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Como puede verse en las fotografías adjuntas, ninguno de los efectivos policiales y de
prefectura que intervinieron estaba preparado para cumplir con ese fin sino todo lo
contrario, reprimir a toda costa lo que se les presentaba ante sus ojos como un acto de
agresión.
Ese hecho que, de haberse repetido en el evento deportivo hubiera resultado trágico,
más los acontecimientos que tendría que haber previsto la AFI (ex SIDE) y la misma
Policía en sus labores de inteligencia, luego de haberse recibido 23 amenazas de
bomba en Buenos Aires, no previstas tampoco, habrían sido suficientes para que se
controlara la situación de emergencia que se produjo de forma inevitable frente a la
imprevisión.
Como mencioné antes, el primer error fue no realizar un análisis multidimensional de
riesgos de tipo del RSAT del DHS que permite introducir variables de diversos tipos a
la situación (el RSAT es especial para eventos públicos).
Se hizo evidente que no existieron protocolos antidisturbios tanto para la Policía como
para la Prefectura. Cuando me refiero a protocolos antidisturbios no me refiero a un
librito de bolsillo que dice cómo se debe pegarle a alguien con un bastón sino a los
procedimientos a aplicar en “ese” evento, con “esos” protagonistas y en “esa”
situación. Es decir, todo protocolo debe hacerse a medida para cada tipo de evento.
Hay quienes conjeturan que la seguridad es una cuestión política, otros que es una
cuestión de sentido común y otros, directamente, que es un sinónimo de represión.
Inclusive, leí en un periódico que con un “dron” se habría anticipado el conflicto.
Los conflictos son tales porque son complejos, no son instrumentales. No los resuelve
un dron como tampoco los resuelve un tiro de bala de goma.
Por ello es hora de que Argentina se ponga los pantalones largos, deje el infantilismo
de lado y asuma lo que alguna vez dijo Kofi Annan, Premio Nobel de la Paz y que fue
secretario de las Naciones Unidas: no hay seguridad sin desarrollo, pero sin
seguridad, el desarrollo es efímero.