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Amor y Gratitud

H. Spencer Lewis F.R.C.


Revista El Rosacruz A.M.O.R.C.

No obstante que el amor ha de ser humanamente expresado y humanamente dirigido, es


sin duda alguna, una emoción divina. Es la más divina, la más supremamente infinita de
todas las emociones que cruzan por la consciencia humana.

El amor en su plenitud y perfección es, entre las dignidades esenciales del hombre, el
máximo don de Dios. Constituyó la notable bendición del Ser Supremo a la definitiva y
mayor de Sus creaciones. El amor es aquello que convirtió al hombre en una imagen de su
Creador, y lo hizo único en el universo.

Es el amor lo que constituye la eterna e imperecedera relación del hombre con Dios.

En las especies inferiores del reino animal, encontramos las emociones de adoración, de
cariño o de valorización afectiva; pero esto no se acerca, ni en su esencia ni en sus efectos, a
la emoción de amor que radica en la consciencia humana.

El perro, el caballo y otros animales de desarrolladas emociones domésticas, pueden


denotar altos grados de simpatía, aprecio, lealtad y amigable compañerismo. Esas
emociones proceden de un elemental razonamiento, o de impulsos limitados.

El amor emerge de la intuición Cósmica, de la infinita inspiración; muy rara vez concuerda
con el razonamiento finito, y jamás es un producto suyo.

El amor es creador. Sobrepasa toda expresión. No puede gastarse ni consumirse. Amor


genera amor; va en pos de su propio poderío por todas partes, y se supera a sí mismo en su
devoción.

El amor es reactivo. Perfecciona el ser del amante conforme éste eleva su ideal de amor. Un
amor por la belleza, trae la belleza misma a una mayor realización. Un amor por la nobleza
de la vida, ennoblece la experiencia. Un amor de los valores espirituales (en los contactos
universales y humanos) acerca los valores espirituales a nuestra comprensión.

El amor es el poder ilimitado por cuyo medio el hombre está en capacidad de regular el
destino de su vida, y es el mismo poder con el cual Dios regula el destino de Su universo.

En la medida en que el hombre aumenta su amor, incrementa su entonamiento con Dios,


porque el amor es la esencia de Dios en el hombre.

Tenemos mucho de qué dar gracias, en cada día y a cada hora de nuestras vidas. La vida
misma es un don maravilloso, sólo por virtud de nuestra herencia de amor.
Enfermedad Internacional

La enfermedad y el malestar del cuerpo humano son removidos por el poder curativo del
amor infinito, cuando se le permite colmar la mente y la consciencia humanas. La
enfermedad prospera cuando se suprime el amor. Melancolía, tristeza y tragedia, siguen
como una estela a la inexpresión del amor.

Eso que es verdad para el cuerpo humano, lo es también para el organismo político. Como
con los hombres, con las naciones, el amor es siempre positivo, nunca indiferente. La
ausencia del amor permite manifestarse al odio, a la envidia, a los celos y al egoísmo.

El desastre cae sobre las naciones en proporción a su carencia de amor. El amor no puede
ser, al mismo tiempo, circunscrito y auténtico. La auto-satisfacción y el propio
contentamiento, son presunciones egocéntricas. Son formas sólo de un falso amor, y
engendran egoísmo. La falta de gratitud es una negación de la expresión de amor. El no
agradecer, amengua, reduce el poder del amor.

La expresión de la gratitud ensancha el horizonte de la receptividad. Tal es la ley de


reciprocidad, la ley de compensación. La gratitud es un impulso de amor. Una oración de
gracias constituye una ampliación de la consciencia, acerca más el alma a Dios, y estimula el
amor en los corazones de los otros hombres.

El camino seguro para allegar paz y alegría a la consciencia de una nación es el de abrigar
gratitud por los dones de que se goza. La vía más rápida para atraer prosperidad y contento
en los asuntos de un pueblo, estriba en derramar amor en abundancia, hacia todas las
criaturas de Dios.

Dejemos que nuestra gratitud se exprese todos los días, y no sólo en una determinada fecha
del año. Dejemos que se exprese espontáneamente como se presenta este gran océano en el
cual estoy navegando del viejo al nuevo mundo; en tanto siento firmeza y aplomo en el
amor universal de Aquel que ha creado los mares y las muchas tierras de más allá.

El mundo está enfermo en estos momentos. Su cuerpo físico y político está fuera de
armonía. El dolor y la tristeza, así como el infortunio, son notorios en todas las tierras que
acabo de visitar; pero el amor puede vencer la inarmonía, el verdadero amor, universal,
imparcial, no manchado por distingos raciales.

Dad gracias por la Luz, la Vida y el Amor. Permitid que vuestro amor os ilumine el corazón y
alumbre los corazones de los otros. Ustedes pueden rodearse de una creciente aureola de
amor, dispersando así las sombras de la confusión y el desaliento.

Una Ley universal cumplirá a todas las criaturas los más caros deseos de sus corazones. La
Ley está dentro de vosotros. ¡El amor es la Ley!