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Ley Federal de Derechos de Autor, Título VI De las Limitaciones del Derecho de Autor y de los
Derechos Conexos, Capítulo II De la Limitación a los Derechos Patrimoniales, Artículo 148
Apartado V:

Reproducción de partes de la obra, para la crítica e investigación científica, literaria o artística.


Raymond Williams

El campo y la ciudad
Prólogo a la edición en español
de Beatriz Sarlo

Traducción de Alcira Bixio

PAIDOS
Buenos Aires - Barcelona - M éxipo
1, El campo y la ciudad

“ C am p o” y “ ciudad” son dos palabras muy potentes, y esto no debería resul­


tar sorprendente si recordam os todo lo que parecen representar en la experien­
cia de las com unidades humanas. En inglés, la palabra coimtry se emplea tanto
para referirse al país com o a una parte de la “ tierra” , the country puede significar
la sociedad en su conjunto o su zona rural. En la larga historia de los asentamien­
tos humanos, siem pre se reconoció profundam ente esta conexión entre el cam ­
po del que todos, directa o indirectamente, obtenem os lo necesario para vivir y
los logros de la sociedad. Y uno de esos logros fue la ciudad: la capital, el pueblo
grande, una forma distintiva de civilización.
Sobre los asentam ientos concretos -qu e en la historia real fueron increíble­
mente variados- se depositaron y generalizaron sentimientos intensos. El campo
atrajo sobre sí la idea de un estilo de vida natural: de paz, inocencia y virtud sim ­
ple. M ientras que la ciudad fue concebida com o un centro de progreso: de eru­
dición, de comunicación, de luces. Tam bién prosperaron las asociaciones
hostiles: se vinculó a la ciudad con un lugar de ruido, de vida mundana y de am ­
bición; y al cam po, con el atraso, la .ignorancia y la limitación. El contraste entre
el cam po y la ciudad, com o dos estilos fundam entalmente distintos de vida, se re­
monta a la época clásica.
Sin em bargo, la historia real, en toda su extensión fue sorprendentem ente va­
riada. El “ estilo de vida cam pestre” incluyó prácticas muy diferentes tales como
las de los cazadores, los pastores, los granjeros y los productores rurales. Y su or­
ganización varió desde la tribu y la finca a )a propiedad feudal, desde el pequeño
campesinado y los granjeros agropecuarios a la comuna rural, desde los latifun­
dios y las plantaciones a la gran em presa capitalista y las granjas estatales. La ciu­
dad, en no m enor medida, presentó muchas variaciones: la capital del estado, la
base administrativa, el centro religioso, el mercado, el puerto, el depósito mer­
cantil, los cuarteles militares, la concentración industrial. Entre las ciudades de
la Antigüedad y de la Edad M edia y la m etrópolis o el conurbano m odernos hay
una conexión de nombre, y en parte de función, pera nada semejante a una iden­
tidad. Además, en nuestro propio m undo actual hay una amplia gam a de asenta­
mientos entre los polos tradicionales del cam po y la ciudad: el suburbio, los
barrios en las afueras, los conglom erados paupérrim os, el poblado industrial.
Hasta la idea de aldea, que parece sencilla, muestra en la historia real una amplia
variación: tanto en lo referente a sus dim ensiones com o a su carácter e, interna­
mente, en sus variaciones entre el villorrio disperso y el poblado nuclear, que en
Gran Bretaña se advierte tan claramente com o en cualquier otra parte.
Al mismo tiempo, en estas diferencias y a través de ellas, persisten ciertas aso­
ciaciones; y el propósito de este libro es describirlas y analizarlas, observarlas en
relación con las variadas experiencias históricas. Por razones prácticas, tom o la
mayor parte de mis ejem plos de la literatura inglesa, aunque mi interés va m u­
cho más allá. D e todos m odos, debería quedar claro que la experiencia inglesa es
particularmente significativa, por cuanto una de las transform aciones decisivas de
las relaciones entre el cam po y la ciudad se dio allí en época muy temprana y con
una minuciosidad que, en muchos sentidos, aún no ha sido abordada. L a revolu­
ción industrial no solo transform ó la ciudad y el cam po; se basó en un capitalis­
mo en alto grado desarrollado que tuvo com o característica la temprana
desaparición del cam pesinado tradicional. En la fase imperialista de nuestra his­
toria, la naturaleza de la econom ía rural, tanto en G ran Bretaña com o en sus co­
lonias, también se transform ó de manera temprana: la proporción de gente que
dependía de una agricultura doméstica alcanzó niveles muy bajos, con no más del
cuatro por ciento de los hom bres económ icam ente activos dedicados entonces a
la agricultura, y esto ocurría en una sociedad que ya había llegado a ser la prim e­
ra constituida por una población predom inantem ente urbana en la larga historia
de los asentamientos humanos. Puesto que gran parte del subsiguiente desarro­
llo dominante -en realidad, la idea misma de “ desarrollo” en el mundo en gene­
ral- se encaminó en esa dirección, la experiencia inglesa continúa siendo
excepcionalmente importante. Y no es solo sintomática sino también, en cierta
forma, diagnóstica: en su intensidad aún mem orable, lo que fuera podía tener
éxito. Pues es un hecho crítico que durante y a través de esas experiencias trans­
formadoras, las actitudes inglesas en relación con el cam po, con las ideas de la vi­
da rural, persistieron con fuerza extraordinaria, de m odo tal que, aun después de
que la sociedad fuera predom inantem ente urbana, su literatura, durante una ge­
neración, continuó siendo predom inantem ente rural; y aún en el siglo X X , en un
país urbano e industrial, persisten todavía notablem ente ciertas form as de las
ideas y experiencias más antiguas. Todo esto confiere a la experiencia y la inter­
pretación inglesas del cam po y la ciudad una importancia perm anente aunque,
por supuesto, no exclusiva.
Esta importancia puede expresarse, y habrá de ser evaluada, com o un proble­
ma general. Pero también corresponde decir desde el com ienzo que esta ha sido
para mí una cuestión personal, desde que tengo memoria. O currió que, en una
Gran Bretaña predom inantem ente urbana e industrial, yo naciera en una aldea
remota, en una zona rural poblada desde muy antiguo, en el límite entre Ingla­
terra y Gales. En un radio de unos treinta kilóm etros, en verdad donde term ina­
ba el recorrido de los autobuses, se levantaban hacia un lado la vieja ciudad
catedral y hacia el otro un añejo m ercado de frontera y, solo unos pocos kilóm e­
tros más allá, los prim eros pueblos y aldeas de la gran zona del carbón y el acero
de G ales del Sur. Aun antes de leer cualquier descripción o interpretación de los
cam bios y variaciones sufridos por los asentam ientos y los estilos de vida, yo los
viví en el lugar m ism o y en toda su actividad con una claridad inolvidable. En el
curso de mi form ación me trasladé a otra ciudad, construida alrededor de una
universidad, y desde entonces, viviendo, viajando y trabajando, llegué a visitar -y
tener la necesidad de visitar- muchas grandes ciudades, de diferentes tipos, a m i­
rar hacia atrás y hacia adelante, en el tiempo y en el espacio, conociendo y pro­
curando conocer más esta relación, com o una experiencia y com o un problem a.
Escribí sobre todo esto de otras maneras, pero también fui reuniendo lentam en­
te las pruebas para escribir explícitamente acerca de esta cuestión, com o un asun­
to de historia social, literaria e intelectual.
Este libro es el resultado de ese itinerario, de m odo que, aunque a menudo y
necesariamente la obra sigue procedim ientos impersonales, en cuanto a la des­
cripción y el análisis, perm anentem ente están detrás de ella el im pulso y el com ­
prom iso personales. Y puesto que la relación entre el cam po y la ciudad no es
solo historia ni un problem a objetivo, sino que ha sido y aún es para muchos m i­
llones de personas una preocupación y una experiencia directas e intensas, no
siento ninguna necesidad de justificar, aunque sí convenga mencionarla, esta cau­
sa personal.
D e m odo que, antes de entrar en materia, diré inmediatamente que, para mí,
la vida cam pestre tiene muchas significaciones. Son los olmos, la flor de espino y
el caballo blanco que veo ahora en el prado, a través de la ventana junto a la cual
estoy escribiendo. Son los hom bres que en los atardeceres de noviembre regre­
san de la poda, con las manos en los bolsillos de sus abrigos color caqui; y las m u­
jeres con las cabezas envueltas en pañuelos, que esperan la llegada del autobús
azul a la puerta de sus casitas cam pestres, el autobús que durante las horas de cla­
se las llevará a trabajar en la cosecha. E s el tractor sobre el camino, que deja sus
huellas dentadas de apretado lodo; la luz encendida a altas horas de la noche, en
la cabaña de cerdos situada del otro lado de la carretera, durante las pariciones;
la lenta cam ioneta marrón que encuentro en un recodo del camino, atestada de
ovejas que se apretujan contra los listones de la caja; el olor pesado, en los atar­
deceres inmóviles, de las parvas de forraje fortificadas con melaza. Tam bién es la
tierra árida, sobre la arcilla pedregosa, que se extiende un poco más allá de la ca­
rretera y que se vende para construir viviendas, en virtud de un proyecto especu­
lativo, a veinticuatro mil libras la hectárea.
Esta ciudad lleva puesta ahora, como una prenda,
La belleza de la mañana; silenciosa, desnuda,
Barcos, torres, cúpulas, teatros y templos yacen
Abiertos hacia los campos y hacia el cielo;
Todo brillante y reluciente en el aire límpido, sin humo.'

Cierto es que se trata de la ciudad observada antes del ajetreo y el ruido de la


actividad diaria, pero el pulso del reconocim iento continúa siendo inconfundible
y sé que yo mism o lo he sentido una y otra vez: las grandes edificaciones de la ci­
vilización; los puntos de encuentro, las bibliotecas, los teatros, las torres y las cú­
pulas y, a veces aún más conm ovedoras que estos, las casas, las calles, la prisa y el
entusiasmo de tantas personas, con tantos propósitos diversos. M e he detenido
en muchas ciudades a sentir este pulso; en las diferencias físicas de Estocolm o y
Florencia, de París y M ilán, pude percibir esa cualidad em ocionante e identifica-
ble: el centro, la actividad, la luz. C om o cualquier otra persona, también he ex­
perimentado el caos del tren subterráneo y del em botellam iento del tránsito; la
monotonía de las filas de casas; la prisa afligida de una muchedumbre descono­
cida. Pero esta no logra ser en absoluto una experiencia, una experiencia adulta,
hasta que llega a incluir también el movim iento dinám ico de esos centros de rea­
lizaciones arraigadas y a menudo magníficas. H . G . W ells dijo una vez, al salir de
una reunión política en la que se había estado debatiendo el tema del cam bio so ­
cial, que esta gran ciudad imponente daba la medida del obstáculo, de cuánto ha­
bía que transform ar, para lograr algún cam bio. H e experim entado ese
sentimiento, al elevar la mirada hacia esos grandes edificios que son los centros
de poder, pero com probé que no decía “Aquí tienes a tu ciudad, tu gran m onu­
mento floreciente, la estructura imponente de esta civilización sin em bargo pre­
caria” ; o que no decía solam ente eso; también me decía “E sto es lo que los
hombres han construido, con tanta frecuencia de manera magnífica, ¿no es pues
todo posible?” . En realidad, esta sensación de posibilidad, de reunión y de movi­
miento, es un elemento perm anente del sentido que tienen para m í las ciudades:
un sentimiento tan perm anente com o aquellos otros sentim ientos que experi­
mento cuando, desde la cima de la montaña, observo ese gran m osaico colorido
de cam pos que generaciones de mi propia gente desm ontaron y convirtieron en
setos; o los poblados conocidos, las granjas aisladas, el racimo de cabañas junto
al castillo o la iglesia, la línea del río y el bosque, la senda y el cam ino vecinal; lí­
neas recibidas y construidas. D e m odo que, si bien el cam po y la ciudad tienen
esta profunda importancia, en sus diferentes estilos, tengo ante mí, antes de co­
menzar cualquier razonamiento, mis sentimientos.
Pero también, específicamente, yo llegué desde una aldea a la ciudad: para
aprender, para que se me instruyera; para som eter los datos personales, los epi­
sodios de una familia, a un registro total; para aprender las pruebas y la conexión
y modificar perspectivas. Si bien los m uros de las universidades eran para mí co­
mo los m uros de los parques alrededor de los cuales rondaba yo de niño sabien­
do que no me estaba perm itido entrar, esta vez había una puerta, una entrada \
una biblioteca y, al final de ella, un registro directo al que yo podía tener acceso
si aprendía a leerlo. M e resulta irónico recordar que sólo después de llegar oí, de
boca de los hom bres de la ciudad, de la gente de la universidad, una versión in­
fluyente de lo que en verdad significaban la vida cam pestre, la literatura cam pes­
tre: una historia cultural preparada y persuasiva. Aún leo textos relacionados con
esta idea, en libros académ icos y en libros escritos por hom bres que dejaron las
escuelas privadas para convertirse en granjeros o escritos por otros que crecieron
en aldeas y ahora son escritores del campo; toda una serie de libros, periódicos,
notas en diversas publicaciones: la vida cam pestre. Y aún continúo haciéndome
la misma pregunta: en una perspectiva histórica, ¿dónde me sitúo yo en relación
con estos escritores? ¿En otro cam po o en esta apreciada ciudad? Este problema
es agudo e irónico por su persistencia cultural.
Pero Cam bridge significó mucho más que esto para mí. U na ambivalencia,
ciertamente: una universidad de eruditos y profesores, pero también de instructo­
res y señores que ocupaban puestos y procuraban alcanzar posiciones más eleva­
das; un mundo de hombres que extendían el conocim iento humano y llevaban luz
a la naturaleza y a las vidas de otros hombres; un mundo de otros hombres que
tendían a la simpatía y mostraban sus paradigm as de calificación detrás de aque­
llos muros, en una actitud de observancia y consumo ociosa y arrogante. Para mi
familia, la universidad había sido igualmente extraña, ya se tratara de Cam bridge
o de Boloña. Pero también estaba la feria de Cam bridge o f Stourbridge, que al­
guna vez fuera el mercado principal del país: “ el prodigioso punto de reunión de
los comerciantes de todas partes de Inglaterra”,- como la describió D efoe en la dé­
cada de 1720; “un prodigioso complejo hum ano” y también un modelo, para Bun-
yan, de “feria de las vanidades” . Cuando mucho después regresé allí, como
miem bro de la junta de gobierno de un C olegio Mayor, comprobé que, en virtud
- o por descuido- de un nombram iento intelectual, era yo una apariencia, un in­
voluntario miembro, de un dominio colectivo y perpetuo; y se me pidió, gentil­
mente, que asistiera a los almuerzos de los copropietarios, que yo nunca pude
“digerir” . Recordé lo que decía Arthur Young de la Universidad de Cam bridge:

con un ingreso de 16.000 libras al año y por un chelín y 6 peniques un miembro pue­
de sentarse a una cena tal como la que un caballero con un ingreso de 1.000 libras al
año no puede ofrecer frecuentemente con prudencia.^

D efoe siguió una carretera desde C am bridge:

que corría bordeando los pantanos hacia Huntingdon, donde se encontraba con In
gran carretera del norte; sobre este lado se extendía un agradable prado de trigo, co­
mo ya dije, adornado con varias casas solariegas de caballeros.^
volver una y otra vez a la antigua literatura y la historia rurales. Y no puedo re­
cordar claram ente en qué m om ento, súbitam ente, tom é conciencia de que aque­
llo no era en m odo alguno cierto. Aun cuando en las novelas yo estaba m ostrando
una experiencia diferente y persistente, aquella visión negativa seguía rondando
. por mi cabeza. C uando finalmente me di cuenta de que era falsa, supe que tenía
que buscar sus fuentes. Aquellas fuentes no eran solo, com o podría imaginarse,
los ruralistas sentim entales, aunque precisam ente a causa de mi experiencia, yo
tuviera que vérmelas con ellos. Tlimbién eran, y de manera esencial, los enérgi­
cos progresistas m etropolitanos, m uchos de ellos supuestam ente intem acionalis­
tas y socialistas, cuyo desprecio por las sociedades rurales solo era com parable
con su confianza en el fijturo industrial urbano que estaban a punto de conver­
tir, de un m odo u otro -m edian te la m odernización, el im pulso candente de la
tecnología, la revolución- en el socialism o. En realidad, son tantos los escritores
y pensacfores de cada uno de estos tipos que exigiría una gran inversión de tiem ­
po y esfuerzo echar una mirada alrededor y decir que la idea com ún a todos ellos
de una econom ía rural perdida es falsa.
¿O acaso no lo es? ¿N o es evidente que en G ran Bretaña la agricultura ocu­
pa un lugar m arginal? E sa fije la prim era form a de error que aprendí a percibir:
una persistencia inadvertida, en los antiguos países im perialistas, de cierto tipo de
chovinism o abstracto según el cual lo que les pasaba a ellos era lo que Ies estaba
pasando - o lo que les p asaría- a todos los demás. Todavía la m ayor parte de los
países del m undo eran predom inantem ente rurales, pero, dentro de la división
im perialista del m undo, en realidad no contaban, no ocupaban un lugar im por­
tante. Aun aquellos países que advertían que estaban siendo explotados, en el
m arco de la división imperialista del mundo, no siem pre se percataban de que, en
virtud de esa condición y de sus luchas, el trabajo agrícola, la econom ía rural en
cualquiera de sus form as posibles, sencillam ente tenía que persistir: en los países
explotados m ism os, pero también, si disminuían ciertos elem entos de la explota­
ción, en los países que, de manera abstracta, se concebían com o las naciones m e­
tropolitanas desarrolladas. Tal vez hoy seam os más quienes sabem os esto. L o s
datos de la crisis de alim entos y población han sido amplia y adecuadam ente di­
fundidos. Para poder sobrevivir, tendrem os que desarrollar y extender los traba­
jos agrícolas. L a idea común de un m undo rural perdido es, pues, no solo una
abstracción de tal o cual etapa de una historia que no ha term inado (y podem os
alegrarnos de que algunas de esas etapas hayan sido superadas o estén a punto de
ser superadas), sino que adem ás es una contradicción directa con respecto a cual­
quier configuración efectiva de nuestro futuro, en el cual la labranza ha de au­
mentar su im portancia hasta adquirir una posición central, antes que disminuirla.
El hecho de que una de nuestras actividades más esenciales, aprem iantes y nece­
sarias haya tenido que ser desplazada, en el espacio, en el tiem po o en ambos,
hasta el punto de que se la asocie plausiblem ente solo con el pasado o con tierras
distantes, es una de las deform aciones más llamativas del capitalism o industrial.

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