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Diversidad e identidades en las fotografías de la protesta feminista en Argentina

Autora: Mariángeles Guerrero


Universidad Nacional de Entre Ríos

En los últimos años se ha incrementado la visibilidad de las instancias de protesta feminista. La


convocatoria Ni Una Menos, a mediados de 2015, fue un hito por su masividad y por haberse
replicado en distintas localidades del país. El llamado a través de las redes sociales a movilizarse en
el espacio público en repudio del número creciente de femicidios, si bien no se planteó en sus
inicios como exclusivamente feminista (Laudano, 2017), retomó las demandas que el movimiento
de mujeres y feminista históricamente había sostenido. Los Encuentros Nacionales de Mujeres,
realizados en Argentina desde 1986, cobraron mayor visibilidad, y también se volvieron
multitudinarios, en un contexto de avance de derechos para las mujeres, lesbianas, gays, travestis y
trans en nuestro país. En este sentido, hacemos referencia a la sanción de las leyes de Creación del
Programa de Salud Sexual y Procreación Responsable (2002), de Educación Sexual Integral (2006),
de Prevención, Sanción y Erradicación de la Violencia hacia las Mujeres (2009), de Matrimonio
Igualitario (2010) y de Identidad de Género (2012). Además, la visibilización encontró nichos con
potencial para la difusión en la televisión abierta, los medios gráficos, en la comunicación
alternativa, y en las redes sociales, espacios virtuales utilizados por las activistas para expresar sus
demandas en línea. Un ejemplo de ello son las campañas Ni Una Menos en Argentina y Vivas nos
queremos en México, fogoneadas a través de las plataformas de Facebook y de Twitter (Rovetto,
2015) con el objetivo de visibilizar la violencia hacia las mujeres como un problema social y
político.
En este contexto de proliferación de discursos acerca de la lucha feminista, las fotografías
aparecen como protagonistas al momento de visibilizar los reclamos y, fundamentalmente, quiénes
y en qué situaciones lo hacen. Recordemos que en 2015 una de las principales acciones de
interpelación se produjo cuando personalidades de la política y del espectáculo en Argentina se
sacaron una foto con la consigna “Ni Una Menos”. Quienes articulaban al interior de ese
movimiento, generaron entonces una respuesta que pedía “de la foto a la acción”, como una manera
de acentuar el compromiso de quienes posaban para la cámara. Consideramos que este gesto
significó, por un lado, una valoración de la pose como un acto de baja intensidad de compromiso
(Laudano, 2017), pero además, una significación de la importancia de la fotografía para dar a
conocer quiénes eran partícipes y adherentes de la lucha.
El presente trabajo es una aproximación a un abordaje que cuestiona una concepción del signo
fotográfico como representativo de lo real, y que pone en cambio el acento en los posicionamientos
políticos e ideológicos que permiten ciertos encuadres al producir las imágenes. Asimismo,
referimos la importancia de la visibilidad en la construcción de procesos de identificación y de
agencia; en el reconocimiento de la plena humanidad de las mujeres, lesbianas, travestis y trans, y
por consiguiente del reconocimiento de sus derechos humanos. En este caso tomaremos las
fotografías publicadas en tres medios gráficos luego de las protestas de Ni Una Menos de 2015,
2016 y 2017 en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y en la ciudad de Santa Fe.

Una primera distinción acerca de la arbitrariedad del signo fotográfico


La similitud entre el signo fotográfico y lo que este signo representa suele posicionar a la fotografía
como la recreación automática de lo real. Este tipo de discursos acompañó los inicios de la
fotografía y su recepción de ésta como sustitución de la pintura. La distinción entre pintura y
fotografía trajo sus consecuentes distinciones: si en la pintura había arte y genio creador, en la
fotografía la posibilidad tecnológica de capturar lo real, y de transparentar la relación entre el signo
y la cosa representada, despojando así a las fotografía de toda potencialidad interpretativa y creativa.
Sin embargo, en palabras de Pierre Bourdieu (1965) señalamos que “Si la fotografía es
considerada como un registro perfectamente realista y objetivo del mundo visible, es porque se le ha
asignado (desde el origen) unos usos sociales considerados “realistas” y “objetivos”. Y si se ha
presentado inmediatamente con las apariencias de un “lenguaje sin código ni sintaxis”, en resumen
de un “lenguaje natural”, es ante todo porque la selección que opera en el mundo visible es
totalmente apropiada a su lógica, a la representación del mundo que se impuso en el Quatrocento”
(citado en Dubois, 1986: 37). De este modo, Bourdieu pone en cuestión no sólo la aparente
objetividad del registro fotográfico, sino que además señala el carácter cultural e histórico de la
mirada.
“Los signos icónicos son, sin embargo particularmente vulnerables de ser leídos como naturales
porque los códigos de percepción visual están ampliamente distribuidos y por qué este tipo de signo
es menos arbitrario que el lingüístico: el signo lingüístico "vaca" no posee ninguna de las
propiedades de la cosa representada, mientras que el signo visual parece poseer algunas de estas
propiedades”, explica Stuart Hall. Si bien es cierto que esta postura se ha difundido durante el siglo
XX a partir de los debates post-estructuralistas sobre la imagen, recuperamos a grandes rasgos
ambos posicionamientos para ubicar nuestro trabajo en el marco de una crítica a la fotografía en
tanto discurso que no solamente puede registrar la protesta, y potencialmente devenir documento y
memoria de la misma, sino que además tiene un potencial performativo que constituye en sí mismo
un acto político.
Judith Butler (2010) considera que “hasta la más transparente de las imágenes documentales tiene
un enmarque, y ello con un fin, y lleva este fin dentro de su enmarque y lo lleva a cabo a través de
dicho enmarque. Si suponemos que este fin es interpretativo, entonces parecería que la fotografía
aún interpreta la realidad que registra” (Butler, 2010: 104). Para la autora, el encuadre es una toma
de posición selectiva y diferencial que “no sólo organiza una experiencia visual, sino que, también,
genera ontologías específicas del sujeto” (Butler, 2010: 16). Si la imagen fotográfica es una de las
principales aliadas para la difusión de la protesta en tanto posicionamiento político, nos
preguntamos de qué manera la codificación de la imagen, en tanto proceso ideológico, opera en esa
mediación.
En línea con lo que propone Susan Sontag, la fotografía genera instancias de consumo de los
acontecimientos. Es probable que, a través de la fotografía, se articulen experiencias acerca de la
protesta feminista, que produzcan mayor o menor grado de empatía o adhesión hacia sus
reivindicaciones, como así también el reconocimiento de las agencias e identidades múltiples que
intervienen en la protesta como sujetos políticos.

Pensar con imágenes: una aproximación al análisis de las fotografías de la protesta feminista
A los fines del presente trabajo analizaremos las fotografías publicadas por dos diarios de tirada
nacional (Página 12, Clarín) y uno de tirada provincial (El Litoral de Santa Fe). Dichas fotografías
fueron publicadas en espacios gráficos relevantes dentro de cada edición – algunas de ellas fueron
foto de tapa- e informaron sobre las convocatorias realizadas cada 3 de junio entre 2015 y 2017 bajo
la consigna “Ni Una Menos” en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y, en el caso de El Litoral, en
la ciudad de Santa Fe.

Fig. 1
Imagen publicada en El Litoral del Santa Fe el 4 de
junio de 2015

Fig. 2
Imagen publicada en El
Litoral de Santa Fe el 4 de
junio de 2015
Fig. 3 Imagen publicada en El Litoral de Santa Fe el 4 de junio de 2016

Fig. 4
Imagen publicada en El Litoral
de Santa Fe el 4 de junio de
2017
Fig. 5 Foto de tapa de Clarín el 4 de junio de 2015

Fig. 6 Foto de tapa de Clarín el 4 de junio de 2016


Fig. 7. Foto de tapa de Página 12 el 4 de junio de
2015

Fig. 8
Foto de tapa de Página 12 el 4 de junio de 2016

Fig. 9
Foto de tapa de Página 12 el 4 de junio de
2017
En cuatro de las imágenes analizadas (Fig. 2, Fig. 5, Fig. 6 y Fig. 7), la protesta contra la violencia
hacia las mujeres se retrata a partir de la masividad: una multitud de rostros indefinidos,
prácticamente imperceptibles, tomados desde la distancia, evoca el éxito de la convocatoria. Es
cierto que las primeras marchas de Ni Una Menos interpelaron a un amplio sector de la sociedad
que, aunque quizás no compartía ciertas demandas – el reclamo por el derecho al aborto legal,
seguro y gratuito fue cuestionado en las primeras movilizaciones por algunas participantes- se
acercó a las plazas principales de sus localidades, en clave de alarma por el alto número de
femicidios de los meses precedentes.
El objetivo de estas imágenes publicadas por entonces en los medios gráficos parece ser evidenciar
la respuesta masiva frente a la crueldad y en defensa de la vida de las mujeres. Podría pensarse
también en un llamado de atención a los gobiernos acerca del gran número de ciudadanas y
ciudadanos que les estaba interpelando a generar políticas públicas concretas en pos de erradicar las
violencias machistas. Lo que se muestra en imágenes es la estadística: las singularidades, las
trayectorias vitales y las subjetividades de quienes protestan se pierden en una marea de gente que
borra toda diversidad posible.
Vale mencionar en este punto la importancia de poder identificar las vidas vulneradas como vidas
con derecho a ser lloradas, tal como señala Judith Butler (2010) y el potencial de las imágenes para
contribuir, en tanto discurso, a procesos de identificación y a la significación política y afectiva. El
reclamo de Ni Una Menos no tiene, en estas primeras fotografías que analizamos, una diversidad de
rostros reconocibles como humanos, a los cuales se les deban reconocer plenamente sus derechos
humanos. Podrían ser las víctimas quienes protestan o un sector de la ciudadanía abrumada por la
noticia cotidiana del femicidio, pero en estas fotografías tal información no aparece en la superficie
del discurso fotográfico. “La crítica de la violencia debe empezar por la pregunta de la
representabilidad de la vida como tal [...] El problema concierne a los medios de comunicación a un
nivel más general, pues a una vida sólo se le puede otorgar valor a condición de que sea percibible
como vida, pero sólo si hay incorporadas ciertas estructuras evaluadoras puede una vida volverse
mínimamente percibible” explica Butler (2010: 80).
Con Butler (2010) nos preguntamos por el proceso selectivo e ideológico que da lugar al encuadre
que posibilita esas imágenes: aquello que no ha sido captado por la cámara fotográfica no aparece
en escena, y solo aparece en la medida y del modo en que es captado por ella. Entonces, si desde los
feminismos se busca expresar las violencias hacia las mujeres, lesbianas, travestis y trans a partir de
una doble multiplicidad (múltiples formas de violencia y múltiples identidades feminizadas que son
violentadas a lo largo de sus vidas), ¿por qué la densidad de esos rostros, de esas historias, no han
sido jerarquizados al mostrar la protesta en imágenes?
Señalamos que las narrativas sobre la protesta pueden constituir, en términos de Gilles Deleuze
(1978), un acto de contra-información, pero también una instancia específica de producción de los
parámetros de humanidad a partir de los cuales se reivindica el reconocimiento de derechos.
Otro concepto que vale recuperar para poder pensar el vínculo entre procesos de identificación y
protesta política es el concepto de agencia, definido como “(…) la capacidad de acción de un actor
o agente social” (Butler, 2006: 16). La posibilidad de agencia está ligada a procesos de
identificación, pero también de búsqueda de reconocimiento en términos políticos: si la agencia en
esta primera instancia está marcada por la masividad, por la capacidad de convocatoria, se soslaya
la posibilidad de considerar la agencia de quienes son cotidianamente vulneradas y también de
quienes sostienen la lucha contra la violencia machista todos los días a través de distintas formas
organizacionales. Es valorable en este sentido que, en las figuras 2 y 4, cobren protagonismo las
banderas de organizaciones sociales y partidarias (Fig. 2) y de la Mesa Ni Una Menos y de la
Interbarrial de Mujeres de la ciudad de Santa Fe (Fig. 4). En esas instantáneas aparecen espacios
políticos capaces de articular las demandas de manera sostenida, más allá de lo espasmódico que
pareciera ser el reclamo masivo y anónimo bajo una consigna demasiado amplia como lo es “Ni
Una Menos”.
La conceptualización de los procesos de identificación de Stuart Hall (2003), en tanto proceso de
subjetivación siempre activo, que se da en y a través de los discursos, va en sintonía con la pérdida
del esencialismo que Butler reclama para las mujeres e integrantes del colectivo LGTBIQ. Esta
diversidad está presente en las marchas y en los actos de reivindicación en el espacio público, pero
¿cómo accedemos a ella? ¿De qué manera la fotografía, en tanto registro de la protesta, permite
visualizar lo múltiple y reconocerse como parte de ese colectivo? ¿Qué hay de subjetivo, de agencia,
en quienes aparecen representadas a través de las imágenes?
Sólo en la Fig. 7 se visualizan rostros concretos marcados por la congoja: es un varón de mediana
edad que aparece en actitud de acompañamiento y/o de protección a la mujer que a su lado sostiene
un cartel donde puede leerse “Basta. Vivas nos queremos”. La mujer no mira directamente a la
cámara, mientras que el varón sí lo hace. Existe cierta complicidad entre ese hombre y quien toma
la imagen frente a las mujeres que se manifiestan. Más cerca del lente, dos mujeres tampoco miran
a la cámara. No son personas que pertenezcan a organizaciones, sino autoconvocadas sin camiseta
ni banderas. Pareciera no haber poses en las mujeres sino espontaneidad: esta es la marcha tal cual
ha sido. Toda diversidad sexual e ideológica es borrada a través de la aparente homogeneidad en la
vestimenta y en la actitud de quienes protestan.
La Fig. 1 es significativa ya que allí se observa una intervención artística como parte del repertorio
de imágenes que significan la protesta. Las intervenciones artísticas tuvieron una importante
presencia en las marchas y movilizaciones convocadas bajo la consigna Ni Una Menos, en tanto
manera de expresar el repudio o el pedido de justicia por los crímenes ocurridos con otro nivel de
involucramiento del cuerpo. Las consignas pintadas sobre la piel son características de un
movimiento que se expresa contra la violencia inscrita en los cuerpos de mujeres, lesbianas,
travestis y trans. La palabra que vuelve a leerse es “basta”, en tanto reacción hacia hechos pasados.
En las figuras 7, 8 y 9 podemos observar la masividad, en la única foto que se ven rostros estos
han sido desenfocados, pero además se incorpora la palabra, lo cual es característico del medio
Página 12, pero además evidencia la necesidad de la función de anclaje de la imagen a palabras que
completen el proceso de significación. Nos preguntamos en este caso si este recurso no responde a
un posicionamiento semejante al de Susan Sontag (2004), quien entiende que las fotografías tienen
la posibilidad de causarnos “afecto”, una reacción frente a lo que la imagen muestra, pero no de
hacernos comprender lo que está ocurriendo. La capacidad de comprender, en la lectura de Sontag,
sólo podríamos debérsela a las palabras. El texto explicativo que acompaña estas fotografías
pareciera reforzar la idea de que la fotografía muestra el acontecimiento tal cual ha sido, y que a
partir del signo lingüístico se recupera la interpretación del hecho a los fines informativos.

Conclusión
A través de este análisis de fotografías buscamos, en primer lugar, posicionarnos desde la crítica a
la aparente naturalidad del signo fotográfico y su aparente relación de transparencia con la realidad.
Recuperamos en este sentido el potencial de la fotografía, en tanto discurso, para generar procesos
de identificación (Hall, 2003) y para potenciar las posibilidades agenciamiento de los sujetos
políticos.
La fotografía tiene la posibilidad de mostrar las particularidades y generar otras reflexiones
posibles, fuera de los mensajes estereotipados, recuperando lo específico de la protesta feminista en
relación a otras formas de protesta.
En este sentido, observamos que la masividad a partir de la cual se registró el acontecimiento de
protesta en Ni Una Menos en sus primeras manifestaciones, borra toda posibilidad de reconocer la
diversidad del sujeto político de la protesta feminista. También señalamos, con Butler, la
importancia de dar cuenta de las singularidades, de la diversidades (sexuales, étnicas, de clase,
etarias) de las y los sujetos de la protesta contra la violencia machista para dimensionar sus
múltiples manifestaciones y las múltiples identidades de quienes la sufren.
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