LOS JUEGOS DEL DESTINO Por Delton Santamaría

El destino juega un poco a los desajustes con nuestra realidad personal, como personajes manejables de una partida de circunstancias y como parte de un entorno paralelo de “realidad” al nuestro. Ese desfase de realidad es una noción histórica que sirve para enriquecer de variables a nuestra biografía personal, para darnos (como protagonistas de una compleja historia de ajedrez) una oportunidad única en la vida y para crear una atmósfera de dramatismo en esas variantes que se encuentran como tema general en toda esa totalidad llamada vida. Todos los elementos de nuestra realidad que intervienen como circunstancias son parte del juego explícito para ver cómo reaccionamos a cada episodio del día y de cada capítulo del momento. Bien en la mañana, tarde o noche, cada escena busca ponernos como personajes que tratan de ver cómo está sucediendo el juego mágico de las referencias cautivadoras. Un gran juego en verdad, como por ejemplo, cómo interpretamos cada circunstancia, qué matiz le agregamos, cómo nos enteramos si debe iluminarse ahí donde el pasado ya fue, o si en realidad no ha sido aún vivido, experimentado o asimilado. Entonces, suceden varias impresiones: muchas referencias de nuestro pasado vienen a nuestro auxilio como idiomas de un código de travesía, como magia de un juego, que en varias circunstancias lo hacemos como el entendido de algo serio donde se nos va la vida o donde nos alcanza la última puerta de nuestro aliento. Pero no parece muy seria la cosa; siempre jugamos a resultados previos a través de un tema, de alcanzar un propósito o buscar un fin, por ejemplo, como esa antigüedad cultivada llamada “Felicidad”. La felicidad no se busca para alcanzarla, se vive desde el momento en que somos conscientes que respiramos y estamos vivos. No necesitamos otra vida, otra historia o otra oportunidad para saber que la felicidad ya ha sido una referencia de simplemente abrir los ojos a lo inmediato para adivinar cómo somos felices sin buscar hacia el futuro esa anhelada felicidad. Disfrutar la vida no es una maqueta montada sobre una realidad y nosotros muñecos de una escenografía milagrosa. Aunque en la actualidad cada rol que cada quien desempeña juega un importante desempeño para completar las historias. ¿Cuáles son las opciones previas en que nuestra historia nos dice cómo avanzar?, ¿cómo dirigirnos y vivir esa estructura que nos mantiene bajo el tema de una historia conocida? ¿Acaso no han descubierto el tema de sus vidas como si fuese el título de una película? Si rebobinan la cinta de sus historias a través de la propia recapitulación de sus vivencias, en ese preciso momento de irla haciendo, uno grita ¡Eureka!, da saltos de alegría al saber cuál ha sido el tema de nuestra historia a “grosso modo” de todo lo que nos ha venido sucediendo. Esa idea general entonces, que antes nos

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poseía y obsesionaba, de cómo las circunstancias nos obligaban a ver porqué tales episodios se repetían y porqué describían razones inexplicables sobre nuestra forma de empezar nuestra historia de nuevo desde cero. Pasamos de la agitación de la incertidumbre a la suave serenidad del entendimiento. ¿Qué capítulos de nuestras historias siguen abiertos y cuáles se han cerrado? En nuestras historias existe un punto donde el destino nos separa de la superficie total de la realidad y nos revela nuevos campos ilimitados de realidad. Como lo insinuó Jorge Luis Borges en sus Bifurcaciones o donde aclara Cortázar que los tiempos reales no son lineales. Claro, la realidad muchas veces se muestra implacable, pero eso se debe a que a ella no le basta señalar la ruta adecuada a nuestra historia, sino que son correcciones para no salirnos de nuestros límites de realidad. Los héroes caminan solos y muchos a veces ni siquiera pudieron atravesar sus paradigmas. La tentativa para explicar tal misterio es quizás asimilar toda la soledad que la humanidad encierra y vivirlo estoicamente para atravesar esa membrana de ensoñaciones que llamamos “realidad”. Para algunos el destino tiene la promesa de un beso, la serenidad de una elevación, el estremecimiento de una plenitud, el alcanzar los límites de nuestras capacidades, trascender nuestras sombras pasajeras, brincar la barda de las tristezas y el dolor, fugarse del vacío de las soledades y el hastío, o fundar una aureola de placer a través de la creatividad. Solamente un destino apasionado para vivirse fuera del tiempo hace que las circunstancias sean el espejo de nuestras profundidades. Es decir, ir más allá de ese partidismo de quienes rechazan la vida y no pueden amarla, o aquellos quienes su pasión es el desenfreno para encontrar un motivo y aferrarse a ella como tabla de salvación. Mientras no sigamos secuestrados por un tiempo dramatizado de matices sentimentales que nos arrastren como la gravedad de la marea, entonces podremos decir que somos dueños de nuestro propio destino. Entonces, lograremos desinfectarnos de las humillaciones que han petrificado nuestro corazón, que se ha ligado a esos ocasos de domingo, donde pareciéramos buscar un sentido que nos ligue a la vida. Todas nuestras vivencias son ocasionales, la única que perdura es la que vence el infinito de todas las apariencias de la vida. Cuando aprendemos a separar el mundo de las apariencias y las esencias, podremos entonces decir que el destino no se responsabiliza de nada. Las ilusiones y la realidad dejan de ser esa lucha de polaridades, entonces deviene un sólido zumbido a nuestro espíritu que nos revela lo pasajero que es la vida y lo eterno que es el destino.
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