You are on page 1of 2

Composición de lugar en la oración contemplativa.

Cuando yo era novicio jesuita, me enseñaron el maravilloso método de la oración contemplativa. En realidad, es
más exacto decir que me presentaron la oración contemplativa y nada más, porque fuera de la Misa y de rezar
ocasionalmente a la hora de la cena, yo nunca había hecho ninguna clase de oración, aparte de rezar ciertas
plegarias católicas tradicionales y pedirle a San Judas que me ayudara de vez en cuando. Pero jamás se me
había ocurrido que la oración pudiera ser algo más.

La forma de oración que aprendí, basada en técnicas popularizadas por San Ignacio de Loyola, el fundador de
los jesuitas, recibe varios nombres: oración imaginativa, contemplación ignaciana y composición del lugar.”
Aunque a los jesuitas nos enorgullezca considerarlo como de nuestra propiedad, este método había existido en
varias formas antes de que San Ignacio lo usara en su clásica obra del siglo XVI, Los Ejercicios Espirituales.

Esencialmente, en la oración imaginativa uno procura situarse en la escena que describe el texto bíblico usando
la imaginación; luego uno reflexiona sobre lo que Dios le ha revelado a través de la oración.

Hagamos el intento. Un modo sencillo de empezar es el siguiente. Comienza por escoger un pasaje favorito del
Evangelio. Toma, por ejemplo, el relato que hace San Marcos de la curación del paralítico (Marcos 2,1- 12). En
este maravilloso episodio, los amigos del paralítico abren un hueco en el techo de la casa en la cual Jesús está
predicando. Luego hacen bajar a su amigo frente al Señor con la esperanza de que lo cure.

Como ha de hacerse en cualquier oración, primero le pides a Dios que esté contigo y te haga recordar que
cualquier gracia que recibas en la oración es, en sí misma, un regalo que Él te da. Después, lee el pasaje y usa la
imaginación para ir constituyendo poco a poco la escena; como lo diría San Ignacio, “compones el lugar” en tu
mente.

Luego te preguntas: ¿Quién soy yo en este relato del Evangelio? ¿Eres uno de los que forman el gentío que se
ha reunido para ver a Jesús? ¿Eres el dueño de la casa, que se enoja porque le han destrozado el techo de su
casa? ¿Eres uno de los amigos del paralítico, que te has subido a la azotea y temes perder el equilibrio y caerte?
¿O eres el paralítico mismo, que espera ser curado con desesperación, pero sin saber qué puede hacer realmente
este carpintero de Nazaret?

Luego: ¿Qué veo? Te puedes imaginar cómo luce la casa, cuál es la expresión del rostro de Jesús, o qué dicen
las miradas de los numerosos presentes.

A continuación: ¿Qué oigo? El Evangelio dice que había mucha gente que se apretujaba en la casa: Cuando
ellos escuchan a Jesús, ¿reaccionan con entusiasmo y en voz alta o guardan un silencio respetuoso? ¿Hay ruidos
que vienen desde el patio exterior? ¿Puedes imaginarte el sonido de la voz de Jesús?

Finalmente: ¿Qué huelo? Con tanta gente amontonada, tal vez la atmósfera se siente saturada de un olor poco
agradable. ¿Percibes otros olores o aromas, tal vez del horno que hay en el patio o de la cabra u oveja que tiene
la familia?

Entrar en la escena. Así es como se puede usar la imaginación y los sentidos para insertarse dentro de la
escena. Ahora, sólo falta dejar que el relato del Evangelio se vaya proyectando, casi como si fuera una película.

Y aquí está la parte más importante: Cuando la escena se proyecta en tu imaginación, debes prestar atención a
cualquier reacción emocional o a nuevas formas de entendimiento que percibas. Por ejemplo, tal vez podrías
mirar al paralítico y sentir un profundo anhelo pensando “¡Yo también necesito algo de curación en mi vida!” O
tal vez te sientas feliz al contemplar los milagros que Jesús hacía en esa época y que sigue haciendo en tu propia
vida.

Uno puede igualmente lograr una nueva forma de comprensión, no tanto una reacción emocional, sino
intelectual. Hace poco, yo estaba rezando con este pasaje y me di cuenta de que el paralítico no habría sido
curado sin la ayuda de sus amigos. Y es cierto que muchas veces es la comunidad la que nos lleva a Dios; que
nos trae al lugar donde podemos recibir curación. Este conmovedor suceso nos lleva a mirar con nuevos ojos a
nuestros amigos, la familia, la comunidad y la propia Iglesia.

Hay que vivir los Evangelios. La oración imaginativa implica confi ar que Dios actúa a través de la
imaginación y de cualquier emoción o entendimiento que uno experimente. Al principio me costó aceptar esto.
Orar de esta forma me parecía algo bobo, y se lo dije a mi director espiritual en el noviciado.
“¡No es más que mi imaginación!” “¿Acaso no lo estoy inventando yo mismo?” Su sabia respuesta me libró de
las dudas que tenía: “Tú crees que Dios puede actuar a través de cualquier cosa en la vida, como tu mente, tu
corazón, tu alma, ¿no es cierto?” “Sí, claro” tuve que reconocer. “Entonces, ¿por qué no puede Dios actuar a
través de tu imaginación?”

Naturalmente, no todas las experiencias de la oración imaginativa resultarán satisfactorias ni producirán


resultados trascendentales. A veces la imaginación será estéril o difícil de lograr, sin que al parecer suceda nada.
Pero hasta en esos momentos de oración aparentemente áridos, permanecerás en la presencia de Jesús en el
mundo de los evangelios. La transformación espiritual se produce a un nivel profundo, aun si uno no la perciba,
porque el hecho de dedicarle tiempo y atención a Dios siempre nos cambia.

Pero en otras ocasiones, esta clase de oración te sumerge directamente en uno de tus pasajes preferidos del
Evangelio. Allí estás en medio de la acción, observando cosas de las que jamás te habías percatado antes, acerca
de Jesús, de los apóstoles, de las personas que el Señor tocaba, de cómo era la Palestina del siglo I, y de ti
mismo. Y cuando suceda esto, nunca volverás a escuchar ese relato del Evangelio como lo hacías antes.