Contenido

Lianas (I) .................................................................................................................................... 2 Lianas (II) ................................................................................................................................... 7 Lianas (III) .................................................................................................................................. 9 Lianas (IV) ................................................................................................................................ 11 Lianas (V) ................................................................................................................................. 15 Lianas (VI) ................................................................................................................................ 18 Lianas (VII) ............................................................................................................................... 20 Lianas (VIII) .............................................................................................................................. 24 Lianas (IX) ................................................................................................................................ 27 Lianas (X) ................................................................................................................................. 30 Lianas (XI) ................................................................................................................................ 35

Lianas (I)
- ¿Y? ¿Qué se cuenta? ¿Cómo amaneció hoy? - Bien, fíjese. De lo más bien. El día fresco-frío, ventoso. El mundo es el mismo de ayer noche, por ejemplo. Nihil novum sub sole... No está mal. Tuve que cambiar de yerba, eso sí, ando medio perdido, porque en la casa compramos al mayoreo y vienen de dos marcas. Y parecido no es lo mismo, sabe... - Oiga ¿Me va a decir que con todo el batuque de ayer tarde y noche no pasa nada para usted? - Y, mire... No es por hacerme el estrecho, pero creo que ya le dije vez pasada que para andar detrás de la política-política y mucho más atrás de la política de mierda hay que tener una paciencia de oriental... - Pero, ¿qué me está diciendo? Si usted mismo anduvo hablando de las cosas del día esta semana y más... - Sí y no. Lo que quise es ver cuánto hay o cuánto se puede ver a través de lo que se ve. Porque, para ser francos, ¿quién sabe qué es lo que están discutiendo estas gentes? Lo que están discutiendo en realidad, digo. A usted mismo, si le hago cinco preguntas sobre cualquier cosa de lo que pasa o va a inventar o me va a contestar con lo que sale en los diarios o con las declaraciones de un lado y otro dichas para que se publiquen. Así se hace medio difícil. Mejor hablar de lo que uno puede hablar. - Claro, diga la verdad, ya se cansó... - No, no es eso. Pero, un poco sí, le digo la verdad, no mucho: un poco. Además, en cualquier momento que uno retome el tema es más o menos lo mismo. Algo hay para decir, no crea, pero es una especie de subtotal. Igual es un subtotal de lo que me interesa y de lo que creo que hay que mirar. De lo otro, ¿yo qué sé? Si las oficinas de NK en Puerto Madero son de Elsztain que tiene 400 mil hectáreas de soja y más en la Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia, o si Buzzi es un agente provocador del gobierno para terminar sometiendo al campo, o si los pules de siembra, o si Cargill, si el Club de París y Alstom, si Alberto F. sube o baja, si Chávez aprieta o afloja, o si a la Rural le conviene el lío y se alió con Brasil que azuza el griterío porque también le conviene, o si... ¿Ve? ¿Qué me dice de todo eso? ¿Lo sabe? ¿No lo sabe? ¿Importa o no importa? - .... - ¿Se da cuenta? Por eso. ¿Sabé qué? Lo que sí encontré es un temita por ahí. Medio disparate es, pero alguna crema sale de esa leche, me parece. Fíjese...

Y así fue que la vuelta de diarios con la red me dejó dos pescados.

Wainfeld, Mario hacía por allí un comentario curioso y zumbón que tenía gracia. Todo a propósito de lo que parece que a esta altura es una vereda rentable para la prensa: decir a los cuatro vientos las ganas que tenemos todos de que la terminen de una vez con el griterío y la pelea de locas. Será que sale así en el oráculo de Gallup. El caso es que para disparar sus reflexiones mezzogandhianas, el escribiente motiva al lector con un relato: Según la fábula, un importante país necesita (vaya a saberse por qué oscura razón de Estado) que un campesino ruso se case con una hija de Rockefeller. El mediador designado viaja a Rusia, entrevista al campesino. “¿Usted se casaría con una americana?” “Jamás –responde el campesino–, no me gustan las gringas, flacas y huesudas. Yo quiero una mujer sana, con caderas amplias y pechos generosos, que tenga una buena dote.” “¿Y si la yanqui tuviera esas características físicas y fuera hija de Rockefeller?”, insiste el diplomático. “Entonces, podría pensarlo”, concede el campesino, incrédulo. El mediador viaja a Europa, se reúne con el presidente de la Unión de bancos suizos. “Necesitamos que le den un puesto en el directorio a un campesino ruso”, espeta. “¿Usted me toma el pelo?”, le responden en suizo-alemán. “Le aclaro que el hombre será yerno de Rockefeller.” “En ese caso, podríamos concederle”, se aviene el banquero. Rockefeller casi le arroja un teléfono cuando le pregunta si le pintaría que su hija contrajera nupcias con un campesino ruso. Pero cuando nuestro gestor le agrega “el prometido será un miembro del directorio de la Unión de bancos suizos” una sonrisa le llena el rostro. El mediador aborda a la mujer, le ofrece como prometido a un directivo de la banca internacional. “Jamás me casaría con un hombre del mundo de mis padres. Quiero salir de la jaula dorada, quiero alguien distinto, que conozca otra vida.” “El hombre que la pretende –-agrega en triunfo el diplomático– es un campesino ruso.” “Ah, eso es otra cosa.” Objetivo logrado por obra y arte de la construcción paso a paso. La leyenda enaltece la diplomacia en varios pasos, la necesidad de ser creativo para lograr un objetivo que afecta intereses variados. Las tratativas necesitan rodeos, seducciones, exploraciones. Y se concretan en estadios sucesivos si existe alguna afinidad de intereses y muñeca en los que buscan el objetivo.

Que diga que se le atribuye a Henry Kissinger el ingenio, que diga que la parábola fue dicha por Jorge Taiana en la Cumbre de Mar del Plata y que la aplique al único asunto que tenemos entre la tierra y el cielo aquí y ahora, ya es interesante. Pero más lo es el contenido del cuentito, el concepto de política (y de diplomacia), los modos de negociación. La ética del negociador. Los

intereses que movieron el periplo diplomático. Una belleza, me pareció. Para un tratado, si hay tiempo y ganas. Anoté el punto, pero seguí de largo. Y así fue que me encontré con más amor y desamor en el matrimonio, ya que de casorios estábamos hablando. Porque resulta que una sala de una Cámara Civil de la ciudad corrigió un fallo de un tribunal y su dictamen se volvió noticia. En realidad, el asunto que destacaron es lo que escribió uno de los jueces y que fue lo que votaron sus colegas. Y esto se me hizo tan significativo y subtancioso, como interesante me había resultado el cuentito del mujik ruso que se casa con la hija del magnate yanqui. Más todavía cuando me puse a curiosear en el asunto. (Y aquí un ruego para lectores avenegras o aledaños: no encuentro el fallo en cuestión por ninguna parte, ¿alguna sugerencia u orientación...? Merci.) Tuve suerte, dentro de todo. Porque fui a dar con un trabajo chileno, de cuando se discutía la ley de divorcio en Chile, que ya no se discute porque la pusieron en 2004. Allí, entre otros autores, aparecen unas citas del doctor Mizrahi, Mauricio Luis de un libro suyo de 1998 (Familia, Matrimonio y Divorcio. Buenos Aires: Ed. Atenea, 1998), donde dice exactamente lo mismo que lo que ahora dice el fallo que levanta polvareda, como novedad. Quizás lo que no se repara suficientemente es que el matrimonio requiere consentimiento de dos personas, durante toda su vida. Si uno de los cónyuges se niega a perseverar en esa unión, nada puede hacer el Derecho para obligarlo a permanecer unido a su cónyuge. Una visión así, al revés de lo que sostienen sus detractores, dignifica el matrimonio, lo hace más exigente. Mauricio Mizrahi expone lúcidamente este punto de vista: “Discrepamos de quienes consideran que el matrimonio, desde el punto de vista de su regulación legal, ha descendido a la categoría de cualquier estipulación contractual. No cabe duda de que ya no es la institución inmutable y de naturaleza sagrada de antaño; pero de ahí no puede deducirse que se produjo su degradación. En todo caso, el requisito del afecto subsistente que, en mayor o menor grado, se ha filtrado como una exigencia en las legislaciones posmodernas y que formalmente se traduce en la necesidad de un consentimiento permanente para evitar la ruptura, constituye para nosotros un verdadero acto de dignificación y de sublimación de la institución matrimonial, y ello en la medida en que importa otorgar una preeminencia al contenido de la relación por sobre los meros aspectos formales”. Continúa Mizrahi con una exposición que comparto: “Creemos que repugna a la sensibilidad del hombre que la ley imponga una perpetua o cuasi perpetua vinculación personal, contraria a su voluntad. Se traduciría en una degradación moral del cónyuge,

en cuanto se lo constriñe a un compromiso de amor para el futuro; a una deshumanizada convención, tras una suerte de entrega espiritual del sujeto. Hay dignificación, en suma, en los intentos de las leyes contemporáneas de no inmiscuirse en lo más profundo de la intimidad de los individuos; en respetar sus decisiones personales —sin la contrapartida de absurdas y obsoletas sanciones— en este ámbito tan delicado en el que está involucrada nada menos que la integridad ética de la persona humana” (pág. 172). (...) También es necesario considerar que dado que el divorcio es una institución muy antigua, las concepciones respecto de él han ido cambiando, y consiguientemente se han ido modificando las legislaciones mediante transformaciones que a veces han dejado subsistente, en parte, lo antiguo. De manera que en ellas concurre lo nuevo y lo antiguo, a la vez. En suma, en materia de divorcio se observa un cierto proceso inacabado y una fuerte discusión doctrinal (desconocemos en Chile esta discusión porque lamentablemente aquí hemos estado en el debate de una cuestión anterior: si se legisla o no sobre el divorcio vincular). Y en estas trasformaciones que se observan en el derecho comparado, se han ido dejando de lado el divorcio por culpa y las facultades del juez para rechazar el divorcio, pero en un proceso relativamente lento y complejo. Por ello las legislaciones son raramente puras. Mizrahi ofrece un acabado relato de las razones por las cuales la doctrina mayoritaria ha rechazado el divorcio por culpa, que son distintas a las consideradas por Hernán Corral. Las razones que menciona Corral a favor del denominado divorcio remedio no constituyen propiamente, en verdad, las razones más profundas que llevaron a la doctrina a acoger el divorcio remedio y rechazar el divorcio por culpa. En efecto, Mizrahi argumenta contra el divorcio sanción o por culpa, con base, en síntesis, al desarrollo de las siguientes ideas: 1) Durante el proceso de divorcio es muy improbable la determinación, con un grado razonable de certeza, del real responsable —si es que existe— del fracaso conyugal. 2) Pero no sólo se trata de una cuestión de prueba, sino que se cuestiona la existencia misma de la culpabilidad exclusiva de un cónyuge (o, si se quiere, la inocencia del otro). 3) El desarrollo del proceso contradictorio inculpatorio desencadena perniciosas consecuencias en el núcleo familiar, especialmente en los hijos, por la especie de guerra judicial que se crea entre las partes durante el pleito. 4) En el juicio, un tercero —el juez— se inmiscuye en aspectos de la intimidad y privacidad de la pareja que quizás ellos no quisiesen que quede magistrado en un tribunal (págs. 196 y ss).

El hilo débil -o no tanto, a mis ojos- entre el mujik casadero de Kissinger y el 'no te quiero más...' judiciable de Mizrahi, me dejó pensando, porque hay cosas en ambas cosas que bien valen un comento, creo.

- Claro... Y todo eso para no decir lo que piensa en realidad del gobierno y del campo... - Pero, no sea ganso, cumpa. ¿No se da cuenta? - No, no me doy... - Por lo pronto, fíjese bien: hay una cosa que en 1998 no era ni fue noticia y tal vez debería haberlo sido. ¿Ve cómo se cocina la historia? No es en los diarios o en la tele... En aquel entonces lo de Mizrahi hasta sirvió para poner divorcio en el único lugar que faltaba por esta zona. Ahora, diez años después, lo mismo dicho por el mismo tipo se transformó en una novedad y en todo un tema para que por lo menos los parlanchines radieros o los plumíferos hagan de eso un avance de la civilización y el derecho, y así machacar sobre lo que ya está machacado y remachado. ¿Ve? Hay que mirar las cosas con atención..., porque si no usted va a estar mirando mal y... - Pero, déjese de joder, hombre...: el problema ahora es NK, y CFK, y AF x 2, y CF y los demás guanacos estos, y las oportunidades que se está perdiendo la Argentina, y el mundo que quiere alimentos, y el campo, y el federalismo, y estos tipos que están ahora, y... - ¿Seguro? - Pero, por supuesto, viejo... - ¿Y usted cuánto sabe de todo eso? - Y, bueno, hombre, hay que informarse, hay que ver qué está pasando... - Y si es lo que estoy haciendo...

(1). En el trabajo hay una nota a ese párrafo que dice: Se denomina “divorcio remedio”, en términos generales, al que procede por una causal objetiva, referida al quiebre irreparable del vínculo conyugal, sin indagar en las razo nes o culpas personales de los cónyuges. Tradicionalmente la separación de hecho por un número determinado de años hace presumir este quiebre o ruptura definitiva de los cónyuges. El “divorcio sanción” es aquel en que éste es admitido como sanción al cónyuge que ha incurrido en conductas reprochables, muchas veces establecidas taxativamente por el legislador. Se sigue aquí la lógica de que todo divorcio comporta la existencia de una falta, de un actuar culpable. Ambos tipos de divorcio, en sus versiones más puras, suponen concepciones muy distintas sobre el matrimonio y el divorcio.

Lianas (II)
Se lo digo ahora porque voy a volver a decírselo: lo de la soja y el campo va a pasar, lo de las retenciones y la pulseada y todo eso..., aunque usted no lo crea y aunque vea y crea que ahora se juegan la vida: eso va a pasar. Y entonces podrán venir otras cosas y otras pulseadas y será lo del petróleo, la minería o el agua, o el impuesto a la margarita, o al pisco sour o el reclamo por el cromado de los palos de golf... Pero eso es filfa. Lo que queda, amigazo, lo que queda: usted mire fijo lo que queda. Y recién después saque cuentas. Y le digo más (a las apuradas, ahora...) Usted cree que lo peor es una mala persona. Y yo le digo que lo peor es una 'buena' persona. Usted cree que lo peor es un ladrón. Y yo le digo que lo peor es el que da. Usted cree que lo peor es un chanta y un negligente. Y yo le digo que lo peor es un tipo aplicado y perseverante. Usted cree que lo peor es el violento y el gritón. Y yo le digo que lo peor es el reposado y pacífico. Usted cree que lo peor es la anarquía y el caos. Y yo le digo que lo peor es el 'orden' y la 'ley'. Lo 'mejor': eso es lo peor. Cuando usted vea paz y prosperidad, orden y ley, generosidad y solidaridad, seriedad y trabajo infatigable. Cuando usted vea todo eso y vea que todo eso es por un fin inicuo: entonces, compaño, mírelo bien, distinga, no se alegre de más por eso, no lo celebre de más, no lo festeje de más. Una cosa más (y a las apuradas también) en relación con lo que le digo: la noticia dice que el ministro dice que, lo que se va a enseñar acerca de la sexualidad desde el jardín hasta la secundaria, se aprobó por unanimidad de todas las provincias y de la nación en el Consejo Federal de Educación. Ya que está, de paso, lea bien quiénes estuvieron representados en el comité que dio las recomendaciones que sirvieron de base a lo que ahora son los contenidos mínimos y obligatorios sobre educación sexual, aprobados por consenso. Eso está bien porque fue por consenso, dice usted. Pero no se haga malasangre porque igual eso es para la gilada, dice usted. Zonceras, dice usted. Es como toda la milonga ésa del 'género' en los discursos de CFK, dice usted. Es para calmar a los progres y hacer rabiar a los conservas, dice usted. The economy, stupid..., dice usted.

Y no, mozo, me parece que se equivoca: el estúpido es el que cree que es la economía, incluso cuando se habla de economía. Porque la economía, salvo que uno sea estúpido, no es lo que queda.

Lianas (III)
- ¿Y entonces? - Y entonces sigo pensando... - ¿Todavía? ¿Por qué? ¿Qué tanto pensar? Si le digo que todo está clarito como el agua... - No entiendo eso de '¿todavía?'. ¿Por qué no 'todavía'? ¿Cuándo hay que dejar de pensar? Además de que no creo que esté tan clarito. Para algunos, al menos. Veo mucha roña, mucho argumento que no sirve para nada, mucho 'ese tipo no me gusta', mucho 'estos son siempre los mismos'. En algunos es visceral. En otros es taimado: esconden la leche. No tan inocentes. Los taimados pasan por 'políticos' tanto como por 'filántropos', y no son ni una cosa ni la otra. Pero hasta con los viscerales hay problema. Se me hace que no sirven para lo político, ni para la política. Creo que son veleidosos, anormales, y quiero decir que no tienen mucha norma, ni mirada sobre lo que hay: son fácticos y a veces algunos militan en el partido propio de ellos mismos. - Entonces, ¿qué? ¿Hay un solo modo de hablar o de hacer en la política? - Sí y no. Aparte de que, ya se lo tengo dicho, hablar es una cosa (y habría que verla) y hacer es otra (y también habría que verla...) Pero seguro que hay modos de hacer y de hablar y no todos valen igual. Como también es verdad que si algo se puede en las cosas contingentes de la política es hablar y hacer de distintos modos, aproximándose desde distintos lados a lo que conviene hacer -y conviene quiere decir lo que corresponde, claro...- y lo que es prudente hacer o decir. Y eso en las cosas que lo admiten, claro, porque no se puede hacer política con cualquier cosa y no se puede hablar políticamente de cualquier cosa. Después de todo, en el arte -y la política es un arte- el hombre puede desarrollar esa parte de creatividad que tiene por herencia, que para eso está hecho a imagen y semejanza... - Todo muy lindo, vea... Pero acá las cosas urgen, se quema el rancho. Y no es cuestión de irse por la tangente... - Ahora que me lo dice me acuerdo de una conversa de estos días sobre las cosas del día. No hace mucho un amigo me decía buenamente: "Usted parece que mezclara un estado general del mundo y de la cultura de estos días de nuestro tiempo, con una cosa que es coyunda de aquí y ahora. Y por ahí no se puede hacer las dos cosas a la vez. Y lo de aquí cerca hay que mirarlo de un modo y lo de allá lejos, de otro. Porque me parece que lo del mundo nuestro éste no tiene arreglo y ya es medio irrecuperable, tal y como viene la historia. Y por ahí lo de acá cerca se puede ir piloteando de otro modo..." Lamentablemente, tuve que decirle que no a las dos cosas. Que en primer lugar yo no quiero

nada de este mundo nuestro, en el sentido en que él lo dice. Tal vez haya quien quiera algo así de este mundo en ese sentido: hacer que el mundo se quede quieto y bueno, y quieto en lo bueno. Pero para mí que eso es el Cielo, mi amigo. Y no es acá. No que no querría que las cosas anduvieran mejor, y establemente mejor todo lo que pudieran, en asuntos que para mí son fundamentales. No que no haya que aplicarse a ello según los pies nos dejan caminar, y seguro que lo hago menos que lo que debería. Pero, además de que sé que las cosas en el tiempo se sostienen con dificultad, no tengo el problema de cierto disgusto existencial que es moneda corriente en ámbitos incluso antagónicos. Ese disgusto malhumorado del tipo que parece que hubiera nacido aquí y ahora por error o por castigo de una vida anterior en la que se portó mal. Porque así como están los del Cielo en la tierra, están los del Infierno en la tierra. Y son los de ese disgusto que les hace preferir a algunos los tiempos evangélicos o los de la edad media o a otros el siglo de oro y a otros el de las luces y a otros el de antes del '45 y a otros el de antes de la caída del muro. Y así. Y los prefieren como cosa congelada en el tiempo, más que como un tiempo en el que había cosas mejores, si acaso. Nunca se me ocurrió rezar una oración que dijera: "Señor, líbrame de este tiempo mío contemporáneo a mis días y trae de nuevo a nuestros días los días de nuestros mayores y antepasados..." Lo que haya de bueno y lo que haya de bueno por hacer tiene su dinamismo, visto de desde nuestra orilla histórica, mientras las cosas se mueven y van marchando. Y hasta que no lleguen a su fin. Además de lo que el bien significa y es y vale en sí y por sí mismo, tiene su temporalidad, y por ello mismo su riesgo. Incluso lo bueno de antes puede que haya sido además un signo de cosas buenas por venir. Y lo de bueno que haya para hacer ahora también puede ser además signo de otras cosas por venir. Puedo admitir sin esfuerzo que hay cosas que se deterioran por acción del tiempo. Y otras que se deterioran por acción del hombre mismo que, envilecido, envilece. Y que eso tiene cierto progreso. Y entonces puede admitir que hasta cierto punto con lo que es o está mal, pasa algo similar a lo que pasa con lo bueno. Pero eso a condición de admitir que el final de lo bueno que se pueda hacer en este mundo es distinto del final de lo que se hace mal. Tan distinto como es distinta la plenitud a la frustración. Tal vez se me ocurra, ya que estamos pidiendo, decir esta otra oración: "Señor, dános bienes y verdades y belleza, siempre. Y todos los que quieras... Y cuando quieras, según nos convenga y valga. Y dame sabiduría para ver dónde los das y para qué... Y buena leche para ver qué hacer de ellos y con ellos... Y fuerza y tino para hacer por buenas razones lo que hay que hacer de bueno, cuando haya que hacerlo, del modo que haya que hacerlo..., esperando lo que es bueno esperar..." Pero, por otra parte, está lo de acá cerca. Y de eso tampoco 'quiero' nada de eso que él dice. Más bien me ocupo tratando de mirar y ver qué pasa y qué significa lo que pasa. Será porque creo que es algo que no puede no hacerse. Siempre. O será que me tocó eso, en todo caso. O lo elegí. O lo prefiero, porque en lo otro soy más inepto. Y si otros tienen que más bien operar, tal vez hasta les haga un buen servicio tratando yo mismo de ver, tratando de acertar a ver lo

que pasa, lo que son las cosas en realidad. Y ahí, ¿ve?, también podría rezar esa oración que digo.

Todo lo cual me hace acordar de otra cosa y de otra conversa. Pero, será para otro día.

Lianas (IV)
¿Son las personas? ¿Es lo que hacen? ¿Lo que deshacen? ¿Lo que no hacen? ¿Lo que dejan? ¿Se acuerda de Carlos Menem, o Duhalde, de Jorge Yoma, de Eduardo Menem, de Manzano y Bauzá, de Vico y Hernández, de Zulema, de Erman González, de Vicente Saadi, de Dromi, Aráoz, Gostanián, Granillo Ocampo, Corach, María Julia, Balza, Di Tella, Elías Jassan, Alberto Kohan, Jorge Rodríguez, Domínguez, Claudia Bello, Grosso, Ruckauf, Toma, Vaca Narvaja, Ubaldini? ¿O de Raúl Alfonsín, de Tróccoli, de Coti y Caty Nosiglia, Caputo, Alchourrón, Sourrouille, Lorenzo Miguel, Machinea, Miguel Kiguel, Pugliese, Víctor Martínez, Guglialminetti, Terragno, Conrado y Federico Storani, Ideler Tonelli, Raúl Borrás, Marcelo Stubrin, Alconada Aramburú, Caridi, Bernardo Grinspun, Aldo Neri, Jorge y Mario Sábato, Roque Carranza, Germán López, los Cafiero, Graciela Fernández Meijide, Alvarez Guerrero, Berhongaray, Pedro Trucco, los Delich, Caro Figueroa, Héctor Lombardo, Carlos Becerra, Leopoldo Moreau, Lopérfido, Nicolás Gallo, Jesús Rodríguez, Santín, Flamarique, Rodríguez Giavarini, Llach, Vázquez, Moliné, Belluscio, Boggiano...? Se acordarán tal vez los más aplicados en historia o los que tengan suficientes almanaques. Pues bien: todos y cada uno de ellos, y más nombres que no copio por abreviar, fueron en su momento lo que hoy son -y también abrevio- Néstor Kirchner, Cristina Fernández, Alberto Fernández, Aníbal Fernández, Carlos Fernández, Moreno y Montoya, y Máximo Kirchner y Capitanich y Kunkel, Ginés González García, Pampuro, Bielsa, Garré, Alicia Kirchner, D'Elía, Moyano, Filmus, Massa, Ocaña, Taiana, Picchetto, Tomada, De Vido, Miguens, Buzzi, De Angeli, Felipe Solá, Zannini, Miguens y Llambías o Gioino, Zaffaroni, Argibay... Y la Cámpora es la Coordinadora y la Coordinadora son los Celestes y los Rojo Punzó. Como Chascomús es La Rioja y Santa Cruz es Chascomús y La Rioja es Santa Cruz. ¿Quién quiere escribirle una biografía a cada uno de ellos o ellas? Yo no. Tal vez sería mejor empiecen ya los que quieran escribir la de todos los de la lista, porque los que están ahora en los diarios, serán en algún tiempo los que ya no estén tanto o no estén nada. Y eso pasará en 20 minutos más, por decirlo en tiempos históricos. Antes de que sus hijos de usted crezcan, mi estimado amigo, todos ellos y más y más 'serán historia', un

recuerdo, o un mal recuerdo, o un olvido del que incluso habrá que hacerles acordar a muchos, porque ya se habrán olvidado. Serán un nombre apenas reconocible, en muy buena medida. Y eso que en su hora se comían los chicos crudos. Como los nombres de aquí y ahora se comen los chicos crudos aquí y ahora, y son el terror nocturno de varios, y el objeto del odio eterno de otros o del amor inarrugable o de la sinuosa y lábil lealtad, incluso. No hay que volverse loco. Por mucho que lo pretendan y lo ansíen -como muchos ansían el bronce o la riqueza- la mayoría de todos ellos, los de ayer y antier y los de hoy, pasarán o no a la historia por razones extrañas. Hay como si le dijera dos historias, si me permite: la de cada quien y la de todos juntos. Si se encuentran ambas, se topan a veces de modo ruidoso y notable, como si le dijera la historia de Sócrates y la de Atenas en el siglo V a. C.. Otras veces se nota menos o nada la topada de la historia propia con la de todos; porque como ya dije alguna vez: ¿quién se acuerda de Sofronisco, el padre de Sócrates, que sin embargo también tenía historia propia? Con todo y eso, la historia propia del padre de Sócrates -tan valiosa para él como la de su hijoalgo habrá dejado a la historia de todos, además de habernos dejado a su hijo Sócrates. Lo que pasa es que no lo sabemos. Sam Gamyi y Frodo frente a Gollum: ambos quisieron matar al hobbit desfigurado, asesino, ladrón. Y Gandalf no lo deja a Frodo y Frodo no lo deja a Sam: sea lo que fuere o lo que haya sido, a Gollum le queda un papel que cumplir. Lo que Gollum hace, o no hace o deshace, tendrá relación con quién es y cómo es. Pero estamos mirando lo que hizo y el papel que juega. Cómo le fue al Gollum personal al final de toda la historia, es algo que no sabemos a ciencia cierta, fíjese. Y ya veo que se me asoman acá uno por la izquierda y otro por derecha, me pispean la pantalla y me dicen que más arriba, en la lista, faltan nombres, que arranqué apenas en 1983 y que faltan. Ta' bueno. Métale. Después vemos. Nombres podemos ponerlos todos. Más todavía: dígame desde cuándo quiere arrancar. Y hasta desde dónde, desde qué lugar de la tierra quiere arrancar: que Atila era asiático, Fidel es del Caribe y Mussolini era tano. Y que comparezcan todos.

Pero la cuestión no es la lista, caballero. Por mucho que los hiera, Kirchner hoy es Menem ayer. Por mucho que los hiera, Kunkel o Capitanich hoy son Jorge Yoma o Mera Figueroa ayer. Por mucho que las hiera la Hna. Pelloni ayer es Elisa Carrió hoy. Y así. Interesan las personas, no tengo dudas. Quiénes son, qué piensan, cómo actúan, sus motivos, sus personalidades. Tales cuales y quienes son. Como es importante también ver cuáles son o han llegado a ser arquetipos y de qué son o han llegado a ser arquetipos y en qué circunstancias. O cuáles son una referencia y de qué lo son, cuáles son los héroes, los antihéroes. Cómo llegaron allí, por qué. Y cuál es su suerte personal. Eso está muy bien. No se niega. No hay tanto sujeto colectivo que no haya personas. Personas reales, una a una, cuya impronta histórica es intransferible y no son un relleno, y no es indiferente su existencia o no, considerados en sí mismos y aún en medio de un conjunto de personas, en la historia propia y en la de todos. Pero, principalmente, estamos -estoy- hablando ahora de la dirección y del sentido de la historia y de la Argentina. Adónde va, de dónde viene, de dónde la traen y la traemos y adónde la llevan y la llevamos, adónde dejamos que la lleven, por qué, de qué manera. Quién la lleva y por qué, eso tiene importancia, claro. Pero, en lo que estoy diciendo y pensando, quién es menos importante que cómo, por qué y hacia dónde. Precisamente, cuando se pretende hacer idéntica a la persona con el emblema que representa es cuando puede patinar uno. Para bien y para mal. Un par de ejemplos, nada más. ¿Quién 'inventó' -no quién usó- la tríada Libertad, Igualdad, Fraternidad? Quiero la biografía. No, claro. Será interesante, tal vez decepcionante, si uno supiera exactamente quién fue. Ni vale la pena, difícil saberlo. No tiene que tener relación con la Revolución Francesa, incluso. Y tal vez ni siquiera la haya tenido. Hasta puede ser obra de uno que se puso a traducir una obra de san Agustín al francés en el siglo XVII, sin querer hacer un slogan con la tríada, sin saber que sería un slogan. Y más que un slogan. ¿Tiene usted a mano los nombres de los monjes que hicieron de Europa la Europa que fue? La lista, digo. La lista completa, ésa quiero. Con las biografías y las ubicaciones geográfícas y los itinerarios y lo que cada uno aportó, todo eso. Incluso el carácter de los tipos, hasta quiero

saber cuáles era más o menos elegantes y cuáles eran medio gronchos. Esa lista. Pero, si no es ésa, también me conformo con la de los 100 principales entre los siglos IV y XIV. No es tanto, a 10 nombres por siglo. Una bicoca.

Lianas (V)
A esta altura, buena parte de la izquierda se pregunta ya desembozadamente si este conflicto sirve o no. El tira y afloja puede ser corrosivo, está claro. Si corroe por ejemplo las entrañas y excrecencias del neoliberalismo y sus estructuras de concentración (la terminología no es culpa mía, manito...), puede servir; como puede servir si crea un cierto estado y mecanismo de asamblea popular en el que se fragüen nuevas formas políticas y sociales. Fantástico. Ahora bien. No solamente sería un problema que se fortalezca lo que uno quiere demoler. Un problema es que en medio de la batahola puedan corroerse más cosas que las que uno se propone corroer. Como también es un problema -tal vez mayor aún...- que las asambleas y los mecanismos de movilización no sean corrosivos de una estructura democrática funcional al modelo de concentración (...ya dije que esta jerigonza no es invento mío...), sino que signifiquen -o terminen siendo...- no solamente el fortalecimiento del oponente, sino una demora en la instauración de nuevas modalidades políticas, y que representen así un nefasto retraso de la llegada de una nueva sociedad, si acaso no significan su aborto. Entonces, así sí que no. Esa preocupación es, precisamente, la que aparece en estos comentarios que reproduzco abajo, cocidos en una semilengua insufrible y pedante, lo que prueba que la primera revolución se puede hacer perfectamente en el lenguaje. Pero, es lo que hay... Nosotros, en cambio, percibimos una impasse, a partir del atascamiento de las dos dinámicas más novedosas que pusieron en crisis la legitimidad del neoliberalismo puro y duro. Nos referimos, por un lado, a las nuevas experiencias colectivas surgidas en torno de los movimientos sociales (desde fines de los ’90 al estallido del 2001) y, por otro (a partir del 2003), a la tentativa del gobierno nacional de interpretar algunos de los núcleos instalados por estos movimientos. El efecto más visible de esta impasse es que la participación callejera, el recurso a la asamblea y el cuestionamiento a la mediación política hoy no vienen de parte de quienes pugnan por crear modos de reapropiación de los bienes comunes, sino de

quienes defienden (por acción u omisión) la captura privada de la renta global. Y que en esta coyuntura intervienen directamente en la definición de una nueva gobernabilidad pensada menos como la disputa del aparato del Estado y más como el gobierno de los procesos concretos (ya sea a través del control de los circuitos económicos como de la gestión de las subjetividades). En el fondo está en juego el modo mismo de plantear la cuestión democrática, más allá de los términos economicistas (que hacen del aumento del consumo el único indicador de su contenido), pero también de su reducción institucionalista. Todas estas variantes excluyen la perspectiva de la reapropiación social de lo común surgida de la agenda de los movimientos a nivel regional. Constatamos así la paradoja de una “vuelta de la política” junto a una despolitización de lo social: en el mismo momento en que se evocan referentes éticos de las luchas transformadoras como parte de un movimiento mayor de legitimación estatal, se devalúan los diagnósticos que estas experiencias pueden ofrecer como perspectiva de comprensión de la “situación actual”. En estas semanas vimos aparecer públicamente la cuestión de la soberanía alimentaria que los movimientos campesinos vienen desarrollando desde hace años, lo que da cuenta de la existencia de un acumulado de saberes y experiencias como virtualidad posible de ser convocada y aprovechada. Pero, al mismo tiempo, se advierte la dificultad de traducir estas iniciativas en políticas concretas. (...) La sobreactuación de la “vuelta del Estado” como sinónimo de la vuelta de la política transformadora conlleva una renegación de la experiencia de los movimientos y se muestra completamente insuficiente a la hora de comprender y enfrentar los fenómenos de degradación actual de lo social. La verdad de esta “vuelta” del Estado ha quedado a la vista: un gesto que se presenta como voluntad redistributiva abre un conflicto que pone en tela de juicio la propia autoridad estatal. (...) No hay sitio para la nostalgia. Nuestra imagen de la recomposición de lo social no puede quedar “fijada” a las formas que cobraron visibilidad durante diciembre de 2001. Del mismo modo que los discursos y estilos de los movimientos revolucionarios de los años setenta no deberían inhibir el surgimiento de nuevas maneras de comprender lo político. Entonces: ¿cómo atravesar un momento de impasse sin recurrir a falsas (y fáciles) polarizaciones ni a imágenes nostálgicas? ¿Cómo discernir en este estado de suspensión la disposición silenciosa del pensamiento y las luchas como signos de politicidad?

El movimiento de reapropiación de lo común existe en las prácticas colectivas de enunciación capaces de retomar, de una manera nueva, las preguntas referidas al trabajo (y a la explotación social: precarización y condición salarial), la gestión urbana (ghetificación y privatización) y la representación política (en base a la gestión de los miedos y las angustias productoras de nuevas jerarquías). Estos interrogantes se traman hoy en la coexistencia problemática de una retórica pro-estatal y una persistente normatividad neoliberal capaz de reglar los procesos productivos(mundo laboral, usufructo de los recursos naturales, privatización de los espacios públicos). En el reverso de esta trama se constituye el territorio conflictivo de elaboración (efectiva y potencial) de nuevos sujetos políticos.

Estos muchachos, una de las tantas capillas de una de las tantas parroquias de una de las tantas diócesis de la izquierda, y que dicen no conformarse con los cosméticos espumarajos y gruñidos de perro atado, están mirando con preocupación y refunfuños, según parece, la torpeza "arquitectónica" del gobierno para ejecutar una verdadera revoluta.

Lianas (VI)
Créame: hay que tener cuidado cuando uno hace malabares con más de tres pelotas en el aire. Por ejemplo. Algún erudito sabrá quién trenzó aquello de que 'los males de la libertad se curan con más libertad'. El formato es aprovechable, se ve, porque después dijeron aquello otro de que 'los males de la democracia se curan con más democracia' . Está claro que se podría volver peligroso el juego de abalorios si uno entendiera y viera que libertades y democracias tales son cosas no tan buenas. De modo que si 'esa' libertad era ya maleada, entonces más de lo mismo resultará mal al cuadrado. Y si 'esa' democracia estaba fulera, lo estará por dos si se la adita con dosis doble. La definición, ch'amigo, la definición. Hay que ver exactamente de qué se habla cuando se dice libertad, democracia. Como cuando se dice pueblo, patria, Argentina, o cuando se dice campo, justicia, federalismo, riqueza, pobreza y todo ese obeso diccionario otoñal que hemos tenido que ir tragándonos, a cuatro o cinco acepciones por palabra, uf... Quia parvus error in principio, magnus est in fine, decía Aquino que decía Estagira. En el De ente et essentia, de santo Tomás, la frase aparece en el primer renglón. Y remite con ello al tratado acerca de los cielos y el mundo de Aristóteles, quien dice allí (en el capítulo 5 del libro I) que "así como una pequeña desviación de la verdad, si se avanza, se convierte en diez mil veces mayor, lo que al principio es pequeño termina por hacerse enorme." En fin, creo que todo esto es cosa más que sabida. ¿Por qué lo cito, entonces? Primero, porque el opúsculo tomasiano es de mis preferidos y los gustos hay que dárselos en vida. Segundo, porque es verdad. Y, tercero, porque parece bastante aplicable a lo que se viene hablando en esta temporada otoño-invierno de conflictos, si uno se fija. Ello así, estimados, por dos razones, cuando menos. No importa ahora a qué se estén refiriendo Aristóteles ni Tomás de Aquino. La cuestión vale igual.

Y hasta no haría falta explicar demasiado: lo que al principio es una pequeña desviación de la verdad, al final se vuelve diez mil veces mayor. Diez mil veces más desviada, quiere decir, se entiende, diez mil veces más embrollada y no menos que 10.000 veces más angustiante para el que ya no puede entender de qué va todo el comadreo. Tal vez haya habido -sus apuestas, caballeros...-, algún 'cálculo' erróneo al principio de este batifondo. Y no me refiero en particular a las fórmulas de alícuotas (pregunta literaria: ¿no podría muy bien ser éste que digo otro nombre más de alguna poetisa griega: Fórmula de Alícuota, dizque oriunda de la villa de Alícuota, en la isla de Lesbos...?) Pero, al mismo tiempo, me parece que este asunto primero de jugar con las pelotas en el aire (libertades que necesitan más libertades, democracias urgidas de más de lo mismo...), me da pie para una otra aplicación no canónica: los males del peronismo se curan con más peronismo. Las advertencias aristotélico-tomistas sobre el peronismo, valen también aquí: ¡ojo al piojo con lo qué se quiere decir cuando se dice peronismo! Porque así como dije que una parte de la izquierda se pregunta más y más si todo el barullo (les) sirve, al fin de cuentas, se me hace un poco de cajón que no sería extraño ver que el propio peronismo (defina, compañero, defina...) quisiera emprolijar este eterno retorno de revolución permanente y asomara de más en más el morro por el foro. Algunos gestos hacen (¿tímidamente?), orejeando el naipe, creo: rebeldes, históricos, disonantes, gordos. Con una especie de segunda piel. Con una especie de información genética. Mezcla de política-politica con política de mierda. Puede ser, sí. Cómo no. Y tal vez nos pase algo así. Tal vez un día de éstos vayamos despertándonos a la mañana y vayamos viendo que un peronista va reemplazando a otro peronista. Un peronista que no es peronista como el otro peronista que dice que es peronista pero que no es peronista como el peronista que lo reemplaza. Porque tal vez prospere aquello de que los males del peronismo, secundum quid, se curan con más peronismo, simpliciter.

Lianas (VII)
Hoy a las tres de la tarde tomé un taxi. (Y aquí podría salir de la entrada, sin decir más. Y calculo que con ese dato autobiográfico podría, me imagino, hacer las delicias de la angurria existencial de unos cuantos recolectores de las residuales desprolijidades de la vida, roedores de datos de inventario, embolsadores de experiencias ajenas. O tal vez ilustrar con episodios desopilantes de mi vida diaria -como tomar un automóvil de alquiler- a honestos buscadores de signos biográficos, que serán los menos. Mejor, sigo viaje...) El chofer dijo tener unos creíbles 35 años. No se lo veía de mal humor. No se lo notaba alicaído, ni triste. ¿Y a que no adivinan, señores míos, el tema de la conversa de 15 minutos y 25 cuadras céntricas? Exacto. Apenas dije ‘qué se dice’ me contestó con un chiste contra CFK que anda corriendo por mensajes de texto, según me anotició con feliz displicencia y gracejo. Le pregunté, entonces y ya que habíamos caído en el punto primero y único del orden del día, qué decían los que se sentaban atrás. Me dijo que uno le había dicho que con el IVA que había recaudado el gobierno en estos meses de carestía (vaya palabra, ¿no?) debe haber hecho casi tanta ‘caja’ como lo que podía cobrarle al campo con las retenciones ésas. - Y las cosas no van a bajar, se da cuenta... - No sé, soy malo para las cuentas, pero puede ser. - Yo tampoco sé pero un poco verdad debe ser: el otro día unos amigos pagaron a pesos 18 el kilo de asado... Un asadito con los amigos, ¿se da cuenta? Y eso lo paga la gilada que es la mayoría, jefe...

Me dijo también que otro le había dicho que se sentía un chico viendo a los padres pelearse por la plata. Y otras cosas así, me decía. Le pregunté, al fin, qué pensaba él. Le pregunté junto si él entendía de qué se trataba, y si no lo cansaba la cuestión, tan larga, tan sin saber bien, tan crispado todo. Le pregunté, de revés,

cómo era la cuestión: por qué ‘la gente’ no se cansaba de todo esto y la carestía y todo eso, sin entender nada de casi todo, sin saber qué están diciendo, quién tiene razón, y los gritos y los pitos y las flautas y por qué la gente no pegaba un portazo y pateaba el tablero y mandaba todo al diablo... - Mire, jefe. Le voy a decir una cosa. Yo tengo 35. A los 15 tuve que dejar el colegio porque mi viejo no tenía plata para ‘bancarme’ y me dijo: “flaco, se terminó lo que se daba..., tenés que laburar...” Era la época de Alfonsín, ¿me entiende? Las cosas valían 100 y al rato, 500. Dura la mano... No me quedó otra, tuve que salir a la calle. Después terminé un poco a los ponchazos. Soy enfermero, ¿sabe? Me hice enfermero, porque me gusta estudiar, algo aunque sea. Y hasta ambulancia tuve, ¿se da cuenta?. Pero... Vino el ‘innombrable’ y otra vez a la lona, la de cheques que me quedaron colgados... Perdí todo de nuevo. Y después la crisis de no sé qué y después éste y aquel y así... ¿Me entiende? - Más o menos... - Claro... Le explico: los de mi edad, y de mi edad para abajo, somos como de esa clase. Una clase, ¿me entiende? Nosotros nacimos en esto, así como ahora. No conocemos otra cosa. Esto es lo normal para nosotros, no conocemos otra. Siempre fue igual, nunca estuvimos bien. Flotamos un poco, no nadamos del todo ni nos ahogamos del todo... Ahí, siempre al límite. No tenemos mucho para elegir, ni mucho futuro para esperar. Si tenemos como quien dice para el asadito, mejor. Si no, esperamos la próxima, porái tenemos más suerte... Ya aprendimos, bah, digo yo, no es que aprendimos, no nos queda otra porque esto para nosotros es lo normal. Por eso le decía: nosotros nacimos en esto. ¿Me entiende? - Como sobrevivientes, dice. Sobreviven, van tirando, día a día, ¿eso es? - Y sí, eso. - Pero, ¿por qué se conforma con eso? - No es que uno se conforma; pero ¿qué quiere que hagamos? ¿Qué se puede hacer? De veras, le digo: yo a veces hago la lista, ¿vio? Y, ¿la verdad?: no hay ni uno... Está bien, se va ésta. ¿Quién viene? Da lo mismo, son todos lo mismo. Mucho piripipí, discurso, mucha milonga: esta yegua dice una cosa, la otra gorda le contesta otra: son todos verso, jefe. Todos. Son iguales todos... Ellos hacen la suya. Entonces yo hago la mía. Unos por la guita, otros por otra cosa... Son ellos y te hacen creer que es para vos... - Hace años, cuando uno tomaba un taxi, todos los taxistas hablaban de política. Y todos decían lo mismo. Si pasaban, por ejemplo, por la casa de gobierno, por el congreso: “Yo a éstos, ¿sabe qué haría?... Los encierro a todos y les prendo fuego”. O decían: ¿Sabe qué haría yo con estos tipos, maestro? Los mando a todos a laburar al

campo o a hombrear bolsas, los mando... Sinvergüenzas... El pueblo muriéndose de hambre y estos tipos dándose la gran vida...” Era un clásico... - Y sí... Mi viejo dice lo mismo, más o menos, pero él se pone más loco que yo. Nosotros no, ¿ve? Los de treinta y pico, digo... Y los pibes, más todavía, los que vienen abajo... Somos así. No conocimos otra. Y sobrevivimos, como usted dice, andamos sobreviviendo...

Por 9 pesos con 30 no estaba mal. Si uno piensa que una encuesta mezzo-mezzo se cotiza 30 mil y no menos... Me sorprendió, con todo. El escepticismo cálido, casi cordialmente cínico. Nada agresivo, casi diré como sin resentimiento, como sin dolor alguno. Sin felicidad y sin dolor. No era el simple Juan Pérez. No era el hombre común que quiere una vida de medida humana, sin desmesuras. Ni púsil ni desmadrado. Y que prefiere que los asuntos de mago los arreglen los magos, mientras él se dedica a vivir. No era el burgués, siquiera, que podrá darse aires de ponderación rastrera, de hombre crítico preocupado, de intelectual oportuno o de emprendedor con aspiraciones ruidosas y vanas, pero que en realidad mide y pesa cada paso, buscando ahorrarse energías o vivir de los demás o hacer girar el cosmos en su provecho, masajeando su ego de tipo inquieto y solidario y suspicaz. Pero tampoco era un derrotado. No está peleando nada, entonces no puede ser derrotado. No puede ser del todo llevado, ni del todo empujado. No está del todo de pie ni vencido del todo. No opone resistencia. No quiere lío. No quiere más lola. Él nació en esto. Él no conoce otra cosa. Para él esto es lo normal. Y eso es parte de lo que queda, de lo que hay que mirar mientras pasa lo pasa. No es todo, pero es parte. Es ni más ni menos que un aspecto ácido de lo que queda cuando pasa lo que pasa. Así nomás, en traje de paisano. Uno de tantos. Pasa en la ciudad, es verdad: sitio poco épico, casi nada lírico y deformadamente trágico. Pero pasa. Y pasa, por ejemplo, en la piel de nuestro alumno secundario incompleto, enfermero quebrado, taxista escéptico y cordial. No ahondamos otros tópicos que podrían haber dado más materia y reflexión.

Pero estaba claro. Podría pasar que con esa mansedumbre pudiera hacerse un energúmeno un día. Podría pasar que con ese escepticismo resultara un día un esclavo. Cualquier cosa podría pasar con este buen hombre, Dios no lo permita. No sé si sabe de la cuestión ésa de redistribuir la riqueza. Pero si un día redistribuyeran almas, seguro le alegraría que le devolvieran la suya.

Lianas (VIII)
¿Cómo se puede reclamar la nacionalización del petróleo cuando la lucha que se despliega es contra una medida progresiva de índole impositiva? ¿Cómo se puede llamar a la lucha contra la pobreza con aliados que expresan las capas más tradicionales de las clases dominantes? Algo ha sucedido en los vínculos entre las palabras y los hechos: un disloque. Los símbolos han quedado librados a nuevas capturas, a articulaciones contradictorias, a emergencias inadecuadas. Ningún actor político puede declararse eximido de haber contribuido a esa separación. Las situaciones críticas obligan a preguntarse qué palabras les corresponden a los nuevos hechos. Entre las batallas pendientes en la cultura y la política argentina, está la de nombrar lo que ocurre con actos fundados en una lengua crítica y sustentable. Sin embargo, hoy las palabras heredadas suelen pronunciarse como un acto de confiscación. Cualquier cosa que ahora se diga vacila en aportar pruebas de su enraizamiento en expectativas sociales reales. Parece haber triunfado la “operación” sobre la obra, el parloteo sobre el lenguaje. Son 7 páginas a cuerpo 12 y doble espacio. Obra de intelectuales, claro. Un "colectivo", dicen. Insufrible: jerga y jerga y más jerga, argot para iniciados. ¡Y qué mal se sienten los progresistas si no hablan en su dialecto! ¡Y ni siquiera son originales en eso! ¡Hay otros que también tienen sus santo y seña para identificarse e identificar a primera vista a sus pares y si no dicen las palabras mágicas no se sienten seguros! Pero, está bueno. Hay que leerlo (no, m'hijo, no: usted no..., usted deje, usted está para otra cosa...) y darse cuenta qué significa que la revolución empieza por el lenguaje. Nada nuevo. ¿Leyeron los Diálogos de Platón? ¿Se acuerdan del esfuerzo de Sócrates por alumbrar el sentido de las palabras, arrancando de las palabras para llegar a las cosas pasando por la concepción intelectual de las cosas? ¿Se acuerdan de l'Encyclopedie como prolegómeno (linda palabra, justa...) de la Revolución Francesa y su esfuerzo por redefinir los términos? ¿Y hasta de los esfuerzos de Lunacharski avalados por Vladimir Illich para cambiar incluso el propio alfabeto ruso y su caligrafía, además del diccionario? Por eso: no es una novedad ni una excentricidad genial de la izquierda o el progresismo o de los 'modernos'. Las palabras son signos de los conceptos y los conceptos son signos de las cosas: esa es la antiquísima matriz de todo el asunto, que ahora les lleva 7 insoportables páginas a los 1.500 señores del 'colectivo' en esta carta fundacional.

Y al revés vale también: hay que hacer palabras tales que lleven a pensar tales ideas que representen tales cosas. De modo que cuando se digan determinadas palabras sólo se piense en tales cosas y se represente uno tales cosas. Y ésas, y sólo ésas, sean las palabras para ésas cosas. ¿Y de qué se quejan esta vez, lloriqueando como hacen habitualmente? De que una 'nueva derecha' se les está quedando con las 'palabras talismán' y las usa desaprensivamente. Algo de razón tienen. Y no hace falta ser progre para darse cuenta de eso. Y de eso que llaman convenientemente nueva derecha hay que ocuparse. Aunque parecería que no se dan cuenta de que si hasta esa 'nueva derecha' 'tiene que' usar 'sus palabras' progresistas, el round lo gana el dueño de las palabras... Pero lo que ahora me interesa es ver qué desnuda queda la visión y la estrategia de estos aprendices de magos en estas indigeribles 7 páginas A4. ¡Queremos las palabras que tanto nos costó 'construir'!, aúllan. ¡Nos están robando las palabras!, ululan. No sé si el 9.000% de los lectores sabe exactamente lo que significa que entre las batallas pendientes en la cultura y la política argentina, está la de nombrar lo que ocurre con actos fundados en una lengua crítica y sustentable. Sin embargo, hoy las palabras heredadas suelen pronunciarse como un acto de confiscación. Cualquier cosa que ahora se diga vacila en aportar pruebas de su enraizamiento en expectativas sociales reales. ¡Carajo! ¡Qué boquita! Pero lo que quieren decir importa más. ¿Ve, cumpa? ¿Ve que hay que mirar con atención y oír con atención? Porque el aire es gratis y respirar todo el mundo respira. Y así, las 'palabras' , que son de aire, entran como envaselinadas, sin que se dé cuenta, y le preñan la mente y el 'imaginario', y se hacen aire de nuevo y usted lo expira y lo respira y ni cuenta se da. Y después le queda el aliento ése a esas 'palabras', y digiere esas mismas 'palabras' -previa asimiliación de sus jugos y proteínas ideológicas- y al final cuando excreta, excreta otro tanto. ¿Entendió lo que le dijeron, pipistrilo? Existe una cosa que se llama 'guerra cultural'. Y en la guerra cultural, gilún, hay batallas y entre las batallas pendientes en la cultura y la política argentina, está la de nombrar lo que ocurre con actos fundados en una lengua crítica y sustentable. Sin embargo, hoy las palabras heredadas suelen pronunciarse como un acto de confiscación. Cualquier

cosa que ahora se diga vacila en aportar pruebas de su enraizamiento en expectativas sociales reales. ¿Se lo repito? ¿O prefiere leer los 17.000 caracteres -con espacios- de la carta del 'colectivo'? Mejor así. Una cosa más. Precisamente, Sócrates decía que la verdad sobre las cosas había que buscarlas en las cosas mismas, más que en las palabras, porque éstas apenas son signos de lo que es. ¿Entonces por qué tanto lío? ¿Se volvieron devotos del Verbo Encarnado los muchachos del 'colectivo'? No, no es eso. Pero algo parecido: un nuevo Verbo Encarnado. Michel Foucault decía que fuera del discurso no hay nada, ni siquiera referencias para las palabras que se usan en el discurso. Las palabras hacen la realidad, eso decía. Y eso es lo que están diciendo. Y se lo están diciendo a usted. Claro, parece que hablaran del campo, de la redistribución de las riquezas, de la solidaridad, del estado, de la sociedad. Pero están hablando en ocasión de todo eso, no de eso. Y cuando lo del campo pase, como ya le dije, todavía seguirán hablando de lo que hablan y de lo que quieren y de lo que están haciendo en realidad.

Lianas (IX)
Tengo dos noticias. Como manda el canon, una es buena y la otra no tanto. La buena es que el síndrome del exilio me hace extrañar la patria a más no poder y las tripas me piden dar la vuelta. Hace tres meses largos que –autoincriminado y será que pagando quién sabe cuáles deudasme condené a tratar asuntos de la polis por tiempo indeterminado, con accesoria y costas, lejos de casa. Y lo cierto es que ya tengo ganas de ir rumbeando de nuevo pa’l pago, con la sentencia mal que mal cumplida, se me hace. No creo que sea verdad aquello de que uno se va para poder volver. Pero es verdad que con gusto se vuelve al pago, vea usted. ¿Y por qué volver al pago? Pues porque hay cierta política-política, en un sentido muy claro y preciso, que no es mi hogar del todo, y menos lo es –espero tremante- la política de mierda. Y no que le haga asquillos a mancharme los zapatitos blancos que no tengo, porque ha de saber usted que profeso una religión que dice que lo que mancha es en todo caso lo que sale y no tanto lo que entra. Lo que pasa, al fin de cuentas y puesto a ver y releer, es que creo que, en primero, casi todo lo que tenía para decir, fue dicho. Y en segundo, querría hablar de otras cosas. O tal vez de las mismas, pero de otra suerte. Después de todo, mi estimado, ¿cuándo no estamos hablando de política o de religión? ¿O cuándo es tan política la política o tan religión la religión que no tengan, por ejemplo, una habitación para la belleza y viceversa? El día que sea así, habrá que sospechar de la política o de la religión. Y hasta de la belleza. El día que el bien se divorcie de tal manera de lo bello y viceversa, el día que a lo verdadero tengan que amputarle tanto del bien o de la belleza y así, algo monstruoso habrá pasado y como a un monstruo habrá que considerar lo que de ello resulte. Y aún así con misericordia habrá que tratarlo, sí. Pero será con toda la misericordia con la que se trata a un monstruo por ser tal; sin olvidar que algo así no es conforme a su naturaleza, que es lo que ‘monstruo’ significa. Y por lo mismo y en lo que se pueda habrá que ver de volverlo o ayudar a volverlo a su natura, claro. Y pueden volverse así de monstruosas la política y la religión: con el bien, lo bello y lo verdadero guerreándose en sus entrañas, en guerra a muerte tantas veces.

No se olvide, señor mío, que para que esas tres cosas estén unidas todo lo que pudieren estarlo y para que en ellas se unan los que son muchos, es que existe la polis. Y la política. Y por supuesto que se entiende que sea tan pero tan difícil realizarlo en este mundo sublunar, donde todo tiene esa injertada simiente centrífuga que se empeña en dividir lo que en un principio -y en la raíz- está unido (aunque aquí y ahora tan tironeado y tan doliente), tanto como se empeña esa mala semilla en dividir ahora aquello que al final estará de nuevo pacíficamente íntegro, mal que le pese. Comentar un poema puede ser tan político o religioso como se quiera, visto de este modo. Y debería serlo, fíjese. Como tampoco se puede comentar del todo bien un discurso o una medida de gobierno sin atender a cuánto de bien y verdad -y hasta de belleza, sí- llevan. Así como todo lleva por origen un germen de unidad amorosa, así también las cosas, mi amigo, llevan por origen un germen de esa trinidad, y de unidad en esa trinidad, un germen del que no pueden deshacerse tan fácilmente, y acaso no pueden nunca del todo. Todas las cosas son hechura trinitaria y es huella de esa trinidad el bien, la verdad y la belleza que llevan y que sean capaces de multiplicar. Por otra parte, a qué engañarse, estoy seguro de que si se me da por volver -como si dijera en una semana o en un año- a tratar asuntos del foro, habrá poco más o menos lo mismo en las góndolas: de estas cosas tratadas en estos días nunca hay desabastecimiento y raramente salen productos tan novedosos, además. Bien mirado el asunto, son ventajas que tiene el curso espiraloide de la historia, ventajas de la carrera helicoidal que permite viajar por el tiempo con lo mismo pero distinto, de principio a fin. Me alienta, claro, otra cosa. Oigo un no audible -pero, en mi perspicacia, sonoro- '¡por fin, viejo...!', un '¡ya ahueque, caballero...!', un '¡finishela, che...!', un '¡terminála, macho...!', todo a coro, mudo, multilingüe y en alborozo, que me les está diciendo al corazón y a los dedos que pulsan esta bitácora, que mejor soltar velas y teclas con otros rumbos. Y es el caso que el corazón y los dedos de un servidor dicen con júbilo unánime: '¡Amén, amén!'. Lo que no es garantía ninguna de que tecleando sobre otras cosas mejore lo presente. Ahora bien. La noticia no tan buena es que, antes de abandonar la polis, me queda por pulsar una prometida cuerda más. Pero aquí el fatigado leedor puede descansar, bien merecidamente, antes de la última estación. Porque se me hace que lo que falta, en el mejor de los casos, puede ser tan tedioso como lo que ya fue.

Aunque nos alivia a todos saber que con ello se cierra la serie.

Lianas (X)
- Se me ocurrió una especie de tipología. Y a ver qué le parece, porque creo que además no está del todo mal para recordar una cosa que no debería olvidarse. - ¿¡....!? - Lo que quiero decir es que tal vez podría ser útil prestarle alguna atención a la circulación termohalina en los mares del mundo. - ¡Zápate! Ya sabía..., ¿no te digo? Es lo que llaman ‘fatiga de combate’ o 'estrés de lectoescritor'... Le venía viendo ya que algunos caramelos le faltaban al frasco y ya me parecía a mí que al tipo se le venían soltando algunas tejas en el techo... - No, mi amigo, no... Al menos, no por eso que digo ahora. Un poco de paciencia, viejo, que ya va a ver lo que quiero decir... ¿Se acuerda de la película "El día después de mañana"? Fue uno de esos inventos ‘apocalípticos’ que cada tanto larga el cine. Hizo bastante ruido en 2004 cuando apareció, con su tremendismo y sus efectos especiales. El asunto era éste: uno de estos típicos científicos antisistema descubre que la cantidad de calor y sal en las corrientes marinas está enfriando súbitamente el planeta, cosa que al fin ocurre mucho más rápidamente que lo previsto y desencadena una catástrofe climática con sus consecuencias impresionantes. Dejemos de lado todo lo demás que dice el filme –que no es gran cosa- y vayamos a la circulación termohalina, que es el hilito que me sirve como si dijera de tipo para hablar sobre su antitipo, o sus antitipos, porque podrían ser varios. La circulación termohalina, entonces, como figura y emblema material y ocasión para aplicarla a otros asuntos no tan materiales. Y para empezar le digo que ‘termohalina’ es una palabra compuesta de otras dos de origen griego que significan calor y sal: thérmee y hals. Resulta que aquella película tomaba un punto verdadero y con eso montaba un espectáculo que obviamente no pocos científicos impugnaron por estrambótico y a la vez simplista o porque, según otros dicen, no es así como pasarán las cosas llegado el caso. En fin, tanto me da a mí, porque no estoy hablando de oceanografía física. - ¿Y para qué lo menta entonces...? - Es que, precisamente, en lo que sí acuerdan todos es en un punto (científico, digamos) que es lo que da ocasión para que la imaginación del argumentista, guionista y director dispare todo el espectáculo hollywoodense. Y a mí me da ocasión para este comento.

Porque, efectivamente, la presencia de calor y sal en el mar influye en la circulación de las corrientes marinas todo alrededor del planeta. Y lo que es más importante todavía: esta misma circulación del mar a su vez influye, junto con otros factores terreno-astrales –como las mareas, los vientos, la humedad de la superficie, la radiación solar-, para hacer del clima terrestre algo vivible para el hombre. Muy bien. En las corrientes marinas, la combinación de agua salada y dulce con sus correspondencias de agua fría y cálida, debe ser tal y en tales condiciones que, circulando por los mares de este mundo, esas corrientes ayuden a evitar y a moderar tanto los rigores gélidos de edades glaciales, como las angustias sofocantes de desertificaciones tórridas. Todo el impresionante asunto real entonces, simplificando pero no mucho, depende de cuánta sal y calor haya en el agua del mar. Ahora bien. A partir de aquí, tiene el soberano derecho a tacharme de lo que más le guste. Que para eso sirven también tiempos como éstos: para sacarse las ganas. Pero, la verdad es que, con sólo esos tres elementos relacionados, tal y como lo están en la pura y dura realidad, se me hace que ya tendría para un festín simbólico o tipológico y no para hablar de simbología sino de política, por ejemplo. Bastaría con asignarle a cada uno de estos tres elementos el significado más frecuente que les asigna la Escritura a la sal, al calor y al mar. Con sólo eso se podría decir, ahora tipológicamente, que sin la sal y el calor que debe tener, y en la medida y calidad que le es menester, el mar se vuelve o puede volverse, por decirlo así, inhumano y entonces enemigo de la vida humana; como podría decir incluso que sin esa presencia de sal y calor en el mar, la vida del hombre se hace penosa y hasta invivible sobre la propia tierra, asignándole ahora también a tierra el significado que habitualmente le asignan las Escrituras. Y se vuelve más rica todavía esta tipología ad hoc si se suman algunos elementos muy importantes y que de veras intervienen en todo el asunto: los astros o los vientos. Porque allí está la luna con su influjo por ejemplo sobre las mareas, como allí está principalmente el sol con su incidencia capital sobre la vida, con sus radiaciones y su calor y la respectiva incidencia de ambas cosas sobre el mar y sobre la vida tanto en el mar como en la tierra. Sol y luna, sal, calor, mar, viento y tierra. Ni más ni menos. Creo que bien se entiende, pero tengo que repetirlo hasta el cansancio: no estoy hablando de oceanografía o astrofísica. - Eso lo entendí más o menos y lo demás, también, más o menos. Ahora, y para empezar, ¿dónde está eso en la Escritura, que usted dice?

- En muchas partes, si se fija. Pero, por lo pronto, las dos cosas principales están en dos lugares que me parece que aplican en este asunto sin demasiado esfuerzo. Por ejemplo, en aquello de que "vosotros sois la sal de la tierra", que está en el capítulo 5 de san Mateo. O en aquello otro que dice: "he venido a traer fuego a la tierra y ¿qué quiero sino que arda?", que está en un pasaje de san Lucas, capítulo 12, versículo 49. - Hasta ahora, y supongamos que se lo concedo, tenemos la sal y el calor, que viene a ser el fuego ése que dice ahí. Pero, ¿y el mar? - En ‘la tierra’, fíjese. Porque esa ‘tierra’ es ‘el mar’. - Ah..., bueno. Y entonces el cielo es la tierra, y así... No, mi cuate, así no vale... - Espere, don, espere, que algo de razón tiene. Porque fíjese que, habitualmente, cuando las Escrituras hablan de ‘mar’ simbólicamente, se refieren a este mundo o al tiempo de la historia en este mundo. De allí, por ejemplo, que la Iglesia sea una ‘barca’ y los apóstoles ‘pescadores... de hombres’, en el ‘mar’, precisamente. En los dos textos que le mencioné, ‘tierra’ no está dicha figurada sino veramente: lo terreno, el hombre aquí en la tierra; es decir lo mismo que se quiere decir cuando se dice ‘mar’ en sentido figurado. Como si hubieran dicho los textos: "sois la sal del ‘mar’" o "he venido a traer fuego al ‘mar’". Ahora bien, por otra parte, cuando en las Escrituras se dice simbólicamente la tierra, o la Ciudad, o la Patria o el Reino, se hace referencia figurada al mundo espiritual, y aun a la eternidad o al Reino de los Cielos o al mismo Cielo. - Muy interesante, vea, y bastante complicado, para qué lo voy a engañar... Pero, digo yo, ¿cómo hace para calzar todo ese asunto con las cosas que vienen pasando o con esa cuestión de la derecha e izquierda, entreveradas en estos balurdos de hoy día? - Y, sí. Reconozco que quizás haya que armarse de un poco paciencia, o someterse a cierta disciplina y entornar tantico los ojos para seguirle el hilo a esas cosas. O no someterse a nada, claro. Ni falta que hace. Pero me parece que, puestos a ver, son varios los modos de relacionar estas cuestiones. Por ahora sólo le digo el primero y más general, y casi obvio. Creo que no hay duda de que asuntos más inmediatos y próximos, dependen de asuntos más alejados y menos conocidos o, al menos, poco advertidos o menos considerados. Como algunas cosas que nos son bien inmediatas dependen de la remota presencia de sal y calor en el agua del mar. Y tengo que repetirlo: no me interesa en absoluto ahora la cuestión natural o ecológica en cuanto tal, que por el momento me sirve solamente de ejemplo u ocasión. Veamos, por caso: la cantidad de agua dulce de un pedazote de hielo desprendido de Groenlandia o del casquete ártico o de la Antártida, que salga a navegar y se disuelva en la Corriente del Golfo, por ejemplo, termina o puede terminar haciéndole la vida más difícil a un

peón de chacra en Monte Maíz. Dicen los que saben que una descompensación en la cantidad de sal y calor podría detener la corriente que sirve para templar el mundo y de ese modo ocurriría que el propio mundo se volviera más áspero y hostil para la vida del hombre. Claro que ese pedazote de hielo podría desprenderse y causar descalabros cósmicos por razones naturales, en las que el hombre no haya incidido en absoluto, como dizque ocurrió miles de años ha y tantas veces. De hecho, el planeta vivió épocas glaciales y desérticas sin que tuvieran la culpa de eso los gases y humos de las chimeneas o los glifosatos. El asunto se pone de veras bien interesante cuando es el hombre el que incide en los descalabros y más interesante todavía cuando se miran con atención las razones por las cuales obra como obra, incidiendo a conciencia en los descalabros. Y no se habla aquí -¿ya se lo dije, no?- ni sola ni principalmente de los descalabros climáticos en cuanto tales. Podría ser el hombre el que hiciera, por acción u omisión, que faltara sal y calor en el mar. Y entonces, ahora hablando tipológicamente, podría decirse que la falta de sal y de calor en el mar, también produce descalabros y que estos descalabros son más graves, hondos y serios que los que podrían despepitar por ejemplo a los salvadores de ballenas, a los adoradores de la Pachamama o a los guerreros del Arco Iris. Y le digo más: ni la derecha ni la izquierda están libres de ese peligro, por ser derecha o izquierda. Y más todavía: hasta cierto punto le diría que por motivos peculiares de cada una, la izquierda y la derecha son bien capaces de producir en el mundo sus peculiares descalabros, haciendo que la sal pierda su salazón o que el fuego no arda en el mar de este mundo. Ninguna de las dos se salva de eso. Cada una por lo suyo. Básicamente, todo esto quiere decir que también -insisto: también- hay que mirar lo más alto –o lo más hondo- para entender el sentido de lo más bajo –o de lo emergente-; y hasta hay que mirar de ese modo para darle remedio - o tratar de dárselo, cuando menos- a las cosas de este mundo que están a nuestro alcance o dependen de nosotros. Pienso que desarrollando un poco este modo de entender las cosas, podría entenderse tal vez un poco mejor qué está pasando y por qué, tanto como podría entenderse qué es lo que queda representado en eso que llamamos izquierda y derecha. Porque, dicho sea de paso, creo que cualquiera sabe que lo que se llama derecha o izquierda es bastante más que elegir un color o una cantidad de consignas o gestos. Hace unos años, empecé esta bitácora dedicándole algunas penosamente extensas páginas al asunto de la naturaleza tanto de la izquierda como de la derecha. Estoy seguro de que aquello era –como no podría ser de otro modo- una aproximación. Y se ve que así lo entendí, porque en los años siguientes seguí hablando de esas cuestiones de una manera u otra, abordándolas de modos distintos y en ocasión de cosas muy distintas. Todos estos asuntos de estos últimos tiempos dan ocasión para seguir mirando la misma cuestión, siempre pensando que, aunque las palabras inmediatas sean derecha e izquierda, las cosas últimas son las que importan; como estoy seguro además de que, respecto de esas cosas

últimas, izquierda y derecha no son ni el objeto último a contemplar ni el punto final del análisis, sino apenas un comienzo. Tan ‘endemoniadamente’ confuso y vertiginoso está el mundo, hoy por hoy, que este intento de ver estas cosas con cierto detenimiento y algo de paciencia se hace difícil; y produce una fatiga inmensa no solamente en el que trate de hacer el esfuerzo, sino en el que, con paciencia y lo que tenga de buena voluntad, quiera seguirle el tranco. - Pero, dígame la verdad: ¿hay que dar toda esa vuelta para hablar del asunto o para entender las cosas? - No, al menos no necesariamente. Pero en parte conviene, me parece. Además, ¡qué remedio! Si tuviera otra cosa que hacer y si supiera otra forma de hacerlo, eso haría. Mientras tanto, me ocupo de ver la sal, el fuego y el mar, y el viento y la tierra y la luna y el sol. Y eso también para ver si así entiendo mejor los discursos, los decretos, el lock out, y a la izquierda y a la derecha. Y a la Argentina. Y todo lo demás. Porque, finalmente, mi amigo, no se olvide: los símbolos no suben sino que bajan.

Lianas (XI)
Tal vez dije alguna vez al pasar que, hace unos cuantos años, tuve una conversación con un yanqui. El quídam –financista él mismo- era algo así como miembro de una especie de fideicomiso, formado por exalumnos universitarios que se habían reunido para aportar dinerillos personales que permitieran sostener iniciativas culturales y ofrecérselas a su alma mater, una universidad católica de los States. Era un católico de origen irlandés, residente en Nueva York: “No somos intelectuales, somos todos profesionales, hombres de negocios. Pero creemos que de este modo, le devolvemos algo de los que nos dio...” Alguien me había pedido que me viera con este sujeto porque, entre otras cosas, buscaba gentes que enseñaran –allá, eso sí...- cosas literarias de Hispanoamérica. Acepté a regañadientes, un poco bastante por curiosidad, otro poco porque la negativa era un desaire innecesario al tercero en cuestión. El caso es que el viajero venía de una gira por toda la espina de los Andes, por donde había estado comprando todo lo que pudiera -y no debía- de arte barroco americano: se lo llevaba para allá, claro. En la Argentina, por ejemplo, quería comprar –además de gente- recervorios literarios de Borges, Lugones y otros. Ni que pintado, me hizo acordar a lo de Chesterton, cuando decía en “What’s Wrong with the World”: Me doy cuenta de que la palabra “propiedad” ha sido contaminada en nuestro tiempo, por la corrupción de los grandes capitalistas. Si escucharan lo que se dice, resultaría que los Rothschild y los Rockefeller son partidarios de la propiedad. Pero es obvio que son sus enemigos, porque son enemigos de sus limitaciones. No desean su propia tierra, sino la ajena... El hombre que siente la verdadera poesía de la posesión, desea ver la pared donde su jardín se encuentra con el de Smith, el cerco donde su granja se encuentra con la de Brown. No podría ver la forma de su propia tierra hasta que no vea la de su vecino. Resulta la negación de la propiedad que el duque de Sutherland tenga todas las granjas de su condado, como sería la negación del matrimonio que tuviera todas nuestras esposas en un harén. Hablamos poco tiempo del motivo oficial del encuentro. Contó con muy cuidados e inocuos pormenores su periplo y las intenciones de su periplo y los planes culturales que tenían “para Latinoamérica”. El motivo fundamental de semejante barrida continental, según sostuvo con pena globalizada y condescendencia paternal, era que nosotros no podíamos y no sabíamos cuidar las cosas valiosas que teníamos y por eso mismo no las merecíamos. Y ellos sí, claro. Después de todo, allá iban a estar seguras y bien mantenidas, y si alguno quería aprovechar esas riquezas, que fuera allá, y las aprovechara allá, qué joder...

No sé por qué me recuerda esto ahora algo que suele decir un viejo compañón y que traduzco así: “Hay decadencias y decadencias y no todas las decadencias son iguales y dan lo mismo. Decadencia por decadencia, preferiría pasarla donde siquiera haya alguna ventaja. Acá, tenemos las desventajas dobles: además de decadencia, hay mediocridad y malaria...” Qué sé yo, mire. Podrá ser una ocurrencia relativamente graciosa, y hasta puedo entender qué quiere decir. Incluso hasta puedo conceder que decadencia con tren bala y con confort y con las cosas que anden bien y a horario, suena en principio mejor y más cómoda que una decadencia miserable con cartoneros, baches, piquetes, fritangas y todo mal alrededor. Sí, entiendo. Pero me parece que eso no está del todo bien. Y hasta medio tilingo, y sin medio, al final de cuentas. Me suena a cipayismo literal. Y me recuerda ahora (de liana en liana) aquella novela (después película también) sobre un tal Mister Johnson, un joven nativo nigeriano enamorado del imperio británico, a comienzos de los años ’20. El imperio iba perdiendo ya sus luces, es verdad. Pero el pobre negro –que era apenas un poco más instruido que sus vecinos de choza- no se había enterado de eso y quería igual ser inglés a toda costa, y más inglés que los ingleses que ya estaban un poco cansados de hacerse los ingleses; y tanto quería eso el pobre tipo que llegó hasta el ridículo de hacer lo imposible por comprarse y lucir, con sombrero de corcho y todo, un terno de hilo blanco so british, claro. Cosa que logró al fin, para su felicidad y gastando lo que no tenía. Eso sí, lo usaba descalzo, claro... Entonces, ¿qué? ¿A lo propio, sin mezcla de extranjis? ¿Abrazarnos a nuestras miserias y bellaquerías porque son ‘nuestras’? ¿Culto supersticioso a nuestras tipicidades? ¿Sacar a relucir, con orgullo fingido de falsos descendientes de los originarios, el taparrabos y la lanza? ¿O encorvar jinetescamente las piernas y cubrirlas orondos con unas bombachas de campo (de marca y con guarda pampa, mejor, pero las Pampero, sirven también...), para sacar pecho patotero de gauchidad? No creo, mire. Tampoco eso. No hace falta ponerlo todo en clave de oposición dialéctica. Por otra parte, ¿de qué valdría un disfraz si es un disfraz? El pobre Johnson no fue un gramo más inglés que lo que nunca fue, por más que se cubriera la cabeza con su bonito y blanco corcho colonial. Y un argentino bien puede disfrazarse de gaucho. No, mi amigo. Pero además, y como dijo no recuerdo quién, no es de bien nacido dejar tirada a la madre porque se ha vuelto decadente y pa’ pior fea, pobre hasta la miseria y vieja, borracha y derrengada de fracasos, rodeada de vivillos con inmejorables intenciones y caras de tiburón, o asaltada por malandras y manipulada por horteras y hasta corrompida por sus propios vicios. En fin, sigo. La conversación con el yanqui fue larga. Me quedó la impresión de que la mayor parte del tiempo se jugó un juego muy civilizado de guerra a muerte. Quedó claro también, más o menos a los diez minutos de empezar, que no nos pondríamos de acuerdo en casi nada, ni siquiera en el motivo inicial de la conversa.

Hacia el final de todo, que duró unas dos horas, el sujeto sentenció con frialdad algo fingida: “... Sí, entiendo lo que usted dice: pero también nosotros tenemos 'allá' algunos radicales que dicen algo parecido a lo que usted dice...” ¿"Radicales"? No me imagino que para él hubiera algo más peligroso y deleznable que eso, y supongo que a la palabra habría que entenderla en su sentido original, más que en su sentido ideológico y agonal, que es más escandaloso, pero menos interesante. Como si el tipo hubiera dicho: “hay en lo que usted dice una 'raíz' que no me gusta ni medio...” ¿Qué fue lo que lo obligó a irse a la banquina y a salirse del medido y cortés pas de deux que veníamos bailando? Vaya a saber. En realidad, me parece que fueron dos cosas. La primera vino al final de una retahíla optimista de nuestro expedicionario cultural. Era el mito del progreso pero proclamado con jugosos ejemplos internacionales desde Panamá a Singapur, con entusiasmo de ciudadano del cosmos, productor de riquezas sin cuenta, organizador del trabajo y de la felicidad en el entero mundo, todo con displicencia y patronizing, valga la redundancia. Optimista y amenazante, digámoslo así, según su advertencia acerca del futuro obligatoriamente dorado: “Ustedes (estábamos al final de los ’90 y se refería a los argentinos, en general, y a los argentinos reticentes, en particular) no saben lo que se está armando en el mundo, no se dan una idea del mundo maravilloso y de oportunidades que se viene y lo espantoso que será quedar afuera de ese mundo...” “Sí, realmente espantoso va a ser estar afuera de lo que se viene...”, dije con una leve ironía que no entendió, creo, porque era fogoso su arrebato místico, con la visión de la cornucopia del presente ya casi desbordando hacia mañana. Cuando me tocó otra vez el turno, conmovido por lo que su discurso tenía de amenazante y optimista, solamente se me ocurrió decirle que, pese a todo lo que había augurado, algo muy importante, y que podríamos llamar ñoñamente espiritual, andaba mal en medio de todo lo que profetizaba, porque no era un secreto que el status spiritualis de semejantes sociedades desarrolladas tenía un déficit notable, y no hay que decir en primer lugar que de religiosidad pero sí de sentido, de alegría. Que el progreso de la ciencia y la técnica no iba parejo al mejoramiento de cosas más humanas que la ciencia y la técnica. Y que había un superávit no menos notable de decepción y de non sense. De indiferencia y de crueldad. De confort y angustia. Y de una cosa por la otra. Todo organizado y pulcro, todo previsible y bonito, la gente paga impuestos y no cruza la calle sin el permiso del semáforo. Tienen sus cosas, claro, como todo el mundo, pero se respetan las reglas de juego. Y las cosas allá ‘funcionan’. Claro. Aun todo esto estaba dicho con la salvedad de que no era excluyente que eso pasara en sociedades desarrolladas según el molde capitalista, pero era claro que en las sociedades capitalistas finalmente todo funciona bien menos una cosa, incluso aunque esa cosa no falta en el menú, incluso aunque sobra variedad y calidad de esa misma cosa en el menú.

“Efectivamente, eso es así...”, concedió en un español pulcro y tajante, porque según recuerdo no se preocupaba en lo más mínimo por disimular el acento de origen: hablaba español con suma corrección, pero se me ocurrió pensar que lo hacía por razones prácticas. “Tenemos un déficit en ese rubro, pero ya lo vamos a resolver...”, liquidó la cuestión como quien estudia un balance y detecta una pérdida algo crónica ya, pero que no afecta el superávit de la compañía, porque el resto de los rubros dan una ganancia tal que o hace olvidar la pérdida o permite ponerse a ver con cierta comodidad si acaso se podría hacer algo para mejorar ese ‘departamento’ algo díscolo, que todavía no está dando resultados. La segunda cosa vino casi inmediatamente después y apuntaba a su optimismo progresista respecto del futuro. Con un poco de insolencia lo desafié a que recordara literatura o cine de anticipación o futurista, fantaciencia, ciencia ficción o como quiera llamársele, que tuviera el talante gozoso y optimista, la bonanza y el glamour, que él profesaba con fe inarrugable. De dónde les viene a los escritores y guionistas esa sensación de amenaza y de catástrofe y de descalabro futuros. No importa si el autor es progresista o no, el producto siempre tiene características similares: desastre apocalíptico. Falta de combustibles, ciudades semihabitadas o asediadas por bandas de mutantes hijos de los toqueteos genéticos o dominadas por mafias que acaparan alimentos o energía, un mar de enfermedades cósmicas hijas de la perversidad de los científicos que experimentan con armas nuevas o con remedios nuevos, paisajes lunares secuela de incendios nucleares, perversidades, manipulaciones, deformaciones, implacabilidades, escombros, vilezas. Seguramente, con el impulso de un entusiasmo descomedido, el relato que hice tiene que haber sido un poco espantoso y exageradamente sazonado de ejemplos, saltando desde Mary Shelley, Stevenson y Wells a la fecha: toda suerte de autores, editados por toda clase de editoriales o promovidos por cualquier clase de estudios cinematográficos, habitantes todos del glorioso mundo que él anunciaba, vecinos suyos, digamos. Tiene que haber sido molesto oír enumerar títulos de novelas, cuentos, películas, series, comics, sin encontrar ni una sola obra que imaginara lo que el progreso promete u obliga a creer que pasará, sino que todas hablan en el mejor de los casos de lo mismo pero en sentido contrario. ¿Por qué esa percepción de que lo tan bueno se vuelve tan perverso? ¿Por qué resulta que la imaginación del arte, o de lo que haya de arte en esas imaginaciones, no dice lo mismo que dicen los sacerdotes de las maravillosas oportunidades? Y tanto más habría que preguntar por qué cuando los que imaginan tales cosas no son los que están afuera de ese mundo pingüe, sino precisamente los que viven en él y ‘gozan’ de él. ¿Se quejan de llenos y aburridos? Si acaso la técnica o los negocios globales crean un mundo bruñido y fabulosamente automático, con la fascinación que les causa a los modernos la robótica, y que los edificios sean inteligentes o que los ascensores te llamen por tu nombre o que las cafeteras te traigan el café a la cama, ese mundo sin embargo se vuelve en los relatos que hay disponibles algo no importa si ascéptico y reglado o sucio y caótico, pero siempre esclavizante o cruel, inhumano. Y como tales obras suelen transitar más bien la épica, siempre aparece algún héroe (o antihéroe), alguna resistencia individual o colectiva, al servicio de una causa: terminar con semejante pesadilla.

Recuerdo que hice incluso la salvedad de que lo que en general se postula en esas obras para que ocupe el lugar de lo que se combate con esas cruzadas antifuturo y antiprogreso, no me gustaba demasiado tampoco. Dio igual. Al final de la exposición –y con ella, casi el final del apaciblemente belicoso encuentro- fue que el tipo me llamó zurdo. Y ahora que lo pienso, me parece que eso pasó porque, casas más o menos, lo único que le dije o quise decirle desmañadamente, fue que en este valle las cosas eran de tal modo que, para que la vida del hombre fuera vivible buenamente, tenía que haber sal y calor en el mar.