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¿Cómo se relacionan el 68 y los derechos humanos México?

Rodrigo Llanes Salazar


CEPHCIS-UNAM

“Con el 68 da comienzo, y en forma multitudinaria, la defensa de los derechos humanos en


México”, escribió Carlos Monsiváis hace diez años.2 Esta idea ha sido expresada también en
fechas más recientes, a propósito de la conmemoración del 50 aniversario del movimiento
del 68 y la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco. Así, Jan Jarab, el representante de la
Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en México,
declaró que “La causa de los derechos humanos no se puede explicar sin el amanecer de
indignación y creatividad de hace cinco décadas. En una parte considerable, los ámbitos de
libertad que hoy se respiran en el país son legatarios del movimiento estudiantil de 1968”.
No obstante esta asociación casi automática que hacemos actualmente entre el 68
y los movimientos por los derechos humanos, las relaciones entre ambos fenómenos distan
de ser evidentes. Desde una perspectiva historicista, que pretende entender los fenómenos
históricos en sus propios términos, así como desde un enfoque limitadamente legalista
sobre los derechos humanos, bien podríamos convenir en que el movimiento del 68 no era
un movimiento por los derechos humanos. Al respecto, la internacionalista Natalia
Saltalamacchia, en su ensayo sobre “1968 y los derechos humanos en México”, ha señalado
que:
resulta tentador describir —como lo ha hecho el escritor mexicano Carlos Monsiváis— el
movimiento estudiantil de 1968 como una gran movilización social a favor de los derechos
humanos. Sin embargo, no fue razonado ni articulado así por sus jóvenes progresistas en
aquel tiempo. La razón primordial, y que antecede a cualquier otra consideración política,
es simple: a finales de los años sesenta, el discurso de los derechos humanos como tal estaba
fuera del radar de la sociedad mexicana, en particular, y latinoamericana, en general.3

No solamente el discurso de los derechos humanos estaba fuera del radar de la


sociedad mexicana, sino que, incluso, como me ha comentado un participante del
movimiento, para algunos de los “sesentayocheros” los derechos humanos formaban parte
de un discurso imperialista promovido por los Estados Unidos y, recordemos, el movimiento
del 68 tenía un fuerte componente ideológico anti-imperialista: manifestaban su
solidaridad con Cuba y denunciaban la guerra de los Estados Unidos contra Vietnam.
También cabe recordar la observación hecha por las politólogas Margaret Keck y
Kathryn Sikkink con respecto a que, a diferencia de las violaciones de derechos humanos
cometidas durante la dictadura en Argentina en la década de los setenta, la masacre de
Tlatelolco atrajo muy poca atención internacional, lo que se debe, a juicio de las autoras, a

1
Una versión anterior de este texto fue presentada como ponencia en el V Coloquio de la UNAM en la
Península. Del “68” a 2018: Cincuenta años de movimientos sociales y acción colectiva, realizado en el
CEPHCIS-UNAM, el pasado 18 de octubre de este año.
2
Carlos Monsiváis, El 68, la tradición de la resistencia, México, Era, 2008, p. 11.
3
Natalia Saltalamacchia Ziccardi, “1968 y los derechos humanos en México”, Foreign Affairs Latinoamérica,
vol. 9, núm. 1, pp. 133-142, 2009, p. 135.

1
que “la red internacional en pro de los derechos humanos no existía todavía, como tampoco
la conciencia de los derechos humanos y las prácticas que ha creado”.4
Del mismo modo, si entendemos al movimiento de los derechos humanos como las
acciones de defensa llevadas a cabo por organizaciones de derechos humanos,
históricamente podemos apreciar que las más conocidas organizaciones fueron creadas
años, e incluso décadas después, del 68. La Academia Mexicana de Derechos Humanos y el
Centro de Derechos Humanos Fray Francisco de Vitoria fueron creados en 1984; en 1988
fue creado el Centro de Derechos Humanos Miguel Agustín Pro Juárez, que en este mes
celebra su 30 aniversario; en 1989, la Comisión Mexicana de Promoción y Defensa de
Derechos Humanos y, en 1991, estas tres últimas organizaciones impulsaron la fundación
de la Red Nacional de Organismos Civiles de Derechos Humanos Todos los Derechos para
Todas y Todos (Red TDT).
Dicho en pocas palabras, la relación entre el 68 y los derechos humanos no resulta
obvia. Por lo tanto, en lo que sigue, exploraré algunas de las formas singulares en que se
relacionan el 68 y los movimientos por los derechos humanos en México: 1) el movimiento
del 68 como un movimiento por los derechos humanos y el 68 como violación de derechos
humanos; 2) el 68 como gestación de experiencias clave para la defensa de los derechos
humanos; y 3) el 68 como un símbolo, un emblema o motivo, para las luchas por los
derechos humanos en México.

El 68 como un movimiento de derechos humanos y


como violación de derechos humanos
La manera en que entendemos el movimiento del 68 cambia cada década dependiendo de
los marcos teóricos e ideológicos dominantes en cada época. Así, por ejemplo, en el que es
considerado el primer libro sobre el movimiento del 68, el entonces investigador del
Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM, Ramón Ramírez, entendió desde una
perspectiva marxista al movimiento como una “lucha contra el presente sistema capitalista
o de consumo”.5. Por su parte, en la obra académica más citada sobre el tema, Sergio
Zermeño, a la sazón investigador del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM,
analizó el movimiento desde la perspectiva de Alain Touraine, es decir, como una acción
colectiva, enfatizando la autonomía de la coyuntura frente a la estructura y la historia.6 En
años más recientes, la analista literaria Susana Draper, con influencias de los estudios
culturales y poscoloniales, del feminismo y el marxismo crítico, ha analizado cómo la
narrativa dominante sobre el movimiento del 68 se ha centrado en los testimonios de los
hombres, particularmente de los líderes del Consejo Nacional de Huelga (CNH); otras voces,
como las de los integrantes de brigadas y clubes de cine, pero sobre todo las de las mujeres,

4
Margaret Keck y Kathryn Sikkink, Activistas sin fronteras. Redes de defensa en política internacional, México,
Siglo XXI, 2000 [1998], p. 11.
5
Ramón Ramírez, El movimiento estudiantil de México (julio/diciembre de 1968), México, Era, 2008 [1969], p.
19.
6
Sergio Zermeño, México: una democracia utópica. El movimiento estudiantil del 68. México: Siglo XXI, 1991
[1978].

2
no han sido tan visibilizadas.7 Tomando en cuenta esta crítica, no extraña que la novela
Amuleto, del ya canónico escritor chileno-mexicano Roberto Bolaño, goce de una mayor
popularidad ahora8: su protagonista no es un estudiante hombre mexicano joven del CNH,
sino una poeta uruguaya adulta.
En una época en la que los derechos humanos se han convertido en un discurso
dominante, no extraña que el movimiento del 68 sea interpretado como un movimiento
por los derechos humanos. Cabe la pregunta, ¿podemos calificar a dicho movimiento como
uno por los derechos humanos a pesar de que sus integrantes no lo hicieran en esos
términos e incluso mostraran suspicacia de dicho discurso?
En contraste con una perspectiva historicista o legalista, desde un enfoque
sociológico más amplio, que considere que toda lucha por la dignidad, por libertades y
justicia es una lucha por los derechos humanos, fácilmente podríamos convenir en que el
movimiento del 68 era efectivamente un movimiento por los derechos humanos.
Recordemos el pliego petitorio del CNH: libertad de todos los presos políticos; derogación
de los artículos 145 y 145 bis del Código Penal Federal, que regulaba los delitos de
“disolución social”;9 la desaparición del cuerpo de granaderos; la destitución de los jefes
policiacos Luis Cueto y Raúl Mendiolea; indemnización a las víctimas de los actos represivos;
y deslinde de responsabilidades de los funcionarios involucrados en actos de violencia
contra los estudiantes y establecer un diálogo público entre autoridades y el CNH para
negociar las peticiones.
Todas las demandas anteriores pueden entenderse como reivindicaciones de
derechos civiles y políticos, aquellos que, como formuló el jurista checo Karel Vasak, se
basan en el derecho a oponerse al Estado y en proteger al individuo de los excesos del
Estado. En términos de la Declaración Universal de Derechos Humanos, se estaban
reclamando los derechos a no ser arbitrariamente detenido o preso (Artículo 9), a la libertad
de opinión y de expresión (Artículo 19), a la libertad de reunión y de asociación (Artículo
20), a participar en el gobierno de su país (Artículo 21). Cabe notar que los derechos
económicos, sociales y culturales, en cuyo reconocimiento México ha sido un país pionero
(tanto por su inclusión en la Constitución de 1917 como por sus propuestas para las
Declaraciones Americana y Universal).10 No se encuentran entre las demandas del pliego
petitorio. En este sentido, puede entenderse al movimiento como una lucha por derechos
civiles y políticos, en un contexto histórico de contradicciones entre procesos de
modernización en una sociedad con una muy limitada democracia (González Casanova

7
Susana Draper, 1968 Mexico: Constellations of Freedom and Democracy, Durham, Duke University Press,
2018.
8
El número de octubre de este año de la Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México incluye un
fragmento de dicha novela, la cual ya forma parte de otras obras canónicas sobre el tema, como la testimonial
La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska, Palinuro de México de Fernando del Paso o Crónica de la
intervención, de Juan García Ponce. Resulta interesante que las adaptaciones a la pantalla también se
enfoquen en otros protagonistas del tema, como lo hace la serie Un extraño enemigo, de Amazon Prime,
centrado en Fernando Barrientos, una versión de Fernando Gutiérrez Barrios.
9
Al respecto, Octavio Paz escribió en Posdata que dichos artículos “contiene[n] esa afrenta a los derechos
humanos que se llama ‘delito de opinión’”. Octavio Paz, Posdata, México, Siglo XXI, 1984 [1970], p. 35.
10
Véase al respecto Kathryn Sikkink, Evidence for Hope: Making Human Rights Work in the 21st Century,
Princeton University Press, 2017.

3
1967), en donde la violencia represiva del Estado era común para responder a luchas por
democratización.
Por otro lado, el 68 también puede ser entendido como una violación grave a los
derechos humanos. En palabras de Luis Raúl González Pérez, Presidente de la Comisión
Nacional de los Derechos Humanos, la masacre de Tlatelolco es “una de las violaciones a
derechos humanos más graves que nuestro país tenga memoria”. A pesar de que la masacre
del 2 de octubre es el acontecimiento más conocido, las violaciones a los derechos humanos
no se reducen a esa fecha, pues las detenciones arbitrarias, la tortura y, en general, los
abusos policiacos, ocurrieron a lo largo de la existencia del movimiento.

El 68 como experiencia fundadora de la lucha por los derechos humanos


¿Cómo el 68 dio comienzo en forma multitudinaria la defensa de los derechos humanos en
México? Si recordamos que las organizaciones de derechos humanos fueron creadas años
e incluso décadas después del 68, habría que matizar la afirmación de Monsiváis. Una forma
de abordar la relación entre el 68 y los movimientos por los derechos humanos en México
es abordar al 68 como una experiencia fundadora de dichos movimientos. En este sentido,
Saltalamacchia ha observado que
Tlateolco dio pie a la creación de una de las primeras organizaciones mexicanas defensoras
de los derechos humanos —la sección mexicana de Amnistía Internacional— e impulsó a
otra más antigua —el Centro Nacional de Comunicación Social (Cencos)— a convertirse en
abanderada de esta causa. En ambos casos, el incentivo fue el mismo: la indignación por
aquel sacrificio colectivo y la subsiguiente batalla por liberar a los presos políticos,
estudiantes y maestros, confinados en la cárcel de Lecumberri.11

Así, una relación directa entre el 68 y la defensa de los derechos humanos en México es la
creación de la sección mexicana de Amnistía Internacional, una de las principales
organizaciones de defensa de derechos humanos en el mundo. Al respecto, vale la pena
citar el testimonio de Alicia Escalante de Zama, una de las fundadoras de la sección:
Mi hijo Arturo estudiaba leyes en la Universidad Nacional Autónoma de México […] fue
detenido —sin orden de aprehensión en el Café Las Américas, justo el viernes 26 de julio.
Por tres días no supimos nada de él.

Fue gracias al periódico Excélsior, “el mejor que se publicaba en aquellos años”, que
“supimos que Arturo había sido detenido”, continúa Escalante. Arturo Zama era consejero
universitario y fue detenido junto con otros estudiantes que participaban en el movimiento
y se encontraban en el Café por su presunta participación en un grupo “comunista”;
también fueron acusados de haber robado un bolso y haber roto cristales de un
establecimiento. Arturo estuvo detenido desde el 26 de julio del 68 hasta el 24 de abril de
1971. Continuemos con el testimonio de Alicia:
Durante todo ese tiempo me dediqué a trabajar por su liberación. Me recomendaron
solicitar ayuda a Amnistía Internacional. Rápidamente entré en contacto con la oficina
mundial en Londres quien investigó este caso y el de otros estudiantes. Elaboró una acción
urgente y la Sección Canadiense adoptó como preso de conciencia a Arturo.

11
Natalia Saltalamacchia, “1968 y los derechos humanos…”, p. 136.

4
En 1971 el gobierno de Echeverría condicionó la salida de varios estudiantes de prisión con
el compromiso de que inmediatamente abandonaran el país; los canadienses se hicieron
cargo de pagar los gastos de traslado y de manutención de Arturo. Entonces,
me convencí de la valía de Amnistía Internacional y pensé que era necesario que yo también
pudiera hacer algo por otros casos similares a los de Arturo. Escribí a la oficina internacional
diciendo que tenía interés en fundar una representación en México. De Londres me
contestaron que en el país el Dr. Héctor Cuadra era miembro individual.

Fue justo durante la estancia de Arturo en Canadá que Alicia se dedicó a conformar el grupo
que, entre mayo y junio de 1971, daría origen a la sección mexicana de Amnistía
Internacional.
Ciertamente, la sección mexicana de Amnistía Internacional jugó un papel
importante en la defensa de los derechos humanos en México durante la década de los
setenta. Saltalamacchia destaca que dicha organización “comenzó a diseminar el concepto
de los derechos humanos en el espacio social mexicano”; que, “gracias a su existencia, la
situación de los derechos humanos en México se mantuvo presente en la agenda de
Amnistía Internacional en una época en la que, debido a las crisis humanitarias generadas
por el terrorismo de Estado, otros países latinoamericanos eran considerados como
prioritarios”; y que “ayudó al secretariado internacional con sede en Londres y a otras
secciones nacionales interesadas en México a comprender mejor el funcionamiento real de
un sistema político que sabía ocultar bien sus vicios detrás del velo de la legalidad”. 12
Sin embargo, y como se puede apreciar en el propio ensayo de Saltalamacchia, la
sección mexicana de Amnistía Internacional fue un caso excepcional, y el principal impulso
a las luchas por los derechos humanos en México surgió años después, en respuesta a las
violaciones a derechos provocadas en el contexto de la Guerra Sucia. De acuerdo con el
Informe de la Comisión de la Verdad del Estado de Guerrero presentado en octubre de
2014, entre 1969 y 1985 se han documentado por lo menos 512 casos de desaparición
forzada, amén de numerosos casos de ejecuciones arbitrarias (incluyendo los infames
“vuelos de la muerte”), de tortura y desplazamientos forzados. Fue en este contexto que se
creó en 1977 del Comité pro Defensa de los Presos, Perseguidos, Desaparecidos y Exiliados
Políticos, luego llamado Comité Eureka. En palabras del sociólogo Jairo Antonio López
Pacheco:
La defensa de los derechos humanos en México surgió en los años setenta a partir de la
lucha que impulsaron grupos de familiares de víctimas frente a las arbitrariedades ejercidas
por el Partido Revolucionario Institucional en el marco de la guerra sucia. El principal
antecedente fue la creación del Comité pro Defensa de Presos, Perseguidos, Desaparecidos
y Exiliados Políticos de México (luego denominado Comité Eureka) en 1977, liderado por
Rosario Ibarra de Piedra, reconocida como ‘la pionera en la lucha por los derechos humanos
en el país’.13

12
Natalia Saltalamacchia, “1968 y los derechos humanos…”, pp. 138-139.
13
Jairo Antonio López Pacheco, “El campo de las ONG de derechos humanos en México: recursos y agendas”,
El Cotidiano, núm. 194, pp. 97-106, 2015, p. 98.

5
Asimismo, cabe destacar que, a partir del estudio hecho por el sociólogo David Velasco —
quien fuera director del Centro Prodh entre 2004 y 2006— sobre el “oficio” de los
defensores de derechos humanos en México, podemos apreciar que en las historias de vida
de las y los fundadores e integrantes de algunas de las principales organizaciones de defensa
de derechos humanos en México, el 68 figura como una de las experiencias clave que les
motivaron a dedicarse a un oficio sumamente riesgoso como al que se han dedicado. 14
En cambio, en las historias de vida documentadas por Velasco, podemos apreciar
que la preocupación por la injusticia social y la motivación para dedicarse al oficio de
defender los derechos humanos provienen principalmente de la religión, particularmente
del II Concilio Vaticano, las Conferencias del Episcopado Latinoamericano y la influencia de
la teología de la liberación, las comunidades eclesiales de base y la opción preferencial por
los pobres; del contacto con los exiliados de las dictaduras latinoamericanas; de la vivencia
del terremoto del 85 y los fraudes electorales (entre ellos el de 1988); del levantamiento
del Ejército Zapatista de Liberación Nacional o de diversas experiencias de violencia de
género.
Dicho en otras palabras, el movimiento por los derechos humanos en México de los
setenta y de los ochenta pareció estar motivado más bien por la Guerra Sucia y por la
influencia de la iglesia latinoamericana y su opción preferencial por los pobres. Ambos
fenómenos se encuentran estrechamente relacionados. En palabras del abogado jesuita
Edgar Cortez Morales, quien ha sido director de algunas de las principales organizaciones
de derechos humanos en México, él comenzó a involucrarse
porque al participar en el trabajo social en el mundo rural, el indígena, el de los trabajadores
y el suburbano, se experimenta, junto con la gente con la que trabajamos, un incremento
de la violencia y de la represión en contra de los esfuerzos de organización de las mismas
personas, y esa experiencia directa y compartida es la que nos empieza a mover y a
cuestionar […] Hemos sido creados a imagen de Dios por lo cual existe una total empatía
entre los Derechos Humanos y el mensaje del Señor Jesús […] la defensa de los Derechos
Humanos es una expresión concreta de la opción por los pobres y porque es un modo
completo de luchar por la justicia.

Así, podemos apreciar que entre el 68 y los movimientos por los derechos humanos existen
al menos dos tipos de relaciones: como experiencia fundadora directa (caso de la sección
mexicana de Amnistía Internacional), así como una experiencia fundadora indirecta, en
tanto que el 68 también motivó la formación de guerrillas rurales, las cuales fueron
brutalmente reprimidas en la llamada Guerra Sucia.

El 68 como símbolo y motivo de la lucha por los derechos humanos


El 68 se ha convertido en un símbolo. De hecho, con el antropólogo Victor W. Turner,15
podemos sostener que se ha convertido en un “símbolo dominante”, es decir, uno que
condensa significados dispares e incluso contradictorios: refiere a rebelión, protesta,

14
David Velasco-Yáñez, El oficio de defender los derechos humanos. Aproximaciones a una génesis de
ombudsman, Guadalajara, Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, 2016.
15
Victor W. Turner, La selva de los símbolos. Aspectos del ritual ndembu, Madrid, Siglo XXI 1999 [1967].

6
movilización, lucha, democratización, esperanza, por un lado; a un Estado autoritario,
violencia, represión, brutalidad policiaca, muerte, masacre, por otro.16
Como símbolo, el 68 se ha convertido también en un motivo para las luchas por los
derechos humanos en México. El 68 forma parte de la cultura política de numerosos
integrantes de movimientos sociales y organizaciones de la sociedad civil, que cada 2 de
octubre conmemora la masacre de Tlatelolco denunciando la violencia del Estado y
repitiendo la consigna “No se olvida”. En este orden de ideas, me parece que podemos
encontrar por lo menos dos formas en las que el 68 opera como símbolo en las luchas por
los derechos humanos en México: la primera es como un símbolo de continuidad de la
violencia política del Estado del 68 a la actualidad; la segunda es como un motivo para
reivindicar verdad y memoria con respecto a las violaciones de derechos humanos en
México.
Sobre el 68 como un símbolo de continuidad de la violencia política, no deja de ser
una trágica ironía que el mayor símbolo de la crisis de derechos humanos que vive el México
de hoy, la desaparición forzada de los 43 estudiantes normalistas de Ayotzinapa, tuviera
lugar justo en el marco de la preparación de los estudiantes normalistas para asistir a la
conmemoración del 2 de octubre.
La dramática coincidencia de fechas ha llevado a algunos analistas y activistas a
movilizar de cierta forma particular el 68 como símbolo, concretamente, a definir una
relación con el Estado, a saber, concebir al Estado actual como el mismo Estado violento y
represor del 68. Con matices, esa es la idea de fondo en uno de los libros del
internacionalista y defensor de derechos humanos Sergio Aguayo, que lleva como título,
precisamente, De Tlatelolco a Ayotzinapa. Las violencias del Estado. “Tlatelolco y
Ayotzinapa son parte de la misma historia”, sentencia Aguayo.17 Se trata de una narrativa
de continuidad que llega hasta nuestros días, como cuando los manifestantes en contra de
la violencia porril en la UNAM se definen como “los nietos del 68” y los “hermanos de los
43”. Desde estas expresiones culturales-políticas, la violencia del Estado es la misma, así
como las víctimas también son, en esencia, las mismas. La Guerra Sucia rara vez aparece, a
pesar de que Ayotzinapa pueda tener un vínculo mucho más directo con ella —
especialmente por la impunidad imperante de los delitos de la Guerra Sucia.18

16
Paz advirtió una condensación similar en el 68, pero en términos de modernización y desarrollo, por un
lado, agresión y regresión, por otro. Para Paz, mientras que la Olimpiada y la emergencia del movimiento
estudiantil eran signos de la modernización y desarrollo de México, la agresión de Tlatelolco fue signo de
regresión: “agresión es regresión”, escribió el Nobel. “La matanza de Tlatelolco nos revela un pasado que
creíamos enterrado está vivo e irrume entre nosotros”. Así, el “desarrollo paradójico” de México, “en el que
la simultaneidad de los elementos contradictorios se condensa en estos dos nombres: Olimpiada y Tlatelolco”.
Octavio Paz, Posdata, p. 40.
17
Sergio Aguayo, De Tlatelolco a Ayotzinapa. Las violencias de Estado, México, Proceso, 2014, p. 17. Aunque,
desde luego, el propio Aguayo reconoce cambios de Tlatelolco a Ayotzinapa. Uno de los más importantes es
el “tránsito de la violencia política a la criminal” (p. 152).
18
Al respecto, me parece pertinente la observación crítica del antropólogo Claudio Lomnitz: “el 68 ya no sirve
para entender lo de ahora”. Para Lomnitz, “la matanza de Tlatelolco ya no es un punto de referencia útil para
entender los peligros del presente. Decirle ‘¡nunca más!’ a Tlatelolco, hoy, es un poco como declararle el
‘’nunca más!’ a la Santa Inquisición, o a la Cristiada”, debido a que el Estado del 68 no es el mismo de
Ayotzinapa. Claudio Lomnitz, “El 68 ya no sirve para entender lo de ahora”. La Jornada, 3 de octubre de 2018.

7
Sin embargo, en el contexto actual, que aún vive los estragos de la llamada guerra
contra el crimen organizado y en el que el triunfo de Andrés Manuel López Obrador ha
despertado expectativas sobre posibles medidas de justicia transicional, se aprecian otros
usos del 68 como símbolo en relación con los derechos humanos: las reivindicaciones de
políticas de verdad y memoria.
Cabe señalar que intentos por contar con una comisión de la verdad sobre el 68 han
resultado más bien en fracasos. En 1993 se creó una comisión de la verdad no oficial, que
documentó 40 casos y, con la alternancia partidista en el año 2000, la iniciativa quedó
frustrada en la malograda Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado,
que no consiguió ser ni comisión de verdad ni una auténtica fiscalía, ni logró sentencia
condenatoria alguna.19 Hasta la fecha, seguimos sin saber si quiera la cifra de personas
muertas en el 68.
La apertura de los archivos del 68, así como la reciente declaratoria sobre la
liberación de los archivos relacionados con el movimiento del 68 votada por el pleno del
Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos
Personales y la creación del archivo digital M68: ciudadanías en movimiento, en el contexto
de la aún incierta política de justicia transicional del próximo gobierno federal, han llevado
a algunos analistas como Ricardo Raphael a exigir que, “así como se abrieron los archivos
del 68 igual tendrían que salir de su cautiverio […] otros expedientes tales como los relativos
a la guerra sucia, o más recientemente, los documentos que registran las violaciones graves
a derechos humanos relacionados con la cruenta guerra por las drogas”.
Acaso habría que ir más allá de las demandas por verdad y memoria, y retomar las
reivindicaciones de llevar a juicio a los responsables de la violencia. Al respecto, la escritora
Guadalupe Nettel ha expresado que
Honrar el 68 sería asumir por fin nuestra responsabilidad ciudadana, retomar el espíritu que
animó a nuestros padres y asegurarnos de que en este país se ponga un fin a la violencia,
no solo la del crimen organizado, sino la de su cómplice e inversionista perpetuo, el Estado.
Honrar el 68 implica juzgar a los expresidentes Gustavo Díaz Ordaz (póstumamente) y Luis
Echeverría, como se hizo con los golpistas de Chile y Argentina, pero también a los que más
adelante cometieron abusos de poder, en especial a Felipe Calderón y a Enrique Peña Nieto.

Para seguir analizado


A pesar de la narrativa dominante sobre la asociación entre el 68 y la lucha por los derechos
humanos en México, dicha relación no es evidente. En este ensayo he desarrollado tres
relaciones posibles: el movimiento del 68 como un movimiento por los derechos humanos,
el 68 como una experiencia fundadora, ya sea de manera directa o indirecta, de la lucha por
los derechos humanos, y el 68 como un símbolo y motivo de las luchas por los derechos

19
La Fiscalía se centró en el asesinato de estudiantes en 1968 y 1971 y en las desapariciones forzadas durante
la Guerra Sucia. En ambos temas tuvo pobres resultados. Con respecto al asesinato de estudiantes, el fiscal
acusó a Luis Echeverría de “genocidio”, un concepto sumamente problemático para entender -y juzgar- la
masacre de estudiantes. Efectivamente, un juez federal rechazó el cargo y la Suprema Corte determinó que la
acusación de genocidio no estaba correctamente fundada. Sergio Aguayo Quezada y Javier Treviño Rangel,
“Fox y el pasado. La anatomía de una capitulación”, Foro Internacional, vol. XLVII, núm. 4, 2007, pp. 709-739.

8
humanos, ya sea de denuncia de la violencia política del Estado o en las reivindicaciones por
verdad, memoria y justicia.
Las relaciones anteriores también provocan algunas preguntas. ¿Acaso la narrativa
sobre el 68 y los derechos humanos ha eclipsado otras contribuciones importantes a los
movimientos por los derechos humanos en México, como movimientos sociales previos al
68, pero, sobre todo, la Guerra Sucia de los setenta?, ¿la concentración en el 68 ha
invisibilizado otras experiencias clave para la defensa de los derechos humanos, como las
provenientes de la influencia del II Concilio Vaticano, las conferencias episcopales
latinoamericanas y la teología de la liberación?, ¿la consigna “no se olvida”, la demanda por
verdad y memoria se extenderá a otras violaciones a derechos humanos en México? En
cualquier caso, conmemorar el cincuenta aniversario del 68 nos permite recordar, como ha
escrito Nettel, que “si una lección nos dejó el 68 fue justamente esta: los derechos no se
obtienen gratuitamente, se ganan centímetro a centímetro y, para no perderlos, hace falta
defenderlos todos los días”.