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Historia cultural hoy

Trece entradas desde América Latina

Víctor M. Brangier
M. Elisa Fernández

-editores-

Rosario, 2018
Historia cultural hoy. Trece entradas desde América Latina / Víctor Brangier ... [et al.] ; editado
por Víctor Brangier ; María Elisa Fernández. - 1a ed . - Rosario : Prohistoria Ediciones, 2018.
348 p. ; 23 x 16 cm. - (Historia & cultura ; 13)

ISBN 978-987-3864-93-3

1. Historia. 2. Historia de la Cultura. I. Brangier, Víctor II. Brangier, Víctor, ed. III. Fernández, María
Elisa, ed.
CDD 306.09

Edición: Prohistoria Ediciones


Composición y diseño: Lorena Blanco
Diseño de Tapa: mbdisenio

Este libro recibió evaluación académica y su publicación ha sido recomendada por reconocidos
especialistas que asesoran a esta editorial en la selección de los materiales.

TODOS LOS DERECHOS REGISTRADOS


HECHO EL DEPÓSITO QUE MARCA LA LEY 11723

© Víctor M. Brangier y M. Elisa Fernández

© de esta edición:
Email: prohistoriaediciones@gmail.com
www.prohistoria.com.ar

Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra, incluido su diseño tipográfico y de portada,
en cualquier formato y por cualquier medio, mecánico o electrónico, sin expresa autorización del
editor.

Este libro se terminó de imprimir en Multigraphic en Buenos Aires, Argentina, julio de 2018.

Impreso en la Argentina

ISBN 978-987-3864-93-3
ÍNDICE

Introducción: Historia cultural hoy: Trece entradas desde América Latina


María Elisa Fernández, Víctor Brangier .................................................... 7

Presentación
Rutas y raíces en la historia cultural latinoamericana
Diego Galeano ........................................................................................... 23

PRIMERA PARTE
Circulaciones: La Historia cultural en movimiento ................................... 27

La recepción de la historiografía francesa en América Latina. 1870-1968


Carlos Aguirre Rojas .................................................................................. 29

A História Cultural no Brasil: o impacto e a recepção dos Annales na histo-


riografia brasileira entre os anos 1980 e 2000
Julio Bentivoglio ........................................................................................ 51

Microhistoria: vía específica de la historia cultural. Prácticas, redes y


conjeturas
Max S. Hering Torres ................................................................................. 77

Historia cultural, historia intelectual y estudios de recepción


Mariana Canavese ...................................................................................... 109

SEGUNDA PARTE
La cultura en tensión: Imaginarios negociados, hegemonías disputadas ... 131

Médicos imaginarios al sur del mundo, 1898-1913. Publicidad médica, cir-


culación de saber y sociedad de consumo
María José Correa Gómez .......................................................................... 133

La crítica a la institucionalización y la mercantilización del arte en F for


Fake (1973), de Orson Welles
Dulce Isabel Aguirre Barrera ..................................................................... 157
6 Historia cultural hoy

Juventud en transición: significados políticos y culturales de la juventud en


la Argentina de los ochenta
Valeria Manzano ........................................................................................ 173

Historia cultural de la clase: reflexiones a partir de la historiografía argen-


tina reciente
Inés Pérez ................................................................................................... 197

TERCERA PARTE
Textos y contextos: Usos sociales y políticos de las representaciones ...... 219

La cultura cortesana en América: las cortes y el poder


Eugenia Bridikhina .................................................................................... 221

“No tengo derecho a dejarme anclar”: libertos en la representación social de


su libertad (La Plata, Charcas 1540-1630)
Paola Revilla Orías .................................................................................... 249

La “gestión social de testigos judiciales” en la cultura jurídico-judicial.


Zona centro sur de Chile, 1830-1870
Víctor Brangier .......................................................................................... 271

Desvelando la memoria colectiva cruceña. Análisis de su surgimiento,


1900-1925
Paula Peña Hasbún..................................................................................... 293

Encantos y desencantos: La irrupción de la mujer en la política chilena,


1952-1958
M. Elisa Fernández N. ............................................................................... 309

Las autoras y los autores ............................................................................ 343


Introducción
Historia cultural hoy
Trece entradas desde América Latina

María Elisa Fernández y Víctor Brangier

A
principios del año 2016 los editores de este libro visualizaron el desafío
de convocar, en un mismo espacio de discusión, autores próximos a la
Historia cultural y cuyos objetos de estudio se relacionaran con aspectos
del pasado de América Latina o relativos a los tránsitos de la misma Historia cul-
tural en esta región. El enfoque teórico y la temática escogida se vinculaban es-
trechamente con las trayectorias académicas de los convocantes y con sus propias
agendas y resultados de investigación. El antecedente delineaba la posibilidad de
reunir a colegas y amigos del resto del sub-continente para propiciar un cruce de
enfoques, un diálogo de problemas comunes y sobre todo, para atisbar una evalua-
ción sobre las prioridades, las predilecciones y las preocupaciones de la Historia
cultural desde nuestra región en la actualidad. Satisfactoriamente hubo una res-
puesta entusiasta y pronta. El compromiso de los trece autores que integran esta
compilación se tradujo en la generosa contribución de sus trabajos que reflejan, a
su vez, puntos de llegada de reconocidas trayectorias profesionales desplegadas en
distintos puntos de la academia latinoamericana.
El resultado es el libro que el lector tiene entre sus manos. Historia cultural hoy
convoca y reúne autores de México, Colombia, Brasil, Bolivia, Argentina y Chile.
El texto en si mismo asoma como la rama visible de una comunidad imaginada vin-
culada a la historiografía latinoamericana que utiliza –o problematiza– los insumos
de la Historia cultural. Una comunidad imaginada que, para decirlo sin ambigüe-
dades, se construye desde las mismas preocupaciones y ansiedades: las presiones
métricas por la contabilización de un producto inmediato (publicación a ritmos
fordianos de paper indexados), recortes presupuestarios en las universidades, dis-
minución de fondos públicos para el financiamiento de proyectos de investigación
ante la prioridad que la “agenda científica” pública asigna a las ciencias exactas
o aplicadas. Comunidad imaginada que a la vez ha debido lidiar con la subalter-
nización de las ciencias sociales y de las humanidades, propulsada por “otras co-
munidades imaginadas” al interior de la academia regional, de más fácil encuadre
con las obsesiones de la transferencia de saberes desde la universidad al mundo
privado. Desde este último vértice del conflicto, quienes escriben historia son vistos
con recelo por los prohombres de la “transferencia tecnológica”. Miradas que son
8 Historia cultural hoy

arrojadas sobre todo hacia quienes se movilizan en corrientes de la historia más


“etéreas” o menos tangibles como la historia de los signos, de las mentalidades, de
la construcción social del saber, de las recepciones de ideas, de las interpretacio-
nes…es decir, hacia quienes cultivan el campo inacabado de la Historia cultural.
En este sentido, este libro se torna una apuesta para calibrar el modo en que,
desde diversas latitudes de la región y pese a la resistencia que ofrecen los vientos
de la coyuntura adversa, se sigue sosteniendo, reformulando, asimilando y propo-
niendo este enfoque para comprender múltiples aspectos de nuestros pasados. Y en
este sentido, no es coincidencia que uno de los tópicos vertebrales de los estudios
aquí reunidos refleje la convicción relativa a que, con el examen de las significa-
ciones que los actores del pasado dieron a sus prácticas (es decir, partiendo desde
una versión antropologizada de la noción de cultura), resultaría una comprensión
más precisa de las relaciones de poder. Pues hacer Historia cultural hoy desde
América Latina, como reza el título de la compilación, implica una apuesta por
enfrentarse a estos molinos de viento y desplegar una actitud de agenciamiento
permanente para instrumentalizar los insumos a los que se puede echar mano des-
de esta vereda de la producción del saber historiográfico.
Así entonces, Historia cultural hoy aborda de frente la cuestión de las relacio-
nes de poder en una serie de casos de estudio que dan cuenta del modo en que los
imaginarios, valores, prejuicios, discursos, símbolos y signos dispuestos en el ho-
rizonte de las representaciones, fueron apropiados por actores sociales localizados
en posiciones de poder, en situaciones de subalternidad o en incomodas instancias
intermedias. Y para comprender el modo en que estas lecturas han hecho uso de
una noción aterrizada de la cultura y más cercana a las relaciones, los cambios
y los conflictos sociales, es que se ha vuelto imprescindible reflexionar sobre las
recepciones de los patrones occidentales de la Historia cultural, como fenómeno
histórico en sí mismo. A fin de cuentas, la versión de la Historia cultural que se ha
asimilado críticamente, ha sido aquella fraguada paulatinamente en Europa desde
la segunda mitad del siglo XX. Sobre aquellos paradigmas se han elaborado lec-
turas originales, apropiaciones y reformulaciones. Por ello conviene sintetizar con
concisión los principales hitos de esos tránsitos.
Partiendo desde sus principios antropológicos y desde las contribuciones de Cli-
fford Geertz, la categoría analítica “cultura” fue concebida como un conjunto de
significados que cada sociedad utiliza y trasmite históricamente al corporizarlo en
símbolos (Darnton, 2010). Noción de cultura que, por lo tanto, no quedó circuns-
crita a una esfera abstracta, vinculada exclusivamente a las ideas, al pensamiento o
al “inconsciente colectivo”. Las ciencias sociales en la segunda mitad del siglo XX
parecían sentirse cómodas haciendo girar sus objetos de estudio hacia la cultura,
puesto que su concepción aterrizada a las prácticas y conflictos de la sociedad, se
tornaba una perspectiva funcional a explicaciones sobre las relaciones sociales y sus
dinámicas políticas, económicas, religiosas e intelectuales. Por ejemplo, en el mis-
mo campo de la antropología, esta noción corporizada de la cultura se instaló desde
fines de la década de 1960 en esferas de estudios consideradas “duras” como las
Historia cultural hoy: Trece entradas desde América Latina 9

prácticas económicas y de intercambio. Allí, dentro de la antropología económica,


la escuela substantivista acogió un verdadero giro cultural, comprendiendo que las
estructuras de parentesco y de alianzas intra e inter étnicas que impulsaban los inter-
cambios materiales, eran redes que, si bien sostenían a una comunidad en particular,
los actores en su seno tenían la facultad de manipular e interpretar sus términos y
su participación (Gudeman, 1976). O de otro modo, como señaló uno de sus expo-
nentes, Marshall Sahlins (1983: 10) “la ‘economía’ se convierte en una categoría
de la cultura más que de la conducta, más cercana a la política y a la religión que
a la racionalidad o a la prudencia”. La etnografía también recogió el guante, sobre
todo en la asimilación del enfoque agency, desde el que se concebía a los sujetos
reinterpretando permanentemente los símbolos disponibles. Como subrayó James
Clifford (2001: 24-32), este modelo fue producto de una sociedad contemporánea en
creciente imbricación e hibridez, donde los esencialismos identitarios se desploma-
ron y el “yo”, tanto del sujeto estudiado como del observador, estaban en incesan-
te reinvención.1 La manipulación social de los símbolos como núcleo de prácticas
culturales, necesariamente llevaba a reflexionar en términos meta-disciplinares y a
diluir la distinción canónica entre observador y observado.
El campo historiográfico abrazó rápidamente estos presupuestos, sobre todo
desde el giro cultural impulsado con más de fuerza desde 1968, incorporando en-
foques de la antropología, la lingüística, los estudios culturales y de género, entre
otras opciones (Archila, 2012: 323). Como lo precisó el historiador de la cultura
Robert Darnton, la Historia cultural ha sido pensada, por lo menos desde la dé-
cada de 1980, como una Historia social de las ideas y de la cultura, analizado su
incardinación en el seno del tejido social y especificando los influjos mutuos exis-
tentes entre sociedad y cultura (Darnton, 2010: 226-227).2 Se trata al fin de una
concepción antropologizada o “aterrizada” de la cultura, entendida como capital
simbólico y en uso permanente por los distintos elementos de la sociedad, que a la
vez son conformados por ese capital.
La Nueva historia cultural ha comprendido este conjunto de significados como
repositorio simbólico común y aprovechable por los actores sociales. En ese senti-
do, autores como Hayden White (1974) o Peter Burke (1978) cuestionaron la dis-
tinción de una “alta” y una “baja” cultura. La disolución de estas fronteras levantó
un modelo que, por cierto, no excluyó en absoluto la centralidad del conflicto y

1 Al respecto, James Clifford subrayaba: “Mi tema es la situación profunda de descentramiento en


un mundo de distintos sistemas de significados, un modo de estar en la cultura mientras se mira a
la cultura, una forma de autoconformación personal y colectiva” (Clifford, 2001: 24).
2 En la historiografía francesa, esta vertiente de la Nueva Historia cultural fue desarrollada por una
“Historia de las Representaciones”, que aspiraba a devolver al campo simbólico sus vínculos con el
universo de las prácticas y conflictos sociales. De ese modo, se propuso trascender las visiones más
abstractas y consensualistas que sufría la noción de “Mentalidades”, propia de la tercera generación
de la Escuela de los Annales de la década de 1970; Para un estudio en perspectiva sobre estas críti-
cas y autocríticas que experimentaron quienes se acogieron al concepto de “Mentalidades”: (Burke,
2000: 207). El desarrollo del concepto de “Representaciones” en: (Chartier: 1996: IV y ss).
10 Historia cultural hoy

la lucha social entre los sujetos que hacían uso de este conjunto de significados
y símbolos. Por el contrario, el enfoque enriqueció la teoría del conflicto y de la
construcción de hegemonía al brindar pistas respecto al modo en que los actores
–sobre todo los más postergados– escrutaron los elementos del campo cultural
que le podían resultar de mayor provecho, para posicionarse de mejor modo en el
plexo de las tensiones sociales (Vainfas, 1997).3 Como propuso el historiador bri-
tánico Edward Thompson (1995:102), “la contienda simbólica adquiere su sentido
sólo dentro de un equilibrio determinado de relaciones sociales”.
Esta corriente fue recibida y apropiada en distintas latitudes de América La-
tina desde la década de 1980, conquistando rápidamente campos de estudio que
anteriormente estaban circunscritos a la Historia Social (Van Young, 1990; Hering
y Pérez, 2012: 17-19). El paisaje intelectual parecía abonado para la recepción
y para la elaboración de lecturas endémicas sobre estos enfoques exógenos. Sin
embargo, es necesario recordar que la sensibilidad culturalista en la región ante-
cedió el “giro cultural” europeo y conformó, desde principios del siglo XX, una
verdadera agenda de estudios sobre la sociedad, la política, la economía y la histo-
ria desde entradas, entonces, consideradas como culturalistas. De ese modo, para
comprender en forma diacrónica la recepción de la Historia cultural en la década
de 1980, resulta imperioso rastrear por ejemplo los estudios sobre el papel que
jugaron las sensibilidades sociales en la historia económica cubana, tal como lo
propuso el antropólogo cubano Fernando Ortiz ya en la década de 1940. No puede
olvidarse el análisis de la cultura urbana como puerta de entrada a la modernidad,
como lo abordó el historiador argentino José Luis Romero en la década de 1970.
Por supuesto se vuelve imprescindible integrar la propuesta de Ángel Rama, quien
desmenuzó la “cultura letrada” como instancia propulsora de la sociedad latinoa-
mericana en perspectiva histórica, incluyendo la noción de “transculturación” que
volvió inteligibles los cruces entre literatura, cultura y sociedad. En ningún caso
puede descuidarse la obra de Nestor García Canclini y la identificación de la serie
de hibridaciones que han ido constituyendo las “culturas populares” en la región,
enfatizando además los aportes de las culturas indígenas (Barbero, 2010: 134-
138).4 Agenda y tradición de estudios culturales en América Latina que propició

3 Uno de los estudios precursores sobre la utilización de la serie de “estratos” culturales, que rea-
lizaban los sujetos históricos comunes y corrientes, lo brindó Marc Bloch. El análisis abordó la
cultura popular medieval que sostenía la creencia sobre el poder sanador de los “reyes taumatur-
gos”, fundando las bases de la hegemonía. (Bloch, 2006); Posteriormente, en la década de 1970,
el historiador italiano Carlo Ginzburg sería más explícito respecto al uso razonado frente al poder
que hizo un sujeto del mundo popular en el siglo XVI, desde la serie de sedimentos que sostenían
el terreno cultural de su época. Carlos Antonio Aguirre Rojas (2004) ofreció una revisión sobre los
tránsitos de esta línea analítica.
4 En otros momentos, la orientación culturalista de las ciencias sociales en América Latina permitió
sintetizar el pensamiento crítico europeo (como las propuestas marxistas) con las culturas propias
de esta región, favoreciendo una explicación cultural de fenómenos de larga duración como la
asimilación del capitalismo y la modernidad. En este punto específico destacó la obra del filósofo
ecuatoriano Bolivar Echeverría (Aguirre R., 2015).
Historia cultural hoy: Trece entradas desde América Latina 11

la recepción de la Historia cultural desde la década de 1980 y que la enriqueció a


partir del diálogo con los problemas históricos endémicos, con las condicionantes
del archivo local y con las tributaciones de enfoques provenientes de un diálogo
sur-sur, como han sido las lecturas latinoamericanas de los estudios subalternos y
de las conceptualizaciones post-coloniales (Rodríguez, 2011).
La Historia cultural desembarcó entonces y pudo acomodarse, dialogar, tensar
y enriquecer las distintas tradiciones historiográficas en la región desde los años
80’ en adelante. Sobre todo porque se trataba explícitamente de una visión antro-
pologizada de la cultura y que permitía aventurar interpretaciones integrales sobre
el fenómeno del poder, la violencia, la construcción de hegemonía y, a su vez, los
contrapoderes, los discursos ocultos, las resistencias y las culturas políticas mo-
vilizadas a ras de piso. De ese modo, el enfoque filtró el análisis de la violencia y
la tensión social histórica –más cruenta o al menos, más permanente y visible que
el caso europeo– por el tamiz del concepto de cultura como sustrato de elementos
utilizables para la lucha y para la sobrevivencia (Malerba, 2009). Se realizaron
lecturas originales desde Latinoamérica que reflejaban una asimilación crítica de
la Historia cultural surgida en la academia instalada en el centro occidental de
producción de saber. Pero además, como sintetizó recientemente Hernando Pulido
(2017), la asimilación de un concepto más antropologizado de la cultura sirvió
para reflotar viejos tópicos historiográficos de la región, ligados a las relaciones
altamente conflictivas entre los grupos de poder y las sociedades de base.
Debido a los trayectos recorridos por la Historia cultural en la región, se han
abordado con cierta predilección cuestiones cercanas a las fronteras, colisiones y
mutuas conformaciones entre el poder y la sociedad. Las contribuciones compila-
das en este libro reflejan de modo directo las tendencias descritas y por ello ha sido
necesario dividirla en tres secciones para darle inteligibilidad a sus principales
ejes. La primera de ellas se titula “Circulaciones: La Historia cultural en movi-
miento” y brinda una oportunidad para aproximarse a las dinámicas de producción
de los enfoques que han compuesto las distintas ramas de la (nueva) Historia cul-
tural y sus recepciones creativas en América Latina. Es una historia de circulacio-
nes de ideas, de actores, de recursos y de productos culturales. Un sobrevuelo por
una práctica de antropofagia intelectual que arroja luces sobre las aclimataciones
de la Historia cultural en esta región –como así mismo de aspectos más genera-
les de la historiografía europea contemporánea– y su nexo con la necesidad de
explicar contextos locales. Las cuatro contribuciones que integran esta sección
entregan insumos para problematizar las nociones arraigadas de centro-periferia,
pues complejizan la experiencia de la recepción intelectual. Se trata de análisis que
apuestan por el papel activo y el agenciamiento de la academia latinoamericana
en su labor de seleccionar los aspectos más propicios de la Historia cultural, para
dialogar con los archivos y las condiciones de posibilidad del saber local. En estas
circulaciones y recepciones de obras, autores y metodologías ligadas al amplio
campo de la Historia cultural, la academia regional figura abierta a la producción
12 Historia cultural hoy

europea, inserta en la red de flujos comunicativos. Aunque se evidencia como un


interlocutor válido y un agente en la vivisección de los argumentos en tránsito.
En primer término, Carlos Antonio Aguirre Rojas teje directamente un panorama
global relativo a las transferencias del campo historiográfico entre Europa y América
Latina. En “La recepción de la historiografía francesa en América Latina. 1870-
1968” ofrece una lectura de la importación de la historiografía europea, particular-
mente en su versión francesa, por la historiografía latinoamericana en aquel arco
temporal. El autor logra dibujar un exquisito panorama en el que se conjugan tanto
aspectos intelectuales como socio-históricos en la explicación de las condiciones de
posibilidad de esa recepción. La propuesta gira en torno a una doble periodización
–la europea y la latinoamericana– que servirían para la comprensión de las circula-
ciones e instalaciones locales de las corrientes surgidas en Francia. De ese modo,
mientras en Europa la hegemonía cultural era detentada por Alemania entre 1870
y el periodo de las guerras mundiales, en América Latina aquel fue el lapso en que
Francia se tornó un modelo cultural y, junto con el desarrollo del capitalismo local,
del “afrancesamiento de las elites”. Posteriormente, Europa presenció el declive de
la hegemonía cultural germana y el centro giró hacia Francia hasta 1968. En Améri-
ca Latina, en cambio, esas décadas habrían coincidido con la constitución de Estados
Unidos como foco irradiador de pautas culturales, aunque también de la revaloriza-
ción de patrones autóctonos y del influjo proveniente de otras latitudes europeas y
extra-europeas, sin descuidar, por supuesto, el modelo francés. El artículo es rico
en la consideración de los desfases entre Europa y América Latina para el análisis
de la recepción de las corrientes historiográficas, abordando aspectos como la pro-
fesionalización de la disciplina y la constitución de los archivos en esta región, que
se concretaron desde principios del siglo XX, mientras que en Europa el fenómeno
fue saldado en la centuria anterior. Arrancando desde aquella matriz, el autor logra
una propuesta sugerente en torno al estudio de las ideas que integran el desarrollo
de instituciones, recursos, viajes y actores y los vínculos de todo lo anterior con las
condiciones de desarrollo, crisis y dependencias económicas y sociales.
Posteriormente, Julio Bentivoglio reduce la escala de observación al caso de
la recepción de la Escuela de los Annales y de la Nueva Historia cultural en Brasil
en las últimas décadas. En “A História Cultural no Brasil: o impacto e a recepção
dos Annales na historiografia brasileira entre os anos 1980 e 2000”, escrutina la in-
tensificación y sistematización que emprendió la historiografía brasilera respecto a
las corrientes y enfoques de la historiografía francesa desde mediados de la década
de 1980. A su vez, coteja esta asimilación con la incorporación de influencias que
iban más allá de la difusión gala, como la Teoría Crítica alemana y el marxismo
de la nueva izquierda inglesa. Dentro de esta historia de circuitos, traspasos y
apropiaciones activas en el universo intelectual de Brasil, el autor pone atención
particular a la importación de la corriente francesa ligada a la Nueva historia cul-
tural –en el marco de la tercera generación de la Escuela de los Annales–, sobre
todo desde finales de la década de 1980. Julio Bentivoglio examina los resultados
Historia cultural hoy: Trece entradas desde América Latina 13

de motores electrónicos de registro de producción académica –Ngram Viewer de


Google y el software Publish or Perish de Harzing Company– para medir el im-
pacto que tuvo la Nueva Historia Cultural francesa en las citaciones y traducciones
de la historiografía brasilera desde 1980 hasta el año 2000. Se trata de una historia
intelectual que considera con rigurosidad otras variables como la circulación de
personas, las ediciones, reimpresiones y traducciones de libros. Sin duda que el
caso brasilero se muestra fecundo en este campo, sobre todo tras la vinculación de
la historiografía con sus mentores trasatlánticos impulsada desde nichos como la
Universidad de Sao Paulo y la Universidad Federal de Rio de Janeiro. Desde estos
espacios surgieron programas de postgrados, pasantías de estudiantes y académi-
cos brasileros en Francia y viceversa y revistas especializadas que sostuvieron
aquella transferencia y circulación de la Nueva historia cultural.
En un tercer momento, Max Hering invita a concebir la microhistoria como
puerta de acceso a la Historia Cultural y a pensar el diálogo posible con el archivo
local. Su contribución, “Microhistoria: vía específica de la historia cultural. Prác-
ticas, redes y conjeturas”, sobrevuela el trasfondo metodológico y la apuesta de la
microhistoria, dibujando un horizonte en el que el individuo se concibe “inserto en
una red de significación” que lo explicaría a él mismo como su resultado y a la vez
como agente performativo. El autor ofrece una excelente oportunidad para clarificar
los ejes vertebrales de la microhistoria, tal cómo se concibió desde sus orígenes y el
modo en que se ha re-conceptualizado según su empalme con distintas tradiciones
historiográficas y de las ciencias sociales. Da cuenta de la utilidad del enfoque mi-
crohistórico para la comprensión de los sujetos del pasado, concebidos en una red de
interacciones, donde prácticas y significaciones se cruzan con otras de similar natu-
raleza que a la vez han venido reformulándose en otras redes, en otros espacios y en
otros tiempos. Desde esta ribera, pone atención especial al papel que juega la con-
jetura para operar sobre los vacíos de las redes escrutadas por el ojo microhistórico,
para articular una narrativa acorde con la nueva escala de observación, los cambios
en el tiempo y las causalidades que se derivan de esa opción metodológica. La pro-
puesta aterriza al archivo local y permite explicar en un estudio de casos rescatados
de la historia colombiana, el modo en que “el indicio, la analogía y la referencia”
posibilitan la conjetura en la explicación historiográfica.
Esta primera sección la cierra el artículo “Historia cultural, historia intelectual
y estudios de recepción”, de Mariana Canavese. La autora rastrea los lazos de la
Historia Cultural y la historia intelectual y explica los cruces y los resultados híbri-
dos de ambas corrientes en la construcción de un enfoque que podría denominarse
como historia cultural de las ideas o de historia cultural de las prácticas intelectua-
les. Es decir, donde texto y contexto son analizados cada uno como condición de
posibilidad del otro. Mariana Canavese toma como punto de entrada, para operati-
vizar esta historia intelectual, el caso de la recepción de la obra de Michel Foucault
en Argentina. En sus palabras, lo que le interesa es “la reconstrucción y el análisis
de las formas de circulación, difusión, interpretación, apropiación o rechazo de
14 Historia cultural hoy

las elaboraciones de Foucault” en el plano nacional. Para ello se aproxima a los


modos y posibilidades de lecturas y a las distintas vías por las que la obra del fi-
lósofo francés fue “importada” y “adaptada” a lo largo de la serie de lecturas a las
que fue sometida. El estudio propone un análisis denso de las incorporaciones de
Foucault como lecturas “no-reproductivas”, cuyos actores están dispuestos a usar
los insumos teoréticos con tal de gestionar los desafíos que plantea el horizonte
local. Y aquel horizonte local en la Argentina del último cuarto del siglo XX es-
tuvo condicionado por la crisis social y política, por la dictadura cívico-militar,
por el tenso retorno a la democracia, por la reformulación de la cultura política
de la izquierda durante la dictadura y desde principio de la década de 1980. Pero
también se caracterizó por los recortes fiscales y las ansiedades neoliberales de la
década siguiente. Sin perder de vista ese suelo heterogéneo y dinámico, la autora
evidencia con claridad, el hecho que las lecturas de Foucault en Argentina adop-
taron distintas facetas y motivaciones gatilladas por las necesidades y urgencias
de cada coyuntura.
La segunda parte del libro se titula “La cultura en tensión: imaginarios ne-
gociados, hegemonías disputadas” y enfrenta de modo directo la potencialidad
metodológica que brinda una acepción antropologizada de la cultura. A lo largo
de los cuatro estudios que se reúnen en esta sección, van saliendo a flote distintas
experiencias históricas en que los signos, los conceptos, las imágenes y demás ele-
mentos simbólicos atraviesan por cambios decisivos en el tenso juego social de las
resignificaciones. Se trata de un zoom a momentos e intentos críticos y puntuales
donde palpitaban impulsos por irrogar nuevas interpretaciones a viejas prácticas,
ideas o conceptos.
La sección comienza con el estudio de María José Correa, “Médicos imagi-
narios al sur del mundo, 1898-1913. Publicidad médica, circulación de saber y
sociedad de consumo”. De modo sugerente, el análisis conecta el horizonte de dis-
cursos e imaginarios que vertebraron la publicidad de productos terapéuticos con
las prácticas, temores y nuevas necesidades de consumo que surgían en el seno
de un mercado emergente, en Chile, en la época aludida. La red de símbolos que
cargaban los anuncios publicitarios sobre aquellos productos, no sólo reflejaron
ese mercado, sino que además propició la producción, circulación y consumo. La
propuesta arranca de la evidencia documental sobre la expansión de la publicidad
en torno a los medicamentos que aspiraba a incentivar el consumo y la medica-
lización de la sociedad. Como explicita la autora, “Las medicinas industriales o
‘específicos’ cobraban protagonismo y comenzaban a desplazar a las medicinas
preparadas en las boticas de la capital que, pese a todo, continuaron siendo con-
sumidas”.
En esta primera contribución, el lector puede percatarse que el elemento que
estaría en juego es la conformación de una cultura comercial médica específica. En
ella, la figura del médico fungía como plataforma simbólica y garantía de veraci-
dad al horizonte de productos terapéuticos que atiborraban el mercado. Escrutando
Historia cultural hoy: Trece entradas desde América Latina 15

principalmente anuncios publicados en prensa contemporánea, María José Correa


se aproxima al modo en que esta clase de publicidad provocaba la asociación entre
el médico y el producto, recurriendo a una suerte de argumento de autoridad que
debía legitimar la calidad del medicamento promocionado y propulsar su consu-
mo. Sin embargo, esta asociación entre médico y producto no agotaba la reconfi-
guración de esta nueva cultura comercial, pues la publicidad debía articular otros
ingredientes que se situaban en el momento de fabricación del producto, como
la autenticidad y la eficacia, para brindarle confianza al público espectador de la
publicidad y consumidor de los medicamentos. El artículo ofrece una mirada a un
espacio publicitario en que convergieron los significados sobre prácticas y produc-
tos en una coyuntura donde los actores debían re-interpretar su propia posición en
un mercado nuevo.
Este segundo apartado continúa con el trabajo de Dulce Aguirre Barrera, “La crí-
tica a la institucionalización y la mercantilización del arte en F for Fake (1973), de
Orson Welles”. La autora se centra en el “ensayo cinematográfico” de Orson Welles,
F for Fake, de 1973, que había sido interpretada desde su estreno como reflejo de la
indistinción entre lo auténtico y la falsificación en el arte. En un momento - último
tercio del siglo XX- en que bullía la discusión en torno a los cánones de lo artístico.
En este sentido, el filme brindaría al espectador una oportunidad para problematizar
la constitución del “campo artístico” a partir del cuestionamiento de la autenticidad
en el arte como criterio de verdad determinada por especialistas. Según Dulce Agui-
rre, en la base de la industria artística se encontraría la validación del experto y el se-
llo de autenticidad que sostiene esta clase de objeto cultural como fetiche de comer-
cialización y consumo. F for Fake relata la historia del famoso falsificador húngaro
de obras artísticas Elmyr De Hory y el modo en que aquellas evaluaciones expertas
fueron burladas e incluyeron su producción apócrifa en museos, galerías y coleccio-
nes. La autora argumenta que al ser engañado el ojo experto se develaría la fragilidad
de los criterios hegemónicos que construyen el “gusto legítimo” y la industria del
arte. En sus propios términos, “En Fake, el retrato de la falsificación exitosa insta
al espectador a preguntarse bajo qué condiciones de posibilidad se constituye en la
modernidad la categoría de autenticidad como uno de los valores supremos del arte,
y cómo condiciona la producción y la recepción de las obras”.
Una tercera experiencia que pone sobre la mesa hitos críticos en que se recon-
figuran las interpretaciones de elementos culturales nodales, la ofrece la propuesta
titulada “Juventud en transición: significados políticos y culturales de la juventud
en la Argentina de los ochenta”, de Valeria Manzano. A lo largo de sus páginas, es
posible encontrar una aproximación documentada a la coyuntura de producción de
significados políticos y culturales sobre la noción de juventud, en Argentina en la
década de 1980. La autora sitúa su punto de partida en el campo de discusión ligado
a la historia de las juventudes en el Cono Sur y propone que el concepto de juventud
se movilizó en la arena pública y en los discursos políticos de aquella década y se
desgarró en –y se compuso de- dos contenidos en apariencia disímiles: la juventud
16 Historia cultural hoy

como víctima y como promesa de cambio. La autora los cataloga de modo certero
como “dos grandes polos de producción de significados sobre la juventud”. En el
primer horizonte, una serie de voces y de diversas riberas discursivas habría levan-
tado la concepción del joven argentino como mártir en las coyunturas de la Guerra
de las Malvinas y de la dictadura militar. Se estaría frente a un periodo de urgencias
por la refundación nacional y en la búsqueda de nuevos aliados y de re-orientación
de las vocaciones políticas de los jóvenes. Sin embargo, estos discursos nacidos
al calor de la prensa, la militancia partidista y la institucionalidad estatal, habrían
sido integrados por la misma juventud que comenzaba a dar sus primeros pasos en
la cultura y práctica política post-dictatorial. Como sostiene la autora, esta tensión
habría sido propulsada por los sectores dirigentes post-dictadura que enarbolaron la
noción de juventud como agente del cambio para encauzar la participación política
juvenil por la senda de los derechos civiles y de la cultura cívica. Valeria Manzano
esboza de un modo óptimo aquel paisaje histórico-conceptual conflictivo y su frágil
equilibrio. En su seno, los jóvenes, en tanto actores públicos, aspiraban a la libre
organización, se reinsertaban en las manifestaciones partidistas de las federaciones
juveniles y además, reformulaban su inclinación por las causas políticas integrando
valores generales como la defensa de los Derechos Humanos.
El apartado cierra con la contribución “Historia cultural de la clase: reflexiones
a partir de la historiografía argentina reciente”, de Inés Pérez, cuyo trasfondo gira
en torno a una reinterpretación del concepto analítico “clase”, a partir de una lectura
culturalista y desde su matriz simbólica. Se trata de un enfoque que permitiría clari-
ficar la conformación y reconfiguración de las identidades y representaciones de los
actores históricos, mejor que una perspectiva anclada exclusivamente en las condi-
ciones de producción o socio-ocupacionales. La autora toma en consideración los
“discursos, representaciones y bienes culturales en la conformación de identidades
de clase”. En particular, apunta al modo en que la historiografía argentina de los úl-
timos años ha abordado la articulación y politización de las identidades de clase tra-
bajadora y de clase media de las décadas centrales del siglo XX. En este sentido, la
propuesta subraya con acierto el modo en que los estudios han incorporado variables
como la representación racial, de género y del mundo doméstico para comprender a
los sujetos históricos y las vías por las que moldearon sus sentidos de pertenencia a
una clase social determinada.
El estudio transita con arrojo por un campo que perteneció tradicionalmente al
fuero de la historia social –al menos hasta la proliferación de la obra de Edward
Thompson– y justifica con precisión la necesidad de una entrada cultural a estos
dominios: “no solo la cultura es una dimensión central para el estudio de la clase,
sino que las herramientas de la Historia Cultural contribuyen al desarrollo de mi-
radas más complejas sobre la construcción, negociación y desestabilización de las
distancias sociales y las identidades de clase”.
Esas “miradas más complejas” permitirán identificar la construcción de las
identidades de clase en la sociedad argentina de aquella época vinculada a la es-
Historia cultural hoy: Trece entradas desde América Latina 17

tructuración de una sociedad de masas. En este sentido, la autora revisa la mirada


historiográfica que ha interpretado aquella cultura de masas no cómo instancia
hegemónica llamada a disolver la conciencia de clases, sino en tanto repositorio
de símbolos y valores que podían ser apropiados por cada sujeto para reformular
y afianzar su identidad de clase. De ese modo, el artículo dialoga con los estu-
dios que han pensado la conformación de la clase obrera y la clase media en la
Argentina del siglo XX, no sólo desde la producción de los bienes y servicios de
la industria cultural de masas, sino, sobre todo, en su consumo y resignificación
social. Para Inés Pérez, el fenómeno histórico del servicio doméstico constituiría
una entrada predilecta para observar este juego de apropiaciones y la constitución
de las identidades de clase –y de género–, pues allí interactuaban de manera estre-
cha y cotidiana sujetos sociales de distinta posición y competían por el significado
de bienes, discursos y productos culturales.
La tercera sección de esta compilación se denomina “Textos y contextos: usos
sociales y políticos de las representaciones”. Integra cinco estudios que ofrecen
visiones sobre una única praxis: la instrumentalización de representaciones por
parte de diversos agentes para cumplir con propósitos determinados. Destacan
usos de los símbolos en el terreno de las relaciones sociales y políticas, por parte
de agentes del estado, de instituciones intermedias o de actores instalados en las
bases sociales. Más allá de la posición social, los sujetos se descubren activos y
dinámicos a la hora de seleccionar, entre el repertorio de signos y representaciones
disponibles, aquellos que faciliten un mejoramiento o sostén de la posición en el
plexo de las relaciones sociales y políticas.
Esta tercera parte se inaugura con la aguda propuesta de Eugenia Bridikhina,
“La cultura cortesana en América: las cortes y el poder”. La autora recoge una
tradición historiográfica de más de cinco décadas dentro de la cual, el fenómeno
de las cortes virreinales en América fue abordado desde un enfoque culturalista. El
ritual y la ceremonialidad del poder había quedado en el centro del análisis, pero
recientemente el enfoque ha debido dialogar con los aportes de la historia política
que ha concebido las cortes como expresión de un poder moderno policéntrico. En
esta ribera interpretativa, el Estado central debía lidiar y coordinar la comunidad
política con una serie de contrapesos y contra-intereses múltiples. Para Eugenia
Bridikhina, el cruce entre la Historia cultural y la política permite concebir a la
corte virreinal americana como un crisol complejo de intereses convergentes y
contrapuestos. La contraposición de aspiraciones y expectativas bajo un solo te-
cho, no ponía en riesgo el lazo de la comunidad política, sino que, por el contrario,
se tornaba su condición de posibilidad. De manera contundente, la autora incluye
esta propuesta del análisis de los vínculos del poder con el simbolismo desplegado
en las cortes –a partir de las “entradas” de los virreyes y de toda una ritualidad de
carácter periódico y oficial. Aquí, nuevamente, lo que estaba en juego era el refor-
zamiento de los lazos de la comunidad política y el uso político de los símbolos
con los que estaba preñado el ritual. A su juicio: “Las entradas y otros rituales
18 Historia cultural hoy

fueron interpretados como un mecanismo simbólico que permitía mostrar y re-


novar simbólicamente el pacto establecido por la Corona con la nobleza y otros
estamentos e instituciones en América”.
La sección avanza con el texto de Paola Revilla, “‘No tengo derecho a dejarme
anclar’: libertos en la representación social de su libertad (La Plata, Charcas 1540-
1630)”, que rescata el interesante caso de Esperanza de Robles, quien vivió en la
ciudad de La Plata, Charcas, entre fines del siglo XVI e inicios del XVII. Paola
Revilla analiza los códigos de conducta y los símbolos y valores que sostuvieron
la interacción social en aquella sociedad compleja, en la que los libertos debían
vincularse con sujetos de distinta condición étnica, jurídica y territorial. Los liber-
tos habrían leído con habilidad estos códigos de relaciones sociales y los habrían
usado para su inserción en el seno de este crisol social y cultural y en este mercado
colonial en expansión, como lo demuestra el caso de Esperanza de Robles.
Liberta e hija de liberta, Esperanza debió gestionar los patrones culturales y
considerar las oportunidades existentes para desenvolverse por su cuenta en algu-
no de los distintos oficios que le permitirían obtener el sustento diario. A través
del examen riguroso de documentos notariales contemporáneos, la autora sostiene
que este caso de estudio da cuenta de una experiencia de gestión de los patrones
culturales disponibles en busca de la consolidación de su posición social. Tal como
puntualiza en relación a este saber-hacer desplegado por su sujeto de estudio: “El
conseguir representarse socialmente como mujer responsable y de buena fe en los
tratos y contratos diarios, le permitió no pocas veces salir de algún aprieto econó-
mico. Más importante aún, su conducta tensionaba el discurso prejuicioso de las
autoridades en torno a la incapacidad de los libertos de gobernarse a sí mismos”.
En la lectura que hace Paola Revilla, respecto al uso social de los prejuicios y de
las oportunidades que ofrecía el horizonte cultural contemporáneo para una liber-
ta, el actor histórico figura como un agente activo de su propio derrotero y portador
de un saber-hacer en torno a los discursos, representaciones e imaginarios.
En una dirección similar, Víctor Brangier examina las instrumentalizaciones
de la justicia que emprendieron actores sociales, de zonas rurales, en Chile en el
siglo XIX. En “La ‘gestión social de testigos judiciales’ en la cultura jurídico-ju-
dicial. Zona centro sur de Chile, 1830-1870”, quedan al descubierto los puentes
entre sociedad y justicia a partir de una muestra de experiencias judiciales por
conflictos interpersonales mantenidos por sectores de estratos medios y bajos en
la zona centro sur del país en aquellas décadas. Apoyándose en expedientes judi-
ciales criminales del periodo, el estudio devela las dinámicas de una de las tácticas
centrales de esos nexos: la gestión de testigos en el curso del conflicto que pudie-
ran dar un testimonio favorable ante una eventual judicialización. La práctica, de
alta frecuencia de aparición en la documentación, permitiría detectar los tránsitos
de los actores entre el espacio social y el judicial de resolución de las pugnas y
comprender ambas aristas como parte integrante de un flujo indiferenciado y de
fronteras porosas. Como sostiene el autor, la gestión social de testigos judiciales
Historia cultural hoy: Trece entradas desde América Latina 19

permite adentrarse al campo de las “culturas jurídico-judiciales” que, en este caso,


se evidencian a partir de un saber-hacer en justicia. Universo de representaciones,
habilidades y sentidos de lo justo e injusto que detentaban los sujetos del medio y
que brindan la posibilidad de avanzar hacia una Historia cultural de las prácticas
sociales y judiciales que envolvían los conflictos interpersonales por asuntos de
alto interés para los litigantes.
En esta tercera sección, la cultura asoma como un repositorio de símbolos
y prácticas-con-significado, a disposición de sujetos instalados en distintas po-
siciones sociales y en diversas aristas de la tensión política y social. Así también
queda de manifiesto en la propuesta de Paula Peña, “Desvelando la memoria co-
lectiva cruceña. Análisis de su surgimiento, 1900-1925”. La autora problematiza
la memoria colectiva vigente en Santa Cruz de Bolivia, como núcleo de la cultura
política local. Comprende esta memoria colectiva como imaginario surgido desde
la conceptualización del pasado propio y su interpretación para explicar las ten-
siones entre lo regional y el Estado central. Aquí han cabido los usos del pasado,
la gestión del recuerdo y del olvido, en tanto insumos de los actores locales en la
formación de una cultura política compleja.
Paula Peña examina a fondo el documento Preámbulo del Estatuto Autonómi-
co del Departamento de Santa Cruz, redactado en aquella región el año 2008 por
“políticos y ciudadanos vinculados a la lucha autonómica” y que marcaría uno
de los momentos más tensos en sus relaciones con el gobierno central. La autora
advierte con claridad los guiños al pasado colonial y republicano presentes en el
documento, subrayando la búsqueda de los fundamentos de la identidad autono-
mista y de la memoria colectiva cruceña en el presente. En estos usos políticos
del pasado se encuentra la colisión con la historia y con los resultados del trabajo
historiográfico respecto a las temáticas evocadas por la memoria colectiva. Sin
embargo, Paula Peña, de manera magistral, no intenta desanudar esa tensión, sino
capitalizarla en favor del análisis. Apoyándose en las propuestas de Pierre Nora
respecto a los desfases entre memoria e historia, apuesta por una aproximación
histórica a la edificación de aquella memoria colectiva: “No buscamos deslegiti-
mizar la memoria colectiva a partir de la historia, pretendemos que la historia nos
permita entender cómo se ha construido esa memoria colectiva a través del tiem-
po”. Con este propósito, avanza en una genealogía de esa memoria colectiva y de
la cultura política cruceña, a través del examen de distintos documentos emanados
de las tensiones y negociaciones entre la región y el gobierno central aceleradas
desde principios del siglo XX.
La tercera parte del libro la cierra la propuesta de María Elisa Fernández, “En-
cantos y desencantos: La irrupción de la mujer en la política chilena, 1952-1958”.
Los resultados de investigación develan los usos políticos del género para movi-
lizar a las mujeres al margen y en contra de los partidos políticos en un complejo
panorama de transición electoral en Chile desde la década de 1950. La autora
indaga con precisión metodológica el contexto histórico del primer voto femeni-
20 Historia cultural hoy

no en las elecciones presidenciales nacionales. Desde su perspectiva, se fraguó


paulatinamente una interrelación entre, por un lado, un líder político carismático,
conservador, autoritario y paternalista como lo fue el General Carlos Ibáñez del
Campo y, por otro, mujeres de derecha, de distintos estratos sociales, identificadas
con estos patrones discursivos. La simbiosis cimentaría una relación estrecha en la
esfera política chilena de la segunda mitad del siglo XX, que habría alcanzado un
momento cumbre en el apoyo que recibió el dictador Augusto Pinochet por parte
de ciertos grupos de mujeres adherentes al régimen militar. En el caso de estudio,
la autora demuestra que la táctica discursiva del General Ibañez rindió frutos –más
de la mitad de los votos conseguidos provinieron de las mujeres- debido a la iden-
tificación de las electoras con el discurso fuertemente generizado del candidato.
Además, como se puntualiza en el artículo, la táctica discursiva electoral tuvo
efecto debido a la falta de atención que prestaron el resto de los partidos políticos
a las mujeres, en tanto nuevo actor social que ingresaba a la contienda electoral.
Las tres secciones de la obra y los 13 artículos que las integran, abordan viejos
temas ligados a las transferencias de ideas y paradigmas, la construcción de ima-
ginarios, la gobernanza y la búsqueda social del provecho y el aprovechamiento
de las fragilidades del poder. Sin embargo, se trata de 13 entradas que enriquecen
aquellos tópicos a partir de problematizaciones que se movilizan en el lado de acá
de una Historia cultural escrita de manera localizada. Así, quedan al descubierto
las recepciones creativas de la Historia cultural en la historiografía latinoameri-
cana, las re-significaciones de antiguos discursos y prácticas y de usos sociales y
políticos de las representaciones y de los imaginarios en el pasado. A fin de cuen-
tas, la obra ofrece al lector la opción de visualizar los gestos de antropofagia en la
historiografía y la historia latinoamericana. Deglución que refleja el modo en que
la academia de hoy y los actores históricos del pasado participaron con creatividad
en la tarea ardua de recibir, reinterpretar y utilizar los signos importados y aquellos
disponibles en el horizonte cultural propio.

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