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Guerra mundial Z

(Exegesis histórico-sociológica del zombi cinematográfico)

Hector Solsona Quilis

Publicado en https://www.canibaal.es

¿Cómo podemos saber que no somos zombis? Aunque no lo parezca esta cuestión es importante
para la supervivencia de la humanidad en el tiempo de la globalización. La lógica implacable del
progreso humano apunta teóricamente a una sociedad mundial, humanamente solidaria y
ecuánime, que representará el fin de un éxodo metafísico que conduce desde la sociedad
primitiva hasta la sociedad que sabrá que se ha librado, gracias al progreso de la razón y su
desarrollo histórico, de toda alienación. La respuesta a la pregunta formulada, que en principio
parece compleja es bastante sencilla: si has sido atacado por un zombi y has luchado a muerte
con él (la lucha a muerte es la condición necesaria de la lucha con el zombi como la lucha del
amo y el esclavo, o la lucha de Jacob con el ángel), debes esperar doce segundos y si transcurrido
este lapso no te transformas en un zombi, sigues siendo humano, como Brad Pitt (Gerry Lane)
en Guerra mundial Z (presupuesto 190 millones de dólares, recaudado 540 millones de dólares).

Ahora bien, ¿podemos saber que somos zombis si nos hemos transformamos en zombis? Esta
cuestión es realmente insoluble, porque el zombi no puede tener autoconciencia, conciencia de
sí como zombi ya que la vida, esa extraña especie de inquietud de la materia, es un presupuesto
de la conciencia. El comportamiento literalmente suicida del zombi se debe, al fin y al cabo, a
que no tiene nada que perder, ni siquiera la vida, pues puede arriesgarlo todo sin arriesgar
realmente nada. En este sentido el zombi es un nihilista absoluto que se ha librado
definitivamente del ser. Efectivamente, el muerto no puede saber que está muerto, y aquí reside
el problema, en la definición de la vida. Por incompetencia no entraré a la cuestión biológica de
la vida, por lo demás irrelevante por completo para la cuestión que se plantea, a saber: la
determinación del zombi como tal en el contexto histórico de la globalización y de la Guerra
mundial Z. Entiéndase que el muerto-vivo es una noción oscura y confusa, y que su aclaración
no puede ser más que una elucubración, a su vez oscura y confusa, sobre su fenomenología
cinematográfica, que solo puede servir para tratar de comprender lo que de verdad hay en la
ideología que supura el cine comercial o de alienación en Guerra mundial Z.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 establece de un modo normativo,
junto con las siguientes generaciones de estos, los estándares de vida éticos, políticos, sociales,
culturales, económicos y materiales que permiten reconocer una vida como humanamente
digna frente a condiciones infrahumanas o bárbaras de la misma. No se trata de una definición
de esencia metafísica sobre la humanidad, sino simplemente de una acotación normativa de lo
que se debe entender como condiciones mínimas exigibles para que sea posible el desarrollo de
una vida que se pueda caracterizar como humana. O dicho de otra manera, cualquier forma de
vida que se desarrollase bajo esas condiciones reglamentarias daría como resultado un ser que
sería reconocido como humano, bajo la asunción de un único presupuesto metafísico: estar
dotados de conciencia y razón (obviaré la cuestión meramente histórica de haber nacido o no
libre porque redunda en la noción de razón; noción por lo demás suficientemente problemática
como para enfrentarse a bibliotecas enteras del saber en la que sesudos filósofos han
consagrado su vida para su aclaración). Este presupuesto – estar dotado de conciencia y razón-
ha planteado en la tradición filosófica el problema de “el Otro”.

Me gustaría que el lector se centrase especialmente, no en cuestiones ético-morales, sino en el
resultado estético de esa normatividad universal que normaliza lo humano, porque de lo que se
trata en la Guerra mundial Z es precisamente de la apariencia de lo humano, e insisto en el
problema de la apariencia estética porque es el primer modo de reconocer a alguien como zombi
o no, desde la perspectiva humana, ya que desde la perspectiva zombi el reconocimiento de
algo como humano depende de la detección de estándares de salud biológica, o al menos eso
es lo que se averigua en Guerra mundial Z.

Para entender lo que está en juego en Guerra mundial Z, cine comercial o de alienación,
debemos tomar conciencia de la importancia de la apariencia como categoría de identificación.
Fue Hannah Arendt quien en las páginas iniciales de La vida del espíritu llama la atención sobre
la apariencia como ámbito irrebasable del mundo en el que aparecemos: todo en este mundo
del aparecer tiene una apariencia, no saltamos de la apariencia a otro mundo esencial y
verdadero, sino de una apariencia a otra: ser y parecer (o aparecer) son lo mismo cuando nos
sacudimos prejuicios metafísicos. Por más que tras las apariencias se oculte algo, lo cierto es
que no podemos vivir en el mundo de lo oculto, sino en un mundo necesario de apariencias y
autoexhibición: el mundo inteligible de los seres meramente racionales tomados como fines en
sí mismos debe ser vivido en un mundo de apariencias si ha de ser vivido y no meramente
pensado o deseado. Las formas externas de los seres vivos, su apariencia, no son accesorios
contingentes que puedan ser sustituidos por otros sin poner en peligro la supervivencia de estos
mismos, porque son características estéticas y formales seleccionadas evolutivamente para su
supervivencia, por decirlo de algún modo. Cuando pensamos el mundo como un fenómeno
estético, nos lo representamos como un escenario en el que las apariencias determinan e
individualizan el ser de lo que aparece. El lector recordará la coletilla “buena presencia” que
determina el criterio de selección, incluso por encima de la formación, para un puesto de
trabajo, y puede por sí mismo reflexionar sobre este extremo para tomar conciencia de la
importancia de la apariencia en un mundo que, desde su constitución más primitiva, ha estado
hecho para ver y ser visto, percibir y ser percibido públicamente, es decir, por un conjunto de
observadores, sean estos amebas, sepias, orquídeas, abejorros, ciervos, tigres o seres humanos.
Quien no despliega la exhibición de sus formas y es percibido por otros, no existe. Sólo la
apariencia adecuada, esto es, elegida o seleccionada según estándar, abre las puertas de la
supervivencia. No es pues extraño que la medicina haya derivado hacia la cirugía estética, que
ya empieza a entenderse como un problema de salud y no como una simple vanidad narcisista.
Una sonrisa mal estructurada, un tono de piel poco adecuado, una nariz poco agraciada
(recordemos la nariz de Cleopatra para el destino de la humanidad) o unos ojos estrábicos (pese
a J.P. Sartre, Savater, Marty Feldman o Trueba) pueden suponer la diferencia entre encontrar o
no un medio de subsistencia en la sociedad del público a excepción de la necesidad de explicitar
la excepción que confirma la regla: cierto contraste es importante para asegurarnos de que
nosotros somos nosotros y no los otros. La identidad, decía T.W.Adorno su Metacrítica de la
crítica de la teoría del conocimiento, es la forma lógica de la ideología.

Sentada esta base podemos empezar a preguntarnos por la apariencia del zombi, dejando al
margen la metafísica de este, y conectarla con su posible encaje en la apariencia de un ser
constituido bajo la condición de los Derechos Humanos (tras la muerte de Dios, el comité
redactor de la DUDH creó un ser humano, y el mundo que le corresponde a su imagen y
semejanza, es decir, según apariencia, ciertamente burguesa… sin contar con ningún tipo de
proyección presupuestaria a corto, medio y largo plazo que implicó las siguientes generaciones
de derechos humanos).

A grandes rasgos, me figuro que un ser que desde el nacimiento hubiese sido criado y vivido en
una sociedad que amparase de modo efectivo su existencia bajo dichos derechos adquiriría la
apariencia de la familia de Gerry Lane: heterosexual, patriarcal, caucásica, profesionalmente
competente, económicamente solvente, educada, ascética, cuidadosa, sana (al menos en caso
de enfermedad con acceso a diagnóstico y medicinas), juiciosa y moralmente buena. Dicho de
otra forma, todo aquello que puede desear el habitante periférico, precario y cuasi-marginal de
una gran urbe, dejando aparte por completo el submundo de las chabolas, las favelas y demás
guetos suburbiales donde la vida transcurre en paralelo a una especie de campo de refugiados
víctima, paradójicamente, del alcance universal de los derechos humanos… Repasemos la
aparición histórica del zombi cinematográfico desde el punto de vista de su semejanza
aparencial, producto de la debilitación material del alcance de los derechos humanos, por falta
de cálculo presupuestario para su cumplimiento, implantación y mantenimiento. Este repaso
debe proporcionarnos los elementos que sintéticamente componen, como ingredientes, la
apariencia del zombi cinematográfico a partir de los elementos empíricamente identificables en
el mundo histórico y social. Recordemos que el zombi es un personaje poético, y como tal, debe
ser la representación, no de cómo son, sino cómo deberían ser o cómo desearíamos que fueran.
Expongo a continuación un listado, como propuesta, de posibles ingredientes.

“Musulman” es el término que designa la fase terminal de los prisioneros de los campos de
trabajo y exterminio del Tercer Reich. Se refiere a un ser humano que ha abandonado por
inanición la esperanza de la supervivencia: la imagen gráfica ha sido suficientemente difundida
como para incidir en su apariencia. Su apariencia está lejos de parecerse a un ser humano en el
que materialmente se cumplen los derechos humanos. Dada la abundante documentación
gráfica que existe sobre este fenómeno me abstengo de describir.

“Hibakusha” se refiere a los seres humanos que padecieron la radiación de los bombardeos con
armas nucleares en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. Este padecimiento abarca
desde los directamente afectados hasta los afectados “in útero”, es decir, aquellos que se vieron
afectados por la radiación de las bombas que afectaron a sus madres. Debido a la lejanía cultural
en nuestro ámbito geográfico no están tan difundidas, ni son tan habituales, las imágenes de los
seres humanos afectados en su apariencia por esta deflagración de los derechos humanos. De
otro lado es en cierto modo “natural” esta falta de información para el mantenimiento de una
adecuada conciencia moral. Hasta 1956 no fueron asistidos mediante promulgación de leyes por
el Estado japonés.

“Sintecho” o “Homeless” se refiere a los seres humanos que por las circunstancias que sean han
“caído” fuera del sistema social y su cobertura. Es el marginado y excluido que podemos
contemplar por las flamantes calles de nuestras ciudades cuando los poderes públicos no toman
medidas para ocultarlos o expulsarlos del medio urbano con ocasión de grandes eventos
sociales, culturales o mundiales.

“Inmigrantes sin papeles” se refiere a los seres humanos que huyendo de condiciones
infrahumanas de vida consiguen atravesar desiertos, mares, ríos, superar alambradas o muros,
o todo tipo de obstáculos naturales o artificiales para alcanzar algún tipo de cobertura en
cuestión de derechos humanos.

Dejo al lector completar el listado de ingredientes posibles que componen la apariencia del
zombi cinematográfico. A grandes rasgos podemos percibir en todos estos casos el deterioro
físico y moral de la apariencia del ser humano hasta extremos irreconciliables con lo humano
que producen terror, repulsión, rechazo, miedo y asco, constituyendo un “Otro” irreconocible
como perteneciente al propio mundo, siendo percibido como una amenaza, casi “ominosa”,
frente a la que hay que protegerse por todos los medios posibles. La falta de recursos materiales
es en realidad la imposibilidad para consumir, es decir, entrar en establecimientos comerciales
y adquirir alimentos, salud, vestimenta, mobiliario, luz, agua, gas, y otros etceteras.

Queda de este modo constituida la apariencia de los contendientes de Guerra mundial Z. De un
lado, la apariencia burguesa o pequeño-burguesa. De otro lado, el zombi o los zombis. Unos
tienen todo aquello que puede desear (en caso de que se pueda hablar de deseo) un muerto en
vida, o un muerto de envidia o por la envidia. El zombi, tal vez, sea la personificación o
manifestación cinematográfica de la envidia en la sociedad de consumo, cuyo único deseo es
arrebatar la buena vida de la sociedad moralmente pudiente. En este extremo, el zombi puede
ser perfectamente el fantasma estereotipado o caricaturesco del comunista una vez que el
comunismo ha sido derrotado y exorcizado del mundo por la despiadada crítica liberal y
neoliberal. La invasión de la propiedad privada da derecho a disparar y matar al invasor.

Una vez constituidos los contendientes hay que establecer la contienda. La contienda se fija para
el mundo histórico en la falta de previsión presupuestaria para la construcción de un mundo
amparado por los derechos humanos. La sociedad de consumo y sus estándares de vida son
incompatibles con la cobertura universal de los derechos humanos para la totalidad de los seres
humanos a menos que se establezca de algún modo restricciones severas de los mismos cayendo
en la distopía. El cálculo económico de la relación entre humanidad y planeta da un resultado a
largo plazo dilemático: o falta planeta o sobra humanidad. En el primer caso tenemos la ficción
cinematográfica de la colonización interplanetaria, que reproduce en escalas cosmológicas los
problemas que debieran haberse solucionado a escala planetaria. En el segundo podemos optar
por varios tipos de apocalipsis: nuclear, cataclismo ecológico o cósmico, y el final virológico. El
caso que nos ocupa, Guerra mundial Z, es una versión del final virológico con puerta abierta a la
esperanza tras la depuración de los afectados. La salvación depende de un gobierno responsable
que sepa tomar decisiones y forzarlas: entre los humanos salvables los útiles alcanzan cobertura.
Es lo que le sucede a Jerry y su familia hasta que se pierde el contacto con Jerry y su mujer e
hijas dejan de ser útiles para la empresa o misión perdiendo su cobertura de derechos humanos.
En este sentido, podemos pensar que la antesala para la conversión en zombi es la inutilidad
económica, social o técnica. Esto no es una novedad. Hannah Arendt relata en su Eichmann en
Jerusalen que los Consejos judíos tuvieron que establecer criterios semejantes para elaborar las
listas de los miembros de su comunidad que podían ser salvados respecto de aquellos que serían
enviados en trenes a los campos de muerte. Las élites económicas o científicas no forman parte
de estos últimos, muchos de ellos eran llevados al campo de Theresienstadt para ser cuidados a
la espera de canje con los aliados o mostrados a la Cruz Roja para mantener buena apariencia
ante la opinión pública. De momento podemos contener a los zombis en campos de refugiados,
por ejemplo, Lesbos, o en los llamados CIE, una especie ligera (light) de pronaos del campo de
exterminio, un no-lugar donde la cuasi-humanidad espera salvoconducto bajo una versión
gratuita, no premium o VIP, de la DUDH.

«Obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de
cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio» Kant.

No sabemos el origen del virus que afecta a los humanos y los convierte en zombis, lo que si
sabemos es que hay que exterminarlos, y que para ello valen todos los medios, incluso las
bombas nucleares. La película plantea que para poder hacer frente a los zombis hay que
camuflarse, hacerse indetectables, y para ello hay que inocularse un virus y un antídoto que
oculte para el zombi la cercanía del humano. Para salvarse de los zombis hay que parecerse a
ellos, hay que estar medio muerto, es decir, renunciar a cierta forma de vida. Fue Pasolini, en El
caos. Contra el terror, el que concibió a la burguesía, no como una clase social, sino como una
enfermedad. La enfermedad burguesa consiste, según Pasolini en son de broma, en que el
burgués es un “vampiro que no descansa mientras no muerde el cuello de su víctima por el puro,
natural y simple placer de ver como palidece, se pone triste, se deforma, pierde vitalidad, se
retuerce, se corrompe, se asusta, se anega en sentimiento de culpa, se vuelve calculadora,
agresiva, terrorista, igual que él”. Pasolini propuso en Teorema la posibilidad de una cura para
dicha enfermedad, pero dicho teorema se deducía a partir de axiomas metafísicos francamente
inasimilables en términos de cine comercial o de alienación.

Pero esta descripción de la enfermedad llamada burguesía, según Pasolini en son de broma, es
precisamente lo que caracteriza a la actividad del zombi, el íntimo objetivo de su inquietud.
Llegamos así a un vuelco inesperado: el zombi que debe producirnos terror es precisamente
Jerry Lane y toda esa caterva y parafernalia que defiende a capa y espada un estándar de vida
exclusivo o premium, Very Important Person, que liquida del planeta todo aquello que juzga
“Otro” cuando lo compara con los resultados de una cuidadosa dieta existencial basada en una
Declaración Universal de Derechos Humanos que no está dispuesta a calcular e implementar en
términos económicos el coste de la construcción de dicho mundo. Si bien el papel es muy
sufrido, la realidad no está dispuesta a sufrir tanto. Recuerda Pasolini el comentario de una
reclusa del manicomio de Basaglia: “los héroes son producto de una sociedad represiva”. Como
todo humano en la sociedad donde todo tiene un precio, Jerry Lane cede al chantaje de su exjefe
y se embarca en la honrosa tarea de ayudar a acabar con los zombis.

Sale más a cuenta poner alambradas, muros y disparar a todo lo que se mueva cerca del cuartel
que presupuestar una partida para derechos humanos. Los zombis, a falta de planeta, han
llegado a la conclusión de que sobran humanos. Ahora es cuando el lector puede responder por
sí solo a la pregunta sobre si somos o no zombis.