor parte de los fines, se puede
considerar que las cosas y los hechos existen «allí afuera», pero las pautas
pertenecen a un nivel diferente, y son impuestas por el observador a partir
de marcos peculiares para trazar distinciones y desarrollar comprensión,
en relación con ciertos propósitos de ese observador.
En la figura 1 se ve claramente lo que decimos. Arriba hay 24 puntos,
que, dado el propósito de este capítulo, el lector puede aceptar como
existentes realmente «allí afuera». En el resto de la página vemos algunas
de las pautas más directas que pueden «imponerse» para establecer y
destacar las relaciones entre esos puntos, empezando por verlos como 4
filas horizontales de 6 puntos, después como 6 columnas verticales de 4
puntos, y así sucesivamente.
La perspectiva de Speed da por sentado que todas estas pautas, pre-
sumiblemente junto con las otras posibles, que son innumerables (y no
hemos hablado de utilizar líneas curvas), están realmente en los puntos,
con independencia del acto de observar. Esa autora cae víctima de lo que
A. N. Whitehead denomina «la falacia de la concreción mal ubicada».
Como explica Waddington:

El pensamiento más convencional... reconoce ciertas nociones


derivadas y esencialmente abstractas, que han sido inventadas por el
hombre para tratar de dar sentido a las situaciones con las que
tropieza. Son ejemplos los átomos físicos, o sentimientos tales como la
cólera, o nociones sociales tales como la de justicia. El hombre tiende
a aceptar estas ideas como sí fueran cosas concretas que, por así
decirlo, pudieran recogerse y ubicarse en algún otro lugar.
Whitehead dice que, en realidad, ellas derivan siempre de casos
reales de experiencia humana. Las experiencias son lo real; las
nociones son secundarias y derivadas. Es peligroso olvidarlo, y tomar
esas cosas secundarias como más concretas y reales que lo que son en
realidad (1977, pág. 24).
Obviamente, en cualquier marco explicativo debe haber un grado
significativo de «adecuación» entre los dos niveles (y es «significativo» el
nivel «adecuación» necesario para que el observador pueda explicarse y
predecir suficientemente en relación con sus fines). Así como las pautas del
diagrama deben adecuarse a la cantidad y a la distribución espacial de los
puntos, del mismo modo, en una familia, las ideas del terapeuta sobre lo
que está sucediendo deben adecuarse, en un nivel, a las personas
involucradas y a un numero suficiente de hechos «significativos» (y
también a las ideas que los participantes tienen sobre estas cuestiones).
Incluso con tal restricción existe, lo mismo que en el caso de los puntos, una
variedad inmensa de pautas y explicaciones que el observador puede
«imponer» (probablemente tantas pautas como observadores) aunque,
desde luego, las influencias familiares, de género, culturales, educacionales,
profesionales, teóricas y de muchos otros tipos, que los observadores tienen
en común, determinarán que haya considerable coincidencia con respecto a
numerosas facetas.
Nosotros diríamos que las realidades que construimos nos ayudan a
idear interacciones o intervenciones útiles gracias a una adecuación
suficiente con facetas significativas (para ellos) de las realidades
construidas de los miembros de la familia, con sus modos de pensar acerca
de sí mismos. La «realidad» de una familia no será más que uno de los
modos (entre los muchos posibles) de dar sentido a las cosas y hechos que
los miembros de esa familia experimentan (reales para ellos), y de
responder conductual y afectivamente. La habilidad del terapeuta consiste
en encontrar una manera de ver la realidad familiar lo bastante próxima a
las ideas de los miembros de esa familia como para poder comprometerlos,
así sea brevemente, en una «realidad compartida», pero con una
perspectiva lo bastante distinta como para ayudar a generar cambios en los
significados y, por lo tanto, también en la experiencia y la respuesta.
Acercarse a la «realidad» de una familia no significa que el terapeuta
encuentre la realidad, del mismo modo que conjeturar qué pauta emplea la
familia para organizar los 24 puntos
de nuestro diagrama no significa que esa pauta sea la real. Cualquiera de
las otras pautas se adecuaría igualmente bien.
Buda dijo a los buscadores de la verdad que considerar el mundo de los
objetos materiales, las emociones, las relaciones, etcétera, como «realidad»,
es vivir en el error, y que considerarlos meras ilusiones es también vivir en
un error, igual de grande.

Mi punto de vista es que todos los problemas humanos, en todos


los niveles de funcionamiento, desde el individual hasta el
internacional, surgen de la reificación de los marcos de creencias, de
los modos de ver la realidad, y de las pautas reiteradas de respuesta
que se originan en esos marcos. (Desde luego, lo que digo se aplica a
este mismo enunciado, que no debe ser tratado con demasiado
respeto.) Por ende, a mi juicio, es importante que, para ser
terapéuticos, nos volvamos anarquistas en nuestros enfoques, que no
creamos en nada y lo creamos todo al unísono. Siempre que nuestra
terapia recibe su forma de la ortodoxia diagnóstica y terapéutica, de
creencias personales fuertes, imponemos y delimitamos, alentamos y
en algunas circunstancias tratamos de poner en vigor la ortodoxia en
el pensamiento y la acción (a veces en nombre de su opuesto) (Cade,
1985a, pág. 10).

Pero a fin de considerarlo todo debemos contar con un marco para


pensarlo. El error no consiste en que tengamos marcos, sino en que
olvidamos que son sólo marcos, y los confundimos con la realidad. Después
de haber asumido una posición con respecto a algo, empezamos a cerrar
nuestra mente a otras posibilidades, y a continuación tendemos a
seleccionar e interpretar datos que confirmen esa posición y no vean, pasen
por alto o rechacen lo que la contradice. Éste es un proceso que uno de
nosotros ha denominado «endurecimiento de las categorías» (O'Hanlon,
1990). Desde luego, éste no es un problema cuando no es un problema,
pero cuando aparecen problemas, puede volverse muy importante.
Entonces el fenómeno subrayado por Rosenthal (Rosenthal, 1966;
Rosenthal y Jacobson, 1968), y las profecías de autocumplimiento que
Watzlawick ha descrito con tanta elocuencia en su libro (Watzlawick,
1984, págs. 95-116), perpetúan y exacerban lo que está sucediendo.
A modo de resumen, nos parece importante que, en cualquier discusión
de la realidad, tengamos el cuidado de diferenciar con claridad dos niveles:
el de las cosas y los hechos que se pueden considerar razonablemente como
existentes «allí afuera», y el de los diversos marcos a través de los cuales
los percibimos e interpretamos. También nos parece vital que nunca
creamos lo que creemos; eso le quita sustento a la persecución de los
disidentes. Como dice Feyerabend,

...dada cualquier regla, aunque sea «fundamental» o «necesaria»


para la ciencia, siempre hay circunstancias en las que es aconsejable
no sólo ignorarla, sino incluso adoptar su opuesto... mi tesis es que el
anarquismo ayuda a lograr progreso en cualesquiera de los sentidos
que uno se tome el trabajo de escoger. Incluso una ciencia de «ley y
orden» sólo logrará éxito si en ocasiones permite que se produzcan
movimientos anarquistas (1978, págs. 23-27).
4. ¿CÓMO COMPRENDEMOS LAS EMOCIONES?

En la medida en que los factores Cognitivos son potentes


determinantes de los estados emocionales, es posible inferir
que exactamente un mismo estado de excitación psicológica
puede etiquetarse como «alegría», «furia» o «celos», o recibir
cualquier otra de entre una gran variedad de etiquetas
emocionales, sobre la base de los aspectos cognitivos de la
situación.
SCHACHTER Y SINGER (1962, pág. 381)

Una emoción es aproximadamente el significado que le


damos a nuestros estados sentidos de excitación.
HARRÉ Y SECORD (1972, pág. 272)

Una de las cosas que define los sentimientos es que nacen


en nosotros sin nuestra voluntad, y a menudo contra nuestra
voluntad. En cuanto queremos sentir... el sentimiento ya no es
un sentimiento, sino una imitación, una teatralización del
sentimiento.
KÜNDERA(1990, pág. 195)

«Pienso, luego existo», es el enunciado de un intelectual


que subestima el dolor de muelas. «Siento, luego existo», es
una verdad de validez mucho más universal, y se aplica a todo
lo que vive.
KUNDERA (1990, pág. 200)

Otro ámbito de la experiencia humana, que a menudo se considera que


los terapeutas breves pasan por alto, es el de las emociones. Estamos de
acuerdo con Kleckner y sus colaboradores en cuanto a que «el terapeuta
estratégico que no siente» es en gran medida un mito. También
coincidimos con ellos en que han sido los propios terapeutas
breves/estratégicos los principales responsables de haber mantenido el
secreto de que, en realidad, ellos creen que los sentimientos del ciiente son
importantes. Como dicen los autores mencionados: «No se trata de que los
terapeutas estratégicos no aborden los sentimientos, sino sólo de que no
hablan sobre ellos entre sí, no escriben al respecto en la literatura, ni
enseñan al respecto a sus discípulos» (Kleckner y otros, 1992, pág. 49).
Nosotros, con nuestros alumnos, durante algunos años hemos señalado
constantemente la importancia no sólo de escucharlo que el cliente
comunica, incluso los sentimientos expresados, sino también de encontrar
modos de demostrarle que lo hemos hecho. No basta necesariamente con
escuchar. Cuando no hayfeedback, el cliente-no sabe si se le ha escuchado o
no.
Una trabajadora de un centro público de salud buscó la ayuda de un
terapeuta consultor. Su caso iba a ser observado a través de un espejo
falso, y la trabajadora esperaba la experiencia con considerable ansiedad.

Siempre le tengo miedo a este caso. No tengo la menor idea de


adonde ir con él.

La trabajadora describió a una mujer que había luchado durante


cierto tiempo con dos adolescentes fuera de control y un esposo que le
brindaba poco apoyo, trabajaba muchas horas y era proclive a tener
estallidos violentos. El problema de la trabajadora era que se consideraba
incapaz de contener lo que ella experimentaba como una abrumadora e
interminable marea de amargas quejas de la mujer.

No escucha nada de lo que le digo, no acepta consejos. Ya la han


echado de varias instituciones. Yo soy la única persona que le queda,
que aún está dispuesta a verla. En realidad no llego a nada. Sé que
necesita ayuda, pero me siento impotente para hacer algo por ella, y
también culpable al descubrir que me está empezando a provocar
una aversión activa.

Si bien la trabajadora creía que había escuchado y comprendido el


problema de esta mujer, pronto resultó claro que la dienta, sobre la base
de sus experiencias anteriores, y en ausencia de un feedback claro en la
situación presente, seguía pensando que eso no era así. Entonces se sentía
obligada a continuar narrando su historia inútil y desesperadamente, a
quienquiera que la escuchara. Al mismo tiempo, era evidente que no
esperaba que nadie oyera lo que ella trataba de expresar.
Durante la sesión siguiente, se aconsejó a la trabajadora que dejara el
cuaderno de notas de lado, que mientras estaba sentada se inclinara hacia
adelante (según sus colegas, frente a esta mujer ella solía reclinarse en la
silla, como luchando contra un viento fuerte), y que en el transcurso de la
sesión no brindara ningún consejo, sino que se limitara a repetir frases
como:

«¡Pero, esto es terrible!»


«¿Cómo demonios ha aguantado todos estos años?» «Seguramente usted
siente que nadie sabe lo que ha tenido que pasar. Debe sentirse muy sola
con toda esta preocupación.» «¿Cómo es que resiste todo esto?»
«Muchas personas habrían renunciado hace mucho tiempo.»

Poco a poco, la mujer empezó a hablar con más lentitud y menos


acaloramiento, a parecer más serena, y a escuchar lo que se le decía.
Finalmente, cuando se le volvió a preguntar cómo había podido resistirlo,
sonrió y dijo: «No lo sé. Quizá soy más fuerte de lo que creo».
Al final de la sesión, la dienta estaba más tranquila, con un marco
mental más optimista, y dispuesta a escuchar lo que se le dijera. Más
tarde, la trabajadora manifestó haber descubierto que en realidad gustaba
de esa dienta y la respetaba. Nos damos cuenta de que la sugerencia del
consultor podría considerarse sólo como una maniobra táctica destinada a
romper un impasse, y no como una prescripción real de que se prestara
atención a los sentimientos. Esto es posible porque, al contar el episodio de
la consulta, el consultor quizá omitió mencionar su riqueza creciente al
escuchar la descripción que la trabajadora realizaba de la historia de la
mujer.
Nosotros creemos que, por lo general, los clientes sólo escuchan cuando
sienten que han sido escuchados, cuando sus experiencias han sido
validadas —incluso sus experiencias afectivas—. Entendemos que, para
una terapia eficaz, el terapeuta, sea cual fuere su escuela, debe prestar una
atención suficiente a este aspecto de las experiencias del cliente. Los
diversos enfoques terapéuticos difieren en el modo de hacerlo, y quizá en la
definición de la «atención suficiente». La expresión de sentimientos es sin
duda una respuesta natural humana, y a menudo importante, sobre todo
en momentos cruciales de aflicción, alegría, excitación, miedo, etcétera.
Las terapias suelen diferir no sólo en la medida en que consideran
importante reconocer las emociones, sino también por su mayor o menor
creencia en que expresarlas es crucial y central en el proceso de la terapia
y el cambio. Consideramos que, por útiles y catárticas que sean a veces las
exploraciones y expresiones emocionales, el principal mecanismo del
cambio es la modificación fundamental de los constructos que permiten
realizar las distinciones y destilar la experiencia.
Es cierto que los terapeutas de hoy tienden a prestar una considerable
atención a lo observable. Pero, como subraya George Greenberg en su
artículo sobre las aportaciones de Don Jackson al campo de la terapia
familiar.

Si bien Jackson y sus asociados, al crear un enfoque conductual,


se apartaron de los constructos mentalistas, no negaron la existencia
de mecanismos intrapsíquicos internos que influyen, alteran y/o
facilitan el funcionamiento humano. De hecho, desarrollaron
técnicas como el «reen-marcamiento», destinadas en parte a incidir
sobre la cognición o «percepción». Lo novedoso e importante en ellos
fue sostener que uno no puede conocer las percepciones de otros, y
que, desde el punto de vista científico, lo mejor era caracterizar la
realización, describir la conducta y operar sobre la base de
fenómenos observables» (1977, pág. 403).

O, como explica Arthur Bodin,

Si bien los sentimientos y pensamientos se consideran importantes,


en la terapia familiar del MRI lo que resume los resultados es la
conducta. Sólo a través de la conducta se manifiestan esos hechos y
experiencias afectivas y cognitivas (1981, pág. 292).

En mayor o menor medida, en todos los ámbitos de nuestra vida,


nuestros sentimientos son un fenómeno omnipresente, y determinantes
poderosos del modo en que reaccionamos o no reaccionamos ante una
situación. Se ha dicho que los sentimientos son interpretaciones de los
estados de excitación fisiológica, de la manera que tiene el cuerpo de
prepararse para la acción; que dependen en gran medida de los diversos
niveles de constructos generados para dar sentido a la situación presente, y
que, basados en el recuerdo de experiencias pasadas, también dependen de
lo que esperamos sentir. Los sentimientos son asimismo afectados por las
prescripciones y proscripciones del contexto social, y por los imperativos
asociados con el género (Crawford y otros, 1992). Sea cual fuere el
sentimiento fundamental que experimentemos, las concomitancias
fisiológicas del estado de excitación (irrupción o adrenalina, tensión
sanguínea, ritmo cardíaco, tono muscular, etcétera) son, en gran medida,
idénticas. El trabajo de Schachter y Singer respalda su proposición de que:

Las cogniciones que surgen de la situación inmediata,


interpretada a través de la experiencia pasada, proporcionan el
marco con el cual uno comprende y etiqueta sus sentimientos. Es la
cognición lo que determina que el estado de excitación fisiológica sea
etiquetado como «cólera», «alegría», «miedo», u otra cosa (1962, pág.
380).

Cuando existe más de un marco para interpretar una experiencia, la


excitación fisiológica puede verse de distintos modos, a veces con-flictivos.
Es decir, podemos sentirla de varias maneras. Por ejemplo, muchos de
nosotros, antes de subir a un escenario para pronunciar una conferencia o
algún otro tipo de intervención, hemos tenido la experiencia de oscilar
rápidamente entre una excitación y anticipación ansiosa, por un lado, y,
por el otro, una gran angustia y deseos de que nos trague la tierra. Quizá
esperemos tener una actuación brillante, y también temamos fracasar o
ponernos en ridículo. Es decir, tal vez ninguno de los dos sentimientos
constituya una interpretación apropiada del estado de alta excitación
fisiológica que en la mayoría de nosotros precede a tales momentos.
Muchas investigaciones ulteriores han puesto a prueba la idea de que la
autoatribución de emoción está relacionada con el modo en que damos
sentido a lo que observamos en nuestra propia conducta (Bem, 1965,1968;
Nisbett y Schachter, 1966; Storms y Nisbett, 1970).

Recuerdo que, al supervisar un caso desde detrás del espejo


falso, pude observar a una familia a la que «se ayudaba a tomar
contacto con» sus sentimientos de cólera recíproca. No había duda
alguna de que lo estaban haciendo con considerable calor, vigor y
autenticidad aparente. Pero, ¿eran ésos realmente los sentimientos de
los miembros de la familia, o estaban reaccionando a la única
explicación verosímil que tenían de los altos niveles de excitación
fisiológica que experimentaban, explicación tal vez introducida
explícita o implícitamente por un terapeuta que se basaba en la
creencia de que, en las familias, estos problemas derivan de una
cólera no expresada? Alarmado por la tensión creciente en la
habitación, que parecía volverse improductiva y potencialmente peli-
grosa, intervine y propuse «la tristeza por lo que podrían haber sido
las cosas» como explicación alternativa de ese alto nivel de excitación
fisiológica. Casi instantáneamente, este marco condujo a expresiones
de tristeza y a un proceso conmovedor de creciente dulzura y
gradual reafirmación entre los miembros de la familia. ¿Cuáles eran
los sentimientos reales? Sin duda, cualquiera de los dos marcos
bastaba para interpretar la experiencia de excitación fisiológica de
los miembros de la familia. Uno de estos marcos parecía más útil que
el otro como cristal para interpretar la excitación, por lo menos en lo
concerniente a crear una atmósfera aparentemente constructiva,
cooperativa y más optimista, durante el resto de la sesión (Cade,
1992a, pág. 167).

Quizá otra explicación (por ejemplo culpa, traición, miedo, desprecio,


etcétera) también podría haber «tenido sentido» para los clientes, y
conducido a una expresión distinta de sentimientos, pero también
defendible como apropiada y auténtica.
No se trata de que creamos que los clientes son tan maleables que, de
algún modo, se les puede imponer cualquier sentimiento. En toda
situación, particularmente en una situación interaccional compleja y muy
cargada, los constructos que aplican todos los involucrados para explicarla
por lo general constituyen la punta del iceberg de los incalculables
recuerdos y asociaciones almacenados que también se podrían aplicar.
Como observa Gendlin:

Cualquier momento tiene una riqueza enorme... Atravesar un


acto simple supone una inmensa cantidad de conocimientos,
aprendizajes, sensaciones de la situación, comprensiones de la vida y
las personas, así como de los múltiples rasgos específicos de la
situación dada (1973, pág. 370).

Nosotros entendemos que, si bien el reconocimiento de la existencia de


diversas emociones fuertes puede ser altamente terapéutico, en cuanto
ayuda a las personas a sentirse validadas y comprendidas, tal vez no sea ni
útil ni terapéutico alentar la expresión sistemática de las emociones, sobre
todo de las «etiquetadas» de un modo tal que perpetúa una sensación de
desesperanza o desamparo. Por ejemplo, las expresiones de cólera pueden
ser potencialmente útiles cuando se refieren a algo sobre lo cual sentimos
tener algún control; en caso contrario, quizá conduzcan sencillamente a
una mayor sensación de impotencia y desvalimiento. Debemos tener el
cuidado de no reificar las emociones y. encerrar a los individuos en pautas
negativas de pensamiento y acción. En el ejemplo anterior, referido a subir
al escenario, las interpretaciones de que se trata de miedo o de excitación
«satisfacen los requisitos» por igual para dar razón de nuestro estado de
elevada excitación fisiológica. El reconocimiento del miedo puede hacer
que nos sintamos comprendidos, pero es la otra interpretación la que nos
lleva a continuar la tarea.
Kleckner y otros llegan a la conclusión de que:

Lo que debe subrayarse... es que los terapeutas estratégicos no


dedican cantidades importantes de tiempo a hablar sobre los
sentimientos o a hacer que el cliente los reconozca y asuma; en
cambio, se concentran en lograr que el cliente exprese sus
sentimientos de un modo que sea más probable que lo lleve a una
mayor satisfacción en la vida cotidiana» (1992, pág. 49).
5. NEGOCIANDO EL PROBLEMA

El primer paso era el que contaba. Una vez que has


iniciado algo, ello ejerce una autoridad terrible sobre ti.
JULES ROMAIN (1973)

Todas las cosas tienen pequeños principios.


MARCO Tuno CICERÓN

El proceso de la evaluación es crucial para la dirección que toma


cualquier terapia y a menudo, en ultima instancia, párasuj&dto. Richard
Rabkiñhá utilizado la analogía del ajedrez para pensar el proceso tera-
péutico (1977). Lo mismo que en una partida de ajedrez, el éxito o fracaso
de la terapia está a menudo determinado por las «jugadas» de apertura:
las preguntas formuladas, las respuestas extraídas, que reflejan la
«estrategia de juego» y los supuestos del terapeuta.
Todos los marcos explicativos son metáforas, aunque pueden tener
consecuencias muy reales. Creemos que son muchos los diferentes marcos
capaces de orientar a los terapeutas en su trabajo. No obstante, a menudo
aparecen problemas, como ya hemos dicho antes, cuando esos marcos se
confunden con «la realidad» y son reificados. Después de un tiempo, los
clientes pueden llegar a considerar sus problemas y pronósticos, y á verse a
sí mismos, a la luz de las creencias del terapeuta al respecto, incluso
aunque esas creencias no hayan sido explícitas sino implícitamente
comunicadas.
Una dienta que había sido etiquetada como «personalidad límite» fue
transferida a una nueva terapeuta, debido a un cambio de personal en la
institución en la que recibía la terapia. Después dijo que, cuando iba a ver
a la nueva terapeuta, a menudo salía muy desalentada y deprimida. Se le
preguntó cuál era la diferencia de estilo entre las dos terapeutas, y
respondió: «Esta otra terapeuta es muy pesimista.
Cuando entro en el consultorio, quizá me sienta muy bien. Pero ella me
dice que parezco deprimida. Entonces empiezo a preguntarme si en
realidad no lo estoy. Al final de la sesión, estoy decididamente deprimida,
aunque no lo estuviera al principio».
Tradicionalmente, en el proceso de evaluación o diagnóstico, el pro-
blema del cliente o la familia es estudiado, identificado y descrito «obje-
tivamente», después de lo cual se lo trata. Puesto que, a nuestro juicio, la
realidad está mediada socialmente, no debe sorprendernos que veamos los
problemas y sus definiciones (y los efectos pragmáticos de estas
definiciones) como mediados en gran medida social e interaccional-mente,
en un proceso en el cual el cliente o los clientes y el terapeuta crean juntos
una «realidad», sea cual fuere la conciencia que los participantes tengan de
este hecho. El grado de influencia que ejercerá el cliente (o lo que el
terapeuta le reconozca competencia para ejercer) en la creación de esta
«realidad» varía según el enfoque.
Los terapeutas conductuales «descubren» problemas de conducta; los
analistas «descubren» problemas intrapsíquicos, con frecuencia originados
en la niñez; los psiquiatras de orientación biológica «descubren» pruebas
de problemas neurológicos y déficits químicos; lostera-peutas
estmctuxajgs/estratégiGOS «descubren» ambigüedades jerárqui-cas y
coaliciones; los terapeutas contextúales «descubren» los efectos "de la
injusticia y la explotación intergeneracional; lo£ter^eutas_bre-ves
«descubren» pautas dejgensjumento y acción que se autorrefuer-zan. Todo
terapeuta se basa en el supuesto de que él o ella ha descu-~Bierto la causa
fundamental del problema (y, lamentablemente, a menudo desatiende e
incluso se mofa de otros modelos y explicaciones, tendencia ésta de la cual
nuestro propio campo de ningún modo está totalmente libre).
Todo lo que pensamos, sentimos y hacemos se puede considerar
insertado en, y afectado por, una compleja jerarquía de influencias. Éstas
abarcan desde el más amplio nivel sociopolítico hasta el nivel
neurosinóptico individual, de origen genético o ambiental; desde nuestros
antecedentes históricos, pasando por nuestras diversas experiencias del
presente (familia, grupo de pares, comunidad, género, raza, etcétera),
hasta nuestro futuro, tal como lo prevemos hoy. Por ejemplo, considerando
la complejidad del fenómeno que denominamos esquizofrenia, .Scheflen
muestra que hay que considerarlo reflejo de un complejo de influencias de
por lo menos ocho niveles diferentes (1981). Esos niveles se asemejan
estrechamente a los ocho niveles de explicación propuestos por el biólogo
Steven Rose como los mínimos necesarios para comprender la conducta
del cerebro (1976, pág. 30).
Scheflen Rose

La perspectiva social El nivel Nivel sociológico Nivel


institucional El nivel familiar psicológico-social Nivel
La interacción diádica La psicológico (mentalista) Nivel
emocionalidad y los fisiológico (sistemas) Nivel
estados corporales Los fisiológico (unidades)
subsistemas fisiológicos La
organización del sistema Nivel anatómico-bioquímico
nervioso La Nivel químico
microestructura neural
Nivel físico.

La riqueza y complejidad de este tapiz existencial significa que cual-


quier aspecto de nuestro ser, incluso el desarrollo y mantenimiento de los
problemas, puede verse como reflejo de fenómenos que existen en
cualquiera de estos niveles, o en todos ellos. La riqueza y complejidad de
este tapiz existencial significa también que es posible encontrar «pruebas»
en apoyo de una amplia gama de preconcepciones diagnósticas. A nuestro
juicio, también significa que la causa o causas «reales» de cualquier
problema nunca se pueden determinar de modo con-cluyente.
Los terapeutas breves se concentran primordialmente en lo obser-
vable, en lo que puede describirse de un modo claro y concreto, en tér-
minos de cosas y hechos. O'Hanlon y Wilk hablan de «enunciados des-
criptivos basados en la observación, que no contienen ni presuponen
ninguna información que en principio no pudiera derivarse sin inter-
pretación de un vídeo con banda sonora» (1987, pág. 20). No se trata de
que neguemos la complejidad de la experiencia humana. Pero creemos que
cuanto más se aleja uno de las tuercas y tomillos observables o
descriptibles de la interacción, mayores son los riesgos que corre de
quedar atrapado en sus propias metáforas, y de imponérselas a los
cHentes. Además, a menos que estemos actuando como agentes de control
social, lo que nos autoriza a realizar nuestra tarea es resolver el problema
específico que la persona nos trae a terapia, y con respecto al cual él o ella
es un cliente real o potencial. A veces sucede que el problema inicial se
utiliza como «tarjeta de presentación», y que en realidad al cliente le
preocupa más otro problema, que no está preparado para introducir antes
de que pase algún tiempo, y confía más en la integridad y la competencia
del terapeuta. Creemos que nuestra responsabilidad consiste en
proporcionar ese clima, pero quien en última instancia debe definir el
enfoque es el propio cliente.JLos clientes no tra-baian-por cambios de k>s-
^«e^e-s^.cQnsumidores. pórmás nécesa-^os^deseables o beneficigsos-que
esos-cambios les parezcan a las otras personastesus vidas Valnropio
terapeuta. ~ "~ ~"" *~~~De^dé"esta perspectiva
consideramoslnnecesarias las ideas tradicionales acerca de la resistencia.
Aunque al afrontar el enfoque de un cambio significativo todos tendemos a
aferramos a «lo malo conocido», a nuestro juicio las personas con
problemas quieren cambiar, aunque, por diversas razones individuales o
interpersonales, no saben o no pueden iniciar el proceso sin alguna ayuda.
El grupo del Centro de Terapia Breve de Palo Alto (Fisch y otros,
1982; Watzlawick y otros, 1974; Weakland y otros, 1974) ha examinado
este tema esencial de la «relación de compra». ¿Quién quiere ayuda, con
qué, o de quién? A veces la persona que recurre a la terapia se siente
proclive a adquirir los cambios de otros (un cónyuge, un hijo), sin advertir
o estar preparada para ver que es ella misma quien podría o debería
cambiar su manera de ver a ese otro/A menudo, el cliente que llega al
consultorio ha sido derivado por un consejero escolar, un tribunal, un
progenitor, un cónyuge, etcétera, y quizá no tenga ninguna motivación
para la terapia, e incluso sea hostil a la idea de someterse a ella. Esto no
significa necesariamente que no se puede hacer nada, sino que el terapeuta
debe partir con cautela de una posición respetuosa y humilde, sin
establecer ningún supuesto. Mucho de lo que suele definirse como
«resistencia» puede verse como resultado directo del hecho de que el
terapeuta no clarifica si alguien es cuente o no, y trata de «venderle» algo a
una persona que no está interesada en adquirir nada. O bien a esa persona
le interesa adquirir algo, que no es lo que el terapeuta intenta «venderle»,
y siente que los otros (incluso el terapeuta) tratan de convencerla o
forzarla a «realizar esa compra» porque tienen sus propias razones.

Un hombre pidió hora por recomendación de su agente de seguros,


quien aparentemente le había dicho que mediante el hipnotismo se
pue-
de dejar de fumar. Se le informó de que no era así; el terapeuta no
podía hacer, ni haría, que dejara de fumar. No obstante, estaba en
condiciones de ayudarlo a abandonar el hábito, pero primero quería
saber si él mismo lo deseaba. Respondió que no. Se le preguntó si
alguna vez había tenido problemas de salud o respiratorios
relacionados con el tabaco, y contestó que nunca había padecido
efectos desagradables. Al dejar la Marina, cuarenta años antes, los
médicos le habían dicho que le quedaban tres años de vida, debido a
sus hábitos extremos con la bebida y el tabaco. Estaba jubilado,
había renunciado al alcohol y suprimido las grasas de su dieta, por
prescripción médica, varios años antes. Fumar era uno de los pocos
placeres que le quedaban. Tenía que hacerse un examen médico en el
término de unas pocas semanas.
El terapeuta le dijo que, sobre la base de lo que él le había
comentado, suponía que no le costaría mucho dejar de fumar, ya que
antes había dejado de beber, en el caso de que el médico se lo
recomendara. Pero si el médico no le hacía esa recomendación, podía
seguir disfrutando del tabaco mientras quisiera. El hombre
respondió: «Gracias, joven. Supongo que realmente no quiero dejar
de fumar, y nuestra conversación me ha ayudado a comprenderlo.
Era el agente de seguros quien quería que yo dejara el tabaco».
El terapeuta le deseó suerte y agregó que la puerta de su
consultorio estaba siempre abierta si él quería volver.

Los párrafos siguientes delinean los aspectos importantes de la


«relación de compra», tal como los presentó inicialmente el grupo de Palo
Alto, con una adaptación posterior de Steve de Shazer y de sus colegas (de
Shazer, 1988):

Un visitante (que Fisch y otros, 1982, llaman window shopper, es


decir, alguien que mira escaparates pero no entra a comprar) no se
compromete; a menudo llega a la terapia bajo algún tipo de
coacción, implícita o explícita, y por lo general debido a las
preocupaciones de otros. Por más claro que esté para esos otros y
para nosotros mismos que la persona tiene problemas, en los planes
de él o ella no está el hablar sobre tales problemas en el contexto
presente, ni recibir ayuda. Por lo tanto, es probable que cualquier
intento de intervención sea estéril o conduzca a lo que
posteriormente podría llamarse «resistencia». En tales situaciones,
Steve de Shazer aconseja escuchar con respeto, felicitar cuando sea
posible, pero no hacer sugerencias ni encargar tareas.
Un quejicoso tiene un problema o una lista de problemas,
específicos o vagos, concernientes a él mismo o relacionados con otra
u otras personas, acerca de los cuales está por lo general dispuesto a
hablar, a veces extensamente. Pero, aunque tal vez se vea a sí mismo
como relativamente impotente, o bien con potencial para influir en el
problema o los problemas con sus propias acciones, no está aún claro
que invite directamente al terapeuta a ofrecer consejo o ayuda (quizá
asuma la posición de que son los otros, y no él, quienes tienen que
cambiar, en cuyo caso es probable que convenga tratarlo
imcialrnente como a un visitante, con empatia, pero sin sugerencias y
tareas).
Un comprador tiene una queja, relacionada con él mismo o con
otra u otras personas; de esa queja puede obtenerse una descripción
relativamente clara, y el individuo desea sin duda alguna hacer algo
al respecto, para lo cual busca la ayuda del terapeuta.

Es importante no suponer que estas definiciones describen «carac-


terísticas» fijas y reales; son sólo orientaciones para pensar la relación
terapéutica. Se refieren a las posturas adoptadas por los clientes en relación
con las posiciones reales o previstas de los terapeutas y los otros miembros
de la familia o profesionales involucrados. Esto contrasta con la idea
tradicional de la «resistencia», vista como una cualidad que está «dentro»
del cliente.
Es común que cada miembro de una familia adopte posiciones dis-
tintas con cada uno de los otros, y también que las cambie, así como su
actitud con el terapeuta, en el transcurso de una misma sesión, o de una
sesión a otra. Por ejemplo, una mujer puede llevar a terapia a su esposo
renuente. Sin duda es la compradora del cambio de él. El hombre no tiene
ningún interés en la terapia, y se ve con claridad que se dejó llevar para
conservar la paz, o para poder decir: «Bien, fui pero no dio resultado; que
es lo que yo había previsto».
Es posible que, al encontrarse con que el terapeuta no le señala errores
y le demuestra comprensión, el esposo, al final de la sesión, se haya
convertido en un comprador de terapia. No obstante, como lo que sucedió
no es lo que esperaba la mujer, ella podría desplazarse a la posición de
quejicosa o incluso a la de visitante (por lo menos con ese terapeuta y en
ese momento). A veces, el cliente sigue siendo visitante hasta que otras
personas de su vida, allegados, amigos u otros profesionales dejan de
presionarlo para que vaya a terapia. Entonces puede concurrir con sus
planteamientos, y al terapeuta le resulta más fácil evitar la difícil posición
de aparecer como agente de los otros.
Desde luego, es posible tener varios compradores a la vez, cada uno de
ellos con diferentes problemas. Esta situación aparece a menudo en la
terapia familiar y marital, en las que en la sesión se ve a más de una
persona, y cada una tiene sus problemas y su propio programa, diferentes
de los de los otros y, a veces, en conflicto con éstos.
Por ejemplo, una familia llega a terapia por el impulso inicial de los
padres, que se quejan de la conducta y actitud de una hija de 15 años. Ella
ha violado reiteradamente varias reglas familiares y hogareñas, ha faltado
a clase, ha pasado toda una noche fuera de casa, y suele enzarzarse en
disputas con los padres. Es probable que, al principio, la niña sea renuente
a asistir a la terapia, hasta que el terapeuta le pregunte, con o sin la
presencia de los padres, si le gustaría ayudar a «sacárselos de encima». Es
probable que esto realmente le interese, y entonces resulta posible
ensamblar y alinear los dos conjuntos de metas. Los progenitores quieren
que la hija obedezca las reglas de la familia, y la hija quiere tener menos
conflictos con ellos y menos restricciones. En este caso tenemos dos
problemas y dos conjuntos de metas, con dos compradores distintos.
Después de asegurarse de que uno tiene comprador, el siguiente paso
en la terapia consiste en conocer el problema de ese comprador. Es decir,
qué conducta o experiencia que se produce en su vida le gustaría a esa
persona reducir o eliminar, o bien, alternativamente, a qué conducta o
experiencia que no se produce le gustaría poder recurrir más
regularmente. En algunos enfoques, la decisión acerca de cuál es este
problema se basa en una teoría de la patología, más bien que en la petición
de ayuda del cliente. A nosotros nos interesa una definición clara del
problema en términos de conducta real. En lugar de aceptar enunciados
tales como «Él es obediente» o «Estoy deprimida», preguntar, en este caso,
«¿Qué es lo que él hace exactamente para que lo considere desobediente?»
o «¿De qué modo la tristeza afecta a su conducta?», alienta el análisis más
detallado. A menudo es importante descubrir cuándo comenzó el
problema, con qué frecuencia se produce, cuándo y dónde, en relación con
quién o qué, etcétera. A continuación hay que extraer con igual claridad
las soluciones intentadas.
Como en la terapia breve la evaluación se orienta hacia el presente y el
futuro (qué es lo que al cliente/comprador no le gusta en el presente, y qué
es lo que quiere cambiar en el futuro), por lo general no buscamos causas o
antecedentes en el pasado, si bien reconocemos que, en algunas personas,
un marco para la comprensión de los efec-tos.de hechos pasados puede ser
de ayuda en el proceso de revisar los constructos personales. Al buscar una
descripción del problema, preferimos concentrarnos en el presente o en el
pasado reciente. Procuramos encontrar las pautas individuales e
interaccionales asociadas con la dificultad. También queremos
comprender con exactitud lo que describe el cliente, para no tener que
recurrir a conjeturas, que pueden ser inexactas.
Los terapeutas breves tienden a interesarse en lo que no le da resul-
tado a la persona y a convencerla de que intente algo distinto, o bien tratan
de descubrir lo que sí da resultado, y alientan a recurrir más a ello.
También se concentran más en el futuro y en las soluciones que en la
etiología y el pasado, o incluso, a veces, el presente (de Shazer, 1988, 1991;
Furman y Abóla, 1992; O'Hanlon y Weiner-Davis, 1989).
La siguiente es una lista de puntos acerca de los cuales tenderíamos a
hacer preguntas al buscar una definición clara del problema y de las que
aparezcan como secuencias importantes en torno a él. Más adelante nos
detendremos en los enfoques centrados en el futuro.

¿Cuándo se produce el problema?

Buscamos regularidades en la reiteración del problema en el tiempo.


¿Hay momentos en los que el problema aparece habitualmente o siempre,
o en los que no aparece nunca? ¿Hay algún momento específico del día, la
semana, el mes o el año en el que el problema surge con más o menos
frecuencia?

¿Dónde aparece el problema?

¿Hay algún lugar donde el problema siempre se produce, o es más


probable que se produzca? ¿Hay algún lugar donde el problema no surge
nunca? A menudo pedimos localizaciones generales (por ejemplo en el
trabajo, en la escuela, en el hogar) y localizaciones específicas (como una
cierta habitación en particular de la casa).

¿Cuáles son las acciones delproblema?

Si hubiera una grabación en vídeo del problema en acción, ¿qué es lo


que veríamos? ¿Qué posturas y gestos específicos, qué frecuencias de
acciones, interacciones, diálogos, etcétera, podríamos ver y oír en esa
presentación activa del problema?
¿Con quién se produce?
¿Quién es más probable que esté rondando cuando aparece el pro-
blema? ¿Qué hacen y dicen esas otras personas antes, durante y después
de que aparezca la conducta-problema? ¿Qué dicen esos otros sobre el
individuo que tiene el problema, o sobre el problema en sí?

¿Cuáles son las excepciones a la regla del problema?

Muy pocas veces el problema es continuo, de modo que solemos seguir


una línea indagatoria que subraye lo que interfiere en el problema, lo
interrumpe o lo reemplaza. De Shazer ha formulado este método en su
trabajo centrado en la solución (de Shazer, 1988,1991). Este método invita
a la persona a advertir y producir más a partir de las excepciones al
problema, de modo que éstas se convierten en la regla que acaba
reemplazando a la regularidad indeseada. Análogamente, White busca lo
que él denomina en sus trabajos «desenlaces únicos» (1988).

¿Qué es lo que el cliente o los clientes hacen


de modo distinto, o qué actividades quedan excluidas
a causa del problema?

¿De qué modo el problema obstaculiza lo que las personas harían


habitualmente o les gustaría hacer? A veces, para obtener esta infor-
mación, le preguntamos al cliente qué haría de una manera distinta si el
problema estuviera resuelto. De Shazer ha descrito el empleo de la
«pregunta del milagro», no sólo para obtener respuestas a ese inte-
rrogante, sino también para procurarle al cliente la experiencia de hablar
de la solución como si fuera inevitable o ya se hubiera iniciado (de Shazer,
1988,1991).

¿Qué es lo que él cliente muestra en la sesión que


está relacionado con el problema?

A veces los clientes sacan a luz alguna parte del problema en el con-
sultorio. Esto ocurre casi siempre en las sesiones con matrimonios o
familias; entonces el proceso del problema se despliega ante los ojos y los
oídos del terapeuta. Pero también puede suceder en las sesiones
individuales. Un cliente se quejaba de que sus colegas no lo aceptaban en
su carrera profesional. Durante la primera sesión, habló en voz tan alta
que, más tarde, los terapeutas de los consultorios adyacentes se quejaron
de haber tenido que escucharlo todo. Además, el cliente miraba a
cualquier lugar de la habitación, pero no al terapeuta, de manera
acentuada y notable. Al principio de la sesión siguiente, el terapeuta le
comunicó lo que habían dicho los profesionales vecinos, y se preguntó si la
voz alta y la evitación del contacto ocular tenían algo que ver con el
problema del cliente. Este respondió que su jefe había mencionado alguna
vez que hablaba en voz demasiado alta, pero que ninguna otra persona le
había hecho ese comentario, de modo que lo descartó, atribuyéndolo a que
el jefe era una persona muy crítica. Decidimos que en el curso de la
semana siguiente él trataría de hablar con más suavidad y tomaría nota de
la reacción de sus colegas. Descubrió que daba resultado. Después hubo
otra semana en la que se concentró en el contacto ocular, y que también le
dio resultado.

¿Cuáles son las explicaciones y marcos del cliente


respecto del problema?

A menudo las personas tienen algunas ideas acerca de lo que causó o


causa sus dificultades, o sobre lo que el problema significa en sus vidas.
Como ya hemos comentado, esas explicaciones y marcos de referencia
pueden ser útiles o formar parte del problema. En ambos casos, conviene
evaluar qué son.
¿Qué es lo que el cliente cree que causó o causa el problema? ¿Cuáles
son, si existen, las dificultades más profundas a las que el cliente atribuye
el problema? ¿Qué indica el problema sobre su identidad o sus previsiones
de futuro? ¿Qué metáforas, analogías o imágenes emplea el cliente cuando
habla del problema? Además, ¿cuáles son o han sido las explicaciones de
los otros significativos (por ejemplo, los miembros de la familia u otros
profesionales involucrados), que pueden haber orientado sus actitudes
respecto del cliente y el modo de tratarlo, afectando también al modo en
que el cliente pensaba el problema? Hoy en día, incluso puede ser
importante saber qué libros de autoayuda se han leído.
•Cuáles son las soluciones intentadas por él cliente o los
otros, acerca del «problema»?
Ya hemos visto que se puede considerar que los problemas reflejan el
modo en que los clientes han persistido en el empleo de soluciones
inadecuadas y desafortunadas. ¿Qué han estado haciendo el cliente y los
otros significativos (incluso los terapeutas) para tratar de resolver el
problema?

¿Cómo podremos saber que hemos llegado?

Para el terapeuta breve tiene una importancia crucial que ayude al


cliente a clarificar y expresar las metas. Como dice el título de un libro, «si
no sabe adonde va, probablemente termine en otra parte».
Debemos tratar de conocerlas imágenes e ideas que tiene el cliente
acerca de cómo sabrá él que el problema está resuelto. ¿Qué sucederá en
los otros ámbitos de su vida cuando el problema ya no los acose? A veces,
el solo hecho de que se le pregunte por el futuro y se le pida que visualice
un porvenir mejor, ayuda al cliente a ver con claridad las soluciones. En
otras casos, sólo nos ayuda a nosotros a precisar lo que él quiere. Algunas
veces, como dicen de Shazer y sus colaboradores (de Shazer y otros, 1986),
la terapia puede concentrarse prímordialmen-te en cómo será la solución,
y trabajar en pos de ella sin llegar siquiera a una descripción clara de lo
que es el problema. De un modo u otro, para nosotros esto constituye una
parte importante del proceso de evaluación. Puesto que no tenemos ningún
modelo explicativo general ni modelos normativos que nos guíen, las metas
y las visiones del futuro del cliente pasan a ser nuestras brújulas, y nos
ayudan a cartografiar el camino hacia el destino que anhela. Tratamos de
concentrarnos en una meta descrita con claridad, en cuanto podamos
hacerlo sin ahuyentar al cliente. Si recibimos mensajes verbales o no
verbales de que nuestro enfoque en las metas irrita al cliente, podemos
explicarle nuestro propósito, o retroceder y concentrarnos en lo que él nos
indica que considera más importante examinar.

Ejemplo: «Éste parecería un buen lugar para empezar, pero me


gusta saber a dónde voy, de modo que puedo escuchar más, para
encontrar lo que le será útil. Si es posible, dígame qué es lo que
espera que suceda en su vida cuando hayamos tenido éxito. ¿Qué
hará después de la terapia? ¿Cómo se darán cuenta los otros de que
ha cambiado? ¿Cómo lo sabrá usted?».
Para que las metas sean alcanzables, es preferible alentar al cliente a
formularlas en términos controlables objetivamente. Las metas bien
formuladas consisten en acciones del cliente, o en condiciones que esas
acciones pueden generar. Suelen incluir elementos temporales: cuan a
menudo (frecuencia); cuándo (fecha/hora/plazo); dónde y por cuánto
tiempo (duración).
Para que sea viable, nosotros pensamos que la meta debe ser com-
partida. Cliente y terapeuta tienen que estar de acuerdo en que es impor-
tante y susceptible de alcanzarse. Si hay más de un cliente, o el comprador
no es el cliente, es preferible que todas las partes estén de acuerdo en que
la meta es pertinente y alcanzable.
Para asegurar que todas las partes sepan reconocer, cuando ello
ocurra, que la meta se ha alcanzado, ayudamos a los clientes a traducir a
un lenguaje basado en la acción sus palabras y frases vagas, de contenido
no sensorial. Tenemos que imaginar la meta como si pudiera ser vista y
oída en una videograbación. Desde luego, al principio los clientes suelen
hablar sobre las metas de un modo vago, o refiriéndose más a los
sentimientos o estados interiores. Como ya hemos subrayado,
consideramos importante prestar atención a las descripciones de
sentimientos, estados o cualidades interiores, y demostrar empatia. Sin
embargo, seguiremos alentando respetuosamente las descripciones de los
correlatos externos (observables) de. tales estados.
Si una persona se quejara de ser tímida, le pediríamos que descubriera
una interacción (o falta de interacción) típica. ¿Baja los ojos cuando está
en compañía de otros? ¿Se sienta solo o sola en una fiesta? ¿Rechaza
invitaciones a reuniones? Emplearíamos esas descripciones de acciones, y
trataríamos de alentar a esa persona a cambiar las acciones e interacciones
que nosotros y ella consideramos más pertinentes y que con más
probabilidad generarán un cambio general.

A una joven anoréxica le resultaba difícil definir una meta más


específica que «Me sentiré mejor». Finalmente, mediante el empleo
de la «pregunta del milagro», pudo identificar como metas iniciales
ser capaz de mirarse al espejo de cuerpo entero camino de la ducha,
y elegir una prenda para ponerse sobre la base de lo que le gustaba,
y no porque fuera lo que ocultaba más. Se le aconsejó realizar el
intento sólo cuando estuviera preparada. En la sesión siguiente, se
presentó con un vestido sin mangas y dijo sentirse más optimista
acerca del futuro.
Á fin de ayudar a conducir a nuestros clientes, a menudo les pre-
sentamos respuestas múltiples para que opten entre ellas cuando vacilan
en establecer metas claras o continúan respondiendo a nuestra indagación
al respecto con palabras y frases vagas. Por ejemplo:

¿Piensa usted, quizá, que los primeros signos de que las cosas
mejoran podrían ser que se mirara realmente al espejo en lugar de
apartar la mirada, o ponerse algo porque le quede bien y no porque
la oculte más? ¿O alguna otra cosa?

A veces resulta importante informar al cliente de que buscamos una


meta alcarizable, y dar una justificación racional a nuestra búsqueda.

Vuelvo a esta cuestión de cómo sabremos que hemos tenido éxito


y podemos dejar de encontrarnos, porque quiero estar seguro de
cuál es el destino de nuestro trabajo.

Me preocupa que lo que estamos haciendo aquí pueda


convertirse (o se haya convertido) en parte del problema, en lugar de
ser parte de la solución. Creo que definir una meta nos ayudará a
evitarlo, porque tendremos un punto de destino claramente definido.

Al preguntar por las metas, aprovechamos la oportunidad para crear


una expectativa de cambio y resultado. Nuestras palabras la reflejan. Al
hablar de las metas del cliente en la terapia (o después de ella), no nos
referimos al futuro empleando el modo potencial o subjuntivo; decimos
«cuándo» y «todavía».

¿Así que todavía no ha salido nunca con una mujer, y le gustaría


iniciar una relación?

Entonces, cuando se sienta mejor, menos deprimido o no


deprimido, ¿se levantará más temprano y pasará más tiempo con sus
amigos?
Construyendo un problema resoluble

Cuando se negocia el problema, una de las metas importantes es


definir las dificultades, en el discurso que se despliega entre el terapeuta y
el cliente (o los clientes), de un modo que optimice la posibilidad de actuar
sobre ellas. Como ya hemos dicho, es más probable que esto suceda
cuando se alude a conductas específicas y no a cualidades personales o
entidades hipotéticas. Un niño que se niega a ordenar su habitación es más
fácil de tratar que un «niño desobediente»; una persona que toma su
primer trago al volver a casa después del trabajo es más fácil de tratar que
un «alcohólico»; un matrimonio que no ha encontrado aún el modo de
conseguir que un niño asustado vaya a la escuela es más fácil de tratar que
«una familia enredada»; la falta de experiencia en la relación con los pares
es más fácil de tratar que la «baja autoestima»; una tendencia a evitar el
contacto con los otros y a llorar con frecuencia es más fácil de tratar que
una «depresión».
Para tomar sólo uno de estos ejemplos, el individuo que bebe su
primera copa al volver a su casa desde el trabajo, noche tras noche, podría
ser persuadido de que, en lugar de ello, sacara a pasear el perro.
Invitamos al lector a practicar la reducción de cualquiera de las
categorías diagnósticas que se emplean con frecuencia a una pauta de
conductas discretas, personales e interpersonales, que se repiten cuando se
da cierto conjunto de circunstancias; de ese modo es más fácil actuar sobre
los distintos elementos de esa pauta. Pero este proceso presenta mucho
más que ventajas pragmáticas. Las consecuencias de aludir a entidades de
existencia en última instancia indemostrable (como, por ejemplo, la
«codependencia» o la «personalidad adictiva», el «daño psicológico» o un
«déficit de la atención», por nombrar sólo cuatro categorías de una muy
larga lista posible), pueden ser profundas y, a nuestro juicio, un tanto
aterradoras (aunque quizá generen buenas ganancias).

6. NEUTRALIDAD Y PODER, SUGERENCIAS, TAREAS Y


PERSUASIONES
Generalmente, las personas se convencen mejor con las
razones que han descubierto por sí mismas que con las que les
han llegado de las mentes ajenas.
PASCAL

Tenemos la muy ingenua creencia de que si uno no escoge


influir, si la palabra estrategia se le queda pegada en la
garganta cuando intenta emitirla, o si cree que los seres
humanos son capaces de no influirse entre sí (con intención o
sin ella), tiene que retirarse de la sociedad humana.
BROOKS Y HEATH (1989, pág. 320)

Lo típico es que los terapeutas breves hagan uso frecuente de la


sugerencia directa y el encargo de tareas. Por lo tanto, tienen que con-
vertirse en expertos en el arte de la persuasión. Puede sostenerse que el arte
de la terapia, sea cual fuere el enfoque que se utilice, tiene mucho en común
con el arte de la persuasión. Para muchos, éste es un hecho desagradable.
Pero, nos guste o no, nuestra profesión tiene que ver pri-mordialmente con
alentar a las personas, de modo directo o indirecto, a modificar sus actitudes
o sus conductas.

INFLUENCIA Y PERICIA

Son muchos los que, en nuestro campo, creen que es posible no influir y
limitarse a escuchar la historia de un cliente o una familia, alentar un
discurso en el que el terapeuta no realice ningún intento de «dirigir,
manejar o cambiar el diálogo familiar para llevarlo en una n dirección
particular...» (Markowitz, 1992, pág. 12, citando a Harlene ' Anderson).
Pensamos que ésta es una ilusión peligrosa. Desde cierto
punto de vista, es imposible no revelar opiniones e influir en la interacción,
así sea inconscientemente, a través de toda la gama de los canales verbales y
no verbales que llevan y traen la información. Por ejemplo, sea cual fuere
nuestro modelo terapéutico, respondemos a un cierto enunciado y no a otro,
formulamos una cierta pregunta y no otra, sacudimos la cabeza o decimos
«hum» en respuesta a alguna de las cosas que se nos han dicho, y no a otras.
En todos estos casos influimos sobre el proceso y la dirección de la
interacción. También es mucho lo que comunicamos a través de los niveles
sutiles de, la expresión facial, los movimientos oculares, la dilatación de las
pupilas, las pautas respiratorias, la postura, etcétera, que no podemos
controlar y de lo cual somos totalmente inconscientes. Nos preocupa que
esos niveles sutiles de influencia puedan ser sumamente insidiosos, en cuanto
actúan al margen de la percatación de todos los interesados. Nosotros esta-
mos inequívocamente de acuerdo con todo lo que aumente el sentido de
autonomía, de autodeterminación, de la propia capacidad en el cliente. Pero
no creemos que el hecho de que el terapeuta haga sugerencias o persuada al
cliente para que intente algo distinto represente una manipulación o la
imposición y explotación de una malsana diferencia de poder.
Al parecer, actualmente existe también una preocupación en nuestro
campo (a veces nos atreveríamos a considerarla un tanto mojigata) que
tiende a negar por completo la validez del rol de «experto», o incluso de la
habilidad en sí. Se suele invocar la afirmación tautológica de.Maturana
acerca de la imposibilidad de la interacción instructiva; «ta conversación» ha
sido elevada a un nivel sacramental, y se habla de ella en un susurro
reverente. La asunción del rol de experto se considera epistemológicamente
errónea (sea lo que fuere lo que esto significa), o bien presuntuosa, elitista,
alentadora de la dependencia, un aferramiento al poder profesional,
controladora del «poder del conocimiento», etcétera, etcétera. Si bien
estamos seguros de que esto podría ser así en los casos de algunos
terapeutas, diríamos que el rol de «experto» también puede asumirse de un
modo tal que no quite poder (de hecho, dar poder no es posible; lo único que
puede hacerse es evitar lo que quita poder).
No dejamos de advertir que la mayoría de quienes evitan la habilidad y
la técnica son terapeutas sumamente experimentados, con mucha habilidad
y una técnica muy asentada. Estamos de acuerdo con que se hagan a un lado
la actitud de antagonismo, las técnicas encubiertamente manipulativas y la
idea de que la terapia es un proceso en el cual nosotros, con la suma del
conocimiento, actuamos benévolamente sobre quienes no lo tienen. Pero
creemos que carece de sentido fingir una carencia de conocimientos o
habilidades, negar que la experiencia y la sabiduría que llevamos a la
terapia es el fruto del ejercicio prolongado, y a veces penoso, de ese
conocimiento y esas habilidades, y de la evolución de uno y otras. Ofrecer
los frutos de muchos años de experiencia de un modo sensible y respetuoso a
un cliente o una familia perturbados no significa necesariamente quitarles
poder o tratarlos como incompetentes (aunque sin duda ésta es una
posibilidad).
Para dar un ejemplo, Brian a menudo les explica a los individuos,
parejas o familias que, a lo largo de los últimos veinticinco años, él ha
adquirido una habilidad considerable con los enfoques que, por lo común,
no dan resultado en las relaciones, sobre todo cuando se han convertido en
un rasgo de ellas. Por lo general, a continuación dice que, con respecto a lo
que sí dé resultado, él es mucho menos capaz de hacer una declaración tan
definitiva. Sin embargo, admite que a menudo tiene ideas sobre lo que
podría funcionar, muchas de ellas tomadas de clientes anteriores, y algunas
propias; añade que le gustaría mucho compartirlas con ellos (Cade, 1992b).

LA
LA
NEUTRALIDAD PASIÓN

En los últimos años, la cuestión de la neutralidad ha recibido una aten-


ción considerable y ha originado algunas controversias. A nuestro juicio, la
neutralidad del terapeuta es un requerimiento pragmático para ser tera-
péutico cuando se trabaja en el punto de encuentro de las relaciones. La-
pérdida de neutralidad, por lo general, empuja al terapeuta a una posición
estéril. La posición neutral asumida por razones terapéuticas no expresa
necesariamente la opinión o la actitud personales del terapeuta con respecto
a una persona, una conducta, un conjunto de valores, una disposición o un
hecho. Desarrollamos el empleo de esta posición en virtud del aprendizaje
realizado en los casos en que no pudimos ser útiles por haber tomado
partido, creyendo a veces que era importante proteger a una de las partes,
otras veces inconscientemente, en ocasiones con el autoengaño de que
intentábamos una provocación terapéutica para «desequilibrar» el sistema,
y a veces por motivos personales nuestros.
Hay en nuestro campo quienes parecen equiparar la neutralidad en la
terapia a la adopción de una postura de desapego, no comprometida, no
emocional. Hemos visto a algunos terapeutas que entrevistan familias
empleando una expresividad emocional del estilo de Buster Keaton. Nos
parece posible mantener la posición neutral respecto de las dos partes,
adoptando enfoques intermedios en el continuo que va entre la postura
remota, no comprometida, en un extremo y, en el otro extremo, una
posición cálida, interesada, afirmativa, comprometida, incluso amistosa,
con ambas partes. Lo importante es que, a lo largo del tiempo, ninguna de
ellas sea tratada de un modo distinto y que, implícita o explícitamente, se
constituya una alianza de una contra la otra. La neutralidad terapéutica
puede significar no tomar partido por ninguno de los lados, o tomar partido
por los dos.
La neutralidad con respecto al resultado es también, a nuestro juicio, una
posición pragmática que resulta importante asumir en algunas situaciones,
y no necesariamente una expresión de la falta de interés del terapeuta en la
resolución de los problemas, o de su insensibilidad a cuestiones
sociopolíticas globales. Cuando un terapeuta se identifica con demasiada
claridad con los argumentos en favor de un cambio, sea que comunique su
posición explícita o implícitamente, a menudo puede convertirse, por así
decirlo, en el principal «comprador» del modo en que debería ser una
familia o un miembro de ella. En ese caso, es como si el terapeuta hubiera
colonizado esos argumentos, dejando para el miembro o los miembros de la
familia sólo los argumentos contrarios, junto con el efecto que producen
esos contraargumentos. Las ventajas y desventajas de la idea que tiene el
terapeuta acerca de cómo deben ser las cosas carecen de importancia si la
persecución de esos fines, por positiva que sea la motivación, les quita
poder a las personas, aumenta su «resistencia» o las atrinchera aún más en
sus actitudes. Al considerar la terapia de familias en las que hubo abuso,
Kearney, Byrne y McCarthy se han referido al «potencial colonizador» de
las redes profesionales que tratan a las familias perturbadas o perturba-
doras de las comunidades pobres y marginalizadas. Estos autores señalan
que «tales familias están singularmente expuestas a cruzadas reiteradas de
inversión y retirada, bajo las banderas caritativas del control y el
tratamiento (...) los colonizados, sostenidos por las sanciones de los
colonizadores, mantienen su asociación ambivalente en oscilaciones entre la
rebelión y la obediencia» (Kearney y otros, 1989, pág. 17). En el examen de
las técnicas paradójicas, volveremos a considerar este proceso de
colonización.
En el examen de estas cuestiones preferimos utilizar el marco del
«visitante», el «quejicoso» y el «comprador», al que nos hemos referido en
un capítulo anterior, en lugar de la noción más genérica de «neutralidad».
En nuestra opinión, teniendo presente la cuestión de «quién es realmente el
comprador de qué», por lo general evitamos las alianzas estériles, no nos
mostramos demasiado entusiastas o dogmáticos acerca de cómo deberían
ser los otros y, lo que quizá es más serio, nos salvamos de nuestros móviles
personales. Cuando las personas están claramente motivadas para cambiar
ciertos aspectos de su vida, lo que nos produce mayor alegría es actuar
como ckeerleaders que animan a sus los equipos deportivos (aunque por lo
general no nos prestamos a ponernos faldas cortas y agitar pompones).
En la práctica privada, muy pocas veces debemos asumir una postura
de control social directo. Pero tenemos claro que, en tal caso, no
actuaríamos como terapeutas con respecto a la persona o personas de las
que se tratara (aunque la acción en sí podría ser terapéutica, e incluso vital
a corto plazo, por ejemplo para un niño o una mujer en riesgo, o para
alguien que sintiera el impulso de no mezclar las cosas). Cuando se adopta
una posición de control social, está claro que el comprador de algo que se
desea que suceda es el terapeuta o alguna parte o poder que el terapeuta
representa. Según nuestra experiencia, lo que cambia no son las personas
sino el modo en que éstas quieren comprar. Cuando nos vemos obUgados a
asumir el rol de compradores, en particular si podemos imponer sanciones,
lo esencial es que estamos buscando obediencia (en ciertas circunstancias,
ésta podría ser la opción única y correcta, pero no debemos confundirla con
una determinada terapia). Sin embargo, esto no significa que no se pueda
tratar de cumplir con la función de control social del modo más
«terapéutico» posible (Weakland y Jordán, 1990).

SUGERENCIAS, TAREAS Y PERSUASIONES

En la terapia breve, a menudo pedimos que los clientes experimenten


con nuevas conductas o cultiven nuevos modos de cuestionar sus situa-
ciones, lo cual a veces representa una desviación radical respecto de su
conducta acostumbrada, o de lo que durante mucho tiempo han con-
siderado «sentido común» o verdades evidentes de por sí. La fuerza de las
actitudes, creencias y valores de una persona es una variable importante, en
cuanto la preparan para intentar algo nuevo. Rokeach ha elaborado una
jerarquía de creencias de tres niveles: el más primitivo, profundo y básico
(nivel 1), el de las creencias vinculadas con las diversas autoridades que
rigen a quienes escuchamos y respetamos (nivel 2), y el de las creencias
relativamente periféricas (nivel 3). Cuanto más esté anclada una conducta
en creencias del nivel 1, cuanto mayor sea la fuerza e intensidad con que se
la sostiene, más difícil será, probablemente, influir sobre ellas (Rokeach,
1968). En el resto de este capítulo vamos a presentar algunas ideas,
tomadas de la investigación sobre el arte de la persuasión, que
consideramos pertinentes para nuestro trabajo como terapeutas.
Sin duda alguna, es más probable que las personas cooperen e intenten
algo nuevo cuando son validadas y sienten que sus creencias y sentimientos
son comprendidos y respetados. En cambio, quienes se sienten
incomprendidos, particularmente si experimentan niveles altos de aflicción
y angustia, tienden a ser mucho menos capaces de concentrarse en los
mensajes persuasivos, por pertinentes que le parezcan al emisor, y con
independencia del modo de transmisión (Nunnally y Bobren, 1959).
Un grupo de asistentes le aconsejó a una mujer muy acongojada, a la
que su esposo acababa de abandonar, que se pusiera en contacto con su
abogado y también con el departamento de Seguridad Social. Ella se sentó
sollozando en la sala de recepción del organismo, aparentemente incapaz de
actuar. Sólo atinó a pedir, casi de inmediato, el número telefónico del
departamento de Seguridad Social, y una guía para buscar el teléfono de su
abogado, después de que uno de los asistentes reconociera y validara los
sentimientos de temor, cólera y desesperación que ella experimentaba,
invitándola, a pesar de todo, a hacer lo necesario. De modo que, aun a
riesgo de repetirnos, subrayamos que es importante, no sólo escuchar lo
que nos dice el cliente, sino también, explícita e implícitamente, indicar que
hemos escuchado, y demostrar nuestra comprensión del relato y el
reconocimiento de los sentimientos concomitantes.
Es más probable que una persona obedezca a los requerimientos o
sugerencias más congruentes con sus propios deseos, experiencias y
actitudes. «En la persuasión, cuanto mayor sea la congruencia entre la
creencia o la acción propugnada y la necesidad sentida del persuadido, más
alta es la probabilidad de que la persuasión se produzca» (Brooks y Heath,
1989, pág. 333). Una joven inició la terapia por propia voluntad porque
estaba enfermando a causa de su excesiva inquietud y las muchas horas de
estudio para sus exámenes finales. Poco tiempo antes había tenido que
abandonar un examen, al sufrir un ataque violento de angustia y
agotamiento. Ella sabía que tenía una preparación más que suficiente para
aprobar con honores, pero no podía relajarse. Se le sugirió que cada día
tirara una moneda. Si caía cara, ese día no podría trabajar en absoluto. Por
difícil que le resultara, tenía que irse a la playa o a algún lugar análogo, sin
llevar consigo ningún libro. Si caía cruz, podía estudiar con todo el empeño
que ella considerara apropiado.
De este modo pudo frenar su ritmo de trabajo. Sobrevivió a los exá-
menes y obtuvo las notas más altas de su curso. Nos parece que esta
sugerencia dio resultado porque era totalmente congruente con el propio
deseo de la joven de aflojar el paso. Si ella hubiera querido abordar su
pánico de un modo tal que le permitiera trabajar aún con más empeño, la
sugerencia no habría dado resultado, por más que nosotros creyéramos que
era lo mejor para ella.
Un individuo con ideas rígidas, dogmáticas, tiende a rechazar las que no
concuerdan con las fuentes de autoridad de sus propias creencias y
actitudes. :

Si hay que convencer a una persona muy dogmática... hay que


tener presente que el receptor no necesariamente será persuadido por
la lógica o las pruebas, ni por ideas nuevas. Más bien, sobre este tipo
de personas se puede influir apelando a sus figuras de autoridad y a
los valores tradicionales, y teniendo presente que ella o él tiene un
sistema de creencias rígido que no tolera mucha incongruencia
(Bettinghaus y Cody, 1987, pág. 48).

Un ex soldado manifestó que era una persona extremadamente tra-


dicional, que ni siquiera creía que las mujeres se hubieran ganado el
derecho al voto. A su juicio, la familia debía ser gobernada con disciplina, y
las actitudes de su mujer estaban socavando su autoridad, por lo cual los
hijos se portaban como salvajes. Era evidente que había aceptado asistir al
consultorio para demostrarle a la mujer que los terapeutas son inútiles. Se
le preguntó al hombre si él se consideraba un general de la primera guerra
mundial o un general de la segunda guerra mundial. Pidió que se le
especificara la pregunta. Entonces se le explicó que los primeros habían
aprendido muy poco en los primeros cuatro años de lucha, y parecían tener
poco interés en la moral de sus tropas o en salvar vidas. Al final de la
guerra seguían haciendo las mismas cosas que desde el principio habían
demostrado ser totalmente ineficaces. Pero los últimos aprendían de sus
experiencias, prestaban una considerable atención a la moral y a la
limitación de las víctimas, y sabían adaptarse á las circunstancias
cambiantes. Después de considerar la cuestión por unos momentos, el
hombre admitió pensativamente: «Supongo que me he vuelto un poco como
un general de la primera guerra mundial».
Enfrentar a este hombre con el error de su pensamiento difícilmente
habría sido útil. Pero una vez trazada la distinción entre los diferentes
estilos de generalato, pudieron alentarle a explorar, desde el interior de sus
propios constructos, las consecuencias de volverse más parecido a un
general de la segunda guerra mundial. Como señala Miller, «desde un
punto de vista pragmático, los mensajes que procuran dar forma y
condicionar las respuestas tienen una mayor probabilidad de éxito que las
comunicaciones que apuntan a convertir las pautas establecidas de
conducta» (1980, pág. 19).
Una pareja recurrió al terapeuta para que les ayudara a impedir
que su hijo de 26 años se relacionara con una mujer divorciada. El
marido tenía fuertes creencias cristianas, y se sentía moralmente
ultrajado por la conducta del joven. El terapeuta se manifestó de
acuerdo en que Dios les había pedido que llevaran una carga pesada, y
discutió con ellos la parábola del hijo pródigo. Señaló cuánta fe había
necesitado el padre de la - parábola para permitir que el hijo
dilapidara su herencia y aprendiera de sus errores, a pesar de lo cual
le perdonó y acogió con calidez en su retorno. No se realizó ningún
intento de vincular el significado de la parábola con cualquier
sugerencia de que el hombre cambiara de actitud. En la sesión
siguiente, el padre demostró que se había sentido profundamente
conmovido por el encuentro anterior; había vuelto a leer la parábola,
y llevado a la esposa a conocer a la pareja del hijo; los dos encontraron
que, básicamente, ella era «una buena mujer» (Cade, 1980b, pág. 97).

En este ejemplo, mediante el empleo de una parábola de la Biblia,


ayudaron al hombre a «descubrir» espontáneamente actitudes nuevas y
congruentes con sus propias creencias firmes, y además derivadas de ellas.
Cualquier intento de persuadirle de que cambiara de actitud, o de indicarle
las conclusiones que debía extraer de la parábola, probablemente sólo
habría servido para endurecerle.
Los argumentos generados por uno mismo son mucho más influyentes que
los producidos por otros, y parece que cuanto más numerosos son los
propios argumentos en favor de una posición, más probable es que esa
posición persista. También parece que, al considerar una serie de mensajes
persuasivos, las personas recuerdan sus propios pensamientos y
argumentos con una claridad mucho mayor que los mensajes en sí (ya estén
esos argumentos a favor o en contra de tales mensajes). Como observan
Perloff y Brock,
...los individuos son participantes activos en el proceso de la per-
suasión e intentan relacionar elementos del mensaje con su repertorio
de información existente. Al hacerlo, estos individuos pueden conside-
rar materiales no contenidos realmente en el mensaje persuasivo.
Tales cogniciones generadas por el propio sujeto pueden concordar
con la posición defendida por la fuente, o divergir de ella. En la
medida en que la comunicación suscite respuestas cognitivas
favorables, las actitudes deben cambiar en la dirección propugnada
por la fuente. Si el mensaje evoca reacciones mentales desfavorables,
debe inhibirse el cambio de actitud en la dirección propugnada por la
fuente (1980, pág. 69).
Como Perloff y Brock dicen a continuación, las consecuencias de esto
son que «una vez que los comunicadores han comenzado a cambiar la
mente de las personas acerca de una cuestión, pueden estar muy seguros de
que ese cambio persistirá si los miembros de la audiencia refieren sus
propios pensamientos acerca del mensaje, en lugar de los argumentos del
orador» (1980, pág. 85).
El mayor efecto de la confrontación consigo mismo se produce en
sujetos cuyos valores iniciales son congruentes con los implícitos o explícitos
en un mensaje persuasivo, aunque su conducta haya sido incongruente
(Grube y otros, 1977), Cuando los valores de un cliente no son congruentes
con los que dan forma al mensaje, la confrontación es mucho menos eficaz.
De hecho, si el mensaje suscita reacciones desagradables, desfavorables o de
desaprobación proporcionales al grado de incongruencia, habrá una
tendencia a inhibir el cambio de actitud y conducta en la dirección
propugnada, y a generar contraargumentos (que pueden o no expresarse
abiertamente).
Asimismo, cuando una persona espera o se le advierte que va a recibir
un mensaje persuasivo probablemente opuesto a sus valores y actitudes, se
producirán y referirán de antemano respuestas contraargu-mentativas, que
hacen a ese sujeto mucho menos sensible a la persuasión (Petty y Cacioppo,
1977).
Un marino retirado había sido definido anteriormente por profesionales de
diversas especialidades como rígido y Victoriano en sus ideas sobre la
disciplina, totalmente reaccionario y sin motivación. Consideraba que su
hija de 14 años era desobediente, brusca, y que estaba fuera de control.
Según los profesionales mencionados, la niña era perfectamente normal, y
se veía impulsada a «actuar» y a rebelarse por las rígidas actitudes y
expectativas del padre. Los intentos maternos de mantener la paz y
defender a la hija no hacían más que aumentar la tensión. Había alguna
preocupación oficial por la posibilidad de que la situación se volviera
violenta y que la niña corriera peligro. Se consideraba que el padre era
totalmente incapaz de ver el modo en que sus propias actitudes estaban en
la raíz del problema. Él había expresado la opinión de que el trabajo social
y la psiquiatría eran «peor que inútiles».
Derivado a un terapeuta breve, el hombre demostró con su com-
portamiento que no estaba preparado para ninguna cooperación que fuera
más allá de presentarse en el consultorio. El terapeuta le hizo un
comentario sobre lo difícil que resultaba educar hijos en esta época
permisiva. Muchos de los valores tradicionales parecían haberse perdido.
Él expuso su creencia de que los padres tienen derecho a definir la conducta
apropiada en el hogar, y que los jovencitos necesitaban la mayor
experiencia de sus progenitores, por más que los consideraran
«anticuados». El terapeuta lamentó la pérdida de muchos de esos antiguos
valores y principios, y la falta de autorrespeto y autodisciplina, tan
frecuente en la sociedad moderna. «Pero, desde luego», continuó, «los
buenos padres se vuelven obviamente más flexibles y negocian más a
medida que los hijos crecen.»
Ante esa inesperada validación de muchas de sus creencias, el padre
comenzó a asentir con la cabeza, incluso al enunciado final sobre la
necesidad de volverse más flexible. Quedó pensativo y, al cabo de unos
minutos, se inclinó hacia adelante y dijo: «Me pregunto si tal vez no soy
demasiado anticuado; quizá sea demasiado duro con ella; quizá éste sea el
problema real».
El terapeuta comentó con cautela que hoy en día parece haber nume-
rosos padres a los que no les importa mucho la manera en que se com-
portan sus hijos. Los niños necesitan realmente aprender a distinguir lo
correcto de lo incorrecto. El padre volvió a asentir pero, unos minutos más
tarde, reiteró con más insistencia su creencia de que quizá él no fuera
razonable. «Después de todo, ella tiene ahora 14 años y en realidad no es
mala chica. Los tiempos son distintos, y supongo que tengo que aprender a
convivir con la época.»
Cuanto más le exhortaba el terapeuta a ser cauto, más insistía el padre
en que era¿Z quien necesitaba cambiar. Aceptó otra entrevista y el
resultado del caso fue una rápida mejoría de la relación entre el hombre y
su hija.
Al principio, sin duda el hombre había previsto que el terapeuta vería la
conducta de su hija desde una perspectiva «blanda y consentidora», y que
una vez más se le señalaría el error que cometía él. Por cierto, tenía
contraargumentos de lo más ensayados. Un buen número de profesionales
le había estado acosando con sus intentos de persuadirle, a veces con
suavidad, a veces más enérgicamente, de que adoptara un enfoque
incongruente con sus creencias y actitudes aparentes.
Al sentir que sus creencias y preocupaciones eran validadas, y no
e^erimentar ninguna necesidad de defender su posición, él sintió inme-
diatamente que podía permitirse que esa postura perdiera estrechez,
aceptando la idea de que los buenos padres se vuelven más flexibles a
medida que los chicos crecen. Las expresiones de cautela del terapeuta y su
renuencia a culparlo a él parecieron alentar al hombre a generar cada vez
más argumentos propios a favor de una mayor tolerancia; los mismos
argumentos que antes nunca habría aceptado de los otros. Una vez que sus
actitudes comenzaron a modificarse, pudo tolerar y sacar partido de los
consejos —no sólo de los consejos del terapeuta, sino también de su mujer y
su hija—. Para poder sentirse un buen padre, y que los otros lo vieran
como tal, tenía una importancia indudable. Como señala Miller, «si se logra
dar forma a las respuestas de la persona a persuadir, este éxito incide en la
vinculación de tales respuestas con valores firmemente asentados...»
(Miller, 1980, pág. 18).
A corto plazo, la repetición de un mensaje persuasivo puede producir
acuerdo y cooperación. No obstante, si la repetición continúa, tenderá a
volverse rápidamente contraproducente, y a generar más «resistencia»
cuanto más se reitera (Cacioppo y Petty, 1979). Algunas investigaciones
sugieren también que un exceso de refuerzo positivo de las actitudes y la
conducta de una persona puede, en realidad, provocar un «efecto rebote» e
inhibir la influencia de una comunicación persuasiva (McGuire, 1964).
Por ejemplo, una maestra de escuela que participaba en un seminario
sobre los enfoques conductistas comprendió que había estado reaccionando
de modo exagerado ante la desobediencia de un chico, con lo cual quizá
reforzaba inconscientemente la conducta-problema y también la sensación
que tenía ese niño de ser malo. La maestra decidió comenzar a brindarle
más ánimos y a elogiar lo que él hacía que pudiera merecer aprobación;
además, en la medida de lo posible, trató de reaccionar poco a las
habituales conductas provocadoras del niño. Le sorprendió gratamente
percibir una rápida mejoría. No obstante, para su decepción, ese cambio
fue breve. Finalmente, la maestra consultó sobre el caso, y se le aconsejó
que continuara con su política de reaccionar poco a las conductas
provocadoras, pero que fuera mucho menos generosa con el ánimo y el
elogio. La conducta del niño mejoró y, esa vez, la mejoría se mantuvo.
Si se logra persuadir a una persona de que cumpla con pequeños
requerimientos o sugerencias, es más probable que esté de acuerdo con
requerimientos mayores. Puede que este fenómeno sea bien conocido. Sin
embargo, la investigación también ha demostrado que, en muchos casos, si
a una persona se le pide que ejecute una acción lo suficientemente
importante o incluso absurda como para que con toda seguridad la rechace,
a menudo aceptará de inmediato un requerimiento más pequeño, que
parezca más razonable. De no mediar la primera petición, normalmente la
segunda habría sido rechazada. Quizá sea más probable que un individuo
realice concesiones a quienes parecen, a su vez, hacerle concesiones a él. Por
ejemplo, una mujer gravemente agorafóbica quedó petrificada cuando el
terapeuta le anunció que, en esa sesión, los dos iban a pasear por el interior
de unos grandes almacenes. Con alivio considerable, ella aceptó después la
sugerencia alternativa de que tomaran juntos un café en un bar cercano.
Ésa fue su primera salida de casa en varios meses.
Sugerir que no se realice una tarea o no se responda a un requerimiento
claramente descrito puede impulsar a algunas personas a intentar lo
contrario, es decir, a tratar de cumplir. Por ejemplo:

Normalmente, en esta etapa, yo sugeriría que [el terapeuta


enuncia con claridad la sugerencia], pero, por el momento, me
interesa que usted no tenga una nueva experiencia de fracaso.

También es posible presentar alternativas.ilusorias; se formulan dos


sugerencias que serían rechazadas por igual si se plantearan una a una,
pero que aparecen como si el rechazo de una supusiera la aceptación de la
otra. Por ejemplo, a la mujer agorafóbica a la que nos hemos referido, se le
podría haber hecho la siguiente pregunta:
¿Le gustaría dar una vuelta conmigo por los grandes almacenes y
describirme sus sentimientos, o preferiría empezar con una salida
más corta, a tomar un café?

Para una mayor elaboración de este método, vale la pena estudiar


ejemplos del trabajo de Milton Erickson (Rossi, 1980).
También es importante considerar las posibles maneras de abordar las
tareas o sugerencias. ¿Los clientes las siguen, las modifican, se oponen a
ellas, las ignoran, las olvidan? Para determinar el siguiente paso, el
terapeuta debe orientarse con ese feedback. Por ejemplo, si las sugerencias
se siguen al pie de la letra, lo indicado son más sugerencias; si son
ignoradas, o hay oposición u olvido, el terapeuta debe considerar con
cuidado su posición. ¿Ha evaluado mal la medida en que el cliente o la
familia son «compradores», o está él mismo (el terapeuta) más motivado
que ellos para lograr un determinado cambio? ¿Acaso el cliente o la familia
han traído una idea diferente o mejor, más apropiada para ellos? A nuestro
juicio, el fracaso aparente en una tarea o sugerencia debe verse,
normalmente, como resultado de un error de comprensión o cálculo del
terapeuta, más bien que como resistencia o desobediencia del cliente
individual o la familia.
7. MENOS DE LO MISMO

...si cambiamos algún aspecto de un sistema... el primer


resultado será a menudo una cantidad de otros cambios donde
no los esperábamos...
WADDINGTON (1977, pág. 103)

En la vida real, aunque algunos problemas humanos


pueden persistir en un nivel constante de gravedad, muchas
dificultades no siguen idénticas durante mucho tiempo, sino
que tienden a aumentar en escalada si no se intenta ninguna
solución, o si se aplica una solución errónea —y especialmente
más de esa solución errónea.
WATZLAWICK Y OTROS (1974, pág. 34)

En primer lugar, hay sólo una solución posible, permitida,


razonable, lógica, y si esta solución no ha producido aún el
efecto deseado, aplíquela con más energía. En segundo
término, en ninguna circunstancia ponga en duda el supuesto
de que existe una sola solución; sólo su aplicación puede
cuestionarse y «refi-narse».
WATZLAWICK (1983, pág. 33)

Una de las ideas que más ha influido en el campo de la terapia breve es


la propuesta del Centro de Terapia Breve de Palo Alto en cuanto a que, en
ciertas circunstancias, los problemas se desarrollan y mantienen a partir
del modo de percibir y, posteriormente, abordar algunas dificultades de la
vida, a menudo totalmente normales (Watzlawick y otros, 1974; Weakland
y otros, 1974). Con la guía de la razón, la lógica, la tradición o el «sentido
común», se aplican diversas soluciones intentadas (entre ellas, a veces, la
reacción insuficiente y la negación), cuyo efecto es mínimo o nulo, o que
directamente exacerban la dificuitad. Entonces el problema se atrinchera
en más de las mismas soluciones o clases de soluciones, seguidas por más del
mismo problema, que atrae más de las mismas soluciones intentadas, y así
sucesivamente. Se crea un círculo vicioso; la aplicación continuada de
soluciones «erróneas» o inadecuadas, que encierran la dificultad en una
pauta que se autorrefuerza y automantiene, puede pasar a ser el problema
percibido. La cronicidad es vista como la persistencia de una dificultad rei-
teradamente mal manejada. Dicen Weakland y otros:

Suponemos que, desde que la dificultad empieza a verse como el


«problema», la continuación, y a menudo la exacerbación de ese pro-
blema resulta de la creación de un circuito de feedback positivo, casi
siempre centrado en esas mismas conductas de los individuos del
sistema que tienen el propósito de resolver la dificultad» (1974, pág.
149).

También en la terapia puede producirse una situación análoga, cuando


«más del mismo» enfoque terapéutico conduce a «más del mismo»
problema, y así sucesivamente. El terapeuta puede quedar comprometido
muy pronto con un diagnóstico y un enfoque, sobre todo cuando ha
cargado emocionalmente su idea de lo que la situación es o debe ser. El
diagnóstico puede entonces reificarse de un modo tal que, incluso frente a
la inexistencia de cambio, se continúan aplicando los mismos enfoques
terapéuticos, y «más de lo mismo» tiende a generar «más de lo mismo»,
etcétera, etcétera. Cuando la terapia queda atascada, la formación de la
mayoría de los profesionales los lleva a prestar cada vez más atención al
cliente. Lo recomendable es hacer lo contrario, o incluso más. Si está
atascado, el terapeuta debe considerar sus marcos exploratorios y los
enfoques que utiliza, que quizá sean «correctos», pero no dan resultado, y
pueden haber pasado a formar parte del mismo problema.
Sin duda, no es siempre fácil persuadir a las personas de que dejen de
aplicar, o incluso inviertan, las soluciones intentadas, que hagan la prueba
con «menos de lo mismo». Esto no se debe sólo a que esas soluciones
tengan el respaldo de la razón, la lógica, la tradición o el «sentido común»,
sino también a que suelen impulsarlas fuertes emociones despertadas por
el problema y/o la persona o las personas involucradas. Son también
soluciones que han dado resultado en otros momentos y en otras
circunstancias («Así me trataban mis padres cuando yo me descarriaba, y
nunca me hizo daño»). Cuanto más se inviste intelectual y emocionalmente
una posición particular, más difícil resulta renunciar a ella. No obstante, si
las personas sienten que han sido respetadas, y que sus preocupaciones
fueron escuchadas y validadas, nuestra experiencia nos dice que a menudo
están dispuestas a intentar (aunque a veces con cautela) no seguir haciendo
lo que está claro que no les da resultado: quedan preparadas para hacer
«menos de lo mismo». Suelen aceptar que por lo menos ahorrarán mucho
tiempo y esfuerzo derrochados, pero también que esa conducta, por sí
misma, podría promover algo nuevo (de hecho, ocurre muchas veces, y a
menudo es la solución). Después de todo, ¿quién sabe qué llenará la consi-
derable brecha que queda?
Una mujer recurrió a un terapeuta para poder ayudar al marido a
dejar de beber. Él era un abogado cuya práctica empezaba a sufrir las
consecuencias de que a menudo estuviera ebrio desde el mediodía. La
esposa le llamaba constantemente la atención acerca del alcohol que
consumía, de los peligros de volver conduciendo por la noche en estado de
embriaguez, de lo que estaba sufriendo su práctica profesional, del hecho
de que pocas veces estaba en el hogar cuando los hijos se iban a dormir.
Además lo llamaba por teléfono varias veces al día para saber cómo
estaba. En las primeras horas de la noche, ella interceptaba las llamadas
de él, para ocultar a cuentes y colegas que el hombre había estado
bebiendo. El solía llegar tarde a casa, y a menudo estallaba en cólera si se
le hacía cualquier mención al tiempo que había pasado bebiendo, o a las
copas que había tomado. La mujer evitaba cada vez más las invitaciones,
porque la conducta del marido la avergonzaba. Estaba cansada de tener
que disculparlo.
Se le preguntó a esta mujer si alguno de estos procedimientos había
influido en la conducta del esposo. Parecía que, en todo caso, la situación
había empeorado.
Brian le entregó un ejemplar de la cartilla con la que suele ayudar a la
gente a descubrir por sí misma qué es lo que ha vuelto estériles sus
acciones, por correctas, lógicas o justificables que parezcan.

Enfoques que por lo general no dan resultado

Los enfoques señalados a continuación, aunque pueden ser


eficaces ocasionalmente (lo bastante como para que nos apeguemos a
ellos), cuando forman parte de una pauta crónica, regular, no sólo no
dan resultado, sino que a menudo intensifican la aparición de la
misma conducta o actitud que intentamos cambiar.
Estos enfoques o procedimientos tienden a fracasar, no porque sean
aplicados mal o con poca sutileza, ni tampoco porque su motivación sea
errónea. Al parecer, no dan resultado debido a que no dan resultado por
mejor que uno los defienda, y por lógicos o correctos que sean. Del mismo
modo que una pelota lanzada al aire siempre cae hacia abajo, no querer o
poder cooperar ante el empleo constante de los procedimientos es una
«ley» de la naturaleza humana.

A El sermón no solicitado

• Sermones 1 (especialmente cuando son


• Consejos J «por tu propio bien»)
• Regaños o reproches
• Insinuaciones
• Aliento: «¿Por qué no tratas de...?»
• Rogar/suplicar/tratar de justificar la propia actitud
• Apelación a la lógica o al sentido común
• Artículos de folletos o periódicos dejados estratégicamente a la vista, o
leídos en voz alta
• El enfoque silencioso y sufrido de «mira con cuánta paciencia y valentía
no digo nada ni tomo nota de nada», o bien una versión iracunda de lo
mismo (éstos suelen ser los «sermones» más poderosos del lote)
• Tampoco tiende a dar resultado el castigo repetido y/o creciente; a
menudo genera «más de las mismas» conductas-problema, o una
escalada de ellas

B. Adoptar una postura de superioridad moral

cuando cualquiera de los métodos anteriores se aplica desde una


posición de superioridad, de lógica «inexpugnable» (por lo común, la posi-
ción masculina), de ultraje moral, de indignación justa. Como, por ejem-
plo:

«Si realmente me quisieras...» «Seguramente


podrías ver que si tú...» «¿Por qué no
comprendes que...?» «Cualquier persona con
sentido común...» «Después de todo lo que he
hecho...»
«Mira cuan enfermo/desesperado/deprimido estoy por preocuparme
por ti.»
«Te amaré y dejaré de estar enojado/de irme/de negarme a hablar, si
haces exactamente lo que yo quiero.»
«Te amo porque te comportas como quiero que lo hagas, y te amaré
mientras lo sigas haciendo.»

Se trata de cualquier posición que implique que quien habla tiene la


verdad acerca de cómo son o deben ser las cosas, o un conocimiento supe-
rior, capacidades, un conjunto de costumbres que al otro, por definición, le
faltan o sólo posee a medias.

C. Autosacrificio/autonegación

• Actuar constantemente para mantener la paz


• Andar constantemente de «puntillas» para no perturbar o enojar a otros
• Poner constantemente la felicidad de los demás por encima de la propia
• Tratar de justificarse constantemente
• Proteger a los otros de las consecuencias de sus acciones « Estar
permanentemente pendiente del cambio del otro
• Tratar continuamente de agradar a alguien/todos

D. ¡Hazlo espontáneamente!

En este caso, por medio de cualquiera de los modos de actuar enu-


merados, trata de que alguien haga algo o adopte una actitud diferente,
pero también exige que sea porque quiera hacerlo.

«¡Tienes que querer agradarme!»


«Me gustaría que me demuestres más afecto, pero sólo lo aceptaré si
lo haces porque quieres.»
«No basta con que me ayudes a lavar; preferiría que lo hicieras con
gusto/de buen grado.»

Tratar de hacer a alguien más responsable, más expresivo, más


razonable, más solícito, más considerado, más erótico, más positivo,
etcétera, equivale a invitarlo a que obedezca a nuestras definiciones de
cómo debe ser, sean cuales fueren las intenciones reales de él. Esto da
resultado muy pocas veces o nunca. A lo sumo se obtiene obediencia; lo
más probable, con mucho, es que la respuesta sea una mayor
incapacidad para responder, desobediencia, cólera, repliegue sobre sí
mismo, fracaso o resentimiento. Parece que a la mayor parte de las
personas no les gusta ser obedientes.
Las implicaciones de todas estas ideas fueron examinadas deteni-
damente con la mujer. Ella estuvo de acuerdo en que era improbable que
hacer «más de lo mismo» diera resultado, y se manifestó dispuesta a
intentar algo oUstinto. Decidió dejar de llamar regularmente al marido
por teléfono, y también de protegerlo interceptando sus comunicaciones
profesionales. Además, no volvería a referirse al hecho de que bebiera, a
los riesgos de conducir en estado de embriaguez, o a la hora de su llegada a
casa. Decidió ignorar sus frecuentes rabietas, en lugar de tratar de
calmarlo. Empezaría a aceptar invitaciones sociales y a permitir que el
marido cargara con las consecuencias de su conducta si se emborrachaba o
ponía en ridículo. Empezaría a hacer todo esto sin aviso previo. (Según
nuestra experiencia, por lo general es preferible no prevenir que va a
establecerse un nuevo conjunto de reglas para la relación, sino
sencillamente empezar a comportarse como si las reglas nuevas ya
estuvieran en vigencia.) Al mismo tiempo, ella comprendió que era
importante que hiciera estas cosas no para levantar la presión sobre él, y
que no las considerara sólo como un conjunto más de tácticas para
persuadirlo a beber menos, sino como un reconocimiento de que ella
misma necesitaba empezar a considerarse y de que, en última instancia, su
hígado era responsabilidad de él, por más que a ella le preocupara. Esta
dienta admitió que no siempre sería fácil quebrar la pauta de
responsabilidad excesiva a la que estaba «aferrada» desde hacía tiempo.
En la sesión siguiente, dijo, con considerable sorpresa, que el marido,
de un modo totalmente espontáneo, había comenzado a volver a casa más
temprano. Cuando sabía que iba a llegar tarde, llamaba por teléfono para
avisar, y además era mucho más atento. Después de una de sus rabietas,
que ella aparentemente había pasado por alto con toda tranquilidad,
«como si fuera la rabieta de un crío», por primera vez él se disculpó
espontáneamente; su tendencia a dejarse llevar por la cólera había
decrecido de modo notable. Varias semanas más tarde, el hombre dijo que
temía estar bebiendo demasiado, y que ello estuviera afectando a su
trabajo. La mujer logró resistirse a adoptar una postura de superioridad
moral (por ejemplo, «eso es lo que he estado tratando de decirte...») y
respondió: «Parece que estás realmente preocupado. Espero que
encuentres un modo de superarlo. Si yo puedo ayudarte de alguna manera,
dímeio».
Esta dienta se dio cuenta de que si ella hubiera reaccionado como lo
hacía antes, mostrándose excesivamente útil, alentándolo a que fuese a ver
a un terapeuta, concertando una cita, etcétera, él probablemente habría
empezado a luchar contra ella, en lugar de luchar con su~ propio
problema. Un par de semanas más tarde, el hombre buscó un terapeuta
por sí mismo.
Desde luego, las maneras de actuar señaladas en la cartilla que hemos
reproducido representan enfoques que todos aplicamos, tanto en la terapia
como en nuestras propias vidas personales. Constantemente nos
sorprendemos impartiéndole a un cliente o una familia una conferencia
que no nos han pedido, desde una posición de lógica «inexpugnable», sobre
la inutilidad general de dar conferencias o sermones no solicitados desde
una posición de lógica «inexpugnable». Esta manera de comportarse no es
fácil de evitar y, en ciertos ámbitos de nuestro trabajo (por ejemplo,
cuando tenemos responsabilidades reglamentarias, y en particular cuando
encontramos violencia familiar, violación o abuso sexual de niños), resulta
casi imposible prescindir de ella. No obstante, según nuestra experiencia,
éstos siguen siendo enfoques que por lo general no dan resultado.
Cuando se consideran los problemas como soluciones intentadas que se
han convertido en parte del problema, es importante tener clara la
cuestión de la culpa y la responsabilidad. El terapeuta no consideró de
ningún modo, ni le dijo a la mujer, que las soluciones que ella intentaba
eran el motivo de que el esposo bebiera. Siempre hay que tener cuidado de
no transmitir inadvertidamente, de algún modo, esa inferencia (teniendo
presente que la información que tratamos de dar no es siempre la
información que se recibe). Se ha aducido, por ejemplo, que las
explicaciones interaccionales de los problemas pueden llevar
implícitamente a pensar que una mujer está implicada en la violencia que
el marido ha ejercido sobre ella, y que, por lo tanto, tiene parte de la culpa.
Así, McGregor cuenta que:

Al trabajar con la noción de la complementariedad, y centrarse


en la experiencia psicológica del hombre y la mujer, la violencia es
implícitamente conceptuada como una cuestión de la relación. A
ambas partes se les pide que describan lo que sucede «entre ellas y en
torno de ellas» cuando aparece la violencia; de este modo, se implica
a la víctima en la violencia. Al concentrarse en las «regañinas» o
«reproches» de la mujer... existe el riesgo de que implícitamente se
reduzca la violencia a un nivel de conducta molesta, y puede
establecerse un vínculo encubierto entre la provocación femenina (o
regañina) y la violencia del varón (1990, pág. 69).
A nuestro juicio, el hecho de que, en cierta oportunidad, si una mujer
no hubiera regañado no habría sido golpeada, no significa que ella sea
responsable de que un hombre aborde determinadas situaciones utilizando
la violencia. No obstante, consideramos perfectamente válido ayudar a esa
mujer a advertir que «los reproches» se han convertido en un modo de
actuar que no da resultado y no la ayudan a lograr lo que quiere (por más
razones que ella tenga para estar enojada con el hombre), a fin de
persuadirla de que haga «menos de esto» e intente algo distinto.
El hecho de que después sea golpeada con menos frecuencia nos parece
un resultado positivo, aunque de ningún modo supone necesariamente la
resolución del problema más amplio de que la mujer esté en una relación
con un hombre que se considera con derecho a ser violento. Cuando
contamos un chiste que hace reír a otra persona, sin duda hemos
estimulado esa risa, pero no somos de ningún modo responsables de que el
otro tenga o no tenga un sentido del humor bien desarrollado.
A continuación presentamos un ejemplo más detallado del estímulo a
hacer «menos de lo mismo» para interrumpir una escalada poten-
cialmente grave entre una joven adolescente y sus padres. Tampoco en este
caso se pretende inculpar implícitamente a los padres por la conducta de la
hija.

LIBERTAD, ¿PARA QUIÉN?

Los padres de Melissa la llevaron a terapia por indicación del con-


sejero escolar. Pequeña y bonita, de 14 años de edad, ella permaneció
hoscamente sentada mientras los progenitores describían el deterió- -ro de
su conducta, tanto en casa como en la escuela, en el curso del último año,
más o menos. El hecho de que no hubiera vuelto a su casa durante toda
una noche había precipitado una crisis reciente. No era la primera vez que
lo hacía. A menudo volvía muy tarde, frecuentaba night-clubs, bebía
alcohol regularmente, y se sospechaba que había fumado marihuana. En
los meses anteriores, su rendimiento escolar había declinado de modo
notorio.
Mientras la madre, Leanne, describía el resentimiento y el desafío
creciente que sentía en Melissa, el padre, Ron, parecía colérico, pero
también aturdido y derrotado. De vez en cuando trataba de razonar con la
niña, le preguntaba qué era lo que estaba mal, qué quería de ellos. Ella
respondía siempre: «Quiero más libertad»; Ron observaba que ya tenía
muchísima libertad, pero que la libertad que aparentemente quería era
una licencia para crecer en estado salvaje y hacer su voluntad, con
independencia de que afectara o no a otras personas.

Melissa: No, no es así.


Ron: Por supuesto que es así.
M: No es así.
R: ¿Qué me dices de tus «amigos»? Andan por la calle como locos a altas
horas de la noche, haciendo lo que quieren. M: No es cierto. R: Es así. Sé
que es así. M: No es cierto.
R: Por lo que veo, eso es lo que nos pides que te dejemos hacer.
M: Yo no pido eso.
R: Entonces, ¿qué es lo que quieres?
M: Sólo quiero más libertad.

En este punto, Ron, derrotado, pareció renunciar; se volvió hacia el


terapeuta y le dijo: «Ya lo ve, de esto se trata. Diría que ella ya no quiere
formar parte de la familia».
Melissa respondió de inmediato: «Sí que quiero».
Leanne dijo que era difícil conseguir que Melissa hiciera los deberes
para la escuela, que no ayudaba para nada en la casa, que trataba mal a
sus dos hermanas menores y (punto éste de preocupación particular para
los padres) que, a la salida de la escuela, no volvía directamente al hogar
(«No es mucho lo que le pedimos»). La niña vagabundeaba con grupos de
amigos, holgazaneaba en la estación de autobuses o en la playa, a menudo
durante varias horas. De hecho, la crisis más reciente se había producido
cuando Melissa llamó a su casa a las dos de la mañana, sin haber vuelto
desde el día anterior. Leanne le dijo enfurecida: «O estás aquí dentro de
media hora, o no te preocupes en volver nunca». La niña finalmente llegó a
mediodía del día siguiente.
Ante escaladas simétricas de este tipo, por lo general es una buena
política realizar primero una breve entrevista con todo el grupo, durante
la cual uno puede hacerse una idea de cómo actúan los miembros de la
familia. Después se dividen las facciones; se conversa a solas con el
adolescente, y a continuación con los padres. A todos se les aclara que esas
sesiones son totalmente confidenciales y que no se llevará información de
una a otra, aunque, desde luego, los propios clientes podrán comunicarse
más tarde lo que quieran. Esto le permite al terapeuta entrar éticamente
en coalición abierta con todas las partes, para ayudarlas a abordar más
productivamente las dificultades que experimentan en sus relaciones. A
partir de entonces, son muy raras las sesiones con la totalidad del grupo. A
los hermanos, a menos que estén directamente involucrados en una
escalada con los progenitores, por lo general se les agradece la ayuda y no
se les pide que vuelvan. Los padres y hermanos no son entrevistados juntos
sin la presencia del adolescente-«problema», sobre todo si esos hermanos
parecen tomar regularmente partido por los padres. De este modo, es
mucho más fácil afrontar con eficacia y respeto las «soluciones intentadas»
que cada parte aplica estérilmente a sus problemas percibidos con la otra.
Cuanto más intentan los padres controlar, proteger, ayudar o guiar al
adolescente, más se ve éste impulsado a replegarse o rebelarse. Cuanto más
trata el adolescente de «encontrar espacio» evitando a sus progenitores
«entrometidos» (según el jovencito los ve), discutiendo con ellos o
desobedeciéndoles, más confirma las dudas y temores que tienen los
adultos, y más atrae su atención.
A solas, Melissa se volvió mucho más comunicativa. Se quejó de que
sus padres la trataran como si tuviera 11 años. La madre le decía cuándo
tenía que cambiarse de ropa, ducharse, hacerlos deberes; cómo ordenar su
habitación; que al salir de la escuela volviera directamente a casa, etcétera,
etcétera. El padre la trataba como si fuera incapaz de cuidarse. «Ellos
dicen que quieren confiar en mí, pero no me dan libertad para que yo les
demuestre que soy digna de confianza.»
El terapeuta le preguntó: «¿Qué querrías que yo les aconseje a tus
padres que hagan?». (Según nuestra experiencia, la mayoría de los ado-
lescentes suelen encontrar respuestas perfectamente sanas y razonables a
esta pregunta.) Melissa dijo que les aconsejaría que dieran marcha atrás,
que confiaran más en que ella era capaz de cuidarse y de realizar
elecciones sensatas en su vida. Confirmó que, si cesaban en sus intentos
casi constantes de manejarle la vida, ella probablemente sería mucho más
cooperativa.
El terapeuta le dijo que haría lo que pudiera, pero sin prometer nada.
Además, en vista de la reputación que tenían esos barrios, de frecuente
abuso de drogas y prostitución adolescente, quizá sería imposible
conseguir que los padres dejaran de preocuparse. La niña estuvo de
acuerdo en que tenían derecho a preocuparse cuando volvía muy tarde por
la noche, y admitió que ella misma detestaba hacerlo, y que «se moría de
miedo» ante la posibilidad de que la violaran o la robaran y agredieran.
Sin embargo, la certidumbre de que los padres estarían esperándola
furiosos cuando llegara, por lo general pesaba más en esos momentos que
las posibilidades más peligrosas.
A los padres se les pidió que describieran detalladamente todo lo que
habían intentado para resolver las dificultades que les planteaba Melissa.
Habían intentado la mayoría de las cosas que hacen los padres:
reprenderla (a veces delante de sus amigos), retirarle privilegios, impedirle
salir, razonar con ella, apelar a ella, amenazarla, etcétera. Poco tiempo
antes, Leanne se había sentado dos horas al pie de la cama de la niña,
rogándole que le dijera qué era lo que estaba mal, por qué hacía esas cosas.
Todo había sido inútil.
El terapeuta comentó que esas conductas parecían haberse vuelto
totalmente predecibles para Melissa y que tal vez incluso se sabía de
memoria todo lo que le decían. Explicó que los adolescentes parecen tener
una aptitud especial para cerrar los oídos y mirar a la lejanía siempre que
detectan la inminencia de un argumento, un sermón, una apelación
predecible. No obstante, reconoció que el hecho de que estuviera hasta
tarde fuera de casa era muy preocupante, sobre todo considerando las
zonas que la niña frecuentaba, y el hecho de que sin duda tenía que
aprender a ser más responsable. Ahora bien, por el momento, los intentos
que los padres realizaban no parecían llevarlos a ningún lado. «Sí, lo
sabemos», dijo Ron, «pero sencillamente no podemos darle una libertad
total para hacer lo que quiera.»
El terapeuta se mostró de acuerdo con la dificultad, aunque comen-
tando que, a pesar de lo que habían hecho para que la niña cambiara,
parecía que en realidad ella ya estaba haciendo más o menos todo lo que
quería. ¿Consideraban ellos que, insistiendo con esos procedimientos,
finalmente tendrían éxito? Ambos progenitores coincidieron en que era
improbable, en vista de la historia pasada.

De modo que, sea lo que fuere lo que intenten, a menos que la


encadenen, lo cual, desde luego, no haría más que posponer el
problema, ustedes no tienen ninguna garantía de que durante la
semana próxima ella no volverá a pasar alguna noche fuera de casa.
Los dos estuvieron de acuerdo en que no tenían ninguna garantía.
En ese punto de la entrevista, pareció que estos progenitores no sólo se
sentían comprendidos y completamente apreciados en sus preocu-
paciones, sino que también se habían dado cuenta de que continuar con
las conductas intentadas hasta ese momento era probablemente inútil,
por más lógicas que esas conductas parecieran. Sólo entonces fue posible
pedirles que intentaran un experimento más bien radical. Ambos
coincidieron en estar preparados para poner a prueba cualquier cosa
razonable.
Se les sugirió que la semana siguiente trataran de invertir por com-
pleto su modo de proceder corriente. Parecía que la hija los estaba elu-
diendo de modo total, y el terapeuta manifestó que las cosas no debían ser
así. A ella no le haría daño ser arrojada a un nivel sano de confusión, para
que no pudiera predecir cómo le responderían en todo momento. Así, los
padres podrían poner a prueba la reacción de la niña al verse obligada a
asumir la responsabilidad de sus propias acciones. No tenían que hablar en
absoluto de la hora de regreso de la escuela, de dónde había estado, de
cuándo tenía que cambiarse la ropa, ordenar su habitación, ducharse o
hacer los deberes, de si debía o no comer con la familia, etcétera. Tenían
que pasar por alto por completo todo lo que hasta entonces había sido
objeto de su constante preocupación.
Se les aconsejó que se desentendieran «en silencio, y no ruidosamente», es
decir, que no prestaran atención a las conductas de la niña, pero no que
emitieran un mensaje no verbal apenado y tenso («Mira cómo no te
prestamos atención»), del que siguiera infiriéndose que estaban
preocupados. En la medida de lo posible, debían aceptarla con calidez y
ser corteses con ella. Era importante recordar que estaban pasando por
alto algunas de sus conductas, pero no desatendiéndola a ella. Si volvía de
madrugada, se sugirió que le preguntaran, con la mayor indiferencia
posible, si había pasado una noche agradable y si quería tomar una taza de
café. Se aclaró que el terapeuta no podía garantizar la respuesta a este
cambio de táctica, y que además tenía perfectamente presente que él no
sabía dónde estaba escondido el próximo violador. Sin embargo, tenía una
seguridad casi total de que la continuidad de lo que había estado
sucediendo en la familia no podía sino intensificar el problema. Los dos
padres estuvieron de acuerdo, y se manifestaron dispuestos a poner a
prueba la sugerencia.
Cuando la familia volvió la semana siguiente, el terapeuta empezó por
ver a Melissa a solas. La niña dijo que las cosas iban mucho mejor en su
casa. Sus padres la trataban con mucho más respeto y realmente habían
dejado de «estar encima de ella». Agregó que no había habido
«incidentes», y que esto se debía en parte a que sus padres se habían vuelto
mucho más flexibles en cuanto a la hora de su regreso al hogar. No se
había atrasado más de media hora con respecto a lo acordado («Antes, por
diez minutos me reventaban»). Fue interesante que manifestara no haber
realizado ningún intento destinado a cambiar su conducta o actitud; era
sólo que las cosas estaban mucho más tranquilas en el hogar.
Leanne describió los cambios de Melissa como «espectaculares». Ron la
definió como «notablemente distinta... A veces mvimos que mordernos la
lengua, sobre todo la primera vez que volvió tarde a casa».
El terapeuta los felicitó, pues para que los cambios fueran tan sig-
nificativos, los dos debían de haber desempeñado muy bien su parte del
experimento. («Siempre supe que les estaba pidiendo mucho.»)
Ron expresó alguna cautela en cuanto a si esos cambios durarían. Se
les había advertido que el adolescente encuentra una multitud de maneras
de inducir a los padres a volver a escaladas estériles que los convierten en
impotentes, y que hacen que el joven se sienta incom-prendido y
victimizado. Se subrayó la importancia de que la pareja trabajara
conjuntamente para evitar esa reaparición de la pauta. («Es tiempo de que
ustedes mismos busquen un cambio.»)
Aparentemente, también otras personas habían hecho comentarios
sobre el cambio de actitud de Melissa, acerca de cuánto más feliz parecía
ella, cuánto menos desafiante se había vuelto. La abuela advirtió que de
pronto la niña se había integrado mucho más en la familia. La pareja fue
alentada a seguir haciendo «más» de lo que obviamente empezaba a dar
resultado.
La cita siguiente, fijada para tres semanas más tarde, fue cancelada
porque Leanne estaba indispuesta. Como las cosas iban bien, se dejó que la
familia tomara contacto en el caso de que resultara necesaria una sesión
más.
Dos años más tarde, una llamada telefónica de seguimiento confirmó
que, aunque habían atravesado toda una gama de lo que Leanne describió
como «hipos normales de adolescente», la situación había seguido siendo
espectacularmente distinta, sin ninguna reaparición de las dificultades
anteriores.

Ahora sabemos cuándo mantenernos firmes, y cuándo evitar luchas


estériles acerca de cuestiones que básicamente podemos controlar muy

poco, cosas que en realidad Melissa tiene que arreglar por sí sola.
Ella es mucho más responsable ahora. Hemos dejado de
preocuparnos tanto por ella, y de discutir por ella; a Ron y a mí nos
va mucho mejor.
8. EXCEPCIONES, SOLUCIONES Y ENFOQUES AL FUTURO

El sí mismo no está en la memoria, sino sólo en la historia


que creemos sobre nosotros mismos. También es posible
revisarla. Se la somete constantemente a revisión. Vemos lo
que hemos hecho, construimos una historia para explicarlo,
creemos en ella, y pensamos que nos comprendemos a nosotros
mismos.
ORSON SCOTT CARD (1987, pág. 179)

La nueva apreciación de los actos pasados y la aparición de


sorpresas en los actos presentes les procura a los hombres
futuros indeterminados.
STRAUSS(1977, pág. 33)

En los últimos años, en el campo de la psicoterapia ha


surgido una nueva filosofía para encarar los problemas
humanos orientada hacia los recursos. Esta filosofía se basa en
una apertura y una cooperación que enfocan lo positivo: las
fuerzas, el progreso, las soluciones. La aplicación de esta
filosofía no se limita a la psicoterapia; parece ser pertinente en
todo el espectro de los servicios de ayuda.
FURMANYAHOLA (1992, pág. 162)

Los terapeutas breves parten del supuesto de que cada persona tiene
muchas zonas de competencia en las que es posible abrevarse para superar
las dificultades. Incluso en la zona definida como problema, se supone que
en ciertos momentos hay menos presión, y se puede abordar con más
eficacia el desorden en sí o alguna de sus diversas manifestaciones. No
obstante, estas diferencias en la aptitud para el manejo tienden a olvidarse
o descartarse por la sensación que tiene el cliente o la familia de ser
incapaz de resolver el problema o, a veces, porque no cree que pueda
resolverse, modificarse o, por lo menos, hacerse más llevadera. En este
capítulo consideraremos algunos de los enfoques y técnicas que se han
subsumido bajo los encabezamientos generales de «centrados en la
solución» (de Shazer, 1985, 1988, 1991; de Shazer y otros, 1986; Furman y
Ahola, 1992; Walter y Peller, 1992) u «orientados hacia la solución»
(O'Hanlon y Weiner-Davis, 1989),
En nuestra opinión, el trabajo de Steve de Shazer y sus colegas en el
Centro de Terapia Familiar Breve de Milwaukee representa uno de los
desarrollos más interesantes en el campo de la terapia breve producidos en
la última década. Mientras que a muchos les ha preocupado construir
elaborados castillos teóricos, a menudo basados en las obras de diversos
antropólogos, físicos y biólogos, de Shazer y sus colaboradores han seguido
trabajando para obtener descripciones y definiciones más claras y precisas
de la esencia de la terapia eficaz.
En 1984, de Shazer y Molnar describieron cuatro intervenciones
específicas que estaban comenzando a emplear regularmente. En par-
ticular, introdujeron lo que iba a convertirse en una tarea rutinaria de la
primera sesión con clientes individuales, parejas o familias, fuera cual
fuere el problema presentado.

Entre esta entrevista y la próxima, quiero (o queremos) que ob-


serven y después me (nos) digan lo que sucede en su vida
(matrimonio, familia o relación) que ustedes quieren que continúe
sucediendo (1984, pág. 298).

Estos autores encontraron que, entre el momento del encargo de la


tarea y la sesión siguiente, en muchos casos se produjeron cambios
concretos y significativos.

Con una frecuencia sorprendente (cincuenta de cincuenta y seis


en una encuesta de seguimiento), la mayoría de los clientes
advirtieron cosas que querían que continuaran, y muchos (cuarenta
y cinco de los cincuenta) se refirieron a por lo menos una de ellas
como «nueva o diferente». Después, las cosas se encaminan a la
solución; se han producido cambios concretos, observables (de
Shazer y otros, 1986, pág. 217).

La eficacia de esta fórmula de intervención fue comprobada empí-


ricamente por Adams y otros, quienes consideraron que la tarea de la
primera sesión «era una intervención eficaz en las etapas iniciales del
tratamiento, para obtener la aquiescencia de la familia, aumentar la
claridad de las metas del tratamiento, e iniciar la mejoría en el problema
presentado (1991, pág. 288). Aunque señalando que la finalidad de su
investigación no había sido apreciar la eficacia general del modelo
centrado en la solución, estos autores expresaron algunas dudas sobre la
eficacia de esa tarea de la primera sesión para acrecentar el optimismo de
la familia acerca del resultado del tratamiento.
En Keys to Soíution in BriefTherapy (de Shazer, 1985) se presentó la idea
de que las soluciones no siempre están tan estrechamente relacionadas
como parece con los problemas que abordan. Se habían elaborado algunas
«intervenciones de fórmulas», por medio de las cuales, según se decía, era
posible iniciar el desarrollo de soluciones, incluso sin conocer a fondo la
naturaleza del problema a resolver. De Shazer adujo la analogía de la llave
maestra. Con una llave maestra pueden abrirse muchas puertas, sin
necesidad de encontrar un instrumento específico que se adecué a la forma
exacta de cada cerradura.
Weiner-Davis y otros han destacado la medida en que a menudo se
producen cambios significativos antes de la primera entrevista. Ellos
empezaron a hacer la siguiente pregunta:

Muchas veces las personas advierten que entre el momento en


que conciertan la cita para la terapia y la primera sesión, algunas
cosas ya parecen diferentes. ¿Qué ha advertido usted en su propia
situación? (1987, pág. 306).

Molnar y de Shazer elaboraron una lista de intervenciones de fórmula


que estaban comenzando a usarse junto con la «tarea de la primera
sesión»:

1. Se le pide al cliente que reitere más de las conductas satisfactorias y


diferentes de la conducta-problema.
2. Se le pide al cliente que «preste atención a lo que hace cuando
supera la tentación o el impulso a... (caer en el síntoma o algunas
conductas asociadas con el síntoma)».
3. Se le comunica al cliente una evaluación predictiva, por ejemplo,
con respecto a si en el tiempo entre sesiones habrá más casos de
conducta que constituyan excepciones a la conducta-problema.
4. Se le dice al cliente: «Entre este momento y la próxima entrevista
me gustaría que usted haga algo distinto y me diga lo que ha
sucedido».
5. Se le pide al cliente que realice una tarea estructurada (como lie-
var un «cuaderno de bitácora» de ciertos incidentes) relacionada con las
veces en que la conducta-problema cesa o no está presente. .
6. Se le dice al cliente: «La situación es muy complicada (escurridiza,
etcétera). Entre este momento y la próxima vez que nos veamos,
trate de identificar las razones por las que la situación no es peor»
(Molnar y de Shazer, 1987, pág. 355).

El tema común de todas estas intervenciones es el hecho de que se


concentran en cosas que dan resultado o empiezan a darlo, y no en una
exploración, clarificación o categorización de la patología.
En su siguiente libro, titulado Clues: Investigating Solutions in Brief
Theraphy, de Shazer resume adicionalmente los principios básicos que
están detrás del enfoque centrado en la solución, destacando la impor-
tancia de las excepciones, y presentando además la técnica de la «pregunta
del milagro», con la cual se invita al cliente a describir las diferencias
específicas que él o los otros advertirían si el problema quedara
misteriosamente resuelto de la noche a la mañana (1988).

EXCEPCIONES

Para el enfoque centrado en la solución, es esencial la certidumbre de


que, en la vida de una persona, hay siempre excepciones a las conductas,
ideas, sentimientos e interacciones que están o pueden estar asociados con
el problema. En ciertos momentos, un adolescente difícil no es desafiante,
una persona deprimida se siente menos triste, "un tímido puede ser
sociable, un obsesivo es capaz de relajarse, una pareja perturbada resuelve
un conflicto en lugar de intensificarlo, una bulí-mica resiste el impulso al
atracón, un niño no tiene una rabieta cuando se le pide que vaya a
acostarse, una persona excesivamente responsable dice no, un bebedor
problemático impone un límite razonable a su hábito, etcétera. Estas
excepciones aparecen, por lo general, asociadas con otras diferencias en la
conducta, las ideas, los sentimientos y las interacciones que las acompañan.
Pero, como dice de Shazer:

Se observa que los problemas se mantienen a sí mismos


simplemente porque se mantienen a sí mismos y porque los clientes
los describen como constantes. Por lo tanto, los momentos en que el
motivo de queja está ausente son descartados como triviales por el
cliente, o ni siquiera se perciben; el cliente no los ve. No hay nada
realmente oculto, pero aunque estas excepciones están a la vista, el
cliente no las ve como diferencias que establezcan una diferencia
(1991, pág. 58).

Un hombre que, según él mismo reconocía, era sobreprotector en


extremo con su hijo de 21 años, al punto de que le hablaba por teléfono
varias veces al día, finalmente decidió tomarse unas vacaciones de dos
semanas con su mujer, sin dejar ninguna dirección ni número telefónico
para que cualquiera de sus tres hijos mayores pudieran comunicarse con
él. El terapeuta lo alentó en su resolución de no llamar por teléfono a su
casa durante toda la quincena, aunque reconociendo que podría ser más
bien difícil. En la entrevista siguiente, tres semanas más tarde, el hombre
anunció de modo abyecto que había fracasado. Cuando se le pidieron
detalles, admitió que, al séptimo día, finalmente había cedido al impulso de
telefonear «para controlar cómo estaban las cosas». Habló con el hijo
«problema», el cual, para su sorpresa, le dio la seguridad de que todo
estaba bien (más tarde se vio que era cierto), y de que no había habido
ninguna necesidad de que se le controlara. El hombre parecía totalmente
deprimido por su «fracaso».
El terapeuta le preguntó: «Pero, ¿qué me dice de los trece días durante
los cuales no telefoneó? A veces le debe de haber resultado muy difícil
resistirse, pero sin embargo parece que pudo».
Al considerar ese logro, la conducta del hombre comenzó a cambiar.
Finalmente admitió: «¿Sabe usted?, no soy muy bueno para reconocer mis
propios logros. Me falta práctica. Pero creo que tiene razón, esas
vacaciones fueron realmente un éxito».
En este enfoque se invita al cliente a reconocer lo que ya ha estado
haciendo y puede definirse como exitoso o, por lo menos, como encaminado
en la dirección general a un abordaje más eficaz del problema, para
construir sobre ello. Sin duda, a fin de persuadirlo y hacer que considere
esos «éxitos», es importante que el cliente o la familia consideren al
terapeuta como alguien que escucha, comprende y valida las experiencias
sentidas de fracaso, cólera, zozobra, depresión, etcétera, que son sus
respuestas habituales al problema. La medida en que el reconocimiento de
la existencia de excepciones puede convertirse en trampolín para cambios
ulteriores es directamente proporcional al grado en que tales excepciones
sean o puedan hacerse significativas para el cliente o la familia.
Por supuesto, es fácil caer en el error de destacar las excepciones de un
modo tal que el cliente o la familia se sientan apadrinados, o les parezca
que el terapeuta en realidad no comprende la gravedad del problema, de
la zozobra, la culpa, la cólera, etcétera, que ese problema les provoca. De
modo que es importante cuidar mucho que un cliente o familia reconozcan
la existencia de una cierta excepción, y también no entrar en discusiones
con ellos acerca de su significado. Como dice John WeaMand
(comunicación personal), «nunca discutas con un cliente». A menudo es
mucho mejor mantener un escepticismo desconcertado, y no un celo de
fanático.

Todavía estoy desconcertado por el modo en que usted ha logrado


evitar esta vez caer en su habitual pauta de respuesta colérica. No
debe haber sido fácil. La mayoría de las personas habrían perdido la
calma en los primeros segundos.

Sí, sé que debe de haber sido algo pequeño, pero en realidad su


hija parece comportarse como para hacerle perder la paciencia a un
santo. A usted no le veo la aureola, así que, santo seguro que no es.
Entonces, ¿cómo demonios se resistió anoche a retorcerle el cuello?

Por lo que usted me dijo, creo que yo mismo me habría


deprimido. ¿Cómo consiguió seguir con lo que estaba haciendo?

A menudo resulta útil hacer preguntas del tipo «¿Cómo consiguió


hacer eso?». De este modo, no sólo se subraya el éxito, o los grados de
éxito, sino que también se contribuye a suscitar contingencias de la vida de
las personas que están asociadas con un funcionamiento más exitoso, y se
pueden subrayar como tales:

Pude seguir porque sabía que esta vez mi esposo estaba


respaldándome.

Como señalamos en el capítulo 4, a una persona puede resultarle muy


afirmativo que se le dé testimonio de la dificultad de su situación con
comentarios como «Por lo que usted me ha dicho sobre su situación,
realmente me sorprende que las cosas no sean mucho peor. ¿Cómo lo ha
soportado?».
Miller comenta que «Al preguntar cómo pudo realizar algún progreso,
o impedir que sus problemas empeoraran, el terapeuta y el cliente pueden
revisar situaciones que parecían fracasos, y verlas como soluciones que
pasaron inadvertidas» (Miller, 1992, pág. 7).
Cuando el cliente habla de la percepción que tiene de sus problemas, el
terapeuta puede contribuir del mejor modo al proceso de desconstruir una
visión negativa, centrada en el problema, que no se presta a comprender
con demasiada rapidez.

Cliente: Sé que tengo algunos problemas. Soy hipersensible. En lo


esencial, no soy una persona compasiva. Veo que no hago amigos con
facilidad.
Terapeuta: ¿De dónde ha sacado esa idea de que no es compasivo...?
Cliente: Bien, supongo que... Usted me está sonsacando un secreto. Yo sé...
Terapeuta: ¿Fingía usted cuando me dijo que se preocupaba por su
esposa? Eso parece compasión. Estoy un poco confundido. Cliente: Bien...
¿Cómo no ser compasivo si soy hipersensible? Terapeuta: Así es.

De Shazer ha comentado:

Quizá lo mejor que el terapeuta pueda aplicar sea una no


comprensión creativa de lo que el cliente dice, para que se escojan los
significados más útiles y beneficiosos de sus palabras. La no
comprensión creativa les permite al terapeuta y al cliente construir
juntos una realidad más satisfactoria para este último (1991, pág.
69).

En su libro más reciente, Putüng Difference to Work, de Shazer describe


un ejemplo brillante de esta técnica, tomada de la obra de Insoo Kim Berg
(de Shazer, 1991, págs. 63-67). Una mujer que se describía como
ninfómana, incapaz de dormir a menos que ese día hubiera tenido una
relación sexual, acudió a la consulta de Berg. La cuenta no estaba de
ningún modo preparada para aceptar como excepciones significativas las
noches en que de algún modo había podido contenerse, ni tampoco para
ver como solución viable aprender a abstenerse del sexo. Eso significaría
que su matrimonio iba mal. En un punto, el esposo, que consideraba que le
estaba convirtiendo en un semental, en lugar del amante que prefería ser,
comentó:

Esposo: Pero, para mí, éste es más un problema de sueño que tenemos
ambos.
Terapeuta: Me pregunto si no es así. Quizá lo hemos estado abordando
de un modo erróneo.
Esposa: ¿Tiene usted una cura para el insomnio?
Terapeuta: No lo sé. Hemos estado considerando esto como un tras-
torno sexual, pero empieza a parecerse más a una perturbación del sue-;ño
(de Shazer, 1991, págs. 64-65).

Descrita como un problema de insomnio, la dificultad pareció resol-


verse rápidamente. Nunca se volvió a hablar de ninfomanía. La mujer dijo
que tanto su patrón de sueño como su libido habían «vuelto a la
normalidad». Sin duda, el éxito de esta terapia estuvo directamente
relacionado con la medida en que la definición alternativa tenía sentido
para la mujer. Según este enfoque, la cuestión de cuál era, en términos
objetivos, el problema «real», carece de importancia. En el proceso de
negociación de lo que había que abordar en la terapia, la técnica del
relativo desconcierto del terapeuta llevó a que el problema potencialmente
más intratable de la ninfomanía (la mujer lo consideraba arraigado en su
infancia, y requeriría una terapia profunda) fuera desconstruido y
reemplazado por el más fácilmente abordable problema del insomnio.
Ambos «problemas» se superponían en términos conductuales y
emocionales, lo suficiente como para que cualquiera de ellos pudiera
escogerse y subrayarse como una legítima zona focal (teniendo presente
que esa legitimidad debe estar, en última instancia, en el ojo del
contemplador, en este caso la mujer, y no en la mente del terapeuta).

LA PREGUNTA DEL MILAGRO

Una eficaz manera de ayudar a las personas a concentrarse en una


solución potencial, y no en los problemas, es la pregunta del milagro.

Supongamos que una noche se produce un milagro, y mientras


usted duerme el problema que lo ha traído a terapia queda resuelto.
¿Cómo lo sabría usted? ¿Qué sería distinto? ¿Qué vería usted de
diferente a la mañana siguiente, como signo de que se produjo un
milagro? ¿Qué notaría su cónyuge? (de Shazer, 1991, pág. 113).

Como de Shazer continuó diciendo, «a menudo los clientes pueden


construir respuestas a esta "pregunta del milagro" de una manera muy
concisa y específica» (pág. 113). El proceso real de resolución del pro-
blema, y con él de muchas de las dudas concomitantes del cliente, se
pueden pasar por alto. De Shazer cuida de atribuir la génesis de esta idea a
Milton Erickson y su empleo de la seudoorientación en el tiempo como
técnica hipnótica.

Estas ideas se utilizan para crear una situación de terapia en la


que el paciente puede responder efectivamente en el nivel psicológico
a las metas terapéuticas como realidades ya logradas.
Esto se hacía empleando hipnosis y una técnica de orientación
hacia el futuro, inversa a la regresión en la edad. De tal modo, el
paciente podía obtener una visión desinteresada, disociada, objetiva
y sin embargo subjetiva de lo que en ese momento él creía haber
logrado ya, sin percatarse de que esos logros eran la expresión en la
fantasía de sus esperanzas y deseos. (Las cursivas son nuestras.)
(Erickson, 1954, pág. 261.)

Se estimula al cliente, la pareja o el miembro de la familia, a imaginar,


del modo más concreto posible, cuáles serían las muchas diferencias. A
menudo les pedimos que imaginen qué cosas notoriamente distintas se
verían u oirían en una grabación de vídeo que los siguiera al día siguiente.
Es importante que el terapeuta insista suavemente en obtener una
descripción conductual clara y específica. No buscamos un cuadro borroso
de algún sueño futuro, una utopía o algo así. Como dicen O'Hanlon y
Weiner-Davis, «parece que el simple acto de construir una visión de la
solución obra como catalizador para generarla» (1989, pág. 106). El
proceso de reunir esta información puede tomar un tiempo considerable, y
es preciso no precipitarse.
Por lo general, a las personas les resulta mucho más fácil describir en
qué serán distintos los otros (sobre todo el cónyuge con el que tienen
dificultades, o el hijo-problema). Esto puede tender a perpetuar «más de la
misma» actitud de «superioridad moral», «pero, ¿no ves que estás
actuando mal?», posición que a menudo no será lo bastante distinta de las
interacciones habituales en torno al problema. Es preferible alentarlas a
describir las diferencias futuras en sus propias conductas y actitudes, lo
que advertirán en sí mismas. En última instancia, uno sólo puede
cambiarse a sí mismo. Puede ser particularmente útil que los clientes
consideren qué verán de distinto en sus conductas y actitudes las obras
personas: el cónyuge, los hijos, los amigos, los compañeros de trabajo o los
extraños.
¿Qué es lo distinto que usted hará o dirá, por lo cual los otros
podran saber que está menos deprimido?

Si estuvieran en un restaurante y la gente los observara comer


juntos, ¿cómo sabría que se están llevando bien?

Como ha expresado elocuentemente el poeta escocés Robert Burns en


«A un piojo»,

O wad some Pow'r the giftie gie us To


see oursels as others see us! It wad frae
mony a blunder free us, And foolish
notion.

¡Oh, que algún Poder nos hiciera el don de vernos como nos
ven los otros! ¡De cuántos disparates nos liberaría, e ideas
necias!

Cuando las personas describen las diferencias en términos de ausencia


de una pauta conductual o un estado emocional, es útil preguntarles qué es
lo que harán o sentirán en lugar de ello. Comprometerse a una acción
alternativa claramente definida es más fácil que resistirse a hacer algo sin
ninguna conducta de reemplazo, sobre todo cuando se trata de un hábito
con raíces profundas. Lo mejor es traducir la descripción de los cambios
emocionales a descripciones de las conductas específicas, que les
demostrarán con claridad a los otros la modificación anímica producida.
Cliente: No me quedaré sentada lamentándome constantemente.
Terapeuta: ¿Qué hará en lugar de ello?
Chente: Seré más feliz.
Terapeuta: ¿Qué hará que les permita a las otras personas saber que
es más feliz?
Cliente: Sonreiré con más frecuencia.
Terapeuta: ¿Qué más?
Cliente: Volveré a tomar contacto con mis amigos. No me veo con casi
ninguno de ellos.
Terapeuta: ¿Qué verán ellos de diferente en usted?
Chente: Bien, en primer lugar, que tomo contacto con ellos. (Ríe.)
Terapeuta: ¿Qué otra cosa?
Cliente: Que de nuevo me interesa salir. Antes acostumbraba a salir
mucho a comer. Éramos un grupo. Supongo que ellos lo siguen haciendo.
Además, iba mucho a conciertos.
Terapeuta: Entonces, ¿volverá a hacerlo?
Cliente: Sí.
Terapeuta: Esos cambios, ¿qué diferencias deterrninarán para usted?
Chente: Volveré a tener la sensación de que mi vida tiene una dirección.

Otro modo de concentrarse en el futuro consiste en hacer un plan-


teamiento del tipo de «Cuando vuelva la semana próxima y me diga que ha
mejorado significativamente,- de qué me hablará?». O bien, si se trata de
una pareja, «¿De qué diferencias en usted me hablará ella (o él)?». Otro
enfoque posible es: «Si yo toco una varita mágica para resolver la
situación, ¿qué sucederá distinto de antes?» (O'Hanlon y Weiner-Davis,
1989, pág. 106).
Al explorar esas diferencias que se producirán es importante que el
terapeuta tenga el cuidado de emplear un lenguaje que presuponga la
inevitabilidad del cambio. Hay que decir «cuando» en lugar de «si»; «qué
otra cosa será diferente», y no «qué otra cosa sería diferente; «cuando las
cosas empiecen a mejorar...», y no «si las cosas empiezan a mejorar...»; «a
medida que usted se vaya desmhibiendo», y no «si usted se fuera
desinhibiendo...»; «cuando usted deje de oír voces...», y no «si usted deja de
oír voces...».
Una vez logrado el cuadro de lo que el cliente piensa que será dife-
rente, resulta posible encontrar modos de estimularlo o capacitarlo para
experimentar con nuevas conductas. De Shazer describe que les pidió a los
miembros de una pareja que cada uno, sin precisárselo al otro, eligiera dos
días de la semana siguiente en los que fingirían que el milagro había
ocurrido realmente. Cada uno tenía entonces que observar cómo
reaccionaba el otro. Además, se le pedía que conjeturara qué par de días
había elegido el compañero, pero sin que se comunicaran nada hasta la
sesión siguiente (de Shazer, 1991, pág. 144). En ese caso, el terapeuta no
especificó las conductas. Cuando está claro que los miembros de una
pareja o una familia tienen metas diferentes, o el terapeuta no está seguro
de que no es así, conviene que no especifique, y se refiera en términos
generales al «problema que los ha traído». Si es obvio que hay acuerdo
acerca de las metas, se puede pedir que practiquen conductas específicas
en los días del «milagro» elegidos por ellos mismos.
Una joven había confeccionado una lista muy larga de cosas específicas
que empezaría a hacer de nuevo después de ese milagro. Se la invitó a tirar
una moneda todos los días.

Cuando salga cara, me gustaría que usted haga por lo menos dos
cosas de su lista. Desde luego, puede hacer más, pero yo sólo íe pido
que haga dos. Los días que salga cruz, no está obligada a nada. Esos
días puede hacer lo que quiera.

Por supuesto, en general las personas sólo seguirán esas sugerencias si


las conductas que se les pide que intenten son congruentes con sus propias
ideas acerca de cómo quieren ser, y no con lo que quiere el terapeuta o
alguna otra persona. Cuando se pone en práctica este método, lo
importante es que, como ha mostrado Kiesler, si hay un compromiso con
la conducta correspondiente a ciertas creencias o actitudes, o promovida
por éstas, ese compromiso sea confirmado o fortalecido con mucha mayor
rapidez y profesionalidad que si los clientes se limitan a hablar al respecto
(Kiesler, 1971).

UBICACIÓN EN UNA ESCALA

Otro método eficaz para concentrarse en el logro y la solución consiste


en el empleo de preguntas sobre la posición en una escala. Esta técnica
puede aplicarse de diversos modos.

En una escala que va de cero a diez, y en la que el cero


representa lo peor, y el diez corresponde a las cosas tal como serán
cuando estos problemas estén resueltos, ¿dónde sismaría usted el día
de hoy?

Como señalan Kowalski y Kral,

...la escala se basa en el supuesto de un cambio en la dirección


deseada. Puesto que una escala es una progresión, el número «7»
supone los números «10», «5», «3» o «1». Supone movimiento
(cambio) en una dirección u otra, en lugar del estancamiento. Por
esta razón, cuando al cliente se le pide que se ubique en una escala,
queda incorporada una expectativa de cambio al proceso... puesto
que el empleo de una escala intensifica la sugerencia del cambio con
la dirección deseada o la dirección temida, también implica algún
grado de control por parte del cliente para establecer esa dirección...
se realiza la tarea de establecer la meta, puesto que los extremos
polares y la zona que está entre el problema y la meta se vuelven
cuantificables y objetivables (1989, pág. 61).

Estas escalas pueden utilizarse con toda una gama de aspectos de la


vida del cliente. De hecho, cualquier experiencia concebible puede verse a
través del cristal de la ubicación en una escala.

Las escalas pueden emplearse para evaluar la autoestima, la


auto-confianza, el interés en cambiar, la disposición a trabajar con
empeño a fin de generar los cambios deseados; sirven para
establecer el orden de prioridad de los problemas, percibir la
esperanza, evaluar el progreso, y así sucesivamente —cosas
consideradas demasiado abstractas para concretarlas (Berg, 1991,
pág. 88).

Explorar en profundidad las distintas maneras de emplear esta técnica


Eevaría todo un capítulo. Aquí nos limitaremos a dar algunos ejemplos a
partir de los cuales el lector podrá inferir o inventar muchos de los otros
usos posibles. Nosotros utilizaremos una escala de cero a diez, pero esto no
es de ningún modo obligatorio. Por ejemplo, si se estiman necesarias
divisiones más pequeñas (cuando se discuten o sugieren cambios
graduales, cautelosos, lentos), puede servir una escala de cero a cien. En el
trabajo con parejas, en particular cuando hay alguna duda acerca de la
motivación de uno o ambos miembros, hemos encontrado que es útil la
pregunta siguiente para abrir un debate que a menudo ayuda a los chentes
a empezar a ver su relación de un modo más productivo.

Si cero representa «Me importa un comino», y diez «Estoy


realmente entusiasmado», ¿dónde se ubicaría cada uno de ustedes,
actualmente, en cuanto a trabajar sobre su relación?, o ¿dónde
piensa usted que se ubicaría su pareja?

Si los dos miembros de la pareja evalúan su motivación como baja, se


les puede preguntar qué sucederá para que en la entrevista siguiente digan
que ambos han avanzado un punto o dos. También se les puede hacer una
pregunta análoga cuando sólo uno de los dos miembros eligió un número
bajo. Alternativamente, para la exploración de este tipo de temas cabe
emplear la pregunta del milagro.
La escala permite, asimismo, explorar la medida en que se cree en la
posibilidad del cambio.

Si cero significa que cree que en lo esencial seguirá siendo así


durante el resto de su vida, y diez que hay probabilidades de que
pueda con este problema en algún momento del futuro, ¿dónde se
ubicaría hoy en esta escala? ¿Qué necesitaría para aumentar medio
punto o un punto en la escala?

Cuando el terapeuta indaga el progreso en la escala, es importante que


lo haga con realismo y se incline más a ser conservador que demasiado
optimista. Si el cliente experimenta un alto grado de optimismo, conviene
que tenga que convencer al terapeuta de que está en lo cierto. Si el
terapeuta acelera el proceso y el cliente se siente presionado, es más
probable que adopte una posición de «sí, pero.,.». Como ya se ha señalado,
en ciertas situaciones una escala de cero a cien puede resultar menos
amenazante, en tanto las graduaciones son más pequeñas.
El examen del progreso por medio de una escala a menudo le procura
al cliente una perspectiva diferente de la marcha de las cosas. Una joven,
en el transcurso de su cuarta sesión de terapia, aún se mostraba escéptica
respecto de su propio progreso, a pesar de las diversas «excepciones» que
el terapeuta le había subrayado (las cuales, en esa etapa, eran más
significativas para él que para ella). Más o menos en la mitad de la sesión,
el terapeuta preguntó:

Si cero representa la forma en que usted se sentía cuando vino a


verme por primera vez, y diez cómo se sentirá al finalizar la terapia,
¿dónde se ubicaría en este momento?

Después de reflexionar un momento, la joven dijo que estaba entre


cuatro y cinco.

Terapeuta: ¿De modo que está acercándose a la mitad del camino?


Cliente: Sí.

Durante el resto de la sesión, a medida que se precisaban los hechos y


las conductas que representaban esa mejoría (el terapeuta tuvo el cuidado
de seguir el proceso con cautela y-contención, en lugar de presionar con
tanto entusiasmo como lo había hecho antes), la joven fue volviéndose más
optimista.

Cuando, en la próxima sesión, usted haya llegado a cinco, a la


mitad del camino, ¿de qué nuevas cosas va a hablarme?

. Un hombre joven admitía, disculpándose, que, a su juicio, sólo llegaba a


tres en la escala; lo sorprendió y estimuló que se le señalara que ya había
recorrido «la tercera parte del camino».
La ubicación en la escala puede emplearse con niños pequeños tanto
como en adultos. Desde luego, las palabras no son el único medio para esta
indagación. Podemos trazar gráficos, o pedirle al niño que lo haga. Hay
muchos modos creativos de ayudar a los niños a describir dónde les parece
que están en cuanto a la dimensión explorada.

Si este ladrillo representa cómo eras cuando hacías mucho ruido


en clase y te comportabas como si tuvieras cinco años, y esta pila alta
representa cómo serás cuando puedas comportarte como un niño de
diez años, ¿qué tamaño debería tener la pila para representar lo
crecido que has estado estos últimos días?

Si este pequeño círculo en la pizarra me muestra lo tímido que


solías ser, y este círculo grande me muestra lo valiente que serás,
dibuja otro círculo que me muestre cuánto más valiente has sido esta
semana.

ENFOCANDO AL FUTURO

Puesto que todo el mundo no es más que una historia, sería


bueno para ti que compres la historia más duradera, y no la
historia que dura menos.
Santa Columbia de Escocia

Todos vivimos en nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro.


Como hemos dicho antes, nuestra percepción de estas cosas es altamente
selectiva. El futuro existe en nuestra previsión de cómo será.
Tradicionalmente, a las terapias les ha interesado el pasado y el presente;
intentan realizar cambios en ellos por medio de un proceso de revisión y
examen. Lo nuevo y excitante en nuestro campo es que parece que también
el futuro está abierto a la revisión, aunque aún no haya

sucedido. Furman y Ahola han resumido como sigue este avance hacia
enfocar al futuro:

Puesto que el futuro suele estar conectado con el pasado, las


personas con un pasado lleno de tensiones son proclives a tener una
visión desesperanzada de su futuro. A su vez, una visión negativa del
futuro exacerba los problemas presentes, al arrojar una sombra
pesimista sobre pasado y presente.
Por fortuna, lo inverso también es cierto; una visión positiva del
futuro invita a la esperanza; la esperanza a su vez ayuda a superar
las penurias presentes, reconocer los signos de la posibilidad del
cambio, ver el pasado más bien como una prueba que como una
desgracia, e inspira soluciones (1992, pág. 91). .
9. INTERVENCIONES DE ENMARCADO:
MODIFICANDO LA VISIÓN DEL PROBLEMA

Nada es bueno o malo; el pensamiento lo hace así.


Hamlet, WILLIAM SHAKESPEARE

Por lo general, se atribuye a Bateson el mérito de recurrir


al término «marco» para indicar la organización de la
interacción de un modo tal que en cualquier momento es más
probable que se produzcan ciertos hechos y se formulen ciertas
interpretaciones de lo que está sucediendo.
COYNE(1985, pág. 338)

Una cosa aparece tal corno es.


El libro tibetano de la gran liberación

Nuestro proceso de pensamiento simbólico nos impone


categorías de «o esto o aquello». Nos enfrenta siempre con esto
o aquello, o con una mezcla de esto y aquello... En el ámbito de
la experiencia, nada es esto o aquello. Siempre hay por lo
menos una alternativa más, y a menudo una cantidad ilimitada
de alternativas.
ZUKAV (1979, pág. 284)

Reencarnar significa, entonces, cambiar el escenario con-


ceptual y/o emocional o punto de vista en relación con el cual
se experimenta una situación, y ubicarla en otro marco que se
adecúa igualmente bien o incluso mejor a los «hechos» de esa
misma situación concreta, y de tal modo modificar todo su
significado.
WATZLAWICK Y OTROS (1974, pág. 95)
En el capítulo 3, al examinar la naturaleza de la realidad, introdujimos
la importante distinción que hay que trazar entre hechos y significados.
Las COSAS o HECHOS son sólo observaciones de base sensorial; lo que
está sucediendo o ha sucedido allí, que nuestros sentidos pueden percibir.
Los SIGNIFICADOS son interpretaciones, conclusiones y atribuciones
derivadas de los hechos en cuestión, o relacionadas con ellos.

Las conductas y las emociones asociadas con ellas (o viceversa) que


llevan a solicitar terapia, no son un reflejo de «las cosas o los hechos», sino
de los significados que se les atribuyen. Hemos dicho que las personas
están constantemente trazando distinciones mientras tratan de dar sentido
a su mundo, y que desarrollan marcos o jerarquías de constructos que en
gran medida deterrninan de qué modo darán sentido a sus experiencias y
responderán a ellas. Estos «marcos» son, a nuestro juicio, el foco principal
de la terapia, puesto que los cambios sólo pueden producirse donde hay
acceso a significados alternativos, que permiten dar respuestas diferentes a
las experiencias posteriores. Como ha dicho de Bono:

Un marco de referencia es un contexto proporcionado por el


ordenamiento presente de la información. Es la dirección de
desarrollo que ese ordenamiento implica. No se puede romper con
ese marco de referencia actuando desde su interior. Quizá sea
necesario saltar afuera; si el salto tiene éxito, el marco de referencia
en sí se ve alterado (de Bono, 1971, pág. 240).

Para ayudar a las personas a «saltar afuera» de los marcos que se


puede considerar que limitan su capacidad para adoptar perspectivas
diferentes y empezar con ello a resolver las situaciones-problema, existen
dos enfoques básicos.
El proceso por el cual el terapeuta proporciona o alienta el desarrollo
de un marco o significado nuevo o alternativo para una situación, de modo
directo o indirecto, se denomina reenmarcado.
Por ejemplo, Lorraine, de 17 años, fue conducida a terapia por su
madre. Más bien bonita, con algo de sobrepeso, la jovencita mantuvo la
cabeza gacha durante gran parte de la entrevista y miraba a través del
flequillo. Al terapeuta se le dijo que, en los últimos meses, ella se había
vuelto depresiva e introvertida; se estaba angustiando cada vez más ante el
inicio del nuevo ciclo lectivo, que ocurriría a la semana siguiente. La
propia Lorraine había pedido ver a alguien que la ayudara con esos
problemas. Cuando se le preguntó, dijo estar de acuerdo con la descripción
de su madre.
Terapeuta: ¿Qué es lo que las ha decidido a venir a ver a alguien
ahora?
Madre: Bien, ella dice... ¿Quieres decírselo, Lorraine? Lorraine: No, tú
puedes explicarlo.
Madre: Ella dice que se siente distinta de las otras chicas. Encuentra
que no puede relacionarse con ellas en absoluto. Ha perdido contacto con
todas sus viejas amigas.
Terapeuta: Distinta, ¿en qué sentido?
Madre: Lorraine, ¿le puedo contar lo que ha sucedido?
Lorraine: Sí, está bien.
Madre: Bien, Lorraine fue objeto de abuso sexual por parte de su
padre algunas veces hasta hace más o menos un año. Entonces vio a
algunos consejeros, que la ayudaron un poco, pero creo que la experiencia
aún la afecta. Tiene una autoestima muy baja.
Lorraine: Cuando veo a las otras chicas de la escuela, sé que no soy
como ellas. Soy anormal.

Después de indagar con más detalles las creencias de Lorraine sobre el


modo en que la afectaba la experiencia del abuso, el terapeuta comentó:
«Después de haber hablado contigo, me parece, Lorraine, que eres
perfectamente normal. Lo que te ha sucedido es lo anormal, no tú. Tú eres
una persona normal que trata de hacer algo con una experiencia
anormal».
Desde ese momento, el comjwrtarniento de Lorraine cambió de modo
espectacular. El feedback que Lorraine y su madre aportaron posterior-
mente demostró que el hecho de trazar esa distinción había representado
un importante punto de inflexión para la muchacha. Había creado un
nuevo marco desde el cual la niña pudo, casi de inmediato, empezar a verse
de un modo más positivo. Negoció con éxito la vuelta a la escuela, y no
encontró ningún problema en reintegrarse al grupo de amigas.
Si el terapeuta desafía (una vez más, directa o indirectamente) los
significados que el cliente asocia con la situación sin proporcionar un
nuevo marco, esto se llama desenmarcado. Se puede dejar que el propio
cliente cree o descubra significados alternativos, o quede sin ningún
significado en particular. El siguiente ejemplo está tomado de una sesión
de terapia.
Chente: Conozco mis defectos, pero los he tenido durante cuarenta y
seis años.
Terapeuta: ¿Le parece que está como «pegado» a ellos? Cliente: Estoy
pegado a ellos. No hay modo de que me los saque de encima.
Terapeuta: Muchos piensan eso...
Cliente: Bien, quizá yo pueda.

Reenmarcar y desenmarcar no son dos técnicas discretas. Como lo


demuestran los ejemplos anteriores, para reenmarcar es necesario que
algo sea desenmarcado, así como desenmarcar significa que algo puede ser
reenmarcado. El reenmarcado de la normalidad desenmarcó la idea que
tenía la joven de que era anormal; el desenmarcado de la creencia en la
imposibilidad de cambiar los hábitos de toda una vida reenmarcó la idea
del cliente acerca del potencial de la terapia. La diferencia entre
enmarcado y desenmarcado reside esencialmente en el enfoque.
Nosotros diríamos que el reenmarcado es la operación más necesaria y
básica en el proceso del cambio. Todo lo demás es subordinado, ayuda u
obstaculiza ese proceso, o puede verse como accesorios que reflejan
creencias y prejuicios del terapeuta acerca de la terapia y la naturaleza del
cambio (no necesariamente inútiles en su terapia, pero a veces sin valor
para la claridad teórica).
Un trabajo reciente ha cuestionado la medida en que, en el empleo de
las técnicas de enmarcado, los terapeutas breves han tendido a no tener en
cuenta las «verdades subjetivas» de sus clientes (individuos o familias). El
autor se pregunta hasta qué punto los enmarcados son objeto de una
imposición, en lugar de desarrollarlos en un proceso cooperativo (Flaskas,
1992).
El enfoque aparentemente «alegre», manipulativo, de «todo vale», que
se dice que emplean los terapeutas breves al elegir las «verdades» cuando
reenmarcan, según nuestra experiencia está en gran medida en la cabeza
de ciertos comentadores, lo mismo que la supuesta falta de interacción en
el desarrollo de estos marcos. Cualquier terapeuta breve sabe que ningún
marco será de ayuda si sólo opera en el nivel intelectual; los marcos no se
sacan de la nada (por lo menos, no es esto lo que hacen los buenos
terapeutas breves), sino que orienta la información directa que a menudo
hay que extraer penosamente del cliente en las entrevistas; por lo tanto,
también involucran las «verdades subjetivas» de los miembros de la
familia. No es que no se respete la experiencia personal que los individuos
tienen de «la verdad». Lejos de ello. Pero creemos que, en las interneciones
humanas, hay muchas «verdades» potenciales; algunas parecen inhibir el
cambio, y otras parecen fomentarlo,
Coyne se ha referido a las investigaciones recientes sobre

...los determinantes del nivel en que se enmarca la actividad, y la


manera en que es posible cambiarlo... Los experimentos preliminares
sugieren que cuando una acción puede enmarcarse al mismo tiempo
en un nivel alto («llevo una vida aburrida») y en otro más bajo («veo
televisión toda la tarde»), tenderá a prevalecer el enmarcado de nivel
más alto, mientras el nivel más bajo queda desatendido (1985, pág.
339).

No obstante, Coyne cita a continuación el trabajo de Wegner y otros


psicólogos sociales, según quienes

...cuando una persona piensa en los detalles de su acción, se


vuelve particularmente sensible al significado global de lo que está
haciendo. Puede emerger una nueva comprensión de la acción, y esa
nueva comprensión puede llevar al desarrollo de una nueva acción
(Wegner y otros, citados en Coyne, 1985, pág. 340; las cursivas son
nuestras).

La fuerza y el potencial curativo del reenmarcado parecen derivar del


hecho de que a menudo no «sabemos» con claridad qué subyace en nuestra
tendencia a reiterar ciertas acciones, o a desempeñar continuamente un
cierto rol en nuestras interacciones.
En cuanto a la cuestión de quién produce el marco en la terapia breve
(o, diríamos nosotros, en cualquier terapia eficaz), sin duda debe resultar
de un proceso interaccional en el que el terapeuta no sólo sea sensible a los
fenómenos conductuales (que constituyen un foco principal de indagación),
sino también a las explicaciones del problema que dan los miembros de la
familia (verdaderas para ellos), y a las experiencias afectivas (también
reales para ellos) suscitadas por sus modos de ver la dificultad y por el
proceso de la terapia. No obstante, las sugerencias del terapeuta sobre los
diferentes modos de enmarcar las situaciones ocupan una posición central,
en cuanto derivan de una perspectiva exterior. Por definición, los clientes
(lo mismo que todos nosotros) tienden a pensar las situaciones a través de
sus marcos habituales, y esos marcos en parte los ciegan a las alternativas.
Cuanto más miremos el mundo a través de cristales azules, más azul lo
veremos. A veces, sobre todo si olvidamos que llevamos puestas lentes de
color, y, por lo tanto, no cuestionamos la validez de los datos sensoriales,
necesitamos que alguien nos preste unas gafas con cristales de un color
distinto. Seguramente todos hemos tenido la experiencia de examinar
introspectivamente un problema y caer en espiral hasta las conclusiones
más pesimistas, enterrándonos más profunda y desesperadamente. El
hecho de que la aportación del terapeuta (o la oferta de un par de gafas de
diferente color) sugiera otro modo de considerar las cosas, no significa que
el cliente individual o la familia se conviertan en destinatarios pasivos y
desvalidos de una manipulación.
Estamos de acuerdo con Flaskas (1992) en que los clientes (lo mismo
que todos nosotros) conservan un cierto compromiso e interés (diríamos
que un interés y un compromiso considerables) en torno a su propia
evaluación de sus experiencias y comprensiones de la verdad. Nos parece
que cualquier tipo de terapia corre el peligro de pasar por alto este hecho,
no sólo las terapias breves. Creer que no existe ninguna «verdad» absoluta
no significa negarse a conocer o avasallar las «verdades subjetivas» de los
otros. La utilidad de las «verdades» utilizadas cuando se le proponen
marcos distintos al cliente (individuo o familia), se basa primordialmente
en el modo en que se vean esos marcos desde la perspectiva subjetiva de los
involucrados (profundamente influidos como estarán por sus propias
creencias y sus respuestas afectivas al marco y a la experiencia que tienen
del terapeuta). Hacer esto de un modo útil y respetuoso significa
inequívocamente que hay que escuchar siempre con profundo interés y
atención lo que dicen los miembros de la familia.
Una joven madre soltera, abandonada durante el embarazo por el
hombre que amaba, llevó a su hijo de ocho años a ver al terapeuta. Dijo
que, cada vez que ella recibía en su casa a un amigo, el niño se comportaba
atrozmente, decía malas palabras, a veces se ponía agresivo con el hombre
y se negaba a dejarlos solos. La joven temía invitar a alguien a su casa.
Describieron al niño como apegado a la abuela, que vivía cerca y que,
según la joven, seguía mostrándose sobreprotectora con ella y tendía a
desaprobar a sus amistades masculinas. Hacia el final de la primera sesión,
el terapeuta caracterizó al niño como extremadamente sensible y
consciente del miedo subyacente de la madre a volver a comprometerse
emocionalmente y sufrir como la había hecho sufrir el padre de él. El
pequeño también se daba cuenta de la preocupación de la abuela; quizá en
representación de ella, pero sobre todo por su propio amor a la madre,
parecía haber decidido protegerla de su vulnerabilidad emocional. De
modo que su «mala conducta» era un intento de ser útil: tendía a proteger
a la joven mujer de un compromiso excesivo, y a ofrecer una salida, en el
hecho de que se enfadara con él, para la angustia y tensión que ella
experimentaba. Sólo un hombre que verdaderamente la amara estaría
dispuesto a tolerar lo que hacía ese niño. El terapeuta lo elogió
solemnemente por su preocupación, y le recomendó que continuara
cuidando a la madre.
En la sesión siguiente, la joven dijo que la conducta de su hijo había
mejorado mucho. En un seguimiento realizado varios meses más tarde, ella
confirmó que la mejoría había continuado, y que llevar amigos a la casa le
resultaba mucho menos incómodo. De hecho, el niño se había vuelto muy
cordial con el más reciente.
Como hemos comentado, es importante que el nuevo marco sea lo
bastante congruente con las experiencias del individuo, la pareja o la
familia, aunque introduzca una perspectiva distinta sobre las mismas. Si la
congruencia es insuficiente, lo normal es que ese marco sea rechazado o
negado. También es importante recordar, como advierte Coyne, que el
nuevo marco «a veces aferra al paciente en las condiciones artificiales de la
sesión de terapia... y es invalidado en el primer encuentro con el ambiente
cotidiano. Conviene suponer que un reen-marcado no ha sido adoptado
hasta que el paciente ha actuado basándose en él y lo ha validado fuera de
la terapia» (las cursivas son nuestras) (1985, pág. 342).
Un reenmarcado sensible a menudo roza sentimientos y pensamientos
hasta entonces ocultos, y pueden ser precisamente éstos los que lo
fortalezcan. En el ejemplo anterior, el reconocimiento por el terapeuta de
que la madre había quedado herida por el abandono sufrido años antes y
temía que la experiencia se repitiera, bien pudo haber sido un elemento
crucial.
El reenmarcado, casi de modo inevitable, asigna una connotación
positiva a conductas normalmente vistas como más negativas en el seno del
sistema de creencias del cliente (individuo o familia). En el ejemplo que
sigue, aunque se utilizó la connotación positiva, hay también un desafío a
los dos miembros de la familia, no planteado por el terapeuta de modo
abierto, sino con una actitud de preocupación bondadosa.
Una viuda que había criado a dos hijas, ambas ya casadas, tenía
problemas con un hijo que se mezclaba con «mala gente» e inhalaba colas.
Parecía que la madre estaba preocupada en exceso por el chico
y le daba pocas oportunidades de madurar e independizarse. Al final de la
primera sesión, se formuló la opinión siguiente, en presencia de ambos,
pero dirigida primordialmente a la madre:
Usted ha sido, obviamente, una buena madre para sus hijas,
pero, sin el respaldo de un esposo, le ha resultado difícil comprender
plenamente a su hijo. Esto debe de haberla preocupado mucho.
James tiene ahora 15 años. Hay un momento de la adolescencia en
que, de pronto, todo jovencito abandona muchos de sus rasgos
infantiles y empieza a actuar más como un adulto. En algunos, este
proceso se produce más tarde que en otros. Pero por lo común
ocurre más o menos a esta edad.
Estoy seguro de que usted le importa a James, y de que a James
le preocupa lo que ocurrirá cuando él finalmente se vaya de la casa,
pero no sabe cómo hacer que usted se sienta menos aislada. A él esto
le resultará fácil cuando empiece a dejar atrás la infancia y avance
hacia la virilidad. Los chicos que inhalan colas suelen estar nerviosos
por el paso a la virilidad y temen iniciar actividades más serias y
maduras, como estudiar o cortejar chicas.
Estoy convencido de que usted no es el tipo de madre que quiere
que su hijo siga siendo un bebé prendido a su falda. Usted no tiene
idea de cuántas madres sin pareja tratan de convertir a sus hijos en
esposos sustitutos.
Sugiero que durante las dos semanas que vienen observe
atentamente a James para ver cuánto queda aún de su niñez, pero
también esté preparada para reconocer los primeros signos, por
leves que sean, de la madurez que se avecina. Me parece importante
insistir en que James no haga trampa, tratando de actuar como un
hombre antes de estar maduro para ello, aunque, como he dicho, con
la mayoría de los chicos esto empieza a suceder más o menos a su
edad. Cuando se convierta en hombre, es importante que sea un
hombre verdadero, y no el tipo de chicos que se hacen los rudos o se
vuelven delincuentes para encubrir su miedo.

Mientras el terapeuta hablaba, el niño tenía una expresión de con-


centración profunda, en agudo contraste con su anterior tendencia a la
mueca burlona y a no prestar atención. En adelante, su conducta comenzó
a mejorar. La madre lo veía de otro modo, y se volvió menos exigente y
opresiva. Dos sesiones más tarde vino sola, sin dar ninguna explicación.
Aprovechó para hablar de sus propios problemas de soledad e
inseguridad.
Una pareja discutía constantemente por la conducta de sus hijos
«descontrolados», y en particular acerca de cuál era el modo adecúado de
disciplinarlos. El terapeuta dijo que esas discusiones indicaban la
determinación de remediarla situación, y estaba claro que ninguno de los
dos quedaría satisfecho hasta que tuvieran la seguridad de haber
encontrado un enfoque correcto, sobre el que pudieran ponerse de
acuerdo. Además, sugirió que, por incómodo que les resultara, quizá fuera
necesario que siguieran discutiendo, incluso que redoblaran sus esfuerzos,
hasta convencerse de haber llegado a una solución satisfactoria. Los
padres se miraron entre sí con lo que parecía calidez y mayor respeto,
aceptando la sugerencia del terapeuta. En el curso de las semanas
siguientes, discutieron mucho menos y pasaron a ser mucho más
coherentes en el manejo de los hijos (cuyas conductas mejoraron, como tal
vez era previsible).
La aparente incapacidad de esta pareja para cooperar podría haberse
calificado «correctamente» de muchos modos: como prueba de falta de
armonía conyugal o de la existencia de cierta patología, en uno o ambos
esposos, en una de las muchas maneras de identificarla (remitimos al lector
a cualquiera de las sucesivas ediciones del D S M * donde las encontrará
descritas). Se diría que calificar las discusiones como prueba de buena
intención condujo a un enmarcado de nivel superior («Compartimos el
deseo de ser buenos padres») que permitió cambiar la interpretación de las
conductas («Peleamos porque en lo esencial estamos de acuerdo»), y de tal
modo las conductas en sí.
Una mujer ejecutiva recurrió a la terapia porque perdía la voz (se
volvía muy ronca y temblorosa) cuando hablaba en las reuniones. Al
principio dijo que ese problema estaba relacionado con su «baja auto-
estima». Cuando se le preguntó cómo lo sabía, pareció un tanto sor-
prendida y explicó que había ido a ver a un hipnotizador, quien le sugirió
que trabajara sobre su autoestima. Después de reunir más información, el
terapeuta observó que, por lo que él veía, no existía ninguna relación entre
su autoestima y los problemas con la voz. Además, en los datos que la
propia cliente aportó, en su aspecto y comportamiento (iba bien vestida y
hablaba con claridad y confianza), el terapeuta no encontraba muestras de
falta de autoestima. Por el contrario, el nivel de su autoestima parecía
bueno. Se le preguntó si se sentía mal consigo misma. Dijo que no, que no
era así, pero que había supuesto

* Manual de Diagnóstico y Estadística de los Trastornos Mentales, de la


Asociación Psiquiátrica Norteamericana. [N. del T.]
que ése era su problema después de ver al hipnotizador (sin ningún
resultado) y de leer muchos libros de autoayuda. Se sugirió que la terapia
se concentrara en cuestiones más pertinentes para su preocupación de ese
momento, que era hablar mejor en las reuniones. Ella se manifestó en
seguida de acuerdo.
Éste es un buen ejemplo de desenmarcado. La atribución accidental de
las dificultades a una entidad hipotética, la «baja autoestima», fue
cuestionada respetuosamente y con éxito. Así la cliente quedó de inmediato
aliviada de una presunción de patología, lo cual hacía más probable la
resolución rápida de su dificultad.
Hemos encontrado que, a veces, el reenmarcado es más poderoso si no
proviene del terapeuta, como en el ejemplo siguiente (tomado de un
período durante el cual Brian aún experimentaba con reenmarca-dos del
estilo de los de Milán).
A un terapeuta visitante se le pidió que actuara como consultor de un
equipo atascado en el trabajo con una familia. Los padres habían
recurrido a la terapia por una niña de 13 años, la mayor de tres hijos del
primer matrimonio de la mujer. También participaba en la terapia la
abuela materna de la jovencita, en cuya casa vivía la familia. La niña
creaba problemas tanto en el hogar como en la escuela; formaba parte de
una pandilla de adolescentes que solía meterse en líos, y fue descrita como
mentirosa compulsiva.
El consultor, observando desde detrás de una pantalla, sintió con
fuerza que la madre y la abuela, si bien estaban muy próximas en muchos
sentidos, eran al mismo tiempo muy competitivas, sobre todo acerca de
quién era la «mejor madre» para la niña.
La familia había sido informada sobre la presencia de un terapeuta al
otro lado de la pantalla; se les explicó que se recurría a él porque el equipo
se sentía atascado e incapaz de ayudar. Al final de la sesión se aclaró que la
terapeuta habitual recibiría un informe y tomaría contacto para establecer
las citas de una etapa ulterior, más prolongada, del tratamiento.
Al cabo de unos días, se le envió una copia del informe del consultor al
esposo, y se le pidió que lo leyera a toda la familia lo antes posible. En su
carta, la terapeuta decía que, aunque el informe tenía la finalidad de
ayudaría a ella, les hacía llegar una copia porque pensaba que ésa era una
de las familias que piensan con seriedad en sus problemas.
El informe decía lo siguiente:
Me resulta obvio que ésta es una familia unida que quiere seguir
siéndolo. Siento con fuerza que Jane es una niña extremadamente
sensible y que sin ninguna duda ama mucho a su madre y su abuela
(es también obvio que éstas la aman a ella, por más que a veces se
exasperan entre sí). Pero, por razones que aún no comprendo
plenamente, Jane parece experimentar una sensación de lealtad
dividida, a lo cual podría deberse que actúe de un modo tan
desdichado.
Se diría que ella se preocupa por todos, pero, por alguna razón,
particularmente por la madre y la abuela, aunque a éstas les resulte
difícil creerlo, pues la conducta «preocupada» de un niño a menudo
aparece como conducta «díscola».
Podría ser que Jane, en lo profundo de su mente (aunque quizá
no se dé cuenta de esto y quizá lo negaría) se toma demasiado a
pecho algunas de las diferencias entre la madre y la abuela, y le
preocupa que una de ellas se enferme o deprima si la otra «gana» lo
que la niña parece ver como una batalla. (Es como si sintiera que hay
una competencia en torno a quién de las dos es la mejor madre.)
Me parece importante señalarle a la familia que era muy obvio
que [la familia de la abuela] es una familia unida, aunque quizá les
resulte difícil a los ajenos acercarse a ella, y siento con fuerza que a
todos los miembros les preocupa seguir unidos, aunque a veces
parezcan comportarse como si fuera al revés. De modo que no
siempre le será fácil a la familia reconocer, por debajo de las
conductas superficiales, lo afectuosa que es y lo preocupada que está
Jane.

En la sesión siguiente, tres semanas más tarde, la familia informó que


la conducta de la niña había mejorado mucho. En realidad, no habían
vuelto a tener problemas con ella.
Esta técnica, lo mismo que cualquier otra, no es una panacea. Hemos
dado ejemplos de reenmarcados o desenmarcados particularmente efi-
caces, suficientes de por sí para generar cambios significativos. Aunque a
posteriori las intervenciones exitosas parecen obvias y relativamente
simples, según nuestra experiencia, encontrar el marco «correcto» suele
ser una tarea compleja que exige considerable sensibilidad, empatia,
creatividad y, a veces, coraje. Tenemos muchos ejemplos de reenmarcados
ineficaces de poco o ningún efecto, y acerca de los cuales decidimos no
escribir. Pero nuestra experiencia con estos errores es que lo peor que
suele suceder es que la familia o el cliente individual rechaza o niega el
marco propuesto, de modo que nosotros tenemos que volver a «la mesa de
dibujo».
10. INTERVENCIÓN EN LA PAUTA: MODIFICANDO LA
ACCIÓN DEL PROBLEMA

La terapia suele ser cuestión de poner la primera ficha de


dominó boca arriba.
Milton Eñckson, Rossi (1980, vol. 4, pág. 454)

Cuando tenga un paciente con alguna fobia descabellada,


simpatice con ella y, de un modo u otro, consiga que él infrinja
esa fobia.
Milton Eñckson, ZEIG (1980, pág. 253)

...las enfermedades, psicógenas u orgánicas, seguían pautas


definidas de algún tipo, sobre todo en el campo de los
trastornos psicógenos; que romper la pauta podía ser una
medida sumamente terapéutica, y que a menudo importaba
poco que la ruptura de la pauta fuera pequeña, si se la
introducía lo bastante pronto...
Rossi (1980, vol. 4, pág. 254)

Los terapeutas breves a menudo tratan de resolver la queja presentada


alterando sus pautas de acción e interacción intrínsecas y las que las
rodean. Procuran integrar los enfoques individual e interac-cional en la
noción unificadora de «alterar el contexto de la queja presentada».
Modificando esas pautas, con sus regularidades y redundancias, sin
ninguna referencia a hipótesis explicativas causales, funcionales o de otro
tipo, a menudo las quejas presentadas se resuelven con prontitud.
Muchas veces se piensa que el enfoque individual se opone al enfoque
interpersonal. O se es un terapeuta «sistérnico» o se es un terapeuta
«individual, lineal». Pero nosotros no consideramos que exista conflicto
alguno. El concepto unificador de «pauta» sirve para tender un puente por
encima de la brecha aparente. Los dos enfoques tienen en común el
descubrimiento y la alteración de las pautas de pensamiento y acción que
rodean a la queja. Si se evitan las hipótesis explicativas causales,
funcionales o de otro tipo, no tiene por qué surgir ningún conflicto. Se
considera que especular acerca de por qué aparecieron esas pautas, cuál es
su función o significado, y así sucesivamente, no viene al caso y distrae de
la tarea principal: discernir las pautas de pensamiento, acción e
interacción que rodean a la queja y es verosímil que la mantengan, para
ayudar al cliente a modificarlas. En este capítulo examinaremos algunas
maneras de intervenir en tales pautas.
Las pautas automáticas de acción e interacción son aspectos necesarios
y deseables de la vida. Ayudan a organizar la experiencia, las percepciones
y la conducta, y a aumentar la eficiencia de esta última. En muchos de los
aspectos normales de la vida cotidiana, las pautas o modos regulares de
hacer las cosas nos liberan de tener que renegociar las relaciones y
significados una y otra vez. De acuerdo con la finalidad de la terapia, sólo
es necesario alterar las respuestas automáticas que contienen o acompañan
a experiencias o conductas indeseadas (síntomas). Intervenir en una pauta
es reemplazar alguno de sus elementos por otro que cae fuera de los límites
acostumbrados, o remover o sumar elementos.
«Por ejemplo, en cierto punto de una pauta de atracarse de comida, el
sujeto prueba alguna torta, bizcochos, pan, helado o chocolate (pero nunca
zanahorias, apio, requesón o huevos duros), y después sigue con un ítem
del primer tipo y nunca del segundo (es decir que si toma comidas
"prohibidas", de las que engordan, excluidas del régimen, es típico o
invariable que caiga en el atracón, pero nunca se atraca con comidas
"sanas", "buenas", de las que no engordan). A continuación, ese individuo
se provoca el vómito y devuelve en el inodoro, la bañera o la pila del
lavadero, pero nunca en el cubo de la basura, en un balde o sobre la
alfombra. Y en cuanto a las circunstancias que rodean a esta parte de la
secuencia, puede ser que el primer bocado se tome de pie o caminando,
pero nunca sentado o acostado; el atracón puede producirse en la cocina o
el comedor, pero nunca en el dormitorio o el patio trasero; a media tarde o
en mitad de la noche, pero nunca es lo primero que se hace por la mañana
o lo último antes de acostarse; el individuo siempre está solo, por lo
general no hace nada en particular, o a veces está viendo la televisión, pero
nunca está hablando por teléfono o dando de comer al gato y al perro. La
pauta puede tener una diferente amplitud —con distintos elementos— en
diferentes personas, de modo que no es posible confeccionar un "catálogo"
de gamas, elementos o intervenciones. Por ejemplo, muchas de estas per-
sonas sólo se atracan estando solas, pero algunas lo hacen en presencia de
otras, ocasional o frecuentemente. Hay que encontrar los límites del tipo de
cosas que serían igual de útiles para mantener la pauta peculiar de los
atracones de esa persona» (O'Hanlon, 1987, págs. 34-35).
Quizá algunos eviten salir con amigos los días en que han caído en
atracones. Otros ni siquiera se visten. Aunque no forman directamente
parte del atracón, la alteración de esas pautas regulares que lo acompañan
puede modificar el contexto de la queja presentada, y de tal modo llevar a
resolverla. Puede haber una amplia gama de conductas alternativas que
mantengan la pauta del atracón. Lo mismo que con la música, son posibles
numerosas variaciones sobre un tema, sin que el tema en sí mismo cambie.
Hay que recurrir a algunas variaciones que estén al margen de la gama, y
sean capaces de introducir un tema nuevo. En una pauta nueva y no
familiar, pueden suceder todo tipo de cosas inesperadas.
Al preguntar por la pauta que rodea a una queja presentada, no sólo
averiguamos cuándo aparece siempre la conducta y cuándo no aparece
nunca, o si es siempre X o alguna vez Y. También hacemos preguntas
hipotéticas. Por ejemplo, «¿Cuándo se produciría siempre, y cuándo no
aparecería nunca?», y «¿Siempre sería X, o alguna vez podría ser Y?».
Además, a menudo ayudamos al cliente a «encontrar una salida»,
sugiriéndole nosotros mismos alternativas posibles. Como el cliente no
suele advertir cuál es la pauta, frecuentemente dice «No hay ninguna
pauta», o «Puede ser de cualquier modo». Pero un interrogatorio
cuidadoso nunca deja de revelar regularidades con límites precisos.

Debe recordarse que las pautas no son «cosas». Pero son lo mejor
después de ellas. Son abstracciones descriptivas. De algunas acciones
observadas, se pueden extraer pautas. Esto no supone teorizar o
explicar la existencia de tales hechos, especulando sobre su función,
ni otras maneras de «psicologizar». Se parece más a la clasificación
de los organismos en especies, o a la de los objetos en conjuntos
(O'Hanlon, 1987, pág. 52).

Si bien la abstracción de las pautas es obra de un observador, sos-


tenemos que se basan en hechos observables y, por lo tanto, son «ani-
males» distintos de las «invenciones» de la psicología, tales como los
«déficits del yo», la «baja autoestima» o una «necesidad de castigarse».
INTERVENCIÓN EN LA PAUTA

Una vez que el terapeuta ha reunido información de base sensorial


sobre la pauta y su gama de elementos, inicia, junto con el cliente, la
búsqueda de maneras de ayudarlo a modificarla. En su trabajo, Milton
Erickson subrayaba la importancia de utilizar aspectos de las propias
creencias y conductas del paciente. Por ejemplo,

A. su lenguaje;
B. sus intereses y motivaciones;
C. sus creencias y marcos de referencia;
D. su conducta;
E. su síntoma o síntomas;
F. su resistencia. (O'Hanlon, 1987, pág. 24.)

A menudo, el modo más fácil y directo de intervenir en un contexto


que contiene una queja es alentar al cliente o los clientes a modificar las
acciones-problema en un grado pequeño o insignificante. En el trabajo de
Milton Erickson encontramos muchos ejemplos de este tipo de
intervención contextúa! A un cliente que se lavaba compulsivamente las
manos, Erickson le prescribió cambiar de jabón. A un fumador podía
indicarle que guardara los cigarrillos en el desván y los fósforos en el
sótano. En una oportunidad, instruyó a alguien que se chupaba el pulgar
que lo hiciera en un lapso preestablecido, una vez por día. Una pareja
discutía siempre, después de las fiestas (en las que ambos tomaban unas
copas), quién conduciría el coche de regreso al hogar; Erickson les
aconsejó que uno de ellos condujera hasta una manzana antes de llegar a
casa, y que después pararan el coche, cambiaran de sitio, y el otro
completara el viaje.
Una alteración de las acciones de la queja modifica las pautas que la
rodean, y a menudo la conducta-problema desaparece, de modo gradual o
brusco. El terapeuta puede lograr esa modificación con métodos directos o
indirectos, sobre la base de su autoridad o en una aventura cooperativa
con el cliente. Para los diversos estilos de los terapeutas hay estrategias
diferentes.
O'Hanlon ha señalado la lista siguiente de los principales modos de
intervenir en una pauta:

1. Cambiar la frecuencia/el ritmo del síntoma o la pauta-síntoma (la


pauta que lo rodea).
2. Cambiar la duración del síntoma o la pauta-síntoma.
3. Cambiar el momento (del día/la semana/el mes/el año) del síntoma
o la pauta-síntoma.
4. Cambiar la ubicación (en el cuerpo o en el mundo) del síntoma o la
pauta-síntoma.
5. Cambiar la intensidad del síntoma o la pauta-síntoma.
6. Cambiar alguna otra característica o circunstancia propias del
síntoma.
7. Cambiar la secuencia (el orden) de los acontecimientos que rodean
al síntoma.
8. Crear un cortocircuito en la secuencia (es decir, un salto desde el
principio al final).
9. Interrumpir la secuencia, o impedirla de otro modo, en todo o en
parte (hacer que «descarrile»).
10. Añadirle o sustraerle por lo menos un elemento.
11. Fragmentar algún elemento antes unitario en elementos más
pequeños.
12. Hacer que el síntoma se despliegue sin su pauta.
13. Hacer que se despliegue la pauta-síntoma con exclusión del sín-
toma.
14. Invertir la pauta.
15. Vincularla aparición de la pauta-síntoma con otra pauta —por lo
general, una experiencia indeseada, una actividad evitada, o una
meta deseable pero difícil de alcanzar («tarea condicionada por el
síntoma») (O'Hanlon, 1987, págs. 36-37).

Ejemplos de intervenciones para interrumpir pautas

Milton Erickson contaba la siguiente historia:

Un policía retirado por razones de salud me dijo: «Tengo un


enfisema, tensión alta y, como puede ver, estoy muy gordo. Bebo
demasiado. Como demasiado. Querría conseguir un trabajo, pero el
enfisema y la presión alta me lo impiden. Me gustaría fumar menos.
Querría liberarme de esto. Me gustaría dejar de beber poco menos
que un litro de whisky por día, y comer razonablemente».
«¿Está usted casado?», le pregunté.
«No. Soy soltero. Por lo general me hago mi propia comida, pero
a la vuelta de la esquina hay un pequeño restaurante que visito a
menudo.»
«De modo que a la vuelta de la esquina hay un pequeño restaurante
donde puede cenar. ¿Dónde compra los cigarrillos?» Compraba los
cartones de dos en dos.
«Es decir, que compra cigarrillos, no para el día, sino para el
futuro. Y para preparar su comida, ¿dónde hace las compras?»
«Por suerte, hay un pequeño colmado en la esquina en el que
compro comestibles y cigarrillos.»
«¿Dónde compra la bebida?»
«Por fortuna, al lado de ese colmado hay una licorería.»
«De modo que a la vuelta de la esquina usted tiene un
restaurante, un colmado y una licorería. Usted quiere hacer jogging
y sabe que no puede. Entonces, su problema es muy simple. No
puede correr, pero puede caminar. Muy bien, compre un paquete de
cigarrillos cada vez, en el otro extremo del pueblo, y vaya
caminando. Esto comenzará a ponerlo en forma. Tampoco compre
los comestibles en el colmado de la esquina. Vaya a alguno que esté a
un kilómetro o kilómetro y medio de distancia, y compre sólo lo
necesario para una comida. Esto supone tres buenas caminatas al
día. Por otro lado, puede beber todo lo que quiera. Tome su primera
copa en un bar que esté por lo menos a un kilómetro y medio. Si
quiere una segunda copa, encuentre otro bar a por lo menos otro
kilómetro y medio. Y si quiere una tercera, busque otro bar a otro
kilómetro y medio.»
Me miró furibundo. Renegó contra mí. Se fue bramando.
Al cabo de un mes, vino un nuevo paciente. «Me recomendó que
viniera a verlo un policía retirado», comentó. «Dice que usted es el
único psiquiatra que sabe lo que hace.»
El policía ya no podía comprar todo un cartón de paquetes de
cigarrillos. Y sabía que caminar hasta el colmado era un acto
consciente. Él lo controlaba. Ahora bien, yo no le había quitado la
comida o el tabaco. No le retiré el alcohol. Le había dado la
oportunidad de caminar (Rosen, 1982, págs. 149-150).

Los padres de una niña de 13 años la controlaban constantemente. La


consideraban poco fiable y cooperativa, agresiva, perezosa e inútil.
Aunque la niña no demostraba tener ninguna motivación para la terapia,
empezó a interesarse cuando el terapeuta le preguntó si estaba dispuesta a
hacerles trampa a sus padres. Con eso estuvo de acuerdo enseguida. Se le
pidió que en la quincena siguiente hiciera algunas cosas que ella sabía de
cierto que les agradarían. Pero iba a hacerlas de un modo tal que ellos lo
ignoraran todo. No dejaría entrever nada, aunque la interrogaran. Tenía
que negar que había hecho algo, aunque ellos lo conjeturaran
correctamente.
Mientras tanto, los padres tendrían que empeñarse en descubrir qué
había hecho su hija, y llevar una lista escrita. Al respecto, podían
conversar entre sí, pero no preguntarle a ella.
En la sesión siguiente, la niña fue entrevistada por separado. Admitió
que, en realidad, no había intentado hacer nada, pero las cosas habían
marchado mucho mejor entre ella y sus padres. Éstos, por su lado, pre-
sentaron una larga lista de lo que creían haber detectado en la conducta de
su hija, destinado a agradarles.
Aparentemente, aunque la jovencita no hizo lo que se le había suge-
rido, en sus pautas de conducta normales había suficientes actos no
confrontativos, cooperativos, que por lo general pasaban inadvertidos,
como para que los padres tuvieran la sensación de que las cosas cam-
biaban. Desde el punto de vista de la hija, la vigilancia constante de los
progenitores, contra la cual ella por lo común se rebelaba, había adquirido
un nuevo significado como intento de descubrir pruebas de buena (y no
mala) conducta.
Un niño discapacitado de 17 años, al que poco tiempo antes habían
matriculado en una escuela alejada de su casa, desarrolló el hábito de
levantar su brazo derecho con una frecuencia de 135 veces por minuto.
Milton Erickson hizo que aumentara la frecuencia a 145 veces por minuto.
Al cabo de algún tiempo, y siempre bajo la supervisión de Erickson, la
frecuencia volvió a descender a 135, subió a 145, y siguió aumentando y
decreciendo alternativamente, pero con aumentos de 5 veces por minuto y
reducciones de 10 veces por minuto, hasta que el movimiento desapareció
(Rossi, 1980, vol. 4, págs. 158-160).
Una mujer bulímica dijo que nunca había logrado prolongar sus
atracones más de una hora. Se le dijo que debía extenderlos a dos horas,
antes de vomitar. Podía hacerlo como quisiera.
Una mujer que luchaba por beber menos recibió el consejo de que en
el futuro bebiera todo lo que quisiera. Se le señaló que aún estaba
recobrándose de un momento difícil del año anterior. Pero ella estuvo de
acuerdo en que, antes de tomar una copa, se sacaría toda la ropa frente a
un espejo de cuerpo entero, para volvérsela a poner al revés, con la parte
de atrás adelante, excepción hecha de los zapatos (no podría hacerlo con
ellos a menos que se dislocara los pies). Después tenía que volver al espejo,
sacarse la ropa y ponérsela bien, antes de sentarse y disfrutar de su copa.
Si quería beber más, tema que repetir el ejercicio antes de cada copa.
Aparentemente todo esto la divertía mucho, y en el término de una semana
su tendencia a beber quedó bajo control.
Dos esposos discutían constantemente, y dijeron que les costaba no
hacerlo, aunque tuvieran las mejores intenciones. Un alumno nuestro les
prescribió que, en cuanto empezaran a discutir, fueran al baño. Allí el
hombre tendría que sacarse la ropa y tenderse en la bañera, mientras la
esposa, con la ropa puesta, se sentaría en el inodoro. En esas condiciones
podían continuar la pelea.
Un niño de seis años que se chupaba el pulgar izquierdo fue atendido
por Milton Erickson, quien le dijo que no era justo con los otros dedos,
puesto que no les dedicaba el mismo tiempo. Tenía que chuparse también
el pulgar derecho, y todos los otros dedos. Erickson observó que en cuanto
el niño dividió su atención entre el pulgar izquierdo y el pulgar derecho, el
hábito se redujo en un 50 por ciento (Rossi y otros, 1983, pág. 117).
Una pareja fue a ver a Erickson por sus dificultades matrimoniales.
Atendían juntos un pequeño restaurante, y discutían constantemente sobre
el mejor modo de hacerlo. La mujer insistía en que estuviera a cargo el
esposo; ella prefería quedarse en su casa. Pero temía que, si no lo
supervisaba, el hombre arruinaría el negocio, de modo que continuaba
trabajando y peleándose con él. Erickson les encargó que, todas las
mañanas, la mujer cuidara que el esposo fuera al restaurante media hora
antes que ella. Como sólo tenían un coche, pero vivían a pocas manzanas
del negocio, ella iría caminando después. Cuando la mujer llegaba, el
esposo ya había realizado con éxito muchas de sus funciones de
«insustituible». Ella empezó a aparecer cada vez más tarde y retirarse
cada vez más temprano. Al final casi no iba al restaurante, a menos que se
la necesitara para sustituir a alguien enfermo. No hubo más altercados
(Haley, 1973, págs. 225- 226).
Un abogado que quería dejar de fumar estuvo de acuerdo en que, si
fumaba un cigarrillo, tendría que pasarse quince minutos realizando las
tareas de rutina que antes había pospuesto sistemáticamente, antes de
fumar de nuevo.
Una pareja buscó terapia matrimonial con la queja principal de que el
marido era adicto al trabajo (los dos estuvieron de acuerdo en esto). El
hombre rompía constantemente su promesa de volver temprano al hogar,
lo que casi todas las noches provocaba amargas disputas. Él se quejó de
que la esposa quería que pasara su único día libre visitando a los padres de
él o de ella. Se acordó que, en lugar de quejarse, la mujer tomaría nota del
tiempo de atraso del esposo durante la semana, y éste tendría que visitar a
los padres de él o de ella durante esa misma cantidad de tiempo en su día
libre, sin ninguna protesta.
Una mujer que había sido hospitalizada varias veces por depresión
describió que aún pasaba gran parte de su tiempo improductiva, preo-
cupándose por cualquier cosa y por todo. No hacía casi nada en todo el día.
El esposo lo había intentado todo para estimularla a que fuera más activa.
Ella estuvo de acuerdo en considerar durante la semana siguiente, antes de
la próxima entrevista, si estaba preparada para seguir cualquier
instrucción que el terapeuta le diera, sin saber de antemano qué se le iba a
pedir. Se la tranquilizó en el sentido de que no sería nada que no estuviera
a su alcance o que pudiera dañarla.
En la entrevista siguiente, con determinación pero también muy
turbada, se manifestó dispuesta a aceptar el desafío. Se le dijo entonces
que por cada día que ella sintiera que había dilapidado demasiado tiempo
en preocupaciones estériles (y sólo ella, y no el esposo, era quien iba a
juzgar esto), debería acostarse a la hora normal, pero poniendo el
despertador a las dos de la madrugada. A esa hora tendría que levantarse,
fregar cuidadosamente el suelo de baldosas de la cocina (vivían en una
casita de piedra en Gales), y a continuación escribir a máquina durante
media hora (había estado tratando infructuosamente de aprender
dactilografía). Luego podía volver a la cama. Los días en que sentía que
había sido suficientemente productiva y no había dilapidado demasiado
tiempo en preocupaciones estériles, por supuesto no tendría que seguir este
procedimiento. Se fijó la entrevista siguiente para dos semanas más
adelante.
En esa sesión, la mujer anunció que sólo había tenido que fregar el piso
una vez (y que lo había hecho de un modo tan escrupuloso que se sintió
sorprendentemente orgullosa de su trabajo). El resto de la quincena fue lo
mejor que había experimentado en mucho tiempo.
Un funcionario de penitenciaría llevó a su familia a la terapia debido a
su preocupación por su hija de 15 años, que continuamente peleaba con él
y con la madre. La joven fue descrita como testaruda y mentirosa; los
padres temían que se estuviera «volviendo promiscua». Había otras tres
hermanas, una de 14 años, descrita como «un tesoro», y dos gemelas
idénticas de 12 años.
El padre tenía ideas sumamente estrictas sobre el modo de llevar una
familia. Cuando había problemas, convocaban reuniones de familia. Éstas
eran extremadamente acaloradas, y consistían en acusaciones y réplicas, y
en la elaboración de listas de «crímenes», con sus respectivas pruebas. La
niña de 15 años era invariablemente la «acusada». La hermana de 14 años
se cuidaba de no tomar partido. Mientras la familia describía
apasionadamente su problema, la terapeuta sintió que se la invitaba a
actuar de juez.
Sugirió entonces que, en el futuro, las gemelas tuvieran derecho a
imponer una pausa cada vez que la batalla entre su hermana y cualquiera
de los padres subiera demasiado de tono. Las gemelas tenían que convocar
de inmediato a un «juicio oral familiar». La niña de 14 años sería abogado
defensor del progenitor agraviado, y el otro progenitor, abogado de la hija-
problema. No se permitía que los protagonistas hicieran su propio alegato,
aunque, desde luego, les darían instrucciones en privado a sus respectivos
abogados; éstos serían los responsables de indagar a los testigos y
presentar las pruebas. Las gemelas actuarían como jurado, tomarían notas
de las pruebas y prepararían un veredicto, que se mantendría en secreto
hasta entregárselo a la terapeuta en la sesión siguiente.
La familia pareció muy divertida con esta sugerencia, y trató de
seguirla. Dos semanas más tarde describieron cómo, en su único intento de
«juicio oral», todo se había disuelto en ataques de risa. Pero, en realidad,
no había habido ningún problema importante. Disfrutaron de dos semanas
armoniosas. El juicio se llevó a cabo por una cuestión más bien trivial,
«sólo para ver cómo era».
Sin duda, el éxito de intervenciones de este tipo depende de la buena
relación que pueda establecerse entre el terapeuta y el cliente individual o
la familia. También es importante la cuestión de la relación de compra.
¿Apunta la intervención a algún aspecto de la vida del cliente o la fairiilia
investido emocionaímente, estando también investida la posibilidad de
solución? Si éste no es el caso, es improbable que los clientes sigan las
sugerencias y, entonces, las pautas no se modificarán.
11. EL USO DE LA ANALOGÍA

M Soñamos en metáforas, en nuestros niveles más profundos


dialogamos en metáforas, y a través de metáforas podemos
lograr una / comprensión fundamental.
U
WAiXAS(1985,pág.3)

En la terapia, a una joven pareja le resultaba extremadamente difícil


la discusión abierta de un problema sexual, y enseguida cambiaban de
tema, pasando a otra zona de conflicto: la decoración de su casa.
Describiendo el modo en que emprendían la tarea, la mujer explicó, con
una ligera expresión de disgusto: «Yo rasco la pintura vieja de las paredes,
él sigue con el trabajo, y después tengo que limpiar todo lo que él ensucia».
Sería posible definir este cambio de tema como resistencia, y tratar de
que la pareja volviera a concentrarse en su vida sexual. También sería
posible considerar las palabras de la mujer como un comentario
metafórico acerca de que había llegado a ver el acto sexual como una tarea
doméstica, y tratar de ayudar a la pareja a percibir esta conexión, con lo
cual la terapia volvería a enfocar la vida sexual. Otro enfoque consistiría
en aceptar la metáfora y discutir con los jóvenes las soluciones posibles del
problema que rodea a la decoración del hogar. De tener éxito, este enfoque
podría llevar a la pareja al inicio de una resolución del problema sexual,
sin que se vieran obligados a discutirlo (o, quizá con mayores
probabilidades, tomarían consciencia de él en algún nivel, pero optando
por ayudar a crear el mito de que la discusión se refería a la decoración de
casa). Este capítulo trata sobre el último de estos enfoques.
SOBRE LA ANALOGÍA
Ericksoriy Rossi sqs^üenen que «Puedeentenderse que la analogía
y_Lajmejtáfora,. asicomalosjchis1^,_ejercen_ sus poderosos efectos a traP
vés del... mecanismo de activas pautas asociativas inconscientes y ten-
dencias de respuesta que de pronto se suman para presentar anteTa
conciencia un dato o respuesta conductual aparentemente "nuevos"»
(Érickson y otros, 1976, pág. 226). Koestler ha sugerido que «la satis^
facción estética derivada de la metáfora, la imaginación y otras técnicas
relacionadas... depende del potencial emotivo de las matrices que entran
en el juego» (1975, pág. 321). En otras palabras, cuan^más evocadoras son
las asociaciones producidas por lo denotado o connotado en la analogía,
mayor será el potencial creativo.
Siempre que una cosa se asemeja a otra, o que se habla de ella como si
fuera otra, hay involucrada una analogía. «Parece que hemos llegado a un
callejón sin salida en esta discusión.» «Tu sonrisa es como el sol del
verano.» Estas frases son de uso común, y de hecho, tan comunes, que a
veces no las reconocemos como analogías. Son recursos para arrojar una
luz diferente sobre un tema. Sabemos lo que es un callejón sin salida en el
tránsito en la ciudad, de modo que entendemos la analogía cuando se
utiliza esta expresión para caracterizar una discusión. Hemos
experimentado el sol del verano, de modo que podemos imaginar el brillo y
la calidez de una sonrisa comparada con él. La analogía nos ayuda a
utilizar aptitudes y comprensiones de un ámbito de nuestra experiencia
para encarar de otro modo o comprender y dar sentido a otras zonas
vivenciales.
Por ejemplo, Milton Érickson, en su tratamiento de un niño que
mojaba la cama, utilizó analogías para obtener acceso a aptitudes que ese
niño había desarrollado en otros contextos, a fin de que las aplicara a
resolver ese problema. Descubrió que el niño jugaba al béisbol, y se
explayó durante un lapso prolongado sobre el fino control muscular
necesario para ser un buen jugador de ese deporte. El lanzador debe abrir
y cerrar la mano enguantada en los momentos exactos. Para arrojar la
pelota, tiene que soltarla con idéntica precisión; si lo hace demasiado
pronto o demasiado tarde, el tiro irá donde él no quiere que vaya. Después,
Érickson le habló al niño sobre su tracto digestivo y el modo en que la
comida entra en una cámara donde los músculos de ambos extremos se
cierran durante el tiempo adecuado, y se relajan y permiten que la comida
pase a otra cámara cuando corresponde. Le habló también del tiro con
arco, describiendo la compleja coordinación de los muchos músculos del
ojo necesaria para apuntar la flecha con eficacia. Todas estas analogías
tenían un tema común, el del control automático de los músculos, que era
precisamente lo que el niño necesitaba utilizar para no seguir mojando la
cama.
Las analogías más .simplesL.y^básicas¡son las que establecen refe-
rencias cruzadas entre distintos sentidos, técnica ésta muy utilizada por los
poetas. Por ejemplo, «una sonrisa cálida», «mi^lencÍQ_p.esa-do», «una
melodía brillante», «unjburnor sombrío». Koestler observa que «...los
potenciales emotivos de las m^lffiades sensoriales —vista, oído, olfato,
tacto— difieren ampliamente en las distintas personas» (1975, pág. 321).
Grinder y Bandler (1981) señalan las ventajas terapéuticas de adoptar
inicialmente el modo preferido del cliente. La atención cuidadosa al tipo de
imágenes utilizadas por las personas revela pronto cuál es su sistema
representacional preferido. Por ejemplo, quizá un hombre diga: «He
pasado años construyendo mi vida; ahora todo se ha derrumbado, todo
está en pedazos, lo único que veo es devastación». Responderle «Usted, se
siente vacío, siente que todo le pesa», o «Por lo que oigo, ya nada le suena
positivo», implica introducir sistemas representaciona-les diferentes; las
imágenes no corresponden al modo que tiene ese individuo de articular su
mundo, según surge de las palabras que él recoge.
Una respuesta más congruente podría ser: «Usted quiere volver a
integrar su vida, ve todos los fragmentos a su alrededor, peroescomo si
hubiera perdido el manual de reparaciones, y las piezas ya no parecen
encajar entre sí». Grinder y Bandler dicen que las personas que entran en
terapia tienden a menudo a quedar fijadas con uno u otro modo
representacional. Y agregan que la simple introducción de otros modos,
que se vayan superponiendo gradualmente con su modo preferido, puede
generar cambios internos. Por ejemplo, en el caso del hombre mencionado,
sería posible continuar diciendo: «Es como si usted estuviera sentado en
medio de los fragmentos de su vida. Iniciar el trabajo de reconstruirlos
debe parecerle una carga muy pesada; demasiado para llevarla solo». El
terapeuta ha pasado de lo visual a lo kines-tésícó;"~yi "á continuación, el
hombre podría explorar su problema por vías mentales diferentes, lo cual
posiblemente le daría acceso a una gama más amplia de conexiones y
asociaciones internas.
ANÉCDOTAS, PARÁBOLAS Y RELATOS

A lo largo de la historia se han utilizado anécdotas, parábolas y relatos


para enseñar, embellecer, explicar, enriquecer, alentar el pensamiento
creador y, a veces, para desconcertar. En este método, los rasgos
significativos del argumento y las facetas de las relaciones entre los
participantes o componentes del relato deben obtener una corres-
pondencia analógica directa con los hechos y relaciones de importancia
para el oyente, y con la situación de él o ella.
La analogía puede usarse directamente para amplificar algo que el
terapeuta quiere transmitir. Por ejemplo, en una terapia matrimonial la
mujer se quejó de que el «malhumor» del esposo hacía la convivencia muy
difícil. No tenía la menor esperanza de que el hombre pudiera cambiar de
personalidad, y por momentos también desesperaba del matrimonio. En la
discusión que siguió, descubrimos que la mujer era entrenadora de
caballos, muy renombrada por su habilidad para trabajar con ejemplares
difíciles. Se ladesafió a que pensara en el esposo como en un caballo difícil
(ella dijo que en realidad era una muía). ¿Cómo abordaría esa situación?
Respondió enseguida con una lista de los principios que utilizaba con los
caballos: por ejemplo, ser coherente, no enojarse con el animal, basarse en
cambios pequeños, etcétera. Con un poco de ayuda, llegó a ver de qué
modo podía aplicar esos principios a su marido «difícil».
Por otra parte, la analogía puede utilizarse de un modo más indirecto.
La ventaja de usar anécdotas y relatos de esta manera consiste en que así
se pueden eludir las «tendencias» mentales conscientes.
Por ejemplo, una mujer abandonada muchos años antes por el esposo,
había luchado para criar a dos hijos con dificultades de aprendizaje, un
varón y una niña, que ya eran adolescentes y les faltaba poco para
terminar sus estudios. A esta mujer parecía resultarle muy difícil tolerar
cualquier signo de independencia en los jovencitos, aunque se había
quejado interminablemente a una sucesión de terapeutas de que sus hijos
no crecían ni actuaban con responsabilidad. Aparentemente, lo que ella
más temía era que, habiendo sacrificado gran parte de su vida a educarlos
y criarlos, ellos la abandonaran en cuanto fueran independientes. Como a
los miembros de esta familia les gustaban mucho los animales, hacia el
final de una sesión el terapeuta les pidió consejo sobre su gata, que había
dado a luz dos gatitos anormalmente débiles. Después los gatitos crecieron,
se fortalecieron, y se los llevaron otras familias; la gata estaba
inconsolable, y pasaba hora tras hora maullando, buscándolos por la casa.
¿Qué le aconsejaban? La hija contestó enseguida: «No la eche». La madre
dijo: «Lo que ella quiere es mucho amor y seguridad». Cuando se sugirió
que el problema podría tener algo que ver con el hecho de que la gata
debió empeñarse más de lo normal en que sus dos crías eran débiles, la
madre comentó: «Algunas de nosotras, las madres, a veces no queremos
soltar a nuestros hijos».
Al final de la sesión siguiente el terapeuta dijo que, para su sorpresa,
no había necesitado hacer nada. Los gatitos, entregados a familias vecinas,
habían vuelto en momentos distintos a visitar a la madre. Como si ya
tuviera la seguridad de que la seguían amando, la gata se había calmado;
de hecho, si se quedaban demasiado tiempo los empujaba a irse a sus
propios hogares. El hijo observó: «De modo que ellos encontraron su
propia solución». Una fotografía de la gata sirvió para que la familia
prestara más atención a la historia que se les contaba.
El empleo de ésta y otras metáforas le permitió al terapeuta explorar
los temores de esta madre, el miedo a ser abandonada por sus hijos, una
cuestión que habría negado y habría rehusado discutir en un sondeo más
abierto.
La analogía utilizada sugirió rasgos más optimistas, que no hubiera
sido fácil introducir abiertamente. En este caso, el terapeuta nunca
estableció explícitamente una conexión entre la anécdota y las cir-
cunstancias de la propia mujer.
Una joven sola de 25 años, con tres hijos de tres padres distintos, ^
llamó por teléfono considerablemente angustiada, pidiendo una cita
urgente. Pero en la terapia, aunque aludió brevemente a haber pasado ;
una infancia muy difícil y traumática, no presentó signos de malestar f
' ni indicación alguna de la razón por la que había solicitado una entre- |
vista urgente. Cuanta más clarificación buscaba el terapeuta, más tran- \
quila y sosegada parecía ella. Los tres niños jugaban juntos en el sue- j
lo, con toda tranquilidad. /
De pronto, el terapeuta les preguntó si conocían el cuento de la patita
fea. Lo habían oído en la escuela. El terapeuta se extendió en expli- i
caciones sobre el modo en que la patita fea había rodado de un lugar a
otro, pensando que no existía ningún lugar para ella, y finalmente ; había
deseado morir. A medida que el terapeuta hablaba, la mujer j comenzó a
demostrar una zozobra creciente, y terminó gritando entre j lágrimas:
«...¡y me esforcé tanto para que esta última relación no fra- / casara!». La
sesión continuó como si, en lugar de haberse hablado á&S la patita fea, se
hubieran estado examinando las experiencias de inseguridad y rechazo de
la propia mujer. El cuento era lo bastante similar a sus propios traumas
como para desencadenar una clara respuesta afectiva.

UTILIZANDO LAS APTITUDES NATURALES DEL CUERPO

Una mujer recurrió a la terapia porque padecía verrugas persistentes,


localizadas sobre todo en las manos. Un dermatólogo la había tratado
durante dieciocho meses, o se las extirpó con crioterapia. No obstante, este
método tenía efectos secundarios desagradables* y las verrugas seguían
reapareciendo. Pidió hipnosis, pues le habían dicho que de ese modo se
curan las verrugas. Después de ayudarla a entrar en trance, el terapeuta le
habló sobre las acequias utilizadas en Arizona para hacer llegar agua a las
plantaciones, con una tubería para cada surco. Cuando se retiraba la
tubería del surco, el sol del desierto quemaba las malezas, que eran más
vulnerables que los cultivos. Del mismo modo, se le dijo, el cuerpo sabía
regular el flujo sanguíneo y retirarles el riego sanguíneo a las verrugas,
manteniendo viva la piel. Se le encargó la tarea de sumergir los pies en el
agua más caliente que pudiera soportar durante quince minutos, y después
reemplazarla por el agua más fría que tolerara, durante otros quince
minutos. Con éstas y otras analogías (por ejemplo el proceso automático
del rubor, el modo en que la sangre confluye en la zona digestiva después
de comer, etcétera) se procuró ayudar a esta mujer a transferir su aptitud
para modificar el flujo sanguíneo a la eliminación de las verrugas. Tres
sesiones de este tipo de tratamiento bastaron para eliminarlas, y el
seguimiento regular durante varios años indicó que no se había producido
recu-rrencia.
Un hombre solicitó la ayuda de Milton Erickson por un dolor per-
sistente en una pierna que le había sido amputada. La esposa informó que
ella tenía tinnitus (zumbido en los oídos). Erickson empezó la sesión
hablándole a la pareja de su época del instituto, en la que había pasado
una noche durmiendo en el suelo de una fábrica de calderas sumamente
ruidosa. En el transcurso de esa noche, mientras dormía, había aprendido
a no percibir el ruido de la fábrica; por la mañana, podía escuchar a los
obreros conversando en un tono normal, algo que era totalmente imposible
para él la noche anterior. Los trabajadores se sorprendieron, porque a
ellos les había llevado mucho tiempo adquirir esa habilidad. Erickson dijo
que él sabía que el cuerpo podía aprender con mucha rapidez. Siguió
hablando sobre un programa de televisión que había visto la noche
anterior, acerca de una tribu de nómadas de Irán que llevaban varias
prendas de vestir superpuestas, bajo el caluroso sol del desierto, pero no
parecían sentirse incómodos. A medida que la sesión avanzaba, contó
diversas historias que ilustraban la capacidad de las personas para
habituarse a cualquier estímulo constante de modo que, al cabo de un
tiempo, aprendían a dejar de sintonizarlo. «Lo que la gente no sabe es que
puede perder ese dolor y ese zumbido en los oídos... Todos crecemos
creyendo que cuando uno tiene un dolor, debe prestarle atención. Y
también crecemos creyendo que cuando tenemos zumbido en los oídos hay
que seguir escuchándolo» (Erickson y Rossi, 1979, pág. 105).
Una mujer fue derivada para el tratamiento de una «fobia al emba-
razo». Se descubrió que antes había estado embarazada y al borde de la
muerte varias veces durante y después del embarazo, debido al asma y la
bronquitis. Ese mes se había atrasado su período, por lo cual estaba
angustiada, y padecía dificultades concomitantes para respirar. Se le dijo
que, a juicio del terapeuta, ella no tenía una fobia, sino un miedo realista, y
se le sugirió la hipnosis para ayudarla a «respirar mejor». Después de
inducir el trance, el terapeuta le recordó que probablemente tenía
experiencia de la relajación muscular automática en un baño caliente.
Sugirió una disociación corporal completa, así como levita-ción de la mano
(las dos experiencias suponían control muscular automático). Se refirió a
un anuncio televisivo de un medicamento para la respiración, muy
difundido, que mostraba «tubos bloqueados» abriéndose, y los músculos
que los rodeaban relajándose. Le dijo a la mujer que, ya antes, su cuerpo
había puesto fin a ataques de bronquitis y asma, de modo que, en razón de
ésas y otras experiencias, sabía relajar los músculos bronquiales. La
cliente concurrió a varias sesiones, experimentando un alivio significativo.
También había descubierto que no estaba embarazada. Después de
experimentar esa mejoría, ella y su esposo decidieron tener el otro hijo que
deseaban. Visitó regularmente al terapeuta durante el embarazo (en busca
de «inyecciones de refuerzo»), y no volvió a padecer ninguna de las
anteriores dificultades respiratorias.
LA METÁFORA MEDIANTE LA ACCIÓN

Minuchin y Fishman describen de qué modo, en la terapia de una


familia con una niña anoréxica de 14 años, el doctor Minuchin había
llegado a pensar cada vez más que los miembros de la familia utilizaban a
la jovencita para expresar muchas de las cosas que no podían o no estaban
dispuestos a decirse unos a otros. Minuchin le manifestó a la niña:

...Gina, estás atrapada porque le dices a tu padre el tipo de cosas


que piensas que le quiere decir tu madre, y tú amplificas la voz de ella.
Le estás diciendo a tu mamá el tipo de cosas que sabes que le dicen tu
abuela y tu padre. De modo que en esta familia eres la voz de todos. No
tienes una voz propia. Eres el muñeco del ventrílocuo. ¿Has visto
alguna ! vez a un ventrílocuo? Siéntate en la falda de tu madre o de tu
abuela. Sólo por un momento, siéntate en su falda. (Gina se sienta en la
falda de la abuela.) Ahora dile a tu madre cómo tiene que cambiar,
pensando como tu abuela (Minuchin y Fishman, 1981, págs. 132-138).

Al pedirle a la niña que se sentara en la falda de la abuela y actuara


como un muñeco de ventrílocuo, Minuchin produjo una metáfora brillante
y poderosa. Al elegir la falda de la abuela, formuló también un enunciado
enérgico sobre la estructura de la familia y el papel de esa abuela en su
desarrollo. Aunque el libro no dice cuál fue el resultado de la intervención,
resulta difícil imaginar que una experiencia tan dramática pudiera no
haber tenido efecto en la familia.
Bodin y Ferber han descrito una visita al hogar, en el transcurso de la
terapia, de una pareja «singularmente inexpresiva, sexualmente inhibida».
Al ver un órgano en un rincón de la habitación, y descubrir que la mujer
estaba interpretando algo, aunque de un modo un tanto solemne y tímido,
el terapeuta

...se manifestó sorprendido de que una mujer tan preocupada


por hacer bien las cosas no explorara sistemáticamente los efectos de
cada tecla, en sí misma y en diversas combinaciones... Se le pidió que
continuara introduciendo esos elementos adicionales, por turno,
pero, en cada caso, sólo después de haber disfrutado plenamente la
experiencia de dejar que sus dedos palparan el órgano mientras
saboreaba su tono... (1972, págs. 297-298).
Los autores dicen que «una débil sonrisa, mientras el terapeuta
hablaba, sugirió que ellos (la pareja) estaban escuchando entre líneas...».

TAREAS METAFÓRICAS

De Shazer describe una familia en la que madre e hija discutían


continuamente, y el padre trataba siempre de ser «justo» con ambas
partes. Se encargó a la familia que encontrara un lugar aislado, al que
iban a dirigirse en silencio. Madre e hija se enfrentarían después en una
lucha con pistolas de agua. El padre acarrearía el agua y tendría que
decidir, con la mayor justicia posible, quién era la ganadora de cada
asalto. La vuelta a casa también debía realizarse en silencio. A medida que
la familia sentía más ganas de reírse ante el encargo, las disputas se fueron
reduciendo, hasta que dejaron de constituir un problema (de Shazer,
1980).
De Shazer advierte que

...las familias pueden aceptar estas tareas aparentemente


absurdas cuando son metáforas de la pauta de la queja real, y están
cuidadosamente diseñadas para que se adecúen a la manera de
cooperar peculiar de esa familia. Cualquier signo de que la familia
rechaza el encargo significa que el terapeuta no ha encontrado el
modo de cooperar de la familia, y que, por lo tanto, debe abordar la
intervención planeada... (de Shazer, 1980, pág. 475).
«HE CONOCIDO UNA FAMILIA QUE...»

Referirse a las experiencias de otras faraiilias, en particular aquellas


que han logrado progresar con un problema semejante, ayuda a las
personas a ver que no son las únicas que tienen dificultades, y también
estimula la esperanza cuando ya han fracasado otras formas de aliento y
reafirmación. A veces el terapeuta, revelando aspectos de sus propias
experiencias o de las experiencias de su familia, puede introducir nuevas
conexiones para sus clientes, aunque debe tener cuidado de que éstos no lo
experimenten a él como jactándose de un modo que subraya la sensación
de fracaso de esas personas con problemas. A veces, un relato sobre la
estructura de otra familia o sus experiencias menos exitosas incita a los
clientes a demostrar con sus actos que el terapeuta se equivoca si da por
sentado que ellos van a ser como los protagonistas del cuento.
Finalmente, muchas de las acciones del terapeuta portan también
mensajes metafóricos, haya sido la intención deliberada ó inconsciente.
Por ejemplo, en un nivel básico, el modo en que él o la terapeuta visten, en
que está ordenado y decorado el consultorio, las fotografías, certificados o
cuadros colgados de las paredes, la manera en que el profesional se
presenta y aborda al cliente individual o la familia, llevan mensajes
potenciales que pueden influir en la experiencia que se tiene del contacto
con él.

La metáfora permite que los terapeutas aborden dimensiones


úni-
cas del sistema, acrecentando así las probabilidades de conexión con /
aspiraciones y dificultades que están fuera de la percepción consciente /
del cliente... La metáfora hace más elegante e interesante el proceso de
^ aprendizaje, libera a las personas para que respondan de modos que
sien-i ten adecuados para ellas, incluso modificando o rechazando una
pauta ! sugerida. Lo mismo que en los otros procedimientos
terapéuticos, el uso ¡ de la metáfora en el trabajo con las pautas le
permite al terapeuta ade-| cuar la experiencia terapéutica a las
necesidades de su cliente (Combs \_y Freedman, 1990, pág. 85).
12. LAS INTERVENCIONES PARADÓJICAS

«Creo que iremos a conocerla», dijo Alicia, pues, aunque


las flores eran bastante interesantes, le parecía mucho más
maravilloso conversar con una verdadera Reina.
«Es posible que no puedas hacer eso», dijo la Rosa. «Te
aconsejo que vayas en sentido contrario.»
Esto le pareció insensato a Alicia, de modo que no dijo
nada, pero de inmediato se dirigió hacia la Reina Roja. Para su
sorpresa, la perdió de vista en un momento, y se encontró
caminando de nuevo junto a la puerta principal.
Un poco irritada, retrocedió y, después de buscar por
todos lados a la Reina (a la que finalmente descubrió muy
lejos), pensó en hacer la prueba de caminar en la dirección
opuesta.
Tuvo un éxito maravilloso. Aún no había andado ni un
minuto cuando se encontró cara a cara con la Reina Roja, y
con una visión plena de la colina, a la que durante tanto
tiempo había aspirado.
A través del espejo, LEWIS CARROLL

Las intervenciones paradójicas han fascinado a muchos terapeutas, les


han planteado dilemas éticos a algunos, y han enfurecido a otros. En este
capítulo consideraremos brevemente la historia de su uso, examinaremos
algunas de sus conceptualizaciones, y también expondremos lo que
pensamos ahora sobre este enigmático modo de intervenir.
Son muchos los diversos enfoques terapéuticos (por ejemplo, el
existencia!, el conductista, el psicoanalítico, el interaccional y el estra-
tégico) que han utilizado las intervenciones definidas como paradójicas y,
en general, cada uno de ellos tiene su propia teoría acerca de la
justificación y el funcionamiento de estos métodos. Watzlawick y otros han
definido la paradoja como "«una contradicción que se sigue de una
deducción correcta a partir de premisas coherentes» (1967, pág. 188). No
es nuestra intención explorar su naturaleza formal. Sin embargo, en el
nivel pragmático, en lo que concierne a la terapia, la paradoja supone una
comunicación explícita o implícita, pero clara, dirigida a un cliente e
insertada en otra comunicación enmarcadora que la contradice, de modo
que se produce un dilema. Para obedecer a una de las comunicaciones hay
que desobedecer a la otra. Por ejemplo, Watzlawick y otros señalan que la
paradoja más común de la comunicación humana es el requerimiento de
que otra persona (o uno mismo) produzca una cierta respuesta emocional,
actitudinal o conductual que, por otro lado, sólo será posible si aparece
espontáneamente. Por ejemplo: «Me gustaría que quisieras ser más
independiente». La comunicación clara de «ser espontáneo» está insertada
en una comunicación enmarcadora igualmente clara que reclama
obediencia (pág. 199). Estas dos comunicaciones, juntas, sólo pueden
producir confusión o parálisis, a menos que el sujeto del requerimiento
pueda señalar la naturaleza irresoluble de la situación (por lo general,
cuanto más difícil es la acción de que se trata, más dependiente, insegura o
amenazada se siente la persona en la relación), o encuentre algún modo de
abandonar el campo (a veces esto es extremadamente difícil, y otras casi
imposible).
A menudo, las técnicas paradójicas han sido confundidas con (o
consideradas sinónimos de) la confrontación o el desafío. Hay una con-
frontación o desafío cuando se espera que el cliente responda de modo
directo, motivándose para demostrarse a sí mismo, demostrarle al tera-
peuta o a alguna persona o personas, que cierta dificultad puede enfren-
tarse o vencerse, que el otro está equivocado, o que nadie va a darle
órdenes. Todas estas técnicas envuelven una comunicación directa, incluso
quizá provocadora, por parte del terapeuta, pero no una comunicación
paradójica.
^ j . Las técnicas paradójicas en la terapia pueden definirse como las
intervenciones en las que el terapeuta, con ánimo de ayudar, parece
promover la continuación o infuso el empeoramiento de los problemas) en
lugar de su revisión. Se inserta un mandato claro de mantener o empeorar
un problema, o de hacer más lenta alguna mejoría, en una igualmente
clara comunicación enmarcadora que define el contexto como destinado a
ayudar a resolver el problema. Se ha informado que este método tiene
éxito con síntomas tales como las fobias y las obsesiones (Frankl, 1970), los
tics (Yates, 1958), los celos en las parejas (Teismann, 1979), los dolores de
cabeza (Gentry, 1973), las rabietas (Breunlin y otros, 1980), la anorexia y
la encopresis (Palazzoli y otros, 1974), y con las familias de los
«esquizofrénicos» y las «anoréxicas» (Palazzoli y otros, 1975, 1978).
Se puede considerar que el empleo de técnicas paradójicas data casi de
principios de siglo (aunque probablemente es muy anterior). Mozdzierz,
Maccitelli y Lisiecki han demostrado que muchas de las técnicas de Alfred
Adler tenían una intención paradójica (Mozdzierz y otros, 1976), En la
década de 1920, Dunlap desarrolló un enfoque denominado «práctica
negativa», que involucraba, precisamente, la práctica activa de síntomas
tales como comerse las uñas, el tartamudeo y la enuresis en condiciones
prescritas, con la intención de que estos hábitos cesaran (Dunlap, 1928,
1930). En los años 30, Frankl desarrolló la técnica de la «intención
paradójica», en la cual se estimulaba a pacientes fóbicos u obsesivos a
tratar de provocar sus síntomas, en lugar de evitarlos (Frankl, 1969,1970).
A principios de la década de 1950, trabajando con psicóticos agudos,
Rosen los incitaba a actuar o a representar sus estados psicóticos más
floridos y, posteriormente, después de producida la mejoría, prescribía un
retorno a tales estados (1953).
En una bibliografía sobre los métodos paradójicos, Weeks y L'Abate se
refirieron al crecimiento exponencial de los artículos y capítulos de libros
acerca de este tema, y desde entonces (1978) ese crecimiento ha dado pocas
muestras de volverse más lento.
En el último par de décadas, quizá las figuras más influyentes en este
campo hayan sido Haley (1963, 1973), el personal del Centro de Terapia
Breve del Instituto de Investigación Mental de Palo Alto, California (Fisch
y otros, 1982; Watzlawick, 1978; Watzlawick y otros, 1967, 1974;
Weakland y otros, 1974), Palazzoli y otros, del Centro per lo Studio deila
Famiglia de Milán (Palazzoli y otros, 1978), y Milton Erickson (Erickson y
Rossi, 1979; Haley, 1967b, 1973; Rossi, 1980).
Una de las técnicas paradójicas más comunes y mejor conocidas ha
sido la prescripción del síntoma. Al paciente o a la familia se les aconseja o
se les instruye para que continúen con las conductas sintomáticas o
asociadas por el síntoma, o que las incrementen, lo que se explica como un
modo de resolver el problema con mayor rapidez. Watzlawick y otros
dicen que esta técnica le plantea al paciente el dilema de hacer
voluntariamente lo que por lo general se sostiene que es involuntario. «La
conducta sintomática ya no es espontánea... algo realizado "porque no
puedo evitarlo", y la misma conducta, emprendida "porque mi terapeuta
me lo dijo", no podría ser más diferente» (Watzlawick y otros, 1967, pág.
237). También es posible «prescribir» la conducta sintomática con la
explicación de que procura evitar la posibilidad de que, si el problema
original desaparece, surja otro problema diferente o peor, en el paciente o
entre sus íntimos.
Michael Rohrbaugh y sus colegas han diferenciado las prescripciones
basadas en ta obediencia (en las que se pide una continuación o incremento
de las conductas sintomáticas, con una expectativa razonable de que el
paciente intentará cooperar con el terapeuta), y las prescripciones basadas
en el desafio (en las que se espera que el paciente desafíe, abierta o
encubiertamente, el requerimiento del terapeuta) (Rohrbaugh y otros,
1977,1981). La eficacia de las prescripciones basadas en la obediencia se
atribuía a que el paciente intenta obedecer y le resulta imposible hacerlo, o
experimenta la obediencia como una orda-lía aversiva. Las prescripciones
basadas en el desafío pueden ser eficaces porque el paciente se resiste o
rebela contra la prescripción, y, por lo tanto, reduce o renuncia a las
conductas sintomáticas. Para ayudar a determinar qué tipo de
prescripción hay que usar, se empleaba la teoría de la reactancia
psicológica de Brehm (1966). Dos eran los parámetros considerados
importantes: primero, la medida en que ei paciente tendía a ser renuente o
antagónico a la terapia y, segundo, la medida en que el paciente veía el
síntoma como en gran medida fuera o dentro de su propio control.
Rohrbaugh y otros propusieron que, cuando la oposición es baja y el
paciente ve sus síntomas como fuera de control, lo indicado son las
prescripciones basadas en la obediencia. Si la oposición es alta y el paciente
ve sus síntomas como poten-cialmente controlables, entonces corresponden
las prescripciones basadas en el desafío. Cuando la oposición es baja y los
síntomas se consideran controlables, se entiende que los enfoques
paradójicos son innecesarios. La oposición alta con síntomas considerados
incontrolables representa, según estos autores, la combinación más difícil
de tratar, a menos que pueda suscitarse cierto grado de obediencia de
algún modo (Rohrbaugh y otros, 1977, 1981).
Tennen clasificó las paradojas bajo tres encabezamientos: depres-
cripción, de restricción, y de posicionamiento (1977). Cuando restringe, el
terapeuta desalienta el cambio o niega la posibilidad de que se produzca.
«Por ejemplo», explica Tennen, «el terapeuta puede decirle al paciente que
"vaya despacio", o subrayar los peligros de la mejoría. En casos escogidos,
puede incluso sugerir que la situación es desesperada». Esta última técnica
sólo sería la indicada con pacientes muy oposicionales. El posicionamiento
era descrito como un intento de «cambiar la "posición" de un problema —
por lo general, una afirmación del propio paciente sobre él mismo o su
problema—, aceptándola o exagerándola». Por ejemplo, Watzlawick y
otros se refieren a un joven alumno de instituto, que poco antes había sido
dado de alta de una institución psiquiátrica en la que le habían internado
después de un episodio psicótico, paciente cuya ambición utópica era
influir sobre el mundo occidental por medio de la música.

[El] también quería estudiar agricultura para utilizar los


métodos agrícolas chinos, a fin de alimentar a las masas hambrientas
del mundo. Cuando el terapeuta se manifestó en principio de
acuerdo con esas metas, pero las encontró insuficientemente
importantes, el paciente respondió empezando a hablar de un plan
mucho menos ambicioso, a saber: entrar en una institución de
transición... Utilizando sistemáticamente esta técnica, el terapeuta
pudo hacer descender el diálogo a niveles cada vez más prácticos
(Watzlawick y otros, 1974, págs. 153-154).

Cade y Southgate describen el tratamiento exitoso de una madre sola,


obesa, deprimida e «inadecuada». El terapeuta, con un espíritu de
preocupación bondadosa, subrayaba continuamente las listas de
declaraciones negativas o críticas que la mujer no dejaba de hacer acerca
de sí misma; validaba sus razones para desesperar, sugiriendo que las
cosas eran incluso peores de lo que ella admitía, y le advertía que no
intentara demasiado, ni con demasiada rapidez (Cade y Southgate, 1979).
(Resulta interesante señalar que, en una visita posterior de seguimiento, la
mujer identificó la «franqueza» del terapeuta como la faceta más
importante y útil de la terapia.)
Fisher, Anderson y Jones distinguieron tres clases de estrategia para-
dójica:

A. La redefinición. Es el intento de modificar el significado o la


interpretación atribuidos a los síntomas; se la considera suma-
mente apropiada con familias que presentan alguna capacidad
para la reflexión y la comprensión. Por ejemplo, una joven madre
sola se quejaba de que el hijo, cuando ella llevaba a algún amigo al
hogar, se comportaba de modo atroz, gritando, y a veces
mostrándose agresivo con el hombre y negándose a dejarlos solos.
Al final de la primera sesión, el terapeuta definió a este niño como
extremadamente sensible y consciente del temor de la madre a
volver a quedar involucrada eraocionalmente, y a ser herida como
la había herido el padre de él. Las «malas» conductas de la
criatura eran un intento de protegerla de los hombres,
ahuyentándolos. Sólo un hombre que «realmente» amara a esa
mujer se quedaría con ella a pesar de tales provocaciones. En la
sesión siguiente, la madre informó de una gran mejoría en la
conducta del niño.
B. La escalada. Éste es un intento de crear una crisis o de aumen-
tar la frecuencia de la conducta sintomática. Los autores des-
cribieron una familia en la que la hipocondría del marido apa-
rentemente mantenía una pauta familiar más bien enredada.
A este hombre se le dio la instrucción de que registrara por escri-
to todo pensamiento y problema físico, que se tomara la presión
y el pulso a intervalos de quince minutos, y se comunicara con
su médico dos veces al día. Al resto de la familia se le explicó de
modo detallado cómo debían ayudar. Pronto, el hombre «enfer-
mó» por la rutina, y empezó a volver a tomar parte en las acti-
vidades de la familia. La escalada fue descrita como aplicable
principalmente en familias rígidas con resistencia alta.
C. La reorientación. Esto significa cambiar un aspecto de un sín-
toma, prescribiendo, por ejemplo, circunstancias particulares
paira la conducta sintomática. Llevaron a una mujer con «fobia
a salir de compras» precisamente a «salir de compras», con ins-
trucciones precisas acerca de cuándo debía comenzar a expe-
rimentar náuseas y dónde exactamente iba a desmayarse para
evitar a la multitud. Después de media hora, no había experi-
mentado pánico en ningún momento y siguió sola, en busca
de un regalo para su hija. Un año más tarde no se había expe-
rimentado recurrencia de los síntomas. Se describió esta estra-
tegia como más apropiada con pacientes o familias cooperati-
vos y de resistencia baja (Fisher y otros, 1981).

Los primeros trabajos de Palazzoli y otros con familias de «anoré-


xicas» o «esquizofrénicos» tuvieron un impacto enorme en el campo de la
terapia familiar (Palazzoli, 1974; Palazzoli y otros, 1975, 1978, 1980a).
Desarrollaron un enfoque sistémico utilizando los recursos de un equipo e
interesándose principalmente por los síntomas como reflejo de las «reglas»
del sistema familiar (o de «el juego de la familia»). Subrayaron la
importancia de asignar una connotación positiva a tales «reglas»
familiares, y a la conducta de todos los miembros de la familia, incluso la
del miembro sintomático, por extravagante que fuera, y también, si
resultaba apropiado, de los miembros de la familia que eran las víctimas
aparentes. Para todas las actitudes y conductas, la connotación positiva
proponía motivos cuyo núcleo era la unidad y estabilidad del grupo
familiar. Suponía la aprobación de los motivos subyacentes en esas
conductas, uniendo a los miembros de la familia de un modo tal que «ellos
resultaban complementarios en relación con el sistema, sin ninguna
connotación moralista, evitando así trazar líneas divisorias entre los
miembros del grupo» (Palazzoli y otros, 1978, pág. 61). Sólo definiendo de
modo positivo la parte de cada miembro en el «juego familiar» podía el
terapeuta proceder lógicamente a prescribir este «juego» para, de manera
paradójica, facilitar el cambio. Las intervenciones se basan en una alianza
total con las que eran descritas como tendencias «homeostáticas» de la
familia. Implícita o explícitamente, se prescribía no producir ningún
cambio por el momento. Puede verse que el reenmarcado desempeñaba una
parte importante en estas intervenciones; el rol y las conductas de cada
miembro de la familia recibían un nuevo significado (se los enmarcaba
como beneficiosos para la familia como un todo). También se prestaba una
atención considerable al papel desempeñado por los otros profesionales
que habían estado o estaban relacionados con la familia, en el desarrollo y
mantenimiento del problema (Palazzoli y otros, 1980b).
Papp también describió las técnicas paradójicas que utilizan los
potenciales de triangulación del enfoque de equipo, con los observadores
actuando como «coro griego» que comenta selectivamente el proceso
terapéutico y hacen recomendaciones, a menudo de una naturaleza
descriptiva o restrictiva (Papp, 1980). Breunlin y Cade describieron el
empleo de mensajes del observador para intervenir en los sistemas
familiares (1981), mientras que Cornwell y Pearson comentaron el grado
de cooperación y coordinación necesario para idear tales mensajes (1981).
Cade elaboró el uso de conflictos fraguados en el equipo, que reflejaban
luchas nodales dentro de la familia, con la prescripción de no intentar
riingún cambio hasta que el equipo hubiera descifrado el dilema, como
modo de resolver lo que parecían estancamientos terapéuticos (Cade,
1980a). Las indicaciones para la formación de estos equipos y las
desventajas y problemas de trabajar de este modo fueron explorados por
miembros del Instituto de la Familia de Cardiff, Gales (Cade y otros, 1986;
Speed y otros, 1982).
Para la descripción y comprensión de las psicoterapias paradójicas <
no ha habido ningún marco teórico unificado. Watzlawick y otros, apli-
cando la teoría de los tipos lógicos de Whitehead y Russell (Whitehead y
Russell, 1910-1913), propusieron dos niveles de cambio, deprimer orden y
segundo orden; el primero se refiere a los cambios que no involucran la
reorganización del sistema total, y el último a los cambios del sistema en sí
y de sus «reglas» (Watzlawick y otros, 1974). Se consideraba que las
técnicas paradójicas salían de las «soluciones intentadas» de primer orden,
y conducían a las posibilidades del cambio de segundo orden. Weeks y
L'Abate propusieron un enfoque dialéctico para comprender la naturaleza
de la terapia paradójica, utilizando un modelo de la patología basado en el
triángulo dramático de Karpman (Weeks, 1977; Weeks y L'Abate, 1982).
Los miembros de la familia se describían como ligados por los roles de
«perseguidor», «rescatador» y «víctima»; las técnicas paradójicas sacaban
a luz el engaño del aspecto de impotencia del rol de víctima, y de poder en
los roles del perseguidor y el rescatador, por medio de la prescripción de
tales roles. Otros autores han acentuado la importancia de las posiciones
«inesperadas» adoptadas por el terapeuta, para romper pautas de
creencias y acción (Cade, 1991, Palazzoli, 1981). Como ha observado Dell,
«la terapia paradójica se parece a los "seis personajes" de Pirandello que
van en busca del autor, en cuanto sigue siendo un conjunto de técnicas en
búsqueda de una teoría» (Dell, 1981, pág. 41).
Algunos autores han intentado elaborar las contraindicaciones para el
empleo de las técnicas paradójicas. Fisher, Anderson y Jones enumeran
cuatro categorías: a ) familias caóticas con estructuras laxas y variables;
b ) familias infantiles, en las que todos los miembros, incluso los adultos,
son muy inmaduros y buscan el cuidado parental del terapeuta; c) familias
impulsivas, con miembros abiertamente hostiles, y d ) familias que aceptan
las responsabilidades y presentan una oposición mínima (Fisher y otros,
1981). Weeks y L'Abate incluyen a los clientes no comprometidos o no
involucrados activamente en la terapia, los sociópatas, el paranoide que
quizá sienta «el engaño», y los casos con potencial conducta destructiva
(por ejemplo, con tendencias homicidas o suicidas) (1982). Rohrbaugh y
otros dicen que estas técnicas están contraindicadas en situaciones de
aflicción y pérdida aguda de estatus (1977).
El uso de técnicas paradójicas, quizá comprensiblemente, ha suscitado
para muchos la cuestión de la ética profesional. Hay quienes han
considerado este enfoque como abiertamente «manipulativo»,
«controlador» e incluso «deshonesto», y tal vez peligroso, en cuanto alienta
al cliente a una escalada de la conducta sintomática. Estas críticas han sido
rebatidas por varios autores. Watzlawick y otros (1974) y Haley han
señalado que toda terapia y toda comunicación involucra inevitablemente
un mayor o menor grado de manipulación. Puesto que la manipulación es
inevitable, dicen que el terapeuta está éticamente obligado a ponerla al
servicio del paciente o la familia. Haley comenta que «la simulación de que
sentarse con una expresión impasible y responder con monosílabos no
influye en las decisiones vitales del paciente, ha sido reconocida como sólo
una simulación» (Haley, 1976, pág. 200). Desde esta perspectiva, la
cuestión no es si hay que «manipular» o no, sino cuánto y de qué modo
será mejor hacerlo en cada caso. Un argumento en contra de esta posición
ha consistido en diferenciar la influencia y la contrainfluencia
inconscientes inevitables en todas las relaciones, por un lado, del empleo
deliberado de la manipulación en que el terapeuta intenta obtener
resultados, o abordar programaciones que están fuera de la percatación
del cliente, por el otro. Por cierto, estamos de acuerdo en que a veces los
terapeutas breves han sido algo frivolos en el empleo de las intervenciones
paradójicas.
Weeks y VAbate se han referido a la responsabilidad ética de no
utilizar las técnicas paradójicas como artimaña o por frustración, cuando
la terapia se atasca o los pacientes no parecen cooperativos (1982). Estos
autores subrayan la importancia de que el terapeuta tome decisiones
responsables, basadas no sólo en la intuición sino también en un juicio
analítico cuidadoso. Observan que, en el momento en que escribían, no
teman noticia de que las técnicas paradójicas hubieran causado un
deterioro en algún paciente; lo peor que había sucedido era que no
generaran ningún cambio. Al responder a las críticas sobre el «control»,
señalaron que los pacientes solían atribuir los cambios a sus propios
esfuerzos, con lo cual podían verse de manera más positiva, fenómeno
acerca del cual encontraron pruebas Frude y Dowling (1980). No obstante,
Weeks y VAbate advierten que, «a pesar del hecho de que se han
comunicado cientos de estudios de casos que demuestran la eficacia inusual
de este enfoque, ha habido muy poco trabajo empírico de cualquier tipo»
(1982, pág. 219).
LA PARADOJA
RECONSIDERADA: EMPATÍA, NO
TRAMPA

Nosotros ya no opinamos que las intervenciones paradójicas operen


como tácticas de poder, como trampas, o por medio de la producción de
dobles vínculos terapéuticos con todas las salidas selladas. Es probable que
todos experimentemos ambivalencia ante cualquier desafío significativo a
pautas establecidas de pensamiento o acción, o ante la necesidad de
cambiarlas. Esto ocurrirá, sobre todo, cuando esas pautas se relacionen
con las dimensiones más importantes para nosotros, por medio de las
cuales trazamos distinciones, le damos sentido a nuestras experiencias y
nos damos sentido a nosotros mismos.
La ambivalencia puede verse como la existencia coincidente de argu-
mentos y constructos opuestos que pueden generarse cuando se con-
templan cambios significativos, y que producirán respuestas afectivas
diversas. Algunas de ellas pueden articularse claramente, mientras que
otras quizá existan de un modo más inconsciente o en un nivel más
instintivo. Cuando un terapeuta se identifica demasiado claramente con los
argumentos a favor del cambio, sea que comunique esta posición explícita
o implícitamente, es como si colonizara esos argumentos, dejando
disponible para el cliente o los miembros de la familia sólo los argumentos
en sentido contrario (o los «sí, pero...»), junto con los afectos concomitantes
producidos por tal argumentación opuesta al cambio.
A la inversa, cuando un terapeuta se identifica con los argumentos a
favor de la cautela o contrarios al cambio, y los valida después de haberse
sumado efectivamente a los miembros de la familia, entonces, en virtud de
un proceso similar, a los miembros de la familia, por así decir, sólo le
quedan los argumentos opuestos a esas advertencias (o los «sí, pero...») —
es decir, sólo le quedan los argumentos favorables al cambio. Como hemos
señalado antes, las investigaciones sobre la persuasión han demostrado que
los argumentos y contraargumentos generados por nosotros mismos nos
convencen con una probabilidad . mucho mayor que los argumentos de
otros. A nuestro juicio, lo que hemos denominado «estrategia paradójica»
tiene el efecto de dar poder al chente, por medio del proceso de reconocer
sus preocupaciones perfectamente válidas y más temerosas acerca del
cambio, dejando después que opere sobre la base de sus propios
argumentos acerca de la conveniencia de intentar cambiar. Colonizados
sus argumentos conscientes o menos conscientes a favor del cambio, tiende
a responder con «sí, pero...» explícitos o implícitos, que reflejan
argumentos en contra. Pero, si sus argumentos en contra son los validados
y consolidados, tienden a responder con «sí, pero...» explícitos o implícitos
que reflejan sus argumentos a favor del cambio.
Empleamos deliberadamente el término «colonización» en cuanto que,
por más bondadoso que sea el colonizador, lo que hace es reducir la
autodeterminación y el control de las elecciones por parte del colonizado.
Cuando las personas inician una terapia, a veces se quejan de una
cierta experiencia o conducta que les gustaría que se produjera con menos
frecuencia o nunca, y que sienten como inaccesible a su control; en otros
casos, la queja se refiere a alguna experiencia o resultado que les gustaría
alcanzar o que se produjera con más frecuencia, pero que se perciben a sí
mismos como incapaces de obtener.
Cuando el terapeuta encuentra que, cuanto más el cliente intenta
eliminarlo indeseado, más veces se produce, o que, cuanto más el cliente
trata de alcanzar un resultado deseado, más elusivo parece volverse, puede
entonces apelar a algún tipo de intervención paradójica. Pero lo que
queremos subrayar es que no resulta apropiado tratar de «para-dojizar» a
los clientes (o, como alguna vez oímos decir, «deprimirlos con una
paradoja») sólo porque ésta parezca una buena técnica que a veces ha
dado resultados. Ahora pensamos que una «intención paradójica»
cooperativa y respetuosa, por lo general totalmente abierta y a veces
sugerida con humor (más o menos en el estilo de Victor Frankl) a menudo
ayuda a romper el estancamiento (Frankl, 1969,1970).
Ahora, muy pocas veces o nunca utilizamos intervenciones encubiertas
y engañosas. No obstante, no pretendemos hacer ningún comentario
santurrón, de alguien «más santo que tú», sobre los antiguos terapeutas
paradójicos. Después de todo, nosotros nos contamos entre ellos. Se trata
sólo de que nuestras ideas sobre la terapia han evolucionado con el tiempo.
Junto con la mayoría de nuestros colegas, ya no vemos la terapia en los
mismos términos de antagonismo. Pero en aquellos días vehementes en que
la considerábamos así, los terapeutas breves obtuvieron considerables
conocimientos sobre la aptitud de las personas para cambiar, aprendieron
a respetarla, y también acumularon saber sobre el proceso de la terapia,
todo lo cual sirvió de cimiento para construir la generación actual de
colegas.
13. EXCESO Y DEFECTO DE RESPONSABILIDAD: LAS DOS
CARAS DE LA MONEDA*

La gratitud es odio enmascarado.


FRIEDRICH NIETZSCHE
El amor que es menos probable que defraude sigue siendo
un pacto entre dos egoísmos...
JULIÁN FANE (1988)

Una persona que quiere retribuir demasiado rápidamente


un regalo con otro, es un deudor mal dispuesto y una persona
ingrata.
Proverbio indio

A cualquier edad, un niño puede verse obligado de pronto


a ser responsable, quizá debido a la muerte de un progenitor, o
a la ruptura de la familia. Ese niño debe ser viejo
prematuramente, y perder espontaneidad, juego, e impulso
creador despreocupado.
D. WINNICOTT

Hace algunos años, en una sesión de trabajo, proyecté una grabación


de vídeo de una familia con una niña de 17 años bulímica y otra de 14 que
estaba empezando a caer en actuaciones graves. En la entrevista
participaban tres generaciones de la familia, incluso la madre de las niñas,
dos veces divorciada, trabajadora y adusta, y su propia madre, que
parecía intrusivamente «útil» y demasiado enredada en el grupo familiar.
Señalé en la sesión de trabajo que, como los padres se

* Este capítulo reproduce, con algunas revisiones menores, un artículo de Brian Cade que apareció
originalmente en The Journal o f Family Therapy, primavera de 1989, págs. 103-121. Se incluye en
este libro con la amable autorización de los directores del periódico.

sacrificaban, pasaban por alto sus propias y considerables necesidades


para atender las de las niñas y se lo daban todo, pero parecían incapaces o
poco dispuestos a aceptar nada en compensación; esto podía generar en las
hijas sensaciones crecientes de obligación, culpa, falta de valía, y de no
merecer ni poder retribuir ese sacrificio. El hecho de que el progenitor no
pidiera recompensa, aparentemente no hacía más que complicar el
problema. Continué diciendo que tales niños podían experimentar
dificultades considerables para dejar el hogar, y que había cuatro
patologías, básicamente intercambiables, que era probable que se
desarrollaran bajo la carga de tales sentimientos. Tres de esas patologías
se manifestaban en la familia de la grabación. Las presenté en la sesión de
trabajo por orden de gravedad creciente:
1. Las niñas podían tratar de justificar su existencia, y «pagar la
deuda», siendo como los padres en sus interacciones con los otros,
sacrificándose y no tomando nada en compensación, sobre todo con
sus propios hijos, de modo que los sentimientos de obligación y
falta de valía se transmitían inadvertidamente a la generación
siguiente. Este tipo de personas a menudo fracasan en las
relaciones externas, permanecen cerca del hogar de los padres, y a
menudo siguen viviendo en él.
2. Las niñas podían tratar de rechazar la carga mediante acting out,
sacándose de encima las «obligaciones». En estos intentos a
menudo se emplean conductas o actitudes extremas, inaceptables
para la familia y la sociedad, para alcanzar la necesaria «velocidad
de arranque». Estas personas suelen sentirse aisladas, resentidas,
culpables y desesperadas por obtener aceptación; a menudo
terminan en relaciones de «perseguidor/rescatador», o fracasan en
la vida y vuelven al hogar.
3. Podrían substraerse del campo, desarrollando un estado psi-
quiátrico.
4. Podrían volverse miembros muy responsables de las diversas
profesiones asistenciales, y tratar de justificar sus vidas ayudando
a los otros.
Aunque esta última posibilidad fue presentada sin énfasis, casi late-
ralmente, me sorprendió la reacción de muchos de los participantes en la
sesión de trabajo. Algunos quedaron muy perturbados, y muchos se me
acercaron después para decirme que yo había descrito con suma precisión
múltiples aspectos de sus propias familias y de sus dilemas pasados y
presentes. Este artículo responde a los muchos profesionales que, en esa
ocasión y más tarde, me preguntaron si había escrito algo sobre este
fenómeno.

TRES NIVELES DE RESPONSABILIDAD

Según el personaje de ficción lord Peter Wimsey, de Dorothy Sayer, «la


vida es sólo una maldita cosa tras otra». Creo que los miembros de la
familia están en las mejores condiciones frente a este hecho cuando se
encaran por igual y en todo momento (salvo, desde luego, en crisis o durante
lapsos breves, debido a circunstancias específicas) tres niveles de
responsabilidad:
1. La responsabilidad de los progenitores en el desarrollo y el bie-
nestar de los hijos, alentando su creciente autonomía, o de los hijos
adultos, en el bienestar de los parientes enfermos o de edad.
2. La responsabilidad de cada cónyuge en el desarrollo continuado del
matrimonio, lo cual incluye dar muestras de un grado apropiado de
consideración y preocupación por las necesidades e intereses del
compañero.
3. La responsabilidad de atender a las propias necesidades y al propio
desarrollo continuado como individuo separado.

El constante funcionamiento excesivo en cualesquiera de estos niveles,


con el consiguiente descuido de los otros, conduce a una flexibilidad cada
vez más reducida y a una mayor probabilidad de que se desarrollen
problemas alrededor de una o más de las fuentes de las dificultades vitales
aparentemente interminables. Como me dijo hace poco el esposo de una
pareja de mediana edad, después de describirme su lucha de años para
criar a los hijos, sobre todo al menor, sumamente exigente, además de
atender a la madre de ese hombre, que envejecía y era también muy
exigente:

Ahora comprendemos que nos hemos convertido en sólo una


serie limitada de roles formales, en lugar de ser un hombre y una
mujer con necesidades propias, que además también son madre,
padre, cónyuge, hijo, etcétera; nada de lo que hemos hecho parece
haber sido correcto o de ayuda a largo plazo. Ahora estamos los dos
totalmente agotados.
Sentimos que le hemos fallado a nuestro hijo, yo siento que le he
fallado a mis padres, y los dos sentimos que nos hemos fallado el uno
al otro.

Ivan Boszormenyi-Nagy (Boszormenyi-Nagy y Krasner, 1986;


Boszormenyi-Nagy y Spark, 1984) ha desarrollado un método terapéutico
basado en la consideración a) de las pautas intergeneracionales,
transaccionales, en términos de contabilidad y derecho, justicia y equidad,
lealtad y confianza, y b ) de las consecuencias de las relaciones de
explotación en los otros, particularmente en los niños. Quizá debido a la
complejidad de su estilo escrito, de la tendencia de este autor al
dogmatismo y la moralización, y quizá también a causa de su ataque
peyorativo al enfoque esencial en el aquí y ahora de los enfoques
estructural, estratégico, sistémico y conductual, su obra ha tenido en el
campo de la terapia familiar un impacto menos significativo que el que
hubiera sido posible de otro modo. Creo que esto es lamentable, pues su
contribución a la comprensión de los temas y pautas inte-raccionales
globales ha sido profunda, aunque no ha abordado de modo detallado las
específicas pautas repetitivas de pensamiento y conducta que generan,
transmiten y mantienen las anteriores.
Al considerar las consecuencias del funcionamiento excesivo,
Boszormenyi-Nagy y Spark proponen que:

A toda relación estrecha y significativa le son inherentes los


elementos fundamentales del dar y recibir, del ser tratado con
justicia o injustamente, de tomar sin compensar, o recibir sin
ninguna posibilidad de devolver. El martirio o dar en exceso, y la
permisividad, el ser víctima propiciatoria y la parentización, son
ilustraciones de una reciprocidad no equilibrante o no mutua en las
relaciones. Estas relaciones estimulan sentimientos de culpa y
endeudamiento perpetuo; también producen desesperación, como si
uno no pudiera saldar nunca las cuentas familiares —sea con interés
y preocupación emocionales, sea con acciones concretas.
Puesto que nosotros asumimos como postulado básico que todo
niño recibe algo de sus padres e implícitamente los debe
recompensar, una mala disposición parental a recibir es considerada
tan nociva como la ineptitud parental para dar (1984, pág. 353).

EXPERIENCIAS FORMATTVAS

La tendencia a asumir el rol del miembro responsable en exceso (o, a la


inversa, irresponsable), en cualquier relación o conjunto de reíaciones,
puede originarse en una variedad de ambientes formativos, entre los
cuales los siguientes son los que han surgido con mayor regularidad en mi
propia práctica:

1. Un ambiente caótico y conflictivo, infeliz y rechazante, en el cual los


progenitores u otros adultos delegan en un niño o un adolescente un
grado inadecuado y a menudo excesivo de responsabilidad en el
control del caos y el cuidado de los otros. Aunque esto es lo que se le
pide implícita o explícitamente, rara vez recibe elogios; sus
esfuerzos suelen darse por sentados y a menudo son objeto de
crítica o ridiculización. Estos jovencitos invariablemente
experimentan sentimientos de falta de valía y, por más que se
hayan esforzado, ven los problemas sistemáticos de su familia como
pruebas de su propio fracaso,
2. Un ambiente caótico, conflictivo, rechazante, en el que el propio
niño o adolescente asume un grado inadecuado y excesivo de
responsabilidad en el intento de controlar el caos y cuidar a los
otros miembros de la familia, niños o adultos. Como en el caso
anterior, pocas veces se les agradece; sus esfuerzos suelen darse por
sentados; por lo general ellos se sienten resentidos, fracasados,
carentes de valía y culpables.
3. Un ambiente caótico o controlado en exceso, rígido, desdichado, en
el que un niño o adolescente es parentizado y atraído cons-
tantemente a una solución con un adulto, cuyo bienestar pasa a ser
responsabilidad suya.
4. Un ambiente caótico o de otro tipo en el que un niño o adolescente
siente que ha sido el receptor inmerecido del constante sacrificio de
un adulto, y la causa de ese sacrificio, sobre todo cuando el adulto
parece no haber querido o podido recibir nada a cambio.
5. La experiencia de ser indeseado, rechazado, convertido en víctima
propiciatoria o maltratado, que lleva a sentir que se es malo («de lo
contrario no me sucedería») y de tal modo genera intentos
constantes de lograr aceptación tratando de ser bueno, o hace que
se acepte el rol de «malo».

Los mitos culturales prevalecientes acerca de las relaciones entre los


roles y la responsabilidad en ellas tendrán desde luego un efecto
significativo. En la mayoría de las culturas, se espera, por lo general,
que las mujeres asuman la responsabilidad de nutrir y cultivar el clima
emocional de la familia. Aún prevalecen, se han institucionalizado, y son
perpetuados por la costumbre y por profecías de autocum-plimiento,
muchos mitos acerca de las diferencias intrínsecas de actitud y conducta
entre los sexos. Por ejemplo, el mito de que las mujeres son más emotivas,
intuitivas, pacientes y afectuosas que los hombres, y de que los hombres
son más valientes y fuertes, más racionales, más agresivos y sexuales, más
capaces de pensamiento abstracto, más hábiles con las manos, etcétera,
aún es venerado en la tradición y a menudo alentado como guía para la
virtud. También he encontrado que las enseñanzas religiosas que subrayan
el pecado y la culpa, la humildad y la obediencia, las obligaciones y la
autonegación, y la doctrina de que dar es más virtuoso que recibir,
constituyen frecuentemente un rasgo formativo presente o pasado de las
familias en las que uno o más miembros funcionan constantemente dé un
modo en exceso sacrificado. Aunque este trabajo concierne
primordialmente a las situaciones en las que el funcionamiento excesivo o
insuficiente se ha convertido en un rasgo acentuado, en mayor o menor
medida estos temas afectan a todas las familias, y también a otros grupos.

EL CONTWUUM RESPONSABILIDAD-IRRESPONSABILIDAD

Los constructos predominantemente negativos sobre sí mismos y sobre


las relaciones (Kelly, 1955) que surgen de la experiencia de ambientes
como los que acabamos de describir, pueden entonces conducir al
desarrollo de una gama de «soluciones intentadas» a los dilemas
planteados, que tenderán a agruparse en uno u otro extremos del siguiente
continuum:

Excesiva responsabilidad ------------ -----Responsabilidad insuficiente


diversos intentos de controlarlas relaciones del variados intentos de evitar el conü'ol de las
ambiente, asumiendo una completa personas del ambiente, mediante acting out,
responsabilidad y tratando de imponer la rebelión o conductas «subadecuadas»
definición de cómo deben ser las cosas

Como se trata de opuestos en una dialéctica interior del sistema de


constructos personales, los dos extremos son, por lo general, igualmente
posibles, y el individuo puede también alternar entre uno y otro, aunque
una vez establecidas las pautas de una relación o conjunto de relaciones, el
poder de autocumplimiento de las atribuciones y las expectativas de todos
los involucrados, por lo general, genera una tendencia a asentarse en uno u
otro de los polos.
Por ejemplo, en un trabajo sobre las experiencias adolescentes de
cincuenta mujeres adultas que intentaron suicidarse, Stephens encontró
que en los antecedentes familiares de todas ellas había muchos rasgos
comunes, y que el grupo estudiado sobrellevaba una herencia de
depresión, culpa, cólera y sentimientos de falta de valía (1987). No obs-
tante, a esta autora le sorprendió descubrir dos pautas de adaptación
aparentemente opuestas: la de las «Humildes» (Humble-Pie) y la de las
«Exaltadas» (Cheap Thrills).
«Humildes» — el martirio
«Exaltadas»
Tendían a:
— exceso de conformidad; empeño Tendían a:
en agradar — la rebelión desafiante;
— tratar de ser «perfectas»; intenciones deliberadas de ser
justificarse con un exceso de «chicas malas»; cólera por el
logros ambiente familiar que las
— la responsabilidad culpable; explotaba
una sensación de fracaso — faltar a clase; un rendimiento
— quedar sumergidas en los escolar pobre
problemas de sus familias, que — tomar drogas y alcohol; y
se convertían en los fracasos de promiscuidad sexual
ellas — reaccionar comra el control de
— intentar el control de las los otros, a veces de modo
variables de su vida por medio extremo
de una adhesión compulsiva, — haber crecido sintiéndose
incluso paranoi-de, a reglas y odiadas y llenas de odio
normas estrictas (a veces de — frecuentes confrontaciones
otros, pero a menudo propias) físicas violentas con los
— sofocar sus propias necesidades miembros de la familia y con los
y derechos novios; múltiples relaciones
— el autosacrificio, poniéndose superficiales fuera de la familia
siempre detrás de los otros

El grupo de las «Humildes» tendía a provenir de familias de clase


media, en las que la cólera y acting out eran probablemente menos
aceptables, y, por lo tanto, era también más probable que el resentimiento
fuera internalizado y experimentado como prueba de la propia maldad. El
grupo de las «Exaltadas» tendía a provenir de familias obreras, en las que
la agresión era probablemente más aceptada, y, por lo tanto, más
fácilmente externalizada. Aparentemente existían más probabilidades de
que el primer grupo realizara múltiples intentos contra sus vidas y que
emplearan medios más violentos. A continuación, Stephens extrae la
conclusión de que «las consecuencias clínicas de la pauta de las Humildes
son como un balde de agua fría, en cuanto sugieren que existe una
población en gran riesgo que quizá no haya sido identificada por los
investigadores ni por quienes trabajan en la prevención del suicidio, tas
adolescentes Exaltadas atraen la atención sobre ellas mismas y sus
problemas, mientras que las adolescentes Humildes pueden permanecer
invisibles» (pág. 117).
Ninguno de los extremos parece resolver los dilemas planteados por
las experiencias de estas personas. Como observan Boszormenyi-Nagy y
Spark, «el niño explotado a menudo se convierte en un progenitor
simbióticamente posesivo» (1984, pág. 28). «Los actos de rebelión o fuga
por medio de la separación nunca pueden resolver por sí mismos las
dificultades del niño. Esas medidas no hacen más que hundirlo más
profundamente en obligaciones cargadas de culpa. Muchos niños se
vuelven coléricamente ambivalentes, cautivos de obligaciones nunca
retribuibles» (pág. 353). O, como comenta Stephens, «las dos pautas de
adaptación —la de las Humildes y la de las Exaltadas— demostraron ser
disfuncionales a largo plazo para estas mujeres... Ninguna de las dos pudo
salvarlas de la cada vez más profunda sensación de carencia de valía y
desamparo que socavaba los sentimientos de estas mujeres acerca de sí
mismas y su mundo» (1987, pág. 117).
Los representantes de ambos extremos del continuum tenderán a
escoger como parejas a personas en lucha con problemas similares. Las
pautas que entonces se desarrollan probablemente caerán en alguno de los
tres grupos siguientes:

1. Ambos pueden desplegar una coalición excesivamente responsable


para el trato con los hijos (que es probable que desarrollen
problemas, sobre todo en relación con la confianza y la respon-
sabilidad), con otros parientes, o con el mundo exterior (incluso con
las personas del grupo 2), convirtiéndose en profesionales de la
asistencia, activistas de grupos de presión, etcétera. Constituirán
un grupo oculto, como el grupo de los Humillados descrito antes, y
a menudo aparecen como verdaderos ciuda- -danos modelos.
2. Ambos pueden desplegar una coalición irresponsable, caótica,
dependiendo, aunque con resentimiento y resistencia, de los
esfuerzos de ayuda de un hijo parentizado, de otros parientes o del
mundo exterior, a través de profesionales de la asistencia, vecinos,
la policía, etcétera (y de las personas del grupo 1).
3. Pueden desarrollar un estilo complementario de relación en el cual
uno se vuelve responsable/adecuado en proporción inversa a la
irresponsabilidad/inadecuación del otro (y viceversa). Como
observan Boszormenyi-Nagy y Spark, «los miembros supérade-
cuados de la familia pueden depender del fracaso de los miembros
subadecuados» (1984, pág. 24). Yo añadiría que los miembros
subadecuados de la familia pueden depender del fracaso de ios
miembros superadecuados.

Sharon era la menor de cuatro hermanos. A los 21 años ya se había


casado dos veces, la segunda con un joven violento de antecedentes cri-
minales, que la había golpeado con crueldad a ella y a sus dos hijos
pequeños, ahora a cargo de las autoridades locales. En esa época, Sharon
había consumido drogas y peleaba constantemente con la familia; se juzgó
que no había proporcionado a los niños una protección adecuada y que no
era digna de confianza. Según los padres, había sido un problema
importante desde los 14 años.
La madre de Sharon se describió como el producto de una infancia
muy difícil en la cual se vio obligada, por el abandono del padre a la
«madre inadecuada», a asumir prematuramente niveles altos de res-
ponsabilidad, y aprendió a juzgarse con dureza. Creció con la deter-
minación de que sus propios hijos siempre serían lo más importante y
nunca experimentarían el rigor y la soledad de su propia infancia. Ella
siempre había puesto sus propias necesidades en último lugar; había
aprendido a no esperar nada para sí misma. Era cautelosa con los hom-
bres. Se medía con altas normas autoimpuestas de responsabilidad para
con los otros, y relacionadas con la importancia de dar. Siempre accesible
para satisfacer las necesidades y exigencias de la familia, se sentía
culpable al percibir que no estaba a la altura de sus propias ñormas,
imposibles de alcanzar. Y, sin embargo, había fracasado: tras un
matrimonio roto, su hija mayor y el hijo de ésta vivían de nuevo con ella
(y gran parte de la responsabilidad hacia el nieto había quedado en sus
manos); su único hijo varón sufría una desventaja sustancial, debida a un
problema ocular congénito; el tercer hijo estaba luchando
infructuosamente en un matrimonio perturbado y, en ese momento, la
menor, Sharon, tema serios problemas con las autoridades. No obstante,
ella consideraba su deber proteger a Sharon de la opinión de las
autoridades y de la cólera decepcionada de su marido (del que Sharon
había sido la hija favorita).
El padre de Sharon era «el hijo menor de un hogar roto, concebido
por accidente»; había pasado gran parte de su infancia internado en
instituciones. La madre lo había «tratado con extrema dureza, pero ella
no podía consigo misma, con tantos de nosotros por cuidar. No puedo
culparla. En realidad era una santa». Hombre trabajador, retraído, cauto
y reservado en las relaciones, tenía la tristeza de que su afecto por los
hijos, según él lo veía, había sido sumergido a lo largo de los años por el
constante enredo de su mujer en la vida de ellos. Admitió que ocupaba
una posición periférica en la familia, aceptó que no era particularmente
capaz de expresar sus sentimientos, y habló renuente pero
conmovedoramente sobre la dificultad de convencer a su mujer de que
tomara algo para ella. Cualquier dinero que le diera, ella lo gastaba en los
hijos. Si le compraba un vestido, se quejaba, y a menudo lo cambiaba en
la tienda por algo para los hijos o nietos.
El papel del hombre en la familia era principalmente el de proveedor
material, tarea que realizaba a conciencia. Pero parecía que, en muchos
sentidos, la mujer lo trataba como a uno más de los hijos, a veces con
tolerancia e indulgencia, otras con exasperación. Su «incompetencia» e
inaccesibilidad emocionales, su carácter no demostrativo, como esposo y
como padre, y su concentración en cosas de fuera de la familia, parecían a
su vez haber nutrido la sensación de la esposa de que «sólo contaba
consigo misma», de que no tenía apoyo ni aprecio, confirmando su
sentimiento de carencia de valía y su creencia de que el bienestar de la
familia era una responsabilidad totalmente suya. El hombre admitió que
estaba herido y decepcionado por lo que había sucedido, pero, no quería
ni oír hablar del retorno de Sharon al hogar hasta que hubiera
demostrado que se podía confiar en ella.
Cuando yo la vi, Sharon dijo que no se gustaba a sí misma. Además,
ya no le interesaban los hombres ni el sexo. Parecía haber quedado
atrapada en el dilema que hizo célebre la agudeza de Groucho Marx:
«Nunca me asociaría a un club que me aceptara a mí como miembro».
Con poco respeto por sí misma, le costaba confiar en cualquier hombre
como pareja posible. No obstante, había empezado a sentar cabeza y tenía
la esperanza de que finalmente le devolverían los hijos. El rechazo del
padre la hacía desesperadamente desdichada, aunque se consideraba la
única responsable, y esperaba poder demostrarle que había cambiado de
conducta. Idealizaba a ambos progenitores y aspiraba a emular a la
madre, aunque no podía imaginarse «siendo tan buena». Desde mucho
antes, para ella la maternidad significaba dar siempre prioridad a las
necesidades de los hijos. Lo mismo que la madre, estaba empezando a
verse prímordialmente en los términos de lo que les daba a los otros o
hacía por ellos, con criterios para juzgar la calidad de su quehacer
maternal que premiaban más lo tangible/material que lo emocional. Ya
estaba fijándose normas inalcanzables para «compensar a los chicos por
las cosas horribles que permití que les ocurrieran», mientras que, al
mismo tiempo, preveía un fracaso casi seguro en tal sentido.
La madre de Sharon había sido empujada prematuramente a una
posición de responsabilidad, y sin que se le agradecieran sus esfuerzos; el
padre de Sharon había sido un hijo «rechazado», incapaz de encolerizarse
porque la madre era «una santa» que trataba de hacer lo mejor. Además,
se había criado en instituciones donde se recompensaba la obediencia no
asertiva, y no la individualidad. Los dos se casaron y dieron forma a una
relación complementaria en la que la mujer era el miembro excesivamente
responsable, y el hombre el «inadecuado», con un rendimiento
insuficiente. Los hijos habían sido los receptores de la devoción altruista
de una madre sacrificada, y de un padre muy trabajador pero periférico.
Estaban empezando a fracasar en sus relaciones de fuera de la familia. La
hija mayor había vuelto al hogar, donde dependía considerablemente de
la madre, y desatendía sus responsabilidades para con su propio hijo.
Sharon había tratado de rechazar las «obligaciones», y durante un lapso
breve estableció una coalición caótica con su violento segundo marido,
pero en ese momento estaba tratando de volver a casa de sus padres, de
emular a la madre y de recobrar el amor del padre, negando su propio
derecho a una vida separada, continuando con la tradición familiar de
sacrificarse por los hijos.
Esta familia me fue derivada con las metas ya enunciadas (enunciadas
en una consulta de profesionales cuya perspectiva era extremadamente
escéptica en cuanto a que pudiera lograrse algo) de tratar de ayudar a
Sharon con sus problemas generalizados de autoestima y de alentarla
gradualmente a ser más responsable. Estas metas se alcanzaron lo
bastante como para que su hijos le fueran devueltos pronto y ella se
mudara con los niños a un pequeño apartamento. No obstante, esto no se
logró trabajando con Sharon (salvo muy poco tiempo, para prever y
discutir con ella los probables «problemas tempranos de reingreso»), ni
entrevistando a toda la familia, sino principalmente a la madre de Sharon,
a fin de persuadirla de que fuera más egoísta y menos obsesionada por
ayudar, más negligente con sus hijos y nietos. Ello se logró, al principio,
definiendo lo que tenía que hacer como el sacrificio difícil pero necesario
de una madre/abuela obviamente consagrada a estos roles, con el objeto
de ayudar a su hija a convertirse en una madre más eficaz y
apropiadamente independiente, que pudiera volver a unirse a sus
pequeños. Pero resultó bastante interesante que ella comenzara a seguir la
senda de un «egoísmo» creciente, no por sentido del deber, sino porque
empezó a disfrutar de sí misma, a comprender que tenía derechos, y
también porque ella y su esposo comenzaban a gozar de más tiempo
juntos. Se compró su primer vestido elegante y más bien costoso, en lugar
de uno razonable, adecuado para trabajar en casa e ir al supermercado.
Empezó a decir «no» a las peticiones de sus hijos, lo que al principio
constituyó una experiencia extraña para ella. Como si hubieran sido
liberados de sus «obligaciones» por la nueva libertad de la madre y la
relación mejorada de los padres, Sharon y sus hermanos comenzaron a
asumir una responsabilidad mucho mayor por ellos mismos.
Para el éxito de esta terapia pareció esencial, en primer lugar, el
relevo cuidadoso de la pauta intergeneracional, con la madre y el padre,
de modo que ambos pudieran identificar los efectos que ellos mismos
padecían de la sensación, «obligación» y de los sentimientos de falta de
valía que habían heredado de sus familias de origen (la pauta, y los
constructos personales que habían surgido como consecuencia de ella,
fueron definidos como los responsables del problema; no se culpó a las
personas); en segundo término, la terapia apuntó a conductas específicas
que tendían a mantener esa pauta, buscando modos de bloquearlas o
sustituirlas. Por ejemplo, se le sugirió a la madre que estuviera dispuesta a
cuidar a su nieta sólo una vez a la semana, y no constantemente; que
preparara la cena a una hora determinada, en lugar de sermonear a
quienes llegaban tarde y/o cocinar para ellos;
tenía que decir, de una manera no provocativa, que lamentablemente se
habían perdido la comida pero quizá encontraran algo en la nevera si
tenían hambre, agregando que a ella le encantaría que mientras
estuvieran en la cocina le prepararan una taza de té.

SISTEMAS DE CONSTRUCTOS PERSONALES

Con independencia de las experiencias intergeneracionales, lo que


mantiene y perpetúa la pauta es la repetición de interacciones específicas,
que surgen de las limitaciones de los sistemas de constructos presentes.
Los siguientes son algunos ejemplos de los sistemas de constructos
personales más limitativos:

«Si sigo siendo paciente, afectuoso y leal, por peor que me traten,
entonces finalmente...»
«Lo que consigo es mi deber, lo menos que puedo hacer. No tengo
ningún derecho a sentirme bien por ello.»
«Haré lo que sea necesario para que mis hijos no sufran como he
sufrido yo.»
«Soy un fracaso y una persona sin valía a menos que logre...»
«Lo único que me define es lo que hago por los otros, pero lo que haga
será siempre menos de lo que debo hacer.»
«De todos modos, lo que haga estará mal o será insuficiente, de modo
que también podría...»
«Nunca podré recompensarlos por lo que han hecho por mí, ni me lo
merezco. Debo sentir más gratitud.»
«Por lo que ellos me hicieron, tengo un bajo concepto de mis padres,
incluso desdén. Me enfurece no poder confiar en ellos. No obstante, espero
y exijo de ti una lealtad total y espontánea (aunque sospecho que al final
traicionarás la confianza que te tengo).»
«No se puede confiar en nadie, de modo que, si no asumo yo la res-
ponsabilidad final, entonces...»
«Lo que me hace feliz es la felicidad de todos», o «Por más que me
cueste, en términos emocionales o físicos, la felicidad de todos es más
importante que la mía.»

Constructos de este tipo se insertan en los «argumentos» o «libretos»


de vida de las personas. Como dijo Sartre, «un hombre es siempre un
contador de cuentos, vive rodeado de sus relatos y los relatos de otros, ve
todo lo que le ocurre a través de ellos, e intenta vivir su vida como si la
estuviera narrando» (1965). Al pasar revista con las personas de las
influencias intergeneracionales que pueden considerarse los pilares de sus
constructos, no pretendo procurarles la comprensión de algo que es, sino
proponer un «es como si...», punto en el cual mi trabajo difiere del
enfoque de base psicoanalítica de Boszormenyi-Nagy. Un científico
norteamericano, George Wald, ha dicho que «somos productos de
compilación, más bien que de autoría». Yo veo el proceso de la terapia
como más afín a la «recompilación» o «recompaginación»: es recorrer la
historia de una persona y ayudarla a reescribir algunas partes. Mi
posición es análoga a la de Sartre, quien dijo: «No soy afecto al mundo
psicológico. Lo psicológico no es algo que exista. Digamos que uno puede
mejorar la biografía de la persona» (cita sin referencias en Laing, 1965,
pág. 120).
«EL QUE COMPRA UN PERRO NO SIGUE LADRANDO»

Según Keith y Whitaker, «los padres pueden fracasar operativamente


por ser demasiado algo:

• demasiado disciplinantes • demasiado rígidos


* demasiado ambivalentes * demasiado comprensivos
* demasiado terminantes • demasiado estimulantes
• demasiado protectores • demasiado locos
* demasiado rechazantes • demasiado pacientes
• demasiado afectuosos • demasiado indulgentes» (1985,
pág. 10).
Se diría que, siempre que alguien que participa en una relación
empieza a hacer demasiado de algo, sean cuales fueren sus móviles, a
menudo el otro o los otros, si no se sienten directamente impulsados a
competir, tenderán a hacer menos de eso y/o más de lo opuesto. Por
ejemplo, una secuencia común es la que se despliega cuando un progenitor
ve al otro como demasiado estricto, y, por lo tanto, intenta restablecer el
equilibrio siendo muy tolerante con los hijos. Lo habitual es que, al ver
esto, el progenitor rígido se preocupe aún más por la disciplina. Este rigor
creciente conduce a un aumento de la tolerancia en el otro progenitor, y
así sucesivamente, hasta que estos padres quedan totalmente polarizados
y todo sucede como si uno «se apropiara» de toda la dureza, y el otro de
toda la suavidad. Aunque en una relación no tiene por qué haber una
cantidad determinada de rigor o tolerancia, si se trata de un juego de
suma cero* (Von Neuman y Morgenstern, 1944), parece que lo sea. Otra
pauta común es la que aparece cuando un progenitor intenta
constantemente persuadir o empujar al otro a ser más expresivo con sus
sentimientos. Muy pronto pueden polarizarse en torno a este tema. El
modo en que se polarizan parece decir muy poco en cuanto a sus
verdaderos potenciales.
Una pareja a punto de romper llegó a la terapia para realizar «un
último intento de arreglar las cosas». Ella era sensible, emocionalmente
abierta y expresiva; él era distante, racional y emocionalmente frío. Ella
trataba constantemente de conseguir que él se «abriera». Él la veía como
totalmente irracional y eternamente insatisfecha, fuera lo que fuere lo que
él hiciera. Finalmente decidieron separarse, y yo los ayudé a hacerlo con el
máximo de autorrespeto y dignidad. Varios meses más tarde, otra mujer
vino a verme por propia iniciativa. Se describió como sensible, necesitada
de afecto, emocionalmente abierta y expresiva. Dijo que el marido era
frío, distante, y que no experimentaba ningún afecto. Le pregunté por qué
pedía ayuda en ese momento, y me dijo que poco antes había conocido a
un hombre de características opuestas a las de su esposo: cálido,
comprensivo y expresivo; estaba en contacto con sus propios sentimientos
y era también sensible a los de ella. Al indagar algo más, descubrí que se
trataba del mismo hombre de la pareja anterior.
Análogamente, en lo que respecta a la responsabilidad, si una persona
empieza a ser responsable en exceso, es como si comenzara a recoger más
de su parte de la responsabilidad total disponible en la relación, de modo
que el otro asume menos responsabilidad, o contesta con lo opuesto, por
ejemplo, con incompetencia o irresponsabilidad. Si uno compra un perro
y después continúa ladrando cuando alguien golpea a la puerta, ¿por qué
tendría el perro que hacer algo más que dormir y comer galletas? Pero
ver la incompetencia o la irresponsabilidad del otro es una razón
justificable para asumir más responsabilidad, con lo cual «más de lo
mismo» lleva a «más de lo mismo», y así sucesivamente. Cuando pautas
como éstas se combinan con construc-
* En un juego de suma cero, cuando uno de los participantes gana, el otro pierde una cantidad igual.
La ganancia y la pérdida, sumadas algebraicamente, siempre son iguales a cero.

tos personales del tipo de los que hemos examinado, las polarizaciones
pueden aparecer y enquistarse muy rápidamente.
Mientras la persona demasiado responsable trabaja cada vez con más
empeño, la otra, experimentando niveles crecientes de cólera, des-
calificación y culpa, es probable que se vuelva cada vez más incompetente
o irresponsable, con lo cual la responsabilidad de la primera se acrecienta
proporcionalmente, etcétera, etcétera. Cuando existe un constructo que
dificulta que la persona responsable abandone su posición, se vuelve
imposible responder a sus exigencias de que los otros sean más
responsables. Ella siempre parece estar allí primero, aguardando y
juzgando, y siempre prevalece su definición de lo que constituye un grado
adecuado de responsabilidad. Incluso cuando está de acuerdo en ceder
por cierto lapso, envía un claro mensaje de que sólo lo hace hasta que el
otro esté a la altura de su definición de lo que deben ser las cosas. La
lucha por estar a la altura de las exigencias rígidamente altas, a veces
paranoides, de otro cuyas expectativas se parecen al horizonte (que
siempre se aleja, por más rápido que uno corra), tiende a perpetuar los
problemas, pues cuanto más imposible es recompensar, más crece la
sensación de obligación y, como la gratitud, se vuelve «odio
enmascarado». No presupongo malas intenciones en ninguna de las
partes; cada una hace, por lo general, lo que parece estar a su alcance en
ese momento, en vista de sus constructos personales y de la posición en
que se encuentra. Las soluciones intentadas de cada lado para los
problemas que afrontan en la relación, percibidos y experimentados de
distinto modo por cada involucrado, se han vuelto partes de un círculo
vicioso. En mi opinión, entonces es importante considerar no sólo las
pautas longitudinales, intergeneracionales, sino también los determinantes
interaccionales, del «aquí y ahora».
Como dicen Fisch y otros, «si la formación y el mantenimiento de los
problemas se ven como partes de un círculo vicioso, en el que las
conductas-solución bienintencionadas en realidad mantienen el problema,
la alteración de esas conductas debe interrumpir el ciclo e iniciar la
resolución» (1982, pág. 18). En otras palabras, «menos de lo mismo»
puede llevar a «menos de lo mismo», y así sucesivamente. Sin embargo, he
considerado que abordar sólo las componentes interaccionales de un
problema, sin dedicar tiempo a los aspectos de «recompaginación» de la
«biografía» intérgeneracional, tiende a ser ineficaz cuando los problemas
se han convertido en parte integral de una pauta de responsabilidad
excesiva/insuficiente, «transmitida» a través de varias generaciones.
Una mujer de 40 años se puso en contacto conmigo porque sufría de
angustia aguda. Poco antes, había dejado a su esposo y a sus hijos ya
adultos, e intentado iniciar una nueva vida sola, mudándose del campo a
Sydney. El esposo había sido «el chico de al lado», su primer novio, y —
según lo veía ahora— se había casado con él (a los 18 años) sobre todo
porque sus familias y todo el pueblo lo esperaban. Había soportado
veintidós años de aburrimiento. Él era un hombre bueno y trabajador, y
ella se sentía muy mal por haberle causado ese dolor. Pero estaba segura
de haber hecho lo correcto.
No obstante, su problema inmediato consistía en que, todos los
domingos por la mañana, su madre la llamaba por teléfono y la sometía a
una hora de críticas y exigencias de que volviera a vivir con su «pobre,
desdichado marido, que te ama y nunca hizo nada para merecer lo que
estás haciendo. Ninguna mujer puede pretender un mejor esposo».
Después de una hora de tratar de razonar con su madre, apelando a ella,
rogándole que escuchara y tratara de comprender el otro punto de vista,
esta mujer se convertía en «un charco de culpa líqui^ da y cólera
impotente, en el suelo, junto al teléfono». Casi todos los domingos bebía la
mayor parte de una botella de jerez pero, durante los siguientes dos o tres
días, aliviada porque la llamada telefónica ya había cesado, se desenvolvía
perfectamente bien en el trabajo que había encontrado. Después, a
medida qué la semana se acercaba a su término, empezaba a prever la
llamada siguiente y a sufrir niveles crecientes de angustia.
La cliente describió a su madre como un ama de casa de campo, muy
conservadora y tradicional, una mártir dominante que había gobernado a
la familia (y, en muchos sentidos, aún seguía haciéndolo) por medio de
ataques de migraña y de su incesante y duro trabajo. Después de explorar
con esta cliente el modo en que sus dificultades presentes se insertaban en
el contexto intergeneracional, le dije cómo tendría que abordar la
siguiente llamada telefónica de su madre. Una vez iniciada la
conversación, lo antes posible, ella tendría que decir con calma, sin elevar
la voz: «Sé que estás perturbada y lo lamento, no fue mi intención
provocarlo, pero esto tengo que resolverlo yo misma, y no quiero hablar
sobre ello en este momento». No debía decir nada más sobre el tema,
aunque tuviera que repetir esta frase una y otra vez. De ningún modo
trataría de justificarse con su madre, no le rogaría ni, de ninguna otra
manera, trataría de explicar las razones que tuvo para hacerlo que había
hecho.
Al principio de la siguiente llamada telefónica, cuando la madre
empezó a aplicar la presión, la mujer intentó lo que yo le había sugerido.
En el otro extremo de la línea hubo una breve pausa, y después pareció
que la madre había decidido ignorar esas palabras, pues continuó
exigiéndole a la hija que se recobrara y saliera «de ese período tonto». La
cliente repitió su frase. En total tuvo que hacerlo unas quince veces,
mucho menos de lo que había previsto. La madre se había vuelto
rápidamente menos difícil y, por primera vez, empezó a expresar interés
en cómo le iba, en lo que disfrutaba con su nuevo empleo, etcétera. Al
final de la llamada, en lugar de terminar con la exigencia habitual de que
la cliente recobrara la sensatez y recordara sus responsabilidades, su
madre le deseó «lo mejor», le dijo que se cuidara y puso fin a la
conversación agregando «Dios te bendiga, querida». En las
conversaciones que siguieron, aunque la mujer tenía que utilizar mi frase
reiteradamente, muy pronto resultó inútil, pues la madre demostraba una
comprensión creciente, hasta que al fin le confió que ella misma, en
algunos momentos, había soñado con «alejarse de todo». La mujer
recordó entonces lo que yo le había dicho sobre lo difícil que podría ser
para su madre, que se había investido tanto, durante tanto tiempo, del
modelo de rol tradicional, admitir para sí misma que las cosas podrían
haber sido distintas. Lo que había hecho su hija quizá le hubiera
subrayado de modo incómodo las oportunidades que ella misma había
perdido para siempre.
Fue importante no haberse limitado a constituir con esta mujer una
coalición abierta o encubierta contra la madre; incluso aunque esta
técnica podría haber dado resultado a corto plazo, probablemente habría
generado más culpa con el transcurso del tiempo. Como observan
Boszormenyi-Nagy y Spark, «la separación... puede inducir sentimientos
de culpa en quien la consuma, y la culpa es el mayor obstáculo para el
éxito de la emancipación auténticamente autónoma» (1984, pág. 32).
Explorar la historia de su familia de un modo tal que la pauta, y no el
progenitor, aparezca como el problema, hace que la técnica se convierta
en un modo de limitar la influencia de esa historia, y no de tratar con más
eficacia a la madre.
La pareja a la que nos hemos referido en este artículo, que sentía
haberle fallado al hijo, a los padres del esposo, y haberse fallado el uno al
otro, estaba totalmente desmoralizada cuando vinieron a verme.
El hijo menor, diagnosticado como «hiperactivo» a una edad tempra-na, y
que por entonces tenía 21 años, siempre había sido difícil. En el
transcurso del último año se había comportado de un modo cada vez más
extravagante; poco tiempo antes había tomado una sobredosis. Estaba
claro que durante veinte años ellos habían desatendido seriamente tanto
su relación matrimonial como su propio desarrollo personal para cuidar
de los hijos y, más recientemente, a la madre del marido, la que (según el
hombre admitía) había conservado «un poder enfermizo sobre mí durante
toda nuestra vida de casados». Los dos hablaron con anhelo de las
vacaciones que soñaron durante muchos años: un viaje por Tasmania.
Era algo que habían planeado hacer en cuanto todos los hijos tuvieran su
propia casa. Después de examinar con este matrimonio el modo en que
desantenderse a sí mismos formaba parte de una pauta que abarcaba por
lo menos tres generaciones, les sugerí que consideraran la posibilidad de
tomarse unas vacaciones en el curso de los próximos meses (el hombre era
un conferenciante universitario y tenía varias semanas de vacaciones
pendientes); después lo anunciarían sin discutirlo, sin pedir permiso a los
hijos o a la madre. Si iban a seguir mi consejo, era importante que no
justificaran su decisión ni la discutieran en el caso de que algún miembro
de la familia planteara objeciones. Tenían que limitarse a anunciar que se
iban porque habían decidido que querían (no que necesitaban) unas
vacaciones a solas. Se rieron cuando les ordené que sólo se tomaran esas
vacaciones si realmente las deseaban, y no que obedecieran a las
instrucciones de su terapeuta. Varios días después telefonearon para
posponer la entrevista siguiente, porque estarían en Tasmania. Para su
sorpresa, nadie objetó nada, y el hijo menor incluso había acordado vivir
con un amigo mientras ellos estuvieran fuera.

CONCLUSIÓN

Una pauta polarizada y crónica de responsabilidad excesiva e insu-


ficiente en la familia está insertada verticalmente en una tradición his-
tórica, intergeneracional, y también, horizontalmente, en secuencias
repetitivas de conductas que reflejan sistemas de constructos personales
limitantes. La terapia para los problemas que surgen en tales familias
debe tener en cuenta y abordar tanto los temas intergeneracionales que
han conducido a los sentimientos de falta de valía, óbligación, culpa,
etcétera, y que constituyen un rasgo de tales sistemas, como también las
pautas interaccionales del «aquí y ahora» que sirven para mantener e
intensificar los problemas, y los constructos a través de los cuales se los ve.
A través del proceso de pasar revista y reescri^ bir, pueden verse como
«culpables» la pauta transaccional intergeneracional y los constructos
personales que la han causado y resultan de ella; no son culpables los
actores involucrados, con lo cual éstos pueden ser más fácilmente
persuadidos de que desafíen dicha pauta intentando «menos de lo mismo»
en relación con los problemas específicos de sus relaciones presentes.
Hemos escogido nuestros ejemplos con la idea de subrayar los temas del
artículo, no para sugerir que estos problemas puedan, en general, ser
resueltos sustancialmente por medio de prescripciones conductuales
simples (aunque esto es a veces lo que parece suceder), ni tampoco que es
siempre fácil persuadir a las personas de que intenten enfoques que
contradicen por completo mucho de lo que han creído durante numerosos
años.

UNA HISTORIA FINAL

Una mujer de 35 años me fue derivada después de una prolongada


«depresión». Esposa y madre muy trabajadora, con la casa obsesivamente
limpia, hija única de «padres estrictos, ejemplarmente católicos
irlandeses», ella siempre había sido «una niña buena» y, hasta donde
podía recordarlo, nunca había mostrado signo alguno de rebelión. Sin
embargo, no se sentía «una niña buena». Estaba en lucha con sentimientos
de falta de valía y fracaso. «Soy muy egoísta. Tengo dos hijos
maravillosos, aunque a menudo me hacen pasar malos momentos, y mi
esposo trabaja mucho para darnos bienestar en la vida.» Le dije que,
según mi experiencia, la mayoría de las personas que se sentaban en mi
consultorio y se declaraban egoístas no tenían la menor idea de cómo
serlo. Ella estuvo de acuerdo en que básicamente no había hecho nada
para sí misma hasta donde podía recordarlo, y finalmente aceptó, por lo
menos en un nivel intelectual, que era importante ser egoísta a veces, y
que el egoísmo sólo era malo si era excesivo. También aceptó, aunque la
idea le resultó difícil de captar, la seguridad que yo le daba de que el
hecho de que fuera más egoísta representaría un beneficio duradero para
sus hijos. Al final de la sesión acordó considerar seriamente mi sugerencia
de que, durante la quincena siguiente, permaneciera abierta a la
posibilidad de sorprenderse haciendo espontáneamente algo egoísta, e
incluso quizá un poco perverso.
Vino a la sesión siguiente con una mirada traviesa y presumida.
Varios días después de la última entrevista, había preparado a los chicos
para que fueran al colegio, y cuando se metió en la cocina a lavar los
platos (siguiendo lo que era su práctica diaria normal de limpiar la casa
de una punta a otra), miró los platos y, para su sorpresa, se encontró
diciéndoles: «Maldición, podéis esperar hasta más tarde». Sin siquiera
haberlo pensado, supo que iba a ir a la playa. Ésa sería la primera vez que
lo haría sin el resto de la familia. Sacó el traje de baño del guardarropa
pero, viendo que estaba algo ajado, se fue en su propio coche hasta la
playa y entró en una tienda a comprarse un traje de baño nuevo. Se
detuvo ante los de cuerpo entero, pero advirtió que la mayoría de las
mujeres, algunas de ellas de más o menos su misma edad, y muchas más
robustas que ella, estaban comprando bikinis. Después de cierto tiempo,
reunió todo su coraje y se compró un bikini. Se sentía muy turbada, pero
pronto comprendió que, aunque la tienda estaba llena de gente, nadie se
había fijado especialmente en ella.
Después de pasar un rato en la playa, notó que muchas de las mujeres
que estaban a su alrededor se habían quitado la parte superior de sus
bikinis.
«...¡Y entonces tuve ese pensamiento perverso!»
Hasta el día de hoy, la familia de esta mujer no sabe que tomó el sol
sin la parte superior del bikini («¡Si mis padres lo supieran, se horro-
rizarían!»). Ya no está deprimida, y, por lo general, se siente mucho más
confiada. Los hijos le resultan mucho más fáciles de manejar, y el esposo
es mucho más atento. «No lo he vuelto a hacer, y probablemente no lo
haré más. El bikini está doblado en el fondo del cajón de mi tocador. Lo
importante es que sé que está allí y que, si yo quisiera, podría hacerlo de
nuevo.»

EPÍLOGO

Consideramos importante terminar con una advertencia a los tera-


peutas, breves o de otro tipo, acerca de la obra de un colega un tanto
peligroso llamado Moshe Talraon. Es el autor de un libro, Singie-Session
Therapy, cuyo título basta para que se nos ponga el vello de punta a
quienes nos dedicamos a la práctica privada con dedicación completa
(Talmon, 1990). Intrigado por la cantidad de clientes/pacientes que sólo
asisten a una sesión (lo que muchos terapeutas, en el seno de muchos
marcos, definirían como «abandono»), Talmon decidió emprender alguna
investigación de seguimiento, en principio con sus propios pacientes.

A pesar de mis temores acerca de lo que oiría, los resultados de


mis seguimientos parecieron casi demasiado buenos para ser verdad:
el 78 por ciento de los doscientos pacientes a los que llamé dijeron
que en la sesión única habían obtenido lo que querían y se sentían
mejor o mucho mejor en relación con el problema que los había
llevado a buscar terapia (Talmon, 1990, pág. 9).

Examinando las pautas de la práctica de más de treinta psiquiatras,


psicólogos y asistentes sociales que trabajaban en un centro médico,
también determinó que las terapias de sesión única (TSU) no eran poco
comunes: «...la orientación terapéutica de los profesionales no tenía ningún
efecto sobre el porcentaje de las TSU eficaces en relación con el total de
pacientes de cada uno» (pág. 7).
Más tarde, la investigación fue ampliada. Con la colaboración de dos
colegas, Michael Hoyt y Robert Rosenbaum, Talmon emprendió un
programa de investigación más formal. De los contactos que habían
asistido a una sola sesión, el 88 por ciento dijo que había experimentado
«mucha mejoría»; el 79 por ciento pensaba que la sesión única había sido
suficiente, y el 65 por ciento también había experimentado cambios en
ámbitos que no eran los que los habían llevado a buscar terapia.
A petición de Talmon, Mordecai Kaffman, director médico de la
Clínica de Niños y Familias de Kibbutz de Israel, realizó un estudio
similar. Su investigación llegó a resultados análogos.
En su libro, Talmon proporciona orientaciones amplias y claras acerca
de cómo realizar terapias eficaces de sesión única. Los casos descritos
demuestran que la gama de personas que pueden ser significativamente
ayudadas de este modo abarca desde clientes con dificultades
relativamente directas, hasta aquellos que sufren depresión, angustia,
problemas de peso, secuelas del divorcio y violencia familiar.
El lector comprenderá por qué considero que esta investigación es
extremadamente ominosa. La mayoría de quienes nos dedicamos a la
práctica privada sobrevivimos razonablemente si nuestros clientes vienen a
vernos las cinco o seis sesiones que gran parte de la investigación considera
el número promedio de visitas que ellos tienden a hacer. No obstante, si se
difunde la idea de que se puede obtener mucha ayuda con una sola
sesión„quizá tengamos que comprarnos taxis o dedicarnos a alguna otra
ocupación de jornada parcial para complementar nuestros ingresos.
Una advertencia final. Como terapeutas breves, hemos encontrado que
es común, particularmente en las sesiones del trabajo, que los colegas nos
hagan preguntas del tipo «Sí, pero ¿y qué si...?». Por ejemplo:

«Sí, pero ¿y qué si ella hubiera estado deprimida clínicamente y


hubiera sido realmente suicida?»
«Sí, pero ¿y qué si los padres se hubieran negado a dar un paso atrás
porque los problemas de su hijo adolescente enmascaraban sus dificultades
matrimoniales?»
«Sí, pero ¿y qué si él era adicto a la conducta violenta?»

Estas preguntas son intentos genuinos de comprender mejor los


principios y valores de la terapia breve. Sin embargo, a veces quien las
hace, en lugar de preguntar, está definiendo claramente su propia posición
acerca de como él o ella piensa que debió haberse diagnosticado y tratado
el caso. Un colega nos ha autorizado a reproducir una historia que él
construyó y que puede utilizarse para responder a las preguntas que, sin
duda alguna, pertenecen al último tipo citado.
Un cliente fue rechazado por sus padres a la edad de dos años; lo crió
entonces un grupo de gorilas que vivía en los barrios bajos de la zona
portuaria de San Francisco. Después de luchar por aprender inglés en los
fragmentos de periódicos abandonados en los cubos de basura del puerto,
se enfrentó al problema de una lealtad dividida en la guerra entre las
pandillas callejeras hispanas y el grupo de gorilas, sintiendo simul-
táneamente la sensación de dislocación de los hispanos y la opresión cul-
tural que experimentaban los gorilas. Después de hacerse a la idea de que
era una persona y no un primate inferior, se arrastró hasta una iglesia,
donde fue objeto de abuso sexual sistemático por parte de una sucesión de
personas, antes de volverse codependiente y adoptar como estilo de vida la
ayuda a los jóvenes monos sin hogar. En la terapia, luchamos con sus
pensamientos activos de colgarse de las rampas de la autopista, y
decidimos no informar a las autoridades de su activa y seria «ideación de
primate», pero le contamos nuestras propias experiencias de las veces en
que nos sentimos como si estuviéramos comiendo bananas. Desde luego,
somos incapaces de responder a preguntas como: «Sí, pero ¿y qué si
hubiera sido criado por un grupo de jirafas?» (Michael Durrant, 1992,
comunicación personal).
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ÍNDICE DE NOMBRES

Adcock, C. J., 45 Adler, A., 161 Ahola.T., Ill, Bronowski, J., 37


112,126 Alexander, J. F., 35 Anderson, A., 163, 166 Brooks, W. D., 83, 88
Anderson, H.,40, 83 Burns, Robert, 120

Bandler, R., 151 Bateson, Gregory, 19, 20 Beavin, J. Cacioppo.J. T„ 91


H., 20 Bern, D. J., 65 Berg, I. K., 117, 123 Cade, Brian, 13, 23, 30,32,46, 59, 66, 90,99,
Bettinghaus, E. P., 89 Bobrén, H. M., 88 Bodin, A., 136,163,165,166,171 Capra, F., 51 Card, O. S„
45, 65,156 Boscolo, L-, 21 ill Carroll, Lewis, 159 Cecchin, G„ 21 Chomsky, N..
Boszonnenyi-Nagy, 174, 178, 179, 184, 188 40 Cicerön, 69 Cody, M. J., 89 Colgan-McCarthy,
Brehm, X W., 162 I., 86 Combs, G., 158 Cornwell, M., 165 Coyne, J.
BreunKn, D., 160,165 C, 127,131,133
Brock, T. C.,91
de Bono, E., 44 Molnar,A., 113 Montalvo, B., 20 Morgenstern, O.,
Dell, P. F., 166 185 Mozdzîerz, G., 161
de Shazer, Steve, 16, 23, 33, 73, 79,113, 114,
115,117,118,119,121, 157 Nietzsche, F., 171
Dowling, E., 167 Duncan, Nisbett, R. E„ 65
B. L., 38 Dunlap, K., 161 Nutmally, 3. C., 88
Durrant, M„ 194
OTÎanlon, William H„ 13,14,23, 33, 59,119,
Eco, U„ 49 Epston, 121,142 OKeilly-Byrne, N.. 86
D., 33
Erickson, Milton, 19, 20,95, 139, 142, 143, Palazzoli, M. S., 21, 161,164, 165,166
144,145,146,150,161 Papp, Peggy, 22,23,25,165
Parsons, B. V., 35
Fane, J., 171 Ferber, A., Pascal, 83
156 Feyerabend, P., 60 Pearson, R., 165
Fisch, R., 20, 21, 23, 27, 29, 72, 73, 161, 186 Peller, J. E., 33
Fisher, L., 163, 166 Perloff, R. M„ 91
Fishman, H. C, 156 Petty, R. E-, 91
Flaskas, C, 130,132 Prata, G-, 21
Frankl,V.,i60, 169
Freedman, J., 158 Rabkin,R., 19,21, 22, 69 Riskin, Jules, 20
Frude, N-, 167 Rohrbaugh, M., 162,166 Rokeach, M., 88 Romain,
Fry, William Jr., 19 J., 69 Rose, S., 71
Furman, B., 33, 111, 126 Rosen, X, 161
Rosen, S., 144
Gendlin, E. T., 66 Gentry, D., 160 Goolishian, H. A., Rosenbaum, R-, 192
40 Greenberg, G. S., 20, 35, 64 Grinder, G., 151 Rosenhan, D. L., 46
Grube, J., 91 Rosenthal, R., 45,46, 59
Rossi, E. L., 95, 139, 145, 146, 150, 161
Haley.Jay, 15,19,20,23,29,30,146,161,167 Russell, Bertrand, 17,19,166
Harr6, R„ 61 Russell, Peter, 42
Harrison, J. G., 37
Heath, R. W., 83, 88 Sartre, J.-P., 183-184 Satir, Virginia, 20 Schacter,
Hoffman, Lynn, 21 S., 61, 65 Scheflen, A. E., 50, 71 Schultz, D„ 40, 44
Hoyt, M., 192 Secord, P. F., 61 Shakespeare, W., 127 Shannon, C.
E., 19 Singer, J. E., 61,65 Southgate, P., 163 Spark,
Jackson, D. D., 20, 64 G. M., 174, 178, 179, 188 Speed, B.,49, 52, 56, 165'
Jacobson, L., 45, 59 Spencer-Brown, G„ 37, 38, 40 Stanton, M. D., 21,
Jones, J. E-, 163, 166 34-35 Stapp, H. P., 51 Stephens, B. J., 177, 178
Jordan, L„ 87 Storms, M. D., 65 Strauss, A. L., Ill

Kaffman, M., 193 Taimon, M., 192-193


Kearney, P., 86 Keith, Teisman, M. W., 160
D.V., 184 Tennen, H., 162
Kelly, G., 23, 28, 32, 37,40-41, 176 Kiesler, C. A.,
VohNeuman, J., 185
122 Kleckner,T.,61,62, 67 Koestier,A„ 150, 151
Kowalski, K, 122 Kral, R., 122 Krasner, B., 174 Waddington, C. H-, 56, 97 Wald, G., 184 Wallas,
Kundera, M., 61 L., 149 Walter, J. L., 33
Watzlawick, P., 15, 20, 21, 25, 49, 51, 59, 72, 97,
L'Abate, L., 161,166,167 Laing, R. D., 184 Lankton, 127, 159, 160, 161, 163, 166, 167
C, 27 Lankton, S., 27 Lisiecki, J.( 161 Weakland, 3. H., 15, 19, 21, 22,23,26, 30,72, 87, 97,
98, 161
MaccitelU, F., 161 McGregor, H., 103 McGuire, W.
Weaver, W., 19
J.,93 Madanes, C-, 23, 24, 31-32, 34 Markowitz, L.
Weeks, G., 161, 166, 167
M., 83 Maturana, H. R., 84 Miller, G. R., 90 Miller,
Wegner, D. M., 131
S. D„ 116 Minuchin, S., 20, 156 Mischel, W., 43
Weiner, N.. 19
Weiner Davis, M., 23, 33, 112, 113, 119, 121 Yates, J., 160
Welwood, J., 55
Zeig, J., 139
Wbitaker, C. A, 184
Zukav, G„ 47, 51, 127
White, M., 33
Whitehead, A. N., 19, 56
Winnicott, D., 171

ÍNDICE ANALÍTICO

Adecuación o ajuste, 57-59 Analogía, 149-152 Clínica de Niños y Familias de Kibbutz (Israel),
— adopción del modo preferido del diente, 142- 193
152 Clínica de Orientación Infantil de Filadelfla, 120
— comunicación a través de la, 32 Coaliciones transgeneracionales, 20 Colonización,
— «caja negra», 37 168-169 Competencia, 111 Connotación positiva,
Véanse también Anécdotas, parábolas y relatos; 133,164 Constructos:
Metáfora Anéctodas, parábolas y relatos, 152-154 — definición del visitante, 73
Véanse también Analogía; Metáfora — definiciones de los, 42
Anorexia: — el cliente hostil, 72-3
— enfoques sistéraicos de la intervención, 164 — eí presente y el futuro como focos de las
a Asociados de Milán», 21, 136 Atribución, 55-56 soluciones, 75
— enfoques centrados en el futuro, 79-81
Brief Family Therapy Center. Véase Centro de — enfoques centrados en el presente, 76-78
Terapia Familiar Breve Brief Therapy Center. — identificación de la causa «real», 71
Véase Centro de Terapia — las operaciones básicas, 38-40 jerarquías de
Breve distinciones, 39
— y jerarquía de influencias, 70-71 Control social,
Cambio anterior a la sesión, 112-133 Cambio, 30- 71, 86-87
31 — investidura en el, 98-99,148
Centro de Terapia Familiar Breve (Milwau-kee),
112 Descripción en vídeo, 71, 76, 80,119 Diagnóstico.
Centro de Terapia Breve (Palo Alto, California), Véase Evaluación, procesos de Directivas
15, 72, 73-74, 97, 161 paradójicas, 21 Directivas, 31-32, 83, 122
— bases para el modelo de la terapia breve, 25 Disfunción jerárquica, 23-25 Distinciones, trazados
— e importancia de la conducta y la terapia de las, 38, 43
familiar, 64 — jerarquías de distinciones, 38,42, 70
— impacto temprano en el campo de la terapia — operación básica, 38-40
familiar, 21
— Instituto de Investigación Mental, 20, 21 «Eíecto Pigmalión», 55 Emociones, 61-67
Centro per lo Studio delía Famigíia (Milán), — autoatribución de, 65
161 — como preparación para la acción, 64
Cerebro: — diferentes enfoques terapéuticos de las, 63
— niveles de explicación para comprenderlo, 71 — importancia de escuchar y realimentar, 62-64
— importancia de la conducta y las, 64
— interpretación de las, 64-67 Centro de Terapia Breve Instituto de la Familia
— su abordaje por el terapeuta, 61-62 (Cadiff, Gales), 165 Intervención en la pauta:
— sus efectos sobre el recuerdo de experien- — contextúa!; utilizando aspectos de las propias
cías pasadas, 64, 65 Empatia, 80 conductas y creencias del cliente, 142-143
Empleo de las aptitudes naturales del cuerpo, — ejemplos, 143-148
154-55 Enfoques anarquistas, 60 Enfoques en el — enfoques individual e interpersonal, 139
futuro, 33, 75,125426 Ericfcson, Miltoní — intervención en pautas de atracón, 140-141, 145
— técnicas de utilización, 142 — modificando las acciones del problema, 139-148
— y el uso de la seudoorientación en el tiempo — principales modos de la, 142-143
como técnica hipnótica, 19-20,119 — y el rapport con el cliente, 148
— y la teoría de la intervención, 27 Esquizofrenia, — y «relación de compra», 148 Intervención
20 terapéutica, 27-33
— complejidad de la, 70 — comunicación por medio de la analogía, 32
— enfoques sistémicos de la intervención en la, — directivas, 32-33
164-165 — etapas de ia vida, 29
Etapas de ía vida, 29 — generación del cambio, 30
Ética: — pautas como hábitos, 28-29
— y uso de !as intervenciones paradójicas, 166-167 — principios de la, 27-28 Intervenciones. Véanse
Evaluación, proceso de, 69-82 Intervenciones enmar-
— clarificación y expresión de las metas, 79-82 cadoras; Intervenciones paradójicas;
— construcción de un problema resoluble, 82 Intervención en la pauta; Soluciones
— creación de «una realidad», 70 Intervenciones de fórmula, 113 Intervenciones
— definición del comprador, 73-74 enmarcadoras, 127-137
— definición del foco, 72 — búsqueda del marco correcto, 137
— definición de) quejoso, 73 — como proceso interaccksial, 131
— detenninación del problema, 75-76 — como un proceso de colaboración, 130-32
— enfoques diferentes de la, 70 — definición, 127-28
— formación para Ía, 33-34 -------desenmarcamiento, 129
— intervención terapéutica, 27-33 ------- reenmarcamiento, 128
— peligros de la sesión única, 192-193 — ejemplo de desenmarcamiento, 135-136
— preguntas «¿y qué si...?», 193-194 — jerarquías de constructos, 128
— relación de compra, 72-75 — potencial curativo del reenmarcamiento, 131
------- importantes aspectos de la, 73-74 — reenmarcamiento y desenmarcamiento, 128-
------- la relación terapéutica, 74-75 137
Excepciones, 77,114-118 -------diferencia entre, 130
— y congruencia suficiente, 133
Family Institute. Véase Instituto de la Familia — y «verdades subjetivas», 130 Intervenciones
Figura/fondo: efecto de las tendencias del paradójicas, 159-169
observador, 45-46, 51-55 Formación de los — clases de escalada de la estrategia paradójica,
terapeutas, criterios para 163-164
la, 33-34 -------redefinición, 163
------- reorientación, 164
Haley, Jay: — clasificación de las paradojas, 162-163
— criterios para la selección y formación de íos — confusión con la confrontación o el desafío, 160
terapeutas, 33-34 — contraindicaciones, 166
Hipnosis: — definición de la paradoja, 159-160
— técnicas hipnóticas, 21 — definición de las técnicas paradójicas, 160-161
— y empleo de las aptitudes naturales del cuerpo, — empatia, no trampa, 168-169
154-55 — enfoque de equipo, 165
Homeostasis familiar, 19,165 — enfoque dialéctico para comprenderlas, 166
Imaginería, 151 Influencia y pericia, 83-85 — enfoques sistémicos, 165
— neutralidad, 85-87 — éxitos con las, 160
Instituto de Investigación Mental (MRI), Véase — historia de las, 161
— niveles de cambio: primer y segundo orden, — efectos de la repetición de los mensajes
165-166 persuasivos, 93-94
— prescripción del síntoma, 161 — empleo de alternativas ilusorias, 94
— prescripciones basadas en el desafío, 162 — empleo de argumentos en contrario, 91-92
— prescripciones basadas en la obediencia, 162 — empleo de argumentos generados por e! propio
— teoría de Brehm de la reactancia psicológica, sujeto, 90-91
162 — jerarquía de creencias, 88
— y el «juego familiar», 164-165 — validación de los sentimientos del cliente, 88-89
— y empleo de mensajes del observador, 165 — y cliente dogmático, 89-90 Philadelphia Child
— y ética profesional, 166-167 Guidance Clinic. Véase
— y manipulación, 166-167 Clínica de Orientación Infantil de Filadeífia
— y proceso de colonización, 169 «Potencial colonizador», 86 «Pregunta del
milagro», 77, 80,114,118-122 Preguntas «¿y qué
Jerarquía y organización, 124 Juego de suma cero, sí...?», 193-194 Prescripción del síntoma, 161-
185 162,165 Principio de economía, de Guillermo de
Occam, 17, 40 Profecía de autocumplimiento,
Lenguajes, 40 51, 59

Manipualción, 16, 84-85,130-132,166-167 «Mapas Realidad, 49-60


mentales», 32 Marcos, 127-28 — «compartida», 57
Más de lo mismo, 25, 55, 97-98,185 Memoria: — cosas y hechos, 49, 50
— procesos de la, 42 — de la familia, 52-53, 54, 55, 57
Mental Research Institute (MRI). Véase Centro — debate sobre la naturaleza de la, 49
de Terapia Breve Metáfora, 149,150, 156-157 -r- — enfoques anarquistas de las concepciones de la,
a través de la acción, 156 59-60
— mensajes metafóricos del terapeuta, 157-158 — influencia de las pautas de asociación, 52,53, 53-
— tareas metafóricas, 157 60
Véanse también Analogía: Anécdotas, pará- — marco para pensarla, 59
bolas y relatos Metas, 79-82 Mitos culturales, — niveles de la realidad definida, 49-50
53,176 Motivación: diferenciación entre los, 59
— tal como la percibe el terapeuta, 21 -------grado de «adecuación» entre los, 59-60
— percepciones de la, según las tendencias, 51-55
Negociación del problema. Véase Evaluación, — problemas de definición de la, 50
proceso de Neutralidad en la terapia, 85-87 — proceso de «endurecimiento de las categorías»,
Paradigma interaccional, 17 Paradigma sistémico, 59
17 Pautas como hábitos, 28-29 — significado, 50
— como concepto unificador, 139 Pautas — y el poder de la profecía de autocumplimiento,
intergeneracionales, 174-175,190 Persuasión, 87-95 55, 59
— congruente con los deseos del cliente, 88-89 Reenmarcarniento y rerrotuíación, 32 Véanse
— efectos de la autoconfrontación, 91 también Intervenciones de reenmarcarniento
Resistencia, 72-73 — hacer demasiado de algo, 184-189 el
Responsabilidad excesiva e insuficiente: proceso del círculo vicioso, 186-189
— consecuencias del funcionamiento excesivo, 173- — juego de suma cero, 185
174 — «menos de lo mismo», 190
— continuum, 176-183 — mitos culturales sobre las relaciones entre los
ejemplo, Í79-183 roles, 175-176
------- pautas opuestas de adaptación: «humil- — niveles de responsabilidad, 173-174
des» y «exaltadas», 177-178 — relaciones «perseguidor/rescatador», 172
— ejemplo, 189-191 — sistemas de constructos personales, 183-184
— enfoque terapéutico, considerando las pautas — y sentimiento de culpa, 188 Restricción, 93, 162
transaccionales intergeneracionales, 173-174
— génesis de la, en las experiencias formati-vas, Santa Columbia de Escocia, 125
174-176
Secuencias, 23 — personales, 32,40-44
Síntomas: -------dimensiones primarias, 43-44
— como se los ve en la terapia estratégica, 24-25 -------permeables e impermeables, 44
Soluciones: -------procesos de memoria, 42-43
— alentando «menos de lo mismo», un ejemplo, -------teoría de las personalidades (Kelly), 40-
104-109 41
— culpa y responsabilidad, 103-104 — princiales temas y desarrollos de la, 34-35
— el foco en el futuro, 125 — vías entre asociaciones, 42
— excepciones, cuando no hay queja, 114 — zonas de preocupación acerca de la, 16-17
— intentar algo diferente, 102-103 ubicación en Terapia de sesión única:
escala, 122-103 — peligros de la, 192-193 Terapia estratégica:
— «intervenciones de fórmula», 113-114 — definición (Haley), 22
— métodos que no suelen dar resultado, 99-104 — enfoques interesados en la forma y la función,
------- autosacríficio/autonegación, 101 23-24
------- «¡hazlo espontáneamente!», 101 — síntomas, 24-25
------- postura de superioridad moral, 100 Véanse también Terapia breve/estratégica
------- sermón no solicitado, 100
— que se convierten en el problema, 97-100 Validación, 63, 88
pautas que se autorrefuerzan y auto- Verdad subjetiva, 46-47,130-32
mantienen, 98
— «pregunta del milagro», 80,114,118-122
— tarea de la primera sesión, 112-113
— y empleo cuidadoso del lenguaje por la
temperatura, 121 Soluciones intentadas,
25,26,79,97,103, 186

Tarea de la primera sesión, 112 Tendencia del


experimentador, 45 Teoría de los tipos lógicos, 166
Terapeutas:
— abordaje de las emociones del cliente, 61-62
— metas y preocupaciones de los, 22
— selección y formación de los, criterios para la,
33-34
— y reputación manipulativa/no ética, 16-17
Terapia breve/estratégica:
— alcance de este libro, 16-18
— aplicación de soluciones «erróneas», 25-26
— definiciones de la, 22-23
— desarrollo de la, 15
— ejemplos de constructos limitantes, 183
— enfoque de la, 22-27
------- centrados en el proceso y los circuitos
de realimentación, 25-27
-------interesados en la forma y la función, 24-
25
— extracción de los, 41
— figura/fondo: efectos de la tendencia del
observador, 45-47
— historia temprana de la, 19-22
— pautas de asociación, 42
------- desarrollo de jerarquías de, 42
------- irrealidad, 46