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AMOR Y BUROCRACIA

No words can explain,


No actions determine…
Ian Curtis

Mucho se ha especulado y teorizado sobre el amor a lo largo de la historia de la humanidad -un


mucho tautológico, desde luego, donde el amor dada su naturaleza es polimorfo, generador de
contraposiciones y fundamentalmente etéreo-, incluso se ha ahondado en estudios acerca de las
estructuras bioquímicas que entran en funcionamiento cuando lo que conocemos como amor actúa, sin
embargo, éstos tienden a explicar más el proceso de enamoramiento que el amor como tal.

En días recientes he tenido la oportunidad de entablar conversaciones y debates con algunos amigos
filósofos y escritores acerca del amor, charlas en las que, por mi parte, tiendo a pensar en éste como
inherentemente ligado a la posmodernidad y las relaciones de producción capitalistas. Sobre ello quiero
presentarles mi propia reflexión en las líneas siguientes.

El amor y la rebelión contra Zeus

Platón, en El Banquete, uno de los más conocidos tratados sobre el amor, presenta el mito del andrógino:
un ser participante de ambos sexos -masculino y femenino unidos, y en ese sentido constitutivo de un
tercer sexo- quien, junto a los dos anteriores, aspiran a enfrentarse a los dioses, razón que orilla a Zeus a
partirlos por la mitad, a convertirlos en seres incompletos condenados a anhelar eternamente la unión con
su mitad arrebatada, en un esfuerzo eterno por hallarla y no separarse jamás de ella.

El amor en Platón nace con un carácter impulsivo, un impulso hacia el otro, un acto de rebeldía contra los
dioses, un no-mirar hacia el Olimpo sino hacia el otro, el dueño del abrazo y la humedad del beso y el
sexo, que anula el castigo divino y que encoleriza aún más a Zeus, que ahora dispondrá de la muerte para
separar a los amantes, y no únicamente de la muerte biológica, también de la muerte en vida: el
cansancio, el hastío. El otro, el objeto de adoración deja de brillar y la unidad se desdibuja, las entrañas se
desgarran y llega el hartazgo. Los amantes dan la espalda a los dioses, a la naturaleza, a la sociedad y al
mundo para construir el propio, hasta que el otro ya no sea suficiente para ignorar el universo.

Amor y economía en la sociedad líquida

Ahora, la planetarización ha facilitado la realización de conexiones intersubjetivas y ha presentado


espejismos donde el amor se despoja de su antigua formalidad, una formalidad edificada sobre los
sentimientos de angustia y tensión (Bauman). Es decir que tras la consolidación de la sociedad de la
información el amor fluye mediante una dinámica de la celeridad y la reducción del desgaste, el fracaso
ya no es el principal temor, el temor radica ya en la escasez o ausencia de vínculos sustitutos. En ese
sentido la fragilidad de los vínculos sentimentales en la sociedad posmoderna está sustentada en una
concepción mercantil capitalista, donde la abundancia, la avidez por lo nuevo y el desecho de lo viejo es
el canon, la monotonía en las relaciones ya no busca ser afrontada, la opción es la pronta renovación.

Por otra parte, como ya decía, la relación con el otro, con el amante –una experiencia fuera de un marco
regulatorio explícito y caracterizado por constantes desencuentros individuales-, está fuertemente
atravesada por relaciones de poder y permeado por la economía (si tengo oportunidad, como espero,
quisiera presentarles en otra ocasión mi reflexión sobre el amor como dialéctica, en el sentido hegeliano
del amo y el esclavo).

Un ejemplo a la mano aquí es la más que difuminada y coloquial máxima del “darse a desear”, lo explico:
de acuerdo con la teoría marxista, un factor que incrementa el valor es el trabajo acumulado, aún más: la
𝑝 𝑡𝑟𝑎𝑏𝑎𝑗𝑜 𝑒𝑥𝑐𝑒𝑑𝑒𝑛𝑡𝑒
plusvalía está inherentemente relacionada con el trabajo excedente (donde = ).
𝑣 𝑡𝑟𝑎𝑏𝑎𝑗𝑜 𝑛𝑒𝑐𝑒𝑠𝑎𝑟𝑖𝑜
Trasladar la idea del valor al campo de las relaciones sentimentales –pensando también en el valor que
resulta de la abundancia o escasez de la materia prima- implica que las relaciones sentimentales se
burocraticen.

Es ahí donde se percibe la parte violenta de esta concepción: el suceso de obtener algo por lo que uno se
esmera demasiado aquilata de más aquello por lo que se esforzó, pero esto no significa otra cosa más que
tener una estimación propia de muy bajo nivel. De la misma manera, si el otro se entrega con inmediatez
a un donnadie le convierte en otro/otra donnadie, y ahí surge el desencanto. Lo que está intrínseco en un
“darse a desear” es un cotizarse en el mercado. Esta idea embona explícitamente en relación con la
estructura social de amplio dominio masculino, pero no es exclusiva.

Pienso que en el contexto de una sociedad líquida en la cual las relaciones se han reconfigurado para
volverse más expeditas –aun cuando esto sea un arma de doble filo, dado que su naturaleza esporádica no
abona a la construcción de relaciones sólidas- habría que reconocer el valor propio para sacudirnos esa
autopercepción de nosotros mismos como monedas de cambio, no necesariamente lo que cuesta más
trabajo es más valioso. Eso imperiosamente requiere un replanteamiento de nuestra impresión del mundo,
para dejar de estar esclavizados en un mundo de esfuerzos.

Martín Alejandro Del Carmen


@PobrecitoSrX
pobrecitosrx.blogspot.mx