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Violencia de género y neoliberalismo en América Latina.

Teorías feministas del
estado de excepción.

En este artículo se describe en primer lugar el neoliberalismo contemporáneo en términos
globales y a continuación la relación entre desigualdad estructural y género en América
Latina. En segundo lugar se examina el papel central de la violencia contra las mujeres en
esta fase del proyecto histórico del patriarcado capitalista, basada en la investigación
sobre femicidio-feminicidio. Finalmente, se efectua un recorrido por la teoría feminista
radical que estudia las relaciones entre neoliberalismo, violencia y patriarcado, sostenida
en la teoría del estado de excepción, la necropolítica de género y la femina sacer.
El argumento que se intenta hacer, es que los niveles actuales de violencia sistemática de
género están directamente relacionados con el modo neoliberal de acumulación, cuyas
características y resultados, pueden ser analizados y comprendidos con más precisión,
desde el marco teórico del estado de excepción, que desde el encuadre de la democracia
liberal y el estado de derecho.

El artículo se ordena bajo los siguientes acápites:

1-El neoliberalismo contemporáneo
2-Desigualdad estructural y género en América Latina
3-El papel central de la violencia patriarcal en la reorganización hegemónica del capital.
4-Teoría del estado de excepción como fundamento feminista de la violencia contra las
mujeres y los cuerpos femenizados.
5-Conclusiones

El neoliberalismo contemporáneo

El neoliberalismo contemporáneo ha sido caracterizado como una forma de organización
de sociedades que produce “poblaciones superfluas” (Zygmunt Bauman 2005). Estas
poblaciones son tragadas por los “bordes sistémicos” (Sasskia Sassen 2014) de un
capitalismo brutal y expulsivo, cuyo movimiento es de desposesión sistemática (David
Harvey 2003). Examinamos a continuación estas conceptualizaciones, las cuales
explican el carácter sistemático y depredador de esta fase histórica del capital.
Comenzamos con Zygmunt Bauman, quien señala dos industrias de la modernidad que
se especializan en la producción de poblaciones superfluas, una es la construcción y
reconstrucción de “orden” para usar a las personas mejor, para hacer la sociedad más
eficiente, más productiva, más coherente o más integrada y habrá siempre un grupo de
personas que van a sobrar y que no pueden ser integradas en el nuevo orden. La
segunda industria es lo que podemos llamar progreso económico, el cual se puede
alcanzar cada vez con menos inversión, menos trabajadores, menos costos y menos
esfuerzo. Bajo condiciones de “progreso económico” algunas poblaciones, algunas formas
de vida y de trabajo se convierten en superfluas. Por lo tanto, para Bauman el
neoliberalismo es una maquinaria que produce dos categorías de personas superfluas, las
que no se ajustan a los cambiantes proyectos de orden, y aquellas cuyas habilidades ya
no son útiles al orden económico.
1
Según Saskia Sassen, la multiplicación de las expulsiones de esta etapa del capital,
produce poblaciones sobrantes que sumerge en la invisibilidad. Más inequidad, más
pobreza, más tráfico de seres humanos, más familias sin techo. Se trata de cruzar bordes
sistémicos y cuando estás afuera ya no hay retorno. Los bordes sistémicos no son las
fronteras de los países, no son visibles por sí mismos, pero presentan ese momento en
una trayectoria de vida, cuando una condición problemática se convierte en extrema. La
autora elige esos momentos extremos como el lugar de su investigación porque hacen
visibles los bordes sistémicos. Algunos bordes sistémicos se expresan en el 30% de la
población griega, y los 30 millones de personas sin hogar en USA. Durante la crisis
financiera de 2008 y hasta 2011, quince gobiernos extranjeros y 100 firmas compraron
220 millones de hectáreas de tierra en Africa, en América Latina, en ciertas partes de Asia
Central, en Europa del Este. Cuando esto sucede en el sur global rural se produce la
expulsión de formas de vida, historias, de ecologías de sentido, economías. La tierra pasa
de ser territorio, como categoría compleja con lógicas de poder estatal y ciudadanía, a la
tierra como mercancía, tierra en venta. Para la autora, es una característica de los últimos
diez años que va dejando agujeros estructurales en los territorios nacionales, que se
convierten en un tejido que ya no sirve.

Finalmente, para el geógrafo marxista norteamericano David Harvey (2003) la inmensa
cantidad de dinero que acumulan las clases altas no proviene del crecimiento, la mayor
parte de esa riqueza proviene de acumulación por desposesión. Pero, ¿Cuán inmensa es
esa cantidad de dinero? El reporte más reciente de Oxfam (2015) indica que el 1% de la
población mundial, sólo 62 individuos acumulan la misma riqueza que 3.600 millones de
personas, la mitad más pobre de la humanidad. La cifra era de 388 en 2010 y se redujo a
62 individuos en 5 años, años durante los cuales su riqueza se incrementó el 45%.
Según las cifras del Global Wealth Report del Credit Suiss Research Institute, en 2017 el
1% más rico de la población era dueño del 50,1% de la riqueza total del planeta, y el
número de millonarios alcanzó a 8. 740.000. Esta acumulación por desposesión del
proyecto neoliberal – que se agudiza en la década del 70 – para Harvey se caracteriza
por cuatro prácticas, a saber, privatización, financialización, manejo y manipulación de las
crisis y redistribución vía el Estado. El resultado de estas prácticas es la veloz
centralización de la riqueza y el poder en las manos de unos pocos y la consiguiente
desposesión también veloz de las grandes mayorías de su riqueza y tierras.
Con estas definiciones de Bauman, Sassen y Harvey como encuadre del capitalismo
global, nos centramos a continuación en la situación de América Latina.

Desigualdad estructural y género en América Latina

La pobreza en América Latina tiene cara de mujer, rasgos indígenas y piel negra (CEPAL
2018). La desigualdad de ingresos en el subcontinente, a pesar de haber disminuido
durante los primeros años del siglo XXI, continua hoy siendo alta. En efecto, por cada
moneda que consigue un hogar del quinto más pobre, entran casi quince monedas en el
quinto más rico de la sociedad. En 2014 por cada 100 hombres que vivían en hogares
pobres, había 118 mujeres en esa situación. Los motivos son básicamente dos: el tiempo
total de trabajo de las mujeres incluye más horas dedicadas al trabajo doméstico y las
2
tareas de cuidado. Por otra parte, sus salarios son más bajos a pesar de tener mayor
nivel educativo. Esto es lo que la literatura económica feminista llama doble jornada y
brecha salarial, respectivamente. Asimismo, la condición étnico-racial es otro factor de
desigualdad estructural. En la región viven unos 130 millones de personas
afrodescendientes (2015) y 48 millones de auto-percibidos como descendientes de
pueblos originarios. Es decir, una de cada cuatro personas es originaria o
afrodescendiente. Ambos grupos son proporcionalmente más numerosos en el estrato
más pobre y sufren desigualdades profundas en todas las áreas del desarrollo social. La
condición sistemática de estas desigualdades estructurales nos permite conjeturar que
ser pobre, mujer e indígena es la ecuación de exclusión planificada como una política del
Estado neoliberal (Marcela Lagarde y María Lugones citadas por Olivera et.al. 2014).
En el próximo apartado examinaremos el rol de la violencia contra las mujeres y los
cuerpos feminizados, en la reproducción y mantenimiento del orden económico que
hemos expuesto más arriba. Realizaremos este argumento tomando como base la
investigación y literatura sobre femicidio-feminicidio.

El papel central de la violencia patriarcal en la reorganización hegemónica del capital.

El feminismo radical latinoamericano ha argumentado que el aumento de los femicidios y
de la violencia brutal contra el cuerpo femenino, está directamente relacionado con el
avance del neo-extractivismo, el aumento de la desigualdad, la pobreza y el desempleo, el
crecimiento de las economías criminales que borran la distinción entre legal e ilegal, la
paramilitarización, la inacción y complicidad estatales, la militarización y la represión, la
destrucción del mundo natural y la guerra contra la vida. Asimismo, el sistema de
Naciones Unidas (Informe a Fondo 2006) define como agravantes del femicidio-
feminicidio: 1- los efectos perversos de la globalización económica, como, por ejemplo, la
maquila, las zonas francas y los ajustes económicos estructurales, 2- las “zonas de guerra
difusa”, como son las fronteras y otras áreas altamente militarizadas y sujetas a la guerra
informal, la economía del narcotráfico y la paramilitarización. 3-la represión y la inacción
del Estado.
Como hemos señalado, en este apartado examinaremos las articulaciones entre
patriarcado, capitalismo y violencia, a través de las cuales se teoriza sobre el papel
central de la violencia contra las mujeres -y los cuerpos feminizados- en la reorganización
hegemónica del capital en América Latina. Veremos a continuación algunas de las autoras
que estudian el femicidio en América Latina, las cuales argumentan que se trata de una
violencia necesaria a la imposición de las formas neoliberales de la economía, que no
sólo degradan las condiciones de vida y se imponen por medios represivos, sino que,
además, van acompañadas de grados variables de actividades criminales que resultan
letales para la población civil.

Francesca Gargallo1 explica que Centroamérica -en especial Guatemala y Honduras- se
ha convertido en un área del continente americano donde se reitera el homicidio con
alevosía de mujeres de todas las edades, condiciones sociales, profesiones y niveles

1

Gargallo, Francesca. El femicidio en la república maquiladora. Diario La Jornada, 17/07/2005.

3
educativos. Gargallo liga estos crímenes con el pasado de guerras civiles en esos países
y sugiere que el femicidio-feminicidio puede ser una política expresamente diseñada para
aterrorizar a aquéllas que emergen como actrices de su propio destino y del cambio social
y económico, una suerte de "acción de ablandamiento" para disuadir a las mujeres de
participar política, sindical y culturalmente. Para Gargallo el femicidio-feminicidio es parte
de una conspiración a favor de un orden conservador y neoliberal para generar miedo
mediante el uso de patrones de violencia, en el marco de formaciones sociales con
índices de violencia de guerra y formas para-estatales de control social. La misma
hipótesis que relaciona el aumento de los femicidios-feminicidios con la violencia
estructural de los regímenes de acumulación, se encuentra en Walda Barrios Kee (2010),
Constantino (2006) y Carey y Torres (2010) para Guatemala; Mirta Kennedy (2010) para
Honduras, y en Adriana Gonzalez y Nina Ferrer (2010) en su trabajo sobre en conflicto
armado colombiano y el asesinato sistemático de lideresas comunitarias. En las favelas
brasileñas, el aumento del femicidio-feminicidio aparece relacionado con la violencia
económica estructural, el narcotráfico y la represión estatal (Wilding, 2010). Para
CLADEM (2006) en Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y México, la violencia
patriarcal y su expresión más extrema – el femicidio-feminicidio- se concentra en las áreas
más incoporadas a la economía de libre mercado, penetradas por las inversiones del
capital trasnacional como las maquilas. En efecto, la literatura sobre femicidio-feminicidio
en Ciudad Juárez y en la zona de frontera, representa un esfuerzo sistemático por
argumentar los cambios estructurales que produce la industria de la maquila, la cual se
define como una forma de trabajo de explotación de mano de obra intensiva y generizada,
basada en la colaboración entre el Estado y las corporaciones supranacionales, por
ejemplo, Gaspar de Alba (2010), Fregoso (2007) y Schmidt Camacho (2005), Mata (2010),
Amnesty International (2003), Wright (2001) Monárrez Fragoso (2002), entre otras. Arriola
(2010) argumenta que los asesinatos están principalmente asociados a los cambios
introducidos por la maquila. Se trata del abuso sistemático y violencia contra las mujeres
trabajadoras. El modo de producción de la maquila incluye el uso de niñas, la exposición a
venenos y tóxicos, los test obligatorios de embarazo, las revisiones obligatorias
mensuales de la menstruación. El sistema de cuotas de producción y los turnos de
trabajo de 10 a 12 horas de pie, con diez minutos de descanso y 30 minutos para
almorzar. Los edificios sin ventanas ni ventilación, en plantas donde flotan partículas
químicas diversas, fibras, gases, según la producción de que se trate, resultando en una
serie de enfermedades y de condiciones de la piel, de los pulmones, de los sistemas
urinarios, heridas y abortos espontáneos. Asimismo, se señalan los salarios de miseria, el
acoso sexual de los supervisores, los objetivos (cuotas) de producción imposibles y la
amenaza constante de despido por no cumplir las cuotas, por llegar tarde, por quedar
embarazada; concursos de belleza degradantes disfrazados de incentivos laborales,
tomar anticonceptivos obligatoriamente, en la forma de pastillas, inyecciones o implantes.

Otra línea de investigación enfatiza que el aumento de la violencia feminicida y de su
brutalidad, es el resultado de la globalización económica. Monárrez Fragoso y Cynthia
Bejarano (2010) analizan cómo la globalización al desintegrar el Estado influencia la
violencia de género y en particular el femicidio-feminicidio. Documentan los feminicidios
sexuales como efectos de la globalización en una región de frontera caracterizada por la
desarticulación de la justicia y la impunidad estatal. Por un lado, documentan una
4
erotización del asesinato, es decir, haya o no violación, ciertas características del
asesinato lo definen como feminicidio sexual. Y estos, como sabemos, afectan a las
mujeres de todas las clases o razas. Recurriendo a Saskia Sassen (1998) argumentarán
la existencia de una conexión entre feminicidio y maquila: “No sólo la actividad
económica, también las personas, especialmente las mujeres, son territorializadas,
porque son mujeres y porque no hay nada que detenga esta acción. Territorializar a las
mujeres se convierte en un producto del avance económico bajo los parámetros de
crecimiento y desarrollo de la ciudad. Las mujeres son explotadas en este proceso y se
convierten en objetos de deseo, para amenazar, acosar, abusar, violar y
fundamentalmente, destruir” (Fragoso y Bejarano 2010: 64).

Finalmente, otro grupo de teóricas feministas radicales relacionan la economía de
mercado y el capitalismo financiero con la violencia de género. Por lo tanto, aducen que el
femicidio para ser intelegible debe ser puesto en relación con sus condiciones históricas,
de contexto y lugar, las relaciones económicas de explotación que sostiene o regula, y las
narrativas que produce. Podríamos llamar a esta línea de trabajo “una economía política
del femicidio-feminicidio” cuyas representantes son Weissman (2005), Falquet (2017),
Segato (2016), Olivera y Furio (2006).
Aquí los feminicidios se presentan como una función de la liberalización económica, y se
examinan los modos en que la violencia de género es a la vez una condición y un
resultado de la producción global de las economías exportadoras. En este sentido, Ciudad
Juárez es un laboratorio del futuro, que en el curso de cuatro décadas ha sido
reconstruida por el neoliberalismo y el libre mercado. Es una ventana privilegiada a la
destrucción que provoca el neoliberalismo (Falquet 2017:2). Por su parte, Weissman
(2005) analiza las políticas económicas del Estado mexicano que crearon masas de
empobrecidos mexicanos que los obligó a migrar a la frontera en buscar trabajo.
“Flexibilizó” la protección de las leyes laborales. Las maquilas tuvieron preferencia por
mano de obra femenina por razones asociadas a la docilidad de las mujeres, su sumisión
y su relativa incapacidad para agremiarse en sindicatos (por supuesto, eventualmente las
trabajadoras se agremiaron en sindicatos a pesar de los asesinatos, los despidos, la
pobreza y el peligro). Estas políticas económicas neoliberales produjeron una
urbanización caótica y desorganizada, resultando en villas miseria (llamadas colonias),
construidas donde se pudiera, alejadas de las fábricas, al otro lado de la ciudad, sin
calles, ni luz, con baldíos, una geografía peligrosa y amenazante, sumado a la
degradación ambiental y tóxicos a las calles. En consecuencia, Weissman afirma que la
liberalización de la economía produce víctimas. La transición a una economía exportadora
ha producido una categoría de víctimas: mujeres pobres trabajadoras que están
subordinadas o más aún excluidas de la protección social en las fábricas y en las
comunidades. Además, la degradación socio-económica produce estados de crisis que
impiden la cohesión social. Como resultado del libre comercio gran cantidad de personas,
con trabajo, viven en condiciones de indigencia. Estas circunstancias han sido descriptas
como procesos en los cuales grandes mayorías son arrojadas irreversiblemente afuera
del contrato social y obligadas a vivir en lo que se puede describir como "zonas salvajes",
o, como indicaremos más abajo en territorios que se constituyen en "estados de
excepción". La super explotación de las trabajadoras de las maquilas se justifica y
construye alrededor de estereotipos que las deshumanizan, que a su vez se derraman
5
fuera de las fábricas, porque apoyan y refuerzan los de la sociedad en general. En
síntesis, la pobreza, el desempleo, la desintegración de la economía campesina y la
migración, junto a la crisis nacional de gobernabilidad, conforman las causas estructurales
más importantes de la violencia contra las mujeres (Olivera y Furio, 2006: 107).
Para finalizar esta parte mencionaremos algunas nociones de Rita Segato, que conjugan
la desocupación de territorios -las expulsiones brutales de Saskia Sassen que son la
marca registrada del régimen económico neo-extractivo, con la existencia de ámbitos
paraestatales, que como veremos en el próximo apartado, nos acerca a la teoría del
estado de excepción, y la violencia patriarcal, en la forma extrema de destrucción de
cuerpo femenino. En efecto, Segato (2016 y 2014) define el régimen de acumulación
contemporáneo, como la fase apocalíptica del capital, una fase de dueñidad o de señorío.
Su tesis es que habitamos una guerra contra el mundo en el cuerpo de las mujeres. La
autora argumenta que en el cuerpo femenino se destruye a la comunidad y los lazos
sociales. Segato analiza las nuevas formas de la guerra paraestatal en América Latina y la
profanación/destrucción del cuerpo de las mujeres. A eso llama “la máxima letalidad del
patriarcado moderno”. Se trata de un universo bélico que no conocemos todavía: un gran
ámbito paraestatal que se expande en nuestros países y que tiene varios formatos, las
dictaduras, las maras, las mafias y las varias formas en que duplican el Estado y se ejerce
la violencia sobre territorios de forma organizada. Por otro lado, el “daño colateral” que
eran las mujeres en las guerras, se vuelve central, la forma de hacer la guerra y de
desocupar territorios es a través de la destrucción del cuerpo de las mujeres por medio de
la profanación. En efecto, una manera de destruir sin genocidio es profanar el cuerpo de
las mujeres, porque destruye la confianza y los lazos comunitarios. Como consecuencia,
una estrategia de guerra es torturar sexualmente hasta la muerte destruyendo el cuerpo
femenino.

Teoría del estado de excepción como fundamento feminista de la violencia contra las
mujeres y los cuerpos femenizados.

En este apartado exploraremos las teorías coloniales de la violencia, en la
conceptualización de la necropolítica de Mbembe (2003) y del estado de excepción de
Agamben (2005), porque son el fundamento de una teoría de la violencia de género y por
lo tanto, de su expresión más extrema, el femicidio-feminicidio en América Latina.
Mbembe explica que hay dos tradiciones para teorizar la soberanía: 1- la versión liberal
fuertemente normativa basada en derechos, verdad y razón, y 2- la soberanía como el
derecho de matar. Para este autor, la expresión fundamental de la soberanía reside en el
poder y la capacidad de dictar quién puede vivir y quién debe morir. En esta versión de la
soberanía el poder apela a la excepción, la emergencia y la continua creación ficcional de
enemigos.
Para Mbembe, las nociones de necropolítica y necropoder ayudan a describir las zonas,
áreas, territorios donde se utilizan armas para lograr la máxima destrucción y para crear
"mundos de muerte" y formas de existencia social cuyo estatus es el de "muertos
vivientes". Comparte con Agamben la idea central de las teorías decoloniales, a saber,
que estas configuraciones de la violencia constituyeron la forma original del derecho y la
excepción proveyó la estructura de la soberanía. Como consecuencia, la ocupación
colonial fue un asunto de capturar, delimitar y controlar zonas geográficas (territorios),
6
donde el espacio es la materia prima de la soberanía y de su violencia.
Agamben, por su parte, expone la matriz común entre democracia y autoritarismo. El
estado de excepción deviene la regla y el paradigma dominante en la política
contemporánea y se presenta como la forma legal de aquello que no puede tener forma
legal.
El totalitarismo moderno es la instauración, a través del estado de excepción, de una
guerra civil legal que permite la eliminación física no sólo de los adversarios políticos, sino
de categorías enteras de ciudadanos que no resultan integrables en el sistema político.
Se trata de un estado de emergencia permanente, en el cual se basan todas las doctrinas
de la seguridad nacional.
El estado de excepción y la necesidad que lo funda, no es ni externo ni interno al
ordenamiento jurídico, y el problema de su definición concierne precisamente a un umbral
o a una zona de indeferenciación, en el cual adentro y afuera no se excluyen sino que se
indeterminan. La suspensión de la norma no significa su abolición y la zona de anomia
que ella instaura no está totalmente escindida del orden jurídico. Esta zona de
indiferenciación, de indeterminación del adentro y afuera, es clave en la teorización
feminista sobre el feminicidio, la violencia sexual y otras formas violentas de asegurar la
continuidad del patriarcado. Esto es así porque las mujeres y los cuerpos femenizados
habitan al mismo tiempo el ámbito público que se rige por las normas del contrato social, y
el ámbito privado, que se rige por las normas tradicionales del estatus, en la forma del
contrato sexual (Paterman 1995). El eje del contrato y el eje del estatus se cruzan en un
lugar de indiferenciación, de zona de excepción, que Rita Segato (2003) llama "la célula
violenta del patriarcado”: la violencia emana de la fricción de los ejes del contrato y el
estatus. Y en el cruce de los ejes está el cuerpo de las mujeres.
Varias investigadoras sobre feminicidio recurren a las categorías que proponen Mbembe y
Agamben, para situar y comprender los crímenes contra las mujeres en contextos
determinados: Juárez, la zona de frontera entre Estados Unidos y México y América
Central. Argumentan la existencia de una necropolítica de género, que se expresa en
discursos que construyen a las víctimas como la femina sacer, el cuerpo sin derechos que
se merece su muerte, que cualquiera puede matar y cuyo asesinato no constituye un
crimen2.
Para estas autoras, los femicidios juegan un papel sistémico al establecerse como una
necropolítica en sociedades estructuradas sobre la desigualdad. De esta forma, los
sistemas de estratificación, sus discursos y sus prácticas generan esta política letal en la
que algunos cuerpos son vulnerables a la marginación, a la instrumentalización e incluso
a la muerte. Un elemento central de la necropolítica es que los sistemas de estratificación
también generan un biopoder basado en la noción de soberanía; es decir, en la capacidad
de definir quien importa y quién no, quién es desechable y quién no. La necropolítica de
género produce así una instrumentalización generalizada de los cuerpos de las mujeres,
construye un régimen de terror y decreta la pena de muerte para algunas. Justamente por
2

Julia Monárrez Fragoso en Violencia extrema y vida precaria en ciudad Juárez, (Frontera Norte,
vol. 24, núm. 48, julio-diciembre, 2012, pp. 191-199); Rosalinda Fregoso (2006, “We Want Them Alive!: The
Politics and Culture of Human Rights”, Social Identities, vol. 12, núm. 2, marzo, pp. 109-138); Montserrat
Sagot en El femicidio como necropolítica en Centroamérica (labrys, études féministes/ estudos feministas
juillet / décembre 2013 -julho / dezembro 2013) y Melissa Wright, 2011, en Necropolitics, Narcopolitics, and
Femicide: Gendered Violence on the Mexico-U.S. Border, Signs, Vol. 36, N 31, entre otras.

7
esas características, algunas autoras han considerado al femicidio como una forma de
pena capital que cumple la función de controlar a las mujeres como género (Radford y
Russell 1992). Desde esa perspectiva, el femicidio, como expresión directa de la
necropolítica de género, tiene el objetivo de obligar a las mujeres a aceptar las reglas
masculinas y, por tanto, a preservar el estatus quo génerico.

Conclusiones

Hemos efectuado un recorrido conceptual, que establece relaciones entre las formas de
acumulación del capitalismo contemporáneo, con la reproducción y profundización de la
desigualdad estructural de género en América Latina, y con la violencia patriarcal, como
una herramienta imprescindible para la imposición y expansión del neoliberalismo. Los
ordenamientos territoriales que produce esta forma de acumulación, redundan en la
consolidación de "zonas salvajes", espacios sin más ley que la ley de la muerte, es decir,
espacios físicos de estados de excepción. Esta forma de soberanía, definida como
necropolítica de género, es decir, la capacidad genérica soberana de decidir quién debe
morir, articula la teoría del patriarcado y la teoría del estado de excepción. El centro de
esta articulación es la femina sacer, el cuerpo sin derechos de las mujeres y de los
cuerpos femenizados que habitan el contrato sexual, que expresa una forma específica
de excepción al contrato social. Quedan por explorar las múltiples relaciones contextuales
e históricas entre formas públicas y privadas de violencia patriarcal, es decir, entre el
contrato sexual como estado de excepción y el estado de excepción como
gubermentalidad sobre territorios y poblaciones.

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