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CRONICAS DEL TIEMPO

DEL NO TIEMPO

ALBERTO SANCHEZ ARGUELLO


MANAGUA NICARAGUA 2010

1
EL SEXTO SOL

Antes que los abuelos de nuestros abuelos y las abuelas de nuestras abuelas nacieran, existió al
Norte el reino de las pirámides del Sol y la Luna. Su fundador fue Quetzalcóatl, la serpiente
emplumada que creo la palabra, la ciencia, el arte y el gran calendario que sigue el movimiento de
nuestro planeta en el universo, permitiendo conocer las energías de los días y entender las
posibilidades del futuro.

Los sacerdotes de Quetzalcóatl, los llamados observadores del Universo, descubrieron a través
del calendario que el planeta entraría en un período de oscuridad al estar en el punto más lejano
al centro de la galaxia, y que esa época iniciaría con la llegada de hombres mitad humanos mitad
animal de cascos, que vendrían desde el Este en grandes barcos, trayendo el fuego y la muerte
del olvido con ellos. Entendieron que sus armas de madera y cuero no podrían contener la
destrucción del hierro y el polvo negro de los futuros invasores y que su reinado de horror duraría
más de quinientos años.

Así fue como los sacerdotes y sacerdotisas viajaron hacia el sur y se dispersaron entre los
diferentes pueblos para enseñar sus conocimientos y con ellos viajó el gran espíritu de la
serpiente emplumada, en busca de corazones donde anidar y sembrar pequeñas luces que
iluminaran a la humanidad durante el reinado oscuro de los hombres del Este.

Después de una era los hombres del Este finalmente llegaron y guerreros de muchos pueblos se
les enfrentaron, pero tal como lo había predicho el gran calendario, la sangre cubrió la tierra y las
ciudades fueron destruidas y con ellas la historia y el conocimiento, excepto en algunos pueblos y
en aquellos y aquellas en que anidaban en su corazón la pequeña luz de Quetzalcóatl.

Aquella pequeña luz fue trasmitida de hombre a hombre y de mujer a mujer durante los siguientes
quinientos años y cada vez fueron menos los que la recibieron porque muchos y muchas habían
sido perseguidos y extinguidos por los hijos e hijas de los hombres del Este, y otros habían
perdido su luz por la tristeza de tanta oscuridad.

Ahora hemos entrado en el último calpulli, el racimo de cinco años que nos separan del año del
nuevo Sol, el momento en que hombres y mujeres habitados por el espíritu de Quetzalcóatl
pueden aún ayudar a extender el entendimiento y la luz en los corazones de todos los pueblos.

El nuevo Sol, el sexto registrado por el calendario, es el momento señalado en el que estaremos
más cerca del corazón del cielo, corazón de la tierra, el centro de nuestra galaxia. Es el momento
más propicio para salir de la oscuridad que nos cubre desde adentro y construir el Kawoq, la gran
tortuga, la comunidad de seres y cosas que nos permita fluir con la evolución del Universo.

Estas son las crónicas de aquellos y aquellas que intentaron tejer la red de la vida, cultivando su
luz, alumbrando en la oscuridad del tiempo del no tiempo.

2
LA VISIÓN

Y fue así que se juntaron los guardianes de los ritmos de la luz, vinieron del Norte y del Sur, los
Tlamatinimes. Ya había pasado otro ciclo de 52 tunes y era el momento de hacer la gran reunión,
en las orillas del portal de Xochipilli, ahí donde los venados azules vigilan, la llamada laguna de
Apoyo en Masaya.

Saludaron al Este donde sale el sol, saludaron al Norte de donde viene el viento frío, saludaron al
Oeste donde se teje el tiempo y saludaron al sur donde inicia el camino y nace la semilla.

De Matagalpa, de Jinotega, de Masaya y Rivas, los Tlamatinimes herederos de las casas de


mecate, de la escuela de Quetzalcóatl venida de Teotihuacán, entraron al sueño de sus almas y
se abrió ante ellos la dimensión profética, la visión de un futuro sin tiempo.

Ellos y ellas vieron un mundo de agua y fuego, el día de un sol negro, la noche de mil flamas,
caminaron en un desierto helado durante mil años, sedientos y hambrientos, llegaron al fin del
mundo en silencio, sin rastros de humanidad, solo el rastro de Ah Ektenel, el señor de los
zopilotes. Y entonces se abrió la tierra y vieron debajo de sus pies los ojos hundidos y la locura de
todos los hombres y todas las mujeres comiéndose a ellos mismos, y tuvieron que ver aquello
porque la visión era esa y su misión era entenderla.

Vieron una humanidad en oscuridad, envuelta en inmundicia, derrumbada en medio de piedras y


cal, cadáveres podridos envolviendo el mundo y la tierra sangrando de tanta muerte.

Y cuando los ojos de los tlamatinimes sangraban también, escucharon un sonido horrible que les
heló el corazón y se mostró ante ellos, tan largo como el horizonte, el inmundo Gusano Sac
Uacnal, el que come los corazones de los hombres, y el sonido era como un grito helado que
asemejaba una carcajada grotesca y desde el interior del gusano surgieron palabras que
agujerearon las mentes de los tlamatinimes: “ustedes han perdido”

Y los guardianes de los ritmos de la luz, cayeron a la tierra, cubriéndose los oídos para impedir la
entrada de los sonidos del Gusano, pero sus corazones ya se habían infectado y salieron del
umbral escapando de la Visión apenas con la respiración intacta y la mente aun brillante pero
triste.

Y la tristeza cubría a los asistentes de la reunión, se les preguntó lo que vieron pero solo la gran
madre de Rivas se atrevió a contarlo y los jóvenes lloraron ante el destino visionado, otros
rechinaron los dientes con rabia, y los más ancianos sintieron que su alma marchitaba y que no
había esperanza.

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Solo Chombo tomó fuerza de su corazón y recordó la lección de su abuela, maestra de la escuela
del Norte, que le había enseñado a volar, vivir sin aferrarse a nada, sin posarse nunca, y así
decidió que la guerra florida había que hacerla mas allá de aquella visión, viviendo la vida con
alegría y propósito.

Aquel fue el principio del fin de la clásica escuela de Quetzalcóatl venida de Teotihuacán. Los
Tlamatinimes fueron muriendo dentro de si, carcomidos por la visión del gusano Sac Uacnal, por
la desesperanza del oscuro destino de una humanidad que se destruiría así misma.

Solo Chombo y unos cuantos mantuvieron la esperanza en la guerra florida, que no necesita
saberse vencedora, por que el destino cambia como cambia el vuelo de las gaviotas y el viento del
Norte; el cambio que inicia en uno y que puede expandir su luz, hasta los lugares mas oscuros.

Y fue así como el linaje de la escuela Tlamatinime murió, pero Quetzalcóatl persistió.

4
EL ROSTRO

Era Noche de lluvia en el Ocote, el cerro de piedra, antiguo observatorio astronómico de un pueblo
sin nombre. El último de los herederos estaba sentado viendo hacia afuera de la cueva, absorto
en el baile de las sombras que emanaban del fuego que les calentaba a los dos, al maestro y al
aprendiz.

Era la séptima noche de la prueba y el calendario sagrado marcaba ocho mono, la renovación de
la cuenta, inicio y fin, noche para desenvolver el gran ovillo del tiempo.

El heredero miró hacia su maestro que meditaba quedito, apenas material ante el fuego de
ceremonia.

"Enséñame tu verdadero rostro" le pidió en la voz mas baja que pudo espirar, con la esperanza de
no ser escuchado, pero el maestro conectado con el susurrar de las plantas y el aleteo de las
mariposas levantó la mirada y respondió sin tardar "Apenas han pasado siete noches y tu
vibración no esta totalmente preparada para ver tanta luz y tanta oscuridad"

La respuesta no apagó la curiosidad del aprendiz, que insistió con voz más fuerte "El día es
propicio y estamos viviendo el tiempo del no tiempo, hemos sido alcanzados por la noche del
último sol y mi proceso debe ser apresurado"

El maestro cerró los ojos y habló como si hablase para si mismo "Los ríos no se deben empujar,
los procesos tampoco, sin embargo, es día propicio y el sexto sol esta próximo… veras mi rostro
entonces"

Con la última palabra aún en el viento ambos se levantaron y se colocaron al lado del fuego, frente
a frente.

Recorriendo el hilo ancestral de los rituales de los tlamatinimes, el maestro se dispuso a mostrar
su verdadero rostro, su conexión con el tiempo y el espacio, manifestación de los mil seres y las
mil cosas.

Entraron pues en una danza de ritmos, respirando, sintiendo, acompasando latidos del corazón,
deshilando el tiempo con el diafragma, mientras las estrellas se movían en el firmamento y la luna
recorría las copas de los árboles del gran cerro sagrado.

Y entonces se hizo la oscuridad, silencio eterno de un vacío perfecto de nada, como si solo ellos
dos hubieran existido por siempre sin más materia ni luz. Apenas perceptible el sonido del aire
corriendo por el cuerpo, como si viniese desde muy lejos, ecos de un universo ya olvidado.

Hasta que súbitamente nació una explosión de luz tan intensa que hirió los ojos del aprendiz que
se hizo blanco como algodón y el maestro se alargó hasta hacerse una nada blanca que inundó el

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mundo, que poco a poco volvió a perfilarse en un rostro duro, viejo, eterno, como una roca que
mira desde siempre hacia el tiempo, y en medio de la roca situó un par de ojos, negros y
profundos y el aprendiz fue cayendo en ellos hasta ser tragado totalmente en un laberinto de
colores y formas monstruosas y bellas, y al volver en si, el rostro era una serpiente y un cocodrilo,
y una tortuga y un hombre-animal, y cambiaba como una masa de múltiples formas y los ojos
negros entraban en el como cuchillos de sílex y el aprendiz gritó y su grito salió sordo, como un
estallido de aire.

Y el rostro se extendió hacia el como manos, brazos y tentáculos y lo envolvieron totalmente hasta
quitar toda luz y ante el aparecieron los planetas, el sol y las infinitas estrellas en el mar del
Universo, y ahí se volvió a escuchar la respiración lejana y en el horizonte, apenas perceptible, el
par de ojos negros, un rostro echo de galaxias.

Volvió la oscuridad, silencio completo, solo acompañado por la vibración de dos corazones, los
latidos se fueron volviendo más lentos y con ellos fue apareciendo el fuego y las sombras de la
cueva, poco a poco…

Sentados los dos frente a frente, el aprendiz intentó levantarse y cayó pesadamente en la tierra
"despacio, tu cuerpo y espíritu deben descansar" los dos guardaron silencio un tiempo,
reponiendo, reposando.

"¿He visto tu verdadero rostro?" pregunto el aprendiz, el maestro lo vio un poco y respondió
pacientemente "Has visto lo que has podido ver, cada ser es una manifestación del todo, cada ser
es el centro del Universo, porque todo está conectado en la red infinita de la vida, y en una red
infinita existen infinitos centros, has visto el rostro de nuestros hermanos y hermanas reptiles,
mamíferos, insectos, soles y galaxias, ahora medita y vive tu proceso"

La cueva volvió al silencio, el fuego continuo su baile ceremonial en el ocho mono y el heredero se
miro a sí mismo y mostró su verdadero rostro a Ixmucané, la de blanca faz.

6
EL SUEÑO

Cinco tunes antes del amanecer del sexto sol, Beleb Bat´z, el heredero del tiempo, nieto de los
abuelos y abuelas de la antigua Cailagua, recorrió Monimbó, bajo el sol incandescente del verano.

Era la cuaresma para los ladinos y el heredero había sido escogido por Chombo para ser iniciado
como el Oeste de los últimos tlamatinimes del Calmecalt de Nicaraocalli, la última frontera
alcanzada por los maestros y maestras de Teotihuacan.

El joven heredero conocía los sones de la marimba, sus pies descalzos besaban la tierra al son de
madera del granadillo, esculpiendo con su sombra la luz del universo.

Después de haber sido llevado a la montaña, al altar de la cascada de las mil luces, el heredero
se sentía ligero, con un propósito claro en su mente pero aún lleno de la vanidad de saberse
elegido, tanto así que despreciaba a los ladinos que se movían como escarabajos en las
procesiones y sus ojos, antes amables ante el mundo, se habían vuelto duros con aquellos que el
consideraba que erraban en su caminar.

Marchaba ahora hacia el antiguo centro ceremonial de Cailagua, convertido en basural por los
mestizos que habían olvidado que entre aquel monte y aquellas rocas, sus abuelos y abuelas
invocaban al agua, a la vida y las estrellas, conectando con el ritmo del universo en un solo
corazón.

El heredero caminó entre las casas de taquezal, contemplando los televisores encendidos con la
novela del medio día y las radios sintonizadas en la repetición de un juego del Boer contra el San
Fernando, una que otra mujer lavando en lavanderos de cemento la ropa de toda la familia, perros
famélicos buscando que comer en la basura, niños y niñas desnudos jugando en los charcos de
los patios y muchos hombres con sus camisas remangadas sobre sus barrigas sudando la
semana santa en sus ombligos, algunos en hamacas otros en sillas de mimbre y de plástico.

Beleb Bat´z los miró como si fueran seres que ya habían muerto, sobreponía sobre ellos la imagen
de un gran fuego venido del cielo cayendo sobre sus casas, destruyendo televisores, radios,
perros, niños y mujeres, todos y todas reducidos a cenizas por lo que el había imaginado seria el
sexto sol para aquellos y aquellas que no recorrieran el camino de la conciencia.

Finalmente llegó al sitio sagrado y contempló en silencio las marcas de los antiguos en los
farallones de piedra, estrellas, líneas y monos en espiral, símbolos de su linaje, un idioma que se
había perdido pero que seguía ahí, esperando ser reconocido por los nietos y nietas de Cailagua.

El heredero se inclinó ante las paredes de piedra e inició su danza en medio del sonido de los
zanates y las chicharras, sus pies rozando las lozas de laja y sus manos gesticulando el lenguaje
de las danzas de la luz. El viento cambiaba sutilmente de dirección con cada uno de sus pasos y
la energía fluía desde su cuerpo hacia las plantas y los insectos del lugar.

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Perdido en el vaivén de su propio movimiento, apenas conciente del tiempo, la oscuridad
sorprendió al heredero en sus danzas y este finalmente paró, los pies enrojecidos y la espalda
agotada por los ritmos, Chombo no habría aprobado su exceso, pero ni las piedras ni las moscas
podían detenerlo.

Totalmente exhausto el heredero cayó al suelo y se fue quedando dormido entre imágenes de
luces y sombras que llenaban su interior, estas poco a poco fueron tomando forma y se
convirtieron en paredes de piedra y antorchas, estaba en el santuario, y caminaba hacia un grupo
de gente, que en la medida que fueron apareciendo ante el, con su piel morena ceniza y sus
rostros severos, revelaron ser los abuelos y abuelas que habían construido aquel altar, también
habían niños y mujeres entre ellos, era la antigua comunidad de Cailagua, esperándolo a él.

Entre ellos avanzó un hombre alto, vestido de telas blancas, su faz mostraba muchos años de
caminar y en su mano izquierda portaba un cuchillo ancho de obsidiana.

-Hemos sentido tu danza- le dijo

-Ahora queremos que nos sintás a nosotros, que sintás nuestro dolor- y diciendo esto le enterró en
el estomago el cuchillo y una vez dentro hurgó con el en los intestinos del heredero removiendo
sus vísceras con firmeza y exactitud.

El heredero llevó sus manos a la herida y vio la sangre, entonces el dolor llenó todo su cuerpo y
su mente, como un grito que hacía explotar todo su ser.

-Ayúdanos, siéntenos, esa es tu misión- habló a una sola voz la comunidad y la oscuridad lo
cubrió todo.

Beleb Bat´z se levantó adolorido, sintiendo un dolor sordo en su estómago y piernas, le tomó
tiempo volver en sí y contactar con esta realidad, fue hasta que contempló a luna llena suspendida
en lo alto de la bóveda celeste que todas las imágenes de lo soñado se agolparon en su mente y
un horror indescriptible le invadió. El no quería sentir, no quería entender… si para ayudar a los
abuelos y abuelas tenía que pasar por el abrazo duro del Tijax, el cuchillo, el heredero no quería
ayudar …

Y se fue entre la noche, su danza enmudecida, su cuerpo adolorido, caminando sin rumbo, el
tiempo dejo de contar para su corazón, ya no se supo más de él.

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LA PUERTA

Muchos viajes hicieron los hijos e hijas de la luz antes de que terminara el tiempo del no tiempo,
muchos de aquellos viajes fueron físicos y significaron grandes peregrinaciones a los pueblos
originarios, andar como abejas recogiendo y distribuyendo entendimiento, para la red, para la vida.

Pero hubo otros viajes como los de la gran bruja blanca que no necesitaron el cuerpo físico para
desplazarse, aquellos viajes se multiplicaron hacia el final del ciclo, como síntoma evidente de las
grandes tormentas solares y el palpitar continúo del corazón del cielo hacia la tierra.

Ya había iniciado el ciclo de terremotos, la tierra como en una sinfonía incomprensible se movía
de norte sur y de este a oeste, cambiando su propio eje y reduciendo los segundos de los días.

Fue así que los antiguos portales se fueron abriendo, conectando las esferas de los mundos
visibles e invisibles y fue en uno de aquellas entradas que la bruja entró apenas conciente de sí
misma, guiada por la fuerza de su intuición.

Era una noche de kame, la muerte, la energía de la bruja blanca. Estando sola en meditación
apareció ante ella una puerta, si quicio ni pared, negra azabache, sin pomo ni agarradera, la bruja
caminó hacia ella y al estar cerca esta se abrió y un viento helado la atrajo hacia un vacío denso y
oscuro.

En el vacío formas se dibujaron y se desdibujaron a su alrededor, cuatro dragones volaron y se


acercaron simultáneamente, de un tamaño tan descomunal que no podía ver otra cosa mas que
sus torsos de colores, negro, amarillo, blanco y rojo, uno de ellos le mostró su rostro y se
asemejaba a un pez de las profundas aguas de los abismos marítimos, grandes colmillos saliendo
de sus fauces y ojos ciegos a la luz.

Un paisaje la cubrió y pudo ver valles y montañas con un sol poniente cuya luz se derramaba
como agua hacia la tierra, creando ríos y cascadas luminosas, parecidas a lava ardiente.

En los bordes de aquel paisaje se asentaba una oscuridad profunda de la que emergieron células,
protozoos, algas y medusas en una danza de vida que se conectaba con el brillo tenue de
estrellas y galaxias a lo lejos.

El sol se derritió totalmente y la tierra se llenó de desiertos y en el cielo se formó un lago de aguas
cristalinas donde la bruja vio las imágenes de seres y cosas sin nombre que se formaban y
deformaban como cera de candela.

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Finalmente la bruja se movió en espiral y cayo en el fondo del lago aéreo y ahí vislumbró hacia el
fondo el gran marco de una pintura donde cinco personajes estaban vestidos de túnicas
observando una pared, al caer la bruja hacia el cuadro, las figuras voltearon y sus rostros eran
calaveras blancas y pulidas y el mas alto entre ellos le miró desde sus fosas ópticas vacías, y
entonces ella supo que estaba en casa.

Más viajes sucedieron a aquel, pero no están permitidos para estas crónicas, solo este que es el
espejo de aquel que lo lee, una puerta hacia el interior.

10
LA OSCURIDAD

Había llegado el día del venado, once muchachos se movían despacio hacia la cueva sagrada, el
gran pasaje de las iniciaciones, lugar santo de los Ajquis, los guías de la comunidad.

Antes de recibir la vara de autoridad debían pasar la prueba del silencio, en medio de la oscuridad
de los huesos de la tierra, en el camino hacia la luz desde las entrañas. Ellos estaban temblando,
algunos ya lo habían intentado y sabían que no había vuelta atrás después de pasar entre las
rocas grises de la entrada imponente.

Ellos en común tenían que eran jóvenes, apenas de barba y con la mirada plena, pero uno ya
pasaba la edad de los aprendices, Manuel ya era hombre, serpiente que había caminado entre las
comunidades sirviendo hierbas y calmando pesadillas, pero el consejo de ancianos había dejado
que terminara su proceso, iniciado muchas lunas antes del tiempo del no tiempo, antes que los
militares mataran a sus niñas, cuando su gente aun vivía.

Manuel dejó atrás su último recuerdo de muerte, para entrar limpio al pasaje, se dio el permiso de
aligerar su corazón para volver a llenarlo con la oscuridad de la cueva, con el silencio del próximo
renacer.

Entraron pues, y fueron dejando tras de si la música de la montaña, el trinar de los pájaros,
sonidos distantes de ganado, viento y selva. En ellos se escuchaba la respiración y poco a poco,
cada vez mas fuerte, el latir del corazón.

A llegar al umbral de absoluta oscuridad el Ajquij puso en el suelo húmedo de la cueva la vela
blanca e indicó que el pasaje había iniciado y fue pasando de uno en uno a los once, hacia el
silencio, hacia el insondable camino sin luz, solo y sin mas protección y guía que las manos, las
piernas y la intuición.

Y así se fueron yendo, Manuel cerró los ojos y aprendió a distinguir los sonidos más tenues que le
mostraban como algunos guardaban la calma y caminaban serenos hacia el final de la cueva,
pero otros se llenaban de apuro y sus corazones hacían ecos entre las piedras confundiendo su
camino y los golpes en las paredes no paraban de sonar.

Finalmente el Ajquij señaló a Manuel, el dejó sus últimas ropas en el piso y se adentró desnudo en
la oscuridad, respiró la humedad y debajo de la humedad el olor del musgo, del murciélago y de
las esporas del mundo subterráneo.

Dejó que el halito del Universo lo guiara y pidió al Iq' que se llevara los dolores de su vida anterior,
pidió a los ancestros su compañía, y su corazón se fue iluminando sintiendo las presencias a sus
costados, de los que fueron antes, de los que le miran desde antes del tiempo, Manuel caminó
con ellos y ya no hubo más tiempo y espacio, y su camino fue una pequeña eternidad, la eternidad
que separaba lo que había sido de lo que llegaría a ser, gran Kan de los Q'eqchi', los que no le
temen a la oscuridad.

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EL NAGUAL

Era ya mediodía cuando el caminante se detuvo debajo de una Ceiba gigante, paro agotado de
horas de un tiempo que se había extendido como bambú, largo y elástico.

El caminante intentaba calmar la ansiedad de la búsqueda del hermanito nagual. Era su primera
vez solo entre montaña, su corazón le latía en la boca y la opresión de no tener nadie a quien
recurrir parecía agrandar el tamaño de todas las cosas. Las grandes rocas de la montaña se
convertían en colosos de las civilizaciones antiguas, monstruos duros que le vigilaban en silencio;
los árboles parecían cortarle el paso a cada momento y los sonidos de aves e insectos se habían
vuelto ensordecedores con el tiempo, era hora de descansar.

Posó su cuerpo en la tierra, aún vigilante de las serpientes que podían ocultarse bajo la hojarasca
de aquel verano seco y al mirar el suelo descubrió un sendero de hormigas rojas cargando
provisiones para nidos ocultos en el inframundo.

Se fijó en una de las hormigas más pequeñas, que con gran esfuerzo cargaba una hoja que medía
el doble que ella, y mientras la miraba, la hormiga creció en su espacio visual y el mundo estaba
hecho de tallos, tierra y hormigas gigantes moviéndose en una danza sin final.

El caminante volvió su mirada hacia el bosque y su corazón volvió a cerrarse, la garganta dolía de
sed, pero era más el dolor de la soledad, el sentimiento de ser el único ahí. El peso de su propio
silencio era insoportable y entonces cuando la carga parecía hundirlo en el piso… soltó todo… se
dejo ir.

Este era el momento previsto en la tradición de la casa de Quetzalcóatl, la prueba del caminante,
en la búsqueda del nagual, reencuentro con la montaña y el bosque, romper la ilusión del
individuo, romper la ilusión de la soledad.

Y así el caminante se volvió bosque, y se hizo hormiga, y se sintió tierra, piedra y montaña, su
cuerpo en una sensación nueva se fue extendiendo hacia todos los costados, sus piernas se
sentían largas y conectadas como raíces a la profundidad de la tierra al punto de no sentir sus
pies, sus brazos se alejaron de él, hasta entrar en las madera y las rocas y su pecho se sentía
aéreo, flotando hacia los lados sin peso, y de repente ya no había cuerpo ni mirada, ni respiración,
solo una conciencia extendida, algo que mira sin mirarse a si mismo, un sentir que se funde con el
espacio de los seres y las cosas, el fluir con el universo.

Y mientras peligraba en perderse entre las partículas universales un zumbido fuerte le ayudó a
reintegrase en si mismo. Con dificultad movió sus brazos y miró sus propias manos asombrado y
sintió de nuevo las piernas y los pies y el zumbido nuevamente se dejó escuchar.

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Por un momento tuvo temor y a su mente venían imágenes de dantos y jaguares rodeándole
dispuestos a rasgar su carne y destrozar sus huesos, pero recordó las palabras del Tlamatinime y
se hizo claro que la búsqueda de su hermanito nagual había llegado a término y era momento de
abrazar su camino.

El zumbido siguió acercándose y el caminante se sentó a la espera, sintiendo aún la conexión con
la tierra, invitando, sintiendo…

Y entonces apareció ante él, un colibrí negro, grande como paloma, como nunca había visto y su
zumbido era fuerte y alegre, el caminante le vio a los ojos y el colibrí se acercó y se posicionó
estático en el aire, mirándolo también.

Y la conexión fluyó entre los dos, el caminante podía ver el mundo desde los ojos del colibrí y el
colibrí podía ver el mundo desde los ojos del hombre, eran hermanos de energía, el caminante
había encontrado a su nagual, la energía que le permitía conectarse con el universo, su traductor
espiritual.

Así pasó un tiempo de sentir y fluir en el que el caminante percibió mas allá de su ombligo, mas
allá de su carne, hueso y pensamiento, volviendo a la conexión original con las manifestaciones
de la vida y del ser, hasta que el canto del tlamatinime, posado en un árbol en el centro del monte,
cortó la conexión.

El caminante se despidió de su hermanito nagual y el colibrí voló zumbando cerca de él mientras


volvía al camino, al centro del monte al reencuentro con los de su especie.

El colibrí también volvería con los suyos, pero ambos estarían siempre conectados, permitiendo a
la madre tierra hilvanar nuevamente los hilos de la red de la vida y la conciencia, un poco más,
cada día.

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LA LOCURA

Cuando la bruja blanca era joven sus viajes de sueño le mostraron los caminos de su largo
proceso espiritual, ahí encontró a sus acompañantes, energías femeninas verdes y moradas que
pueblan los mares y los ríos, guardianas de la luz que siguen a la muerte que renace, la que
partea el alma de la gente.

Los sueños son puertas al mundo interior pero también pueden ser portales a los mundos que nos
vemos en el día, la bruja accesaba ambos en su peregrinaje anterior al sexto sol.

Una noche, la bruja blanca se soñó en un laberinto, caminando en un espacio infinito de un cuarto
sin paredes, rodeada de gente perdida en su mente, en batas blancas y miradas ausentes, ella se
llenó de horror aún sabiendo que el único peligro real era ser tocada. Se movió entre ellos
manteniendo distancia, con la certeza de una búsqueda y una intención.

La contemplación de aquellos dementes le trajo en retorno la mirada de ellos, una mirada que le
decía que ella era la extraña en aquel mundo, su control y razón no tenían lugar entre los que
habitaban las profundidades de la locura, y en ese ir y venir de miradas, descubrió el equilibrio
eterno de los procesos espirituales: el descenso necesario a los infiernos interiores que permite el
renacimiento del alma, una nueva integración del ser.

La bruja blanca caminó entonces en el laberinto de la locura, camino necesario de caos para
encontrarse en su nuevo estado, flujo y reflujo de la estabilidad e inestabilidad propia de los
momentos de cambio en la vida.

En aquella noche, en medio del tiempo del no tiempo, la bruja blanca construyó en su sueño la
imagen de su proceso: el camino de la razón que busca su evolución en medio del caos y la
locura, dejando el control atrás para fluir desde la intuición y el espíritu.

En la vigilia del nuevo sol otros y otras también caminaron en los sueños y encontraron respuestas
a sus procesos espirituales, y al hacerlo abrieron las puertas a la especie.

La bruja blanca se encontró a si misma innumerables veces, compartiendo existencia con


sentimientos y sensaciones en continuo cambio y transformación. Su energía, conectada con el
kame, fue guía en diferentes tierras y tiempos, y cada sueño fue una semilla que le ayudó a
germinar.

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LA DANZA

El hombre no se movía, muchas veces había salido el sol por encima de su cabeza y su cuerpo
seguía ahí, inmóvil bajo la sombra de la gran Ceiba real. La gente ya comentaba que había
perdido el alma, que su espíritu estaba perdido y que ya era hora de que alguien le ayudara a
rescatarla, pero nadie lo hacia, en el fondo sabían que el podía y debía hacerlo por su cuenta, así
que lo dejaban ser.

El también lo sabía, miraba con rabia a la gente, pero no pedía ayuda porque sabía que él debía
moverse por si mismo, nadie mas debía hacerlo por el. Así paso el tiempo, los árboles y el viento
fueron testigos de su no caminar, de su no ser, de su no estar, pero igual lo amaron sin juzgarlo, y
tampoco fueron a recogerlo, porque sabían que la luz seguía habitando en el, dormitando debajo
de sus dudas y sus miedos, esperando a ser fuerte otra vez.

Y el hombre se contaminó de sí mismo, sus pensamientos se hicieron oscuros y se volvieron


pesados sobre su cuerpo, hundiéndolo en la tierra y pudo ver las raíces de la Ceiba, y se fue
sofocando cada vez más, con la agonía y la desesperación de alguien a quien entierran vivo, y
miró los gusanos y las hormigas bajo el árbol, y sintió que caía al fondo de la tierra, al silencio, al
olvido, sintió soledad como si nunca nadie jamás lo hubiera tocado, y finalmente brotaron las
lagrimas de sus ojos, amargas, frías, y poco a poco, calientes, tibias, vivas.

Y se dejó sentir su herida, se dejó sentir dolor, reconoció el odio y lo entregó a la tierra, lo entregó
al viento, y pidió al gran sanador, al que corta y cierra, el Tijax, la piedra de obsidiana tallada por
sus ancestros, energía del norte, que le ayudara a sanar, y sintió brazas en su corazón y poco a
poco, volvió a respirar, poco a poco volvió a vivir.

Entonces ofrendó su danza, y su cuerpo lentamente se contrajo como al inicio de su existencia y


luego, con un ritmo de fuego fue emergiendo cada uno de sus brazos y piernas, y se sacudió el
polvo y las hojas y se volvió la sombra de la Ceiba, danzando alrededor, recuperando la alegría en
su piel, recuperando la vida en su carne.

En el circulo de la danza saltó y tocó tierra con sus pies y se dejó llevar por los ritmos de la luz,
sintió la presencia de sus ancestros y eran tantos que tuvo un poco de temor pero podía mas la
energía renovada y sabia que estaban ahí para acompañarlo en su despertar, así que siguió
danzando, la danza de la vida.

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LOS TLAMATINIMES

El niño lloraba quedito en las afueras de la Iglesia, sus cabellos, aun mojados por el bautizo,
bañaban la tierra con perlas trasparentes de agua. La gente pasaba a su lado pero a nadie
parecía llamar la atención, excepto por una anciana casi ciega que portaba un bastón de
granadillo.

"¿Por que lloras? Le preguntó cuando estuvo a su lado y el niño no alzó el rostro porque conocía
esa voz desde siempre "me engañaron mamita, me dijeron que me darían pastel y naida de eso
fue verdad" la anciana le dio un pequeño golpe con el bastón y le habló con fuerza "Te dije nieto
que no hicieras caso al pinche de tu papa, ese mi hijo quiere ser como el resto de los burgueses
que tienen la cabeza en el culo y por eso ¡solo mierdas piensan!"

La ultima frase hizo sonreír al niño que, a pesar de haberla oído muchas veces, siempre le hacia
gracia porque sentía como si escucharla era hacer una maldad a escondidas, algo que era un
secreto compartido entre su abuela y el, un mundo solo de los dos.

"¿Por que te dejaste bautizar?" preguntó la anciana con dureza y el niño se encogió de hombros
"porque me prometieron una fiesta, me dijeron que si entraba a la Iglesia y me dejaba mojar
entonces harían una fiesta para mí y habría pastel, pero nada fue así"

Los dos se quedaron mirando, para el niño era su primer engaño para la anciana era el más
reciente, ella quería tomarlo de los hombros y tener el poder de transmitirle con la piel todos sus
conocimientos, la historia vista a través de sus ojos, siglos de herencia náhuatl, pero ella sabia
que su nieto tenia un camino propio, una vida para aprender de ella y otros maestros de oriente y
occidente.

"Nada vale esa agua que te echaron si no sabes lo que significa" le dijo abrazándolo con cariño, y
el se quedó pensando en las velas y los cantos de la Iglesia y en el hombre extraño vestido con
cruces y mucha tela.

La anciana tomó el rostro del niño y le miro profundamente a los ojos "Vos serás tlamatinime,
heredero de la escuela del Norte, vivirás en una época difícil, preparando el camino del sexto sol y
verás el tiempo del no tiempo"

El niño no entendía todas aquellas palabras, pero se daba cuenta que aquello era muy importante
y sentía en su cuerpo un hormigueo igual al que experimentaba cuando su panga pasaba por una
corriente rápida en el río.

"¿Que es un tlamatinime abuela?" preguntó con la expresión mas seria que conocía a sus 7 años,
ella le sonrió despacio y se sentó al lado con el bastón entre sus piernas. "Hace muchas, muchas
lunas atrás vinieron gentes del Norte, desde lejos, de la tierra del águila y el nopal, los hijos e hijas

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de Tula y Teotihuacán, tus abuelos y abuelas, antes que esto se llamara Nicaragua, antes que los
españoles desembarcaran. Esa gente del Norte eran comerciantes y religiosos, iban y venían del
Sur al Norte y del Norte al Sur, pero hubo algunos de ellos que se fueron quedando, esos no
buscaban vender ni comprar nada, tampoco querían hacer templos, ellos lo que buscaban era
ayudar a la gente a humanizar el corazón y tener un rostro propio, ellos eran los tlamatinimes"

El niño escuchaba aquello como un cuento pero poco a poco la imagen de gentes ataviadas como
su abuela en los rituales de la ceiba, fue despertando en su mente "Ellos eran pensadores que
ayudaban a pensar sobre la vida, estudiosos que ayudaban a entender el universo, artistas que
ayudaban a amar a la naturaleza y a la humanidad misma" el nieto escuchaba y se le venían
tantas preguntas que con dificultad logró articular una "¿Y quien les decía que hicieran eso?" y la
abuela le remolineaba el cabello mojado mientras le respondía "Nadie nieto, el susurro del
Universo, su propio corazón y las enseñanzas de Quetzalcóatl el primer maestro"

"¿Y porque yo abuela, si yo no conocí a Quetzalcóatl, ni se nada de esas cosas?" y al decir eso la
anciana abrazo con fuerza al niño y se quedó un tiempo ahí, sintiendo que no le quedaban
muchos años a su cuerpo para acompañarlo en esta existencia.

"Esta vida es para vivirla con propósito Chombo, mis abuelas y abuelos danzaban los ritmos de la
luz y vos también aprenderás a hacerlo, vinimos a esta vida por corto tiempo, así que debemos
hacer de ella la mejor de las vidas, debemos hacer crecer nuestra luz y saber controlar nuestra
sombra, esto es ser tlamatinime, cultivarte a vos para ayudar a cultivar a los demás, ahora inicia tu
camino donde termina el mío, y ya tendrás tiempo para entender, ahora recordá este momento,
para que en tu tiempo venidero actúes siguiendo tu intuición y la voz de tu corazón... y ya
vámonos a casa a que te prepare chocolate"

Y se fueron los dos tomados de la mano aquella mañana, caminando despacio en las calles
pedregosas.

Cuando buscaron a Chombo una semana después, para llevarlo a la siguiente misa, ya no lo
pudieron agarrar, el niño se movía rápido descalzo entre los bosques donde se juntaba con su
abuela para aprender todos sus saberes en el idioma antiguo, pero eso solo lo sabían ellos, nadie
más.

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