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SAN JUSTINO

( t 160-165)

O b r a s p r i n c i p a l e s : Απολογία ΰπέρ χριστιανών προς Άντονίνον τον eüaepf
(Apología en favor de los cristianos a Antonino Pío) [Apología I ]
(1 3 8 /1 3 9 ) ; Απολογία όπέρ χριστιανών προς τήν 'Ρωμαίων ϊόγχλητον
(Apología en favor de los cristianos al Senado Romano) [ Apología I I ]
(1 3 8 /1 3 9 ); ΙΙρος τον Τρόφωνα Ιουδαίον Διάλογος (Diálogo con el judío
Trifón) (1 5 5 /1 6 0 ? ).
E d ic ió n c i t a d a : D. R u iz B u en o , Padres apologetas griegas (s.n).
Introducciones, texto griego, versión española y notas: San Justino:
Diálogo con Trifón (B A C 21979).
B i b l i o g r a f í a g e n e r a l : D . R u iz B u en o , o.c. In tro d u cció n al Diálogo
con Trifón p .281-299; G . A r c h a m b a u lt, Justin: Dialogue avec Triphon.
T e x te avec trad uction frangaise, in tro d u ction , n otes et in d ex (T e x te s et
D ocu m en ts, V I I I , 11), 2 v o ls. (P a ris 19 0 9 ); P . K e s e l i n g , Justins «Dia~
log gegen Tripho» c.1-10, und Plalons «Protagoras»: R h ein . M u s. 75
(1 9 2 6 ) 223-229; J . C. M . v a n W in d en , An early Christian philosopher.
Justin Martyr’s dialogue with Tripho. In tro d ., tex t an d com m entary
(L eid en 1971); Justini philosophi et martyris opera quae feruntur omnia,
edid it I . C. Th. O t t o , tpm i I p ars 2.a, op era Ju stin i in d u b itata, ed. 3 *
(Je n a e 1877), C o rp u s A p o lo ge taru m ch ristian oru m saec. I I , p .X V I I - X I X .
E . P r e u sc h e n , Die Einbeit von Justins Dialog gegen Tripho. Z eitsch r.
fü r neu test. W issen sch aft u n d d ie K u n d e der alteren K irch e (G ie sse n
1 9 0 0 ss.); G . B a r d y , art. Justin, en Dict. Théol. Cath. V I I I , col.2228-2277
(B ib l. p .2275-2277); Id ., «Philosophie» et «Théologie» dans le vocabu-
laire chrétien des premieres siécles: R ev . d ’A sc. et M y st. 2 5 (1 9 4 9 )
97-108; Ü b e r w e g - G e y e r , Grundriss der Geschichte der Philosophie.
Z w eit. T e il, Die patristische und Scholastische Philosophie, e lfte neu-
bearb. A u flage (B erlín 192 8 ) p .15-20 (B ib lio gr., p .6 4 9 -6 5 0 ); J . Q u a s t e n ,
Patrología (trad . esp. p o r I . O ñ a t i b i a ) , I (M a d rid 1961) p .190-211;
H . A . W o lf s o n , The Philosophy of the Church Fathers, v o l.I , Faith,
Trinity, Incarnation, 3.a ed. (C am b rid g e, M a ss., 1 9 7 0 ); Id ., Studies in
the History of Philosophy and Religión, I (ed . by I. T w e r s k y and
G . H . W i llia m s ) (C am b rid ge, M ass., 19 7 3 ); L . W . B a r n a r d , Justin
Martyr. H is Life and Thought (C am b rid g e 196 7 ) (B ib lio gr., p .180-183);
R . J o l y , Christianisme et philosophie. É tu d e s su r sain t Ju stin et les
A p o lo gistes du deu x. siécle (B ru x elles 19 7 3 ); J . C . M . v a n W in d en ,
Le christianisme et la philosophie. Le commencement du dialogue entre
la fot et la raison: K y riacon I p.205-213 (M ü n ster 1970) (F estsch .
lo . Q u a s t e n ) ; A . W a r k o ts c h , Antike Philosophie im Urteil der Kir-
chenváter (M ünchen 19 7 3 ); L . A n t i p a s , L'idée de liberté chez Saint
Justin: C ah. P h il. T h éol. 4 (1965-1966) 25-32; L . H e n a o Z a p a t a , San
Justino y las anteriores dialécticas platónicas. I I I. San Justino, Influjos
dialécticos: Fran ciscan u m 13 (1 9 7 1 ) 189-224; J . C om an, Éléments d’an-
thropologie dans les oeuvres de sain Justin martyr et philosophe: C on ­
tactes, R ev. fran ?. de l ’o rth od . 5 (1 9 7 3 ) 84, p .317-337.
4 San Justino Diálogo con Trifón 5

ra el problema de si hay un solo Dios o hay muchos, ni si
D IA LO G O CON TRIFO N tienen o no providencia de cada uno de nosotros, pues opi­
nan que semejante conocimiento no contribuye para nada a
1 1. Paseábame yo por la mañana bajo los porches del nuestra felicidad. E s más, intentan persuadirnos que del uni­
gimnasio, cuando cruzándose conmigo cierto sujeto con algunos verso en general y hasta de los géneros y especies se cuida
otros: Dios, pero ya no ni de mí ni de ti ni de las cosas particula­
— Salud, filósofo— me dijo. res; pues de cuidarse, no le estaríamos suplicando día y no­
Y a par que así me saludaba, dio la vuelta y se puso a che. Ahora, no es difícil comprender el blanco a que tiran
pasear a mi lado, y con el se volvieron también sus amigos. esas teorías. Los que así opinan, aspiran a la inmunidad, a la
Y o, a mi vez, devolviéndole el saludo: libertad de palabra y de obra, a hacer y decir lo que les dé la
— ¿Q ué ocurre?— le dije. gana, sin temer castigo ni esperar premio alguno de parte
Y él: . , . de Dios. ¿Cóm o, en efecto, lo esperan quienes afirman que
__Me enseñó en Argos— contestóme— Corinto el socráti­ yo y tú hemos de volver a vivir vida igual a la presente, sin
co que no hay que despreciar ni descuidar a los que visten que nos hayamos hecho ni mejores ni peores? O tros, dando
hábito como el tuyo, sino mostrarles por todos modos esti­ por supuesto que el alma es inmortal e incorpórea, opinan
ma y buscar su conversación, con el fin de sacar algún pro­ que ni aun obrando el mal han de sufrir castigo alguno,
vecho o para él o para mí. Pues aun en el caso de aprove­ como quiera que lo incorpóreo es impasible, y que, pues el
charse uno solo de los dos, ya es un bien para entrambos. alma es inmortal, no necesitan ya para nada de Dios.
Por eso, siempre que veo a alguien que lleva ese hábito me
Entonces él, sonriendo, cortésmente:
acerco a él con gusto, y ésa es la causa por que ahora te he
saludado también a ti de buena gana. Estos me vienen acom­ — Y tú— me dijo— , ¿qué opinas sobre esto, que idea tie­
pañando y también ellos esperan oír de ti algo de provecho... nes de Dios y cuál es tu filosofía? Dínoslo.
— Y ¿quién eres tú, oh el mejor de los m ortales? le
3 2. — Sí— respondí—·, yo te voy a decir lo que a mí pa­
repliqué yo, bromeando un poco. rece claro. L a filosofía, efectivamente, es en realidad el ma­
Y él me indicó, sencillamente, su nombre y su raza: yor de los bienes, y el más precioso ante Dios, al cual ella
— Y o me llamo Trifón— me dijo— , y soy hebreo de la
es la sola que nos conduce y recomienda. Y santos, a la ver­
circuncisión, que, huyendo de la guerra recientemente acaba­ dad, son aquellos que a la filosofía consagran su inteligencia.
da, vivo en Grecia, la mayor parte del tiempo en Corinto. Ahora, qué sea en definitiva la filosofía y por qué les fue
__¿Y cómo— le dije yo— pudieras tú sacar tanto prove­
enviada a los hombres, cosa es que se le escapa al vulgo de
cho de la filosofía, cuanto de tu propio legislador y de los las gentes; pues en otro caso, siendo como es ella ciencia
profetas? una, no habría platónicos, ni estoicos, ni peripatéticos, ni teó­
— ¿Pues qué?— me replicó— ; ¿no tratan de D ios los fi­
ricos, ni pitagóricos. Quiero explicaros por qué ha venido a te­
lósofos en todos sus discursos y no versan sus disputas siem­ ner muchas cabezas. E l caso fue que a los primeros que a
pre sobre su unicidad y providencia? ¿O no es objeto de la ella se dedicaron y que en su profesión se hicieron famosos,
filosofía el investigar acerca de D ios? les siguieron otros que ya no hicieron investigación alguna
2 — Ciertamente— le dije— , y ésa es también mi opi­ sobre la verdad, sino que, llevados de la admiración de la
nión; pero la mayoría de los filósofos ni se plantean siquie- constancia, del dominio de sí y de la rareza de las doctrinas
de sus maestros, sólo tuvieron por verdad lo que cada uno
1-18 R uiz B u e n o , Introducción, o.c., p.281-299; P e p i n , La philosopbie patris-
tiaue, en Histoire de la philosopbie, sous la dirección de F. C h a t e l e t , I había aprendido de aquéllos; luego, transmitiendo a sus su-
(París 1972) p.62; Q u a s t e n , o .c ., I p,195b-196; B arn ard , o .c ., p.40.
1 O t t o . o .c ., p.2 nt.3; p.3 nt.4.5.6. , . 3-9 H y l d a h l , Philosopbie und Chrislentum. Eine Interpretation der Einlei-
2 V an W i n d e n . Le christianisme et la philosopbie...: Kynacon I p . 205-2'3; P 174 175* D‘a^°g l ust‘ ns: ^ cta theologica Danica, I X (Kopenhaguen 1966)
C o m an . Éléments d’anthropologie dans les oeuvres de Saint Ju stin ...: Rev.
fran?. de l’orthod. 5 (1973 ) 84 p.317-337; W a r k o t sc h , Antike Philosophie im 3 O tt o o c , p.6 nt.2 y 3; B a r n a rd , o .c ., p.32 y 34; W o l f s o n , The Philo-
Urteil der Kirchenvater (München 1973); O t t o , o.e., p.4 nt.10; p.6 nt.17. sopby of the Church Fathers p.72.
6 San Justino Diálogo con Trifón 7

cesores doctrinas semejantes a las primitivas, cada escuela me hecho sabio en un santiamén, y mi necedad me hacía es­
tomó el nombre del que fue padre de su doctrina. perar que de un momento a otro iba yo a contemplar al mis­
4 Yo mismo, en mis comienzos, deseando también tra­ mo Dios. Porque tal es el blanco de la filosofía de Platón.
tar con alguno de éstos, me puse en manos de un estoico. 7 3. Con esta disposición de ánimo, determiné un día
Pasé con él bastante tiempo; pero dándome cuenta que nada henchirme de abundante soledad y evitar toda huella de hom­
adelantaba en el conocimiento de Dios, sobre el que tam­ bres, por lo que marché a cierto paraje no lejano del mar.
poco él sabía palabra ni decía ser necesario tal conocimiento, Cerca ya de aquel sitio, en que había yo de encontrarme a mis
me separé de él y me fui a otro, un peripatético, hombre agu­ solas, me iba siguiendo, a poca distancia, un anciano, de as­
do, según él creía. Este me soportó bien los primeros días; pecto no despreciable, que daba señas de poseer blando y ve­
pero pronto me indicó que habíamos de señalar honorarios, nerable carácter. Volvíme yo, me paré, y clavé fijamente en
a fin de que nuestro trato no resultara sin provecho. Y o le él mis miradas. Y él entonces:
abandoné por esta causa, pues ni filósofo me parecía en abso­ — ¿E s que me conoces?— me dijo.
luto. Contestéle que no.
5 Pero mi alma me seguía bullendo por oír lo que es — ¿Por qué, pues— me dijo— , me miras de esa manera?
peculiar y más excelente en la filosofía; por esto me dirigí — Estoy maravillado— contestéle— de que hayas venido a
a un pitagórico, reputado en extremo, hombre que tenía muy parar a donde yo, cuando no esperaba hallar aquí a hombre
altos pensamientos sobre su propia sabiduría. Apenas me puse viviente.
al habla con él, con intención de hacerme oyente y discípulo — Ando preocupado— me repuso él— por unos familiares
suyo: míos que están de viaje. Vengo, pues, yo mismo a mirar si
— ¡Muy b ien !— me dijo— ; ¿ya has cursado música, as­ aparecen por alguna parte. Y a ti— concluyó— ¿qué te trae
tronomía y geometría? ¿O es que te imaginas vas a contem­ por acá?
plar alguna de aquellas realidades que contribuyen a la feli­ — Me gusta— le dije— pasar así el rato, pues puedo sin
cidad, sin aprender primero esas ciencias que han de despren­ estorbo conversar conmigo mismo. Y es así que, para quien
der al alma de lo sensible y prepararla para lo inteligible, de ama la meditación, no hay parajes tan propios como éstos.
modo que pueda ver lo bello en sí y lo que es en sí bueno?
8 — ¿Luego tú eres— me dijo— un amigo de la idea y no
Hízome un largo panegírico de aquellas ciencias, me las de la acción y de la verdad? ¿Cómo no tratas de ser más
presentó como necesarias, y, confesándole yo que las ignora­ bien hombre práctico que no sofista?
ba, me despidió. Como es natural, me molestó haber fraca­ — ¿Y qué obra— le repliqué— mayor cabe realizar que la
sado en mi esperanza, más que más que yo creía que aquel
de mostrar cómo la idea lo dirige todo, y, concebida en nos­
hombre sabía algo. Por otra parte, considerando el tiempo
otros y dejándonos por ella conducir, contemplar el extravío
que tendría que gastar en aquellas disciplinas, no pude su­
de los otros y que nada en sus ocupaciones hay sano ni grato
frir diferirlo para tan largo plazo.
a D ios? Porque sin la filosofía y la recta razón no es posi­
6 Estando así perplejo, me decidí, por fin, a tratar ble que haya prudencia. De ahí que sea preciso que todos
también con los platónicos, pues gozaban también de mucha los hombres se den a la filosofía y ésta tengan por la más
fama. Justam ente, por aquellos días había llegado a nuestra grande y más honrosa obra, dejando todo lo demás en segun­
ciudad un hombre inteligente, una eminencia entre los plató­ do y tercer lugar; que si ello va unido a la filosofía, aún
nicos, y con éste tenía yo largas conversaciones y adelanta­ podrán pasar por cosas de moderado valor y dignas de acep­
ba y cada día hacía progresos notables. La consideración de tarse; mas si de ella se separan y no la acompañan, son pe­
lo incorpóreo me exaltaba sobremanera; la contemplación de sadas y viles para quienes las llevan entre manos.
las ideas daba alas a mi inteligencia; me imaginaba haber- 7-9 H ydah l , o . c ., p .1 8 1 .
7 O t t o , o .c ., p .1 0 n t . l ; p . l l n t.2 y 3 .
4 O t t o , o .c ., p .8 n t.8 . 8 V a n W in d e n , o .c ., p .2 0 5 -2 1 3 ; C om an , o .c ., p .3 1 7 -3 3 7 ; O tto , o .c ., p .1 2
6 O t t o , o .c ., p .9 n t.1 0 y 1 1 ; p .1 0 n t.1 3 y 14. n t-4; B a r n a r d , o .c ., p .3 4 .
8 San Justino Diálogo con Trijón 9

— ¿L a filosofía, pues— me replicó— produce felicidad? 10 4. — ¿Luego— me dijo— es que tiene nuestra inteli­
— En absoluto— contestéle— y sola ella. gencia una fuerza tal y tan grande, o comprende más bien
— Pues dime— prosiguió— , si no tienes inconveniente, qué por medio de la sensación? ¿O es que la inteligencia huma­
es la filosofía y cuál es la felicidad que ella produce. na será jamás capaz de ver a D ios, sin estar adornada del
— La filosofía— le respondí— es la ciencia del ser y el co­ Espíritu Santo?
nocimiento de la verdad, y la felicidad es la recompensa de — Platón, en efecto— contesté yo— , afirma que tal es el
esta ciencia y de este conocimiento. ojo de la inteligencia y que justamente nos ha sido dada para
contemplar con él, por ser ojo puro y sencillo, aquello mis­
9 — Y Dios, ¿a qué llamas tú D ios?— me dijo.
mo que es, y que es causa de todo lo inteligible, sin color,
— Lo que siempre se ha del mismo modo e invariablemen­
sin figura, sin tamaño, sin nada de cuanto el ojo ve, sino que
te y es causa del ser de todo lo demás, eso es propiamente
es el ser mismo, más allá de toda esencia, ni decible ni ex­
Dios.
plicable; lo solo bello y bueno, que de pronto aparece en
Tal fue mi respuesta, y como mostraba gusto en escuchar­
las almas de excelente naturaleza, por lo que con E l tienen
me, prosiguió preguntándome:
de parentesco y por su deseo de contemplarlo.
— Ese nombre de ciencia, ¿no es común a diferentes co­
sas? Porque en todas las artes, el que las sabe se llama sa­ 11 — ¿Cuál es, pues— me dijo— , nuestro parentesco con
bio en ellas, por ejemplo, la estrategia, la náutica, la medi­ D ios? ¿E s que el alma es también divina e inmortal y una
cina. En lo referente a Dios y al hombre no pasa lo mismo. partícula de aquella soberana inteligencia, y como aquélla
¿H ay alguna ciencia que nos procure conocimiento de las ve a Dios, también ha de serle hacedero a la nuestra compren­
cosas mismas divinas y humanas e inmediatamente nos haga der la divinidad y gozar la felicidad que de ahí se deriva?
ver lo que en ellas hay de divinidad y de justicia? — Absolutamente— le dije.
— Claro que sí— le respondí. — ¿Y todas las almas— preguntó— de los vivientes tienen
— Entonces, ¿es lo mismo saber del hombre o de Dios la misma capacidad o es diferente el alma de los hombres del
que saber de música, aritmética, astronomía u otra materia alma de un caballo o de un asno?
semejante? — N o hay diferencia alguna— respondí— , sino que son en
— De ninguna manera— contesté. todos las mismas.
— Luego no me respondiste bien antes— me dijo él— . — Luego también— concluyó— verán a Dios los caballos y
Porque hay conocimientos que nos vienen del aprendizaje los asnos, o le habrán ya visto alguna vez.
o de cierto ejercicio; otros, por la visión directa. Por ejem­ — No— le dije— , pues ni siquiera le ve el vulgo de los
plo, si alguien te dijera que hay allá en la India un animal de hombres, a no ser que se viva con rectitud, después de ha­
naturaleza distinta a todos los otros, sino que es así o asá, berse purificado con la justicia y todas las demás virtudes.
múltiple de forma y de color vario, no sabrías lo que es — Luego— me dijo— no ve el hombre a Dios por su pa­
antes de verlo, y de no haberlo oído a quien lo vio, no po­ rentesco con E l, ni porque tiene inteligencia, sino porque es
drías decir de él ni una palabra. templado y justo.
— Cierto que no— le contesté. — A sí es— le contesté— , y porque tiene la potencia con
— ¿Cóm o, pues— me replicó— , pueden los filósofos sen­ que entender a Dios.
tir rectamente de Dios o hablar de él con verdad, si no tie­ — ¡Muy bien! ¿E s que las cabras y las ovejas cometen
nen ciencia de El, como quiera que ni le han visto ni le han injusticia contra alguien?
oído jam ás? — Contra nadie en absoluto— contestéle.
— M as la divinidad— le repliqué— , padre, no es visible — Entonces— replicó— , según tu razonamiento, también
a sus ojos, como los otros vivientes, sino sólo comprensible estos animales verán a Dios.
r. su inteligencia, como dice Platón y yo lo creo.
10 P l a t ó n , F e d ó n 6 5 e-6 6 a; O t t o , o .c ., p .1 7 n t . l ; B a r n a r d , o .c ., p .3 6 -3 7 .
11-15 C om an , o .c ., p .3 1 7 -3 3 7 . .
9 O t t o , o .c ., p .1 4 n t .1 3 ; p .1 6 n t.1 9 y 2 0 ; B a r n a r d , o .c ., p .3 6 -3 7 . 11 P l a t ó n , F ile b o 3 0 d ; O t t o , o .c ., p .2 0 n t.1 0 .
10 San Justino Diálogo con Trifón 11

— No, porque su cuerpo, dada su naturaleza, les es impe­ 14 5. — Así, pues, nada saben aquellos filósofos sobre
dimento. estas cuestiones, pues no son capaces de decir ni qué cosa sea
— Si estos animales— me interrumpió— tomaran voz, sá­ el alma.
bete que tal vez con más razón se desatarían en injurias con­ — No parece que lo sepan.
tra nuestro cuerpo. M as, en fin, dejemos ahora esto, y con­ — Tampoco, por cierto, hay que decir que sea inmortal,
cedido como tú dices. Dime sólo una cosa: ¿V e el alma a pues si es inmortal, claro es que tiene que ser increada.
Dios mientras está en el cuerpo, o separada de él?
— Sin embargo— le dije yo— , por increada e inmortal la
12 — Como posible— respondí— , aun estando el alma en tienen algunos, los llamados platónicos.
la forma de hombre, le es posible llegar ahí por medio de la — ¿Y tú también— me dijo él— tienes el mundo por in­
inteligencia; sin embargo, desatada del cuerpo y venida a ser creado?
ella misma por sí misma, entonces es cuando sobre todo al­ — Hay quienes lo dicen, pero no soy de su opinión.
canza aquello que amó todo el tiempo de su vida. — Y haces bien. Pues ¿por qué motivo un cuerpo tan só­
— ¿Y se acuerda de ello cuando vuelve otra vez al hom­ lido y que ofrece tanta resistencia, compuesto y variable y que
bre? cada día perece y nace, ha de pensarse no procede de algún
— No me parece— respondí. principio? Ahora bien, si el mundo es creado, forzoso es que
— Entonces— repuso él— , ¿qué provecho han sacado de también lo sean las almas y que haya un momento que no
verlo, o qué ventaja tiene el que vio sobre el que no vio, cuan­ existan. Porque, efectivamente, fueron hechas por causa de los
do de ello no queda ni recuerdo? hombres y de los otros vivientes, aun en el supuesto de que
— No sé qué responderte— le dije. tú digas que fueran creadas absolutamente separadas y no jun­
— Y ¿qué pena sufren— me dijo— las que son juzgadas in­ tamente con sus propios cuerpos.
dignas de esta vista? — A sí parece ser exactamente.
— No son, pues, inmortales.
13 — Viven encarceladas en cuerpos de bestias, y esto
— No, puesto caso que el mundo nos pareció ser creado.
constituye su castigo.
— Ahora bien— me replicó— , ¿saben ellas que por esta 15 — Sin embargo, yo no afirmo que todas las almas
causa viven en tales cuerpos, en castigo de algún pecado? mueran— lo que sería una verdadera suerte para los malva­
— No lo creo. dos— . ¿Qué digo, pues? Que las de los piadosos permanecen
— Luego, según parece, tampoco éstas— concluyó— sacan en un lugar mejor, y las injustas y malas, en otro peor, espe­
provecho alguno de su castigo, y aun diría yo que ni castigo rando el tiempo del juicio. Así, unas que han aparecido dignas
sufren, desde el momento que no tienen conciencia de ser de D ios, ya no mueren; otras son castigadas mientras Dios
castigadas. quiera que existan y sean castigadas.
— A sí es, en efecto. — ¿Acaso vienes tú a decir lo mismo que deja entender
— En conclusión— me dijo— , ni las almas ven a Dios, Platón en el Timeo sobre el mundo, es decir, que en sí mismo,
ni transmigran a otros cuerpos; pues sabrían que es ése su en cuanto fue creado, es también corruptible, pero que no se
castigo y temerían en lo sucesivo cometer el más ligero pe­ disolverá ni tendrá parte en la muerte por designio de D ios?
cado. Ahora, que sean capaces de entender que existe Dios ¿A sí te parece a ti también acerca del alma y, en general, acer­
y que la justicia y la piedad son un bien, también yo te lo con­ ca de todo lo demás?
cedo. — En efecto, cuanto después de Dios es o ha de ser jamás,
— Tienes razón— le contesté.
14 P l a t ó n , T im ., 2 8 b ; W o l f s o n , o .c ., p . 1 83; O t t o , o .c ., p .2 3 n t.4 ; B a r -
12 P l a t ó n , Fedón 6 6 b -e ; Fedro 4 2 9 b . n a r d , o .c ., p .3 4 .
13 P la tó n , Fedón 8 1 ; Timeo 4 2 c ; O t t o , o .c ., p .2 2 n t.1 5 y 1 6 ; B arnard , 15 P l a t ó n , Tim., 4 1 a-9 ; W o l f s o n , o .c ., p .l7 4 .1 7 7 s s ; O t t o , o .c ., p .2 4 n t.8 ;
o .c ., p .3 4 .
12 San Justino Diálogo con Trifón 13

todo tiene naturaleza corruptible y capaz de desaparecer y de­ 17 7. — Entonces— le dije— , ¿a quién vamos a tomar
jar de existir. Sólo Dios es increado e incorruptible, y por eso por maestro o de dónde podemos sacar provecho, si ni en éstos
es D ios; pero todo lo demás fuera de Dios es creado y corrup­ — en Platón y Pitágoras— se halla la verdad?
tible. Por esta causa mueren y son castigadas las almas. Por­ — Existieron hace mucho tiempo— me contestó el viejo—
que si fueran increadas, ni pecarían ni estarían llenas de in­ unos hombres más antiguos que todos estos tenidos por filó­
sensatez, ni serían ora cobardes, ora temerarias, ni pasarían sofos, hombres bienaventurados, justos y amigos de Dios, los
voluntariamente a los cuerpos de cerdos, serpientes o perros, cuales hablaron inspirados del espíritu divino, y divinamente
ni fuera tampoco lícito, de ser increadas, obligarlas a ello. Lo inspirados predijeron lo porvenir, aquello justamente que se
increado, en efecto, es semejante a lo increado, y no sólo se­ está cumpliendo ahora; son los que se llaman profetas. Estos
mejante, sino igual e idéntico, sin que sea posible que uno son los solos que vieron y anunciaron la verdad a los hombres,
sobrepase a otro en poder ni en honor. De donde precisamen­ sin temer ni adular a nadie, sin dejarse vencer de la vanaglo­
te se sigue que no puede haber dos seres increados. Porque ria, sino llenos del Espíritu Santo, sólo dijeron lo que vieron y
si en ellos hubiera alguna diferencia, jamás pudiéramos dar oyeron. Sus escritos se conservan todavía y quien los lea y les
con la causa de ella por más que la buscáramos, sino que, re­ preste fe, puede sacar el más grande provecho en las cuestio­
montándonos con el pensamiento hasta lo infinito, tendríamos nes de los principios y fin de las cosas y, en general, sobre
que parar, rendidos, en un solo increado, y decir que él es la aquello que un filósofo debe saber. Porque no compusieron
causa de todo lo demás. jamás sus discursos con demostración, como quiera que ellos
— ¿Acaso— pregunté yo— todo eso se les pasó por alto a sean testigos fidedignos de la verdad por encima de toda de­
Platón y Pitágoras, hombres sabios, que han venido a ser para mostración; y por lo demás, los sucesos pasados y los actua­
nosotros como la muralla y fortaleza de la filosofía? les nos obligan a adherirnos a sus palabras. También por los
milagros que hacían, es justo creerles, pues por ellos glorifi­
16 6. — Nada se me importa— contestóme— de Platón ni caban a Dios Hacedor y Padre del Universo, y anunciaban
de Pitágoras, ni en absoluto de nadie que tales opiniones haya a Cristo, H ijo suyo, que de El procede. En cambio, los fal­
tenido. Porque la verdad es ésta, y tú puedes comprenderla sos profetas, a quienes llena el espíritu embustero e impuro,
por el siguiente razonamiento. El alma, o es vida o tiene vida. no hicieron ni hacen eso, sino que se atreven a realizar cier­
Ahora bien, si es vida, tendrá que hacer vivir a otra cosa, no tos prodigios para espantar a los hombres y glorificar a los
a sí misma, al modo que el movimiento mueve a otra cosa, espíritus del error y a los demonios. Por tu parte y antes que
más bien que a sí mismo. M as que el alma viva, nadie habrá todo, ruega que se te abran las puertas de la luz, pues estas
que lo contradiga. Luego si vive, no vive por ser vida, sino cosas no son fáciles de ver y comprender por todos, sino
porque participa de la vida. Ahora bien, una cosa es lo que a quien Dios y su Cristo concede comprenderlas.
participa y otra aquello de que participa; y si el alma participa
de la vida, es porque Dios quiere que viva. Luego de la mis­ 18 8. Esto dicho y muchas otras cosas que no hay por
ma manera dejará de participar un día, cuando Dios quiera qué referir ahora, marchóse el viejo, después de exhortarme
que no viva. Porque no es el vivir propio de ella como lo es a seguir sus consejos, y yo no le volví a ver más. M as inme­
de D ios; como el hombre no subsiste siempre, ni está siempre diatamente sentí que se encendía un fuego en mi alma y se
el alma unida con el cuerpo, sino que, como venido el mo­ apoderaba de mí el amor a los profetas y a aquellos hombres
mento de deshacerse esta armonía, el alma abandona al cuerpo, que son amigos de Cristo, y reflexionando conmigo mismo
y deja el hombre de existir; de modo semejante, venido el sobre los razonamientos del anciano, hallé que ésta sola es
momento de que el alma tenga que dejar de existir, se aparta la filosofía segura y provechosa. De este modo, pues, ypor
de ella el espíritu vivificante, y el alma ya no existe, sino que estos motivos soy yo filósofo, y quisiera que todos los hom-
va nuevamente allí de donde fue tomada.
17 O t t o , o .c ., p.29 nt.2; p.30 nt.3 y 6.
18 Ü b e r w e g - G e y e r , Grundrisss der Geschichte der Philosopbie, I I , elfte
Auflag., p,15s.; O t t o , o .c ., p.33 nt.5.6 y 7.
16 Ruiz B u e n o , o .c ., p.313 nt.10; B a r n a r d , o .c ., p.34.
14 San Justino

bres, poniendo el mismo fervor que yo, siguieran las doctrinas
del Salvador. Pues hay en ellas un no sé qué de temible y son
capaces de conmover a los que se apartan del recto camino, a ATENAGORAS
par que, para quienes las meditan, se convierten en dulcísimo
descanso.
O brV s : ΙΙρεσβεία xepi χριστιανών (Súplica en favor de los cris-
Ahora bien, si tú también te preocupas algo de ti mismo tianos) \ 177?); lltpt ¿ναστααεως νεχρών ( Sobre la resurrección de los
y aspiras a tu salvación y tienes confianza en Dios, como a hom­ muertos)\
bre que no es ajeno a estas cosas, posible te es alcanzar la fe­
E d ic ió n c it a d a : D. Ruiz B u e n o , Padres apologistas griegos (s.II).
licidad, reconociendo al Cristo de Dios e iniciándote en sus Introducciones, texto griego, versión española y notas, Atenágoras: Sobre
misterios. la resurrección de los muertos (BAC, Madrid 1954).
B ib lio g k . g e n .: D . R u iz B u en o , o .c., In tro d u cción a Sobre la re­
surrección de los muertos p.6 3 1 -6 4 1 ; Athenagorae philosophi Atheniensis
opera edidit lo . C. Theod. Otto (Ie n a e 1877), C o rp u s A po logetaru m
se c .II , v o l.V II p .X L V I I I - L I I ; L V I I - L X ; Ü b e r w e g - G e y e r , Grundriss
der Gescbichte der Pbilosophie, elfte neu arb. A u fl. (B erlín 19 2 8 ), Z w .
T e il, Ote patristische und scholastische Pbilos. p .6 5 0 ; J . Q u a s t e n ,
Patrología (trad . esp. p o r I . O ñ a t i b i a ) I (M a d rid 1961) p.219-222
(B ib lio gr. p .2 2 5 ); L . C h au d o u ard , La pbilosophie du dogme de la
résurrection de la cbair au I I e siécle. É tu d e su r le lUp't άνατκίσειυς
d ’A th én agore (L y o n 19 0 5 ); F . S c h ü b rin g , Die Pbilosophie des Athena-
goras (B erlín 1882); P . U b a ld i y M . P e l l e g r i n o , Atenagora (con texto,
introducción, trad. ital. y n o tas) (T u rín 19 4 7 ); W . B . O w e n , Athenago-
ras, w ith E x p lan ato ry n otes (N e w Y o rk 19 0 4 ); A . J . M a lh e r b e , Athena-
goras on the pagan poets and pbilosophers: K iriak o n I p.214-225
(M ü n ster 1970; L . W . B a r n a r d , Athenagoras. A stu d y in secon d C entury
C h ristian A po logetic (P a rís 1972); Id ., The pbilosophical and biblical
background of Athenagoras Epektasis: M élan ges J . D an iélo u (P a rís
1972) p.3-16.

SOBRE LA RESU RRECCION D E LO S M UERTOS

19 11. ... Ahora, pues, si por los principios que son na­
turalmente primeros y por lo que a ellos se sigue, quedan de­
mostradas cada una de las cuestiones propuestas, es evidente que
la resurrección de los cuerpos disueltos es obra posible, que­
rida y digna del Creador; pues por ahí también se ha demos­
trado la mentira que a esta verdad se opone y lo absurdo de
la incredulidad de algunos. Pues, ¿qué necesidad hay de recal­
car la correspondencia de una cosa con otra y su mutua cone­
xión? Si es que debe hablarse de conexión, como si hubiera
entre ellas diferencia alguna que las separara, y no fuera mejor
decir que lo posible es también querido, y que lo que Dios
quiere es absolutamente posible y conforme a la dignidad de
quien lo quiere.
19-35 Ruiz B u e n o , o.c., p.631-641.
19 O tto, o.c., p.226 nt.2.4.5.