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Diego Gonzalo Rivero Vallejo

Misterio de Dios
Docente: Alberto Múnera S.J.
Facultad de Teología

LA SANTÍSIMA TRINIDAD, LA IGLESIA Y LA SOCIEDAD

La Iglesia como asamblea de personas trinitarizadas por el Bautismo está


conformada trinitariamente, pues a imagen de la santa Trinidad, cada cristiano posee
igual dignidad, la dignidad de su divinización o participación de la vida del Dios uno,
participación de la naturaleza divina. Pero también porque, a imagen de la santa
Trinidad, cada cristiano como persona constituida por la relacionalidad, es una identidad
diferente, un yo resultante de la relación con los túes que son los demás individuos de
la especie humana.
La comunidad eclesial institucionalizada que llamamos Iglesia debería asumir su
configuración social a partir de esta realidad trinitaria que la constituye y que se debería
reflejar en su funcionamiento y operatividad. Así en la Iglesia no tendría por qué haber
diferencias entre ricos y pobres, entre personas más importantes y personas sin
importancia, entre personas con dignidad y otras indignas, entre personas de una
categoría superior y otras de categoría inferior, categorías ajenas a la comprensión
circular de la comunidad cristiana con carácter de koinonía y perijoresis, de la igualdad
fundamental de todos los miembros y de la diferenciación del ministerio ordenado
únicamente por razones funcionales a las que corresponde el sacramento del Orden.
Esto permite de entrada descartar como inadecuado cualquier modelo que parta
del no reconocimiento de la igualdad de todas las personas como miembros de la misma
especie humana, y discrimine a cualquier persona en razón de alguna de sus
características individuales como raza, género, situación social, orientación sexual,
discapacidad física o mental, estatus social, posesión económica, desempeño laboral,
pertenencia familiar, ubicación geográfica, herencia histórica, especificidad cultural,
forma de vida, características específicas personales, etc.
Los regímenes de estructuración organizativa, operativa y funcional de cualquier
sociedad igualmente pueden ser confrontados con referencia al modelo trinitario. En
este ámbito resultaría inaceptable cualquier régimen impositivo. Esto excluye de
entrada todo régimen totalitario, impuesto por la violencia y contrario a la libre decisión
de las personas.
No se encuentra en el Nuevo Testamento un programa específico de justicia
distributiva como tampoco se encuentran proposiciones referidas directamente a una
distribución equitativa de los bienes en los términos que se manejan en la actualidad. Es
necesario remitirnos a algunas aproximaciones.
La primera es que los cristianos incorporados, unidos a Cristo Jesús y partícipes
de su vida divina, resultamos impulsados estructuralmente por el Amor infinito de Dios,
su Espíritu, a distribuir con absoluta generosidad la plenitud de dones de toda índole
que poseemos. La segunda remite a quienes creemos participar de esta vida y estar en
posesión de todos los bienes, estamos impulsados por el Espíritu, el Amor de Jesús y del
Padre, a participar a los demás igualmente esos bienes de toda índole que consideramos
recibidos de Dios. La tercera aproximación afirma que si todas las cosas son propiedad
de todos, nadie puede ser excluido de poseer lo que es posesión de todos. Desde este
postulado, la justicia distributiva resulta una exigencia fundada en la creación. En
efecto, la clave de interpretación de la justicia distributiva en la teología cristiana está
en la vida intra trinitaria de Dios entendida como koinonía o comunidad participativa.
La justicia distributiva, entonces, a partir de la participación de la naturaleza
divina koinónica por la creación en Cristo, consiste en la necesidad intrínseca estructural
que tiene el ser humano de compartir participativamente todos los bienes que posee
por ser, por recepción, por producción y por adquisición.
Por supuesto, de esta visión ontológico-teologal se sigue la interpretación de la
propiedad “privada” como una capacidad no de posesión retentiva sino de utilización
de lo poseído para distribución de ello a quienes lo necesitan para la realización de la
propia existencia. Igualmente, de aquí se deduce que todos los bienes son dones de
Dios para que todos(as) los posean de manera equitativa.