La Perennidad del Desengaño Por Delton Santamaría Cuando uno deja la guardería del miedo y la incertidumbre, nada puede

espantarte tanto como tu propia locura por una solución o redención. Quien vive del recuerdo del pasado, ya ha muerto para siempre, vive de fantasmas, de inanidad y desplazado de todo vestigio de vida. Se trata en todo caso, de ya no dar importancia al pasado, dejar de estar anclado a los cementerios del recuerdo y vivir en presente, siempre en el irremediable presente. Toda enfermedad viene de un arrastre de lo que fue y no pudo haber sido, de la pérdida y su venganza. Para no seguir reproduciendo los mismos mecanismos de la vida condicionada, es necesario disponer de una conciencia que nos advierta de toda normalidad para desengañar nuestra percepción mental. Para recuperar el centro es necesario sabotear nuestras propias teorías y argumentos. Ni las lágrimas, ni el dolor ni cualquier sufrimiento humano o animal podrán desmentir tanto hechizo. ¿Qué puede liberarnos de tanta insatisfacción, como la de creernos protagonistas de nuestro “yo” o “ego”? Ni siquiera la muerte. El desengaño se alcanza con la renuncia a la preocupación. Sólo la desconfianza que produce la duda, hace ver las apariencias que la irrealidad de la percepción encubre en la mente. Si no fuese así, ¿por qué siempre postergamos lo urgente, interrumpimos lo vital, aplazamos lo fundamental, dejamos pendiente lo inmediato y posponemos mil excusas para no saber de nosotros mismos? El silencio puede ser una señal clarividente de tantas apariencias y desengaños. Quien despierta a la luz de la Conciencia sospecha de toda “realidad”, duda de las formas “condicionadas” de todo sistema, logra entrever lo aparente en la “verdad” impuesta. El que despierta devela los velos que cubren al mundo de tanta ceguera, ignorancia y error. Las convenciones y condicionamientos mentales son como una piedra dentro de una jaula, ni la jaula ni la piedra se corresponden para hablar de sí mismos. ¿Qué pensamiento no es la realidad de una creencia? Viviendo en un mundo donde he sido testigo del asco, el desprecio, el reproche, la burla, la grosería, la envidia, el odio, el insulto y demás pesares aberrantes, uno se da cuenta que nadie es dueño de sí mismo, nadie domina su voluntad, nadie parece conducir sus propios actos, sino siendo esclavos del inconsciente, siendo tiranizados por la sombra, agredidos por el abismal pantano del subconsciente a cada instante. Ni sensación ni percepción, ni pensamiento, ni emoción ni otro estado mental pueden decirnos realmente quién controla la locura, quien lo sabe de su vida es un loco. Una vez que uno deja de engañarse a sí mismo, despierta de todos esos mecanismos falaces. Fuera de los embriagadores embrujos de la realidad, uno comienza a sospechar cómo se inició todo éste teatro de simulaciones, hechizos y apariencias. Dejamos de ser prófugos de la conciencia. Nos obsesiona tanto el espejismo, la mentira, la sombra, la tiniebla y la oscuridad para precipitarnos en el vacío, que nada parece satisfacernos. Y creemos siempre que “afuera” está la solución. ¡Qué ilusos somos!, qué debilidad del ser, qué falta de temple y de espíritu. Causas, razones y sentidos encierran un fuerte mecanismo: son justificaciones del inconsciente. La inconsciencia de nuestros pensamientos, palabras y actos adormece la clave para despertar de tantos desengaños. Despertemos de tanta obnubilación.