PANCARTAS DE LA CONFERENCIA DEL DÍA DE CONMEMORACIÓN 2008 Necesitamos experimentar y disfrutar a Cristo a fin de abundar en la obra de Cristo según

las tres etapas de Su ministerio completo: encarnación, inclusión e intensificación. Los siete Espíritus como los siete ojos de Cristo, el Cordero, infunden a nuestro ser todo lo que el Cordero es, a fin de que seamos transformados a Su imagen con miras a la edificación de Dios. Cristo, quien es el Espíritu siete veces intensificado, está laborando a fin de producir los vencedores, rescatándolos de la degradación de la iglesia y trayéndolos de nuevo al disfrute de Sí mismo con miras a finalizar la economía eterna de Dios. Los siete Espíritus como las siete lámparas de fuego arden para que las iglesias como candeleros de oro hallen su consumación en la Nueva Jerusalén, que es el candelero de oro universal y eterno.

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Bosquejo de los mensajes para la conferencia del Día de Conmemoración 23-26 de mayo del 2008 TEMA GENERAL: EXPERIMENTAR Y DISFRUTAR A CRISTO PARA ABUNDAR EN LA OBRA DE CRISTO SEGÚN SU MINISTERIO COMPLETO DE TRES ETAPAS: ENCARNACIÓN, INCLUSIÓN E INTENSIFICACIÓN Mensaje uno Experimentar, disfrutar y ministrar a Cristo según las tres etapas divinas y místicas de Su ministerio completo Lectura bíblica: Jn. 1:14; 1 Co. 15:45; Ap. 4:5; 5:6; Sal. 45 I. Necesitamos experimentar y disfrutar a Cristo según las tres etapas de Su ministerio completo, y debemos abundar en la obra triple del ministerio, a fin de edificar el Cuerpo de Cristo—Fil. 3:8; Ef. 4:11-12; 1 Co. 3:12; 15:58; 16:10; Fil. 1:22-25; 2:30; 2 Co. 5:18-20; 6:1: A. La primera etapa es la etapa de Su encarnación: la etapa de Cristo como un hombre en la carne; la obra del ministerio en esta etapa produce personas redimidas—Mt. 14:19, 23; Jn. 1:14; 5:30; 7:18; 10:30; 14:30b; Sal. 109:4b; Ro. 3:24-25. B. La segunda etapa es la etapa de Su inclusión: la etapa de Cristo como Espíritu vivificante; la obra del ministerio en esta etapa produjo la iglesia y produce las iglesias—1 Co. 15:45; Jn. 20:22; Fil. 1:19; Hch. 20:28. C. La tercera etapa es la etapa de Su intensificación: la etapa de Cristo como el Espíritu siete veces intensificado; la obra del ministerio en esta etapa produce vencedores, quienes son el Sión actual—Ap. 1:4; 4:5; 5:6; 3:1; 2:7, 17; 3:20; 19:7-9. II. El salmo 45 nos presenta un panorama completo, un cuadro completo, del Cristo todo-inclusivo en Su belleza según Su ministerio completo, el cual se compone de tres etapas divinas y místicas: encarnación (en los Evangelio, vs. 1-8), inclusión (en las Epístolas, vs. 9-15), e intensificación (en Apocalipsis, vs. 16-17): A. El salmo 45 es el salmo más elevado y el más excelente de todos; es uno de los salmos de los hijos de Coré, un cántico de amor según la melodía de los lirios: 1. La gran obra de Dios consiste en restaurar el edificio de Dios que había sido asolado y recobrar a los “hijos de Coré” al transformar a personas rebeldes —por medio de Su ilimitada misericordia y gracia— en los vencedores de Cristo, a fin de que lleguen a ser los constituyentes de Su novia, Su reina vencedora—Nm. 16:1-3; Sal. 42, título; 106:16; 1 Cr. 6:33-37; Sal. 88, título; Ap. 19:7-9. 2. Si somos de aquellos que aman afectuosamente al Señor, con el tiempo llegaremos a ser Su amor, Sus preferidos—Cnt. 1:1-4, 14-15; 2:4. 3. Un lirio denota una vida pura, simple y sencilla que confía en Dios—vs. 1-2; Mt. 6:28-29; cfr. 1 R. 7:17-19. B. Si tenemos un amor afectuoso por el Señor Jesús, nuestra lengua será como pluma de diestro escribiente, listo para escribir de nuestro amor por Él y de nuestra alabanza a Él, lo cual incluye la experiencia y el disfrute que tenemos de Él conforme a todo lo que Él es en Su ministerio completo—Sal. 45:1; Mt. 12:34b; Is. 6:5-7; 2 Co. 3:3, 6. C. El salmo 45 alaba a Cristo el Rey según se revela en los cuatro Evangelios—vs. 1-8: 1. El salmista alaba a Cristo el Rey en Su hermosura; Cristo es más hermoso que los hijos de los hombres—vs. 1-2; cfr. 27:4; Cnt. 5:9-16:

a. La gracia es derramada sobre los labios de Cristo—Lc. 4:17-22; cfr. Ef. 4:29-30. b. Debido a que el hombre Jesús es bello, placentero y lleno de gracia, esto ha motivado a Dios a bendecirlo para siempre—Ro. 9:5. 2. El salmista alaba a Cristo el Rey en Su victoria—Sal. 45:3-5: a. A los ojos de Satanás y sus ángeles caídos, Cristo es el valiente que tiene Su espada ceñida sobre su muslo, uno que tiene majestad y esplendor como señales de Su victoria—v. 3. b. En Su esplendor Cristo cabalga triunfalmente por causa de la verdad, de la mansedumbre y de la justicia; a pesar de lo que ocurra en la tierra, y a pesar de lo que las naciones hagan, Cristo cabalga triunfalmente, con prosperidad; desde el día de Su ascensión, Él comenzó a cabalgar y seguirá cabalgando hasta que regrese en victoria—v. 4a; Hch. 5:31; Ap. 6:2; 19:11-16. c. Su diestra ha realizado obras asombrosas; Cristo ha realizado muchas obras asombrosas entre las que figuran Su crucifixión, resurrección y ascensión; todo lo que el Señor Jesús hace es asombroso, no importa si es pequeño o grande— Sal. 45:4b. d. Sus saetas son agudas en el corazón de Sus enemigos, y pueblos caen delante de Él—v. 5; cfr. Ap. 6:2. 3. El salmista alaba a Cristo el Rey en Su reino—Sal. 45:6-7: a. Puesto que Cristo es Dios, Su trono permanece por los siglos de los siglos, y el cetro de rectitud es el cetro de Su reino—v. 6; He. 1:8. b. Puesto que Cristo es el Rey, Él ha amado la justicia y aborrecido la iniquidad, y Dios el Padre lo ha ungido con óleo de júbilo más que a Sus compañeros—Sal. 45:7; He. 1:9. 4. El salmista alaba a Cristo el Rey en la dulzura de Sus virtudes—Sal. 45:8; cfr. 1 P. 2:9: a. Todos Sus vestidos exhalan mirra, áloe y casia—Sal. 45:8a: (1) Los vestidos representan las acciones y virtudes de Cristo, la mirra y el áloe representan la dulzura de Su muerte, y la casia simboliza la fragancia y el poder repelente de la resurrección de Cristo. (2) La manera de experimentar a Cristo en Su crucifixión por el poder de Su resurrección, es por medio del Espíritu mismo, que mora en nuestro espíritu—cfr. Cnt. 2:8-14; Ro. 8:16; Fil. 3:10. b. Desde palacios de marfil, lo recrean con cuerdas de arpa—Sal. 45:8b: (1) Los palacios simbolizan a las iglesias locales, el marfil representa la vida de resurrección de Cristo (Jn. 19:36; cfr. Cnt. 7:4; 4:4; 1 R. 10:18), y las cuerdas de arpa representan las alabanzas. (2) Las iglesias locales son hermosas a los ojos del Señor y son Su expresión, y son edificadas con la vida de resurrección de Cristo, y de ellas provienen las alabanzas que lo recrean. D. El salmo 45 alaba a Cristo el Rey en Su alabanza a la reina, la iglesia, Su esposa, según se revela en las Epístolas—vs. 9-15: 1. La reina tipifica a la iglesia, especialmente a los vencedores, quienes son la esposa única de Cristo, y las damas ilustres que están cerca de la reina representan a los invitados de Cristo, quienes son vencedores; esto indica que la novia de Cristo es, de hecho, un grupo de vencedores—vs. 9-10: a. Las hijas de reyes representan a los creyentes de Cristo en su realeza. b. Las damas ilustres del rey representan a los creyentes de Cristo en su honor y majestad.

2. El rey desea la hermosura de la reina; la hermosura de la reina representa las virtudes de Cristo, que se expresan por medio de la iglesia—v. 11: a. La hermosura de la novia proviene de Cristo, quien ha sido forjado en la iglesia y quien ahora se expresa por medio de ella—Ef. 1:18-23; 3:16-21; 5:25-27. b. Nuestra única hermosura es el Cristo que irradiamos desde nuestro interior; lo que Cristo aprecia de nosotros es la expresión de Sí mismo—Fil. 1:20; 2:15-16; Is. 60:1, 5; cfr. Éx. 28:2. 3. En el salmo 45 la reina tiene dos vestidos: a. El primer vestido es de oro de Ofir, de brocado de oro—vs. 9b, 13b: (1) Este vestido alude a Cristo como nuestra justicia objetiva, por la cual somos salvos—Lc. 15:22; 1 Co. 1:30; Is. 61:10. (2) El hecho de que la reina esté cubierta de oro alude a la iglesia que se manifiesta en la naturaleza divina—Sal. 45:9b; 2 P. 1:4. (3) El vestido de brocado de oro indica que el Cristo que ha pasado por la muerte y la resurrección es la justicia de la iglesia, una justicia que satisface los justos requisitos de Dios a fin de que ella pueda ser justificada por Él—Gá. 2:16; Ro. 3:26. b. El segundo vestido es de telas bordadas—Sal. 45:14a: (1) Este vestido corresponde al Cristo que se manifiesta en nuestro vivir como nuestra justicia subjetiva, a fin de que tengamos la victoria—Ap. 19:8. (2) Cristo, como nuestra justicia subjetiva, es Aquel que mora en nosotros para llevar por nosotros una vida que es siempre agradable a Dios—Fil. 3:9; Mt. 5:6, 20; Ro. 8:4; cfr. Sal. 23:3. (3) El vestido de telas bordadas indica que la iglesia será llevada a Cristo, vestida de las acciones justas de los santos, lo cual satisfará los requisitos de Cristo para Su matrimonio—Ap. 19:8; cfr. Mt. 22:11-14. 4. La hija del rey es toda gloriosa dentro de la morada real, y las vírgenes entrarán en el palacio del rey—Sal. 45:13a, 14-15: a. La hija del rey es la reina, la cual a su vez representa a la iglesia, y el hecho de que ella sea toda gloriosa dentro de la morada real significa que la iglesia gloriosa toma a Cristo como su morada real—v. 13a; Jn. 15:4a. b. Nosotros tomamos a Cristo como nuestra morada, llegamos a ser Su morada, y con el tiempo, esta morada mutua llega a ser el palacio, el cual representa la Nueva Jerusalén—14:23; 15:5; Sal. 45:15b; Ap. 21:3, 22. E. El salmo 45 alaba a Cristo el Rey en Sus alabanzas a Sus hijos, a los vencedores quienes son príncipes, según se ve en Apocalipsis—Sal. 45:16-17: 1. “En lugar de Tus padres serán Tus hijos, / a quienes harás príncipes en toda la tierra”—v. 16: a. Aquí padres representa a los antepasados de Cristo en la carne, hijos representa a los vencedores de Cristo, quienes son Sus descendientes, y príncipes representa a los vencedores de Cristo, quienes reinarán juntamente con Él sobre las naciones—Ap. 2:26-27; 20:4, 6. b. Únicamente Cristo el Rey —quien reinará sobre la tierra con los vencedores, Sus asistentes en el reinado— puede resolver los problemas que hay en el mundo actual—Is. 42:1-4; Hag. 2:7a. 2. El nombre de Cristo será recordado en todas las generaciones mediante los santos vencedores, y Cristo será alabado por las naciones también a través de Sus santos que han vencido y que son co-reyes junto con Él—Sal. 45:17.
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Mensaje dos La redención efectuada por el ministerio de Cristo en la etapa de encarnación Lectura bíblica: Ro. 3:24; Ef. 1:7; Gá. 3:13; 4:5; 1 Jn. 1:7; 1 P. 1:18-19; Tit. 2:14 I. Redimir es volver a comprar a cierto precio—Ro. 3:24; 1 Co. 6:20: A. Nosotros fuimos escogidos y predestinados por Dios, y originalmente pertenecíamos a Dios, pero caímos y nos perdimos a causa del pecado; por esta razón, necesitamos ser redimidos—Ef. 1:4-7. B. El hombre anteriormente era posesión de Dios, pero después cayó, hundiéndose en los pecados y en muchas cosas que eran contrarias a la justicia, la santidad y la gloria de Dios, por lo cual quedó sujeto a la exigencia triple de la justicia, santidad y gloria de Dios. C. La redención resuelve el problema de nuestros pecados al cumplir los requisitos de Dios—Ro. 3:23-24; 8:4: 1. El peso sobre nosotros de los requisitos de la justicia, santidad y gloria de Dios eran tan grandes que nos era imposible cumplirlos. 2. Puesto que éramos incapaces de pagar el precio, Dios lo pagó por nosotros por medio de la muerte de Cristo en la cruz, redimiéndonos a un gran precio—1 P. 1:18-19. 3. Cristo murió en la cruz para redimirnos; Su sangre obtuvo redención eterna por nosotros—Gá. 3:13; Tit. 2:14; He. 9:12; 1 P. 2:24; 3:18. II. Dios nos justificó por Su gracia, por medio de la redención que es en Cristo Jesús—Ro. 3:24: A. La justificación es la acción divina mediante la cual Dios aprueba a las personas según Su norma de justicia; Dios hace esto basándose en la redención de Cristo. B. Debido a que Cristo pagó el precio por nuestros pecados y a que Su redención satisfizo todos los requisitos que estaban sobre nosotros, Dios, por ser justo, está obligado a justificarnos gratuitamente—5:1; Himnos, #466. III. Tenemos redención en el Amado por medio de Su sangre—Ef. 1:6-7; Col. 1:13-14: A. El Amado es el Hijo amado de Dios, el Hijo de Su amor, en quien Dios se complace— Mt. 3:17; 17:5; Col. 1:13-14: 1. En el Amado fuimos agraciados, es decir, fuimos hechos los objetos del favor y complacencia de Dios—Ef. 1:6. 2. Como tales objetos, disfrutamos a Dios, y Dios nos disfruta a nosotros en Su gracia en Su Amado, quien es Su deleite; en Su Amado nosotros también llegamos a ser Su deleite. B. En el Amado “tenemos redención por Su sangre, el perdón de los delitos”—v. 7: 1. La muerte de Cristo logró la redención para que nuestros pecados fuesen perdonados—Col. 1:14. 2. La redención se refiere a lo que Cristo realizó por nuestros delitos; mientras que el perdón se refiere a la aplicación de lo que Cristo realizó por nuestros delitos— Ef. 1:7. 3. El perdón de los pecados es la redención que tenemos en Cristo por medio de Su sangre; sin derramamiento de sangre, no hay perdón de pecados—He. 9:22. IV. La sangre que redimió a seres humanos caídos es la sangre de Jesús, el Hijo de Dios—Hch. 20:28; 1 Jn. 1:7:

A. Por ser hombre, el Señor Jesús tenía sangre humana genuina que podía ser derramada por nuestra redención; y por ser Dios, Él poseía el elemento divino que hace que Su sangre tenga eficacia eterna. B. El Señor Jesús murió en la cruz como el Dios-hombre; por consiguiente, la sangre que Él derramó no era simplemente la sangre del hombre Jesús, sino también la sangre del Dios-hombre: 1. En 1 Juan 1:7 el nombre Jesús denota la humanidad del Señor, la cual era necesaria para el derramamiento de la sangre redentora. 2. El título Su Hijo denota la divinidad del Señor, la cual era necesaria para que la sangre redentora tuviese eficacia eterna. 3. La frase la sangre de Jesús Su Hijo indica que esta sangre era la sangre apropiada de un hombre genuino derramada para redimir a las criaturas caídas de Dios con la garantía divina como su eficacia eterna; por esta razón, la redención efectuada por el Dios-hombre es eterna—He. 9:12. C. Por medio de Su sangre, el Señor Jesús nos liberó de nuestros pecados y nos compró para Dios—Ap. 1:5; 5:9. V. Cristo nos redimió de la maldición de la ley—Gá. 3:13: A. En la obra que Cristo efectuó en la cruz, Él se hizo por nosotros maldición y nos redimió de la maldición de la ley: 1. Cuando Cristo quitó nuestro pecado en la cruz, Él nos redimió de la maldición. 2. Cristo no sólo nos redimió de la maldición, sino que incluso Él mismo fue hecho maldición por nosotros—v. 13; Jn. 19:2, 5. B. Debido a que Cristo nos redimió de la maldición de la ley al ser hecho por nosotros maldición, ahora nosotros podemos recibir la mayor bendición, que es el Dios Triuno —el Padre, el Hijo y el Espíritu— como el Espíritu procesado, todo-inclusivo y vivificante que mora en nosotros para nuestro disfrute—Gá. 3:14. VI. Cristo nos redimió de la custodia de la ley, a fin de que pudiésemos recibir la filiación—4:4-5: A. Cristo nos redimió de la custodia de la ley, a fin de que pudiésemos recibir la filiación y llegar a ser hijos de Dios—3:23; 4:4-5. B. La obra redentora de Cristo nos conduce a la filiación divina para que nosotros disfrutemos la vida divina, a fin de que se cumpla el propósito eterno de Dios, que consiste en tener muchos hijos con miras a Su expresión corporativa—vs. 4-5; He. 2:10; Ro. 8:29. VII. La sangre de Cristo nos redimió de nuestra vana manera de vivir, una vida sin sentido y sin propósito—1 P. 1:18-19: A. Si hemos de conducirnos en temor durante el tiempo de nuestra peregrinación, necesitamos una comprensión profunda de la redención de Cristo—v. 17. B. La redención de Cristo nos apartó de nuestra vana manera de vivir, y ahora podemos ser santos en toda nuestra manera de vivir—v. 15. VIII. Cristo se entregó a Sí mismo por nosotros no sólo para redimirnos de toda iniquidad sino también para purificar para Sí mismo un pueblo para Su posesión: un pueblo al cual Dios posee exclusivamente como Su especial y único tesoro, Su posesión personal—Tit. 2:14; Éx. 19:5; 1 P. 2:9.

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Mensaje tres Experimentar, disfrutar y ministrar a Cristo en la etapa de inclusión Lectura bíblica: Éx. 30:22-25; Hch. 13:33; 1 Co. 15:45; 1 P. 1:3; Ro. 5:10; Sal. 23 I. La segunda etapa del ministerio completo de Cristo es la etapa de inclusión, que va desde Su resurrección hasta la degradación de la iglesia: A. La etapa de encarnación era la etapa del primer “se hizo” de Cristo, la etapa en la cual Él se hizo carne—Jn. 1:14. B. La etapa de inclusión es la etapa del segundo “fue hecho” de Cristo, la etapa en la cual Él fue hecho el Espíritu vivificante—1 Co. 15:45. C. Cuando usamos la palabra inclusión nos basamos en la manera en que usamos la palabra inclusivo; para que Cristo, el postrer Adán, llegara a ser el Espíritu vivificante equivalía a que Él llegara a ser el Espíritu todo-inclusivo—Fil. 1:19; Éx. 30:22-25; cfr. Gn. 17:1. II. El ministerio de Cristo en la etapa de inclusión es Su ministerio en resurrección como el Espíritu vivificante en nuestro espíritu; la resurrección es el pulso vital y el factor crucial de la economía divina—1 Co. 15:12-19, 31-36, 45-49, 54-58: A. Si no hubiese resurrección, Dios sería un Dios de muertos, no de vivos—Mt. 22:32. B. Si no hubiese resurrección, Cristo no se habría levantado de entre los muertos; Él sería un Salvador muerto, y no un Salvador vivo que vive para siempre (Ap. 1:18) y que nos puede salvar por completo (He. 7:25; Ro. 5:10). C. Si no hubiese resurrección, no habría prueba viva de que fuimos justificados por Su muerte (4:25), ni se nos impartiría la vida (Jn. 12:24), ni habría regeneración (3:5), ni renovación (Tit. 3:5), ni transformación (Ro. 12:2; 2 Co. 3:18) ni tampoco podríamos ser conformados a la imagen de Cristo (Ro. 8:29). D. Si no hubiese resurrección, no existirían los miembros de Cristo (12:5), ni el Cuerpo de Cristo como la plenitud de Él (Ef. 1:20-23), ni tampoco existiría la iglesia como la novia de Cristo (Jn. 3:29), y por ende, tampoco existiría el nuevo hombre (Ef. 2:15; 4:24; Col. 3:10-11). E. Si no hubiese resurrección, la economía neotestamentaria de Dios se derrumbaría por completo, y el propósito eterno de Dios quedaría anulado—Hch. 13:33; 1 P. 1:3; 1 Co. 15:45; Col. 1:18. III. Es necesario que veamos y profundicemos en la verdad manifiesta de la resurrección de Cristo en la etapa de inclusión, a fin de alcanzar la meta suprema de la economía de Dios: A. En la resurrección Cristo nació para ser el Hijo primogénito de Dios—Hch. 13:33: 1. Desde la eternidad pasada sin principio, Cristo era el Hijo unigénito de Dios, y como tal, poseía sólo divinidad mas no humanidad, y no había pasado por la muerte ni había entrado en la resurrección—Jn. 1:18. 2. En la encarnación el Hijo unigénito de Dios se hizo carne y llegó a ser un Dios-hombre, un hombre que poseía tanto la naturaleza divina como la humana. 3. Por medio de Su muerte y resurrección, Cristo en la carne, quien era la simiente de David, fue designado el Hijo primogénito de Dios—Ro. 1:3-4: a. En la muerte Su humanidad fue crucificada—1 P. 3:18. b. En la resurrección Su humanidad crucificada fue avivada por el Espíritu de Su divinidad y fue elevada al nivel de la filiación del Hijo unigénito de Dios; así pues, Él fue engendrado por Dios en Su resurrección, para ser el Hijo primogénito de Dios—Ro. 8:29. B. En la resurrección Cristo llegó a ser el Espíritu vivificante—1 Co. 15:45:

1. Antes de la resurrección de Cristo, esto es, antes de la glorificación de Cristo, “aún no había” el Espíritu vivificante—Jn. 7:39. 2. Cristo, el Hijo de Dios, quien es el segundo de la Trinidad Divina, después de concluir Su ministerio en la tierra, llegó a ser (fue transfigurado en) el Espíritu vivificante en Su resurrección, a fin de liberar la vida divina que se hallaba encerrada en la cáscara de Su humanidad e impartirla en Sus creyentes, haciéndolos los muchos miembros que conforman Su Cuerpo—12:24; cfr. 19:34. 3. Este Espíritu vivificante, quien es el Cristo pneumático, también es llamado: a. El Espíritu de vida—Ro. 8:2. b. El Espíritu de Jesús—Hch. 16:7. c. El Espíritu de Cristo—Ro. 8:9. d. El Espíritu de Jesucristo—Fil. 1:19. e. El Señor Espíritu—2 Co. 3:18. C. En la resurrección nosotros, los escogidos de Dios, fuimos regenerados—1 P. 1:3: 1. El Cristo pneumático llegó a ser el Hijo primogénito de Dios y el Espíritu vivificante, a fin de que los creyentes fuesen regenerados, los cuales vinieron a ser los muchos hijos de Dios que nacieron juntamente con Él en un solo gran alumbramiento universal. 2. Este gran nacimiento en el cual nacieron el Hijo primogénito de Dios y los muchos hijos de Dios en la resurrección de Cristo, tenía como fin que fuese formada la casa de Dios y fuese constituido el Cuerpo de Cristo para ser Su plenitud, expresión y expansión, a fin de llevar a su consumación la expresión y expansión eternas del Dios Triuno procesado y consumado—Ef. 1:23; 3:19; Ap. 21:10-11. 3. En el único Espíritu todos los creyentes de Cristo fueron bautizados en el único Cuerpo de Cristo, y a todos ellos se les dio a beber de un mismo Espíritu—1 Co. 12:13. 4. El Cristo que está en resurrección —como Espíritu todo-inclusivo y vivificante— se da a Sí mismo sin medida al hablarnos las palabras de Dios—Jn. 3:34. 5. Todos los creyentes de Cristo son edificados para ser una morada de Dios en su espíritu, en el cual Él mora como el Espíritu (Ef. 2:22), mediante el proceso de Su salvación orgánica (Ro. 5:10), esto es, mediante la santificación de nuestro modo de ser (15:16), la renovación (Tit. 3:5), la transformación (2 Co. 3:18) y la conformación a Su imagen (Ro. 8:29), hasta alcanzar la glorificación (Fil. 3:21). IV. Debemos establecer y pastorear a las iglesias por medio del Cristo pneumático, el Cristo que es el Espíritu vivificante, junto con Su salvación orgánica: A. El Señor Jesús ha incorporado el ministerio apostólico a Su ministerio celestial, a fin de cuidar del rebaño de Dios, el cual es la iglesia, de la cual surge el Cuerpo de Cristo—Jn. 21:15-17; Hch. 20:28; 1 P. 5:2; 1 Co. 15:58; cfr. Gn. 48:15-16a. B. El pastoreo del Cristo pneumático se lleva a cabo en cinco etapas—Sal. 23: 1. El disfrute de Cristo como los verdes pastos y del Espíritu como las aguas de reposo— v. 2. 2. El avivamiento y transformación que ocurre en las sendas de justicia—v. 3. 3. La experiencia que tenemos del Cristo resucitado, el Cristo pneumático, mientras andamos por el valle de sombra de muerte—v. 4. 4. El disfrute más profundo y más elevado que tenemos del Cristo resucitado al luchar contra los adversarios—v. 5. 5. El disfrute que tenemos todos los días de nuestra vida del bien y la misericordia divinas en la casa de Jehová, la meta final de la economía eterna de Dios—v. 6.

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Mensaje cuatro Experimentar a Cristo en la etapa de intensificación como el Espíritu vivificante siete veces intensificado Lectura bíblica: Ap. 1:4-5; 3:1; 4:5; 5:6 I. Apocalipsis es un libro de administración (4:2, 5; 5:6), intensificación(1:4; 3:1; 4:5; 5:6) y consumación (21:1-2; 22:1-2, 17). II. El Cristo que vemos en el libro de Apocalipsis es un Cristo “diferente” del que se revela en los Evangelios; en 1:13-18 Él es un Cristo “temible”. III. Debido a la degradación de la iglesia causada por la levadura (Mt. 13:33), los vientos de enseñanza (Ef. 4:14) y el hecho de haber abandonado el primer amor (Ap. 2:4-5), Cristo, quien es el Espíritu vivificante, fue intensificado siete veces y llegó a ser los siete Espíritus: el Espíritu siete veces intensificado— 1 Co. 15:45; Ap. 1:4; 3:1; 4:5; 5:6: A. El título los siete Espíritus indica que el Espíritu fue intensificado siete veces—1:4. B. Los siete Espíritus son el Espíritu siete veces intensificado, tipificado por las siete lámparas del candelero—Éx. 25:31, 37; Zac. 4:2, 10; 3:9. C. Cuando el libro de Apocalipsis fue escrito, la iglesia había caído en degradación, y la era estaba en tinieblas; por consiguiente, el Espíritu de Dios siete veces intensificado era necesario para que se pudiera llevar a cabo el mover y la obra de Dios en la tierra. D. El Señor reaccionó a la degradación de la iglesia intensificándose a Sí mismo siete veces para llegar a ser el Espíritu vivificante siete veces intensificado—Ap. 4:5; 5:6. E. Siete es el número que representa compleción en el mover de Dios, la operación de Dios—v. 1; 6:1; 8:1-2; 16:1. F. El número siete también representa intensificación—Is. 30:26; Dn. 3:19: 1. Puesto que el Espíritu vivificante fue intensificado siete veces, todos los elementos del Espíritu han sido intensificados siete veces para que los experimentemos— Ro. 8:2; He. 10:29. 2. Hoy en día el Espíritu, que nos llena y satura para salvarnos orgánicamente, es el Espíritu vivificante siete veces intensificado—Ro. 5:10; Ap. 3:1; 5:6. IV. Apocalipsis 1:4-5 revela la Trinidad Divina: Aquel que es y que era y que ha de venir, los siete Espíritus y Jesucristo: A. La Trinidad mencionada en 1:4-5 es la Trinidad económica, puesto que aquí se nos muestra la administración, el mover y la obra de la Trinidad—4:5; 5:6. B. Los siete Espíritus son indudablemente el único Espíritu de Dios (Ef. 4:4), puesto que ellos se mencionan como parte de la Deidad en Apocalipsis 1:4-5. C. En esencia y existencia el Espíritu es uno solo, pero en cuanto a función y obra, el Espíritu es siete—Ef. 4:4; Ap. 1:4. D. En 1:4-5 el Espíritu llega a ser el segundo, el centro, de la Trinidad Divina: 1. Esto revela la importancia de la función intensificada del Espíritu séptuplo de Dios. 2. Esto también representa lo crucial y necesario que es el Espíritu en el mover de Dios, a fin de contrarrestar la degradación de la iglesia—2:4, 14, 20; 3:1, 15-17.

V. Cristo tiene los siete Espíritus de Dios y las siete estrellas—v. 1a: A. Los siete Espíritus son el medio por el cual Cristo habla a la iglesia en Sardis, una iglesia que estaba a punto de morir; una iglesia moribunda necesita que Cristo la avive por medio de los siete Espíritus—v. 1b. B. En Apocalipsis 3:1 se nos da a entender que los siete Espíritus son para las siete estrellas, los hermanos responsables; a fin de ser una estrella que guía en la iglesia, necesitamos al Espíritu siete veces intensificado. VI. Los siete Espíritus de Dios son las siete lámparas de fuego que arden delante del trono administrativo de Dios—4:5: A. Las siete lámparas de fuego que arden delante del trono de Dios nos dan a entender que el propósito de los siete Espíritus es llevar a cabo la administración de Dios, y que ellos están relacionados con la economía y el mover de Dios—1:4: 1. Las siete lámparas de fuego que arden delante del trono de Dios iluminan, escudriñan, descubren, juzgan y queman. 2. Dios lleva a cabo la administración de Su gobierno al iluminar, escudriñar, descubrir, juzgar y quemar—1 P. 4:12, 17. 3. Las siete lámparas consumirán todo lo que no corresponda a la naturaleza de Dios, y refinarán aquellas cosas que están en conformidad con Su naturaleza— 1:7. B. Finalmente, en nuestra experiencia las lámparas de fuego que arden llegarán a ser un fluir de agua viva; las siete lámparas llegarán a ser un solo río—Dn. 7:9-10; Ap. 4:5; 22:1: 1. En 4:5 tenemos las siete lámparas que arden delante del trono de Dios; y en 22:1 tenemos el río de agua de vida que sale del trono de Dios. 2. En nuestra experiencia, después de que somos quemados por las siete lámparas, los siete Espíritus llegan a ser un solo fluir de agua viva. 3. El Espíritu siempre fluye después que nos quema; Su fluir siempre viene después de Su quemar. VII. Los siete Espíritus de Dios son los siete ojos del Cordero—5:6: A. En la Trinidad económica, según se ve en Apocalipsis, el segundo de la Deidad, quien es los siete Espíritus, llega a ser los siete ojos del tercero de la Trinidad— 1:4-5. B. En la administración divina, Cristo requiere que los siete Espíritus sean Sus ojos; la manera en que Cristo lleva a cabo la economía de Dios es mediante los siete Espíritus como Sus ojos—5:1-7. C. Los siete ojos de Cristo, que son los siete Espíritus de Dios, son la expresión de Cristo en el mover de Dios que lleva a cabo la edificación de Dios. D. Los siete ojos del Cordero vigilan, observan y transfunden—v. 6: 1. Cristo como Cordero redentor tiene siete ojos que observan y escudriñan para ejecutar el juicio de Dios sobre el universo, a fin de cumplir Su propósito eterno, el cual tendrá su consumación en la edificación de la Nueva Jerusalén—21:2. 2. Los siete Espíritus como los siete ojos del Cordero transfunden a nuestro ser todo lo que el Cordero es, a fin de que seamos hechos iguales a Él—1 Jn. 3:1. 3. Los ojos de Cristo están sobre nosotros para que podamos ser transformados y conformados a Su imagen con miras a la edificación de Dios—Zac. 3:9; Ro. 12:2; 8:29; 2 Co. 3:18.
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Mensaje cinco Experimentar, disfrutar y ministrar a Cristo en la etapa de intensificación Lectura bíblica: Ap. 1:4; 3:1; 4:5; 5:6; 2:7, 17; 3:20; 1:2, 9; 19:10 I. Las siete lámparas del candelero de oro son los siete Espíritus, los cuales a su vez son las siete lámparas de fuego que arden delante del trono de Dios; esto significa que las siete lámparas están absolutamente relacionadas con la administración, la economía y el mover que Dios lleva a cabo desde Su trono a fin de ejecutar Su política eterna—Ap. 1:4; 4:5: A. Si queremos conocer la administración y economía de Dios, debemos recibir la luz del candelero de oro que proviene de las siete lámparas que brillan e iluminan: 1. La luz natural no puede ayudarnos a conocer la economía, la administración ni el propósito eterno de Dios; la luz del candelero es la luz del Lugar Santo, la cual tipifica la iglesia—Mt. 5:14; 1 Co. 1:2; Ap. 21:23, 25; 22:5. 2. Una vez que entramos en la esfera de la iglesia, somos alumbrados para conocer el propósito eterno de Dios, y también conocer la senda que debemos tomar para continuar en el viaje que nos conduce a la meta de Dios—Sal. 73:16-17. B. La luz del candelero se basa en la fuerza del servicio sacerdotal: 1. En 1 Samuel vemos que la lámpara de Dios estaba a punto de apagarse debido a que el sacerdote Elí era débil y se había degradado—3:3. 2. La luz de la iglesia local no podrá ser resplandeciente a menos que cumplamos con nuestro deber sacerdotal, que consiste en quemar el incienso y encender las lámparas— Éx. 25:37; 27:20-21; 30:7-8; Hch. 6:4; 1 Co. 14:24-25. II. Los siete Espíritus son los siete ojos del Cordero redentor y de la piedra de edificación—Ap. 4:5; 5:6; Zac. 3:9: A. La función de los siete ojos es transfundir en nuestro ser todo lo que Cristo es como el Cordero redentor en Su redención jurídica, y como la piedra de edificación en Su salvación orgánica, a fin de que nosotros seamos salvos en Su vida y lleguemos a ser idénticos a Él, con miras al edificio de Dios, la expresión de Dios—v. 9; 1 P. 2:4-5; Ro. 5:10: 1. Los ojos de una persona son la expresión de Su ser interno; transfundir es la acción en la que una persona transmite su ser interior en otra por medio de su mirada—2 Co. 2:10. 2. Los siete Espíritus son los siete ojos mediante los cuales Cristo se expresa a Sí mismo; mientras el Señor nos mira, Sus siete ojos nos transfunden Su propio ser. 3. La iglesia es el lugar donde el Señor nos transfunde Su ser interior a nosotros para nuestra transformación; la transformación es la acción en la cual la preciosa persona del Señor se transfunde en nosotros—3:16-18; Ro. 12:2. B. Dios nos guía con Sus ojos—2 Cr. 16:9; Sal. 32:8; Pr. 15:3; 2 Co. 2:10. III. Cristo, quien es el Espíritu siete veces intensificado, está laborando a fin de producir los vencedores, rescatándolos de la degradación de la iglesia y trayéndolos de nuevo al disfrute de Sí mismo con miras a finalizar la economía eterna de Dios—Ap. 1:4; 3:1; 4:5; 5:6; 2:7, 17; 3:20: A. Los vencedores aman al Señor con el primer amor—2:4; Col. 1:18b. B. Los vencedores disfrutan de Cristo al comerle como el árbol de la vida en la iglesia, la cual es el Paraíso actual para que sea un candelero resplandeciente—Ap. 2:7; cfr. v. 5. C. Los vencedores son fieles hasta la muerte al padecer pobreza y tribulaciones a fin de recibir la corona de vida—vs. 9-10.

D. Los vencedores disfrutan a Cristo como el maná escondido, una porción especial de suministro nutritivo, para vencer la mundanalidad de la iglesia que se degradó con la enseñanza idólatra de Balaam y con la enseñanza herética de los nicolaítas—vs. 12-17a. E. Los vencedores son transformados hasta ser una “piedrecita blanca”, justificada y aprobada por el Señor para la edificación de la casa de Dios, y también reciben un “nombre nuevo” según la transformación que hayan tenido en vida—v. 17b. F. Los vencedores se oponen rotundamente a la enseñanza romana de Jezabel, la cual está llena de fornicación, de idolatría y de las profundidades de Satanás—vs. 20, 24. G. Los vencedores huyen de la muerte espiritual, siendo vivientes en realidad sin que nada esté a punto de morir en la imperfección y andan en “vestiduras blancas” sin ninguna contaminación, a fin de que su nombre no sea borrado del libro de la vida, sino que más bien, el Señor confiese su nombre delante de Su Padre y de los ángeles de Su Padre—3:1-2, 4-5. H. Los vencedores guardan la palabra de la perseverancia del Señor y no niegan el nombre del Señor aun al punto de agotar todas sus fuerzas, a fin de ser guardados de la hora de la prueba que ha de venir para probar a todos los que moran sobre la tierra, y recibir la corona de recompensa de ser hechos columnas en el templo de Dios, sobre las cuales está escrito el nombre de Dios, el nombre de la ciudad de Dios, la Nueva Jerusalén, y el nombre nuevo de Cristo—vs. 8b, 10-12. I. Los vencedores son fervientes, no tibios, pues compran oro refinado en fuego, vestiduras blancas y colirio, a fin de no ser vomitados de la boca del Señor, sino más bien, ser invitados a cenar con el Señor y a sentarse con Él en Su trono—vs. 15-21. IV. Los vencedores disfrutan al Espíritu siete veces intensificado, y así llegan a ser el testimonio de Jesús—1:2, 9; 19:10: A. El testimonio de Jesús es los siete candeleros de oro como las iglesias resplandecientes, las cuales son divinas en naturaleza, resplandecen en la oscuridad y son idénticas unas con otras—1:11-20. B. El testimonio de Jesús es la gran multitud que sirve a Dios en el templo celestial, todo el Cuerpo o conjunto total de los redimidos de Dios, quienes fueron arrebatados al cielo para disfrutar del cuidado de Dios y del pastoreo del Cordero—7:9-17. C. El testimonio de Jesús es la mujer resplandeciente, la cual representa al Cuerpo o conjunto total de los redimidos de Dios, y Su hijo varón, el cual representa a los vencedores quienes son la parte más fuerte del pueblo de Dios—12:1-17. D. El testimonio de Jesús es las primicias, las cuales representan a los vencedores que son arrebatados antes de la gran tribulación, y la cosecha, la cual representa a la mayoría de creyentes que son arrebatados al final de la gran tribulación—14:1-5, 14-16. E. El testimonio de Jesús es las personas victoriosas que están de pie sobre el mar de vidrio, las cuales representan a los vencedores que pasarán por la gran tribulación y vencerán al anticristo y a la adoración que le rinden a él—15:2-4. F. El testimonio de Jesús es la novia que está preparada para casarse, la cual está compuesta por los santos que llegan a ser vencedores durante el milenio—19:7-9. G. El testimonio de Jesús es el ejército nupcial que pelea en unidad con Cristo —quien es la corporificación de Dios—, y derrota al anticristo —quien es la corporificación de Satanás— y los ejércitos de éste—vs. 14-19; 17:14. H. Por último, el testimonio de Jesús es la Nueva Jerusalén, la gran incorporación universal divino-humana, compuesta del Dios Triuno procesado y consumado y Su pueblo conformado por personas tripartitas que han sido regeneradas, transformadas y glorificadas (21:2-3, 22; cfr. Éx. 38:21); y el único candelero, la consumación de todos los candeleros, para la expresión consumada de Dios (Ap. 21:18, 23; 22:5).
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Mensaje seis Laborar con Cristo en la etapa de intensificación a fin de producir candeleros de oro los cuales hallarán su consumación en la Nueva Jerusalén, el candelero de oro universal Lectura bíblica: Ap. 1:12, 20; 2:1; 4:5; 21:10, 18b, 23-24; 22:1, 5 I. La economía neotestamentaria de Dios halla su consumación en los candeleros de oro y en la Nueva Jerusalén—Ap. 1:12, 20; 21:2, 10-11, 16, 18b, 23. II. Cristo lleva a cabo Su misión como el Soberano de los reyes de la tierra por medio de los siete Espíritus que arden delante del trono, a fin de regir sobre la situación mundial, de modo que el entorno sea propicio para que los escogidos de Dios reciban Su salvación—Hch. 5:31; 17:26-27; Jn. 17:2; 2 Cr. 16:9. III. Los siete Espíritus como las siete lámparas de fuego que arden delante del trono de Dios no arden sin tener una meta; hay un propósito por el cual los siete Espíritus de Dios arden, y ése es, producir los candeleros de oro, las iglesias, con miras al cumplimiento de la economía neotestamentaria de Dios—Ap. 4:5; 1:12, 20; 2:1: A. El Espíritu siete veces intensificado es las siete lámparas de fuego que arden delante del trono administrativo de Dios que dirige la situación mundial, a fin de ejecutar la economía de Dios en el universo—4:5: 1. Los siete Espíritus de Dios arden no sólo con relación a las iglesias, sino también con relación a la situación mundial, por beneficio de las iglesias; el Espíritu ardiente dirige la situación mundial y también purifica a las iglesias para producir los candeleros de oro—1:11-12. 2. Dios tocará la tierra por medio de las siete lámparas, por Sus siete Espíritus, los cuales arden, iluminan, juzgan, purifican, refinan y producen; toda la situación mundial se halla bajo la llama ardiente de los siete Espíritus—4:5. 3. Los siete Espíritus arden para juzgar, purificar y refinar, a fin de que se lleve a cabo la economía de Dios, para producir candeleros de oro—1:20. B. Los siete Espíritus ardientes, que son las siete lámparas de fuego, nos instan a levantarnos y a actuar para que se lleve a cabo la economía de Dios—Dn. 11:32b: 1. Si hemos de cooperar con Dios para que se lleve a cabo Su mover, ello dependerá de que seamos intensificados en cuanto a Su mover—Ap. 3:1; 4:5; 5:6. 2. Todos debemos orar, diciendo: “Querida llama divina, ¡ven! ¡Ven y juzga! ¡Ven y purifica! Ven y refina para que puedas producir el candelero de oro” (La economía neotestamentaria de Dios, pág. 258). IV. Las iglesias como candeleros de oro hallarán su consumación en la Nueva Jerusalén, que es el candelero de oro universal, la suma total de todos los candeleros—Ap. 1:20; 21:18b, 23: A. La Nueva Jerusalén es la máxima consumación de los candeleros mencionados en las Escrituras—Éx. 25:31-37; 1 R. 7:49; Zac. 4:2; Ap. 1:12, 20. B. En el libro de Apocalipsis tenemos dos grandes señales: la señal de los candeleros de oro y la señal de la Nueva Jerusalén—vs. 1, 12, 20; 21:2, 10-11.

C. Apocalipsis empieza con los candeleros y termina con el candelero—1:20; 21:18b, 23: 1. Al principio de Apocalipsis tenemos los siete candeleros de oro, los candeleros locales de esta era—2:1. 2. Al final de Apocalipsis tenemos un candelero que es la suma total, un combinado, el candelero universal en la eternidad—21:18b, 23. D. La Nueva Jerusalén, un monte de oro, es el candelero de oro universal que sostiene al Cordero como la lámpara que resplandece con Dios como luz—vs. 18b, 23; 22:1, 5: 1. La Nueva Jerusalén es un monte de oro—21:18b, 21b; 22:1: a. Si tenemos en cuenta los hechos de que la Nueva Jerusalén es una ciudad de oro, que ella tiene una sola calle que llega a todas las doce puertas, y que mide doce mil estadios de altura, comprenderemos que la ciudad misma es una montaña de oro. b. Por ser una montaña de oro, la Nueva Jerusalén es el candelero de oro, supremo, único y eterno, que está totalmente compuesto de la naturaleza de Dios (el oro). 2. Dios como luz está en el Cordero, quien es la lámpara que resplandece desde la cima de la Nueva Jerusalén, el candelero de oro universal—21:23; 22:1, 5: a. En cima de la montaña de oro se halla el trono como el centro, y sobre el trono está Cristo el Cordero, quien es la lámpara, dentro de la cual Dios como luz resplandece a través de la ciudad—21:23; 22:5. b. La montaña de oro es una base o pedestal, y sobre esta base hay una lámpara; por lo que, la montaña de oro es un candelero de oro. E. La Nueva Jerusalén, el conjunto total de todos los candeleros, la suma de los candeleros de hoy, es un candelero de oro consumado y universal que resplandecerá con la gloria de Dios en el cielo nuevo y en la tierra nueva por la eternidad—21:24. F. Llegamos a ser la Nueva Jerusalén como el candelero de oro universal al llegar a ser una montaña de oro—vs. 16, 18b, 21b; 22:1: 1. En la Biblia una montaña hace referencia a la resurrección y la ascensión; por lo tanto, llegamos a ser una montaña al experimentar a Cristo en Su resurrección y ascensión—Ef. 2:5-6. 2. Por ser una montaña de oro, la Nueva Jerusalén procede de la naturaleza divina; por lo tanto, llegamos a ser la Nueva Jerusalén al participar de la naturaleza divina—2 P. 1:4. 3. Toda la ciudad de oro es transparente; por lo tanto, llegamos a ser una montaña de oro transparente al llegar a ser transparentes en la vida y la naturaleza divinas—Ap. 21:18b, 21b; 22:1. 4. Por ser una montaña de oro, la Nueva Jerusalén es el candelero de oro único, supremo y eterno, el conjunto de todos los candeleros; por lo tanto, llegamos a ser la Nueva Jerusalén al vivir en la iglesia como candelero de oro y al ser parte de ella—21:23; 1:12, 20. G. El candelero de oro representa al Dios Triuno corporificado y expresado; cuanto más experimentemos los aspectos del Dios Triuno que se nos describen en el candelero —el oro, la forma concreta y las siete lámparas—, más seremos en realidad el candelero de oro como la corporificación y expresión del Dios Triuno, y así llegaremos a ser la Nueva Jerusalén como el candelero de oro universal—Éx. 25:31, 36-37; Ap. 1:12, 20; 21:18b.

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