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¿Quién tiene miedo de la representación?

(2011)
APUNTES PARA UNA INTERVENCIÓN EN EL SEMINARIO INTERNACIONAL “MEMORIAS Y RE-
PRESENTACIONES” ORGANIZADO POR YUYACHKANI Y CIELA EN JULIO DE 2011
En el coloquio sobre Sin título. Técnica mixta, el espectáculo con el que se abrió este seminario,
Miguel Rubio habló de la dramaturgia de la sístole y la diástole.
Es una imagen que explica muchas cosas.
Entrar en el cuerpo de los otros, salir del cuerpo de uno sintiendo el propio cuerpo. Entrar en
tiempo de la vida, que incluye también la memoria y el deseo.
Dramaturgia de la sístole y la diástole que es también de la entrega y la distancia, la emoción y la
reflexión.
Llegué a Lima, después de un viaje de muchas horas desde Jerusalén, con escalas en Madrid y
Santiago de Chile. Al llegar a Yuyachkani entré en la vida.
Comprendí cuán necesario era estar aquí, presente, en mi cuerpo.
Pero también comprendí la dificultad de estar aquí. Se puede estar de cuerpo presente sin estar
aquí y se puede estar aquí sin estar presente.

En 2007 el artista libanés Rabih Mroué fue invitado a representar Looking for a missing
employee en un festival de una ciudad japonesa. Pero el visado no llegó a tiempo y optó por una
representación telemática.
Rabih Mroué estuvo en Japón sin estar presente. Pero su cuerpo representado no era una
apariencia, él estaba ahí, comprometido en el presente, en una situación de co-temporalidad.
En algunos casos, la presencia no es lo más importante, sino el compromiso del estar ahí, en el
mismo tiempo,
Sólo el compromiso permite la credibilidad. Y justifica el tiempo pasado en común.
Compromiso: quiero estar aquí y quiero estar contigo / me siento más vivo / más fuerte / parte
de un colectivo que puede hacer lo que yo no puedo hacer.
Claro que a veces no hay otra manera de estar aquí presente que poniendo el cuerpo. “Arrojar el
cuerpo a la lucha”, decía R. Hoghe citando a Pasolini.
Poner mi tiempo a disposición de la experiencia arrancándola de la alienación y de la soledad.

Lo contrario también es posible. Estar presente sin estar aquí, sin compromiso.
Mario Bellatin lo escenificó de manera irónica cuando organizó el “Congreso Internacional de
Escritores Mexicanos en París”.
En una burla del circo de la cultura, que reclama los cuerpos de los artistas y sus biografías,
antes que sus textos o sus obras, Bellatin entrenó a un grupo de actores para que representaran
a los escritores mexicanos en París.
Algunos profesores de literatura no entendieron la propuestas artística y acudieron en busca de
sus objetos de estudio. Su decepción fue mayúscula, y a la decepción siguió la irritación. No
prestaron atención a que los dobles representaban con bastante precisión las ideas transmitidas
por los originales.
¿Acaso la presencia física es más importante que la idea?

El circo de la cultura es peligroso.
Uno tiene que estar muy atento para saber cuándo debe enviar las ideas y cuándo en cambio hay
que poner el cuerpo.
Uno puede enviar su representación a una conferencia.
En una manifestación uno tiene que poner el cuerpo.
La policía golpea y arresta los cuerpos, no sus representaciones.
Cuando el poder persigue un cuerpo, lo persigue en cuanto cuerpo, no su representación, lo
persigue por lo que representa, pero lo persigue en sí.
Del mismo modo, los cuerpos que resisten al poder o que reclaman justicia son cuerpos que se
representan a sí mismos, no pueden enviar su representación.
Los cuerpos no se pueden representar. Los cuerpos son su representación. Un cuerpo es una
representación, uno puede poner su cuerpo al servicio de la representación, como demostró Ana
Correa, pero todo cuerpo es su propia representación.

No nos representan

Miguel Rubio habló también de la “cancelación de la representación” casi obligada por los
testimonios dichos durante las sesiones de la Comisión para la Verdad y la Reconciliación.
Cuando quien ha sufrido la violencia habla por sí mismo, encuentra la fuerza y la serenidad para
aportar su testimonio públicamente en primera persona, ¿qué derecho tiene el actor a
representarlo?
Se trata entonces de recuperar el cuerpo que se representa a sí mismo, en el teatro y fuera del
teatro.
El cuerpo se niega a ceder su imagen y se resiste al aplastamiento.
Pero funcionan aquí al menos dos conceptos de representación distintos.
Representación en cuanto comunicación y conocimiento. Es una prolongación del propio
funcionamiento del cuerpo, no existe conocimiento sin representación.
Representación como delegación y suplantación. Constituye una negación de los cuerpos.
No existe representación sin un cierto robo de voz, de imagen, de integridad.
El poder se constituye como una transferencia de representación de los cuerpos singulares al
cuerpo social, muchas veces encarnado en los cuerpos singulares de los líderes y sus cortes.
Una vez que los cuerpos de los individuos ceden el derecho a representarse a sí mismos como
sujetos quedan expuestos a ser tratados como algo menos que cuerpos, pierden el derecho a la
integridad y a la protección respecto al dolor provocado.
Las religiones fueron solidarias con ese proceso de transferencia simbólica. Y las más poderosas,
para asegurar su poder, prohibieron la representación de los cuerpos.
El cristianismo se opuso desde muy pronto al antropocentrismo de la cultura antigua. Eliminó la
representación de los cuerpos y absolutizó el cuerpo humano en la imagen de Jesús. El cuerpo es
el cuerpo absoluto. Y por supuesto es un cuerpo blanco, joven, bello y masculino
En cambio María no tiene cuerpo, no tiene sexualidad: es solo mirada y dolor.
Esa absolutización del cuerpo de Jesús culmina en la transformación de lo que originalmente
era una celebración compartida, una cena, en un acto solitario de transferencia del único cuerpo
verdadero (simbolizado en el pan) al cuerpo falso, efímero del individuo que recibe el cuerpo (en
que se encarnó el verbo)
Un acto de comunión inmanente fue suplantado por una comunión trascendente anticorpórea.
Me gustó muco ver cómo en Sin Título se daba la vuelta a ese proceso.
Como en otros trabajos, Yuyachkani practica el mismo tipo de apropiación que la Iglesia católica
practicó siglos atrás sobre los rituales y tradiciones antiguas.
Esa práctica permite descubrir a los antiguos dioses bajo las figuras de la Virgen o Santiago,
pero también inicia un proceso de devolución del cuerpo a los hombres y mujeres a quienes la
religión cristiana se los ha intentado robar.
Por eso es tan importante que junto al cuerpo del Cristo, en Sin Título se muestre también el
cuerpo de la Achaninka un cuerpo que subvierte la negación del cuerpo femenino.
Y un cuerpo que se exhibe además como cuerpo lingüístico.
Un cuerpo no se puede representar. Pero un cuerpo puede ponerse al servicio de la
representación de otros cuerpos. Cuando Ana Correa, Elizabeth Lino, las integrantes del
colectivo “Experiencias de la carne” o las jóvenes que denunciaron “Mi cuerpo no es tu campo de
batalla” ponen su cuerpo están dando una bofetada a quienes se arrogan el derecho a
representar los cuerpos, les arrancan la máscara y exhiben esos rostros corrompidos en
contraste con la belleza de los cuerpos a quienes han tratado de aplastar.

Existe un paralelismo entre la negación de los cuerpos por las religiones del libro y la
descorporeización de los individuos en la organización política.
El culto al cuerpo en muchos casos no es más que la apariencia de unas biopolíticas que trabajan
más bien en su negación.
Del mismo modo que el énfasis en la comunidad es la otra cara del abandono de la
responsabilidad pública hacia los ciudadanos y sus cuerpos.
La democracia participativa, proyecto raramente realizado, se ve ahora corrompida, destruida a
toda velocidad por el neoliberalismo y el capitalismo rampante.
Las democracias actuales se han convertido en ejercicios descorporeizados de participación.
Nombres sin cuerpo / votantes sin cuerpo.
La democracia es el sistema deseable. Pero las democracias actuales no son más que malas
representaciones teatrales.

En las manifestaciones recientes en Europa, la indignación de los ciudadanos se dirigía en
primer lugar contra los políticos.
No nos representan.
Porque han sido absorbidos por la liturgia del juego político y el posibilismo necesario para
sobrevivir en el sistema.
Porque siguen concibiendo la disputa política en términos de dialéctica interna y especializada y
son inermes frente al sistema global.
Porque han claudicado ante el capitalismo, bajo él.
Ellos son marionetas. Nosotros somos marionetas.
En la multiplicación de las mediaciones se ha olvidado la corporalidad agente. Hay que poner el
cuerpo, de nuevo, el compromiso
No somos mercancía.
Nuestros cuerpos no pueden ser tratados como mercancías.
Nuestras vidas no pueden ser tratadas como mercancía.
No podemos consentir que quienes deberían representar nuestros derechos ciudadanos, nos
traten del mismo modo que el capitalismo trata los cuerpos y las vidas.
No nos representan porque nos inmaterializan. Y al inmaterializarnos siguen la misma
estrategia del capitalismo, que explota ya no la fuerza de trabajo, sino la vida misma,
alienándola de los cuerpos y las comunidades.
Lopez Petit habla del fascismo posmoderno para referirse a estas formas de capitalismo que ya
no comercian o especulan con la dimensión maquinal del ser humano, sino con la vida misma,
de modo que cualquier acto de vida puede ser rentabilizado por el sistema.
Frente a esto, sólo queda la opción de romper el teatro. Y él apunta la existencia de tres teatros:
el teatro de los emprendedores, de las marionetas, de las sombras.
El teatro de los emprendedores es el de quienes aceptan el sistema, juegan el juego peligroso y se
lanzan a la conquista del poder. No por ello dejan de ser ellos mismos “movilizados” por un
sistema que aplasta su vida.
El teatro de las marionetas es el de aquellos que trabajamos y que con nuestro trabajo y nuestras
vidas mantenemos el sistema dirigido por los emprendedores.
Y el teatro de las sombras es el teatro de quienes no tienen voz ni voto y que sufren al margen de
los derechos.
Hay que romper el teatro y afirmar la vida.
“Queremos vivir”.
López Petit remite a la práctica y al pensamiento de Antonin Artaud como un ejemplo de
resistencia frente al teatro de la sociedad por medio del impoder.
Podríamos también pensar en este mismo sentido en la práctica de Angélica Liddel y su poética
del sacrificio. Ella actualiza el viejo sentido de la mímesis, que también está presente en algunos
momentos del trabajo de Yuyachkani.
La mímesis entendida como imaginación proyectiva, que lleva a la situarse de manera
proyectiva e inmanente en la vida del otro, del otro que sufre, no para espectacularizar el dolor,
sino para exponer la injusticia. Ante la que sólo se puede responder arrojando el propio cuerpo a
la lucha.
Risa y revolución

Pero el dolor no es la única vía de acceso a la justicia.
También podemos jugar al humor y a la relativización de las representaciones esclerotizadas.
Mucho más si pensamos que en nuestra sociedad todos hacemos teatro.
En un momento de Concierto olvido, Rebeca se pregunta si para hacer teatro sobre el escenario
no bastará con dejar de hacer teatro en la vida.
Si todos disfrutaran del placer del juego gozoso e inteligente y de la teatralidad artística, tal vez
se evitaría la tentación de convertir los cuerpos de los otros en juguetes o marionetas. Que para
jugar con los otros hay que respetar las reglas y la integridad de los cuerpos, y que para vivir en
sociedad hay que respetar las máscaras, porque tras la máscara hay otra vida tan compleja como
la mía.
El humor reduce el cuerpo a máscara, a muñeco, pero solo para relativizar los egos que
absolutizan su propio cuerpo y su propia máscara y son incapaces de reconocer los cuerpos y las
vidas de los otros.
Yuyachkani ha recurrido al humor en numerosas ocasiones, y pudimos ver buenos ejemplos de
ello en Sín Título. Sigue en ello la estela de Bertolt Brecht, que supo andar el camino del cinismo
a la compasión sin perder la potencia crítica ni tampoco, pese a la oscuridad de los tiempos, el
buen humor.
El humor se une a la exposición del cuerpo como arma de lucha.
Tampoco Ai Weiwei pareció perder el buen humor cuando al ser liberado por la policía exhibió
una camiseta con su propio nombre: los cuerpos no se representan, los cuerpos no pueden
transferir el dolor a otros a no ser que renuncien a sí mismos.
Ai Weiwei ha hecho presentes en diferentes trabajos la vida y los cuerpos de los otros en
ausencia de la representación. Así ocurrió en “Semillas de girasol”: los diez millones de semillas
son huellas de trabajo, sus cuerpos y sus vidas no se pueden representar.
En sus trabajos Weiwei se instala en la zona intermedia entre la representación y la experiencia.
En “Fairytale” invitó a 1000 personas a pasar unos días en Kassel con motivo de la Dokumenta.
El trabajo realizado no apuntaba a la representación, sino a la experiencia y a la ausencia, como
ocurrió en la instalación “1001 sillas”.
Y la no representabilidad de los otros contrasta con la persistente representación de uno mismo.
Por ello el gobierno chino no se limitó a censurar el blog, tuvo que detener el cuerpo de Ai
Weiwei, empeñado a representarse a sí mismo y no asumir la representación de nadie, sino
animar a que cada cuerpo se represente.

En sus 15 tesis sobre el arte, Alan Badiou sostiene: “Más vale no hacer nada que trabajar
formalmente con la visibilidad de lo que para el Imperio existe”. Probablemente ésta sería la
única manera de escapar de la representación: no hacer nada. Probablemente deberíamos ser
mucho menos productivos de los que nos piden todas las instancias. Practicar la frugalidad y el
silencio, no alimentar el ruido, no servir de caja de resonancia a las representaciones del
Imperio.
El “cinemista” español Val del Omar había formulado algo parecido desde otra perspectiva: pues
el cine (y el teatro) controlan el tiempo del espectador, el artista debe ser muy cuidadoso en que
ese tiempo compartido no se convierta en una pérdida, en un robo.
El pensamiento místico y el pensamiento político se podrían encontrar en esa defensa del
silencio frente al ruido, de la inactividad frente a la hiperproductividad.
Sin olvidar que el silencio también puede ser cómplice, y la inacción culpable.
Que cuando las representaciones no sirven, el cuerpo que se representa a sí mismo debe
mostrarse y entrar en acción.

La primavera árabe comenzó con la inmolación el 17 de diciembre de 2010 de un ciudadano
tunecino que decidió poner su cuerpo.
La guerra contra Al-Qaeda concluyó según un Imperio que cada vez lo es menos con un fundido
a negro, con la ocultación de un cuerpo.

El arzobispo de Lima decidió organizar una vigilia por la salud del dictador y crinimal Fujimori
el mismo día que Yuyachkani celebró sus cuarenta años en la Plaza de Armas con una
representación cargada de vida, de amistad y de memorias. A la celebración de la vida, el
arzobispo respondió como casi siempre ha hecho la Iglesia, con la representación de la muerte.
En esta ocasión la vida ha triunfado.
¿Quién tiene miedo de la representación?

José A. Sánchez,
Lima, 19-21 de julio de 2011