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IX Jornadas Debates Actuales de la Teoría Política Contemporánea

:
“Resistencias y alternativas políticas en el capitalismo neoliberal”

23 y 24 de noviembre de 2018 - Facultad de Ciencia Política y Relaciones
Internacionales, Universidad Nacional de Rosario

Título: Subjetividades infantilizadas. El uso del tiempo y el espacio en discapacidad
intelectual
Autor: Dr. Alejandro Martín Contino
Adscripción institucional: UNR-IUNIR (Universidad Nacional de Rosario –
Instituto Universitario Italiano de Rosario)
Eje: 6 “Subjetividades políticas. Poder y potencia en la trama neoliberal”

CV del autor:
Doctor en Psicología (financiado mediante beca por el CONICET) y Especialista en
Psicología En Educación (UNR). Psicólogo y Profesor en Psicología (UNR). Se
desempeña como docente investigador en dos Universidades de Rosario (Universidad
Nacional de Rosario -UNR- e Instituto Universitario Italiano Rosario -IUNIR-), en las
asignaturas Prácticas Profesionales Superficiales, Políticas en salud y Salud Mental,
Psicología En Educación, y en un espacio en el que se acompañan estudiantes en la
elaboración de los Trabajos Integradores Finales de grado. Es también docente de un
Proyecto de Extensión destinado a la formación académica y profesional de
Acompañantes Terapéuticos (en la Universidad Abierta Interamericana -UAI-). Dicta
capacitaciones sobre Abordajes Pedagógicos Complejos (Educación Inclusiva) en la
provincia de Córdoba desde 2014, y en prácticas en relación a la discapacidad intelectual
en la ciudad de Rosario. Ejerce en consultorios de Rosario, trabaja en una clínica que
aborda problemáticas del vínculo con la comida, y como psicólogo del Equipo de Apoyo
a la Integración Escolar del Centro Educativo Terapéutico “Tramas”, ubicado en la
localidad de Máximo Paz (Santa Fe, Argentina).
Resumen:
La presente ponencia constituye una producción parcial del Proyecto de Investigación
Condiciones para el nacimiento de la figura del “niño eterno” a partir del dispositivo de
sexualidad, Res. del Departamento de Investigación (IUNIR) N° 24/16, CAI EP 04/16,
cuyo Director es el Dr. A. Martín Contino. Se busca determinar las condiciones histórico-
políticas que debieron darse para el nacimiento de la figura de la niñez eterna, con
primacía actualmente en relación a la discapacidad intelectual, que se caracteriza por una
infantilización que afecta todos los planos de la subjetividad. Se trata de una suerte de
captura, potenciada por la gubernamentalidad neoliberal, de la forma de ser de los sujetos
en situación de discapacidad intelectual, que los mantiene fijados eternamente a una niñez
forzada. Este forzamiento sólo puede producirse y sostenerse mediante un particular uso
del tiempo y del espacio que conforman los circuitos por donde cada integrante de este
sector poblacional transita cotidianamente. Fijar el tiempo en una etapa de la vida de una
persona, y manipular la espacialidad de los ámbitos que habita, promueve un modo de
sujeción que deja muy poco margen para otros modos de subjetivación, Sin embargo, es
posibles encontrar algunos escapes y fugas a dicha captura.

Palabras claves: Gubernamentalidad neoliberal, Discapacidad intelectual, Subjetivación,
Infantilización, Niñez eterna

Sobre la infantilización
“Somos como brujos del reloj, ninguno parece envejecer”
(Fernando Cabrera, La casa de al lado)

Esta producción parcial pertenece al Proyecto de Investigación Condiciones para el
nacimiento de la figura del “niño eterno” a partir del dispositivo de sexualidad, Res. del
Departamento de Investigación del Instituto Universitario Italiano de Rosario (IUNIR)
N° 24/16, CAI EP 04/16, cuyo Director es el Dr. Alejandro Martín Contino. Se analiza
aquello que Guattari y Rolnik (2013) denominan infantilización, buscando indagar las
condiciones de posibilidad para la configuración de la figura de la niñez eterna en los
sujetos en situación de discapacidad intelectual.
La infantilización, tal como la plantean estos autores, remite a situaciones en las que
“piensan por nosotros, organizan por nosotros la producción y la vida social” (2013, p.
59), haciendo especial referencia al Estado, quien media en todo aquello que pueda
hacerse o pensarse en sectores poblacionales específicos (como el de las mujeres, los
locos, los de comportamiento disidente o incluso el de la discapacidad).
En relación al sector poblacional en situación de discapacidad, desde la década de 1980
se profundiza una tendencia a nivel de las legislaciones y las políticas públicas, tendientes
a que se le regule y condicione la circulación y la participación social, a espacios
exclusivos para esta población, casi siempre de carácter terapéutico y pedagógico.
Ejemplo de ello son las leyes N° 22.431, de 1981, y la N° 24.901, de 1997, las cuales
establecen un sistema de protección integral de las personas con discapacidad, en donde
es la Secretaría de Estado de Salud Pública quien certificará la existencia de la
discapacidad, su naturaleza y su grado; así como el tipo de actividad laboral o profesional
que puede desempeñar. También toma a su cargo a través de sus organismos, la
rehabilitación, la formación laboral o profesional, los préstamos y subsidios, el régimen
diferencial de seguridad social, la escolarización y la orientación individual y familiar de
quienes no cuenten con obra social ni puedan afrontar estos costos por sí mismos.
Se trata de una posición medicalizadora y paternalista, que una vez inaugurada no se
abandonará ya jamás en este país, la cual implica una triple dimensión: en primer lugar,
la discapacidad remite a una patología –déficit- por lo que su existencia se constata en lo
individual; segundo, un organismo oficial del Estado es el encargado de certificarlo; y,
por último, también es potestad del Estado determinar el tipo de actividad –laboral,
educativa, terapéutica- que alguien podrá desempeñar en lo social.
Se definen así lugares claramente diferenciados y asimétricos, restringiendo la
participación de los sujetos en situación de discapacidad, a la mera solicitud de beneficios
(ya sea de asistencia, de rehabilitación, de tratamientos, de pensión, de subsidios, de
exenciones, etc.). Es decir, la situación de discapacidad conlleva una determinada
distribución de las redes del poder, que tiende a mantener al margen del estudio, la
interrogación y la transformación de su propia situación a los sujetos atravesados por esta
problemática. Así, frente a un otro que se impone paternalista, no se puede encontrar otra
opción más que la de ubicarse en un posicionamiento subjetivo infantilizado.

se naturaliza (…) toda una serie de presunciones respecto de lo que es posible y lo que no,
lo que le está permitido y lo que no, lo que se espera y lo que no, de un sujeto en situación
de discapacidad mental. De esta manera, la infantilización, la desexualización, la
minimización de los afectos y la pasividad política demuestran una clara hegemonía en el
posicionamiento subjetivo de quienes habitan este territorio (Contino, 2016, p. 8).

Sobre la figura de la niñez eterna
“El tiempo es una aflicción humana, una prisión”
(William S. Burroughs, El fantasma accidental)

La niñez eterna (García, 2002, según cita Valdivia Martínez, 2015; Casarella, Duacastella
y Tallis, 2005; Gafo, 2000; García y Dios del Valle, 2002; Navarro, Torrica y López,
2010) se nutre del supuesto estado de incapacidad jurídica, el presunto déficit cognitivo,
y la inmadurez orgánica, atribuidas a la niñez, pero manteniéndolas a lo largo de toda la
vida de los sujetos en situación de discapacidad intelectual.
Si bien puede tratarse de personas adultas etariamente hablando, de todos modos, suele
encontrarse un cuerpo subutilizado y subestimado, que no fue habilitado para agradar sino
para ser objeto de cuidado de otros (adultos, familiares a cargo, profesionales, etc.),
aunque casi siempre con una primacía de la madre (Angelino, 2014). El acceso a los
cuidados higiénicos y a prácticas de la sexualidad en general (menstruación,
masturbación, relaciones sexuales, poluciones nocturnas, etc.), no siempre son abordados;
y si lo son, ocurre ya en la edad adulta, de manera sumamente postergada y extemporánea
(Aznar y González Castañón, 2008; Belgich, 2004).
La niñez eterna, atenta así contra el advenimiento de la adolescencia, etapa necesaria para
la construcción de una subjetividad adulta y autónoma, a partir de la cual deviene posible
la transición entre lo endogámico a lo exogámico y, con ello, a la vida en comunidad.

Sobre el tiempo
“No hay tiempo de más, no hay tiempo de más,
una hora es fatal, un minuto igual”
(Manal)

No es posible definir con precisión qué es el tiempo. Desde la filosofía de la Grecia
Clásica, hasta la Edad Media, muchos filósofos intentaron reflexionar acerca de este
fenómeno (Indij, 2014), y tal vez una de las frases más concluyentes –y menos
satisfactorias al mismo tiempo-, sigue siendo la de San Agustín: “¿Qué es, entonces, el
tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicárselo a quien me pregunta, no lo
sé” (2007, p. 224).
Tuvo que llegar el siglo XX para que se pudiera decir algo verdaderamente revolucionario
respecto del tiempo: a diferencia de lo que puede hacerle creer sus sentidos al ser humano,
el tiempo no es una dimensión absoluta, un fluir constante, que pasa de manera
independiente de cualquier circunstancia, sino que es relativo: “en la física clásica el
tiempo es absoluto, es decir, independiente de la posición y del estado de movimiento del
sistema de referencia (…). La teoría de la relatividad sirve en bandeja la visión
cuadridimensional del “mundo”, pues según esta teoría el tiempo es despojado de su
independencia” (Einstein, 1999, p. 29) (las comillas son del autor).
Otro gran físico de los siglos XX y XXI, Hawking, especificó que, de este modo, “cada
observador tendría su propia medida del tiempo (…): relojes correspondientes a
diferentes observadores no coincidirían necesariamente. Así las cosas, el tiempo devino
en un concepto más subjetivo, relativo al observador que lo medía” (2014, p. 129).
Esto significa que a pesar de no saberse exactamente qué es el tiempo, tanto el modo en
que transcurre, como la forma en que se lo vivencia, dependen de cada observador. Así,
el tiempo no sólo depende de la velocidad de desplazamiento del observador o de la
curvatura del espacio generado por la masa de un cuerpo (gravedad), sino que también su
vivencia se subordina a la actividad que se esté realizando y al modo en que ésta afecta a
quien la realiza.
Esto deviene importante dado que, a partir del capitalismo, el tiempo se ha vuelto también
un elemento valioso, un objeto mercantilizable. Time is money, afirmaba Benjamin
Franklin en 1748, clausurando una época en la que el tiempo podía perderse sin mayores
inconvenientes: “En su aceleración, el tiempo encuentra su interpretación como valor para
la modernidad” (Indij, 2014, p. 16).
Hacia esta época, mediados del siglo XVIII, las sociedades occidentales no sólo se
consolidan como modernas y capitalistas, sino también como disciplinarias (Foucault,
2004). Las disciplinas se encargarán entonces de que la experiencia del tiempo ya no
dependa de la forma en que cada uno pueda y quiera vivenciarlo. El tiempo pasa a ser
parte de una ecuación que define la productividad del ser humano. Se despliega así, a
través de diversos espacios institucionales instalados por toda la sociedad, un “control
minucioso de las operaciones del cuerpo, que garantizan la sujeción constante de sus
fuerzas y les imponen una relación de docilidad-utilidad” (p. 141). Para ello, “el tiempo
medido y pagado debe ser también un tiempo sin impureza ni defecto, un tiempo de buena
calidad, a lo largo de todo el cual permanezca el cuerpo aplicado a su ejercicio” (p. 155).
Esta imposición social de tener que vivir el tiempo en función de su aprovechamiento
productivo (en el sentido capitalista del término), llevó a Nietzsche a inventar una manera
de preguntarse acerca de la forma de vivir, mediante la idea del eterno retorno. Es decir,
¿qué pasaría si uno estuviese condenado a vivir su vida, su existencia, de la misma
manera, una y otra vez? ¿Elegiría vivirla de ese modo o cambiaria algo?

Esta vida, tal como la vives ahora y como la has vivido, deberás vivirla una e innumerables
veces más; y no habrá nada nuevo en ella, sino que habrán de volver a ti cada dolor y cada
placer, cada pensamiento y cada gemido, todo lo que hay en la vida de inefablemente
pequeño y de grande, todo en el mismo orden e idéntica sucesión, aun esa araña, y ese claro
de luna entre los árboles, y ese instante y yo mismo. Al eterno reloj de arena de la existencia
se lo da vuelta una y otra vez y a ti con él, ¡grano de polvo del polvo! (Nietzsche, s.f., p.
86).

A partir del siglo XX, con la diseminación de la gubernamentalidad neoliberal, la
imposición respecto de la forma en que debe -y no debe- vivirse el tiempo, logra salir de
los muros arquitectónicos de los viejos espacios institucionales, y atraviesa a todos los
seres humanos por igual en el mismo espacio social. En las sociedades de control, que
sustituyen gradualmente a las disciplinarias, se vive un tiempo sin interrupciones, un flujo
continuo, un transcurrir que no termina nunca, que obliga a una carrera constante por
capitalizarse uno mismo como si cada ser humano tuviera que concebirse como una
empresa en sí misma. Esto remite a la figura del empresario de sí, que conlleva una
formación permanente, a una evaluación constante (Deleuze, 2005), a una capitalización
sin fin de uno mismo, de manera de estar en las mejores condiciones para competir con
todos los demás (Murillo, 2011).
A tal nivel de asfixia llega esta racionalidad, que Welte, llegó al extremo de tener que
proponer una manera de detener el tiempo. Según explica Sztajnszrajber, aquel filósofo
alemán que vivió durante el siglo XX, afirma que la forma de detener el tiempo consiste,
simplemente, en vivir un rato, ya que los ratos no tienen una duración precisa, o más bien,
su cuantificación no forma parte de los intereses de quien lo está viviendo (López, 2015).
Así, un rato puede durar muy poco, pero es posible que parezca muy largo, por la forma
en que se lo disfruta. El rato, entonces, interrumpe de alguna manera la de continuidad
del tiempo y la exigencia de su registro, por lo que, especialmente, ofrece un punto de
resistencia a la imposición de que el tiempo no puede perderse, de que cada momento
debe ser productivo, para no perder segundos, minutos u horas valiosas para la incesante
capitalización exigida por la racionalidad neoliberal.

Sobre el uso del tiempo en la discapacidad intelectual
“El tiempo pasa lento para mí”
Los espíritus

“El tiempo penetra el cuerpo, y con él todos los controles minuciosos del poder”, sostiene
Foucault (2004, p. 156). Ahora bien, ¿qué pasa con quienes, por las características de su
forma de ser, se prestan de un modo diferente a la capitalística a esta forma de
penetración? ¿Qué hace la gubernamentalidad neoliberal con quienes no logran
subordinarse a esta imposición del tiempo y de las actividades, a esa exigencia de
productividad? (Gamba, 2014).
Cualquier otro modo de vivenciar el tiempo, diferente del que propone la
gubernamentalidad neoliberal, es deslegitimado, desvalorizado, subestimado, e incluso,
patologizado. Y, en consecuencia, medicalizado.
Según el conde de Korzybski, “el hombre es un animal que fija el tiempo” (Burroughs,
2003, p. 59). Y lo hace mediante el lenguaje, afirma, ya que así, puede conservar relatos
de una época para generaciones futuras, por ejemplo.
Tal vez en el caso de la discapacidad intelectual, el lenguaje, mediante el ordenamiento
discursivo propio de la gubernamentalidad neoliberal, basado en la dicotomía normal /
anormal que supo imponer el discurso médico, utiliza el lenguaje para fijar a este sector
poblacional a un determinado estado: el de la niñez eterna. El neoliberalismo entonces
inventó una nueva forma de detener el tiempo, diferente a la Welte: imponer un modo de
sentir, pensar, decir, hacer específico, con muchos rasgos de la niñez, a un sector
poblacional que de todos seguirá sumando años de vida. Se trata entonces de una forma
de existir anclada en circuitos exclusivos, y formas de participación social despolitizada,
desexualizada, en fin, infantilizada, para que otro sector poblacional –en este caso
productivo, profesionalizado-, se encargue de su atención mediante estrategias basadas
en los discursos médico, psiquiátrico, psi, pedagógico, etc.
Así, un sector poblacional que encontraba dificultades para vivir el tiempo de acuerdo al
mandato capitalístico, es relegado a un estado patologizado, a la niñez eterna, para devenir
de esta manera objeto de atención de otro sector poblacional que tendrá que capacitarse
para intervenir allí. Esto es lo que se ha dado en llamar el negocio de la discapacidad
(Barnes, 1998), o la industria de la rehabilitación (Vallejos, 2009).
Ahora bien, evidentemente esta forma de hacer uso del tiempo es posible, porque el
tiempo es algo ineludible para el ser humano. Al decir de Burroughs, “el hombre nació
en el tiempo. Vive y muere en el tiempo. Donde quiera que vaya, lleva el tiempo consigo
y lo impone” (2003, p. 59). Se puede pensar que para imponer efectivamente esta
detención del tiempo, será necesario, a su vez, hacer un uso específico de los espacios por
los que transita el sujeto en situación de discapacidad intelectual.

Sobre el uso del espacio
“Tienes que ser muy rápido para mantenerte en el mismo lugar”
(Lewis Carroll)

La gran mayoría de los ámbitos destinados a sujetos en situación de discapacidad
intelectual, se caracteriza por una estética basada en nombres infantiles, colores primarios
o llamativos, posters con figuras y personajes infantiles, sillas chicas similares a las
utilizadas por niños en las escuelas, referencias a personajes del cine o la televisión
siempre de producciones también infantiles, etc.
A su vez, los elementos cortantes, o herramientas riesgosas suelen resguardarse de forma
precavida de los sujetos que conforman este sector poblacional, y las que les llegan,
suelen ser versiones simplificadas, sin punta, sin filo, de materiales no cortantes; esto es,
que no conllevan riesgo alguno en su uso. Los utensilios de cocina -vasos, cubiertos, etc.-
también suelen ser de plástico. Además, son muy pocos generalmente los sujetos que
tienen permitido utilizar la cocina, las hornallas, el horno, etc.
Por otro lado, las salidas a ámbitos públicos cuentan también con una serie de medidas
precautorias: suelen no manejarse solos/as en la vía pública, ni utilizan generalmente por
sí mismos/as el transporte público; se camina más lentamente, y/o transitan tomados/as
de la mano de un/a acompañante.
Esta promoción exhaustiva de la protección, el cuidado y la prevención de los riesgos, y
así como los rasgos aniñados de la estética de los ámbitos por los que circulan los sujetos
en situación de discapacidad intelectual, constituyen una estética muy particular que
contribuye a una forma de producción de subjetividad concordante con la infantilización,
la desexualización, la minimización de los afectos y la pasividad política (Contino, 2016).
Ahora, fijar a un ser humano a una etapa de la vida de manera forzada, como si el tiempo
no existiera, ¿es sin consecuencias? ¿Existen formas de resistencia que puedan ofrecer
algunas salidas posibles a este siniestro modo de sujeción?

Sobre la subjetivación: posibles escapes al aparato de captura de la niñez eterna
“Un día nos encontraremos
en otro carnaval (…)
el tiempo está después”
Fernando Cabrera

Desde hace décadas, se les ha otorgado a los sujetos en situación de discapacidad
intelectual un destino casi inexorable, la infantilización en todos los planos de la vida: en
los deseos, los sentimientos, las intenciones, los pensamientos, los intereses, los gustos,
la sexualidad, los comportamientos, etc.
Ahora bien, la aparición de una figura como la de la niñez eterna, sólo puede acontecer si
se despliegan ámbitos en donde la espacialidad y la temporalidad se encuentran
artificialmente infantilizadas; ámbitos exclusivos conformados para sujetos en situación
de discapacidad intelectual, en los cuales éstos son invitados a veces, forzados muchas
otras, a permanecer indefinidamente.
Doble infantilización entonces; una procedente de un Estado paternalista que se atribuye
el derecho a definir unilateralmente la forma de circulación y participación social de este
sector poblacional; y otra proveniente de los ámbitos mismos hacia los cuales son
direccionados los sujetos en situación de discapacidad, los cuales son ya de por sí
infantiles e infantilizadores. Se trata entonces de una sujeción -esto es, el forzamiento a
un posicionamiento subjetivo- que aleja a los sujetos de todo interés por tomar decisiones
importantes respecto de su propia vida, al darle prioridad a una exterioridad, una ajenidad,
un otro (ya sea el Estado o los adultos de su entorno más cercano) que sí se encuentra,
supuestamente, en posición de pensar, decidir, elegir, definir, hablar, hacer; en otras
palabras, de diagramar cada aspecto de la vida de este sector poblacional. Esto hace que
se exima a quien se encuentra en situación de discapacidad intelectual de vivir de manera
autónoma, de elegir y llevar adelante cualquier acción importante que le concierna
directamente (Contino, 2017).
Sin embargo, en la actualidad, se puede encontrar que esta hegemonía de la
infantilización, no se presenta ya de una manera tan homogénea, sin fisuras.
Cada vez más se llevan adelante, y se visibilizan, experiencias sostenidas por sujetos en
situación de discapacidad intelectual, acompañados muchas veces por su entorno más
cercano (familiares, amigos, vecinos, etc.), en las que se van ampliando los ámbitos de
circulación y participación social. También es posible encontrar actualmente
establecimientos y trabajadores profesionales y no profesionalizados que se proponen
trabajar junto a los sujetos y sus familias las cuestiones que tienen que ver con
instrumentar los servicios de apoyo y los ajustes razonables para que se pueda acceder a
un estilo de vida no institucionalizado, en comunidad.
Asimismo, en los últimos años han sido elaboradas declaraciones, convenciones y
legislaciones que intentan poner en primer plano la importancia de que los sujetos en
situación de discapacidad conquisten jurídicamente el reconocimiento de sus derechos.
Esto implica a una leve pero importante transformación respecto de lo que sucedía
décadas atrás en relación a la discapacidad intelectual: comienzan a verse fisuras,
pequeñas vías de escape a la captura infantilizadora.
Sin embargo, desde una perspectiva crítica, es necesario estar atento a otra clase de
experiencias también, dado que la vía de la protección y promoción de derechos, al mismo
tiempo que abre algunas puertas, presenta también la limitación de sólo poder pensar
desde un marco jurídico que contempla los derechos, pero para todos/as, sin hacer mucho
lugar a las situaciones singulares.
Se hace referencia puntualmente a líneas de fuga que no provienen del discurso jurídico,
ni del médico, ni del psi, que no son promovidos por una figura ajena y supuestamente
superior, sino a aquellas que son producidas por el propio sector poblacional en situación
de discapacidad, de manera espontánea y siempre experimental, desconectadas entre sí, a
manera de focos locales, y que siempre parecen apuntar a desnaturalizar la soldadura entre
discapacidad intelectual y niñez eterna, mediante experiencias que se basan en la
autonomía de las decisiones que conciernen al modo de vida que se quiere dar a sí mismo,
ya sea a nivel individual o colectivo.
Desde el lugar profesional, sería interesante prestar atención a este tipo de fugas a la
infantilización, a estos escapes no codificados previamente por ningún discurso. En otras
palabras: ¿qué aspectos de lo más singular de las formas de vida de cada uno/a, podrían
llegar a poner en cuestionamiento lo más legitimado del lugar de la discapacidad en la
sociedad, inventando salidas inesperadas a lo más estratificante de las políticas
paternalistas y medicalizadoras?
En función de lo expuesto, es probable que algunos puntos de resistencia o focos de lucha
contra la infantilización de este sector poblacional, pueda ser habilitar otros modos de
diagramar espacios y circuitos, ya no cargados de una estética exclusivamente aniñada;
nuevas maneras de relacionarse con el tiempo, que impliquen poder parar, no dejarse
arrastrar, recobrar la vivencia propia del tiempo; y por supuesto, una forma diferente de
hacer uso del lenguaje, inventando otros modos de nominar lo que concerniente a este
fenómeno.
Tal vez estos puntos de resistencia –entre otros muchos-, permitan asumir que “el punto
central de la cuestión (…) es desear un mundo donde otras formas de relación sean
posibles” (Foucault, 2013, p. 113).

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