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castiga a los pecadores, y, si no blasfemaba en silencio, por lo menos murmuraba terriblemente

indignado contra Dios».


Siendo tales sus sentimientos interiores, ¿cómo podía hacer oración y vivir santamente?
Atenazado por las dudas y los remordimientos, corría a confesarse, reprochándose culpas que
quizá no eran tales sino en su imaginación sobreexcitada; reacciones tal vez indeliberadas contra
aquel Dios tiránico que él se había forjado, pero que no era el Dios de la tradición cristiana, el de
la predicación católica, el de la liturgia.
«Me decía alguna vez mi confesor cuando yo me acusaba de pecados necios: 'Verdaderamente
eres un necio (Stultus es). Dios no te aborrece, sino tú a Dios. No está Dios irritado contigo, sino
tú con Dios'».
Fray Martín bajaba la cabeza y se sentía momentáneamente tranquilo. Momentáneamente nada
más, porque sus turbaciones y angustias radicaban en lo más hondo de su temperamento y en lo
más alto de sus concepciones teológicas. Tenía Staupitz la vista demasiado miope y la mano
demasiado blanda para dirigir almas tan recias y abisales como la de Lutero. Hoy quizá le hubiera
mandado a un psiquíatra a que intentase cambiar en lo posible las estructuras psicológicas del
paciente. Aquí es necesario anotar que un moderno profesor de psiquiatría, el Dr. Erik E. Erikson,
juzga desde un punto de vista clínico que la terapéutica de Staupitz con su angustiado súbdito fue
sabia y acertada. A nuestro juicio, hubiera debido orientarlo hacia una religiosidad menos egoísta
y más apostólica, menos preocupada de su salvación individual y más adherida al Cuerpo místico
de Cristo; debiera haberle mostrado la perfecta concordia y armonía que existe entre los
preceptos de la ley y la gracia del Evangelio, la unión necesaria del temor con el amor y la es-
peranza.
Algunas de sus enseñanzas quedaron firmemente esculpidas en el corazón del discípulo, el
cual, años adelante, las interpretará en sentido típicamente luterano y guardará siempre gratísimo
recuerdo de su mentor espiritual.

Vuelta a Erfurt. El «año loco»


En el otoño de 1509, tras un año de intensos estudios y de variadas actividades académicas en
Wittenberg, Fr. Martín tuvo que regresar a Erfurt, llamado por los frailes de su convento.
Necesitando un profesor de teología, pensó el regente de estudios, Fr. Juan Nathin, que nadie en
mejor coyuntura que Fr. Martín para enseñar las Sentencias, de Pedro Lombardo.
Cuando Lutero llegó a Erfurt se encontró con una ciudad inquieta y llena de fermentos
revolucionarios, muy distinta de la que él había conocido. Aquella Erfurt antes tan próspera y rica
sufría los primeros efectos del naciente capitalismo, que había creado dos clases sociales opuestas
y antagónicas: de una parte, los industriales y comerciantes, que en sus grandes empresas
acaparaban fuertes capitales; y de otra, los humildes oficiales artesanos y trabajadores de los
gremios, que se iban reduciendo a una masa informe de obreros y proletarios. Estos no podían
tolerar los impuestos y gabelas siempre crecientes del Concejo municipal, pero que eran
inevitables dada la situación catastrófica de la hacienda pública. Por cada kilo de carne que se
compraba, por cada almud de trigo, etc., se debía pagar una tasa. La vida encarecía. Carniceros,
cerveceros, molineros, carreteros, no podían prestar sus servicios a la gente sin exigir se les
mostrase una cédula o carnet del Concejo. A tal punto llegó el descontento popular, que la
revolución estalló clamorosamente.
En el mes de enero de 1510, los magistrados que gobernaban la ciudad fueron depuestos y
sustituidos por otros de carácter demagógico; mas no por eso mejoró la situación.
El 28 de junio, uno de los magistrados depuestos —cónsul en la terminología de Lutero—, de
nombre Enrique Kellner, fue cruelmente ajusticiado. Su hijo de catorce años fue preso y

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