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Título: ORWELL Y NOSOTROS: ENTRE EL ESTATUTO POLÍTICO DE LA

ESCRITURA Y EL ESTATUTO FICCIONAL DE LA POLÍTICA
Autora: Laus, Ivonne
Adscripción institucional: Facultad de Psicología, UNR
Eje propuesto: “Discurso y narrativas de la democracia actual”

Que la humanidad tenía que elegir
entre la libertad y la felicidad, y que
la mayoría prefería la felicidad.
George Orwell.

I- Introducción
El presente trabajo1 parte de la siguiente hipótesis: La desopilante novela de George
Orwell, “Rebelión en la granja” (1945) que describe satíricamente los destinos de la
revolución rusa desde el triunfo del stalinismo, encuentra una multiplicidad de espacios de
existencia en el presente, en los cuales aquella perla negra de la historia se ha cosechado
gracias a convicciones y militancias irrenunciables. Pero, al mismo tiempo, es una ficción
que provoca una experiencia inédita en el lector, en la cual lectura y escritura se comportan
como armas capaces desatar un combate en el dominio de la política que hoy nos toca.
Tal como lo que recupera Álvarez Yagüez (2017) en uno de los tantos artículos
que conmemoran el primer centenario de la revolución rusa, cabe considerar que “todas
las revoluciones del siglo XX fueron influidas de un modo u otro por ella, incluida la
sandinista en la Nicaragua de 1979, solo cabe exceptuar la revolución iraní de ese mismo
año, encabezada por los ayatolás.” Y si bien “varias generaciones vivientes somos hijos de
la revolución”, desde la francesa de 1789 hasta la revolución rusa, se pregunta el autor
también, “si eso, como cree Hobsbawm, tuvo su fin con ese siglo, allá por 1989, o aún
puede ser de algún modo motivo viviente.”
Si se entiende por revolución la destrucción radical de las instituciones del pasado y
la constitución inmediata de un nuevo cuerpo legal e institucional, el mundo occidental,
influido en el siglo XX por los efectos incuestionables de la revolución rusa, lejos de
aspirar a un destino insurrecto -a cien años de distancia y dándole la vuelta al mapa-
traduce al presente, aún, sus feroces efectos. Entre los cuales se ha establecido una

1
Derivado de la conjunción de dos investigaciones en curso, PID1PSI400: Diversidad de violencias. Lecturas
desde Foucault, Dirección de la Dra. Elsa Emmanuele y PID1PSI393, Experiencia y práctica de la escritura en
psicología y psicoanálisis, Dirección de la Dra. Ivonne Laus, radicados ambos en la Facultad de Psicología,
UNR.
invariante: la construcción del enemigo. Se trata, pues, de una existencia a priori que
constituye precisamente la condición de posibilidad y de sostenimiento de la rebelión.
El marco de surgimiento de cualquier intento de revolución se caracteriza entonces
por la extrema adversidad política que funciona como condición de posibilidad de la
revuelta. Pero, como dirá Orwell en 1984, unos años después de la publicación de la obra
que inspira el presente escrito, “nadie instala una dictadura para salvaguardar una
revolución, sino que la revolución se hace para instaurar una dictadura” (Orwell, 2015,
p.278), aún de la alegría.

II- La literatura combatiente
Según la novela de Orwell, Rebelión en la granja, en Inglaterra hubo una vez una
insurrección sin precedentes. En la granja Solariega, los animales, hartos de la escasez, el
maltrato y la explotación del Sr. Jones, el granjero, ejecutaron un buen día un
levantamiento contra los destinos humanos de dominación; fatigados ya de producir para
quienes no daban por ellos más que lo necesario para mantenerlos vivos y activos en el
trabajo. Allí no había nada que se parezca siquiera a la felicidad. No había futuro para la
corta vida animal, ni motivo alguno para estar vivo. Solo la tiranía humana reinaba; su
sinrazón.
El levantamiento -impensable tanto para los humanos como para el mundo
estrictamente animal- se produjo de noche, expulsando no sólo al granjero sino,
fundamentalmente, cualquier vestigio sordo que aludiera a su modo de pensamiento, a la
racionalidad humana. Sólo así amanecería en la granja Solariega, que entonces se convertía
en el paradigma de la rebelión animal; una granja ejemplar entre las granjas, en la que el
único poder circulante sería estrictamente el de la igualdad entre todos los animales y, por
tanto, la justicia y la felicidad. Desde aquella emblemática noche, la victoria advendría
para siempre gracias a los animales, pero, sobre todo, gracias a la labor destacada de los
cerdos, únicos capaces del arte de gobernar.
Las normas de la granja rebelde se encuentran originaria y colectivamente
inscriptas -a modo de “mandamientos”- en la pared de un establo. El primero de ellos es
categórico: “Todo lo que camina sobre dos patas es un enemigo”. Se ve no obstante
reforzado por el siguiente, que constituye a la vez su contracara: “Todo lo que camina
sobre cuatro patas o tiene alas es un amigo”. Excepto éstos, y el último de la lista de siete,
todos los demás mandamientos se definen a sí mismos por la negativa: ningún animal
llevará ropa ni dormirá en una cama ni beberá alcohol ni matará a otro animal. En último
lugar, un nuevo pensamiento positivo y universal se expresa como una máxima que integra
la totalidad de los mandamientos del listado: “Todos los animales son iguales” (Orwell,
2016, p.38).
Pero la reescritura permanente de los principios sobre los cuales la rebelión se erige
(ningún animal dormirá en una cama con sábanas ni beberá alcohol en exceso ni matará a
otro animal sin motivo) la anulan en su esencia como si se tratase de un oxímoron. “Todos
los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros” señalan, tajantemente,
pos revolución, los porcinos rebeldes.
La sutileza irónica con la que George Orwell va argumentando en su novela el
incumplimiento de cada uno de los siete mandamientos escritos y reescritos -desmentida
mediante- cada vez con la misma letra animal en la pared del establo, consiste en una
dinámica con el lector que provoca, al mismo tiempo, espanto y complicidad. Como si el
autor de Rebelión en la granja se apropiara en su escritura del modus operandi de los
cerdos, como si disimulara en cada capítulo la arbitrariedad del gobierno, ejerciendo cierto
encubrimiento cuyo efecto sería, en cambio, la brutal denuncia del régimen y sus
miserables procedimientos.
Capítulo a capítulo, como si se trazase un camino de inevitables frustraciones para
el lector, van cayendo irremediables los principios sobre los cuales la rebelión había
podido erigirse. Y con ellos, las posibilidades y los sueños. Todo se derrumba, menos el
gobierno: la gestión de la granja, su administración política. No obstante, la disputa interna
de la clase gobernante -reflejada pintorescamente en la novela por la tenaz edificación de
un molino de viento- es la condición de construcción y, a la vez, de exclusión del enemigo
en tanto supuesto conspirador.
Orwell le otorga a Bola de Nieve, el animal que representa a Trotski, elogios
indudables que Napoleón (el representante ficticio de Stalin) y sus secuaces no cesan de
reprimir, invertir o desacreditar. En tanto Bola de Nieve “obtenía a menudo la mayoría con
sus brillantes discursos (…) Napoleón tenía más capacidad para obtener apoyos en los
intervalos. Sobre todo tenía éxito con las ovejas”. (p.57).
Es que el mismo Trotski en su autobiografía se ve obligado a desmentir a Stalin,
pues tal como puede leerse de cerca en el cerdo Napoleón, “la cortedad de las limitaciones
personales podía cobrar la fuerza terrible de resentimientos duraderos” (Kohan, 2017,
p.50).
Entre la literatura y la política, además de exclusiones fenomenales existen -tal
como puede evidenciarlo Orwell- intrincadas relaciones. No es precisamente el sendero de
la ficción el que dará por tierra con las veracidades de la política, pero nada quizá hay más
ficticio que el entramado de su lógica o de su racionalidad. La política como parte
irreductible en la constitución del estado de las cosas transciende sus meras formalidades
para proseguir in toto irremediablemente, incluso en la literatura.
En la obra de Cervantes, sin ir lejos, Sancho Panza advierte con cordura a don
Quijote sobre los molinos de viento e igual lucha el hidalgo contra ellos. Y aún partida el
arma con la que el caballero arremetía aquellas astas enormes impulsadas por el viento,
consideraba él que era capaz de vencerlos. La literatura tiene sin dudas otro discurso pero
comparte con la política un trasfondo ficcional.
Y si bien como sostiene Barthes, la literatura no es otra cosa que unas trampas a la
lengua, una “magnífica engañifa que permite escuchar a la lengua fuera del poder, en el
esplendor de una revolución permanente del lenguaje” (p.97), la escritura y su sujeto,
configuran un texto cuyas “fuerzas de libertad (…) no dependen de la persona civil, del
compromiso político del escritor (…) ni incluso del contenido doctrinario de su obra, sino
del trabajo de desplazamiento que ejerce sobre la lengua” (Barthes, 2003, 98).
En esta revolución permanente del lenguaje que deja por fuera precisamente el
aspecto provisional de una revuelta, Don Quijote o Bola de Nieve y Napoleón ¿enloquecen
menos que Orwell y Cervantes, que Trotski y Stalin? ¿Qué estatuto político tiene entonces
la escritura? ¿Qué estatuto ficcional tienen la política y la revolución?

III- La escritura como un arma
Qué otro motivo que la escritura estuvo presente en el golpe final que iba a terminar
con la vida de León Trotski, el hombre que sin ironía solía presentarse sin más como un
escritor. Reflexiona el contemporáneo Martín Kohan: “¿de qué excusa se valió, en última
instancia, su solapado asesino, sino la de acercarle un artículo propio para someterlo a su
consideración?” Ironía de las letras; el director de seguridad de la casa de México donde
recibe su ataque de muerte, Joseph Hansen, testimonia que aquel día “la sangre de Trotski
salpicó las últimas páginas que había escrito para una biografía de Stalin.” (Kohan, 2017,
p.57).

Van Heijenoort se pregunta, perplejo, cuando ya todo es inútil, cuando ya no hay nada que
hacer, cómo no se dieron cuenta del mal francés del asesino, que se hizo pasar por belga
siendo en verdad español: “¿Cómo pudo no ser sensible (Rosmer) a la manera de hablar de
Mercader?”. Con lo cual el círculo se cierra. Ya no hay dos saberes ajenos: el de la lengua
y el del custodio. Para ser buenos custodios habrían debido ser más perspicaces también en
cuanto a la lengua. Entre el traductor y el guardaespaldas ya no hay paradoja alguna.
(Kohan, 2017, p.66).

Quien sabe por qué George Orwell no destinó detalles en su Rebelión en la granja
al destino final de León Trotski, asesinado apenas tres años antes de la publicación de su
novela. Quién sabe por qué no hay un cerdo Lenin que complete la historia de la revuelta.
Quién sabe porqué no hubo un animal representando al secretario y guardaespaldas Van
Heijenoort, que tras alejarse unos cuantos meses del Viejo lee la contundencia de su muerte
en un periódico. Tampoco han jugado en la Granja las jóvenes y escribientes secretarias.
De haber estado estos personajes representados entre esas páginas, quizás se hubiera
tratado de pájaros.
Lo cierto es que el internacionalismo de Trotski, quien paradójicamente terminaría
su vida exiliado lejísimos de la URSS, juega la trampa de la lengua y a la lengua, tal como
lo mencionaba Barthes. Al revolucionario ruso, al escritor, lo asesina un español, en
México, hablándole en francés. Trotski, asesinado, pero condenado de todos modos en el
país de Stalin. Mercader, su asesino, preso y condecorado luego por el mismo dictador. En
España también Orwell prestó servicios en el ejército rojo, y fue allí donde conoció desde
dentro el socialismo soviético.
Las tramas que enlazan la literatura con la política en su sesgo revolucionario
denotan, en Orwell, el corte que la escritura produce en los personajes, tan ficticios como
reales. “Bola de Nieve (que era quien mejor escribía)”, adjudica de entrada Orwell a quien
representa en su novela al revolucionario que llegará a decir alguna vez desde el exilio
“soy un hombre armado con un bolígrafo”.
“¿Por qué nos inquieta que el mapa esté incluido en el mapa y las mil y una noches
en el libro de Las mil y una noches? ¿Por qué nos inquieta que Don Quijote sea lector
del Quijote, y Hamlet, espectador de Hamlet?” se pregunta Borges, y allí mismo responde:

Creo haber dado con la causa: tales inversiones sugieren que si los caracteres de una ficción
pueden ser lectores o espectadores, nosotros, sus lectores o espectadores, podemos ser
ficticios. En 1833, Carlyle observó que la historia universal es un infinito libro sagrado que
todos los hombres escriben y leen y tratan de entender, y en el que también los escriben.
(Borges, 2002, p.79).
Si Cervantes en su Quijote hace a su criatura volcarse a una lucha contra los
molinos de viento, y los molinos de viento entonces son la locura que conjura al autor y su
personaje; Orwell, temporalmente más cerca de nosotros, hace de la construcción de un
molino de viento la locura de la revolución rusa. Y a la vez, piedra de toque y germen
interno de la disputa.
“¿Qué pasaría, por ejemplo si hubierais decidido apoyar a Bola de Nieve y su
estupidez sobre los molinos de viento, a Bola de Nieve, que, como ahora sabemos, no es
más que un criminal?” pregunta a sus camaradas el cerdo de mayor confianza de
Napoleón, y alguien replica “-Luchó con valentía en la Batalla del Establo de las Vacas”.
“-La valentía no basta –arremete obstinadamente el cerdo -. La lealtad y la obediencia son
más importantes”. (p.63).
Orwell, nuestro escritor, no lo escribe. Ni Trotski, ni Lenin ni Gramsci que tan bien
se valieron de las palabras. Ni figura tampoco en ninguno de los mandamientos de la pared
del establo según su versión final. Qué habría sucedido entonces si el líder de la revolución
socialista, en lugar de Napoleón, hubiera sido Bola de Nieve. ¿Hubiese existido finalmente
–al decir de Martín Kohan- un hombre de palabras allí donde antes hubo un hombre de
acción? O más aún ¿hubiese habido palabras?
¿Es estrictamente ficcional la ocurrencia de hacer hablar, en nombre de la
revolución soviética, a los cerdos? La respuesta, cualquiera sea, sólo podría argumentarse a
partir del instante en que uno queda detenido, como estaqueado, cuando la novela cuenta
su final…
Y en la transformación que hacen los cerdos, se podrían reconocer las mil y una
caras de la política. Es precisamente en el avanzado estado de rebelión que narra la novela,
que se produce una especie de metamorfosis kafkeana invertida, a partir de la cual se fija la
insoportable identidad. Hay una equivalencia escalofriante entre el revolucionario –
estalinista- y su enemigo, una mismidad que se construye por exacerbación de la
diferencia. Y una diferencia que se erige en un pie ominoso de igualdad. “Todos los
animales son iguales. Pero algunos son más iguales que otros”. Principio que no sólo se
entorpece a sí mismo, sino que indica que en la otredad de las cosas, todo puede ser igual.
¿Para qué –y para quiénes- entonces la rebelión?

IV- Nuestro pobre estalinismo: el arte de gobernar miserablemente
Habría que desandar las biografías singulares de las mujeres y los hombres que
entraman la clase política argentina, y así trazar sus diferencias. Pero se ha de estar seguro
que, en mucho, se ha adelantado Orwell. Aunque de todos modos, las biografías constatan
que los individuos sobre los que se las compone son estrictas ficciones. Otros géneros, con
Borges, vienen a ratificar esto.
La ironía de Orwell por ejemplo ¿deja acaso alguna duda? ¿Es más real Stalin que
Napoleón, su versión porcina? ¿Es más empírica la existencia de la clase trabajadora que
de Boxeador, su hípico representante? ¿Es verificable y excluyente a la vez de unas
cuantas almas humanas, la existencia de unas ovejas que prefieren balar reiteraciones
absurdas, falaces y contradictoras en sí mismas, que pensar? ¿Existen en el mundo -que
suponemos que no inventamos- perros nerviosos, adiestrados por cerdos codiciosos que
pretenden gobernar a otros, siendo entonces sus amos y los amos de todos?
En el núcleo duro de las revueltas es donde se resuelven la prioridad de los
intereses políticos, económicos, propagandísticos, etc. los cuales siempre dependen de
coyunturas lo suficientemente efímeras como para ser indistintamente unos o sus
contrarios. Todo puede cambiar, lo que da cierta inestabilidad a las ideas. Pero, al mismo
tiempo, nada fuera de aquel núcleo central se puede modificar. Hay una cristalización
hacia los extremos, hacia los márgenes.
Principio que quizás explique la contradicción que se da en el carácter paradójico
de la revolución: ¿provisoria? ¿permanente? “Lo que gira –a eso se llama revolución- está
destinado por su mismo enunciado, a evocar el retorno”, dirá Lacan (2016, p.54).
El exilio, la purga y el gulag estalinista fueron, mientras duró aquella dictadura, el
paroxismo socialista. ‘Del otro lado’, el paroxismo nazi consistió en la purificación racista.
Un encuentro irremediable junta los lados. Y deja como su consecuencia, o como su
efecto, un modo o una lógica más o menos incesante de pensamiento.
Pero, como advierte Camus (1951), no es justo identificar los fines del fascismo con los del
comunismo ruso. Al ficcionar el segundo, lo que consigue Rebelión en la granja, este
clásico inigualable de la literatura política, es evidenciar todo lo que tiene de satírica la
dictadura soviética, porque, si bien como régimen, éste claudica ante el advenimiento
definitivo de la democracia, la sátira hace existir entre nosotros las máximas estalinistas
como inmanentes a la democracia misma.
Claro que no en cualquier sociedad ni en cualquier época se retoman y se mezclan
las huellas de una y otra racionalidad. Pues no es la izquierda ni la derecha, no son
estrictamente el comunismo o el nazismo, no son tampoco tal o cual partido político en
oposición a otro, no es ‘la ideología’. Los lados que inexorablemente se encuentran y se
unen por los extremos no pueden ser excluyentes sino que se implican mutuamente y
configuran una nueva moral de la sociedad civil. Una sociedad reparada y una política
aparentemente purificada, cuyo apareamiento se da con una especificidad local y epocal.
En Argentina de los últimos tiempos, sin ir más lejos, la maquinaria logística de la
política ha tomado la forma -en apariencia frívola- del marketing. Detrás de los grandes
mandatarios, en lugar de operadores políticos, hay un coach -del cual algunos se
avergüenzan menos que otros-. La nueva escena hiperteconologizada en la era del
irreflexivo chillido mediático, se sostiene en la vieja estrategia de construcción del
enemigo único, insoslayable y fundamental que configura –venimos a ratificar acá- la
astucia histórica, indiscutible, del estalinismo.

Reaparece aquí una táctica, a la vez política e ideológica, del stalinismo que consiste en
tener siempre un solo adversario. Sobre todo cuando se lucha en varios frentes a la vez: hay
que actuar como si la batalla se librase contra un solo y único adversario. Hay mil diablos,
decía la Iglesia, pero un solo Príncipe de las Tinieblas. Y lo mismo hacen ellos. Esto
produjo, por ejemplo, el socialfascismo en un momento en que había que luchar contra el
fascismo y simultáneamente se pretendía atacar a la socialdemocracia. Más tarde se inventó
la categoría del hitlerotrotskismo. O la de titismo, como invariante de todos los adversarios
posibles. Hoy el procedimiento continúa siendo el mismo. Se trata, en el fondo, de un
procedimiento judicial que ha desempeñado un papel muy preciso en varios procesos: tanto
en los de Moscú como en los de las democracias populares de la postguerra. (Foucault,
1993, pp.250-251).

En ese marco, la estética gerencial, la murga mediática, los slogans sociales, la
calumnia, la persecución escénica, la infatuación de la clase gobernante y la
preponderancia del mensaje invertido que cuando quiere democratizar fascistiza, son
moneda corriente.
Rancière, que es un teórico de la emancipación, escribe magistralmente en su obra
El odio a la democracia, sobre política. La cual oficia de condición irreductible, capital, de
la democracia en nuestras sociedades occidentales. Pero también viceversa. Siguiendo el
retrato platónico del hombre democrático, en La república, trae a cuento Rancière los
caracteres de los gobernantes y de los gobernados, enumerando los títulos necesarios para
cada posición, ya sea para gobernar el Estado o una casa.

Estos títulos son siete. Cuatro de ellos se presentan como diferencias vinculadas al
nacimiento: mandan naturalmente aquellos que nacieron antes o de mejor cuna (…).
Siguen otros dos principios que también atañen a la naturaleza cuando no al nacimiento. En
primer lugar la “ley de la naturaleza” celebrada por Píndaro, el poder de los más fuertes
sobre los menos fuertes. Título que se presta sin dudas a la controversia: ¿cómo definir al
más fuerte? El Gorgia (…) concluía que sólo se podía entender bien ese poder si se lo
identificaba con la virtud de los que saben. Este es, precisamente, el sexto título aquí
enumerado: (…) la autoridad de los sabios sobre los ignorantes (…) Los primeros fundan el
orden del Estado en la ley de filiación. Los segundos demandan un principio superior para
este orden: que gobierne no el que nació antes o el de mejor cuna, sino simplemente el que
es mejor. Aquí es donde empieza efectivamente la política (2012, pp.61-62).

Pero ¿qué hay que saber para gobernar? Hay que saber representar, para construir
así hegemónicamente la verdad. También, conocer la verdad sobre sí mismo para saber
representar. La creencia entonces es el sostén fundacional y esencial de la política
gubernamental. Crear una verdad para hacer creencia en ella por medio del sentido.
“Creerse remite a la dialéctica del ser, cuyo corazón es ‘el desconocimiento esencial de la
locura’” (Muñoz, 2014, p.85). Que para Hegel tiene una fórmula general:

El loco busca imponer la ley de su corazón en el desorden del mundo pero a costa del
desconocimiento de la implicación de su ser en ese desorden. No reconoce que las
imágenes que la persiguen son reflejo de su ideal (…) Fórmula con la que, según Lacan,
Hegel también aclara el problema del revolucionario, el que “no reconoce sus ideales en el
resultado de sus actos”. (Muñoz, 2014, p.86).

El stalinismo efectivamente no lo hace, Napoleón sí. Napoleón no está loco porque
no cree en absoluto en Napoleón. Orwell, que unifica a ambos personajes por medio del
nombre, no cree en el Napoleón que construye, Napoleón depende del Otro, que sostiene
“a cada instante su existencia” (Lacan, 2002a, p.169). Pues, “si un hombre que se cree rey
está loco, igualmente loco está el rey que se cree rey.” (Lacan, 2002b, n.37, p.270).
Podría leerse con Rancière aquí un principio “paradójico, que se presenta cuando el
principio de gobierno se separa del de las diferencias naturales y sociales, es decir: cuando
hay política.” (2012, p.67). Ya que el poder político es para él, “en última instancia, el de
quienes no tienen razón natural para gobernar sobre quienes no tienen razón natural para
ser gobernados”. (p.72).
¿Hay que renunciar a esta fe para comprender lo que la democracia significa? No
hay en ella razón natural para gobernar ni para ser gobernados, afirma en cierto modo
Rancière. Es lo inquietante en la clase política. Es lo que la política re-niega de sí misma:
su carácter azaroso e igualitario. Gobiernan entonces -a partir de deformaciones intrínsecas
a la democracia misma- quienes se erigen en profetas, cuyo fragor es gestionar en el
nombre de los otros, de los iguales, del pueblo.
Es que todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que
otros. Vale recordar, una vez más, la máxima porcina, porque allí se halla la paradoja de la
política, constitutiva de la democracia misma.
Cómo enfrentar, nosotros, entonces, este gran murmullo escandalizante y este arte
de gobernar miserable que es, hoy, nuestra política. Si acordamos con Orwell que una
revolución se hace para instalar una dictadura; la revolución de la alegría en Argentina ¿ha
instalado la dictadura de la felicidad? En tal caso, la escritura y, con ella la literatura,
probablemente son armas que –a puro bolígrafo- batallen el régimen de felicidad
obligatoria, necesaria y universal propuesto por la racionalidad a ultranza neoliberal –y
democrática- que caracteriza nuestra actualidad y que enfatiza, descaradamente, nuestra
política nacional.
La escritura y la literatura son las armas de “un ethos filosófico que [consiste] en
una crítica de lo que decimos, pensamos y hacemos, a través de una ontología histórica de
nosotros mismos” (Foucault, 1996, p.68). Pero son armas, también, de la política, en la
medida que este discurso admita -con Foucault- el valor que, desde Kant, radica en la
incesante pregunta: “¿Qué es lo que pasa hoy? ¿Qué es lo que pasa ahora? ¿Y qué es ese
“ahora” en el cual estamos unos y otros y que define el momento en el cual yo escribo?”
(Foucault, 1996, p.68).
Orwell realiza, todavía en los años ‘40, el trabajo magistral de una restitución
tiránica en pleno desarrollo del régimen stalinista. Describe su trama despótica en la
caricaturesca réplica que logra su satírica novela. Se ríe del régimen cuando lo escribe
porque aún se padece. Y le devuelve, con la literatura, un brillo escénico. El único brillo
que hubo conseguido el comunismo soviético. La opaca dictadura que se perfilaba, en
cambio, entonces, allí se quedaría para hacer una larga historia. Tan esparcida que aún no
finaliza. De modo que, ciertamente, “lo que más nos afecta de esta historia, puestos a
pensarla, es que no ha terminado todavía”. (Kohan, 2017, 22).
Referencias bibliográficas
Álvarez Yagüez, J. (2017) “La revolución rusa, cien años después”. Fronterad Revista
digital. Vista 10 de febrero de 2018 en http://www.fronterad.com/index.php?q=16669
Borges, J.L. (2002) “Magias parciales del Quijote”. En Otras inquisiciones, Bs. As.:
Alianza editorial.
Foucault, M. (1993) “Lo que digo y lo que dicen que digo” En Tarcus, Disparen sobre
Foucault, Bs. As.: El cielo por asalto.
___________ (1996) ¿Qué es la Ilustración? Madrid: Ediciones de La Piqueta.
Kohan, M. (2017) 1917. Bs. As.: Ediciones Godot
Lacan, J. (2002a) “Acerca de la causalidad psíquica” En Escritos 1, Primera parte. Bs.
As.: Siglo XXI.
_______ (2002b) “Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis” En
Escritos 1, Segunda Parte, Bs. As.: Siglo XXI.
_______ (2016) Seminario Aún, Bs. As: Paidós.
Muñoz, P. (2014) Las locuras según Lacan: Consecuencias clínicas, éticas y
psicopatológicas, Bs. As.: Letra Viva.
Orwell, G. (2016) Rebelión en la granja. Bs. As.: Penguim Random House Grupo
Editorial.
________ (2015) 1984. Bs. As.: Penguim Random House Grupo Editorial.
Rancière, J. (2012) El odio a la democracia, Bs. As.: Amorrortu.