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Las cosas se van con nosotros.

“No hay en la tierra un ser humano capaz de declarar quién es. Nadie sabe qué ha venido a
hacer a este mundo, a qué corresponden sus actos, sus sentimientos, sus ideas, ni cual es su
nombre verdadero, su imperecedero nombre en el registro de la luz…”
León Bloy

Qué de nuestras faltas resuena en los otros y qué de la falta de los otros resuena en nosotros;
Silvina Giaganti ensaya formas mínimas autobiográficas para decir aquello que de tanto repetirse
termina por agotar las posibilidades de darle sentido al mundo. La ficción es un recurso que sirve
para narrarnos, para contar nuestra experiencia, las referencias a Richard Ford, Philip Roth,o
Carson Mc Cullers dialogan con la voz de Giaganti, significan allí donde pareciera ser que todo
se ha apagado o disuelto. No son nombres casuales, o arbitrarios, hay un correlato entre las
lecturas, el universo ficcional, y las urgencias y necesidades de la vida real que desborda y reclama
sentidos. Por eso la ficción puede ser una excusa para encender una maquinaria lírica-narrativa
en cuyo centro estamos nosotros, si hay intensidad en la vivencia, del mismo modo si hay
sensibilidad es porque podemos contarnos y decirnos desde una trama personal.
Por eso quizá los poemas funcionan como piezas de relatos que se unen de manera imprevista.
En el poema Meterte en el mar las relaciones, los afectos, se anuncian con su respectiva fecha de
vencimiento: “Pienso que escribir/es como meterte en el mar:/primero el agua/está helada,/pero
a medida que te metés/y permanecés/se va poniendo calentita./Pienso que también/es una forma
de pasar/sin mucho dolor/por este barro./Y también pienso/que escribir/es hablar de
amor/cuando se termina.” Todo vínculo tiende a extinguirse, y en su desaparición reclama una
voz; a la ausencia le siguen los vocablos para decir la pérdida, lo que no regresa, ni regresará pero
que titila con un resplandor que demora más de lo imaginado en apagarse, una suerte de lucecita
intermitente que nos recuerda que estamos aquí proyectándonos en un relato vacío. ¿Acaso no
nos ha sucedido que recordamos a las personas que amamos y deseamos cuando ya no están por
más que estemos acompañados por otras personas?
La escritura es una grafía donde nos inscribimos y donde inscribimos a la vez a nuestros seres
queridos. Es un cuaderno sentimental (y como señala Santiago Llach un cuaderno de viaje) en el
que se registran y guardan los aprendizajes de nuestra vida. La memoria de las decisiones que
tomamos con la pregunta acerca de qué iremos a hacer en el porvenir, ciclo de las distancias y
los desencuentros que nunca termina de resolverse. De hecho los versos de Las mujeres que me
volvieron loca de verdad vendrían a recordarnos esta intención de la escritura: “Las mujeres que
más amé/las que me volvieron loca de verdad/las chicas con las que quise todo, escribían. Mi
mamá hizo hasta segundo grado y no/ me miró los cuadernos ni pudo/colorear un mapa conmigo
o ayudarme/en un ejercicio de contabilidad. El colegio y casa eran/una cadena rota en mi cabeza.
Cada vez que la veía firmar algo,/el boletín de la primaria, un documento en el banco,/notaba
que lo hacía lentamente/como alguien recuperándose de un golpe./Me pregunto si las mujeres
que amé/las que me volvieron loca de verdad/las chicas con las que quise todo/ fueron mi
movilidad intelectual ascendente,/si elegir mujeres que escriben/es disimular eso que me
falta/cada vez que las dejo/o que me dejan.” El poema es largo e implica una novela sentimental,
y un relato sostenido de desaprendizajes: lo que no aprendimos, lo que dejamos en el olvido, y lo
que conservamos y lo que se transforma con el tiempo y que aún no terminamos de comprender
por la dimensión de los hechos y por la intensidad con la que se nos presenta el mundo. Lo casual
no necesariamente se convierte en destino de la misma manera que aquello que prefiguramos de
manera consciente ahora mismo no necesariamente continuará siendo de ese modo en el futuro.
La letra familiar, la composición manuscrita de la lengua, nos lleva a preguntarnos si todo es
asimilable en la vida porque la poesía está allí desde las formas del decir que incomodan, desde
la disconformidad repitiendo hechos anteriores, rupturas y faltas que se reproducen como un bucle
una y otra vez.
En Las cosas se van con vos regresa el mismo núcleo afectivo; la refracción y la dispersión
de experiencias se refracta: “En las fotos familiares que guardo/estoy arriba de un triciclo,
una bici, un auto a/[pedales./ Tenía ocho, nueve años y a mi papá le pedía/ que me llevara a
andar en bici, en karting, en moto./En el Italpark me gastaba la chequera de los juegos /en la
pista de Indianápolis/ me estaba preparando para un movimiento/que ahora veo no termina
nunca./ A los 20 me fui de casa/porque del barrio hay que irse rápido./ El 98 por ciento de las
familias son disfuncionales,/[mi papá/traía plata a casa pero cenaba/ en otro cuarto y cuando
subíamos/al colectivo se sentaba lejos de mí/aunque tuviera espacio./Del barrio hay que irse digo
siempre/para eso tomé envión y cocaína /pero como me dijo mi tío que está muerto/te vayas a
donde te vayas las cosas se van con vos./ Siento que estoy llena de vida y también/ que no lo
soporto./Del barrio hay que irse sigo diciendo/ aunque yo ya me fui” Irse, volver y partir otra vez
son consignas que orientan muchas veces nuestro recorrido o diáspora personal. Lo escrito, las
imágenes de nuestro pasado, no hacen otra cosa más que facilitar la posibilidad de narrarnos desde
otro lugar en el que nuestra identidad encuentre una forma más resuelta de acuerdo a nosotros
mismos. Giaganti nos remarca que estamos constantemente cambiando, nuestros cuerpos se
regeneran, nuestras células, nuestro deseo, mueren, se multiplican y transmutan por completo, por
lo que nos somos los mismos desde que nacemos hasta que morimos.
Y a las fracturas del corazón le siguen las grietas del exterior, a veces la falta de los otros, y la
nuestra, encuentran una correspondencia en los espacios, los lugares que habitamos y en los
objetos que utilizamos: “Mientras estuve con ella/se rompió el botón de la luz del baño/se
descascaró la pared que está abajo de la ventana del living la humedad avanzó/se pudrió la base
de madera de la ventana del living/bañé con menos frecuencia a la perra/ la cocina empezó a
perder gas/se partió la perilla de plástico de la hornalla delantera izquierda/se rajó la tapa del
inodoro que no repuse/todavía hago pis apoyada en la loza fría/mientras estuve con ella no
arreglé nada.” No sólo se poetiza la ausencia sino que se semiotiza la falta con toda la
constelación de signos que acompañan las diferentes modalidades de la pérdida. Esas formas
tensionan nuestro “yo”, lo desfiguran y lo instalan en un territorio de incertidumbres. La relación
con la poesía termina por ser una relación abierta de posibilidades, si hay testimonio no aparece
mediante un registro llano, desprovisto de lirismo, sino que la forma lírica está allí como tema
todo el tiempo, como un horizonte, un lugar desde donde ver toda nuestra biografía en perspectiva
y una posibilidad de imaginarnos de otro modo en el que las voces de nuestra trama y árbol
familiar regresan, así sea desde lejos, para recordarnos que aún no lo hemos perdido todo. En fin,
la escritura Silvina Giaganti nos advierte que aún podemos ensayar ciertas formas sensibles en
tiempos de hostilidad y que aún en una edad en la que la velocidad borra nuestras huellas en el
mundo hay una voz extraña, como planteaba Fabián Casas, y por eso el epígrafe, que dialoga con
nosotros, a veces en un tono epigramático, y nos obliga cada tanto a replantearnos de dónde
venimos y por ahí puede que también prefigure, como un gesto, lo que haremos más adelante, con
la esperanza de que con el paso de los años las cosas no se nos oscurezcan del todo.

Tarda en apagarse
Silvina Giaganti
Caleta Oliva. 2017
50 Páginas.

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