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Reflexiones sobre los límites de la institucionalidad democrática.

Entre el
orden, el pluralismo y la emancipación.
Sebastián Gabriel Di Giorgio1

Eje 6: Subjetividades políticas. Poder y potencia en la trama neoliberal.
Coordinador: Emilio Lo Valvo (UNR)

Resumen:
El siguiente trabajo se propone realizar una crítica a la concepción de la política como mera
administración y gestión del “orden” democrático. Con ese fin, se interesa por reflexionar sobre
la significación de la democracia en la coyuntura neoliberal en función de ahondar sobre el
concepto de ciudadanía, el “empoderamiento” de los sujetos y los procesos de
desdemocratización. De forma tal que indague sobre el modo en que un ciudadano se reconoce
“libre”, “empoderado” y “parte” de un sistema democrático.

A partir de retomar algunos conceptos y abordajes realizados por Chantal Mouffe, Ettienne
Balibar y Sergio Caletti, este trabajo se interesa por el modo en que el neoliberalismo trabaja
sobre el conflicto, la subjetivización, la política y en particular sobre la figura de “ciudadanía”
como aquella que identifica a los “sujetos de derecho” como iguales, al mismo tiempo que
controla su accionar, trabaja sobre sus diferencias intersubjetivas y contiene una desigualdad de
clase sobredeterminada. Así también, recupera la noción de sujeto y de ideología (Althusser,
1967; Pecheux, 2016), para ponerlas en funcionamiento a partir de los abordajes que consideran
tanto lo político (Balibar, 2013; Ranciere, 2000) como la comunicación y el espacio público
(Caletti, 2006) y permiten analizar el modo en que el neoliberalismo contiene, explicita y
promueve ciertos tipo de conflictos en relación a la forma en la que la política y la coyuntura
neoliberal constituyen al “ciudadano”.

Palabras claves: neoliberalismo, ciudadanía, democracia, política, espacio público.

1
Licenciado y profesor en Ciencias de la Comunicación (UBA). Maestrando en Estudios Políticos (FLACSO). DNI:
33936088
1. Introducción:

Reflexionar sobre las democracias representativas en la coyuntura actual implica ahondar
sobre el concepto de ciudadanía y sus “nuevas acepciones” que lo constituyen como ciudadano
“emprendedor” y “autónomo” que se enmarcan cada vez más en sociedades atomizadas,
fragmentadas y competitivas. Al mismo tiempo, es necesario abordar la idea de democracia en
tanto que proceso en movimiento que es expresión de pujas y conflictos políticos por su propia
significación en tanto que circulación, y por otro lado en función de pensar los procesos de
desdemocratización y democratización que repercute en las formas singulares en que los sujetos
se organizan y reproducen.

2. Una problematización de la institucionalidad democrática:

Es necesario reflexionar más allá de la democracia representativa como un valor en sí misma,
ya que muchas veces su circulación como significante neutraliza la potencialidad política que
contiene el sujeto ciudadano, y funciona antes que nada como organizador del puro presente, del
estado actual de la situación. Así también, dicha necesidad surge de la profundización de los
procesos de desdemocratización que borran la posibilidad transformadora de toda práctica
política de la ciudadanía conformando sociedades fragmentadas, intolerantes y desiguales.

Por tal razón, abordar esta coyuntura obliga a tener en cuenta estos procesos en tanto que
inscriptos en un avance de la mercantilización de todo vínculo social, el corrimiento de la función
Estado como garante de los derechos de la ciudadanía y un proceso de individualización y
atomización intensificada. Así, como sostiene Fisher (2016), el “realismo capitalista” funciona
como “una atmósfera general que condiciona no solo la producción de cultura, sino también la
regulación del trabajo y la educación (…) que impide el pensamiento y la acción genuinos” (41).
Es así que abordar el modo en que un ciudadano o ciudadana se autopercibe como “dueño” de
“su destino” e “inversor” de “su vida” se circunscribe a un funcionamiento tradicional en estos
tiempos en donde la “ontología de negocio” hace que todo deba administrarse como una empresa
(Fisher, 2016). En este sentido, surge la necesidad de pensar hasta qué punto la interpelación
subjetiva a ejercer el “autocontrol”, la autoexplotación” y el “emprendedurismo” dialoga en
mejores términos con procesos desdemocratización en tanto que se producen importantes
aumentos de las desigualdades sociales, de la violencia y del resquebrajamiento del lazo social
entre los ciudadanos. De forma tal que en un mundo en el que las desregulación de los mercados
y la especulación financiera son predominantes, y los sujetos tratados como consumidores, las
condiciones “naturales” de posibilidad incitan a que la política se administre, se gestione y de
soluciones rápidas y “eficientes”. Al respecto, cabe preguntarse, ¿de qué modo la política y la
ciudadanía se inscriben en los procesos de desdemocratización?

De algún modo, la Revolución Francesa vino a instaurar un nuevo modo de institución de lo
social a partir del “imaginario social” del “poder absoluto del pueblo” y de horizontes como los
de la “voluntad general”, la “igualdad” y la “libertad”, que hoy día parecen ser incorporadas sin
mucha molestia al sistema político. De forma tal que el aporte de los contractualistas respecto al
Estado, la autoridad y al derecho permite pensar sobre el cuerpo social y político en su conjunto y
las formas en que en la actualidad ese mundo salvaje e intolerante denominado como “estado de
naturaleza” parece estar bastante “cerca”, por no decir frente a nosotros. En este sentido, es muy
necesario recuperar una perspectiva republicana que permita pensar los procesos de
democratización en tanto una preocupación por la cosa pública y la cualidad subjetiva, en las
tramas de la actual coyuntura.

Por su parte, Chantal Mouffe (2000) desarrolla una fuerte crítica al modo en que “los dogmas
neoliberales” son incorporados a las prácticas ciudadanas y democráticas, al mismo tiempo que
constituyen el sentido común desde el cual los “derechos de propiedad, las omnicomprensivas
virtudes del mercado, y los peligros de interferir con su lógica, constituyen en nuestros días el
“sentido común” imperante en las sociedades liberal-democráticas (…)” (Mouffe, 2000: 23). La
autora belga realiza una crítica a los intentos de Jurgen Habermas y de John Rawls por reconciliar
la democracia con el liberalismo y el sostenimiento de la idea de consenso y de intercambio
racional, debido a que según ella “comparten la creencia de que a través de los adecuados
procedimientos deliberativos debería ser posible superar el conflicto entre los derechos
individuales y las libertades, por un lado, y las demandas de igualdad y participación popular, por
otro” (25). Al mismo tiempo, Mouffe propone como alternativa el “pluralismo agonístico” en
función de que el “ellos” en un sentido amplio, “deje de ser percibido como un enemigo a
destruir y se conciba como un adversario, es decir, como alguien cuyas ideas combatimos pero
cuyo derecho a defender dichas ideas no ponemos en duda”. Unos párrafos más abajo sostiene:
“el antagonismo es una lucha entre enemigos, mientras el agonismo es una lucha entre
adversarios” (114 y 115). De forma tal que lo más interesante de este planteo –a los fines de este
trabajo- es la crítica a la democracia en su dimensión ideológica en tanto que promueve
ciudadanos que a partir de una supuesta deliberación y racionalidad ejercida por los
representantes lograría una democracia más plena y anularía todo conflicto constitutivo.

Si bien más abajo se retomará lo realizado por Mouffe, me parece fundamental no olvidar que
insistir con las pujas de democratización y desdemocratización que constituyen a las democracias
representativas, permiten pensar las luchas políticas e ideológicas por reproducir o transformar
las relaciones sociales de producción. Justamente, esa puja es expresión de la lucha de clases en
tanto que las formaciones sociales en las que se inscriben las democracias representativas
también atañen a una condición de ciudadano y-o de emprendedor y es en su condición de
formación social en transición que se producen luchas políticas e ideológicas. De forma tal que
reponer una mirada que reivindique los aspectos fundamentales de una república y se posicione
sobre los trabajadores y las trabajadores, en sus formas heterogeneizantes y “corporativistas”
(distintas reivindicaciones), en tanto que sean incorporadas a las formas concretas en que se
organizan las “prácticas democráticas”, sin depositar en el parlamento el único campo de batalla,
merece por lo menos una preocupación teórica.

Vale la pena aclarar que una complejización sobre los procesos de democratización y
desdemocratización a partir de pensar las repercusiones en la vida de los sujetos, no implica
desconocer la importancia de la lucha democrática, ni tampoco del uso del “valor democrático”
como una defensa esencial. De forma tal que la defensa de la democracia y las luchas políticas
contra todo tipo de desigualdad e injusticia ocupan un lugar muy importante en la actual
coyuntura. Incluso, a nivel continental se vienen llevando a cabo golpes “blandos” o
“institucionales” con el apoyo del aparato represivo de cada Estado-nación, y amenazas del
presidente de los EE.UU. Donald Trump de invadir Venezuela “en nombre de la democracia”. Por
lo cual, la crítica a los límites de la institucionalidad democrática que se despliegan en estas
páginas no intenta dejar de lado estos últimos acontecimientos mencionados ni tampoco la
ofensiva del aparato judicial en Brasil y Argentina a partir del juzgamiento a ex presidentes –Luiz
Inácio Lula da Silva y Cristina Fernandez de Kirchner. Conforman también estos sucesos los
dichos de jueces y magistrados de ambos países que como representantes del poder judicial
sostienen “actuar en defensa de la división de poderes y del funcionamiento democrático”.

Por lo tanto, reivindicar el valor democrático y su institucionalidad no implica desconocer el
estado actual de la correlación de fuerzas mundial y regional, pero sí marcar nuevas
preocupaciones. Por lo cual, despejar la potencialidad de la política e incorporarla a formas de
control y administración de la vida pública a través de sondeos de opinión, hurgamiento de
gustos, especialización del quehacer político, corporativismo, marketing político, entre otros
ejemplos, la transforman en mera fuerza de gestión y negociación, al punto que recae en los
profesionales del quehacer político que se encuentran en el parlamento, en la Casa de Gobierno y
en la ejecución por parte de especialistas de determinadas políticas públicas. En este sentido,
reivindicar el rol político en tanto expresión de las distintas contradicciones en que las sociedades
se constituyen, implica también mostrar la importancia de que “la política” no quede
compartimentada, y que “el pueblo haciendo política” no sea ni un reconocimiento ni un slogan,
sino una parte activa del conjunto de decisiones que se toman sobre los actores que conforman la
sociedad. Así, sostener la importancia de los fundamentos éticos y del lazo social intersubjetivo
de la sociedad civil en su conjunto como características estratégicas para una república que se
preocupe “por lo público, por la cosa pública, que acepte que esa cosa pública es siempre,
necesariamente, una cosa conflictiva, una preocupación por la suerte de los pobres, por la
posibilidad de inclusión de los excluidos (…)” (Rinesi, 2010: 73) es una tarea estratégica.

De esta manera, resulta necesario poner sobre la mesa la articulación entre el
reconocimiento de los derechos de la ciudadanía, sus libertades individuales y la función del
Estado como un todo, y el papel protagónico del pueblo siendo parte activa de la vida pública. Un
protagonismo de los actores políticos, no en su cualidad de ser “representados” en el parlamento
–sin desmerecer esa tarea, sino en su cualidad de ciudadanos haciendo política desde el lugar en
que participan de la vida social. Del mismo modo, no pensar la sociedad civil en tanto que
escindida de la política, resignificaría también la noción de “virtud pública” desarrollada por
Montesquieu como aquella que motiva el deseo de alcanzar el bien común en tanto que todo actor
con decisión política dentro del Estado no debe perseguir su propio interés mezquino sea de
poder, de enriquecimiento o de intereses contrapuestos a su función, a expensas de un bien
público más amplio (Dahl, 2004).

3. Reflexiones sobre una vieja subjetividad:

Es interesante repensar las nuevas inscripciones materiales del ciudadano en el espacio
público en tanto que “presentación y autocomprensión de la sociedad frente al Estado que lo
gobierna” en función de ver en éste el combate por la hegemonía de la condición de ciudadanía.
Es decir, poder incidir en el horizonte de las subjetividades de los agentes sociales, sus anhelos,
preocupaciones, malestares y temores, implica entender al espacio público como una la instancia
de articulación entre las instituciones políticas de dominio y la vida social de todos los actores
que la componen. Estas relaciones se hallan en los espacios físicos abiertos a la vida urbana
(calles, plazas, sitios simbólicos del poder, movilizaciones, etc.) tanto como también en de los
medios masivos de comunicación, en los bares y en la web (Caletti, 2000). Es decir, la relación
entre la sociedad y el Estado se ve atravesada y tensionada por la politicidad en tanto que
constituye las formas en donde los actores viven, se organizan y se reproducen. Sin lugar a
dudas, el modo subjetivo en tanto que ciudadanos de esa autorepresentación en el espacio
público, es un factor determinante.

De forma tal que compartimentar la política, depositarla en manos de “especialistas” o
“representantes” del quehacer político implica que ésta pase a ser una cosa privada, corporativa y
es en tanto que predecible y manipulable, trabaja sobre el conflicto entre las partes del todo social
y se aprovecha de las discrepancias en la sociedad civil para controlar sus expectativas y
contradicciones. Es decir, negar la politicidad del espacio público y solo utilizarlo como
hurgamiento en función de compartimentar la política a “los representantes” en tanto que
dirigentes que promueven proyectos, iniciativas, campañas y votos en el parlamento desde sus
intereses partidarios o de coaliciones que representan – en tanto que corporativos o con conflictos
entre diversas facciones- para luego publicitarlo a la comunidad, o incluso pueden producirse a
la inversa en tanto que marketing y campaña política, más allá del proyecto en sí. De modo tal
que el faccionalismo y las diferencias son promovidas como formas de reproducción y parte del
juego democrático. Así también, los procesos de desdemocratización encajan perfecto debido a
que promueven una mayor fragmentación en la ciudadanía, la anulación del otro, y una escisión
entre ciudadano partícipe de la vida pública y ciudadano consumidor, en tanto que consumidor de
política.

En este sentido, resulta necesario dejar en claro que la noción de “público” en contradicción
de “privado” refiere a una naturalización del sistema jurídico-político que es en última instancia
expresión de un estado de situación con determinadas relaciones sociales. Sin embargo, la
escisión tan tajante entre público y privado se da en las sociedades burguesas, y es justamente
aquí que es posible pensar a la propiedad privada y la propia noción de ciudadanía como parte de
un todo social, que como sostiene Holloway (1994) contiene “una abstracción de las relaciones
sociales de producción”. Por lo cual, la dimensión de “ciudadano” en tanto que identificación
subjetiva con un Estado-nación funciona a partir de dejar a un costado su cualidad de trabajador o
trabajadora inscripto en determinadas relaciones de explotación de índole privada. Es decir, ¿el
ciudadano es capturado por una relación de explotación en el mercado – sea o no emprendedor- y
“libre” al mismo tiempo?

El interés de este trabajo implica reivindicar el papel de la ciudadanía en tanto
subjetividad a partir de su articulación con lo político, y constituida en y por los procesos de
democratización que incorporan el “valor” democrático por mayores grados de igualdad. Por lo
cual, la pregunta por un horizonte emancipatorio implica sin lugar a dudas reconocer la
posibilidad de este “valor democrático”, siempre y cuando el mismo no solo reproduzca la
ideología neoliberal. De esta forma, el modo en que la ideología general interpela a los individuos
y los constituye proporcionándole “a cada sujeto” su “realidad” en tanto que sistema de
evidencias y significaciones percibidas-aceptadas-sufridas, resulta muy interesante para abordar
las nuevas figuras de ciudadano en su inscripción como emprendedor. Al decir que el “yo”, es
decir, en tanto imaginario en el sujeto -el lugar en el que se constituye para el sujeto la relación
imaginaria con su propia realidad-, no puede reconocer su subordinación, su sujetamiento puesto
que se realiza precisamente desde la idea de sujeto como “autonomo” (Pecheux, 2016). Por lo
cual, resulta preciso resaltar que la condición de ciudadano se constituye y reproduce pero
siempre desde un lugar específico en la economía en tanto que el ciudadano como trabajador es
libre de vender su fuerza de trabajo y forzado a inscribirse en relaciones sociales capitalista.
Al mismo tiempo, la interpelación a ser ciudadano funciona a partir de esa identificación en
tanto que “yo-ciudadano”. Particularmente, ese “yo-ciudadano” se ve sujeto a figuras en las que
su propia subjetividad competitiva, autónoma y desligada de todo “otro” hace que este “yo-
ciudadano” se autoperciba como “emprendedor” y “autosuficiente”, en donde un conjunto de
figuras singulares tales como “autónomo”, “vecino”, “gente” se inscriben en procesos de
desdemocratización que más que trabajar sobre ese lazo colectivo en el que se constituye cada
subjetividad se ve atravesada por mayores grados mercantilización, de goce instantáneo,
simultaneo y cambiante. En síntesis, la condición de ciudadanía es atacada por la idea de un
emprendedor autónomo. Esta figura desconoce pertenecer al poder de un Estado, salvo en
algunos casos, para controlar su odio e intolerancia hacia las libertades del otro.

Por su parte, Balibar (2013) sostiene que la gobernanza neoliberal tiende a instrumentalizar
el conflicto, por consiguiente a exacerbarlo en ciertas “zonas”, a reprimirlo y a trabajar con ese
tipo de contradicciones en función de su predominancia. En resumidas cuentas, el conflicto es a
la vez “particularizado” y “suprimido”, pero de todos modos violentamente desprovisto de su rol
constituyente” (194). Por lo cual, en una sociedad de emprendedores, sujetos a la incertidumbre
y a ser dueños e inversores de su propio destino, que no necesitan en absoluto un vínculo claro
con el Estado, en donde “el espacio de lo público aparece crecientemente ocupado en y ocupado
por asuntos que poco vinculan a los avatares del futuro común” (Caletti, 2000: 25) el problema
no refiere meramente a la condición de ciudadanía, sino a la del lazo social en tanto que parte de
una vida pública y a la politicidad en la composición de los asuntos que devienen públicos” (26).

De este modo, “la lógica de la subjetivación política” y de la “emancipación” nunca es la
simple afirmación de una identidad por sí mismo sino que “siempre es al mismo tiempo el
rechazo de una identidad dada por otro, dada por el orden dominante de la policía” (Ranciere,
150). Entonces, incorporar a la práctica democrática distintas formas de manifestarse de los otros,
alejándonos del control que se ejerce sobre la ciudadanía y criticando los procesos que tienden
más a especializar a la política, a tecnificarla y a administrarla a los fines del orden neoliberal es
parte de los desafíos y urgencias de estos tiempos. Así, hay un lugar polémico, conflictivo, de
encuentro compartido para el manejo de un daño y la demostración de la igualdad y es así que “el
propio proceso de subjetivación siempre entraña una identificación imposible” (Ranciere, 150).
Una imposibilidad de cierre, pero al mismo tiempo una incorporación al desencuentro y al
conflicto en tanto que partes constitutivas en las que esa ciudadanía se autorepresenta. No al
unísono ni de modo uniforme, pero sí que en esas formas heterogeneizantes y contradicciones de
diverso tipo, hay expresiones desde lo común que es preciso incorporar a la dimensión
democrática teniendo en cuenta fundamentalmente la noción de ciudadanía. Por lo cual, cabe
preguntarse ¿qué figuras hoy permiten pensar procesos de democratización en diálogo con
subjetividades políticas transformadoras?

4. Entre el pluralismo y la emancipación:

En función de lo expresado más arriba, es necesario repensar la “subjetivación política” a
partir del “planteamiento de la igualdad” pero no desde un principio netamente de clase,
identitario o dado de antemano, sino desde la posibilidad de la emancipación como un proceso
abierto y en permanente transformación (Ranciere, 2000: 149). Es decir, reconocer a la
democracia como un campo en disputa que organiza y reproduce las condiciones bajo las cuales
viven los ciudadanos.

Abordar las sociedades contemporáneas implica distanciarse de una mirada en donde las
instituciones “republicanas” tienen como fin la resolución de “conflictos”. Sin embargo, debido a
que “lo político” parece devenir como un factor administrativo y especializado y el razonamiento
desdemocrático a partir del cual los derechos ya no desempeñan un papel prioritario en su
funcionamiento (Balibar, 2013: 174-175), implican una inversión respecto al “deber social”
colectivo y una reconfiguración del lazo social intersubjetivo. Incluso, se promueve la circulación
de figuras que implican cierta radicalización de la despolitización al desplazar la centralidad del
“ciudadano” hacia “vecinos” o “gente” que funcionan en tanto que esa subjetivación es
identificada y percibida por los propios emprendedores en tanto que autoexplotados.

Chantal Mouffe (2000) sostiene que en la democracia moderna conviven dos tradiciones
políticas diferentes, una tradición liberal constituida por el imperio de la ley, la defensa de los
derechos humanos y el respeto a la libertad individual; y por otro lado la tradición democrática
cuyas ideas principales son las de igualdad, la identidad entre gobernantes y gobernados y la
soberanía popular. Al respecto, la autora sostiene que “no existe una relación necesaria entre estas
dos tradiciones distintas, solo una imbricación histórica contingente” (22). Retomando a Carl
Schmidt, la politóloga belga sostiene que “la lógica democrática siempre implica la necesidad de
trazar una línea divisoria entre “ellos” y “nosotros”, entre aquellos que pertenecen al “demos” y
aquellos que se encuentran fuera de él” (21). Es decir que desde el “pluralismo agonístico” se
propone incorporar al demos la mayor cantidad de partes y de “legítimos oponentes”
manteniendo siempre la controversia democrática.

De forma tal que el modelo “agonístico” desarrollado por Mouffe estriba no sólo en
reconocer que el conflicto es inevitable, sino también en la intuición de que el mismo tiene un
fuerte potencial integrador. Así, el objetivo de la democracia agonística estriba en movilizar las
pasiones para promover la lealtad a los valores democráticos en tanto que lucha por la hegemonía
que se puede alcanzar mediante la intensificación de las diferencias y las disputas dentro del
campo de lo “tolerable” de la democracia. Como sostiene junto a Ernesto Laclau en Hegemonía y
estrategia socialista “una forma de la política que no se funde en la afirmación dogmática de
ninguna “esencia de los social”, sino, por el contrario, en la contingencia y ambigüedad de toda
esencia, en el carácter constitutivo de la división social del antagonismo” (Laclau y Mouffe,
1983: 239). Si bien el abordaje resulta sumamente interesante en función de reflexionar sobre la
disputa por la significación de democracia, surge la preocupación por comprender el modo en que
la “revolución democrática” en cuestión desconoce de las relaciones materiales de existencia y la
inscripción subjetiva en determinadas relaciones sociales de explotación. Tal es así que puede
reflexionarse respecto a la democracia en tanto que una forma ideológica más.

Para concluir, resulta necesario dejar en claro que nos inscribirnos en un tipo de relación entre
“política”, “institucionalidad” y “democracia” vinculada a la gestión, la administración y la
resolución de problemas de la ciudadanía que nos obliga a pensar la necesidad de una praxis
política transformadora sin desconocer ni el sujetamiento a un orden social que se muestra
evidente y natural, ni tampoco desconocer la potencialidad y la trampa en la imbricación entre
política y ciudadanía. Para ello, encuentro oportuno recuperar la noción de república en tanto
reconocimiento del otro y el papel activo de la dirección del Estado siempre y cuando los
procesos de democratización se impongan sobre los reproductivos.

De esta forma, inscribir la práctica política en la coyuntura neoliberal implica un trabajo por
superar tentativas subjetivistas y de desobediencia antisistema que deben desarrollarse teniendo
en cuenta el tipo de subjetividad individual, emprendedora y alejada de la política, en tanto que
son las condiciones de posibilidad reales sobre las que es eficiente el neoliberalismo pero que su
transformación no se puede llevar a cabo reproduciendo dichas figuras subjetivas.

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Bibliografía:

ALTHUSSER, L., “Contradicción y sobredeterminación”. En, La revolución teórica de Marx, Siglo XXI, Buenos
Aires, 1967.

BALIBAR, E. “Neoliberalismo y desdemocratización”. En, Ciudadanía, Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2013.

CALETTI, S. “Decir, autorrepresentación, sujetos. Tres notas para un debate sobre política y comunicación”. En:
Revista Versión, Núm. 17, UAM-X, 2006, pp.19-78.

DAHL, R. (2004) “Democracia”. En PostData, N 10.

HOLLOWAY, John (1994): “La ciudadanía y la separación de lo político y lo económico”, en Marxismo, Estado y
Capital. La crisis como expresión del poder del trabajo, Buenos Aires, Ed. Tierra del Fuego

PÊCHEUX, M. Cap. III “Discurso e ideología(s)” En: Las verdades evidentes. Lingüística, semántica, filosofía.
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RANCIERE, J. “Política, identificación y subjetivación”. En: ARDITI, B. (comp.) El reverso de la diferencia.
Identidad y política. Caracas, Nueva Sociedad, 2000.

RINESI, E.; VOMMARO, G.; MURACA, M.; (2010) : Si éste no es el pueblo : Hegemonía, populismo y
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