EDITORIAL

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DOMINGO 13 DE JULIO DE 2008

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El Siglo de Torreón

| 7A

Mirando al futuro
LUIS RUBIO

T

rabajar para la comunidad, defender los derechos de los agremiados, desarrollar programas de estudio, actualización tecnológica y construcción de capacidades personales son todas ellas acciones concebidas para construir un futuro más exitoso para los miembros del sindicato. La líder habla en términos del futuro, del desarrollo de nuevos negocios, servicio a sus bases, del cambio y adaptación a un entorno cambiante en constante evolución. La actitud es de servicio y trabajo para la organización y no para el control de la membresía. Contrasta el estilo abierto, “entrón” y propositivo con la tradición legendaria de sometimiento, subordinación y explotación que históricamente ha caracterizado a nuestro sindicalismo, incluyendo aquel que se precia de “progresista” como escudo para ocultar su verdadera naturaleza autoritaria y hasta fascista. Para esta líder, lo importante es mirar al futuro, frase que repite una y otra vez en distintos contextos. Sabe bien que sus agremiados necesitan apoyos, tienen carencias muy concretas y enfrentan un mercado laboral y, en general, económico que cambia con celeridad. Si el sindicato no atiende las necesidades de esos agremiados deja de tener vigencia y viabilidad. Esta realidad se convierte en un acicate que transforma la naturaleza de la relación entre la base y su liderazgo. La líder está ahí para ayudar a que mejore la calidad del trabajo y, por lo tanto, la vida de sus agremiados. En función de esto, sus programas y actividades no se refieren a estrategias dedicadas sólo a elevar el salario que pagan los patrones,

Cualquiera que crea que el mexicano es incompetente, propenso al autoritarismo e incapaz de hacer valer sus derechos, no tiene más que observar cómo el entorno cambia todo. Aquí el sistema privilegia a los sindicalismos monopolistas, allá la competencia determina quién encabeza al sindicato. Las personas son las mismas y seguramente muchos tienen parientes en organizaciones similares de los dos lados de la frontera. La diferencia es inconmensurable. Allá el sindicato promueve su desarrollo, aquí los oprime.El fenómeno sindical es apenas la punta de un iceberg. La líder que tuve oportunidad de conocer y observar se desvive por construir un futuro y hacer posible el éxito de sus agremiados. Los sindicatos mexicanos viven para explotar el control del que gozan y la total ausencia de libertad de decisión y elección de los agremiados.
sin preocuparse de las consecuencias de ese tipo de objetivos, sino a ofrecer un amplio menú de instrumentos y servicios para que los agremiados encuentren más y mejores formas de llevar a cabo su trabajo, desarrollar nuevas capacidades, crear negocios propios y, en una palabra, logren avanzar en la vida de manera exitosa. Es decir, el sindicato está ahí para verdaderamente servir a sus integrantes. La líder que conocí no supone que “ya llegó” para hacer de las suyas con los fondos sindicales ni para utilizar a los agremiados como carne de cañón para sus entramados políticos. Entiende al sindicato y a su función como una responsabilidad de servicio, y no como estamos acostumbrados: a ver llegar a los líderes a disfrutar las mieles y beneficios del poder y del control sobre los trabajadores. Más bien, ella concibe su trabajo como el de atender las necesidades de los sindicalizados y anticipar los retos que presenta el entorno, a sabiendas de que, si no cumple a satisfacción, será derrotada en las próximas elecciones. Observar a los integrantes de este sindicato es interesante y permite dejar volar la imaginación. Los nombres son los que todos conocemos: Antonia, José, Juan, Pedro, Eréndira y Camila. Los apellidos igual: Díaz, González y Pérez. Uno podría pensar que se trata de agremiados y de un sindicato como cualquiera de los que conocemos. Pero la realidad es otra. Lo que cambia es el domicilio y la diferencia es total. La líder que describo es mexicana (de apellido Durazo) pero vive en Los Ángeles y comanda un sindicato que agrupa a trabajadores de las industrias de servicios, sobre todo restaurantera y hotelera, mexicanos en su abrumadora mayoría. Sin embargo, cambia el domicilio, se cruza la frontera, y todo lo demás es distinto. Allá los sindicatos están para servir al agremiado, aquí para some-

terlo y explotarlo. En abstracto, uno podría pensar que dos sindicatos que representan a un grupo de mexicanos, uno en México y otro en un país distinto, serían esencialmente idénticos. La semejanza, en esa observación atemporal y en abstracto, se derivaría del hecho de que se trata de personas con un bagaje cultural idéntico, hijos de un sistema educativo influenciado por libros de texto diseñados bajo una concepción autoritaria del mundo en la cual hay una verdad absoluta e indisputable. Pero, a pesar de todas estas semejanzas, la realidad es otra. El sindicalismo mexicano no se reproduce en otro contexto social y político. La corriente sindical orientada al control y a la sumisión se queda en México, en tanto que la de servicio a sus agremiados echa raíces en Estados Unidos. El contexto lo cambia todo. Así como las personas en lo individual se comportan de maneras distintas en contextos diferentes, las relaciones laborales y las organizaciones sindicales responden al contexto en el que se encuentran. Un entorno de competencia política y económica promueve sindicatos volcados al servicio y a la atención del sindicalizado, que siempre tendrá la opción de cambiar de liderazgo en la siguiente elección. En México, en un contexto de monopolios mentales, políticos y legales (aunque no se llamen monopolios), el sindicalismo sirve para controlar, someter y dominar. Cualquiera que crea que el mexicano es incompetente, propenso al autoritarismo e incapaz de hacer valer sus derechos, no tiene más que observar cómo el entorno cambia todo. Aquí el sistema privilegia a los sindicalismos monopolistas, allá la compe-

tencia determina quién encabeza al sindicato. Las personas son las mismas y seguramente muchos tienen parientes en organizaciones similares de los dos lados de la frontera. La diferencia es inconmensurable. Allá el sindicato promueve su desarrollo, aquí los oprime.El fenómeno sindical es apenas la punta de un iceberg. La líder que tuve oportunidad de conocer y observar se desvive por construir un futuro y hacer posible el éxito de sus agremiados. Los sindicatos mexicanos viven para explotar el control del que gozan y la total ausencia de libertad de decisión y elección de los agremiados. No me queda duda que el miembro de ese sindicato estadounidense es una persona libre que puede optar por la organización sindical de su preferencia e igual puede no pertenecer a ninguna y nada de eso conculca sus derechos. Pero cuando opta por participar en un sindicato, espera servicio y cumplimiento por parte del liderazgo. En México llevamos años de pretender que podemos cambiar nuestra realidad sin cambiar nada. Todos queremos una economía pujante y un entorno de libertad en el que podamos desarrollarnos hasta el límite de nuestras capacidades, pero no estamos dispuestos a hacer nada que permita construir esa nueva realidad. Aceptamos el abuso y toleramos la sumisión como si fuesen valores universales y deseables. Muchos mexicanos se han ido del país porque quieren una vida mejor. A juzgar por el panorama de esta pequeña ventana, su mundo es mucho mejor del que jamás podrían haber aspirado a lograr aquí. Allá miran al futuro; aquí, pues, usted ya sabe… www.cidac.org

RELATOS DE ANDAR Y VER
ERNESTO RAMOS COBO

REHILETE
JORGE ZEPEDA PATTERSON

Ornette
J
usto ese libro tiene la fotografía de noche nublada y flotando y Caro Kann sentada en la cornisa de mi octavo piso. Su voz de yellow submarine, de macetas frondosas y regándolas… vamos al concierto en el Sótano Zinc! –decías, pasándote como siempre la mano por la cara, mejor a la bodega de la Avenida Américas… eh, qué te parece?, seguro y también hoy improvisan… vamos? Y esas eran las preocupaciones de entonces. Jugándola de oídas cual pedazos de barro controlados por cordeles invisibles, nueve serpientes alineadas una detrás de otra, y en las páginas del libro verde tu fotografía y las pequeñas notas “en la calle ludlow”, y la historia de la montaña que subimos juntos, y el refugio de alfombras grises donde descansamos entre ratones pereciendo, recorriéndonos y amándonos frente al recuerdo rasposo de Dylan destruyendo los toca-cintas, y ese recorte fotográfico que nos impresionó a ambos —pero a ti más Caro-Kann—, porque ese hombre tenía la cara clavada en el lodo, los brazos abiertos, y a su lado un cocodrilo de fauces y de uñas enormes, viéndonos con un ojo levantado y el muslo desparramado… Tal vez fue esa imagen una premonición de lo latente, sin que siquiera lo imagináramos... Lo cierto es que entonces no planeábamos. La ciudad era sólo una cortina luminosa, detrás la madrugada majestuosa y fría, y calurosa y nuestra, y la cornisa del ventanal del Octavo Piso dando al vacío, donde veíamos escurrirse los climas y las hojas y el invierno: frenéticos cambios de ciudad y de nubes y de edificios, que traían continuamente a mis dedos moviendo el diafragma de la Nikkon F2, buscando las sombras de la calle segunda. Y fue justo allí. En el centro de esa amalgama de gozo y de sufrimiento, donde nuestros cuerpos se aislaron en una burbuja propia. Éramos sólo nosotros y no podía ser de otra forma. El entorno de la Ciudad demandaba el resguardo de nuestros dedos unidos, justo allí, porque pensar en el vecino era pérdida de tiempo, y porque nos lanzábamos a los adoquines sin ver otros ojos, crear la burbuja, tan sólo la preocupación de que no se levantara de pronto una alcantarilla, por aquello de los del ayuntamiento arreglando unos cables, o comer, y esa noche justamente intenté hablarte de eso, ignoro de qué, mas necesitaba liberar alguna angustia carcomida, allí, mientras nos recargábamos en los fríos pilares del subterráneo nocturno, e intentaba decírtelo de nuevo, después, más tar-

Y esas eran las preocupaciones de entonces. Jugándola de oídas cual pedazos de barro controlados por cordeles invisibles, nueve serpientes alineadas una detrás de otra, y en las páginas del libro verde tu fotografía y las pequeñas notas “en la calle ludlow”, y la historia de la montaña que subimos juntos, y el refugio de alfombras grises donde descansamos entre ratones pereciendo, recorriéndonos y amándonos frente al recuerdo rasposo de Dylan destruyendo los toca-cintas, y ese recorte fotográfico que nos impresionó a ambos -pero a ti más Caro-Kann-, porque ese hombre tenía la cara clavada en el lodo, los brazos abiertos, y a su lado un cocodrilo de fauces y de uñas enormes, viéndonos con un ojo levantado y el muslo desparramado… Tal vez fue esa imagen una premonición de lo latente, sin que siquiera lo imagináramos... Lo cierto es que entonces no planeábamos.
de, ya cerca del sótano Zinc, comentarte algo, de la individualidad citadina que me aprisionaba, que me lastimaba…, y entonces sólo encontrar tu evasiva mirada de dar vuelta a la derecha por la calle, “otra vez tus ideas”, sacando del bolsillo una de esas plumas coloreadas que siempre cargas “nada más impórtate tú; nada más piensa en ti”, lo que me decías, y las yemas de los dedos encima del plumón, y tu silencio de siempre que pinta dedos –la mirada de saber siempre lo que haces-, y que de pronto se convertía en un brillo de ojos al comienzo del concierto, en ese rincón, donde salpicarnos de oscuridad era toda la historia, porque ante la música olvidábamos cualquier clase de discusión, de desacuerdo o intriga sobre su pasado, sobre tu pasado de misterio, para desfallecer sin remedio con ese tipo del escenario hijo de pu... mago para el saxo que recorría tu cuello (había pausas), que con algunos silencios nos mantenía por un tiempo volando entre los candiles... hasta que por allí mis labios tropezaban con tus dedos que ofrecían un vestigio de filtro apenas más grande que tus uñas, y que en conjunto parecía una flor, a la que yo llenaba la cara de humo mientras tú te carcajeabas risotadamente, al ritmo de Ornette que detenía sus soplidos de angustia, haciendo el cuerno a un lado, y dejando a las otras piezas del cuarteto enfrascadas en sus solos, iba detrás de las cortinas, a escupir o a patear la pared, en una soledad perfecta de ojos cerrados, de maniquí inmóvil en peligroso callejón, de oscuridad desbordándose hasta el fondo del sitio, oscuridad que asemejaba una gran llanura, y Ornette recargado en la sombra parecía el hombre de lentes, el cafetalero primerizo, el gorila del todo con su cuerno en la mano, mientras las cabezas del público se agachaban sobre el cuello y parecían todos mantener el aliento, hasta que segundos después los músicos volvían a inmiscuirse en sus notas, y todo explotaba, Thelonious regresando al piano, durando entonces instantes la noche del sótano Zinc, de música y de olor a hierba, donde cerca de la medianoche una larga fila de chaquetas se enfilaba hacia la salida sacando lenguas puntiagudas en orgasmos que jaloneaban las solapas. Y yo me quedaba callado, sin decir nada, sin volver al tema; tal vez temor a perderte. Dejándome perdernos juntos por el barrio de las pu..., o cafetaleando con los árabes, por allí con los colguijes y la alfombra, escupiendo el charco que veía pasar nuestras horas, antes de cualquier cosa, de preguntarte si continuar en el bodegón de música de la avenida Américas o regresar al Octavo Piso, y tú siempre con el que pu... importa llevándome a tu torrente. ¡Sólo vamos! –decías arengando como futbolera cualquiera, con el comentario de Dylan bajo el brazo, en la punta de la lengua, con tus tobillos amarrados con correas multicolores (aún ahora no me acostumbro a no estar contigo), con faroles nocturnos que nos observaban desde lejos cuando tarareabas Jokerman, y el elevador descompuesto del Octavo Piso, de nueva cuenta, y tu espalda subiendo los peldaños frente a mi respiración detenida, sabiendo sin aceptarlo que no habría remedio, mirándote interminable rozar con los dedos el metal azul del barandal, subiendo cada vez más despacio, más quieta e inalcanzable en las alturas, hasta que el perderte por la puerta era resquicio de agonía antes de volverse sueño. http://ciudadalfabetos.blogspot.com

Habemos ombudsman
V
ale la pena preguntarse: ¿Con qué rapidez cambiaría México si existieran muchos informes como el de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal sobre el New’s Divine? Imagínese usted si tuviéramos un reporte equivalente sobre la Oaxaca de Ulises Ruiz y sus funcionarios, los abusos de los militares, las irregularidades en la elección del PRD, los negocios de los Bribiesca Sahagún, o de la familia Mouriño y sus nexos con Pemex. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si Emilio Álvarez Icaza fuese el secretario de la Función Pública en lugar de los empleados que el presidente coloca allí para proteger a los suyos? ¿Qué sucedería en el país si todo gobernador y secretario de Estado supiera que detrás sus corruptelas y violaciones sobrevendrá un informe tan preciso y claridoso como el de esta semana? Aprovechemos a este defensor del pueblo y su equipo antes de que lo paren. La clase política, los tres partidos, han sido terriblemente perversos para tapiar las escasas ventanas que abrió la sociedad para participar en los asuntos públicos y para propiciar la rendición de cuentas. Recordemos que en la década de los noventa el PRI se vio obligado a ceder terreno simplemente para evitar o retrasar su derrumbe presidencial. En esa coyuntura se abrió una tibia oleada de procesos de ciudadanización que concretaron en comisiones de derechos humanos, en un IFE ciudadano, en comités de regulación en materia económica y hasta en una Secodam que antes no existía. Pero todos esos espacios se han ido cerrando. La partidocracia volvió a cooptar al IFE, los gobernadores controlaron a sus comités electorales y de derechos humanos, y los dos presidentes panistas decidieron que la democracia sonaba mejor cuando eran oposición y no Gobierno. La decisión de Zedillo de entregar la Procuraduría a la oposición resulta hoy en día en absoluto impensable, justamente por esa cerrazón. La trayectoria de la Comisión de Derechos Humanos de José Luis Soberanes es particularmente triste, pues terminó siendo una aliada de los políticos, un Defensor del Poder. Alguien ha dicho que todo lo reportado por esta CDHDF sobre la tragedia de los jóvenes ya se conocía. No es así: léase el informe. Por otro lado muchos detalles habían salido a la prensa, pero eso no ase-

Recordemos que en la década de los noventa el PRI se vio obligado a ceder terreno simplemente para evitar o retrasar su derrumbe presidencial. En esa coyuntura se abrió una tibia oleada de procesos de ciudadanización que concretaron en comisiones de derechos humanos, en un IFE ciudadano, en comités de regulación en materia económica y hasta en una Secodam que antes no existía. Pero todos esos espacios se han ido cerrando. La partidocracia volvió a cooptar al IFE, los gobernadores controlaron a sus comités electorales y de derechos humanos, y los dos presidentes panistas decidieron que la democracia sonaba mejor cuando eran oposición y no Gobierno.
gura que fuesen verdaderos; había mucha información distorsionada e inflada. Era imprescindible que una investigación oficial e imparcial, estableciese paso a paso las violaciones y responsabilidades que en realidad existieron. Lo más importante es que hasta ahora nadie ha puesto en duda la veracidad del reporte o su independencia. Y eso no es poca cosa en un país en el que la simulación y la impunidad han ocasionado la pérdida de credibilidad del tejido institucional. No se trata de glorificar a Emilio Álvarez Icaza y a su equipo. Simplemente han hecho lo que les exige su tarea como defensores de los defeños. Justamente ese es el fondo de la cuestión. Nos hemos acostumbrado a que estas comisiones sean paleras. Bastaría con que estos espacios comenzaran a funcionar para resquebrajar el edificio de la impunidad que domina al país. Ésa debe ser una exigencia de todos, independientemente del partido con el que simpatice cada quien. Esto no mejorará hasta que todos seamos un poco “Ombudsman, o defensores, de los demás”. www.jorgezepeda.net