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Título del trabajo: Explorando subjetividades en el actual marco de restauración

neoliberal. La emergencia del sujeto neopolítico durante el conflicto por las retenciones
móviles en Argentina.
Nombre del autor: Ernesto Schtivelband
Adscripción institucional: Facultad de Ciencias Sociales (UBA)
Eje propuesto: Sujeto, deuda y gubernamentalidad neoliberal.

Introducción
A finales de la década pasada, se inició en América Latina una serie de golpes de Estado,
en la actualidad llamados “suaves o blandos”, contra gobiernos populares y democráticos
que –con mayor o menor fuerza y de diferente modo– intentaron desarrollar políticas que
escapaban a la lógica y dinámica neoliberal. El juicio político al por entonces presidente de
Honduras, Manuel Zelaya, por el cual fue removido de su cargo en 2009; el derrocamiento
del expresidente de Paraguay, Fernando Lugo, en el 2012; y más recientemente, el golpe
parlamentario sufrido por Dilma Rousseff en Brasil, se enmarcan dentro de esta nueva
modalidad de desestabilización, basada en estrategias conspirativas no violentas
desplegadas en el marco de las instituciones legitimadas por la Constitución.
En estos países, los grupos conservadores, elites financieras y políticas, locales y
multinacionales, que impulsaron los ataques contra los gobiernos progresistas, tuvieron que
recurrir a las interrupciones de los regímenes democráticos para reinstaurar el modelo
neoliberal, profundamente cuestionado en los últimos años en gran parte de la región.
El caso de Argentina, sin embargo, se presenta con características novedosas que lo
distingue de los anteriores. Allí, los sectores neoliberales que condujeron el país en los años
noventa, replegados luego de la gran crisis de 2001-2002 y tras varios intentos de
desestabilización contra la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, retornaron al
gobierno nacional, mediante elecciones, en diciembre de 2015.
Lo que verdaderamente llama la atención de este proceso, no es que se hayan respetado
los tiempos que señalan la Constitución y las leyes electorales (después de todo, las
campañas de desestabilización habían erosionado la figura presidencial abonando el terreno
para una posible derrota en los comicios), sino que una parte mayoritaria de la sociedad se
viera seducida nuevamente por el modelo neoliberal, habida cuenta de su fracaso anterior.

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Porque si resulta evidente, como afirma Jorge Alemán (2016), que los ricos nunca atentan
contra ellos y votan por quienes los saben custodiar, no está tan claro por qué grandes
sectores de las clases medias y bajas decidieron adherir y votar a un proyecto que ya los
había perjudicado severamente –y que seguramente lo volvería a hacer.
Frente a este interrogante, numerosos analistas han sacado a la luz y señalado el papel
central que desempeñaron –y siguen haciéndolo– las corporaciones mediáticas en la tarea
de allanar el terreno de la subjetividad social. Sin embargo, y sin desestimar la capacidad de
los medios de comunicación para imponer agenda, configurar marcos de percepción o
reforzar creencias sociales, aquí se procura dar con otras claves que aporten a la
inteligibilidad de este fenómeno, indagando en la configuración de la subjetividad de
quienes han sido “capturados” por el discurso neoliberal.
Bajo el supuesto de que los procesos políticos en ocasiones se ven obstaculizados
(aunque en otras resultan vitalizados) por disposiciones profundas que escapan a la
voluntad y a la reflexión de los sujetos –resortes subjetivos que operan también en tiempos
largos–, este trabajo se propone explorar la relación que se establece entre neoliberalismo y
subjetividad, intentando dar cuenta del rumbo que fue tomando esta relación desde los años
noventa al panorama actual.
Puntualmente, se pone el foco en un acontecimiento que puede considerarse como un
caso paradigmático para entender el proceso de conformación de la voluntad colectiva que
permitió el desbloqueo del neoliberalismo en Argentina: el denominado “conflicto del
campo”, que tuvo lugar en el año 2008, a partir de que el Gobierno de Cristina Fernández
de Kirchner anunciara la Resolución N° 125 sobre retenciones móviles.
La elección del caso no responde tanto al grado de "virulencia" de la protesta en torno
a las retenciones móviles, sino al fuerte impacto que generó, de manera particular, en una
parte importante de la clase media porteña que no tenía intereses económicos o de otro tipo
con el campo y que, sin embargo, se vio involucrada y participó en manifestaciones en
apoyo a los productores rurales.
A continuación, se aborda el análisis del vínculo entre los discursos que circularon por
los medios de comunicación en torno del conflicto por las retenciones móviles y la
configuración de la subjetividad de los ciudadanos que tomaron partido por “el campo”,

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apelando a ciertos aportes psicoanalíticos como un camino para visualizar el papel de la
afectividad en los procesos de constitución de las identidades colectivas.
Como se verá más adelante, la adhesión de los sectores medios a los reclamos de la
dirigencia rural durante el período que duró el conflicto parecería anticipar, en cierta
medida, la renovada preferencia por las políticas neoliberales pocos años después. De todos
modos, y aunque el análisis de esta última cuestión exceda los alcances de este trabajo y
quede pendiente para investigaciones futuras, queda abierto el interrogante acerca de qué
posibles puentes podrían tenderse entre ambos escenarios. Más precisamente, si acaso no
debería pensarse que la constitución de la subjetividad que dio base a la intervención de
esos actores durante el conflicto pudo haber sedimentado o colaborado embrionariamente,
en el nuevo avance de la programación neoliberal.

Entre la ausencia y el regreso de la política: reconfiguración de los lazos sociales
En el marco de un proceso de ampliación del espacio de lo público, durante los cuatro
meses que duró el conflicto por la Resolución 125, representantes de los distintos sectores
involucrados cobraron visibilidad en una esfera pública sometida a una fuerte tensión
producto de la confrontación entre distintos puntos de vista sobre los cambios en la política
de retenciones a las exportaciones agropecuarias y la manifestación de visiones alternativas
acerca de las políticas agroalimentarias necesarias para el país. La prensa y los programas
periodísticos motorizaron la circulación de las diferentes opiniones y formas de evaluar la
situación que, con el correr de los días, lograron acaparar la atención de una ciudadanía que
hasta ese momento había permanecido indiferente a los asuntos políticos. De esta manera,
el conflicto se fue convirtiendo paulatinamente en objeto de debate público y una parte
significativa de la sociedad optó al final por tomar partido por uno u otro contendiente,
llegando incluso a participar en marchas y manifestaciones e involucrarse en el proceso
político.
Frente a ese panorama, se abren dos interrogantes: ¿en qué términos pensar la
participación de una parte de los sectores medios en apoyo al sector agrario, y cómo
caracterizar a esa nueva figura subjetiva que se manifestó en este proceso? Para dar
respuesta a estas preocupaciones se realizó y analizó una serie de alrededor de treinta
entrevistas semiestructuradas a personas pertenecientes a los sectores medios urbanos de la

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ciudad de Buenos Aires que adhirieron o participaron de los reclamos de la dirigencia rural
durante el período que duró el conflicto.
Como punto de partida convendría señalar que dentro del conjunto de entrevistados
todos afirmaron no haber participado antes de una marcha de adhesión o de protesta. Ante
la pregunta de qué suponían que había cambiado en esta ocasión, uno de los entrevistados
respondió que en otra época “la situación podría haberse visto reservada como algo que se
trataba puertas adentro, y quizás ni nos enterábamos de lo que pasaba”, pero que “ahora los
conflictos están mucho más expuestos a la opinión pública”. La percepción de que el
conflicto había cobrado mayor exposición fue compartida también por otros, quienes
rescataron como positivo que en los medios de comunicación “se haya hablado
públicamente del tema de las retenciones” o “que se haya discutido abiertamente de la
situación del campo y de los motivos del paro agropecuario”. Asimismo, la mayoría
advirtió un cambio de actitud en ellos mismos que generalizaron hacia el resto de los
ciudadanos.
Esta aprobación del debate se exteriorizó también a través de una serie de expresiones
que en cierta medida parecerían admitir tanto la existencia de otras visiones y posiciones,
como la inevitabilidad de la conflictividad social. De igual modo, la valoración entusiasta
de la participación se vio reflejada en un conjunto de enunciados que expresaban la
creencia de que “se estaba haciendo algo valioso”, que la presencia en las marchas y los
actos “servía para algo”: “para inclinar la balanza”, “para frenar al gobierno” o “para
apoyar al campo”.
Como muestran estos extractos, la necesidad de discusión y toma de posición así como
también la percepción de la conformación de un colectivo con capacidad para participar e
incidir en los acontecimientos (marcada por el uso de la tercera persona del plural que
desplazó en muchos casos al impersonal “la gente”), parecen ser algunas de las huellas que
el resquebrajamiento de la hegemonía neoliberal dejó en la subjetividad de los
entrevistados.
Sin embargo, el discurso de aceptación de la conflictividad social como herramienta de
tramitación de la vida social, aparece atravesado por una serie de tensiones que se expresan
en ciertas contradicciones o ambivalencias respecto de los motivos que suscitaron la
participación. Por un lado, el renovado interés por los asuntos públicos podría asociarse a la

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atención respecto de problemas de otros, en este caso, corporaciones agrarias. Pero por el
otro, junto a esas muestras de interés y apoyo, a menudo se escucharon expresiones que
reflejaban una mera preocupación individual y privada.
La ambivalencia entre el interés general y la búsqueda del bien particular se manifestó
también en el relato de otros entrevistados que enunciaban cierta solidaridad con los
reclamos de la dirigencia rural al mismo tiempo que dejaban ver su fastidio por el
desabastecimiento de los supermercados. De modo que las huellas que las transformaciones
producidas tras la crisis de 2001 y el posterior proceso de repolitización dejaron en la
subjetividad de los entrevistados permiten dar cuenta de las condiciones que posibilitaron
que una parte importante de los sectores medios porteños, que hasta hacía poco se habían
autoexcluido de la escena pública, se haya interesado e involucrado en el conflicto.

La clase media interpelada: su adhesión a los reclamos de “el campo”
Un repaso por las declaraciones de los dirigentes agropecuarios al periodismo durante los
primeros días del conflicto muestra cómo el discurso contra las retenciones móviles se
construyó inicialmente sobre un conjunto de reivindicaciones sectoriales vinculadas a “la
pérdida de la rentabilidad”, “la falta de una política agropecuaria de largo plazo” o “la falta
de atención a los problemas de las economías regionales”.
Si bien la recurrencia de este tipo de expresiones pudo favorecer la articulación de los
reclamos de cada fracción del sector en una demanda unificada, no parece haber sido el
factor fundamental en el desencadenamiento de la adhesión de una parte de la clase media
urbana –que no tenía intereses económicos o de otro tipo con “el campo”– al reclamo del
empresariado rural. De igual forma que en otros estudios existentes, la cuestión referida a
las retenciones y la renta agraria, a pesar de haber sido el detonante del conflicto, casi no
apareció explícitamente mencionada por los entrevistados.
Entonces, ¿qué es lo que hizo que esas personas subsumieran su voz en las expresiones
de los productores rurales? Una primera respuesta la ofrece el análisis que hacen Mariano
Fernández y Soledad Stoessel (2012) de las intervenciones públicas realizadas en el marco
de las sucesivas movilizaciones convocadas por la Mesa de Enlace, donde muestran cómo
los dirigentes agropecuarios intentaron inscribir gradualmente el reclamo en contra de las
retenciones en un discurso en el que se pudiesen incorporar demandas de otros sectores

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sociales. También un estudio realizado por Lucas Castro permite echar luz sobre la
articulación entre los reclamos de los productores del campo y las demandas de los
habitantes de la ciudad. De acuerdo con su análisis, esa “ligazón” se explica por la misma
lógica equivalencial que unificó al conglomerado de ruralistas inicialmente: una serie de
demandas acumuladas (seguridad, lucha contra la inflación, denuncias de corrupción
gubernamental) comenzaron a percibirse como equivalentes a los reclamos contra las
retenciones en su rechazo común a “la mentira”, “la agresión”, “el atropello” encarnados en
el Gobierno nacional. En esa coyuntura, “campo” dejó de ser el significante que encarnaba
aquel conjunto de demandas insatisfechas de los productores rurales, y empezó a funcionar
como aglutinador de las diferentes reivindicaciones. Así, los sectores medios urbanos,
cuyas actividades económicas no habían sido afectadas por las retenciones móviles,
pudieron verse representados en el discurso del empresariado rural y se sintieron con
posibilidad de expresar su descontento.
De todos modos, y no obstante la importancia de los aportes de estas investigaciones,
persiste el interrogante acerca por qué las enunciaciones por parte de los dirigentes agrarios
impactaron de un modo en que el Gobierno nacional, a pesar de que también buscó
insistentemente interpelar a la clase media presentando datos y razones de peso, no pudo
hacerlo. Castro argumenta que las entidades ruralistas ocupaban “lugares sociales de alta
concentración de poder económico y simbólico”. Sin embargo, como sostiene un estudio
realizado por Ileana Carletta, Cristina Fernández también poseía la eficacia simbólica para
construir y definir la realidad sociopolítica con su lenguaje, sus palabras y sus
clasificaciones. Una nueva revisión, ahora de los discursos que dio la expresidenta durante
el conflicto, muestra cómo destinó gran parte de sus intervenciones públicas a rebatir los
argumentos esgrimidos por el discurso rural. Por ejemplo, cuestionando el pretendido
carácter confiscatorio de las retenciones. No obstante, no solo no pudo corroer la unidad
entre sectores medios y dirigencia agraria, sino que, por el contario, cada intervención suya
–o de cualquier otro integrante del Gobierno– parecía reforzarla aún más.
Por otra parte, si bien la mayoría de los entrevistados encontró motivos racionales para
justificar su adhesión a los reclamos de “el campo” (replicadas casi literalmente de las
intervenciones públicas de los dirigentes agropecuarios y de las construcciones que hacían
los medios), las ambivalencias detectadas en los extractos analizados en el apartado anterior

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hacen pensar que la eficacia de la interpelación del discurso “pro-campo” o “anti-gobierno
nacional” (vale decir, lo que permitió “convencer” a la clase media de sumarse a la
protesta), radicó en que no solo se limitó a operar en el plano cognitivo. Logró hacerlo
además en la dimensión afectiva de su subjetividad, movilizando ciertas disposiciones que
se pusieron en juego en el proceso de identificación que condujo a la constitución de una
identidad colectiva en torno de las demandas del agro. Esto se evidencia en la presencia
recurrente de enunciados que dejaban traslucir la persistencia de disposiciones provenientes
de una configuración de larga data –cristalizadas en una identidad de clase media asociada
a posiciones con un fuerte componente antiperonista– sobre las cuales operaron durante la
década del noventa modos de identificación y participación ciudadana configurados por el
modelo neoliberal. Enunciados que expresaban no solo la preocupación por el
desabastecimiento de productos para el consumo, sino también el temor a que el Estado
continuara inmiscuyéndose en la economía y la vida privada de las personas, a perder
aquello que efectivamente se tiene o a sufrir los embates de políticas de tipo
redistribucionista.
Las entrevistas permitieron sacar a la luz aspectos que quedarían ocultos desde una
lectura enfocada en los aspectos más racionales. Particularmente, se puede vislumbrar no
solo por qué el Gobierno nacional no pudo desarticular la unidad entre sectores medios y
dirigencia agraria, sino también por qué cada nueva intervención gubernamental terminaba
fortaleciéndola. Frente a la conformación de un conglomerado de sectores sociales
diferentes a partir de la articulación equivalencial de demandas en torno del reclamo
original de los productores agropecuarios, el Gobierno aparecía como “lo excluido” de la
nueva identidad diferencial, “un “exterior” que amenazaba la identidad del “interior”. Así,
lo que quedaba por fuera de la frontera de exclusión no solo eran “la mentira”, “la
agresión”, “el atropello”, sino también todo aquello que atentaba contra los derechos a la
propiedad, a la libre empresa y a la libre actividad económica, encarnados en el modelo del
“empresario de sí mismo”.
Por otra parte, como el grado de unificación que podía existir entre los diferentes
sectores no era la expresión de una esencia común subyacente, sino el resultado de una
articulación política contingente, la identidad construida en torno a las demandas del agro,
al fundarse en lo que dejaba afuera, en “lo excluido”, se definió fundamentalmente a partir

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de lo que “no era”: no era la corrupción oficial, la inflación negada o la soberbia de la
presidenta, como muestran otros estudios. Pero tampoco era la intervención del Estado, el
dirigismo económico, la creciente fiscalización de los negocios o el avance contra la
propiedad privada y la libertad de empresa.
Se ve así por qué, más que exponer reivindicaciones propias del grupo, los sectores
medios manifestaron su apoyo a “el campo” con consignas del tipo “el campo somos todos”
y otras creencias tales como “el campo es la patria”, que lo equiparaban con la esencia de la
argentinidad. Ahora bien, ¿con qué país, con que patria, se identificó a “el campo”? Aunque
convendría no perder de vista que la identificación del campo con la patria se inscribe en
tiempos largos en la historia del país (el modelo idílico de “El granero del mundo” de
principios del siglo XX avasallado por el industrialismo de mediados del siglo), en el
conflicto por las retenciones, la identificación se encaminó fundamentalmente a restituir
una Argentina que se percibía como amenazada con el fracaso del modelo neoliberal.
Retomando el análisis de Castro, se puede decir que “patria” es un término que no tiene
ningún significado particular por fuera del sistema de articulaciones diferenciales y
equivalenciales dentro del cual se lo sitúe. Es un símbolo que puede condensar una
pluralidad de significados y, por eso, cumplir la función de la fantasía: servir de pantalla
que encubra esa incongruencia. Durante el conflicto, “patria” se constituyó en una entidad
imaginaria capaz de expresar el cumplimiento de los deseos de superación de las
limitaciones impuestas por las transformaciones producidas tras la crisis desatada en 2001.
En ese marco, la metáfora de “campo” permitió suplir la carencia de sentido de la patria. La
patria, entonces, fueron “los grandes terratenientes, los chacareros autoconvocados, los
pueblos movilizados, las clases medias que cacerolearon; la patria se hizo, adquirió su
corporalidad, en cada corte de ruta (donde se cantaba el Himno Nacional), en las asambleas
de autoconvocados, en los actos multitudinarios de Rosario y Buenos Aires enarbolando
banderas celestes y blancas y, por supuesto, en el trabajo y la producción del sector rural”.
Al revestirse de patria, “el campo” procuró constituirse en una promesa capaz de
recuperar esa plenitud ausente navegando a dos aguas entre la asunción y la negación de la
conflictividad de la política.

La clase media a (la) escena (de conflicto)

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Chantal Mouffe (2007) sostiene que el deseo de una sociedad “reconciliada”, “más allá del
antagonismo”, “revela una falta total de comprensión de aquello que está en juego en la
política democrática y de la dinámica de constitución de las identidades políticas”. Para esta
autora, la naturaleza de las identidades colectivas implica que siempre haya una
confrontación entre un “nosotros” y un “ellos”. En este sentido, propone como tarea para la
política democrática, no el intento de superar la confrontación mediante el consenso, sino la
de construirla como una confrontación política entre “adversarios”. Desde una perspectiva
agonista, considera crucial desentrañar el papel que juegan las pasiones en la política, de
modo de poder evitar el surgimiento de antagonismos, donde la confrontación adquiere la
forma amigo/enemigo y el oponente pasa a ser percibido como un enemigo que debe ser
destruido.
Ahora bien, ¿qué papel jugaron las pasiones durante el conflicto por las retenciones
móviles? De acuerdo con Mouffe, el concepto psicoanalítico de goce (jouissance) es de
gran importancia para explorar el rol de los afectos en la política. Según la teoría lacaniana
el goce entra en juego en la emergencia de los antagonismos cuando un otro es percibido
como una amenaza para un nosotros. Se puede decir que la conformación de un nosotros en
torno de los reclamos de “el campo” no descansó exclusivamente en el reconocimiento de
una parte de la clase media porteña en los argumentos del discurso que identificó al campo
con la patria sino que encontró parcialmente su raíz en una relación compartida con los
productores del agro hacia un goce encarnado en un objeto contingente –la Resolución
125–, que pasó a ser la representación de una plenitud imposible. Ese discurso reintegró
imaginariamente algo del goce perdido bajo la creencia de que la completud de la sociedad
(que oscilaba entre el regreso mítico al país previo al ’45 o a los años dorados del consumo
menemista, donde el Estado no intervenía en la vida privada de los ciudadanos) se
alcanzaría “eliminando” al otro que “no nos permite ser plenamente nosotros mismos”. De
este modo, antes que en alguna cualidad común preexistente o en un conjunto de razones
compartidas, los lazos que unieron a ese conjunto heterogéneo de individuos en un grupo se
crearon a partir del rechazo a las políticas impulsadas por la presidenta de la Nación. Se
condensó –se cargó emocionalmente– en su figura (y en el Gobierno en general) el
conjunto de todos los males que aquejaban a la sociedad (corrupción, inseguridad,
desempleo, etcétera). Si bien durante las entrevistas no se observaron ni gestos ni palabras

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fuera de tono –es posible que el paso del tiempo y la misma situación de entrevista
atemperaran los ánimos–, el lenguaje empleado en comentarios publicados en blogs o en
testimonios recogidos por los medios durante el conflicto, tuvo un tono notoriamente
distinto que, en muchas ocasiones, demostraba un rechazo profundo hacia la presidenta y el
proceso kirchnerista en general.
El argumento imaginario fue que si se retiraba la Resolución 125 –o mejor: si
renunciaba la presidenta– la sociedad podría recuperar el orden amenazado y se
solucionarían todos los problemas. Finalmente, la habilitación de un canal institucional a
través del cual el conflicto pudo adoptar una forma agonista impidió, aun con serias
dificultades, que tomara un rumbo antagónico.

Conclusiones
En el marco del complejo proceso de repolitización en la región, la ampliación de la
preocupación por los asuntos comunes, que en la Argentina llegó a involucrar a sectores
que hasta poco tiempo atrás se habían autoexcluido de la esfera pública, permitió la
emergencia de un tipo de subjetividad que –a falta de un término más preciso– aquí se
propone denominar neopolítica. El prefijo neo remite, de manera tensa, a una doble
caracterización: por un lado, alude a la incorporación de esos actores a la esfera pública y
su involucramiento en discusiones y controversias de índole político, pero por el otro,
sugiere la persistencia, en la subjetividad de esos mismos actores, de disposiciones
afectivas provenientes de una configuración de larga data –cristalizadas en una identidad de
clase media asociada a posiciones con un fuerte componente antiperonista– sobre las cuales
operaron durante la década del noventa modos de identificación y participación ciudadana
configurados por el modelo neoliberal.
Particularmente durante el conflicto por las retenciones móviles, se asistió no solo a
una disputa de ingresos entre el Gobierno nacional y las entidades agropecuarias sino,
además, a una lucha respecto de la significación del conflicto que comprometió a un amplio
abanico de actores. Una serie de voces representantes de los diversos sectores involucrados
(funcionarios, dirigentes rurales, actores sociales o políticos de peso)– confluyó en una
esfera pública sometida a una fuerte tensión producto de la oposición entre modos
contradictorios de apreciar la situación y la deliberación abierta acerca de cuestiones tales

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como la política fiscal utilizada por el Gobierno nacional, la elaboración e implementación
de las políticas públicas o los alcances y los límites en la relación entre Estado y mercado.
Los medios masivos de comunicación operaron haciendo circular y cristalizando una
serie de opiniones y creencias, que lograron interpelar a una parte importante de los
argentinos, entre ellos, a un sector de la clase media porteña con débil o ausente
preocupación por los asuntos públicos. Concretamente, la emergencia de un discurso en el
cual “la esencia de la argentinidad”, “la defensa de la institucionalidad”, “la voluntad de
diálogo”, aparecían amenazadas por “el autoritarismo gubernamental” y “la violencia
política”, proporcionó las condiciones para la adhesión de esos sectores medios a los
reclamos de “el campo”. La efectividad de estos significantes radicó en que no se limitaron
a operar solamente en el nivel cognitivo, sino que lo hicieron además en la dimensión
afectiva de la subjetividad. Ese discurso habilitó la irrupción del contenido individualista y
antiplebeyo característico de la identidad de la clase media argentina (expresado en el odio
por el peronismo en tanto amenaza de la propia existencia), pero además supuso la
reactualización de un tipo de subjetividad propia del orden neoliberal, para la cual la
fantasía de una “vida buena” o una “sociedad justa” –ficciones de un estado futuro en el
que se superarían las limitaciones que en el presente frustran su disfrute– pasaría por la
defensa y la reivindicación de las libertades individuales por sobre la construcción de la
comunidad, la preeminencia de la lógica del mercado, el rechazo a la política como vía de
regulación de la vida social y el odio por el otro en tanto amenaza de la propia existencia.
En este sentido, se puede sostener que la nueva subjetividad política y las formas de
intervención que se pusieron en escena durante el conflicto, evidenciaron cierta politización
o involucramiento en los asuntos públicos, pero expresaron, por sobre todo, un rechazo
rotundo a cualquier forma de intervencionismo estatal que suponga formas de
redistribución social. Esa “fobia al Estado” (Foucault, 2007), que cobró forma en la defensa
a ultranza del principio de libertad individual, hace que esta figura aparezca como base de
intervenciones que podrían pensarse como características de un conservadurismo
restaurador.

Bibliografía:

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Alemán, J. (2016). “Neoliberalismo: totalitarismo y democracia”, en Horizontes
neoliberales en la subjetividad, Buenos Aires: Grama.
Carletta, I. “La eficacia simbólica de Cristina Fernández de Kirchner. Cómo entender la
construcción de liderazgo presidencial a partir de los conceptos de Pierre Bourdieu”.
[Disponible en http://www.alice-comunicacionpolitica.com/files/ponencias/332-
F5236bf413321379319617-ponencia-1.pdf]
Castro, L. “Desde las ‘retenciones’ hacia la Patria. Un análisis político de los discursos en
el conflicto rural de 2008 en Argentina”. (Tesis de grado inédita). Facultad de Ciencias
Sociales, Universidad de Buenos Aires.
Fernández, M. y Stoessel, S. (2012). “¿Una estrategia populista?: el discurso de los
dirigentes agropecuarios durante el conflicto del campo en Argentina (Marzo-Julio de
2008)”. Ponencia presentada en las VII Jornadas de Sociología, Universidad Nacional
de La Plata.
Foucault, M. (2007). Nacimiento de la biopolítica, Buenos Aires: FCE.
Mouffe, Ch. (2007). En torno a lo político, Buenos Aires: FCE.

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