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LITHIUMLAND

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MARIANO ABREVAYA DIOS

JAVIER ORTEGA

LITHIUMLAND
(.: LA VUELTA DE LA LOGIA LAUTARO:.)

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Ortega, Javier
Lithiumland : la vuelta de la Logia Lautaro / Javier Ortega. - 1a ed. - Ciudad Autónoma
de Buenos Aires : Fundación CICCUS, 2018.
160 p. ; 23 x 16 cm.

ISBN 978-987-693-759-7

1. Narrativa Argentina. I. Título.
CDD A863

Idea de tapa: Javier Ortega
Diseño de tapa y diagramación: Andrea Hamid
Corrección: Teodoro Boot
Coordinación y Producción Editorial: Andrea Hamid

© Ediciones CICCUS - 2018
Medrano 288 (C1179AAD)
(54 11) 4981-6318
ciccus@ciccus.org.ar
www.ciccus.org.ar

Ediciones anteriores:
Editorial Gualamba - 2017
ISBN: 978-987-9467-71-8
Formosa, Argentina

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723
Prohibida la reproducción total o parcial del contenido de este libro en
cualquier tipo de soporte o formato sin la autorización previa del editor.

Ediciones CICCUS ha sido
merecedora del reconoci-
miento Embajada de Paz,
en el marco del Proyecto-
Campaña “Despertando Con-
ciencia de Paz”, auspiciado por la Orga-
Impreso en Argentina nización de las Naciones Unidas para la
Printed in Argentina Ciencia y la Cultura (UNESCO).

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A Lourdes y a Mariana

A quienes están empezando a asumirse
(y a sumarse) como hermanas y hermanos
de la Logia

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Mi agradecimiento especial a
Mario Brignole,
por hacer posible el anhelo de publicar mi segunda novela.

Esta segunda edición ha sido revisada por Mario Bianchi,
psiquiatra. No revelaré si le solicité tal labor por sus
conocimientos literarios… o profesionales.
Pidiéndole que guarde secreto sobre sus conclusiones,
mi gratitud también a él.

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I

E ra realmente sorprendente. Yendo hacia el norte, por caminos más
o menos bien mantenidos, se disfrutaba la geografía de la Puna. Y esto
era placentero para el viajero. Paisajes pluri-cromáticos en ocres, paste-
les, rojizos; vegetación yerma pero apaciblemente acogedora; aire puro
y un sol que, tomados los recaudos de un factor sesenta bien esparcido
en la cara, acompañaría también amigablemente. Buena ocasión la que
daba la ruta hacia el confín boreal de la larga Argentina para pensar lo
extenso del país y las oportunidades perdidas por sus desequilibrios eco-
nómicos y demográficos. Si no, miren a esta Puna tan deshabitada, tan
agreste, condenada a un bucolismo, a vacíos y a la inmensidad de un
espacio donde no veríamos muchos hombres. Sólo ese desierto ubicado
allí, en las alturas. Los hombres eran parte de él.
Claudio Mainardi tomó la ya caliente botella de agua mineral com-
prada (hacía mucho) en un almacén de mala muerte, le dio un sorbo y
depositó su fe en la capacidad de la camioneta para remontar sin contra-
tiempos aquel tramo largo que quedaba. El pavimento acababa de finali-
zar y el mapa hablaba de que lo que quedaba hasta destino era “camino
consolidado”. O sea, tierra aprisionada por la huella de otros vehículos
que antes se habían aventurado por allí. Sin saber cómo les habría ido,
ahora le tocaba aventurarse él.
Yendo hacia el norte, esta vez por caminos que sentía casi eran tra-
zados por primera vez por las ruedas de su camioneta, el movimiento
intenso de arriba hacia abajo y de lado a lado del rodado no le impedía
desconectarse de la belleza de ese atardecer puneño, lleno de soleda-
des, de mudos sicus ancestrales, erkes silentes y chasquis invisibles. O el
chasqui era él, y su invisibilidad pasaba no por la naturaleza fantasmal,
sí por cómo debía ser invisibilizado por esos otros que no sabían ni les
interesaba que era un sicus o un erke.
Siguiendo hacia el norte, ya a pie, Claudio había trasvasado inhós-
pitas colinas. Y de pronto se vio en la planicie blanca. Y de pronto, se
encontró del otro lado con todos los hombres que hacía kilómetros no
había podido ver por ningún lado. Con toda la actividad que en el ca-
llado, agreste y sosegado paisaje anterior no había detectado. Allí, en
ese espacio blanco, irrumpieron máquinas, operarios, artefactos, ruidos,
piletones rectangulares, voces que el viento entrecortaba, órdenes que

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también, y actividad, actividad, actividad. Bien, eran parte de la explota-
ción de minerales que se realizaba en la zona. Pero… ¿qué hacía esa otra
gente que usaba uniforme? Parecía como si fuesen soldados. No, eran
soldados. El helipuerto cerca con… ¡dos helicópteros artillados! Pertre-
chos por todas partes. Jeeps y hummers. Fortificaciones y casamatas.
Era cierto. En el medio de la nada, cual base alienígena, allí estaban.
Buscó cobijo ocultándose en una hondonada. Cuando se creyó a res-
guardo del campo visual de los otros, tomó su máquina para sacar fotos,
las que tendría que pasar luego a su teléfono inteligente para enviarlas
de inmediato. El tiempo que demandaría la operación (tiempo que se
hubiera ahorrado si no acarreara esa vieja cámara en la obstinación de
no separar su pasión por la fotografía con sus tareas de inteligencia) se-
ría nefasto. Y ya se lo habían dicho.
Se sobresaltó al escuchar un ruido. Parecía un maullido. Miró a la iz-
quierda: un gato lo observaba. ¿Cómo fue a parar el felino allí? Contem-
pló su teléfono inteligente. Las fotos ya estaban alojadas en la memoria,
pero no salían ya que no tenía señal. No por falta de cobertura, ya que si
algo había allí era señal electromagnética y satelital. La había, pero no
para él, sino para detectarlo a él.
A los cinco minutos, tenía encima dos hombres (de esos que no había
podido ver durante el viaje) que ahora se lo llevaban.

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