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ANUNCIO DE ADVIENTO

En la parroquia Santa Catalina Labouré
Jueves, 22 de noviembre de 2018

¾ Oración del párroco que preside la asamblea
¾ Invocación cantada al Espíritu Santo

KIKO:

Bien, hermanos, pues ¡henos aquí! Como siempre comenzaremos por hacer
la presentación. Haremos el anuncio del Adviento. Espero que el Señor nos ayude a
todos y que se haga presente con su Espíritu Santo. Entonces nos presentamos.

¾ Presentación de las comunidades

Comunidad del Centro Neocatecumenal
1ª Nuestra Señora del Tránsito
1ª San José
1ª Virgen de la Paloma y S. Pedro el Real
1ª San Sebastián
1ª San Roque
1ª Santa Catalina Labouré
1ª Santas Juliana y Semproniana (Barcelona)
1ª San Frontis (Zamora)

Equipo responsable de la diócesis de Getafe
Equipos itinerantes responsables de España y Portugal
Algunos equipos itinerantes de las naciones: Alemania y Holanda; Calabria y Sici-
lia; Filipinas; Ecuador; Rusia, Georgia y Estonia; Chequia y Eslovaquia; Lituania,
Letonia y Bielorrusia; Rumania; República Centroafricana.

Seminario Redemptoris Mater de Madrid
Rectores de los seminarios Redemptoris Mater de España
Sacerdotes ordenados del Seminario Redemptoris Mater
Equipo itinerante de pintores
Equipo del Taller de arte litúrgico

2ª de S. Catalina de Siena, comunidad de Ascensión

KIKO:

Bien, estamos todos presentados. Pues comenzamos cantando: “Viene el

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Señor vestido de majestad, vestido y ceñido de poder”.
¾ Canto: Viene el Señor

KIKO

Quedaos de pie, que hacemos como siempre una Palabra:
¾ Proclamación de Primera carta a los tesalonicenses 5,1-11

KIKO:

El Adviento, como sabéis, es un tiempo fuerte, litúrgico, es un tiempo distinto
del tiempo de Cuaresma, que también es un tiempo fuerte, pero la Cuaresma tiene
un inicio que es el Miércoles de ceniza donde se inicia un tiempo de conversión para
prepararnos a la gran fiesta de la Iglesia católica que es la Vigilia Pascual, donde
esperamos, toda la Iglesia, la llegada de Nuestro Señor Jesucristo; esperemos que
venga este año. Todos los cristianos esperan que venga el Señor cuanto antes:
¡Ven, señor Jesús! ¡Marana-tha!
Nosotros no tenemos miedo que venga porque le conocemos. Él nos ha dado
su Espíritu. Y su Espíritu en nosotros es el yugo suave —que he cantado este año
en el canto que hemos enseñado del Espíritu Santo—, es el yugo suave y ligero, que
está lleno de comprensión, está lleno de misericordia con nuestras faltas, está lleno
de ternura y compasión y de amor sin límites. Es paciente, es benigno, es el Sumo
Bien, es el Don de Dios, es la garantía de la Vida Eterna. Por eso el Espíritu del Se-
ñor en nosotros nos hace conocerle, conocer a Jesucristo. Y sabemos que es pa-
ciente, que es buenísimo, que no nos juzga, que habitando en nosotros nos perdona
siempre. Que lo comprende todo de nosotros, que nos excusa siempre, que nos de-
fiende siempre y nos enseña a ser pacientes con nuestros pecados. Nos dice quié-
nes somos, nos dice dónde andamos, cuál es el camino y por qué sufrimos. Nos di-
ce que en nuestra vida todo es santo, que nuestra historia es santa. Y nos conduce,
poco a poco, al abandono total en Cristo. En Él nada se pretende, se acepta todo, se
soporta todo. Porque parecerse al Señor sobre la cruz es nuestra gloria, es la ver-
dad, es la santidad, es nuestro ser cristiano. Es un himno que yo he hecho —y que
luego lo cantaremos— que describe un poco la acción del Espíritu Santo en noso-
tros. Por eso nosotros conocemos que el Espíritu de Cristo es paciente, es benigno,
es el Sumo Bien, es el Don de Dios, es la garantía de la Vida Eterna, es el Paráclito,
esto es: el que nos defiende. Él nos ha dado de su Espíritu que es buenísimo. Por
eso nosotros no tenemos miedo a que venga el último día, a que venga el fin del
mundo. Ya conocemos al Señor Jesús, lo conocemos dentro por su Espíritu. Y sa-
bemos que es paciente con nosotros, que nos perdona siempre; que si nos caemos
nos levanta, que es buenísimo.
Es Dios mismo, el Espíritu Santo es Dios mismo habitando en nosotros. Dios
ha querido habitar en nosotros, vivir en nosotros. Y ¿por qué? Porque este es el se-
creto de nuestra existencia: ¿Sabéis por qué vivimos? ¿Por qué existimos? Nuestra
presencia es el eco, la esencia, es la esencia misma de Dios que es el Sumo Bien,

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que es feliz en sí mismo. Y su felicidad es difusiva, su felicidad es amor, ser amor. Y
el amor es difusivo, está deseando amar. Y nos ha creado para ser amados. Porque
ésta es la esencia misma de Dios: querernos, amarnos y hacernos partícipes de su
felicidad, de su misma esencia. Dios es perfectamente feliz en el Cielo y esa felici-
dad —que es la esencia misma, la naturaleza de Dios— es querernos, es amarnos.
Y por eso ha creado este universo que está lleno del prodigio de sí mismo. Todo es
maravilloso: los planetas, el aire, el agua, los peces… Todo está lleno de Él mismo.
Y entre todo este universo inmenso e infinito pues nos ha puesto a nosotros para
que participemos de su amor. Y en este amor que Dios nos tiene nos ha puesto una
naturaleza para que nos sirva; y la naturaleza nos da tomates, nos da la comida…
Está toda a nuestro servicio, es un fruto del amor de Dios hacia nosotros.
Pero todo esto, que es algo maravilloso, tiene un problema. Y es que Dios no
nos puede hacer partícipes de la Vida Eterna, del Cielo, sin que nosotros no respon-
damos a una pregunta, una pregunta. De esa pregunta depende nuestra salud eter-
na y es que Dios no puede obligarnos al Bien, no lo puede hacer. Dios es amor y el
amor no se impone jamás, no sería amor. Entonces nos tiene que preguntar si que-
remos participar con Él del Cielo. Y para ello nos ha puesto en la tierra, nos ha dado
un cuerpo, nos ha dado la Torá, nos ha dado la Palabra, nos ha dado la Iglesia. Y le
ha dicho al demonio que es necesaria su presencia para que nosotros podamos res-
ponder a esta pregunta. Es necesario que él, el demonio, nos seduzca, nos presente
otras posibilidades para que mostremos en nuestra vida la libertad, que somos li-
bres. Y libremente, después de que el demonio nos presenta que podemos irnos a
acostarnos con la mujer de otro porque es muy mona, después de que nos ha invi-
tado a robar escondidamente en la trabajo porque tenemos poco dinero; después de
que el demonio —que tiene permiso de Dios para todo esto— nos invita a una serie
de cosas, se vea en nosotros quiénes somos, qué tenemos en el corazón y poda-
mos responder a esta pregunta.
Si queremos al Señor tenemos que renunciar poco a poco a estas seduccio-
nes que son las tentaciones. Las tres tentaciones, que el Señor ha mostrado en sí
mismo, forman parte del eco fundamental del pueblo de Israel. Cuando el Señor se
presenta al pueblo en el monte Sinaí, Dios dice: «Shemá Israel, escucha Israel, Yo
soy el único Dios, no hay otro Dios». Vienen de Egipto, que era todo un pueblo poli-
teísta, lleno de dioses, lleno de religiones. Y esto es una novedad. Dios dice: «Yo
soy el único, no hay otro Dios». Y nada más decir eso dice: «Y amarás... Y existes
para que me ames con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu inteligencia y
con todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo». El Señor marca el camino de
por qué ha creado al hombre: para que le ame con todo su corazón. Y para amarlo
con todo el corazón, libremente, pues Dios permite las tentaciones.
El mismo Jesucristo, el Hijo de Dios, antes de empezar su vida pública, antes
de comenzar su misión de salvación para todos los hombres, fue sometido a este
escrutinio que se llama el «Shemá». Él mismo tuvo que ir al desierto donde el de-
monio le presentó esta tentación: amarás a Dios con todo tu corazón. Como sabéis,
Dios tuvo que enseñar a Israel a amarle con todo el corazón. Y para ver lo que el

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pueblo de Israel tenía dentro de su corazón, que no se conocía a sí mismo, Dios le
sometió a un ejercicio, a un escrutinio: amarás a Dios con todo tu corazón.
Entonces la primera tentación es la tentación del comer. Lo llevó al desierto,
como dice la Palabra, para que descubrieras qué tipo de corazón tenías, qué es lo
que tú tenías dentro de tu corazón. ¿Y qué es lo que descubrieron los israelitas en el
desierto? Pues que tenían un corazón malvado, que tenían el corazón putrefacto,
que eran unos egoístas, y que en vez de amar a Dios con todo el corazón murmura-
ban contra Dios. Murmurar es lo contrario de amar, es juzgar al otro, juzgar a Dios. Y
en el desierto el pueblo se pasaba el tiempo murmurando: porque hacía calor, por-
que estaban incómodos, porque comían mal. Se acordaban de las carnes y de las
ollas de Egipto. Y el maná que Dios les daba no les satisfacía. Y su corazón se llenó
de juicio contra Dios: descubrieron que tenían un corazón que no amaba absoluta-
mente a Dios para nada, no amaban a Dios. Amarás a Dios con todo tu corazón.
Después también está amar a Dios con toda tu inteligencia. No aceptaban es-
tar en el desierto sin saber a dónde iban, les parecía una monstruosidad. ¡Este Dios
es terrible, nos ha traído al desierto para matarnos a todos y a nuestros hijos, mori-
remos en el desierto! ¡Ahora no tenemos agua! Y murmuraban contra Dios. Y llegó
un momento en el que el pueblo decide ir a hablar con Moisés. Y lo cogieron, le aga-
rraron, cogieron piedras para lapidarlo. Y le dijeron: «¡No resistimos más! ¿Tú dices
que es Dios el que nos ha hecho salir de Egipto? Pues a nosotros nos parece que
Dios no está por ninguna parte. ¡Muéstranos que Dios está!». Y dice Moisés: ¿Y qué
queréis?». «¡Que se manifieste! ¡Que haga algo, que se muestre! Estamos en una
tensión enorme, llenos de impaciencia, porque el demonio nos ha hecho pensar que
todo esto es un follón y que vamos a morir todos en el desierto. Que no es verdad
que Dios ha abierto el mar, porque sabemos que los vientos que soplan, pues a ve-
ces retiran el mar y se puede pasar; eso ha pasado siempre allí. ¡Y tú dices que no,
que ha sido Dios mismo el que ha abierto el mar y que es Dios el que ha obrado mi-
lagros contra el faraón! Nosotros pensamos que todo eso puede ser una casualidad.
Y no soportamos que estamos aquí perdidos en el desierto, años y años, y no sa-
bemos adónde vamos. ¡Y esto es insufrible!». «¿Qué queréis?». Y el pueblo respon-
de: «¡No podemos seguir dudando: si Dios está o no está: que Dios muestre que
está con nosotros y haga un milagro!». Entonces tentaron a Dios. «No tentarás al
Señor». Pues tentaron a Dios y le obligaron a hacer un milagro. «¿Y qué milagro
queréis?». «¡Agua! ¡Queremos agua! Estamos en un desierto árido, no hay agua,
todo está lleno de rocas… ¡Pues que de la roca surja agua!».
Entonces Moisés, como sabéis, tuvo que ir a hablar con el Señor. Y le dijo el
Señor: «¿Qué quieren?». «¡Me quieren matar!». «¿Y por qué te quieren matar?».
«Porque dicen que les he engañado, que Dios no existe, que no aguantan más en el
desierto y quieren una prueba palpable, algo que les garantice dentro, que Dios está
con nosotros; así dormiremos tranquilos, porque esta angustia, esta incertidumbre,
esta situación es insufrible». Esto es muy importante porque está en relación con los
que no aceptan la incertidumbre, la precariedad y son malvados como Israel, porque
no lo aceptan, los que no aceptamos vivir en esta precariedad. Y Dios dice: «¿Qué

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quieren?». «Pues que hagas un milagro: que hagas brotar agua de la roca». Y le dijo
Dios a Moisés: «Bueno, pues vete y háblale a la roca para que les dé agua». Y Moi-
sés convocó al pueblo. Pero sabéis que en vez de hablar cogió el bastón y la golpeó,
porque estaba tan enfadado con el pueblo por haber tentado a Dios y dijeran barba-
ridades y murmuraran contra Dios; blasfemaban y blasfemaban. Moisés, que estaba
tan enfadado, que cogió el bastón y golpeó la roca. Y la roca dio agua, surgió como
una fuente de agua, y fue maravilloso. Y Dios le dijo después: «¿Por qué has gol-
peado la roca? Yo no te dije que golpearas la roca: te dije que le hablaras. ¿Sabes
por qué la has golpeado? Porque estabas enfadadísimo, estabas juzgando al pue-
blo. Pues eso es un pecado. O sea: ¿tú te has creído mejor que tus hermanos? ¿De
dónde te saqué yo? Si eres lo mismo que ellos. Pero te has creído superior y los has
juzgado. Pues por haber juzgado a tus hermanos no entrarás en la Tierra Prometi-
da». Y Moisés no entró en la Tierra prometida como sabéis.
Por eso es muy importante no considerarse superior a nadie. Por eso los Pa-
dres dicen siempre: «Considérate el último y el peor de todos». Pero si por cualquier
circunstancia te levantas y comienzas a juzgar a los hermanos de tu comunidad, a
algún hermano que ha caído en adulterio y le juzgas, porque te crees superior, Dios
actuará. Esto es muy importante. Por eso dicen los Padres: «Considérate el último y
el peor de todos. Y di: ¡Yo no merezco estar aquí, tendría que estar en la cárcel! ¡No
merezco estar aquí, eres buenísimo Señor!». Silvano del Monte Athos decía: «Se-
ñor, yo tendría que estar en el infierno y me tienes aquí. Bendito sea tu Nombre». O
sea, Dios le dio esta idea: que donde él verdaderamente tendría que estar por sus
pecados profundos es en el infierno; con este pensamiento llegó a un altísimo grado
de santidad. Porque sin humildad, hermanos, no hay nada de cristiano en nosotros,
nada. ¡Considérate el último y el peor de todos! Y piensa: «Yo aquí no debería es-
tar». Mirad lo que dijo el Papa Francisco cuando fue a la cárcel de Rebibbia cuando
le dijo a los prisioneros: «¡Yo tendría que estar ahí con vosotros!» Estaban los detrás
de las rejas y el Papa frente a ellos y lo primero que les dijo nada más verlos fue:
«¡Yo tendría que estar ahí, no soy mejor que ninguno de vosotros!». La humildad.
¡Oh santa humildad de Cristo: quién te pudiera encontrar!, cantaban los Padres de
Oriente.
Si fuéramos humildes seríamos cristianos. Y aquí me parece que no hay ni
uno que sea de verdad humilde; humilde. La humildad es una gracia, es un don, es
el ser cristiano. ¿Y cómo se descubre la humildad? Pues a través de considerarte
pecador. Dicen los Padres que el principio de la conversión es considerarte pecador,
más pecador que los demás. Es decir constantemente: «Yo soy un pecador, soy un
pecador». Y no juzgar a nadie, no juzgar a nadie. Por eso dice Cristo: «No juzguéis,
no juzguéis a nadie, considérate tú peor que todos los demás». ¡Oh santa humildad
de Cristo!
Fijaros que Dios, siendo Dios, no retuvo celosamente como un tesoro para sí
mismo el ser Dios, sino que se despojó de su dignidad de Dios y se hizo hombre. Y
hecho hombre tomó la condición de Siervo; de obedecer a otro, de ser obediente, de
no hacer su voluntad, de dar su voluntad a otro. Y eso significa ser esclavo, ser un

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criado, Se hizo Siervo obedeciendo en todo hasta la muerte, obedeció a su Padre en
todo; aunque por su condición de como hombre podía no entender nada: «¿Cómo
es que me odian tanto? ¿Por qué? ¿Y cómo es que se confabulan para matarme?
¿Y mi Padre no interviene? ¡Me van a matar! Y esto ¿qué significa? ¿Para qué sirvo
yo si me van a matar? Pues Jesús no juzgó a su Padre sino que confió en Él total-
mente y puso todo su ser en la voluntad del Padre.
Dicen los Padres que Jesucristo nos ha abierto un camino a los cristianos pa-
ra que pongamos los pies en las huellas que Él nos ha dejado. Y dice S. Pedro:
«¿Cuáles son estas huellas?» Como uno que ha puesto su pie y ha dejado marcada
una huella; el otro pie, otra huella. Esa huella que nos ha dejado Cristo es luminosa.
Pues la primera huella dice: «Si alguno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale
la izquierda». Y otra huella dice: «Si alguno te roba lo que es tuyo no se lo recla-
mes»; y así todo el Sermón de la Montaña. Son las huellas que Cristo ha dejado pa-
ra que nosotros los cristianos sigamos sus huellas. Por eso es muy importante que
en tu vida alguien te insulte, que alguien te robe, que te hagan injusticias para ver un
poco cómo respondes, si de verdad tú eres o no eres cristiano, que aquí está el pun-
to.
Porque tenemos aquí una imagen de Cristo crucificado ¿verdad? Fíjate, des-
nudo y crucificado. Fue insultado, fue torturado, y como oveja muda aceptó todo. Y
no sabían los hombres que ese hombre crucificado era Dios mismo. Dios quiso mos-
trar a la humanidad su naturaleza, quién es Él. ¿Y qué es lo que muestra la cruz de
Cristo? Pues, dice la Epístola a los hebreos que Él es reflejo de su gloria, la irradia-
ción de su gloria, Cristo crucificado está irradiando la gloria misma de Dios. Y esa
gloria: ¿qué es? Pues que está crucificado por amor a ti, por amor a mí, que nos
ama, que Dios es amor al hombre pero de una manera indescriptible, hasta la muer-
te, hasta ser torturado.
Ya os hemos contado que se está descubriendo lo horrible que era la crucifi-
xión, un suplicio inmenso inventado por los romanos para someter a los bárbaros y
era un, terrorífico; porque duraba mucho y los dolores eran inauditos porque al cruci-
ficado, los clavos no le tocaban ningún órgano vital; solamente los nervios de la
mano y los pies. Y podía durar días, horas y horas hasta que morían asfixiados. Pe-
ro como al colgarle así, con los bazos extendidos, pues los pulmones se necrosa-
ban, colapsaban y no podían respirar. Entonces, el crucificado no tenía más remedio
que tratar de coger aire apoyándose en los brazos, en el derecho o en el izquierdo,
trataba de respirar de esta forma porque se moría, se asfixiaba. En la Síndone se ve
el brazo derecho todo lleno de sangre —que podéis verlo— porque el crucificado
hacía este movimiento con los brazos. Los crucificados estaban constantemente in-
tentando respirar porque se asfixiaban, y nuestra naturaleza humana, que el cuerpo
es muy fuerte y quiere vivir, el cuerpo mismo hacía lo posible para respirar. Pero pa-
ra hacerlo tenía que apoyarse en uno de los clavos que le había atravesado uno de
los huesos donde tenemos un nervio terrible, el nervio vago. Entonces, cada vez que
se movía con los brazos los dolores eran inauditos; por eso cuentan que gritaban y
gritaban los crucificados y daba horror verlos.

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Tenéis que pensar que Dios se ha hecho hombre y ha querido ocupar el últi-
mo lugar de la tierra. Y ese suplicio, que estaba preparado para los bárbaros, para
las bestias, Cristo quiso asumirlo Él por amor a ti, por amor a mí, por amor a los
hombres. Este amor que Cristo ha mostrado en la cruz: ¿encuentra en ti algún eco?
¿Tú sufres algo por Jesucristo? ¡Bah! Si no somos ni cristianos, esta reunión es un
cuento chino. ¿Cuánto sufres tú por Jesucristo? ¿Cuántas injusticias que te hace se
las ofreces al Señor? Estás, como todos, pensando en pasarlo bien. Por eso el juicio
será terrible cuando aparezca Cristo.
Dice S. Pablo que todos moriremos. Y que cuando muramos iremos al tribunal
de Cristo. Cuando llegue nuestra muerte estaremos en la cama, estará la comunidad
que habrá venido a cantar el Credo contigo; muy bien, esperemos que Jesucristo,
como dice la Iglesia de oriente, venga. Y como te ama tanto se haga uno contigo, ya
que los cristianos somos uno en el alma, en el espíritu. Dice S. Pablo que el que se
acuesta con una prostituta se hace un solo cuerpo con ella; por eso los cristianos no
podéis iros con una prostituta porque obligaríais a los miembros de Cristo, que sois
vosotros, a hacerse una sola carne con una prostituta. Pero esto lo dice S. Pablo
para decir que el que se une a Cristo en el espíritu, no en el cuerpo, sino en el alma,
se hace un solo espíritu con Cristo. Esos son los cristianos, tenemos un solo espíri-
tu.
Me acuerdo cuando estuve en Florencia en un encuentro con curas, que me
detestaban —no sé porqué— y pensaban que yo era de derechas y se armó un fo-
llón enorme, yo empecé a hablar. Y nada más empezar se pusieron a silbar, me sil-
baron. Y cuando se lo conté al cardenal Benelli, que era entonces el cardenal de
Florencia, me dijo: «¡No, Kiko, ánimo! Te voy a decir una cosa: hay sólo un Espíritu
Santo, un solo Espíritu». ¿No sé qué quiso decir de que hay un solo Espíritu? No
hay dos ni tres. Como diciendo que si tú tienes el Espíritu Santo y ésos no, pues te
silbarán todos. «Pero no tengas miedo: hay un solo Espíritu». Uno sólo es el Espíritu
Santo. Bueno tengo esa gloria de haber sido insultado, silbado. ¡Qué fantástico! Eso
no lo tienes tú: ¡ahí te gano! Cristo fue más que silbado, fue escupido y abofeteado y
torturado, porque la cruz era una tortura infamante y terrorífica.
Yo estoy contento de veros, aunque si estoy físicamente echo polvo. Os rue-
go que pidáis por mí para que Dios me dé salud porque cada día tengo menos. Y
todo me resulta cada día más difícil sin salud, venir aquí me cuesta muchísimo. Aho-
ra ir a Roma a hacer el anuncio, sin salud. Pero bueno, tengo que aceptar la volun-
tad de Dios y estar contento con ella. Si Dios quiere que yo sufra un poco por Jesu-
cristo, por Él, le pido que me dé la gracia de ofrecerlo y de aceptarlo y de estar con-
tento de sufrir un poquito, de pasarlo mal, un poco. Ahora tengo una pierna con un
agujero así de gordo, que esto no hay quien lo cierre, que me duele. Me curan todos
los días como pueden, pero me parece a mí que esto —llevo ya tres meses con este
agujero— no se cierra ni a tiros. Pues muy bien. ¿Que tengo una pierna mal? Pues
muy bien, no pasa nada.
El Adviento es un tiempo litúrgico importante, que tiene un secreto, que tiene

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ANUNCIO DE ADVIENTO 2018

un centro que es la Escatología. Así como os decía que la Cuaresma tiene un inicio
(el Miércoles de ceniza) y que hay un proceso de conversión, un itinerario de con-
versión para llevarnos a la Pascua y poder morir con Cristo y resucitar con Él, el Ad-
viento es un tiempo en que la Iglesia nos recuerda que nosotros somos seres crea-
dos para el Cielo, no para esta tierra. Como dice el Talmud el hombre está en esta
tierra como el que está en un hotel, no es su casa; estamos en un hotel que no es
nuestro.
Entonces, siendo cristianos y estando en el Camino, la Iglesia quiere recor-
darnos a todos que nuestra vida tiene una dimensión escatológica, «eskaton». Esto
es, que hemos sido creados para el cielo y que todos nuestros actos tienen una di-
mensión celeste, escatológica; os lo digo por si no lo sabíais. Todo lo que nos ocurre
tiene una dimensión celeste. Por eso, si sois buenos cristianos, tenéis que descubrir
esta escatología en los acontecimientos de la historia. Si no tenéis ni idea de nada,
porque no os han catequizado nada y sois cristianos de nada, pues muy bien, vues-
tra vida está vacía completamente. Pero estáis en un Camino que os tendría que
enseñar a responder a la historia haciéndoos descubrir la dimensión escatológica de
vuestros actos. Esto es la dimensión celeste, esta es la dimensión escatológica: que
esto te sucede porque Dios te quiere hacer santo. El hombre no ha sido creado para
la fornicación, dice S. Pablo, sino para ser santo, santo. Si tú tienes una dimensión
de la escatología verdaderamente real, que quiere decir que has sido creado para
vivir en el cielo y de que vas a ser sometido a un juicio celeste, entonces vivirás
dándote cuenta de por qué tienes un cáncer, por qué te ha pasado esto, porque tu-
viste un accidente, porque tengo yo una pierna mala. ¿Qué es lo que pretende Dios?
Tu santificación, que seas santo, que seamos santos. Para ser santo se necesita la
cruz. Por eso, si rechazas la cruz, eres un malvado, no eres cristiano, eres un sin-
vergüenza, eres un canalla, eres uno que merece el infierno. Porque mira a Cristo
crucificado. ¿Y tú quieres que en tu vida aparezca la cruz, que aparezca el sufri-
miento? ¡Pero si Cristo hizo santo el sufrimiento! Y no se puede ser santo sin el su-
frimiento; de todo tipo. Hay sufrimientos morales, hay disgustos, hay sufrimientos
físicos… Sin el sufrimiento no podemos ser santos.
En este anuncio de Adviento espero que el Espíritu Santo os haga ver y os
haga salir de aquí con el deseo de sufrir por amor a Cristo. Si no, no os habéis pre-
parado bien para el Adviento. El Adviento quiere iluminar esta dimensión escatológi-
ca y celeste de la vida de los cristianos. Y para ello, el Adviento te recuerda que
Cristo viene. Dios viene a manifestarse, viene el Señor, está viniendo y tienes que
prepararte para recibirlo. Y viniendo, el Adviento te hace ver que viene el Señor; vie-
ne, viene en las nubes del cielo, en la segunda venida.
Dice S. Bernardo de Claraval en el Oficio de lecturas que hay tres venidas de
Cristo. La primera vino en la humildad a la tierra, nació como un pobrecillo en una
gruta que servía para recoger a los animales. Y allí, entre los animales, nació Jesu-
cristo. La Virgen María participa del rechazo que la humanidad iba a tener contra
Dios. Primer rechazo, no encontraron un sitio donde alojarse. S. José y la Virgen
María, que venían de Galilea cansadísimos, no encontraron un lugar; porque había

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ANUNCIO DE ADVIENTO 2018

una orden del emperador Tibero para empadronarse y conocer el lugar de origen de
todos los súbditos del imperio. Y María y José venían a Belén, desde la Galilea, para
el empadronamiento. Llegaron cansados, eran pobres. María venía embarazada y
cuando llegaron a su pueblo —digamos así—, que era un pueblo pequeño, como
había este movimiento de gente yendo y viniendo no había no encontraron un sitio
para ellos donde alojarse; no había nada, todo estaba ocupado. «Y ¿ahora qué ha-
cemos?». Y en tanto la Virgen empieza con los dolores del parto. «Y ¿adónde va-
mos?». Pues descubrieron una cuadra en la que no había nadie, se metieron y Ma-
ría dio a luz a Nuestro Señor Jesús en una cuadra, en un establo. Normalmente,
cuando ponemos el Nacimiento, se pone un buey y una mula, que los ha puesto la
tradición porque el profeta Isaías dice que «el buey conoce el pesebre y la mula co-
noce a su amo, pero Israel no ha conocido a Dios». Isaías ya profetiza que el Mesías
sería rechazado.
En la pintura de Oriente tiene un matiz no devocionístico, sentimental, como
ocurre en la tradición de Occidente, sino teológico-sacramental. Si os fijáis, en el
Nacimiento no ponen a la Virgen conmovida de rodillas adorando a Dios. No. Eso
sucede en la tradición de Occidente. Ponen el Niño no en un establo, en un pesebre,
sino que lo ponen en una tumba, porque en ese cuadro están ya profetizando que
resucitará de la muerte. Y está vendado. Y la mula y el buey son el signo del recha-
zo que tendrá el Mesías. Y la Virgen está de espaldas al Niño, sumergida en el pen-
samiento del misterio: «¡Cómo es posible que haya dado a luz!». Y a S. José lo po-
nen todo cabizbajo, sobrecogido ante este misterio. Y hay un pastor que le enseña
un bastón —que este pastor es una imagen del demonio— que le dice a S. José que
es imposible que la Virgen sea virgen antes del parto y después del parto como es
imposible que ese bastón, que está seco, produzca fruto. El demonio está tentando
a S. José que está sobrecogido por el misterio. O sea, que todo es teológico, está
hablando esa imagen de la virginidad de María. La pintura de Oriente no es senti-
mental, devocionista, sino teológico-sacramental, como un sacramento, como una
noticia, y por eso yo he intentado recuperar en la pintura estos valores del Oriente,
que son inmensos. Oriente no los ha perdido, Occidente ha perdido todo con el Re-
nacimiento; el Arte Sacro muere, ya no hay Arte Sacro, es terrible. Y se transforma
todo. Pero no voy a hacer ahora una conferencia, aunque yo quisiera recuperar el
canon de Oriente.
El icono de la Anunciación, o el de la Ascensión, o el Descendimiento a los in-
fiernos: ¿quién ha dicho que se hace así? ¿Un pintor? No. ¿Quién entonces? Res-
ponde a esa pregunta: ¿quién? Pues te responden: «Lo ha hecho la fe del pueblo, la
fe en la tradición es la que dice cómo es el Nacimiento, como es la Anunciación, có-
mo es el Bautismo, la Entrada en Jerusalén… El pueblo, o sea, que estas pinturas
no son la genialidad de un pintor porque tienen un canon. Y todos los pintores tienen
que obedecer a ese canon, no pueden inventarse lo que ellos quieran. ¿Quién ha
puesto a ese señor, un rey con un paño en el icono de Pentecostés? ¿Eso qué es?
La tradición dice que en Pentecostés, fundamentalmente, se dio un hecho: el Espíri-
tu Santo mandó a los apóstoles la evangelización del universo. Ese rey es el univer-

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ANUNCIO DE ADVIENTO 2018

so. ¿Cómo van a representar que el universo se convierte? Todos los apóstoles tie-
nen un tubito, que es la orden recibida de evangelizar el mundo. Pues si veis, ese
rey tiene en un paño todos los tubitos: todo el cosmos aceptará la evangelización.
Acostumbrados al arte sentimental occidental, la teología no les interesa nada ni les
dice nada, por eso hay una diferencia enorme entre el arte de Oriente y el arte de
Occidente donde todo es muy mono y muy devocionista. Yo quiero compartir la ri-
queza de Oriente que no se ha perdido en todos estos siglos y los pintores siguen
copiando el mismo tema, de la misma forma, no pueden inventarse nada porque esa
es la tradición de la Iglesia. Ahí, en el icono de la Ascensión, tenéis a la izquierda de
la Virgen a S. Pablo. ¿Estaba la Virgen en la Ascensión? No, tampoco estaba S. Pa-
blo. Estaban los apóstoles y Jesucristo. Y ¿por qué está ahí S. Pablo? ¿Se han
equivocado? Es una Palabra que nos dice que Dios asciende al cielo y deja a la Vir-
gen como manifestación de Él mismo y a S. Pedro y a S. Pablo. Siempre pone la
Iglesia de Oriente a S. Pedro y a S. Pablo que significan: S. Pedro la institución y S.
Pablo el carisma. Sin los carismas la Iglesia no crece. Yo soy el carisma y este cura
es la institución. Y estamos juntos. Eso salva a la Iglesia, la evangeliza, la renueva.
Cuando la Iglesia, en la historia, no ha querido atender a los carismas y se ha
institucionalizado toda y se ha hecho rígida, el pueblo sufre, porque todo son cosas
rígidas, no aceptan los carismas. Y si los carismas no aceptan la institución se hacen
sectas. Como Pedro Valdo, que en tiempos de S. Francisco hizo un movimiento co-
mo los franciscanos pero sin aceptar la institución. Se llaman los valdenses, que son
hoy protestantes, y están fuera de la comunión con Roma. Pero estaba S. Francisco
que aceptó la institución. Carisma e institución unidos salvan la Iglesia, evangelizan
la Iglesia. Acordaos bien de esto porque nosotros somos un aspecto de un carisma y
la Iglesia, el Papa, nos ha bendecido, nos ha reconocido. Ha dicho que el Camino
Neocatecumenal es una obra del Espíritu Santo para ayudar a la Iglesia; también
este papa, el Papa Francisco, como antes lo hicieran Pablo VI y S. Juan Pablo II.
Carisma e institución. Por eso en las expresiones de las pinturas del Oriente ponen
siempre al lado de la Virgen a S. Pedro y S. Pablo y los dos están reconstruyendo la
Iglesia. Nosotros estamos reconstruyendo la Iglesia y la Iglesia no puede prescindir
de nosotros. Sería un error enorme. Pueden hacerlo, pero sería un error, porque se-
ría oponerse a la voluntad de Dios.
Yo soy una obra del Señor, os hablo aquí movido por la acción del Espíritu,
como todo lo que he hecho ha sido por la acción del Espíritu Santo. Me fui a vivir con
los quinquis y con los gitanos por obra del Espíritu. Después, yo no pensé en abrir
ningún Camino ni nada de nada. Yo allí fui para contemplar a Cristo como Charles
de Foucauld. Oero Dios me movió, como os ha movido a vosotros. ¿Quién es el que
os hace venir a la comunidad? El Señor. ¿Quién es el que os hace continuar des-
pués de cincuenta años? El Señor. Es todo una obra verdaderamente sorprendente
del Espíritu Santo en nuestra vida.
Yo quisiera deciros que amáis —no lo dijo como un juicio— que amamos po-
co al Señor, no obstante que Él es buenísimo con todos nosotros. Quisiera deciros
que tenemos que amar al Señor. Por eso el tiempo de Adviento es un tiempo que

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ANUNCIO DE ADVIENTO 2018

nos invita a quererlo.
La primera semana de Adviento estáis invitados todos a romper el sueño y a
levantaros a rezar para dar gracias al Señor por lo bueno que es con vosotros, por la
vida que os ha dado, por esa mujer, por vuestros hijos, por la comunidad. Y os invita
el Señor a tener un encuentro, un momento de intimidad con Él, haciendo oración de
quietud, estando quieto, aunque sean las tres de la mañana y hayáis hecho el Oficio
de lecturas con un tiempo de oración silenciosa; no puede ser menos de quince mi-
nutos, de quince a media hora. Ese tiempo de intimidad te lo pide Jesucristo como
un signo de amor a Él. ¿No tienes ganas? ¡Pues nada, nadie te obliga a hacer nada!
¡Haz lo que te dé la gana! Y te invito como enviado del Señor que lo hagas para
ayudar a tu fe, a tu bautismo. El Señor quiere que este Adviento hagamos esto la
primera semana, que es una semana escatológica, donde todas las lecturas hablan
de la venida de Cristo. S. Bernardo de Claraval, el miércoles, nos dice que hay tres
tipos de venidas: primero en la pobreza, en la humillación naciendo en una cuadra.
Después vendrá en la gloria de los ángeles y los santos, en el cielo, y todo se trans-
formará en luz y aparecerá Cristo luminoso con los ángeles y los santos, y su aspec-
to, que será verdaderamente maravilloso, mostrará cuál será nuestro aspecto, por-
que cuando venga Cristo, dice S. Pablo, los cristianos que vivan no pasarán por la
muerte, sino que, de pronto, en este halo de luz inmenso serán arrebatados y empe-
zarán a subir y serán llevados a Cristo y se transformarán como Cristo. Dice S. Pa-
blo: «Os digo un misterio: no todos moriremos, no todos moriremos, pero todos se-
remos transformados». Por eso S. Pablo quería que viniera cuando él vivía.
Todos los cristianos quieren que venga Cristo porque no pasarán por la muer-
te. Si nos toca en esta Pascua que venga Cristo no pasamos por la muerte ninguno,
seremos arrebatados. Y cuando estamos con Cristo se nos dará el vestido celeste,
nuestras células se transforman en luz, algo fantástico. Y tendremos un cuerpo que
no se corrompe para vivir eternamente en el cielo, Dios quiere hacernos partícipes
de su felicidad. Porque ese Dios, que tiene un amor difusivo, quiere amar. Y amar es
dar lo que Él tiene de felicidad y te lo quiere dar a ti. Es difusivo en sí mismo. Por
eso nos ha creado, para que participemos con Él de su gloria y de su felicidad. He-
mos sido creados para ser felices con el Señor en el cielo.
Esto tenéis que comprenderlo y tenéis que darle gracias al Señor, porque eso
es nuestro destino, la felicidad eterna, «alegría perpetua a tu derecha», a la derecha
del Señor. Claro, si no tienes fe, esto os tiene sin cuidado, porque la fe no es de to-
dos, dice S. Pablo, es una elección divina. Si Dios te ha elegido te da la gracia de la
fe y te hace creer y amar y ser transformado por la fe, que es un don que Dios te da
de sí mismo. Y nos da a todos que es una cosa maravillosa.
Pero S. Bernardo dice que, entre la primera venida y la segunda, hay una ter-
cera venida, que se llama la venida intermedia. Y esa venida intermedia está siem-
pre presente en su Iglesia: Cristo viene a través de la predicación y de los sacramen-
tos. Por eso dice: «Cuando dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en
medio de ellos».

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ANUNCIO DE ADVIENTO 2018

O sea, que este encuentro que tenemos hoy, forma parte de esa venida in-
termedia de Cristo. ¡El Señor está deseando venir a nosotros ahora mismo!
Punto uno: tu santificación, entérate bien: has sido creado para ser santo.
Punto dos. El Adviento es una ayuda para tu santificación. Por eso la Iglesia
te invita a rezar y nos vamos a levantar todos por la mañana. Aparte de la primera
semana —que rompemos la noche y el sueño— durante todo el tiempo de Adviento
las comunidades se levantan antes de ir al trabajo y rezan juntos, cantan los salmos.
Rezar es muy importante, sin oración no hay santificación.
El Adviento es un tiempo maravilloso en que la Iglesia te invita a reconsiderar
que viene el Señor, que viene, que está viniendo a tu vida. Y ¿cómo viene? Puede
venir con tu muerte, te vas a morir. Pues quiere la Iglesia que en el Adviento tu con-
sideres cuál es tu vida porque viene el Señor. Eso es lo que tienes que hacer: re-
considerar cómo estás viviendo. ¿Estás viviendo bien? ¿Eres cristiano? ¿Estás con-
tento de sufrir por Cristo? ¿Estás contento de ser el último? ¿No? ¡No! Pues el Ad-
viento te lo viene a recordar: que viene el Señor y vas a ser juzgado como todos an-
te el tribunal de Cristo. El tribunal de Cristo te presentará la cruz de Cristo, su despo-
jo, su sufrimiento. Y todas tus obras estarán presentes, los ángeles traerán todas las
obras de tu vida: ¿Qué has hecho? ¿Has adulterado? ¿Has robado? ¿Has mentido?
¿Qué has hecho con tu vida? Todo estará presente allí, serán pasados uno detrás
de otro todos tus eventos, tu historia. Por eso es muy importante en el Adviento que
la Iglesia te invita a reconsiderar tu historia, a reconsiderar tu vida. ¿Cómo estoy vi-
viendo? Y gritar al Señor: «¡Ten piedad de mí, que soy muy poco cristiano, no acep-
to ser humillado, no acepto no tener dinero, no acepto parecerme a ti! Bueno, pero
puedes pedir al Señor que tenga piedad de ti, que te dé su Espíritu, que te haga cris-
tiana, que he haga ser humilde, que te haga ser bueno. ¡Si no lo pedís, no lo recibi-
réis! «¡Señor ayúdame a ser cristiano, ayúdame!». No puedes ver pornografía, no
puedes desear la mujer de tu prójimo… Verás lo que te va a pasar cuando te pongan
delante tu vida, lo que has hecho y esté delante de tu historia la historia de Cristo.
Nuestra vida es importantísima, por eso nuestra historia es santa, nuestros
acontecimientos, lo que nos pasa en la vida es muy importante. Es muy importante
la enfermedad, o que te has quedado viudo también es muy importante, que tus hi-
jos se han casado y no te consideran; muy importante. Todo lo que te humilla es pa-
ra tu santificación. Y tienes que acoger los acontecimientos con alegría. Es el Señor
el que te manda estos acontecimientos para hacerte santo, para prepararte al en-
cuentro con Él. Esto es el Adviento. El Adviento dice que Dios viene, que Cristo vie-
ne a tu vida. Viene a través de la enfermedad, viene a través de la muerte, también
de la muerte física. Y va a ser puesta de manifiesto tu historia, tus acontecimientos y
cómo has respondido a la historia: vas a ser juzgado. Por eso el Adviento es un
tiempo en que todos tenemos que reconsiderar nuestra vida.
Y la primera semana se nos invita a levantarnos a romper el sueño y a rezar,
también a rezar por el Papa. Si tuviéramos un poco de caridad rezaríamos unos por
otros. Te invita a rezar por tu mujer, por tu marido, por tus hijos, por tus nietos, por

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ANUNCIO DE ADVIENTO 2018

tus sobrinos, por tu comunidad, por España… Rezar, no se puede ser cristiano si no
rezas; un cristiano que no reza no es cristiano. Rezar es una obra de caridad inmen-
sa porque toda oración que hagas Dios la escucha y la realiza en sus tiempos; no es
que pidas una cosa e inmediatamente se realiza, pero todas las oraciones que hace
un cristiano las escucha el Señor. Por eso decía S. Teresa de Ávila que cuando un
cristiano se pone de rodillas tiembla el mundo, tiembla el mundo, porque la oración
lo puede todo. Y reconoce conmigo que rezas muy poquito; el mundo sería distinto si
rezáramos más. Rezamos muy poco.
Por eso yo tengo la misión de exhortarte a la oración en este Adviento, a to-
dos, también para mí. Vamos a rezar, vamos a levantarnos por la noche. No pasa
nada, no te vas a morir porque ponga el despertador a las tres de la mañana y ha-
gas los salmos y hagas media hora de oración silenciosa se lo ofreces al Señor si ya
te has desvelado y te cuesta trabajo recuperar el sueño. No importa. ¿No puedes
sufrir nada? ¿No puedes dormir? Pues no durmáis —hemos escuchado aquí. No
somos como los demás hombres que duermen, no somos hijos de la noche, somos
del día de la luz. S. Pablo nos compara con los hombres del mundo que duermen y
se embriagan, se emborrachan y pecan, los que se embriagan de noche se embria-
gan y pecan. Nosotros somos hijos del día y de la luz de cara al Señor.
Por eso hermanos, ánimo, que el tiempo de Adviento es un tiempo que la
Iglesia prepara para nosotros, para los cristianos, para ayudarnos en nuestro camino
de santificación. Habéis sido creados para ser santos, hijos de Dios, hemos sido
creados todos para ser santos, hijos de Dios. Y es muy importante en este proceso
de santificación que no perdamos el tiempo, que aprovechemos las ocasiones que
Dios nos da para ser santos. En las pequeñas o grandes humillaciones, los sufri-
mientos, pequeños o grandes, es muy importante que hagamos un tesoro de ellos y
ver que viene del Señor para nuestra santificación, que es su voluntad porque quiere
hacernos santos para llevarnos con Él. Y el Señor está contentísimo de vivir en no-
sotros, dentro de nosotros, de estar con nosotros, porque la misma esencia divina es
querernos; no basta decir querernos.
Hace falta que entendáis lo que he dicho mil veces: hace falta que entendáis
cómo Dios ama. Dios ama de una manera especial, ama dándose todo, no se reser-
va nada. Ese darse todo, todo, todo, significa que Dios me ama y se hace uno en mí,
totalmente uno en mí, Dios nos amar dándose totalmente en nosotros; por eso nos
hace perfectamente uno. Así como el Padre está en el Hijo uno, así el Hijo está en
los cristianos uno. «Si sois perfectamente uno —en la comunidad— «el mundo cree-
rá». Por eso tenemos que amarnos unos a otros dándonos hasta la muerte, total-
mente, como ama Dios, como nos ama Él a nosotros. Por eso muestra en la cruz
cómo nos ama, hasta la muerte como un pecador, como un desgraciado, como un
miserable. Se ha hecho pecado por nosotros, ha recibido el castigo que reciben en
el mundo los canallas, los asesinos, los torturadores, los sinvergüenzas, los ladro-
nes, el castigo que tiene la humanidad preparada para someter a los sinvergüenzas
lo recibió Él, porque Él se hizo el último, se hizo pecado por todos nosotros.

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ANUNCIO DE ADVIENTO 2018

Por eso, hermanos, yo espero que este Adviento os lleve a querer a Jesucris-
to. «El que no ame a Cristo sea anatema» dice S. Pablo, sea maldito aquí el que hoy
no ama a Cristo. ¿Qué es el amor? ¿Es un sentimiento? Pues yo no siento nada.
¿Qué es amar? Una pregunta muy importante: amar, sentir dentro el amor a Cristo.
Y ¿qué es eso? ¿Unas cosquillitas en el corazón? ¿Qué es eso? ¿Se ama a Cristo
como se ama a una chica? Son preguntas que os tenéis que hacer: amar a Cristo.
Tenéis que rezar y decirle al Señor: «Señor, llévame a amar a Cristo». Y a la Virgen
dile: «Dame el amor que tú tenías a tu hijo, dámelo a mí también, que yo tenga amor
a Cristo». Amar a Cristo, dicen los Padres de la Iglesia, amar a Cristo es la única
verdad, el resto es todo vanidad, todo vanidad. Tu trabajo, tus cosas, todo vanidad.
¡Amar a Cristo! Y si te das cuenta que no lo amas, pues, no sé, haz algún sacrificio,
reza el rosario, pídele a la Virgen, entra en una iglesia y reza el rosario a la Virgen, y
pídele a la Virgen que te de amor a Cristo, que eso es ser cristiano. «¡Ayúdame,
ayúdame! Si no pedís ayuda a vuestra madre, si no pedimos ayuda a la Virgen... O
¿no os interesa nada? No os importa nada porque no sois elegidos, no tenéis ningu-
na gracia especial, nada. Estáis amorfos. «Porque no eres ni frio ni caliente, estoy a
punto de vomitarte» dice el Señor en el Apocalipsis. «¡Ay si fueras frío o caliente!»,
si fueras un malvado en la cárcel, un asesino… ¡Ay! «Porque no eres nada, ni frío ni
caliente, no eres nada, estoy a punto de vomitarte». Dios te vomita, no te quiere.
¡Hombre, para robar hace falta tener narices, ser alguien! Tú nada, no eres capaz ni
de robar, porque no eres ni frío ni caliente, no eres nada, estoy a punto de vomitarte.
Es importante esta frase del Señor: «ser tibio», que en la Escritura tiene las palabras
más terribles: «porque eres tibio» Dios te va a vomitar. Y ¿por qué se es tibio? Pues
porque has perdido el celo, sin celo no hay nada. El celo que es Dios mismo. Dios
mismo está lleno de celo por los hombres. Nos ha creado para meternos a todos en
el cielo, está deseando salvarnos a todos. Y te ha suscitado a ti para salvar a tantos.
Celo, celo de evangelizar, de llevar el Evangelio. Las familias que se levantan y se
van a China y a Mongolia, y allí están los hermanos. Celo, celo. Es la participación
del amor que Dios tiene a los hombres. Y tú ¿por qué no tienes nada de celo? ¿Por
qué no tienes deseos de salvar a nadie, ni de convertir a nadie? Nada. ¡Que lamen-
table! Por eso tenemos que rezar los unos por los otros: por no eres ni frio ni caliente
estoy a punto de vomitarte. Por eso pidamos al Señor que nos dé su celo, «el celo
por tu casa me devora».
¡Vamos! ¡Ánimo chicos, vamos a salir a evangelizar a las periferias! Ya he
hablado con el cardenal Osoro. Tendremos un encuentro y mandaremos veinte co-
munidades, así que te va a tocar irte al barrio de la Elipa o a no sé dónde, a los ba-
rrios, a las periferias de Madrid. ¡Os va tocar! Celo. Pero no tienes ganas de ir a nin-
guna parte porque no tienes ningún celo de llevar a Jesucristo. Nos manda el Señor
como testigos de su amor, por eso hay que pedir al Señor y a la Virgen María que
nos de celo y por eso es importante rezar cuando podáis el Rosario en este Adviento
a la Virgen para pedirle que nos ayude, que nos ayude, que interceda ante su Hijo
por nosotros para que nos dé el celo del Padre, el celo del Hijo, el celo del Espíritu
Santo en nosotros. Y que el celo nos lleve a poner nuestra vida al servicio de la

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ANUNCIO DE ADVIENTO 2018

evangelización, de la Iglesia, para evangelizar. «¡Heme aquí Señor, haz de mí lo que
quieras, mándame donde te dé la gana, donde quieras, contigo voy hasta el fin del
mundo! ¡Si me acompañas, vámonos!».
Y luego, además, Dios te ha dado una comunidad. Y fíjate la maravilla que es
una comunidad llena del celo de Dios, algo verdaderamente sorprendente y fantásti-
co. El mostrar en la comunidad el amor de los unos a los otros: amaos como yo os
he amado, que quiere decir que el Señor pone su Espíritu en vosotros, para que os
améis en una dimensión nueva, en la dimensión de la cruz, para que os améis. No
tengas miedo, cuando tu marido te grita y te vienen ganas de tirarlo por la ventana
no hace falta que tires a nadie por la ventana, hace falta ofrecer al Señor la humilla-
ción que significan esos gritos, es irritación contra ti, esa cosa que te destruye. No te
destruye nada, dile al Señor que te dé la fuerza para devolver al mal el bien. Dice el
Señor: «Que nadie devuelva mal por mal a nadie. Si alguno te hace algo queriendo o
sin querer, tú responde al mal con el bien, con el amor, con el perdón, con el per-
dón». Decía un cura: «Cuando vienen dos jóvenes que se quieren casar, les hago
una sola pregunta. Le digo a la chica: “¿Cuántas veces estás dispuesta a perdonar a
este chico?”. Si no me dice que todas las veces yo no te caso. Haz lo que te dé la
gana, pero yo no te caso». ¿Cuántas veces debo perdonar a mi hermano? ¿Siete
veces? ¡Setenta veces siete! El perdón.
Perdonaos mutuamente. Dile a tu mujer: «Perdóname, soy un burro, soy un
egoísta, tienes razón, soy un egoísta, te suplico que me perdones y que me des otra
ocasión de comenzar!». «¡Sí hombre, otra ocasión de comenzar, siempre comen-
zando! ¿Cuántas veces te he perdonado y vuelves otra vez a ser violento y hacer tus
cosas? Y…». «Bueno, ten paciencia conmigo, ten paciencia, perdóname». Perdo-
naos mutuamente, unos a otros, perdonaos, el perdón es el cristianismo. Los cristia-
nos se perdonan, se perdonan siempre. ¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi
hermano? ¿Siete veces? ¿Setenta? ¿Ochenta? ¿Noventa? ¡Setenta veces siete!
Todas, todas las veces que tu hermano haya faltado contra ti y después te dice:
«¡Perdóname!» le perdonarás. El perdón, algo muy profundo y maravilloso en el cris-
tianismo. El perdón en el matrimonio, algo fundamental, perdonarse. Porque la con-
vivencia es siempre dificilísima, el otro nos destruye siempre, el otro. Tú estás convi-
viendo con una persona y siempre aparece el otro, el diverso de ti. En cuanto apare-
ce el otro, ese otro nos destruye.
Pero el Señor nos invita a querernos en la dimensión de Él, en la dimensión
de la cruz. «¡Es verdad que el otro me está crucificando!». Nada, déjate crucificar, es
tu ser cristiano. «Es que estas actitudes de mi marido no las soporto, no las sopor-
to». Pues aprende a soportarlo, no aprende, pide ayuda a la Virgen, a los sacramen-
tos, vete a Misa por la mañana para que te ayude el Señor, rézale el rosario a la Vir-
gen para que te ayude, para que te eche una mano. Porque tienes que tener claro lo
que significa ser cristiano porque Dios te ha llamado, en este Camino, a ser cris-
tiano. Es más, te ha llamado a ser santo en este Camino, que es lo más grande que
podemos hacer en nuestra vida. El cuerpo ha sido creado no para la fornicación,
dice S. Pablo, sino para la santificación, para que seamos santos.

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ANUNCIO DE ADVIENTO 2018

Bien, hermanos, no quiero soltaros más rollos, espero que este Adviento re-
céis por mí para que se me cure la pierna —si el Señor quiere—, espero que no me
tengan que cortar la pierna; sería una desgracia, pero hay que aceptarlo todo, todo
lo que Dios quiera. No creo, no creo, el Señor ha sido siempre muy bueno conmigo,
no tengo ninguna queja de ningún tipo: Él es buenísimo, santo, santo, santo es el
Señor. No solamente conmigo, con todos es buenísimo. Y yo, como todos, pues soy
un pecador. Todos somos pecadores como decimos en el Ave María: «Ruega por
nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte».

Y sabéis que si el Señor nos da su gracia nos hace ver la muerte iluminada, el
dies natalis que decían los cristianos, porque Cristo ya nos ha hecho participar, me-
diante el bautismo, de la victoria sobre la muerte y tenemos dentro todos vida eterna,
una vida inmortal. Por eso la muerte no tiene ya ningún poder sobre nosotros, nin-
gún poder. El momento de la muerte es un momento de felicidad. Mira como la Igle-
sia de Oriente pone la muerte de María como una imagen de la muerte de todos los
cristianos. Y en el momento de la muerte aparece Cristo con el alma de la Virgen
María. El alma, que está unida a Cristo en los cristianos, Él viene con nuestra alma a
llevarnos con Él al cielo en tanto nuestro cuerpo se despoja y lo llevan al cementerio.
Pero nuestra alma es un instrumento para amar a Dios y con ese amor, el alma no
se destruye. Con el alma amamos a Jesucristo, amamos a Dios y estamos con Cris-
to en la esencia misma de Dios que es querernos, querernos. Dios es amor a noso-
tros, un amor hasta el extremo, el amor del crucificado que ha muerto como un mal-
hechor, que ha sufrido una tortura inimaginable por amor a nosotros. Él nos quiere,
Dios nos ama, esta es la gran noticia: el amor que Dios te tiene. Claro, no sé si Dios
espera una contrapartida de nuestra parte, que le queramos también nosotros. Pero
no lo necesita, le basta con amarnos. Si además nosotros quisiéremos quererle y
tener un intercambio de amor tal y como hacen los monjes en el desierto, que están
constantemente rezando la oración del corazón: ¡Señor Jesús, hijo de Dios, ten pie-
dad de mí que soy un pecador! Y deciden estar siempre haciendo esta oración y vi-
ven solos en una gruta con la Escritura, en la presencia constante de Dios. Y llega
un momento que su oración se transforma en luz y Cristo se hace presente. Gracias
que podemos recibir si Dios si fuéramos capaces de rezar y decir a nuestro ángel de
la guarda: «Quisiera estar delante del Señor» y, entonces, te dice lo que tienes que
hacer.
Yo he tenido muchas gracias místicas, no sentía los brazos, ni los pies, ni el
cuerpo, solamente me quedaba la mente y sentía que Dios estaba próximo. Y des-
pués la mente hacía «crack» y entraba en éxtasis. Qué os voy a contar, tantas gra-
cias tuve que fui al P. Royo Marín y él me dijo: «Usted ha sido elegido por Dios para
una obra importante, le aconsejo que se busque un monasterio riguroso de contem-
plativos»; y yo me busqué un monasterio. Menos mal que el director espiritual que
tenía entonces, un Padre dominico, que nunca me decía nada, que siempre me de-
cía: «¡Muy bien, hijo mío, sigue, sigue!», pues este hermano, el día que iba a entrar
en el monasterio y estaba preparada la celda y también el Padre que te cortaba el

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ANUNCIO DE ADVIENTO 2018

pelo al raso, que ya estaba todo preparado, recibo una carta de mi director espiritual
que decía: «¡No entres en el monasterio, eso no viene de Dios!». Se la enseñé al
Prior y me dijo: «¿Qué piensas hacer?». «¡Pues me voy!». Y hasta hoy. ¡Anda que,
si entro en el monasterio pues no habría Camino ni nada! Era el Monasterio del Pa-
rral, de los monjes jerónimos, donde tenía la celda y hacía un frío que era para inmo-
larse, para sufrir, para sufrir con Cristo para la salvación del género humano. Así es-
tán las monjas de clausura y tantos otros monjes que ofrecen su vida por la salva-
ción de los hombres. Y sufrir por amor a Cristo es una gracia grande.
Bien, hermanos, espero que este Adviento sea para vosotros un encuentro
con Jesucristo. Tenéis que prepararos todos al encuentro con Jesucristo. ¡Viene el
Señor, viene el Señor vestido de majestad, viene sobre las nubes y todos lo verán,
también aquellos que lo atravesaron! Todos lo verán. Viene el Señor y tenemos que
prepararnos para reconsiderar nuestra vida
¿Cómo está nuestra vida en estos momentos? Si viene mañana Jesucristo
¿qué sucede? ¿Cómo está mi vida? ¿Qué es lo que hago yo? ¿Hago algún bien a
mi prójimo? ¿Estoy dando mi vida por el bien de los demás o vivo para mí? Porque
Cristo, dice S. Pablo, ha venido para que el hombre no viva más para sí mismo. No
podemos vivir para nosotros, tenemos que vivir para el Señor, haciendo la voluntad
del Señor, siempre dispuesto a salir. Iglesia en salida dice el Papa Francisco.
«¿Dónde vas?». «¡Con el Señor a cualquier parte, me voy a China o me voy con mi
comunidad a las afueras de Madrid, al barrio de la Elipa o a otro barrio por ahí!».
«¿Dónde vas?». «¡Yo siempre dispuesto con el Señor a partir, a salir, a evangelizar,
a que mi vida esté en las manos de Cristo, para que Él coja mi vida como un pan y lo
parta y sacie al mundo!». Es la Eucaristía, mi cuerpo es Eucaristía es pan del Señor
que se ofrece por el mundo. Porque ser cristiano es una obra maravillosa: no hay
cosa más santa y más grande en el mundo que participar con Jesucristo en la salva-
ción del género humano. Y eso es ser cristiano: participar con Jesucristo en la salva-
ción del género humano.
Y espero que este Adviento sea un tiempo fuerte de oración con el Señor.
Nos levantamos por la noche, venimos a la comunidad, rezamos Laudes con la co-
munidad todas las mañanas. Y durante el día estamos en la presencia del Señor con
la oración constante. Los cristianos tienen una cosa que se llama la oración constan-
te, están siempre pensando en Cristo y están siempre rezando: van por la calle y
van rezando; van en el coche y van rezando; siempre rezando, siempre en la pre-
sencia del Señor en una oración constante que no cesa. Porque la presencia del
Señor en nosotros es lo más grande. Dios, el generador del universo, habita en no-
sotros y nos quiere hacer partícipes de su amor y de su celo por la salvación de to-
dos los hombres.
Ahora vamos a rezar y cantamos el canto que tengo aquí que habla de Las
armas de la luz. Dice: «Revestíos de la armadura de Dios, empuñando las armas de
la luz, porque nuestra lucha no es contra la carne ni contra la sangre, sino contra los
espíritus del mal que habitan en el mundo de las tinieblas. Ceñidos con la verdad,

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ANUNCIO DE ADVIENTO 2018

revestidos de la justicia de la Cruz». Y la justicia de la Cruz dice así: «No te resistas
al mal, no ofrezcas resistencia al mal». Fijaos qué frase. «¿Estamos locos? ¿Yo no
tengo que ofrecer resistencia al mal?». «No, deja que el mal se te acerque». «Y ¿si
me corta la mano?». «Pues te quedas manco». No os resistáis al mal. Sigue dicien-
do: «… que no se resiste al mal, mas lleva sobre sí los pecados de los demás». ¿Es-
tán pecando contra ti? Lo acepto por la salvación del mundo. Por eso, «calzados con
el celo por anunciar el Evangelio». Dicen los Padres que el que se calza los pies con
el celo por anunciar el Evangelio, la serpiente que está en la tierra no le puede mor-
der el calcañar, porque tiene un calzado celeste. «Calzados con el celo por anunciar
el Evangelio, mas sobre todo con el escudo de la fe». El escudo, que dice así: «que
Cristo te ama ciertamente, que ha dado la vida por ti cuando eras un malvado y un
pecador». Ese es el escudo de la fe. «Con la espada el Espíritu que es la Palabra de
Dios». Y en la cabeza «coronados con el yelmo de la salvación» eterna, porque es-
tamos esperando en el cielo. «Porque Cristo Jesús resucitó, es el Señor que volverá
y nos llevará con Él».
Vamos a cantar esto.
¾ Canto: “Las armas de la luz”

Te damos gracias, Señor, por este encuentro, por el amor que nos
tienes, por este tiempo de Adviento que la Iglesia nos invita a re-
considerar nuestro amor hacia ti y nuestra vida. Todos somos pe-
cadores, Señor, ten piedad de nosotros, ayúdanos tú. Y ahora,
Señor, inspíranos la oración que tú quieres realizar. Nosotros no
sabemos pedir lo que nos conviene, que tu Espíritu Santo nos
inspire la oración que tú quieres realizar en nosotros.

Te lo pedimos, Señor.

¾ Oraciones espontaneas
¾ Padre nuestro
¾ Bendición final

KIKO:

Rezad por mí y por el Padre Mario.

AVISO:
Se ha preparado un vuelo para el encuentro de Panamá en la JMJ, que sale de Ma-
drid el 21 de enero y vuelve el 29. Los hermanos que quieran ir deben ponerse en
contacto con el Centro Neocatecumenal de Madrid y os darán más información.

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