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Nicolás Gómez Dávila

SENTENCIAS DOCTAS DE UN PENSADOR


ANTIMODERNO O DE UN AUTÉNTICO REACCIONARIO

Santa Fe de Bogotá 2001

Prólogo

“quizás desciendo de esos hombres viejos que en sus cuevas pintaron animales, después
ánforas dioses y azulejos y después construyeron catedrales.”

R.P Leonardo Castellani


Nicolás Gómez Dávila es el más importante exponente del pensamiento reaccionario en
Colombia y por esa misma circunstancia es un total desconocido para la gran mayoría de
los colombianos, incluso para quienes por tener con éste una misma comunión de ideales
deberíamos conocer y difundir ampliamente su obra. Sus textos son de muy difícil
consecución, circulan fotocopiados en muy restringidos círculos intelectuales, más como
una pintoresca muestra de nuestra historia periodística que para señalar la vigencia de sus
doctas sentencias.

Nació en Cajicá en 1913 y murió en Bogotá en 1994. A muy temprana edad se mudó a
Francia siendo sus institutores sacerdotes benedictinos; durante los cálidos veranos se
trasladaba Inglaterra donde completó su formación, nunca asistió a centro universitario
alguno, convirtiéndose en el más importante autodidacta colombiano del siglo XX.

Regresó a Colombia a los 24 años y al morir a sus 81 años tenía una de las bibliotecas
privadas más grandes del mundo. Cerca de 34,000 volúmenes la conformaban. Allí pasó la
mayor parte de su vida, convirtiéndose sin lugar a dudas en un anacoreta urbano.

Recientemente el departamento de historia de la facultad de ciencias sociales De la


Universidad de los Andes al hacer referencia su obra, afirmó: "para este bogotano, su
verdadera familia intelectual es la de la reacción... él mismo se declaren sus escolios...
heredero de un pleito sagrado, receptáculo irrenunciable de una tradición reaccionaría y
ultramontana..."

Católico tradicional de esos que nunca se aggiornaron a pesar de las reformas eclesiales, las
cuales le causaron gran desazón. La misma publicación señaló más adelante al respecto:
"sería erróneo sin embargo, suponer que su catolicismo fue exento de problemas. Gómez
Dávila jamás aceptó las reformas litúrgicas del segundo concilio Vaticano y fue un
declarado enemigo de las tendencias modernizantes en la Iglesia". Bastaría con leer alguna
de sus sentencias más contundentes sobre la materia: "el segundo concilio Vaticano parece
menos una asamblea episcopal que un conciliábulo de manufactureros asustados porque
perdieron la clientela". "En el segundo concilio Vaticano no surgido lenguas de fuego sino
un ardiente riachuelo".

Previó con incomparable agudeza los frutos que al final del siglo XX y en los albores del
siglo XXI, se recogerían en un mundo que alborozadamente enarboló desde la Revolución
Francesa el dogma del "progreso necesario". Con su incomparable agudeza, en una de sus
sentencias más premonitorias, aseveró: "el adversario de los principios modernos no tiene
aliados más leales que las consecuencias de esos principios".

Podemos afirmar que Gómez Dávila fue un pensador antimoderno que fustigó acerbamente
todo aquello de lo cual la modernidad se enorgullece. La autonomía del hombre frente
Dios, su soberanía, su agnosticismo, su racionalismo. El profesor Reinhart Maurer de la
Universidad libre de Berlín al dictar una conferencia sobre la obra de Gómez Dávila, en el
año de 1988, titulada "la posmodernidad reaccionaria", al referirse a su pensamiento
manifestó: "lo posmoderno corre el riesgo de desembocar en una escalación de la
modernidad. O de convertirse en una "nueva era" que busca distanciarse de ella. Queda la
alternativa de los reaccionarios que asume Gómez Dávila; los únicos que no tienen que
asumir que prosiga inexorablemente el progreso de la organización básica tecnológica-
tecnocrática-democrática de la sociedad, pues se remiten a lo antiguo cultural y a lo antiguo
europeo para demoler las estructuras fundamentales de la modernidad. El ejemplo más
impresionante de semejante actitud espiritual que yo conozca la ofrece Gómez Dávila.

La reacción es necesaria para que la humanidad no siga rodando aceleradamente en una


dirección cada vez más problemática. Hay reservas importantes que permiten reaccionar y
que se fundan en el espíritu premoderno. Aquí se puede encontrar la salida de la trampa
tecnológica en la que cayó la humanidad con la historia moderna. Hay quienes formulan así
la salida: "pensar en adelante sólo es posible como crítica de las ideologías de ayer en
nombre de las viejas culturas de Europa". Nadie, sin embargo, más consecuente con esto
que Gómez Dávila".

La mayor parte sus obras las escribió en un estilo muy particular. Las sentencias, los
aforismos y los escolios fueron el género literario por él utilizado, con razón se le puede
considerar como el Pascal hispanoamericano. Temas de la más variada índole fueron
tratados por él en dicho estilo, desde la teología hasta la arquitectura, desde la liturgia hasta
la política, desde la filosofía hasta el arte.

Me propongo entonces, con criterio doctrinario, catalogar sus escolios que no fueron
presentados por el autor en el orden ni con la titulación que aquí aparecen. Es un extracto
de su prolija obra que pretendo sea conocida por quienes como él mismo afirma:
"conspiramos sin ilusión alguna contra el mundo actual, pacientes, tenaces, porfiados,
llevando acaso entre los pliegues de un harapo el destino del mañana".

Dr. Alejandro Ordoñez Maldonado.


"Ya que el dogmatismo cambió de campo, la impiedad
tiene que cambiar de sitio"

"Hoy toca rechiflar a los santones democráticos"

"A los que nos acusan de insolencia recordemos que el que hay que
vengar un poco a los simples y a las beatas"

"La ortodoxia es la tensión entre dos herejías"

MODERNIDAD
El Progreso imbeciliza al progresista, lo vuelve incapaz de ver la imbecilidad del progreso.

La vida del moderno se mueve entre dos polos; negocio y corto.

El moderno no tiene vida interior: apenas conflictos internos.

El moderno conoce cada día más al mundo y menos al hombre.

El peso de este mundo sólo se puede soportar postrado de hinojos.

El moderno ignora la positividad del silencio. Ignora que son muchas las cosas de las cuales
no se puede hablar sin deformarlas automáticamente.

Al hombre moderno no lo mueven ni el amor ni el hambre, sino la lujuria y la gula.

El mundo moderno es menos creación de la técnica que de la codicia.

Ideario del hombre moderno: comprar el mayor número de objetos; a ser el mayor número
de viajes; copular el mayor número de veces.

La mentalidad moderna es hija del orgullo humano inflado por la propaganda comercial.

La palabra "moderno" ya no tiene prestigio automático sino entre tontos.

La sociedad moderna no aventaja las sociedades pretéritas sino en dos casos: la vulgaridad
y la técnica.

No entiendo cómo se puede ser izquierdista en el mundo moderno, donde todo el mundo es
más o menos de izquierda.

Cupo a la era moderna el privilegio de corromper a los humildes.

La profesión convierte el individuo en utensilio social.

El moderno llama "cambio" caminar más rápidamente por el mismo camino en la misma
dirección. El mundo en los últimos 300 años, no ha cambiado sino en ese sentido. La
simple propuesta de un verdadero cambio escandaliza y aterra al moderno.

El mundo moderno no tiene más solución que el juicio final. Que cierren esto.

En la época moderna hay que optar entre opiniones anacrónicas y opiniones viles.

Los evangelios y el manifiesto comunista palidecen; el futuro del mundo está en poder de la
Coca-Cola y la pornografía.

El rival de Dios no es nunca la creatura concreta que amamos. lo que terminan apostasía es
la veneración del hombre, el culto de la humanidad.
El mundo moderno resultó de la confluencia de tres series causales independientes: la
expansión demográfica, la propaganda democrática y la revolución industrial.

La diferencia entre medioevo y mundo moderno es clara: en el medioevo la estructura es


sana y apenas ciertas coyunturas fueron defectuosas; en el mundo moderno, ciertas
coyunturas han sido sanas, pero la estructura es defectuosa.

La palabra "progreso" designa una acumulación creciente de técnicas eficaces y de


opiniones obtusas.

Ya no se necesita tener olfato fino para que el mundo moderno huela feo; basta tener olfato.

El moderno cree vivir en un pluralismo de opiniones, cuando lo que impera es una


unanimidad asfixiante.

El moderno cree que la muerte es "natural", salvo cuando le toca morir.

Cada día resulta más fácil saber lo que debemos despreciar: lo que el moderno admira y el
periodista elogia.

El reaccionario de hoy tiene una satisfacción que ignoró el de ayer: ver los programas
modernos terminar no sólo en catástrofe sino también en ridículo.

Contra la evacuación moderna del misterio afirmemos su presencia en englobante.

Ya vislumbramos la mezcla de prostíbulo, ergástulo y circo que será el universo del


mañana, si el hombre no reconstruye un universo medieval.

El hombre habrá construido un mundo a imagen y semejanza del infierno cuando habite en
un medio totalmente fabricado con sus manos.

La prensa aporta al ciudadano moderno el embrutecimiento matutino, la radio su


embrutecimiento meridiano, la televisión su embrutecimiento vespertino.

Cuando el motivo de una decisión no es económico, el moderno se asombra y se asusta.

Los errores del hombre moderno serían más perdonables si no los repitiera cada vez con
superioridad satisfecha.

La tierra no será nunca un paraíso, pero quizás se pudiera evitar que siga aproximándose a
una imitación cursi del infierno.

El infierno destinó los diablos distintos para tentar alternativamente al hombre moderno: un
diablo malo y un diablo bobo.

Para huir de esta cárcel hay que aprender a no pactar con sus indiscutibles comodidades.
El que se enorgullece de este siglo ignora la historia.

La opresión comienza, según el moderno, donde se prohíbe alguna inmundicia.

En el mundo moderno no se enfrentan ideas contrarias sino meros candidatos a la posesión


de los mismos bienes.

Las aguas de occidente están podridas, pero la fuente está impoluta.

No esperemos salvación económica alguna mientras los criterios de las decisiones


económicas sean económicos.

El que no husmea azufre en el mundo moderno carece de olfato.

El moderno se ingenia con astucia para no presentar su teología directamente, sino


mediante nociones profanas que la impliquen. Evita anunciarle al hombre su divinidad,
pero le propone metas que sólo un dios alcanzaría o bien proclama que la esencia humana
tiene derechos que la suponen divina.

Aun cuando el pecado colabora a la construcción de toda sociedad la sociedad moderna es


la hija predilecta de los pecados capitales.

La sociedad es agonizantes luchan contra la historia a fuerza de leyes, como los náufragos
contra las aguas a fuerza de gritos. Breves remolinos.

La sensibilidad moderna, en lugar de exigir la represión de la codicia, exige que


suprimamos el objeto que la despierta.

La sociedad industrial es la expresión y el fruto de almas donde las virtudes destinadas a


servir, usurpan el puesto de las destinadas a mandar.

Dios es el estorbo del hombre moderno.

Necesitamos que un perito en heráldica dibuje del blasón del progreso: el hongo de una
explosión atómica, sobre campo de gules.

Alegrarse malévolamente con los descalabros de la sociedad moderna no es gozar de las


humillaciones del hombre. Es aplaudir los fracasos de la voluntad siniestra que lo mueve.

Quien profesó opiniones que nuestros contemporáneos no desprecian debe avergonzarse.

La sabiduría de este siglo se reduce observar el mundo con la mirada amarga y sucia de un
adolescente depravado.

Como soportar este mundo moderno, si no oyéramos ya un lejano rumor de agonía.

El cuerpo, el siglo XX, no aprisiona al alma meramente, sino además la mutila.


Las reivindicaciones libertarias del ciudadano moderno se limita a reclamar el derecho de
copular sin trabas en el ergástulo donde lo encierran.

El mundo moderno nos exige que aprobemos lo que ni siquiera debería atreverse a pedir
que toleráramos.

La más ominosa de las perversiones modernas es la vergüenza de parecer ingenuos si no


coqueteamos con el mal.

El moderno cree firmemente que sólo lo inmundo es auténtico.

El suicidio más acostumbrado en nuestro tiempo es pegarse un balazo en el alma.

Al expulsar al demonio de la piara del mundo. Los exorcistas modernos lo albergaron en el


alma.

Ser auténticamente moderno es, en cualquier siglo, indicio de mediocridad.

Descubrir la faz de Cristo en el rostro del hombre moderno, requieren más que un acto de
fe, un acto de credulidad.

La tolerancia consiste en una firme decisión de permitir que insulten todo lo que
pretendemos querer y respetar, siempre que no amenacen nuestras comodidades materiales.
El hombre moderno, liberal, demócrata, progresista, siempre que no le pisen los callos,
tolera que le empuerquen el alma.

El moderno no se atreve a predicar que el individuo nazca como página blanca demasiados
descalabros le enseñaron que somos los herederos agobiados de nuestra familia, nuestra
raza, nuestra sangre. La sangre no es líquido inocente sino viciosa pasta histórica.

Todo individuo piensa hoy que el mundo anda mal porque no lo escuchan.

La sociedad moderna se envilece tan aprisa que cada nueva mañana contemplamos con
nostalgia el adversario de ayer. Los marxistas ya comienzan a parecernos los últimos
aristócratas de occidente.

La civilización moderna se estaría suicidando, si verdaderamente estuviera logrando educar


al hombre.

"Renunciar al mundo" deja de ser hazaña para volverse tentación, a medida que el progreso
progresa.

La sociedad moderna está aboliendo la prostitución mediante la promiscuidad.

Llámase mentalidad moderna al proceso de exculpación de los pecados capitales.


El escritor moderno, con su devoción al hombre y su fe en la humanidad no logra pintar
sino escenas sórdidas.

Las estupideces modernas son más irritantes que las antiguas, porque sus prosélitos
pretenden justificarlas en nombre de la razón.

La ausencia de vida contemplativa convierte la vida activa de una sociedad en tumulto de


ratas pestilentes.

Los sociales moribundos acumulan leyes como los moribundos remedios.

La sociedad moderna sólo respeta la ciencia como proveedora inagotable de sus codicias.

La historia moderna es el diálogo entre los hombres: uno que cree en Dios, otro que se cree
Dios.

El mundo moderno no será castigado. Es el castigo.

Si la industria moderna no ha logrado aún fabricar cuerpos, ya logró, en contra, fabricar


almas.

El mundo moderno ya no censura sino que se revela contra el envilecimiento.

La sucia moderna no tiene espina dorsal sino esqueleto de crustáceo.

El erotismo es el recurso rabioso de las almas y de los tiempos que agonizan.

No me resigno aquel hombre colabore intensamente con la muerte talando, demoliendo,


reformando, aboliendo.

El mundo moderno descubre el secreto de degradar aún lo sórdido.

La causa de la enfermedad moderna es la convicción de que el hombre se puede curar a sí


mismo.

Cuando la conciencia moderna suspende sus rutinas económicas sólo oscila entre la
angustia política y la obsesión sexual.

Sólo conspiran eficazmente contra el mundo actual los que propagan en secreto la
admiración de la belleza.

La mentalidad moderna no aprueba sino un cristianismo que se reniegue a sí mismo.

La adaptación al mundo moderno exige la esclerosis de la sensibilidad y el envilecimiento


del carácter.

En lugar de humanizar la técnica el moderno prefiere tecnificar al hombre.


En el siglo pasado pudieron temer que las ideas modernas fuesen a tener razón hoy vemos
que sólo iban a ganar.

Después de hospedarse en una mente norteamericana las ideas quedan sabiendo Coca-Cola.

La mentalidad moderna no concibe que se pueda imponer orden sin recurrir a reglamentos
de policía.

Para abolir todo el misterio basta mirar el mundo con ojos de cerdo.

RELIGIÓN

Los enemigos del cristianismo como le objetan en cada época, que la relación no coincido
con las convicciones discrepantes de cada época sucesiva.

Un pensamiento católico no descansa, mientras no ordene el coro de los héroes y los dioses
en torno a Cristo.

Ocuparse intensamente de la condición del prójimo, le permite el cristiano disimularse sus


dudas sobre la divinidad de Cristo y la existencia de Dios. La caridad puede ser la forma
más sutil de la apostasía.

En su afán pueril y vano de seducir al pueblo, el clero moderno concede a los programas
socialistas la función de esquemas realizadores de las bienaventuranzas. El truco consiste
en reducir a una estructura colectiva y externa al individuo, un comportamiento ético que si
no es individual e interno no es nada. El clero moderno predica, en otros términos, que hay
una reforma social capaz de borrar las consecuencias del pecado. De lo que se puede
deducir sus la inutilidad de la redención por Cristo.

Después de experimentar en qué consiste una época prácticamente sin religión, el cristiano
aprende a escribir la historia el paganismo con respeto y simpatía.
La Iglesia contemporánea práctica preferencialmente un catolicismo electoral. Prefiere el
entusiasmo de las grandes muchedumbres a las conversiones individuales.

El incrédulo puede ser inteligente; el herético suele ser bobo.

El clero moderno cree poder acercar mejor el hombre a Cristo insistiendo sobre la
humanidad de Jesús. Olvidando así que no confiamos en Cristo porque es hombre, sino
porque es Dios.

Ya no es ni siquiera en ética que degradan al cristianismo, es en sociología.

Lo que desacredita la religión no son los cultos primitivos, sino las sectas norteamericanas.

Lo que aleja a Dios no es el pecado, sino el empeño en disculparlo.

Basta negar la divinidad de Cristo para convertir al cristianismo en cabeza de todos los
errores modernos.

El clero moderno, para salvar la institución, trata de desembarazarse del mensaje.

En los relatos evangélicos recibo simbólicamente lo mítico y literalmente lo milagroso.

La "Iglesia primitiva" ha sido siempre la disculpa favorita del hereje.

El milenarismo del clero moderno resultó más herético que él milenarismo tradicional: es,
en efecto, como consecuencia del esfuerzo del hombre como profetizan el advenimiento del
reino.

La herejía que amenaza a la Iglesia, en nuestro tiempo, es el "terrenismo".

Lo que importa en el cristianismo es su verdad, no los servicios que le puede prestar al


mundo profano (el apologista vulgar lo olvida).

El error grave de la Iglesia no fue el de condenar a Galileo, sino el de atribuirle importancia


al problema que trataba.

Cristiana no es la sociedad donde nadie peca, sino aquella donde muchos se arrepienten.

La función de la Iglesia no es la de adaptar el cristianismo al mundo, ni siquiera de adaptar


el mundo al cristianismo, su función es la de mantener un contramundo en el mundo.

La fe no es una convicción que poseemos, sino una convicción que nos posee.

Si no es de Dios que hablamos, no es sensato hablar de nada seriamente.

Mis convicciones son las mismas que las de la anciana que reza en el rincón de una iglesia.

Sólo la religión puede ser popular sin ser vulgar.


El hombre solamente es importante si es verdad que un Dios ha muerto por él.

El clero moderno afirma que el cristianismo pretende resolver los problemas terrestres
confundiéndolo así con la utopía.

La historia del dogma es ante todo el relato de los esfuerzos de la Iglesia para que la
doctrina no se evapore en metafísica. Ni en Nicea, ni en calcedonia, expone la Iglesia
teorías, circunscribe un misterio.

Las almas que el cristianismo no poda, nunca maduran.

El hombre no escapa de su prisión de antinomias sino mediante un acto vertical de fe.

Dios no debe ser objeto de especulación, sino de oración.

Lo que aparte de Dios es menos el pecado que el deseo de justificarlo.

La religión no es conclusión de un raciocinio, ni exigencia de la ética, ni estado de la


sensibilidad, ni instinto, ni producto social. La religión no tiene raíces en el hombre.

La única precaución es rezar a tiempo.

La cristiandad deriva hacia un cristianismo burgués cuando se debilita el monaquismo que


ancla al cristianismo en su esencia. Con el incendio de los monasterios se inaugura el
cristianismo que denunció Kierkegaard.

Nada queda el cristianismo cuando el cristiano se empeña en no parecerle estulto al mundo.

Para renovar no es necesario contradecir, basta profundizar.

Los dogmas cristianos no son especulaciones de la conciencia religiosa, sino fórmula


canónica de enigmas experimentales.

La norma del cristianismo es el cristianismo mismo. Ser cristiano no es aplicable al


cristianismo como norma uno de nuestros prejuicios.

Entre los herejes hay católicos impacientes y renegados congénitos.

La Iglesia necesitará siglos de oración y de silencio para forjar el nuevo su alma


emblandecida.

¿Cómo puede vivir quien no espera milagros?

Sólo los profetas honestos son linchados.

El predicador del reino de Dios, cuando no es Cristo el que predica, acaba predicando el
reino del hombre.
La teología, en manos de torpes, se vuelve el arte de hacer irrisorio el misterio.

El cristianismo no inventó la noción de pecado, sino la de perdón.

Los ángeles melómanos de la mitología cristiana son reemplazados, en el paraíso


progresista, con profesores de gimnasia.

Mientras el clero no haya terminado de apostatar, va a ser difícil convertirse.

Sólo es fe verdadera la que parece inaceptable al profano.

Las teologías modernas suelen ser contorsiones del teólogo para confesarse asimismo su
incredulidad.

El cristiano tiene un doble deber: combatir por el cristianismo y saber que será derrotado.

La reprobación de la Iglesia constantiniana es la marca inequívoca de toda herejía.

La clásica bobería en la tentación de inocentar el pecado.

La muerte de Dios es noticia dada por el diablo que sabe sumamente bien que la noticia es
falsa.

Que el sacerdote deje a los necios las ocupaciones necias. Él que no está encargado del
dudoso progreso, sino de la inexorable agonía.

Prefiero al taumaturgo escandaloso de los Evangelios que al profesor de ética social que el
clero moderno inventa.

A toda la argumentación del mundo el cristianismo opone una promesa.

El cristianismo puede vivir en concubinato legal con el mundo, pero no en legítimo


matrimonio.

Dios es huésped del silencio.

Sobra pedirle a Dios que bendiga nuestros bienes. Son bienes porque Dios los bendijo.

La muerte no debe ser objeto de nuestras meditaciones, sino base de todas.

Que la historia de la Iglesia contenga capítulos siniestros y capítulos imbéciles es evidente,


pero no es ensalzando al mundo moderno como un catolicismo viril debe hacer su
confesión penitente.

La dificultad creciente de reclutar sacerdotes debe avergonzar la humanidad, no inquietar a


la Iglesia.

El pensamiento religioso no progresa como el pensamiento científico, si no profundiza.


Los jerarcas comunistas traicionan hoy en día la fe como cualquier obispo.

El moderno busca ante todo una religión que niegue la gracia.

La vulgaridad intelectual del clero moderno es tanto más grave que la educación del alma
en occidente nunca fue sino huella de clerecía.

Lamennais es el protoapóstata de la nueva iglesia.

Ante la Iglesia actual (clero-liturgias-teología) el católico viejo se indigna primero, se


asusta después, finalmente revienta de risa.

El anticristo es figura escatológica; la anti Iglesia es fenómeno histórico.

En el fondo no hay sino dos religiones: la de Dios y la del hombre, y una infinidad de
teologías.

Cuando el católico se defiende mejor contra los vicios que contra la herejía, ya es poco el
cristianismo que queda en su cabeza.

Quien profese que lo esencial del cristianismo no es la "doctrina", sino la práctica y la vida,
predica subrepticiamente una doctrina nueva. Con el mote, atractivo para el tonto, de
"preeminencia de la vida" nos quieren insinuar que sólo cuenta nuestro destino terrestre. La
irreligión cosa equiparándose en la guardarropía evangélica.

Ni la religión se originó en la urgencia de asegurar la solidaridad social, ni las catedrales


fueron construidas para fomentar el turismo.

Cristo es el objeto de la tradición evangélica, pero sólo la tradición evangélica puede ser
objeto del historiador. El aparato para percibir el objeto de la tradición evangélica no es la
historia, sino la Iglesia.

El demonio comprende todo pero no puede crear nada.

Donde la religión misma se seculariza, Satán resulta el último testigo de Dios.

Sólo es católico cabal el que edifica la catedral de su alma sobre criptas paganas.

El cristianismo no niega el esplendor del mundo sino invita a buscar su origen, a ascender
hacia su nieve pura.

Lo natural y lo sobrenatural no son planos superpuestos, sino hilos entrelazados.

Para calcular la importancia del cristianismo no cuenta la originalidad del cristiano, no


cuenta la originalidad de la doctrina, sino la divinidad de Cristo.
Si los dominicos para convertir a la muchedumbre, aconsejan hoy el fusilamiento popular
de ricos, en lugar de la combustión inquisitorial de herejes, los jesuitas por otra parte, con el
fin de adaptar el cristianismo al mundo, en lugar de paliar como ayer las codicias burguesas
proponen cohonestar las envidias proletarias.

El diálogo entre comunistas y católicos se ha vuelto posible desde que los comunistas
falsifican a Marx y los católicos a Cristo.

El papel del cristiano en el mundo es la mayor preocupación del nuevo teólogo. Singular
preocupación, puesto que el cristianismo enseña que el cristiano no tiene papel en el
mundo.

En su afán de ganarle la partida al humanitarismo democrático, el catolicismo moderno


resume así el doble mandamiento evangélico: amarás a tu prójimo sobre todas las cosas.

El catolicismo de izquierda es la pretensión de bautizar tesis que no se han convertido.

El cristiano actual no se conduele de que los demás no estén de acuerdo con él, sino de no
estar de acuerdo con los demás.

El Cristo de los modernos es un hijo de carpintero que su elocuente reivindicación de la


justicia social erige en prototipo de la inteligencia revolucionaria. O, alternativamente, el
símbolo mítico de la humanidad civilizada. Qué lerdos, sin embargo, esos lectores a
quienes no intimida ese extraño personaje que cruza los páramos evangélicos como una
borrasca nocturna. El agitador crucificado se parece más al pantocrator bizantino que al
dechado de las asistencias sociales.

Más que cristiano quizá soy un pagano que cree en Cristo.

La explicación de la experiencia religiosa no se encuentra en los manuales de psicología.


Está en los dogmas de la Iglesia.

Solamente porque ordenó amar a los hombres, el clero moderno se resigna a creer en la
divinidad de Jesús; cuando, en verdad, es sólo porque creemos en la divinidad de Cristo que
nos resignamos a amarlos.

La Iglesia absolvía antes a los pecadores, hoy ha resuelto absolver a los pecados.

El que cree en Cristo, porque admira sus palabras o sus obras, no es cristiano. El cristiano
no cree en Cristo porque Cristo predique valores previamente admirados, llama valores, al
contrario, lo que Cristo predica, porque cree en Cristo. El cristianismo no aplica un criterio
a Cristo, sino aplica a Cristo como criterio. El cristianismo es un método específico de
fundar el valor.
Hoy decirse cristiano suele ser la manera de indicar que no se lucha contra el cristianismo
desde afuera, sino desde adentro.

La existencia de una carmelita descalza apostrofa más seriamente al incrédulo que la


actividad sindical de un cura.

La proposición científica presenta una alternativa abrupta: entenderla o no entenderla. La


proposición filosófica, en cambio, es susceptible de intelección creciente. La proposición
religiosa, en fin, es ascenso vertical que permite observar el mismo paisaje desde alturas
distintas. La ciencia contrapone ignorantes a sabios la filosofía escalona discípulos y
maestros. Para el cristianismo, finalmente, lo que cree la beata no difiere de lo que cree el
santo. El único recinto donde podemos compartir opiniones, sin sentirnos humillados, es
una iglesia.

El cristianismo moderno no pide que Dios lo perdone, sino que admita que el pecado no
existe.

Para poder aliarse con el comunista. El católico de izquierda sostiene que el marxismo
meramente crítica las acumulaciones burguesas del cristianismo, cuando es su esencia la
que condena.

La teología de los sacramentos dispone de las únicas categorías propicias a una teoría
rigurosa de la civilización, en efecto, no es un sistema de actos serviles, sino de actos
sacramentales.

Ser cristianos a la moda actual consiste menos en arrepentirnos de nuestros pecados que en
arrepentirnos del cristianismo.

La algarabía desatada en el segundo concilio Vaticano ha mostrado la utilidad higiénica del


Santo oficio. Asistiendo a la "libre expresión del pensamiento católico" hemos visto que la
intolerancia de la vieja Roma Pontificia fue menos un "limes" imperial contra la herejía que
contra la ramplonería y la sandez.

El sucesor de los apóstoles proclama urbi et orbi, desde el solio pontificio, que encabezará
"el progreso de los pueblos" hacia un paraíso suburbano.

Los que tratan de mondar al cristianismo de sus acreencias milenarias, para devolverlo a su
"pureza primitiva", declaran "originales" y "auténticos" tan sólo los factores del
cristianismo que apruebe la mentalidad vulgar de su tiempo. Desde hace dos siglos, el
"cristianismo primitivo" se amolda, en cada nuevo decenio, a las opiniones reinantes.

El católico de izquierda acierta al descubrir en el burgués al rico de la parábola, pero yerra


al identificar al proletario militante con los pobres del Evangelio.
Frente a la iglesia triunfante y a la Iglesia militante, el nuevo clero se incorpora en la Iglesia
claudicante.

El cristianismo escandalizaría al cristiano, si dejara de escandalizar al mundo.

Las religiones languidecen cuando las rogativas cesan.

Si Jesús no es Cristo, el Evangelio carece de autoridad, pero si Jesús es Cristo, el Evangelio


postula una cristología.

Cristianismo es la doctrina a la cual no basta el solo Evangelio.

El catolicismo, para el católico de izquierda, es el gran pecado de católico.

El mundo sólo respeta al cristiano que no se excusa.

La palabra "humanidad" en boca del católico es signo de apostasía, en boca del incrédulo
presagio de matanzas.

La Iglesia, al abrir de par en par sus puertas, quiso facilitarles la entrada a los de afuera, sin
pensar que más bien les facilitaba la salida a los de adentro.

La obediencia del católico Se trocado en una infinita docilidad a todos los vientos del
mundo.

"Dios ha muerto" exclamó ese viernes santo que fue el siglo XIX. Hoy vivimos en el atroz
silencio del sábado Santo. En el silencio de la tumba habitada. ¿En cuál siglo alboreará
sobre la tumba desierta el domingo de Pascua?

No habiendo logrado que los hombres practiquen lo que enseña, la Iglesia actual ha resuelto
enseñar lo que practican.

El amor al prójimo ha sido patentado como la mejor disculpa para apostatar.

Salvo la regla benedictina, todos los estatutos de las colectividades humanas son grotescos
y toscos.

El verdadero católico disimula su fe. No porque se avergüence de ella, sino para que no se
avergüencen de él.

Dios no pide nuestra "colaboración", sino nuestra humildad.

Los católicos han perdido hasta la simpática capacidad de pecar sin argumentar que el
pecado no existe.

Es difícil simpatizar con el clero moderno desde que se volvió anticlerical.


Para democratizar al cristianismo tienen que adulterar los textos, leyendo "igual" donde
dicen "hermano".

Clérigos y periodistas han embadurnado de tanto sentimentalismo la palabra amor, que eso
solo eco hiede.

Quienes piden que la Iglesia se adapte al pensamiento moderno, acostumbran confundir la


urgencia de respetar ciertas reglas metodológicas con la obligación de adoptar un repertorio
de postulados imbéciles.

El predicador en una última instancia ha claudicado para que lo escuchen.

Cierta raza de apologistas le buscan puesto al cristianismo en la sociedad moderna


exhibiendo certificados favorables, expedidos por físicos o biólogos. Como si mendigaran
recomendaciones de antiguos criados para recluir en un sanatorio al amo arruinado.

El tiempo suele vengar al cristianismo de la acerbidad de los apostadas, pues todos


terminan profesando regocijantes pendejadas.

Cuando el católico se defiende mejor contra los vicios que contra la herejía, ya es poco el
cristianismo que queda en su cabeza.

La crucifixión, según el cristiano de hoy, fue un lamentable error judicial. La facultad de


percibir la misteriosa necesidad de lo atroz pereció con la escena griega y los altares
cristianos.

Para aligerar la nave cristiana, que zozobra en aguas modernas, la teología liberal se
desembarazó ayer de la divinidad de Cristo; la teología radical se desembaraza hoy de la
existencia de Dios.

Hay almas que la absolución no limpia, sino que empuercan las absoluciones.

El individuo, para "perseverar en su ser" puede hacer concesiones, pero la idea que las haga
se transforma en otra distinta. Si la Iglesia es meramente una agrupación de individuos
interesados en defender su existencia colectiva, las concesiones hábiles le son lícitas; pero
si es el vehículo de la fe y el cuerpo de Cristo, todo "aggiornamiento" la pervierte.

A fuerza de adaptarse a la "mentalidad moderna", el cristianismo se volvió una doctrina que


no es difícil acatar, ni es interesante hacerlo.

El cristianismo de una sociedad es directamente proporcional al número de Abadías que


funda.

Muchos creen que el diablo murió, cuando meramente anda hoy disfrazado de hombre.
La Iglesia pudo bautizar a la sociedad medieval porque era sociedad de pecadores, pero su
porvenir no es halagüeño en la sociedad moderna donde todos se creen inocentes.

El canónigo corpulento y lujurioso que cree en Dios es más indiscutiblemente cristiano que
el pastor austero y macilento que cree en el hombre.

La Iglesia actual excluye gentilmente del depósito revelado todo lo que la opinión pública
condena.

El actual Pontífice reza por ese progreso que Bury -su historiador- llamó "substituto de la
Providencia".

Lo que irrita al cristiano actual en el medioevo es el cristianismo.

Los paganos, los cismáticos, los herejes, son los arbotantes de la catedral católica.

Mi cristianismo es menos ético que ontológico: me vivo menos que como pecador como
criatura.

La necesidad de la gracia procede menos de nuestra incapacidad para cumplir la ley que de
la esterilidad de su cumplimiento. No es de la impotencia de la voluntad sino del fracaso de
sus obras, de donde surge la urgencia de la gracia.

Los católicos no sospechan que el mundo se siente estafado con cada concesión que el
catolicismo le hace.

La fe en Dios no resuelve los problemas, pero los vuelve irrisorios. La serenidad del
creyente no es presunción de ciencia, sino plenitud de confianza.

El egoísta puede salvarse si decide convertirse. El altruista está condenado por que se cree
convertido.

Mejor una iglesia pequeña, pero de católicos, que multitudinaria, pero de rotarios.

La historia del cristianismo revela al cristiano lo que la presencia de Cristo ha querido tener
en la historia. Pretender borrar esa historia, para retornar al solo Cristo evangélico, no es
gesto de devoción sino de orgullo.

Lo único, finalmente, que nos impide avergonzarnos de ser hombres es que hubo monjes.

El individualismo religioso olvida al prójimo, el comunitarismo olvida a Dios. Siempre es


más grave error el segundo.

Credo ut intelligam. Traduzcamos así: creo para volverme inteligente.

La verdadera religión es monástica, ascética, autoritaria y jerárquica.


La relación entre el cristianismo y Cristo es el prototipo de la relación feudal. Señor que da
la vida por sus fieles. Vasallos fieles al señor hasta el martirio. El cristianismo es un
vasallaje místico.

Religión y ciencia no deben firmar pactos de límites, sino tratado de desconocimiento


recíproco.

No es imposible que en los batallones clericales al servicio del hombre, todavía se infiltren
algunos quintacolumnistas de Dios.

La fe del rico irrita al católico de izquierda, porque sólo la fe del que colman los bienes
terrenales no es sospechosa de ser simple ideología compensatoria.

Recelosa del banquete celeste, la Iglesia ha resuelto presentarse, sin invitación, a todos los
banquetes.

En lugar de la teología del cuerpo místico, los teólogos actuales enseñan una teología de la
masa mística.

Pensando abrirle los brazos al mundo moderno, la Iglesia le abrió las piernas.

Jesucristo no lograría hoy que lo escucharan, predicando como hijo de Dios, sino como hijo
de carpintero.

No existe texto sinóptico que la crítica radical no haya atribuido alguna vez a la primera
generación cristiana, como proyección retrospectiva de su fe. Salvo los que implican una
escatología inminente.

La actitud de los que recusan la historicidad de Jesús es semejante a la de los padres de la


tradición evangélica. El personaje les pareció ambos tan extraño, que aquellos, al tropezar
con Él en un texto, negaron su existencia, y estos, al conocerlo en carne y hueso,
proclamaron su divinidad.

Sólo anunciando la inminencia del escatón se evita que la predica escatológica degenere en
progresismo soso. La ambigüedad condiciona el acierto.

Que el cristianismo no resuelva los problemas sociales no es razón de apostatar sino para
los que olvidan que nunca prometió resolverlos.

El cristianismo de los siglos auténticamente cristianos no fue hijo de la debilidad, sino de la


fuerza. De la fuerza que conoce su debilidad.

El cristianismo es radicalmente adverso a la teocracia. Una sociedad convertida en Iglesia


no prefigura el reino de Dios. Dibuja, al contrario, su caricatura satánica. La Iglesia reclama
la paralela existencia del imperio. Personalmente, sólo creo legítimo un mundo que
presidan, desde tronos simétricos, Pontífice romano y emperador germánico.

La cristiandad nunca pretendió, ni lo pretenderá si resucita, ser el reino de Dios. Sino una
sociedad de pecadores cristianos.

La única empresa del hombre digna de respeto sería la de levantar monasterios sobre todas
las colinas.

La historia, para el cristianismo, no tiene rumbo, sino centro.

Quienes tildan de sedicioso al Evangelio, confunden burlescamente la negación


revolucionaria de la sociedad con la negación apocalíptica del mundo.

Vivir escatológicamente no es vivir el presente en acecho del futuro, sino vivir el futuro
como ya presente.

Lo único sensato es importunar tercamente a Dios con nuestras oraciones.

Creer en la divinidad del hombre es la raíz del error, así como confundir a la humanidad
con Cristo es la raíz de la herejía.

¿Es amnésica la Iglesia o se volvió cobarde?

La Iglesia actual no estrecha a la democracia en sus brazos porque la perdona, sino para que
la democracia la perdone.

El hombre es criatura o Dios. La disyuntiva es abrupta y la opinión forzosa. Todo lo que


pensemos cae bajo una de las dos categorías.

La explicación psicológica fracasa ante los actos de la gracia. Este lo que "gracia" significa.

Las ideas profanas con las cuales la Iglesia hoy se amanceba son feúchas como barraganas
de párroco pobre.

Mientras el hombre sepa arrodillarse, nada hay perdido.

El problema religioso se agrava cada día, porque los fieles no son teólogos y los teólogos
no son fieles.

Muchos presumen ser anacoretas cuando ha sido meramente arrinconados.

Sólo al contemplativo no se le muere el alma antes que el cuerpo.

La Iglesia al caer en la tentación del jesuitismo, comienza utilizando y acaba utilizada.

Los buenos modales son, a veces, una imitación aceptable de la caridad.


Cristo al morir no dejó documentos, sino discípulos.

La actual opulencia de inmundicias ni sorprende, ni aterra al cristianismo. Los cristianos


somos expertos en decadencias.

Cuando baja la marea religiosa, la hediondez de las almas se difunde.

Si la Iglesia se convierte en un partido político, las puertas del infierno vomitaran cuantos
electores necesiten para prevalecer contra ella.

Ya que la Iglesia se empeña en adoptar ideas profanas, roguémosle que no adopte las
bobas.

Nadie, ni nada, finalmente perdona. Salvo Cristo.

A Dios no se llega en toda época por el mismo camino.

El mundo le vuelve la espalda al cristianismo que no se la vuelve.

El cristiano al que inquietan los "resultados" de la ciencia, no sabe que es el cristianismo ni


qué es la ciencia.

La Iglesia, desde que el clero se aplebeyó, impreca a todos los vencidos y ovaciona a todos
los vencedores.

Sólo la Iglesia se estima congregación de pecadores. Cualquier otra colectividad, religiosa o


laica, se siente Cofradía de santos.

Orar es el único acto humano en cuya eficacia confío.

La ausencia de Dios no le abre paso a lo trágico sino a lo sórdido.

La Iglesia antigua pudo adaptarse al mundo helenístico, porque la civilización antigua era
de índole religiosa. En el mundo actual, la Iglesia se corrompe si pacta.

A la fe cristiana en los últimos siglos le ha faltado inteligencia y a la inteligencia cristiana


le ha faltado fe.

El clero, desde hace varios siglos, oscila entre el pastoralismo político y las devociones
cursis.

ECUMENISMO
Un solo concilio no es más que una sola voz en el verdadero concilio ecuménico de la
Iglesia, que es su historia total.

Los fervientes del ecumenismo olvidan que ser cristiano no consiste sólo en tener fe en
Dios, sino en tener fe en el Dios en que se debe tener fe.

El respeto a todas las religiones es irreligioso. Quien cree no reverencia ídolos.

Nadie es más respetuoso de las "creencias ajenas" que es demonio.

Ecumenismo e indiferentismo son rimas de un mismo dístico.

PROGRESISMO

Colocar al "prójimo" en lugar de Dios ha sido el propósito del protestantismo liberal del
siglo pasado y del progresismo católico post conciliar.

Los progresistas cristianos están convirtiendo al cristianismo en un agnosticismo


humanitario con vocabulario cristiano.

La Iglesia post conciliar pretende atraer hacia el "redil", traduciendo en el lenguaje insípido
de la cancillería vaticana los lugares comunes del periodismo contemporánea.

El cristianismo progresista coquetea con su adversario para hacerse perdonar su fe.

El católico progresista habla de dimensión histórica del cristianismo, a fin de pervertir la


historicidad de su origen en terrenismo de las metas. "Reino de Dios" en el léxico
progresista, es el sinónimo eclesiástico de reino del hombre.

Los Evangelios en manos del clero progresista, degeneran en recopilación de trivialidades


éticas.

El cristianismo progresista se halla tan listo a pactar con el adversario, que el adversario no
halla con quien pactar.

El segundo concilio Vaticano parece menos asamblea episcopal que un conciliábulo de


manufactureros asustados porque perdieron la clientela.

No es la ciudad celeste del apocalipsis la que desvela al católico progresista, sino la Ciudad
jardín.
El clero progresista vitupera la "mentalidad de ghetto" del actual cristiano viejo. Esos
clérigos prefieren la mentalidad mercantil y bursátil del judío moderno, al ghetto donde
floreció la fidelidad de Israel.

El católico progresista pretende restaurar el cristianismo primitivo remendando el


moralismo humanitario de los clérigos incrédulos del XVIII.

Para el católico progresista la oración es una exhortación a sí mismo.

El cristiano moderno se siente obligado profesionalmente a mostrarse jovial y jocoso, a


exhibir los dientes en benévola sonrisa, a profesar cordialidad babosa, para probarle al
incrédulo que el cristianismo no es religión "sombría", doctrina "pesimista", moral
"ascética". El cristianismo progresista nos sacude la mano con ancha risa electoral.

Progresistas ateos y progresistas católicos han renunciado los unos a la blasfemia, los otros
a la oración, para comulgar los unos con los otros, en el mismo culto de los alcantarillados
suburbanos.

El católico progresista sólo tiene el afán de buscar que más entrega.

El cristianismo en nuestro tiempo no evoluciona, sino involuciona. Rechazando la


cristología Trinitaria, acentuando la índole comunitaria de la Iglesia, predicando una
escatología inmanentista, el cristianismo actual retrocede hacia un monoteísmo unitario, un
tribalismo místico, un mesianismo político. Mezcla de judaísmo pre profético y de
judaísmo post exílico, el cristianismo progresista sólo omite al judaísmo profético, donde
germinó la semilla del árbol de la fe.

Hablar de manera que el auditorio entienda no consiste en predicarle lo que quiere oír. El
cristianismo liberal de ayer, el cristianismo progresista de hoy, para convertir al mundo, en
lugar de adoptar un lenguaje que el mundo entienda, adaptan el cristianismo al mundo.

La religión, bajo el influjo clero progresista, en lugar de opio del pueblo, es su veneno.

Sobre el campanario de la Iglesia modernista, el clero progresista, en vez de Cruz, coloca


una veleta.

El clero progresista no decepciona nunca al aficionado a lo ridículo.

El católico progresista recolecta su teología en el basurero de la teología protestante.

El católico progresista decretó que el ateísmo consiste en dudar de la divinidad del hombre.

El progresismo cristiano es una borrachera de traición.

El clérigo progresista, en tiempos revolucionarios, puede acabar muerto pero nunca mártir.
El error del cristianismo progresista está en que la polémica perenne del cristianismo
contra los ricos es una defensa implícita de los programas socialistas.

Si se trata meramente de organizar un paraíso terrenal, los curas sobran. El diablo basta.

GNOSTICISMO

Cada revolución nueva no es producto de una nueva definición del hombre. Todas son
reflorecer de la definición agnóstica en circunstancias distintas.

Apetitos, codicias, pasiones, no amenazan la existencia del hombre mientras no se


proclamen como derechos del hombre, mientras no sean fermento de divinidad.

El gnóstico no se pregunta, como dice tertuliano: unde malum?, Sino: unde ego? ¡Yo aquí!
¡Yo el perfecto!

El pelagianismo tiene por raíz una definición agnóstica del alma.

El dogma de la natural bondad del hombre fórmula en términos éticos la experiencia central
del gnóstico. El hombre es naturalmente bueno porque es naturalmente Dios.

No es contra los "argumentos" de "cientismo" de ayer y de hoy contra lo que toca defender
al cristiano, sino contra el veneno gnóstico.

Así como la virtud provoca al libertino, así el cristianismo estimula la perversión gnóstica.

Los orígenes de la gnosis son obviamente pre-cristianos, pero su virulencia no se desarrolla


sino a la sombra del cristianismo.

En todas las sectas que hoy pululan fermenta una soteriología gnóstica.

La gnosis es la teología satánica de la experiencia mística. En la interpretación nos de la


experiencia mística se engendra la divinización del hombre.

Racionalismo es el seudónimo oficial del gnosticismo.

El igualitarismo es inferencia gnóstica: toda partícula de la divinidad, en efecto, es


igualmente divina.

Gnosticismo el cristianismo parten del mismo punto en direcciones divergentes. De una


misma definición de la condición humana el cristiano se infiere criatura, el gnóstico
divinidad.
El solo conocimiento no puede salvar sino siendo acto de un sujeto que se conoce a sí
mismo como esencia salvada. Gnosis es divinización, tautológicamente.

El gnóstico tiende a la profanación litúrgica, porque lo sagrado es divinización exacta de su


divinidad. La obscenidad sacrílega es su acto predilecto. Sade redacta uno de los
Evangelios gnósticos.

La Revolución Francesa ha sido la ola más alta de la marea gnóstica.

Goethe es panteísta; Hegel es gnóstico. El panteísmo es pendiente, sólo el gnosticismo es


abismo.

Las religiones primitivas son antropomorfismo ingenuo; el gnosticismo es deimorfismo


satánico.

La democracia es política de la teología gnóstica.

El gnosticismo puede ser dualista o monista. El gnosticismo es teoría sobre la naturaleza


del alma.

DEMOCRACIA

La democracia es una religión antropoteista. Su principio es una opción de carácter


religioso, un acto por el cual el hombre asume al hombre como Dios. Su doctrina es una
teología del hombre-Dios, su práctica es la realización del principio en comportamientos,
en instituciones y en obras.

Ser de "derecho divino" limitaba al monarca; el "mandatario del pueblo" es el representante


del absolutismo absoluto.

El pueblo no ovaciona sino al futuro tirano.

El político, en una democracia, se convierte en un bufón del pueblo soberano.

El tonto no confía en verdad que la opinión pública no avale.

La sociedad moderna trabaja afanosamente para poner la vulgaridad al alcance de todos.

La compasión con la muchedumbre es cristiana: pero la adulación de la muchedumbre es


meramente democrática.
No se estila designar como "humanas" y "civilizadas", sino claudicaciones y porquerías.

El pueblo a veces acierta cuando se asusta; pero siempre se equivoca cuando se entusiasma.

Llámese "buen ciudadano" al individuo que conmueven todas las causas bobas.

No es en manos de las mayorías populares donde el poder más fácilmente se pervierte, es


en manos de los semi-cultos.

La izquierda pretende que el culpable del conflicto no es el que codicia los bienes ajenos
sino el que defiende los propios.

La popularidad de un gobernante, en una democracia, es proporcional a su vulgaridad.

El estado democrático es la herramienta por medio de la cual las mayorías primero oprimen
a las minorías, y después se oprimen a sí mismas.

Un sufragio electoral severamente restringido es el único compatible con la civilización.

El pueblo que se despierta, primero grita, luego se emborracha, roba, asesina, y después se
vuelve de nuevo a dormir.

Las democracias tiranizan preferentemente por medio del poder judicial.

La democracia ignora la diferencia entre verdades y errores; sólo distingue entre opiniones
populares y opiniones impopulares.

Le basta al gobernante actual proclamarse de izquierda para que todo le sea permitido y
todo le sea perdonado.

Hay que repetirlo y repetirlo: la esencia de la democracia es la creencia en la soberanía de


la voluntad humana.

El político nunca dice lo que cree cierto, sino lo que juzga eficaz.

Cambiar un gobierno democrático por otro gobierno democrático se reduce a cambiar los
beneficiarios del saqueo.

En la teoría democrática "pueblo" significa populus, en la práctica democrática "pueblo"


significa plebs.

Soberanía del pueblo no significa consenso popular, sino atropello por una mayoría.

La objeción del reaccionario no se discute, se desdeña.

El sentimentalismo, la benevolencia, la filantropía, son las incubadoras de las grandes


matanzas democráticas.
Las babas son el lubricante de las sociedades democráticas.

Las ideas del demócrata son más tolerables que sus modales.

El capitalismo es deformación monstruosa de la propiedad privada por la democracia


liberal.

El rico en la sociedad capitalista tiene codicia de pobre.

Se comenzó llamando democráticas las instituciones liberales y se concluyó llamando


liberales las servidumbres democráticas.

Aun cuando tengan intereses distintos, hoy todos tienen las mismas convicciones.

La democracia bautizó sana emulación la envidia.

Donde las costumbres y las leyes les permiten a todos aspirar a todo, todos viven frustrados
cualquiera que sea el sitio que lleguen a ocupar.

El socialismo se vale de la codicia y de la miseria; el capitalismo se vale de la codicia y de


los vicios.

El cristiano vive pidiendo perdón, el socialista que lo premien.

Mientras no lo tomen en serio, el que dice la verdad puede vivir un tiempo en una
democracia. Después, la cicuta.

Las revoluciones se hacen para cambiar la tenencia de los bienes y la nomenclatura de las
calles. El revolucionario que pretende cambiar la condición del hombre acaba fusilado
como contrarrevolucionario.

En la sociedad jerárquica la fuerza de la imaginación se disciplina y no desorbitada al


individuo como en la sociedad democrática.

Errar es humano, mentir democrático

Democracia liberal es el régimen donde la democracia envilece a la libertad antes de


estrangularla.

La democracia sería una inocentada si no fuese el disfraz de una blasfemia.

"Derechista", en este último siglo, las más que el apodo con que unas sectas de izquierda
denigran otras sectas congéneres.

Mientras más graves sean los problemas, mayor es el número de ineptos que la democracia
llama a resolverlos.
El demócrata defiende sus convicciones declarando obsoleto a quien lo impugna.

La Providencia resolvió entregar al demócrata la victoria y al reaccionario la verdad.

El historiador democrático enseña que el demócrata no mata sino porque sus víctimas lo
obligan a matarlas.

En las democracias llaman clase dirigente la clase que el voto popular no deja dirigir nada.

Tiranía es, hoy, un estado de servidumbre manifiesta y libertad, un estado de servidumbre


clandestina. Allí la fuerza oprime al individuo, aquí lo oprime la opinión.

Para volver inevitable una catástrofe nada más eficaz que convocar una asamblea que
proponga reformas que la eviten.

La democracia celebra el culto de la humanidad sobre una pirámide de cadáveres.

Habiendo promulgado el dogma de la inocencia original, la democracia concluye que el


culpable del crimen no es el asesino envidioso, sino la víctima que despertó la envidia.

La democracia, en tiempo de paz, no tiene partidario más ferviente que estúpido, ni en


tiempos de revolución colaborador más activo que el demente.

Para sofrenar las codicias, al demócrata sólo se le ocurre abolir los bienes codiciados.

Los peores demagogos no se reclutan entre los pobres envidiosos, sino entre los ricos
vergonzantes.

La democracia sólo tolera dos partidos: el vocero de las ideas estúpidas, el protector de las
codicias sórdidas.

El político demócrata no adopta las ideas en que cree, sino las que cree que ganan.

Lo que ningún adulón se atreve a decirle a un déspota, el demócrata se lo dice al pueblo.

Cicuta= bebida que en el banquete democrático se reserva al reaccionario.

El mesías anunciado por los profetas de la democracia decimonónica resultó meramente el


aborto del anticristo.

"Patriota", en las democracias, es aquel que vive del estado; "egoísta" a que de quien el
estado vive.

Un hervidero de gusanos en el cadáver de una sociedad es síntoma de salud, según el


demócrata.
Mientras la democracia no lo note, el hombre culto puede sobrevivir en tiempos
democráticos.

Al individuo de talante reaccionario le da lo mismo estar ubicado en la sociedad, arriba, en


medio, o abajo. Al de índole democrática le ofende no estar arriba.

Aunque el angelismo del demócrata se ofenda: una civilización no se puede fabricar con
material biológico pésimo.

Cuando aún demócrata se le gangrena un dedo, sólo se le ocurre reclamar una ley que
ordene la cercenadura de todas las manos.

Dada la preponderancia de la estulticia, es natural que el demócrata se sorprenda cuando


pierde y el reaccionario cuando gana.

La posteridad, sigilosamente, traslada de los próceres democráticos el tratado de la política


al tratado de la psiquiatría.

Fomentar artificialmente las codicias, para enriquecerse, satisfaciéndolas, es el inexcusable


delito del capitalismo.

La democracia no canoniza sino a los organizadores de matanzas.

El diálogo entre democracias burguesas y democracias populares carece de interés, aun


cuando no carezca de vehemencia ni de armas.

Tanto capitalismo y comunismo, como sus formas híbridas, vergonzantes o larvadas,


tienden, por caminos distintos, hacia una meta semejante. Sus partidarios proponen técnicas
disímiles, pero acatan los mismos valores. Las soluciones los dividen; las ambiciones los
hermanan. Métodos rivales para la consecución de un fin idéntico. Maquinarias diversas al
servicio de igual empeño.**

Los ideólogos del capitalismo no rechazan el ideal comunista; el comunismo no censura el


ideal burgués. Al investigar la realidad social del concurrente, para denunciar sus vicios, o
disputar la identificación exacta de sus hechos, ambos juzgan con criterio análogo.**

Ambos aplican un mismo sistema de normas y su litigio se limita a debatir la función de


determinadas estructuras jurídicas. Para el uno, la propiedad privada es estorbo, para el
otro, estímulo; pero ambos coinciden en la definición del bien que la propiedad estorba o
estimula.**

Aunque insistan ambos sobre la abundancia de bienes materiales que resultará de su triunfo,
y aun cuando sean ambos augurios de hartazgo, tanto la miseria que denuncian, como la
riqueza que encomian, sólo son las más obvias especies de lo que rechazan o ambicionan.
Sus tesis económicas son vehículo de aspiraciones fabulosas.**
Si el comunismo denuncia la estafa burguesa y el capitalismo el engaño comunista, ambos
son mutantes históricos del principio democrático ambos ansían una sociedad donde el
hombre se halle, en fin, señor de su destino.**

Rescatar al hombre de la avaricia de la tierra, de las lacras de su sangre, de las


servidumbres sociales es su común propósito. La democracia espera la redención del
hombre y reivindica para el hombre la función redentora.**

La democracia no es procedimiento electoral, como lo imaginan católicos cándidos; ni


régimen político, como lo pensó la burguesía hegemónica del siglo pasado; ni estructura
social, como enseña la doctrina norteamericana; ni organización económica, como lo exige
la tesis comunista.**

La democracia pretende secularizar la sociedad y el mundo. Su fervor irreligioso, y su


recato laico, proyectan limpiar las almas de todo excremento místico.**

La democracia es una religión antropoteista. Su principio es una opción de carácter


religioso, un acto por el cual el hombre asume al hombre como Dios.**

Las cosmogonías órficas y las sectas gnósticas son antropoteismos retrospectivos, la


moderna religión democrática es antropoteismo futurista.**

Toda tesis democrática es argumento de litigante y no veredicto de juez.**

El ateísmo democrático es teología de un Dios inmanente.**

El progreso es dogma que requiere una fe previa.**

Para la democracia individualista y liberal, la volición del hombre es libre de obligaciones


internas, pero sin derecho de apelar a instancias superiores contra las normas populares,
contra la ley formalmente promulgada, o contra el precio impersonalmente establecido. El
demócrata individualista no puede declarar que una norma es falsa, sino que anhela otra; ni
que una ley no es justa, sino que quiere otra; ni que precio es absurdo, sino que otro le
conviene.**

El demócrata rechaza el peso del pasado, y no acepta el riesgo del futuro. Su voluntad
pretende borrar la historia pretérita, y labrar, sin trabas, la historia venidera.**

Pero la transformación de la democracia liberal e individualista en democracia colectiva y


despótica, no quebranta el propósito democrático, ni adultera los fines prometidos. La
primera forma contiene y lleva la segunda, como una prolongación histórica posible, y
como una consecuencia teórica necesaria.**
La técnica no es producto democrático, pero el culto de la técnica, la veneración de sus
obras, la fe en su triunfo escatológico, son consecuencias necesarias de la religión
democrática.**

El demócrata espera que la técnica lo redima del pecado, de infortunio, del aburrimiento y
de la muerte. La técnica es el verbo del hombre-Dios.**

La humanidad democrática acumula inventos técnicos con manos febriles poco le importa
que el desarrollo técnico envilece, o amenace su vida. Un Dios que forja sus armas desdeña
las mutilaciones del hombre.**

La religión democrática anida en las criptas medievales, en la sombra húmeda donde bullen
las larvas de textos heréticos.**

La tesis de la soberanía popular troza los ligamentos axiológicos de la actividad económica,


para que suceda, a la búsqueda de un sustento Congruo, el afán de una riqueza limitada.**

Un notorio predominio de la función económica caracteriza la sociedad burguesa, donde la


economía determinada estructura, fija la meta, y mide los prestigios.**

El poder económico, en la sociedad burguesa, no acompaña meramente y da lustre al poder


social, sino lo crea.**

La veneración de la riqueza es fenómeno democrático. El dinero es el único valor universal


que el demócrata puro acata.**

La tesis de la soberanía popular entrega la dirección del estado al poder económico.**

Los mandatarios burgueses del sufragio prohijan el estado laico, para que ninguna
intromisión axiológica perturbe sus combinaciones. Quien tolera que un reparo religioso
inquiete la prosperidad de un negocio, que un argumento ético suprima un adelanto técnico,
que un motivo estético modifique un proyecto político, hiere la sensibilidad burguesa y
traiciona la empresa democrática.**

En cada hombre liberado, un simio adormecido bosteza y se levanta.**

La burguesía procrea el proletario que la suprime.**

(Las sentencias que aparecen con el signo (**) no fueron originalmente escritas en este
género. Son extractos del libro "textos I” que el autor de esta compilación consideró
importantes para incluir dada su conexión con los escolios aquí consignados)

NATURALEZA HUMANA
No demos a nadie la ocasión de ser vil. La aprovecha.

Nada tan preciso como el cólico repentino para evacuar la retórica del que peroró
patéticamente sobre la "dignidad del hombre".

Nunca se hable de paganismo con respecto a la era moderna. Creer en la soberanía del
hombre es el rasgo característico del moderno, mientras que el pagano se sintió esclavo de
mil soberanías divinas. Ni siquiera el orgullo estoico se sintió dueño del destino. Paganismo
y cristianismo se hermanan en la conciencia común de una sierva condición humana.

Tratándose del conocimiento del hombre, no hay cristiano (siempre que no sea cristiano
progresista) a quien alguien tenga algo que enseñarle.

El envidioso perfecto es el que anhela la abolición, no la posesión del objeto que envidia.

La dignidad del hombre no está en su libertad, está en la clase de restricciones a su voluntad


que libremente acepte.

En el hombre inteligente la fe es el único remedio de la angustia.

Al tonto lo curan "razón", "progreso", alcohol, trabajo.

La vida es un combate cotidiano contra la estupidez propia.

Tan sólo el hombre inteligente y el estólido saben ser sedentarios. La mediocridad es


inquieta y viaja.

Nuevos valores se revelan constantemente en la historia; pero el hombre, por su cuenta,


sólo reitera los mismos crímenes.

El poder no corrompe, libera la corrupción larvada.

El hombre acaba motivado por los motivos que le dicen tener. Bestia si le dicen que su
alma muere como el alma de las bestias; animal avergonzado, por lo menos, si le dicen que
tiene alma inmortal.

Imposible convencer al tonto de que existen placeres superiores a los que compartimos con
los demás animales.

El alma naturalmente demócrata siente que ni sus defectos, ni sus vicios, ni sus crímenes,
afectan su excelencia substancial. El reaccionario, en cambio, siente que toda corrupción
fermenta el alma.

Humanizar nuevamente a la humanidad no será tarea fácil después de esta larga borrachera
de divinidad.
En todo individuo vive el germen de los vicios y apenas el eco de las virtudes.

Sólo manos eclesiásticas supieron, durante unos siglos, pulir el comportamiento y el alma.

La humanidad es el único Dios totalmente falso.

Cualquiera que no confíe en el hombre resulta, en el fondo, cristiano.

La sabiduría se reduce a no enseñarle a Dios cómo se deben hacer las cosas.

La humanidad cree remediar los errores reiterándolos.

El auténtico humanismo se edifica sobre el discernimiento de la insuficiencia humana.

Los hombres se dividen en dos bandos: los que creen en el pecado original y los bobos.

Más que el castigo hereditario, lo que indigna al moderno en el dogma del pecado original
es la culpabilidad hereditaria. Ser moderno es declararse enfáticamente inocente y negarse a
ser perdonado.

El que se confiesa en público no busca absolución, sino aprobación.

Respetamos los dos polos del hombre: individuo concreto, espíritu humano. Pero no su
zona media de animal opinante.

Noble no es el alma que nada hiere, sino la que pronto sana.

Por haber creído vivas las figuras de cera fabricadas por la psicología, el hombre ha ido
perdiendo el conocimiento del hombre.

Los hombres se reparten entre los que se complican la vida para ganarse el alma y los que
se gastan el alma para facilitarse la vida.

Bajo el pretexto de descifrar secretos, pero con el fin de envilecer al hombre, la mentalidad
moderna exige arrancar vendas que protegen llagas de todos conocidas.

El reaccionario es simple patológico. Define la enfermedad y la salud. Pero Dios es el único


terapeuta.

La noción de criatura mantiene la distancia entre el hombre y Dios sin abolir el contacto o,
alternativamente, el contacto sin abolir la distancia.

La proclamación de nuestra autonomía es el acta de fundación del infierno.


LIBREPENSAMIENTO

Desde hace dos siglos llaman "librepensador" al que cree conclusiones sus prejuicios.

Donde se puede decir todo, todo se dice de cualquier manera; donde se diga de cualquier
manera, no se está diciendo nada.

El más peligroso analfabetismo no es el del que irrespeta todos los libros sino el del que los
respeta todos.

El que se dice respetuoso de todas las ideas se confiesa listo a claudicar.

Ojalá resucitarán los filósofos del XVIII, con su ingenio, su sarcasmo, su osadía, para que
minaran, desmantelaran, demolieran los prejuicios de este siglo. Los prejuicios que nos
legaron ellos.

Sostener que "todas las ideas son respetables" no es más que una inepcia pomposa. Sin
embargo, no hay opinión que el apoyo de un número suficiente de imbéciles no obligue a
aguantar. No disfracemos nuestra impotencia en tolerancia.

Lejos de ser todas respetables, casi todas las opiniones merecen ser irrespetadas.

ANTIMODERNO

Izquierdistas y derechistas meramente se disputan la posesión de la sociedad industrial. El


reaccionario anhela su muerte.

Los cuerpos se alojan cómodamente en los técnicos aposentos del edificio moderno, pero
las almas no tienen más vivienda que las ruinas del viejo edificio.

No es meramente que la basura humana se acumula en las ciudades, es que las ciudades
vuelven basura lo que en ellas se acumula.

El tan decantado "dominio del hombre sobre la naturaleza" resultó ser meramente una
inmensa capacidad homicida.

Lo que le inspira entusiasmo al moderno, cuando no me inspira repugnancia, me inspira


desconfianza.

No denunciemos ingenuamente ante el moderno la vulgaridad del mundo actual; esa


vulgaridad es precisamente lo que en el mundo moderno le encanta y le seduce.
Toda persona decente acaba lamentando la mayoría de los adelantos técnicos de estos dos
últimos siglos.

Del que se dice que "pertenece a su tiempo" sólo se está diciendo que coincide con el
mayor número de tontos en ese momento.

Después de las hegemonías imbéciles las viejas verdades pisoteadas parecen ocurrencias
geniales.

El reaccionario no aspira a que se retroceda, sino a que se cambie de rumbo. El pasado que
admira, no es meta sino ejemplificación de sus sueños.

Desde mediados del siglo pasado es cosa sabida que la fe en el progreso caracteriza al
imbécil.

El fracaso del progreso no ha consistido en el incumplimiento, sino en el cumplimiento de


sus promesas.

La vulgaridad del artefacto moderno le permitirá al arqueólogo futuro identificarlo


fácilmente.

Mientras lo que escribimos no le parezca obsoleto al hombre moderno, tenemos que volver
a empezar.

El progreso le prepara a la humanidad funerales con suntuosas hecatombes.

Cada nueva conquista del hombre es la nueva plaga que castiga su soberbia.

Al despojarse de la túnica cristiana y de la toga clásica, no queda del europeo sino un


bárbaro pálido.

El medioevo fascina como paradigma de lo antimoderno.

En la feria moderna, hasta las verdades andan con la cara tiznada y el traje sucio.

Quien no vuelve la espalda al mundo actual se deshonra.

Pensar como nuestros contemporáneos es la receta de la prosperidad y de la estupidez.

El renacimiento, el Aufklrung y la tecnocracia, son hijos indiscutibles del cristianismo.


Hijos crecientes siniestros que engendra en la esperanza cristiana el olvido del pecado
original.

Depender sólo de la voluntad de Dios es nuestra verdadera autonomía.

La sociedad del futuro: una esclavitud sin amos.


El máximo error moderno no es anunciar que Dios murió, sino creer que el diablo ha
muerto.

Hoy el rico vive su riqueza con avidez del pobre enriquecido y el pobre su pobreza con
inconformidad de rico arruinado. La riqueza perdió sus virtudes propias y la pobreza las
suyas.

Vivir es el único valor del moderno. Aún el hombre moderno no muere sino en nombre de
la vida.

La amenaza de muerte colectiva es el único argumento que desbarata la complacencia de la


humanidad actual. La muerte atómica la inquieta más que su envilecimiento creciente.

No vale la pena dialogar con este siglo, ya que sabemos que aún la victoria sería estéril.

Los reformadores de la sociedad actual se empeñan en decorar los camarotes de un barco


que naufraga.

Las ideologías políticas contemporáneas son falsas en lo que afirman y ciertas en lo que
niegan.

No hay tontería en que el hombre moderno no sea capaz de creer, siempre que eluda creer
en Cristo.

No será fácil presenciar sin náuseas ese "fin de las ideologías" que nos anuncian con júbilo.
Renunciar a una ideología lleva al común de las gentes tan sólo a perder la vergüenza.

Cuando oímos hoy exclamar: ¡muy civilizado! ¡Muy humano!, No debemos vacilar, se trata
de alguna abyecta porquería.

Enfurecer al hombre típicamente moderna es indicio seguro de haber acertado.

Cuando el progresista condena, todo hombre inteligente debe sentirse aludido.

Quien insiste en "estar al corriente" de lo que dice este siglo se empeña en verter sobre su
alma las aguas de una alcantarilla.

El que radicalmente discrepa no puede argüir sino enunciar. La época de argumentar


feneció para el que rechaza los postulados modernos. No compartiendo convicciones con
nuestros contemporáneos, podemos ambicionar convertirlos, pero no convencerlos. Al
reaccionario sólo le es dable proferir sentencias abruptas que se le indigestión al lector.

La independencia de que toda juventud se jacta no es más que sumisión a la nueva moda
imperante.
El diablo es demasiado inteligente para ser racionalista, pero sopla oráculos racionalistas a
sus devotos, para que lo veneren sin escrúpulo.

Después de conversar con alguien "bien moderno" vemos que la humanidad se evadió de
los siglos de fe para atascarse en los de credulidad.

Para esclavizar al individuo no el mejor pretexto que la "dignidad del hombre".

El adversario de los principios modernos no tiene aliados más leales que las consecuencias
de esos principios.

El reaccionario yerra suponiendo que el demócrata rechaza sus razones, pero comparte sus
repugnancias. El mundo moderno es una porqueriza en cuyo cieno el hombre actual
regocijado se revuelve.

El hombre culto tiene el deber de ser intolerante.

El progreso se reduce finalmente a robarle al hombre lo que lo ennoblece, para poder


venderle barato lo que lo envilece.

No soy un intelectual moderno inconforme, sino un campesino medieval indignado.

El propósito de dialogar, hoy, supone la intención de traicionar.

Lo irritante de todo presente es que siempre cree tener razón sólo por ser presente.

La democratización del erotismo sirvió, por lo menos, para mostrarnos que la virginidad, la
castidad, la pureza, no son solteronas agrias y morbosas, como lo creíamos, sino vestales
silenciosas de una limpia llama.

El ateo es respetable mientras no enseña que la dignidad del hombre es el fundamento de la


ética y el amor a la humanidad la verdadera religión.

No es una restauración lo que el reaccionario anhela, sino un nuevo milagro.

Opiniones, costumbres, instituciones, ciudades, todo se volvió chabacano, desde que


renunciamos a remendar lo viejo para comprar diariamente la novedad chillona.

Reaccionar no es caer en pasados muertos, sino arrancarse a una enfermedad que mata.

Sin prostituir la inteligencia, no es posible hacer triunfar una causa ante los tribunales de
este siglo.

La civilización es la resultante de todo lo que parece absurdo al ciudadano "sin prejuicios".

El progreso es hijo del conocimiento de la naturaleza. La fe en el progreso es hija de la


ignorancia de la historia.
El tiranicidio debe consistir hoy en apuñalar ciertas ideas.

Al que hoy no grita, ni lo oyen ni lo entienden.

La prosperidad agrícola ennoblece; la prosperidad industrial vulgariza.

En nuestro tiempo la rebeldía es reaccionaria, o no es más que una farsa hipócrita y fácil.

La existencia del reaccionario auténtico suele escandalizar al progresista.

Pero si todas las tesis del reaccionario sorprenden al progresista, la mera postura
reaccionaria lo desconcierta. Que el reaccionario proteste contra la sociedad progresista, la
juzgue, y la condene, pero que se resigne, sin embargo, a su actual monopolio de la historia,
le parece una posición extravagante.

Si el reaccionario admite la actual esterilidad de sus principios y la inutilidad de sus


censuras, no es porque le baste el espectáculo de las confusiones humanas. El reaccionario
no se abstiene de actuar porque el riesgo lo espante, sino porque estima que actualmente las
fuerzas sociales se vierten raudas hacia una meta que desdeña.

Ser reaccionario es defender causas que no ruedan sobre el tablero de la historia, causas que
no importa perder.

El reaccionario no es el soñador nostálgico de pasados abolidos, sino el cazador de sombras


sagradas sobre colinas eternas.

LIBERALISMO

El hombre tiene derechos, o el pueblo es soberano. La aseveración simultánea de dos tesis


que se excluyen recíprocamente es lo que se ha llamado liberalismo.

El que reclama igualdad de oportunidades acaba exigiendo que se penalice al bien dotado.

La secularización de una sociedad consiste en la pérdida del sentido de la dependencia.

El liberalismo resulta desfavorable a la libertad porque ignora las restricciones que la


libertad debe imponerse para no destruirse a sí misma.

"Tener fe en el hombre" no alcanza a ser blasfemia, es otra bobería más.

El estado liberal no es la antítesis del estado totalitario, sino del error simétrico.
Donde no hay sino pueblo, la estabilidad del tirano está garantizada.

El pueblo hoy no se siente libre sino cuando se siente autorizado a no respetar nada.

El gobernante en mangas de camisa primero entusiasma al pueblo, después hasta al


populacho asquea.

La tolerancia ilimitada no es más que una manera hipócrita de dimitir.

Creer en la redención del hombre por el hombre es más que un error, es una bobería.

El hombre moderno no defiende enérgicamente sino su derecho a la crápula.

El liberal no soporta sino las verdades blandas.

El terrorista es nieto del liberal.

La separación de la Iglesia y el estado puede convenir a la Iglesia, pero le es funesta al


estado porque la entrega al maquiavelismo puro.

Donde el terrorismo prospera y donde prospera la pornografía el liberal les rinde homenaje
en nombre de la libertad de conciencia.

El peligro del individualismo no es la anarquía. Es ese culto de sí mismo que se expande en


veneración del hombre y culmina en sumisión al más falso de los dioses.

La "condición humana" sin contexto religioso, se restringe a fenómeno ecológico.

"Liberar al hombre" significa, desde hace un par de siglos, facilitarle comportamientos


plebeyos.

Las ideas liberales son simpáticas, sus consecuencias funestas.

El liberalismo pregona el derecho del individuo a envilecerse, siempre que su


envilecimiento no estorbe el envilecimiento del vecino.

La divinidad del hombre no es conclusión a la que el igualitarismo llegue, es la convicción


sobre la cual se funda.

Proclamar los autónomos es no querer más amos que el vientre y el sexo.

El culto de la humanidad se festeja con sacrificios humanos.

Declarar al hombre "medida de todas las cosas" no es proclamar su grandeza, sino confesar
su limitación. Sentencia de prisionero que se jacta.

El liberal, en toda situación crítica, corre a pedirle al conservador que lo salve de las
consecuencias de las ideas liberales.
Tres personajes, en nuestro tiempo, detestan profesionalmente al burgués: el intelectual-es
el típico representante de la burguesía-, el comunista-es el fiel representante de los
propósitos y de los ideales burgueses-, el clérigo progresista-ese triunfo final de la mente
burguesa sobre el alma cristiana.

Mientras no conviertan la igualdad en dogma, nos podemos tratar como iguales.

Hallarse a merced de los caprichos populares, gracias al sufragio universal, es lo que el


liberalismo llama garantía de la libertad.

El burgués de ayer se perdonaba todo, si su conducta sexual era estricta. El de hoy se


perdona todo, si es promiscua.

Entre igualitarios, trátese de individuos o de naciones, el inferior hasta lograr que lo inviten,
pero nunca que lo escuchen.

Si los hombres nacieran iguales, inventarían la desigualdad para matar el tedio.

Llamamos era liberal los cuatro siglos que duró la liquidación de las libertades medievales.

De los "derechos del hombre" el liberalismo moderno ya no defiende sino el derecho al


consumo.

LIBERTAD

La libertad no es fin, sino medio. Quien la toma por fin no sabe qué hacer cuando la
obtiene.

La libertad merece únicamente el respeto que merezca la actividad en que se vierte.

Por "verdadera libertad" siempre se entiende alguna implacable servidumbre.

La libertad a la que el hombre moderno aspira no es la del hombre libre, sino la del esclavo
en día de feria.

Sólo la sumisión a Dios no es vil.

La libertad ajena nos importa porque sin ella el triunfo de nuestra opinión es vano, pero
evitemos la santurronería de respetar opiniones necias. Defiendo tu libertad que anhelo
convencerte. Porque tu libertad en la condición de mi victoria. Pero respetar tu libertad no
respeto tus errores, sino la posibilidad de que te rindas libremente a mis verdades.

El verdadero talento consiste en no independizarse de Dios.


El hombre actual reclama libertad para que la vileza florezca impune.

La libertad, para el demócrata, no consiste en poder decir todo lo que piensa, sino en no
tener que pensar todo lo que dice.

¿Mis hermanos? Sí. ¿Mis iguales? No. Porque los hay menores y los mayores.

Los que le quitan al hombre sus cadenas liberan sólo a un animal.

Quien se libera de todo lo que oprime, descubre pronto que se liberó también de lo que lo
ampara.

La libertad total del hombre pide un universo esclavizado. La soberanía de la voluntad


humana sólo puede regentar cadáveres de cosas.

LITURGIA

Restaurar un viejo gesto litúrgico en un contexto nuevo puede frisar en la herejía, la


comunión de pie hoy en día, por ejemplo, resulta gesto de soberbia.

El ritualismo es el protector discreto de la espiritualidad.

Una nube de incienso vale más de mil sermones.

Racionalizar el dogma, ablandar la moral, simplificar el rito, no facilitan el acercamiento


del incrédulo sino el acercamiento al incrédulo.

El sacrificio de la misa nueva es hoy el suplicio de la liturgia.

Al suprimir determinadas liturgias suprimimos determinadas evidencias. Talar bosques


sagrados es borrar huellas divinas.

El ceremonial es el procedimiento técnico para enseñar verdades indemostrables. Ritos y


pompas vencen la obsesión del hombre ante lo que es material y tosco.

Lo ritual es vehículo de lo sagrado. Toda innovación profana.

El culto católico ha sido reformada para que el calor de la muchedumbre aglutinada


empolle el huevo del grand-etre comtista.

Cuando el oficiante profesa que la liturgia no pretende actuar sobre Dios sino sobre los
fieles, el culto pierde todo significado religioso y se convierte en terapéutica colectiva.
Los nuevos liturgistas han suprimido los púlpitos sagrados para que ningún malévolo
sostenga que la Iglesia pretende rivalizar con las cátedras profanas.

El incienso litúrgico es el oxígeno del alma.

Innovar en materia litúrgica no es sacrilegio, sino estupidez. El hombre sólo venera rutinas
inmemoriales.

El cristianismo degenera, al abolir sus viejos idiomas litúrgicos, en sectas extravagantes y


toscas. Roto el contacto con la antigüedad griega y latina, perdida su herencia medieval y
patrística, cualquier bobalicón se convierte en su exégeta.

Cuando el misterio auténtico se eclipsa, la humanidad se embriaga con misterios imbéciles.

El progresista asiste a la Misa, alérgico al incienso, desdeñoso de la liturgia, ajeno al


sacrificio, incrédulo en la consagración. Atento sólo a la predica.

Quien reforma un rito y hiere a un Dios.

La liturgia, definitivamente, sólo puede hablar en latín. En vulgar es vulgar.

Las mujeres que la nueva liturgia induce a violar la prohibición Paulina siempre hablan en
la Iglesia con voz gangosa o chillona.

Quizás un precedente legitime, en cada caso, las recientes reformas litúrgicas, pero el
espíritu que las anima distingue las actuales de las pretéritas. Entonces exigencia de
percepción cristiana, hoy ambición de eficacia terrestre.

Los ritos preservan, los sermones minan la fe.

Al repudiar los ritos, el hombre se reduce a animal que cópula y come.

DERECHO CANÓNICO

Sin derecho canónico la Iglesia no hubiese tenido su admirable presencia institucional en la


historia. Pero los vicios de la teología católica resultan de su propensión a tratar problemas
teológicos con mentalidad de canonista.

MORAL
La virtud que no es simple obediencia a mandato divino camina con petulancia de solterona
rica.

La moral laica destila soberbia.

La brevedad de la vida no angustia cuando en lugar de fijarnos metas nos fijamos rumbos.

No hay zona del alma que el sexo no pueda corromper fácilmente.

La mayoría de las costumbres propiamente modernas serían delito en una sociedad


auténticamente civilizada.

El tonto viendo que las costumbres cambian dice que la moral varía.

No quiero serenidad estoicamente conquista, sino serenidad cristianamente recibida.

Las perversiones están al alcance de cualquiera.

La envidia difiere de los demás vicios por la facilidad con que se disfraza de virtud.

La sinceridad, sino es confesión sacramental, es factor de desmoralización.

Cuidémonos de llamar "aceptar la vida" aceptar sin resistencia lo que degrada.

La ética autónoma es la expresión perfecta de la petulancia clásica de la clase media.

Resulte imposible convencer al hombre de negocios de que una actividad rentable resulta
inmoral.

El ladrón que se es antigua antes de robar indigna al puritano. Yo reconozco a un hermano.

El moralismo protestante fue el primer golpe de piqueta contra el templo bautizado.

El infierno es el sitio donde el hombre halla realizados todos sus proyectos.

Sólo el bien y la belleza no requieren límites. Nada es demasiado bueno o demasiado bello.

El activismo no tiene más paradero que el infierno.

Para volverse persona el individuo necesita que exista una norma rígida y, a la vez, que su
cumplimiento sea libre. Donde no exista norma rígida el individuo se vuelve masa tan
fácilmente como donde su cumplimiento no es libre.

El tentadores el enemigo de nuestra alma y el amigo nuestro corazón.

El relativismo axiológico no es teoría de la razón, sino ideología del orgullo. Que nada
prevalezca sobre nosotros.
El tonto no se contenta con violar una regla ética: pretende que su transgresión se convierta
en la nueva regla.

El orgullo frente al mundo nos salva del orgullo frente a Dios.

La caridad del hombre moderno no está en amar al prójimo como a sí mismo, sino en
amarse a sí mismo en el prójimo.

La idea misma de sacrificio parece absurda a quienes ignoran que existe una jerarquía de
bienes.

Tanto nos han predicado que el justo camina disfrazado de pecador que acostumbramos
olvidar que a veces se viste de justo.

Muchos aman al hombre sólo para olvidar a Dios con la conciencia tranquila.

No urge convocar nuevos concilios sino esperar a un Decio o a un Diocleciano.

Así como el pobre le achaca a la riqueza vilezas las propias del hombre, así el rico se las
achaca a la pobreza. Cada cual le atribuye sólo al otro su vileza común, en lugar de admirar
las virtudes que sólo florecen en la pobreza y las que sólo en la riqueza prósperan.

El inmoralista de este siglo crapuloso, es el asaltante heroico de fortalezas sin defensores.

El castigo del que se busca es que se encuentra.

El que se confiesa fuera del confesionario se propone sólo eludir el arrepentimiento.

Cuando el hombre se niega a que lo discipline Dios, los demonios lo disciplinan.

La vida activa animaliza.

Los preceptos éticos modernos son invitaciones al descaro.

El relativismo axiológico no es una solución, sino precisamente el problema.

TÉCNICA

Es menos peligroso entregarle el poder a dementes que a técnicos: de dementes, en efecto,


podemos esperar instantes de lucidez.

La técnica ofrecería menos peligros si su manipuleo no le fuese tan fácil al imbécil y tan
rentable al caco.
Lo que se tecnifica se vuelve práctico, pero deja de ser interesante.

Al pronunciar la palabra “técnica”, el bobo se emociona, se estremece, infla el pecho y pasa


saliva.

Los técnicos en una sociedad civilizada comerían en el comedor del servicio.

La humanidad conmemorará festivamente algún día los acontecimientos que inicien el


desmantelamiento de la sociedad industrial.

El tecnicismo es síndrome de la demencia satánica.

ARTE

La magnificencia de la catedral gótica busca honrar a Dios; la pompa del barroco jesuita
busca honrar al público.

El diablo patrocina el arte abstracto, porque representar es someterse.

La fealdad del actual paisaje urbano acusa más al alma moderna que al urbanismo
contemporáneo.

Los credos del incrédulo me dejan atónito.

La urbe moderna no es una ciudad, es una enfermedad.

A pesar de unos pocos ejemplos contrarios, el peligro, al juzgar obras de arte


contemporáneo, no está en que lo bueno parezca malo, sino que lo malo parezca bueno.

La arquitectura moderna es fundamentalmente anti histórica.

Es la primera que no deriva de la arquitectura precedente, la primera que se inicia con una
ruptura vertical.

La arquitectura colonial de este continente hace parte del paisaje. La arquitectura posterior
lo ensucia meramente.

Como el arquitecto moderno confía en las posibilidades infinitas del progreso técnico, el
edificio que construye lleva implícita en su médula arquitectónica la convicción de su
pronta caducidad. El arquitecto de ayer, en contra, no sentía que su habilidad técnica fuese
un estadio transitorio, sino un acierto irremplazable. El arquitecto actual no imparte
serenidad ni grandeza a sus inmensas construcciones, mientras que palacios y templos
métricamente modestos despliegan una vastedad solemne y majestuosa ante el espectador
atónito.

Hubo un catolicismo dórico. El de las iglesias románicas y las órdenes militares. Un


catolicismo benedictino y feudal. Hubo también catolicismo jónico: el de las catedrales
góticas y las sumas escolásticas. Un catolicismo de Cogulla mendicante y delirios reales.
Hubo, en fin, un catolicismo corintio: el de los templos barrocos y la contrarreforma
tridentina. Un catolicismo de sotanas rurales y de pompas romanas.

Comparado a una iglesia románica, todo lo demás, sin excepción, es más o menos plebeyo.

La estética degenera en sociología o florece en religión.

Con la independencia feneció la autenticidad espiritual de América. Capaz, durante el


período colonial, de adaptar las formas mediterráneas a los nuevos paisajes y aún de dar
una modulación propia al barroco, posteriormente sólo copia con docilidad plebeya las
modas del día. La originalidad limitada, pero auténtica, de provincia española que tuvo
durante la colonia, se convirtió en el plagio cursi peculiar a los barrios pobres.

Pompa de palacio barroco o desnudez de celda románica. De ninguna manera, lujo de


sociedad industrial.

Todo en el medioevo, desde una iglesia románica o una relación feudal, hasta un calvario
gótico o un romero cantauriense, es recio, sensual, concreto. Porque el hombre medieval
sentía la trascendencia como un atributo perceptible del objeto.

Si queremos que algo dure, hagámoslo bello, no eficaz.

Obra de arte, hoy, es cualquier cosa que se venda caro.

Al burgués actual se le puede inculcar en nombre del progreso cualquier bobería y vender
en nombre del arte cualquier mamarracho.

Goya es el vidente de los demonios, Picasso el cómplice.

La fealdad del mundo moderno es el provocante específico de las náuseas reaccionarias.

EDUCACIÓN

La educación sexual se propone facilitarle al educando el aprendizaje de las perversiones


sexuales.

Sólo las letras antiguas curan la sarna moderna.


La ciencia no educa porque no transmite del objeto que estudia sino la manera de utilizarlo.

El hombre es animal educable, siempre que no caiga en manos de pedagogos progresistas.

El que no aprendió latín y griego vive convencido, aunque lo niegue, de ser sólo semi culto.

Llaman "fomentar la cultura" coronar mediocres.

Está bien exigirle al imbécil que respete artes, letras, filosofía, pero que las respete en
silencio.

Educación, propiamente hablando, sólo se encuentra en sociedades donde la posición


social, alta o baja, de las familias se mantiene estable durante generaciones.

La Iglesia educaba; la pedagogía del mundo moderno tan sólo instruye.

Sólo dos cosas educan: tener amo o ser amo.

Educar al hombre es impedirle la "libre expresión de la personalidad".

La idea del "libre desarrollo de la personalidad" parece admirable mientras no se tropieza


con individuos cuya personalidad se desarrolló libremente.

Sólo las educaciones austeras forman almas delicadas y finas.

Civilización es todo lo que la Universidad no puede enseñar.

Educar no consiste en colaborar al libre desarrollo del individuo, sino en apelar a lo que
todos tienen decente contra lo que todos tienen de perverso.

La civilización no mora sino en casas solariegas. En aulas universitarias muere de frío.

Sin latín ni griego es posible educar los gestos de la inteligencia, pero no la inteligencia
misma.

Educar al joven no consiste en familiarizarlo con su época, sino en procurar que la ignore el
mayor tiempo posible.

La pedagogía moderna ni cultiva ni educa, meramente transmite nociones.

Hay un analfabetismo del alma que ningún diploma cura.

DOCTRINA SOCIO-POLÍTICA
La política sabia es el arte de vigorizar la sociedad y debilitar al estado.

En la sociedad medieval, la sociedad es el estado; en la sociedad burguesa, estado y


sociedad se enfrentan; en la sociedad comunista, el estado es la sociedad.

Donde el cristianismo desaparece, codicia, envidia y lujuria inventan mil ideologías para
justificarse.

El peor estado social es aquel donde el amo no fue educado para mandar.

La falsificación del pasado es la manera como la izquierda ha pretendido elaborar el futuro.

Para detestar las revoluciones el hombre inteligente no espera que comiencen las matanzas.

El pueblo que se vuelve irreligioso adquiere inmediatamente todos los defectos burgueses.

Ser reaccionario es haber comprendido que una verdad no se debe renunciar simplemente
porque no tiene posibilidades de triunfar.

El estado paternalista es abominable; la social paternalista es admirable.

La desigualdad injusta no se cura con igualdad, sino con desigualdad justa.

Sólo la visión teocéntrica no acaba reduciendo al hombre a una absoluta insignificancia.

Los monarcas, en casi toda dinastía, han sido tan mediocres que parecen presidentes.

La industrialización plantea la alternativa única: capitalismo o comunismo. Excluyendo así


las viejas opciones decentes.

La policía es la única estructura social de la sociedad sin clases.

Llámese estado totalitario al que resulta de la tentativa de reemplazar con una integración
estatal la integración social destruida por la mentalidad liberal y demócrata.

La actividad política deja de tentar al escritor inteligente, cuando al fin entiende que no hay
texto inteligente que logre tumbar ni a un alcalde de pueblo.

Hacer lo que debemos hacer es el contenido de la tradición.

Ya no hay clase alta, ni pueblo; sólo hay plebe pobre plebe rica.

Pedirle al estado lo que sólo debe hacer la sociedad es el error de la izquierda.

En el estado moderno las clases con intereses opuestos no son tanto la burguesía y el
proletariado como la clase que paga impuestos y la clase que de ellos vive.
El talante político trasciende las categorías sociales; ahí reaccionarios en harapos e
izquierdistas coronados.

Respiro mal en un mundo que no cruzan sombras sagradas.

Verdadero aristócrata es el que tiene vida interior. Cualquiera que sea su origen, su rango,
su fortuna.

El supremo aristócrata no es el señor feudal en su castillo, sino el monje contemplativo en


su celda.

Una tradición no es un supuesto catálogo de virtudes que se enfrenta a un catálogo de


errores, sino un estilo de resolver problemas. La tradición no es una solución petrificada,
sino un método flexible.

La buena educación no es, finalmente, sino la manera como se expresa el respeto siendo el
respeto, a su vez, un sentimiento que la presencia de una superioridad admitida infunde;
donde faltan jerarquías reales o ficticias pero acatadas, la buena educación perece. La
grosería es producto democrático.

Sociedad aristocrática es aquella donde el anhelo de la perfección personal es el alma de las


instituciones sociales.

A la sociedad democrática le basta, en el mejor de los casos, asegurar la convivencia. Las


sociedades aristocráticas, en cambio, levantan sobre la greba humana un palacio de
ceremonias y de ritos para educar al hombre.

Las fiestas democráticas conmemoran motines victoriosos. La aristocracia prefería las


pompas litúrgicas. La fiesta de la Federación terminó en bailes de barrio. La etiqueta
imperial se prolongó en el rito galicano de una misa milanesa.

El aristócrata no defiende la libertad para asegurar la autonomía de las normas propias a la


perfección personal de cada individuo.

Liberté, egalité, fraternité. El programa democrático se cumple en tres etapas: etapa liberal,
que fundó la sociedad burguesa sobre cuya índole nos remitimos a los socialistas; etapa
igualitaria, que funda la sociedad soviética sobre cuya índole nos remitimos a la nueva
izquierda; etapa fraternal, a la cual preludian los drogados que copulan en hacinamientos
colectivos.

Más de un milenio duró el periodo de la historia europea durante el cual la salvación social
fue posible y varias veces conseguida. Pero en tiempos democráticos, o cesáreos tan sólo
podemos salvar el alma, y eso no siempre.
Cuando la patria no es el recinto de los templos y las tumbas, sino una suma de intereses, el
patriotismo deshonra.

El feudalismo. Sobre sentimientos nobles: lealtad, protección, servicio. Los demás


sistemas políticos se fundan sobre sentimientos viles: egoísmo, codicia, envidia, cobardía.

Ni el amor es mero fenómeno sexual, ni la propiedad mero fenómeno económico.


Propiedad y amor son relaciones específicas aquí con una persona, allí con un objeto,
insertas en la economía o el sexo.

El individuo no se integra en la sociedad cuando pretenden ligarlo directamente a la


totalidad social, sino cuando le está ligado medianamente, en una estructura piramidal, a
través de un grupo inmediato a su vez ligado a otros grupos. Colectivismo e individualismo
son errores simétricamente opuestos a la solución correcta que el occidente prefiguró con
los clientes romanos.

Cuando las revoluciones económicas y sociales no son simples pretextos ideológicos de


crisis religiosas después de unos años de desorden todo sigue como antes.

Las verdaderas revoluciones no se inician con su estallido público, sino terminan con él.

Por justicia social se entiende dar a cada cual lo que suyo. Alienum cuique tribuere.

No justo pedirle a la burguesía amenazada que no tenga miedo. Podemos pedirle, en


cambio, que pierda el miedo de tenerlo.

No apelar a Dios, sino la justicia, nos lleva fatalmente a emplazarlo ante el tribunal de
nuestros prejuicios.

Enemigo del rey-dios como demos-dios, el cristianismo no debe celebrar ni la apoteosis del
César, ni la apoteosis de la plebe.

O fusilamos al que pretende "colaborar con Dios" o inevitablemente nos fusila.

Las concesiones son los peldaños del patíbulo.

Un "socialismo con cara humana" es aguardiente sin alcohol.

Aun la derecha de cualquier derecha me parece siempre demasiado izquierda.

Los conservadores actuales no son más que liberales maltratados por la democracia.

Las revoluciones no les destruyen a las naciones sino el alma.

Ayer se habló de política, para ocultar lo económico. Hoy se habla de economía, para
esconder lo técnico. Mañana se habrá de técnica, para callar lo biológico. Cuando, ante
todo, se debiera hablar de axiología.
Una aristocracia tiene que caer en extremos de estupidez para que el pueblo derribe, ya que
nada hay más acorde con los instintos populares que una aristocracia.

El demócrata comienza liberando todas las fuerzas sociales, para acabar sometiéndolos a
una sola. El reaccionario busca el paralelogramo de las fuerzas. El demócrata quiere que, a
la postre, todas las notas se fusionen en una nota única. El reaccionario quisiera que la
sinfonía social multiplicara los temas polifónicos.

Cuando el poder corrompe sino ennoblece, la humanidad se arrodilla.

El cruce de la relación horizontal amigo-enemigo con la relación vertical superior-inferior


configura la estructura política elemental. Esperar abolir cualquiera de las dos, no
solamente es utópico, sino además, contradictorio.

Sociólogos, psicólogos, psiquiatras, son expertos en generalidades. Ante los pitones


taurinos del caso concreto, todos parecen toreros anglosajones.

Para que la sociedad florezca se requiere un estado débil y un gobierno fuerte.

La omnipotencia del dinero fue el precio de la igualdad social. La omnipotencia del estado
será el precio de la igualdad económica.

Las jerarquías son celestes. En el infierno todos son iguales.

El triángulo: aldea, castillo, monasterio, no es una miniatura medieval. Sin un paradigma


eterno.

Las civilizaciones tampoco se hacen con ideas sino con modales.

El pecado del rico no es la riqueza, sino la importancia exclusiva que le atribuye.

COMUNISMO

La adhesión al comunismo es el rito que permite al intelectual burgués exorcizar su mala


conciencia sin abjurar su burguesía.

El comunista odia al capitalismo con el complejo de Edipo. El reaccionario no mira tan sólo
con xenofobia.

El izquierdista grita que la libertad perece cuando sus víctimas rehúsan financiar su propio
asesinato.

Llámase comunista al que lucha para que el estado le asegure una existencia burguesa.
Revolución es el período durante el cual se estila llamar "idealista" los actos que castiga
todo código penal.

El comunismo no es una conclusión dialéctica, sino un proyecto deliberado.

En la social comunista, la doctrina democrática desenmascara su ambición. Su meta no es


la felicidad humilde de la humanidad actual, sino la creación de un hombre cuya soberanía
asuma la gestión del universo. El hombre comunista es un dios que pisa el polvo de la
tierra.

ATEÍSMO

No hay que desesperar del ateo mientras no adore al hombre.

El ateísmo preludia la divinización del hombre.

El ateo nunca le perdona a Dios su inexistencia.

Aun siendo ateo, es preciso además ser bobo para esperar que algo terrestre nos colme.

La soledad que hiela no es la carente de vecinos, sino la desertada por Dios.

FILOSOFÍA

La filosofía que elude el problema del mal es cuento de hadas para niños bobos.

Llamar al alma "substancia simple" no es definirla, sino confesar en un léxico especializado


que la creemos inmortal.

Toda catástrofe es catástrofe de la inteligencia.

El escéptico es un filósofo que no ha tenido tiempo de volverse cristiano.

Las verdades no se contradicen sino cuando se desordenan.

En materia importante no se puede demostrar, sino mostrar.

La idea peligrosa no es la falsa, sino la parcialmente correcta.

Toda filosofía evolucionista se pervierte fácilmente en inmanentismo religioso.


El subjetivismo es la garantía que el hombre se inventa cuando deja de creer en Dios.

La verdad nunca es conquista definitiva. Siempre es posición que toca defender.

Entre el escepticismo y la fe hay ciertas connivencias: ambos minan la presunción humana.

Basta contraponerla a un error nuevo para que la verdad envejecida recobre su frescura.

A la gente no la indigna el error en sí, sino el error, o la verdad, que no estén de moda.

El que se empeña en refutar argumentos imbéciles acaba haciéndolo con razones estúpidas.

El realismo de la fotografía es falso: omite en la representación del objeto su pasado, su


trascendencia, su futuro.

Las verdades subalternas suelen eclipsar las más altas verdades.

Si el ser depende, como lo enseña el cristianismo, de un acto libre de Dios, una filosofía
cristiana debe ser una filosofía que constata, no una filosofía que explica.

No viviría ni una fracción de segundo si dejara de sentir el amparo de la existencia de Dios.

Conviene ser simple, pero no simplificar.

Hay que aprender a no confundir comprender con justificar.

El que es capaz de escribir sobre cualquier cosa no escribe nunca sino una cosa cualquiera.

Lo que el hombre culto al fin logra, con el correr de los años, no es tanto poseer virtudes
como olfatear errores.

Todo lo que se pueda reducir a sistema acaba en manos tontas.

Para no vivir deprimido en medio de tanta opinión tonta, conviene recordar en todo instante
que las cosas obviamente son lo que son, opine el mundo lo que opine.

El individuo en muchos casos debe comprometerse, pero su inteligencia no debe


comprometerse jamás.

Abstractamente la distinción entre lo de facto y lo de iure es obvia, pero concretamente las


confusiones proliferan.

Entre saber una cosa y entender la hay una diferencia que muchas veces no nota el que
sabe.

De nada debemos proteger nuestro pensamiento con igual cuidado como de la proliferación
de las semi-verdades.
La gente difícilmente entiende que no entiende.

Porque las opiniones cambian, el relativista cree que cambian las verdades.

Las ciencias naturales pueden ser adecuadamente cultivadas por esclavos; el cultivo de las
ciencias humanas necesita hombres libres.

El que no comparte nuestras repugnancias no entiende nuestras ideas.

No sabemos a fondo sino lo que nos sentimos capaces de enseñar.

En la antigüedad no existió lo que hoy se llama filosofía; y lo que entonces se llamó


filosofía hoy no existe.

La tarea del historiador de la filosofía está en traducir la jerigonza filosófica de cada época
en el léxico de la philosophia perennis.

Lo único que yo puede probar es que exista; lo único que puede refutar es que sea Dios.

Cogito ergo sum. Cogito ergo non sum Deus.

Sé que soy, y si no sé qué soy, sé qué no soy.

En la segunda de las únicas verdades irrefutables el mundo moderno tropieza con una
refutación letal.

Las verdades no son relativas. Lo relativo son las opiniones sobre la verdad.

¿Qué es la filosofía para el católico sino la manera como la inteligencia vive su fe?

Buscar la "verdad fuera del tiempo" es la manera de encontrar la "verdad de nuestro


tiempo". El que busca la "verdad de su tiempo" encuentra los tópicos del día.

Depender de Dios es el ser del ser.

La razón no es sustituto de la fe, así como el color no es sustituto del sonido.

Todo lo real sería racional, si el hombre no fuese pecador. Todo lo racional sería real, si el
hombre no fuese criatura.

Dios no pide la sumisión de la inteligencia, sino una sumisión inteligente.

"Irracionalista" le gritan a la razón que no calla los vicios del racionalismo.

DERECHO
Entre injusticia y desorden no es posible optar. Son sinónimos.

Obedecer a la ley que depende de la voluntad mayoritaria es obedecer al capricho, obedecer


a un hombre que reconoce normas objetivas, es obedecer la ley.

Se acostumbra pregonar derechos para poder violar deberes.

De la soberanía de la ley sólo se puede hablar donde la función del legislador se reduzca a
consultar el consenso consuetudinario a la luz de la ética.

El calor humano en una sociedad disminuye a medida que su legislación se perfecciona.

Donde se piense que el legislador no es omnipotente, la herencia medieval subsiste.

Donde no sea consuetudinario, el derecho se convierte fácilmente en simple arma política.

No pudiendo ser definidos unívocamente, ni demostrados de manera irrefutable, los


llamados "derechos humanos" sirven de pretexto al individuo que se insubordina contra una
legislación positiva.

El individuo no tiene más derechos que la prestación que puede desprenderse de un deber
ajeno.

La primera revolución estalló cuando se le ocurrió a algún tonto que el derecho se podía
inventar.

VARIOS

El aroma de los huertos monacales y el rumor de los bosques que rodean el monasterio
solitario circulan en el latín adusto del alto medioevo. Como las piedras románicas, arte de
campesinos nobles en sus fortalezas monásticas.

La violencia no basta para destruir una civilización. Cada civilización muere de la


indiferencia ante los valores peculiares que la fundan.

El progresista siempre triunfa y el reaccionario siempre tiene la razón. Tener razón en


política no consiste en ocupar el escenario, sino en enunciar desde el primer acto los
cadáveres del quinto.

La fuerza ha cometido menos crímenes que la debilidad vergonzante.


La más execrable tiranía es la que alegue principios que respetamos.

La tradición pesa sobre el espíritu como el aire sobre las almas del avión.

El antiguo que negaba el dolor, el moderno que niega el pecado, se enredan en sofismas
idénticos.

Toda rebeldía total termina en filosofía del club Rotario.

Este siglo se hunde lentamente en un pantano de esperma y de mierda. Cuando manipule


los acontecimientos actuales, el historiador futuro deberá ponerse guantes.

La Revolución Francesa parece admirable a quien la conoce mal, terrible a quien la conoce
mejor, grotesca a quien la conoce bien.

No son raros los historiadores franceses para quienes la historia del mundo es un episodio
de la historia de Francia.

Sólo se enorgullece de su dependencia del pasado, el que se sabe legítimo heredero de la


historia.

Quienes piden la abrogación del pasado son libertos recientes que anhelan ocultar el
ergástulo donde nacieron.

El pueblo ya no sabe si la bomba de hidrógeno es el horror final o la última esperanza.

La izquierda desembarcó en América con el padre Las Casas y aconteció,


paradigmáticamente, lo que suele acontecer a la izquierda: aquí no libertó al indio, pero
esclavizó al negro.

Cualquiera que sea su oriundez plebeya, quien logra que el catolicismo medieval lo adopte,
parece de alcurnia patricia.

El reaccionario simpatiza con el revolucionario de hoy, porque lo venga del de ayer.

Como ethos de una clase media, de una clase entre dos clases, el auténtico ethos burgués es
uno de los éxitos indiscutibles de la humanidad occidental. La calamidad presente no deriva
de la existencia de un ethos burgués, sino de la ambición social de un sector de la burguesía
que se mudó al piso alto del edificio sin mudar el alma.

El reaccionario, hoy, es meramente un pasajero que naufraga con dignidad.

Los náufragos perdonan más fácilmente al piloto imprudente que hunde la "nave" que al
pasajero inteligente, que predice su deriva hacia el escollo.

La lectura del periódico envilece al que no embrutece.


Uno a uno, tal vez los hombres sean nuestros prójimos, pero amontonados seguramente no
lo son.

Noble es la persona capaz de no hacer todo lo que podría.

Todo el mundo hoy es de izquierda ¡qué alivio!

No debemos emigrar sino conspirar.

Hoy se llama "tener sentido común" no protestar contra lo abyecto.

El conservatismo de cada época es el contrapeso a la estupidez del día.

La grosería no es prueba de autenticidad sino de mala educación.

Cualquier derecha en nuestro tiempo no es más que una izquierda de ayer deseosa de
digerir en paz.

La caridad para el igualitario es un resabio feudal.

La anarquía que amenaza a una sociedad que se envilece no es su castigo, sino su remedio.

La clase social que asciende hereda sólo los defectos de la clase que desplaza.

Cuando las "derechas" asesinan, la izquierda grita y se indigna como ante un privilegio que
le usurpan.

El mundo de la técnica no se contrapone al mundo del espíritu, sino al mundo de la gracia.

"Justicia social" es el término para reclamar cualquier cosa a que no tengamos derecho.

No pertenezco a un mundo que perece. Prolongo y transmito una verdad que nunca muere.

Donde no hay huellas de vieja caridad cristiana, hasta la más pura cortesía tiene algo frío,
hipócrita, duro.

La prensa de izquierda le fabrica a la izquierda los grandes hombres que la naturaleza y la


historia no le fabrican.

El reaccionario no es un pensador excéntrico, sino un pensador insobornable.

La reacción explícita comienza a finales del siglo XVIII; pero la reacción implícita
comienza con la expulsión del diablo.

Hay ignorancias que enriquecen la mente y conocimientos que la empobrecen.

Cuando no se le concede todo lo que exige, el izquierdista se proclama víctima de una


violencia institucional que le es lícito repeler con violencia física.
En el estado moderno ya no existen sino los partidos: ciudadanos y burocracia.

Las estupideces no mueren, pero es un deber desacreditarlas.

Hay una manera práctica de saber si una idea es inteligente: averiguar si es impopular.

Digámosle francamente al adversario que no compartimos sus ideas porque las entendemos,
y que él no comparte las nuestras porque no las entiende.

Burke pudo ser conservador. Los progresos del "progreso" obligan a ser reaccionario.

El izquierdista no tiene opiniones sino dogmas.

Los asesinatos políticos son lícitos hoy, siempre que el asesino sea de izquierda.

Una muchedumbre sólo deja de repugnar cuando un motivo religioso la reúne.

La obscenidad es la sal de los manjares del vulgo.

A no citar autores de moda es a lo menos a que se debe comprometer el hombre culto.

Tolerar hasta ideas estúpidas puede ser virtud social; pero es virtud que tarde o temprano
recibe su castigo.

El respeto honra más al que respeta que el respetado.

Lo vulgar no es vulgar porque sea dicho por el vulgo.

No todos los vencidos son decentes, pero todos los decentes resultan vencidos.

El día se compone de sus momentos de silencio. Lo demás es tiempo perdido.

Los que defienden las revoluciones citan discursos; los que las acusan citan hechos.

Nada inquieta más al incrédulo inteligente que el católico inteligente.

La humanidad no es ingobernable: acontece meramente que rara vez gobierna quien


merezca gobernar.

El mundo no anda tan mal teniendo en cuenta quienes lo gobiernan.

-FIN-