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CAPÍTULO UNO

Ventormenta

L a lluvia caía sobre el lúgubre gentío que se dirigía hacia el Re-
poso del León, era como si el mismo cielo llorara por aquéllos
que habían sacrificado la vida para derrotar a la Legión Ardiente.
Anduín Wrynn, rey de Ventormenta, se hallaba unos cuantos pasos
detrás del podio, desde el cual pronto se dirigiría a los dolientes de
todas las razas de la Alianza. Contempló en silencio a la gente a
medida que llegaba y se conmovió, pero se mostraba reacio a hablar
con ella. Sospechaba que esta ceremonia en que se honraría a los
caídos iba a ser la más difícil a la que había tenido que acudir en
su relativamente corta vida, y no solo porque empatizaba con los
dolientes sino por su propio sufrimiento, ya que se celebraría bajo
la sombra de la tumba vacía de su padre.
Anduín había acudido a muchas, muchísimas ceremonias en las
que se honraba a los caídos en la guerra. Tal y como hacía cada una
de esas veces (tal y como creía que debía hacer cualquier buen lí-
der), esperaba y rezaba para que ésta fuera la última.
Pero nunca lo era.
De algún modo, siempre había otro enemigo. A veces, el enemi-
go era nuevo, un grupo que parecía surgir de la nada. O se trata-

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ba de algo muy antiguo que llevaba mucho tiempo encadenado o
enterrado, de algo supuestamente neutralizado, que se alzaba tras
eones de silencio para aterrorizar y destruir inocentes. Otras ve-
ces, el enemigo era desoladoramente familiar, pero no por ello una
amenaza menor.
Anduín se preguntaba cómo su padre había sido capaz de en-
frentarse a estos desafíos una y otra vez. ¿Y su abuelo? Ahora se en-
contraban en un periodo de relativa calma, pero el próximo enemi-
go, el próximo desafío, llegaría muy pronto, de eso no había duda.
No había pasado tanto tiempo desde la muerte de Varian Wrynn,
pero al hijo de aquel gran hombre le había parecido una eternidad.
Varian había caído en el primer avance de verdad de esta última gue-
rra contra la Legión; al parecer, fueron responsables de su muerte tan-
to su supuesta aliada Sylvanas Brisaveloz como las criaturas mons-
truosas alimentadas por la magia vil que vomitaba el Vacío Abisal.
Sin embargo, había otra versión de esa historia, que era contada por
alguien en quien Anduín confiaba, que sugería que Sylvanas no ha-
bía tenido otra opción. Anduín no sabía qué creer. Como siempre, se
enfurecía cuando pensaba en la taimada y traicionera líder de la Hor-
da. Y, como siempre, invocó a la Luz Sagrada para que lo calmara.
Era inútil albergar odio en su corazón hacia esa enemiga que tanto se
lo merecía. Además, el odio no le traería de vuelta a su padre. Anduín
se consoló pensando que el legendario guerrero había muerto com-
batiendo y que había salvado muchas vidas con su sacrificio.
Y en esa fracción de segundo, el príncipe Anduín Wrynn se ha-
bía convertido en rey.
En muchos sentidos, Anduín se había estado preparando toda la
vida para ocupar este puesto. Aun así, era perfectamente consciente
de que en otros sentidos muy importantes no había estado prepa-
rado de verdad. Quizás aún no lo estuviera. La figura de su padre
había dejado una tremenda huella no solo en su joven hijo, sino
también en el pueblo de Varian… incluso en sus enemigos.
Varian, al que se le apodaba Lo’Gosh, o «Lobo Fantasmal», por
su ferocidad en combate, había sido no solo un poderoso guerrero
con unas habilidades de combate soberbias, sino también un ex-
traordinario líder. Tras la traumática muerte de su padre, durante

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las primeras semanas, Anduín había hecho todo lo posible por re-
confortar a un populacho afligido y anonadado por la pérdida, lo
cual no le había permitido tener la oportunidad de llorar su muerte
como era debido.
Ellos se lamentaban de haber perdido al Lobo. Anduín lloraba la
muerte del hombre.
Y cuando permanecía despierto por las noches, incapaz de dor-
mir, se preguntaba cuántos demonios habían sido necesarios al final
para asesinar al rey Varian Wrynn.
En una ocasión, había comentado esto en voz alta con Genn
Cringrís, rey del reino caído de Gilneas, quien se había convertido
en consejero del joven monarca. El anciano había sonreído a pesar
de que la tristeza se reflejaba en sus ojos.
—Lo único que puedo decirte, muchacho, es que antes de que
dieran alcance a tu padre, había matado él solo al atracador vil
más enorme que jamás he visto, con el propósito de salvar una ae-
ronave repleta de soldados que se batían en retirada. Sé a ciencia
cierta que, aunque Varian Wrynn cayó, se lo hizo pagar muy caro
a la Legión.
Anduín no lo dudaba. Pese a que no le bastaba, tenía que con-
formarse con eso.
Aunque había muchos guardias armados allí presentes, Anduín no
se había vestido con una armadura en este día en que se iba a con-
memorar a los muertos. Iba ataviado con una camisa de seda blanca,
unos guantes de piel de cordero, unos pantalones azul marino y una
chaqueta muy formal y pesada con ribetes dorados. Su única arma
era un instrumento tanto de guerra como de paz: la maza Doma-
miedo, que llevaba a la cintura. Cuando el antiguo rey enano Magni
Barbabronce se la había regalado al joven príncipe, le había dicho que
Domamiedo era un arma que había conocido el sabor de la sangre en
algunas manos y había restañado la sangre en otras.
Hoy Anduín quería dar las gracias en persona a todos los afligi-
dos que pudiera. Ojalá pudiera dar consuelo a todos, pero la dura
verdad era que tal cosa sería imposible. Se sintió reconfortado ante
la certeza de que la Luz brillaba sobre todos ellos… incluso sobre
un joven y cansado rey.

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Alzó el rostro, sabiendo que el sol estaba detrás de las nubes, des-
de las cuales caían unas leves gotas como una bendición. Recordó
que también había llovido hacía unos años durante una ceremonia
similar en la que se honraba a aquéllos que habían hecho el mayor
sacrificio posible, el definitivo, en la campaña con la que se detuvo
al poderoso Rey Exánime.
En aquella ocasión habían estado presentes dos personas a las
que Anduín quería, pero hoy no se encontraban aquí. Una, por su-
puesto, era su padre. La segunda era la mujer a la que había llamado
con cariño tía Jaina: lady Jaina Valiente. Antaño, tanto la dama de
Theramore como el príncipe de Ventormenta ansiaban firmar la
paz entre la Alianza y la Horda.
Antaño, cuando existía Theramore.
Pero la ciudad de Jaina había sido destruida por la Horda de la
manera más espantosa posible, y su desolada dama nunca había
sido capaz de superar el dolor de ese terrible momento por comple-
to. Anduín la había visto intentarlo una y otra vez, solo para que un
nuevo tormento echara más sal en la herida abierta en su corazón.
Al final, como se había visto incapaz siquiera de pensar en colabo-
rar con la Horda para combatir a un enemigo tan terrible como la
Legión demoníaca, Jaina había abandonado el Kirin Tor, del cual
era líder; al dragón azul Kalecgos, a quien amaba; y a Anduín, a
quien había inspirado toda la vida.
—¿Puedo? —se oyó inquirir a una mujer tan afectuosa y amable
como la voz con la que había hecho esa pregunta.
Anduín sonrió a la suma sacerdotisa Laurena. Le estaba pre-
guntando si quería que lo bendijera. Asintió e inclinó la cabeza; al
instante, notó que la opresión en el pecho cedía y que su alma se
serenaba. Entonces, se hizo respetuosamente a un lado, mientras
ella se dirigía a la multitud y él esperaba su turno.
No había sido capaz de hacer un discurso formal en el funeral
de su padre, ya que había sentido una pena realmente inmensa,
abrumadora. Pero como con el paso del tiempo esa tristeza había
mutado en su corazón y la herida era menos reciente, aunque no
por ello menos dolorosa, había accedido a decir hoy unas palabras.
Anduín se colocó junto a la tumba de su padre. Estaba vacía;

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con lo que le había hecho, la Legión se había asegurado de que su
cuerpo no pudiera ser recuperado. Anduín contempló el rostro de
piedra de la tumba. Se parecía bastante a él, y mirarla lo reconfor-
taba. Pero ni siquiera los artesanos más habilidosos eran capaces de
capturar el fuego de Varian, su mal genio, su risa fácil, sus gestos y
ademanes. En cierto sentido, Anduín se alegraba de que la tumba
estuviera vacía, puesto que, de esa forma, en lo más hondo de su
corazón, siempre vería a su padre lleno de vida.
Volvió mentalmente al momento en que se había aventurado por
primera vez en el lugar donde su padre había caído. Donde Shala-
mayne, un regalo que lady Jaina le había hecho a Varian, había yaci-
do aletargada, a la espera de que la tocase otra persona que pudiera
hacerla despertar.
A la espera del hijo del gran guerrero.
Al sostenerla, casi había podido sentir la presencia de Varian. En
ese instante, cuando Anduín aceptó de verdad sus deberes como
rey, fue cuando la luz comenzó a trazar espirales en el interior de
la espada; pero no con el tono naranja rojizo del guerrero, sino con
el fulgor dorado del sacerdote. En ese momento, Anduín inició su
proceso de curación.
Genn Cringrís sería la última persona en considerarse elocuente,
pero Anduín nunca olvidaría las palabras que había dicho el ancia-
no: Lo que hizo tu padre fue más que un sacrificio: un desafío para que
nosotros, su pueblo, no dejemos que el miedo prevalezca... ni siquiera
ante las puertas del infierno.
Genn sabiamente no había dicho que no debían temer jamás,
sino que no debían dejar que el miedo ganara.
No lo permitiré, padre. Y Shalamayne lo sabe.
Anduín se obligó a regresar al presente. Asintió hacia Laurena y
se giró para contemplar la multitud. La lluvia amainaba, pero no se
había detenido del todo; aun así, nadie parecía hacer ademán alguno
de marcharse. Anduín recorrió con la mirada la masa de dolientes
viudos, de padres que habían perdido a sus hijos, de huérfanos y de
veteranos. Se sentía orgulloso de los soldados que habían muerto en
el campo de batalla. Esperaba que sus espíritus descansaran en paz,
sabedores de que sus seres amados también eran unos héroes.

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Porque no había nadie reunido hoy en el Reposo del León que
hubiera permitido que el miedo prevaleciese.
Divisó a Cringrís, que se hallaba detrás de un farol. Sus mira-
das se cruzaron, y el anciano asintió levemente. Anduín recorrió
con la vista esas caras, tanto las que conocía como las que no. A
una niñita pandaren que estaba haciendo un gran esfuerzo por no
llorar, le brindó una sonrisa tranquilizadora. Ella tragó saliva con
dificultad y le devolvió la sonrisa temblorosamente.
—Como muchos de vosotros, conozco bien el dolor de la pér-
dida —dijo. Su voz sonaba con tal claridad y potencia que llegaba
hasta aquéllos que se hallaban en las filas más alejadas—. Mi pa...
Se calló, se aclaró la garganta y continuó:
—El rey Varian Wrynn… cayó durante la primera gran bata-
lla en las Islas Quebradas, cuando la Legión invadió Azeroth de
nuevo. Dio la vida para salvar a su pueblo; los hombres y mujeres
valientes que se enfrentaron a horrores indescriptibles para pro-
tegernos a nosotros, nuestras tierras, nuestro mundo. Sabía que
nadie, ni siquiera un rey, es más importante que la Alianza. Cada
uno de vosotros ha perdido a su propio rey o su propia reina. A su
padre o madre, a su hermano o hermana, a su hijo o hija.
»Gracias a su valiente sacrificio, y al de muchos otros, conse-
guimos lo imposible —Anduín saltó con la mirada de una cara a
otra y vio cuánto ansiaban el consuelo de sus palabras—. Derro-
tamos a la Legión Ardiente. Honremos a nuestros héroes que lo
sacrificaron todo. No con la muerte... sino con la vida; curando
nuestras heridas y ayudando a otros a sanar; sonriendo y sintien-
do el sol en nuestros rostros; teniendo a nuestros seres queridos
cerca, haciéndoles saber a cada hora, a cada minuto de cada día,
que nos importan.
La lluvia había parado. Las nubes se fueron desvaneciendo y
unos puntos de un azul claro pudieron verse a través de ellas.
—Ni nosotros ni nuestro mundo hemos salido indemnes de
esta lucha —continuó Anduín—. Hemos quedado marcados. Un
titán derrotado ha atravesado nuestra querida Azeroth con una
espada terrible forjada con odio hecho realidad, y aún no sabe-
mos cuál será el precio a pagar por ello. Hay rincones de nuestros

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corazones que siempre permanecerán vacíos. Pero si queréis ser-
vir a un rey que comparte su tristeza hoy con vosotros, si queréis
honrar la memoria de otro rey que murió por vosotros, entonces
os ruego que… viváis. Nuestra alegría, nuestro mundo, nuestras
vidas... Ese es el legado de los caídos. Debemos apreciarlo y dis-
frutarlo. ¡Por la Alianza!
La muchedumbre lo vitoreó, algunos entre lágrimas. Ahora les
tocaba a otros hablar. Anduín se hizo a un lado, para permitirles
que se acercaran a dirigirse a los allí presentes. Mientras hacía
esto, lanzó una mirada fugaz hacia Cringrís y se le cayó el alma a
los pies.
Mathias Shaw, maestro de espías y jefe del servicio de inteli-
gencia de Ventormenta, el IV:7, se hallaba junto al rey depuesto
de Gilneas. Anduín nunca los había visto a ambos con una expre-
sión tan sombría.
No le tenía mucho cariño precisamente a Shaw, aunque el
maestro de espías había servido bien y lealmente primero a Va-
rian y ahora a Anduín. El rey era lo bastante inteligente como
para comprender y apreciar el trabajo que los agentes del IV:7
llevaban a cabo por el bien de su reino. De hecho, nunca llegaría
a saber con exactitud cuántos agentes habían perdido la vida en
esta última guerra. Al contrario que los guerreros, aquéllos que
actuaban en las sombras vivían, servían y morían sin que la ma-
yoría conociera sus hazañas. No, a Anduín no le desagradaba el
maestro de espías, sino que fuera necesario recurrir a hombres y
mujeres como él.
Laurena, que había seguido su mirada, se sumó a Anduín sin
mediar palabra, mientras éste asentía en dirección a Genn y Shaw,
moviendo la cabeza para indicar que deberían hablar lejos de
aquella masa de dolientes que tardarían en marcharse de allí. Al-
gunos se quedarían, rezando arrodillados. Otros se irían a casa y
continuarían llorando a sus muertos en privado. Otros irían a las
tabernas para recordarse a sí mismos que seguían entre los vivos
y que aún podían gozar de la comida y la bebida y las risas. Para
celebrar la vida, tal y como Anduín les había rogado.
Pero los deberes de un rey nunca tienen fin.

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Los tres hombres caminaron en silencio por detrás del monu-
mento funerario. Las nubes prácticamente se habían esfumado, y
los rayos del sol del crepúsculo centelleaban en el agua del puerto
que se extendía más abajo.
Anduín se acercó al muro de piedra tallada y colocó ambas ma-
nos sobre él. A continuación, inspiró hondo el aire marino y escu-
chó los graznidos de las gaviotas. Tardó un momento en serenarse
antes de escuchar las malas noticias que Shaw tenía que darles.
En cuanto los rumores sobre la gran espada que había en Silithus
habían llegado a sus oídos, Anduín había ordenado a Shaw que in-
vestigara el asunto y le informara. Necesitaba agentes sobre el terre-
no, no los rumores descabellados que habían estado circulando. Pare-
cía imposible y aterrador, pero lo peor de todo es que había resultado
ser absolutamente cierto. El último acto de un ser corrupto, el último
y más devastador golpe propinado en la guerra contra la Legión, ha-
bía destruido gran parte de Silithus. Lo único que había mitigado el
desastre había sido que, afortunadamente, al lanzar ese golpe de un
modo furioso y sin ningún control, Sargeras no había clavado la es-
pada en la zona más poblada del mundo, sino en esa tierra desértica
casi vacía. Si hubiera impactado aquí, en los Reinos del Este, a un
continente de distancia de Silithus… Anduín no podía permitirse el
lujo de dejarse arrastrar por unos pensamientos tan pesimistas, sino
que debía sentirse agradecido por cómo había acabado todo.
Hasta la fecha, Shaw había enviado algunas misivas con cierta
información. Anduín no esperaba que regresara tan pronto para
informar en persona.
—Dime —fue lo único que dijo el rey.
—Goblins, señor. Hay una gran cantidad de esas criaturas repug-
nantes. Al parecer, empezaron a llegar un día después de…
Se calló. Nadie había concebido un vocabulario para describir la
espada con el que se sintieran cómodos.
—Del impacto de la espada —continuó Mathias.
—¿Tan rápido? —preguntó un sorprendido Anduín, quien man-
tuvo un rostro impasible mientras contemplaba el mar. Los barcos y
sus tripulaciones parecen tan pequeños desde aquí, pensó. Parecen unos
juguetes muy fáciles de romper.

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—Tan rápido —confirmó Shaw.
—Los goblins no son criaturas agradables, pero sí son astutos.
Nunca actúan sin una razón —señaló Anduín.
—Y esa razón suele ser el oro.
Únicamente un grupo podría reunir y financiar a tantos goblins
tan rápidamente: el Cártel Pantoque, que contaba con el apoyo de
la Horda. Este asunto tenía un tufo al zalamero y amoral Jastor
Gallywix.
Anduín frunció los labios por un momento antes de hablar.
—Así que la Horda ha encontrado algo de valor en Silithus, ¿no?
¿Qué es esta vez? ¿Otra ciudad antigua que saquear?
—No, majestad. Han hallado… esto.
El rey se volvió. Shaw sostenía en la palma de la mano un pañue-
lo blanco y sucio. Sin decir esta boca es mía, lo desdobló.
En el centro, había una piedrecilla hecha de una sustancia dora-
da. Se asemejaba a la miel y al hielo, era cálida y atractiva, aunque
también gélida y reconfortante. Y… brillaba. Anduín la contem-
pló con escepticismo. Era preciosa, pero no más que otras gemas.
No parecía ser algo que pudiera haber atraído a una gran cantidad
de goblins.
Como Anduín se sentía confuso, miró a Genn, con una ceja ar-
queada. Sabía poco sobre el arte del espionaje, y Shaw, aunque era
respetado por todos, seguía siendo en gran parte un enigma que
solo ahora Anduín empezaba a descifrar.
Genn asintió, reconociendo así que el gesto de Shaw había sido
raro y el objeto era aún más raro, pero indicando a la vez que, con
independencia de cómo el maestro de espías quisiera obrar, Anduín
podía confiar en él. El rey se quitó el guante y le tendió la mano.
La piedra cayó con delicadeza sobre la palma de Anduín.
Y éste lanzó un grito ahogado.
El hondo pesar que sentía se desvaneció, como si fuera una ar-
madura de verdad que le hubieran quitado súbitamente. El cansan-
cio desapareció, reemplazado por una energía creciente y casi cre-
pitante y una gran claridad de pensamiento. Las estrategias reco-
rrieron su mente a gran velocidad; todas ellas parecían muy sólidas
y exitosas, cada una de ellas hacía que su perspectiva cambiara y se

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ampliara hasta asegurar una paz duradera que beneficiara a todos
los seres de Azeroth.
No solo su mente, sino que su cuerpo también pareció ascen-
der abrupta y asombrosamente, subiendo disparado hasta alcanzar
unos nuevos niveles de fuerza, destreza y control. Anduín se sintió
como si no solo pudiera escalar montañas… sino también moverlas.
Podría acabar con las guerras, iluminar con la Luz todos los rinco-
nes tenebrosos. Estaba exultante y, al mismo tiempo, total y absolu-
tamente calmado y completamente seguro de cómo iba a canalizar
este caudaloso río (no, este tsunami) de energía y poder. Ni siquiera
la Luz lo afectaba como… como esto. La sensación era similar, pero
menos espiritual, más física.
Más alarmante.
Durante un largo momento, Anduín no pudo hablar, solo pudo
mirar fijamente, maravillado, al objeto infinitamente precioso que
tenía en la palma de la mano, hasta que al fin pudo pronunciar pa-
labra:
—¿Qué…? ¿Qué es esto? —acertó a decir.
—No lo sabemos —respondió Shaw con franqueza.
¡¿Qué se podría hacer con esto?!, pensó Anduín. ¿A cuántos podría
curar? ¿A cuántos podría fortalecer, serenar, revigorizar, inspirar?
¿A cuántos podría matar?
Ese pensamiento fue como un golpe en las tripas, y la euforia que
le había inspirado la gema se disipó.
Cuando volvió a hablar, Anduín lo hizo con una voz potente y
decidida.
—Según parece, la Horda sí lo sabe… Creo que debemos inves-
tigar.
Esto no podía caer en malas manos.
En las manos de Sylvanas…
Tanto poder…
Con cuidado, cerró la mano en torno a esa piedrecita con un po-
tencial ilimitado y se giró de nuevo hacia el oeste.
—De acuerdo —contestó Shaw—. Ya estamos en ello.
Se quedaron ahí quietos un momento, mientras Anduín medi-
taba sobre lo que iba a decir a continuación. Sabía que tanto Shaw

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como Cringrís (quien había permanecido callado, lo cual no era
propio de él, pero que parecía dar su aprobación) estaban aguardan-
do sus órdenes, y se sintió agradecido de tener a unos individuos
tan leales a su servicio. Alguien menos digno que Shaw se habría
quedado con la muestra.
—Encomienda esta misión a tus mejores hombres, Shaw. Diles
que dejen sus otras misiones si es necesario. Tenemos que averiguar
más sobre esto. En breve, convocaré una reunión con mis conseje-
ros.
Anduín le tendió la mano a Shaw para que le diera el pañuelo y,
acto seguido, envolvió ese pedacito hecho de un material descono-
cido e increíble. Se lo metió en un bolsillo. La sensación fue menos
intensa, pero todavía podía notarla.
Anduín ya tenía intención de viajar, de visitar las tierras de los
aliados de Ventormenta para darles las gracias y ayudarles a recu-
perarse de los estragos de la guerra.
Simplemente, los plazos se habían recortado drásticamente.

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