You are on page 1of 3

El culto a la personalidad como mecanismo de control

La Era de Trujillo significó en su momento para parte de los ciudadanos de

República Dominicana como un favor divino, una gracia de Dios, mientras que, para la

oposición, una total desgracia; esto es el culto a la personalidad.

El culto a la personalidad es causa de una sociedad debilitada, que se deshace del

pensamiento crítico y busca alguien sobre quien apoyarse; tiene como propósito reforzar la

posición política del líder, formar una concepción idealista de la historia, que no está

determinada por la acción del pueblo, sino por aquellos hombres engrandecidos con gran

voluntad. Por lo tanto, es común que quien esté en esta condición sea mimetizado con el

estado, es decir, que cualquier amenaza al estado es una contra el líder, además, es

frecuente encontrar su nombre designado en puentes, avenidas y accidentes geográficos.

En el caso de Rafael Leónidas Trujillo Molina, lo consideraban como el excelentísimo, el

benefactor que llegó a salvar al país de los haitianos y hacerlos progresar. Este culto a su

personalidad le permitió aprovecharse de la población en general y así seguir en el poder

durante 30 años. Este ensayo abarcará el juego mental hacia los políticos, así como la libre

violación a los derechos humanos como causa del culto a él, todo en marco de la obra “La

fiesta del Chivo”.

No hay dudad que para que Trujillo estuviese en el poder durante décadas no fue

cuestión de suerte, fue gracias a un gran equipo que trabajó junto a él y exacerbó su imagen

para que todo dominicano creyera que sus acciones estaban justificadas y no se le debía

cuestionar.
Es así que en la obra se nos presenta a Joaquín Balaguer, el presidente Fantoche, el

presidente Pelele. Este curioso personaje fue la excusa de Trujillo para mantener relaciones

diplomáticas con los demás países y que fue escogido por su alta devoción hacia su

majestad. El doctor Balaguer vivía para Trujillo, no lo cuestionaba, no se involucraba en lo

que no le llamaban, además le componía versos relacionando la imagen de Trujillo con la

de Dios, ciertamente fue muy influenciado por él. Otro que cabe mencionar es Agustín

Cabral, un personaje creado para describir el grado de inmersión que tenían los seguidores

del dictador. Trujillo lo manipulaba a su antojo, lo hizo caer en desgracia por simple

diversión, aun después de haberle servido Agustín por toda su vida, “todos merecen un

baño de realidad” decía Trujillo. El senador Cabral movió cielo y tierra para poder recobrar

la confianza de Trujillo, llegando al extremo de darle a su propia hija, Urania. Sin lugar a

duda el control mental de Trujillo alcanzaba niveles superiores; sin embargo, estas acciones

son inconsistentes y no han de durar toda la vida, tienen consecuencias. Es por esto que

personas que vieron caer a personas queridas en desgracia por el régimen, formaron la

insurgencia, los futuros ajusticiadores del dictador.

Por otro lado, tenemos a la violación de los derechos humanos que fueron cosa del

día a día del régimen. Para los dominicanos, Trujillo tenía total autoridad sobre ellos, si a él

se le antojaba desflorar a sus hijas, ellos se lo hubiesen permitido, ya que sería un honor ser

tocadas por el generalísimo, lo mismo pasaba con las amas de casa. Trujillo tenía a la

población a sus pies, tanto así que daba el poder a Johnny Abbes García de desaparecer a

quien este en sospecha, pasando por una tortura si es necesario, y lo anecdótico es que la

gente era plenamente consciente de aquello y aun así había quien lo respaldara. Trujillo no

violaba, a él iban las hijas de su gente de confianza, ya que ellos mismos se las entregaban,
solía decir. El derecho a la libre expresión naturalmente estaba prohibido, por lo que quien

se atreviese a contradecirlo sufriría lo mismo que a las hermanas Mirabal; como reacción a

esto fue la traición de Imbert al régimen.

En conclusión, el régimen dictatorial de Trujillo fue condicionado por el culto a su

personalidad, en la medida que le facilitó manejar como marionetas a sus colaboradores y

en lo que se apoyó para desarrollar sus políticas extremistas que no respetaban edad, sexo o

condición social, que posteriormente sería el desencadénate de la caída de todo el sistema

tiránico que había instaurado.