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Perpetua profana. Literatura y feminismo (Leer torcido)
Dahiana Belfiori
Feminismos y capitalismo neoliberal. “Tsunami violeta o la organización feminista
de la resistencia”.

Cuando me convocaron a participar de este panel dudé. La duda permaneció un par de
minutos: qué decir, desde dónde. Luego pensé: ¿por qué no? que, como diría Leila
Guerriero en su artículo El no es un peligro vivo, “es la única forma del sí que prefiero”.
Siri Hustvedt en la introducción de su libro La mujer que mira a los hombres que miran
a las mujeres dice: “Como perpetua profana que tiene la mirada en varias disciplinas, he
llegado a comprender que gozo de una clara ventaja en cierto sentido. Soy capaz de ver
lo que los expertos a menudo no cuestionan. Por supuesto, es necesario tener fundamentos
de una disciplina a la hora de adoptar cualquier perspectiva crítica, y esos fundamentos
se adquieren a fuerza de trabajo y estudio continuados. Lo cierto es que cuanto más sé,
más preguntas me hago. Cuantas más preguntas me hago, más leo, y esas lecturas me
llevan a hacerme más preguntas. No se acaba nunca. Lo que pido al lector es apertura de
mente, cautela ante los prejuicios y una buena disposición para viajar conmigo a lugares
donde el terreno quizá sea abrupto y las vistas brumosas, pero a pesar, o tal vez a causa,
de estos obstáculos, hay placeres que descubrir.” A mí esta invitación me sonó a las
propuestas “indecentes” que caracterizan a los feminismos a los que adhiero y construyo
y de los que soy heredera. Es un poco ésta la escucha que me gustaría despertarles hoy
porque es un poco ésta la manera en la que mis lecturas se fueron componiendo. Perpetua
profana sería un buen título para esta exposición.

“Pero –podrían decirme– nosotras le habíamos pedido que hablara acerca de las mujeres
y la ficción…”, así comienza el siempre renombrado –y se me antoja decir que no sé si
tan leído– Un cuarto propio de Virginia Woolf. Luego realiza un recorrido sobre lo que
puede significar ese título para la conferencia a la que fue invitada, haciendo gala de la
exquisita ironía que caracteriza su escritura. “Lo único que podía hacer yo era ofrecerles
una opinión sobre un punto de escasa importancia, y es el siguiente: una mujer debe tener
dinero y un cuarto propio para poder escribir ficción; y eso, como verán, deja sin resolver
el problema de la verdadera naturaleza de la mujer y la verdadera naturaleza de la ficción.
He eludido el deber de llegar a una conclusión sobre estas dos cuestiones: las mujeres y
la ficción siguen siendo, en lo que a mí concierne, problemas sin resolver.” Y continúa
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Woolf: “En cualquier caso, cuando un tema es sumamente controvertido –y toda cuestión
relacionada con el sexo lo es– no puede esperarse decir la verdad. Sólo podemos mostrar
cómo llegamos a nuestras opiniones.” En cierto sentido, profano sentido, el nombre de
este panel “Literatura y feminismo” es una manera de reactualizar el problema planteado
por Woolf. ¿O acaso no son aproximaciones los intentos por definir la literatura? ¿O acaso
no es una perpetua novedad el feminismo que para muchxs ya está muerto aunque esté
más vivo que nunca y aunque tenga más de dos siglos de historia? Aproximaciones,
profanaciones, novedades, historias e historia hacen interesante la conjunción “y” entre
las palabras literatura-feminismo. Lo que sigue, entonces, y como nos invita la Woolf, es
un intento por fundamentar mis opiniones sobre el tema.

Tengo un oficio que me vincula a la literatura: escribo, publico y coordino talleres de
lectura y escritura y soy, sobre todo, lectora. A su vez me defino como feminista desde
hace 15 años. Ambos asuntos están enlazados en mi vida de una manera que llamaría
cotidiana. Es decir, se me ha naturalizado cierto modo de mirar el mundo, de leerlo. Con
la irrupción del feminismo en mi vida comencé a leer diferente. Las ideas que tenía sobre
el ordenamiento del mundo primero se trastocaron, luego se derrumbaron. Aquello fue
como un golpe en el alma de esas ideas: lo que estaba bien, lo que estaba mal, las mismas
nociones “bien” y “mal” dejaron de poseer la certitud que tenían. La duda entonces. La
duda como motor, como ejercicio vital de reflexión. No es que antes no dudara, pero esa
duda estaba sostenida por el peso (valga esta especie de oxímoron) de la moral y las
buenas costumbres que sustentan el patriarcado, la heteronorma y el capitalismo. Hablo
aquí de la duda que habilita preguntas.

“Todo cuanto sobre las mujeres han escrito los hombres debe tenerse por sospechoso,
puesto que son juez y parte a la vez”. Este es uno de los epígrafes de El segundo sexo de
Simone de Beauvoir y es de Poulain de la Barre, un varón que en pleno siglo XVII
señalaba lo que todavía hoy cuesta escuchar: las voces de las mujeres. Advertía sobre su
ausencia. En rigor, les señalaba a los varones, quienes eran los que tenían casi exclusivo
acceso al ejercicio de las letras, una falta (la presencia de las mujeres en las letras, su voz
en la escritura) y un abuso (de poder). Entonces, ¿desde dónde abordar el tema aquí
planteado?: ¿Como lectora? ¿Como escritora? La clave llega desde uno de los talleres que
coordino. Allí, una de las participantes, Eugenia, comentó que estando parada frente a su
biblioteca y observándola detenidamente se dijo: “¿Dónde están las mujeres?” Ella
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había introducido una pregunta en su vida que la obligaba a ver de otro modo su recorrido
lector. Un modo un tanto oblicuo, a juzgar por la linealidad con la que había armado su
biblioteca. No faltaban autores (varones) de todas las épocas, reconocidos (y no) local y
mundialmente. Ella estaba mirando torcido, es decir, se había salido del camino conocido,
recto: no sólo estaba mirando críticamente su biblioteca, estaba cuestionando el canon y
como sabemos el canon es masculino. Pienso que esa duda tuvo algo que ver con la
participación en el taller. A esos espacios llevo, por decisión política, copiosa literatura
escrita por mujeres, porque sostengo y doy por supuesto (y Eugenia lo confirma, pero no
sólo ella) que nuestras lecturas escolares y académicas están mayoritariamente signadas
por la presencia de autores varones. ¿Qué leemos? ¿Leemos a autoras mujeres? ¿Dónde
están las lesbianas? ¿Dónde están las travestis? ¿Dónde están las personas trans? ¿Dónde
están…? ¿Es esto relevante? Sostengo aquí que sí. Y ese es el vínculo problemático que
establezco entre la literatura y los feminismos, así, en plural. Digo problemático en el
sentido de que convoca a formularlo, a pensarlo, a actualizar la reflexión. Las “voces” de
las mujeres, de las lesbianas, de las travestis, de las personas trans también son su
escritura, su poesía, su narrativa. El canon literario es y seguirá siendo masculino, o si
prefieren, son escritores varones los que lo conforman. Cuando hablo de canon me refiero
a aquellas voces validadas, en especial, desde la academia (pero no sólo: no pretendo más
que esbozar la cuestión de cómo se forma el canon). Me pregunto: ¿cuántas Luisas
Valenzuela o Tununas Mercado entran ahí, por nombrar sólo dos escritoras argentinas de
indudable trayectoria literaria? No hablo de la voluntad aislada de docentes de literatura
en las escuelas medias que llevan estos materiales al aula. Hablo de canon. Y mientras el
canon sea eminentemente masculino seguiremos asistiendo a mesas de "feminismo y
literatura" en cuanta feria haya, por ejemplo. Yo lo celebro: sospecho que aquí, como en
tantas cuestiones, estamos ante algo del orden del "cupo".

Otra participante de los talleres, Gisela, comentó hace poco: “Hace un año que decidí que
por un tiempo sólo voy a leer a mujeres, hasta aquí leí a los varones”. Decir que no a algo
habilita otros sí. “Ya ven. El no es un peligro vivo.” Patricia, otra participante: “¡Se puede
escribir sobre esto!” Leer a las escritoras mujeres también es un descubrimiento acerca
de lo que tematizan en su literatura y de un abordaje singular de esos tópicos. Lo cotidiano
se hace texto, haciendo cuerpo textual la premisa feminista “lo personal es político”, aun
cuando dichas escritoras no se definan a sí mismas como feministas. No fue en la escuela
ni en la academia donde leí a mujeres. Fue a través del feminismo que llegué a la literatura
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escrita por mujeres y ese es mi convite en cada espacio por el que transito. El desafío
entonces es conquistar “el cuarto propio” del canon, profundizando las preguntas aquí
bosquejadas. Insisto: los feminismos nos alertan sobre los modos de construcción del
mundo. Los feminismos nos dicen, por ejemplo, que las mujeres fueron borradas
activamente de la historia, los feminismos nos dicen, por ejemplo, que las mujeres no
fueron parte de los grandes relatos sino en el lugar de relatadas y retratadas por otros,
varones. Es hora de escucharlas, es hora de leerlas.

Así fue que me hice otras preguntas, por ejemplo la siguiente: ¿Cómo leemos lo que
leemos? Leer en clave feminista es también leer a autores varones en su contexto. Pensar
y revisar el punto de vista que eligen en sus narraciones, la arquitectura de sus personajes,
la preponderancia de un tipo de narrador, etc. Leer en clave feminista nos modifica
nuestra percepción del mundo. Y sobre todo nos hace entender quién tiene el poder, como
bien lo señala Humpty Dumpty en Alicia a través del espejo:

–Cuando yo uso una palabra –dijo Humpty-Dumpty con un tono burlón– significa
precisamente lo que yo decido que signifique: ni más ni menos.
–El problema es –insistió Alicia– si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas
cosas diferentes.
–El problema es –zanjó Humpty-Dumpty– saber quién es el que manda. Eso es todo.

Por último quiero convidarles a escribir cartas. A las mujeres en especial. Es la invitación
que nos hace María Moreno en El arte de escribir no es un arte: “Escriban cartas raudas,
divertidas, sueltas de cuerpo y de corazón. Por puro festejo de los demás (…) Sin motivo
y sin remedio como cuando existía el Alma.” Escribamos cartas pues, como también
propone Liliana Lukin:

(…)
y como más amor hay cuanto más cartas
escribamos extrañemos vayamos al encuentro
querida mía y que nos dé felicidad

dahiabell@yahoo.com.ar