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El rol del Intelectual en los movimientos feministas latinoamericanos

María Flor Costa Marrapodi

Universidad del Salvador, Facultad de Filosofía y Letras

Eje 4: Feminismos y capitalismo neoliberal. “Tsunami violeta o la organización feminista de la
resistencia.”

Introducción

En una entrevista realizada a Foucault en el año 1975, titulada Poder-Cuerpo, el filósofo
plantea que a partir de los años 60, las sociedades industriales europeas notaron que, para
conservar su funcionamiento, no era indispensable el ejercicio de un poder tan pesado y
represivo sobre el cuerpo, sino que era posible conseguir los mismos y mejores efectos sobre
él si el poder produjera efectos positivos a nivel del deseo y a nivel del saber. De este modo,
el poder, lejos de estorbar al saber, lo produce.

En el marco de esta teoría sobre el funcionamiento del saber y el poder en las
configuraciones sociales contemporáneas, en “Los intelectuales y el poder”, Foucault y
Deleuze proponen una reelaboración de la figura intelectual de este tiempo, poniendo en
juego el modo en que se relacionan las esferas de la teoría y la práctica.

El presente trabajo consiste en una exploración de las herramientas conceptuales que
aportan tanto Deleuze como Foucault para (re)pensar el lugar en que se encuentra hoy la
figura intelectual en tanto personaje estratégico en las posibles organizaciones resistentes a las
tramas de saber-poder que configuran nuestras sociedades. Además se intentará rastrear,
apoyándose en las propuestas de los filósofos mencionados, cuál es el lugar hoy, en nuestra
región, de las y los intelectuales en las luchas por la toma de la palabra, prestando especial
atención al movimiento feminista que tanta fuerza ha conquistado en los últimos años.

La figura “intelectual” según Foucault y Deleuze

En Verdad y Poder, diálogo que mantiene Foucault con M. Fontana en el año 1971,
Foucault ahonda en esta cuestión sosteniendo que en las sociedades contemporáneas, la
distribución de la verdad está caracterizada por cinco rasgos históricamente importantes, a
saber: 1) que la verdad está centrada sobre el discurso científico y las instituciones que lo
producen; 2) está sometida a una constante incitación económica y política, en tanto que la
producción económica y el poder político precisan un discurso “verdadero” para sostenerse;
3) la verdad es objeto de una inmensa difusión y consumo, ya que circula en aparatos
educativos e informativos de gran alcance en el cuerpo social; 4) es producida y distribuida
bajo el control predominantemente de algunos grandes aparatos políticos y/o económicos,
tales como la universidad, el ejército, los medios, etc.; y finalmente, 5) es el centro de todo un
debate político y eje de enfrentamiento social y luchas ideológicas. (Foucault M. , Verdad y
poder, 2014)

En este contexto, Foucault plantea una concepción propia del rol que deben cumplir los
y las intelectuales, especialmente de izquierda, por estos tiempos. Durante muchos años, esta
figura se consideró a sí misma como poseedora del derecho a tomar la palabra y erigirla en
tanto que dueña de la verdad y la justicia. Pretendía hacerse escuchar como representante de
lo universal, como portavoz de la conciencia popular. No obstante, Foucault ubica luego de la
Segunda Guerra Mundial un viraje en su rol. En línea con Deleuze (Foucault & Deleuze, Los
intelectuales y el poder , 1979), plantea que este cambio ha tenido que ver con un nuevo modo
de relacionarse la teoría y la práctica.

“D: - (…) Para nosotros, el intelectual teórico ha dejado de ser un sujeto, una
conciencia representante o representativa. Los que actúan y luchan han dejado de ser
representados (…).” (Foucault & Deleuze, Los intelectuales y el poder , 1979)

En Verdad y Poder, Foucault expone la nueva realidad de los y las intelectuales
contemporáneos: han dejado de trabajar en lo universal/ejemplar (“lo justo y verdadero para la
humanidad”), y se han centrado en determinados aspectos que mantienen estrecha relación
con sus condiciones más próximas, ya sean de vida o de trabajo, como son la vivienda, el
hospital, la universidad, las relaciones familiares o sexuales. De este modo, han ganado una
conciencia más inmediata y concreta acerca de las luchas contra el poder, acercándose mucho
más a las condiciones y problemas reales del proletariado, por dos razones: porque se trata de
luchas reales, materiales, cotidianas, y porque se encuentra a menudo, aunque bajo otra
forma, con el mismo adversario que el proletariado, a saber, las multinacionales, el aparato
judicial y policíaco, las especulación inmobiliaria, etc. (Foucault M. , Verdad y poder, 2014).

A esta nueva figura de intelectual, Foucault la denomina “intelectual específico”, por
oposición a la de “intelectual universal”. La característica principal de este nuevo personaje es
su incapacidad para dar consejos y prescripciones. Los y las intelectuales han tomado
conciencia de que las tácticas y los objetivos de las luchas deben construirlas quienes
encarnan las mismas. En última instancia, lo que pueden y deben hacer es proveer
instrumentos de análisis, facilitando una percepción que permita detectar dónde se encuentran
los poderes y de qué manera se encuentran implantados en la trama social.

“La figura en la que se concentraron las funciones y los prestigios de este nuevo
intelectual no es ya el <<escritor genial>>, (…) no es ya quien lleva él solo los valores de
todos (…); es quien detenta, con algunos otros, sea el servicio del Estado o contra él, poderes
que pueden favorecer o matar definitivamente la vida. No es ya el cantor de la eternidad, sino
el estratega de la vida y la muerte” (Foucault M. , Verdad y poder, 2014)

Los y las intelectuales han descubierto que no son precisados en las distintas
organizaciones de la resistencia para sus luchas, ellas saben perfectamente y dicen claramente
por su propia cuenta lo que las y los intelectuales tenían para decir. No obstante, existe un
sistema de poder que actúa constantemente sobre ese saber y esas luchas con el objetivo de
invisibilizarlas e invalidarlas; poder que no se limita a la función de censura, sino que se
ejerce de manera sutil en todo el tejido social. Y es aquí donde aparece el lugar estratégico de
la figura intelectual, ya que ésta forma parte de ese sistema de poder represivo en la medida
en que se concibe a sí misma como agente de la “conciencia general”. No obstante, la
propuesta de Foucault respecto del rol de esta figura consiste en luchar contra las formas de
poder justamente donde ella misma se constituye como objeto e instrumento del poder, es
decir, en el orden del saber. En medio de esa lucha, la teoría asume un rol activo en la
práctica, ya no enuncia un modo de proceder, sino que ella misma, en tanto herramienta,
encarna la lucha por la toma del poder junto con quienes luchan por ella. En Los intelectuales
y el poder, Deleuze sostiene la misma postura, afirmando que, frente a la política globalizante
del poder, las respuestas deben ser locales. En sus luchas, intelectual (“teoría”) y masas
(“práctica”) deben cuidarse de no restaurar formas representativas de centralismo y jerarquía,
ya que éstas funcionarían como totalizadoras; por el contrario, lo que deben hacer es llegar a
instaurar vínculos laterales, un sistema reticular de bases populares.

El lugar de los y las intelectuales específicos/as dentro de estas luchas es denunciar los
núcleos específicos de poder, nombrarlos públicamente, forzar las redes de información
institucional, entrar en ellas, tomar la palabra y decir quién ha hecho qué, visibilizar el
entramado de las relaciones de poder. Este es, según Foucault, un primer paso para otras
luchas contra el poder.

“Me ha parecido que el trabajo de un intelectual, de lo que llamo “un intelectual
específico”, consiste en intentar desasirse del poder de imposición y desasirse también, en la
contingencia de su formación histórica, de los sistemas de pensamiento que nos resultan
familiares en la actualidad, que nos parecen evidentes y que forman parte de nuestras
percepciones, actitudes y comportamientos. Después es preciso trabajar en común con
personas implicadas en la práctica, no sólo para modificar las instituciones y sus prácticas,
sino también para reelaborar las formas de pensar.” (Foucault M. , La vida de los hombres
infames, 1996)

Los aportes tanto de Foucault como de Deleuze respecto del papel y la responsabilidad
que le cabe a los y las intelectuales, dan cuenta de una reelaboración de su función política.
Dentro de su campo de acción específico, producen discursos que se constituyen como
verdaderos, que implican e impactan en el campo social; de modo que es imprescindible
reconocer el lugar estratégico que les toca, dado que estos saberes bien pueden ser puestos a
disposición de los intereses de los mecanismos de poder hegemónicos, o bien funcionar ellos
mismos como resistencias locales y transversales que pujan por la toma del poder.

La actividad de esta nueva figura de intelectual se estructura al nivel del régimen de
producción, distribución y puesta en funcionamiento de los enunciados que tanta importancia
tienen en las estructuras y el funcionamiento de la sociedad. Es allí donde se libra un combate
en torno a la verdad: no es una lucha “en defensa” de la verdad, sino más bien acerca del
estatuto de la misma y de su función económico-política.

De este modo, podría concluirse que el problema político que debería ocupar a las y los
intelectuales no es el de hablar en nombre de los sin voz, ni representarlos, ni siquiera hacer
cambiar de opinión o convencer a nadie de nada; es saber si será posible constituir una nueva
política de la verdad, si desde su lugar y mediante luchas locales será posible cambiar el
régimen político, económico e institucional de producción de verdad.

De modo que toda resistencia que pretenda plantarse contra los mecanismos de poder y
las políticas de verdad hegemónicos en una determinada configuración histórica social, debe
fundarse en su carácter parcial, dado que siempre se tratará de luchas materiales, cotidianas.
En este contexto, los y las intelectuales se ubican “al lado de”, codo a codo en las luchas en
torno a los nodos de poder; denunciando y visibilizando los mecanismos que intentan
ubicarlos como su objeto.

“F.: Si se lucha contra el poder, entonces, todos aquellos sobre quienes se ejerce el
poder como abuso, todos aquellos que lo reconocen como intolerable, pueden emprender la
lucha allí donde se hallan y a partir de su propia actividad (o pasividad). Al emprender esta
lucha que es la suya, cuyo blanco conocen perfectamente y cuyo método pueden determinar,
entran en el proceso revolucionario. Por supuesto, como aliados del proletariado, puesto que
si el poder se ejerce como se ejerce, es para mantener la explotación capitalista.” (Foucault
& Deleuze, Los intelectuales y el poder , 1979)

Feminismos y resistencias. El lugar de les intelectuales hoy en nuestra región

A partir de aquí, intentaremos utilizar las nociones presentadas por Deleuze y Foucault
en referencia a la función política de la figura “intelectual” para pensar el movimiento
feminista contemporáneo como una configuración alternativa, de estructura horizontal y
reticular que se instituye como una resistencia activa al entramado de relaciones de poder y
discursos de verdad dominantes en el sistema de explotación capitalista que rige nuestras
sociedades.

Tomaremos la definición del movimiento feminista que provee la intelectual
costarricense Alda Facio, que lo entiende como aquel conjunto de acciones y reflexiones,
llevadas adelante por personas o grupos, que están orientadas a acabar con la subordinación,
desigualdad y opresión de las mujeres, en pos de su emancipación y su inserción en una
sociedad libre de discriminaciones referentes a cuestiones de sexo y género (Facio, primavera
2005). A esta definición, agrega:

“La teoría feminista es a su vez, la producción teórica que se enmarca dentro del
contexto feminista y que tiene como característica principal ser comprometida. Es decir,
‘quiere entender la sociedad con el objeto de desafiarla y cambiarla; su objetivo no es el
conocimiento abstracto sino el conocimiento susceptible de ser utilizado como guía y de
informar la práctica política feminista”. (Facio, primavera 2005)

Tal como plantea Deleuze en conversación con Foucault respecto de la utilidad de las
teorías (Foucault & Deleuze, Los intelectuales y el poder , 1979), es posible afirmar que el
feminismo en tanto producción teórica tiene por objetivo funcionar como una caja de
herramientas: debe servir a quienes la utilicen para abordar problemas materiales en función
de su transformación. De este modo, este tipo de teoría se ubica en oposición al poder –en
cuya naturaleza está la totalización- con el objeto de servir a los reclamos de base popular y
parcial en sus luchas para poner en cuestión la totalidad del poder y sus jerarquías.
En Verdad y Poder, Foucault presenta una interpretación del término “verdad” que poco
tiene que ver con aquellas cosas verdaderas que yacen en la realidad y que hay que descubrir
y aceptar; sino más bien, tiene que ver con el conjunto de reglas según las cuales se distingue
lo verdadero de lo falso, aplicándosele a lo verdadero efectos específicos de poder que lo
sostienen y prolongan. De este modo, notamos que los saberes que constituyen lo verdadero
en un determinado momento histórico, están en estrecha relación con las redes de poder
vigentes en las mismas circunstancias; de hecho, la verdad es la que detenta efectos regulados
de poder. Para Foucault, cada sociedad tiene su régimen de verdad, esto es, una serie de
discursos aceptados como verdaderos o falsos y puestos en funcionamiento por determinados
agentes, conformando así dispositivos de saber-poder que configuran el entramado de
relaciones que la sostienen.

En Feminismo, género y patriarcado, Alda Facio hace visible el modo en que una
determinada condición material de ejercicio de poder en nuestro contexto, como son las
diferencias y jerarquizaciones entre los sexos, se encuentra vinculada a una producción de
discursos de verdad que encuentra correlato en la desigualdad legal. Así, la diferencia entre
hombres y mujeres fue concebida como la diferencia de las mujeres con respecto a los
hombres cuando éstos tomaron el poder y se erigieron en el modelo de lo humano, fundando
todo un sistema de verdades de carácter androcéntrico. A partir de entonces, dice la autora, la
diferencia sexual ha significado desigualdad legal en perjuicio de las mujeres. (Facio,
primavera 2005)

“La universalidad de la subordinación femenina (…) da cuenta de que estamos ante
algo muy profundo e históricamente muy enraizado. (…) Instituciones como la familia, el
Estado, la educación, las religiones, las ciencias y el derecho han servido para mantener y
reproducir el estatus inferior de las mujeres.” (Facio, primavera 2005)

Estas líneas que dedica Facio a la visibilización del enquistamiento de valores que
perpetúan la relación de subordinación de las mujeres respecto de los varones, se sostienen en
lo ya expuesto anteriormente respecto de las características de distribución de la verdad. Si,
tal como expresa la autora, estamos ante una cuestión que se encuentra históricamente
enraizada, es así porque esta verdad ha sido producida y sostenida por discursos científicos
que a su vez mantienen una estructura económica y política que los demanda. Sumado a esto,
la verdad es objeto de difusión y consumo, que alcanza todos los niveles e impregna el cuerpo
social.
Testimonio de esto es lo expuesto por Kochen, Franchi y Maffía, conjunto de
intelectuales que, desde su lugar específico (la Red Argentina de Género, Ciencia y
Tecnología), remarcan la no-neutralidad y no-normatividad de la ciencia y la tecnología en la
producción de discursos de verdad, dado que éstos nacen en un contexto social e histórico
donde están en juego una serie de valores e intereses que pujan por sostenerse.

“Si bien estos contextos han ido cambiando, hay un rasgo que ha permanecido
inalterado desde el origen mismo de las ciencias, y es su carácter androcéntrico. Los
hombres han participado exclusivamente en su construcción y en decidir los intereses de la
misma.” (Kochen, Franchi, & Maffía)

Si pensamos en el lugar estratégico que poseen quienes construyen saberes y discursos
de verdad, entenderemos la importancia del rol de intelectual específique presentado por
Foucault. Es en la Universidad, en el laboratorio, en el hospital, en sus propias relaciones
familiares y sexuales donde las y los intelectuales entran en contacto con las condiciones de
subordinación y sexismo; y es desde allí donde pueden comenzar a conformarse resistencias
activas, que funcionen como cortafuegos o puntos de fuga del entramado vigente que sofoca y
perpetúa relaciones jerarquizadas.

Es justamente dentro de estos espacios, desde donde las y los intelectuales pueden
denunciar y forzar las redes de información institucional. Es aquí donde deben tomar
posición, dejando de ser objeto e instrumento del poder, dejando de reproducir estructuras
anquilosadas y cristalizadas, abandonando la pretensión de erigirse como la voz de la
conciencia universal.1

Para dar un primer paso a nuevas luchas contra el poder, Foucault y Deleuze exhortaban
a la denuncia pública de los núcleos que lo conforman, violentando las redes de información
institucional para tomar de una vez por todas la palabra y hacer visible el entramado que
sostiene las relaciones de poder vigentes. Alda Facio, desde su campo de acción, el derecho,
manifiesta que históricamente se han reproducido relaciones de poder sobre las mujeres,
como son el deber de obediencia de la mujer a su marido, la pérdida de apellido al casarse, la

1
La contracara de esto es expuesta por Sonia Santoro cuando aborda las dificultades que trae consigo la
puesta en marcha de discursos alternativos, como es el uso del lenguaje no sexista: “En qué lugar se encuentra
el uso del lenguaje no sexista cuando seguimos encontrando libros o investigaciones de académicas o activistas
feministas que en sus primeras páginas aclaran que la intención del texto es no reproducir términos ni modos
sexistas pero, ante las dificultades del lenguaje inclusivo, escriben con el que hemos heredado; y así se justifica
una escritura casi tan sexista o patriarcal como la que se denuncia en otros ámbitos.” (Santoro, 2010)
no criminalización de la violencia sexual en el matrimonio, etc. Estos, dice Facio, son
ejemplos del modo en que el derecho ha operado y en beneficio de quién.

La filóloga Teresa Meana Suárez, también encarna el rol de intelectual específica
cuando reflexiona acerca del poder del lenguaje de transmitir y reforzar estereotipos propios
de los discursos que funcionan en nuestras sociedades. Las relaciones asimétricas que se dan
entre los sexos de nuestra sociedad son reflejadas en la lengua, que a su vez las sostiene y
perpetúa. Por otro lado, así como el lenguaje puede contribuir al mantenimiento de estas
estructuras, también es capaz de constituir otro modo de decir y pensar el mundo.

“cambiando el uso de la lengua cambiará nuestra concepción de la realidad. Y dado
que este proceso es progresivo y no unidereccional, si cambiamos premeditadamente el uso
del lenguaje, ello ayudará a cambiar nuestro concepto del mundo. De nuestro papel activo en
este cambio dependerá el ritmo al que se modifiquen las concepciones sexistas y
androcéntricas.” (Meana Suárez, 2002)

Como hemos intentando dar cuenta con algunos ejemplos de intelectuales que se
posicionan desde la perspectiva de género para leer y transformar nuestra actualidad, es
posible acordar que esta nueva figura de intelectual ha dejado de hablar en nombre de valores
universales y se ha centrado en su propia competencia y situación particular. En este sentido,
es necesario aclarar que el hecho de que los discursos de saber resistentes a los dispositivos
saber-poder sean de carácter parcial, no implica que deban ser producidos a partir del caso
individual de cada persona, del solipsismo cartesiano del sujeto moderno transparente a sí
mismo, sino más bien lo contrario, quiere decir que la exigencia de la especificidad radica,
según Deleuze, en una invocación a aquellas potencias impersonales, físicas y mentales con
las que cada cual, desde su campo específico, confronta y combate para alcanzar un objetivo
del que únicamente se toma conciencia en la lucha. (Deleuze, Foucault, 1987)

“¿Quién habla y quién actúa? Siempre es una multiplicidad incluso en la persona que
habla o actúa. Todos nosotros somos grupúsculos. Ya no hay representación, sólo hay
acción, acción de la teoría, acción de la práctica en relaciones de relevos o redes”. (Foucault
& Deleuze, Los intelectuales y el poder , 1979)

Alda Facio sostiene de manera similar que la novedad de teorías feministas consiste en
que parten de las diferencias entre los géneros para cuestionar las estructuras e ideologías que
han sostenido a una menor parte de la humanidad como eje y modelo de toda experiencia. En
términos deleuzianos, el feminismo se organiza de manera completamente horizontal,
rizomática, para luchar contra las formas androcéntricas (y contra las formas que conciban un
único centro como fundamento) de ver el mundo.

De este modo, las discriminaciones y violencias que sufrimos las mujeres y demás
identidades que no se corresponden directamente con el modelo masculino, no son un
problema individual, sino que son expresión de una estructura de poder mucho mayor.

Facio está convencida de que la única forma de construir una convivencia humana
bastada en el respeto, consiste en conocer en profundidad cómo actúa y de qué manera afecta
nuestras vidas la construcción social de los géneros y los discursos de saber que los sostienen.
Desde su entorno específico, cada intelectual feminista –que pretenda situarse del lado y al
lado de las luchas por la toma de la palabra para la construcción de otro tipo de convivencia-
debe repensar su función social y política, contribuyendo a la conversión de su disciplina en
un instrumento transformador, que desplace los actuales modelos sexuales, económicos y
políticos hacia sociedades basadas en la aceptación y exaltación de la multiplicidad.

“El concepto, teorías y perspectivas de género, así como el moderno entendimiento de
lo que conforma el patriarcado o el sistema de dominación patriarcal son producto de las
teorías feministas. (…) Así, el interés por la “problemática” de género es más que
académico. Involucra un deseo de cambio y la emergencia de un orden social y cultural en el
cual el desarrollo de las potencialidades humanas esté abierto tanto a las mujeres como a los
hombres.” (Facio, primavera 2005)
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