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psicoanálisis

y pediatría

francoise dolto

H ^ d ic iS n

m
siglo
veintiuno
editores
psicología
y
etología
DIRIGIDA POR ARM ANDO SUAREZ
traducción de
A KM ANDO SUÁREZ
Y
LUIS MORENO CANALEJAS
PSICOANÁLISIS
Y PEDIATRÍA
LAS GRANDES NOCIONES DEL PSICOANALISIS
DIECISÉIS OBSERVACIONES DE INFANTES
por
FRANCOISE DOLTO

yxi
siglo
veintiuno
editores
MÉXICO
ESPAÑA
ARGENTINA
COLOMBIA
siglo veintiuno editores, sa de cv
CERRO DEL AGUA 248. DELEGACIÓN COYOACÁN, 0*310 MÉXICO. D.F.

siglo veintiuno de españa editores, sa
©PLAZA 5. MADRID 33. ESPAÑA

siglo veintiuno argentina editores, sa
siglo veintiuno de Colombia, ltda

portada de anhelo hemándcz
primera edición en español, 1974
decimoprimera edición en español, 1986
<§) siglo xxi editores, s. a. de c. v.
is b n 968-23-0189-0
primera edición en francés, 1971
© éditions du seuil, parís, francia
título original: psychanalyse et pédiatrie
derechos reservados conforme a la ley
impreso y hecho en méxico/printed and made in
Prefacio 1
INTRODUCCIÓN 3

PARTE TEÓRICA
I. NOMENCLATURA 13
Las instancias de la personalidad según el psico­
análisis freudiano 14
Consciente, inconsciente, preconsciente 15
Consecuencias para la técnica psicoanalítica 21
II. INVOLUCIÓN DE LOS INSTINTOS 23
1. Las diversas etapas 23
Etapa oral 25
Etapa anal 29
Etapa fálica 36
Etapa de latencia 46
Etapa genital 47
2. Papel de la sexualidad en el desarrollo de la
persona 52
3. Importancia de la época fálica en la patogé­
nesis de la neurosis 59
4. Prohibiciones habituales que se hacen a la
masturbación 62
III. EL COMPLEJO DE EDIPO 68
Lucha contra la angustia de castración 74
Su consecuencia: El nacimiento del complejo
de Edipo que desencadena a su vez el complejo
[VIll
de castración 74
El niño 75
La niña 95
IV. ENURESIS 118

V. ANGUSTIA DE MUERTE Y ANGUSTIA DE
CASTRACIÓN 124

PARTE CLÍNICA
I. PRESENTACIÓN DE UN MÉTODO 135

II. OBSERVACIONES 162
1. Sueño 162
2. Sueño 162
3. Dibujos 164
A. Angustia de casiracción (niños), 164; B.
Complejo de castración (niños), 167; C. An­
gustia de castración (niñas), 170; D. Dibujos
de Claudine, 172.
4. Gustave 176
5. Sébastien 180
6. Bernard 188
7. Patrice 192
8. Roland 197
9. Alain 201
10. Didier 204
11. Marcel 214
12. Tote 227
13. Denise 231
14. Claudine 236
15. Fabiene 243
16. Monique 256
A pesar de sus muchas lagunas, pienso que este libro, tal
como es, permitirá a los médicos, a los padres y a los educa­
dores obtener una comprensión de las relaciones del psico­
análisis y el desarrollo intelectual y caracterológico; y que
permitirá comprender qué es lo que pasa con la salud gene­
ral de los seres humanos cuando se la encara desde el punto
de vista de la evolución de la sexualidad. Desde hace treinta
años los estudios psicoanalíticos han profundizado muchas
de las cuestiones aquí aludidas. La interferencia entre los
trastornos orgánicos, funcionales o lesiónales, y el desarro­
llo de la sexualidad se ha impuesto a los médicos, algunos
de los cuales se han especializado en la llamada medicina
psicosomática. La sociedad en su totalidad se viene transfor­
mando hondamente desde 1939. La pedagogía ha tenido
que refinar sus métodos de enseñanza y de “detección”
frente al número creciente de niños que presentan dificulta­
des caracterológicas y escolares e inadaptaciones de todo
género. Casi por todas partes se han instituido consultas
médico-pedagógicas para responder a las inquietudes de los
padres relativas a sus hijos: dificultades a propósito de la
elocución, de la escritura, de la lectura, de la motricidad, de
la escolaridad, de la adaptación a la ley. Durante este tiem­
po las condiciones de la vida citadina han determinado la
compresión del tiempo y el espacio vitales. Por otra parte,
la conciencia de la responsabilidad de sí se despierta entre
los jóvenes, que no saben o no pueden ya escuchar a sus
padres con confianza. La familia, sostén y refugio en otro
tiempo, ya no es más que un lugar transitorio de crecimien­
to, en el que penetran por los ojos y los oídos todos los
ecos del mundo. Todo ser humano percibe, ahora más que
nunca, que, hallándose su cuerpo al abrigo de las secuelas de
tantas enfermedades, sus impotencias afectivas y psíquicas
le colocan en peligro de perder su equilibrio mental. Tiene
que asumir en la realidad una sexualidad que en su imagina­
ción siente ser la causa de sus angustias, tiene que asumir
una fecundidad que siente ser la única garantía de su muer­
te. La inteligencia de los hombres del siglo X X se ha abierto
no sólo a la energía de la materia y a la búsqueda de su
dominio, sino también a la del poder inconsciente de la
libido. Su sentimiento de responsabilidad ha aumentado
con ello.
Dedico este libro a los pediatras.
París, 1971
Quizá no se sepa suficientemente que Freud, lejos de ser un
filósofo iluminado por intuiciones originales y revoluciona­
rias, fue, antes de convertirse en psiquiatra, un hombre de
laboratorio. Se formó en la disciplina rigurosa de las expe­
riencias científicas y de la exploración mediante el micros­
copio. Con la objetividad que esta primera formación contri­
buyó a desarrollar en él, Freud se aplicó al estudio de los
fenómenos psicológicos. A sus ojos, las teorías que forjó no
eran más que hipótesis de trabajo, mientras los estudios
clínicos subsiguientes no hubieran aportado la confirmación
debida. Por esta razón es por la que se produjo una incesan­
te evolución en sus concepciones teóricas. Los problemas a
los que no encontraba explicación mediante el juego de los
primeros postulados, se ponía a estudiarlos de nuevo, fun­
dándose siempre en la terapia para confirmar o refutar la
corrección de sus enfoques.
Freud elaboró así progresivamente y dio a conocer al
público, seducido o refractario, una doctrina esencialmente
original.
Pero Freud era médico antes que nada. Quería curar, su
intención era sanar. Del mismo modo que en química sus
primeras investigaciones tuvieron una meta práctica —que
debería coronar el descubrimiento ulterior de la cocaína-,
igualmente sus pacientes investigaciones en el dominio psi­
cológico estuvieron guiadas por un afán médico de curar las
enfermedades mentales frente a las cuales la terapia habi­
tual estaba desarmada.
Frecuentemente hemos oído a colegas de buena fe negar
a las teorías psicoanalíticas todo fundamento real, tratarla
sexualidad infantil de pura invención y sus manifestaciones,
si no de indecentes, por lo menos de no interesantes ni
merecedoras de una profundización. Y no es sólo el comple­
jo de Edipo el que es considerado por algunos como un
producto delirante del investigador o, a lo sumo, un conflic­
to monstruoso reservado a ciertos individuos anormales.
Para aquellos que viven en contacto permanente con los
niños, si tienen la sinceridad de registrar lo que ven, no es
difícil aportar numerosas observaciones que apoyen los des­
cubrimientos del psicoanálisis.
Ahora bien, si no se tratara más que del placer puramen­
te especulativo de ver confirmadas ciertas hipótesis, podría
admitirse la conclusión obvia: esta cuestión no tendría por
qué interesar a todos aquellos cuyo papel social los aleja de
la mesa de trabajo, concretamente, a los educadores y a los
médicos.
Pero se olvida a veces en estas polémicas que si bien el
psicoanálisis abre nuevos caminos de estudio al historiador,
al sociólogo o al psicólogo, su máximo interés, al que nin­
gún médico puede ser indiferente, es que el método psico-
analítico, surgido de la clínica, tiene un fin terapéutico.
Armados con nuestros sistemas científicos de observa­
ción y con un arsenal terapéutico extraordinariamente desa­
rrollado y matizado, que hoy día se extiende hasta la psico-
química, vemos numerosos casos rebeldes a nuestros
cuidados. En presencia de insomnios, de depresiones físicas,
de astenias, de espasmos, de angustias traducidas en lengua­
je digestivo o cardiaco, el médico perplejo pone en juego sus
recursos medicamentosos, pero sin poder lograr más que, en
el mejor de los casos, un éxito pasajero.
Se admite que las relaciones fisiológicas del miedo, de la
ansiedad, del sufrimiento moral, de la inquietud y todos los
trastornos funcionales con un punto de partida psicológico
están relacionados con una causa objetiva conocida y que
desaparecen con ella; pero cuando se trata de trastornos del
mismo orden cuya causa no es objetiva, los enfermos —puesto
que son gentes que sufren, que piden atención y cura- sólo
oyen que se les dice: “No es nada, e$ cosa nerviosa.”
Como prueba de que ciertos conflictos afectivos pueden
implicar desórdenes graves en la salud general proporciona­
remos un solo ejemplo:
Es el caso de una niña de tres años y medio, Josette
llevada a la consulta de “Niños Enfermos” del Dr. Darré,
debido a un estado general inquietante: enflaquecimiento,
palidez, anorexia, indiferencia ante los juegos, nerviosismo,
insomnio o pesadillas que provocaban en ella crisis nerviosas
al despertar.
La madre hacía remontar los trastornos a unos quince
días antes, en los comienzos, no se había preocupado por
ellos, pero, ante su agravación y el abatimiento de la niña
incluso fuera de sus crisis nerviosas, se decidió a consultar ai
médico.
El examen somático dio resultado negativo y el médico
prescribió gardenal y un estimulante del apetito.
Ocho días después nos traen a Josette; el peso ha dismi­
nuido una libra más en esos ocho días. Sigue abatida, sin
fiebre; la niña, que controlaba ya bien sus esfínteres desde
hacía más de un año, había comenzado de nuevo a orinarse
en la cama.
Gracias a este síntoma de la enuresis, que se sabía me
interesaba desde el punto de vista psicológico, mi colega me
llamó y me dijo: “Quizá le corresponda a usted tratarla”.
Entonces someto de nuevo a interrogatorio a la madre, pre­
cisando los datos con más cuidado.
Nos enteramos entonces de que las pesadillas comenza­
ron ya hace tres semanas. El carácter de la niña se modificó
al mismo tiempo; era alegre y vivaracha y se ha vuelto taci­
turna e indiferente. Como sus despertares nocturnos le va­
lían regaños de los padres y con ello se provocaban en ella
verdaderas crisis nerviosas, que fueron agravando su estado,
se condujo a Josette ai hospital.
Aparentemente nada del medio ambiente que rodeaba a
la niña la impresionaba. Pregunto dónde duerme Josette.
En la habitación de los padres.
-Pero —añade la madre—, mi marido y yo hemos consi­
derado que ya es mayorcita y hemos decidido hace algún
tiempo comprar un diván para que duerma en el comedor.
Pido que me precisen las fechas.
-Hace aproximadamente tres semanas que tomamos la
decisión e incluso compramos el diván, pero naturalmente
no hemos cambiado todavía nada; espero primero a que se
restablezca.
Subrayo la coincidencia de las tres semanas.
—¿Lo cree usted así? —responde la madre—, es demasiado
pequeña para comprender. Ni siquiera lo sabía. Ni su padre ni
yo le hemos dicho una palabra y, para que se convenza usted,
figúrese que ni siquiera le ha prestado atención al nuevo diván
que hemos puesto en el comedor. Es todavía una bebita.
Yo veía a la niña sentada en las rodillas de su madre,
mirándola con una expresión un poco estúpida; pero empe­
zó a fijar en mí su atención desde el momento en que hablé
de la coincidencia de los trastornos con la compra del diván.
Mediante estos síntomas, cuyo móvil le era inconsciente,
la niña expresaba su rechazo a abandonar la recámara de sus
padres, a abandonar a su madre y a su padre.
No entramos en la determinación de cada uno de los
síntomas: pesadillas, terrores nocturnos, anorexia, enuresis,
pérdida de los intereses propios de su edad. Todos tradu­
cían una angustia que desencadenaba síntomas neuróticos
regresivos.
Comprendiendo el conflicto que se desarrollaba en la
niña, explicamos a la madre, delante de Josette, que su hija
sufría moralmente, que era necesario ayudarla a soportar la
idea de separarse de sus papás, ayudarla a aceptar ser trata­
da como una niña mayor, que era de lo que tenía miedo.
Expliqué a Josette que ella quería seguir siendo una be-
bita, para no tener que dejar a mamá. ¿Acaso creía que se la
quería menos por eso, que su papá quería deshacerse de
ella? La pequeña, muy atenta, escuchaba y lloraba silencio­
samente. Los papás suprimieron los medicamentos y siguie-»
ron nuestros consejos. -
Aquella misma noche papá y mamá hablaron a Josette
de su próximo cambio. Papa fue más cariñoso con ella que
de costumbre,-le hizo contemplar un nuevo futuro, le des­
cribió la muchacha que llegaría a ser y de la que él se
sentiría orgulloso, la escuela a la que pronto iría con otros
niños.
Cuatro días después vino nuevamente la madre y me dijo
que la niña estaba más calmada. Durmió sin gardenal, con
un sueño ligero, pero sin pesadillas, la enuresis persistió aún
dos noches pero no se regañó a la niña. La incontinencia
nocturna ha cesado desde hace dos días, ha vuelto el apetito
y la niña está alegre durante todo el día. Hace muchas
preguntas. (Ha desaparecido la angustia y la niña ha recupe­
rado su nivel afectivo normal.)
Propongo entonces que se acueste en la otra pieza y se 10
explico a Josette, que acepta. Aconsejo al padre que, al
llevarla a la cama, le dé un beso. Y añado que los padres no
deben llevarla de nuevo a su recámara bajo ningún pretexto.
Ocho días más tarde vuelve la madre con una Josette
risueña y ufana. Todo va bien. Han vuelto el apetito, el
sueño y el buen humor. La niña adopta aires de jovencita:
ha sido ella misma la que ha pedido a su mamá venir a decir
a la doctora que ya estaba curada.1
Éste no es más que uno de esos casos, más morales que
psíquicos, ante los cuales la terapia habitual es ineficaz, y
son casos que nunca ve el psiquiatra, sino el médico de
medicina general. Sólo los síntomas orgánicos alarman a los
padres. Pero una vez que se profundiza en el interrogatorio,
guiados por el conocimiento de los mecanismos neuróticos,
llegamos a su origen: el traumatismo psicológico.
Ahora bien, así como para conducir la anamnesis de un
caso somático hay que prever lo que se busca, sin dejar de
prestar oído atento a lo que nos enseña el paciente, igual­
mente es preciso, cuando se estudian los trastornos del com­
portamiento, conocer el funcionamiento general del psi-
quismo.
Y todos los médicos deberían tener nociones precisas
acerca de los escollos que encuentra el individuo en el curso
de su desarrollo psíquico; esto vale principalmente para los
médicos de niños, a quienes incumbe, en colaboración con
los educadores, la profilaxia de las neurosis; pero también
vale para todos los otros médicos que, ante ciertas manifes­
taciones orgánicamente inexplicables, se encuentran desar­
mados pero no se atreven a confesárselo al enfermo, deján­
dolo que se desanime, que vaya de un médico a otro, todos
los cuales lo desorientan más o menos unánimemente. Y sin
embargo, son gentes que sufren y a las que un tratamiento
psicoanalítico podría mejorar, si no curar.
Privado del conocimiento de la fisiología mental, el mé­
dico se asemejaría a un cirujano, que, ante un absceso agu­
do, tratara de ocultar la tumefacción y la untara con analgé­
sicos en lugar de extirpar el absceso: tales son los “calman­
tes nerviosos” y los “cambios de aire”.
Pero, se dirá, la naturaleza puede hacer ese trabajo por sí
misma: de ahí los “con el tiempo”, “tenga paciencia”, etc.,
que se prodigan a los enfermos funcionales. Sí, pero la su­
puración será larga y la cicatriz fea. Y el absceso puede
también enquistarse y, yugulado sólo en apariencia, el foco
infeccioso se reactivará en un momento de menor resisten­
cia general o a causa de un traumatismo en el punto sensi­
ble: angustias, obsesión, depresión, insomnios, trastornos
cardiacos o digestivos que aparecen bruscamente en un
adulto a propósito de una emoción o de un acontecimiento
desdichado, a los que podría haber reaccionado mejor si no
hubiera tenido el foco neurótico infantil presto a reacti­
varse.
De ahí que hayamos encontrado de interés atraer la aten­
ción hacia casos de enfermos como éstos, que vienen diaria­
mente a la consulta de los médicos - y no de los psiquia­
tras— y cuyo diagnóstico y tratamiento pertenecen al
ámbito del psicoanálisis.
La importancia de los traumatismos infantiles en todas
las obras que tratan de psicoanálisis causa a veces asombro.
Y sin embargo, todo el mundo sabe que en todos los indivi­
duos las enfermedades más graves y los choques más trau­
matizantes son los que afectan a un órgano en germen, un
órgano de menor resistencia o un órgano afectado por una
antigua lesión cuya curación no está aún completada. Y lo
que es verdad para el domimio físico lo es igualmente para el
psíquico.
Los casos de que hablaremos son de los más simples, sin
que los hayamos simplificado artificialmente.
No haremos sino algunas alusiones a aquellos casos que
van directamente al psiquiatra, porque los eliminamos a
propósito de este trabajo.
La sintomatología de los adultos es más rica, por cuanto
las diferentes reacciones están más intricadas, pero de hecho
se trata siempre, básicamente, de los mismos mecanismos.
De ahí que en este trabajo2 no expongamos observaciones
de adultos, fuera de algunas generalidades clínicas. En todo
adulto, aun aquel psíquicamente sano, pueden encontrarse,
2. Cf. Lagache, La psychanalyse, PUF; Berge, Education sexuelA
le et effective, Scarabee; Favez, La psychothérapie, en CPM, Bour-
relier.
con ocasión de ciertas dificultades ocurridas en el curso de
la existencia, las huellas del complejo de castración, al me­
nos en ese testigo de la actividad inconsciente que es el
sueño.
Por lo demás, no olvidemos que gracias a los psicoanálisis
se ha podido establecer la universalidad de los conflictos
encontrados en el curso del desarrollo humano y sobre todo
del conflicto edípico, que se marca definitivamente al suje­
to según la manera en que reaccione frente a él.
Los capítulos I, II y III constituyen exposiciones teóricas;
el lector podrá pasar directamente a la segunda parte (p.
143), ciertamente más concreta y clínica, a reserva de vol­
ver a los capítulos precedentes si algo encuentra oscuro en
la discusión de las observaciones.
CAPÍTULO I
NOMENCLATURA

Trataremos de exponer lo más breve y claramente posible el
sentido de algunas expresiones.
¿Cuál es el sentido de la expresión “complejo de castra­
ción” alrededor del cual va a articularse toda nuestra expo­
sición?
Un complejo es una unión indisoluble entre:
-por una parte las pulsiones, de metas diferentes, a veces
contradictorias, cada una de las cuales pretende dominar;
-por otra parte, las prohibiciones, de orden cultural, que
oponen a la realización de algunas de esas pulsiones.
Las pulsiones (“instintos”) son impulsos primarios de
fuentes fisiológicas que tienden a un fin y que exigen una
gratificación.
Algunas pulsiones tropiezan con prohibiciones.
Siendo inconscientes tanto esas pulsiones como sus
prohibiciones su conexión ..el complejo— es inconsciente.
Sin embargo, las reacciones generadas por esta situación
conflictiva inconsciente se manifiestan en el comportamien­
to. El sujeto piensa y actúa entonces siguiendo móviles que
derivan de su desconocimiento de estas determinaciones in­
conscientes, mientras que su necesidad de lógica logra siem­
pre justificarlo ante sus propios ojos. Puede incluso asistir
igualmente impotente para modificarlas, a manifestaciones
somáticas también derivadas de determinaciones inconscien­
tes sirviendo el sistema nervioso vegetativo como intérprete
para exteriorizar estados afectivos inconscientes, de la mis­
ma forma que exterioriza estados conscientes, por ejemplo
lus lágrimas, el rubor de la piel o la carne de gallina.
Castración significa, en lenguaje corriente, “destrucción”
ile las glándulas genitales, supresión de las necesidades
sexuales y del comportamiento concomitante; sin embargo,
para Freud y los psicoanalistas el término “sexual” no de-
signa únicamente las manifestaciones que se refieren al acto
genital de la procreación, sino que comprende todo lo que
concierne a la actividad hedónica, es decir, todo lo que se
refiere a la búsqueda del placer.
Castración, en el sentido psicoanalítico, significa “frus­
tración de las posibilidades hedónicas”, frustración de las
posibilidades de búsqueda del placer.
Veremos más adelante que el hedonismo no está centra­
do en las mismas zonas corporales en los diferentes estadios
del desarrollo; a la exposición de esta evolución dedicare­
mos el capítulo segundo.
El presente capítulo está consagrado a la exposición, si
se nos permite la expresión, del mecanismo y sus engranajes
en el psiquismo adulto. A pesar de nuestro deseo de em­
plear lo menos posible términos científicos, no nos ha sido
posible evitar algunos, pues de lo contrario habríamos teni­
do que repetir constantemente perífrasis que hubieran he­
cho pesado el texto al punto de volverlo incomprensible.
Puedo agregar además que, personalmente, a menudo em­
pleo expresiones que no son clásicas, pero que me parecen
útiles para completar el sentido de algunas expresiones habi­
tuales, a las que aclaran sin suprimirlas.

LAS INSTANCIAS DE LA PERSONALIDAD SEGÚN EL PSICO­
ANALISIS FREUDIANO
Vamos a dar una breve descripción de la personalidad, pero
no olvidemos que se trata de un esquema artificial y cómo­
do para facilitar su estudio y cuidémonos de ver comparti­
mentos estancos y entidades reales.
Se distinguen el ello, el yo y el superyó.
-E l ello, fuente de las pulsiones energía libidinal ciega
que, como un río, debe encontrar dónde derramarse. La
libido es a la sexualidad lo que el hambre es a la nutrición.
-El yo, centro de satisfacciones y de insatisfacciones
conscientes, núcleo limitado, organizado, coherente y lúci­
do de la personalidad. A través de él el ello entra en contac­
to con el mundo exterior. Primero es barrera entre el ello y
el mundo externo y después, entre los seis y los siete años,
entre el ello y el superyó.
—El superyó, especie de guía formado por la integración
de experiencias, permitidas y prohibidas, tal y como fueron
vividas en los primeros años. Sede de una fuerza inhibidora
que también actúa ciegamente, el superyó es incapaz de
evolucionar sensiblemente por sí mismo después de los
ocho años, aun si las circunstancias de la vida modifican
totalmente las exigencias del mundo exterior.
Cuando decimos que el ello y el superyó son la sede de
fuerzas ciegas, queremos decir que su funcionamiento es
inconsciente. El yo, por lo demás, no es consciente sino en
parte.1

CONSCIENTE, INCONSCIENTE, PRECONSCIENTE
El conjunto de ideas que nos representamos en un momen­
to dado constituye el consciente. De todas aquellas que
están en ese momento fuera de nuestro campo consciente
decimos que son inconscientes. Sin embargo, entre estas
últimas es necesario distinguir las que podemos evocar a
voluntad (preconsciente) y el inconsciente propiamente di­
cho, que siempre será prácticamente desconocido.
Mas el inconsciente no es un receptáculo oscuro de re­
presentaciones psíquicas inútiles y mudas.
Por el estudio del fenómeno de los actos poshipnóticos
observados en Bernheim, Freud comprobó que un acto or­
denado bajo hipnosis se imponía a la conciencia, en tanto
que ni la orden recibida del médico ni el recuerdo de la
hipnosis volvían a la memoria. Y, lo que es más, si le pre­
guntaba al sujeto que había ejecutado una orden absurda
por la razón de su acto, alegaba siempre una justificación
satisfactoria a sus propios ojos, siendo que siempre iba con­

1. Repetimos que se trata de un esquema, lo que es importante
entender es que, en suma, el inconsciente, fuente de la fuerza afecti­
va, es muy pronto “dividido contra sí mismo” (ello y superyó).
tra toda lógica:2 la idea del acto a realizar ha pasado del
inconsciente a la conciencia, cargada de la incitación a ac­
tuar, pero la idea de la orden recibida no ha pasado a la
conciencia, a pesar de que es ella la que ha sido eficiente.

Un fenómeno psíquico puede ser por lo tanto, inconsciente
y eficiente
La observación de histéricos debía conducir a Freud a la
conclusión de que la sugestión externa de la hipnosis y la!
sugestión interna de la histeria son fenómenos casi idénti-j
eos.
En otras formas de neurosis, e incluso en la psicología
del hombre sano, el psicoanálisis muestra el papel predomi-;
nante de las ideas activas inconscientes; se llama racionaliza­
ciones a los móviles que el individuo alega para justificar los
actos cuyo verdadero motivo le es desconocido.
Por lo tanto, hay una diferencia importante que señalar:]
el acto ordenado bajo hipnosis, una vez realizado, no de­
sempeña ningún papel en el inconsciente del sujeto, mien­
tras que el impulso inconsciente emanado del sujeto mismo
tiende a repetirse indefinidamente, siguiendo un ritmo que
varía en cada individuo^Éste es el motivo por el que la
neurosis no es extinguible espontáneamente.

Freud formula la hipótesis de que todo fenómeno psíquico
tiende a volverse consciente
No se detiene en el camino más que si se tropieza con
resistencias, y no es un juego de prestidigitación, sino un
juego de fuerzas.
Ahora bien, una vez desencadenado el proceso, la carga
efectiva que lo sostiene debe encontrar una utilización; par­
2. Por ejemplo, un sujeto que abrió su paraguas en plena reu­
nión, obedeciendo la orden recibida bajo hipnosis, respondió a las
preguntas que le hicieron los asistentes: “Quiero ver si mi paraguas
está en buenas condiciones.”
ticipa de las manifestaciones de una libido que, no más que
la “vida”, no se puede escamotear. Podemos modificar las
manifestaciones de la vida; pero, una vez desencadenada, la
vida no se detiene más que por la muerte, es decir, por la
destrucción de la integridad del ser viviente. Igualmente, la
libido no se deja ni anular ni disminuir en su cantidad diná­
mica.
Si sucede que desde su aparición el impulso libidinal
encuentra prohibiciones en el mundo exterior, la represen­
tación es reprimida; la carga afectiva que la sostiene perma­
nece; se vuelve angustia.
La angustia, malestar inefable, va a depender en su inten­
sidad de dos factores: por una parte, de la importancia de la
carga afectiva separada de su apoyo original, por otra, del
grado más o menos total, más o menos categórico, del obs­
táculo impuesto a la pulsión.
Si la carga afectiva encuentra la manera de injertarse en
otra idea, mejor tolerada por el mundo exterior, tendrá
lugar la formación de un síntoma: utilización desfigurada
de la pulsión reprimida. Esta aparición del síntoma libera al
sujeto de su angustia y proporciona un sentimiento inme­
diato de bienestar.
Sin embargo, sólo en los primeros años de la vida las
pulsiones tropiezan con el mundo exterior; las prohibicio­
nes con las que se encontrarán al término de las primeras
experiencias transformarán rápidamente la personalidad
misma del sujeto (el superyó).
Una comparación clásica nos hará comprender la forma­
ción del superyó. Se ponen unos peces en una pecera y un
día ésta se divide en dos por una placa de cristal transparen­
te. Los peces encerrados en cada compartimiento de la pe­
cera tratarán en vano de atravesar el muro transparente, y
tropiezan constantemente, hasta el día en que actúan
“como si ya no tuvieran deseos” de salir del compartimien­
to que les fue reservado. Desde entonces, ya no tropiezan
jamás con la pared de vidrio, y si después de algunas sema­
nas se retira la pared, se puede comprobar que los peces
continúan comportándose “como si existiera todavía” ; la
prohibición se ha vuelto “interior”, forma parte de “la per­
sonalidad” de estos peces.
Así actúa el superyó. Asimila las prohibiciones del mun­
do externo para evitar desilusiones, sin embargo, una vez
formado, el superyó es rígido. Gracias a él las pulsiones son
espontáneamente obstaculizadas, aun antes de ser conscien­
tes, desde el momento en que suscitan una resonancia aso­
ciativa de aquellas que, desde las primeras experiencias in­
fantiles, implicaron alguna represión del mundo externo
seguida de angustia. Éste es el mecanismo inhibidor llamado
represión. Vemos que es un proceso interno.

La represión recae sólo sobre las ideas
Las cargas afectivas que las sostenían (y que, ya habíamos
dicho, no pueden ser destruidas) provocan en el inconscien­
te, por acumulación de fuerza nerviosa insatisfecha, una
angustia por la que el sujeto sufre y cuya causa ignora. Se
reserva el nombre de angustia primaria al sufrimiento resul­
tante de un conflicto entre las pulsiones libidinales y las
prohibiciones exteriores al sujeto. Se da el nombre de an­
gustia secundaria a la que resulta de un conflicto entre el
superyó y el ello en el seno mismo de la personalidad del
sujeto.
La angustia busca liberarle en un síntoma, que permite
la descarga afectiva (la carga afectiva se liga a otra idea).
Esta traducción puede o no ser tolerada por el mundo ex­
terno o la parte consciente del sujeto. En caso de represión,
el apaciguamiento instintivo no llegará, de donde surgirá
una nueva angustia que determinará otro síntoma, siempre
animado de la misma cárga libidinal desprendida de la pri­
mera idea reprimida. Así se puede llegar a la intricación que
conduce al síntoma tan lejos de su punto de partida original
que se hace necesario un trabajo “de análisis” lento para
encontrar la causa.
Con esto se puede comprender cómo puede actuar en el
niño una psicoterapia psicoanalítica, cuyo superyó, si bien
comienza a formarse de los 7 a los 8 años, no alcanza su
rigidez definitiva hasta el final de la pubertad, mientras que
será necesario recurrir a la larga terapéutica que representa
un “verdadero psicoanálisis” cuando se trate de un adulto,
con la doble dificultad que presenta de un superyó más
rígido y una historia más larga.
Podemos comparar la libido con el agua de un venero;
ésta debe correr, y si se le impide brotar irrumpirá por otro
lugar. Cuando aparece, llamamos fuente al agua; apenas ha
recorrido unos metros la llamamos arroyo.
Si queremos detener el curso del arroyo, levantamos una
presa, que debe ser reforzada a medida que la presión
aumente; y por más fuerte que sea, por potentes que sean
sus muros, no será obstáculo más que durante algún tiempo,
después del cual la presa quedará sumergida, a menos que
algunas brechas permitan correr al agua sobrante o que se
haya dispuesto una salida por donde el depósito eliminará el
agua derramándola, por ejemplo para alimentar una planta
hidroeléctrica.
El papel del superyó es favorecer las “sublimaciones
utilización de la libido en actividades sociales toleradas o
estimuladas por el mundo exterior.
Si el volumen de la corriente no está en proporción con
el de la fuente, el agua debe encontrar brechas suplementa­
rias: tal es el papel de los síntomas; y estas brechas se hacen
en los puntos de menor resistencia.
Es el caso de las pulsiones que, cuando no pueden llegar
a la conciencia, van a despertar o reforzar manifestaciones
correspondientes a un período anterior del desarrollo y que
en aquel momento fueron toleradas. La libido se ve tentada
a retomar un antiguo camino, a proceder a tal o cual reca-
tectización alrededor de los puntos de fijación dependiendo
de un conjunto de condiciones que hicieron particular hin­
capié en tal o cual manifestación, en el momento de su
aparición normal.
De tal manera que, volviendo a la comparación, bajo la
presión de una crecida, el agua del depósito arrollará prime­
ro las exclusas cerrando el acceso a playas en las que el agua
habría podido remansarse temporalmente en la época en
que la presa y la central eléctrica no se terminaban aún.
La gran diferencia entre lo que le pasa al agua en la
superficie terrestre y lo que le pasa a la libido en un indivi­
duo es que la fuerza inhibidora que se opone a las manifes-
Iliciones pulsionales emana, en este último caso, del indivi­
duo mismo.
El elemento dinámico del ello es la libido y el elemento
dinámico del superyó es también esa misma libido.
Porque gracias al superyó, una extraordinaria economía
de esfuerzo se proporciona al yo, que evita así el trabajo de
realizar elecciones y renuncias constantes. Los peces rojos;
acaban por encontrarse a gusto en el bocal que al principio!
les molestaba.
Si las sublimaciones utilizan plenamente el dinamismo de
las pulsiones reprimidas, y si el superyó deja al ello un
margen bastante grande para satisfacciones directas, todo
irá bien, la represión será silenciosa y sin angustia.
Pero si las posibilidades de sublimación son insuficientes;
o si el ello es muy violento, muy rico, se produce una
tensión; el superyó debe mostrarse en extremo severo y
asistiremos a la aparición de formaciones reactivas sea acor-!
des con el yo -perversiones-, sea sin su acuerdo -neurosis
caracterizadas.
Por otra parte, si los impulsos vitales del ello acaparan de
modo permanente la vigilancia imperiosa del superyó, pue­
de resultar de ello un bloqueo más o menos total de la
libido, utilizada contra sí misma. Esta fuerza, inmovilizada
entonces en mecanismos inconscientes, es una cantidad que
se sustrae a la disposición dSl yo para las actividades cons-j
cien tes del sujeto.
Podría creerse entonces que el sujeto se vería aliviado si
se le restituyera un poco de su energía bloqueada. Nos enga­
ñaríamos. Una especie de desviación metabólica conduciría
la energía nuevamente liberada en un sentido completamen­
te distinto al buscado.3 En efecto, la libido se retraería por
partes iguales a las dos fracciones antagonistas del inconsA
dente (ello y superyó) y no habría más que agravar el esta­
do conflictivo.
3. Algo así como lo que ocurre con el juego sutil y aparentemen- 1
te paradójico de ciertas correlaciones endocrinas o bioquímicas.
Dicho en otra forma, como advierten Jury y Fraenkel, “si el
analista evoca la represión para levantarla, puede reforzar precisa­
mente la represión apuntada”.
Tal fue, en efecto, el error de los primeros años del
método psicoanalítico,4 en los que, ingenuamente, se creía
oportuno comunicar lisa y llanamente a los enfermos el
sentido de sus síntomas.
En efecto, desde el momento en que el yo del sujeto
desea, de buena fe, someterse al tratamiento y ayudar al
médico con su mejor voluntad, al intentar el psicoanálisis
disociar la pareja de fuerzas antagonistas, el sujeto despliega
inconscientemente una oposición sorda, como si organizase
una defensa.
A este fenómeno se le da el nombre de resistencia.
El mismo mecanismo que había producido la represión
entra en acción desde el momento en que las interpretacio­
nes psicoanalíticas dejan entrever una posible relajación de
ideas y de recuerdos reprimidos; a esta señal el superyó
reacciona aumentando su vigilancia con mayor rigor.
Este mecanismo, por perturbador que sea en el curso de
nuestros tratamientos e incluso para la penetración de las
ideas psicoanalíticas, tienen, sin embargo, su utilidad: con­
serva el equilibrio de la personalidad.
Basta pensar en la descarga de fuerza libidinal que se
volatiliza, por ejemplo, durante una crisis maniaca aguda en
el registro de la motricidad, para comprender lo útil que
resulta el que las pulsiones del ello no sean demasiado libe­
ralmente sustraídas al severo régimen del superyó.

CONSECUENCIAS PARA LA TECNICA PSICOANALITICA
He aquí por qué el método psicoanalítico apunta a cercar lo
represor y no lo reprimido.
El tratamiento psicoanalítico está fundado en el análisis
de las resistencias.5 No se trata de que el médico proporcio-
4. Y lo es todavía hoy de aquellos que, armados con algunas
nociones de psicoanálisis, gustan de interpretar a su entorno los
síntomas y los sueños, lo que puede tener un interés anecdótico,
pero también traer consigo, cuando se hace a sujetos neuróticos,
efectos penosos, nefastos e incluso peligrosos.
5. Esto era especialmente cierto en 1939. Desde entonces la
in* <il en Tormo una interpretación intelectual, como la clave
ilr mi jeroglífico.
El tratamiento se realiza en la “transferencia”, es decir,
en el despliegue por parte del enfermo de una situación
afectiva frente al médico, positiva, negativa o, lo que es más
frecuente, mixta.
En toda relación humana hay transferencia; sólo que en
la vida corriente la actitud recíproca de dos individuos de­
pende de numerosos factores; comprender con toda preci­
sión lo que corresponde a la actitud subjetiva de cada une
de ellos, a las circunstancias exteriores, a las influencias
intercurrentes de otros individuos que se mezclan en su
relación es cosa imposible.
La originalidad del método psicoanalítico consiste preci­
samente en permitir la observación más objetiva posible de]
comportamiento de un individuo. Este no mantiene con el
médico sino relaciones ficticias: no conoce al hombre, igno­
ra sus reacciones personales, no escuchará de sus labios el
más mínimo juicio de valor.
La experiencia muestra que, desde las primeras sesiones
tal sujeto “ve” a su psicoanalista de tal manera y reacción*
frente a él como si fuera realmente tal como se lo imagina
Otro “verá” al mismo analista de otro modo completamen
te distinto. Así el psicoanalista podrá “analizar” el porqué
de las reacciones del sujeto, el porqué de la personalidad
que el psicoanalizado le atribuye.
Esto equivale a decir que es preciso que el médico sí
conozca bien —y esto mediante su propio psicoanálisis lleva
do a buen término—para no utilizar como material de análi
sis más que las reacciones de su enfermo no conformes cor
la realidad y no reaccionar, además, con amor u odio, es
decir, afectivamente, cuando su enfermo le haga cumplidos
o reproches por alguna de sus características reales.

técnica ha evolucionado, y si no se descuida tampoco hoy el análisii
de las resistencias, la interpretación recae más bien sobre las pulsio
nes, cuya expresión clara por medio del deseo está prohibida por el
hecho de las resistencias y que desde ese momento se transformar
en demandas.
CAPÍTULO II
EVOLUCIÓN DE LOS INSTINTOS

I. LAS DIVERSAS ETAPAS
Todo instinto, pulsión biológica primitiva, participa de un
dato que caracteriza a todas las manifestaciones de la vida:
el ritmo (fases de reposo y de excitación alternantes). Las
fases de reposo son mudas, las fases de excitación corres­
ponden a la aparición de pulsiones. Y esto tanto para el
hambre como para la libido. Las pulsiones instintivas esta­
rán, pues, sometidas a la repetición.
Los instintos de conservación no pueden diferir mucho
tiempo su satisfacción sin amenazar la vida misma del sujeto
y, por este motivo, la energía que el individuo despliega
para obtener su gratificación no puede desplazarse.
Los instintos sexuales, al contrario, pueden ser diferidos
y su energía puede transformarse en beneficio de otras acti­
vidades.
Hemos visto que, en el sentido freudiano de la palabra,
sexual no significa genital, y el calificativo de genital no se
atribuye sino a ciertas manifestaciones de la sexualidad, las
más tardías y más acabadas del desarrollo del individuo.
Pero el hedonismo del niño (es decir, “la búsqueda del pla­
cer”) se despierta extraordinariamente temprano.
El placer que da la excitación rítmica de una zona corpo­
ral cualquiera debe, pues, calificarse de sexual, aun cuando
no apunte a la unión de los gametos. En efecto, el principio
pulsional que apunta en la infancia a la excitación de nume­
rosas zonas erógeneas (todo el cuerpo puede llegar a ser su
sede) no difiere de aquel que, más tarde, se ligará a la vida
sexual genital del adulto y cuyas manifestaciones resultaron
incomprensibles hasta Freud.
Al chupeteo del lactante (fuera de las mamadas) suceden
el chupeteo del pulgar, de la pluma, del cigarrillo y el beso,
acto hedónico al que no se puede negar el calificativo de
erótico.
Ahora bien, no hay mejor criterio objetivo del desarrollo
humano que el criterio afectivo, es decir, el comportamien­
to del individuo en relación con los objetos de su amor.
Para dar un nombre a esas épocas sucesivas del desarrollo
individual, Freud escogió el que evoca la parte del cuerpo
sobre la que se centra electivamente el hedonismo del mo­
mento.
Es por esto por lo que, en psicoanálisis, se distinguen
sucesivamente la etapa oral, la etapa anal y la etapa fálica,
llamados también etapas o estadios pregenitales.
Los sucede una fase llamada de latencia, que se sitúa, en
nuestros climas, más o menos entre los 7 y los 13 años.
Viene después la pubertad y finalmente la etapa o esta­
dio genital propiamente dicho, que alcanza su expansión
definitiva en nuestros países alrededor de los 17 o los 18
años.
Es la historia de estas etapas de organización provisional
la que nos permite comprender las bases del comportamien­
to ulterior no sóio de los individuos considerados normales,
sino también de aquellos que presentan anomalías, desde las
simples excentricidades hasta los trastornos graves de la
adaptación a la sociedad. *
Y el sometimiento estricto del desarrollo general al desa­
rrollo libidinal explica este corolario inevitable de la edad
adulta: un trastorno funcional en la esfera genital está nece­
sariamente ligado a trastornos del comportamiento de or­
den afectivo e, inversamente, perturbaciones psicoafectivas
se acompañan siempre de un comportamiento sexual carac­
terístico.
Es por esta razón por la que, en la intricación de los
síntomas tal como se observa en el enfermo adulto cuando
viene a nuestra consulta, toda terapia que apunte a contra­
riar o disminuir el síntoma funcional no actúa sino a título
de paliativo. Y la actitud efectiva del médico, que calma
paternalmente con su autoridad las inquietudes morales del
enfermo, no actúa psíquicamente sino por sugestión; y si
esta actitud puede parecer a veces la única posible en mu­
chos casos demasiado graves o demasiado inveterados, no
debe disimularse que su eficacia terapéutica es dudosa y
precaria.
Etapa oral
Tal es el nombre que se da a la fase de organización libidinal
que se extiende desde el nacimiento al destete y que está
colocada bajo la primacía de la zona erógena bucal.1 La
necesidad fisiológica de succionar aparece desde las prime­
ras horas de la vida; pero, una vez saciado, el bebé continúa
durante el sueño de su digestión realizando movimientos de
succión con los labios, mientras que su aspecto exterior
reposado y beatífico traduce la voluptuosidad.
El placer de la succión independiente de las necesidades
alimenticias es un placer autoerótico. Es el tipo de placer
narcisista primario, autoerotismo original, en que el sujeto
no tiene todavía la noción de un mundo exterior diferencia­
do de él. Si se le da la ocasión de satisfacer pasivamente este
placer, el niño se apega a este objeto ocasional; el seno o el
biberón con los que tanto le gusta jugar, aun cuando ya no
tengan leche, y a los que le gusta chupetear sin hacer el
esfuerzo de la aspiración y la deglución.
El niño ama, al igual que a sí mismo, todo lo que se le
mete en la boca (el pezón, el chupete) y, por extensión
(porque no ha adquirido la noción de los límites de su
propio cuerpo) la nodriza o la madre, siempre ligadas nece­
sariamente al placer de mamar y a las que se identifica en
consecuencia. Por lo demás, todos los momentos de sensa­
ción voluptuosa, el baño, el aseo, el mecerlo, se ligan a la
presencia de la madre, por la vista, el sonido y el tacto.
Asociada como está a estas sensaciones de placer, llega a ser
en su presencia y en su persona, un objeto de amor 2 y el
1. Se podría decir también “estadio bucal”, a condición de no
olvidar que se trata de toda la encrucijada aerodigestiva (prensión,
labial, dental, gustación, deglución, emisión de sonidos, aspiración y
expiración del aire, etc.).
2. [La áutora utiliza aquí el neologismo “objet d'aimance”, que
no se podría traducir sino por otro más bárbaro aún: amancia; la
niño le sonríe y le hace fiestas incluso fuera de las horas de
mamar.
La actitud frente al mundo exterior va a conformarse a
este modelo de relación amorosa. Desde el momento en que
una cosa interesa al niño, se la llevará a la boca. Absorber al
objeto, participar de él, implica el placer de “tener”, que se
confunde para el bebé con el placer de “ser” .
Poco a poco el niño se identifica, pues, con su madre
según un primer modo de relación, que por otra parte sub­
sistirá toda la vida, aun cuando aparezcan otros: si ella son­
ríe, él sonreirá, si ella habla, él balbuceará y el niño se
desarrollará almacenando pasivamente las palabras, los soni­
dos, las imágenes y las sensaciones.
Tal es la etapa oral en su primera forma, pasiva. Las
primeras palabras son ya una conquista que exige un esfuer­
zo, recompensado por la alegría y las caricias del medio
ambiente.
Pero, paralelamente a este progreso, ha aparecido la den­
tición, con su sufrimiento que exige ser aplacado mordis­
queando. Es entonces cuando el niño entra y progresa en un
periodo oral activo.
Morderá todo lo que tenga en la boca, los objetos y
también el seno, si todavía mama de su madre; y como el
mordisco es su primera pulsión agresiva, la manera en que se
lo permita o no el objeto de amor es de primerísima impor­
tancia, hasta el punto de que de ello depende el aprendizaje
de la lengua materna.
Si se espera a este momento para comenzar el destete,
éste será considerado como una consecuencia de la agresión,
es decir, como un castigo impuesto bajo la modalidad de la
frustración. Entre los niños criados al pecho hasta demasia­
do tarde3 hay siempre una dificultad para gozar completa-
nota explica la decisión de la autora, en vistas de la polisemia par­
ticular que la palabra “amor” tiene en francés, lengua en la que
significa también “gustar”. T.] Por la palabra “amor”, que en la
lengua francesa califica todas las posibilidades libidinales (“se ama” :
le gusta a uno un plato, el dinero, un ser, se ama “amar”), se designa
también “el interés afectivo en sí mismo”, bajo todas sus formas, y
es a lo que llamaremos “aimance”.
3. En nuestra opinión el destete del niño criado al pecho debería
mente de su facultad agresiva, sin provocar con ello una
necesidad de autocastigo. Por supuesto, es absolutamente
necesario que el niño tenga a su alcance sólo objetos suscep­
tibles de ser chupados y mordidos sin peligro y sin provocar
las prohibiciones o los regaños del adulto.
Si un destete brusco priva al niño del seno materno, sin
que haya desplazado todavía su catexis o interés libidinal
sobre otros objetos, arriesga quedar fijado a una modalidad
oral pasiva (tal como les sucede a los que se chupan el dedo
hasta muy tardíamente). En todo caso, esto refuerza su
autoerotismo y, al perder su interés en el mundo exterior,
se concentra en sus fantasías, arabescos imaginativos, suce­
sión de imágenes representativas de emociones. Puede así
conservar un núcleo de fijación que entrará en resonancia
con ocasión de una frustración ulterior y eventualmente
podrá ayudar a que surja una neurosis.
Es el predominio de los componentes orales parciales el
que, según sus empleos ulteriores, hará de los sujetos orado­
res, cantantes, fumadores, bebedores, “tragones” o toxicó-
manos.
Es en la etapa oral cuando se forman los caracteres egoís­
tas de tipo captativo, sujetos que buscan en su vida genital,
sin distinción de sexo y a priori (la elección se realizará
conforme al superyó colectivo del ambiente), la afección
exclusiva de un ser elegido conforme al modo de relación
objetal oral. Sea el sujeto hombre o mujer, su objeto de
amor deberá desempeñar para él el papel de madre alimen-
tadora. La mujer, por ejemplo, deberá ser severa y genital­
mente inviolable, activa y voluntariosa, de preferencia más
adinerada que el sujeto y, por lo tanto, fuente de bienestar
general y de placer culinario.
Tales caracteres se los encuentra a todos los niveles de la
sociedad. Sea cual fuere el rango social, corresponden al
tipo del “rufián” (chulo o padrote) y de la “mujer manteni­
da” , siendo ésta naturalmente narcisista y frígida en sus
relaciones normales.
En el neurótico a quien la regresión libidinal ha retro-
comenzar entre los 4 y los 5 meses, ser progresivo y acabarse entre
los 7 y los 8 meses a más tardar.
traído al estadio oral, la identificación inconsciente del suje­
to con el objeto hace que la pérdida de éste implique la
necesidad de morir: tal es el cuadro que presenta la melan­
colía; a menos que fantasías autoeróticas alucinatorias con­
duzcan al sujeto a la etapa oral pasiva, al nirvana de sus
primeras semanas, donde ya no hay medio alguno de comu­
nicación con el mundo exterior.
En el adulto sano, que puede experimentar una regresión
(objetal y no libidinal), las crisis de bulimia (apetito desme­
surado) puede remplazar el acto sexual y la anorexia mental
puede simbolizar el rechazo de la sexualidad.
El pensamiento en la etapa oral. ¿Cuál es el modo de pensar
en la etapa oral? Sabemos muy poco de esto y no es de
maravillarse. Pero podemos inferir que la elaboración men­
tal en él toma la forma onírica, seudoalucinatoria.
Esta hipótesis se apoya en dos observaciones:
Los adultos psiconeuróticos cuyos síntomas se remiten a
este estadio arcaico presentan alucinaciones en las que ven
generalmente el objeto de amor y a quien dirigen expresio­
nes tiernas (he visto a una melancólica mecer a su bebé
muerto imaginario) o que los aterroriza; pero no son verda­
deras alucinaciones, porque esto forma “parte de ellos mis­
mos” ; no “sólo ven con sus^ojos”, como me decía una de
mis enfermas tiempo después,4 “es todo, quien siente” .
Los lactantes de pocos días cuando tienen hambre lloran
y abren la boca estirándola de lado, como para alcanzar el
seno; esto parece ser una alucinación táctil. Los lactantes
mayores, cuando están saciados y se creen solos en su habi­
tación, a veces sonríen y hasta estallan en risas batiendo el
aire con sus bracillos, como lo hacen cuando ven aproximar­
se a su madre para tomarlos y acariciarlos. Esto se “parece”
también a lo que se observa en los durmientes que sueñan.

4. Porque, ,iterante el fenómeno, estos enfermos imitan, pero
son incapaces de encontrar palabras para decir lo que sienten, es
como si estuvieran “solos” y fueran “ todo” .
Etapa anal
Para el niño de 1 a 3 años, el 90% de los intercambios con
los adultos son a propósito del alimento y del aprendizaje
de la limpieza y control de esfínteres.
El segundo año de la infancia, sin destronar completa­
mente la zona erógena bucal, va a conceder una importancia
especial a la zona anal. Ésta, por lo demás, se despierta ya
mucho antes y no hay más que observar a los bebitos para
percibir su placer, no disimulado, durante el relajamiento
espontáneo de sus esfínteres excrementicios.
El niño ha alcanzado ya un mayor desarrollo neuro-
muscular: la libido, que provocaba el chupeteo lúdico de la
etapa oral, provocará ahora la retención lúdica de las heces
o de la orina (retención que a veces se prolongará hasta bien
entrada la infancia y que se vuelve a encontrar en algunos
adultos).
Y esto puede ser el primer descubrimiento del placer
autoerótico masoquista,5 que es uno de los componentes
normales de la sexualidad.
El aseo subsiguiente a la excreción es proporcionado por
la madre. Si está contenta del bebé, el aseo transcurre en
una atmósfera agradable; si el bebé ha ensuciado sus paña­
les, al contrario, será regañado y llorará.
Pero como, de todas maneras, a causa de la satisfacción
fisiológica de la zona erógena, este aseo es agradable, se
asocian a la madre emociones contradictorias: es el primer
descubrimiento de una situación de ambivalencia.
Expulsar los excrementos en el momento oportuno en
que el adulto los solicita se convierte entonces, también, en
una forma de recompensa (aquí, de parte del niño hacia su
madre), un signo de buen entendimiento con la madre,
mientras que el rehusarse a someterse a sus deseos equivale
a un castigo o a un desacuerdo con ella.
^5. “Masoquista” en una primera aproximación puede entenderse
como del orden del “hazme alguna cosa’^, “placer,de sentir aplica­
ciones pasivas sobre el cuerpo” (la progresión general del bolo fecal,
su aparición en la ampolla rectal, no son, en efecto, actos volunta­
rios y por consiguiente dan lugar a sensaciones sentidas pasiva­
mente).
Por la conquista de la disciplina de los esfínteres el niño
descubre también la noción de su poder y de su propiedad
privada: sus heces, que puede dar o no, según quiera. Poder
autoerótico por lo que se refiere a su tránsito intraintesti-
nal6 y poder efectivo sobre su madre, a la que puede recom­
pensar o no. Y este “regalo” que le hará será asimilado a
todos los otros “regalos” que se “hacen” , el dinero, los
objetos cualesquiera que se vuelven preciosos por el solo
hecho de darlos, hasta el hijo, el hermanito o la hermanita,
que en las fantasías de los niños son hechos por la madre a
través del ano, después de haber comido un alimento mila­
groso. Es el descubrimiento del placer sádico.7
Pero expulsar sus excrementos a horas fijas, a menudo
con esfuerzo, no esperar la necesidad imperiosa y espontá­
nea, no jugar a retenerlos, constituye, en la óptica del niño,
una renuncia. La prohibición de jugar con ellos, además, en
nombre de un asco que afecta al adulto (aun cuando no lo
experimente) crea también un renunciamiento.
Ahora bien, el niño no renuncia a un placer si no es a
cambio de otro: aquí la invitación del adulto amado. La
identificación, mecanismo ya conocido en la etapa oral, es
uno de sus placeres.
Pero el modo de relación inaugurado en relación con los
excrementos no puede desaparecer, porque tratar de imitar
al adulto en sus gestos y en sus palabras no es todavía j
participar de su modo de pensar y de sentir. De ahí que sea
preciso que el niño encuentre sustitutos sobre los que pueda
desplazar sus afectos: serán toda la serie variadísima de ob­
jetos que en esta edad el niño arrastrará consigo siempre y
los que nadie podrá tocar sin despertar su enojo, “sus capri­
chos” ; sólo él tiene sobre ellos derecho de vida y muerte es

6. Es probable que la libido anal sea, más que orificial, una
libido difusa “de todo el interior” que empalma con la libido oral: el I
autoerotismo narcisista de sentirse “dueño de su nutrición y de su
crecimiento” de un extremo a otro, valga la expresión.
7. Igualmente, “sádico” puede entenderse aquí en general como ]
del orden del “te hago una cosa con mi cuerpo” , “quiero tener
derecho de vida y muerte sobre objetos, cosas vivas, sobre ti, como
quería tenerlo sobre mis excrementos”.
decir, de apretarlos entre sus brazos o de destruirlos o tirar­
los; en una palabra, de darles o no la existencia, como a sus
excrementos.
EriCSflcesT^n lugar de jugar con sus excrementos, se verá
absorto en la fabricación de pasteles de arena y chapoteará
en la porquería, en el agua, en el barro; debido a este des­
plazamiento, inconsciente, la actitud más o menos severa de
los padres en cuestión de limpieza, no sólo esfínteriana,
sino general, favorecerá o entorpecerá el despliegue del niño
y su adaptación a la vida social con soltura de cuerpo y
destreza manual.
Por otra parte, si por juego o por estreñimiento fortui­
to el niño retiene sus excrementos, suele seguirse de ahí una
agresión anal del adulto, el supositorio o incluso una lava­
tiva. Para el niño esto significa una economía de esfuerzo y
una satisfacción erótica de seducción pasiva, pero la opera­
ción puede ser dolorosa y el adulto puede disgustarse. Se
dibuja ahí de nuevo la ambivalencia afectiva y se liga asocia­
tivamente al masoquismo naciente.
Hay todavía más en lo que respecta al comportamiento:
el niño alcanza ahora un desarrollo neuromuscular muy sa­
tisfactorio, que crea en él la necesidad de la libre disposi­
ción de sus grupos musculares agonistas y antagonistas y le
da en adelante la posibilidad de imitar al adulto no solamen­
te en sus palabras sino en todos sus gestos. Es activo, gritón,
brutal, agresivo con objetos y no sólo con los que están a su
alcance, como en la etapa oral, sino aquellos que agarra y
que desgarra, golpea, tira por tierra, como si encontrara un
placer malicioso en ello, acentuado por lo demás desde que
se da cuenta de que esto puede molestar al adulto en mayor
o menor medida. Se ha logrado la identificación. Si le com:
place molestar y golpear es porque ama al adulto. La ambi­
valencia aparecida arfinal déla etapa oral se consolida.
Pero el niño usa de su agresividad muscular sin otra regla
que su “capricho”. El papel de la educación es habituarlo,
también ahí, a una disciplina social.
En la práctica, cuando el niño desobedece, se le regaña (a
sus ojos: se le priva del amor), se le pega y por agresivo que
sea el niño, por fuertes que sean sus rebeliones, siempre es
el más débil y tiene que ceder.
Pero, así como una educación favorable habrá permitido
al niño encontrar sustitutos simbólicos a sus materias feca­
les, igualmente por lo que respecta a su educación muscular
habrá que reservarle horas cotidianas, en las que, sin coer­
ción de los padres, pueda jugar tan brutal y ruidosamente
como le plazca. Es una condición para salvaguardar su vida
y su libido ulteriores, si no, el niño sé "sentirá aplastado bajo-
el dominio sádico del adulto (no porque éste sea necesaria­
mente sádico, sino porque el niño proyecta en él su sadismo*
insatisfecho) y la actividad ulterior quedará ligada en todos"
los dominios a una necesidad de castigo, que implicará la-
búsqueda de ocasiones en que se le pegue o se le domine"
pasivamente.
"Arla etapa anal se remite la formación de los caracteres
concienzudos, 'sobrios, regulares trabajadores, serios y cien­
tíficos en aquellos que hallaron placer en conformarse a las
nuevas exigencias que se les planteaban: en los otros, se
encontrará a los obstinados, los malhumorados, los testaru­
dos, los que gustan de llamar la atención por su desorden,
su suciedad, su indisciplina o también aquellos que se hacen
insoportables a los que los rodean por su afán de orden
meticuloso, rayano en la obsesión.
El interés por las materias fecales podrá ser sublimado en
los pintores, los escultore#, los amantes de las joyas, los
coleccionistas de todo género de cosas y todos aquellos a
los que les interesa la banca y el manejo de dinero en ge­
neral.
Es a los componentes dominantes de la fase anal a los
que hay que atribuir en el adulto los caracteres posesivos y
mezquinos, la avaricia (el dinero representa los excrementos
para el inconsciente de la etapa anal). En fin, los componen
tes sádicos y masoquistas de este período explican las per­
versiones correspondientes en el adulto, así como el interés
libidinal exclusivo por el orificio anal, en el acto sexual, en
detrimento de la vagina, cuya existencia anatómica es des]
conocida en la edad a la que ha quedado vivazmente fijado
el perverso.
El objeto de amor que buscan los individuos de este tipo
caracterológico no es específicamente heterosexual u homo­
sexual. Podría decirse que la característica genital del obje­
to de su deseo es paralela o accesoria. Lo importante es que
vuelva a encontrar, a su contacto, la modalidad de las rela­
ciones emocionales experimentadas frente al adulto, domi­
nante y sobrestimado a la vez, de esa infancia pregenital en
la que el valor mágico del poder del educador o de la educa­
dora se le imponía a él, corporalmente subyugado, aun en
los casos en que su voluntad verbalmente expresada parecía
oponerse al maestro indiscutido en los hechos y actos que
imponía.
Subyugar o ser subyugado, tal es el summum de la rela­
ción valiosa de amor. Es una ética de la posesión, que en­
cuentra su fin y su justificación en sí misma. Una homo­
sexualidad latente e inconsciente está, pues, implícita en la
elección de objeto, se trate o no de una persona del otro
sexo. La complementación buscada no está subordinada a la
eficacia creadora de los dos componentes de la pareja, sino
a la consolidación del sentimiento de poder -tanto en el
uno por lo que respecta a la actividad como en el otro por
lo que se refiere a la pasividad— de sus comportamientos
sociales y a'menudo complicados con la dependencia recí­
proca, igualmente narcisista.
Importa mucho que el objeto sea muy débil o muy fuer­
te, complaciéndose el sujeto en el papel inverso y depen­
diente. El objeto se duplica a menudo en forma de un mari­
do o un hijo que preocupa si se trata de una mujer, o
afectado por una enfermedad o debilidad, o víctima de un
destino agobiador que lo coarta. Si la situación triangular
desaparece y el objeto resulta al fin libre, pierde su valor de
objeto sexual. Cuando este carácter anal predomina en la
mujer, hace de ella una buena y fiel empleada de un patrón
exigente, del que ella está narcisistamente orgullosa de ser la
víctima elegida. Puede tratarse de un hombre tanto como
de una pareja marido-suegra, o de quienquiera que la explo­
te de tal manera que se sienta justificada al sustraerse a una
actividad verdaderamente gratificante para una mujer en el
plano de la realización genital.
Tales caracteres predominan numéricamente en la socie­
dad actual a todos los niveles de la escala de nuestra cultura
-que se dice cristiana- en el sistema capitalista. El superyó
anal homosexual está dominado por la angustia del rechazo
que aniquila o del éxito que reifica, independientemente del
valor humano de la sensibilidad y de la originalidad creado­
ra asumidas, de la irradiación vital y poética del individuo.
Los tipos extremos entre las mujeres, en cuanto al com­
portamiento sexual, son la prostituta y la virago (mari­
macho), desde el punto de vista sentimental y personal: la
mujer-niña, a menudo invertida, disfrazada de vampiresa, de
virago o de esposa y madre irreprochable, llena de virtudes
domésticas y envuelta en sacrificios. La frigidez en la mujer
y la impotencia en el hombre provienen de la sobrecatexis
del actuar, del hacer y del hacer que le hagan, sobre lo
expresado y auténticamente vivido.
Los tipos extremos entre los hombres, en cuanto al com­
portamiento sexual, están representados por el rufián (chu­
lo o padrote) y el pederasta. En el comportamiento social,
por todos los papeles del instigador o de la víctima elegida,
o bien, sublimados, en los de cirujano, médico o educador.
Se comprende fácilmente que la neurosis tome prestado de
esta fijación lo principal de la sintomatología corriente de la
histeria, de la neurosis obsesiva y la patología orgánica los
trastornos menores de la salud y su letanía de mediaciones
conjuratorias pantomímicas y emocionantes, hipocondria­
cas y psicosomáticas, al servicio de un narcisismo de tipo
anal pervertido. Toda la terapia farmacéutica no recetada
justifica socialmente todo este teatro, al hacerlo comercial­
mente rentable. El poder mágico que se espera de medica­
mentos milagrosos comprados a escondidas es la ayuda in­
dispensable para soportar la vida en el caso en que el tipo
particular de objeto libidinal falte o no se lo pueda encon^
trar, y la dependencia respecto de estos remedios es por lo
menos tan grande y tan indispensable como respecto de una
persona.

El pensamiento en la etapa anal. Esta edad, que es la de la
iniciación ambivalente, está sensibilizada (precisamente a
causa del descubrimiento de esta ambivalencia) a la percep­
ción de pares antagonistas.
Sobre un esquema dualista, derivado de la catexis anal
(“pasivo — activo”) el niño va a establecer con el que lo
rodea toda una serie de conocimientos calificados por la
relación de este objeto con el propio niño, después de ha­
berlo identificado con alguna cosa ya conocida por él.
Toda mujer es una mamá; buena — mala. Toda mujer
mayor es una abuelita, buena — mala, grande — pequeña.
He ahí cómo procede su exploración comparativa.
Los objetos que se oponen a su voluntad son “malos” y
les pega; y está en pleito permanente con ellos y con todo
lo que se les parece o les está asociado. Pero cuando su
voluntad se opone a la del adulto, no lo puede golpear o, en
todo caso, si es “malo”, es castigado y (se imagina que)
pierde su amistad. Es la moral de lo Bello y lo Feo.
El niño cede, porque necesita al adulto en todo momen­
to, a la persona grande omnipotente, “divina” y mágica y
sólo obedeciéndola o no se la torna favorable o indiferente,
si no peligrosa. En otras ocasiones, semejantes a aquellas de
las que tiene experiencia, “ser bueno” consistirá en elegir
actuar conforme a lo que sabe son los deseos del adulto, lo
que puede pervertir la ética del niño, para quien ser bueno
puede significar ser pasivo, inmóvil y sin curiosidad.
Vemos, pues, que las pulsiones agresivas espontáneas y
las reacciones agresivas contra todo lo que se le opone de­
ben ser diferidas, desplazadas; y cuando el adulto está en
juego, estas pulsiones y estas reacciones serán desplazadas
sobre objetos que recuerden al adulto: por asociación, y
tendremos allí la fuente del simbolismo; o por representa­
ción: muñeca, animal, y tendremos ahí la fuente del feti­
chismo y del totemismo de los niños.8
El hecho de dirigir sus afectos (destinados al adulto)
hacia objetos da a éstos una realidad subjetiva que el niño
tomará por realidad objetiva —de la que no tiene todavía
noción, no teniendo aún el sentido de las “relaciones” ni
del poiqué causal-, de tal manera que no aprehende la
realidad objetiva sino según las repercusiones agradables o
desagradables que ella tenga sobre su propia existencia.
Vemos, pues, en el estadio anal un pensamiento caracte­
8. En Tótem y tabú, Freud trató de la cuestión del totemismo
no en el sentido clínico, tal como lo entendemos en este momento,
sino en el sentido histórico o religioso.
rizado por mecanismos de identificación y de proyección: j
estas proyecciones se efectúan siempre en el cuadro dualista
inherente a la ambivalencia sadomasoquista de las relaciones
objetales. Es la época de los animales tótem y la de las
fobias que traducen la angustia ante un objeto investido por
el propio niño de un poder mágico. Este objeto, general­
mente animal, representa, para el inconsciente del niño, el
adulto al que ha retirado su catexis libidinal agresiva para
proyectarla sobre su sustituto, el animal temido.9

Etapa fálica
Desde la fase oral del lactante asistimos al despertar de la
zona erógena fálica, el pene en el niño y el clítoris en la
niña. La causa ocasional de ello puede ser la excitación
natural de la micción, añadida a los tocamientos repetidos
que tienen lugar durante el aseo. Sea como fuere, todas las
madres conocen los juegos manuales de sus bebés, a los que
se añaden los frotamientos de los muslos uno contra el otro
durante el aseo y los murmullos de satisfacción del bebito
entretenido en el acto. Estas manifestaciones se prolongan,
a pesar de los pequeños “golpecitos en la mano” que el
bebé recibe cuando su educadora es severa. Pero lo más
frecuente es que esta masturbación primaria del bebé sea
poco marcada y cese por sí misma, para no reaparecer sino
en el curso del tercer año.
Es que el desinterés por las materias fecales, impuesto al
niño en nombre de la estética, es aceptado por él para “dar
gusto” a sus educadores y “comprar” así su amor protector;
y lo logra tanto mejor cuanto que su interés se centrará en
la zona erógena fálica, cuya tensión fisiológica es visible en
los niños por la existencia de erecciones, ligadas en esta
edad a la micción o a la defecación, pero que se disocian de
su función excrementicia para adquirir la significación de
placer emocional en sí, cuya tensión pide aplacamiento.
9. Se trata de un proceso clave, cuya persistencia o desviación
ulteriores permiten la constitución (y la eventual comprensión tera­
péutica) de construcciones neuróticas delirantes.
Hasta el momento en que se adquiere definitivamente el
control de los esfínteres, la micción a voluntad servía de
apaciguamiento a la excitación fálica uretral según el libre
juego de las tensiones libidinales locales. A partir de la disci­
plina del esfínter vesical, por lo demás exigida por los adul­
tos menos perentoria y precozmente que la del esfínter
anal, aparece la masturbación secundaria. A su prohibición
se debe en gran parte la persistencia o el retorno a la incon­
tinencia urinaria en la segunda infancia, acompañando o no
al chupeteo del dedo.
Observemos al pasar que la existencia general de esta
masturbación infantil secundaria ha sido durante mucho
tiempo pasada por alto o malentendida por los adultos, a
causa de la represión impuesta a ellos por el superyó civili­
zado. Pero hay muchos padres que la advierten y la conde­
nan enérgicamente. No atreviéndose a confesarse a sí mis­
mos o quizá ni siquiera recordar que ellos hicieron lo
mismo, pretenden tener un hijo excepcionalmente “vicio­
so” o “nervioso” como suelen expresarse.
Hay que reconocer que, cuando esta masturbación es
muy manifiesta y persiste en presencia de los adultos a
pesar de sus primeras prohibiciones, esto prueba que a la
pulsión libidinosa se ha venido a añadir una reacción neuró­
tica: angustia, provocación, búsqueda del castigo y sobre
todo ausencia de vínculo afectivo real con el adulto actual.
La curiosidad sexual comienza desde antes del tercer
año, en pleno período sádico-anal. Su primer objetivo es
saber de dónde vienen los niños. Este interés es despertado a
menudo por el nacimiento de un hermanito en la familia o por
la identificación con un camarada de juegos que está descon­
tento, o gratificado, por la llegada de un hermanito o una
hermanita. Generalmente los adultos eluden la cuestión, y
hablan de coles o mercados, pero el niño descubre bien pron­
to que la madre tiene un vientre abultado antes del nacimien­
to del recién llegado y, después, que le da de mamar.
Los “porqués” irritantes de los niños de cuatro años,
que ni siquiera escuchan la respuesta del adulto, no apare­
cen sino tras las primeras reacciones de éstos ante las pre­
guntas directamente sexuales y la noción de “prohibido”
que el niño ha sacado de ahí.
Se esbozan variadas teorías en relación con los conocí- j
mientos anatómicos de esta edad: concepciones digestivas,
nacimiento por defecación de la madre, con la reserva de un
papel paternal aún oscuro, pero probable, raramente confir­
mado y todavía menos significado (y por lo tanto, desauto­
rizado) por el adulto educador.
Viene después otra pregunta: ¿qué diferencia hay entre
un niño y una niña? También aquí de ordinario los adultos
eluden la respuesta. El niño utiliza entonces sus conocí- j
mientos personales y refiriéndose a su experiencia de la
época músculo-excrementicia, en que el dualismo se carac­
teriza por la pareja antagonista activo-pasivo, se responde a
sí mismo: “El niño es más fuerte” ; lo que generalmente es
cierto en la primera infancia.10
Pero bien pronto, y entre otras ocasiones por la necesi­
dad de orinar fuera, los niños advierten que los chicos ori­
nan de pie, cosa que no pueden hacer las niñas. Esto es
considerado como una superioridad que, para el niño, es
algo natural, mientras que la niña imagina que su clítoris!
crecerá.
En cuanto al chico, será preciso que se le alerte por
amenazas de mutilación genitales, para tomar clara concien­
cia de lo que hasta entonces se ha rehusado a ver: que la
niña no tiene “eso” . Esto pcurrirá alrededor de los 5 o 6
años, edad en que las pláticas con los otros y sobre todo los
juegos sexuales entre niños y niñas no les dejarán ya lugar a
dudas. Pero, antes de los 6 años, el chico piensa aún que la
niña tiene “uno más pequeño” , incapaz como es de conce­
bir nada si no es en relación consigo mismo. Pero con suma
frecuencia, aun en los casos en que acepta la falta de pene
en las niñas, subsistirá la creencia en una madre fálica. La
madre no puede carecer de aquello mismo que ella ha dado.¡
Porque es precisamente debido a haber caído en su desgra­
cia por lo que las niñas no lo tienen.

10. Una niñita de 2 1/2 años decía un día: ‘ Lesgasons, y sont
foó! ” jXes garfons, ils sont forts! ” = “ ¡Los niños sí que son!
fuertes! ” ), con un aire de admiración y juntando las manos al ver
pelear a dos varoncitos.
FA pensamiento en ¡a etapa fálica. Cuanto mayor se hace ei
niño, menos se ocupa de él materialmente la madre y los
afectos libidinales que se refieren a ella como objeto adop­
tan casi siempre la forma de fantasías o ensueños que le
conciernen. Tales fantasías acompañan todas las manifesta­
ciones de la actividad del niño y, entre otras, la masturba­
ción en especial. Ésta, en el caso de la niña, no es todavía
más que clitorídea.
La atmósfera afectiva'de estas fantasías masturbatorias
es entonces sadomasoquista, con predominio de sadismo en
el niño y de masoquismo en la niña, en el caso de que la
madre sea normal.
No hace mucho que los brazos y desplazamientos de ella
se asociaban a las propias movilizaciones pasivas; por otra
parte, la mirada erotizada dirigida a la madre hace que el
niño coactúe, participe en todas las actividades de aquélla,
autorizando la articulación de sus sensaciones autónomas
pasivas a la fascinación que las repetidas y mudas activida­
des de la madre, absorbida en sí misma, ejerce sobre él.
Cuando su madre no está allí en el momento en que él la
desea, el niño la llama, la busca. Si la encuentra, puede estar
ocupada y deshacerse de él diciéndole: “En seguida estaré
contigo, ahora estoy haciendo esto o aquello” ; el niño pre­
gunta: “ ¿Por qué? ” “Para poderte dar de comer -responde
la madre-, para hacer la casa, para que papá esté contento;
vete a jugar.” El niño obedece llevándose lo que puede de
su madre: sus palabras, que repite para sí, a menudo en voz
alta. O bien se queda ahí quietecito, “bueno”, mirándola.
La observación de la actividad de la madre y la reflexión
sobre sus palabras, que son para él resonancias sonoras que
recuerda de manera ritmada a veces en voz alta, conducen al
niño a adquirir dos nociones de una importancia considera­
ble.
Hasta entonces el niño actuaba según sus pulsiones inme­
diatas, por el solo placer de satisfacerlas. No sabía diferirlas
y reaccionaba inmediatamente a su insatisfacción por “un
capricho”. La inutilidad de esta protesta rabiosa, el bienes­
tar afectivo que, al contrario, proporciona el “portarse
bien”, la expectativa del “en seguida” prometido por el
adulto amado, enseña al niño la noción de “tiempo” . Antes
todo pasaba en el presente. Ahora, hay un “en seguida” y
un “mañana”, cuando el en seguida se presenta después de
la noche. Durante bastante tiempo, sin embargo, el niño no
discernirá entre “mañana” y “la semana” o “el año que
viene”, ni del “pronto”. Será más tarde aún cuando cobrará
noción del pasado, traducido en fórmulas como “una vez”
y “ayer”, que se aplican tanto al pasado inmediato como a
los días más remotos del presente para atrás, y que por este
hecho se confunden con sus fantasías.
Segunda noción: observando la actividad de su madre,
con la atención que merece todo lo que hace el ser amado y
esperando que su madre pueda al ñn ocuparse de él, el
tiempo de paciencia animado de inteligente observación de­
penderá de los ritmos propios de cada niño, pero también
de la presencia afectiva, del buen humor, de las palabras que
le dirija la madre aun estando en sus ocupaciones. El niño
puede sentirse desgarrado por la sensación de abandono aun
cuando esté pegado a su madre y animado de alegría comu­
nicativa aun cuando la madre esté en la pieza vecina. El
niño aprende a observar los numerosos motivos de los movi­
mientos y los actos del adulto. Se da cuenta de que un
objeto tiene muchos usos y desarrolla así en él mismo la
necesidad de generalización basada en la búsqueda de las
numerosas motivaciones ligadas a un mismo objeto.
“Para qué es esto” se convierte en su leitmotiv ante todo
lo que le interesa. Se despega así por vez primera del interés
exclusivo en las cosas por relación a sí mismo. Por ejemplo;
el fuego y todo lo que era caliente “quemaba” y era
“malo” , motivo de fuga. Ahora “el fuego es para calentar”
y calentar es “agradable cuando hace frío” , y es “necesario
para hacer la comida”, etc. La mamá está hecha “para ocu­
parse de él, para hacer la cocina, para arreglar la casa”, etc.,
Por extensión, el niño se pregunta a propósito de todos los
objetos que suscitan su interés: “ ¿Para qué sirve esto?” .
Vendrá un día en que se preguntará por su pene y se res­
ponderá: “para hacer pipí” ; pero, al darse cuenta de que las
niñas pueden hacerlo sin él, buscará en vano otra motiva-j
ción y, al no encontrarla, valorará tanto más la superioridadíj
mágica que esto le confiere.
Es aquí donde puede entrar en juego la angustia primaria
de castración que expondremos en el capítulo siguiente.
Gracias al conocimiento de la motivación por el uso, el
niño posee ahora la clave de muchos problemas. Ejemplo:
untes era demasiado pequeño para esperar aquello de lo que
tenía ganas y decía “no puedo”, llamando al adulto en su
auxilio; ahora, buscará un taburete para hacerse más grande.
Y aquí tenemos las ganas de hacer “como los mayores” ,
como aquellos que tienen más que él.
Las ganas engendran la ambición, el deseo de suplir su
Inferioridad por el rodeo de la explotación práctica de sus
conocimientos. Sin duda alguna está ahí la base afectiva del
interés cada vez mayor que el niño mostrará por aprender y
conocer y su valoración creciente del “Saber” .
Pero todavía no hemos hablado de otro descubrimiento,
el de la muerte. Se sitúa naturalmente por la misma época,
porque es preciso, para que el niño tome interés por ella,
que se haya sensibilizado al fenómeno. Y no lo estará hasta
que no haya insistido con suficiente ahinco para obtener la
igualdad de fuerza, de movimiento y de saber del adulto. Es
preciso que sus ambiciones choquen con la realidad.
Descubre la muerte al observar a los animales. Al encon­
trar inmóviles una mariposa, un pájaro, una lagartija o una
mosca, pregunta: “ ¿Por qué? ”, y se le responde: “Porque
está muerto” . ¿Todo lo que vive puede morir? ¿Por qué
mueren los animales? Porque se hacen demasiado viejos,
pero también porque han sido atacados por otros que han
ganado la batalla y los han matado. Matar es inmovilizar. He
ahí lo que solamente comprende el niño en el estadio anal y
al comienzo del estadio fálico. Y por esto es por lo que el
niño juega a matar por ambición y omnipotencia sádica, sin
más. El sentido de dar muerte es reducir lo que está anima­
do al estado de cosa inanimada.
Es la razón por la cual, en el niño, la inmovilidad corpo­
ral total o parcial, cuando se le impone, es experimentada
como sádica y aún más el silencio que le impone el adulto
hipersensible al ruido. Charlar es signo de una actividad
mental fisiológicamente sana para todo niño de menos de 7
años. Su concentración intelectual en una tarea escolar o
lúdica, sin ruido, movimientos concomitantes y expresiones
habladas, son signo de desvitalización enfermiza. El entrena­
miento en vistas a la contención de las actividades paralelas
a la concentración mental tiene que ser progresivo y escan­
dirse con momentos de relajación ruidosa y motora. Por lo
demás este entrenamiento es más dañino que útil; por des­
gracia con demasiada frecuencia se lo hace sinónimo de
niño bueno, que da toda suerte de satisfacciones a los adul­
tos obsesivos o histéricos, a quienes la vitalidad del niño
molesta en sus pensamientos o sus fantasías.
El silencio y la inmovilidad del niño bueno son rara vez
para él otra cosa que una mutilación dinámica, una reduc­
ción al estado de objeto fecal, muerte impuesta y sufrida.
Antes de caer en el retraso mental, fruto de esta muerte
aceptada, desarrolla fantasías sádicas que pueden llegar has­
ta la alucinación fóbica, fuente de placeres perversos eróti­
cos de todos los estadios de la libido bloqueada en sus
manifestaciones expresivas. Las compulsiones masturbato­
rias rítmicas, los tics, los tartamudeos, el insomnio, la enco-
presis, la enuresis, etc., son los últimos refugios de la libido
en este moribundo social, puesto al suplicio de una educa­
ción perversa.
En cuanto al sentido real de la muerte, le será preciso ver
morir a un animal o a un se^ amado para captar el sentido
de la ausencia sin retorno, de la pérdida definitiva del obje­
to. Que el adulto tampoco pueda impedir la muerte, o resu­
citar algo que murió, como no puede arreglar tantas otras
cosas, es algo que remite nuevamente al niño al misterio del
nacimiento. Advirtamos -la analizaremos más adelante- la
importancia de esta coincidencia cronológica de la aparición
de la angustia de castración y del descubrimiento de la
muerte.
Chica o chico, el niño a quien su madre abandona, al
menos a sus ojos de pequeño déspota amoroso, se da cuenta
de que no es el único interés de su madre, ni la única meta de
sus a c tiv id a d e s . un rival en la persona de su padre, cuando
no hay rivales suplementarios, los hermanos y las her­
manas.
Durante mucho tiempo el padre forma parte del ambien­
te materno y, por poco que sepa él regañar y recompensar
con acierto, será investido de una gran afección. Además,
cuando algo resulta difícil, mamá dice: “Se lo pediremos a
papá” . Es él quien carga las cosas pesadas y, con frecuencia,
el que ronca al dormir. Para el niño es un ser fuerte; pero
poco a poco se convierte en un rival, con el que la madre se
queda gustosa sin prestar atención a las reclamaciones del
niño, al que ella se somete menos que en los tiempos de la
primera infancia. Se topa con los “vete a jugar, déjanos” .
Frente a los hermanos y hermanas esta rivalidad será la
misma y en la medida en que el niño les atribuya, con razón
o sin ella, una responsabilidad en la disminución del amor
materno, experimentará respecto a ellos sentimientos con­
flictivos. Es la razón por la que no nos detendremos espe­
cialmente en los conflictos familiares cuyos mecanismos son
práctica y fundamentalmente superponibles a los conflictos
paren tales.
Puede decirse que, en la gran mayoría de los casos, y si
los padres están psíquicamente sanos, la hija es más dócil,
menos agresiva y menos ruidosa que el niño.
Desde el estadio anal ella se interesa más espontáneamen­
te, entre los juguetes, por las muñecas, mientras que el interés
del muchacho se dirige a los caballos y los autos. A ella le
gusta jugar con agua a lavar trapos, bañar las muñecas,
mientras que el chico tira piedras, juega a la pesca o a los
barcos. .
En el estadio fálico, la niña juega a las comiditas, a las
muñecas, acostándolas, cuidándolas, acunándolas, vistiéndo­
las, etc., mientras que el niño, si se encariña con una muñe­
ca (y no es tan raro) no sabe “jugar a las muñecas”. Ella se
interesa ya en su acicalamiento, en sus vestidos, se adorna
con trapos, le birla los polvos a la mamá y le gusta pasearse
con su bolso bajo el brazo. En una palabra, ella se identifica
en todo lo posible con su madre, imitando sus acciones,
gestos y palabras. Se trata de comportamientos sexuados
conformes al genio propio de su sexo, todavía en estado
intuitivo en el plano genital.
Durante este tiempo, el chico se entrega a todos los jue­
gos agresivos, juega al déspota, armado de un bastón al que
bautiza con el nombre de fusil o revólver, le gusta dar mié-
do y ordenar. Cuando puede, se adorna con el sombrero de
papá o con su bastón. En una palabra, se identifica con él
cuando puede, así como con los hombres a los que ha podi­
do observar, comportamiento social sexuado, rector del pla­
no genital masculino que comienza a brotar.
Todo el mundo ha visto a los niños jugando a papá y
mamá y cómo se reparten los papeles ya, tal como lo serán
durante toda la vida, tomando el chico naturalmente el pa­
pel del padre y la niña el de la madre (lo contrario es
sintomático de una reacción neurótica).
Hacia los 4 años y medio a más tardar, el niño entra en
abierta lucha emocional con su padre; juega a matarlo, trata
de acaparar toda la ternura de la madre, le dice que se
casará con ella, que la llevará lejos a su casa, en avión, que
tendrán hijos. Y entra en el período del Edipo.
La niñita vive un período análogo. Quizá contribuya a
despertarla algo más precozmente la actitud del padre que.
de ordinario, quiere más a la niña que al niño. Sea como
fuere, hacia los 3 años y medio o los 4, un poco antes ella
que el niño, la niña se comporta frente a su padre como una
pequeña amante, coqueta, seductora, afectuosa y centrando
todo su interés libidinal en él. Se muestra celosa de él, no
tiene mayor alegría que la de salir sola con él, la de acaparar
su atención y su afecto. Ella le confiesa sus maravillosos
proyectos, él será su marido, la llevará a una bonita casa y
tendrán muchos niños.
Pero la triste realidad está ahí, el padre y la madre son el
uno para el otro, y aun cuando traten con ternura a su hijo
lo frustran muchas veces mandándolo a jugar con sus jugue­
tes; y el niño se siente impotente para suplantar a su rival.
¿Qué hacen estas dos personas mayores juntas? Es otra
pregunta que el niño trata de resolver, los espía, los oye
hablar sin comprender sus expresiones. Pero los adultos lo
echan de la habitación y, a veces, se callan cuando llega. Y
este misterio de la intimidad de los padres empalma con
otro aún sin respuesta: el papel del padre en la concepción
de los niños.
Si el niño asiste a las relaciones sexuales de los padres,
sea porque duerme en su recámara, lo que desgraciadamente
es demasiado frecuente,11 sea que los sorprenda, lo inter­
preta como un acto sádico, una batalla en la que papá es el
más fuerte y en la que el papel de la madre lo transtorna. Su
diosa tabú y querida es allí vencida y quizá muera. La
sangre menstrual, cuando la ve, confirmará su hipótesis.
Hay algo ahí que rebasa su entendimiento y crea la desazón
en él; pero no establece vínculo alguno entre esta batalla y
el misterio del nacimiento a causa de su incapacidad de
conocer la existencia del esperma y la de la vagina, si no se
le proporciona la información pertinente.12
¿En qué se va a convertir esta situación edípica que se ha
instalado a los 4 años y alcanza su máximo despliegue hacia
los 6 años?
Para plegarse a la naturaleza el niño deberá no solamente
abandonar su rivalidad, a veces odiosa, con el progenitor del
mismo sexo sino identificarse con él. Deberá desarrollar las
cualidades que harán del muchachito un hombre y de la
chica una mujer. Además del complejo de castración, del
que estudiamos más atrás las modalidades energéticas que
operan en este trabajo estructurante, la disminución de las
demandas libidinales, inherente a la fase de latencia, concu­
rrirá a ayudarle en este paso difícil.
Este retiro pulsional libidinal, claro después de los 9
años, aplaca los conflictos, aun cuando no hayan sido ente­
11. El niño debería acostarse siempre en otra pieza que la de los
padres, con la puerta cerrada. Y esto desde la edad de 6 meses lo
más tarde posible. Se evitaría así la causa más importante de “ner­
viosismo” en el niño.
12. Así como en todo análisis de adultos se encuentran sueños
que giran alrededor de la “escena primaria” (coito de los padres), así
en los niños, hayan o no asistido al coito de los adultos, se encuen­
tra, al entrar en el estadio fálico y esbozarse la situación edípica en
el varón fantasma de pesesión sádica bajo un simbolismo de penetra­
ción cruel (véase dibujo núm. 5, p. 168).. . En la niña, la posesión
no es menos efectiva en sus fantasías, pero si no es neurótica y
alcanza la situación afectiva edípica, el simbolismo de sus sueños y
sus fantasías representa la posesión sin sufrimiento para el ser poseí­
do, que podría defenderse si lo quisiera, pero que no lo quiere, y la
aceptación de que su agresividad no destruirá a quien es el posesor
fálico (véase la observación de Claudine, p. 236, y la fantasía
“muda” de Tote al relato de su hermano, p. 227).
ramente resueltos, y hasta los 12 años aproximadamente
una represión, que nunca falta, rechaza al inconsciente to­
das las curiosidades y todos los deseos sexuales que estaban
tan vivos en la segunda infancia.

Etapa de latericia
La fase de latericia, normalmente muda, o casi, desde el
punto de vista de las manifestaciones y curiosidades sexua­
les, se emplea en la adquisición de los conocimientos nece­
sarios a la lucha por la vida en todos los planos.
Las facultades de sublimación pronto entrarán en juego
progresivamente.
La represión del interés sexual erótico va a permitir a la
personalidad liberada desplegar toda su actividad consciente
y preconsciente en la conquista del mundo exterior, como
caja de resonancia abierta a todos los sonidos, como vela
abierta a todos los vientos, como placa sensible a todos los
colores —si se nos permiten estas imágenes. Es el aspecto
cultural de la fase de latencia, fase no solamente pasiva, sino
activa, puesto que implicará la síntesis de los elementos así I
recibidos y su integración al conjunto de la personalidad
irreversiblemente marcada p«r el sello de su pertenencia al
grupo masculino o femenino de la humanidad.
Si al entrar en la fase de latencia el niño se encuentra en
un estadio edípico bien trazado y bien marcado, no quedará
en el inconsciente más que esos pares antagónicos ligados a
catexis arcaicas. La libido, no inmovilizada en el incons­
ciente (como en el niño neurótico, para dominar los afectos
reprimidos), estará enteramente al servicio de un superyó
objetivo. También el inconsciente participará en la adquisi­
ción cultural, en la conquista del mundo exterior. El com­
plejo de Edipo será progresiva y enteramente disociado y el
tabú del incesto claramente integrado a la vida imaginaria.
Y cuando el niño experimente los estados afectivos yj
eróticos, que anuncian la pubertad, y la masturbación ter­
ciaria, en lugar de reaccionar como si fuese pecaminoso, se
expansionará aún más, sabrá conquistar su libertad sin timi]
dez ni pena, progresivamente, día a día, sin reacciones auto-
punitivas.
La importancia y el valor de las sublimaciones de la fase
de latencia son grandes. No sólo porque en esta época cuan­
do se esbozan las características sociales del individuo, sino
porque la manera en que un niño utiliza neurótica o nor­
malmente este período hace que fije o no, exagere o haga
desaparecer componentes arcaicos de la sexualidad y sus
elementos perversos.
Con el despertar de la pubertad, malas adquisiciones
sociales (escolares, si el medio es intelectual, deportivas si
el medio es obrero, prácticas industriosas en general, cual­
quiera que sea el medio) harán difícil la expansión, porque
el niño no podrá legítimamente tener confianza en sí mis­
mo. Y se dirá con razón de este niño que no se desarrolla,
que está en la “edad ingrata”.
La causa de ello puede ser una deficiencia real de las
disposiciones naturales del niño, cosa bastante rara. En efec­
to, en este caso, habrá tratado por sí mismo -si es sano—de
superar su inferioridad en un punto por el desarrollo com­
pensador de otras disposiciones. La culpa puede ser también
de causas exteriores al niño (cambios constantes de escuela
que madres inconscientemente castradoras imponen a sus
hijos, enfermedades, accidentes personales, catástrofes fami­
liares, duelos, reveses de fortuna) que perturban la atmósfe­
ra afectiva del niño.

Etapa genital
Así, pues, según que la evolución anterior a la fase de laten­
cia haya sido sana o no o que los sentimientos de inferiori­
dad hayan obstaculizado el alba de Ja pubertad, la liquida­
ción de un núcleo conflictivo residual o hecho regresar a la
libido del sujeto a estadios anteriores a la etapa fálica, se
asistirá a la eclosión de una sexualidad normal o perversa o
a una neurosis más o menos pronunciada.
La masturbación (terciaria) se acompaña ahora de fanta­
sías que se dirigirán ahora hacia objetos escogidos fuera de
la familia, a menudo nimbados de un valor excepcional que
los hace todavía prudencialmente inaccesibles y suscita un
progreso cultural en el trabajo.
Con la aparición de la eyaculación en el muchacho y la
del flujo menstrual y el desarrollo de los pechos en la niña,
la pubertad aportará los elementos que faltan para la com­
prensión del papel recíproco del hombre y de la mujer en la
concepción.
Les queda todavía la tarea de aprender a centrar su ter­
nura y sus emociones sexuales en un mismo ser, como en
los tiempos de su infancia olvidada, y después la de detener
su elección después de haber desmistificado sus elecciones
sucesivas y la de fijarla para la seguridad vital de los hijos
que nacerán eventualmente de un encuentro concertado,
interhumano, corporal, emocional y genitalmente logrado.
Y si el niño, objeto de la catexis libidinal de este período!
final del desarrollo, no llega a ello, su sustituto afectivo será
la obra social común, porque la fecundidad es la caracterís-j
tica de la realización en este estadio.13
La inteligencia. Aun cuando a menudo haya estrechas rela­
ciones y una correspondencia manifiesta entre el desarrollo
afectivo y el nivel mental, la experiencia nos enseña que no
siempre es así. A fortiori, la apreciación numérica de un)
“nivel mental” no permití en manera alguna deducir que
estemos ante un medio de aprehender o de juzgar “la inteli­
gencia”.
Nos parece que las predisposiciones a la posibilidad de
sublimaciones intelectuales (que es en lo que justamente
consiste el trabajo escolar e intelectual en general) depen^
den de elementos preformados, constitucionales, poniendo;
aparte todas las reacciones afectivas inhibidoras. Pero estas
posibilidades de sublimación intelectual para ser utilizadas
deben implicar un máximum de adaptación corporal y emo­
13. Dejaremos fuera del marco de este estudio el caso del celiba­
to por vocación, común a tantas reglas religiosas y que, en sus moda-,
lidades humanamente logradas, puede expresarse en lenguaje psicch
analítico como un éxito del sujeto en la simboüzación de su persona
y de su fecundidad libidinal.
cional que permita y respete la expansión del sujeto, indivi­
duo relativamente autónomo, lugar de integración de las
leyes de su propia cohesión libidinal y de las que aseguran la
cohesión de la sociedad.
Cuando una neurosis se acompaña de un nivel mental
inferior a lo normal, este hecho puede deberse sea a una
debilidad intelectual verdadera, sea a una inhibición brutal
del derecho a la libido oral, anal, uretral o fálica, en la
época en que el hedonismo de estas zonas era la meta electi­
va de la actividad.
El interés intelectual se despierta, en efecto, en estos
estadios sucesivos, por adhesión afectiva a sustitutos del
objeto sexual a medida que se van presentando frustracio­
nes (orales, anales, uretrales) impuestas por el educador y el
mundo exterior. El interés intelectual que deriva de la pul­
sión libidinal demanda que el sujeto tolere esta pulsión por
lo menos el tiempo necesario para la formación de los inte­
reses sustitutivos y hasta que estos intereses aporten por
ellos mismos satisfacciones afectivas, además de la estima de
los adultos. Sólo entonces el interés sexual correspondiente
podrá acabar de extinguirse por sí mismo, mediante una
represión sin peligro; se ha adquirido con ello la posibilidad
de sublimación.
La hipertrofia de la “inteligencia” en relación al resto de
la actividad psicofisiológica de un sujeto nos parece que
merece el nombre de “síntoma neurótico”, es decir, de re­
acción a la angustia, al sufrimiento. La inteligencia, débil,
normal o superior, puede existir tanto en el neurótico como
en el sujeto afectivamente sano; pero, dadas unas posibilida­
des originalmente iguales de sublimación, el sujeto sano dis­
pone, en relación con el neurótico, de facultades intelectua­
les mejor adaptadas a la realidad y más fecundas. Sus inte­
reses son más numerosos, sin ser incoherentes, y apuntan a
resultados de eficacia objetiva para su medio social, al mis­
mo tiempo que a su propia satisfacción y a su enriqueci­
miento personal.
En tales sujetos la etapa fálica y la fase de latencia, así
como el comienzo de la fase genital en la pubertad, se carac­
terizan por el interés afectivo, la adhesión espontánea y
sucesiva a todas las actividades de las que puedan (en su
medio) tener noción.
Con la madurez de la sexualidad genital el individuo sa­
crificará entonces deliberadamente (y no reprimirá) aque
líos intereses netamente incompatibles con la línea de vida
que ha preferido. Y esto, por lo demás, sin amargura resi­
dual alguna frente a los objetos a los que ha renunciado y
que verá elegidos por otros sin angustia.
Lo que acabamos de decir de la expansión de la inteli­
gencia no es, por otra parte, más que una aplicación particu­
lar de la consumación feliz del desarrollo libidinal genital
caracterizado por la “vocación”, por el compromiso, la op­
ción deliberada que, cuando es entera hasta en el incons­
ciente, se acompaña de una expansión psicofisiológica y de
fijación libidinal en el modo llamado oblativo al objeto de
amor, a la obra, al niño.
El pensamiento en la etapa genital. Hemos visto cómo, al
comienzo de la situación edípica, el pensamiento participa­
ba todavía del modo anal captativo triunfante o expulsivo
triunfante, coloreado de ambición. Sólo con la liquidación
del complejo de Edipo puede el pensamiento ponerse al
servicio de la sexualidad llamada oblativa, es decir, la que
rebasa la búsqueda de satisfacciones narcisistas, sin negarlas
por otra parte.
En el estadio genital el pensamiento se caracteriza por el
buen sentido, la prudencia y la objetividad de la observa­
ción. Es el pensamiento racional.
La objetividad hacia la cual tenderá el individuo será la
de apreciar toda cosa, todo afecto, todo ser y a sí mismo,
en su justo valor, es decir, por su valor intrínseco, sin perder
de vista el valor relativo en relación con los otros seres. El
sujeto no se aproximará al máximo de esta objetividad total
a menos que, por una parte, haya liquidado en sí los con­
flictos neuróticos y, por la otra, no haya conservado en su
inconsciente núcleos de fijación arcaica.
El pensamiento objetivo total, consciente, patrimonio
del estadio genital acabado, parece por lo demás incompati­
ble con la introspección, tanto, aunque por otras razones,
como el pensamiento narcisista del estadio oral, que era
preconsciente e incapaz de objetivación. El estadio genital
oblativo se caracteriza por la fijación libidinal al objeto,
heterosexual, para una vida en pareja, fecunda, y para la
protección del hijo (o de su sustituto).
Esta fijación sexual genital puede, en el adulto maduro,
ir hasta el abandono total, sincero, es decir, hasta el incons­
ciente, de los instintos de su propia conservación, para ase­
gurar la protección, la conservación y la libre expansión
de la vida física y psíquica (afectiva e intelectual) del hijo,
del fruto. Es una fijación oblativa a un objeto exterior al
sujeto mismo, cuya supervivencia y logro le importan más
que los suyos propios.1
Con un modo de pensar total y constantemente al servi­
do de la libido genital ya no puede uno tratar de conce­
b irle ” .
Para poder formular tal pensamiento, es preciso un míni­
mum de interés por sí mismo (autoerótico) intricado al
interés objetal oblativo; no es, por consiguiente, una moti­
vación del estadio genital. Las tentativas de reflexión sobre
este pensamiento rayan con lo inefable y salen del dominio
del pensamiento racional humano. La introspección depen­
de, pues, siempre, aun en el estadio genital, de un modo de
pensar de modalidad anal y nunca es racional ni objetiva.
El modo de pensar totalmente oblativo es incontrolable
para el sujeto, y esto es quizá lo que acompaña a la conmo­
ción total psicofisiológica del orgasmo genital en el coito
con una pareja sexual “amada”, en el adulto que ha llegado,
en el doble plano, consciente e inconscientemente, al esta­
dio genital oblativo. Pero lo propio del orgasmo sexual es
precisamente expresar lo inexpresable y aportar consigo
emociones impensables, no controlables e incomunicables.
El modo genital oblativo del pensamiento puede todavía
sufrir regresiones, una vez que ha sido alcanzado, y los fra­
14. Oblativo no debe entenderse como ideal virtuoso, sino como
una manera de amar al otro, el ser amado, la obra o el hijo, con un
amor instintivo, protector, igual y a menudo superior en intensidad
libidinal al instinto de conservación de sí. Es el desplazamiento adul­
to del narcisismo a la descendencia.
casos o errores en la elección del otro o las pruebas que
sobrevienen a un niño o a la obra creadoramente concebi­
dos pueden inducir, por la angustia de castración siempre
asociada desde la edad edípica al valor narcisista ético del
individuo, una regresión neurótica. Pueden reaparecer mo­
dos de pensar y de reaccionar de los estadios anteriores. Son
los casos de neurosis traumáticas, cuyos síntomas traducen
la derelicción objetal, que implica la pérdida del gusto por
vivir, la recaída en la situación emocional edípica crítica,
transferida a objetos a los que siente homólogos.
Pero hasta la vejez, las pulsiones estructuradas por el
Edipo encuentran su ordenamiento creador en la lucha,
experimentada una y otra vez conflictivamente, articulada
al Edipo. Con arreglo al mismo modelo existencial que esta
crisis resolutoria humana, las pulsiones libidinales y las pul­
siones de muerte se confrontarán por medio de huellas, que
siguen siendo estructurantes, del complejo de castracción.
Así como el dormir y sus sueños de deseo satisfecho sostie­
nen, por el ritmo necesario del reposo, la vitalidad conscien­
te de un tercio de la vida humana, del mismo modo, en el
caso de una prueba más severa en la vida genital, experimen­
tada en la realidad, la regresión a la enfermedad servirá de
compensación narcisista. La libido genital, en cuyas realiza­
ciones creadoras el fracaso ha hecho menoscabo, encuentra
ahí un sustituto castrador ^ue hace las veces de padre, el
dolor que lo orienta hacia un nuevo lanzamiento dinámico
de su persona, reconfirmada en su destino, sin amargura
residual como en los tiempos del complejo de Edipo.
La alegría creadora signa el redescubrimento de la libido
genital nuevamente creadora.

II. PAPEL DE LA SEXUALIDAD EN EL DESARROLLO DE LA
PERSONA
Hemos tratado de echar una ojeada de conjunto a la apari­
ción paralela de todas las actividades en el niño, así como a
su manera de aprehender la realidad. La búsqueda del placer
erótico sensual no es, pues, la única ocupación del niño, ni
siquiera a los ojos de ios psicoanalistas, como muchos qui­
sieran creerlo.
Pero en cada edad, desde el nacimiento hasta la muerte,
no hay pensamiento, sentimiento o acto del individuo que
no implique la búsqueda hedónica, es decir, una pulsión
libidinal. No hay vida sana sin vida sexual sana e, inversa­
mente, no hay vida sexual sana en un individuo enfermo o
neurótico.
La salud sexual no se mide por la actividad erótica fisio­
lógica del individuo: ésta no es más que uno de los aspectos
de su vida sexual. El otro es su comportamiento afectivo
frente al objeto de amor, que se traduce, en su ausencia, por
fantasías en las que interviene él.
Sólo el estudio de estas fantasías y de su simbolismo
permite conocer la edad afectiva del sujeto y el modo de
sexualidad que preside su actividad. No hay actividad que
no esté afectivamente sostenida por sentimientos, en rela­
ción con la meta consciente o inconsciente de esta acti­
vidad.
Y la meta de toda educación (profilaxia de los trastor­
nos del comportamiento), como de toda psicoterapia (cura
de los trastornos de la conducta), es la utilización de la libi­
do del individuo de tal manera que se sienta feliz y que este
bienestar subjetivo armonice con el de los otros e incluso lo
favorezca, en lugar de obstaculizarlo.
Vamos a tratar de mostrar la exactitud clínica de lo que
acabamos de decir y de extraer conclusiones educativas
prácticas de esta constatación clínica: es la energía libidinal,
derivada de sus metas sexuales, la que anima todas las activi­
dades del individuo.
La tendencia a frotar rítmicamente una parte cualquiera
de su cuerpo para la obtención de placer existe en el niño
desde los primeros meses de la vida. Durante la fase oral
pasiva el chupeteo sin deglución es una manifestación sin
otra finalidad que el hedonismo; durante la fase oral activa,
morder o mordisquear es en sí ya un placer.
Al inicio de la fase anal comienza el placer de pellizcar,
de golpear, de aplastar, de “pujar”, es decir, de hacer un
esfuerzo. Es porque el niño es ya físicamente capaz de ha­
cer un esfuerzo muscular y sabe “pujar” y “retener” , por lo
que se puede, haciéndolo oír la onomatopeya que acompa­
ña a este esfuerzo y poniéndolo al mismo tiempo sobre el
orinal, enseñarle a disciplinar este esfuerzo hasta entonces
lúdico y hacerlo servir a lo que será la primera conquista de
la vida social, al mismo tiempo que su primer medio de dar
gusto al adulto amado.
Desgraciadamente el estadio sádico-anal de organización
psicoafectiva es muy activo y la tensión libidinal del niño
no encuentra a veces cómo desplazarse enteramente, en este
estadio, hacia los derivados que propone o permite el adul­
to. Por eso la edad del estadio anal es al mismo tiempo
aquella en que el niño se come las uñas, se mete los dedos
en la nariz, se rasca la piel —aun cuando esté sana- y puede
llegar a hacerse pequeñas lesiones que naturalmente propi­
cian la infección (véase la observación de G., p. 176). Cuales­
quiera de estos hábitos puede entonces prolongarse más allá
del estadio anal, dado que ofrece menos oportunidades para
que el adulto intervenga represivamente. Y esto probará que
la polarización de toda la libido del sujeto hacia nuevas
conquistas no se ha logrado enteramente.
Así se explican esos gestos aparentemente absurdos en sí
mismos, y desprovistos de placer, integrados a la mímica
característica de cada uno d¿ nosotros (en lenguaje corrien­
te se les llama “manías”). Aparecen sin darnos cuenta, con
ocasión de reflexiones, preocupaciones, esfuerzos o aten­
ción. Cualitativamente tienen el mismo valor inconsciente
que los síntomas obsesivos, porque tienen el mismo origen,
y no difieren sino cuantitativamente. Desde el punto de
vista afectivo sirven de soporte a sentimientos del mismo
valor que los de la infancia y a fantasías que se relacionan
inconsciente o simbólicamente con conflictos del período
sádico-anal.
La prueba de ello es que, cuando vemos a una persona
meterse el dedo en la nariz, arrancarse la piel que contornea
las uñas, morderse las uñas o los labios, jugar con sus llaves
o las monedas de su bolsillo, en primer lugar esto nos irrita
y, por otra parte, si se lo advertimos, es ella la que no podrá
detenerse sin sentirse molesta y trabada para pensar; dicho
de otra manera, la tensión implicada por la reflexión era
más tolerable con la relajación pulsional que proporcionaba
el gesto.
Además de estos gestos que equivalen en suma a una
masturbación “degradada”, hay particularidades del com­
portamiento que se han integrado al “carácter del indivi­
duo”, cóleras, rencores, envidias, celos, vanidad, que son
otros tantos síntomas, puesto que, a pesar de las justifica­
ciones lógicas que el sujeto dé de ellas (racionalizaciones),
se reproducen invariablemente en todas las relaciones huma­
nas afectivas que se crea el sujeto.
Es la actitud sentimental del niño frente a sus educado­
res, reflejo frecuentísimo de su actitud inconsciente respec­
to a ellos, la que permite o no la utilización de las pulsiones
con fines culturalmente útiles: así, la audacia, el gusto por
el riesgo, cuando son recompensados por la admiración de
la madre; la victoria obtenida sobre el adulto en el curso de
luchas lúdicas, agresivas o de juegos de destreza, cuando
traen consigo palabras de ánimo de parte del adulto, si el
niño ha fracasado, en lugar de una humillación; así, cuando
las caricias o los cumplidos animan al niño a mostrarse
“buen jugador”, generoso en los inevitables conflictos con
los otros; y no cuando severos reproches tienden a “some­
terlo”, siendo que está naturalmente dotado de una libido
más rica que otros.
Las pulsiones y las descargas libidinales no tienen, pues,
tanta importancia en si mismas como en virtud de los afec­
tos que engrendran.
Para el niño que no ha llegado al “uso de razón”, es decir,
al sentido moral (el superyó), las conclusiones experimenta­
les son reglamentadas por el principio bruto del placer-
displacer. Lo que proporciona placer será repetido, lo que
conlleva displacer será evitado.
Pero las pulsiones instintivas del niño van a topar con
obstáculos. Que estos obstáculos sean conformes a la “con­
dición humana”, tomada en su más vasto sentido, o que los
levante sin necesidad racional el medio familiar, cuya acti­
tud obedece a una óptica éticamente deformada, el niño no
está todavía apto para discernirlo. Algún día percibirá, en la
pubertad o más tarde, que sus veleidades de revisar los valo­
res elevados al rango de dogma por su medio educativo y
por su propio superyó crearán conflictos entre su sentido
moral deformado y su yo. Esta revisión de los valores en la
pubertad “afectiva”, sin embargo, es indispensable. Revisar
los valores, por otra parte, no significa forzosamente des­
truirlos, puede ser sólo inventariarlos, seleccionarlos y conser­
var los que convienen. Es inevitable que esta crisis de la
pubertad traiga consigo conflictos familiares más o menos
agudos, y esto aun si los padres son muy tolerantes, pero
sobre todo si no se interesan por el niño. En efecto, para el
adolescente la angustia interior de esta lucha normal de sus
instintos contra su superyó es difícil de soportar. Lo es
menos cuando el joven ser puede hacer soportar a otros la
responsabilidad de su sufrimiento y los padres son el super­
yó viviente, los “responsables de servicio” .
Claro que hay padres que acentúan la intensidad del con­
flicto de la pubertad, pero no por ello deja de ser éste, en sí
mismo, algo fisiológica y afectivamente normal. Es por esto
por lo que tales conflictos de la adolescencia, ocurran en la
edad fisiológica o más tarde, si el individuo es ya ligeramen­
te neurótico antes de la pubertad, es decir, culpable de sus
pasiones sexuales, pueden desencadenar neurosis más o me­
nos agudas. Estas últimas se declaran entre los 18 y los 25
años y coinciden con los primeros ensayos de relaciones
amorosas fuera del “hogar** y que arrastran consigo senti­
mientos de culpabilidad.
El arte del educador y del médico es conducir al niño
hacia la expansión eufórica de todas sus posibilidades afecti­
vas y fisiológicas naturales compatibles con las exigencias
físicas y psíquicas de su medio social. Y no se llegará a esto
aislando al niño para evitar el riesgo de la enfermedad, sino
armándolo contra ella. Del mismo modo, para la salud mo­
ral del niño no se le ayudará en modo alguno evitándole los
riesgos de la vida. Debe aceptar el sufrimiento inevitable y
la angustia humana que implican las prohibiciones que la
sociedad erige contra sus pulsiones libidinales desordenadas.
Se le ayudará permitiéndole que se desarrolle en él el desin­
terés libre y espontáneo de los placeres prohibidos o mal
vistos por el medio en que está abocado a vivir. Este desinte­
rés se obtiene no mediante el rigor, sino gracias a amplias
compensaciones libidinales y sentimentales que la sumisión
proporciona al niño a cambio de las restricciones aceptadas.
El adulto no debe jamás olvidar que la riqueza libidinal
de un niño puede ser igual, pero también superior o inferior
a la suya propia, que la personalidad que existe en potencia
en el niño puede ser muy diferente de la suya y que no
deberá jamás comparar la personalidad de un niño a la de
otro, a no ser desde el estricto punto de vista del éxito
práctico, de la salud y de la felicidad subjetiva de una buena
adaptación afectiva.
No existe ni existirá jamás, sin duda, medio humano que
permita apreciar el valor intrínseco de un ser. Todo adulto,
sea progenitor, médico o educador, debe conservar en sí
mismo muy vivo el respeto de la libertad individual del niño
en todas las actividades legítimas que le tienten y debe
cuidar de no añadir nada a las restricciones instintivas que
exige ya de por sí el buen entendimiento del individuo con
su medio social contemporáneo.
Estas restricciones no son siempre las mismas y a menu­
do son menores que las que el adulto se impone voluntaria­
mente por ética personal o por sometimiento a condiciones
de vida a veces penosas y de las que el niño no es responsa­
ble y que no debe acostumbrarse a considerar “normales”.
El niño puede muy bien amar y admirar al educador sin
que esto le obligue a creerlo infalible en todos sus juicios.
Por el mismo hecho de amarlo y sentirse respetado por él,
se complacerá en respetarlo a su vez, en darle gusto y en
imitarlo, mientras esta actitud vaya de acuerdo con su desa­
rrollo original espontáneo.
. Al crecer, podrá permitirse la elección de un modo de
vida a veces enteramente diferente del que escogió el adulto
educador. En estas divergencias de puntos de vista, siempre
penosas para él, le será con todo de mucha ayuda la certi­
dumbre de que su éxito y su felicidad en el camino escogido
(aun cuando éste lo aleje del adulto que lo formó) aportan a
este último la profunda alegría de ver la obra de su vida
llevada bien a término y capaz a su vez de fecundidad.
Si el adulto no es neurótico, poseerá naturalmente frente
a su hijo este “arte” afectivo que acabamos de postular para
el educador y el médico, sin perjuicio de los conocimientos
intelectuales que estos últimos pueden añadir al respecto.
En efecto, el adulto psíquicamente sano se encuentra en el
estadio genital, oblativo; está pues determinado, para su
propio despliegue psicoafectivo, a consagrar sus energías li­
bidinales a su obra, a los objetos de su “vocación”, a su
hijo. El saber dichoso a este último le da la alegría de vivir y
la posibilidad de envejecer sin amargura.
Si hemos llegado a hablar de educación es porque la
educación es al comportamiento práctico del individuo lo
que la profilaxis de la enfermedad es a la salud orgánica
general. El “arte” que constituye el valor de un educador es
parte de su dotación, siempre que disponga de un sentido
común natural; y un médico no puede permanecer ajeno a
esto.
Cualesquiera que sean los defectos y las cualidades del
adulto, podrá tener una actitud afectiva objetiva de simpa­
tía humana, hecha de estima y respeto por sus semejantes,
los apruebe o no personalmente en su fuero interno. Sólo i
esta actitud es válida en el caso del médico a quien se lleva a
un niño que presenta trastornos del comportamiento, tras-1
tornos orgánicos o ambos a la vez.
Sólo entonces podrá, a condición de poseer también co- j
nocimientos científicos, ha^er un diagnóstico e intentar un
pronóstico. Pero con eso su papel no ha hecho más que;
comenzar. Debe aún curar, es decir, aportar un concurso
material o moral, o ambos a la vez, para ayudar al enfermo (
a curarse estimulando sus mecanismos de defensa naturales,
con el fin de superar felizmente o reparar (con el mínimum
de pérdida de sustancia, como dicen los cirujanos) los tras­
tornos funcionales o las lesiones por las que el enfermo
viene a consultarlo.
Por eso, todos los que se ocupan de los trastornos del
comportamiento, de los trastornos funcionales orgánicos, i
los educadores, los “médicos” en el verdadero sentido del
término, deben tener nociones claras acerca del papel de la
vida libidinal y saber que la educación de la sexualidad es la
levadura de la adaptación del individuo a la sociedad.
III. IMPORTANCIA DE LA EPOCA FÁLICA
EN LA PATOGÉNESIS DE LAS NEUROSIS
Durante las primeras épocas de la sexualidad -oral, anal­
tos adultos no exigen la supresión total de las satisfacciones
hedónicas.
Si la madre o educadora no son neuróticas, no tratarán
de obtener sino progresivamente la relativa regularidad ne­
cesaria a la vez para la buena salud del niño y para las
comodidades de la vida, la obligación sin rigidez de comer
con limpieza, la disciplina de las funciones digestivas excre­
menticias, sin que sea ni absoluta ni obsesiva. La educación
de los esfínteres impuesta con un rigor inflexible es obra de
una educación neurótica, es decir que va contra la meta que
uno se propone: desinteresar al yo de la pulsión, para que
los afectos que le están ligados puedan utilizarse con fines
sustitutivos de interés social. Ahora bien, si el funciona­
miento intestinal se convierte en una preocupación, esto,
para ia economía inconsciente, viene a ser lo mismo que si
el erotismo anal reinara soberanamente en ausencia de re­
presión cultural, pero no es en absoluto lo mismo para el
conjunto de la personalidad y su adaptación práctica. El
individuo ya no tiene permiso para gozar el placer, que está
condenado; pero no por esto se libera de sus preocupacio­
nes anales. Al contrario, el estreñimiento o la diarrea se
convierten en el hecho importante del día; se utiliza una
gran cantidad de libido para reprimir la pulsión sexual, in­
vestida a su vez de una cantidad igual de libido. La libido
así bloqueada en el inconsciente ya no está disponible para
investir las actividades sociales prácticas del Yo, ni para
investir la zona erógena fálica, que debe cronológicamente
suceder a la zona anal en la primacía del hedonismo.
Durante las épocas oral y anal el niño, gracias a la acep­
tación de su renuncia parcial a la satisfacción de sus pulsio­
nes instintivas, encuentra un medio de conquistar la amistad
de los adultos, sin que esto lo obligue a suprimir completa­
mente el interés por sus funciones digestivas, que son indis­
pensables para la vida orgánica. Además, lo que sufre la
represión en el interés afectivo que pone en sus excremen­
tos sirve para investir otros objetos de amor. La madre es la
primera beneficiaría, puesto que el niño aprende a hacerle
regalos; después serán otros objetos los que, cada día en
mayor número, serán acogidos en el mundo afectivo del
niño.
La libido, coloreada de sadismo y de masoquismo, des­
viada de su meta erótica primitiva, puede entonces ponerse
al servicio de la musculatura y de la inteligencia, fisiológica­
mente aptas para utilizar separada o simultáneamente la
agresividad y la pasividad en actividades pragmáticas. Ad­
quisiciones culturales y experiencias personales que enseñan
al sujeto los límites y las reglas impuestas por el mundo
exterior a sus pulsiones individuales sirven así para crear el
núcleo consciente de una personalidad: el yo del niño mani­
fiesta sus libres iniciativas en todo lo que no es objeto de las
prohibiciones del adulto educador, tropieza con estas pro­
hibiciones de la misma manera que tropieza con las leyes
físicas del mundo exterior. Estos choques inevitables dan
origen a un sufrimiento que se denomina angustia primaria.
La energía libidinal reprimida, desviada de sus fines hedóni-j
eos orales y anales, servirá pa’ra reforzar la adhesión a las
traducciones permitidas, que serán así medios de defensa
del yo contra la angustia primaria, al mismo tiempo que
satisfacciones narcisistas y medios que favorecerán la evolu-l
ción hacia el estadio genital.
Si el educador no es neurótico y ha alcanzado el estadioj
genital de su propio desarrollo sexual y si, por otra parte, el
niño es somáticamente normal, no habrá accidentes “neuró-j
ticos” graves en la adaptación del niño a la vida social. Su$|
mecanismos de defensa resultarán adecuados. Se formaránl
siguiendo el sentido del desplazamiento de los afectos haci^
objetos de interés culturalmente importantes. Darán lugar a
actitudes reactivas con la forma de rasgos de carácter y de
sublimaciones en armonía con el medio ambiente social*
con el educador o el medio familiar, los que a su vez conj
cuerdan con este medio ambiente. Es a esto a lo que se
llama reacciones “normales” .
Los resultados de las frustraciones del destete y de l¿
disciplina de los esfínteres son, pues: por una parte, formal
en el niño normalmente educado un esbozo de personalidal
diferenciada, cuyos intereses y sublimaciones son ya apre*
dables; por otra parte, estimular la evolución sexual encau­
zándola hacia la primacía de la zona erógena fálica, que será
paulatinamente investida de catexis a medida que las nuevas
oleadas libidinales no encuentren ya salida hacia las zonas
anales y orales, privadas de catexis o interés sexual.
Durante la época fálica se produce un nuevo hecho, que
da a las frustraciones eróticas no compensadas su valor de
traumatismos psicofisiológicos mutiladores. Es la imposibili­
dad para el niño de desplazar (sin regresión) hacia otra zona
erógena el interés libidinal correspondiente al falo, elevado
al rango de zona erógena electiva. Si bien, para la niña, el
desplazamiento puede y debe hacerse desde el clítoris a la
vagina, la proximidad anatómica de estas dos zonas hace que
una prohibición de la masturbación clitorídea sea a menudo
válida y eficaz (y tal es, por lo demás, la intención del
adulto reprobador) para la masturbación vaginal.
Para el muchacho, como para la muchacha, la zona geni­
tal se convierte en el centro de interés sexual, sin que por
eso se desprenda totalmente de sus antiguas fijaciones eróti­
cas (glotonería, bromas y chistes escatológicos, sexualidad
táctil, auditiva, olfativa, hedonismo muscular, la destreza, la
danza, los deportes, las agresiones lúdicas de morder, ara­
ñar, golpear, etc.).
Que la sexualidad infantil logre avanzar hasta la primacía
de la zona genital es fisiológicamente primordial. El respeto
a su evolución natural es culturalmente necesario para la
adaptación normal del niño a la vida social ulterior, que
exige el despliegue fisiológico y sentimental del individuo,
es decir, su total desarrollo libidinal. Por desgracia sucede
con demasiada frecuencia que el adulto, ignorante o neuróti­
co, ahoga en el niño la catexis erótico-afectiva de la esfera ge­
nital y esto desde sus primeras manifestaciones. Y sin embar­
go, este interés es la prueba de una evolución instintiva
natural que acompaña el desarrollo biológico del ser huma­
no. Prohibir al niño la masturbación y las curiosidades
sexuales espontáneas es obligarlo a prestar una atención inú­
til a las actividades y sentimientos que son normalmente,
antes de la pubertad, inconscientes o preconscientes. Es una
evidencia moral (e incluso un lugar común teológico, prue­
ba de ello es la noción “uso de razón”) que algunos com­
portamientos no tienen el mismo significado para el adulto
que para el niño. Una toma de conciencia prematura, en
una atmósfera de culpabilidad, es en gran medida perjudicial
para el desarrollo del niño, pues priva del derecho a utilizar
de otra manera, en el plano genital, la libido inconsciente­
mente recluida en estas actividades espontáneas. El niño
sano desde el punto de vista psíquico, una vez que ha llega­
do al estado fálico, posee el dominio de sus necesidades, usa
hábilmente su cuerpo y sus manos, habla bien, escucha
y observa mucho, le gusta imitar lo que ve hacer, hace
preguntas, espera respuestas adecuadas, y si no se le dan
fabula explicaciones mágicas.

IV. PROHIBICIONES HABITUALES QUE SE HACEN A LA
MASTURBACIÓN

¿De qué medio se sirve el adulto cuando sorprende en el
niño el gesto “horrible” que le molesta personalmente?
Hay, en primer lugar, la prohibición sin explicación. Si
no va acompañada de un tono reprobatorio y no viene del
adulto predilecto, será la menos traumatizante. En efecto,
como con todas las prohibiciones que se imponen al niño,
éste no la toma en cuení» más que en presencia de las
“personas mayores”, o bien hasta que descubre por sí mis­
mo el riesgo verdadero y racional en el cual su desobedien­
cia lo hace incurrir. Ahora bien, ya que este “riesgo verda­
dero” no se mostrará jamás en lo que concierne a la mastur­
bación, podrá satisfacer las exigencias de la sociedad, que,
en efecto, es la realidad, no tolera que la masturbación sea
pública, pero no se la prohíbe a nadie en lo privado.
El adulto no solamente censura la masturbación, sino
que es raro que justifique su prohibición, porque el niño
inocentemente le exige una razón. La confusión se inicia
aquí para el adulto, que generalmente responde: “No es
bueno”, o “es sucio” , sin darse cuenta de que estas explica­
ciones pueden cavar una fosa entre él y el niño, que hasta
entonces le había dado toda su confianza. Si, por desgracia,
el niño admite y hace suyos estos falsos juicios valorativos,
su “sentido común” quedará definitivamente alterado; lue­
go volveremos sobre este punto.
Cuando el adulto hace intervenir medios de intimida­
ción, está hablando según su propio “superyó”y definitiva­
mente no según la moral racional, o sea según las exigencias
sociales reales de su medio. Esto es por lo que una madre o
una educadora neurótica (frígida por ejemplo) es profunda­
mente nefasta para la educación primera de un niño, aun
cuando el niño olvide totalmente a esta primera educadora.
“ ¡Ah —se dirá—, usted es uno de esos que dejarían que el
niño sea un maleducado, bajo pretexto de no darle ninguna
moslestia! ”
No, de ningún modo; pero hay una manera de exigir las
renuncias a los instintos, y esta manera depende de la perso­
nalidad profunda de la educadora. Ésta puede ayudar al
niño a desarrollarse felizmente o, por el contrario, bajo pre­
texto de educación, dificultar su evolución.
De hecho, es raro que el niño no reitere el gesto conde­
nado, por “feo ”y “sucio ” que se le trate de hacer aparecer.
El adulto recurre entonces a medios de coerción o de inti­
midación.
—Existen toda una serie de castigos corporales ya comu­
nes en la educación tradicional: las bofetadas, las nalgadas,
los azotes, las privaciones alimenticias, etc.
—Dentro de ciertos medios refinados, donde no se permite
pegar al niño, las madres creen ser más dulces -cuando que es
el más sádico de los castigos corporales—al atarle las manos
cuando está en cama. Para él no hay posibilidad de olvidar
su triste condición de víctima. El menor deseo de moverse,
sin intención masturbatoria alguna, le recuerda, por asocia­
ción, el placer prohibido. Toda su actividad manual es con­
denada. Se puede imaginar sin dificultad los sentimientos de
rebelión que esa inmovilidad forzada puede provocar en ser
dotado de una fuerte agresividad natural, o la perversión
masoquista que adquiere un valor iniciático en aquel que la
soporta sin rebelarse.
—Hay también, según la edad del niño, la amenaza mágica
de entregarlo al “hombre negro”, al “coco”, al “gendarme” ,
hasta la de ponerlo en las manos castradoras del “doctor”,
quien “lo operará” o, como se dice más categóricamente, “se
la cortará” (esto se refiere tanto a la mano culpable como al
órgano sexual).
—Están también las amenazas de enfermedades localmente
mutiladoras (el pene se le corroerá o caerá, la mano culpa­
ble se secará o se paralizará), de enfermedades que consu­
men (fatiga, tuberculosis, idiotez, locura) y aun de enferme­
dades mortales o de la muerte misma.
Al encontrar en los niños “ojeras”, ciertas madres incri­
minan de inmediato a la masturbación y, aunque nunca
hayan pescado al niño en el acto, lo sermonean. Como no
hay niño que no se haya “tocado” al menos en una ocasión,
(sea o no ya una costumbre hacerlo), al niño le impresiona la
idea de que “eso se ve en la cara” y angustiado por las
graves consecuencias profetizadas, es acosado por amenazas
de castración hasta en la soledad.
-Agreguemos el castigo divino merecido por esta grave
falta, del que hay que acusarse en la confesión. Desgraciada­
mente el cura se sale a veces neuróticamente de su papel y,
en lugar de otorgar el perdón que tranquilizaría la concien­
cia angustiada del niño, lo regaña y asume frente a éste,
estando él mismo castrado, el papel de padre castrador.15
Detrás de todas estas explicaciones destinadas a recalcar
la prohibición de la masturbación está, clara o implícita, la
noción de pena, de aflicción ¿profunda que el niño ocasiona
al adulto, y esto es una novedad. La educación de la limpie­
za y la educación en general no habían, hasta ahora, provo­
cado en el adulto más que prohibiciones proferidas en tono

15. El padre verdadero no es castrador sino por el hecho de ser
el poseedor sexual de la madre, la concupiscencia con la cual prohí­
be definitivamente al hijo. El incesto prohibido abre el camino al
deseo válido de las mujeres que no pertenecen a la familia.
Todo célibe profesional es inconscientemente sentido por el niño
como eunuco por enfermedad o por destino desafortunado. Es difí­
cil, si no imposible, antes de la edad adulta, admitir que el celibato
es el resultado de una vocación de sublimación genital, es decir,
compatible con la valorización ética de las emociones y satisfaccio­
nes de la vida de una pareja heterosexual; así todas las restricciones
sexuales aconsejadas por educadores y educadoras célibes son recibi­
das como estimulaciones de la erótica pregenital venidas de la autori­
dad reconocida. ¡ Esta no es evidentemente la finalidad buscada!
violento, enojado, fatigado, excedido o despreciativo, pero
nunca había tenido este matiz de profundo disgusto que
acompaña al tono reprobatorio del adulto cuando habla al
niño de cuestiones tocantes a la educación sexual genital.
Por otra parte, son severos por lo que hace a la masturba­
ción quienes tienen un superyó arcaico, de etapa anal y que,
aun ferozmente dedicados a reprimir en sí mismos el hedo­
nismo excrementicio, rehúsan reconocer cualquier otro.
Dicen bien respecto de sí mismos cuando encuentran la
masturbación sucia o fea, mientras que un superyó genital
sólo la juzga imperfecta e insatisfactoria. Esto explica por
qué las mujeres frígidas son la mayoría de las veces estreñi­
das crónicas y por qué, respecto de la salud de sus hijos, el
interés lo centran en el funcionamiento intestinal.16
En cuanto a la creencia en los peligros de la masturba­
ción, las enfermedades, la locura, la imbecilidad, el reblan­
decimiento de la médula espinal (sic) están tan difundidas
en ciertos medios que se podría creer que todos estos rumo­
res han sido desencadenados por médicos poco sensatos,
autores de libros nefastos en los que, sin duda, escribieron
en negro sobre blanco lo que querían hacer aparecer más
impresionante, obsceno y sádico para ellos mismos, sádicos
y obsesionados con la masturbación.
La verdad es que la masturbación normal, lejos de fatigar
al niño, calma la tensión libidinal fálica que siente y de la
que las erecciones son una prueba. Proporciona al niño una
liberación fisioafectiva que no iguala en intensidad al orgas­
mo del adulto, puesto que no hay eyaculación, pero que es
un apaciguamiento psíquico y físico, mientras en sus fanta­
sías masturbatorias no se mezcle la idea de desobediencia
culpable o de un peligro amenazante.
Como ya hemos dicho, lo que importa, en la fase fálica
de 3 a 5 años (como por lo demás en muchas otras épocas),

16. Tres veces me ha tocado encontrar madres que no toleran en
sus hijos, hasta una edad avanzada, sino pantalones cortos, porque
“son más decentes”. Las tres cosían a máquina las braguetas, cuando
se veían obligadas, por falta de tiempo, a comprar los calzones de
sus hijos, en lugar de hacérselos ellas mismas. (Estas mujeres me
confesaron que eran frígidas.)
no son tanto las manifestaciones exteriores de la sexualidad
como el modo de relación objetal que revelan. Lo que im­
porta es el modo en que el sujeto se conduce respecto de su
objeto electivo, de interés afectivo, aquel al que inviste con
su libido y hacia el cual dirige sus emociones, sus pensa­
mientos y sus fantasías con fines eróticos y sentimentales.
Por esto en la etapa edípica el respeto de la masturba­
ción es capital; por esto la supresión impuesta antes que el
niño haya efectuado internamente el trabajo afectivo perso­
nal e inconsciente de renuncia a los objetos incestuosos,
dificulta su adaptación ulterior más o menos en su totali­
dad.
Es por esto por lo que las amenazas de mutilación sexual
más o menos explícitas que los adultos profieren en presen­
cia de la masturbación de la segunda infancia, tanto en el
varón como en la hembra, tienen tan grande importancia.
El único argumento válido que es razonable emplear es el
del pudor, si el niño se masturba demasiado ostensiblemen­
te en público, lo cual es bastante raro.
Lo mejor es no ponerle cuidado a la masturbación; fugaz
con mucha frecuencia, cesará por sí misma. Y si se juzga
conveniente intervenir, tal vez lo mejor sea hacerlo en par­
ticular, a fin de no lastimar el amor propio del niño; y debe
ser en el tono natural que se usaría en un comentario trivial
a propósito del vestido o desarreglo personal, por ejemplo,
apelando a la noción de pudor, es decir, a aquello que cual­
quiera puede hacer en privado, tanto los mayores como los
niños. Este argumento ha sido siempre suficiente, en los
casos que hemos experimentado, para suprimir, sin peligro
para el niño, la tendencia a la masturbación en público.
Que la masturbación sea ostensible o velada, lo impor­
tante es que el adulto no se oponga, ni totalmente, ni en
nombre de falsos principios, para que sea protegido el futu­
ro afectivo del niño. Éste debe poder practicar la masturba­
ción cuando sienta necesidad de hacerlo, sin que intervenga,
viniendo del mundo exterior y sin ser necesaria para la edu­
cación, la noción de culpabilidad o peligro. Esta perfecta
libertad íntima en que se deja al niño preservará su libertad
afectiva, es decir, el libre juego de sus sentimientos tiernos u
hostiles, sus fantasías de conquista, bélicas o seductoras,
por los que el niño o niña motivan todo lo que “hacen”, de
manera directa o indirecta, para la conquista pasiva o activa
de sus objetos de amor.
Hemos dicho que esta actividad sexual incompleta expe­
rimentaba. hacia los 7 años, normalmente y por causas en­
dógenas (orgánicas y afectivas), una retirada natural. Es el
período prepuberal de adormecimiento más o menos com­
pleto del erotismo genital. El respeto de esta evaluación
normal es la única actitud favorable que puede tener el
educador.
En casos normales, el niño de 3 años no tiene, pues, como
hemos visto, nada de un pequeño salvaje; ya está “civiliza­
do”, ya tiene un carácter, hábitos, ocupaciones favoritas,
una forma de pensar y numerosas posibilidades afectivas
que son canalizadas en las relaciones sociales con quien lo
rodea y a menudo, en la más feliz de las eventualidades, con
niños de su misma edad, niños o niñas. Su libido está ya
bien empleada.
La manera como el adulto ha respondido a sus exigencias
amorosas y ha sabido reaccionar con una afección tierna
debidamente dosificada, los regaños y los cumplidos atina­
dos le han aportado satisfacciones afectivas que en ios casos
“normales” son compensaciones suficientes a las renuncias
que se le han pedido y que él ha aceptado.
La facilidad con que se ha desprendido de la zona eróge-
na anal se debe a que ha podido descubrir el placer reserva­
do a la excitación fálica (pene o clítoris).
En una palabra,.yo no es un “perverso instintivo”, esto
es, un ello ávido de saciedades hedónicas desordenadas e
inmediatas; posee un yo. Su sentido moral personal no exis­
te todavía, sin embargo, la necesidad que tiene de la asocia­
ción con otros lo conduce a comportarse ya intuitivamente
según las reglas morales de quienes lo rodean. Los momen­
tos en que se entregará a la masturbación serán, en parte,
aquellos en los que “se aburra”, cuando no tenga nada más
o tan atractivo que hacer (en su cama, cuando no duerma y
deba quedarse “quieto”), es decir, los momentos en que su
imaginación esté volando libremente, si se puede decir, sin
encontrar soporte lúdico para la relajación fisiológica sexual
(en el sentido amplio de la palabra) que la pulsión libidinal
demanda; sobre todo si está en estado fisiológico de excita­
ción (erección del pene, tensión del clítoris). Esto quiere
decir que en un niño normal, de buena salud, la masturba­
ción no será pública ni frecuente, y que, aunque así sea, el
adulto deberá despreocuparse de ella completamente. Esta
necesidad será tanto menos imperiosa en la medida en que
la madre lo sepa estimular para la conquista de todas las
actividades útiles y lúdicas que pueda realizar. Sobre todo
se elegirán aquellas actividades que desarrollan la destreza,
la actividad muscular e intelectual del niño, a imitación de
las niñas y los niños de mayor edad que él.
De allí que, cuando a un niño se le sorprende frecuente­
mente masturbándose, se trata, en caso de que sea “nor­
mal”, de una criatura de carácter excepcionalmente dotado
y a quien se debe iniciar en actividades superiores, ya sea en
fuerza o en nivel mental, de las reservadas para los niños de
su edad. Pero, más comúnmente, se trata de un niño ya
neurótico, en el cual la masturbación se ha convertido en
necesidad obsesiva. Este niño requiere ser atendido y no
reñido. Los medios de intimidación tendientes a prohibirla
masturbación, en caso de que sean obedecidos, inhibirán su
desarrollo (poco a poco irá tomando un aire “embruteci­
do”) y, si no lo son, lo convertirán en un inestable, colérico,
indisciplinado, rebelde. Ni una ni otra de estas eventualida­
des son, creemos, el resultado que el adulto persigue; mas es
esto desgraciadamente lo que logra y aquello por lo cual, sin
saberlo, ha hecho todo por lograr.
Hemos hablado de la cuestión de las prohibiciones habi­
tuales hechas a la masturbación. Las llamamos “castrado­
ras” porque tienden a la supresión de la actividad genital del
niño. Inversamente, muchas de las intervenciones aparente­
mente anodinas de los adultos, tendientes a prohibir ciertos
tipos de conductas espontáneas del niño y características de
su sexualidad normal, tendrán de la misma manera el valor
de prohibiciones “castradoras”, como son: la curiosidad del
niño de ambos sexos, el instinto de pelea del niño y la
coquetería de la niña, simplemente porque estas prohibicio­
nes habrán tocado elementos grandemente cargados de va­
lor libidinal afectivo.
Toda intervención del adulto tendiente no sólo a supri­
mir totalmente la masturbación sino a inmiscuirse inútil­
mente en la imaginación del niño y sus proyectos fabulosos
(que siempre disfrazan fantasías sexuales) para pasarlos por
el filtro de la razón deberá tomar el nombre de intervención
castradora. Sólo podrá aumentar la angustia inevitable y
normal del individuo en este momento naturalmente difícil
de su desarrollo.
Admitamos, para simplificar la exposición, que, contra­
riamente a la costumbre bastante difundida, no se dice nada
al niño sobre su actividad masturbatoria, ya sea que el adul­
to sea indiferente a ella o que no la haya percibido.
Veremos que no hay necesidad de la intervención del
adulto para que el niño sufra una angustia de castración,
respecto a la cual debe aprender a defenderse y no, todavía,
a capitular. Esta defensa, como veremos, hará que inevita­
blemente entre en juego la rivalidad edípica, la cual, a su
vez, desencadenará un complejo de castración.
Es la lucha contra tales modalidades sucesivas de la an­
gustia de castración lo que ahora vamos a estudiar.
Digamos, en términos generales, que en el más feliz de los
casos el niño superará el complejo de Edipo antes de la fase
de latencia, en la cual podrá entrar en plena salud física y
moral, lo que le permitirá las mejores adquisiciones cultura­
les, las cuales a su vez facilitarán el florecimiento normal,
sentimental y fisiológico, de su pubertad, de su adolescencia
y de su madurez.
Pero con mucha frecuencia el niño no llega a superar su
Edipo antes de entrar en el período de la latencia; se ve
entonces forzado —valga la expresión- a “firmar un armisti­
cio” con el complejo de castración, el cual,en la pubertad,
retomará su papel castrador: el sujeto, podrá entonces
deshacerse de él, en ese momento, o ya nunca más.1

La angustia de castración. El malestar que el niño experi­
menta al constatar la ausencia de pene en la niña lo fuerza a
escotomizar por de pronto el testimonio de sus sentidos.
Como ya hemos dicho, está convencido de que la niña tiene
uno un poco más pequeño y que le crecerá, o que está
1. Sin tratamiento psicoanalítico.
escondido entre las piernas, como uno de nuestros adultos
enfermos lo soñó respecto a una mujer, lo que le trajo a la
memoria su fantasía infantil. Pero por mucho que quiera
tranquilizarse con estas esperanzas consoladoras, el niño no
puede experimentar otra cosa que el miedo de que esto le
suceda también, ya que eso “es posible”.
Es que, como se sabe, la manera de pensar en esa etapa
trabaja bajo el signo de la magia. El niño busca, de acuerdo
con su lógica, o su nivel mental si se quiere, explicarse esta
ley de la naturaleza que lo contraría conscientemente por
parecerle una anomalía. Esto no le parece dentro del orden
natural de las cosas; y, puesto que no se da cuenta antes,
deduce que “se le ha caído”, o “se lo han cortado” o que
“se perdió” . Conforme a cada una de estas explicaciones
construye una historia, es decir, una fantasía donde las
cosas son representadas simbólicamente; los dibujos infanti­
les ilustran estas fantasías (véase el dibujo núm. 1, p. 164,
donde el animal tiene la nariz y la cola cortadas, y el caso
de Tote, p . 227).
Michel, un pequeño enfermo que tengo en análisis, rne
cuenta la siguiente historia (para explicarme el dibujo núm.
3, p. 166): “Es un Señor chino que ha pelado un plátano y
que está contento con el plátano, y después ve un árbol y
arroja su plátano porque cree que es una piedra, la dama
atrapa al plátano.” Ante mi pregunta: “ ¿Es una historia
real? ”, él responde: “Eso me pasó. Yo tenía una manzana
para comérmela y después hice pipí contra un árbol y luego
me distraje. Creí que era una piedra lo que tenía y la arrojé
sin proponérmelo y después ya no tenía manzana para mí y
no sabía cómo había pasado todo.” Vemos cómo la historia
real sirve de base a la fantasía. La manzana, ya fruta prohi­
bida del paraíso terrenal, Michel lo sabe, es remplazada por
el plátano, símbolo fálico, y la historia se conecta a su pipí.
La mamá de Michel es una de esas madres que cosen las
braguetas, lo que evidentemente obliga a Michel a bajarse
los pantalones para hacer pipí, y a poner en tierra lo que
traiga en las manos para dejarlas libres, y luego olvidó reco­
ger su golosina, probablemente por acto fallido neurótico.
Cuando el niño se da cuenta de que la ausencia de pene
sólo se encuentra en las niñas, la primer resultante es el
devaluarlas.
Pero no por ello admite que las mujeres y sobre todo su
madre puedan carecer de pene. Niña y niño continúan ima­
ginándola infinitamente superior a ellos, y por tanto, por­
tadora de un gran pene. En efecto, tener un falo es “ser más
fuerte que las niñas” ; ahora bien, los adultos, hombres
y mujeres, son todavía más fuertes que los niños. El niño se
siente en un estado de inferioridad frente al adulto, y tiene
razón, dada su condición infantil.
Véase el sombrero de la dama en el dibujo núm. 3, p.
166. Cf. la observación de Claudine, p. 236: “Ella es aquél
(sic) que no tiene nada”, en el dibujo donde “los niños y los
señores tienen cada uno un gran objeto para observar el
mar.”
Véase el dibujo núm. 6, p. 169 (de un niño enurético de
11 años). El árbol grande, fantasía de imaginación pura, se
adosa en este dibujo edípico a una exacta observación del
“Normandie” que había ido a ver; el simbolismo era tan
claro que le pregunté: ¿sabía que las mujeres no estaban
hechas como los hombres? Lo ignoraba, aunque sabía que
su hermana y las niñas no estaban hechas como los niños.
Pero creía que cuando se convertían en “mamás, en seño­
ras” , “eso se corregía”. *
Una vez aceptado el hecho, el niño se pregunta “por
qué”. Se dice; es porque “alguien las ha castigado” -siem­
pre presto, en esta etapa, como está a ver sanciones en un
plano destructor agresivo a causa de su propio sadismo que
proyecta sobre los otros. Está efectivamente incapacitado
aún para concebir que otros sientan y piensen diferente a él.
“ ¿Quién las ha castigado? ”, a esto él se responderá con
historias conocidas o inventadas, o con fantasías a base de
algún hecho relatado por un adulto.
En uno de mis pequeños enfermos, los símbolos castra­
dores aparecieron, todos, en dibujos. Estaban, sucesivamen­
te, el abuelo con su navaja de rasurar. Mme. Fichini, la bruja
mala de Blanca Nieves, la mamá mala, el padre azotador, el
ogro, el coco, el alguacil, el gendarme, el papá( ! ), el militar
con su sable, el cazador con su trampa, el hombre pez, el hom­
bre de mar, el buzo. Todos estos seres poderosos, mágicos, es­
taban abundantemente provistos de sombreros extraordina­
rios, de bastones y un gran saco para meter a los niños.
En todas estas historias, el niño cae en manos de estos
ogros devoradores, de estos seres todopoderosos y malévo­
los. ¿Por qué se castiga a los niños cortándoles “la cosita” o
“el pajarito” (explicación que se dan respecto a la falta de
pene infligida a las niñas)? Porque no han sido buenos o
porque han desobedecido. Y la severidad de los adultos para
con un niño alborotador o agresivo en sus juegos y sus
actividades, como normalmente lo son a esa edad, severidad
sin fundamento lógico, aumenta inútilmente la angustia,
porque las personas mayores son para él esos seres maravi­
llosos y justos que siempre tienen la razón, y de los que
depende que el niño sea macho o hembra. Es el adulto
quien fabrica a un niño, partiendo de un ser primitivamente
intacto al que corta una parte de su cuerpo que, sin esta
intervención castradora, seguiría siendo el de un niño.
Vemos, pues, que la angustia de castración tiene como
punto de partida una falsa interpretación de la realidad;
pero es una interpretación de la cual ningún niño puede
escapar, ya que el peligro que inventa está motivado por la
fuerza mágica que les atribuye a los adultos y por su inferio­
ridad real respecto de ellos.
Pero este descubrimiento de la diferencia de los sexos
tendrá para el niño el papel útil de estimular su desarrollo.
El niño rechaza la castración de la que se cree amenazado,
equivocadamente, pero este rechazo no pone su sexualidad
en peligro, sino al contrario.
Lo importante, en este conflicto, es que sucede en el yo,
consciente. El niño está consciente de su malestar, lo niega
a sabiendas. Lo interpreta como venido del exterior y su
razón lo obliga a encontrar una causa.
He aquí en qué consiste la “angustia” de castración; se
debe distinguir tajantemente de lo que llamaremos “com­
plejo” de castración. El complejo de castración será un fe­
nómeno inconsciente.2 Veremos que, contrariamente al
2. Para la comprensión de esto que será la parte más difícil de la
exposición, es importante que el lector distinga y tenga presente la
complejo de castración (fenómeno inconsciente y ligado al
Edipo), la angustia de castración (fenómeno consciente y
preedípico) es rico en consecuencias felices para la sexuali­
dad, cuyo desarrollo favorece. El complejo de castración,
por el contrario, será para la criatura una fuente de sufri­
miento, sin otra salida habitual que el abandono momen­
táneo de sus intereses sexuales, durante el período de laten­
cia. Hemos visto, sin embargo, que en ciertos casos muy
afortunados el niño puede solucionar su Edipo y el comple­
jo de castración antes de la fase de latencia.

LUCHA CONTRA LA ANGUSTIA DE CASTRACIÓN
S u consecuencia: El nacimiento del complejo de Edipo que
desencadena a su vez el complejo de castración
Según lo expuesto precedentemente, podemos decir que la
angustia de castración obedece a tres factores:
1J el descubrimiento de la diferencia fálica según los
sexos
2] el poder mágico atribuido a los adultos
3] una inferioridad general y verdadera ante el adulto.
El primero de estos factores es el único que es inmo-
dificable; los otros dos pueden ser reducidos.
El segundo factor, el poder maléfico y mágico del adul­
to, puede ser sometido al filtro de la razón y disociado. El
adulto declarado malo será el progenitor castrador; en cuan­
to al otro, el adulto bueno, se buscará por todos los medios
provocar su protección y ayuda.
En cuanto al tercer factor, la inferioridad real del niño,
éste tratará de remediarla sea negándola conscientemente de
una manera categórica, lo que subjetivamente la aumenta
por la comprobación de la diferencia entre lo que es y lo
que se quisiera que fuera, sea superándola mediante adquisi­
ciones culturales apreciables. La ventaja de esta última acti-
diferencia entre la angustia (consciente) y el complejo (inconsciente)
cada vez que se mencionen.
tud es que confiere más medios de seducción para conquis­
tar la ayuda y protección del objeto edípico.
Pero en esta lucha contra la angustia de castración serán
diferentes las actitudes del niño y de la niña.

El niño
Lucha contra la angustia de castración. Escollos. El haber
sido favorecido por la naturaleza,3 mientras que la “pobre
niña” está devaluada, hace al niño apreciar aún más su pene.
El falo, ya anteriormente catectizado de libido narcisista,
a causa de las satisfacciones sexuales que la masturbación
otorgaba, pasa por una nueva catectización libidinal del or­
den de la confianza en sí.
Pero como la sexualidad es aún cualitativamente sádica,
captativo-agresiva, las manifestaciones de triunfo del niño
serán exageraciones de los componentes sádicos: juegos rui­
dosos y brutales en el hogar y, fuera, carreras, viajes a la
aventura por los bosquecillos cercanos, búsqueda de guija­
rros para lanzarlos lo más lejos posible (siempre una nota
agresiva y un tema de aventura), fantasías bélicas al jugar a
ser soldado; en estas fantasías los oficiales militares tienen
derecho de vida o de muerte sobre los soldados y los prisio­
neros.
Sin embargo, el objeto de amor efectivo sigue siendo la
madre, ahora tanto más amada por el niño, cuanto que él le
atribuye a un favor especial de su parte el hecho de ser
varón. Desea conseguir su afecto tierno y su admiración y
los medios de que dispone son medios agresivos que, afir­
mando su sexualidad, deben, a su modo de ver, hacer que su
madre se sienta orgullosa de él —y también su padre, secun­
dariamente. “Tenías toda la razón en considerarme digno
de ser un varón.”
Su inferioridad infantil real le es menos difícil de sopor­
tar cuando su madre lo aprecia, y entonces puede incluso
gracias a una identificación con su padre—sentirse partíci­
3. O sea la madre, y una madre fálica.
pe de su poder mágico. Es un caballo, un tigre o un león en
sus fantasías lúdicas.
Pero, como hemos visto, el apego por su madre irá en
aumento, mientras que ella se liberará de la sujeción cons­
tante que la tenía ligada a la criatura. Su ternura, su aten­
ción benévola y material continúan, sin embargo, envolvien­
do sentimentalmente a su hijo. Ella estimula en él el orgullo
de hacerse de amigos tanto entre los pequeños como entre
los grandes y de comportarse con ellos según las convencio­
nes sociales de su medio. Ella se muestra contenta y orgullo-
sa de los progresos que él logra en el campo de la resistencia
física, de las iniciativas afortunadas y de las conquistas inte­
lectuales.
El pequeño varón encuentra así en el mundo exterior
objetos atractivos, amistosos, juegos e intereses a los que se
apega intelectual y afectivamente con entusiasmo. Por esto
también sus fracasos o sus insatisfacciones afectivas lo afec­
tan profundamente en intensidad.
Todas estas actividades son animadas por la presencia de
su madre. De su relación con ella depende el tono de sus
emociones a través de las que tomará contacto con los nue­
vos objetos de amor. Esto explica la tristeza de los niños
que sienten a su madre afligida o deprimida, aun cuando
sepan la razón, pues no comprenden su valor afectivo, sobre
todo cuando la madre, acaparada por sus preocupaciones
personales, deja al niño en la soledad de su corazón. Sin que
los padres lo sospechen, el niño se siente responsable; la
menor de sus travesuras que amerite reprimenda toma en­
tonces para él el valor de un crimen y su sentido moral
íntimo se encuentra deformado por escrúpulos. Es el caso,
por ejemplo, de su alegría o de su indiferencia cuando en
ocasión de un duelo entristece a la familia entera, cuando
que él no sentía amor captador por la persona desaparecida,
o no se había identificado con ella. Una pena de la cual no
comparte la causa no lo puede entristecer, y por poco que
el desaparecido le pareciera un rival en el afecto de su ma­
dre, o un opresor, el niño no se puede mostrar afectado por
su pérdida; al contrario, se siente liberado de una gran carga
y lo muestra con su comportamiento. Aunque ya sabe “ha-
terse el inocente”, es decir, negar un hecho que le sea desfa­
vorable, no sabe aún “poner cara” cuando se trata de un
hecho que lo deja indiferente. Recae sobre la educación el
enseñarlo, no por malignidad hipócrita, sino por respeto a
los sentimientos de los demás. Es por esto por lo que los
padres que se preocupan del bienestar de sus hijos deberían,
n í i i ocultarles la realidad cruda de la muerte, respetar la
despreocupación que muestran al respecto y alegrarse de
que todavía no experimenten un dolor que bien pronto les
Ncrá penoso, pues nadie puede vivir sin conocer el abandono
Interior en que nos deja la pérdida de un ser querido. No le
evitemos el contacto con la realidad, pero respetemos la
Insensibilidad espontánea del niño o sus medios naturales de
defensa cuando su actitud no vaya a acarrear más tarde un
sufrimiento real.
El niño al que habíamos dejado confiado en sí, rico en
posibilidades libidinales íntegras, era todavía incapaz de
‘‘jugar con” otros, aunque le gustara la compañía de sus
contemporáneos. Poco a poco abandonará sus fantasías y
sus juegos solitarios supliéndolos por juegos compartidos e
historias que le gusta escuchar y contar. Le gustan todas las
actividades donde interviene el gusto por el riesgo y la auda­
cia y experimenta placer en mostrarse valiente y astuto.
Busca entonces la compañía de otros niños, de su edad o
mayores, y no le gusta admitir a los pequeños ni a las niñas
dentro del círculo de sus amistades. Cuando las niñas quie­
ren inmiscuirse en el juego de los niños; se les rechaza con
gritos de “no, fuera las niñas”, “las niñas al cuerno”, etc. Si
uno de los niños se muestra menos aventurero que los otros,
si no le gusta revestirse de valor, de resistencia, se le trata de
“niña” con un aire despreciativo y se convierte en el chivo
expiatorio del grupo desenfrenado.
Los incidentes penosos para su amor propio, las desgra­
cias (heridas y chichones), a veces los accidentes, son el
precio de sus adquisiciones viriles. El niño los aguanta va­
lientemente, con orgullo, frente a su papá y los amigos; feliz
de poder llorar sin vergüenza con su madre quien, sin humi­
llarlo, lo cuida físicamente a la vez que aminora la impor­
tancia del fracaso, estimula, para el futuro, su espíritu de
revancha sobre sí mismo y sobre los demás, buscando con él
los medios para superar las causas de su inferioridad.
El niño llega así -naturalmente - a dominar las verdade­
ras dificultades -sin necesidad de recurrir a la magia de
ayudas imaginarias. “Astuto” no tiene ya en su lenguaje el
sentido peyorativo de “diabólico”, sino, por el contrario, es
sinónimo de inteligente y de finamente astuto cuando se
trata de la causa noble. Sublima en la “destreza” pragmática
la agresividad pulsional bruta, gracias a la previsión de las
consecuencias de las modalidades de su comportamiento
respecto a las exigencias de la realidad. Esta es la base del
sentido común práctico. Sus hazañas, del tipo lúdico simbó­
lico, o del tipo cultural, social, escolar, son para él descargas
eufóricas de sus pulsiones sexuales. El objetivo hedónico
primitivo es él mismo sublimado en objetivo sentimental
(gustar y causar placer). Le permite ganar la estimación de
los mayores al mismo tiempo que confianza en sí mismo,
basada, esta vez, no sobre fantasías de poder mágico, sino
sobre valores objetivos reales. Es la edad caballeresca.
Este comportamiento varonil y caballeresco del niño va a
traer consecuencias afectivas importantes. El niño va a so-
brestimar al padre y a celarlo, porque, si éste es normal, es
su rival frente a la madre, a quien protege y sostiene.4 El niño
va así a intentar superar al padre tratando de ser útil a la
madre por todos los medidS y de “aprender” todo lo nece­
sario para llegar a ser como papá, leer, escribir, ganar con
sus buenas notas algún dinero con el que comprará un ramo
de flores o un regalo, que entregará triunfalmente a su ma­
dre. Se las ingeniará para fabricar con sus propias manos
objetos que la agradarán. Así se formará el esbozo de su
superyó, esto es, en su fuero interno, de su “conciencia”,
que le indicará lo más conveniente que debe hacer, lo que
debe evitar, no siguiendo el principio de placer directo, sino
según el sentido moral que debe tener para ser tomado en
consideración por su madre, para que ella le diga “eres todo
un hombrecito”.

4. Sostener en el sentido amplio de la palabra. Es el compañero
de la madre aun cuando ella trabaje.
Pero mientras más avanza el niño en la finalidad declarada
de complacer a mamá, de parecerse a papá, más claras se
vuelven sus fantasías edípicas.5 En su imaginación, el niño
lleva a su madre de viaje con él solo, él va al volante del
coche, él conduce el avión, él construye la casa, él elige un
trabajo para ganar el sustento para ella, la madre estará
feliz, tendrán hijos. Estas fantasías edípicas se enfrentan
constantemente a una realidad contraria, que es la inferiori­
dad de edad, inexorable. La madre es “de papá”. “Tú ten­
drás también una mujer cuando seas grande” -dice papá.
“Pero es a mamá a quien quiero.” “No, es posible, porque
mamá es mía, y además, envejecerá como la abuela, para
cuando tú tengas edad de ser papá.” El niño no puede
admitir todavía la dolorosa realidad. Ya que mamá es de
papá, si papá no estuviera ella no sería de nadie y los dos,
madre e hijo, estarían tranquilos. De ahí las fantasías béli­
cas, agresivas, brutales, respecto del papá, los “no te necesi­
ta nadie, nos bastamos nosotros dos”, etc.
Admitamos que el papá no se altera y que mantiene una
total indiferencia frente a la actitud y los propósitos agresi­
vos mitomaniacos del niño.
Pues bien, aun en este caso, la culpabilidad del niño se
vuelve creciente, independientemente de toda intervención
exterior: se debe sólo al funcionamiento del inconsciente.
Ya que por el solo hecho de que el padre esté presente,
adulto que tiene derechos sobre mamá, y la quiera, no hay
un solo niño normal que no experimente, bajo la apariencia
de un desinterés afectado, un temor y unos celos reales. Se
dice a sí mismo entonces que su padre está celoso (ya que
proyecta6 sobre él sus propios sentimientos) y se queja ante
la mamá de la severidad de papá. Cuidado con las madres
5. Nótese que en muchos casos el complejo de Edipo se “repre­
senta” con una tía, hermana de la madre, o con una hermana mayor,
para evitar el peligro de rivalizar con el padre; no por ello el peligro
deja de estar presente, ya que aunque el niño “represente” su com­
plejo de Edipo con otra mujer, es en su madre, poseída por su rival,
en quien piensa, y reacciona frente a la otra mujer “como si papá la
defendiera”.
6. “Proyectar” significa “atribuir inconscientemente a cualquier
otro lo que uno mismo experimenta”.
que le hacen el juego a sus pequeños Edipos y reprochan al
padre por su severidad. Perderán prestigio y provocarán
querellas reales con el padre que darán aún más sentimien­
tos de culpabilidad al niño, pues él las habrá desencadenado
(cf. el caso de Patrice, p. 192). Además, en su fuero interno,
lo que admira es, precisamente, la firmeza y la superioridad
de su rival modelo. Si la madre lo ataca y el padre cede, es
como si ella no permitiera a su hijo convertirse en “su hom­
brecito” sino para mantenerlo en tutela. Las madres que no
son neuróticas y que dejan al hombre la iniciativa afectiva,
saben bien que si bien el padre es severo no por eso ama
menos a su hijo. O si acaso no lo amara o estuviese incons­
cientemente celoso, no son los reproches los que lo harán
cambiar, sino al contrario.
Poco a poco una agresividad celosa se abre paso en acti­
tudes manifiestamente hostiles, en conflictos por cualquier
bagatela con su padre, en desobediencias ostensibles destina­
das a provocar reprimendas paternas, de las cuales el niño va a
quejarse con la madre. Estas actitudes se encuentran invaria­
blemente en un momento del desarrollo de todos los niños.
Si el padre es viril y sano, severo pero justo, el complejo
de Edipo no tendrá dificultad en desarrollarse normalmen­
te, porque la imagen del padre es capaz de soportar la agre­
sividad inconscientemente violenta del niño, sin crearle a
éste la necesidad de buscar el autocastigo por sentimientos
de culpa.
Si, por el contrario, el padre es un ser débil físicamente,
demasiado dulce, o demasiado severo, es decir, moralmente
débil, al niño le es mucho más difícil llegar a ser muy viril.
Aun los éxitos en sus actividades derivadas, legítimas, son
vividas por él como éxitos culpables y su superyó reacciona
como si en verdad lo fuesen.
En una familia normal, donde el padre es quien manda y
está ligado con la madre por lazos de ternura amistosa, la
sola manera para el niño de salir adelante es renunciando
definitivamente al objeto primitivo, premio de la competen­
cia, y sublimando las pulsiones que apuntaban a conquistar
a su madre.
En nombre de necesidades interiores el sujeto se ve for­
zado a abandonar la lucha con su padre, o a sublimar en
otros objetos la libido primitivamente empleada en la fija­
ción afectiva hacia la madre. El incesto es libidinalmente
castrador. Trataré de demostrarlo.
En efecto, si la agresividad hacia el padre llegara a triun­
far sobre el plano consciente y en la realidad, nunca podría
el niño identificarse con él; ahora bien, el niño tiene necesi­
dad de catectizar a su padre, el poseedor masculino real de
su madre, de libido pasiva. Quiere no sólo remplazar al
padre, sino también imitarlo. Esta doble actitud rival y pasi­
va no acontece prácticamente sino en una familia “normal”,
es decir, sin neurosis, donde el niño está autorizado a com­
portarse como niño, donde los altercados inevitables y nece­
sarios estallan con el padre sin intervención de la madre
(“que se entiendan entre hombres”). Y esto porque la com­
petencia edípica del niño y del padre no es real por el hecho
mismo de que la madre ha escogido ya al padre. Ella puede
entonces, sin culpar al padre, consolar con actitudes mater­
nales tiernas, pero desprovistas de libido erótica, al hombre­
cito que tiene necesidad de un afecto femenino en las difi­
cultades de su adaptación social. Así, la madre contribuirá a
estimular en el niño la formación del superyó genital verda­
dero. El niño renunciará tanto más fácilmente a la rivalidad
con su padre, ya que se dará cuenta de lo inútil de su
actitud; la falta de esta seguridad es fuente de angustia.
Haga lo que haga, su madre lo ama en segundo lugar, sin
más, y le permite apegarse a otros objetos femeninos. Si el
niño liquida su complejo de Edipo, puede estar orgulloso,
por el contrario, de todo lo que logra y lo hace parecerse a
su padre y no experimentará más sentimientos de culpabili­
dad por ello, cosa que favorece el advenimiento de una
pubertad sana.
La competencia del hijo con el padre puede entonces
orientarse libremente hacia la conquista de objetos de des­
plazamiento. El niño sublima su libido genital, primitiva­
mente al servicio de la conquista edípica, en las mismas
actividades intelectuales, artísticas, deportivas, o la misma
carrera que el padre, a imitación de su comportamiento. Ha
renunciado a las satisfacciones eróticas seductoras, búsqueda
de besos, caricias maternas, juegos melosos y tiernos con
ella, ya que su inferioridad real frente a la .imagen paternal
que desearía igualar despertaría nuevamente en su incons­
ciente la angustia de castración. Pero puede desplazar su
libido erótica, sus intenciones seductoras respecto de las
amigas de su padre o de las niñas a las que sobrestima
porque admiran a su padre. Estas amistades amorosas deben
ser platónicas, pues de otro modo la angustia de castración
reaparece. La competencia con el padre nú puede más que
despertar angustia de castración.
Si la competencia edípica entre el niño y el padre fuese
real, no sublimada, sería necesario ante todo que el padre
estuviera lleno de una fuerte agresividad consciente. Ahora
bien, esto no es posible en familias “normales”. El hecho de
entrar en rivalidad real con el padre sin que esto se acompa­
ñe de autocastigo prueba que el hijo ha encontrado otro
rival edípico (alguien que ame a la madre, o cualquier perso­
na) con quien se pudo identificar y, por otra parte, el triunfo
sobre su padre no le otorgará dominio real sobre la madre.
Ésta no dejaría de escabullírsele, y el resultado práctico de
un éxito aparente tal sería una culpabilidad frente al padre,
a causa de la indentificación con su rival vencedor, sin otra
consecuencia que un acrecentamiento de la angustia de cas­
tración.
Admitamos que la agresividad consciente es posible y
que triunfa hasta llegar a aAeJar ^ padre de la madre.7 El
sujeto no puede aprovechar su victoria pues ya no tiene
modo de identificarse con el padre. El mecanismo de la
identificación con el padre rival exige, en efecto, que el
macho poseedor de la verdadera madre sea un rival afortu­
nado. Hay niños que permanecen amorosamente fijados a la
madre; su comportamiento se caracteriza por el hecho de
que no buscan “seducir” activamente a ninguna mujer. Si el
padre vive, los dos hombres viven continuamente disputan­
do, pues el hecho de no haber podido despegarse de la
madre para ir tras otros objetos amorosos o sexuales prueba
que el niño no sublimó -en la amistad de igual a igual con
su padre— su homosexualidad preedípica. Está así, incons­

7. Separar a los padres para el inconsciente equivale a “matar al
padre”
cientemente, determinado a “hacerse pegar” por su padre
en altercados que él mismo busca.
Cuando el padre no está presente y el niño se “consagra”
a su madre, este comportamiento puede ir acompañado de
sublimaciones sociales reales, en relación con las actividades
derivadas de la represión de la sexualidad genital y pregeni-
tal, pero este niño no puede comportarse sexual y afectiva­
mente como un adulto. Padece sentimientos de inferioridad
ante los hombres que identifica inconscientemente con su
padre; puede ser un hipergenital, siempre ávido de nuevas
parejas, hacia quienes no experimenta ningún apego real,
pero se muestra impotente en sus tentativas de coito con
toda mujer a quien ama sentimentalmente, porque la asocia,
en su inconsciente, con el objeto incestuoso tabú.
La resolución del complejo de Edipo. Escollos. Vimos por
qué el superyó adquiere muy pronto en el niño un gran
rigor,8 y ello se debe a la necesidad vital para la virilidad, de
reprimir las pulsiones heterosexuales tendientes al erotismo
fálico en la “esfera” materna.
Pero aún no se puede decir que el Edipo esté liquidado,
si el niño, habiendo renunciado a la fijación erótica con su
madre, conserva la necesidad de buscar satisfacciones afecti­
vas de tipo homosexual pasivo (seducción del padre); la
menor de sus actividades agresivas o simbólicas, asociadas
como están a “cosas prohibidas”, va siempre acompañada
de angustia de castración. El superyó habla “como hablaría
el padre” , a quien el niño está sometido afectivamente. Las
satisfacciones eróticas provocan angustia y la pubertad se
vuelve dramática. El renunciamiento a las pulsiones agresi­
vas respecto de la madre debe, pues, ir acompañado del
renunciamiento a las pulsiones pasivas seductoras respecto
del padre. La aceptación de la superioridad paternal en la
familia por parte del niño, al mismo tiempo que la tensión
8. A hí reside, lo veremos, una gran diferencia con la estructura
de la mujer; diferencia derivada del hecho de que la mujer tiene
como primer objeto de amor un ser de su mismo sexo; veremos que
esto no deja de implicar ciertas dificultades: la frecuencia de la
homosexualidad femenina latente.
de todos sus esfuerzos para convertirse, en el mundo de sus
contemporáneos, en un “tipo simpático” para los demás e
inspirarles confianza, rubricarán este renunciamiento. Ésto
será seguido del desinterés afectivo por “las cosas de las
personas mayores”, la “recámara” de los padres, y del inte­
rés por “otras” casas, “otras” familias. Dejará a sus padres
en su vida de adultos sin amargura, en espera de un futuro
respecto del cual se hacen miles de proyectos realizables
que se van preparando mediante actividades dirigidas, esco­
lares, sociales, lúdicas.
El desinterés por los asuntos sexuales ocurre naturalmen­
te, sin contratiempos. El niño acepta no saber más y, si
escucha a otros niños hablar de ellos, escucha y reflexiona
sin sentirse culpable y a menudo se olvida poco después, ya
que en esta fase de reposo erótico que es la etapa de laten-
cia las pláticas sobre asuntos sexuales no tienen ningún inte­
rés para él. Esto se debe al retiro psicológico de la libido que
caracteriza al período de latencia, o más bien a un flujo
uniforme de corriente libidinal, a la que encuentra la mane­
ra de ocuparse enteramente en las actividades que el super­
yó ha puesto a su disposición. El retiro psicológico de la
libido en el niño dura desde la edad de 7 u 8 años hasta la
pubertad.
Si este retiro libidinal psicológico llega antes de que el
niño haya conseguido el desprendimiento afectivo respecto
de su padre, todas las adquisiciones del período latente ten­
drán por objeto complacer al padre y no llegar a ser igual a
él conquistando su propia estima y la de los demás. Y el
despertar, en la pubertad, de las presiones libidinales mascu­
linas llevará al niño de nuevo a una situación angustiosa.
Ésta es la actitud a veces calificada de “complejo de femi­
neidad” en el hombre. Si son las pulsiones biológicas nor­
males heterosexuales las que, en la pubertad, predominan
sobre la angustia, deberá entonces renunciar al buen éxito en
el plano de las sublimaciones del período de latencia, in­
conscientemente culpables como son por lo que respecta a
las mujeres, ya que la adquisición de tales sublimaciones
había tenido por objetivo inconsciente apartar a la madre
de la atención y el afecto del padre. O, si no, el joven deberá
prohibirse todo deseo de desarrollo libidinal orientado hacia
i»l comportamiento de rivalidad masculina, tanto en la vida
*ni luí como en la sexual, para, a este precio, conservar la
lllnr disposición de sus sublimaciones intelectuales.
/'.v/íz actitud de complejo de Edipo tardío “larvado”, por
imi decir, es relativamente compatible con la vida social en
M forma actual, pero se acompaña de una inhibición bas-
Innlc fuerte de agresividad en el inconsciente. Propicia la
M|>nrición de neurosis en el curso de la vida, en ocasión de
(lochos y circunstancias que desencadenan una entrada en
ffionancia del complejo de castración aún inconscientemen-
(• activo. Tales son las circunstancias en las que hay que
rivalizar normalmente con el padre o con contemporáneos
« mi la competencia intelectual, cultural o social; es la causa
Inconsciente de las angustias y de los fracasos en los concur­
sos y exámenes, aunque el sujeto tenga la capacidad necesa-
rlu para ser aprobado. Si el niño “triunfa” en la vida, pecuna-
ilumente hablando, no será en las mismas actividades que el
pudre, o en actividades que éste aprobaría, sino que es a costa
de su virilidad sexual. El hecho de casarse, es decir, de
mostrar públicamente a la sociedad la conquista de una
compañera sexual, es también una fuente de angustia. Y si
llega a casarse, le teme a la llegada de los hijos. Éstos le
crean una angustia tal que no puede comportarse “como
padre” con ellos. Está celoso de ellos. Desea “ignorarlos”, si
no es que destruirlos.
Este comportamiento está siempre más o menos ligado al
“complejo de femineidad” del hombre, o más bien está
marcado por una actitud inconscientemente pasiva y homo­
sexual9 derivada de una represión de la rivalidad edípica y
no de su solución. Se encuentra en hombres aparentemente
viriles, pero que en su actitud respecto a sus hijos, si los
9. Psicoanalíticamente, se habla de homosexualidad “latente”
(inconsciente o reprimida) para diferenciarla de la “manifiesta”, la
de los pederastas activos o pasivos, y de la homosexualidad “subli­
mada”,la que rige las relaciones amistosas entre miembros del mis­
mo sexo sin más componente inconsciente afectivo que los compo­
nentes oblativos del estadio genital objetivo, es decir, sin ambivalen­
cia ni celos.
tienen a pesar de la pobreza afectiva de su vida genital
heterosexual, se comportan como “posesivos” y no “oblati­
vos” ni “reciprocantes” . La presencia de sus hijos en torno
a ellos y dependiendo de ellos neutraliza su complejo de
castración, que se manifiesta entonces, en una modalidad
regresiva, como frustración anal. El alejamiento de los hijos
les provoca agresividad o melancolía acompañada de dolo­
rosos sentimientos de abandono, los cuales, por proyección
de su agresividad vengativa, pueden llegar hasta el sentimiento
de ser perseguidos por sus hijos. Tales son los hombres
ricos que cortan la manutención de sus hijos tan pronto
como éstos desean salirse de la órbita paterna. Tales son los
padres que minusvalúan a sus hijos, negándoles todo valor
personal y toda posibilidad de “arreglárselas” en la vida sin
ellos. Estas ideas les son necesarias para neutralizar su an­
gustia. En efecto, si ellas fuesen racionales y no estuvieran
al servicio de un móvil inconsciente, el éxito de sus hijos, a
pesar de los obstáculos que ellos mismos les ponen a menu­
do, los tranquilizaría definitivamente y calmaría su angus­
tia. Al contrario, parecen sentirse directamente frustrados y
reaccionan como si el éxito de sus hijos despertara sentimien­
tos de envidia o de inferioridad contemporánea del com­
plejo de castración. De hecho, es una castración de tipo
anal, una frustración de objetos que les pertenecían y a los
que habían catectizado de una libido al servicio del amor
ego-posesivo de la etapa anal arcaica, aún activa en el in­
consciente. Si sus hijas los dejan, son afectados menos pro­
fundamente y reaccionan con una aceptación desmedida,
que los calificativos agresivos que dirigen a aquellos a los
que ellas siguieron, compensan en buena medida.
La actitud de homosexualidad sublimada,10 y no repri­
mida, es la actitud de igualdad sexual y social respecto a
individuos (padres u otros) del mismo sexo. Esto implica la
amistad real con los dos padres, basada en una estima obje­
tiva, la ternura si es que ellos responden, y en todo caso la
misma simpatía a priori respecto a ellos que respecto de
otros. Esta actitud no es posible (desde el punto de vista de
10. Véase la nota 9.
la determinación inconsciente) sino cuando el niño ha aban­
donado inconscientemente la persecución de la madre co­
mo objeto de conquista de modo agresivo y de su padre
como objeto de conquista de manera seductora pasiva. Se per­
mite, en su fuero interno, no estar de acuerdo con su padre,
sin necesidad de buscar ser castigado exhibiendo inútilmen­
te ideas subversivas. Se siente internamente libre. Y, sobre
todo, desplaza el interés exclusivo consagrado al padre, o a
otros hombres de la familia, hacia otros hombres y niños,
sea que, rivales, intente “vencerlos” —éxitos escolares, de­
portivos, pleitos, etc.—, sea que, como discípulo, los admire
objetivamente, permitiéndose juzgarlos.
De ahí resulta que, frente al padre, la inferioridad del
hijo es admitida naturalmente, en lo que tiene de real, exac­
tamente como respecto de cualquier otro individuo, y sin
que se despierte rivalidad agresiva sádica, sentimientos acer­
bos de inferioridad, rechazo de admirarlo si objetivamente
lo amerita y más bien todo lo contrario.
A los 6 años, durante su complejo de Edipo, el niño es
realmente inferior a su padre en fuerza y en medios de
conquista; debe, pues, admitirlo y abandonar, no diferir, la
lucha por el objeto de amor maternal, es decir, sublimar su
complejo de Edipo. Los niños que no solucionan su comple­
jo de Edipo no llegan a juzgar a su padre tal como es, con
defectos y cualidades, amándolo, sin despertar la angustia
del superyó castrador.
Es evidente que el niño, al momento de entrar en el
período de latencia, no puede tener una actitud totalmente
objetiva, pero puede haber abandonado todo sentimiento
de inferioridad infundado y toda agresividad para con sus
padres. Aceptar su verdadera inferioridad, en lo que tiene
de irremediable, luchando por superar toda la inferioridad
que le sea, a su edad, posible vencer, vivir para los otros y,
para sí mismo, preparar el futuro, es la única actitud com­
patible con la llegada de un tipo de amor génito-oblativo de
la sexualidad, tanto en el hombre como en la mujer.
Esta completa liquidación del complejo edípico, que li­
bera la sexualidad del niño hasta en el inconsciente, se
acompaña de un desprendimiento. No es ni una protesta
consciente contra uno de los padres, o contra los dos, ni
una destrucción (“quemar a quien se ha adorado”), es ir
más lejos dentro del desarrollo, con las mismas energías
libidinales que han servido para caracterizar los objetos que
se han abandonado; es, pues, resignarse, aceptar la muerte
interior de un pasado cumplido a cambio de un presente tan
rico como aquél, si no es que más, en satisfacciones libidi­
nales y de un futuro lleno de promesas.
Desde el punto de vista clínico, esta liquidación del
complejo de Edipo se traduce en un comportamiento social,
familiar, escolar y lúdico, característico de una buena adap­
tación en un estado “nervioso” normal, sin inestabilidad,
sin angustia, sin pesadillas ni terrores nocturnos, y en una
liberación completa de toda curiosidad, preocupación y ac­
tividad sexuales solitarias. La vida afectiva del niño se reali­
za, sobre todo, fuera de la familia. No existen conflictos
marcados ni con el padre ni con la madre.
El comportamiento social está marcado por las numero­
sas catexias: amigos, profesores, sobre los que son desplaza­
das las pulsiones ambivalentes, agresivas y pasivas, preceden­
temente orientadas hacia el padre y niñas, hermanas de ami­
gos, frente a quienes le encantará comportarse como un
pequeño campeón que se hace admirar.
Los juegos son, en lo suaesivo, colectivos y, si el niño se
entretiente solo, es.en actividades pragmáticas objetivas,
construcciones difíciles o en la lectura de historias reales.
Entre los juegos colectivos predominan los de reglas compli­
cadas: juegos de guerra donde siempre resulta galardonado,
donde despliega plena autoridad bélica, con derecho de deci­
dir sobre la vida o la muerte de sus subordinados o de los
prisioneros enemigos, juegos de polícias y ladrones, bruta­
les, ruidosos en los que, si son al aire libre, las reglas inclu­
yen siempre carreras, persecuciones y búsquedas aventure­
ras. Las reglas comprenden status, atribución de grados
administrativos, de sanciones penales. Las niñas son admiti­
das en estos juegos pero siempre para remplazar a un niño;
se hacen bandos. Se inician amistades mixtas y “las niñas”
están allí para cumplir ciertos fines, para hacer guardia, para
hacer papel de enfermera. Trata de cobarde a quien las
ataca, etc., mientras que él se divierte intimidándolas, ate-
Tronzándolas para consolarlas después, protegiéndolas, rega­
lándoles dulces, en una palabra, usando su poder seductor y
conquistador en el tipo de amor todavía caballeresco y celo­
so, coloreado de sadismo infantil hasta la pubertad, que
marcará la llegada de la búsqueda de relaciones afectuosas
recíprocas entre niños y niñas.
El peso de la castración en el niño. Hemos visto cómo se
comporta, frente a la angustia de castración, un niño en
quien se han respetado los mecanismos de defensa.
En el capítulo anterior vimos las prohibiciones habitua­
les que se oponen a la masturbación. Pero digamos que una
reprobación sencilla del onanismo excesivo, o sea de la sen­
sualidad sexual, no acompañada de amenazas mágicas ni
proferida por el adulto amado (la madre), no es tan trauma­
tizante. (Pocos niños escapan a ella: sirvientas, otros niños
se encargan, en ausencia de la madre, de llamar la atención
al niño.)
La verdadera madre “castradora ” es la que se opone de
alguna manera a la afirmación corporal exterior de lo que
caracteriza a un niño (pantalones con bragueta, cabellos
cortos, sobriedad en el estilo de vestir) y, al mismo tiempo,
a las manifestaciones afectivas y lúdicas que caracterizan el
comportamiento del niño (audacia, fuerza, rudeza afectada,
orgullo de su sexo, orgullo de salir avante en empresas intelec­
tuales o musculares novedosas que impliquen cierto riesgo).
Si la madre condena o desprecia las actividades caracte­
rísticas masculinas, para “que no se vaya a lastimar”, si
constantemente le pone como ejemplo a niños menores o
más pasivos: “fíjate qué bien se porta”, si suspira al verlo
crecer: “ya no eres mi pequeño”, o lamenta que no sea la
niña que se había deseado desde antes de su nacimiento,
todo esto viniendo de la madre -el personaje más importan­
te de todo su mundo- coadyuvará a que el niño desempeñe
torpemente la menor de sus actividades, derivadas de la
sexualidad fálica. Es como decirle implícitamente, aunque
nunca se haya formulado una prohibición a la masturba­
ción: “Te amaría si no tuvieras una virilidad visible”.
Para complacer a su madre, el niño intenta someter su
libido a esta mutilación, y el resultado es una sobreacti-
vación de su angustia de castración, puesto que el segundo
factor del que ésta depende11 experimenta un reforza­
miento.
En una palabra, todo aquello que estorbe al niño en sus
mecanismos naturales de defensa contra la angustia de cas­
tración conlleva reacciones afectivas nocivas, antisociales,
manifiestas o no, caracterizadas por el rechazo al esfuerzo y
a la sumisión a las reglas comunes. En la esfera erótica se
obseivan desplazamientos regresivos de la libido a las zonas
erógenas de etapas acabadas. Habrá enuresis, apetito capri­
choso, glotonería en el mejor de los casos o, si esta regre­
sión erótica inconsciente provoca la severidad del adulto,
habrá trastornos gastrointestinales, tics, que obliguen al
adulto a compadecerse del niño y a cuidarlo. El fin justifica
los medios. El medio (enfermedad), desagradable, justifica
el fin: “poseer” al adulto, captar su atención apiadada, a
falta de su estimación admirativa. Son reacciones masoquis-
tas para las cuales desgraciadamente se consulta al médico y
no al psicoterapeuta. Y sin embargo, se trata de síntomas
neuróticos regresivos. El medicamento sana el efecto, no así
la causa.
Esta madre, o aquel padre, cuando la angustia se origina
por causa de ellos, son patógenos y van al encuentro de su
papel de padres, que es el de “educar” al niño. Son ellos los
que obligan al niño a regresar a la etapa pasiva, uretral, anal
u oral, con los comportamientos afectivos concomitantes a
estas etapas ya rebasadas.
La prohibición sistemática, por la burla o por los “razo­
namientos”, de los ensueños infantiles de omnipotencia
pueden tener el mismo papel castrador que las amenazas de
mutilaciones sexuales. Si el niño tiene necesidad de imagi­
narse poderoso para compensar su inferioridad, no es supri­
miéndole artificialmente esta compensación, o su exteriori-
zación, como se le ayudará, sino permitiéndole alcanzar en
la realidad pequeños triunfos que se valoran. La credulidad,
por lo demás, afectada por los adultos cuando se divierten
colaborando activamente en la edificación de fantasías o
cuando representan en el plano de la realidad las imagina­
11. Véase la p. 74.
ciones mitomaniacas del niño, es igualmente castradora
(“matrimonios” simulados en la época del complejo de Edi­
po), porque el niño necesariamente se dará cuenta algún día
de que fue engañado, de que se burlaban de él. Perderá la
confianza que tenía en los adultos y no podrá ni siquiera
buscar su aprobación, que ha mostrado no tener valor real.
Negativismo, enojos, rebeliones agresivas, inhibición del ca­
riño y retraso afectivo pueden desencadenarse.
Más tarde, en el plano de todas las actividades intelectua­
les y sociales, el complejo de castración entrará en juego; el
interés del niño deriva de la curiosidad sexual y de la ambi­
ción de igualar al padre, curiosidad y ambición culpables en
tanto que el complejo de Edipo no esté solucionado.
En el campo escolar, sobre todo, se verán inhibiciones
respecto al trabajo; el niño será incapaz de fijar la atención.
Es la inestabilidad escolar, tan frecuente, y origen de tantos
de los reproches que se le hacen.
La aritmética, especialmente, le parecerá difícil; el cálcu­
lo está asociado en el inconsciente con “relaciones” (seme­
janza, diferencia, superioridad, igualdad, inferioridad), con
problemas, cualesquiera que sean, y la ortografía está aso­
ciada a “la observación” , gracias a la cual “se ve” claro. (Cf.
dibujo núm. 1, p. 164, sobre la relación entre las pala­
bras.)12
La imposibilidad de ocuparse, en la etapa en que le inte­
resaban, de los problemas de las “relaciones” de los padres,
del nacimiento de los niños, debido a sentimientos de culpa,
habrá implicado, junto a la represión de la libido que ali­
mentaba estas curiosidades, una asociación inconsciente:
atención = curiosidad = falta = castigo = frustración amoro­
sa del objeto de amor = angustia. El superyó que se forma
entonces, desencadenará, para evitar el retorno de la an­
12. Las páginas de deberes de cálculo de uno de mis enfermitos
neuróticamente inhibido para la aritmética están emborronadas con
grandes cuchillos y escenas que representan a un hombrecillo que le
planta un cuchillo a nivel del sexo a un personaje más pequeño,
acostado y con mallas; ahora bien, la primera vez que este niño me
habló de su padre fue para decirme que siempre estaba ocupado con
cifras cuando estaba en casa.
gustia, el mecanismo inconsciente de defensa: la falta de
atención, la cual es, a su vez, insuperable sin angustia.
En estos casos, las lecciones particulares pueden —sin
solucionar nada- ayudar al niño a adquirir algunos conoci­
mientos escolares, ya que la situación normal, social, de
rivalidad con otros, no está presente para agregar un ele­
mento suplementario de angustia. Pero en todos estos niños
se encontrará una puerilidad marcada, una persistencia de
comportamiento afectivo (agresivo o cariñoso) infantil, una
falta de independencia o, al contrario, una independencia
de inestable o de agresivo insumiso, esto es, una indepen­
dencia que no los libera y no les permite apegarse a nuevos
objetos de interés afectivo, fuera de la familia, o a activida­
des pragmáticas. En todos estos niños, la masturbación es
una “preocupación”, sea que se oculten para practicarla o
que resistan a la “tentación” . Su erotismo fijado en ellos
mismos, su afectividad bloqueada en conflictos en el seno
de la familia, rubrican la neurosis.
La inferioridad real del niño se acentúa, porque no es ya
simplemente la de todos los niños frente a ios mayores. Es
menos fuerte, menos malo que los niños de su edad y
reacciona envidiándolos o huyéndoles, o haciendo ambas
cosas. Exterioriza este sentimiento con la única actitud agre­
siva que le sigue siendo permitida, aquella en que el riesgo
es menor: se vuelve charlatán y mitómano. Se hace descon­
fiado para restablecer el equilibrio de la ambivalencia in­
consciente. El niño tiene miedo de los demás, no puede
rivalizar con ellos. Y por poco que la masturbación le haya
sido fuertemente prohibida en nombre de algún peligro,
presenta fobias y terrores nocturnos como contraparte de
su agresividad reprimida y proyectada sobre los demás. Si
llega a renunciar completamente a la libido de su sexo, huye
de los niños de su edad, busca a niños más pequeños que él
y con ellos se comporta como dictador o muy pasivamente,)
según que su madre lo “mime” o no, es decir, le permita o
no la regresión neurótica. Actuando su ambición sobre el
plano mágico sádico-anal, puede “sustraer” dinero u otros
objetos que le parezcan valiosos.
Obligatoriamente el complejo de castración entrará en
juego cada vez que el niño intente salir avante en cualquier
cosa dentro del terreno de las actividades viriles; sobre todo
si ama a su madre castradora, el niño fracasará, se lastimará,
por ejemplo, lo cual equivaldría a probarle a su madre que
está ya castrado y que no hace falta castigarlo, como se
hace a las niñas. De hecho, sus fracasos, acompañados de
heridas y golpes, cuando acude a quejarse en vez de sopor­
tarlos en silencio, desempeñarán bien el papel a que estaban
destinados inconscientemente: castigar al niño aumentando
sus sentimientos de inferioridad. El adulto amado lo humi­
llará, se burlará de él: “Te lo dije; si no me hubieras desobe­
decido” —ío que equivale a un retiro de cariño— o lo com­
padecerá sin medida, lo curará y lo mimará. Se servirá de
este fracaso para hacer entrever al niño riesgos aún mayores
para el futuro si persiste en sus experiencias deportivas o de
batalla, mientras que la pasividad y la obediencia inmóvil le
ganarán el amor de mamá o de papá, lo que será peor.

Sexualidad comparada del niño y de la niña durante las
etapas libidinales que preceden a la etapa fálica. Hemos
descrito el desarrollo de la sexualidad en la niña paralela­
mente al del niño hasta el estado fálico. Se puede hacer esta
descripción simultánea porque, para los niños, sea cual fue­
re su sexo, la búsqueda del placer en las relaciones libidina­
les con la madre y las relaciones libidinales con el mundo
exterior inanimado son, al principio, iguales. Mientras las
gónadas no lleguen a su estado de madurez, el hedonismo
libidinal encuentra su fin en él mismo. Éste es el egocentris­
mo fundamental que determina el comportamiento, porque
representa el medio más económico, para el psiquismo, de
llegar a la satisfacción de las pulsiones.
Se puede decir que, en el estadio oral y en el anal, el yo
es “neutro”; no siendo capaz aún de objetividad, el niño
proyecta sobre el mundo exterior sus propias emociones,
sus propias pulsiones y su propia manera de pensar y de ser.
líl adulto es concebido como genitalmente indiferenciado,
porque el niño no conoce aún las características morfológi­
cas de los sexos.
La niña sin embargo, durante esta primera infancia, des­
de la etapa oral en su período activo, se hace notar por una
menor cantidad de pulsiones agresivas en relación a las pul­
siones pasivas. No creo que la niña esté menos dotada de
actividad pulsional que el niño, pero calculamos exterior-
mente la actividad basados en la traducción que su compor­
tamiento nos da de ella y, en este caso, con seguridad el
niño es más “manifiestamente” activo que la niña, porque
sus pulsiones se exteriorizan más, se extinguen menos rápi­
damente que las de la niña cuando no alcanzan inmediata­
mente el objetivo hedónico. Por lo que toca al comporta­
miento exterior, esto se traduce por el hecho de que la niña
se desanima más rápidamente en la lucha activa, sin que ello
quiera decir que abandone la lucha pasiva. Ya sea que las
pulsiones pasivas predominen durante el amor ambivalente
normal, o que las pulsiones activas estén menos cargadas de
agresividad, el resultado en la niña es que su comportamien­
to práctico y afectivo sea, en igualdad de energía libidinal,
específicamente más estático que el del niño.
En el estadio anal sádico, cualificado de acaparador, el
niño se sirve de su agresividad muscular para raptar, la niña
para captar. (Un solo ejemplo: el gesto natural para lanzar
una pelota es la pronación para el niño, la satisfacción para
la niña.)
En el estadio fálico, caracterizado por la ambición, el
niño se lanza a la persecución de lo que le atrae, mientras
que la niña espera ardientemente lo que desea y tanto uno
como la otra ponen en esta actividad toda la libido agresiva
de que disponen. En las mismas actividades y los comporta­
mientos aparentemente similares, incluso en la etapa “neu­
tra”, si se quiere, de su sexualidad, la niña se diferencia
netamente del niño. La manera misma como se comportan
frente a las marionetas, por ejemplo, es característica de
esta diferencia. Se sabe que una marioneta va a ser golpea­
da; los niños se agitan, se impacientan, gritan, patalean,
mientras las niñas esperan, se inmovilizan, no apartan la
vista, están prestas a decirle una palabra de prevención, pero
no se arriesgan a perder de vista un solo bastonazo. Más
tarde, en los juegos activos, con arena por ejemplo, la niña
juega a hacer pasteles diferentes, figuras de todos tipos y
a adornarlas con conchas, las deja sin destruirlas. Al niño le
gusta hacer hoyos profundos, montañas, etc., que destruye
en seguida con alegría.
A la edad de los juegos sociales, las niñas juegan a la
rayuela (siguiendo paso a paso su guijarro y recogiéndolo),
hacen juegos malabares con pelotas, mientras que los niños
juegan a lanzar guijarros lo más lejos posible, a perseguirse
en juegos de pelota cuyas reglas implican siempre un simula­
cro de cacería o pelea.
Esta predominancia de libido pasiva y pulsiones agresivas
atrayentes, que caracteriza la actitud positiva del yo de la
niña, tiene su corolario en la manera mediante la cual se
muestra negativa. Hay siempre, en el niño, una huida hacia
delante o una resistencia agresiva, mientras que en la niña, a
menos que sea neurótica, hay un rechazo a avanzar, una
resistencia pasiva. En las fantasías de las mujeres se encuen­
tran las mismas características: se “imaginan” ricas, actrices
célebres, etc.; los varones imaginan “iniciarse” en lo más
bajo de la escala social y, de hazaña en hazaña, “volverse”
poderosos y triunfantes sobre todos sus rivales, quienes les
piden favores.

La niña
Lucha contra la angustia de castración. Escollos. En la etapa
fálica, la niña descubre que hay criaturas poseedoras de una
“cosa” que ella no tiene. Esto sucede hacia los 3 1/2 años.
El niño todavía no se da cuenta. Ella empieza por negar el
hecho. Después está celosa, pero convencida de que le cre­
cerá. La mayoría de las veces, sobre todo si hay hermano en
la familia (mayor o menor), la niña trata de “ver” esa
famosa “cosa”, de juguetear con la del hermano menor.
Porque ver y jugar es ya un poco “tenerla” ella misma, para
una libido predominantemente pasiva.
Pero se siente desfavorecida y, como el niño, imputa el
hecho de su mutilación sexual a la madre. La envidia del
pene se convierte en el tema de sus fantasías masturbatorias
fálicas y, según el modo de ambicionar que la caracteriza,
“espera” deseando ardientemente que le crezca.
Es raro que la niña no atraviese por un período de exhi­
bicionismo, se levanta las faldas y quiere mostrarse desnuda
para que todos la admiren, como si el hecho de ser admka-
da le permitiera identificarse con los que la miran. Si la ven
sin sorprenderse, es que hay algo que “ver” el sexo de un
niño. Si la niña exhibe “nada”, es su manera de “negar que
no tiene nada”.
Una niñita de 3 años, normal, desvistiendo a una muñeca
que le acababa yo de dar, dice con un aire mitad burlón y
mitad despreciativo mientras me mira como para tomarme
de testigo de tal ridiculez: “No tiene botón” , “no está con­
tenta”. Después, al vestirla de nuevo, decretó secamente,
unos instantes después: “es mala” ; dejó la muñeca en un
rincón y me abandonó inmediatamente.
Esta pequeña escena muestra, de una manera típica, la
reacción normal del yo de la niña ante la angustia de castra­
ción fálica.
Empieza por tratar de negar la inferioridad, valorizando
“el botón” ; desnuda inmediatamente, aún antes de mirarla,
la muñeca, regalo de la mujer-madre. Está despechada y
fastidiada, proyecta sus sentimientos (“es mala”) en la mu­
ñeca y los dice en voz alta, observando al adulto, después
desdeñando el regalo que despierta el primer factor de la
angustia de castración -ausencia de pene—, se desinteresa
de este regalo femenino y pone especial cuidado en dejar
ver claramente la causa. “Es mala” significa, también, que la
muñeca es como los muchachos, en ese momento, para ella
(en el sentido de que, como ellos, “ésta le recuerda su do­
lor” . “Los niños no son listos, son traviesos, no son intere­
santes”). Esto, además de las repercusiones profundas —cul­
pabilidad que acompañan siempre, en la niña, a la angustia
de castración fálica (“[La niña] es mala”).
En fin desinteresarse del regalo proveniente de una mujer
es también mostrar que la madre es mala cuando le regala
una muñeca que ha sufrido la misma suerte que ella, y aún
peor.
Pero el complejo de castración en la niña no puede ser
totalmente paralelo e inverso al del varón, porque aquí es
una mujer la que representa el papel de rival adulto, pues la
castración fúlica ya no es una amenaza para la mujer (como
para el niño) sino un hecho.
De esta deficiencia nace una seguridad: que la niña puede,
sin peligro para su sexualidad, identificarse con “la que no lo
tiene” ; la “amenaza” de castración fálica13 no tiene efecto.
De donde estos datos diferenciales importantes, a saber:
Si bien el complejo de castración pone en peligro la se­
xualidad del varón, expande al contrario la de la niña.
En el varón, la angustia de castración es una cosa “afor­
tunada” que precede al Edipo y lo introduce.
El complejo de castración, por el contrario, se traba con
el Edipo; es peligroso y nocivo si permanece.
En la niña, la angustia es peligrosa antes del Edipo; pue­
de impedir al Edipo instalarse normalmente.14
Cuando la niña percibe su castración fálica, catectiza a su
madre de una recrudescencia de libido pasiva, a fin de cap­
tar su ternura. Utiliza una mayor parte de libido agresiva
sublimada en la conquista de los conocimientos de las per­
sonas mayores. Ésta puede ser la razón por la cual las niñas
hablan mejor y tienen, antes que los niños, un vocabulario
más rico. La niña reacciona a la frustración fálica con meca­
nismos análogos a los que empleó ya en la fase anal para
captar la ternura de los adultos.
13. No será igual, como lo veremos, respecto a la castración
víscero-vaginal. El complejo de castración tiene en la jovencita dos
fases distintas: la primera fálica, vaginal la segunda, sólo esta última
ligada al drama de la rivalidad con la madre por lo que toca al
complejo edípico.
14. A riesgo de repetirme, vuelvo, en otras palabras, a este paso
relativamente difícil que es, con la distinción complejo-angustia
(véase, supra, la nota 2) la clave para comprender toda la exposición;
la niña “considera un honor” estár fálicamente castrada. Esto no
quiere decir que, más tarde, deba ser castrada víscero-vaginalmente.
Pero en esto reside precisamente la articulación: si una angustia de
castración fálica demasiado grande le impide entrar en el complejo
de castración (que es, como hemos dicho, también fálico en la niña
[cf. la nota 8]) la catexis vaginal no se producirá.
Esto es por lo que decimos “que si bien el complejo de castra­
ción pone en peligro la libido del varón expande al contrario la de la
niña”. O dicho de otra manera, si se quiere: “El complejo de castra­
ción no tiene nada que hacer en el niño; a la niña, al contrario, es el
que la constituye como mujer.”
Pero, por paciente que sea la espera, por propiciatoria­
mente pasivo (o agresivo con exigencia) que sea el compor­
tamiento de la niña, la madre-hada no tiene piedad y no le
otorga el regalo pedido; además, la niña descubre que debe
renunciar a él para siempre; las mujeres no tendrán jamás
pene, su madre tampoco lo ha tenido nunca.
Como la reaíidad viene a contradecir las fantasías mas­
turbatorias clitorídeas, la excitación del clítoris no propor­
ciona más que decepciones: el recuerdo de una inferioridad
sin esperanza, y la masturbación clitorídea es abandonada.
Pero, como sabemos, la libido no satisfecha debe buscar
otra salida.
El retiro de catexis de la zona erógena fálica no puede
realizarse en la niña sin compensación. En efecto, el aban­
dono de la masturbación clitorídea va acompañado de un
desplazamiento hacia el rostro y el cuerpo entero del interés
interiormente dedicado al clítoris. Entonces aparece muy
marcado en la niña el gusto por el adorno, el peinado, los
listones, los prendedores, las flores en el cabello, las joyas,
de los que se vale para compensar, inconscientemente, el
pene conscientemente abandonado. Es, por lo tanto, para
“gustarse” a sí misma por lo que la mujercita se adorna, y
aunque lo hace a menudo, desde el punto de vista objetivo,
poco estéticamente, ella se encuentra bella y se mira en el
espejo con admiración.
Este deseo de gustar que le satisface su amor propio y le
permite renunciar a las prerrogativas fálicas la reconcilia,
simultáneamente, con el sexo masculino. Deja de ver a los
chicos como “malos” porque había deseado castrarlos o
hacer que la madre los castrara (“retrotrayendo”); recupera
la confianza en sí misma y puede ahora decirse que los
niños y los papás la harán beneficiaría de su fuerza. Trata
ahora de conquistarlos, y éste es el indicio de la situación
edípica, todavía no conflictiva. Es debido a la envidia del
pene por lo que la niña se dirige a los hombres y para captar
la admiración de ellos, a quienes ella estima superiores y
atractivos para su madre.1s La madre ha perdido prestigio
15. A condición de que la pareja paren tal no esté neuróticamen­
te invertida: padre débil, anulado en la casa por su mujer. En este
desde que la sabe castrada como ella. Ya no es terrorífica,
sino solamente más capaz y más grande, es una “dama”;
pero la intensa culpabilidad que podía despertar en la cria­
tura con sus reproches o sus castigos ha perdido su carácter
doloroso y angustiante.
Es muy importante que la niña se resigne a dar por perdi­
das sus fantasías masturbatorias clitorídeas, así como las
ambiciones fálicas que ocultan, y que admita definitivamen­
te, sin amargura, el no haber sido un varón. De no ser así
podrá reprimir, mediante las prohibiciones del superyó, la
sexualidad fálica, pero será siempre un ser dado a la sensibi­
lidad dolorosa, susceptible, propenso a sufrir sentimientos
de culpa y sentimientos agudos de inferioridad aunados a
una ambivalencia en la afectividad que no le permitirá jamás
un momento de tregua.
La libido, cuya corriente energética no se agota, se verá
obligada a regresar y a tomar actitudes erógenas y afectivas
anteriores, de lo que surgirán trastornos del carácter, sínto­
mas perversos o neuróticos, según se haya reprimido la se­
xualidad o no.
La solución feliz es la catexis vaginal. La mujercita que
espontáneamente llama al clítoris su “botón” (como tantas
niñas lo llaman), que recuerda las sensaciones voluptuosas
que su excitación le brindaba, también ha descubierto, por
la envidia de los senos de la madre, la excitación de los
corpúsculos eréctiles de los pezones, otros “botones” más.
He sido testigo muchas veces, en consultas pediátricas, de la
frecuencia de la masturbación de los pezones mientras “el
doctor” ausculta a las niñas. Cuando la masturbación geni­
tal no ha sido prohibida, en nombre de la vergüenza y la
suciedad, ella desplaza ciertamente la envidia de tener un
pene hacia la envidia de tener “unas barrigas grandes como las
de mamá” (véase Tote, p. 227), para gustarse a sí misma por
parecerse a las señoras, placer a papá y “criar” a sus muñecas.
Podemos pensar que la masturbación mamaria puede, por sí
caso, la sexualidad masculina (que no es más que una cuestión de
morfología genital para el niño, pero una cuestión de superioridad
agresiva en el comportamiento) seguirá siendo atribuida a la madre,
aunque más tarde se entere de la anatomía objetiva.
sola, despertar una correspondencia vaginal que líeva a la
mujercita al descubrimiento del “agujerito en el baño” (véase
el caso de Denise, p. 231) y del receptáculo vaginal que
simboliza el bolso de mano como atributo característico.
En los casos en que la zona vaginal erógena se convierte
en el centro de las emociones libidinales de la niña, acompa­
ñadas como van de fantasías edípicas, estamos frente a un
desarrollo afectivo y cultural floreciente. La niña continúa
tratando cada vez más de identificarse con su madre, puesto
que ya nada que sea irremediable o “infamante” la desfavo­
rece físicamente en relación con ella, fuera de su edad. La
identificación por ambición, que no está ya matizada de
fantasías fálicas, sino de fantasías de ambición femenina, se
convierte en fuente de alegría y ya no de culpabilidad. Si la
madre es femenina, permitirá a la niña la adquisición de
todas las actividades que la harán, poco a poco, su igual: la
costura, el hogar, la música, la danza, el canto, el dibujo,
adquisiciones lúdicas escolares, adquisiciones sociales de bue­
na educación, no para iniciarla, sino para brindar a la niña
más confianza en sí misma, naturalmente tímida y aún pre­
dispuesta, ante un fracaso, a sentir que se le redespiertan las
emociones angustiantes de la frustración fálica.
El hecho de retirar la catexis libidinal de la madre no está
todavía acompañado de agresividad, porque no hay conflicto;;
la niña está menos sensibilizada a lo que dice y hace su
madre que a todo aquello que proviene del padre, y si la
madre no muestra celos reales por ello, la ternura, la admira­
ción profunda y la confianza total que la niña pone en el
padre no dañarán aún la correcta docilidad y un afecto
bastante “platónico”, que son las características normales
del comportamiento de la niña de cinco años frente a su
madre.
Las pulsiones agresivas de la niña, de tal modo sublima­
das, serán utilizadas todas, y sus pulsiones pasivas, puestas
al servicio de la afectividad, ayudarán a su deseo de compla­
cer y seducir a los adultos fuertes que pueden protegerla y,
sobre todo, a los hombres y los muchachos mayores, aquellos
que tienen el poder que las mujeres no tienen. El medio
para seducir es halagar al padre (de acuerdo con el mecanis­
mo de proyección, halaga para ser halagada). Ella lucha así
contra su madre y contra los niños. “Papá es mucho más
fuerte que ellos y papá me prefiere; eso quiere decir que soy
mejor.” Se vuelve orgullosa de su sexo.
Las fantasías lúdicas femeninas “vaginales” influyen el
juego de las muñecas. A los 3 años, la niña prefería las
muñecas pequeñas, que fueran muchas y estuvieran viejas y
rotas.16 A los 5 años, le gusta tener solamente una o dos
muñecas, a menudo tantas cuantos hijos haya en la familia.
Les atribuye las mismas reacciones que ella tiene incons­
cientemente. Proyectando así, sus sentimientos de culpabili­
dad en otra (a quien regaña y castiga a veces con mucho
sadismo) se libera de las pulsiones agresivas que su yo no
puede tolerar. Así empieza a construir su superyó que “ha­
bla ” como la madre, pero cuya severidad es sólo el reflejo
de la agresividad interior de la criatura. 17
En el simbolismo de las fantasías masturbatorias vagina­
les ya no aparecen ladrones, dedos cortados (véase el dibu­
jo), sino de anillo en el dedo, una sortija con un diamante
que arroja mil destellos como el sol (simbolismo paterno),
siendo un príncipe quien se la ha regalado, porque éste ha
encontrado en ella todas las cualidades de una princesa, es
decir, de una “mujer” susceptible de convertirse en reina.
Al mismo tiempo, la niña se vuelve cada día más coqueta
con su padre, o con uno de sus tíos, sustituto del padre,
declarando abiertamente que será su marido y que tendrán
niños. Desgraciadamente, la realidad sigue presente. La ma­
dre no es una hada malvada a quien el príncipe debe con­
fundir, sino la esposa de papá, y la niña es manifiestamente
inferior a ella. El complejo de Edipo es menos dramático en
la niña que en el niño, pues si bien la hostilidad para con la
madre es grande, es más sorda. Tiene muchas fantasías en
las que “mata” a su madre, donde la “aplasta”, hay conflic­
tos familiares en los que se muestra impertinente con su
madre y trata de hacerla parecer culpable para suplantarla
16. Muñecas fetiches, reminiscencias de la catexis anal y uretral
excrementicia desplazada.
17. Contra el inigualable adulto mujer que gusta al padre.
abiertamente en el afecto del padre, pero advierte que su
padre la regaña por ello. Y, menos déspota que el niño en
este estadio de rivalidad edípica, la niña no está naturalmen­
te dotada de una agresividad emprendedora prolongada.
Frecuentemente llega a renunciar a la rivalidad edípica an­
tes del período de latencia, sin que realmente se pueda decir
que por eso mismo ha solucionado su complejo de Edipo,
porque puede muy bien ser que esté en buenos términos
con su madre pero sobrevalore a su padre, un poco como la
enamorada que espera18 ardientemente la llegada de aquel
que ama, preparándose para acogerlo.
Con mucha frecuencia, cuando el padre no es neurótico
y es naturalmente tierno con su hija, eso basta para la felici­
dad de ella, al menos hasta la pubertad, y para facilitar sus
buenas relaciones sociales con los niños de su misma edad.
Es en este momento solamente cuando se anuncian conflic­
tos edípicos un poco más marcados, aun en el caso de que
el padre estimule a su hija a procurarse amistades entre los
muchachos y no esté celoso de ellos, la niña pasará insensi­
blemente de su padre a su sustituto amoroso, el hombre
joven. Ella liquidará entonces su complejo de Edipo, sin
jamás sufrir por ello una gran angustia, ya que, protegida
por su padre, la niña ya no teme no hacer caso de los
obstáculos que su madre ^podría interponer en el camino de
su vida sexual genital.
Al descubrir el misterio del nacimiento, la niña se inquieta
por el sufrimiento que éste puede traer y tiene miedo: he
aquí la segunda fase del complejo de castración en la niña,
es la angustia de castración vaginal, o mejor, víscero-vagM
nal. 19
18. Es precisamente porque la niña “espera” por lo que la rivali­
dad edípica va a ser para ella menos dramática que para el niño. En
su interior encuentra mucho menor iniciativa para la hostilidad yj
por consiguiente para la angustia y la culpabilidad, frente al progeni­
tor del mismo sexo.
19. Actualmente prefiero hablar de angustia de violación evisco*
rante. Véase Rapport pour les joum ées d ’A msterdam sur le destín
fétninin de la libido génitale, en La Psychanalyse, PUF, septiembri1
de 1960.
Si la madre no es neurótica y permite a su hija emanci­
parse normalmente, las cosas suceden bien. Si la madre, por
el contrario, destruye la confianza que la niña necesita tener
en sí misma impidiéndole, por ejemplo, vestirse a su gusto,
escoger sus diversiones, las ocupaciones culturales que con-
cuerdan con el medio social de la familia y con el sexo de su
hija; si le hace aparecer la vida materna como una serie de
sufrimientos (lo cual no es tan raro), el amor como una
trampa, la vida conyugal como una serie de obligaciones sin
alegrías compensadoras, los sentimientos de culpabilidad in­
conscientes respecto de su madre empujan a la niña a pre­
sentar un complejo de castración vaginal patológico. Esto se
traducirá en fantasías terroríficas: una bestia la va a devo­
rar, le van a hundir un cuchillo en el cuerpo, su vientre va a
ser perforado o va a reventar. Puede operarse una regresión
libidinal, pero la niña puede todavía luchar contra esta cas­
tración vaginal, esencialmente femenina, mediante el renun­
ciamiento a su narcisismo femenino normal o por la proyec­
ción de la agresividad contra su madre por “la fatalidad”,
por la certidumbre de ser fea, nada atractiva y de no tener
la posibilidad de rivalizar con las mujeres -a lo cual, sin
embargo, si no es masoquista, no desea renunciar conscien­
temente. En los sueños tales situaciones pueden estar sim­
bolizadas por la ausencia y la caída de los dientes o los
cabellos (la niña está desarmada frente a la madre). En los
casos menos graves, sin embargo, aquellos en los cuales no
ha habido una regresión demasiado fuerte sino solamente
una represión exterior soportada pacientemente sin abando­
nar la resistencia pasiva, la jovencita, en el momento de ser
cortejada, retomará su desarrollo justo donde se había que­
dado. El período de latencia acarrea, pues, un retiro libidi­
nal que tranquiliza las preocupaciones sexuales eróticas y el
superyó autoriza el libre juego de la agresividad y de la
pasividad sin angustia y sin vergüenza. La sexualidad no es
considerada como un horror, sino como un misterio reser­
vado a la joven que se prepara a llegar a ser, con la facilidad
y la alegría natural de un ser no neurótico.20
20. En un internado religioso, una niña esperaba la llegada de un
liermanito o hermanita, y la conversación en el dormitorio se centró
Cuando, en la pubertad, sepa por sus reglas y por el
crecimiento de los senos que se ha convertido en mujer, la
rivalidad con la madre se contrarrestará por una conquista
de su libertad de gustos, de vestidos, de sublimaciones cul­
turales. Con bastante frecuencia éstas se centrarán alrededor

sobre este tema. Sucedió que a una niña de 10 años, viva e inteligen­
te, advertida por su madre sobre las realidades de la concepción y
del nacimiento natural por las vías genitales de la madre, una joven
religiosa muy querida opuso un formal mentís delante de todas las
demás niñas. Acusada de mentira por haber dicho que sus conoci­
mientos provenían de su madre, incapaz de decir semejantes horro­
res, la niña sostenía lo dicho y el incidente tomó proporciones gigan­
tescas en el internado.
, La madre, llamada con urgencia, había venido a buscar a su hija.
Esta la recibió con reproche: “ ¿Por qué me dijiste cosas que no son
ciertas? ”
La madre silenciosa, frente a la superiora molesta y a su hija
confundida, no sabía qué responder.
-Pero, mamá, ¿cuál es la verdad?
La superiora tomó la palabra y dijo:
-T u madre ha dicho la verdad, mi niña, pero es un secreto, tus
amigas, mejor educadas que tú. no tienen por qué saberlo.
La niña, luego de arrojarse a los brazos de su madre, le dijo:
-Y , entonces, ¿la Hermana Fulana? Es terrible que ella lo sepa
ahora, no debí decírselo, y cdtno ella no tiene derecho de tener
jamás un hijo le he hecho mucho daño al decirle cómo podría tener­
los. Oh, mamá,'¿cómo podré consolarla? Ahora estará siempre tris­
te, ¡ella, que es tan buena! Si ella hubiera sabido esto sobre los
niños seguramente no se habría hecho monja y ahora ya es demasia­
do tarde.
Y como la madre y la superiora, muy sorprendidas, no decían
una palabra, la niña siguió -pensando sólo en la joven religiosa-:
-N o necesita creerme, prefiero que lo olvide. Oh, sí, si yo hubie­
ra sabido que no lo sabía, no se lo hubiera dicho, pero las otras niñas
decían que es repugnante hacer niños. Dime, mamá, no es sucio,
¿verdad? Tú me habías dicho que era bello y la hermana dijo que
mentiste.
Entonces la superiora, fuertemente emocionada por la escena,
fue quien consoló a la niña, diciéndole:
-T u mamá tiene razón, pequeña, es hermoso ser mamá.
Y con la madre se disculpó diciendo:
-N o todas las niñas son tan puras como su pequeña y a muchos
padres les molestaría que sus hijos fueran advertidos.
de los hijos, y ya no temerá la concepción como consecuen­
cia del “amor”, sino al contrario.
La predominancia pasiva de la libido no permitirá a la
niña lanzarse sola a la vida social. No puede sino prepararse
a complacer, utilizando su libido agresiva, a imitar a todas
las mujeres que ve que les gustan a los hombres, a poner en
juego sus cualidades seductoras y esperar a aquel que llegará
y que, en sus fantasías románticas, ve con las características
de aquel que ella admira tácita y ardientemente. Empero,
cuando se presente, temerá seguirlo y se hará merecer y con­
quistar. Si e-1 muchacho es a su vez normal, juntos aprende­
rán el placer de alegrarse uno al otro; éste será el período
del flirteo que preparará el estadio del amor genital oblati­
vo.
Si hay una carencia de afecto paterno y de presencias
masculinas, la niña puede o bien sublimar su afectividad sin
eco en un misticismo activo o contemplativo, o bien que­
darse así perpetuamente esperando, e incapaz de modificar
los acontecimientos exteriores si un hombre sustituto del
padre no viene a su rescate, a despertar a la bella durmiente
del bosque.
En el despuntar mismo del estadio oblativo,2 1 el modo
como el hombre le sepa dar confianza en sí misma, poseerla
sin brutalidad, acabará de catectizar la zona vaginal por el
conocimiento del orgasmo que la ligará sensualmente a
aquel que se lo haya hecho conocer y afectivamente a aquel
que le haya dado un hijo. Entonces será capaz interiormen­
te de desligarse inconscientemente de su madre, de quien se
ha convertido en igual; sin embargo, aun cuando haya alcan­
zado la objetividad más perfecta de que sea capaz en el
estadio genital, la niña seguirá siempre vinculada al padre
con una ternura particular, y sus actividades, cualesquiera
que sean, están subordinadas a la aprobación y al estímulo
del hombre al que ama.
El muchacho, al contrario, cuando es joven, puede, sin ir
en contra de su desarrollo libidinal normal, orientarse por
una vía social que su madre no apruebe y soportar el sufri­
21. Véase la nota 14 del cap. II.
miento que tal desaprobación le cause. En la edad adulta,
puede llevar una vida sexual totalmente genital y oblativa
sin ser aprobado, en el dominio estrictamente material de su
empleo u oficio, por la mujer que ama.
La obra de la mujer es esencial y únicamente una obra
común con aquel a quien ama, en el estadio genital oblativo.
La obra del hombre es también ésta, pero a él le queda aún
bastante libido disponible para emplearla en actividades es­
trictamente personales, aunque le sirvan también para valori­
zarse a fin de aportar más de sí mismo a la obra común.
Dicho de otro modo, en los estadios más completos que
conocemos, el móvil afectivo del hombre es “dar de sí” a la
obra común de la pareja y el móvil afectivo de la mujer es
“darse” a esta obra común.
El peso de la castración en la niña. Vemos, pues, que los
peligros verdaderos de la castración en la niña preceden al
complejo de Edipo e incluso le impiden instalarse normal­
mente.
Dos cosas pueden suceder: sea que la inferioridad fálica
de la niña no sea jamás aceptada por ella, que no se regocije
jamás de ser una niña y que lamente siempre no ser un
varón; sea que el mecanismo de defensa (catexis narcisista
del cuerpo) que sigue a la devaluación del pene no sea auto­
rizada (por los adultos, o por una inferioridad física mani­
fiesta que no permita la identificación con la madre). Esta
identificación con la madre o con una mujer normal es
indispensable para el advenimiento de la erogeneidad vagi­
nal, única que permitirá el inicio de la situación edípica.
Esto elevará las barreras de la frigidez vaginal de la mujer,
que es, en todos los casos que yo he visto, una no-catexis
vaginal, mucho más que una impotencia por regresión.
Primer escollo: complejo de virilidad (insensibilidad vagi­
nal). En los casos en que la zona erógena vaginal no haya
sido jamás investida de libido, cosa que sucede cuando los
mecanismos de defensa del yo contra la angustia primaria
de castración fálica han fracasado, además de la frigidez
vaginal se observa un comportamiento captativo que puede
dirigirse hacia la madre sola esto siempre con un cierto
grado de masoquismo inconsciente orgánico o moral-, ha­
cia los dos padres o hacia el padre solo, pero sin intento de
rivalidad con la madre por medio de armas femeninas. Esta
lucha se hace entonces con armas culturales e intelectuales
que son, en el medio social de la niña, patrimonio de los
niños. Freud dio el nombre de complejo de virilidad al
síndrome neurótico que de ella deriva. Es una neurosis de
carácter. Hay siempre una gran susceptibilidad, algunas ve­
ces escondida, una envidia agresiva de aquellos que “tienen
más” que ellas, una actitud ambivalente afectiva para con
los dos sexos y un desinterés consciente por la sexualidad
genital, que se traduce, en una frigidez vaginal total y, según
que el yo sea fuerte y esté más o menos dotado de una gran
posibilidad de sublimación, en un retiro de catexis mastur­
batoria clitorídea más o menos marcado. El clítoris queda
catectizado en los casos en que la agresividad esté prohibi­
da, a causa de la utilización pasiva de las pulsiones frente a
adultos severos o indiferentes.
El complejo de virilidad puede así dar lugar, según la
tolerancia del superyó, por la masturbación clitorídea en la
infancia y por la homosexualidad manifiesta en la pubertad,
a cuadros clínicos diferentes.
Si el clítoris se ha quedado investido de libido, su infe­
rioridad morfológica real es una fuente constante de sufri­
miento inconsciente, de vergüenza consciente para la niña
de ser lo que es, de ser “fea”.22 Reacciona mediante la
negación de la angustia, y la “fuga hacia adelante” , en una
ambiciosa lucha rival con los chicos en los mismos deportes,
las mismas actividades, los mismos estudios que ellos. Es
una regresión libidinal o un estancamiento libidinal en ese
estadio, durante la fase de latencia, lo que da a esas mujeres el
gusto por las carreras masculinas; al aparecer la pubertad, la li­
bido debe regresar al estadio anterior o satisfacerse mediante
prácticas masturbatorias solitarias o, mejor, lesbianas.2 3
22. Así se expresan jovencitas que incluso son muy bonitas y
envidiadas por su belleza. Se encuentran algún defecto estético con
el cual se obsesionan.
23. Después son, si se casan, mujeres frígidas, víctimas reivindi-
cadoras o sacrificadas ante el hombre, y más aún, en su maternidad,
Si el superyó no autoriza la masturbación, se verá que en
la pubertad esas chicas se vuelven cada vez más “vergonzo­
sas” , de una timidez enfermiza, fóbicas, faltas de confianza
en sí mismas al grado de no poder tener éxito en ninguna de
las actividades en las cuales se mostraron dotadas previa­
mente, ya que el más mínimo fracaso las volvería -debido a
los sentimientos de culpa y a los sentimientos de inferiori­
dad inherentes a la angustia de castración fálica—inhumana­
mente intransigentes respecto a ellas mismas. A esa timidez
extrema en público (o a esa fanfarronería extrema, lo que
para el inconsciente es la misma cosa, la prueba de una
inferioridad sentida) sigue en la adolescencia y la edad adul­
ta una incapacidad de competir con las otras mujeres. Al no
haber tenido el derecho de ponerse en juego el mecanismo
de defensa narcisista (ya que la masturbación fálica debió
ser abandonada demasiado temprano en la infancia), su su­
peryó les prohibe utilizar las posibilidades de seducción fe­
menina que las harían entrar inconscientemente en compe­
tencia con la madre todopoderosa, mágica, castradora, ado­
rada y aborrecida, de quien su superyó se ha vuelto el eco
amplificado. Además, hay una regresión a las zonas eróge-
nas arcaicas, sobre las cuales se juega, de una manera simbó­
lica, el rechazo de la sexualidad genital (estreñimiento,
espasmos, problemas gastrointestinales, indigestiones, vó­
mitos).
En pocas palabras, el complejo de castración fálica se
pone en juego sobre los planes anal y oral mediante la reca-
tectización de las zonas erógenas antiguas. Cada vez que hay
un nuevo brote libidinal instintivo, a toda provocación del
mundo exterior (excitaciones premenstruales, relaciones se­
xuales, casamiento, hijo), sobre el plano de las actividades
orgánicas y afectivas, en lugar de catectizar la zona erógena
vaginal, la mujer reacciona neuróticamente mediante un
síntoma funcional negativo a nivel de las zonas erógenas
antiguas: anorexia, estreñimiento, dolores.
Los sentimientos de frustración más cercanos a la frus­
tración fálica tienen de hecho su origen, cronológica y afec-
con sus hijos, son madres castradoras, engendradoras de neurosis
familiares.
tivamente, en la educación de la limpieza anal, y es proba­
blemente la razón por la cual la negativa a aceptar su sexo,
inconscientemente sentida por las mujeres frígidas, se asocia
casi siempre a un estreñimiento obstinado, único síntoma
por el cual consultan a los médicos. Éstos se extrañan de
que sus esfuerzos terapéuticos sean infructuosos. Algunoá,
sin embargo, se dan bien cuenta de que sus pacientes “man-
tiénen” su estreñimiento mediante purgas intempestivas o
la no observancia de sus recetas. Una vez “quemado” un
médico, acuden a otro, o cambian constantemente de reme­
dios. Este exhibicionismo anal, esta preocupación constante
por su funcionamiento intestinal les es necesaria. Es un me­
dio gracias al cual se “masturban” simbólicamente la zona
erógena anal y de esta manera sustraen a su yo de los intere­
ses libidinales genitales tan dolorosos para su narcisismo.
Soportan a la fuerza y con repugnancia los asaltos de su
marido, si son casadas, y no tienen amantes sino para obte­
ner de ellos beneficios materiales, o prescinden de los hom­
bres deliberadamente o desempeñan, rivalizando, las mismas
carreras que ellos. Aparentemente son mujeres “normales”,
inconscientemente son homosexuales ignorándolo, fuerte­
mente fijadas al objeto materno contemporáneo de su fase
anal, cuyo amor buscan de nuevo y el abandono de parte del
cual no pueden soportar. Si tienen hijos, son “madres” de
las llamadas “ejemplares”, que “sacrifican todo” (es decir,
su vida genital, o sea, los hombres y la felicidad de éstos por
sus hijos, tal como sacrifican su sexualidad). Pero pobres de
los que se vinculen con esos hijos, o de ellos mismos si su
desarrollo los aparta de ellas, porque es una nueva frustra­
ción que ellas sufrirán en la pérdida de su amor posesivo por
esos hijos.
En ese tipo de mujeres la fijación ambivalente homo­
sexual a la madre no permite la libre agresividad respecto a
su hija (“como si esa hija fuera su madre”) mientras ésta no
haya realizado su desarrollo sexual. En el momento en que
sus hijas se dirigen hacia los hombres, reaccionan proyectan­
do sobre sus hijas sus propios sentimientos agresivos, experi­
mentados respecto de su propia madre cuando se encontra­
ban en la etapa anal, y de sus sentimientos de culpabilidad
contemporáneos. Sufren mucho menos de celos, como algu­
nos creen, que de pena, de miedo. Si sus hijas desaparecen
de su alrededor, la agresividad de la madre que ya no tiene
objeto se vuelve contra ella misma bajo la forma de melan­
colía, de sentimientos de abandono, para neutralizar la ne­
cesidad de castigo inconscientemente solidaria de una frus­
tración libidinal.
Para con sus hijos varones están más libres de su afectivi­
dad, y pueden expresar su agresividad contra ellos sin temer
que ésta se vuelva después contra ellas mismas. Les gusta
hostigarlos cuando son pequeños: los términos que emplean
para regañarlos o injuriarlos están generalmente —y también
en los medios de buena educación— tomados del vocabula­
rio sádico anal: “puerco, cochino, asqueroso, repugnante” .
Les encanta amenazarlos con peligros imaginarios, del or­
den de la castración: “te vas a enfermar”, “te vas a matar”,
por no importa qué iniciativa emprenda el chico. En el caso
de que él se les escape, tienen, para el sentimiento de
estar frustradas, la compensación de consagrar oficialmente,
a las mujeres que ellos han seguido, una hostilidad manifies­
ta que las preserva de la vuelta sobre ellas mismas de la
pulsión agresiva, como sucede en el caso de las hijas.
Todo esto concierne a las modalidades de virilidad, que
tienen por punto de partida ¡¿n estancamiento afectivo de la
hija por la fijación a ambos padres (inconscientemente con­
siderados como igualmente fálicos) o ala madre sola.
Si la hija está fijada afectivamente a su padre solo, sin
que ella haya nunca catectizado libidinalmente la zona eró-
gena vaginal, no puede luchar, con un narcisismo general
del rostro y cuerpo entero, contra la angustia de castración
fálica. El complejo de virilidad es entonces extremadamente
fuerte, la hija presenta una afectividad infantil ambivalente
con carácter de buen chico y de virago, pero también un
superyó violento que le prohíbe las más mínimas tentativas
de identificación con la madre y de seducción femenina
respecto al padre (ya que, para el inconsciente, ello repre­
senta la aceptación de su sexo): y con un amor ego-posesivo
desea con ahinco el falo e intenta entonces identificarse con
los niños. En la pubertad, es la actitud del complejo de
Edipo invertido, y entonces vemos la rivalidad sexual ma­
nifestarse afectivamente tal como si la jovencita fuera un
niño viviendo su complejo de Edipo. Ella huye de las mu­
jeres, se acerca a los hombres para intentar identificarse con
ellos, pero su agresividad inconsciente le da un comporta­
miento castrador con respecto a ellos que los aleja de ella.
Se entrega a la soledad (cf. el caso de Monique, p. 256).
Parece que esto no ocurre sino en casos de fuertes fija­
ciones pregenitales anales a una madre neurótica, virilizada
ella misma, y exige además que el padre, a su vez incomple­
to sexualmente e incapaz de amor genital, propicie en su
hija la manifestación de cualidades viriles. A menos que sea
el caso de enfermedad física objetivamente penosa para el
narcisismo de la niña, una neurosis de carácter de ese tipo
siempre está en relación con una neurosis familiar.
En todo caso, si disposiciones naturales a las sublimacio­
nes intelectuales o musculares le sirven a su yo, ella puede
alcanzar un éxito social apreciable, pero sufre perpetuamen­
te de angustia y de sentimientos de inferioridad, derivados
de la angustia de castración fálica. Y esto incluso en el caso
en que hay éxito cultural y sexual (posesión sadomasoquis-
ta de una mujer débil o de un hombre inferior a ella a quien
mantiene), tal vez sobre todo en ese caso, ya que la culpabi­
lidad inconsciente para con los hombres, que resulta de su
deseo jamás satisfecho de igualarlos realmente en todos los
planos, despierta constantemente una angustia en forma de
celos mórbidos para con sus objetos de amor.
Sé bien que, en ese caso, muchos médicos y también las
mujeres afectadas piensan que hay componente orgánico
hormonal. Es posible, pero hemos visto que tratamientos
psicoanalíticos de esos seres afectivamente híbridos dan re­
sultados absolutamente notables. Hay que decir que el com­
plejo de virilidad es tal vez uno de los móviles más podero­
sos para que la mujer empiece un tratamiento psicoanaliti-
co, ya que, a sus ojos, se trata de un nuevo medio de poder
fálico (penetración) por el cual ella acepta valientemente lo
que le parece una operación sádica y mágica.
Si el yo no tiene disposiciones para fuertes compensacio­
nes intelectuales o culturales, ni en el orden de la destreza
manual o muscular, el complejo de virilidad toma un aspec­
to menos obvio. La niña, incapaz de identificarse con los
niños, presenta problemas de carácter del orden de la inhibi­
ción de la actividad o de la afectividad, con una vuelta del
inconsciente al estadio anal, pulsiones pasivas al servicio del
amor captador y celoso y pulsiones agresivas enteramente
empleadas por el superyó para tratar con sadismo el yo
masoquista. El comportamiento es siempre infantil, y las
relaciones sociales son un tejido de peleas agresivas, recon­
ciliaciones tiernas, sin nunca nada de objetivo ni en los
agravios, ni en los atractivos, que se manifiestan de la misma
manera con respecto a los hombres que con respecto a las
mujeres.
Asi, vemos que si la niña no liquida la angustia de la
castración fálica, si se ve “forzada” a aceptar, o más bien a
soportar, su sexo como una broma de mal gusto, ello dejará
en su afectividad una herida siempre abierta, que reavivará
la más mínima inferioridad real en la vida. La angustia de
castración fálica, acompañada de sentimientos de culpabili­
dad, se desencadenará inevitablemente en todas las oca­
siones en las que se muestre “natural”, porque esc dará
lugar a una resonancia de sentimientos de culpabilidad rela­
cionados con ambiciones femeninas que no comparte.
Si, por el contrario, liquida la angustia de castración fáli­
ca, gracias a la recatectización narcisista femenina y al des­
cubrimiento de la masturbación vaginal, podrá continuar
identificándose con su madre, y la ambición afectiva carac­
terística de esa edad servirá a fantasías vaginales, en acuerdo
con el desarrollo normal de la sexualidad femenina. De esto
modo podrá abandonar lo que haya habido de exagerada­
mente pasivo —quizá masoquista, a título propiciatorio ,
sobreañadido a su pasividad natural en su comportamiento
para con los adultos.
Segundo escollo: la frigidez por un infantilismo afectivo
Una vez aceptada su femineidad, gracias, hemos dicho, al
mecanismo de defensa que consiste en recatectizar de libido
narcisista la totalidad de la persona, se presenta un segundo
escollo a la niña: que ese retiro narcisista no impida /.»
catectización de la zona erógena vaginal, ya sea que la mas­
turbación haya ocasionado severas reprimendas por parte de
los adultos, ya sea que el padre esté ausente de la familia
(muerto o divorciado) o se desinterese de sus hijos.
La niña, cuyas pulsiones agresivas tienen pocas fuerzas
dinámicas, no encontrará nunca, entonces —cualesquiera
que sean los intentos de seducir—, la manera de captar la
atención de los hombres. Estando en ese momento normal­
mente “cerrada” a la madre, puede quedarse siempre en una
actitud narcisista, afectiva y culturalmente infantil. Pero
quizá la causa sea una insuficiencia de construcción del yo
en el período sádico anal por carencia educativa, o demasia­
da severidad educativa, ambas eventualidades impidiéndole
a la niña el desplazamiento de los afectos libidinales excre­
menticios y musculares hacia actividades culturales que la
hubieran identificado con la madre.24
Uno se puede preguntar si la recatectización narcisista de
la cara y del cuerpo, mecanismo de defensa que acompaña a la
liquidación de la angustia de castración fálica, no pasa por una
regresión global de la libido a la etapa oral. En dos ocasio­
nes me he encontrado con niños que creían que los niños
eran hijos de los papás y las niñas hijas de las mamás.
Esta vuelta al narcisismo infantil es quizá para la niña un
medio de participar en la potencia fálica del padre a la
manera oral pasiva (desde el punto de vista afectivo), como
el lactante femenino participaba en la madre. No sería el
resultado de la agresividad de un conflicto edípico (que
todavía no ha existido), sino un retiro total de la catexis de
la madre por verdadera negación libidinal inconsciente: im­
posibilidad de continuar la identificación con un ser que ha
decepcionado, devalorización o negación de todas las adqui­
siciones del yo derivadas del amor que había tenido a la
madre por centro.
Esta imposibilidad de cambiar de esquema de identifica­
ción explicaría quizá también la menor objetividad natural
24. Las madres con^ complejo de virilidad provocan a sus hijas
infantilismos afectivos. Estas, si llegan a ser madres, provocan a sus
hijos neurosis de angustia precoces responsables de desórdenes somá­
ticos o psíquicos o ambos.
de la mujer, siendo sin embargo que las niñas, en el momen­
to de la etapa anal y las primeras adquisiciones escolares de
los 5 a los 7 años, mostraron un espíritu realista y positivo
generalmente muy superior al de sus contemporáneos mas­
culinos, cosa que de sobra saben los profesores de las escue­
las mixtas. Esto explicaría aun por qué el yo de las mujeres
es la mayor parte del tiempo más débil que el de los hom­
bres y contribuiría a explicar por qué su superyó es rudi­
mentario (menos en los casos de neurosis).25 De donde
viene la gran facilidad con que las mujeres se adaptan en la
edad adulta a un medio bien diferente del que hasta enton­
ces había sido el suyo y, sin sufrir, llegan a identificarse con
la imagen a la que aquel al que aman les pide que se parez­
can. Esto explicaría las numerosas dotes naturales para las
lenguas vivas, el canto, el teatro, la danza, que manifiestan
más o menos todas las mujeres jóvenes.
Si en esta actitud narcisista, que debe ser normalmente
un estadio del desarrollo libidinal, la jovencita no encuentra
un padre (Pigmalión) que la forme y la haga mujer, si hay
carencia de afectividad masculina en el derredor inmediato
de la niña, o si la madre es muy neurótica y denigra al
padre, la jovencita que ha renunciado a su madre porque no
puede ya catectizarla de libido regresa al autismo, en espera
de algo mejor. Sería la explicación del misticismo exclusivo
en la pubertad con ausencia fle fantasías novelescas norma­
les.
En este caso, la zona vaginal es sensibilizada, pero puede
también no ser despertada; en todo caso, no es sensibilizada
electivamente, y las mujeres que podrían llegar a ser por
completo normales sexualmente si, desde el punto de vista
25. Por ese motivo (“que no tienen superyó” -cuando llegan a
no tenerlo- son tan amables con los hombres. “Se puede meter
todo ahí”, “cabrá”. Inversamente, la mujer está fascinada por lo que
el superyó evoca de civilización indefinida. Esta bipolaridad es sin
duda uno de los atributos de la pareja, especie de dialéctica de la
“nada” y del “todo”, que funciona tanto mejor cuanto más desuni­
dos estén.
Es porque no tiene superyó -porque tiene m enos- por lo que la
mujer se muestra “llena de gracia”, es decir, de “presencia”. Nótese
cómo el niño que no tiene superyó también está lleno de gracia.
afectivo, encontraran al hombre que se ocupara de formar­
las, serán frígidas o semifrígidas toda su vida, con los nume­
rosos trastornos funcionales psicopatológicos en el momen­
to de las demandas libidinales instintivas, reglas, período
premenopáusico, menopausia. Se ven, por lo demás, apare­
cer después del desfloramiento o el primer hijo, trastornos
de tipo eolítico entre mujeres que antes no los habían pade­
cido. Son sin duda la consecuencia de progresos de la sexua­
lidad femenina culpable a los ojos del superyó del compañe­
ro sexual. Efectivamente son numerosos los hombres que
prefieren que sus legítimas esposas sean o pretendan ser
frígidas. Son aquellos que libidinalmente se detuvieron en el
límite de la etapa fálica. Esos conflictos entre la sensibilidad
femenina normal que exige instalarse y las prohibiciones de
la ética conyugal de un miembro de la pareja “rezagado”
despiertan inconscientemente, por regresión, los conflictos
del período sádico y ios sentimientos de inferioridad de la
angustia de castración fálica.
Si esas mujeres no son desvirgadas, los trastornos neuró­
ticos no se manifiestan hasta la menopausia y con una mo­
dalidad derivada de la semiología onírica de la frustración
oral: angustia de soledad, angustia de carecer de algo, angus­
tia de perder sus medios de defensa narcisista,2 6 angustia
que provoca una recrudescencia de coquetería pueril, a la
manera infantil, por la cual se llena de numerosos adornos
heteroclíticos y a menudo antiestéticos. En caso que el yo
no tuviera a su disposición sino sublimaciones culturales
que exigieran una salud física perfecta, estas “vieille
filie’*11 presentan trastornos psiconeuróticos de la serie alu-
cinadora u onírica.
Por el contrario, si el primer compañero sexual de algu­
na de estas narcisistas secundarias infantiles es un hombre
mayor que ella, elegido bajo el modelo de un padre, y está
en el estadio genital, la mujer puede hacer su fijación
edípica en él, y solamente en ese momento entrar en con­
26. De envejecer, que alimenta el comercio de los institutos de
belleza.
27. Se las encuentra entre mujeres casadas con esposos tutelares,
que siguen siendo frígidas e infantiles, hayan sido madres o no.
flicto con su suegra o su madre, o hacer escenas de celos a
su marido a propósito de antiguas amantes; su verdadero
padre no interviene afectivamente para ella sino en calidad
de satélite de su madre apenas catectizado de libido. Hasta
después de este período conflictivo, y sólo si renuncia al
egocentrismo para aceptar la “participación” en el amor
genital, podrá alcanzar la oblatividad que caracteriza el esta­
dio genital.
Vemos, en suma, que el desarrollo déla sexualidad feme­
nina difiere enormemente de aquel de la sexualidad masculi­
na a partir del estadio fálico. El superyó del hombre se
forma para liquidar el complejo de Edipo y el complejo de
castración entremezclados. Tiene por finalidad evitar al yo
el regreso de la angustia de castración que se desencadenaría
por la intricadón de la agresividad y de la pasividad erótica
y afectiva para con el objeto de amor, ambivalencia que no
permitiría ni el automatismo fisiológico del coito ni la acti­
tud social masculina en la vida. Además, el niño está en
desventaja en relación a la niña, pues en las familias en que
se prohíbe la masturbación fálica demasiado temprano, él
deja de tener a su disposición una zona erógena a la cual
catectizar y no puede sino regresar a los estadios arcaicos
castradores para su virilidad.
La renuncia al erotismo genital en el ambiente afectivo
edípico, que a menudo representa, pues, para los niños la
adaptación social antes de la pubertad, explica la frecuencia
de los síntomas neuróticos y de los trastornos de carácter
entre ellos. El dinamismo de sus pulsiones agresivas da a su
actitud de rebelión contra la angustia de castración una
resonancia familiar, escolar y social.
Por el contrario, la niña tiene medios ocultos de luchar,
la inhibición, la resistencia pasiva; y si lucha con las reaccio­
nes neuróticas de un complejo de virilidad al servicio de un
yo poderoso, no muestra jamás trastornos sociales o de ca­
rácter antes de la pubertad. Su agresividad intelectual y
cultural le gana incluso entonces (antes de que haya alcan­
zado la edad nubil), la admiración de los adultos y satis­
facciones triunfantes de amor propio sobre sus contemporá­
neos, cuya fase de latencia transcurre en una activa pasivi­
dad o, mejor, en una actividad femenina, que parece menos
brillante y de hecho lo es, a veces, desde el punto de vista
estrictamente escolar, que no es el de la niña masculinizada
neuróticamente. Es sin duda esto lo que explica que en
consulta tengamos una proporción de ¡siete consultantes
niños por una niña!, mientras que más tarde la psicopatolo-
gía de las mujeres está mucho más provista que la de los
hombres (frigidez, estreñimiento, jaquecas, etc.).
Uno puede entonces preguntarse si el superyó no es en
definitiva un mecanismo de defensa debido de todos modos
a un residuo latente de angustia de castración sexual en un
individuo que no hubiera liquidado por completo, incons­
cientemente, sus conflictos pregenitales.
La severidad del superyó en la niña que no ha catectiza-
do la zona erógena vaginal por no haber resuelto su angustia
de castración fálica, comparada con la ausencia del superyó
de la niña que la ha liquidado, pero que sigue siendo infantil
afectivamente hasta el día en que viva su complejo de Edipo
o su menopausia, y no ha, por lo tanto, conocido la angus­
tia de castración vaginal, son hechos clínicos que parecerían
apoyar esta hipótesis.
No se excluye que, en un ser adulto, desde el punto de
vista libidinal, es decir que ha alcanzado el estadio genital
oblativo dominante, el superyó sea rudimentario o incluso
esté ausente, y las energías libidinales estén todas al servicio
de un yo motivado en su conducta por la atracción de un
Ideal cuyo eje establecido en las zonas de su instinto sexual no
se puede romper.
Pero un ser así, si existe, probablemente no ha sido nun­
ca estudiado por psicoanalistas, ya que su ausencia de ego­
centrismo le hace aceptar no resolver los problemas huma­
namente insolubles sin caer por lo mismo en la neurosis.
CAPÍTULO IV
LA ENURESIS

Uno se extraña, quizá, de la frecuencia de la enuresis. Ese
síntoma, ciertamente benéfico, gracias al cual se lleva a mu­
chos niños a consulta cuya neurosis ignoraríamos, por sí
solo no tiene significado único.
Señala cuando menos el estancamiento o el regreso al
estadio sádico uretral, es decir, el que precede al estadio
fálico. Se acompaña de la regresión efectiva a las preocupa­
ciones preedípicas en uno o varios puntos, complicada ella
misma con sentimientos de culpabilidad, porque, en la ma­
yoría de los casos, incluso sobre un plano regresivo, las
pulsiones no encuentran salida suficiente. La enuresis tam­
bién puede traducir una regresión a un estadio todavía más
arcaico.
La persistencia o el regreso de la enuresis es, entonces, el
síntoma de elección para quienes no pueden permitirse ya
sea la masturbación o las fantasías ambiciosas y que viven
inconscientemente en dependencia sadomasoquista ero-
tizada.
Ante la enuresis, no hay una actitud psicoterapéutica, ya
que apuntaría al efecto y no a la causa.
El solo estudio del comportamiento afectivo general del
niño permitirá juzgar en cuál estadio se encuentra y en
virtud de qué barrera sufrió la regresión.
Así, la enuresis debe, en ciertos casos, ser respetada, no
obstante la exigencia de los padres, y el deseo consciente
del niño, todo el tiempo que sea necesario para hacer evolu­
cionar la libido del niño (gracias a la transferencia) hasta el
estadio sádico uretral, alba del estadio fálico. Sólo entonces
uno podrá, sin peligro del porvenir, obtener la disciplina
vesical. Al exigirla antes, el doctor estaría desempeñando el
papel de padre castrador.
Según lo que acabamos de decir, hay casos en los que
tendremos resultados inmediatos o rápidos1 sin contragol­
pes de trastornos del carácter y en los que la supresión de la
enuresis en una o dos sesiones será sin peligro para el in­
consciente. Serán enuresis en niños que presentan una agre­
sividad de comportamiento marcada aunada a resultados
escolares irregulares, pero a veces buenos o excelentes. Es,
de hecho, la situación que se ve en pleno complejo de Edipo
normal no solucionado.
Si por el contrario la actitud edípica está invertida2 (bús­
queda de seducción pasiva del padre del mismo sexo), uno
deberá, antes, despertar el derecho a la rivalidad en él, ayu­
dando a nuestro pequeño enfermo (en el plano real) a ganar
la admiración de mamá (en su caso, la nuestra, si somos
mujer) y estimulando a nuestra pequeña enferma a gustarle
a papá estimulando la coquetería, la confianza en ella mis­
ma (el derecho a ocultamos cosas, si somos mujer); y empe­
zaremos por minimizar la importancia de la enuresis sínto­
ma juzgado como humillante por todos los niños. También,
en la sesión siguiente, cuando los progresos reales del com­
portamiento no hayan aportado solución para la enuresis,
deberemos tranquilizar a los padres y al niño. Habíamos
pedido “varias sesiones” ,3 que nos tengan confianza a noso­
tros como al niño.
Solamente cuando el niño haya regresado a una situación
edípica normal, se podrá, entonces, en nombre de una satis­
facción edípica (gustar a mamá y a nosotros mismos, o a
papá si es una niña, o para mostrarse grande a los ojos de
mamá que no lo cree), pedir al niño el esfuerzo de auto­
sugestión, ahora fácil (que piense en ello al irse a acostar).
Si tiene éxito, una angustia derivada del complejo de castra­
ción se desencadenará fatalmente, aunque el niño esté cons
cientemente contento del resultado. La angustia se traduci­
rá sea mediante trastornos funcionales (dolores de cabeza,
de dientes, cansancio) -que uno adjudica al “crecimien­
to”—, sea por sueños de angustia de simbolismo castrador,
1. Cf. caso de Gérard. Caso de Claudine.
2. Cf. caso de Roland.
3. Lo que hace más semanas, en este método de psicoterapia de
sesiones semanarias.
sea por mecanismos autopunitivos, sea incluso, por trastor­
nos de carácter tendientes a provocar el castigo. Pero estare­
mos entonces en condiciones de liquidar esa angustia ata­
cando el complejo de Edipo sobre el plano racional y pro­
porcionándole al niño —al que descargamos de sus senti­
mientos de culpa—sustitutos culturales, las sublimaciones a
las que, para darnos gusto tanto a nosotros como a sus
padres, se adherirá de buena gana si ha recuperado la con­
fianza en sí mismo, y esto porque el impulso de la libidinal
biológico concuerda con las satisfacciones sexuales que
aportan las sublimaciones.
Si el niño está en la etapa anal pasiva4 (incontinencia
excrementicia de orina y materia fecal), uno deberá permi­
tirle un comportamiento general agresivo antes de pedirle el
sacrificio del hedonismo local de las zonas erógenas esfinte-
rianas. Y después de la desaparición de esos síntomas fun­
cionales, no consideraremos al niño curado a menos de que
sea menor de 4 años.
Si tiene más de 4 años, a pesar de la desaparición de los
síntomas (lo que les es suficiente a los padres), no se lo
podrá considerar psíquicamente curado a menos de que ini­
cie su complejo de Edipo, y uno deberá seguirlo y descon­
fiar de las recaídas.s
Si tiene 6 o 7 años, uno deberá conducirlo hasta la for­
mación y el inicio de la liquidación del complejo de Edipo
por intricación normal con el complejo de castración, hecho
que será seguido del retiro de catexis de los objetos edípicos
para trasladar su carga libidinal a amistades y sublimaciones
escolares, lúdicas, manuales e intelectuales, ricas en prome­
sas de éxito social ulterior.
Si ya no se trata de un niño pequeño, sino de un sujeto
en período de latencia más o menos cerca de la pubertad, es
decir, si el enfermo atacado de enuresis ya ha pasado el
estadio cronológico normal del complejo de castración, ten­
4. Cf. el caso de Bernardo.
5. Un brote de angustia varios meses después de la curación
puede hacer reaparecer el síntoma de enuresis a favor del “punto de
fijación” en el que el niño queda sensibilizado hasta la liquidación
del complejo de Edipo.
dremos que estudiar, de acuerdo con el yo, manifestaciones
que el superyó habrá hecho irreconocibles pero que tradu­
cen, para el ojo del psicoanalista, los conflictos no solucio­
nados.
De este modo, entre los jóvenes que no han liquidado su
complejo de Edipo normal, pero que lo han rechazado en
nombre de un complejo de castración demasiado fuerte, se
encuentran jnaniígstaciones homosexuales latentes, incons-
ciente^Tal superyó, por ejemplo, no autoriza, a partir de
los 7 anos, relaciones de camaradería sino entre individuos
del mismo sexo, excluyendo a los del otro. Las relaciones
de camaradería entre los dos sexos se juzgan culpables ó fío
interesantes --pero la realidad es que, delante de un indivi­
duo del sexo opuesto, los mecanismos de defensa se ponen„
en juego- timidez y angustia resultantes de agresividad inhi­
bida y sentimientos de inferioridad. Esto revela al psicoana­
lista el complejo de castración todavía en actividad».y su
corolario: la no resolución del complejo de Edipo.
Tendremos, entonces, que estudiar las manifestaciones
de acuerdo al yo y, gracias a la transferencia, modificar el
superyó patológico. ~ “
Añadamos que muchas neurosis dejtngugüa por complejo
de castración no dan lugar a la enuresis. Se debe a que la
conquista del control esfinteriano estaba ya demasiado se­
gura cuando aparecieron las primeras amenazas activas de
mutilaciones sexuales, es decir, las amenazas ligadas al com­
plejo de Edipo.
Esas amenazas activas pueden ser, primera eventualidad,
amenazas de enfermedades o de mutilaciones, proferidas
por los adultos y consideradas ciertaTeñ^Trnomentó de la
masturbación secundaria porque vienen de educadores “que
todo lo saben” .
Pero también puede ser, segunda eventualidad, amenazas
interiores debidas, en el niño, a la proyección de su agresivi­
dad sobre el adulto del mismo sexo que él, en el momento
de la rivalidad edípica, padre con el cual él se identificó,
que había “introyectado” para luchar normalmente contra
la angustia primaria de castración.
Por último, tercera eventualidad, esas ,amenazas actuan­
tes pueden no ser amenazas dCmútiíación genital o manual
referidas a la masturbación, sino (venidas de los adultos
educadores o de una inferioridad física o intelectual) obs­
táculos a los mecanismos de~3éfensa naturales ante la angus­
tia de castración primaria, a la cual, como se sabe, ningún
ser humano puede escapar, desde el momento en que sus
pulsiones libidinales intrínsecas son “ambisexuadas” y la
adaptación práctica a la realidad exige que acepte compor­
tarse según el sexo masculino o femenino de sus órganos
genitales.
Es por eso por lo que la enuresis puede no haber cesado
jamás. El niño inconscientemente se niega a crecer, con el
fin de ño renunciar a sus prerrogativas ambisexuadas.
Por el contrario, la enuresis puede haber casi cesado de
los 2 años y medio a los 4 o 5 y reanudarse en el momento
de la subida del complejo de Edipo. A partir de ese momen­
to solamente la enuresis puede ser imputable a la actividad
del complejo de castración. En efecto, para que haya com­
plejo de castración normal, es necesario que las amenazas se
entremezclen después del desarrollo que pone en movimien­
to la comprobación de la ausencia de pene en la niña, los
sentimientos de inferioridad disfrazados de angustia secun­
daria de castración ante el rival edípico tabú. Esas amenazas
corresponden a aquellas quedemos ordenado bajo la segun­
da eventualidad.6
Para que haya complejo de castración patológico (pro­
longado, no solucionado después de los 8 años), es necesa­
rio que haya un despertar de las amenazas de la primera
eventualidad, o amenazas de la tercera eventualidad.7 Y es
necesario, además, que esa ausencia de medios de defensa
naturales provoque sentimientos de inferioridad aguda en
comparación con los otros niños de la misma edad y del
mismo sexo, y en la época del inicio, todavíaffi£rm4gnto
complejo, de la situación edípica. La renuncia a la sUperioí^
dad fantaseada frente^aljri$|ljio será posible- y el hiñó
necesariamente tendrá que, rehusar ver la realidad de frente,
6. Véase la p. 74.
7. Idem.
liquidar su complejo de Edipo sexualrnente castrador, por
tanto a sufrir una regresión ante el impulso libidinal bio­
lógico.
Venios así, que el síntoma de la enuresis no tiene sino un
papel diagnóstico relativo. De él solo, sin ^ “coñociiniento
'^hTÓmpórtarmeñto afectivo concomitante, 5ü__irnposibie
deducir una terapia racional, además, una vez desaparecido
eTsintoma, el niño generalmente no está curado de su neu­
rosis, sino solamente en vías de curarse, contrariamente a lo
que piensan los padres, que el “solo síntoma” alarma y que
su desaparición es suficiente, ignorantes como son de la
mutación ¿e este síntoma en otro mucho más regresivo,
como por ejemplo una colitis, tics, tartamudeo, insom nio^
una inestabilidad psicomotora, con la amenaza del surgi­
miento futuro de comportamientos perversos sexuales o de­
lincuentessociales, signos ambos de un complejo de Edipo
no iniciado, en todo caso aún no resuelto.
CAPÍTULO V
ANGUSTIA DE MUERTE Y ANGUSTIA
DE CASTRACIÓN

En muchos niños se ve la angustia de muerte.
Para seguir el estudio que vamos a referir, hay que tener
muy presente lo que es ia muerte para el niño.
Para el niño que descubre la muerte, no es “la muerte” ,
la cual no conoce —y que, por lo demás, para todos noso­
tros, es, “impensable”—, es una frustración de agresividad
muscular y de agresividad afectiva más grande que otras, es
decir, en el nivel de su comprensión: inmovilidad forzada,
mágicamente muy muy muy larga, y ausencia del ser amado
(por tanto, castración afectiva), muy muy muy larga.
El temor a la muerte esTnormal, la muerte nos espera a
todos, nuestra inferioridad con respecto a ella es real, no
sabemos lo que hará de nosotros sino que traerá consigo la
desaparición de nuestro ser tal y como lo conocemos noso­
tros. El miedo a la muerte es igualmente “racional” , pero
no puede existir normalmente sino ante su inminencia.
Pero la angustia, ella, no depende de amenazas exterio­
res. La prueba es que esas amenazas no se vuelven actuantes
sino en el momento en que encuentran en el niño senti­
mientos en desacuerdo con su ambición imaginaria.
Un chico de 14 años, Paul, enfermizo y retrasado, de
nivel mental y de aspecto físico de unos 9 años, fue condu­
cido al hospital Enfants-Malades, bajo el cuidado del Dr.
Darré, con una angustia de muerte tal que se había diagnos­
ticado meningitis grave a causa de la disnea alarmante, de
la obnubilación que la acompañaba, de la rigidez, del rictus
de dolor.
A la mañana siguiente, se cayó en la cuenta de que se
trataba de un pitiático.
Llegué a conversar con él y, a través de su manera de
hablar entrecortada por una sofocación continua, me contó
que respiraba así desde hacía dos días, y que era “porque
había tenido que recibir un día una pedrada que le arrojó
un grande”.
No se acordaba, pero “era domingo”, de seguro.
A mis preguntas de “por qué el grande había hecho eso”,
me dijo que él mismo había tratado de arrojarle a ese “gran­
de” una piedra a ía cabeza porque no lo quería, y el otro
había contestado el ataque.
Pero hacía tiempo de eso, y no estaba seguro de haber
sido alcanzado por la piedra, no obstante era domingo.
Ahora bien, en la mañana del día en que había sido
llevado ai hospital (también domingo), “cerca del campo de
aviación de Orly, había visto estrellarse un avión contra un
poste de telégrafos y el poste ser arrancado de la tierra”.
Esas últimas palabras habían sido dichas con tal dificultad
respiratoria (y disfrazó su miedo con un hipo) que le dije:
“Quizá desde ese momento respiras como lo haces. Tu­
viste miedo por el poste. No sabías que los postes no tenían
nada más que eso dentro de la tierra”.
Inmediatamente, el síntoma disneico cesó. Me dijo en­
tonces que los soldados del avión habían muerto en el acto,
y que el avión habría podido matar a sus amiguitos, unos
refugiados españoles que habían venido para que no los
mataran en la guerra en su país.
Me enteré después que el “grande” no era sino un niño
de la misma edad que él —14 años-, pero que parecía ya un
hombre. Estaban juntos en un curso que se impartía a los
estudiantes de Orly para prepararlos a ser mecánicos en la
aviación militar. Paul había estado ahí “porque se juega con
aviones”, pero en pocas semanas los alumnos tendrían que
volar de veras, y él no quería ya seguir ese curso, no quería
volar, le daba miedo ir en avión, sólo quería “jugar” a los
aviones. Pero su mamá, que había pagado 6 francos por
semana por el curso, había dicho que tenía que continuar.
Durante los primeros días en el hospital, Paul no quería
comer, pensando que lo querían envenenar. Sufría porque
su mamá no iba a visitarlo, y hablaba todo el tiempo del
dinero que él le costaba.
Mamá le “pegaba” mucho, había tenido “marcas de goí-
pes”(? ). Papá, “para que no se saliera de sus casillas”, lo
encerraba en la oscuridad. La hermana (dos años menor que
e'l) era “muy mala, pero mamá nunca le pega” .
La madre, totalmente indiferente, y aun hostil con su
hijo, adoptaba una actitud falsamente aburrida, pero sin
ningún gesto de ternura para con él. Era una enorme mujer
pletórica y olía a vino. Según parece, el padre padece sínco­
pes cardiacos, pero nunca ha recibido pensión, y su mujer
piensa que los doctores no conocen su oficio cuando dicen
que su esposo no tiene nada. Se “pescó eso” en el servicio
militar, debieran haberlo licenciado por débil, porque se
desmayaba al ver sangre y era enfermero. “Es su corazón,
pero él es tan tonto que se deja rechazar por el doctor”
(h c ).
El chico permaneció interno y lo vi durante diez días;
iba bien, estaba calmado, comía, y se decidió darlo de alta y
que yo continuara atendiéndolo, pero los padres no lo vol­
vieron a llevar.
Tres semanas después, el chico regresó a mi domicilio;
desde hacía varios días no dormía ni un segundo para no
morir, porque era necesario que todo el tiempo estuviera
seguro de los latidos de su corazón. Estalla muy ansioso y
no quería abandonar a su madre. Cuando dejaba a su ma­
dre, se tomaba el puño, porque vigilaba su pulso. La madre,
en vez de traemos al chico regularmente como se había
convenido, lo había, entre tanto, llevado a varios doctores
que habían dicho “que no tenía nada”.
Como yo le dijera que quería atenderlo y verlo con regu­
laridad, me dijo, en medio de un torrente de palabras obsce­
nas, que ella encontraría un doctor que “vería” lo que el
chico “tenía” en “una sola vez” . “Los doctores no tienen
sino que saber su oficio.”
El chico debe estar actualmente en un hospital psiquiá­
trico.
En este fragmento de estudio, se ve claramente que la an­
gustia de muerte se debía a la angustia de castración; ante el
“grande” fuerte, los sentimientos de inferioridad son reales;
la piedra que Paul había tratado de lanzarle a la cabeza
representaba una fantasía de asesinato.
Después había identificado a su enemigo con los aviado­
res que se mataban en el acto un domingo, pero derribando
un poste, y eso es lo que era el traumatismo inconsciente.1
El niño tuvo miedo por el poste. Después, “racionalizó”
su síntoma motivándolo por el temor que tuvo por la vida
de sus pequeños amigos refugiados (desarmados), con quie­
nes se identificaba y que el avión pudo haber matado, sien­
do que se habían venido a resguardar de la guerra (como él
quiere hacer a imitación de su padre).
El accidente provocó la realización mágica de los deseos
de asesinato en sustitutos del adulto castrador (muchacho
grande, suboficiales de Orly).
Se ve, por la emoción intensa que Paul experimentó al
ser arrancado el poste, que éste representaba inconsciente­
mente su pene. La inferioridad sexual que es la suya, frente
a los chicos púberes, había provocado la escena de la piedra
arrojada a la cabeza de su compañero de clase. Ese atentado
fallido había tenido por consecuencias las represalias sin
crueldad del compañero (una piedrita “debió” tocarlo en el
corazón, hacía mucho tiempo, pero no era seguro). Lo que
sí era seguro es que fue un domingo y que la defensa legíti­
ma del grande había tenido el efecto de impedir para siem­
pre sobre el plano real una manifestación de agresividad de
Paul para con él.2 No le quedó sino un arma imaginaria,
formular deseos mágicos de muerte, centrados sobre los
próximos ensayos de vuelo que ese chico grande debía hacer
como él, y, a causa de esos deseos, Paul no quería más
continuar con el curso ahora que no era ya cosa de fabricar
1. De verdad hay que haber visto muchos niños en tratamiento,
hombrecitos y mujercitas, para persuadirse de la profundidad de su
adhesión a este género de simbolismo (“poste arrancado”) que nos
parece, a nosotros adultos, una invención ingeniosa superficial, y
aun una mala invención risible.
“Esta cancioncilla me invadía de una horrenda tristeza:
No iremos más al bosque,
Los laureles están cortados.
Explicad estas rarezas de la infancia! ” -d ice George Sand (citado
por H. Deutsch).
2. Es “eso” lo que “constituyó” el acontecimiento específica y
sumamente traumatizante.
los aviones de madera y jugar con ellos, es decir que ya no
se trataba de una representación sino del paso al acto.
Un intenso sentimiento de culpabilidad3 acompañó la
realización mágica (desplazada sobre los aviadores) de los
deseos de Paul, y por eso el arrancamiento del poste que
seguía a esa muerte despertó la angustia primaria de castra­
ción.
La impotencia real contra el adulto concebido como to­
dopoderoso y “omnisexuado” había provocado, como me­
canismo de defensa del yo, la omnipotencia mágica del pen­
samiento.
Habiéndose realizado el deseo de muerte (desplazado
sobre los aviadores), el arrancamiento del poste tomaba,
también por desplazamiento, una acuidad intolerable.
La muerte efectiva,4 seguida de la castración efectivas
(arrancamiento del poste fuera de la tierra), le acarrea a
Paul la amenaza inminente de muerte libidinal: es la angus­
tia. De ahí, los síntomas de la muerte: expresión dolorosa
de la cara, anonadamiento de las pulsiones afectivas hasta el
plano oral pasivo vegetativo, bloqueo de los músculos respi­
ratorios.
El síndrome era útil al niño “en su medio” donde ningu­
na pulsión agresiva directa o sublimada era alentada. La
prueba es que al cabo de ^rios días en el hospital había
perdido su rictus de dolor, comía (estaba reconciliado con
la madre “buena”), dormía bien y sonreía. Jugaba en su
cama, se levantaba en la tarde. Mientras que, desde el punto
de vista escolar, atendía una clase de niños de 10 años, su
comportamiento para con los otros y las enfermeras era el
de un niño de 3 años, caprichoso, inestable, indisciplinado,
buscando hacerse castigar; pero todo eso le acarreaba repri­
mendas sin más. Después de 10 días se había disciplinado
un poco, de veras teníamos la impresión de que el chico
3. No hay que olvidar que el sentimiento de culpabilidad es, en
su origen, un mecanismo de defensa mental contra el adulto y el
mundo exterior concebidos como “todopoderosos” y “omni-
sexuados”.
4. (“Anhelada por Paul.”)
5. (“Temida por Paul.”)
salía avante. Sin embargo, su culpabilidad aumentaba por el
hecho de que su madre le decía, en las raras ocasiones en
que lo visitaba, que “él” le costaba caro por cada visita.
En el hospital le estaba autorizada, pues, una agresividad
lúdica y afectiva. En las pláticas que tuve con él, después de
la primera y súbita mejoría, soporté un día una sesión de
mutismo hostil, después una sesión repugnante de injurias
pornográficas seguidas de lágrimas y que terminó con una
amplia sonrisa porque yo le había permitido todo eso sin
^“enojarme” . La angustia había podido ser resuelta por esas
descargas pulsionales agresivas.
Por el contrario, desde que regresó a su casa, sus pulsio­
nes agresivas no encontraron más una salida permitida; las
fantasías de muerte eran demasiado culpables y demasiado
castradoras después de lo del avión. Y, si se hubieran expre­
sado en el comportamiento o en el lenguaje, hubieran topa­
do con una frustración de amor materno y paterno y con la
frustración del espacio, de la vista, del tacto, de la actividad
bruta en todos los terrenos, menos en el de la vida vege­
tativa.
La angustia de traducción disneica y disfágica había sido
racionalizada atribuyéndola a la “piedrita recibida quizá un
domingo” por parte del chico grande odiado y peligroso, y
que “debió” herir su corazón. Paul no podía ya luchar sino
contra sí mismo, negando “su” vida. Acosado interiormen­
te, no podía ya vivir y tenía miedo de que su corazón dejara
de latir.6
En los sueños de los enfermos que analizamos, y en las
fantasías, la imagen e incluso la “sensación” de la muerte
está con frecuencia mezclada (como lo muestra el estudio
del contenido latente de esos sueños y esas fantasías) con
una angustia vinculada a pulsiones sexuales. Esta vincula­
ción de la angustia de castración y de la angustia de muerte
6. Añadamos que la supuesta enfermedad del corazón del padre,
causa de su licénciamiento del servicio militar, hacía el -síntoma-
hipocondriaco a-Ja vez válido como-medío-de identificaciátucnn el
-padte y útil a la sobrevalorización masoquista erótica pasiva para
desarmar la agresividad real de la madre.
es un signo de neurosis, y yo pienso que el temor acongoja-
dor a la muerte siempre es un síntoma de angustia de castra­
ción, tal como lo es el temor acongojador a las enfermeda­
des, cuando aparece en un ser vivo —a menos que esté
objetivamente a punto de morir.
La angustia de castración es una emoción de frustración
libidinal. Es desencadenada por un conflicto entre pulsio­
nes; agresivas y pasivas, puestas al servicio de la sexualidad
prohibiciones venidas del mundo exterior (en la primera
infancia) o del superyó (después).
Pero la causa de la angustia y el conflicto permanecen
ocultos para la parte consciente del yo.
Así, la angustia de Paul proviene del complejo de castra­
ción, de un fracaso del mecanismo de defensa indispensable
a la represión de las pulsiones agresivas. Éstas son prohibi­
das porque acarrearían consigo fantasías fálicas ambiciosas,
las mismas que condujeron a la castración sadicoafectiva y
muscular infligida por ambos padres. El padre ha sido cas­
trador por angustia personal proyectada sobre su hijo (para
que no se salga de sus casillas) y la madre es castradora con
sadismo y odio al sexo masculino por fijación oral incons­
ciente a su propia madre (dependencia del biberón: alcoho­
lismo) que sólo le permite soportar la agresividad que pro­
viene de su hija.
Cuando Paul se aferraba a su madre, lo hacía inconscien­
temente para hacerse golpear, lo que lo habría aliviado,
pero su madre había desgraciadamente modificado su obje­
tivo agresivo que se había convertido en el “cuerpo médi­
co”. (Antes de la gran crisis de Paul, nunca lo había llevado
con un doctor.) Ella parecía ahora identificarse con su hijo
castrado y retrasado, que no podría nunca “pasar en la
aviación”, lo que nunca había querido confesarse conscien­
temente, y no le pegaba ya nunca.
Cuando la actitud masoquista le está permitida al yo por
el objeto sádico, el sujeto puede, por, identificación con el
objetó^ volverse inconscientemente sujpropio Verdugo y el
yo teme la enfermedad, obstáculo de la vida, o déla muer­
te, supresión de la vida. Es el verdadero mecanismo hipo­
condriaco. Neutraliza bastante bien la angustia.
Pero cuando la actitud masoquista no le está permitida
por el mundo exterior en relaciones objetales, el objeto
debe bloquear su libido en sí mismo, enderezar sus pulsio­
nes pasivas sin salida sustitutiva objetal contra sus propias
pulsiones agresivas; ya no hay salida. Es la frustración libidi­
nal total, es decir, la muerte tal como le pareció al niño el
díajsn_qugja..descubrió por primera vez; y como ya no hay
mas agresividad libre, ni siquiera inconsciente, el tema se
juega sobre el plano oral, donde la amencia de satisfac­
ciones libidinales, e$ elsu.eño. El enfermo traduce conscien-
~Jémentela igualdaSsueño = muerh vor el miedo de quedar-
sedoxmdo-
Sin psicoterapia psicoanalítica y con separación del me­
dio familiar, parece ser que el apaciguamiento psíquico no
puede venir sino a través de lo. psicosis; la disolución del yo,
entonces, resuelve la angustia.
Lavangu§t)a que toma la traducción mental de “miedo de
morir” no es por tanto una angustia de “muerte” sifwruña
r<angustia de castración
' Esta angustia neurótica ¿s en efecto un “temor mágico”
al servicio de las pulsiones sexuales genitales repjimidas por
un superyó movraíP'par'el complejo de castración y que
buscan, como es usual en esos casos, una salida sobre el
plano anal u oral. Es el mecanismo de la foljiafy débeíí?
siempre hablarse de fobia de la muerte, de temor obsesivc
de la muerte, cuando desde el punto de vista clínico un
sujeto orgánicamente sano teme morir.
PARTE CLÍNICA
CAPÍTULO I
PRESENTACIÓN DE UN METODO

Los niños de los que hablaremos nos fueron, en su mayor
parte, confiados en tratamiento en el hospital Bretonneau
por el doctor Pichón,1 médico de la consulta y asimismo
psicoanalista. Una consulta especial —una vez a la semana-
agrupaba a niños anormales, retardados y aquellos que pre­
sentaban trastornos nerviosos o del carácter; consulta ac­
tualmente bien conocida de los padres y sobre todo de los
profesores de escuela del distrito XVIII.2
Es decir que, junto a los niños que nos son remitidos de
entrada porque sus trastornos parecen pertenecer al cuadro
de aquellos que atiende esta consulta especial, muchos otros
nos llegan por la consulta de medicina general.
Queremos probar que el tratamiento actúa ayudando a),
niño a resolver satisfactoriamente su complejo de castración
y a solucionar su complejo de Edipo, y no gracias a una
“influencia personal sugestiva” .
En el niño, el método de asociaciones libres no es posi­
ble, por lo cual se emplea en los análisis el método del
jue.gOr^el -dihujo^£spontánep, .dé la “conversación” enten­
dida como la provocación de las variadas ocurrencias del
niño, guando el niño nos plantea una pregunta, nunca res­
pondemos directamejntej. sino.po^ la misma pregunta devuel­
ta: “(¿Qué es lo que tú piensas? j , y nuestra participación se
limita a algunos monosílabos estimulantes.
En el curso de nuestras consultas de hospital no emplea­
mos el juego, pues requiere de una instalación especial de la
1. El doctor Eduardo Pichón, animador del movimiento psicoa-
nalítico en Francia antes de la guerra del 39 y presidente de la
Sociedad Psicoanalítica de París, murió al principio de la guerra de
39-45.
2. Primera consulta hospitalaria de este género que hizo escuela
después.
cual no disponemos. Nos queda entonces la conversación,
tal como la acabamos de definir, en el curso de la cual
procuramos escuchar, mirar, observar sin omitir nada, ges­
tos, expresiones, mímicas, palabras, lapsus, errores y dibujo
espontáneo, al cual personalmente recurrimos mucho. Por
el dibujo, en efecto, penetramos en lo vivo de las represen­
taciones imaginativas del sujeto, de su afectividad, de su
comportamiento interior y de su simbolismo. Éste nos sirve,
una vez que lo hemos comprendido tácitamente, para la
orientación de las “conversaciones” con el niño, para eluci­
dar el sentido de sus representaciones cuando son aberran­
tes. Nunca damos interpretaciones directas de los dibujos.
Los símbolos no sirven, como muchos quisieran creer, de
i liivc <l<- enigmas a los psicoanalistas. La aparición de un
ulutlmlo no basta, por sí misma, para permitir la conclusión
«Ir i|iic nr (tutu inconscientemente de esto o lo otro. Es
i ti" <I • ontrslo. I;i situación afectiva del sujeto-en-el
ni......... un tpir I<> ti no, el papel que tiene este símboloen
■I *. *1 ilhi uiMi <n (|iic lo envuelve, el dibujo, el sueño,
l*i h la to iiu rclutudn.
Nosotros usamos las mismas palabras que el niño. Cuan­
do él ha empleado un símbolo o una perífrasis (para noso­
tros, psicoanalistas, cargados de sentido afectivo inconscien­
te) adoptamos estos njismos símbolos y estas mismas
perífrasis en la conversación que sostenemos corTél niño,
pero procurando que el estado emocional al que él los liga­
ba sea modificado.
El diagnóstico psicoanalítico no se precisa sino en el
curso del tratamiento; el, diagnóstico de partida es tan sólo
un diagnóstico sintomático: y
Si alguien extraño al psicoanálisis nos escuchase conver­
sar con el niño, creería con frecuencia que nuestros diálogos
son absurdos, inútiles, que estamos bromeando, que^ “juga­
mos” como niños con nuestro pequeño enfermo. Tendríá
razón en~parte, nuestras conversaciones no son las mismas que
tendríamos con los adultos. No buscamos inculcar en el
niño nuestro propio punto de vista, sino solamente presen­
tarle sus propios pensamientos inconscientes en su aspecto
real. Así, no hablamos un lenguaje “lógico”, encaminado a
sacudir la inteligencia del niño, que no es lógica todaWa-(ríb
lo olvidemos); queremos hablar a su inconsciente -que nun-
.ga es “lógico” en nadie-,3 por eso empleamos con toda
naturalidad el lenguaje simbólico y afectivo, que es el suyo
y lo toca directamente.
La facilidad con que el niño se pone a pensar, a vivir
imaginativamente con nosotros, a mostrarnos en sus dibujos
su mundo interior, a contarnos sus sueños, que con frecuen­
cia dice no recordar a las personas que lo rodean, a confe­
sarnos faltas o decirnos espontáneamente secretos que no
devela a nadie, esta facilidad, esta confianza son la base de
nuestra acción terapéutica:^es la situación de transferencia,
situación de adhesión afectiva aí psicoanalista, que se vuelve
un personaje, y de los más importantes, del mundo interior
del niño durante el tratamiento.
En sí misma, la transferencia no sirve de nada; es su
utilización la que dará o no un poder terapéutico a esta
nueva fijación afectiva del niño. La transferencia sirve al
terapeuta para estudiar las reacciones afectivas del sujeto en
relación con él y de ahí deducir el diagnóstico y la terapia a
que recurrirá. La terapia en sí no “pasará” más que por la
transferencia. Que no se crea que la transferencia actúa por
la acción sugestiva del médico, pues la sugestión necesita de
un aporte nuevo, intelectual o afectivo, al psiquismo de un
sujeto, mientras que en numerosos casos, incluso en casos
de psicoterapia, no aportamos absolutamente nada de nue­
vo al niño.
En efecto, si bien damos a los padres consejos y ellos los
aceptan (en gran parte debido a la confianza que tratamos
de suscitar en ellos y que -además de la verbalización de
sus resistencias inconscientes- utiliza así cierta dosis de su­
gestión), nuestra actitud ante el niño es diferente. En la
mayor parte de los casos, el niño será totalmente incapaz de
contar una sola de las cosas que el doctor le ha dicho. Nos
llega tenso, ansioso, y se va contento de habernos visto, a
veces calmado, a veces silencioso, o alegre, en ocasiones un
poco más nervioso que al llegar; raramente el niño sale de
3. ¡Recordémoslo también!
la entrevista con “la misma expresión que al llegar” ; esto
es algo que nosotros mismos notamos, el niño también
algunas veces; en todo caso, que el adulto acompañante
no omita hacerlo. Con frecuencia, sólo el niño ha hablado
y dibujado y nosotros no hemos sino escuchado. Otras
veces contamos una historia, que se parece a todas las
historias. Otras hemos “tenido una conversación” , y
entonces el niño puede recordar de qué hemos hablado,
pero difícilmente lo que ha dicho el doctor, porque en
la mayor parte de los casos nos las hemos arreglado pa­
ra hacerle decir lo que él sabe sin confesárselo. En
pocas palabras, casi nunca aportamos nada nuevo intelec­
tualmente.
Si no actuamos por sugestión, entonces ¿cómo actuamos?
¿Para qué sirve esa famosa transferencia?
Como se verá, porcedemos siempre de la siguiente mane­
ra: tenemos primero una entrevista con la madre o los pa­
dres, siempre en presencia del niño, salvo en los casos ex­
cepcionales en que solicitamos una entrevista particular con
la madre enviando algunos minutos al niño al corredor:
Nunca tenemos esta entrevista particular después de tener
una privada con el niño.
Mientras hablamos con«l adulto, aprovechamos para ob­
servar disimuladamente la manera de reaccionar del niño,
(¡ene ral mente lo instalamos en la mesa delante de un papel
y un lápiz, y le decimos: “ ¿Quieres hacerme un bonito
dibujo? , no importa lo que sea, lo que tú quieras” ; la acti
tud del niño (y la de los padres ante la reacción negativa de
éste, o la manera en que nos interrumpe para mostrarnos lo
que hace) es ya un tema de observación interesante (aparte
del dibujo mismo). Cuando hemos obtenido de los padres la
información necesaria, les damos algunos detalles de nuestra
opinión a priori, de nuestra manera, distinta a la de ellos,
de valorar las reacciones de su hijo. Antes de una más amplia
información, no aceptamos la alternativa propuesta: enfer­
medad o maldad. Tratamos de conseguir su confianza y la
promesa de que nos lleven al niño cuando se lo pidamos.
Solicitamos entonces a la madre que nos deje a solas con
el niño; esto sólo lo hacemos en la primera visita cuando no
encontramos resistencia ni de la madre ni del niño. En caso
contrario, no insistimos, decimos que encontramos natural
su desconfianza y pedimos a la madre que se quede como
testigo rigurosamente mudo en la entrevista que tendremos
con ei niño. Actualmente, en la consulta de Bretonneau, las
reacciones de desconfianza por parte de los padres a estas
entrevistas particulares son sumamente raras, ya que se ha
establecido la costumbre y las madres se advierten unas a
otras en la sala de espera. Así preparadas, las que vienen por
primera vez lo encuentran completamente natural. En todo
caso, si en la primera consulta el niño se muestra reticente y
la madre desconfiada, no he visto nunca que en la segunda
sesión la madre o el niño pongan dificultad para separarse;
por el contrario, la madre lo propone la mayor parte de las
veces.
Esto es todo en cuanto al punto de vista práctico de
nuestras entrevistas.
Agreguemos que cuando se trata de psicoterapia ningún
médico puede limitarse a observar, para hacer su diagnósti­
co, todo el tiempo que juzgue necesario; la gente exige ser
curada y ya es mucho que acepte marcharse sin órdenes
para radiografías, sin prescripciones, sin medicamentos
(“calmantes” o “extractos glandulares”), sin régimen, en
pocas palabras, sin pruebas tangibles de que han “estado
con el doctor” . Así, pues, es necesario al menos hablarles,
darles consejos detallados que causarán, si los aplican, un
progreso, por ligero que sea, en eí comportamiento del
niño, gracias al cual tendrán confianza en nosotros y volve­
rán a traérnoslo.
Es decir, estamos obligados a una acción terapéutica des­
de el primer día, antes aun de saber exactamente los deta­
lles del caso. El sentido común es la mejor arma de nuestro
arsenal terapéutico a priori\ no tiene nada de psicoanalítico
en sí, pero es la base de las psicoterapias conscientes, es
decir, de los métodos de nuestros colegas no psicoanalistas.
A estos medios de psicoterapia que recurren al conscien­
te agregamos el ataque indirecto de las resistencias incons­
cientes del medio cuando el yo del niño se confunde con el
mundo exterior (3-4 años), y del medio y del sujeto mismo
después de la formación del superyó, que se distingue del
yo (cerca de los 7-8 años).
Los padres no tienen, en efecto, más que dos actitudes
frente a los síntomas psíquicos o nerviosos. Alegan enfer­
medad, una “anormalidad” física o moral del niño, sea su
mala voluntad, su pereza o su maldad voluntaria. La prime­
ra de estas interpretaciones quita toda responsabilidad al
niño, la segunda le atribuye toda la responsabilidad. Estas
dos actitudes, tan falsa una como la otra, tienen como re­
sultado anclar más al niño en el círculo vicioso de sus sín­
tomas neuróticos.
La primera aumenta los sentimientos de inferioridad del
sujeto al legitimarlos de alguna manera, al mismo tiempo
que hiere su amor propio por el sentimiento de ser “anor­
mal” . Es más, al desarmar al niño para una vida sana, permi­
te al síntoma alcanzar su fin: la huida ante la angustia, más
fácil que la lucha, y origina las neurosis caracterizadas por el
refugio en la enfermedad.
La segunda actitud, por el retiro de amor y la incom­
prensión que lleva en sí, provoca sentimientos de culpabili­
dad conscientes ligados al síntoma, que el niño intenta su­
perar. Ahora bien, el síntoma responde a una necesidad
inconsciente, deriva de una pulsión bloqueada o reprimida
cuya energía necesita, cueste lo que cueste, encontrar un
medio de expresión. Así, después de una desaparición mo­
mentánea, reaparecerá fortalecido en la misma proporción
en que ha sido combatido, o sea tanto más fuerte cuanta
más voluntad y sensibilidad tenga el niño; o bien, se presen­
tará un nuevo síntoma mejor tolerado por los padres y el
superyó del niño.
Por desgracia, los educadores, los médicos y los psiquia­
tras hacen coro habitualmente con los padres, bien sea tra­
tando de intimidar explícitamente al niño o, implícitamen­
te, ordenando remedios.
El médico adopta algunas veces una tercera actitud aún
más desesperante que las otras para los padres y para los
niños. Después de haber escuchado y ordenado distintos
remedios en cuya eficacia es el primero en no creer, dice:
"y además, estén tranquilos, no es nada, sólo son nervios”, lo
i|tie equivale a decir: “No entiendo nada y esto me es
Indiferente.” Si no comprende nada, no tiene humanamente
el derecho de desinteresarse de un enfermo; podría, al me­
nos, ante el fracaso de una terapia orgánica, enviar al enfer­
mo a un colega capacitado “para comprender algo”.
Ilustremos lo que acabamos de decir con dos casos de niños
confiados, sucesivamente, a colegas'sin formación psicoana-
lítica y después a nosotros. Comparemos los resultados
clínicos de las dos actitudes.
La primera actitud de los padres y el médico - “el niño
está enfermo”— la hemos relatado en el caso, extremada­
mente simple, de Josette, que expusimos en la introduc­
ción. Ahora bien, ¿en caso de enfermedad, de cuál se
trataba? 4
Los padres habían decidido expulsar a Josette de su inti­
midad; ésta era al menos la óptica de ella, y lo resintió
como un retiro de afecto que, al coincidir con el ^espertar
de los intereses de la vida y del complejo de Edipo, debía
conducir a condenar, para Josette, su desarrollo, causa de
este retiro de amor. Todo esto no es consciente, por supues­
to, sino sentido.
La angustia traduce la inquietud frente al cambio del que
ha oído hablar sin que se le haya participado —a ella, la
principal interesada-, es decir, “como si” ella no debiese
comprenderlo. En efecto, se negó a prestar atención a la
compra del diván; pero el impulso a rebelarse contra el
displacer de ser privada de papá y mamá se traduce por los
síntomas de negativismo (Josette se vuelve contra el sueño,
la comida, los intereses que tenía y los juegos) y por el
regreso a una etapa anterior de la evolución libidinal, refle­
jado en la ene uresis. La niña, privada de amor (al menos a
sus ojos), languidece.
La comprensión de la psicoanalista se dirigió de entrada
(por la pregunta: “ ¿Dónde duerme? ”) al meollo del asun­
to, candente para un niño de 3 años y medio que inicia su
4. Véase la p. 4.
complejo de Edipo. Y después, confirmada su hipótesis y
sabiendo que la renuncia a un placer no se puede aceptar
más que a cambio de otro, la psicoanalista demostró a la
niña que comprendía su conflicto al permitirle manifestar
su dolor y traducirlo normalmente.
Josette sufría verdaderamente por tener que abandonar
la situación privilegiada de “niña pequeña” . Si tomamos en
serio esta gran tristeza, era para discutir su valor con el yo
de Josette. Le proporcionábamos la oportunidad de aceptar
el sacrificio impuesto, gracias a la promesa de placeres des­
conocidos para ella, y que concordaban con su derecho a
crecer, en lugar de ponerle trabas: “el sacrificio que te im­
pone la realidad (tus padres, tu edad) te proporcionará nue­
vas ventajas que no conoces aún: ser amada como una chica
mayor, de la cual papá estará orgulloso; ir a la escuela . . .”
Hemos visto cómo la niña abandonó sus síntomas desde
el momento en que la resistencia inconsciente a admitir el
sufrimiento se volvió inútil, y cómo el desarrollo, por un
momento comprometido, retornó a su curso normal. Una
vez curada, fue la misma niña quien pidió a su madre ir a
anunciárselo a la doctora, lo que la madre personalmente
habría omitido.
Para ilustrar la segunda actitud de los padres y el médico
—“el niño es perezoso, malvado”- , citaré el caso de un niño
de 11 años, Jean, segundo y último de una familia que se
compone del padre, la madre y una hermana de 14 años,
saludables los tres.
Jean es llevado por su madre a Bretonneau por su nervio­
sismo y trastornos graves del carácter.
Ante el Dr. Pichón, se muestra incapaz de permanecer
quieto, mueve constantemente los dedos, las manos, hace
gestos con la cara y se muerde los labios. Además, siempre
en presencia del Dr. Pichón, tiene una gran dificultad para
expresarse, dificultad por la que se le aconseja, aparte de
una psicoterapia, una reeducación de la palabra. Luego este
síntoma desapareció delante de su madre y de mí: sólo
aparecía en presencia de un hombre.
Jean presenta inestabilidad desde su primera infancia.
Está siempre en movimiento, embromando, molestando a la
hermana, ocupado en rascarse, destrozar los muebles, roerse
las uñas, deshacer su ropa y es incapaz de aplicarse a sus
tareas. Viéndolo crecer sin curarse de este defecto, del que
el maestro de escuela se quejaba también, los padres se
cansaron de sus reproches, compraron una palmeta y, con
esa amenaza, se obtuvo (“por fin”, dicen) media hora de
tranquilidad de vez en cuando. Los padres quedaron satisfe­
chos con este resultado. El método de la palmeta se estable­
ció sólidamente en la casa, “porque así es como hay que
tratarte”. Y la madre dice que “el padre tiene siempre la
palmeta a la mano”.
Pero otro resultado no se hizo esperar por mucho tiempo:
Jean era un buen niño; hasta entonces no se le reprochaba
más que su inestabilidad. Se volvió cada vez más nervioso.
Aparecieron tics, luego, por períodos cada vez más frecuen­
tes, Jean se mostró provocativo, mentiroso, molesto, grose­
ro, impertinente. Paralelamente, la palmeta, más y más acti­
va, ya no amenazaba sino golpeaba. Se iniciaron reacciones
más graves, robos menores, maldades y brutalidades con sus
camaradas, desobediencias que hubieran podido ser peligro­
sas en las salidas con los “lobatos”.
El niño es de una sensibilidad encantadora y, aunque no
confiesa sus remordimientos al medio severo, su inestabili­
dad continua, condenada por los padres, le había resultado
muy culpable. La familia de Jean es muy creyente y él
mismo muy piadoso, por lo que su actitud de niño malvado
ulceraba su conciencia.
Los síntomas contra los cuales luchaba conscientemente
desaparecían, pero dejaban su lugar a los tics silenciosos,
menos molestos para los padres; y, además, el control de la
pulsión agresiva que traducía esta voluntaria y temporal
inmovilidad, provocaba un refuerzo de la pulsión, de ahí las
explosiones súbitas - a la vez descarga benefactora para el
inconsciente, y culpable para la instancia moralizadora: el
superyó: “Yo \je\ no quisiera ser malo, pero ello [ga] es más
fuerte que yo [moi] .”
Dicho en otra forma, ¿cómo evade el yo de Jean el
conflicto? Haciéndose golpear, lo cual calma la angustia de
culpabilidad. Por eso la provocación al padre “regañón” y a
la madre intransigente, por eso -en la ausencia de los pa­
dres severos- la nulidad de resultados escolares y los peli­
gros en que incurre con el maestro de escuela y la guía
scout igualmente indulgentes. Esto significa que, cuando no
puede hacerse golpear físicamente, Jean busca ser golpeado
moralmente por los demás alumnos en clase y busca tam­
bién un accidente que lo debilitaría físicamente.
Vemos la cadena infinita de síntomas neuróticos.
Un conocido médico, cuyo nombre no diré, psiquiatra
de niños, había abundado en el sentido de la interpretación
de los padres. Después de haber reprendido vivamente a
Jean, sin lograr arrancarle una palabra ni una lágrima, acon­
sejó seriamente a los padres, en presencia del niño, recluirlo
por anormal perverso en un asilo o en una casa de correc­
ción privada. Quizá lo hacía de buena fe, quizá quería inti­
midar al niño, el caso es que, sin decir más a los padres
despidió a los tres tras pronunciar este veredicto. Fue la
guía scout, trabajadora social del Dr. Pichón en Bretonneau,
quien aconsejó a los padres, sumamente inquietos, pedir la
opinión del Dr. Pichón antes de tomar una decisión. Fue así
como Jean nos fue confiado.
La madre nos contó todo lo que hemos relatado. Escu­
chamos sin pasión, y nuestras primeras palabras a Jean, al
final del interrogatorio a su madre, fueron: “¿Es cierto
todo eso? ” y como, obstinado burlón, no respondía, agre­
gamos: “ ¡Pobre Jean, cómo te compadezco, qué desdicha­
do debes ser!” Para estupefacción de la madre, Jean, el
“perverso inintimidable”, estalló en sollozos. ¿Qué actitud
adoptar ante semejante cuadro? Primero que nada, com­
prender de qué se trata, ver claro en esta sintomatología,
mucho más complicada que en el caso de Josette.
En efecto, en el caso de Josette, la amenaza venía del
mundo exterior contra un yo aliado al ello.
En el caso de Jean, el conflicto con el mundo exterior
está completamente modificado por un conflicto suplemen­
tario con el superyó. Y así es siempre después de los 6-7
años, edad a partir de la cual se forma el superyó.
Detrás de las reacciones secundarias y recientes, califica­
das de maldad, habrá que encontrar la causa original de esa
inestabilidad anterior que desencadenó la ingerencia de la
palmeta paterna.
Jean tiene 10 años. Antes de entrar en el período de
lutencia, ¿vivió su complejo de Edipo?
Sin duda lo intentó, pero no lo ha resuelto y tenemos la
prueba en el síntoma de la dificultad de expresión delante
ilc un hombre, sustituto del padre, la cual demuestra la
agresividad reprimida e inconscientemente proyectada sobre
todos los hombres, que se convierten en la óptica del niño
en mágicamente peligrosos.
Jean había alcanzado la etapa fálica, pero, ante la amena­
za de castración, proveniente del padre, y la amplificación
por la abuela, la madre y la hermana de la angustia de ahí
derivada, Jean tuvo que sufrir una regresión al estado anal,
he aquí el sentido de esas alternancias de explosiones de
ugresividad acompañadas de malas palabras y de actitudes
pasivas de arrepentimiento y masoquistas frente a los padres
y camaradas de clase. Este comportamiento es característi­
co de la ambivalencia del estadio sádico anal.
Me dijo, en efecto, que le gusta dibujar barcos, sobre
todo de guerra, pero que no puede dibujar los cañones los
mástiles, la cabina del comandante y los proyectiles (símbo­
los fálicos). Me dijo también que su hermana le prohíbe
balancearse en las sillas, cosa que ella hace cuando mamá no
la ve: esto simboliza la prohibición de masturbarse.
En cuanto a la madre, ella confiesa que prohíbe a su hijo
ocultarle el menor de sus pensamientos, “sería la mayor
tristeza que él podría causarle”.
Un día, Jean llevó a escondidas revistas ilustradas que le
habían prestado unos amigos. ¡Fue un drama . . .! porque
ella “encuentra horribles las historias de bandidos, de revól­
veres y de aventuras que hay en esas sucias revistas”. Cuánta
no fue su pena un día hace poco en que Jean robó diez
centavos que había en la chimenea para comprar él mismo,
a escondidas, una de esas revistas. Varias veces ha ocultado
sus malas notas.
Después de varias entrevistas con Jean, pregunté a la
madre si él tenía lo que se llama “malos hábitos” . La pobre
mujer enrojeció de vergüenza y me contestó: “Ya no, por
fortuna conseguí que dejara de hacerlo, pero hace dos o tres
años eso nos inquietaba. Fue entonces cuando nos dimos
cuenta de que estaba nervioso. Pero él comprendió y no lo
repitió más. Ahora tiene algunas veces una especie de tic
para rascarse frotándose con el pantalón, lo cual me hace
avergonzarme. ¿Es ésta la razón por la que me hizo usted la
pregunta? ”
En una de las entrevistas, aquella en la que Jean me
había confesado su imposibilidad de dibujar lo que yo sé
que son símbolos fálicos, hice una alusión a la masturbación
prohibida. Él contestó: “Sí, cuando era yo pequeño . . (y
encadena inmediatamente): “pero la abuela tiene tanto mie­
do de todo, ella cree que soy un bebé y no quiere que cruce
solo las calles, dice que me van a atropellar” .
Vemos claramente lo que pasó hace dos o tres años, en el
momento de la represión violenta de los deseos de mastur­
bación.
En aquel momento de lleno en el estadio fálico con sus
fantasías edípicas (barcos de guerra sobre el mar), se le
prohibieron sus impulsos masturbatorios y sus fantasías am­
biciosas y agresivas en nombre del peligro de muerte (cruzar
las calles) y del riesgo de retiro de amor de su madre (si le
oculta cualquier cosa). Los sentimientos de celos y de dolo-
rosa inferioridad, permanente y no resuelta, frente a su pa­
dre, del cual no puede imaginar el órgano (cabina del co­
mandante, cañón, proyectil), originan esta actitud inestable
frente a todos los problemas, frente a todas las actividades.
Si al menos el medio hubiera tolerado que Jean se insta­
lase tranquilamente en esta fase más o menos regresiva, pero
que a él le permitía las satisfacciones que se relacionan con
ella: ganar algunos centavos, poder gastar su tesoro a su
antojo, manejar revólveres Eureka y apasionarse por las
aventuras de guerra o las novelas policiacas, Jean nunca
habría parecido un niño neutórico —socialmente hablan­
do-, aunque bajo la influencia del despertar de la pubertad
el problema del Edipo, que seguramente no habría sido
resuelto por lo que sabemos de su entorno, sin duda alguna
se hubiera presentado de nuevo y bajo una forma muy difí­
cil de resolver.
La neurosis familiar quiso, por el contrario, que hasta las
satisfacciones de modalidad regresiva le fueran negadas. No
había ya sino una salida, la neurosis. Acabamos de utilizar
la expresión de “neurosis familiar” ; en efecto, encontramos
en más del 50% de los casos de niños neuróticos un compor­
tamiento neurótico de los padres o de uno de ellos.
En el caso de Jean, se trata de una madre del tipo de las
"mujeres cornelianas”. La situación material de la familia es
muy modesta. La madre no trabaja pero se ocupa de su
casa, y por el aspecto y las maneras de ésta tanto como del
hijo, se tiene la impresión de gente de la burguesía más que
de pequeños empleados. La madre se prohíbe toda alegría,
toda concesión de debilidad y, naturalmente, es frígida y
rechaza todo interés por lo sexual, que la disgusta. La abue­
la de Jean, que parece ser una gran angustiada, mima a su
hija y a sus nietos, pero, inquieta por todo, se desquicia ante
los menores riesgos inherentes a la vida. “Cuando mi madre
viene a casa, todos estamos molestos por la noche, incluyendo
a mi marido, que se pone molesto al vemos así.”
En cuanto a la hermana de 14 años, la madre me dijo
que tuvo una segunda infancia agresiva y rebelde; después,
bruscamente, desde hace dos años cambió completa­
mente. Se ha vuelto muy buena, pero es miedosa, tiene
fobia a salir sola, carece de confianza en sí misma al más
alto grado, ya enfermizo, y tiene frente a su hermano una
actitud vindicativa y rencorosa. “No le perdona nada, se
encarniza con él, que es tal como ella misma era antes.”
El padre es también muy nervioso, dice la madre, grita
por todo, y, ya lo sabemos, “siempre tiene la palmeta en la
inano”.
En un caso como éste, una vez que lo hemos comprendi­
do, ¿qué hacer? Lo mejor sería psicoanalizar a la madre,
pero no lo soñamos siquiera, ella está satisfecha. ¿Separar a
Jean de su familia? Eso le resultaría doloroso, porque ama
a su madre como un bebé feroz y zalamero, alternativamen­
te, aunque los momentos en que él busca sus zalamerías
Nean raramente recompensados por una caricia, ya que la
virtud no “borra” los reproches acumulados. Además, la
Ncparación no resolvería nada.
Estableceremos una fuerte transferencia afectiva, gracias
ti la cual sacudiremos las resistencias del superyó. Permitire­
mos al yo adoptar actitudes reactivas ambivalentes frente a
nosotros, por ejemplo pensar cosas desagradables, injurias
groseras, sobre la doctora, madre fálica, después de haber
pensado justo lo contrario. Esto lo dejamos entrever como
una cosa natural que no cambia las relaciones cordiales que
existen en realidad entre él y nosotros. Cuando nos confiesa
un quebranto en un esfuerzo, lo lamentamos; si olvida algo
que nos ha prometido y se muestra afectado, le decimos
que lo esperábamos un poco y que no está mal oponerse a
nosotros. Si nos habla de incidentes familiares intentamos
mostrarle lo que hay de proyección y lo que hay de objeti­
vo en su interpretación de la actitud de los otros.
Un día señaló un gran progreso, aquel en que me dijo:
“Ahora, cuando siento que mamá está muy nerviosa, no
digo nada y pienso: le pasa lo que a mí, debe ser más fuerte
que ella; entonces no es su culpa; pero antes siempre creía
que era por culpa mía, por las preocupaciones que le daba.
Justamente, esta semana, todo iba admirablemente para mí
en la casa y en la clase. El maestro me felicitó y dijo a mamá
que ya no era el mismo. Entonces comprendí que a veces
mamá está nerviosa sin ser culpa mía”. Ese día Jean me
habló de sus dibujos y me preguntó si quería enseñarle a
dibujar lo que no sabía hacer en los barcos de guerra. In­
conscientemente, esto era en extremo importante. Le res­
pondí: “Aprenderás, con seguridad, sin ayuda cuando sepas
mirar cómo están hechos en realidad”. “Bueno, lo traeré y
quizá con usted, aquí, lo lograré.” A lo que respondí: “Son
cosas que interesan a los muchachos. Tú los dibujarás mejor
que yo, pero no te atreves a creerlo, ¡como si pensaras que
un niño debe ser menos hábil y más tonto que un adulto,
porque es menos viejo! Si tuviera tu edad, sería una niña y
serías tú quien me enseñase todo” .
Naturalmente, como cabe esperar, cuando los síntomas
molestos para los padres desaparecen, dejan de traernos a
los niños; en el caso de Jean, a pesar de la opinión favorable
del maestro de escuela, la madre pone de pretexto que la
consulta le hace perder una mañana de clase para no enviár­
noslo más; a sus ojos la cosa va bien, Jean “se porta bien”.
Sin embargo, aunque Jean ha mejorado está lejos de ha­
berse curado; la prueba está en que habiendo pasado una
jomada entera con su padre, por primera vez en su vida, se
produce al día siguiente una reacción agresiva.
Otro hecho significativo del conflicto Edipo-castración
no resuelto es el siguiente: su maestro, para recompensarlo
por sus esfuerzos escolares, le ragaló una navaja de bolsillo.
¡Qué alegría! Sí, pero al día siguiente Jean perdió la nava­
ja. Desesperado, regresa a los lugares del paseo, pero no
puede encontrar la navaja. Jean estaba abatido, descorazo­
nado, y sobre todo temblando de que el maestro se enfa­
dase al darse cuenta del poco caso que había hecho a su
regalo. (Esta era la intención culpable inconsciente.) El
maestro, al saberlo, en lugar de regañar a Jean, le dijo:
“Bueno, si por tus notas de un mes lo mereces, te daré
otra”.
Por fortuna, los padres no regañaron a Jean, conmovidos
por la violencia de la tristeza que lo afligía.
Jean, por la nueva actitud de su medio (los padres han
recobrado esperanzas), y sobre todo por las satisfacciones
de amor propio que obtiene en la escuela y con los lobatos,
ha podido encontrar algunas compensaciones al estado de
inferioridad y de severa tutela en que lo mantiene su fami­
lia.
Por este ejemplo detallado se ve la meta que nos propone­
mos: ser imparciales y ayudar al niño a encontrar un me­
dio de expresión de las pulsiones reprimidas, adaptándolas a
las exigencias medias de su entorno y de su ética personal,
calmando su culpabilidad y satisfaciendo lo mejor posible
las exigencias legítimas de su libido.
Se ve así, en estos dos casos, de los cuales uno es de los más
simples (Josette) y el otro de los más complicados (Jean),
en qué se apoya nuestra actitud, diferente de la que general­
mente toman los padres y los médicos.
En el caso de Josette, la hipótesis de una etiología orgá­
nica no casaba con la ausencia de fiebre y la complejidad de
la sintomatología. La reaparición de 1a. enuresis, además,
señalaba por sí sola una grave regresión afectiva actual.
En el caso de Jean, el simple hecho de adoptar ante él
una actitud de “simpatía” bastó para derribar su muralla de
insensibilidad destinada a luchar contra la actitud moraliza­
do ra que él esperaba vemos tomar.
Cuando los padres nos relatan los despropósitos de sus
hijos, malvados, viciosos, perezosos, impertinentes, etc., no
les echamos la culpa a los padres, nos limitamos a escuchar
atentamente, a hacer precisar las circunstancias, sin hacer
eco a sus lamentaciones ni a sus reproches. Nuestra actitud
benévola con el niño no se debilita jamás; cada una de
nuestras reacciones, de nuestros gestos, de nuestras palabras
es voluntariamente neutro, o encaminado en el sentido tera­
péutico que creemos entrever. No censuramos nunca; in­
tentamos comprender la razón “económica” (es decir, “más
ventajosa para el principiojlel placer37) que empuja a un ser
humano a volverse contra los otros, a vivir en mala inteli­
gencia con un entornolnmedíátoTcosa que no estia priori
en la lógica del hombre.
Si el niño tiene conciencia de haber actuado mal, puede
o no resentir una culpabilidad adecuada. Dicho en otra for­
ma, puede haber exageración de escrúpulos o, al contrario,
falta de juicio. Entonces intentamos revivir con él el episo­
dio censurable, y de verlo con su óptica, a fin de compren­
der por qué su reacción estuvo mal adaptada. Podemos ex­
plicarle luego por qué no puede, inconscientemente, asumir
la responsabilidad de su acto o, por el contrario, por qué se
juzga inconscientemente co i una severidad desproporciona­
da a la moral de su medio.
Así, poco a poco levantamos las barreras neuróticas y los
mecanismos de defensa destinados primitivamente a prote­
ger al niño, pero que de hecho lo tienen prisionero actual­
mente.
Porque he aquí lo que sucedió: para lograr un “ser me­
jor” subjetivo y momentáneo, el individuo fue llevado a una
repartición anormal de las fuerzas libidinales, siguiendo un
esquema que corre el riesgo de ser ratificado en la edifica­
ción de su personalidad, que se convierte en una personali­
dad neurótica.
Pero este riesgo de que un individuo sea alcanzado en su
integridad original, es el riesgo mismo de la vida y comienza
desde su origen, desde el momento en que surge de la fusión
de dos células germinales provenientes del padre y la madre
y que conllevan -en potencia— las fuerzas libidinales here­
ditarias y las posibilidades de exteriorizarlas. Vienen prime­
ro las condiciones de vida intrauterinas, la calidad de la
alimentación suministrada a partir del nacimiento. Vienen
después mil influencias, que actúan por su sola presencia, y
por el complejo papel que desempeñan en la formación de
los dones materiales y espirituales, con los cuales el joven
ser físico y psíquico se construirá: clima, alimentación, con­
diciones de vida, bienestar, medio, características étnicas,
sonoridad y ritmo del lenguaje, religión, creencias, folklore,
arte y- artesanado nacional y local; en breve, todo un con­
junto preformado, independiente tanto de él como de su
madre, y que se podría llamar el superyó colectivo.
Es importante señalar incluso “que una cierta forma de
salud”, una “cierta forma de equilibrio” , no son especial­
mente patrimonio de seres que llegaron a la última fase del
desarrollo libidinal humano, la fase genital oblativa. Todo
depende del medio que forma el ambiente afectivo del suje­
to y de sus posibilidades libidinales propias. El principio
corriente de la salud moral es un acuerdo entre el grado de
afectividad del sujeto y el del ambiente. Es evidente empero
que un ser humano que alcanza, por su desarrollo libidinal
inconsciente, la fase genital oblativa, o se aproxima a ella,
conserva más fácilmente que otro su equilibrio, cualquiera
que sea el nivel afectivo del ambiente, ya que reacciona de
manera racional a los desacuerdos que resiente. Desde el
punto de vista psicoanalítico, no se puede decir, por consi­
guiente, que el sufrimiento moral sea en sí mismo ni una
causa ni una prueba de neurosis; no es sino una causa o una
prueba de desacuerdo afectivo. La forma práctica en que
reacciona a él el sujeto se llamará reacción normal o reac­
ción neurótica, la primera será aquella que permita a la
personalidad conservar la integridad y el libre juego de sus
fuerzas vitales, y ello gracias a una canalización creadora de
ellas.
Así, el psicoanálisis nos permite comprender en todo indivi­
duo, bien sea psicótico, más o menos neurótico o sano, los
elementos de que esta compuesto afectivamente y la “lógica
subjetiva” de su comportamiento, tan a menudo totalmente
ilógico para todos nosotros. Permite además, con ayuda de
transferencia en la situación terapéutica, estudiar los meca­
nismos inconscientes del sujeto, su comportamiento frente
al psicoanalista, participando del que tiene frente a cual­
quier persona.
La actualización del determinismo arcaico y caduco de
las reacciones que caracterizan su no adaptación a la reali­
dad permite al sujeto rehacer por sí mismo una síntesis
diferente y mejor adaptada, con los elementos que contenía
en sí ignorándolo y que hace conscientes por el análisis de
la transferencia (es decir, por el estudio continuo de las
razones de su comportamiento afectivo, frente al psicoana­
lista).
Un tratamiento psicoanalítico por sí mismo nunca ha
producido un ser más sano que antes; sólo lo pone en el
camino de serlo después del tratamiento, mediante un tra­
bajo de síntesis personal que le queda por hacer después de
la desaparición de los móviles inconscientes que han tenido
al paciente ligado, a lo largo de su tratamiento, a todo lo
que le rodeaba, en particular a la persona de su analista.
Éste trabajo de síntesis puede ser más o menos iniciado en
el curso del tratamiento, cuando el analista está dotado de
una cantidad apreciable de*libido genital, gracias a la cual
no experimenta inconscientemente angustia de sentir a su
analizado alcanzar su liberación afectiva, aun si ésta amena­
za rebasar la suya propia.
En todo caso, el analista no puede llevar a su analizado a
un punto del desarrollo psicoafectivo que él no ha alcanza­
do aún. Inversamente, tampoco puede en muchos casos, al
carecer el analizado de posibilidades libidinales fundamenta­
les, llevarlo, al fin del tratamiento, a un desarrollo psico­
afectivo completo.
Se nos objeta con frecuencia que nuestros tratamientos
son extremadamente largos y por lo mismo costosos. Esto
es exacto, y todas las experiencias auténticamente psicoana-
líticas, es decir, tratamientos basados en la reconstrucción
de la personalidad del sujeto por sí mismo, al cual el analis-j
ta no presta más que su presencia afectiva de “testigo reac­
tivo” sensible, de mediador imparcial contractual y pasaje­
ro, son necesariamente largos. Sólo en estos tratamientos se
puede contar con curaciones perfectas y definitivas, cuales­
quiera que sean las condiciones ulteriores de la vida del
sujeto.
No obstante, en el curso de los tratamientos, y a veces
desde el principio, el sujeto se siente más feliz, algunos de
sus síntomas pueden desparecer muy rápidamente. No nos
engañemos; esta curación no es más que aparente. Es el
efecto de la “transferencia”. El papel importante que el
psicoanalista y el psicoanálisis toman en la vida del analiza­
do, y que es un “medio” del tratamiento, debilita ciertas
reacciones neuróticas del sujeto, porque su vinculación mis­
ma al analista acapara una cantidad de libido desde ese
momento desviada de sus fijaciones anteriores. Esta vincula­
ción es a su vez de orden neurótico, es decir, no racional ya
que no está basada en ninguna razón válida, aparte de la
confianza previa en alguien que debe curarlo. Esta confian-
/H puede estar apoyada en casos clínicos demostrativos o en
una seguridad intelectual fundada, pero esto no explica la
"modalidad” de las relaciones afectivas que desde el primer
contacto entran enjuego en la actitud del paciente frente al
médico. No es, si se nos permite la imagen, más que una
hipoteca sobre la curación.
Se puede admitir que hay curación virtual, por lo tanto
posibilidad de suspender el tratamiento, cuando el antiguo
neurótico ha reconquistado en la vida práctica un equilibrio
nuevo, y cuando el estudio de sus mecanismos inconscientes
muestra que sus pulsiones instintivas —en la parte que no es
liutisformable en sublimaciones— son admitidas por su per­
sonalidad consciente, es decir que sus mecanismos incons­
cientes están en paz.
La curación no es segura más que si el analizado, además
•Ir la desaparición duradera de sus síntomas, “vive interior-
monte en paz”. Es decir que reacciona a las dificultades
ríales de la vida sin angustia, con una actitud espontanea-
monte adaptada a las exigencias de una ética en concordan-
tlu tanto con el medio en el que ha escogido vivir como con
luí ¡tuyas propias; y esto permitiendo a la vez a sus pulsiones
instintivas las traducciones adecuadas (descargas libidinales
en calidad y cantidad suficientes) que aseguren la conserva-
ción del equilibrio adquirido.
Este trabajo exige una larga y lenta preparación, y sólo
es definitivo si el sujeto llega al estadio adulto, no solamen­
te en edad real sino también en edad afectiva y mental. En
el fondo de todo ser, el análisis no encuentra jamás sino lo
que ahí está. Decimos esto tanto por los que creen encon­
trar en esta ciencia nueva y en su aplicación práctica una
panacea, como por los que suponen a los psicoanalistas lo
bastante ciegos para pensarlo.
Como ya se dijo, en aras de la simplicidad y claridad de la
obra, presentaremos solamente casos tratados no por psico­
análisis puro sino por un método de psicoterapia derivado
de él, y que, al dirigirse a seres en formación ofrece ventajas
prácticas considerables de rapidez al precio de una interven­
ción mínima del médico.
Este método, además del recurrir al consciente del enfer­
mo y que, específicamente, atañe a la psicoterapia, se rela­
ciona punto por punto con la experiencia psicoanalítica.
Nuestra actitud interior es absolutamente la misma que
guardamos en psicoanálisis auténticos.
Nos situamos entonces en un punto de vista esencialmen­
te distinto del de el moralista. Sin embargo, nuestra actua­
ción tiene un valor educatíVo indudable,5 basta con leer las
observaciones siguientes. Y es que en toda psicoterapia, des­
de el momento en que abandonamos la rigurosa técnica
psicoanalítica, tenemos, querámoslo o no, una actitud edu­
cativa.
Esta actitud se desprenderá de nuestra personalidad, por
lo tanto de nuestro inconsciente. Pero de dos psicoterapeu­
tas, aquel que esté psicoanalizado tiene más facilidades que
el otro para acercarse al ideal de objetividad.
En efecto, ¿qué significa el término objetividad cuando
se trata de la observación del comportamiento y de los
mecanismos psico afectivos de un individuo? Significa que
el médico no debe situarse ni en el punto de vista moral ni
5. Arma Freud ha sostenido contra Melanie Klein la legitimidad
de esta acción educativa.
en el punto de vista cultural, que no debe hacer ningún
juicio de valor, que su meta debe ser la discriminación de
los elementos (pulsiones y contrapulsiones) que están en la
base de las reacciones aparentemente normales y anormales
del sujeto que examina. Pero, como se trata de reacciones
de un ser vivo frente a fenómenos que actúan igualmente
sobre otro ser vivo, siendo el uno el paciente, el otro el
médico, es visible que existen causas de numerosos errores,
empezando por la influencia del inconsciente del médico.
Pongamos una comparación: si se observa un paisaje a tra­
vés de un vidrio rojo, se eliminan por este hecho todos los
rayos rojos de su campo de observación. Lo mismo sucede
con el psicoterapeuta, que es, a su vez, una síntesis adapta­
da a la sociedad. La forma personal en que lo ha logrado
influye en su objetividad, aunque no se percate de ello.
No tenemos más que una forma de remediar este incon­
veniente, y es no hacer psicoanálisis mientras nosotros mis­
mos no nos hayamos analizado, y lo más profundamente y
el mayor tiempo posible.
He aquí el gran obstáculo que se opone al psicoanálisis y,
en efecto, no es pequeño. Nada es más pesado que un psico­
análisis, más difícil de soportar para un individuo por buena
que sea su salud. La energía y la perseverancia que se necesi­
tan se encuentran quizá más fácilmente en personas que tie­
nen el valor y la simplicidad de reconocer sus dificultades
buscándoles un remedio. Cuando se trata de médicos, que
usan para curar a otros los conocimientos adquiridos al pre­
cio de su propia experiencia, no creo que se pueda humana­
mente reprochárselo.
Se oyen algunas veces bromas que no son del todo infun­
dadas; una de ellas consiste en decir que todos los psiquia­
tras se vuelven locos tarde o temprano, y se agrega que es
debido a que viven entre locos. No decimos que sea verdad,
pero hay un hecho cierto: el gusto de ocuparse de las enfer­
medades mentales difícilméri!B~to tendrá un individuo que
no se sienTaTatraídopor conflictos que no comprende. Si un
individuoasFve~que^u estado se agrava al cabo de varios
años de práctica psiquiátrica, no hay necesidad de buscar la
causa en el contacto diario con psiconeuróticos; es suficien­
te que su propia neurosis haya evolucionado como lo hubie­
ra hecho cualquiera que hubiera sido su actividad social.
Otra broma que toma algunas veces valor de argumento
contra el psicoanálisis en aquellos que quieren racionalizar
sus resistencias inconscientes (como si la actitud ante el
psicoanálisis, que es una ciencia, pudiera depender lógica­
mente de la opinión que se tenga sobre tal o cual de los
médicos que lo practican) es que “todos los psicoanalistas
son antiguos neuróticos”.
A esto responderemos: los determinantes psicoafectivos
infantiles que llevan a un individuo a la elección de la carre­
ra médica son los mismos para los psicoanalistas6 que para
todos los demás médicos.
La simpatía humana por los que sufren, origen de la
elección de la carrera médica, es una sublimación quejeriva
directamente de la inquietud ante nuestro propio sufrimien­
to, sentido inconscientemeñté'en-eLcurso^ie nuestro desa-
rrollo si estamos dotados de una sensibilidad que nos hace
más vulnerables que a otros. Entre los medios de defensa
empleados frente a este sufrimiento, uno de ellos y el más
logrado es el interés por aliviar el sufrimiento de los otros.
Pues este interés en su origen no puede desprenderse más
que de la proyección sobre los otros de lo que se experi­
menta en sí mismo, mecanismo contemporáneo de la fase
sádico-anal. Este interés no se aplica entonces más que a los
seres con quienes, por razones inconscientes, podemos iden­
tificarnos y naturalmente a aquellos que experimentan los
mismos sufrimientos que nosotros, o sobre quienes proyec­
tamos los nuestros.
Pero la verdadera oblatividad, cuando existe, en ciertos
médicos, hombres de laboratorio, cirujanos, se traduce en
una apertura completa de su afectividad hasta el estadio
adulto terminado de la “vocación” , única que permite la
espléndida y universal dedicación, y la serenidad interior de
6. No hablamos de psicoanalistas no médicos, ya que, más allá de
la terapia médico-psiquiátrica, el psicoanálisis es una ciencia que
interesa a diversos títulos al educador, al sociológo, al criminólogo,
al historiador y, en general, £ todos aquellos que se interesan en los
actos humanos.
que algunos nos dan, sin siquiera darse cuenta, admirable
ejemplo. No cometamos el error de confundirla dedicación
efectiva con la actitud masoquista del falso mártir. Llega a
suceder que el médico abnegado esté expuesto al ataque de
otros; dará entonces la prueba de su verdadero equilibrio al
continuara pesar de las dificultades que encuentre, en la
prosecución de su útil obra que es su razón y su meta en la
vida.
Para nosotros, Freud es uno de los ejemplos de este tipo
de médicos; es por eso por lo que lo admiramos profunda­
mente.
Todo médico que se interese en las enfermedades menta­
les debería hacerse psicoanalizar antes de practicar. En efec­
to, su afición puede no ser más que un mecanismo de defen­
sa neurótico, en cuyo caso no rendirá en el campo de la
psiquiatría los servicios sociales de que sería capaz si utiliza­
ra en otro campo sus verdaderas capacidades de sublima­
ción. Si, por el contrario, después de psicoanalizarse, su
afición por la psiquiatría demuestra estar basada en auténti­
cas dotes innatas de intuición, de sensibilidad, y si su com­
portamiento afectivo y sexual prueba que ha llegado a la
fase genital oblativa de su propio desarrollo, podrá, enton­
ces, con el mínimo de riesgo para él y para los demás
especializarse en la terapia mental.
Hay quien quisiera encontrar entre los psicoterapeutas
nada más que personas maravillosa^ espontáneamente equi­
libradas. ¿Se dan cuenta de la imposibilidad de lo que pi­
den? Que existen tales seres, no lo negamos, pero sí afirma­
mos que se encuentrar^feien-pocos entiejos médicos, y sin
duda menos aún entre aquellos que se inteTesaíi por los
trastornoFlñerrfateET~Nostítros mismos, si no hubiésemos
sentido atraído nuestro interés por los conflictos afectivos,
no sólo en nuestro alrededor, sino también en nosotros mis­
mos, no hubiéramos, sin duda, profundizado nunca en los
problemas que exponemos aquí. Y aquellos que leen estas
líneas, por el sólo hecho de la atención que nos prestan,
demuestran que estos problemas no les son ajenos.
No hay nada de peyorativo en el calificativo de neuróti­
co. Nuestra “voluntad” no puede nada contra los síntomas
neuróticos sino agravarlos; nuestra “inteligencia” actúa
igual. La inteligencia y la voluntad, empleadas en ocultara
sí mismo o a los otros sus dificultades afectivas, negándolas
y superándolas conscientemente, son armas indignas de un
ser humano sincero. Esta actitud desleal no solamente fren­
te a los otros, sino sobre todo frente a sí mismo, es acaso,
para los hombres inteligentes, el mal moral esencial. Lo más
extraño —salvo para quien tiene una idea de los arcanos del
inconsciente- es que las personas que adoptan esta actitud
puedan vanagloriarse de ética. Si no son médicos y esta
actitud les ayuda a sufrir menos, no se lo podemos repro­
char, pero el médico no tiene el derecho de situarse en una
óptica subjetiva propia ante la enfermedad y el sufrimiento.
El enfermo sufre y le solicita ayuda.
Por muy naturalmente equilibrado que sea el que se va a
dedicar a la psicoterapia, y todavía más al psicoanálisis, el
médico debe —repitámoslo- conocerse a fondo. No lo con­
seguirá por introspección, ya que se juzgará entonces a tra­
vés de sus propios mecanismos inconscientes y no podrá ser
completamente objetivo; y, si tiene tendencia a serlo, lo
conseguirá aún mejor una vez psicoanalizado.
Que después del psicoanálisis un psiquiatra llegue a tener
un equilibrio afectivo perfecto, más o menos durable, es
posible, pero que tenga este equilibrio espontáneo y durable
sin psicoanálisis, he aquí la cuadratura del círculo que algu­
nos reclaman.
Ninguna-^mpresares-posible sin la libidosublimada. Aho­
ra bien, sabemos que las sublimaciones son mecanismos de
defensa frente a la angustia, es decir, al sufrimiento moral, y
que la diferencia con los síntomas llamados neuróticos no
es más que una diferencia de valor social práctico.
Todo el mundo sabe que no se esperó al descubrimiento
del psicoanálisis para hacer psicoterapia; pero esta permane­
cía en el campo empírico, reservada a médicos naturalmen­
te dotados de cualidades de fineza, sensibilidad, sentido co-
^mún y, es necesario decirfoT'sobre todo de intuición. El
método de la psicoterapia extrapsicoanalítica variaba con
cada uno de los terapeutas, y su experiencia terapéutica, al
tener puntos de partida subjetivos, era incomunicable. Esta­
ba de hecho basada en la transferencia, que utilizaban sin
saberlo y de la cual se servían para ejercer una influencia
personal sobre el paciente, o sea, pues, esencialmente por
sugestión. Lo que la transferencia tenía de negativo se mani­
festaba por el rechazo a los medicamentos, contra los que el
enfermo se mostraba agresivo y despectivo.
Algunos psicoterapeutas obtienen excelentes resultados
en algunos casos y, terapéuticamente hablando, vale más un
psicoterapeuta no psicoanalista que cura que un psicoanalis­
ta que no cura.
Pero los medios terapéuticos, empleados desde siempre
por nuestros colegas los incorporamos, si es necesario, a
nuestra psicoterapia, principalmente para obtener la con­
fianza de los padres cuando se trata de niños pequeños, ya
que de ellos depende la posibilidad material para nosotros
de curar o no a sus hijos.
Si, pues, en las observaciones que siguen, nos servimos a
veces de consejos de sentido común que apelan al conscien­
te y que todo psicoterapeuta haría suyos, es que el sentido
común es la base necesaria de toda psicoterapia; pero ade­
más es la piedra de toque, si se puede decir, de las interpre­
taciones psicoanalíticas.
Una interpretación errónea —bien sea que se trate de
resistencias o de conflictos pulsionales— no modificará ja­
más el comportamiento real práctico del paciente. Incluso si
parece intelectualmente seductora, su acción terapéutica
probará ser clínicamente nula, y algunas veces agravante.
Es por lo que proponemos a los médicos que nos leen
aceptar el criterio terapéutico, “la prueba del tratamiento” ,
igual que se acepta en terapia orgánica.
No creo que haya un colega que después de la lectura de
estas observaciones pueda decir, en conciencia, que los ni­
ños, después del tratamiento, están más enfermos que antes.
Tal opinión, a primera vista paradójica, nos fue sostenida
7. Es por esto por lo que es necesario conocer bien a los adultos
y sus reacciones afectivas mediante la práctica del psicoanálisis clá­
sico de adultos, para intentar prevenir las reacciones perjudiciales de
los padres o remediarlas en lo posible y poder así proteger a nuestros
cnfermitos, sus hijos, de sus reacciones inconscientes, con frecuencia
nefastas, ocultas tras sus buenas intenciones conscientes.
por una mujer muy simpática que no conocíamos, pero que
supimos después era una de nuestras colegas de más edad.
Fue a propósito del caso de un niño muy anormal del
que ella oyó hablar y que expusimos a grandes rasgos. Este!
niño, de quien no hablaremos aquí porque sería demasiado
largo (el caso necesitó un verdadero psicoanálisis), presenta­
ba entre otros síntomas una angustia de castración con fo-
bia a la muerte y a todo lo que, por asociación, hacía pensa^
en ella. Este estado había hecho de él, además de muy
retrasado, un obsesivo que ninguna escuela podía aceptar.
Todos los síntomas desaparecieron. El niño, que tiene
ahora 8 años, se comporta en su medio casi como los demás
niños de su edad, aunque tenga todavía, para nosotros, un
marcado retardo afectivo y escolar.8
Recientemente, en su escuela, un grave accidente costó
la vida a uno de sus camaradas preferidos. Resultado clínico
que la maestra de escuela, la madre y yo encontramos apre-
ciable: en lugar de reaccionar, como lo hubiera hecho algu­
nos meses antes, con síntomas neuróticos de angustia orgá­
nica, con desvanecimientos y mutismo, reaccionó ante el
accidente como la mayor parte de los niños de la clase y no!
como el más nervioso. Al llegar a su casa, todavía trastor-j
nado, contó el acontecimiento a su madre en una formal
natural y detallada (la sangre, etc.). Por primera vez en suí
vida, pidió a su madre que le enseñara a rezar por su amigo]
(es necesario decir que la Iglesia y todo lo que le concierne
formaban parte de sus fobias). Por la noche, con gran asom­
bro de la madre, durmió sin pesadillas.
El comportamiento del niño, ante este acontecimiento!
imprevisto y trágico (cuando sabíamos que no estaba aún
curado), denota, para los que lo rodean como para noso­
tros, y creo que para todos aquellos que tienen buena fe]
una mejoría considerable, sobre todo para quienes conocían
los graves trastornos que sufría antes del tratamiento.9
8. De su tratamiento psicoanalítico, que duró un año escolar J
razón de dos sesiones por semana, he tomado los dibujos 1, 2, 3, 4
5 (pp» 164 ss.).
9. Después, este niño tuvo una escolaridad normal, hizo su sed
vicio militar, se casó y es padre de familia y desempeña bien su
profesión (nota de 1971).
Sin embargo, la doctora de la que hablamos, alterada por
la relación detallada del accidente que el niño había hecho a
su madre, declaró con una agresividad que asombraría a
cualquiera que no sea psicoanalista: “Su niño se ha vuelto
más anormal que antes. ;Esto es lo que su actitud refleja! ”
{sic). Yo no respondí. Después, algunos instantes más tarde,
al hacerme una pregunta una de las madres de familia de la
concurrencia, que es amiga mía, mi colega, antes de que yo
contestara, dijo irritada: “Vamos, vamos, todo esto no es
para niñas” (no había, en el pequeño grupo amistoso, apar­
te de nuestra colega, madre de una de las jóvenes, más que
hombres y mujeres frisando la treintena, la mayoría casa­
dos, padres y madres de familia).
Si hemos relatado esta pequeña anécdota, es por el interés
general que contiene. Es muy difícil seguir objetivamente la
relación de un caso psicoanalítico. No es, repitámoslo, una
cuestión de ii^teliggfljsia, es una cuestión dekafectividad. El
psicoanálisis despierta, a causa de sus pulsiones reprimidas,
una angustia importante en muchos adultos.
Sin saberlo, esta colega nos dio un ejemplo interesante
por representativo:
1] Se niegan los hechos.
2] Se ataca a quien aporta el motivo ^de^angustia (el
psicoanalista); me ataca a mí, sin conocerme, con frases
“castradoras” que sin duda recuerdan al sujeto aquellas que
su propio superyó, hablando como su madre, le insinúa en
presencia de sus fantasías edípicas asesinas.
Es evidente que, si hubiera hablado por ejemplo del tra­
tamiento de una fractura por un nuevo sistema de conten­
ción, esta misma doctora habría estado indiferente o intere­
sada, sin que sus reacciones afectivas se pusieran en juego.
Señalemos que la actitud de los jóvenes, actualmente, en
los medios intelectuales médicos, es raramente tan afectiva
y tan resistente, lo cual se explica fácilmente.
Esperamos que este trabajo, en el que hemos aportado
observaciones, hechas día a día, de los hechos clínicos, mos­
trará el interés terapeútico del psicoanálisis.10
10. Que se evalúe en 1971 el camino recorrido desde la apari­
ción de este libro en 1939, libro que fue mi tesis de medicina.
CAPÍTULO II
OBSERVACIONES

Presentamos primero algunos dibujos, hechos durante el tra­
tamiento de los casos que vamos a exponer; van precedidos
de dos ejemplos de sueños para mostrar cómo los conflictos
expresados se asemejan, cualquiera que sea la forma dada a
esta expresión, y sobre todo cualquiera que sea la edad de
los sujetos.

I. SUEÑO
“Era de noche, yo estaba en mi cuarto, oía ruido en el
‘cuarto de mamá’, tenía miedo y no quería ir allá. Entonces
cogí un revólver, no tengo ninguno, y quise ir. La puerta
estaba abierta, pero era imposible entrar y no veía el resto
de la recámara como sucede cuando una puerta está abierta.
Creo que había un hombre de negro, oculto. La puerta era
como una guillotina. Si se cruzaba, un dispositivo hacía caer
una cuchilla que cortaba la cabeza. Me desperté sudando.”
(Este sueño es de un adulto de 25 años impotente. Es un
sueño de angustia en relación con el complejo de Edipo y
con la “escena primaria” del coito de los padres. Compárese
con el dibujo núm. 4 de un niño de 7 años.)

II. SUEÑO
Un niño de 10 años, enurético, sueña dos días después de la
cesación de su enuresis, que se bate con gigantes, mata a
algunos.
Al día siguiente, el sueño se repite, mata a todos los
gigantes excepto uno, después lo mata también, y con su
espada le corta los pies, después las muñecas y trata de
cortarle la cabeza, “pero era demasiado dura y fue mi espa­
da la que se rompió, ¡mala suerte! Me vi obligado a desis­
tir”.
Estos sueños, lejos de ser pesadillas, eran maravillosos. Se
sentía tan contento, orgulloso y fuerte que desde ese día el
trabajo escolar le pareció muy fácil y entretenido, sobre
todo el cálculo, “como si una barrera hubiera caído”.
Este mismo niño hizo el dibujo núm. 6 en la sesión
precedente, lo que me llevó a hacerle una pregunta que le
hizo completar el dibujo (p. 169).
U.4 PARTE CLÍNICA
III DIBUJOS

A. Angustia de castración (niños)

1] El caballo (niño que tiene fobia a los caballos y a los expendios
de carne de caballo desde los tres años; con sólo verlos cae en la calle
en sueño cataléptico): nariz, patas y cola están cortadas.
2) El “niño linterna que ve la noche” es conducido atado por un
“hombre del mar”, como el gato que se rompió la pata y que lleva­
ron al veterinario, y el perro, al que cortaron la cola. “Y después el
veterinario corta a los gatos” (mismo niño).
3] Dibujo de la historia del señor chino que pierde su plátano que
una señora le quita ("mismo niño) (véase p. 70).
B. Complejo de castración (niños)

4) El mismo niño a los 8 años. Primera aparición de la forma com-
plexual, es decir, inconsciente, vivida, de la castración. Durante la
semana se cogió el dedo con la puerta de la recámara “de mamá”
(cuando que es la de los “dos” padres), después de una pelea con su
hermana mayor (imagen para él de la madre “mala”). Durante esta
pelea, él se había refugiado en la “recámara de mamá”, para “ver
por la ventana”, ya que su hermana siempre le impide “ver todo”.
“Escafán” es un “hombre del mar”, pero el pequeño Toto es “un
listo que no se deja” ; tiene un pompón rojo de marinero; “y tam­
bién yo seré marino”, dice el niño. El padre hizo su servicio y la
guerra en la marina. El rayón de lápiz negro en la cabeza del buzo
aparece siempre en todos los dibujos que el niño hace de su abuelo,
“quien tiene una gran navaja de afeitar” y que se hace algunas veces
cortaduras en la mejilla al afeitarse.
5] Dibujo simbólico de la “escena primaria”. Posesión sádica de la
madre (mismo niño; dibujo hecho tres semanas antes que el ante­
rior). “ ¡La ballena le hace ver a unos bellacos! Hay que ver cómo
sajta ella, pero él íe clava su aparato y al fin gana y hay sangre.”
“El” es el “hombre del mar”. (Cf. nota 11, p. 45.)
M Niño de 10 años, enurético. Dibujo simbólico de madre fálica. El
hiño había dibujado primero tan sólo el barco en el mar (represen-
tildón edípica frecuente). A mi pregunta: “ ¿Sabes que las mujeres
no están hechas como los hombres? ”, el niño agregó el árbol en el
unir “porque faltaba alguna cosa, pero no es un árbol verdadero”
(madre fálica) (véase p. 163).
C. Angustia de castración (niñas)

7] Dibujo de Mauricette, 8 años. Quería ser niño desde el nacimien­
to de un hermanito, unos meses antes. Inicialmente, este dibujo no
tenía nada en la palma. Agregó los dos puntos después de mis expli­
caciones acerca de los celos que sufría, y que la hicieron dejar de
sentirse culpable.
8| Segundo dibujo de Mauricette. Se ve claramente el simbolismo:
si no hubiera este “dedo cortado”, Mauricette sería Mauric (pronun­
ciar “Maurice” teniendo en cuenta la falta de ortografía; Mauricette
empieza a escribir). “Es una cuestión de adorno” (ella se siente fea).
(Véase la nota 22, p. 107.)
PARTE CLÍNICA
10» lo . de marzo.
12J 22 de marzo. (Cf. las observaciones de Claudine, p. 236.) No
sorprenderá no haber visto representaciones imaginativas específicas
del complejo de castración de la niña. Obsérvese que con frecuencia
un escollo grave en esta fase es vivido exclusivamente en el cuerpo -
apendicitis - muerte del niño - muerte de la femineidad. No es éste
el caso de Claudine, que franqueó esta etapa en condiciones felices.
Hemos visto qué diferencia hay entre el complejo de castración del
niño y el de la niña.
IV. GUSTA VE [TRES AÑOS]

Niño con buena salud. (Según las notas tomadas a diario
por su madre.)
Gustave no cumple aún los 3 años. Su madre está encin­
ta, él lo nota y hace preguntas, se interesa por las respuestas
de su madre: ella va a tener un bebé.
Había ya visto niñas desnudas, pero no parecía haber
notado nunca una diferencia sexual entre ellas y él. En estos
días ve cómo cambian de pañal a una niña y la mira atenta­
mente sin decir palabra. Cuatro días después, Gustave se
pone insoportable y desagradable. Cuatro días más tarde,
todavía, tiene este sueño de angustia: la mesa de planchar
plegable, con bisagras, venía hacia su cama a pellizcarlo, a
lastimarlo. Pesadillas, gritos. La madre viene. Todavía agita­
do, Gustave le cuenta su sueño:
-¿L a mesa de planchar? —pregunta mamá sorprendida.
—Sí, era ella, pero no igual, era tan grande •'como tú o
como papá (no puede explicarse).
Mamá lo tranquiliza enseñándole la mesa que es una “co­
sa” y no puede hacer nada sola; mamá agrega que ella lo
protegerá siempre. En pocas palabras, “habla de ello” du­
rante una hora esa noche, después Gustave vuelve a dormir­
se. Al día siguiente maifiá le pregunta si recuerda su sueño.
Sí, y entonces hablan por más tiempo, mamá dice que ella
no permitirá nunca que alguien le haga daño.
El carácter de Gustave se restablece, se vuelve bueno
como era antes.
Algunas semanas después, a Gustave le da por rascarse
todo el cuerpo; la madre piensa primero en una erupción
pruriginosa, pero no es eso. No obstante lo rocía con un
talco calmante, que no le hace nada y Gustave se rasca cada
vez más y llega a hacerse pequeñas lesiones. Pero, cosa cu­
riosa, se rasca en todas partes salvo en la región genital. Su
madre, sorprendida, le señala que no tiene comezón en todo
el cuerpo, como él decía ¿Es que le prohibieron jugar con
su “hace-pipí”? Sí, contesta Gustave, también se rascaba
ahí, pero la sirvienta se enojó una vez y le dijo que si se lo
tocaba, haría pipí todo el tiempo, y Gustave no quiere eso,
tendrían que ponerle pañales como a la niñita. Mamá habla
de eso con Gustave, ella sabe las cosas mejor que la sirvienta
y no hay ningún peligro; y agrega:
—Es tu “hace-pipí” y puedes hacer con el lo que quieras,
es tuyo. Esta explicación resultó acertada en lo que respecta
al origen del rasquido obsesivo, ya que éste desapareció a
los pocos días (no por ello la masturbación se hizo mani­
fiesta).
Es más, al día siguiente de esta charla con mamá, la
abuela de Gustave, viendo que se rascaba la cara, le ordenó
que no lo hiciera, y Gustave respondió:
—Abuela, es mi cara y puedo hacer con ella lo que
quiera.
La comezón de la piel después de la amenaza de la sir­
vienta fue debida a la difusión, sobre toda la superficie
cutánea, de la tensión libidinal originalmente localizada en
la zona fálica.
Algún tiempo después, Gustave se vuelve temeroso de
todo, tímido. Cuenta a su madre que constantemente tiene
el mismo mal sueño: ve a un hombre peligroso, con aire de
malvado y que tiene una gran pala. “Parecida a la mía -dice
'Gustave—, pero mucho más grande.” El hombre no hace
nada, pero podría hacer daño con esa gran pala, es muy
fuerte. Gustave no podría levantar nunca una pala tan
grande.
-Pero sí podrás cuando seas grande -dice mamá-. To­
dos los hombres son niños pequeños antes de hacerse gran­
des.
Entonces Gustave compara las extremidades de su cuer­
po: nariz, dedos, manos, pies (excepto su pene), con las de
su madre, y agrega: “Papá es todavía más grande”. Mamá
afirma que Gustave crecerá y con el tiempo será igual a
papá, “también tu hace-pif.í”, agrega mamá.
—Pero hay quien ya no tiene, se cayó.
—¿Tú crees? ¿Es una historia de veras? ¿A quién le
pasó?
—Vi a una niña, ya no tenía su “hace-pipí” .
—Oh, no —dice mamá—, las niñas nunca lo tuvieron y
cuando crezcan tampoco lo tendrán, mamá no tiene, las
mujeres no tienen “hace-pipí”, las niñas y los niños no
están hechos igual, por eso los papás y las mamás no son
iguales.
Gustave reflexiona y dice:
-Los ojos están muy metidos, no se puede jalarlos., pero
los pies y las manos, si se tira fuerte, pueden caerse, ¿no?
-N o -dice mamá-, son muy sólidos, no es posible que
pasen esas cosas.
-Tira fuerte para ver, muy fuerte (y quiere que su madre
tire fuerte de sus dedos, manos y pies).
—¿Viste? -dice mamá.
-¿Y mi “hace-pipí”?
-Es igual -contesta mamá.
—¿Pero si es un hombre malo, muy fuerte?
-Nadie podría. Está bien pegado. Nunca pasa. Además
papá y mamá están aquí para que no se te acerque un
hombre malo.
Vemos entonces que Gustave, al constatar la ausencia de
pene en la niña, la explica como una pérdida. Asocia su
órgano genital a sus extremidades, cuyas pequeñas dimen­
siones son las únicas que parecen preocuparle, y traduce su
sentimiento de inferioridad tanto frente a los hombres fuer­
tes, como papá, como frente a las mujeres. El miedo de
mutilación sexual se basa en interpretaciones falsas. Su am­
bición de volverse fuerte choca con su inferioridad real de
niño. El despecho que siente despierta su agresividad ven­
gadora y proyecta sus sentimientos hacia un hombre “fuer­
te y m ió ” sustituto del padre, de ahíla angustia del sueño.
En el consciente aparece el síntoma: timidez, pusilanimi­
dad, actitud de niña. Vemos así, en vivo, cómo se inicia una
de las primeras angustias y el complejo de castración nacien­
te, que en ciertos casos podrá marcar el desarrollo entero de
un muchacho.
La niña que (según su óptica) tiene un pequeño falo
escondido, es envidiable, no corre ningún riesgo. (Los ojos
están muy metidos para poder tirar de ellos.)
La actitud objetal frente a la madre se realiza en forma
pasiva. Es lo que traduce el juego simbólico de hacer a
mamá tirar fuerte de todas las extremidades. A él le gusta­
ría, es claro, que mamá jugara también con su “hace-pipí”,
lo cual equivaldría a un éxito de seducción pasiva.
La ventaja de esta situación afectiva frente a la madre,
cuando es alentada por ella (y no es raro oír a algunas
madres decir con orgullo de su hijo: “Es bueno corno una
imagen, no da más lata que una niña” , o prohibir a sus hijos
jugar violentamente a juegos audaces de muchachos “por
temor a que se hagan daño”) es que el niño conserva el
amor de la madre sin necesidad de entrar en rivalidad con el
padre; por el contrario, también logra seducir a papá. Esta
actitud pasiva pregenital, de prolongarse, se pondrán a la
expansión del complejo de Edipo normal, que en Gustave,
apenas se estaba iniciando.
Una palabra más sobre el pequeño Gustave, que probará
que el síntoma tiene un valor propiciatorio, y que confirma­
rá la interpretación que hicimos de su comportamiento pa­
sivo femenino que tenía como fin suprimir mágicamente las
amenazas de mutilación sexual:
Algún tiempo después de los hechos relatados, Gustave
empieza a temer desmesuradamente la guerra de cuya posi-
blidad oye hablar. En efecto, la familia de Gustave se en­
cuentra en Austria y existe la amenaza del Anschluss,* des­
pués, la atmósfera de guerra, las tropas, etc. Le aterra la
guerra, “podría morir” . Su madre le explica que él es suizo
y que no hay nada que temer. Por esa época Gustave tosía
sin cesar, un médico que lo auscultó no encontró ninguna
causa que la justificara; un día se habla de ir al cine y mamá
dice: “Sí, cuando no tosas más” . Desde entonces no se oye
toser a Gustave y mamá lo lleva al cine. Durante varios días
Gustave sorbe con la nariz, sin que tenga el menor catarro,
por lo que su madre le dice: “No sorbas así” y Gustave
responde:
—Si no toso, necesito sorber.
—¿Por qué? El doctor dijo que no estás enfermo.
-E s necesario que haga alguna cosa, tú comprendes, así
seguiré siempre siendo suizo.
* Anexión de Austria a la Alemania nazi, decretada por Hitler.
[T-l
V Ni IIANTH N (DIEZ AÑOS]
11tmlo tic una localidad vecina de París, por su madre. Niño
muy nervioso, indisciplinado, mentiroso, autoritario. No
uprende nada en clase, el maestro no puede soportarlo más.
Se le hace un test (5 de octubre).
12 de octubre:
El resultado del test de Binet-Simon (Srta. Achard) da:
edad mental 8 años 6 meses (muy probablemente perturba­
do). Durante las pruebas, el niño se mostró muy satisfecho
de sí mismo, inestable, respondiendo sin reflexionar, con­
vencido de saber, adaptándose mal a la sucesión de las prue­
bas. La madre se queja de que ha sido una mala semana,
cóleras, mentiras (del género mitomanía).
Se levantó una mañana a las 5 para cortar los botones de
su pantalón (fue sorprendido al hacerlo, pero no se le dijo
nada, y volvió a acostarse) y algunas horas más tarde dijo
que fueron otros en la escuela quienes lo hicieron. Los bo­
tones de sus pantalones son constantemente cortados y^
siempre dice que es un camarada quien los corta. Su madre
se pregunta si miente o está loco. Se lo hubiera podido
matar sin lograr hacerlo confesar.
Establecí pronto un buen^ontacto con la madre, que me
cuenta los pormenores de sus pesares, la vida odiosa que
crea Sébastien en casa, sus ataques de cólera en que rompe
todo. Nada puede intimidarlo. La madre no puede trabajar
regularmente (hace servicios domésticos), ya que no puede
dejar a Sébastien en clase, no lo soportan en ningún sitio.
Siempre se le hace tarde para ir a la escuela. No hace sus
tareas, a pesar de las llamadas al orden de su madre que
finalmente le ayuda a hacerlas o las hace ella.
El niño, durante nuestra conversación, permanece ansio­
so y obstinado, no responde a ninguna pregunta, y alza los
hombros cuando habla su madre.
La madre parece dulce pero poco inteligente. Dice que el
niño obedece en general más a su padre que a ella. El padre
es enfermero en una localidad vecina y sólo viene a casa un
día a la semana. Gana poco y ella necesita de verdad estar
libre para trabajar. Nos pregunta, en suma, por consejo del
maestro de escuela, la dirección de algún pensionado espe­
cial en el que tomen a niños difíciles.
Pedimos a la madre cambiar su actitud frente a Sébastien
en un solo aspecto durante la semana siguiente: no repetirle
dos veces que se levante para ir a la escuela. Allá él si no se
levanta. Que nos prometa no ocuparse de ello. Sébastien es
suficientemente mayor para saber que la escuela no es una
broma, si prefiere tener remordimientos de conciencia, es su
problema, no sabrá ni más ni menos por haber perdido la
escuela, así aprenderá que es libre de estudiar o de atrasarse
en relación a los demás.
Explicamos a la madre que si Sébastien es malo es por­
que él lo prefiere así. El es libre. Los médicos no están ahí
para regañarlo, sino para comprender. Se intentará ayudarlo
si es posible. Si no, será una lástima, le daremos direcciones
de pensiones para niños difíciles, donde estará muy bien,
pero es lamentable ser definitivamente clasificado como
niño problema, cuando se tiene buen corazón.
La madre nos promete seguir nuestro consejo, un poco
inquieta por las posibles consecuencias. Le decimos que,
aunque no vaya a la escuela en toda la semana, ella debe
permanecer indiferente, y traérnoslo nuevamente en 8 días.
En el curso de la conversación con la madre, Sébastien
cambió de actitud y escuchaba.
Nos quedamos solos los dos. Conversación general sobre
sus retrasos en la escuela y su comportamiento de “bebé”
en la vida. Tal vez mamá lo molesta creyendo que hace bien
y eso lo apena. Además, a los 10 años se es suficientemente
grande para saber si se quiere estudiar o no. Si no se quiere,
no vale la pena que eso ponga la casa cabeza abajo.
—Sí, voy a ser bueno, voy a ser bueno, no es bueno ser
así, voy a ser bueno —contestó, agitado, con tono de re­
proche e importancia.
19 de octubre:
Sébastien fue a la escuela todos los días, la semana fue
buena por lo que se refiere a su conducta en la casa hasta
ayer, nos dice la madre. Ayer, horrible capricho, a la hora
de la comida, Sébastien no quiso venir a la mesa y se escapó
al campo.
A solas con Sébastien. Se inicia una conversación general
entrecortada. Lo felicito por sus esfuerzos hasta ayer.
“ ¡JPero qué pasó ayerl ”
-S í, no está bien, no está bien, no volveré a empezar.
Oh, no. Yo sé bien que eso no es bueno, etc.
Le pregunto: —¡Cuando ves a papál - El jueves. Pasan
todo el día juntos trabajando en el jardín. Papá es bueno.
Le enseñó su cuaderno y estaba mejor.
Su relato es siempre agitado, ansioso, con un tono de
condescendencia y de importancia como si hablase con el
tono de un adulto que moraliza.
¿Sueña, duerme bien?
Tiene siempre sueños de angustia y pesadillas. Grita, eso
despierta a mamá, pero tiene miedo, aun despierto. Llamas,
aviones ardiendo, ladrones.
A propósito de la escuela, Sébastien se pone a “chismo­
rrear” como si le indignaran las maneras de los otros, “que
hacen suciedades horrorosas”.
—¡No está bien! Se encierran en el baño para que no los
vean.
Le pregunto:
—¿Completamente solos^
—Sí,1 ¡es repugnante! (y con gran refuerzo de detalles
me describe juegos masturbatorios, con pedazos de tela,
“porque no lo hacen sin nada” ; descripciones destinadas a
hacerme juzgar mal a semejantes pillos).
—Y luego, se lo cuento a mamá y me dice que eso es de
puercos, que no hay que hacerlo jamás. Pero yo no soy
asqueroso. Puf, quien sabe qué aparece, y después se ve en
la cara.
Lo escuchaba (por otra parte, la rapidez de su narración
no me había dejado decir palabra) y al mismo tiempo pen­
saba en los botones de los cuales no le había hablado. Su
madre se lo había dicho al Dr. Pichón, pero no a mí. Sin
duda, Sébastien no me creía enterada.
Como me pareció que su aliento tenía un ligero olor a
acetona, pedí un examen de orina; casualmente, el enferme­
ro estaba libre, le confié a Sébastien a quien dije que regre­
sara después.
Se le hizo el examen, que no reveló acetona, pero tuvo
lugar una escena significativa. Cuando tuvo que orinar en un
baso, fue una tragedia, llena de lágrimas. Su madre acudió,
Sébastien, abatido, escondió la cabeza entre sus faldas, y
estaba así todavía cuando el enfermero vino a decirme el
resultado. No quería regresar conmigo. Su madre sonrió
diciendo:
—Vea usted, tiene vergüenza de hacer en un vaso, no está
acostumbrado.
Cogí a Sébastien y me lo llevé de la mano.
—Ven, no tengas miedo; como ves, mamá cree que tienes
vergüenza porque hiciste en un vaso, pero eso no tiene
nada de vergonzoso. Además, tú no has sentido vergüenza;
cuando se tiene vergüenza, no se sufre una desesperación
tan ruidosa, y si tuvieras vergüenza, no tendrías miedo de
volver a verme, si fui yo quien te lo pidió. Tú no tenías
vergüenza, tenías miedo. Puede ser que algo de lo que me
dijiste hace poco sobre los otros seas tú quien lo haga, tal
vez todo, ¿creiste tal vez que se vería en tu pipí?
Entonces, deshecho en lágrimas y sollozos, Sébastien
confiesa que tengo razón. Lo dejo llorar y después habla­
mos de esta masturbación, que yo llamo “hacer eso”, según
sus términos. Le digo que no es el único, que muchos niños
son desdichados por eso. Lo tranquilizo sobre los temores
de mutilaciones sexuales, las amenazas de enfermedad, de
imbecilidad, de locura, de prisión.
Le digo que no debe ser una ocupación muy agradable
cuando se tiene miedo de tantas cosas, es necesario enton­
ces creer que debe de tener un deseo muy fuerte para arries­
gar tantos peligros a pesar del miedo. Pues no, esas historias
no suceden nunca. Simplemente se llena la cabeza de remor­
dimientos.
Le pregunto si le da comezón ¿sabe lavarse? “No, no se
toca nunca ahí” (esto explica los pedazos de tela). Le digo
entonces que es necesario lavarse ahí como las demás partes
y le explico cómo. En esta ocasión, como está incómodo, le
digo: “Si yo soy como una mamá, y como una mamá doc­
tor”. Tiene órganos genitales bastante desarrollados para su
edad, el glande está irritado. Le digo:
—¡Y mamá que cree que eres todavía un bebé! Pero ya
eres un niño grande y sabes muchas cosas que sorprenderían
a mamá, estoy segura.
-Usted no le dirá lo que le he contado.
—Claro que no, eso no atañe a nadie más que a ti. Son
cosas personales. Todo el mundo lo sabe, pero no se habla
de ello. Si mamá te ha contado todas esas historias de hace
un rato, ¿puede ser que ella crea que eso te enfermaría?
—Sí, hay un idiota en ei pueblo.
-Bueno, los idiotas “hacen eso” todo el tiempo por ser
idiotas, pero no son idiotas por “hacer eso” . Yo soy docto­
ra y sé eso mejor que mamá. Todos los muchachos, todos
los hombres hacen eso algunas veces, pero no sin cesar.
Además, aun si está mal, vale más reconocer que se hacen
cosas malas, con tal que no nos sintamos orgullosos de ellas,
que inventar historias para acusar a otros.
Y agrego: —No digo siquiera que mientas. Lo parece,
pero ¿no habrás comenzado a inventar que lo crees?
—Sí, y entonces es como si fuera más yo.
—Sí, pero eres tú de todas maneras. ¿Tus camaradas lo
hacen también?
—Oh, no, oh, tal vez . ..
—¿Por qué tal vez?
—No sé, no los he visto. Pero algunas veces hablan de
cosas . . . y yo no escucho, no quiero escuchar, no está bien.
—¿Qué cosas?
—Bueno, pues a s í. . . de los niños. . . de los casados.
—Pero eso no es feo. Se les dice a los niños pequeños que
eso no es hermoso, pero cuando se crece, todo es interesan­
te, y estas cosas, también naturalmente. Papá y mamá tam­
bién fueron pequeños y crecieron.
Lo dejo reflexionar, después agrego.
—¿Es que quieres que te diga si es verdad lo que cuentan
tus camaradas?
-S í, tal vez no saben.
-¿Tu qué crees?
—Creo que tienen razón, yo pienso igual.
-¿Q ué es lo que dicen?
Sigue una vaga descripción de las relaciones sexuales. El
hombre mete alguna cosa en la mujer. Lo hago precisar.
Hay una noción de la ausencia de falo en la mujer, pero no
de otro órgano más que del intestino. Explico la constitu­
ción de la mujer, y digo:
—Es el hombre quien pone el germen, y algunas veces el
germen crece en la matriz de la mujer. Esto es natural, no le
hace ningún daño. El bebé crece en nueve meses, entonces
viene el nacimiento. ¿Sabes cómo?
—Hay uno que dice que por el costado, y otro que por
abajo. Pero es una operación “se” va al hospital y “se” [s/c]
está acostada.
—Sí, es por abajo. Has visto como se abre una flor, pues
bien, con la mamá es igual. Y esto es natural. Ella se siente
un poco mal, entonces se dice “bueno, ya va a nacer”, y se
va al hospital para que todo sea adecuado, porque el bebé
nace muy pequeño y no puede hacer nada más que llorar y
la mamá está algunas veces muy fatigada. Es más cómodo
estar en el hospital, donde se hace todo por ella y por el
bebé. Y además, pronto hay leche que se fabrica sola en el
pecho de mamá y el bebé no tiene más que mamar. Y el
papá y la mamá están contentos porque es de ellos y se les
parece.
Sébastien reflexiona y después me dice:
—¿Y si mamá supiera lo que hemos hablado?
—Pues bien, tal vez se sorprendería porque cree que tú
no sabes todavía cómo se convirtió en tu mamá, pero esta­
ría orgullosa de saberte mayor.
Sí, ¿pero ella?
¿Ella qué?
-¿Sabrá ella todo esto? . . . Oh, qué tonto soy, pero si
yo n ací. . . (fantasía de madre tabú).
Después de esta conversación le digo: “Entonces, ves que
es necesario trabajar bien para lograr tu certificado y apren­
der un oficio para ganar dinero y llegar a ser como papá”
Y, como sabía yo de las comedias de todas las tardes con
las tareas, le digo que se dé prisa en hacerlas al llegar, para
poder ir después a jugar toda la tarde.
Al llevarlo (calmado y sonriente) con su madre, le digo:
“Es un gran muchacho, pronto estará orgullosa de él.”
Le pido un último esfuerzo para esta semana: no ocupar­
se más de sus tareas. Él las hará o no. Esto le incumbe a él.
Ella revisará el cuaderno una vez a la semana, el día de
calificaciones; por lo demás que dqe a Sébastien a la sola
vigilancia cotidiana del maestro.
26 de octubre:
Sébastien está transformado. Su madre nos dice que no lo
reconoce. Nosotros lo hemos cambiado. Está todavía más
admirada del cambio nocturno, ya que él hablaba sin cesar
y gritaba en sus pesadillas aun cuando no se despertara.
Ahora duerme tranquilamente. No la ha enojado esta semana.
Siguió nuestro consejo sobre las tareas y fue papá quien
las revisó el jueves. Tuvo 10 en conducta. Está tan contenta
que no lo hubiera traído, dada su lejanía de París, si Sébas­
tien no hubiese pedido con insistencia que vinieran a darme
estas buenas noticias.
Ahora que se porta bien, ¿podría ponerlo en una pen­
sión para que ella pueda trabajar?
Pido hablar primero con Sébastien.
Está calmado, habla lentamente, o más bien normalmen­
te, en un tono simple y natural. Me repite lo que su madre
acaba de decirme. Las calificaciones de tareas y lecciones: 7
y 8. El maestro ha dicho que había mejoría, y no había
tenido nunca un 10 en conducta. Hace las tareas él solo,
creyó que nunca lo lograría, mamá le había dicho: “No te
pediré que me las enseñes y no te hablaré de ellas, pero si
necesitas que te ayude, tú me lo pedirás”. Y agrega: “Pero
no ha sido necesario” .
Me habla de papá, de su bicicleta, que monta. Me sor­
prendo (ya que él es pequeño) y le pregunto qué tan grande
es papá. “Le llegará a usted a los hombros. También mamá
es más alta que él.” Y después de un silencio: “Me gustaría
sobrepasarlo” .
Mientras tomo algunas notas sobre su observación, Sé­
bastien dibuja silenciosamente. Las últimas veces, charlaba
sin parar. Sus dibujos: un hermoso Normandie con bande­
ras, de concepción bastante pueril, y mayúsculas adornadas.
Iniciales de los nombres de sus tíos, los hermanos de su
madre, de los que me habla con admiración. “Son altos”,
quisiera parecérseles, “tienen buenos trabajos”. Ahora bien,
su padre estuvo dos años sin trabajo antes de encontrar este
puesto de enfermero en un hospicio, muy mal pagado. Su
madre dice que no es “muy fuerte”. (De hecho, debe de
estar en el límite del enanismo.) Sébastien dice que quisiera
hacer los mismos trabajos que sus tíos. Hablamos de la
pensión y él está conforme.
2 de noviembre:
Sigue bien. La madre dice que definitivamente ya no es el
mismo. Ya no está nervioso, no tiene arranques de cólera.
Es bueno sin serlo demasiado. Juega, está contento, y ya no
tiene ni pesadillas ni terrores nocturnos. En la escuela 110 lo
reconocen. El maestro está satisfecho.
19 de enero:
Sébastien me escribe para darme noticias. “Soy bueno con
mamá y papá, trabajo un poco mejor en clase, he ganado
buenos puntos. Pienso bastante en usted.”
30 de marzo:
Escribimos a la madre para saber si puso a Sébastien en una
de las pensiones que le indicamos y si le va bien. Responde
que lo tiene con ella, ya que se ha vuelto fácil de tratar. Ella
puede trabajar en el pueblo y ausentarse, ya que él es pru­
dente cuando se queda en casa solo. Está muy contenta con
él bajo todos los puntos de vista.

Conclusión
Se trataba ciertamente de una angustia de castración. El
simbolismo de los botones del pantalón era de una claridad
elocuente. Pronóstico excelente.
¿Qué significaba todo ese comportamiento “autosufi-
cíente”, de portavoz de la moral, mientras que su mitoma-
nía cargaba a los demás con sus faltas?
Sébastien proyecta sobre los otros la responsabilidad, y
llega realmente a creerlos culpables. Su superyó habla como
mamá, y los discursos calumniadores permiten a mamá en­
carecer lo que dice, pero en definitiva es Sébastien quien
acumula sentimientos de culpabilidad, que, agregados a su
angustia de castración, buscan un apaciguamiento que en­
cuentra en el castigo provocado por las escenas ridiculas a
propósito de indocilidades pueriles y negativismo sistemati­
zado.
El desenlace excepcionalmente rápido de este caso se
debe a la falsa interpretación que Sébastien se dio del exa­
men de orina efectuado fortuitamente después de sus men­
tiras y de su frase “se ve en la cara”.

VI. BERNARD [OCHO AÑOS Y MEDIO]
8 de marzo:
El niño es traído por su abuela, comisionada por los padres
para llevarlo al hospital, a^causa de una enuresis que sólo
desapareció durante un mes y medio a la edad de seis años,
durante una estancia en el campo, y sobre la causa de la
aparición reciente, antes episódica y actualmente diaria, de
incontinencia diurna de orina y excremento. Estos trastor­
nos son rebeldes a todo castigo.
La abuela dice de Bernard que es “como todos los niños,
terco, brutal si su hermano lo molesta, atolondrado” . Dice
que los padres tienen la mano ligera y Bernard recibe bofe­
tadas “más seguido de lo que él las da, porque irrita a todo
el mundo, no presta atención a nada; pero no es nada serio,
lo quieren bien” . En cuanto a la escuela, la abuela no puede
darnos informes. Bernard dice que es el 27o. en un grupo de
45.
Fue dado a criar fuera de la casa desde su 12o. día hasta
los cuatro años. Tiene un hermano de 4 años, René. Los
padres recogieron a Bernard para que René tomara su lugar,
pero a René no lo dejaron más que 2 años.
En el examen físico, absolutamente nada que señalar.
Niño mofletudo, de aspecto infantil; sentado, parece de­
rrumbado en la silla; no tiene mucha expresión; tiene toda­
vía un incisivo de leche.
A solas con Bemard, no consigo sacarle nada, aparte de
un dibujo que hace, muy avergonzado de no saber dibujar.
Representa un hombre que conduce un camión (su padre es
camionero).
Brevemente, niño muy inestable, atolondrado, que re­
chaza todo esfuerzo no agresivo por sí mismo, pero opo­
niendo una fuerza de inercia considerable.
En vista de que la enuresis desapareció a los seis años
durante una estancia en el campo sin sus padres, en un
momento en que el hermano pequeño no estaba tampoco
con ellos, y que reapareció desde su regreso, pienso que los
celos en relación con el hermano tienen su papel. Por otra
parte, Bernard no se muestra brutal más que con su herma­
no y eso cuando lo molesta.
Hablo entonces de otros niños como Bemard que están
celosos de su hermano, le explico que en su caso tiene
motivos, ya que él mismo fue privado de sus padres tanto
tiempo, y le digo que la envidia tal vez no sea un sentimien­
to muy bonito, pero que existe y que, tal vez, él quisiera en
ocasiones hacer verdaderamente daño a René. Agrego que
pensar y actuar no son sinónimos, es mejor saber que se es
envidioso y tratar de arreglárselas en otra forma para provo­
car la envidia del otro en un terreno en que no se pueda ser
desalojado. En el caso de él, por ejemplo, que es grande,
sería convirtiéndose en un tipo fuerte, un “duro”, un buen
alumno; entonces papá y mamá estarían orgullosos, los obli­
garía a contar con él: “Nuestro hijo mayor por aquí, nues­
tro hijo mayor por allá” . Esto no sucederá en seguida pero
yo le ayudaré y, en espera de que la familia se dé cuenta, le
dará una recompensa la próxima semana si el trabajo ha ido
bien. En cuanto a las historias dentro del pantalón, encuen­
tro que eso no tiene ninguna importancia, y más bien le
hacen parecer un bebé; eso huele mal, pero si le es agrada­
ble, y no hay nada que le sea más agradable, yo no se lo
impido.
22 de marzo:
El niño no quiso venir el miércoles pasado porque tenía una
composición, los padres no pusieron objeción, porque ya ha­
bía hecho progresos, pero es sobre todo después del 15 (es de­
cir, después del día de esta composición) cuando los progre­
sos han sido mayores. En cuanto a los síntomas que les intere­
san: enuresis, sólo se ha presentado una vez y un principio de
emisión en su pantaloncito durante el día una sola vez.
abuela me dice que ha cambiado un poco, es menos
tranquilo y más brusco que antes con su hermano. René es
odioso con su hermano mayor, sobre todo desde hace 8
días. Coge sus cuadernos, los esconde, le impide trabajar
tranquilo. La madre, para que haya paz, le da la razón al
pequeño, “entonces grita todo el tiempo”. Antes Bemard
recibía bofetadas y cedía.
Bemard está muy contento de decirme que fue el 17o. de
45; lo animo y Je hago ver que su hermano está celoso de
verlo ir al colegio. Si Bemard envidia un poco a René por­
que mamá lo consiente más, tiene sin duda razón, pero la
abuela parece preferirlo a él (Bernard me lo confirma), y
esto es una compensación; además, por .más que René se
esfuerce, no será nunca el mayor, siempre estará 4 años
detrás de él, si Bernard no se deja razagar en clase. En
aprendizaje, irá 4 años antee que René y ganará dinero tam­
bién 4 años antes que él.
29 de marzo:
Bernard no ha tenido más incontinencia ni de orina ni de
excremento, ni de día, ni de noche. Ha progresado mucho,
dice la abuela, y el maestro se lo ha dicho a su padre. No
tiene ya reproches que hacerle, mientras que antes era él
quien más lo regañaba. Pido ver al padre.
19 de abril:
Bemard viene con su padre,2 un hombre grande y dulce. Me
dice que está contento del cambio de Bernard y de que se
2. Que, lo sabremos ulteriormente, es padre adoptivo de Ber­
nard, con quien es menos indulgente -aunque lo quiere m ucho-
que con René, que es su hijo.
haya vuelto limpio. Ve que su carácter cambia también.
Según la abuela yo he hablado de su carácter y dicho que
todo marcharía. Esto les sorprendió, pero el padre me dice
que él se da cuenta en efecto, desde el cambio, que Bernard
no estaba verdaderamente más despabilado que su hermano
pequeño y que apenas empieza a estarlo. Me describe la
inestabilidad de Bernard: si su madre le pide que la ayude a
poner la mesa, Bernard obedece, pero en seguida empieza a
coger todo y saca todo lo que hay en el aparador, su madre
le pega y lo corre y Bernard llora. Con frecuencia, olvida las
comisiones que se le manda hacer.
Quedo sola con Bernard, me cuenta que lo que le fastidia
ahora es que su hermanito tiene tanto miedo por la noche
que no quiere acostarse en el cuarto de papá y mamá y que
quiere meterse en la cama de Bernard.
—No duermo bien, y además algunas veces tengo malos
sueños.
Después de un momento, agrega:
-René tiene malos hábitos porque está nervioso, tal vez
usted podría curarlo de sus nervios.
—¿Cuál es tu opinión sobre las malas costumbres?
—Mamá dice que se enfermará, le da palmadas y dice que
el doctor se lo cortará.
Yo contesto:
-Bueno, esto no es verdad, tú se lo dirás a René. Son
historias del coco y tú bien sabes que tampoco son verdad.
Se les dice eso a los bebés para asustarlos. Por eso René está
nervioso, además lo traerás la próxima vez.
Se ve claramente que Bernard, por intermedio de su her­
mano, me habla de su propia masturbación que provoca los
sueños de angustia.

Conclusión
Este tratamiento aún no ha terminado, pero hemos creído
que interesaría por su misma simplicidad: regreso al estadio
anal pasivo. La re valorización de sus capacidades (a propósi­
to, por ejemplo, de sus sentimientos de inferioridad por su
dibujo) autorizó la manifestación de la envidia, de la ambi­
ción, de la agresividad, y permitió a Bemard pasar al estadio
anal activo. Pero la inestabilidad y los sueños de angustia
señalan el complejo de castración, confirmado por las pre­
ocupaciones de masturbación.

VII. PATRICE [DIEZ AÑOS]

7 de febrero:
Conducido a tratamiento debido a que es muy lento y ner­
vioso. Se mueve sin cesar, su profesor se queja. En la mesa,
come muy lentamente. Comedias por la mañana para levan­
tarse. Escenas rituales y cotidianas, bajo el pretexto de que
no ha terminado sus oraciones. En ocasiones preocupacio­
nes obsesivas por sus ropas o al acostarse; otras veces desor­
den, suciedad, y deja todo hecho un lío.
En cuanto a la escuela, cursa el quinto grado; es bueno
en dibujo, en recitación, en lectura, muy malo en ortogra­
fía, mediocre en aritmética. Malas calificaciones en sus
lecciones, irregularidad en las notas de tareas, malísimas
notas de aplicación y conducta. Nada singular en cuanto a
sus camaradas. Patri<?e es hijo único.
Con su padre, disputas continuas. El padre es muy ner­
vioso, dice la madre, y no puede soportar al chico (? ).
Hay continuos disgustos entre los padres por causa de él.
Durante todas estas querellas familiares, Patrice se mues­
tra fanfarrón e impertinente, triunfante cuando anota pun­
tos a su favor, aunque la madre, enzarzada en la discusión
entre el padre y el hijo para defender a este último, lo
reprende porque se aprovecha de la situación. Y es ella
“quien la lleva” , según su expresión. En pocas palabras,
escenas constantes, atmósfera familiar en efervescencia por
“n a d e ría s por ejemplo, si Patrice come o no pan con su
carne, si se sienta de través en un sillón, si se mece en su
silla, etc.
Parece claro que Patrice, hijo único, explota una situa­
ción tensa de los padres en la que él no cuenta para nada.
Por lo tanto, le es imposible acceder al complejo de Edipo
sin un sentimiento desmedido de culpabilidad que se pone
al servicio del complejo de castración y provoca el fracaso
autopunitivo.
El fin terapéutico al que hay que apuntar es disociar el
trío permitiendo a Patrice triunfos reales, derivados de una
situación edípica, pero actuando sobre sustitutos de los ob­
jetos edípicos, es decir, fuera de la familia.
Pero la madre trabaja, y dice que no podrá volver; por lo
tanto, hay que actuar rápido. (Al final de nuestra entrevista,
aceptará que Patrice vuelva solo si es necesario.)
Sin poner en duda lo que la madre nos dice a propósito
del padre con un tono apasionado, no consideramos sino lo
que nos dice de su propia actitud frente a Patrice.
“Créanos, Patrice no tiene necesidad de medicamentos ni
de cambio de aires.”
Siguen los consejos de orden general y muy simples, da­
dos en presencia del niño y encaminados a situar los inci­
dentes familiares en sus justas proporciones. Tratamos de
desvalorizar el papel que la madre cree que debe desempe­
ñar. Le decimos que Patrice es lo bastante grande para sos­
tener querellas con su padre sin que ella intervenga. No
tiene necesidad de ser defendido. Además, comer lentamen­
te, comer pan o no, desde el estricto punto de vista de
Patrice, no tiene ninguna importancia. Si patrice no ha ter­
minado de comer al mismo tiempo que los demás, no hay
sino que dejarle comiendo en una esquina de la mesa y
pedirle que lleve su plato a la cocina cuando termine. Si no
quiere comer toda su ración, no hay más que dejarlo, eso no
hace daño a nadie. El día que tenga hambre, comerá más.
Además, es mejor que se sirva él mismo en lugar de que le
sirvan, de esta manera se servirá según su apetito.
Estos consejos de sentido común parecen asombrar a la
madre y otro tanto al niño. Esta conversación desapasiona­
da inicia la transferencia del niño y provoca la pregunta de
la madre:
—Pero ¿qué debo hacer? ¡Si usted cree que esto es fá­
cil!
—Yo sé -le digo-, de lejos se ven las cosas fríamente.
No se atormente y, si me tiene confianza, prométame una
sola cosa por esta semana: por la mañana dígale a Patrice la
hora una sola vez, ¡y no se preocupe de nada más! Que él
vaya o no a la escuela, que se vaya tarde o sin desayunar o
sin lavarse, usted no se preocupe. Si lo retienen después de
clase, peor para él, y si se las arregla para no ser castigado,
tanto mejor. Tal vez esto no podrá realizarse sin tropiezos,
él padecerá y usted también. Pero tenga paciencia, sólo se lo
pido por 8 días. Y si usted quiere realmente ayudarme,
actúe sin el menor espíritu regañón. Si él no consigue levan­
tarse a tiempo, si lo castigan, no se lo reproche; por el
contrario, consuélelo y anímelo para el día siguiente.
Patrice se queda entonces solo conmigo. Se establece un
muy buen contacto. Me habla de esto y lo otro y me cuenta
un incidente reciente con aire fanfarrón y triunfante al princi­
pio y de víctima después. Fue a propósito de la compra hecha
por su madre de un servicio de mesa, que él había escogido y
aconsejado. Su padre estaba furioso, “lo regañó y abofeteó”.
Retomo su narración y le muestro que fue lo que debió
de pasar: él se sintió halagado de que mamá comprara lo
que a él le parecía bonito, lo hizo porque su gusto coincidió
sin duda con el de Patrice. Pero él quiso ver en eso una
victoria personal y debe de haberse vanagloriado de ello
para fastidiar a su padre, y^burlarse de él. Naturalmente
papá, que es listo, comprendió la intención impertinente.
Patrice buscaba la bofetada y la recibió. En realidad Patrice
sabía de sobra que mamá no había comprado el servicio
pura halagarlo. Él utilizó una ocasión que se presentó para
disputar con su padre y tomar enseguida el aire de pobre
víctima.
Patrice está un poco disgustado pero confiesa que lo que
he dicho es verdad.
Entonces le explico que está celoso de mamá y se siente
desdichado. Quiere fanfarronear, engañarse a sí mismo, de­
cirse que mamá sólo lo quiere a él y triunfar sobre su padre.
Pero en ese terreno no se puede hacer nada, su padre tam­
bién cuenta. Así son las cosas. Sus padres no han tenido
necesidad de él para vivir, mientras que él no podría pasár­
sela sin ellos. Por eso en lugar de estar contento cuando
consigue una victoria con mamá es como si hubiera hecho
ulgo mal y no puede disfrutarla. Busca hacerse castigar.
14 de febrero:
Una semana después de la primera entrevista, Patrice regresa
sólo y me trae una carta de su madre en la que me dice que
está muy satisfecha de Patrice. Había empezado a desespe­
rarse los dos primeros días después de nuestra entrevista,
pues nunca había estado tan terrible. A pesar de todo, man­
tuvo la promesa que nos había hecho acerca de la hora de
levantarse y Patrice lo hace ahora solo y antes de la hora.
<'osa que, sorprendida y contenta, me agradece.
Patrice se muestra abierto y tranquilo al contarme el
contenido de la carta, que ya conoce.
Dice que con papá las cosas fueron muy mal los tres
Itrímeros días. Hubo dramas en todas las comidas, siempre a
causa de su lentitud y porque come o bien el pan solo
olvidando el plato, o el plato olvidando el pan. Papá se
disgustaba y mamá no decía nada. Pero hace ya cuatro días
que no hay incidentes en la mesa, porque —sin hacerlo a
propósito- él no se olvida y come a la vez el pan y el
contenido del plato; el primer sorprendido es él.
Tuvo 6, 7, 8, 9 en sus lecciones ¡y ayer . . . 3! Está
preocupado por su promedio. Sabía muy bien la lección, sin
embargo, y quería sacar un 10. Le preguntaron los afluentes
del Loira y elijo los del Sena, pero sin falla, por eso le dieron
un :) y no 0. Quiere subir su promedio. Lo animo y le digo
t|iie no es muy grave; le señalo el aspecto de fracaso psicóge-
no de esta confusión, como si no tuviera el derecho a sacar
10. Patrice agrega que temió los reproches del profesor,
pero éste no dijo nada. Hace tres días, al ver que sabía
mejor sus lecciones, el profesor dijo: “Patrice sube en mi
ONtima” , y ayer, poco después del incidente de geografía,
tumo Patrice fue el primero en comprender un problema
*>i ;il, el profesor dijo: “Patrice será clasificado entre los inte­
ligentes”. Patrice está muy orgulloso y le digo que me da un
gran gusto, igual a su madre.
Mr cuenta además que dio un golpe a un tipo sudo que
lo amenazaba constantemente y desde hacía mucho se jac­
taba ante todos de ser más fuerte que él. Patrice siempre
rviIó acercársele porque los demás le tenían miedo, ya que
había dejado a algunos “heridos” . “Pero tanto peor, esta
vez dije ‘ya se verá’ y fue el otro quien cayó derribado;
estaba furioso y humillado y todos estaban contentos. Bue­
no usted ve, creía que ese tipo me vencería.”
Vemos entonces cómo la ambivalencia frente a su padre
pudo ser desplazada al mundo exterior. El componente ho­
mosexual pasivo fue desplazado hacia el profesor (al cual
está orgulloso de seducir) y el componente agresivo se des­
plaza sobre “un sucio tipo fuerte” que sirve de sustituto al
objeto edípico.
Al mismo tiempo, la situación familiar se suaviza. Patrice
puede estar contento de darle gusto a mamá, la energía
libidinal es desplazada de la rivalidad edípica a la lucha por
la vida en un plano real: las victorias escolares y otras, no
solamente permitidas sino alentadas. Y vemos cómo la an­
gustia de castración actúa todavía, al principio sobre sus
conquistas, produciendo fracasos autopunitivos (la mala no­
ta por confusión) infligidos por el superyó.
Este caso, de aspecto médico y complicado, era en reali­
dad muy simple. Una entrevista con la madre delante del
niño y dos a solas con él modificaron los síntomas.
Pero no nos engañemos. Nuestra terapia no ha curado a
Patrice; sólo le ha permitido tomar conciencia de su lugar
en la vida, con una óptica nueva. El desplazamiento conse­
guido, con las correspondientes satisfacciones, fue la llave
que permitió al inconsciente del niño renunciar a sus sínto­
mas. Los tres primeros días (peores que nunca) muestran la
resistencia inconsciente de Patrice. Afortunadamente para
el niño, la madre cumplió la promesa que nos hizo. Su
silencio, en lugar de la intervención habitual, durante los
incidentes de los primeros días en la mesa, permitió al com­
plejo de castración “madurar” el complejo de Edipo. El
“encanto”, en el sentido mágico de la palabra, que mante­
nía al niño en una actitud sado-masoquista frente a su pa­
dre, se rompió, siguió una enorme liberación libidinal que
pudo servir inmediatamente para catectizar las posibilidades
de sublimación. El papel del psicoterapeuta fue solamente
catalizador.
Conclusión
Ix)S casos parecidos son muy numerosos. Se podría decir
(¡ue Patrice es, más o menos, el tipo del hijo único, dotado,
ni el cual el complejo de castración es forzosamente muy
violento, ya que la situación edípica debe necesariamente
actuar sobre el padre, sin gran posibilidad de desplazamiento.
El pronóstico es bueno, pero todavía nos falta por lograr
i|iic la sucesión de éxitos escolares permita a Patrice, esperé­
moslo, suavizar la severidad de su superyó.

VIII. ROLAND [OCHO AÑOS]
id de noviembre:
inestable, traído por su madre, por consejo del direc­
tor de la escuela, a causa de enuresis y nerviosismo en su
«usa y en clase.
Tiene tres hermanos, Jacqueline, de 5 años, Lucienne de
■I y Daniel de 1; la madre está encinta. Entre Roland y
lacqueline un aborto espontáneo de 4 meses y 1/2.
A Roland se le dio el pecho hasta que tuvo 1 año; nunca
’•«' lia separado de sus padres;controló sus esfínteres a los 2
a flos y 1/2 y siguió haciéndolo después del nacimiento de
hu qucline, hasta el momento en que, estando la madre
nuclnta de Lucienne, lo envió a dormir todas las noches a
cuto do su abuela que vive al lado de ellos.
Fue entonces cuando, casi en seguida, empezó a orinar
0ii la cama, lo cual continúa, a pesar de todos los métodos
educativos intentados (promesas de regalos o castigos).
Uolund está muy celoso de sus hermanas, es malo y muy
Iic<111 lioso con ellas. También fastidia, aunque es afectuoso,
.i tu lio i mano Daniel, que tiene un año. Los trastornos de
i tu actor maldad, indisciplina, inestabilidad, caprichos, có-
loias aparecieron hace un año. “Ahora es necesario gritarle
linio el tiempo”, dice la madre. Señalo la coincidencia: el
Imrmanlto tiene un año. Sin duda alguna, a sus ojos, su
nacimiento lo desplazó en el corazón de mamá. Mientras no
hubo más que niñas, sufría menos.
Al principio de la conversación con la madre, Roland nos
miraba con un aire jactancioso y resuelto. Se negó a dibujar
y a sentarse. Al final de la entrevista, está avergonzado y
triste, y escucha lo que decimos.
A solas con Roland, le hablo de lo triste que es para el
hermano mayor, que ha tenido a su mamá para él solo
durante tres años, ver llegar a los demás. Roland llora con
grandes lágrimas sin decir nada. A mi pregunta de “si quiere
curarse de su pipí en la cama”, me contesta: “No, me da
igual” , y parece sincero, “es mamá la que quiere”.
No insisto, sintiendo que la madre está “quemada” por el
momento. Exalto el papel y las posibilidades de un “ma­
yor” en una familia. Para Daniel, él es como un gigante que
lo sabe todo. Más tarde podrá trabajar como un hombre.
Roland me habla entonces de su tío que trabaja en los
ferrocarriles, y quiere ser como él; su padre es repartidor de
paquetes. “Es severo” , pero por el tono en que lo dice
siento que lo quiere y admira su severidad. Le digo entonces
que si él se convierte en un verdadero muchacho su padre
estará orgulloso de él. Esto parece tocarlo.
Abordamos la higiene dejta limpieza genital. Roland me
confiesa que no se lava casi nunca y nada más la cara. Su
pene le pica con frecuencia, sobre todo de noche. Le pre­
gunto si se rasca aunque no le pique. Responde “sí”, en voz
baja y agachando la cabeza. Le pregunto quién se lo prohi­
bió para que tenga tanta vergüenza. “Es la abuela, dice que
se lo dirá a papá.” (Señalemos que desde que duerme en
casa de ella apareció la enuresis.)
Minimizo la importancia de todo esto e insisto en la
limpieza diaria y sobre todo en cosas más interesantes: el
trabajo y las prerrogativas del mayor.
21 de diciembre:
La madre no vuelve con Roland sino tres semanas después.
Hace ocho días, Daniel estuvo tan enfermo (congestión pul­
monar) que tuvo que llevarlo al hospital. Se temió por su
vida. Ahora está salvado.
Roland se orinó mucho menos en la cama la primera
semana después de la entrevista, pero la segunda semana la
incontinencia aumentó considerablemente.
Durante esos mismos ocho días (desde que Daniel se
enfermó) hizo novillos. La maestra de la escuela dice que él
haría todo lo que se quisiera si alguien se pudiera ocupar
especialmente de él.
Y la madre me pide que la desembarace de él, porque es
demasiado difícil, ¡que lo envíe al preventorio o al campo!
( ¡La cantidad de padres que vienen a pedir esto por las
mismas razones! )
Explico a la madre que, al alejarlo de ella, le hará creer
que lo quiere menos que a los otros, cosa que ya cree. Sufre
por eso y a ello se debe el que se vengue con los demás y sea
Insoportable.
Y delante de la madre hablo de su embarazo (no disimu­
lado).
Sola con Roland, continúo hablando a este respecto. Me
dice con aire vergonzoso que lo sabía, pero que simulaba no
nabcrlo, porque creían que no comprendía. Le digo que no
hay que avergonzarse de ser inteligente, al contrario. Le
■ligo que también él estuvo en el vientre de su mamá mucho
i lempo antes de nacer, que después ella lo alimentó con su
loche como a los demás y, cuando estuvo enfermo, mamá
no so ocupaba más que de él, como lo hizo con Daniel la
M'inuna pasada.
Me cuenta que durante esos ocho días que hizo novillos
lil/o inundados para un señor que es plomero, y que quiso
din le 4 centavos, pero Roland los rechazó. Los últimos días,
fuo ii pedir cajas vacías al mercado y las llevó en la espalda a
«ni mudre para hacer fuego y para que ahorrara leña (o sea,
intuí hacerse perdonar su fuga, compartir la culpabilidad
• "ii mamá y al mismo tiempo jugar al “grande”). Escucho
tin hablar y no le reprocho en absoluto el haber hecho
novillos.
•Ir diciembre:
N.. -((' orinó en la cama más que dos veces, las dos noches
i •..111.i■
. en casa de sus padres. Las otras noches, en casa de
la abuela, que lo amenaza con castigos, nada de enuresis,
pero sí pesadillas con despertar aterrorizado.
A su madre le dice que no recuerda sus sueños, pero a mí
me los cuenta. Le quieren cortar la cabeza. Un cocodrilo le
devora la mano y el antebrazo. Lo encierran en prisión y se
escapa con su compañero. Sueña a menudo que un hombre
le corta la cabeza.
Por la noche, en el sueño de la prisión, había jugado
primero con su compañero y un auto. Habían enganchado
una carabina al auto y se divertían en matar al gato tirándo­
le a la cola. “Eso le hacía daño, pero le impedíamos salvarse
y era divertido, ¿verdad? ” Contesté: “ ¡Seguramente! ”
10 de enero:
La madre me dice que sólo se orinóten la cama una vez y
muy poco; esto la animó. Fue después de un día particular­
mente bueno en que había jugado con papá al tren y a la
lotería. Roiand tiene mejor semblante y ya no sueña. Duer­
me y come bien. Es cada vez más amable con su hermano,
a quien ha dejado de fastidiar. Con sus hermanas no tiene
ya las mismas peleas.
A solas conmigo, Roland se pone a charlar libremente.
Está contento de no tener ya esas pesadillas que le hacían
temer el sueño. *
Me cuenta muchas historias en las que él es el héroe. Irá
al peluquero el solo. ¡Ayuda a papá a cargar cajas de 100
kilos! Mamá lo necesita. ¡En la casa, hay necesidad de un
muchacho que ayude a todo, buscar leña, cargar al hermani-
to, etc.!
Me dice que cuando sea grande regalará todos sus jugue­
tes a su hermanito, y “ ¡todo lo que él tiene también es de
Daniel! ”
“Y además .. . también a mi hermana. Usted compren­
de, ella quiere jugar con mi tren, entonces mientras ayudo a
papá o mamá en distintas cosas, me es igual, le digo que
puede jugar con él durante ese rato.”
En cuanto a la escuela, según el mecanismo de la proyec­
ción, “la maestra se ha vuelto amable” .
Conclusión
Si Patrice era el típico hijo único, Roland es el clásico ma­
yor recalcitrante de una numerosa familia.
Los síntomas que tienen por meta dar trabajo suplementa­
rio a mamá ofrecen por lo menos la ventaja de tener que
ocuparse de él como de los más pequeños; así, todos los
medios de coerción tendientes a suprimir los síntomas (las
amenazas de la abuela) sólo logran provocar angustias y
miedos nocturnos.
Era necesario reconciliar a Roland con su madre, las ni­
ñas, las mujeres, considerarlo un chico mayor (hablarle
abiertamente del embarazo de su madre) y despertar en él el
deseo de conquistar la estima de sus mayores. Sólo así po­
dría permitírsele renunciar a su actitud infantil.
El complejo de castración no resuelto se expresa simbóli­
camente por el sueño de la guillotina seguido de juegos
sádicos.
La liquidación del complejo de castración se tradujo por
el sueño en el que se salva de prisión después de haber
disparado sobre la cola del gato, y sobre todo porque, con­
tándome sus sueños (a mí sola) me confiaba, en el plano
simbólico, su angustia de mutilación sexual y porque, a
partir de mi actitud ante el episodio del gato, vio que yo
consentía en la venganza desplazada sobre el gato (aquí,
símbolo del padre).

IX. ALAIN [OCHO AÑOS Y MEDIO]

2 de noviembre:
Hijo único; nunca se ha separado de sus padres; inteligente
(primeras palabras a los 10 meses), traído por su madre
debido a enuresis.
Alain se orina en la cama por lo menos una vez cada
noche, y en ocasiones, varias. En toda su vida, no ha cesado
de orinarse en la cama sino durante 15 días al principio de
las vacaciones de verano.
Duerme solo. Examen negativo. Órganos genitales nor­
males. El chico parece inteligente; es buen alumno, el terce­
ro o cuarto entre 30.
El padre trabaja en la policía (oficial), teme mucho por
el chico. No quiere que juegue por temor de que transpire;
no soporta el ruido; predice todos los días una enfermedad
si Alain sale cuando llueve o hace frío, y si juega con otros
teme a las enfermedades contagiosas.
Los padres opinan distinto, la madre quisiera meter a
Alain a los lobatos para que vea otros niños. (Yo la animo.)
Los jueves y los domingos Alain se queda en casa con sus
padres o con la madre, como lo desea el padre.
A solas con Alain, establezco un buen contacto, después
de retener largo tiempo a su madre, porque temía que que­
dándose solo conmigo “se la cortara” . Mamá se lo había
dicho. Desde hacía largo tiempo se le amenazaba con el
hospital. Yo lo tranquilizo y le digo que eso nunca se ha
hecho y que, lo mismo que el coco, no existe. Le digo que
el pipí en la cama no se debe a la masturbación. “Lo hacía
cuando era pequeñito, pero ya no me he vuelto a tocar,
comprendí que era feo.” “Sí -le digo-, tampoco está bien
meter los dedos en la nariz, pero eso no es terrible y además
no provoca catarro. Eso sucede de tiempo en tiempo, pero
no en público. Cuando los uiños se aburren, en ocasiones es
más fuerte que ellos.”
Me habla de papá que es severo. “ ¡Él es de la policía!
Entonces es terrible” (sic). Eso no va con él; tira de los
pelos y abofetea si uno habla fuerte. “No quiere que juege
con el tren eléctrico, porque hace ruido, y es él quien me lo
dio.” Le digo que aproveche los ratos que no esté y que
dibuje o pinte cuando papá esté en casa.
9 de noviembre:
Alain no se ha orinado en la cama ni una vez en la semana,
pero ha sido más desobediente e intratable. La madre está
encantada del resultado con el pipí en la cama, pero deses­
perada de que se haya vuelto indisciplinado y respondón.
A solas con Alain, le señalo el papel autopunitivo de sus
trastornos. Se da el derecho de ser un verdadero muchacho
y yo estoy encantada, lo felicito, pero para ello no hay
necesidad de hacerse castigar y regañar como un bebé, pues
mamá se desanima y deja de quererlo.
Aconsejo a la madre meterlo a los lobatos para dar una
salida a su necesidad de movimiento, de hacer ruido y de
estar en una atmósfera de muchachos, pero también pedirle
que haga algunos esfuerzos para darle gusto a cambio del
escultismo.
En la escuela, siguen las notas excelentes.
16 de noviembre:
La limpieza ha durado y parece estar orgulloso de ello;
ingresó a los lobatos y está encantado.
Conclusión
Vemos en este caso extremadamente simple, la función eco­
nómica del síntoma: la enuresis está doblemente deter­
minada:
1 ] protesta de agresividad ante la amenaza de mutilación
sexual,
2] sustitución, bajo el modo regresivo sádico uretral, de
la masturbación fálica.
La enuresis es entonces culpable y arrastra consigo las
fantasías y la actitud masoquista frente al padre.
La garantía del médico de que no se le castrará y de que
no está prohibido ni es “horrible” masturbarse —aunque no
sea “bonito”- ocasiona la supresión del síntoma, pero la
culpabilidad ante el superyó paterno lo obliga a provocar
nuevas amenazas de ser rechazado por la madre.
La toma de conciencia de este mecanismo trae consigo el
apaciguamiento de la angustia, y permite a Alain ser defen­
dido por su madre contra el padre (esto es lo que significan
los lobatos) y de continuar por el camino normal, lo que
también desea su padre.
En este caso, parece que el padre de Alain es un ansioso,
y que la elección de su oficio traiciona una violenta repre­
sión de sus pulsiones agresivas, que, desde entonces, no pue­
de sino prohibirlas a este hijo único (su alter ego), por cuya
vida tanto teme.
X. DIDIER [DIEZ AÑOS Y MEDIO]
30 de marzo:
El niño es traído a consulta médica por su retraso escolar
considerable, por su imposibilidad de seguir la clase. Buen
chico, muy dulce, pero desatento; cara inexpresiva. Muy
buen estado general. Nació a los ocho meses; el partero dijo
que la placenta era tan pesada como el niño (?). No hubo
coriza al nacimiento, su bazo no está crecido. La madre
tiene buena salud, es viva, alegre, ruidosa, inteligente, tipo
meridional, “no ha vivido -d ice - más que para su hijo”
después de la muerte del padre (tuberculosis pulmonar),
“secuela de guerra”, cuando Didier tenía 5 años.
Hijo único, ha vivido siempre con la madre.
Didier va a la escuela desde los 7 años. Alrededor de los 8,
el trabajo escolar empezó a decaer. Está en una institución
religiosa, donde el problema de expulsión no se plantea.
Én el primer examen, el Dr. Pichón señala: “Es necesario
arrancarle las palabras de la boca para hacerle decir que
París es la capital de Francia y que Inglaterra es una isla.
Sobre la anterioridad de Carlomagno respecto de Napoleón,
el niño dice exactamente lo contrario, y parece preocuparse
poco de lo que se le pregunta y de lo que se le dice” .
Se le hace un test de Bineí-Simon que muestra una inteli­
gencia superior al nivel medio propio de su edad, y se seña­
la: “Los desórdenes que presenta son trastornos de carácter,
y no se presentaron sino después de la muerte del padre.”
En efecto, interrogada, la madre indica que el cambio de
carácter data de la muerte del padre; el niño, que entonces
tenía 5 años y medio, amenazó con suicidarse. Se opta por
una psicoterapia.

27 de abril:
El niño tiene la cara perfectamente inmóvil, no vuelve la
cabeza, no alza la vista, está paralizado como una estatua y
su voz es dulce como la de una niña; sólo abre la boca para
hablar, y la vuelve a cerrar inmediatamente. Al principio,
totalmente distraído. Poco a poco, haciéndole hablar de su
padre, de su muerte, de sus compañeros de escuela, se ve
que la imagen de su fallecido padre es la de un “superhom­
bre”, y que su madre no le inspira la menor confianza tra­
tándose de cosas serias, pero que la quiere mucho.
Su madre parece comprensiva.
Después de haber aclarado con el chico los temas sexua­
les, el nacimiento de los niños, niñas y niños, etc., de los que
hablan en la escuela distorsionándolos, aconsejo a la madre
no ocuparse, a pesar de su temor, del trabajo escolar de su
hijo.
4 de mayo:
Ha progresado en la clase. El maestro señaló que su aplica­
ción es muy buena. (Un sueño de angustia: bandidos que
querían matarlo; un sueño agradable: estaba en el hospital
Bretonneau y me hablaba.)
11 de mayo:
En buen camino. Mejores notas, 8-9-9, aún no hay un 10. El
niño plantea preguntas como éstas: ¿Por qué hay gente que
canta bien y otra que canta mal? Detalles sobre las clases
de serpientes. ¿Qué tan grandes son los niños al nacer? El
chico lee de cabo a rabo sus libros de clase al principio del
año escolar, y le decepciona no encontrar la explicación
de todo. Después, no encuentra interés en aprender sus
lecciones.
La próxima semana, retiro y primera comunión.
Recomiendo a la madre dejarle leer libros de Julio Ver-
ne, ciencias y viajes.
25 de mayo:
Didier hizo su primera comunión. Me trae una imagen y su
foto. Me trae también un dictado pialo, en el que las faltas
están subrayadas por el maestro, pero no corregidas por el
niño en el momento en que se deletrearon en voz alta. Un
problema falso, pero no comprendido en seguida, pues el
maestro rehusó explicarle después de la clase.
Le aconsejo pedir a sus compañeros, que han encontrado
la solución, su copia después de corregida.
Sueño: llega demasiado tarde, los demás se han ido; no
sabe a dónde, está perdido. (Exactamente las dificultades
escolares en que se encuentra ahora: siempre atrasado en
relación a los otros.)
Le aconsejo tomar clases con un estudiante o, en todo
caso, con un hombre a fin de tener éxito en el examen.
La madre ha vuelto a ver al médico que lo trata habitual­
mente, quien la exhortó calurosamente a perseverar en el
tratamiento psicoterapéutico por lo menos tres meses más.
Esperaba que él se riera.
lo. de junio:
Hoy, durante toda la entrevista, Didier me mira a la cara. Su
madre lo inscribió en los Scouts de Francia. Está muy con­
tento por ello. Salió el domingo, se atrevió a correr el riesgo
de subir a los árboles como los demás, al principio sin resul­
tado, después lo logró, a pesar de haber c^ído de una rama.
Pero por la noche, en casa, queriendo esculpir su bastón de
scout, se cortó el pulgar izquierdo bastante profundamente.
Le explico el mecanismo de autopunición, le digo que es
necesario continuar creciendo como un hombre a pesar de
estas pequeñas pruebas que querrían asustarlo como las pe­
sadillas del principio del tratamiento.
Hablamos de su padre, qife estaría orgulloso aquí abajo y
que lo está, allá de donde lo mira (pues Didier es muy
creyente), de ver que su hijo, que es su sustituto, su conti­
nuación en la tierra, se convierte en un gran tipo, como él.
No está celoso, ¡al contrario!
Después de algunos minutos de silencio, Didier me cuen­
ta: “Entre los scouts protestantes, hay uno que se divertía
clavando su cuchillo en un gran roble; el cuchillo rebotó y
vino a clavarse en su mejilla que perforó de un lado a otro”.
Esta anécdota asociada a su padre es significativa.
Hablo a la madre. La felicito por su iniciativa de inscri­
birlo en los scouts. Entonces ella me cuenta el sacrificio que
significa separarse del pequeño, de verlo feliz haciendo su
mochila sin pensar en ella; se lo reprochó el otro día. (Aho­
ra bien, un momento antes, yo había abordado con Didier
este aspecto de su mecanismo de autopunición y él me
respondió: “Oh, no, yo sabía que fue mamá quien me ins­
cribió” .)
La madre me dice que cuando su marido murió le costó
mucho trabajo poder soportar al niño, “que él viviera y que
su marido haya partido, esto fue terrible para ella” . Podrían
haber tenido otro niño para remplazar a éste si se hubiese
muerto en lugar de su padre. No podía soportar su alegría,
sus preguntas.
La madre agrega: “Fue dos años después, hacia los 7
años, cuando de golpe me di cuenta de que el niño no era el
mismo y tampoco como los demás, entonces lo llevé a ‘los
doctores’
Anteriormente había notado, hablando con ella, a pesar
de la satisfacción por la mejoría del pequeño, y la confirma­
ción de la buena influencia de este tratamiento por el médi­
co de familia (si él hubiera dicho lo contrario, no habría
vuelto a traer a Didier), visibles celos a mi respecto. “Sin
embargo, usted es una mujer; y bien, usted es la única que
tiene razón y lo sabe todo, es un poco duro para mí que
siempre intenté no vivir más que para él y de tener su
confianza; por sistema no cree nada de lo que yo digo.”
Por consiguiente hoy insistí sobre la gran idea que tuvo
ella de meterlo en los scouts y, delante del niño, le dije que
era una ayuda para nosotros. Y que si Didier se acercaba a
sus jefes, aun a riesgo de que pasáramos, ella y yo, a segun­
do término, debería alegrarse.
Le dije que también a ella la libertad de los días de
campo y de salida del pequeño le sería beneficiosa, que
tenía derecho de vivir para ella y no siempre para el niño,
para quien es una carga un poco pesada sentirse el centro
exclusivo de su dolor, de sus preocupaciones, de su satis­
facción.
La madre me dijo que lo que más le asombraba del pe­
queño era que, desde hacía varios días, al hablar con alguien
miraba a la cara, lo que antes no hacia nunca.
8 de junio:
Pasó las vacaciones de Pentecostés en el campo sin inciden­
tes. Esta nueva vida le agrada mucho. Prestigio entre los
jefes, admiración de los camaradas “amables y duchos”, no
como en la escuela. Aunque pensó que sería mejor ir en
auto, no lo dijo y caminó como todos. Únicamente, la co­
rrea de su mochila se rompió, feliz casualidad gracias a la
cual se la cargaron.
Por la noche, sonámbulo, salió de su saco de dormir para
tenderse al lado de otro que es su preferido.
15 de junio:
En buen camino. Ahora hay pequeños conflictos con la
madre a causa de problemas de aritmética que ella quiere
inculcarle. Mamá tiene la mano ligera y Didier recibe bofe­
tadas. Todo esto no es dramático y prueba que las relacio­
nes familiares entraron en un nuevo camino.
Al caminar, Didier se queja de dolores en la pierna dere­
cha, rodilla, cresta de la tibia y cadera. Lo envío a consulta
a cirugía; no se encuentra nada.
Hablo con la madre que está asombrada del cambio que
todos notan. Didier habla abiertamente, es más vivaz, etc.
“Pero cuando se trata de problemas, sus ojos pierden
expresión y no escucha. ¡Le gustan las bofetadas! ”
Hago comprender a la madre que lo que le falta son las
bases. Necesita lecciones que repasen los estudios desde el
principio. *
Al interrogarla sobre la vestimenta de Didier -ya que he
notado que con cualquier ropa tiene siempre los pantalones
abiertos por los costados - la madre me dice que ella los
arregla siempre a propósito, incluso cuando los compra con
bragueta porque piensa que asi es más conveniente y propio
(«c). Por mucho tiempo el pequeño fue vestido de niña y
todavía me dice —al preguntarle - que hasta los 7 años tenía
unos bucles admiralbes y fue un sacrificio para ella cortárse­
los.
La madre se entristece ruidosamente al “comprender
ahora” que ha causado un perjuicio a su hijo. Desde ahora
le pondrá pantalones como a los demás niños. “ ¡Ah, si me
hubieran dicho todo esto antes! ” Pero en lugar de sentirse
apesadumbrada, parece encontrar que todo esto es muy ex­
traño (? ).
22 de junio:
El niño irá a otra escuela. Carta al nuevo maestro para
explicarle la necesidad de volver a empezar la enseñanza de
las bases.
A propósito de la regla de tres, que le explico y com­
prende por primera vez, le muestro: lo. que duda de sí
mismo; 2o. que cuando ve un número pierde completamen­
te el sentido de ese número (francos, metros de tela, manza­
nas, etc.), el cual se convierte en una cifra fuera de lo real
con la que no sabe qué hacer, ni cómo llegó a la operación.
Hoy, el niño está fatigado y febril a consecuencia de una
vacuna infectada; ganglio axilar.
Carta del profesor que le dará clases particulares próxi­
mamente.
29 de junio:
La madre de Didier no quiere que él vaya al campo este
verano. No se puede hacer nada, ya que ella hizo el voto de
ir con Didier a Lourdes, a pedir la curación de las piernas
del abuelo materno ( !).
Es muy lamentable y significativo que haya hecho este
voto hace tres semanas. Didier irá luego dos meses a Saint-
Etienne, donde su primo profesor lo pondrá a estudiar.
Psicoterapia a nivel consciente. A Didier: Consejos prác­
ticos (en vacaciones, generalmente se hace llevar el desayu­
no a la cama, ¡después no se levanta hasta las diez! ). Le
hago otras sugerencias para el empleo de sus mañanas. A la
madre: que no se ocupe para nada del estudio durante las
vacaciones; que deje al primo la única y exclusiva dirección
del estudio, y de las sanciones si son necesarias; que no se
ocupe ni de imponer los horarios para los deberes ni de
verificar la ejecución del programa.
6 de julio:
Didier habla un poco de todo, en especial de la apariencia
de los hombres adultos (sombrero, estatura, aire inglés del
Dr. Pichón, señales de golpes por pequeñas reyertas entre
jefes scouts). Me habla de juegos deportivos, quiere apren­
der a nadar este verano; recientemente, él solo, consiguió
por primera vez mantenerse en el agua haciendo movimien­
tos de brazos, pero todavía no lo intenta con las piernas.
“Además es demasiado cansado.”
Me escribirá este verano y volverá en octubre.
Didier me dice que antes de conocerme soñaba con fre­
cuencia y siempre eran pesadillas; ahora casi no sueña y
nunca es desagradable.

28 de diciembre:
Didier regresa al final del primer trimestre; va bien; está en
la escuela comunal. El maestro me escribe una carta.
El maestro tuvo conocimiento de mi carta dirigida al
profesor eventual, y dijo a la madre que fue eso lo que le
hizo perseverar con Didier al principio, ya que lo hubiera
creído retrasado y su caso sin esperanza, lo que ahora le
parece a todas luces falso. Didier tiene una gran admiración
y un real afecto por su madre, “como por usted”, me dice
su madre.
Ha vuelto a las reuniones de los scouts y su jefe piensa
que ha progresado. Habla con los demás, se mezcla en los
juegos. En la escuela, es compañero de todos, excepto dos o
tres, y él y el grande de la clase son uña y carne.
En la clasificación general, es el 27o. de 42 al final de
diciembre (mismo lugar que*bn noviembre).
En diciembre, recibí una nota de la madre diciendo que
los progresos escolares y con los scouts continuaban; no
quiere traernos más al niño, ya que prefiere que él no pierda
su clase del miércoles por la mañana.
Didier está lejos de estar curado, pero la madre despliega
una enorme resistencia, bajo una aparente bondad; y como
ella respira felicidad mientras Didier tenga algunos éxitos en
la escuela y no le haga pasar vergüenzas (a ella, tan fuerte en
aritmética, ortografía, etc.; cuando era joven logró su certi­
ficado superior, etc.), no pide más.
Hubiera podido volver a trabajar (enfermera o institutriz,
no lo recuerdo), pero no lo hizo para no separarse de Di­
dier. Tampoco quizo nunca volver a casarse. Por otra parte,
considera a los hombres como “niños” y a su niño como
La única política que pude emplear con tal madre, más
que castradora, habría que decir devoradora (además ríe
mucho enseñando los dientes, que son largos), fue adularla
en su lado débil, “la inteligencia”, “ ¡una mujer como us­
ted! ” , etc. En la sala de espera del hospital siempre daba
“cátedra” a las otras madres.
No se atrevía a dejar de llevar al niño, ya que yo le había
dicho que era “digna de admiración por haber tenido la idea
de traérnoslo”. Pero si se recuerda, me había confesado
ingenuamente que, después de la tercera sesión, había ido
con Didier a ver al viejo médico de familia para contarle del
tratamiento psicoterapéutico que seguía; ella creía que él se
reiría; si hubiera sido así, yo no lo habría vuelto a ver
nunca. Pero el viejo médico, por el contrario, encontrando
al niño muy mejorado, le recomendó continuar el trata­
miento por lo menos tres meses ( ¡lástima que no haya di­
cho un año!).
Lo que pasó en el espíritu de esta mujer en esa época fue
lo siguiente:
Cuando puso a Didier en los scouts (después de haber
sabido por otra madre que yo lo había aconsejado para su
hijo), quiso rivalizar conmigo dándole este gusto; y yo la
felicité calurosamente. “Se veía fácilmente que ella era inte­
ligente, ¿qué haría yo sin ella? , etc.”
Pero debió de ponerse furiosa en seguida de que el niño
hiciera contento su mochila de scout y la dejara sola para ir
con “ ¡gente que no conocía! ” Se debió a esto que la sema­
na siguiente hiciera, sin decírselo a nadie, la promesa a
la Santa Virgen de ir con Didier a Lourdes ese verano. ¡Na­
turalmente, al poner al cielo de su lado, por un voto, no
había arma humana, bien fuera la persuasión de un jefe
scout o el deseo de una psicoanalista, que pudieran rivalizar
con ella! ¡Qué ironía, la madre fálica y el hijo castrado van
a rogar a la Santa Virgen que devuelva sus piernas, es decir,
nu potencia, al viejo abuelo paralítico! Si no fuera tan
triste y el futuro de un hombre no estuviera en juego, sería
uumamente cómico.
Conclusión
Aunque no fuera más que por la resistencia de la madre, el
caso de Didier es interesante, ya que la actitud de esta
mujer tiene móviles inconscientes. Cree amar a su hijo y lo
destruye.
Vemos cómo este niño, alegre, vivaz, ruidoso, y más ade­
lantado que lo correspondiente a su edad desde la primera
infancia, se apaga, se cierra, después de la muerte de su
padre; su apariencia, reflejando una falta de inteligencia y
nulidad escolar, lo había hecho tomar por un retrasado, si
el maestro no hubiera sido advertido por nosotros de las
lagunas de base y de la viva inteligencia del niño, junto a
una gran sensibilidad, que no se reflejaban en su compor­
tamiento.
A los 5 años, Didier estaba en plena fase edípica; hijo
único, aunque fue disfrazado de niña, tenía un rival, su
padre.
La muerte del padre carga al niño de sentimiento de
culpabilidad agregado al deseo mágico de su muerte, ya que
el niño, a esta edad, razona todavía según el pensamiento
llamado sádico anal, no racional.
Además, la madre, en lugar de apretar en sus brazos al
pequeño que le queda, expleta con una desesperación agre­
siva para con el niño. ¿Por qué no fue él quien murió en
lugar de su padre? De ser así, habría podido remplazado
por un nuevo hijo.
El deseo de suicidio que surgió en el niño a la muerte del
padre muestra hasta dónde pudo llegar la angustia de culpa
bilidad por su pérdida. No solamente había sido culpable,
sino que mamá renegaba de él. Por otra parte, la apariencia
femenina, los pantalones abiertos por los costados, la prohi­
bición ultraprecoz y vehemente de la masturbación, habían
fijado una actitud pregenital insexual, es decir, masoquislu
y i seductora frente a los adultos, cualesquiera que fueran,
hombres y mujeres sin distinción, por lo tanto, también
frente a su padre, y el niño no debe de haber vivido en cu#
época un complejo de Edipo normal sino debe de haber
sufrido una regresión a la fase anal ante el complejo do
castración y manejar su complejo de Edipo en la forma
anal, cuya ambivalencia es característica.
La angustia resultante de la realización del deseo de muer­
te no sólo inhibiría el desarrollo libidinal fálico sino tam­
bién prohibiría la agresividad de la etapa anal, responsable
mágicamente de este crimen edípico. De ahí la imposibili­
dad del menor esfuerzo, de la más pequeña actividad mus­
cular, del menor ruido. Didier nos sonrió, pero muy leve­
mente (y sin enseñar los dientes), no ha reído todavía con
nosotros (pero sé que sí ríe en los scouts). No puede identi­
ficarse con su madre (renegó de él) ni con su padre (él lo
mató y el padre se vengará; cf. asociación del cuchillo en la
mejilla, después de haber hablado del padre en la sesión del
lo. de junio).
Tiene entonces una regresión a la etapa oral pasiva, y ni
siquiera en ese punto está a salvo del complejo de castra­
ción, que seguirá actuando para ocasionarle sueños de an­
gustia sin simbolismo oculto (los bandidos lo matan). Cada
m nce será seguido de un fracaso autopunitivo de simbolis­
mo castrador (pulgar cortado, dolor en la rodilla). Didier
«’mIií lejos de haberse curado.
Pero nos quiere, sin sentirse culpable de preferir a los
hombres -al Dr. Pichón-, ya que le permitimos vincularse
• mi su jefe scout y, gracias a nosotros, su maestro de escue-
Iti Ir mostró una paciencia que tuvo su recompensa. Didier
tfbtlone ahora satisfacciones escolares y afectivas en el mun-
|o exterior. En fin, ya no tiene pesadillas.
IVro su situación libidinal actual frente a los objetos
Ifflnroios es todavía la situación de homosexualidad, ya no
• ••iii*>aquella que se presenta en la fase oral ni al principio
■I* Itt lase anal, sino en el momento de la fase uretral, con
mi* ni /lición del pene (sombrero de los hombres, voz mascu-
Üftl) «onún la forma que precede a la aparición del complejo
*W filtración relacionado con el complejo de Edipo. Es
M* • »•<"(> dejar a Didier vivir tranquilamente esta fase peri-
t hlnilti i orno si tuviese 3 años, a pesar de sus 11 años y su
H lllu in tic muchacho bien desarrollado de 12 años. El ata-
»*»♦•lio sonambulismo en el campamento scout, cuando Di-
£ |i talló tic su saco de dormir con el riesgo de enfriarse
para ir a tenderse al lado de su amigo preferido, refleja esta
situación afectiva. Pero tampoco hicimos resaltar esta situa­
ción. Afortunadamente por ahora, la madre encuentra esto
muy divertido, y el jefe scout fue lo suficientemente com­
prensivo para interpretarlo como una prueba anodina de
entusiasmo pueril en un niño cuya sensibilidad está cerrada
en una forma enfermiza.
En nuestra opinión, el pronóstico social de Didier es
bueno, pero, desde el punto de vista sexual, estando pró­
xima la pubertad, no nos parece capaz, con la madre que
tiene, de resolver el problema en otra forma que no sea la
homosexualidad manifiesta. Esto en el mejor de los casos,
ya que en él la homosexualidad representa la única modali­
dad inconscientemente permitida por su superyó, calcado
del de su madre.
Didier no nos parece capaz de lograr algo mejor que
reconquistar un complejo de Edipo negativo. Es decir, que
su superyó es perverso y no le permitirá más que el papel
pasivo en relaciones pederásticas. En el caso, posible, de que
sus objetos amorosos lo obliguen a reprimir su homosexuali­
dad en los años de la adolescencia so pena de perder su
estima, Didier perderá entonces la mayor parte de sus me­
dios de sublimación, y estará sin duda obligado a vivir, se-
xualmente impotente, a expensas de una mujer rica y auto­
ritaria que, eyentualmente, le contará sus aventuras con
otros hombres. Será más o menos abiertamente un voyeur,
y en todo caso un inhibido social masoquista.
Sin embargo, todavía tenemos la esperanza, aunque dé­
bil, ya que la madre no tiene interés en que su hijo se curo
mientras salga adelante en sus estudios, de poder seguir a I >i
dier en su adolescencia y dejar entrever a la madre la necesM
dad de que él siga un verdadero psicoanálisis, para el cual reco­
mendaríamos de preferencia un psicoanalista masculino, i

XI. MARCEL [DIEZ AÑOS Y MEDIO]
5 de enero:
El niño es traído por su madre por una pelada. Se produjo
después de un fracaso en un examen de catecismo, lis un i
niño grande y grueso, ampliamente desarrollado, rubio, de
aspecto fofo. Su facies no es patalógica. Cara redonda, poco
acusadas las facciones (hipotiroidismo borrado), orga-
nos genitales poco desarrollados. Sus estudios son medio­
cres. La madre señala que el niño comete con frecuencia
faltas de ortografía por inversión de letras. Es fofo, indife­
rente, egoísta y perezoso.
Antecedentes personales, ninguno.
Padre en buena salud, representante en la industria del
automóvil.
Madre muy nerviosa, “tuvo mal de San Vito a los 11
ufios y varias depresiones nerviosas”. Su cuerpo está cubier-
lo de manchas de vitÍligo (que respetan la cara). Tiene una
gran glándula tiroides que aumenta de volumen en ciertos
períodos y disminuye en otros.
Un hermano, Maurice, 15 años, en buena salud.
/.’ de enero:
Se somete al niño a tratamiento médico: opoterapia tiroi-
■In-orquítica.
lil test no arroja retardo intelectual.
J,1 de febrero:
I n |K-lada disminuye. El niño está más atento en la escuela.
I'l tratamiento endocrino fue suspendido el lo. de febrero.
Nu hay progresos sensibles por lo que toca a los órganos
(•nllales. Vuelve a tomar las cápsulas opoterápicas.
• ilt' abril:
I n ptlada casi ha desaparecido, pero no se está satisfecho
t)»l rondimiento escolar.
, l'ii resumen, se anota: “Niño probablemente hipotiroi-
ilfii, pero cuya pereza comporta un elemento psicógeno
fvitli'iiie. No comprende la necesidad del trabajo escolar;
Miofpili tu una ocupación agrícola hacia la cual habría me-
'li"* ile orientarlo”.
f I nlrto nos es confiado. La madre, ante la idea de que su
lM|0 le dedicara a tal oficio, tiembla de vergüenza, ya que
tipien que sus hijos estudien y tengan posiciones hono-
||l'I*** Iule). ¡Su padre fue médico!
Muy mal contacto con la madre, siempre con prisa y
nerviosa, porque pedimos ver a Marcel regularmente todos
los miércoles. Ella no admite la psicoterapia. Ante su acti­
tud renunciamos, después de decirle que está equivocada,
ya que posiblemente ella estaría menos nerviosa a pesar de
sus trastornos endocrinos si la hubieran cuidado moralmen­
te siendo joven.
27 de abril:
Con gran sorpresa nuestra, regresa tres semanas después; ha
reflexionado, nos dice. Es más indulgente en cuanto a la
pereza de Marcel y a su egoísmo. En efecto, agrega, lo que
yo le dije el otro día tal vez no sea falso, pues tuvo en su
vida depresiones que influían en sus nervios, e incluso el
mal de San Vito que padeció a los 11 años siguió a la
muerte de su madre. Su padre, médico severo, no soportaba
que nadie hiciera ruido. Ella confiesa ser nerviosa al extre­
mo, tener necesidad de repartir bofetadas a diestra y sinies­
tra, y es Marcel quien las recibe, ya que él puede soportar
todo (sic), mientras que su hermano mayor es un escrupulo­
so hipersensible, una auténtica niña, y por otra parte no le
da más que satisfacciones. El padre es un hombre absorbido
por el trabajo. En su casa no habla apenas y nunca a Marcel
como no sea en términos»de “negrito”, “bebé”, como si
tuviera todavía dos años.
Me doy cuenta de que Marcel tiene un espíritu abierto
detrás de su apariencia inmóvil, pero es necesario esperar 20
a 30 segundos antes de que reaccione a lo que le digo. Cojo
su ritmo.
Como le digo que me daría gusto que trabajara mejor, y
en otro momento le hablo de igual a igual, diciendo que “la
diferencia entre las personas mayores y los niños no signifi­
ca una inferioridad de éstos”, se le llenan los ojos de lágri­
mas. Rehabilito a sus ojos la vocación de agricultor, y le
pregunto de dónde le vino ese gusto. Me entero que fue de
un maestro de escuela que le agradó en otro tiempo, y de
sus vacaciones, durante las cuales un granjero vecino muy
amable con él lo dejaba trabajar en el jardín. El maestro
actual lo nombró vigilante de las plantas del grupo.
Marcel y Maurice duermen en la misma cama, lo que
suscita disputas sordas. Maurice es un chico de mecanismos
obsesivos, trabajador, minucioso y brillante en sus estudios.
Marcel está celoso de él, y le digo que lo comprendo. Pero si
mamá los compara, no tiene importancia, porque cada uno
de ellos tiene su vida, que puede ser muy diferente; dos
hermanos son dos hombres diferentes sin comparación posi­
ble.
Dado el medio relativamente acomodado, podría aconse­
jarse a la madre que cada chico tuviera su propia cama, idea
que hay que aplazar prudentemente para la siguiente vez, ya
que la sesión a solas con Marcel enervó mucho a la madre. A
mi petición, promete dejarlo trabajar solo esta semana.
4 de mayo:
Gran mejoría, “de todo a todo” , dice la madre, después de
los dos primeros días que siguieron a la visita y en los que él
se dio aires de importancia.
En lugar de seis faltas en cada dictado, ya no tiene más
que Una o dos. Hace sus tareas enteramente solo. Antes, su
madre las verificaba y le ayudaba, por creerlo incapaz de
hacerlas solo.
El niño habla mucho más francamente conmigo, ¡y ríe!
No se atrevió a venir solo a la consulta, ni a quedarse solo
mientras su madre se ausentaba para ir de compras, a pesar
de que ella trató de animarlo y había prometido venir a
buscarlo.
La madre se muestra satisfecha en general, pero el her­
mano mayor, taciturno escrupuloso, desea vivamente una
cosa: que Marcel lo deje tranquilo, ya que le impide traba­
jar. Sugiero que tengan camas separadas, la madre contesta
que es imposible. Yo insisto.
(Marcel me trajo un dibujo de peras y manzanas hecho
para mí.)
11de mayo:
La madre se convierte en nuestra colaboradora, a pesar de
sus dificultades personales. Consiguió del padre autoriza­
ción para comprar un diván para Marcel. Encuentra mejoría
no sólo bajo el punto de vista escolar, sino también en
cuanto a su “desenvolvimiento” y atención general a lo que
pasa a su alrededor.
Al día siguiente de la última sesión, Marcel tuvo una
reacción afectiva hostil contra su madre y hermano con
motivo de una compra que le había enviado a hacer solo
por primera vez (bizcochos de chocolate) y en la que fraca­
só por no atreverse a hablar en la tienda para pedirlos, ya
que no los veía en el mostrador.
En esta ocasión, me trajo un dibujo copiado que repre­
sentaba dos gatos admirados ante un tercero que se pavo­
neaba.
18 de mayo:
En mi ausencia, la Sra. Codet (mi colega en psicoterapia en
el servicio del Dr. Pichón) lo ve y anota: “El niño vino solo.
Habla con confianza, los progresos continúan. Muy buena
impresión”.
lo. de junio:
Esta vez también, Marcel vino solo y sin aprensión. Tuvo 9
sobre 10 en composición de recitación (la vez anterior 0);
6 1/2 de promedio en las lecciones del mes (nunca tuvo más
de 4). Comportamiento general en franco progreso; lo ani­
mo. Se arriesgó a salir solo y recorrer un itinerario descono­
cido a pesar de la inquietud de su hermano mayor, que
habría querido que la madre se lo prohibiera con el pretex­
to de que se perdería. Marcel tenía miedo de darle la razón
a su hermano, se acaloró, pero no lo demostró y no se
equivocó de ruta. No ha habido reacciones agresivas desde
la sesión anterior, pero desde hace 15 días tiene hipo va­
rias veces al día, de las 14 a las 19 horas.
15 de junio:
Progresos continuos. Algunas veces confiesa tener pereza:
hace de prisa sus tareas. La memoria es excelente y no lee
Jas lecciones, ¡le basta escucharlas cuando las explican! En
algunas ocasiones no lo explican todo y entonces es “sor­
prendido” . Lo animo a hacer el esfuerzo de leer todos los
días su lección. Esto le dará una prueba de que merece
triunfar los días en que está desanimado por un fracaso.
El hipo desapareció. Me señala otro trastorno del simpá­
tico: cuando está cansado, tiene la oreja izquierda ardiendo
y la otra fría; es desagradable. En una ocasión, un médico
ordenó Sympathyl, pero no le sirvió de nada. Minimizo la
importancia de estos ligeros “percances” que no me in­
quietan.
29 de junio:
Las notas del mes muestran un progreso escolar franco,
Marcel dobló cada una de sus notas de lecciones, tareas de
cálculo y ortografía en relación al mes anterior y tiene la
nota máxima en aplicación y conducta. El maestro está
muy satisfecho. Contrariamente a las previsiones de febrero,
ingresará en octubre en la promoción siguiente. Vivas felici­
taciones.
Algunos conflictos con el hermano, resueltos por pugila­
tos que la madre tolera más o menos.
Marcel quiere nadar y ha empezado a zambullirse. Desde
hace ocho días, se atreve a saltar del trampolín de 4 metros.
Su madre lo estimula con una moneda.
El niño no ha seguido tratamiento orgánico desde febre­
ro. Se le prescribe una serie de cápsulas en agosto y se le
pide volver cuando regrese en octubre.
30 de noviembre:
Vuelve la caída del pelo. Durante las vacaciones hubo una
notable mejoría y la madre no juzgó necesario traer a Mar­
cel en octubre.
Al principio 4el año escolar, estuvo muy diferente que
antes: serio, observador, amable, muchacho grande. Su in­
fluencia es sensiblemente buena, sobre ella y su hermano,
dice la madre. Algunas dificultades, apatía en la escuela, en
la semana de Todos los Santos, y después reaparición de la
pelada.
A mí, que no he visto a Marcel desde julio, me sorprende
el engrosamiento de los muslos infiltrados, su aspecto más
obeso, el vientre abultado, la mirada embrutecida en medio
de mejillas más infiltradas, y los cabellos deslucidos, lanosos.
El niño está abatido por su bajo rendimiento escolar de
la quincena, visiblemente deseoso de hacer las cosas bien.
Sus ojos despiertan al hablarme. Volver a empezar con las
cápsulas. Pesarlo y medirlo.

26 de enero:
Desde el punto de vista físico, aspecto un poco mejor que en
noviembre, muslos menos' infiltrados, vientre disminuido,
cara todavía hinchada, pero lo que me impresiona es la
expresión ansiosa, la frente contraída, la apariencia de es­
fuerzo por escuchar lo que se le dice y la lentitud de com­
prensión. Aspecto de hipotiroidismo aunado a un hipofun-
cionamiento mixto; órganos genitales todavía poco desarro­
llados.
En la escuela el maestro está satisfecho, pero los resulta­
dos son todavía mediocres, sobre todo en ortografía. Marcel
está a veces como “embrutecido”, se queja de una bola en
la garganta. En casa, griteríos continuos de la madre para
que haga sus tareas, nos dice ella.
Parece haber habido una regresión. La madre vuelve a
colgarse de Marcel de la mañana a la noche para sacudirlo.
Ella se ve hoy terriblemente Ansiosa; lo encuentra cada día
más grueso (pero no lo ha pesado ni medido). Tengo la
impresión de que es la madre quien se muestra actualmente
incomprensiva y resistente, y esto por dos razones. Ella se
sentiría personalmente humillada si el éxito de Marcel, por
lo que se refiere al certificado de estudio, no se confirma, y
en lugar de intentar comprender la situación fisiológica y
psicológica de su hijo y ayudarlo, lo ha tomado como un
problema personal y lo aturde con reproches sin ton ni son,
y lo abruma con palabras y previsiones derrotistas.
La otra razón (que no tiene inconveniente en reconocer)
es que Marcel empieza su pubertad. Pierde el aspecto infan­
til, lo encuentro mejor. Adelgazó, sus muslos están menos
infiltrados y más musculosos, y la madre dice en un tono de
disgusto y agresivo mirándolo de arriba a abajo -porque yo
dije “que se convertía en hombre”- : “ ¡Parece que usted
no es exigente, yo lo encuentro cada vez más gordo; creo
que va de mal en peor bajo todos los puntos de vista! ”
Tratamiento: una serie de inyecciones pluriglandulares
Choay. A Marcel le decimos tan sólo que estamos muy
satisfechos de sus esfuerzos perseverantes. Después, llevan­
do aparte a la madre, intento explicarle su actitud afectiva,
que, siendo de buena voluntad, resulta nefasta para Marcel.
Con un padre muy duro, aunque venerado, ella sufrió y tal
vez sufre de ver a Marcel convertirse en un hombre macizo,
de buena estampa, al contrario de Maurice, del cual ella
aprecia la finura, la dulzura de niña y la complexión de­
licada.
8 de marzo:
El niño está transformado por las inyecciones. Adelgazó,
otra vez es amable, trabajador. El maestro está satisfecho.
Marcel no tiene ya la bola que le subía por la garganta. La
ortografía sigue siendo el único punto débil que le preocu­
pa. Abandonó las ideas acerca de la agricultura y piensa
ingresar en una escuela comercial.

Conclusión
Esta historia es interesante por la complejidad del caso, a la
vez de disfunción endocrina y psicológico.
De enero a abril, el tratamiento orgánico mejora física­
mente a Marcel en tanto que los trastornos de carácter se
acusan más y los malos resultados escolares se acentúan.
De abril a noviembre, sin tratamiento médico, el niño se
transforma desde el punto de vista de los resultados escola­
res y del carácter, mientras que, a partir de octubre, apare­
cen nuevos síntomas de disfunción de la tiroides, sin alterar
los progresos psíquicos. El niño no nos es traído hasta fines
de noviembre, cuando el empeoramiento endocrino es nota­
ble y la repercusión sobre el trabajo escolar ocasiona difi­
cultades con sentimientos de inferioridad legítimos -sin
autopunición agregada. El tratamiento médico basta enton­
ces para restablecer el equilibrio.
Actualmente, el muchacho empieza su pubertad. Ya no
hay trastornos del carácter, se adapta a la familia y al medio
escolar; todavía le falta confianza en sí mismo, pero ganó la
estimación de sus maestros.
Marcel está en el camino de la curación, que tal vez no
alcance nunca; en todo caso, la adaptación feliz a su medio
familiar neurótico, permitiéndole una vida social normal, es
el compromiso al que intentamos conducirlo, única solu­
ción actual de los conflictos mientras deba vivir con su
familia.
La dificultad esencial de este caso es sobre todo la ma­
dre. A pesar de su buena voluntad consciente, es muy neu­
rótica y una enferma orgánica. Marcel tiene dificultades pa­
ra abandonar una actitud maso quista frente a su madre,
tanto más cuanto que su hermano mayor (cuya influencia
está muy diluida actualmente) hace difícil su liberación.
Para seguir los pasos de Marcel y que continúe el trata­
miento, hace falta recurrir a la diplomacia con la madre,
moderarla sin irritarla, pues siempre está en los extremos y,
neutralizando lo más posible su influencia castradora sobre
Marcel, permitirle a éste quererla a pesar de todo. El pre­
ferido de la familia, no lo olvidemos, es Maurice, “porque es
una auténtica niña” Ei>cuanto al padre, su carencia moral
es total. No tiene ningún papel en la vida de la familia
excepto el del banquero mudo y preocupado.
En tales condiciones afectivas, un complejo de Edipo
normal en Marcel era imposible. Este padre no permitía
ninguna identificación; el rival en la casa es el hermano!
feminoide, triste, quisquilloso y escrupuloso, siempre preo*,
cupado por Marcel, a quien considera poco menos que un
minus habens. Y la madre castradora desempeña el papel do
madre fálica. El complejo de Edipo debía necesariame!)!''
invertirse, y Marcel, de constitución fuerte, debía rivalizufl
mediante la pasividad con la complexión delicada de Mauil>l
ce, favorito de la madre. De ahí la inhibición de la agresivl*!
dad en todos los terrenos, y la formación de un superyó
prohibe el esfuerzo, cualquiera que éste sea.
Sólo cultivando su masoquismo podía Marcel conscrvíA
el objeto de amor materno -d e ahí las bofetadas, de las <|U|1
voluntariamente era el perpetuo beneficiario, mientras que
no se permitía abandonar las faldas de su madre.
Esta actitud es la de un niño estancado en una fase anal
pasiva, es decir con represión del sadismo.
El niño tenía necesidad de sustituir el interés por los
excrementos mediante el gusto por la jardinería. A través de
esta vocación de agricultor intentaba una identificación con
los “padres” por los que se sentía amado (granjero, maestro
de escuela). A nivel de esta identificación es al que su madre
lo castraba: esta vocación le parecía deshonrosa.
Privado del derecho a la agresividad sádica anal por una
parte y al objeto de interés libidinal, por la otra, experimen­
taba que todo esfuerzo no sólo era inútil sino perjudicial
¡xira el bienestar afectivo inconsciente. Los resultados esco­
lares eran por ello nulos, pero este hecho aumentaba los
sentimientos de inferioridad de Marcel frente a su hermano,
brillante en sus estudios. Para no sufrir, Marcel regresó neu­
róticamente a la fase preanal.
Lo que su madre llamaba egoísmo no era más que pasivi­
dad oral, a la cual, vemos claramente, Marcel estaba incons­
cientemente obligado a regresar.
En una actitud plácida de Buda indiferente, ávido de
Biiinr bajo el modo captativo e incapaz de soportar la ausen-
• la de su objeto, buscaba con especial cuidado —y sabía
Wovocar— los gritos, los reproches, las bofetadas, los azo-
l«*n, al precio de los cuales se hacía inconscientemente po-
IMf por la madre.
I lii terapia psicoanalítica procuró primero obtener la
HHH\í('rcncia de la madre, que era indispensable, y por eso
M tfleri arriesgarme a no volver a ver ni a uno ni a otro antes
■ II no ser franca en la primera entrevista que tuve exclusi-
Hmimviilo con la madre, aunque el niño estuvo presente,
^■tonudamente, al reflexionar pudo reconocer un aspecto
P illa misma en su hijo y nos lo trajo. Conseguida la trans-
m de la madre, buscamos obtener la de Marcel, y
ift* i * a esta transferencia revalorizamos a sus ojos su voca-
tfnn <l> agricultor, es decir permitimos las fantasías simbóli-
* l.i laso anal. El niño nos trajo la siguiente sesión un
S fe^Uti ile cuatro frutas, una al lado de la otra, bien colorea­
das y apetitosas. (Nos regalaba su erotismo oral.) Los senti­
mientos de inferioridad habían disminuido gracias a nuestra
actitud y también al éxito en sus deberes escolares, sin la
intervención continua de la madre.
Marcel se transforma y ríe. Ese día, me trae dos gatos
que observan a otro (nos regala su pasividad oral); además,
se permite, bajo el modo lúdico y verbal, algunas tentativas
agresivas frente a su hermano.
Tratamos entonces de fomentar su agresividad general
(alentándolo a desenvolverse solo, para damos gusto) y de
estimular su lucha con el hermano, aun a riesgo de pleitos,
en nombre de los cuales conseguimos que la madre le com­
prara una cama nueva para él solo.
A partir de este momento, el progreso escolar sería defi­
nitivo. La independencia en relación con su madre ya no era
temida; la ambivalencia ante el objeto edípico, el hermano,
se disoció en una actitud afectuosa y de admiración por su
maestro de escuela, y hostilidad no disimulada frente al
hermano cuando éste lo provoca.
Bajo el punto de vista libidinal, Marcel no está aún muy
adelantado, y nuestro papel terapéutico no ha terminado;
pero, desde el punto de vista práctico, en la casa “ayuda a
su hermano y a su madrq,”, y en clase ya no se siente el
peor.
Agreguemos que abandonó la idea de la agricultura y
piensa en una escuela comercial, porque “quiere ganar di­
nero y volverse rico” , y agrega: “Seré quizá, como papá,
representante de refacciones de automóviles, eso deja
mucho.”
Su mímica es todavía pobre, limitada a la boca en la
cara, no hace gestos, y no es en absoluto expansivo. Al
contrario, calmado y reflexivo, dice lo que quiere decir y
sopesa sus palabras. Da la impresión de un muchacho sóli­
do, con sentido común, observador y un poco “normando”.
Gracias a este carácter poco permeable resiste la atmósfera
cargada de tormentas en que la madre lo envuelve.
Dejémosle su coraza, ya que actualmente está contento;
él me lo dijo espontáneamente. Quisiera obtener su certifi­
cado de estudios y piensa en su porvenir. Estamos lejos del
muchacho que —hace un año- no comprendía “para qué
servía estudiar cuando quería ser granjero, no valía la pe­
na”. Tal como es, está al mismo nivel que muchos niños de
su edad que se convierten en adultos bastante adaptables, es
decir “normales”, aunque no alcancen nunca el estadio ge­
nital desde el punto de vista objetal, lo que significa que su
actividad sexual podrá ser adulta, pero con una afectividad
infantil y un objeto amoroso escogido según el tipo edípico
inconscientemente homosexual: la mujer fálica, autoritaria
y frígida.

Nota sobre Marcel
En 1967, Marcel, de paso en Francia, consiguió encontrar
mi pista, en Bretonneau desconocida; el colegio de médicos
le comunicó la muerte del Dr. Pichón y le dio mi nombre de
casada y mi dirección. Nunca olvidó —hace 30 años de es­
to - que lo sacamos de un marasmo terrible. Después, vino
la guerra. Permanecieron en provincia. Terminó estudios co­
merciales superiores y decidió ir a países nuevos y lejanos.
Se casó a los 29 años, es feliz en su matrimonio, tiene tres
hijos, un niño, Jean, con quien vino hoy, y dos niñas más
pequeñas. En África tiene una actividad comercial relacio­
nada con la agricultura. Gana bien. Su padre está retirado.
Su madre, siempre la misma, activa, buena abuela cuando se
ven en vacaciones. Su esposa se entiende bien con ella. Su
hermano tiene una salud frágil, se casó después que él; su
mujer y sus hijos padecen problemas de salud; tiene una
buena situación, y permanece cerca de sus padres.
Marcel vino con Jean para que le dijera yo si todo mar­
cha bien en este último. Su hijo llega a la edad en que él
estuvo a punto de volverse idiota en lugar de desarrollarse.
No quiere que Jean corra el mismo riesgo. Marcel se convir­
tió en un hombre grande, robusto, y no volvió a tener pela­
das. Es calmado, no bebe, pues es peligroso en África. Él, su
mujer y sus hijos están saludables y soportan bien el clima.
Piensa que la salud frágil de su hermano y de su familia
tiene mucho de emotivo, y quisiera estar seguro de que el
desarrollo de su hijo es normal. Jean va bastante bien en la
escuela y tiene amigos, se siente mejor afuera que en la casa,
donde pelea mucho con sus hermanas. Incluso a veces es
malo con ellas, como si estuviera celoso. Aparte de esto no
tiene grandes defectos, pero hay días en que no saben cómo
tratarlo. Cuando le pregunto qué piensa de lo que dice su
padre, Jean responde: “ ¡Mamá y papá les dan siempre la
razón! ¡Siempre soy yo quien debe ceder, estoy harto!
¡Preferiría quedarme en casa de la abuela, al menos, tendría
paz! No digo que los quiero abandonar . . . pero siempre es
mi culpa”, adoptando un tono de víctima.
-¿N o te importaría irte del África, dejar a tus amigos?
— ¡Oh, seguro que sí! , pero, ¡bahl , me conseguiría
otros. Mis hermanas, no lo niego, cada una a solas es amable
conmigo, pero juntas no hacen más que fastidiarme y
¡siempre soy yo quien está equivocado!
Jean es vivo e inteligente. Único niño, cinco años mayor
que sus dos hermanas, que se llevan menos años; extraña su
infancia de hijo único. Las dos pequeñas tigresas le hace.i la
vida dura. Papá y mamá no se dan cuenta. Prefiere a sus
compañeros, e incluso recobrar una vida de hijo único al
lado de su abuela, quien dice que eso sería lo mejor para sus
estudios y para que sea vigilado médicamente (“está nervio­
so . . . es la edad”). Charlamos, su padre, él y yo, de ellos y
de él; su padre no tuvo hermanas, su madre no tuvo herma­
nos; hablamos de su lugar en la familia, incómodo desde
que llegaron las intrusas. “A pesar de todo, estaba contento
cuando nacieron mis hermanas, pero después habría queri­
do un hermanito.”
Jean se encuentra al final del período de latencia. Desea­
ría conservar una vida de niño y recuperar una tranquilidad
imaginaria lejos de los conflictos de diferencia sexual con
las hermanas, y lejos de los padres que no lo “compren­
den” . En la casa de la abuela, él sería el amo -m ás dificulta­
des edípicas.
Jean se sentía menos querido que sus hermanas, pero
comprende, por esta visita y por todo lo que ha oído, que
su padre se interesa en él y quiere ayudarlo.
Padre e hijo parten muy felices de esta visita a la doctora
i|uc había ayudado al padre a la misma edad. Hemos habla­
do los tres del pasado, del presente, del futuro, de la sexua­
lidad genital y de su próxima eclosión en Jean. Al partir, el
padre me dijo: “ ¿Qué es lo que hay que hacer al regreso?
me vuelvo hacia Jean: “ ¿Qué crees tú? ” Mira a su padre y
dice: “Ahora prefiero quedarme con vosotros, le diré a la
abuela que cambié de opinión”. Yo le digo: “Sí, pero ¿y
tus hermanas? ” Me mira riendo y dice: “ ¡Oh, ellas son
pequeñas, además con sólo que deje de molestarlas ...! ”
La transferencia de Marcel, desarrollada en Bretonneau,
lo había sostenido; tenía necesidad de que yo confirmara su
éxito de hombre, en el valor de su hijo, en sus capacidades
de padre en el momento en que se anuncia la pubertad de
Jean, en lugar de delegar la educación en su madre. Marcel
no se sintió nunca el hijo de su propio padre.
Marcel es el único de los casos de Bretonneau, consigna­
dos en este trabajo, del cual he conocido la evolución poste­
rior.

XII. TOTE [CUATRO AÑOS TRES MESES]
Fragmento de la vida de una niña calificada de normal.
Tengo en tratamiento a su hermano de 11 años por un
gran retraso escolar. Inhibición en el comportamiento, e
Inhibición total en todo lo que no sea el dibujo, para el que
está bien dotado; su madre dibuja bien.
Tote se siente desdichada porque su hermano ya no le
cede nada. Cuando él la molesta, ella le dice que lo va a
acusar con mamá; y él responde: “Y qué, díselo”, en lugar
de ceder en seguida como antes. Ella se vuelve triste, llora
por nada. Cae enferma: fuerte gripe. Entonces, se comporta
como un bebé, es necesario que mamá no la abandone;
fabrica pistolas de papel y mata a “los otros” (papá y su
hermano).
Ya curada, ha conservado su pistola, y cuando papá mue­
ve el periódico dice: “Pam”, y si él deja de moverlo, ella
triunfa: “Ya está hecho, lo maté”. Durante esta enfermedad
volvió a chuparse el pulgar con más fruición que nunca.
Esta costumbre empezó el año pasado cuando tenía 3 años
y medio en ocasión de una otitis que la hizo sufrir mucho.
Una noche, al acostar a Tote, mamá ve que se vuelve a
buscar en sus ropas; Tote dice a su madre: “ ¡Me lo han
quitado! ¿Dónde está? ” “ ¿Qué cosa? ” —dice la madre. To­
te no contesta, revuelve entre su ropa, en su calzón, mira por
el piso alrededor de ella, como quien busca algo. “ ¿Qué,
pues? ” -dice la madre. Tote no le contesta y sigue buscando,
después responde: “ ¡Mi grifo! Estaba en mi calzón, lo tenía
y ya no lo encuentro. ¿Tú me lo tomaste, dime? ” (con un to­
no zalamero). La madre no comprende nada al principio, des­
pués, divertida, le explica: “Vamos, yo no te he quitado nada.
No tenías nada”. “Sí, sí” —y rompe a llorar. La madre intenta
explicarle la diferencia de los sexos. “Así era”, y agrega, ya
que ella misma sufrió de un complejo de virilidad todavía no
resuelto: “Qué quieres, pobre hija, las cosas son así, hay que
conformarse cuando se es una niña, aunque no sea agradable”.
A los 4 años y medio, después de su enfermedad, Tote
chupa su pulgar cuando está molesta. Un día que había
ayudado a su madre a pelar algo que le dejó mal sabor, grita
desesperada: “Mamá, mi dedo ya no está bueno”, como si
el mundo no fuese más que miseria. Su madre le dice: “Usa
el otro” . “No, el otro dftdo nunca supo bien, no hay más
que uno que está bueno.”
Algunos días después, Tote dice: “Quisiera tener un pe­
queño grifo como Michel [su hermano]. Quisiera hacer pipí
de pie” . Su madre le dice que las niñas no están hechas
como los niños, que las mamás tampoco tienen grifo. Ella
tiene una pequeña bolsa en el vientre, que los niños no
tienen, y que sirve para tener hijos.
La misma semana dice a su madre: “No quisiera que
papá te besara ni siquiera que te toque para besarte. Quisie­
ra que te mande un beso así” (y hace el gesto de mandar un
beso con un dedo sobre los labios). “ ¿Por qué? ” -dice la
madre. “Quiero que seas mía, no de él.” (¿Era sincera esta
respuesta? )
La misma semana vuelve a pedir a su madre una gran
muñeca que le habían regalado seis meses antes y que en­
tonces le pareció demasiado grande. Esta vez dice: “Mis
bebés son demasiado pequeños para jugar con ella” . Empie­
za de verdad a “jugar con” la muñeca grande, le habla, la
desviste, la viste, la sienta, le da de comer.
La siguiente semana, Tote, al abrir la ventana, de pronto
se da cuenta que hay hojas verdes en el castaño de enfrente.
Da gritos de alegría y va a buscar a su madre: “ ¡Mamá,
nuestro árbol está lleno de ensalada! ” Su madre le explica
cómo se abren las yemas y salen las hojas. Tote dice: “Es
igual que con los pollitos”.
El mismo día, pregunta a su madre: “ ¿También yo ten­
dré grandes vientres [senos] como tú? ¿Me crecerán? ” Su
madre la tranquiliza y le dice que sí.
Algunos días más tarde, Michel vuelve del mar y cuenta
lo que vio: un faro, y explica lo que es: domina todo el
mar, y cuando el mar es malo impide que los marineros se
pierdan o se ahoguen. Tote parece no escucharlo y, de re­
pente, como Michel no dice nada más, ella agrega: “Es una
bonita historia la que cuentas, ‘hermano’ [! ]” (sic: “herma­
no”, como dicen los mayores).
Aquella semana, invitó con gran ceremonia a su padre y
a su madre a comer. Papá se arregló mucho para “llegar a su
casa a las 4” . Tote se esfuerza cada vez más en halagar a su
padre. La semana siguiente, Tote mata a su madre con su
revólver de papel y dice: “Ya no te quiero” .
Otro día le dice: “Cuando sea grande, me casaré con
papá” . Su madre le contesta: “ ¿Y yo? ” “Oh tú . . . tú, oh,
eso no importa.” “No -dice mamá-, tú tendrás otro mari­
do, papá es mi marido.” Tote no contesta.
Un día que jugó alegremente con papá durante la tarde,
mamá la desviste y la acuesta. Cuando su padre viene a darle
las buenas noches, le dice: “No, vete, no te quiero”, y se
niega a besarlo. Algunos instantes después, enojada, dice a
su madre: “Ya no quiero a papá”. Después de un silencio y
con fervor: “ ¡Es tan lindo! ¡Quisiera casarme con él, qui­
siera tanto! ”
La semana siguiente, llora para que Michel no la deje.
Está desesperada. “ ¡Volverás! ” Cada vez es más amable
con él y más coqueta con su padre. Unos amigos vienen a
casa, un señor y una señora, Tote dice: “El señor está bien,
me gusta, pero papá es mejor. Sabes papá, eres tú a quien
quiero más” .
Por ese tiempo, ya no sabe vestirse. Si se la dejara, tarda­
ría dos horas. Permanece esperando a mamá: ella no puede.
Algunos días después, con gran sorpresa de su madre, ya
que Tote no se interesaba gran cosa en su vestir, dice a su
madre: “No quiero ponerme el vestido de ayer, quiero otro
vestido; en la escuela, las niñas tienen vestidos nuevos; el
mío ya no está bonito” .
Tote es una niña sana, este fragmento de historia lo prue­
ba, pero vive a los cuatro años y medio lo que debería haber,
vivido a los tres. Sin el tratamiento de su hermano mayor,
se habría vuelto, como su hermano, una niña neurótica. El
padre está moralmente ausente de la educación de su hijo,
quien lo decepcionó. Éste parecía normal a la madre hasta
el nacimiento de la hermana, dulce y tranquilo. No pregun­
tó nunca nada concerniente al embarazo de su madre y la
diferencia sexual. Nunca se mostró celoso, más bien indi­
ferente y pasivo. No asistió a la escuela maternal, pues la
madre no trabaja. El nacimiento de Tote fue muy deseado,
la madre había tenido un aborto espontáneo a los cuatro
años de su hijo. Tenía miedo a la esterilidad y se había
atendido. Michel empezó a ir a la escuela durante el embara­
zo de su madre. Tote nació cuando él tenía seis años y
medio. Ante sus dificultades escolares, que hicieron necesa­
rio repetir dos cursos preparatorios, fueron tolerantes con él
debido a que un test de nivel mental probó su poca capaci­
dad. Era un niño tranquilo y, felizmente, había heredado de
su madre el don para el dibujo. Era considerado como un
débil simple; no fue sino a los once años, ante su inhibición1
creciente, sus dificultades de relación con sus camaradas y
su estado depresivo aparente, que un maestro aconsejó a la
madre llevarlo a la consulta del Dr. Pichón. Michel padece
una neurosis obsesiva que hasta entonces pasó desapercibi­
da. Su caso, en proceso de tratamiento, no se relata aquí.
Pensé que el impacto de este tratamiento de un primogénito
sobre el desarrollo de su hermana menor -todavía sana-
interesaría al lector.
XIII. DENISE [SEIS AÑOS]
lo. de marzo.
Traída por enuresis. Se orina en la cama al menos tres o
cuatro veces por semana, y en la escuela más o menos una
vez cada quince días; a veces sucede que pide permiso de
salir en el momento en que ha comenzado a orinar.
Buen estado general, reflejos normales. Órganos genitales
externos normales; columna vertebral tambie'n.
La niña duerme en una habitación diferente a la de los
padres, en la misma cama que su hermana Janine, dos años
mayor que ella, y quien no se orina nunca en la cama. Es
una cama grande, y Denise duerme del lado de la pared.
Desde el punto de vista del carácter, Denise es amable y
cariñosa como un bebé; además, en casa la llaman “bebé” ;
juega con menores que ella. Denise pronuncia “t” todas las
“c” (o “qu”) Dirá: “te yo le digo”, por “que yo le digo”.
Sin embargo, la maestra está contenta de ella, pues sabe
escribir y empieza a leer.
No me quedo a solas con Denise porque es muy infantil
y, sobre todo, de una timidez extrema. Aconsejo que no se
acueste del lado de la pared y que le dejen una bacinica a su
disposición cerca de la cama. Que mamá la levante una vez
antes de que ella misma se acueste, y sobre todo que celebre
los progresos: vivir como una niña. Aconsejo que examinen
sus ojos, que veo fatigados y rojos por el menor esfuerzo
(dibujar). La madre es extremadamente miope.
8 de marzo:
Durante la semana, Denise no se ha orinado ni una sola vez
en la cama ni en su calzoncillo en la escuela. No tuvo necesi­
dad de levantarse por la noche sino una sola vez, y lo hizo
sola, sin siquiera despertarse del todo.
La pequeña mencionó varias veces a su madre que la
“Srita. Marette3 dijo te yo ya no era un bebé”. Los padres
están encantados. Denise no ha estado nunca tan encanta-
3. El nombre de soltera de Framjoise Dolto. En 1942, la doctora
Fran^oise Dolto se casó con el doctor Boris Dolto; este trabajo data
de 1939.
dinn No hu habido un solo incidente de carácter esta se
iiitin . i II doctor dijo que su vista es buena.
A
io Iu h ,me dibuja una pipa, una manzana, un pájaro y
un NPiuplano, y escribe abajo lo que representa cada cosa.
Si 11 •*|•ih ya no están rojos.
(/<> marzo:
I n nuidre me la trae para darme las gracias. Desde hace tres
■•mniiiiN ya no hay problema de incontinencia, y Denise es
mi poco más “viva” aunque tímida todavía. Nos quedamos
l.r. dos solas, me cuenta Blancanieves y habla de canciones.
I •• gustaría ser maestra, porque ellas escriben en el pizarrón,
pueden tener bebés (hay una guardería en su escuela) y
alumnos “te hacen lo te uno dice” .4
29 de marzo:
¡Hubo un accidente en la cama esta semana! Denise está
desconsolada y adopta delante de mí una actitud avergonza­
da. Continúa su buen carácter en la casa y en la escuela.
En cambio, su hermana de 8 años se pone celosa y la
acusa, sin ser verdad de juegos sexuales y de malas palabras
a una niña de la escuela. Confiesa en seguida su mentira
porque la otra se defiende, pero también miente en casa por
cualquier cosa. La madre y el padre consideran que Denise
está curada a pesar del incidente de la semana. Por la noche
ya no se la levanta ni una sola vez, como al principio del
tratamiento.
19 de abril:
La madre vuelve. Todo había marchado perfectamente has­
ta una semana después de la Pascua, pero, desde hace ocho
días, Denise se ha orinado en la cama tres veces.
Durante las vacaciones, la única cosa nueva relevante es
que jugó con un niño de su edad, Bernard. Los padres de­
searían mandar a Denise al campo, pues está pálida.
Denise se queda a solas conmigo; dibuja un niño peque­
ño y escribe abajo: “mimi”. Ahora bien, Mimi es un niño
4. El mismo deseo que Zazie, de Zazie dans le metro, de R.
Queneau.
con quien no ha jugado, pero que ha visto y “te me parecía
bonito porte tenía el pelo rizado y yo no tengo butles”
(Denise está orgullosa de su moño). Me cuenta, encadenan­
do, que tuvo miedo porque una mampara del hospital estu­
vo a punto de caerle en la cabeza, ¡qué miedo tuvo! .. .
Después, continúa echando un vistazo circular a la sala, se
detiene mucho tiempo en el lavabo y dice: “En la estuela
no es así, los niños tienen grifos, pero no tomo tú, más
peteños y no tan altos [quiere decir mingitorio] y las niñas
tienen gabinetes para sentarse, sin eso uno se hace en los
zapatos [sfc]; hay una puerta ton un agujerito muy peteño”
(en los gabinetes de niñas, se entiende).
Sigue diciendo que habría querido ser niño, “para tener
un grifo tomo ése. Papá también [se sobrentiende: tiene
uno], pero mamá no tiere te uno vaya porte es necesario
bajar la estalera. Además, no tendrían [las niñas] un trasero
«sí. entonces no es posible. Luego papá dice te los niños no
son tan lindos tomo las niñas. El prefiere a las niñas, ¡oh,
eso es cierto! ”
Lo que es interesante y divertido es el lenguaje de doble
sentido, real y figurado. Grifo = mingitorio de niños (y papá
también), y gabinete de niñas, este último término sirve
para simbolizar también el sexo, pues la puerta del gabinete
de niñas fue descrita como si la niña quisiera explicar el
interés de los gabinetes de niñas por el pequeño hoyo en
medio de la puerta en compensación de los cautivadores
“grifos de los niños” y, por asociación, se comprende que lo
que papá prefiere es el sexo de las niñas al de los niños.
A pesar de la preferencia de papá por las niñas, Denise
tiene miedo de que Janine, la mayor, sea la preferida en la
casa, y que ahora que ella empieza a ser una niña mayor no
la quieran tanto como antes.
En efecto, Denise continúa parloteando mientras yo ano­
to en su ficha, y me dice que Janine quiere pegarle todo el
tiempo, “Está celosa de te yo trezta”, pero no hay nada que
hacer, Denise se defiende: “ ¡tlaro te sí! ”
Le digo a la madre que sería totalmente contraindicado
mandarla al campo ahora.
Estimulo a Denise en su derecho a crecer sin sentirse
culpable frente a Janine, pues es evidente que hay pro­
yección de su propia intención en la que atribuye a Janine,
aun si es exacta, pues Janine no lo ha dicho y, sin duda, no
admite sus celos hacia Denise.
Le digo que el cabello liso es tan bonito como el rizado,
sobre todo cuando se es coqueta y se tiene un bonito moño
como Denise.
Me pregunta si guardé la pipa (un dibujo) que me dio el
otro día; le digo que sí y se lo enseño.
29 de abril:
Denise se orinó una sola vez. Quiso levantarse, pero era
demasiado tarde; ahora bien, esa noche papá había exigido
que se acostara de nuevo al fondo de la cama (del lado de la
pared) bajo el pretexto de que del lado exterior da de pata­
das a su hermana y deshace aún más la cama. Denise va
mejor, ya no está pálida y está con muy buena disposición.
Me cuenta sueños en los que ve a su padre que come y la
deja después sin decirle buenas noches.
—Es de noche y es como si yo viera.
Yo respondo:
—Pero tú sabes bien que papá te quiere y no haría eso.
—Sí, lo sé.
Desde entonces todo va bien, la enuresis cesó y Denise se
desarrolla normalmente.

Conclusión
Excelente pronóstico. La curación clínica es probablemente
durable. El interés del caso de Denise consiste en la recaída,
después de más de un mes de curación. El síntoma reapare­
ció en ocasión de una nueva exigencia de la angustia de
castración (carencia del pene),5 aunada a la angustia de
crecer (porque esto significa rivalizar con la hermana ma­
yor, que estaría celosa, situación edípica desplazada) que
5. Ser inferior en belleza capilar, en comparación con un niño,
fue la racionalización elegida por el inconsciente; la envidia de los
bucles simboliza la envidia “de otro ornamento”, característico de
Mimi y Bernard.
coincidió con el deseo de los padres de alejarla de ellos con
el pretexto de que la enuresis había desaparecido (obstáculo
importante y clásico para enviar a los niños a un campamen­
to.
Las asociaciones de Denise, traídas aquí a propósito, pa­
labra a palabra, son interesantes porque muestran la manera
en que la niña razona con su pensamiento global. El detalle
designa al todo, y el objeto a la parte del cuerpo a cuyo uso
está destinado. En este caso, la comprensión de la psicoana­
lista, que escucha y responde en el mismo tono natural:
“Ah, sí, tú crees, cómo, sin duda”, al discurso no racional
de la niña, tiene un efecto terapéutico. Esos diálogos de
doble sentido eran ricos en sentimientos subyacentes de
culpabilidad, por los objetos prohibidos a los que hacen
alusión, y la envidia del pene que traducen. La “conversa­
ción” libre con el adulto da salida a la angustia oculta bajo
el sentimiento de inferioridad debida al estadio de castración
fálico de las niñas; una vez calmada la angustia, la niña
puede ver objetivamente las ventajas de ser niña, sobre todo
con una madre no fálica. El síntoma (enuresis) reapareció
debido a la angustia derivada del complejo de Edipo. La
inferioridad afectiva frente al objeto edípico, que traduce el
sueño de angustia (papá que, de ella sola, no le dice buenas
noches), después de haber sido pasado con la doctora por el
tamiz de la verosimilitud, también desaparece: “Papá no
haría eso nunca” . El síntoma ya no es, pues, sostenido por
la carga libidinal, y desaparece. En cuanto a la libido, puede
dirigirse normalmente de nuevo, es decir, ligarse a fantasías
edípicas sin peligro para el superyó que ya comienza una
represión armoniosa. Además, vemos que Denise tiene posi­
bilidades reales de sublimación —y que la ternura por su
padre es estimulada incluso por la madre. La rivalidad con
Janine, en lugar de ser culpable, se toma meritoria a los ojos
de los padres, y Denise, a pesar de los celos naturales de la
hermana mayor, no se ve constreñido a una inhibición auto-
punitiva por sentimiento inconsciente de culpabilidad.
Agreguemos que la pregunta de Denise al fin del trata­
miento acerca de si había guardado “la pipa”, que ella me
había dibujado cinco semanas antes, muestra claramente el
papel de la transferencia positiva frente a la doctora, en el
abandono del síntoma de protesta uretral viril; esta pregun­
ta escondía simbólicamente esta otra: ¿Te das cuenta del
valor de lo que te di: mi curación, mi renuncia a ser un
niño? Si te das cuenta, es que tú eres una mamá que me
quiere tanto como si fuera niño, a la vez que permites que
ame a papá más que a ti.

XIV. CLAUDINE [SEIS AÑOS NUEVE MESES]

22 de febrero:
La niña es traída al hospital Bretonneau por su nerviosismo
y su incontinencia de orina diurna.
Es delgada y presenta polimicroadenopatía. Los reflejos
son normales. Los órganos genitales externos son normales.
Cutirreacción positiva. La radioscopia muestra un hilio de­
recho un poco oscuro; calcificaciones antiguas parahiliares
izquierdas.
Los padres gozan de buena salud. Dos tíos, uno paterno
y otro materno, murieron de tuberculosis pulmonar antes
del nacimiento de la niña.
Entre los antecedentes personales, la madre no señala
nada de particular, salvo tembles catarros y otros malesta­
res de sintomatología vaga, principalmente trastornos en el
sueño, anorexia y nerviosismo. Claudine tiene un hermano
de 12 años, Daniel, saludable.
Hasta el año pasado, Claudine se orinó en la cama todas
las noches y en su calzón durante el día. Las emisiones de
orina diurnas suceden en la escuela o, con menos frecuen­
cia, en casa de sus padres, en general en ocasión de un
regaño.
El último verano la niña fue enviada a un campamento
donde se orinó en la cama todas las noches. Desde su regre­
so a casa en octubre, no se orina sino excepcionalmente,
porque la madre la levanta dos veces por la noche.
Todos los días se orina varias veces en su calzoncito. La
emisión es imperiosa y sobreviene en clase, en recreo o en la
casa, aunque haya orinado un momento antes. La maestra se
queja y, actualmente, se niega a dejarla salir, pues debería
salir todo el tiempo y eso molesta a la clase; además, aun las
salidas, toleradas anteriormente, no eliminaban las emisio­
nes repentinas de orina. En casa, en cuanto la regañan se
pone a gritar ansiosamente “pipí” e, incapaz de moverse, se
queda paralizada ahí mismo. Si su madre no viene en su
auxilio para llevarla al baño, interrumpiendo todo, se orina
en el calzón.
¿Cuál es el comportamiento de Claudine en casa y en la
escuela?
En casa, es necesario distinguir las horas de las comidas y
las otras. En las comidas, Claudine tiene poco apetito, es
siempre una comedia, según la expresión consagrada por los
padres.
Claudine rechaza su plato, llora, quiere levantarse de la
mesa, se dice enferma y aparece su pipí imperioso. Papá se
enoja, mamá la lleva, después la trae, recalientan su comida,
le suplican, toma dos cucharadas de sopa, y todo vuelve a
empezar. Los padres se inquietan. Claudine está flaca y se
enfermará; se habla del campo, el aire de París no le sienta
bien. ‘ Es como sus tíos”, jarabes, drogas, medicinas, no
falta nada. Las comidas familiares se echan a perder, mamá
se preocupa, papá se irrita. Daniel por su parte la molesta,
se burla de ella; el ambiente se envenena.
En pocas palabras, la madre nos suplica despertar el ape­
tito de Claudine (señalemos que Claudine no come casi nun­
ca entre comidas).
Fuera de las horas de comida, Claudine es en casa una
niña modelo a condición de que Daniel no esté. Es dócil,
amable, alegre, afectuosa con sus padres, sobre todo con su
padre, quien le corresponde. Pero si su hermano está en
casa, ya nada marcha. La madre dice que es terriblemente
díscolo con su hermana, y que ella no se deja. Entonces hay
gritos, pleitos entre ellos, enojos, reclamaciones de cada uno
ante los padres para hacerlos intervenir. En cuanto Daniel se
va, Claudine se vuelve dulce y amable.
Está en la escuela desde octubre. Si no fuera por la enu-
resis, la maestra estaría bastante contenta. Inestable, hay
que ocuparse de ella para que esté atenta. A pesar de esto,
ya sabe leer y escribir un poco. Se lleva bien con sus com­
pañerías.
Delante de la niña, aconsejamos:
Para la noche: que pongan una bacinica cerca de la cama
de Claudine y que mamá no se ocupe más de levantarla. Es
bastante grande para no necesitar todo el tiempo de mamá.
Qué remedio si no logra levantarse a tiempo. No se la rega­
ñará más, pero dará gusto a papá demostrándole que empie­
za a ser una niña mayor.
Para las comidas: no forzar a Claudine, que coma lo que
quiera y deje el resto. Convenzo a la mamá de desinteresarse
totalmente durante tres días por lo menos. Hay casos en
que se pone a dieta a niños más delgados que ella. Claudine
está saludable, y puede muy bien abstenerse de toda una
comida, lo que —prevengo a la madre—podrá hacer a título de
chantaje inconsciente; que me prometa no inquietarse. Es­
toy convencida, digo a la madre, de que es en gran parte por
el deseo inconsciente de jugar al bebé, del que todo mundo
debe ocuparse, por lo que poco a poco se habituó a las
escenas rituales. Es necesario ayudarla a crecer. Uno come
cuando tiene hambre, y deja de hacerlo cuando no tiene
más hambre; eso no interesa a los demás. La madre, un
poco inquieta, me promete seguir mis consejos. Prescribo,
además, gotas de Appetyl antes de la comida, para apoyar
moralmente a la niña, y sobre todo para ayudar a la madre a
no creerse culpable de descuidar la salud de la niña. Pido a
la madre que insista en la escuela para que la maestra permi­
ta, durante algunas semanas, que Claudine salga cada vez
que lo pida.
Me quedo a solas con Claudine y le pido que me dibuje
lo que ella quiera. Me hace su retrato y el de Daniel,6 en
dos hojas diferentes. Hablamos de sus muñecas; tiene dos
preferidas, Maurice y Blancanieves; bautizadas Blancanieves
porque le gusta el cuento y Maurice porque es un bonito
nombre, pero no conoce ningún Maurice. Le pregunto si
Maurice y Blancanieves se llevan bien. Se ríe y me dice:
“No siempre, pelean a veces”. Yo: “Vaya, Blancanieves que
6. Véanse los dibujos, p. 172.
es tan diestra y graciosa en la casa de los enanitos no tiene
por qué sentirse celosa de Maurice, aun si él es mayor que
ella” .
—Pero ella no está celosa, ellos se molestan, entonces yo
los regaño. De todas maneras ellas son buenas, y las quiero a
las dos.
—Bueno, tú sabes -le digo con aire pensativo—, cuando
las muñecas no se entienden, es como entre las personas,
como entre Daniel y tú.
“Explicarás a Blancanieves que el hermoso príncipe ven­
drá por ella, y no por Maurice, en su hermoso caballo y que
la llevará a su hermoso castillo. Entonces será Maurice quien
deberá estar celoso, pero tú dirás a Blancanieves que lo
consuele en lugar de enojarse. Después le explicarás a Mauri­
ce que no tiene necesidad de ser malo con Blancanieves
porque tú los quieres igual a los dos.”
Convenimos en vernos la semana siguiente. Y si las mu­
ñecas no han entendido, Claudine sólo tendrá que traérme­
las; me dará, gusto verlas y les explicaremos juntas. Al sepa­
rarnos, somos buenas amigas.
lo. de marzo:
Claudine ha hecho grandes progresos. Mamá está encantada.
Claudine no se orinó ni una sola vez en la cama ni en su
calzoncito. Mamá la levanta una sola vez por la noche, antes
de acostarse. Claudine se levantó sola algunas noches, pero
otras no tuvo necesidad.
Durante el día, va con frecuencia al baño, pero sola.
En las comidas: después de haber comido mal el primer
día, casi nada en la comida del día siguiente, se recuperó en
la cena, y desde entonces, come normalmente.
En la escuela, la maestra se sorprende del pipí imperioso
y frecuente, pero ya no se opone.
Persiste todavía “este nerviosismo que me inquieta”, dice
la madre; “los estados en que cae a veces, sobre todo cuando
regaña a Daniel o se le castiga. Claudine se arranca los
cabellos, se rasguña, patalea, llora, grita, suplica, y se pone
hecha una loca, no se la puede calmar, después está abatida
y cansada durante todo el día”. Precisamente esta semana
hubo una de tales escenas.
A solas conmigo, Claudine está mucho más tranquila; no
trajo sus muñecas (pero no se lo hago notar). Me dibuja una
casa: “Es la casa de papá”. Me dice “que hay grifos” en la
casa “como el suyo” , señalando el lavabo del salón. ¿“Fun­
ciona este grifo? ” Contesto: “Ve a ver” . No va y me dice:
“Algunas veces se descomponen, entonces se arreglan” Yo
asiento.
La felicito por sus progresos, empieza a ser una niña
mayor. Le hablo de su rabieta de la semana, pero me dice
que “ya no se acuerda de nada”.
Le explico que si le trastorna de tal manera ver castigar
a Daniel, es porque quizá, dentro de ella, sin decírselo a
nadie, le desea cosas malas. Daniel es más grande que ella,
eso es molesto, y quizá algunas veces se hace el listo para
demostrar a Claudine que es tonta, pero eso no es cierto.
Cuando Claudine tenga 12 años, será tan lista como él. Me
responde que Daniel es ahora mucho menos díscolo. “ E s
quizá porque también tú eres menos díscola con él”, y
continúo: “Algunas veces se puede estar celosa y pensar que
es una suerte ser niño. Conozco niñitas muy lindas que
habrían querido hacer pipí como los niños, pero no podían.
Eso las humillaba, creían que no estaban hechas como todo
el mundo, porqué pensaban que las señoras, mamá, la doc­
tora, tenían un grifo comp Daniel. Son los niños quienes lo
tienen, los papás también, pero las mamás no lo tienen, las
niñas no lo tienen nunca, de lo contrario no podrían llegar a
ser señoras bonitas y mamás, y los papás no las querrían.
No sería bonito que mamá y la Srta. Marette tuvieran bigo­
te, barba y una voz gruesa” .
Claudine ríe: -A h, no, entonces no quisiera ser así. Qui­
siera ser bonita como mamá.
—Esto llegará, cuando seas grande, y Daniel será como
Papá.
8 de marzo;
Claudine orina con mucha menos frecuencia durante el día.
Pero esta noche, por primera vez después de un mes, se hizo
pipí en la cama. La madre no está demasiado enfadada por
este accidente, ya que antes de ir a acostarse no la había
levantado; además, el día de ayer, se le reventó a Claudine
un gran forúnculo que tenía en la nalga desde hacía algunos
días, por lo que tuvo que permanecer en su cuarto.
Esta semana no hubo rabieta. Claudine y Daniel pelean
menos; todavía hay pequeños choques, pero se las arreglan
solos, sin acusarse ninguno de los dos, ni solicitar el auxilio
de papá o mamá.
Por el contrario, desde hace algunos días (desde que tie­
ne el forúnculo) Claudine está pidiendo cosas todo el tiem­
po, sobre todo algo de beber para no darle sino un solo
trago, o un caramelo, o un bombón.
A solas conmigo, me hace un dibujo (p. 174) con simbo­
lismo fálico. Me explica que es un barco de guerra en el
mar, que tiene “aparatos”, banderas, y un señor “que mira
con un gran aparato”.
Le pregunto quiénes son los dos personajes.
“Son los que quedan.” Le digo: ‘Tal vez tú y Daniel” .
Ella ríe y dice que sí. (Ella es el personaje de la izquierda,
“el” que no tiene nada para mirar lejos.)
Explico a Claudine que le hace sufrir el convertirse en una
niña mayor. “Es difícil, da miedo que mamá no se ocupe más
de una, pero mamá no está enojada, al contrario.” Aconsejo
suprimir el Appetyl, que se había suspendido desde el
forúnculo, lo que no había traído dificultades para comer.
Propongo dejar pasar dos semanas antes de volver a traér­
mela.
Pero antes de dejarme Claudine toma su dibujo y un
lápiz y lo tacha con una gran cruz;le pregunto por qué: ríe
y me contesta: “Porque sí” , y me lo da.
22 de marzo:
Claudine va muy bien. Ya no tiene micciones imperiosas.
Pasa clases enteras sin pedir permiso de salir. Se comporta
mucho mejor, no ha habido rabietas después de aquella del
primero de marzo.
Incluso hay algo de nuevo sobre este punto: hace algu­
nos días, papá amenazaba a su hermano con la palmeta, que
tenía en la mano derecha, mientras que con la otra impedía
que Daniel escapara, y Claudine los miraba divertida “porque
se veían graciosos dando vueltas” ; se rió “porque papá siem­
pre gruñe, pero nunca pega de veras”.
Claudine hace un dibujo (p. 175): toda la familia se
toma de la mano, ella se coloca deliberadamente del lado del
padre, que está separado de mamá por Daniel. Ya no tiene
como al principio, una cabeza grande, al contrario; se dibuja
tan grande como Daniel, a título de compensación, pero
renuncia a mamá. Además, explicándome su dibujo termi­
nado, y después de enseñarme el bolso de mamá, se dibuja
uno ella misma; ya no es como en el dibujo anterior “la que
no tiene nada” mientras que el señor y Daniel tenían “apa­
ratos” , opta por su femineidad, y se da “un bolso como
mamá, pero más pequeño”.
29 de marzo:
La madre trae a Claudine, muy orgullosa para darme las
gracias, porque verdaderamente ya no es la misma. Va muy
bien, ya no está nerviosa, no hace más rabietas y duerme y
come bien. No hay más transtornos de la micción. Papá,
mamá y la maestra están muy contentos.
Al volver de la última consulta, me dice la madre riendo,
Claudine fue directamente a buscar la palmeta al ropero y la
arrojó al bote de la basura. “Así no pegarán más a Daniel.”
Hoy, me dice Claudine, tímida y gloriosa, tendrá 7 años
a la una de la tarde. La felicito sinceramente: “Eres real­
mente una niña mayorcita”.

Conclusión
Al leer esta historia, no puede uno dejar de sorprenderse,
como me pasó a mí, al confrontar los progresos de una a
otra sesión, y la mínima intervención terapéutica necesaria.
La analista obtuvo en cada ocasión el máximo de lo que
podía esperar. Es necesario decir que la madre de Claudine
es una mujer femenina y no nos opuso resistencia una sola
vez, lo que es raro, y que el padre desempeña perfectamente
el papel de jefe de familia, severo sin ser cruel “de verdad”.
Tiene prestigio y es afectuoso.
Los síntomas de Claudine traducían la negativa a admitir
la ausencia del pene. Seguía siendo una pequeñita y, por
este medio, hacía chantaje. El pipí imperioso desarmaba a
inamá y servía de venganza en la escuela contra la madre
fálica. Pero este síntoma agresivo necesitaba su corolario
Infantil, la necesidad de ser alimentada por mamá, de cau­
sarle lástima.
La aceptación de la agresividad para con el padre y la
despreocupación de mamá por la comida le ofrecieron la
oportunidad de crecer. Señalemos que en el caso de Claudi­
ne ni ella, ni la madre (a la que yo se lo había pedido)
hicieron alusión a la masturbación; tampoco yo, natural­
mente. El deseo de un pene se tradujo por el deseo de
informarse sobre el grifo de la doctora (en el hospital). La
siguiente ocasión renuncia a los grandes “aparatos”, perma­
neciendo cerca del barco, después, al tachar su dibujo, re­
nuncia a esta clase de fantasías.
En fin, por el bolso, Claudine muestra cómo la niña tiene
la noción intuitiva de la vagina, y pone su bolso entre ella y
papá.
Alcanza afectivamente el complejo de Edipo con un
comportamiento normal, sin síntomas. El episodio de la
palmeta probablemente debe ser interpretado como una ma­
nifestación masoquista normal de la sexualidad, sobre todo
femenina, y como un ensayo simbólico de castrar al padre
malo, para que ya no se ocupe más de Daniel (único benefi­
ciario de la palmeta). Así podrá ella amarlo tiernamente y
darle su bolso sin peligro.

XV. FABIENNE [TRECE AÑOS Y MEDIO]

26 de junio:
La niña es traída por su madre, mujer relativamente mayor,
ndulgente con ella e inquieta por su salud, debido a un
;stado general muy mediocre y sobre todo por crisis de
iparición reciente, cada vez más frecuentes, de aspecto seu-
ioepiléptico.
Nunca ha habido epilépticos en la familia, la cual está
'ormada por:
—la madre, de buena salud, de aspecto mayor;
-el padre, más joven que la madre, “muy nervioso”,
licenciado en un 90%; no trabaja desde hace bastante tiem­
po;
—André, 31 años, saludable, casado;
-Simone, 24 años, saludable, casada;
—Raymond, 20 años, saludable, en servicio militar,
-Rene, 18 años, saludable, obrero;
-Odette, 16 años, saludable, costurera;
—y Fabienne, la consultante, 13 años y medio, la última,
En los antecedentes de Fabienne no se descubre nada de
particular. El primer desarrollo parece haber sido normal
No tuvo enfermedades dignas de señalarse. Todavía no em­
pieza a reglar.
La primera crisis sobrevino en la casa, sin que haya podi­
do encontrarse algún motivo. Desde entonces, estos “males­
tares” sólo se presentan en la escuela. La niña se siente mal,
tiembla todo el tiempo del desmayo, que a veces dura una
media hora. No son sacudidas clónicas, sino una especie de
temblor. Las crisis aparecen súbitamente, la niña siente que
la cabeza le da vueltas. No hay grito inicial, ni mordedura
de la lengua, ni emisión involuntaria de orina y la caída no
es nunca brusca. No hay estado crepuscular, ni cefalea in­
tensa después de las crisis. Por el contrario, los dolores de
cabeza son cotidianos, fugaces o tenaces según los días. La
niña está flaca, falta de apetito, es de una palidez de cera, su
mirada no tiene brillo, la expresión general es triste y desa­
nimada.
El examen y la observación de nuestros colegas de medi­
cina general son negativos; entonces nos la envían.
El test de Binet-Simon da un nivel mental de 8 años 6
meses, pero, dice la Srta. Achard, es un test perturbado, y la
niña tiene sin duda un nivel real superior a esta cifra.
6 de julio:
La veo por primera vez. La timidez es extrema. Si se le
habla, sus labios tiemblan antes de contestar y tartamudea
algunos monosílabos.
Hay un retraso escolar considerable. El trabajo escolar
nunca fue excelente, pero hasta la edad de 9 años “iba
tirando” . Actualmente, cualquiera que sea la clase donde se
la ponga, es incapaz de seguirla.
Aprende sus lecciones concienzudamente y las recita a su
madre bastante bien, pero al día siguiente por la mañana no
puede ni recordar haber sabido algo, ni siquiera, de qué
lección se trataba.
La ortografía puede ser muy mala, o buena por casuali­
dad en algunas líneas. Fabienne se equivoca a veces en una
palabra que escribió correctamente algunas líneas más arri­
ba.
En cálculo es lamentable. Delante de nosotros consigue
hacer sumas y restas muy sencillas, pero aun para esto es
necesario que, antes de poner la cifra que anuncia tímida­
mente (sin creerlo), mire siempre al adulto y que éste aprue­
be. La dificultad para las multiplicaciones y divisiones es
insuperable. Fabienne sabe su tabla si se le pide recitarla
entera, pero es incapaz de servirse de ella para realizar una
operación. “ ¿30 entre 6 cuánto da? ”, ella repite la pregun­
ta con voz hueca y rompe a llorar, temblando. Si se le
pregunta cuánto es 6 veces 5, dice treinta, pero no puede
establecer ninguna relación entre esta solución y la pregunta
que se hizo un momento antes.
En pocas palabras, Fabienne está, desde hace tres años,
en la misma clase con niños de 10 años, pero no puede
seguirla; en el recreo sólo juega con niños más pequeños
todavía (entre 6 y 8 años).
En la casa se comporta como bebita, le gusta estar en las
rodillas de su madre y acurrucarse en sus brazos. Atravesó
un período en que era respondona, impertinente y negati-
vista con su madre, quien se vio obligada a mostrarse severa.
Esta actitud hostil cesó en la época de aparición de las
crisis.
En la casa se la trata como a una criatura. Nunca toma
parte en la conversación. Algunas veces quiere una cosa que
su hermano tiene en la mano, entonces grita, se queja con
su madre, que obliga al mayor a ceder “porque ella es pe­
queña” y también porque su padre, siempre en casa, no
quiere ruido.
El padre es un hombre nervioso, angustiado, siempre en­
fermo desde la guerra, en la que fue gaseado. Está licencia­
do en un 90%y su estado pulmorar parece sospechoso, pero
nunca ha tenido fiebre ni auténtica enfermedad. Esta fami­
lia de numerosos hijos no ve a nadie, y el padre prohíbe
alternar con los vecinos. Sólo tolera, a petición de los case­
ros, que su niña juegue con Fabienne en el patio. Estos
caseros, ricos, bien vestidos y que tienen un auto, impre­
sionan al padre. Se muestra irritado y celoso cada vez que
Fabienne hace alusión a ellos. Por decirlo así, encuentra que
es una buena política dejar que las niñas jueguen juntas. De
hecho, es encantador cuando estas personas le hablan y, sin
confesarlo, se siente profundamente halagado. Aparte de
esto, el padre no se ocupa para nada de Fabienne ni de los
otros. En fin, su comportamiento es característico de un
neurótico.
Hay otro hombre en la casa, René, que tiene 18 años,
cuyas relaciones con Fabienne, lo hemos visto, se limitan a
querellas pueriles, y él cede siempre. Además, no suele estar
en casa sino a la hora de las comidas.
En cuanto a la hermana costurera, Fabienne habla de ella
como de un ser que ama y admira, pero sin establecer punto
de comparación con ella misma. Forma parte de las “perso­
nas mayores” .
Tal es la situación de conjunto que enmarca el retraso
afectivo. Los trastornos parecen de origen histérico, y tie­
nen como consecuencia dispensar a la niña de ir a la escuela
durante varios días e incluso semanas enteras, por consejo
de la directora de la escuela, ya que el espectáculo de Fa­
bienne en crisis trastorna a los niños y ha provocado la
intervención de algunos padres.
Tomo a Fabienne aparte, ya que delante de su madre no
puede responder y la mira con aire de náufrago que pide
socorro. Al principio tiene la cabeza siempre baja, contesta
muy quedo y de una manera cortés de niña bien educada e
indiferente: “Sí señora, no señora”, con silabas entrecorta­
das.
Después, cuando la reconforto, la emoción llega a flor de
piel, los ojos se le llenan de lágrimas, sus manos y sus labios
tiemblan, se pone lívida y es incapaz de mirarme.
Cuando ie pregunto si hace tiempo que está siempre tris­
te, me mira con una expresión conmovida, llora y se esta­
blece el contacto. A partir de este momento, me contesta
amablemente, y poco a poco se desarrolla una transferencia
positiva.
Resumo en su ficha lo que voy conociendo sobre ella.
•Sus “malestares” surgen en la escuela cuando ha hecho
alguna cosa “mala”. Ejemplos: retardos, lecciones no sabi­
das. “Entonces todo da vueltas” -dice ella, y se siente mal,
y cuando se despierta, se ve rodeada de gente. O bien, los
malestares sobrevienen en el patio de recreo, “cuando juga­
mos a juegos malos”, por ejemplo: “jugar al ladrón, jugar a
agarrarse”, aunque sean los otros quienes juegan y ella los
mire. Es necesario, me explica, “que ella no los mire”.
Los “malestares” son como “un miedo que me desbor­
da”, que “oprime fuerte”, “me aplasta” No se puede des­
cribir mejor la angustia.
Fabienne me dijo que desde que padece las crisis tiene
menos conflictos con su madre, que ahora la mima. Hubo
conflictos entre sus dos hermanos, 6 y 4 años mayores que
ella, desde su primera infancia, pero han cesado desde hace
un año, “porque ya son grandes”.
Su depresión moral, su tristeza se deben a preocupacio­
nes angustiosas, “a accidentes de la vida que pueden ocurrir
a sus hermanos”. El año pasado, René tuvo la escarlatina
(fue antes de sus crisis), estuvo grave y estaban preocupa­
dos. Ahora, “mamá se esconde para llorar debido a que
Raymond la pasa mal desde que es soldado” (la misma
madre se molesta por todo, actualmente), pero “sobre todo
porque él está en la costa de España, en un barco. Y hay
guerra y lo van a matar” . Cuando supo que él iba a España
fue cuando tuvo su primera crisis. Ella ignora, sin embargo,
qué es la guerra de España y’cuál es la causa.
Gran agresividad -que sólo confiesa referida al pasado-
contra sus dos hermanos. Escenas continuas, celos recípro­
cos, golpes, lágrimas de Fabienne, que obligaban a la madre
a intervenir para hacer ceder a los muchachos, con el pre­
texto de que ella era la “pequeña” .
No por eso quería más a la madre, ya que hasta la prime­
ra crisis se oponía sistemática e impertinentemente a su
madre por las cosas más insignificantes, actitud que provo­
caba advertencias y bofetadas. Durante esta entrevista, so­
bre todo al principio, Fabienne tiene un lapsus tras otro. E n
dos frases, dijo: “torpeplume” en lugar de porte-plume (ya
no puede sostenerlo cuando sus malestares comienzan), “el
año próximo” en lugar del año pasado, su primera “quise a
crommancé” [en vez de “crise a commencé” - crisis co­
menzó], sus hermanos la “quatinaient” [“taquinaient” -
fastidiaban] todo el tiempo ..., etc. Es decir, trasposición
de las consonantes de las segundas sílabas puestas en lugar
de las primeras.
Alivio un poco su angustia de culpabilidad por “la agresivi­
dad pasada” contra Raymond: tal vez ella se sentía desdicha­
da de ser la última, de no estar en su lugar. Le digo que los ma­
los pensamientos no tienen repercusión sobre la realidad.
Digo a la madre que Fabienne puede ir a la escuela, que
no vale la pena que se quede en casa, pero que eso tiene
poca importancia porque no queda sino una semana de cla­
ses antes de las vacaciones largas.
Sería necesario que ayudara a crecer a Fabienne, que se
ocupe de la casa y que le hablen como mujer.
13 de julio:
No ha habido crisis, a pesa»de que Fabienne fue a la escue­
la. Es la última consulta del año escolar.
Hablo con la madre y le hago comprender la necesidad
de un tratamiento psicoterapéutico; nos traerá a la niña a
partir de octubre, cada ocho días, durante algunos meses.
A solas conmigo, Fabienne habla más alto y mira de
frente, está mucho menos emotiva que la última vez.
A propósito de una conversación que sostengo delante
de ella con otros dos médicos del servicio sobre otro caso,
me dice (cuando le pregunto “ ¿qué piensas de todo esto? ”)
que no escuchó porque no eran cosas para ella. Aprovecho
para explicarle que los preceptos de cortesía que obligan a
la discreción tienen por objeto hacer la vida más agradable a
todo el mundo, incluso a aquel que los acata. Uno se abstie­
ne de molestar a los otros, diciéndoles cosas poco agrada­
bles por ejemplo, pero eso no impide las opiniones en el
fuero interno. Cuando se dicen cosas delante de alguien,
pero le están destinadas, eso no impide que las escuche, a
reserva de no repetirlas.
Me confiesa entonces que, a su pesar, algo escuchó, pero
que creía que eso estaba muy mal. “Creía que no estaba
bien escuchar las cosas que no son para mí, aunque se dije­
ran delante de mí.”
Fabienne sonríe (!); a mi pregunta: “Cómo estás”, ella
contesta: “Me siento más feliz de vivir, esto me parece raro;
¡antes siempre estaba triste! ”
Su lenguaje está todavía lleno de puerilidad. Ejemplo:
durante las vacaciones ella va a divertirse con “amiguitas” y
muchas otras expresiones infantiles análogas. Ya no hay
inversión de sílabas.
12 de octubre:
En general, pasó bien el verano. Ninguna crisis. Fabienne no
fue al campo, pero pasó todos los días en compañía de una
niña de once años a la que quiere (la hija del casero). Tuvo
algunos aturdimientos, unas veces al despertar, otras des­
pués de comer, pero nada más. Se sentaba y pasaban.
Está mucho menos emotiva, sonríe a menudo, todavía
tímida pero sin temblores, enrojece un poco, pero me mira
de frente.
Estuvo muy triste cuando los acontecimientos de fines
de septiembre.7 Lloraba en su cama por la noche, miraba
los diarios para ver (me había dicho una vez que estaba mal
mirar los diarios, esto no es para los niños) y, en general,
comprendió los acontecimientos. Por lo tanto, actitud muy
distinta de la concerniente a Raymond en las costas de
España.
Regresará en ocho días.
Me había enviado una tarjeta postal este verano, pero no
puso su dirección y yo no pude contestarle. Esto le había
dolido. Tenía miedo de que yo la hubiera olvidado. Habla­
mos de su omisión, tal vez pensó que no es verdad que yo la
quiera. (Le digo esto pensando en el mecanismo de pro­
yección.)
7. La invasión de Checoslovaquia. Munich.
19 de octubre:
La madre “la encuentra mejor, en fin no hay nada que
decir” .
Buen comienzo en la escuela.
Me confiesa un descubrimiento: existen diferentes clases
de escuelas, nunca se había dado cuenta, pero ahora sabe
que hay escuelas del gobierno y las particulares, donde hay
monjas.
-¿Cuál es tu religión?
—Soy cristiana —dice (pero ignora lo que es eso. Hizo su
“comunión” , pero tampoco sabe lo que significa: “Se viste
uno de blanco, hay un cirio y es una fiesta”).
En todas las conversaciones, se siente que a todas las
preguntas ella intenta encontrar una respuesta de “manual”
y que se siente en falta por no haber aprendido o no acor­
darse. Que pueda razonar con lo que percibe con sus senti­
dos parece superior a su entendimiento.
Intento, mediante numerosos ejemplos, estimular su con­
fianza en sus propios juicios. Por ejemplo: “ ¿De qué están
hechos los objetos que ve? ” “De madera.” “ ¿De dónde se
saca?” “De un sótano.” “ ¿Cómo llegó a ese sótano?”
“Ahí la pusieron.” “ ¿De dónde la tomaron? ” Pensativa y
humillada, responde: “No lo sé, no lo he aprendido.” “Va­
ya - le digo-, el tronco de los árboles, ¿qué es? ” “Son
árboles.” “Pero es madera.” “ ¡Ah! ¿Es por eso por lo que
vemos cortar los árboles? ” “Sí, después los llevan a aserrar
para hacer planchas, y son estas planchas las que llevan a los
depósitos y se venden a los talleres que emplean obreros.”
La conduzco a hacer tales razonamientos con la mayor par­
te de los objetos: ladrillos, paja, metal, cortinas.
Fabienne me habla entonces de su prima que tiene 16
años y que aprende “todas las cosas de la vida en un libro
que habla de todo eso” (sic), “cómo hay que educar a los
hijos y amarrar las manos de los bebés para que no se so­
ben” (? ).
Contesto: “Ah, ¿sí? , eso debe ser bien interesante. Si
hay cosas que quieras saber y que no estén en ese hermoso
libro, no tienes más que preguntármelas. Yo te las ex­
plicaré” .
Después pasamos al cálculo, y hablo del cambio ¡i • v<*1
ver, intentando desplazar el problema del plano escolio ni
de adaptación a la vida. Fabienne no conoce el valor do las
monedas. “Nunca tengo dinero. Oh, no, nunca hago manda­
dos, soy demasiado pequeña. Sí, voy al pan, pero la vende­
dora lo anota ‘en la cuenta’.” Le enseño el valor de las
monedas mostrándoselas, y le digo: “Esto es lo que debe
darse a la panadera por un kilo de pan, esto es lo que cuesta
un litro de leche, etc.”
Terminamos con compras ficticias, sumas, restas y cam­
bio de dinero. A.1 principio, las respuestas están llenas de
errores. Pacientemente, vuelvo a empezar.
El tipo de respuestas de Fabienne es éste (a mi pregunta
“ ¿1 franco menos 13 centavos? ”): “Seis centavos, ¿no? ”
Todas sus respuestas son inmediatas, sin reflexión y
acompañadas del: no.
2 de noviembre:
Fabienne dice que se siente bien.
En la escuela habla con todo el mundo; el año pasado no
hablaba ni jugaba con nadie, y si le hablaban, se ponía a
llorar, pues era tímida a ese extremo.
Su retraso es considerable, pero ahora, en los recreos,
juega con las de su edad, de las clases de mayores. Es toda­
vía muy infantil, le gusta acariciar a mamá, estar sentada
sobre sus piernas.
Volvemos a las compras ficticias y estamos quince minu­
tos en la mitad de 5 francos; los 5 francos están representa­
dos por cuatro piezas de un franco y dos de 50 centavos. Da
todas las respuestas posibles menos dos francos cincuenta, y
ello a pesar de la evidencia después de haber separado en
dos grupos iguales las seis monedas. Finalmente, al cabo de
15 minutos (en el transcurso de los cuales, pacientemente,
la animo), después de llegar casi a las lágrimas, comprende
súbitamente, estupefacta de no haberlo hecho antes. Le ex­
plico que todo lo que yo le pregunto es así de sencillo y que
puede lograrlo fácilmente.
Le pregunto si tiene una idea de lo que hará más tarde.
Sí, tiene ideas, quisiera ser vendedora, porque le gusta jugar
a la tendera. Yo: “ ¿Por qué no? ”, y le muestro la manera
práctica de lograrlo, primero, saber muy bien dar el cambio,
después saber muy bien hacer paquetes y conocer una tien­
da donde tomen una aprendiz. “Será muy pronto, ¡el pró­
ximo año tendrás 14 años! , y en cuatro años podrás casar­
te.” Todo esto es totalmente nuevo para ella. Quisiera ser
vendedora, como un chiquillo quiere conducir una locomo­
tora o ser general. Pensar en una realización le parece ex­
traordinario.
En general, ha habido importantes progresos de compor­
tamiento. Tiene, sin duda, un fondo de debilidad mental,
pero, en vista de los progresos desde julio, puede esperarse
adaptarla a una vida social aceptable.
9 de noviembre:
Fabienne tuvo un desvanecimiento, y no va a la escuela
desde entonces. A propósito, la veo muy rápidamente, ape­
nas lo suficiente para decirle delante de su madre que eso
no me inquieta para nada, que tiene miedo de crecer y, sin
darse cuenta, quiere jugar a la niñita. Prohíbo a la madre
tomarla sobre sus piernas como a un bebé. Hablaremos la
próxima semana, y la veré si no ha habido crisis.
Deberá volver desde esta tarde a la escuela. Digo todo
esto en un tono firme, pero tomando afectuosamente a
Fabienne por el hombro.
16 de noviembre:
Como me encontraba enferma, la Sra. Codet la ve y anota:
“Buen estado; no hubo malestar esta semana. Mucha mejor
presentación que hace seis meses que la vi por primera vez”,
23 de noviembre:
Fabienne tiene mejor expresión que hace 15 días.
Ya no ha habido malestares.
Me habla de terrores cuando se va a dormir.
Ve enormes cabezas. Estas enormes cabezas no son feas,
ni hacen gestos, ni son terribles, pero de todos modos “me
tapo la cara y tengo mucho miedo”.
No digo palabra y Fabienne continúa: “También por la
noche recito mis lecciones, y por la mañana las he olvidado.
Me llaman cabeza de chorlito”. Le pregunto:
—¿Qué quiere decir eso?
—No sé —dice ella—, es algo malo.
—¿Crees tú? ¿Qué es un chorlito?
—Un pajarito.
—Sí, y entonces ¿qué es cabeza de chorlito?
—Ah, sí, quiere decir la cabeza de un pajarito.
— ¡Claro! , y cuando tienes miedo de las enormes cabezas
es porque te reprochan que no retengas las lecciones, “co­
mo si fuera malo”, como si lo hicieras a propósito. Un
chorlito es muy lindo y sabe bastantes cosas para hacer su
nido, encubar sus huevos, cuidar a sus hijitos, que no pue­
den dejar el nido, y tiene un corazón que puede amar tanto
como los grandes animales que tienen una gran cabeza sa-
bihonda.
Me dice que con frecuencia se siente cansada antes de las
comidas, porque tiene mucha hambre, ya que no puede
comer lo suficiente para aguantar sin cansancio hasta la
comida siguiente. No ha tomado ningún remedio desde el
mes de junio.
14 de diciembre:
Va bien, tiene mejor color y dice que está más fuerte. No ha
habido el menor incidente, ni de carácter, ni de salud, desde
el veintitrés de noviembre. Los terrores nocturnos han desa­
parecido.
Fabienne me cuenta incidentes menudos de la escuela,
con la volubilidad de los relatos de las chiquillas de pensio­
nado. Esto es nuevo. “ . . . yo le digo . . . que ella contes­
ta .. . que va a decírselo a la maestra . . . que ellas dicen . ..
que hicieron, etc.” En general, traduce su buen comporta­
miento.
Volvemos a practicar los cálculos de moneda. El resulta­
do es mejor que al principio, y bueno después. Hasta ahora
sólo eran problemas de francos y centavos. Me aventuro a
explicarle, pacientemente, la correspondencia entre cénti­
mos y centavos. Comprende pero no consigue todavía cal­
cular con los céntimos.
Después, Fabienne me pregunta si puede decirme algo
que quisiera saber. Yo respondo:
—¡Claro que sí!
-¿Cómo se hacen los niños?
Primero le pregunto lo que ella cree.
Me dice que cree que es el hombre quien interviene, pero
no sabe cómo, tal vez “hiriendo”, y los niños nacen por el cos­
tado del vientre, “éste se desgarra, o bien el hombre o los doc­
tores abren el vientre de una cuchillada. Esto se llama el
parto, es espantoso y causa la muerte con frecuencia.
Mis explicaciones sin reticencias la mantienen atenta y
parecen tranquilizarla mucho, e incluso darle placer. Le ex­
plico también lo que significa el término “no formada” que
su madre usa con frecuencia para referirse a ella. Me dice
entonces que creía que era “una cosa mala” y que “no era
para los niños”.
Fabienne me confiesa que quiso preguntarme la verdad
porque fue su prima, tan enterada de las cosas de la vida,
quien le había dicho todo eso. Comprende ahora que, con
todos sus aires de sapiencia, en realidad no sabe nada. Me lo
agradece y está muy contenta.
Al devolverla a la madre, le digo que su hija es una chica
mayor y que creo que ya no tendrá miedo a crecer.
La madre está contenta y me dice que, en efecto, Fa­
bienne ya no es como antes, se interesa en los quehaceres y
escucha la radio.
25 de enero:
Fabienne ha hecho aún más progresos desde la última vez;
es toda una transformación en el aspecto moral y, además,
desde el punto de vista físico, tuvo sus primeras reglas nor­
malmente, sin fatiga ni dolores, y se siente por ello muy
orgullosa.
A solas conmigo, parece contenta y tranquila; sonríe.
Hablamos del próximo año: dejará la escuela; quisiera ser
vendedora, hay una mercería en la que compra su madre y
donde podría tal vez colocarse, pues la dueña toma jovenci-
tas que comienzan como aprendices. Irá a pedírselo.
Hay un progreso considerable en cálculo. Da muy bien el
cambio e incluso hace cálculos sencillos mentalmente. Me
dijo que ha pedido con frecuencia a su madre simular com­
pras para practicar el manejo de dinero, y, “cuando supe, le
dije que iría a los mandados y ella aceptó” .
En la casa, su actitud es mucho mejor.
En cuanto a Rene, le molesta que no sea amable con ella.
Ha vuelto a escribir a Raymond para que la pase mejor.
No piensa más en la guerra. “Ya se verá, nadie sabe.”
En clase no es una maravilla, salvo para la costura. No
cose tan bien como Odette, que es costurera, pero Odette
dice que lo hace bien. A Fabienne le gusta el tejido y la
costura.
Le sugiero que haga a René alguna cosa (una bufanda, un
suéter) para su cumpleaños. Así, él verá que se ha converti­
do en una jovencita y tal vez sea más amable con ella.
Le aconsejo también que vaya a algún patronato escolar
el domingo. Me dice que precisamente hay uno al que van
sus compañeros de clase. “Y cuando hace buen tiempo, van
al bosque de día de campo.” Se lo digo a la madre, que está
totalmente de acuerdo. “Será necesario contrariar a papá,
no hay más remedio” , dice la madre.
Desde el 25 de enero. No debía volver a ver a Fabienne,
salvo que algo no marchara bien. No he vuelto averia para
nada. Por otra parte, la última sesión hacía esperar un com­
portamiento verdaderamente adaptado a pesar del deficien­
te nivel mental.

Conclusión
Se ven en este caso, por una parte, los sentimientos de
inferioridad y, por la otra, la angustia; el deseo de poder
(enormes cabezas) y de dominación sobre los hermanos no
eran sino envidia del pene.
Los sentimientos de inferioridad, justificados, estaban re­
forzados por una inhibición autopunitiva, debida a la vuelta
contra ella misma de los deseos de muerte primitivamente
dirigidos sobre sus hermanos, de los que la escarlatina grave,
en el caso de René, y la guerra de España, en el de Ray­
mond, parecían confirmar la omnipotencia mágica.
La angustia de castración había llegado a inhibir comple­
tamente el desarrollo de la niña, a prohibirle “mirar”, “es­
cuchar”, “pensar”, ya que un contagio obsesivo se extendía
como mancha de aceite y provocaba fobia a todo lo que,
por asociación de ideas, podía ser calificado de “cosa
mala” .
La niña estaba entonces obligada a regresar hasta el esta­
dio oral pasivo para satisfacer el principio de placer a la
escala más fácil y rudimentaria (hacerse mimar en las rodi­
llas de su madre).
La agresividad edípica para con la madre, que se había
traducido en las impertinencias, hubo de ser reprimida se­
cundariamente por la amenaza del superyó, y dio lugar a la
actitud masoquista e infantil de la crisis de histeria que
desarmaba e inquietaba tanto a la maestra como a la madre.
Las crisis sobrevenían entonces cada vez que una “cosa
mala” (juego agresivo o constatación de su inferioridad es­
colar) hacía entrar en resonancia el complejo de castración.

XVI. MONIQUE [CATORCE AÑOS Y MEDIO]
Es una niña en cuyo ambiente no se sospecha que esté
enferma, y ella mucho menos.
Vienen a consultarme para que la examine y diga si, sí o
no, es capaz de continuar sus estudios y graduarse, ya que
su maestra trata de disuadirla y le predice un fracaso si lo
intenta. Se tuvo la idea de traérnosla a Bretonneau a causa
del tratamiento de su primo, un niño con tics, que atende­
mos en la consulta del miércoles y que está muy mejorado.
Los padres de Monique la consideran normal. Veremos lo
terriblemente neurótica que es.
La madre de Monique es enfermera; inteligente, de as­
pecto ordenado y limpio, con caray coquetería femeninas,
pese a que vaya vestida muy sobriamente, incluso de mane­
ra un poco masculina. Su apariencia es serena, agradable, su
lenguaje pausado; parece desear vivamente el éxito de su
hija, a quien habla muy amablemente.
Monique es una jovencita que ya regla, de cuerpo poco
formado, descuidada, con uñas negras y manos sucias que,
al hablar, lleva a la cara con aire turbado. Tiene el cabello
graso, mal peinado, sostenido atrás por un listón grasiento.
Sus ojos son bastante bonitos, pero su mirada inestable; su
sonrisa es como una mueca, ríe porque no sabe qué hacer
volviendo la cabeza de derecha a izquierda y enseñando sus
dientes sucios; le faltan botones a su vestido; su cuello está
sucio y medio descosido.
Me cuenta la situación en clase y sus problemas de me­
moria, no con las lecciones sino en la vida diaria (no puede
hacer dos recados sin olvidar uno). Observo que no puede
decir una frase sin mirar a su madre, como para hacerse
controlar y aprobar tácitamente.
Obtuvo su certificado en junio último a los 13 años y
medio, aunque el nivel de la clase todavía no era el de
certificado. Eran cinco en las mismas condiciones; una de
ellas tomó la iniciativa de presentarse al examen, y las otras
cuatro la siguieron; las cinco fueron aprobadas. Parece que
en la escuela se las juzgó muy severamente, y en el curso
secundario se les tiene antipatía.
La maestra pretende que Monique es incapaz de aprobar
el segundo año del curso secundario.
Ahora bien, Monique quisiera ser profesora de gimnasia,
para lo que necesita el diploma. Me trae sus cuadernos que,
en contraste con su persona, están limpios.
El test de Binet-Simon muestra un nivel mental normal,
pero cierta dificultad para pasar de un trabajo a otro y
adaptarse rápidamente, lo que la Srta. Achard interpreta
;omo “niña gliscroide, da respuestas embrolladas, con fre-
:uencia en mal francés; dudosa en la elección del valor de
ias respuestas”. La calificación global de las pruebas da un
iotal de 14 años 4 meses de edad mental para una edad real
ie 14 años 6 meses. Pero la observación minuciosa de las
jruebas del test y de sus resultados es particularmente inte­
resante, para apoyar lo que hemos dicho del nivel mental y
a inteligencia por una parte, y de la inteligencia neurótica
oor otra.
Después de haber contestado bien a todas las preguntas
correspondientes a la edad de 9 años, Monique se equivoca
en dos de cada cinco de las preguntas de 10 años, acierta en
todas las de 12 años, cuatro de cinco de las de 15 años y
dos de cada cinco de la edad considerada adulta.
Considerando el test en conjunto, se ve que Monique
falla en las pruebas que exigen una participación importante
de los sentidos, de la memoria práctica y del juicio, donde
deben intervenir la objetividad y el espíritu de iniciativa, es
decir el sentido común.
He aquí en lo que falla:
—ordenar 5 medidas de peso (10 años);
—reproducir de memoria dos dibujos (10 años);
—interpretar un grabado (15 años); lo describió como si
tuviera 10;
—prueba de recortar (adultos);
—reconstrucción de un triángulo (adultos),
—diferencia entre palabras abstractas (adultos).
Al contrario, acierta en las preguntas en las que los cono­
cimientos adquiridos en los libros son indispensables (3 ri­
mas; rey y presidente), o en que interviene la memoria ver­
bal (repetición de cifras, de frases). La astucia intelectual y
la reflexión filosófica sobre la vida le son igualmente accesi­
bles (preguntas difíciles, pensamiento de Hervieu).
En el comportamiento de Monique, las mismas lagunas
se encuentran en otro plano. Igual que se detiene mucho
tiempo en un razonamiento incompleto, también se detiene
en una postura libidinal de la última infancia, de la que se le
dificulta salir.
En una entrevista que tengo a solas con la joven me
cuenta que va de campamento desde hace mucho tiempo,
pero que antes no era ‘como es ahora” . Me dice que los
muchachos las fastidian (a las chicas) “cuando están jun­
tas” . “Andan detrás de ellas” y saliendo de la escuela “les
hacen maldades y les dicen cosas” . “No se puede estar tran­
quila.” “Pero ellas no tienen la culpa”. Las compañeras
ríen, se ponen a salvo, no discuten, y a veces regañan un
poco, pero a ella ¡eso la vuelve loca! Tiene “miedo de que
la gente crea que a ella le gusta, que la conserje la vea y se lo
diga a las vecinas o a su madre.” En pocas palabras, está en
guerra contra los muchachos, les responde con insultos, fu­
riosa, los golpea, se refugia después, acorralada, en los gara­
jes y busca abrigo en escaleras desconocidas; y sobre todo
no se atreve a arreglarse como jovencita, es sucia y de moda­
les masculinos.
Empieza a estar “al tanto de la vida” por las conversacio­
nes de los otros, me confiesa enrojeciendo, pero tiene un
miedo terrible de su madre; me responde que no podría
preguntarle nada, cuando le digo que ella le daría las expli­
caciones sobre lo que quisiera saber.
De la conversación que tuve con la madre, no me quedó
la impresión de que atara a su hija, más bien al contrario.
Así, después de mucho luchar con Monique, consigo hacer
venir a su madre y hablarle delante de ella. Monique tiem­
bla, me suplica, después cede con una gran aprensión. Tal
como yo esperaba, la madre se muestra absolutamente com­
prensiva y habla a Monique exactamente como yo de los
problemas con los muchachos. La madre me dice que los
modales masculinos y descuidados de su hija le molestan, y
fue por esto que la hizo ir a campamentos mixtos para que
aprenda a alternar Gon los muchachos y se vuelva un poco
coqueta. Ríe de los temores de Monique y le dice que debe
estar orgullosa de' que los jóvenes se ocupen de ella y diver­
tirse .
La madre, volviéndose hacia mí, agrega: “Siempre he
dicho a su padre que está equivocado: él quiere que su hija
sea deportista, que sea valerosa, dura, quisiera siempre que
yo misma no me arreglara, que no usara polvo, y le gusta
ver así a su hija” . A veces le digo: “Ella ya es muy grande,
tú la tratas como si fuera un muchacho, pronto será una
mujer, y no sabe ni coser, ni le interesa ninguna tarea de la
casa”. El contesta: “Ella sabe suficiente y espero que no sea
tan tonta como todas las pequeñas locas que se emperifollan
como actrices de cine” . En pocas palabras, su padre la quie­
re a su manera, está muy pendiente de ella, la anima para
que sea profesora de gimnasia y no quiere ver en ella más
que cualidades de muchacho. Y agrega la madre: “Es enérgi­
co y exigente con ella, nunca está satisfecho”.
Tal es el cuadro psicoafectivo de este caso. El comporta­
miento de Monique acusa una neurosis caracterizada.
Es evidente que intelectualmente Monique es capaz de
obtener el certificado y aprobar otros exámenes en los que
las pruebas a base de materias de “mera adquisición” sean
las más numerosas, y es más que probable que la opinión
desfavorable de su maestra esté dictada por una cierta par­
cialidad, producto de sus propias motivaciones. Pero, para
ser admitido en los exámenes, y sobre todo en las oposicio­
nes, sólo hay pruebas escritas y temas orales. Hay notas
individuales concernientes a la manera de presentarse, de
hablar, la conducta, el espíritu de camaradería, etc., todo
esto está en contra de Monique y constituirá para ella un
serio hándicap en la vida social. Es seguro que el comporta­
miento de Monique es neurótico, es decir mal adaptado a la
realidad.8
Bajo el punto de vista de diagnóstico, se trata de un
complejo de Edipo insoluble a causa de la actitud hostil
inconsciente del padre frente a las mujeres; y el conjunto do
reacciones del “yo” da lugar a un síndrome de virilidad.9 ,,
Monique se vio obligada a regresar a un estadio pregeni-
tal; para ella, el más satisfactorio, el estadio sádico anal.
Está pues en la situación infantil de no aceptación rabiosa
ante la superioridad muscular y fálica de los muchachos, a
la cual ella reacciona con una valorización de los estudios y
un comportamiento agresivo. Pero esto es irracional, y la
protesta inconsciente no modifica la realidad, de ahí la an­
gustia, el terror pánico qu®. la obliga a las retiradas tragicó­
micas a casas desconocidas. La persecución de los mucha­
chos es provocada inconscientemente por esta actitud ri
dícula y exhibicionista de debilidad rebelde, y esto despier*
ta la culpabilidad ante el superyó. “La gente va a creer que
ella lo hace a propósito” y va a “decírselo a los vecinos y a
su madre” . Es la resonancia de la angustia de castración,
¡angustia absolutamente irracional cuando se conoce a la
madre! No es a ella ni a los vecinos a quien la chica teme,
sino a su propio superyó que habla como madre fálica,
todopoderosa y mágica. Este superyó es la madre tal como
se la representan todas las niñas en la fase preedípica sádica
anal, dotadas además de los celos que el niño le atribuye

8. Tómese en cuenta que “realidad” no es sinónimo de “real’
9. Cf. p. 106.
por el inicio del Edipo, y que no son sino los propios celos
del niño proyectados sobre su madre.
No estando resuelto el Edipo, Monique tiene frente al
mundo exterior una actitud rigurosamente subjetiva, que se
desprende de la actitud arcaica de la etapa anal —que es,
como sabemos, la ambivalencia.
Todos los seres femeninos son homologados a la madre.
“La madre” no puede ser tal, simplemente, debe ser “bue­
na” y “mala” a la vez con proporciones diferentes de positi­
vo y negativo en la ambivalencia.
Frente a las maestras, sustituto de la madre mala, Moni­
que es revoltosa, impertinente, rebelde, por sentimientos de
inferioridad, lo que provoca necesariamente reprimendas.
La niña está entonces muy contenta de justificar sus quejas
racionalizándolas, dice: “la maestra me tiene antipatía” y
va a quejarse con la “buena” madre (su madre). Frente a
ella, la actitud no es del todo positiva y la niña le teme
porque inconscientemente (la niña) le es hostil. Esto prueba
su actitud masoquista, sumisión infantil y necesidad de su
aprobación constante para la menor de las palabras o inicia­
tivas. Esta actitud necesaria, dada la ambivalencia incons­
ciente, compensa a la otra, la actitud sádica agresiva, frente
a las maestras y las directoras de escuela.
Paralelamente, los objetos de afecto de Monique son es­
cogidos con el patrón homosexual inconsciente, latente,
que afianza su amistad con las niñas “iguales a ella”, es
decir víctimas de los mismos conflictos (las cuatro rebeldes
a las que se tiene antipatía).
Frente a las otras chicas, las amistades iniciadas desde la
infancia se disocian, ya que ellas reaccionan a los ataques de
los muchachos en otra forma y abandonan a la bizarra y
descuidada Monique a su triste suerte de retrasada afectiva.
Un abismo se abre entre Monique y las otras chicas de su
generación, aumentando aún más sus sentimientos de infe­
rioridad en relación con las mujeres.
Por lo tanto, Monique no está preparada para la vida. Por
inteligente que sea, carece de sentido común y sólo puede
triunfar al margen de la norma. Dados sus enormes senti­
mientos de inferioridad, no sabrá luchar en la vida social
para triunfar sobre las mujeres. Además, el freno incons-
cíente al libre juego de su agresividad —aun cuando ésta no
esté al servicio de la femineidad tabú-.la incapacita para
triunfar en la lucha por su vida sexual sin descalabros.
Veremos más adelante el pronóstico que hace prever se­
mejante caso sin psicoanálisis. Ahora bien, el psicoanálisis
no puede aconsejarse actualmente a Monique, pues ni los
padres ni ella pueden comprender la gravedad del caso, so­
bre todo el padre, que opondría una resistencia insuperable.
Mientras su hija esté legalmente bajo su autoridad, es impo­
sible tratarla sin colocarla en una situación demasiado difí­
cil de soportar.
No hemos entonces insinuado una sola palabra relaciona­
da con el psicoanálisis, intentamos la única arma que nos
quedaba: contestar a la pregunta por la cual vino a consul­
tarnos, aprovechando esta ocasión para actuar directamente
sobre el superyó, confrontándolo con la realidad: la madre
no fálica, no celosa, no castradora. Nosotras mismas, que la
tranquilizamos totalmente sobre su nivel mental, sobre sus
capacidades intelectuales, nosotras, “mujer doctor” (que or­
dena a las enfermeras), que debíamos, por lo tanto, ser
“mujer fálica, masculina” y “peligrosa al máximo”, habla­
mos con palabras sencillas y de sentido común sobre los
altercados con Jos muchachos. Estimulamos su coquetería
detallando los elementos que podría hacer valer, incluso sin
recurrir a la pintura ni al polvo, “puesto que hay mujeres
encantadoras y femeninas que no recurren a los artificios de
tocador” .
La felicitamos por su iniciativa rebelde relacionada con
el certificado de estudios, y aventuramos la hipótesis de que
en el hecho de que le “tengan antipatía” las maestras ella
pudo ser responsable. ¿No había triunfado de mala manera
para “molestar”, como si la actitud verdaderamente fuerte
no hubiera sido más bien, una vez el éxito asegurado, hacer­
se la modesta? Este argumento la hizo reír, pues encontra­
ba un eco fértil en el mecanismo de defensa autorizado por
el superyó sádico anal, “la astucia”. Además, nuestra mane­
ra objetiva, sin pasión, de hablar de su padre y de sus evi­
dentes celos de las mujeres no podía molestar a Monique. Y
la colaboración de la madre, pese a su miedo que se reveló
infundado, colaboración que solicitamos al final de la entre­
vista, tendrá probablemente un saludable efecto correctivo
en el superyó de la joven.
Sin embargo, en nuestro fuero interno lo dudamos. El
pronóstico del caso de Monique nos parece sumamente des­
favorable. Una psicoterapia en ella sólo daría resultados su­
perficiales y momentáneos. Ya es demasiado tarde y haría
falta un verdadero psicoanálisis, lo que no es posible en
tanto no haya perdido a su padre.
Jóvenes semejantes no pueden, sin psicoanálisis, llegar a
ser mujeres con comportamiento sano. Si, por hacer como
todo el mundo, o por cualquier otra razón más válida social­
mente o de liberación familiar, llegan a “tomar” un amante
o a casarse, son frígidas en las relaciones normales (insensi­
bilidad vaginal), tal vez totalmente frígidas y despreciarán
las “cosas sexuales” , que tratarán (según la expresión con­
cerniente a los excrementos) de “cochinadas”. Esto según el
grado de su culpabilidad inconsciente por “usurpar” el lugar
de otra mujer.
Su agresividad no resuelta frente al sexo masculino las
hace insoportables y castradoras frente a los hombres que,
de preferencia, escogen inferiores a ellas (medio, fortuna,
inteligencia). Si son hombres de comportamiento viril, o
manifiestamente superiores a ellas, intentan castrarlos en
todos los niveles, de hacerlos impotentes (vaginismo) o de
ridiculizarlos socialmente (querellas públicas, metidas de
pata, despilfarros, vida extraconyugal ostensible). Si no lo­
gran disminuir su vitalidad, proyectarán sobre ellos todo su
sadismo y se harán las mártires, enfermas, oprimidas, enga­
ñadas, manipuladas, violentadas, arruinadas, provocando o
favoreciendo inconscientemente ellas mismas las circunstan­
cias que satisfarán su masoquismo.
Si estas mujeres tienen niños, éstos no estarán catectiza-
dos de un amor maternal de estado'genital oblativo, sino de
un “amor” ambivalente, posesivo y autoritario, marca de las
relaciones objetales sadomasoquistas del estadio anal. Estas
mujeres podrán tener frente a sus hijos, según la clase social
a la que pertenezcan, refinamientos de crueldad —enseñán­
dolos a despreciar o a juzgar mal a su padre, haciéndose las
“sacrificadas” a quienes ellos deben todo, y a quien sería
criminal abandonar para llevar una vida afectiva de hombres
y mujeres sanos.
He aquí otro ejemplo elocuente de lo que nosotros lla­
mamos neurosis familiar. En el caso de Monique, vemos la
pesada responsabilidad de un padre neurótico -él mismo
enemigo de las mujeres, y homosexual sin saberlo. Pese a
todo, no lo acusemos demasiado rápido. Él mismo prolonga
sobre su hija el sufrimiento que le fue impuesto en su juven­
tud por una madre frígida o hermanas castradoras contra las
que él no pudo reaccionar y a quienes, inconscientemente,
no perdonará nunca. Además, lo sabemos, sufre, pues a
pesar de la neurosis dócil de su hija, “jamás está satisfecho
de la chica”.
El complejo de Edipo es inevitable en el curso del desarrollo
humano individual. Erige obstáculos en el camino de la vida
para muchos de nosotros. En todos los casos en que el
complejo de Edipo no ha sido resuelto, se presentan anoma­
lías (trabas o exageraciones) de las tendencias libidinales
agresivas o pasivas, cuyo libre juego es indispensable para la
adaptación social.
En efecto, la angustia de castración impone tres actitu­
des. Una, la sumisión, es decir la resolución del complejo de
Edipo, es la única solución feliz y adecuada parala actitud
social llamada normal.
Las otras dos son: una, la huida ante la angustia de cas­
tración, otra, la protesta y la lucha abierta contra ella.
Cuando hay huida, el sujeto la traduce ya sea por una
inhibición total de su actividad, bien por la inestabilidad,
huida mental, o bien por fugas reales. (No hemos dado
ejemplos de éstos porque esta clase de niños son conducidos
directamente con el psiquiatra.)
Cuando hay una protesta vehemente del inconsciente
por el cruel dilema que le es impuesto, el sujeto lo traduce
en trastornos del carácter acompañados de regresión a los
estadios de organización arcaica de la sexualidad. Éstas son
las manifestaciones más o menos fuertes de insociabilidad y
las perversiones. A causa de los efectos incestuosos que tra­
tan de defender, estas satisfacciones, aunque regresivas, aca­
rrean una culpabilidad inconsciente, que debe ser apacigua­
da so riesgo de angustia. Si el castigo no viene, la angustia se
torna insoportable, el fracaso autopunitivo es indispensable.
Pero si el castigo se da, refuerza los sentimientos de inferio­
ridad y de rebelión que ocasionarán, a su vez, nuevas mani­
festaciones agresivas. Se ve pues a qué “carrera mortal”
puede verse arrastrado un sujeto. El caso de Jean es un
ejemplo elocuente. Estos sentimientos pueden incluso con­
ducir al sujeto a la delincuencia.
[2651
Detrás de los síntomas aparentemente semejantes de las
niñas y de los niños, existe una diferencia real entre el
complejo de castración de la niña y el del niño.
La angustia de castración del niño es una angustia de
castración fálica, que se intrica con el complejo de Edipo.
La angustia de castración de la niña tiene dos etapas: la
primera, angustia de castración fálica, sucede en la fase pre-
edípica, la segunda, angustia de castración útero-ovario-
vaginal, es la única que se in trica con el complejo de Edipo,
es una angustia de evisceración punitiva del deseo genital
femenino.
Este trabajo no ha permitido abordar las numerosas cuestio­
nes que ofrece el complejo de castración. Su objetivo es
despertar el interés de nuestros colegas no psicoanalistas por
ese momento fundamental que es el Edipo en la historia del
desarrollo individual y por su papel en la etiología de JL ojs
síntomas físicos funcionales y de los trastornos de compor­
tamiento.
Ojalá que pueda mostrar el interés terapéutico del psico­
análisis, en su aplicación a las dificultades de desarrollo
psicológico, caracterológico y mental de los niños.
LÉXICO SUMARIO

Anamnesis interrogatorio
Anorexia falta de apetito, rechazo de la
comida
Castración frustración de las capacidades
hedónicas (cf. pp. 13, 69 y
ss).
Encopresis caca en el calzón
Enuresis pipí en la cama
Escotomizar no ver, por ejemplo, en el sen­
tido de . . tienen ojos y no
ven. ,
Gónadas glándulas genitales (testícu­
los, ovarios)
Hedonismo búsqueda del placer (cf. p.
23)
Homosexualidad, latente,
sublimada: cf. nota 9, p, 85.
Homosexualidad femenina: cf. notas 8 y 20, pp. 83 y
103.
Intercurrentes ocasionales
Libido “necesidad de placer” (cf. p.
17), “la libido es a la sexuali­
dad lo que el hambre es a la
nutrición”,
Masoquismo cf. nota 5, p. 29.
Narcisismo aquí en el sentido de “con­
ciencia de integridad del cuer­
po”
Onírico del sueño
Sadismo cf. nota 7, p. 30.
Síntoma manifestación (del comporta­
miento o de las ideas) reteni­
da por enfermiza
Sintomatologia conjunto de síntomas
impreso en editorial andrómeda, s. a.
av. año de juárez 226-local c/col. granjas san antonio
del. iztapalapa-09070 méxico, d. f.
tres mil ejemplares y sobrantes
6 de enero de 1986